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lunes, 15 de marzo de 2010

Aventuras de Robinson Crusoe




 

Daniel Defoe

Aventuras de Robinson Crusoe

 

 

Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena fami­lia, aunque no de la región, pues mi padre era un ex­tranjero de Brema1 que, inicialmente, se asentó en Hull2. Allí consiguió hacerse con una considerable fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra, ahora nos llaman y nosotros también nos llama­mos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han lla­mado siempre mis compañeros.

Tenía dos hermanos mayores, uno de ellos fue coronel de un regimiento de infantería inglesa en Flandes, que antes había estado bajo el mando del célebre coronel Lockhart, y murió en la batalla de Dunkerque3 contra los españoles.

Lo que fue de mi segundo hermano, nunca lo he sabido al igual que mi padre y mi madre tampoco supieron lo que fue de mí.

 

1 Brema (Bremen): Ciudad y puerto de Alemania a orillas del río Weser en el mar del Norte.

2 Hull (Kingston-Upon-Hull): Gran puerto pesquero y comercial de Gran Bretaña, junto al estuario del Humber.

3 Dunkerque: Ciudad y puerto de Francia en el mar del Norte donde, en 1658, el Ejército español fue derrotado por los anglo-franceses.

 

Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había educado en ningún oficio, desde muy pequeño me pasaba la vida divagando. Mi padre, que era ya muy anciano, me había dado una buena educación, tan buena como puede ser la educación en casa y en las escuelas rurales gratuitas, y su intención era que estudiara leyes. Pero a mí nada me en­tusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba a acatar la voluntad, las órdenes, más bien, de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre y mis amigos. Parecía que hubiese algo de fatalidad en aquella propensión natural que me encaminaba a la vida de sufri­mientos y miserias que habría de llevar.

Mi padre, un hombre prudente y discreto, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a cabo lo que, adivinaba, era mi proyecto. Una mañana me llamó a su recámara, donde le confinaba la gota, y me instó amoro­samente, aunque con vehemencia, a abandonar esta idea. Me preguntó qué razones podía tener, aparte de una mera vocación de vagabundo, para abandonar la casa paterna y mi país natal, donde sería bien acogido y podría, con dedi­cación e industria, hacerme con una buena fortuna y vivir una vida cómoda y placentera. Me dijo que sólo los hom­bres desesperados, por un lado, o extremadamente ambi­ciosos, por otro, se iban al extranjero en busca de aventu­ras, para mejorar su estado mediante empresas elevadas o hacerse famosos realizando obras que se salían del cami­no habitual; que yo estaba muy por encima o por debajo de esas cosas; que mi estado era el estado medio, o lo que se podría llamar el nivel más alto de los niveles bajos, que, se­gún su propia experiencia, era el mejor estado del mundo y el más apto para la felicidad, porque no estaba expuesto a las miserias, privaciones, trabajos ni sufrimientos del sector más vulgar de la humanidad; ni a la vergüenza, el orgullo, el lujo, la ambición ni la envidia de los que pertenecían al sec­tor más alto. Me dijo que podía juzgar por mí mismo la feli­cidad de este estado, siquiera por un hecho; que este era un estado que el resto de las personas envidiaba; que los reyes a menudo se lamentaban de las consecuencias de haber na­cido para grandes propósitos y deseaban haber nacido en el medio de los dos extremos, entre los viles y los grandes; y que el sabio daba testimonio de esto, como el justo pará­metro de la verdadera felicidad, cuando rogaba no ser ni rico ni pobre4.

4 Proverbios 30:8: «No me des pobreza ni riqueza.»

Me urgió a que me fijara y me diera cuenta de que los estados superiores e inferiores de la humanidad siempre su­frían calamidades en la vida, mientras que el estado medio padecía menos desastres y estaba menos expuesto a las vici­situdes que los estados más altos y los más bajos; que no pa­decía tantos desórdenes y desazones del cuerpo y el alma, como los que, por un lado, llevaban una vida llena de vicios, lujos y extravagancias, o los que, por el otro, sufrían por el trabajo excesivo, la necesidad y la falta o insuficiencia de ali­mentos y, luego, se enfermaban por las consecuencias na­turales del tipo de vida que llevaban; que el estado medio de la vida proveía todo tipo de virtudes y deleites; que la paz y la plenitud estaban al servicio de una fortuna media; que la templanza, la moderación, la calma, la salud, el sosiego, to­das las diversiones agradables y todos los placeres deseables eran las bendiciones que aguardaban a la vida en el estado medio; que, de este modo, los hombres pasaban tranquila y silenciosamente por el mundo y partían cómodamente de él, sin avergonzarse de la labor realizada por sus manos o su mente, ni venderse como esclavos por el pan de cada día, ni padecer el agobio de las circunstancias adversas que le ro­ban la paz al alma y el descanso al cuerpo; que no sufren por la envidia ni la secreta quemazón de la ambición por las grandes cosas, más bien, en circunstancias agradables, pa­san suavemente por el mundo, saboreando a conciencia las dulzuras de la vida, y no sus amarguras, sintiéndose felices y dándose cuenta, por las experiencias de cada día, de que real­mente lo son.

Después de esto, me rogó encarecidamente y del modo más afectuoso posible, que no actuara como un niño, que no me precipitara a las miserias de las que la na turaleza y el estado en el que había nacido me eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que él sería bueno conmigo y me ayudaría cuanto pudiese a entrar felizmente en el estado de la vida que me había estado aconsejando; y que si no me sentía feliz y cómodo en el mundo, debía ser simplemente por mi des­tino o por mi culpa; y que él no se hacía responsable de nada porque había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre unas acciones que, él sabía, podían perjudicarme. En pocas palabras, que así como sería bueno conmigo si me quedaba y me asentaba en casa como él decía, en modo alguno se haría partícipe de mis desgracias, animán­dome a que me fuera. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano mayor, con quien había emplea­do inútilmente los mismos argumentos para disuadirlo de que fuera a la guerra en los Países Bajos, quien no pudo controlar sus deseos de juventud y se alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de orar por mí, se atrevía a decirme que si no desistía de dar un paso tan ab­surdo, no tendría la bendición de Dios; y que en el futuro, tendría tiempo para pensar que no había seguido su con­sejo cuando tal vez ya no hubiera nadie que me pudiese ayudar.

Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque supongo que mi pa­dre no lo sabía en ese momento; decía que pude ver que por el rostro de mi padre bajaban abundantes lágrimas, en espe­cial, cuando hablaba de mi hermano muerto; y cuando me dijo que ya tendría tiempo para arrepentirme y que no ha­bría nadie que pudiese ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y tenía el corazón tan oprimido, que ya no pudo decir nada más.

Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no?, y decidí no pensar más en viajar sino en estable­cerme en casa, conforme con los deseos de mi padre. Mas, ¡ay!, a los pocos días cambié de opinión y, para evitar que mi padre me siguiera importunando, unas semanas des­pués, decidí huir de casa. Sin embargo, no actué precipita­damente, ni me dejé llevar por la urgencia de un primer im­pulso. Un día, me pareció que mi madre se sentía mejor que de ordinario y, llamándola aparte, le dije que era tan grande mi afán por ver el mundo, que nunca podría emprender otra actividad con la determinación necesaria para llevarla a cabo; que mejor era que mi padre me diera su consenti­miento a que me forzara a irme sin él; que tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o como ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca lo terminaría y, en poco tiempo, huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y le persuadiera de dejarme hacer tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me gustaba, jamás volvería a marcharme y me aplicaría doblemente para recuperar el tiempo perdido.

Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi padre sobre ese asunto pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su consentimiento para algo que podía perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía pensar algo así después de la conversación que había tenido con mi padre y de las expresiones de afecto y ternura que había utilizado conmi­go; en pocas palabras, que si yo quería arruinar mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo pero que tuviera por cierto que nunca tendría su consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería hacerse partícipe de mi destruc­ción para que nunca pudiese decirse que mi madre había ac­cedido a algo a lo que mi padre se había opuesto.

Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y que mi padre, muy acongojado, le dijo suspirando:

-Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y desgraciado de los hom­bres. No puedo darle mi consentimiento para esto.

En menos de un año me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a cualquier pro­posición encaminada a que me asentara. A menudo discu tía con mi padre y mi madre sobre su rígida determinación en contra de mis deseos. Mas, cierto día, estando en Hull, a donde había ido por casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como digo, uno de mis amigos, que se embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me invitó a acompañarlos, con el cebo del que ordinaria­mente se sirven los marineros, es decir, diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a consultarle a mi pa­dre ni a mi madre, ni siquiera les envié recado de mi deci­sión. Más bien, dejé que se enteraran como pudiesen y sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las cir­cunstancias o las consecuencias, me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco con destino a Londres. Creo que nunca ha existi­do un joven aventurero cuyos infortunios empezasen tan pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la embarcación había salido del puerto, se levantó un fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia aterradora. Como nunca antes había estado en el mar, em­pecé a sentir un malestar en el cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar. Comencé entonces a pensar seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado por el Cielo por abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente recordé todos los buenos consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que aún no se había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber hacia Dios y hacia mi padre.

Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se encrespó muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces; no, ni con lo que vi pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues entonces apenas era un joven navegante que jamás había-visto algo así. A cada ola, esperaba que el mar nos tragara y cada vez que el barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar, pensaba que no volvería a salir a flote. En esta agonía física y mental, hice muchas promesas y resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje, si volvía a pisar tierra firme, me iría directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco mientras viviese; seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente la bondad de sus argumentos a fa­vor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemen­te que había vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra. Decidí que, como un verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.

Estos pensamientos sabios y prudentes me acompaña­ron lo que duró la tormenta, incluso, un tiempo después. No obstante, al día siguiente, el viento menguó, el mar se calmó y yo comenzaba a acostumbrarme al barco. Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el atardecer, el tiempo se despe­jó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora. Al po­nerse el sol, el cielo estaba completamente despejado y así siguió hasta el amanecer. No había viento, o casi nada y el sol se reflejaba luminoso sobre la tranquila superficie del mar. En estas condiciones, disfruté del espectáculo más de­leitoso que jamás hubiera visto.

Había dormido bien toda la noche y ya no estaba ma­reado sino más bien animado, contemplando con asombro el mar, que había estado tan agitado y terrible el día anterior, y que, en tan poco tiempo se había tornado apacible y pla­centero. Entonces, como para evitar que prosiguiera en mis buenos propósitos, el compañero que me había incitado a partir, se me acercó y me dijo:

-Bueno, Bob -dijo dándome una palmada en el hom­bro-, ¿cómo te sientes después de esto? Estoy seguro de que anoche, cuando apenas soplaba una ráfaga de viento, estabas asustado, ¿no es cierto?

-¿Llamarías a eso una ráfaga de viento? -dije yo-, aquello fue una tormenta terrible.

-¿Una tormenta, tonto? -me contestó-, ¿llamas a eso una tormenta? Pero si no fue nada; teniendo un buen barco y estando en mar abierto, no nos preocupamos por una borrasca como esa. Lo que pasa es que no eres más que un marinero de agua dulce, Bob. Ven, vamos a prepa­rar una jarra de ponche y olvidémoslo todo. ¿No ves qué tiempo maravilloso hace ahora?

Para abreviar esta penosa parte de mi relato, diré que hicimos lo que habitualmente hacen los marineros. Prepa­ramos el ponche y me emborraché y, en esa noche de borra chera, ahogué todo mi remordimiento, mis reflexiones sobre mi conducta pasada y mis resoluciones para el futuro. En pocas palabras, a medida que el mar se calmaba después de la tormenta, mis atropellados pensamientos de la noche anterior comenzaron a desaparecer y fui perdiendo el te­mor a ser tragado por el mar. Entonces, retornaron mis an­tiguos deseos y me olvidé por completo de las promesas que había hecho en mi desesperación. Aún tuve algunos momentos de reflexión en los que procuraba recobrar la sensatez pero, me sacudía como si de una enfermedad se tratase. Dedicándome de lleno a la bebida y a la compañía, logré vencer esos ataques, como los llamaba entonces y en cinco o seis días logré una victoria total sobre mi conciencia, como lo habría deseado cualquier joven que hubiera decidi­do no dejarse abatir por ella. Pero aún me faltaba superar otra prueba y la Providencia, como suele hacer en estos casos, decidió dejarme sin la menor excusa. Si no había tomado lo sucedido como una advertencia, lo que vino des­pués, fue de tal magnitud, que hasta el más implacable y empedernido miserable, habría advertido el peligro y habría implorado misericordia.

Al sexto día de navegación, llegamos a las radas de Yarmouth5. Como el viento había estado contrario y el tiem­po tan calmado, habíamos avanzado muy poco después de la tormenta. Allí tuvimos que anclar y allí permanecimos, mientras el viento seguía soplando contrario, es decir, del sudoeste, a lo largo de siete u ocho días, durante los cuales, muchos barcos de Newcastle llegaron a las mismas radas, que eran una bahía en la que los barcos, habitualmente, es­peraban a que el viento soplara favorablemente para pasar el río.

5 Yarmouth (Great Yarmouth): Ciudad y puerto de Inglaterra.

Sin embargo, nuestra intención no era permanecer allí tanto tiempo, sino remontar el río. Pero el viento comenzó a soplar fuertemente y, al cabo de cuatro o cinco días, conti nuó haciéndolo con mayor intensidad. No obstante, las radas se consideraban un lugar tan seguro como los puer­tos, estábamos bien anclados y nuestros aparejos eran resis­tentes, por lo que nuestros hombres no se preocupaban ni sentían el más mínimo temor; más bien, se pasaban el día descansando y divirtiéndose del modo en que lo hacen los marineros. En la mañana del octavo día, el viento aumentó y todos pusimos manos a la obra para nivelar el mástil y aparejar todo para que el barco resistiera lo mejor posible. Al mediodía, el mar se levantó tanto, que el castillo de proa se sumergió varias veces y en una o dos ocasiones pensa­mos que se nos había soltado el ancla, por lo que el capitán ordenó que echáramos la de emergencia para sostener la nave con dos anclas a proa y los cables estirados al máximo.

Se desató una terrible tempestad y, entonces, empecé a vislumbrar el terror y el asombro en los rostros de los marineros. El capitán, aunque estaba al tanto de las manio bras para salvar el barco, mientras entraba y salía de su camarote, que estaba junto al mío, murmuraba para sí: «Señor, ten piedad de nosotros, es el fin, estamos perdi­dos», y cosas por el estilo. Durante estos primeros momen­tos de apuro, me comporté estúpidamente, paralizado en mi cabina, que estaba en la proa; no soy capaz de describir cómo me sentía. Apenas podía volver a asumir el primer remordimiento, del que, aparentemente, había logrado libe­rarme y contra el que me había empecinado. Pensé que había superado el temor a la muerte y que esto no sería nada, como la primera vez, mas cuando el capitán se me acercó, como acabo de decir, y dijo que estábamos perdi­dos, me sentí aterrorizado. Me levanté, salí de mi camarote y miré a mi alrededor; nunca había visto un espectáculo tan desolador. Las olas se elevaban como montañas y nos aba­tían cada tres o cuatro minutos; lo único que podía ver a mi alrededor era desolación. Dos barcos que estaban cerca del nuestro habían tenido que cortar sus mástiles a la altura del puente, para no hundirse por el peso, y nuestros hombres gritaban que un barco, que estaba fondeado a una milla6 de nosotros, se había hundido. Otros dos barcos que se habían zafado de sus anclas eran peligrosamente arrastrados hacia el mar sin siquiera un mástil. Los barcos livianos resistían mejor porque no sufrían tanto los embates del mar pero dos o tres de ellos se fueron a la deriva y pasaron cerca de noso­tros, con solo el foque7 al viento.

Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre le pidieron al capitán de nuestro barco que les permitiera cortar el palo del trinquete8, a lo que el capitán se negó. Mas cuando el contramaestre protestó diciendo que si no lo hacían, el bar­co se hundiría, accedió. Cuando cortaron el palo, el mástil se quedó tan al descubierto y desestabilizó la nave de tal modo, que se vieron obligados a cortarlo también y dejar la cubierta totalmente arrasada.

6 Milla: Medida itineraria que se utiliza en el mar y en la tierra. Una milla terrestre equivale a 1.609,34 metros. Una milla marítima, también llamada nudo, equivale a 1.851,66 metros.

7 Foque: Nombre común que se les da todas las velas triangulares que se orientan y amuran sobre el bauprés.

8 Palo de trinquete: Palo más próximo a la proa. También se llama trinquete a la vela que va en ese palo.

Cualquiera podría imaginarse cómo me sentía en este momento, pues no era más que un aprendiz de marinero, que tan solo unos días antes se había aterrorizado ante muy poca cosa. Pero si me es posible expresar, al cabo de tanto tiempo, lo que pensaba entonces, diré que estaba diez veces más asustado por haber abandonado mis resoluciones y ha­ber retomado mis antiguas convicciones, que por el peligro de muerte ante el que me encontraba. Todo esto, sumado al terror de la tempestad, me puso en un estado de ánimo, que no podría describir con palabras. Pero aún no había ocurri­do lo peor, pues la tempestad se ensañaba con tal furia que los propios marineros admitían que nunca habían visto una peor. Teníamos un buen barco pero llevábamos demasiado peso y esto lo hacía bambolearse tanto, que los marineros, a cada rato, gritaban que se iría a pique. Esto obraba a mi favor porque no sabía lo que quería decir «irse a pique» has­ta que lo pregunté. La tempestad arreciaba tanto que pude ver algo que no se ve muy a menudo: el capitán, el contra­maestre y algunos otros más sensatos que los demás, se pu­sieron a rezar, esperando que, de un momento a otro, el barco se hundiera. A medianoche, y para colmo de nuestras desgracias, uno de los hombres que había bajado a ver la situación, gritó que teníamos una grieta y otro dijo que tenía­mos cuatro pies9 de agua en la bodega. Entonces nos llama­ron a todos para poner en marcha la bomba. Al oír esta pa­labra, pensé que me moría y caí de espaldas sobre uno de los costados de mi cama, donde estaba sentado. Sin embar­go, los hombres me levantaron y me dijeron que, ya que no había hecho nada antes, que muy bien podía ayudar con la bomba como cualquiera de ellos. Al oír esto, me levanté rá­pidamente, me dirigí a la bomba y me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón. Mientras tanto, el capitán había divisado unos pequeños barcos carboneros que no podían resistir la tormenta anclados y tuvieron que lanzarse al mar abierto. Cuando pasaron cerca de nosotros, ordenó disparar un cañonazo para pedir socorro. Yo, que no tenía idea de lo que eso significaba, me sorprendí tanto que pensé que el barco se había quebrado o que algo espantoso había ocurrido. En pocas palabras, me sorprendió tanto que me desmayé. En ese momento, cada cual velaba por su propia vida, de modo que nadie se preocupó por mí o por lo que pudiera pasarme. Un hombre se acercó a la bomba y apar­tándome con el pie, me dejó allí tendido, pensando que ha­bía muerto; y pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.

