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viernes, 21 de marzo de 2008

EL DIABLO DE LA BOTELLA -- Robert Louis Stevenson

EL DIABLO DE LA BOTELLA -- Robert Louis Stevenson
El diablo de la botella
Había un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verdad es que aún vive y que su nombre debe permanecer secreto, pero su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como un maestro de escuela, además era un marinero de primera clase, que había trabajado durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la costa de Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran mundo y las ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco.
San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo, contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados de la calle. «¡Qué casas tan buenas!» iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete, los escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse se dio cuenta de que un hombre le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro.
De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que entrara y se reunió con él en la puerta de la casa.
—Es muy hermosa esta casa mía—dijo el hombre, suspirando amargamente—. ¿No le gustaría ver las habitaciones?
Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó gran admiración.
—Esta casa—dijo Keawe—es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra parecida, me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted más que suspirar?
—No hay ninguna razón—dijo el hombre—para que no tenga una casa en todo semejante a ésta, y aun más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es cierto?
—Tengo cincuenta dólares—dijo Keawe—, pero una casa como ésta costará más de cincuenta dólares.
El hombre hizo un cálculo.
—Siento que no tenga más —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el futuro, pero será suya por cincuenta dólares.
—¿La casa?—preguntó Keawe.
—No, la casa no—replicó el hombre—, la botella. Porque debo decirle que aunque le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta. Aquí la tiene usted.
Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo, el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía confusamente, algo así como una sombra y un fuego.
—Esta es la botella—dijo el hombre, y, cuando Keawe se echó a reír, añadió—: ¿No me cree?
Pruebe usted mismo. Trate de romperla.
De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía.
—Es una cosa bien extraña—dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como al tacto se diría que es de cristal.
—Es de cristal—replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca—, pero de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra que vemos moverse es la suya; al menos eso creo yo. Cuando un hombre compra esta botella el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama, dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo. Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo.
—Y sin embargo, ¿habla usted de venderla?—dijo Keawe.
—Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay una cosa que el diablo de la botella no puede hacer... y es prolongar la vida; y, no sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.
—Sí que es un inconveniente, no cabe duda—exclamó Keawe—. Y no quisiera verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme.
—No vaya usted tan deprisa, amigo mío—contestó el hombre—. Todo lo que tiene que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna otra persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente.
—Pues yo observo dos cosas—dijo Keawe—. Una es que se pasa usted todo el tiempo suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella demasiado barata.
—Ya le he explicado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud está empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia para cualquiera. En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta colina y sólo pagué noventa dólares.
Podría venderla hasta por ochenta y nueve dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella volvería a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se ofrece una botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno está bromeando. Y segundo..., pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace falta que se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda acuñada.
—¿Cómo sé que todo eso es verdad? —preguntó Keawe.
—Hay algo que puede usted comprobar inmediata mente—replicó el otro—. Deme sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el trato y le devolveré el dinero.
—¿No me está engañando?—dijo Keawe.
El hombre confirmó sus palabras con un solemne juramento.
—Bueno; me arriesgaré a eso—dijo Keawe—, porque no me puede pasar nada malo.
Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella.
—Diablo de la botella—dijo Keawe—, quiero recobrar mis cincuenta dólares.
Y, efectivamente, apenas había terminado la frase cuando su bolsillo pesaba ya lo mismo que antes.
—No hay duda de que es una botella maravillosa —dijo Keawe.
—Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡que el diablo le acompañe!—dijo el hombre.
—Un momento—dijo Keawe—, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella.
—La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué —replicó el hombre, frotándose las manos—. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único que deseo es perderlo de vista cuanto antes.
Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañará a Keawe hasta la puerta.
Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar. «Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado.» Lo primero que hizo fue contar el dinero, la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares en moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo Keawe. «Veamos otro punto.»
Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera vez y después dobló una esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto.
—Parece que también esto es verdad—dijo Keawe.
La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al empezar.
—Este corcho es distinto de todos los demás—dijo Keawe, e inmediatamente empezó a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo.
Camino del puerto vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. En seguida se le ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió de él al principio, y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa: ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de regatear durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le compró la botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro del escaparate.
—Ahora—dijo Keawe—he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de Chile. En seguida averiguaré la verdad sobre otro punto.
Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había llegado antes que él.
En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka.
—¿Qué te sucede—le preguntó Lopaka—que miras el baúl tan fijamente?
Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto y se lo contó todo.
—Es un asunto muy extraño—dijo Lopaka—, y me temo que vas a tener dificultades con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas.
—No es eso lo que me interesa—dijo Keawe—. Quiero una hermosa casa y un jardín en la costa de Kona donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y tapetes de telas muy finas sobre las mesas, exactamente igual que la casa donde estuve hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos y parientes.
—Bien—dijo Lopaka—, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad, como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.
Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a Honolulu, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente empezó a dar el pésame a Keawe.
—No sé por qué me estás dando el pésame—dijo Keawe.
—¿Es posible que no te hayas enterado—dijo el amigo—de que tu tío, aquel hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha ahogado en el mar?
Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así:
—¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?
—No—dijo Keawe—; en Kaü no: están en la zona de las montañas, un poco al sur de Hookena.
—Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas?—preguntó Lopaka.
—Así es—dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.
—No—dijo Lopaka—; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.
—Si es así—exclamó Keawe—, la botella me hace un flaco servicio matando a mis parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la imaginación.
—La casa, sin embargo, todavía no está construida —dijo Lopaka.
—¡Y probablemente no lo estará nunca!—dijo Keawe—, porque si bien mi tío tenía algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; y el resto de esa tierra es de lava negra.
—Vayamos al abogado—dijo Lopaka—. Porque yo sigo pensando lo mismo.
Al hablar con el abogado se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho enormemente rico en los últimos días y que le dejaba dinero en abundancia.
—¡Ya tienes el dinero para la casa!—exclamó Lopaka.
—Si está usted pensando en construir una casa—dijo el abogado—, aquí está la tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas.
—¡Cada vez mejor! —exclamó Lopaka—. Está todo muy claro. Sigamos obedeciendo órdenes.
De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas sobre la mesa.
—Usted desea algo fuera de lo corriente—dijo el arquitecto—. ¿Qué le parece esto?
Y le pasó a Keawe uno de los dibujos.
Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba exactamente lo que él había visto con la imaginación.
«Esta es la casa que quiero», pensó Keawe. «A pesar de lo poco que me gusta cómo viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas; y luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo.
El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió la pluma e hizo un cálculo; y al terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado.
Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza.
«Está bien claro», pensó Keawe, «que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. Keawe y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían decidido entre ellos que no intervendrían en absoluto, y dejarían que el arquitecto y el diablo de la botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese.
El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración, porque había jurado que no formularía más deseos, ni recibiría más favores del diablo. Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la casa estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para ver la casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea que Keawe tenía en la cabeza.
La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres pisos, con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres.
Las ventanas eran de excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. Muebles de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros con marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas con colores tan brillantes como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su casa. En cuanto a los otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad, relojes con carillón y cajas de música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de ilustraciones, armas muy valiosas de todos los rincones del mundo, y los rompecabezas más elegantes para entretener los ocios de un hombre solitario. Y como nadie querría vivir en semejantes habitaciones, tan sólo pasar por ellas y contemplarlas, los balcones eran tan amplios que un pueblo entero hubiera podido vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no sabía qué era lo que más le gustaba: si el porche de atrás, a donde llegaba la brisa procedente de la tierra y se podían ver los huertos y las flores, o el balcón delantero, donde se podía beber el viento del mar, contemplar la empinada ladera de la montaña y ver al Hall yendo una vez por semana aproximadamente entre Hookena y las colinas de Pele, o a las goletas siguiendo la costa para recoger cargamentos de madera, de ava y de plátanos.
Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche.
—Bien —preguntó Lopaka—, ¿está todo tal como lo habías planeado?
—No hay palabras para expresarlo—contestó Keawe—. Es mejor de lo que había soñado y estoy que reviento de satisfacción.
—Sólo queda una cosa por considerar—dijo Lopaka—; todo esto puede haber sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la mano en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé; pero creo que no deberías negarme una prueba más.
—He jurado que no aceptaré más favores—dijo Keawe—. Creo que ya estoy suficientemente comprometido.
—No pensaba en un favor—replicó Lopaka—. Quisiera ver yo mismo al diablo de la botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y después de eso te compraré la botella.
—Sólo hay una cosa que me da miedo—dijo Keawe—. El diablo puede ser una cosa horrible de ver; y si le pones ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de quedarte con la botella.
—Soy una persona de palabra—dijo Lopaka—. Y aquí dejo el dinero, entre los dos.
—Muy bien —replicó Keawe—. Yo también siento curiosidad. De manera que, vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo.
Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan rápido como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo completamente de noche antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que decir o hallaran la voz para decirlo; luego Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y recogió la botella.
—Soy hombre de palabra —dijo—, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido.
—Lopaka—dijo Keawe—, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a Hookena con Nahinu.
—Keawe—dijo Lopaka—, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar la botella, y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas, todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre con semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora mismo; y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella.
De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro.
Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso y la casa nueva era tan agradable que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía las historias que contaban los periódicos de Honolulu; pero cuando llegaba alguien a verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka-
Hale Nui— la Casa Grande—en todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa que no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía algún barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil.
Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de sus amigos.
Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la mañana siguiente y cabalgó muy deprisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo su hermosa casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de antaño salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio hacía que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco más allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se bañaba a la orilla del mar; parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura la joven había terminado de arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku rojo; el baño la había revigorizado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada más verla Keawe tiró de las riendas a su caballo.
—Creía conocer a todo el mundo en esta zona—dijo él. ¿Cómo es que a ti no te conozco?
—Soy Kokua, hija de Kiano—respondió la muchacha—, y acabo de regresar de Oahu. ¿Quién es usted?
—Te lo diré dentro de un poco—dijo Keawe, desmontando del caballo—, pero no ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera. Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada?
Al oír esto Kokua se echó a reír.
—Parece que es usted quien hace todas las preguntas—dijo ella—. Y usted, ¿está casado?
—No, Kokua, desde luego que no—replicó Keawe—, y nunca he pensado en casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí junto al camino y al ver tus ojos que son como estrellas mi corazón se ha ido tras de ti tan veloz como un pájaro. De manera que si ahora no quieres saber nada de mí, dilo, y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo también, y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con el.
Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír.
—Kokua—dijo Keawe—, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una respuesta favorable; así que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre.
Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero.
Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe llamándolo por su nombre. Al oírlo la muchacha se lo quedó mirando, porque la fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo ocasión de quedarse a solas con la muchacha.
—Kokua —dijo él—, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y muy poco en el hombre que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo cuanto antes.
—No—dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más.
Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron deprisa; pero aunque una flecha vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el blanco. Las cosas habían ido deprisa pero también habían ido lejos y el recuerdo de Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la noche; y Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que cruzaban por el mar.
«Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado», se dijo a sí mismo. «La vida no puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial.»
De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente el criado chino se lo advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino le oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar también mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino estuvo escuchando largo rato, luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si toda iba bien, y Keawe le respondió «Sí», y le mandó que se fuera a la cama, pero ya no se oyó cantar más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino estuvo oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones.
Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, descubrió en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del líquen sobre una roca, y fue entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y supo que estaba atacado del Mal Chino: la lepra.
Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes. Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su amor un día antes y lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora quebrantarse todas sus esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal?
Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera, luego se levantó de un salto dejando escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro, como alguien que está desesperado.
«No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada tan en lo alto, aquí en las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí, lejos de mis antepasados. Pero ¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde?
¡Kokua, la que me ha robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella, quizá nunca más vuelva a verla ni a acariciarla con mano amorosa, esa es la razón, Kokua, ¡por ti me lamento!»
Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua. Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro.
Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se le helara la sangre en las venas.
«Esa botella es una cosa horrible», pensó Keawe, «el diablo también es una cosa horrible y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?».
Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulu. «Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista.»
No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro. Finalmente llego a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor deseo de hablar y permaneció en medio de ellos contemplando la lluvia que caía sobre las casas, y las olas que estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se acumulaban en su garganta.
—Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido—se decían unos a otros. Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario.
Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas, y en la parte delantera viajaban toros de Hilo y caballos de Kaü; pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó, junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón», exclamó Keawe para sí, «arriesgaré mi alma para recobrarte!»
Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula.
Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulu. Keawe bajó en seguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había convertido en propietario de una goleta—no había otra mejor en las islas—y se había marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola-Pola, de manera que no cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy hermosa en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente alquiló un coche y se dirigió a casa del abogado.
La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida.
—¿Qué puedo hacer por usted?—dijo el abogado.
—Usted es amigo de Lopaka—replicó Keawe—, y Lopaka me compró un objeto que quizá usted pueda ayudarme a localizar.
El rostro del abogado se ensombreció.
—No voy a fingir que ignoro de qué me habla, míster Keawe—dijo—, aunque se trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga averiguar algo.
A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor no repetirlo.
Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes personas y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas nuevas muy hermosas y hombres muy satisfechos aunque, claro está, cuando alguien aludía al motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían.
«No hay duda de que estoy en el buen camino», pensaba Keawe. «Esos trajes nuevos y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos rostros satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y han podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color y oiga suspiros, sabré que estoy cerca de la botella.»
Sucedió que finalmente le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las ventanas; y cuando apareció el dueño un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como un cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un hombre en capilla.
«Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en absoluto cuál era su verdadero propósito.
—He venido a comprar la botella—dijo.
Al oír aquellas palabras el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra la pared.
—¡La botella!—susurró—. ¡Comprar la botella!
Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino.
—A su salud—dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época de marinero—.
Sí—añadió—, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que tiene ahora?
Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si fuera un fantasma.
—El precio—dijo—. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio?
—Por eso se lo pregunto—replicó Keawe—. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa? ¿Qué sucede con el precio?
—La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, Mr. Keawe—dijo el joven tartamudeando.
—Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella —dijo Keawe—. ¿Cuánto le costó a usted?
