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sábado, 19 de abril de 2008

El Principito -- Antoine De Saint Exupéry

El Principito -- Antoine De Saint Exupéry

El Principito

Antoine De Saint Exupery






Capítulo 1
***
___



Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se
titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una
serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.
En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera,
sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los
seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla
y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi
dibujo número 1 era de esa manera.
Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi
dibujo les daba miedo.
-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.
Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente
boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la
serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran
comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de
explicaciones. Mi dibujo número 2 era así.
Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y
poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años
abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1
y número 2. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños
tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendía pilotear aviones. He volado un poco por todo el mundo y la
geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de
Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.A lo largo de mi vida he tenido multitud de
contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero
esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.
Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi
dibujo número 1 que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E
invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la
selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas.
Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.


Capítulo 2
***
___

Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando
hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había
estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero
alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una
cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.
La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del
lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una
balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al
amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
- ¡Por favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un cordero!
Me puse en pie de un salto como herido por el rayo
Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un
extraordinario muchachito que me miraba gravemente.
Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer
de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos
encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa.
Las personas mayores me desanimaron de mi carrera
de pintor a la edad de seis años y no había aprendido
a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de
admiración. No hay que olvidar que me encontraba a
unas mil millas de distancia del lugar habitado más
próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni
perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o
de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un
niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin,
articular palabra, le dije:
- Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy
importante:
-¡Por favor… píntame un cordero!
Cuando el misterio es demasiado impresionante, es
imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me
pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar
habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo
una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo
había estudiado especialmente geografía, historia,
cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco
malhumorado), que no sabía dibujar.
- No importa - me respondió-, píntame un cordero!
Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él
uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de
realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé
estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
- ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La
serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho
sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un
cordero. Píntame un cordero.
Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:
¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
-¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene Cuernos…
Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
-Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor,
garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
-Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa
mía el rostro de mi joven juez se iluminó:
-¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba
para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:
-¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al principito.


Capítulo 3
***
___

Me costó mucho tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas preguntas, jamás
parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así,
cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado
complicado para mí) me preguntó:
-¿Qué cosa es esa? -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.
Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:
-¡Cómo! ¿Has caído del cielo? -Sí -le dije modestamente. -¡Ah, que curioso!
Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en
serio. Y añadió:
-Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres tú?
Divisé una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:
-¿Tu vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.
-Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi cordero se abismó en la
contemplación de su tesoro.
Imagínense cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me esforcé, pues, en saber algo más:
-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?
Después de meditar silenciosamente me respondió:
-Lo bueno de la caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda. Y si eres bueno te
daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.
Esta proposición pareció chocar al principito.
-¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…
Mi amigo soltó una nueva carcajada.
-¿Y dónde quieres que vaya? -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…
Entonces el principito señaló con gravedad:
-¡No importa, es tan pequeña mi tierra!
Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:
-Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.

Capítulo 4
***
___


De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era
apenas más grande que una casa.
Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes
planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre,
existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos
aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos
planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".
Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el
asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909,
por un astrónomo turco.
Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso
Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir.
Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612,
un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea.
Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como
lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.
Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he
confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores
les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan
sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su
voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio
preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana
su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las
personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las
ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa.
Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman
entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"
De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito
encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores
se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el
principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así.
No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría
gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:
"Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un
amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.
Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos.
Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no
olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las
personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de
colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra
tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de
hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene
parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y
allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces
sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá
que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y
yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las
personas mayores. He debido envejecer.

Capítulo 5
***
___


Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre
el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera
tuve conocimiento al tercer día , del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda,
cuando el principito me preguntó:
-¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
-Sí, es cierto.
-¡Ah, qué contesto estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito
añadió:
-Entonces se comen también los Baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que
incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
-Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
-Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
-Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me
fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí
mismo este problema.
En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por
consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas.
Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la
fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora
ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera.
Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla.
En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está
infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde;
cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son
numerosos, lo hacen estallar.
"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde l principito. Cuando por la mañana uno termina de
arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar
los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es
un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".
Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la
tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en
dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una
catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"
Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me
gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los
peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan
grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a
los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se
exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto
empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es
muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos
tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he
tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba
animado por un sentimiento de urgencia.


Capítulo 6

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¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida
melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la
suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al
cuarto día, cuando me dijiste:
-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta
de sol…
-Tendremos que esperar…
-¿Esperar qué?
-Que el sol se ponga.
Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-Siempre me creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el
sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero
desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la
silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?
Pero el principito no respondió.


Capítulo 7
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Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me
preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:
-Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
-Un cordero se come todo lo que encuentra.
-¿Y también las flores que tienen espinas?
-Sí; también las flores que tienen espinas.
-Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del
motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi
provisión de agua, me hacía temer lo peor.
-¿Para qué sirven las espinas?
El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la
resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:
-Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.
-¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:
-¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus
espinas…
No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco
más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
-¿Tú crees que las flores…?
No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.
Me miró estupefacto.
-¡De cosas serias!
Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.
-¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
-¡Lo confundes todo…todo lo mezclas…!
Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.
-Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y
que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo
como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llema de orgullo. Pero eso no
es un hombre, ¡es un hongo!
-¿Un qué?
-Un hongo.
El principito estaba pálido de cólera.
-Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar
de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo
fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las
flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor
única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un
corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?
El principito enrojeció y después continuó:
-Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y
millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir
satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la
come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto
no es importante!
No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.
La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no
importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una
estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo
tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre
peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la
flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera
nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de
las lágrimas!



Capítulo 8

***
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Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el
planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de
pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la
hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado
un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había
vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de
las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto
cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor. El principito observó el
crecimiento de un enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de
salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su
belleza al abrigo de su envoltura verde.
Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya
ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella
flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se
mostró espléndida.
La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:
-¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!
El principito no pudo contener su admiración:
-¡Qué hermosa eres!
-¿Verdad? -respondió dulcemente la flor-. Ha nacido al mismo tiempo que el sol. El principito adivinó
exactamente que ella no era muy modesta ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!
-Me parece que ya es hora de desayunar - añadió la flor -; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí...
Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.
Y así, ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por
ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:
-¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!
-No hay tigres en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no
comen hierba.
-Yo nos soy una hierba -respondió dulcemente la flor.
-Perdóname...
-No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás
un biombo?
"Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta -pensó el
principito-. Esta flor es demasiado complicada…"
-Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto; allá de donde yo
vengo…
La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos.
Humillada por haberse dejado sorprender inventando un mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para
atraerse la simpatía del principito
-¿Y el biombo?
-Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…
Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.
De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había
llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se
sentía desgraciado.
"Yo no debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que
hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el
planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garra y tigres
que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme".
Y me contó todavía:
"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por
sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí!
¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan
contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla".


Capítulo 9
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___


Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión. La mañana
de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales
poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas. Tenía, además, un volcán
extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si
los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas
son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar
los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.
El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos
brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos
aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente
dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al
abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.
-Adiós -le dijo a la flor. Esta no respondió.
-Adiós -repitió el principito.
La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.
-He sido una tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.
Se sorprendió por la ausencia d reproches y quedó desconcertado,
con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila
mansedumbre.
-Sí, yo te quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia.
Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Y los animales...
-Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si
no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.
Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:
-Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.
La flor no quería que la viese llorar : era tan orgullosa..


Capítulo 10
***
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Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para ocuparse en algo e instruirse
al mismo tiempo decidió visitarlos.
El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy
sencillo y, sin embargo, majestuoso.
-¡Ah, -exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito!
El principito se preguntó:
"¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?"
Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
-Aproxímate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. El
principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño.

Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.
-La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.
-No he podido evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido...
-Entonces -le dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son
para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!
-Me da vergüenza... ya no tengo ganas... -dijo el principito enrojeciendo.
-¡Hum, hum! -respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no bosteces...
Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada.
Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.
Si yo ordenara -decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se
transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería
del general, sino mía".
-¿Puedo sentarme? -preguntó tímidamente el principito.
-Te ordeno sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un
faldón de su manto de armiño.
El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se
explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.
-Señor -le dijo-, perdóneme si le pregunto...
-Te ordeno que me preguntes -se apresuró a decir el rey.
-Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?
-Sobre todo -contestó el rey con gran ingenuidad.
-¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
-¿Sobre todo eso? -volvió a preguntar el principito.
-Sobre todo eso. . . -respondió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
-¿Y las estrellas le obedecen?
-¡Naturalmente! -le dijo el rey-. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido
asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol,
sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta
abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
-Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
-Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de
transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
-La culpa sería de usted -le dijo el principito con firmeza.
-Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se
apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo
tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
-¿Entonces mi puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había
formulado.
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones
sean favorables.
-¿Y cuándo será eso?
-¡Ejem, ejem! -le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem, ejem! será hacia...
hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.
El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.
-Ya no tengo nada que hacer aquí -le dijo al rey-. Me voy.
-No partas -le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito-, no te vayas y te hago ministro.
-¿Ministro de qué?
-¡De... de justicia!
-¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!
-Eso no se sabe -le dijo el rey-. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y
como no hay sitio para una carroza...
-¡Oh! Pero yo ya he visto. . . -dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta-. Allá
abajo no hay nadie tampoco. .
-Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que
juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
-Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.
-¡Ejem, ejem! Creo -dijo el rey- que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu
podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la
indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.
-A mí no me gusta condenar a muerte a nadie -dijo el principito-. Creo que me voy a marchar.
-No -dijo el rey.
Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:
-Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme,
por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...
Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.
-¡Te nombro mi embajador! -se apresuró a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran autoridad.
"Las personas mayores son muy extrañas", se decía el principito para sí mismo durante el viaje.


Capítulo 11
***
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El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
-¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo
lejos al principito.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
-¡Buenos días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!
-Es para saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso.
Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.
-¿Ah, sí? -preguntó sin comprender el principito.
-Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el
sombrero.
"Esto parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el principito, que
continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el
sombrero.
A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
-¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
-¿Tú me admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.
-¿Qué significa admirar?
-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más ïnteligente
del planeta.
-¡Si tú estás solo en tu planeta!
-¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
-¡Bueno! Te admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué te sirve?
Y el principito se marchó.
"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el principito durante su viaje.


Capítulo 12
***
___


El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una
visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en
silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas
botellas llenas.
-¡Bebo! -respondió el bebedor con tono lúgubre.
-¿Por qué bebes? -volvió a preguntar el principito.
-Para olvidar.
-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito ya compadecido.
-Para olvidar que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.
-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.
Y el principito, perplejo, se marchó.
"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito
durante su viaje.


Capitulo 13
***
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El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este
hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la
llegada del principito.
-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.-
Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos
días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo
tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma
quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y
uno.
--¿Quinientos millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y
no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...
¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una
pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera
hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable
y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años.
Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la
tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de
desvariar!
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrella
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil seteientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Que las estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un rey que...
-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".
No obstante le siguió preguntando :
-¿Y cómo es posible poseer estrellas?
-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De nadie.
-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla
que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede
aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas
-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero
yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y
llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
-Pero puedo colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese
papel.
-¿Y eso es todo?
-¡Es suficiente!
"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las
semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues,
para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito abandonó aquel planeta.
"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.


