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sábado, 14 de mayo de 2011

Charles Dickens OLIVER TWIST +14AÑOS










Charles Dickens

OLIVER TWIST

CAPÍTULO UNO

LOS PRIMEROS AÑOS

DE OLIVER TWIST

Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manu­tención. De modo, que aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba ence­rrado en la carbonera con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann. El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
 ¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble?  exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
 Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
 Vengo a llevarme a Oliver Twist  dijo el celador . Hoy cumple nueve años y ya es mayor para permanecer aquí.
 Ahora mismo lo traigo  dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un gesto cariñoso ni una palabra bonda­dosa, una fuerte congoja se apoderó de él. “¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y, por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí, el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
 ¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
 Este chico es tonto  dijo un señor de chaleco blanco.
 ¡Chist!  ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo : Hasta ahora, la parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
 Sí. Sí, señor contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían, además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suer­tes, le tocó a Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se acercó al director y dijo:
 Por favor, señor, quiero un poco más.
 ¿Qué?  preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
 Por favor, señor, quiero un poco más  repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amarga­mente. Sólo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho” fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y ges­tos rudos, deshollinador de profesión. Una mañana iba pase­ando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
 ¡Sooo!  ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al señor Limb­kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifes­taba el deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
 Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos parece mucho dinero.
 Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo?  preguntó Gamfield.
 Tres libras y diez chelines  contestó el director.
 No seas tonto  dijo el señor del chaleco blanco , llévatelo. Es exactamente el muchacho que necesitas. Unos cuantos palos le vendrán bien y no te preocupes por su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble que llevara aquella misma tarde a OI¡­ver ante el juez para que aprobara y firmara el contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
 Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado de Oliver.
 ¡Muchachito!  dijo el anciano . ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y, juntando las manos, suplicó:
 ¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...; pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
 Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera llevarse a Oliver, estaba otra vez coloca­do en la puerta del hospicio. El primero en interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído. Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aque­lla misma noche. Pero de camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
 Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida  le dijo el señor Bumble.
 No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien­to tan solo  contestó Oliver entre sollozos . Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bum­ble ordenó a Oliver que se secara las lágrimas.
 Aquí estoy con el muchacho.
 ¡Dios mío!  exclamó la señora Sowerberry . s muy pequeño.
 Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora  dijo el señor Bumble , ya crecerá.
 ¡Claro que crecerá!  contestó la mujer malhumorada . ¿Y quién lo va a pagar? Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos. ¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
 ¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puer­ta y empujó a Oliver por una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
 Charlotte  ordenó la señora Sowerberry , dale a este muchacho algunas de las sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la señora Sower­berry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto un viejo colchón.
 Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta, te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el cam­posanto, con la hierba acariciando su cabeza.


CAPÍTULO DOS

EN LA FUNERARIA

Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la tienda despertaron a Oliver
 ¡Abre de una vez!  gritó una voz detrás de la puerta.
 Ya voy, señor  contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
 Supongo que eres el mocoso del hospicio  siguió la voz . ¿Cuántos años tienes?
 Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con mantequilla.
 Perdone  dijo sliver , ¿es usted el que ha llamado?
 Soy el que ha dado patadas  rectificó el muchacho . Veo que no sabes con quién estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tien­da pavoneándose. Y es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos. Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre, pensaba tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le ocurrió una idea:
 Querida  le dijo a su mujer , he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia. Aquí tiene la dirección.
 Ahora mismo voy  contestó el de la funeraria . Oliver, ponte la gorra y ven conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada, subieron hasta el primer piso y el señor Sower­berry llamó con los nudillos. Una muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el espec­táculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sen­tada en un taburete; más allá, unos niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
 ¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se arrodilló junto al cuerpo sin vida.
 ¡Ah!  gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta . ¡La han matado de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver, volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
 Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
 La verdad es que no mucho, señor contestó.
 Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la coci­na, el jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima, recurrió al insulto.
 Hospiciano  dijo Noah , ¿y tu madre?
 Murió  contestó Oliver un poco crispado . Preferiná que no hablaras de ella delante. de mí.
 ¿De qué murió?
 De pena  respondió Oliver con los ojos cargados de lágri­mas . No me hables más de ella, será mejor para ti.
 ¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zaran­deó violentamente y le asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
 ¡Charlotte! ¡Ama!  se puso a gritar Noah . ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
 Noah  ordenó la señora Sowerberry , corre a buscar al señor Bumble y dile que venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la puerta del hospicio.
 ¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco. Intentó matarme, y luego intentó matar a Char­lotte y también a la señora Sowerberry.
 Me ocuparé de ello  dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliver seguía dan­do patadas a la puerta del sotanillo.
 ¡Oliver!  llamó el celador en voz baja.
 ¡Sáquenme de aquiil  gritó Oliver.
 Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
 No  respondió Oliver valientemente.
 Debe haberse vuelto loco  intervino la señora Sower­berry . Ningún muchacho en su sano juicio se atrevená a con­testarle de ese modo.
 No es locura, señora dijo el celador , es comida.
 ¿Cómo?  exclamó la señora Sowerberry.
 Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene fuerza y energía.
 Esto me pasa por ser tan generosa  dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a rastras a su rebelde aprendiz aga­rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
 Dijo cosas de mi madre  explicó Oliver a su amo.
 ¿Y qué, si lo que dijo es cierto?  repuso la señora Sower­berry.
 No lo es  contestó Oliver rabioso.
 Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe­rar el amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y vio a uno de sus antiguos compañeros trabajando en el jardín.
 ¡Hola, Dick!  susurró Oliver . ¿Hay alguien levantado?
 Sólo yo  contestó el niño.
 No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y tú qué pálido estás, amigo!
 He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver  dijo el niño con una leve sonrisa . Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
 Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
 Cuando muera, lo seré. Dame un beso  pidió el niño tre­pando sobre la puerta y echando a Oliver los brazos alrededor del cuello . ¡Que Dios te bendiga!


CAPÍTULO TRES

FAGIN Y COMPAÑÍA

Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encon­traba a más de setenta millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Ago­tado, se sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó­vil y silencioso. De pronto se fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
 ¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
 Tengo hambre y estoy muy cansado  contestó Oliver sin poder contener el llanto . Llevo siete días andando.
 ¡Siete días o pata!  exclamó el jovencito . ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y abundante comida.
 Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a Londres, ¿a que sí?
 Eso pretendo  contestó Oliver , pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré alojar.
 No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamien­to gratis. Si te parece, haremos el resto del camino juntos.
 ¡Sería estupendo!  exclamó Oliver sorprendido . Llevo sin dormir bajo techo desde que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina­ron por calles sucias y miserables hasta una casa donde el P¡llas­tre entró con decisión..
 ¿Quién es?  gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un hombre asomó por la barandilla.
 Vengo con un nuevo compinche  anunció.
 ¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
 De la inopia  contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo judío de aspecto repugnante estaba frien­do salchichas. Alrededor de la mesa estaban sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos fumaban en pipa y bebían cerveza,
 Este es Fagin  dijo Jack Dawkins señalando al anciano ; y éste, mi amigo Oliver Twist.
 Espero que seamos amigos  dijo el hombre estrechándole la mano . Siéntate a cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates y a Oliver, y les dijo:
 Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco y dijo en voz baja:
 ¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colo­caban detrás del respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡­ver corrió y corrió, finalmente lograron alcanzarlo.
 ¿Es éste el muchacho?  preguntaron al caballero.
 Sí, me temo que sí  contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
 ¡No he sido yo! ¡Se lo prometo!  dijo Oliver juntando las manos en tono suplicante.
 ¡Levántate de una vez, demonio!  ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el policía.
 Aquí traigo a un joven cazapañuelos  dijo el agente al entrar a la comisaría.
 Señores  dijo el caballero víctima del robo , no estoy seguro de que este muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado detrás de una mesa situa­da sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
 ¿Quién es usted?  preguntó el señor Fang.
 Mi nombre es Brownlow, señor  contestó el anciano . Y antes de prestarjuramento roganá a su señoná que me permi­tiera decir algo...
 ¡Cállese!  ordenó bruscamente el juez.
 ¿Cómo?  preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su caso y conclu­yó diciendo:
 Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indul­gencia. Me temo que se encuentra muy mal.
 ¿Cómo te llamas, pequeño ratero?  preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas. Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y preguntó:
 Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un nombre:
 Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran un poco de agua.
 ¡Cuidado, se va a caer!  gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al instante, Oliver cayó al suelo.
 Ya se levantará cuando se canse  dijo el juez . Queda con­denado a tres meses de trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y avanzó hasta el estrado.
 ¡No se lleven al muchacho!  gritó . Yo soy el dueño del puesto de libros donde sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y dijo con indiferencia:
 El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a su casa; allí, por primera vez, el mucha­co fue cuidado con cariño y bondad.


CAPÍTULO CUATRO

EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW

Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates regresaban a casa de Fagin.
 ¿Dónde está Oliver?  preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y, zarandeándolo, gritó:
 ¡Habla o te ahorco!
 La pasmo lo ha trincao  contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia apariencia, llamado Bill Sikes.
 ¿Qué mosca te ha picado?  gritó dirigiéndose a Fagin . ¿Qué es eso de maltratar a los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire preocupado:
 Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comisaría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
 Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
 Hay que encontrarlo como sea  dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
 ¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora!  excla­mó el muchacho! . ¿Quién es?
 No lo sé, querido  contestó la viejecita . Nadie que tú y yo conozcamos.
 ¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón palpita más rápido.
 ¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
 ¡Pobre muchachito!  dijo mirando a Oliver con ternura . ¿Cómo te encuentras hoy?
 Muy feliz, señor  contestó Oliver . Nunca nadie me había tratado tan bien. Le estoy de veras muy agradecido, señor
 ¡Buen chico, Tom!
 No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
 ¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
 Yo nunca dije tal cosa, señor contestó Oliver perplejo.
 Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin!  exclamó muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio, decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
 ¿Dónde está el retrato?  preguntó a la señora Bedwin.
 El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más feli­ces de su vida. Se encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
 Acércate a la mesa y siéntate  pidió el caballero . Quiero que prestes mucha atención a lo que te voy a decir
 ¡Por favor, señor Brownlow!  exclamó horrorizado Oliver . No me diga que me va a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las calles. Déjeme ser su criado.
 ¡Querido chiquillo!  dijo el señor Brownlow enternecido por el pánico que advertía en el muchacho . No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón muy noble.
 ¿Quién es este jovencito?  preguntó mirando a Oliver
 Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando  contestó el señor Brownlow . Es muy guapo, ¿no te parece?
 ¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien­cia y las maneras de Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a Oliver de tres meses de trabajos forzados.
 ¡Llame al chico que ha traído los libros!  ordenó el señor Brownlow . Hay que pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
 ¡Oh! Ya se ha marchado   contestó la señora Bedwin.
 Si usted quiere  intervino Oliver , se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo, señor Me gustaría mucho ser útil.
 Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros  con­testó el señor Brownlow tendiéndole un paquete  y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le debo. Aquí tienes cinco libras.
 Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas envuettas en un viejo pañuelo.
 Esto es más de lo que te debo  le dijo , pero sé que me devolverás el favor en otra ocasión...
 Corto el rollo  replicó el ladrón  y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apare­ció el tabernero, un judío llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo sobresaltaron:
 ¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
 ¿Qué ocurre?  preguntó Oliver . ¿Por qué me detienen?
 ¡Bendito sea Dios!  siguió diciendo la joven entre lágri­mas . ¿Dónde te habías metido, granuja?
 No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre  gritaba Oliver debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
 ¡Socorro! ¡Ayúdenme!  gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de las poderosas garras de aquel hombre.
 ¡Yo sí que te voy a ayudar!  dijo Sikes . ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!  ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que era inútil resistirse, y un momento des­pués se vio arrastrado por un laberinto de callejuelas estrechas y oscuras.


CAPÍTULO CINCO

DE NUEVO ENTRE LADRONES

edia hora después, Oliver y los dos delincuentes entra­    ron en una casa en ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
 ¡Buenas noches, amiguito  dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a modo de burla.
 ¡Caramba!  exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡­ver el billete de cinco libras . ¡Si hasta trae pasta a casa!
 Eso es mío  dijo Fagin cogiendo el dinero.
 ¡Que te lo has creído!  contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
 Ese dinero es del anciano que me cuidó  se atrevió a decir Oliver retorciéndose las manos con nerviosismo . Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por favor, devuél­vanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los he robado.
 Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo  dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
 ¡Sujeta a ese perro, B¡ll!  gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho . ¡Va a despedazar al muchacho!
 Le estaría bien empleado  contestó él . ¡Quítate de en medio, maldita, si no quieres que te rompa el cráneo!
 Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
 De modo que quenías escaparte, ¿eh?  dijo el judío aga­rrando un garrote de la chimenea . Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar el segundo golpe.
 Ya tenéis al chico. ¿Qué más queréis?  gritó la joven . ¡Oja­lá que me hubiera caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
 Es lo malo de tener que tratar con mujeres  dijo Fagin . En fin, Charley, enséñale a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le qui­tó la ropa nueva y se la cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos asuntos de la parroquia y el desti­no había querido que, al abrir un periódico, sus ojos toparan con el siguiente anuncio:

“CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
“Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”

El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cin­co guineas, se presentó en casa del señor Brownlow.
 ¿Qué sabe usted de él?  le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
 No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual, desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
 Me temo que lo que dice es verdad  dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recom­pensa en el bolsillo, el señor Brownlow llamó a la señora Bed­win y le contó todo lo que le había dicho el celador
 No puede ser  dijo la viejecita , nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
 No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega  le dijo un día el Pillastre . Deja que lo eduque Fagin. Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
 ¡Muy cierto!  lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
 ¿Qué pasa con esa queli de Chertsey?  dijo el anciano judio . ¿Cuándo será el robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
 Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada  respondió Sikes , pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
 ¡Trato hecho!  concluyó él judío.
 Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
 ¿Qué te parece Oliver Twist?  propuso Fagin.
 ¿Ése?  preguntó Sikes sorprendido.
 Acéptalo, Bill  intervino Nancy . Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y ese muchacho es de fiar.
 Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo. ¿Entendido?
 No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón, será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.


