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viernes, 23 de octubre de 2009

DE LOS APENINOS A LOS ANDES



De los Apeninos a los Andes

Edmundo De Amicis
(Extracto de “Corazón”)


Hace muchos años, un chico genovés de trece años, hijo de un obrero, marchó solo desde Génova a América en busca de su madre, que dos años antes había ido a Buenos Aires, capital de la república Argentina, para ponerse a servir en alguna casa de gente rica y ayudar, de este modo, a salir de apuros a su familia, que, por diversas causas, había caído en la pobreza y contraído bastan­tes deudas.
No son pocas las mujeres intrépidas que realizan un viaje tan largo con ese mismo fin, y que, gracias a la buena remuneración que tienen allá los servicios domésticos, regresan a la patria al cabo de unos años con unos miles de liras. La pobre mujer había llorado mucho al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y llena de esperanza.
La travesía se efectuó con toda normalidad, y al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía tiempo, encontró colocación en casa de una familia argentina acomodada, que le pagaba mucho y la trataba bien.
Durante algún tiempo mantuvo una correspondencia regular con los suyos. Según lo tenían acordado, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer, y ésta le daba las suyas para que las enviase a Génova, escribiendo siempre algo de su parte.
Como ganaba ochenta liras al mes y no tenía gastos, cada tres meses podían enviar a su marido una cantidad considerable, con la que el hombre iba pagando las deudas más urgentes y mante­niendo de ese modo su buena reputación de persona honrada.
Entretanto trabajaba y estaba contento de sus cosas, porque tenía la esperanza de que la mujer regresaría pronto, ya que la casa, sin ella, parecía estar vacía, y el hijo menor, de manera especial, que quería muchísimo a su madre, no podía resignarse a tan prolongada ausencia.
Pero, transcurrido un año desde su partida, después de una carta de pocas líneas, en la que decía que no se encontraba bien de salud, no habían vuelto a recibir ninguna otra. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. También escribieron a la familia argentina a la que prestaba sus servicios, pero, no ha­biendo llegado a su destinatario, tal vez por no haber puesto bien la dirección, tampoco obtuvieron respuesta. Temiendo alguna desgracia, escribieron al Consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese las oportunas averiguaciones; mas al cabo de tres meses les contestó el Cónsul que, a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado a dar alguna noticia de su paradero.
Y no podía ser de otro modo, aparte otras razones, porque la mujer, con el fin de salvar el honor de los suyos, que a ella le parecía mancharlo haciéndose criada, no había dado a la familia argentina su verdadero nombre.
Pasaron otros meses sin ninguna noticia. El padre y los hijos estaban consternados; el más pequeño, sobre todo, no podía librarse de su desconsolada tristeza. ¿Qué hacer en tales circunstancias? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue empren­der el viaje e ir a América en busca de su mujer. Pero, ¿cómo abandonar el trabajo? ¿Quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía ausentarse el hijo mayor, que por entonces empezaba a ganar algo y era imprescindible para la familia. Con esta inquietud vivían, repitiéndose todos los días las mismas dolorosas considera­ciones y mirándose entre sí silenciosos, cuando una noche, dijo Marco, el hijo menor, con gran resolución:
-Yo iré a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza, entristecido, y no respondió. Era algo loable, pero imposible de realizar. ¿Cómo iba a ir solo a América un chico de trece años, si hacía falta un mes para llegar? Pero el muchacho insistió en su idea aquel día y en los sucesivos, sin ninguna vacilación y razonando como un hombre.
--Otros han ido -decía- y aun menores que yo. Una vez en el barco, llegaré allá como cualquier otro, y cuando esté en Buenos Aires no tengo más que buscar el comercio del tío. Hay tantos italianos por aquellas tierras, que alguno me dirá por dónde he de ir. Una vez que encuentre al tío, encontraré a mamá, y si no la encuentro, acudiré al Cónsul y buscaré a la familia argentina. Ocurra o que ocurra, allí hay trabajo para todos, y alguno encontraré para ganar lo suficiente con que pagar el pasaje de vuelta.
De esta forma, poco a poco casi logró convencer a su padre. Este lo apreciaba, sabía que era un chico juicioso y valiente, acostumbrado a las privaciones y a los sacrificios, cualidades que darían doble fuerza a su corazón para llevar a buen fin el propósito de encontrar a su madre, a la que adoraba.
A esto se añadía que un capitán de barco, amigo de un conocido de la familia, que había oído hablar del asunto, accedió a que el chico fuese sin pagar hasta Buenos Aires como pasajero de tercera clase. Entonces, después de alguna vacilación, el padre dio su consentimiento y quedó decidido el viaje.
Llenaron una bolsa de ropa, le entregaron algún dinero, le dieron la dirección de la tienda del pariente y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.
-Hijo mío -le dijo el padre al darle el último beso con los ojos humedecidos, en la escalerilla del trasatlántico que estaba para partir-, sé animoso. Vas con un santo propósito y Dios te ayudará.
¡Pobre Marco! Era esforzado y estaba preparado para la más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre el gran buque abarrotado de campesinos emigrantes, sin ningún cono­cido a bordo, con la bolsa, que contenía toda su fortuna, le sobrevino un repentino desaliento. Durante dos días permaneció acurrucado en la proa, como un perrito, sin casi probar bocado, con muchas ganas de llorar. Por su mente pasaban toda clase de pensamientos, pero el más triste y terrible era el que más le atormentaba: la posibilidad de que su madre hubiese muerto. En sus sueños, interrumpidos y penosos, siempre veía la cara de un desconocido que le miraba con aire compasivo y le decía al oído: «Tu madre ha muerto.» Entonces se despertaba ahogando un grito. Sin embargo, pasado el estrecho de Gibraltar, a la vista del Océano Atlántico, recobró algo de ánimo y de esperanza. Pero fue un corto alivio. El inmenso mar, siempre igual; el calor progre­sivo; la melancolía de toda la pobre gente que le rodeaba y la sensación de la propia soledad, volvieron a deprimirlo. Los días, que se sucedían con exasperante monotonía, se le confundían en la memoria, como les sucede a los enfermos. Parecíale que ya llevaba un año en el mar. Todas las mañanas, al despertarse, experimentaba una nueva extrañeza por encontrarse solo en me­dio de aquella inmensidad de agua, camino de América. Los magníficos peces voladores que a veces caían en el barco, las maravillosas puestas de sol de los trópicos, las enormes nubes de fuego y sangre y las fosforescencias nocturnas, que dan a todo el océano el aspecto de un mar de hirviente lava, no le parecían cosas reales, sino prodigios vistos en el sueño.
Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y caía, en medio de un coro espantoso de quejidos y de imprecacio­nes, creyendo que había llegado su última hora.
Pasaron otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinito aburrimiento, horas interminables y sinies­tras, durante las cuales los pasajeros, deprimidos, tendidos e inmóviles sobre las tablas, parecían estar muertos.
El viaje se hacía interminable: mar y cielo, cielo y mar, hoy como ayer y mañana como hoy, siempre, eternamente. El mucha­cho pasaba largas horas apoyado en la borda mirando el mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que se le cerraban los ojos y se le caía la cabeza muerto de sueño. Entonces volvía a ver la cara desconocida que le miraba con aire compasivo y le repetía al oído: «Tu madre ha muerto.» Aquella voz le despertaba sobresaltado, para empezar de nuevo a soñar con los ojos abiertos y a contemplar el inalterable horizonte.
