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viernes, 23 de octubre de 2009

DE LOS APENINOS A LOS ANDES



De los Apeninos a los Andes

Edmundo De Amicis
(Extracto de “Corazón”)


Hace muchos años, un chico genovés de trece años, hijo de un obrero, marchó solo desde Génova a América en busca de su madre, que dos años antes había ido a Buenos Aires, capital de la república Argentina, para ponerse a servir en alguna casa de gente rica y ayudar, de este modo, a salir de apuros a su familia, que, por diversas causas, había caído en la pobreza y contraído bastan­tes deudas.
No son pocas las mujeres intrépidas que realizan un viaje tan largo con ese mismo fin, y que, gracias a la buena remuneración que tienen allá los servicios domésticos, regresan a la patria al cabo de unos años con unos miles de liras. La pobre mujer había llorado mucho al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y llena de esperanza.
La travesía se efectuó con toda normalidad, y al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía tiempo, encontró colocación en casa de una familia argentina acomodada, que le pagaba mucho y la trataba bien.
Durante algún tiempo mantuvo una correspondencia regular con los suyos. Según lo tenían acordado, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer, y ésta le daba las suyas para que las enviase a Génova, escribiendo siempre algo de su parte.
Como ganaba ochenta liras al mes y no tenía gastos, cada tres meses podían enviar a su marido una cantidad considerable, con la que el hombre iba pagando las deudas más urgentes y mante­niendo de ese modo su buena reputación de persona honrada.
Entretanto trabajaba y estaba contento de sus cosas, porque tenía la esperanza de que la mujer regresaría pronto, ya que la casa, sin ella, parecía estar vacía, y el hijo menor, de manera especial, que quería muchísimo a su madre, no podía resignarse a tan prolongada ausencia.
Pero, transcurrido un año desde su partida, después de una carta de pocas líneas, en la que decía que no se encontraba bien de salud, no habían vuelto a recibir ninguna otra. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. También escribieron a la familia argentina a la que prestaba sus servicios, pero, no ha­biendo llegado a su destinatario, tal vez por no haber puesto bien la dirección, tampoco obtuvieron respuesta. Temiendo alguna desgracia, escribieron al Consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese las oportunas averiguaciones; mas al cabo de tres meses les contestó el Cónsul que, a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado a dar alguna noticia de su paradero.
Y no podía ser de otro modo, aparte otras razones, porque la mujer, con el fin de salvar el honor de los suyos, que a ella le parecía mancharlo haciéndose criada, no había dado a la familia argentina su verdadero nombre.
Pasaron otros meses sin ninguna noticia. El padre y los hijos estaban consternados; el más pequeño, sobre todo, no podía librarse de su desconsolada tristeza. ¿Qué hacer en tales circunstancias? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue empren­der el viaje e ir a América en busca de su mujer. Pero, ¿cómo abandonar el trabajo? ¿Quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía ausentarse el hijo mayor, que por entonces empezaba a ganar algo y era imprescindible para la familia. Con esta inquietud vivían, repitiéndose todos los días las mismas dolorosas considera­ciones y mirándose entre sí silenciosos, cuando una noche, dijo Marco, el hijo menor, con gran resolución:
-Yo iré a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza, entristecido, y no respondió. Era algo loable, pero imposible de realizar. ¿Cómo iba a ir solo a América un chico de trece años, si hacía falta un mes para llegar? Pero el muchacho insistió en su idea aquel día y en los sucesivos, sin ninguna vacilación y razonando como un hombre.
--Otros han ido -decía- y aun menores que yo. Una vez en el barco, llegaré allá como cualquier otro, y cuando esté en Buenos Aires no tengo más que buscar el comercio del tío. Hay tantos italianos por aquellas tierras, que alguno me dirá por dónde he de ir. Una vez que encuentre al tío, encontraré a mamá, y si no la encuentro, acudiré al Cónsul y buscaré a la familia argentina. Ocurra o que ocurra, allí hay trabajo para todos, y alguno encontraré para ganar lo suficiente con que pagar el pasaje de vuelta.
De esta forma, poco a poco casi logró convencer a su padre. Este lo apreciaba, sabía que era un chico juicioso y valiente, acostumbrado a las privaciones y a los sacrificios, cualidades que darían doble fuerza a su corazón para llevar a buen fin el propósito de encontrar a su madre, a la que adoraba.
A esto se añadía que un capitán de barco, amigo de un conocido de la familia, que había oído hablar del asunto, accedió a que el chico fuese sin pagar hasta Buenos Aires como pasajero de tercera clase. Entonces, después de alguna vacilación, el padre dio su consentimiento y quedó decidido el viaje.
Llenaron una bolsa de ropa, le entregaron algún dinero, le dieron la dirección de la tienda del pariente y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.
-Hijo mío -le dijo el padre al darle el último beso con los ojos humedecidos, en la escalerilla del trasatlántico que estaba para partir-, sé animoso. Vas con un santo propósito y Dios te ayudará.
¡Pobre Marco! Era esforzado y estaba preparado para la más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre el gran buque abarrotado de campesinos emigrantes, sin ningún cono­cido a bordo, con la bolsa, que contenía toda su fortuna, le sobrevino un repentino desaliento. Durante dos días permaneció acurrucado en la proa, como un perrito, sin casi probar bocado, con muchas ganas de llorar. Por su mente pasaban toda clase de pensamientos, pero el más triste y terrible era el que más le atormentaba: la posibilidad de que su madre hubiese muerto. En sus sueños, interrumpidos y penosos, siempre veía la cara de un desconocido que le miraba con aire compasivo y le decía al oído: «Tu madre ha muerto.» Entonces se despertaba ahogando un grito. Sin embargo, pasado el estrecho de Gibraltar, a la vista del Océano Atlántico, recobró algo de ánimo y de esperanza. Pero fue un corto alivio. El inmenso mar, siempre igual; el calor progre­sivo; la melancolía de toda la pobre gente que le rodeaba y la sensación de la propia soledad, volvieron a deprimirlo. Los días, que se sucedían con exasperante monotonía, se le confundían en la memoria, como les sucede a los enfermos. Parecíale que ya llevaba un año en el mar. Todas las mañanas, al despertarse, experimentaba una nueva extrañeza por encontrarse solo en me­dio de aquella inmensidad de agua, camino de América. Los magníficos peces voladores que a veces caían en el barco, las maravillosas puestas de sol de los trópicos, las enormes nubes de fuego y sangre y las fosforescencias nocturnas, que dan a todo el océano el aspecto de un mar de hirviente lava, no le parecían cosas reales, sino prodigios vistos en el sueño.
Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y caía, en medio de un coro espantoso de quejidos y de imprecacio­nes, creyendo que había llegado su última hora.
Pasaron otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinito aburrimiento, horas interminables y sinies­tras, durante las cuales los pasajeros, deprimidos, tendidos e inmóviles sobre las tablas, parecían estar muertos.
El viaje se hacía interminable: mar y cielo, cielo y mar, hoy como ayer y mañana como hoy, siempre, eternamente. El mucha­cho pasaba largas horas apoyado en la borda mirando el mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que se le cerraban los ojos y se le caía la cabeza muerto de sueño. Entonces volvía a ver la cara desconocida que le miraba con aire compasivo y le repetía al oído: «Tu madre ha muerto.» Aquella voz le despertaba sobresaltado, para empezar de nuevo a soñar con los ojos abiertos y a contemplar el inalterable horizonte.
Veintisiete días duró la travesía; pero los últimos fueron los mejores. El tiempo era magnífico y el aire fresco. El muchacho había entablado relaciones con un hombre lombardo que iba a América para reunirse con un hijo suyo, agricultor de Rosario. Le había referido todo lo de su casa y el buen viejo le repetía a cada instante, dándole palmaditas en el cuello: «Animo, galopín, tú encontrarás a tu madre sana y contenta. » Su compañía le alentaba y sus presentimientos, de tristes, se habían vuelto alegres.
Sentado en la proa, junto al viejo campesino que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en el que se destacaba la nunca vista constelación de la Cruz del Sur, en medio de grupos de emigrantes, que cantaban, se representaba mil veces en la imagi­nación el momento de llegar a Buenos Aires, y que luego, en cierta calle, encontraba la tienda del pariente, a quien pregunta­ría: «¿Cómo se encuentra mi madre? ¿Dónde está? ¿Quiere acom­pañarme en seguida?», a lo que le respondería el otro: «Se encuen­tra perfectamente. Vente conmigo.» Irían los dos muy deprisa, se detendrían ante una puerta, subirían una escalera, llamarían y... Aquí se detenía su mudo soliloquio y su imaginación se perdía en un sentimiento de indecible ternura, que le hacía sacarse a escon­didas una medallita que llevaba al cuello, besarla y murmurar sus oraciones.
Llegaron a los veintisiete días de haber zarpado de Génova. Cuando el buque echó anclas cerca de la orilla del inmenso río de la Plata en la que se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital de la república Argentina, eran las primeras horas de una hermosa mañana del mes de mayo, aunque bastante fría, puesto que por aquellas latitudes corresponde dicho mes a nuestro no­viembre. El cielo despejado, parecióle de buen augurio. El mu­chacho estaba fuera de sí por la alegría y la impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él y la volvería a ver unas horas después!
¡Se encontraba en América, en el Nuevo Mundo, y había tenido el atrevimiento de ir solo! Todo el larguísimo viaje se le figuraba que había pasado en poco tiempo, como si soñando hubiese volado y se despertara en aquel instante. Se sentía tan dichoso que casi no se inmutó ni afligió cuando, hurgando en sus bolsillos, solamente encontró una de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían quitado la mitad y solamente le quedaban unas cuantas liras. Pero, ¿qué le importaba si ya estaba tan cerca de su madre?
Con su bolsa en la mano, bajó juntamente con otros muchos pasajeros a un vaporcito que les llevó a poca distancia de la orilla saltando luego a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, y desembarcó en el muelle. Se despidió de su viejo amigo lombardo y se encaminó hacia la ciudad.
Se detuvo al llegar a la primera bocacalle y preguntó al primer hombre que vio pasar la dirección que debía seguir para ir a la calle de Las Artes. Dio la casualidad que aquel hombre era un obrero italiano, que le miró con curiosidad y le preguntó si sabía leer. El chico contestó que sí, y entonces le dijo el obrero:
-Pues bien, sigue todo derecho por ahí sin dejar de leer en todas las esquinas los nombres de las calles, y encontrarás la que buscas.
El muchacho le dio las gracias y marchó por la calle que el compatriota le había indicado.
Era una calle recta, interminable pero bastante estrecha, con casas bajas y blancas, parecidas a casitas de campo, llena de gente y de carruajes de todos los tamaños, que producían un ruido ensordecedor. Por una y otra parte se veían grandes banderas de los más diversos colores que tenían escrito en letras grandes el horario de salida de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, mirando a derecha e izquierda, veía otras calles tiradas a cordel, tan largas que los extremos parecía que iban a tocarse, también de casas bajas y blancas, llenas de gente y de vehículos, situadas en el mismo plano de la ilimitada llanura americana, semejante al mar, cuyo horizonte es un círculo cerrado.
La ciudad le parecía infinita, y que podría andar por ella días y semanas enteras viendo por doquier calles como aquéllas, figurán­dosele que toda América era una inmensa ciudad.
Se fijaba con atención en los nombres de las calles, nombres raros para él, que los leía con no pequeña dificultad. A cada nueva calle, le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba. Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio de pronto una cerca de él, y se le alborotó la sangre; se aproximó más y vio con gran desilusión que era una negra.
Seguía andando, acelerando el paso. Llegó a una glorieta, leyó y quedó como clavado en la acera. ¡Allí estaba la calle de Las Artes! Vio el número 117: la tienda del pariente se hallaba en el 175. Apresuró todavía más el paso; casi corría. Tuvo que dete­nerse en el número 171 para tomar aliento, y dijo entre sí: «¡Ay, madre mía! ¿Es verdad que voy a verte dentro de un instante?»
Corrió hacia adelante y llegó a una pequeña tienda de merce­ría. ¡Aquélla era! Se asomó y vio a una mujer de cabellos grises y con gafas.
-¿Qué quieres, pibe? -le preguntó en español.
-¿No es ésta -dijo el muchacho, esforzándose para que le saliese la voz- la tienda de Francesco Merelli?
Francesco Merelli é monto -le respondió la mujer en ita­liano.
Marco recibió la impresión de un tiro en el pecho. -¿Y cuándo murió?
-Oh, hace tiempo, unos dos meses -respondió la señora-. Le fue mal el negocio y se marchó. Dicen que se fue a Bahía Blanca, lejos de aquí, y que murió poco después. Esta tienda es mía.
El chiquillo palideció.
Luego dijo precipitadamente:,
-Merelli conocía a mi madre, que estaba aquí sirviendo a la familia Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. Yo he venido aquí desde mi tierra en busca de mi madre, ¿sabe usted? Merelli le mandaba las cartas. ¡Tengo que encontrar a mi madre!
-Yo no sé nada, hijo mío -le respondió la mujer-. Puedo preguntar al chico de la portera. El conocía al muchacho que le hacía los recados a Merelli. Tal vez pueda decirte algo.
Acto seguido llamó al muchacho por el fondo de la tienda, y él se presentó al instante.
-Dime -le preguntó la dueña-, ¿recuerdas si el dependiente de Merelli iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de sirvienta en casa de unos señores de acá?
-En casa del señor Mequínez -respondió el chico- sí, señora. Algunas veces. Al final de la calle de Las Artes.
-¡Gracias, gracias, señora! -gritó Marco-. Dígame el nú­mero, por favor... ¿No lo sabe? ¡Haga que me acompañen! Acom­páñame tú mismo, chico. Aún me queda un poco de dinero en el bolsillo.
Lo pidió de tal manera, que el chico aquel, sin esperar ninguna indicación de la tendera, le dijo:
-Vamos -y fue el primero en salir de prisa.
Casi corriendo, sin decirse palabra alguna, fueron hasta el final de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron ante una hermosa cancela de hierro, por entre la cual se veía un patio repleto de macetas con flores. Marco dio un tirón a la campanilla.
Apareció una señorita.
-Aquí vive la familia Mequínez, ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.
-Stava -le respondió la señorita, pronunciando el italiano con acento español-. Ora siamo noi, Zeballos.
-Y ¿a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marco, sumamente preocupado.
-Se fueron a Córdoba.
-¡Córdoba! -exclamó Marco-. ¿Y dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre; la criada era mi madre. ¿Se la llevaron consigo?
La señorita le miró y dijo:
-No lo sé. Tal vez lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espera un momento.
Se fue y volvió al poco con su padre, un señor alto de barba gris, que miró unos instantes al simpático chiquillo, con aspecto de pequeño marinero genovés, el pelo rubio y la nariz aguileña; en mal italiano le preguntó:
-¿Tu madre es genovesa?
Marco respondió afirmativamente.
-Pues mira, la criada genovesa se marchó con ellos. Estoy seguro.
-¿A dónde?
-A Córdoba, que es una ciudad.
El chico dio un suspiro y luego dijo con resignación:
-Bueno, no tengo más remedio que ir a Córdoba.
-¡Pobre pibe! -exclamó el señor, mirándole con cierta compasión-. ¡Pobre criatura! Córdoba dista de aquí cientos de kiló­metros.
Marco palideció como un muerto y, para no caerse, se apoyó con una mano en la cancela.
-Veamos, veamos -dijo entonces el señor Ceballos, movido a compasión y abriendo la puerta-. Entra un momento, y vere­mos si se puede hacer algo.
Se sentó, ofreció asiento a Marco, y dijo a éste que le contara su historia. Le miró con atención y se quedó un poco pensativo. Luego dijo con resolución:
-Tú no tienes plata, ¿no es así?
-Algo me queda todavía..., pero poca -respondióle el mu­chacho.
El argentino estuvo pensativo otros cinco minutos. Después se sentó a la mesa, escribió una carta, la cerró y, entregándosela al chico, le dijo:
-Oye italianito. Vas a ir con esta carta a Boca, un poblado donde la mitad por lo menos son genoveses y que se encuentra a dos horas de camino. Todos sabrán decirte por dónde has de ir. Una vez allí, buscas al señor al que va dirigido el sobre, persona muy conocida; le entregas la carta, y él te facilitará el medio de salir mañana mismo con dirección a Rosario. No dejará de reco­mendarte a alguien de allá, que tal vez te proporcione la manera de proseguir hasta Córdoba, donde hallarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunas monedas-. Anda, y no te desanimes. En este país hay muchos compatriotas tuyos, que no te abandonarán. Ya lo verás. No te desanimes por nada. ¡Adiós!
El muchacho le dio las gracias y, sin más, salió con su bolsa al hombro, tomando con paso tranquilo el camino hacia Boca a través de la grande y ruidosa ciudad, lleno de tristeza y de asombro.
Todo lo que sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente se le quedó grabado en la memoria de manera confusa e incierta como fantasmagoría de un calenturiento, por lo cansado, perturbado y deprimido que se hallaba.
Al día siguiente, hacia el oscurecer, después de haber dormido la noche anterior en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del puerto, y tras haber pasado casi todo el día sentado en un montón de madera, como adormilado, frente a millares de gabarras y de vaporcitos, se hallaba en la popa de una barcaza a vela, cargada de fruta, que salía para la ciudad de Rosario, conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuya voz y el querido dialecto que hablaban dio no poco alivio a su contristado corazón.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo de continua admiración para el pequeño viajero. Tres días y cuatro noches sobre la superficie del maravilloso río Panamá, respecto al cual, nuestro río Po no es más que un arroyuelo y la longitud de nuestra península cuadruplicada no alcanza la de su curso.
La barcaza marchaba lentamente en contra de la corriente de aquella masa inconmensurable de agua. Pasaba entre largas islas, en otro tiempo nidos de serpientes y guaridas de tigres, cubiertas de sauces y otros diversos árboles frondosos, que daban la impre­sión de bosques flotantes; otras veces se deslizaba por vastas extensiones de agua parecidas a grandes lagos tranquilos; después, nuevamente entre islas, por intrincados canales de un archipié­lago, en medio de exuberantes vegetaciones. Reinaba un silencio sepulcral. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y amplísimas, evocaban la imagen de un río desconocido que la pobre embarcación a vela fuese la primera del mundo en surcar. Cuanto más se avanzaba, tanto más le descorazonaba el inmenso río. Se le figuraba que su madre se hallaba en sus fuentes y que la navegación iba a durar años enteros.
Dos veces al día tomaba un poco de pan y carne salada con los barqueros que, viéndole tan triste, nunca le dirigían la palabra. Por la noche dormía sobre cubierta y se despertaba a intervalos, sobresaltado, admirando la claridad de la luna que blanqueaba la inmensa superficie acuosa y las lejanas orillas, oprimiéndosele entonces el corazón. «¡Córdoba! ¡Córdoba!», repetía este nombre como el de una de las misteriosas ciudades de las que había oído hablar en las leyendas. Pero luego pensaba: «Mi madre ha pasado por aquí, ha visto estas islas y estas orillas», y entonces ya no le parecían tan extraños y solitarios aquellos lugares en los que se había detenido la mirada de su adorada madre.
Por la noche cantaba algún barquero, y su voz le recordaba las canciones de su mamá para dormirle cuando era pequeñito. La última noche empezó a llorar al oír cantar. El barquero interrum­pió el canto y en seguida le dijo:
