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miércoles, 30 de junio de 2010

PETER PAN HA VUELTO




PETER PAN HA VUELTO


Autor: Adolfo Pérez Agustí

CAPÍTULO UNO

EL COMIENZO DE UN DIA INCREÍBLE

Hace ya muchos años, tantos que la mayoría de nosotros pensamos que nunca ocurrió, llegó hasta una educada familia londinense un niño que poseía el maravilloso don de no tener que crecer nunca. Ese pequeño, a quien alguien puso el nombre de Peter, se convirtió en poco tiempo en el símbolo de todos los soñadores, de aquellos que nunca quieren perder la magia que tiene ser niño. Poco a poco su presencia invadió todos los hogares en donde había niños, les hizo soñar, y les recordó que la infancia es la época más maravillosa de nuestra existencia, especialmente si pueden realizar algún viaje al País de Nunca Jamás, esa estrella que es la segunda a la derecha.

Y aquel día quizá hubiese sido como todos los demás para Miguel si no hubieran coincidido dos circunstancias: una, sus padres habían salido al cine por primera vez en diez años dejándole sólo en casa; y dos, al ser un fin de semana nuestro amiguito no tenía ninguna prisa en acostarse temprano. Las serias advertencias sobre, "no abras la puerta a nadie", "cómete toda la cena", "recoge los platos" y "acuéstate temprano", fueron pronto olvidadas en favor de su ilusión por estar a solas con sus maravillosos personajes

Aprovechó desde los primeros minutos su tiempo libre, el primero desde que nació, y se puso a repasar su enorme colección de cromos y cómics, entre los que se encontraban todos los que se habían editado en los tres últimos años y muchos más que su padre le había regalado. Allí se podían ver revueltos a Bola de Dragón junto al Guerrero del Antifaz, a El Hombre Enmascarado con Las Tortugas Ninja, a Superman con los cuentos de Walt Disney, y hasta a unas reliquias de El Príncipe Valiente compartiendo carpeta con los Powers Rangers y Pokémon. Todos constituían para Miguel su más preciado tesoro, su mundo particular que no cambiaba por nada ni nadie.

Tal era de intensa su imaginación que se podía pasar horas enteras viviendo aventuras increíbles, peleando contra guerreros interestelares portando la espada de Luke Skywalker o pegando impresionantes patadas voladoras en busca del malvado mutante. Pero, no obstante, de entre todos estos personajes había uno que era su héroe preferido: Peter Pan.

Su padre también había sido un fan entusiasta de las aventuras de Peter Pan y él le introdujo en el mundo de este pequeño personaje que no quería crecer Ahora ya sabía que Peter se había refugiado en el País de Nunca Jamás para no ser nunca adulto y poder así vivir eternamente su vida infantil, plagada de aventuras y compañeros maravillosos. Miguel, en su imaginación, había viajado también numerosas veces a Nunca Jamás, esa estrella tan brillante que las personas de poca imaginación confundían siempre con la Estrella Polar. Pero él sabía que allí estaba el mundo de ilusión que se describía en el cuento y que para llegar solamente necesitaba soñar intensamente, puesto que todos los sueños se convierten en realidad si los deseas con el corazón.

Cada noche, al menos desde que recordaba, esa intensa luz le iluminaba sus sueños y le permitía aceptar de buen grado toda la rutina de su vida cotidiana. Poco amante de compartir las travesuras de sus compañeros de colegio, y deseoso de viajar en su mente por mundos más apasionantes, se refugiaba cada tarde en su cuarto y allí era inmensamente feliz, con su mundo creado especialmente por él y para él

Sin embargo, esa noche iba a ser diferente.

CAPÍTULO DOS

EL ENCUENTRO

Miguel estaba recordando, una vez más, la visita que Peter Pan había hecho a la familia Darling y sentía cierta envidia hacia ellos porque Wendy y sus hermanos habían conseguido ir a Nunca Jamás, aunque solamente hubiera sido por una noche. Le habían dicho muchas veces que en la vida todo se consigue si verdaderamente uno lo desea con el corazón y no acababa de comprender porqué él tenía que crecer y no podía ser uno más de la pandilla de Los Niños Perdidos, para así luchar contra los piratas del capitán Garfio.

De improviso, alguien se sentó a los pies de su cama. Atemorizado por lo repentino de esa aparición, Miguel se escondió entre las sábanas.

-¿Es así cómo te alegras de verme?. Esperaba un recibimiento más alegre.

La voz del intruso tenía algo especial. Era infantil y sonaba suavemente. Algo le decía en su interior que no debía tener miedo y que esa voz tan melodiosa ya la había oído muchas veces, al menos en su imaginación. Por eso, sacó la cabeza lentamente por debajo de las sábanas y casi se desmaya cuando vio a quién tenía delante de él. Iluminado ahora por la luz de la Luna, el misterioso personaje se le hizo tremendamente familiar.

-¡Peter Pan! ,gritó Miguel.

-¡Pues claro! ¿A quién esperabas ver a estas horas de la noche?. Hay poca gente que sea capaz de entrar volando por una ventana...

Como demostración, realizó un corto vuelo hasta la farola de la esquina de su calle, entrando de nuevo en la habitación y posándose suavemente en la cama.

-Pero, esto no es posible. Mi padre me dice que solamente vives en la imaginación de los niños como yo -replicó sin atreverse aún a acercarse al intruso-.

-Eso es porque tu padre ya no es un niño y yo solamente puedo aparecerme a los niños. Cuando la gente crece dejo de existir en su imaginación y nunca más me pueden ver.

(Ahora, ya más tranquilo) -¿Vienes a quedarte conmigo?.

(Peter sigue hablando, mientras revuelve todos los cajones de la habitación) -Vengo a pedirte tu ayuda, ya que algo grave está ocurriendo en Nunca Jamás.

(Convencido) -Ya lo sé: has perdido de nuevo tu sombra.

(Riendo) -No, no; mi sombra está bien cosida a mis pies -le replica mostrándola-.

Miguel intenta pisar la sombra de Peter, comenzando entre los dos un divertido juego, uno tratando de pisarla y otro escondiéndose y volando para impedirlo. Pronto la fogosidad de Miguel se agotó y nuevamente tumbado en su cama, miró al techo mientras comentaba:

-Cuando se lo cuente a mis amigos del colegio no se lo van a creer. Nada menos que Peter Pan en mi casa...

