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sábado, 20 de noviembre de 2010

POEMA DE PIRATAS --LORD BYRON -- EL CORSARIO



George Gordon Byron

El Corsario



(Poema)





Lord Byron

El Corsario

                                                                                     Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella miseria.
Dante.

- I -

                                  «Del negro abismo de la mar profunda
sobre las pardas ondas turbulentas,
son nuestros pensamientos como él, grandes;
es nuestro corazón libre, cual ellas.
Do blanda brisa halagadora expire,
do gruesas olas espumando inquietas
su furor quiebren en inmóvil roca,
hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa
no medida extensión, de playa a playa,
todo se humilla a nuestra roja enseña.
Lo mismo que en la lucha en el reposo
agitada y feliz nuestra existencia,
hoy en el riesgo, en el festín mañana,
brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.
¿Quién describir pudiera nuestros goces?
¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,
siervo de los deleites, que temblaras
de las montañas de olas en la incierta,
móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,
del hastío sumido en la indolencia,
a quien ya el sueño bienhechor no halaga,
a quien ya los placeres no deleitan.
Sólo el infatigable peregrino
de esos caminos líquidos sin huellas,
cuyo audaz corazón, templado al riesgo,
al sordo rebramar de la tormenta
palpitando arrogante, hasta la fiebre
del delirio frenético en sus venas
sintiese hervir la sangre enardecida,
nuestros rudos placeres comprendiera.
Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,
y sólo por luchar la lucha anhela
el pirata feliz, rey de los mares.
Cuando ya el débil desmayado tiembla,
se conmueve él, apenas... se conmueve
al sentir que en su pecho se despierta
osada la esperanza, que atrevida
su corazón para el peligro templa.
¿Qué es a nosotros la temida muerte
como el rival odioso también muera?
¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...
cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!
Serenos aguardémosla. Apuremos
la vida de la vida, y después venga
fiebre traidora o descubierto acero
implacable a romper su débil hebra.
Cobardes otros, de vejez avaros,
revuélquense en el lecho que envenena
dolencia inmunda, y el impuro ambiente
con flaco pecho aspiren y fallezcan
luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros
fúnebre lecho de agonía lenta;
¡césped fresco es mejor...! Y mientras su alma
sollozo tras sollozo tarda quiebra
los nudos de la vida, de un impulso
sus ligaduras rompe y se liberta
osado nuestro espíritu. Sus restos
del blanco mármol de su tumba estrecha,
grabado por el mismo que su muerte
hipócrita anhelaba, se envanezcan:
Cuando sepulte el mar nuestro cadáver
le bastará una lágrima sincera,
¡una lágrima sola! Henchido el vaso
del alegre festín en la ancha mesa
honra de nuestros bravos la memoria.
Corto epitafio su valor celebra
cuando en el día augusto del peligro,
al repartir el vencedor la presa,
recuerdo de dolor su frente anubla
y con voz ronca que insegura tiembla:
«¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha
los valientes que han muerto compartieran!»
   Así grito salvaje en sordo acento
repite el eco en las cortadas peñas
del islote escarpado del Corsario,
do del vivac se apagan las hogueras;
y en alegre cantar sus agrias notas
de los piratas al oído suenan.
En pintorescos grupos esparcidos
de fresca playa en la dorada arena,
aguzan unos sus puñales; otros
alegres ríen, bulliciosos juegan,
o sus fieles alfanjes desnudando
indiferentes, sin afán, contemplan
la sangre que los mancha. Precavidos
otros, con mano previsora pliegan
las anchas velas del bajel osado,
o el negro flanco recomponen; mientras
pensativos algunos por la orilla,
de las olas al son, lentos pasean.
A quien aguija de inquietud oculta
el afán incesante, allá en las quiebras
de las ásperas rocas, lazos tiende
a las marinas aves, o al sol seca
la red humedecida; y en la mancha
que del mar en los límites blanquea,
con los ojos de la ávida esperanza
del incauto bajel mira las velas.
De cien noches de horror y de combate
los lances con placer todos recuerdan.
Y de luchar ansiosos se preguntan:
«¿En dónde buscaremos nuevas presas?»
¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,
y basta, el capitán. Fiel obediencia
es su único deber: saben que nunca
les faltará el botín, y más no anhelan.
¿Y quién es ese capitán? Su nombre
pronuncian en voz baja y lo respetan
cuantos habitan las hermosas playas
que aquellas olas complacidas besan:
y más no saben, ni saber más quieren
Les basta un gesto, una mirada. Apenas
oyen su voz. De sus banquetes rudos
no anima el regocijo su presencia.
Mas ¿cómo ante la gloria de sus triunfos
acusar sus desdenes? Jamás llenan
para él la roja copa: indiferente
la mira y a sus labios no la acerca;
y es su sobrio manjar, que desdeñara
el más grosero de su banda, y fue
a ermitaño frugal ración escasa,
secas raíces de silvestres yerbas,
rústico pan y los jugosos frutos
que brinda el árbol en sus ramas tiernas.
El impuro placer de los sentidos
desdeñoso su espíritu desprecia,
¿Será que su energía no domada
de esa abstinencia misma se alimenta?
«Pronto a la mar.»-Y el mar surcan sus naves.
«A aquella playa el rumbo.»-Y allá vuelan.
«¡Sus!, ¡a las armas!»-¡Y el botín es suyo!
Así a su voz, que imperativa ordena,
sigue la acción; y todos obedecen,
Y su oculta intención nadie penetra.
Si suena escrutadora una palabra,
una mirada de desprecio muestra
de su temida indignación un rayo:
no sabe dar su orgullo otra respuesta.

- II -

                                  «¡Una vela!, ¡una vela!»-Ese es el grito
que despiertan otra vez los mudos ecos,
cual esperanza de botín. «¿Qué buque?
¿Qué nación? ¿Qué bandera?» El catalejo
al lejano horizonte se dirige.
«No es una presa: al hálito del viento
rojo estandarte en su elevada popa
ondula triunfador. ¡Es de los nuestros!.
¡Con soplo amigo, acariciadle, oh brisas!,
y antes de anochecer llegará al puerto.»
El cabo ya dobló, y el golfo corta
la prora que contrasta el mar revuelto.
¡Con qué noble altivez su rumbo sigue!
Sus blancas alas, que jamás huyeron
ante el contrario poderoso, tiende
como el ave marina en blando vuelo,
y sobre el mar deslizase atrevido
burlando los contrarios elementos.
¿Quién por reinar sobre la osada turba
que encierra ese bajel en su hondo seno,
no provocara de la mar las iras,
y del cañón el escondido fuego?
   Vedle llegar: repléganse las velas;
crujen los cables; ancla, y al momento
los que en la playa la arribada miran
del buque ansiado con curioso anhelo,
de la esculpida, acristalada popa,
ven al mar descender bote ligero.
Cúbrese el puente de marinos; vira
veloz la nave, hasta que el duro hierro
de la quilla la blanda arena corta,
en la roca con agrio son crujiendo.
¡Gritos gozosos de sorpresa grata;
de sincera amistad abrazos tiernos;
preguntas y respuestas presurosas;
dulces sonrisas de feliz contento!
   Cunde la nueva, y anhelante corre
la turba hacia la mar. En el estruendo
de bienvenidas, carcajadas, gritos,
más dulce suena el armonioso acento
de la mujer, que sin cesar repite
con voz cortada por afán inquieto,
del esposo, el hermano o el amante
el nombre preferido-«¿Qué fue de ellos?
¿Salváronse? Del triunfo o la derrota
no os preguntamos, no; pero ¿de nuevo
verémosle correr a nuestros brazos?
¿A oír su voz querida volveremos?
Haya sido sangriento el choque rudo,
hayan las ondas con furor violento
combatido al bajel, noble y constante
no habrá cejado su animoso pecho;
pero, decidnos, ¿viven?, ¿viven? Vengan
el asombro y el júbilo a traernos,
y el llanto que hoy anubla nuestros ojos
ardientes sequen sus ansiados besos»
   -«¿Dónde está el capitán? De graves nuevas
que el placer quizás turben del regreso
fieles nuncios hoy somos; mas no importa:
grato es al corazón el pasajero
júbilo del retorno. Juan, al jefe
condúcenos al punto. Volveremos
a celebrar el venturoso arribo,
y la importante nueva sabréis luego.»
   Y lentamente hacia el picacho agreste
trepando van por ásperos senderos
tallados en la roca; y al fin llegan
al ancha plataforma, do en el centro,
entre fragantes yerbas que a los aires
dan de silvestres flores el aliento,
el golfo dominando, se levanta
la torre del vigía. Bullen frescos
en no labradas tazas de granito
límpidos y sonoros arroyuelos,
que provocan la sed con linfas claras
donde sus alas humedece el viento.
¿Quién es aquél que en la vecina loma,
cabe la gruta lóbrega, en silencio
sobre las aguas su mirada extiende?
Sumergido en profundos pensamientos,
apóyase en la corva cimitarra
que tantas veces esgrimió soberbio.
El es, Conrado, ¡como siempre, solo!
«Adelante, adelante: ha descubierto
ya nuestro buque. Anúncianos, y dile
que de recientes nuevas mensajeros,
pretendemos hablarle. Juan, tú sabes
cuánto se irrita su carácter fiero
si pasos no esperados quizás osan
turbar su soledad.» Se acerca lento
Juan a Conrado, y con humilde labio
su mensaje le anuncia: él, altanero,
calla, y contesta a su pregunta sólo
de su cabeza leve movimiento.
   Los mensajeros tímidos avanzan
y a su presencia inclínanse. Ligero
silencioso saludo les responde.
«Letras son estas del espía griego
que nos revela fiel que ya cercanos
el botín y el peligro están de nuevo.
Mas, a pesar, señor, de sus noticias,
podemos anunciarte que..» -«¡Silencio!»
Y su discurso inútil así corta.
Absortos y humillados, sus recelos
entre sí murmurando, se retiran,
y su semblante observan desde lejos
y sorprender la sensación pretenden
de las ansiadas nuevas en su aspecto.
Conrado lo adivina; el rostro vuelve,
por orgullo quizás; recorre el pliego
de una mirada, y «¡mi cartera!» exclama.
«¿Do está Gonzalo, Juan?-Allá en el puerto,
en el bajel anclado. -De él no salga.
Esta orden mía llévale al momento.
Y vosotros, ¡en marcha! Preparado
todo a partir esté: yo mismo debo
mandaros esta noche-¡Aún esta noche...!
-Cuando cierre la sombra: el tenaz viento
refrescará al ocaso, más propicio.
¡Mi coraza, mi manto! Partiremos
dentro de una hora. Toma la trompeta;
mi carabina limpia, y que el armero
mi cimitarra de abordaje afile:
en el postrer combate más mi esfuerzo
cansó ese alfanje que la sangre embota
que el duro choque del contrario acero.
Cuando el instante designado llegue,
núncienlo exactos del cañón los truenos.»
   Obedientes ante él se humillan todos
y silenciosos se retiran. -Presto,
¡ay!, demasiado presto a la mar tornan!
Mas ¿quién a resistir tiene derecho?
Conrado lo ha querido: todos ceden.
Hombre de soledad y de misterio,
nadie le ha visto sonreír; suspiros
nunca brotaron de su altivo pecho;
su nombre al más osado de su tropa
temor infunde, y su mirar severo
el rostro adusto por el sol curtido
palidecer hiciera. ¿Qué secreto
lazo invisible los corsarios liga
a su indomable voluntad de hierro?
¿Qué magia, con la cual en vano luchan,
les fascina? El poder del pensamiento:
fuerza oculta en el fondo de la mente;
de afortunado triunfo hija primero,
y que después constante el genio osado
hábil conserva con tenaz empeño.
Ella a la firme voluntad de un hombre
quizás sujeta humilde todo un pueblo,
que en sus hazañas y gloriosos triunfos
es sólo de su mano el instrumento.
Así a los elegidos de la suerte
siempre los hombres se humillaron siervos:
¡Es el destino del mortal! Mas guarte,
guarte, esclavo feliz, que para el genio
con duro esfuerzo sin cesar te afanas.
De envidiar loco a tu insensible dueño,
¡ay!, si del yugo que dorado oprime
su sien erguida, te agobiara el peso,
de tu humilde dolor la carga leve
pidieras otra vez cansado al cielo!



- III -

                                  No cual los héroes es de antigua raza,
de alma infernal, mas de beldad divina,
el misterioso capitán: su aspecto
no la curiosa admiración excita;
só las negras pestañas, solo un rayo
de oculto fuego concentrado brilla.
No iguala a la de un Hércules su talla;
mas fornido es y fuerte, y quien le mira
con tranquila atención, algo descubre
de superior en él. Todos admiran
la honda impresión que su mirada causa,
que todos sienten y ninguno explica.
El sol ardiente que las playas dora
quemó en largas jornadas sus mejillas;
pálida y ancha es su serena frente,
y su abundante cabellera riza
medio la cubre; irónicos sus labios,
los pensamientos que ocultar ansía
a su pesar descubren desdeñosos.
De sus facciones las marcadas líneas
y de su tez cambiante los matices
atraen y turban a la par la vista;
y parece que ocultos pensamientos
en su alma incierta confundidos lidian.
Mas su secreto es ese: su mirada
los ojos que atrevidos la examinan
hace al punto bajar, que el de sus rayos
pocos audaces sostener podrían
el encuentro fatal que el alma hiela.
Vaga en sus labios infernal sonrisa
que cólera y espanto al par provoca:
y donde su mirada cae sombría
las alas tiende la Esperanza y huye,
y eterno adiós la Compasión suspira.
   ¡Cuán débil del culpable pensamiento
es el signo fugaz! Honda guarida
del escondido corazón los pliegues
son al genio del mal. Cuando palpita
el dulce amor en nuestro pecho, el alma
feliz irradia el fuego que la anima
y alegre su pasión publica al mundo:
el odio, la ambición y la perfidia
sólo en sonrisa amarga se revelan.
Labio que arquea leve la ironía,
ligera palidez que mate cubre
faz observada, signos son que indican
de profunda pasión oculto fuego.
Sólo en la soledad sorprenderías,
invisible testigo, sus afanes.
Entonces en la marcha interrumpida,
en los ojos que al cielo se levantan,
en las cerradas manos convulsivas,
en el pálido rostro contraído,
en las pausas que cortan su agonía
cuando el culpable súbito se vuelve
y sueña escuchar pasos, y que espían
el vago afán de sus terrores piensa,
en el fuego que inflama sus mejillas,
en el frio sudor que su sien baña,
de su alma enferma los misterios mira,
si hacerlo puedes sin temblar. El sueño
es ese que tras ásperas fatigas
le da el reposo. El corazón ya mustio
en abandono y soledad se agita
de un pasado fatal con el recuerdo.
Contempla su alma. -¡Oh!, no; ¿quién osaría
siendo sólo un mortal, clavar los ojos
del corazón humano en la honda sima?
   Y no a ser jefe de piratas rudos
del negro crimen en la odiosa vía
nació al mundo Conrado: su alma noble
sufrió tenaz violentas sacudidas
antes que al hombre declarando guerra
del cielo airado renegase altiva.
Del desencanto en la infecunda escuela
vio la llama apagarse de su vida:
para humillarse en demasía austero,
para ceder soberbio en demasía,
cual predilecta víctima, en el mundo
blanco juzgose de traidoras iras.
Y cual causa fatal de sus tormentos
su altanera virtud maldijo un día,
en vez de maldecir a los que infames
del abismo arrastráronle a la orilla.
Si de sus beneficios el tesoro
de los ingratos a la turba indigna
el prodigado imprevisor no hubiera,
conservara tal vez su propia dicha;
mas no lo quiso ver: y calumniado
cuando feliz su juventud hervía,
odio insensato a los mortales lento
creció en su corazón; de voz divina
creyó escuchar la vocación sagrada
que de soñadas culpas vengativa,
sobre el linaje humano le arrojaba
cual rayo de su cólera encendida.
Sintiéndose culpable, más culpables
juzgaba a los demás: hipocresía
llamando a la virtud, imaginaba
que en el secreto de cobarde intriga
ocultaban al mundo los honrados
lo que él osaba al resplandor del día.
Detestábanle: nada le importaba;
los mismos que le odiaban, a su vista
temblaban de pavor. Sólo de orgullo
nutriendo en hondo afán su alma egoísta,
quiso al desprecio inaccesible hacerse
de su altivez sobre la agreste cima.
Espanto siembre su temido nombre;
despierte su valor ansiosa envidia;
ódienle enhorabuena; mas que nadie
se atreva a despreciarle. -El hombre pisa
débil oruga, mas el pie detiene
si enroscada culebra ve dormida:
el gusano levanta la cabeza
mas no su muerte venga; el áspid silba,
enlázase al contrario moribundo,
el dardo ponzoñoso airado vibra,
y muere, sí; pero vengado muere,
y aunque aplastan su frente, no le humillan.
   Siempre el alma culpable oculto un resto
conserva de virtud: cándido brilla
entre odios acres sentimiento puro
de Conrado en el alma. El mundo indigna
juzga del hombre esa pasión de niños
que es quizá objeto de su mofa impía;
Conrado empero resistiera en vano
a ese afecto que tierno le domina,
al que de Amor el lisonjero nombre
negar no puede su altivez esquiva.
Sí; un amor es, sereno, inalterable,
que no enturbió jamás nube sombría,
jamás! En vano a sus audaces ojos
presentábanse hermosas cien cautivas:
sin despreciar adusto sus encantos,
sin pretender amante sus caricias,
pasaba por su lado indiferente.
Cariñosas, de amor languidecían
las beldades en vano en sus cadenas;
jamás en su fatal melancolía
la más ociosa de sus largas horas
quiso en sus brazos abreviar. Si digna
es del nombre de amor firme ternura
en vano tenazmente combatida
por el dolor, la ausencia y la desgracia;
noble pasión que el tiempo no amortigua,
que lucha audaz con la contraria suerte,
que nunca suspiró queja furtiva
en los tormentos del dolor; alegre
siempre al regreso, siempre a la partida
la ansiedad del amante reprimiendo
porque a su tierna amada no le aflija;
afecto puro nunca desmentido,
que nunca el tiempo aminorar podría:
si eso se llamaba amor, Conrado amaba,
era en verdad muy criminal; inicuas
sus hazañas; sus odios infernales:
no así aquella pasión. La mano fría
del crimen duro al apagar su alma
sólo de fuego le dejó una chispa:
de todas las virtudes la más dulce
aún arde de su pecho en las cenizas.