-¡No te aflijas, chiquito! ¡Qué diablos! ¡Un genovés no debe llorar jamás por estar lejos de su casa! Los genoveses dan la vuelta al mundo tan campantes como orgullosos.
Ante tales palabras, se turbó. Percibió la voz de la sangre genovesa y levantó la frente con altivez, dando un puñetazo sobre las tablas. «¡Está bien! -dijo entre sí-; aunque tenga que dar la vuelta al mundo, viajar años y años y recorrer a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta encontrar a mi madre. ¡Aunque llegue moribundo y caiga muerto a sus pies, con tal de verla una sola vez! ¡Valor, Marco!»
En este estado de ánimo llegó al despuntar de una rosada y fría mañana frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, sobre una pequeña altura, reflejándose en las aguas los mástiles y banderas de cien barcos de todos los países.
Poco después de desembarcar, subió a la ciudad con su bolsa en la mano en busca del señor argentino para el que su protector de Boca le había entregado una carta con algunas palabras de recomendación.
Al entrar en Rosario, parecíale hallarse en una ciudad cono­cida. Ante su vista se ofrecían de nuevo calles interminables, tiradas a cordel, de casas bajas y blancas, cruzadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por una maraña de hilos de la luz, telegráficos y telefónicos, semejantes a enormes telarañas, y un gran tropel de gente, de caballerías y de vehículos. La cabeza se le iba, y creía hallarse de nuevo en Buenos Aires, teniendo que buscar otra vez al primo de su padre. Anduvo cerca de una hora, dando vueltas y revueltas, pareciéndole que siempre se encon­traba en la misma calle. A fuerza de preguntas encontró la casa de su nuevo protector. Llamó y se asomó a la puerta un hombre gordo rubio, áspero, con aire de administrador, que le preguntó descortésmente, con pronunciación extranjera:
-¿Qué se te ofrece?
Marco dijo el nombre del patrón al que buscaba.
-El patrón -le contestó el administrador- se fue ayer para Buenos Aires con toda la familia.
El muchacho se quedó paralizado.
Después balbuceó:
-Pero yo... no tengo aquí a nadie. ¡Estoy solo! -y le presentó la carta.
El hombre la tomó, la leyó y dijo con visible malhumor:
-No sé qué hacer. Ya se la daré dentro de un mes, cuando regrese.
-¡Pero yo estoy solo y necesito ayuda! -exclamó Marco en tono suplicante.
-Y a mí, ¿qué me importa? Demasiados pordioseros de tu tierra hay ya en Rosario. Vete a mendigar a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices.
El chico se quedó petrificado.
Luego tomó con desaliento su bolsa y se marchó angustiado, con la cabeza aturdida, asaltado por un cúmulo de tristes pensamientos. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? De Rosario a Córdoba había un día de viaje en ferrocarril, y llevaba consigo muy poco dinero. Calculando lo que necesitaba gastar aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde podía encontrar dinero para pagar el billete? Podía trabajar, pero ¿en qué? ¿Y a quién recurrir? ¿Pediría limosna? ¡Ah, eso no! No quería que lo despachasen como a un perro sarnoso, que lo insultaran y lo humillaran como poco antes. ¡Todo menos eso! Con estos pensamientos, volviendo a ver ante sí la larguísima calle que se perdía en el horizonte, sintió que le faltaban otra vez fuerzas. Dejó la abultada bolsa en la acera, se sentó sobre ella, de espaldas a la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente tropezaba con él al pasar; los carruajes llenaban de ruido la calle; algunos chicos se pararon a mirarlo... Así permaneció un buen rato, hasta que le sacó de su letargo una voz que le dijo medio en italiano y medio en lombardo:
-¿Qué haces tú aquí, chiquillo?
Alzó la cara e inmediatamente se puso en pie, lanzando una exclamación de asombro.
-¡¿Usted?!
Era el viejo campesino lombardo con el que había intimado durante el viaje. La sorpresa del viejo no fue menor. Pero Marco no le dio tiempo para preguntarle y le contó en pocas palabras lo que le ocurría.
-Ahora estoy sin un real. Tengo que trabajar. Búsqueme usted algún trabajo para poder reunir el dinero que necesito. Puedo hacer lo que sea: llevar bultos, barrer las calles, hacer recados y hasta faenas del campo. Me conformo con poder comer pan negro. Lo que quiero es poder salir pronto y encontrar a mi madre. ¡Hágame ese favor! ¡Búsqueme trabajo, por el amor de Dios, que ya no puedo resistir más!
-¡Diantre, diantre! -dijo el lombardo mirando en torno suyo y rascándose la barbilla-. ¡Y qué caso! Trabajar... Eso se dice pronto. Pero vamos a ver; ¿es que costaría tanto reunir el dinero que necesitas para ir a Córdoba habiendo aquí tantos com­patriotas nuestros?
El chico le miraba, sostenido por un rayo de esperanza.
-Vente conmigo -le dijo el hombre.
-¿A dónde? -le preguntó Marco, volviendo a tomar su bolsa.
-Ya lo verás.
El lombardo se puso en marcha y Marco le siguió. Anduvieron un buen trecho de calle juntos, sin hablar. El hombre se detuvo ante la puerta de una cantina que tenía en el dintel una estrella y debajo el rótulo: La estrella de Italia; se asomó al interior y dijo al muchacho:
-Llegamos en buen momento.
Entraron en una amplia sala, donde había varias mesas y bastantes hombres sentados, que bebían y hablaban fuerte. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y por la manera de saludar a los seis parroquianos que estaban a su alrededor se comprendía que había estado con ellos poco antes. Estaban muy encarnados y hacían sonar los vasos, voceando y riendo.
-¡Camaradas! -dijo sin más el lombardo, permaneciendo de pie y presentando a Marco-. Aquí tenéis a este chico, compa­triota nuestro, que ha venido solo desde Génova en busca de su madre. En Buenos Aires le dijeron que no estaba allí, que se encontraba en Córdoba. Ha venido en barco a Rosario y ha empleado en el viaje tres días y tres noches. Trae una carta de recomendación escrita por un italiano de Boca; pero al entregarla le han recibido de mala manera. No tiene ni un céntimo. Está aquí desesperado. Se trata de un chico muy animoso. Algo debemos hacer por él, ¿no os parece? Sólo quiere el dinero necesario para trasladarse en ferrocarril a Córdoba. ¿Vamos a dejarlo aquí como perro abandonado?
-¡Por nada del mundo! ¡Eso no se dirá jamás de nosotros! -gritaron todos a la vez, dando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!
-¡Ven acá, pequeño! -¡Cuenta con nosotros, los emigrantes! -¡Qué chiquillo más guapo y espabilado! -¡Aflojad el bolsillo, camaradas! ¡Qué valiente! ¡Ha venido solo! -¡Es un chico de oro! -¡Toma un trago, compatriota! ¡No te apures, que verás a tu madre!
El uno le tocaba la mejilla; otro le daba palmaditas en la espalda; un tercero le cogía la voluminosa bolsa. De la mesa inmediata acudieron otros emigrantes; la historia del muchacho corrió por todo el establecimiento. De la habitación contigua salieron tres parroquianos argentinos... En menos de diez minutos recorrió el lombardo las distintas mesas, presentaba el sombrero a manera de bandeja y recaudó más dinero del necesario para el viaje.
-¿Has visto -dijo entonces, dirigiéndose al muchacho- qué pronto se consigue esto en América?
-¡Bebe! -le gritó otro, ofreciéndole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!
-¡A la salud de mi...!
Pero no pudo acabar la frase, porque un sollozo de alegría le cerró la garganta, y, dejando el vaso en la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, tomó el tren para Córdoba, sintiéndose animado y lleno de pensamientos hala­güeños. Pero no hay alegría duradera ante ciertos aspectos siniestros de la naturaleza. El cielo estaba encapotado, gris, oscuro; el tren, semivacío, corría a través de la inmensa planicie en la que no se advertían señales de vida. Se encontraba solo en un vagón muy largo que se parecía a los que transportan heridos. Miraba a derecha e izquierda y sólo contemplaba una soledad sin fin, interrumpida a intervalos por pequeños y deformes árboles, de ramas y troncos retorcidos, en actitudes jamás vistas, como de ira y de angustia; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura la apariencia de un inmenso cementerio.
Permanecía somnoliento por espacio de media hora y volvía a asomarse a la ventanilla, para ver siempre el mismo espectáculo.
Las estaciones por las que pasaba el tren estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el convoy se detenía, no se percibía ninguna voz, pareciéndole que se hallaba en un tren perdido, abandonado en medio de un desierto. Cada estación creía que iba a ser la última, y que entraba después en las misteriosas y espantosas tierras de los indios salvajes. Una brisa helada le azotaba la cara. Al embarcarlo en Génova, a finales de abril, su padre no había tenido en cuenta que en América del Sur sería invierno, y le dio ropa de verano. Al cabo de unas horas empezó a notar frío, y con él, el cansancio por el ajetreo de los días precedentes, llenos de emociones violentas y de agitadas noches de insomnio.
Se durmió. Estuvo durmiendo mucho tiempo, y se despertó aterido. Se sentía mal. Entonces le acometió el temor de caer enfermo, morir en el viaje y ser arrojado allá, en medio de la desolada llanura, donde su cadáver sería pasto de los perros y aves de rapiña, como algunos cuerpos de vacas que veía de vez en cuando cerca de la vía y de los que apartaba la mirada con espanto. Con aquel malestar inquieto, en medio del tétrico silencio de la naturaleza, se excitaba su imaginación y volvía a pensar en lo peor. ¿Estaba seguro de encontrar a su madre en Córdoba? ¿Y si no estuviera allí? ¿No era posible que se hubiese equivocado el señor de la calle de Las Artes? ¿Y si hubiera fallecido? Con estos pensamientos volvió a conciliar el sueño. Soñó que llegaba a Córdoba de noche y que desde todas las puertas y ventanas le decían: «¡No está! ¡No esta! ¡No está!» Se despertó de sobre­salto, aterrorizado, y vio en el fondo del vagón a tres hombres, barbudos, tapados con mantas de diversos colores, que le mira­ban, hablando entre sí, pasándole por la imaginación que bien podía tratarse de asesinos que quisiesen matarlo para robarle la ropa y el dinero. Al frío y al malestar se unió el miedo; la fantasía, ya turbada, se desenfrenó. Los tres hombres no cesaban de mirarlo, y uno de ellos se movió hacia él; el muchacho perdió entonces la razón y, yendo a su encuentro, con los brazos abier­tos, gritó;
-¡No tengo nada! ¡Soy un pobre niño! He venido de Italia a buscar a mi madre y estoy solo. ¡No me haga nada!
Los viajeros comprendieron lo que le sucedía. Le tuvieron lástima, lo acariciaron y lo tranquilizaron diciéndole palabras que no entendía. Viendo que tiritaba de frío, lo taparon con una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que durmiese. Se quedó, efectivamente, dormido al anochecer. Cuando le desperta­ron estaban en Córdoba.
¡Con qué satisfacción respiró y con qué ímpetu salió del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde estaba la casa del ingeniero señor Mequínez; y el interrogado le dio el nombre de una iglesia, diciéndole que el tal ingeniero vivía al lado de ella.
Marco se dirigió corriendo hacia allá.
Era de noche. Entró en la ciudad y le pareció que se hallaba otra vez en Rosario por ver de nuevo las calles largas y rectas, flanqueadas de casitas bajas, cortadas por otras calles asimismo muy largas y rectas. Pero había poca gente. A la claridad de los escasos faroles encontraba caras raras, de un color desco­nocido, entre negruzco y verdoso. Alzando la vista, veía de vez en cuando iglesias de una arquitectura rara, que se dibu­jaban inmensas y negras en el firmamento. La ciudad estaba os­cura y silenciosa; mas, después de haber atravesado el inmenso desierto, le parecía alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto halló la iglesia y la casa que buscaba; tiró de la campanilla con mano temblorosa, y se puso la otra sobre el pecho para contener los latidos del corazón, que se le quería subir a la garganta.
Le abrió una anciana, que llevaba una luz en la mano. Marco no pudo hablar en seguida.
-¿A quién buscas, pibe? -le preguntó la mujer en castellano.
-Al ingeniero Mequínez -dijo el muchacho.
La anciana hizo ademán de cruzar los brazos sobre el pecho y respondió moviendo la cabeza:
-¡También vienes tú preguntando por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es hora de que esto termine. Hace tres meses que no paran de molestarnos. No nos basta haberlo dicho en los periódicos; tendremos que poner carteles en las esquinas diciendo que el señor Mequínez se ha trasladado a Tucumán.
El muchacho hizo un gesto de desesperación. Luego tuvo un acceso de ira y exclamó:
-¡Es una maldición! Está visto que me moriré sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Qué desesperación, Dios mío! ¿Quiere usted repetirme el nombre de ese pueblo, dónde se encuentra y a qué distancia de aquí?
-¡Pobre criatura! -respondióle la anciana, compadeciéndose de él-. ¡Casi nada! Yo creo que estará por lo menos a cuatrocien­tas leguas.
El muchacho se cubrió el rostro con las manos y luego dijo sollozando:
-¿Y qué hago ahora?
-¿Qué quieres que te diga, pobrecito hijo? No lo sé. -Pero en seguida se le ocurrió una idea y añadió-: Mira, ahora que pienso, puedes hacer una cosa. Volviendo la esquina, a la derecha, en la tercera casa, encontrarás una puerta que da a un patio, donde vive un comerciante que sale mañana con sus carretas para Tucumán. Puedes ver si quiere llevarte, ofreciéndole tus servicios. Tal vez te asigne un puesto en alguna carreta. Ve en seguida.
Marco tomó su bolsa, dio las gracias de escapada y a los dos minutos se hallaba en un amplio patio como los de las posadas, iluminado por faroles de mano, donde varios hombres estaban ocupados en cargar sacos de trigo en unos grandes carros, pareci­dos a las casetas sobre ruedas que llevan los titiriteros, con la cubierta de lona redondeada y unas ruedas de gran diámetro. Dirigía la operación un hombre alto, bigotudo, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, que calzaba anchos borceguíes. Marco se le acercó, y le formuló tímidamente su pregunta, diciéndole que había llegado de Italia e iba en busca de su madre.
El capataz, o sea, el conductor de aquella caravana de carros, le miró de arriba abajo y le dijo con sequedad:
-¡No hay sitio para ti!
-Llevo quince liras -le replicó el muchacho en tono supli­cante-. Se las daré todas. Trabajaré durante el camino. Iré a buscar agua y pienso para las caballerías, haré todo lo que usted me mande. Para comer me basta un poco de pan. ¡Déjeme ir, señor!
El capataz volvió a mirarle y le contestó en tono amable:
-Mira, muchacho... La verdad es que no hay sitio libre. Además, no vamos a Tucumán, sino a Santiago del Estero. En cierto punto te tendríamos que dejar y aún tendrías que recorrer a pie una gran distancia.
-¡Estoy dispuesto a todo! -exclamó Marco-. Andaré lo que sea preciso, y llegaré de todas formas. Déjeme un sitio; por caridad, no me abandone aquí.
-Ten en cuenta que es un viaje de veinte días.
-¡ No importa!
-¡Y muy pesado!
-¡Todo lo aguantaré!
-¡Luego tendrás que ir tú solo!
-¡Nada me da miedo! El caso es encontrar a mi madre. ¡Tenga piedad de mí!
El capataz le acercó a la cara el farol que llevaba en la mano, y luego dijo:
-Está bien.
Marco, agradecido, le besó la mano.
-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz-; te despertaré mañana a las cuatro de la madrugada. Buenas noches.
Al día siguiente, a las cuatro, a la luz de las estrellas, se puso en movimiento la larga fila de carros, produciendo no pequeño estrépito. Cada carro iba tirado por seis bueyes, seguidos todos por muchos animales de refresco. El muchacho, despierto y colocado en el interior de una carreta, sobre los sacos, no tardó en quedarse dormido profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, al sol, y todos los hombres, los peones, se hallaban sentados, formando círculo, en torno de un cuarto de ternera que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en el suelo, junto a la hoguera avivada por el viento.
Comieron todos juntos, echaron la siesta y luego se puso en marcha el convoy. Así continuó el viaje con la regularidad de una marcha militar. Cada mañana se ponían en camino a las cinco y paraban a las nueve, para proseguir a las cinco de la tarde y hacerse alto a las diez de la noche.
Los peones iban a caballo y estimulaban a los bueyes con largas picas. Marco encendía el fuego para el asado, daba de comer a los animales, limpiaba los faroles y acarreaba el agua necesaria.
El paisaje se sucedía ante sus ojos como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; poblados de pocas casas esparcidas con las fachadas rojas y almenadas; muy amplios espacios, tal vez lechos de antiguos lagos salados, blanqueados por efecto de la sal, se extendían hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, la sempiterna llanura solitaria y silenciosa. Raras veces encontraba a dos o tres viajeros a caballo, seguidos de caballos sueltos, que pasaban a galope, como una exhalación.
Los días se sucedían con desesperada uniformidad, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo era muy bueno. Lo malo era que, como el muchacho se había hecho el sirviente de los peones, éstos se mostraban cada vez más exigentes. Algunos lo trataban brutalmente y hasta le amenazaban; todos se mostraban desconsiderados al requerir sus servicios: le hacían llevar grandes haces de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, ni siquiera podía dormir tranquilamente en las noches, despertándose a cada instante por las sacudidas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y las piezas de madera. Por añadidura, al moverse el viento, se levantaban gran­des polvaredas de tierra fina, rojiza y grasienta que le penetraba por debajo de la ropa, le llenaba los ojos y la boca y no le dejaba ver ni respirar. Era realmente algo que le oprimía y resultaba inso­portable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado de la mañana a la noche, el pobre chico se deprimía cada vez más, y se habría descorazonado por completo, de no haberle dirigido el capataz de vez en cuando alguna palabra cariñosa. Con frecuencia, sentado en un rincón de la carreta, lloraba, sin que le vieran, abrazado y poniendo la cara sobre la bolsa, que sólo contenía ya harapos. Cada mañana se levantaba más decaído y desanimado al ver siempre la ilimitada e implacable llanura como un océano de tierra, y decía entre sí: «Hoy no llego a la noche. ¡Me muero en el camino!»
Aumentaban las fatigas y se redoblaban los malos tratos. Una mañana, por haber tardado en llevar agua, uno de los hombres le pegó en ausencia del capataz. A partir de entonces empezaron a hacerlo por costumbre y, cuando le mandaban algo, le propinaban un pescozón sin venir a cuento, diciéndole:
-¡Toma, haragán. Lleva esto a tu madre!
El corazón se le partía y cayó enfermo. Permaneció tres días en la carreta, tapado con una manta, calenturiento, sin ver a nadie más que al capataz, que le llevaba de beber y le tomaba el pulso. Marco se creyó perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola cien veces por su nombre: «¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Ayúdame! ¡Ven, que me muero! ¡Ay, pobrecita madre mía! ¡Ya no te volveré a ver! ¡Me encontrarás muerto en este desierto!» Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba las oraciones que ella le había enseñado.
Más adelante mejoró, gracias a los cuidados del capataz, y se puso bien. Pero con la curación llegó el día más doloroso del viaje, cuando iba a quedarse solo.
Hacía más de dos semanas que habían salido de Córdoba, y, al llegar al punto en el que se separaban el camino de Tucumán y el de Santiago del Estero, el capataz le dijo que a partir de allí tendría que proseguir el viaje él solo, como ya se lo había anunciado. Le dio algunas instrucciones acerca del camino, le entregó la bolsa de la ropa y sin añadir más, por temor a conmoverse, lo saludó. Marco apenas tuvo tiempo de besarle la mano en señal de agrade­cimiento. También parecieron sentir alguna compasión los hom­bres que tan mal lo habían tratado, al verlo tan solito, y le saludaron con la mano cuando se alejaron. El les devolvió el saludo de igual modo y se quedó mirando la caravana hasta que la perdió de vista, envuelta en el polvo rojizo del camino y de la llanura. Después se puso a caminar tristemente.
