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sábado, 5 de julio de 2008
miércoles, 2 de julio de 2008
Las Habichuelas Mágicas -- HANS CRISTIAN ANDERSEN
Las Habichuelas Mágicas
HANS CRISTIAN ANDERSEN
__
Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una
cabaña del bosque.
Como con el tiempo fue empeorando la situación
familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la
ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que
poseían.
El niño se puso en camino, llevando atado con una
cuerda al animal, y se encontró con un hombre que
llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan,te las daré a cambio de la
vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al
ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se
puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las
habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista.
Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un
huevo de oro cada vez que él se lo mandaba.
Esperó el niño a que el gigante se
durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas,
y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su
producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín
tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante.
Se escondió tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando
monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiéndo el talego de oro, echo a
correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron
dinero para ir viviendo mucho tiempo.
Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente
vacío.
Se cogió Periquín por tercera vez a las
ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima.
Entonces vió al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la
tapa, dejaba caer una moneda de oro.
Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la
guardó.
Desde su escondite vió Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh
maravilla!, tocaba sóla, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada
música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño
poco a poco.
Apenas le vió asi Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero
el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar:
-Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!
Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los
gritos acusadores:
-Señor amo, que me roban!
Viendo lo que ocurria, el gigante salió en persecusión de Periquín.
Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas
empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que
también el gigante descendía hacia él.
No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa
preparando la comida:
-Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la
trágica habichuela.
Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre
vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda
de oro. .
HANS CRISTIAN ANDERSEN
__
Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una
cabaña del bosque.
Como con el tiempo fue empeorando la situación
familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la
ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que
poseían.
El niño se puso en camino, llevando atado con una
cuerda al animal, y se encontró con un hombre que
llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan,te las daré a cambio de la
vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al
ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se
puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las
habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista.
Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un
huevo de oro cada vez que él se lo mandaba.
Esperó el niño a que el gigante se
durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas,
y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su
producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín
tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante.
Se escondió tras una cortina y pudo observar como el dueño del castillo iba contando
monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiéndo el talego de oro, echo a
correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron
dinero para ir viviendo mucho tiempo.
Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente
vacío.
Se cogió Periquín por tercera vez a las
ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima.
Entonces vió al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la
tapa, dejaba caer una moneda de oro.
Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la
guardó.
Desde su escondite vió Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh
maravilla!, tocaba sóla, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada
música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño
poco a poco.
Apenas le vió asi Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero
el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar:
-Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!
Despertose sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los
gritos acusadores:
-Señor amo, que me roban!
Viendo lo que ocurria, el gigante salió en persecusión de Periquín.
Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas
empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que
también el gigante descendía hacia él.
No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa
preparando la comida:
-Madre, traigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la
trágica habichuela.
Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre
vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda
de oro. .
_
..FIN
..FIN
martes, 1 de julio de 2008
LABRADOR, NO PERDAMOS EL TIEMPO, SALE CARO SER POETA, YA VES QUE TONTERIA, GLORIA FUERTES,POEMAS PARA NIÑOS
LABRADOR, NO PERDAMOS EL TIEMPO, SALE CARO SER POETA, YA VES QUE TONTERIA, GLORIA FUERTES,POEMAS PARA NIÑOS
_
Gloria Fuertes
__
Labrador
_
LABRADOR,
ya eres más de la tierra que del pueblo.
Cuando pasas, tu espalda huele a campo,
ya barruntas la lluvia y te esponjas,
ya eres casi de barro.
De tanto arar, ya tienes dos raíces
debajo de tus pies heridos y anchos.
Madrugas, labrador, y dejas tierra
de huella sobre el sitio de tu cama,
a tu mujer le duele la cintura
por la tierra que dejas derramada.
Labrador, tienes tierra en los oídos,
entre las uñas tierra, en las entrañas;
labrador tienes chepa bajo el hombro
y es tierra acumulada,
te vas hacia la tierra siendo tierra
los terrones te tiran de la barba.
Ya no quiere que siembres más semillas,
que quiere que te siembres y te vayas,
que el hijo te releve en la tarea;
ya estás mimetizado con la parva,
estás hecho ya polvo con el polvo
de la trilla y la tralla.
Te has ganado la tierra con la tierra
no quiere verte viejo en la labranza,
te abre los brazos bella por el surco
échate en ella, labrador, descansa.
*****
_
Gloria Fuertes
_
No perdamos el tiempo
_
Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor va y me besa y me deja temblando
¿Qué importancia tiene todo eso,
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna?
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace todo el mundo;
los poetas debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en la boca del túnel
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro;
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usurcros y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías
Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.
