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martes, 9 de noviembre de 2010

LA OPINIÓN DE LA CRÍTICA SOBRE Quidditch a través de los tiempos

LA OPINIÓN DE LA CRÍTICA SOBRE Quidditch a través de los tiempos




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Balthilda Bagshot, autora de

Una historia de la magia




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Editor de El mundo de la escoba




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Brutus Scrimgeour, autor de

La biblia de los golpeadores




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Gilderoy Lockhart, autor de El encantador




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Ludovic Bagman, golpeador de la selección

de Inglaterra y de las Avispas de Wimbourne




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Rita Skeeter, El Profeta
Acerca del Autor




Kennilworthy Whisp es un reconocido experto en quidditch (además de un fanático, según sus propias palabras). Es autor de numerosas obras relacionadas con el quidditch, tales como los asombrosos Wingtown Wanderers, Volaba como un loco (una biografía de Dai Peligroso Llewellyn) y Golpear las bludgers: un estudio sobre estrategias defensivas en el quidditch.

Kennilworthy whisp divide su tiempo entre su hogar en Nottinghamshire y <>. Sus aficiones incluyen el backgammon, la cocina vegetariana y coleccionar escobas clásicas.
Prólogo




Quidditch a través de los tiempos es uno de los títulos más populares en la biblioteca del Colegio Hogwarts. La señora Pince, nuestra bibliotecaria, me ha contado que lo manosean, lo babean y en general lo maltratan casi todos los días: un verdadero cumplido para cualquier libro. Quienes jueguen o sigan partidos de quidditch con regularidad, disfrutarán con el libro del señor Whisp, como lo hacemos quienes estamos interesados en otros aspectos de la historia de la magia. Nosotros hemos desarrollado el juego del quidditch, y él nos ha desarrollado a nosotros. El quidditch, nos reúne para compartir momento de regocijo, triunfo y (para aquellos que apoyan a los Chudley Cannons) desesperación.

Debo admitir que me costó un poco persuadir a la señora Pince de que se desprendiera de uno de sus libros para que pudiera ser reproducido y destinado a un consumo más amplio. De hecho, cuando le dije que estaría a disposición de los muggles, enmudeció y no se movió ni parpadeó en varios minutos. Cuando se recuperó, fue lo bastante precavida para preguntarme si había perdido la razón. Me alegró poder tranquilizarla en ese punto y procedí a explicarle los motivos de esta inaudita decisión.

Los lectores muggles no necesitarán una presentación del trabajo de Comic Relief (editorial del libro), pero ahora voy a repetir la explicación que le ofrecí a la señora Pince en beneficio de las brujas y los magos que hayan comprado este libro. Comic Relief utiliza la risa para luchar contra la pobreza, la injusticia y las catástrofes. Esta difusión generalizada de la diversión se convierte en grandes sumas de dinero (casi 50,000 millones de pesetas desde que comenzaron a trabajar en 1985, unos treinta y cuatro millones de galeones). Al comprar este libro –y debo aconsejarte que lo compres, porque, si lo lees demasiado tiempo sin haberlo pagado, descubrirás que has caído bajo la maldición de los ladrones- tú también contribuirás a esta misión mágica.

Estaría engañando a mis lectores si les dijera que esta explicación hizo que la señora Pince se alegrara de ofrecer un libro de la biblioteca a los muggles. Me sugirió varias alternativas, tales como decirle a la gente de Comic Relief que la biblioteca se había quemado o que simplemente hiciéramos como si me hubiera muerto de repente sin dejar instrucciones. Cuando le dije que prefería mi plan original, accedió de mala gana a entregarme el libro; aunque, en el momento de hacerlo, la traicionaron los nervios y tuve que desasirle uno a uno los dedos con que aferraba el lomo del libro.

Pese a que he eliminado de esta obra los acostumbrados encantamientos de los volúmenes de la biblioteca, no puedo prometer que no quede algún vestigio. Se sabe que la señora Pince añade maleficios raros a los libros que tiene a su cargo. El año pasado, yo mismo hice distraídamente unos garabatos en un ejemplar de Teorías de la transformación transustancial y al momento me encontré con que el libro me golpeaba ferozmente en la cabeza. Por favor, trata este libro con cuidado. No rompas sus páginas, no lo dejes tirado en el cuarto de baño: no puedo asegurarte que la señora Pince no se abalance sobre ti, dondequiera que estés, y te exija una multa cuantiosa.

Solo me resta darte las gracias por tu apoyo a Comic Relief y suplicar a los muggles que no intenten jugar al quidditch en sus casas ya que, por supuesto, es un deporte totalmente ficticio y nadie lo juega realmente.

También aprovecho esta oportunidad para desear la mejor de las suertes al Puddlemere United en la próxima temporada.


Capítulo 1: La evolución de la escoba voladora




Todavía no se ha inventado ningún encantamiento que permita a los magos volar en su forma humana sin medios adicionales. Aquellos pocos animagos que se transforman en criaturas aladas pueden disfrutar del vuelo, pero son una rareza. Cuando una bruja o un mago se ven transformados en murciélago, puede volar, no obstante, al tener cerebro de animal, casi siempre olvidan adónde querían ir tan pronto como aprenden el vuelo. Levitar es algo trivial; nuestros ancestros no se conformaban con flotar en el aire a cinco metros del suelo. Querían algo más. Querían volar como pájaros, pero sin las molestias de que le salieran plumas.

Hoy día estamos tan acostumbrados al hecho de que haya el menos una escoba voladora en todos los hogares de magos de Inglaterra que rara vez nos detenemos a preguntarnos el motivo. ¿Por qué la humilde escoba se ha convertido en el único objeto legalmente permitido como medio de transporte para los magos?

¿Por qué en Occidente no se adoptó la alfombra, tan apreciada por nuestros hermanos de Oriente? ¿Por qué no elegimos hacer toneles voladores, sillones voladores, bañeras voladoras? ¿Por qué escobas?

Las brujas y magos eran lo bastante perspicaces para darse cuenta de que sus vecinos muggles tratarían de utilizar sus poderes si llegaban a conocer todo su alcance, de modo que los ocultaron mucho antes de que se aprobara el Estatuto Internacional del Secreto de los Brujos. Si iban guardar en sus casas un medio para volar, necesariamente debía ser algo discreto, algo fácil de esconder. La escoba era ideal para ese propósito; no había que buscar explicaciones ni excusas si los muggles la encontraran, eran fáciles de llevar y además, baratas. Sin embargo, las primeras escobas encantadas para que pudieran volar tenían sus inconvenientes.

Existen documentos que demuestran que brujas y magos en Europa ya usaban escobas voladoras en el año 962 de la era cristiana. Un manuscrito iluminado alemán de esa época muestra a tres magos con una expresión de notable incomodidad en el rostro tras desmontar sus escobas. Guthrie Lockrin, un mago escocés, escribía en 1107 que tenía <> después de un corto viaje en escoba voladora desde Montrose hasta Argroath.

Una escoba voladora de la Edad Media que se exhibe en el Museo del Quidditch de Londres nos permite hacernos una idea de la incomodidad a que se refería Lochrin (véase la figura A). Una escoba construida a partir de una gruesa rama nudosa de fresno sin barnizar, con varillas de avillano atadas toscamente a un extremo, no es ni cómoda ni aerodinámica. En consonancia, los encantamientos que posee son también básicos: sólo puede ir hacia delante, siempre a la misma velocidad; el resto de funciones que incluye son subir, bajar y detenerse.







Como las familias de magos de la época se fabricaban sus propias escobas, habían enormes diferencias de velocidad, comodidad y maniobrabilidad entre los transportes de que se disponía. Sin embargo, en el siglo XII los magos habían adoptado el trueque de servios, de manera que un habilidoso fabricante de escobas podía intercambiarlas por las pociones que se le daban mejor a sus vecinos. Una vez que las escobas voladoras se hicieron más cómodas empezaron a volar por placer, más que meramente para trasladarnos del punto A al punto B.



Capítulo 2: Antiguos juegos de escobas voladoras




Los deportes con escoba surgieron una vez que los palos hubieron mejorado lo bastante para permitir que los conductores variaran la altitud, velocidad y dirección en el aire. Gracias a antiguos textos y cuadros centrados en temas mágicos, tenemos alguna noción de los juegos que practicaban nuestros antepasados. Algunos ya no existen y otros han sobrevivido o evolucionado hasta convertirse en los deportes que actualmente conocemos.

La famosa carrera anual de escobas en Suecia se remonta al siglo X. Los competidores volaban de Kopparberg a Arjeplog, una distancia de uno 500 kilómetros. La ruta atravesaba una reserva de dragones y el gran trofeo de plata tenía la forma de un hocicorto sueco. En el presente, la carrera es un acontecimiento internacional, y magos de todos los países se congregan en Koppargerg para animar en la línea de salida y se aparecen en Arjeplog, donde aclaman a los supervivientes.

El famoso cuadro Günther der Gewalttätige ist der Gewinner ( Guther el Violento es el ganador), fechado en 1105, muestra el antiguo juego alemán del stichstock. Un poste de seis metros de alto estaba coronado por una vejiga de dragón inflada. Un jugador montado en una escoba tenía la misión de protegerla. El guardián o guardiana de la vejiga estaba atado por la cintura al poste mediante una soga, de manera que no podía alejarse más de 3 metros. Los jugadores restantes debían volar por turnos hasta la vejiga e intentar pincharla con la punta especialmente afilada de sus escobas. El guardián de la vejiga tenía permiso tenía remido para utilizar su varita mágica con el objeto de rechazar estos ataques. El juego terminaba cuando uno de los jugadores lograba perforar la vejiga, o cuando el guardián conseguía anular a todos los adversarios con sus maleficios o bien estos caían agotados. En el siglo XIV, el juego del stichstock declinó hasta desaparecer.

En Irlanda floreció el juego del aingingein, tema de muchas baladas irlandesas (cuenta la leyenda que el mítico mago Fingal del Temerario era todo un campeón). Uno por uno los jugadores debían atrapar la dom o pelota (en realidad una vesícula biliar de cabra) y pasar a toda velocidad a través de una serie de toneles colocados a gran altura sobre postes. La dom debía ser arrojada a través del último tonel. El jugador que tardara menos en cruzar con la dom a través del último tonel sin quemarse en trayecto era el ganador.

Escocia Fue la cuna del que probablemente sea el más peligroso de todos los juegos de escoba: el creaothceann. Un poema trágico del siglo XI menciona el juego. La primera estrofa, traducida el original en gaélico, dice así:




Los jugadores se reunieron,

Doce hombres bravos y apuestos.

Se ataron sus calderos,

Se prepara para ascender.

Al sonido del cuerno,

Levantaron raudos el vuelo.

Pero al albur del destino,

diez habrían de fenecer.






Los jugadores de creaothceann llevaban un caldero atado a la cabeza. Al sonido del cuerno o el tambor, hasta un centenar de cantos rodados y rocas que habían sido suspendidos en el aire a unos treinta metros del suelo mediante un hechizo se precipitaban hacia la tierra. Los jugadores pasaban a toda velocidad y procuraban atrapar todas las rocas que podían en sus calderos. Dado que muchos magos escoceses sostenían que el creaothceann constituía la prueba suprema de virilidad y coraje, el juego gozó de mucha popularidad durante la Edad Media pese a la enorme cantidad de muertes que causaba. Este juego se declaró ilegal en 1762 y, aunque Magnus Cráneo Abollado Macdonald encabezó una campaña para reintroducirlo en 1960, el Ministerio de Magia jamás ha levantado la prohibición.

El shuntbumps fue popular en Devon, Inglaterra. Consistía en una especie de justa rudimentaria donde el objetivo era derribar de sus escobas la mayor cantidad posible de adversarios, de modo que la única persona que quedara montada en la escoba ganaba.

El swivenhodge aparteció en Herefordshire. Como el stichstock, se jugaba con una vejiga inflada, habitualmente de cerdo. Los jugadores se sentaban al revés en sus escobas, mirando al cepillo, y con éste golpeaban la vejiga por encima de un seto, pasándosela unos a otros. Cuando un jugador no conseguía devolverla su adversario sumaba un punto. El primero en anotar cincuenta puntos era el ganador.

El swivenhodge todavía se juega en Inglaterra, aunque nunca ha gozado de mucho seguimiento entre la población; el shuntbumps perdura solamente como juego de niños. Sin embargo, en el pantano Queerdich se creó un juego que un día se convertiría en el más popular en el mundo de los magos.


Capítulo 3: El juego del pantano Queerditch




Si conocemos los rudimentarios comienzos del quidditch es gracias a los textos de la bruja Gertie Keddle, que vivió a la orilla del pantano Queerditch en el siglo XI. Afortunadamente para nosotros, ella escribía un diario que ahora está en el Museo del Quidditch de Londres. Los pasajes que siguen a continuación han sido traducidos del original, redactando en un sajón con muchas faltas de ortografía.




Martes. Caluroso. Ya están otra vez esos del otro lado del pantano. Juegan a no sé qué estupidez con sus escobas voladoras. Una gran pelota de cuero aterrizó en mis coles. Eché un maleficio sobre el hombre que vino a buscarla. Me encantaría ver volar a ese gran puerco peludo con las rodillas en la espalda.




Martes. Húmedo. Estaba fuera, en el pantano, recolectando ortigas. Los idiotas de las escobas estaban jugando otra vez. Los observé un rato por detrás de una roca. Tenían una pelota nueva. Se la tiraban unos a otros y trataban de colarla entre las copas de los árboles que hay a cada extremo del pantano. Qué manera más absurda de hacer el tonto.




Martes. Ventoso. Gwenog vino a tomar té de ortiga, luego me invitó a que saliéramos a pasear. Terminamos contemplando a esos zopencos que juegan en el pantano. Ese mago escocés grandote de arriba de la colina estaba allí. Ahora había dos rocas pesadas que volaban alrededor de ellos y trataban de tirarlos de sus escobas. Lástima que no ocurriera mientras yo miraba. Gwenog me contó que ella juega a menudo. Volví a casa disgustada.




Estos fragmentos revelan mucho más de los que Gertie Keddle podía suponer, además del hecho de que sólo conocía del nombre de uno de los días de la semana. En primer lugar, la pelota que aterrizó en su huerta de coles estaba hecha de cuero, como la quaffle moderna; naturalmente, la vejiga inflada que se utilizaba en otros juegos de escoba de aquella época sería difícil de arrojar con precisión, sobre todo cuando hiciera mucho viento. En segundo lugar, Gertie nos dice que los hombres <>: aparentemente una forma primitiva de marcar. Y en tercer lugar, nos permite vislumbrar las precursoras de las bludgers.

Es sumamente interesante que allí estuviera presente <>. ¿Sería un jugador de creaothceann? ¿Sería idea suya hechizar pedruscos para que pasaran zumbando por el campo?, ¿se inspiraría en los cantos rodados que se utilizaban en el juego de su tierra?

No encontramos ninguna otra referencia al deporte que se jugaba en el pantano Queerditch hasta un siglo más tarde, cuando el mago Goodwin Kneen tomó la pluma para escribir a su primo Olaf de Noruega. Kneen vivía en Yorkshire, lo que demuestra cómo se había propagado el deporte por toda Gran Bretaña cien años después de que Gertie Keddle lo presenciase por primera vez. La carta de Kneen se conserva en los archivos del Ministerio de Magia noruego.







Querido Olaf:

¿Cómo estas? Yo bien, pero Gunhilda está un poco afectada de viruela de dragón.

Disfrutamos de un partido de kwidditch muy animado la noche del sábado, aunque la pobre Gunhilda no estaba en condiciones de jugar cono catcher, y tuvimos que poner a Radulf el herrero en su lugar. El equipo de Ilkley jugó bien, aunque no era rival para nosotros, porque practicamos mucho durante todo el mes y marcamos en cuarenta y dos ocasiones.

Radulf recibió una blooder en la cabeza porque el viejo Ugga no fue lo bastante rápido con su vara. Los nuevos toneles funcionaron bien. En cada extremo, tres sobre sus postes; Oona de la posada nos los dio. También nos sirvió hidromiel gratis toda la noche porque ganamos. Gunhilda se enfadó un poco conmigo por regresar tan tarde. Tuve que sacudirme un par de desagradables maldiciones, pero ya vuelvo a tener dedos.

Te envío esta carta con la mejor lechuza que tengo, espero que consiga llegar.

Tu primo,

Goodwinn




Aquí vemos cuántos se había desarrollado el juego en un siglo. La esposa de Goodwin tenía que jugar como <>, probablemente el término que se usaba ataño para referirse al <>. La <> (sin duda la bludger) que golpeó a Radulf el herrero tenía que haber sido rechazada por Ugga, quien obviamente jugaba de golpeador, ya que llevaba una vara. Las metas ya no eran árboles sino toneles sobre postes. Sin embargo, todavía faltaba un elemento crucial del juego: la snitch dorada. La incorporación de la cuarta pelota no tuvo lugar hasta mediados del siglo XIII, y sucedió de una manera muy curiosa.