- IV -

                                  Detúvose un momento pensativo,
hasta que vio a lo lejos los piratas
lentos perderse en la torcida senda.
Y entonces exclamó: «¡Nuevas extrañas!
mil riesgos afronté, y hoy este riesgo
paréceme el postrero. La esperanza
abandonó mi corazón; mas firme
no cederá rendido en la batalla
mi incansable valor, ni mis soldados
desmayar me verán. Empresa es ardua
al encuentro correr del enemigo;
mas precavamos su feroz venganza:
a atacarnos no venga, y este asilo
sangrienta escena de sus iras haga.
¡Oh! Si mi plan obstáculos no encuentra;
si la fortuna nos sonríe grata,
verterán sus esposas llanto acerbo
en torno de sus piras funerarias.
Quizás incautos duermen: ¡que los sueños
con los halagos de su dulce magia
les acaricien! Con fulgor más vivo
nunca los despertó risueña el alba,
que el luminoso incendio que esta noche
entre las sombras vibrará sus llamas.
¡Vientos, sednos propicios! ¿Y Medora...?
¡Oh, débil corazón! Que al menos su alma
no agobie el peso que la mía oprime.
¿Por qué mi osado espíritu desmaya?
¡Y valiente yo fui...! ¡Mérito escaso
do valientes son todos! También clava
su aguijón el insecto y audaz lucha
cuando una fuerza superior le ataca.
Propio del hombre al par y de la fiera,
ese vulgar valor que el riesgo inflama
bien poco es para mí: más altos fines
ansió lograr un día mi constancia.
Con serena firmeza y bravo arrojo
a luchar enseñé a mi corta banda
contra crecida hueste; la conduje
con sagaz tino al triunfo que comprabas
escasas gotas de su sangre...Y ahora
más recurso no resta; ya no basta
mi ciencia perspicaz. ¡Victoria o muerte!
Pues bien; venga la muerte: no me espanta.
Mas ¿llevar a esos fieles compañeros
a cierta perdición...?¡Oh! ¡Jamás nada
mi destino importome; mas mi orgullo
cuánto, cuánto sufriera, si asechanza
a mis pies escondida me burlase!
¿Debo mi vida y mi poder y fama
así a un albur jugar? ¡Duro destino!
Conrado, acusa a tu demencia infausta;
al destino no acuses: el destino
aún tiene tiempo de salvarte. ¡Aguarda!
   Así, consigo hablando, distraído,
a la cumbre trepó, do coronaba
verde colina su soberbia torre.
Detúvose al umbral de pronto: su alma
el timbre melancólico y sonoro
de la voz dulce que jamás le cansa
hirió fascinador. Entre los hierros
que protectores cierran la ventana,
brotaba triste su armonioso acento
que iba a perderse en las tranquilas auras,
y así del tierno pájaro cautivo
decía el canto que entonó en la jaula:
   Mi corazón en misteriosa calma
dulce secreto de placer oculta;
cuando me miras, te lo dice el alma;
y luego allá en su fondo lo sepulta.»
   «Luz que no apaga las tinieblas arde
con tibios rayos en el alma mía.
Si inútil es que sus destellos guarde,
¿por qué así en lucha con la sombra fría?»
   «Sin consagrarme un triste pensamiento
no pases por delante de mi tumba:
lo que en mi amarga soledad más siento
es que me olvidarás cuando sucumba.»
   «Oye piadoso mi postrer gemido:
el valor no te veda que me llores.
Ven, y lo único dame que te pido:
¡Una lágrima premie mis amores!»
   Pasó el umbral; por corredor oscuro
entró Conrado en la escondida estancia
cuando de la canción la postres nota
en la bóveda estrecha resonaba.
-«¡Cuán triste es tu cantar, Medora mía!
-¡Alegre piensas que en tu ausencia amarga
pudiera resonar! Aun cuando lejos
no escuchas nunca mis cantares, mi alma
en sus acentos dócil se revela;
eco son de mi pecho sus palabras,
y aunque cierre mis labios el silencio,
mi amante corazón no mudo calla.
En solitario lecho, cuántas veces
de borrascosa tempestad las alas
dieron mis sueños al dormido viento,
y el blando soplo que la costa halaga
en mi mente zumbó como el mugido
que amenazante el huracán presagia,
y escuché al dulce son de su murmurio
de canto funeral la voz aciaga
que tu muerte llorando, tu cadáver
flotar hacía en las inquietas aguas!
Y saltando del lecho temerosa,
iba a ver si la luz ya vacilaba
del faro amigo en la elevada torre,
y temiendo que manos mercenarias
dejáranla morir, yo cuidadosa
daba alimento a su propicia llama.
Largas horas, insomne, de los astros
en el sereno azul la lenta marcha
con los ojos seguía, y esperando
la brisa que precede a la mañana
con soplo fresco, a la tardía aurora
llamaba loca en mis mortales ansias.
Y tristes sus destellos las tinieblas
rompían... ¡y a mi lado tú aún no estabas!
Por la llanura de la mar tendía
humedecida en llanto la mirada,
y ni mi acerbo lloro, ni mis votos
me hacían ver en la extensión lejana
del horizonte límpido, de un buque
brillar sobre el azul la vela blanca.
Hoy por fin a mis ojos anhelantes
apareció en el mar ligera mancha:
era un buque; acercose, pasó. Y otro
llega después y vira hacia la playa:
¡ay! ¡Aquél era el tuyo! Que no tornen
esos días, Conrado: dulce calma
en este grato albergue la paz brinda;
ricos tesoros escondidos guardas;
y el cielo puro que risueño brilla
y el campo fértil con sus verdes galas,
a terminar aquí la errante vida
en el reposo del placer te llaman.
no los peligros temo; bien lo sabes:
sólo tiemblo por ti, cuando te lanzas
huyendo de mis brazos, a la muerte.
¡Oh!, profundo misterio encierra tu alma,
que tan dulce conmigo, su ternura
tenaz reprime y su pasión contrasta.
-Sí: ¡misterio profundo! El desengaño
envenenó mi vida, y de heces agrias
llenó mi corazón: hollarle quiso
del hombre cruel la desdeñosa planta
cual inerte gusano, y rencoroso
víbora levantose a la venganza.
Otro bien no le resta al alma mía,
Medora, que tu amor: jamás de la alta
región serena de los cielos vino
rayo de compasión e iluminarla,
este odio al mundo que te aflige tanto,
de mi amor forma parte: están en mi alma
estos dos sentimientos tan unidos,
que entrambos morirán si los separan;
y el día que a los hombres amar pueda
te dejaré de amar. Pero, no; nada,
nada temas, Medora; mi pasado
harto ya te asegura mi constancia.
Tuyo es mi porvenir. Mas hoy de nuevo
al rigor de la suerte, resignada
cede, querida mía; aún es preciso...
oh, mi ausencia esta vez no será larga,
aún es preciso separarnos.-¡Cielos!
Bien lo previó mi corazón: ¡cuán raudas
de mis sueños de amor las ilusiones
vi los cielos cruzar de la esperanza!
¡A estas horas partir...! ¡Oh!, no es posible,
sujeto apenas de la inmóvil ancla
duerme ese buque en el tranquilo golfo;
y el otro aún en la mar... ¿Ves cuál descansan
de la ruda fatiga los morinos
al sol tendidos en la extensa playa?
En vano quieres que a afrontar se arrojen
de nuevo tras de ti la mar contraria.
Tú burlas, amor mío, mi flaqueza,
y en combatir mi espíritu te ensayas
y en templarlo al peligro; mas no irrites
un débil corazón que tanto te ama
y tu sangrienta mofa mataría.
Calla, Conrado de mi vida, calla:
ven y feliz dividirás conmigo
de tu frugal festín la mesa parca
que complacida preparé; y bien poco
tu sobriedad nuestros desvelos cansa.
Pero, mira, Conrado; complacida
yo la fruta escogí más sazonada,
aquélla que con tintas más hermosas
brillar he visto en las fecundas ramas.
Para buscar la fuente que más frescas
vierte en puro raudal sus linfas claras
tres veces de los próximos collados
he recorrido la umbrosas faldas
Verás cuán dulces tus sedientos labios
refresca hoy el sorbete. ¿No te agrada
verle brillar en el tallado vaso
de límpido cristal? Jamás embriaga
de la fecunda vid el jugo ardiente
tu pecho austero: cuando alegre pasa
de mano en mano en el festín la copa,
sobrio cual musulmán, de ti la apartas.
Ven; dispuesta la mesa, ya te espera;
y la encendida lámpara de plata
no teme, llena de dorado aceite,
las sombras densas que la luz apagan.
La mesa alegre, a tu servicio atentas,
circundarán mis jóvenes esclavas,
y entonaré con ellas dulces cantos,
o enlazaremos armoniosas danzas.
Si quieres que tu espíritu adormezca,
las cuerdas vibraré de mi guitarra
tan dulces a tu oído; y si no quieres,
en el libro de Ariosto, las desgracias,
de la infeliz Olimpia leeremos,
de Olimpia, crudamente abandonada
por quien tanto la amó. Y ¡ay!, en perfidia
hora a su burlador aventajaras
si de mi lado huyeres. Y a aquel otro,
ya sabes tú quién digo: una mañana
vi a tus labios brotar leve sonrisa
cuando el isolte de la pobre Ariadna
dejonos ver el despejado embiente,
y te mostré la roca solitaria,
y te dije, temblando de que un día
mi sospecha fatal se realizara:
«¡así me dejará Conrado en su isla!»
Y feliz me engañé: con fiel constancia
Conrado ha vuelto siempre.-¡Siempre! ¡Siempre!
Y siempre volverá, ¡Medora amada!
Mientras de vida un resto en este mundo
y en el cielo le quede una esperanza,
volverá siempre a ti. Pero del tiempo
en raudo vuelo los momentos pasan
y a la hora traen de la partida. ¿Cuáles
mir proyectos hoy son? ¿A do me arrastran?
¡Ay! ¿Para qué decírtelo, Medora;
si he de acabar por la fatal palabra
que nos desune, ¡adiós! Y bien quisiera
si tiempo hubiese, revelar... ¿Te alarmas?
¡Oh!, no; por mi no temas: mis contrarios
temibles hoy no son: valiente guardia
quiero que vele de la torre en torno,
e impensados ataques burle cauta.
Sola no quedarás; nuestras matronas
y tus jóvenes siervas te distraigan
de la ausencia en las horas. Cuando torne
gozaremos por fin en dulce calma
de asegurada paz grato reposo.
Pero, ¿qué escucho? ¿Es la trompeta? Calla:
¡Oh!, sí; ya Juan dio la señal. ¡Un beso...!
¡Otro! ¡Otro más...! ¡Adiós!»
                                           Y se levanta;
y en los abiertos brazos de Conrado
ella se arroja, y con pasión le abraza;
y sobre el pecho de su fiel amante
ocultando la faz que el llanto baña,
siente junto a sus labios conmovido
latir su corazón. El clavar ansia
en los azules ojos de Medora
trémula de emoción tierna mirada,
mas no se atreve a levantar su frente
que inclina débil aflicción amarga.
La blonda, destrenzada cabellera,
cae en desorden por su esbelta espalda,
y los brazos que amante la sujetan
los rizos de oro cubren. Y se apagan
y apenas ya palpitan los latidos
en su fiel pecho que el amor llenara.
Y retumba el cañón: a los corsarios
el propicio crepúsculo al mar llama;
se ocultó el sol, y en su dolor Conrado
maldice al sol con insensata rabia.
Contra su pecho oprime enternecido
y la oprime otra vez, y no se cansa
de estrechar a la mante que en sus brazos
implora su piedad desconsolada.
Y la lleva arrastrando hasta su lecho;
la contempla un instante: en corta pausa
piensa que para él no hay en el mundo
otro bien que su amor; y en duda amarga
vacila.-Mas de pronto un beso imprime
en su pálida frente, y veloz marcha.

- V -

                                  «¿Ha partido? ¿Ha partido?», al fin exclama
Medora en sí volviendo, «¡y ha un instante
a mi lado le vi...!» Salta del lecho,
cruza con pie ligero los umbrales;
y sólo entonces un raudal copioso
brota el acerbo lloro: gruesas caen
sus lágrimas pesadas, y no siente
cómo surcando sus mejillas arden.
En su pálida faz desencajada
honda huella grabaron los pesares
que no borrará el tiempo; la luz pura
que animó sus azules ojos de ángel,
al mirar el vacío en torno suyo
parece que ya lánguida se apague.
De pronto ve a Conrado. ¡Oh Dios, cuán lejos!
resplandecen sus ojos centellantes,
y el fuego ardiente brota en sus pupilas
de una pasión frenética a raudales,
entre el río de lágrimas que pronto
volverá a renacer más abundante.
«¡Ha partido!, ¡ha partido!» Convulsiva
sus manos lleva al corazón; con ayes
después desesperados, las levanta
y al cielo pide que sus penas calme.
Clava luego los ojos en la playa:
mira las velas en la anclada nave
izar al fresco viento... ¡Y no se atreve
a ver ya más! Con paso vacilante
entra y, «¡no es sueño!» sollozando exclama:
«¡Lleno de la aflicción está ya el cáliz!
   Y sin volver atrás los ojos tristes,
de roca en roca el angustiado amante
baja veloz. Si de la senda estrecha
al seguir las revueltas espirales,
otra vez ve lo que sus ojos huyen,
la torre altiva que domina el valle,
donde querida mano, a su regreso,
amiga la saluda antes que nadie;
y a Medora, la estrella de ventura
que tibios rayos en su cielo esparce,
de ellas tenaz el pensamiento arranca:
si hoy su flaqueza le detiene frágil,
si a los bordes se duerme del abismo,
mañana al fondo rodará. Y ¿quién sabe?
¿No vale más su amor que su destino...?
¿Por qué no abandonar a los azares
de la suerte su vida, y a las olas
sus atrevidos, misteriosos planes?
Detiénese un momento; mas, resuelto,
avanza nuevamente: si un instante
el corazón del hombre se enternece,
nunca traidor vacilará cobarde
de una mujer al lloro jefe osado.
Ve por fin su bajel; ve favorable
rizar la brisa las dormidas aguas,
y levanta su espíritu arrogante.
Apresura su marcha, y cuando sordo
oye el murmullo que resuena grave,
la cadencia armoniosa de los remos,
los gritos del marino, y mira hincharse
trémula palpitando la ancha lona,
y cual adiós de despedida al aire
en la playa ondular cándidos lienzos,
y ve después el pabellón de sangre
que de su buque izado en la alta popa
ondea de la brisa al soplo suave,
Apenas puede comprender que débil
su decidido corazón temblase.
Los negros ojos encendidos, lleno
el pecho altivo de embriaguez salvaje,
cual Conrado otra vez se reconoce,
y veloz corre entre las peñas ágil,
hasta que al pie de la colina mira
extendida la playa dilatarse.
Y se detiene; no porque las auras
de la vecina mar su sien halaguen:
detiene el paso, y el transporte calma
que afectado revela su semblante,
y su severo aspecto recobrando
a sus soldados marcha a presentarse.
   Bajo máscara falsa de orgullo
de su pecho los lúgubres afanes
ocultaba Conrado cuidadoso.
La austeridad de su arrogancia grave
inoportuna indiscreción rechaza
y audaz parece que obediencia mande.
Si acaso empero el ánimo dudoso
aspira a seducir, ¡oh cuán amable
disipando el temor, la simpatía
vibra en su voz que el corazón atrae!
Mas pronto helado soplo de su pecho
parece que egoísta el fuego apague:
es que al hombre desprecia; es que a sus ojos
más la obediencia que el afecto vale.
   Su guardia fiel a su alredor se agrupa;
Juan al encuentro de Conrado sale:
-«¿Todos están a la partida prontos?
-Todos, señor, esperan en la nave.
La última lancha al capitán aguarda.
-«¡Mis armas y mi manto!» El corvo alfanje
a su cintura ciñe, y de ancha capa
en los pliegues envuélvese. «Que llamen
a Pedro.» Pedro viene, y cariñoso
a su saludo contestando afable,
le dice el capitán: -«Esta cartera
tus órdenes contiene: aquí mis planes
hallarás desenvueltos. Con fiel celo
ejecuta mis órdenes: tú sabes
ejecutarlas bien. Doble la guardia
precava previsora todo ataque;
cuando el buque de Anselmo torne al puerto
que mis mandatos cumpla. Si reinasen
vientos propicios, antes de tres días
nos verás: hasta entonces. ¡Dios te guarde!»
   Y estrechando la mano del pirata,
salta con pie resuelto al bote frágil;
y los remos armónicos golpean
las móviles oleadas, que brillantes
de fosfórica luz cúbrense. Llegan
al anclado bajel; ya sobre el mástil
el jefe reclinado, silencioso,
tiende su vista por los anchos mares.
Suena agudo un silbido, y los corsarios
roncos hacen crujir los tensos cables;
y complacido el capitán contempla
cómo, al timón obedeciendo, parte
veloz el buque del seguro puerto;
y en mirar de su gente se complace
el animoso ardor, y hasta risueño
su esfuerzo excita y su tesón aplaude,
y su mirada audaz, de orgullo henchida,
en el joven Gonzalo va a fijarse.
Mas ¿por qué palidece y débil tiembla?
¿Tan súbito dolor de dónde nace?
¡Ay!, sus ojos la torre y la colina
volvieron a encontrar...! ¡Allí su amante...!
Quizás los ojos, húmedos en llanto,
Medora en el bajel ansiosa clave:
jamás con tanto amor sintió Conrado
latir su corazón, como ahora late.
Empero comprimiéndose, desciende
al hondo camarote, y de su viaje
objeto y plan descúbrele a Gonzalo.
Lámpara amortiguada ante ellos arde;
cubren la mesa desplegadas cartas,
brújulas, catalejos y compases.
Su plática duró hasta media noche;
y parece que eterna se dilate
aún la noche después: tanto las horas
a aquellos corazones anhelantes
lentas parecen. Bajo cielo puro
las brisas respiraban favorables,
y resbalaba sobre el mar el buque
como ligero halcón hiende los aires.
   Los altos promontorios de las islas
que al paso encuentran en su curso, audaces
con veloz rumbo los corsarios doblan,
para llegar al puerto antes que rasgue
la renaciente aurora el denso velo
de las amigas sombras. Ya distantes
miran trémulas luces, y el vigía
descubre el golfo estrecho, do las naves
descansan del pachá. Y una por una
cuentan las velas, y la empresa fácil
ya juzgan, viendo en los murientes fuegos
que duermen sin temor los musulmanes.
Entre los buques enemigos pasa
el buque audaz, sin descubrirlo nadie;
y en escondido, solitario golfo,
al abrigo de un cabo, que gigante
la fantástica forma sobre el cielo
negra dibuja, silenciosa cae
al fondo oculto de la mar el ancla.
Los corsarios se aprestan al ataque;
nada de arengas vanas: se hallan siempre
en mar y en tierra prontos al combate.
Inmóvil en la popa, acariciando
su luenga cimitarra de abordaje,
con aspecto sereno y voz muy baja
les habla el capitán... ¡y habla de sangre!



- VI -

                                  De cien galeras la soberbia escuadra
en la bahía de Coron hoy flota,
y los blancos cristales del serrallo
lámparas mil con su esplendor coloran.
En nocturno festín celebra ufano
Selim-pachá la próxima victoria
en que al corsario arrancará cautivo
del hondo nido de sus negras rocas.
El lo ha jurado por Alá y su alfanje,
y ha de cumplirlo. Las vecinas costas
cubren las naves de doquier venidas,
y los marinos con canciones roncas
hieren los aires, celebrando alegres
la rica presa y la cercana gloria.
Ya se reparten fáciles cautivos,
y con desprecio a sus contrarios nombran;
los centinelas duermen descudiados
y al enemigo en sueños lo derrotan.
Los otros van dispersos por la playa
y su valor ejercitando, acosan
a los esclavos griegos; ¡digna hazaña
que la energía de los turcos honra,
sacar la espada y espantar a siervos!
Hoy se contentan con quemar sus chozas,
y compasivos derramar desdeñan
sangre que inútil su valor desdora.
Tan sólo a veces el capricho alegre
hace esgrimir sus cimitiarras corvas;
para ensayar la fuerza de su brazo
la débil hebra de la vida cortan.
En tanto esperan en bullente orgía
ligeras pasen las nocturnas horas,
que los esclavos, si su vida estiman,
gozosos digan sus canciones todas,
y que el furor no brote de sus pechos
mientras les miren dominar sus costas.
   En su palacio, en medio de los jefes,
Selim sobre un diván muelle reposa:
Ya terminó el banquete, y él aún bebe
el vedado licor en anchas copas.
En torno suyo los esclavos pasan
las tazas llenas del café de Moka;
las largas pipas con las nubes de humo
llenan la estancia y el ambiente aroman,
mientras que bailan sueltas las almeas
al agrio son de destempladas notas.
A la mañana ocuparán sus naves;
pues como el mar de noche se alborota,
mejor se duerme sobre blandos lechos
que no arrullados por movibles ondas.
Olvidan, pues, el próximo combate
hasta que nazca la cercana aurora:
ellos entonces lucharán valientes,
más por su Dios que por su propia gloria;
su número y sus naves justifican
la confianza del pachá orgullosa.
   De pronto vese tímido que avanza
el negro esclavo que a la puerta ronda,
y antes de hablar inclina la cabeza
y con la mano el pavimento toca.
-«Señor, licencia para hablaros pide
un dervis, que a la puerta llegó ahora,
y que escapó de la isla del Corsario.»
Sale el esclavo a una señal, y torna
con el santo dervis. Los brazos cruza
sobre el oscuro verde de su ropa;
su marcha es lenta y vacilante, humilde
su mirada; en su aspecto se denota
más que la edad la penitencia austera;
no el temor sus mejillas descolora;
con el cabello que a su Dios consagra
el ancha frente pálida corona.
Un capuz cubre el rostro, y llena el pecho
sólo el amor de las celestes glorias.
Modesto, mas no tímido, sostiene
tranquilo la mirada escrutadora,
de los que antes que el Pachá le hablase
mudos aguardan que el silencio rompa.