_
*****
_
Gloria Fuertes
_
"Sale caro ser poeta" (de Poeta de guardia, 1962)
_
Sale caro, señores, ser poeta
La gente va y se acuesta tan tranquila
--que después del trabajo da buen sueño--
Trabajo como esclavo llego a casa,
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede
La duda me acribilla todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
--escribiendo me da la madrugada--.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.
_
*****
_
Gloria Fuertes
_
Ya ves qué tontería
_
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte:
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre
_
Gloria Fuertes
__
Labrador
_
LABRADOR,
ya eres más de la tierra que del pueblo.
Cuando pasas, tu espalda huele a campo,
ya barruntas la lluvia y te esponjas,
ya eres casi de barro.
De tanto arar, ya tienes dos raíces
debajo de tus pies heridos y anchos.
Madrugas, labrador, y dejas tierra
de huella sobre el sitio de tu cama,
a tu mujer le duele la cintura
por la tierra que dejas derramada.
Labrador, tienes tierra en los oídos,
entre las uñas tierra, en las entrañas;
labrador tienes chepa bajo el hombro
y es tierra acumulada,
te vas hacia la tierra siendo tierra
los terrones te tiran de la barba.
Ya no quiere que siembres más semillas,
que quiere que te siembres y te vayas,
que el hijo te releve en la tarea;
ya estás mimetizado con la parva,
estás hecho ya polvo con el polvo
de la trilla y la tralla.
Te has ganado la tierra con la tierra
no quiere verte viejo en la labranza,
te abre los brazos bella por el surco
échate en ella, labrador, descansa.
*****
_
Gloria Fuertes
_
No perdamos el tiempo
_
Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor va y me besa y me deja temblando
¿Qué importancia tiene todo eso,
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna?
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace todo el mundo;
los poetas debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en la boca del túnel
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro;
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso;
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usurcros y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar a alguna mina;
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas; jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías
Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.
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*****
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Gloria Fuertes
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"Sale caro ser poeta" (de Poeta de guardia, 1962)
_
Sale caro, señores, ser poeta
La gente va y se acuesta tan tranquila
--que después del trabajo da buen sueño--
Trabajo como esclavo llego a casa,
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede
La duda me acribilla todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
--escribiendo me da la madrugada--.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.
_
*****
_
Gloria Fuertes
_
Ya ves qué tontería
_
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte:
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre
lunes, 23 de junio de 2008
Hans Christian Andersen -- Cada cosa en su sitio
Hans Christian Andersen
Cada cosa en su sitio
**************
Hace de esto más de cien años.
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crecían cañaverales, juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se inclinaban sobre las cañas.
Desde el valle llegaban sones de cuernos y trotes de caballos; por eso la zagala se daba prisa en sacar los gansos del puente antes de que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a todo galope, y la muchacha hubo de subirse de un brinco a una de las altas piedras que sobresalían junto al puente, para no ser atropellada. Era casi una niña, delgada y flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos maravillosamente límpidos. Mas el noble caballero no reparó en ellos; a pleno galope, blandiendo el látigo, por puro capricho dio con él en el pecho de la pastora, con tanta fuerza que la derribó.
- ¡Cada cosa en su sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el chiste le pareció gracioso, y los demás le hicieron coro. Todo el grupo de cazadores prorrumpió en un estruendoso griterío, al que se sumaron los ladridos de los perros. Era lo que dice la canción:
«¡Borrachas llegan las ricas aves!».
Dios sabe lo rico que era.
La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En cuanto los señores y la jauría hubieron desaparecido por la puerta, ella trató de salir de su atolladero, pero la rama se quebró, y la muchachita cayó en medio del cañaveral, sintiendo en el mismo momento que la sujetaba una mano robusta. Era un buhonero, que, habiendo presenciado toda la escena desde alguna distancia, corrió en su auxilio.
- ¡Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al noble en tono de burla y poniendo a la muchacha en un lugar seco. Luego intentó volver a adherir la rama quebrada al árbol; pero eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene aplicación, y así la clavó en
la tierra reblandecida -. Crece si puedes; crece hasta convertirte en una buena flauta para la gente del castillo -.
Con ello quería augurar al noble y los suyos un bien merecido castigo. Subió después al palacio, aunque no pasó al salón de fiestas; no era bastante distinguido para ello. Sólo le permitieron entrar en la habitación de la servidumbre, donde fueron examinadas sus mercancías y discutidos los precios. Pero del salón donde se celebraba el banquete llegaba el griterío y alboroto de lo que querían ser canciones; no sabían hacerlo mejor.
