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viernes, 16 de mayo de 2008

CUENTOS -- CHARLES PERRAULT

CUENTOS
Charles Perrault
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*LA CENICIENTA
*CAPERUCITA ROJA
*LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
*PULGARCITO
*EL GATO CON BOTAS
*BARBA AZUL
*LAS HADAS




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LA CENICIENTA
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Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.
Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo entero.
La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.
Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.
—Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.
—Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.
Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le decían:
— Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
—Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.
—Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al baile.
Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero ella era buena y las peinó con toda perfección.
Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer. Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.
Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.
—Me gustaría... me gustaría...
Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le dijo:
—¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?
—¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.
—¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.
La llevó a su cuarto y le dijo:
—Ve al jardín y tráeme un zapallo.
Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió en un bello carruaje todo dorado.
En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba con qué hacer un cochero:
—Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa, para hacer un cochero.
—Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.
Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida, ella le dijo:
—Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.
Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:
—Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?
—Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?
Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata, todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de cristal, las más preciosas del mundo.
Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche. Partió, loca de felicidad.
El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:
—¡Ah, qué hermosa es!
El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en seguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo más de admiración.
Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas que el príncipe le había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.
Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta; Cenicienta fue a abrir.
—¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no había tenido ganas de dormir desde que se separaron.
—Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.
Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:
—¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis todos los días.
—Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.
Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle el vestido.
Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de su madrina; de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla; ella había dejado caer una de sus zapatillas de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.
Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.
Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.
Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar las doce, y tan rápidamente que había dejado caer una de sus zapatillas de cristal, la más bonita del mundo; que el hijo del rey la había recogido dedicándose a contemplarla durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita dueña de la zapatilla. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.
Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas, y a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas, las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla, pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció su zapatilla, dijo riendo:
—¿Puedo probar si a mí me calza?
Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era hecha a su medida.
Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.
Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y les rogó que siempre la quisieran.
Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en el palacio y las casó en seguida con dos grandes señores de la corte.

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MORALEJA
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En la mujer rico tesoro es la belleza,
el placer de admirarla no se acaba jamás;
pero la bondad, la gentileza
la superan y valen mucho más.
Es lo que a Cenicienta el hada concedió
a través de enseñanzas y lecciones
tanto que al final a ser reina llegó
(Según dice este cuento con sus moralizaciones).
Bellas, ya lo sabéis: más que andar bien peinadas
os vale, en el afán de ganar corazones
que como virtudes os concedan las hadas
bondad y gentileza, los más preciados dones.
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OTRA MORALEJA
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Sin duda es de gran conveniencia
nacer con mucha inteligencia,
coraje, alcurnia, buen sentido
y otros talentos parecidos,
Que el cielo da con indulgencia;
pero con ellos nada ha de sacar
en su avance por las rutas del destino
quien, para hacerlos destacar,
no tenga una madrina o un padrino.




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CAPERUCITA ROJA
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Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.
—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
—Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
—¿Quién es?
—Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
—¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
—Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
—Es para abrazarte mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
—Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
—Es para oír mejor, hija mía.
—Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!
—Es para ver mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
—¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.


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MORALEJA
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Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas,
bien hechas, amables y bonitas
no deben a cualquiera oír con complacencia,
y no resulta causa de extrañeza
ver que muchas del lobo son la presa.
Y digo el lobo, pues bajo su envoltura
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña,
silenciosos, sin odio ni amargura,
que en secreto, pacientes, con dulzura
van a la siga de las damiselas
hasta las casas y en las callejuelas;
más, bien sabemos que los zalameros
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.



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LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
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Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.
Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.
Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.
El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la vieja hubiese hecho.
Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo que le causaría la muerte.
Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite y en voz alta pronunció estas palabras:
—Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.
Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana, el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos en casa.
Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para hilar en huso.
—¿Qué hacéis aquí, buena mujer? —dijo la princesa. Estoy hilando, mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.
—¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme, a ver si yo también puedo.
No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él y cayó desmayada.
La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.
Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.
El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones.
El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola en este viejo palacio.
Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas, gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros, los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos, se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama, a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento; hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las hadas no tardaban en realizar su tarea.
Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija, sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.
Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:
—Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.
Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.
Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.
Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta, por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino, mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.
Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino.
Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:
—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.
El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.
Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.
Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.
El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.
La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, Y que al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.
Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.
Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.
—Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.
—¡Ay! señora, dijo el mayordomo.
—¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa —Robert.
El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.
Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:
—Para cenar quiero al pequeño Día.
El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.
Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa le dijo al mayordomo:
—Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.
Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.
—Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello; ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin decirle nada).
—No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido, no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos, pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.
La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.
Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón por su hermano.
La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras, culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con las manos atadas a la espalda.
Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado poner.
El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.
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MORALEJA
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Esperar algún tiempo para hallar un esposo
rico, galante, apuesto y cariñoso
parece una cosa natural
pero aguardarlo cien años en calidad de durmiente
ya no hay doncella tal que duerma tan apaciblemente.
La fábula además parece querer enseñar
que a menudo del vínculo el atrayente lazo
no será menos dichoso por haberle dado un plazo
y que nada se pierde con esperar;
pero la mujer con tal ardor
aspira a la fe conyugal
que no tengo la fuerza ni el valor
de predicarle esta moral.


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PULGARCITO
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Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito.
Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego le dijo:
—Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean.
—¡Ay! exclamó la leñadora, ¿serías capaz de dejar tu mismo perderse a tus hijos?
Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue a acostarse llorando.
Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado.
Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
—No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:
—¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en lágrimas.
—¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:
—¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
—¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para limpiarte.
Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina.
Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora, les dio a cada uno un pedazo de pan como desayuno; pensó entonces que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardo, pues, en el bolsillo.
El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños.
Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo.
Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos.
Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque.
Llegaron a la casa donde estaba el candil no sin pasar muchos sustos, pues de tanto en tanto la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un bajo. Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:
—¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—¡Ay, señora! respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos, ¿qué podemos hacer? los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega.
La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la cena del ogro.
Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca.
—Tiene que ser, le dijo su mujer, ese ternero que acabo de preparar lo que sentís.
—Huelo carne fresca, otra vez te lo digo, repuso el ogro mirando de reojo a su mujer, aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
—¡Ah, dijo él, así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una bestia vieja. Esta caza me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que deben venir en estos días.
Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:
—¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
—Cállate, repuso el ogro, así estarán más tiernos.
—Pero todavía tenéis tanta carne, replicó la mujer; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un puerco
—Tienes razón, dijo el ogro; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse.
La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse.
El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido.
Pulgarcito; que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos que quería degollar.
La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:
—Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
—Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:
—¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.
Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su mujer:
—Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no seria su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que discurren casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
—¡Ay! ¿qué hice? exclamó. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y en el acto!
—Echó un tazón de agua en la nariz de su mujer y haciéndola volver en sí:
—Dame pronto mis botas de siete leguas, le dijo, para ir a agarrarlos.
Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin perder de vista lo que hacia el ogro.
Este, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran de prisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro le sacó suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.
—Su marido, le dijo Pulgarcito, está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy mintiendo.
La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.
Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena fuente, hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido.
Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese lado.
Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad su propia corte.

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MORALEJA
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Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.


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EL GATO CON BOTAS
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Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.
—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.
El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabia hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenias el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:
—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.
—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.
El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.
El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
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MORALEJA
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En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.
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OTRA MORALEJA
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Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.

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BARBA AZUL
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Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohíbo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohíbo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la restregará con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.

MORALEJA

La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.
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OTRA MORALEJA
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Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.


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LAS HADAS
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Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.
Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.
Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.
—Como no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.
Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
—Eres tan bella, tan buena y, tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.
—Perdón, madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.
—¡Qué estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera vez que le decía hija.
La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.
—Verdaderamente, dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.
—¡No faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir a la fuente!
—Deseo que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!
Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
—¿Habré venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡justamente, he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.
—No sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien! ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre no hizo más que divisarla y le gritó:
—¡Y bien, hija mía!
—¡Y bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras y dos sapos.
—¡Cielos!, exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.
La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.
—¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.
El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.