Peter se acercó hasta él y poniendo su nariz casi pegada a la de Miguel le dijo, ahora un poco más serio:

-Pues ahí está el problema. Durante muchos años los niños de todo el mundo me tenían como su amigo más querido y soñaban conmigo frecuentemente. Fui interpretado en todos los teatros del mundo y hasta en las funciones de los colegios (simula ser un actor de teatro), aunque algunas veces con poca fortuna, la verdad. Después vino esa película de dibujos animados que me hizo más famoso aún y así muchos niños vinieron conmigo todas las noches al País de Nunca Jamás. Yo les sacaba de sus sueños por la noche y los devolvía al amanecer sin que sus padres se enterasen.

-¿Cómo hiciste con Wendy, verdad?.

-Sí y así conseguí tener muchísimos amigos con los cuales viví aventuras maravillosas.

Peter se acercó a la ventana y miró nostálgico la segunda estrella a la derecha. Cuando el silencio invadió la habitación cada niño se dedicó a pensar en sus propias fantasías, aunque, de nuevo, es Miguel quien retornó bruscamente a la realidad.

-¿Y qué ha sido del Capitán Garfio?.

-Sigue allí peleando con el cocodrilo y tratando de hacer un buen marino del Sr. Smee. De vez en cuando intenta cortarme la cabeza con su oxidada espada, pero acaba agotado enseguida. Ya no es tan joven como antes.

-Pero si todo sigue igual, ¿cuál es ese problema tan grave que tienes?

-Pues que los niños ya no creen en mí y piensan que soy solamente un producto de la imaginación de un escritor. Es más, la mayoría de vosotros ni siquiera habéis oído hablar nunca de mí. Ahora ya nadie cuenta cuentos.

-Pero yo sí creo en ti...

-Un niño solo no basta. Mi razón de ser sois vosotros, los niños. Vuestra ilusión de viajar al País de Nunca Jamás me mantiene vivo en vuestras mentes, pero si nadie cree en mí dejaré de existir. Me aburriré pronto en mi estrella, dejaré de pelear con Garfio, los Niños Perdidos se pondrán gordos de no hacer ejercicio y al final tendré que volver a La Tierra para crecer.

- ¡Pero eso sería horrible!

-Bueno, no tanto. Todos los niños crecéis algún día.

-Pero eso sería como matarte. No lo puedo permitir.

-Pues la única solución es que me ayudes a que los niños vuelvan a creer en mí, así todas las noches me podré llevar algún niño al País de Nunca Jamás y vivir juntos grandes aventuras.

-Bueno, pues eso es fácil. El lunes te vienes conmigo al colegio y allí todos mis compañeros te reconocerán enseguida y volverán a soñar contigo todas las noches. También puedes esperar a que lleguen mis padres y te ayuden.

-No pidas ayuda a tus padres. Mi existencia se debe solamente a la imaginación de los niños. Los adultos no admiten que pueda existir.

-Mientras esperamos que se haga de día ¿podemos volar como hiciste con Wendy y sus hermanos?.

-Bueno, eso es fácil. Siempre llevo conmigo un poco de polvo de hada para los humanos. Ya sabes como se hace el resto.

-Sí, sí. Debo pensar en algo bello y hermoso, algo encantador como las vacaciones, la Navidad o las caricias de mamá. ¡ Venga, venga! No perdamos tiempo.

-¡A volaar!

CAPÍTULO TRES

LLEGADA A NUNCA JAMÁS

Y así, como tantas veces le habían contado, Miguel salió por la ventana al lado de Peter Pan, surcando los cielos de su ciudad. Allí, a lo lejos, estaba la estrella más maravillosa de todas; justo la segunda a la derecha.

-¿Vamos a ir ahora a Nunca Jamás?.

-No sé, tenemos poco tiempo. Está algo lejos y llegaríamos al amanecer. Nuestra misión es muy importante y la debemos resolver en solamente un día. Si paso más de un día seguido en La Tierra empezaré a crecer y no podré volver a Nunca Jamás.

-¿Solamente tenemos un día para convencer a los niños que existes? Eso es muy difícil.

-Pues si no lo conseguimos, pasado mañana todo se habrá acabado. Ya no podré volar nunca más y quizá pronto sea un niño gordo y bravucón que suspende todas las asignaturas.

-Pero es que mañana es domingo y no hay colegio. Podíamos aprovechar entonces y que hoy me llevases a jugar contigo a Nunca jamás.

-No sé. Si tenemos algún problema allí quizá no regresemos a tiempo. Pero bueno, ya que me vas a ayudar será mejor que conozcas de verdad aquello que se van a perder los niños del mundo si dejan de creer en mí.

Cual si de dos pájaros se tratase, nuestros dos amigos surcaron velozmente los cielos de su ciudad, muy por encima de las nubes, rumbo a la segunda estrella de la derecha; la más brillante de todas.

Y así, mientras iban cantando las canciones que tantas veces habían sonado en las voces de las mamás, fueron pasando las horas y con ellas llegó el amanecer, justo cuando aterrizaron sin problemas en un frondoso bosque.

-¿Vamos a ver a los Niños Perdidos?.

-No. Creo que es mejor que conozcas algunos lugares mucho más interesantes y que aún no he mostrado a ningún niño. Iremos al Bosque de las Brujas.

-¿Son malas?

-Pues como todas las brujas. Les gusta comer a los niños o convertirles en animales asquerosos. Una vez, a uno de los niños perdidos le convirtieron en un sapo verde y le tuvieron así dos semanas.

-¿Y a ti nunca te hicieron nada?.

-Es que no me dejo engañar por ellas. Como escucho tantos cuentos cada vez que voy a La Tierra, conozco todos sus trucos y disfraces. Hay una manera segura de saber si estás hablando con una bruja o no y es dándola un beso. No lo pueden soportar y se ponen a dar gritos enseguida. Ven, te llevaré a verlas, aunque procura que no te oigan.

CAPÍTULO CUATRO

LAS BRUJAS DEL BOSQUE

Adentrándose cada vez más en la espesura de un bosque sumamente oscuro, Peter Pan y Miguel llegaron a un pequeño claro en el cual había una hoguera y numerosas y horrendas brujas bailando alrededor. A partir de entonces nuestros amigos tenían que hablar muy bajito para no ser oídos.

-¿Para qué bailan alrededor de la hoguera?.

-Eso les da fuerza y así con sus cantos logran, además, atraer a inocentes animales. Las ardillas y los búhos son sus presas preferidas, además de los niños. ¡Mira!. Ya han cogido a una ardilla.

-Pobrecita. ¿Y qué van a hacer con ella?.

-Comérsela, aunque a veces cuando no tienen hambre se la dan a comer a las culebras. Esa infeliz ardilla acabará en la boca de la más fea de todas.

-¡No la dejare!.

El grito desesperado de Miguel fue tan grande que las brujas dejaron de bailar inmediatamente, mientras miraban alrededor.

-Aquí hay un niño escondido -dijeron-. Vamos a buscarle y tendremos una cena especial esta noche.

