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jueves, 25 de noviembre de 2010

Las Aventuras de Tom Bombadi Y otros versos del Libro Rojo

Las Aventuras de
Tom Bombadi
Y otros versos del Libro Rojo





I
Las Aventuras de Tom
Bombadil
El viejo Tom Bombadil era un alegre sujeto;
De chaqueta azul brillante y botas amarillas;
Llevaba en su alto sombrero una pluma de ala de cisne.
Vivía bajo la colina, donde el Tornasauce
Corría desde su fuente herbosa hasta la cañada.
El viejo Tom en verano caminaba por los prados
Recogiendo ranúnculos, persiguiendo a las sombras,
Cosquilleando a las abejas que zumbaban entre las flores,
Sentándose junto al agua durante horas y horas.
Allí su barba se balanceaba hasta tocar el agua:
Llegó Baya de Oro, hija de la Dama del Río;
Tiró del cabello colgante de Tom. Y él cayó revolcándose
Bajo los lirios de agua, resoplando y tragando agua.
¡Eh, Tom Bombadil! ¿A donde vas?”
Dijo la hermosa Baya de Oro. ¡Estás soplando burbujas,
Asustando a los peces aletados y a las pardas ratas de agua,
Espantando a los somormujos, anegando tu sombrero emplumado!
¡Tráelo aquí de nuevo, hermosa doncella!”
Dijo Tom Bombadil. No me importa vadear.
¡Ve abajo! ¡Duerme de nuevo, donde los charcos son oscuros,
Lejos bajo las raíces de los sauces, pequeña dama de agua!
De vuelta a casa de su madre en la profunda caverna
Nadó la joven Baya de Oro. Pero Tom no la siguió;
Se sentó en nudosas raíces de sauce, bajo el sol,
Secando sus botas amarillas y su ensuciada pluma.
Se despertó entonces el Hombre Sauce, empezó su canto,
Cantó y Tom se durmió pronto bajo las oscilantes ramas;
En una hendidura lo atrapó con fuerza; ¡clack! Se cerró,
Y atrapó a Tom Bombadil, chaqueta, sombrero y pluma.
¡Ja, Tom Bombadil! ¿En qué estabas pensando,
Husmeando en mi árbol, observando como bebo
en mi profunda casa de madera, cosquilleándome con tu pluma,
Salpicando mi cara como la lluvia?”
¡Déjame salir, Viejo Hombre Sauce!
Estoy bien tieso aquí, no son buena almohada
Tus raíces duras y torcidas. ¡Bebe el agua del río!
¡Vuelve a dormir de nuevo, como la Hija del Río!”
El Hombre Sauce lo dejó libre cuando oyó sus palabras;
Cerró enseguida su casa de madera, refunfuñando y crujiendo,
Susurrando dentro de su árbol. Fuera de la cañada del sauce
Fue Tom caminando junto al Tornasauce.
Bajo los aleros del bosque se sentó mientras escuchaba:
En las ramas, los pájaros sibilantes gorjeaban y silbaban.
Las mariposas se estremecían y temblaban sobre su cabeza,
Hasta que llegaron nubes grises, y el Sol se hundió.
Tom se apresuró entonces. La lluvia empezó a caer,
Anillos circulares se esparcían en el fluyente río;
Sopló un viento, las agitadas hojas dejaron caer frías gotas;
El Viejo Tom se deslizó en un acogedor agujero.
Salió el Tejón, con su nevada frente
Y sus oscuros ojos parpadeantes. En la colina excavaba
Con su mujer y sus muchos hijos. Por la chaqueta le agarraron,
Bajo tierra le arrastraron, le llevaron a sus túneles.
Dentro de su casa secreta, se sentaron murmurando:
¡Eh, Tom Bombadil!, ¿de donde has salido revolcándote,
Quebrando la puerta? Los Tejones te han atrapado.
¡Nunca encontrarás el camino por el que has entrado!”
Ahora, viejo Tejón, ¿oyes lo que digo?
¡Enséñame la salida ahora mismo! Debo salir a caminar.
Llévame a tu puerta trasera, bajo las eglantinas;
¡Luego limpia tus sucias zarpas, enjuaga tus narices llenas de tierra!
Vuelve a dormir de nuevo en tu lecho de paja,
¡Cómo la Bella Baya de Oro y el Viejo Hombre Sauce!”
Entonces los tejones dijeron: “¡Discúlpanos!”
Mostraron a Tom la salida de su espinoso jardín,
Volvieron y se ocultaron, agitándose y temblando,
Bloquearon sus puertas, cubriéndolas con tierra.
La lluvia pasó. El cielo se aclaró, y en la noche de verano
el Viejo Tom Bombadil reía mientras volvía a casa,
Desatrancó su puerta de nuevo, y abrió una contraventana.
En la cocina las polillas empezaron a revolotear;
A través de la ventana Tom vio a las nacientes estrellas titilar,
Y a la delgada luna nueva descender hacia el oeste.
La oscuridad cayó sobre la colina. Tom encendió una vela;
Se oyeron crujidos en la escalera, giró el tirador de la puerta.
¡Huu, Tom Bombadil! ¡Mira lo que te trae la noche!
Estoy aquí, tras la puerta. ¡Por fin te he atrapado!
Olvidaste al Tumulario del viejo montículo
Allá en la cima de la colina, en el círculo de piedras.
Es libre de nuevo. Bajo tierra te llevará.
¡Pobre Tom Bombadil, pálido y frío te tornará!”
¡Fuera! ¡Cierra la puerta y no vuelvas nunca!
¡Llévate tus centelleantes ojos, tu risa hueca!
Vuelve al montículo herboso, en tu lecho de piedra
tiende tu cabeza huesuda, como el Viejo Hombre Sauce,
Como la joven Baya de Oro, y los Tejones en su madriguera.
¡Vuelve al oro enterrado y a la tristeza olvidada!”
Huyó el Tumulario saltando por la ventana,
A través del patio, sobre la tapia como una sombra barrida,
Lamentándose volvió a la colina, al inclinado círculo de piedras,
Bajo el montículo solitario, agitando sus anillos de hueso.
El Viejo Tom Bombadil yació sobre su almohada
Más dulce que Baya de Oro, más tranquilo que el Sauce,
Más abrigado que los Tejones o que los Tumularios;
Durmió como un tronco, roncó como un fuelle.
Se despertó con la luz de la mañana, silbó como un estornino,
Cantó, “¡Ven, derry-dol, alegre-dol, querida!”
Palmeó su abollado sombrero, botas, chaqueta y pluma;
Abrió la ventana al clima soleado.
El sabio Viejo Bombadil era un sujeto cauteloso;
De chaqueta azul brillante y botas amarillas.
Nadie atrapó nunca al Viejo Tom en las colinas o en la cañada,
Andando por los senderos del bosque, o junto al Tornasauce,
O en los estanques de lirios, en un bote sobre el agua.
Pero un día Tom fue y capturó a la Hija del Río,
Con su vestido verde, su suelto cabello, sentada en el juncal,
Cantando antiguas canciones de agua a los pájaros en los arbustos.
¡La atrapó, la agarró velozmente! Las ratas de agua se escabulleron,
Las plantas silbaron, las garzas gritaron, y el corazón de ella se agitaba.
Dijo Tom Bombadil: “¡Aquí está mi hermosa doncella!
¡Deberías venir a casa conmigo! La mesa está puesta:
Crema amarilla, panal de miel, mantequilla y pan blanco;
Rosas en la ventana y pájaros piando en los postigos.
¡Deberías venir bajo la colina! ¡No temas por tu madre
En su profundo y herboso estanque: ¡no hallarás un amante allí!
El viejo Tom Bombadil tuvo una alegre boda,
Coronado de ranúnculos, sin pluma ni sombrero;
Su esposa con nomeolvides y lirios como guirnalda
Estaba vestida de verde y plata. Él cantaba como un estornino,
Zumbaba como una abeja, tocaba el violín,
Abrazaba a su Doncella del Río por su delgada cintura.
Las lámparas brillaban en su casa, y la cama era blanca;
En la brillante luna de miel, los Tejones llegaron con paso suave,
Bailaron bajo la Colina, y el Viejo Hombre Sauce
golpeó, golpeó el cristal de la ventana, mientras dormían en la cama,
En la orilla junto a las cañas la Dama del Río suspiraba,
Oyendo al viejo Tumulario gritar en su montículo.
El Viejo Tom Bombadil no prestó atención a las voces,
Golpes, crujidos, pies danzantes, ruidos nocturnos;
Durmió hasta que el Sol salió, y entonces como un estornino cantó:
¡Hey! ¡Ven derry-dol, alegre-dol, querida!”
Sentado junto a la puerta, cortando ramas de sauce,
Mientras la Hermosa Baya de Oro peinaba sus rubias trenzas.


