.

.

search google

.

.

¡Gana Dinero con MePagan.com!

sábado, 26 de abril de 2008

ANTOLOGIA DE NARRATIVA INFANTIL ECUATORIANA -- EL AGUA DORADA

ANTOLOGIA DE NARRATIVA INFANTIL ECUATORIANA
« EL AGUA DORADA »

Francisco Delgado Santos
****************************************************
“LA IGUANA SMITH”
AUTORA: ANA CATALINA BURBANO

(del libro El fuego del colibrí, Fundación Gloria del Hierro, Quito, 2000)
En Puerto Ayora, hay una casa verde donde no vive nadie. A unos doscientos metros de la
casa, hay un muro de rocas, un rompeolas. Sobre las rocas anda un hombre descalzo. El
hombre es como un niño, escarba los bichitos que viven entre las rocas, caracoles
minúsculos y conchitas rosadas y los devuelve al mar. Casi nadie camina por esa playa. La
playa es de las iguanas. Una que otra tortuga sale de entre los árboles que rodean la casa,
pero solo de vez en cuando. Una familia de pingüinos y otra de lobos marinos la visita una
vez al año. Los colores del mar cambian con la marea y con las estaciones. Azul intenso,
verde claro o amarillo el mar que rodea la isla nunca es el mismo. Solo el hombre es el
mismo.
Los pájaros del mar, pelícanos, gaviotas y alcatraces, van sobre Puerto Ayora, llevan y
traen historias y noticias. Las voces de los pájaros solamente las entienden los isleños. No
es raro encontrárselos hablando, los hombres y los pájaros.
- Sigue ahí, aunque nadie lo ha visto.
-¿Y la cola, dónde la guarda?
-Un día de estos me animo. Me le meto a la casa.
-Fíjese bien, que el tesoro lo tiene en una tabla.
Quién dice cada cosa es lo de menos. Lo que en verdad importa es que un día llegó a la isla
un extranjero. Pálido y enjuto, ojos celestes y cabello rojizo. Su barco había encallado no
sabía dónde. Después de algunos días a bordo de una balsa, tuvo la suerte de llegar a la
isla, arrastrado por la corriente fría que venía del sur, cargada de pingüinos y algas
septentrionales. El extranjero nunca dijo nada: cuál era su país, si tenía familia, o qué clase
de nave era su barco. Los isleños, que en esa época eran pocos, pensaron que era un
náufrago y nada más. No quisieron decirse que era un corsario o un prófugo de la justicia
de su país por haber intentado asesinar a un príncipe. Esas no eran razones dignas de
crédito.
John Stuart Smith llegó para quedarse. Construyó una casita en el lugar más recóndito de
la isla y la pintó de verde. Después se dedicó a dar largos paseos por la playa. Era frecuente
hallárselo, muy serio, observando las costumbres de las especies propias de esos parajes.
Pronto se convirtió en un experto. Sabía de todo, qué clase de animales habitaban allí, en
qué épocas del año llegaban los visitantes, cuáles eran sus costumbres y los modos que
tenían de aparearse.
La primera vez que los isleños escucharon decir que un cordón de fuego atravesaba el mar
fue de labios del extranjero. En todo caso, sus investigaciones llegaron hasta ese punto.
Luego de algunos años, fueron pocos los que volvieron a verlo. Se decía que estaba
escribiendo un libro y que únicamente salía en las noches, a caminar un poco y mirar el
cielo. Pero otras personas, las más audaces, afirmaban que John Stuart Smith se había
construido un submarino, que buscaba tesoros en el fondo del mar y que, en las noches
claras, era posible hallárselo abrazado a la espuma que el mar dejaba en la puerta de su
casa.
Un día apareció en la isla un hombre extraño. Nadie supo su nombre, ni cómo había
llegado. Lo vieron desde lejos, caminando hacia la casa de Smith. Días más tarde, lo
vieron alejarse en un bote sin remos. Remaba con los dedos de las manos. Nadie más
volvió a verlo. Tampoco a Smith volvieron a verlo. Algunos se acercaron hasta su casa,
recorrieron la playa de las iguanas y los lugares que antes visitaba, incluso lo buscaron en
las islas cercanas, pero no lo encontraron. Y sin embargo no lo dieron por muerto,
prefirieron creer que se había ido así, sin previo aviso, tal como había venido.
Mucho tiempo después, un carbonero que venía por la playa, vio pasar a su lado una cola
de iguana.
-Lo extraño era la cabeza, contaba a su familia el carbonero.
Otras personas también vieron lo mismo. Por las noches, en la cantina de la isla empezaron
a oirse voces como ésta:
-Pasó junto a nosotros. Iba rápido, el rostro levantado revelaba un intenso sufrimiento.
Movía los brazos sin rozar la tierra y se impulsaba hacia adelante con gran esfuerzo. Una
cola de iguana le salía de la espalda. Eso fue todo. Iba muy rápido. Cuando nos dimos
cuenta había desaparecido entre los árboles. Pero lo más extraño, -decían exaltados-, era la
cara...
Después de aquella noche, la historia anduvo sola. Entre los niños que jugaban a la pelota,
delante de las mujeres que lavaban, sobre los tendederos donde secaban la ropa, junto a los
pescadores que arreglaban sus redes en la playa, por todas partes, veían a la iguana. Pero
siempre pasaba muy rápido y no era posible verle la cara. Y se armó un gran revuelo.
Desde las otras islas llegó gente que había escuchado la noticia. Propios y extraños
deambulaban por Puerto Ayora a la caza de noticias sobre la iguana.
-La cosa es simple, -dijo entonces un alcatraz a quien no le gustaba tanto alboroto -, no sé
si se acuerdan de Smith. Ustedes no lo saben, y tampoco tendrían por qué saberlo, pero él
se encontró un tesoro en el fondo del mar. El dueño del tesoro, el Rey del Mar, supo que
nuestro amigo lo había hallado. Llegó hasta aquí bajo la forma de un hombre cualquiera, se
encerró con Smith tres días y tres noches, pero todo fue en vano. Smith le dijo que el
tesoro era de él, pues él solito lo había recuperado. El Rey del Mar lo miró muy enojado.
-Nunca saldrás de aquí.
Esas fueron sus últimas palabras. Después Smith lo vio alejarse por la playa. Cuando
finalmente desapareció en lontananza, Smith caminó lentamente hasta la orilla y anduvo
un largo rato por ahí, hablando solo, como era su costumbre, o escuchando las olas que se
acercaban. Pensaba en la tabla que se había encontrado. Smith la había hallado una
mañana. Ni siquiera había tenido que ir a buscarla. El propio mar se la había llevado hasta
su casa. La tabla era muy rara: a cada lado tenía siete cuadritos, todos pintados de distintos
colores y en el centro de la tabla los cuadritos se repetían, siete cuadritos a cada lado, siete
cuadritos a cada lado y así indefinidamente...
-Es absurdo, decía Smith cuando se acordaba, cada vez que empezaba a contarlos los
cuadritos empezaban a repetirse...
El alcatraz mira a la gente que lo rodea y calla por un momento. Cuando vuelve a hablar, el
viento de las islas lleva su voz hasta los pájaros que descansan entre las rocas.
Ya había anochecido cuando Smith cerró la puerta de su casa. Se durmió pensando en la
extraña visita y, no supo por qué, soñó toda la noche que aquella tabla era el calendario del
Rey del Mar.
Amaneció con una picazón en la espalda. Por la tarde, luego de un largo baño en el mar,
volvió a casa con las piernas muy pesadas y ya en la noche, cuando iba a acostarse, vio una
cola de iguana en el espejo que tenía junto a la cama. Smith pensó que alguna de ellas se
había entrado por la ventana y se agachó con la intención de ayudarle a salir. Entonces vio
que la cola era de él. Quiso gritar, pero la voz no le salió. Solo algo como un llanto, finito,
finito, le fue saliendo.
Las iguanas que dormían cerca de allí escucharon el llanto y se miraron desconcertadas.
John Stuart Smith siempre les había parecido un hombre fuerte. Se acercaron con gran
cuidado hasta la casa y pudieron ver todo. Sintieron mucha pena por el hombre, ellas
sabían lo que era ser iguanas. A todo el mundo le gustaban los pingüinos, había quienes
tenían tortugas en sus casas, pero a nadie, de eso estaban seguras, se le habría ocurrido
enamorarse de una iguana. Las pobrecitas trataron de consolarlo, quisieron explicarle que
no era tan malo eso de ser iguana, que las iguanas eran gente tranquila, que había lugares
en donde amaban a las iguanas, etcétera, etcétera...
-No seremos bonitas, -dijo una que parecía la más vieja de todas-, pero no hacemos daño.
Llevamos una vida amable y ordenada.
Olvidado de él mismo, Smith se calmó un poco. Pensaba en las iguanas. Nunca habría
creído que ellas hablaran el lenguaje de los humanos. O, lo que le parecía más
sorprendente, que él pudiera entender el lenguaje de las iguanas. Las iguanas no estaban
sorprendidas, le ofrecieron cuidarlo y así fue. Los días posteriores fueron de mucha calma.
Ni bien abría los ojos y el hombre ya tenía listo su desayuno. La mesa bien servida, la ropa
limpia. No le faltaba nada. Pero, además, las iguanas le hacían compañía, le hablaban de
otras islas, de los mares cercanos y le contaban historias muy divertidas. De más está decir
que, con el tiempo, la voz de las iguanas llenó los días y las noches de esa playa.
Entonces ocurrió lo que ocurre siempre, afirmó el alcatraz. Los cazadores llegaron hasta
ese sitio. Se escondieron detrás de unas rocas y se quedaron quietos, esperando a sus
víctimas. Al poco rato llegaron las iguanas. Tendidas bajo el sol, respirando bajito,
disfrutaban del calor y la tranquilidad de la playa.
-Miren la casa de Smith, -susurraban los cazadores-, la sorpresa que va a llevarse cuando
regrese.
Las colitas de las iguanas asomaban por las ventanas, trepaban por las paredes y colgaban
del techo de la casa. Una iguana, mucho más grande que las otras, avanzó hacia la playa.
De inmediato se produjo un movimiento, algo así como un reordenamiento sincronizado
de todas las iguanas. Y fue allí, en ese movimiento, que los hombres alcanzaron a ver a
Smith. Entonces se armó el despelote: los hombres empezaron a disparar, asustados y las
pobres iguanas a correr y esconderse. Casi todas las iguanas se escaparon, incluido Smith.
Pero otras se quedaron en la playa, muertas o malheridas. Los hombres también huyeron.
Corrieron sin mirar hacia atrás. No quisieron, siquiera, acercarse a la casa.
Las iguanas nunca volvieron a esa playa. Los abuelos de ustedes, los antiguos isleños, no
volvieron a verlas... Pero, ahora, Smith ha regresado.


“LA EXCEPCIÓN”
AUTORA: MARIA FERNANDA HEREDIA

A veces hay reglas que no se cumplen… y a alguien le toca ser la excepción.
Blanca, la ovejita, lo comprobó cuando una mañana despertó en medio de una extraña
sensación. Se acercó a otra oveja que por ahí dormía y le dijo:
–Es curioso… esta es la primera vez que siento frío ¿lo sientes tú también?
La otra oveja la miró con desconcierto y le contestó:
–¡Imposible! Las ovejas jamás sentimos frío, somos las dueñas de la lana que abriga al
mundo. No puedo creerte; me estás mintiendo.
Blanca pensó entonces:
–¿Mintiendo? ¿es posible mentir el frío?
Salió a caminar por el prado a la espera de que un rayo de sol la abrigara aunque fuera
un poquito. Se recostó junto al tronco de un árbol y al hacerlo sacudió a las hojas que
todavía dormían.
–¿Qué sucede? –preguntaron exaltadas.
–Perdón por despertarlas –respondió Blanca– he venido al prado en busca de abrigo.
–¿Abrigo? ¿Una oveja en busca de abrigo? Debes estar loca –respondieron las hojas
entre risas de burla.
La ovejita se levantó y abandonó el lugar mientras pensaba:
–¿Será verdad que cuando las ovejas sentimos frío nos estamos volviendo un poco
locas?
Caminó hasta un establo vacío, entró en él y se recostó sobre un montón de paja. A los
pocos minutos logró quedarse dormida y repentinamente un viejo caballo entró y,
sorprendido ante la presencia de Blanca, relinchó:
–¿Qué haces aquí?
Blanca se puso de pie y un poco nerviosa le contestó:
–No se enoje conmigo señor caballo, esta mañana he despertado con frío y he venido
hasta aquí buscando entre esta paja un poco de abrigo.
El viejo caballo la miró y muy molesto le dijo:
–¡Eres una perezosa! En lugar de inventar ese cuento deberías estar con el resto del
rebaño recorriendo los campos. Levántate y ¡a trabajar!
Por tercera ocasión la ovejita se incorporó y pensó:
–¿Perezosa? ¿Será la pereza tan fría?
Trató de avanzar rápidamente para alcanzar al resto del rebaño pero le resultó
imposible; sus compañeras se encontraban ya muy lejos.
Entonces la ovejita todavía invadida por el frío se acercó a su amigo lago para tomar
agua y descansar un poco. Cuando estuvo cerca, éste le dijo:
–¿Qué haces por aquí, Blanca?
Ella lo miró y a punto de responder lo que le sucedía reflexionó y decidió no hacerlo.
Estaba cansada de que nadie creyera en ella y que pensaran que era una mentirosa, loca
y perezosa.
–No te lo diré, porque no me creerás.
–Anda, confía en mí, somos amigos; cuéntame lo que te sucede.
–No lo haré, no lo haré y no lo haré. Es mejor que no insistas.
El lago sonrió y le dijo:
–Está bien, si no quieres contarme no puedo obligarte, pero… ya que estás aquí quiero
hacerte una confesión.
La oveja lo miró atentamente y se recostó a su lado para escuchar.
–Esta mañana –dijo el lago– he despertado con una sensación muy extraña.
–¿Qué sensación? –preguntó la oveja
–Nadie ha querido creerme, incluso las nubes se han burlado de mí
–¿Qué sensación? –volvió a preguntar Blanca llena de curiosidad.
–Esta mañana –dijo el lago– por primera vez en mi vida, he despertado con sed.
Blanca quiso decirle que eso era imposible, que un lago no puede sentir sed… pero un
escalofrío sacudió su piel cubierta de lana y pensó entonces que, por suerte, ella no era
la única que aquella mañana había despertado diferente.
Se acercó al lago tanto como pudo y le dijo al oído:
–Somos amigos, yo te creo; no importa lo que el resto diga.
Y durante todo el día se hicieron compañía, hasta cuando la luna anunció que aquel día
extraño para ambos estaba a punto de terminar.

