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martes, 2 de septiembre de 2008

EL FLAUTISTA DE HAMELIN -- ROBERT BROWNING

E L F L A U T I S T A D E
H A M E L I N
R O B E R T B R O W N I N G

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E L F L A U T I S T A D E H A M E L I N
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Robert Browning
El flautista de Hamelin
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El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca
de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y
anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio
un lugar tan placentero pero, para la época en que
comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-,
los pobladores soportaban una horrible peste.
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¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los
gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían
los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo
cucharón del cocinero; abrían los toneles de
sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de
paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas
de las mujeres, ahogando las voces con chillidos es-
tridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos
y bemoles.
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Finalmente la gente acudió en manifestación a la
alcaldía.
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-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas
-gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar
que gastamos en trajes de armiño para unos bobos
que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso
esperan ampararse en sus pieles de magistrados,
sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores.
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Exprímanse los cerebros para encontrar una solución,
o no les quepa duda de que los vamos a echar.
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Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron
a temblar, muy preocupados.
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Estuvieron reunidos en consejo durante una hora
y por fin el alcalde rompió el silencio.
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-Remato mi investidura al mejor postor. Querría
estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se
exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto
rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena
trampa!
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Mientras decía esto tocaron suavemente a la
puerta del recinto
-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?
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(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño
pero asombrosamente gordo. Su mirada no era
más lúcida ni más húmeda que la de una ostra
muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco
de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por
un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)
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-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo?
-preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que
me recuerde el de las ratas y el corazón me da un
vuelco.
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-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció
que había crecido.
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Entonces hizo su entrada el tipo más raro que
pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que
lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad
rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos
azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres,
cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en
las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas
sonrisas en tos labios.
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Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y
todos contemplaban absortos al hombre altísimo y
su extraño atavío.
Uno dijo:
-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la
tumba al oír las trompetas del día del Juicio.
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El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones
y dijo:
-Con su permiso, honorables. Por obra de un
poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me
sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran,
las que nadan, las que vuelan y las que corren.
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Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales
al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y
las víboras. La gente me llama el Flautista.
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Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello
tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego
con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta.
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También notaron que los dedos se le escapaban,
como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que
se bamboleaba sobre el anticuado traje.
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-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en
junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas
nubes de mosquitos y en Asia le quité de
encima a Nizam una ola monstruosa de murciélagos
vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes
¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las
ratas?
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-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos
el alcalde y la Corporación.
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Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente,
como si supiese qué magia dormía en su
flauta, y, como un músico experto, frunció los labios
para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos
azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre
la llama de una vela. Y antes de que la flauta
hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que
recordaba un ejército en marcha. El murmullo se
convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas
comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.
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Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas
robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras,
ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas,
ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías,
primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y
docenas de familias, hermanos, hermanas. esposas y
esposos, todas detrás del Flautista.
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El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían
bailoteando, hasta que llegaron a orillas del
Weser, donde todas se zambulleron y murieron.
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Todas salvo una, intrépida como Julio César,
que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus
Comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como
el conquistador romano de preservar el manuscrito.
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Su historia decía así:
"En cuanto sonaron las primeras notas agudas
en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que
colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en
la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos,
que dejaban entreabiertos armarios con
conservas y que quitaban los corchos a los frascos
de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles
de manteca. Era como si una voz (más dulce que el
arpa o el salterio) gritase: "¡Alégrense, ratas! El mundo
se convirtió en una enorme despensa. Así que
masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden
y cenen." Y cuando me pareció ver un gran barril de
azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos
centímetros de mis narices, como diciéndome: "Ven
a perforarme", me encontré revolcándome en el
Weser".
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Tendrían que haber escuchado a los pobladores
de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar
los campanarios.
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-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos
y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡Con-
sulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros
de las ratas en el pueblo!
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De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado
y se oyó:
-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!
¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también,
los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo
hacían estragos con las reservas de Clarete, de
Mosela, de Vinde-Grave y de vino del Rin, y la mitad
de ese dinero bastaría para volver a llenar con
vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a
pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo
y rojo, como un gitano?
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-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-
, fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios
ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto
no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos
gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco
algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que
dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que
tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que
debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese
con cincuenta.
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El Flautista cambió de cara y gritó:
-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado.
_
Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena:
tengo que probar la primicia de un guiso del
cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está
agradecido de que haya exterminado los escorpiones
de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a
ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en
cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para
la gente que me pone furioso.
_
-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que
puedo permitir que me trate peor que a un cocinero?
¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista
vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una
amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta
reventar.
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El Flautista salió una vez más a la calle y una vez
más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y
recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de
esas notas dulces y suaves como no había emitido
hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó
un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres
que se empujaban y se atropellaban, piecitos que
pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que
aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las
aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron
corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas
de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes
y dientes de perlas, tropezándose y brincando
corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y
carcajadas.
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El alcalde se quedó mudo y los consejeros se
quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un
paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando
alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa
multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué
angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones
de los consejeros cuando el Flautista se desvió
de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que
les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!
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Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en
lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste
y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los
chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron
aliviados.
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-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que
dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.
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Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña,
se abrió de par en par un portal maravilloso, como si
de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista
avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían
entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de
golpe.
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¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era rengo
y no había podido bailotear como los otros.
Cuando, muchos años después, le reprochaban su
tristeza, solía decir: "Es muy sombrío el pueblo desde
que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar
que estoy privado de contemplar todos esos
maravillosos espectáculos que también a mí me
prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una
tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo,
allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles
frutales y las flores desplegaban matices más hermosos
y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones
eran más brillantes que los pavos reales y los perros
más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido
sus aguijones y los caballos nacían con alas de
águila. Y justo cuando me sentí seguro de que en ese
lugar iba a curarme de mi renguera, la música se detuvo
y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de
la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado
a seguir rengueando en este mundo y a no volver a
oír nunca más hablar del hermoso país".
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¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino
a la mente eso de que es más fácil que un camello
pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el
cielo.
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El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro
puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde
quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata
que pidiera si regresaba como se había ido y traía
con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era
en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban
a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron
un decreto por el cual los abogados debían
fechar sus documentos según esta fórmula: "A tantos
años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27
de julio de 1366". Y para no olvidarse jamás de la
calle por donde habían desaparecido los niños la
llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase
por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar
seguro de que no volvería a encontrar trabajo en
Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería
ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una
calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había
abierto la caverna levantaron una columna y en ella
escribieron esta historia y también la pintaron en el
gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase
de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy
están allí esos recuerdos.
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Me olvidaba de mencionar que en Transilvania
hay una tribu de gente muy especial que asegura que
las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la
atención de sus vecinos, son una herencia de sus
antepasados, surgidos de una prisión subterránea en
la que se los había sepultado hacía largo tiempo después
de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin,
en el condado de Brunswick, sin que supieran
decir cómo o por qué.

Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con
todos los hombres... ¡sobre todo con los flautistas! Y
sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de
ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles
lo que hayamos convenido.

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