II
Bombadil pasea en barca
El viejo año tornábase pardo; soplaba el Viento del Oeste;
Tom recogió una hoja de haya caída en el bosque.
¡He aquí un hermoso día, traído por la brisa!
¿Por qué esperar al próximo año? Lo tomaré cuando me plazca.
¡En este día compondré mi barca y viajaré a la ventura
Al oeste, por el delgado arroyo, siguiendo mi capricho!”
Un pajarillo se sentaba en una ramita. “¡Hola, Tom! Te he oído.
Creo que sé, creo que sé, a donde te llevará tu capricho.
¿Debería ir, debería ir, y decirle a él donde encontrarte?”
¡Nada de nombres, cuentacuentos, o te desollaré y comeré,
Parloteando en todos los oídos asuntos que no te conciernen!
Si cuentas al Hombre-sauce a donde he ido, te quemaré,
Te asaré en un asador de sauce. ¡Así acabará tu asechanza!.
El reyezuelo del sauce irguió la cola, cantó mientras se alejaba:
¡Cógeme primero, cógeme primero! No hacen falta nombres.
Me posaré en su más cercano oído: escuchará el mensaje.
Abajo con él”, diré, “mientras el sol se hunde”
¡Deprisa, deprisa! Es hora de beber”.
Tom rió para sí: “Entonces tal vez yo vaya allá.
Podría ir por otros lugares, pero hoy bogaré hacia allá”.
Preparó los remos, reparó su bote; lo sacó de una cala escondida
A través de las cañas y los pálidos helechos, bajo inclinados alisos,
Luego bajó por el río, cantando: “¡Tonto helecho,
Fluye, arroyo Tornasauce, por vados y corrientes!
¡Eh! ¡Tom Bombadil! ¿A donde vas,
Montado en una cáscara de nuez, remando río abajo?”
Quizás al Brandivino a lo largo del Tornasauce;
Tal vez amigos míos encenderán fuego para mí
Allá en Fin de la Cerca. Conozco allí a un pequeño pueblo,
Amable al final del día. Así que voy para allí”.
¡Háblame de mis parientes, tráeme sus noticias!
¡Háblame de estanques profundos y escondites de peces!”
¡Nada de eso!”, dijo Bombadil, “Sólo estoy remando
Para ver como huele el agua, no voy errando”.
¡Ahá! ¡Tom gallito! ¡Ocúpate de que tu cubo no zozobre!
¡Busca troncos de sauce! ¡Reiría viéndote tropezar!”
¡Habla menos, pescador azulado! ¡Mantén tus amables deseos!
¡Vuela lejos y arregla tus plumas con huesos de peces!
Alegre Señor en tu rama, en casa un sucio sirviente
Que vive en desaseado hogar, aunque tu seno sea escarlata.
He oído picos de pájaros pescadores balanceándose en el aire
Para mostrar como sopla el viento: ¡es el fin de la pesca!”
El Martín Pescador cerró el pico, guiñó el ojo, como cantando.
Tom pasó bajo la rama. ¡Flash! Se fue aleteando;
Dejó caer una joya azul, una pluma, y Tom la atrapó.
Centelleando en un rayo de sol: pensó que era un buen regalo.
La prendió en su alto sombrero, la vieja pluma arrojada;
Ahora azul para Tom”, pensó, “¡Un matiz duradero y feliz!”
Ondas se arremolinaban alrededor de su bote, vio temblar las burbujas.
Tom golpeó con su remo, ¡Smack! a una sombra en el río.
¡Hush! ¡Tom Bombadil! Hace tiempo que no te veía.
Te tornaste barquero, ¿eh? ¿Qué tal si te enfurezco?”
¿Qué? Mira, señor Patillas, te llevaría río abajo,
Mis dedos en tu espalda harían temblar tu pellejo”.
¡Vaya, Tom Bombadil! Iré y le diré a mi madre:
¡Llama a toda nuestra parentela, padre, hermana, hermano!
Tom se ha vuelto loco, como una negreta con patas de madera;
Palea por el Tornasauce, una vieja cuba que nada entre dos aguas’”
¡Te mandaré a los Tumularios! ¡Te curtirán!
¡Y con anillos dorados te ahogarán! Si tu madre te viera
A su hijo no conociera, a menos que viese tus patillas.
¡No, no fastidies al viejo Tom, hasta que seas más avispado!”
¡Whoosh! dijo la nutria, rociando agua del río
Sobre el sombrero de Tom; e hizo balancear la barca,
Se sumergió bajo ella, y apareció en la orilla,
Hasta que la alegre canción de Tom dejó de oírse.
El Viejo Cisne de la Isla Élfica pasó cerca de él, orgullosamente,
Miró a Tom duramente, le bufó estruendosamente.
Tom rió: “Tú, viejo cisne, ¿echas en falta tu pluma?
¡Dame una nueva! La vieja se la llevó el tiempo.
Si me hablases con dulzura, te apreciaría mucho:
¡Largo cuello y garganta muda, y aún así un soberbio bromista!
Si un día el Rey retorna, tu orgullo reventará,
¡Marcará tu pico amarillo, y menguará tu señorío!”
El Viejo Cisne extendió sus alas, siseó, y nadó más rápido;
Moviéndose en su estela, Tom remó tras él.
Tom llegó a la Presa de Mimbre. Precipitándose río abajo,
Espumando en Tornalcance, burbujeando y salpicando;
Lanzó a Tom sobre las piedras como caído del cielo,
Disparado como el corcho de una botella, hacia la villa de Grindwall.
¡Eh! ¡Aquí está el Hombre de Madera Tom, con su barba puesta!”
Rió la pequeña gente de Fin de la Cerca y Breredon.
¡Cuidado, Tom! ¡Te dispararemos con nuestros arcos y flechas!
Cruza el Brandivino con barquichuela o transbordador.”
¡Uf, pequeños regordetes! ¡No os las prometáis tan felices!
He visto Hobbits cavando agujeros para ocultarse,
Espantados si un chivo o un tejón los veía,
Asustados de los rayos de luna, esquivando sus propias sombras.
Llamaré a los Orcos: ¡eso os hará correr!”
Puedes llamarlos, Hombre de Madera Tom. O puedes hablar con tu barba.
¡Tres flechas en tu sombrero! ¡No te tenemos miedo!
¿A donde vas ahora? Si buscas cerveza,
¡Los barriles de Breredon no son lo bastante profundos para remojarte!”
Por el Brandivino iría, a los lindes de la Comarca,
Pero muy veloz para mi barquichuela el río fluye ahora.
Bendeciría a la pequeña gente que me acogiera en sus barcas,
Les desearía dulces tardes y muchas mañanas felices.”
Rojo fluía el Brandivino, en llamas el río estaba encendido,
Mientras el Sol se hundía más allá de la Comarca y en gris menguaba.
Marjala estaba vacía. Nadie había allí para saludarle.
Silenciosa estaba la orilla. Dijo Tom: “¡Un alegre encuentro!”
Tom recorrió el camino, y la luz disminuía.
Brillantes lámparas centelleaban delante. Oyó una voz que llamaba.
¡Eh ahí!” Los ponies se detuvieron, las ruedas dejaron de girar.
Tom siguió afanándose, no miró atrás.
¡Oh ahí! ¡Mendigo que marchas en Marjala!
¿Qué asuntos te traen aquí, con tu sombrero prendido de flechas?
¿Alguien te dio aviso, te sorprendió en tu disimulo?
¡Ven aquí! ¡Dime ya lo que estas buscando!
Cerveza de la Comarca, lo juraría, aunque no tienes un penique.
¡La guardaré bajo llave tras las puertas, y no tendrás ninguna!
¡Bueno, bueno, pies barrosos! ¡De quien ha llegado tarde a la reunión,
Allá en los márgenes, es un áspero saludo!
Tú, viejo granjero, tan gordo que no puedes caminar sin jadear,
Que arrastras tu carga como un talego, deberías ser más amable.
¡Ahorrador sagaz, cuba con piernas! Un mendigo no puede escoger,
Te mandaría ir, y tú saldrías perdiendo.
¡Vamos, Maggot, ayúdame! Un pichel me debes.
¡Incluso en la luz del crepúsculo, un viejo amigo debería conocerme!”
Partieron de allí riendo, no hicieron alto en Juncalera,
Aunque la posada estaba abierta y podían oler la malta.
Tomaron el camino de Maggot, traqueteando y chocando,
Tom en la carreta del granjero bailando y saltando.
Las estrellas brillaron en la Granja de Maggot, y la casa estaba iluminada;
Ardía el fuego en la cocina para recibir a los viajeros nocturnos.
Los hijos de Maggot saludaron en la puerta, sus hijas hicieron reverencias,
Su esposa trajo picheles para aquellos que debían estar sedientos.
Canciones hubo y alegres cuentos, cenaron y bailaron;
El buen Maggot hacía cabriolas con su cinturón,
Tom tocaba la gaita, cuando no bebía a grandes tragos,
Las hijas bailaron el Salto del Anillo, la buena esposa reía.
Cuando los demás fueron a la cama de heno, helechos o plumas,
Cerca del hogar juntaron sus cabezas,
El Viejo Tom y Pies Barrosos, Hablando de las estaciones
De las Quebradas a las Colinas de la Torre: de caminatas y cabalgatas;
De trigo y maíz, de siembra y cosecha;
Extraños cuentos de Bree; y hablaron de la herrería, el molino, y de regateos;
De rumores en árboles susurrantes, del viento del sur en los pinos,
De vigías en el Vado, de sombras en las fronteras.
El Viejo Maggot se durmió por fin en una silla junto a los rescoldos.
Al alba Tom se había ido: como los sueños que uno recuerda a medias,
Unos alegres, otros tristes, y otros de alerta oculta.
Nadie oyó abrir la puerta; un chaparrón de lluvia en la mañana
Borró sus pisadas, no dejó rastro en Marjala,
En Fin de la Cerca no se oyeron canciones ni sonido de pesados pasos.
Tres días yació su barca junto a la cerca de Grindwall,
Y una mañana se fue de vuelta al Tornasauce.
Las nutrias, decían los Hobbits, vinieron de noche y la desataron,
La arrastraron más allá de la presa y río arriba la empujaron.
De la Isla Élfica un viejo cisne vino navegando,
Con una vela junto al pico y en el agua estelas dejando,
Avanzando orgullosamente; nutrias nadaban a su alrededor
Guiándolo por las torcidas raíces del Viejo Hombre Sauce;
El Rey Pescador colgaba en su rama, el abadejo cantaba junto a los remos,
Felizmente llevaban el bote de vuelta a casa.
Llegaron finalmente al arroyo de Tom. Una nutria dijo: “¡Silbad ahora!
¿Qué es de una negreta sin sus patas, o de un pez sin sus aletas?”
¡Oh, pálido y tonto arroyo del sauce! ¡Los remos dejaron atrás!
Largo tiempo esperaron en Grindwall a que Tom viniera a encontrarlos.


III
Vida Errante
Había una vez un alegre viajero,
Un mensajero, un marinero:
Construyó una dorada góndola
Para aventurarse y la cargó
De amarillas naranjas
Y de gachas para su sustento;
La perfumó con mejorana
Y cardamomo y lavanda.
Llamó a los vientos de Argos
Para que le transportaran con carga y todo
A través de los diecisiete ríos
Que se interponían en su camino para retrasarle.
Desembarcó solitario
Donde los guijarros de piedra,
En el corriente río Derrilyn,
Fluyen felizmente para siempre.
Viajó entonces a través de tierras de prados
Hasta la Tierra de las Sombras, que yace tristemente,
Y bajo la colina y sobre la colina
Fue bogando por la tediosa ruta.
Se sentó y cantó una melodía,
Demorando su vida errante;
Pidió a una bella mariposa
Que aleteaba cerca que se casara con él.
Ella le despreció y se burló de él,
Se rió de él sin piedad;
Tanto tiempo había él estudiado magia
Y hechicería y herrería.
Trenzó un tejido delgado como el aire
Para cazarla; para seguirla
Se hizo alas de piel de escarabajo
Y alas emplumadas de golondrina.
La atrapó en su aturdimiento
Con hilos de telas de araña;
Construyó para ella dulces pabellones
De lilas, y una cama nupcial
De flores y abrojos
Para acurrucarse en ella y descansar;
Y de telas de seda de membranoso blanco
Y luz de plata la vistió.
Ensartó gemas en collares,
Pero imprudentemente ella los derrochó
Y dio en amargas disputas;
Entonces pesarosamente él se alejó,
Y allí la dejó, marchitándose,
Mientras él se iba tiritando;
Con tiempo ventoso tras él
Huyó con alas de golondrina.
Dejó atrás los archipiélagos
Donde crecen amarillas las margaritas,
Donde existen incontables fuentes de plata,
Y las montañas son del oro de las Hadas.
Contempló la guerra y el pillaje
Asolando más allá del mar,
Y vagó por Belmarie
Y Thellamie y Fantasie.
Se hizo casco y escudo
De coral y de marfil,
De esmeralda hizo una espada,
Y terrible fue su rivalidad
Con caballeros élficos de Aerie
Y Faerie, con paladines
Que, con cabellos dorados y ojos brillantes,
Vinieron cabalgando y le desafiaron.
De cristal era su cota de malla,
Su vaina, de calcedonia;
Guarnecida de plata en plenilunio,
Su lanza estaba trabajada en ébano.
Sus jabalinas eran de malaquita
Y estalactita- las blandió,
Se enfrentó a las libélulas
De Paradise, y las venció.
Combatió a los Dumbledors,
A los Hummerhorns y a las Honeybees,
Y conquistó el Peine Dorado;
Y volviendo a casa, por mares soleados
En un buque de hojas y gasas
Con una flor por dosel,
Se sentó y cantó, y acicaló
Y pulió su panoplia.
Se demoró por un tiempo
En pequeñas islas que yacían solitarias,
Y encontró allí poca hierba, aunque alta;
Así que al final fue el único camino
Que tomó, y volvió, y regresó a casa
Con el Peine Dorado, su mensaje
Llegó a ser recordado, ¡y también su recado!
En su alegría y su embeleso
Los había olvidado, errando
Y viajando, como un vagabundo.
De modo que ahora debe partir de nuevo
Y de nuevo empezar su góndola,
Para siempre un mensajero,
Un viajero demorado,
Errante como una pluma,
Un marinero guiado por el viento.