 

9 Pie: Medida de longitud que equivale a 30,48 centímetros.

 

Seguimos trabajando pero el agua no cesaba de entrar en la bodega y era evidente que el barco se hundiría. Aunque la fuerza de la tormenta comenzó a disminuir un poco, no era posible que el barco pudiera llegar a puerto, por lo que el capitán siguió disparando cañonazos en señal de auxilio. Un barco pequeño, que se había soltado justo de­lante de nosotros, envió un bote para rescatarnos. Con gran dificultad, el bote se aproximó a nosotros pero no po­día mantenerse cerca del barco ni nosotros subir a bordo. Por fin, los hombres que iban en el bote comenzaron a remar con todas sus fuerza, arriesgando su vida para salvar­nos, y nuestros hombres les lanzaron un cable con una boya por popa. Después de muchas dificultades, pudieron asirlo y así los acercamos hasta la popa y conseguimos subir a bor­do. Ni ellos ni nosotros le vimos ningún sentido a tratar de llegar hasta su nave así que acordamos dejarnos llevar por la corriente, limitándonos a enderezar el bote hacia la costa lo más que pudiéramos. Nuestro capitán les prometió que, si el bote se destrozaba al llegar a la orilla, él se haría cargo de indemnizar a su capitán. Así, pues, con la ayuda de los re­mos y la corriente, nuestro bote fue avanzando hacia el nor­te, en dirección oblicua a la costa, hasta Winterton Ness.10

 

10 Winterton Ness: Cabo del mar del Norte, a dos kilómetros de Winterton, en el condado de Norfoik.

 

No había transcurrido mucho más de un cuarto de hora desde que abandonáramos nuestro barco, cuando lo vimos hundirse. Entonces comprendí, por primera vez, lo que sig­nifica «irse a pique». Debo reconocer que no pude levantar la vista cuando los marineros me dijeron que se estaba hun­diendo. Desde el momento en que me subieron en el bote, porque no puedo decir que yo lo hiciera, sentía que mi cora­zón estaba como muerto dentro de mí, en parte por el mie­do y en parte por el horror de lo que según pensaba aún me aguardaba.

Mientras estábamos así, los hombres seguían remando para acercar el bote a la costa y podíamos ver, cuando subía­mos a la cresta de una ola, que había un montón de gente en la orilla, corriendo de un lado a otro para socorrernos cuando llegáramos. Pero nos movíamos muy lentamente y no nos acercamos a la orilla hasta pasado el faro de Winterton, donde la costa hace una entrada hacia el oeste en dirección a Cromer. Allí, la tierra nos protegía del viento y pudimos llegar a la orilla. Con mucha dificultad, desem­barcamos a salvo y, después, fuimos andando hasta Yarmouth, donde, como a hombres desafortunados que éramos, nos trataron con gran humanidad; desde los ma­gistrados del pueblo, que nos proveyeron buen alojamien­to, hasta los comerciantes y dueños de barcos, que nos die­ron suficiente dinero para llegar a Londres o Hull, según lo deseáramos.

Si hubiese tenido la sensatez de regresar a Hull y volver a casa, habría sido feliz y mi padre, como emblema de la pa­rábola de nuestro bendito Redentor, habría matado su ter nero más cebado en mi honor, pues pasó mucho tiempo desde que se enteró de que el barco en el que me había es­capado se había hundido en la rada de Yarmouth, hasta que supo que no me había ahogado.

Sin embargo, mi cruel destino me empujaba con una obstinación que no cedía ante nada. Aunque muchas veces sentí los llamados de la razón y el buen juicio para que re gresara a casa, no tuve la fuerza de voluntad para hacerlo. No sé cómo definir esto, ni me atrevo a decir que se trata de una secreta e inapelable sentencia que nos empuja a obrar como instrumentos de nuestra propia destrucción y abalan­zarnos hacia ella con los ojos abiertos, aunque la tengamos de frente. Ciertamente, solo una desgracia semejante, in­soslayable por decreto y de la que en modo alguno podía es­capar, pudo haberme obligado a seguir adelante, en contra de los serenos razonamientos y avisos de mi conciencia y de las dos advertencias que había recibido en mi primera expe­riencia.

Mi compañero, que antes me había ayudado a fortale­cer mi decisión y que era hijo del capitán, estaba menos de­cidido que yo. La primera vez que me habló, que no fue has ta pasados tres o cuatro días de nuestro desembarco en Yarmouth, puesto que en el pueblo nos separaron en distin­tos alojamientos; como decía, la primera vez que me vio, me pareció notar un cambio en su tono. Con un aspecto melancólico y un movimiento de cabeza me preguntó cómo estaba, le dijo a su padre quién era yo y le explicó que había hecho este viaje a modo de prueba para luego embarcarme en un viaje más largo. Su padre se volvió hacia mí con un gesto de preocupación:

-Muchacho -me dijo-, no debes volver a embarcar­te nunca más. Debes tomar esto como una señal clara e irrefutable de que no podrás ser marinero.

-Pero señor -le dije-, ¿acaso no pensáis volver al mar?

-Mi caso es diferente -dijo él-, esta es mi vocación y, por lo tanto, mi deber. Mas, si tú has hecho este viaje como prueba, habrás visto que el cielo te ha dado muestras suficientes de lo que te espera si insistes. Tal vez esto nos haya pasado por tu culpa, como pasó con Jonás en el barco que lo llevaba a Tarsis11. Pero dime, por favor, ¿quién eres y por qué te has embarcado?

 

11 Se refiere al libro de Jonás 1, 1-16. En este episodio, Dios le ordenó a Jonás que fuera a Nínive para anunciar su destrucción. Desobedeciendo el mandato de Dios, Jonás se embarcó para Tarsis y se levantó una terrible tempestad que solo cesó cuando arrojó a Jonás al agua.

 

Entonces, le relaté parte de mi historia, al final de la cual, estalló en un extraño ataque de cólera y dijo:

-¿Qué habré hecho yo para que semejante infeliz se montara en mi barco? No pondría un pie en el mismo barco que tú otra vez ni por mil libras esterlinas.

Esto fue, como pensaba, una explosión de sus emocio­nes, aún alteradas por la sensación de pérdida, que había re­basado los límites de su autoridad hacia mí. Sin embargo, lue go habló serenamente conmigo, me exhortó a que regresara junto a mi padre y no volviera a desafiar a la Providencia, ya que podía ver claramente que la mano del cielo había caído sobre mí.

-Y, muchacho dijo-, ten en cuenta lo que te estoy diciendo. Si no regresas, a donde quiera que vayas solo en­contrarás desastres y decepciones hasta que se hayan cum­plido cabalmente las palabras de tu padre.

Poco después nos separamos sin que yo pudiese con­testarle gran cosa y no volví a verlo; hacia dónde fue, no lo sé. Por mi parte, con un poco de dinero en el bolsillo, viajé a Londres por tierra y allí, lo mismo que en el transcurso del viaje, me debatí sobre el rumbo que debía tomar mi vida: si debía regresar a casa o al mar.

Respecto a volver a casa, la vergüenza me hacía recha­zar mis buenos impulsos e inmediatamente pensé que mis vecinos se reirían de mí y que me daría vergüenza presen tarme, no solo ante mis padres, sino ante el resto del mun­do. En este sentido, y desde entonces, he observado lo in­congruentes e irracionales que son los seres humanos, es­pecialmente los jóvenes, frente a la razón que debe guiarlos en estos casos; es decir, que no se avergüenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se avergüenzan de hacer cosas por las que, legítimamente, serían tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serían tomados por sabios.

En este estado permanecí un tiempo, sin saber qué me­didas tomar ni por dónde encaminar mi vida. Aún me sentía renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decisión, se iba disipando el recuerdo de mis desgracias, lo cual, a su vez, hacía disminuir aún más mis débiles intenciones de regresar a casa. Finalmente, me olvidé de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.