“EL REGALO DEL TÍO MANFREDO MARAVILLA”
AUTOR: FRANCISCO DELGADO SANTOS

-Llega mañana, en el avión de las ocho -dijo mamá-. Pasará la Navidad con nosotros y
se quedará en casa hasta fines de enero. Trata de ser amable con él. ¡Viene al país
después de tantos años!
Yo sentía una gran curiosidad por conocerlo. Mamá me había contado tantas cosas
sobre el tío Manfredo, que con el tiempo se convirtió para mí en un personaje de
leyenda.
Desde muy pequeño se aficionó por la música y la poesía.
Tenía un corazón aventurero.
Se había escapado de la casa cuando estaba en la escuela, porque su padre lo reprendía
con demasiada severidad.
En el colegio había organizado una huelga para defender a uno de sus maestros.
Más tarde recorrió el mundo, haciendo “de todo un poco” para ganarse la vida.
Finalmente se estableció en los Estados Unidos, donde tuvo que trabajar muy duro para
pagarse sus estudios. Así, pudo culminar con honores la carrera de bibliotecario. Por
recomendación de uno de sus maestros, logró emplearse en la sala infantil de una
biblioteca pública. Leía mucho y les contaba cuentos a los niños. Cuentos maravillosos
y maravillosamente contados.
-”¡Hola, tío Maravilla!” -le dijo una vez una niña del grupo.
Y desde entonces, ya nadie lo llamó de otra manera.
Llegó el 24 de diciembre, con un baúl de regalos para mamá y una bolsa de juguetes
para mí. Abrir esa bolsa fue todo un deslumbramiento.
Allí estaba el carro que me había quitado el sueño durante tanto tiempo.
La pelota que le había pedido a mamá.
Un robot que hablaba en tres idiomas.
Un tren con sus vagones y sus rieles, que podía accionarse a control remoto.
Y libros. Muchos y bellos libros:
-Cada noche leeremos uno diferente -dijo el tío Manfredo-. De tal modo que, para
cuando regrese a los Estados Unidos, los habremos leído todos.
Hacia el fondo de la bolsa estaba el último libro.
Cuando lo abrí, me di cuenta de que no era en verdad un libro, sino un cuaderno
bellamente empastado. Sobre el fondo verde claro de la carátula, el tío Manfredo
Maravilla había mandado grabar mi nombre en letras doradas. Un poco más abajo, se
podía leer: “Un universo para descubrir”...
Ante mi asombro, el tío Manfredo sonrió y me dijo:
-”Se trata de un libro que aguarda a su escritor, muchacho. Un libro que, a diferencia de
los demás, puede tener un significado especialísimo para ti, si te decides a escribirlo”...
-”¿Escribirlo yo? -exclamé.
-”Sí, tú mismo -insistió-. Déjame explicártelo:
Si aceptas mi propuesta, cada día tratarás de descubrir algo y de registrarlo en estas
páginas.
Pero tienes que aprender a mirar. No sólo con los ojos, sino con todo lo que eres. Con tu
inteligencia y tu corazón. Con tu sensibilidad y tu fantasía.
Detrás de cada cosa, aun de las más humildes, hay auténticos mundos que tratan de
contar su historia a quienes son capaces de escuchar y de sentir”.
Sin comprender del todo lo que me estaba proponiendo el tío Manfredo, pero
presintiendo que me encontraba ante algo que podía cambiarme la vida, me dejé llevar
por el torrente de agua fresca que parecía manar de su palabra con sabor a magia.
Él me fue guiando, preguntando, sugiriendo.
Nos levantábamos al amanecer y caminábamos juntos.
Paseábamos, jugábamos, conversábamos.
Al atardecer yo me buscaba un rinconcito en casa y registraba mis “descubrimientos”.
Después venía el premio de escuchar, de labios del tío, la lectura de los libros que me
había regalado. Terminada la historia, ninguno de los dos decíamos nada. Nos
quedábamos emocionados y silenciosos, ante la belleza del relato y nos íbamos a la
cama, convencidos de que habíamos sido plenamente dichosos.
Poco antes de su partida, me miró sonriente y me dijo:
-”Tengo la impresión de que ya aprendiste a mirar”...
-”¿Por qué lo dices?” -pregunté.
-Por lo que has escrito en esta semana, muchacho.
Tomó las últimas páginas de mi “libro” y leyó en voz alta:
DOMINGO
“Me encantó el cuento de Bella y la bestia,
Sufrí mucho por la suerte de Bestia, pero el final de la historia me hizo muy feliz ”.
LUNES
“Anoche leímos con el tío Manfredo un libro sobre monstruos.
¡Qué miedo! Menos mal que el protagonista de la historia estaba soñando, porque si
no...
“Como suele decir mamá, los monstruos no existen; pero que los hay, los hay...
MARTES
Ayer la voz del tío se hizo delgadita y sus ojos se humedecieron al terminar la lectura
del cuento Un pasito y otro pasito. Se trata de un abuelo que enseña a caminar a su
pequeño nieto. Pasa el tiempo, el niño se hace joven y el abuelo sufre una parálisis de
todo su cuerpo. En adelante, será el nieto el que enseñe a caminar al abuelo, con la
fórmula aprendida en la infancia: “un pasito y otro pasito”...
-Tío -le dije, al terminar este cuento-: si te llega a suceder algo parecido, cuenta
conmigo para dar los pasitos que quieras.
Y el tío me abrazó larga, fuertemente.
MIÉRCOLES
“No lo había notado, pero a mi alrededor suceden cosas extraordinarias.
Muy temprano todavía, el sol atraviesa los cristales de mi ventana, se mete en puntillas
a mi habitación y me hace cosquillas en la cara”.
El gallo quiquiriquea como un loco y arma el gran escándalo en el gallinero.
Parece un despertador de enérgico timbre y vistosas plumas.
Parece un soldado tocando la corneta en el cuartel.
Parece un general convocando a su Estado Mayor”.
JUEVES
“Hasta hoy no supe lo hermoso que resulta dar un paseo por el huerto:
cerrar los ojos y disfrutar el aroma de los limoneros,
percibir la piel sedosa de las mandarinas,
deleitarme con el azúcar de las chirimoyas,
y enterarme, sin querer, de los recados de amor que se transmiten con su canto los
jilgueros”.
“¡Qué fragancia tan penetrante la que nos regalan en el jardín las hortensias y los
claveles!
¡Qué abanicos de colores exhiben las rosas!
¡Qué pureza proyectan las azucenas!”
VIERNES
“El perro ladra a las primeras personas que pasan por la calle: al repartidor de
periódicos, a los recolectores de basura, a los obreros que madrugan a las fábricas, a los
empleados que se dirigen a sus oficinas, a los estudiantes que van a la escuela, a un
borrachito que saluda a todo el mundo con su sombrero”...
“El gato se despereza y se lame el peluche de su piel.
Su cola hace piruetas en el aire; se transforma en serpiente, en serpentina, en rabo de
cometa”...
SÁBADO
“Antes de levantarme cierro por un instante mis ojos y trato de mirar y de sentir mi
cuerpo.
Mis pies que me sostienen.
Mis piernas que me impulsan.
Mi tronco, en el que habitan tantos y tantos tesoros que me permiten vivir.
Mis manos que hablan cuando mi voz calla;
mis manos con las que tomo las cosas para transformarlas; con las que señalo, escribo,
acaricio...
Mis brazos que me permiten proteger y protegerme, acunar a mis hermanos y acortar
distancias.
Mis sentidos, que me permiten disfrutar del mundo.
Mi rostro que me da identidad.
Mi cerebro, en donde, con toda seguridad, se esconde mi alma”.
“¿Por qué hasta hoy no me había dado cuenta de estos preciosos dones que nos hace la
vida todos los días?
“¡Gracias, tío Manfredo Maravilla, por esta Navidad inolvidable!”
¡Gracias por regalarme un universo para descubrir.”

LOS SECRETOS DEL SOL
Autor: Hernán Rodríguez Castelo
1
Al pequeño Iván lo creían tonto. ¿Quién sino un tonto completo podía pasarse
boquiabierto mirando los rayos del sol que entraban por la ventana de la clase?
Y había más: era tan tonto que, cuando el maestro ponía a los del grado a dibujar, lo
único que hacía era el sol. Y no el sol como lo dibuja cualquiera que lo sepa dibujar: la
cara redonda y los rayos saliendo d ella, igualitos. No: él hacía unas manchas
amarillas.....¡ Como si hubiese restregado su papel con yema de huevo! ¡Puaff, que
asco!
¡Este Ivancito es un completo fracaso!, decían los profesores. ¿Y cómo no iba a ser un
fracaso, si se pasaba las clases papando moscas?
Pero él decía que no eran moscas; ni siquiera esos miles de puntitos que bailan en la luz
del sol que entra en la aula..............él decía que lo que veía era el sol. Y decía más:
decía que entendía al sol.
¡No solo era tonto, sino que estaba loco!
2
El problema de Iván era que no sabía nadar. Bueno, ese era uno de sus muchos
problemas. Porque todo era problemas: en la casa, en la escuela, cuando iban de visita
los tíos que le decían que porque tenía tan preocupados a los padres. En todas partes. ¡Si
las gentes fuesen como el sol que nunca fastidia a nadie, que calienta a todos, que nunca
pone mala cara!
Pero, por el momento, el problema grave era que no sabía nadar. Porque, si no se
nadaba siquiera un ancho de la piscina, no pasaba de año....¡ Y qué largo parecía ese
ancho, cuando lo veía desde el borde!
¡Y cómo se iban a reír de él sus compañeros, cuando se tirase al agua y comenzara a
hundirse y a tragar agua a gritar “¡Me ahogo!”, “¡Me ahogo!” y tuviesen que sacarlo
como una cosa.
Eso que decía el bruto ese de gimnasia de que el mejor método para enseñar a nadar era
que le tirasen a uno al agua y allí, para no ahogarse, salía nadando era una mentira. Si
no, ¿por qué había tantos que e ahogaban?
En fin, la cosa era seria, e Iván no sabía qué hacer.
Por si acaso, iba las tardes a la piscina, cuando no había nadie. Pero se contentaba con
mirarla, con un poco de escalofríos..........
Y una tarde vio en el agua el rayo de sol: flotaba y parecía jugar con las pequeñas olas
que hacía el viento.
Y entonces, el sol le dijo:
- ¿Te gusta?
- Sí, claro. ¿Cómo flotas?
- ¿No quieres venir a jugar?
- No sé nadar....podría ahogarme.
- No tengas miedo...Ven y flota conmigo.
Iván amaba demasiado al sol para resistirse más; se desnudó y se metió en la piscina.
El rayo le dijo:
- Vuelve al borde y vuelve a costarte en el agua, recto, muy recto, desde los brazos
extendidos hacia delante hasta la punta de los pies. ¡Y no se hundía!
Alcanzó al sol y el sol se alegró de la risa del pequeño.
- ¡No me hundí! – le dijo.
- Como yo – le comenté el rayo de sol.
- Debo irme- le dijo el rayo de sol.- Por acá llega la noche yo tengo que ir a brillar al
otro lado del mundo.
- Vuelve mañana – le pidió Iván-: solo me queda mañana........Si pasado mañana no
nado todo el ancho, pierdo el año.
- Pero el otro día fue gris, lluvioso, y el rayo de sol no llegó a la piscina. Iván se resignó
a lo peor: perdería el año.... ¡Qué más le daba! Si en todo le iba mal. Lo único realmente
malo era un día sin sol.
El día siguiente, el de la terrible prueba en la piscina, amaneció pronto y brillante.
¡Cuántos rayos de sol se colaron por entre las cortinas y se treparon a la cama de Iván!
- ¡ Despierta! – le dijeron, alegres, calientes, juguetones-: tienes una hora antes de ir a
clase. ¡Vamos a la piscina!
- A esta hora ha de estar cerrada – dijo el pequeño entrecerrando los ojos. ¡Era tan difícil
ver el sol!
- No te preocupes ..........Te enseñaremos a colarte como nosotros. A nosotros nada nos
detiene. ¡Vamos! ¡Hay un rayo que ha venido de un país lejano donde los niños nadan
desde muy pequeños y se meten al fondo del mar, y él te enseñará a nadar!
El examen era al mediodía, y profesores y compañeros se preparaban a reírse un rato de
los apuros del despistado ese de Iván. ¡A ver si su sol le libra de hundirse! –decían.
Iván era de los más pequeños. Su turno le llegó casi al último.
- ¡Iván al agua! –bramó el de gimnasia-.
Pasarse un ancho.....Por el hondo.
El pequeño se fue para allá lentamente. Todas las caras estaban medio sonreídas.
Iván se echó hacia el agua como quien se recuesta; se estiró todo él recto, igualito a un
rayo de sol, desde la punta de los dedos de sus brazos extendidos hasta la punta de los
pies......... y se deslizó flotando. Y después movió sus brazos lentamente y en un dos por
tres se pasó el ancho.
¡Todos se quedaron mudos!
-¿Cómo aprendiste a nadar? ¿Quién te enseñó a nadar? ¿Cuándo aprendiste? –le
preguntaban los compañeros, y también os profesores sentían curiosidad.
-Me enseño un rayo de sol que flotaba, anteayer, y después otro rayo de sol que
enseñaba a niños de un país donde nadan desde chiquitos y van hasta por lo hondo del
mar.
Y todos concluyeron que el pequeño Iván estaba cada día más loco. ¡Dale con ese tema
del sol!
3
-Quiero que vengas a verme, para enseñarte algo –le dijo el sol a Iván.
-¿A dónde voy? –preguntó el niño.
-Al montecito que está en el centro del Valle....
-¿Al Ilaló?
-Sí. Así lo llaman ustedes.
-¿Y cuándo?
-Hoy mismo.
-¿Hoy?
-Sí. Hoy. Por la tarde. Cerca de irme para el otro lado del mundo es cuando más cerca
estaré de ti.
-¿Con quien voy?
-Solo.
-¿Solo?
-Solo tú sabes escucharme y para escucharme necesitas silencio.
Iván se preparó un sánduche y puso en su cantimplora jugo de naranja, y le pidió a su
mamá que, al salir de Quito, lo llevase y lo dejase por el lado del Tingo. No le dijo que
iba a subir al Ilaló para hablar con el sol, porque se habría puesto muy intranquila. ¡Con
eso de que todos andaban diciendo que estaba loco!
¿Qué pasó esa tarde entre Iván y su amigo, el sol? Las gentes del Valle decían que
nunca había brillado tanto el sol como esa tarde..........Que parecía que no quería irse.
¿A qué hora comenzó el sol a enseñar a Iván eso que dijo que quería enseñarle?
Parece que comenzó a enseñarle cuando el niño llegó a lo más alto del Ilaló, allí donde
se alza la gran cruz blanca. Después de que se comiera su sánduche y se bebiera su
naranjada.
¿Y qué es lo que le enseñó?
Habló el sol:
-El hombre lo que le parece preciso lo aprisiona. Lo enjaula, lo engarza, lo encierra, lo
cerca. Pero un pájaro enjaulado ya no es un pájaro. Y la gota de agua pendiente de la
flor de una hierva que yo hago brillar con uno de mis rayos al amanecer, encerrada, no
es nada. Y un paisaje cercado ya no es un paisaje. A mí nadie me puede encerrar ni
guardar. De mis rayos nadie puede decir “son míos”; de mi luz nadie puede decir “es
mía”. Nadie puede comprarme ni venderme. Yo soy del que me ama. Del que siente mi
calor, del que se alegra con mi luz. Yo soy tuyo porque tú me conoces, por que tu me
amas, porque tú me ves. Y tuyo es esta tarde del monte, porque solo tú la disfrutas. Y es
tuyo ese pájaro grande que hace piruetas para que tú lo veas.
Esto es lo que le dijo el sol al niño esa tarde en lo alto del Ilaló.
Y el sol era resplandeciente, flotando sobre un azul que sus rayos habían cubierto de
oro. Y era un sol caliente, que daba al niño calor, mientras por las laderas, por las
quebradas del lado oriental, por los páramos lejanos, por los arenales del Cotopaxi, que
se veían, blanquísimos, al frente, soplaba un viento feroz, que arrastraba jirones de
nubes y doblaba hasta el suelo los arbustos de los alrededores de la cumbre.
El sol iluminó hasta que el niño llegó a su casa. Y enseguida estuvo todo oscuro y fue la
noche.
-Esta tarde el sol se ha enloquecido –decían las gentes de El Tingo, de Alangasí, de la
Mercerd, de la Cocha, de Angamarca y Ushimana.
4
Era el último día de clase. Habían invitado a los padres de familia a la escuela para que
recibiesen las libretas. Y se había preparado un acto. Varios niños de sexto grado iban a
leer redacciones. Los mejores claro.
Los papás de Iván fueron también, aunque temían que solo sería para pasar una
vergüenza más. ¡Iván era un desastre! Pero, ¿por qué? No le faltaba nada...¿Y qué
diablos era eso de que hablaba con el sol?
Bueno. Comenzó el acto. Los niños que tenían las mejores libretas, los más seriecitos,
los más estudiosos y aplicados subían al escenario y leían sus redacciones. La mejor
redacción del año. Todas gustaban mucho al director y a los profesores querían que
dijeran. Decían que había que estudiar mucho para sacar buenas notas y más tarde ser
hombres de provecho y ganar mucho dinero; decían que había que obedecer en todo a
los padres y a los profesores; decían que debían ser buenos y no juntarse con los malos.
Cuando sea grande, seré un gran médico –decía una- y tendré la clínica más grande y
atenderé a muchos enfermos y seré rico y me harán un monumento. Yo, de grande, seré
un famoso futbolista y viajaré por todo el mundo metiendo goles y todos dirán con
admiración “Es ecuatoriano” –decía otra, que era del que tenía las mejores notas en
educación física y a quien le hacían sus redacciones en la casa.
Cada redacción era premiada con sonoros aplausos.
Los mejores alumnos terminaron de leer sus redacciones. El supervisor escolar, que se
había aburrido bastante con esos trabajos tan parecidos todos, preguntó:
-¿Y no hay algún alumno que haya escrito alguna cosa diferente?
El director y los profesores se vieron las caras.
Y entonces, al profesor de sexto C se le prendió un foquito en su cráneo pelado.
-Hay un niño –dijo- que escribió la semana pasada una cosa rara... No sé si sea buena...
El niño es de los que tiene regular ..... –y sacó del grupito de los “regulares” una libreta
y la extendió al supervisor.
-Bueno, veamos, que lea –dijo éste.
-A ver, Iván, lea su redacción del sol –dijo el profesor de sexto C.
Los papás de Iván se sentaron muy rectos en sus sillas, muy atentos. ¿Y esa redacción?
Ellos no sabían nada.... Y “del sol” había dicho el profesor...........¡Dale con el sol!
El pequeño Iván subió al escenario y comenzó a leer:
-El sol me dijo que suba al Ilaló porque me quería enseñar algo. Me dijo que suba a la
tarde, que cerca de esconderse estaría muy cerca de mí. Y, cuando brillaba más, el sol
me habló.
Esto es lo que me dijo el sol:
“El hombre lo que parece precioso lo aprisiona. Lo enjaula, lo engarza, lo encierra, lo
cerca. Pero un pájaro enjaulado ya no es un pájaro. Y la gota de agua pendiente de la
flor de una hierba que yo hago brillar con uno de mis rayos al amanecer, encerrada, no
es nada. Y un paisaje cercado ya no es un paisaje. A mí nadie me puede encerrar ni
guardar. De mis rayos nadie puede decir “son míos”; de mi luz nadie puede decir “es
mía”. Nadie puede comprarme ni venderme. Yo soy del que ama. Del que siente mi
calor, del que se alegra con mi luz. Yo soy tuyo porque tu me conoces, porque tu me
amas, porque tú me ves. Y tuya es esta tarde del monte, porque solo tú la disfrutas. Y es
tuyo el viento que quiere jugar contigo. Y son tuyas las hiervas y sus flores. Y es tuyo
ese pájaro grande que hace piruetas para que tú lo veas”.
Esto es lo que me dijo el sol.
Mientras Iván leía, el supervisor, con muy mala cara, había dicho al director: “¿Este
niño tiene regular?”. “Pues parece que sí”, había respondido el director, enrojecido.
-¡Muy bien! ¡Muy bien! –exclamó el director cuando Iván terminó de leer su redacción.
Él, cuando joven, había querido ser poeta, pero había sentido miedo de morirse de
hambre y se había dedicado a cosas más útiles. Pero en el fondo de su corazón quedaba
un pedacito de poeta y con la lectura de Iván se había despertado y daba saltos.
-Muy bello, muy profundo –no se cansaba de ponderar el supervisor, y le pidió al
director: -sería bueno cambiar esta calificación por una “Excelente”. Esta redacción es
muy notable.
-Les felicitó –dijo el supervisor a los padres de Iván-: su hijo ha hecho una redacción
extraordinaria. Va a ser un gran escritor y un gran hombre.
Los padres de Iván no cabían en sí de emoción: entonces, eso era lo del sol... bueno..
pura imaginación. Como la de los poetas... que no es cosa tan mala... Ivancito no estaba,
como decían loco.
Iván no se daba cuenta de lo que estaba pasando. Un rayo de sol había entrado por la
ventana y le caía en el rostro. Y él lo miraba con los ojos abiertos, feliz. Era suyo,
porque era su amigo, porque él lo amaba. Y el sol le enseñaba muchas cosas... ¡Todavía
mucho mejores que las había leído en su redacción!.