IV
La Princesa Mee
La pequeña Princesa Mee
Era adorable
Como se cuenta en la canción élfica:
Tenía perlas en el pelo
Bellamente enhebradas;
De hilo de araña y oro
Estaba hecho su pañuelo,
Y un cordoncillo de estrellas
De plata en su cuello.
De luz de alevilla
Y blanco de luna
Estaba tejida su chaqueta,
Y en su manto
Ceñía un cinturón
Cosido con rocío diamantino.
Caminaba de día
Bajo un manto gris
Y una capucha de azul nuboso;
Pero iba de noche envuelta
En un brillo resplandeciente
Bajo el cielo estrellado,
Y sus frágiles zapatillas
De malla de pescado
Relampagueaban cuando pasaba
Hacia el estanque donde danzaba,
Y en un tranquilo espejo
De aguas quietas jugaba.
Como niebla luminosa
En un vuelo arremolinado
Un destello como cristal surgía
Donde sus pies
De alas de plata
Golpeaban el suelo.
Miró a lo alto
Al cielo sin techo,
Y miró a la orilla sombría;
Entonces se dio la vuelta
E inclinó los ojos
Y vio debajo de ella
Una princesa Shee
Tan bella como Mee:
¡Bailaban pie con pie!
Shee era tan clara
Como Mee, y tan brillante;
Pero Shee estaba, extrañamente,
Colgada boca abajo,
¡Coronada de estrellas
En un pozo sin fondo!
Sus ojos centelleantes
Con gran sorpresa
Miraban a los ojos de Mee:
¡Una cosa maravillosa
El danzar cabeza abajo
Sobre un mar estrellado!
Sólo sus pies
Podrían encontrarse;
Porque donde están los caminos
Para hallar una tierra
Donde ellas no estén de pie
Sino colgadas del cielo
Nadie podría decirlo
O aprenderlo de hechizo alguno
En todo el saber élfico.
De modo que ella sola
Una elfa solitaria
Bailando como antes
Con perlas en el cabello
Y un hermoso manto
Y frágiles zapatillas
Y malla de peces iba Mee:
Con malla de peces
Y frágiles zapatillas
Y un hermoso manto,
¡Y con perlas en el cabello iba Shee!


V
El Hombre de la Luna se quedó
hasta muy tarde
Hay una posada, una vieja y alegre posada
Al pie de una vieja colina gris,
Y allí preparan una cerveza tan oscura
Que el Hombre de la Luna bajó
A beberla una noche.
El palafrenero tiene un gato borracho
Que toca un violín de cinco cuerdas;
Y mueve el arco arriba y abajo,
Arriba chirriando, abajo ronroneando
Y serruchando en el medio.
El posadero tiene un perrito
Que es muy aficionado a las bromas;
Y cuando hay alegría entre los huéspedes,
Levanta una oreja a todos los chistes
Y se muere de risa.
Ellos tienen también una vaca cornuda
Orgullosa como una reina;
Pero la música la trastorna como la cerveza,
Y mueve la cola empenachada
Y baila en la hierba.
¡Y oh, las pilas de fuentes de plata
Y el cajón de cucharas de plata!
Hay un par especial de domingo,
Y a estas las pulen con mucho cuidado
Las tardes de los sábados.
El Hombre de la Luna bebía largamente
Y el gato se puso a llorar;
La fuente y la cuchara bailaban en la mesa,
La vaca brincaba locamente en el jardín,
Y el perrito se mordía la cola.
El Hombre de la Luna tomó otra copa
Y luego rodó bajo la silla,
Y allí durmió y soñó con cerveza;
Hasta que palidecieron las estrellas,
Y el alba estuvo en el aire.
El Palafrenero le dijo al gato ebrio:
Los caballos blancos de la luna
Relinchan y tascan los frenos de plata;
Pero el amo ha perdido la cabeza,
¡Y el Sol saldrá pronto!”
Así que el gato tocó en el violín una jiga-jiga
Que hubiera despertado a los muertos,
Chillando, serruchando y apresurando la tonada,
Mientras el posadero sacudía al Hombre de la Luna:
¡Son las tres pasadas!”, dijo.
Llevaron al Hombre rodando colina arriba
Y lo arrojaron de vuelta a la Luna,
Mientras sus caballos galopaban de espaldas
Y la vaca cabriolaba como un ciervo
Y la fuente se iba con la cuchara.
Más rápido el violín tocaba la jiga-jiga;
El perro comenzó a rugir,
La vaca y los caballos estaban patas arriba;
Los huéspedes saltaron de la cama
Y bailaron en el piso.
¡Con un pum y un pim estallaron las cuerdas del violín!
La vaca saltó por encima de la luna,
Y el perrito rió al ver tanta alegría,
Y la fuente del sábado se escapó corriendo
Con la cuchara del domingo.
La Luna redonda rodó tras la colina,
Mientras el Sol levantaba la cabeza.
No podía creer a sus ojos de fuego;
¡Porque, aunque era de día, para su sorpresa
Todos habían vuelto a la cama!


VI
El Hombre de la Luna bajó
demasiado pronto
El Hombre de la Luna tenía zapatos plateados,
Y barba de hebras plateadas;
Coronado de ópalos y con perlas
Sujetas a su cinturón,
Envuelto en su manto gris caminó un día
A través de un suelo resplandeciente,
Y secretamente, con una llave de cristal,
Abrió una puerta de marfil.
Por una afiligranada escala de telaraña centelleante
Bajó deprisa,
Y finalmente fue feliz de verse libre,
Lanzado a una loca aventura.
Había perdido el gusto por los blancos diamantes;
Estaba cansado de su minarete
De alta piedra que se elevaba solitario
En el montañoso paisaje lunar.
Hubiera enfrentado cualquier peligro por el rubí y el berilo
Para adornar su pálido atuendo,
Por nuevas diademas de gemas lustrosas,
Esmeraldas y zafiros.
Estaba solo además, sin nada que hacer,
Sino mirar abajo el mundo dorado
O tratar de oír la melodía distante
Que pasaba junto a él como un alegre remolino.
En el plenilunio de su luna de plata,
Su corazón había anhelado el fuego:
No las límpidas luces de los pálidos selenitas;
Porque rojo era su deseo,
Por purpúreos resplandores de rosa y carmesí,
Por una llama de ardiente lengua,
Por cielos escarlata en un rápido amanecer
Cuando un tempestuoso día aún es joven.
Vio mares azulados, y los matices vivientes
De verdes bosques y marjales;
Y añoraba la alegría de la Tierra populosa
Y la sanguínea corriente de los hombres;
Codiciaba el canto, y la risa duradera,
Y las viandas calientes, y el vino,
Pues comía pasteles perlados de ligeros copos de nieve
Y bebía luz de luna.
Le cosquillearon los pies, al pensar en la carne,
En el ponche y en el guiso con pimienta;
Y resbaló sin darse cuenta en su escalera inclinada,
Y como un meteoro,
Una estrella fugaz, en Yule una noche
Cayó titilando
Desde su escalera, para darse un espumoso baño
En la bahía ventosa de Bel.
Empezó a pensar, temiendo derretirse y hundirse,
Qué hacer en la luna,
Cuando el bote de un pescador lo encontró flotando a lo lejos
Para asombro de la tripulación;
Lo atraparon en su red, todo mojado y brillante
Con un resplandor fosforescente
De blancos azulados y luces de ópalo
Y un delicado líquido verde.
Contra su deseo, con el pescado de la mañana
Lo mandaron a tierra:
Es mejor que alquiles cama en una Hostería”, dijeron;
La ciudad está muy cerca”.
Sólo el tañido de una lenta campana
En la alta Torre del Mar
Anunció las nuevas de su lunático crucero
A hora tan inapropiada.
No se encendieron fuegos, no hubo desayunos,
Y la mañana fue fría y húmeda.
Había cenizas en lugar de fuego, y fango en lugar de hierba,
Y una lámpara en lugar del Sol
En una oscura callejuela. No encontró a nadie,
Ninguna voz se alzaba en canción;
En cambio había ronquidos, ya que todos estaban en la cama
Y aún habían de dormir largo tiempo.
Golpeó las puertas cerradas mientras pasaba,
Y gritó y llamó en vano,
Hasta que llegó a una posada con luz en su interior,
Y golpeó el cristal de la ventana.
Un soñoliento cocinero echó una áspera mirada,
Y dijo “¿Qué es lo que quieres?”.
Quiero fuego, y oro, y canciones antiguas,
Y el rojo vino fluyendo libremente”.
No los conseguirás aquí”, dijo el cocinero mirando de reojo,
Pero puedes entrar.
Carezco de plata y de seda con que cubrir mi espalda,
Pero tal vez te pueda alojar”.
Un regalo de plata para levantar el cerrojo,
Una perla para cruzar la puerta;
Un asiento junto al cocinero cerca del fuego,
Le costó veinte más.
Por hambre o sed nada se llevó a la boca
Hasta que hubo dado todo cuanto llevaba;
Y todo lo que obtuvo, en una olla de barro
Rota y sucia de humo,
Fueron gachas frías, de dos días
Que comió con una cuchara de madera.
Para el budín de Yule con ciruelas, pobre infeliz,
Había llegado demasiado pronto:
Un huésped incauto en una búsqueda lunática
Desde las Montañas de la Luna.