La nefasta influencia que, en el principio, me había ale­jado de la casa de mi padre; que me había conducido a se­guir la descabellada y absurda idea de hacer fortuna y me había imbuido con tal fuerza dicha presunción que me hizo sordo a todos los sabios consejos, a los ruegos y hasta las órdenes de mi padre; digo, que, esa misma influencia, cual­quiera que fuera, me impulsó a realizar la más desafortuna­da de las empresas. De este modo, me embarqué en un bu­que rumbo a la costa de África o, como dicen vulgarmente los marineros, emprendí un viaje a Guinea.

Para mi desgracia, en ninguna de estas aventuras me embarqué como marinero. Es verdad que, de ese modo, ha­bría tenido que trabajar un poco más de lo ordinario, pero, al mismo tiempo, habría aprendido los deberes y el oficio de contramaestre y con el tiempo me habría capacitado para ejercer de piloto y oficial, si no de capitán. Sin embargo, como mi destino era siempre elegir lo peor, lo mismo hice en este caso, pues, bien vestido y con dinero en el bolsillo, subía siempre a bordo como un señor. Nunca realicé ningu­na tarea en el barco ni aprendí a hacer nada.

Al poco tiempo de mi llegada a Londres, tuve la fortuna de encontrar muy buena compañía, cosa que no siempre les ocurre a jóvenes tan negligentes y desencaminados como lo era yo entonces, pues el diablo no pierde la oportunidad de tenderles sus trampas muy pronto. Mas, no fue esa mi suer­te. En primer lugar, conocí al capitán de un barco que había estado en la costa de Guinea y, como había tenido mucho éxito allí, estaba resuelto a volver. Este hombre, escuchó gustosamente mi conversación, que en aquel momento no era nada desagradable, y cuando me oyó decir que tenía la intención de ver el mundo, me dijo que si quería irme con él, no me costaría un centavo; que sería su compañero de mesa y de viaje y que, si quería llevarme alguna cosa conmigo, le sacaría todo el provecho que el comercio proporcionaba y, tal vez, encontraría un poco de estímulo.

Acepté su oferta y entablé una estrecha amistad con este capitán, que era un hombre franco y honesto. Emprendí el viaje con él y me llevé, una pequeña cantidad de mercan cía que, gracias a la desinteresada honestidad de mi amigo el capitán, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de bagatelas y fruslerías que el capitán me había indicado. Reuní las cuarenta libras con la ayuda de los parientes con los que mantenía correspondencia, y quie­nes, seguramente, convencieron a mi padre, o al menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje.

Esta expedición fue, de todas mis aventuras, la única afortunada. Esto se lo debo a la integridad y honestidad de mi amigo el capitán, de quien también obtuve un conoci miento digno de las matemáticas y de las reglas de navega­ción, aprendí a llevar una bitácora de viaje y a fijar la posición del barco. En pocas palabras, me transmitió conocimientos imprescindibles para un marinero, que él se deleitaba ense­ñándome y yo, aprendiendo. Así fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras12 y nueve onzas13 de oro en polvo a cambio de mis chucherías, que, al llegar a Londres, me produjeron una ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me llenó la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos que desde entonces me llevaron a la ruina.

 

12 Libra: Medida de peso que equivale a 453,44 gramos.

13 Onza: Medida de peso que equivale a la dieciseisava parte de una libra y equivale a 28,34 gramos.

 

Con todo, en este viaje también pasé muchos apuros. Estuve enfermo continuamente, con violentas calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro tráfico se llevaba a cabo en la costa, que es­taba a quince grados de latitud norte hasta la misma línea del ecuador.

A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí ha cer el mismo viaje otra vez y me embarqué en el mismo na­vío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y aho­ra había pasado a ser capitán. Este viaje fue el más desdi­chado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de cien libras esterlinas de mi recién adqui­rida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa africana, fuimos sor­prendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé14, que nos persiguió a toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que dis­poníamos o el que podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrecha­mos para el combate; para esto, nuestro barco contaba con doce cañones, mientras que el del pirata tenía diecio­cho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron, pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros ca­ñones a ese lado y le disparamos una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hom­bres resultó herido, ya que estaban todos muy bien protegi­dos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos, pero esta vez, por el otro lado, subieron se­senta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente, se pusieron a cortar y romper los puentes y el apa­rejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos, tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.

 

14 Salé: Ciudad y puerto de Marruecos en la costa del Atlántico, fren­te a Rabat. Desde la Edad Media y, en especial, en el siglo xvii, fue un conocido centro de piratería.

 

El trato que allí recibí no fue tan terrible como temía al principio, pues, no me llevaron al interior del país a la corte del emperador, como le ocurrió al resto de nuestros hom bres. El capitán de los corsarios decidió retenerme como parte de su botín y, puesto que era joven y listo, y podía ser­le útil para sus negocios, me hizo su esclavo. Ante este ines­perado cambio de circunstancias, por el que había pasado de ser un experto comerciante a un miserable esclavo, me sentía profundamente consternado. Entonces, recordé las proféticas palabras de mi padre, cuando me advertía que se­ría un desgraciado y no hallaría a nadie que pudiera ayudar­me. Me parecía que estas palabras no podían haberse cum­plido más al pie de la letra y que la mano del cielo había caído sobre mí; me hallaba perdido y sin salvación. Mas, ¡ay!, esto era solo una muestra de las desgracias que me aguardaban, como se verá en lo que sigue de esta historia.

Como mi nuevo patrón, o señor, me había llevado a su casa, tenía la esperanza de que me llevara consigo cuando volviese al mar. Estaba convencido de que, tarde o tempra no, su destino sería caer prisionero de la armada española o portuguesa y, de ese modo, yo recobraría mi libertad. Pero muy pronto se desvanecieron mis esperanzas, porque, cuando partió hacia el mar, me dejó en tierra a cargo de su jardincillo y de las tareas domésticas que suelen desempeñar los esclavos, y cuando regresó de su viaje, me ordenó per­manecer a bordo del barco para custodiarlo.

En aquel tiempo, no pensaba en otra cosa que en fugar­me y en la mejor forma de hacerlo, pero no lograba hallar ningún método que fuera mínimamente viable. No había ningún indicio racional de que pudiera llevar a cabo mis planes, pues, no tenía a nadie a quien comunicárselos ni que estu­viera dispuesto a acompañarme. Tampoco tenía amigos en­tre los esclavos, ni había por allí ningún otro inglés, irlandés o escocés aparte de mí. Así, pues, durante dos años, si bien me complacía con la idea, no tenía ninguna perspectiva alentadora de realizarla.

Al cabo de casi dos años se presentó una extraña cir­cunstancia que reavivó mis intenciones de hacer algo por recobrar mi libertad. Mi amo permanecía en casa por más tiempo de lo habitual y sin alistar la nave (según oí, por falta de dinero). Una o dos veces por semana, si hacía buen tiem­po, cogía la pinaza15 del barco y salía a pescar a la rada. A menudo, nos llevaba a mí y a un joven morisco para que re­máramos, pues le agradábamos mucho. Yo di muestras de ser tan diestro en la pesca que, a veces, me mandaba con uno de sus parientes moros y con el joven, el morisco, a fin de que le trajésemos pescado para la comida.

Una vez, mientras íbamos a pescar en una mañana cla­ra y tranquila, se levantó una niebla tan espesa que, aun es­tando a media legua16 de la costa, no podíamos divisarla, de manera que nos pusimos a remar sin saber en qué direc­ción, y así estuvimos remando todo el día y la noche. Cuando amaneció, nos dimos cuenta de que habíamos remado mar adentro en vez de hacia la costa y que estába­mos, al menos, a dos leguas de la orilla. No obstante, logra­mos regresar, no sin mucho esfuerzo y peligro, porque el viento comenzó a soplar con fuerza en la mañana y estába­mos débiles por el hambre.

 

15 Pinaza: Embarcación de vela y remo, de quilla plana, larga, estre­cha y ligera que tiene tres palos y la popa cuadrada.

16 Legua: Medida itineraria que se utiliza en mar y en tierra. Según lugares y épocas la legua ha oscilado su valor desde 2,4 a 4,6 millas, pero usualmente se le ha dado el de 3 millas. Así la legua terrestre equivale a 3 millas terrestres y por tanto, su valor es el de 4.828,02 metros; y la legua marina equivale a 3 millas marinas y su valor es de 5.554,98 metros.

 

Nuestro amo, prevenido por este desastre, decidió ser más cuidadoso en el futuro. Usaría la chalupa de nuestro barco inglés y no volvería a salir de pesca sin llevar consigo la brújula y algunas provisiones. Entonces, le ordenó al car­pintero de su barco, que también era un esclavo inglés, que construyera un pequeño camarote o cabina en medio de la chalupa, como las que tienen las barcazas, con espacio sufi­ciente a popa, para que se pudiese largar la vela mayor y, a proa, para que dos hombres pudiesen manipular las velas. La chalupa navegaba con una vela triangular, que llamába­mos lomo de cordero y la bomba estaba asegurada sobre el techo del camarote. Este era bajo y muy cómodo y suficien­temente amplio para guarecer a mi amo y a uno o dos de sus esclavos. Tenía una mesa para comer y unos pequeños armarios para guardar algunas botellas de su licor favorito y, sobre todo, su pan, su arroz y su café.