Veintisiete días duró la travesía; pero los últimos fueron los mejores. El tiempo era magnífico y el aire fresco. El muchacho había entablado relaciones con un hombre lombardo que iba a América para reunirse con un hijo suyo, agricultor de Rosario. Le había referido todo lo de su casa y el buen viejo le repetía a cada instante, dándole palmaditas en el cuello: «Animo, galopín, tú encontrarás a tu madre sana y contenta. » Su compañía le alentaba y sus presentimientos, de tristes, se habían vuelto alegres.
Sentado en la proa, junto al viejo campesino que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en el que se destacaba la nunca vista constelación de la Cruz del Sur, en medio de grupos de emigrantes, que cantaban, se representaba mil veces en la imagi­nación el momento de llegar a Buenos Aires, y que luego, en cierta calle, encontraba la tienda del pariente, a quien pregunta­ría: «¿Cómo se encuentra mi madre? ¿Dónde está? ¿Quiere acom­pañarme en seguida?», a lo que le respondería el otro: «Se encuen­tra perfectamente. Vente conmigo.» Irían los dos muy deprisa, se detendrían ante una puerta, subirían una escalera, llamarían y... Aquí se detenía su mudo soliloquio y su imaginación se perdía en un sentimiento de indecible ternura, que le hacía sacarse a escon­didas una medallita que llevaba al cuello, besarla y murmurar sus oraciones.
Llegaron a los veintisiete días de haber zarpado de Génova. Cuando el buque echó anclas cerca de la orilla del inmenso río de la Plata en la que se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital de la república Argentina, eran las primeras horas de una hermosa mañana del mes de mayo, aunque bastante fría, puesto que por aquellas latitudes corresponde dicho mes a nuestro no­viembre. El cielo despejado, parecióle de buen augurio. El mu­chacho estaba fuera de sí por la alegría y la impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él y la volvería a ver unas horas después!
¡Se encontraba en América, en el Nuevo Mundo, y había tenido el atrevimiento de ir solo! Todo el larguísimo viaje se le figuraba que había pasado en poco tiempo, como si soñando hubiese volado y se despertara en aquel instante. Se sentía tan dichoso que casi no se inmutó ni afligió cuando, hurgando en sus bolsillos, solamente encontró una de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían quitado la mitad y solamente le quedaban unas cuantas liras. Pero, ¿qué le importaba si ya estaba tan cerca de su madre?
Con su bolsa en la mano, bajó juntamente con otros muchos pasajeros a un vaporcito que les llevó a poca distancia de la orilla saltando luego a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, y desembarcó en el muelle. Se despidió de su viejo amigo lombardo y se encaminó hacia la ciudad.
Se detuvo al llegar a la primera bocacalle y preguntó al primer hombre que vio pasar la dirección que debía seguir para ir a la calle de Las Artes. Dio la casualidad que aquel hombre era un obrero italiano, que le miró con curiosidad y le preguntó si sabía leer. El chico contestó que sí, y entonces le dijo el obrero:
-Pues bien, sigue todo derecho por ahí sin dejar de leer en todas las esquinas los nombres de las calles, y encontrarás la que buscas.
El muchacho le dio las gracias y marchó por la calle que el compatriota le había indicado.
Era una calle recta, interminable pero bastante estrecha, con casas bajas y blancas, parecidas a casitas de campo, llena de gente y de carruajes de todos los tamaños, que producían un ruido ensordecedor. Por una y otra parte se veían grandes banderas de los más diversos colores que tenían escrito en letras grandes el horario de salida de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, mirando a derecha e izquierda, veía otras calles tiradas a cordel, tan largas que los extremos parecía que iban a tocarse, también de casas bajas y blancas, llenas de gente y de vehículos, situadas en el mismo plano de la ilimitada llanura americana, semejante al mar, cuyo horizonte es un círculo cerrado.
La ciudad le parecía infinita, y que podría andar por ella días y semanas enteras viendo por doquier calles como aquéllas, figurán­dosele que toda América era una inmensa ciudad.
Se fijaba con atención en los nombres de las calles, nombres raros para él, que los leía con no pequeña dificultad. A cada nueva calle, le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba. Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio de pronto una cerca de él, y se le alborotó la sangre; se aproximó más y vio con gran desilusión que era una negra.
Seguía andando, acelerando el paso. Llegó a una glorieta, leyó y quedó como clavado en la acera. ¡Allí estaba la calle de Las Artes! Vio el número 117: la tienda del pariente se hallaba en el 175. Apresuró todavía más el paso; casi corría. Tuvo que dete­nerse en el número 171 para tomar aliento, y dijo entre sí: «¡Ay, madre mía! ¿Es verdad que voy a verte dentro de un instante?»
Corrió hacia adelante y llegó a una pequeña tienda de merce­ría. ¡Aquélla era! Se asomó y vio a una mujer de cabellos grises y con gafas.
-¿Qué quieres, pibe? -le preguntó en español.
-¿No es ésta -dijo el muchacho, esforzándose para que le saliese la voz- la tienda de Francesco Merelli?
Francesco Merelli é monto -le respondió la mujer en ita­liano.
Marco recibió la impresión de un tiro en el pecho. -¿Y cuándo murió?
-Oh, hace tiempo, unos dos meses -respondió la señora-. Le fue mal el negocio y se marchó. Dicen que se fue a Bahía Blanca, lejos de aquí, y que murió poco después. Esta tienda es mía.
El chiquillo palideció.
Luego dijo precipitadamente:,
-Merelli conocía a mi madre, que estaba aquí sirviendo a la familia Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. Yo he venido aquí desde mi tierra en busca de mi madre, ¿sabe usted? Merelli le mandaba las cartas. ¡Tengo que encontrar a mi madre!
-Yo no sé nada, hijo mío -le respondió la mujer-. Puedo preguntar al chico de la portera. El conocía al muchacho que le hacía los recados a Merelli. Tal vez pueda decirte algo.
Acto seguido llamó al muchacho por el fondo de la tienda, y él se presentó al instante.
-Dime -le preguntó la dueña-, ¿recuerdas si el dependiente de Merelli iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de sirvienta en casa de unos señores de acá?
-En casa del señor Mequínez -respondió el chico- sí, señora. Algunas veces. Al final de la calle de Las Artes.
-¡Gracias, gracias, señora! -gritó Marco-. Dígame el nú­mero, por favor... ¿No lo sabe? ¡Haga que me acompañen! Acom­páñame tú mismo, chico. Aún me queda un poco de dinero en el bolsillo.
Lo pidió de tal manera, que el chico aquel, sin esperar ninguna indicación de la tendera, le dijo:
-Vamos -y fue el primero en salir de prisa.
Casi corriendo, sin decirse palabra alguna, fueron hasta el final de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron ante una hermosa cancela de hierro, por entre la cual se veía un patio repleto de macetas con flores. Marco dio un tirón a la campanilla.
Apareció una señorita.
-Aquí vive la familia Mequínez, ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.
-Stava -le respondió la señorita, pronunciando el italiano con acento español-. Ora siamo noi, Zeballos.
-Y ¿a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marco, sumamente preocupado.
-Se fueron a Córdoba.
-¡Córdoba! -exclamó Marco-. ¿Y dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre; la criada era mi madre. ¿Se la llevaron consigo?
La señorita le miró y dijo:
-No lo sé. Tal vez lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espera un momento.
Se fue y volvió al poco con su padre, un señor alto de barba gris, que miró unos instantes al simpático chiquillo, con aspecto de pequeño marinero genovés, el pelo rubio y la nariz aguileña; en mal italiano le preguntó:
-¿Tu madre es genovesa?
Marco respondió afirmativamente.
-Pues mira, la criada genovesa se marchó con ellos. Estoy seguro.
-¿A dónde?
-A Córdoba, que es una ciudad.