El joven estaba tan blanco como el papel.
—Dos centavos—dijo.
—¿Cómo? —exclamó Keawe—, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla por uno. Y el que la compre... —Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo de la botella se quedarían con él hasta su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del infierno
El joven de Beritania Street se puso de rodillas.
—¡Cómprela, por el amor de Dios!—exclamó—. Puede quedarse también con toda mi fortuna.
Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido; hubiera acabado en la cárcel.
—Pobre criatura—dijo Keawe—; fue usted capaz de arriesgar su alma en una aventura tan desesperada, para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco centavos.
Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad Y, efectivamente, cuando se desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió en tinieblas.
Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo ardiendo en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki-ao-ao, una canción que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el valor.
«Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo.»
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y tan pronto como fue posible se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe, y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos.
Keawe estaba tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente Pero un día, andando por la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos.
—Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua—dijo Keawe—. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz.
—¡Feliz!—exclamó ella—. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?
—Pobre Kokua—dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó—.
Pobre Kokua —dijo de nuevo—. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte.
Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.
—¿Has hecho eso por mí?—exclamó Kokua—. Entonces, ¡qué me importa nada!—y, abrazándole, se echó a llorar.
—¡Querida mía!—dijo Keawe—, sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mí sí que me importa!
—No digas eso—respondió ella—; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte?
—¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia?—exclamó él—. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación.
—Tú no sabes nada—dijo ella—. Yo me eduqué en un colegio de Honolulu; no soy una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has hablado de un centavo? ¿Ignoras que no todos los países tienen dinero americano? En Inglaterra existe una moneda que vale alrededor de medio centavo. ¡Qué lástima! —exclamó en seguida—; eso no lo hace mucho mejor, porque el que comprara la botella se condenaría y ¡no vamos a encontrar a nadie tan valiente como mi Keawe! Pero también está Francia; allí tienen una moneda a la que llaman céntimo y de ésos se necesitan aproximadamente cinco para poder cambiarlos por un centavo.
No encontraremos nada mejor. Vámonos a las islas del Viento; salgamos para Tahití en el primer barco que zarpe. Allí tendremos cuatro céntimos, tres céntimos, dos céntimos y un céntimo: cuatro posibles ventas y nosotros dos para convencer a los compradores. ¡Vamos, Keawe mío!
Bésame y no te preocupes más. Kokua te defenderá.
—¡Regalo de Dios! —exclamó Keawe—. ¡No creo que el Señor me castigue por desear algo tan bueno!
Sea como tú dices; llévame donde quieras: pongo mi vida y mi salvación en tus manos.
Muy de mañana al día siguiente Kokua estaba ya haciendo sus preparativos. Buscó el baúl de marinero de Keawe; primero puso la botella en una esquina; luego colocó sus mejores ropas y los adornos más bonitos que había en la casa.
—Porque—dijo—si no parecemos gente rica, ¿quién va a creer en la botella?
Durante todo el tiempo de los preparativos estuvo tan alegre como un pájaro; sólo cuando miraba en dirección a Keawe los ojos se le llenaban de lágrimas y tenía que ir a besarlo. En cuanto a Keawe, se le había quitado un gran peso de encima; ahora que alguien compartía su secreto y había vislumbrado una esperanza, parecía un hombre distinto: caminaba otra vez con paso ligero y respirar ya no era una obligación penosa. El terror sin embargo no andaba muy lejos; y de vez en cuando, de la misma manera que el viento apaga un cirio, la esperanza moría dentro de él y veía otra vez agitarse las llamas y el fuego abrasador del infierno.
Anunciaron que iban a hacer un viaje de placer por los Estados Unidos: a todo el mundo le pareció una cosa extraña, pero más extraña les hubiera parecido la verdad si hubieran podido adivinarla. De manera que se trasladaron a Honolulu en el Hall y de allí a San Francisco en el Umatilla con muchos haoles; y en San Francisco se embarcaron en el bergantín correo, el Tropic Bird, camino de Papeete, la ciudad francesa más importante de las islas del sur. Llegaron allí, después de un agradable viaje, cuando los vientos alisios soplaban suavemente, y vieron los arrecifes en los que van a estrellarse las olas, y Motuiti con sus palmeras, y cómo el bergantín se adentraba en el puerto, y las casas blancas de la ciudad a lo largo de la orilla entre árboles verdes, y, por encima, las montañas y las nubes de Tahití, la isla prudente.
Consideraron que lo más conveniente era alquilar una casa, y eligieron una situada frente a la del cónsul británico; se trataba de hacer gran ostentación de dinero y de que se les viera por todas partes bien provistos de coches y caballos. Todo esto resultaba fácil mientras tuvieran la botella en su poder, porque Kokua era más atrevida que Keawe y siempre que se le ocurría, llamaba al diablo para que le proporcionase veinte o cien dólares De esta forma pronto se hicieron notar en la ciudad; y los extranjeros procedentes de Hawaii, y sus paseos a caballo y en coche, y los elegantes holokus y los delicados encajes de Kokua fueron tema de muchas conversaciones.
Se acostumbraron a la lengua de Tahití, que es en realidad semejante a la de Hawaii, aunque con cambios en ciertas letras; y en cuanto estuvieron en condiciones de comunicarse, trataron de vender la botella. Hay que tener en cuenta que no era un tema fácil de abordar; no era fácil convencer a la gente de que hablaban en serio cuando les ofrecían por cuatro céntimos una fuente de salud y de inagotables riquezas. Era necesario además explicar los peligros de la botella; y, o bien los posibles compradores no creían nada en absoluto y se echaban a reír, o se percataban sobre todo de los aspectos más sombríos y, adoptando un aire muy solemne, se alejaban de Keawe y de Kokua, considerándolos personas en trato con el demonio. De manera que en lugar de hacer progresos, los esposos descubrieron al cabo de poco tiempo que todo el mundo les evitaba; los niños se alejaban de ellos corriendo y chillando, cosa que a Kokua le resultaba insoportable; los católicos hacían la señal de la cruz al pasar a su lado y todos los habitantes de la isla parecían estar de acuerdo en rechazar sus proposiciones.
Con el paso de los días se fueron sintiendo cada vez más deprimidos. Por la noche, cuando se sentaban en su nueva casa después del día agotador, no intercambiaban una sola palabra y si se rompía el silencio era porque Kokua no podía reprimir más sus sollozos. Algunas veces rezaban juntos; otras colocaban la botella en el suelo y se pasaban la velada contemplando los movimientos de la sombra en su interior. En tales ocasiones tenían miedo de irse a descansar.
Tardaba mucho en llegarles el sueño y si uno de ellos se adormilaba, al despertarse hallaba al otro llorando silenciosamente en la oscuridad o descubría que estaba solo, porque el otro había huído de la casa y de la proximidad de la botella para pasear bajo los bananos en el jardín o para vagar por la playa a la luz de la luna.
Así fue como Kokua se despertó una noche y encontró que Keawe se había marchado. Tocó la cama y el otro lado del lecho estaba frío. Entonces se asustó, incorporándose. Un poco de luz de luna se filtraba entre las persianas. Había suficiente claridad en la habitación para distinguir la botella sobre el suelo. Afuera soplaba el viento y hacía gemir los grandes árboles de la avenida mientras las hojas secas batían en la veranda. En medio de todo esto Kokua tomó conciencia de otro sonido; difícilmente hubiera podido decir si se trataba de un animal o de un hombre, pero sí que era tan triste como la muerte y que le desgarraba el alma. Kokua se levantó sin hacer ruido, entreabrió la puerta y contempló el jardín iluminado por la luna. Allí, bajo los bananos, yacía Keawe con la boca pegada a la tierra y eran sus labios los que dejaban escapar aquellos gemidos.
La primera idea de Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero en seguida comprendió que no debía hacerlo. Keawe se había comportado ante su esposa como un hombre valiente; no estaba bien que ella se inmiscuyera en aquel momento de debilidad. Ante este pensamiento Kokua retrocedió, volviendo otra vez al interior de la casa.
«¡Qué negligente he sido, Dios mío!», pensó. «¡Qué débil! Es él, y no yo, quien se enfrenta con la condenación eterna; la maldición recayó sobre su alma y no sobre la mía. Su preocupación por mi bien y su amor por una criatura tan poco digna y tan incapaz de ayudarle son las causas de que ahora vea tan cerca de sí las llamas del infierno y hasta huela el humo mientras yace ahí fuera, iluminado por la luna y azotado por el viento. ¿Soy tan torpe que hasta ahora nunca se me ha ocurrido considerar cuál es mi deber, o quizá viéndolo he preferido ignorarlo? Pero ahora, por fin, alzo mi alma en manos de mi afecto; ahora digo adiós a la blanca escalinata del paraíso y a los rostros de mis amigos que están allí esperando. ¡Amor por amor y que el mío sea capaz de igualar al de Keawe! ¡Alma por alma y que la mía perezca! »
Kokua era una mujer con gran destreza manual y en seguida estuvo preparada. Cogió el cambio, los preciosos céntimos que siempre tenían al alcance de la mano, porque es una moneda muy poco usada, y habían ido a aprovisionarse a una oficina del Gobierno. Cuando Kokua avanzaba ya por la avenida, el viento trajo unas nubes que ocultaron la luna. La ciudad dormía y la muchacha no sabía hacia dónde dirigirse hasta que oyó una tos que salía de debajo de un árbol.
—Buen hombre —dijo Kokua—, ¿qué hace usted aquí solo en una noche tan fría?
El anciano apenas podía expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de que era viejo y pobre y un extranjero en la isla.
—¿Me haría usted un favor?—dijo Kokua—. De extranjero a extranjera y de anciano a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii?
—Ah—dijo el anciano—. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también quieres perder mi alma. Pero he oído hablar de ti y te aseguro que tu perversidad nada conseguirá contra mí.
—Siéntese aquí—le dijo Kokua—, y déjeme que le cuente una historia.
Y le contó la historia de Keawe desde el principio hasta el fin.
—Y yo soy su esposa—dijo Kokua al terminar—; la esposa que Keawe compró a cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no aceptaría. Pero si va usted, se la dará gustosísimo; me quedaré aquí esperándole: usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el Señor dé fortaleza a una pobre muchacha!
—Si trataras de engañarme —dijo el anciano—, creo que Dios te mataría.
—¡Sí que lo haría!—exclamó Kokua—. No le quepa duda. No podría ser tan malvada. Dios no lo consentiría.
—Dame los cuatro céntimos y espérame aquí—dijo el anciano.
Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle todo su valor desapareció. El viento rugía entre los árboles y a ella le parecía que las llamas del infierno estaban ya a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecían las manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habría echado a correr y de no faltarle el aliento habría gritado; pero fue incapaz de hacer nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada.
Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella.
—He hecho lo que me pediste—dijo al llegar junto a ella—. Tu marido se ha quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche.
Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua.
—Antes de dármela —jadeó Kokua— aprovéchese también de lo bueno: pida verse libre de su tos.
—Soy muy viejo—replicó el otro—, y estoy demasiado cerca de la tumba para aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso dudas?
—¡No, no dudo!—exclamó Kokua—. Pero me faltan las fuerzas. Espere un momento. Es mi mano la que se resiste y mi carne la que se encoge en presencia de ese objeto maldito. ¡Un momento tan sólo!
El anciano miró a Kokua afectuosamente.
—¡Pobre niña! —dijo—; tienes miedo; tu alma te hace dudar. Bueno, me quedaré yo con ella. Soy viejo y nunca más conoceré la felicidad en este mundo, y, en cuanto al otro...
—¡Démela! —jadeó Kokua—. Aquí tiene su dinero. ¿Cree que soy tan vil como para eso? Deme la botella.
—Que Dios te bendiga, hija mía—dijo el anciano.
Kokua ocultó la botella bajo su holoku, se despidió del anciano y echó a andar por la avenida sin preocuparse de saber en qué dirección. Porque ahora todos los caminos le daban lo mismo; todos la llevaban igualmente al infierno. Unas veces iba andando y otras corría; unas veces gritaba y otras se tumbaba en el polvo junto al camino y lloraba. Todo lo que había oído sobre el infierno le volvía ahora a la imaginación, contemplaba el brillo de las llamas, se asfixiaba con el acre olor del humo y sentía deshacerse su carne sobre los carbones encendidos.
Poco antes del amanecer consiguió serenarse y volver a casa. Keawe dormía igual que un niño,
tal como el anciano le había asegurado. Kokua se detuvo a contemplar su rostro.
—Ahora, esposo mío—dijo—, te toca a ti dormir. Cuando despiertes podrás cantar y reír. Pero la pobre Kokua, que nunca quiso hacer mal a nadie, no volverá a dormir tranquila, ni a cantar ni a divertirse.
Después Kokua se tumbó en la cama al lado de Keawe y su dolor era tan grande que cayó al instante en un sopor profundísimo.
Su esposo se despertó ya avanzada la mañana y le dio la buena noticia. Era como si la alegría lo hubiera trastornado, porque no se dio cuenta de la aflicción de Kokua, a pesar de lo mal que ella la disimulaba. Aunque las palabras se le atragantaran, no tenía importancia; Keawe se encargaba de decirlo todo. A la hora de comer no probó bocado, pero ¿quién iba a darse cuenta?, porque Keawe no dejó nada en su plato. Kokua lo veía y le oía como si se tratara de un mal sueño; había veces en que se olvidaba o dudaba y se llevaba las manos a la frente; porque saberse condenada y escuchar a su marido hablando sin parar de aquella manera le resultaba demasiado monstruoso.
Mientras tanto Keawe comía y charlaba, hacía planes para su regreso a Hawaii, le daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decía que en realidad el milagro era obra suya. Luego Keawe empezó a reírse del viejo que había sido lo suficientemente estúpido como para comprar la botella.
—Parecía un anciano respetable—dijo Keawe—. Pero no se puede juzgar por las apariencias, porque ¿para qué necesitaría la botella ese viejo réprobo?
—Esposo mío—dijo Kokua humildemente—, su intención puede haber sido buena.
Keawe se echó a reír muy enfadado.
—¡Tonterías! —exclamó acto seguido—. Un viejo pícaro, te lo digo yo; y estúpido por añadidura.
Ya era bien difícil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres será completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler a chamusquina... —dijo Keawe, estremeciéndose—. Es cierto que yo la compré por un centavo cuando no sabía que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo hacer una cosa así; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga ahora esa botella se la llevará consigo a la tumba.
—¿No es una cosa terrible, esposo mío dijo Kokua—, que la salvación propia signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podría tomarlo a broma. Creo que me sentiría abatido y lleno de melancolía. Rezaría por el nuevo dueño de la botella.
Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras de Kokua.
—¡Tonterías! —exclamó—. Puedes sentirte llena de melancolía si así lo deseas. Pero no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco en mí, tendría que darte vergüenza.
Luego salió y Kokua se quedó sola.
¿Qué posibilidades tenía ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba cuenta de que no tenía ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahí estaba su marido empeñado en devolverla a toda prisa a un país donde no había ninguna moneda inferior al centavo. Y ahí estaba su marido abandonándola y recriminándola a la mañana siguiente después de su sacrificio.
Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras volvía a esconderla llena de aborrecimiento.
A la larga Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche.
—Estoy enferma, esposo mío—dijo ella—. No tengo ganas de nada. Perdóname, pero no me divertiría.
Esto hizo que Keawe se enfadara todavía más con ella, porque creía que le entristecía el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenía razón y se avergonzaba de ser tan feliz.
—¡Eso es lo que piensas de verdad—exclamó—, y ése es el afecto que me tienes! Tu marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu amor y ¡tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal.
Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el día por la ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron un coche para ir al campo y allí siguieron bebiendo.
Uno de los que bebían con Keawe era un brutal haole ya viejo que había sido contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás; y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de ellos le quedaba más dinero.
—¡Eh, tú! —dijo el contramaestre—, siempre estás diciendo que eres rico. Que tienes una botella o alguna tontería parecida.
—Si—dijo Keawe—, soy rico; volveré a la ciudad y le pediré algo de dinero a mi mujer, que es la que lo guarda.
—Ese no es un buen sistema, compañero—dijo el contramaestre—. Nunca confíes tu dinero a una mujer. Son todas tan falsas como Judas; no la pierdas de vista.
Aquellas palabras impresionaron mucho a Keawe porque la bebida le había enturbiado el cerebro.
«No me extrañaría que fuera falsa», pensó. «¿Por qué tendría que entristecerle tanto mi liberación? Pero voy a demostrarle que a mí no se me engaña tan fácilmente. La pillaré in fraganti.
De manera que cuando regresaron a la ciudad, Keawe le pidió al contramaestre que le esperara en la esquina junto a la cárcel vieja, y él siguió solo por la avenida hasta la puerta de su casa. Era otra vez de noche; dentro había una luz, pero no se oía ningún ruido. Keawe dio la vuelta a la casa, abrió con mucho cuidado la puerta de atrás y miró dentro.
Kokua estaba sentada en el suelo con la lámpara a su lado; delante había una botella de color lechoso, con una panza muy redonda y un cuello muy largo; y mientras la contemplaba, Kokua se retorcía las manos.
Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol. Después se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las mejillas
«Tengo que asegurarme de esto», pensó.
De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se sobresaltó como alguien que se despierta.
—He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día —dijo Keawe—. He encontrado unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo a por más dinero para seguir bebiendo y corriéndonos la gran juerga.
Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba demasiado preocupada para darse cuenta.
—Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío —dijo ella con voz temblorosa.
—Ya sé que hago bien en todo—dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y cogiendo el dinero. Pero también miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero la botella no estaba allí.
Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía», pensó; «es ella la que ha comprado la botella.»
Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo.
—Kokua—dijo Keawe—, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros—añadió, riendo sin mucho entusiasmo—. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.
Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras ríos de lágrimas corrían por sus mejillas.
—¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! exclamó ella.
—Ojalá que nunca volvamos a pensar mal el uno del otro—dijo Keawe; acto seguido volvió a marcharse.
Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo de seguir bebiendo.
Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa.
En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.
—Mi mujer tiene la botella—dijo Keawe—, y si no me ayudas a recuperarla, se habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.
—¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio?—exclamó el contramaestre.
—Pongámonos bajo el farol—dijo Keawe—. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?
—Debe de ser cierto—dijo el contramaestre—, porque estás tan serio como si vinieras de un
entierro.
—Escúchame, entonces—dijo Keawe—; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará inmediatamente. Tráemela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía.
—Compañero, ¿no te estarás burlando de mí?—quiso saber el contramaestre.
—Nada malo te sucedería aunque fuera así—respondió Keawe.
—Tienes razón, compañero—dijo el contramaestre.
—Y si dudas de mí—añadió Keawe—puedes hacer la prueba. Tan pronto como salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás en seguida el poder de la botella.
—Muy bien, kanaka—dijo el contramaestre—. Haré la prueba; pero si te estás divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una barra de hierro.
De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo. Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba llena del amargor de la desesperación.
Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba, cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció en seguida la voz del contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar mucho más borracho que antes.
El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo iluminado.
—Ya veo que la has conseguido—dijo Keawe.
—¡Quietas las manos! —gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás—. Si te acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es cierto?
—¿Qué significa esto?—exclamó Keawe.
—¿Qué significa? —repitió el contramaestre—. Que esta botella es una cosa extraordinaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a dar por uno.
—¿Quieres decir que no la vendes?—jadeó Keawe.
—¡Claro que no!—exclamó el contramaestre—. Pero te dejaré echar un trago de ron, si quieres.
—Has de saber—dijo Keawe—que el hombre que tiene esa botella terminará en el infierno.
—Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas —replicó el marinero—; y esta botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! —exclamó de nuevo—; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra.
—¿Es posible que sea verdad todo esto?—exclamó Keawe—. ¡Por tu propio bien, te lo ruego, véndemela!
—No me importa nada lo que digas—replicó el contramaestre—. Me tomaste por tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!
Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella desaparece de esta historia.
Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus días en la Casa Resplandeciente.
Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889.