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MORALEJA
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Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.
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OTRA MORALEJA
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La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.

miércoles, 14 de mayo de 2008

E L P A T I T O F E O -- HANS CRISTIAN ANDERSON


E L P A T I T O F E O
H A N S C H R I S T I A N
A N D E R S E N

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E L P A T I T O F E O
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Era verano, y la región tenía su aspecto más
amable del año. El trigo estaba dorado ya, la avena
verde todavía. El heno había sido apilado en parvas
sobre las fértiles praderas, por las que ambulaba la
cigüeña con sus rojas patas, parloteando en egipcio,
único idioma que su madre le había enseñado.
En torno del campo y las praderas se veían
grandes bosques, en cuyo centro había profundos
lagos. Y en el lugar más asolado de la comarca se
erguía una antigua mansión rodeada por un
profundo foso. Entre éste y los muros crecían
plantas de grandes hojas, algunas lo bastante
amplias como para que un niño pudiera estar de pie
bajo ella. Y allí entre las hojas, tan retirada y
escondida como en lo profundo de una selva, estaba
una pata empollando.
Los patitos tenían que salir dentro de muy poco,
pero la madre se sentía muy cansada, pues la tarea
duraba ya demasiado tiempo. Para empeorar las
cosas, sólo recibía muy contadas visitas, pues sus
congéneres preferían nadar en el foso más bien que
ir moviendo la cola hacia el nido de mamá pata para
charlar con ella.
Por último, uno tras otro, los huevos empezaron
a crujir suavemente. “Chuí, chuí” dijeron. Toda la
cría acababa de venir al mundo y estaba asomando
sus cabecitas.
-Cuá, cuá -dijo la pata, y al oírla los patitos
respondieron a coro con sus más fuertes voces y
miraron a su alrededor por entre las hojas verdes.
Su madre los dejaba hacer, pues el verde es bueno
para la vista.
-¡Qué grande es el mundo! -dijeron todos los
pequeños. Ciertamente ahora tenían más espacio
para moverse que en el interior de sus cascarones.
-¿Se imaginan ustedes que esto es todo el
mundo? -dijo la madre-. Pues el mundo se extiende
hasta bastante más allá del jardín, por el campo del
párroco, aunque en verdad yo nunca me he
aventurado tan lejos. Pero, a propósito, ¿están ya
todos ustedes? -La pata se levantó y miró
alrededor-. No, por cierto que no están todos aún.
Queda por abrir todavía el huevo más grande.
¿Cuánto tiempo tardará? -se preguntó, volviéndose
a echar en el nido.
-¡Hola! ¿Cómo va eso? -interrogó en ese instante
una vieja pata que se había llegado de visita.
-Hay un huevo que está tardando mucho tiempo
-respondió la pata que empollaba. Esa cáscara no se
quiere romper. Pero, ¡mira los otros! Son los más
preciosos patitos que he visto en mi vida. Tienen
todos la mismísima cara de su padre, el gran pillo
que ni siquiera se da una vuelta por aquí a verme.
-Déjame ver ese huevo que tarda en romperse -dijo
la pata vieja-. Puedes estar segura que no es un
huevo de nuestra especie, sino de pava. A mí me
engañaron así una vez, y no puedo decirte el trabajo
y la preocupación que me dieron aquellos chicos,
porque te diré que tienen miedo del agua. Nunca
conseguí hacerlos meter en ella. Sí, es un huevo de
pava. Déjalo donde está, y dedícate a enseñar a
nadar a esas criaturas.
-No; me quedaré echada otro poco. He
esperado tanto que ya no me costaría nada
quedarme hasta la feria del verano.
-Pues, haz tu gusto -respondió la pata vieja, y se
alejó.
Por último el huevo que tardaba en abrirse
empezó a crujir.
-Chip, chip -dijo el recién nacido, y salió del
cascarón tambaleándose. ¡Qué grandote y qué feo
era! La pata lo miró con disgusto.
“Para pato es de un tamaño monstruoso -dijo-.
¿Será acaso un pichón de pavo? Bueno, no
tardaremos mucho en saberlo. Al agua irá, aunque
tenga yo misma que arrojarlo de un puntapié”.
El día siguiente amaneció espléndido; mamá
pata se fue a la orilla, y se zampó en el agua. “¡Cuac,
cuac!” chilló, y uno tras otro los patitos se zambulleron
detrás de ella. El agua los cubrió hasta la
cabeza, pero ellos volvieron a salir a flote y se sostuvieron
perfectamente. Las patas se les movieron
solas... y ya estaba. Hasta aquel grandote, gris y feo
nadó también con ellos.
-“No; no es un pavo” -reflexionó la pata-. Hay
que ver qué bien se maneja con las patas y qué derecho
se sostiene. Es mi propio pollo, después de
todo, y no tan mal parecido si se lo mira bien.
¡Cuac, cuac! Vengan conmigo ahora y los sacaré al
mundo y los introduciré en el corral. Pero quédense
bien cerca de mí, no sea que alguien vaya a pisarlos.
¡Y tengan cuidado con el gato!
Se fueron todos al corral, donde encontraron un
espantoso alboroto provocado por dos pollos que
estaban peleando por la cabeza de un pescado. Al
final terció en la discusión el gato y se llevó para sí
la cabeza.
-Así ocurren las cosas en el mundo -comentó la
madre pata. Y se lamió el pico, pues ella también
deseaba aquella cabeza de pescado.
-Ahora aprendan a usar las patas -dijo luego- y
saluden con la cabeza a ese pato viejo que está allí.
Es el más importante de todos nosotros. Tiene
sangre española en las venas, y esa es la explicación
de su tamaño. ¿Ven ese trapo rojo que tiene en la
pata? Eso es algo extraordinario, la más elevada
señal de distinción que pueda alcanzar nunca un
pato. ¡Vamos ahora! ¡Cuac, cuac! ¡No pongan los
dedos para adentro! Un pato bien educado tiene
siempre las patas bien abiertas; así, eso es. Ahora inclinen
la cabeza y digan: “¡Cuac!”
Los patitos hacían cuanto se les ordenaba; pero
los otros patos del corral los miraban diciendo en
voz alta:
-¡Vean eso! Ahora tendremos que aguantar también
a toda esa tribu, como si no nos bastáramos