CAPÍTULO SEIS

EL ROBO

Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sor­prendido, que sus viejos zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
 Esta noche irás a casa de Sikes  le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atre­vió a hacer preguntas. Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
 Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de rodillas y empezó a rezar
 ¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando se sobresaltó al oír un leve ruido.
 Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy  dijo la muchacha con un susurro.
 ¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
 ¡Esta habitación es tan húmeda!  disimuló la muchacha, abri­gándose con su manto . Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
 Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió en voz muy baja:
 ¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayu­darte, lo haría, pero no tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun­tos. Se subieron a un coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
 ¡Buenas noches!  saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
 iSabes qué es esto?
 Sí, señor contestó Oliver.
 Bien  dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho . Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso. ¿Entendido?
 Sí, señor contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
 ¡Arriba!  le gritó el ladrón . Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga­rró de la mano del ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma­necían cerradas. Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes, miro­nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después, habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entrar en él y se detuvieron frente a una casa en ruinas que estaba aparente­mente deshabitada. Oliver y Sikes avanzaron sigilosamente has­te el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares sortijas en sus mugrientos dedos.
 ¿Quién es éste?  preguntó sorprendido al ver a Oliver.
 Es uno de los muchachos de Fagin.
 ¡Pues menuda facha tiene!  exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres empezaron a prepararse: se cubrieron con gran­des bufandas oscuras y enormes abrigos.
 ¿Lo lleváis todo?  preguntó Sikes . ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los taladros, los garrotes?
 Está todo  contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de ojos.
 Ahora, que suba el muchacho  dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca. Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
 ¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme mar­char. ¡Les juro que no diré nada!
 ¡Arriba!  gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho . Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
 ¡Venga, B¡ll!  dijo . Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de sobra por allí.
 Ahora escucha, granuja  le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna  vas a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco y estaba dispues­to a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
 ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró para arriba de él.
 ¡Rápido, dame una bufanda!  gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío, cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó nada.


CAPÍTULO SIETE

UN EXTRAÑO PERSONAJE

Al día siguiente, en casa de Fagin, estaban el P¡llastre y sus colegas rateros, absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil, sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni, sobre todo, de su estimado pupilo.
 ¡Han llamado a la puerta!  gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
 Es Toby Crackit  susurró al oído de su amo.
 ¿Qué?  gritó el judío . ¿Está solo?
 Si  contestó el P¡llastre.
 D¡le que entre  ordenó Fagin . Los demás, ya os podéis largar de aquí discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con Crackit, Fagin se encontraba solo en la habi­tación.
 ¿Qué tall  saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
 No me mires así, hombre  lijo Toby . ¿Crees que puedo hablarte del curro con el estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la conversación; sólo cuando se sintió satis­fecho, preguntó:
 ¿Cómo está Bill?
 ¿Qué?  gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo . ¿Qué cómo está Bill?
 No me digas que no sabes nada de...  respondió el otro con aire misterioso.
 No sé nada de nada  gritó Fagin pateando furioso el sue­lo . Así es que ya puedes empezar a contármelo todo.
 Nos falló el golpe  dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
 Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
 Dispararon y un tiro alcanzó al chico  siguió Toby . Todo el vecindario salió armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como pudimos.
 ¿Y Oliver?
 Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un témpano. Así es que nos separamos y deja­mos al muchacho en una zanja. No sé si estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes, salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
 ¿Está él aquí?  susurró of oído del dueño del local.
 ¿A quién se refiere? ¿A Monks?  preguntó el tabernero.
 Sí  contestó Fagin , pero hable más bajo.
 Todavía no  contestó el hombre , pero ya tenía que haber llegado. Si se espera diez minutos..
 No, no  contestó Fagin aliviado . Dígale que venga a mi casa mañana. He de hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy reto­mó su postura inicial, sin decir una sola palabra.
 ¿Dónde crees que podná estar Bill?  preguntó Fagin.
 ¡Y qué sé yo!  dijo ella llorando.
 ¡Pobre chiquillo!  suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo exclamó:
 ¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros. ¡Ojalá se haya muerto!
 ¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
 En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él. Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
 ¡Bah!  dijo el judío . ¡Estás borracha! Ahora, déjate de ton­terías y escucha bien: si tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me devuelve a Oli­ver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
 ¿A qué viene esto?  gritó ella.
 Mira, pellejo  continuó Fagin furioso , Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto, en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y como la había encon­trado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
 ¡Fagin!  le susurró una voz cerca de la oreja.
 ¡Ah!  gritó el judío, sobresaltado . ¿Eres Monks?
 Sí  le contestó la sombra . Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías metido?
 Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara, dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que revelaba un egoísmo sin límites.
 El chico  dijo él  tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no haber hecho de él un simple ratero? Den­tro de unos meses lo habrían cogido y lo habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
 Escucha, Monks  dijo Fagin , a ese muchacho era imposible convertirlo en un ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma ni un poquito siquiera.
 ¡Maldito antro!  gritó Monks , ¿qué es eso?
 ¿Qué es qué?
 ¡Allí!  gritó el hombre, señalando la pared opuesta . ¡Una sombra! ¡He visto la sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación a toda prisa y recorrieron la casa de arriba abajo. Pero no vieron ni oyeron nada; reinaba un profundo silencio.
 Es sólo tu imaginación  lijo Fagin despectivamente.
 Te juro que la vi  insistió Monks.
 Pues ya ves que no hay nadie en la casa, excepto los muchachos, y ellos están bien seguros. Mira  dijo sacando una llave de su bolsillo , los encerré para que no hubiera intromi­siones inesperadas en nuestra entrevista.
Aquel testimonio consiguió hacer vacilar a Monks. Pero, a pesar de todo, se negó a seguir hablando aquella noche y se marchó.


CAPÍTULO OCHO

EN CASA DE LA SEÑORA MAYLIE

Toby Crackit no mentía: él y Bill Sikes habían abandonado a Oliver, herido, en una zanja. Al amanecer, el niño seguía allí, inconsciente. Se despertó sobresaltado al oír un quejido que salió de sus propios labios y reunió las pocas fuerzas que le quedaban para incorporarse. Temblando de frío y de dolor, se puso en pie y comenzó a caminar lentamente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Llegó a un camino. Al fondo había una casa y hacia ella dirigió sus pasos. Sólo cuando la tuvo delante, se dio cuenta de dónde se encontraba. “¡Dios mío!”, pensó, “¡Es la casa de anoche!” El miedo se apoderó de él y decidió huir Pero no sabía a dónde dirigirse y se encontraba muy débil. Entonces, atravesó el jardín de la casa sin a penas tenerse en pie, subió los escalones y, en un último esfuerzo, llamó a la puerta. En aquel momento, se derrumbó contra una de las columnas del porche.
Dentro de la casa reinaba una gran tensión. La noche había sido larga y agitada. El mayordomo, el señor G¡les, se sentía ya un gran héroe, y así lo hacía saber a todo el personal de aquella mansión. ¿Quién, sino él, había tenido el coraje de enfrentarse a los ladrones?
Así estaban los ánimos cuando oyeron llamar a la puerta Nadie se atrevió a moverse. Se miraban los unos a los otros pre­guntándose quién iná a abrir Finalmente, Brittles, el mozo de la casa, se dirigió a la puerta. Todos, mayordomo, cocinera y donce­lla, lo acompañaron. Cuál sená su sorpresa cuando, al abrir la puerta, tan sólo vieron a un pobre niño enfermo que pedía ayuda.
 ¡Tengan piedad de mil  suplicó con voz entrecortada.
Sin mucha delicadeza, G¡les agarró a Oliver por una pierna y un brazo, lo arrastró hasta el salón y allí lo dejó tendido en el suelo. Después, se puso a gritar:
 ¡Señora! ¡Señorita! ¡Hemos cogido a uno de los ladrones! ¡Yo le disparé! ¡Yo le disparé!
En medio de aquel bullicio, se oyó una voz femenina tan sua­ve, que al instante hizo reinar la paz.
 ¡G¡les!
 Aquí estoy, señorita Rose. No se preocupe, no estoy heri­do, el ladrón no opuso gran resistencia.
Aquella dama de voz delicada tenía un rostro angelical. Con­taba tan sólo dieciséis años pero, a pesar de su juventud, la inte­ligencia brillaba en sus ojos azules. Todo en ella era dulzura y buen humor.
 ¡Pobrecillo!  exclamó . ¿Está herido?
 Herido de gravedad  contestó el mayordomo.
 Llévenlo con mucho cuidado a la habitación de arriba, y que Brittles vaya a buscar a un médico.
Más tarde, en el comedor, G¡les servía el desayuno a la señorita y a su tía, la señora Maylie. Era ésta una persona ya mayor; sin embargo, mantenía su erguida figura, y los años no habían apagado el brillo de sus ojos. De repente, se oyó frente a la entrada de la casa un cabriolé que se detenía. De él, se bajó el señor Losberne, cirujano de la vecindad y amigo de la señora Maylie. Era un solterón gordo y famoso por su buen humor. El doctor irrumpió en el comedor exclamando:
 ¡Dios mío! Querida señora Maylie, ¿cómo ha podido suce­der? En fin, ¿se encuentran ustedes bien?
 Bien, muchas gracias, señor Losberne  contestó Rose . Pero hay un herido arriba que requiere sus cuidados.
 ¡Oh, claro!  contestó el doctor . Obra suya, G¡les, según me han contado. Vamos, indíqueme el camino.
El doctor pasó largo rato en la habitación con Oliver y, cuando volvió a bajar, se presentó ante las damas con aire circunspecto.
 ¿Qué ocurre?  preguntó Rose ansiosa.
El doctor adoptó una actitud de misterio y, antes de contes­tar, cerró cuidadosamente la puerta.
 ¿Han visto ustedes al ladrón?  preguntó.
 No  contestó la señora Maylie . Aún no.
En efecto, el mayordomo no se había atrevido a confesar que su víctima era tan sólo un muchacho indefenso.
 Creo que deben ustedes verlo. Les aseguro que su aspecto les va a sorprender  dijo el doctor, subiendo las escaleras hacia el dormitorio donde se encontraba Oliver.
Cuando entraron en la habitación, vieron, asombradas, que en la cama yacía un muchachito agotado por el dolor, en vez de un peligrosísimo delincuente como ellas esperaban.
 ¿Qué es esto?  preguntó la señora Maylie . Este chiquillo no puede ser el ladrón.
 Los seres más jóvenes y más bellos  repuso el doctor  son a veces las víctimas preferidas del crimen y del vicio.
 Suponiendo que tenga usted razón  dijo la señorita Rose , es también posible que este muchachito no haya conocido nunca el amor de una madre ni el calor de un hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad. Y tú, querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a la cárcel. Gracias a ti, jamás he echado de menos el amor de unos padres, pero podná haberme ocurrido, y hoy esta­ría tan desamparada como este niño. ¡Oh, tía! ¡Ten piedad de él!
 Cariño  contestó la anciana abrazando a Rose , yo ya soy mayor y mis días tocan a su fin. Espero que, a la hora de mi muerte, Dios se apiade de mí como yo me he apiadado del prójimo. ¿Qué puedo hacer para salvar a este niño, doctor?
 Si permite usted asustar un poco a G¡les y a Brittles, creo que podré arreglarlo  contestó el señor Losberne . Pero con una condición: cuando el muchacho despierte, yo mismo lo interrogaré. Y si de lo que él diga, deducimos que es un malvá­do irreductible, lo entregaremos a la justicia.
Era ya de noche cuando Oliver por fin despertó. Se encon­traba débil, pero estaba tan ansioso por revelar su secreto, que el médico le dio la oportunidad de satisfacer su deseo. Así fue cómo Oliver pudo contar su triste historia.
Entonces, llamaron a la puerta.
 ¿Quién será a estas horas?  preguntó el doctor.
 Son agentes del cuerpo especial de policía dijo Brittles.
 ¿Qué?  gritó el doctor aterrado.
 Sí  contestó Brittles , yo mismo los llamé para que vinieran.
Gracias al señor Losberne y al testimonio de G¡les quien, aleccionado por el doctor, negó que Oliver fuera el muchacho contra el que había disparado, los policías hicieron su trabajo de investigación rutinaria, pero se marcharon al cabo de unas horas sin sospechar del muchacho.
Durante los días que siguieron, Oliver fue recuperándose gracias a los cuidados de la señora Maylie, de Rose y del doctor Losberne. Estaba aún muy débil, pero no dejaba de manifestar su agradecimiento a las dos damas, con las que se sentía pro­fundamente unido. Un día, Rose le dijo:
 Oliver, vamos a it a pasar una temporada al campo y mi tía quiere que vengas con nosotros. El aire puro te pondrá bien.
 ¡Oh, muchas gracias, señorita Rose! Allí podré trabajar para ustedes. ¡Tengo tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo, rodeado de cariño y comprensión, supusieron el des­cubrimiento de la auténtica dicha. Había entrado en el paraíso.