El chico dio un suspiro y luego dijo con resignación:
-Bueno, no tengo más remedio que ir a Córdoba.
-¡Pobre pibe! -exclamó el señor, mirándole con cierta compasión-. ¡Pobre criatura! Córdoba dista de aquí cientos de kiló­metros.
Marco palideció como un muerto y, para no caerse, se apoyó con una mano en la cancela.
-Veamos, veamos -dijo entonces el señor Ceballos, movido a compasión y abriendo la puerta-. Entra un momento, y vere­mos si se puede hacer algo.
Se sentó, ofreció asiento a Marco, y dijo a éste que le contara su historia. Le miró con atención y se quedó un poco pensativo. Luego dijo con resolución:
-Tú no tienes plata, ¿no es así?
-Algo me queda todavía..., pero poca -respondióle el mu­chacho.
El argentino estuvo pensativo otros cinco minutos. Después se sentó a la mesa, escribió una carta, la cerró y, entregándosela al chico, le dijo:
-Oye italianito. Vas a ir con esta carta a Boca, un poblado donde la mitad por lo menos son genoveses y que se encuentra a dos horas de camino. Todos sabrán decirte por dónde has de ir. Una vez allí, buscas al señor al que va dirigido el sobre, persona muy conocida; le entregas la carta, y él te facilitará el medio de salir mañana mismo con dirección a Rosario. No dejará de reco­mendarte a alguien de allá, que tal vez te proporcione la manera de proseguir hasta Córdoba, donde hallarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunas monedas-. Anda, y no te desanimes. En este país hay muchos compatriotas tuyos, que no te abandonarán. Ya lo verás. No te desanimes por nada. ¡Adiós!
El muchacho le dio las gracias y, sin más, salió con su bolsa al hombro, tomando con paso tranquilo el camino hacia Boca a través de la grande y ruidosa ciudad, lleno de tristeza y de asombro.
Todo lo que sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente se le quedó grabado en la memoria de manera confusa e incierta como fantasmagoría de un calenturiento, por lo cansado, perturbado y deprimido que se hallaba.
Al día siguiente, hacia el oscurecer, después de haber dormido la noche anterior en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del puerto, y tras haber pasado casi todo el día sentado en un montón de madera, como adormilado, frente a millares de gabarras y de vaporcitos, se hallaba en la popa de una barcaza a vela, cargada de fruta, que salía para la ciudad de Rosario, conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuya voz y el querido dialecto que hablaban dio no poco alivio a su contristado corazón.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo de continua admiración para el pequeño viajero. Tres días y cuatro noches sobre la superficie del maravilloso río Panamá, respecto al cual, nuestro río Po no es más que un arroyuelo y la longitud de nuestra península cuadruplicada no alcanza la de su curso.
La barcaza marchaba lentamente en contra de la corriente de aquella masa inconmensurable de agua. Pasaba entre largas islas, en otro tiempo nidos de serpientes y guaridas de tigres, cubiertas de sauces y otros diversos árboles frondosos, que daban la impre­sión de bosques flotantes; otras veces se deslizaba por vastas extensiones de agua parecidas a grandes lagos tranquilos; después, nuevamente entre islas, por intrincados canales de un archipié­lago, en medio de exuberantes vegetaciones. Reinaba un silencio sepulcral. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y amplísimas, evocaban la imagen de un río desconocido que la pobre embarcación a vela fuese la primera del mundo en surcar. Cuanto más se avanzaba, tanto más le descorazonaba el inmenso río. Se le figuraba que su madre se hallaba en sus fuentes y que la navegación iba a durar años enteros.
Dos veces al día tomaba un poco de pan y carne salada con los barqueros que, viéndole tan triste, nunca le dirigían la palabra. Por la noche dormía sobre cubierta y se despertaba a intervalos, sobresaltado, admirando la claridad de la luna que blanqueaba la inmensa superficie acuosa y las lejanas orillas, oprimiéndosele entonces el corazón. «¡Córdoba! ¡Córdoba!», repetía este nombre como el de una de las misteriosas ciudades de las que había oído hablar en las leyendas. Pero luego pensaba: «Mi madre ha pasado por aquí, ha visto estas islas y estas orillas», y entonces ya no le parecían tan extraños y solitarios aquellos lugares en los que se había detenido la mirada de su adorada madre.
Por la noche cantaba algún barquero, y su voz le recordaba las canciones de su mamá para dormirle cuando era pequeñito. La última noche empezó a llorar al oír cantar. El barquero interrum­pió el canto y en seguida le dijo:
-¡No te aflijas, chiquito! ¡Qué diablos! ¡Un genovés no debe llorar jamás por estar lejos de su casa! Los genoveses dan la vuelta al mundo tan campantes como orgullosos.
Ante tales palabras, se turbó. Percibió la voz de la sangre genovesa y levantó la frente con altivez, dando un puñetazo sobre las tablas. «¡Está bien! -dijo entre sí-; aunque tenga que dar la vuelta al mundo, viajar años y años y recorrer a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta encontrar a mi madre. ¡Aunque llegue moribundo y caiga muerto a sus pies, con tal de verla una sola vez! ¡Valor, Marco!»
En este estado de ánimo llegó al despuntar de una rosada y fría mañana frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, sobre una pequeña altura, reflejándose en las aguas los mástiles y banderas de cien barcos de todos los países.
Poco después de desembarcar, subió a la ciudad con su bolsa en la mano en busca del señor argentino para el que su protector de Boca le había entregado una carta con algunas palabras de recomendación.
Al entrar en Rosario, parecíale hallarse en una ciudad cono­cida. Ante su vista se ofrecían de nuevo calles interminables, tiradas a cordel, de casas bajas y blancas, cruzadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por una maraña de hilos de la luz, telegráficos y telefónicos, semejantes a enormes telarañas, y un gran tropel de gente, de caballerías y de vehículos. La cabeza se le iba, y creía hallarse de nuevo en Buenos Aires, teniendo que buscar otra vez al primo de su padre. Anduvo cerca de una hora, dando vueltas y revueltas, pareciéndole que siempre se encon­traba en la misma calle. A fuerza de preguntas encontró la casa de su nuevo protector. Llamó y se asomó a la puerta un hombre gordo rubio, áspero, con aire de administrador, que le preguntó descortésmente, con pronunciación extranjera:
-¿Qué se te ofrece?
Marco dijo el nombre del patrón al que buscaba.
-El patrón -le contestó el administrador- se fue ayer para Buenos Aires con toda la familia.
El muchacho se quedó paralizado.
Después balbuceó:
-Pero yo... no tengo aquí a nadie. ¡Estoy solo! -y le presentó la carta.
El hombre la tomó, la leyó y dijo con visible malhumor:
-No sé qué hacer. Ya se la daré dentro de un mes, cuando regrese.
-¡Pero yo estoy solo y necesito ayuda! -exclamó Marco en tono suplicante.
-Y a mí, ¿qué me importa? Demasiados pordioseros de tu tierra hay ya en Rosario. Vete a mendigar a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices.
El chico se quedó petrificado.