Con gran rapidez cogieron sus escobas y surcaron los alrededores. Sus amigos los murciélagos las ayudaron en la búsqueda y enseguida rodearon a Peter Pan y a Miguel.

-Vaya, vaya -dijo la que parecía ser la jefa- ya tenemos aquí de nuevo a ese guapito niño volador. ¿Y que nos trae con él?. Un precioso y bien alimentado niño que nos servirá de postre esta noche. ¡Cogerles!.

La rapidez de las brujas fue tal que Miguel apenas consiguió dar unos pasos antes de caer en sus garras. Sin embargo, Peter Pan emprendió el vuelo y consiguió evitar ser cogido. Realizando acrobacias en el aire y utilizando ramas de los árboles, se libró de todas las brujas que querían alcanzarle, al mismo tiempo que se burlaba de ellas.

-Sois más feas que una cucaracha aplastada, las decía para provocarlas. Y ahora soltar a mi amigo si no queréis que me enfade.

Pero su amigo había sido puesto ya a buen recaudo por las otras brujas y permanecía encerrado y amordazado en una oscura y camuflada cueva. Por más que Peter le buscó, no encontró rastro ni de él ni de las brujas. La noche cerrada le impedía ver nada.

Los árboles de los alrededores se empezaron a mover amenazantes y su afiladas ramas arañaban las piernas de Peter. Al mismo tiempo, bandadas de murciélagos le intentaban morder y una espesa niebla le impedía ver por dónde debía ir. Por fortuna, una débil luz oculta entre las ramas de un árbol le sirvió de guía y velozmente se fue hacia ella. Seguramente sería un hada oculta. Cuando llegó al árbol, efectivamente vio a una hermosa hada que le llamaba.

-Ven, Peter. Escóndete aquí.

Velozmente, se introdujo Peter Pan en el árbol, mientras el hada le abrazaba fuertemente Pero tan fuertemente lo hacía que le empezó a hacer daño.

-¡Estate quieta, no aprietes tanto!.

-Es que me gustas mucho. Déjame que te abrace con más fuerza.

El abrazo amoroso fue haciéndose cada vez más intenso, hasta el punto en que Peter apenas podía respirar. En ese instante miró la boca de la hermosa hada y pudo ver dentro de ella al mismísimo infierno.

- ¡Eres una bruja! gritó aterrorizado, mientras intentaba librarse de ella.

Forcejeando ambos, ella para comerle y él para librase del abrazo mortal, recordó que a las brujas no les gustaba ser besadas y venciendo su miedo la dio un enorme beso en la mejilla. Al recibirlo, la bruja dio un espantoso grito, mientras perdía al mismo tiempo su condición de bella mujer, transformándose de nuevo en una fea, vieja y verrugosa bruja. Eso le permitió a Peter librarse del abrazo y haciéndola cosquillas en todo el cuerpo logró que se fuera volando con su escoba, chocando con todos los árboles del bosque.

-¡Uf!. De la que me he librado. Ahora debo ir rápidamente a buscar a Miguel, antes que se lo coman de postre.

Mientras esto ocurría, Miguel estaba viviendo el momento más angustioso de su vida. Tres pequeñas y feas brujas se empeñaban en quedarse con él, mientras la madre les decía que no lo estropeasen mucho porque sería la cena de esa noche.

-¡El niño es mío! -decían las pequeñas arpías, mientras tiraban con fuerza de sus brazos y piernas

-Basta ya de jugar con el humano, niñas. Ya sé lo que podéis a hacer. Vais a practicar con él las artes de la brujería.

-¿Qué debemos hacer?.

-Escuchar: para ser unas buenas brujas tenéis que saber dos cosas muy importantes: una, volar con la escoba sin caeros; y otra, convertir a los humanos en cualquier bicho que queráis. Así que empezar una por una a convertir en algún horrible animal a este niño. La que mejor lo haga le daré de postre su cabeza.

La cabeza de Miguel fue lo que más tembló al oír estas palabras y gritando con fuerza llamó a Peter Pan pidiendo auxilio

Al oírle, la mamá bruja le señaló con sus afilados dedos mientras decía: "Para aquí, para allá, sin habla te quedarás".

Como si le hubiesen puesto un fuerte pañuelo en la boca, la voz de Miguel enmudeció inmediatamente y por más esfuerzos que hacía para aclararse la voz y gritar, apenas salía de sus labios un débil ¡ay! pero tan débil que nadie, ni siquiera él, lo podía escuchar.

-Bueno, niñas, empezar ya con los sortilegios.

Una de las niñas señaló al aterrorizado Miguel con sus dedos, al mismo tiempo que decía:

-"Para aquí, para allá, en un cordero te convertirás".

Dando una espectacular voltereta en el aire, el pobrecito Miguel vio asombrado cómo sus dos piernas se transformaban en dos patas, pero no de cordero precisamente, sino de avestruz. Era obvio que la pequeña bruja se había equivocado.

-¡Pero mira que eres tonta, niña! -gritó la madre- ni siquiera eres capaz de hacer bien un pequeño sortilegio. Inténtalo tú ahora.

Deshecho el encantamiento por la experta madre y de nuevo Miguel con su figura humana, intentó echar a correr hacia la puerta, mientras la segunda niña decía:

- "Para aquí, para allá, en sapo te convertirás".

Como si hubiera encontrado un muro invisible, Miguel vio detenida en seco su veloz carrera, mientras notaba que se empezaba a elevar del suelo. Dos grandes alas le habían salido en la espalda, mientras la nariz se le afilaba poco a poco.

-¡Un águila!. Eres más tonta todavía que tu hermana. Como sigáis así no os dejaré jugar nunca más con ningún humano. Tenéis que concentraros cuando hacéis el sortilegio y pensar en algo horrible, como por ejemplo en lavaros la cara con jabón o en cambiaros de ropa de vez en cuando.

-Pero mamá, es que pensar en lavarnos es algo horroroso...

-Pues la que no sea capaz de hacer un buen sortilegio que deje de jugar con el niño.

Mientras hablaban, Miguel había intentado volar hasta la ventana y escapar por allí, pero un rayo lanzado por la bruja madre le interrumpió su huida, al mismo tiempo que le advertía:

-Si vuelves a intentar escapar seré yo la que te haga el encantamiento y entonces te convertiré en un moco verde y te meteré para toda la vida en mi nariz. ¡A ver!. ¿A quién le toca ahora intentar el encantamiento?.

-¡A mí! -dijo la última niña- Y esta vez estoy segura de no equivocarme. Pero no os voy a decir en que animal le voy a convertir, aunque seguro que os gustará.