nosotros. Además..., ¡oh, querida, qué feo ese patito!
No se lo puede mirar.
Y un pato corrió hacia el patito feo y le dio un
picotazo en el cuello.
-¡Déjalo! -suplicó la madre-. No hace daño a
nadie.
-Puede que no -replicó el que había atizado el
picotazo-. Pero es tan desmañado y raro que dan
ganas de darle una paliza.
-Todos esos otros patitos son muy hermosos
-dijo el pato viejo, el que tenía el trapo atado a la
pata-. Muy bonitos todos, excepto ése, que resultó
un ejemplar bastante desdichado. Es una lástima
que no se lo pueda empollar de nuevo.
-Eso es imposible, señoría -respondió mamá
pata-. Ya sé que no es lindo, pero se porta bien y
nada con tanta destreza como los otros. Hasta
podría aventurarme a decir que mejorará con la
edad, o quizá también disminuya de tamaño a
tiempo. Estuvo mucho tiempo dentro del huevo, y
por eso no salió con muy buen estado. -Palmeó al
patito en el pescuezo y agregó: -Además, es un
varoncito, de modo que su belleza física no importa
mucho. Creo que será muy fuerte, y que sabrá
abrirse camino en el mundo.
-Los demás patitos son muy lindos -dijo el pato
viejo-. Ahora pónganse cómodos; están en su casa.
Y si encuentran otra cabeza de pescado pueden
traérmela.
Y se sintieron todos cómodos, y en su casa,
menos el pobre patito que había sido el último en
salir del huevo, y que era tan feo. A éste lo
picotearon y empujaron, y se burlaron de él patos y
gallinas.
-¡Qué grandote es! -comentaban todos.
El pavo, que había nacido con espolones y en
consecuencia se sentía todo un emperador, se infló
como el velamen de un barco y graznó y graznó
hasta que la cara se le puso roja. El pobre patito
estaba tan desconcertado que no sabía hacia qué
lado volverse. Le daba mucha pena ser tan feo,
despreciado por todo el corral.
Así transcurrió el primer día; luego las cosas fueron
poniéndose cada vez peor. Al pobre patito no
había quién no lo corriera o le diera empujones.
Hasta sus hermanos y hermanas lo miraban mal, y
decían a cada momento:
-¡Ojalá te agarrara el gato, antipático!
Hasta su madre dijo:
-Quisiera que estuvieras a muchos kilómetros de
distancia.
Los patos y las gallinas lo picoteaban, y la muchacha
que les traía la comida lo hacía a un lado de
un puntapié.
Hasta que por fin el patito dio una corrida y un
salto por encima del cerco, haciendo volar
asustados a los pajaritos.
“Todo es porque soy tan feo” -pensaba el pobre
patito cerrando los ojos, pero sin dejar de correr.
Así llegó a un extenso pantano en cuyos bordes y
aguas vivían patos silvestres; estaba tan cansado y
tan apenado que se quedó allí a pasar la noche. Por
la mañana los patos silvestres se acercaron volando
para inspeccionar al nuevo camarada.
-¿Qué clase de animal eres? -preguntaron, mientras
el patito se volvía a un lado y otro y saludaba lo
mejor que podía-. ¿De dónde has salido, tan feo?
Aunque eso en realidad no importa, mientras no
pretendas buscar novia en nuestras familias.
El pobrecito no había pensado siquiera en
buscar novia. Todo lo que pretendía era permiso
para echarse entre los juncos y beber un poco de
agua del pantano.
Dos días enteros permaneció allí. Luego
vinieron dos gansos silvestres, mejor dicho, dos
ánades. Como no hacía mucho que habían salido
del cascarón eran petulantes en grado sumo.
-Bueno, camarada -dijeron-, eres tan feo que te
hemos tomado simpatía. ¿Quieres reunirte con
nosotros y ser un ave de paso? Hay por aquí cerca
otro pantano, y en él algunas gansitas silvestres encantadoras.
Eres bastante feo para probar suerte
entre ellas.
En ese preciso momento: “¡Bang! ¡Bang!”
resonaron dos estampidos en el aire, y los dos
ánades silvestres cayeron muertos entre los juncos,
tiñendo de rojo el agua con su sangre. “¡Bang!
¡Bang!”, siguieron rugiendo las escopetas, y un
revuelo de gansos silvestres se alzó por sobre las
cañas, mientras los perdigones diseminaban la
muerte entre ellos.
Se trataba de una partida de caza, y todo el
pantano estaba rodeado de deportistas, la mayoría
ocultos entre los juncos; algunos sentados en las
ramas de los árboles que se extendían por sobre el
agua. El humo azulado de la pólvora flotaba por
entre las frondas como nubecillas.
Los perros de caza saltaban de un lado a otro,
chapoteando en el agua y agitando a su paso los
juncos y cañas de un lado a otro. Todo aquello era
terriblemente alarmante para el pobre patito. Volvió
la cabeza para meterla bajo el ala, y en ese momento
un enorme y espantoso perro se apareció muy cerca
de él, con la lengua fuera y los ojos llameantes de
perversidad. El perrazo abrió sus terribles fauces
ante la cara del patito; mostró sus puntiagudos colmillos...
y se alejó de un salto, salpicando el agua, sin
tocarlo siquiera.
“¡Oh, gracias a Dios! -suspiró el patito-. ¡Soy tan
feo que ni siquiera el perro se molesta en morderme!”
Se quedó allí, enteramente inmóvil, mientras los
proyectiles silbaban por todas partes y las detonaciones
sacudían el ambiente. La conmoción sólo
cesó ya muy entrado el día, pero ni aún así se
atrevió el pobre patito a levantarse. Esperó aún
varias horas antes de alzar la cabeza y mirar, y
entonces huyó del pantano con tanta velocidad
como pudo. Corrió a través de campos y praderas,
aunque hacía tanto viento que le costaba trabajo
avanzar.
Hacia el anochecer llegó a una pequeña y pobre
casita, tan miserable que parecía quedarse en pie
sólo por no saber de qué lado había de caerse. El
viento silbaba con tal fiereza junto al patito que éste
se vio obligado a sentarse para resistir el empuje.
Entonces vio que la puerta tenía un gozne roto y se
sostenía tan desmañadamente que por la rendija se
podía entrar en la casa. El pato se metió dentro.
En la casita vivía una anciana con un gato y una,
gallina. El gato, que se llamaba “Nene” sabía
arquear el lomo, ronronear y lanzar chispas
eléctricas cuando se le frotaba la piel a contrapelo.
La gallina era de patas cortas, y por eso le decían
“Tachuela”. Ponía huevos de excelente calidad, y la
anciana la quería tanto como si hubiera sido su
propia hija.
Por la mañana, los dos animales no tardaron en
descubrir la presencia del extraño pato. El gato empezó
a ronronear y la gallina lo acompañó con su
cloqueo.
-¿Qué diablos pasa? -dijo la mujer, mirando a su
alrededor, pero su vista no era muy buena y lo que
pensó fue que el patito era un pato gordo extraviado.
-¡Qué maravilla! -exclamó-. Ahora tendremos
huevos de pata... si es que no se trata de un pato.
Habrá que esperar a ver lo qué resulta.
De modo que tomó al patito a prueba por tres
semanas, al final de las cuales no había podido encontrar
ningún huevo.
El gato y la gallina eran algo así como dueños de
aquella casa. Siempre decían: "Nosotros y el
mundo” pues creían que ellos representaban la
mitad del mundo; y por cierto que la mejor mitad.
El patito pensaba que podían existir dos
opiniones al respecto, pero el gato ni siquiera quería
escucharlo.
-¿Sabes poner huevos? -preguntó una vez
"Nene".
-No.
-En ese caso ten la bondad de callarte la boca.
-Luego de una pausa insistió-. ¿Sabes arquear el
lomo, ronronear o sacar chispas eléctricas?
-No.
-Pues entonces guárdate tus opiniones cuando la
gente sensata está hablando.
El patito se sentó en un rincón, de muy mal
humor, empezó a pensar en el aire libre y el sol, y lo
invadió una irreprimible nostalgia de flotar en el
agua. Por último cedió a la tentación de hablar del
tema a la gallina.
-¿Qué bicho te ha picado? -inquirió “Tachuela”-.
Es el ocio, al no tener nada que hacer, lo que te
mete en la cabeza esos disparates. Pon media
docena de huevos, o aprende a ronronear, y verás
cómo se te pasa el antojo.