Resonaban las carcajadas y los ladridos de los perros. Se comía y bebía con el mayor desenfreno. El vino y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los canes favoritos participaban en el festín; los señoritos los besaban después de secarles el hocico con las largas orejas colgantes. El buhonero fue al fin introducido en el salón, con sus mercancías; sólo querían divertirse con él.
El vino se les había subido a la cabeza, expulsando de ella a la razón. Le sirvieron cerveza en un calcetín para que bebiese con ellos, ¡pero deprisa! Una ocurrencia por demás graciosa, como se ve. Rebaños enteros de ganado, cortijos con sus campesinos fueron jugados y perdidos a una sola carta.
- ¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero cuando hubo podido escapar sano y salvo de aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-. Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá arriba -. Y desde el vallado se despidió de la zagala con un gesto de la mano.
Pasaron días y semanas, y aquella rama quebrada de sauce que el buhonero plantara junto al foso, seguía verde y lozana; incluso salían de ella nuevos vástagos. La doncella vio que había echado raíces, lo cual le produjo gran contento, pues le parecía que era su propio árbol.
Y así fue prosperando el joven sauce, mientras en la propiedad todo decaía y marchaba del revés, a fuerza de francachelas y de juego: dos ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar el carro.
No habían transcurrido aún seis años, cuando el noble hubo de abandonar su propiedad convertido en pordiosero, sin más haber que un saco y un bastón. La compró un rico buhonero, el mismo que un día fuera objeto de las burlas de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron cerveza en un calcetín. Pero la honradez y la laboriosidad llaman a los vientos favorables, y ahora el comerciante era dueño de la noble mansión. Desde aquel momento quedaron desterrados de ella los naipes.
- ¡Mala cosa! -decía el nuevo dueño-. Viene de que el diablo, después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar una caricatura de ella e ideo el juego de cartas.
El nuevo señor contrajo matrimonio - ¿con quién dirías? - Pues con la zagala, que se había conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus nuevos vestidos aparecía tan pulcra y distinguida como si hubiese nacido en noble cuna. ¿Cómo ocurrió la cosa?
Bueno, para nuestros tiempos tan ajetreados sería ésta una historia demasiado larga, pero el caso es que sucedió; y ahora viene lo más importante.
En la antigua propiedad todo marchaba a las mil maravillas; la madre cuidaba del gobierno doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas. Llovían sobre ellos las bendiciones; la prosperidad llama a la prosperidad. La vieja casa señorial fue reparada y embellecida; se limpiaron los fosos y se plantaron en ellos árboles frutales; la casa era cómoda, acogedora, y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y lino en el gran salón, y los domingos se leía la Biblia en alta voz, encargándose de ello el Consejero comercial, pues a esta dignidad había sido elevado el ex-buhonero en los últimos años de su vida. Crecían los hijos - pues habían venido hijos -, y todos recibían buena instrucción, aunque no todos eran inteligentes en el mismo grado, como suele suceder en las familias.
La rama de sauce se había convertido en un árbol exuberante, y crecía en plena libertad, sin ser podado. - ¡Es nuestro árbol familiar! -decía el anciano matrimonio, y no se cansaban de recomendar a sus hijos, incluso a los más ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen siempre.
Y ahora dejamos transcurrir cien años.
Estamos en los tiempos presentes. El lago se había transformado en un cenagal, y de la antigua mansión nobiliaria apenas quedaba vestigio: una larga charca, con unas ruinas de piedra en uno de sus bordes, era cuanto subsistía del profundo foso, en el que se levantaba un espléndido árbol centenario de ramas colgantes: era el árbol familiar. Allí seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un sauce cuando se lo deja crecer en libertad. Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz hasta la copa, y que la tempestad lo había torcido un poco; pero vivía, y de todas sus grietas y desgarraduras, en las que el viento y la intemperie habían depositado tierra fecunda, brotaban flores y hierbas; principalmente en lo alto, allí donde se separaban las grandes ramas, se había formado una especie de jardincito colgante de frambuesas y otras plantas, que suministran alimento a los pajarillos; hasta un gracioso acerolo había echado allí raíces y se levantaba, esbelto y distinguido, en medio del viejo sauce, que se miraba en las aguas negras cada vez que el viento barría las lentejas acuáticas y las arrinconaba en un ángulo de la charca. Un estrecho sendero pasaba a través de los campos señoriales, como un trazo hecho en una superficie sólida.
En la cima de la colina lindante con el bosque, desde la cual se dominaba un soberbio panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso y suntuoso, con cristales tan transparentes, que habríase dicho que no los había. La gran escalinata frente a la puerta principal parecía una galería de follaje, un tejido de rosas y plantas de amplias hojas. El césped era tan limpio y verde como si cada mañana y cada tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la más ínfima brizna de hierba seca.
