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jueves, 13 de marzo de 2008

LA SIRENITA - SPECIAL : Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen
LA SIRENITA



En alta mar el agua es azul como los pétalos de la más hermosa centaura, y clara como
el cristal más puro; pero es tan profunda, que sería inútil echar el ancla, pues jamás
podría ésta alcanzar el fondo. Habría que poner muchos campanarios, unos encima de
otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie.
Pero no creáis que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en él crecen también
árboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que al menor movimiento del
agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y chicos,
se deslizan por entre las ramas, exactamente como hacen las aves en el aire. En el punto
de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de coral, y las
largas ventanas puntiagudas, del ámbar más transparente; y el tejado está hecho de
conchas, que se abren y cierran según la corriente del agua. Cada una de estas conchas
encierra perlas brillantísimas, la menor de las cuales honraría la corona de una reina.
Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno
de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza; por eso
llevaba doce ostras en la cola, mientras que los demás nobles sólo estaban autorizados a
llevar seis. Por lo demás, era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que
cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran seis, y todas bellísimas,
aunque la más bella era la menor; tenía la piel clara y delicada como un pétalo de rosa, y
los ojos azules como el lago más profundo; como todas sus hermanas, no tenía pies; su
cuerpo terminaba en cola de pez.
Las princesas se pasaban el día jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas
paredes crecían flores. Cuando se abrían los grandes ventanales de ámbar, los peces
entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando les abrimos
las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y
dejándose acariciar.
Frente al palacio había un gran jardín, con árboles de color rojo de fuego y azul oscuro;
sus frutos brillaban como oro, y las flores parecían llamas, por el constante movimiento de
los pecíolos y las hojas. El suelo lo formaba arena finísima, azul como la llama del azufre.
De arriba descendía un maravilloso resplandor azul; más que estar en el fondo del mar,
se tenía la impresión de estar en las capas altas de la atmósfera, con el cielo por encima
y por debajo.
Cuando no soplaba viento, se veía el sol; parecía una flor purpúrea, cuyo cáliz irradiaba
luz.
Cada princesita tenía su propio trocito en el jardín, donde cavaba y plantaba lo que le
venía en gana. Una había dado a su porción forma de ballena; otra había preferido que
tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la suya circular, como el sol, y todas
sus flores eran rojas, como él. Era una chiquilla muy especial, callada y cavilosa, y
mientras sus hermanas hacían gran fiesta con los objetos más raros procedentes de los
barcos naufragados, ella sólo jugaba con una estatua de mármol, además de las rojas
flores semejantes al sol. La estatua representaba un niño hermosísimo, esculpido en un
mármol muy blanco y nítido; las olas la habían arrojado al fondo del océano. La princesa
plantó junto a la estatua un sauce llorón color de rosa; el árbol creció espléndidamente, y
sus ramas colgaban sobre el niño de mármol, proyectando en el arenoso fondo azul su
sombra violeta, que se movía a compás de aquéllas; parecía como si las ramas y las
raíces jugasen unas con otras y se besasen.
Lo que más encantaba a la princesa era oír hablar del mundo de los hombres, de allá
arriba; la abuela tenía que contarle todo cuanto sabía de barcos y ciudades, de hombres
y animales. Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores tuvieran olor, pues las
del fondo del mar no olían a nada; y la sorprendía también que los bosques fuesen
verdes, y que los peces que se movían entre los árboles cantasen tan melodiosamente.
Se refería a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las niñas pudieran
entenderla, pues no habían visto nunca aves.
- Cuando cumpláis quince años -dijo la abuela- se os dará permiso para salir de las
aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos que pasan; entonces
veréis también bosques y ciudades.
Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumplió los quince años; todas se llevaban un
año de diferencia, por lo que la menor debía aguardar todavía cinco, hasta poder salir del
fondo del mar y ver cómo son las cosas en nuestro mundo. Pero la mayor prometió a las
demás que al primer día les contaría lo que viera y lo que le hubiera parecido más
hermoso; pues por más cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que
ellas estaban curiosas por saber.
Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente porque
debía esperar aún tanto tiempo y porque era tan callada y retraída. Se pasaba muchas
noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a través de
las aguas azuloscuro, cómo los peces correteaban agitando las aletas y la cola.
Alcanzaba también a ver la luna y las estrellas, que a través del agua parecían muy
pálidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros. Cuando una nube negra
las tapaba, la princesa sabía que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un
barco con muchos hombres a bordo, los cuales jamás hubieran pensado en que allá
abajo había una joven y encantadora sirena que extendía las blancas manos hacia la
quilla del navío.
Llegó, pues, el día en que la mayor de las princesas cumplió quince años, y se remontó
hacia la superficie del mar.
A su regreso traía mil cosas que contar, pero lo más hermoso de todo, dijo, había sido el
tiempo que había pasado bajo la luz de la luna, en un banco de arena, con el mar en
calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban
como millares de estrellas, y oyendo la música, el ruido y los rumores de los carruajes y
las personas; también le había gustado ver los campanarios y torres y escuchar el tañido
de las campanas.
¡Ah, con cuánta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, salió a
la ventana a mirar a través de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran
ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parecía oír el son de las campanas, que llegaba
hasta el fondo del mar.
Al año siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas
direcciones. Emergió en el momento preciso en que el sol se ponía, y aquel espectáculo
le pareció el más sublime de todos. De un extremo el otro, el sol era como de oro -dijo-, y
las nubes, ¡oh, las nubes, quién sería capaz de describir su belleza! Habían pasado
encima de ella, rojas y moradas, pero con mayor rapidez volaba aún, semejante a un
largo velo blanco, una bandada de cisnes salvajes; volaban en dirección al sol; pero el
astro se ocultó, y en un momento desapareció el tinte rosado del mar y de las nubes.
Al cabo de otro año tocóle el turno a la hermana tercera, la más audaz de todas; por eso
remontó un río que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de
pámpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magníficos bosques; oyó el canto
de los pájaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias
veces para refrescarse el rostro ardiente. En una pequeña bahía se encontró con una
multitud de chiquillos que corrían desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con
ellos, pero los pequeños huyeron asustados, y entonces se le acercó un animalito negro,
un perro; jamás había visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa
tuvo miedo y corrió a refugiarse en alta mar. Nunca olvidaría aquellos soberbios bosques,
las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que podían nadar a pesar de no tener cola de
pez.
La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movió del alta mar, y dijo que éste
era el lugar más hermoso; desde él se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo
semejaba una campana de cristal. Había visto barcos, pero a gran distancia; parecían
gaviotas; los graciosos delfines habían estado haciendo piruetas, y enormes ballenas la
habían cortejado proyectando agua por las narices como centenares de surtidores.
Al otro año tocó el turno a la quinta hermana; su cumpleaños caía justamente en invierno;
por eso vio lo que las demás no habían visto la primera vez. El mar aparecía
intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y,
sin embargo, mucho mayores que los campanarios que construían los hombres.
Adoptaban las formas más caprichosas y brillaban como diamantes. Ella se había
sentado en la cúspide del más voluminoso, y todos los veleros se desviaban aterrorizados
del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del viento; pero
hacia el atardecer el cielo se había cubierto de nubes, y habían estallado relámpagos y
truenos, mientras el mar, ahora negro, levantaba los enormes bloques de hielo que
brillaban a la roja luz de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas, y las
tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella habla seguido sentada
tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el
mar reluciente.
La primera vez que una de las hermanas salió a la superficie del agua, todas las demás
quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que había visto; pero una vez
tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pasó a ser
indiferente para ellas. Sentían la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que
sus parajes submarinos eran los más hermosos de todos, y que se sentían muy bien en
casa.
Algún que otro atardecer, las cinco hermanas se cogían de la mano y subían juntas a la
superficie. Tenían bellísimas voces, mucho más bellas que cualquier humano y cuando
se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corrían peligro de
naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar,
animándolos a no temerlo; pero los hombres no comprendían sus palabras, y creían que
eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del
fondo, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del
mar sólo llegaban cadáveres.
Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, subían a la superficie del
océano, la menor se quedaba abajo sola, mirándolas con ganas de llorar; pero una sirena
no tiene lágrimas, y por eso es mayor su sufrimiento.