- VII -

                                  -¿De do vienes, dervis?
                                      -Hoy me he escapado
de la guarida infame del Pirata.
-¿Dónde caíste en su poder?, ¿qué día?
-Mi caique a Scalanova navegaba,
desde la isla de Skio, cuando el cielo
quiso su rumbo interrumpir: las armas
del corsario apresaron nuestras naves,
a su tripulación llevando esclava.
Yo no temo la muerte, y no tenía
riquezas que perder; sólo mi marcha
pudo una noche interrumpir. Mi errante
libertad recobré: la frágil barca
de un pescador se me brindó a la fuga:
y cumpliendo por fin esa esperanza,
hoy vengo aquí, do tu poder me escuda:
¿Quién junto a ti, oh Pachá, teme al Pirata?
-¿Y qué hace allí? ¿Sus presas y sus rocas
a defender soberbio se prepara?
¿Conoce mi intención, sabe que ansío
su nido de escorpión dar a las llamas?
-Pachá, los ojos tristes de un cautivo
al recordar la libertad pasada,
mal a su propio vencedor espían.
Yo escuché sólo en la vecina playa
el murmullo incesante de las olas
que en el negro peñón me aprisionaban.
Sólo el azul de los tendidos cielos
dorados por el sol triste miraba,
sol cuya ardiente claridad no pueden
los ojos soportar de la desgracia;
e intenté, mis cadenas quebrantando,
de mi lloro secar la fuente amarga.
Mi fácil fuga te dirá que viven
sin recordar lo que peligros llamas;
¿pudiera yo, si sospecharan ellos
burlar así su activa vigilancia?
El centinela que mi fuga ignora
no ha de dar la señal de tu llegada...
Pachá, mi cuerpo fatigó la lucha
que ha sostenido con el mar, y ansía
descanso y alimento... Me retiro;
paz a ti y a los tuyos. -Tente, aguarda:
dervis, yo te lo mando... ¿Lo oyes?... ¡Tente!
aquí alimento te traerán mis guardias:
participa también de mi banquete.
Pero una vez tu cena terminada,
escúchame y responde. ¿Lo has oído?
Detesto los misterios.»
                                   ¿Quién la opaca
sombra ha visto que rápida la frente
nubló del religioso? Su mirada
casi feroz en el diván la fija,
y desdeña el banquete que le aguarda;
pero fue sólo pasajero rayo
de una encendida y apagada rabia.
Después sentose silencioso, inmóvil,
devuelta al rostro la perdida calma;
sírvenle la comida, y él desdeña
los manjares cual fruta emponzoñada:
Y en verdad que su ayuno y su fatiga
a los glotones convidados pasman.
-Dervis, ¿qué tienes? ¿Piensas por ventura
que sea este festín fiesta cristiana?
¿Odias a mis amigos? ¿Por qué evitas
probar la sal, la prenda más sagrada,
señal de paz entre contrarias tribus,
la que embota la aguda cimitarra,
y convierte en hermano al enemigo,
a quien la tienda se abre hospitalaria?
-Delicado manjar sólo sazona
la sal, y mi alimento en la montaña
es la áspera raíz, y bebo sólo
el agua pura de las fuentes claras.
Mis votos y mi regla me prohíben
partir con nadie el pan. Si os es extraña
esta conducta, y sospecháis que sólo
sobre mi frente vuestras iras caigan;
pero por todo tu poder, por todo
el poder del sultán, mi regla santa
yo guardaré, pues temo del profeta
la cólera divina, y que mis plantas
detenga en el camino hacia la Meca.
-Haz lo que quieras, y tu regla guarda;
pero contesta a una pregunta: ¿Cuántos
son los hombres...? ¡Qué miro...! ¿No es la clara
luz de la aurora? ¡No...! ¿Qué sol, qué astro
alumbra así las adormidas aguas?
¡Como un lago de fuego resplandecen!
¡Oh Dios! ¡Traición!, ¡traición! ¡Vengan mis guardias!
¿Quién incendió mis buques? ¡Y apartado
de ellos estoy...! ¡Mi roja cimitarra!
¡Dervis maldito! ¿Por ventura eran
esas las tristes nuevas que guardabas?
¡Un espía tal vez...!; ¡prendedle, atadle...!,
   El Dervis atrevido se levanta
al repentino resplandor, y al punto
de continente y de mirada cambia.
No es un pobre ermitaño; es un soldado
que salta en su caballo de batalla.
Arroja el alto gorro que le encubre,
el largo manto que le envuelve rasga;
brilla en su mano el damasquino alfanje,
ciñe su pecho la acerada malla;
cubre su frente el casco relumbrante
con pluma negra; de sus ojos salta
el fuego de sus iras, y esa oscura
sombra de duelo que su frente mancha,
hace creer al musulmán que sea
un genio de esos a que Afrites llaman,
demonios cuyos golpes dan la muerte.
En tanto horrible el grito se levanta
del combate empezado; las antorchas
su luz uniendo a la rojiza llama
que arde en el mar; el clamoreo confuso,
el choque rudo de encontradas armas,
truecan la costa en pavoroso infierno.
Sangre en el mar y en tierra se derrama
Los esclavos huyendo, desconocen
el grito que prender al Dervis manda:
éste recobra su sereno aspecto
y oculta a todos las secretas ansias
con que la muerte inevitable espera
sólo y allí; que la señal pactada
los suyos no aguardaron, y han prendido
muy pronto el fuego a la enemiga escuadra.
Ve el terror del contrario, el cuerno coge
que al lado pende del tahalí de grana,
y a su sonido le contestan lejos.
-«¡Bien, mis valientes! ¡Bravos camaradas!
¿Cómo pude dudar ni un punto de ellos,
y sospechar que así me abandonaran?»-
Extiende el brazo y círculos ligeros
sobre su frente con su alfanje traza:
repara el tiempo que perdió, y un hombre
para espantar la muchedumbre basta.
Armas soltadas y turbantes rotos
la alfombra cubren por el ancha sala,
y apenas hay un brazo que se eleve
a defender la frente amenazada:
hasta el mismo Selim retrocediendo
y confundido de sorpresa y rabia,
huye, y aun le provoca. El es valiente,
pero el furor que su razón embarga
le impide combatir, y huye del campo,
en su dolor mesándose las barbas.
   Ya del serrallo por las rotas puertas
aquel palacio invaden los piratas,
y el musulmán, con voces plañideras,
rinde rotos alfanjes a sus plantas;
en vano siempre, que su sangre corre
de los contrarios al furor; y avanzan,
avanzan bravos do el sonido oyeron
del clarín que a su lado les llamaba.
El ay de los heridos les anuncia
que el jefe sigue su obra sanguinaria,
y dan un grito de alegría al verle
solo y sombrío en la revuelta estancia,
Corto es el parabién, pero aún más corta
la respuesta. -«Selim se nos escapa,
y ha de morir. Si ya arden sus galeras,
¿por qué ese fuego la ciudad no abrasa?»
Prontas a obedecerle cien antorchas,
del minarete al pórtico las llamas
invaden el palacio. Placer fiero
píntase de Conrado en las miradas;
pero ¿por qué se demudó su rostro?
De una mujer la voz desesperada
ha resonado, y se conmueve, al punto
el corazón que goza en las batallas.
   -«¡Oh!, derribad las puertas del serrallo,
y a esas mujeres con honor salvadlas:
pensad tenéis amantes que os esperan;
que tras la afrenta viene la venganza.
El hombre es mi enemigo: las mujeres
débiles son; debemos respetarlas.
Yo lo olvidé, y el cielo nunca olvida
de cobardía y deshonor la mancha.
Corro, vuelo; me siga quien no quiera
tal crimen cometer.» Salta las gradas,
la puerta incendia del harén, y raudo
vuela su pie sobre las rojas ascuas.
El humo aspira y rápido lo arroja
al ir cruzando estancia tras estancia.
Como él, los compañeros que le siguen
llegan a tiempo aún: cada pirata
lleva en los brazos la mujer llorosa
a quien salvó sin contemplar sus gracias.
De sus cautivas el terrible miedo
se esfuerzan en calmar; sus apagadas
fuerzas alientan, y el honor debido
a las beldades indefensas guardan:
¡tanto ha sabido transformar Conrado
en dulce paz la embravecida rabia!
Mas ¿quién es ésa que el Corsario lleva
y del furor de los combates salva?
Es del pachá la hermosa favorita
del pachá a quien Conrado inmolar ansía,
la que es en el harén reina temida
y al mismo tiempo de Selim esclava.
   Conrado apenas dirigirle pudo
su breve voz a la infeliz Gulnara,
que en esa tregua que a la guerra diera
la compasión, al ver su retirada
no seguida, el contrario se detiene,
se reúne luego y torna a la batalla.
Selim ha visto sus inmensas fuerzas,
ve de Conrado la pequeña banda,
y se avergüenza del pasado miedo
que entre sus tropas difundió la alarma.
«Alá il Alá»-con pavoroso grito
dice, y se apresta al punto a la venganza,
que aquella rabia que al pavor sucede
saciarse sólo en los combates ama.
El fuego al fuego se opondrá; la sangre
sangre pide, y espada contra espada
hará que la victoria retroceda;
que la pelea renovó la saña
y los que fueron vencedores, ahora
serán dichosos si la vida salvan.
Conrado del peligro se apercibe,
en torno suyo a sus soldados llama:
-«¡Un esfuerzo!, y el círculo rompamos
que nos encierra.» -Se unen los piratas
cansados ya del último combate;
se agrupan, forman en columna, cargan,
vacilan... ¡Todo se perdió! Ahogados
de sus contrarios en la inmensa masa,
sitiados por doquier, luchan y luchan
aún con valor, mas ya sin esperanza,
¡Ah!, sus filas se han roto, y desbandados
muerden el polvo ya. La cuchillada
postrera dan con el postrer gemido;
no el contrario, el cansancio es quien los mata;
y heraldos, aún de sus crispadas manos
pueden apenas arrancar las armas.

- VIII -

                                  Antes de que los turcos renovasen
con nuevas iras la marcial pelea,
Gulnara fue con las demás cautivas
en libertad de los peligros puesta;
y apenas pudo serenar la mente
con los temores de la muerte inquieta,
cuando la hermosa de los negros ojos
en el soldado que librola piensa.
¿Quién fue? ¿Por qué para con ellas solas
endulzó el vencedor su ira soberbia?
¿Por qué a la hermosa en lance tan sangriento
él más amable que Selim se muestra
en los momentos de mayor ternura?
Es que el pachá su corazón le entrega
como un don harto rico, y a su esclava
orgulloso a la par ama y desdeña,
mientras Conrado consoló sus duelos
como un honor que a la mujer es deuda.
-«¡Ay!, es tal vez culpable este deseo
e inútil a la par; mas yo quisiera
ver mi libertador, darle las gracias
(lo que olvidé turbada por mis penas),
darle las gracias, pues salvó mi vida,
que mi dueño cruel tan poco aprecia.»
   De pronto mira que le traen cautivo
tras recogerle respirando apenas
de entre los muertos. Lejos de sus tropas
combatió de contrarios turba inmensa,
caro cediendo el campo, y cayó herido
sin obtener la muerte que desea.
Su contrario le ve, su herida cura
y a muerte al mismo tiempo le condena,
que la venganza le excitó, y el odio
nuevos suplicios pavoroso inventa
para que ante Selim soplo por soplo
la vida se consuma que aún le resta.
¿Ese es el que ella contempló triunfante?
De su sangrienta mano entonces era
cada signo una ley: ahora está inerme,
mas no abatido, y sólo la existencia
que conserva le duele; sus heridas
son despreciables para aquél que en ellas
la muerte ansió encontrar. ¿Sólo él debía
conservar una vida que desprecia?
Él sintió lo que aquel a quien derriba
la suerte infiel de lo alto de su rueda.
sintió el temor de las torturas crueles
do muestra el vencedor su ira funesta;
pero el orgullo que instigole un día
tanto delito a cometer, le esfuerza,
y más de un vencedor que de un cautivo,
es la arrogancia altiva que demuestra.
Ni temor, ni fatiga se descubre
en su mirada límpida y serena.
La muchedumbre en vano y sin peligro
prorrumpe en gritos llenos de insolencia,
los guerreros valientes, los que han visto
a su contrario combatir de cerca,
conocen ya su brazo, y no le insultan,
que su desgracia y su valor respetan;
mientras los guardias con secreto espanto
a las prisiones de Selim lo llevan.
   Un médico le vio, no compasivo
para curarle y aliviar sus penas,
sino por ver si sufrirá el tormento,
y calcular la vida que le resta.
Cuando mañana moribundo el día
se hunda en la mar, para Conrado empieza
del empalado la tortura horrible;
y cuando el sol disipe las tinieblas
verá si en los tormentos ha guardado
la constancia del ánimo altanera.
¡Suplicio horrible! Se una a la agonía
la sed devoradora: en torno vuelan
bandas sin fin de carniceros buitres
que se disputan su cercana presa.
«¡Agua!, ¡agua!» grita el moribundo, y nadie
a ese gemido de dolor contesta:
refinamiento de odio, pues si bebe
la vida acaba y el dolor con ella.
Médico y carceleros se retiran
dejándole cargado de cadenas.
   ¿Quién explicar podrá los pensamientos
que se agitan en su alma turbulenta?
El mismo la ignora: lucha y caos
dominan nuestra enferma inteligencia
cuando confunde sus ideas todas
de lo pasado la memoria eterna.
Remordimiento, engañadoras voces
que se levantan sólo en la conciencia
después que el crimen cometiste, y gritan:
«Ya yo te lo advertí; busca la enmienda.»
¡Vano reproche!; el ánimo inflexible
esa incesante acusación subleva;
sólo el débil se dobla y se quebranta.
sí, que esta es la verdad hasta en aquellas
horas de calma, solitarias, tristes,
en que el alma a sí misma se revela,
y un pensamiento pertinaz y fijo
no a los demás entre las sombras deja;
en que el salvaje aspecto del pasado
concurre a la memoria por mil sendas.
Los sueños ya de la ambición que expira,
el amor que dolido se recuerda,
la gloria sin peligro, el soplo leve
que de esta vida mísera nos resta,
los goces ignorados, el desprecio
por quien sin gloria nos venció, la acerba
memoria de un pasado irreparable,
el porvenir que en rápida carrera
ignoramos do marcha, todo, todo
lo que jamás tan vivo se recuerda,
pero que nunca se olvidó; las faltas
que ayer pudimos cometer ligeras
y hoy crímenes son ya; la certidumbre
de un mal desconocido, que atormenta
más si es más ignorado; todo aquello
que hace temblar del hombre la conciencia,
eso es lo que se ve dentro el sepulcro
del corazón al entreabrir sus puertas,
hasta que al fin, tú, Orgullo, te levantas,
y el espejo del alma altivo quiebras.
Todo lo oculta la altivez y todo
lo resiste el valor, aun en aquella
postrera al par que irreparable caída;
pero en la hora fatal todos conservan
el amor de la vida y todos temen,
aun el que menos los descubre. ¿Espera
éste tal vez mentidas alabanzas?
¿Es por ventura el fanfarrón que muestra
valor, y huye después? No; es el que mira
a la muerte en silencio y nunca tiembla,
es el que armado desde largo tiempo
aguarda firme la final pelea,
es el que al ver la muerte ya vecina
por recibirla se adelanta a ella.
En la más alta torre del castillo
Conrado está cargado de cadenas:
como el palacio devoró el incendio,
corte y prisión la fortaleza encierra.
Conrado aguarda la cercana muerte
sin acusar de injusta esta sentencia:
igual suerte a Selim él le guardaba.
Solo está, y los recuerdos que le apenan
no han conseguido perturbar su calma;
uno sólo incesante le atormenta:
¡Medora! ¿Soportar le será dado
de su derrota las terribles nuevas?
Los brazos alza con dolor al cielo
cuando en su mente fíjase esta idea,
y mirando sus hierros, los sacude
con rabia convulsiva: luego encuentra
un punto de descanso, y se sonríe
como burlando de sus propias penas.
-«¡Voy a dormir: lo pide mi fatiga;
y que la muerte a despertarme venga!»
Hablando así, sus ojos se cerraron,
y al dulce sueño sin temor se entrega.
A media noche comenzó sus planes,
que ejecutó con infernal presteza,
porque a la destrucción le basta un soplo
para arruinar cuanto delante encuentra.
Desde que el buque le aportó a las costas,
Conrado a un mismo tiempo, él solo, fuera
Dervis, soldado, vencedor, vencido,
pirata sobre el mar, caudillo en tierra,
destructor, salvador de las hermosas
y cautivo dormido entre cadenas.
   Conrado duerme en aparente calma:
¡feliz si el sueño aquel la muerte fuera!
Duerme... mas ¿quién sobre su duro lecho
viene a inclinar la lánguida cabeza?
¿Es algún ángel que a anunciarle baja
el paraíso que al morir le espera?
No, que es una mujer, aunque al mirarla
lo dudaríais por su forma esbelta.
Una lámpara lleva, y sus fulgores
con una mano alabastrina vela,
de temor que algún rayo del cautivo
hiera sus ojos y al dolor le vuelva.
Una mujer de pálidas mejillas,
de negros ojos y de trenzas negras
cuyos rizos adorna desprendidos
con una red de blanquecinas perlas.
De hada es el talle, y con los pies desnudos
blancos como la nieve el piso huella.
¿Cómo llegar hasta el encierro pudo,
entre la sombra y rudos centinelas?
¡Ah!, preguntad más bien qué es lo que puede
oponerse al poder de una belleza
a quien amor y compasión conducen!
Gulnara insomne meditaba, y mientras
mira aún en sueños el pachá al pirata,
ella su lecho silenciosa deja,
toma el anillo de Selim, que a veces
riendo se ciñó, y confiando en esta
señal temida, se abren a su paso
del calabozo las cerradas puertas.
Rendidos del combate, adormecidos
los centinelas por las duras piedras,
al paso y a la voz que los llamaba
alzaban dormitando la cabeza
para ver el anillo, y ni la causa
ni la persona indagan que lo lleva.





- IX -

                                  Ella le mira, y asombrada exclama:
«¿Cómo descansa en paz, cuando los duelos
que él ha causado los que viven lloran?
¿Cómo yo le amo tanto? ¿Por qué el sueño
así huyó de mis párpados, y sola
he venido hasta aquí? Sí, lo confieso.
¡Mi gratitud...! ¡Para ella es ya muy tarde!
¿Qué puedo yo ofrecerle...? Mas, silencio;
se agita, tiembla, el sueño se interrumpe,
respira con fatiga... está despierto.»
Conrado se incorpora y le deslumbra
la claridad. Lo que sus ojos vieron
le pareció mentira; agita el brazo,
y el duro son de los macizos hierros
el recuerda su mísera existencia.
-¿Quién eres tú? Si no eres algún genio
celestial, me pareces harto hermoso
para el oficio vil de carcelero.
-Pirata, yo conozco el valor todo
de la acción buena que conmigo has hecho:
yo soy una mujer que tú has librado
con tus amigos del terrible incendio.
Yo no te quiero mal... vengo de noche...
no sé por qué... pero a buscarte vengo.
-Si eso es así, los únicos tus ojos
son que de este vencido se dolieron.
La fortuna a los turcos favorece;
que la aprovechen y usen de su derecho:
gracias les doy, porque antes de que muera
me han deparado confesor tan bello.»
¡Cosa extraña!, se mezcla una alegría
glacial con los extremos sufrimientos,
que no endulza el dolor de aquel instante,
que no da al corazón ningún consuelo:
sonrisa de amargura, mas sonrisa
que en muchos labios pálidos la vieron,
y hasta el cadalso repetir sus chistes
a los hombres oyó; mas no el acerbo
dolor por eso mitigaron nunca.
Sea cual fuere el triste sentimiento
que animaba a Conrado, en sus miradas
de un oculto furor brillaba el fuego;
mientras que al par alegre sonreía
y era festivo y plácido su acento:
contrario a su carácter, pues su vida
de las miserias bajo el grave peso
robar pocos instantes han podido
al combate y los tristes pensamientos.
   -«Corsario, está resuelto tu suplicio;
pero un instante de flaqueza puedo
yo aprovechar, y de Selim las iras
ablandaré: salvarte es mi deseo,
aun ahora mismo; mas tus flacas fuerzas,
las circunstancias, el escaso tiempo
que resta para el día me lo impiden.
Una demora alcanzaré yo al menos
para la ejecución de la sentencia.
No con promesas consolarte quiero,
ni una resolución desesperada
que nos pierda a los dos, ahora tomemos.
-No te fascines, pues, ni la esperanza
hagas que nazca en mi angustiado pecho.
Si no vencí, no deberé a la fuga
una existencia que por mí perdieron
tantos otros; no obstante, un ser querido
hay, a quien siempre mi memoria vuelvo.
Mis ojos cual los suyos se humedecen.
En la senda trazada, ¿cuáles fueron
mis apoyos? Mi espada, mi galera,
mi cariño y mi Dios. A éste le huyeron
mis pasos desde niño: no a su trono
la oración del temor elevar quiero;
todavía respiro y tengo fuerzas
para afrontar el porvenir adverso.
Mi alfanje lo arrancaron de esta mano
que no sostuvo bien tan fiel acero.
Mi buque, o estrellado en esas costas
yace, o es presa de tu altivo dueño...
¡Pero mi amor...! Por ella, sí, por ella
aún mi plegaria elevaría al cielo.
Único lazo que a la vida me une.
¡Cómo desgarrará su tierno pecho
oh Dios, mi muerte!... Forma tan divina
nunca, si no es en ti, mis ojos vieron!
-¡Luego tu amor es de otra...! Y ¿qué me importa?
Nada... ¡Tú la amas:..! ¡Oh!, ¡qué envidia tengo
a las que pueden apoyar felices
su blanca frente sobre amigo seno,
y que jamás el hórrido vacío
de corazones sin amor sintieron;
cuya mente jamás, como la mía,
va fantásticas sombras persiguiendo!
-Yo creí, joven, que era tu cariño
del pachá que te adora.-¡Yo al soberbio
Selim amar...! ¡Oh, nunca, nunca! En vano
por atender a su pasión me esfuerzo.
Que sólo existe amor en almas libres,
yo de muy niña lo aprendí y aún creo;
mas soy esclava, esclava favorita,
y orgullosa y feliz mostrarme debo.
¡Oh!, ¡cuántas veces me pregunta!: «¿Me amas?»
y responderle «¡No!, ¡cuánto deseo!
Que es penoso sufrir una ternura
que aversión nos inspira en vez de afecto.
Pero aún es más penoso al ser que amamos
ver cual huye, y que lleno de otro objeto,
No comprende pasión que se le oculta...!
Selim toma una mano que no entrego,
que no rehúso, y que cual peso inerte
cuando él la suelta cae. Dentro del pecho
no late el corazón ni más aprisa
ni más despacio, y como amor no tengo
ni le tuve jamás, no puedo odiarle.
Fríos mis labios, de su ardiente beso
no sienten el calor. ¡Oh!, si yo hubiese
viva pasión por él sentido un tiempo,
hoy al trocarla en odio gozaría;
pero huye sin pesar, y sin deseo
vuelve otra vez, y siempre de él ausente
está mi apasionado pensamiento.
La reflexión aumenta mi disgusto:
soy su esclava, es verdad, pero prefiero
la servidumbre a ser su esposa libre...
¡Si su amor sensual pudiese al menos,
dejándome en la fría indiferencia
buscar a sus caricias otro objeto...!
Hoy, cautivo, si finjo una ternura
que no acostumbro, piensa que ese afecto
sólo es para romper estas cadenas,
para pagar la vida que aún te debo,
para volverte a la que tierno adoras,
a la que envidio y conocer no quiero.
¡Adiós!, el día llega, y es preciso
comprar tu salvación: ¡te la prometo!
Las manos del cautivo encadenadas
cariñosa estrechó contra su pecho:
bajó la frente, la linterna apaga,
y y desparece como dulce sueño.
¿Está aún allí? ¿Conrado está ya solo?
Esas líquidas perlas que está viendo
brillar en sus cadenas, son el llanto
que Compasión y Amor sobre él vertieron!
¡Lágrimas de mujer cuánto son fuertes!
Arma de su flaqueza al mismo tiempo
son su espada y su adarga: ¡huid tal lloro!
La virtud se doblega, el sabio es necio
cuando el dolor de la mujer penetra.
De Cleopatra las lágrimas hicieron
a un héroe huir y que perdiese un mundo.
Excusemos su falta, que a ese precio
¡cuántos a quienes rinde una hermosura,
no han perdido la tierra, sino el cielo!
¡Cuántos por complacerla en sus caprichos
se han entregado al enemigo eterno!
   Ya brilló la mañana y con sus rayos
iluminó el dolor del prisionero;
pero sin arrancarle esa esperanza
que siempre guarda el porvenir incierto.
Tal vez la noche le verá ya inerte,
y en torno suyo volarán los cuervos
ávidos de su presa: ese sol mismo
su agonía ha de ver, su adiós postrero,
y al dar vida a las plantas el rocío,
descenderá sobre sus fríos miembros.