Luego tomó con desaliento su bolsa y se marchó angustiado, con la cabeza aturdida, asaltado por un cúmulo de tristes pensamientos. ¿Qué hacer? ¿A dónde dirigirse? De Rosario a Córdoba había un día de viaje en ferrocarril, y llevaba consigo muy poco dinero. Calculando lo que necesitaba gastar aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde podía encontrar dinero para pagar el billete? Podía trabajar, pero ¿en qué? ¿Y a quién recurrir? ¿Pediría limosna? ¡Ah, eso no! No quería que lo despachasen como a un perro sarnoso, que lo insultaran y lo humillaran como poco antes. ¡Todo menos eso! Con estos pensamientos, volviendo a ver ante sí la larguísima calle que se perdía en el horizonte, sintió que le faltaban otra vez fuerzas. Dejó la abultada bolsa en la acera, se sentó sobre ella, de espaldas a la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente tropezaba con él al pasar; los carruajes llenaban de ruido la calle; algunos chicos se pararon a mirarlo... Así permaneció un buen rato, hasta que le sacó de su letargo una voz que le dijo medio en italiano y medio en lombardo:
-¿Qué haces tú aquí, chiquillo?
Alzó la cara e inmediatamente se puso en pie, lanzando una exclamación de asombro.
-¡¿Usted?!
Era el viejo campesino lombardo con el que había intimado durante el viaje. La sorpresa del viejo no fue menor. Pero Marco no le dio tiempo para preguntarle y le contó en pocas palabras lo que le ocurría.
-Ahora estoy sin un real. Tengo que trabajar. Búsqueme usted algún trabajo para poder reunir el dinero que necesito. Puedo hacer lo que sea: llevar bultos, barrer las calles, hacer recados y hasta faenas del campo. Me conformo con poder comer pan negro. Lo que quiero es poder salir pronto y encontrar a mi madre. ¡Hágame ese favor! ¡Búsqueme trabajo, por el amor de Dios, que ya no puedo resistir más!
-¡Diantre, diantre! -dijo el lombardo mirando en torno suyo y rascándose la barbilla-. ¡Y qué caso! Trabajar... Eso se dice pronto. Pero vamos a ver; ¿es que costaría tanto reunir el dinero que necesitas para ir a Córdoba habiendo aquí tantos com­patriotas nuestros?
El chico le miraba, sostenido por un rayo de esperanza.
-Vente conmigo -le dijo el hombre.
-¿A dónde? -le preguntó Marco, volviendo a tomar su bolsa.
-Ya lo verás.
El lombardo se puso en marcha y Marco le siguió. Anduvieron un buen trecho de calle juntos, sin hablar. El hombre se detuvo ante la puerta de una cantina que tenía en el dintel una estrella y debajo el rótulo: La estrella de Italia; se asomó al interior y dijo al muchacho:
-Llegamos en buen momento.
Entraron en una amplia sala, donde había varias mesas y bastantes hombres sentados, que bebían y hablaban fuerte. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y por la manera de saludar a los seis parroquianos que estaban a su alrededor se comprendía que había estado con ellos poco antes. Estaban muy encarnados y hacían sonar los vasos, voceando y riendo.
-¡Camaradas! -dijo sin más el lombardo, permaneciendo de pie y presentando a Marco-. Aquí tenéis a este chico, compa­triota nuestro, que ha venido solo desde Génova en busca de su madre. En Buenos Aires le dijeron que no estaba allí, que se encontraba en Córdoba. Ha venido en barco a Rosario y ha empleado en el viaje tres días y tres noches. Trae una carta de recomendación escrita por un italiano de Boca; pero al entregarla le han recibido de mala manera. No tiene ni un céntimo. Está aquí desesperado. Se trata de un chico muy animoso. Algo debemos hacer por él, ¿no os parece? Sólo quiere el dinero necesario para trasladarse en ferrocarril a Córdoba. ¿Vamos a dejarlo aquí como perro abandonado?
-¡Por nada del mundo! ¡Eso no se dirá jamás de nosotros! -gritaron todos a la vez, dando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!
-¡Ven acá, pequeño! -¡Cuenta con nosotros, los emigrantes! -¡Qué chiquillo más guapo y espabilado! -¡Aflojad el bolsillo, camaradas! ¡Qué valiente! ¡Ha venido solo! -¡Es un chico de oro! -¡Toma un trago, compatriota! ¡No te apures, que verás a tu madre!
El uno le tocaba la mejilla; otro le daba palmaditas en la espalda; un tercero le cogía la voluminosa bolsa. De la mesa inmediata acudieron otros emigrantes; la historia del muchacho corrió por todo el establecimiento. De la habitación contigua salieron tres parroquianos argentinos... En menos de diez minutos recorrió el lombardo las distintas mesas, presentaba el sombrero a manera de bandeja y recaudó más dinero del necesario para el viaje.
-¿Has visto -dijo entonces, dirigiéndose al muchacho- qué pronto se consigue esto en América?
-¡Bebe! -le gritó otro, ofreciéndole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!
-¡A la salud de mi...!
Pero no pudo acabar la frase, porque un sollozo de alegría le cerró la garganta, y, dejando el vaso en la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, tomó el tren para Córdoba, sintiéndose animado y lleno de pensamientos hala­güeños. Pero no hay alegría duradera ante ciertos aspectos siniestros de la naturaleza. El cielo estaba encapotado, gris, oscuro; el tren, semivacío, corría a través de la inmensa planicie en la que no se advertían señales de vida. Se encontraba solo en un vagón muy largo que se parecía a los que transportan heridos. Miraba a derecha e izquierda y sólo contemplaba una soledad sin fin, interrumpida a intervalos por pequeños y deformes árboles, de ramas y troncos retorcidos, en actitudes jamás vistas, como de ira y de angustia; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura la apariencia de un inmenso cementerio.
Permanecía somnoliento por espacio de media hora y volvía a asomarse a la ventanilla, para ver siempre el mismo espectáculo.
Las estaciones por las que pasaba el tren estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el convoy se detenía, no se percibía ninguna voz, pareciéndole que se hallaba en un tren perdido, abandonado en medio de un desierto. Cada estación creía que iba a ser la última, y que entraba después en las misteriosas y espantosas tierras de los indios salvajes. Una brisa helada le azotaba la cara. Al embarcarlo en Génova, a finales de abril, su padre no había tenido en cuenta que en América del Sur sería invierno, y le dio ropa de verano. Al cabo de unas horas empezó a notar frío, y con él, el cansancio por el ajetreo de los días precedentes, llenos de emociones violentas y de agitadas noches de insomnio.
Se durmió. Estuvo durmiendo mucho tiempo, y se despertó aterido. Se sentía mal. Entonces le acometió el temor de caer enfermo, morir en el viaje y ser arrojado allá, en medio de la desolada llanura, donde su cadáver sería pasto de los perros y aves de rapiña, como algunos cuerpos de vacas que veía de vez en cuando cerca de la vía y de los que apartaba la mirada con espanto. Con aquel malestar inquieto, en medio del tétrico silencio de la naturaleza, se excitaba su imaginación y volvía a pensar en lo peor. ¿Estaba seguro de encontrar a su madre en Córdoba? ¿Y si no estuviera allí? ¿No era posible que se hubiese equivocado el señor de la calle de Las Artes? ¿Y si hubiera fallecido? Con estos pensamientos volvió a conciliar el sueño. Soñó que llegaba a Córdoba de noche y que desde todas las puertas y ventanas le decían: «¡No está! ¡No esta! ¡No está!» Se despertó de sobre­salto, aterrorizado, y vio en el fondo del vagón a tres hombres, barbudos, tapados con mantas de diversos colores, que le mira­ban, hablando entre sí, pasándole por la imaginación que bien podía tratarse de asesinos que quisiesen matarlo para robarle la ropa y el dinero. Al frío y al malestar se unió el miedo; la fantasía, ya turbada, se desenfrenó. Los tres hombres no cesaban de mirarlo, y uno de ellos se movió hacia él; el muchacho perdió entonces la razón y, yendo a su encuentro, con los brazos abier­tos, gritó;
-¡No tengo nada! ¡Soy un pobre niño! He venido de Italia a buscar a mi madre y estoy solo. ¡No me haga nada!