CAPÍTULO NUEVE

LA ENFERMEDAD DE ROSE

Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.
 ¿Qué te ocurre, Rose?  le preguntó preocupada la señora Maylie.
 Creo que estoy enferma, tía  contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora, cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
 ¡Oh, Oliver!  exclamó sollozando . Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría yo sin ella?
 Estoy convencido de que Dios no la dejará morir dijo Oli­ves entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
 Olives  dijo la señora Maylie , hay que mandar urgente­mente esta carta al doctor Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la car­ta, salió del establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto en una capa.
 Perdone, señor se disculpó el muchacho.
 Pero, ¿qué es esto?  gritó el hombre . ¡Serás capaz de salir de tu tumba para ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando llegó a casa, Rose estaba delirando.
 Sería milagroso que se recuperara  le confesó en voz baja el médico del lugar a la señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, lle­gó el doctor Losberne, quien confirmó la gravedad de la muchacha.
 Es muy duro y muy cruel  dijo . Tan joven y tan querida por todos... pero hay muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que sal­dría, bien para vivir, bien para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias horas a la espe­ra de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió por fin de la habitación y se acercó a ellos.
 ¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida!  gritó la señora Maylie . ¡Déjeme verla, por Dios! ¿Ha muerto?
 ¡No!  exclamó el doctor . ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que sentía en aquellos momen­tos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor Giles y Oliver corrió hasta el coche. Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó ansioso:
 ¿Cómo está la señorita Rose?
 ¡Mejor, mucho mejor!  se apresuró a responder Oliver . El doctor Losberne dice que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
 G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron en un fuerte abrazo.
 ¡Madre!  dijo el joven . ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría vuelto a ser feliz.
 No empieces otra vez con eso, Harry  contestó su madre . Ella necesita un amor profundo y duradero y tú...
 ¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?
 Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impul­sos ciertamente generosos pero poco duraderos. Creo, ade­más, que tienes delante de ti un porvenir brillante que los oscu­ros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se lo podrías reprochar.
 Pero entonces yo sería un egoísta  replicó Harry . ¡Por el amor de Dios, madre! Te estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que decida?
 Como quieras  aceptó la madre . Ahora debo volver jun­to a ella. ¡Qué Dios lo bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horro­rizado, creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
 ¡Mira!  oyó decir al judío . ¡Es él!
 ¡Ya te lo había dicho!   respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le heló, se vio momentá­neamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba, ade­más, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encon­traron al muchacho muy agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: “¡Era el judío!” Harry, a quien su madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su per­secución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño  dijo Harry a Oliver cuan­do estuvieron de vuelta.
 ¡Oh, no, señor!  insistió Oliver . De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los dos hombres se los había tragado la tierra. El susto le duró a Oliver unos días más y, poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una mañana, Harry Maylie entró en el come­dor donde Rose se encontraba sola.
 ¿Puedo hablar contigo unos minutos?  le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
 Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de per­derte sin que supieras que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
 Harry  contestó ella llorando , debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga, pero no debo ser el objeto de tu amor.
 ¿Por qué?
 No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis orígenes tu brillante carrera.
 Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nun­ca más nos volveremos a ver como nos hemos visto hoy.
 Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido, ¿me querrías?
 Sí, Harry  contestó Rose con un hilo de voz.
El joven tomó entonces la mano de su amada, se la llevó al pecho y, tras darle un beso en la frente, salió del comedor
Al día siguiente, por la mañana temprano, Harry se marchó a Londres, no sin antes encargarle a Oliver que le escribiera con frecuencia contándole cosas de su madre y de Rose.


CAPÍTULO DIEZ

EL MATRIMONIO BUMBLE

El señor Bumble estaba sentado en un salón del hospicio donde nació Oliver Twist. Se encontraba pensando con melancolía lo mucho que había cambiado su vida desde hacía dos meses: había ascendido a superintendente y se había casa­do con la gobernanta del hospicio; aunque esto no había sido precisamente por amor Dada su pasión por el dinero, se había dejado deslumbrar por algunas de las pertenencias de la que entonces todavía se llamaba señora Corney y por la posibilidad de tener vivienda y calefacción gratis.
Recordaba perfectamente la tarde en que había decidido pedirle que se casara con él. Estaban los dos coqueteando en la habitación de ella, cuando una anciana vino a anunciar que la vie­ja Sally se estaba muriendo. La pobre moribunda aseguraba que no se iná tranquila de este mundo sin revelar un secreto a la gobernanta. Ésta salió entonces maldiciendo a los pobres del hospicio, que no la dejaban nunca en paz. El señor Bumble aprovechó entonces su ausencia para registrar cajones, arma­rios y alacenas ya que deseaba asegurarse de que la señora Corney era un buen partido.
Sumido en sus recuerdos, el séñor Bumble, creyendo que estaba solo, dijo en voz alta:
 Mañana hará dos meses que estamos casados, y me parece un siglo. Reconozco que me vendí, aunque demasiado barato.
 ¿Barato?  gritó una voz al oído del superintendente.
El señor Bumble se dio la vuelta y se encontró con el poco agraciado rostro de su esposa, que seguía gritando:
 ¿Piensas quedarte ahí roncando todo el día?
 Pienso hacer lo que me dé la gana, señora Bumble  con­testó el hombre envalentonado.
El señor Bumble se colocó entonces su sombrero y su abri­go con la intención de salir, pero la señora Bumble le quitó el sombrero de un manotazo, lo agarró por el cuello, lo golpeó, lo arañó y lo sentó en una silla de un empujón.
 No me vuelvas a contestar de ese modo  gritó . Ahora levántate y lárgate de aquí.
El señor Bumble recogió su sombrero del suelo y salió a la calle como una flecha. Iba tan enfadado, que tardó un rato en darse cuenta de que estaba lloviendo con fuerza; entonces decidió refugiarse en una taberna. Allí había sólo un cliente; era un forastero alto y moreno que llevaba una amplia capa negra sobre los hombros. Ambos se miraron varias veces de reojo. Pero el forastero, de repente, rompió el silencio.
 No sé si se acordará de mí, pero usted y yo nos conoce­mos. He venido hasta aquí buscándole y, por una de esas casualidades de la vida, he dado con usted a la primera. ¿Continúa usted con su acostumbrado amor por el dinero?
El señor Bumble hizo intención de hablar, pero el forastero, haciendo un gesto con la mano, prosiguió.
 No, no diga nada, ya ve que te conozco bien. Además, comprendo que el sueldo de los funcionarios parroquiales no es muy alto; seguro que le vendrá bien una propinilla.
 ¿En qué puedo ayudarle?  preguntó el superintendente.
 Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto  dijo, poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor . Veamos, haga memoria: un invierno de hace doce años nació en el hospicio un mucha­cho paliducho que más tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
 ¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
 No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su madre la noche en que murió.
 Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella inespera­da noticia, pero pronto salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor Bumble lo retuvo.
 Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habi­tación con una mujer para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor Bumble continuó:
 Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas  concluyó el señor Bumble.
 ¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
 ¿Le parece bien mañana?
 Bien, a las nueve de la noche, vayan a esta dirección  dijo, entregándole un pedazo de papel . Pregunten por el señor Monks.
Al día siguiente, el matrimonio Bumble se encaminó al lugar que Monks había indicado. Era un pequeño barrio a orillas del río, famoso por ser refugio de ladrones y criminales. Estaba for­mado por unas cuantas casas en ruinas, entre las cuales se ele­vaba un edificio grande, cuyos pilares estaban muy deteriora­dos por las ratas, la carcoma y la humedad. Frente a él se detuvieron los Bumble.
 ¡Hola!  gritó una voz procedente del segundo piso . Espe­ren, ahora mismo les abro.
Instantes después, Monks les abrió la puerta. Subieron hasta una estancia del piso superior y cerraron tras de sí. A continua­ción, los tres se sentaron alrededor de una mesa.
 Dígame, señora  dijo Monks , ¿estaba usted con la tal Sally cuando murió? ¿Le dijo algo acerca de la madre de Oliver?
 Sí. Pero yo no he venido aquí para dar información gratis. Déme veinticinco libras en oro y le diré todo lo que sé.
 Aquí las tiene  repuso Monks, poniendo las monedas una a una encima de la mesa . Ahora, dígame lo que sabe.
 Cuando la vieja Sally murió, estábamos ella y yo solas en la habitación. Me habló de una joven que había dado a luz un niño hacía doce años y que, al día siguiente, había muerto en la mis­ma cama en la que ella estaba agonizando.
 ¡Dios mío!  exclamó Monks.
 Parece ser que la joven, antes de morir, le entregó a Sally algo con el encargo de dárselo al niño cuando llegara a la edad adulta; pero ella se lo quedó. La vieja no dijo nada más, cayó para atrás y murió.
 ¿Eso es todo? Creo que me está ocultando algo.
 No dijo más  contestó la gobernanta impasible . Solamen­te me agarró del vestido con una mano. Cuando cayó muerta, retiré su mano con fuerza y vi que en ella guardaba un viejo trozo de papel. Era una papeleta de empeño.
 ¿Y cuál era el objeto empeñado?  interrogó Monks.
 Era una alhaja. Así que fui y la desempeñé.
 ¿Y dónde se encuentra ahora esa joya?  preguntó el hom­bre inmediatamente.
 ¡Aquil  contestó la mujer, arrojando sobre la mesa una bolsita.
La bolsa contenía un pequeño guardapelo de oro. En su interior, había dos mechoncitos y una alianza. La sortija tenía grabado el nombre de “Agnes” y una fecha correspondiente al año anterior del nacimiento de Oliver
 ¿Qué se propone hacer con eso? ¿Va a utilizarlo contra m?  preguntó la señora Bumble.
 Ni contra usted ni contra nadie  contestó Monks, arras­trando la mesa a un lado y abriendo una trampilla que se encontraba junto a los pies del señor Bumble . Miren ahí abajo.
Las turbias aguas del río corrían velozmente bajo ellos. Monks sacó la bolsita, la ató a un pequeño peso de plomo que estaba en el suelo y la tiró al agua.
 ¡Hecho!  exclamó Monks aliviado . ¡Prueba destruida! Ahora, lárguense de aquí cuanto antes.


CAPÍTULO ONCE

EL CORAJE DE NANCY


Al día siguiente, Nancy fue a casa de Fagin para recoger un dinero que el judío le debía a Bill Sikes. Allí, coincidió con Monks.
 He de decirte algo a solas  le dijo Monks a Fagin.
Los dos hombres subieron a una habitación de la planta superior y se encerraron para hablar en privado. Nancy, con la intención de espiar la conversación, se quitó los zapatos, subió de puntillas las escaleras y se plantó en la puerta del cuarto donde Monks y Fagin se habían reunido. Al rato, la muchacha volvió a bajar con aspecto de encontrarse fuertemente impre­sionada. Segundos más tarde, Monks se marchó. A continua­ción, Fagin le entregó a Nancy el dinero que había venido a buscar y ambos se despidieron.
Ya en la calle, Nancy se sentó en un portal, incapaz de seguir caminando, y rompió a llorar. Finalmente, cuando se encontró más tranquila, volvió a su casa. Había tomado una decisión: iba a dar un gran paso aquella misma noche, en cuanto Sikes, que estaba enfermo, se hubiese dormido.
A la hora en la que el ladrón debía tomar su medicina, Nancy la preparó como siempre y añadió un potente somnífe­ro. En breves instantes, el enfermo cayó en un profundo sueño, momento que la muchacha aprovechó para marcharse.
Después de andar más de una hora, llegó al barrio más rico de la ciudad y se dirigió a un pequeño hotel. Cuando llegó a la puerta, vaciló un momento y entró.
 Quiero ver a la señorita Maylie  dijo Nancy al recepcio­nista,
 iQué puedes querer tú de una dama?  preguntó en tono despectivo el empleado al ver su aspecto . ¡Vamos, lárgate!
 ¡Tendrán que sacarme a la fuerza!  gritó la muchacha . Necesito dar un mensaje con urgencia a la señorita Maylie.
El recepcionista subió a regañadientes; le preocupaba tener un problema si el mensaje era en realidad algo importante. Al poco rato, volvió a hizo una seña con la cabeza a Nancy para que lo siguiera. El hombre la acompañó hasta una pequeña antecámara donde se encontraba Rose. La joven había adelan­tado unos días su regreso del campo y esperaba la llegada de su tía y de Oliver de un momento a otro.
Rose miró a la muchacha que se encontraba frente a ella y le dijo dulcemente:
 Soy Rose Maylie. ¿Deseaba usted verme?
Nancy, ante tanta dulzura, rompió a llorar
 ¡Ay, señorita!  exclamó . ¡Cuánto le agradezco que haya querido recibirme! Mi nombre es Nancy.
 ¿En qué puedo ayudarla?  prosiguió la joven dama.
 Supongo que Oliver les habrá contado su historia.
 Por supuesto. ¿Y bien?
 Les habrá dicho también que fue raptado mientras hacía un recado para el señor Brownlow, con quien vivía en Petonvi­lle. Bueno, pues yo soy la persona que lo raptó.
 ¿Usted?  exclamó Rose.
 Sí y lo llevé a casa de un miserable, llamado Fagin, que obli­ga a muchachos indefensos a robar para él  gimió Nancy . Y si ellos se enteraran de que he venido, me matarán.
 No se preocupe, querida, no sucederá nada  dijo Rose, mientras estrechaba dulcemente la mano de la afligida muchacha.
 ¿Conoce usted a un tal Monks?  continuó Nancy.
 No, no lo conozco  contestó Rose.
 Pues él a usted sí la conoce  repuso Nancy . Y sabe que está hospedada aquí. Yo he podido localizarla porque he escu­chado una conversación entre ese hombre y Fagin en la que se nombraba este lugar y se mencionaba su nombre.
 ¿Y de qué hablaron?  preguntó interesada Rose.
 Las primeras palabras que le oí decir a Monks fueron: “Las únicas pruebas de la identidad del muchacho están en el fondo del río, y la vieja que las recibió de la madre está criando mal­vas”. Parece ser que Monks vio a Oliver por casualidad el día que lo capturó la policía. Enseguida se dio cuenta de que era el muchacho que él mismo andaba buscando. Le propuso enton­ces a Fagin que recuperara al chico a hiciera de él un ladrón; a cambio, recibiná una sustanciosa recompensa.
Rose, sorprendida por la historia, preguntó a Nancy:
 ¿Y qué interés puede tener un hombre como Monks en un desvalido muchacho?
 Eso es lo más sorprendente: Monks dijo que si Olivertrata­ba de aprovecharse de su nacimiento, lo mataría. Y, al final, muy satisfecho, le preguntó a Fagin: “¿Qué te parece la trampa que le he preparado a mi hermanito Oliver?”
 ¡Su hermano!  exclamó Rose . ¿Y qué puedo hacer yo?
 No lo sé. No puedo ayudarla más; ahora tengo que mar­charme. Si necesita algo de mí, podrá encontrarme cada domingo por la noche, entre las once y las doce, en el puente de Londres.
La muchacha se marchó llorando, mientras Rose, abrumada por aquellas revelaciones, buscaba el modo de ayudar a Oliver
A la mañana siguiente, Rose decidió consultar a Harry. Se disponía a escribirle cuando Oliver, que llegaba en ese momen­to de la mansión del campo, entró en la habitación.
 ¡He visto al señor Brownlow! ¡Bendito sea Dios!
 ¿Dónde lo has visto?  preguntó Rose.
 Bajaba de un coche  contestó Oliver llorando de alegría . Él no me vio a mí, y yo no me atreví a acercarme. Pero G¡les ha averiguado su dirección. Mire, aquí está.
 ¡Vamos para allá inmediatamente!  le dijo Rose.
Cuando llegaron a la casa del señor Brownlow, Rose pidió a Oliver que esperara en el coche mientras ella preparaba al anciano para que lo recibiera. La joven entró y contó en pocas palabras todo lo que le había ocurrido a Oliver.
Cuando el señor Brownlow se enteró de que Oliver se encon­traba fuera, salió y, lleno de alegría, se precipitó hacia el interior del coche para abrazar al muchacho. Cuando entraron en la casa, el señor Brownlow llamó a la señora Bedwin. Y cuando ésta entró en el salón, Oliver se echó a sus brazos entre lágrimas:
 ¡Bendito sea Dios!  dijo la anciana . ¡Si es Oliver Tw¡st!
El señor Brownlow condujo entonces a Rose a otra sala y allí escuchó el relato de la entrevista con Nancy.
 En este asunto hay que ser extremadamente prudente  dijo pensativo el anciano caballero.
 Yo quisiera que el doctor Losberne, el médico de mi tía, supiera todo esto. Seguro que nos podná ayudar
 Déjeme que yo esté presente cuando hable usted con él. Esta noche, a las nueve, podemos vernos en el hotel. Su tía tie­ne que estar al tanto de todo lo ocurrido.
Tal y como habían convenido, el señor Brownlow y Rose revelaron la historia de Nancy al doctor.
 ¿Qué diablos hay que hacer entonces?  gritó el doctor Los­berne lleno de ira.
 Debemos proceder con mucho cuidado  contestó el señor Brownlow . Lo importante es descubrir quién es real­mente Oliver y devolverle la herencia de la que ha sido despo­jado. Pero antes, debemos averiguar de Nancy los nombres de los lugares donde suele it ese tal Monks.
Aquella noche, convinieron poner al tanto de lo ocurrido al señor Grimwig y a Harry Maylie y, sobre todo, dejar a Oliver al margen. También decidieron no hacer nada hasta el domingo siguiente, cuando se reunirían con Nancy.