Capítulo 4: La aparición de la snitch dorada




Desde el comienzo del siglo XII, la caza del snidget fue muy popular entre numerosos magos y brujas. El snidget dorado (véase la figura B) es en la actualidad un especie protegida, pero en esa época abundaban en el norte de Europa, aunque era muy difíciles de detectar por los muggles debido a su capacidad para ocultarse y su gran velocidad.







El diminuto tamaño de los snidgets, sumado a su notable agilidad en el aire y su talento para evitar a los predadores, no hacían sino aumentar el prestigio de los magos que los cazaban. Un tapiz del siglo XII que se conservaba en el Museo del Quidditch muestra a un grupo que se dispone a cazar un snidget. En la primera escena del tapiz, algunos cazadores llevan redes, otros utilizan varitas mágicas y otros incluso intentan cazar el snidget con sus propias manos. El tapiz revela que a menudo estos animalitos eran aplastados por sus captores. En la última escena, vemos que entregan una bolsa de oro al mago que atrapa el snidget.

La caza del snidget era reprobable en muchos aspectos. Todo mago sensato debe lamentar la destrucción de estos pequeños y pacíficos pájaros en nombre del deporte. Además, la cacería de snidgets se hacía habitualmente a plena luz del día y provocó más avistamientos de escobas den pleno vuelo por parte de lo muggles que ninguna otra actividad de los magos.

Sin embargo, el Consejo de Magos de esa época fue incapaz de controlar la popularidad de ese deporte; de hecho parece que no tenía nada en contra, como veremos más adelante.

La caza del snidget de cruzó con el quidditch en 1269, en un partido al que asistía el mismísimo presidente del Consejo de Magos, Barberus Bragge. Conocemos el dato gracias al relato de los hechos que la señora Modesty Rabnott de Kent envió a si hermana Prudente en Aberdeen <>. Según el testimonio de la señora Rabnott, Bragge llevó snidget enjaulado al partido y reunió a los jugadores para decirles que entregaría un premio de ciento cincuenta galeones <> al que lo atrapara en el transcurso del juego. La señora Rabnott explica lo que sucedió a continuación:

Los jugadores se elevaron todos juntos ignorando la quaffle y esquivando las blooders. Ambos guardianes abandonaron los cestos que debían proteger y se unieron a la cacería. El pobrecito snidget subía y bajaba buscando una forma de escapar del campo, pero el público lo obligaba a regresar con encantamientos repelentes. Bueno Pw, tú sabes lo que pienso sobre la caza del snidget y cómo me comporto cuando pierdo la paciencia.

Salté al campo y grité: <<¡Presidente Bragge, esto no es un deporte! Permita que el snidget se vaya y déjenos mirar el noble juego del cuaditch que todos hemos venido a ver.>> No te lo vas a creer, Pw: todo lo que hizo el bruto fue reír y arrojarme la jaula vacía. Bueno, se me subió la sangre a la cabeza, Pw, ya lo creo. Cuando el pobrecito snidget voló hacia donde me encontraba yo, hice un encantamiento convocador. Tu sabes lo buenos que son mis encantamientos convocadores, Pw; claro que era más fácil para mí apuntar bien, ya que no estaba subida a ninguna escoba en ese momento. El pajarito voló zumbando hasta mi mano. Lo metí entre los pliegues de la túnica y eché a correr llena de rabia.

Bueno, me atraparon, pero no antes de que saliera del gentío liberara al snidget. El presidente Bragge estaba furioso y por un momento pensé que me iba a transformar en un lagarto carnudo o en algo peor, pero afortunadamente sus consejeros lo calmaron y sólo me cobraron diez galeones por interrumpir el juego.

Por supuesto que yo nunca he tenido diez galeones, así que adiós a mi casa.

Pronto iré a vivir contigo; por suerte no se llevaron el hipogrifo. Y te diré algo, Pw; Bragge puede estar seguro de que no le votaría aunque pudiese votar.

Un cariñoso saludo de tu hermana.

Modesty




Puede que con su valerosa acción la señora Rabnott salvara a un snidget, pero no podría salvar a todos. La idea del jefe Bragge había cambiado para siempre la naturaleza del quidditch. Muy pronto, se empezó a soltar snidgets dorados en todos los partidos, donde un solo jugador por equipo (el buscador) tenía la tarea de atraparlo. Cuando uno mataba el pájaro, el partido concluía y el equipo del buscador era premiado con ciento cincuenta puntos extra, en memoria de los ciento cincuenta galeones prometidos por el presidente Bragge. La multitud se encargaba de mantener el snidget en el campo de juego mediante el encantamiento repelente que mencionara la señora Rabnott.

Sin embargo, a mediados del siglo siguiente la población de snidgets dorados había menguado tanto que el Consejo de Magos, ahora dirigido por una persona considerablemente más inteligente, Elfrida Clagg, declaró el snidget dorado especie protegida y prohibió que los mataran o utilizaran en partidos de quidditch. La reserva de Snidgets Modesty Rabnott fue fundada en Somerser y se buscó a marchas forzadas un sustituto que permitiera que los partidos de quidditch prosiguieran.

La invención de la snitch dorada se atribuye al mago Bowman Wrigth de Godric´s Hollow. Mientras todos los equipos del quiddtch del país trataban de encontrar pájaros que reemplazaran al snidget, Wrigth, que era un encantador de metales muy habilidoso, se dedicaba a la tarea de crear una pelota que imitara el comportamiento y las formas de vuelo del snidget. Que tuvo éxito es algo fuera de toda duda a juzgar por la cantidad de rollos de pergamino que tenía cuando murió (ahora están en manos de un coleccionista privado) y que consignaban los pedidos que habían recibido de todos los rincones del país. La snitch dorada, como llamó Bowman a su inventó era una pelota del tamaño de una nuez y pesaba lo mismo que un snidget. Sus alas plateadas tenían articulaciones giratorias como las de los snidgets, lo que le permitía cambiar de dirección a la velocidad del rayo y con la misma precisión que se modelo viviente. Sin embargo, a diferencia del snidget, la snitch había sido hechizada para que permaneciera dentro de los límites del campo de juego. Se puede decir que la incorporación de la snitch dorada terminó con el proceso que había comenzado trescientos años antes, en el pantano Queerditch. Por fin había nacido el juego del quidditch tal y como lo conocemos hoy.
Capítulo 5: Precauciones antimuggles




En 1398, el mago Zacharias Mumps estableció la primera descripción completa del juego del quidditch. Comenzó enfatizando la necesidad de tomar ciertas medidas antimuggles mientras jugaba. <>

Deducimos que los excelentes consejos de Mumps no siempre se siguieron, puesto que jugara el quidditch en un perímetro inferior a ochenta kilómetros de cualquier pueblo. Es evidente que la popularidad del juego aumentaba con rapidez, ya que el Consejo consideró en 1368 qye había que rectificar la prohibición, y así declaró ilegal el juego a menos de 160 kilómetros de un pueblo. En 1419, el Consejo promulgó el famoso decreto por el cual no se puede jugar el quidditch <>.

Como todo mago en edad escolar sabe, el hecho de que volemos en escobas es probablemente nuestro secreto peor guardado. Ninguna ilustración de una bruja hecha por un muggle está completa sin una escoba, y por muy ridículo que sean esos dibujos (ninguna de las escobas representadas por los muggles aguantaría en el aire un momento), nos recuerda que fuimos descuidados durante demasiados siglos como para sorprendernos de que la mentes muggles asocien escobas y magia.

Las medidas de seguridad adecuadas no se pusieron en marcha hasta que el Estatuto Internacional del secreto de los brujos de 1692 hizo directamente responsable a cada Ministerio de Magia de las consecuencias de los deportes mágicos jugados dentro de sus territorios. En Gran Bretaña, eso tuvo como consecuencia la creación del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Los equipos de quidditch que incumplían las directivas del Ministerio fueron, en lo sucesivo, obligados a disolverse. El caso más famoso fue el de los Banchory Bangers, un equipo escocés muy conocido no sólo por sus pocas habilidades para el quidditch, sino también por las fiestas posteriores a los partidos. Después del encuentro que disputaron en 1814 contra los Appleby Arrows (véase el capítulo 7), los Bangers permitieron que sus bludgers se alejaran en la noche y, por si fuera poco, también se lanzaron a la captura de un hébrido negro para convertirlo en mascota del equipo. Representantes del Ministerio de Magia los atraparon cuando estaban volando sobre Inverness, y los Banchory Bangers nunca volvieron a jugar.

En la actualidad, los equipos de quidditch no juegan localmente, sino que viajan a campos de juego que han sido montados por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, donde se mantienen adecuadas medidas de seguridad antimuggle. Tal como Zacharias Mumps sugirió tan acertadamente hace seiscientos años, los campos de quidditch son más seguros si se instalan en desiertos.
Capítulo 6: Cambios en el quidditch a partir del siglo XIV



Campo




Zacharias Mumps describe el campo del siglo XIV con forma oval, de ciento cincuenta metros de largo y cincuenta y cinco de ancho, con un pequeño círculo central en el medio de aproximadamente sesenta centímetros de diámetros. Mumps explica que el árbitro (o quijudge, como se los llamaba entonces) llevaba las cuatro pelotas hasta el círculo central, mientras los catorce jugadores permanecían alrededor. Tan pronto como las pelotas estaban libres (el árbitro se encargaba de arrojar la quaffle, véase el epígrafe correspondiente), los jugadores se elevan a toda velocidad. En la época de Mumps, las porterías todavía eran grandes cestos colocados en el extremo de unos postes, como se ve en la figura C.







En 1620, Quintius Umfraville escribió un libro, llamado El noble deporte de los magos, que incluía un esquema de un campo de quidditch del siglo XVII (véase la figura D). Allí comprobamos que ya utilizaban lo que conocemos como <<área de la portería>> (véase <> más adelante). Los cestos izados sobre postes eran considerablemente más pequeños y altos que en la época de Mumps.

En 1883 se había rechazado ya el uso de cestos como método para anotar y se sustituyeron con los postes que se usan ahora, una innovación de la que se informa en El Profeta del quidditch no ha variado desde esa época.







¡Vuelvan a poner los cestos!




Ése fue el grito que lanzaron los jugadores de quidditch de toda la nación ayer por la noche, cuando se hizo evidente que el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos había decidido quemar los cestos usados durante siglos para anotar tantos.

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En este punto, el representante del Departamento se vio obligado a retirarse ante la lluvia de cestos que le arrojaban los enojados manifestantes reunidos en el vestíbulo. Pese a que el disturbio que se desató fue imputado más tarde a duendes agitadores, no hay duda de que los fanáticos del quidditch de toda Gran Bretaña lloraron es noche el fin del juego tal como lo conocían.

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El Profeta, 12 de febrero de 1883



Pelotas




La quaffle




Como sabemos por el diario de Gertie Keddle, la quaffle se hizo de cuero desde el principio. Es la única de las cuatro pelotas del quidditch que no estaba originalmente encantada, son que estaba hecha con retazos de cuero cosidos; a menudo tenía un asa (véase la figura E) por si debía ser atrapada y tirada con una sola mano. Algunas quaffles antiguas tenían agujeros para los dedos. No obstante, en 1875 con el descubrimiento de los encantamientos para retener objetos, las tiras y los agujeros para los dedos se volvieron innecesarios, ya que el cazador puede sujetar con una mano el cuero hechizado sin esos complementos.






Quafles Antiguas






Quaffle Moderna

Fig. E




La waffle moderna tiene treinta centímetros y medio de diámetro y carece de costuras. La primera vez que se pintó de rojo fue en el invierno de 1711, tras un partido azotado por una intensa lluvia que impidió que se distinguiera al caer en el campo enfangado. Los cazadores también estaban cada vez más irritados ante la obligación de lanzarse en picado si querían recuperar la pelota cuando no llegaban a un pase. Así, muy poco después de que se cambiara el color de la quaffle, la bruja Daisy Pennifold tuvo la idea de hechizarla, de manera que, si se caía, lo haría lentamente, como si se hundiera en el agua, y los cazadores la podrían atrapar en el aire. La quaffle Pennifold todavía se usa en la actualidad.




Las bludgers




Como hemos visto, las primeras bludgers (o booders) eran rocas voladoras. En la época de Mumps, la única mejora consistía en que las tallaban en formas de pelotas, aunque esto conllevaba una desventaja importante: los bates mágicamente reforzados del siglo XV las podían partir. Cuando se daba este caso, todos los jugadores acababan perseguidos por guijarros voladores durante el resto del partido.

Es probable que por esa razón algunos equipos de quidditch comenzaran a experimentar con bludgers de metal al principio del siglo XVI. Agatha Chubb, experta en antiguos artefactos mágicos, ha identificado por lo menos doce bludgers de plomo, procedentes de ese período, descubiertas en pantanos inglese y en turberas irlandesas. <>, escribe.




Las tenues hendiduras de los bates mágicamente reforzados son visibles, así como las marcas características de fabricación de un mago (tan diferentes de las de un muggle): la uniformidad de la línea la simetría perfecta…

La prueba definitiva fue el hecho de que todas sin excepción volaran alrededor de mi estudio y trataran de tirarme al suelo cuando las liberé de su caja.




Pero finalmente el plomo resulto ser demasiado blando para los propósitos de fabricación de la bludger (cualquier hendidura producida en ella afecta a su capacidad para volar en línea recta). En la actualidad todas las bludgers están hechas de hierro. Tienen un diámetro de veinticinco centímetros y medio.

Las bludgers están echizadas para perseguir a todos los jugadores de manera indiscriminada. Si se las deja a su aire, atacarán al jugador que esté más cerca: por eso, la tarea de los golpeadores es lanzarlas lo más lejos posible de su propio equipo.




La snitch dorada




La snitch dorada tiene el tamaño de una nuez, como el snidget dorado. Está hechizada para que evite la captura el mayor tiempo posible. Según una anécdota del año 1884, una snitch dorada evitó que la capturaran durante seis meses en Bodmin Moor, al final ambos equipos suspendieron el partido, enfadados con la pobre actuación de sus buscadores. Algunos magos de Cornualles que conocen la zona la zona insisten aún hoy en que la snitch sigue volando libre por el páramo, aunque no he podido confirmar este dato.



Jugadores




El guardián




ES indudable que la posición del guardián existe desde el siglo XIII (véase capítulo 4), aunque su papel ha cambiado desde entonces.

De acuerdo con Zacharias Mumps el guardián




[…] debe ser el primero en llegar a los cestos, porque su tarea es evitar que la waffle entre ellos. El guardián debe preocupar no acercarse demasiado a la otra punta del campo por si sus cestos son amenazados mientras no está. Sin embargo, un guardián veloz puede ser capaz de marcar un tanto y regresar a tiempo para evitar que el otro equipo marque. Eso es algo que ha de decidir el guardián según sus propios criterios.




Por lo que acabamos de leer, queda claro que en la época de Mumps los guardianes actuaban como cazadores con responsabilidades añadidas. Podían moverse por todo el campo y marcar tantos.

Sin embargo, cuando Quintius Imfraville escribió El noble deporte de los magos en 1620, el trabajo del guardián había sido simplificado. Se habían agregado las áreas al campo y los guardianes debían permanecer en ellas vigilando los cestos, aunque podían abandonar su demarcación para intimidar a los cazadores adversarios o desviarlos a tiempo.




Los golpeadores




Las obligaciones de los golpeadores han cambiado muy poco con el transcurso de los siglos, y es probable que esto jugadores aparecieran desde el mismo momento en que se introdujeron las bludgers. Su prioridad es proteger a los miembros de su equipo de las bludgers, y lo hacen con la ayuda de bates (en el pasado eran varas, véase la carta de Goodwin Kneen, en el capítulo 3). Los golpeadores nunca se han dedicado a marcar tantos, ni hay ninguna constancia de que hayan manejado la quaffle.

Estos jugadores necesitan una gran dosis de energía física para rechazar las bludgers. Ésa es la razón de que esta posición, por encima de las otras, haya sido ocupada más por magos que por brujas. Los golpeadores también necesitan poseer un excelente sentido del equilibrio, ya que a veces tienen que dejar de agarrar la escoba para golpear la bludger con ambas manos.




Los cazadores




La posición del cazador es la más antigua en el quidditch, porque al principio el juego consistía sólo en marcar tantos. Los cazadores se pasan la quaffle unos a otros y anotan diez puntos cada vez que la introducen en uno de los aros.