Los viajeros comprendieron lo que le sucedía. Le tuvieron lástima, lo acariciaron y lo tranquilizaron diciéndole palabras que no entendía. Viendo que tiritaba de frío, lo taparon con una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que durmiese. Se quedó, efectivamente, dormido al anochecer. Cuando le desperta­ron estaban en Córdoba.
¡Con qué satisfacción respiró y con qué ímpetu salió del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde estaba la casa del ingeniero señor Mequínez; y el interrogado le dio el nombre de una iglesia, diciéndole que el tal ingeniero vivía al lado de ella.
Marco se dirigió corriendo hacia allá.
Era de noche. Entró en la ciudad y le pareció que se hallaba otra vez en Rosario por ver de nuevo las calles largas y rectas, flanqueadas de casitas bajas, cortadas por otras calles asimismo muy largas y rectas. Pero había poca gente. A la claridad de los escasos faroles encontraba caras raras, de un color desco­nocido, entre negruzco y verdoso. Alzando la vista, veía de vez en cuando iglesias de una arquitectura rara, que se dibu­jaban inmensas y negras en el firmamento. La ciudad estaba os­cura y silenciosa; mas, después de haber atravesado el inmenso desierto, le parecía alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto halló la iglesia y la casa que buscaba; tiró de la campanilla con mano temblorosa, y se puso la otra sobre el pecho para contener los latidos del corazón, que se le quería subir a la garganta.
Le abrió una anciana, que llevaba una luz en la mano. Marco no pudo hablar en seguida.
-¿A quién buscas, pibe? -le preguntó la mujer en castellano.
-Al ingeniero Mequínez -dijo el muchacho.
La anciana hizo ademán de cruzar los brazos sobre el pecho y respondió moviendo la cabeza:
-¡También vienes tú preguntando por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es hora de que esto termine. Hace tres meses que no paran de molestarnos. No nos basta haberlo dicho en los periódicos; tendremos que poner carteles en las esquinas diciendo que el señor Mequínez se ha trasladado a Tucumán.
El muchacho hizo un gesto de desesperación. Luego tuvo un acceso de ira y exclamó:
-¡Es una maldición! Está visto que me moriré sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Qué desesperación, Dios mío! ¿Quiere usted repetirme el nombre de ese pueblo, dónde se encuentra y a qué distancia de aquí?
-¡Pobre criatura! -respondióle la anciana, compadeciéndose de él-. ¡Casi nada! Yo creo que estará por lo menos a cuatrocien­tas leguas.
El muchacho se cubrió el rostro con las manos y luego dijo sollozando:
-¿Y qué hago ahora?
-¿Qué quieres que te diga, pobrecito hijo? No lo sé. -Pero en seguida se le ocurrió una idea y añadió-: Mira, ahora que pienso, puedes hacer una cosa. Volviendo la esquina, a la derecha, en la tercera casa, encontrarás una puerta que da a un patio, donde vive un comerciante que sale mañana con sus carretas para Tucumán. Puedes ver si quiere llevarte, ofreciéndole tus servicios. Tal vez te asigne un puesto en alguna carreta. Ve en seguida.
Marco tomó su bolsa, dio las gracias de escapada y a los dos minutos se hallaba en un amplio patio como los de las posadas, iluminado por faroles de mano, donde varios hombres estaban ocupados en cargar sacos de trigo en unos grandes carros, pareci­dos a las casetas sobre ruedas que llevan los titiriteros, con la cubierta de lona redondeada y unas ruedas de gran diámetro. Dirigía la operación un hombre alto, bigotudo, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, que calzaba anchos borceguíes. Marco se le acercó, y le formuló tímidamente su pregunta, diciéndole que había llegado de Italia e iba en busca de su madre.
El capataz, o sea, el conductor de aquella caravana de carros, le miró de arriba abajo y le dijo con sequedad:
-¡No hay sitio para ti!
-Llevo quince liras -le replicó el muchacho en tono supli­cante-. Se las daré todas. Trabajaré durante el camino. Iré a buscar agua y pienso para las caballerías, haré todo lo que usted me mande. Para comer me basta un poco de pan. ¡Déjeme ir, señor!
El capataz volvió a mirarle y le contestó en tono amable:
-Mira, muchacho... La verdad es que no hay sitio libre. Además, no vamos a Tucumán, sino a Santiago del Estero. En cierto punto te tendríamos que dejar y aún tendrías que recorrer a pie una gran distancia.
-¡Estoy dispuesto a todo! -exclamó Marco-. Andaré lo que sea preciso, y llegaré de todas formas. Déjeme un sitio; por caridad, no me abandone aquí.
-Ten en cuenta que es un viaje de veinte días.
-¡ No importa!
-¡Y muy pesado!
-¡Todo lo aguantaré!
-¡Luego tendrás que ir tú solo!
-¡Nada me da miedo! El caso es encontrar a mi madre. ¡Tenga piedad de mí!
El capataz le acercó a la cara el farol que llevaba en la mano, y luego dijo:
-Está bien.
Marco, agradecido, le besó la mano.
-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz-; te despertaré mañana a las cuatro de la madrugada. Buenas noches.
Al día siguiente, a las cuatro, a la luz de las estrellas, se puso en movimiento la larga fila de carros, produciendo no pequeño estrépito. Cada carro iba tirado por seis bueyes, seguidos todos por muchos animales de refresco. El muchacho, despierto y colocado en el interior de una carreta, sobre los sacos, no tardó en quedarse dormido profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, al sol, y todos los hombres, los peones, se hallaban sentados, formando círculo, en torno de un cuarto de ternera que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en el suelo, junto a la hoguera avivada por el viento.
Comieron todos juntos, echaron la siesta y luego se puso en marcha el convoy. Así continuó el viaje con la regularidad de una marcha militar. Cada mañana se ponían en camino a las cinco y paraban a las nueve, para proseguir a las cinco de la tarde y hacerse alto a las diez de la noche.
Los peones iban a caballo y estimulaban a los bueyes con largas picas. Marco encendía el fuego para el asado, daba de comer a los animales, limpiaba los faroles y acarreaba el agua necesaria.
El paisaje se sucedía ante sus ojos como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; poblados de pocas casas esparcidas con las fachadas rojas y almenadas; muy amplios espacios, tal vez lechos de antiguos lagos salados, blanqueados por efecto de la sal, se extendían hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, la sempiterna llanura solitaria y silenciosa. Raras veces encontraba a dos o tres viajeros a caballo, seguidos de caballos sueltos, que pasaban a galope, como una exhalación.
Los días se sucedían con desesperada uniformidad, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo era muy bueno. Lo malo era que, como el muchacho se había hecho el sirviente de los peones, éstos se mostraban cada vez más exigentes. Algunos lo trataban brutalmente y hasta le amenazaban; todos se mostraban desconsiderados al requerir sus servicios: le hacían llevar grandes haces de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, ni siquiera podía dormir tranquilamente en las noches, despertándose a cada instante por las sacudidas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y las piezas de madera. Por añadidura, al moverse el viento, se levantaban gran­des polvaredas de tierra fina, rojiza y grasienta que le penetraba por debajo de la ropa, le llenaba los ojos y la boca y no le dejaba ver ni respirar. Era realmente algo que le oprimía y resultaba inso­portable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado de la mañana a la noche, el pobre chico se deprimía cada vez más, y se habría descorazonado por completo, de no haberle dirigido el capataz de vez en cuando alguna palabra cariñosa. Con frecuencia, sentado en un rincón de la carreta, lloraba, sin que le vieran, abrazado y poniendo la cara sobre la bolsa, que sólo contenía ya harapos. Cada mañana se levantaba más decaído y desanimado al ver siempre la ilimitada e implacable llanura como un océano de tierra, y decía entre sí: «Hoy no llego a la noche. ¡Me muero en el camino!»