En el interior del palacio, valiosos cuadros colgaban de las paredes, y había sillas y divanes tapizados de terciopelo y seda, que parecían capaces de moverse por sus propios pies; mesas con tablero de blanco mármol y libros encuadernados en tafilete con cantos de oro...
Era gente muy rica la que allí residía, gente noble: eran barones.
Cada cosa en su sitio
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Hace de esto más de cien años.
Detrás del bosque, a orillas de un gran lago, se levantaba un viejo palacio, rodeado por un profundo foso en el que crecían cañaverales, juncales y carrizos. Junto al puente, en la puerta principal, habla un viejo sauce, cuyas ramas se inclinaban sobre las cañas.
Desde el valle llegaban sones de cuernos y trotes de caballos; por eso la zagala se daba prisa en sacar los gansos del puente antes de que llegase la partida de cazadores. Venía ésta a todo galope, y la muchacha hubo de subirse de un brinco a una de las altas piedras que sobresalían junto al puente, para no ser atropellada. Era casi una niña, delgada y flacucha, pero en su rostro brillaban dos ojos maravillosamente límpidos. Mas el noble caballero no reparó en ellos; a pleno galope, blandiendo el látigo, por puro capricho dio con él en el pecho de la pastora, con tanta fuerza que la derribó.
- ¡Cada cosa en su sitio! -exclamó-. ¡El tuyo es el estercolero! -y soltó una carcajada, pues el chiste le pareció gracioso, y los demás le hicieron coro. Todo el grupo de cazadores prorrumpió en un estruendoso griterío, al que se sumaron los ladridos de los perros. Era lo que dice la canción:
«¡Borrachas llegan las ricas aves!».
Dios sabe lo rico que era.
La pobre muchacha, al caer, se agarró a una de las ramas colgantes del sauce, y gracias a ella pudo quedar suspendida sobre el barrizal. En cuanto los señores y la jauría hubieron desaparecido por la puerta, ella trató de salir de su atolladero, pero la rama se quebró, y la muchachita cayó en medio del cañaveral, sintiendo en el mismo momento que la sujetaba una mano robusta. Era un buhonero, que, habiendo presenciado toda la escena desde alguna distancia, corrió en su auxilio.
- ¡Cada cosa en su sitio! -dijo, remedando al noble en tono de burla y poniendo a la muchacha en un lugar seco. Luego intentó volver a adherir la rama quebrada al árbol; pero eso de «cada cosa en su sitio» no siempre tiene aplicación, y así la clavó en
la tierra reblandecida -. Crece si puedes; crece hasta convertirte en una buena flauta para la gente del castillo -.
Con ello quería augurar al noble y los suyos un bien merecido castigo. Subió después al palacio, aunque no pasó al salón de fiestas; no era bastante distinguido para ello. Sólo le permitieron entrar en la habitación de la servidumbre, donde fueron examinadas sus mercancías y discutidos los precios. Pero del salón donde se celebraba el banquete llegaba el griterío y alboroto de lo que querían ser canciones; no sabían hacerlo mejor.
Resonaban las carcajadas y los ladridos de los perros. Se comía y bebía con el mayor desenfreno. El vino y la cerveza espumeaban en copas y jarros, y los canes favoritos participaban en el festín; los señoritos los besaban después de secarles el hocico con las largas orejas colgantes. El buhonero fue al fin introducido en el salón, con sus mercancías; sólo querían divertirse con él.
El vino se les había subido a la cabeza, expulsando de ella a la razón. Le sirvieron cerveza en un calcetín para que bebiese con ellos, ¡pero deprisa! Una ocurrencia por demás graciosa, como se ve. Rebaños enteros de ganado, cortijos con sus campesinos fueron jugados y perdidos a una sola carta.
- ¡Cada cosa en su sitio! -dijo el buhonero cuando hubo podido escapar sano y salvo de aquella Sodoma y Gomorra, como él la llamó-. Mi sitio es el camino, bajo el cielo, y no allá arriba -. Y desde el vallado se despidió de la zagala con un gesto de la mano.
Pasaron días y semanas, y aquella rama quebrada de sauce que el buhonero plantara junto al foso, seguía verde y lozana; incluso salían de ella nuevos vástagos. La doncella vio que había echado raíces, lo cual le produjo gran contento, pues le parecía que era su propio árbol.
Y así fue prosperando el joven sauce, mientras en la propiedad todo decaía y marchaba del revés, a fuerza de francachelas y de juego: dos ruedas muy poco apropiadas para hacer avanzar el carro.