domingo, 16 de marzo de 2008

EL CERRO DE LOS ELFOS --Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen
EL CERRO DE LOS ELFOS


Varios lagartos gordos corrían con pie ligero por las grietas de un viejo árbol; se
entendían perfectamente, pues hablaban todos la lengua lagarteña.

- ¡Qué ruido y alboroto en el cerro de los ellos! -dijo un lagarto-. Van ya dos noches que
no me dejan pegar un ojo. Lo mismo que cuando me duelen las muelas, pues tampoco
entonces puedo dormir.

- Algo pasa allí adentro -observó otro-. Hasta que el gallo canta, a la madrugada,
sostienen el cerro sobre cuatro estacas rojas, para que se ventile bien, y sus muchachas
han aprendido nuevas danzas. ¡Algo se prepara!

- Sí -intervino un tercer lagarto-. He hecho amistad con una lombriz de tierra que venía de
la colina, en la cual había estado removiendo la tierra día y noche. Oyó muchas cosas.

Ver no puede, la infeliz, pero lo que es palpar y oír, en esto se pinta sola. Resulta que en
el cerro esperan forasteros, forasteros distinguidos, pero, quiénes son éstos, la lombriz se
negó a decírmelo, acaso ella misma no lo sabe. Han encargado a los fuegos fatuos que
organicen una procesión de antorchas, como dicen ellos, y todo el oro y la plata que hay
en el cerro - y no es poco - lo pulen y exponen a la luz de la luna.

- ¿Quiénes podrán ser esos forasteros? -se preguntaban los lagartos-. ¿Qué diablos debe
suceder? ¡Oíd, qué manera de zumbar!

En aquel mismo momento se partió el montículo, y una señorita elfa, vieja y anticuada,
aunque por lo demás muy correctamente vestida, salió andando a pasitos cortos. Era el
ama de llaves del anciano rey de los elfos, estaba emparentada de lejos con la familia
real y llevaba en la frente un corazón de ámbar. ¡Movía las piernas con una agilidad!: trip,
trip. ¡Vaya modo de trotar! Y marchó directamente al pantano del fondo, a la vivienda del
chotacabras.

- Están ustedes invitados a la colina esta noche -dijo-. Pero quisiera pedirles un gran
favor, si no fuera molestia para ustedes. ¿Podrían transmitir la invitación a los demás?

Algo deben hacer, ya que ustedes no ponen casa. Recibimos a varios forasteros ilustres,
magos de distinción; por eso hoy comparecerá el anciano rey de los elfos.

- ¿A quién hay que invitar? -preguntó el chotacabras.

- Al gran baile pueden concurrir todos, incluso las personas, con tal que hablen
durmiendo o sepan hacer algo que se avenga con nuestro modo de ser. Pero en nuestra
primera fiesta queremos hacer una rigurosa selección; sólo asistirán personajes de la
más alta categoría. Hasta disputé con el Rey, pues yo no quería que los fantasmas
fuesen admitidos. Ante todo, hay que invitar al Viejo del Mar y a sus hijas. Tal vez no les
guste venir a tierra seca, pero les prepararemos una piedra mojada para asiento o quizás
algo aún mejor; supongo que así no tendrán inconveniente en asistir, siquiera por esta
vez. Queremos que vengan todos los viejos trasgos de primera categoría, con cola, el
Genio del Agua y el Duende y, a mi entender, no debemos dejar de lado al Cerdo de la
Tumba, al Caballo de los Muertos y al Enano de la Iglesia, todos los cuales pertenecen al
elemento clerical y no a nuestra clase. Pero ése es su oficio; por lo demás, están
emparentados de cerca con nosotros y nos visitan con frecuencia.

- ¡Muy bien! -dijo el chotacabras, emprendiendo el vuelo para cumplir el encargo.