Una cosa le consoló algo, sin embargo, desde un principio. Al cabo de tantos días de viaje a través de la ilimitada planicie, siempre igual, veía delante de sí una cadena de montañas muy elevadas, azuladas y con las cimas nevadas, que le recordaban los Alpes y le producían la sensación de aproximarse a su tierra. Eran los Andes, la espina dorsal del continente america­no, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fue­go, bordeando la parte occidental de América del Sur, hasta el istmo de Panamá, con una longitud de 7500 kms., prolongán­dose luego con diversos nombres por Centroamérica y América del Norte hasta Alaska, en el Océano Glacial Artico. Tam­bién le animaba notar que el aire se iba haciendo cada vez más caliente. Y es que, avanzando hacia el Norte, se acercaba a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños poblados en los que no faltaba una tienda, donde compraba algo para comer. Por el camino se cruzaba con hombres a caballo; de vez en cuando veía mujeres y niños sentados en el suelo, inmóvi­les y serios, con caras completamente nuevas para él, de color tierra, con los ojos oblicuos y los pómulos salientes, que le miraban fijamente y le seguían con la vista, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.
El primer día anduvo mientras se lo permitieron sus fuerzas y durmió debajo de un árbol. El segundo día recorrió menos distan­cia y con mayor depresión de ánimo. Tenía las botas rotas, los pies despellejados, y el estómago debilitado por la mala alimenta­ción. Hacia el anochecer empezó a tener miedo. Había oído decir por su tierra que en aquellas regiones había serpientes. Creía oírlas arrastrarse; se detenía, echaba a correr y sentía escalofríos en los huesos. A veces sentía mucha lástima de sí mismo y lloraba silenciosamente conforme iba andando. Luego pensaba: «¡Cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!», y este pensamiento lo reanimaba. Después, para dominar el miedo, pen­saba en muchas cosas de ella, traía a su memoria lo que había dicho al salir de Génova, y el modo con que le arreglaba la ropa de la cama cuando estaba acostado; y cuando era niño, que a veces lo tomaba en sus brazos, diciéndole: «Estate aquí un poco conmigo», y él permanecía mucho tiempo con la cabeza apoyada en la suya, pensando. Y se decía entre sí: «¿Llegaré a verte, querida madre, al final de este viaje?» Marchaba sin interrupción en medio de árboles desconocidos, de extensas plantaciones de caña de azúcar y praderas sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos picos y sus líneas sinuosas.
Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban disminuyendo rápidamente y los pies le sangraban. Al fin una tarde, al ponerse el sol le dijeron:
-Tucumán se halla a cinco leguas de aquí.
El lanzó un grito de alegría y apresuró el paso, como si en un instante hubiese recobrado todo el vigor perdido. Pero fue una corta ilusión. Las fuerzas le abandonaron de pronto y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Sin embargo el corazón le saltaba de gozo. El cielo cuajado de estrellas muy brillantes, entre las que sobresalían las de la Cruz del Sur, nunca le había parecido tan hermoso. Las contemplaba tendido sobre la hierba, con deseos de dormir, y pensaba que tal vez le estuviese esperando su madre en aquellos momentos. Y se decía: «¿Dónde estás, madre mía? ¿Qué haces ahora? ¿Piensas en tu Marco, que está cerca de ti?»
¡Pobre Marco! Si hubiese podido ver el estado en que entonces se hallaba su madre, habría hecho un esfuerzo sobrehumano para andar todavía y llegar a su lado sin pérdida de tiempo. Estaba enferma, echada en la cama, en una habitación de la planta baja de un hotelito, donde vivía la familia Mequínez, que le había tomado gran cariño y le prestaba solícitos cuidados. La pobre mujer ya no se encontraba bien cuando el ingeniero tuvo que salir precipitado de Buenos Aires y no se había restablecido del todo a pesar del buen clima de Córdoba. Después, al no haber recibido contesta­ción a sus cartas ni del marido ni del primo, el presentimiento cada vez más torturante de alguna desgracia, la continua ansiedad en que había vivido, dudando entre marchar y quedarse, esperando to­dos los días una noticia fatal, le había hecho empeorar de modo extraordinario. Últimamente se le había manifestado una enferme­dad muy grave, una hernia estrangulada. Hacía quince días que no se levantaba de la cama, y era preciso intervenirla quirúrgicamente para salvarle la vida. En aquel mismo instante, mientras la invocaba su Marco, estaban junto a su cama los señores de la casa queriéndola convencer, con mucha dulzura, para que se dejase operar; mas ella persistía en su terca negativa y no dejaba un instante de llorar.
Ya había ido la semana anterior, a tal efecto, un prestigioso cirujano de Tucumán, pero inútilmente.
-No, queridos señores -decía ella-, no merece la pena; no tengo fuerzas para resistir y moriría en la operación. Es mejor que me dejen. Ya no tengo apego a la vida. Para mí todo se acabó. Prefiero morir a saber lo que ha ocurrido a mi familia.
Los señores se oponían, le decían que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas directamente a Génova tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciera por sus hijos.
Pero el recuerdo de sus hijos aumentaba todavía más la angus­tia y el profundo desaliento, que la tenía deprimida desde hacía mucho tiempo. Al oír aquellas palabras le saltaban las lágrimas.
-¡Ah, mis hijos! ¡Mis queridos hijos! -exclamaba juntando las manos-. ¡Tal vez hayan muerto! ¡Más vale que muera yo también! De todas formas les quedo muy agradecida, queridos señores. Es inútil que vuelva el doctor pasado mañana. Quiero morir aquí. Ese es mi destino. Ya lo he decidido.
Los señores, sin cesar de consolarla, le repetían:
-No diga eso, buena mujer -y le cogían la mano para hacerle mayor presión.
Pero ella cerraba entonces los ojos, agotada y caía en un sopor como muerta.
Los dueños permanecían a su lado algún tiempo y, al mirarla a la luz mortecina de una lamparilla, sentían gran compasión de aquella madre admirable que por el bien de su familia había ido a morir a seis mil leguas de su patria, tras haber penado tanto. ¡Pobre mujer, tan honesta, buena y desgraciada!
Al día siguiente, muy de mañana, encorvado y medio tamba­leándose, con su bolsa a cuestas, pero sumamente animoso, entraba Marco en la ciudad de Tucumán, una de las más suaves y florecientes de la república Argentina. Le pareció que volvía a ver Córdoba, Rosario y Buenos Aires, puesto que contemplaba análogas calles largas y rectas con las mismas casas blancas y bajas; pero por todas partes aparecía una nueva y magnífica vegetación, notándose un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo transparente y azul como él jamás había visto, ni siquiera en Italia.
Yendo adelante por las calles, advirtió la febril agitación que había presenciado en Buenos Aires. Miraba las ventanas y las puertas de todas las casas; se fijaba en todas las mujeres que pasaban con anhelante esperanza de ver a su madre, y de buena gana habría preguntado a todos, pero no se atrevía a parar a nadie. Cuantos se cruzaban con él se volvían para ver a aquel muchacho harapiento y lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. El buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza para dirigirle la tremenda pregunta, cuando se ofreció ante sus ojos el rótulo de una tienda con nombre italiano. Se aproximó pausadamente a la puerta y con ánimo resuelto dijo:
-¿Podrían decirme dónde vive la familia Mequínez?
-¿Los señores Mequínez? -repitió el tendero.
-Sí, sí, la casa del ingeniero señor Mequínez -respondió el muchacho con un hilo de voz.
-La familia Mequínez -dijo el comerciante -no está en Tucumán.
Un grito de desaliento, como el de una persona herida por puñalada, fue como el eco de aquellas palabras.
Acudieron el tendero y algunas mujeres que se encontraban en el establecimiento.
-¿Qué te pasa, muchacho? -le preguntó el tendero hacién­dole sentar-. ¡No hay que desesperarse, qué diablos! Los Mequí­nez no están aquí, pero viven cerca, a pocas horas de Tucumán.
-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marco, poniéndose de pie como movido por un resorte.
-A unas quince leguas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del Saladillo, en un lugar donde están construyendo una gran fábrica de azúcar. Entre otras, está la casa del señor Mequí­nez, que todos conocen. Te será fácil llegar allí.
-Yo estuve hace un mes -dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marco abrió desmesuradamente los ojos, miró al joven y preguntó atropelladamente, palideciendo:
-¿Vió usted allí a la sirvienta del señor Méquinez, a la italiana?
-¿La genovesa? Sí, la vi.
Marcó prorrumpió en un sollozo convulso, riendo y llorando a la vez. Luego, impulsado por violenta resolución, preguntó:
-¿Por dónde se va? ¡Pronto! ¡Enséñenme el camino! ¡Me voy en seguida!
-Pero si hay una jornada larga -le contestaron- y estás muy cansado... Debes descansar. ¡Déjalo para mañana!
-¡Imposible! ¡Imposible! -repuso Marco-. Díganme por dónde se va, no puedo esperar ni un minuto más; me voy en seguida, ¡aunque me caiga muerto por el camino!
Viéndole tan decidido, no se opusieron.
-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado por el camino del bosque. ¡Feliz viaje, italianito!
Un hombre lo acompañó hasta las afueras de la población, le indicó el camino que debía seguir, le dio algunos consejos y se quedó mirándole cómo se alejaba.
El muchacho desapareció al cabo de unos minutos, cojeando, con el bulto de ropa a la espalda, por detrás de los espesos árboles que bordeaban la carretera.
Aquella noche fue atroz para la pobre enferma. Sentía agudos dolores que le arrancaban gritos capaces de romper las venas, y pasaba por momentos de delirio. Las mujeres que la asistían no sabían qué hacer. La dueña acudía de vez en cuando, muy desconsolada. Todos empezaron a temer que, aun en el caso de acceder a que la operaran, como el cirujano no iría hasta la mañana siguiente, seguramente llegaría demasiado tarde. Pero en los momentos de lucidez, se comprendía que su mayor tormento no lo constituían los dolores físicos, sino el pensamiento de su lejana familia. Moribunda, deshecha, con la mirada extraviada, se metía los dedos entre el pelo con actitud de desesperación que partía el alma, y gritaba:
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos, sin verlos! ¡Pobres hijos míos, que se quedan sin madre, mis pobres criaturas, sangre de mi sangre! ¡Mi Marco, todavía pequeño, tan bueno y cariñoso! ¡Ustedes no pueden figurarse cómo es! ¡Si usted lo conociera, señora... ! Cuando salí de casa, no podía despegármelo del cuello;. sollozaba de una manera desgarradora. Parecía que sospechaba que ya no volvería a verme. ¡Pobre criatura mía! ¡Ojalá hubiese muerto de repente entonces, cuando me estaba despidiendo! ¡Huérfano de madre mi hijito, que tanto me quiere, que aún me necesita! Sin su madre caerá en la miseria, y tendrá que ir pidiendo limosna para acallar el hambre...
¡Dios eterno! ¡No, no lo permitáis! ¡No quiero morir! ¡El médico! ¡Que venga en seguida! ¡Llámenle, por favor! ¡Que venga y me abra por donde quiera, con tal de que me salve la vida! ¡El médico! ¡Socorro!
Las mujeres le sujetaban las manos, la tranquilizaban a fuerza de ruegos. Al hacerla volver en sí, le hablaban de Dios y de la esperanza que todos debemos poner en El. Entonces la enferma recaía en un abatimiento mortal, lloraba mesándose los grises cabellos, gemía como una niña, lanzando lamentos continuados y murmurando a intervalos:
-¡Oh Génova mía! ¡Mi casa! ¡Aquel mar... ! ¡ Oh mi Marco, mi querido Marco! ¿Dónde estará ahora la pobre criatura?
Era medianoche, y Marco, después de haber pasado muchas horas al borde de un foso, completamente extenuado, marchaba a través de una floresta de árboles gigantescos, monstruos de la vegetación, de troncos desmesurados, semejantes a columnas de catedrales, que a una altura inconcebible entrelazaban sus enor­mes copas plateadas por la luna. En aquella semioscuridad veía vagamente millares de troncos de todas formas, rectos e inclina­dos, retorcidos, interpuestos en extrañas actitudes de amenaza y de lucha; por el suelo había algunos derribados, como torres caídas de una vez, cubiertos de una vegetación exuberante y confusa, que parecía una multitud furiosa, disputándose el espacio palmo a palmo; otros formaban grupos verticales y apretados como haces de lanzas titánicas, cuyas puntas se ocultaban en las nubes; una grandiosidad soberbia; un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le había ofrecido la naturaleza vegetal, propio de la selva virgen.
En ciertos momentos le sobrecogía un gran estupor, pero pronto volaba con el pensamiento hacia su madre. Estaba ago­tado, con los pies ensangrentados, solo en aquella impotente selva, donde únicamente veía a largos intervalos pequeñas vivien­das humanas, que al pie de aquellos majestuosos árboles parecían nidos de hormigas, y algún que otro búfalo dormido en el camino. Se encontraba rendido de cansancio y solo, mas no por eso tenía miedo. La grandeza de la selva virgen elevaba su alma; la proxi­midad de su madre le comunicaba la fuerza y el atrevimiento de un hombre; el recuerdo del océano, de los desalientos y de las penalidades pasadas y superadas, las prolongadas fatigas y la férrea constancia de que había dado pruebas le hacían erguir la frente; todo el torrente de su fuerte y noble sangre genovesa afluía a su corazón en ardiente oleada de orgullo y de audacia.
Una nueva sensación advertía en él: hasta entonces había llevado en la mente una imagen de su madre oscurecida y confusa un tanto por los dos años de ausencia, mas en aquellos instantes adquiría más claridad y tenía rasgos mejor definidos; volvía a ver su cara entera y propia como hacía mucho tiempo no la había contemplado; la percibía muy cerca, iluminada y como hablándole; volvía a ver los movimientos más insignificantes de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos y las sombras de sus pensamientos; sostenido por tan acuciantes recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una indecible ternura iba creciendo en su corazón, que le hacía correr por sus mejillas dulces y sosegadas lágrimas. Conforme iba andando en medio de la oscuridad, le hablaba diciéndole las palabras que pronto le murmuraría al oído: «i Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; ya no me apartaré de ti; volveremos los dos a casa y estaré siempre a tu lado, pegado a ti, sin que nadie nos separe nunca, mientras vivas!» Entretanto no se daba cuenta de que iba desapareciendo de la copa de los gigantes­cos árboles la plateada luz de la luna para dejar paso a la rosada aurora que ya aparecía por los balcones del oriente.
A las ocho de aquella mañana estaba junto al lecho de la enferma el cirujano de Tucumán, joven argentino, en compañía de un practicante, para intentar por última vez convencerla de que le permitiera operarla. A sus requerimientos se unían los del inge­niero Mequínez y su esposa. Pero todo resultaba inútil, puesto que la mujer, sintiéndose sin fuerzas, no tenía confianza en el buen resultado de la intervención quirúrgica. Estaba segura de que moriría durante ella o que sólo sobreviviría unas cuantas horas después de haber sufrido inútilmente unos dolores más atroces de los que le produciría la muerte natural.
El doctor no cesaba de repetirle:
-Mire, señora, el resultado de la operación es seguro y cierta su curación con tal que se arme de un poco de valor. Si se niega, morirá indefectiblemente.
A pesar de todo, resultaban palabras inútiles.
-No -respondía con su débil voz-; tengo valor para morir. pero no para sufrir en vano. Gracias, doctor. Ese es mi destino. Déjeme morir en paz.
El cirujano desistió de su empeño y nadie dijo más a la enferma, la cual, dirigiéndose a su dueña, le hizo con voz mori­bunda los últimos ruegos.
-Mi querida y buena señora -dijo esforzándose mucho y entre sollozos-, le pido que haga el favor de enviar a mi familia. por medio del señor Cónsul, el poco dinero y la ropa que poseo. Supongo que todos vivirán. Mi corazón lo presiente en estos últimos momentos. Tenga la bondad de escribir... que siempre he pensado en ellos, que he trabajado por ellos... por mis hijos... y que mi única pena es no volver a verlos..., pero que he muerto con buen ánimo... resignada... bendiciéndolos; y que a mi ma­rido... y a mi hijo mayor... les recomiendo que velen por el más pequeño, mi pobrecito Marco... a quien he tenido presente en mi corazón... hasta el último momento... -Poseída de repentina exaltación, exclamó, juntando las manos: -¡Mi Marco! ¡Mi niño! ¡Mi vida!...
Pero al girar sus ojos anegados en lágrimas, ya no vio a la señora; alguien la había llamado por señas sin que la paciente lo advirtiera. Buscó al ingeniero, y también había desaparecido. Solamente estaban en la habitación las dos enfermeras y el ayu­dante del médico.
En la habitación contigua se oían pasos acelerados, palabras entrecortadas y exclamaciones contenidas.
La enferma miró hacia la puerta con ojos velados en actitud expectante. Al cabo de unos minutos vio aparecer al cirujano con expresión extraña, y luego a sus señores también visiblemente alterados. Los tres la miraron de modo singular y se intercambia­ron unas palabras en voz baja. Parecióle que el doctor decía a la señora:
-Es mejor en seguida.
La enferma no comprendía.
-Josefa -le dijo la señora con voz temblorosa-, tengo que darle una buena noticia. Prepárese a recibirla.
La mujer le miró con extremada atención.
-Es una noticia -prosiguió diciendo la señora- que le cau­sará mucha alegría.
La enferma abrió desmesuradamente los ojos.
-Dispóngase -añadió- a ver a una persona... a la que quiere muchísimo.
La mujer levantó la cabeza con vigoroso impulso y empezó a mirar ora a la señora, ora hacia la puerta, con ojos fulgurantes.
-Es una persona -añadió la señora, palideciendo- que acaba de llegar inesperadamente.
-¿Quién es? -preguntó la enferma con voz quebrada y ex­traña, como de persona asustada.
Un instante después lanzó un grito agudísimo, intentando sentarse en la cama; pero tuvo que permanecer inmóvil, con los ojos desencajados y las manos en las sienes, cual si se tratase de una aparición sobrenatural.
Marco, extenuado y cubierto de polvo, estaba de pie en la puerta. El doctor le sujetaba por un brazo.
La mujer gritó:
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!
Marco se acercó, ella extendió sus descarnados brazos y, estrechándolo contra su pecho con la fuerza de una tigresa, comenzó a reír a carcajadas, mezclando la risa con profundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer casi sin aliento en la almohada.
Pero pronto se repuso y gritó loca de alegría, cubriendo de besos la cabeza de su hijo:
-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Pero eres tú? ¡Cuánto has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Has venido tú solo? ¿Te encuentras bien? ¡Eres tú mi Marco, no estoy soñando! ¡Dios mío! ¡Há­blame! ¡Dime algo!
Luego, cambiando repentinamente de tono, añadió:
-¡No! ¡Todavía no! ¡No me digas nada! ¡Espera un poco!
Acto seguido, dirigiéndose al cirujano, exclamó:
-¡Pronto, señor doctor! ¡Quiero curarme! ¡Estoy dispuesta! No pierda un instante. Llévense a mi hijo para que no sufra. Esto no es nada, ¿sabes, Marco? Ya me lo contarás todo. Otro beso, hijo. Ahora vete. ¡Aquí me tiene, doctor!
Sacaron a Marco de la habitación y salieron de ella apresura­damente los señores y las mujeres, quedándose únicamente el cirujano y su ayudante, que cerraron la puerta.
El señor Mequínez trató de llevarse a Marco a una habitación alejada; pero le fue imposible, pues parecía que le habían clavado en el pavimento.
-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?
El ingeniero le respondió muy bajito, intentando sacarlo de allí:
-Mira, escucha; tu madre está enferma y hay que hacerle una operación sencilla. Te lo explicaré todo. Ahora vente conmigo.
-No, señor -respondió el muchacho con obstinación-. Quiero quedarme aquí. Dígame aquí lo que quiera.
El ingeniero amontonaba palabras sobre palabras, tratando de llevárselo, y el chico empezaba a asustarse y a temblar.
De pronto resonó por toda la casa un grito muy agudo, como el de un herido mortalmente.
El muchacho replicó con grito desesperado.
-¡Mi madre ha muerto!
El médico apareció en la puerta y dijo:
-Tu madre se ha salvado.
El chico le miró un momento y luego se arrojó a sus pies, sollozando:
-¡Gracias, doctor!
Pero el joven cirujano le mandó alzarse, diciéndole:
-¡Levántate!... ¡Tú eres, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!