Aumentaban las fatigas y se redoblaban los malos tratos. Una mañana, por haber tardado en llevar agua, uno de los hombres le pegó en ausencia del capataz. A partir de entonces empezaron a hacerlo por costumbre y, cuando le mandaban algo, le propinaban un pescozón sin venir a cuento, diciéndole:
-¡Toma, haragán. Lleva esto a tu madre!
El corazón se le partía y cayó enfermo. Permaneció tres días en la carreta, tapado con una manta, calenturiento, sin ver a nadie más que al capataz, que le llevaba de beber y le tomaba el pulso. Marco se creyó perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola cien veces por su nombre: «¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Ayúdame! ¡Ven, que me muero! ¡Ay, pobrecita madre mía! ¡Ya no te volveré a ver! ¡Me encontrarás muerto en este desierto!» Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba las oraciones que ella le había enseñado.
Más adelante mejoró, gracias a los cuidados del capataz, y se puso bien. Pero con la curación llegó el día más doloroso del viaje, cuando iba a quedarse solo.
Hacía más de dos semanas que habían salido de Córdoba, y, al llegar al punto en el que se separaban el camino de Tucumán y el de Santiago del Estero, el capataz le dijo que a partir de allí tendría que proseguir el viaje él solo, como ya se lo había anunciado. Le dio algunas instrucciones acerca del camino, le entregó la bolsa de la ropa y sin añadir más, por temor a conmoverse, lo saludó. Marco apenas tuvo tiempo de besarle la mano en señal de agrade­cimiento. También parecieron sentir alguna compasión los hom­bres que tan mal lo habían tratado, al verlo tan solito, y le saludaron con la mano cuando se alejaron. El les devolvió el saludo de igual modo y se quedó mirando la caravana hasta que la perdió de vista, envuelta en el polvo rojizo del camino y de la llanura. Después se puso a caminar tristemente.
Una cosa le consoló algo, sin embargo, desde un principio. Al cabo de tantos días de viaje a través de la ilimitada planicie, siempre igual, veía delante de sí una cadena de montañas muy elevadas, azuladas y con las cimas nevadas, que le recordaban los Alpes y le producían la sensación de aproximarse a su tierra. Eran los Andes, la espina dorsal del continente america­no, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fue­go, bordeando la parte occidental de América del Sur, hasta el istmo de Panamá, con una longitud de 7500 kms., prolongán­dose luego con diversos nombres por Centroamérica y América del Norte hasta Alaska, en el Océano Glacial Artico. Tam­bién le animaba notar que el aire se iba haciendo cada vez más caliente. Y es que, avanzando hacia el Norte, se acercaba a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños poblados en los que no faltaba una tienda, donde compraba algo para comer. Por el camino se cruzaba con hombres a caballo; de vez en cuando veía mujeres y niños sentados en el suelo, inmóvi­les y serios, con caras completamente nuevas para él, de color tierra, con los ojos oblicuos y los pómulos salientes, que le miraban fijamente y le seguían con la vista, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.
El primer día anduvo mientras se lo permitieron sus fuerzas y durmió debajo de un árbol. El segundo día recorrió menos distan­cia y con mayor depresión de ánimo. Tenía las botas rotas, los pies despellejados, y el estómago debilitado por la mala alimenta­ción. Hacia el anochecer empezó a tener miedo. Había oído decir por su tierra que en aquellas regiones había serpientes. Creía oírlas arrastrarse; se detenía, echaba a correr y sentía escalofríos en los huesos. A veces sentía mucha lástima de sí mismo y lloraba silenciosamente conforme iba andando. Luego pensaba: «¡Cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!», y este pensamiento lo reanimaba. Después, para dominar el miedo, pen­saba en muchas cosas de ella, traía a su memoria lo que había dicho al salir de Génova, y el modo con que le arreglaba la ropa de la cama cuando estaba acostado; y cuando era niño, que a veces lo tomaba en sus brazos, diciéndole: «Estate aquí un poco conmigo», y él permanecía mucho tiempo con la cabeza apoyada en la suya, pensando. Y se decía entre sí: «¿Llegaré a verte, querida madre, al final de este viaje?» Marchaba sin interrupción en medio de árboles desconocidos, de extensas plantaciones de caña de azúcar y praderas sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos picos y sus líneas sinuosas.
Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban disminuyendo rápidamente y los pies le sangraban. Al fin una tarde, al ponerse el sol le dijeron:
-Tucumán se halla a cinco leguas de aquí.
El lanzó un grito de alegría y apresuró el paso, como si en un instante hubiese recobrado todo el vigor perdido. Pero fue una corta ilusión. Las fuerzas le abandonaron de pronto y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Sin embargo el corazón le saltaba de gozo. El cielo cuajado de estrellas muy brillantes, entre las que sobresalían las de la Cruz del Sur, nunca le había parecido tan hermoso. Las contemplaba tendido sobre la hierba, con deseos de dormir, y pensaba que tal vez le estuviese esperando su madre en aquellos momentos. Y se decía: «¿Dónde estás, madre mía? ¿Qué haces ahora? ¿Piensas en tu Marco, que está cerca de ti?»
¡Pobre Marco! Si hubiese podido ver el estado en que entonces se hallaba su madre, habría hecho un esfuerzo sobrehumano para andar todavía y llegar a su lado sin pérdida de tiempo. Estaba enferma, echada en la cama, en una habitación de la planta baja de un hotelito, donde vivía la familia Mequínez, que le había tomado gran cariño y le prestaba solícitos cuidados. La pobre mujer ya no se encontraba bien cuando el ingeniero tuvo que salir precipitado de Buenos Aires y no se había restablecido del todo a pesar del buen clima de Córdoba. Después, al no haber recibido contesta­ción a sus cartas ni del marido ni del primo, el presentimiento cada vez más torturante de alguna desgracia, la continua ansiedad en que había vivido, dudando entre marchar y quedarse, esperando to­dos los días una noticia fatal, le había hecho empeorar de modo extraordinario. Últimamente se le había manifestado una enferme­dad muy grave, una hernia estrangulada. Hacía quince días que no se levantaba de la cama, y era preciso intervenirla quirúrgicamente para salvarle la vida. En aquel mismo instante, mientras la invocaba su Marco, estaban junto a su cama los señores de la casa queriéndola convencer, con mucha dulzura, para que se dejase operar; mas ella persistía en su terca negativa y no dejaba un instante de llorar.
Ya había ido la semana anterior, a tal efecto, un prestigioso cirujano de Tucumán, pero inútilmente.
-No, queridos señores -decía ella-, no merece la pena; no tengo fuerzas para resistir y moriría en la operación. Es mejor que me dejen. Ya no tengo apego a la vida. Para mí todo se acabó. Prefiero morir a saber lo que ha ocurrido a mi familia.
Los señores se oponían, le decían que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas directamente a Génova tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciera por sus hijos.
Pero el recuerdo de sus hijos aumentaba todavía más la angus­tia y el profundo desaliento, que la tenía deprimida desde hacía mucho tiempo. Al oír aquellas palabras le saltaban las lágrimas.
-¡Ah, mis hijos! ¡Mis queridos hijos! -exclamaba juntando las manos-. ¡Tal vez hayan muerto! ¡Más vale que muera yo también! De todas formas les quedo muy agradecida, queridos señores. Es inútil que vuelva el doctor pasado mañana. Quiero morir aquí. Ese es mi destino. Ya lo he decidido.