Las doncellas elfas bailaban ya en el cerro, cubiertas de velos, y lo hacían con tejidos de
niebla y luz de la luna, de un gran efecto para los aficionados a estas cosas. En el centro
de la colina, el gran salón había sido adornado primorosamente; el suelo, lavado con luz
de luna, y las paredes, frotadas con grasa de bruja, por lo que brillaban como hojas de
tulipán. En la colina había, en el asador, gran abundancia de ranas, pieles de caracol
rellenas de dedos de niño y ensaladas de semillas de seta y húmedos hocicos de ratón
con cicuta, cerveza de la destilería de la bruja del pantano, amén de fosforescente vino
de salitre de las bodegas funerarias. Todo muy bien presentado. Entre los postres
figuraban clavos oxidados y trozos de ventanal de iglesia.

El anciano Rey mandó bruñir su corona de oro con pizarrín machacado (entiéndase
pizarrín de primera); y no se crea que le es fácil a un rey de los elfos procurarse pizarrín
de primera. En el dormitorio colgaron cortinas, que fueron pegadas con saliva de
serpiente. Se comprende, pues, que hubiera allí gran ruido y alboroto.

- Ahora hay que sahumar todo esto con orines de caballo y cerdas de puerco; entonces
yo habré cumplido con mi tarea -dijo la vieja señorita.

- ¡Dulce padre mío! -dijo la hija menor, que era muy zalamera-, ¿no podría saber quiénes
son los ilustres forasteros?

- Bueno -respondió el Rey, tendré que decírtelo. Dos de mis hijas deben prepararse para
el matrimonio; dos de ellas se casarán sin duda. El anciano duende de allá en Noruega,
el que reside en la vieja roca de Dovre y posee cuatro palacios acantilados de feldespato
y una mina de oro mucho más rica de lo que creen por ahí, viene con sus dos hijos, que
viajan en busca de esposa. El duende es un anciano nórdico, muy viejo y respetable,
pero alegre y campechano. Lo conozco de hace mucho tiempo, desde un día en que
brindamos fraternalmente con ocasión de su estancia aquí en busca de mujer. Ella murió;
era hija del rey de los Peñascos gredosos de Möen. Tomó una mujer de yeso, como
suele decirse. ¡Ah, y qué ganas tengo de ver al viejo duende nórdico! Dicen que los
chicos son un tanto mal criados e impertinentes; pero quizás exageran. Tiempo tendrán
de sentar la cabeza. A ver si sabéis portaros con ellos en forma conveniente.

- ¿Y cuándo llegan? -preguntó una de las hijas.

- Eso depende del tiempo que haga -respondió el Rey. Viajan en plan económico.

Aprovechan las oportunidades de los barcos. Yo habría querido que fuesen por Suecia,
pero el viejo se inclinó del otro lado. No sigue las mudanzas de los tiempos, y esto no se
lo perdono.

En esto llegaron saltando dos fuegos fatuos, uno de ellos más rápido que su compañero;
por eso llegó antes.

- ¡Ya vienen, ya vienen! -gritaron los dos.

- ¡Dadme la corona y dejad que me ponga a la luz de la luna! -ordenó el Rey.

Las hijas, levantándose los velos, se inclinaron hasta el suelo. Entró el anciano duende
de Dovre con su corona de tarugos de hielo duro y de abeto pulido. Formaban el resto de
su vestido una piel de oso y grandes botas, mientras los hijos iban con el cuello
descubierto y pantalones sin tirantes, pues eran hombres de pelo en pecho.

- ¿Esto es una colina? -preguntó el menor, señalando el cerro de los elfos-. En Noruega
lo llamaríamos un agujero.

- ¡Muchachos! -les riñó el viejo-. Un agujero va para dentro, y una colina va para arriba.

¿No tenéis ojos en la cabeza?

Lo único que les causaba asombro, dijeron, era que comprendían la lengua de los otros
sin dificultad.

- ¡Es para creer que os falta algún tornillo! -refunfuñó el viejo. Entraron luego en la
mansión de los elfos, donde se había reunido la flor y nata de la sociedad, aunque de
manera tan precipitada, que se hubiera dicho que el viento los habla arremolinado; y para
todos estaban las cosas primorosamente dispuestas. Las ondinas se sentaban a la mesa
sobre grandes patines acuáticos, y afirmaban que se sentían como en su casa. En la
mesa todos observaron la máxima corrección, excepto los dos duendecitos nórdicos, los
cuales llegaron hasta poner las piernas encima. Pero estaban persuadidos de que a ellos
todo les estaba bien.

- ¡Fuera los pies del plato! -les gritó el viejo duende, y ellos obedecieron, aunque a
regañadientes. A sus damas respectivas les hicieron cosquillas con piñas de abeto que
llevaban en el bolsillo; luego se quitaron las botas para estar más cómodos y se las
dieron a guardar. Pero el padre, el viejo duende de Dovre, era realmente muy distinto.


jueves, 13 de marzo de 2008

El fantasma de Canterville de Oscar Wilde

El fantasma de Canterville de Oscar Wilde

I

Cuando míster Hiram B. Otis , el ministro de América, compró Canterville-Chase,
todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad, porque la finca estaba
embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se
creyó en el deber de participárselo a míster Otis, cuando llegaron a discutir las
condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en absoluto a vivir en
ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la duquesa de Bolton, tuvo un desmayo,
del que nunca se repuso por completo, motivado por el espanto que experimentó al
sentir que dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, estando vistiéndose
para cenar. Me creo en el deber de decirle, míster Otis, que el fantasma ha sido visto
por varios miembros de mi familia, que viven actualmente, así como por el rector de
la parroquia, el reverendo Augusto Dampier, agregado del King's College, de Oxford.
Después del trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso
quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a causa de los
ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la biblioteca.
-Milord -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma, bajo inventario.
Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo cuanto el dinero es capaz de
proporcionar, y esos mozos nuestros, jóvenes y avispados, que recorren de parte a
parte el viejo continente, que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores
"prima donnas", estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en
Europa vendrán a buscarlo enseguida para colocarlo en uno de nuestros museos
públicos o para pasearle por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quizá se
resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de ustedes. Hace más de tres siglos
que se le conoce. Data, con precisión, de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de
mostrarse nunca cuando está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville. Amigo mío, un
fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan
excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente son ustedes muy naturales en América -dijo lord Canterville, que no
acababa de comprender la última observación de míster Otis-. Ahora bien: si le gusta
a usted tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo
le previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su
familia emprendieron el viaje a Canterville.
Mistres Otis, que con el nombre de miss Lucrecia R. Tappan, de la calle West, 52,
había sido una ilustre «beldad» de Nueva York, era todavía una mujer guapísima, de
edad regular, con unos ojos hermosos y un perfil soberbio.
Muchas damas americanas, cuando abandonan su país natal, adoptan aires de
persona atacada de una enfermedad crónica, y se figuran que eso es uno de los sellos
de distinción de Europa; pero mistress Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y hubiese podido
citársela en buena lid para sostener la tesis de que lo tenemos todo en común con
América hoy día, excepto la lengua, como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres, en un
momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un muchacho rubio, de
bastante buena figura, que se había erigido en candidato a la diplomacia, dirigiendo
un cotillón en el casino de Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en
Londres pasaba por ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era
perfectamente sensato.
Miss Virginia E. Otis era una muchachita de quince años, esbelta y graciosa como un
cervatillo, con un bonito aire de despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su "poney" derrotó una vez en carreras al
viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque, ganándole por caballo y medio,
precisamente frente a la estatua de Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan
delirante en el joven duque de Cheshire, que la propuso acto continuo el matrimonio,
y sus tutores tuvieron que expedirle aquella misma noche a Elton, bañado en
lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con el nombre de
Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos
de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más próxima,
míster Otis telegrafió que fueran a buscarle en coche descubierto, y emprendieron la
marcha en medio de la mayor alegría. Era una noche encantadora de julio, en que el
aire estaba aromado de olor a pinos.
De cuando en cuando oíase a una paloma arrullándose con su voz más dulce, o
entreveíase, entre la maraña y el fru-fru de los helechos, la pechuga de oro bruñido de
algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos
corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados herbosos,
levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el cielo se cubrió
repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una
gran bandada de cornejas cruzó calladamente por encima de sus cabezas, y antes de
que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirles una vieja, pulcramente vestida de seda
negra, con cofia y delantal blancos.
Era mistress Umney, el ama de gobierno que mistress Otis, a vivos requerimientos
de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a tierra, y dijo, con un
singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
La siguieron, atravesando un hermoso hall, de estilo Túdor, hasta la biblioteca, largo
salón espacioso que terminaba en un ancho ventanal acristalado.
Estaba preparado el té.
Luego, una vez que se quitaron los trajes de viaje, sentáronse todos y se pusieron a
cureosear en torno suyo, mientras mistress Umney iba de un lado para el otro.
De pronto, la mirada de mistress Otis cayó sobre una mancha de un rojo oscuro que
había sobre el pavimento, precisamente al lado de la chimenea y, sin darse cuenta de
sus palabras, dijo a mistress Umney:
-Veo que han vertido algo en ese sitio.
-Sí, señora -contestó mistress Umney en voz baja-. Ahí se ha vertido sangre.
-¡Es espantoso! -exclamó mistress Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón.
Es preciso quitar eso inmediatamente.
La vieja sonrió, y con la misma voz baja y misteriosa, respondió:
-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su
propio marido, sir Simón de Canterville, en mil quinientos sesenta y cinco.
Sir Simón la sobrevivió nueve años, desapareciendo de repente en circunstancias
misteriosísimas. Su cuerpo no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue
embrujando la casa. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por
otras personas, pero quitarla, imposible.
-Todo eso son tonterías -exclamó Washington Otis-. El producto «quitamanchas», el
limpiador incomparable del «campeón Pinkerton» hará desaparecer eso en un abrir y
cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de gobierno, aterrada, pudiera intervenir, ya se había
arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de una sustancia
parecida al cosmético negro.
A los pocos instantes la mancha había desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sabía yo que el "Pinkerton" la borraría -exclamó en tono triunfal, paseando una
mirada circular sobre su familia, llena de admiración.
Pero apenas había pronunciado esas palabras, cuando un relámpago formidable
iluminó la estancia sombría, y el retumbar del trueno levantó a todos, menos a
mistress Umney, que se desmayó.
-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo un largo
veguero-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de gente, que no hay buen
tiempo bastante para todo el mundo. Siempre opiné que lo mejor que pueden hacer
los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replicó mistress Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se
desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. Así no se volverá a desmayar.
En efecto, mistress Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, veíase que estaba
conmovida hondamente, y con voz solemne advirtió a mistress Otis que debía
esperarse algún disgusto en la casa.
-Señores, he visto con mis propios ojos algunas cosas... que pondrían los pelos de
punta a cualquier cristiano. Y durante noches y noches no he podido pegar los ojos a
causa de los hechos terribles que pasaban.
A pesar de lo cual, míster Otis y su esposa aseguraron vivamente a la buena mujer
que no tenían miedo ninguno de los fantasmas.
La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de la Providencia
sobre sus nuevos amos y de arreglárselas para que le aumentasen el salario, se retiró a
su habitación renqueando.