CAPÍTULO DOCE

UN ESPÍA A LAS ÓRDENES DE FAGIN

La misma noche en que Nancy se había entrevistado con Rose, Noah Claypole y su amiga Charlotte llegaron a Lon­dres. Ambos jóvenes eran perseguidos por la justicia ya que habían robado de la caja del señor Sowerberry una importante cantidad de dinero.
Los dos fugitivos caminaron por calles recónditas, hasta lle­gar frente a Los Tres Patacones.
 Aquí pasaremos la noche  anunció satisfecho Noah.
Cuando entraron, vieron a Barney que estaba con los codos apoyados en el mostrador leyendo un mugriento periódico.
 Queremos dormir aquí esta noche  dijo Noah.
 Esperen un momento  contestó Barney , voy a preguntar si hay sitio.
 Mientras tanto, dinos dónde está el comedor y tráenos cerveza y fiambre.
Barney los condujo hasta un cuartucho que estaba en la par­te de atrás. Al cabo de un rato, les sirvió lo que habían pedido y les informó de que podían alojarse allí.
Poco más tarde, llegó Fagin a la taberna preguntando por alguno de sus discípulos.
 No ha venido ninguno de tus amigos  dijo Barney , pero hay dos forasteros que yo creo que te van a gustar
El judío escuchó a través del tabique la conversación que mantenían Noah y Charlotte:
 Vamos a vivir como señores  decía Noah.
 ¿Y cómo?  preguntó ella . ¿Vaciando cajas fuertes?
 ¿Cajas?  exclamó Noah . Se pueden vaciar cosas más interesantes, como por ejemplo: bolsillos, bolsos, bancos, diligencias... Se trata de encontrar al compañero adecuado. Con las veinte libras que robamos, todo será más fácil.
 No será tan fácil que alguien como nosotros se pueda des­hacer de un billete tan grande  dijo Charlotte preocupada.
Aquel descubrimiento provocó un vivo interés en Fagin, que entró en la sala saludando a la pareja y los invitó a beber
 ¡Esta cerveza es de buena calidad!  exclamó Noah.
 ¡Sí, pero es cara, muy cara!  contestó Fagin . Hay que andar todo el día vaciando bolsillos, bolsos, bancos y diligencias para poder comprarla.
Noah palideció al oír sus propios comentarios en boca de aquel hombre.
 No te preocupes  dijo Fagin riendo a carcajadas . Has tenido suerte de que sea yo quien te haya oído. También soy del oficio, has ido a dar en el clavo, amigo.
Noah se relajó y el judío siguió:
 Tengo un amigo que te puede ayudar ¡Anda, vamos a hablar ahí fuera!
 No creo que sea preciso movernos de aquí para hablar en privado  repuso Noah . Ella  dijo señalando a Charlotte , subirá el equipaje mientras nosotros hablamos de negocios.
Charlotte salió inmediatamente de la habitación cargada de bultos y cuando se encontraba suficientemente alejada, Noah preguntó:
 ¿Cuánto hay que aflojar?
 Veinte libras.
 Pero eso es mucho dinero  saltó el joven.
 No cuando se trata de un billete del que no te puedes des­hacer.
 ¿Y qué obtendré yo?
 Conseguirás vivir como un señor Tendrás comida, cama, tabaco y alcohol gratis, además de la mitad de las ganancias.
 Me parece bien.
 Mañana, a las diez, vendré con mi amigo. Pero aún falta un último detalle: no me has dicho cómo te llamas...
 Bolter, Morris Bolter  respondió inmediatamente Noah, ocultando su verdadero nombre.
Después de brindar por su recién creada sociedad, Fagin se despidió.
Al día siguiente, el judío se presentó solo en la posada y acompañó a Noah y a Charlotte a su propia casa.
 ¿De modo que no existe el tal amigo?  le dijo Noah a Fagin.
 No, en efecto, no existe. Pero os he traído aquí para que veáis cómo vivimos. En esta casa somos como una gran familia. Ahora estamos muy preocupados por uno de los nuestros, el P¡llastre, que fue capturado ayer
 ¿Por algo serio?  preguntó asustado Noah.
 Lo pillaron tratando de limpiar un bolsillo y le encontraron además una caja de rapé de plata. Aunque le puede caer una buena condena, no ha dicho nada. ¡Bueno es él para cantad
 Bueno, ya lo conoceré.
 No estoy tan seguro. Si encuentran pruebas, es un caso de “deportación de por vidá.
En ese momento, entró Charley Bates con cara compungida y dijo:
 Se acabó todo, Fagin. Han encontrado al dueño de la caja y a dos o tres testigos. Lo mandarán al extranjero. ¡Y todo por una cajucha de rapé que no vale más de tres peniques!
 Piensa en el honor, la distinción, de ser deportado a tan corta edad   contestó Fagin para consolarlo.
El domingo, Nancy estaba en su casa. Cuando dieron las once de la noche, se puso su gorrito y su abrigo para salir
 ¿A dónde vas?  le preguntó Sikes.
 A dar una vuelta  contestó ella . No me encuentro dema­siado bien y necesito tomar el aire.
 Pues te vas a conformar con sacar la cabeza por la ventana  le contestó el ladrón . Tú no vas a ninguna parte.
El hombre se levantó, le quitó el gorro de un manotazo y la arrojó sobre la cama.
 ¡Déjame salir, Bill, te lo suplico!  imploró Nancy.
Fagin, que estaba en casa de Bill en aquel momento, no movió un dedo por la muchacha. Bill Sikes la agarró con fuerza, la sentó en una silla y allí la mantuvo inmóvil durante un buen rato.
Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y rojos, empezó a mecerse hasta que­dar completamente dormida. Fagin cogió entonces su sombre­ro y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy. Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y experimentada como ella.
 Habrá que echarle el guante  se dijo Fagin a sí mismo . Sería una buena manera de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para pro­ponerle a Noah Claypole que fuera su espía.
Te necesito  le dijo , para un trabajo que requiere discre­ción y cautela. Sólo se trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré una libra.
 tA quién hay que seguir?  preguntó Noah.
 Es una de las nuestras  contestó el judío . Se ha echado nuevos amigos y he de saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
 ¡Trato hecho!  concluyó Noah.


CAPÍTULO TRECE

TERRIBLES CONSECUENCIAS

Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consi­guió por fin acudir al puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
 Aléjemonos de aquí  dijo Nancy en voz baja . Hablaremos más tranquilos abajo, al pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole seguía sus pasos y oía sus palabras.
 Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por la fuerza...
 Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta señorita dijo el señor Brownlow señalando a Rose , y creemos que debemos arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
 ¡Nunca!  exclamó Nancy . Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
 Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks  repuso el señor Brownlow.
 Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
 ¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
 Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le hacen tirarse al sue­lo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y otra cosa: tiene en la garganta...
 ¿Una mancha roja como una quemadura?  interrumpió el señor Brownlow.
 Sí  contestó Nancy sorprendida . ¿Lo conoce?
 Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?
 Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza. Soy esclava de mi propia vida, y es muy tarde para dar marcha atrás. Ahora, por favor, márchense, es lo mejor que pueden hacer.
 Déjenos ayudarla: aún está a tiempo de cambiar su vida...
 No insistan, se lo ruego. Buenas noches, señor Buenas noches, señorita Maylie.
Rose y el señor Brownlow se alejaron y Nancy marchó a su casa. Cuando los tres estaban ya lejos, Noah echó a correr para contar a Fagin lo que había descubierto.
Antes de que amaneciera, Fagin ya estaba al tanto de todo lo ocurrido. Se encontraba en su casa, preso del pánico, acu­rrucado ante la chimenea, con el corazón lleno de odio. Llegó entonces Bill Sikes a entregarle un paquete.
 ¿Qué te pasa?  le preguntó éste al verle la cara completa­mente desencajada.
Fagin le contó lo que había descubierto Noah. Sikes, enton­ces, fuera de sí, salió a la calle; caminó a paso rápido hasta su casa, sin pararse ni un momento a pensar en lo que iba a hacer. Subió de prisa las escaleras, entró en la habitación, cerró la puerta con llave y fue hacia la cama donde Nancy estaba durmiendo.
 ¡Arriba!  la despertó Sikes a gritos.
 ¿Qué te pasa?  le preguntó ella, todavía medio dormida.
Sin decir una palabra, el ladrón la agarró por el cuello y la arrastró hasta el centro de la habitación.
 ¡Bill! ¡Bill!  gritó la muchacha . ¿Qué he hecho?
 Anoche lo espiaron. Ahora lo sé todo.
 Entonces, perdóname la vida como yo he perdonado que tú me hayas arrastrado a mí a esta existencia infame  dijo la muchacha aferrándose a él . Piensa un poco, Bill. Ahórrate este crimen. ¡Juro que te he sido fiel, Bill!
El ladrón, sordo ante las súplicas de Nancy, agarró una pistola y golpeó con ella a la muchacha una y otra vez hasta que ésta cayó al suelo cegada por la sangre, que fluía de una profunda bre­cha en su cabeza. La muchacha consiguió no obstante ponerse de rodillas y, juntando las manos, se puso a rezar El ladrón cogió entonces un garrote y la remató de un solo golpe en la cabeza.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación donde yacía el cadáver de Nancy, Sikes quemó las ropas que llevaba, ya que estaban manchadas de sangre. Luego, escapó de allí con su perro; una sola idea ocupaba su mente: huir Anduvo tan rápido que, al cabo de una hora, estaba fuera de Londres.
Caminó durante todo el día por campos, prados y bosques sin hallar un lugar seguro donde esconderse, porque en todas partes se hablaba del horrible crimen. Al anochecer, tomó la decisión de volver a la ciudad.
 No hay mejor lugar para esconderse. Mis amigos me ayu­darán  pensó.
Mientras tanto, en una chabola de un mísero barrio a orillas del Támesis estaban escondidos Toby Crackit, Chitling y un ex­presidiario llamado Kags.
 ¿Es cierto que han cogido a Fagin?  preguntó Toby Crackit.
 Sí, esta tarde  contestó Chitling . Charley Bates y yo con­seguimos escapar por la chimenea; a Bolter lo trincaron a la vez que a Fagin. Imagino que Charley estará a punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silen­ciosos, a la espera de alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio; después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hom­bres vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiempo a reaccionar y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso atrás.
 ¡Vamos, Charley! Soy yo  dijo Sikes yendo hacia él.
 No te acerques  contestó el otro . Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:
 ¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser que­mado a fuego lento por el crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió inmovilizarlo sin demasia­do esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor descon­certado. Charley Bates se incorporó, corrió hacia la otra venta­na, la abrió y se puso a gritar:
 ¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó encerrado con llave. Luego, cogió una lar­ga cuerda, subió al desván y, tras levantar un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangren­tado de su víctima. El pánico se apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde quedó col­gando sin vida.