VII
El troll de piedra
El Troll estaba sentado en su asiento de piedra,
Mordiendo y masticando un viejo hueso desnudo;
Había estado royéndolo durante muchos años,
Pues la carne era difícil de encontrar.
Vivía solo en una caverna de las colinas,
Y la carne era difícil de encontrar.
Llegó Tom calzado con grandes botas.
Le dijo al Troll: “¿Qué es eso, por favor?
Pues se parece a la tibia de mi tío Tim,
Que debería yacer en el cementerio.
¡Cementerio! ¡Sahumerio!
Hace ya muchos años que Tim se nos ha ido,
Y creí que aún yacía en el cementerio”.
Compañero”, dijo el Troll, “es un hueso robado.
Pero, ¿de qué sirve un hueso en un agujero?
Tu tío estaba muerto como un lingote de plomo,
Mucho antes de que yo encontrara esta tibia.
¡Tibia! ¡Alivia!
Puede darle una parte a un pobre viejo Troll;
Pues él no necesita esta tibia”.
Dijo Tom: “No entiendo por qué las gentes como tú
Han de servirse libremente
La canilla o la tibia de mi tío;
¡Así que pásame ese viejo hueso!
¡Hueso! ¡Rehueso!
Aunque esté muerto, aún le pertenece;
¡Pásame entonces ese viejo hueso!”
Un poco más”, dijo el Troll sonriendo,
Y a ti también te comeré y te roeré las tibias.
¡Un bocado de carne fresca me caerá bien!
Te clavaré los dientes ahora mismo.
¡Mismo! ¡Sismo!
Estoy cansado de roer viejos huesos y cueros;
Tengo ganas de comerte ahora mismo”.
Pensando ya que se había asegurado la cena,
Descubrió que no tenía nada en las manos,
Pues Tom se había deslizado por detrás
Lanzándole un puntapié como buena lección.
¡Lección! ¡Cocción!
Un puntapié en las asentaderas, pensó Tom,
Será el modo de darle una lección.
Pero más duros que la piedra son la carne y el hueso
De un Troll que está sentado a solas en la loma.
Tanto valdría patear la raíz de la montaña,
Pues las asentaderas de un Troll son insensibles.
¡Insensibles! ¡Inservibles!
El viejo Troll rió oyendo que Tom gruñía,
Y supo que su pie era sensible.
Tom regresó a su casa arrastrando la pierna,
Y su pie quedó estropeado mucho tiempo,
Pero al Troll no le importa y está siempre allí,
Con el hueso que le birló al propietario.
¡Propietario! ¡Recetario!
Las asentaderas del Troll son aún las mismas,
¡Y también el hueso que le birló al propietario!


VIII
Perry el Guiños
El Troll solitario sentado en una piedra,
Cantaba una canción triste:
¿Por qué, oh, por qué tengo que vivir solo
En las Colinas de Allá Lejos?
Los míos se fueron, no puedo llamarlos
Y ya no piensan en mí;
Solo me han dejado, el último de todos,
De la Cima de los Vientos al Mar.”
No robo oro, no bebo cerveza,
No como clase alguna de carne;
Pero la gente atemorizada cierra sus puertas,
En cuanto oye mis pasos.
¡Oh, como desearía que fueran más amables,
Y mis manos no tan rudas!
¡Sin embargo, mi corazón es blando, mi sonrisa es dulce,
Y no soy mal cocinero!”
¡Vamos, vamos!”, pensó, “¡Esto no puede ser!
Debo partir y encontrar un amigo;
Caminando sin prisa, recorreré
La Comarca de punta a punta”.
Así que partió, y caminó toda la noche
Con los pies envueltos en botas de piel;
Llegó a Delagua con la luz de la mañana,
Cuando las gentes empezaban a ponerse en movimiento.
Miró a su alrededor, y a quién halló
Sino a la anciana señora Bunce
Con cesta y sombrilla, andando por la calle;
Y sonrió y se detuvo para llamarla:
¡Buenos días, Madame! ¡Que tenga un buen día!
Espero que se encuentre bien”.
Pero ella arrojó la sombrilla y la cesta
Y lanzó un espantoso grito.
El viejo Pott, el Alcalde, paseaba por allí cerca;
Cuando oyó aquel terrible sonido,
Del miedo se tornó púrpura y rosado,
Y se puso a cavar bajo tierra.
El Troll solitario se sintió herido y triste:
¡No se vaya!”, dijo alegremente,
Pero la vieja señora Bunce corrió a casa como enloquecida
Y se escondió bajo la cama.
El Troll llegó a la Plaza del Mercado
Y atisbó por sobre los puestos;
Las ovejas tornáronse salvajes al ver su cara
Y los gansos volaron por encima de las tapias.
El viejo granjero Hogg derramó su cerveza,
Bill el Carnicero arrojó su cuchillo,
Y su perro Grip hizo girar su cola
Y corrió para salvar la vida.
El viejo troll se sentó tristemente y lloró
Junto a la puerta de las Celdas,
Y Perry el Guiños se acercó a él
Y le dio una palmadita en la espalda.
¿Oh, por qué lloras, bulto grandullón?
¡Estás mejor fuera que dentro!”
Dio al troll un golpe amigable,
Y rió al verle sonreír.
¡Oh, Perry el Guiños, muchacho”, gritó,
Ven, tú eres la persona indicada!
Si estás deseando dar una vuelta
Te llevaré a casa para tomar el té”.
Él saltó sobre su espalda y se agarró con fuerza,
Y dijo “¡Adelante!”;
Y Guiños tuvo una fiesta aquella noche,
Y se sentó en la rodilla de viejo troll.
Hubo pastas de té, y tostadas con mantequilla,
Y jamón, y crema, y pastel,
Y Guiños se esforzó para ser el que más comiera,
Aunque todos sus botones se rompieran.
La olla cantó, el fuego ardía,
La marmita era grande y marrón,
Y Guiños trató de beber mucho té,
Aunque se ahogara.
Cuando rellenos y tiesos estuvieron la chaqueta y la piel,
Permanecieron sin hablar,
Hasta que el Viejo Troll dijo: “Ahora empezaré
A enseñarte el arte del panadero,
La hechura de maravilloso pan relleno,
De tortas ligeras y pardas;
Y entonces podrás dormir en un lecho de plumas
Con almohadas de pluma de búho”.
Joven Guiños, ¿dónde has estado?”, dijeron ellos.
He estado en un té indecente,
Y me siento hinchado, porque he comido
Pan relleno”, dijo él.
¿Pero en qué lugar de la Comarca, muchacho, ha ocurrido eso?
¿O ha sido fuera, en Bree?”, dijeron ellos.
Pero Guiños contestó simplemente:
No voy a decirlo”.
Yo sé donde”, dijo Jack el Curioso,
He observado como cabalgaba:
Fue sobre la espalda del Viejo Troll
A las colinas de Allá Lejos”.
Entonces todo el mundo fue voluntariamente,
En Poney, en carruaje, o en un jamelgo,
Hasta que llegaron a una casa en la colina
Y vieron una humeante chimenea.
Golpearon la puerta del Viejo Troll.
¡Cocina para nosotros
Un delicioso pastel relleno,
Por favor, o dos o más!”
¡Cocínalo!”, dijeron, “¡cocínalo!”
¡Idos a casa, idos a casa!”, dijo el Viejo Troll,
Yo no os he invitado”.
Solo los jueves cocino mi pan,
Y solo para unos pocos”.
¡Idos a casa, idos a casa! Aquí hay un error.
Mi casa es demasiado pequeña;
No tengo pastas, ni crema, ni pasteles:
¡Guiños se lo ha comido todo!
Tú, Jack, y Hogg y el Viejo Bunce y Pott,
No quiero ver a nadie más.
¡Largáos! ¡Largáos todos!
¡Guiños es mi tipo favorito!”
Perry el Guiños se engordó muchísimo
Por comer pasteles rellenos,
Su faja se rompió, y nunca más un sombrero
Pudo ponerse en la cabeza;
Porque cada jueves iba a tomar el té,
Y se sentaba en el suelo de la cocina,
Y más pequeño el Troll parecía
A medida que él crecía y crecía.
Guiños llegó a ser un gran panadero,
Como aún dice la canción;
Desde el mar a Bree llegó la fama
De su pan corto y largo.
Pero no era tan bueno como el pastel relleno;
No tenía tan rica mantequilla,
Como cada jueves el Viejo Troll ofrecía
Para el té de Perry el Guiños.


IX
Los labios maulladores
Las sombras donde moran los Labios Maulladores
Son negras y húmedas como la tinta,
Y lenta y suavemente hacen sonar su campana,
Mientras te hundes en el limo.
Te hundes en el barro, tú que te atreves
A llamar a su puerta,
Mientras las gárgolas sonrientes observan
Y fluyen aguas venenosas.
Junto a la corrompida ribera del río
Lloran los sauces colgantes,
Y los grajos se yerguen siniestramente
Graznando en sueños.
Más allá de las Montañas de Merlock, tras un largo y fatigoso camino,
En un valle mohoso donde los árboles son grises,
Junto a un estanque de orillas oscuras sin viento ni mareas,
Sin sol y sin luna, se esconden los Labios Maulladores.
Las cavernas donde los Labios Maulladores se reúnen
Son profundas, húmedas y frías
Iluminadas con una enfermiza vela;
Y allí es donde cuentan su oro.
Sus paredes son húmedas, sus techos gotean;
Sus pies sobre el suelo
Se mueven suavemente con un flip-flap,
Mientras se deslizan hacia la puerta.
Se asoman fuera astutamente; con un crac
Sus sensibles dedos crujen,
Y cuando han terminado, tus huesos
Se llevan en un saco.
Más allá de las Montañas Merlock, tras un largo y solitario camino,
A través de las Sombras de las Arañas y del Pantano de Tode,
Y a través del bosque de árboles colgantes y la Maleza del Patíbulo,
Vas a buscar a los Labios Maulladores, y ellos te comerán.


X
El olifante
Gris como un ratón,
Grande como una casa,
La nariz de serpiente,
Hago temblar la tierra
Cuando piso la hierba;
Los árboles se quiebran a mi paso.
Con cuernos en la boca
Camino por el sur,
Moviendo mis grandes orejas.
Desde años sin cuento
Marcho de un lado a otro,
Y ni para morir
En la tierra me acuesto.
Yo soy el olifante,
El más grande de todos,
Viejo, alto y enorme.
Si alguna vez me ves,
No podrás olvidarme.
Y si nunca me encuentras
No creerás que existo.
Pero soy el viejo olifante,
Y nunca miento.