En lo que a sus facultades se refiere, el único cambio importante se remonta a 1884, un año después de la sustitución de los cestos por aros. Entonces se introdujo una nueva regla que establecía que únicamente el cazador que llevará la chúfale podía entrar en el área. Si entraba más de un cazador, el tanto se anulaba.

La regla fue instituida para prohibir el stooging (véase <> más adelante), una jugada por la cual dos cazadotes pueden entrar en el área y embestir al guardián para hacerlo a un lado, de modo que quede un aro libre para el tercer cazador. La reacción ante esta nueva regla aparece en El Profeta de la época.




¡Nuestros cazadores no hacen trampa!




Ésa fue la atónica reacción de los aficionados al quidditch en toda Gran cuando la llamada <> fue anunciada por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos ayer por la noche.

<< Los casos de stooging han ido en aumento –dijo visiblemente tenso un representante del Departamento-. A nuestro entender esta nueva regla acabará con esas lesiones graves que hemos visto en tantas ocasiones. De ahora en adelante, sólo un cazador, y no tres, intentará pegar al guardián. Todo será mucho más limpio y justo.>>

En ese momento, el representante del Departamento tuvo que abandonarnos porque la enfurecida muchedumbre empezó a bombardearlo con quaffles. Los magos del departamento de Seguridad Mágica llegaron a dispersar a la multitud, que amenazaba con hacer un stooge con el propio Ministro de la Magia.

Un niño pecoso de seis años salió del vestíbulo con la cara surcada de lágrimas salio del vestíbulo con la cara surcada de lágrimas. <>

El Profeta, 22 de junio de 1884




Estos jugadores son casi siempre personas de poco peso y muy veloces con la escoba. Los buscadores precisan tanto de agudeza visual como de habilidad para bolar un una mano o, a veces, ninguna. Son decisivos en el resultado final de un partido, porque si capturan la snitch pueden obtener una victoria allí donde la derrota parece segura. Por eso son los jugadores con más probabilidad de sufrir las lesiones del equipo contrario. De hecho, si bien son los jugadores más admirados debido a que destacan más que los demás con la escoba, no es menos cierto que también son los que sufren las lesiones más graves.

<> es la máxima del libro de Brutus Scrimgeour: La biblia de los golpeadores.



Reglas




Las normas siguientes fueron establecidas cuando se creó el Ministerio de Deportes y Juegos Mágicos en 1750:





La altura que pueden alcanzar los jugadores no está sujeta a restricciones, pero ninguno de ellos debe traspasar los límites del terreno de juego. Si un jugador vuela por encima de las líneas que delimitan el campo, su equipo deberá entregar la quaffle al contrario.


El capitán del equipo puede solicitar tiempo muerto haciendo una señal al árbitro. Ése es el único momento en que los jugadores pueden poner los pies en el suelo durante el partido. La pausa puede prolongarse hasta dos horas si el partido ha durado más de doce. El equipo que no haya saltado al campo cuando se agoten las dos horas, será descalificado automáticamente.


El árbitro puede pitar penalti contra un equipo. El cazador encargado de lanzar el penalti deberá volar desde el círculo central hacia el área. Los otros jugadores, exceptuando al guardián, deben mantenerse bien apartados mientras se ejecute la falta.


Se puede robar la waffle de manos de otro jugador, pero bajo ninguna circunstancia se permite a los jugadores aferrarse a ninguna parte de la anatomía de los contrincantes.


Cuando un jugador se lesione, no podrá se sustituido. Por lo tanto su equipó deberá continuar el partido sin el jugador lesionado.


Se puede llevar varita en el campo <>, pero de ningún modo se puede utilizar contra los miembros del equipo contrario o sus escobas; tampoco se esgrimará contra el árbitro, las pelotas o cualquier persona del público.


Un partido de quidditch sólo puede concluir si se atrapa la snitcha dorada o si los capitanes de ambos equipos acuerdan darlo por terminado.



Las infracciones




Por supuesto, las reglas están <>. Los archivos del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos contienen una relación de nada menos que setecientas infracciones de quidditch, y se sabe que durante la final del Mundial de 1473, el primero de la historia, se llegaron a cometer todas ellas. Sin embargo, la relación completa de esas faltas nunca ha estado al alcance del público. El Departamento opina que los magos y las brujas que vieran esa lista <>.

Mientras estaba investigando para este libro, tuve la suerte de acceder a los documentos relacionados con dichas faltas y puedo confirmar que ningún bien para el público puede resultar de su publicación. De todos modos, el noventa por ciento de las infracciones anotadas son irrealizables si se respeta la prohibición de utilizar varitas mágicas contra el equipo contrario (prohibición que se impuso en1538). Del diez por ciento restante, se puede decir sin temor a equivocarse que la mayoría no se les ocurriría ni siquiera a los jugadores más sucios; por ejemplo, <>, <> o <>. Esto no quiere decir que en la actualidad los jugadores de quidditch nunca infrinjan las reglas.

A continuación hay una lista con diez de las faltas más comunes. El término de quidditch correcto para designarlas aparece en la primera columna.




Nombre: Blagging

Aplicado a: Todos los Jugadores

Descripción: Agarrar por el cepillo la escoba del rival para obstaculizar o aminorar su vuelo.




Nombre: Blatching

Aplicado a: Todos los jugadores

Descripción: Volar con el propósito de chocar contra otro jugador.




Nombre: Blurting

Aplicado a: Todos los jugadores

Descripción: Agarrar el palo de escoba del oponente para desviar su trayectoria.




Nombre: Bumphing

Aplicado a: Golpeadores

Descripción: Golpear la bludger en dirección al público para provocar la interrupción del partido mientras los encargados corren a proteger a los espectadores. Los jugadores con pocos escrúpulos utilizan esta maniobra para impedir que un cazador del equipo rival pueda marcar.




Nombre: Cobbing

Aplicado a: Todos lo jugadores

Descripción: Uso exclusivo de los codos contra los adversarios.




Nombre: Flacking

Aplicado a: Guardianes

Descripción: Sacar cualquier parte de la anatomía por el aro para impedir que la quaffle pueda pasar. El guardián debe ponerse delante de los aros para protegerlos; no pude hacerlo desde detrás.




Nombre: Haversacking

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Seguir sujetando la quaffle mientras ésta pasa por el aro (deben arrojarla).




Nombre: Quaffle pocking

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Manipular la quaffle; por ejemplo, pincharla para que caiga más rápido o vaya en zigzag.




Nombre: Snitchnip

Aplicado a: Todos menos los buscadores

Descripción: Tocar o atrapar la snitch dorada.




Nombre: Stooging

Aplicado a: Cazadores

Descripción: Que más de un cazador entre a la vez en el área.



Árbitros




Hubo una época en que arbitrar un partido de quidditch era una tarea reservada a los magos y las brujas más valientes. Zacharias Mumps relata que un árbitro de Norfolk llamado Cyprian Youdle murió durante un partido amistoso disputado entre magos locales, 1357. Nunca se atrapó al causante del maleficio, pero se cree que fue un miembro del público. Aunque no ha habido más asesinatos de árbitros desde entonces, se han producido varios casos de manipulación de escobas a través de los siglos, el más peligroso de los cuales consiste en transformar la escoba del árbitro en un traslador, de manera que él o ella desaparecen del partido y aparecen meses más tarde en el desierto del Sahara. El Departamento de Deportes y Juegos Mágicos estableció reglas estrictas para las medidas de seguridad relativas a las escobas de los jugadores, y ahora, por fortuna, esos incidentes son extremadamente raros.




Un árbitro del quidditch eficiente tiene que usar algo más que un piloto experto. Debe vigilar las tretas de los catorce jugadores, de modo que la lesión más común de su colectivo es la tortícolis. En los partidos profesionales, el árbitro tiene la ayuda de los jueces de línea, que se colocan en las bandas del campo de juego y se aseguran de que ni los jugadores ni las pelotas salgan por encima del perímetro.

En Gran Bretaña, los árbitros de quidditch son seleccionados por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Deben pasar rigurosas pruebas de vuelo y aprobar un examen escrito muy exigente sobre las reglas del quidditch; también deben superar una serie de pruebas exhaustivas para demostrar que no lanzarán embrujos ni maleficios a los jugadores que los insulten, aun bajo la presión más severa.
Capítulo 7: Equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda




La necesidad de mantener el juego del quidditch en secreto par los muggles hizo que el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos tuviera que limita la cantidad de partidos que se juegan cada año. Mientras que los partidos de aficionados están permitidos si se siguen las pautas adecuadas, el número de equipos profesionales se limitó en 1674, cuando se estableció la Liga. En esa fecha, los trece mejores equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda fueron seleccionados para estar en esa competición y a todos los demás les pidieron que se disolvieran. Los trece equipos continúan luchando cada año por el titulo.




Appleby Arrows




Este equipo del norte de Inglaterra se fundó en 1612. Las túnicas son de color azul pálido, adornadas con una flecha plateada. Los hinchas de los Arrows estarán de acuerdo en que el equipo vivió su momento de gloria en 1932, cuando vencieron al conjunto que era el campeón europeo de entonces, los Vratsa Vultures, en un partido que duró dieciséis días marcados por una niebla densa y una lluvia pertinaz. La antigua costumbre de los partidarios del grupo, que consistía en disparar flechas al aire con sus varitas siempre que sus cazadores marcaban un tanto, fue prohibida por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos en 1894, cuando uno de esos proyectiles atravesó la nariz del árbitro Nugent Potts. Hay una tradicional rivalidad entre los Arrows y las Avispas de Wimbourne (véase a continuación).




Avispas de Wimbourne




Las Avispas de Wimbourne usan túnicas con rayas horizontales amarillas y negras, con el dibujo de una avispa delante. Fundado en 1312, este equipo ha ganado dieciocho veces la Liga y ha llegado hasta dos semifinales de la Eurocopa. Se cree que adoptaron su nombre tras un desagradable suceso ocurrido durante un partido contra los Appleby Arrows, a mediados del siglo XVII, cuando un golpeador pasó volando junto a un árbol que había en el borde del campo de juego, vio un nido de avispas entre las ramas y lo golpeó hacia el buscador de los Arrows, que sufrió tantas picaduras que tuvo que abandonar el partido. Wimbourne ganó y posteriormente eligió la avispa como su talismán. Los seguidores de las Avispas (también conocidos como <>) tienen la costumbre de imitar un zumbido para distraer a los cazadores adversarios cuando están a punto de tirar un penalti.




Caerphilly Catapults




Cos Catapults de Gales se formaron en 1402 y visten túnicas con rayas verticales que alternan el verde claro y el rojo. La distinguida historia del club incluye dieciocho triunfos en la Liga y un célebre triunfo en la final de la Copa de Europa de 1956, cuando derrotaron a los Karasjok Kites de Noruega. Su jugador más renombrado, Peligroso Dai Llewellyn, encontró una muerte trágica en las fauces de una quimera durante unas vacaciones en Mykonos (Grecia); aquél fue un día de duelo nacional para las brujas y los magos Gales. En nuestros días, la Medalla Conmemorativa de Peligroso Dai se entrega a final de temporada al jugador de la Liga que haya corrido los riesgos más emocionantes e insensatos durante un partido.




Chudley Cannons




Puede que, para muchos, los días de gloria de los Chudley Cannons hayan pasado a la historia, pero sus devotos seguidores viven con la esperanza de un renacimiento. Los Cannons han ganado la Liga en Veintiuna ocasiones, pero la última vez que lo hicieron fue en 1892 y su actuación durante el siglo pasado no fue muy brillante. Los Chudley Cannons usan túnicas de color naranja brillante adornadas con una bala de cañón en plena carga y una doble <> en negro. El lema del equipo se modificó en 1972: su <> se cambió por un <>.




Falmouth Falcons




Los Falcons visten túnicas que combinan el gris oscuro con el blanco y llevan el emblema de una cabeza de halcón en el pecho. Los Falcons son conocidos por jugar duro, una reputación que consolidaron sus mundialmente famosos golpeadores Kevin y Kart Broadmoor. Ambos jugaron para el club de 1958 a 1969 y sus fechorías provocaron por lo menos catorce suspensiones por parte del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. El lema del equipo: <>




Holyhead Harpies




El Holyhead Harpies es un club galés muy antiguo (se fundó en 1203), único entre los equipos que quidditch del mundo porque en toda su historia sólo ha fichado bruja. Las túnicas son verde oscuro y llevan una garra dorada sobre el pecho. El encuentro 1953 en el que las Harpies derrotaron a los Hidelberg Harriers pasa por ser uno de los mejores partidos de quidditch que se hayan visto nunca. La contienda, que se disputó durante siete días, terminó con la espectacular captura de la snitch a cargo de la buscadora de las Harpies, al acabar el partido, el capitán de los Harriers, Rudolf Brand, desmontó de su escoba para pedir matrimonio a su oponente, la capitana Gwendolyn Morgan, que lo sacudió con su Barredora 5.




Kenmare Kestrels




Este equipo irlandés fue fundado en 1291 y es apreciado en todo el mundo por la divertidas actuaciones de sus mascotas, los leprechauns, y por la maestría con el arpa de sus seguidores. Los Kestrels usan túnicas verdes esmeralda con dos <> amarillas dibujadas sobre el pecho, la primera de las cuales está escrita al revés. Darren O’Hare, guardián de los Kestrels entre 1947 y 1960, capitaneó tres veces la selección nacional irlandesa y se le atribuyen la invención de la formación de ataque <> que despliegan los cazadores (véase el capítulo 10).




Monstrose Magpies




El equipo de los Magpies es el que acumula más éxitos en la historia de la Liga de Irlanda y Gran Bretaña, que han ganado en treinta y dos ediciones. Han sido dos veces campeones de Europa y tienen admiradores por todo el mundo. Entre sus destacados jugadores, se incluyen la buscadora Eunice Murria (fallecida en 1942), que en una ocasión pidió <>, y Maíz MacFArlan (capitán de 1957 a 1968), que sumó a su exitosa carrera en el quidditch un período igualmente ilustre como director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Los Magpies usan túnicas blancas y negra con una urraca en el pecho y otra en la espalda.




Murciélagos de Ballycastle




El equipo de quidditch más famoso de Irlanda del Norte ha ganado la Liga de quidditch un total de veintisiete veces hasta la fecha, lo que le convierte en el segundo equipo con más éxito en la historia de la competición. Los murciélagos usan túnicas negras con un murciélago escarlata que le cubre el pecho. Su famosa mascota, Barny, el murciélago de la fruta, es también conocida porque aparece en la publicidad de la marca de cerveza de mantequilla Butterbeer (Barny dice: <<¡Me chifla Butterbeer!>>).




Pride of Portree




Este equipo proviene de la isla de Skye, donde fue fundado en 1292. Los Prides, como los llaman sus seguidores, visten túnicas de un púrpura oscuro con una estrella dorada en el pecho. Su cazadora más famosa, Catriona McCormack, hizo que el equipo ganara dos veces las Liga, en la década de 1960, y jugó para Escocia en treinta y seis ocasiones. Su hija Meaghan juega actualmente como guardiana del equipo (su hijo kirley es guitarra solista de la popular banda de magos Las Brujas de Macbeth).




Puddlemere United




Fundado en 1163, el Puddlemere United es el equipo más antiguo de la Liga. Puddlemere posee veintidós títulos de Liga y dos de la Copa de Europa. El himno de su equipo, Repeled esas bludgers, chicos, y pasad esa quaffle hacia aquí, fue recientemente grabado por la bruja cantante Celestina Warbeck para recaudar fondos para el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Los jugadores usan túnicas azul marino adornadas con dos juncos dorados entrecruzados, el escudo del club.




Tutshill Tornados




Los Tornados usan túnicas celestes con una doble <> en azul oscuro sobre el pecho y la espalda. Fundado en 1520, este equipo disfrutó de su mayor racha de éxitos a principios del siglo XX, cuando, capitaneado por el buscador Roderick Plumpton, gano el campeonato de Liga cinco veces seguidas, un récord tanto en Irlanda como en Gran Bretaña.

Roderick Prumpton jugó como buscador para Inglaterra en veintidós ocasiones y conserva el récord británico de la captura más rápida de una snitch (tres segundos y medio, en un partido de 1921 contra los Caerphilly Catapults).




Wigtown Wanderers




Este club de Borderes fue fundado en 1422 por los siete descendientes de un mago carnicero llamado Walter Parkin. Los cuatro hermanos y las tres hermanas eran, según se cuenta, un equipo formidable que rara vez perdían un partido, en parte, se dice, debido a que los equipos rivales se sentían intimidados ante la visión de Walter en la banda, de pie con la varita mágica en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra. Con cierta frecuencia, descendientes de Parkin se han alineado en las diferentes formaciones que han presentado el equipo a lo largo de los siglos, y, como tributo a sus orígenes, los jugadores llevan túnicas rojo sangre con un cuchillo de carnicero plateado sobre el pecho.



