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martes, 13 de mayo de 2008

CLAUS EL GRANDE Y CLAUS EL PEQUEÑO -- HANS CRISTIAN ANDERSEN



Claus el grande y Claus el pequeño

Hans Cristian Andersen


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En cierta aldea vivían una vez dos paisanos del mismo nombre. Ambos se llamaban Claus, pero uno de ellos tenía cuatro caballos y el otro solamente uno. Y para distinguirlos, la gente llamaba al dueño de los cuatro caballos “Claus el Grande” y al que sólo poseía uno “Claus el Pequeño”. Ahora os contaré lo qué les ocurrió a esos dos hombres, pues ésta es una historia verídica.
Durante toda la semana, el pobre Claus el Pequeño tenía que arar la tierra para Claus el Grande y prestarle su único caballo, pero una vez cada siete días -el domingo- Claus el Grande le prestaba a él sus cuatro caballos. ¡Y con qué orgullo Claus el Pequeño hacía restallar el látigo, cada domingo, sobre aquellos cinco animales! Porque ese día era como si fueran realmente de su propiedad.
El sol brillaba esplendorosamente, las campanas de la iglesia tañían alegres, y la gente pasaba, vestida con sus mejores galas y llevando bajo el brazo su libro de oraciones. Y todos miraban a Claus el Pequeño que araba con sus cinco caballos. Y él se sentía tan orgulloso que restallaba el látigo y decía:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-¡No has de decir así -rezongó Claus el Grande-, porque sólo uno de ellos es tuyo!
Pero Claus el Pequeño olvidó pronto lo que no tenía que decir, y cada vez que veía pasar a alguien gritaba con toda su fuerza:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Tengo que insistir en que no lo digas otra vez -repitió Claus el Grande-. Si lo haces, le pegaré, a tu caballo en la cabeza, de tal modo que caerá muerto en el sitio. Y ya no podrás decir que tienes ninguno.
-Te prometo no decirlo de nuevo -respondió el otro. Pero en cuanto alguien se acercaba y lo saludaba con un movimiento de cabeza o un “Buenos día”, Claus el Pequeño se sentía tan complacido de tener cinco caballos arando en su campo que gritaba una vez más:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Yo arrearé los caballos por ti -dijo Claus el Grande. Y tomando una maza le dio en la cabeza al único caballo de Claus el Pequeño, de manera que el animal cayó muerto.
-¡Oh, ahora no tendré ningún caballo! -exclamó llorando Claus el Pequeño. Pero un rato después desolló al caballo muerto y colgó el cuero al aire para que se secara.
Luego metió la piel en un bolso, se echó éste al hombro y emprendió viaje hacia el pueblo más próximo para venderla. Pero el camino era largo, y había que pasar por un bosque oscuro y sombrío.
Mientras cruzaba el bosque, sobrevino una tormenta y Claus el Pequeño perdió su camino. La noche se echó encima, faltaba mucho para llegar y ya estaba demasiado lejos para volverse a casa antes de que oscureciera.
Junto al camino había una granja, con los postigos cerrados pero que dejaban filtrar luz por las rendijas.
“Puede que me dejen entrar aquí a pasar la noche” -pensó Claus el Pequeño. Se acercó a la puerta de la granja y llamó.
Abrió la puerta la esposa del granjero, pero al enterarse de lo que deseaba el visitante le indicó que debía retirarse. Su marido no estaba en casa y no quería extraños en ella.
“Entonces tendré que echarme ahí afuera” -se dijo Claus el Pequeño, mientras la mujer del granjero le cerraba la puerta en la cara.
Próxima a la casa había una gran parva de heno, y entre ésta y el edificio principal un pequeño cobertizo con techo de paja.
“Me acostaré ahí arriba -dijo Claus el Pequeño-.
Será un lecho magnífico, y ojalá que esa cigüeña que tiene su nido en el tejado de la casa no se baje a picarme las piernas”.
Así, pues, Claus el Pequeño se trepó al techo del cobertizo. Mientras se revolvía para ponerse cómodo, observó que los postigos de madera no llegaban hasta el borde superior de las ventanas, sino que dejaban un espacio libre que permitía ver el interior de la habitación. Y vio una amplia mesa servida con vino, asado y un pescado espléndido.
Sentados a la mesa estaban la mujer del granjero y el sepulturero del pueblo. Nadie más. La mujer estaba llenando el vaso del otro y sirviéndole abundante ración de pescado, que parecía ser el plato favorito del hombre.
“Si pudiera alcanzar yo también un poco...” - pensó Claus el pequeño. Y estiró el cuello hacia la ventana; entonces vio también una hermosa y suculenta torta. En realidad podía decirse que la pareja tenía un magnífico festín por delante.
En ese momento se oyeron los cascos de un caballo que galopaba por el camino hacia la granja. El granjero regresaba a su casa.
Este era un buen hombre, pero tenía una prevención singular: no podía soportar la vista de un sepulturero. En cuanto veía a uno le acometía un terrible acceso de ira. Y por ese motivo el sepulturero había elegido la ausencia del granjero para visitar a su esposa. La buena mujer lo estaba obsequiando con lo mejor que tenía en la casa.
Al oír llegar al granjero ambos se asustaron terriblemente, y la mujer pidió al sepulturero que se introdujera en un amplio cofre que había en un rincón.
El hombre no se hizo de rogar, pues conocía bien la aversión del pobre granjero a la vista de uno los de su oficio. La mujer escondió rápidamente las viandas y el vino en el horno, porque su marido habría hecho preguntas incómodas en caso de ver todo aquello en la mesa.
“¡Oh, qué lástima!” -suspiró Claus el Pequeño, sobre el techo, al ver desaparecer la comida.
-¿Hay alguien ahí arriba? -inquirió el granjero, alzando la vista y mirando a Claus el Pequeño-.
¿Qué estás haciendo tú ahí arriba? Será mejor que bajes y entres en la casa.
Claus el Pequeño le informó entonces de cómo había perdido su camino y preguntó si le sería permitido pasar allí la noche.
-Claro que sí -respondió el granjero-. Pero antes será mejor que comas algo.
La mujer los recibió a los dos muy amablemente; puso la mesa y sirvió una cazuela de potaje para los dos. El granjero traía hambre y comió con buen apetito, pero Claus el Pequeño no podía menos de añorar el excelente asado, el pescado y la torta, que sabía estaban ocultos en el horno. Había colocado debajo de la mesa, a sus pies, la bolsa con el cuero del caballo, pues se recordará que iba de camino hacia el pueblo para venderlo. No le gustaba el potaje, y por ello ideó una artimaña: pisó con fuerza la bolsa haciendo que el cuero seco chirriara perceptiblemente.
-¡Chist! -ordenó Claus el Pequeño como si hablara con la bolsa, y al mismo tiempo la oprimió más con los pies haciendo chirriar al cuero de caballo con más fuerza que antes.
-¿Qué diablos tienes en esa bolsa? -preguntó el granjero.
-Es un duende. Dice que no tenemos necesidad de comer potaje, pues él con sus encantamientos ha llenado el horno de asado, pescado y torta.
-¿Qué dices? -estalló el granjero, y abriendo precipitadamente la puerta del horno vio las lindas cosas que su mujer había escondido. Y creyó que era el duende quien las había materializado para su especial beneficio.
Sin atreverse a decir nada, la mujer sirvió todas aquellas exquisiteces, y los dos hombres se dieron un hartazgo de asado, pescado y torta. Luego, Claus el Pequeño oprimió de nuevo la bolsa con los pies y volvió hacer chirriar el cuero de caballo.
-¿Qué dice el duende ahora? -preguntó el granjero.
-Dice -respondió Claus el Pequeño- que también ha formado por arte de encantamiento tres botellas de vino dentro del horno.
La mujer se vio obligada a sacar también el vino, del cual bebió abundantemente el dueño de casa hasta ponerse muy alegre. Y dijo que le habría gustado tener un duende para él, como el que poseía Claus el Pequeño.
-¿Puede ese duende hacer aparecer al diablo?
-inquirió el granjero-. Me gustaría verlo, ahora que estoy de tan buen humor.