CAPÍTULO CATORCE

LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD

Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
 ¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me tra­te de esta manera?  gritó el canalla, enfadado.
 Sí, Edward  lijo en tono triste el señor Brownlow , tu padre era mi mejor amigo y era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda. Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de tu hermano.
 ¡Yo no tengo ningún hermano!
 ¡Sabes que sib Es cierto que tú eres el único hijo del infeliz matrimonio que formaron tu padre y tu madre. Cuando tus padres se separaron, tu padre conoció a un oficial de marina, retirado y viudo, que vivía en el campo con sus dos hijas. Una de ellas se enamoró de tu padre, y él de ella; al cabo de año y medio, estaban prometidos. Fue entonces cuando tu padre recibió la herencia de un pariente que vivía en Roma y tuvo que marcharse para allá; pero la fatalidad quiso que él cayera gravemente enfermo. Tu madre y tú acudisteis inmediatamente a su lado y, al día siguiente de vuestra llegada, él murió sin dejar testamento, de modo que todos sus bienes fueron a parar a vuestras manos.
Monks, que había estado reteniendo el aliento durante todo este tiempo, suspiró entonces profundamente, manifestando un gran alivio.
 Antes de marchar al extranjero  siguió el señor Brownlow , tu padre vino a verme y me entregó un retrato de su hermana, la que iba a ser mi esposa. También me habló atropelladamente de la deshonra que él mismo había provocado a su joven prometi­da. Cuando él murió, fui a visitar a esa muchacha que iba a ser madre, con el fin de acogerla en mi propio hogar, pero llegué demasiado tarde porque la familia había abandonado la región.
Monks miró entonces alrededor con una sonrisa de triunfo.
 Cuando tu hermano se cruzó en mi camino y lo rescaté de una vida de crimen y miseria, su gran parecido con el retrato del que te he hablado me dejó impresionado. Desgraciada­mente, lo secuestraron antes de que pudiera contarme su his­toria. Sospechando que tú podías estar detrás de todo esto, lo busqué por todas partes, pero no lo encontré hasta hace dos horas... Tienes un hermano, Edward, tú lo sabes y lo conoces. Había pruebas de ello, pero tú mismo las destruiste. Así que, si no quieres que te haga detener por cómplice del asesinato de Nancy, tendrás que contarlo todo ante testigos y devolverle a tu hermano lo que le corresponde.
 Haré lo que usted me pida  aceptó Monks, viéndose sin escapatoria.
Dos días más tarde, Oliver viajaba, junto con la señora May­lie, Rose y el doctor Losberne, hacia su ciudad natal. Detrás, seguía el señor Brownlow, acompañado de Monks.
Se instalaron en un hotel de la ciudad donde les estaba esperando el señor Grimwig. Pasadas las primeras horas de ajetreo, el señor Brownlow los reunió a todos, incluyendo a Oliver, quien no pudo reprimir un grito de terror al ver entrar a Monks.
 Este niño  dijo el señor Brownlow a Monks atrayendo a Oliver hacia sí  es tu hermanastro, fruto de la unión entre tu padre, mi amigo Edwin Leeford, y Agnes Fleming, que murió en el hospicio de esta ciudad al dar a luz. Ahora, Edward, quiero que cuentes, delante de todo el mundo, lo que tan cuidadosa­mente has ocultado durante estos años.
 Está bien  contestó Monks . Cuando mi padre murió en Roma, mi madre encontró, entre sus papeles, dos documentos: el primero era una carta de amor dirigida a Agnes Fleming; el otro era un testamento.
 ¿Y qué decía?  preguntó el señor Brownlow.
Como Monks no contestaba, fue el propio señor Bronwlow quien lo hizo:
 Os dejaba a ti y a tu madre una renta de ochocientas libras. El grueso de su fortuna lo dividía en dos partes: una para Agnes Fleming y otra para el hijo de ambos, es decir, para Oliver
 Mi madre hizo entonces lo que tenía que hacer  gritó Monks : quemó el testamento y guardó la carta como prueba de la falta de mi padre. Cuando Agnes Fleming le contó la ver­dad a su padre, éste, avergonzado, huyó con sus hijas. Poco después, la muchacha abandonó el hogar, y aunque el padre la buscó por todas partes, no pudo dar con ella. Convencido de que su hija se había suicidado para ocultar su vergüenza, el hombre volvió a su casa y, a la mañana siguiente, apareció muerto en su cama.
 ¿Y qué pasó con el guardapelo y la alianza?  preguntó el señor Brownlow.
 Los compré  contestó Monks  a un matrimonio. Ellos los habían recibido de la vieja que atendió a Agnes Fleming en el hospicio. Luego, tiré los dos objetos al río.
Fue entonces cuando el señor Grimwig salió de la habitación para volver instantes después empujando a la señora Bumble, que tiraba de su cobarde cónyuge.
 ¿Conocen ustedes a este hombre?  les preguntó el señor Brownlow.
 No lo hemos visto en nuestra vida  contestó impasible la señora Bumble.
 Él mantiene que les compró a ustedes unas alhajas...
 Está bien  dijo la señora Bumble : si ese cobarde ha confe­sado, yo no tengo nada más que decir. Sí, le vendimos el guar­dapelo y la alianza de Agnes Fleming. ¿Y qué?
 Y nada  repuso el señor Brownlow , sólo que me voy a ocupar personalmente de que no vuelvan a tener un puesto de trabajo relacionado con niños.
Después, cuando los Bumble se hubieron marchado, el señor Brownlow cogió la mano de Rose y dijo:
 Edward Leeford, ¿conoces a esta señorita?
 Sí  contestó Monks . Agnes Fleming tenía una hermana pequeña que fue recogida por unos humildes labradores. La niña llevó una vida miserable hasta que una viuda que vivía en Chester se apiadó de ella y se la llevó a su casa. Hoy está aquí, en esta habitación. Es la señorita Rose.
 ¡Pero no por eso va a dejar de ser mi sobrina!  exclamó la señora Maylie abrazando a la desfallecida muchacha.
 ¡Ahora todo será mucho más fácil!  intervino el señor Brownlow dirigiéndose a Rose.
Aquella noche, Rose y Oliver hallaron un padre, una herma­na y una madre y, así, cada uno se encontró con su destino. Inclusive Fagin, quien aquella noche pasaba las últimas horas de su vida en una celda, a la espera de que lo ejecutaran al alba.
Rose y Harry se casaron tres meses después en una peque­ña iglesia. La señora Maylie se fue a vivir con ellos y vivió dicho­sa los últimos años de su vida.
El señor Brownlow adoptó a Oliver y ambos se fueron a vivir, con la señora Bedwin, a un lugar cercano a aquél donde vivían los Maylie.
Monks, tras derrochar su parte de la herencia en América, volvió a las andadas y pasó largas temporadas en la cárcel, don­de finalmente murió, víctima de uno de sus habituales ataques.
El señor y la señora Bumble, privados de sus cargos, fueron sumiéndose poco a poco en la miseria y murieron en el mismo hospicio donde una vez habían reinado despiadadamente so­bre otros.