CUENTO DEL FANTASMITA NEGRO
Autor: Alfonso Barrera Valverde

En el comienzo de los siglos fueron creados los elementos del universo; las aguas, el
fuego, las plantas, un núcleo de vida animal y un átomo de razón, o luz interior para
comprender ese mundo. Con el fin de que la creación estuviera completa, fueron
creados también los fantasmas.
Como se sabe, ellos han sido blancos desde el principio. Y eso tienen su razón de ser,
pues de no ser así no podrían aparecer, asustar, espantar y esconderse transparentemente
en las sombras. Pero no todos conocen que los fantasmas son el primer grupo nómada
de la historia. Nómada quiere decir movedizo. Pues bien, nadie se mueve como los
fantasmas. Andan por los campos abiertos, por las casas viejas y alguna vez en la
cabeza de ciertas personas.
Para no seguir con estas divagaciones históricas, digamos que nada andaba mal entre los
fantasmas y así podía haber seguido su reino si no "les nacía" Mandinga, fantasmita
negro.
Se comprende el problema, porque papá fantasma, tía fantasma y hasta mamá fantasma,
veían arruinada la profesión repentinamente, pues a Mandinga, por ser negro, se le veía
tan pronto como asomaba y, en lugar de miedo, los hombres sentían unas ganas locas de
reír. Como las profesiones son cosa respetable en todas partes, la familia de Mandinga y
los demás congéneres se preocuparon. Iban por el aire y a Mandinga se le notaba
claramente; se metían en el agua y allí Mandinga semejaba a su pececito negro lejos de
la pecera.
La gente de bien -y en todo grupo tradicional hay gente de bien- se lamentaba por no
poder asustar y por sembrar risas en vez de gritos. Ello, para afuera; por dentro los
destrozaba la envidia, pues veían a Mandinga rodeado por el afecto de los demás, ya
que él había logrado, sin saberlo, reemplazar el miedo con el humor.
Mandinga, que estaba, como los seres inmortales y mortales, educado según el modo de
sus mayores, sufría y él también deseaba a ratos ser blanco, sin ningún motivo, solo
porque esta sensación era dada por sus parientes y amigos.
Un día, los miembros del Parlamento de los Fantasmas fueron convocados a petición de
la más vieja y apergaminada de todas las Señoras Fantasmas, a las que se llamaba, como
en cualquier sociedad bien conformada, Viejas Brujas. El Parlamento deliberó
largamente sobre Mandinga.
Pero, mientras estaban en la sesión, otros también se pusieron en movimiento para
concurrir a la Gran Asamblea de la Selva. Porque si las viejas brujas se reúnen, ya se
sabe que es mejor tomar precauciones. Así lo comprendieron los amigos de los niños: el
tan-tan, que envió noticias al trapiche donde trabajaban negros, y el loro, que repartió
manifiestos verbales entre los pájaros de la selva.
Los barcos y los remos se conmovieron, a su vez, porque son antiguos conocidos de los
hijos de los galeotes.
Los seres silvestres de buena voluntad nombraron delegados en las personas de los más
sabios. El león fue desaprobado por sus manotazos nada gentiles. El tigre, por ser muy
elegante en las formas que engañan sobre el interior. La hiena, porque se ríe de miedo y
en la risa los animales deben de ser muy sinceros. La culebra fue descartada por malos
antecedentes bíblicos y por hablar desde el suelo.
Finalmente, el Consejo de los Amigos de Mandinga quedó constituido del siguiente
modo: la lechuza, por ver mejor de noche (en este punto, los murciélagos quisieron ser
de la partida, pero se les rechazó por sanguinarios, por infundir pánico, dormir con la
cabeza abajo y aprovecharse de quienes sueñan); el perro, por entender el alma de los
adultos; la jirafa, por ser la que más se asusta con los fantasmas, pero la más buscada
por los niños; la marimba, porque es leal compañera de todas las apariciones de la selva;
y el conejo, por dócil y porque se deja llevar de las orejas en las manos del más pequeño
de los fantasmitas.
Los Fantasmas Tradicionales, todos ellos con barbas respetables, pintados al óleo sus
ojos amarillos, con el solo fin de complacer a las Señoras Brujas ya habían decidido
deshacerse del pequeño y abandonado por cualquier lado.
Justamente cuando obraban así, y a punto de ser pronunciada la sentencia sobre quién
tenía la custodia del "fantasmita-problema", llegó la delegación de los amigos.
-Venimos para invitarte. Quédate con nosotros, -se encargó del discurso la lechuza- tú
no haces mal a nadie. De noche no se te ve ni asustas; de día haces reír y es mejor que
haya alguien para hacer reír. Como la más sabida de las justicias es dejar decepcionados
a los envidiosos y castigarlos en su propio mal, se les hará saber que eres feliz, para que
en sus envidias tengan sus pequeños infiernos. Como quien dice: que en su salsa se
cocinen. Así pues, que los importantes vean cómo son quienes cuentan con el afecto de
los demás.
Con todo lo cual. Mandinga, rodeado por animales y seres queridos, allí se quedó.
Desde entonces, los negritos de la selva se entienden con los fantasmas. Por eso, nunca
se asustan de noche. Los que se asustan son, en todo caso, los excursionistas inexpertos,
mientras todavía no tienen un amigo negro.

EL DELFÍN ROSADO
Autora: Edna Iturralde

Errkierrk... Errkierrk... El delfín cantó sacando fuera del agua su hocico, llamando así la
atención del grupo de mujeres y niños que se encontraba a la orilla del lago. Cuando
estuvo seguro de que lo estaban mirando, dio un salto impulsándose con su pequeña
aleta dorsal, curvó cabeza y cola, y se puso a bailar sobre el lago. Como la mayoría de
los delfines de la Amazonía tenía la piel gris en el dorso y un rosado brillante en la
barriga.
El grupo se detuvo para mirarlo. Eran indígenas de la tribu de los Sionas que buscaban
huevos de charapa, la pequeña tortuga que desova en las orillas arenosas de los lagos y
ríos de la selva. Para los Sionas, era de buena suerte ver un delfín rosado, puesto que su
tribu les atribuye poderes mágicos. Además, creen que cuando ellos mueren se
convierten en delfines y es por eso que estos animales los ayudan a convivir con las
fuerzas de la naturaleza; o bien atrayendo lluvia en épocas de sequía o secando las aguas
para que no se desborden los ríos. Y más importante aún, creen que los delfines atrapan
a las estrellas que se reflejan en el agua, obligándolas a quedarse allí para con su luz
atraer a los peces, asegurando así la vida en la laguna.
Errkkk, Errkk... gritó de nuevo el delfín, pero alguien había encontrado un nido y todos
estaban más interesados en recoger los huevos que en mirarlo.
Bueno, todos no, una niña pequeña se había sentado sobre una piedra y lo observaba
atentamente mientras comía un banano.
El delfín realizó varias piruetas que terminaron en un salto. Ella le sonrió con una
sonrisa a la que faltaba un par de dientes. El delfín se rió y dio dos volteretas más. La
niña aplaudió poniéndose de pie. Él se sintió feliz. Claro que como público no era
numeroso, como aquel que venía río arriba en canoas grandes y ruidosas desde Tarapoa,
pero en cambio era un público que, sin lugar a dudas, apreciaba plenamente sus
esfuerzos.
-Baila, trompudo, baila para verte, -gritó la niña.
-Mmmmm... Trompudo, -pensó el delfín-. Trompudo... Sí, le gustaba el nombre.
Después de todo su hocico era bastante largo.
Volvió a impulsarse fuera del agua hasta quedarse con su cuerpo rígido. Se movía con
delicadeza, de un lado al otro, siempre con el mismo ritmo. Sus pequeños ojos de
pupilas acorazonadas miraban fijamente a la niña; ¡verdaderamente le parecía
encantadora! Además, le recordaba a un monito, quizás por la manera de pelar la fruta,
el cabello oscuro cortado en flequillo recto sobre la frente y la forma de sonreír
arrugando la nariz. Se acercó más y más hasta quedar a poquísima distancia de ella. La
niña se sacó unas botas negras de caucho y empezó a caminar hacia el agua con una
mano extendida.
Apenas se mojaron sus tobillos, cuando una de las mujeres que se hallaba cerca la
llamó; era tiempo de marcharse.
El delfín se entristeció al verla partir. Hacía mucho calor. Se puso a dormitar medio
sumergido hasta que el sonido de palmadas sobre el agua lo despertó. Un viejo con una
pluma atravesada en la nariz y una túnica azul golpeaba la superficie del agua con su
mano. Era el chamán de los Sionas.
-He venido a prevenirles a ti y a tus compañeros, -dijo el viejo brujo-. La muerte negra
se acerca; los ríos han sido contaminados con la sangre de las entrañas de la tierra que
los humanos llaman 'petróleo'. La laguna va a morir.
El delfín rosado sabía que de suceder esto ellos no podrían sobrevivir y, si los delfines
morían, ¿quién ayudaría al chamán a atrapar las estrellas? ¿Quién atraería al viento para
que vinieran las nubes y bajara la lluvia?
El chamán acarició delicadamente, con sus uñas largas y encorvadas, la cabeza del
delfín y dijo: -Lo peor de todo es que yo no puedo hacer nada para evitarlo.
El día siguiente comenzó silencioso. Los delfines no se saludaron saltando fuera del
agua ni gritando entusiasmados como de costumbre. Tampoco graznaban los
cormoranes. Ni siquiera los monos traviesos hacían ruido desde las altas chontas.
Unas gotas de lluvia grandes y gordas golpeaban el agua. El delfín se hallaba nadando
preocupado cuando escuchó una voz conocida que lo llamaba. Regresó a ver. Era la
niñita que viera el día anterior.
El delfín sumergió su cabeza y feliz la saludó con la cola.
Ella trató de alzar una mano a manera de saludo, pero la detuvo para secarse los ojos.
Llevaba un vestido rosado que le quedaba demasiado grande y en la mano un atado de
ropa.
Tenía la carita triste.
El delfín intuyó que la niña venía a despedirse; unas lágrimas pequeñitas se escaparon
de sus ojos y fueron a mezclarse con la lluvia.
-Eeeerrrkkk... Eerk, -dijo bajito sumergiéndose hasta el fondo de la laguna.
Pasó largo rato hasta que volvió a subir a la superficie. El delfín percibió un olor acre,
extraño. El agua sabía mal. Su corazón empezó a palpitar alocadamente. Tenía miedo.
Su instinto le alertó de un peligro.
En la suave penumbra del día que terminaba, el agua se oscurecía. Una sustancia
pegajosa empezó a adherirse a su cuerpo sin permitirle nadar. Se quedó flotando sobre
una manta espesa y negra. No se escuchaba ningún ruido ni se veía ningún animal. Miró
al cielo, vio que estaba cubierto de estrellas pero que éstas no se reflejaban como de
costumbre en el agua. El delfín se preguntó si sería posible que la laguna hubiera
muerto.
-Ya no se puede atrapar estrellas, -suspiró débilmente sintiendo un frío extraño que le
invadía.
Justo en ese momento escuchó un rechistar de lengua y un resoplido. Reconoció el
idioma de los delfines, parecía que otro delfín estaba por allí. Alguien se acercó a su
lado. Era el chamán, quien sorpresivamente cambió de forma a la de un delfín grande y
luminoso que le indicaba que lo siguiera. El delfín rosado, que ya no sentía nada de
miedo, así lo hizo. Flotaba en el aire; debajo de él la selva desaparecía en la distancia,
por encima, brillaban las estrellas