-¡Oh, sí! Mi duende puede hacer todo lo que se le pida. ¿No es verdad? -agregó dirigiéndose a la bolsa, que chilló más fuerte que nunca-. ¿No oyes cómo dice que sí? Pero el diablo es tan feo que será mejor que no lo veas.
-Pues no tengo miedo en absoluto. ¿A qué se parece?
-Bueno, pues el duende te lo mostrará bajo la forma de un sepulturero.
-¡No, por favor! ¡Te diré que no puedo soportar la vista de un sepulturero. En fin, no importa. Yo sabré que se trata sólo del diablo y así no me horrorizará tanto. Me siento con todo mi valor. Pero que no se acerque mucho.
-Le pediré ese favor a mi duende -prometió Claus el Pequeño, oprimiendo la bolsa y acercando el oído como para escuchar lo que decía el duende.
-¿Qué dice?
-Dice que puedes abrir ese cofre que está en el rincón, y verás al diablo medio adormilado en la oscuridad. Pero sostén con fuerza la tapa, no sea que trate de escaparse.
-¿Me ayudarás a sostenerla? -requirió el granjero, acercándose al cofre donde su mujer había escondido al sepulturero, que temblaba de miedo escuchando la conversación. Tras de lo cual levantó apenas la tapa del cofre y espió por la rendija.
-¡Ah! -chilló, dando un salto hacia atrás-. Sí, vi el diablo. Se parecía exactamente a nuestro sepulturero.
¡Una visión horrible!
Después de lo cual necesitó beber un trago; y asi estuvieron los dos hombres, sentados a la mesa y bebiendo hasta bien entrada la noche.
-Tienes que venderme ese duende -dijo el granjero-.
Pide cuánto quieras por él. Te daré un talego lleno de dinero por él.
-No; no puedo. Recuerda que el duende me resulta muy útil.
-¡Oh, pues a mí me agradaría mucho tenerlo!
-insistió el granjero, y prosiguió suplicando.
-Está bien -admitió finalmente Claus el Pequeño-.
Has sido tan bueno conmigo que no veo más remedio que dártelo. Lo tendrás por un talego de dinero, pero quiero que esté bien lleno.
-Así será. Eso sí, quiero que te lleves contigo el cofre. No podría verlo en mi casa ni una hora más.
Nunca podría saber si está él adentro o no.
De modo, pues, que Claus el Pequeño entregó su bolsa con el cuero seco del caballo y recibió en pago un talego de dinero, bien lleno. El granjero le dio también una carretilla grande para que acarreara el dinero y el cofre.
-¡Adiós! -se despidió Claus el Pequeño, y partió con su dinero y el gran arcón en cuyo interior estaba el sepulturero.
Más allá del bosque corría un río ancho y profundo, de corriente tan fuerte que era casi imposible nadar contra ella, y sobre la cual habían construido un amplio puente. Al llegar a la mitad de éste, Claus el Pequeño dijo en voz alta, de modo que el sepulturero pudiera oírlo:
“¿Qué estoy haciendo yo con este estúpido arcón viejo? Por lo que pesa, bien podría estar lleno de adoquines. Y eso de llevarlo en carretilla todo el camino se hace demasiado pesado; mejor será tirarlo al río”.
-¡No, no! ¡Por favor! -gritó el sepulturero-. ¡Déjame salir!
-¡Hola! -exclamó Claus el Pequeño, fingiendo sentirse asustado-. ¡Vaya, si está aquí dentro! Ya lo creo que será mejor echarlo al río y que se ahogue.
-¡Oh, no! ¡No! ¡Te daré un talego lleno de dinero si me dejas salir!
-Bueno, eso cambia de aspecto -aprobó Claus el Pequeño abriendo el cofre. El sepulturero salió inmediatamente, arrojó al agua el vacío cofre de un empujón, y luego fue, a su casa y entregó a Claus el Pequeño un talego bien lleno de dinero. La carretilla estaba ahora rebosando, pues, como se sabe, había ya en ella otro talego procedente del granjero.
“Reconozco que ha sido un buen precio por el caballo -se dijo al llegar a su casa, mientras volcaba el dinero de la carretilla en el suelo, donde formó un imponente montón-. ¡Qué rabia le dará a Claus el Grande cuando sepa lo rico que acabo de hacerme con un solo caballo! Pero no le diré la verdad”.
Y envió un muchacho a casa de Claus el Grande para pedirle prestada una medida de las de medir granos.
¿Para qué la querrá? -pensó Claus el Grande. Y frotó el fondo de la medida con un poco de sebo, de modo que, fuera lo que fuera lo que se midiese, quedara algo adherido al metal. Y así fue, pues, cuando la medida volvió había pegadas al fondo tres pequeñas y relucientes monedas de plata.
“¿Qué es esto” -se preguntó Claus el Grande, y corrió directamente a casa de Claus el Pequeño.
-¿De dónde diablos sacaste tanto dinero?
-¡Oh, no fue sino por el cuero de mi caballo, que vendí anoche!
-¡Un cuero bien pagado, en verdad! -exclamó Claus el Grande. Y volvió a toda carrera a su casa, tomó un hacha y mató a sus cuatro caballos de un hachazo en la cabeza a cada uno. Luego los desolló y se fue al pueblo con los cueros.
-¡Cueros! ¡Cueros! ¿Quién compra cueros? -voceaba recorriendo las calles de un lado a otro.
Todos los zapateros y curtidores del pueblo se acercaron corriendo a preguntarle cuánto pedía por ellos.
-Un talego de dinero por cada uno –respondió Claus el Grande.
-¿Estás loco? -respondían todos-. ¿De dónde crees que sacamos nosotros el dinero?
-¡Cueros! ¡Cueros! ¿Quién compra cueros? -volvió a gritar Claus el Grande.
Los zapateros asieron sus hormas y los curtidores sus delantales de cuero, y corrieron a golpes por todo el pueblo a Claus el Grande.
-¡Cueros! ¡Cueros! -voceaban remedándolo-. ¡Ya te vamos a dar cuero nosotros! ¡Fuera del pueblo!
Y Claus el Grande tuvo que correr cómo no había corrido nunca. Ni tampoco había recibido nunca semejante paliza.
“Claus el Pequeño me las pagará -se prometió al llegar a su casa-. Lo mataré”.
La anciana abuela de Claus el Pequeño acababa de morir en casa de su nieto. En verdad había sido bastante malévola y poco amable con él, pero Claus el Pequeño sintió mucho su muerte. Tomó el cadáver y lo colocó en su propio lecho caliente, por ver si acaso la anciana no estaba muerta aún del todo y se reanimaba. Se propuso dejarla allí toda la noche; él dormiría sentado en una silla, en el rincón, como ya había dormido antes más de una vez.
Durante la noche, mientras Claus el Pequeño dormía así sentado, la puerta se abrió y entró Claus el Grande con su hacha. Sabía dónde estaba la cama de Claus el Pequeño, y se dirigió a ésta. Alzó el hacha y descargó con toda su fuerza un golpe en la frente del cadáver, creyendo que se trataba de Claus el Pequeño.
“Veremos si vuelves a burlarte de mí ahora” -dijo.
Y regresó a su casa.
“¡Qué hombre malo y perverso!” -se dijo Claus el Pequeño-. “Quiso matarme. Y ha sido una suerte que la pobre abuela estuviera ya muerta; de lo contrario la habría asesinado".
Vistió de nuevo a la anciana abuela con sus mejores galas de domingo, pidió prestado un caballo a un vecino, lo unció a unció a un carricoche y sentó a la abuela en el asiento trasero de modo que no pudiera caerse con el movimiento del vehículo.
Luego emprendió camino a través del bosque. Al salir el sol se encontró a la puerta de una gran hostería, adonde entró en busca de algo de comer.
El dueño era un hombre riquísimo y además una excelente persona, pero de carácter irascible, como si estuviera hecho de pimienta y tabaco.
-¡Buenos días! -dijo a Claus el Pequeño-. ¡Te has puesto tu mejor traje muy temprano esta mañana!
-Así es. Voy al pueblo con mi abuela, que está sentada en el carricoche ahí afuera. No he podido convencerla de que entre. ¿No querría llevarle hasta el carricoche un vaso de limonada? Tendrás, que hablarle a gritos, pues es sumamente dura de oídos.
-De acuerdo, se lo llevaré -aprobó el hostelero, y sirvió un buen vaso de limonada con el cual salió del establecimiento para llevárselo a la abuela que estaba en el carricoche.
-Aquí tienes un vaso de limonada que te envía tu nieto -dijo el hostelero, pero la abuela muerta se quedó, naturalmente, quieta y sin pronunciar una palabra-. ¿No me oyes? ¡Un vaso de limonada que te envía tu nieto!
Dijo eso a gritos, y siguió gritando más y más, pero al ver que la anciana no se movía acabó por ponerse furioso y le lanzó la limonada a la cara, haciéndola caer del carricoche, pues Claus el Pequeño no se había tomado el trabajo de atarla.