FIN

Charles Dickens PROCESO POR ASESINATO +14AÑOS




Charles Dickens


PROCESO POR ASESINATO





   He notado siempre una falta de valor muy preponderante, incluso en personas de inteligencia y cultura superiores, para comentar las experiencias psicológicas propias cuando han sido de índole extraña. Casi todos los hombres temen que lo relatado en tal línea carezca de paralelo o respuesta en la vida interna del oyente, y pudiera provocar suspicacias o risas. Un viajero veraz, que hubiera visto alguna criatura extraordinaria del tipo de una serpiente marina, ningún miedo sentiría de mencionarlo; pero ese mismo viajero, tras algún presentimiento, impulso, extravagancia del pensamiento, visión (por así llamarla), sueño u otra impresión mental sobresaliente y singular, dudaría considerablemente antes de aceptar haberla tenido. Atribuyo a tal reticencia gran parte del silencio que rodea a esos temas. No es habitual que comuniquemos nuestras experiencias con esos acontecimientos subjetivos como lo hacemos con nuestras experiencias de origen objetivo. Es consecuencia de esto que el fondo general de experiencias habidas en ese campo aparezca como excepcional (y que en realidad lo sea), en el sentido de presentarse lamentablemente imperfecto.
    En lo que estoy por relatar ninguna intención tengo de proponer una teoría cualquiera, oponerme a ella o darle apoyo. Conozco la historia del librero de Berlín, estudié el caso de la esposa del finado astrónomo real, según relato de sir David Brewster, y he seguido en sus menores detalles el caso mucho más notable de la ilusión espectral, ocurrido en el círculo privado de mis amigos. En lo que toca a esto último, quizás sea necesario aclarar que la víctima (una dama) en ningún grado, no importa cuán remoto, era mi pariente. Una suposición errónea al respecto pudiera sugerir una explicación para una parte de mi caso —aunque sólo para una parte—, explicación que del todo carecería de fundamento. No se le puede relacionar con alguna peculiaridad heredada, ni tampoco tuve jamás experiencia similar y jamás a partir de entonces volví a tener otra.
    No viene al caso precisar hace cuántos años, sean muchos o pocos, se cometió en Inglaterra un crimen que atrajo mucho la atención. Es suficiente lo que oímos de asesinos que en sucesión alcanzan un lugar de execrable eminencia, y con gusto, de poderlo hacer, enterraría toda memoria de este ser brutal en lo específico, tal como su cuerpo se halla enterrado en la cárcel de Newgate. De propósito me abstengo de dar cualquier indicio sobre la identidad de este asesino.
    Al descubrirse el crimen, ninguna sospecha cayó —o más bien debiera decir, porque conviene ser muy preciso en los hechos, que en ningún sitio se insinuó públicamente que cayera sospecha alguna— sobre el hombre que más tarde fue llevado a juicio. Como por entonces ninguna referencia acerca de él se hizo en la prensa, obviamente resulta imposible que en aquel tiempo se diera en los periódicos su descripción. Es esencial que se recuerde este hecho.
    Al abrir, durante el desayuno, mi periódico matutino, donde se daba razón de aquel descubrimiento, encontré el caso muy interesante y leí todo con suma atención. Y lo leí dos veces, si no es que tres. El descubrimiento ocurrió en un dormitorio y, cuando dejé a un lado el periódico, tuve un destello, un amago, un flujo, un no sé cómo llamarlo —pues ninguna palabra que conozca es lo bastante descriptiva— en que me pareció ver que el dormitorio pasaba a lo ancho de mi habitación, como un cuadro imposiblemente pintado sobre un río en movimiento. Aunque casi instantáneo en su aparición, fue muy claro; tan claro que con toda nitidez, y con una sensación de alivio, observé que el cadáver no estaba sobre la cama.
    No fue un lugar romántico aquél en el que tuve esta sensación curiosa, sino en ciertas habitaciones de Piccadilly, casi en la esquina con la calle Saint James. Se trató de algo totalmente nuevo para mí. Estaba en mi sillón, y la sensación vino acompañada de un temblor peculiar, que desplazó al mueble de su lugar. (Aunque debe comentarse que el sillón se mueve con facilidad debido a sus ruedecillas). Me acerqué a una de las ventanas (hay dos en la habitación, que está en un segundo piso) para descansar los ojos en los objetos que por Piccadilly pasaban. Era una clara mañana de otoño, y la calle se veía brillante y alegre. Había un viento fuerte; cuando miraba hacia afuera, trajo desde el parque un cierto número de hojas secas, que una ráfaga tomó e hizo girar en una columna. Al cesar el viento y dispersarse las hojas, vi a dos hombres en la acera opuesta, que iban del oeste al este, uno detrás del otro. El de adelante miraba a menudo por encima del hombro. El segundo lo seguía, a unos treinta pasos de distancia, con la mano derecha levantada en gesto amenazador. Al principio, la singularidad y constancia de aquel gesto, en un lugar tan público, atrajeron mi atención; luego, la circunstancia incluso más sorprendente de que nadie hiciera caso. Ambos hombres se abrían paso entre los transeúntes con una facilidad que difícilmente se adecuaba al acto mismo de caminar por un pavimento. Ninguna criatura, hasta donde me era posible comprobarlo, se hacía a un lado, los tocaba o los seguía con la vista. Al pasar ante mi ventana, los dos me miraron. Distinguí sus rostros con toda nitidez, y supe que los reconocería en cualquier sitio. No que hubiera notado conscientemente algo de peculiar en ellos, excepto que el primer hombre tenía un desusado gesto de preocupación y la cara de quien lo seguía el color de la cera impura.
    Soy soltero; mi ayuda de cámara y su esposa componen todo mi servicio doméstico. Trabajo en una sucursal bancaria, y ojalá que los deberes como cabeza de mi departamento fueran tan ligeros como popularmente se supone. Por culpa de ellos me hallaba en la ciudad aquel otoño, cuando tanto necesitaba un cambio. No estaba enfermo, pero tampoco me sentía bien. Mis lectores deducirán lo más que deducir puedan razonablemente de aquella sensación de saciedad, de aquel estado de depresión porque sentía llevar una vida monótona y por encontrarme "ligeramente dispéptico". Mi médico, profesionista de renombre, asegura que mi estado real de salud en aquellos momentos no justifica una descripción más severa, y cito de la respuesta enviada por escrito cuando le solicité información.
    Según se fueron descubriendo las circunstancias del crimen, éste se posesionó cada vez con mayor firmeza del interés público, pero lo mantuve alejado de mi mente, enterándome de ellas lo menos posible en medio de aquella excitación universal. Supe, sin embargo, que contra el sospechoso del crimen se había dictado una acusación de asesinato premeditado, y que se lo había enviado a Newgate para procesarlo. También supe que en una sesión de la Corte Criminal Central se había pospuesto el juicio con base en la existencia de un prejuicio general y porque la defensa no había tenido tiempo de prepararse. Quizás incluso haya sabido, aunque no lo creo, la fecha cierta o aproximada en que se llevarían a cabo las sesiones dedicadas al juicio.
    Mi sala de estar, mi dormitorio y mi vestidor se encuentran en el mismo piso. No puede llegarse al último sino a través del dormitorio. Cierto que en él hay una puerta, en tiempos empleada para llegar a la escalera; pero —desde hace algunos años— la cruzan varias instalaciones relacionadas con mi cuarto de baño. Por aquel entonces, y como parte del mismo arreglo, clavaron y tapiaron la puerta.
    Una noche, ya tarde, estaba en mi dormitorio dándole ciertas instrucciones a mi sirviente antes de que se retirara. Daba yo la cara a la única puerta de comunicación con el vestidor, que se encontraba cerrada. Mi sirviente estaba de espaldas a ella. Mientras hablaba con él, vi que la abrían y un hombre se asomaba y, de modo muy encarecido y misterioso, me llamaba con un ademán. Era el segundo de los dos que pasaran por Piccadilly, aquél con un rostro color de cera impura.
    Terminado el ademán, la figura desapareció, cerrando la puerta. Sin mayor dilación que la necesaria para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré adentro. Llevaba en la mano una bujía encendida. En mi interior no esperaba ver aquella figura allí, y no la vi.
    Consciente de que mi criado me miraba con asombro, me volví hacia él y dije...
   —¿Podrías creerme, Derrick, que ahora mismo, y en mis cabales, creí ver...
    Al tiempo que ponía mi mano sobre su pecho, lo sentí temblar violentamente, y me contestó:
   —¡Ah, por Dios, señor, sí! ¡Un hombre muerto llamando con un gesto!
    Ahora bien, no creí que John Derrick, mi fiel y adicto sirviente por más de veinte años, tuviera impresión alguna de haber visto tal figura hasta que lo toqué. Al hacerlo fue tan sorprendente el cambio en él ocurrido, que ninguna duda tengo que en ese momento mismo, y de alguna manera oculta, obtuvo de mí aquella impresión.
    Le pedí que trajera brandy, le di un trago y con alegría tomé otro yo mismo. De lo ocurrido antes del fenómeno presenciado aquella noche ni una palabra le dije. Al reflexionar, quedé absolutamente convencido de que nunca antes, excepto por la ocasión en Piccadilly, había visto esa cara. Al comparar su expresión cuando me llamaba desde la puerta con la otra cuando me miró estando yo a la ventana, llegué a la conclusión de que, en la primera ocasión, había buscado quedar en mi memoria, asegurándose en la segunda de que lo recordaría de inmediato.
    No pasé una noche muy tranquila, aunque tenía la certidumbre, difícil de explicar, de que la figura no volvería. Hacia el amanecer caí en un sueño profundo, del que me despertó John Derrick al ponerme en la mano una hoja de papel.
    Al parecer, ese papel había sido motivo de un altercado ocurrido a la puerta entre el mensajero y mi sirviente. Era un citatorio para que me presentara, como jurado, en las próximas sesiones de la Corte Criminal Central, en Old Bailey. Jamás antes me habían citado en tal calidad, como bien lo sabía John Derrick. Creía —y sigo sin saber con cuánta razón o sin ella— que la costumbre era elegir ese tipo de jurados entre personas menos calificadas que yo en lo social, y de principio me había rehusado a aceptar el citatorio. El hombre encargado de traerlo se tomó las cosas con mucha tranquilidad. Dijo que en nada le incumbía mi asistencia o mi ausencia; allí estaba el citatorio y la decisión que yo tomara a mí me afectaría, no a él.
    Por uno o dos días estuve indeciso si responder al llamado o pasarlo por alto. Ninguna conciencia tenía de que hubiera la más ligera presión, influencia o atracción en una u otra dirección. Estoy tan seguro de ello como de cualquier otra afirmación aquí hecha. Al final de cuentas decidí ir, para romper la monotonía de mi vida.
    La fecha señalada era una cruda mañana de noviembre. Había en Piccadilly una densa bruma parda que, al este de Temple Bar, se volvió definitivamente negra y de lo más opresiva. Encontré los pasillos y las escaleras de la corte brillantemente alumbrados con luces de gas y la corte iluminada de igual manera. Creo que, hasta no verme conducido por los funcionarios a la Old Court y verla atiborrada, no supe que se juzgaría al Asesino, aquel día. Creo que, hasta no entrar con dificultades considerables en ella, no supe en cuál de las dos cortes dispuestas me tocaba actuar. Pero no debe tomarse esto como una afirmación definitiva, pues en mi mente no estoy del todo satisfecho respecto a ninguno de esos puntos.
    Me senté en el lugar destinado a los jurados en espera, y miré a mi alrededor hasta donde me lo permitía la densa nube de niebla y aliento condensado que allí había. Me di cuenta del negro vapor que, como una cortina lóbrega, colgaba por fuera de las grandes ventanas, y me di cuenta del apagado rumor de ruedas sobre la paja o la casca dispersada por la calle; también noté el murmullo de la gente reunida allí, murmullo en ocasiones roto por un silbido agudo o por una canción o grito más fuerte que los demás. Poco después entraron los jueces, dos de ellos, y ocuparon sus lugares. Se acalló impresionantemente el bisbiseo de la sala. Se dieron órdenes de traer al Asesino. Apareció éste. En el acto reconocí en él al primero de los dos hombres que pasaron por Piccadilly.
    De haberse pronunciado entonces mi nombre, dudo que hubiera podido responder en voz audible. Pero lo mencionaron en sexto u octavo lugar, y para entonces pude decir: "¡Presente!" Ahora bien, atiendan a esto. Cuando pasé al estrado de jurados el prisionero, que había estado observándolo todo con atención, pero sin señales de preocupación, se agitó violentamente y llamó a su abogado. Su deseo de rechazarme como jurado era tan evidente, que provocó una pausa, durante la cual el defensor, con la mano en la barra, estuvo hablando en voz baja con su cliente y sacudiendo la cabeza. Más tarde supe de ese caballero que las primeras palabras de pánico dichas por el prisionero habían sido: "¡A toda costa rechace ese jurado!" Pero no se hizo así, pues el prisionero carecía de razones para pedirlo y admitió no conocer ni siquiera mi nombre hasta no oírlo pronunciar allí y verme aparecer.
    Tanto por los motivos ya explicados, que deseo evitar revivir la malsana memoria de aquel Asesino, como porque de ninguna manera es indispensable a mi relato una explicación detallada de aquel largo juicio, me limitaré en gran medida a los incidentes ocurridos los diez días y noches que nosotros, los del jurado, estuvimos juntos, directamente relacionados con mi extraña y personal experiencia. Es en ésta que deseo interesar a mis lectores, no en el Asesino. Es para ella, y no para una página de The Newgate Calendar1 que solicito atención.
    Se me eligió presidente del jurado. La segunda mañana del juicio, tras dos horas de haberse estado tomando declaraciones (escuché sonar el reloj de la iglesia), al pasear la vista por mis compañeros tropecé con una inexplicable dificultad al contarlos. Lo hice varias veces, siempre con el mismo tropiezo: en pocas palabras, había uno de más.
    Toqué al jurado cuyo lugar estaba junto al mío y le susurré:
   —Hágame el favor de contarnos.
    Pareció sorprendido por la petición, pero volvió la cabeza y contó.
   —¡Caramba —dijo de pronto—, somos tre... Pero no, eso es imposible. No, somos doce!
    De acuerdo con mis cálculos de aquel día, siempre éramos el número correcto contados en lo individual, y sin embargo, siempre resultaba uno de más vistos en grupo. No había ninguna presencia —ninguna figura— que explicara aquello; pero tenía yo el presentimiento de la figura que con toda seguridad aparecería.
    El jurado estaba alojado en la London Tavern. Todos dormíamos en una habitación grande, en camas separadas, y siempre estábamos al cuidado y bajo la vigilancia del oficial encargado de nuestra seguridad. No veo razón para ocultar el nombre verdadero de ese funcionario, quien era una persona inteligente, sumamente cortés, servicial y (me alegré enteramente de ello) muy respetada en la ciudad. Era de presencia agradable, vista aguda, negras y envidiables patillas y una voz sonora y modulada. Se llamaba Harker.
    Cuando por la noche nos metíamos en nuestras doce camas, la del señor Harker quedaba atravesada en la puerta. La noche del segundo día, no sintiendo deseos de acostarme y viendo al señor Harker sentado en su cama, me puse a su lado y le ofrecí un pellizco de rapé. En el momento mismo en que, al tomar el rapé de mi caja, su mano tocó la mía, pasó por él un temblor extraño y dijo: "¿Y quién es aquél?"
    Al seguir la mirada del señor Harker a lo largo de la habitación, vi la figura que esperaba: el segundo de los dos hombres que pasaron por Piccadilly. Me levanté y avance unos pasos. Luego me detuve y me volví hacia Harker. Nada le preocupaba ya, reía y dijo de modo placentero:
   —Por un momento creí que teníamos un decimotercer jurado sin cama. Pero veo que fue la luna.
    Sin revelarle nada, pero invitándolo a caminar conmigo hasta el otro extremo de la habitación, observé lo que hacía la figura. Se detuvo por unos instantes a la cabecera de cada uno de mis once compañeros de jurado. Siempre iba al lado derecho de la cama, y siempre pasaba a la siguiente cruzando por los pies. Parecía, dado el movimiento de la cabeza, simplemente mirar pensativa a cada una de las figuras yacentes. Ningún caso me hizo y ninguna atención prestó a mi cama que era la más cercana a la del señor Harker. Pareció salir por donde la luna entraba, a través de una ventana elevada, como si subiera por una escalera aérea.
    Al día siguiente, durante el desayuno, pareció que todos los presentes, excepto el señor Harker y yo mismo, hubieran soñado la noche anterior con el hombre asesinado.
    Me sentí entonces tan convencido de que el segundo hombre que pasara por Piccadilly era el asesinado (por así decirlo), como si su testimonio directo me lo hubiera hecho comprender. Pero incluso esto último vino a suceder, y de un modo para el cual no me encontraba preparado.
    En el quinto día del juicio, cuando el fiscal estaba por cerrar su presentación del caso, se trajo como prueba una miniatura del asesinado, cuya falta se notó en la habitación de éste al descubrirse el crimen y que, más tarde, apareció en un escondite donde se había visto al Asesino cavar. Identificada por el testigo sujeto a examen, pasó luego al tribunal y después al jurado, para su inspección. Cuando un funcionario en toga negra se encaminaba a mí, de la multitud surgió con ímpetu la figura del segundo hombre que había pasado por Piccadilly, tomó la miniatura de manos del funcionario y me la dio con las suyas propias, diciéndome a la vez con tono grave y hueco, antes de que pudiera yo ver la miniatura, que estaba en un medallón:
   —Era más joven entonces, y mi rostro no estaba exangüe.
    La figura se interpuso asimismo entre mí y el jurado a quien habría pasado la miniatura, y entre él y el jurado a quien la habría pasado, y así con todos los allí sentados, hasta que la miniatura volvió a mi posesión. Sin embargo, ninguno de ellos notó lo sucedido.
    A la hora de comer, y por lo general cuando nos encontrábamos encerrados juntos bajo la custodia del señor Harker, desde el comienzo habíamos comentado mucho, como era natural, los sucesos del día. Aquella quinta jornada, cerrado el caso por parte del fiscal y teniendo ante nosotros su perspectiva en forma cabal, nuestra plática fue bastante más animada y grave. Entre nosotros estaba un sacristán —el idiota más cerrado que en el mundo haya visto suelto—, quien respondía a las pruebas más claras de comprender con las objeciones menos pertinentes, y a quien hacían coro dos blanduzcos parásitos de parroquia. Los tres habían sido elegidos para jurados en un distrito tan asolado por la fiebre, que deberían haber estado sujetos a juicio culpados de quinientos asesinatos. Cuando estos cabezas de chorlito malévolos discutían con mayor fuerza, hacia aquello de la medianoche, y mientras algunos de nosotros nos preparábamos para meternos en cama, volví a ver al asesinado. Permanecía con aire torvo detrás de ellos, llamándome con un ademán. En cuanto me acerqué e intervine en la conversación, de inmediato se retiró. Fue aquello el comienzo de una serie de apariciones separadas, que se limitó a la gran habitación en la cual estábamos confinados. En cuanto un grupo de mis compañeros unían sus cabezas para hablar, allí veía la del asesinado. En cuanto, al comparar notas, parecían ir en contra suya, solemne e irresistiblemente me llamaba con un gesto.
    Se recordará que hasta la presentación de la miniatura, en el quinto día del juicio, nunca había visto a la Aparición en la corte. Tres cambios ocurrieron cuando la defensa comenzó a presentar su caso. Mencionaré primero dos de ellos juntos. La figura no aparecía en la corte continuamente, y nunca se dirigió entonces a mí, sino siempre a la persona que en ese momento estuviera hablando. Por ejemplo, habían cortado de uno a otro lado el cuello del asesinado. En la intervención con que abrió la defensa se sugirió que el propio difunto se había cortado la garganta. Justo en ese instante la figura, con el cuello en aquella terrible condición descrita (y que hasta entonces había ocultado), se detuvo al lado de quien hablaba, indicando la herida con un movimiento de uno a otro lado de su gaznate, unas veces con la mano derecha y otras con la mano izquierda, sugiriendo vigorosamente al hablante la imposibilidad de hacerse tal herida con alguna de las dos manos. He aquí otro ejemplo: una mujer, llamada para testimoniar sobre el carácter del prisionero, declaró que era éste el hombre más bondadoso del mundo. En aquel instante mismo la figura se detuvo frente a ella, la miró de lleno a la cara y, con brazo extendido y dedo indicador, señaló la fisonomía malévola del prisionero.
    El tercer cambio, del que ahora paso a hablar, me impresionó como el más notable y sorprendente de los tres. No elucubraré al respecto; lo describiré con precisión y no haré más. Aunque aquéllos a quienes se dirigía la Aparición no la percibían, su proximidad a esas personas provocaba invariablemente en ellas algún signo de perturbación. Me parecía que leyes a las cuales no me veía sujeto le impedían revelarse plenamente a otros y, pese a ello, que podía entrar en sus mentes invisible, muda y oscuramente. Cuando el representante principal de la defensa sugirió la hipótesis de un suicidio y la figura se puso al lado de este erudito caballero, serruchando con gesto espantoso su cortado cuello, es indudable que el abogado titubeó en su elocución, perdió por unos segundos el hilo de su ingenioso discurso, se limpió la frente con el pañuelo y se puso sumamente pálido. Cuando la mujer que testimoniara sobre el carácter del acusado quedó frente a la Aparición, no hay duda de que su vista siguió la dirección indicada por el dedo y se posó con grandes titubeos e inquietudes sobre el rostro del prisionero. Bastarán dos ejemplos más. El octavo día del juicio, tras la pausa que diariamente se nos concedía a principios de la tarde, para que tuviéramos unos minutos de descanso y refresco, volví a la corte con el resto del jurado unos minutos antes de regresar los jueces. De pie en nuestro lugar y mirando a mi alrededor, pensé que la figura no se encontraba allí, hasta que, al levantar por casualidad la vista hacia la galería, la vi inclinada hacia adelante, apoyada sobre una mujer de aspecto muy honesto, como tratando de averiguar si los jueces estaban ya en su lugar. Casi de inmediato la mujer lanzó un grito, se desmayó y fue conducida fuera. Lo mismo ocurrió con el venerable, sagaz y paciente juez que dirigía el juicio. Terminada la presentación del caso, cuando preparaba sus papeles para resumir la situación, el asesinado, entrando por la puerta de jueces, avanzó hasta el escritorio de su señoría y miró ansiosamente, por encima del hombro, a las páginas de notas que el juez leía. En el rostro de éste ocurrió un cambio; su mano se detuvo; por él pasó aquel temblor que tan bien conocía yo; balbuceó entonces: "Perdónenme por unos momentos, caballeros; estoy un poco mareado por lo viciado del aire." Y no se recobró hasta haber bebido un vaso de agua.
    A todo lo largo de la monotonía de seis de aquellos diez días interminables —los mismos jueces y otros más en la tribuna, el mismo Asesino en el banquillo de acusados, los mismos abogados a la mesa, el mismo tono en las preguntas y respuestas que subían hasta el cielo raso de la corte, el mismo arañar de la pluma del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces encendidas a la misma hora cuando no había ya luz natural, la misma cortina de niebla por fuera de las grandes ventanas cuando estaba nublado, el mismo golpeteo y goteo de la lluvia en días lluviosos, las mismas huellas de carceleros y prisioneros día tras día sobre el mismo aserrín, las mismas llaves abriendo y cerrando las mismas puertas pesadas—, a todo lo largo de aquella monotonía tediosa que me hacía sentir como si hubiera sido presidente del jurado por un vasto lapso, que Piccadilly había florecido a la par que Babilonia, el asesinado jamás perdió a mis ojos lo más mínimo de nitidez; tampoco fue nunca menos nítido que los demás. No debo omitir, como hecho ocurrido, que ni una sola vez vi a la Aparición, a la que he dado el nombre de Asesinado, mirar al Asesino. Una y otra ocasión me pregunté: "¿Por qué no lo hace?" Nunca sucedió.
    Tampoco volvió a mirarme, una vez presentada la miniatura, hasta los minutos finales del juicio. Faltando siete minutos para las diez de la noche, nos retiramos a deliberar. El sacristán idiota y sus dos parásitos nos dieron tantos problemas, que dos veces regresamos a la sala para pedir que se volvieran a leer ciertas partes de las notas del juez. Ninguna duda teníamos nueve de nosotros respecto a esos párrafos; tampoco la tenía, creo yo, nadie de la sala; sin embargo, aquel triunvirato de badulaques, sin más idea que la de obstaculizarlo todo, los objetaban por esa misma razón. Por fin logramos imponernos y el jurado volvió a la corte a las doce y diez.
    En aquel momento el Asesinado se encontraba al otro lado de la corte, justo frente a la tribuna del jurado. Al colocarme en mi lugar, sus ojos se posaron en mí con gran atención; parecía satisfecho y lentamente extendió por encima de su cabeza y todo el cuerpo un gran velo gris, que por primera vez llevaba en el brazo. Al anunciar yo el veredicto de "culpable" el velo se derrumbó, todo desaparecía y el lugar quedaba vacío.
   El Asesino al preguntar el juez, de acuerdo con la costumbre, si tenía algo que decir antes de escuchar su sentencia de muerte, sin claridad ninguna murmuró algo que, a la mañana siguiente, los principales diarios describieron como "unas cuantas palabras divagadoras, incoherentes y audibles a medias, en las que pareció quejarse de no haber tenido un juicio imparcial, pues el presidente del jurado estaba predispuesto en su contra". Sin embargo, he aquí la sorprendente declaración que en verdad hizo: "Su Señoría, me supe un hombre condenado cuando el presidente del jurado llegó a la tribuna. Su Señoría, supe entonces que no me dejaría escapar porque, antes de que me apresaran, de alguna manera llegó hasta mi cabecera durante la noche, me despertó y puso alrededor de mi cuello una soga."