-¡Pero es tan delicioso flotar en el agua! ¡Tan
lindo sentirla correr por la cabeza cuando uno se
zambulle hasta el fondo!
-¡Vaya diversiones! -rezongó la gallina-. Me parece
que te has vuelto loco. Pregunta, si no, al gato
qué opina; es el animal más inteligente que conozco.
Pregúntale si le gusta flotar en el agua o zambullirse.
Por mi parte no te digo nada. Pregúntale también a
nuestra patrona, la vieja. No hay nadie en el mundo
más lista que ella. ¿Y crees que tiene algún deseo de
meterse en el agua?
-Ustedes no me comprenden -dijo el patito.
-Bueno, si no te comprendemos nosotros,
¿quién va a comprenderte? No creo que te
consideres más inteligente que el gato o la vieja, por
no decir que yo. No te comportes como un tonto,
hijo, y agradece a tu buena suerte el bien que te
hemos hecho. ¿Acaso no has vivido en este cuarto
caliente, y en compañía de seres de los cuales podías
haber aprendido algo? Pero eres un idiota, y nada se
gana asociándose contigo. Créeme; hablo muy en
serio. Te estoy diciendo verdades de a puño, y ese
es el mejor medio de saber quienes son los buenos
amigos. Limítate a poner huevos, o aprende a
ronronear, o a sacar chispas.
-Lo que me parece es que me voy a marchar
otra vez por el mundo -respondió el patito.
-Pues hazlo; será lo mejor -fue la terminante
respuesta de la gallina.
Y el patito se fue.
Anduvo flotando en el agua y zambulléndose
todo cuanto le dio la gana, pero siempre mirado con
desdén y de soslayo por toda criatura viviente,
debido a su fealdad. Así hasta que llegó el otoño, y
las hojas del bosque se pusieron pardas y amarillas.
El viento se las llevó, y las hizo danzar en
remolinos. El cielo se puso frío, cubierto de nubes
cargadas de nieve y granizo. Un cuervo fue a
posarse sobre una cerca y graznó, del frío que tenía.
Sólo pensarlo hacía temblar. El pobre patito estaba
ciertamente en un gran apuro.
Una tarde, cuando el sol estaba poniéndose en
todo su invernal esplendor, una bandada de
hermosas aves blancas apareció surgiendo de entre
los matorrales. Nunca había visto el patito nada tan
hermoso. Eran de una deslumbrante blancura, con
largos y sinuosos cuellos. Se trataba de cisnes, que
lanzando su grito peculiar extendían las alas y
volaban alejándose de las regiones frías hacia tierras
más cálidas. Ascendieron muy alto, muy alto, y el
pobre patito feo se quedó extrañamente intranquilo.
Dio vueltas y vueltas en el agua, como una rueda,
levantando la cabeza hacia la dirección por donde se
alejaban aquellas aves. Luego lanzó él mismo un
grito tan penetrante y extraño que lo asustó. ¡Oh, no
podía olvidar aquellas hermosas aves, felices aves!
En cuanto estuvieron fuera de su vista, el patito se
zambulló hasta el fondo y cuando salió de nuevo a
la superficie estaba completamente fuera de sí. No
sabía qué clase de pájaros eran aquéllos, ni hacia
dónde volaban, pero se sentía más atraído hacia
ellos que lo que nunca lo había sido por ser alguno.
Y no era que los envidiara en lo más mínimo,
¿cómo podía ocurrírsele envidiar aquella maravilla
de belleza? Se habría sentido agradecido con sólo
que los patos lo hubiesen tolerado entre ellos, tanta
era la certeza de su fealdad.
El frío invernal era tan intenso que el patito se
veía obligado a nadar en círculo en el agua sólo para
librarse de quedar helado, pero noche tras noche el
agujero del hielo por el cual se zambullía se iba
haciendo más y más pequeño, hasta que se heló con
tanta fuerza que la superficie se resquebrajó y el
patito se vio obligado a mover las patas sin cesar
para que el agua no se congelara a su alrededor,
aprisionándolo. Por último, ya tan cansado que no
podía moverse más, cedió y se quedó rápidamente
aterido en el hielo.
Aquella mañana a primera hora acertó a pasar
por allí un campesino, que al ver al patito se acercó,
abrió un boquete en la superficie del hielo con su
zapato herrado y se llevó a su pequeño rescatado.
La esposa del campesino se hizo cargo de él, y no
tardó en revivirlo con sus cuidados. En la casa, los
niños quisieron servirse de él para sus juegos, pero
el patito, recelando de que lo maltrataran, huyó espantado
y fue a caer en la cazuela de la leche haciendo
salpicar el líquido por todo el cuarto. La
mujer soltó un chillido y extendió los brazos; el
patito dio un segundo salto y esta vez fue a parar
dentro de la cuba de la mantrca. Salió enseguida,
pero es de imaginarse cuál sería su aspecto. La
dueña de casa volvió a chillar y trató de golpearlo
con las tenazas. Los chicos cayeron unos sobre
otros en sus intentos por capturarlo, dando todos
verdaderos alaridos de risa. Por suerte la puerta
estaba abierta, y el patito huyó por entre los
matorrales y la nieve recién caída. Y allí quedó,
completamente exhausto.
Sería tarea muy triste el detallar todas las privaciones
y miserias que tuvo que soportar durante el
largo y duro invierno. Cuando el sol empezó a calentar
de nuevo la tierra, el patito yacía en el pantano,
entre los juncos. Las alondras cantaban; acababa
de llegar la hermosa primavera.
De pronto el patito alzó las alas, y éstas se agitaron
con mucha más fuerza que antes, haciéndolo ascender
vigorosamente hacia el cielo. Antes que se
diera cuenta de dónde estaba se encontró en un
amplio jardín, rodeado de manzanos en flor respirando
un aire perfumado por las lilas que crecían en
las irregulares orillas del lago.
Y vio también tres hermosos cisnes que se
acercaban a él saliendo de entre un macizo de
plantas. Nadaban suave y ágilmente, con un tenue
rumor de plumas. El patito reconoció a las
majestuosas aves y no pudo evitar que lo
sobrecogiera una extraña melancolía.
“Volaré hacia ellos -se dijo-. Me acercaré a los
reales pájaros aunque me deshagan a picotazos porque
soy tan feo. ¡No importa! Mejor ser destrozado
por ellos que por los patos o las gallinas, o por los
fríos y las calamidades del invierno”.
Se lanzó, pues, al agua, y nadó en dirección de
las señoriales aves. Estas lo vieron y se precipitaron
hacia él con las plumas encrespadas.
“¡Mátenme si quieren!” -exclamó el pobrecito, e
inclinó la cabeza hacia el agua, previendo y temiendo
la muerte. Pero, ¿qué fue lo que vio en la
transparente superficie?
Vio su propia imagen, pero ésta no era ya la de
un desmañado pajarraco gris, sino la de un cisne.
¡Era un cisne! ¡Nada importaba haber nacido en un
corral, si uno procedía de un huevo de cisne!
Hasta se alegró de haber pasado por tantas
penurias y tribulaciones, que lo capacitaban mejor
para apreciar ahora su actual felicidad, su nueva
situación entre toda aquella belleza que acudía a
recibirlo. Los grandes Cisnes estaban nadando
alrededor de él, rozándolo al pasar con el pico.
Unos niños llegaron al jardín con pedazos de
pan y granos que arrojaron al agua, y el más
pequeño exclamó:
-¡Hay uno nuevo!
-¡Sí, ha llegado otro! -aprobaron los demás,
aplaudiendo y saltando.
Luego corrieron hacia su padre y su madre,
arrojaron más pan al agua, y uno de ellos añadió,
coreado por todos: -¡Ese nuevo es el más bonito de
todos! ¡Es tan joven! ¡Tan elegante!
El patito se sintió cohibido y escondió la cabeza
bajo las alas. No sabía qué pensar. Era muy feliz,
pero sin orgullo, pues su buen corazón nunca se
dejaba llevar por ese sentimiento. Recordó cuántas
veces había sido corrido y despreciado, sin soñar
que un día iba a oír decir que era el más hermoso de
los pájaros. Las lilas inclinaron sus ramas hacia el
agua en su presencia; y el sol se puso más cálido y
acogedor que nunca. Y él agitó las alas, alzó su
esbelto cuello y dijo lleno de júbilo:
“Nunca imaginé semejante felicidad cuando yo
era el Patito Feo”