- Ay si tuviera quince años! -decía -. Sé que me gustará el mundo de allá arriba, y amaré
a los hombres que lo habitan.
Y como todo llega en este mundo, al fin cumplió los quince años. - Bien, ya eres mayor -le
dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviaré como a tus hermanas-. Y le
puso en el cabello una corona de lirios blancos; pero cada pétalo era la mitad de una
perla, y la anciana mandó adherir ocho grandes ostras a la cola de la princesa como
distintivo de su alto rango.
- ¡Duele! -exclamaba la doncella.
- Hay que sufrir para ser hermosa -contestó la anciana.
La doncella de muy buena gana se habría sacudido todas aquellos adornos y la pesada
diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jardín; pero no se atrevió a
introducir novedades. - ¡Adiós! - dijo, elevándose, ligera y diáfana a través del agua, como
una burbuja.
El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asomó la cabeza a la superficie; pero las
nubes relucían aún como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba la estrella vespertina,
tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Había a
poca distancia un gran barco de tres palos; una sola vela estaba izada, pues no se movía
ni la más leve brisa, y en cubierta se veían los marineros por entre las jarcias y sobre las
pértigas. Había música y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de
colores; parecía como si ondeasen al aire las banderas de todos los países. La joven
sirena se acercó nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la
levantaba, podía echar una mirada a través de los cristales, límpidos como espejos, y
veía muchos hombres magníficamente ataviados. El más hermoso, empero, era el joven
príncipe, de grandes ojos negros. Seguramente no tendría mas allá de dieciséis años;
aquel día era su cumpleaños, y por eso se celebraba la fiesta. Los marineros bailaban en
cubierta, y cuando salió el príncipe se dispararon más de cien cohetes, que brillaron en el
aire, iluminándolo como la luz de día, por lo cual la sirena, asustada, se apresuró a
sumergirse unos momentos; cuando volvió a asomar a flor de agua, le pareció como si
todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales.
Grandes soles zumbaban en derredor, magníficos peces de fuego surcaban el aire azul,
reflejándose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad, que podía
distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. ¡Ay, qué guapo era el joven príncipe!
Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la música sonaba en la noche.
Pasaba el tiempo, y la pequeña sirena no podía apartar los ojos del navío ni del apuesto
príncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron
también los cañonazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos. Ella
seguía meciéndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes
a cada vaivén de las olas. Luego el barco aceleró su marcha, izaron todas las velas, una
tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en
la lejanía zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los
marinos hubieron de arriar nuevamente las velas. El buque se balanceaba en el mar
enfurecido, las olas se alzaban como enormes montañas negras que amenazaban
estrellarse contra los mástiles; pero el barco seguía flotando como un cisne, hundiéndose
en los abismos y levantándose hacia el cielo alternativamente, juguete de las aguas
enfurecidas. A la joven sirena le parecía aquello un delicioso paseo, pero los marineros
pensaban muy de otro modo. El barco crujía y crepitaba, las gruesas planchas se torcían
a los embates del mar. El palo mayor se partió como si fuera una caña, y el barco
empezó a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en él por varios
puntos. Sólo entonces comprendió la sirena el peligro que corrían aquellos hombres; ella
misma tenía que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos flotantes. Unas veces
la oscuridad era tan completa, que la sirena no podía distinguir nada en absoluto; otras
veces los relámpagos daban una luz vivísima, permitiéndole reconocer a los hombres del
barco. Buscaba especialmente al príncipe, y, al partirse el navío, lo vio hundirse en las
profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegría, pues ahora iba a tenerlo en
sus dominios; pero luego recordó que los humanos no pueden vivir en el agua, y que el
hermoso joven llegaría muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese;
por eso echó ella a nadar por entre los maderos y las planchas que flotaban esparcidas
por la superficie, sin parar mientes en que podían aplastarla. Hundiéndose en el agua y
elevándose nuevamente, llegó al fin al lugar donde se encontraba el príncipe, el cual se
hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumecérsele,
sus bellos ojos se cerraban, y habría sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual
sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.