Charles Dickens EL PRESIDENTE DEL JURADO +14AÑOS



Charles Dickens


EL PRESIDENTE DEL JURADO


Han pasado ya algunos años desde que se cometió en Inglaterra un asesinato que atrajo poderosamente la atención pública.  En nuestro país se oye hablar con bastante frecuencia de asesinos que adquieren una triste celebridad.  Pero yo hubiese enterrado con gusto el recuerdo de aquel hombre feroz de haber podido sepultarlo tan fácilmente como su cuerpo lo está en la prisión de Newgate.  Advierto, desde luego, que omito deliberadamente hacer aquí alusión alguna a la personalidad de aquel hombre.
Cuando el asesinato fue descubierto, nadie sospechó -o, mejor dicho, nadie insinuó públicamente sospecha alguna-  del hombre que después fue procesado.  Por la circunstancia antes expresada, los periódicos no pudieron, naturalmente, publicar en aquellos días descripciones del criminal.  Es esencial que se recuerde este hecho.
Al abrir, durante el desayuno, mi periódico matutino, que contenía el relato del descubrimiento del crimen, lo encontré muy interesante y lo leí con atención.  Volví, incluso, a leerlo otra vez, o quizá dos.  El descubrimiento había tenido lugar en un dormitorio.  Cuando dejé el diario tuve la impresión, fugaz, como un relámpago, de que veía pasar ante mis ojos aquella alcoba.  Semejante visión, aunque instantánea, fue clarísima, tanto que hasta pude observar, con alivio, la ausencia del cuerpo de la víctima en el lecho mortuorio.
Esta curiosa sensación no se produjo en ningún lugar misterioso, sino en una de las vulgares habitaciones de Piccadilly en que me alojaba, próxima a la esquina de St. James Street.  Y fue una experiencia nueva en mi vida.
En aquel instante me hallaba sentado en mi butaca, y la visión fue acompañada de un estremecimiento tan fuerte, que la desplazó del lugar en que se encontraba; si bien procede advertir que las patas de la butaca terminaban en sendas ruedecillas.  A continuación me acerqué a una ventana (la habitación, situada en un segundo piso, tenía dos) a fin de tranquilizarme con la visión del animado tráfago de Piccadilly.
Era una luminosa mañana de otoño y la calle se extendía ante mí resplandeciente y animada.  Soplaba un fuerte viento.  Al asomarme, el viento acababa de levantar numerosas hojas caídas en el parque, elevándolas y formando con ellas una columna en espiral.  Cuando la columna se derrumbó y las hojas se dispersaron, vi a dos hombres en el lado opuesto de la calle, caminando de oeste a este.  Iban uno tras otro.  El primero miraba con frecuencia hacia atrás, por encima del hombro.  El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada amenazadoramente.  Al principio, la singularidad de tal actitud en una avenida tan frecuentada atrajo mi atención; pero en seguida se desvió hacia otra y más notable particularidad: nadie reparaba en ellos.  Ambos hombres se movían entre los demás peatones con una suavidad increíble, aun sobre aquel pavimento tan liso, y nadie, según pude observar, les rozaba, les miraba o les abría paso.  Al llegar ante mi ventana los dos dirigieron su mirada hacia mí.  Entonces distinguí sus rostros con toda claridad y me di cuenta de que podría reconocerlos en cualquier parte: no se crea por esto que yo aprecié conscientemente nada de extraordinario en sus rostros, excepto el detalle de que el hombre que iba en primer lugar tenía un aspecto muy abatido y que la faz de su perseguidor era del mismo tono de la cera sin refinar.
Soy soltero y toda mi servidumbre se limita a un criado y su mujer.  Trabajo en la filial de un banco, como jefe de un negociado, y debo agregar que desearía sinceramente que mis deberes fuesen tan leves como generalmente se supone.  Lo digo porque esos deberes me retenían en la ciudad aquel otoño, a pesar de hallarme muy necesitado de reposo y de un cambio de ambiente.  No es que estuviese enfermo, pero no me encontraba bien.  El lector se hará cargo de mi estado si le digo que me sentía cansado, deprimido por la sensación de llevar una vida monótona y "ligeramente dispépsico".  Mi médico, hombre de mucho prestigio profesional, me aseguró, a requerimiento mío, que éste era mi verdadero estado de salud en aquella época; que no padecía ninguna enfermedad, ni grave depresión, y yo cito sus palabras al pie de la letra.
A medida que las circunstancias del asesinato iban intrigando gradualmente al público, yo procuraba alejarlas de mi cerebro tanto como era posible alejar un objeto del interés y comentarios generales.  Supe que se había dictado un veredicto previo de asesinato con premeditación y alevosía contra el presunto criminal, y que éste había sido conducido a Newgate para que estuviese presente cuando se dictara sentencia definitiva.  Me enteré, igualmente, de que el proceso quedaba aplazado para una de las próximas audiencias de la Sala Central de lo Criminal, fundándose en algún precepto de la Ley y en la necesidad de dejar tiempo al abogado para preparar la defensa.  Es posible también que yo me enterase, aunque creo que no, de la fecha exacta o aproximada en que debía celebrarse la vista de la causa.
Mi salón, dormitorio y tocador se encuentran en el mismo piso.  La última de dichas habitaciones sólo tiene entrada por el dormitorio.  Cierto que tiene también una puerta que da a la escalera, pero, en el tiempo que nos ocupa, hacía años ya que mi baño la obstruía, por tanto la habíamos inutilizado, cubriéndola de arpillera claveteada.
Una noche, a hora bastante avanzada, estaba yo en mi alcoba, dando instrucciones al criado antes de acostarme; la puerta que comunicaba con el cuarto de baño que daba frente a mí, en aquel momento estaba cerrada.  Mi criado daba la espalda a la puerta.  Y he aquí que, de repente, vi abrirse aquella puerta y aparecer a un hombre que reconocí en el acto y que me hizo una misteriosa señal.  Era el segundo de los dos que caminaba aquel día en Piccadilly, el que tenía la cara del color de la cera sin refinar.
Hecho aquel signo, la figura retrocedió y cerró la puerta de nuevo.  Rápidamente, me acerqué a la puerta del tocador, la abrí y miré.  Yo tenía en la mano una vela encendida.  No esperaba encontrar a nadie allí, y, en efecto, no encontré a nadie.
Comprendiendo que mi criado estaba sorprendido, me volví hacia él y le dije:
- ¿Creería usted, Derrick, que a pesar de encontrarme en la plenitud de mis facultades he imaginado ver... ?
Al hablar, apoyé mi mano en su hombro.  Con un repentino sobresalto, él exclamó:
- ¡Oh, Dios mío, sí!  Ha visto usted a un muerto que le hacía señales.
No creo que Juan Derrick, devoto y honrado servidor mío durante más de veinte años, hubiese captado la situación antes de que yo le tocase.  Su reacción, cuando apoyé mi mano sobre él, fue tan súbita, que albergo la firme certeza de que la provocó aquel contacto.
Pedí a Derrick que me trajese coñac, le ofrecí una copa y yo tomé otra.  No le dije ni una palabra sobre lo que me había sucedido anteriormente.  Me sentía seguro de no haber visto nunca aquel rostro fantasma, salvo la mañana de Piccadilly.
Pasé la noche muy inquieto, aunque sintiendo cierta certidumbre, difícil de explicar, de que la aparición no volvería.  Al apuntar el día caí en un pesado sueño, del que me despertó Derrick cuando entró en mi habitación con un papel en la mano.
Aquel papel había motivado una ligera discusión entre su portador y mi sirviente.  Era una citación para concurrir como jurado a una próxima sesión de la Audiencia.  Yo nunca había sido requerido como jurado, y Juan Derrick lo sabía.  Él opinaba -aun hoy no sé a punto fijo si con razón o no- que era costumbre nombrar jurados a personas de menor categoría que yo y no quise, en consecuencia, aceptar la citación.  El hombre que la llevaba tomó la negativa de mi criado con mucha frialdad.  Dijo que mi asistencia o no-asistencia al tribunal le tenía sin cuidado, y que su cometido se limitaba a entregar la citación.
Durante un par de días estuve indeciso entre asistir o no.  No sentí, en verdad, la menor influencia misteriosa en ningún sentido.  Estoy tan absolutamente seguro de esto como de todo lo que estoy narrando.  Por último, resolví asistir, ya que de este modo rompería la monotonía de mi vida.
La mañana de la cita resultó ser una muy cruda del mes de noviembre.  En Piccadilly había una densa niebla que se oscurecía por momentos hasta adquirir una negrura opresiva.
Cuando llegué al Palacio de Justicia, encontré los pasillos y escaleras que conducían a la sala del tribunal iluminados por luces de gas.  La sala estaba alumbrada de igual modo.  Creo sinceramente que hasta que los ujieres no me condujeron a ella y vi la concurrencia que se apiñaba allí, no recordé que la vista del proceso por el mencionado asesinato se celebraba aquel día.  Incluso me parece que hasta que, no sin considerables dificultades por el mucho gentío, fui introducido en la sala de lo criminal, ignoré si se me citaba a ésta o a otra.  Pero lo que ahora señalo no debe considerarse como un aserto positivo, porque este extremo no está suficientemente aclarado en mi mente.
Me senté en el lugar de los jurados y, mientras esperaba, contemplé la sala a través del espeso vapor de niebla y vaho de respiraciones que constituía su atmósfera.  Observé la negra bruma que se cernía, como sombrío cortinón, más allá de las ventanas y escuché el rumor de las ruedas de los vehículos sobre la paja o el serrín que alfombraba el pavimento de la calle.  Oí también el murmullo de la concurrencia, sobre el que a veces se elevaba alguna palabra más fuerte, alguna exclamación en voz alta, algún agudo silbido.  Poco después entraron los magistrados, que era dos, y ocuparon sus asientos.  Se acalló el rumor en la sala, y se dio la orden de hacer comparecer al acusado.  En el mismo instante en que se presentó, le reconocí como el primero de los dos hombres que yo viera caminando por Piccadilly.
Si mi nombre hubiese sido pronunciado en aquel instante, creo que no hubiese tenido ánimos para responder.  Pero como lo mencionaron en sexto u octavo lugar, me encontré con fuerzas para contestar: "¡Presente!".
Y, ahora, lector, fíjese en lo que sigue.  Apenas hube ocupado mi lugar, el preso, que nos estaba mirando a todos con fijeza, pero sin dar muestras de interés particular, experimentó una agitación violenta e hizo una señal a su abogado.  Tan manifiesto era el deseo del acusado de que me sustituyesen, que ello provocó una pausa, en el curso de la cual el defensor, apoyando la mano en la barra, cuchicheó con su defendido, moviendo la cabeza.  Supe luego -por el propio abogado- que las primeras y presurosas palabras del acusado habían sido éstas:  "Haga sustituir a ese hombre como sea".  Pero, al no alegar razón alguna para ellos, y habiendo de reconocer que no me conocía ni había oído mi nombre hasta que lo pronunciaron en la sala, no fue atendido su deseo.
Como no deseo avivar la memoria de la gente respecto a aquel asesino, y también porque no es indispensable para mi relato narrar al detalle los incidentes del largo proceso, me limitaré a citar las particularidades que nos acontecieron a los jurados y a mí durante los diez días, con sus noches, en que estuvimos juntos.  Mencionaré, sobre todo, las curiosas experiencias personales que atravesé.  Es en este aspecto, y no acerca del asesino, sobre lo que quiero despertar el interés del lector.