- X -

                                  De sus rayos más fúlgidos vestido
al fin de su carrera el sol traspone
las altas cumbres que a lo lejos alzan
de la Morea los enhiestos montes,
No de las nubes en el manto envuelto
como en los cielos del sombrío Norte,
sino vertiendo al firmamento limpio
su ardiente luz en puros resplandores,
sobre el cerúleo mar vibra los rayos
para que rojos sus cristales doren.
El dios augusto de la luz envía
a las rocas de Egina sus adioses,
y retardando su celeste curso,
alumbra complacido las regiones
do a su culto se alzaron los altares
que hoy entre escombros el olvido esconde.
De las montañas la extendida sombra
veloz avanza, y los risueños bordes
va a besar de tu golfo, ¡oh Salamina!
Del astro moribundo a los fulgores
de púrpura se tiñen las colinas,
y en mar de luz parece que se borren
sus inciertos contornos, y suspenso
entre los cielos y la tierra, entonces
tras los collados de la antigua Delfos
va pausado a ocultar su disco enorme.
   Quizá en una tarde tan serena,
reina orgullosa de la Grecia noble,
su última luz en los marmóreos muros
de tus templos, oh Atenas, reflejose,
cuando tendía su postrer mirada
con majestad augusta al horizonte
el mejor de tus hijos. ¡Con qué anhelo
los discípulos fieles del grande hombre
los últimos instantes de su vida
miraban con la luz morir veloces!
¡Tened, tened! en la lejana cima
Helios aún brilla, dominando al orbe
y de la eterna despedida deja
que la ansiedad amarga se prolongue.
¡Oh, cuán sombríos sus serenos rayos
son a los ojos del dolor! Los montes
que de luz el ocaso siempre viste,
de sombra hoy cubren sus gigantes moles.
De negro luto fúnebre sudario
parece que afligido Febo arroje
sobre los dulces, extendidos campos
de los que siempre sonrió a las flores.
Y aun antes que su luz la alzada cumbre
del alto Citeron a Atenas robe,
en el pecho de Sócrates la copa
vierte el fatal licor; los lazos rompe
de la vida su espíritu, y al cielo
raudo vuela inmortal, al cielo a donde
por tan heroica muerte libertada,
jamás alma tan pura remontose.
   ¡Mirad! Desde la cima del Himeto
la casta reina de la oscura noche
su silencioso imperio en paz domina.
De su frente de plata, los vapores
de la tormenta présagos, no manchan
la pálida beldad. Alzan inmobles
su chapitel al cielo las columnas
reflejando los tibios resplandores;
y de trémulos rayos coronadas
en las mezquitas sobre esbelta torre,
de su celeste compañera irradian
la luz las medias-lunas. Y los bosques
do entre viejos olivos el Cefiso
cual ágil sierpe murmurando corre,
y los cipreses fúnebres, y el quiosco
con sus doradas cúpulas de cobre,
y la palma del templo de Teseo
que dando al aire su follaje dócil
solitaria se eleva y entre ruinas
triste parece que el pasado llore,
con magia irresistible del viajero
llaman los ojos, la atención absorben.
¿Qué corazón al misterioso encanto
de aquel sublime cuadro no responde?
¿Quién de la inspiración la voz sagrada
dentro del alma resonando no oye?
Allá en el fondo brilla el mar Egeo:
Su voz apaga la distancia; móvil
mece callado sus inquietas aguas
que de los elementos cansó el choque;
y allá a lo lejos sus hinchadas olas
de azul sombrío, sin fragor se rompen
contra la adusta frente de las islas
que el mar parece que enlazadas borden.
   ¿Por qué vuela hacia ti mi pensamiento,
hermosa Atenas de inmortal renombre?
¡ay!, sin que todo lo que el alma llena
la sombra excelsa de tu gloria borre,
nadie puede tender la vista absorta,
sobre tus mares, ni escuchar tu nombre.
¿Cómo un poeta que distancia y tiempo
no apartan de esa cuna de los dioses,
do de las bellas Cícladas los mares
de su alma son el único horizonte,
te negaría su cantar, y cómo
olvidarte pudiera? El rudo islote
del Corasrio fue tuyo un tiempo, ¡oh Grecia!,
y aun ahora lo es también: los aquilones
y las olas del mar sólo le baten,
y audaz la libertad reina en sus montes.



- XI -

                                  Cuando el poniente sol al alto faro
dio sus adioses últimos, en sombra
más que la noche y sus tinieblas densa,
el pensamiento hundiose de Medora.
Nació y ha muerto el sol del tercer día
y aún no Conrado a su regazo torna.
No amenaza borrasca nube alguna;
débil el viento más propicio sopla;
y la nave de Anselmo tornó al puerto
y en vano surcó intrépida las olas
en busca de su jefe. ¡Ay!, la ardua empresa,
aunque siempre al Pirata peligrosa,
si este buque aguardaran los corsarios,
coronárala acaso la victoria.
Ya refresca el crepúsculo la brisa:
sentada inmóvil en las duras rocas
Medora triste en su aflicción suspira.
En la alta cumbre de la parda loma,
los ojos en la mar, la halló el ocaso,
los ojos en la mar la halló la aurora.
La noche cierra: la inquietud la arrastra
a las vecinas playas, y llorosa
por la mojada orilla al azar corre,
sin ver las olas que avanzando sordas
bañan sus pies, y lúgubres mugiendo
le dicen que huya la engañosa costa.
Pero no siente nada; nada escucha:
sopla helada la brisa, ¿qué le importa,
si más fría que el hálito del viento
la angustia heló su corazón traidora?
Tal perturbó su mente combatida
el hondo afán de tan amargas horas,
tan cierta juzga su fatal desgracia,
que si el amante que perdido llora
de repente a sus brazos se arrojase,
muerta cayera delirando loca.
Destrozado por fin un buque arriba:
los marineros con mirada torva
y con aspecto lúgubre, en la playa
silenciosos contemplan a Medora.
Mancha la sangre sus desnudos brazos;
su voz cortada la aflicción sofoca;
pocos son, y salváronse del riesgo,
pero cómo salváronse aún lo ignoran.
Y callados se miran, y cada uno
espera que otros el silencio rompan.
Medora con los ojos les pregunta;
y cuando a hablar van ellos, hablar no osan
Perspicaz ella adivinolo todo;
mas no desfalleció: sintiose sola
al dolor en la tierra abandonada;
mas aquella mujer débil y hermosa
al nivel del peligro elevar sabe
en varonil esfuerzo su alma heroica.
Mientras de la esperanza al dulce halago
su alma constante vaciló dudosa,
la dormida energía evaporose
en ternura y en lágrimas; mas hora
se concentra indomable, y en su mente
desesperado un pensamiento brota:
«Cuando nada que amar queda en el mundo,
nada hay tampoco que temer.» ¡Ay!, rota
la cadena que el hombre al mundo liga,
¡con qué osadía a combatir se arroja!
Es que esas armas que el delirio esgrime
la desesperación es quien las forja.
   -«¿Calláis...? ¿Calláis?... Tenéis razón: no quiero
ni un acento escuchar de vuestra boca.
Pero, no, no; decicime... ¡ay!, no me atrevo...
Decid, decid; en la fatal derrota,
¿qué fue de mi Conrado? -Lo ignoramos.
Apenas de la noche entre las sombras
pudimos escapar. Pero no ha muerto:
algunos, a la luz de las antorchas,
rotas sus armas y manchado en sangre,
encadenado viéronle, señora.»
No escuchó más: en su interior en vano
aún la lucha, esforzándose prolonga;
los pensamientos que evitaba, entonces
a su mente en tropel todos se agolpan.
Al alma fuerte que en febril firmeza
brava el peligro contrastó, las cortas
palabras del corsario han ya rendido.
Vacila desmayada y cae Medora
a la orilla del mar, y otro sepulcro
le evitarán tal vez las turbias olas,
si a las iras del mar no la arrancasen
ansiosos los piratas, que se asombran
al sentir que sus ojos se humedecen
y que a pesar de contenerse, lloran.
En sus mejillas, antes sonrosadas,
como la muerte hoy pálidas, arrojan
el agua amarga sus callosas manos,
y de nuevo a la vida la retornan,
y a sus siervas llamando, el cuerpo frío
en sus brazos inmóvil abandonan,
Y en solemne silencio lo contemplan
mientras en triste coro ellas sollozan.
   Y mudos los corsarios lentamente
trepando van por las agrestes rocas
y a la gruta de Anselmo se encaminan
a comenzar la relación penosa;
que siempre a los valientes fue asaz duro
contar una batalla sin victoria.
   Audaces planes que el despecho dicta
y la venganza y el furor provocan
en voz alta propuso la osadía
en aquella asamblea tumultuosa.
Quién habla de rescate y de tesoros,
quién un ataque repentino apoya;
todos de muerte y de venganza tratan,
nadie la fuga o el reposo abona.
El alma de Conrado aún se cernía
sobre los restos de su osada tropa,
y arrojaba de su isla la flaqueza
que desmayada al infortunio postra.
Sea cual fuere su destino incierto,
los que siguieron su bandera roja
le salvarán o aplacarán sus manes.
Pocos, muy pocos son; pero no importa:
que cuando fieles son los corazones
los fuertes brazos su valor redoblan.

- XII -

                                  En deleitosa cámara escondida
del rico harén en el feliz retiro,
la suerte de Conrado meditando,
sobre cojines el pachá sombrío
sentado yace. Entre el amor y el odio
sus pensamientos vagan indecisos
sobre la frente hermosa de Gulnara,
sobre la torre estrecha del cautivo,
Reclinada a sus pies la favorita
contempla inquieta con curioso ahínco
anublarse su frente, y los enojos
disipar quiere del feroz caudillo;
y mientras brilladores centellean
sus negros ojos árabes, esquivo
al suelo musulmán los suyos baja
sólo en las cuentas del rosario fijos,
en tanto que en la víctima se ceba
su oculto pensamiento vengativo.
-Pachá, te ha coronado la victoria;
favorable a tu suerte fue el destino:
tus cadenas oprimen a Conrado
y han muerto los demás. De tu enemigo
dada está la sentencia: ¡y es la muerte...!,
bien mereciola; de su suerte es digno.
Mas ¿por qué en él tus odios se encarnizan?
hora que yace a tu poder rendido,
por precio de su vida más valiera
sus tesoros comprar. No ya el invicto
Corsario será luego: derrotado,
sin oro, sin soldados, sin prestigio,
a tus fieles galeras fácil presa,
en tu poder caerá. Si hoy el cuchillo
del verdugo segase su garganta,
de sus rapiñas el caudal opimo
embarcará su banda, y a otras playas
huyendo tu furor, pedirá asilo.
-¡Oh, si por cada gota de su sangre
mágica perla de celeste brillo
cual la que adorna del sultán la frente
me ofreciesen, Gulnara; si ancho río
de arenas de oro virgen me ofrecieran
por un cabello suyo; si... ¿qué digo?,
aunque viera a mis pies cuantos tesoros
finge la fantasía en su delirio
para adornar serrallos encantados
o el celestial jardín del paraíso,
todas esas riquezas no lograran
mi venganza comprar y su castigo.!
Sólo su muerte dilató mi saña
dudosa en la elección de su suplicio,
los tormentos buscando más horribles
y los que más prolonguen su martirio.
-¡Sea!, tus iras mitigar no quiero:
justo de tu venganza es el motivo;
la clemencia imposible. Era mi intento
los tesoros comprar, hoy escondidos
de ese pirata audaz. Libre a ese precio,
no fuera libre ya: si perseguirlo
intentaras de nuevo, dispersados
por tus triunfantes armas sus amigos,
nueva derrota hiciérale tu esclavo.
-Tal vez; mas ¿juzgas de mis iras digno
un instante de vida, un solo instante
flaco ceder a mi contrario inicuo?
Y ¿por qué...? ¿Por qué tú, mujer, me pides,
sensible en demasía, el sacrificio
de mi justa venganza? Tal vez quiera
premiar tu corazón, hoy compasivo,
la piedad tierna del infiel pirata
que sólo a ti y a tus esclavas quiso
perdonar en la lucha, sin que ciego
viese que más que vuestra vida, estimo
la reclusión de vuestro oculto albergue.
Tu gratitud elogio; mas te digo,
te lo digo en verdad, que de ti dudo,
y que hoy más en mis dudas me confirmo.
Él te salvó de las voraces llamas
y en sus brazos condújote atrevido
fuera de mi serrallo... ¡tú en sus brazos!
¡Y librarle ahora quieres del peligro
y con él huir quizás...! No me respondas:
el sobresalto en tu semblante ha escrito
la confesión del crimen. Pues bien: ¡guarte,
sirena que seduces mi cariño,
guarte de mi furor! No está su vida
amenazada sólo... Otro suspiro,
otra palabra compasiva, y pronto
tú, Gulnara, también... Pero preciso
no será tal rigor. Pérfida sierva,
medita mis palabras. ¡Oh!, ¡maldito,
maldito para siempre el día sea
en que el setrallo profanado ha visto
del incendio a la luz, mi hermosa esclava,
en brazos de mi bárbaro enemigo!
Más valiera, ¡oh Alá!, que entonces muerta...
llorado hubiese yo su amor perdido:
ahora es ya tu señor quien te reprende.
Mujer ingrata, ¿sabes que el delito
no sé dejar impune, y que las alas
de la inconstancia corta mi cuchillo?
   Levantose, y saliendo a pasos lentos,
Miró a Gulmara con desdén sombrío,
y por adiós dejole una amenaza.
¡Oh! cuán poco conoces, viejo inicuo,
el corazón de la mujer, que nunca
la amenaza domó, cedió al peligro!
¡Cuán poco sabe el déspota insensato,
oh Gulmara infeliz, cuánto cariño
guarda tu corazón cuando te aman,
cuánto cuando te insultan odio altivo!
¡Pobre mujer!, su amor no comprendía:
pensaba que su pecho compasivo
llenó la piedad sólo: era ella esclava
y debía sentir por el cautivo
fraternal sentimiento, cuyo nombre
preguntarse a sí misma no ha querido.
A un impulso cediendo irresistible,
se aventuró temblando en el camino
do le detuvo del pachá el enojo;
hasta que al fin en su ánimo indeciso
la lucha comenzó del pensamiento,
que fue de la mujer siempre el martirio,
el primer eslabón de la cadena
que a los bordes la arrastra del abismo.



- XIII -

                                  En el oscuro calabozo en tanto
tras luengas horas de inquietud amarga,
girando sobre un mismo pensamiento,
logró Conrado en abatida calma
la angustia dominar, que en lucha horrible
su combatido espíritu agitara,
cuando temió, ¡funesta incertidumbre!,
que cada instante, de su muerte aciaga
el suplicio espantoso le anunciase;
y al escuchar en la vecina estancia
sonoros pasos, a su inquieta mente
en cuadro espantador se presentaban
el palo agudo o las cortantes hachas
el apalo agudo o las cortantes hachas.
Su horrible anhelo dominó: a la muerte
no estaba entonces preparada su alma;
irritose su orgullo, pronto empero,
de combatir se fatigó, y cansada
indiferente se entregó vencida
a la horrorosa prueba que le aguarda.
El hirviente calor de la pelea,
el choque y el fragor de la borrasca,
pensar no le dejaron en el riesgo.
Ahora, en su muda soledad, le asaltan
cuantas punzantes sugestiones, débil

                               del ánimo constante el fuego apagan.
No poder apartarse de sí mismo;
mirar por fin de irreparables faltas
la enlazada cadena que inflexible
a vergonzosa perdición le arrastra;
amenazante contemplar la muerte,
y no poder frenético evitarla;
buscar en vano un esforzado amigo
que su ánimo levante, si desmaya,
y que al suplicio con serena frente
y denodado corazón ir le haga;
de los contrarios la enemiga, turba
ver alredor, que con calumnia osada
su último instante empañará, manchando
de toda su existencia las hazañas;
aguardar los tormentos, que desprecia
el espíritu audaz, pero que flaca
quizás la carne resistir no pueda;
pensar que si el dolor por fin le arranca
mal comprimida queja, aquella queja
su postrera corona le arrebata,
la del valor; saber que allá en el cielo
le niegan unos hombres que usurparan
de la piedad divina el monopolio
la vida que huye a su deseo rauda;
y, lo que vale más que esa dudosa
gloria incierta, el edén que la esperanza
pinta en el mundo a la ilusión, y aroma
de puro amor dulcísima fragancia,
ver cual se desvanece, cuando al mundo
de los brazos le roban de su amada:
esos los pensamientos son que horribles
en tenaz lucha y confusión batallan
del cautivo en el ánimo dudoso;
esas son las angustias que le alarman;
ese el afán que combatir él debe;
ese el afán que combatir alcanza
¡Mas, su resignación es burla impía...!
¿Y qué le importa? No sucumbe, y basta.
   Pausado deslizose el primer día
y a la oscura prisión no fue Gulnara:
el segundo pasó, pasó el tercero;
mas sin duda el encanto de sus gracias
alcanzar pudo de su amante dueño
lo que a Conrado prometió la esclava.
Pues el sol alumbró del cuarto día
al cautivo en la torre. Nubes pardas
ya de aquel sol los últimos destellos
robaban a la tierra, y en las alas
volaba la tormenta de los vientos.
¡Con qué ansiedad de las revueltas aguas
oyó el corsario el zumbador mugido
que su sueño feliz jamás turbara!
Su voz amiga que con tierno acento
suena a su oído, su valor inflama,
y pensamientos brotan más audaces
en su turbada fantasía. ¡Oh, cuántas,
cuántas veces del mar burló las iras
de frágil buque en las ligeras tablas,
y la corriente rápida bendijo
que arrastró su bajel en veloz marcha!
Cual de fiel compañero voz querida,
murmura de amistad dulces palabras
aún su sordo rugido, pero en vano
sus roncas olas al corsario llaman.
El aire silba, y retumbando el trueno
hace temblar las sólidas murallas
del antiguo torreón; con luz incierta
relámpago fugaz la alta ventana
que fuertes cierran enclavados hierros,
rápido alumbra, y más que de la blanca
luz de la luna el macilento rayo,
es a los ojos de Conrado grata
la roja claridad: hasta la reja
su pesada cadena lento arrastra,
y la muerte invocando, entrambas manos
al cielo, opresas de sus hierros, alza,
y un rayo que clemente de su vida
rompa el ya odioso lazo le demanda.
Al par el vengador fuego celeste
atrae el hierro que infernal plegaria;
la tempestad empero indiferente
siguió en el cielo su solemne marcha
y herirle desdeñó: los estampidos
calmando fueron su estruendosa rabia
y a lo lejos perdiéronse. Conrado
mas solo viose en su desnuda estancia:
¡ay!, es que desoyendo antiguo amigo
sus súplicas, infiel le abandonaba.
   De pronto hacia su puerta leve paso
oye que precavido se adelanta
de la dormida noche en el silencio;
con agrio son escucha que resbalan
los pesados cerrojos lentamente;
las llaves giran, y -«la hermosa esclava
viene por mí» -su corazón le dice;
y un rayo le ilumina de esperanza.
Un ángel mira en la piadosa sierva
y a su recuerdo su razón se exalta
y más bella a sus ojos aparece
que el serafín que en sus visiones santas
ve entre doradas nubes el devoto.
Es ella, sí; mas ¡cuánto la desgracia
marchitó su hermosura! Vacilante
fija en el suelo la insegura planta;
y palidez de muerte su faz cubre.
Triste arroja sobre él una mirada
que su fatal destino le revela
antes que sus rosados labios abra.
   -Sí; la muerte te espera inexorable.
Para evitar el sino que te aguarda,
sólo un recurso... ¡el último!, terrible,
muy terrible en verdad, pero la amarga
agonía del palo es más terrible!
   -Mujer, tu ciega compasión es vana:
jamás quise escapar a mi destino;
ya te lo dije. Mi ánimo no cambia;
Conrado es siempre el mismo. ¿Por qué tierna
de un vencido la vida salvar ansias
justa sentencia revocando? Harto
de Selim merecí la atroz venganza.
   -¿Por qué deseo libertarte? ¿Noble
no me libraste acaso en noche aciaga
del incendio voraz y la deshonra,
más para mí temible que las llamas?
¿Por qué deseo libertarte...? ¡Oh cielos!,
a pesar de los crímenes que infaman
tu nombre aborrecido, el alma mía
de tu dolor se enterneció, pirata.
Temíate, y salvaste mi existencia:
la que la vida te debió, se apiada
de tus tormentos... ¿Apiadarse dije?,
¡oh!, no, no; con delirio te idolatra.
No me respondas, no; no quiero oírte:
no me digas que es otra la que tú amas,
y que yo en vano te amaré. ¿Qué importa?
Aunque por ti suspire enamorada,
aunque me venza en hermosura, ¿acaso
de los peligros el horror contrasta
como yo, por tu amor? ¿Y tú has creído
que el corazón de esa mujer inflama
de la pasión el fuego...? Fuera yo ella
no yacieras cautivo. ¿Así se aparta
la mujer de un proscrito de su esposo,
y solo deja que los riesgos vaya
lejos a provocar? ¿Y que hace mientras
cobarde, oculta en su retiro? ¡Calla!,
no me contestes, no; de frágil hebra
pendiente, nuestras vidas amenaza
desnudo alfanje; si en tu pecho oculto
hay de valor un resto, si aún es cara
la libertad a tu ánimo abatido,
levántante, ¡valor...! Toma esta daga
y sígueme resuelto. -¿Con los hierros
que mis miembros oprimen...? ¿De los guardas
los vigilantes ojos burlar puedo
de cadenas cargado? Tú olvidabas
que así no puedo huir; que no estos hierros
el hierro necesito de las armas.
-¡Cuán poco en mí fías! De mis joyas
sobornó el oro a los guardianes. Basta
una palabra, una mirada mía,
para que rotas tus cadenas caigan.
¿A tu encierro pudiera de otro modo
abrirse paso mi resuelta audacia?
Te vi, te amé: mi astucia desde entonces
en tu servicio sin cesar se afana.
Criminal soy, pero por ti lo he sido,
si es criminal la mano que levanta
el hierro vengador, y del tirano
la frente hiere que el delito mancha.
¡Te estremeces de horror! ¡Tiemblas cobarde...!
Débil cautivo, escúchame: Gulnara
ya no es la sierva temerosa. Viose
escarnecida, envilecida, hollada;
vengarse necesita. El acusome
cuando era su sospecha imaginaria,
cuando humilde en su odiosa servidumbre
vivía, esposa fiel, sumisa esclava.
¡Oh! ¿Te sonríes...? Créeme, Conrado;
motivo nunca di a su suspicacia:
no le era infiel ni te quería entonces.
Mas, pues, supuso sin razón mi falta,
su predicción se cumplirá: merecen
tal castigo los celos. Nunca mi alma
el amor conoció: su oro comprome;
pero por todo el oro de sus arcas
comprar mi corazón quisiera en vano,
humilleme a su yugo resignada;
mas él creyó que si al harem de nuevo
tornado no me hubiese, huyera ingrata
despreciando su amor, contigo: y eso,
eso es mentira que celoso trama.
Mas dejemos hablar a esos profetas
que la suerte merecen que presagian.
No retardó mi súplica tu muerte.
De este falso favor dale las gracias
a su barbarie que el suplicio busca
que con más lentas agonías mata.
Con la muerte también, que yo desprecio,
me amenazó su enardecida saña;
mas su loca pasión de mi hermosura
guardará los encantos, que aún no cansan
a su sed de placer; y cuando un día
de mi beldad se sacie, pronto se hallan
un esclavo y un saco, y silencioso
los muros el mar bate de este alcázar.
¿Y del capricho de insensato viejo
nací a ser el juguete? ¿Soy alhaja
que al suelo arroja desdeñoso el dueño
cuando el dorado con su roce gasta?
Te amé apenas te vi; salvarte quiero,
quiero que sepas tú que también guarda
fiel gratitud el pecho de una sierva.
Si mi vida y mi honor su injusta rabia
no hubiera vengativo amenazado
(y él jamás olvidó sus amenazas)
entonces a su amor contigo huyera,
pero mi compasión le perdonara.
Ahora soy tuya; a todo estoy dispuesta.
Sé que tú me desprecias, que no me amas;
mas tú has sido el primero a quien yo quise,
y él el primero a quien odié. Si cuánta
pasión mi alma atesora comprendieses,
no de mí huyeras; del ardor que abrasa
de las hijas de Oriente el tierno pecho
no temerías la insaciable llama:
faro de salvación es hoy su fuego
que de osados mainotas ágil barca
en el puerto te muestra. Pero incauto
duerme Selim en la vecina estancia
que atravesar debemos: es preciso
que no despierte el déspota.-¡Gulnara!
¡Jamás hasta este instante he conocido
cuánto la suerte para mí es contraria,
cuánto empañose de mi honor el lustre!
Selim es mi enemigo, mas con franca
lucha y abierta guerra, de los mares
quiso arrojar mi tropa temeraria;
y yo aprestando mi bajel guerrero
vine a buscarle con mi heroica banda.
A la muerte con la muerte respondiendo,
mi alfanje contestó a su cimitarra;
que el alfanje es el arma de Conrado,
no el oculto puñal. Quien noble salva
a una mujer llorosa, no la vida
a su contrario cuando duerme arranca.
No te libré para que tú a mi esfuerzo
a ofrecerle vinieras esa paga:
que de mi compasión digna no eras
a juzgar no me obligues. ¡Adiós!, ¡marcha
y la paz puedas recobrar...! La noche
su largo curso silencioso acaba,
la última noche de reposo... -¡Cielos!
¿De reposo...? ¡Reposo! Apenas nazca
sobre la mar el sol, tus miembros todos
en el tormento crujirán. Dictada
está ya tu sentencia; la he leído;
pero más no veré; tu muerte aciaga
me matará. Mi amor, mi odio, mi vida,
todo mi ser pende de ti, ¡pirata!
¡Un golpe, un solo golpe, y libre somos!
Si él no perece, nuestra fuga es vana;
¿cómo burlar su cólera sangrienta?
Siguiera a nuestra ofensa su venganza.
Mis injurias impunes, tantos años
de esclavitud, mi juventud gastada
en sus placeres, vengará su muerte.
Pero ya que el alfanje mejor cuadra
que el puñal a tu diestra, de mi brazo
la fuerza probaré. Gané los guardias,
y en un momento terminado todo...
¡Adiós, adiós! En la segura calma
de la paz nos veremos, o ya nunca
a verme volverás. Si se acobarda
mi mano y yerra el golpe, a un tiempo mismo
mi tumba y tu suplicio verá el alba.