Capítulo 14
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El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un farol y el farolero
que lo habitaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin casas y
sin población un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:
"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de
negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera
nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy
bonita y por ser bonita es verdaderamente útil".
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:
-¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?
-Es la consigna -respondió el farolero-. ¡Buenos días!
-¿Y qué es la consigna?
-Apagar mi farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.
-¿Y por qué acabas de volver a encenderlo?
-Es la consigna.
-No lo comprendo -dijo el principito.
-No hay nada que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la
consigna. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Luego se enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.
-Mi trabajo es algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la
tarde. Tenía el resto del día para reposar y el resto de la noche para dormir.
-¿Y luego cambiaron la consigna?
-Ese es el drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta gira cada vez más de prisa de
año en año y la consigna sigue siendo la misma.
-¿Y entonces? -dijo el principito.
-Como el planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y
apago una vez por minuto.
-¡Eso es raro! ¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!
-Esto no tiene nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo estamos hablando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!
Y volvió a encender su farol.
El principito lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la consigna. Recordó las puestas de sol
que en otro tiempo iba a buscar arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.
-¿Sabes? Yo conozco un medio para que descanses cuando quieras...
-Yo quiero descansar siempre -dijo el farolero.
Se puede ser a la vez fiel y perezoso.
El principito prosiguió:
-Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que hacer más que caminar
muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás... y el día durará tanto
tiempo cuanto quiero
-Con eso no adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida es dormir.
-No es una suerte -dijo el principito.
-No, no es una suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Mientras el principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este sería despreciado por los otros, por el
rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece
ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo . Lanzó un suspiro de pena y continuó
diciéndose:
"Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para
dos... "
Lo que el principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual lamentaba no quedarse en este
bendito planeta se debía a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada veinticuatro
horas.


Capítulo 15
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El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía grandes libros.
-¡Anda, un explorador! -exclamó cuando divisó al principito.
Este se sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya
tanto!
-¿De dónde vienes tú? -le preguntó el anciano.
-¿Qué libro es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-.
¿Qué hace usted aquí?
-Soy geógrafo -dijo el anciano.
-¿Y qué es un geógrafo?
-Es un sabio que sabe donde están los mares, los ríos, las
ciudades, las montañas y los desiertos.
-Eso es muy interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!
Dirigió una mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto un planeta tan majestuoso.
-Es muy hermoso su planeta. ¿Hay océanos aquí?
-No puedo saberlo -dijo el geógrafo.
-¡Ah! (El principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?
-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades, ríos y desiertos?
-Tampoco puedo saberlo.
-¡Pero usted es geógrafo!
-Exactamente -dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no
puede estar de acá para allá contando las ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es
demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les
interroga y toma nota de sus informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes, manda hacer
una investigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Para qué?
-Un explorador que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también lo sería un explorador
que bebiera demasiado.
-¿Por qué? -preguntó el principito.
-Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo habría una.
-Conozco a alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.
-Es posible. Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena, se hace una
investigación sobre su descubrimiento.
-¿ Se va a ver?
-No, eso sería demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por ejemplo, si se trata
del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.
Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado:
-Pero... ¡tú vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu planeta.
Y el geógrafo abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores se escriben primero con lápiz.
Se espera que el explorador presente sus pruebas para pasarlos a tinta.
-¿Y bien? -interrogó el geógrafo.
-¡Oh! Mi tierra -dijo el principito- no es interesante, tod es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad
y uno extinguido; pero nunca se sabe...
-No, nunca se sabe -dijo el geógrafo.
-Tengo también una flor.
-De las flores no tomamos nota.
-¿Por qué? ¡Son lo más bonito!
-Porque las flores son efímeras.
-¿Qué significa "efímera"?
-Las geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e interesantes; nunca pasan de moda. Es muy
raro que una montaña cambie de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos sobre cosas
eternas.
-Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-. ¿Qué significa "efímera"?
-Que los volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña que nunca
cambia.
-Pero, ¿qué significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida había renunciado a una pregunta una vez
formulada.
-Significa que está amenazado de próxima desaparición.
-¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?
-Indudablemente.
"Mi flor as efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y
la he dejado allá sola en mi casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto
recobra su valor.
-¿Qué me aconseja usted que visite ahora? -preguntó.
-La Tierra -le contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.


Capítulo 16
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El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.
¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes
negros) , siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos,
trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.
Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad
había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y
dos mil quinientos once faroleros.
Vistos desde lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los
de un ballet de ópera. Primero venía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus
faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los faroleros de China y Siberia, que a su vez
se perdían entre bastidores. Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa y Europa y
finalmente, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en su orden de entrada en
escena. Era grandioso.
Solamente el farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol del polo sur, llevaban una vida de
ociosidad y descanso. No trabajaban más que dos veces al año.


Capítulo 17
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Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los
faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres
ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y
un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de
ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.
Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se
creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las
cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútïlmente, puesto que tienen confianza en mí.
El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse
equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.
-¡Buenas noches! -dijo el principito.
-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en Africa -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira
mi planeta; está precisamente encima de nosotros... Pero... ¡qué lejos está!
-Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?
-Tengo problemas con una flor -dijo el principito.
-¡Ah!
Y se callaron.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto...
-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo...
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.
El principito sonrió:
-No me pareces muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera
puedes viajar...
-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.
-Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro
y vienes de una estrella...
El principito no respondió.
-Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo
ayudarte. Puedo...
-¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.


Capítulo 18
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El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -dijo la flor.
-¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.
La flor, un día, había visto pasar una caravana.
-¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece.
Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde
encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto
les molesta.
-Adiós -dijo el principito.
-Adiós -dijo la flor.


Capítulo 19
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El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres
volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan
alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más
que algunas puntas de rocas.
-¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.
-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito.
-¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el
eco.
-Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.
-Estoy solo... estoy solo... estoy solo... -repitió el eco.
"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco,
puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen
más que repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba
siempre la primera... "


Capítulo 20
***
___

Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y
los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.
-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora
t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para
escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para
humillarme a mí también... "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única
y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis
tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios
cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy
un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito
lloró.


Capítulo 21
***
___

Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se
volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único
que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil
muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro
entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del
otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos
los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.
Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la
tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los
campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me
recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me
domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas
cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer
nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no
tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo;
yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada
día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si
vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo
empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz
me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré
así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora,
nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son
necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que
hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea
diferente a otra.
Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves
entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día
fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré
un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie.
Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y
ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer
indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,
porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo
dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta
callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien;
lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre
de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo


Capítulo 22
***
___


-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.
-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.
Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.
-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.
-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se sentían contentos donde estaban?
-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.
Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños
aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que
viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran...
-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.


Capítulo 23
***
___


-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten
ganas de beber.
-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y
tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere... "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."


Capítulo 24
***
___


Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última
gota de mi provisión de agua.
-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para
beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el zorro..., me dijo...
-No se trata ahora del zorro, muchachito...
-¿Por qué?
-Porque nos vamos a morir de sed...
No comprendió mi razonamiento y replicó:
-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.
"Es incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..."
El principito me miró y respondió a mi pensamiento:
-Tengo sed también... vamos a buscar un pozo...
Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo,
nos pusimos en marcha.
Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía
como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi
mente.
-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:
-El agua puede ser buena también para el corazón...
No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.
El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve...
Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
-El desierto es bello -añadió el principito.
Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin
embargo, algo resplandece en el silencio...
-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio...
Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño
vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo
jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un
secreto en el fondo de su corazón...
-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado
llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna
aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo
la corteza; lo más importante es invisible... "
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito
dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara,
incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una
racha de viento puede apagarlas...
Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.


Capítulo 25
***
___



-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces
se agitan y dan vueltas...
Y añadió:
-¡No vale la pena!...
El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples
agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no
había ningún pueblo y me parecía estar soñando.
-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda...
Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha
dormido mucho.
-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.
No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:
-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.
Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro.
En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol
en el agua agitada.
-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber...
¡Comprendí entonces lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta.
Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana,
del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de
Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de
Navidad.
-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.
-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en
un poco de agua...
-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.
Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme
dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?
-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a
mi.
-¿Qué promesa?
-Ya sabes... el bozal para mi cordero... soy responsable de mi flor.
Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:
-Tus baobabs parecen repollos...
-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.
Y volvió a reír.
-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.
-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.
Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:
-Tú tienes proyectos que yo ignoro...
Pero no me respondió.
-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra...
Y después de un silencio, añadió:
-Caí muy cerca de aquí...
El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.
Sin embargo, se me ocurrió preguntar:
-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?
El principito enrojeció nuevamente.
Y añadí vacilante.
-¿Quizás por el aniversario?
El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una
respuesta afirmativa.
-¡Ah! -le dije- tengo miedo.
Pero él me respondió:
-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.
Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco...


Capítulo 26
***
___


A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras.
Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde
lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo
oí que hablaba.
-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!
Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:
-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!
Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y
sin embargo, el principito replicó de nuevo.
-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No
tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.
Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.
El principito, después de un silencio, dijo aún
Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?
Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.
-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme
Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a
una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para
sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena
como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido
metálico.
Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.
-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?
Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta
alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo
que muere a tiros de carabina.
-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra...
-¿Cómo lo sabes?
Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
-También yo vuelvo hoy a mi planeta...
Luego, con melancolía:
-Es mucho más lejos... y más difícil...
Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis
brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin
que fuera posible hacer nada para retenerlo.
Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.
Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.
Y sonreía melancólicamente.
Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a
poco:
-Has tenido miedo, muchachito...
Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:
-Esta noche voy a tener más miedo...
Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de
no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.
-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa...
Pero él me dijo:
-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado...
-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una
pesadilla?
Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:
-Lo más importante nunca se ve...
-Indudablemente...
-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche.
Todas las estrellas han florecido.
-Es indudable...
-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te
acuerdas? ¡Qué buena era!
-Sí, cierto...
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se
encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las
estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo...
Y rió una vez más.
-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua...
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son
pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero
todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido...
-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo
riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!
Y rió nuevamente.
-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo
y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán
asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te
creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada...
Y se rió otra vez.
-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír...
Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.
-Esta noche ¿sabes? no vengas...
-No te dejaré.
-Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!
-No te dejaré.
Pero estaba preocupado.
-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto...
-He dicho que no te dejaré.
Pero algo lo tranquilizó.
-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura...
Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba
con paso rápido y decidido y me dijo solamente:
-¡Ah, estás ahí!
Me cogió de la mano y todavía se atormentó:
-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es
verdad.
Yo me callaba.
-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que
pesa demasiado.
-Seguí callado.
-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas...
Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:
Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas
las estrellas me darán de beber.
Yo me callaba.
-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...
El principito se calló también; estaba llorando.
-Es allí; déjame ir solo.
Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:
-¿Sabes?... mi flor... soy responsable... ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para
defenderse contra todo el mundo...
Me senté, ya no podía mantenerme en pie.
-Ahí está... eso es todo...
Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no
pude moverme.
Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante
inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un
árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.



Capítulo 27
***
___


Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se
alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio".
AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al
amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las
estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles...
Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero;
no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:
"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor..."
A veces me digo: "¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero".
Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.
Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el
fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en
lágrimas...
Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo
habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha
comido una rosa...
Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia...
¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!
Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo.
Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez
más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció
sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún
día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan
por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco,
precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si
este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus
preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen
tan triste!



FIN


domingo, 13 de abril de 2008

COCOS Y HADAS : CUENTOS PARA NIÑAS Y NIÑOS . JULIA DE ASENSI



Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños

Julia de Asensi

*_*

El coco azul



Teresa era mucho menor que sus hermanos Eugenio y Sofía y sin duda

por eso la mimaban tanto sus padres. Había nacido cuando Víctor y

Enriqueta no esperaban tener ya más hijos y, aunque no la quisieran mas

que a los otros, la habían educado mucho peor. No era la niña mala, pero

sí voluntariosa y abusaba de aquellas ventajas que tenía el ser la primera

en su casa cuando debía de ser la última.