El ratón y la ratonera (cuento)


Un ratón,
mirando por un agujero de la pared
ve un granjero y su esposa
abriendo un paquete.
Pensó, luego,
que tipo de comida podía haber allí.
Quedo aterrorizado
cuando descubrió que
era una ratonera(trampa para ratones).
Fue corriendo al patio de la granja
a advertir a todos:
"Hay una ratonera en la casa,
una ratonera en la casa"
La gallina,
que estaba cacareando y escarbando,
levantó la cabeza y dijo:
"Discúlpeme sr. ratón,
yo entiendo que es un gran problema
para usted,
mas no me perjudica en nada,
no me incomoda"
.El ratón fue hasta el cordero y le dice
"Hay una ratonera en la casa,
una ratonera"...
"Dicúlpeme sr. ratón,
mas no hay nada que yo pueda hacer,
solamente recordarlo en mis oraciones.
Quedese tranquilo que será recordado.
El ratón se dirigió entonces a la vaca,
y la vaca le dijo
"Pero acaso, estoy en peligro?
Pienso que no "
dijo la vaca.
Entonces el ratón volvió a la casa,
preocupado y abatido,
para encarar a la ratonera del granjero.
Aquella noche se oyó un gran barullo,
como de una ratonera atrapando su víctima.
La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado.
En la oscuridad,
ella no vio que la ratonera atrapó la cola de una cobra venenosa
.La cobra picó a la mujer.
El granjero la llevó inmediatamente al hospital.
Ella volvió con fiebre.
Todo el mundo sabe que para alimentar alguien con fiebre,
nada mejor que una sopa.
El granjero agarró su cuchillo
y fue a buscar el ingrediente principal:
la gallina.
Como la enfermedad de la mujer continuaba;
los amigos y vecinos fueron a visitarla.
Para alimentarlos, el granjero mató al cordero.
La mujer no mejoró y acabó muriendo.
El granjero entonces
vendió la vaca al matadero
para cubrir los gastos del funeral.
"La próxima vez que escuches
que alguien tiene un problema
y creas que como no es tuyo,
no le prestas atención....
piénsalo dos veces"

lunes, 12 de octubre de 2009

EL GATO CON BOTAS




Charles Perrault


EL GATO CON BOTAS


-
Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.
—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.


MORALEJA

En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.



OTRA MORALEJA

Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.