No habían transcurrido aún seis años, cuando el noble hubo de abandonar su propiedad convertido en pordiosero, sin más haber que un saco y un bastón. La compró un rico buhonero, el mismo que un día fuera objeto de las burlas de sus antiguos propietarios, cuando le sirvieron cerveza en un calcetín. Pero la honradez y la laboriosidad llaman a los vientos favorables, y ahora el comerciante era dueño de la noble mansión. Desde aquel momento quedaron desterrados de ella los naipes.
- ¡Mala cosa! -decía el nuevo dueño-. Viene de que el diablo, después que hubo leído la Biblia, quiso fabricar una caricatura de ella e ideo el juego de cartas.
El nuevo señor contrajo matrimonio - ¿con quién dirías? - Pues con la zagala, que se había conservado honesta, piadosa y buena. Y en sus nuevos vestidos aparecía tan pulcra y distinguida como si hubiese nacido en noble cuna. ¿Cómo ocurrió la cosa?
Bueno, para nuestros tiempos tan ajetreados sería ésta una historia demasiado larga, pero el caso es que sucedió; y ahora viene lo más importante.
En la antigua propiedad todo marchaba a las mil maravillas; la madre cuidaba del gobierno doméstico, y el padre, de las faenas agrícolas. Llovían sobre ellos las bendiciones; la prosperidad llama a la prosperidad. La vieja casa señorial fue reparada y embellecida; se limpiaron los fosos y se plantaron en ellos árboles frutales; la casa era cómoda, acogedora, y el suelo, brillante y limpísimo. En las veladas de invierno, el ama y sus criadas hilaban lana y lino en el gran salón, y los domingos se leía la Biblia en alta voz, encargándose de ello el Consejero comercial, pues a esta dignidad había sido elevado el ex-buhonero en los últimos años de su vida. Crecían los hijos - pues habían venido hijos -, y todos recibían buena instrucción, aunque no todos eran inteligentes en el mismo grado, como suele suceder en las familias.
La rama de sauce se había convertido en un árbol exuberante, y crecía en plena libertad, sin ser podado. - ¡Es nuestro árbol familiar! -decía el anciano matrimonio, y no se cansaban de recomendar a sus hijos, incluso a los más ligeros de cascos, que lo honrasen y respetasen siempre.
Y ahora dejamos transcurrir cien años.
Estamos en los tiempos presentes. El lago se había transformado en un cenagal, y de la antigua mansión nobiliaria apenas quedaba vestigio: una larga charca, con unas ruinas de piedra en uno de sus bordes, era cuanto subsistía del profundo foso, en el que se levantaba un espléndido árbol centenario de ramas colgantes: era el árbol familiar. Allí seguía, mostrando lo hermoso que puede ser un sauce cuando se lo deja crecer en libertad. Cierto que tenía hendido el tronco desde la raíz hasta la copa, y que la tempestad lo había torcido un poco; pero vivía, y de todas sus grietas y desgarraduras, en las que el viento y la intemperie habían depositado tierra fecunda, brotaban flores y hierbas; principalmente en lo alto, allí donde se separaban las grandes ramas, se había formado una especie de jardincito colgante de frambuesas y otras plantas, que suministran alimento a los pajarillos; hasta un gracioso acerolo había echado allí raíces y se levantaba, esbelto y distinguido, en medio del viejo sauce, que se miraba en las aguas negras cada vez que el viento barría las lentejas acuáticas y las arrinconaba en un ángulo de la charca. Un estrecho sendero pasaba a través de los campos señoriales, como un trazo hecho en una superficie sólida.
En la cima de la colina lindante con el bosque, desde la cual se dominaba un soberbio panorama, se alzaba el nuevo palacio, inmenso y suntuoso, con cristales tan transparentes, que habríase dicho que no los había. La gran escalinata frente a la puerta principal parecía una galería de follaje, un tejido de rosas y plantas de amplias hojas. El césped era tan limpio y verde como si cada mañana y cada tarde alguien se entretuviera en quitar hasta la más ínfima brizna de hierba seca.
En el interior del palacio, valiosos cuadros colgaban de las paredes, y había sillas y divanes tapizados de terciopelo y seda, que parecían capaces de moverse por sus propios pies; mesas con tablero de blanco mármol y libros encuadernados en tafilete con cantos de oro...
Era gente muy rica la que allí residía, gente noble: eran barones.
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Abuelita -- Hans Christian Andersen
Hans Christian Andersen
Abuelita
***************
Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos.
También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda.
Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda.
Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia.
En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos.
¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario?
¿No lo sabes?
Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto.
Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír.
Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora abuelita se ha muerto.
Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos.
¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos!
Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa.
El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta.
Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida.
Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta.
La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio.
Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen.
Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven.
Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él.
El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también.
Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías.
Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes.
Los ojos no mueren nunca.
Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
Abuelita
***************
Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos.
También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda.
Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda.
Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia.
En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos.
¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario?
¿No lo sabes?
Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto.
Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír.
Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora abuelita se ha muerto.
Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos.
¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos!
Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa.
El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta.
Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida.
Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta.
La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio.
Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen.
Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven.
Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él.
El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también.
Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías.
Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes.
Los ojos no mueren nunca.
Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
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viernes, 13 de junio de 2008
EL FLAUTISTA DE HAMELIN -- ROBERT BROWNING
E L
F L A U T I S T A
D E
H A M E L I N
_
R O B E R T
B R O W N I N G
*
El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca
de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y
anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio
un lugar tan placentero pero, para la época en que
comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-,
los pobladores soportaban una horrible peste.
¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los
gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían
los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo
cucharón del cocinero; abrían los toneles de
sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de
paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas
de las mujeres, ahogando las voces con chillidos es-
tridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos
y bemoles.
Finalmente la gente acudió en manifestación a la
alcaldía.
-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas
-gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar
que gastamos en trajes de armiño para unos bobos
que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso
esperan ampararse en sus pieles de magistrados,
sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores.
Exprímanse los cerebros para encontrar una solución,
o no les quepa duda de que los vamos a echar.
Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron
a temblar, muy preocupados.
Estuvieron reunidos en consejo durante una hora
y por fin el alcalde rompió el silencio.
-Remato mi investidura al mejor postor. Querría
estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se
exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto
rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena
trampa!
Mientras decía esto tocaron suavemente a la
puerta del recinto
-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?
(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño
pero asombrosamente gordo. Su mirada no era
más lúcida ni más húmeda que la de una ostra
muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco
de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por
un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)
-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo?
-preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que
me recuerde el de las ratas y el corazón me da un
vuelco.
-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció
que había crecido.
Entonces hizo su entrada el tipo más raro que
pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que
lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad
rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos
azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres,
cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en
las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas
sonrisas en tos labios.
Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y
todos contemplaban absortos al hombre altísimo y
su extraño atavío.
Uno dijo:
-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la
tumba al oír las trompetas del día del Juicio.
El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones
y dijo:
-Con su permiso, honorables. Por obra de un
poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me
sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran,
las que nadan, las que vuelan y las que corren.
Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales
al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y
las víboras. La gente me llama el Flautista.
Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello
tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego
con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta.
También notaron que los dedos se le escapaban,
como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que
se bamboleaba sobre el anticuado traje.
-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en
junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas
nubes de mosquitos y en Asia le quité de
encima a Nizam una ola monstruosa de murciélagos
vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes
¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las
ratas?
-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos
el alcalde y la Corporación.
Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente,
como si supiese qué magia dormía en su
flauta, y, como un músico experto, frunció los labios
para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos
azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre
la llama de una vela. Y antes de que la flauta
hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que
recordaba un ejército en marcha. El murmullo se
convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas
comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.
Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas
robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras,
ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas,
ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías,
primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y
docenas de familias, hermanos, hermanas. esposas y
esposos, todas detrás del Flautista.
El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían
bailoteando, hasta que llegaron a orillas del
Weser, donde todas se zambulleron y murieron.
Todas salvo una, intrépida como Julio César,
que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus
Comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como
el conquistador romano de preservar el manuscrito.
Su historia decía así:
"En cuanto sonaron las primeras notas agudas
en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que
colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en
la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos,
que dejaban entreabiertos armarios con
conservas y que quitaban los corchos a los frascos
de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles
de manteca. Era como si una voz (más dulce que el
arpa o el salterio) gritase: "¡Alégrense, ratas! El mundo
se convirtió en una enorme despensa. Así que
masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden
y cenen." Y cuando me pareció ver un gran barril de
azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos
centímetros de mis narices, como diciéndome: "Ven
a perforarme", me encontré revolcándome en el
Weser".
Tendrían que haber escuchado a los pobladores
de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar
los campanarios.
-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos
y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡ConE
sulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros
de las ratas en el pueblo!
De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado
y se oyó:
-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!
¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también,
los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo
hacían estragos con las reservas de Clarete, de
Mosela, de Vinde-Grave y de vino del Rin, y la mitad
de ese dinero bastaría para volver a llenar con
vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a
pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo
y rojo, como un gitano?
-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-
, fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios
ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto
no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos
gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco
algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que
dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que
tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que
debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese
con cincuenta.
El Flautista cambió de cara y gritó:
-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado.
Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena:
tengo que probar la primicia de un guiso del
cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está
agradecido de que haya exterminado los escorpiones
de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a
ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en
cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para
la gente que me pone furioso.
-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que
puedo permitir que me trate peor que a un cocinero?
¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista
vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una
amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta
reventar.
El Flautista salió una vez más a la calle y una vez
más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y
recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de
esas notas dulces y suaves como no había emitido
hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó
un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres
que se empujaban y se atropellaban, piecitos que
pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que
aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las
aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron
corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas
de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes
y dientes de perlas, tropezándose y brincando
corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y
carcajadas.
El alcalde se quedó mudo y los consejeros se
quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un
paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando
alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa
multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué
angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones
de los consejeros cuando el Flautista se desvió
de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que
les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!
Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en
lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste
y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los
chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron
aliviados.
-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que
dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.
Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña,
se abrió de par en par un portal maravilloso, como si
de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista
avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían
entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de
golpe.
¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era rengo
y no había podido bailotear como los otros.
Cuando, muchos años después, le reprochaban su
tristeza, solía decir: "Es muy sombrío el pueblo desde
que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar
que estoy privado de contemplar todos esos
maravillosos espectáculos que también a mí me
prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una
tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo,
allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles
frutales y las flores desplegaban matices más hermosos
y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones
eran más brillantes que los pavos reales y los perros
más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido
sus aguijones y los caballos nacían con alas de
águila. Y justo cuando me sentí seguro de que en ese
lugar iba a curarme de mi renguera, la música se detuvo
y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de
la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado
a seguir rengueando en este mundo y a no volver a
oír nunca más hablar del hermoso país".
¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino
a la mente eso de que es más fácil que un camello
pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el
cielo.
El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro
puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde
quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata
que pidiera si regresaba como se había ido y traía
con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era
en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban
a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron
un decreto por el cual los abogados debían
fechar sus documentos según esta fórmula: "A tantos
años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27
de julio de 1366". Y para no olvidarse jamás de la
calle por donde habían desaparecido los niños la
llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase
por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar
seguro de que no volvería a encontrar trabajo en
Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería
ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una
calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había
abierto la caverna levantaron una columna y en ella
escribieron esta historia y también la pintaron en el
gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase
de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy
están allí esos recuerdos.
Me olvidaba de mencionar que en Transilvania
hay una tribu de gente muy especial que asegura que
las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la
atención de sus vecinos, son una herencia de sus
antepasados, surgidos de una prisión subterránea en
la que se los había sepultado hacía largo tiempo después
de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin,
en el condado de Brunswick, sin que supieran
decir cómo o por qué.
Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con
todos los hombres... ¡sobre todo con los flautistas! Y
sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de
ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles
lo que hayamos convenido.
F L A U T I S T A
D E
H A M E L I N
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El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca
de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y
anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio
un lugar tan placentero pero, para la época en que
comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-,
los pobladores soportaban una horrible peste.
¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los
gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían
los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo
cucharón del cocinero; abrían los toneles de
sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de
paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas
de las mujeres, ahogando las voces con chillidos es-
tridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos
y bemoles.
Finalmente la gente acudió en manifestación a la
alcaldía.
-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas
-gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar
que gastamos en trajes de armiño para unos bobos
que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso
esperan ampararse en sus pieles de magistrados,
sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores.
Exprímanse los cerebros para encontrar una solución,
o no les quepa duda de que los vamos a echar.
Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron
a temblar, muy preocupados.
Estuvieron reunidos en consejo durante una hora
y por fin el alcalde rompió el silencio.
-Remato mi investidura al mejor postor. Querría
estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se
exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto
rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena
trampa!
Mientras decía esto tocaron suavemente a la
puerta del recinto
-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?
(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño
pero asombrosamente gordo. Su mirada no era
más lúcida ni más húmeda que la de una ostra
muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco
de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por
un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)
-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo?
-preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que
me recuerde el de las ratas y el corazón me da un
vuelco.
-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció
que había crecido.
Entonces hizo su entrada el tipo más raro que
pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que
lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad
rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos
azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres,
cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en
las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas
sonrisas en tos labios.
Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y
todos contemplaban absortos al hombre altísimo y
su extraño atavío.
Uno dijo:
-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la
tumba al oír las trompetas del día del Juicio.
El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones
y dijo:
-Con su permiso, honorables. Por obra de un
poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me
sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran,
las que nadan, las que vuelan y las que corren.
Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales
al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y
las víboras. La gente me llama el Flautista.
Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello
tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego
con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta.
También notaron que los dedos se le escapaban,
como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que
se bamboleaba sobre el anticuado traje.
-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en
junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas
nubes de mosquitos y en Asia le quité de
encima a Nizam una ola monstruosa de murciélagos
vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes
¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las
ratas?