A menudo salíamos a pescar en este bote y, como yo era el pescador más diestro, nunca salía sin mí. Sucedió que un día, para divertirse o pescar, había hecho planes para sa lir con dos o tres moros que gozaban de cierto prestigio en el lugar y a quienes quería agasajar espléndidamente. Para esto, ordenó que la noche anterior se llevaran a bordo más provisiones que las habituales y me mandó preparar pólvo­ra y municiones para tres escopetas que llevaba a bordo, pues pensaba cazar, además de pescar.

Aparejé todas las cosas como me había indicado y espe­ré a la mañana siguiente con la chalupa limpia, su insignia y sus gallardetes enarbolados, y todo lo necesario para aco modar a sus huéspedes. De pronto, mi amo subió a bordo solo y me dijo que sus huéspedes habían cancelado el pa­seo, a causa de un asunto imprevisto, y me ordenó, como de costumbre, salir en la chalupa con el moro y el joven a pescar, ya que sus amigos vendrían a cenar a su casa. Me mandó que, tan pronto hubiese cogido algunos peces, los llevara a su casa; y así me dispuse a hacerlo.

En ese momento, volvieron a mi mente aquellas anti­guas esperanzas de libertad, ya que tendría una pequeña embarcación a mi cargo. Así, pues, cuando mi amo se hubo marchado, preparé mis cosas, no para pescar sino para emprender un viaje, aunque no sabía, ni me detuve a pensar, qué dirección debía tomar, convencido de que, cualquier rumbo que me alejara de ese lugar, sería el correcto.

Mi primera artimaña fue buscar un pretexto para con­vencer al moro de que necesitábamos embarcar provisiones para nosotros porque no podíamos comernos el pan de nuestro amo. Me respondió que era cierto y trajo una gran canasta con galletas o bizcochos de los que ellos confeccio­naban y tres tinajas de agua. Yo sabía dónde estaba la caja de licores de mi amo, que, evidentemente, por la marca, ha­bía adquirido del botín de algún barco inglés, de modo que la subí a bordo, mientras el moro estaba en la playa, para que pareciera que estaba allí por orden del amo. Me llevé también un bloque de cera qué pesaba más de cincuenta li­bras, un rollo de bramante o cuerda, un hacha, una sierra y un martillo, que me fueron de gran utilidad posteriormente, sobre todo la cera, para hacer velas. Le tendí otra trampa, en la cual cayó con la misma ingenuidad. Su nombre era Ismael pero lo llamaban Muly o Moley.

-Moley -le dije-, las armas de nuestro amo están a bordo del bote, ¿no podrías traer un poco de pólvora y mu­niciones? Tal vez podamos cazar algún alcamar (un ave pa recida a nuestros chorlitos). Sé que el patrón guarda las mu­niciones en el barco.

-Sí -me respondió-, traeré algunas.

Apareció con un gran saco de cuero que contenía cerca de una libra y media de pólvora, quizás más, y otro con mu­niciones, que pesaba cinco o seis libras. También trajo algu nas balas, y lo subió todo a bordo de la chalupa. Mientras tanto, yo había encontrado un poco de pólvora en el camaro­te de mi amo, con la que llené uno de los botellones de la caja, que estaba casi vacío, y eché su contenido en otra botella. De este modo, abastecidos con todo lo necesario, salimos del puerto para pescar. Los del castillo, que estaba a la en­trada del puerto, nos conocían y no nos prestaron atención.

A menos de una milla del puerto, recogimos las velas y nos pusimos a pescar. El viento soplaba del norte-noreste, lo cual era contrario a lo que yo deseaba, ya que si hubiera soplado del sur, con toda seguridad nos habría llevado a las costas de España, por lo menos, a la bahía de Cádiz. Mas estaba resuelto a que, soplara hacia donde soplara, me ale­jaría de ese horrible lugar. El resto, quedaba en manos del destino.

Después de estar un rato pescando y no haber cogido nada, porque cuando tenía algún pez en el anzuelo, no lo sacaba para que el moro no lo viera, le dije:

-Aquí no vamos a pescar nada y no vamos a poder complacer a nuestro amo. Será mejor que nos alejemos un poco.

Él, sin sospechar nada, accedió y, como estaba en la proa del barco, desplegó las velas. Yo, que estaba al timón, hice al bote avanzar una legua más y enseguida me puse a fingir que me disponía a pescar. Entonces, entregándole el timón al chico, me acerqué a donde estaba el moro y aga­chándome como si fuese a recoger algo detrás de él, lo agarré por sorpresa por la entrepierna y lo arrojé al mar por la bor­da. Inmediatamente subió a la superficie porque flotaba como un corcho. Me llamó, me suplicó que lo dejara subir, me dijo que iría conmigo al fin del mundo y comenzó a nadar hacia el bote con tanta velocidad, que me habría al­canzado en seguida, puesto que soplaba muy poco viento. En ese momento, entré en la cabina y cogiendo una de las armas de caza, le apunté con ella y le dije que no le había hecho daño ni se lo haría si se quedaba tranquilo.

-Pero -le dije-, puedes nadar lo suficientemente bien como para llegar a la orilla. El mar está en calma, así que, intenta llegar a ella y no te haré daño, pero, si te acer cas al bote, te meteré un tiro en la cabeza, pues estoy decidi­do a recuperar mi libertad.

De este modo, se dio la vuelta y nadó hacia la orilla, y no dudo que haya llegado bien, porque era un excelente na­dador.

Tal vez me hubiese convenido llevarme al moro y arro­jar al niño al agua, pero, la verdad es que no tenía ninguna razón para confiar en él. Cuando se alejó, me volví al chico, a quien llamaban Xury, y le dije:

-Xury, si quieres serme fiel, te haré un gran hombre, pero si no te pasas la mano por la cara -lo cual quiere de­cir, jurar por Mahoma y la barba de su padre-, tendré que arrojarte también al mar.

El niño me sonrió y me habló con tanta inocencia, que no pude menos que confiar en él. Me juró que me sería fiel y que iría conmigo al fin del mundo.

Mientras estuvimos al alcance de la vista del moro, que seguía nadando, mantuve el bote en dirección al mar abierto, más bien un poco inclinado a barlovento17, para que parecie ra que me dirigía a la boca del estrecho18 (como en verdad lo habría hecho cualquier persona que estuviera en su sano jui­cio), pues, ¿quién podía imaginar que navegábamos hacia el sur, rumbo a una costa bárbara, donde, con toda seguridad, tribus enteras de negros nos rodearían con sus canoas para destruirnos; donde no podríamos tocar tierra ni una sola vez sin ser devorados por las bestias salvajes, o por los hombres salvajes, que eran aún más despiadados que estas?

 

17 Barlovento: De donde viene el viento.

18 Se refiere al estrecho de Gibraltar.

Pero, tan pronto oscureció, cambié el rumbo y enfilé di­rectamente al sur, ligeramente inclinado hacia el este para no alejarme demasiado de la costa. Con el buen viento que soplaba y el mar en calma, navegamos tan bien que, al día siguiente, a las tres de la tarde, cuando vi tierra por primera vez, no podía estar a menos de ciento cincuenta millas al sur de Salé, mucho más allá de los dominios del emperador de Marruecos, o, quizás, de cualquier otro monarca de aquellos lares, ya que no se divisaba persona alguna.

No obstante, era tal el temor que tenía de los moros y de caer en sus manos, que no me detuve, ni me acerqué a la orilla, ni bajé anclas (pues el viento seguía soplando favorablemente). Decidí seguir navegando en el mismo rumbo du­rante otros cinco días. Cuando el viento comenzó a soplar  del sur, decidí que si alguno de nuestros barcos había salido a buscarnos, a estas alturas se habría dado por vencido. Así, pues, me aventuré a acercarme a la costa y me anclé en la boca de un pequeño río, sin saber cuál era, ni dónde estaba, ni en qué latitud se encontraba, ni en qué país o en qué na­ción. No podía divisar a nadie, ni deseaba hacerlo, porque lo único que me interesaba era conseguir agua fresca. Llegamos al estuario19 por la tarde y decidimos llegar a nado a la costa tan pronto oscureciera, para explorar el lugar. Mas, tan pronto oscureció, comenzamos a escuchar un aterrador ruido de ladridos, aullidos, bramidos y rugidos de animales feroces, desconocidos para nosotros. El pobre chi­co estaba a punto de morirse de miedo y me suplicó que no fuéramos a la orilla hasta que se hiciese de día.

 

19 Estuario: Desembocadura.

 

-Bien, Xury -le dije-, entonces no lo haremos, pero puede que en el día veamos hombres tan peligrosos como esos leones.

-Entonces les disparamos escopeta -dijo Xury son­riendo-, hacemos huir.