XI
Fastitocalon
¡Mirad, ahí está Fastitocalon!
Una buena isla en la que desembarcar,
Aunque algo desolada.
¡Vamos, dejad el mar! ¡Y corramos,
O bailemos, o tumbémonos al sol!
¡Ved como las gaviotas se sientan ahí!
¡Tened cuidado!
Las gaviotas no se hunden.
Allí se sientan, se pavonean y se acicalan;
Su papel es dar el aviso,
Si alguien se atreve
A instalarse en esa isla,
O a buscar solo por un instante
Alivio para una enfermedad, o para la humedad,
O tal vez hervir una olla.
¡Ah, gente imprudente, aquellos que desembarcan sobre Él!
Y preparan un pequeño fuego
¡Y tal vez ansían un té!
Quizás su concha es gruesa,
Parece dormir; pero Él es veloz,
Y ahora flota en el mar,
Engañosamente.
Y cuando Él oye sus pies que golpean,
O nota tenuemente el súbito calor,
Con una sonrisa,
Se sumerge,
Y dándose la vuelta prestamente
Los arroja fuera y se ahogan en lo más profundo,
Y pierden sus tontas vidas
Para su sorpresa.
¡Sed prudentes!
Hay muchos monstruos en el mar,
Pero ninguno tan peligroso como Él,
El viejo y córneo Fastitocalon,
Cuya progenie poderosa ya se ha ido,
El último de los antiguos peces-tortuga.


De modo que si deseáis salvar vuestra vida
Entonces os advierto:
Prestad atención al saber de los antiguos navegantes,
¡No pongáis pie en orillas desconocidas!
O mejor aún,
¡Cumplid vuestros días en la Tierra Media
En paz y regocijo!


XII
Gato
El gato gordo en el felpudo
Parece soñar
Con hermosos ratones suficientes
Para él, o con crema;
Pero él, tal vez, camina libremente
Con pensamientos ligeros, orgulloso,
Donde rugió alto o luchó
Su parentela, delgada y magra,
O donde en cuevas profundas
En el este se dio banquetes con bestias
Y con hombres tiernos.
El león gigante con una garra de hierro
En su zarpa,
Y grandes y crueles dientes
En la ensangrentada mandíbula;
El leopardo, cubierto de oscuras estrellas,
De pies veloces,
A menudo con suavidad desde lo alto
Salta sobre su comida
Donde los bosques se entrevén en la oscuridad-
Lejos están ahora,
Fieros y libres,
Y domesticado está él;
Pero el gato gordo en el felpudo
Retenido como mascota,
No los olvida.


XIII
La novia de la sombra
Había un hombre que vivía solo,
Mientras pasaban el día y la noche
Se sentaba tan quieto como una piedra esculpida,
Y no arrojaba ninguna sombra.
Los búhos blancos se posaban sobre su cabeza
Bajo la luna de invierno;
Se frotaban los picos y lo creían muerto
Bajo las estrellas de junio.
Llegó una dama vestida de gris
Brillando en el crepúsculo:
Permaneció quieta un instante,
Con flores entrelazadas en su pelo.
Él despertó, como surgido de la piedra,
Y rompiose el hechizo que lo retenía;
La abrazó deprisa, ambos de carne y hueso,
Y ella arremolinó su sombra alrededor de él.
Ella no anda más por sus caminos
Con sol, luna o estrellas;
Mora abajo, donde no existe día
Ni noche alguna.
Pero una vez al año, cuando bostezan las cavernas
Y despiertan las cosas ocultas,
Bailan juntos hasta el amanecer
Y no proyectan más que una sombra.


XIV
El tesoro
Cuando la Luna era nueva y el Sol joven
De plata y oro cantaban los Dioses:
Derramaban plata en la verde hierba,
Y llenaban las blancas aguas con oro.
Antes de que se excavara el Abismo o se abriera el Infierno,
Antes de que fueran criados los Enanos o nacieran los Dragones,
Existían los Elfos de antaño, y poderosos hechizos
Bajo verdes colinas y huecos valles
Cantaban mientras forjaban muchos objetos hermosos,
Y las brillantes coronas de los Reyes Élficos.
Pero su destino les alcanzó, y su canción declinó,
Golpeados por el hierro y encadenados por el acero.
Su avaricia no cantaba, ni sus bocas sonreían,
Apilaron su riqueza en agujeros oscuros,
Plata cincelada y oro grabado:
Las sombras cayeron sobre el Hogar de los Elfos.
Un viejo enano vivía en una cueva oscura,
Sus dedos se habían aficionado al oro y a la plata;
Con martillo y tenazas y yunque
Trabajó con sus manos hasta despellejarlas,
Hizo monedas, y collares de anillos,
Y pensó en comprar el poder de los Reyes.
Pero sus ojos estaban oscurecidos y sus oídos eran débiles
Y su piel amarilla sobre el viejo cráneo;
Con su tenaza huesuda, de pálido resplandor
Las piedras preciosas pasaban sin ser vistas.
No oyó los pies, aunque la tierra temblaba,
Cuando el joven dragón apagó su sed,
Y humeó el arroyo frente a su oscura puerta..
Las llamas silbaban en el suelo húmedo,
Y murió solo en el rojo fuego;
Sus huesos se volvieron cenizas en el barro caliente.
Había un viejo dragón bajo la roca gris;
Sus ojos rojos parpadeaban mientras yacía en soledad.
Su alegría se terminó y su juventud había pasado,
Estaba nudoso y arrugado, y sus miembros se curvaron
En los largos años que pasó encadenado a su oro;
En el horno de su corazón se había apagado el fuego.
Al limo de su vientre se habían adherido fuertemente las gemas,
Oro y plata olfateaba y lamía:
Conocía el sitio del más ínfimo anillo
Bajo la sombra de su negra ala.
En su dura cama pensaba en ladrones,
Y soñaba con alimentarse de su carne,
Hacer crujir sus huesos, y beber su sangre:
Inclinó las orejas y respiró pesadamente.
Sonó una cota de malla. No la oyó.
Una voz hizo eco en la gruta profunda:
Un joven guerrero de brillante espada
Lo desafió a defender su tesoro.
Sus colmillos eran dagas, y de cuerno su piel,
Pero el hierro le arañó, y murió su llama.
Había un viejo rey en un alto trono:
Su larga barba caía sobre rodillas de hueso;
Su boca ya no saboreaba la carne ni la bebida,
Ni sus oídos la música; sólo podía pensar
En su gran cofre con la tapa tallada
Donde se ocultaban gemas pálidas y oro
En secreta tesorería bajo el suelo oscuro;
Sus fuertes puertas estaban forradas de hierro.
Las espadas de sus caballeros estaban cubiertas de herrumbre,
Su gloria caída, su dominio derribado,
Sus salas vacías y sus cenadores fríos,
Pero el rey estaba hecho de oro élfico.
No oía los cuernos en los pasos de la montaña,
No olía la sangre en la hollada hierba,
Pero sus salas habían ardido, su reino se había perdido;
En un frío pozo se arrojaron sus huesos.
Hay un antiguo tesoro en una oscura roca,
Olvidado tras puertas que nadie puede abrir;
Ningún hombre puede traspasar ese horrendo umbral.
En el terraplén crece la verde hierba;
Allí pastan las ovejas y vuelan las alondras,
Y el viento sopla desde la orilla del mar.
La noche guardará el viejo tesoro,
Mientras la tierra aguarda y los Elfos duermen.


XV
La campana del mar
Caminaba junto al mar, y vino a mí,
Como un rayo de luz estelar en la húmeda arena,
Una concha blanca como una campana;
Temblando fue a parar a mi mano mojada.
En mis agitados dedos pude oír como despertaba
Un sonido en su interior, como una boya balanceándose
Junto a la barra de un puerto, una llamada que sonaba
Sobre mares infinitos, ahora lejana y débil.
Entonces vi un bote flotando en silencio
En la marea nocturna, vacío y gris.
¡Es muy tarde! ¿Por qué esperar?”
Salté a bordo y grité: “¡Llévame lejos!”
Me llevó lejos, húmedo de rocío,
Envuelto por la niebla, herido por el sueño,
A una playa extraña, en una tierra extraña.
En el crepúsculo más allá del abismo
Oí una campana balancearse en la marejada,
Sonando, sonando, mientras rugían los rompientes
En los ocultos dientes de un peligroso arrecife;
Y llegué por fin a una extensa orilla.
Blanca centeallaba, y el mar hervía
Con estrellas espejeantes en una red de plata;
Riscos de piedra pálidos como huesos
En la espuma lunar lanzaban destellos de humedad.
Arena brillante se deslizaba por mi mano,
Polvo de perlas y joyas pulverizadas,
Caracolas de ópalo, rosas de coral,
Flautas verdes de amatista.
Pero bajo el alero de los riscos se abrían lóbregas cuevas,
Con cortinas de maleza, oscuras y grises;
Un aire frío agitó mis cabellos,
Y la luz se desvaneció, mientras yo me alejaba.
Un verde riachuelo bajaba la colina;
Bebí sus aguas para alivio de mi corazón.
Subí su escalera, hasta un hermoso país
De eterna vigilia, lejos del mar,
Salté por los prados de sombras palpitantes;
Allí yacían flores como estrellas caídas,
Y en un estanque azul, frío y vidrioso,
Nenúfares como lunas flotantes.
Los alisos dormían, y los sauces lloraban
Junto a un lento río de hierbas onduladas;
Espadas de lirio guardaban los vados,
Y verdes lanzas y flechas de caña.
El eco de una canción sonó toda la tarde
Abajo en el valle; Muchas cosas
Corrían aquí y allá: Liebres blancas como la nieve,
Ratones que surgían de agujeros; Polillas aladas
Con ojos brillantes; En una tensa quietud
Los tejones miraban fijamente desde oscuras puertas.
Oí canciones allí, música en el aire,
Pies apresurados en el verde suelo.
Pero a donde quiera que fuese ocurría lo mismo:
Los pies huían, y todo quedaba tranquilo;
Nunca un saludo, sólo las fugaces
Cañas, las voces, y cuernos en la colina.
De hojas de río y gavillas de juncos
Me hice una capa de verde enjoyado,
Una larga vara, y un dorado estandarte;
Mis ojos brillaban como brillan las estrellas.
De flores coronado me subí a un montículo,
Y de modo penetrante, como el canto del gallo
Grité orgullosamente: “¿Por qué os ocultáis?
¿Por qué nadie habla, a donde quiera que voy?
Aquí estoy ahora, Señor de esta tierra,
Con mi espada de lirio y mi maza de caña.
¡Contestad a mi llamada! ¡Venid todos!
¡Habladme con palabras! ¡Mostradme vuestras caras!”
Llegó una nube negra como una mortaja nocturna,
Fui a tientas como un oscuro topo,
Caí al suelo, mis manos se arrastraban
Con los ojos ciegos y la espalda doblada.
Subí a un árbol: se alzaba silencioso
Con las hojas muertas; desnudas estaban sus ramas.
Allí debí sentarme, dejando vagar mi ingenio,
Mientras los búhos roncaban en su hueco hogar.
Me quedé allí un día y un año:
Los escarabajos golpeaban las ramas putrefactas,
Las arañas tejían, en el musgo levantaban
Bejines que asomaban en mis rodillas.
Finalmente llegó la luz en mi larga noche,
Y vi como mi cabello colgaba gris.
¡Aunque esté encorvado, debo encontrar el mar!
Me he perdido, y no conozco el camino,
¡Pero partiré!” Entonces tropecé;
La sombra cayó sobre mi como un murciélago cazador;
En mis oídos sopló un viento errante,
E intenté cubrirme con ropas andrajosas.
Mis manos estaban rotas, mis rodillas cansadas,
Y los años pesaban sobre mi espalda,
Cuando la lluvia en mi cara trajo un sabor salado,
Y pude oler el aroma de los pecios del mar.
Los pájaros llegaron navegando, aullando, lamentándose,
Oí voces en frías cuevas,
Focas ladrando, el gruñido de las rocas,
Y el mugir de las rocas en los acantilados.
El invierno pasó veloz; me sumergí en la niebla,
Llevé mis años hasta el fin del mundo;
La nieve estaba en el aire, el hielo en mis cabellos,
La oscuridad se extendía en la última orilla.
El barco aún esperaba a flote,
Llevado por la corriente, sacudiendo la proa.
Cansado yací en él, mientras me llevaba,
Saltando las olas, cruzando los mares,
Pasando junto a viejos cascos, repletos de gaviotas
Y grandes buques repletos de luz,
Que llegaban a puerto, oscuros como cuervos,
Silenciosos como la nieve, en la noche profunda.
Las casas estaban cerradas, el viento sigiloso las rodeaba,
Las calles estaban vacías. Me senté junto a una puerta,
Y donde una suave lluvia cayó en un desagüe
Arrojé todo cuanto llevaba:
En mi apretada mano algunos granos de arena,
Y una concha marina silenciosa y muerta.
Nunca escuchará mi oído el sonido de esa campana,
Ni hollarán mis pies aquella orilla
Nunca más, ya que en una callejuela triste,
En un callejón ciego, o en una larga calle
Camino furioso. Me hablo a mi mismo;
Porque siguen sin hablar, aquellos a quienes encuentro.