Capítulo 8: La expansión del quidditch por el mundo




Europa

El quidditch ya estaba bien arraigado en Irlanda en el siglo XIV, como prueba el relato que Zacharias Mumpshace un partido en el año 1385:

<>

Varias fuentes indican que el juego se extendió a otras partes de Europa a principios del siglo XV. Sabemos que Noruega se aficionó pronto (¿podría el primo de Goodwin Kneen, Olaf, introducir ahí el juego?)gracias al poema escrito por el poeta Ingolfr el Yámbico en los primeros años de 1400.




Oh, la emoción de la caza

mientras surco el aire ligero

con la snitch allá arriba

y el viento en mi cabello.

Cuando me acerco aún más,

la muchedumbre vocifera,

pero aparece una bludger por sorpresa

y me abre la cabeza.




Más o menos por esa misma época, el mago francés Malecrit escribió las siguientes líneas en su obra Hélas, Je me suis Transfiguré Les Pieds (Ay de mí he transformado mis pies):




GRENOUILLE: Hoy no puedo ir contigo al mercado, Crapaud.

CRAPAUD: Pero, Grenouille, yo no puedo llevar solo la vaca.

GRENOUILLE: Ya sabes, Crapaud, que debo jugar de guardián está mañana.

¿Quién detendrá la quaffle si yo no lo hago?




El año de 1473 vio la primera Copa del Mundo de quidditch, si bien todas las naciones representadas eran europeas. La ausencia de equipos procedentes de naciones más distantes puede deberse a que las lechuzas que llevaban las invitaciones sufrieran un síncope por agotamiento, a la falta de ganas de los invitados de emprender una larga y peligrosa travesía, o quizá a que simplemente prefirieran quedarse en casa.

La final entre Transilvania y Flandes ha pasado a los anales como la más violenta de todos los tiempos. La mayoría de las faltas que se registraron entonces nunca se habían visto; por ejemplo, la transformación de un cazador en una mofeta, el intento de decapitar a un guardián con un sable y el asalto de cien murciélagos vampiros que chupaban la sangre, salidos del interior de la túnica del capitán de Transilvania.

El mundial se ha venido celebrando cada cuatro años, aunque los equipos extra-europeos no entraron en la competición hasta el siglo XVII. En 1652 se instauró la Copa de Europa, que desde entonces se juega cada tres años.

Del excelente conjunto de equipos europeos existentes, tal vez el búlgaro Vratsa Vultures sea el más renombrado. Con siete Euro-copas en su haber, los Vratsa Vultures son indudablemente uno de los equipos más apasionantes sobre el terreno de juego. Fueron los pioneros del tiro largo (lanzar desde muy lejos del área) y siempre están dispuestos a dar a los jugadores noveles la oportunidad de hacerse un nombre.

Habituales ganadores de la Liga francesa, los Quiberon Quafflepunchers son famosos por su juego llamativo, así como por sus túnicas teñidas de un rosa escandaloso. En Alemania encontramos a los Heidelberg Harriers, que merecieron un célebre comentario del capitán de Irlanda, Darren O´Hare, quien dijo que el equipo era <>. Luxemburgo, una nación que siempre ha sido una potencia en el quidditch, nos ha dado a los Bigonville Bombers, un conjunto de aplaudido por su estrategia ofensiva, que le permite estar entre los equipos que marcan más tantos. El conjunto portugués Braga Broomfleet se ha abierto paso hasta los más altos niveles de la competición gracias a su original sistema de marcaje de golpeadores. Para terminar, debemos citar al equipo polaco Grodzisk Goblins, de donde surgió el que probablemente sea el buscador más innovador de la historia: Josef Wronski.




Australia y Nueva Zelanda

El quidditch se introdujo en Nueva Zelanda en algún momento del siglo XVII y, al parecer, llegó de la mano de una expedición de herbologistas europeos que se encontraban allí para investigar plantas y hongos mágicos. Según se cuenta, tras un largo día recolectando muestras, los magos y las brujas se desahogaron jugando al quidditch ante la mirada atónita de la comunidad mágica local. El ministerio de Magia de Nueva Zelanda ha dedicado ciertamente mucho tiempo y dinero a impedir que los muggles se apoderen del arte maorí de esa época, donde se representa con toda claridad a magos de raza blanca jugando al quidditch (esos grabados y pinturas se exponen en el edificio del Ministerio de Magia en Wellington).

Se estima que la expansión del quidditch a Australia tuvo lugar durante el siglo XVIII. Se puede decir que Australia es un territorio ideal para jugar este deporte dada la cantidad de vastas extensiones deshabilitadas que hay en el interior, donde se pueden construir estadios.

Los equipos de las antípodas siempre han apasionado al público europeo por su velocidad para ofrecer espectáculo. Entre los mejores está el Moutohora Macaws (Nueva Zelanda) con sus famosas túnicas de color rojo, amarillo y azul, y su mascota, el fénix Sparky. Los Thundelarra Thunderers y los Woollongong Warriors han dominado la Liga australiana la mayor parte del último siglo. Su enemistad es legendaria entre la comunidad mágica de Australia; por eso, una respuesta popular ante una afirmación absurda o una respuesta popular ante una afirmación absurda o una fanfarronería es: <>




África

La escoba debió de ser introducida en el continente africano por magos y brujas europeos que habrían viajado allí para adquirir conocimientos sobre alquimia y astronomía, disciplinas en las que los magos africanos siempre han destacado. Pese a que todavía no se juega tan ampliamente como en Europa, el quidditch se está haciendo cada vez más popular en el continente africano.

En concreto, Uganda está revelándose como una nación que juega y se interesa mucho por el quidditch. Su club más eminente, el Patonga Proudsticks, mantuvo a raya a los Montrose Magpies con un empate en 1986, para el asombro del mundo del quidditch profesional. Seis jugadores del Proudsticks representaron a Uganda recientemente en el Mundial del quidditch, el mayor número de jugadores de un solo equipo que hayan sido convocados a una selección. Otros clubes africanos de renombre son el Tchamba Charmers (Togo), maestros del reverse pass; el Gimbi Giant-Slayers (Etiopía), dos veces ganadores de la Copa de África, y el Sumbawanga Sunrays (Tanzania), un equipo muy popular que ha deleitado a públicos de todo el mundo haciendo loopings en formación.




Norteamérica

El quidditch llegó a Norteamérica a principios del siglo XVII, aunque tardó en asentarse debido a la gran animadversión hacia la brujería que imperaba y que, por desgracia, también se había importado en Europa por esas mismas época. A pesar de que esperaban encontrarse con menos prejuicios, los magos que emigraban y se establecían en el Nuevo Mundo debían tomar muchas precauciones, y eso contribuyó a que la expansión del quidditch se viera restringida en los primeros tiempos.

Sin embargo, ya en épocas más recientes, Canadá nos ha dado tres de los equipos de quidditch más completos del mundo: el Moose Jaw Meteorites, el Haileybury Hammers y el Stonewall Stormers. Los Meteorites estuvieron a punto de ser obligados a disolverse en la década de 1970, debido a su persistente costumbre de festejar las victorias poniéndose a volar por las ciudades y pueblos cercanos al estadio, vuelos en los que no se privaban de dejar una estela de chispas resplandecientes tras sus escobas. Ahora, el equipo limita esta tradición al perímetro del campo y, en consecuencia, los partidos de los Meteorites siguen siendo una gran atracción turística para los magos.

Estados Unidos no ha producido tantos equipos de quidditch de prestigio mundial como otras naciones debido a que este deporte tenía que competir con un juego de escobas nacido en Norteamérica, el quodpot. El quodpot es una variante del quidditch que fue inventada en el siblo XVIII por el mago Abraham Peasegood. Éste había dejado su país natal con una quaffle bajo el brazo y tenía la intención de formar un equipo de quidditch. La historia dice que la quaffle de Peasegood se movió dentro de su baúl hasta dar con la punta se su varita mágica, de modo que, cuando finalmente saco la quaffle y comenzó a lanzarla despreocupadamente, le explotó en la cara.

Peasegood, que según parece tenía un gran sentido del humor, se dedicó enseguida a recrear el efecto en una serie de pelotas de cuero y muy pronto se olvidó del quidditch para desarrollar con sus amigos un juego que giraba en torno a las explosivas características de la nueva pelota, llamada <>.

En el juego del quodpot hay once jugadores por equipo. Los miembros de un equipo se pasan entre sí la quod o quaffle modificada y tratan de meterla en el <> del otro extremo del campo antes de que explote. El jugador al que le explote la quod en las manos debe abandonar el terreno de juego. Una vez la quod está segura en el pot (un pequeño caldero que contiene una solución que impide que la quod estalle), el equipo anota un punto y entonces se saca una pelota nueva al campo de juego. El quodpot ha obtenido cierto éxito como deporte para minorías en Europa, aunque la mayoría de los magos permanece fiel al quidditch.

A pesar de los encantos del quodpot, el quiddditch esta adquiriendo cada vez más popularidad en Estados Unidos. Dos equipos han alcanzado recientemente categoría internacional: los Sweetwater All-Stars, de Texas, que obtuvieron un merecido triunfo sobre los Quiberon Quafflepunchers en el año 1993, tras un apasionante partido que duró cinco días, y los Fitchburg Finches de Massachussets, que ya han ganado en siete ocasionens la Liga norteamericana y cuyo buscador, Maximus Brankovitch III, ha sido capitán de la selección estadounidense en los dos mundiales.




Sudamérica

El quidditch se juega por toda Sudamerica pese a que debe competir con el quodpot, que es tan popular como en Norteamérica. Tanto Argentina como Brasil han llegado a los cuartos de final de la Copa del Mundo durante el Último siglo. Sin lugar a dudas, el país sudamericano más sobresaliente en quidditch es Perú, y muchos pronósticos apuntan a que, en menos de diez años, se convertirá en el primer país latino que gane el Mundial. Los magos peruanos creen que su primer contacto con el quidditch tuvo lugar a través de magos europeos enviados por la Confederación Internación para realizar un seguimiento de la población de viperthooths (dragón nativo de este país). En el tiempo que va desde entonces hasta nuestros días, el quidditch se ha convertido en una verdadera obsesión entre la comunidad de magos u no hace mucho su equipo más famoso, el Tarapoto Tree-Skimmers, recorrió Europa con gran éxito.




Asia

El quidditch nunca ha alcanzado una gran relevancia en Oriente, ya que la escoba es una rareza en países donde se continúa prefiriendo la alfombra como medio de transporte. Los Ministerios de Magia de países que mantienen un próspero comercio de alfombras voladoras, como la India, Pakistán, Bangladesh, Irán y Mongolia, contemplan el quidditch con cierto recelo, aunque el deporte tiene algunos seguidores entre magos y brujas de la calle.

La excepción a esta regla es Japón, donde el número de seguidores del quidditch no ha dejado de crecer durante el último siglo. El equipo japonés con más éxito es el Toyohashi Tengu, que estuvo a punto de ganar en 1994 a los Gorodok Gargoyles de Lituania. Cuando son derrotados, los japoneses incendian ceremonialmente sus escobas, algo que está mal visto por el Comité de Quidditch de la Confederación Internacional de Magos, que lo considera un desperdicio de madera.



Capítulo 9: El desarrollo de la escoba de carreras




Hasta principios del siglo XIX se jugó al quidditch con las mismas escobas que se utilizaban a diario, cuya calidad variaba mucho. Esas escobas representaban un gran avance frente a sus antecesoras medievales; la invención del conjuro del almohadón por parte de Elliot Smethwyck en 1820 supuso un salto de gigante en la tarea de hacer escobas más confortables.




Aun así, la mayoría de las escobas del siglo XIX eran incapaces de alcanzar altas velocidades y a menudo resultaba difícil controlarlas a grandes alturas. Por lo general, las escobas eran fabricadas a mano por un solo artesano, y aunque eran admirables desde el punto de vista del diseño y el acabado, su rendimiento en la práctica rara vez estaba a la altura de su hermosa apariencia.

Un buen ejemplo es la Oakshaft 79 (llamada así porque el primer modelo se manufacturó en 1879). Creada por el fabricante de escobas Elias Grimstone de Portsmouth, la Oakshaft es una escoba elegante con un grueso mango de roble, diseñada para vuelos prolongados y para resistir vientos fuertes. Aunque la Oakshaft es ahora una escoba clásica que se paga precios exorbitantes, todos los intentos de utilizarla en el quidditch fracasaron. Su peso le impedía dar la vuelta a altas velocidades, de modo que nuca alcanzó mucha popularidad entre aquellos que preferían la agilidad a la seguridad. No obstante, siempre será recordada como la escoba que se utilizó en el primer vuelo a través del Atlántico, realizado por Jocunda Sykes en 1935. (Antes de esa época, los magos preferían tomar barcos en lugar de confiar en las escobas para semejantes trayectos. La aparición es menos confiable cuanto mayor es la distancia que hay que recorrer, y sólo magos verdaderamente expertos tratarían de aparecerse en un continente a otro.)

En 1901, Gladis Boothby creó la Moontrimmer, que supuso un progreso importante en la fabricación de escobas, y por un tiempo esas delgadas escobas con mango de fresno tuvieron gran demanda como escobas de quidditch. La principal ventaja de las Moontrimer sobre las demás era que podían alcanzar alturas que nunca antes se habían logrado (sin que el control de la escoba se viera afectado. Gladis Boothby era incapaz de producir la Moontrimmer al ritmo que los jugadores de quidditch reclamaban. La fabricación de una nueva escoba, la Flecha Plateada, fue muy bien recibida; se trataba de la verdadera precursora de la escoba de carrera, pues corría mucho más que la Moontrimmer o la Oakshaft (más de 112 kilómetros por hora con viento de cola), pero, al igual que ellas, era obra de un solo mago (Leonard Jewkes) y los pedidos sobrepasaban con creces las exigencias.

El gran adelanto se produjo en 1926, cuando los hermanos Bob, Hill y Barnaby Ollerton fundaron la Cleansweap Broom Compay. El primer modelo, la Barredora 1, se fabricó en una cantidad nunca antes vista y se promocionó como una escoba de carreras diseñada especialmente para actividades deportivas. La Barredora fue un éxito inmediato y abrumador, monopolizó el mercado como ninguna otra escoba precedente y, en menos de un año, todos los equipos de quidditch del país estaban montados en una.

Los hermanos Ollerton no conservaron por mucho tiempo el monopolio de las escobas de carrera. En 1929, Randolph Keitch y Basil Horton, ambos jugadores de los Falmouth Falcons, crearon un nueva fábrica. La primera escoba de la Comet TRading Company fue la Cometa 140; la cifra responde al número de modelos que Keitch y Horton probaron antes de llegar al que se comercializó. El hechizo de freno que patentaron benefició a los jugadores, a quienes ahora les resultaba más fácil no rebasar los postes en plena carrera al intentar marcar un tanto y no salirse del campo. Así, la Cometa se convirtió en la escoba preferida por la mayoría de los equipos ingleses e irlandeses.

Mientras la competencia entre la Barredora y la Cometa se hacía más intensa, marcada por las mejoradas Barredoras 2 y 3 de 1934 y 1937 respectivamente, y la Cometa 180 de 1938, otros fabricantes de escobas estaban apareciendo por toda Europa.

La Tinderblast salió al mercado en 1940. Fabricada por Elleby y Spunmore, una empresa de la Selva Negra, La Tinderblast es una escoba muy resistente, aunque nunca ha alcanzado las velocidades de las Cometas o las Barredoras. En 1952, Ellerby y Spudmore sacó un nuevo modeló, la Swiftstick. Es más veloz que la Tinderblast, pero tiende a perder potencia en los ascensos y los jugadores de quidditch no la han utilizado nunca.

En 1955, Universal Brooms Ltd. Introdujo en el mercado la Shooting Star, la escoba de carreras más barata hasta la fecha. Desgraciadamente, después de su inicial estallido de popularidad, se descubrió que perdía velocidad y altura con el paso de los años, y Universal Brooms tuvo que cerrar en 1978.

En 1967, el mundo de las escobas se convulsionó con la aparición de la Nimbus Racing Broom Company. Nunca antes se había visto algo como la Nimbus 1000. Alcanzaba velocidades superiores a los ciento sesenta kilómetros por hora, era capaz de girar 360 grados sobre sí misma en el aire y combinaba la seguridad de la antigua Oakshaft 79 con la facilidad de manejo de las mejores Barredoras. La Nimbus se convirtió inmediatamente en la escoba preferida por los equipos profesionales de quidditch de Europa, y los siguientes modelos (1001, 1500 y 1700) han mantenido a la Nimbus RAcing Broom Company como la mejor en su terreno.