Xury había aprendido a hablar un inglés entrecortado, conversando con nosotros los esclavos. Sin embargo, me alegraba ver que el chico estuviera tan contento y, para ani marlo, le di a beber un pequeño trago (de la caja de botellas de nuestro amo). Después de todo, el consejo de Xury me parecía razonable y lo acepté. Echamos nuestra pequeña ancla y permanecimos tranquilos toda la noche; digo tran­quilos porque ninguno de los dos pudo dormir. Al cabo de dos o tres horas, comenzamos a ver que enormes criaturas (pues no sabíamos qué llamarlas) de todo tipo, descendían hasta la playa y se metían en el agua, revolcándose y laván­dose, por el mero placer de refrescarse, mientras emitían gritos y aullidos como nunca los habíamos escuchado.

Xury estaba aterrorizado y, en verdad, yo también lo es­taba, pero nos asustamos mucho más cuando advertimos que una de esas poderosas criaturas nadaba hacia nuestro bote. No podíamos verla pero, por sus resoplidos, parecía una bestia enorme, monstruosa y feroz. Xury decía que era un león y, tal vez lo fuera, mas yo no lo sabía. El pobre chico me pidió a gritos que leváramos el ancla y remáramos mar adentro.

-No -dije-, soltaremos el cable con la boya y nos alejaremos. No podrá seguirnos tan lejos.

No bien había dicho esto, cuando me percaté de que la criatura (o lo que fuese) estaba a dos remos de distancia, lo cual me sorprendió mucho. Entré a toda velocidad en la ca bina y cogiendo mi escopeta le disparé, lo que le hizo dar la vuelta inmediatamente y ponerse a nadar hacia la playa. Es imposible describir los horrorosos ruidos, los espe­luznantes alaridos y los aullidos que provocamos con el disparo, tanto en la orilla de la playa como tierra adentro, pues creo que esas criaturas nunca antes habían escucha­do un sonido igual. Estaba convencido de que no intenta­ríamos ir a la orilla por la noche y me preguntaba cómo lo haríamos durante el día, pues me parecía que caer en ma­nos de aquellos salvajes era tan terrible como caer en las garras de leones y tigres20; al menos a nosotros nos lo pa­recía.

Sea como fuere, teníamos que ir a la orilla a por agua porque no nos quedaba ni una pinta21 en el bote; el proble­ma era cuándo y dónde hacerlo. Xury decía que, si le permi tía ir a la orilla con una de las tinajas, intentaría buscar agua y traérmela al bote. Le pregunté por qué prefería ir él a que fuera yo mientras él se quedaba en el bote, a lo que respon­dió con tanto afecto, que desde entonces, lo quise para siempre:

 

20 En África no hay tigres pero la palabra se utilizaba para referirse a la pantera, el leopardo u otro felino similar.

21 Pinta: Medida inglesa para líquidos, equivale a dos tazas o dieciséis onzas fluidas. En el sistema métrico decimal, una pinta equivale más o menos a medio litro.

 

-Si los salvajes vienen y me comen, tú escapas.

-Entonces, Xury -le dije-, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, así, no se comerán a ninguno de los dos.

Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro tra­go de la caja de botellas del amo, que mencioné anterior­mente. Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos pareció prudente y nadamos hasta la playa, sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua.

Yo no quería perder de vista el bote, porque temía que los salvajes vinieran en sus canoas río abajo. El chico, que había visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se enca minó hacia allí y, al poco tiempo, regresó corriendo hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje, o que se había asus­tado al ver alguna bestia y corrí hacia él para socorrerle. Mas cuando me acerqué, vi que traía algo colgando de los hombros, un animal que había cazado, parecido a una lie­bre pero de otro color y con las patas más largas. Esto nos alegró mucho, porque parecía buena carne. Pero lo que en realidad alegró al pobre Xury fue darme la noticia de que había encontrado agua fresca y no había visto ningún salvaje.

Poco después, descubrimos que no teníamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco más arriba del estuario en el que estábamos, había un pequeño torren te del que manaba agua fresca cuando bajaba la marea. Así, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habíamos cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en aquella parte de la región.

Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo Verde, se ha­llaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que estábamos, ni sabía con cer­teza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si per­manecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera dispuesta a ayudarnos. Según mis cálculos más exactos, el lugar en el que nos encontrábamos debía estar en la región que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhóspitos dominios de los negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una región abandonada por los negros, que se tras­ladaron al sur por miedo a los moros; y por estos últimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a cau­sa de su desolación. En resumidas cuentas, unos y otros la habían abandonado por la gran cantidad de tigres, leones, leopardos y demás fieras que allí habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar, actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Así, pues, en cien millas a lo lar­go de la costa, no vimos más que un vasto territorio desierto de día, y, de noche, no escuchamos más que aullidos y rugi­dos de bestias salvajes.

Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife22, que es el pico más alto de las montañas de Te­nerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aven turarme con la esperanza de llegar allí y, en efecto, lo inten­té dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme cerca de la costa.

 

22 Se refiere al Teide, que está en el centro de la isla de Tenerife y se eleva 3.718 metros sobre el nivel del mar. En 1737, aún era el pico más alto escalado por el hombre y el New Geographical Dictionary le atribuía 24.000 metros de altura.

 

Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a vol­ver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pe queño promontorio, bastante elevado, y allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase. Xury, cuyos ojos parecían estar mucho más atentos que los míos, me llamó suavemente y me dijo que retrocediéramos:

-Mira allí -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina.

Miré hacia donde apuntaba y, ciertamente, vi un mons­truo terrible, pues se trataba de un león inmenso que estaba, echado a la orilla de la playa, bajo la sombra de la parte so bresaliente de la colina, que parecía caer sobre él.

-Xury -le dije-, debes ir a la playa y matarlo.

Me miró aterrorizado y dijo:

-¡Matarlo!, me come de una boca.

En verdad quería decir de un bocado. No le dije nada más, sino que le ordené que permaneciese quieto. Tomé el arma de mayor tamaño, que era casi como un mosquete, la cargué con abundante pólvora y dos trozos de plomo y la dejé aparte. Entonces cargué otro fusil con dos balas y luego un tercero, pues teníamos tres armas. Apunté lo mejor que pude con el primer arma para dispararle en la cabeza pero como estaba echado con las patas sobre la nariz, los plomos le dieron en una pata, a la altura de la rodilla, y le partieron el hueso. Intentó ponerse en pie mientras rugía ferozmente, pero, como tenía la pata partida, volvió a caer al suelo. Luego se puso en pie con las otras tres patas y lanzó el rugi­do más espeluznante que jamás hubiese oído. Me sorpren­dió no haberle dado en la cabeza, e inmediatamente, tomé el segundo fusil, y, pese a que ya había comenzado a alejarse, le disparé otra vez en la cabeza y tuve el placer de verlo caer, emitiendo apenas un quejido y luchando por vivir. Entonces Xury recobró el valor y me pidió que le dejara ir a la orilla.

-Está bien, ve -le dije.

El chico saltó al agua, sujetando el arma pequeña en una mano. Se acercó al animal, se puso la culata del fusil cerca de la oreja, le disparó nuevamente en la cabeza y lo remató.

Esto era más bien un juego para nosotros, pero no ser­vía para alimentarnos y lamenté haber gastado tres cargas de pólvora en dispararle a un animal que no nos servía para nada. No obstante, Xury dijo que quería llevarse algo, así que subió a bordo y me pidió que le diera el hacha.

-¿Para qué la quieres, Xury? -le pregunté.

-Yo corto cabeza -me contestó.

Pero no pudo hacerlo, de manera que le cortó una pata, que era enorme, y la trajo consigo.

De pronto se me ocurrió que la piel del león podía ser­virnos de algo y decidí desollarlo si podía. Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y Xury demostró ser mucho más diestro que yo en la labor, pues, en realidad, no tenía mucha idea de cómo realizarla. Nos tomó todo el día, pero, por fin, pudimos quitarle la piel y la extendimos sobre la cabina. En dos días se secó al sol y desde entonces, la utilizaba para dormir sobre ella.

Después de esta parada, navegamos hacia el sur duran­te diez o doce días, consumiendo con parquedad las provi­siones, que comenzaban a disminuir rápidamente, y yendo a la orilla solo cuando era necesario para buscar agua fres­ca. Mi intención era llegar al río Gambia o al Senegal, es de­cir, a cualquier lugar cerca del Cabo Verde, donde esperaba encontrar algún barco europeo. De lo contrario, no sabía qué rumbo tomar, como no fuese navegar en busca de las is­las o morir entre los negros. Sabía que todas las naves que venían de Europa, pasaban por ese cabo, o esas islas, de ca­mino a Guinea, Brasil o las Indias Orientales. En pocas pa­labras, aposté toda mi fortuna a esa posibilidad, de manera que, encontraba un barco o perecía.