II

La tempestad se desencadenó durante toda la noche, pero no produjo nada
extraordinario.
Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a almorzar, encontraron de nuevo la
terrible mancha sobre el entarimado.
-No creo que tenga la culpa el «limpiador sin rival» -dijo Washington-, pues lo he
ensayado sobre toda clase de manchas. Debe de ser cosa del fantasma.
En consecuencia, borró la mancha, después de frotar un poco.
Al otro día, por la mañana, había reaparecido.
Y, sin embargo, la biblioteca permanecía cerrada la noche anterior, llevándose arriba
la llave mistress Otis.
Desde entonces, la familia empezó a interesarse por aquello.
Míster Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado dogmático
negando la existencia de los fantasmas.
Mstress Otis expresó su intención de afiliarse a la Sociedad Psíquica, y Washington
preparó una larga carta a míster Myers y Podmone, basada en la persistencia de las
manchas de sangre cuando provienen de un crimen.
Aquella noche disipó todas las dudas sobre la existencia objetiva de los fantasmas.
La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un paseo en coche.
Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena.
La conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que
faltaban hasta las condiciones más elementales de «espera» y de «receptibilidad»
que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos.
Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por mistress Otis, fueron
simplemente los habituales en la conversación de los americanos cultos que
pertenecen a las clases elevadas, como, por ejemplo, la inmensa superioridad de miss
Janny Davenport sobre Sarah Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar
maíz verde, galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la
importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las ventajas del
sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros, y la dulzura del acento
neoyorquino, comparado con el dejo de Londres.
No se trató para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la menor alusión indirecta a sir
Simón de Canterville.
A las once, la familia se retiró. A las doce y media estaban apagadas todas las luces.
Poco después, míster Otis se despertó con un ruido singular en el corredor, fuera de
su habitación. Parecía un ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más.
Se levantó en el acto, encendió la luz y miró la hora.
Era la una en punto.
Míster Otis estaba perfectamente tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada
alterado.
El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar de unos
pasos.
Míster Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito alargado de su tocador y abrió la
puerta.
Y vio frente a él, en el pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible.
Sus ojos parecían carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones
revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en
jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas y unos
grilletes herrumbrosos.
-Mi distinguido señor -dijo míster Otis-, permítame que le ruegue vivamente que se
engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella del engrasador
"Tammany-Sol-Levante". Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta
hay varios certificados de nuestros teólogos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a
dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en
proporcionarle más, si así lo desea.
Dicho lo cual el ministro de los Estados Unidos dejó el frasquito sobre una mesa de
mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la cama.
El fantasma de Canterville permaneció algunos minutos inmóvil de indignación.
Después, tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo encerado y huyó por el
corredor, lanzando gruñidos cavernosos y despidiendo una extraña luz verde.
Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abrió de repente una
puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa
almohada le rozó la cabeza.
Evidentemente, no había tiempo que perder; así es que, utilizando como medio de
fuga la cuarta dimensión del espacio, se desvaneció a través del estuco, y la casa
recobró su tranquilidad.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar
aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación.
Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue
injuriado tan groseramente.
Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, estando
mirándose al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a
quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones histéricas, sólo con hacerlas
visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector
de la parroquia, cuya vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la
biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda
clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac, que, al despertarse
a medianoche, le vio sentado en un sillón, al lado de la lumbre, en forma de
esqueleto, entretenido en leer el diario que redactaba ella de su vida, y que de resultas
de la impresión tuvo que guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque
cerebral. Una vez curada se reconcilió con la iglesia y rompió toda clase de
relaciones con el señalado escéptico monsieur de Voltaire.
Recordó igualmente la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado
agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la garganta, viéndose
obligado a confesar que por medio de aquella carta había timado la suma de diez mil
libras a Carlos Fos, en casa de Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar
el fantasma.
Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente.
Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto
una mano verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield, condenada a
llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la señal de cinco
dedos, impresos como un hierro candente sobre su blanca piel, y que terminó por
ahogarse en el vivero que había al extremo de la Avenida Real.
Y, lleno del entusiasmo ególatra del verdadero artista, pasó revista a sus creaciones
más célebres.
Se dedicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de «Rubén el
Rojo», o «el rorro estrangulado», su "debut" en el «Gibeén, el Vampiro flaco del
páramo de Bevley», y el furor que causó una tarde encantadora de junio sólo con
jugar a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de hierba de "lawn-tennis".
¿Y todo para qué? ¡Para que unos miserables americanos le ofreciesen el engrasador
marca "Sol-Levante" y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable.
Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado ningún fantasma de aquella
manera.
Llegó a la conclusión de que era preciso tomarse la revancha, y permaneció hasta el
amanecer en actitud de profunda meditación.

III

Cuando a la mañana siguiente el almuerzo reunió a la familia Otis, se discutió
extensamente acerca del fantasma.
El ministro de los Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido viendo
que su ofrecimiento no había sido aceptado.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma -dijo -, y reconozco
que, dada la larga duración de su estancia en la casa, no era nada cortés tirarle una
almohada a la cabeza...
Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó una explosión de risa
en los gemelos.
-Pero, por otro lado -prosiguió míster Otis-, si se empeña, sin más ni más, en no
hacer uso del engrasador marca "Sol-Levante", nos veremos precisados a quitarle las
cadenas. No habría manera de dormir con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.
Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados.
Lo único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la mancha de
sangre sobre el "parquet" de la biblioteca.
Era realmente muy extraño, tanto más cuanto que mistress Otis cerraba la puerta con
llave por la noche, igual que las ventanas.
Los cambios de color que sufría la mancha, comparables a los de un camaleón,
produjeron asimismo frecuentes comentarios en la familia.
Una mañana era de un rojo oscuro, casi violáceo; otras veces era bermellón; luego,
de un púrpura espléndido, y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos
de la libre iglesia episcopal reformada de América, la encontraron de un hermoso
verde esmeralda.
Como era natural, estos cambios kaleidoscópicos divirtieron grandemente a la
reunión y hacíanse apuestas todas las noches con entera tranquilidad.
La única persona que no tomó parte en la broma fue la joven Virginia.
Por razones ignoradas, sentíase siempre impresionada ante la mancha de sangre,
y estuvo a punto de llorar la mañana que apareció verde esmeralda.
El fantasma hizo su aparición el domingo por la noche. Al poco tiempo de estar
todos ellos acostados, les alarmó un enorme estrépito que se oyó en el "hall".
Bajaron apresuradamente, y se encontraron con que una armadura completa se había
desprendido de su soporte, cayendo sobre las losas.
Cerca de allí, sentado en un sillón de alto respaldo, el fantasma de Canterville se
restregaba las rodillas, con una expresión de agudo dolor sobre su rostro.
Los gemelos, que se habían provisto de sus cañas de majuelos, le lanzaron
inmediatamente dos huesos, con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a
fuerza de largos y pacientes ejercicios sobre el profesor de caligrafía.
Mientras tanto, el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la
amenaza de su revólver, y, conforme a la etiqueta californiana, le instaba a levantar
los brazos.
El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y se disipó en
medio de ellos, como una niebla, apagando de paso la vela de Washington Otis y
dejándolos a todos en la mayor oscuridad.
Cuando llegó a lo alto de la escalera, una vez dueño de sí, se decidió a lanzar su
célebre repique de carcajadas satánicas.
Contaba la gente que aquello hizo encanecer en una sola noche el peluquín de lord
Raker. Y que no necesitaron más de tres sucesivas amas de gobierno para decidirse a
«dimitir» antes de terminar el primer mes en su cargo.
Por consiguiente, lanzó una carcajada más horrible, despertando paulatinamente los
ecos en las antiguas bóvedas; pero, apagados éstos, se abrió una puerta y apareció,
vestida de azul claro, mistress Otis.
-Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto, y aquí le traigo un frasco de la
tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indigestión, esto le sentará bien.
El fantasma la miró con ojos llameantes de furor y se creyó en el deber de
metamorfosearse en un gran perro negro.
Era un truco que le había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía la
idiotez incurable del tío de lord Canterville, el honorable Tomás Horton.
Pero un ruido de pasos que se acercaban le hizo vacilar en su cruel determinación, y
se contentó con volverse un poco fosforescente.
En seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, porque los
gemelos iban a darle alcance.
Una vez en su habitación sintióse destrozado, presa de la agitación más violenta.
La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de mistress Otis, todo aquello
resultaba realmente vejatorio; pero lo que más le humillaba era no tener ya fuerzas
para llevar una armadura.
Contaba con hacer impresión aun en unos americanos modernos, con hacerles
estremecer a la vista de un espectro acorazado, ya que no por motivos razonables, al
menos por deferencia hacia su poeta nacional Longfellow, cuyas poesías, delicadas y
atrayentes, habíanle ayudado con frecuencia a matar el tiempo, mientras los
Canterville estaban el Londres.
Además, era su propia armadura. La llevó con éxito en el torneo de Kenilworth,
siendo felicitado calurosamente por la Reina-Virgen en persona.
Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado por completo con el peso de la enorme
coraza y del yelmo de acero. Y se desplomó pesadamente sobre las losas de piedra,
despellejándose las rodillas y contusionándose la muñeca derecha.
Durante varios días estuvo malísimo y no pudo salir de su morada más que lo
necesario para mantener en buen estado la mancha de sangre.
No obstante lo cual, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y decidió hacer una
tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los Estados Unidos y a su familia.
Eligió para su reaparición en escena el viernes 17 de agosto, consagrando gran parte
del día a pasar revista a sus trajes.
Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada por un lado y caída del
otro, con una pluma roja; en un sudario deshilachado por las mangas y el cuello y,
por último, en un puñal mohoso.
Al atardecer estalló una gran tormenta. El viento era tan fuerte que sacudía y cerraba
violentamente las puertas y ventanas de la vetusta casa. Realmente aquél era el
tiempo que le convenía. He aquí lo que pensaba hacer:
Iría sigilosamente a la habitación de Washington Otis, le musitaría unas frases
ininteligibles, quedándose al pie de la cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal
en la garganta, a los sones de una música apagada.
Odiaba sobre todo a Washington, porque sabía perfectamente que era él quien
acostumbraba quitar la famosa mancha de sangre de Canterville, empleando el
«limpiador incomparable de Pinkerton».
Después de reducir al temerario, al despreocupado joven, entraría en la habitación
que ocupaba el ministro de los Estados Unidos y su mujer.
Una vez allí, colocara una mano viscosa sobre la frente de mistress Otis, y al mismo
tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído del ministro tembloroso, los secretos
terribles del osario.
En cuanto a la pequeña Virginia, aún no tenía decidido nada. No lo había insultado
nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que saliesen del armario,
le parecían más que suficientes, y si no bastaban para despertarla, llegaría hasta
tirarla de la puntita de la nariz con sus dedos rígidos por la parálisis.
A los gemelos estaba resuelto a darles una lección: lo primero que haría sería
sentarse sobre sus pechos, con el objeto de producirles la sensación de pesadilla.
Luego, aprovechando que sus camas estaban muy juntas, se alzaría en el espacio libre
entre ellas, con el aspecto de un cadáver verde y frío como el hielo, hasta que se
quedaran paralizados de terror. En seguida, tirando bruscamente su sudario, daría la
vuelta al dormitorio en cuatro patas, como un esqueleto blanqueado por el tiempo,
moviendo los ojos de sus órbitas, en su creación de «Daniel el Mudo, o el esqueleto
del suicida», papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones. Creía estar tan
bien en éste como en su otro papel de «Martín el Demente o el misterio
enmascarado».
A las diez y media oyó subir a la familia a acostarse.
Durante algunos instantes le inquietaron las tumultuosas carcajadas de los gemelos,
que se divertían evidentemente, con su loca alegría de colegiales, antes de meterse en
la cama.
Pero a las once y cuarto todo quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las
doce se puso en camino.
La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El cuervo crascitaba en el
hueco de un tejo centenario y el viento gemía vagando alrededor de la casa, como un
alma en pena; pero la familia Otis dormía, sin sospechar la suerte que le esperaba.
Oía con toda claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos,
que dominaban el ruido de la lluvia y de la tormenta.
Se deslizó furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba sobre
su boca cruel y arrugada, y la luna escondió su rostro tras una nube cuando pasó
delante de la gran ventana ojival, sobre la que estaban representadas, en azul y oro,
sus propias armas y las de su esposa asesinada.
Seguía andando siempre, deslizándose como una sombra funesta, que parecía hacer
retroceder de espanto a las mismas tinieblas en su camino.
En un momento dado le pareció oír que alguien le llamaba: se detuvo, pero era tan
sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja.
Prosiguió su marcha, refunfuñando extraños juramentos del siglo XVI, y blandiendo
de cuando en cuando el puñal enmohecido en el aire de medianoche.
Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la habitación de Washington.
Allí hizo una breve parada.
El viento agitaba en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en
pliegues grotescos y fantásticos el horror indecible del fúnebre sudario.
Sonó entonces el cuarto en el reloj.
Comprendió que había llegado el momento.
Se dedicó una risotada y dio la vuelta a la esquina. Pero apenas lo hizo retrocedió,
lanzando un gemido lastimero de terror y escondiendo su cara lívida entre sus largas
manos huesosas.
Frente a él había un horrible espectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como
la pesadilla de un loco.
La cabeza del espectro era pelada y reluciente; su faz, redonda, carnosa y blanca; una
risa horrorosa parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a
oleadas una luz escarlata, la boca tenía el aspecto de un ancho pozo de fuego, y una
vestidura horrible, como la de él, como la del mismo Simón, envolvía con su nieve
silenciosa aquella forma gigantesca.
Sobre el pecho tenía colgado un cartel con una inscripción en caracteres extraños y
antiguos.
Quizá era un rótulo infamante, donde estaban escritos delitos espantosos, una terrible
lista de crímenes.
Tenía, por último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplandeciente.
Como no había visto nunca fantasmas hasta aquél día, sintió un pánico terrible, y,
después de lanzar a toda prisa una segunda mirada sobre el monstruo atroz, regresó a
su habitación, trompicando en el sudario que le envolvía.
Cruzó la galería corriendo, y acabó por dejar caer el puñal enmohecido en las botas
de montar del ministro, donde lo encontró el mayordomo al día siguiente.
Una vez refugiado en su retiro, se desplomó sobre un reducido catre de tijera,
tapándose la cabeza con las sábanas. Pero, al cabo de un momento, el valor
indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de
hablar al otro fantasma en cuanto amaneciese.
Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas con su contacto, volvió al sitio en
que había visto por primera vez al horroroso fantasma.
Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno sólo, y que con
ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero
cuando llegó al sitio hallóse en presencia de un espectáculo terrible.
Sucedíale algo indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por
completo de sus órbitas.
La cimitarra centelleante se había caído de su mano y estaba recostado sobre la pared
en una actitud forzada e incómoda.
Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror
viendo despegarse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la
posición supina, y notó que abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que
yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía.
Sin poder comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el
cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:
HE-AQUÍ-EL-FANTASMA-OTIS
EL-ÚNICO-ESPÍRITU-AUTÉNTICO-Y-VERDADERO
¡DESCONFIAD-DE-LAS-IMITACIONES!
TODOS-LOS-DEMÁS-ESTÁN-FALSIFICADOS!