A causa de eso Eugenio no la quería tanto como a Sofía; ésta, en

cambio, repartía por igual su afecto entre sus dos hermanos.

Cuando Teresa hacía alguna cosa que no era del agrado de Eugenio, él

la amenazaba con el coco y pintaba muñecos que ponía en la alcoba de su

hermana menor para asustarla.

Teresa tenía miedo de todo y sólo Eugenio era el que procuraba vencer

su frecuente e incomprensible terror.

No se le podía contar ningún cuento de duendes ni de hadas, ni

hablarle de ningún peligro de esos que son continuos e inevitables en la

vida. Los padres se disgustaban con que tal hiciera, y sólo su hermano

procuraba corregirla por el bien de ella y el de todos, esperando

aprovechar la primera ocasión que se presentase para lograrlo.

Rompía los juguetes de su hermana sin que nadie la riñese y Sofía

había guardado los que le quedaban, que aun eran muchos y muy bonitos,

donde Teresa no los pudiera coger.

-El día que seas buena te los daré todos, le decía.

-Y cuando seas valiente yo te compraré otros, añadía Eugenio.

Teresa se quedaba meditabunda durante largo rato, sin hallar el medio

de complacerles.

No tenía ella la culpa de ser tan miedosa, bien hubiera querido

vencer sus temores para evitar las burlas de sus hermanos y de sus amigas.

Si salía a paseo, tenía que volver a su casa antes que anocheciera y era

preciso llevarla a sitios muy concurridos. Si un hombre la miraba, creía

que le iba a robar; si un perro corría a lo lejos, se figuraba que era un

animal desconocido y de colosal altura. Si se despertaba de noche y veía

por la entornada puerta la luz de la lámpara de una habitación próxima,

imaginando que había fuego en la casa, saltaba con precipitación de la

cama pidiendo socorro.

No podía estar sola jamás, ni ir a buscar ningún objeto a otro cuarto

sin que la acompañasen.

En su misma alcoba tenía que dormir una buena mujer que había sido su

nodriza y continuó después al servicio de los padres de Teresa. Quería

tanto a la niña que dormía muy poco para poder vigilar su sueño,

despertarla si le atormentaba alguna pesadilla o acostarla con ella si

estaba desvelada por el miedo.

Habiendo caído enferma la madre de Teresa y no bastando los criados

de la casa para velar por si algo se ofrecía, mientras acompañaban a la

paciente su marido y otras personas de la familia, forzoso fue que la

nodriza entrara también en turno para aquel servicio. Ella se quedaba

vestida junto a la cama de la niña que, sabiendo que estaba allí a su

lado, no tenía cuidado de ningún género.

Una noche, el padre de Teresa llamó desde fuera a la antigua criada,

que se apresuro a salir.

-Hay que ir a la botica, le dijo su amo, se ha concluido una de las

medicinas y dice el doctor que es preciso traer más.

La excelente mujer comprendió que no podía desobedecer aquella orden;

miró a la niña, que dormía con la mayor tranquilidad, se abrigó bien y

salió a la calle para cumplir lo dispuesto por su señor.

-Tardaré poco, se dijo, y en esta momento Teresa no ha de

despertarse, sería muy casual que así fuese.

No había querido cerrar la puerta de la alcoba para no hacer ruido.

En la botica la detuvieron un buen rato porque el excesivo número de

enfermos que había en aquella época era causa de que tuviesen allí muchas

recetas, que se servían por riguroso turno, y el personal de la farmacia

más próxima era bastante escaso.

Apenas haría un cuarto de hora que había salido la nodriza, cuando

Teresa se despertó.

-¡Mariana! ¡Mariana! llamó por dos veces.

Nadie le respondió. Como era la primera vez que esto había sucedido,

pues la mujer, que tenía el sueño muy ligero, contestaba en seguida que

oía la voz de Teresa, ésta empezó a alarmarse y se sintió invadida de

aquel invencible terror que tanto le atormentaba. Creyó que a sus voces

acudiría su padre o alguno de sus hermanos, en el caso de que éstos no se

hubiesen acostado todavía.

Al poco rato encendieron una luz en la habitación inmediata. Fijos

los ojos en la entornada puerta, la niña cesó de gritar y se quedó

inmóvil.

La puerta se abrió entonces por completo y apareció en ella una

figura negra con un palo en la mano.

-Si no te callas te llevaré conmigo, le dijo con atronadora voz. ¿A

quién llamabas? ¿no puedes estar sola?

Ante aquella amenaza la pobre niña se echó a temblar y ocultó el

rostro con las sábanas.

-Márchate, coco negro, murmuró al fin, que yo seré buena.

La figura negra desapareció.

Apenas había salido, Teresa empezó a llamar a gritos a su nodriza.

En la puerta apareció otra figura vestida de azul. Ésta se acercó a

la niña a pesar de sus protestas, y colocó encima de su cama una hermosa

muñeca.

-¡Vete! exclamó Teresa llorando.

-No me iré sin que me escuches, contestó el fantasma. Yo soy el coco

azul y quiero mucho a los niños buenos, a los que doy dulces y juguetes;

mas para esto es necesario que no me teman ni tengan miedo a nada. En el

último piso de tu casa hay un cuarto obscuro, del que sin duda has oído

hablar, que sirve para guardar baúles y muebles viejos; en un rincón

de ese cuarto hay muñecas, sillas, mesas y camas para una casa de

aquellas, juegos de café, batería de cocina, almendras, caramelos, y otras

cosas buenas o bonitas. Si mañana te atreves a ir allí sola, de día, todo

será para ti, si no se lo daré a otra niña.

-¿Son los juguetes como los de Sofía? se atrevió a preguntar

Teresa, porque aquel coco no le parecía tan malo como el negro.

-Sí, como los de Sofía.

-¿Y serán para mí?

-No lo dudes.

-Pues bien, coco azul, si te marchas enseguida, mañana iré por ellos.

A Teresa le pareció que el coco se burlaba de ella, porque apenas

podía contener la risa. Cogió la muñeca y se alejó precipitadamente.

La niña ya no se atrevió a gritar, temiendo que apareciese un coco de

otro color. ¡Si el azul no le engañara! ¡Si todos aquellos juguetes y

golosinas fuesen para ella! ¿Por qué se había llevado la muñeca otra vez?

Su conciencia le decía que en realidad no la había ganado, porque tenía

muchísimo miedo.

Cuando la nodriza volvió, encontró a Teresa con los ojos abiertos,

pero callada.

-¡Qué buena es mi niña! dijo besándola; así te quiero yo ver, sin

miedo aunque no esté contigo. He tenido que ir a la botica a buscar una

medicina para tu mamá, que ya está muy aliviada y pronto podrá levantarse.

Ya no me separaré más de ti.

-¿Estamos solas, Mariana?

-Sí, solas, como siempre a estas horas, respondió la nodriza.

-Pues acércate a mí, que te voy a contar lo que me ha pasado.

Y hablando muy bajito, le refirió la visita de los dos cocos.

-Habrá soñado todo eso, pensó la criada.

A la mañana siguiente, al observar que había dejado un mantón negro

sobre una silla y que las cortinas del balcón y de las puertas eran

azules, supuso Mariana que, asustada Teresa, los había tomado por

fantasmas y que había soñado que le habían dicho todo aquello. Vino a

confirmar esta idea el oír que Teresa en sueños nombraba sin cesar al coco

azul.

Al otro día se levantó la niña pensando en los prometidos juguetes y

decidida a armarse de valor para ir a buscarlos.

-Subiré después del desayuno, se dijo.

Pero no se atrevió entonces y lo dejó para cuando acabase de

almorzar.

-¿No sales hoy a paseo? le preguntó Sofía.

-No, contestó Teresa, tengo que hacer en casa.

-¡Ah! ¿tienes que hacer? repitió riéndose la hermana mayor.

-Si, y no te burles.

-¡Famosas ocupaciones serán las tuyas!

-Si me atreviera te las diría.

-Pues atrévete.

-Es que... no sé si es preciso guardar el secreto.

-Conmigo seguramente no, profirió Sofía.

Teresa pareció vacilar un poco, pero al fin, como su hermana era

buena para ella y podía darle un consejo, se decidió a contarle la

aparición del coco negro y la del coco azul. Al terminar suplicó a Sofía

que subiese con ella al cuarto obscuro.

-Eso no puede ser, le replicó, te han dicho que vayas sola y si te

acompaño ya no habrá de fijo ni juguetes ni dulces.

Larga fue la lucha que tuvo que sostener Teresa; varias veces llegó

al primer tramo de la escalera, porque hasta él la llevó de la mano su

hermana, pero no hubo medio de que pasara de allí.

-Iré contigo hasta la puerta del cuarto, le dijo Sofía.

Pero aunque subió con Teresa no logró que la niña entrase sola.

-Déjalo para mañana, a ver si tienes más valor, le aconsejó la otra.

-Mañana no estarán los juguetes...

-Puede ser que sí.

Por la noche también tuvo Mariana que dejar sola a Teresa para

acompañar un rato a la enferma, que había tenido un gran alivio en su

dolencia, pero cuyo estado exigía siempre un cuidado asiduo.

La niña se despertó y vio, como la noche anterior, al coco negro que

la amenazó y al coco azul que la trató con dulzura.

Tuvo menos miedo al primero y hasta se atrevió a mirar detenidamente

al segundo. Aquel coco le era simpático y conoció que acabaría por

familiarizarse con él. Prometió a la niña ir al día siguiente con ella al

cuarto obscuro.

Y en efecto, a las diez de la mañana estaba esperándola en el primer

descanso de la escalera, con su hermoso manto de cielo que le cubría desde

la cabeza a los pies. Teresa se acercó al coco y subió con él hasta lo más

alto de la casa. Al llegar allí abrió la puerta y la niña vio que el

cuarto estaba profusamente iluminado con velas y farolillos y en el fondo

estaban los juguetes ofrecidos y otros muchos y las golosinas que a ella

más le agradaban.

Encantada Teresa al ver todo aquello, empezó a saltar de alegría y a

coger cuantos objetos pudo colocándolos en su delantal, para bajarlos a su

cuarto en menos tiempo. El coco azul le ayudaba en su tarea, y allí

apareció también el coco negro para terminar más pronto.

Cuando todo estuvo trasladado, como Teresa era ya una niña bien

educada, dio las gracias a los cocos que le pidieron un beso. Ella cerró

los ojos para no verles la cara y obedeció. Entonces el coco negro y el

coco azul desaparecieron.

Los dos corrieron al cuarto del padre de Teresa, se quitaron su

disfraz apareciendo: bajo el traje del coco malo Eugenio, y del coco bueno

Sofía.

-Ha estado la niña más valiente de lo que esperábamos, dijeron.

Poco a poco fue perdiendo Teresa el miedo a todas las cosas naturales

y sobrenaturales, pero, aun siendo mayor, siguió ignorando que los

cocos habían sido sus hermanos.

Si algún día no sabía la lección, le decía su madre:

-Mira que va a venir el coco negro.

Y aprendía pronto al oír esta amenaza.

Sonreía dulcemente, como si de algo muy querido de ella se tratara,

cuando, después de haber hecho una cosa buena le decían:

-En recompensa, se lo contaremos al coco azul.