domingo, 4 de octubre de 2009

LA CABAÑA DE LOS JUEGOS PERDIDOS

J.R. TOLKIEN
La Cabaña de los Juegos Perdidos


Ahora bien, sucedió en cierto tiempo que un viajero de países lejanos, un hombre de gran curiosidad, fue llevado, por el deseo de tierras extrañas, y de caminos y moradas de pueblos inusitados, en un barco hacia el oeste, tan hacia el oeste, que llegó hasta la Isla Solitaria, Tol Eressëa en la lengua de las hadas, pero que los Gnomos llamaban Dor Faidwen, la Tierra de la Liberación, y de ahí nació una gran historia.
Ahora bien, un día, después, de mucho viajar, llegó cuando las luces de la tarde se encendían en no pocas ventanas, al pie de una colina en una vasta llanura boscosa. Se encontraba ahora en el centro de esta gran isla, y durante muchos días había recorrido los caminos de la isla, parando cada noche en la casa de la gente que el azar decidiera, fuera en un villorrio o un pueblo de pro, a la hora de la tarde en que las velas se encienden. Ahora bien, a esa hora el deseo de ver cosas nuevas disminuye, aun para quien tiene corazón de explorador; y entonces, aun un hijo de Eärendel como este viajero piensa sobre todo en la cena y el descanso y contar cuentos antes de que llegue la hora de irse a la cama y dormir.
Ahora bien, mientras estaba al pie de la pequeña colina se levantó una brisa leve, y luego una bandada de grajos voló por encima de él a la clara luz uniforme. Hacía algún tiempo que el sol se había hundido más allá de las ramas de los olmos que se extendían por la llanura hasta donde la vista podía alcanzar, y hacía algún tiempo que el oro tardío se había desvanecido entre las hojas, deslizándose por los claros umbrosos para dormir bajo las raíces y soñar hasta el alba.
Ahora bien, estos grajos dieron la voz de bienvenida a casa y con un rápido giro volvieron a posarse en la copa de algún olmo alto en la cima de la colina. Entonces pensó Eriol (porque así lo llamó después la gente de la isla, y el nombre significa “El que sueña solo”, pero cuáles fueron sus anteriores nombres no se cuenta en ningún sitio): “La hora del descanso está cerca, y aunque no sé ni siquiera el nombre de este pueblo aparentemente honesto en la cumbre de la pequeña colina, buscaré reposo y alojamiento y no seguiré adelante hasta la mañana, ni siquiera entonces seguiré adelante quizá, porque el lugar parece apacible y el sabor de la brisa es bueno. Para mí tiene el aspecto de guardar muchos secretos de antaño y cosas maravillosas y hermosas entre sus tesoros y lugares nobles y también en los corazones de los que viven dentro de los muros”.
Ahora bien, Eriol venía desde el sur y por delante de él se extendía un camino recto bordeado por un alto muro de piedra gris sobre el que había muchas flores, y grandes tejos oscuros en algunos sitios. A través de ellos, mientras subía por el camino, vio brillar las primeras estrellas, como lo cantó después en un canto que le dedicó a esa bella ciudad.
Ahora bien, se encontraba en la cima de la colina entre las casas y dando un paso quizá casual inició el descenso por un sendero serpenteante, hasta que habiendo bajado un poco por la ladera occidental de la colina, una minúscula vivienda atrajo su mirada; las cortinas de la ventana dejaban filtrar una luz cálida y deliciosa, como de corazones contentos. Entonces tuvo nostalgia de amable compañía, y el deseo del viaje murió en él... e impulsado por un gran anhelo se acercó a la puerta de la cabaña, y llamó y le preguntó a alguien que acudió y abrió, cuál podría ser el nombre de esta casa y quién vivía en ella. Y le dijeron que era Mar Vanwa y Tyaliéva, o la Cabaña del Juego Perdido, y el nombre le causó gran asombro. Vivían allí, le dijeron, Lindo y Vairë que la habían construido hacía muchos años, y con ellos estaban no pocos de su gente y sus amigos y sus hijos. Y eso le causó más asombro todavía al ver el tamaño de la casa, pero el que le había abierto, leyendo lo que Eriol pensaba, le dijo: –Pequeña es la vivienda, pero más pequeños aún son los que moran aquí... porque el que entre en ella ha de ser en verdad pequeño, o por propia buena voluntad volverse pequeño al pisar el umbral.Dijo entonces Eriol que su más caro deseo era entrar en la casa y solicitar de Vairë y Lindo una noche de cálido hospedaje, si les parecía bien, pues él tenía voluntad de volverse lo bastante pequeño allí en la puerta. Dijo entonces el otro: –Entra –y Eriol avanzó y, ¡vaya!, tuvo la impresión de que era una casa amplia y de muy abundante deleite, y el señor de ella, Lindo, y su esposa, Vairë, se adelantaron a saludarlo; y él sintió en el corazón una complacencia que nunca había conocido, aunque al desembarcar en la Isla Solitaria mucha había sido su alegría.
Y cuando Vairë hubo pronunciado las palabras de bienvenida y Lindo le hubo preguntado cómo se llamaba y de dónde venía y adónde iba y él dijo que se llamaba el Forastero y que venía de las Grandes Tierras, y que iba a donde el deseo de viajar lo llevase, la comida de la noche fue servida en la vasta sala y a ella fue invitado Eriol. Ahora bien, en esta sala, a pesar de que era el tiempo del estío, habían sido encendidas tres grandes fogatas: una en el extremo lejano del recinto y una a cada lado de la mesa, y a excepción de la luz de estas fogatas, todo estaba en cálida penumbra cuando Eriol entró. Pero en ese momento acudió mucha gente portando velas de distintos tamaños y formas, en candelabros de variado diseño; muchos eran de madera tallada y otros de metal batido, y fueron puestos al azar sobre la mesa central y sobre las de los lados.
En ese momento sonó un gong a la distancia con dulce clamor, y siguió un ruido como de muchas risas mezcladas con un gran estrépito de pisadas. Entonces le dijo Vairë a Eriol al verle la cara llena de feliz asombro: -Esa es la voz de Tombo, el Gong de los Niños, que se encuentra junto a la Sala del Juego Recuperado, y suena una vez para convocarlos a esta sala a la hora de comer y de beber, y tres veces para convocarlos a la Habitación del Leño Encendido a la hora de contar cuentos. –Y añadió Lindo–. Si al sonar una vez hay risas en los corredores y estrépito de pisadas, las paredes se sacuden de alegría cuando suena tres veces a la tarde. Y el sonido de los tres golpes es el momento más feliz del día para Corazoncito el Custodio del Gong, como lo declara él mismo, que tanta felicidad ha conocido en tiempos de antaño; y es tan anciano que sus años son incalculables, a pesar de la alegría que lleva en el alma. Navegó en Wingilot con Eärendel durante este último viaje en el que buscaron a Kôr. Fue el sonido de este Gong en los Mares Sombríos el que despertó al Durmiente en la Torre de Perlas que se alza allá lejos al oeste en las Islas del Crepúsculo.
Tanto subyugaron a Eriol estas palabras, pues le pareció que le abrían un nuevo mundo muy bello, que nada más oyó hasta que Vairë lo invitó a sentarse. Levantó entonces la cabeza y ¡he aquí que la sala y todos sus bancos y sillas se habían llenado de niños de toda especie y tamaño, y salpicados entre ellos había gentes de todo aspecto y edad! En una cosa se parecían todos: en la cara de cada cual había una expresión de gran felicidad iluminada por la alegre expectativa de nuevas alegrías y deleites por venir. La suave luz de las velas también daba sobre todos ellos; resplandecía sobre trenzas brillantes y relumbraba sobre cabellos oscuros, o aquí y allí ponía un pálido fuego sobre mechones que habían encanecido. Mientras Eriol estaba mirándolos, todos se pusieron de pie y entonaron en coro el canto del Servicio de las Carnes. Luego fue traída la comida y puesta delante de ellos, y entonces los que traían las fuentes y los que servían y los que tendían la mesa, y el anfitrión y la anfitriona, los niños y el convidado se sentaron; pero antes Lindo bendijo la comida y a los comensales. Mientras comían, Eriol entró en conversación con Lindo y con su esposa, contándoles historias de sus aventuras de otro tiempo, especialmente aquellas con que se había topado en el viaje que lo había traído a la Isla Solitaria, y preguntándoles a su vez muchas cosas referentes a la bella tierra y (sobre todo) a la bella ciudad en la que se encontraba ahora.
Lindo le dijo:
–Entérate que hoy, o más probablemente ayer, has cruzado las fronteras de la región que se llamó Alalminórë o la “Tierra de los Olmos”, que los Gnomos llaman Gar Lossion o el “Lugar de las Flores”. Ahora bien, esta región se considera el centro de la isla y es su más bella región; pero por encima de todas las ciudades y pueblos de Alalminórë está Koromas o, como algunos la llaman, Kortirion, y ésta es la ciudad en la que ahora te encuentras. Tanto porque está en el corazón de la isla como por la altura de su poderosa torre, los que hablan de ella con amor la llaman la Ciudadela de la Isla o aun del Mundo. No sólo por este gran amor; toda la isla acude aquí en busca de sabiduría y dirección, de cantos y de la ciencia de la tierra; y aquí en un gran korin de olmos vive Meril-i-Turinqi. (Ahora bien, un korin es un muro circular, ya sea de piedra, de espinos o aun de árboles, que rodea un prado verde.) Meril lleva la sangre de Inwë, al que los Gnomos llaman Inwithiel, el que fue Rey de todos los Eldar cuando habitaban Kôr. En días anteriores a que se escuchara el lamento del mundo, Inwë los condujo a las tierras de los Hombres; pero esas magnas y tristes cosas y cómo los Elfos llegaron a esta isla bella y solitaria, quizá te las cuente en otra ocasión.“Pero al cabo de muchos días, Ingil, hijo de Inwë, viendo que este lugar era muy hermoso, descansó aquí y reunió alrededor a la mayoría de los más sabios y los más hermosos, de los más alegres y los más bondadosos de todos los Eldar. Aquí entre esos muchos llegaron mi padre Valwë, que fue con Noldorin al encuentro de los Gnomos, y el padre de Vairë, mi esposa, Tulkastor. Era del linaje de Aulë, pero había vivido largo tiempo con los Flautistas de la Costa, los Solosimpi, de modo que fue de los primeros en llegar a la isla.
“Luego Ingil construyó la gran torre y llamó a la ciudad Koromas o ‘el Reposo de los Exiliados de Kôr’, pero por causa de esa torre se la conoce ahora sobre todo como Kortirion.”
Ahora bien, por ese tiempo la comida llegaba a su fin; entonces Lindo llenó su copa, y después de él Vairë y todos los que estaban en la sala, pero a Eriol le dijo:
–Esto que ponemos en nuestras copas es limpë, la bebida de los Eldar, de los jóvenes y los viejos por igual, y bebiéndola nuestros corazones se mantienen jóvenes y las bocas se nos llenan de cantos, pero esta bebida yo no puedo darla: sólo Turinqi puede darla a aquellos que no siendo de la raza de los Eldar, después de haberla bebido se quedan a vivir para siempre con los Eldar de la Isla hasta que llegue la hora de partir en busca de las familias perdidas.
Luego llenó la copa de Eriol, pero la llenó con el vino dorado de los antiguos toneles de los Gnomos; y luego se puso de pie y brindó “por la Partida y el Reencendido del Sol Mágico”. Luego sonó el Gong de los Niños tres veces, y un alegre estrépito se elevó en la sala, y algunos abrieron grandes puertas de roble de par en par en un extremo, aquel en que no había hogar. Entonces muchos cogieron las velas que estaban colocadas en pies de madera y las sostuvieron en alto mientras otros reían y charlaban, pero todos abrieron un sendero en medio del gentío por el que avanzaron Lindo y Vairë y Eriol, y cuando éstos cruzaron las puertas, la multitud los siguió.Eriol vio entonces que se encontraban en un corto y amplio corredor, y la parte superior de los muros estaba cubierta de tapices; y esos tapices ilustraban historias que él no conocía en ese tiempo. Sobre los tapices parecía haber pinturas, pero no podía verlas a causa de las sombras, pues los portadores de velas venían detrás, y delante de él la única luz procedía de una puerta abierta por la que se filtraba un resplandor rojo, como de una gran hoguera.
–Ese –dijo Vairë– es el Hogar de los Cuentos que arde en la Sala de los Leños; arde allí durante todo el año, porque es un fuego mágico que ayuda al hombre a contar cuentos... pero allí vamos ahora –y Eriol dijo que eso le parecía mejor que ninguna otra cosa.
Entonces todos entraron riendo y conversando en el cuarto de donde venía el resplandor rojo. Era un precioso cuarto como podía apreciarse aun a la luz de las llamas que bailaban sobre las paredes y el techo bajo, mientras que en los escondrijos y rincones había sombras profundas. Alrededor del gran hogar había muchas alfombras y cojines blandos; y un poco a un lado había un sillón profundo con brazos y patas tallados. Y era de una tal naturaleza, que Eriol sintió entonces y en todas las otras ocasiones que entró en el cuarto a la hora de contar cuentos, que cualquiera que fuera el número de gentes que allí hubiera, el cuarto daba la impresión de ser bastante espacioso, no demasiado grande, pero nunca atestado.
Entonces todos se sentaron donde quisieron, viejos y jóvenes, pero Lindo se sentó en el sillón y Vairë sobre un cojín a sus pies, y Eriol, regocijado junto al rojo resplandor aunque era verano, se tendió cerca del hogar.
Dijo entonces Lindo:
–¿De qué tratarán los cuentos esta noche? ¿De las Grandes Tierras y de las moradas de los Hombres; de los Valar y Valinor; del Oeste y sus misterios, del Este y su gloria, del Sur y sus descampados nunca recorridos, del Norte y su poder y su fuerza, o de esta isla y su gente; o de los antiguos días de Kôr donde vivió otrora nuestro pueblo? Porque esta noche tenemos con nosotros a un huésped, un hombre de vastos y excelentes viajes, un hijo de Eärendel, según creo. ¿Tratarán de viajes, de exploraciones navieras, de los vientos y el mar?
Pero a esta pregunta algunos respondieron una cosa y otros otra, hasta que Eriol dijo:
–Os lo ruego, si los demás están de acuerdo, por esta vez contadme acerca de esta isla, y de toda esta isla, y sobre todo acerca de esta buena casa y sus bellos moradores, doncellas y muchachos, porque de todas las casas ésta me parece la más encantadora y de todos los habitantes, éstos los más dulces que haya contemplado.
Dijo Vairë entonces:
–Sabe, pues, que antiguamente, en los días de Inwë (y es difícil remontarse más atrás en la historia de los Elfos), había un lugar de bellos jardines en Valinor junto a un mar de plata. Ahora bien, este lugar estaba cerca de los confines del reino, pero no lejos de Kôr, aunque por causa de la distancia a que se encontraba de Lindelos, el árbol del sol, había allí una luz como la del atardecer del verano, salvo sólo cuando se encendían en la colina al crepúsculo las lámparas de plata, y entonces unas lucecillas blancas bailaban y se estremecían en los senderos persiguiendo motas oscuras bajo los árboles. Este era un momento de alegría para los niños, porque sobre todo a esta hora un nuevo camarada descendía por la senda llamada Olórë Mallë o la Senda de los Sueños. Se me dijo, aunque la verdad no la conozco, que la senda llegaba por rutas desviadas hasta las moradas de los Hombres, pero nunca nos aventurábamos por esas rutas cuando nosotros íbamos allí. Era una senda de márgenes profundos y setos colgantes, más allá de los cuales se erguían muchos árboles altos, donde parecía habitar un susurro perpetuo; pero no rara vez enormes luciérnagas revoloteaban por los bordes herbosos.“Ahora bien, en este lugar de jardines un alto portón enrejado que brillaba dorado en el crepúsculo daba a la senda de los sueños, y desde allí partían muchos caminos serpenteantes formados por altos setos de boj hasta el más bello de todos los jardines, y en medio de ese jardín se levantaba una cabaña blanca. De qué estaba hecha o cuándo se habría construido nadie lo sabía ni lo sabe ahora, pero se me dijo que brillaba con una luz pálida, como de perlas, y que el techo era de paja, pero que esas pajas eran de oro.
“Ahora bien, a un costado de la cabaña había un matorral de lilas blancas, y en el otro extremo un poderoso tejo con cuyos vástagos los niños construían arcos o por cuyas ramas trepaban al techo. Pero todo pájaro que alguna vez cantó, acudía a las lilas y cantaba dulcemente. Ahora bien, las paredes de la cabaña se inclinaban por la edad, y los múltiples ventanucos eran de un enrejado retorcido en las formas más extrañas. Nadie, se decía, vivía en la cabaña, que estaba sin embargo guardada en secreto y con celo por los Elfos, para que ningún daño le ocurriera, y los niños que jugaban allí libremente no sabían que hubiera alguna guardia. Esta era la Cabaña de los Niños o del Juego del Sueño, y no del Juego Perdido, como se cantó erróneamente entre los Hombres... porque ningún juego se había perdido entonces, y aquí y ahora ¡ay! está la Cabaña del Juego Perdido.
“Estos también eran los primeros niños: los niños de los padres de los padres de los Hombres que aquí vinieron; y por lástima los Elfos intentaron guiar a todos los que venían por esa senda hasta la cabaña y el jardín, temiendo que los extraviados llegaran a Kôr y se enamoraran de la gloria de Valinor; porque entonces se quedarían allí para siempre y los padres se hundirían en un profundo dolor o errarían siempre en vano convirtiéndose en desarraigados y salvajes entre los hijos de los Hombres. Más aún, a algunos que llegaban al borde de los acantilados de Eldamar y allí se demoraban deslumbrados por las bellas caracolas y los peces de múltiples colores, los estanques azules y la espuma de plata, los conducían a la cabaña seduciéndolos gentilmente con el perfume de las flores. Sin embargo, aun así había algunos que oían en aquella playa las dulces flautas de los Solosimpi a lo lejos, y que no jugaban con los otros niños, sino que asomados a las ventanas más altas miraban esforzándose por tener atisbos del mar y las costas mágicas más allá de las sombras de los árboles.
“Ahora bien, en su mayoría, los niños no entraban con frecuencia en la casa, sino que bailaban y jugaban en el jardín, recogiendo flores y persiguiendo a las abejas doradas y a las mariposas de alas de encaje puestas allí por los Elfos para su alegría. Y muchos niños se hicieron allí camaradas, que después se encontraron y se amaron en las tierras de los Hombres, pero de tales cosas quizá los Hombres sepan más de lo que yo pueda decirte. Había allí sin embargo, como te he dicho, quienes oían las flautas de los Solosimpi a lo lejos, otros que, alejándose del jardín una vez más, llegaban a escuchar el canto de los Telelli en la colina, y aun algunos que, después de llegar a Kôr, regresaban a su casa, con la mente y el corazón maravillados. De los neblinosos recuerdos de estos niños, de sus narraciones inconclusas y de sus fragmentos de canción nacieron muchas leyendas extrañas que deleitaron a los Hombres por largo tiempo y quizá los deleitan todavía, porque de ellos surgieron los poetas de las Grandes Tierras.
“Ahora bien, cuando las hadas abandonaron Kôr, esa senda fue bloqueada para siempre con grandes rocas infranqueables, de modo que la cabaña permanece vacía y el jardín desnudo hasta el día de hoy, y así permanecerá hasta mucho después de la Partida, cuando, si todo va bien, los caminos desde Arvalin hasta Valinor estarán atestados por los hijos y las hijas de los Hombres. Pero al ver que ningún niño iba ya allí en busca de gozo y deleite, el dolor y la opacidad se difundieron entre ellos, y los Hombres casi dejaron de creer en la belleza de los Elfos y la gloria de los Valar o de pensar en ellas, hasta que uno llegó de las Grandes Tierras y nos rogó dar alivio a la oscuridad.
“Ahora bien, no hay camino seguro para los niños desde las Grandes Tierras hasta aquí, pero Meril-i-Turinqi haciéndose eco de su propia benignidad designó a Lindo, mi esposo, para trazar algún buen plan. Pues bien, Lindo y yo, Vairë, hemos tomado a nuestro cargo a los niños: el resto de los que encontraron a Kôr y se quedaron con los Eldar para siempre; de modo que levantamos con buena magia esta Cabaña del Juego Perdido; y aquí se atesoran y se ejecutan los viejos cantos, los viejos cuentos y la música élfica. De vez en cuando nuestros niños parten otra vez en busca de las Grandes Tierras, y acuden junto a los niños solitarios y les susurran al atardecer cuando van a acostarse temprano a la luz de la noche y de las velas, o consuelan a los que lloran. Algunos, me han dicho, escuchan las quejas de los que han sido castigados o reprendidos, y escuchan sus cuentos y fingen ponerse de parte de ellos, y éste me parece a mí un raro y feliz servicio.
“No obstante, no todos los que enviamos fuera regresan, y esto es una gran pesadumbre para nosotros, pues no es por menudo amor que los Elfos se hacen cargo de los hijos venidos de Kôr, sino más bien por consideración a los hogares de los Hombres; sin embargo, en las Grandes Tierras, como bien lo sabes, hay hermosos lugares y adorables regiones de gran seducción, por lo que sólo obedeciendo a una gran necesidad arriesgamos a alguno de los niños que están con nosotros. Sin embargo, la gran mayoría regresa y nos cuentan muchas historias y muchas cosas tristes de sus viajes... y ahora te he dicho casi todo cuanto hay por decir de la Cabaña del Juego Perdido.”
Dijo Eriol entonces:
–Pues son éstas tristes noticias, aunque no obstante, es bueno escucharlas, y me recuerda ciertas palabras que mi padre me dijo en mi temprana infancia. Había una vieja tradición entre los de nuestro linaje, dijo, según la cual uno de los padres de nuestro padre habría hablado de una hermosa casa y unos jardines mágicos, de una ciudad maravillosa, y de una música bella y nostálgica... y estas cosas dijo que las había visto y escuchado de niño, aunque no cómo y dónde. Ahora bien, toda su vida fue un hombre inquieto, como si tuviera dentro de sí un anhelo expresado a medias de cosas desconocidas; y se dice que murió entre las rocas de una costa solitaria una noche de tormenta... y además que la mayoría de sus hijos y los hijos de éstos también han sido gente inquieta... y según creo, ahora sé la verdad del asunto.
Y Vairë dijo que era probable que unos de los del linaje de Eriol hubiera encontrado las rocas de Eldamar en aquellos días.