martes, 13 de mayo de 2008

CLAUS EL GRANDE Y CLAUS EL PEQUEÑO -- HANS CRISTIAN ANDERSEN



Claus el grande y Claus el pequeño

Hans Cristian Andersen


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En cierta aldea vivían una vez dos paisanos del mismo nombre. Ambos se llamaban Claus, pero uno de ellos tenía cuatro caballos y el otro solamente uno. Y para distinguirlos, la gente llamaba al dueño de los cuatro caballos “Claus el Grande” y al que sólo poseía uno “Claus el Pequeño”. Ahora os contaré lo qué les ocurrió a esos dos hombres, pues ésta es una historia verídica.
Durante toda la semana, el pobre Claus el Pequeño tenía que arar la tierra para Claus el Grande y prestarle su único caballo, pero una vez cada siete días -el domingo- Claus el Grande le prestaba a él sus cuatro caballos. ¡Y con qué orgullo Claus el Pequeño hacía restallar el látigo, cada domingo, sobre aquellos cinco animales! Porque ese día era como si fueran realmente de su propiedad.
El sol brillaba esplendorosamente, las campanas de la iglesia tañían alegres, y la gente pasaba, vestida con sus mejores galas y llevando bajo el brazo su libro de oraciones. Y todos miraban a Claus el Pequeño que araba con sus cinco caballos. Y él se sentía tan orgulloso que restallaba el látigo y decía:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-¡No has de decir así -rezongó Claus el Grande-, porque sólo uno de ellos es tuyo!
Pero Claus el Pequeño olvidó pronto lo que no tenía que decir, y cada vez que veía pasar a alguien gritaba con toda su fuerza:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Tengo que insistir en que no lo digas otra vez -repitió Claus el Grande-. Si lo haces, le pegaré, a tu caballo en la cabeza, de tal modo que caerá muerto en el sitio. Y ya no podrás decir que tienes ninguno.
-Te prometo no decirlo de nuevo -respondió el otro. Pero en cuanto alguien se acercaba y lo saludaba con un movimiento de cabeza o un “Buenos día”, Claus el Pequeño se sentía tan complacido de tener cinco caballos arando en su campo que gritaba una vez más:
-¡Arre, mis cinco caballos!
-Yo arrearé los caballos por ti -dijo Claus el Grande. Y tomando una maza le dio en la cabeza al único caballo de Claus el Pequeño, de manera que el animal cayó muerto.
-¡Oh, ahora no tendré ningún caballo! -exclamó llorando Claus el Pequeño. Pero un rato después desolló al caballo muerto y colgó el cuero al aire para que se secara.
Luego metió la piel en un bolso, se echó éste al hombro y emprendió viaje hacia el pueblo más próximo para venderla. Pero el camino era largo, y había que pasar por un bosque oscuro y sombrío.
Mientras cruzaba el bosque, sobrevino una tormenta y Claus el Pequeño perdió su camino. La noche se echó encima, faltaba mucho para llegar y ya estaba demasiado lejos para volverse a casa antes de que oscureciera.
Junto al camino había una granja, con los postigos cerrados pero que dejaban filtrar luz por las rendijas.
“Puede que me dejen entrar aquí a pasar la noche” -pensó Claus el Pequeño. Se acercó a la puerta de la granja y llamó.
Abrió la puerta la esposa del granjero, pero al enterarse de lo que deseaba el visitante le indicó que debía retirarse. Su marido no estaba en casa y no quería extraños en ella.
“Entonces tendré que echarme ahí afuera” -se dijo Claus el Pequeño, mientras la mujer del granjero le cerraba la puerta en la cara.
Próxima a la casa había una gran parva de heno, y entre ésta y el edificio principal un pequeño cobertizo con techo de paja.
“Me acostaré ahí arriba -dijo Claus el Pequeño-.
Será un lecho magnífico, y ojalá que esa cigüeña que tiene su nido en el tejado de la casa no se baje a picarme las piernas”.
Así, pues, Claus el Pequeño se trepó al techo del cobertizo. Mientras se revolvía para ponerse cómodo, observó que los postigos de madera no llegaban hasta el borde superior de las ventanas, sino que dejaban un espacio libre que permitía ver el interior de la habitación. Y vio una amplia mesa servida con vino, asado y un pescado espléndido.
Sentados a la mesa estaban la mujer del granjero y el sepulturero del pueblo. Nadie más. La mujer estaba llenando el vaso del otro y sirviéndole abundante ración de pescado, que parecía ser el plato favorito del hombre.
“Si pudiera alcanzar yo también un poco...” - pensó Claus el pequeño. Y estiró el cuello hacia la ventana; entonces vio también una hermosa y suculenta torta. En realidad podía decirse que la pareja tenía un magnífico festín por delante.
En ese momento se oyeron los cascos de un caballo que galopaba por el camino hacia la granja. El granjero regresaba a su casa.
Este era un buen hombre, pero tenía una prevención singular: no podía soportar la vista de un sepulturero. En cuanto veía a uno le acometía un terrible acceso de ira. Y por ese motivo el sepulturero había elegido la ausencia del granjero para visitar a su esposa. La buena mujer lo estaba obsequiando con lo mejor que tenía en la casa.
Al oír llegar al granjero ambos se asustaron terriblemente, y la mujer pidió al sepulturero que se introdujera en un amplio cofre que había en un rincón.
El hombre no se hizo de rogar, pues conocía bien la aversión del pobre granjero a la vista de uno los de su oficio. La mujer escondió rápidamente las viandas y el vino en el horno, porque su marido habría hecho preguntas incómodas en caso de ver todo aquello en la mesa.
“¡Oh, qué lástima!” -suspiró Claus el Pequeño, sobre el techo, al ver desaparecer la comida.
-¿Hay alguien ahí arriba? -inquirió el granjero, alzando la vista y mirando a Claus el Pequeño-.
¿Qué estás haciendo tú ahí arriba? Será mejor que bajes y entres en la casa.
Claus el Pequeño le informó entonces de cómo había perdido su camino y preguntó si le sería permitido pasar allí la noche.
-Claro que sí -respondió el granjero-. Pero antes será mejor que comas algo.
La mujer los recibió a los dos muy amablemente; puso la mesa y sirvió una cazuela de potaje para los dos. El granjero traía hambre y comió con buen apetito, pero Claus el Pequeño no podía menos de añorar el excelente asado, el pescado y la torta, que sabía estaban ocultos en el horno. Había colocado debajo de la mesa, a sus pies, la bolsa con el cuero del caballo, pues se recordará que iba de camino hacia el pueblo para venderlo. No le gustaba el potaje, y por ello ideó una artimaña: pisó con fuerza la bolsa haciendo que el cuero seco chirriara perceptiblemente.
-¡Chist! -ordenó Claus el Pequeño como si hablara con la bolsa, y al mismo tiempo la oprimió más con los pies haciendo chirriar al cuero de caballo con más fuerza que antes.
-¿Qué diablos tienes en esa bolsa? -preguntó el granjero.
-Es un duende. Dice que no tenemos necesidad de comer potaje, pues él con sus encantamientos ha llenado el horno de asado, pescado y torta.
-¿Qué dices? -estalló el granjero, y abriendo precipitadamente la puerta del horno vio las lindas cosas que su mujer había escondido. Y creyó que era el duende quien las había materializado para su especial beneficio.
Sin atreverse a decir nada, la mujer sirvió todas aquellas exquisiteces, y los dos hombres se dieron un hartazgo de asado, pescado y torta. Luego, Claus el Pequeño oprimió de nuevo la bolsa con los pies y volvió hacer chirriar el cuero de caballo.
-¿Qué dice el duende ahora? -preguntó el granjero.
-Dice -respondió Claus el Pequeño- que también ha formado por arte de encantamiento tres botellas de vino dentro del horno.
La mujer se vio obligada a sacar también el vino, del cual bebió abundantemente el dueño de casa hasta ponerse muy alegre. Y dijo que le habría gustado tener un duende para él, como el que poseía Claus el Pequeño.
-¿Puede ese duende hacer aparecer al diablo?
-inquirió el granjero-. Me gustaría verlo, ahora que estoy de tan buen humor.
-¡Oh, sí! Mi duende puede hacer todo lo que se le pida. ¿No es verdad? -agregó dirigiéndose a la bolsa, que chilló más fuerte que nunca-. ¿No oyes cómo dice que sí? Pero el diablo es tan feo que será mejor que no lo veas.
-Pues no tengo miedo en absoluto. ¿A qué se parece?
-Bueno, pues el duende te lo mostrará bajo la forma de un sepulturero.
-¡No, por favor! ¡Te diré que no puedo soportar la vista de un sepulturero. En fin, no importa. Yo sabré que se trata sólo del diablo y así no me horrorizará tanto. Me siento con todo mi valor. Pero que no se acerque mucho.
-Le pediré ese favor a mi duende -prometió Claus el Pequeño, oprimiendo la bolsa y acercando el oído como para escuchar lo que decía el duende.
-¿Qué dice?
-Dice que puedes abrir ese cofre que está en el rincón, y verás al diablo medio adormilado en la oscuridad. Pero sostén con fuerza la tapa, no sea que trate de escaparse.
-¿Me ayudarás a sostenerla? -requirió el granjero, acercándose al cofre donde su mujer había escondido al sepulturero, que temblaba de miedo escuchando la conversación. Tras de lo cual levantó apenas la tapa del cofre y espió por la rendija.
-¡Ah! -chilló, dando un salto hacia atrás-. Sí, vi el diablo. Se parecía exactamente a nuestro sepulturero.
¡Una visión horrible!
Después de lo cual necesitó beber un trago; y asi estuvieron los dos hombres, sentados a la mesa y bebiendo hasta bien entrada la noche.
-Tienes que venderme ese duende -dijo el granjero-.
Pide cuánto quieras por él. Te daré un talego lleno de dinero por él.
-No; no puedo. Recuerda que el duende me resulta muy útil.
-¡Oh, pues a mí me agradaría mucho tenerlo!
-insistió el granjero, y prosiguió suplicando.
-Está bien -admitió finalmente Claus el Pequeño-.
Has sido tan bueno conmigo que no veo más remedio que dártelo. Lo tendrás por un talego de dinero, pero quiero que esté bien lleno.
-Así será. Eso sí, quiero que te lleves contigo el cofre. No podría verlo en mi casa ni una hora más.
Nunca podría saber si está él adentro o no.
De modo, pues, que Claus el Pequeño entregó su bolsa con el cuero seco del caballo y recibió en pago un talego de dinero, bien lleno. El granjero le dio también una carretilla grande para que acarreara el dinero y el cofre.
-¡Adiós! -se despidió Claus el Pequeño, y partió con su dinero y el gran arcón en cuyo interior estaba el sepulturero.
Más allá del bosque corría un río ancho y profundo, de corriente tan fuerte que era casi imposible nadar contra ella, y sobre la cual habían construido un amplio puente. Al llegar a la mitad de éste, Claus el Pequeño dijo en voz alta, de modo que el sepulturero pudiera oírlo:
“¿Qué estoy haciendo yo con este estúpido arcón viejo? Por lo que pesa, bien podría estar lleno de adoquines. Y eso de llevarlo en carretilla todo el camino se hace demasiado pesado; mejor será tirarlo al río”.
-¡No, no! ¡Por favor! -gritó el sepulturero-. ¡Déjame salir!
-¡Hola! -exclamó Claus el Pequeño, fingiendo sentirse asustado-. ¡Vaya, si está aquí dentro! Ya lo creo que será mejor echarlo al río y que se ahogue.
-¡Oh, no! ¡No! ¡Te daré un talego lleno de dinero si me dejas salir!
-Bueno, eso cambia de aspecto -aprobó Claus el Pequeño abriendo el cofre. El sepulturero salió inmediatamente, arrojó al agua el vacío cofre de un empujón, y luego fue, a su casa y entregó a Claus el Pequeño un talego bien lleno de dinero. La carretilla estaba ahora rebosando, pues, como se sabe, había ya en ella otro talego procedente del granjero.
“Reconozco que ha sido un buen precio por el caballo -se dijo al llegar a su casa, mientras volcaba el dinero de la carretilla en el suelo, donde formó un imponente montón-. ¡Qué rabia le dará a Claus el Grande cuando sepa lo rico que acabo de hacerme con un solo caballo! Pero no le diré la verdad”.
Y envió un muchacho a casa de Claus el Grande para pedirle prestada una medida de las de medir granos.
¿Para qué la querrá? -pensó Claus el Grande. Y frotó el fondo de la medida con un poco de sebo, de modo que, fuera lo que fuera lo que se midiese, quedara algo adherido al metal. Y así fue, pues, cuando la medida volvió había pegadas al fondo tres pequeñas y relucientes monedas de plata.