Con gran sigilo se acercó a Miguel y mientras le señalaba con sus dedos le dijo:

-Esta vez no fallaré, pequeño humano. Me concentraré bien, pensaré en algo tan asqueroso como es un día de sol en la playa y diré: "Por aquí, por allí, en elefante te convertí".

Pues algo debió resultar bien esta vez, ya que un enorme elefante, de más de cinco metros de altura, suplantó al pequeño Miguel.

-¡Hurra, lo conseguí! -gritó la pequeña bruja-

Apenas hubo terminado de pronunciar estas palabras y una de las patas del elefante la espachurró contra el suelo. Sus asombradas hermanas aún no habían salido de su asombro, cuando el tremendo culo del elefante se sentó encima de ellas, convirtiéndolas en poco más que una hamburguesa. La cólera de la madre fue ganando en intensidad a medida en que estas cosas ocurrían y rugiendo con voz estruendosa le gritó a Miguel, o sea, al elefante:

-Niño asqueroso, me has matado a mis tres hermosas niñas. Te voy hacer tantos sortilegios juntos que lamentarás haber nacido. "Por aquí, por allí, en niño te convertí".

El enorme elefante desapareció instantáneamente y un aterrorizado Miguel se escondió debajo de la mesa. La mamá bruja se acercó a él roja de ira, mientras parecía mayor que nunca. Extendiendo sus manos hacia el niño y mientras la cueva entera era sacudida por un terremoto, la bruja gritó:

-¡Fuerzas del Averno, demonios de todo el mundo, Satanás y Belcebú, culebras, sapos y serpientes, dadme todo el poder que podáis para transformar a este niño en el ser más repulsivo de todos los tiempos!.

La mano de la bruja empezó a crecer, se iluminó totalmente, mientras un rayo partía hacia el pobrecito niño. De repente y sin que nadie lo notase, la veloz figura de Peter Pan entró en la cueva y cogiendo al niño entre sus brazos lo sacó volando de allí, mientras el terrible rayo de la bruja se estrellaba contra la pared de la cueva. Tan grande era su poder que se escuchó una fuerte explosión y la cueva entera explotó, mientras nuestros dos amigos emprendían el vuelo hacia un lugar más seguro.

-¡Uf!. Por poco no lo cuentas -dijo Peter Pan-.

-Creo que ahora necesito algo de descanso –asistió suspirando el niño-

-Tengo una idea. Te llevaré al País de las Hadas. Allí fue donde conocí a Campanilla y siempre que necesito un poco de descanso acudo a ellas. Al igual que las sirenas, son guapísimas y saben muchos juegos. ¡Ven!, sígueme.

CAPÍTULO CINCO

LAS HADAS DEL BOSQUE

Y de nuevo Miguel surcó los aires velozmente, aunque ahora procuraba no perder de vista a Peter, ya que la luz del amanecer era aún muy tenue y temía perderse. Y así, las tenebrosas tinieblas de la morada de las brujas dio paso a los colores más extraordinarios y hasta los árboles parecían más verdes y grandes.

Descendiendo ambos en dirección a una zona donde la luz brillaba con más esplendor, llegaron a un pequeño claro en el bosque en el que las flores más hermosas les rodeaban.

-Parece como si quisieran hablarme. Hasta creo que me acarician al pasar –comentó entusiasmado Miguel-

-Es que estás en el País de las Hadas y aquí todo es posible. Solamente debes pedir un deseo a cualquiera de las hadas y se hará realidad. Así de sencillo.

-¿Y dónde están ahora?.

La pregunta sorprendió también a Peter, el cual miró a su alrededor extrañado.

-Es cierto. Normalmente a estas horas estarían revoloteando entre los árboles y jugando. Seguro que se han escondido para gastarnos alguna broma.

Pero los minutos pasaban y el silencio era total. Allí nada parecía denotar la presencia de tan alegres seres. La soledad del lugar comenzaba a ser sobrecogedora y Peter y Miguel asustados se fueron escondiendo poco a poco entre los árboles.

-Algo malo las tiene que haber ocurrido, quizá una enfermedad grave. Vamos a la casa de la reina.

No tuvo tiempo de empezar a volar, cuando una voz infantil la sobresaltó.

-¡Cuidado, Peter!, casi me pisas.

Detrás de él, justo a la altura de su zapato, una diminuta hada le sujetaba el pie que casi estaba a punto de aplastarla.

-¿Pero que haces aquí?. ¿Por qué te escondes?.

-¡Ay, Peter¡ por que tenemos miedo de que vuelva y nos coma a todas.

-¿Quién os va a comer?.

-El cocodrilo que comió la mano de Garfio. Ya no tiene apenas comida en su guarida y espera que estemos desprevenidas para caer sobre nosotras y comernos. Ha sido horrible. Llevamos ya siete días escondidas, sin que apenas podamos salir a comer y muchas de nosotras han muerto ya en su enorme boca.

-Pero vosotras podéis volar...

-Es inútil. Aprovecha que estamos comiendo el polen de las flores, cuando no le podemos ver, y nos atrapa. La reina fue pisada por una de sus patas y está muy enferma. Necesitaríamos algunas raíces que tenemos dentro del árbol que nos sirve de despensa, pero es allí donde ha montado guardia el cocodrilo.

-¿Y vuestros poderes?. ¿Por qué no le convertís en una mariposa inofensiva?.

-Pero es que nuestros poderes solamente surten efecto en las personas que creen en las hadas, como los humanos.

-No te preocupes, yo os ayudaré.

Elevándose por encima de la copa de los árboles, Peter se fue hacia el árbol mayor de todos, donde estaba escondido el hambriento cocodrilo. Llegó por detrás y una vez en el suelo fue sigilosamente hacia la puerta. Allí no parecía haber ningún cocodrilo y el silencio más absoluto dominaba el ambiente.

Entró dentro del árbol, bajó las escaleras que conducían a los dormitorios y después de mirar por todos los rincones llegó a la conclusión de que el cocodrilo ya no estaba. Contento con ello, salió de nuevo y gritando dijo:

-¡Venir, el cocodrilo ya...!.

No pudo acabar la frase ya que una enorme boca se lo tragó entero. El cocodrilo le había estado acechando desde que llegó y ahora Peter se encontraba dentro de su oscura y enorme barriga. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, el animal emprendió veloz el camino hasta el mar y se sumergió en las oscuras aguas hasta que llegó a su guarida, una húmeda y sucia cueva llena de huesos de todo tipo.

Allí y satisfecho con la comida tan sabrosa que acababa de ingerir, se sumió en una plácida siesta dispuesto a hacer la digestión, no sin antes rascarse con deleite la barriga y relamerse de gusto.