Las buenas hadas



La pobre Micaela se había quedado viuda siendo muy joven y con

escasísimos recursos. Gracias a la caridad de una vecina, que cuidaba

a su único hijo de edad de cuatro años, había podido ponerse a servir,

pero aquella excelente mujer había muerto poco después y la viuda se vio

obligada a llevarse a su niño, perdiendo por esto la colocación que tenía.

Allá, en una pequeña aldea donde había nacido, vivían algunos

parientes suyos, los unos ricos, pero avaros; los otros en tan triste

situación como ella. A fuerza de economías había reunido lo necesario para

pagar el viaje y se puso en camino con su hijo, del que no se quería

separar.

Poco se acordaban en el pueblo de la viuda y la recibieron con desvío

o con frialdad. Ella tenía a su Félix para consolarse, porque el muchacho

era dócil y bueno y adoraba a su madre.

La pobre mujer alquiló un cuarto muy pequeño, con dos habitaciones

únicamente, y se dedicó a coser y a planchar, reuniendo una parroquia muy

reducida aunque trabajaba bien y se hacía pagar poco, mucho menos que las

otras costureras y planchadoras del lugar.

Había arreglado pronto su casa, porque
no tenía apenas muebles,

pero éstos eran limpios y no de mal gusto, por lo que Félix no pudo darse

cuenta al principio de los sacrificios que la madre se imponía para que el

niño no viviese peor que los demás de su clase.

No iba a la escuela, pero tampoco bajaba a jugar a la calle, viendo

ésta desde su ventana adornada con unas cortinas de percal, dos tiestos,

con claveles el uno y geranios el otro, y una jaula con un pájaro.

Félix quería mucho a aquel jilguero que, sabiendo su afición a los

pájaros, le había llevado un día su madre. Estaba encerrado en una pobre

jaula que el inquilino que había ocupado antes que ellos el modesto

cuartito, había dejado abandonada. Era de madera y alambre, muy tosca, muy

vieja y muy sucia, pero al muchacho, que no había tenido nada mejor, le

parecía buena. La dificultad principal para el niño era el dar de comer al

pajarito por la imposibilidad en que se hallaba de comprarle cañamones o

alpiste. Le mantenía con miguitas de pan, no siempre tierno, y unas hojas

de escarola que pedía de vez en cuando a una verdulera parienta suya.

El jilguero conocía bien a su dueño y le saludaba con su alegre canto, más

melodioso desde que tenía por vecinos a dos canarios.

La casa que había en frente de la que habitaba Micaela era un bello

edificio bastante antiguo, de severa fachada, anchos balcones en el piso

principal, ventanas en el segundo y en el bajo y en el centro de éste una

gran puerta con marco de piedra y sobre ella un escudo de armas.

Durante mucho tiempo aquella casa había permanecido cerrada y desde

hacía pocos días la ocupaba una ilustre señora, viuda de un duque y madre

de dos niñas. Los canarios pertenecían a éstas. Apenas si conocían en el

pueblo a la madre y a las hijas, las creían altivas y dichosas en su

soledad, poco dispuestas a procurar el bien de aquellas gentes que casi en

total dependían de ellas, ya porque las casas que ocupaban fuesen

propiedad suya, o porque tuviesen arrendadas tierras que les pertenecían

de igual modo.

Félix estaba muchas veces asomado a la única ventana de su casa;

pero en cuanto veía en los balcones de en frente a alguna de las niñas, su

natural timidez le obligaba a ocultarse.

Llegó una temporada muy mala para la pobre Micaela, que no encontró

trabajo, y la infeliz tuvo que pedir limosna para mantenerse ella y dar de

comer a su hijo. Hubo un día en que no tuvieron más que un pedazo de pan.

La madre dio la mayor parte de él al niño, que la comió con avidez.

Pero aun no lo había comido todo cuando Félix se acordó de su

jilguero. El pobre no había tomado nada desde la víspera y al muchacho le

parecía más triste aquella tarde el canto de su pájaro.

-¿Tendrá bastante con esta miga hasta mañana? se preguntó.

No le dio más que la mitad de lo que le había destinado y se comió el

resto, porque él también tenía mucha hambre.

A la mañana siguiente llevó Micaela un pedazo de pan todavía más

pequeño y la lucha que sostuvo Félix para dar a su jilguero una parte de

lo que el debía comerse fue todavía

-Madre, dijo -y sus ojos se llenaron de lagrimas-, mi jilguero está

triste y se me va a morir.

-Sí, niño mío, contestó Micaela, pero él encontrará alimento mejor

que tú. Déjale en libertad, que en el campo no falta nunca algo que

mantiene a los pájaros. Hay frutas maduras, hay granos de trigo, hay

insectos...

-Pero yo no veré más a mi jilguero, que se olvidará de mí.

-Si prefieres que se muera de hambre...

Aquel día dieron a Micaela un plato de patatas guisadas que ella y su

hijo comieron, pero el pájaro no las quiso probar.

Al llegar la tarde, Félix se asomó llevando en la mano la jaula que

encerraba al jilguero. Le sacó, le dio muchos besos, le puso con cuidado

en la ventana, y sin ver lo que el pájaro hacía, porque el llanto

obscurecía su vista, se metió precipitadamente en su cuarto, sintiendo la

primera pena, para la que no hallaba consuelo. Cuando se calmó un tanto,

volvió a asomarse y vio que el jilguero había desaparecido.

-Ya habrá comido algo, murmuró, al menos él no se morirá de hambre.

Los tiempos malos seguían y en balde buscaba Micaela una colocación.

Ella se contentaba con poco; si tuviese dos o tres duros habría podido

comprar cintas, hilos, botones y otros objetos para venderlos en el pueblo

y sus alrededores. Todo era empezar y no dudaba que lograría reunir una

buena parroquia, porque le bastaría una pequeña ganancia. Sus parientes no

quisieron prestarle aquella insignificante cantidad por temor de que no se

la devolviera.

Una mañana, al levantarse Félix, vio que por debajo de la puerta de

su casa habían echado un pliego encerrado en un sobre. Se lo llevó a su

madre, que sacó de él un papel color de rosa.

-¿Qué pone ahí? preguntó el niño.

Y Micaela leyó lo siguiente:

«Las hadas Esmeralda y Turquesa, más conocidas por las buenas hadas,

queriendo dejar un recuerdo a los niños de este pueblo de su paso por él,

les ruegan que escriban lo que desean antes del 1.º de junio y depositen

sus peticiones en el hueco del tronco de la encina que hay a la

entrada del campo. El 6 del mes citado recibirán la contestación. No se

admitirá ningún pliego que vaya sin firmar.»

-¡Madre, madre! exclamó el niño con júbilo, escribe por mí, puesto

que yo no sé, y pon al pie de lo escrito mi nombre.

-Pero, hijo ¿tú crees que esto es verdad? preguntó Micaela.

-Sí, sí lo es, escribe.

-¡Pero si no tengo papel ni tinta!

-No importa, en el mismo pliego de las hadas escribe con lápiz.

La viuda riendo al ver la alegría de su hijo se dispuso a escribir y

él dictó estas palabras:

«Señoras hadas: muy agradecido a sus bondades, les pido que den a mi

madre, a la que tanto quiero, cinco duros, o aunque sea menos, para

comprar algunas cosas que necesita para venderlas por los pueblos, pues

somos muy pobres y hay días en que apenas tenemos que comer. Les pido

además que me devuelvan mi jilguero, al que también quiero mucho. Que no

desoigan estos ruegos les suplica Félix Martínez.»

-Ahora, madre, dijo el niño, dame la carta y la llevaré sin perder

tiempo.

Y echó a correr, sin descansar hasta que llegó al campo.

Allí, a la entrada, estaba la encina con un profundo hueco en su

tronco, en el que no habían puesto nada todavía.

Félix dejó su petición y se alejó lleno de esperanzas.

Pocos días después las buenas hadas contestaron del mismo modo que

habían escrito antes, citando a los niños del pueblo en el jardín de casa

de la duquesa, que se extendía por detrás del edificio. La hora señalada

era las ocho de la noche.

Apenas sonó la primera campanada en el reloj de la iglesia, se abrió

la puerta del jardín y por ella penetraron los niños y no pocos hombres y

mujeres, entre éstas Micaela. Ni un sólo muchacho había dejado de acudir.

Guiados por un criado de la señora, llegaron a una gran plazoleta en

cuyo centro había una mesa y dos sillones.

Farolitos y vasos de colores perfectamente combinados, iluminaban

aquel pasaje [25] en el que se veían árboles frondosos, perfumadas flores

y cristalinas fuentes.

Allá, a lo lejos, se oía una música dulcísima y poco después se

presentaron varios criados seguidos de las hadas.

Eran muy bellas, de corta estatura, con hermosos cabellos adornados

con ricas diademas de oro cubiertas de pedrería; llevaba en el centro la

una una gran esmeralda y la otra una enorme turquesa. Sus vestidos largos

estaban bordados de plata y un finísimo velo de tul les caía hasta los

pies calzados con preciosos zapatos.

Las dos, con majestuoso ademán, tomaron asiento y los criados fueron

colocando en la mesa, en bandejas cubiertas, los lotes que ellas iban

pidiendo. Había de todo: la muñeca soñada por una niña pobre, el caballo

de cartón que deseaba un pequeñuelo, el vestido de seda para otra

muchacha, los dulces para un goloso, las armas para un futuro militar...

Ellos lo recibían con gritos de admiración y de alegría, que parecían

divertir mucho a las hadas.

El lote de Félix fue el último. El hada Turquesa entregó al niño un

billete de banco y el hada Esmeralda el jilguero encerrado en una

jaula bonita y elegante. Sí, era el mismo, no cabía duda, le hubiera

conocido entre mil. Félix agradecido, se arrodilló a los pies de las hadas

y besó con entusiasmo sus delicadas manos.

Micaela lloraba al ver colmados sus deseos con una cantidad mucho

mayor que la pedida por su hijo.

Después del reparto, los muchachos fueron obsequiados con dulces y

con vino, saliendo todos muy satisfechos del jardín.

A la mañana siguiente los niños creían haber soñado, en particular

Félix que veía a su madre contenta y oía cantar a su jilguero. Micaela

comprendió que el pájaro al volar se había parado en la casa de en frente

junto a las jaulas de los dos canarios y que se había dejado coger con

facilidad; pero Félix no lo quería creer y no hubo medio de que viera que

las buenas hadas pudieran ser sus vecinas las hijas de la duquesa. Éstas

partieron en seguida de allí y no regresaron al pueblo.

Todos los años el 1.º de junio fueron los niños a echar sus cartas en

el hueco del tronco de la encina, pero no volvieron recibir los

preciosos dones del hada Turquesa y del hada Esmeralda. En cambio, el

administrador de la buena señora y de sus hijas siguió cobrando muy barato

los alquileres de las casas y de las tierras que habían arrendado y por

orden de sus amas fundó una escuela en la que los niños, terminada la

primera enseñanza, podían aprender un oficio.

Félix, uno de los más aplicados, logró al cabo de algunos años, ser

el sostén de su madre, pagando de este modo el cariño y los desvelos que

la pobre viuda había tenido siempre para él.





El fantasma del bosque

I



¿Por qué habían nacido tan iguales aquellos dos muchachos? No eran de

la misma familia ni vivían en la misma clase social. El uno, Guillermo,

era hijo único del señor del castillo, y el otro, Paulino, de un pobre

soldado. Tenían entonces unos diez añitos, igual estatura, más bien alta

que baja para su edad, el cabello castaño, los ojos negros, grandes y

expresivos, la tez [29] morena y algo pálida, los labios gruesos y los

dientes blancos y pequeños.