XVI
El último barco
Fíriel miró afuera cuando el reloj dio las tres:
La noche gris se iba;
En la lejanía un gallo dorado
Cantaba, claro y penetrante.
Eran oscuros los árboles, y pálido el amanecer,
Los pájaros, ya despiertos, piaban,
Soplaba un viento frío y delicado
Que hacía crujir las oscuras ramas.
Ella contempló el resplandor creciente en la ventana,
Hasta que la intensa luz centelleó
En la tierra y en las hojas; abajo, en la hierba
Brillaba el rocío gris.
Sus blancos pies se deslizaron por el suelo,
Bajaron la escalera,
Avanzaron danzando por la hierba
Salpicados de rocío.
Su vestido llevaba joyas en el borde,
Mientras ella corría hacia el río,
Y se inclinaba sobre una raíz de sauce,
Y contemplaba el temblor del agua.
Un Martín Pescador se zambulló como una piedra
Descendiendo en un relámpago azul,
Las cañas dobladas volaron suavemente,
Hojas de lila se desparramaron.
Una música repentina llegó a ella,
Mientras permanecía allí centelleando
Con el cabello suelto en el fuego de la mañana
Flotando en su espalda.
Sonaban arpas allí, y se rasgaban arpas,
Y se oía sonido de canciones,
Voces como viento, sutiles y jóvenes
Y campanas lejanas repicando.
Un buque con pico y remos dorados
Y blancos maderos llegó deslizándose;
Cisnes navegaban ante él,
Guiando su alta proa.
Hermosa gente de Elfinesse
Remaban, vestidos de plata gris,
Y ella vio a tres coronados que allí se erguían
Con los brillantes cabellos flotando al viento.
Con arpas en la mano cantaron su canción
Balanceando lentamente los remos:
Verde es la tierra, largas las hojas,
Y los pájaros cantan.
Más de un día de dorado amanecer
Iluminará esta tierra,
Más de una flor se desplegará,
Mientras los campos de maíz se vuelven blancos.”
¿a dónde os dirigís, hermosos barqueros,
Deslizandoos río abajo?
¿Al crepúsculo y al secreto cubil
Oculto en el gran bosque?
¿A islas del norte y a orillas de piedra
Con poderosos cisnes volando,
Para morar solitarios junto a las frías olas,
Donde se lamentan las gaviotas?”
¡No!”, contestaron, “Muy lejos
Viajamos por el último camino,
Dejando los Puertos Grises Occidentales,
Haciendo frente a los Mares Sombríos,
Volvemos al Hogar de los Elfos,
Donde crece el Árbol Blanco,
Y la estrella brilla sobre la espuma
Que fluye en la última orilla.
Decimos adiós a los campos mortales
De la Tierra Media abandonada!
En el Hogar de los Elfos, una clara campana
Se agita en la alta torre.
Aquí la hierba se marchita y caen las hojas,
El sol y la luna se apagan,
Y hemos oído la lejana llamada
Que nos ordena viajar hasta allá.”
Los remos se detuvieron. Ellos dieron la vuelta:
¿Escuchas la llamada, Doncella de la Tierra?
¡Fíriel! ¡Fíriel!” Gritaron.
Nuestro barco no está al completo,
Sólo a uno más podemos llevar.
¡Ven! Porque tus días pasan veloces.
¡Ven! Doncella de la Tierra, élfica belleza,
Presta atención a nuestra última llamada.”
Fíriel miró desde la orilla,
Dio un audaz paso;
Hundió profundamente su pie en el barro,
Y se detuvo mirando fijamente.
Con lentitud el buque élfico se alejaba
Susurrando a través del agua;
¡No puedo venir!” la oyeron gritar.
¡Nací hija de la tierra!”
No brillaban joyas en su toga,
Mientras volvía del prado
Bajo el techo y la puerta oscura,
Bajo la sombra de la casa.
Se quitó su blusón marrón rojizo,
Trenzó su largo cabello,
Y volvió a su labor,
Pronto se desvaneció la luz del sol.
Los años aún pasan veloces
En los Siete Ríos;
Pasan las nubes, brilla el sol,
Tiemblan las cañas y los sauces
En la mañana y la tarde, pero nunca más
Los barcos que van al occidente han navegado
En aguas mortales, como antes,
Y su canción se ha apagado.
***

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA ZORRA Y EL CABALLO -- ¡Hermanos Grimm)

LA ZORRA Y EL CABALLO

¡Hermanos Grimm)
Tenía un campesino un fiel caballo, ya viejo, qui­no podía prestarle ningún servicio. Su amo se de­cidió a no darle más de comer y le dijo:
Ya no me sirves de nada: mas para que veas que te tengo cariño, te guardaré si me demuestras que tienes aún la fuerza suficiente para traerme un león. Y ahora, fuera de la cuadra.
Y lo echó de su casa.
El animal se encaminó tristemente al bosque, en busca de un cobijo. Encontróse allí con la zorra, la cual le preguntó:
-¿Qué haces por aquí, tan cabizbajo y solitario?
¡Ay! - respondió el caballo–. La avaricia y la lealtad raramente moran en una misma casa. Mi amo ya no se acuerda de los servicios que le he ve­nido prestando durante tantos años, y porque ya no puedo arar como antes, se niega a darme pienso y me ha echado a la calle.
¿Así, a secas? ¿No puedes hacer nada para evi­tarlo? –preguntó la zorra.
El remedio es difícil. Me dijo que si era lo bas­tante fuerte para llevarle un león, me guardaría. Pero sabe muy bien que no puedo hacerlo.
Yo te ayudaré. Túmbate bien y no te muevas, como si estuvieses muerto.
Hizo e) caballo lo que le indicara la zorra, y ésta fue al encuentro del león, cuya guarida se hallaba a escasa distancia, y le dijo:
Ahí fuera hay un caballo muerto; si sales, podrás darte un buen banquete.
Salió el león con ella, y cuando ya estuvieron junto al caballo, dijo la zorra:
Aquí no podrás zampártelo cómodamente. ¿Sabes qué? Te ataré a su cola. Así te será fácil arrastrarlo hasta tu guarida, y allí te lo comes tranquilamente
Gustóle el consejo al león, y colocóse de manera que la zorra, con la cola del caballo, ató fuertemente
las patas del león, y le dio tantas vueltas y nudos que no había modo de soltarse. Cuando hubo termi­nado, golpeó el anca del caballo y dijo:
- ¡Vamos, jamelgo, andando!
Incorporóse el animal de un salto y salió al trote, arrastrando al león. Se puso éste a rugir con tanta fiereza que todas las aves del bosque echaron a volar asustadas: pero el caballo lo dejó rugir y, a campo traviesa, lo llevó arrastrando hasta la puerta de su amo.
Al verlo éste, cambió de propósito y dijo al animal:
Te quedarás a mi lado, y lo pasarás bien –y en adelante, no le faltaron al caballo sus buenos piensos, hasta que murió.