domingo, 27 de septiembre de 2009

EL INVIERNO DE 1311 , UNA HISTORIA DE HOBBITS

El Invierno de 1311
*
I

Cuando comenzaron a caer los primeros copos de nieve, Bungo Bolsón se encontraba en el jardín anterior de Bolsón Cerrado, junto a su hijo Bilbo y a Cavada Manoverde, ambos jóvenes entusiastas de 21 y 19 años respectivamente. Los tres estaban muy atareados trasladando las lajas que acababan de comprar para el piso del vestíbulo, cuando el primer copo de nieve del invierno aterrizó exactamente en el centro de la narizota de Bungo. El sorprendido hobbit extendió la mano para palpar la consistencia de los copos, alzó la vista, y examinando concienzudamente el horizonte sentenció:-Gris en las quebradas, nieve hasta las quijadas, como decía mi padre. Muchachos, nos espera una nevada copiosa, y a juzgar por la época, un invierno especialmente crudo.Y estaba en lo cierto. Aquel invierno habría de ser recordado durante años como el más duro del que se tuviera memoria en la Comarca. Con lo cual queda demostrado que los dichos de los hobbits rara vez dejaban de dar en el clavo, incluidos los del padre de Bungo, quien prácticamente no había hecho mucho más en la vida que sentarse plácidamente a contemplar el horizonte y a elaborar sabias sentencias, tal como se esperaba de un respetable miembro del clan Bolsón.-Démonos prisa y entremos las losas que faltan- había dicho Bungo alentando a sus compañeros de fatigas -Hay una suculenta merienda humeante esperándonos y no veo la hora de encontrarme cara a cara con ella.Y sin más, como si la mención de la merienda le hubiese avivado la ansiedad, había dado media vuelta para meterse en su acogedor agujero-hobbit, ante el estupor de Bilbo y Cavada. -¡Belladona! ¡El té y los pasteles! Pronto veremos la Colina cubierta de nieve y quiero estar junto al fuego fumando mi pipa para ese entonces, gozando de un merecido descanso.Lo de merecido descanso podía sonar sorprendente a quien los hubiese visto en acción. En realidad, la parte de Bungo había consistido sobre todo en dirigir a sus dos jóvenes ayudantes. Eran ellos quienes habían cargado con el trabajo pesado, sobre todo Cavada, flamante jardinero de la Residencia Bolsón. Habían partido aquella mañana rumbo a La Cantera, y comprado para el piso del vestíbulo las mejores lajas que se pudiesen hallar en las cuatro cuadernas. Bungo estaba decidido a tener el agujero-hobbit más señorial de la Comarca, y si bien pocos dudaban de que Bolsón Cerrado ya lo fuese, él continuaba embelleciéndolo a través del tiempo. Veintidós años hacía que lo había mandado excavar, tras comprometerse con Belladona Tuk. Quería darle a su futura esposa una vivienda digna de su alcurnia y estado financiero (los Tuk eran la familia más rica desde las Quebradas Blancas hasta el Brandivino). Además, inútil es la torta si no se le hinca el diente, sostenía Bungo, y ¿para qué tenía Belladona tanto dinero si no era para gastarlo? Así era como funcionaba una mente Bolsón. Y últimamente lo había acicateado el comentario insidioso de su cuñada Camelia Sacovilla acerca de la alfombra del vestíbulo que se tendía aún sobre tierra apisonada (curioso detalle rústico, lo llamó) y no sobre un verdadero piso, es decir, un piso enlosado. Lo que Camila en verdad tenía era envidia: ambicionaba vivir en un agujero como el de sus cuñados, y el buenazo de Longo (¿Cómo podía haberse casado con una mujer tan odiosa?) estaba siendo exprimido hasta las últimas fuerzas para darle el gusto, deslomándose de sol a sol como ningún Bolsón decente había jamás hecho antes.Cuando Bilbo y Cavada entraron, resoplando y sudorosos, Bungo estaba dando cuenta de los últimos pasteles, mientras que su mujer se había acercado a examinar más de cerca las losas que se amontonaban a la puerta.-No me gustan. Son muy grandes, y mal cortadas.-dijo. La porción de pastel que estaba engullendo se le atragantó a Bungo, y Bilbo tuvo que palmearlo con fuerza para desatorarlo.-¡Pero Bella... son las mejores piedras, me han costado una fortuna! ¿Qué tienen de malo?-No era lo que yo tenía pensado.- meneó la cabeza Belladona, con esa cabellera casi rubia que había trastornado a Bungo cuando la conociera- Es inútil, no se puede conseguir este tipo de trabajos entre los hobbits. Haría falta el talento de los enanos, tal vez ir a buscarlos más allá de Bree, o algún artesano élfico...Esta vez Bungo palideció como si hubiese visto un espectro.-¿E...elfos... ena , enanos? -Balbuceó -Dios mío, ¿por qué se te ocurren cosas tan extrañas? ¿Ir a buscarlos...? ¡Más allá de Bree! ¿Qué tienen de malo éstas? Al fin y al cabo se trata el piso de la sala... no del trono del rey de Norburgo, y sólo las verá quien levante la alfombra para curiosear qué hay debajo... ¡o sea sólo Camelia!Belladona apenas pudo reprimir una carcajada. No había resistido la tentación de sacar de sus casillas al comodón de su marido, y conocía los puntos débiles adecuados. En realidad, hacía muchos años que Belladona había abandonado su espíritu aventurero y se había amoldado a Bungo; desde que se casaran no había frecuentado más elfos ni magos, ni había vuelto a salir de excursión con sus hermanos. Pero esa etapa de la vida de Belladona sencillamente le daba escalofríos a Bungo, quien temía que a su encantadora mujercita se le ocurriera reincidir en tan extraño comportamiento impropio de una mujer-hobbit.-Disculpe, señor Bungo- interrumpió el joven Cavada, sacándose la gorra. -Yo debo irme a casa antes de que caiga más nieve.-Tonterías, muchacho. Siéntate y come. Sería una locura que salieras, y el camino hasta Delagua es largo. Además -agregó Bungo, haciendo una pausa inquietante- no sería buena idea andar solo. Con inviernos así llegan los lobos.Los muchachos se miraron entre sí y a Bungo con ojos abiertos de par en par.-¿En serio, papá? -Preguntó azorado Bilbo.Ahora fue Bungo quien debió contenerse para no soltar la risa. La ingenua consternación de su hijo y de Cavada Manoverde lo divertía enormemente.-¡Bungo! Deja de asustar a los niños con esas patrañas. -Lo amonestó Belladona-¿Niños? ¡Ja! Estos dos hace tiempo que dejaron de ser niños. Y no son patrañas. Corren rumores de que allá lejos en el este se están multiplicando los lobos y toda clase de oscuras bestias repugnantes. Incluso el invierno pasado han visto algún lobo perdido en la Cuaderna del Norte. Y este año será más duro. Si los ríos se congelan, las manadas bajarán de las montañas hambrientas, sin que nada las contenga.-Qué puede saber de lobos un hobbit remolón como tú, que jamás se ha movido más allá de sobremonte y Delagua, y obtiene toda su información del hato de borrachines que frecuenta La Mata de Hiedra.-¡Belladona! -Protestó Bungo. Pero no pudo encontrar más argumentos, y debió contentarse con cerrar la boca y mostrarse terriblemente ofendido. El sabía muy bien que Belladona había estado una vez frente a frente con un lobo en una de sus alocadas aventuras de juventud junto a su padre y sus dos extraordinarias hermanas; pocos hobbits en la Comarca podían decir lo mismo, de manera que no le convenía llevar la discusión por aquel camino. Además, la mención de la posada le había producido un curioso cosquilleo en el estómago.-Pensándolo bien, Cavada -dijo imprevistamente dirigiéndose a su jardinero- Es mejor que vayas a tu casa antes de que el tiempo empeore. Más adelante te acomodaremos un cuarto, pero hoy cierta persona se empeña en espesar el ambiente, si ustedes me entienden. Déjame acompañarte hasta el puente, a mí también me vendría bien despejarme un poco y dar una vuelta solo. -¡Bilbo! - dijo Belladona, antes de que Bungo y Cavada atraversaran la puerta -Hazme el favor de acompañar a tu padre; no vaya a suceder que su caminata solitaria lo deje tan ebrio que no pueda encontrar el camino a casa...Bungo ya atravesaba el jardín a grandes zancadas, mientras oía el resto de la frase (dicha en voz bien alta).-...Y recuérdale que debe encontrar pronto un buen destino a esas losas que estorban el camino en el vestíbulo; la semana entrante, por si se le olvidó, están invitados a tomar el té su hermano Longo y la adorable Camelia.-Lo único que faltaba- refunfuñó para sí el hobbit-¡Longo y Camelia a tomar el té!Una delicada alfombra de nieve cubría el camino de la colina.-En días como estos desearía usar zapatos- comentó Bilbo.-Mira, Manoverde- dijo Bungo señalando la residencia Bolsón, que había quedado detrás de ellos. -Allí, junto a las ventanas, plantaremos prímulas y girasoles.-Sí, señor Bolsón. Y escrofularias, y algún árbol aquí y allá. Ya verá cómo florecerá el jardín la próxima primavera.Bungo estaba nuevamente de buen humor. Cruzaron el puente de El Agua silbando bajo la nieve que caía perezosa, y siguieron el camino hasta dejar atrás las casas y agujeros de Hobbiton. Todavía no había peligro de que la nevada se hiciera más intensa, pero tampoco parecía disminuir, y las pisadas de los hobbits dejaban cada vez huellas más hondas en la nieve.-Sr. Bolsón, no es necesario que me acompañe más allá. Vuelva con Bilbo a casa, yo seguiré solo hasta Delagua.-Pamplinas, muchacho. Esta caminata es vivificante. Además, ya casi llegamos. Lo único que temo es que vosotros pesquéis un resfrío, pero... qué es lo que veo allá. ¡Una posada! ¡Pero si es La Mata de Hiedra! ¡Tan pronto! Vamos, muchachos, allí podréis sentaros al fuego del hogar, y os convidaré con una cerveza caliente.Bilbo rió estrepitosamente, pero no aclaró por qué, ni nadie se lo preguntó.Al entrar en la posada los recibió una ráfaga de aire atiborrada de aromas: humo de pipas, comida, cerveza y leña, ropa mojadas, huevos y panceta friéndose. Un grupo de alegres parroquianos entonaba estrofas disparatadas, salpicadas de risas. Bungo dejó su abrigo en el perchero y Bilbo y Manoverde se dispusieron a imitarlo.-Bienvenido, señor Bolsón -Saludó el posadero efusivamente- ¿Su mesa de siempre?-Sí, sí. Y tres picheles.¿Qué es lo que cantan estos estruendosos hobbits?-¡Jo, jo! Tratan de componer una canción sobre el tema del momento, señor. Usted sabe, esos botones maravillosos.¿Botones maravillosos? No sabía porqué, pero la frase no le sonó nada bien a Bungo.-De un tiempo a esta parte todo el mundo parece haberse contagiado la fiebre de la aventura y el amor por las cosas más extravagantes. Qué se ha hecho de nuestra apacible comarca hobbit, me pregunto -refunfuñó Bungo mientras se acodaba en la mesa.- Que me sirvan mi pichel y que no me hablen de botones maravillosos ni de losas élficas, eso es lo que quiero. -¿Es que usted no se ha enterado, señor Bolsón, de los botones del Thain?- preguntó uno de los concurrentes, abriendo mucho lo ojos.-¡De los botones mágicos que le ha regalado un mago!Bungo se cubrió la cara con las manos y sacudió la cabeza apesadumbrado.-No puede ser, el mundo se ha desquiciado. Ya no hay un solo rincón donde uno pueda estar a salvo de esta locura. -¡Botones de diamante que se abrochan y desabrochan solos cuando uno se lo ordena!-aclaró otro.Bungo se puso de pie y con un brazo en alto exclamó -¡Escuchad todos! No quiero oir una palabra más acerca de adminículos maravillosos, ni de magos barbados en complicidad con mi extravagante suegro. Por todas las vueltas de cerveza que les he pagado, hacedme el favor de volver a los buenos viejos temas de conversación: la calidad del tabaco, el reumatismo, las vicisitudes de la cosecha, o el tiempo...Bungo se sentó, y por un momento se hizo silencio en la posada. Luego el viejo Tolma, que estaba sentado en un rincón, se aclaró la garganta y dijo:-El tiempo está malo. Presiento un invierno demasiado frío para mis huesos.-Dicen que el Brandivino se ha congelado.-Malo, malo. Hace mucho tiempo que no nieva tan temprano. La última nevada en octubre fue en 1280, cuando aún reinaba el rey de Norburgo.Manoverde intervino entusiasmado:-¡El señor Bungo dice que vendrán los lobos!Unos ohhh! de sorpresa se extendieron entre las mesas.-¡Bueno, bueno, muchacho! - aclaró Bungo un tanto contrariado -No creo que yo haya dicho exactamente eso. En todo caso, no me interpretaste correctamente.-Si vienen los lobos -reflexionó un joven en la mesa contigua -tendremos que buscar entre los mathoms y sacarle el moho a las viejas armas.En seguida la excitación ganó a los presentes, y todos referían al mismo tiempo sus anécdotas, ideas, y armas para combatir lobos. Quien no tenía un escudo y lanza del abuelo, disponía de arco y flecha y era experto en cazar liebres. Si uno era capaz de acertarle a una liebre, argüían, tanto más lo sería de darle a un lobo. Alguien llegó a sugerir que debían encontrar al mago amigo del Thain y pedirle en la emergencia flechas encantadas que se disparasen solas. En ese punto algunos parroquianos, entonados por la cerveza, retomaron la canción de los botones mágicos. Bungo se sintió seriamente preocupado por Bilbo. Temía que a su hijo se le contagiaran estas ideas raras; y enterarse de que el abuelo del muchacho tenía tratos con un mago no le causó ninguna gracia. Por fortuna hasta el momento Bilbo jamás había dado muestras de interesarse por ese tipo de cosas, y se había comportado siempre como un típico y auténtico Bolsón. Pero había que preservarlo de la locura, y traerlo a la posada exponiéndolo a la perniciosa influencia de estos pueblerinos achispados había sido indudablemente un error.-¡Cambiando el tema de conversación! -exclamó Bungo en un último intento desesperado -Si alguno de ustedes conoce quien necesite lajas de La Cantera, de primera calidad, como para enlosar un agujero-hobbit entero, a buen precio...Pero, en la algarabía general, ya nadie lo escuchaba. Preferían imaginar nuevas estrofas en que el viejo Tuk y sus botones se enfrentaban a los feroces lobos de las Montañas Nubladas.Bungo dio por terminada su intervención en el debate asegurando a quien quisiese oirlo que "aunque todos los hobbits de la Comarca insistiesen en bufonadas por el estilo, él, por su parte, juraba solemnemente so pena de no volver a tomar una cerveza en su vida, que jamás se vería envuelto en ninguna aventura con un lobo, y que estaba muy orgulloso de eso".-Vamos, muchachos. Se nos ha hecho tarde. Miren, la nieve arrecia. Será mejor que consigamos un vehículo, Bilbo, y que aprovechemos para aprovisionarnos de patatas y de conejo ahumado. Así que arregló la compra de víveres con el posadero y, despidiéndose de Manoverde, que vivía a menos de dos estadios de allí, padre e hijo iniciaron el regreso a casa.
II
Durante los días siguientes el cielo permaneció gris, y una tenue nevisca siguió cayendo sobre la Comarca. Como otros hobbits, Bungo había equipado las despensas de Bolsón Cerrado en vistas de un largo invierno. Tenía suficiente provisión de víveres y leña como para mantenerse confortablemente hasta la primavera ; y le agradaba sentarse en su estudio, junto al fuego, contemplando los copos de nieve y adivinando debajo de esa blancura que cubría el jardín la vida dormida de las semillas que se convertirían en unos meses en árboles y plantas floridas.Precisamente se hallaba sumido en esa agradable contempla-ción cuando Belladona, a sus espaldas, le recordó una tarde la visita de su hermano Longo y su cuñada Camelia.-Tienen que estar por llegar.- dijo, acercándose al antepecho de la ventana. -¡Cielos ! Lo había olvidado. - -Bungo se asomó afligido, con la esperanza de no hallar ningún carro en el horizonte - Sería una locura que viniesen, con este tiempo.En efecto, los caminos estaban bastante malos a causa de la nevada, pero aún eran transitables. Bungo deseó interior-mente que el tiempo empeorara.-Conoces a Camelia, Bungo. Una invitación a tomar el té no se cancela fácilmente para ella. La tendremos aquí, opinando acerca de las imperfecciones de nuestra sala, en menos de media hora.Bien sabía Bungo que era así. Esa mujer tenía la virtud de sacarlo de sus casillas ; y el piso del vestíbulo sería nuevamente su blanco preferido. No había podido convencer a Belladona de usar las losas de la Cantera, y todo seguía como en la última visita de su cuñada. Apenas había hecho a tiempo de apilar las losas encima de la puerta de entrada, sobre la ladera de la colina, apoyándolas en una repisa improvisada que ahora se disimulaba con la nieve.-Esperemos que el soporte resista.-se dijo Bungo- No quisiera que las losas se vinieran abajo justo en el momento en que Camelia hiciese su entrada, sepultándola.El viejo hobbit se rió de su propia broma, y cuando alzó nuevamente la vista, distinguió claramente el carruaje que cruzaba el puente de El Agua, detrás del molino de Arenas, subiendo la colina.-Oh, no. Comienza el suplicio.
III
-¡Entrad, entrad, y bienvenidos !- dijo Bungo, que no olvidaba las reglas de cortesía debidas a un huésped -¡Pasadme los abrigos ! ¡Oh, trajeron al pequeñín !-¡Bungo, hermano! -lo abrazó efusivamente Longo. Traía en brazos al pequeño Otho, y el rostro se le iluminaba de orgullo.-¡Pero ese niño es un verdadero encanto!- exclamaba Belladona mientras preparaba la mesa para el té en menos de lo que se tarda en decir merienda de invierno.-Oh, querida, gracias, gracias. - decía Camelia, -hecha un manantial de simpatía- -¿Verdad que es divino? Todos lo dicen. No hay otro bebe hobbit como nuestro Otho."Está esperando a desempacar y apoltronarse junto a la mesa para comenzar a arrojar sus dardos" pensó Bungo mientras sacudía la nieve de los abrigos y los colgaba en los percheros del vestíbulo.En seguida todos estuvieron en sus puestos. El joven Bilbo terminaba de traer los pastelillos y las tortas, que encontraron su lugar en un mantel atiborrado de teteras, jarras de leche, rodajas de pan, y potes de mermelada. Entre hobbits no se acostumbra hacer esperar demasiado a las visitas para servirles una suculenta merienda, sobre todo después de una larga travesía bajo la nieve. La charla y las noticias pueden siempre esperar un poco, y en todo caso, no sin un alegre preludio de tazas y cucharas tintineantes.- ¿Cómo está mi sobrino preferido ? -exclamaba Longo, que era un sentimental incorregible, palmeando a Bilbo, mientras engullía un pastel de limón.- ¿Y cuánto tiempo tiene este niñito?-Va a cumplir un año este mes. -Le contestaba Camelia a Belladona mientras iban y venían las teteras de un rincón a otro de la mesa, entrecruzándose como la conversación.-Es un hermoso y digno ejemplar de Bolsón -sentenció Bungo en una frase apenas inteligible que se abrió paso entre un pastelillo y un sorbo de té. Lo decía más que nada para complacer a Longo; en el fondo, el pequeño Otho no le parecía más que un mamarracho sin gracia alguna.-En realidad heredó los finos rasgos de los Sacovilla. -aclaró Camelia. -Y desde muy pequeño tiene estos hermosos bucles ¿Te acuerdas, en cambio, Belladona, qué feo era Bilbo cuando nació, con esos cabellos hirsutos que se resistían a cualquier peine ?Belladona sonrió soñadoramente, contemplando a su hijo.-Era un chiquillo adorable. -dijo, inmune a las insidias de su huésped. Bilbo le devolvió la sonrisa.A Bungo, en cambio, se le había espesado la sangre, y no resistió la tentación de devolver el golpe.-Bueno, si salió a los Sacovilla, esa noticia me tranquiliza. - farfulló para sí, asegurándose de que Camelia lo escuchara. Ya estaban nuevamente en sus actitudes habituales, frente a frente y respondiendo las arremetidas. No pasó mucho tiempo antes de que Camelia atacara por el lado que Bungo temía, y en un aparente elogio de lo bonita que estaba quedando la casa, deslizó un "espero no haberme ensuciado los zapatos con el barro del vestíbulo". Camelia, en efecto, usaba zapatos, sobre todo los días de lluvia o nieve, pero por supuesto, lo del barro del vestíbulo era una simple exageración maliciosa.Pero Bungo no supo qué contestar. Se preguntaba cuánto tiempo más se prolongaría la visita, y si encontraría alguna forma de escabullirse de ella, mientras dejaba vagar su vista a través de la ventana. Comprobó entonces que la nevada se hacía más y más copiosa. Pronto no se distinguió otra cosa que una mancha blanquecina allá afuera. Eran malas noticias. Si no mejoraba el tiempo, ¿cómo harían Longo y Camelia para volver a su casa ?Sus peores presentimientos se hicieron realidad. Luego de dos horas de amena charla, y cuando los víveres comenzaban a escasear en la mesa, Longo constató que el tiempo estaba horrible, y realmente era una locura tratar de salir de allí mientras no menguase un poco la nieve. Bilbo echó más leña al fuego y todos pasaron al estudio, a fumar pipa y contar historias.
IV
"Bungo, viejo amigo, piensa, piensa. Algo hay que idear, pronto, no pueden quedarse aquí", se decía a sí mismo el dueño de casa mientras un nuevo tema de conversación se iniciaba en torno a la mesa del estudio.-Me he enterado, mi querida Belladona -estaba diciendo Longo, que se había sentado junto al hogar y apoyaba los pies en el guardafuego -de la curiosa adquisición de tu padre. Me refiero a esos botones mágicos...-...regalo de un mago- agregó Camelia.Bungo bufó. No era posible. Otra vez con esa bendita historia.-Seguramente se trata de Gandalf. -repuso Belladona -No los he visto, pero me parecen muy propios de él.-Parece que son de diamante, y que le ha obsequiado uno a Mirabella -observó Camelia. -Qué raro que no te haya dado uno también a ti, Bella. Cierto que Mirabella ha sido siempre su preferida. -añadió escrutando el rostro de su anfitriona en busca de señales de contrariedad. -Extraño que no hayamos todavía recibido la visita del abuelo. -dijo Bilbo -Ya lo veo sentado muy orondo en la poltrona, riéndose a carcajadas, y repitiendo "¡prendidos! ¡desprendidos!" toda la tarde, con la chaqueta abrochándose y desabrochándose.-Bah. Las cosas mágicas me ponen nervioso. Espero que jamás crucen esta puerta. -repuso Bungo, aburrido. -Esas asuntos acaban mal, tarde o temprano. Recordad lo que os digo.La conversación viró en seguida hacia la posibilidad de hacerle una visita al Thain apenas el tiempo lo permitiera, y de allí a las excursiones que Longo y Bilbo habían realizado el año anterior por los bosques de la Cuaderna del Norte en busca de setas. Tío y sobrino tenían la intención de confeccionar un hermoso y prolijo mapa con todas las sendas que conocían, con tintas de diferentes colores.-Creo que vais a tener oportunidad de hacerlo muy pronto -opinó Belladona -Si el clima sigue así os conviene quedaros a dormir. Tenemos en el cuarto de huéspedes una mullida cama siempre lista, y Bilbo puede sacar de la bodega su vieja cuna y armarla para el primo Otho.-¡Oh, no, no, Belladona ! -estalló Bungo pegando un brinco. Al instante comprendió que su exabrupto podía interpretarse como una grosería, y por unos segundos no supo cómo seguir. -La pobre Camelia -dijo al fin- no habrá traído todos los enseres de aseo del niño, y además no se sentirán cómodos en esta humilde casa. Nuestro deber de anfitriones no es quedarnos cómoda-mente sentados mirando la nieve, ¡sino salir a buscar un carruaje ! Esto último lo afirmó muy solemne, y mantuvo a su auditorio lo suficientemente desconcertado como para sellar su determinación antes de que le pusieran objeciones :-¡Bilbo, muchacho, los abrigos! Tu y yo bajaremos al pueblo.-Pero, Bungo, es una locura .-Belladona tiene razón. Podemos quedarnos perfectamente, será un placer. Y en todo caso, iré yo... -dijo Longo.-Tonterías. Que siga la charla y no se apaguen las pipas, como decía tío Ponto. Si no os quedais sentados, me ofenderéis. Bilbo y yo nos encargaremos de todo. ¿Vamos, hijo ?-Listo, papá, aquí están los abrigos y las capuchas.-Ese es mi hijo. Ven, rápido. Hasta luego a todos, y continuad la tertulia.