Decíase que la madre de Paulino tenía veneración por la castellana,

encontrándole una notable semejanza con la Virgen que en un cuadro antiguo

trazara un hábil pintor y que se veneraba en la vieja iglesia de aquel

pueblo. Y que así como Guillermo era el vivo retrato de la castellana,

Paulino se parecía al niño Jesús que tenía la Virgen en sus brazos, igual

en el rostro a la santa imagen que tanto había mirado su madre antes de

darle a luz.

Si en la parte física se asemejaban los dos niños, no ocurría lo

mismo en la moral. Guillermo era bueno, caritativo y amable; Paulino

adusto, retraído y envidioso.

La castellana daba a la mujer del soldado las prendas poco usadas por

su hijo y Paulino vertía amargo llanto al ponerse aquellas ropas de

desecho. ¿Por qué no había de ser él hijo de padres ricos y nobles como

Guillermo y tener caballo, coche y juguetes? ¿Había alguna razón para que

todos saludaran con cariño y respeto a aquel muchacho de su edad y a él no

se dignaran [30] mirarle siquiera? ¡Cuánto odiaba a aquel ser afortunado,

nacido el mismo año que él, pero halagado por los dones de la fortuna,

mientras Paulino carecía hasta de lo más necesario para vivir?

Tuvo un inmenso júbilo cuando supo que Guillermo, por deseo de su

padre, iba a ser enviado a un colegio en el extranjero; así al menos no le

vería, no pasaría el disgusto de saber que aquel niño tenía todas las

ventajas sobre él, porque estudiando también se distinguía por su

aplicación y su talento.

Un enemigo del dueño del castillo llamado Antolín, hombre de malas

costumbres y corazón perverso, contribuía a excitará Paulino y avivaba

aquel odio que ni Guillermo ni sus padres conocían. Él también envidiaba a

aquel opulento señor, al que debía varios favores.

Llegó el día de partir el niño al colegio y Paulino, después de

despedirse de él, volvió a su casa más triste y preocupado que de

costumbre.

No por haberse alejado Guillermo fue el otro muchacho más feliz; oía

hablar a cada paso de sus brillantes estudios, de sus exámenes, que

habían causado la admiración de cuantos los habían presenciado, de las

simpatías que despertaba. Al fin tuvo la inmensa alegría de que los dueños

del castillo se fuesen a vivir a una ciudad próxima, mientras él

permanecía con sus padres en el pueblo. Poco después, habiéndose declarado

una guerra, el soldado partió en defensa de su patria. La pobre esposa,

casi ciega de tanto coser y de tanto llorar, pasaba una vida bien triste

porque Paulino, al que cada día disgustaba más su modesta vivienda, no

acompañaba sino muy contadas veces a su madre.



II

Un día que el niño había salido de su casa con objeto de coger nidos

en el campo, prolongó su paseo más de lo debido, llegando a un sitio que

no conocía. Cansado, se sentó en un banco de piedra y así le sorprendió la

noche. Era aquel un paraje tan solitario que no había visto a nadie

cruzar por él durante el tiempo que había permanecido allí. De repente

divisó algo blanco, más alto que una persona, que se adelantaba hacia el

banco. Era un fantasma gigantesco, sin cara, sin brazos y sin pies,

una enorme sombra blanca que a Paulino le pareció que debía de haberse

desprendido de los peñascales. Aunque era valiente, aquello le causó

cierto espanto, el temor, que produce siempre lo desconocido.

Ya había él oído hablar en el pueblo de aquella extraña aparición,

pero había tenido la suerte de no encontrarla nunca. Era el terror de los

pacíficos habitantes por sus continuas exigencias; si no le daban dinero,

maltrataba a los infelices que pasaban por el campo después de vender los

productos de sus huertas en la villa cercana. Calumniaba a las mujeres,

insultaba a los hombres, pegaba a los niños, y nadie se atrevía a hacerle

frente creyéndole la mayor parte de los aldeanos el alma de un bandido

famoso que hubo allí en otro tiempo y que no quería recibir ni el mismo

Satanás en su reino.

Sin poder huir, Paulino se detuvo, esperando que el fantasma le

hablase.

-¿Quieres ser rico? le preguntó, ¿quieres ser feliz? ¿quieres ocupar

el lugar de Guillermo?

El niño no se atrevió a contestar.

-De tu respuesta afirmativa o negativa depende tu porvenir. ¿Quieres?

-Sí, murmuró al fin el muchacho.

-Pues ve a casa de Antolín y allí te explicarán lo que has de hacer.

Paulino se alejó rápidamente, en tanto que el fantasma se internaba

en el bosque.

Cuando el niño llegó a la casa de Antolín, halló a la mujer de éste,

a la que llamaban en el pueblo la bruja, sentada delante de la puerta. Al

ver a Paulino, le habló con cariño y le hizo entrar en su casa.

-¿Dónde está tu marido? preguntó él.

-Ha ido hoy de caza y hasta las once no volverá, respondió ella; pero

entra, que yo te recibiré como Antolín.

-Tú podrás explicarme...

-Todo lo que quieras.

Hizo sentar al muchacho y le habló así:

-El padre de Guillermo envió el cochero al pueblo de H... para que

recogiese a su hijo que volvía de su colegio a pasar las vacaciones en la

ciudad donde su familia habita. El padre no pudo ir a buscar al niño ni

[35] tampoco su madre, que está enferma. El cochero era de toda confianza

y hasta el citado pueblo fue Guillermo desde el colegio con uno de los

profesores, que regresó en seguida a su país. Pero he aquí que, sin

saberse por qué causa, el caballo se asustó y salió desbocado, tiró al

cochero del pescante y por último volcó el carruaje. El cochero, temeroso

de que le achacasen la responsabilidad de lo ocurrido, huyó, y el niño,

mal herido, fue recogido por nosotros. Tú eres pobre y desgraciado y

tienes ambición. Si puieres ser rico y feliz ponte la ropa de Guillermo,

hazte pasar por él, y éste, vivo o muerto, ocupará tu lugar.

La tentación era muy grande para que Paulino resistiera a ella.

Vio a Guillermo que estaba acostado en una pobre cama, pálido,

perdido el conocimiento, y creyó que le quedaban pocas horas de vida.

Puesto que el niño iba a morir ¿qué perjuicio podía causarle aquella

sustitución? Antolín, que llegó a su casa poco después, acabó de

convencerle. Paulino se despojó de su humilde ropa y se puso la de

Guillermo, que parecía hecha para él. La bruja le peinó como el otro

niño y el parecido aun fue más notable.

-En pago de este servicio, le dijo Antolín, me darás todo el dinero

que puedas; si dejas de hacerlo descubriré la verdad y te volverás a tu

casa, después de recibir un castigo.

Paulino prometió pagar aquel favor y al día siguiente partió para la

ciudad en compañía de Antolín. Nadie supo por entonces lo que había sido

del cochero.

La madre de Paulino fue avisada por la bruja de que su hijo se había

caído de un árbol; vistieron a Guillermo con la ropa del otro niño y la

pobre ciega pudo engañarse al pronto creyendo que aquel muchacho herido y

atacado de violenta calentura era realmente su hijo.



III

Cuando Antolín volvió, ya tenía todo el dinero que los señores habían

dado a su supuesto hijo para que lo gastara en limosnas y diversiones.

-Esto va a ser una mina inagotable, dijo el hombre, así podremos

vivir sin trabajar, comiendo bien y bebiendo mejor.

El papel que quería representar Paulino era más difícil de lo que

pensó.

El señor del castillo observó bien pronto que el que creía Guillermo

había atrasado en sus estudios y le obligaba a estar todo el día con el

libro en la mano.

Era un hombre despótico, un verdadero tirano en la casa, lo que

Paulino ignoraba, porque Guillermo no se había lamentado nunca de esto con

él. Ya no tenía el niño aquella hermosa libertad de que disfrutaba cuando

era pobre, ya no salía solo por el campo, ni podía hablar con ningún

amigo, ni hacer su gusto jamás.

Él creía antes que en las casas de los ricos todo era felicidad y se

convencía de que ésta no se compra con dinero. A esto hay que añadir lo

que le costaba representar su papel cuando le hablaban de cosas

completamente ignoradas y a las que no tenía más remedio que contestar.

-Eres más torpe cada día, le decía el padre de Guillermo; estoy

deseando que vuelvas al colegio.

Y al terminar las vacaciones allá le llevaron.

Se vio entre rígidos maestros, entre compañeros de clase elevada que

le trataban con insultante altivez, pues, aunque le creían de ilustre

familia, se juzgaban superiores a él por la educación. Y si triste había

sido su vida en la ciudad donde moraban los padres de Guillermo aun lo era

más en aquel colegio cuyos profesores y condiscípulos eran extranjeros en

su mayor parte.

De pronto, y sin que supiera por qué, dejó de recibir las cartas que

todas las semanas le enviaban los señores del castillo creyéndole su hijo.

El director del colegio sí tenía noticias de ellos porque le pagaban

mensualmente. Llegaron las vacaciones y nadie le fue a buscar. Pasó el

verano casi solo y muy aburrido.



IV

Una noche tuvo un sueño que le causó profunda impresión.

Se hallaba con su madre en su pobre casita esperando a su padre;

aquélla le acariciaba como en otros tiempos y él era feliz pensando en que

si le faltaban riquezas le sobraba cariño. Después llegó el soldado

cubierto de laureles y mientras les refería sus hazañas miraba a su hijo

con ternura y luego le entregaba un reloj de oro, un bastón y otros

objetos. Pero de repente aparecía el fantasma y arrancaba al niño de los

brazos de sus padres para arrojarle a un precipicio.

Se despertó sobresaltado y entonces pensó en lo mucho que sus

verdaderos padres le amaban, en las privaciones que por él se habían

impuesto, arrepintiéndose sinceramente de sus faltas.

Pero ¿cómo remediar éstas? Le pareció lo mejor confesar su culpa y

así lo hizo en una sentida carta dirigida a los padres de Guillermo.

Quince días después enviaron en su busca a un criado con el que partió

para su pueblo.

¡Con que placer volvió a ver éste!

¡Sus altas montañas, sus hermosos bosques, sus arroyos de agua

cristalina, sus poéticas casitas y el soberbio castillo del que había

querido ser amo!

Se dirigió ante todo a su antigua morada, donde le esperaba su madre

ya restablecida de su dolencia, y su padre que había ganado grados y

cruces en el campo de batalla. Ambos le concedieron pronto su perdón.

Allí supo que poco después de partir al colegio habían averiguado los

señores del castillo el accidente ocurrido a su hijo por la llegada del

cochero, que había estado enfermo de gravedad, que Guillermo también les

había escrito y que no dudaron que era Paulino el que habían enviado al

colegio y su hijo el que estaba en el pueblo con la mujer del soldado.

Después supieron la intervención de Antolín en el asunto, disfrazado de

fantasma para engañar mejor al niño, y por esto y por otros delitos habían

sido presos su mujer y él.

Decidieron dejar a Paulino en el colegio, hasta que se arrepintiera

de su falta, sin darle parte de lo ocurrido. Guillermo perdonó de todo

corazón al que siempre quiso como a un amigo.

Desde entonces Paulino fue feliz en su casa, en la que ya no se

vivía con la estrechez de antes a causa del ascenso del soldado a oficial,

y comprendió que la dicha no consiste en vivir en la opulencia, sino en el

cariño puro y desinteresado, en la paz de la familia, en la conformidad

con la suerte, y que lo mismo puede albergarse en la casa del rico que en

el humilde hogar del pobre.