Una vez tomada esta resolución, al cabo de diez días, comencé a advertir que la tierra estaba habitada. En dos o tres lugares, a nuestro paso, vimos gente que nos observaba desde la playa. Nos percatamos de que eran bastante ne­gros y estaban totalmente desnudos. Una vez sentí el impul­so de desembarcar y dirigirme a ellos, pero Xury, que era mi mejor consejero, me dijo:

-No ir, no ir.

No obstante, me dirigí a la playa más cercana para ha­blar con ellos y vi cómo corrían un buen tramo a lo largo de la playa, a la par que nosotros. Observé que no llevaban ar mas, con la excepción de uno, que llevaba un palo largo y delgado, que, según Xury era una lanza, que arrojaban desde muy lejos y con muy buena puntería. Mantuve, pues, cierta distancia pero me dirigí a ellos como mejor pude, por medio de señas, sobre todo, para expresarles que buscábamos co­mida. Con un gesto me dijeron que detuviera el bote y ellos nos traerían algo de carne. Bajé un poco las velas y me que­dé a la espera. Dos de ellos corrieron tierra adentro y, en menos de media hora, estaban de vuelta con dos piezas de carne seca y un poco de grano, del que se cultiva en estas tierras. Aunque no sabíamos qué era ni una cosa ni la otra, las aceptamos gustosamente. El siguiente problema era cómo recoger lo que nos ofrecían, pues yo no me atrevía a acercarme a la orilla y ellos estaban tan aterrados como noso­tros. Entonces, se les ocurrió una forma de hacerlo, que resul­taba segura para todos. Dejaron los alimentos en la playa y se alejaron, deteniéndose a una gran distancia, hasta que no­sotros lo subimos todo a bordo; luego volvieron a acercarse.

Les hicimos señas de agradecimiento porque no tenía­mos nada que darles a cambio. Sin embargo, en ese mismo instante surgió la oportunidad de agradecerles el favor, por que mientras estaban en la orilla, se acercaron dos animales gigantescos, uno venía persiguiendo al otro (según nos pa­recía) con gran saña, desde la montaña hasta la playa. No sabíamos si era un macho que perseguía a una hembra ni si estaban en son de juego o pelea. Tampoco sabíamos si esto era algo habitual, pero nos inclinábamos más hacia la idea contraria; en primer lugar, porque estas bestias famélicas suelen aparecer solamente por la noche; en segundo lugar, porque la gente estaba aterrorizada, en especial, las muje­res. El hombre que llevaba la lanza no huyó, aunque el resto sí lo hizo. Los dos animales se dirigieron hacia el agua y, al parecer, no tenían intención de atacar a los negros. Se zam­bulleron en el agua y comenzaron a nadar como si solo hu­biesen ido allí por diversión. Al cabo de un rato, uno de ellos comenzó a acercarse a nuestro bote, más de lo que yo hu­biese deseado, pero yo le apunté con el fusil que había car­gado a toda prisa, y le dije a Xury que cargara los otros dos. Tan pronto se puso a mi alcance, disparé y le di justo en la cabeza. Se hundió en el acto pero en seguida salió a flote, volvió a hundirse y, nuevamente, salió a flote, como si se es­tuviese ahogando, lo que, en efecto, hacía. Rápidamente se dirigió a la playa pero, entre la herida mortal que le había propinado y el agua que había tragado, murió antes de lle­gar a la orilla.

No es posible expresar el asombro de estas pobres cria­turas ante el estallido y el disparo de mi arma. Algunos, se­gún parecía, estaban a punto de morirse de miedo y caye ron al suelo como muertos por el terror. Mas cuando vieron que la bestia había muerto y se hundía en el agua, mientras yo les hacía señas para que se acercaran a la playa, se arma­ron de valor y se dieron a su búsqueda. Fui yo quien la des­cubrió, por la mancha de la sangre en el agua y, con la ayu­da de una cuerda, con la que até el cuerpo y cuyo extremo luego les arrojé, los negros pudieron arrastrarlo hasta la ori­lla. Era un leopardo de lo más curioso, que tenía unas man­chas admirablemente delicadas. Los negros levantaron las manos con admiración hacia aquello que había utilizado para matarlo.

El otro animal, asustado con el resplandor y el ruido del disparo, nadó hacia la orilla y se metió directamente en las montañas, de donde habían venido, pero, a esa distancia, no podía saber qué era. Me di cuenta en seguida, que los ne­gros querían comerse la carne del animal. Estaba dispuesto a dársela, a modo de favor personal y les hice señas para que la tomaran, ante lo cual, se mostraron muy agradeci­dos. Inmediatamente, se pusieron a desollarlo y como no te­nían cuchillo, utilizaban un trozo de madera muy afilado, con el que le quitaron la piel tanto o más rápidamente que lo que hubiésemos tardado en hacerlo Xury y yo con un cuchillo. Me ofrecieron un poco de carne, que yo rechacé, fingiendo que se la daba toda a ellos, pero les hice señas de que que­ría la piel, la cual me entregaron gustosamente, y, además, me trajeron muchas más de sus provisiones, que, aun sin saber lo que eran, acepté de buen grado. Entonces, les indi­qué por señas que quería un poco de agua y di la vuelta a una de las tinajas para mostrarles que estaba vacía y que quería llenarla. Rápidamente, llamaron a algunos de sus amigos y aparecieron dos mujeres con un gran recipiente de barro, seguramente, cocido al sol. Lo llevaron hasta la playa, del mismo modo que antes lo habían hecho con los alimentos, y yo envié a Xury a la orilla con las tinajas, que trajo de vuelta llenas. Las mujeres, al igual que los hombres, estaban desnudas.

Provisto de raíces, grano y agua, abandoné a mis amis­tosos negros y seguí navegando unos once días, sin tener que acercarme a la orilla. Entonces vi que, a unas cuatro o cinco leguas de distancia, la tierra se prolongaba mar aden­tro. Como el mar estaba en calma, recorrimos, bordeando la costa, una gran distancia para llegar a la punta y, cuando nos disponíamos a doblarla, a un par de leguas de la costa, divisé tierra al otro lado. Deduje, con toda probabilidad, que se trataba del Cabo Verde y que aquellas islas que podíamos divisar, eran las Islas del Cabo Verde. Sin embargo, se en­contraban a gran distancia y no sabía qué hacer, pues de ser sorprendido por una ráfaga de viento, no podría llegar ni a una ni a otra parte.

Ante esta disyuntiva, me detuve a pensar y bajé al camarote, dejándole el timón a Xury. De pronto, lo sentí gritar:

-¡Capitán, capitán, un barco con vela!

El pobre chico estaba fuera de sí, a causa del miedo, pues pensaba que podía ser uno de los barcos de su amo, que nos estaba buscando, pero yo sabía muy bien que, des de hacía tiempo, estábamos fuera de su alcance. De un salto salí de la cabina y, no solo pude ver el barco, sino también, de dónde era. Se trataba de un barco portugués que, según me parecía, se dirigía a la costa de Guinea en busca de es­clavos. Mas, cuando me fijé en el rumbo que llevaba, advertí que se dirigía a otra parte y, al parecer, no se acercaría más a la costa. Entonces me lancé mar adentro, todo lo que pude, decidido, si era posible, a hablar con ellos.

Aunque desplegamos todas las velas, me di cuenta de que no podríamos alcanzarlo y desaparecería antes de que yo pudiera hacerle cualquier señal. Cuando había puesto el bote a toda marcha y comenzaba a desesperar, ellos me vie­ron a mí, al parecer, con la ayuda de su catalejo. Viendo que se trataba de una barcaza europea, que debía pertenecer a algún barco perdido, bajaron las velas para que yo pudiera alcanzarlos. Esto me alentó y, como llevaba a bordo la ban­dera de mi amo, la agité en el aire, en señal de socorro y dis­paré un tiro con el arma. Al ver ambas señales, porque des­pués me dijeron que habían visto la bandera y el humo, aunque no habían escuchado el disparo, detuvieron la nave generosamente y, al cabo de tres horas, pude llegar hasta ellos.

Me preguntaron de dónde era en portugués, español y francés pero yo no entendía ninguna de estas lenguas. Finalmente, un marinero escocés que iba a bordo, me llamó y le contesté. Le dije que era inglés y que me había escapa­do de los moros, que me habían hecho esclavo en Salé. Entonces me dijeron que subiera a bordo y, muy amable­mente, me acogieron con todas mis pertenencias.

Cualquiera podría entender la indecible alegría que sentí al verme liberado de la situación tan miserable y desespe­ranzada en la que me hallaba. Inmediatamente, le ofrecí al capitán del barco todo lo que tenía, como muestra de agra­decimiento por mi rescate. Mas él, con mucha delicadeza, me dijo que no tomaría nada de lo mío, sino que todo me sería devuelto cuando llegáramos a Brasil.

-Puesto que -me dijo-, os he salvado la vida del mis­mo modo que yo habría deseado que me la salvaran a mí, y puede que alguna vez me encuentre en una situación simi lar. Si os llevo a Brasil, un país tan lejano del vuestro, y os quito vuestras pertenencias, moriréis de hambre y, enton­ces, os estaré quitando la misma vida que ahora os acabo de salvar. No, no, Seignior Inglese, os llevaré por caridad y vuestras pertenencias os servirán para buscaros el sustento y pagar el viaje de regreso a vuestra patria.