-¡Ah! -gritó Claus el Pequeño, saliendo a toda prisa de la hostería y aferrando al hostelero por el cuello-. ¡Has matado a mi abuela! ¡Mira qué enorme herida le has hecho en la frente!
-¡Oh, qué desgracia! -exclamó el hostelero retorciéndose las manos-. Eso me pasa por mi temperamento irascible. Mi estimado Claus el Pequeño: te daré un talego de dinero si no dices nada acerca de esto; además, haré enterrar a tu abuela tan dignamente como si hubiera sido la mía. De lo contrario me cortarán la cabeza, y eso es cosa muy desagradable.
Y así. Claus el Pequeño se vio en posesión de otro talego de dinero, y el hostelero sepultó a la anciana abuela como si hubiera sido la suya propia.
Cuando Claus el Pequeño llegó a su casa nuevamente con todo su dinero, envió al muchacho otra vez a casa de Claus el Grande a pedir prestada la medida para granos.
“¿Qué? -se dijo Claus el Grande-. ¿Acaso no está muerto? Iré a cerciorarme”.
Y se dirigió él mismo a llevarle la medida a Claus el Pequeño.
-Me pregunto de dónde sacaste tanto dinero -dijo, con los ojos agrandados de asombro ante lo que veía.
-Fue a mi abuela a quien mataste en lugar de matarme a mí -repuso Claus el Pequeño-. La he vendido, y me dieron por ella un talego lleno de dinero.
-¡Pues te la han pagado muy bien -respondió Claus el Grande. Y regresó precipitadamente a su casa donde tomó el hacha y mató a su propia abuela.
Luego la colocó en un carricoche y se dirigió en él al pueblo; buscó la casa del boticario y preguntó a éste si quería comprar un cadáver.
-¿De quién, y de dónde procede? -inquirió el boticario.
-Es mi abuela. La maté por un talego de dinero -fue la respuesta.
-¡El cielo nos proteja! Estás hablando como un loco. ¡Por favor, no digas esas cosas! Podrías perder el juicio.
Y trató de hacerle entender cuán horrible acción había cometido, y qué perverso era, y cómo merecía ser castigado. Claus el Grande se asustó de tal modo que salió corriendo de la botica, saltó al carricoche, arreó el caballo y no paró hasta su casa. Tanto el boticario como todos los demás presentes creyeron que estaba loco, y no hicieron nada por detenerlo.
¡Esta me las pagarás! -exclamaba Claus el Grande por el camino-. ¡Esta me las pagarás, Claus el Pequeño!” En cuanto llegó a casa tomó la bolsa más grande que pudo encontrar, fue de nuevo en busca de Claus el Pequeño y le dijo:
-Me has engañado otra vez. Primero maté mis caballos, y luego a mi abuela. Todo es culpa tuya, pero no tendrás otra oportunidad de burlarte de mí.
Asió a Claus el Pequeño por la cintura y lo metió dentro de la bolsa. Después se lo cargó a la espalda y le gritó:
-¡Ahora voy a ahogarte!
Tenía que recorrer un largo camino hasta el río, y Claus el Pequeño no era un peso fácil de llevar. El sendero pasaba por delante de una iglesia de la cual salían las notas del órgano, y de un himno cantado por el pueblo. Claus el Grande depositó la bolsa en el suelo, junto a la puerta de la iglesia, y se le ocurrió que sería agradable entrar y oír un himno antes de seguir adelante. Como Claus el Pequeño no podía salir de la bolsa, y toda la gente estaba en el interior del templo, Claus el Grande no vaciló y entró él también.
-¡Oh, por favor, por favor! -sollozó Claus el Pequeño, retorciéndose en el interior de la bolsa en vanos intentos por deshacer el nudo. Precisamente en ese instante un viejo vaquero de caballo blanco y con un grueso bastón en la mano se acercó arreando una vacada. Los animales chocaron con la bolsa donde estaba Claus el Pequeño y lo derribaron.
-¡Oh, por favor! -se quejó Claus el Pequeño-.
¡Soy tan joven para ir ya al cielo!
-Y yo -dijo el vaquero-, ¡soy tan viejo, y no puedo ir todavía!
-¡Abre la bolsa! ¡Métete en mí lugar, y podrás ir al cielo directamente!
-Eso me conviene -respondió el vaquero abriendo la bolsa y dejando salir a Claus el Pequeño-. Ahora ocúpate tú del ganado -añadió introduciéndose en la bolsa. Claus el Pequeño ató el nudo y echó a andar arreando la vacada.
Un rato después, Claus el Grande salió de la iglesia. Se echó la bolsa a la espalda y sin duda la encontró más liviana, pues el viejo vaquero no pesaba ni la mitad que Claus el Pequeño.
“¡Qué liviano parece haberse puesto! Eso ha de ser porque yo entré en la iglesia y recé mis oraciones” -se dijo.
Luego se dirigió al río, que era ancho y profundo, y arrojó al agua la bolsa con el viejo vaquero dentro.
“¡Ya no te burlarás más de mí!” -le gritó, creyendo que se trataba de Claus el Pequeño.
Y se volvió a su casa, pero al llegar a la encrucijada se encontró con Claus el Pequeño que venía arreando sus vacas. -¿Qué significa esto? -exclamó Claus el Grande-. ¿No te había yo echado al río?
-Sí -asintió Claus el Pequeño-. Hace justamente media hora que me arrojaste.
-Pues, ¿de dónde sacaste todos esos espléndidos animales?
-Son vacas del mar. Te contaré toda la historia, y en verdad te agradezco de corazón el que hayas intentado ahogarme. Estoy ahora en excelente posición; puedo decirte que soy muy rico. ¡Tuve tanto miedo cuando me vi dentro de la bolsa! El viento me silbaba en los oídos mientras caía al agua desde el puente. El agua estaba fría; me hundí enseguida hasta el fondo, pero sin hacerme daño, pues en ese lugar hay musgo de exquisita blandura.
La bolsa se abrió al instante, por manos de una hermosa doncella vestida de blanco y con una corona de algas verdes en el pelo. La joven me tomó de la mano y dijo:
“¿Estás ahí, Claus el Pequeño? Aquí tienes algunas cabezas de ganado para ti; y media legua más allá, en el camino, encontrarás otra vacada que tomarás también como obsequio mío”. Entonces vi que el río era una gran carretera por la que se paseaba la gente del mar, de un lado a otro, entre la boca del río y su nacimiento. Había flores preciosas, ¡y un césped tan fresco! Los peces pasaban nadando junto a mí, como pájaros en el aire. ¡Qué buenas gentes son aquéllas, y qué magnífico ganado!
-Pero, ¿por qué volviste de nuevo aquí, entonces? -preguntó Claus el Grande-. Yo no lo habría hecho en tu lugar, si me hubiera encontrado tan bien allí.
-¡Oh, eso fue una pequeña treta mía! ¿Recuerdas que te repetí las palabras de la doncella, acerca de que media legua más lejos, en el camino, encontraría mas ganado? El camino quería decir para ella el río, pues no puede ir a ninguna otra parte. Bien, pues yo conozco cada curva del río, y sé perfectamente que la distancia es mucho más corta si vas por tierra y tomas los atajos. Se ahorra así mucho tiempo, y yo podría alcanzar el ganado más pronto.
-¡Vaya, eres un hombre afortunado! ¿Y no crees que yo también podría hacerme de unas vacas si bajara hasta el fondo del río?
-Estoy seguro que sí. Pero yo no podría llevarte dentro de la bolsa hasta el río. Pesas demasiado para mí. Si quieres ir por tu pie hasta allí y luego meterte en la bolsa, yo te echaré al agua con el mayor placer del mundo.
-¡Gracias! -respondió Claus el Grande-. Pero si no encuentro ningún ganado cuando llegue allí, ten en cuenta que te daré una tanda de latigazos.
-¡No seas tan malo conmigo! -suplicó Claus el Pequeño.
Y ambos se fueron hacia el río. En cuanto las vacas vieron el agua se precipitaron a beber, pues tenían mucha sed.
-Mira qué prisa tienen -hizo notar Claus el Pequeño-.
Están impacientes por volver al fondo otra vez.
-¡Bueno, ayúdame ahora! -exigió Claus el Grande-, o te pegaré.
Y se metió en el interior de una bolsa que venia sobre el lomo de una de las vacas.
-Pon dentro una piedra de buen tamaño -agregó-, no sea que la bolsa no se hunda.
-No tengas miedo de eso -respondió Claus el Pequeño. Y tras colocar un gran trozo de roca dentro de la bolsa, le dio un empujón. Y allá fue la bolsa, con Claus el Grande dentro, al medio del río, donde se hundió hasta el fondo en un santiamén.
“Lo que temo es que no encuentre el ganado” -se dijo Claus el Pequeño mientras se alejaba arreando sus vacas.