Peter, entre tanto, seguía buscando la manera más rápida de salir de esa trampa mortal, pero todos sus intentos de escapar a través de los afilados dientes eran inútiles. El cocodrilo cerraba con más fuerza sus mandíbulas y en uno de sus intentos de huida hasta perdió parte de su traje y sufrió un corte en un pie.

-Este animal me ha confundido con un estofado de cordero y si no salgo pronto de aquí moriré ahogado en este pestilente líquido.

Una idea le vino rápidamente a su mente y revolviendo entre sus ropas encontró su saquito de polvo de hada. Puso un poco en su mano y soplando con fuerza consiguió que saliera a través de la nariz del cocodrilo. Y cual si fuera polvo de rapé, las cosquillas y el picor que sintió el animal fueron tan intensas que estornudó estrepitosamente y con el moco salió al exterior un sucio y mojado Peter Pan.

Furioso el cocodrilo porque su presa se le escapaba, corrió rápido a engullirle de nuevo, pero ahora Peter ya estaba preparado y saltó a un lado, justo cuando las mandíbulas del cocodrilo se cerraban con fuerza. Tal fue el impacto en su boca, que todos los dientes se le rompieron y se esparcieron por el suelo. Ahora, el temible cocodrilo era poco más que un enorme lagarto sin capacidad de hacer daño.

Y así, mientras Peter Pan se reía sin parar por el aspecto tan lastimoso que ofrecía el cocodrilo, el animal se marchó de nuevo, sumergiéndose en las aguas y perdiéndose en la lejanía.

Regresó Peter al País de las Hadas y allí fue besuqueado mil veces por sus diminutas habitantes, mientras Miguel le decía que ya era hora de regresar a La Tierra. Las horas pasaban sin cesar y los primeros rayos del sol le indicaban que no podían perder tiempo con fiestas.

CAPÍTULO SEIS

EL RETORNO

De nuevo, pues, surcaron los cielos y llegaron a casa de Miguel justo cuando su madre entraba en la habitación para despertarle.

-¿Ya estás levantado?. Bueno, baja a desayunar que se nos hace tarde.

Esta vez el desayuno desapareció con bastante más rapidez en la boca de Miguel que lo habitual y pronto estaban ya de camino al colegio, siendo seguidos a corta distancia por Peter Pan. Se despidieron madre e hijo y al poco tiempo se encontraban ya ambos niños en la clase, sentados en el mismo pupitre. La idea de ambos era presentarle como un amigo que había venido desde fuera a pasar unos días a su ciudad.

Aunque algunos compañeros de Miguel miraban a Peter con interés, ninguno le reconoció ni se extrañó de su vestimenta, salvo uno que le confundió con Robin Hood. Esto molestó sobremanera a Peter, el cual se levantó para marcharse de allí si no hubiera llegado la profesora en ese mismo momento.

-¿Tú eres nuevo aquí, verdad?.

-Sí, señorita -dijo Miguel- es mi amigo Peter Pan.

-Estupendo, no alborotéis mucho.

Estaba claro que la profesora no había oído hablar nunca de Peter Pan, lo que provocó nuevas iras en el muchacho, el cual interrumpió la clase sin cesar haciendo toda clase de preguntas, algunas tan increíbles que motivaron la risa de todos sus compañeros. Aún así, nadie parecía reconocerle y pronto el alboroto fue tal que Peter fue expulsado de la clase y tuvo que salir al pasillo

Llegó el recreo y como su popularidad iba en aumento, muchos niños llegaron hasta él y le hicieron mil preguntas, pidiéndole que si en verdad era ese personaje llamado Peter Pan, poseedor del don de volar, hiciera una demostración ante ellos.

Para desgracia de Peter, ni siquiera el polvo de hada le sirvió de nada y todos los intentos que hizo para volar fueron inútiles, acabando una y otra vez en el suelo. La causa era bien sencilla: si nadie creía en él sus poderes tampoco existían. Magullado por las caídas y sumamente triste, Peter se incorporó a la clase de nuevo, ahora en absoluto silencio esperando pacientemente a que finalizara.

Después, ambos amigos se fueron a casa de Miguel y allí las cosas no mejoraron. La madre dijo que ese niño debía regresar a casa de sus padres porque le estarían esperando y a pesar de las protestas de Miguel, Peter se encontró enseguida en la calle, solo, sentado en la acera sin saber qué hacer. Si volvía a Nunca Jamás el final de su bello sueño llegaría pronto y si se quedaba aquí sin conseguir su propósito de ser popular, ni siquiera tenía casa donde vivir.

En ese momento pasó por su lado un coche de policía, cuyos agentes se quedaron extrañados de ver a un niño solo, llorando y vistiendo tan extrañas ropas. Se bajaron del coche y le preguntaron si le pasaba algo. Una luz brilló en la cara de Peter, el cual se dio cuenta que esa era su gran oportunidad. Les explicó quién era y lo que pretendía, pero por toda respuesta le metieron en el coche patrulla y le llevaron a la comisaría. Allí le hicieron mil preguntas sobre cuál era su verdadero nombre, quiénes eran sus padres, donde vivía, pero ante las respuestas tan extraordinarias que oían optaron por indagar por otros medios.

CAPÍTULO SIETE

LA TELEVISIÓN

Y allí estaba de nuevo Peter Pan, meditabundo, desalentado y sin saber qué hacer, cuando un periodista se fijó en él y enseguida puso un interés especial en saber cuál era la verdadera historia de ese niño que tenía respuestas increíbles para todo lo que le preguntaban. Peter le contó toda su historia y la necesidad imperiosa que tenía para que la gente creyera de nuevo en él. Si no lo lograba debería abandonar Nunca Jamás, volver a la Tierra y crecer como un niño más, desapareciendo así el país de Nunca Jamás con todos sus habitantes.

Algo debió ver en él este periodista, ya que habló con la policía y les convenció de que la mejor manera de saber todo sobre el niño era llevarle ante las cámaras de la televisión para que alguien le pudiera reconocer.

Rápidamente Peter fue presentado en un programa para niños marginales, con problemas, con un éxito tal que pronto tuvo a todo el país interesado en ese peculiar y maravilloso niño.

El locutor, una vez que le presentó, continuó así su entrevista:

-¿En verdad te llamas Peter Pan y vienes de un lugar llamado Nunca Jamás?.

-Sí y es el sitio más maravilloso del mundo, en donde los niños nunca crecen y solamente juegan, comen lo que quieren y no tienen que obedecer a los adultos.

-¿No vais al colegio?.

-Allí no hay colegio. ¿Para qué queremos estudiar?.

-Bueno, sino estudiáis ahora cuando seáis mayores no podréis trabajar en ningún sitio y pasaréis hambre.

-Es que en Nunca Jamás no se crece nunca y el único trabajo que hacemos en divertirnos.