La Twigger 90 empezó a ser fabricada en 1990 por Flyte y Barrer con la intención de arrebatar a la Nimbus el liderazgo del mercado, aunque tenía un buen acabado e incluía muchos accesorios nuevos, como un timbre de serie y un cepillo con sistema antiturbulencias, resultó que la Twigger se combaba al volar a gran velocidad y se ha ganado la desgraciada reputación de ser usada por magos con más galeones que sentido común.



Capítulo 10: El quidditch en la actualidad




El juego del quidditch sigue fascinado y obsesionado a gran cantidad de fanáticos de todo el mundo. En la actualidad, todo aquel que compre una entrada para un partido de quidditch puede estar seguro de que será testigo de una sofisticada contienda entre pilotos muy cualificados (a menos, por supuesto, que la snitch sea capturada en los primeros cinco minutos de partido, en cuyo caso todos nos sentimos ligeramente estafados). Nada lo demuestra mejora que las difíciles jugadas que durante su larga historia han inventado magos y brujas ansiosas de perfeccionarse y de perfeccionar el juego. Algunas de esas jugadas se explican a continuación.




Amago de Wronsky

El buscador cae como una roca hacia el suelo y finge que ha visto la snitch allá abajo, pero se eleva justo antes de colisionar contra el campo. Con ello se pretende que el otro buscador lo imite y se estrelle. Se llama así porque la inventó el cazador polaco Josef Wronski




Bludger Backbeat

En esta jugada, el golpeador le pega a la bludger con un revés y la envía hacia atrás en lugar de hacia delante. Es difícil ejecutarla con precisión, pero resulta expelente para confundir a los adversarios.




Doopplebeater Defence

Ambos golpeadores le pegan a una bludger al mismo tiempo para obtener mayor potencia. Así, el ataque con la bludger resulta mucho más terrible.




Double Eight Loop

Una táctica defensiva del guardián, que suele recurrir a ella cuando le tiran un penalti. Consiste en hacer molinetes alrededor de los aros a gran velocidad para bloquear la quaffle.




Finta de Porskov

El cazador que lleva la quaffle vuela hacia arriba y hace creer a los cazadores rivales que está tratando de escapar para marcar un tanto, pero entonces arroja la quaffle hacia abajo, a un cazador de su equipo que está esperando la pelota. Es esencial tener una coordinación milimétrica. Se llama así por la cazadora rusa Petrova Porskov.

Formación de ataque <>

Los cazadores se colocan imitando una punta de flecha y vuelan juntos en dirección a los postes. Sirve para intimidar al equipo adversario y aparta a los otros jugadores.




Parkin’s Pincer

Se llama así en honor de los primeros jugadores de los Wigtown Wanderers, pues se cree que la inventaron ellos. Dos cazadores se acercan a un cazador adversario, uno por cada lado, mientras el tercero vuela hacia él o ella.




Plumpton Pass

Jugada del buscador: un cambio de dirección aparentemente no premeditado que sirve para enfundarse la snitch manga arriba. Llamada así en recuerdo de Roderick Plumpton, buscador de los Tutshill tornados, que utilizó esa jugada en 1921, cuando batió el récord de la captura más rápida de una snitch. Aunque algunos críticos han afirmado que aquella captura fue accidental, Pumpton mantuvo hasta su muerte que lo había hecho a propósito.




Reverse Pass

Un cazador arroja la quaffle por encima del hombre a un miembro de su equipo. La dificultad está en la exactitud.




Sloth Grip Roll

Quedar colgado por debajo de la escoba, sin dejar de aferrarse fuerte con manos y pies. Se usa para evitar la bludger.

Starfish and Stick

Defensa del guardián. Éste mantiene la escoba horizontal con una mano y un pie curvados alrededor del mango, al mismo tiempo que mantienen las otras extremidades extendidas. No es aconsejable hacer esta jugada sin agarrarse bien al palo.







Transylvanian Tackle

Se vio por primera vez en el Mundial de 1473 y consiste en lanzar un puñetazo a la nariz pero sin llegar a darlo. Mientras no exista contacto, esta jugada no es ilegal, pero es difícil retirarse a tiempo cuando ambas partes están montando las escobas a gran velocidad.




Woollongong Shimmy

Perfeccionado por el equipo australiano Woollongong Warriors, éste es un movimiento que consiste en zigzaguear a gran velocidad para derribar a los cazadores contrarios.






No cabe duda de que el quidditch ha cambiado mucho desde que Gertie Keddle vio por primera vez a <> en el pantano Queerditch. Quizá si viviera hoy, ella también se entusiasmaría con la poesía y la fuerza del quidditch. ¡Ojalá el juego continúe evolucionando y ojalá las futuras generaciones de brujas y magos disfruten de este juego, el más glorioso de los deportes!

sábado, 6 de noviembre de 2010

Charles Dickens -- OLIVER TWIST


Charles Dickens

OLIVER TWIST

CAPÍTULO UNO

LOS PRIMEROS AÑOS

DE OLIVER TWIST

Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manu­tención. De modo, que aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba ence­rrado en la carbonera con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann. El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
 ¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble?  exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
 Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
 Vengo a llevarme a Oliver Twist  dijo el celador . Hoy cumple nueve años y ya es mayor para permanecer aquí.
 Ahora mismo lo traigo  dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un gesto cariñoso ni una palabra bonda­dosa, una fuerte congoja se apoderó de él. “¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y, por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí, el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
 ¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
 Este chico es tonto  dijo un señor de chaleco blanco.
 ¡Chist!  ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo : Hasta ahora, la parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
 Sí. Sí, señor contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían, además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suer­tes, le tocó a Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se acercó al director y dijo:
 Por favor, señor, quiero un poco más.
 ¿Qué?  preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
 Por favor, señor, quiero un poco más  repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amarga­mente. Sólo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho” fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y ges­tos rudos, deshollinador de profesión. Una mañana iba pase­ando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
 ¡Sooo!  ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al señor Limb­kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifes­taba el deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
 Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos parece mucho dinero.
 Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo?  preguntó Gamfield.
 Tres libras y diez chelines  contestó el director.
 No seas tonto  dijo el señor del chaleco blanco , llévatelo. Es exactamente el muchacho que necesitas. Unos cuantos palos le vendrán bien y no te preocupes por su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble que llevara aquella misma tarde a OI¡­ver ante el juez para que aprobara y firmara el contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
 Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado de Oliver.
 ¡Muchachito!  dijo el anciano . ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y, juntando las manos, suplicó:
 ¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...; pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
 Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera llevarse a Oliver, estaba otra vez coloca­do en la puerta del hospicio. El primero en interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído. Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aque­lla misma noche. Pero de camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
 Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida  le dijo el señor Bumble.
 No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien­to tan solo  contestó Oliver entre sollozos . Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bum­ble ordenó a Oliver que se secara las lágrimas.
 Aquí estoy con el muchacho.
 ¡Dios mío!  exclamó la señora Sowerberry . s muy pequeño.
 Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora  dijo el señor Bumble , ya crecerá.
 ¡Claro que crecerá!  contestó la mujer malhumorada . ¿Y quién lo va a pagar? Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos. ¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
 ¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puer­ta y empujó a Oliver por una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
 Charlotte  ordenó la señora Sowerberry , dale a este muchacho algunas de las sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la señora Sower­berry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto un viejo colchón.
 Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta, te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el cam­posanto, con la hierba acariciando su cabeza.


CAPÍTULO DOS

EN LA FUNERARIA

Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la tienda despertaron a Oliver
 ¡Abre de una vez!  gritó una voz detrás de la puerta.
 Ya voy, señor  contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
 Supongo que eres el mocoso del hospicio  siguió la voz . ¿Cuántos años tienes?
 Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con mantequilla.
 Perdone  dijo sliver , ¿es usted el que ha llamado?
 Soy el que ha dado patadas  rectificó el muchacho . Veo que no sabes con quién estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tien­da pavoneándose. Y es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos. Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre, pensaba tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le ocurrió una idea:
 Querida  le dijo a su mujer , he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia. Aquí tiene la dirección.
 Ahora mismo voy  contestó el de la funeraria . Oliver, ponte la gorra y ven conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada, subieron hasta el primer piso y el señor Sower­berry llamó con los nudillos. Una muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el espec­táculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sen­tada en un taburete; más allá, unos niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
 ¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se arrodilló junto al cuerpo sin vida.
 ¡Ah!  gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta . ¡La han matado de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver, volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
 Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
 La verdad es que no mucho, señor contestó.
 Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la coci­na, el jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima, recurrió al insulto.
 Hospiciano  dijo Noah , ¿y tu madre?
 Murió  contestó Oliver un poco crispado . Preferiná que no hablaras de ella delante. de mí.
 ¿De qué murió?
 De pena  respondió Oliver con los ojos cargados de lágri­mas . No me hables más de ella, será mejor para ti.
 ¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zaran­deó violentamente y le asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
 ¡Charlotte! ¡Ama!  se puso a gritar Noah . ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
 Noah  ordenó la señora Sowerberry , corre a buscar al señor Bumble y dile que venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la puerta del hospicio.
 ¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco. Intentó matarme, y luego intentó matar a Char­lotte y también a la señora Sowerberry.
 Me ocuparé de ello  dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliver seguía dan­do patadas a la puerta del sotanillo.
 ¡Oliver!  llamó el celador en voz baja.
 ¡Sáquenme de aquiil  gritó Oliver.
 Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
 No  respondió Oliver valientemente.
 Debe haberse vuelto loco  intervino la señora Sower­berry . Ningún muchacho en su sano juicio se atrevená a con­testarle de ese modo.
 No es locura, señora dijo el celador , es comida.
 ¿Cómo?  exclamó la señora Sowerberry.
 Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene fuerza y energía.
 Esto me pasa por ser tan generosa  dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a rastras a su rebelde aprendiz aga­rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
 Dijo cosas de mi madre  explicó Oliver a su amo.
 ¿Y qué, si lo que dijo es cierto?  repuso la señora Sower­berry.
 No lo es  contestó Oliver rabioso.
 Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe­rar el amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y vio a uno de sus antiguos compañeros trabajando en el jardín.
 ¡Hola, Dick!  susurró Oliver . ¿Hay alguien levantado?
 Sólo yo  contestó el niño.
 No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y tú qué pálido estás, amigo!
 He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver  dijo el niño con una leve sonrisa . Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
 Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
 Cuando muera, lo seré. Dame un beso  pidió el niño tre­pando sobre la puerta y echando a Oliver los brazos alrededor del cuello . ¡Que Dios te bendiga!


CAPÍTULO TRES

FAGIN Y COMPAÑÍA

Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encon­traba a más de setenta millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Ago­tado, se sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó­vil y silencioso. De pronto se fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
 ¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
 Tengo hambre y estoy muy cansado  contestó Oliver sin poder contener el llanto . Llevo siete días andando.
 ¡Siete días o pata!  exclamó el jovencito . ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y abundante comida.
 Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a Londres, ¿a que sí?
 Eso pretendo  contestó Oliver , pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré alojar.
 No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamien­to gratis. Si te parece, haremos el resto del camino juntos.
 ¡Sería estupendo!  exclamó Oliver sorprendido . Llevo sin dormir bajo techo desde que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina­ron por calles sucias y miserables hasta una casa donde el P¡llas­tre entró con decisión..
 ¿Quién es?  gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un hombre asomó por la barandilla.
 Vengo con un nuevo compinche  anunció.
 ¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
 De la inopia  contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo judío de aspecto repugnante estaba frien­do salchichas. Alrededor de la mesa estaban sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos fumaban en pipa y bebían cerveza,
 Este es Fagin  dijo Jack Dawkins señalando al anciano ; y éste, mi amigo Oliver Twist.
 Espero que seamos amigos  dijo el hombre estrechándole la mano . Siéntate a cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates y a Oliver, y les dijo:
 Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco y dijo en voz baja:
 ¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colo­caban detrás del respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡­ver corrió y corrió, finalmente lograron alcanzarlo.
 ¿Es éste el muchacho?  preguntaron al caballero.
 Sí, me temo que sí  contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
 ¡No he sido yo! ¡Se lo prometo!  dijo Oliver juntando las manos en tono suplicante.
 ¡Levántate de una vez, demonio!  ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el policía.
 Aquí traigo a un joven cazapañuelos  dijo el agente al entrar a la comisaría.
 Señores  dijo el caballero víctima del robo , no estoy seguro de que este muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado detrás de una mesa situa­da sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
 ¿Quién es usted?  preguntó el señor Fang.
 Mi nombre es Brownlow, señor  contestó el anciano . Y antes de prestarjuramento roganá a su señoná que me permi­tiera decir algo...
 ¡Cállese!  ordenó bruscamente el juez.
 ¿Cómo?  preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su caso y conclu­yó diciendo:
 Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indul­gencia. Me temo que se encuentra muy mal.
 ¿Cómo te llamas, pequeño ratero?  preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas. Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y preguntó:
 Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un nombre:
 Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran un poco de agua.
 ¡Cuidado, se va a caer!  gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al instante, Oliver cayó al suelo.
 Ya se levantará cuando se canse  dijo el juez . Queda con­denado a tres meses de trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y avanzó hasta el estrado.
 ¡No se lleven al muchacho!  gritó . Yo soy el dueño del puesto de libros donde sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y dijo con indiferencia:
 El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a su casa; allí, por primera vez, el mucha­co fue cuidado con cariño y bondad.


CAPÍTULO CUATRO

EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW

Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates regresaban a casa de Fagin.
 ¿Dónde está Oliver?  preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y, zarandeándolo, gritó:
 ¡Habla o te ahorco!
 La pasmo lo ha trincao  contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia apariencia, llamado Bill Sikes.
 ¿Qué mosca te ha picado?  gritó dirigiéndose a Fagin . ¿Qué es eso de maltratar a los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire preocupado:
 Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comisaría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
 Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
 Hay que encontrarlo como sea  dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
 ¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora!  excla­mó el muchacho! . ¿Quién es?
 No lo sé, querido  contestó la viejecita . Nadie que tú y yo conozcamos.
 ¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón palpita más rápido.
 ¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
 ¡Pobre muchachito!  dijo mirando a Oliver con ternura . ¿Cómo te encuentras hoy?
 Muy feliz, señor  contestó Oliver . Nunca nadie me había tratado tan bien. Le estoy de veras muy agradecido, señor
 ¡Buen chico, Tom!
 No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
 ¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
 Yo nunca dije tal cosa, señor contestó Oliver perplejo.
 Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin!  exclamó muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio, decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
 ¿Dónde está el retrato?  preguntó a la señora Bedwin.
 El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más feli­ces de su vida. Se encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
 Acércate a la mesa y siéntate  pidió el caballero . Quiero que prestes mucha atención a lo que te voy a decir
 ¡Por favor, señor Brownlow!  exclamó horrorizado Oliver . No me diga que me va a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las calles. Déjeme ser su criado.
 ¡Querido chiquillo!  dijo el señor Brownlow enternecido por el pánico que advertía en el muchacho . No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón muy noble.
 ¿Quién es este jovencito?  preguntó mirando a Oliver
 Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando  contestó el señor Brownlow . Es muy guapo, ¿no te parece?
 ¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien­cia y las maneras de Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a Oliver de tres meses de trabajos forzados.
 ¡Llame al chico que ha traído los libros!  ordenó el señor Brownlow . Hay que pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
 ¡Oh! Ya se ha marchado   contestó la señora Bedwin.
 Si usted quiere  intervino Oliver , se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo, señor Me gustaría mucho ser útil.
 Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros  con­testó el señor Brownlow tendiéndole un paquete  y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le debo. Aquí tienes cinco libras.
 Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas envuettas en un viejo pañuelo.
 Esto es más de lo que te debo  le dijo , pero sé que me devolverás el favor en otra ocasión...
 Corto el rollo  replicó el ladrón  y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apare­ció el tabernero, un judío llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo sobresaltaron:
 ¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
 ¿Qué ocurre?  preguntó Oliver . ¿Por qué me detienen?
 ¡Bendito sea Dios!  siguió diciendo la joven entre lágri­mas . ¿Dónde te habías metido, granuja?
 No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre  gritaba Oliver debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
 ¡Socorro! ¡Ayúdenme!  gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de las poderosas garras de aquel hombre.
 ¡Yo sí que te voy a ayudar!  dijo Sikes . ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!  ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que era inútil resistirse, y un momento des­pués se vio arrastrado por un laberinto de callejuelas estrechas y oscuras.