- XIV -

                                  Y antes de que Conrado le conteste
desaparece cual sombra fugitiva;
él recoge sus hierros y en silencio
sigue sus pasos con inquieta prisa.
Un pasadizo tortuoso, oscuro,
cruzaron sin saber do conducía:
ni lámparas, ni guardas a su paso
el prisionero encuentra; al fin, vecina
mira una débil luz. ¿Hacia ella debe
avanzar? ¿Debe huir? Sus pasos guía
a la ventura; un fresco parecido
al aire matutino, le acaricia
la enardecida frente; y por fin llega
a una espaciosa, abierta galería.
De la noche que empieza a disiparse
la última estrella en los espacios brilla,
y otra luz de una estancia allí cercana
de repente a Conrado hirió la vista.
Se dirige hacia allá, mas de su puerta
ve una mujer salir que en torno mira...
se adelanta... se vuelve... se detiene...
¡Es ella, en fin...! Su mano no acaricia
el puñal matador, ninguna angustia
en su semblante pálido se pinta.
¡Bendito sea el corazón piadoso
que supo sofocar la ira homicida!
Conrado la contempla; ella rehúsa
mirar las luces del naciente día;
recoge atrás rizados sus cabellos
que el blanco rostro y pecho le cubrían,
cual si su frente hubiérase inclinado
a algún objeto de terror; altiva
se acerca hacia el pirata... ¡ay!, olvidada
o sin saberlo, vése en su mejilla
una pequeña mancha, mancha roja,
¡leve Indicio que el crimen testifica!
   Conrado ha combatido en cien batallas;
ha sentido las penas prometidas
a un condenado, artoz remordimiento
y tentaciones su alma mortifican;
pero jamás el hacha, el cautiverio,
ni el terror del espíritu podían
hacer latir apresurado el pecho,
parar la sangre por sus venas frías,
ni conmover su ser, como la mancha
que sobre el rostro de Gulnara mira;
mancha de sangre que a sus ojos nubla
la belleza sin par de su heroína.
«   Hecho está... ¡Fue preciso...! ¡Selim muere!
¡Caro cuestas, corsario...! ¡Aprisa, aprisa...!
Son vanos los reproches; nuestra barca está
dispuesta, y se adelanta el día.
Los hombres que he ganado, me son fieles;
las obras de mi brazo justifican
mi desos por ti... Partamos pronto,
que esta horrible ribera está maldita.»
   A una señal ofrécense dispuestos
los que Gulnara sobornó, y le libran
en silencio a Conrado de sus hierros:
sus miembros sueltos con placer agita,
como el viento fugaz de las montañas;
pero no el peso de su pecho alivian,
mayor que el de sus hierros. No pronuncia
ni una palabra, y solo se contrista.
Gulnara hace otra seña, y una puerta
oculta se abre, que el camino indica
de la ribera. La ciudad dejando
llegan por fin a la anhelada orilla
donde las olas murmurando alegres
sobre la playa amarillenta expiran.
Conrado, absorto en su terror confuso,
tras de la esclava del pachá camina:
si es que le salva o que le vende ignora;
pero inútil será que a ello resista,
cual fuera inútil resistir las penas
si es que al suplicio de Selim le guían.
Ya está a bordo: las velas redondean
los blandos soplos de ligera brisa,
y el cielo y mar sin emoción contempla,
cuando de pronto ofrécese a su vista
el negro cabo de gigantes formas
donde el ancla arrojó... ¡Dios! ¿Quién podría
describir lo que siente? ¡Aquella noche
no tuvo igual en su azarosa vida!
En ese corto espacio vivió un siglo
de terror, de esperanza y de agonía.
Del promontorio la extendida sombra
envuelve al buque, y en sus manos frías
Conrado apoya la abrasada frente,
y mil recuerdos en su mente lidian.
Todo lo ve: Gonzalo, sus amigos,
el triunfo momentáneo, la fatiga,
¡la derrota...! ¿Y Medora? ¿Aguarda acaso
aún a su amante en la desierta isla?
De pronto se estremece, el rostro vuelve
y ve solo... a Gulnara la homicida!
   Ella observa su pálido semblante,
su mirada glacial y repulsiva:
se estremece, y en lágrimas bañada
cae a sus pies, y abraza sus rodillas.
-«Perdóname, Conrado, y aunque el cielo
mi acción fatal condene... ¿Qué sería
de ti sin ese crimen...? No has oído
aún mi disculpa, ¡y mi presencia esquivas!
No soy lo que parezco... Mis ideas
ha trastornado el miedo... ¿Vivirías
si no fuera por mí...? Piensa en ti mismo
y aborrece después a quien te libra.»
   Mal juzgaba a Conrado: él en sí propio
de crimen tal la expiación declina,
y ocultamente el corazón desgarran
penas calladas que profundo anida.
Con viento favorable el buque avanza
sobre las ondas de la mar tranquilas
que juegan murmurando por la popa
y con empuje blando lo deslizan.
Lejos, muy lejos, se descubre un punto;
ya un mástil, ya una vela se divisa.
A la pequeña nave de Gulnara
en aquel buque señaló el vigía.
Despliega nuevas velas, y la prora
rápida corta el mar; veloz camina
con el terror en sus hinchados flancos.
Brilla un tiro, retumba, y la encendida
bala atraviesa sin tocar la nave
y dentro el mar al sumergirse silba.
Conrado salta, y en sus negros ojos
el contento ignorado ardiente orilla.
-«¡Mirad, mirad mi pabellón sangriento!
¡Ellos son, ellos son! ¡Su nave es mía!
No me han abandonado.» -Los corsarios
le han conocido y su saludo envían.
Botan la lancha al mar y se mantienen
a la capa. -«¡Es Conrado!»-ardientes gritan
desde el puente del buque, y nadie puede
contener de la chusma la alegría.
Rápido, satisfecho y a sus labios
brotando del orgullo la sonrisa,
le ven saltar a bordo de su nave,
y rudas sus facciones ilumina
el fuego de sus ojos. Todos quieren
estrecharle en sus brazos. Él olvida
su peligro presente y su derrota;
responde a la benévola acogida
con dignidad; abraza a Anselmo, y siente
que aún no su estrella pálida se eclipsa.
   Tras la efusión de su placer, sintieron
recobrarle sin lucha, que les liga
extraño afecto al capitán, y ansiaban
por vengarle arrostrar rudas fatigas.
Si ellos supieran que a la esclava aquella
su libertad el capitán debía,
menos escrupulosos que Conrado
para lograr su fin, reina la harían.
A Gulnara contemplan y entre sí hablan
en voz baja, y la irónica sonrisa
brilla en sus labios; y la bella sierva,
débil y fuerte a un tiempo, el rostro, inclina
turbada y ruborosa, y suplicante
vuelve a Conrado con temor la vista;
baja su velo y permanece muda,
los brazos cruza sobre el pecho y fija
su mirada en el suelo; que aunque crucen
mil sentimientos por su mente altiva,
el alma aquella en el amor tan pura,
tan llena de odio si el furor la excita,
no del rubor de la mujer, el crimen
atroz que ha cometido, al rostro priva.
   Conrado lo conoce, y, sin embargo,
siente; ¿qué debe hacer? A la cautiva
perdonará, su crimen detestando.
Sabe que el cielo con sus santas iras
castigará esa falta: olas de llanto
que de Gulnara empañan las pupilas
no bastarán para lavar su mancha;
pero la mano que causó la herida,
la misma mano quebrantó sus hierros.
Los negros ojos de la esclava mira,
y ve su frente pálida inclinarse;
la ve cambiada, débil y abatida;
ve la mancha de sangre, mas ve blancas
de dolor y de espanto sus mejillas.
Su mano toma, y tiembla aquella mano
tan dulce del amor en las caricias,
tan terrible en el odio... Al fin, Conrado
se estremece y exclama con voz tímida:
-«¡Gulnara! -mas la hermosa no responde.
-«¡Gulnara amada!»Su mirada fija
en el corsario, y rápida en su seno
sollozando de amor se precipita.
Para arrancarle de tan dulce asilo
no basta su valor; y hasta vacila
esa virtud que es la única que resta
en su alma ya... Pero Medora misma,
el beso que desflora los encantos
de su infeliz rival perdonaría:
la Compasión lo roba a la Constancia;
beso que sin amores deposita
sobre unos labios que el deseo abrasa,
sobre unos labios que al placer incitan,
de do el perfume plácido se exhala
que del amor las alas acaricia.




- XV -

                                  Llegan por fin a la isla solitaria
con las últimas luces de la tarde,
y la ensenada con alegres cantos
suena, que el viento murmurando trae.
Todo sonríe; enciéndense los faros;
la mar surcan los botes ondulantes;
los alegres delfines juguetean
sobre las olas, las marinas aves
la vuelta de sus huéspedes saludan
con sus agudos gritos discordantes.
La ansiedad del marino ya adivina
tras cada fuego que en las costas arde
los amigos que aquella luz encienden.
¡Oh, goces del hogar! Su santa imagen
de la Esperanza ante los ojos brilla
cuando los mira de los hondos mares.
   Las luces brillan en el alto faro
y en la casa del jefe, que anhelante
busca la torre de Medora en vano.
¡Cosa extraña! La hermosa siempre sale
a ver los buques que a la costa arriban,
y hoy su ventana entre las sombras yace.
¿Por qué su luz los pasos no en camina
del caro capitán? Deja la nave
Conrado y salta en el pequeño bote;
manda al remero que con prisa avance...
¡Oh, si tuviera del halcón las alas
para, cual flecha, hacia el peñón lanzarse!
De los remeros la tardanza acusa;
se arroja al mar, sus olas corta, y ágil
salta en la áspera playa, y el sendero
toma que allá conduce; parase antes,
escucha y no oye nada entre el silencio;
la oscuridad domina en tal paraje.
Llama a la puerta de la torre; llama
más fuertemente, pero no abre nadie.
¡Ni un paso, ni una voz...! Con temblorosa
mano golpea... Al fin la puerta se abre
y una figura conocida, inmóvil
vio en el dintel, mas no la que estrecharle
suele en sus brazos. De los labios mudos
de la sirvienta ni un suspiro sale.
Coge Conrado la linterna en vano,
que de sus manos temblorosas cae:
allá en el fondo de la estancia oscura
otra lámpara da luz vacilante...
A ella corre... ¿qué vio? ¿Por qué en el muro,
se apoya y teme que sus pies resbalen?
   Fija la vista, sin hablar, no cesa
de contemplar la pavorosa imagen;
sus miembros, antes temblorosos, ahora
inmóviles están. En semejante
lúgubre escena, el alma dolorida
en aumentar sus penas se complace.
¡Fue tan hermosa en vida, que la muerte
aún en su rostro muéstrase agradable!
Las blancas flores que su mano estrecha
frescas están, y aumenta los pesares
verla cual niña que dormir fingiera.
Sus párpados de nieve flojos caen,
y ocultan, ¡ay!, bajo su denso velo
el rayo aquel de su mirar brillante.
La muerte de su trono luminoso
arrojó ya la vida; eclipse grande
sufren aquellos astros cristalinos.
Parece que aún sobre sus labios vague
la sonrisa feliz de los amores.
En blondos rizos sus cabellos de ángel
hasta el seno descienden, y la brisa
de primavera en torno los esparce.
La palidez de las mejillas, todo
indica que llegó el temido trance.
¡Medora ha muerto! Aguárdale una tumba
Conrado mudo en el dintel, ¿qué hace?
   Nada pregunta: inútil la respuesta
es a quien mira el mísero cadáver
de la que tanto amó... ¡Medora ha muerto!
¿Qué importa cómo...? ¡Ha muerto! ¡Eso es bastante!
Amor de la niñez, sola esperanza
de sus mejores años, casta imagen
de aquella a quien no odió, todo le ha sido
arrebatado en infeliz instante.
El hombre virtuoso paz encuentra
en la región do penetrar no es fácil
al criminal: su orgullo le extravía;
sólo en el mundo ve penas y afanes,
y perdido su amor, perdiolo todo.
Y si esto es ilusión, ¿quién separarse
pudo jamás de la ilusión que amaba
sin sentir el dolor? ¡Cuántos semblantes
no velan mal con la mirada estoica
un corazón que afligen penas graves!
¡Cuántas ideas lúgubres no oculta
de rojos labios la sonrisa amable!
   Los que sienten con fuerza, la tortura
no pueden explicar que al pecho abate.
Convergentes a un centro y dolorosos
los pensamientos brotan a millares.
Buscáis refugio y no le halláis, palabra
sin encontrar que vuestro mal retrate.
La angustia cierta es muda: el desaliento
postra a Conrado; amortecido late
su corazón en lúgubre reposo,
las lagrimas amargas a raudales
brotaban a sus ojos, como un niño;
nadie ese llanto vio: tal vez delante
de otro jamás llorara. El llanto enjuga
el rostro vuelve y silencioso parte,
el corazón desesperado y roto.
El sol rojizo de las ondas nace
sin disipar las penas de Conrado;
llega la noche, y negros sus pesares
son más que de los cielos las tinieblas;
y es que el dolor es ciego, es que anhelante
se vuelve siempre al punto más oscuro,
no sufre guía y corre hasta estrellarse.
   Para la dulce sensación nacido
fue de Conrado el corazón: el cauce
torció el destino al río de su vida
y hacia un abismo lo arrastró insondable
pero como la gota cristalina
que por las peñas de las grutas cae,
con el grosero polvo de la tierra
dentro del pecho la sintiera helarse.
Roca fue que en la cima de los montes
resiste las violentas tempestades
y a cuyo abrigo y apacible sombra
la flor tranquila y perfumada nace,
hasta que el rayo al fin al par quebranta
endurecida roca y tallo frágil,
la débil planta sucumbió sin lucha
y seca, el viento la arrastró hasta el valle,
mientras los trozos del peñasco roto
ennegrecidos y dispersos yacen.
   Y brilló la mañana y los corsarios
hacia Conrado temen acercarse;
pero Anselmo dirígese a la torre,
que es necesario que a su jefe le hable.
No está allí, ni en la playa le distingue;
lo buscan por doquier, ¡vanos afanes!
Un sol y aun otro sol correr les vieron
y con su voz cansar los ecos: nadie
les contestó. Los montes, las llanuras,
las cavernas exploran; roto un cable
hallan por fin que sostenía un bote:
no hay duda, el capitán surca los mares,
le esperan y vendrá: ¡vana esperanza
la que en sus pechos míseros renace!
Conrado no volvió, ni ha vuelto nunca.
No hay un indicio ni señal que aclare
aquel hondo misterio: ¿ha muerto? ¿Vive?
Nadie decirlo con certeza sabe.
Los piratas lloraron largo tiempo
a quien solo ellos lloran: elevarse
fúnebre monumento viose en la isla
a la memoria de Medora. Nadie
pensó dar ni una lápida a Conrado
donde el recuerdo de sus hechos graben:
ya están grabados en sus toscos pechos.
Él ha legado un nombre a las edades
que la virtud de amor tan sólo adorne
y que mil faltas maldecidas manchen.


martes, 9 de noviembre de 2010

LA OPINIÓN DE LA CRÍTICA SOBRE Quidditch a través de los tiempos

LA OPINIÓN DE LA CRÍTICA SOBRE Quidditch a través de los tiempos




<>

Balthilda Bagshot, autora de

Una historia de la magia




<>

Editor de El mundo de la escoba




<>

Brutus Scrimgeour, autor de

La biblia de los golpeadores




<>

Gilderoy Lockhart, autor de El encantador




<>

Ludovic Bagman, golpeador de la selección

de Inglaterra y de las Avispas de Wimbourne




<>

Rita Skeeter, El Profeta
Acerca del Autor




Kennilworthy Whisp es un reconocido experto en quidditch (además de un fanático, según sus propias palabras). Es autor de numerosas obras relacionadas con el quidditch, tales como los asombrosos Wingtown Wanderers, Volaba como un loco (una biografía de Dai Peligroso Llewellyn) y Golpear las bludgers: un estudio sobre estrategias defensivas en el quidditch.

Kennilworthy whisp divide su tiempo entre su hogar en Nottinghamshire y <>. Sus aficiones incluyen el backgammon, la cocina vegetariana y coleccionar escobas clásicas.
Prólogo




Quidditch a través de los tiempos es uno de los títulos más populares en la biblioteca del Colegio Hogwarts. La señora Pince, nuestra bibliotecaria, me ha contado que lo manosean, lo babean y en general lo maltratan casi todos los días: un verdadero cumplido para cualquier libro. Quienes jueguen o sigan partidos de quidditch con regularidad, disfrutarán con el libro del señor Whisp, como lo hacemos quienes estamos interesados en otros aspectos de la historia de la magia. Nosotros hemos desarrollado el juego del quidditch, y él nos ha desarrollado a nosotros. El quidditch, nos reúne para compartir momento de regocijo, triunfo y (para aquellos que apoyan a los Chudley Cannons) desesperación.

Debo admitir que me costó un poco persuadir a la señora Pince de que se desprendiera de uno de sus libros para que pudiera ser reproducido y destinado a un consumo más amplio. De hecho, cuando le dije que estaría a disposición de los muggles, enmudeció y no se movió ni parpadeó en varios minutos. Cuando se recuperó, fue lo bastante precavida para preguntarme si había perdido la razón. Me alegró poder tranquilizarla en ese punto y procedí a explicarle los motivos de esta inaudita decisión.

Los lectores muggles no necesitarán una presentación del trabajo de Comic Relief (editorial del libro), pero ahora voy a repetir la explicación que le ofrecí a la señora Pince en beneficio de las brujas y los magos que hayan comprado este libro. Comic Relief utiliza la risa para luchar contra la pobreza, la injusticia y las catástrofes. Esta difusión generalizada de la diversión se convierte en grandes sumas de dinero (casi 50,000 millones de pesetas desde que comenzaron a trabajar en 1985, unos treinta y cuatro millones de galeones). Al comprar este libro –y debo aconsejarte que lo compres, porque, si lo lees demasiado tiempo sin haberlo pagado, descubrirás que has caído bajo la maldición de los ladrones- tú también contribuirás a esta misión mágica.

Estaría engañando a mis lectores si les dijera que esta explicación hizo que la señora Pince se alegrara de ofrecer un libro de la biblioteca a los muggles. Me sugirió varias alternativas, tales como decirle a la gente de Comic Relief que la biblioteca se había quemado o que simplemente hiciéramos como si me hubiera muerto de repente sin dejar instrucciones. Cuando le dije que prefería mi plan original, accedió de mala gana a entregarme el libro; aunque, en el momento de hacerlo, la traicionaron los nervios y tuve que desasirle uno a uno los dedos con que aferraba el lomo del libro.

Pese a que he eliminado de esta obra los acostumbrados encantamientos de los volúmenes de la biblioteca, no puedo prometer que no quede algún vestigio. Se sabe que la señora Pince añade maleficios raros a los libros que tiene a su cargo. El año pasado, yo mismo hice distraídamente unos garabatos en un ejemplar de Teorías de la transformación transustancial y al momento me encontré con que el libro me golpeaba ferozmente en la cabeza. Por favor, trata este libro con cuidado. No rompas sus páginas, no lo dejes tirado en el cuarto de baño: no puedo asegurarte que la señora Pince no se abalance sobre ti, dondequiera que estés, y te exija una multa cuantiosa.