-¿Y como conseguís comida todos los días?.

-Pues nos sentamos a la mesa y cada uno se imagina lo que quiere comer y enseguida aparece un enorme plato delante de él. Es muy divertido porque cada uno pone la comida del color que quiere y la adorna de muchas maneras. A mí, por ejemplo, me gusta mucho los pasteles de crema de color rojo y con mucha salsa de lagartija.

-¿Pero no os duele la tripa con esas comidas tan raras?.

-A veces, pero entonces las hadas nos curan contándonos cuentos y cantándonos bonitas canciones.

-¿Pero toda la vida la pasáis así?.

-Es estupenda, ¿verdad?.

-¿No te gusta cómo viven los niños aquí en la Tierra?.

-Me gusta cuando juegan con sus papás, cuando sus mamás les acarician o cuando van al campo. Pero también he visto muchos niños tristes que ni siquiera tienen bonitos sueños.

-¿Los sueños son importantes en los niños?.

-Son lo más importante. Cuando un niño sueña vive en el mundo que desea y es totalmente feliz en ese momento. Si sueña por la noche se levantará feliz por haber vivido alguna aventura maravillosa.

-Pero al despertarse todo sigue igual y quizá le cause aún más pena.

-Los mayores también buscáis olvidaros de vuestra aburrida vida continuamente. Veis películas que no son reales y durante ese tiempo os olvidáis del mundo de fuera pues habéis sido felices viviendo una aventura imaginaria. Otros se olvidan de sus problemas acudiendo al fútbol, al baile o paseando por el bosque. Si no lo hicierais así y os alejaseis durante algún tiempo de la vida real, estaríais siempre tristes.

-¿Crees que soñar es la mejor manera de ser feliz?.

-Los niños que vienen todas las noches al País de Nunca Jamás conmigo son muy felices y cuando regresan no saben si ha sido un sueño o realidad, pero han vivido unas horas totalmente llenas de alegría, sin dolor y preocupaciones.

-¿No crees que es mejor vivir la realidad, aunque no sea bonita?.

-Es que así la gente puede estar siempre triste. No hay nada de malo imaginarse de vez en cuando el mundo que nos gustaría vivir, la comida que nos agradaría comer o los amigos que quisiéramos tener. Eso hace que durante el tiempo que pasemos soñando o imaginando seamos felices. No hay razón para estar todo el día renegando de la vida tan aburrida que tenemos.

-Pero al no tener fantasías quizá luchemos más por mejorar nuestra vida aburrida.

-Es que los sueños no duran todo el día. Hay tiempo para todo, para trabajar, estudiar, comer y divertirse. La imaginación hace que las personas y especialmente los niños, logren en su interior vivir como realmente les gustaría y eso les hace mejores y más sanos. Un niño que sea un soñador será un niño sensible, tranquilo y con deseos de lograr que su mundo real se aproxime al soñado.

-¿Y tú puedes ayudar a todos los niños a crecer más felices?.

-Yo he sido durante muchos años el personaje más querido por los niños y miles de ellos han disfrutado mucho conmigo en Nunca Jamás por las noches. Sus sueños han sido maravillosos y a la mañana siguiente acudían contentos al colegio porque habían vivido esa noche una aventura increíble. Si yo y mi estrella desaparecemos, acabará para siempre el más bello sueño.

CAPÍTULO OCHO

EL REGRESO A NUNCA JAMÁS

Peter Pan siguió hablando y lo que parecía más increíble estaba sucediendo. Todo el mundo en el estudio empezó a recordar las fantasías de su niñez y que en ellas hubo en muchas ocasiones espacio para ese niño que no quería crecer. De todo el país se recibieron llamadas telefónicas de adultos enternecidos por ese bello cuento y muchos aseguraron que habían viajado en una ocasión a Nunca Jamás gracias a Peter Pan.

Aunque los recuerdos de la niñez estaban quizá lejos, la llegada de Peter a la televisión les sacudió en sus más antiguos pensamientos y pronto el estudio se llenó de lágrimas de adulto. Recordaron sus años infantiles, al Capitán Garfio, a Campanilla y a la feliz familia Darling que viajó con Peter Pan por los aires de Londres gracias al polvo de hada y a un bello pensamiento.

La gente salió a las librerías a comprar cuánto hubiera publicado sobre tan bella historia y aunque no creían que ese inteligente muchacho fuera realmente quien decía que era, la historia de Peter Pan volvió a la mente de todos, especialmente de los niños.

Y en ese momento, cuando el estudio de televisión era preso de un alboroto total, Peter Pan comenzó a volar de nuevo, gracias a que la gente volvía a creer en él. Ante la mirada atónita de todos, se elevó por los aires y sin darles tiempo a reaccionar salió por la ventana y emprendió veloz y feliz el regreso a Nunca jamás. Abajo, en la Tierra, miles de personas lloraban de alegría y se prometían que jamás dejarían de soñar.

martes, 29 de junio de 2010

Charles Perrault -- PULGARCITO



Charles Perrault


PULGARCITO


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PULGARCITO
Charles Perrault

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Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito.
Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego le dijo:
—Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean.
—¡Ay! exclamó la leñadora, ¿serías capaz de dejar tu mismo perderse a tus hijos?
Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue a acostarse llorando.
Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado.
Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
—No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:
—¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en lágrimas.
—¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:
—¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
—¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para limpiarte.
Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina.
Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora, les dio a cada uno un pedazo de pan como desayuno; pensó entonces que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardo, pues, en el bolsillo.
El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños.
Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo.
Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos.
Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque.
Llegaron a la casa donde estaba el candil no sin pasar muchos sustos, pues de tanto en tanto la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un bajo. Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:
—¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—¡Ay, señora! respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos, ¿qué podemos hacer? los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega.
La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la cena del ogro.
Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca.
—Tiene que ser, le dijo su mujer, ese ternero que acabo de preparar lo que sentís.
—Huelo carne fresca, otra vez te lo digo, repuso el ogro mirando de reojo a su mujer, aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
—¡Ah, dijo él, así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una bestia vieja. Esta caza me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que deben venir en estos días.
Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:
—¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
—Cállate, repuso el ogro, así estarán más tiernos.
—Pero todavía tenéis tanta carne, replicó la mujer; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un puerco
—Tienes razón, dijo el ogro; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse.
La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse.
El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido.
Pulgarcito; que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos que quería degollar.
La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:
—Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
—Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:
—¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.
Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su mujer:
—Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no seria su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que discurren casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
—¡Ay! ¿qué hice? exclamó. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y en el acto!
—Echó un tazón de agua en la nariz de su mujer y haciéndola volver en sí:
—Dame pronto mis botas de siete leguas, le dijo, para ir a agarrarlos.
Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin perder de vista lo que hacia el ogro.
Este, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran de prisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro le sacó suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.
—Su marido, le dijo Pulgarcito, está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy mintiendo.
La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.
Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena fuente, hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido.
Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese lado.
Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad su propia corte.