CAPÍTULO CINCO

DE NUEVO ENTRE LADRONES

edia hora después, Oliver y los dos delincuentes entra­    ron en una casa en ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
 ¡Buenas noches, amiguito  dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a modo de burla.
 ¡Caramba!  exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡­ver el billete de cinco libras . ¡Si hasta trae pasta a casa!
 Eso es mío  dijo Fagin cogiendo el dinero.
 ¡Que te lo has creído!  contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
 Ese dinero es del anciano que me cuidó  se atrevió a decir Oliver retorciéndose las manos con nerviosismo . Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por favor, devuél­vanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los he robado.
 Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo  dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
 ¡Sujeta a ese perro, B¡ll!  gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho . ¡Va a despedazar al muchacho!
 Le estaría bien empleado  contestó él . ¡Quítate de en medio, maldita, si no quieres que te rompa el cráneo!
 Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
 De modo que quenías escaparte, ¿eh?  dijo el judío aga­rrando un garrote de la chimenea . Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar el segundo golpe.
 Ya tenéis al chico. ¿Qué más queréis?  gritó la joven . ¡Oja­lá que me hubiera caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
 Es lo malo de tener que tratar con mujeres  dijo Fagin . En fin, Charley, enséñale a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le qui­tó la ropa nueva y se la cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos asuntos de la parroquia y el desti­no había querido que, al abrir un periódico, sus ojos toparan con el siguiente anuncio:

CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”

El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cin­co guineas, se presentó en casa del señor Brownlow.
 ¿Qué sabe usted de él?  le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
 No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual, desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
 Me temo que lo que dice es verdad  dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recom­pensa en el bolsillo, el señor Brownlow llamó a la señora Bed­win y le contó todo lo que le había dicho el celador
 No puede ser  dijo la viejecita , nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
 No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega  le dijo un día el Pillastre . Deja que lo eduque Fagin. Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
 ¡Muy cierto!  lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
 ¿Qué pasa con esa queli de Chertsey?  dijo el anciano judio . ¿Cuándo será el robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
 Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada  respondió Sikes , pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
 ¡Trato hecho!  concluyó él judío.
 Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
 ¿Qué te parece Oliver Twist?  propuso Fagin.
 ¿Ése?  preguntó Sikes sorprendido.
 Acéptalo, Bill  intervino Nancy . Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y ese muchacho es de fiar.
 Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo. ¿Entendido?
 No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón, será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.


CAPÍTULO SEIS

EL ROBO

Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sor­prendido, que sus viejos zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
 Esta noche irás a casa de Sikes  le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atre­vió a hacer preguntas. Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
 Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de rodillas y empezó a rezar
 ¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando se sobresaltó al oír un leve ruido.
 Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy  dijo la muchacha con un susurro.
 ¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
 ¡Esta habitación es tan húmeda!  disimuló la muchacha, abri­gándose con su manto . Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
 Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió en voz muy baja:
 ¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayu­darte, lo haría, pero no tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun­tos. Se subieron a un coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
 ¡Buenas noches!  saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
 iSabes qué es esto?
 Sí, señor contestó Oliver.
 Bien  dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho . Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso. ¿Entendido?
 Sí, señor contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
 ¡Arriba!  le gritó el ladrón . Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga­rró de la mano del ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma­necían cerradas. Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes, miro­nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después, habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entrar en él y se detuvieron frente a una casa en ruinas que estaba aparente­mente deshabitada. Oliver y Sikes avanzaron sigilosamente has­te el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares sortijas en sus mugrientos dedos.
 ¿Quién es éste?  preguntó sorprendido al ver a Oliver.
 Es uno de los muchachos de Fagin.
 ¡Pues menuda facha tiene!  exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres empezaron a prepararse: se cubrieron con gran­des bufandas oscuras y enormes abrigos.
 ¿Lo lleváis todo?  preguntó Sikes . ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los taladros, los garrotes?
 Está todo  contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de ojos.
 Ahora, que suba el muchacho  dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca. Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
 ¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme mar­char. ¡Les juro que no diré nada!
 ¡Arriba!  gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho . Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
 ¡Venga, B¡ll!  dijo . Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de sobra por allí.
 Ahora escucha, granuja  le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna  vas a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco y estaba dispues­to a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
 ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró para arriba de él.
 ¡Rápido, dame una bufanda!  gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío, cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó nada.


CAPÍTULO SIETE

UN EXTRAÑO PERSONAJE

Al día siguiente, en casa de Fagin, estaban el P¡llastre y sus colegas rateros, absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil, sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni, sobre todo, de su estimado pupilo.
 ¡Han llamado a la puerta!  gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
 Es Toby Crackit  susurró al oído de su amo.
 ¿Qué?  gritó el judío . ¿Está solo?
 Si  contestó el P¡llastre.
 D¡le que entre  ordenó Fagin . Los demás, ya os podéis largar de aquí discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con Crackit, Fagin se encontraba solo en la habi­tación.
 ¿Qué tall  saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
 No me mires así, hombre  lijo Toby . ¿Crees que puedo hablarte del curro con el estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la conversación; sólo cuando se sintió satis­fecho, preguntó:
 ¿Cómo está Bill?
 ¿Qué?  gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo . ¿Qué cómo está Bill?
 No me digas que no sabes nada de...  respondió el otro con aire misterioso.
 No sé nada de nada  gritó Fagin pateando furioso el sue­lo . Así es que ya puedes empezar a contármelo todo.
 Nos falló el golpe  dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
 Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
 Dispararon y un tiro alcanzó al chico  siguió Toby . Todo el vecindario salió armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como pudimos.
 ¿Y Oliver?
 Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un témpano. Así es que nos separamos y deja­mos al muchacho en una zanja. No sé si estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes, salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
 ¿Está él aquí?  susurró of oído del dueño del local.
 ¿A quién se refiere? ¿A Monks?  preguntó el tabernero.
 Sí  contestó Fagin , pero hable más bajo.
 Todavía no  contestó el hombre , pero ya tenía que haber llegado. Si se espera diez minutos..
 No, no  contestó Fagin aliviado . Dígale que venga a mi casa mañana. He de hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy reto­mó su postura inicial, sin decir una sola palabra.
 ¿Dónde crees que podná estar Bill?  preguntó Fagin.
 ¡Y qué sé yo!  dijo ella llorando.
 ¡Pobre chiquillo!  suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo exclamó:
 ¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros. ¡Ojalá se haya muerto!
 ¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
 En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él. Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
 ¡Bah!  dijo el judío . ¡Estás borracha! Ahora, déjate de ton­terías y escucha bien: si tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me devuelve a Oli­ver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
 ¿A qué viene esto?  gritó ella.
 Mira, pellejo  continuó Fagin furioso , Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto, en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y como la había encon­trado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
 ¡Fagin!  le susurró una voz cerca de la oreja.
 ¡Ah!  gritó el judío, sobresaltado . ¿Eres Monks?
 Sí  le contestó la sombra . Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías metido?
 Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara, dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que revelaba un egoísmo sin límites.
 El chico  dijo él  tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no haber hecho de él un simple ratero? Den­tro de unos meses lo habrían cogido y lo habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
 Escucha, Monks  dijo Fagin , a ese muchacho era imposible convertirlo en un ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma ni un poquito siquiera.
 ¡Maldito antro!  gritó Monks , ¿qué es eso?
 ¿Qué es qué?
 ¡Allí!  gritó el hombre, señalando la pared opuesta . ¡Una sombra! ¡He visto la sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación a toda prisa y recorrieron la casa de arriba abajo. Pero no vieron ni oyeron nada; reinaba un profundo silencio.
 Es sólo tu imaginación  lijo Fagin despectivamente.
 Te juro que la vi  insistió Monks.
 Pues ya ves que no hay nadie en la casa, excepto los muchachos, y ellos están bien seguros. Mira  dijo sacando una llave de su bolsillo , los encerré para que no hubiera intromi­siones inesperadas en nuestra entrevista.
Aquel testimonio consiguió hacer vacilar a Monks. Pero, a pesar de todo, se negó a seguir hablando aquella noche y se marchó.


CAPÍTULO OCHO

EN CASA DE LA SEÑORA MAYLIE

Toby Crackit no mentía: él y Bill Sikes habían abandonado a Oliver, herido, en una zanja. Al amanecer, el niño seguía allí, inconsciente. Se despertó sobresaltado al oír un quejido que salió de sus propios labios y reunió las pocas fuerzas que le quedaban para incorporarse. Temblando de frío y de dolor, se puso en pie y comenzó a caminar lentamente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Llegó a un camino. Al fondo había una casa y hacia ella dirigió sus pasos. Sólo cuando la tuvo delante, se dio cuenta de dónde se encontraba. “¡Dios mío!”, pensó, “¡Es la casa de anoche!” El miedo se apoderó de él y decidió huir Pero no sabía a dónde dirigirse y se encontraba muy débil. Entonces, atravesó el jardín de la casa sin a penas tenerse en pie, subió los escalones y, en un último esfuerzo, llamó a la puerta. En aquel momento, se derrumbó contra una de las columnas del porche.
Dentro de la casa reinaba una gran tensión. La noche había sido larga y agitada. El mayordomo, el señor G¡les, se sentía ya un gran héroe, y así lo hacía saber a todo el personal de aquella mansión. ¿Quién, sino él, había tenido el coraje de enfrentarse a los ladrones?
Así estaban los ánimos cuando oyeron llamar a la puerta Nadie se atrevió a moverse. Se miraban los unos a los otros pre­guntándose quién iná a abrir Finalmente, Brittles, el mozo de la casa, se dirigió a la puerta. Todos, mayordomo, cocinera y donce­lla, lo acompañaron. Cuál sená su sorpresa cuando, al abrir la puerta, tan sólo vieron a un pobre niño enfermo que pedía ayuda.
 ¡Tengan piedad de mil  suplicó con voz entrecortada.
Sin mucha delicadeza, G¡les agarró a Oliver por una pierna y un brazo, lo arrastró hasta el salón y allí lo dejó tendido en el suelo. Después, se puso a gritar:
 ¡Señora! ¡Señorita! ¡Hemos cogido a uno de los ladrones! ¡Yo le disparé! ¡Yo le disparé!
En medio de aquel bullicio, se oyó una voz femenina tan sua­ve, que al instante hizo reinar la paz.
 ¡G¡les!
 Aquí estoy, señorita Rose. No se preocupe, no estoy heri­do, el ladrón no opuso gran resistencia.
Aquella dama de voz delicada tenía un rostro angelical. Con­taba tan sólo dieciséis años pero, a pesar de su juventud, la inte­ligencia brillaba en sus ojos azules. Todo en ella era dulzura y buen humor.
 ¡Pobrecillo!  exclamó . ¿Está herido?
 Herido de gravedad  contestó el mayordomo.
 Llévenlo con mucho cuidado a la habitación de arriba, y que Brittles vaya a buscar a un médico.
Más tarde, en el comedor, G¡les servía el desayuno a la señorita y a su tía, la señora Maylie. Era ésta una persona ya mayor; sin embargo, mantenía su erguida figura, y los años no habían apagado el brillo de sus ojos. De repente, se oyó frente a la entrada de la casa un cabriolé que se detenía. De él, se bajó el señor Losberne, cirujano de la vecindad y amigo de la señora Maylie. Era un solterón gordo y famoso por su buen humor. El doctor irrumpió en el comedor exclamando:
 ¡Dios mío! Querida señora Maylie, ¿cómo ha podido suce­der? En fin, ¿se encuentran ustedes bien?
 Bien, muchas gracias, señor Losberne  contestó Rose . Pero hay un herido arriba que requiere sus cuidados.
 ¡Oh, claro!  contestó el doctor . Obra suya, G¡les, según me han contado. Vamos, indíqueme el camino.
El doctor pasó largo rato en la habitación con Oliver y, cuando volvió a bajar, se presentó ante las damas con aire circunspecto.
 ¿Qué ocurre?  preguntó Rose ansiosa.
El doctor adoptó una actitud de misterio y, antes de contes­tar, cerró cuidadosamente la puerta.
 ¿Han visto ustedes al ladrón?  preguntó.
 No  contestó la señora Maylie . Aún no.
En efecto, el mayordomo no se había atrevido a confesar que su víctima era tan sólo un muchacho indefenso.
 Creo que deben ustedes verlo. Les aseguro que su aspecto les va a sorprender  dijo el doctor, subiendo las escaleras hacia el dormitorio donde se encontraba Oliver.
Cuando entraron en la habitación, vieron, asombradas, que en la cama yacía un muchachito agotado por el dolor, en vez de un peligrosísimo delincuente como ellas esperaban.
 ¿Qué es esto?  preguntó la señora Maylie . Este chiquillo no puede ser el ladrón.
 Los seres más jóvenes y más bellos  repuso el doctor  son a veces las víctimas preferidas del crimen y del vicio.
 Suponiendo que tenga usted razón  dijo la señorita Rose , es también posible que este muchachito no haya conocido nunca el amor de una madre ni el calor de un hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad. Y tú, querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a la cárcel. Gracias a ti, jamás he echado de menos el amor de unos padres, pero podná haberme ocurrido, y hoy esta­ría tan desamparada como este niño. ¡Oh, tía! ¡Ten piedad de él!
 Cariño  contestó la anciana abrazando a Rose , yo ya soy mayor y mis días tocan a su fin. Espero que, a la hora de mi muerte, Dios se apiade de mí como yo me he apiadado del prójimo. ¿Qué puedo hacer para salvar a este niño, doctor?
 Si permite usted asustar un poco a G¡les y a Brittles, creo que podré arreglarlo  contestó el señor Losberne . Pero con una condición: cuando el muchacho despierte, yo mismo lo interrogaré. Y si de lo que él diga, deducimos que es un malvá­do irreductible, lo entregaremos a la justicia.
Era ya de noche cuando Oliver por fin despertó. Se encon­traba débil, pero estaba tan ansioso por revelar su secreto, que el médico le dio la oportunidad de satisfacer su deseo. Así fue cómo Oliver pudo contar su triste historia.
Entonces, llamaron a la puerta.
 ¿Quién será a estas horas?  preguntó el doctor.
 Son agentes del cuerpo especial de policía dijo Brittles.
 ¿Qué?  gritó el doctor aterrado.
 Sí  contestó Brittles , yo mismo los llamé para que vinieran.
Gracias al señor Losberne y al testimonio de G¡les quien, aleccionado por el doctor, negó que Oliver fuera el muchacho contra el que había disparado, los policías hicieron su trabajo de investigación rutinaria, pero se marcharon al cabo de unas horas sin sospechar del muchacho.
Durante los días que siguieron, Oliver fue recuperándose gracias a los cuidados de la señora Maylie, de Rose y del doctor Losberne. Estaba aún muy débil, pero no dejaba de manifestar su agradecimiento a las dos damas, con las que se sentía pro­fundamente unido. Un día, Rose le dijo:
 Oliver, vamos a it a pasar una temporada al campo y mi tía quiere que vengas con nosotros. El aire puro te pondrá bien.
 ¡Oh, muchas gracias, señorita Rose! Allí podré trabajar para ustedes. ¡Tengo tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo, rodeado de cariño y comprensión, supusieron el des­cubrimiento de la auténtica dicha. Había entrado en el paraíso.


CAPÍTULO NUEVE

LA ENFERMEDAD DE ROSE

Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.
 ¿Qué te ocurre, Rose?  le preguntó preocupada la señora Maylie.
 Creo que estoy enferma, tía  contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora, cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
 ¡Oh, Oliver!  exclamó sollozando . Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría yo sin ella?
 Estoy convencido de que Dios no la dejará morir dijo Oli­ves entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
 Olives  dijo la señora Maylie , hay que mandar urgente­mente esta carta al doctor Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la car­ta, salió del establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto en una capa.
 Perdone, señor se disculpó el muchacho.
 Pero, ¿qué es esto?  gritó el hombre . ¡Serás capaz de salir de tu tumba para ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando llegó a casa, Rose estaba delirando.
 Sería milagroso que se recuperara  le confesó en voz baja el médico del lugar a la señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, lle­gó el doctor Losberne, quien confirmó la gravedad de la muchacha.
 Es muy duro y muy cruel  dijo . Tan joven y tan querida por todos... pero hay muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que sal­dría, bien para vivir, bien para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias horas a la espe­ra de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió por fin de la habitación y se acercó a ellos.
 ¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida!  gritó la señora Maylie . ¡Déjeme verla, por Dios! ¿Ha muerto?
 ¡No!  exclamó el doctor . ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que sentía en aquellos momen­tos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor Giles y Oliver corrió hasta el coche. Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó ansioso:
 ¿Cómo está la señorita Rose?
 ¡Mejor, mucho mejor!  se apresuró a responder Oliver . El doctor Losberne dice que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
 G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron en un fuerte abrazo.
 ¡Madre!  dijo el joven . ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría vuelto a ser feliz.
 No empieces otra vez con eso, Harry  contestó su madre . Ella necesita un amor profundo y duradero y tú...
 ¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?
 Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impul­sos ciertamente generosos pero poco duraderos. Creo, ade­más, que tienes delante de ti un porvenir brillante que los oscu­ros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se lo podrías reprochar.
 Pero entonces yo sería un egoísta  replicó Harry . ¡Por el amor de Dios, madre! Te estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que decida?
 Como quieras  aceptó la madre . Ahora debo volver jun­to a ella. ¡Qué Dios lo bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horro­rizado, creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
 ¡Mira!  oyó decir al judío . ¡Es él!
 ¡Ya te lo había dicho!   respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le heló, se vio momentá­neamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba, ade­más, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encon­traron al muchacho muy agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: “¡Era el judío!” Harry, a quien su madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su per­secución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño  dijo Harry a Oliver cuan­do estuvieron de vuelta.
 ¡Oh, no, señor!  insistió Oliver . De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los dos hombres se los había tragado la tierra. El susto le duró a Oliver unos días más y, poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una mañana, Harry Maylie entró en el come­dor donde Rose se encontraba sola.
 ¿Puedo hablar contigo unos minutos?  le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
 Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de per­derte sin que supieras que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
 Harry  contestó ella llorando , debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga, pero no debo ser el objeto de tu amor.
 ¿Por qué?
 No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis orígenes tu brillante carrera.
 Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nun­ca más nos volveremos a ver como nos hemos visto hoy.
 Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido, ¿me querrías?
 Sí, Harry  contestó Rose con un hilo de voz.
El joven tomó entonces la mano de su amada, se la llevó al pecho y, tras darle un beso en la frente, salió del comedor
Al día siguiente, por la mañana temprano, Harry se marchó a Londres, no sin antes encargarle a Oliver que le escribiera con frecuencia contándole cosas de su madre y de Rose.