Solo me resta darte las gracias por tu apoyo a Comic Relief y suplicar a los muggles que no intenten jugar al quidditch en sus casas ya que, por supuesto, es un deporte totalmente ficticio y nadie lo juega realmente.

También aprovecho esta oportunidad para desear la mejor de las suertes al Puddlemere United en la próxima temporada.


Capítulo 1: La evolución de la escoba voladora




Todavía no se ha inventado ningún encantamiento que permita a los magos volar en su forma humana sin medios adicionales. Aquellos pocos animagos que se transforman en criaturas aladas pueden disfrutar del vuelo, pero son una rareza. Cuando una bruja o un mago se ven transformados en murciélago, puede volar, no obstante, al tener cerebro de animal, casi siempre olvidan adónde querían ir tan pronto como aprenden el vuelo. Levitar es algo trivial; nuestros ancestros no se conformaban con flotar en el aire a cinco metros del suelo. Querían algo más. Querían volar como pájaros, pero sin las molestias de que le salieran plumas.

Hoy día estamos tan acostumbrados al hecho de que haya el menos una escoba voladora en todos los hogares de magos de Inglaterra que rara vez nos detenemos a preguntarnos el motivo. ¿Por qué la humilde escoba se ha convertido en el único objeto legalmente permitido como medio de transporte para los magos?

¿Por qué en Occidente no se adoptó la alfombra, tan apreciada por nuestros hermanos de Oriente? ¿Por qué no elegimos hacer toneles voladores, sillones voladores, bañeras voladoras? ¿Por qué escobas?

Las brujas y magos eran lo bastante perspicaces para darse cuenta de que sus vecinos muggles tratarían de utilizar sus poderes si llegaban a conocer todo su alcance, de modo que los ocultaron mucho antes de que se aprobara el Estatuto Internacional del Secreto de los Brujos. Si iban guardar en sus casas un medio para volar, necesariamente debía ser algo discreto, algo fácil de esconder. La escoba era ideal para ese propósito; no había que buscar explicaciones ni excusas si los muggles la encontraran, eran fáciles de llevar y además, baratas. Sin embargo, las primeras escobas encantadas para que pudieran volar tenían sus inconvenientes.

Existen documentos que demuestran que brujas y magos en Europa ya usaban escobas voladoras en el año 962 de la era cristiana. Un manuscrito iluminado alemán de esa época muestra a tres magos con una expresión de notable incomodidad en el rostro tras desmontar sus escobas. Guthrie Lockrin, un mago escocés, escribía en 1107 que tenía <> después de un corto viaje en escoba voladora desde Montrose hasta Argroath.

Una escoba voladora de la Edad Media que se exhibe en el Museo del Quidditch de Londres nos permite hacernos una idea de la incomodidad a que se refería Lochrin (véase la figura A). Una escoba construida a partir de una gruesa rama nudosa de fresno sin barnizar, con varillas de avillano atadas toscamente a un extremo, no es ni cómoda ni aerodinámica. En consonancia, los encantamientos que posee son también básicos: sólo puede ir hacia delante, siempre a la misma velocidad; el resto de funciones que incluye son subir, bajar y detenerse.







Como las familias de magos de la época se fabricaban sus propias escobas, habían enormes diferencias de velocidad, comodidad y maniobrabilidad entre los transportes de que se disponía. Sin embargo, en el siglo XII los magos habían adoptado el trueque de servios, de manera que un habilidoso fabricante de escobas podía intercambiarlas por las pociones que se le daban mejor a sus vecinos. Una vez que las escobas voladoras se hicieron más cómodas empezaron a volar por placer, más que meramente para trasladarnos del punto A al punto B.



Capítulo 2: Antiguos juegos de escobas voladoras




Los deportes con escoba surgieron una vez que los palos hubieron mejorado lo bastante para permitir que los conductores variaran la altitud, velocidad y dirección en el aire. Gracias a antiguos textos y cuadros centrados en temas mágicos, tenemos alguna noción de los juegos que practicaban nuestros antepasados. Algunos ya no existen y otros han sobrevivido o evolucionado hasta convertirse en los deportes que actualmente conocemos.

La famosa carrera anual de escobas en Suecia se remonta al siglo X. Los competidores volaban de Kopparberg a Arjeplog, una distancia de uno 500 kilómetros. La ruta atravesaba una reserva de dragones y el gran trofeo de plata tenía la forma de un hocicorto sueco. En el presente, la carrera es un acontecimiento internacional, y magos de todos los países se congregan en Koppargerg para animar en la línea de salida y se aparecen en Arjeplog, donde aclaman a los supervivientes.

El famoso cuadro Günther der Gewalttätige ist der Gewinner ( Guther el Violento es el ganador), fechado en 1105, muestra el antiguo juego alemán del stichstock. Un poste de seis metros de alto estaba coronado por una vejiga de dragón inflada. Un jugador montado en una escoba tenía la misión de protegerla. El guardián o guardiana de la vejiga estaba atado por la cintura al poste mediante una soga, de manera que no podía alejarse más de 3 metros. Los jugadores restantes debían volar por turnos hasta la vejiga e intentar pincharla con la punta especialmente afilada de sus escobas. El guardián de la vejiga tenía permiso tenía remido para utilizar su varita mágica con el objeto de rechazar estos ataques. El juego terminaba cuando uno de los jugadores lograba perforar la vejiga, o cuando el guardián conseguía anular a todos los adversarios con sus maleficios o bien estos caían agotados. En el siglo XIV, el juego del stichstock declinó hasta desaparecer.

En Irlanda floreció el juego del aingingein, tema de muchas baladas irlandesas (cuenta la leyenda que el mítico mago Fingal del Temerario era todo un campeón). Uno por uno los jugadores debían atrapar la dom o pelota (en realidad una vesícula biliar de cabra) y pasar a toda velocidad a través de una serie de toneles colocados a gran altura sobre postes. La dom debía ser arrojada a través del último tonel. El jugador que tardara menos en cruzar con la dom a través del último tonel sin quemarse en trayecto era el ganador.

Escocia Fue la cuna del que probablemente sea el más peligroso de todos los juegos de escoba: el creaothceann. Un poema trágico del siglo XI menciona el juego. La primera estrofa, traducida el original en gaélico, dice así:




Los jugadores se reunieron,

Doce hombres bravos y apuestos.

Se ataron sus calderos,

Se prepara para ascender.

Al sonido del cuerno,

Levantaron raudos el vuelo.

Pero al albur del destino,

diez habrían de fenecer.






Los jugadores de creaothceann llevaban un caldero atado a la cabeza. Al sonido del cuerno o el tambor, hasta un centenar de cantos rodados y rocas que habían sido suspendidos en el aire a unos treinta metros del suelo mediante un hechizo se precipitaban hacia la tierra. Los jugadores pasaban a toda velocidad y procuraban atrapar todas las rocas que podían en sus calderos. Dado que muchos magos escoceses sostenían que el creaothceann constituía la prueba suprema de virilidad y coraje, el juego gozó de mucha popularidad durante la Edad Media pese a la enorme cantidad de muertes que causaba. Este juego se declaró ilegal en 1762 y, aunque Magnus Cráneo Abollado Macdonald encabezó una campaña para reintroducirlo en 1960, el Ministerio de Magia jamás ha levantado la prohibición.

El shuntbumps fue popular en Devon, Inglaterra. Consistía en una especie de justa rudimentaria donde el objetivo era derribar de sus escobas la mayor cantidad posible de adversarios, de modo que la única persona que quedara montada en la escoba ganaba.

El swivenhodge aparteció en Herefordshire. Como el stichstock, se jugaba con una vejiga inflada, habitualmente de cerdo. Los jugadores se sentaban al revés en sus escobas, mirando al cepillo, y con éste golpeaban la vejiga por encima de un seto, pasándosela unos a otros. Cuando un jugador no conseguía devolverla su adversario sumaba un punto. El primero en anotar cincuenta puntos era el ganador.

El swivenhodge todavía se juega en Inglaterra, aunque nunca ha gozado de mucho seguimiento entre la población; el shuntbumps perdura solamente como juego de niños. Sin embargo, en el pantano Queerdich se creó un juego que un día se convertiría en el más popular en el mundo de los magos.


Capítulo 3: El juego del pantano Queerditch




Si conocemos los rudimentarios comienzos del quidditch es gracias a los textos de la bruja Gertie Keddle, que vivió a la orilla del pantano Queerditch en el siglo XI. Afortunadamente para nosotros, ella escribía un diario que ahora está en el Museo del Quidditch de Londres. Los pasajes que siguen a continuación han sido traducidos del original, redactando en un sajón con muchas faltas de ortografía.




Martes. Caluroso. Ya están otra vez esos del otro lado del pantano. Juegan a no sé qué estupidez con sus escobas voladoras. Una gran pelota de cuero aterrizó en mis coles. Eché un maleficio sobre el hombre que vino a buscarla. Me encantaría ver volar a ese gran puerco peludo con las rodillas en la espalda.




Martes. Húmedo. Estaba fuera, en el pantano, recolectando ortigas. Los idiotas de las escobas estaban jugando otra vez. Los observé un rato por detrás de una roca. Tenían una pelota nueva. Se la tiraban unos a otros y trataban de colarla entre las copas de los árboles que hay a cada extremo del pantano. Qué manera más absurda de hacer el tonto.




Martes. Ventoso. Gwenog vino a tomar té de ortiga, luego me invitó a que saliéramos a pasear. Terminamos contemplando a esos zopencos que juegan en el pantano. Ese mago escocés grandote de arriba de la colina estaba allí. Ahora había dos rocas pesadas que volaban alrededor de ellos y trataban de tirarlos de sus escobas. Lástima que no ocurriera mientras yo miraba. Gwenog me contó que ella juega a menudo. Volví a casa disgustada.




Estos fragmentos revelan mucho más de los que Gertie Keddle podía suponer, además del hecho de que sólo conocía del nombre de uno de los días de la semana. En primer lugar, la pelota que aterrizó en su huerta de coles estaba hecha de cuero, como la quaffle moderna; naturalmente, la vejiga inflada que se utilizaba en otros juegos de escoba de aquella época sería difícil de arrojar con precisión, sobre todo cuando hiciera mucho viento. En segundo lugar, Gertie nos dice que los hombres <>: aparentemente una forma primitiva de marcar. Y en tercer lugar, nos permite vislumbrar las precursoras de las bludgers.

Es sumamente interesante que allí estuviera presente <>. ¿Sería un jugador de creaothceann? ¿Sería idea suya hechizar pedruscos para que pasaran zumbando por el campo?, ¿se inspiraría en los cantos rodados que se utilizaban en el juego de su tierra?

No encontramos ninguna otra referencia al deporte que se jugaba en el pantano Queerditch hasta un siglo más tarde, cuando el mago Goodwin Kneen tomó la pluma para escribir a su primo Olaf de Noruega. Kneen vivía en Yorkshire, lo que demuestra cómo se había propagado el deporte por toda Gran Bretaña cien años después de que Gertie Keddle lo presenciase por primera vez. La carta de Kneen se conserva en los archivos del Ministerio de Magia noruego.







Querido Olaf:

¿Cómo estas? Yo bien, pero Gunhilda está un poco afectada de viruela de dragón.

Disfrutamos de un partido de kwidditch muy animado la noche del sábado, aunque la pobre Gunhilda no estaba en condiciones de jugar cono catcher, y tuvimos que poner a Radulf el herrero en su lugar. El equipo de Ilkley jugó bien, aunque no era rival para nosotros, porque practicamos mucho durante todo el mes y marcamos en cuarenta y dos ocasiones.

Radulf recibió una blooder en la cabeza porque el viejo Ugga no fue lo bastante rápido con su vara. Los nuevos toneles funcionaron bien. En cada extremo, tres sobre sus postes; Oona de la posada nos los dio. También nos sirvió hidromiel gratis toda la noche porque ganamos. Gunhilda se enfadó un poco conmigo por regresar tan tarde. Tuve que sacudirme un par de desagradables maldiciones, pero ya vuelvo a tener dedos.

Te envío esta carta con la mejor lechuza que tengo, espero que consiga llegar.

Tu primo,

Goodwinn




Aquí vemos cuántos se había desarrollado el juego en un siglo. La esposa de Goodwin tenía que jugar como <>, probablemente el término que se usaba ataño para referirse al <>. La <> (sin duda la bludger) que golpeó a Radulf el herrero tenía que haber sido rechazada por Ugga, quien obviamente jugaba de golpeador, ya que llevaba una vara. Las metas ya no eran árboles sino toneles sobre postes. Sin embargo, todavía faltaba un elemento crucial del juego: la snitch dorada. La incorporación de la cuarta pelota no tuvo lugar hasta mediados del siglo XIII, y sucedió de una manera muy curiosa.



Capítulo 4: La aparición de la snitch dorada




Desde el comienzo del siglo XII, la caza del snidget fue muy popular entre numerosos magos y brujas. El snidget dorado (véase la figura B) es en la actualidad un especie protegida, pero en esa época abundaban en el norte de Europa, aunque era muy difíciles de detectar por los muggles debido a su capacidad para ocultarse y su gran velocidad.







El diminuto tamaño de los snidgets, sumado a su notable agilidad en el aire y su talento para evitar a los predadores, no hacían sino aumentar el prestigio de los magos que los cazaban. Un tapiz del siglo XII que se conservaba en el Museo del Quidditch muestra a un grupo que se dispone a cazar un snidget. En la primera escena del tapiz, algunos cazadores llevan redes, otros utilizan varitas mágicas y otros incluso intentan cazar el snidget con sus propias manos. El tapiz revela que a menudo estos animalitos eran aplastados por sus captores. En la última escena, vemos que entregan una bolsa de oro al mago que atrapa el snidget.

La caza del snidget era reprobable en muchos aspectos. Todo mago sensato debe lamentar la destrucción de estos pequeños y pacíficos pájaros en nombre del deporte. Además, la cacería de snidgets se hacía habitualmente a plena luz del día y provocó más avistamientos de escobas den pleno vuelo por parte de lo muggles que ninguna otra actividad de los magos.

Sin embargo, el Consejo de Magos de esa época fue incapaz de controlar la popularidad de ese deporte; de hecho parece que no tenía nada en contra, como veremos más adelante.

La caza del snidget de cruzó con el quidditch en 1269, en un partido al que asistía el mismísimo presidente del Consejo de Magos, Barberus Bragge. Conocemos el dato gracias al relato de los hechos que la señora Modesty Rabnott de Kent envió a si hermana Prudente en Aberdeen <>. Según el testimonio de la señora Rabnott, Bragge llevó snidget enjaulado al partido y reunió a los jugadores para decirles que entregaría un premio de ciento cincuenta galeones <> al que lo atrapara en el transcurso del juego. La señora Rabnott explica lo que sucedió a continuación:

Los jugadores se elevaron todos juntos ignorando la quaffle y esquivando las blooders. Ambos guardianes abandonaron los cestos que debían proteger y se unieron a la cacería. El pobrecito snidget subía y bajaba buscando una forma de escapar del campo, pero el público lo obligaba a regresar con encantamientos repelentes. Bueno Pw, tú sabes lo que pienso sobre la caza del snidget y cómo me comporto cuando pierdo la paciencia.

Salté al campo y grité: <<¡Presidente Bragge, esto no es un deporte! Permita que el snidget se vaya y déjenos mirar el noble juego del cuaditch que todos hemos venido a ver.>> No te lo vas a creer, Pw: todo lo que hizo el bruto fue reír y arrojarme la jaula vacía. Bueno, se me subió la sangre a la cabeza, Pw, ya lo creo. Cuando el pobrecito snidget voló hacia donde me encontraba yo, hice un encantamiento convocador. Tu sabes lo buenos que son mis encantamientos convocadores, Pw; claro que era más fácil para mí apuntar bien, ya que no estaba subida a ninguna escoba en ese momento. El pajarito voló zumbando hasta mi mano. Lo metí entre los pliegues de la túnica y eché a correr llena de rabia.

Bueno, me atraparon, pero no antes de que saliera del gentío liberara al snidget. El presidente Bragge estaba furioso y por un momento pensé que me iba a transformar en un lagarto carnudo o en algo peor, pero afortunadamente sus consejeros lo calmaron y sólo me cobraron diez galeones por interrumpir el juego.

Por supuesto que yo nunca he tenido diez galeones, así que adiós a mi casa.

Pronto iré a vivir contigo; por suerte no se llevaron el hipogrifo. Y te diré algo, Pw; Bragge puede estar seguro de que no le votaría aunque pudiese votar.

Un cariñoso saludo de tu hermana.

Modesty




Puede que con su valerosa acción la señora Rabnott salvara a un snidget, pero no podría salvar a todos. La idea del jefe Bragge había cambiado para siempre la naturaleza del quidditch. Muy pronto, se empezó a soltar snidgets dorados en todos los partidos, donde un solo jugador por equipo (el buscador) tenía la tarea de atraparlo. Cuando uno mataba el pájaro, el partido concluía y el equipo del buscador era premiado con ciento cincuenta puntos extra, en memoria de los ciento cincuenta galeones prometidos por el presidente Bragge. La multitud se encargaba de mantener el snidget en el campo de juego mediante el encantamiento repelente que mencionara la señora Rabnott.

Sin embargo, a mediados del siglo siguiente la población de snidgets dorados había menguado tanto que el Consejo de Magos, ahora dirigido por una persona considerablemente más inteligente, Elfrida Clagg, declaró el snidget dorado especie protegida y prohibió que los mataran o utilizaran en partidos de quidditch. La reserva de Snidgets Modesty Rabnott fue fundada en Somerser y se buscó a marchas forzadas un sustituto que permitiera que los partidos de quidditch prosiguieran.

La invención de la snitch dorada se atribuye al mago Bowman Wrigth de Godric´s Hollow. Mientras todos los equipos del quiddtch del país trataban de encontrar pájaros que reemplazaran al snidget, Wrigth, que era un encantador de metales muy habilidoso, se dedicaba a la tarea de crear una pelota que imitara el comportamiento y las formas de vuelo del snidget. Que tuvo éxito es algo fuera de toda duda a juzgar por la cantidad de rollos de pergamino que tenía cuando murió (ahora están en manos de un coleccionista privado) y que consignaban los pedidos que habían recibido de todos los rincones del país. La snitch dorada, como llamó Bowman a su inventó era una pelota del tamaño de una nuez y pesaba lo mismo que un snidget. Sus alas plateadas tenían articulaciones giratorias como las de los snidgets, lo que le permitía cambiar de dirección a la velocidad del rayo y con la misma precisión que se modelo viviente. Sin embargo, a diferencia del snidget, la snitch había sido hechizada para que permaneciera dentro de los límites del campo de juego. Se puede decir que la incorporación de la snitch dorada terminó con el proceso que había comenzado trescientos años antes, en el pantano Queerditch. Por fin había nacido el juego del quidditch tal y como lo conocemos hoy.
Capítulo 5: Precauciones antimuggles




En 1398, el mago Zacharias Mumps estableció la primera descripción completa del juego del quidditch. Comenzó enfatizando la necesidad de tomar ciertas medidas antimuggles mientras jugaba. <>

Deducimos que los excelentes consejos de Mumps no siempre se siguieron, puesto que jugara el quidditch en un perímetro inferior a ochenta kilómetros de cualquier pueblo. Es evidente que la popularidad del juego aumentaba con rapidez, ya que el Consejo consideró en 1368 qye había que rectificar la prohibición, y así declaró ilegal el juego a menos de 160 kilómetros de un pueblo. En 1419, el Consejo promulgó el famoso decreto por el cual no se puede jugar el quidditch <>.

Como todo mago en edad escolar sabe, el hecho de que volemos en escobas es probablemente nuestro secreto peor guardado. Ninguna ilustración de una bruja hecha por un muggle está completa sin una escoba, y por muy ridículo que sean esos dibujos (ninguna de las escobas representadas por los muggles aguantaría en el aire un momento), nos recuerda que fuimos descuidados durante demasiados siglos como para sorprendernos de que la mentes muggles asocien escobas y magia.

Las medidas de seguridad adecuadas no se pusieron en marcha hasta que el Estatuto Internacional del secreto de los brujos de 1692 hizo directamente responsable a cada Ministerio de Magia de las consecuencias de los deportes mágicos jugados dentro de sus territorios. En Gran Bretaña, eso tuvo como consecuencia la creación del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Los equipos de quidditch que incumplían las directivas del Ministerio fueron, en lo sucesivo, obligados a disolverse. El caso más famoso fue el de los Banchory Bangers, un equipo escocés muy conocido no sólo por sus pocas habilidades para el quidditch, sino también por las fiestas posteriores a los partidos. Después del encuentro que disputaron en 1814 contra los Appleby Arrows (véase el capítulo 7), los Bangers permitieron que sus bludgers se alejaran en la noche y, por si fuera poco, también se lanzaron a la captura de un hébrido negro para convertirlo en mascota del equipo. Representantes del Ministerio de Magia los atraparon cuando estaban volando sobre Inverness, y los Banchory Bangers nunca volvieron a jugar.

En la actualidad, los equipos de quidditch no juegan localmente, sino que viajan a campos de juego que han sido montados por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, donde se mantienen adecuadas medidas de seguridad antimuggle. Tal como Zacharias Mumps sugirió tan acertadamente hace seiscientos años, los campos de quidditch son más seguros si se instalan en desiertos.
Capítulo 6: Cambios en el quidditch a partir del siglo XIV



Campo




Zacharias Mumps describe el campo del siglo XIV con forma oval, de ciento cincuenta metros de largo y cincuenta y cinco de ancho, con un pequeño círculo central en el medio de aproximadamente sesenta centímetros de diámetros. Mumps explica que el árbitro (o quijudge, como se los llamaba entonces) llevaba las cuatro pelotas hasta el círculo central, mientras los catorce jugadores permanecían alrededor. Tan pronto como las pelotas estaban libres (el árbitro se encargaba de arrojar la quaffle, véase el epígrafe correspondiente), los jugadores se elevan a toda velocidad. En la época de Mumps, las porterías todavía eran grandes cestos colocados en el extremo de unos postes, como se ve en la figura C.







En 1620, Quintius Umfraville escribió un libro, llamado El noble deporte de los magos, que incluía un esquema de un campo de quidditch del siglo XVII (véase la figura D). Allí comprobamos que ya utilizaban lo que conocemos como <<área de la portería>> (véase <> más adelante). Los cestos izados sobre postes eran considerablemente más pequeños y altos que en la época de Mumps.