V
"Bungo, viejo amigo, piensa, piensa. Algo hay que idear, pronto, no pueden quedarse aquí", se decía a sí mismo el dueño de casa mientras un nuevo tema de conversación se iniciaba en torno a la mesa del estudio.-Me he enterado, mi querida Belladona -estaba diciendo Longo, que se había sentado junto al hogar y apoyaba los pies en el guardafuego -de la curiosa adquisición de tu padre. Me refiero a esos botones mágicos...-...regalo de un mago- agregó Camelia.Bungo bufó. No era posible. Otra vez con esa bendita historia.-Seguramente se trata de Gandalf. -repuso Belladona -No los he visto, pero me parecen muy propios de él.-Parece que son de diamante, y que le ha obsequiado uno a Mirabella -observó Camelia. -Qué raro que no te haya dado uno también a ti, Bella. Cierto que Mirabella ha sido siempre su preferida. -añadió escrutando el rostro de su anfitriona en busca de señales de contrariedad. -Extraño que no hayamos todavía recibido la visita del abuelo. -dijo Bilbo -Ya lo veo sentado muy orondo en la poltrona, riéndose a carcajadas, y repitiendo "¡prendidos! ¡desprendidos!" toda la tarde, con la chaqueta abrochándose y desabrochándose.-Bah. Las cosas mágicas me ponen nervioso. Espero que jamás crucen esta puerta. -repuso Bungo, aburrido. -Esas asuntos acaban mal, tarde o temprano. Recordad lo que os digo.La conversación viró en seguida hacia la posibilidad de hacerle una visita al Thain apenas el tiempo lo permitiera, y de allí a las excursiones que Longo y Bilbo habían realizado el año anterior por los bosques de la Cuaderna del Norte en busca de setas. Tío y sobrino tenían la intención de confeccionar un hermoso y prolijo mapa con todas las sendas que conocían, con tintas de diferentes colores.-Creo que vais a tener oportunidad de hacerlo muy pronto -opinó Belladona -Si el clima sigue así os conviene quedaros a dormir. Tenemos en el cuarto de huéspedes una mullida cama siempre lista, y Bilbo puede sacar de la bodega su vieja cuna y armarla para el primo Otho.-¡Oh, no, no, Belladona ! -estalló Bungo pegando un brinco. Al instante comprendió que su exabrupto podía interpretarse como una grosería, y por unos segundos no supo cómo seguir. -La pobre Camelia -dijo al fin- no habrá traído todos los enseres de aseo del niño, y además no se sentirán cómodos en esta humilde casa. Nuestro deber de anfitriones no es quedarnos cómoda-mente sentados mirando la nieve, ¡sino salir a buscar un carruaje ! Esto último lo afirmó muy solemne, y mantuvo a su auditorio lo suficientemente desconcertado como para sellar su determinación antes de que le pusieran objeciones :-¡Bilbo, muchacho, los abrigos! Tu y yo bajaremos al pueblo.-Pero, Bungo, es una locura .-Belladona tiene razón. Podemos quedarnos perfectamente, será un placer. Y en todo caso, iré yo... -dijo Longo.-Tonterías. Que siga la charla y no se apaguen las pipas, como decía tío Ponto. Si no os quedais sentados, me ofenderéis. Bilbo y yo nos encargaremos de todo. ¿Vamos, hijo ?-Listo, papá, aquí están los abrigos y las capuchas.-Ese es mi hijo. Ven, rápido. Hasta luego a todos, y continuad la tertulia.
VI
Afuera los recibió una brisa helada. La repisa sobre la puerta había formado un alero que los protegía de la tormenta, y la misma colina impedía que se juntara mucha nieve cerca del agujero. Pero bajando el camino la circulación era impracticable para cualquier hobbit.-Papá, creo que será inútil intentar la travesía. -dijo Bilbo evaluando la situación.-Lo sé, lo sé, hijo. Ah, qué aire puro se respira aquí ; ya me sentía aletargado dentro. Mira Bilbo, la verdad es que no aguantaba un minuto más esa conversación con tu tía. Imaginaba que el camino estaría bloqueado, pero sucede que tengo un plan, y necesito tu ayuda.Bilbo miró sorprendido a su padre. -Nos quedaremos aquí charlando amenamente como buenos padre e hijo, -explicó Bungo- y cuando comencemos a sentir demasiado frío tu entrarás y les dirás que me has dejado en Hobbiton, en casa de la abuela, esperando un carruaje. - ¿Y tú que harás ?- Yo esperaré aquí mientras te retiras discretamente del estudio y me abres la ventana del dormitorio para que pueda entrar. Luego volverás a tus asuntos, y te estaré eternamente agradecido. Bilbo no podía salir de su asombro.- ¿Pero, qué te propones hacer, papá ?-Nada. Llevarme un camastrón a la bodega y vivir allí de incógnito mientras duren estos días de encierro. Tengo mi pipa, los barriles de cerveza, muchos víveres, y sobre todo paz y tranquilidad. Llevaré mi libro de apuntes genealógicos y la pasaré muy bien. Todos creerán que estoy en casa de mi madre, incomunicado, y nadie se preocupará. -Papá, realmente me dejas atónito -rió Bilbo- .Por supuesto que haré lo que me pides, pero creo que esta vez has exagerado un tanto. El mal tiempo puede durar días y días, y tú tendrás que quedarte encerrado en la bodega.-Es muy preferible al panorama que se me presenta teniendo que ver la redonda cara de Camelia todo ese tiempo.Bilbo soltó una carcajada.-No te rías de un pobre viejo hobbit agobiado por sus parientes. Y hazme caso, tampoco te entusiasmes con historias disparatadas ni te dejes fascinar con relatos de aventuras y magia. Disfruta de la charla con tu tío pero conserva siempre la cordura en tu ánimo. No fue correteando por los bosques ni frecuentando enanos que yo conseguí levantar esta casa y formar un hogar.-Quédate tranquilo, papá. Me gusta escuchar las historias y las viejas canciones, pero soy tan hogareño y sensato como tú.-No sabes cuánto me tranquiliza escuchar eso. -confesó Bungo, quien, visiblemente animado, invitó a su hijo a sentarse junto a la puerta de entrada, protegiéndose del viento. Y allí conversaron de todo un poco, hasta que comenzaron a sentir los pies ateridos. -Creo que ya llevamos aquí suficiente tiempo como para haber ido y vuelto de Hobbiton. Ahora, entra y trata de no reírte mientras cuentas tu historia.-No prometo nada. Si no aparezco a la ventana, significa que no me dejan solo, o que el plan falló. - No lo menciones; supongo que preferirás tener un padre a una estatua de hielo. Suerte.Cuando Bungo se quedó solo, recorrió con la vista el horizonte, y el pavoroso panorama lo sobrecogió. La nieve se había transformado en cellisca, más pequeña, dura, y molesta. Sólo se escuchaba el viento, y hacia el este el cielo se ennegrecía de una manera que jamás había visto, cubriendo los campos con una sombra ominosa. Bungo se sintió un poco intimidado. Decidió acercarse a la ventana del estudio, para intentar escuchar a Bilbo, pero era imposible, y tampoco se veía nada. Tomando todas las precauciones siguió avanzando junto a la pared exterior y se detuvo en la ventana de su dormitorio.-Espero que el muchacho venga pronto- se dijo, preocupado. -Estoy comenzando a preguntarme si en verdad el plan era tan bueno como parecía.Por fin, cuando ya Bungo había comenzado a perder las esperanzas, hubo un movimiento en la celosía, y la ventanita redonda se abrió dejando aparecer el rostro rosado de Bilbo.-Vamos, papá. Dame las manos y sube. ¿Estás seguro de que puedes pasar por la abertura?-Claro -dijo Bungo, resoplando, mientras trataba de treparse -¿No recuerdas cuando entramos por aquí para la fiesta sorpresa de la abuela ?-Eso fue hace diez años, papá. Muchos pastelillos atrás.Por un momento pareció que Bungo estaba atascado sin remedio. Pero Bilbo lo aferró de los hombros y apoyando los pies en el marco de la ventana tiró con todas sus fuerzas. En un instante padre e hijo estuvieron en el piso, aterrizando uno encima del otro con un estrépito poco conveniente, y adquiriendo en el trayecto muchas magulladuras.-Este agujero se ha empequeñecido con el tiempo. Probablemente la madera se ha hinchado. -opinó Bungo.-Es posible. -dijo Bilbo, tomándose el estómago dolorido .-Muchas cosas se han hinchado.-¿Cómo te fue con las visitas ? ¿Creyeron la historia ?-Sí. Tío Longo, incluso, está preocupado y quiere salir a buscarte. Sólo mamá sospecha algo, pero puedes contar con ella. Todos piensan que estás rematadamente loco-Así me demuestran su gratitud. Yo pongo en juego mi vida atravesando los caminos helados para conseguirles un vehículo, y ellos piensan que estoy loco. No vale la pena tanto esfuerzo. Voy por mi camastrón.
VII
Esa noche Bilbo armó su vieja cuna, y Belladona puso sábanas nuevas en la habitación de los huéspedes. La nieve siguió cayendo afuera durante toda la cena, y en el fuego del acogedor agujero de Bolsón Cerrado crepitaron los últimos leños. Cuando todos se fueron a dormir, en un rincón de la bodega, oculto detrás de dos grandes barriles de cerveza, Bungo saltó de su camastrón e hizo una última visita sigilosa al cuarto de baño. Luego puso junto a la cabecera de su lecho el cuaderno de apuntes, un vaso de agua, y una horma de queso recién empezada. Comprobando que todo estaba en orden y al alcance de la mano ante cualquier emergencia gastro-nómica, apoyó la cabeza en la almohada, sopló la llama de la lámpara y se durmió plácidamente.El invierno cruel: así llamaron los hobbits y los elfos a aquel invierno. Los ríos se estaban congelando, y allá lejos, en las montañas nubladas al este y en las montañas de Angmar al norte, hacía meses que una hambruna horrenda castigaba los estómagos de bestias de oscuros corazones. La Comarca se había replegado sobre sí misma y parecía dormir un largo sueño bajo la nieve; pocos se atrevían a salir de casa, y las aldeas parecían deshabitadas. Los días se sucedían unos iguales a otros.En Bolsón Cerrado también llegó a crearse una rutina entre los dueños de casa y sus huéspedes. El primero en levantarse era Longo, que preparaba el desayuno para todos. Comenzaba despertando a Bilbo y ambos compartían el café aprovechando la quietud de la sala para charlar de sus proyectos.Longo quería sentirse útil y no transformarse en una carga para Belladona; disfrutaba mucho en Bolsón Cerrado, pero extrañaba a Bungo.-Me preocupa. Debe estar aburriéndose con mamá, y ansiando volver aquí, a su hogar, para estar con nosotros. Creo que deberíamos organizar una expedición e ir a buscarlo.-Pierde cuidado, tío -insistía Bilbo -Papá dijo que estaba bien, y que no nos afligiéramos. Si fuésemos a buscarlo se enojaría mucho.-Oh, pero me siento culpable -suspiraba Longo. Luego se despertaba Belladona, y por último, Camelia, que no dejaba de sentirse una visita, con todos los privilegios que tal condición trae aparejados. Además, sostenía enfáticamente, todas sus energías se consagraban al pequeño Otho; no tenía tiempo ni fuerzas para ayudar en las tareas domésticas. La actitud de Camelia hacía que Longo se sintiera más en deuda aún, y acentuara su disposición servicial.-Bilbo, haría falta que llenaras la garrafa de cerveza para el entremés, y de paso trajeras de la bodega la horma de queso comenzada -decía Belladona.-No te molestes, sobrino, ¡voy yo! -prorrumpía Longo brincando de su asiento.-¡Tío, un momento! ¡No puedo permitirlo! -exclamaba Bilbo tratando de sujetarlo por un brazo.-Ni una palabra más. Conozco bien la bodega y soy capaz de ir por los víveres. Tú prepara la mesa.Bilbo no tenía más remedio que ceder. Abatido, se tomaba la cabeza entre las manos y suspiraba:-Oh, no. Esto será la ruina. -¿Qué es lo que te preocupa tanto ? -preguntaba Belladona, atenta a todo.-Nada , mamá. Nada.Pero no era fácil engañar a la hija del Viejo Tuk.El alma le volvía al cuerpo a Bilbo cuando Longo aparecía con la garrafa y el queso.-¿Queréis saber ? -comentaba el buen hobbit rascándose la cabeza- Algo raro sucede allí adentro. No encontraba el queso por ningún lado. Por fin, me di por vencido y gruñí: maldita horma de queso, ¿dónde estás? No vais a creerme, pero escuché un ruido, giré la cabeza, y ante mis ojos estaba la bendita horma, sobre un barril de cerveza. Hubiese jurado que un minuto atrás no estaba allí. O me estoy volviendo tonto, o hay magia en la bodega.En ocasiones así Bilbo se veía obligado a sacar el pañuelo y enjugarse la frente transpirada para disimular su agitación. -Conque magia en la bodega- reflexionaba Belladona, sonriendo. -Ya me parecía a mí que había gato encerrado en este asunto. Sabes, Longo, no creo que se trate de magia, pero los ruidos que escuchaste y esta horma visiblemente disminuída hablan a las claras de que se ha metido algún ratero allí, probable-mente uno de esos astutos roedores que entienden la lengua común. ¿Serías tan amable, un día de estos, de ayudarme a buscarlo en cada rincón, y propinarle un escobazo apenas lo veamos moverse ?-¡Cómo no, Bella ! -exclamaba Longo entusias-mado.- Cuando quieras.-Qué curioso -agregaba Camelia -No pensé que nos habíais invitado para desratizar la casa. Pero veamos el lado bueno: de esta manera la limpieza os saldrá gratis.-Cuanto me alegra que tú también estés de acuerdo -sonreía Belladona. No había manera de hacerla enfadar, y siempre era Camelia quien terminaba masticando su rabia. Después de tantos años de conocerse, ya era tiempo de que la esposa de Longo hubiese aprendido la lección, pero era tan testaruda como amiga de la discordia, y francamente, tenía bastantes menos luces que su anfitriona.El caso es que las visitas inoportunas a la bodega, la insistencia creciente de Longo por ir en busca de su hermano, y las cada vez más audaces correrías de Bungo hasta los cuartos de baño a cualquier hora, tornaron la vida de Bilbo un desasosiego continuo.Y así fue que llegó el momento en que la situación le pareció hizo insostenible. -Papá. ¿Estás ahí ? -dijo Bilbo entrando en la bodega.-Bilbo, hijo, pasa, cierra la puerta. Espera que encienda la lámpara. Creí que era el fastidioso de mi hermano y la apagué. -Papá, ¿cómo estás? -Bien. Si no fuera por las repetidas interrupciones que me ocasiona Longo, diría que óptimamente. Podrías haberlo mantenido más a raya, Bilbo. No me explico cómo has dejado que entre aquí.-Eso no es nada, papá. Ahora mismo se está probando tus botas y preparando los abrigos para salir a buscarte.-¿A buscarme? ¿Qué le pasa a ese cabeza hueca?-Pero antes de salir le prometió a mamá que revisaría toda la bodega y mataría a escobazos al ratón que se come el queso.Bungo resopló.-La situación es de veras desesperada. Supongo que tengo que hacer algo.-Creo que sí, papá. Y el momento es ahora.-Bueno, si no hay otro remedio. En realidad, ya lo tengo todo pensado. Dime si no hay moros en la costa, y me iré por donde vine: la ventana del dormitorio. Tocaré la campanilla, y haré mi aparición triunfante por la puerta principal. Diré que no hay carruajes ni caminos disponibles, y todos en paz.Bungo explicaba el plan mientras recogía sus cosas y se las daba a su hijo. No parecía muy preocupado, porque ante el asombro de Bilbo, se puso a silbar y tararear.-Bien. Estamos listos. -exclamó el viejo hobbit, con su más ancha sonrisa. Antes de salir, le echó un último vistazo a la habitación -En realidad, comenzaba a aburrirme aquí.
VIII
El paso a través de la ventana del dormitorio resultó tan dificultoso como a la ida, e hizo que Bungo decidiera añadir una puerta posterior a la residencia apenas tuviera tiempo.Desembocó en el jardín zambulléndose de cabeza en la nieve. Se consoló pensando que toda esa nieve empapándolo era lo que necesitaba para simular un viaje desde el otro lado del arroyo. Cuando se incorporó constató lo horrible que estaba el tiempo. Una oscuridad siniestra se había apoderado del cielo; el viento formaba remolinos helados y provocaba un ulular que ponía los pelos de punta. De pronto a Bungo le pareció que el ulular se oía como el aullido de bestias feroces, y sin pensarlo dos veces se encaminó rumbo a la puerta de entrada.Una vez allí repasó mentalmente su papel, y, apoyándose en el bastón de paseo, adoptó la postura exhausta de quien se supone acaba de atravesar los más escabrosos caminos de la región.Sonó enérgicamente la campanilla, y esperó.Escuchó los pasos acercándose, y tuvo tiempo de imaginar la expresión de los rostros que abrirían la puerta. Confiaba en que su llegada despertase sorpresa, piedad, y admiración, y disfrutaba estas recompensas por anticipado.Pero cuando se abrió la puerta y aparecieron Belladona, Bilbo, Camelia y Longo, sus miradas de asombro se trocaron rápidamente en muecas de espanto.-¿Qué sucede? -atinó apenas a decir Bungo antes de que los cuatro prorrumpieran en un alarido de pánico.Bungo se dio vuelta y entonces comprendió. A pocos pasos de distancia, y caminando hacia él, se dibujaba la silueta de un enorme y espeluznante lobo blanco.El pobre hobbit quedó petrificado en el umbral, sin atinar a nada. Por su parte, el lobo le estaba clavando una roja mirada de fuego, y se acercaba decidido.Bungo sintió que había llegado su última hora. En un instante pasaron por su mente miles de pensamientos absurdos. Lo que más lamentó fue el desdichado plan que lo había llevado a esconderse y a salir de casa. Se sentía arrepentido y sospe-chaba que estaba recibiendo el justo castigo por su falta. Pensaba con vergüenza en Bilbo y el mal ejemplo que había estado dándole, y se prometió que si salía de ésta con vida consagraría el resto de sus años a hacer de Bilbo un hobbit decente y honesto. Envalentonado por esta decisión (aunque aún muy asustado), retomó el control de su cuerpo, y mientras esgrimía amenazante su bastón con una mano, buscó con la otra el picaporte de la puerta y la cerró.Pero con el nerviosismo había olvidado el detalle de saltar antes dentro de la casa, y ahora estaban frente a frente, lobo y hobbit, sin ninguna vía de escape a la vista.La fiera se agazapó y preparó su arremetida. Bungo calculó apresuradamente las posibilidades que tenía, y se dijo a sí mismo que un lobo pesado y torpe no podía ser más veloz que un hobbit. Miró el bastón, alzó la vista, contempló la repisa encima de la puerta, consideró la resistencia del tirante que hacía de soporte, y en el momento que el lobo saltaba con sus fauces enormes y sus colmillos afilados, saltó él también hacia un costado propinándole al pasar un fuerte bastonazo a la base de la repisa.Bungo rodó camino abajo. El lobo dio una dentellada en el vacío y se golpeó el hocico contra la puerta de entrada, pero no tuvo tiempo para hacer nada más porque en ese mismo instante se desmoronó sobre él la repisa con sus tre quintales de piedras de La Cantera y toda la nieve acumulada encima.El estrépito fue infernal. Cuando Bungo detuvo su caída y pudo ponerse de pie, antes de convertirse definitivamente en una bola de nieve gigante rumbo al puente de El Agua, comprobó que el animal yacía sepultado bajo las piedras tal como lo había previsto, y no daba ya señales de vida.Todo había sucedido tan rápido que por un momento se preguntó si realmente había ocurrido o simplemente lo había soñado. Había un lobo muerto a las puertas de su agujero-hobbit, aunque ahora apenas se veía un pedazo de la cola asomando entre la maraña de losas, barro y nieve. Bungo no salía de su asombro. ¡Un lobo! ¡Como los que poblaban las historias!En ese momento la puerta se abrió, y aparecieron uno detrás del otro Bilbo, Belladona y Longo, dispuestos a encontrarse lo peor. -Bungo, ¡estás bien!- exclamó la hija del Viejo Tuk corriendo en brazos de su marido. -Entremos, entremos- decía Bungo entre abrazos y besos. -No ha pasado nada.-¡Has matado al lobo!-Tonterías, tonterías. Entremos que el tiempo está muy malo.En su excitación, Bungo no sabía lo que decía, y fueron necesarios muchos bocados de pastel y algunos vasos de vino para lograr arrancarle más palabras que esas.-Tonterías, tonterías -repitió durante unas horas, hasta que recobró el buen juicio y los pies dejaron de temblarle. Estaba sentado junto al fuego y le habían cubierto las piernas con una manta.-¿De qué tonterías nos hablas? -preguntó Longo -Todos hemos visto con nuestros propios ojos un lobo horroroso detrás de ti. Bungo los contempló uno por uno, y luego de meditar un momento y dar un gran suspiro dijo:-Están equivocados. No era un lobo, sino un perro famélico que me venía siguiendo desde casa de mamá. Un pobre perro anémico. Con toda la nieve que llevaba encima, no me extraña que lo hayáis confundido con un lobo. Tuvo la mala suerte de encontrarse en el umbral en el momento de desmoronarse el alero con las losas, y eso fue todo. Por suerte yo me aparté y salí ileso. Desgraciado accidenteTodos lo miraron atónitos.-¿Estás seguro de lo que dices ?-Completamente. ¿Qué esperaban? Les he advertido que exageran con sus fantasías y sus historias absurdas. Aquí no ha pasado ni pasará nada. Apenas mejore el tiempo recogeremos esas piedras y sepultaremos al perrito, pero de eso me encargaré yo y mi ayudante Manoverde. No quiero que se acerquen a la puerta.Y dicho esto, encendió su pipa y no dijo una palabra más por el resto de la noche. Fue necesario que Bungo repitiera muchas veces la historia para convencer a sus parientes de que no habían visto lo que sus ojos les mostraron. Pero tanto hizo que finalmente lo logró, y Bilbo llegó un día a olvidar el incidente, que era todo lo que Bungo deseaba del asunto. El resto de la historia la guardó celosamente en su corazón. Sólo de cuando en cuando, en la serenidad del estudio o en una perezosa sobremesa, a Bungo lo asaltaban los recuerdos, y su expresión se hacía reconcentrada y grave. Entonces Belladona comprendía que su esposo estaba pensando en el lobo, y no decía nada, porque ambos sabían que existían cosas que era preferible no decirse, y ése era el secreto de su felicidad.Por su parte, Longo nunca terminó de entender del todo lo que había ocurrido esa tarde, pero como tampoco podía imaginarse una razón para que su hermano no contase la verdad, aceptó sus argumentos y cerró el caso. De modo que cuando, cinco semanas más tarde, los caminos se hicieron nuevamente transitables, y él y su familia volvieron a Delagua, el episodio era ya agua pasada. Ni siquiera le extrañó que su madre, a quien entraron a saludar camino a casa, no recordara en absoluto la presencia de Bungo aquellos días en la ancestral morada de la familia. La pobrecita tenía ya noventa y siete años y, aunque era aún la cabeza del clan Bolsón, no conservaba su propia cabeza en las mejores condiciones.
Bungo Bolsón no fue ningún hobbit notable, ni pretendió serlo. Pero la del lobo blanco (o perro famélico) fue la aventura más importante -tal vez la única- de su vida, y bien podría haber estado orgulloso de ella, sino fuera porque, como sabéis, odiaba las aventuras. Todo lo que quería era que no le faltase nunca fuego en el hogar, provisiones en la despensa, y una pipa con la que se sentase a contemplar la belleza de su jardín.