Los señores, sin cesar de consolarla, le repetían:
-No diga eso, buena mujer -y le cogían la mano para hacerle mayor presión.
Pero ella cerraba entonces los ojos, agotada y caía en un sopor como muerta.
Los dueños permanecían a su lado algún tiempo y, al mirarla a la luz mortecina de una lamparilla, sentían gran compasión de aquella madre admirable que por el bien de su familia había ido a morir a seis mil leguas de su patria, tras haber penado tanto. ¡Pobre mujer, tan honesta, buena y desgraciada!
Al día siguiente, muy de mañana, encorvado y medio tamba­leándose, con su bolsa a cuestas, pero sumamente animoso, entraba Marco en la ciudad de Tucumán, una de las más suaves y florecientes de la república Argentina. Le pareció que volvía a ver Córdoba, Rosario y Buenos Aires, puesto que contemplaba análogas calles largas y rectas con las mismas casas blancas y bajas; pero por todas partes aparecía una nueva y magnífica vegetación, notándose un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo transparente y azul como él jamás había visto, ni siquiera en Italia.
Yendo adelante por las calles, advirtió la febril agitación que había presenciado en Buenos Aires. Miraba las ventanas y las puertas de todas las casas; se fijaba en todas las mujeres que pasaban con anhelante esperanza de ver a su madre, y de buena gana habría preguntado a todos, pero no se atrevía a parar a nadie. Cuantos se cruzaban con él se volvían para ver a aquel muchacho harapiento y lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. El buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza para dirigirle la tremenda pregunta, cuando se ofreció ante sus ojos el rótulo de una tienda con nombre italiano. Se aproximó pausadamente a la puerta y con ánimo resuelto dijo:
-¿Podrían decirme dónde vive la familia Mequínez?
-¿Los señores Mequínez? -repitió el tendero.
-Sí, sí, la casa del ingeniero señor Mequínez -respondió el muchacho con un hilo de voz.
-La familia Mequínez -dijo el comerciante -no está en Tucumán.
Un grito de desaliento, como el de una persona herida por puñalada, fue como el eco de aquellas palabras.
Acudieron el tendero y algunas mujeres que se encontraban en el establecimiento.
-¿Qué te pasa, muchacho? -le preguntó el tendero hacién­dole sentar-. ¡No hay que desesperarse, qué diablos! Los Mequí­nez no están aquí, pero viven cerca, a pocas horas de Tucumán.
-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marco, poniéndose de pie como movido por un resorte.
-A unas quince leguas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del Saladillo, en un lugar donde están construyendo una gran fábrica de azúcar. Entre otras, está la casa del señor Mequí­nez, que todos conocen. Te será fácil llegar allí.
-Yo estuve hace un mes -dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marco abrió desmesuradamente los ojos, miró al joven y preguntó atropelladamente, palideciendo:
-¿Vió usted allí a la sirvienta del señor Méquinez, a la italiana?
-¿La genovesa? Sí, la vi.
Marcó prorrumpió en un sollozo convulso, riendo y llorando a la vez. Luego, impulsado por violenta resolución, preguntó:
-¿Por dónde se va? ¡Pronto! ¡Enséñenme el camino! ¡Me voy en seguida!
-Pero si hay una jornada larga -le contestaron- y estás muy cansado... Debes descansar. ¡Déjalo para mañana!
-¡Imposible! ¡Imposible! -repuso Marco-. Díganme por dónde se va, no puedo esperar ni un minuto más; me voy en seguida, ¡aunque me caiga muerto por el camino!
Viéndole tan decidido, no se opusieron.
-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado por el camino del bosque. ¡Feliz viaje, italianito!
Un hombre lo acompañó hasta las afueras de la población, le indicó el camino que debía seguir, le dio algunos consejos y se quedó mirándole cómo se alejaba.
El muchacho desapareció al cabo de unos minutos, cojeando, con el bulto de ropa a la espalda, por detrás de los espesos árboles que bordeaban la carretera.
Aquella noche fue atroz para la pobre enferma. Sentía agudos dolores que le arrancaban gritos capaces de romper las venas, y pasaba por momentos de delirio. Las mujeres que la asistían no sabían qué hacer. La dueña acudía de vez en cuando, muy desconsolada. Todos empezaron a temer que, aun en el caso de acceder a que la operaran, como el cirujano no iría hasta la mañana siguiente, seguramente llegaría demasiado tarde. Pero en los momentos de lucidez, se comprendía que su mayor tormento no lo constituían los dolores físicos, sino el pensamiento de su lejana familia. Moribunda, deshecha, con la mirada extraviada, se metía los dedos entre el pelo con actitud de desesperación que partía el alma, y gritaba:
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos, sin verlos! ¡Pobres hijos míos, que se quedan sin madre, mis pobres criaturas, sangre de mi sangre! ¡Mi Marco, todavía pequeño, tan bueno y cariñoso! ¡Ustedes no pueden figurarse cómo es! ¡Si usted lo conociera, señora... ! Cuando salí de casa, no podía despegármelo del cuello;. sollozaba de una manera desgarradora. Parecía que sospechaba que ya no volvería a verme. ¡Pobre criatura mía! ¡Ojalá hubiese muerto de repente entonces, cuando me estaba despidiendo! ¡Huérfano de madre mi hijito, que tanto me quiere, que aún me necesita! Sin su madre caerá en la miseria, y tendrá que ir pidiendo limosna para acallar el hambre...
¡Dios eterno! ¡No, no lo permitáis! ¡No quiero morir! ¡El médico! ¡Que venga en seguida! ¡Llámenle, por favor! ¡Que venga y me abra por donde quiera, con tal de que me salve la vida! ¡El médico! ¡Socorro!
Las mujeres le sujetaban las manos, la tranquilizaban a fuerza de ruegos. Al hacerla volver en sí, le hablaban de Dios y de la esperanza que todos debemos poner en El. Entonces la enferma recaía en un abatimiento mortal, lloraba mesándose los grises cabellos, gemía como una niña, lanzando lamentos continuados y murmurando a intervalos:
-¡Oh Génova mía! ¡Mi casa! ¡Aquel mar... ! ¡ Oh mi Marco, mi querido Marco! ¿Dónde estará ahora la pobre criatura?
Era medianoche, y Marco, después de haber pasado muchas horas al borde de un foso, completamente extenuado, marchaba a través de una floresta de árboles gigantescos, monstruos de la vegetación, de troncos desmesurados, semejantes a columnas de catedrales, que a una altura inconcebible entrelazaban sus enor­mes copas plateadas por la luna. En aquella semioscuridad veía vagamente millares de troncos de todas formas, rectos e inclina­dos, retorcidos, interpuestos en extrañas actitudes de amenaza y de lucha; por el suelo había algunos derribados, como torres caídas de una vez, cubiertos de una vegetación exuberante y confusa, que parecía una multitud furiosa, disputándose el espacio palmo a palmo; otros formaban grupos verticales y apretados como haces de lanzas titánicas, cuyas puntas se ocultaban en las nubes; una grandiosidad soberbia; un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le había ofrecido la naturaleza vegetal, propio de la selva virgen.
En ciertos momentos le sobrecogía un gran estupor, pero pronto volaba con el pensamiento hacia su madre. Estaba ago­tado, con los pies ensangrentados, solo en aquella impotente selva, donde únicamente veía a largos intervalos pequeñas vivien­das humanas, que al pie de aquellos majestuosos árboles parecían nidos de hormigas, y algún que otro búfalo dormido en el camino. Se encontraba rendido de cansancio y solo, mas no por eso tenía miedo. La grandeza de la selva virgen elevaba su alma; la proxi­midad de su madre le comunicaba la fuerza y el atrevimiento de un hombre; el recuerdo del océano, de los desalientos y de las penalidades pasadas y superadas, las prolongadas fatigas y la férrea constancia de que había dado pruebas le hacían erguir la frente; todo el torrente de su fuerte y noble sangre genovesa afluía a su corazón en ardiente oleada de orgullo y de audacia.