CAPÍTULO DIEZ

EL MATRIMONIO BUMBLE

El señor Bumble estaba sentado en un salón del hospicio donde nació Oliver Twist. Se encontraba pensando con melancolía lo mucho que había cambiado su vida desde hacía dos meses: había ascendido a superintendente y se había casa­do con la gobernanta del hospicio; aunque esto no había sido precisamente por amor Dada su pasión por el dinero, se había dejado deslumbrar por algunas de las pertenencias de la que entonces todavía se llamaba señora Corney y por la posibilidad de tener vivienda y calefacción gratis.
Recordaba perfectamente la tarde en que había decidido pedirle que se casara con él. Estaban los dos coqueteando en la habitación de ella, cuando una anciana vino a anunciar que la vie­ja Sally se estaba muriendo. La pobre moribunda aseguraba que no se iná tranquila de este mundo sin revelar un secreto a la gobernanta. Ésta salió entonces maldiciendo a los pobres del hospicio, que no la dejaban nunca en paz. El señor Bumble aprovechó entonces su ausencia para registrar cajones, arma­rios y alacenas ya que deseaba asegurarse de que la señora Corney era un buen partido.
Sumido en sus recuerdos, el séñor Bumble, creyendo que estaba solo, dijo en voz alta:
 Mañana hará dos meses que estamos casados, y me parece un siglo. Reconozco que me vendí, aunque demasiado barato.
 ¿Barato?  gritó una voz al oído del superintendente.
El señor Bumble se dio la vuelta y se encontró con el poco agraciado rostro de su esposa, que seguía gritando:
 ¿Piensas quedarte ahí roncando todo el día?
 Pienso hacer lo que me dé la gana, señora Bumble  con­testó el hombre envalentonado.
El señor Bumble se colocó entonces su sombrero y su abri­go con la intención de salir, pero la señora Bumble le quitó el sombrero de un manotazo, lo agarró por el cuello, lo golpeó, lo arañó y lo sentó en una silla de un empujón.
 No me vuelvas a contestar de ese modo  gritó . Ahora levántate y lárgate de aquí.
El señor Bumble recogió su sombrero del suelo y salió a la calle como una flecha. Iba tan enfadado, que tardó un rato en darse cuenta de que estaba lloviendo con fuerza; entonces decidió refugiarse en una taberna. Allí había sólo un cliente; era un forastero alto y moreno que llevaba una amplia capa negra sobre los hombros. Ambos se miraron varias veces de reojo. Pero el forastero, de repente, rompió el silencio.
 No sé si se acordará de mí, pero usted y yo nos conoce­mos. He venido hasta aquí buscándole y, por una de esas casualidades de la vida, he dado con usted a la primera. ¿Continúa usted con su acostumbrado amor por el dinero?
El señor Bumble hizo intención de hablar, pero el forastero, haciendo un gesto con la mano, prosiguió.
 No, no diga nada, ya ve que te conozco bien. Además, comprendo que el sueldo de los funcionarios parroquiales no es muy alto; seguro que le vendrá bien una propinilla.
 ¿En qué puedo ayudarle?  preguntó el superintendente.
 Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto  dijo, poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor . Veamos, haga memoria: un invierno de hace doce años nació en el hospicio un mucha­cho paliducho que más tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
 ¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
 No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su madre la noche en que murió.
 Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella inespera­da noticia, pero pronto salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor Bumble lo retuvo.
 Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habi­tación con una mujer para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor Bumble continuó:
 Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas  concluyó el señor Bumble.
 ¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
 ¿Le parece bien mañana?
 Bien, a las nueve de la noche, vayan a esta dirección  dijo, entregándole un pedazo de papel . Pregunten por el señor Monks.
Al día siguiente, el matrimonio Bumble se encaminó al lugar que Monks había indicado. Era un pequeño barrio a orillas del río, famoso por ser refugio de ladrones y criminales. Estaba for­mado por unas cuantas casas en ruinas, entre las cuales se ele­vaba un edificio grande, cuyos pilares estaban muy deteriora­dos por las ratas, la carcoma y la humedad. Frente a él se detuvieron los Bumble.
 ¡Hola!  gritó una voz procedente del segundo piso . Espe­ren, ahora mismo les abro.
Instantes después, Monks les abrió la puerta. Subieron hasta una estancia del piso superior y cerraron tras de sí. A continua­ción, los tres se sentaron alrededor de una mesa.
 Dígame, señora  dijo Monks , ¿estaba usted con la tal Sally cuando murió? ¿Le dijo algo acerca de la madre de Oliver?
 Sí. Pero yo no he venido aquí para dar información gratis. Déme veinticinco libras en oro y le diré todo lo que sé.
 Aquí las tiene  repuso Monks, poniendo las monedas una a una encima de la mesa . Ahora, dígame lo que sabe.
 Cuando la vieja Sally murió, estábamos ella y yo solas en la habitación. Me habló de una joven que había dado a luz un niño hacía doce años y que, al día siguiente, había muerto en la mis­ma cama en la que ella estaba agonizando.
 ¡Dios mío!  exclamó Monks.
 Parece ser que la joven, antes de morir, le entregó a Sally algo con el encargo de dárselo al niño cuando llegara a la edad adulta; pero ella se lo quedó. La vieja no dijo nada más, cayó para atrás y murió.
 ¿Eso es todo? Creo que me está ocultando algo.
 No dijo más  contestó la gobernanta impasible . Solamen­te me agarró del vestido con una mano. Cuando cayó muerta, retiré su mano con fuerza y vi que en ella guardaba un viejo trozo de papel. Era una papeleta de empeño.
 ¿Y cuál era el objeto empeñado?  interrogó Monks.
 Era una alhaja. Así que fui y la desempeñé.
 ¿Y dónde se encuentra ahora esa joya?  preguntó el hom­bre inmediatamente.
 ¡Aquil  contestó la mujer, arrojando sobre la mesa una bolsita.
La bolsa contenía un pequeño guardapelo de oro. En su interior, había dos mechoncitos y una alianza. La sortija tenía grabado el nombre de “Agnes” y una fecha correspondiente al año anterior del nacimiento de Oliver
 ¿Qué se propone hacer con eso? ¿Va a utilizarlo contra m?  preguntó la señora Bumble.
 Ni contra usted ni contra nadie  contestó Monks, arras­trando la mesa a un lado y abriendo una trampilla que se encontraba junto a los pies del señor Bumble . Miren ahí abajo.
Las turbias aguas del río corrían velozmente bajo ellos. Monks sacó la bolsita, la ató a un pequeño peso de plomo que estaba en el suelo y la tiró al agua.
 ¡Hecho!  exclamó Monks aliviado . ¡Prueba destruida! Ahora, lárguense de aquí cuanto antes.


CAPÍTULO ONCE

EL CORAJE DE NANCY


Al día siguiente, Nancy fue a casa de Fagin para recoger un dinero que el judío le debía a Bill Sikes. Allí, coincidió con Monks.
 He de decirte algo a solas  le dijo Monks a Fagin.
Los dos hombres subieron a una habitación de la planta superior y se encerraron para hablar en privado. Nancy, con la intención de espiar la conversación, se quitó los zapatos, subió de puntillas las escaleras y se plantó en la puerta del cuarto donde Monks y Fagin se habían reunido. Al rato, la muchacha volvió a bajar con aspecto de encontrarse fuertemente impre­sionada. Segundos más tarde, Monks se marchó. A continua­ción, Fagin le entregó a Nancy el dinero que había venido a buscar y ambos se despidieron.
Ya en la calle, Nancy se sentó en un portal, incapaz de seguir caminando, y rompió a llorar. Finalmente, cuando se encontró más tranquila, volvió a su casa. Había tomado una decisión: iba a dar un gran paso aquella misma noche, en cuanto Sikes, que estaba enfermo, se hubiese dormido.
A la hora en la que el ladrón debía tomar su medicina, Nancy la preparó como siempre y añadió un potente somnífe­ro. En breves instantes, el enfermo cayó en un profundo sueño, momento que la muchacha aprovechó para marcharse.
Después de andar más de una hora, llegó al barrio más rico de la ciudad y se dirigió a un pequeño hotel. Cuando llegó a la puerta, vaciló un momento y entró.
 Quiero ver a la señorita Maylie  dijo Nancy al recepcio­nista,
 iQué puedes querer tú de una dama?  preguntó en tono despectivo el empleado al ver su aspecto . ¡Vamos, lárgate!
 ¡Tendrán que sacarme a la fuerza!  gritó la muchacha . Necesito dar un mensaje con urgencia a la señorita Maylie.
El recepcionista subió a regañadientes; le preocupaba tener un problema si el mensaje era en realidad algo importante. Al poco rato, volvió a hizo una seña con la cabeza a Nancy para que lo siguiera. El hombre la acompañó hasta una pequeña antecámara donde se encontraba Rose. La joven había adelan­tado unos días su regreso del campo y esperaba la llegada de su tía y de Oliver de un momento a otro.
Rose miró a la muchacha que se encontraba frente a ella y le dijo dulcemente:
 Soy Rose Maylie. ¿Deseaba usted verme?
Nancy, ante tanta dulzura, rompió a llorar
 ¡Ay, señorita!  exclamó . ¡Cuánto le agradezco que haya querido recibirme! Mi nombre es Nancy.
 ¿En qué puedo ayudarla?  prosiguió la joven dama.
 Supongo que Oliver les habrá contado su historia.
 Por supuesto. ¿Y bien?
 Les habrá dicho también que fue raptado mientras hacía un recado para el señor Brownlow, con quien vivía en Petonvi­lle. Bueno, pues yo soy la persona que lo raptó.
 ¿Usted?  exclamó Rose.
 Sí y lo llevé a casa de un miserable, llamado Fagin, que obli­ga a muchachos indefensos a robar para él  gimió Nancy . Y si ellos se enteraran de que he venido, me matarán.
 No se preocupe, querida, no sucederá nada  dijo Rose, mientras estrechaba dulcemente la mano de la afligida muchacha.
 ¿Conoce usted a un tal Monks?  continuó Nancy.
 No, no lo conozco  contestó Rose.
 Pues él a usted sí la conoce  repuso Nancy . Y sabe que está hospedada aquí. Yo he podido localizarla porque he escu­chado una conversación entre ese hombre y Fagin en la que se nombraba este lugar y se mencionaba su nombre.
 ¿Y de qué hablaron?  preguntó interesada Rose.
 Las primeras palabras que le oí decir a Monks fueron: “Las únicas pruebas de la identidad del muchacho están en el fondo del río, y la vieja que las recibió de la madre está criando mal­vas”. Parece ser que Monks vio a Oliver por casualidad el día que lo capturó la policía. Enseguida se dio cuenta de que era el muchacho que él mismo andaba buscando. Le propuso enton­ces a Fagin que recuperara al chico a hiciera de él un ladrón; a cambio, recibiná una sustanciosa recompensa.
Rose, sorprendida por la historia, preguntó a Nancy:
 ¿Y qué interés puede tener un hombre como Monks en un desvalido muchacho?
 Eso es lo más sorprendente: Monks dijo que si Olivertrata­ba de aprovecharse de su nacimiento, lo mataría. Y, al final, muy satisfecho, le preguntó a Fagin: “¿Qué te parece la trampa que le he preparado a mi hermanito Oliver?”
 ¡Su hermano!  exclamó Rose . ¿Y qué puedo hacer yo?
 No lo sé. No puedo ayudarla más; ahora tengo que mar­charme. Si necesita algo de mí, podrá encontrarme cada domingo por la noche, entre las once y las doce, en el puente de Londres.
La muchacha se marchó llorando, mientras Rose, abrumada por aquellas revelaciones, buscaba el modo de ayudar a Oliver
A la mañana siguiente, Rose decidió consultar a Harry. Se disponía a escribirle cuando Oliver, que llegaba en ese momen­to de la mansión del campo, entró en la habitación.
 ¡He visto al señor Brownlow! ¡Bendito sea Dios!
 ¿Dónde lo has visto?  preguntó Rose.
 Bajaba de un coche  contestó Oliver llorando de alegría . Él no me vio a mí, y yo no me atreví a acercarme. Pero G¡les ha averiguado su dirección. Mire, aquí está.
 ¡Vamos para allá inmediatamente!  le dijo Rose.
Cuando llegaron a la casa del señor Brownlow, Rose pidió a Oliver que esperara en el coche mientras ella preparaba al anciano para que lo recibiera. La joven entró y contó en pocas palabras todo lo que le había ocurrido a Oliver.
Cuando el señor Brownlow se enteró de que Oliver se encon­traba fuera, salió y, lleno de alegría, se precipitó hacia el interior del coche para abrazar al muchacho. Cuando entraron en la casa, el señor Brownlow llamó a la señora Bedwin. Y cuando ésta entró en el salón, Oliver se echó a sus brazos entre lágrimas:
 ¡Bendito sea Dios!  dijo la anciana . ¡Si es Oliver Tw¡st!
El señor Brownlow condujo entonces a Rose a otra sala y allí escuchó el relato de la entrevista con Nancy.
 En este asunto hay que ser extremadamente prudente  dijo pensativo el anciano caballero.
 Yo quisiera que el doctor Losberne, el médico de mi tía, supiera todo esto. Seguro que nos podná ayudar
 Déjeme que yo esté presente cuando hable usted con él. Esta noche, a las nueve, podemos vernos en el hotel. Su tía tie­ne que estar al tanto de todo lo ocurrido.
Tal y como habían convenido, el señor Brownlow y Rose revelaron la historia de Nancy al doctor.
 ¿Qué diablos hay que hacer entonces?  gritó el doctor Los­berne lleno de ira.
 Debemos proceder con mucho cuidado  contestó el señor Brownlow . Lo importante es descubrir quién es real­mente Oliver y devolverle la herencia de la que ha sido despo­jado. Pero antes, debemos averiguar de Nancy los nombres de los lugares donde suele it ese tal Monks.
Aquella noche, convinieron poner al tanto de lo ocurrido al señor Grimwig y a Harry Maylie y, sobre todo, dejar a Oliver al margen. También decidieron no hacer nada hasta el domingo siguiente, cuando se reunirían con Nancy.