PIQUIOCIOSO
Premiado en el Concurso Nacional de Cuento Infantil convocado por "El Mercurio". Cuenca, 1974.
Autor: Rene de la Torre Torres

El ritmo febril del trabajo se erguía diariamente entre las copas espesas, su himno
afanoso cuchicheaba entre las hierbas, tableteaba sobre los troncos o se elevaba
estremeciendo el aire.
Cuentan que, en medio de este reino laborioso, había un pajarito carpintero que nunca
hacía nada, y que de tanto no hacer nada, se cansó. Por eso sus amiguitos y parientes le
llamaban con sorna:
¡MAESTRO!
Sí, este pajarito era un verdadero maestro... ¡un maestro de la vagancia!
El verdadero nombre del emplumado era Piquiocioso. Vivía —si a eso se llama vivir—
de la caridad pública, y, como el desdichado ni siquiera había construido su casa, cada
noche estaba obligado a pedir posada en el nido de algún familiar o amigo generoso.
Lastimosamente para él, la hospitalidad no se contaba muy a menudo entre las virtudes
de los suyos. Por ello, en muchas ocasiones, los carpinteros encontraron a Piquiocioso
tiritando de frío, al pie de los árboles, tapado a duras penas con una hoja o envuelto en
una alfombra de musgo. Compadecidos de su miseria, los pajaritos suspiraban, y
luego... seguían su camino.
Muy cerca de donde vivía nuestro haragán, Gringopico —un pájaro extranjero— había
edificado un magnífico palacio. Su mansión estaba localizada en lo alto de un abeto.
¡Era de verla: brillaba desde el sótano a la terraza! Sus pisos tenían el lustre dado con la
cera de la colmena vecina, las ventanas estaban engalanadas con vidrios de luna y
cortinas de nube; en tanto que las paredes de la fachada y del interior, lucían los colores
de las plumas del pavo real. Cualquier monarca de los árboles, gustoso, habría
trasladado su corte a esa dependencia fastuosa.
Gringopico, pajarito de ojos azules y plumaje rubio, estaba de viaje. Sus negocios le
obligaban a dejar el país de los carpinteros por unos meses. Por esta razón, en una parte
visible de su morada, colgó el siguiente letrero:
PARA CARPINTERO SOLO O
MATRIMONIO SIN NIÑOS
ARRIENDO NIDO DE LUJO.
Piquiocioso tuvo conocimiento de la oferta y, rápidamente, cosa rara en él, se presentó
ante el dueño de la mansión. Antes de que éste usara el pico, nuestro amiguito se
presentó diciendo:
—Soy el inquilino que usted busca. Soltero, sin compromiso, trabajador y, sobre todo,
muy cumplido en los pagos. Además soy sincero, no fumo, no soy charlatán, no...
Tanto habló en bien de sí mismo, que desde ese día escasearon las virtudes.
La presentación labiosa de Piquiocioso acabó por convencer al extranjero y, sin más
averiguaciones, le arrendó el departamento en tres lombrices contantes y sonantes.
Sacando fuerzas de su vagancia, el haragán consiguió abonar el precio pedido y pronto
estuvo pavoneándose en su lujosa vivienda.
En poco tiempo, aprovechando la primavera, su plumaje y sus cantos, Piquiocioso se
convirtió en el ídolo de muchas pajaritas. Ellas facilitaron su vida de hippie, pues con el
objeto de agradarle, cada una le proporcionaba el mejor manjar que podía obtener.
Piquiocioso llevaba una vida de príncipe.
Así pasaron varios meses, pero el día menos pensado, sin atinar defensa, se dejó atrapar
por una hermosa damita llamada Piquibella. De este matrimonio nacieron tres
simpáticos polluelos. Afortunadamente, el nido arrendado disponía de varios
dormitorios y en ellos se instalaron los herederos.
Al ir creciendo, los tres polluelos se convirtieron en tres pilluelos. Sí, hacían diabluras.
En una ocasión, cuando los tres hermanos tomados de las alas patinaban velozmente por
el corredor, no pudieron detenerse el momento en que su madre salía del dormitorio a la
sala... ¡zas! ¡pum! Fue una catástrofe. Los tres hermanos se estrellaron contra el gran
ventanal; un rocío de vidrios cavó sobre la sala cubriéndola de nieve, mientras las
avecitas inquietas se retorcían contra el piso. Afuera, la luna reía burlona con su boca de
plata.
¿Y su madre? ¿Dónde estaba su madre? ¿Qué le había ocurrido? Las únicas señales de
ella se despedían emplumando el aire. Angustiados la buscaron por toda la casa, bajo las
sillas, las mesas, las alfombras... nada. De pronto, sobre sus cabezas, y muy cerca del
ventanal roto, los pequeños escucharon un aleteo quejumbroso. Al levantar la vista, con
asombro descubrieron a Piquibella clavada en el techo. Los carpinteros intentaron trepar
por la cortina para ayudarla, mas lo único que lograron fue desgarrar la tela espumosa y
blanda. Sin darse por vencidos, se agruparon para decidir la manera más efectiva de
bajarla, pero cuando a uno de ellos le vino una idea luminosa, el cuerpo pesado de su
madre la apagó, aplastándolos contra el suelo. El castigo no se hizo esperar. Piquibella
—que de bella ya no tenía ni el pico— armada de un plumero propinó una tunda a sus
pilluelos.
En otra ocasión, mientras las ranas rendían culto a la lluvia con sus voces remordidas,
los pequeñuelos no resistieron el deseo de ensayar su oficio. El pajarito menor, un
diablillo que lucía un pico largo, largo, imaginó que era Picasso y, sin pensarlo dos
veces, con el esmalte de uñas de su madre embarró la fachada y los interiores. Al mismo
tiempo, sus hermanitos, maestros del berbiquí, martillaron incesantemente los picos
sobre las paredes del inmueble, llenándolo de viruelas. Tantos huecos hicieron estos
oficiales mayores, que su padre, sin distinguir la entrada del nido, se quedó atorado en
uno de ellos. Cuando Piquiocioso logró salir de ese enredo, sus hijos disfrutaban el
sueño angelical de la niñez.
Entre tanto, Gringopico gozaba de las cuantiosas entradas producidas por sus
propiedades en arriendo. Ellas, en su viaje de negocios y, por supuesto, de placer, le
habían costeado los mejores hoteles, los recorridos turísticos y gastos de toda índole.
Cansado de tanto disfrutar, el pajarito rico decidió volver.
Así, una mañana fría de otoño, en el vuelo procedente de Yanquiave, retornó
Gringopico.
El mister, apenas llegó, antes de bajar sus maletas y saludar con los suyos, corrió en
busca del inquilino y la propiedad. Al primero lo encontró atareado en sus ronquidos.
—¡Mi propiedad! ¿Qué ha hecho Ud. con mi propiedad? —gritó desconsolado el
extranjero al mirar la destrucción.
Piquiocioso despertó sobresaltado. Cuando trató de articular palabras en su defensa,
Gringopico le cortó diciendo:
—Ud. desocupa mi departamento o le demando en la Oficina de Inquilinato.
—¡Pero señor, mis hijos, mi esposa!
—¿Hijos? ¿Esposa? Yo arrendé mi propiedad a un pájaro solo y no al Director de la
Casa Cuna.
—Pero... pero...
—No hay ningún pero que valga. Si hasta las dos de la tarde no ha desocupado el nido,
lo haré desalojar con la policía.
El plazo dado por el propietario se cumplió y como el inquilino no había hecho nada por
desocupar el departamento, aquel acudió a las autoridades.
A las seis de la tarde, el Comandante Lechuza y varios gendarmes, sin hacer caso de las
súplicas de Piquibella ni del llanto de los polluelos, arrojaron las pertenencias de la
familia en medio del pasto. El pájaro rubio, muy satisfecho, ordenó de inmediato la
reparación de su vivienda.
Afuera, en tanto que el viento hacía crujir las ramas y la lluvia helaba los troncos,
Piquibella, desesperadamente trataba de cubrir a sus hijuelos. Todo era inútil: el frío les
carcomía sus plumas. Por ello, la pajarita dejó escapar una lágrima tibia y amarga que se
deslizó sobre su pechera de terciopelo.
Más distante, cabizbajo y solitario, Piquiocioso escondía su vergüenza bajo la hierba
entunada.
Fue una noche interminable y triste para esa familia obrera. El que más sufrió, sin duda,
fue Piquiocioso. Toda la velada la pereza paseó burlona por su mente alada. El reclamo
interior se entrecortó punzante en la inutilidad de su pico, encendiendo una decisión
rabiosa. Al amanecer, nació un nuevo Piquiocioso.
AI despuntar el alba se dirigió hacia un hermoso pino y en él repiqueteó su martillo
incansablemente.
En breve estuvo terminando el dormitorio nupcial y las piezas de los niños, la sala, el
comedor y todos los servicios. Con ímpetu incontenible alcanzó una estrella y en ella se
apoderó de cristales jaspeados que resplandecieron luego en sus ventanas. Su
entusiasmo no quedó allí. Piezas de raso musgoso y retazos de niebla conformaron los
cortinajes y el parqué del piso brilló más que el sol.
Gozoso, bajó a comunicar su obra a Piquibella que aún dormitaba entumida y triste.
Al escuchar la buena nueva, la alegría abrió el pico de todos en carcajadas desiguales.
Reían la dicha de poseer su casita propia y un padre trabajador.

AZUL SUEÑO
Autora: Elsa María Crespo

Esa mañana Bastián recibió una invitación que decía: Amigo Perro: Estás
cordialmente invitado a una celebración de sueños. Mañana por la mañana en mi casa.
No falles porque nos hará falta tu sueño. Tu amigo Tucán
Alegre pero muy preocupado, Bastián se sentó en el sofá a cuadros de su cuarto
y pensó:”? Qué sueño contaré? Mi problema es que siempre estoy de prisa y hasta
sueño al apuro, por eso nunca recuerdo mis sueños.”
Sus amigos siempre contaban sueños de naufragios, de escondites secretos, de
monstruos asquerosos, de castillos de reinas y de magia.
Bastián sentía que era el único perro del mundo que no soñaba.-No puedo llegar
a la reunión sin un sueño, sería como ir a un cumpleaños sin regalo o a una fiesta de
disfraces sin disfraz.
Pensó, pensó y repensó como encontrar un sueño. Se recostó cómodamente en el
sofá boca arriba. Con su hocico pecoso medio abierto, mostrando sus dientes en busca
de una sonrisa, con sus escuálidas y largas patas estiradas hacia arriba, sus orejas
peludas caídas para atrás y con cara de murciélago con sueño, se durmió.
A las pocas horas, despertó anhelante por saber si recordaba su sueño. No
recordó nada, seguía soñando al apuro.- “¿Qué voy a hacer? Como quisiera que exista
una tienda de sueños con un letrero grandote que diga: Se vende sueños. Sueños
grandes, pequeños, de colores y hasta de importación.”
De nuevo, Bastián se tumbó en el sofá pero esta vez se acomodó boca a bajo.
Encogió sus escuálidas y largas patas hacia adentro, metió su hocico entre sus patas de
adelante, estiró sus orejas peludas hacia los costados, puso cara de camello cansado y se
durmió.
A la hora, despertó ansioso por saber si había soñado. Nada, ni un poquito del
sueño pudo recordar. “!Necesito un doctor que me cure este mal de sueños! ! Una
bruja que me dé una pócima para recordar sueños! !Necesito un sueño para mañana!”
En pocas horas iniciaba la reunión de sueños. Angustiado , sin saber qué hacer,
hizo un último intento.
Con calma se puso su pijama de rayas azules y se instaló cuidadosamente en su
silla de madera color azul. Despacito colocó su panza en el asiento de la silla , dejó
caer sus escuálidas y largas patas a los costados , cubrió sus ojos grandes con sus orejas
peludas, dejó colgar su hocico pecoso fuera del asiento, puso cara de perro-buscasueños
y lentamente se durmió en un sueño profundo.
Al despertarse, Bastián descubrió que no era necesario una tienda de sueños, ni
un doctor y peor una bruja. Muy contento se revolcó en el suelo, dio mil vueltas
alrededor de la silla y gritó:” !Recordé lo que soñé!” Sin quitarse su pijama de rayas
azules y con cara de perro dichoso fue a la casa de su amigo Tucán.
Ahí se encontraban todos los amigos para dar inicio a la gran celebración de los
sueños. Llegó el turno de Bastián y contó:
-Anoche tuve un sueño azul. Me encontraba en mi cuarto de paredes pintadas
con huesitos azules, llevaba mi pijama de rayas azules y dormía plácidamente en mi
silla de Madera color azul. Mientras dormía yo le hablaba a mi mente y le decía: “Por
favor debes ayudarme, cuando sueñes sueña despacito, no te apures. Tómate tu tiempo y
pon atención al más mínimo detalle. Así cuando yo despierte recordaré mis sueños
siempre.”
Y desde esa noche - la noche de color azul sueño- y todas las demás noches,
Bastián tuvo sueños para contra y contra y siempre durmió en su silla de madera color
azul luciendo su pijama de rayas azules.