Y la entera verdad se le apareció como un relámpago.
¡Había sido burlado, chasqueado, engañado!
La expresión característica de los Canterville reapareció en sus ojos, apretó las
mandíbulas desdentadas y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas,
juró, según el ritual pintoresco de la antigua escuela, «que cuando el gallo tocara por
dos veces el cuerno de su alegre llamada se consumarían sangrientas hazañas, y el
crimen, de callado paso, saldría de su retiro».
No había terminado de formular este juramento terrible, cuando de una alquería
lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un gallo.
Lanzó una larga risotada, lenta y amarga, y esperó. Esperó una hora, y después otra;
pero por alguna razón misteriosa no volvió a cantar el gallo.
Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las criadas le obligó a abandonar su
terrible guardia y regresó a su morada, con altivo paso, pensando en su juramento
vano y en su vano proyecto fracasado.
Una vez allí consultó varios libros de caballería, cuya lectura le interesaba
extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cantó siempre dos veces en
cuantas ocasiones se recurrió a aquel juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese animal volátil! -murmuró-. ¡En otro tiempo hubiese
caído sobre él con mi buena lanza, atravesándole el cuello y obligándole a cantar otra
vez para mí, aunque reventara!
Y dicho esto se retiró a su confortable caja de plomo, y allí permaneció hasta la
noche.

IV

Al día siguiente el fantasma se sintió muy débil, muy cansado.
Las terribles emociones de las cuatro últimas semanas empezaban a producir su
efecto.
Tenía el sistema nervioso completamente alterado, y temblaba al más ligero ruido.
No salió de su habitación en cinco días, y concluyó por hacer una concesión en lo
relativo a la mancha de sangre del "parquet" de la biblioteca. Puesto que la familia
Otis no quería verla, era indudablemente que no la merecía. Aquella gente estaba
colocada a ojos vistas en un plano inferior de vida material y era incapaz de apreciar
el valor simbólico de los fenómenos sensibles.
La cuestión de las apariciones de fantasmas y el desenvolvimiento de los cuerpos
astrales era realmente para ellos cosa desconocida e indiscutiblemente fuera de su
alcance.
Pero, por lo menos, constituía para él un deber ineludible mostrarse en el corredor
una vez a la semana y farfullar por la gran ventana ojival el primero y el tercer
miércoles de cada mes. No veía ningún medio digno de sustraerse a aquella
obligación.
Verdad es que su vida fue muy criminal; pero, quitado eso, era hombre muy
concienzudo en todo cuanto se relacionaba con lo sobrenatural.
Así, pues, los tres sábados siguientes atravesó, como de costumbre, el corredor entre
doce de la noche y tres de la madrugada, tomando todas las precauciones posibles
para no ser visto ni oído.
Se quitaba las botas, pisaba lo más ligeramente que podía sobre las viejas maderas
carcomidas, envolvíase en una gran capa de terciopelo negro, y no dejaba de usar el
engrasador "Sol-Levante" para engrasar sus cadenas. Me veo precisado a reconocer
que sólo después de muchas vacilaciones se decidió a adoptar este último medio de
protección. Pero, al fin, una noche, mientras cenaba la familia, se deslizó en el
dormitorio de mistress Otis y se llevó el frasquito.
Al principio se sintió un poco humillado, pero después fue suficientemente razonable
para comprender que aquel invento merecía grandes elogios y cooperaba, en cierto
modo, a la realización de sus proyectos.
A pesar de todo, no se vio a cubierto de matracas.
No dejaban nunca de tenderle cuerdas de lado a lado del corredor para hacer tropezar
en la oscuridad, y una vez que se había disfrazado para el papel de «Isaac el Negro o
el cazador del bosque de Hogsley», cayó cuan largo era al poner el pie sobre una
pista de maderas enjabonadas que habían colocado los gemelos desde el umbral del
salón de Tapices hasta la parte alta de la escalera de roble.
Esta última afrenta le dio tal rabia, que decidió hacer un esfuerzo para imponer su
dignidad y consolidar su posición social, y formó el proyecto de visitar a la noche
siguiente a los insolentes chicos de Eton, en su célebre papel de «Ruperto el
Temerario o el conde sin cabeza».
No se había mostrado con aquel disfraz desde hacía sesenta años, es decir, desde que
causó con él tal pavor a la bella lady Bárbara Modish, que ésta retiró su
consentimiento al abuelo de actual lord Canterville y se fugó a Gretna Green con el
arrogante Jach Castletown, jurando que por nada del mundo consentiría en
emparentar con una familia que toleraba los paseos de un fantasma tan horrible por la
terraza, al atardecer.
El pobre Jack fue al poco tiempo muerto en duelo por lord Canterville en la pradera
de Wandsworth, y lady Bárbara murió de pena en Tumbridge Wells antes de terminar
el año; así es que fue un gran éxito por todos conceptos.
Sin embargo, era, permitiéndome emplear un término de argot teatral para aplicarlo a
uno de los mayores misterios del mundo sobrenatural (o en lenguaje más científico),
«del mundo superior a la Naturaleza», era, repito, una creación de las más difíciles, y
necesitó sus tres buenas horas para terminar los preparativos.
Por fin, todo estuvo listo, y él contentísimo de su disfraz.
Las grandes botas de montar, que hacían juego con el traje, eran, eso sí, un poco
holgadas para él, y no pudo encontrar más que una de las dos pistolas del arzón; pero,
en general, quedó satisfechísimo, y a la una y cuarto pasó a través del estuco y bajó a
corredor.
Cuando estuvo cerca de la habitación ocupada por los gemelos, a la que llamaré el
dormitorio azul, por el color de sus cortinajes, se encontró con la puerta entreabierta.
A fin de hacer una entrada sensacional, la empujó con violencia, pero se le vino
encima una jarra de agua que le empapó hasta los huesos, no dándole en el hombro
por unos milímetros.
Al mismo tiempo oyó unas risas sofocadas que partían de la doble cama con dosel.
Su sistema nervioso sufrió tal conmoción, que regresó a sus habitaciones a todo
escape, y al día siguiente tuvo que permanecer en la cama con un fuerte reúma.
El único consuelo que tuvo fue el de no haber llevado su cabeza sobre los hombros,
pues sin esto las consecuencias hubieran podido ser más graves.
Desde entonces renunció para siempre a espantar a aquella recia familia de
americanos, y se limitó a vagar por el corredor, con zapatillas de orillo, envuelto el
cuello en una gruesa bufanda, por temor a las corrientes de aire, y provisto de un
pequeño arcabuz, para el caso en que fuese atacado por los gemelos.
Hacia el 19 de septiembre fue cuando recibió el golpe de gracia.
Había bajado por la escalera hasta el espacioso "hall", seguro de que en aquel sitio
por lo menos estaba a cubierto de jugarretas, y se entretenía en hacer observaciones
satíricas sobre las grandes fotografías del ministro de los Estados Unidos y de su
mujer, hechas en casa de Sarow.
Iba vestido sencilla, pero decentemente, con un largo sudario salpicado de moho de
cementerio. Habíase atado la quijada con una tira de tela y llevaba una linternita y
una azadón de sepulturero.
En una palabra, iba disfrazado de «Jonás el Desenterrador, o el ladrón de cadáveres
de Cherstey Barn».
Era una de sus creaciones más notables y de las que guardaban recuerdo, con más
motivo, los Canterville, ya que fue la verdadera causa de su riña con lord Rufford,
vecino suyo.
Serían próximamente las dos y cuarto de la madrugada, y, a su juicio, no se movía
nadie en la casa. Pero cuando se dirigía tranquilamente en dirección a la biblioteca,
para ver lo que quedaba de la mancha de sangre, se abalanzaron hacia él, desde un
rincón sombrío, dos siluetas, agitando locamente sus brazos sobre sus cabezas,
mientras gritaban a su oído:
-¡Uú! ¡Uú! ¡Uú!
Lleno de pánico, cosa muy natural en aquellas circunstancias, se precipitó hacia la
escalera, pero entonces se encontró frente a Washington Otis, que le esperaba armado
con la regadera del jardín; de tal modo, que, cercado por sus enemigos, casi
acorralado, tuvo que evaporarse en la gran estufa de hierro colado, que,
afortunadamente para él, no estaba encendida, y abrirse paso hasta sus habitaciones
por entre tubos y chimeneas, llegando a su refugio en el tremendo estado en que lo
pusieron la agitación, el hollín y la desesperación.
Desde aquella noche no volvió a vérsele nunca de expedición nocturna.
Los gemelos se quedaron muchas veces en acecho para sorprenderle, sembrando de
cáscara de nuez los corredores todas las noche, con gran molestia de sus padres y
criados. Pero fue inútil.
Su amor propio estaba profundamente herido, sin duda, y no quería mostrarse.
En vista de ello, míster Otis se puso a trabajar en su gran obra sobre la historia del
partido demócrata, obra que había empezado tres años antes.
Mistress Otis organizó un "clam-bake" extraordinario, del que se habló en toda la
comarca.
Los niños se dedicaron a jugar a la barra, al ecarté, al "poker" y a otras diversiones
nacionales de América.
Virginia dio paseos a caballo por las carreteras, en compañía del duquesito de
Cheshire, que se hallaba en Canterville pasando su última semana de vacaciones.
Todo el mundo se figuraba que el fantasma había desaparecido, hasta el punto de
que míster Otis escribió una carta a lord Canterville para comunicárselo, y recibió en
contestación otra carta en la que éste le testimoniaba el placer que le producía la
noticia y enviaba sus más sinceras felicitaciones a la digna esposa del ministro.
Pero los Otis se equivocaban.
El fantasma seguía en la casa, y, aunque se hallaba muy delicado, no estaba
dispuesto a retirarse, sobre todo después de saber que figuraba entre los invitados el
duquesito de Cheshire, cuyo tío, lord Francis Stilton, apostó una vez con el coronel
Carbury a que jugaría a los dados con el fantasma de Canterville.
A la mañana siguiente se encontraron a lord Stilton tendido sobre el suelo del salón
de juego en un estado de parálisis tal que, a pesar de la edad avanzada que alcanzó,
no pudo ya nunca pronunciar más palabras que éstas:
-¡Seis doble!
Esta historia era muy conocida en un tiempo, aunque, en atención a los sentimientos
de dos familias nobles, se hiciera todo lo posible por ocultarla, y existe un relato
detallado de todo lo referente a ella en el tomo tercero de las "Memorias de lord
Tattle sobre el Príncipe Regente y sus amigos".
Desde entonces, el fantasma deseaba vivamente probar que no había perdido su
influencia sobre los Stilton, con los que además estaba emparentado por matrimonio,
pues una prima suya se casó en segundas nupcias con el señor Bulkeley, del que
descienden en línea directa, como todo el mundo sabe, los duques de Cheshire.
Por consiguiente, hizo sus preparativo para mostrarse al pequeño enamorado de
Virginia en su famoso papel de «Fraile vampiro, o el benedictino desangrado».
Era un espectáculo espantoso, que cuando la vieja lady Starbury se lo vio
representar, es decir en víspera del Año Nuevo de 1764, empezó a lanzar chillidos
agudos, que tuvieron por resultado un fuerte ataque de apoplejía y su fallecimiento al
cabo de tres días, no sin que desheredara antes a los Canterville y legase todo su
dinero a su farmacéutico en Londres.
Pero, a última hora, el terror que le inspiraban los gemelos le retuvo en su
habitación, y el duquesito durmió tranquilo en el gran lecho con dosel coronado de
plumas del dormitorio real, soñando con Virginia.