El gato negro



Dos gatitos, nada más, había tenido la gata de Doña Casimira Vallejo,

y ya habían pedido a la citada señora nada menos que catorce. Y es que los

gatitos eran completamente negros, y sabido es que hay muchas personas que

creen que aquéllos traen la felicidad a las casas.

De buena gana Doña Casimira no se hubiera desprendido de aquellos dos

hijos de su Sultana; pero su esposo le había declarado que no quería

mas gatos en su vivienda, y la buena señora tuvo que resignarse a

regalarlos el día mismo que cumplieran dos meses.

Mucho tiempo estuvo pensando dónde quedarían mejor colocados; el

vecino del piso bajo perdía muchos gatos y no faltaba quien sospechase que

se los comía; el tendero de entrente los dejaba salir a la calle y se los

robaban; la vieja del cuarto entresuelo era muy económica y no les daba de

comer; el cura tenía un perro que asustaba a los animalitos; y así, de uno

en otro, resultó que los catorce pedidos se redujeron para Doña Casimira

solamente a dos, casualmente el número de gatos que tenía. Aún así, no

acabaron sus cavilaciones.

Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría

mejor a Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que

tenía una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos años; pero Fígaro

(así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un

día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy

armoniosamente)... Fígaro, que, según decían, tenía una vaga

semejanza con el barbero del número 8 de aquella calle, por lo que

había merecido dos veces ser llamado de aquella manera, no estaría

del todo bien en casa de don Serafín, cuyos niños eran muy

revoltosos y trataban con dureza a los animales.

Pero al cabo, como el tiempo urgía, Morito fue entregado a Doña

Carlota y Fígaro a Don Serafín.

Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la

niña de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del cacallero, que también

era vecino de Doña Casimira, habitando en el otro tercero, no dudaron ya

que en sus moradas todo sería bienestar y ventura con haber llevado a

ellas a los dos gatitos.

Al pronto la casualidad vino a confirmar aquella idea: Doña

Carlota ganó un premio a la lotería y D. Serafín, que estaba cesante, fue

colocado con doce mil reales en un Ministerio.

-¡El gato negro! -exclamaban los chicos.

-¡El gato negro!

Lo que no impedía que Alejandro y Pepita maltratasen al pobre Fígaro,

que, cuando podía, se vengaba de ellos clavando en sus manos los dientes o

las uñas; pero como era tan pequeño no les hacía gran daño.

En cambio Morito pasaba los días en la falda de su joven ama y las

noches en un colchoncito muy blando que hizo Blanca para el gato en cuanto

se lo dieron. Demostraba él su contento con ese ronquido acompasado que en

los gatos es indicio de felicidad completa, y es seguro que si hubiese

sabido hablar no hubiera dejado de decir a Doña Casimira que no podía

haberle proporcionado una casa mejor.

A los dos meses de estar Fígaro con Don Serafín, todo cambió en la

morada de éste: Alejandro estuvo gravemente enfermo con una erupción, su

padre se quedó cojo de una caída, una criada le robó los cubiertos, y

Pepita no cesaba de perder, ya pendientes, ya pañuelos, ya muñecas.

-¡Vaya una suerte que nos ha traído el gato negro! -decían mirándole

con rabia.

En cambio Blanca estaba cada día mejor de salud, le regalaban muchos

juguetes y parecía que la prosperidad había entrado en su casa con Morito.

Hablando un día D. Serafín con la vecina [48] del piso entresuelo,

delante de los dos niños, en tono de burla, de la felicidad que les había

llevado el gato negro, la señora le dijo:

-Hay dos clases de gatos negros: unos que dan la ventura y otros que

la quitan. Aunque hijos de la misma gata, es fácil que Moro sea un gato de

los buenos y Fígaro de los malos. Usted, amigo mío, ha tenido la mala

suerte, mereciéndola mejor que Doña Carlota.

Alejandro se quedó muy preocupado al oír aquello, y Pepita más. A los

dos se les ocurrió lo mismo: puesto que los gatos eran iguales, ¿por qué

no los habían de cambiar? Había en la casa un patio muy pequeño al que

daban las cocinas de Doña Carlota y D. Serafín, viniendo las ventanas una

enfrente de otra. Por allí se habían asomado muchas veces los vecinitos

Alejandro y su hermana para hacer muecas a Blanca, y ésta para

enseñarles sus juguete. El niño, que era muy malo, dijo a Pepita que se

fingiera amiga de la hija de Doña Carlota para entrar en la casa más

fácilmente y coger al gato, a lo que ella se prestó gustosa porque ya

miraba a Fígaro con horror.

Aquello fue muy fácil: Blanca, con permiso de su madre, convidó

varias veces a Pepita a almorzar con ella. Las niñas jugaban juntas y

salían también a paseo.

Aprovechando una de estas salidas, fue Alejandro un día a casa de

Doña Carlota y dijo a la criada, que sin desconfianza le hizo pasar, que

iba a esperar la vuelta de su hermana porque tenía un recado urgente que

darle.

La criada se volvió a la cocina, y entretanto el niño pasó al

comedor, donde dormía el gato junto al brasero, y cogió a Moro, que no

opuso la menor resistencia porque era muy manso. Llegó a la antesala, dejó

abierta la puerta y, entrando en su casa, encerró al gato en su habitación

y llevó a Fígaro al comedor de al lado. Pero si era fácil que confundieran

a los dos gatos, no podía evitarse que ellos extrañasen cuanto les

rodeaba; así es que Fígaro fue enseguida a esconderse debajo del aparador

para que nadie le viera.

Cuando Doña Carlota volvió de paseo con las niñas, lo primero que

hizo Blanca fue llamar a Morito; pero el gato no salió como de costumbre.

-No sé qué le pasa hoy a Moro -dijo Alejandro-; está debajo del

armario y gruñe cuando se le quiere sacar de su escondite.

-Habrá algún ratón -dijo Doña Carlota.

Pepita y su hermano se marcharon, diciendo que al día siguiente

no podrían volver porque esperaban a un pariente que venía de fuera.

Y aguardaron las venturas que el nuevo gato había de llevar a la casa.

Pero la mala suerte no se interrumpía. Como D. Serafín, a causa de la

pierna rota, había dejado de ir a la oficina, ocurrió que por la noche le

llevaron la cesantía. Mas los niños dijeron que aquello se había firmado

cuando aún estaba en la casa Fígaro.

Así pasaron unos días, sin que Pepita y Alejandro hubieran ido a ver

a Blanca.

Los gatos salían ya a comer, pero no se dejaban tocar todavía.

Un sábado estaban limpiando las cocinas en ambas casas. Fígaro, en la

de Doña Carlota, se asomó a la ventana y reconoció, no sin asombro, a la

criada de D. Serafín, que antes le daba carne cruda todas las mañanas.

-Aquella sí que es mi casa -debió decirse-, pero se quedó un tanto

parado al ver un gato igual a él en el cuarto de enfrente.

En cuanto al Morito, miraba aquellas cacerolas tan relucientes,

aquellos platos blancos con flores de colores donde le servían la leche, y

hasta veía sus dos cazuelas, que la cocinera acababa de fregar, lo mismo

que cuando comía él.

-Allí vivía yo -pensó sin duda-; y por cierto que estaba mejor que aquí.

La criada de Doña Carlota empezó a llamarle: él se refregaba contra

la ventana y hacía mil demostraciones de júbilo.

Al fin Fígaro miró al patio y pareció medir la distancia que le

separaba de la ventana vecina. Moro lo comprendió y, sin reflexionar, dio

un gran salto, cayendo aturdido a los pies de la cocinera de Blanca.

-Este sí que es mi gato -decía la buena mujer acariciándole-. Bien

sospechaba yo que aquí había ocurrido alguna cosa. Esos infames chicos de

al lado son los culpables.

Entretanto Fígaro habla saltado también; pero como la criada de D.

Serafín había salido de la cocina para abrir la puerta de la calle, porque

acababan de llamar, no se enteró de aquel cambio de gatos.

Alejandro y Pepita siguieron creyendo que Moro estaba en su casa y

Fígaro en el otro tercero.

Mas las desdichas continuaban y no sabían a qué achacarlas ya.

Con este motivo Fígaro llevaba algunas palizas diarias, y el gato,

que era reflexivo, pensó que le tendría más cuenta volverse a la casa de

al lado. Era fácil saltar por el mismo camino; pero ¡ay! el pobre gato

midió mal la distancia y fue a parar a una tabla, donde Doña Casimira

ponía el botijo para que se refrescase el agua, lastimándose un poco.

Fígaro conservaba un vago recuerdo de aquella casa, en la que había

pasado sus primeros meses, y allí fue recibido con entusiasmo para

reemplazar a Sultana que acababa de morir en los brazos de su dueña.

¿Llevó Fígaro la desgracia a su nueva morada? No por cierto. Doña

Casimira continuó, como antes, siendo la mujer más afortunada de la

tierra, como lo eran Doña Carlota y Blanca.

Don Serafín murió, dejando sus hijos a a cargo de un pariente,

que les encerró en colegios a fin de que cambiaran su mala condición; y

los niños, pensando en que ya no tenían el gato negro, llegaron a

convencerse de que éste no llevaba la buena ni la mala suerte, sino que la

desgracia estaba en ellos, que realmente no merecían otra cosa.

Así, un día que fueron a visitar a Doña Casimira, dieron a Fígaro

bizcochos y queso, que el gato se comió demostrándoles después su gratitud

con un arañazo.

Su nueva dueña dedujo que Fígaro había reconocido a Alejandro y a

Pepita: era un gato muy inteligente.






Ginesillo el tonto o La casa del duende



El tren correo acababa de llegar a la estación de Santa Marina y de

él se apeó, entre otras muchas personas, un viajero joven, sencillo pero

elegantemente vestido, que iba sin duda para asistir a las [56] fiestas

del citado pueblo, que empezaban aquella noche.

No sabía el caballero que ya no se encontraba en la posada, con

honores de fonda, ni una habitación disponible; juzgaba cosa fácil tener

albergue en la pequeña población. A la primera pregunta que hizo sobre el

particular pudo comprender el error en que estaba; todo había sido cedido

o alquilado a parientes, parroquianos o amigos, hasta las guardillas,

hasta los pajares, hasta las cuadras.

-¿Qué voy a hacer si no hallo dónde pasar la noche? -se preguntó el

viajero.

Andando a la casualidad vio en una calle estrecha, fea y sucia, una

casa muy vieja, compuesta de dos pisos, con ventanas, detrás de la que se

extendía un mal cuidado jardín. Todo parecía indicar que el citado

edificio estaba abandonado por completo; los cristales cubiertos de polvo

y telarañas, los muros en estado medio ruinoso, la puerta un tanto

desvencijada. Pegado en ella se veía un papel amarillento en el que apenas

podían leerse estas palabras, escritas con una letra gruesa y desigual:

«Se alquila [57] o se vende. En el número 8 darán razón.» La casa tenía el

número 4, por consiguiente el forastero encontró sin dificultad el lugar

donde podían darle noticias respecto a aquel viejo edificio. Una niña de

diez a once años se hallaba a la entrada ocupándose en recoger alguna ropa

lavada que había tendido al sol para que se secase.

-¿Se puede ver la casa que tiene el número 4? -preguntó el caballero.

La muchacha le miró con verdadero asombro y no respondió.

-He visto que se alquila o se vende -prosiguió él-, y como me figuro

que no ha de ser cara, tomándola por unos días resuelvo el difícil

problema de tener dónde dormir en este pueblo durante las fiestas.