Fin

jueves, 1 de mayo de 2008

ANTIGUOS CUENTOS POPULARES DEL JAPON



Antiguos cuentos del Japon
Cuentos populares


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Los seis Jizos y los sombreros de paja

Erase una vez un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.
El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:

" ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja!
¿Quién quiere sombreros?"

Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.
Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unos Jizos, estatuas de piedra representando unos dioses japoneses. Había seis Jizos, con las cabezas cubiertas de nieve y las caras colgadas de carámbanos.
El viejecito tenía buen corazón y pensó que los pobrecitos Jizos debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo: " Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos...:
Pero solo tenia cinco sombreros, y los Jizos eran seis. Al faltarle un sombrero, al último Jizo el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo: "Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo ." Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa.

El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que qué pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver esos Jizos cubiertos de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.
Al oír esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:
"Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no." Abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros de paja, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a cama tempranito.

A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

"¡Abuelito dio sus sombreros
A los Jizostodos enteros
Alijeros, a su casa, alijeros!"

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, "¡Bum!" Corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta.
Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de arroz, vino, pelotitas de arroz, decoraciones para el Nuevo Año, mantas y quimonos bien calientes, y muchas otras cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a los seis Jizos, alejándose con los sombreros de abuelito puestos. Los Jizos, en reconocimiento de la bondad del abuelito, les habían traído estos regalos para que los abuelitos tuvieran un prospero Nuevo Año.


La Grulla Agradecida

Erase una vez había un joven que vivía solo en una casita al lado del bosque. De regreso a casa durante un día de invierno bastante nevoso, oyó un ruido extraño. Se puso a caminar hacia un campo lejano de donde venía el sonido, y allí descubrió una grulla tumbada sobre la nieve llorando de dolor. Una flecha incada en la ala tenía, pero el joven, muy cariñoso, se la quitó con mucho cuidado. El pájaro, ya libre, voló hacia el cielo y desapareció.
El hombre volvió a casa. Su vida era muy pobre. Nadie le visitaba, pero esa noche a la puerta sonó un frap-frap-frap. "¿Quién será, a esta hora y en tanta nieve?" pensó él. ¡Qué sorpresa al abrir la puerta y ver a una mujer joven y bonita! Ella le dijo que no podía encontrar su camino por la nieve, y le pidió dejarla descansar en su casa, para lo cual él fue muy dispuesto. Se quedó hasta el amanecer, y también el día siguiente.

Tan dulce y humilde era la mujer que el joven se enamoró y le pidió ser su esposa. Se casaron, y a pesar de su pobreza, se sentían alegres. Hasta los vecinos se alegraban de verlos tan contentos. Pero el tiempo vuela y pronto llegó otro invierno. Se quedaron sin dinero y comida, tan pobres como siempre.

Un día, para poder ayudar un poco, la mujer joven decidió hacer un tejido y su marido le construyó un telar detrás de la casa. Antes de empezar su trabajo ella pidió a su marido prometerla nunca entrar al cuarto. El lo prometió. Tres días y tres noches trabajó ella sin parar y sin salir del cuarto. Casi muerta parecía cuando la mujer joven por fin salió, pero a su marido le presentó un tejido hermoso. El lo vendió y consiguió un buen precio.

El dinero les duró bastante tiempo pero cuando se acabo todavía seguía el invierno. Ya que, otra vez se puso a tejer la mujer joven, y otra vez su marido le prometió no entrar al cuarto. Fueron no tres sino cuatro días cuando ella, viéndose peor que la vez siguiente, salió del cuarto y le dio a su marido un tejido de tan gran maravilla que, al venderlo en el pueblo, consiguieron dinero suficiente para dos inviernos duros.

Mas seguros para el futuro que nunca, desafortunadamente el hombre se hizo avaro. Tormentazo, tanto por el deseo de ser rico como por los vecinos siempre preguntándole que cómo se podía tejer sin comprar hilo, el joven le pidió a su señora hacer otro tejido. Ella pensaba que tenían bastante dinero y que no había necesidad, pero el avaricioso no dejaba de insistir. Puesto que, después de recordarle a su marido la promesa, la mujer se metió en el cuarto a trabajar.

Esta vez la curiosidad no le dejaba al hombre en paz. Ignorando su promesa, fue al cuarto donde su señora trabajaba y abrió un poquito la puerta. La sorpresa de lo que vio le hizo escapar un grito. Manejando el telar estaba no su señora sino un pájaro hermoso, cual de las plumas que se iba arrancando de su propio cuerpo hacia un tejido igualmente hermoso. Cuando el pájaro, al oírle gritar, se dio cuenta de que alguien la miraba dejó de trabajar y de repente su forma se convirtió a la de la mujer joven.

Entonces, ella le explicó su historia, que ella era esa grulla cual él ayudó y que, agradecida, se convirtió a mujer, y que empezó a tejer para ayudarle no ser pobre, esto a pesar del sacrificio que tejer con las plumas de su propio cuerpo le costaba. Pero, ahora que él sabía su secreto, tendrían que dejar de ser juntos. Al oír esto, el prometió que la quería más que todo el dinero del mundo, pero ya no había remedio. Cuando acabó su historia, ella se convirtió a grulla y voló hacia el cielo.


Issunboshi

Erase una vez un viejecito y una viejecita. Nunca pudieron tener niños, y esto les hacia sentir muy tristes, tal que le pidieron a los dioses que le dieran un niño: "Aunque no fuera ni mas grande que un dedo, estaríamos contentos."
Y un día, tuvieron un bebe tan alto como un dedo. El viejecito y la viejecita estaban muy contentos, tanto tiempo habían esperado. Al bebé le llamaron "Issunboshi", que quiere decir pequeño y chiquitito, y le cuidaron con mucho cariño. Los años pasaron pero Issunboshi no crecía. A los tres años de edad, a los cinco, a los diez, siempre tenia la misma talla que tuvo el día que nació, es decir, la talla de un dedo. Sus papás se preocupaban mucho por esto. Le hinchaban de comida e hicieron todo lo posible, pero sin remedio. El chiquitito no crecía ni un pelo.
Tan pequeñito era Issunboshi que no podía ayudar a la viejecita en la casa, y al salir al campo con el viejecito Issunboshi solamente podía portar una brizna de hierba a la vez. Issunboshi era buen cantante y bailarín, pero a pesar de esto le caía muy malamente el no poder ayudar a sus papás. Además, los otros niños del pueblo siempre se reían de él y le burlaban con Œenanito¹. Todo esto le dejaba muy triste, y decidió hacer un viaje. Le dijo al viejecito y la viejecita: "He decidido ir a la capital para buscar empleo."
El viejecito y la viejecita se sentían tristes al oír esto, pero le dieron un plato de sopa, un palillo de comer, y una aguja, y le desearon buena suerte. El chiquitito se puso el plato de sopa como gorro, la aguja como espada en la cintura y el palillo como caña de caminar, y se fue.

Caminaba y caminaba pero la capital caía muy lejos. En medio camino se encontró con un una hormiga y le preguntó si la ciudad estaba aún lejos.
La hormiga contestó:

"Vaya a través los dientes de león,
cruza el campo de girasoles,
y siga hacia el río."
Issunboshi le dio gracias a la hormiga y camino por entre los dientes de león y los girasoles hasta llegar al río. Allí, el plato de sopa que usaba como paraguas se convirtió ahora a barco y el palillo a palo para empujar, e Issunboshi se embarcó sobre el río. Después de un rato llegó a un puente grande sobre cual había mucha gente. Al ver esta multitud, Issuboshi se imaginó que está era la capital y se bajó del barco.
La capital era muy grande, llena con muchísima gente de aspecto muy ocupado. Para el pequeñito Issunboshi, era un sitio peligroso, ya que a cualquier momento alguien podría pisarle sin ni darse cuenta. Issunboshi pensó que tendría que tener mucho cuidado, y que sería mejor caminar por las calles mas calladas. Mientras se paseaba dio con una casa grande; era la residencia de un rico y poderoso señor. Issunboshi se presento al portal y llamó: "¡Por favor! ¿Hay alguien?"
Un hombre se asombró pero no vio al pequeñito Issunboshi y volvió murmurando: "Pensé que oí alguien pero no hay nadie.:
Otra vez Issunboshi llamó: "Aquí estoy, al lado de los zapatos."
El hombre miró hacia los zapatos y por fin vio a Issunboshi. Jamás vio alguien tan pequeño. El hombre se agachó, recogió al chiquitito y le puso en la mano, mirándole con gran interés. Al fin, le llevó al cuarto de la princesa. Allí, Issunboshi bailó y cantó con tanta gracia que todos en el cuarto se encantaron de él. En particular a la princesa le gustó tanto este niñito de tamaño dedo que decidió mantenerle siempre con ella.

Issunboshi continuó a vivir en la gran casa del señor, como ayudante de la princesa: cuando ella leía, él daba vuelta a las paginas; cuando ella practicaba la caligrafía, él le hacía la tinta. A la misma vez, Issunboshi practicaba la esgrima con la aguja. Issunboshi siempre permanecía al lado de la princesa, y ella nunca faltaba de traerle durante su paseo.

Un día al regreso a casa después de visitar el templo Kiyomizu un bandido la ataco y trató de secuestrarla. Pero Issunboshi la acompañaba y en voz alta exclamó: "¡Déjala en paz! ¡Yo, Issunboshi, estoy aquí! ¡Cuídate, maldito!"
El bandito, al ver el pequeñito Issunboshi, se puso a reír: "¿Tú, enanito? ¿Qué me vas a hacer, morderme el tobillo? Y, ¡se lo tragó! Pero Issunboshi era bravo. Le hincó la aguja en el estómago y siguió hincándole con toda su fuerza mientras subía la garganta. El bandito se retorcía de dólar y gritaba: "¡Ay, ay!" Pero Issunboshi no paró hasta que por fin dio un salto afuera por la nariz del bandito, quien se escapó corriendo.