Me designaron presidente del jurado.  En la segunda mañana del proceso, después de invertir más de dos horas en examinar las piezas de convicción -yo podía saber el transcurso del tiempo porque oía la campana del reloj de una iglesia -, habiéndoseme ocurrido dirigir la mirada a mis compañeros de jurado, encontré una inexplicable dificultad en contarlos.  Los enumeré varias veces y siempre con la misma dificultad.  En resumen, contaba uno de más.
Toqué suavemente al más próximo a mí y le cuchicheé:
- Hágame el favor de contarnos.
Él, aunque pareció sorprendido por la petición, volvió la cabeza y nos contó a todos.
- ¡Pero si somos trece! -exclamó -.  No, no es posible.  Uno, dos... Somos doce.
A través de mis cálculos de aquel día saqué en limpio que éramos siempre doce si se nos enumeraba individualmente, pero que siempre salía uno de más si nos considerábamos en conjunto.  Éramos doce, pero alguien se nos agregaba con persistencia, y yo, en mi fuero interno, sabía de quién se trataba.
Nos alojaron en la London Tavern.  Dormíamos todos en un amplio aposento, en lechos individuales, y estábamos constantemente atendidos y vigilados por un funcionario.  No veo razón alguna para omitir el verdadero nombre de aquel funcionario.  Era un hombre inteligente, amabilísimo, cortés y muy respetado.  Tenía una agradable apariencia, bellos ojos, patillas envidiablemente negras y voz agradable y bien timbrada.  Se llamaba Harker.
Nos acostamos en nuestros lechos respectivos.  El de Harker estaba colocado transversalmente ante la puerta.  La segunda noche, como no sentía deseos de dormir y vi que Harker permanecía sentado en su cama, me acerqué a él, me senté a su lado y le ofrecí un poco de rapé.  Su mano rozó la mía al tocar la tabaquera y en el acto le agitó un estremecimiento y exclamó:
- ¿Qué es eso?
Siguiendo la dirección de su mirada divisé a quien esperaba ver: el segundo de los hombres de Piccadilly.  Me incorporé, anduve unos cuantos pasos, me paré y miré a Harker.  Éste ya no sentía la menor turbación, me dijo con toda naturalidad, riendo:
- Me había parecido por un momento que había un jurado de más, aunque sin cama.  Pero es un efecto de la luz de la luna.
Sin hacer revelación alguna al señor Harker, me limité a proponerle que diéramos un paseíto de un extremo a otro de la habitación.  Mientras andábamos procuré vigilar los movimientos de la misteriosa figura.  Ésta se detenía por unos instantes a la cabecera de cada uno de mis once compañeros de jurado, acercándose mucho a la almohada.  Seguía siempre el lado derecho de cada cama, y cruzaba ante los pies para dirigirse a la siguiente.  Por los movimientos de su cabeza parecía que se limitaba a mirar, pensativo, a cada uno de los que descansaban.  No reparó en mí ni en mi lecho, que era el más próximo al rayo de luz lunar que penetraba por una ventana alta.  Aquella figura desapareció como por una escalera aérea.  Por la mañana, al desayunar, resultó que todos habían soñado con la víctima del crimen, excepto Harker y yo.
Acabé por quedar convencido de que el segundo de los hombres que yo viera en Piccadilly -si podía aplicársele la expresión "hombre"- era el asesinado, persuasión que tuve mediante su testimonio directo.  Pero esto sucedió de una manera para la cual yo no estaba preparado.
El quinto día de la vista, cuando iba a cerrarse el capítulo de cargos, fue mostrada una miniatura del asesinado que se había echado de menos en el lugar del crimen, encontrándose después en un lugar recóndito donde el asesino había estado practicando una fosa.  Una vez identificada por los testigos, fue pasada al tribunal y examinada por el jurado.  Mientras un funcionario vestido con una toga negra nos la iba entregando a todos, la figura del hombre que yo viera en segundo lugar en Piccadilly surgió impetuosamente de entre la multitud, asió la miniatura de manos del funcionario, la puso en las mías y, antes de que yo viera la miniatura, que iba en un dije, me dijo, en tono bajo y profundo:
- Yo era entonces más joven y la sangre no había desaparecido de mi rostro como ahora.
Luego la aparición se situó entre mi persona y la del siguiente jurado a quien yo había de entregar la miniatura, y a continuación entre éste y el otro jurado, y así sucesivamente hasta que el objeto volvió a mi poder.  Ninguno, salvo yo, reparó en la aparición.
Cuando nos sentábamos a la mesa y, en general, siempre que nos encerrábamos juntos bajo la custodio del señor Harker, los componentes del jurado discutíamos mucho acerca del asunto que nos ocupaba.  El quinto día, terminado el capítulo de cargos y teniendo, por lo tanto, este lado de la cuestión completamente claro ante nosotros, nuestra discusión se hizo más reflexiva y seria.
Figuraba entre nosotros cierto sacristán -el hombre más obtuso que he visto en mi vida- que oponía a las más claras evidencias las más absurdas objeciones, apoyado por dos hombres de poco carácter que le conocían por frecuentar su misma parroquia.  Por cierto que aquellas gentes pertenecían a un distrito tan castigado por las fiebres epidémicas, que más bien debían haber solicitado un proceso contra ellas como causantes de quinientos asesinatos, por lo menos.  Cuando aquellos testarudos se hallaban en la cúspide de su elocuencia, que fue hacia medianoche, y todos nos disponíamos a abandonarlos e irnos a la cama, volví a ver al hombre asesinado.  Se detuvo detrás de ellos y me hizo una señal.  Al acercarme a aquellos hombres e intervenir en su conversación, le perdí de vista.  Éste fue el principio de una serie interminable de apariciones, limitadas por entonces al vasto aposento en que el jurado se hallaba reunido.  En cuanto varios se agrupaban para hablar, yo veía surgir entre ellos la cabeza del asesinado.  Siempre que los comentarios le desfavorecían, hacían imperiosos e irresistibles signos para que le defendiera.
Téngase en cuenta que desde el quinto día, cuando se exhibió la miniatura, yo no había vuelto a ver la aparición en la sala del juicio.  Tres novedades se produjeron en esta situación tan pronto como entramos en el tribunal para oír el alegato de la defensa.  En primer lugar mencionaré juntos dos de ellos.  La figura permanecía continuamente en la sala y no me miraba nunca; dedicaba su atención a la persona que estaba hablando en el momento.  El asesinato se había cometido mediante el degüello de la víctima, y en el curso de la defensa se insinuó la posibilidad de que se tratase no de un crimen, sino de suicidio.  En aquel instante, la aparición, colocándose ante los mismos ojos del defensor, y situando la garganta en la horrible postura en que fuera descubierta, comenzó a accionar la tráquea, ora con la mano derecha, ora con la izquierda, como para sugerir al abogado la imposibilidad de que semejante herida pudiese ser causada por la víctima.  La segunda novedad consistió en que, habiendo comparecido como testigo de descargo una mujer respetable, que afirmó que el asesino era el mejor de los hombres, la aparición se plantó ante ella, mirándola al rostro y señaló con el brazo extendido la mala catadura del asesino.  
Pero fue la tercera de las aludidas novedades la que consiguió emocionarme con más intensidad.  No trato de teorizar sobre ello: me limito a someterlo a la consideración del lector.  Aunque la aparición no era vista por la persona a quien se dirigía, no es menos cierto que tal persona sufría invariablemente algún estremecimiento o desasosiego súbito.  Parecíame que a aquel ser le estuviera vedado, por leyes desconocidas, hacerse visible, pero por el contrario podía influir sobre sus mentes.  Así, por ejemplo, cuando el defensor expuso la hipótesis de una muerte voluntaria y la aparición se situó ante él realizando aquel lúgubre simulacro de degüello, es innegable que el defensor se alteró, perdió por unos instantes el hilo de su hábil discurso, se puso extremadamente pálido y hasta hubo de secarse la frente con un pañuelo.  Y cuando la aparición se colocó ante la respetable testigo de descargo, los ojos de ésta siguieron, sin duda alguna, la dirección indicada por el fantasma y se fijaron con evidente duda y titubeo, en el rostro del acusado.  Bastarán, para que el lector se haga cargo completo de todo, dos detalles más.  El octavo día de las sesiones, tras una pausa que hacía diariamente a primera hora de la tarde para descansar y tomar algún alimento, yo regresé a la sala con los demás jurados poco antes que los jueces.  Al instalarme en mi asiento y mirar en torno, no distinguí la aparición, hasta que, alzando los ojos hacia la tribuna, vi al espectro inclinarse por encima de una mujer de atractivo aspecto, como para asegurarse de sí los magistrados estaban ya en sus sitiales o no.  Inmediatamente, la mujer lanzó un grito, se desmayó y hubo que sacarla de la sala.  Algo análogo sucedió con el respetable y prudente juez instructor que había incoado el proceso.  Cuando la causa estuvo concluida y él comenzaba a ordenar los autos correspondientes, el hombre asesinado, entrando por la puerta de los jueces, se acercó al pupitre y por encima de su hombro miró los papeles que hojeaba el magistrado.  En el rostro del magistrado se produjo un cambio, su mano se detuvo, su cuerpo se estremeció con el peculiar temblor que yo conocía tan bien, y al fin hubo de murmurar:
- Perdónenme unos momentos, señores.  Este aire tan viciado me ha producido cierta opresión...
No se repuso hasta después de beber un vaso de agua.
A través de la monotonía de seis de aquellos interminables días, siempre los mismos jurados y jueces en el estrado, el mismo asesino en el banquillo, los mismos letrados en la barra, las mismas preguntas y respuestas elevándose hacia el techo de la sala, el mismo raspar de la pluma del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces encendidas a la misma hora cuando el día había sido relativamente claro, la misma cortina de niebla fuera de la ventana cuando había bruma, la misma lluvia batiente y goteante cuando llovía, las mismas huellas de los pies de los celadores y del acusado sobre el serrín, las mismas llaves abriendo y cerrando las mismas pesadas puertas; a través, repito, de aquella fatigosa monotonía que me llevaba a sentirme presidente de jurado desde una época remotísima, y me recordaba el episodio de Piccadilly como si se hubiera producido en tiempos contemporáneos a los de Babilonia, la figura del hombre asesinado no perdió ni un ápice de nitidez ante mis ojos.  No debo omitir tampoco el hecho de que la aparición que designo con la expresión "el hombre asesinado" no fijó ni una vez la vista en el criminal.  Yo me preguntaba repetidamente:  "¿Por qué no le mira?"  Pero no lo miró.
Tampoco me miró a mí, desde el día en que se mostró la miniatura, hasta los últimos minutos de la vista, ya conclusa del todo la causa.  Nos retiramos a estudiarla a las diez menos siete minutos de la noche.  El estúpido sacristán y sus dos amigos nos originaron tantas complicaciones, que hubimos de volver dos veces a la sala para pedir que se nos releyesen los extractos de las notas del juez instructor.  Ninguno de nosotros, y creo que nadie en la sala, tenía la menor duda sobre aquellos pasajes, pero el testarudo triunvirato, que no se proponía más que obstruir, discutía sobre ellos sólo por esta razón.  Al fin prevaleció el criterio de los demás y el jurado volvió a la sala a las doce y diez.
Esta vez el muerto permanecía de cara al jurado en el extremo opuesto de la sala.  Cuando me senté, sus ojos se fijaron en mí con gran detenimiento.  El examen pareció dejarle satisfecho, porque a continuación extendió lentamente, primero sobre su cabeza y luego sobre toda su figura, un amplio velo gris que llevaba al brazo por primera vez.
Cuando yo emití nuestro veredicto de culpabilidad, el velo se desdibujó, todo desapareció ante mis ojos, y el lugar que ocupaba el hombre asesinado quedó vacío.
El asesino, interrogado por el juez, como de costumbre, acerca de si tenía algo que alegar antes de que se pronunciase la sentencia, murmuró algunas confusas palabras que los periódicos del día siguiente calificaron de "breves frases titubeantes, incoherentes y casi ininteligibles, en las que pareció entenderse que se lamentaba de no haber sido condenado con justicia, ya que el presidente del jurado estaba predispuesto contra él".  Pero la extraordinaria declaración que el acusado hizo en realidad fue ésta:
- Señoría; me constaba que yo era hombre perdido desde que vi sentarse en su puesto al presidente del jurado.  Me constaba Señoría, que no permitiría que saliese libre, porque, antes de que me detuviesen, él, no sé cómo, penetró una noche en mi habitación, se acercó a mi cama, me despertó y me pasó una cuerda alrededor del cuello

viernes, 6 de mayo de 2011

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