-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos
el alcalde y la Corporación.
Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente,
como si supiese qué magia dormía en su
flauta, y, como un músico experto, frunció los labios
para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos
azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre
la llama de una vela. Y antes de que la flauta
hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que
recordaba un ejército en marcha. El murmullo se
convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas
comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.
Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas
robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras,
ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas,
ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías,
primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y
docenas de familias, hermanos, hermanas. esposas y
esposos, todas detrás del Flautista.
El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían
bailoteando, hasta que llegaron a orillas del
Weser, donde todas se zambulleron y murieron.
Todas salvo una, intrépida como Julio César,
que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus
Comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como
el conquistador romano de preservar el manuscrito.
Su historia decía así:
"En cuanto sonaron las primeras notas agudas
en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que
colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en
la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos,
que dejaban entreabiertos armarios con
conservas y que quitaban los corchos a los frascos
de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles
de manteca. Era como si una voz (más dulce que el
arpa o el salterio) gritase: "¡Alégrense, ratas! El mundo
se convirtió en una enorme despensa. Así que
masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden
y cenen." Y cuando me pareció ver un gran barril de
azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos
centímetros de mis narices, como diciéndome: "Ven
a perforarme", me encontré revolcándome en el
Weser".
Tendrían que haber escuchado a los pobladores
de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar
los campanarios.
-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos
y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡ConE
sulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros
de las ratas en el pueblo!
De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado
y se oyó:
-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!
¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también,
los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo
hacían estragos con las reservas de Clarete, de
Mosela, de Vinde-Grave y de vino del Rin, y la mitad
de ese dinero bastaría para volver a llenar con
vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a
pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo
y rojo, como un gitano?
-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-
, fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios
ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto
no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos
gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco
algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que
dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que
tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que
debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese
con cincuenta.
El Flautista cambió de cara y gritó:
-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado.
Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena:
tengo que probar la primicia de un guiso del
cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está
agradecido de que haya exterminado los escorpiones
de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a
ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en
cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para
la gente que me pone furioso.
-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que
puedo permitir que me trate peor que a un cocinero?
¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista
vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una
amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta
reventar.
El Flautista salió una vez más a la calle y una vez
más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y
recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de
esas notas dulces y suaves como no había emitido
hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó
un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres
que se empujaban y se atropellaban, piecitos que
pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que
aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las
aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron
corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas
de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes
y dientes de perlas, tropezándose y brincando
corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y
carcajadas.
El alcalde se quedó mudo y los consejeros se
quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un
paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando
alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa
multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué
angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones
de los consejeros cuando el Flautista se desvió
de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que
les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!
Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en
lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste
y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los
chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron
aliviados.
-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que
dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.
Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña,
se abrió de par en par un portal maravilloso, como si
de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista
avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían
entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de
golpe.
¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era rengo
y no había podido bailotear como los otros.
Cuando, muchos años después, le reprochaban su
tristeza, solía decir: "Es muy sombrío el pueblo desde
que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar
que estoy privado de contemplar todos esos
maravillosos espectáculos que también a mí me
prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una
tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo,
allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles
frutales y las flores desplegaban matices más hermosos
y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones
eran más brillantes que los pavos reales y los perros
más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido
sus aguijones y los caballos nacían con alas de
águila. Y justo cuando me sentí seguro de que en ese
lugar iba a curarme de mi renguera, la música se detuvo
y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de
la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado
a seguir rengueando en este mundo y a no volver a
oír nunca más hablar del hermoso país".
¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino
a la mente eso de que es más fácil que un camello
pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el
cielo.
El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro
puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde
quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata
que pidiera si regresaba como se había ido y traía
con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era
en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban
a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron
un decreto por el cual los abogados debían
fechar sus documentos según esta fórmula: "A tantos
años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27
de julio de 1366". Y para no olvidarse jamás de la
calle por donde habían desaparecido los niños la
llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase
por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar
seguro de que no volvería a encontrar trabajo en
Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería
ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una
calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había
abierto la caverna levantaron una columna y en ella
escribieron esta historia y también la pintaron en el
gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase
de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy
están allí esos recuerdos.
Me olvidaba de mencionar que en Transilvania
hay una tribu de gente muy especial que asegura que
las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la
atención de sus vecinos, son una herencia de sus
antepasados, surgidos de una prisión subterránea en
la que se los había sepultado hacía largo tiempo después
de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin,
en el condado de Brunswick, sin que supieran
decir cómo o por qué.
Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con
todos los hombres... ¡sobre todo con los flautistas! Y
sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de
ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles
lo que hayamos convenido.
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