La princesa, ya salvada, recogió algo que el bandito abandonó al huirse. ¡Era un martillo mágico! Ella le explicó a Issunboshi que: "Esto es un martillo mágico. Con solamente sacudirlo, cualquier deseo que tengas será cumplido." La princesa reconoció que Issunboshi le había rescatado, y le preguntó a Issunboshi: "¿Cuál es tu deseo?"
El pequeñito Issunboshi, tamaño dedo, contestó inmediatamente: "Mi deseo es ser grande."
La princesa sacudió el martillo mágico y repetía las palabras:

"Grande, grande.
Que el pequeñito Issunboshi se haga mas grande."
Issunboshi empezó a crecer y crecer, y pronto delante de la princesa había un hombre joven encantador.
Cuando llegaron a la gran casa, la princesa le contó a su papá, el gran señor, las hazañas de Issunboshi y su metamorfosis. El señor, agradecido, le dio permiso a su hija para casarse con Issunboshi, e Issunboshi invitó a su viejecito papá y mamá a la capital para vivir todos juntos. Todos se quedaron muy alegres. Colorin, colorado, este cuento se ha acabado.


La Montaña Crujiente

Erase una vez un abuelito y una abuelita vivían solitos en una casita. Cada día el abuelito se iba a trabajar en el campo, y mientras sembraba arroz cantaba:

"Un grano, y de él miles."

Cada día también venía después de el abuelito un tejón, que cantaba:
"Un grano y uno solo. Y todos me los comeré."
Y cuando el viejecito volvía al campo el día siguiente, veía que no le quedaba ni un solo grano. Por culpa de esto, los abuelitos vivían pobremente.

Un día el abuelito, al ver que otra vez el tejón se había comido todo, se enfadó tanto que decidió atrapar al tejón. El abuelito empezó a sembrar y cantar, como siempre, hasta que por fin llegó el tejón. De repente, el abuelito dio un salto, y en un abrir y cerrar de ojos atrapó al tejón malo y le ató con una cuerda fuerte.

Cuando el abuelito llego a casa con su prisionero, le dijo a la abuelita: "Abuelita, ven y mira lo que cogí hoy. Calienta la cazuela y haznos un buen cocido de tejón." y el abuelito volvió al campo.
La abuelita empezó a moler arroz para hacer galletas para la cena.

El tejón, que era muy taimado, le dijo a la abuela: "Abuelita, mira que eso de moler arroz, usted solita, a sus añitos, deberá ser mucho trabajo. ¿Por qué no me desata para poder darle una mano?" La abuela vacilo, pensando que el abuelito se enfadaría. Pero él tejón insistía tanto como quería ayudarla que, al fin, la abuelita decidió dejarle suelto para un poquito. A lo primero el tejón fingió ayudarla y cogió el mano de mortero; pero en vez de moler arroz le dio un bastazo a la abuelita sobre la cabeza y se fugó corriendo. Cuando el viejecito llegó a casa y encontró a la viejecita ya muerta, se puso a llorar. Una liebre, viéndole llorar, le pregunto el por qué de sus lagrimas, y el viejecito le contó su historia. "Vale, yo me vengar por ti." dijo la liebre, y se fue hacia las montañas.

La liebre se puso a recoger leña. Después de un rato, el tejón se acerco y le preguntó que qué hacía. "Este invierno va a ser muy frío, y me estoy preparando," le contesto. El tejón pensó que esto era una buena idea y empezó a ayudar a la liebre. Pronto, tenían un buen montón de leña. Se montaron la leña sobre la espalda y empezaron a bajar la montaña. A medio camino, la liebre empezó a quejarse: "¡Como pesa! ¡Ay, como pesa!" El tejón, para ayudar a su nuevo amigo tanto como para no oírle quejar todo el tiempo, tomó todo la leña de la liebre y se la puso sobre su propia espalda. Al seguir el camino, la liebre, quien caminaba detrás del tejón, comenzó a chocar unas piedras sobre la leña para que se prendiera en fuego.

Cuando el tejón le preguntó que qué era ese ruido, la liebre le contestó que ésta era la Montaña Crujiente, y que el sonido era de los pájaros pegando a loas árboles con los picos. Por fin la leña empezó a quemarse, y al oír las llamas del fuego el tejón le preguntó otra vez a su nuevo amigo lo que era.
"Ese sonido es el llanto de los pájaros, y por eso también le llaman a esta montaña la Montaña de los Pájaros que Llantan." Al quemarle la piel, el tejón comenzó a gritar pero la liebre se escapó corriendo.

El día siguiente, la liebre se puso esta vez a recoger pimientos rojos para hacer picante. AL verlo el tejón, éste se enfado y le chilló que por su culpa la espalda se le había quedado horriblemente quemada.
La liebre se hizo el tonto y le contestó:

"Las liebres de la Montaña Crujiente son las liebres de la Montaña Crujiente.
Los de la Montaña de los Pimientos son los de la Montaña de los Pimientos.
No sé de lo que hablas."
El tejón pensó que éso tenía razón. Le pidió en vez a la liebre si por acaso tenía alguna medicina para las quemaduras.
"Vaya suerte, ahora mismo la estoy preparando", le dijo la liebre al tejón y empezó a cubrirle la espalda con la pimienta. Al principio el tejón no sentía nada, pero poco a poco la pimienta le dejó en peor dolor que antes. En ese momento, la liebre corrió y se escapó otra vez.

El día siguiente la liebre se fue a la montaña de nuevo. Esta vez empezó a cortar árboles, pare hacerse un barco. El tejón llegó, la espalda doliéndole muchísimo, chillándole a la liebre que por culpa de su medicina casi se murió ayer en la montaña de los Pimientos.
La liebre, como si nunca le hubiera conocido, contesto:

"Las liebres de la Montaña de los Pimientos son las liebres de la Montaña de los Pimientos.
Las de la Montana de los Cedros son las de la Montaña de los Cedros.
¿Tú quien eres?"
O la liebre era buen actor o el tejón era bastante crédulo, la cosa es que otra vez el tejón se creyó lo que la liebre le decía. Al enterarse de que la liebre planeaba hacerse un barco, le pregunto por qué.

Cuando la liebre le dijo que era para ir de pesca en el río, el tejón quiso un barco también. "Bueno, yo me hago el barco de color blanco por que la piel la tengo blanca. Tú, ya que tienes pelo marrón, te vendría mejor hacer el barco de tierra.", le explicó la liebre al tejón. Cada uno acabó de construirse su propio barco y se fueron juntos al río. Ya en el agua, el barco de tierra del badger comenzó a disolverse. En muy poco tiempo, el tejón se encontró hundiéndose en el agua. Se ahogaba y gritaba:"¡ Socorro, socorro, ayudame!" Pero la liebre, impasible, le dijo: "Recuerdate ahora de la pobre abuelita que murió por tu culpa," y le abandonó.
La liebre se fue al abuelito. Le anunció que el tejón estaba muerto. Pero en vez de alegrarse el viejecito se entristeció. Pensó que la muerte del tejón no le devolvería la abuelita, y que la venganza no valía para nada.

miércoles, 30 de abril de 2008

EL DIOS DE LA POBREZA -- CUENTO JAPONES


"El dios de la pobreza"


Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar vivía una pareja que tenía muchos hijos.

Ellos a pesar de trabajar mucho vivían en la miseria y un día decidieron dejar de trabajar, cansados de ver que su situación no mejoraba en nada.

En el invierno ya no había ni arroz ni verdura.

Sus hijos dijeron: "Papá tenemos mucha hambre. Queremos comer algo."

El les dijo: "Perdón. Yo y mamá hemos trabajado mucho pero no sé por qué somos pobres. Hablé con mamá y decidimos dejar el pueblo mañana por la mañana."

Los hijos dijeron: "Sí. Vamos a irnos de aquí."

Esa noche el padre vió a un hombre en la casa y se sorprendió mucho. "¿Quién eres?", preguntó.

El hombre le contestó: "Soy el dios de la pobreza."

- "¿Eres el dios de la pobreza?"

- "Sí. He vivido mucho tiempo en esta casa."

- "¿Y qué estás haciendo?"

- "Mañana por la mañana van a salir ¿verdad?. Yo también voy con ustedes. Por eso estoy haciendo unas sandalias de paja.

El padre preguntó: "¿Tú también vas a ir?"

El dios de la pobreza le contestó: "Sí. También viviremos en armonía en la nueva casa."

El padre se sorprendió mucho y exclamó: "¡Vas a venir con nosotros!"

En la noche contó atolondradamente a su esposa lo ocurrido y le dijo: "Por eso somos pobres. Si él viene con nosotros se repetirá lo mismo. Mejor ya no nos vamos."

Al amanecer el dios de la pobreza estaba esperándolos.

- "Tardan mucho en venir. Voy a hacer más sandalias de paja mientras espero."