-¿Pero de veras quiere usted entrar ahí? -murmuró al fin la niña.

-Si no hay inconveniente...

-Inconveniente no, pero...

-Explícate con claridad -dijo el viajero viendo que ella no

proseguía.

-Es el caso, repuso la niña, que esa casa, llamada la del duende, no

se abre hace lo menos veinte años, y durante ese tiempo nadie ha

venido a pedir a mi padre la llave para verla.

-¿Y por qué se llama del duende? -interrogó el joven.

-¡Ah! no es sin razón, caballero. Vivía en ella hace mucho tiempo un

avaro muy viejo y muy rico. Tenía guardado su oro en un agujero que nadie

conocía y, a pesar de esto, él notaba que las monedas iban disminuyendo

poco a poco. Un día se escondió para sorprender al ladrón, y vio que era

un duendecillo muy pequeño. Cuando el avaro quiso acercarse a él, el

duende desapareció como por encanto. Desde entonces el viejo vivió con

gran desasosiego y algunos dijeron que se había vuelto loco, siendo su

manía que le robaban. Lo cierto es que una mañana amaneció muerto y, aun

que se dijo que se había suicidado en un acceso de locura, nadie dudó en

el pueblo que el duende le había asesinado para robarle, pues no se

encontró nada de su dinero. La casa quedó abandonada, habitándola sólo el

duende, que continúa en ella, aunque no le ve nadie.

¿Y cómo se sabe que continúa?
-Porque durante la noche se ilumina todo el piso alto y porque cuanto

se le pone a la puerta desaparece al dar las doce.

Y siguió contando al forastero cómo para apaciguar al duende era

preciso hacerle obsequios de más o menos valor, pero que él admitía

siempre. Si enfermaba una gallina, para que no muriese, la dueña

depositaba una cesta con algunos huevos a la puerta de la casa del duende;

si era una vaca, se le ponía una cantarita de leche; si se presentaba mal

la cosecha, se hacía el ofrecimiento, que más adelante se cumplía si

resultaba buena o aun mediana, de darle un saco con el mejor trigo; el

duende aceptaba las ofertas y tenía la amabilidad de devolver, pero

vacíos, la cesta, la cantarita y el saco. Nadie le veía cuando recogía los

regalos, porque ¡salía tan tarde! nada menos que a las doce de la noche,

cuando allí todo el mundo se acostaba a las nueve en verano y a las ocho

en invierno.

A pesar de estas noticias, el forastero insistió en que quería pasar

allí la noche, y la muchacha le dijo que esperase a que [60] su padre

llegara para que le entregase la llave. Antes de que esto ocurriese,

apareció en aquella calle un grupo compuesto de una docena de chicos

que perseguían a un pobre niño de fisonomía dulce y simpática, vestido

humildemente con un pantalón remendado y una blusa azul algo descolorida

por el uso. Iba sin gorra y llevaba los pies descalzos.

-Ahí viene Ginesillo el tonto -murmuró la niña.

-¿Y quién es el que tal nombre lleva? preguntó el caballero.

-Es el hijo de la tía Micaela, viuda de Nicolás el tonto.

-¿Y son todos tontos en esa familia?

-Si el padre lo era ¿qué quiere usted que sea el hijo?

Entre tanto los muchachos empujaban a Ginés hacia la casa del duende,

resistiéndose el niño, en cuyo rostro se marcaba un profundo terror, a

acercarse allí.

-¡Que le haga una visita al duende! -exclamó un chico.

-Ofrezcámosle a Ginesillo para que se acaben los tontos del pueblo

-añadió otro.

-Y que se quede con él y no devuelva más que la blusa -prosiguió un

tercero.

-Metámosle por una ventana que tenga [62] los vidrios rotos -dijo el

primero que había hablado.

El viajero tuvo que intervenir en el asunto y, gracias a su energía,

los muchachos dejaron en paz a Ginesillo. Éste, apenas se vio libre, echó

a correr, no sin dirigir antes una mirada de gratitud a su defensor.

Poco después llegó el padre de la niña que entregó al joven la llave

de la casa del duende para que la viera.

Era un edificio feo y sin comodidades de ningún género en su

interior. Sólo dos cosas excitaron la atención del caballero: la primera,

que en una de las guardillas había un catre con un colchón en el que se

notaba que una persona había dormido, y la otra, que en la cocina se

veían restos de comida y en una de las hornillas algunos carbones que

pareían haber sido apagados poco antes. Aquello no podía ser del tiempo

del avaro, muerto hacía nada menos que veinte años, y si había dicho

verdad la muchacha, nadie había entrado allí después de aquel trágico

suceso.

En otra pieza del piso principal vio una cama algo mejor que la de la

guardilla, que pensó elegir para pasar la noche. El resto del mobilario

estaba deteriorado y cubierto de polvo.

El forastero alquiló la casa por quince días, pagó adelantado y se

fue luego a comer a la posada.

Al pasar por la calle peor del pueblo, vio a la entrada de su mala

choza a Ginesillo el tonto y a su madre, una pobre mujer de la que todos

se burlaban, igual que de su hijo, por lo que produjo al caballero la más

profunda compasión.

Después de cenar y presenciar una parte de las fiestas nocturnas, el

joven se dirigió tranquilamente hacia la casa llamada del duende. Al

divisarla de lejos le pareció
que, en efecto, el piso superior estaba

iluminado, pero al acercarse más advirtió que era el reflejo de la luna en

los cristales, puesto que al llegar junto a la casa aquella luz había

desaparecido.

-Todo será lo mismo -murmuró el joven-, en esto no debe haber una

palabra de verdad.

Delante de la puerta vio una jarra con miel, una cesta con fruta y

una botella con vino. Abrió, subió la escalera y entró en el cuarto que

había elegido para alcoba. Allí una bujía, pues había comprado un paquete

de ellas en el pueblo, y se echó vestido en la cama. Al mirar su reloj vio

que marcaba las once y media y, recordando que el duende recogía a las

doce sus provisiones, se asomó a la ventana y estuvo en acecho, cuidando

de no llamar la atención ni asustar al habitante de la singular casa.

Al sonar la primera campanada, el joven noto que la puerta se abría

sin ruido y que un brazo corto, que terminaba en una mano pequeña, cogía

la jarra primero y después la cesta y la botella.

Una vez hecho esto volvió a cerrar despacio y el caballero oyó unos

ligeros pasos por la escalera. Apagó su bujía, pero cuando se acercó a la

puerta de su alcoba no vio nada ni pudo averiguar más. Aunque no muy

tranquilo, volvió a echarse en la cama y, después de luchar algunos

minutos con el sueño, se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente vio la jarra, la cesta y la botella vacías

junto a la puerta de la casa.

A nadie dijo lo que había ocurrido el día precedente, se pasó la

tarde disfrutando de todas las fiestas, y hasta muy entrada la noche no

regresó a su nuevo domicilio.

Le pareció indigno el temor que había sentido el día antes y decidió

hacer algunas averiguaciones respecto al duende. Pero, aunque se asomó a

las doce, registró la casa y observó todos los rincones, no hubo nada de

particular y llegó a pensar que lo visto la noche anterior había sido un

sueño.

A la siguiente se disponía a echarse en la cama, cuando oyó en la

pieza de arriba ligero rumor de pasos.

-¿Será algún gato? -se preguntó el forastero-; sólo un duende podría

andar de esa manera. Es preciso que suba despacio y que me entere bien de

lo que pasa.

Dejó transcurrir un cuarto de hora y luego, procurando hacer el menor

ruido posible, subió la escalera y llegó a la guardilla, pero no encontró

a nadie allí.

A la noche siguiente ocurrió lo mismo respecto a los ligeros pasos, y

cuando se dirigía hacia la escalera halló ante sí la puerta cerrada con

llave que le impidió seguir sus investigaciones. No dudó ya que el duende

sabía su presencia en la casa y que huía de él; así es que decidió

esconderse para sorprender al que se ocultaba. Al otro día, en vez de

permanecer en su cuarto, se quedó en la guardilla detrás de la puerta.

Apenas había pasado una hora oyó las leves pisadas, y el duende penetró en

su alcoba, donde no encendió luz. Al caballero le pareció un hombrecillo

de corta estatura, pero no hubiera podido asegurar nada, porque apenas se

veía en la habitación, débilmente iluminada por un plateado rayo de luna

que penetraba por las rendijas de la ventana. El joven sacó entonces

una bujía que había llevado, aplicó una cerilla y no pudo contener un

movimiento de sorpresa al ver echado ya en el catre, a Ginesillo el tonto.

El niño se levantó extendiendo sus suplicantes manos hacía él, y le habló

de este modo:

-No me pierda usted, no descubra a nadie que me ha visto.

-Pues explícame sin reticencias ni falsedades tu presencia en esta

casa.

-Sí, señor -balbuceó el niño-; siéntese usted y se lo diré todo.

Y cuando el forastero hubo ocupado la única silla que había allí,

empezó la historia en estos términos.

-Usted sabe bien que en todos los pueblos hay algún pícaro que se

finge tonto, y el de Santa Marina hace veinte años robó al señor que vivía

en esta casa, sin que nadie lo sospechase. Mi padre, que lo vio, no quiso

delatarle porque había sido amigo suyo; pero desde entonces se le halló

más preocupado y más silencioso cada día, por lo que al morir el ladrón -a

quien no aprovechó el robo, pues apenas vivió tres meses después de

cometerlo- fue tenido él por tonto también. Mi pobre padre sufrió mucho

con eso, porque nadie quería darle trabajo, y se vio obligado a gastar

poco a poco sus economías.

Apenas murió, después de una breve enfermedad, mi madre tuvo que

ponerse a servir para mantenerme, y yo heredé la fama de tonto que tenía

mi padre, por mi carácter tímido y medroso. Cuando fui mayor, pensé sacar

partido de lo que llamaban mi tontería, en provecho de mi madre. -El

pueblo entero se ríe de mí, me dije, pues yo me reiré más de él. -Y una

noche me introduje en la casa del duende y vi que no había en ella nada

extraño, y que mi madre y yo podíamos dormir perfectamente, dejando bien

cerrada nuestra choza, ella en la cama del avaro y yo en el catre donde

descansaba un criado a quien después echó. Estas noches usted le ha

quitado la cama a mi madre, que se ha quedado en nuestra cabaña. Entramos

aquí por la puerta del jardín, pues tenemos todas las llaves de la casa

que el ladrón, que las mandó hacer, se dejó un día olvidadas en la nuestra

después de cometer el robo, y contando una historia hoy, inventado un

suceso raro mañana, logré que nadie dudase de la existencia del duende y

que le hicieran ofrecimientos de huevos, pan, leche y otras cosas con las

que nos mantenemos [70] mi madre y yo. Lo que los dos ganamos trabajando,

cuando hay en qué, lo ahorramos, y el día que tengamos bastante dinero nos

iremos muy lejos para vivir en paz. Esto es cuanto puedo decirle,

caballero.

-Pero eso -dijo el joven-, no me explica tu terror cuando querían

encerrarte en la casa del duende...

-Era fingido, yo no temía nada.

-Pues entonces eres un gran actor.

-Sí, señor, pero encargado siempre del papel de tonto.

El forastero le prometió callar y lo cumplió, dándole antes de

marcharse una cantidad de dinero para que el niño y su infeliz madre

pudieran dejar más pronto aquel lugar y la miserable vida que en él

llevaban. Les ofreció también su apoyo para que lograran trabajar, sacando

buen producto, en la ciudad que él habitaba.