LA MANO NEGRA
Autor: Edgar Allan García

No les voy a mentir, chicos, la mano no era negra: lo que pasa es que era bastante
peluda, tan peluda que mirándola desde lejos parecía una tarántula. ¿han visto una
tarántula? Bueno, si la ve, no se acerquen porque podría picarles e incluso darles la
mano, en cuyo caso no sería una araña, sino una mano peluda como la de esta leyenda.
Pues bien, la mano peluda que un buen día apareció en Quito era tan especial que no
tenía brazo que la sostuviera, ni por supuesto codo, axila, hombro o persona alguna
detrás. Era entonces una mano sola, condenada a vivir así tosa la vida porque ¿dónde,
dígame ustedes, iba a encontrar otra mano peluda –aunque fuera lampiña- caminando
por las calles? Imagínense nada más qué drama: nunca, la pobre, podía estar “mano a
mano” con otra, ni mucho menos ponerse a jugar en una esquina de barrio a las
“manitos calientes”, o –cuando le entraba la travesura traerse algo “entre manos” con
una mano compañera de escuela. Lo único bueno de esta mano peluda era que no podía
borrar con el codo lo que ella misma había hecho, que es lo que por desgracia todos los
seres humanos hacemos pasando un día.
Pues bien, esa mano peluda era muy inquieta, en especial a partir de las ocho de la
noche, cuando todo el mundo estaba durmiendo (porque hay que recordar que era el
año 1972, segundos más, segundos menos).
Entonces salía a deambular por los corredores de la iglesia de San Francisco, que era
uno de sus sitios preferidos. Subía, saltaba, giraba, hacía equilibrio sobre un solo dedo
en el altar mayor, se caía (a veces la pobre se rompía una uña), volvía a levantarse,
corría hacia el atrio, y cuando sentía que se acercaba el único lego del lugar, un joven
llamado Leandro, que ( aquí viene un chisme de los buenos) estaba ahí porque quería
pagar con rezos y sacrificios el hecho de haber causado una muerte accidental, una
muerte producto de los celos que, por si no lo sabes, son como perro rabiosos que
habitan el pecho de algunos seres humanos.
La mano entonces se escondía cerca de una catacumba que tenía una enorme puerta de
piedra labrada en la que todavía se puede ver, entre otras cosas, dos manos cruzadas en
alto relieve. Tan pronto Leandro pasaba por ahí, alumbrado apenas por una vela de
cebo, la mano peluda salía del escondiste y saltaba para llamar la atención. Al principio
Leandro no podía creer lo que había visto en el piso. ¿Era una araña acaso?, ¿se trataba
tal vez de la sombra que proyectaba la vela? Con el tiempo, Leandro se dio cuenta de lo
que sucedía y empezó a sentir miedo de esta mano peluda que, muy coqueta, parecía
llamarlo con el dedo índice.
Una mañana no aguantó más y le confesó al padre provincial lo que estaba ocurriendo
en las noches. –Es una mano peluda de este tamaño, como una mano de gorila, padre,
ayúdeme porque ya no puedo más, -le dijo temblando. El padre se lo quedó viendo con
las enormes cejas fruncidas: -Mmmm, ¿no habrás estado bebiendo? –No padre. –Más te
vale, ya ves lo que le pasó al padre Almeida por andar por ahí farreando. –No padre, le
juro que no, padre. –Bueno, -dijo finalmente el provincial fray Eugenio Díaz –esta
noche sabremos la verdad.
En efecto, esa noche el padre fue con Leandro hasta la cripta, pero al principio no vio
ninguna mano: esta andaba muy tranquila jugando a la resbaladera dentro de uno de los
tubos del enorme órgano de la entrada. De pronto se escucho un ¡plaff! Sí, es lo que
imaginan: la mano peluda se había caído desde el balcón y rengueaba por entre las
bancas sin poder gritar “ayayay” por falta de boca. –Ahí viene, -dijo Leandro,
temblando. –Shhhh, -dijo el padre, que quería sorprenderla con la mano en la masa.
Pocos segundos después, llegó como llega una tarántula herida, arrastrando una pata,
qué digo, un dedo, el dedo gordo para ser exactos. Cuál no sería el susto del padre
provincial que de inmediato salió corriendo hacia los dormitorios, gritando santas
palabras en latín y malas palabras en español.
A partir de esa noche, la mano peluda, a la que todos empezaron a llamar “la mano
negra”, se hizo famosa: si un niño no quería tomar la deliciosa sopa de nabos, de col
hervida o de acelga agria que le servía su mamá, esta de inmediato decía que ese mismo
rato iba a llamar a la mano negra y, en un santiamén el pobre niño se la tomaba, con
ajos y todo, aunque estuviera fría. O si alguien creía que en algún negocio había algo
engañoso, algo que olía mal, o algo digno –por ejemplo- de un politiquero, en seguida
decía: “ a mi me parece que aquí hay mano negra”.
Mientras tanto, Leandro lucía un par de orejas grises cada vez más grandes y, con un
leve temblor en los cachetes flacos, le juraba a todo el que se encontraba en su camino
que una de esas noches se iba a volver loco porque a “la mano peluda”, decía se le había
“ido la mano” con él.
Tanto se quejó y tanta pena daba que una noche bajo el padre provincia rodeado de más
de veinte frailes y, lentamente, llegó hasta la puerta que desemboca en la cripta. La
mano estaba ahí, como esperándolos, moviéndose coqueta de un lado para otro y
haciéndoles señas con el dedo índice para que entraran. Todos parecían espantados,
nunca se supo si porque a la mano no le habían cortado las uñas llenas de tierra desde
hacía años o porque la muy traviesa tenía en verdad una apariencia terrorífica.
Por fin, ese mismo instante, el padre provincial decidió que ya que Leandro era casi un
amigo de la mano peluda, mejor conocida como “la mano negra”, tenía su bendición
para entrar a la cripta y así el mismo viera lo que la mano quería enseñarle en su
interior. El padre provincial agregó que él mismo, junto a los demás monjes, lo
esperarían hasta que el saliera, no importaba cuánto se demorara. Le ordenaba, además,
que estuviera atento a todo lo que viera y escuchara, para que al salir les contará con
lujo de detalles su aventura. En otras palabras, como ya se habrán dado cuenta, al pobre
Leandro no le quedó otra opción que entrar a la cripta detrás de la mano negra que
parecía muy feliz con lo que estaba pasando.
Los frailes y el padre provincial empezaron de inmediato a echar “agua bendita”, a
quemar incienso y rezar el Rosario con roncos murmullos. Al principio rezaron de pie,
luego apoyados contra las paredes heladas y más tarde sentados en las bancas crujientes
que estaban frente al altar. Para no alargarles la historia, “nunca jamás”, o como decía
mi abuela, “jamás de los jamases” volvió a salir Leandro de la cripta. Sí como lo oyen:
se lo tragó la oscuridad de la noche, se lo llevó el oscuro aire de la madrugada, se hizo
uno con el silencio en la luz lechosa del amanecer.
Es sabido que los frailes se quedaron dormidos en las bancas de la iglesia, pero es
también sabido que durante años contarían una historia muy diferente, aumentando por
aquí y quitando por allá, como corresponde a toda historia, hasta convertirse –cada uno
de ellos- en el único valiente de esa misteriosa noche.
Como siempre sucedía, algunos aseguraron que “la mano negra” era en realidad la mano
del diablo. Otros más chistosos opinaron que debía haber sido más bien la mano de una
diabla, por el detalle de las uñas largas. Los de la esquina contaron por su parte que
apenas entró Leandro a la cripta, se abrió un foso como la boca de un monstruo y, de un
tirón, “la mano negra” se lo llevó directo a lo “infiernos” ( el infierno es uno solo, me lo
explicó una vez un niño, pro al parecer tiene sucursales, de ahí eso de los infiernos). Los
malpensados – que casi siempre aciertan- dijeron en cambio que Leandro había
inventado la historia de “la mano negra” para, esa misma noche, mientras los otros
frailes dormían en las bancas de la iglesia, poder escaparse a Quien sabe donde y que,
una vez allá, decidió quedarse “para siempre jamás”.
De todas maneras, cualquiera sea la verdad de los hechos, yo les sugiero que vayan a
visitar la cripta que está a la derecha de la iglesia de San Francisco, en el fondo, a la
entrada de la capilla: si miran bien, se darán cuenta de que es una verdadera obra de arte
labrada en una piedra enorme y que, a pesar de su tamaño, se abre con una facilidad
asombrosa. Les cuento que ahí reposan los huesos de los Villacís, una familia que tuvo
mucho poder durante la Colonia, y que tal vez creyó, como creían en esa época, que
podían comprar el cielo adquiriendo, para siempre una cripta familiar en plena iglesia.
Eso sí, déjenme advertirles que si acaso ven una tarántula caminando debajo de las
bancas, o al lado de la cripta, por favor no la toquen, no la levanten, pero sobre todo no
la sigan; hagan como si no la hubieran visto y continúen paseando por ese maravilloso y
deslumbrante templo que siempre ha sido San Francisco . ¿Trato hecho?

EL YAVIRAC
Autor: Edgar Allan García

Por si no lo sabes, el Panecillo se llama así porque a los primeros españoles les pareció
que aquel cerro tan redondo y armonioso que se levantaba en el corazón de Quito, era
igual que un pan, un panecillo de miga blanca y apretada, de esos que los panaderos de
Sevilla o Andalucía horneaban para luego inundar las calles con su olor irresistible.
Muertos de nostalgia, los españoles bautizaron el pequeño cerro como panecillo, en una
tierra en que no se conocía el pan que ellos añoraban, -pues aun no había trigo- sino que
rebosaba de humeantes llapingachos, tortillas de quinua, humitas de sal y de dulce, yuca
asada, bizcochos de maqueño, empanadas de morocho, chigüles de maíz, torta de
choclo, tamales rellenos con mote y chicharrón de llamingo tierno, todos
chisporroteando en la viscosa mapahuira y bañados luego en un jugoso ají que mmmm,
continuar con tantas y tantas delicias que cómo te imaginarás, enloquecieron de gusto a
los recién llegados, aunque ellos –como ya te dije- seguían extrañando esos panecillos
calientes, acompañados de vino tinto, que años más tarde el gran Velásquez se
encargaría de pintar en un lienzo donde un niño parte, desde hace siglos, un sabroso
pedazo de pan.
Debes saber también que antes de que llegaran los españoles, este sitio era conocido
como el Yavirac, y ahí, sobre su cima, los indios anteriores a los incas, y más tarde los
incas que invadieron estas tierras, festejaban el Inti Raymi, la gran fiesta del Sol. Así, el
21 de junio de cada año, los indios de distintas regiones se reunían en el Yavirac para
cantar y bailar y beber y alabar, en una ronda de alegría, al altísimo señor del cielo que
moría cada tarde y renacía cada mañana, al generoso Inti de la vida y el calor, al padre
de la siembra y de la cosecha que año tras año daba a luz Pacha mama, la Madre Tierra.
Pues bien, cuenta la leyenda que Atahualpa ( en realidad se llamaba Atabalipa) había
mandado construir en la cima del Yavirac un templo de oro puro. Debes saber que a los
incas les gustaba mucho el oro por una sola razón: este era el metal que más se parecía a
los rayos de luz que brotaban del Sol. Para los españoles en cambio, aquel metal
significaba conquista, gloria, fortuna, tierras, nobleza, poder sin límites.
Por eso, luego de que los españoles mataron al inca Atahualpa (que en ese entonces
tenía 33 años), marcharon a toda prisa hacia Quito con ansias de repartirse el Templo de
Oro que estaba en la cima del Yavirac.
Imagínate, por un momento, imagínate los rostros de decepción que tenían los españoles
que sudorosos y cansados subieron a la cima del Yavirac y se encontraron que no había
ni una sola pepita de oro sobre la tierra seca: el Templo del Sol había desaparecido
como por arte de magia. Pero lo que no sabía –ni supieron nunca- era que dentro del
Yavirac, en el corazón del cerro, entrando por caminos secretos llenos de arañas
ponzoñosas y alacranes gigantescos y desfiladeros llenos de trampas mortales, se
encuentra el Templo del Sol, cuidado por cientos de doncellas hermosas que no
envejecen nunca y por una anciana sabia que –según he escuchado- es la mismísima
madre de Atahualpa.
Te cuento otro secreto: si alguna vez logras encontrar la entrada, y luego de salvarte de
los peligros que te esperan, llegas por fin a la morada de la anciana, tienes que pensar
muy bien en lo que dices y haces. Si la anciana te pregunta –mirándote fijamente a los
ojos- qué buscas en esos recintos sagrados, tienes que decir que eres pobre, que has ido
a dar ahí por accidente que solo buscas la salida y que juras nunca revelar la entrada
secreta a aquel templo. La anciana entonces se levantará de su trono de oro macizo; te
hará escoger entre una enorme piedra de oro, más un puñado de perlas, rubíes y
esmeraldas que están sobre una mesa, y una tortilla de maíz, una mazorca de choclo
tierno y un pocillo con mote jugosa que están sobre otra mesa. Piénsalo bien, pues si
escoges la primera mesa, es probable que al salir te encuentres con que en vez de
riquezas sólo llevas un pedazo de ladrillo y unas cuantas piedras comunes en las manos.
Y es probable también que, si escoges los alimentos que se encuentran sobre la segunda
mesa, la tortilla se convierta de pronto en un enorme pedazo de oro sólido, el choclo
tierno en numerosas pepitas de plata y el pocillo con mote en gran cantidad de perlas
brillantes. Escoge bien, porque es probable que suceda también al revés, y que una vez
afuera ya no haya forma de volver atrás.
Yo no te contaré nunca, así insistas, por qué tengo un cerro de dinero que se me sale por
los bolsillos ni por qué vivo en casa mansión de estilo antiguo que se levanta aun lado
de la cima del hermoso Yavirac, sólo te diré que gracias a que la vida ha sido tan
generosa conmigo, desde hace años suelo ayudar a monos llenas a aquellos que más lo
necesitan. Ah, y como sé que te estarás imaginando que todo lo que ahora tengo se lo
debo a la anciana del Templo del Sol, déjame decirte algo, y que te quede muy, pero
muy claro, de ahora en adelante: es probable que sí y es probable que no. ¿Entendido¿ Y
ahora, por favor, déjame para que pueda comer una comida que antes no me gustaba
pero que ahora me encanta: mi tortilla de maíz, mote y choclos tiernos..........a menudo,
claro está, que también tengas hambre y quieras saborear un poco de estas delicias
conmigo.
Etsa
Autor: Edgar Allan García.
Ampam había ido esa mañana lluviosa al Registro Civil para inscribir a su pequeño hijo.
Un hombre de traje gris los vio llegar, se secó el sudor con un pañuelo arrugado y
preguntó de mala gana.
-¿Qué quieres, indio? Habla rápido que no tengo tiempo.
-¿Quiero inscribir a mi hijo –dijo con tranquilidad Ampam.
-Ya, ¿y cómo quieres ponerle, pues?
-Quiero que lo anoten como Etsa, igual que....
-Pero, cómo... –gritó el hombre mientras se levanta furioso del escritorio-, ¿le vas a
poner Etsa este niño?, ¿Etsa? , ¿no ves que es nombre de mujer?, ¿estás loco? Estos
indios ignorantes....
Ampam trató de explicarle que Etsa en el idioma de los shuar, quería decir Sol, el
valiente Sol, el generoso Sol de sus antepasados, pro el tipo no lo dejó explicar nada.
Ampam miró con tranquilidad a aquel hombrecito que se negaba a escuchar e insistía en
hablar palabras sin sentido. Entonces recordó la tarde en que su abuelo Arútam –que en
shuar quiere decir Poderoso Espíritu de la mañana- lo llevó a caminar por la selva. Ahí
entre gigantescos matapalos y frondosos copales, chambiras, y pitajayas, le contó de
qué manera el luminoso Etsa les devolvió vida a los pájaros.
-Iwia es un demonio terrible –le explicó Arútam-. Desde siempre ha tenido la costumbre
de atrapar a los shuar y meterlos en su enorme sirga para después comérselos. Fue así
como, en cierta ocasión, el cruel Iwia atrapó y luego se comió a los padres de Etsa.
Entonces raptó al poderoso niño para tenerlo a su lado y, durante mucho tiempo, le hizo
creer que su padre era él.
Cuando Etsa creció, todos los días, al amanecer, salía a cazar para el incansable Iwia
que siempre pedía pájaros a manera de postre. El muchacho regresaba con la gigantesca
shigra llena de aves de todas las especies, pero una mañana, cuando apenas empezaba su
cacería, descubrió con asombro que la selva estaba en silencio. Ya no había pájaros
coloridos por ninguna parte. Solo quedaba la paloma Yápankam, posada sobre las ramas
de una malitagua.
Cuando Etsa y la paloma se encontraron en medio de la soledad, se miraron largamente.
-¿Me vas a matar a mi también?
-preguntó la paloma Yápankam.
-No –dijo Etsa-, ¿de que serviría?
Parece que he dejado toda la selva sin pájaros, este silencio es terrible.
Etsa sintió que se le iban las fuerzas y se dejó caer sobre el colchón de hojas del piso.
Entonces, Yápankam voló hasta donde estaba Etsa y, al poco rato, a fuerza de estar
juntos en medio de ese bullicioso silencio en el que aún navegaban los gritos de los
monos y las pisadas de las hormigas, se convirtieron en amigos.
La paloma Yápankam aprovechó para contarle al muchacho la manera en que Iwia
había matado a sus verdaderos padres.
Al principio, Etsa se negó a creer lo que le decía, pero a medida que escuchaba las
aleteantes palabras de Yápankam, empezó a despertar del engaño que había tejido el
incansable Iwia y , entonces, como si lo hubiera astillado un súbito rayo, se deshizo en
un largo lamento. Nada ni nadie podía consolarlo: lloraba con una mezcla de rabia y
tristeza, golpeando con sus puños el tronco espinoso de la enorme malitagua.
Cuando Yápankam se dio cuenta de que Etsa empezaba a calmarse, le dijo:
-Etsa, muchacho, no puedes hacer nada para devolverles la vida a tus padres, pero aún
puedes devolvérsela a los pájaros.
-¿Cómo? –quiso saber Etsa.
La paloma explicó: Introduce en la cerbatana las plumas de los pájaros que has matado
y sopla”.
El muchacho lo hizo de inmediato: desde su larga cerbatana empezaron a salir miles,
millones de pájaros de todos los colores que levantaron el vuelo y con su alegría
poblaron nuevamente la selva. Desde entonces –le aseguró su abuelo Arútam- Etsa,
nuestro amado Sol y el demonio Iwia son enemigos mortales.