El dios de la pobreza esperó durante unos días e hizo muchas sandalias de paja. Disfrutaba mucho en hacerlas.

Al ver eso, se juntaron algunos aldeanos en torno al dios de la pobreza a quienes les gustaron mucho las sandalias. Este al recibir tantos halagos empezó a regalarlas.

El padre vió lo ocurrido y pensó en venderlas. Se llevó muchas sandalias al pueblo, las cuales se vendieron como "pan caliente". Recibió mucho dinero pero su situación no cambió - seguía tan pobre como siempre.

En ese momento se dió cuenta que seguiría siendo pobre mientras el dios de la pobreza viviese en su casa, así que decidió librarse de él.

Para ello llamó al dios y le dijo: "Con la venta de las sandalias he recibido mucho dinero y por eso te vamos a hacer una comida".

Esa noche la pasaron muy bien, comieron y bebieron mucho. El dios de la pobreza al ver todo eso dijo: "Como ustedes ya tienen mucho dinero yo no puedo seguir aquí en esta casa, así que esta noche me iré."

Esa noche el dios salió de la casa y los esposos se pusieron muy contentos.

Antes de dormir, el padre decidió ir al baño, y en esoc "¿Aún estás aquí?."

El dios de la pobreza dijo: "Me fui a otra casa pero, en ésta me siento muy bien por eso decidí regresar."

Los esposos se miraron y pensaron - ¡Qué vamos a hacer! ¡Tendremos que vivir siempre con este dios!.

Este se la pasaba todo el día haciendo sandalias y para que continue, los esposos decidieron sembrar arroz, pues del arroz se obtenía la paja con la que las elaboraba.

Pasado un tiempo, los esposos se dieron cuenta que al menos no les faltaba arroz para comer.

Al final, nunca pudieron llegar a ser ricos, pero, vivieron felices para siempre.

¡Y colorín colorado
este cuento se ha acabado!.

BRUJA PIRUJA

CUENTAME UN CUENTO Y VERAS QUE CONTENT@, ME VOY A LA CAMA Y TENGO LINDOS SUEÑOS ... :
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BRUJA PIRUJA


Era una bruja piruja, biruja, maruja, de cabello rojo enrulado que los días de humedad se volvían traviesos y le caían en rulos sobre su frente, sus ojos eran negros y saltones, su nariz grande, aunque no tenía ni un lunar o verruga y su piel blanca como la leche a pesar que siempre vestía de negro.

Todas las noches preparaba en su caldero pociones con patas de ciempiés, ojos de caracol y cola de babosa.

La gente del pueblo venía a pedirle que les cure un cayo del dedo gordo del pie o una verruga de la panza o una uña encarnada y ella siempre dispuesta les regalaba sus pociones.

A veces todo salía bien, pero otras ¡se metía en cada lío!

Un día la visitó Doña Eduviges, que era la chismosa del pueblo, para pedirle que cure a su loro que se había quedado mudo y por más que ella le hablara, el loro no decía ni una palabra.

Nuestra bruja piruja, biruja, maruja, decidió ayudarla y preparó esa noche una sopa con lengua de mosquito y patas de gusano. El loro tomó la sopa...pero no habló.

Doña Eduviges muy furiosa visitó nuevamente a la bruja chiruja, miruja, para decirle que su loro seguía mudo. Fue entonces cuando la bruja firuja, fruja, decidió usar todo su poder y realizó un hechizo a la luz de la luna, lástima que esa noche hubo muchas nubes, para que el loro de doña Eduviges hable.

No sabemos si fue eso o que fue, pero el lorito comenzó a hablar, pero no para pedir la comidita sino para contar los chismes que decía Doña Eduviges y aunque ésta trato por todos los medios de callarlo, el loro hablaba y hablaba sin parar.

Así fue como la bruja piruja, maruja, liruja, biruja, chiruja,...decidió dejar de hacer hechizos y dedicarse al cultivo de rabanitos que siempre le habían gustado en la ensalada.
Y colorin, colorado, este cuento ha acabado....