“¿Qué es esto” -se preguntó Claus el Grande, y corrió directamente a casa de Claus el Pequeño.
-¿De dónde diablos sacaste tanto dinero?
-¡Oh, no fue sino por el cuero de mi caballo, que vendí anoche!
-¡Un cuero bien pagado, en verdad! -exclamó Claus el Grande. Y volvió a toda carrera a su casa, tomó un hacha y mató a sus cuatro caballos de un hachazo en la cabeza a cada uno. Luego los desolló y se fue al pueblo con los cueros.
-¡Cueros! ¡Cueros! ¿Quién compra cueros? -voceaba recorriendo las calles de un lado a otro.
Todos los zapateros y curtidores del pueblo se acercaron corriendo a preguntarle cuánto pedía por ellos.
-Un talego de dinero por cada uno –respondió Claus el Grande.
-¿Estás loco? -respondían todos-. ¿De dónde crees que sacamos nosotros el dinero?
-¡Cueros! ¡Cueros! ¿Quién compra cueros? -volvió a gritar Claus el Grande.
Los zapateros asieron sus hormas y los curtidores sus delantales de cuero, y corrieron a golpes por todo el pueblo a Claus el Grande.
-¡Cueros! ¡Cueros! -voceaban remedándolo-. ¡Ya te vamos a dar cuero nosotros! ¡Fuera del pueblo!
Y Claus el Grande tuvo que correr cómo no había corrido nunca. Ni tampoco había recibido nunca semejante paliza.
“Claus el Pequeño me las pagará -se prometió al llegar a su casa-. Lo mataré”.
La anciana abuela de Claus el Pequeño acababa de morir en casa de su nieto. En verdad había sido bastante malévola y poco amable con él, pero Claus el Pequeño sintió mucho su muerte. Tomó el cadáver y lo colocó en su propio lecho caliente, por ver si acaso la anciana no estaba muerta aún del todo y se reanimaba. Se propuso dejarla allí toda la noche; él dormiría sentado en una silla, en el rincón, como ya había dormido antes más de una vez.
Durante la noche, mientras Claus el Pequeño dormía así sentado, la puerta se abrió y entró Claus el Grande con su hacha. Sabía dónde estaba la cama de Claus el Pequeño, y se dirigió a ésta. Alzó el hacha y descargó con toda su fuerza un golpe en la frente del cadáver, creyendo que se trataba de Claus el Pequeño.
“Veremos si vuelves a burlarte de mí ahora” -dijo.
Y regresó a su casa.
“¡Qué hombre malo y perverso!” -se dijo Claus el Pequeño-. “Quiso matarme. Y ha sido una suerte que la pobre abuela estuviera ya muerta; de lo contrario la habría asesinado".
Vistió de nuevo a la anciana abuela con sus mejores galas de domingo, pidió prestado un caballo a un vecino, lo unció a unció a un carricoche y sentó a la abuela en el asiento trasero de modo que no pudiera caerse con el movimiento del vehículo.
Luego emprendió camino a través del bosque. Al salir el sol se encontró a la puerta de una gran hostería, adonde entró en busca de algo de comer.
El dueño era un hombre riquísimo y además una excelente persona, pero de carácter irascible, como si estuviera hecho de pimienta y tabaco.
-¡Buenos días! -dijo a Claus el Pequeño-. ¡Te has puesto tu mejor traje muy temprano esta mañana!
-Así es. Voy al pueblo con mi abuela, que está sentada en el carricoche ahí afuera. No he podido convencerla de que entre. ¿No querría llevarle hasta el carricoche un vaso de limonada? Tendrás, que hablarle a gritos, pues es sumamente dura de oídos.
-De acuerdo, se lo llevaré -aprobó el hostelero, y sirvió un buen vaso de limonada con el cual salió del establecimiento para llevárselo a la abuela que estaba en el carricoche.
-Aquí tienes un vaso de limonada que te envía tu nieto -dijo el hostelero, pero la abuela muerta se quedó, naturalmente, quieta y sin pronunciar una palabra-. ¿No me oyes? ¡Un vaso de limonada que te envía tu nieto!
Dijo eso a gritos, y siguió gritando más y más, pero al ver que la anciana no se movía acabó por ponerse furioso y le lanzó la limonada a la cara, haciéndola caer del carricoche, pues Claus el Pequeño no se había tomado el trabajo de atarla.
-¡Ah! -gritó Claus el Pequeño, saliendo a toda prisa de la hostería y aferrando al hostelero por el cuello-. ¡Has matado a mi abuela! ¡Mira qué enorme herida le has hecho en la frente!
-¡Oh, qué desgracia! -exclamó el hostelero retorciéndose las manos-. Eso me pasa por mi temperamento irascible. Mi estimado Claus el Pequeño: te daré un talego de dinero si no dices nada acerca de esto; además, haré enterrar a tu abuela tan dignamente como si hubiera sido la mía. De lo contrario me cortarán la cabeza, y eso es cosa muy desagradable.
Y así. Claus el Pequeño se vio en posesión de otro talego de dinero, y el hostelero sepultó a la anciana abuela como si hubiera sido la suya propia.
Cuando Claus el Pequeño llegó a su casa nuevamente con todo su dinero, envió al muchacho otra vez a casa de Claus el Grande a pedir prestada la medida para granos.
“¿Qué? -se dijo Claus el Grande-. ¿Acaso no está muerto? Iré a cerciorarme”.
Y se dirigió él mismo a llevarle la medida a Claus el Pequeño.
-Me pregunto de dónde sacaste tanto dinero -dijo, con los ojos agrandados de asombro ante lo que veía.
-Fue a mi abuela a quien mataste en lugar de matarme a mí -repuso Claus el Pequeño-. La he vendido, y me dieron por ella un talego lleno de dinero.
-¡Pues te la han pagado muy bien -respondió Claus el Grande. Y regresó precipitadamente a su casa donde tomó el hacha y mató a su propia abuela.
Luego la colocó en un carricoche y se dirigió en él al pueblo; buscó la casa del boticario y preguntó a éste si quería comprar un cadáver.
-¿De quién, y de dónde procede? -inquirió el boticario.
-Es mi abuela. La maté por un talego de dinero -fue la respuesta.
-¡El cielo nos proteja! Estás hablando como un loco. ¡Por favor, no digas esas cosas! Podrías perder el juicio.
Y trató de hacerle entender cuán horrible acción había cometido, y qué perverso era, y cómo merecía ser castigado. Claus el Grande se asustó de tal modo que salió corriendo de la botica, saltó al carricoche, arreó el caballo y no paró hasta su casa. Tanto el boticario como todos los demás presentes creyeron que estaba loco, y no hicieron nada por detenerlo.
¡Esta me las pagarás! -exclamaba Claus el Grande por el camino-. ¡Esta me las pagarás, Claus el Pequeño!” En cuanto llegó a casa tomó la bolsa más grande que pudo encontrar, fue de nuevo en busca de Claus el Pequeño y le dijo:
-Me has engañado otra vez. Primero maté mis caballos, y luego a mi abuela. Todo es culpa tuya, pero no tendrás otra oportunidad de burlarte de mí.
Asió a Claus el Pequeño por la cintura y lo metió dentro de la bolsa. Después se lo cargó a la espalda y le gritó:
-¡Ahora voy a ahogarte!
Tenía que recorrer un largo camino hasta el río, y Claus el Pequeño no era un peso fácil de llevar. El sendero pasaba por delante de una iglesia de la cual salían las notas del órgano, y de un himno cantado por el pueblo. Claus el Grande depositó la bolsa en el suelo, junto a la puerta de la iglesia, y se le ocurrió que sería agradable entrar y oír un himno antes de seguir adelante. Como Claus el Pequeño no podía salir de la bolsa, y toda la gente estaba en el interior del templo, Claus el Grande no vaciló y entró él también.
-¡Oh, por favor, por favor! -sollozó Claus el Pequeño, retorciéndose en el interior de la bolsa en vanos intentos por deshacer el nudo. Precisamente en ese instante un viejo vaquero de caballo blanco y con un grueso bastón en la mano se acercó arreando una vacada. Los animales chocaron con la bolsa donde estaba Claus el Pequeño y lo derribaron.
-¡Oh, por favor! -se quejó Claus el Pequeño-.
¡Soy tan joven para ir ya al cielo!
-Y yo -dijo el vaquero-, ¡soy tan viejo, y no puedo ir todavía!
-¡Abre la bolsa! ¡Métete en mí lugar, y podrás ir al cielo directamente!
-Eso me conviene -respondió el vaquero abriendo la bolsa y dejando salir a Claus el Pequeño-. Ahora ocúpate tú del ganado -añadió introduciéndose en la bolsa. Claus el Pequeño ató el nudo y echó a andar arreando la vacada.
Un rato después, Claus el Grande salió de la iglesia. Se echó la bolsa a la espalda y sin duda la encontró más liviana, pues el viejo vaquero no pesaba ni la mitad que Claus el Pequeño.
“¡Qué liviano parece haberse puesto! Eso ha de ser porque yo entré en la iglesia y recé mis oraciones” -se dijo.
Luego se dirigió al río, que era ancho y profundo, y arrojó al agua la bolsa con el viejo vaquero dentro.
“¡Ya no te burlarás más de mí!” -le gritó, creyendo que se trataba de Claus el Pequeño.
Y se volvió a su casa, pero al llegar a la encrucijada se encontró con Claus el Pequeño que venía arreando sus vacas. -¿Qué significa esto? -exclamó Claus el Grande-. ¿No te había yo echado al río?
-Sí -asintió Claus el Pequeño-. Hace justamente media hora que me arrojaste.
-Pues, ¿de dónde sacaste todos esos espléndidos animales?
-Son vacas del mar. Te contaré toda la historia, y en verdad te agradezco de corazón el que hayas intentado ahogarme. Estoy ahora en excelente posición; puedo decirte que soy muy rico. ¡Tuve tanto miedo cuando me vi dentro de la bolsa! El viento me silbaba en los oídos mientras caía al agua desde el puente. El agua estaba fría; me hundí enseguida hasta el fondo, pero sin hacerme daño, pues en ese lugar hay musgo de exquisita blandura.
La bolsa se abrió al instante, por manos de una hermosa doncella vestida de blanco y con una corona de algas verdes en el pelo. La joven me tomó de la mano y dijo:
“¿Estás ahí, Claus el Pequeño? Aquí tienes algunas cabezas de ganado para ti; y media legua más allá, en el camino, encontrarás otra vacada que tomarás también como obsequio mío”. Entonces vi que el río era una gran carretera por la que se paseaba la gente del mar, de un lado a otro, entre la boca del río y su nacimiento. Había flores preciosas, ¡y un césped tan fresco! Los peces pasaban nadando junto a mí, como pájaros en el aire. ¡Qué buenas gentes son aquéllas, y qué magnífico ganado!
-Pero, ¿por qué volviste de nuevo aquí, entonces? -preguntó Claus el Grande-. Yo no lo habría hecho en tu lugar, si me hubiera encontrado tan bien allí.
-¡Oh, eso fue una pequeña treta mía! ¿Recuerdas que te repetí las palabras de la doncella, acerca de que media legua más lejos, en el camino, encontraría mas ganado? El camino quería decir para ella el río, pues no puede ir a ninguna otra parte. Bien, pues yo conozco cada curva del río, y sé perfectamente que la distancia es mucho más corta si vas por tierra y tomas los atajos. Se ahorra así mucho tiempo, y yo podría alcanzar el ganado más pronto.
-¡Vaya, eres un hombre afortunado! ¿Y no crees que yo también podría hacerme de unas vacas si bajara hasta el fondo del río?
-Estoy seguro que sí. Pero yo no podría llevarte dentro de la bolsa hasta el río. Pesas demasiado para mí. Si quieres ir por tu pie hasta allí y luego meterte en la bolsa, yo te echaré al agua con el mayor placer del mundo.
-¡Gracias! -respondió Claus el Grande-. Pero si no encuentro ningún ganado cuando llegue allí, ten en cuenta que te daré una tanda de latigazos.
-¡No seas tan malo conmigo! -suplicó Claus el Pequeño.
Y ambos se fueron hacia el río. En cuanto las vacas vieron el agua se precipitaron a beber, pues tenían mucha sed.
-Mira qué prisa tienen -hizo notar Claus el Pequeño-.
Están impacientes por volver al fondo otra vez.
-¡Bueno, ayúdame ahora! -exigió Claus el Grande-, o te pegaré.
Y se metió en el interior de una bolsa que venia sobre el lomo de una de las vacas.
-Pon dentro una piedra de buen tamaño -agregó-, no sea que la bolsa no se hunda.
-No tengas miedo de eso -respondió Claus el Pequeño. Y tras colocar un gran trozo de roca dentro de la bolsa, le dio un empujón. Y allá fue la bolsa, con Claus el Grande dentro, al medio del río, donde se hundió hasta el fondo en un santiamén.
“Lo que temo es que no encuentre el ganado” -se dijo Claus el Pequeño mientras se alejaba arreando sus vacas.