Así transcurrió el invierno de 1311, que fue recordado por largo tiempo entre los hobbits. Se trató de un invierno largo y cruel, pero -como todas las cosas- concluyó al fin y la primavera trajo las flores inaugurales de Bolsón Cerrado. Hubo bastante trabajo para Cavada Manoverde ese año, y fue sólo la primera de muchas primaveras.

FIN

martes, 22 de septiembre de 2009

El valiente soldado de plomo


El valiente soldado de plomo
(Hans Christian Andersen)
***
Hubo una vez veinticinco soldados de plomo, todos hermanos, como retoños que eran de la misma vieja cuchara. Cada uno de ellos cargaba su fusil, miraba al frente y vestía el más gallardo uniforme rojo y azul que pueda concebirse.
Las primeras palabras que oyeron en su nuevo mundo, al levantarse la tapa de su caja, fue la voz de un muchachito palmeando las manos y gritando "¡Soldados, soldados!"
El niño festejaba su cumpleaños y los soldados eran su regalo para la ocasión. Todos eran exactamente iguales, con sólo una excepción, y éste se diferenciaba de los demás en que no tenía más que una pierna, porque había sido el último que fabricaron, y el material no alcanzó para terminarlo. Y sin embargo se sostenía tan bien en su única pierna como los otros con las dos. Y fue precisamente ese soldado el que se hizo famoso.
Sobre la mesa donde el niño los dispuso en cuadro había muchos otros juguetes, pero lo que primero atraía a la vista era un encantador castillo de cartón. Por las ventanas de éste podía verse el interior de las habitaciones, y en el exterior algunos árboles que rodeaban un pequeño espejo a manera de lago sobre el cual nadaban varios cisnes de cera. Todo era muy lindo, y sin embargo lo más lindo de todo era una jovencita que estaba de pie en la puerta abierta del castillo.
También ella era de cartón, pero tenía un vestido de gasa muy ligera, con una delicada cinta azul sobre los hombros, a modo de pañuelo, y una gran lentejuela muy brillante. La jovencita extendía ambos brazos, como una bailarina que era. Y en su danza una de las piernas se alzaba tan alto en el aire que el soldado de plomo no podía verla en absoluto, y suponía que a ella también, como a él, le faltaba una pierna.
"Sería la esposa más adecuada para mí -pensó-. Pero ella es demasiado elevada. Vive en un palacio, en tanto que yo sólo tengo una caja, y eso en común con otros veinticuatro congéneres. No, aquí habría lugar para ella. Pero tengo que tratar de relacionarme".
Y el soldado se tendió detrás de una caja de rapé que había también sobre la mesa. Desde allí podía observar cómodamente a la damisela, que seguía siempre en un solo pie sin perder en absoluto el equilibrio.
Más tarde, cuando la gente de la casa se retiró a dormir, los otros soldados fueron guardados en su caja. Era la hora en que los juguetes juegan, y se divierten visitándose unos a otros; librando batallas o dando bailes. Los soldados de plomo se aburrían en su caja, deseando poder participar del recreo general, pero sin lograr levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y el lápiz garabateaba disparates en la pizarra. El ruido era tanto que el canario se despertó y se reunió a la algazara, pero en verso. Y los únicos dos que no se movieron fueron el soldado de plomo y la pequeña bailarina. Ella permanecía tan rígida como de costumbre, sobre la punta de un pie y con los brazos extendidos. Y él, igualmente firme en su única pierna, sin apartar los ojos de su amor ni por un momento.
Entonces el reloj dio las doce... y ¡plop!, la tapa de la caja de rapé se abrió, levantándose bruscamente. Y dentro de la caja no había rapé. Nada de eso. Había un pequeño diablo negro, con un resorte, pues se trataba de una cajita de sorpresas.
-Soldado de plomo -dijo el diablo-, haz el favor de tener más cuidado con lo que miras.
Pero el soldadito de plomo fingió no haberlo oído.
-¡Ah!, ¿sí? Pues entonces espera hasta mañana -amenazó el diablo. Por la mañana, cuando los niños se levantaron, colocaron al soldadito en el antepecho de la ventana. Y ya fuera por influencia del diablo negro o por una ráfaga de viento -yo no lo sé- de pronto se abrió la ventana y el soldadito cayó cabeza abajo desde el tercer piso.
Fue una caída terrible, y el pobre soldado aterrizó sobre su kepis, con la pierna en el aire; la bayoneta quedó encajada entre dos losas. La sirvienta y el muchachito corrieron a buscarlo, pero aunque miraron por todas partes no lo encontraron. Si el soldadito hubiera exclamado: "¡Aquí estoy!", no cabe duda de que lo habrían visto; pero él no consideró cosa digna el gritar estando de uniforme.
-¡Mira! -dijo uno de ellos-. ¡Un soldadito de plomo! Le haremos dar un paseo en barco.
Hicieron un barquito de papel con un diario y colocaron al soldado en el medio. Y allá partió el soldadito por la cuneta abajo, seguido por los dos chicos que aplaudían. ¡Cielos! ¡Qué olas había en el agua de la cuneta! ¡Qué corriente impetuosa! Porque ciertamente lo que había llovido era un diluvio. El barco de papel danzaba de un lado a otro; a veces giraba como un remolino, hasta hacer correr un escalofrío por la espalda del soldadito, que sin embargo permanecía impávido, sin mover un músculo, vista al frente y fusil al hombro. En cierta ocasión el barco pasó por la boca de un largo túnel de madera, en cuyo interior estaba tan oscuro como en la caja.
"¿Adónde iré ahora? -pensaba-. Bueno, todo fue culpa de aquel diablo negro. ¡Ah!, si al menos estuviera a mi lado la muchachita del castillo, ya podría estar dos veces más oscuro, que no me importaría".
En ese momento apareció una gran rata de agua, que vivía en el túnel.
-¿Tienes pasaporte? -inquirió-. A ver tu pasaporte.
El soldado de plomo no dijo nada, pero aferró su fusil con más fuerza. El barco pasó de largo, pero con la rata detrás, muy cerca. ¡Oh, cómo rechinaba los dientes y gritaba: "¡Párenlo! ¡Párenlo! ¡No ha pagado derechos! ¡No tiene pasaporte!"
Pero la corriente se hacía más y más fuerte. El soldado ya no alcanzaba a ver la luz del día al final del túnel. En cambio, empezó a percibir un rumor como un rugido, capaz de infundir miedo aún en el corazón más templado. Porque allí donde terminaba el túnel, la corriente se precipitaba en el gran canal, y aquello era tan peligroso para él como para nosotros el zambullirnos en una catarata. Luego empezó a llover, y las gruesas gotas menudearon más y más hasta convertirse en una tormenta. El aguacero cesó por fin, y dos muchachos de la calle pasaron por la acera.
Y estaba ya tan cerca de la salida que era imposible detenerse. El barco se precipitó en un envión final, y el pobre soldado de plomo se mantuvo en su posición de firme, todo lo rígido que pudo. Nadie podría haber insinuado que pestañeó siquiera.
El barco describió dos o tres círculos y se anegó hasta la borda; se hundiría sin remedio. El soldado de plomo, con el agua al cuello, seguía de pie, mientras el buque se iba a fondo con rapidez creciente. El papel se fue empapando más y más, y por fin el agua cubrió la cabeza del soldado. El recordó a la bonita bailarina a quien ya no volvería a ver más, y en sus oídos resonó un viejo estribillo:
Adelante, adelante, soldado que no puedes la muerte rehuir. Por último el papel cedió del todo, y el soldado se precipitó hacia el fondo. Y en el mismo instante fue devorado por un gran pez.
¡Qué oscuro estaba el interior de aquel monstruo! Era aún peor que el túnel. ¡Y qué estrecho! Pero el soldadito de plomo seguía tan impávido como siempre, tendido a todo lo largo, fusil al hombro.
De pronto el pez dio un brusco salto, al cual siguieron los más frenéticos movimientos. Y finalmente quedó inmóvil. Cierto tiempo después, un resplandor como el de un relámpago llegó hasta el soldado. Se encontró una vez más a la luz del día, y oyó a alguien que exclamaba en voz alta:
-¡Miren! ¡Un soldado de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado, vendido, y traído a la cocina, donde la cocinera lo abrió con un largo cuchillo. La mujer tomó al soldadito con dos dedos y lo llevó a la sala, donde todos querían ver al maravilloso militar que había viajado en el estómago de un pez. Lo pusieron sobre una mesa, y -¡asombro de los asombros!- se encontró en la misma habitación en que había estado antes. Vio a los mismos niños, y los mismos juguetes sobre la mesa, y también el hermoso castillo con la linda bailarina en la puerta.
La joven seguía manteniéndose sobre un pie, con la otra pierna en el aire. Tampoco ella había cambiado de posición. El soldado se sintió tan conmovido que estuvo a punto de derramar lágrimas de plomo, pero eso no hubiera sido propio de su condición. La miró, y ella lo miró, ambos sin decir una palabra.
En ese momento uno de los niños tomó al soldado y, sin razón ni motivo alguno, por puro capricho, lo arrojó al fuego. No hay duda de que el pequeño diablo negro de la caja de rapé fue quien tuvo la culpa.
El soldado permaneció allí, entre las brasas, iluminado por las llamas y circundado por el calor mas horrible, aunque no habría podido decir si aquel calor provenía del fuego material o de sus propios sentimientos. Había perdido todos sus alegres colores, tal vez como consecuencia de su peligroso viaje, quizá por la pena. ¿Qué importaba?
Volvió a mirar a la muchachita, y ella volvió a mirarlo, y el soldado sintió que se estaba derritiendo, pero logró aún mantenerse firme, fusil al hombro.
Súbitamente se abrió una puerta, y la corriente de aire que se produjo arrebató a la pequeña bailarina, la hizo revolotear en el espacio como una sílfide y luego la arrojó directamente al fuego, junto al soldadito. Una pequeña llamarada, y todo el cuerpo de la joven desapareció.
Para entonces el soldado estaba reducido a un mero bulto. Cuando la sirvienta retiró las cenizas a la mañana siguiente lo encontró en forma de un diminuto corazón. Todo lo que quedaba de la bailarina era su lentejuela, y ésta tan quemada y tan negra como uno de los tizones de la chimenea.