EL NACIMIENTO DE LA FLOR DE TAXO
Autora: Teresa Crespo Salvador

En épocas muy remotas, antes aun de la presencia viril y heroica de los shyris en
nuestro territorio, había una princesita india llamada Llira. Era una niña esbelta y
hermosa como una gacela. Su pelo negrísimo, que se lo peinaba al uso de la tribu en una
gruesa trenza, le colgaba por detrás y daba a su cara bronceada una sombra de misterio
y ternura. Sus ojos negros, brillantes y profundos soñaban en cosas extrañas y sus
manos jugaban dulcemente con el agua y las flores.
Llira era amiga del campo. Gustaba de dar largos paseos por las lomas verdes e
internarse muchas veces por senderos que la conducían siempre a lugares ya por ella
conocidos. Caminaba dejándose acariciar los pies por las hierbas y conversando con las
hojas, un lenguaje sólo sabido por ella.
Un día se enteró que muy dentro en la montaña, en un lugar muy oculto y de casi
imposible acceso, brotaba un manantial de agua cristalina y que quien alcanzaba a beber
de su corriente adquiría Felicidad. Llira tenía el cielo, el campo, las estrellas; pero desde
ese instante sintió deseos de poseer plenamente la Felicidad y no perderla nunca. Por
eso salió al punto en busca del arroyo. Una mañana llena de sol, en los nevados de su
tierra brillaban encendidos a lo lejos y los gorriones picoteaban alegremente entre los
tiernos sembrados de maíz, Llira con la ilusión prendida en el alma corría por los
campos. Iba internándose en la dirección que le indicaba su instinto de muchacha
campesina. Corría y corría, con sus pasos menudos y acompasados. Corría sin prisa,
alegremente.....
Cuando había transcurrido toda la mañana, Llira se sentó a descansar a la sombra de
unos árboles. De pronto oyó un rumor suave, como de agua que pasaba cerca. Sólo el
oírla le refrescó el alma y se acercó a buscarla. Estaba cansada por la larga carrera y al
descubrir el arroyito que pasaba saltando sobre las piedras hundió sus manos en el agua
fresquísima y la llevó a los labios, bebió dulcemente y sintió que todo su cuerpo
adquiría una frescura infinita: “Como deben sentir las totoras”, pensó, y río
alegremente. Luego sintió hambre y como cerca había un bosque silvestre había un
bosque silvestre fue a buscar frutas en él, como lo había hecho siempre. Una hermosa
enredadera subía por entre los troncos, haciendo aún más espesos los grandes árboles.
Llira se sentía feliz con la frescura de la sombra y con el brillo de las hojas. Y mientras
sus manos se hundían entre l tierna maleza, buscando frutos, sintió deseos de pegar su
cara a la frescura de la planta. De pronto, allí donde sus labios habían besado las hojas,
vio brotar una estrella del color de sus labios! Asombrada y gozosa besó mil veces el
follaje de la trepadora y cada vez el roce de su labios producía una flor nueva. Llira
comprendió: el agua que había calmado su sed momentos antes era el agua milagrosa
que buscaba. Entonces comprendió que la felicidad era poder dar, en los labios, en las
flores como estrellas, tal como ella las dio a una humilde planta de las montañas.
Brindar alegría. Y saber después que esas flores habíanse trocado en dulces frutos
aterciopelados y verdes.
Y Llira fue feliz. Y la flor del taxo perfumó su vida para siempre y ha seguido
perfumando los campos y embelleciendo a las doncellas indias que gustan de enredarlas
a sus negras trenzas.

EL CANGREJO VIAJERO
Autor: Eliécer Cárdenas

Los cangrejos que viven a las orillas de los riachuelos que corren entre las montañas de
Papayal son negros y pequeños. Se resguardan bajo las piedras cercanas al agua y nadan
felices entre las corrientes que son rápidas y muy claras, tanto que se ven las piedrecitas
multicolores del fondo. Nada les faltaba a esos cangrejos de río. El alimento era
abundante y solo debían precaverse de las aves que hundían los picos entre las piedras
para engullir un buen bocado.
Sin embargo, un pequeño cangrejo no se sentía contento con su vida a orillas del arroyo.
Con sus ojos saltones y sus antenitas se pasaba las horas contemplando inmóvil el paso
de la corriente que sé llevaba, montaña abajo, briznas de hierbas y hojarascas caídas.
-Si pudiera viajar, -suspiraba el cangrejo- entonces iría no sólo hasta los remolinos
donde se estrellan las ramas caídas. Iría muchísimo más allá, hasta sitios que ninguno de
mis hermanos cangrejos conocen.
El cangrejito de río se enteró a través de los cangrejos mayores a dónde iban las aguas
del sonoro arroyo montañés en cuyas orillas habitaban.
-Sabemos que esta agua lleva a otras aguas más grandes, monte abajo, y aquellas aguas
van a un lugar que está hecho únicamente de agua, pero no dulce y sabrosa como ésta
sino salada, y quizá peligrosa para nosotros -le contó un cangrejo adulto del grupo
-Más allá de aquel rincón, del riachuelo había muchos riesgos,- contó otro cangrejo
maduro que en -su juventud fue bastante curioso y se aventuró unos metros corriente
abajo.
-Allí encontré peces muy grandes y voraces, bandadas de aves que abrían sus picos para
devorarme, y me volví para no moverme más de aquí. Este sitio es el mejor del mundo
para los cangrejos del río -le dijo el experimentado adulto
Pero el pequeño cangrejito no se conformaba con esas historias que le aconsejaban no
tener demasiada curiosidad por el curso de la corriente. Y seguía mirando el paso de las
aguas claras y espumosas sobre el lecho de menudas piedras del riachuelo, y aumentaba
su anhelo de ir lejos, muchísimo más lejos del sitio al que había llegado el cangrejo
curado de viajes.
Un buen día llegó al lugar un bullicioso grupo de cotorras habladoras. Acamparon en
un árbol cercano y entre ellas no se cansaban de conversar acerca del ancho mundo,
que parecían conocerlo de un extremo a otro.
El cangrejito al escucharlas se aproximó al pie del árbol y preguntó:
-¿Conocen el sitio a donde van a dar las aguas de todos los riachuelos?
-Vaya que sí lo conocemos -respondió una de las cotorras habladoras mientras cerraba
el párpado azul de uno de los ojos-. Es un lugar que tiene muchísimos cangrejos que
viven en las orillas, pero no son negros y pequeñitos comí/ tú, sino muy rojos y púrpuras
también, y muy fuertes, con un inmenso par de tenazas con las que asustan a los
intrusos.
Y el cangrejito de río se entusiasmó mucho más con la idea de marcharse hacia donde
todas las aguas desembocan, para conocer a los prodigiosos cangrejos de color rojo o
púrpura, muchísimo más fuertes e importantes que los que pertenecían a su especie. Si
vivía entre ellos, él podría darse importancia, y posiblemente su caparazón se volvería
roja, o púrpura, pensó. El pequeño cangrejo era todo curiosidad.
Al fin decidió dejarse llevar por la corriente, río abajo. Sintió que el agua lo
transportaba cada vez más lejos, hasta que ya no pudo distinguir la piedra gris bajo la
cual habitaban sus parientes. El arroyo caía en breves cascadas, se hundía en gargantas
con los bordes cubiertos por helechos y palmas, y el cangrejo movía las patitas para
evitar que el ímpetu del agua hiciera chocar su cuerpo entre las rocas. Estaba exhausto y
hambriento, en la corriente, cuando un par de cangrejos negros como él lo llamó desde
la orilla.
-¿A dónde vas? ¿Te encuentras extraviado? La correntada te va a llevar sin remedio
hasta sitios en los cuales para nosotros es difícil vivir -le dijeron los cangrejos después
que le dieron de comer.
-Sólo deseo recuperar mis fuerzas para seguir adelante -les respondió el cangrejito-.
Voy al lugar donde todas las aguas se vuelven una sola.
Y el animoso cangrejo continuó viaje, ante la admiración de los otros. Más allá, el
riachuelo se fue convirtiendo en un auténtico río debido a la afluencia de arroyos
menores, y empezaba a correr, poderoso y oscuro, a lo largo de una amplia llanura
bordeada por verdes cañaverales y espesos penachos de guadúas. Empezó a llover de
golpe, y llovió tanto que el río se desbordó, y el pequeño cangrejo, arrastrado por el
agua, fue a dar en un inundado plantío de arroz, donde algunos cangrejos negros como
él buscaban con afán un pedazo de tierra libre de agua.
A dónde vas, cangrejito preguntaron los naufra-.. Se que no eres de estos lados, ya que
no sabes cómo sostenerte en medio de esta correntada.
-Voy al sito donde se unen todos los ríos -contestó con orgullo el cangrejito-. Allí
conoceré a los cangrejos rojos y a los de color púrpura.
-Mejor no sigas -le recomendaron los cangrejos del arrozal inundado-. Ese sitio puede
ser peligroso.
El pequeño cangrejo encogió sus tenacitas, tal como los niños lo hacen al alzar los
hombros y tras mucho nadar encontró nuevamente el cauce del río. Siempre dejándose
llevar por las aguas, se encontró en medio de una anchísima corriente, en cuyas
distantes orillas brillaban las luces de las ciudades de los humanos, tan fantásticas para
el cangre-jito que no había admirado claridad igual allá en su riachuelo de montaña.
-¿Qué haces por aquí, cangrejo de río? -le preguntó un pez sacando su carnosa boca de
bajo el agua-. Debes venir desde muy lejos, ya que en este gran río no hay muchos
cangrejitos como tú.
-Voy al sitio donde las aguas se reúnen -respondió el pequeño cangrejo,
esforzándose por distinguir al pez entre la turbiedad del río.
-A ese lugar ni yo me atrevo a ir -aseguró el pez, y se despidió de él con un rápido
movimiento de la cola, antes de hundirse en la corriente.
Pero el cangrejito no se desanimó. Continuó río abajo, alimentándose como pudo, en
esas aguas cenagosas, del color de una hoja reseca. Al fin, sintió que el líquido adquiría
otro sabor y el viento empujaba olores desconocidos. Las aguas se encrespaban en
poderosas olas, y el cangrejito preguntó a un delfín que retozaba con alegres saltos
sobre el agua, si había llegado al sitio donde se unen todos los ríos.
-Has llegado -le dijo el delfín, mirándole con atención-
. Aquí se juntan todas las aguas. Es el mar.
-¿Me podrías decir dónde puedo hallar a mis parientes los cangrejos rojos y de color
púrpura? -quiso saber el cangrejito de agua dulce,
Si vas hasta esa playa que está a tu derecha, encontrarás a los cangrejos le dijo el buen
delfín-. Pero cuídate del oleaje que puede arrastrarte mar adentro.
En efecto las olas eran muy grandes y a cada instante amenazaban con llevar al
cangrejito lejos de la playa. Con gran esfuerzo, logró arribar a tierra, donde un
semicírculo de grandes cangrejos de color púrpura o rojo movió sus inmensas tenazas
por la sorpresa al ver la traza del recién llegado
-Hum, ¿qué tenemos aquí? Un cangrejo enano -dijo uno de los animalones de la playa
con desprecio.
-Un cangrejo negro, vaya -opinó con burla otro.
El pequeño cangrejo de río les explicó de dónde venía y les relató su largo y difícil
viaje. Los grandes cangrejos de la orilla del mar le permitieron quedarse en la playa, a
condición de que les limpiara la arena de las algas que arrojaban las olas. Pero al
cangrejito le cayó mal la comida con que se alimentaba esa especie grandulona y el
agua salada no le causaba el placer al nadar que le daba la dulce de su riachuelo de las
montañas. De los grandes cangrejos logró aprender algunos trucos, como zambullirse
bajo la cresta de una ola o enterrarse en la arena. Sin embargo, pronto el pequeño
cangrejo negro comprendió que su lugar estaba en el arroyo que lo vio nacer. Se
despidió de manera cortés del grupo de cangrejos rojos y púrpuras, y emprendió el
camino de regreso, desde la boca del gran río, corriente arriba, aprovechando la marea.
Era un viaje mucho más esforzado que el de ida. Delgado, fatigadísimo y hambriento, el
cangrejito llegó al fin, tras muchos días de marcha, al rincón del arroyo donde vivían los
suyos. No lograba creer que fuera verdad: había regresado.
-Vaya, has vuelto -exclamaron sus sorprendidos compañeros-. Creímos que no te
volveríamos a ver.
El pequeño cangrejo contó su aventura viajera con lujo de detalles, y a modo de
conclusión dijo:
-He conocido muchas aguas y tierras, incluso estuve en el mar donde habitan los
grandes cangrejos rojos y los de color púrpura, pero no cambio este rincón del riachuelo
por nada de lo que he visto. Porque aquí es mi hogar.
Los cangrejos de río celebraron con una fiesta el retorno del viajero, que se pasaba
recordando con satisfacción y orgullo su aventura. Porque al conocer lugares lejanos
había aprendido a valorar el suyo propio.