V

Virginia y su adorador de cabello rizado dieron, unos días después, un paseo a
caballo por los prados de Brockley, paseo en el que ella desgarró su vestido de
amazona al saltar un seto, de tal manera que, de vuelta a su casa, entró por la escalera
de detrás para que no la viesen.
Al pasar corriendo por delante de la puerta del salón de Tapices, que estaba abierta
de par en par, le pareció ver a alguien dentro.
Pensó que sería la doncella de su madre, que iba con frecuencia a trabajar a esa
habitación.
Asomó la cabeza para encargarle que le cosiese el vestido.
¡Pero, con gran sorpresa suya, quien allí estaba era el fantasma de Canterville en
persona!
Habíase acomodado ante la ventana, contemplando el oro llameante de los árboles
amarillentos que revoloteaban por el aire, las hojas enrojecidas que bailaban
locamente a lo largo de la gran avenida.
Tenía la cabeza apoyada en una mano, y toda su actitud revelaba el desaliento más
profundo.
Realmente presentaba un aspecto tan abrumado, tan abatido, que la pequeña
Virginia, en vez de ceder a su primer impulso, que fue echar a correr a encerrarse en
su cuarto, se sintió llena de compasión y tomó el partido de ir a consolarle.
Tenía la muchacha un paso tan ligero y él una melancolía tan honda, que no se dio
cuenta de su presencia hasta que le habló.
-Lo he sentido mucho por usted -dijo-, pero mis hermanos regresan mañana a Eton, y
entonces, si se porta usted bien nadie le atormentará.
-Es inconcebible pedirme que me porte bien -le respondió, contemplando
estupefacto a la jovencita que tenía la audacia de dirigirle la palabra-.
Perfectamente inconcebible. Es necesario que yo sacuda mis cadenas, que gruña por
los agujeros de las cerraduras y que corretee de noche. ¿Eso es lo que usted llama
portarse mal? No tengo otra razón de ser.
-Eso no es una razón de ser. En sus tiempos fue usted muy malo ¿sabe? Mistress
Umney nos dijo el día que llegamos que usted mató a su esposa.
-Sí, lo reconozco -respondió incautamente el fantasma-. Pero era un asunto de
familia y nadie tenía que meterse.
-Está muy mal matar a nadie -dijo Virginia, que a veces adoptaba un bonito gesto de
gravedad puritana, heredado quizás de algún antepasado venido de Nueva Inglaterra.
-¡Oh, no puedo sufrir la severidad barata de la moral abstracta! Mi mujer era feísima.
No almidonaba nunca lo bastante mis puños y no sabía nada de cocina.
Mire usted: un día había yo cazado un soberbio ciervo en los bosques de Hogsley, un
hermoso macho de dos años. ¡Pues no puede usted figurarse cómo me lo sirvió!
Pero, en fin, dejemos eso. Es asunto liquidado, y no encuentro nada bien que sus
hermanos me dejasen morir de hambre, aunque yo la matase.
-¡Que lo dejaran morir de hambre! ¡Oh señor fantasma...! Don Simón, quiero decir,
¿es que tiene usted hambre? Hay un "sandwich" en mi costurero. ¿Le gustaría?
-No, gracias, ahora ya no como; pero, de todos modos, lo encuentro amabilísimo por
su parte. ¡Es usted bastante más atenta que el resto de su horrible, arisca, ordinaria y
ladrona familia!
-¡Basta! -exclamó Virginia, dando con el pie en el suelo-. El arisco, el horrible y el
ordinario lo es usted. En cuanto a lo de ladrón, bien sabe usted que me ha robado mis
colores de la caja de pinturas para restaurar esa ridícula mancha de sangre en la
biblioteca. Empezó usted por coger todos mis rojos, incluso el bermellón,
imposibilitándome para pintar puestas de sol. Después agarró usted el verde
esmeralda y el amarillo cromo. Y, finalmente, sólo me queda el añil y el blanco. Así
es que ahora no puedo hacer más que claros de luna, que da grima ver, e
incomodísimos, además, de colorear. Y no le he acusado, aún estando fastidiada y a
pesar de que todas esa cosas son completamente ridículas. ¿Se ha visto alguna vez
sangre color verde esmeralda...?
-Vamos a ver -dijo el fantasma, con cierta dulzura-: ¿y qué iba yo a hacer? Es
dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse sangre de verdad, y ya que su
hermano empezó con su quitamanchas incomparable, no veo por qué no iba yo a
emplear los colores de usted para resistir. En cuanto al tono, es cuestión de gusto.
Así, por ejemplo, los Canterville tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en
Inglaterra... Aunque ya sé que ustedes los americanos no hacen el menor caso de esas
cosas.
-No sabe usted nada, y lo mejor que puede hacer es emigrar, y así se formará idea de
algo. Mi padre tendrá un verdadero gusto en proporcionarle un pasaje gratuito, y
aunque haya derechos de puertas elevadísimos sobre toda clase de cosas, no no le
pondrán dificultades en la Aduana. Y una vez en Nueva York, puede usted contar con
un gran éxito. Conozco infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener
antepasados y que sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma de
«familia».
-Creo que no me divertiría mucho en América.
-Quizás se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente
Virginia.
-¡Qué curiosidades ni qué ruinas! -contestó el fantasma-. Tienen ustedes su Marina y
sus modales.
-Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de
vacaciones.
-¡No se vaya, miss Virginia, se lo suplico! -exclamó el fantasma-. Estoy tan solo y
soy tan desgraciado, que no sé que hacer. Quisiera ir a acostarme y no puedo.
-Pues es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y apagar la luz.
Algunas veces es dificilísimo permanecer despierto, sobre todo en una iglesia, pero,
en cambio, dormir es muy sencillo. Ya ve usted: los gemelos saben dormir
admirablemente, y no son de los más listos.
-Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemente, haciendo que
Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules, llenos de asombro-. Hace ya
trescientos años que no duermo, así es que me siento cansadísimo.
Virginia adoptó un grave continente, y sus finos labios se movieron como pétalos de
rosa.
Se acercó y arrodillándose al lado del fantasma, contempló su rostro envejecido y
arrugado.
-Pobrecito fantasma -profirió a media voz -, ¿y no hay ningún sitio donde pueda
usted dormir?
-Allá lejos, pasando el pinar -respondió él en voz baja y soñadora -, hay un
jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden verse las grandes estrellas
blancas de la cicuta, allí el ruiseñor canta toda la noche. Canta toda la noche, y la
luna de cristal helado deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante
sobre los durmientes.
Los ojos de Virginia se empañaron de lágrimas y sepultó la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jardín de la Muerte -murmuró -.
-¡Sí, de la muerte; ¡que debe ser hermosa! ¡Descansar en la blanda tierra oscura,
mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silencio!
No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y de la vida; morar en paz. Usted
puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque
el amor le acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y durante unos
instantes hubo un gran silencio.
Parecíale vivir un sueño terrible.
Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros
del viento:
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la
biblioteca?
-¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ojos -. La conozco muy
bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene
más que éstos seis versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar
una oración de los labios del pecador,
cuando el almendro estéril dé fruto
y una niña deje correr su llanto,
entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad
y volverá la paz a Canterville.
Pero no sé lo que significan.
-Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo
lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y
entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se
apoderará de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas
murmurarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la
pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.
Virginia no contestó, y el fantasma retorcíase las manos en la violencia de su
desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada.
De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor en los ojos.
-No tengo miedo -dijo con voz firme - y rogaré al ángel que se apiade de usted.
Levantóse el fantasma de su asiento lanzando un débil grito de alegría, cogió la
blonda cabeza entre sus manos, con una gentileza que recordaba los tiempos pasados,
y la besó.
Sus dedos estaban fríos como hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero
Virginia no flaqueó; después la hizo atravesar la estancia sombría. Sobre el tapiz, de
un verde apagado, estaban bordados unos pequeños cazadores.
Soplaban en sus cuerpos adornados de flecos y con sus lindas manos hacíanle gestos
de que retrocediese.
-Vuelve sobre tus pasos, Virginia. ¡Vete, vete! -gritaban.
Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más fuerza, y ella cerró
los ojos para no verlos.
Horribles animales de colas de lagarto y de ojazos saltones parpadearon
maliciosamente en las esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja:
-Ten cuidado, Virginia, ten cuidado. Podríamos no volver a verte.
Pero el fantasma apresuró el paso y Virginia no oyó nada.
Cuando llegaron al extremo de la estancia, el viejo se detuvo, murmurando unas
palabras que ella no comprendió. Volvió Virginia a abrir los ojos y voy disiparse el
muro lentamente, como una neblina, y abrirse ante ella una negra caverna.
Un áspero y helado viento les azotó, sintiendo la muchacha que la tiraban del
vestido.
-De prisa, de prisa -gritó el fantasma -, o será demasiado tarde.
Y en el mismo momento, el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de
Tapices quedó desierto.