MORALEJA

Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.

jueves, 10 de junio de 2010

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miércoles, 2 de junio de 2010

El amigo fieL -- Oscar Wilde




El amigo fiel
Oscar Wilde


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Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos tupidos bigotes grises. Su cola parecía un largo elástico negro.
Unos patitos nadaban en el estanque semejantes a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, esforzábase en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.
-No podréis ir nunca a la buena sociedad si no aprendéis a meter la cabeza -les decía.
Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.
-¡Qué criaturas más desobedientes! -exclamó la rata de agua- ¡Merecían ahogarse verdaderamente!
-¡No lo quiera Dios! -replicó la pata-. Todo tiene sus comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los padres.
-¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos paternos -dijo la rata de agua- No soy padre de familia. Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo. Indudablemente el amor es una buena cosa a su manera; pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.
-Y, digame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de los deberes de un amigo fiel? -preguntó un pardillo verde que había escuchado la conversación posado sobre un sauce retorcido.
-Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber -dijo la pata, y nadando hacia el extremo del estanque, hundió su cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
-¡Necia pregunta! -gritó la rata de agua-. ¡Como es natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra fidelidad!
-¿Y qué hará usted en cambio? -dijo la avecilla columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus alitas.
-No le comprendo a usted -respondió la rata de agua.
-Permitidme que les cuente una historia sobre el asunto -dijo el pardillo.
-¿Se refiere a mí esa historia? -preguntó la rata de agua- Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me vuelven loca los cuentos.
-Puede aplicarse a usted -respondió el pardillo.
Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.
-Había una vez -empezó el pardillo- un honrado mozo llamado Hans.
-¿Era un hombre verdaderamente distinguido? -preguntó la rata de agua.
-No -respondió el pardillo-. No creo que fuese nada distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda cara morena y afable.
Vivía en una pobre casita de campo y todos los días trabajaba en su jardín.
En toda la comarca no había jardín tan hermoso como el suyo. Crecían en él claveles, alelíes, capselas, saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranadas, lilas y oro y alelíes rojos y blancos.
Y según los meses y por su orden florecían agavanzos y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas e iris de Alemania, asfodelos y claveros.
Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.
El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más allegado a él era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y coger un gran ramo de flores o un buen puñado de lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y de cerezas, según la estación.
-Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí -acostumbraba decir el molinero.
Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente, sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba tan noblemente.
Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba raro que el rico molinero no diese nunca nada en cambio
al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca por semejante cosa.
Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los verdaderos amigos.
Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En primavera, en verano y en otoño, sentíase muy feliz; pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más que unas peras secas y algunas nueces rancias.
Además, en invierno, encontrábase muy solo, porque el molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.
-No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves -decía muchas veces el molinero a su mujer-. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas solas y no atormentarlas con visitas. Ésa es por lo menos mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le alegrará.
-Eres realmente solícito con los demás -le respondía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña-. Resulta un verdadero placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella tan bellas cosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el meñique.
-¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir aquí? -preguntaba el hijo del molinero- Si el pobre Hans pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.
-¡Qué bobo eres! -exclamó el molinero-. Verdaderamente, no sé para qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí, ¡pardiez!, y viera nuestro buen fuego, nuestra excelente cena y nuestra gran barrica de vino tinto, podría sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de un modo diferente y significan cosas muy distintas, como todo el mundo sabe.
-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente. Me siento verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la iglesia.
-Muchos obran bien -replicó el molinero-, pero pocos saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las dos.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, que sintió tal vergüenza de sí mismo, que bajó la cabeza, se puso casi escarlata y empezó a llorar encima de su té.
¡Era tan joven, que bien pueden ustedes dispensarle!
-¿Ése es el final de la historia? -preguntó la rata de agua.
-Nada de eso -contestó el pardillo-. Ése es el comienzo.
-Entonces está usted muy atrasado con relación a su tiempo -repuso la rata de agua- Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo método. Lo he oído así de labios de un crítico que se paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna observación contestaba siempre: «¡Psé!» Pero continúe usted su historia, se lo ruego. Me agrada mucho el molinero. Yo también encierro toda clase de bellos sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.
-¡Bien! -dijo el pardillo brincando sobre sus dos patitas-. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas empezaron a abrir sus estrellas amarillas pálidas, el molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al pequeño Hans.
-¡Ah, qué buen corazón tienes! -le gritó su mujer-. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.
Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.
-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.
-Buenos días -contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo con toda su boca.
-¿Cómo has pasado el invierno? -preguntó el molinero.
-¡Bien, bien! -repuso Hans- Muchas gracias por tu interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van muy bien.
-Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este invierno, Hans -prosiguió el molinero-, preguntándonos qué sería de ti.
-¡Qué amable eres! -dijo Hans-. Temí que me hubieras olvidado.
-Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo -dijo el molinero-. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de admirable, aunque me temo que no comprendas la poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están tus velloritas!
-Sí, verdaderamente están muy bellas -dijo Hans-, y es para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre y con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.
-¿Qué comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir entonces que la has vendido? Es un acto bien necio.
-Con toda seguridad, pero el hecho es -replicó Hans- que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una estación mala para mí y no tenía ningún dinero para comprar pan. Así es que vendí primero los botones de plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena
de plata y después mi flauta. Por último vendí mi carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.
-Hans -dijo el molinero-, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado. Uno de los lados se ha roto y están algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha gente le parecerá una locura que me desprenda de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además, me he comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo... Te daré mi carretilla.
-Gracias, eres muy generoso -dijo el pequeño Hans. Y su afable cara redonda resplandeció de placer-. Puedo arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.
-¡Una tabla! -exclamó el molinero-. ¡Muy bien! Eso es precisamente lo que necesito para la techumbre de mi granero. Hay una gran brecha y se me mojará todo el trigo si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas. Dame en seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para arreglar mi granero.
-¡Ya lo creo! -replicó el pequeño Hans.
Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.
-No es una tabla muy grande -dijo el molinero examinándola- y me temo que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero no quedará madera suficiente
para el arreglo de la carretilla, pero claro es que no tengo la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo casi por completo.