MARCELA, VEN A VER AL NIÑO
Autora: Alicia Yánez Cossíos

Hace años, cuando no estaban de moda los árboles de navidad, a nadie se le podía
ocurrir cortar un árbol de ciprés para ponerlo en la sala, llenarlo de adornos y de luces,
como si fuera a un baile, y después tirarlo a la basura o quemarlo como se quema al Año
Viejo. En esas viejas navidades de antes, nunca faltaba un nacimiento en cada casa, y se
comenzaba a hacerlo en los primeros días de diciembre.
La tía Isadora ordenó a Marcela que fuera al campo; acompañada de la dota, a recoger
musgo y zagalitas para hacer el nacimiento. Cuando llegaron con los canastos llenos,
vieron que la tía ya había hecho el cielo con papel engomado, borroneado de azul y
colocado la estrella de los Reyes Magos con otras estrellas que brillaban y hasta
titilaban, porque estaban apenas sostenidas con puntas de alfileres. Una enorme colcha
tapaba los caballetes y las tablas que formaban la tarima, y encaramada sobre ella, la tía
estaba dando forma a los montes, caminos y llanuras.
AI ver eso, Marcela protestó:
—Pero tía, ¿por qué razón no me esperaste ...?
—Porque demoraste demasiado, pero no me armes berrinche, solo hago un poquito
más... y te dejo a ti, aunque todavía me falta colocar el pesebre y las casas y hacer la
vertiente de agua que desemboca en la laguna de los patos.
—¡Eso sí que no! —Protestó Marcela. —Porque tú haces el agua con papel celofán y
queda horrible... Los patos se caen y parece que se han muerto...
Isadora se puso incómoda:
—No te voy a permitir que hagas chorros de agua, porque se encharca el piso, y como
ya te conozco, hasta vas a querer chapotear en la laguna.
—Verás tía, —respondió Marcela— si fuera del tamaño de los patos, claro que me
metería en la laguna, pero como no soy, no digas lo que no es... El celofán queda
horrible. Lo que pasa es que tú quieres acaparar todo y no me dejas hacer nada.
La tía, sin hacerle caso, siguió de rodillas, encaramada en la tarima y al ver las
estrellas, Marcela preguntó:
—¿De dónde sacaste tantos papeles plateados...?
—De las envolturas de chocolates que yo —¿quién si no?— tuvo la precaución de irlos
guardando.
—Eso quiere decir que te comiste tantos... ¿tú, sólita? — Preguntó enojada.
Isadora no respondió y siguió dándose gusto. Pero sucedió que, en tal postura, le dio un
calambre, se le entumecieron las piernas y no le quedó más remedio que bajarse de la
tarima, al tiempo que gritaba:
—¡Clota, Clota, ven a darme fricciones de aguarrás! Llegó la Clota con el frasco, y
mientras le sobaba a diestra y siniestra, Isadora dijo a Marcela:
—¡Qué remedio! Ahora sí, te toca a ti, y voy a ver qué haces...
Marcela, no esperó más, se encaramó de un salto en la tarima y, como era de esperarse,
tembló la tierra. ¡Hubo un terremoto en Belén! y toda la armazón se vino al suelo.
Isadora se paró de un salto y gritó:
—¡Claro, ya lo sabía! ¡Eres un desastre! ¡No es posible encargarte que hagas nada!...
Menos mal que el nacimiento no era tan alto como otras veces.
Marcela no tuvo más remedio que sentarse en el suelo, esperar que la Clota volviera al
aguarrás, que se fueran los calambres y que se volviera a armar lo desarmado. La tía
Isadora volvió a subirse a la tarima y Marcela solo pudo contentarse pasando el musgo,
las zagalitas, el pesebre y todo lo que pedía:
—Páseme la mula y el buey
Antes de entregarlos, Marcela los acarició e Isadora los colocó al fondo del pesebre.
—¡Eso sí que no! —Dijo Marcela. —No puedes ponerlos tan atrás, porque no se les ve.
—Así es la tradición. —Respondió Isadora—Y allí los dejó.
—Ojalá se largaran de pastoreo. —Murmuró Marcela.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no soy tonta para creer que todo el tiempo la mula y el buey se quedaron
calentando al Niño con su aliento, también debieron irse a comer alguna yerba... No sé
por qué les escondes...
Isadora prefirió no contestar. Pidió que le pasaran a María y a José, y los colocó al lado
de la cuna vacía.
—¿Traigo a Jesús? —Preguntó solícita Marcela.
—No. Porque no ha nacido todavía.
—¡Cómo, si nació hace dos mil años...!
—Así es. Pero lo pondré el 24 de diciembre, a la media noche, cuando regresemos de la
Misa del Gallo.
—Y entonces, ¿para qué hacemos nacimiento...? ¿Para que el Niño se quede sólito, sin
nadie, en tu cuarto, sin ver a los pastores ni a los niños que vendrán a la novena...?
—Así es la tradición y así se hace. Y si me sigues molestando, te mandaré a la cama.
Marcela suspiró e Isadora siguió pidiendo:
—Pásame las casas... Pásame a los pastores... Pásame las ovejas... Pásame la arena del
camino... Traigan a los Reyes Magos... .
—¡Eso sí que no! —Gritó Marcela. —Tú misma dijiste que los Reyes Magos llegaron
por enero.
—Si. Esa es la verdad. Pero no voy a tolerar lo del año pasado.
—¿Qué pasó el año pasado...?
—Esa locura de que les hagan caminar.
—¡Pero si eso fue lo mejor de todo...!
—¡No y no y no! Aunque te pares de cabeza... No te creas que voy a permitir que hagas
el camino hasta la cocina y que cada día los camellos den pasos hasta acá, y que vengan
tus dichosos primos y se peleen diciendo que el camello de Melchor va adelante del
camello de Gaspar, y que el camello de Baltazar se rompió la pata... Y que se pasen
discutiendo que los Reyes Magos se achicharran bajo el sol del desierto, y que me
destrocen la enciclopedia para saber si en la joroba de los camellos hay agua o hay
grasa, y todas esas boberías que se les ocurre, como si la Navidad fuera un juego de
mocosos... No voy a permitir que la pobre Clota se pase sacudiendo la alfombra y tenga
que barrer toda la casa, y..
—Y ¡claro! que mande a escobazos a los camellos debajo de los muebles. —Agregó
Marcela, recordando los malgenios de la Clota.
—¡Sí, eso mismo! Ni creas que voy a dejar que vengan las visitas y vean la regazón de
arena por toda la sala, y..
—Y que la Navidad sea para ti sola y no para nosotros.
—¡Cállate, Marcela! y no discutas más.
—Pero es que tú te crees dueña de la Navidad, te comes chocolates a escondidas, y
hasta nos haces rezar de rodillas una novena larguísima y..
—¡Basta ya! ¡Perdí la paciencia! ¡Lárgate a la cama sin comida! Y ten presente, que si
sigues así, le diré al Niño Jesús que no te traiga ni un juguete.
—¿Acaso el Niño Jesús habla contigo...?
Marcela salió refunfuñando. Se encerró en su cuarto. Puso seguro en la puerta para que
no entrara la tía Isadora ni la Clota, y se acostó vestida. Lloró un poquito, se abrazó a la
almohada y.. después de un rato oyó una voz que le decía:
—Marcela, ven. Vamos a ver al Niño.
Entonces se dio cuenta que se había reducido de tamaño y que estaba encaramada en el
nacimiento de la tía. Caminaba por un sendero de zagalitas. Los pájaros volaban en el
viento, sin mover las alas. Arriba, en el cielo de cartón brillaba la estrella de Belén y
calentaba como el sol. Abajo, a lo lejos, el cortejo de los Reyes Magos avanzaba por
debajo de la mesa del comedor. A un lado, una vaca rumiaba y no se dejaba ordeñar por
la Clota.
Al verle, Marcela le dijo:
—¡Qué extraño! Eres igualita al buey que estaba en el pesebre...
—No importa. Es lo mismo. —Respondió la vaca.
—¿Y dónde se quedó la mula?
—No sé. Debe andar de pastoreo...
Marcela siguió caminando y se encontró con un rebaño de ovejas del mismo color y del
mismo sabor de los merengues. Llegó a la laguna de los patos y se puso a jugar con
ellos salpicándoles agua y empapándose. Un pastor, se detuvo a mirarla y le advirtió:
—Si te ve tía Isadora, te mandará a la cama...
—Y a mí qué... —Respondió Marcela. —Ven a jugar conmigo y con los patos.
—No puedo, porque voy al pesebre de Belén y llevo un quesito de cabra de regalo.
—Yo también voy para allá, pero no llevo nada, y es la primera vez que me dejan jugar
en la laguna.
—Bueno. Está bien, pero ¿conoces el camino?
—Creo que sí, aunque no sé si mi tía lo cambió de sitio, pero no importa, siempre
encuentro chaquiñanes para llegar más pronto.
Marcela anduvo largo rato y por fin llegó al pesebre. Vio a José corriendo tras el viento
que le había quitado su sombrero de paja, y cuando logró rescatarlo, le dijo:
—¡Hola, chiquita! ¿Vienes a ver al Niño? Debes estar cansada, porque el camino es
largo, siéntate aquí y quítate los zapatos porque están mojados.
Después llegó la Virgen. En una mano traía un pedazo de pan con un trozo de queso de
cabra y en la otra, un jarrito de aguamiel
—Debes tener hambre porque te fuiste a la cama sin comer y debes tener sed porque
estás caminado desde cuando eras más chiquita.
—Gracias María ¡Qué buena eres! y qué suerte tiene tu Hijo al tener una mamá como tú
y no una tía como yo. Se acercó al pesebre y vio a Jesús.
—No hagas ruido, porque está dormido. —Susurró María.
Pero Jesús abrió los ojos y le tendió los brazos. Marcela se quedó pensativa y le
preguntó:
—Pero, ¿no te habías quedado en el cuarto de Isadora? Jesús se metió el dedo en la boca
y le sonrió.
—María, ¿me dejas cogerle un ratito?
Ella dijo que sí. Marcela le acunó en sus brazos y le cantó villancicos. Llegaron otros
pastores y también empezaron a cantar, mientras los ángeles, parados en el techo del
pesebre, tocaban sus flautas de carrizo. La caravana de los Reyes Magos se había
detenido a descansar en el filo de la alfombra, y la tía Isadora caminaba a lo lejos con
dos chocolatitos de regalo...
Marcela se despertó y supo que había tenido un lindo sueño...
Pero no. No era ningún sueño porque el niño Jesús de la tía Isadora estaba a su lado, y
ella tenía en la boca el sabor del queso de cabra y de la aguamiel y ¡había migas de pan
sobre la almohada!

sábado, 19 de abril de 2008

El Principito -- Antoine De Saint Exupéry

El Principito -- Antoine De Saint Exupéry

El Principito

Antoine De Saint Exupery






Capítulo 1
***
___



Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se
titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una
serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.
En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera,
sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los
seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla
y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi
dibujo número 1 era de esa manera.
Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi
dibujo les daba miedo.
-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.
Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente
boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la
serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran
comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de
explicaciones. Mi dibujo número 2 era así.
Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y
poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años
abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1
y número 2. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños
tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendía pilotear aviones. He volado un poco por todo el mundo y la
geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de
Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.A lo largo de mi vida he tenido multitud de
contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero
esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.
Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi
dibujo número 1 que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E
invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la
selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas.
Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.


Capítulo 2
***
___

Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando
hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había
estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero
alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una
cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.
La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del
lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una
balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al
amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
- ¡Por favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un cordero!
Me puse en pie de un salto como herido por el rayo
Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un
extraordinario muchachito que me miraba gravemente.
Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer
de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos
encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa.
Las personas mayores me desanimaron de mi carrera
de pintor a la edad de seis años y no había aprendido
a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de
admiración. No hay que olvidar que me encontraba a
unas mil millas de distancia del lugar habitado más
próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni
perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o
de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un
niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin,
articular palabra, le dije:
- Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy
importante:
-¡Por favor… píntame un cordero!
Cuando el misterio es demasiado impresionante, es
imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me
pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar
habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo
una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo
había estudiado especialmente geografía, historia,
cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco
malhumorado), que no sabía dibujar.
- No importa - me respondió-, píntame un cordero!
Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él
uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de
realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé
estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
- ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La
serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho
sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un
cordero. Píntame un cordero.
Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:
¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
-¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene Cuernos…
Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
-Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor,
garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
-Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa
mía el rostro de mi joven juez se iluminó:
-¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba
para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:
-¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al principito.


Capítulo 3
***
___

Me costó mucho tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas preguntas, jamás
parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así,
cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado
complicado para mí) me preguntó:
-¿Qué cosa es esa? -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.
Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:
-¡Cómo! ¿Has caído del cielo? -Sí -le dije modestamente. -¡Ah, que curioso!
Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en
serio. Y añadió:
-Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres tú?
Divisé una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:
-¿Tu vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.
-Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi cordero se abismó en la
contemplación de su tesoro.
Imagínense cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me esforcé, pues, en saber algo más:
-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?
Después de meditar silenciosamente me respondió:
-Lo bueno de la caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda. Y si eres bueno te
daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.
Esta proposición pareció chocar al principito.
-¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…
Mi amigo soltó una nueva carcajada.
-¿Y dónde quieres que vaya? -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…
Entonces el principito señaló con gravedad:
-¡No importa, es tan pequeña mi tierra!
Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:
-Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.

Capítulo 4
***
___


De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era
apenas más grande que una casa.
Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes
planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre,
existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos
aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos
planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".
Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el
asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909,
por un astrónomo turco.
Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso
Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir.
Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612,
un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea.
Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como
lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.
Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he
confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores
les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan
sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su
voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio
preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana
su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las
personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las
ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa.
Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman
entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"
De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito
encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores
se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el
principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así.
No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría
gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:
"Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un
amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.
Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos.
Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no
olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las
personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de
colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra
tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de
hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene
parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y
allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces
sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá
que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y
yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las
personas mayores. He debido envejecer.

Capítulo 5
***
___


Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre
el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera
tuve conocimiento al tercer día , del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda,
cuando el principito me preguntó:
-¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
-Sí, es cierto.
-¡Ah, qué contesto estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito
añadió:
-Entonces se comen también los Baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que
incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
-Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
-Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
-Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me
fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí
mismo este problema.
En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por
consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas.
Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la
fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora
ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera.
Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla.
En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está
infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde;
cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son
numerosos, lo hacen estallar.
"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde l principito. Cuando por la mañana uno termina de
arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar
los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es
un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".
Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la
tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en
dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una
catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"
Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me
gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los
peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan
grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a
los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se
exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto
empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es
muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos
tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he
tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba
animado por un sentimiento de urgencia.


Capítulo 6

***
___

¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida
melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la
suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al
cuarto día, cuando me dijiste:
-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta
de sol…
-Tendremos que esperar…
-¿Esperar qué?
-Que el sol se ponga.
Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-Siempre me creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el
sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero
desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la
silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?
Pero el principito no respondió.


Capítulo 7
***
___

Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me
preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:
-Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
-Un cordero se come todo lo que encuentra.
-¿Y también las flores que tienen espinas?
-Sí; también las flores que tienen espinas.
-Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del
motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi
provisión de agua, me hacía temer lo peor.
-¿Para qué sirven las espinas?
El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la
resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:
-Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.
-¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:
-¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus
espinas…
No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco
más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
-¿Tú crees que las flores…?
No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.
Me miró estupefacto.
-¡De cosas serias!
Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.
-¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
-¡Lo confundes todo…todo lo mezclas…!
Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.
-Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y
que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo
como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llema de orgullo. Pero eso no
es un hombre, ¡es un hongo!
-¿Un qué?
-Un hongo.
El principito estaba pálido de cólera.
-Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar
de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo
fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las
flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor
única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un
corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?
El principito enrojeció y después continuó:
-Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y
millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir
satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la
come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto
no es importante!
No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.
La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no
importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una
estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo
tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre
peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la
flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera
nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de
las lágrimas!



Capítulo 8

***
___


Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el
planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de
pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la
hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado
un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había
vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de
las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto
cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor. El principito observó el
crecimiento de un enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de
salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su
belleza al abrigo de su envoltura verde.
Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya
ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella
flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se
mostró espléndida.
La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:
-¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!
El principito no pudo contener su admiración:
-¡Qué hermosa eres!
-¿Verdad? -respondió dulcemente la flor-. Ha nacido al mismo tiempo que el sol. El principito adivinó
exactamente que ella no era muy modesta ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!
-Me parece que ya es hora de desayunar - añadió la flor -; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí...
Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.
Y así, ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por
ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:
-¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!
-No hay tigres en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no
comen hierba.
-Yo nos soy una hierba -respondió dulcemente la flor.
-Perdóname...
-No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás
un biombo?
"Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta -pensó el
principito-. Esta flor es demasiado complicada…"
-Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto; allá de donde yo
vengo…
La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos.
Humillada por haberse dejado sorprender inventando un mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para
atraerse la simpatía del principito
-¿Y el biombo?
-Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…
Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.
De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había
llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se
sentía desgraciado.
"Yo no debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que
hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el
planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garra y tigres
que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme".
Y me contó todavía:
"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por
sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí!
¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan
contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla".