martes, 29 de abril de 2008

EL AMIGO FIEL -- OSCAR WILDE


El amigo fiel
Oscar Wilde


Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su
agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos
tupidos bigotes grises. Su cola parecía un largo elástico
negro.
Unos patitos nadaban en el estanque semejantes a una
bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca
con patas rojas, esforzábase en enseñarles a hundir la
cabeza en el agua.
-No podréis ir nunca a la buena sociedad si no
aprendéis a meter la cabeza -les decía.
Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero
los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones.
Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la
vida de sociedad.
-¡Qué criaturas más desobedientes! -exclamó la rata de
agua- ¡Merecían ahogarse verdaderamente!
-¡No lo quiera Dios! -replicó la pata-. Todo tiene sus
comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los
padres.
-¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos
paternos -dijo la rata de agua- No soy padre de familia.
Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo.
Indudablemente el amor es una buena cosa a su manera;
pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el
mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.
-Y, digame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de
los deberes de un amigo fiel? -preguntó un pardillo verde
que había escuchado la conversación posado sobre un
sauce retorcido.
-Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber -dijo
la pata, y nadando hacia el extremo del estanque, hundió
su cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
-¡Necia pregunta! -gritó la rata de agua-. ¡Como es
natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra
fidelidad!
-¿Y qué hará usted en cambio? -dijo la avecilla
columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus
alitas.
-No le comprendo a usted -respondió la rata de agua.
-Permitidme que les cuente una historia sobre el asunto
-dijo el pardillo.
-¿Se refiere a mí esa historia? -preguntó la rata de
agua- Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me
vuelven loca los cuentos.
-Puede aplicarse a usted -respondió el pardillo
Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y
contó la historia del amigo fiel.
-Había una vez -empezó el pardillo- un honrado mozo
llamado Hans.
-¿Era un hombre verdaderamente distinguido? -
preguntó la rata de agua.
-No -respondió el pardillo-. No creo que fuese nada
distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda
cara morena y afable.
Vivía en una pobre casita de campo y todos los días
trabajaba en su jardín.
En toda la comarca no había jardín tan hermoso como
el suyo. Crecían en él claveles, alelíes, capselas,
saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas,
azafranadas, lilas y oro y alelíes rojos y blancos.
Y según los meses y por su orden florecían agavanzos
y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas
e iris de Alemania, asfodelos y claveros.
Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre
cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.
El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más
allegado a él era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el
rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no
visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y
coger un gran ramo de flores o un buen puñado de
lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas
y de cerezas, según la estación.
-Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí -
acostumbraba decir el molinero.
Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente,
sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba tan
noblemente.
Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba
raro que el rico molinero nodiese nunca nada en cambio
al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina
almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran
número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca
por semejante cosa.
Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que
el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los
verdaderos amigos.
Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En
primavera, en verano y en otoño, sentíase muy feliz; pero
cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores
que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha
hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más
que unas peras secas y algunas nueces rancias.
Además, en invierno, encontrábase muy solo, porque el
molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.
-No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras
duren las nieves -decía muchas veces el molinero a su
mujer-. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas
solas y no atormentarlas con visitas. Ésa es por lo menos
mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es
acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a
verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le
alegrará.
-Eres realmente solícito con los demás -le respondía su
mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego
de leña-. Resulta un verdadero placer oírte hablar de la
amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella tan
bellas cosas como tú, aunque viva en una casa de tres
pisos y lleve un anillo de oro en el meñique.
-¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir
aquí? -preguntaba el hijo del molinero- Si el pobre Hans
pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis
conejos blancos.
-¡Qué bobo eres! -exclamó el molinero-.
Verdaderamente, no sé para qué sirve mandarte a la
escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans
viniese aquí, ¡pardiez!, y viera nuestro buen fuego, nuestra
excelente cena y nuestra gran barrica de vino tinto, podría
sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que
estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo
sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor
amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no
exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese
aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada,
lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad
es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se
escriben de un modo diferente y significan cosas muy
distintas, como todo el mundo sabe.
-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero
sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente. Me siento
verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la
iglesia.
-Muchos obran bien -replicó el molinero-, pero pocos
saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con
mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las
dos.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo,
que sintió tal vergüenza de sí mismo, que bajó la cabeza,
se puso casi escarlata y empezó a llorar encima de su té.
¡Era tan joven, que bien pueden ustedes dispensarle!
-¿Ése es el final de la historia? -preguntó la rata de
agua.
-Nada de eso -contestó el pardillo-. Ése es el comienzo.
-Entonces está usted muy atrasado con relación a su
tiempo -repuso la rata de agua- Hoy día todo buen
cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y
termina por la mitad. Es el nuevo método. Lo he oído así
de labios de un crítico que se paseaba alrededor del
estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y
estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas
azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna
observación contestaba siempre: «¡Psé!» Pero continúe
usted su historia, se lo ruego. Me agrada mucho el
molinero. Yo también encierro toda clase de bellos
sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.
-¡Bien! -dijo el pardillo brincando sobre sus dos
patitas-. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas
empezaron a abrir sus estrellas amarillas pálidas, el
molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al
pequeño Hans.
-¡Ah, qué buen corazón tienes! -le gritó su mujer-.
Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar el
cesto grande para traer las flores.
Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del
molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina
con la cesta al brazo.
-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.
-Buenos días -contestó Hans, apoyándose en su azadón
y sonriendo con toda su boca.
-¿Cómo has pasado el invierno? -preguntó :
-¡Bien, bien! -repuso Hans- Muchas gracias
interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la
primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van
muy bien.
-Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este
invierno, Hans -prosiguió el molinero-, preguntándonos
qué sería de ti.
-¡Qué amable eres! -dijo Hans-. Temí que me hubieras
olvidado.
-Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo -dijo el
molinero-. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene
de admirable, aunque me temo que no comprendas la
poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están
tus velloritas!
-Sí, verdaderamente están muy bellas -dijo Hans-, y es
para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al
mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre y
con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.
-¿Qué comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir
entonces que la has vendido? Es un acto bien necio.
-Con toda seguridad, pero el hecho es -replicó Hans-
que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una
estación mala para mí y no tenía ningún dinero para
comprar pan. Así es que vendí primero los botones d
plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena
de plata y después mi flauta. Por último vendí mi
carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.
-Hans -dijo el molinero-, te daré mi carretilla. No está
en muy buen estado. Uno de los lados se ha roto y están
algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te
la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha
gente le parecerá una locura que me desprenda de ella,
pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la
generosidad es la esencia de la amistad, y además, me he
comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo...
Te daré mi carretilla.
-Gracias, eres muy generoso -dijo el pequeño Hans. Y
su afable cara redonda resplandeció de placer-. Puedo
arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.
-¡Una tabla! -exclamó el molinero-. ¡Muy bien! Eso es
precisamente lo que necesito para la techumbre de mi
granero. Hay una gran brecha y se me mojará todo el trigo
si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de
notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he
dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es
que la carretilla vale mucho más que la tabla, p
amistad sincera no repara nunca en esas cosas. Dame en
seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para
arreglar mi granero.
-¡Ya lo creo! -replicó el pequeño Hans
Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.
-No es una tabla muy grande -dijo el molinero
examinándola- y me temo que una vez hecho el arreglo de
la techumbre del granero no quedará madera suficiente
para el arreglo de la carretilla, pero claro es que no tengo
la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi
carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en
cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo
casi por completo.
-¿Casi por completo? -dijo el pequeño Hans, bastante
afligido porque el cesto era de grandes dimensiones y
comprendía que si lo llenaba, no tendría ya flores para
llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones
de plata.
-A fe mía -respondió el molinero-, una vez que te doy
mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas
flores. Podré estar equivocado, pero yo me figuré que
la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda
clase de egoísmo.
-Mi querido amigo, mi mejor amigo -protestó el
pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu
disposición, porque me importa mucho más tu estimación
que mis botones de plata.
Y corrió a coger las lindas velloritas y a llenar el cesto
del molinero.
-¡Adiós, pequeño Hans! -dijo el molinero subiendo de
nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al
brazo.
-¡Adiós! -dijo el pequeño Hans.
Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de
tener una carretilla!
A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas
madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que
le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera
y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.
Era el molinero con un gran saco de harina a su
espalda.
-Pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿querrías llevarme
este saco de harina al mercado?
-¡Oh, lo siento mucho! -dijo Hans-; pero
verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo
que sujetar todas mis enredaderas, que regar todas mi
flores y que segar todo el césped.
-¡Pardiez! -replicó el molinero-; creí que en
consideración a que te he dado mi carretilla no te negarías
a complacerme.
-¡Oh, si no me niego! -protestó el pequeño Hans-. Por
nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo
tratándose de ti.
Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco sobre el
hombro.
Era un día muy caluroso y la carretera estaba
terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al
mojón que marcaba la sexta milla, hallábase tan fatigado
que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó
mucho en continuar animosamente su camino, llegando
por fin al mercado.
Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a
un buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque
temía encontrarse a algún salteador en el camino si se
retrasaba mucho.
-¡Qué día más duro! -se dijo Hans al meterse en la
cama- Pero me alegra mucho no haberme negado, porque
el molinero es mi mejor amigo y, además, va a darme su
carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero
llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño
Hans estaba tan rendido, que no se había levantado aún de
la cama.
-¡Palabra! -exclamó el molinero-. Eres muy perezoso.
Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que
podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio
y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera
perezoso o apático. No creas que te hablo sin miramientos.
Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo.
Pero, ¿de qué serviría la amistad sino pudiera uno decir
claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir
cosas amables y esforzarse en ser agradable y en halagar,
pero un amigo sincero dice cosas molestas y no teme
causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo
verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.
-Lo siento mucho -respondió el pequeño Hans,
restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir-.
Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace
poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que
trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?
-¡Bueno, tanto mejor! -replicó el molinero dándole uno
palmada en el hombro-; porque necesito que arregles la
techumbre de mi granero.
El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a
su jardín porque hacía dos días que no regaba sus flores,
pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen
amigo para él.
-¿Crees que no sería amistoso decirte que tengo que
hacer? -preguntó con voz humilde y tímida.
-No creí nunca, a fe mía -contestó el molinero-, que
fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de
regalarte mi carretilla, pero claro el que lo haré yo mismo
si te niegas.
-¡Oh, de ningún modo! -exclamó el pequeño Hans,
saltando de su cama.
Se vistió y fue al granero.
Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al
ponerse el sol, vino el molinero a ver hasta dónde había
llegado.
-¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? -
gritó el molinero con tono alegre.
-Está casi terminado -respondió Hans, bajando de la,
escalera.
-¡Ah! -dijo el molinero- No hay trabajo tan delicioso
como el que se hace por otro.
-¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño
Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto,
pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.
-¡Oh, ya las tendrás! -dijo el molinero-; pero habrás de
tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la
práctica de la amistad. Algún día poseerás también la
teoría.
-¿Crees eso de verdad? -preguntó el pequeño Hans.
-Indudablemente -contestó el molinero-. Pero ahora que
has arreglado el techo, mejor harás en volverte a tu casa a
descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a
la montaña.
El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día
siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros
hasta cerca de su casita y Hans se marchó con ellos a la
montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando
regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no
se despertó hasta entrada la mañana.
-¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! -se dijo, e
iba a ponerse a trabajar; pero por un motivo u otro no tuvo
tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo
el molinero y le mandaba muy lejos a recados o le pedía
que fuese a ayudar en el molino. Algunas veces el
pequeño Hans se apuraba grandemente al pensar que sus
flores creerían que las había olvidado; pero se consolaba
pensando que el molinero era su mejor amigo.
-Además -acostumbraba a decirse- va a darme su
carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento.
Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste
decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que
Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche,
pues era culto.
Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño
Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la
puerta.
La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en
torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó
al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta.
Pero sonó un segundo golpe y después un tercero más
violento que los otros.
-Será de algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans y
corrió a la puerta.
El molinero estaba en el umbral con una linterna en una
mano y un grueso garrote en la otra.
-Querido Hans -gritó el molinero-, me aflige un gran
pesar, mi chico se ha caído de una escalera, hiriéndose.
Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche
es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya
sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien
que hicieses algo por mí en cambio.
-Seguramente -exclamó el pequeño Hans-; me alegra
mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero
debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura,
que temo caer en alguna zanja.
-Lo siento muchísimo -respondió el molinero-,pero es
mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese
algo.
-¡Bueno, no hablemos más! Me pasaré sin ella -dijo el
pequeño Hans.
Se puso su gran capa de pieles, su gorro encarnado de
gran abrigo, se enrolló su tapabocas alrededor del cuello y
partió.
¡Qué terrible tempestad se desencadenaba!
La noche era tan negra, que el pequeño Hans no veía
apenas, y el viento tan fuerte, que le costaba gran trabajo
andar.
Sin embargo, él era muy animoso, y después de
caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y
llamó a su puerta.
-¿Quién es? -gritó el doctor, asomando la cabeza a la
ventana de su habitación.
-¡El pequeño Hans, doctor!
-¿Y qué deseas, pequeño Hans?
-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se
ha herido y es necesario que vaya usted en seguida.
-¡Muy bien! -replicó el doctor.
Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes
botas, y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a
casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie, detrás
de él.
Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el
pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al
caballo.
Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el
páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos
profundos, cayó en tino de ellos el pobre Hans y se ahogó.
A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su
cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a
casita.
Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans
porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza
del duelo.
-Era yo su mejor amigo -decía el molinero-; justo es
que ocupe el sitio de honor.
Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga
capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con
un gran pañuelo de hierbas.
-El pequeño Hans representa ciertamente una gran
pérdida para todos nosotros -dijo el hojalatero una vez
terminados los funerales y cuando el acompañamiento
estuvo cómodamente instalado en la posada, bebiendo
vino dulce y comiendo buenos pasteles.
-Es una gran pérdida, sobre todo para mí -contestó el
molinero-. A fe mía que fui lo bastante bueno para
comprometerme a darle mi carretilla y ahora no se qué
hacer de ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado,
que si la vendiera no sacaría nada. Os aseguro que de aquí
en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las
consecuencias de haber sido generoso.
-Y es verdad -replicó la rata de agua después de una
larga pausa.
-¡Bueno! Pues nada más -dijo el pardillo.
-¿Y qué fue del molinero? -dijo la rata de agua.
-¡Oh! No lo sé a punto fijo -contesto el pardillo y
verdaderamente me da igual.
-Es evidente que su carácter de usted no es nada
simpático -dijo la rata de agua.
-Temo que no haya usted comprendido la moraleja de
la historia -replicó el pardillo.
-¿La qué? -gritó la rata de agua.
-La moraleja.
-¿Quiere eso decir que la historia tiene una moraleja?
-¡Claro que sí! -afirmó el pardillo.
-¡Caramba! -dijo la rata con tono iracundo- Podía usted
habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le
hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho
indudablemente: «¡Psé!», como el crítico. Pero aun estoy a
tiempo de hacerlo.
Gritó su «¡Psé!» a toda voz, y dando un coletazo, se
volvió a su agujero.
-¿Qué le parece a usted la rata de agua? -preguntó la
pata, que llegó chapoteando algunos minutos después-
Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte,
tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón
empedernido sin que se me salten las lágrimas.
-Temo haberle molestado -respondió el pardillo-. El
hecho es que le he contado una historia que tiene su
moraleja.
-¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! -dijo la
pata.
-Y yo comparto su opinión en absoluto.