Fin

jueves, 1 de mayo de 2008

ANTIGUOS CUENTOS POPULARES DEL JAPON



Antiguos cuentos del Japon
Cuentos populares


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Los seis Jizos y los sombreros de paja

Erase una vez un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.
El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:

" ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja!
¿Quién quiere sombreros?"

Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.
Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unos Jizos, estatuas de piedra representando unos dioses japoneses. Había seis Jizos, con las cabezas cubiertas de nieve y las caras colgadas de carámbanos.
El viejecito tenía buen corazón y pensó que los pobrecitos Jizos debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo: " Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos...:
Pero solo tenia cinco sombreros, y los Jizos eran seis. Al faltarle un sombrero, al último Jizo el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo: "Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo ." Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa.

El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que qué pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver esos Jizos cubiertos de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.
Al oír esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:
"Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no." Abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros de paja, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a cama tempranito.

A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

"¡Abuelito dio sus sombreros
A los Jizostodos enteros
Alijeros, a su casa, alijeros!"

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, "¡Bum!" Corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta.
Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de arroz, vino, pelotitas de arroz, decoraciones para el Nuevo Año, mantas y quimonos bien calientes, y muchas otras cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a los seis Jizos, alejándose con los sombreros de abuelito puestos. Los Jizos, en reconocimiento de la bondad del abuelito, les habían traído estos regalos para que los abuelitos tuvieran un prospero Nuevo Año.


La Grulla Agradecida

Erase una vez había un joven que vivía solo en una casita al lado del bosque. De regreso a casa durante un día de invierno bastante nevoso, oyó un ruido extraño. Se puso a caminar hacia un campo lejano de donde venía el sonido, y allí descubrió una grulla tumbada sobre la nieve llorando de dolor. Una flecha incada en la ala tenía, pero el joven, muy cariñoso, se la quitó con mucho cuidado. El pájaro, ya libre, voló hacia el cielo y desapareció.
El hombre volvió a casa. Su vida era muy pobre. Nadie le visitaba, pero esa noche a la puerta sonó un frap-frap-frap. "¿Quién será, a esta hora y en tanta nieve?" pensó él. ¡Qué sorpresa al abrir la puerta y ver a una mujer joven y bonita! Ella le dijo que no podía encontrar su camino por la nieve, y le pidió dejarla descansar en su casa, para lo cual él fue muy dispuesto. Se quedó hasta el amanecer, y también el día siguiente.

Tan dulce y humilde era la mujer que el joven se enamoró y le pidió ser su esposa. Se casaron, y a pesar de su pobreza, se sentían alegres. Hasta los vecinos se alegraban de verlos tan contentos. Pero el tiempo vuela y pronto llegó otro invierno. Se quedaron sin dinero y comida, tan pobres como siempre.

Un día, para poder ayudar un poco, la mujer joven decidió hacer un tejido y su marido le construyó un telar detrás de la casa. Antes de empezar su trabajo ella pidió a su marido prometerla nunca entrar al cuarto. El lo prometió. Tres días y tres noches trabajó ella sin parar y sin salir del cuarto. Casi muerta parecía cuando la mujer joven por fin salió, pero a su marido le presentó un tejido hermoso. El lo vendió y consiguió un buen precio.

El dinero les duró bastante tiempo pero cuando se acabo todavía seguía el invierno. Ya que, otra vez se puso a tejer la mujer joven, y otra vez su marido le prometió no entrar al cuarto. Fueron no tres sino cuatro días cuando ella, viéndose peor que la vez siguiente, salió del cuarto y le dio a su marido un tejido de tan gran maravilla que, al venderlo en el pueblo, consiguieron dinero suficiente para dos inviernos duros.

Mas seguros para el futuro que nunca, desafortunadamente el hombre se hizo avaro. Tormentazo, tanto por el deseo de ser rico como por los vecinos siempre preguntándole que cómo se podía tejer sin comprar hilo, el joven le pidió a su señora hacer otro tejido. Ella pensaba que tenían bastante dinero y que no había necesidad, pero el avaricioso no dejaba de insistir. Puesto que, después de recordarle a su marido la promesa, la mujer se metió en el cuarto a trabajar.

Esta vez la curiosidad no le dejaba al hombre en paz. Ignorando su promesa, fue al cuarto donde su señora trabajaba y abrió un poquito la puerta. La sorpresa de lo que vio le hizo escapar un grito. Manejando el telar estaba no su señora sino un pájaro hermoso, cual de las plumas que se iba arrancando de su propio cuerpo hacia un tejido igualmente hermoso. Cuando el pájaro, al oírle gritar, se dio cuenta de que alguien la miraba dejó de trabajar y de repente su forma se convirtió a la de la mujer joven.

Entonces, ella le explicó su historia, que ella era esa grulla cual él ayudó y que, agradecida, se convirtió a mujer, y que empezó a tejer para ayudarle no ser pobre, esto a pesar del sacrificio que tejer con las plumas de su propio cuerpo le costaba. Pero, ahora que él sabía su secreto, tendrían que dejar de ser juntos. Al oír esto, el prometió que la quería más que todo el dinero del mundo, pero ya no había remedio. Cuando acabó su historia, ella se convirtió a grulla y voló hacia el cielo.


Issunboshi

Erase una vez un viejecito y una viejecita. Nunca pudieron tener niños, y esto les hacia sentir muy tristes, tal que le pidieron a los dioses que le dieran un niño: "Aunque no fuera ni mas grande que un dedo, estaríamos contentos."
Y un día, tuvieron un bebe tan alto como un dedo. El viejecito y la viejecita estaban muy contentos, tanto tiempo habían esperado. Al bebé le llamaron "Issunboshi", que quiere decir pequeño y chiquitito, y le cuidaron con mucho cariño. Los años pasaron pero Issunboshi no crecía. A los tres años de edad, a los cinco, a los diez, siempre tenia la misma talla que tuvo el día que nació, es decir, la talla de un dedo. Sus papás se preocupaban mucho por esto. Le hinchaban de comida e hicieron todo lo posible, pero sin remedio. El chiquitito no crecía ni un pelo.
Tan pequeñito era Issunboshi que no podía ayudar a la viejecita en la casa, y al salir al campo con el viejecito Issunboshi solamente podía portar una brizna de hierba a la vez. Issunboshi era buen cantante y bailarín, pero a pesar de esto le caía muy malamente el no poder ayudar a sus papás. Además, los otros niños del pueblo siempre se reían de él y le burlaban con Œenanito¹. Todo esto le dejaba muy triste, y decidió hacer un viaje. Le dijo al viejecito y la viejecita: "He decidido ir a la capital para buscar empleo."
El viejecito y la viejecita se sentían tristes al oír esto, pero le dieron un plato de sopa, un palillo de comer, y una aguja, y le desearon buena suerte. El chiquitito se puso el plato de sopa como gorro, la aguja como espada en la cintura y el palillo como caña de caminar, y se fue.