Capítulo 9
***
___


Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión. La mañana
de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales
poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas. Tenía, además, un volcán
extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si
los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas
son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar
los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.
El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos
brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos
aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente
dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al
abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.
-Adiós -le dijo a la flor. Esta no respondió.
-Adiós -repitió el principito.
La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.
-He sido una tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.
Se sorprendió por la ausencia d reproches y quedó desconcertado,
con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila
mansedumbre.
-Sí, yo te quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia.
Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Y los animales...
-Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si
no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.
Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:
-Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.
La flor no quería que la viese llorar : era tan orgullosa..


Capítulo 10
***
___

Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para ocuparse en algo e instruirse
al mismo tiempo decidió visitarlos.
El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy
sencillo y, sin embargo, majestuoso.
-¡Ah, -exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito!
El principito se preguntó:
"¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?"
Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
-Aproxímate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. El
principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño.

Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.
-La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.
-No he podido evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido...
-Entonces -le dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son
para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!
-Me da vergüenza... ya no tengo ganas... -dijo el principito enrojeciendo.
-¡Hum, hum! -respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no bosteces...
Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada.
Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.
Si yo ordenara -decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se
transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería
del general, sino mía".
-¿Puedo sentarme? -preguntó tímidamente el principito.
-Te ordeno sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un
faldón de su manto de armiño.
El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se
explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.
-Señor -le dijo-, perdóneme si le pregunto...
-Te ordeno que me preguntes -se apresuró a decir el rey.
-Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?
-Sobre todo -contestó el rey con gran ingenuidad.
-¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
-¿Sobre todo eso? -volvió a preguntar el principito.
-Sobre todo eso. . . -respondió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
-¿Y las estrellas le obedecen?
-¡Naturalmente! -le dijo el rey-. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido
asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol,
sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta
abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
-Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
-Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de
transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
-La culpa sería de usted -le dijo el principito con firmeza.
-Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se
apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo
tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
-¿Entonces mi puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había
formulado.
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones
sean favorables.
-¿Y cuándo será eso?
-¡Ejem, ejem! -le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem, ejem! será hacia...
hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.
El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.
-Ya no tengo nada que hacer aquí -le dijo al rey-. Me voy.
-No partas -le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito-, no te vayas y te hago ministro.
-¿Ministro de qué?
-¡De... de justicia!
-¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!
-Eso no se sabe -le dijo el rey-. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y
como no hay sitio para una carroza...
-¡Oh! Pero yo ya he visto. . . -dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta-. Allá
abajo no hay nadie tampoco. .
-Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que
juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
-Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.
-¡Ejem, ejem! Creo -dijo el rey- que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu
podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la
indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.
-A mí no me gusta condenar a muerte a nadie -dijo el principito-. Creo que me voy a marchar.
-No -dijo el rey.
Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:
-Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme,
por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...
Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.
-¡Te nombro mi embajador! -se apresuró a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran autoridad.
"Las personas mayores son muy extrañas", se decía el principito para sí mismo durante el viaje.


Capítulo 11
***
___



El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
-¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo
lejos al principito.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
-¡Buenos días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!
-Es para saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso.
Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.
-¿Ah, sí? -preguntó sin comprender el principito.
-Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el
sombrero.
"Esto parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el principito, que
continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el
sombrero.
A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
-¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
-¿Tú me admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.
-¿Qué significa admirar?
-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más ïnteligente
del planeta.
-¡Si tú estás solo en tu planeta!
-¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
-¡Bueno! Te admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué te sirve?
Y el principito se marchó.
"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el principito durante su viaje.


Capítulo 12
***
___


El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una
visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en
silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas
botellas llenas.
-¡Bebo! -respondió el bebedor con tono lúgubre.
-¿Por qué bebes? -volvió a preguntar el principito.
-Para olvidar.
-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito ya compadecido.
-Para olvidar que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.
-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.
Y el principito, perplejo, se marchó.
"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito
durante su viaje.


Capitulo 13
***
___


El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este
hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la
llegada del principito.
-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.-
Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos
días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo
tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma
quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y
uno.
--¿Quinientos millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y
no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...
¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una
pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera
hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable
y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años.
Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la
tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de
desvariar!
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrella
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil seteientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Que las estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un rey que...
-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".
No obstante le siguió preguntando :
-¿Y cómo es posible poseer estrellas?
-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De nadie.
-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla
que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede
aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas
-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero
yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y
llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
-Pero puedo colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese
papel.
-¿Y eso es todo?
-¡Es suficiente!
"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las
semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues,
para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito abandonó aquel planeta.
"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.


Capítulo 14
***
___


El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un farol y el farolero
que lo habitaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin casas y
sin población un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:
"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de
negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera
nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy
bonita y por ser bonita es verdaderamente útil".
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:
-¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?
-Es la consigna -respondió el farolero-. ¡Buenos días!
-¿Y qué es la consigna?
-Apagar mi farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.
-¿Y por qué acabas de volver a encenderlo?
-Es la consigna.
-No lo comprendo -dijo el principito.
-No hay nada que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la
consigna. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Luego se enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.
-Mi trabajo es algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la
tarde. Tenía el resto del día para reposar y el resto de la noche para dormir.
-¿Y luego cambiaron la consigna?
-Ese es el drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta gira cada vez más de prisa de
año en año y la consigna sigue siendo la misma.
-¿Y entonces? -dijo el principito.
-Como el planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y
apago una vez por minuto.
-¡Eso es raro! ¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!
-Esto no tiene nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo estamos hablando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!
Y volvió a encender su farol.
El principito lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la consigna. Recordó las puestas de sol
que en otro tiempo iba a buscar arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.
-¿Sabes? Yo conozco un medio para que descanses cuando quieras...
-Yo quiero descansar siempre -dijo el farolero.
Se puede ser a la vez fiel y perezoso.
El principito prosiguió:
-Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que hacer más que caminar
muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás... y el día durará tanto
tiempo cuanto quiero
-Con eso no adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida es dormir.
-No es una suerte -dijo el principito.
-No, no es una suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Mientras el principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este sería despreciado por los otros, por el
rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece
ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo . Lanzó un suspiro de pena y continuó
diciéndose:
"Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para
dos... "
Lo que el principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual lamentaba no quedarse en este
bendito planeta se debía a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada veinticuatro
horas.


Capítulo 15
***
___


El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía grandes libros.
-¡Anda, un explorador! -exclamó cuando divisó al principito.
Este se sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya
tanto!
-¿De dónde vienes tú? -le preguntó el anciano.
-¿Qué libro es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-.
¿Qué hace usted aquí?
-Soy geógrafo -dijo el anciano.
-¿Y qué es un geógrafo?
-Es un sabio que sabe donde están los mares, los ríos, las
ciudades, las montañas y los desiertos.
-Eso es muy interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!
Dirigió una mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto un planeta tan majestuoso.
-Es muy hermoso su planeta. ¿Hay océanos aquí?
-No puedo saberlo -dijo el geógrafo.
-¡Ah! (El principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?
-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades, ríos y desiertos?
-Tampoco puedo saberlo.
-¡Pero usted es geógrafo!
-Exactamente -dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no
puede estar de acá para allá contando las ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es
demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les
interroga y toma nota de sus informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes, manda hacer
una investigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Para qué?
-Un explorador que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también lo sería un explorador
que bebiera demasiado.
-¿Por qué? -preguntó el principito.
-Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo habría una.
-Conozco a alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.
-Es posible. Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena, se hace una
investigación sobre su descubrimiento.
-¿ Se va a ver?
-No, eso sería demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por ejemplo, si se trata
del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.
Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado:
-Pero... ¡tú vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu planeta.
Y el geógrafo abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores se escriben primero con lápiz.
Se espera que el explorador presente sus pruebas para pasarlos a tinta.
-¿Y bien? -interrogó el geógrafo.
-¡Oh! Mi tierra -dijo el principito- no es interesante, tod es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad
y uno extinguido; pero nunca se sabe...
-No, nunca se sabe -dijo el geógrafo.
-Tengo también una flor.
-De las flores no tomamos nota.
-¿Por qué? ¡Son lo más bonito!
-Porque las flores son efímeras.
-¿Qué significa "efímera"?
-Las geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e interesantes; nunca pasan de moda. Es muy
raro que una montaña cambie de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos sobre cosas
eternas.
-Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-. ¿Qué significa "efímera"?
-Que los volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña que nunca
cambia.
-Pero, ¿qué significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida había renunciado a una pregunta una vez
formulada.
-Significa que está amenazado de próxima desaparición.
-¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?
-Indudablemente.
"Mi flor as efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y
la he dejado allá sola en mi casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto
recobra su valor.
-¿Qué me aconseja usted que visite ahora? -preguntó.
-La Tierra -le contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.


Capítulo 16
***
___


El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.
¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes
negros) , siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos,
trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.
Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad
había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y
dos mil quinientos once faroleros.
Vistos desde lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los
de un ballet de ópera. Primero venía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus
faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los faroleros de China y Siberia, que a su vez
se perdían entre bastidores. Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa y Europa y
finalmente, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en su orden de entrada en
escena. Era grandioso.
Solamente el farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol del polo sur, llevaban una vida de
ociosidad y descanso. No trabajaban más que dos veces al año.


Capítulo 17
***
___



Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los
faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres
ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y
un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de
ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.
Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se
creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las
cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútïlmente, puesto que tienen confianza en mí.
El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse
equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.
-¡Buenas noches! -dijo el principito.
-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en Africa -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira
mi planeta; está precisamente encima de nosotros... Pero... ¡qué lejos está!
-Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?
-Tengo problemas con una flor -dijo el principito.
-¡Ah!
Y se callaron.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto...
-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo...
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.
El principito sonrió:
-No me pareces muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera
puedes viajar...
-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.
-Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro
y vienes de una estrella...
El principito no respondió.
-Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo
ayudarte. Puedo...
-¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.


Capítulo 18
***
___

El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -dijo la flor.
-¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.
La flor, un día, había visto pasar una caravana.
-¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece.
Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde
encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto
les molesta.
-Adiós -dijo el principito.
-Adiós -dijo la flor.


Capítulo 19
***
___

El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres
volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan
alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más
que algunas puntas de rocas.
-¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.
-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito.
-¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el
eco.
-Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.
-Estoy solo... estoy solo... estoy solo... -repitió el eco.
"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco,
puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen
más que repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba
siempre la primera... "


Capítulo 20
***
___

Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y
los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.
-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora
t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para
escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para
humillarme a mí también... "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única
y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis
tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios
cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy
un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito
lloró.


Capítulo 21
***
___

Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se
volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único
que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil
muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro
entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del
otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos
los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.
Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la
tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los
campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me
recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me
domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas
cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer
nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no
tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo;
yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada
día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si
vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo
empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz
me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré
así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora,
nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son
necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que
hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea
diferente a otra.
Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves
entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día
fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré
un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie.
Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y
ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer
indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,
porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo
dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta
callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien;
lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre
de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo


Capítulo 22
***
___


-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.
-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.
Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.
-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.
-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se sentían contentos donde estaban?
-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.
Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños
aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que
viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran...
-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.


Capítulo 23
***
___


-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten
ganas de beber.
-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y
tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere... "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."


Capítulo 24
***
___


Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última
gota de mi provisión de agua.
-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para
beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el zorro..., me dijo...
-No se trata ahora del zorro, muchachito...
-¿Por qué?
-Porque nos vamos a morir de sed...
No comprendió mi razonamiento y replicó:
-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.
"Es incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..."
El principito me miró y respondió a mi pensamiento:
-Tengo sed también... vamos a buscar un pozo...
Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo,
nos pusimos en marcha.
Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía
como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi
mente.
-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:
-El agua puede ser buena también para el corazón...
No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.
El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve...
Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
-El desierto es bello -añadió el principito.
Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin
embargo, algo resplandece en el silencio...
-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio...
Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño
vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo
jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un
secreto en el fondo de su corazón...
-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado
llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna
aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo
la corteza; lo más importante es invisible... "
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito
dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara,
incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una
racha de viento puede apagarlas...
Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.


Capítulo 25
***
___



-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces
se agitan y dan vueltas...
Y añadió:
-¡No vale la pena!...
El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples
agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no
había ningún pueblo y me parecía estar soñando.
-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda...
Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha
dormido mucho.
-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.
No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:
-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.
Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro.
En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol
en el agua agitada.
-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber...
¡Comprendí entonces lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta.
Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana,
del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de
Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de
Navidad.
-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.
-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en
un poco de agua...
-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.
Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme
dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?
-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a
mi.
-¿Qué promesa?
-Ya sabes... el bozal para mi cordero... soy responsable de mi flor.
Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:
-Tus baobabs parecen repollos...
-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.
Y volvió a reír.
-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.
-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.
Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:
-Tú tienes proyectos que yo ignoro...
Pero no me respondió.
-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra...
Y después de un silencio, añadió:
-Caí muy cerca de aquí...
El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.
Sin embargo, se me ocurrió preguntar:
-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?
El principito enrojeció nuevamente.
Y añadí vacilante.
-¿Quizás por el aniversario?
El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una
respuesta afirmativa.
-¡Ah! -le dije- tengo miedo.
Pero él me respondió:
-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.
Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco...


Capítulo 26
***
___


A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras.
Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde
lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo
oí que hablaba.
-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!
Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:
-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!
Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y
sin embargo, el principito replicó de nuevo.
-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No
tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.
Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.
El principito, después de un silencio, dijo aún
Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?
Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.
-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme
Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a
una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para
sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena
como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido
metálico.
Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.
-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?
Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta
alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo
que muere a tiros de carabina.
-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra...
-¿Cómo lo sabes?
Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
-También yo vuelvo hoy a mi planeta...
Luego, con melancolía:
-Es mucho más lejos... y más difícil...
Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis
brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin
que fuera posible hacer nada para retenerlo.
Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.
Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.
Y sonreía melancólicamente.
Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a
poco:
-Has tenido miedo, muchachito...
Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:
-Esta noche voy a tener más miedo...
Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de
no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.
-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa...
Pero él me dijo:
-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado...
-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una
pesadilla?
Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:
-Lo más importante nunca se ve...
-Indudablemente...
-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche.
Todas las estrellas han florecido.
-Es indudable...
-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te
acuerdas? ¡Qué buena era!
-Sí, cierto...
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se
encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las
estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo...
Y rió una vez más.
-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua...
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son
pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero
todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido...
-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo
riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!
Y rió nuevamente.
-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo
y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán
asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te
creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada...
Y se rió otra vez.
-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír...
Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.
-Esta noche ¿sabes? no vengas...
-No te dejaré.
-Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!
-No te dejaré.
Pero estaba preocupado.
-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto...
-He dicho que no te dejaré.
Pero algo lo tranquilizó.
-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura...
Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba
con paso rápido y decidido y me dijo solamente:
-¡Ah, estás ahí!
Me cogió de la mano y todavía se atormentó:
-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es
verdad.
Yo me callaba.
-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que
pesa demasiado.
-Seguí callado.
-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas...
Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:
Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas
las estrellas me darán de beber.
Yo me callaba.
-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...
El principito se calló también; estaba llorando.
-Es allí; déjame ir solo.
Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:
-¿Sabes?... mi flor... soy responsable... ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para
defenderse contra todo el mundo...
Me senté, ya no podía mantenerme en pie.
-Ahí está... eso es todo...
Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no
pude moverme.
Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante
inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un
árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.



Capítulo 27
***
___


Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se
alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio".
AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al
amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las
estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles...
Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero;
no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:
"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor..."
A veces me digo: "¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero".
Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.
Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el
fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en
lágrimas...
Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo
habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha
comido una rosa...
Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia...
¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!
Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo.
Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez
más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció
sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún
día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan
por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco,
precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si
este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus
preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen
tan triste!



FIN