En 1883 se había rechazado ya el uso de cestos como método para anotar y se sustituyeron con los postes que se usan ahora, una innovación de la que se informa en El Profeta del quidditch no ha variado desde esa época.







¡Vuelvan a poner los cestos!




Ése fue el grito que lanzaron los jugadores de quidditch de toda la nación ayer por la noche, cuando se hizo evidente que el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos había decidido quemar los cestos usados durante siglos para anotar tantos.

<>

En este punto, el representante del Departamento se vio obligado a retirarse ante la lluvia de cestos que le arrojaban los enojados manifestantes reunidos en el vestíbulo. Pese a que el disturbio que se desató fue imputado más tarde a duendes agitadores, no hay duda de que los fanáticos del quidditch de toda Gran Bretaña lloraron es noche el fin del juego tal como lo conocían.

<>

El Profeta, 12 de febrero de 1883



Pelotas




La quaffle




Como sabemos por el diario de Gertie Keddle, la quaffle se hizo de cuero desde el principio. Es la única de las cuatro pelotas del quidditch que no estaba originalmente encantada, son que estaba hecha con retazos de cuero cosidos; a menudo tenía un asa (véase la figura E) por si debía ser atrapada y tirada con una sola mano. Algunas quaffles antiguas tenían agujeros para los dedos. No obstante, en 1875 con el descubrimiento de los encantamientos para retener objetos, las tiras y los agujeros para los dedos se volvieron innecesarios, ya que el cazador puede sujetar con una mano el cuero hechizado sin esos complementos.






Quafles Antiguas






Quaffle Moderna

Fig. E




La waffle moderna tiene treinta centímetros y medio de diámetro y carece de costuras. La primera vez que se pintó de rojo fue en el invierno de 1711, tras un partido azotado por una intensa lluvia que impidió que se distinguiera al caer en el campo enfangado. Los cazadores también estaban cada vez más irritados ante la obligación de lanzarse en picado si querían recuperar la pelota cuando no llegaban a un pase. Así, muy poco después de que se cambiara el color de la quaffle, la bruja Daisy Pennifold tuvo la idea de hechizarla, de manera que, si se caía, lo haría lentamente, como si se hundiera en el agua, y los cazadores la podrían atrapar en el aire. La quaffle Pennifold todavía se usa en la actualidad.




Las bludgers




Como hemos visto, las primeras bludgers (o booders) eran rocas voladoras. En la época de Mumps, la única mejora consistía en que las tallaban en formas de pelotas, aunque esto conllevaba una desventaja importante: los bates mágicamente reforzados del siglo XV las podían partir. Cuando se daba este caso, todos los jugadores acababan perseguidos por guijarros voladores durante el resto del partido.

Es probable que por esa razón algunos equipos de quidditch comenzaran a experimentar con bludgers de metal al principio del siglo XVI. Agatha Chubb, experta en antiguos artefactos mágicos, ha identificado por lo menos doce bludgers de plomo, procedentes de ese período, descubiertas en pantanos inglese y en turberas irlandesas. <>, escribe.




Las tenues hendiduras de los bates mágicamente reforzados son visibles, así como las marcas características de fabricación de un mago (tan diferentes de las de un muggle): la uniformidad de la línea la simetría perfecta…

La prueba definitiva fue el hecho de que todas sin excepción volaran alrededor de mi estudio y trataran de tirarme al suelo cuando las liberé de su caja.




Pero finalmente el plomo resulto ser demasiado blando para los propósitos de fabricación de la bludger (cualquier hendidura producida en ella afecta a su capacidad para volar en línea recta). En la actualidad todas las bludgers están hechas de hierro. Tienen un diámetro de veinticinco centímetros y medio.

Las bludgers están echizadas para perseguir a todos los jugadores de manera indiscriminada. Si se las deja a su aire, atacarán al jugador que esté más cerca: por eso, la tarea de los golpeadores es lanzarlas lo más lejos posible de su propio equipo.




La snitch dorada




La snitch dorada tiene el tamaño de una nuez, como el snidget dorado. Está hechizada para que evite la captura el mayor tiempo posible. Según una anécdota del año 1884, una snitch dorada evitó que la capturaran durante seis meses en Bodmin Moor, al final ambos equipos suspendieron el partido, enfadados con la pobre actuación de sus buscadores. Algunos magos de Cornualles que conocen la zona la zona insisten aún hoy en que la snitch sigue volando libre por el páramo, aunque no he podido confirmar este dato.



Jugadores




El guardián




ES indudable que la posición del guardián existe desde el siglo XIII (véase capítulo 4), aunque su papel ha cambiado desde entonces.

De acuerdo con Zacharias Mumps el guardián




[…] debe ser el primero en llegar a los cestos, porque su tarea es evitar que la waffle entre ellos. El guardián debe preocupar no acercarse demasiado a la otra punta del campo por si sus cestos son amenazados mientras no está. Sin embargo, un guardián veloz puede ser capaz de marcar un tanto y regresar a tiempo para evitar que el otro equipo marque. Eso es algo que ha de decidir el guardián según sus propios criterios.




Por lo que acabamos de leer, queda claro que en la época de Mumps los guardianes actuaban como cazadores con responsabilidades añadidas. Podían moverse por todo el campo y marcar tantos.

Sin embargo, cuando Quintius Imfraville escribió El noble deporte de los magos en 1620, el trabajo del guardián había sido simplificado. Se habían agregado las áreas al campo y los guardianes debían permanecer en ellas vigilando los cestos, aunque podían abandonar su demarcación para intimidar a los cazadores adversarios o desviarlos a tiempo.




Los golpeadores




Las obligaciones de los golpeadores han cambiado muy poco con el transcurso de los siglos, y es probable que esto jugadores aparecieran desde el mismo momento en que se introdujeron las bludgers. Su prioridad es proteger a los miembros de su equipo de las bludgers, y lo hacen con la ayuda de bates (en el pasado eran varas, véase la carta de Goodwin Kneen, en el capítulo 3). Los golpeadores nunca se han dedicado a marcar tantos, ni hay ninguna constancia de que hayan manejado la quaffle.

Estos jugadores necesitan una gran dosis de energía física para rechazar las bludgers. Ésa es la razón de que esta posición, por encima de las otras, haya sido ocupada más por magos que por brujas. Los golpeadores también necesitan poseer un excelente sentido del equilibrio, ya que a veces tienen que dejar de agarrar la escoba para golpear la bludger con ambas manos.




Los cazadores




La posición del cazador es la más antigua en el quidditch, porque al principio el juego consistía sólo en marcar tantos. Los cazadores se pasan la quaffle unos a otros y anotan diez puntos cada vez que la introducen en uno de los aros.

En lo que a sus facultades se refiere, el único cambio importante se remonta a 1884, un año después de la sustitución de los cestos por aros. Entonces se introdujo una nueva regla que establecía que únicamente el cazador que llevará la chúfale podía entrar en el área. Si entraba más de un cazador, el tanto se anulaba.

La regla fue instituida para prohibir el stooging (véase <> más adelante), una jugada por la cual dos cazadotes pueden entrar en el área y embestir al guardián para hacerlo a un lado, de modo que quede un aro libre para el tercer cazador. La reacción ante esta nueva regla aparece en El Profeta de la época.




¡Nuestros cazadores no hacen trampa!




Ésa fue la atónica reacción de los aficionados al quidditch en toda Gran cuando la llamada <> fue anunciada por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos ayer por la noche.

<< Los casos de stooging han ido en aumento –dijo visiblemente tenso un representante del Departamento-. A nuestro entender esta nueva regla acabará con esas lesiones graves que hemos visto en tantas ocasiones. De ahora en adelante, sólo un cazador, y no tres, intentará pegar al guardián. Todo será mucho más limpio y justo.>>

En ese momento, el representante del Departamento tuvo que abandonarnos porque la enfurecida muchedumbre empezó a bombardearlo con quaffles. Los magos del departamento de Seguridad Mágica llegaron a dispersar a la multitud, que amenazaba con hacer un stooge con el propio Ministro de la Magia.

Un niño pecoso de seis años salió del vestíbulo con la cara surcada de lágrimas salio del vestíbulo con la cara surcada de lágrimas. <>

El Profeta, 22 de junio de 1884




Estos jugadores son casi siempre personas de poco peso y muy veloces con la escoba. Los buscadores precisan tanto de agudeza visual como de habilidad para bolar un una mano o, a veces, ninguna. Son decisivos en el resultado final de un partido, porque si capturan la snitch pueden obtener una victoria allí donde la derrota parece segura. Por eso son los jugadores con más probabilidad de sufrir las lesiones del equipo contrario. De hecho, si bien son los jugadores más admirados debido a que destacan más que los demás con la escoba, no es menos cierto que también son los que sufren las lesiones más graves.

<> es la máxima del libro de Brutus Scrimgeour: La biblia de los golpeadores.



Reglas




Las normas siguientes fueron establecidas cuando se creó el Ministerio de Deportes y Juegos Mágicos en 1750:





La altura que pueden alcanzar los jugadores no está sujeta a restricciones, pero ninguno de ellos debe traspasar los límites del terreno de juego. Si un jugador vuela por encima de las líneas que delimitan el campo, su equipo deberá entregar la quaffle al contrario.


El capitán del equipo puede solicitar tiempo muerto haciendo una señal al árbitro. Ése es el único momento en que los jugadores pueden poner los pies en el suelo durante el partido. La pausa puede prolongarse hasta dos horas si el partido ha durado más de doce. El equipo que no haya saltado al campo cuando se agoten las dos horas, será descalificado automáticamente.


El árbitro puede pitar penalti contra un equipo. El cazador encargado de lanzar el penalti deberá volar desde el círculo central hacia el área. Los otros jugadores, exceptuando al guardián, deben mantenerse bien apartados mientras se ejecute la falta.


Se puede robar la waffle de manos de otro jugador, pero bajo ninguna circunstancia se permite a los jugadores aferrarse a ninguna parte de la anatomía de los contrincantes.


Cuando un jugador se lesione, no podrá se sustituido. Por lo tanto su equipó deberá continuar el partido sin el jugador lesionado.


Se puede llevar varita en el campo <>, pero de ningún modo se puede utilizar contra los miembros del equipo contrario o sus escobas; tampoco se esgrimará contra el árbitro, las pelotas o cualquier persona del público.


Un partido de quidditch sólo puede concluir si se atrapa la snitcha dorada o si los capitanes de ambos equipos acuerdan darlo por terminado.



Las infracciones




Por supuesto, las reglas están <>. Los archivos del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos contienen una relación de nada menos que setecientas infracciones de quidditch, y se sabe que durante la final del Mundial de 1473, el primero de la historia, se llegaron a cometer todas ellas. Sin embargo, la relación completa de esas faltas nunca ha estado al alcance del público. El Departamento opina que los magos y las brujas que vieran esa lista <>.

Mientras estaba investigando para este libro, tuve la suerte de acceder a los documentos relacionados con dichas faltas y puedo confirmar que ningún bien para el público puede resultar de su publicación. De todos modos, el noventa por ciento de las infracciones anotadas son irrealizables si se respeta la prohibición de utilizar varitas mágicas contra el equipo contrario (prohibición que se impuso en1538). Del diez por ciento restante, se puede decir sin temor a equivocarse que la mayoría no se les ocurriría ni siquiera a los jugadores más sucios; por ejemplo, <>, <> o <>. Esto no quiere decir que en la actualidad los jugadores de quidditch nunca infrinjan las reglas.

A continuación hay una lista con diez de las faltas más comunes. El término de quidditch correcto para designarlas aparece en la primera columna.




Nombre: Blagging

Aplicado a: Todos los Jugadores

Descripción: Agarrar por el cepillo la escoba del rival para obstaculizar o aminorar su vuelo.




Nombre: Blatching

Aplicado a: Todos los jugadores

Descripción: Volar con el propósito de chocar contra otro jugador.




Nombre: Blurting

Aplicado a: Todos los jugadores

Descripción: Agarrar el palo de escoba del oponente para desviar su trayectoria.




Nombre: Bumphing

Aplicado a: Golpeadores

Descripción: Golpear la bludger en dirección al público para provocar la interrupción del partido mientras los encargados corren a proteger a los espectadores. Los jugadores con pocos escrúpulos utilizan esta maniobra para impedir que un cazador del equipo rival pueda marcar.




Nombre: Cobbing

Aplicado a: Todos lo jugadores

Descripción: Uso exclusivo de los codos contra los adversarios.




Nombre: Flacking

Aplicado a: Guardianes

Descripción: Sacar cualquier parte de la anatomía por el aro para impedir que la quaffle pueda pasar. El guardián debe ponerse delante de los aros para protegerlos; no pude hacerlo desde detrás.




Nombre: Haversacking

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Seguir sujetando la quaffle mientras ésta pasa por el aro (deben arrojarla).




Nombre: Quaffle pocking

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Manipular la quaffle; por ejemplo, pincharla para que caiga más rápido o vaya en zigzag.




Nombre: Snitchnip

Aplicado a: Todos menos los buscadores

Descripción: Tocar o atrapar la snitch dorada.




Nombre: Stooging

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Que más de un cazador entre a la vez en el área.



Árbitros




Hubo una época en que arbitrar un partido de quidditch era una tarea reservada a los magos y las brujas más valientes. Zacharias Mumps relata que un árbitro de Norfolk llamado Cyprian Youdle murió durante un partido amistoso disputado entre magos locales, 1357. Nunca se atrapó al causante del maleficio, pero se cree que fue un miembro del público. Aunque no ha habido más asesinatos de árbitros desde entonces, se han producido varios casos de manipulación de escobas a través de los siglos, el más peligroso de los cuales consiste en transformar la escoba del árbitro en un traslador, de manera que él o ella desaparecen del partido y aparecen meses más tarde en el desierto del Sahara. El Departamento de Deportes y Juegos Mágicos estableció reglas estrictas para las medidas de seguridad relativas a las escobas de los jugadores, y ahora, por fortuna, esos incidentes son extremadamente raros.




Un árbitro del quidditch eficiente tiene que usar algo más que un piloto experto. Debe vigilar las tretas de los catorce jugadores, de modo que la lesión más común de su colectivo es la tortícolis. En los partidos profesionales, el árbitro tiene la ayuda de los jueces de línea, que se colocan en las bandas del campo de juego y se aseguran de que ni los jugadores ni las pelotas salgan por encima del perímetro.

En Gran Bretaña, los árbitros de quidditch son seleccionados por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Deben pasar rigurosas pruebas de vuelo y aprobar un examen escrito muy exigente sobre las reglas del quidditch; también deben superar una serie de pruebas exhaustivas para demostrar que no lanzarán embrujos ni maleficios a los jugadores que los insulten, aun bajo la presión más severa.
Capítulo 7: Equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda




La necesidad de mantener el juego del quidditch en secreto par los muggles hizo que el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos tuviera que limita la cantidad de partidos que se juegan cada año. Mientras que los partidos de aficionados están permitidos si se siguen las pautas adecuadas, el número de equipos profesionales se limitó en 1674, cuando se estableció la Liga. En esa fecha, los trece mejores equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda fueron seleccionados para estar en esa competición y a todos los demás les pidieron que se disolvieran. Los trece equipos continúan luchando cada año por el titulo.




Appleby Arrows




Este equipo del norte de Inglaterra se fundó en 1612. Las túnicas son de color azul pálido, adornadas con una flecha plateada. Los hinchas de los Arrows estarán de acuerdo en que el equipo vivió su momento de gloria en 1932, cuando vencieron al conjunto que era el campeón europeo de entonces, los Vratsa Vultures, en un partido que duró dieciséis días marcados por una niebla densa y una lluvia pertinaz. La antigua costumbre de los partidarios del grupo, que consistía en disparar flechas al aire con sus varitas siempre que sus cazadores marcaban un tanto, fue prohibida por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos en 1894, cuando uno de esos proyectiles atravesó la nariz del árbitro Nugent Potts. Hay una tradicional rivalidad entre los Arrows y las Avispas de Wimbourne (véase a continuación).




Avispas de Wimbourne




Las Avispas de Wimbourne usan túnicas con rayas horizontales amarillas y negras, con el dibujo de una avispa delante. Fundado en 1312, este equipo ha ganado dieciocho veces la Liga y ha llegado hasta dos semifinales de la Eurocopa. Se cree que adoptaron su nombre tras un desagradable suceso ocurrido durante un partido contra los Appleby Arrows, a mediados del siglo XVII, cuando un golpeador pasó volando junto a un árbol que había en el borde del campo de juego, vio un nido de avispas entre las ramas y lo golpeó hacia el buscador de los Arrows, que sufrió tantas picaduras que tuvo que abandonar el partido. Wimbourne ganó y posteriormente eligió la avispa como su talismán. Los seguidores de las Avispas (también conocidos como <>) tienen la costumbre de imitar un zumbido para distraer a los cazadores adversarios cuando están a punto de tirar un penalti.




Caerphilly Catapults




Cos Catapults de Gales se formaron en 1402 y visten túnicas con rayas verticales que alternan el verde claro y el rojo. La distinguida historia del club incluye dieciocho triunfos en la Liga y un célebre triunfo en la final de la Copa de Europa de 1956, cuando derrotaron a los Karasjok Kites de Noruega. Su jugador más renombrado, Peligroso Dai Llewellyn, encontró una muerte trágica en las fauces de una quimera durante unas vacaciones en Mykonos (Grecia); aquél fue un día de duelo nacional para las brujas y los magos Gales. En nuestros días, la Medalla Conmemorativa de Peligroso Dai se entrega a final de temporada al jugador de la Liga que haya corrido los riesgos más emocionantes e insensatos durante un partido.




Chudley Cannons




Puede que, para muchos, los días de gloria de los Chudley Cannons hayan pasado a la historia, pero sus devotos seguidores viven con la esperanza de un renacimiento. Los Cannons han ganado la Liga en Veintiuna ocasiones, pero la última vez que lo hicieron fue en 1892 y su actuación durante el siglo pasado no fue muy brillante. Los Chudley Cannons usan túnicas de color naranja brillante adornadas con una bala de cañón en plena carga y una doble <> en negro. El lema del equipo se modificó en 1972: su <> se cambió por un <>.




Falmouth Falcons




Los Falcons visten túnicas que combinan el gris oscuro con el blanco y llevan el emblema de una cabeza de halcón en el pecho. Los Falcons son conocidos por jugar duro, una reputación que consolidaron sus mundialmente famosos golpeadores Kevin y Kart Broadmoor. Ambos jugaron para el club de 1958 a 1969 y sus fechorías provocaron por lo menos catorce suspensiones por parte del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. El lema del equipo: <>




Holyhead Harpies




El Holyhead Harpies es un club galés muy antiguo (se fundó en 1203), único entre los equipos que quidditch del mundo porque en toda su historia sólo ha fichado bruja. Las túnicas son verde oscuro y llevan una garra dorada sobre el pecho. El encuentro 1953 en el que las Harpies derrotaron a los Hidelberg Harriers pasa por ser uno de los mejores partidos de quidditch que se hayan visto nunca. La contienda, que se disputó durante siete días, terminó con la espectacular captura de la snitch a cargo de la buscadora de las Harpies, al acabar el partido, el capitán de los Harriers, Rudolf Brand, desmontó de su escoba para pedir matrimonio a su oponente, la capitana Gwendolyn Morgan, que lo sacudió con su Barredora 5.




Kenmare Kestrels




Este equipo irlandés fue fundado en 1291 y es apreciado en todo el mundo por la divertidas actuaciones de sus mascotas, los leprechauns, y por la maestría con el arpa de sus seguidores. Los Kestrels usan túnicas verdes esmeralda con dos <> amarillas dibujadas sobre el pecho, la primera de las cuales está escrita al revés. Darren O’Hare, guardián de los Kestrels entre 1947 y 1960, capitaneó tres veces la selección nacional irlandesa y se le atribuyen la invención de la formación de ataque <> que despliegan los cazadores (véase el capítulo 10).




Monstrose Magpies




El equipo de los Magpies es el que acumula más éxitos en la historia de la Liga de Irlanda y Gran Bretaña, que han ganado en treinta y dos ediciones. Han sido dos veces campeones de Europa y tienen admiradores por todo el mundo. Entre sus destacados jugadores, se incluyen la buscadora Eunice Murria (fallecida en 1942), que en una ocasión pidió <>, y Maíz MacFArlan (capitán de 1957 a 1968), que sumó a su exitosa carrera en el quidditch un período igualmente ilustre como director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Los Magpies usan túnicas blancas y negra con una urraca en el pecho y otra en la espalda.




Murciélagos de Ballycastle




El equipo de quidditch más famoso de Irlanda del Norte ha ganado la Liga de quidditch un total de veintisiete veces hasta la fecha, lo que le convierte en el segundo equipo con más éxito en la historia de la competición. Los murciélagos usan túnicas negras con un murciélago escarlata que le cubre el pecho. Su famosa mascota, Barny, el murciélago de la fruta, es también conocida porque aparece en la publicidad de la marca de cerveza de mantequilla Butterbeer (Barny dice: <<¡Me chifla Butterbeer!>>).




Pride of Portree




Este equipo proviene de la isla de Skye, donde fue fundado en 1292. Los Prides, como los llaman sus seguidores, visten túnicas de un púrpura oscuro con una estrella dorada en el pecho. Su cazadora más famosa, Catriona McCormack, hizo que el equipo ganara dos veces las Liga, en la década de 1960, y jugó para Escocia en treinta y seis ocasiones. Su hija Meaghan juega actualmente como guardiana del equipo (su hijo kirley es guitarra solista de la popular banda de magos Las Brujas de Macbeth).




Puddlemere United




Fundado en 1163, el Puddlemere United es el equipo más antiguo de la Liga. Puddlemere posee veintidós títulos de Liga y dos de la Copa de Europa. El himno de su equipo, Repeled esas bludgers, chicos, y pasad esa quaffle hacia aquí, fue recientemente grabado por la bruja cantante Celestina Warbeck para recaudar fondos para el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Los jugadores usan túnicas azul marino adornadas con dos juncos dorados entrecruzados, el escudo del club.