EL PERRO Y EL GORRIÓN

EL PERRO Y EL GORRIÓN

(Hermanos Grimm)
A un perro de pastor le había tocado en suerte un mal amo, que le hacía pasar hambre. No queriendo aguantarlo por más tiempo, el animal se marchó, tris­te y pesaroso. Encontróse en la calle con un gorrión, el cual le preguntó:
Hermano perro, ¿por qué estás tan triste?
Y respondióle el perro:
Tengo hambre y nada que comer..
Aconsejóle el pájaro:
Hermano, vente conmigo a la ciudad; yo haré que te hartes.
Encamináronse juntos a la ciudad, y al llegar fren­te a una carnicería, dijo el gorrión al perro:
No te muevas de aquí; a picotazos te haré caer un pedazo de carne –y situándose sobre el mostrador y vigilando que nadie lo viera, se puso a picotear y a tirar de un trozo que se hallaba al borde, hasta que lo hizo caer al suelo. Cogiólo el perro, llevóselo a una esquina y se lo zampó. Entonces le dijo el gorrión:
Vamos ahora a otra tienda; te haré caer otro pedazo para que te hartes.
Una vez el perro se hubo comido el segundo trozo, preguntóle el pájaro:
Hermano perro, ¿estás ya harto?
De carne, sí –respondió el perro–, pero me falta un poco de pan.
Dijo si gorrión:
Ven conmigo, lo tendrás también –y llevándolo a una panadería, a picotazos hizo caer unos panecillos; y como el perro quisiera todavía más, condújolo a otra panadería y le proporcionó otra ración. Cuando el perro se la hubo comido, preguntóle el gorrión:
Hermano perro, ¿estás ahora harto?
Sí –respondió su compañero–. Vamos ahora a dar una vuelta por las afueras.
Salieron los dos a la carretera; pero como el tiempo era caluroso, al cabo de poco trecho dijo el perro:
Estoy cansado, y de buena gana echaría una siestecita.
Duerme, pues –asintió el gorrión–; mientras tanto, yo me posaré en una rama.
Y el perro se tendió en la carretera y pronto se quedó dormido.
En ésta, acercóse un carro tirado por tres caballos y cargado con tres cubas de vino. Viendo el pájaro que el carretero no llevaba intención de apartarse para no atropellar al perro, gritóle:
¡Carretero, no lo hagas o te arruino! Pero el hombre, refunfuñó entre dientes:
No serás tú quien me arruine –restalló el lá­tigo y las ruedas del vehículo pasaron por encima del perro, matándolo.
Gritó entonces el gorrión:
Has matado a mi hermano el perro, pero te cos­tará el carro y los caballos.
¡Bah!, ¡el carro y los caballos! –se mofó el conductor–. ¡Me río del daño que tú puedes causar­me! –y prosiguió su camino.
El gorrión se deslizó debajo de la lona, y se puso a picotear una espita, hasta que hizo soltar el tapón, por lo que empezó a salirse el vino sin que el ca­rretero lo notase, y se vació todo el barril. Al cabo de buen rato, volvióse el hombre, y al ver que go­teaba vino, bajó a examinar los barriles, encontrando que uno de ellos estaba vacío.
¡Pobre de mí! –exclamó.
-Aún no lo eres bastante –dijo el gorrión, y vo­lando a la cabeza de uno de los caballos, de un pico­tazo le sacó un ojo. Al darse cuenta el carretero, empuñó un azadón y lo descargó contra el pájaro con ánimo de matarlo, pero la avecilla escapó y el caballo recibió en la cabeza un golpe tan fuerte que cayó muerto.
¡Ay, pobre de mí! –repitió el hombre.
¡Aún no lo eres bastante! –gritóle el gorrión, y cuando el carretero reemprendió su ruta con los dos caballos restantes, volvió el pájaro a meterse por debajo de la lona y no paró hasta haber sacado el segundo tapón, vaciándose, a su vez, el segundo barril. Diose cuenta el carretero demasiado tarde, y volvió a exclamar:
¡Ay, pobre de mí!
A lo que replicó su enemigo.
¡Aún no lo eres bastante! –y posándose en la cabeza del segundo caballo saltóle igualmente los ojos. Otra vez acudió el hombre con su azadón, y otra vez hirió de muerte al caballo, mientras el pá­jaro escapaba, volando.
¡Ay. pobre de mí!
Aún no lo eres bastante –repitió el gorrión, al tiempo que sacaba los ojos al tercer caballo. Enfure­cido, el carretero asestó un nuevo azadonazo contra el pájaro, y errando otra vez la puntería mató al tercer animal.
¡Ay, pobre de mí! –exclamó.
¡Aún no lo eres bastante! –repitió una vez más el gorrión–. Ahora voy a arruinar tu casa - y se alejó volando.
El carretero no tuvo más remedio que dejar el carro en el camino y marcharse a su casa, furioso y deses­perado:
¡Ay! –dijo a su mujer–, ¡qué día más desgra­ciado he tenido! He perdido el vino y los tres caba­llos están muertos.
¡Ay, marido mío! –respondióle su mujer–. ¡Que diablo de pájaro es éste que se ha metido en casa! Ha traído a todos los pájaros del mundo, y ahora se están comiendo nuestro trigo.
Subió el hombre al granero y encontró miliares de pájaros en el suelo acabando de devorar todo el gra­no, y en medio de ellos estaba el gorrión. Y volvió a exclamar el hombre:
¡Ay, pobre de mí!
Aún no lo eres bastante –repitió el pájaro – : Carretero, aún pagarás con la vida –y echó a volar.
El carretero, perdidos todos sus bienes, bajó a la sala y sentóse junto a la estufa, mohíno y colérico. Pero el gorrión le gritó desde la ventana:
¡Carretero, pagarás con la vida!
Cogiendo el hombre el azadón, arrojólo contra d pájaro, mas sólo consiguió romper los cristales, sin tocar a su perseguidor. Este saltó al interior de la estancia, y posándose sobre el horno repitió:
¡Carretero, pagarás con la vida!
Loco y ciego de rabia, el carretero arremetió contra todas las cosas, queriendo matar al pájaro, y así des­truyó el horno y todos los enseres domésticos: espejos, bancos, la mesa e incluso las paredes de la casa, sin conseguir su objetivo. Por fin logró cogerlo con la mano, y entonces, dijo la mujer:
¿Quieres que lo mate de un golpe?
¡No! –gritó él–: Sería una muerte demasiado dulce. Ha de sufrir mucho más. ¡Me lo voy a tragar! –y se lo tragó de un bocado. Pero el animal empezó a agitarse y aletear dentro de su cuerpo, y se le subió de nuevo a la boca, y, asomando la cabeza:
¡Carretero, pagarás con la vida! –le repitió por última vez.
Entonces e] carretero, tendiendo el azadón a su mujer, le dijo
¡Dale al pájaro en la boca!
La mujer descargó el golpe, pero, errando la pun­tería partió la cabeza a su marido, el cual se des­plomó, muerto, mientras el gorrión escapaba volando.

EL LOBO Y LAS SIETE CABRITAS

EL LOBO Y LAS SIETE CABRITAS

(Hermanos Grimm)
Erase una vez una vieja cabra que tenía siete ca­britas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.
Hijas mías –les dijo–, me voy al bosque: mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis en seguida por su bron­ca voz y sus negras patas.
Las cabritas respondieron:
Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.
Despidióse la vieja con un balido y, confiada, em­prendió su camino. No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.
Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo.
No te abriremos –exclamaron–. No eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.
Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta:
Abrid hijitas –dijo–. Vuestra madre os trae algo a cada una.
Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:
No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!
Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo:
Mira, me he lastimado un pie: úntamelo con un poco de pasta.
Untada que tuvo la pata, fue al encuentro del mo­linero:
Échame harina blanca en el pie –díjole. El mo­linero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio; pero la fiera lo ame­nazó–: Si no lo haces, te devoro –el hombre, asus­tado, le blanqueó la pata Si, asi es la gente.
Volvió el rufián por tercera vez a la puerta, y, llamando, dijo:
Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bos­que.
Las cabritas replicaron:
Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.
La fiera puso la pata en la ventana y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus pa­labras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuar­ta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas unas tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeña, que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.
Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina rota en mil pedazos; las mantas y almo­hadas por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no apa­recieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la voz a la última, la cual, con vocecita queda, dijo:
Madre querida, estoy en la caja del reloj.
Sacólo la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la ma­dre la pérdida de sus hijitas!
Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al obser­varlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga.
¡Válgame Dios! –pensó–. ¿Si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún?
Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo. y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando sal­taron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su rego­cijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta. brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo:
Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme.
Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.
Terminada ya su siesta, el lobo se levantó y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed. encaminóse a un pozo para beber. Mien­tras andaba, moviéndose de un lado a otro, los gui­jarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:
¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran seis cabritas. Mas ahora parecen chinitas.
Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas:
¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!
Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.

EL GATO Y EL RATON HACEN VIDA EN COMÚN

EL GATO Y EL RATON HACEN VIDA EN COMÚN

(Hermanos Grimm)
Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad, que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común.
Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre –dijo el gato–. Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes; al fin caerías en alguna ratonera.
Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presen­tó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:
Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.
Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón:
Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho pa­drino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.
Muy bien –respondió el ratón–¡ vete en nom­bre de Dios, y si te dan algo bueno para comer acuér­date de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.
Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima al­guna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el pu­chero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; des­pués se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.
Bien, ya estás de vuelta –dijo el ratón–; a buen seguro que has pasado un buen día.
No estuvo mal –respondió el gato.
¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo?
"Empezado" –repuso el gato secamente.
¿"Empezado"? –exclamó su compañero–. ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?
¿Qué le encuentras de particular? –replicó el ga­to–. No es peor que "Robamigas", como se llaman tus padres.
Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón:
Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea padrino y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.
El bonachón del ratoncito se mostró conforme, y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciu­dad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero.
Nada sabe tan bien –dijose para sus adentros-como lo que uno mismo se come.
Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón:
¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?
"Mitad" –contestó el gato.
¿"Mitad"? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre: apuesto a que no está en el ca­lendario.
No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca
Las cosas buenas van siempre de tres en tres –dijo al ratón–. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo blan­co en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca fre­cuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?
¡"Empezado", "Mitad"! –contestó el ratón–. Estos nombres me dan mucho que pensar.
Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza –dijo el gato–, claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.
Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero:
Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha terminado todo –díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.
Seguramente no te gustará tampoco –dijo el ga­to–. Se llama "Terminado".
¡"Terminado"! –exclamó el ratón–. Este sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡"Terminado"! ¿Qué diablos querrá decir?
Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir. Ya no volvieron a invitar al gato a ser padri­no, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitan­za, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.
Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá de perlas.
Sí –respondió el gato–, te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.
Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío.
¡Ay! –clamó el ratón–. Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero "empezado", luego "mitad", luego...
¿Vas a callarte? –gritó el gato–. ¡Si añades una palabra más te devoro!
..."terminado" –tenía ya al pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la palabra y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.