-¿Casi por completo? -dijo el pequeño Hans, bastante afligido porque el cesto era de grandes dimensiones y comprendía que si lo llenaba, no tendría ya flores para llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones de plata.
-A fe mía -respondió el molinero-, una vez que te doy mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores. Podré estar equivocado, pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda clase de egoísmo.
-Mi querido amigo, mi mejor amigo -protestó el pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición, porque me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata.
Y corrió a coger las lindas velloritas y a llenar el cesto del molinero.
-¡Adiós, pequeño Hans! -dijo el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al brazo.
-¡Adiós! -dijo el pequeño Hans.
Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de tener una carretilla!
A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.
Era el molinero con un gran saco de harina a su espalda.
-Pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado?
-¡Oh, lo siento mucho! -dijo Hans-; pero verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, que regar todas mis flores y que segar todo el césped.
-¡Pardiez! -replicó el molinero-; creí que en consideración a que te he dado mi carretilla no te negarías a complacerme.
-¡Oh, si no me niego! -protestó el pequeño Hans-. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo tratándose de ti.
Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco sobre el hombro.
Era un día muy caluroso y la carretera estaba terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al mojón que marcaba la sexta milla, hallábase tan fatigado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó mucho en continuar animosamente su camino, llegando por fin al mercado.
Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a un buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque
temía encontrarse a algún salteador en el camino si se retrasaba mucho.
-¡Qué día más duro! -se dijo Hans al meterse en la cama- Pero me alegra mucho no haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan rendido, que no se había levantado aún de la cama.
-¡Palabra! -exclamó el molinero-. Eres muy perezoso. Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera perezoso o apático. No creas que te hablo sin miramientos. Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo. Pero, ¿de qué serviría la amistad sino pudiera uno decir claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y esforzarse en ser agradable y en halagar, pero un amigo sincero dice cosas molestas y no teme causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.
-Lo siento mucho -respondió el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir-. Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?
-¡Bueno, tanto mejor! -replicó el molinero dándole una palmada en el hombro-; porque necesito que arregles la techumbre de mi granero.
El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a su jardín porque hacía dos días que no regaba sus flores, pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen amigo para él.
-¿Crees que no sería amistoso decirte que tengo que hacer? -preguntó con voz humilde y tímida.
-No creí nunca, a fe mía -contestó el molinero-, que fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de regalarte mi carretilla, pero claro es que lo haré yo mismo si te niegas.
-¡Oh, de ningún modo! -exclamó el pequeño Hans, saltando de su cama.
Se vistió y fue al granero.
Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al ponerse el sol, vino el molinero a ver hasta dónde había llegado.
-¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? -gritó el molinero con tono alegre.
-Está casi terminado -respondió Hans, bajando de la, escalera.
-¡Ah! -dijo el molinero- No hay trabajo tan delicioso como el que se hace por otro.
-¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto, pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.
-¡Oh, ya las tendrás! -dijo el molinero-; pero habrás de tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la
práctica de la amistad. Algún día poseerás también la teoría.
-¿Crees eso de verdad? -preguntó el pequeño Hans.
-Indudablemente -contestó el molinero-. Pero ahora que has arreglado el techo, mejor harás en volverte a tu casa a descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a la montaña.
El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros hasta cerca de su casita y Hans se marchó con ellos a la montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.
-¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! -se dijo, e iba a ponerse a trabajar; pero por un motivo u otro no tuvo tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo el molinero y le mandaba muy lejos a recados o le pedía que fuese a ayudar en el molino. Algunas veces el pequeño Hans se apuraba grandemente al pensar que sus flores creerían que las había olvidado; pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo.
-Además -acostumbraba a decirse- va a darme su carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento.
Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche, pues era culto.
Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la puerta.
La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta.
Pero sonó un segundo golpe y después un tercero más violento que los otros.
-Será de algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans y corrió a la puerta.
El molinero estaba en el umbral con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra.
-Querido Hans -gritó el molinero-, me aflige un gran pesar, mi chico se ha caído de una escalera, hiriéndose. Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien que hicieses algo por mí en cambio.
-Seguramente -exclamó el pequeño Hans-; me alegra mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura, que temo caer en alguna zanja.
-Lo siento muchísimo -respondió el molinero-,pero es mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese algo.
-¡Bueno, no hablemos más! Me pasaré sin ella -dijo el pequeño Hans.
Se puso su gran capa de pieles, su gorro encarnado de gran abrigo, se enrolló su tapabocas alrededor del cuello y partió.
¡Qué terrible tempestad se desencadenaba!
La noche era tan negra, que el pequeño Hans no veía apenas, y el viento tan fuerte, que le costaba gran trabajo andar.
Sin embargo, él era muy animoso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y llamó a su puerta.
-¿Quién es? -gritó el doctor, asomando la cabeza a la ventana de su habitación.
-¡El pequeño Hans, doctor!
-¿Y qué deseas, pequeño Hans?
-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido y es necesario que vaya usted en seguida.
-¡Muy bien! -replicó el doctor.
Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes botas, y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie, detrás de él.
Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al caballo.
Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos profundos, cayó en tino de ellos el pobre Hans y se ahogó.
A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a su casita.
Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza del duelo.
-Era yo su mejor amigo -decía el molinero-; justo es que ocupe el sitio de honor.
Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo de hierbas.
-El pequeño Hans representa ciertamente una gran pérdida para todos nosotros -dijo el hojalatero una vez terminados los funerales y cuando el acompañamiento estuvo cómodamente instalado en la posada, bebiendo vino dulce y comiendo buenos pasteles.
-Es una gran pérdida, sobre todo para mí -contestó el molinero-. A fe mía que fui lo bastante bueno para comprometerme a darle mi carretilla y ahora no se qué hacer de ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado, que si la vendiera no sacaría nada. Os aseguro que de aquí en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las consecuencias de haber sido generoso.
-Y es verdad -replicó la rata de agua después de una larga pausa.
-¡Bueno! Pues nada más -dijo el pardillo.
-¿Y qué fue del molinero? -dijo la rata de agua.
-¡Oh! No lo sé a punto fijo -contesto el pardillo y verdaderamente me da igual.
-Es evidente que su carácter de usted no es nada simpático -dijo la rata de agua.
-Temo que no haya usted comprendido la moraleja de la historia -replicó el pardillo.
-¿La qué? -gritó la rata de agua.
-La moraleja.
-¿Quiere eso decir que la historia tiene una moraleja?
-¡Claro que sí! -afirmó el pardillo.
-¡Caramba! -dijo la rata con tono iracundo- Podía usted habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho indudablemente: «¡Psé!», como el crítico. Pero aun estoy a tiempo de hacerlo.
Gritó su «¡Psé!» a toda voz, y dando un coletazo, se volvió a su agujero.
-¿Qué le parece a usted la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando algunos minutos después- Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.
-Temo haberle molestado -respondió el pardillo-. El hecho es que le he contado una historia que tiene su moraleja.
-¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! -dijo la pata.
-Y yo comparto su opinión en absoluto.