Tutshill Tornados




Los Tornados usan túnicas celestes con una doble <> en azul oscuro sobre el pecho y la espalda. Fundado en 1520, este equipo disfrutó de su mayor racha de éxitos a principios del siglo XX, cuando, capitaneado por el buscador Roderick Plumpton, gano el campeonato de Liga cinco veces seguidas, un récord tanto en Irlanda como en Gran Bretaña.

Roderick Prumpton jugó como buscador para Inglaterra en veintidós ocasiones y conserva el récord británico de la captura más rápida de una snitch (tres segundos y medio, en un partido de 1921 contra los Caerphilly Catapults).




Wigtown Wanderers




Este club de Borderes fue fundado en 1422 por los siete descendientes de un mago carnicero llamado Walter Parkin. Los cuatro hermanos y las tres hermanas eran, según se cuenta, un equipo formidable que rara vez perdían un partido, en parte, se dice, debido a que los equipos rivales se sentían intimidados ante la visión de Walter en la banda, de pie con la varita mágica en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra. Con cierta frecuencia, descendientes de Parkin se han alineado en las diferentes formaciones que han presentado el equipo a lo largo de los siglos, y, como tributo a sus orígenes, los jugadores llevan túnicas rojo sangre con un cuchillo de carnicero plateado sobre el pecho.



Capítulo 8: La expansión del quidditch por el mundo




Europa

El quidditch ya estaba bien arraigado en Irlanda en el siglo XIV, como prueba el relato que Zacharias Mumpshace un partido en el año 1385:

<>

Varias fuentes indican que el juego se extendió a otras partes de Europa a principios del siglo XV. Sabemos que Noruega se aficionó pronto (¿podría el primo de Goodwin Kneen, Olaf, introducir ahí el juego?)gracias al poema escrito por el poeta Ingolfr el Yámbico en los primeros años de 1400.




Oh, la emoción de la caza

mientras surco el aire ligero

con la snitch allá arriba

y el viento en mi cabello.

Cuando me acerco aún más,

la muchedumbre vocifera,

pero aparece una bludger por sorpresa

y me abre la cabeza.




Más o menos por esa misma época, el mago francés Malecrit escribió las siguientes líneas en su obra Hélas, Je me suis Transfiguré Les Pieds (Ay de mí he transformado mis pies):




GRENOUILLE: Hoy no puedo ir contigo al mercado, Crapaud.

CRAPAUD: Pero, Grenouille, yo no puedo llevar solo la vaca.

GRENOUILLE: Ya sabes, Crapaud, que debo jugar de guardián está mañana.

¿Quién detendrá la quaffle si yo no lo hago?




El año de 1473 vio la primera Copa del Mundo de quidditch, si bien todas las naciones representadas eran europeas. La ausencia de equipos procedentes de naciones más distantes puede deberse a que las lechuzas que llevaban las invitaciones sufrieran un síncope por agotamiento, a la falta de ganas de los invitados de emprender una larga y peligrosa travesía, o quizá a que simplemente prefirieran quedarse en casa.

La final entre Transilvania y Flandes ha pasado a los anales como la más violenta de todos los tiempos. La mayoría de las faltas que se registraron entonces nunca se habían visto; por ejemplo, la transformación de un cazador en una mofeta, el intento de decapitar a un guardián con un sable y el asalto de cien murciélagos vampiros que chupaban la sangre, salidos del interior de la túnica del capitán de Transilvania.

El mundial se ha venido celebrando cada cuatro años, aunque los equipos extra-europeos no entraron en la competición hasta el siglo XVII. En 1652 se instauró la Copa de Europa, que desde entonces se juega cada tres años.

Del excelente conjunto de equipos europeos existentes, tal vez el búlgaro Vratsa Vultures sea el más renombrado. Con siete Euro-copas en su haber, los Vratsa Vultures son indudablemente uno de los equipos más apasionantes sobre el terreno de juego. Fueron los pioneros del tiro largo (lanzar desde muy lejos del área) y siempre están dispuestos a dar a los jugadores noveles la oportunidad de hacerse un nombre.

Habituales ganadores de la Liga francesa, los Quiberon Quafflepunchers son famosos por su juego llamativo, así como por sus túnicas teñidas de un rosa escandaloso. En Alemania encontramos a los Heidelberg Harriers, que merecieron un célebre comentario del capitán de Irlanda, Darren O´Hare, quien dijo que el equipo era <>. Luxemburgo, una nación que siempre ha sido una potencia en el quidditch, nos ha dado a los Bigonville Bombers, un conjunto de aplaudido por su estrategia ofensiva, que le permite estar entre los equipos que marcan más tantos. El conjunto portugués Braga Broomfleet se ha abierto paso hasta los más altos niveles de la competición gracias a su original sistema de marcaje de golpeadores. Para terminar, debemos citar al equipo polaco Grodzisk Goblins, de donde surgió el que probablemente sea el buscador más innovador de la historia: Josef Wronski.




Australia y Nueva Zelanda

El quidditch se introdujo en Nueva Zelanda en algún momento del siglo XVII y, al parecer, llegó de la mano de una expedición de herbologistas europeos que se encontraban allí para investigar plantas y hongos mágicos. Según se cuenta, tras un largo día recolectando muestras, los magos y las brujas se desahogaron jugando al quidditch ante la mirada atónita de la comunidad mágica local. El ministerio de Magia de Nueva Zelanda ha dedicado ciertamente mucho tiempo y dinero a impedir que los muggles se apoderen del arte maorí de esa época, donde se representa con toda claridad a magos de raza blanca jugando al quidditch (esos grabados y pinturas se exponen en el edificio del Ministerio de Magia en Wellington).

Se estima que la expansión del quidditch a Australia tuvo lugar durante el siglo XVIII. Se puede decir que Australia es un territorio ideal para jugar este deporte dada la cantidad de vastas extensiones deshabilitadas que hay en el interior, donde se pueden construir estadios.

Los equipos de las antípodas siempre han apasionado al público europeo por su velocidad para ofrecer espectáculo. Entre los mejores está el Moutohora Macaws (Nueva Zelanda) con sus famosas túnicas de color rojo, amarillo y azul, y su mascota, el fénix Sparky. Los Thundelarra Thunderers y los Woollongong Warriors han dominado la Liga australiana la mayor parte del último siglo. Su enemistad es legendaria entre la comunidad mágica de Australia; por eso, una respuesta popular ante una afirmación absurda o una respuesta popular ante una afirmación absurda o una fanfarronería es: <>




África

La escoba debió de ser introducida en el continente africano por magos y brujas europeos que habrían viajado allí para adquirir conocimientos sobre alquimia y astronomía, disciplinas en las que los magos africanos siempre han destacado. Pese a que todavía no se juega tan ampliamente como en Europa, el quidditch se está haciendo cada vez más popular en el continente africano.

En concreto, Uganda está revelándose como una nación que juega y se interesa mucho por el quidditch. Su club más eminente, el Patonga Proudsticks, mantuvo a raya a los Montrose Magpies con un empate en 1986, para el asombro del mundo del quidditch profesional. Seis jugadores del Proudsticks representaron a Uganda recientemente en el Mundial del quidditch, el mayor número de jugadores de un solo equipo que hayan sido convocados a una selección. Otros clubes africanos de renombre son el Tchamba Charmers (Togo), maestros del reverse pass; el Gimbi Giant-Slayers (Etiopía), dos veces ganadores de la Copa de África, y el Sumbawanga Sunrays (Tanzania), un equipo muy popular que ha deleitado a públicos de todo el mundo haciendo loopings en formación.




Norteamérica

El quidditch llegó a Norteamérica a principios del siglo XVII, aunque tardó en asentarse debido a la gran animadversión hacia la brujería que imperaba y que, por desgracia, también se había importado en Europa por esas mismas época. A pesar de que esperaban encontrarse con menos prejuicios, los magos que emigraban y se establecían en el Nuevo Mundo debían tomar muchas precauciones, y eso contribuyó a que la expansión del quidditch se viera restringida en los primeros tiempos.

Sin embargo, ya en épocas más recientes, Canadá nos ha dado tres de los equipos de quidditch más completos del mundo: el Moose Jaw Meteorites, el Haileybury Hammers y el Stonewall Stormers. Los Meteorites estuvieron a punto de ser obligados a disolverse en la década de 1970, debido a su persistente costumbre de festejar las victorias poniéndose a volar por las ciudades y pueblos cercanos al estadio, vuelos en los que no se privaban de dejar una estela de chispas resplandecientes tras sus escobas. Ahora, el equipo limita esta tradición al perímetro del campo y, en consecuencia, los partidos de los Meteorites siguen siendo una gran atracción turística para los magos.

Estados Unidos no ha producido tantos equipos de quidditch de prestigio mundial como otras naciones debido a que este deporte tenía que competir con un juego de escobas nacido en Norteamérica, el quodpot. El quodpot es una variante del quidditch que fue inventada en el siblo XVIII por el mago Abraham Peasegood. Éste había dejado su país natal con una quaffle bajo el brazo y tenía la intención de formar un equipo de quidditch. La historia dice que la quaffle de Peasegood se movió dentro de su baúl hasta dar con la punta se su varita mágica, de modo que, cuando finalmente saco la quaffle y comenzó a lanzarla despreocupadamente, le explotó en la cara.

Peasegood, que según parece tenía un gran sentido del humor, se dedicó enseguida a recrear el efecto en una serie de pelotas de cuero y muy pronto se olvidó del quidditch para desarrollar con sus amigos un juego que giraba en torno a las explosivas características de la nueva pelota, llamada <>.

En el juego del quodpot hay once jugadores por equipo. Los miembros de un equipo se pasan entre sí la quod o quaffle modificada y tratan de meterla en el <> del otro extremo del campo antes de que explote. El jugador al que le explote la quod en las manos debe abandonar el terreno de juego. Una vez la quod está segura en el pot (un pequeño caldero que contiene una solución que impide que la quod estalle), el equipo anota un punto y entonces se saca una pelota nueva al campo de juego. El quodpot ha obtenido cierto éxito como deporte para minorías en Europa, aunque la mayoría de los magos permanece fiel al quidditch.

A pesar de los encantos del quodpot, el quiddditch esta adquiriendo cada vez más popularidad en Estados Unidos. Dos equipos han alcanzado recientemente categoría internacional: los Sweetwater All-Stars, de Texas, que obtuvieron un merecido triunfo sobre los Quiberon Quafflepunchers en el año 1993, tras un apasionante partido que duró cinco días, y los Fitchburg Finches de Massachussets, que ya han ganado en siete ocasionens la Liga norteamericana y cuyo buscador, Maximus Brankovitch III, ha sido capitán de la selección estadounidense en los dos mundiales.




Sudamérica

El quidditch se juega por toda Sudamerica pese a que debe competir con el quodpot, que es tan popular como en Norteamérica. Tanto Argentina como Brasil han llegado a los cuartos de final de la Copa del Mundo durante el Último siglo. Sin lugar a dudas, el país sudamericano más sobresaliente en quidditch es Perú, y muchos pronósticos apuntan a que, en menos de diez años, se convertirá en el primer país latino que gane el Mundial. Los magos peruanos creen que su primer contacto con el quidditch tuvo lugar a través de magos europeos enviados por la Confederación Internación para realizar un seguimiento de la población de viperthooths (dragón nativo de este país). En el tiempo que va desde entonces hasta nuestros días, el quidditch se ha convertido en una verdadera obsesión entre la comunidad de magos u no hace mucho su equipo más famoso, el Tarapoto Tree-Skimmers, recorrió Europa con gran éxito.




Asia

El quidditch nunca ha alcanzado una gran relevancia en Oriente, ya que la escoba es una rareza en países donde se continúa prefiriendo la alfombra como medio de transporte. Los Ministerios de Magia de países que mantienen un próspero comercio de alfombras voladoras, como la India, Pakistán, Bangladesh, Irán y Mongolia, contemplan el quidditch con cierto recelo, aunque el deporte tiene algunos seguidores entre magos y brujas de la calle.

La excepción a esta regla es Japón, donde el número de seguidores del quidditch no ha dejado de crecer durante el último siglo. El equipo japonés con más éxito es el Toyohashi Tengu, que estuvo a punto de ganar en 1994 a los Gorodok Gargoyles de Lituania. Cuando son derrotados, los japoneses incendian ceremonialmente sus escobas, algo que está mal visto por el Comité de Quidditch de la Confederación Internacional de Magos, que lo considera un desperdicio de madera.



Capítulo 9: El desarrollo de la escoba de carreras




Hasta principios del siglo XIX se jugó al quidditch con las mismas escobas que se utilizaban a diario, cuya calidad variaba mucho. Esas escobas representaban un gran avance frente a sus antecesoras medievales; la invención del conjuro del almohadón por parte de Elliot Smethwyck en 1820 supuso un salto de gigante en la tarea de hacer escobas más confortables.




Aun así, la mayoría de las escobas del siglo XIX eran incapaces de alcanzar altas velocidades y a menudo resultaba difícil controlarlas a grandes alturas. Por lo general, las escobas eran fabricadas a mano por un solo artesano, y aunque eran admirables desde el punto de vista del diseño y el acabado, su rendimiento en la práctica rara vez estaba a la altura de su hermosa apariencia.

Un buen ejemplo es la Oakshaft 79 (llamada así porque el primer modelo se manufacturó en 1879). Creada por el fabricante de escobas Elias Grimstone de Portsmouth, la Oakshaft es una escoba elegante con un grueso mango de roble, diseñada para vuelos prolongados y para resistir vientos fuertes. Aunque la Oakshaft es ahora una escoba clásica que se paga precios exorbitantes, todos los intentos de utilizarla en el quidditch fracasaron. Su peso le impedía dar la vuelta a altas velocidades, de modo que nuca alcanzó mucha popularidad entre aquellos que preferían la agilidad a la seguridad. No obstante, siempre será recordada como la escoba que se utilizó en el primer vuelo a través del Atlántico, realizado por Jocunda Sykes en 1935. (Antes de esa época, los magos preferían tomar barcos en lugar de confiar en las escobas para semejantes trayectos. La aparición es menos confiable cuanto mayor es la distancia que hay que recorrer, y sólo magos verdaderamente expertos tratarían de aparecerse en un continente a otro.)

En 1901, Gladis Boothby creó la Moontrimmer, que supuso un progreso importante en la fabricación de escobas, y por un tiempo esas delgadas escobas con mango de fresno tuvieron gran demanda como escobas de quidditch. La principal ventaja de las Moontrimer sobre las demás era que podían alcanzar alturas que nunca antes se habían logrado (sin que el control de la escoba se viera afectado. Gladis Boothby era incapaz de producir la Moontrimmer al ritmo que los jugadores de quidditch reclamaban. La fabricación de una nueva escoba, la Flecha Plateada, fue muy bien recibida; se trataba de la verdadera precursora de la escoba de carrera, pues corría mucho más que la Moontrimmer o la Oakshaft (más de 112 kilómetros por hora con viento de cola), pero, al igual que ellas, era obra de un solo mago (Leonard Jewkes) y los pedidos sobrepasaban con creces las exigencias.

El gran adelanto se produjo en 1926, cuando los hermanos Bob, Hill y Barnaby Ollerton fundaron la Cleansweap Broom Compay. El primer modelo, la Barredora 1, se fabricó en una cantidad nunca antes vista y se promocionó como una escoba de carreras diseñada especialmente para actividades deportivas. La Barredora fue un éxito inmediato y abrumador, monopolizó el mercado como ninguna otra escoba precedente y, en menos de un año, todos los equipos de quidditch del país estaban montados en una.

Los hermanos Ollerton no conservaron por mucho tiempo el monopolio de las escobas de carrera. En 1929, Randolph Keitch y Basil Horton, ambos jugadores de los Falmouth Falcons, crearon un nueva fábrica. La primera escoba de la Comet TRading Company fue la Cometa 140; la cifra responde al número de modelos que Keitch y Horton probaron antes de llegar al que se comercializó. El hechizo de freno que patentaron benefició a los jugadores, a quienes ahora les resultaba más fácil no rebasar los postes en plena carrera al intentar marcar un tanto y no salirse del campo. Así, la Cometa se convirtió en la escoba preferida por la mayoría de los equipos ingleses e irlandeses.

Mientras la competencia entre la Barredora y la Cometa se hacía más intensa, marcada por las mejoradas Barredoras 2 y 3 de 1934 y 1937 respectivamente, y la Cometa 180 de 1938, otros fabricantes de escobas estaban apareciendo por toda Europa.

La Tinderblast salió al mercado en 1940. Fabricada por Elleby y Spunmore, una empresa de la Selva Negra, La Tinderblast es una escoba muy resistente, aunque nunca ha alcanzado las velocidades de las Cometas o las Barredoras. En 1952, Ellerby y Spudmore sacó un nuevo modeló, la Swiftstick. Es más veloz que la Tinderblast, pero tiende a perder potencia en los ascensos y los jugadores de quidditch no la han utilizado nunca.

En 1955, Universal Brooms Ltd. Introdujo en el mercado la Shooting Star, la escoba de carreras más barata hasta la fecha. Desgraciadamente, después de su inicial estallido de popularidad, se descubrió que perdía velocidad y altura con el paso de los años, y Universal Brooms tuvo que cerrar en 1978.

En 1967, el mundo de las escobas se convulsionó con la aparición de la Nimbus Racing Broom Company. Nunca antes se había visto algo como la Nimbus 1000. Alcanzaba velocidades superiores a los ciento sesenta kilómetros por hora, era capaz de girar 360 grados sobre sí misma en el aire y combinaba la seguridad de la antigua Oakshaft 79 con la facilidad de manejo de las mejores Barredoras. La Nimbus se convirtió inmediatamente en la escoba preferida por los equipos profesionales de quidditch de Europa, y los siguientes modelos (1001, 1500 y 1700) han mantenido a la Nimbus RAcing Broom Company como la mejor en su terreno.

La Twigger 90 empezó a ser fabricada en 1990 por Flyte y Barrer con la intención de arrebatar a la Nimbus el liderazgo del mercado, aunque tenía un buen acabado e incluía muchos accesorios nuevos, como un timbre de serie y un cepillo con sistema antiturbulencias, resultó que la Twigger se combaba al volar a gran velocidad y se ha ganado la desgraciada reputación de ser usada por magos con más galeones que sentido común.



Capítulo 10: El quidditch en la actualidad




El juego del quidditch sigue fascinado y obsesionado a gran cantidad de fanáticos de todo el mundo. En la actualidad, todo aquel que compre una entrada para un partido de quidditch puede estar seguro de que será testigo de una sofisticada contienda entre pilotos muy cualificados (a menos, por supuesto, que la snitch sea capturada en los primeros cinco minutos de partido, en cuyo caso todos nos sentimos ligeramente estafados). Nada lo demuestra mejora que las difíciles jugadas que durante su larga historia han inventado magos y brujas ansiosas de perfeccionarse y de perfeccionar el juego. Algunas de esas jugadas se explican a continuación.




Amago de Wronsky

El buscador cae como una roca hacia el suelo y finge que ha visto la snitch allá abajo, pero se eleva justo antes de colisionar contra el campo. Con ello se pretende que el otro buscador lo imite y se estrelle. Se llama así porque la inventó el cazador polaco Josef Wronski




Bludger Backbeat

En esta jugada, el golpeador le pega a la bludger con un revés y la envía hacia atrás en lugar de hacia delante. Es difícil ejecutarla con precisión, pero resulta expelente para confundir a los adversarios.




Doopplebeater Defence

Ambos golpeadores le pegan a una bludger al mismo tiempo para obtener mayor potencia. Así, el ataque con la bludger resulta mucho más terrible.




Double Eight Loop

Una táctica defensiva del guardián, que suele recurrir a ella cuando le tiran un penalti. Consiste en hacer molinetes alrededor de los aros a gran velocidad para bloquear la quaffle.




Finta de Porskov

El cazador que lleva la quaffle vuela hacia arriba y hace creer a los cazadores rivales que está tratando de escapar para marcar un tanto, pero entonces arroja la quaffle hacia abajo, a un cazador de su equipo que está esperando la pelota. Es esencial tener una coordinación milimétrica. Se llama así por la cazadora rusa Petrova Porskov.

Formación de ataque <>

Los cazadores se colocan imitando una punta de flecha y vuelan juntos en dirección a los postes. Sirve para intimidar al equipo adversario y aparta a los otros jugadores.




Parkin’s Pincer

Se llama así en honor de los primeros jugadores de los Wigtown Wanderers, pues se cree que la inventaron ellos. Dos cazadores se acercan a un cazador adversario, uno por cada lado, mientras el tercero vuela hacia él o ella.




Plumpton Pass

Jugada del buscador: un cambio de dirección aparentemente no premeditado que sirve para enfundarse la snitch manga arriba. Llamada así en recuerdo de Roderick Plumpton, buscador de los Tutshill tornados, que utilizó esa jugada en 1921, cuando batió el récord de la captura más rápida de una snitch. Aunque algunos críticos han afirmado que aquella captura fue accidental, Pumpton mantuvo hasta su muerte que lo había hecho a propósito.




Reverse Pass

Un cazador arroja la quaffle por encima del hombre a un miembro de su equipo. La dificultad está en la exactitud.




Sloth Grip Roll

Quedar colgado por debajo de la escoba, sin dejar de aferrarse fuerte con manos y pies. Se usa para evitar la bludger.

Starfish and Stick

Defensa del guardián. Éste mantiene la escoba horizontal con una mano y un pie curvados alrededor del mango, al mismo tiempo que mantienen las otras extremidades extendidas. No es aconsejable hacer esta jugada sin agarrarse bien al palo.







Transylvanian Tackle

Se vio por primera vez en el Mundial de 1473 y consiste en lanzar un puñetazo a la nariz pero sin llegar a darlo. Mientras no exista contacto, esta jugada no es ilegal, pero es difícil retirarse a tiempo cuando ambas partes están montando las escobas a gran velocidad.




Woollongong Shimmy

Perfeccionado por el equipo australiano Woollongong Warriors, éste es un movimiento que consiste en zigzaguear a gran velocidad para derribar a los cazadores contrarios.






No cabe duda de que el quidditch ha cambiado mucho desde que Gertie Keddle vio por primera vez a <> en el pantano Queerditch. Quizá si viviera hoy, ella también se entusiasmaría con la poesía y la fuerza del quidditch. ¡Ojalá el juego continúe evolucionando y ojalá las futuras generaciones de brujas y magos disfruten de este juego, el más glorioso de los deportes!