CAPÍTULO DOCE

UN ESPÍA A LAS ÓRDENES DE FAGIN

La misma noche en que Nancy se había entrevistado con Rose, Noah Claypole y su amiga Charlotte llegaron a Lon­dres. Ambos jóvenes eran perseguidos por la justicia ya que habían robado de la caja del señor Sowerberry una importante cantidad de dinero.
Los dos fugitivos caminaron por calles recónditas, hasta lle­gar frente a Los Tres Patacones.
 Aquí pasaremos la noche  anunció satisfecho Noah.
Cuando entraron, vieron a Barney que estaba con los codos apoyados en el mostrador leyendo un mugriento periódico.
 Queremos dormir aquí esta noche  dijo Noah.
 Esperen un momento  contestó Barney , voy a preguntar si hay sitio.
 Mientras tanto, dinos dónde está el comedor y tráenos cerveza y fiambre.
Barney los condujo hasta un cuartucho que estaba en la par­te de atrás. Al cabo de un rato, les sirvió lo que habían pedido y les informó de que podían alojarse allí.
Poco más tarde, llegó Fagin a la taberna preguntando por alguno de sus discípulos.
 No ha venido ninguno de tus amigos  dijo Barney , pero hay dos forasteros que yo creo que te van a gustar
El judío escuchó a través del tabique la conversación que mantenían Noah y Charlotte:
 Vamos a vivir como señores  decía Noah.
 ¿Y cómo?  preguntó ella . ¿Vaciando cajas fuertes?
 ¿Cajas?  exclamó Noah . Se pueden vaciar cosas más interesantes, como por ejemplo: bolsillos, bolsos, bancos, diligencias... Se trata de encontrar al compañero adecuado. Con las veinte libras que robamos, todo será más fácil.
 No será tan fácil que alguien como nosotros se pueda des­hacer de un billete tan grande  dijo Charlotte preocupada.
Aquel descubrimiento provocó un vivo interés en Fagin, que entró en la sala saludando a la pareja y los invitó a beber
 ¡Esta cerveza es de buena calidad!  exclamó Noah.
 ¡Sí, pero es cara, muy cara!  contestó Fagin . Hay que andar todo el día vaciando bolsillos, bolsos, bancos y diligencias para poder comprarla.
Noah palideció al oír sus propios comentarios en boca de aquel hombre.
 No te preocupes  dijo Fagin riendo a carcajadas . Has tenido suerte de que sea yo quien te haya oído. También soy del oficio, has ido a dar en el clavo, amigo.
Noah se relajó y el judío siguió:
 Tengo un amigo que te puede ayudar ¡Anda, vamos a hablar ahí fuera!
 No creo que sea preciso movernos de aquí para hablar en privado  repuso Noah . Ella  dijo señalando a Charlotte , subirá el equipaje mientras nosotros hablamos de negocios.
Charlotte salió inmediatamente de la habitación cargada de bultos y cuando se encontraba suficientemente alejada, Noah preguntó:
 ¿Cuánto hay que aflojar?
 Veinte libras.
 Pero eso es mucho dinero  saltó el joven.
 No cuando se trata de un billete del que no te puedes des­hacer.
 ¿Y qué obtendré yo?
 Conseguirás vivir como un señor Tendrás comida, cama, tabaco y alcohol gratis, además de la mitad de las ganancias.
 Me parece bien.
 Mañana, a las diez, vendré con mi amigo. Pero aún falta un último detalle: no me has dicho cómo te llamas...
 Bolter, Morris Bolter  respondió inmediatamente Noah, ocultando su verdadero nombre.
Después de brindar por su recién creada sociedad, Fagin se despidió.
Al día siguiente, el judío se presentó solo en la posada y acompañó a Noah y a Charlotte a su propia casa.
 ¿De modo que no existe el tal amigo?  le dijo Noah a Fagin.
 No, en efecto, no existe. Pero os he traído aquí para que veáis cómo vivimos. En esta casa somos como una gran familia. Ahora estamos muy preocupados por uno de los nuestros, el P¡llastre, que fue capturado ayer
 ¿Por algo serio?  preguntó asustado Noah.
 Lo pillaron tratando de limpiar un bolsillo y le encontraron además una caja de rapé de plata. Aunque le puede caer una buena condena, no ha dicho nada. ¡Bueno es él para cantad
 Bueno, ya lo conoceré.
 No estoy tan seguro. Si encuentran pruebas, es un caso de “deportación de por vidá.
En ese momento, entró Charley Bates con cara compungida y dijo:
 Se acabó todo, Fagin. Han encontrado al dueño de la caja y a dos o tres testigos. Lo mandarán al extranjero. ¡Y todo por una cajucha de rapé que no vale más de tres peniques!
 Piensa en el honor, la distinción, de ser deportado a tan corta edad   contestó Fagin para consolarlo.
El domingo, Nancy estaba en su casa. Cuando dieron las once de la noche, se puso su gorrito y su abrigo para salir
 ¿A dónde vas?  le preguntó Sikes.
 A dar una vuelta  contestó ella . No me encuentro dema­siado bien y necesito tomar el aire.
 Pues te vas a conformar con sacar la cabeza por la ventana  le contestó el ladrón . Tú no vas a ninguna parte.
El hombre se levantó, le quitó el gorro de un manotazo y la arrojó sobre la cama.
 ¡Déjame salir, Bill, te lo suplico!  imploró Nancy.
Fagin, que estaba en casa de Bill en aquel momento, no movió un dedo por la muchacha. Bill Sikes la agarró con fuerza, la sentó en una silla y allí la mantuvo inmóvil durante un buen rato.
Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y rojos, empezó a mecerse hasta que­dar completamente dormida. Fagin cogió entonces su sombre­ro y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy. Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y experimentada como ella.
 Habrá que echarle el guante  se dijo Fagin a sí mismo . Sería una buena manera de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para pro­ponerle a Noah Claypole que fuera su espía.
Te necesito  le dijo , para un trabajo que requiere discre­ción y cautela. Sólo se trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré una libra.
 tA quién hay que seguir?  preguntó Noah.
 Es una de las nuestras  contestó el judío . Se ha echado nuevos amigos y he de saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
 ¡Trato hecho!  concluyó Noah.


CAPÍTULO TRECE

TERRIBLES CONSECUENCIAS

Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consi­guió por fin acudir al puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
 Aléjemonos de aquí  dijo Nancy en voz baja . Hablaremos más tranquilos abajo, al pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole seguía sus pasos y oía sus palabras.
 Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por la fuerza...
 Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta señorita dijo el señor Brownlow señalando a Rose , y creemos que debemos arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
 ¡Nunca!  exclamó Nancy . Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
 Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks  repuso el señor Brownlow.
 Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
 ¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
 Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le hacen tirarse al sue­lo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y otra cosa: tiene en la garganta...
 ¿Una mancha roja como una quemadura?  interrumpió el señor Brownlow.
 Sí  contestó Nancy sorprendida . ¿Lo conoce?
 Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
 Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza. Soy esclava de mi propia vida, y es muy tarde para dar marcha atrás. Ahora, por favor, márchense, es lo mejor que pueden hacer.
 Déjenos ayudarla: aún está a tiempo de cambiar su vida...
 No insistan, se lo ruego. Buenas noches, señor Buenas noches, señorita Maylie.
Rose y el señor Brownlow se alejaron y Nancy marchó a su casa. Cuando los tres estaban ya lejos, Noah echó a correr para contar a Fagin lo que había descubierto.
Antes de que amaneciera, Fagin ya estaba al tanto de todo lo ocurrido. Se encontraba en su casa, preso del pánico, acu­rrucado ante la chimenea, con el corazón lleno de odio. Llegó entonces Bill Sikes a entregarle un paquete.
 ¿Qué te pasa?  le preguntó éste al verle la cara completa­mente desencajada.
Fagin le contó lo que había descubierto Noah. Sikes, enton­ces, fuera de sí, salió a la calle; caminó a paso rápido hasta su casa, sin pararse ni un momento a pensar en lo que iba a hacer. Subió de prisa las escaleras, entró en la habitación, cerró la puerta con llave y fue hacia la cama donde Nancy estaba durmiendo.
 ¡Arriba!  la despertó Sikes a gritos.
 ¿Qué te pasa?  le preguntó ella, todavía medio dormida.
Sin decir una palabra, el ladrón la agarró por el cuello y la arrastró hasta el centro de la habitación.
 ¡Bill! ¡Bill!  gritó la muchacha . ¿Qué he hecho?
 Anoche lo espiaron. Ahora lo sé todo.
 Entonces, perdóname la vida como yo he perdonado que tú me hayas arrastrado a mí a esta existencia infame  dijo la muchacha aferrándose a él . Piensa un poco, Bill. Ahórrate este crimen. ¡Juro que te he sido fiel, Bill!
El ladrón, sordo ante las súplicas de Nancy, agarró una pistola y golpeó con ella a la muchacha una y otra vez hasta que ésta cayó al suelo cegada por la sangre, que fluía de una profunda bre­cha en su cabeza. La muchacha consiguió no obstante ponerse de rodillas y, juntando las manos, se puso a rezar El ladrón cogió entonces un garrote y la remató de un solo golpe en la cabeza.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación donde yacía el cadáver de Nancy, Sikes quemó las ropas que llevaba, ya que estaban manchadas de sangre. Luego, escapó de allí con su perro; una sola idea ocupaba su mente: huir Anduvo tan rápido que, al cabo de una hora, estaba fuera de Londres.
Caminó durante todo el día por campos, prados y bosques sin hallar un lugar seguro donde esconderse, porque en todas partes se hablaba del horrible crimen. Al anochecer, tomó la decisión de volver a la ciudad.
 No hay mejor lugar para esconderse. Mis amigos me ayu­darán  pensó.
Mientras tanto, en una chabola de un mísero barrio a orillas del Támesis estaban escondidos Toby Crackit, Chitling y un ex­presidiario llamado Kags.
 ¿Es cierto que han cogido a Fagin?  preguntó Toby Crackit.
 Sí, esta tarde  contestó Chitling . Charley Bates y yo con­seguimos escapar por la chimenea; a Bolter lo trincaron a la vez que a Fagin. Imagino que Charley estará a punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silen­ciosos, a la espera de alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio; después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hom­bres vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiempo a reaccionar y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso atrás.
 ¡Vamos, Charley! Soy yo  dijo Sikes yendo hacia él.
 No te acerques  contestó el otro . Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:
 ¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser que­mado a fuego lento por el crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió inmovilizarlo sin demasia­do esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor descon­certado. Charley Bates se incorporó, corrió hacia la otra venta­na, la abrió y se puso a gritar:
 ¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó encerrado con llave. Luego, cogió una lar­ga cuerda, subió al desván y, tras levantar un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangren­tado de su víctima. El pánico se apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde quedó col­gando sin vida.


CAPÍTULO CATORCE

LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD

Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
 ¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me tra­te de esta manera?  gritó el canalla, enfadado.
 Sí, Edward  lijo en tono triste el señor Brownlow , tu padre era mi mejor amigo y era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda. Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de tu hermano.
 ¡Yo no tengo ningún hermano!
 ¡Sabes que sib Es cierto que tú eres el único hijo del infeliz matrimonio que formaron tu padre y tu madre. Cuando tus padres se separaron, tu padre conoció a un oficial de marina, retirado y viudo, que vivía en el campo con sus dos hijas. Una de ellas se enamoró de tu padre, y él de ella; al cabo de año y medio, estaban prometidos. Fue entonces cuando tu padre recibió la herencia de un pariente que vivía en Roma y tuvo que marcharse para allá; pero la fatalidad quiso que él cayera gravemente enfermo. Tu madre y tú acudisteis inmediatamente a su lado y, al día siguiente de vuestra llegada, él murió sin dejar testamento, de modo que todos sus bienes fueron a parar a vuestras manos.
Monks, que había estado reteniendo el aliento durante todo este tiempo, suspiró entonces profundamente, manifestando un gran alivio.
 Antes de marchar al extranjero  siguió el señor Brownlow , tu padre vino a verme y me entregó un retrato de su hermana, la que iba a ser mi esposa. También me habló atropelladamente de la deshonra que él mismo había provocado a su joven prometi­da. Cuando él murió, fui a visitar a esa muchacha que iba a ser madre, con el fin de acogerla en mi propio hogar, pero llegué demasiado tarde porque la familia había abandonado la región.
Monks miró entonces alrededor con una sonrisa de triunfo.
 Cuando tu hermano se cruzó en mi camino y lo rescaté de una vida de crimen y miseria, su gran parecido con el retrato del que te he hablado me dejó impresionado. Desgraciada­mente, lo secuestraron antes de que pudiera contarme su his­toria. Sospechando que tú podías estar detrás de todo esto, lo busqué por todas partes, pero no lo encontré hasta hace dos horas... Tienes un hermano, Edward, tú lo sabes y lo conoces. Había pruebas de ello, pero tú mismo las destruiste. Así que, si no quieres que te haga detener por cómplice del asesinato de Nancy, tendrás que contarlo todo ante testigos y devolverle a tu hermano lo que le corresponde.
 Haré lo que usted me pida  aceptó Monks, viéndose sin escapatoria.
Dos días más tarde, Oliver viajaba, junto con la señora May­lie, Rose y el doctor Losberne, hacia su ciudad natal. Detrás, seguía el señor Brownlow, acompañado de Monks.
Se instalaron en un hotel de la ciudad donde les estaba esperando el señor Grimwig. Pasadas las primeras horas de ajetreo, el señor Brownlow los reunió a todos, incluyendo a Oliver, quien no pudo reprimir un grito de terror al ver entrar a Monks.
 Este niño  dijo el señor Brownlow a Monks atrayendo a Oliver hacia sí  es tu hermanastro, fruto de la unión entre tu padre, mi amigo Edwin Leeford, y Agnes Fleming, que murió en el hospicio de esta ciudad al dar a luz. Ahora, Edward, quiero que cuentes, delante de todo el mundo, lo que tan cuidadosa­mente has ocultado durante estos años.
 Está bien  contestó Monks . Cuando mi padre murió en Roma, mi madre encontró, entre sus papeles, dos documentos: el primero era una carta de amor dirigida a Agnes Fleming; el otro era un testamento.
 ¿Y qué decía?  preguntó el señor Brownlow.
Como Monks no contestaba, fue el propio señor Bronwlow quien lo hizo:
 Os dejaba a ti y a tu madre una renta de ochocientas libras. El grueso de su fortuna lo dividía en dos partes: una para Agnes Fleming y otra para el hijo de ambos, es decir, para Oliver
 Mi madre hizo entonces lo que tenía que hacer  gritó Monks : quemó el testamento y guardó la carta como prueba de la falta de mi padre. Cuando Agnes Fleming le contó la ver­dad a su padre, éste, avergonzado, huyó con sus hijas. Poco después, la muchacha abandonó el hogar, y aunque el padre la buscó por todas partes, no pudo dar con ella. Convencido de que su hija se había suicidado para ocultar su vergüenza, el hombre volvió a su casa y, a la mañana siguiente, apareció muerto en su cama.
 ¿Y qué pasó con el guardapelo y la alianza?  preguntó el señor Brownlow.
 Los compré  contestó Monks  a un matrimonio. Ellos los habían recibido de la vieja que atendió a Agnes Fleming en el hospicio. Luego, tiré los dos objetos al río.
Fue entonces cuando el señor Grimwig salió de la habitación para volver instantes después empujando a la señora Bumble, que tiraba de su cobarde cónyuge.
 ¿Conocen ustedes a este hombre?  les preguntó el señor Brownlow.
 No lo hemos visto en nuestra vida  contestó impasible la señora Bumble.
 Él mantiene que les compró a ustedes unas alhajas...
 Está bien  dijo la señora Bumble : si ese cobarde ha confe­sado, yo no tengo nada más que decir. Sí, le vendimos el guar­dapelo y la alianza de Agnes Fleming. ¿Y qué?
 Y nada  repuso el señor Brownlow , sólo que me voy a ocupar personalmente de que no vuelvan a tener un puesto de trabajo relacionado con niños.
Después, cuando los Bumble se hubieron marchado, el señor Brownlow cogió la mano de Rose y dijo:
 Edward Leeford, ¿conoces a esta señorita?
 Sí  contestó Monks . Agnes Fleming tenía una hermana pequeña que fue recogida por unos humildes labradores. La niña llevó una vida miserable hasta que una viuda que vivía en Chester se apiadó de ella y se la llevó a su casa. Hoy está aquí, en esta habitación. Es la señorita Rose.
 ¡Pero no por eso va a dejar de ser mi sobrina!  exclamó la señora Maylie abrazando a la desfallecida muchacha.
 ¡Ahora todo será mucho más fácil!  intervino el señor Brownlow dirigiéndose a Rose.
Aquella noche, Rose y Oliver hallaron un padre, una herma­na y una madre y, así, cada uno se encontró con su destino. Inclusive Fagin, quien aquella noche pasaba las últimas horas de su vida en una celda, a la espera de que lo ejecutaran al alba.
Rose y Harry se casaron tres meses después en una peque­ña iglesia. La señora Maylie se fue a vivir con ellos y vivió dicho­sa los últimos años de su vida.
El señor Brownlow adoptó a Oliver y ambos se fueron a vivir, con la señora Bedwin, a un lugar cercano a aquél donde vivían los Maylie.
Monks, tras derrochar su parte de la herencia en América, volvió a las andadas y pasó largas temporadas en la cárcel, don­de finalmente murió, víctima de uno de sus habituales ataques.
El señor y la señora Bumble, privados de sus cargos, fueron sumiéndose poco a poco en la miseria y murieron en el mismo hospicio donde una vez habían reinado despiadadamente so­bre otros.

FIN