VI

Diez minutos después sonó la campana para el té y Virginia no bajó.
Mistress Otis envió a uno de los criados a buscarla.
No tardó en volver, diciendo que no había podido descubrir a miss Virginia por
ninguna parte.
Como la muchacha tenía la costumbre de ir todas las tardes al jardín a recoger flores
para la cena, mistress Otis no se inquietó lo más leve. Pero sonaron las seis y Virginia
no aparecía.
Entonces su madre se sintió seriamente intranquila y envió a sus hijos en su busca,
mientras ella y su marido recorrían todas las habitaciones de la casa.
A las seis y media volvieron los gemelos, diciendo que no habían encontrado huellas
de su hermana por parte alguna.
Entonces se conmovieron todos extraordinariamente, y nadie sabía qué hacer,
cuando míster Otis recordó de repente que pocos días antes habían permitido
acampar en el parque de una tribu de gitanos.
Así es que salió inmediatamente para Blackfell-Hollow, acompañado de su hijo
mayor y de dos de sus criados de la granja.
El duquesito de Cheshire, completamente loco de inquietud, rogó con insistencia a
míster Otis que lo dejase acompañarle, mas éste se negó temiendo algún jaleo.
Pero cuando llegó al sitio en cuestión vio que los gitanos se habían marchado.
Se dieron prisa a huir, sin duda alguna, pues el fuego ardía todavía y quedaban platos
sobre la hierba.
Después de mandar a Washington y a los dos hombres que registrasen los
alrededores, se apresuró a regresar y envió telegramas a todos los inspectores de
Policía del condado, rogándoles buscasen a una joven raptada por unos vagabundos o
gitanos.
Luego hizo que le trajeran su caballo, y después de insistir para que su mujer y sus
tres hijos se sentaran a la mesa, partió con un "groom" por el camino de Ascot.
Había recorrido apenas dos millas, cuando oyó un galope a su espalda.
Se volvió, viendo al duquesito que llegaba en su "poney", con la cara sofocada y la
cabeza descubierta.
-Lo siento muchísimo -le dijo el joven con voz entrecortada -, pero me es imposible
comer mientras Virginia no aparezca. Se lo ruego: no se enfade conmigo. Si nos
hubiera permitido casarnos el año último, no habría pasado esto nunca. No me
rechaza usted, ¿verdad? ¡No puedo ni quiero irme!
El ministro no pudo menos que dirigir una sonrisa a aquel mozo guapo y
atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por Virginia.
Inclinándose sobre su caballo, le acarició los hombros bondadosamente, y le dijo:
-Pues bien, Cecil: ya que insiste usted en venir, no me queda más remedio que
admitirle en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarle un sombrero en Ascot.
-¡Al diablo sombreros! ¡Lo que quiero es Virginia! -exclamó el duquesito, riendo.
Y acto seguido galoparon hasta la estación.
Una vez allí, míster Otis preguntó al jefe si no habían visto en el andén de salida a
una joven cuyas señas correspondiesen con las de Virginia, pero no averiguó nada
sobre ella.
No obstante lo cual, el jefe de la estación expidió telegramas a las estaciones del
trayecto, ascendentes y descendentes, y le prometió ejercer una vigilancia minuciosa.
En seguida, después de comprar un sombrero para el duquesito en una tienda de
novedades que se disponía a cerrar, míster Otis cabalgó hasta Bexley, pueblo situado
cuatro millas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado por los gitanos.
Hicieron levantarse al guarda rural, pero no pudieron conseguir ningún dato de él.
Así es que, después de atravesar la plaza, los dos jinetes tomaron otra vez el camino
de casa, llegando a Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el
corazón desgarrado por la inquietud.
Se encontraron allí con Washington y los gemelos, esperándolos a la puerta con
linternas, porque la avenida estaba muy oscura.
No se había descubierto la menor señal de Virginia. Los gitanos fueron alcanzados
en el prado de Brockley, pero no estaba la joven entre ellos.
Explicaron la prisa de su marcha, diciendo que habían equivocado el día en que
debía celebrarse la feria de Chorton y que el temor de llegar demasiado tarde les
obligó a darse prisa.
Además, parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues estaban
agradecidísimos a míster Otis por haberles permitido acampar en su parque.
Cuatro de ellos de quedaron detrás para tomar parte en las pesquisas.
Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la finca en todos los sentidos
pero no consiguieron nada.
Era evidente que Virginia estaba perdida, al menos por aquella noche, y fue con un
aire de profundo abatimiento como entraron en casa míster Otis y los jóvenes,
seguidos del "groom", que llevaba de las bridas al caballo y al "poney".
En el "hall" encontráronse con el grupo de criados, llenos de terror.
La pobre mistress Otis estaba tumbada sobre un sofá de la biblioteca, casi loca de
espanto y de ansiedad, y la vieja ama de gobierno le humedecía la frente con agua de
colonia.
Fue una comida tristísima.
No se hablaba apenas, y hasta los mismos gemelos parecían despavoridos y
consternados, pues querían mucho a su hermana.
Cuando terminaron, míster Otis, a pesar de los ruegos del duquesito, mandó que todo
el mundo se acostase, ya que no podía hacer cosa alguna aquella noche; al día
siguiente telegrafiaría a Scotland Yard para que pusieran inmediatamente varios
detectives a su disposición.
Pero he aquí que en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las doce
en reloj de la torre.
Apenas acababan de extinguirse las vibraciones de la última campanada, cuando
oyóse un crujido acompañado de un grito penetrante.
Un trueno formidable bamboleó la casa, una melodía, que no tenía nada de terrenal,
flotó en el aire. Un lienzo de la pared se despegó bruscamente en lo alto de la
escalera, y sobre el rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia, llevando en la
mano una cajita.
Inmediatamente se precipitaron todos hacia ella.
Mistress Otis la estrechó apasionadamente contra su corazón.
El duquesito casi la ahogó con la violencia de sus besos, y los gemelos ejecutaron
una danza de guerra salvaje alrededor del grupo.
-¡Ah...! ¡Hija mía! ¿Dónde te habías metido? -dijo míster Otis, bastante enfadado,
creyendo que les había querido dar una broma a todos ellos-. Cecil y yo hemos
registrado toda la comarca en busca tuya, y tu madre ha estado a punto de morirse de
espanto. No vuelvas a dar bromitas de ese género a nadie.
-¡Menos al fantasma, menos al fantasma! -gritaron los gemelos, continuando sus
cabriolas.
-Hija mía querida, gracias a Dios que te hemos encontrado; ya no nos volveremos a
separar -murmuraba mistress Otis, besando a la muchacha, toda trémula, y
acariciando sus cabellos de oro, que se desparramaban sobre sus hombros.
-Papá -dijo dulcemente Virginia-, estaba con el fantasma. Ha muerto ya. Es preciso
que vayáis a verle. Fue muy malo, pero se ha arrepentido sinceramente de todo lo que
había hecho, y antes de morir me ha dado esta caja de hermosas joyas.
Toda la familia la contempló muda y aterrada, pero ella tenía un aire muy solemne y
muy serio.
En seguida, dando media vuelta, les precedió a través del hueco de la pared y
bajaron a un corredor secreto.
Washington los seguía llevando una vela encendida, que cogió de la mesa. Por fin,
llegaron a una gran puerta de roble erizada de recios clavos.
Virginia la tocó, y entonces la puerta giró sobre sus goznes enormes y se hallaron en
una habitación estrecha y baja, con el techo abovedado, y que tenía una ventanita.
Junto a una gran argolla de hierro empotrada en el muro, con la cual estaba
encadenado, veíase un largo esqueleto, extendido cuan largo era sobre las losas.
Parecía estirar sus dedos descarnados, como intentando llegar a un plato y a un
cántaro, de forma antigua, colocados de tal forma que no pudiese alcanzarlos.
El cántaro había estado lleno de agua, indudablemente, pues tenía su interior
tapizado de moho verde.
Sobre el plato no quedaba más que un montón de polvo.
Virginia se arrodilló junto al esqueleto, y, uniendo sus manitas, se puso a rezar en
silencio, mientras la familia contemplaba con asombro la horrible tragedia cuyo
secreto acababa de ser revelado.
-¡Atiza! -exclamó de pronto uno de los gemelos, que había ido a mirar por la
ventanita, queriendo adivinar de qué lado del edificio caía aquella habitación-.
¡Atiza! El antiguo almendro, que estaba seco, ha florecido. Se ven admirablemente
las hojas a la luz de la luna.
-¡Dios le ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico
resplandor parecía iluminar su rostro.
-¡Eres un ángel! -exclamó el duquesito, ciñéndole el cuello con sus brazos y
besándola.

VII

Cuatro días después de estos curiosos sucesos, a eso de las once de la noche, salía
un fúnebre cortejo de Canterville-House.
El carro iba arrastrado por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba
adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se balanceaban.
La caja, de plomo, iba cubierta con un rico paño de púrpura, sobre el cual estaban
bordadas en oro las armas de los Canterville.
A cada lado del carro y de los coches marchaban los criados llevando antorchas
encendidas.
Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e impresionante.
Lord Canterville presidía el duelo; había venido del país de Gales expresamente para
asistir al entierro, y ocupaba el primer coche, con la pequeña Virginia.
Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y detrás, Washington y
los dos muchachos.
En el último coche iba mistress Umney. Todo el mundo convino en que, después de
haber sido atemorizada por el fantasma, por espacio de más de cincuenta años, tenía
realmente derecho de verle desaparecer para siempre.
Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, precisamente bajo el tejo
centenario, y dijo las últimas oraciones, del modo más patético, el reverendo Augusto
Dampier.
Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando encima de ella una
gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rojas.
En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con
sus silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el canto de un
ruiseñor.
Virginia recordó la descripción que le hizo el fantasma del jardín de la Muerte; sus
ojos se llenaron de lágrimas y apenas pronunció una palabra durante el regreso.
A la mañana siguiente, antes que lord Canterville partiese para la ciudad, mistress
Otis conferenció con él respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia.
Eran soberbias, magníficas.
Había, sobre todo, un collar de rubíes, en una antigua montura veneciana, que era un
espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal cantidad que míster
Otis sentía vivos escrúpulos en permitir a su hija que se quedase con ellas.
-Milord -dijo el ministro-, sé que en éste país se aplica la mano muerta lo mismo a
los objetos menudos que a las tierras, y es evidente, evidentísimo para mí, que estas
joyas deben quedar en poder de usted como legado de familia. Le ruego, por tanto,
que consienta en llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte
de su herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En cuanto a
mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco
interés por estas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmente por mistress Otis,
cuya autoridad no es despreciable en cosas de arte, dicho sea de paso, pues ha tenido
la suerte de pasar varios inviernos en Boston, siendo muchacha, que esas piedras
preciosas tienen un gran valor monetario, y que si se pusieran en venta producirían
una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville, reconocerá usted,
indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ningún miembro de
la familia. Además de que todos esos "bibelots" y todos esos juguetes, por muy
apreciados y necesitados que sean a la dignidad de la aristocracia británica, estarían
fuera de lugar entre personas educadas según los severos principios, pudiera decirse,
de la sencillez republicana. Quizá me atrevería a asegurar que Virginia tiene gran
interés en que la deje usted la cajita que encierra esas joyas, en recuerdo de las
locuras y el infortunio del antepasado. Y como esa caja está muy vieja y, por
consiguiente, deterioradísima, quizá encuentre usted razonable acoger
favorablemente su petición. En cuanto a mí, confieso que me sorprende grandemente
ver a uno de mis hijos demostrar interés por una cosa de la Edad Media, y la única
explicación que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, al poco
tiempo de regresar mistress Otis de una excursión a Atenas.
Lord Canterville escuchó imperturbable el discurso del digno ministro, atusándose
de cuando en cuando su bigote gris, para ocultar una sonrisa involuntaria.
Una vez que hubo terminado míster Otis, le estrechó cordialmente la mano, y
contestó:
-Mi querido amigo, su encantadora hijita ha prestado un servicio importantísimo a
mi desgraciado antecesor. Mi familia y yo la estamos reconocidísimos por su
maravilloso valor y por la sangre fría que ha demostrado. Las joyas le pertenecen, sin
duda alguna, y creo, a fe mía, que si tuviese yo la suficiente insensibilidad para
quitárselas, el viejo tunante saldría de su tumba al cabo de quince días para
infernarme la vida. En cuanto a que sean joyas de familia, no podrían serlo sino
después de estar especificadas como tales en un testamento, en forma legal, y la
existencia de estas joyas permaneció siempre ignorada. Le aseguro que son tan mías
como de su mayordomo. Cuando miss Virginia sea mayor, sospecho que le encantará
tener cosas tan lindas que llevar. Además, míster Otis, olvida usted que adquirió
usted el inmueble y el fantasma bajo inventario.
De modo que todo lo que pertenece al fantasma le pertenece a usted. A pesar de las
pruebas de actividad que ha dado sir Simón por el corredor, no por eso deja de estar
menos muerto, desde el punto de vista legal, y su compra le hace a usted dueño de lo
que le pertenecía a él.
Míster Otis se quedó muy preocupado ante la negativa de lord Canterville, y le rogó
que reflexionara nuevamente su decisión; pero el excelente par se mantuvo firme y
terminó por convencer al ministro de que aceptase el regalo del fantasma.
Cuando, en la primavera de 1890, la duquesita de Cheshire fue presentada por
primera vez en la recepción de la reina, con motivo de su casamiento, sus joyas
fueron motivo de general admiración. Porque Virginia fue agraciada con el tortil o
lambrequín de baronía, que se otorga como recompensa a todas las americanitas
juiciosas, y se casó con su novio en cuanto éste tuvo edad para ello.
Eran ambos tan agradables y se amaban de tal modo, que a todo el mundo le encantó
ese matrimonio, menos a la vieja marquesa de Dumbleton, que venía haciendo todo
lo posible por atrapar al duquesito y casarle con una de sus siete hijas.
Para conseguirlo dio lo menos tres grandes comidas costosísimas.
Cosa rara: míster Otis sentía una gran simpatía personal por el duquesito, pero
teóricamente era enemigo del «particularismo», y, según sus propias palabras, «era
de temer que, entre las influencias debilitantes de una aristocracia ávida de placer,
fueran olvidados por Virginia los verdaderos principios de la sencillez republicana».
Pero nadie hizo caso de sus observaciones, y cuando avanzó por la nave lateral de la
iglesia de San Jorge, en Hannover Square, llevando a su hija del brazo, no había
hombre más orgulloso en toda Inglaterra.
Después de la luna de miel, el duque y la duquesa regresaron a Canterville-Chase, y
al día siguiente de su llegada, por la tarde, fueron a dar una vuelta por el cementerio
solitario próximo al pinar.
Al principio le preocupó mucho lo relativo a la inscripción que debía grabarse sobre
la losa fúnebre de sir Simón, pero concluyeron por decidir que se pondrían
simplemente las iniciales del viejo gentilhombre y los versos escritos en la ventana de
la biblioteca.
La duquesa llevaba unas rosas magníficas, que desparramó sobre la tumba; después
de permanecer allí un rato, pasaron por las ruinas del claustro de la antigua abadía.
La duquesa se sentó sobre una columna caída, mientras su marido, recostado a sus
pies y fumando un cigarrillo, contemplaba sus lindos ojos.
De pronto tiró el cigarrillo y, tomándole una mano le dijo:
-Virginia, una mujer no debe tener secretos con su marido.
-Y no los tengo, querido Cecil.
-Sí los tienes -respondió sonriendo-. No me has dicho nunca lo que sucedió mientras
estuviste encerrada con el fantasma.
-Ni se lo he dicho a nadie -replicó gravemente Virginia.
-Ya lo sé; pero bien me lo podrías decir a mí.
-Cecil, te ruego que no me lo preguntes. No puedo realmente decírtelo. ¡Pobre sir
Simón! Le debo mucho. Sí; no te rías, Cecil; le debo mucho realmente. Me hizo ver
lo que es la vida, lo que significa la muerte y por qué el amor es más fuerte que la
muerte.
El duque se levantó para besar amorosamente a su mujer.
-Puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu corazón -dijo a media voz.
-Siempre fue tuyo.
-Y se lo dirás algún día a nuestros hijos, ¿verdad?
Virginia se ruborizó.

FIN