.

.

search google

.

.

¡Gana Dinero con MePagan.com!

jueves, 6 de marzo de 2008

CHARLES PERRAULT -_- BARBA AZUL

CHARLES PERRAULT
BARBA AZUL (1697)

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohíbo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohíbo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la restregará con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.

MORALEJA

La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.

OTRA MORALEJA

Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.

martes, 4 de marzo de 2008

Woody Allen -/- EL CONDE "DRACULA"


Woody Allen
EL CONDE DRÁCULA




En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y
aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la
muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que
lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por
instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo
las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la
sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol,
anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y
se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto
milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca
la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya
despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres,
esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es
total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El
panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El
pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con
meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos
segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta
rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus
tentadoras víctimas.
-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la
puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa
ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido
un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al
picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo
eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo...
Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de
amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al
otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer
sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del
armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme
pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.
-¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a
salir el sol.
-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido
quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este
tugurio?
-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno,
pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.
-¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí.
Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día
precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme
durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por
qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la,
Ramona...
En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían
decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.
-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.
-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola
vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.
-¡No me digas! -exclama el alcalde.
-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del
armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto
tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.
-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.
Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre
la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de
locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente
se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las
cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer
del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!