Una nueva sensación advertía en él: hasta entonces había llevado en la mente una imagen de su madre oscurecida y confusa un tanto por los dos años de ausencia, mas en aquellos instantes adquiría más claridad y tenía rasgos mejor definidos; volvía a ver su cara entera y propia como hacía mucho tiempo no la había contemplado; la percibía muy cerca, iluminada y como hablándole; volvía a ver los movimientos más insignificantes de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos y las sombras de sus pensamientos; sostenido por tan acuciantes recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una indecible ternura iba creciendo en su corazón, que le hacía correr por sus mejillas dulces y sosegadas lágrimas. Conforme iba andando en medio de la oscuridad, le hablaba diciéndole las palabras que pronto le murmuraría al oído: «i Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; ya no me apartaré de ti; volveremos los dos a casa y estaré siempre a tu lado, pegado a ti, sin que nadie nos separe nunca, mientras vivas!» Entretanto no se daba cuenta de que iba desapareciendo de la copa de los gigantes­cos árboles la plateada luz de la luna para dejar paso a la rosada aurora que ya aparecía por los balcones del oriente.
A las ocho de aquella mañana estaba junto al lecho de la enferma el cirujano de Tucumán, joven argentino, en compañía de un practicante, para intentar por última vez convencerla de que le permitiera operarla. A sus requerimientos se unían los del inge­niero Mequínez y su esposa. Pero todo resultaba inútil, puesto que la mujer, sintiéndose sin fuerzas, no tenía confianza en el buen resultado de la intervención quirúrgica. Estaba segura de que moriría durante ella o que sólo sobreviviría unas cuantas horas después de haber sufrido inútilmente unos dolores más atroces de los que le produciría la muerte natural.
El doctor no cesaba de repetirle:
-Mire, señora, el resultado de la operación es seguro y cierta su curación con tal que se arme de un poco de valor. Si se niega, morirá indefectiblemente.
A pesar de todo, resultaban palabras inútiles.
-No -respondía con su débil voz-; tengo valor para morir. pero no para sufrir en vano. Gracias, doctor. Ese es mi destino. Déjeme morir en paz.
El cirujano desistió de su empeño y nadie dijo más a la enferma, la cual, dirigiéndose a su dueña, le hizo con voz mori­bunda los últimos ruegos.
-Mi querida y buena señora -dijo esforzándose mucho y entre sollozos-, le pido que haga el favor de enviar a mi familia. por medio del señor Cónsul, el poco dinero y la ropa que poseo. Supongo que todos vivirán. Mi corazón lo presiente en estos últimos momentos. Tenga la bondad de escribir... que siempre he pensado en ellos, que he trabajado por ellos... por mis hijos... y que mi única pena es no volver a verlos..., pero que he muerto con buen ánimo... resignada... bendiciéndolos; y que a mi ma­rido... y a mi hijo mayor... les recomiendo que velen por el más pequeño, mi pobrecito Marco... a quien he tenido presente en mi corazón... hasta el último momento... -Poseída de repentina exaltación, exclamó, juntando las manos: -¡Mi Marco! ¡Mi niño! ¡Mi vida!...
Pero al girar sus ojos anegados en lágrimas, ya no vio a la señora; alguien la había llamado por señas sin que la paciente lo advirtiera. Buscó al ingeniero, y también había desaparecido. Solamente estaban en la habitación las dos enfermeras y el ayu­dante del médico.
En la habitación contigua se oían pasos acelerados, palabras entrecortadas y exclamaciones contenidas.
La enferma miró hacia la puerta con ojos velados en actitud expectante. Al cabo de unos minutos vio aparecer al cirujano con expresión extraña, y luego a sus señores también visiblemente alterados. Los tres la miraron de modo singular y se intercambia­ron unas palabras en voz baja. Parecióle que el doctor decía a la señora:
-Es mejor en seguida.
La enferma no comprendía.
-Josefa -le dijo la señora con voz temblorosa-, tengo que darle una buena noticia. Prepárese a recibirla.
La mujer le miró con extremada atención.
-Es una noticia -prosiguió diciendo la señora- que le cau­sará mucha alegría.
La enferma abrió desmesuradamente los ojos.
-Dispóngase -añadió- a ver a una persona... a la que quiere muchísimo.
La mujer levantó la cabeza con vigoroso impulso y empezó a mirar ora a la señora, ora hacia la puerta, con ojos fulgurantes.
-Es una persona -añadió la señora, palideciendo- que acaba de llegar inesperadamente.
-¿Quién es? -preguntó la enferma con voz quebrada y ex­traña, como de persona asustada.
Un instante después lanzó un grito agudísimo, intentando sentarse en la cama; pero tuvo que permanecer inmóvil, con los ojos desencajados y las manos en las sienes, cual si se tratase de una aparición sobrenatural.
Marco, extenuado y cubierto de polvo, estaba de pie en la puerta. El doctor le sujetaba por un brazo.
La mujer gritó:
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!
Marco se acercó, ella extendió sus descarnados brazos y, estrechándolo contra su pecho con la fuerza de una tigresa, comenzó a reír a carcajadas, mezclando la risa con profundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer casi sin aliento en la almohada.
Pero pronto se repuso y gritó loca de alegría, cubriendo de besos la cabeza de su hijo:
-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Pero eres tú? ¡Cuánto has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Has venido tú solo? ¿Te encuentras bien? ¡Eres tú mi Marco, no estoy soñando! ¡Dios mío! ¡Há­blame! ¡Dime algo!
Luego, cambiando repentinamente de tono, añadió:
-¡No! ¡Todavía no! ¡No me digas nada! ¡Espera un poco!
Acto seguido, dirigiéndose al cirujano, exclamó:
-¡Pronto, señor doctor! ¡Quiero curarme! ¡Estoy dispuesta! No pierda un instante. Llévense a mi hijo para que no sufra. Esto no es nada, ¿sabes, Marco? Ya me lo contarás todo. Otro beso, hijo. Ahora vete. ¡Aquí me tiene, doctor!
Sacaron a Marco de la habitación y salieron de ella apresura­damente los señores y las mujeres, quedándose únicamente el cirujano y su ayudante, que cerraron la puerta.
El señor Mequínez trató de llevarse a Marco a una habitación alejada; pero le fue imposible, pues parecía que le habían clavado en el pavimento.
-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?
El ingeniero le respondió muy bajito, intentando sacarlo de allí:
-Mira, escucha; tu madre está enferma y hay que hacerle una operación sencilla. Te lo explicaré todo. Ahora vente conmigo.
-No, señor -respondió el muchacho con obstinación-. Quiero quedarme aquí. Dígame aquí lo que quiera.
El ingeniero amontonaba palabras sobre palabras, tratando de llevárselo, y el chico empezaba a asustarse y a temblar.
De pronto resonó por toda la casa un grito muy agudo, como el de un herido mortalmente.
El muchacho replicó con grito desesperado.
-¡Mi madre ha muerto!
El médico apareció en la puerta y dijo:
-Tu madre se ha salvado.
El chico le miró un momento y luego se arrojó a sus pies, sollozando:
-¡Gracias, doctor!
Pero el joven cirujano le mandó alzarse, diciéndole:
-¡Levántate!... ¡Tú eres, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!