domingo, 27 de abril de 2008

UN DUENDE BURLON -- DIASPAR

Un duende burlón
Diaspar


A mi amigo Igor Cantero, etc., etc. Pues sé que al menos se molestara en imprimirlo y encuadernarlo... pues.

¡Hola amigos!. Gracias por leerme. Me llamo... bueno mi nombre no importa, ya que no soy el protagonista de este cuento. Los protagonistas son esa loca y maravillosa gente que vive en mi ciudad.
Tomemos un barrio cualquiera, el mío que es el que conozco mejor. Es un barrio de casas adosadas (casamatas las llaman aquí), con un diminuto jardín. Pero no quiero hablar de mi casa, ni del jardín, sino del garaje.
Supongo que la mayoría de vosotros pensareis que os voy a contar, el numero de naves espaciales que tengo aparcadas en él, o el saltatiempos de ultimo modelo que he adquirido. Siento desilusionaros, pero mi garaje es de los más corrientitos: suelo pintado de verde, paredes enjalbegadas, techo en que se ven las bobedillas de hormigón, una bombilla colgando del cable y unos 30 metros cuadrados. Eso sí, tiene hasta una puerta basculante, que soy el único que no ha automatizado. Aunque con un micrófono, un altavoz especial y un programita de ordenador, he obtenido los códigos por ultrasonidos de todos mis vecinos. Me suelo divertir a veces abriéndolas y cerrándolas a mi gusto, con gran desconcierto del personal.
–¡Manué! –dice mi vecina con su bata de boatiné – ¡Manué, q'esta puerta no se quié cerrá! ¡Llama ar tenico!
Por supuesto, Manuel antes de llamar al técnico, baja a asegurarse. Y claro, se encuentra con la puerta perfectamente cerrada y su mujer boquiabierta, mirando a la puerta horrorizada.
–Maruha –le dice –Mira Maruha, que tú lo que no sabe, es apretá lo botone.
Y Maruja, sube las escaleras tras su marido, arrojando miradas furtivas a su espalda.
En una de mis largas noches de insomnio, mientras fumaba un cigarrillo, contemplando con melancolía rielar la luna en la mar, sopló de súbito una cálida ráfaga de terral. Un embriagador aroma a jazmín invadió la calle y la noche se volvió mágica.
En la terraza aledaña una furtiva sombra se asomó de puntillas. Inmediatamente se abrió la puerta del garaje y otras tres mas, iluminando a la calle sin farolas, con un tétrico resplandor.
–¡¡¡Manué, Manué, Manué...!!! – entró aullando horrorizada – ¡Manué, que por mis muerto aquí hay un divé!
(Un divé en Andalucía es un duende burlón.)
Empezaron a encenderse luces por todo el barrio, mientras a lo lejos sonaba acercándose una sirena, pero solo el tiro de perros de trineo del numero treinta, fueron lo bastante rápidos para ver cerrarse silenciosamente los portones. No me importó, son amigos míos y sé que callaran.
Aquello fue el caos. Fue saliendo a balcones y terrazas todo el vecindario, con las variopintas ropas de dormir que usamos todos.
Angustias, la del numero diez, que es una furibunda ecologista y se niega a usar insecticidas, con un traje completo de esgrima.
Del veinticuatro salieron Perico que es banquero, luciendo unos slips azules con signos del euro rodeados de estrellitas, mientras su mujer con una camiseta del Málaga llevaba una mascarilla verde con pepinillos y una de esas cofias que se les ponen a los perros para que no se rasquen las orejas.
Felipe, el del numero dieciocho, vestido únicamente con un goteante preservativo y un trabuco naranjero heredado de su abuelo.
Juan, el del chalet veinte, con una hopalanda carmesí con encajes de Bruselas.
Carmela, la del ventiseis, con un picardías de faralaes y peineta.
Secundino, que habita en el doce, que padece de reuma, con un traje completo de submarinista.
Y así todos, como unos doscientos iluminados por las destellantes luces de tres coches patrulla. Un autentico carnaval y todos gritando.
Alguien empezó a tocar palmas. No se sabe de donde salió una guitarra y un violín. Carmela se arrancó por verdiales, mientras el banquero y su mujer se ponían a bailar.
La confusión llegó al máximo, cuando al fin apareció un camión de bomberos, y tras aparcar a uno de los coches de la policía diez metros mas adelante de un golpe, se bajo el jefe, que con un amplio ademan se hizo cargo de la situación.
–¡Dejádmelo a mí! –rugió.
Y percatándose ojo avizor que la única casa que permanecía a oscuras, era la numero trece, mandó a sus fornidos hombres derribar la puerta a hachazos, sacar en brazos a sus dormidos habitantes, y llenarla de espuma, hasta que esta salió por la chimenea en una elegante eyaculación.
Entonces como al final de un castillo de fuegos artificiales, o quizás por la cercanía de la aurora, el tiempo refrescó y desapareció el olor a jazmín. La noche volvió a ser normal.
La policía se marchó, llevándose a Maruja, acompañada por el del trabuco, que fue arrestado por una mujer-policía y acusado de exhibición de armas peligrosas. Los bomberos recogieron sus mangueras y se fueron estrepitosamente también. La gente se fue recogiendo en sus casas, mientras se apagaban las luces y volvía la habitual calma a la calle. El típico vendedor con su canasto que siempre aparece como por ensalmo, también se fue, perdiéndose su pregón en la lejanía.
–¡Almendras, patatas fritas...!
Solo cuatro estupefactas y petrificadas figuras y un gato, vestidas con pijamas a rayas y recatados camisones, contemplaban boquiabiertas su burbujeante casa. Hasta que una de ellas dijo:
–¡Sabe alguien que ha pasado aquí!
Como ya amanecía, me embocé en mi negra capa y tras dirigir un guiño de complicidad a los sonrientes y callados Huskis, que no perdieron detalle, me retiré a dormir.

A los dos detenidos, los puso en libertad por la mañana un aburrido comisario, a Maruja por que no se aclaró con ella y a Felipe porque se comprobó que las armas estaban descargadas.
Desde entonces mi vecina, se a aficionado a las llamadas "ciencias paranormales", y han pasado por su casa, todo un rebaño de melenudos parapsicólogos, echadoras de tarot, lectores del pensamiento, cazafantasmas, curanderos, zahoríes e incluso, como sabe mi afición a la ciencia ficción, intentó consultar conmigo.
–Mira Maruja –le respondí muy serio –Mi especialidad son los viajes intertemporales.
Y desde entonces me mira con mas respeto. Creo que piensa que soy una especie de "turoperator" en Torremolinos. Pero... jamas nadie sabrá mi autentica profesión.


* * *
–¿ .....?
–Hombre Interruptus, así que estabas escuchando. Lo que hay dentro del garaje es cosa de otra historia. Otro día la contare.
–¿.....?
– Sí, un poco exagerado, pero asi son mas o menos las ferias de agosto en las calles.
(Coitus Interruptus es un viejo amigo. Tiene ese curioso nombre por ser el hijo trece de una familia muy católica que... Bien, también dejaremos para otra vez esa historia.)

* * *
Málaga, abril de 1999
Él diaspar
... Limpio, pulo y doy esplendor.


* * *


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El autor.