LA CENICIENTA


LA CENICIENTA

(Hermanos Grimm)
Erase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y. presintiendo su próximo fin, llamó a su única, hijita y le dijo:
Hija mía, sigue siendo siempre buena y piadosa y el buen Dios no te abandonará. Yo velaré por ti desde el cielo, y me tendrás siempre a tu lado.
Y, cerrando los ojos, murió. La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa Al llegar el invierno, la nieve cubrió de. un blanco manto la sepultura, y cuando el sol de primavera la hubo derretido, el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio
La segunda mujer llevó a casa dos hijas, de rostro bello y blanca tez. pero negras y malvadas de cora­zón. Vinieron entonces días muy duros para la pobrecita huérfana.
¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con nos­otras? – decían las recién llegadas–. Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!–. Quitáronle sus hermosos vestidos, pusiéronle una blusa vieja y le dieron un par de zuecos para calzado–: ¡Mirad la orgullosa princesa, qué compuesta!
Y, burlándose de ella, la llevaron a la cocina. Allí tenía que pasar el día entero ocupada en duros tra­bajos. Se levantaba de madrugada, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la ropa... Y, por añadidura, sus hermanastras la some­tían a todas las mortificaciones imaginables; se mo­faban de ella, le esparcían, entre la ceniza, los gui­santes y las lentejas, para que tuviera que pasarse horas recogiéndolas. A la noche, rendida como estaba de tanto trabajar, en vez de acostarse en una cama tenía que hacerlo en las cenizas del hogar. Y como por este motivo iba siempre polvorienta y sucia, la llamaban "Cenicienta"
Un día en que al padre se disponía a ir a la feria preguntó a sus dos hijastras qué deseaban que les trajese.
-Hermosos vestidos –respondió una de ellas.
- Perlas y piedras preciosas –dijo la otra.
¿Y tú, Cenicienta –preguntó–, qué quieres?
Padre, cortad la primera ramita que os toque el sombrero cuando regreséis, y traédmela.
Compró el hombre para sus hijastras magníficos vestidos, perlas y piedras preciosas: de vuelta, al atravesar un bosquecillo, un brote de avellano le hizo caer el sombrero, y él lo cortó y se lo llevó consigo. Llegado a casa, dio a sus hijastras lo que habían pedi­do, y a Cenicienta, el brote de avellano. La muchacha le dio las gracias, y se fue con la rama a la tumba de su madre: allí la plantó, regándola con sus lágri­mas, y el brote creció, convirtiéndose en un hermoso árbol. Cenicienta iba allí tres veces al día, a llorar y rezar, y siempre encontraba un pajarillo blanco posado en una rama; un pajarillo que, cuando la niña le pedía algo, se lo echaba desde arriba.
Sucedió que el Rey organizó unas fiestas, que debían durar tres días, y a las que fueron invitadas todas las doncellas bonitas del país, para que el príncipe heredero eligiese entre ellas una esposa. Al enterarse las dos hermanastras que también ellas figuraban en la lista, pusiéronse muy contentas. Llamaron a Ceni­cienta y le dijeron:
Peínanos, cepíllanos bien los zapatos y abróchanos las hebillas; vamos a la fiesta de palacio.
Cenicienta obedeció, aunque llorando, pues tam­bién ella hubiera querido ir al baile; y, así, rogó a su madrastra que se lo permitiese.
¿Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y porque­ría, pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapa­tos, ¿y quieres bailar?
Pero al insistir la muchacha en sus súplicas, la mujer le dijo finalmente;
Te he echado un plato de lentejas en la ceniza; si las recoges en dos horas, te dejaré ir.
La muchachita. saliendo por la puerta trasera, se fue al jardín y exclamó:
Palomitas mansas, tortolillas y avecillas del cielo, venid a ayudarme a recoger lentejas.
"Las buenas, en el pucherito;
las malas, en el buchecito."
Y acudieron a la ventana de la cocina dos palo­mitas blancas, luego las tortolillas y, finalmente, com­parecieron, bulliciosas y presurosas, todas las aveci­llas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palo­mitas, bajando las cabecitas: empezaron: pie, pie, pie, pie; y luego todas las demás las imitaron: pie, pie, pie, pie, y un santiamén todos los granos bue­nos estuvieron en la fuente. No había transcurrido ni una hora cuando, terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron. La muchacha llevó la fuen­te a su madrastra, contenta porque creía que le per­mitirían ir a la fiesta, pero la vieja le dijo:
No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti. –Y como la pobre rompiera a llorar–: Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas.
Y pensaba: "Jamás podrá hacerlo". Pero cuando las lentejas estuvieron en la ceniza, la doncella salió al jardín por la puerta trasera y gritó:
Palomitas mansas, tortolillas y avecillas todas del cielo, venid a ayudarme a limpiar lentejas:
"Las buenas, en el pucherito: las malas, en el buchecito."
Y enseguida acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas y luego las tortolillas, y. final­mente, comparecieron bulliciosas y presurosas, todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las cabecitas, empezaron pic, pis, pie, pie; y luego todas las demás las imitaron: pie, pie, pie, pie, echando todos los granos buenos en las fuentes. No había transcurrido aún media hora cuan­do, terminada ya su tarea, emprendieron todas el vuelo. La muchacha llave las fuentes a su madrastra, pensando que aquella vez le permitirían ir a la fiesta. Pero la mujer le dijo:
Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes ves­tidos ni sabes bailar. Serías nuestra vergüenza.
Y, volviéndole la espalda, partió apresuradamente con sus dos orgullosas hijas.
No habiendo ya nadie en casa, Cenicienta se enca­minó a la tumba de su madre, bajo el avellano, y suplicó:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!"
Y he aquí que el pájaro le echó un vestido bordado en plata y oro, y unas zapatillas con adornos de seda y plata. Se vistió a toda prisa y corrió a palacio, donde su madrastra y hermanastras no la reconocieron, y, al verla tan ricamente ataviada, la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un momento se les ocurrió pensar en Cenicienta, a quien creían en su cocina, sucia y buscando lentejas en la ceniza. El príncipe salió a recibirla y tomándola de la mano, bailó con ella. Y es el caso que no quiso bailar con ninguna otra ni la soltó de la mano y cada vez que se acer­caba otra muchacha a invitarlo, se negaba diciendo: "Esta es mi pareja"
Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo:
Te acompañaré –deseoso de saber de dónde era la bella muchacha. Pero ella se le escapó y se enca­ramó de un salto al palomar. El príncipe aguardó a que llegase su padre, y le dijo que la doncella fo­rastera se había escondido en el palomar Entonces pensó el viejo: "¿Será la Cenicienta?", y, pidiendo que le trajesen un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero en su interior no había nadie. Y cuando todos llegaron a la casa encontraron a Ce­nicienta entre la ceniza, cubierta con sus viejas ropas, mientras un candil de aceite ardía en la chimenea la muchacha se había dado buena maña en saltar por detrás del palomar y correr hasta el avellano allí se quitó sus hermosos vestidos y los depositó sobre la tumba, donde el pajarillo se encargó de reco­gerlos. Y enseguida se volvió a la cocina, vestida con su sucia batita.
Al día siguiente, a la hora de volver a empezar la fiesta, cuando los padres y las hermanastras se hu­bieran marchado, la muchacha se dirigió al avellano y le dijo:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!"
El pajarillo le envió un vestido mucho más esplén­dido aún que el de la víspera, y al presentarse ella en palacio tan magníficamente ataviada, todos los presentes se pasmaron ante su belleza. El hijo del Rey, que la había estado aguardando, la tomó inme­diatamente de la mano y sólo bailó con ella. A las demás que fueron a solicitarlo, les respondía: "Esta es mi pareja".
Al anochecer, cuando la muchacha quiso retirarse, el príncipe la siguió, empeñado en ver a qué casa se dirigía; pero ella desapareció de un brinco en el jardín de detrás de la suya. Crecía en él un grande y hermoso peral, del que colgaban peras magníficas. Subióse ella a la copa con la ligereza de una ardilla, desapareciendo entre las ramas, y el príncipe la per­dió de vista. El príncipe aguardó la llegada del padre, y le dijo:
La joven forastera se me ha escapado; creo que se subió al peral.
Pensó el padre: "¿Será la Cenicienta?", y cogiendo un hacha derribó el árbol, pero nadie apareció en la copa. Y cuando entraron en la cocina, allí estaba Cenicienta entre las cenizas como tenía por costum­bre, pues había saltado al suelo por el lado opuesto del árbol, y, después de devolver los hermosos ves­tidos al pájaro del avellano volvió a ponerse su batita gris.
El tercer día, en cuanto se hubieron marchado los demás, volvió Cenicienta a la tumba de su madre y suplicó al arbolito:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!"
Y el pájaro le echó un vestido soberbio y brillante como más no se viera otro en. el mundo; con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó a la fiesta, todos los concurrentes se quedaron boquiabiertos dé admiración. El hijo del Rey bailó exclusivamente con ella, y a todas las que iban a solicitarlo les respon­día: "Esta es mi pareja".
Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quería acompañarla; pero ella se escapó con tanta rapidez qué su admirador no pudo darle alcance. Pero esta vez recurrió a un ardid: mandó embadurnar con pez las escaleras de palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los peldaños, quedósele el zapato izquier­do adherido a uno de ellos, Recogiólo el príncipe, y observó que era diminuto, gracioso y todo él de oro. A la mañana siguiente presentóse en casa del hom­bre y le dijo:
Mi esposa será aquella cuyo pie se ajuste a este zapato.
Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas te­nían pies muy lindos. La mayor fue a su cuarto para probarse el zapatito, acompañada de su madre. Pero no había modo de introducir el dedo gordo; y al ver que el zapatito era demasiado pequeño, la madre, alargándole un cuchillo, le dijo:
¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrá necesidad de andar a pie.
Hízólo así la muchacha; forzó el pie en el zapato, y conteniendo el dolor presentóse al príncipe. El la hizo montar a caballo y se marchó con ella. Pero hubieron de pasar por delante de la tumba, y dos palomitas que estaban posadas en el palomar gritaron:
"Ruke di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va,
La novia verdadera en casa está."
Miróle el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Hizo dar media vuelta al caballo y devolvió la muchacha a su madre, viendo que no era aquella la que buscaba, y que la otra hermana tenía que probarse el zapato. Subió ésta a su habitación, y aun­que los dedos le entraron holgadamente, en cambio no había manera de meter el talón. Le dijo la madre, alargándole un cuchillo:
Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reír: no tendrás necesidad de andar a pie.
Cortóse la muchacha un trozo del talón, metió a la fuerza el pie en el zapato, y reprimiendo el dolor presentóse al hijo del Rey. Montóla éste en su caba­llo y se marchó con ella. Pero al pasar por delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas gritaron:
"Ruge di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va.
La novia verdadera en casa está."
Miró el príncipe el pie de la muchacha y vio que la sangre emanaba del zapato y había enrojecido la blanca media. Volvió grupas y llevó a su casa a la falsa novia.
Tampoco es ésta la verdadera –dijo–. ¿No te­néis otra hija?
No –respondió el hombre–, sólo de mi esposa difunta queda una Cenicienta pringosa; pero es im­posible que sea la novia.
Mandó el príncipe que la llamasen; pero la ma­drastra replicó:
¡Oh, no! ¡Va demasiado sucia! No me atrevo a presentarla.
Pero como el hijo del Rey insistiera, no hubo más remedio que llamar a Cenicienta. Lavóse ella primero las manos y la cara, y entrando en la habitación haciendo al príncipe con una reverencia, y él tendió el zapato de oro. Sentóse la muchacha en el escabel se quito el pesado zueco y se calzó la chinela: le venía como pintada. Y cuando, al levantarse, el príncipe le miró el rostro, reconoció en el acto a la her­mosa doncella que había bailado con él, y exclamó:
¡Esta sí que es mi verdadera novia!
La madrastra y sus dos hijas palidecieron de ra­bia, pero el príncipe ayudó a Cenicienta a montar a caballo y marchó con ella. Y al pasar por delante del avellano, gritaron las dos palomas blancas:
"Ruke di guk, ruke di guk;
no tiene sangre el zapato.
Y pequeño no le está.
Es la novia verdadera con la que vas."
Y, dicho esto, bajaron volando las dos palomitas y se posaron en cada hombro de Cenicienta.
Al legar el día de la boda, presentáronse las trai­dores hermanas, muy zalameras, deseosas de con­graciarse con Cenicienta y participar de su dicha Pero al encaminarse el cortejo a la iglesia, yendo la mayor a la derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos picotazos, les sa­caron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la ceguera para todos los días de su vida.