Al día siguiente pudo ver cómo se burlaban del chico los muchachos,

pero al partir llevaba la convicción de que la persona más inteligente de

Santa Marina era aquel niño a quien llamaban Ginesillo el tonto.






El pozo mágico



Una tarde, que los padres aún no habían vuelto de trabajar en el

campo, se hallaba Juanito en su bonita casa compuesta de dos pisos, al

cuidado de una anciana encargada de atender a las faenas de la cocina,

mientras sus amos procuraban sacar de una ingrata tierra lo preciso para

el sustento de todo el año.

La casa era el solo bien que los dos labradores habían logrado salvar

después de varias malas cosechas; era herencia de los padres de ella y por

nada del mundo la hubieran vendido o alquilado.

Juanito se hallaba en la sala, una habitación grande, alta de techo,

con dos ventanas que daban al campo, amueblada con sillas de Vitoria, un

rústico sofá, una cómoda, con una infinidad de baratijas encima, y dos

mesas.

A una de las ventanas, que estaba abierta, se acercó por la parte de

fuera un hombre mal encarado, vestido pobremente y con un fuerte garrote

en la mano. Hizo seña a Juanito de que se acercara y le preguntó, cuando

el muchacho estuvo próximo, dónde se encontraba su padre.

-En el campo grande -contestó el niño.

-¿Y dónde es eso? -prosiguió el hombre.

-Por lo visto es V. forastero cuando no lo sabe. Mire por donde yo

señalo con la mano. Ese sendero de ahí enfrente tuerce a la izquierda,

sale a una explanada, luego...

-No hay quien lo entienda -interrumpió el hombre-; y el caso es

que urge verle para el ajuste de los garbanzos y de la cebada. ¿No podrías

acompañarme?

-Mis padres me han prohibido salir de casa, y si falto a su orden me

castigarán.

-Más podrán castigarte si pierden la venta por ti.

-¿Y qué he de hacer, entonces?

-Acompañarme si quieres y si no dejarlo, que haré el trato con otro

labrador.

-Es que -prosiguió el niño-, dicen que hay dos secuestradores en el

país y por eso mis padres temen que salga.

-Yo te respondo de que yendo conmigo no los encontrarás; además llevo

un buen palo para defenderte.

-¿Los ha visto V?

-Sí, iban a caballo, camino del molino viejo.

-Entonces no hay temor, porque tenemos que ir hacia el lado opuesto.

Vamos.

Juanito salió, guiando al hombre por la senda que antes indicara.

La tarde era clara y serena, brillaba el sol en un cielo sin nubes y

el calor se dejaba sentir con fuerza, porque ni un árbol [74] daba sombra

a aquel campo sembrado de trigo a derecha e izquierda. Un estrecho sendero

conducía al lugar, aún muy distante, donde los padres del niño se hallaban

trabajando. Pero antes de llegar a la explanada de que hablara Juanito, el

hombre lanzó un silbido extraño y un joven se presentó casi en seguida

llevando un caballo de la brida. A una seña del que había obligado al

pequeño Juan a salir de su casa, el joven montó y el niño se vio cogido

por unos robustos brazos y colocado sobre el caballo también. Gritó

pidiendo auxilio, pero al instante un pañuelo fue puesto sobre su boca

para ahogar su voz y ya no hubo defensa posible para la infeliz criatura.

El caballo iba a galope y Juanito veía al pasar, con vertiginosa

rapidez, los carros cargados de paja que volvían al pueblo, las yuntas

que, terminados los trabajos, iban a encerrar, algunos labradores que se

retiraban a sus hogares; pero todo de lejos y sin que ningún hombre fijase

su atención en él.

A pesar de aquella carrera, el camino le parecía muy largo; al

fin el joven hizo parar el caballo, bajó al niño y, sin soltarle, abrió

una puerta que conducía a un vasto terreno que debió ser jardín en otro

tiempo; le introdujo allí, volvió a cerrar con llave y le dejó solo sin

ocuparse al parecer más de él.

Juanito no pudo contener sus lágrimas al ver las altas tapias que

hacían de aquel paraje una prisión de la que era imposible huir. Anduvo

después largo rato, hasta que rendido se paró en un ángulo del terreno,

donde había un pozo rodeado de jaramagos y florecillas silvestres. Aquel

sitio inculto tenía un misterioso encanto para él.

Llegó la noche, y cansado, sintiendo hambre y sed, se echó no lejos

del pozo y al fin se durmió.

A la mañana siguiente uno de los bandidos, el primero que vio, fue a

despertarle y le obligó a firmar un papel para su padre en el que le decía

que los secuestradores le matarían si no les entregaba quinientos duros

por su rescate.

-Y es la verdad -añadió el hombre-, si no pagan te tiraremos a ese

pozo.

Los labradores en balde buscaron aquel dinero; en tan breve

plazo nadie quería comprarles su casa ni dar nada a préstamo.

Juanito, que no había comido desde el día anterior, sentía

indefinible malestar y a veces le parecía que una nube velaba sus ojos.

Llegó la noche y los bandidos no parecieron. El niño se acercó al

pozo y ¡cosa rara! creyó ver que en el fondo brillaba una luz.

-¿Estaré soñando? -se preguntó Juan.

Y siguió mirando, pero el pozo era muy hondo y no se veía si tenía

agua o estaba seco.

Poco después una voz, de mujer o de niño, cantó dentro del pozo el

siguiente romance con una música dulce y un tanto monótona:

Había en una ciudad

un bello y juicioso niño,

a quien unos malhechores

lograron poner cautivo.

Le llevaron engañado

a una casa con sigilo

donde había un gran terreno

que antes jardín hubo sido,
rodeado de altas tapias,

con arbustos ya marchitos,

árboles mustios o secos

y un pozo, medio escondido,

en un bosque de rastrojo,

de gran abandono indicio;

pidieron por el muchacho

un rescate los bandidos,

mas siendo los padres pobres

y careciendo de amigos,

en balde fueron buscando

aquel oro apetecido,

precio de la libertad

del idolatrado hijo.

Por vengarse, los ladrones

presto hubieron decidido

arrojar en aquel pozo

al pobre muchacho vivo,

y sin escuchar sus ruegos

aquellos hombres indignos,

levantándole en sus brazos

le lanzaron al abismo.

Antes de llegar al fondo

los ángeles, también niños,

quizá hermanos por el alma

del prisionero afligido,

trocaron las duras piedras

por un césped duro y fino

y bellas flores silvestres

de nombres desconocidos,

que en algún jardín del cielo

acaso hubieron cogido,

y entonces el secuestrado,

no esperando tal prodigio,

halló al caer aquel lecho

donde se quedó dormido...

La voz se fue extinguiendo poco a poco, y Juanito no oyó las ultimas

palabras del romance. Pero aquel canto le había llenado de esperanza;

sabía que si le arrojaban al pozo no tendría nada que temer. Miró hacia el

fondo y observó que la luz, que poco antes viera brillar, había

desaparecido.

Se echó sobre la hierba y esperó con relativa tranquilidad la vuelta

de los malvados secuestradores. Éstos llegaron a las doce de la noche, muy

disgustados porque los padres de Juanito no habían depositado el dinero en

el sitio indicado, pues los infelices no habían encontrado ni la vigésima

parte de lo pedido.

-Le arrojaremos al pozo mágico -dijo el más joven señalando al

niño-. Esos rústicos no habrán dejado de dar aviso de lo que ocurre a la

guardia civil y, para probar que no somos nosotros los secuestradores,

[80] tenemos que desembarazarnos del chico. ¿Cómo creerían que no éramos

culpables si hallaban al muchacho con nosotros?

-Y ¿no le buscarán en el pozo? Y a propósito de éste, ¿por qué le

llamas mágico? -preguntó el otro bandido.

-Porque algunas veces se oyen en el gritos y en el pueblo aseguran

que está encantado.

-¿Y tú lo crees?

-Yo no, pero lo llamo así por costumbre que tengo de oírlo.

Siguieron hablando y por último se acercaron a Juanito y, sin

atender, a sus ruegos, le arrojaron al pozo.

El pobre niño perdió el conocimiento antes de llegar al fondo, así es

que no supo si había allí el lecho de flores arreglado por los ángeles sus

hermanos.

Cuando volvió en sí se halló en un pequeño cuarto y acostado en una

humilde cama. Un hombre y una muchacha velaban junto a él. El primero, sin

hacerle pregunta alguna, le dio algún alimento que reanimó sus fuerzas,

mientras la segunda le miraba con cariñosa curiosidad.

Cuando el hombre salió, Juanito se atrevió a preguntar a la niña

dónde se encontraba.

-Mi padre me había prohibido hablarte para que no te fatigaras -dijo

ella-, pero ya que te muestras curioso... ¿Has oído cantar al pozo mágico?

-Sí, ¿quién cantaba?

-¿Eso qué importa? Todo lo que decía el romance se ha realizado. En

el fondo del pozo no había agua ni duras piedras, has caído sobre

paja y heno. Luego mi padre te ha cogido en sus brazos y te ha traído aquí

para avisar a tu familia, a la que conoce y quiere porque tu padre le

salvó la vida cuando los dos eran soldados. Desde el fondo del pozo se oye

todo lo que traman los secuestradores y mi padre ha evitado por eso

algunos crímenes. La casa que ellos ocupan está en la parte alta del

camino y la nuestra en la más baja; el pozo tiene una abertura que pone en

comunicación esta vivienda con la otra, obra que hicieron unos

contrabandistas en otro tiempo, pero que los secuestradores ignoran. Hay

un camino subterráneo que llega a nuestro pequeño jardín. Para que tu

ilusión fuese más completa, puse margaritas y amapolas en el fondo del

pozo, pero como te desmayaste no lo has visto. Ya iremos allí otro día.

La llegada del padre de la muchacha puso término a la conversación;

pero como a la mañana siguiente Juanito estuviese ya bueno, tuvo deseos de

ver el fondo del pozo con su nueva amiga. Ésta abrió una puerta que

había en un cobertizo que daba al jardín y ambos penetraron en un

subterráneo estrecho y húmedo, llegando finalmente al pozo donde Juanito

había caído. El niño cogió unas margaritas y prometió que las guardaría

siempre.

Sobre sus cabezas, arriba, oíase un fuerte altercado; era que iban a

prender a los secuestradores. Éstos querían probar su inocencia negando

haber robado a Juan, y casi habían convencido a sus perseguidores, cuando

una voz infantil dijo desde el fondo del pozo:

-¡Sí, son ellos los que me robaron, lo declaro para que no puedan

hacer lo mismo con otros niños!

-¡El pozo mágico! -exclamó el más joven de los secuestradores.

Aprovechando su estupor, los que iban en su busca se apoderaron de

él. El otro se defendió a tiros; una de las balas hirió mortalmente a su

compañero y él cayó al suelo también muerto por uno de sus contrarios.

Aquella misma tarde, Juanito fue devuelto a sus padres, que no podían

casi creer fuese cierta la ventura de volver a verle, pues imaginaban

que había sido ya asesinado.

¡Con cuánta efusión se abrazaron luego los dos antiguos soldados! El

padre de Juanito al saber que su amigo y su hija eran muy pobres, se los

llevó a su casa donde compartieron con la familia los trabajos del campo,

abandonando aquéllos su humilde vivienda. La comunicación con el pozo fue

tapiada y el terreno donde se ocultaban los secuestradores convertido en

hermosa huerta.

Juanito sintió siempre el más vivo afecto por la muchacha, a la que

hacia cantar muy a menudo aquel romance que le oyó por primera vez en el

fondo del pozo mágico.