Caminaba y caminaba pero la capital caía muy lejos. En medio camino se encontró con un una hormiga y le preguntó si la ciudad estaba aún lejos.
La hormiga contestó:

"Vaya a través los dientes de león,
cruza el campo de girasoles,
y siga hacia el río."
Issunboshi le dio gracias a la hormiga y camino por entre los dientes de león y los girasoles hasta llegar al río. Allí, el plato de sopa que usaba como paraguas se convirtió ahora a barco y el palillo a palo para empujar, e Issunboshi se embarcó sobre el río. Después de un rato llegó a un puente grande sobre cual había mucha gente. Al ver esta multitud, Issuboshi se imaginó que está era la capital y se bajó del barco.
La capital era muy grande, llena con muchísima gente de aspecto muy ocupado. Para el pequeñito Issunboshi, era un sitio peligroso, ya que a cualquier momento alguien podría pisarle sin ni darse cuenta. Issunboshi pensó que tendría que tener mucho cuidado, y que sería mejor caminar por las calles mas calladas. Mientras se paseaba dio con una casa grande; era la residencia de un rico y poderoso señor. Issunboshi se presento al portal y llamó: "¡Por favor! ¿Hay alguien?"
Un hombre se asombró pero no vio al pequeñito Issunboshi y volvió murmurando: "Pensé que oí alguien pero no hay nadie.:
Otra vez Issunboshi llamó: "Aquí estoy, al lado de los zapatos."
El hombre miró hacia los zapatos y por fin vio a Issunboshi. Jamás vio alguien tan pequeño. El hombre se agachó, recogió al chiquitito y le puso en la mano, mirándole con gran interés. Al fin, le llevó al cuarto de la princesa. Allí, Issunboshi bailó y cantó con tanta gracia que todos en el cuarto se encantaron de él. En particular a la princesa le gustó tanto este niñito de tamaño dedo que decidió mantenerle siempre con ella.

Issunboshi continuó a vivir en la gran casa del señor, como ayudante de la princesa: cuando ella leía, él daba vuelta a las paginas; cuando ella practicaba la caligrafía, él le hacía la tinta. A la misma vez, Issunboshi practicaba la esgrima con la aguja. Issunboshi siempre permanecía al lado de la princesa, y ella nunca faltaba de traerle durante su paseo.

Un día al regreso a casa después de visitar el templo Kiyomizu un bandido la ataco y trató de secuestrarla. Pero Issunboshi la acompañaba y en voz alta exclamó: "¡Déjala en paz! ¡Yo, Issunboshi, estoy aquí! ¡Cuídate, maldito!"
El bandito, al ver el pequeñito Issunboshi, se puso a reír: "¿Tú, enanito? ¿Qué me vas a hacer, morderme el tobillo? Y, ¡se lo tragó! Pero Issunboshi era bravo. Le hincó la aguja en el estómago y siguió hincándole con toda su fuerza mientras subía la garganta. El bandito se retorcía de dólar y gritaba: "¡Ay, ay!" Pero Issunboshi no paró hasta que por fin dio un salto afuera por la nariz del bandito, quien se escapó corriendo.

La princesa, ya salvada, recogió algo que el bandito abandonó al huirse. ¡Era un martillo mágico! Ella le explicó a Issunboshi que: "Esto es un martillo mágico. Con solamente sacudirlo, cualquier deseo que tengas será cumplido." La princesa reconoció que Issunboshi le había rescatado, y le preguntó a Issunboshi: "¿Cuál es tu deseo?"
El pequeñito Issunboshi, tamaño dedo, contestó inmediatamente: "Mi deseo es ser grande."
La princesa sacudió el martillo mágico y repetía las palabras:

"Grande, grande.
Que el pequeñito Issunboshi se haga mas grande."
Issunboshi empezó a crecer y crecer, y pronto delante de la princesa había un hombre joven encantador.
Cuando llegaron a la gran casa, la princesa le contó a su papá, el gran señor, las hazañas de Issunboshi y su metamorfosis. El señor, agradecido, le dio permiso a su hija para casarse con Issunboshi, e Issunboshi invitó a su viejecito papá y mamá a la capital para vivir todos juntos. Todos se quedaron muy alegres. Colorin, colorado, este cuento se ha acabado.


La Montaña Crujiente

Erase una vez un abuelito y una abuelita vivían solitos en una casita. Cada día el abuelito se iba a trabajar en el campo, y mientras sembraba arroz cantaba:

"Un grano, y de él miles."

Cada día también venía después de el abuelito un tejón, que cantaba:
"Un grano y uno solo. Y todos me los comeré."
Y cuando el viejecito volvía al campo el día siguiente, veía que no le quedaba ni un solo grano. Por culpa de esto, los abuelitos vivían pobremente.

Un día el abuelito, al ver que otra vez el tejón se había comido todo, se enfadó tanto que decidió atrapar al tejón. El abuelito empezó a sembrar y cantar, como siempre, hasta que por fin llegó el tejón. De repente, el abuelito dio un salto, y en un abrir y cerrar de ojos atrapó al tejón malo y le ató con una cuerda fuerte.

Cuando el abuelito llego a casa con su prisionero, le dijo a la abuelita: "Abuelita, ven y mira lo que cogí hoy. Calienta la cazuela y haznos un buen cocido de tejón." y el abuelito volvió al campo.
La abuelita empezó a moler arroz para hacer galletas para la cena.

El tejón, que era muy taimado, le dijo a la abuela: "Abuelita, mira que eso de moler arroz, usted solita, a sus añitos, deberá ser mucho trabajo. ¿Por qué no me desata para poder darle una mano?" La abuela vacilo, pensando que el abuelito se enfadaría. Pero él tejón insistía tanto como quería ayudarla que, al fin, la abuelita decidió dejarle suelto para un poquito. A lo primero el tejón fingió ayudarla y cogió el mano de mortero; pero en vez de moler arroz le dio un bastazo a la abuelita sobre la cabeza y se fugó corriendo. Cuando el viejecito llegó a casa y encontró a la viejecita ya muerta, se puso a llorar. Una liebre, viéndole llorar, le pregunto el por qué de sus lagrimas, y el viejecito le contó su historia. "Vale, yo me vengar por ti." dijo la liebre, y se fue hacia las montañas.

La liebre se puso a recoger leña. Después de un rato, el tejón se acerco y le preguntó que qué hacía. "Este invierno va a ser muy frío, y me estoy preparando," le contesto. El tejón pensó que esto era una buena idea y empezó a ayudar a la liebre. Pronto, tenían un buen montón de leña. Se montaron la leña sobre la espalda y empezaron a bajar la montaña. A medio camino, la liebre empezó a quejarse: "¡Como pesa! ¡Ay, como pesa!" El tejón, para ayudar a su nuevo amigo tanto como para no oírle quejar todo el tiempo, tomó todo la leña de la liebre y se la puso sobre su propia espalda. Al seguir el camino, la liebre, quien caminaba detrás del tejón, comenzó a chocar unas piedras sobre la leña para que se prendiera en fuego.

Cuando el tejón le preguntó que qué era ese ruido, la liebre le contestó que ésta era la Montaña Crujiente, y que el sonido era de los pájaros pegando a loas árboles con los picos. Por fin la leña empezó a quemarse, y al oír las llamas del fuego el tejón le preguntó otra vez a su nuevo amigo lo que era.
"Ese sonido es el llanto de los pájaros, y por eso también le llaman a esta montaña la Montaña de los Pájaros que Llantan." Al quemarle la piel, el tejón comenzó a gritar pero la liebre se escapó corriendo.

El día siguiente, la liebre se puso esta vez a recoger pimientos rojos para hacer picante. AL verlo el tejón, éste se enfado y le chilló que por su culpa la espalda se le había quedado horriblemente quemada.
La liebre se hizo el tonto y le contestó:

"Las liebres de la Montaña Crujiente son las liebres de la Montaña Crujiente.
Los de la Montaña de los Pimientos son los de la Montaña de los Pimientos.
No sé de lo que hablas."
El tejón pensó que éso tenía razón. Le pidió en vez a la liebre si por acaso tenía alguna medicina para las quemaduras.
"Vaya suerte, ahora mismo la estoy preparando", le dijo la liebre al tejón y empezó a cubrirle la espalda con la pimienta. Al principio el tejón no sentía nada, pero poco a poco la pimienta le dejó en peor dolor que antes. En ese momento, la liebre corrió y se escapó otra vez.

El día siguiente la liebre se fue a la montaña de nuevo. Esta vez empezó a cortar árboles, pare hacerse un barco. El tejón llegó, la espalda doliéndole muchísimo, chillándole a la liebre que por culpa de su medicina casi se murió ayer en la montaña de los Pimientos.
La liebre, como si nunca le hubiera conocido, contesto:

"Las liebres de la Montaña de los Pimientos son las liebres de la Montaña de los Pimientos.
Las de la Montana de los Cedros son las de la Montaña de los Cedros.
¿Tú quien eres?"
O la liebre era buen actor o el tejón era bastante crédulo, la cosa es que otra vez el tejón se creyó lo que la liebre le decía. Al enterarse de que la liebre planeaba hacerse un barco, le pregunto por qué.

Cuando la liebre le dijo que era para ir de pesca en el río, el tejón quiso un barco también. "Bueno, yo me hago el barco de color blanco por que la piel la tengo blanca. Tú, ya que tienes pelo marrón, te vendría mejor hacer el barco de tierra.", le explicó la liebre al tejón. Cada uno acabó de construirse su propio barco y se fueron juntos al río. Ya en el agua, el barco de tierra del badger comenzó a disolverse. En muy poco tiempo, el tejón se encontró hundiéndose en el agua. Se ahogaba y gritaba:"¡ Socorro, socorro, ayudame!" Pero la liebre, impasible, le dijo: "Recuerdate ahora de la pobre abuelita que murió por tu culpa," y le abandonó.
La liebre se fue al abuelito. Le anunció que el tejón estaba muerto. Pero en vez de alegrarse el viejecito se entristeció. Pensó que la muerte del tejón no le devolvería la abuelita, y que la venganza no valía para nada.