Así como se mostró caritativo en su oferta, fue muy puntual a la hora de llevarla a cabo, pues les ordenó a los ma­rineros que no tocaran ninguna de mis pertenencias. Tomó posesión de todas mis cosas y me entregó un inventario pre­ciso de ellas, en el que incluía hasta mis tres tinajas de barro.

En cuanto a mi bote, que era muy bueno y él se dio cuen­ta de ello, me dijo que lo compraría para su barco y me pre­guntó cuánto quería por él. Yo le respondí que había sido tan generoso conmigo, que no podía ponerle precio y lo dejaba completamente a su criterio. Me contestó que me da­ría una nota firmada por ochenta piezas de a ocho23, que me pagaría cuando llegáramos a Brasil y, una vez allí, si alguien me hacía una mejor oferta, él la igualaría. También me ofre­ció sesenta piezas de a ocho por Xury pero yo no estaba dis­puesto a aceptarlas, no porque no quisiera dejárselo al capi­tán, sino porque no estaba dispuesto a vender la libertad del chico, que me había servido con tanta lealtad a recuperar la mía. Cuando le expliqué mis razones al capitán, le parecie­ron justas y me propuso lo siguiente: que se comprometía a darle al chico un testimonio por el cual obtendría su libertad en diez años si se convertía al cristianismo. Como Xury dijo que estaba dispuesto a irse con él, se lo cedí al capitán.

Hicimos un estupendo viaje a Brasil y llegamos, al cabo de unos veinte días, a la bahía de Todos los Santos24. Una vez más, había escapado de la suerte más miserable y debía pensar qué sería de mi vida.

 

­ 23 Pieza de a ocho: Nombre con el que se designaba el ya obsoleto dólar de plata español o hispanoamericano, que equivalía a ocho reales.

24 Bahía de Todos los Santos: Es uno de los mayores y mejores puer­tos de anclaje profundo de la costa de Brasil, donde se encuentra la ciu­dad de Salvador. Antiguamente, era la capital del país.

Nunca he podido olvidar el trato generoso que me dis­pensó el capitán, que no quiso aceptar nada a cambio de mi viaje y me dio veinte ducados por la piel del leopardo, cua renta por la del león, me devolvió puntualmente todas mis pertenencias y me compró lo que quise vender, como las botellas, dos de mis armas y el trozo de cera que me había sobra­do, pues el resto lo había utilizado para hacer velas. En pocas palabras, vendí mi carga en doscientas veinte piezas de a ocho y, con este acopio, desembarqué en la costa de Brasil.

Al poco tiempo de mi llegada, el capitán me encomen­dó a un hombre bueno y honesto, como él, que tenía un in­genio (es decir, una plantación y hacienda azucarera). Viví con él un tiempo y así aprendí sobre el método de planta­ción y fabricación del azúcar. Viendo lo bien que vivían los hacendados y cómo se enriquecían tan rápidamente, decidí que, si conseguía una licencia, me haría hacendado y, mien­tras tanto, buscaría la forma de que se me enviara el dinero que había dejado en Londres.

Tenía un vecino, un portugués de Lisboa, hijo de ingle­ses, que se llamaba Wells y se encontraba en una situación similar a la mía. Digo que era mi vecino, ya que su planta ción colindaba con la mía y nos llevábamos muy bien. Mis existencias eran tan escasas como las suyas, pues, durante dos años, sembramos casi exclusivamente para subsistir. Con el tiempo, comenzamos a prosperar y aprendimos a administrar mejor nuestras tierras, de manera que, al tercer año, pudimos sembrar un poco de tabaco y preparar una buena extensión de terreno para sembrar azúcar al año si­guiente. Ambos necesitábamos ayuda y, entonces, me di cuenta del error que había cometido al separarme de Xury, mi muchacho.

Mas, ¡ay!, no me sorprendía haber cometido un error, ya que, en toda mi vida, había acertado en algo. No me queda­ba más remedio que seguir adelante, pues me había metido en un negocio que superaba mi ingenio y contrariaba la vida que siempre había deseado, por la que había abandonado la casa de mi padre y hecho caso omiso a todos sus buenos consejos. Más aún, estaba entrando en ese estado interme­dio, o el estado más alto del estado inferior, que mi padre me había aconsejado y, si iba a acogerlo, bien podía haberme quedado en casa para hacerlo, sin haber tenido que padecer las miserias del mundo, como lo había hecho. Muchas veces me decía a mí mismo que esto lo podía haber hecho en Inglaterra, entre mis amigos, en lugar de haber venido a ha­cerlo a cinco mil millas, entre extraños y salvajes, en un lugar desolado y lejano, al que no llegaban noticias de ninguna parte del mundo donde habitase alguien que me conociera.

De este modo, lamentaba la situación en la que me ha­llaba. No tenía a nadie con quien conversar si no era, de vez en cuando, con mi vecino, ni tenía otra cosa que hacer, sal vo trabajos manuales. Solía decir que mi vida transcurría como la del náufrago en una isla desierta, donde no puede contar con nadie más que consigo. Mas, con cuánta justicia todos los hombres deberían reflexionar sobre esto: que cuando comparan la condición en la que se encuentran con otras peores, el cielo les puede obligar a hacer el cambio y convencerse, por experiencia, de que fueron más felices en el pasado. Y digo que, con justicia, merecí vivir una vida so­litaria en una isla desierta, como la que había imaginado, pues tantas muchas veces la comparé, injustamente, con la vida que llevaba entonces; si hubiera perseverado en ella, con toda seguridad habría logrado hacerme rico y próspero.

En cierto modo, había logrado realizar mis proyectos en la plantación, cuando llegó el momento de la partida de mi querido amigo, el capitán del barco que me recogió en el mar. Su embarcación había permanecido allí cerca de tres meses en lo que se cargaba y se preparaba para el viaje. Le comenté que había dejado un dinero en Londres y él me dio un consejo sincero y amistoso:

-Seignior Inglese -porque así me llamaba siempre-, si me dais cartas y un poder legal, por escrito, con órdenes para que la persona que tiene su dinero en Londres, se lo envíe a las personas que yo le diga en Lisboa, os compraré las cosas que puedan seros útiles aquí y os las traeré, si Dios lo permite, a mi regreso. Mas, como los asuntos humanos están sujetos a los cambios y los desastres, os recomiendo que solo pidáis cien libras esterlinas que, como me decís, es la mitad de vuestro haber y, así solo arriesgaréis esa parte. Si todo llega bien, podréis mandar a pedir el resto, del mis­mo modo que lo habéis hecho ahora, y, si se pierde, aún tendréis la otra mitad a vuestra disposición.

Este consejo me pareció tan sensato y tan honesto que pensé que lo mejor que podía hacer era seguirlo. Así, pues, preparé las cartas para la señora, a quien le había dejado mi dinero, y un poder legal para el capitán portugués, del que me había hablado mi amigo.

En la carta que le envié a la viuda del capitán inglés, le hice el recuento completo de mis aventuras, la esclavitud y la huida. Le conté sobre la forma en que había conocido al capitán portugués en el mar y sobre su trato compasivo, le expliqué el estado en el que me encontraba, y le di las ins­trucciones necesarias para llevar a cabo mis encargos. Cuando este honesto capitán llegó a Lisboa, logró que unos mercaderes ingleses que había allí, le hicieran llegar, tanto mi orden escrita como el recuento completo de mi historia, a un mercader de Londres que, a su vez, se la contó con lujo de detalles a la viuda. Ante esto, la viuda envió mi dinero y, además, de su propio bolsillo, un generoso regalo para el capitán portugués, como muestra de agradecimiento por su caridad y su compasión hacia mí.

Con las cien libras esterlinas, el mercader de Londres compró la mercancía inglesa, que el capitán le había indica­do por escrito, y se la envió directamente a Lisboa, desde donde el capitán me las trajo a Brasil sanas y salvas. Entre las cosas que me trajo, sin que yo se lo pidiera (pues era dema­siado inexperto en el negocio como para pensar en ello), ha­bía todo tipo de herramientas, herrajes e instrumentos para trabajar en la plantación, que me fueron de gran utilidad.

Cuando llegó el cargamento, pensé que ya había hecho fortuna; tal fue la alegría que me causó recibirlo. Mi buen comisionado, el capitán, había guardado las cinco libras que mi amiga le había dado de regalo para comprar y traerme un sirviente, con una obligación de seis años, y no quiso aceptar nada a cambio, excepto un poco de tabaco de mi propia cosecha.

Pero esto no fue todo. Como los bienes que me había traído eran de manufactura inglesa, es decir, telas, paños y te­jidos finos y otras cosas, que resultaban particularmente útiles y valiosas en este país, pude venderlas y sacarles un gran be­neficio. De este modo, podía decir, que había cuadriplicado el valor de mi primer cargamento y había aventajado infinita­mente a mi pobre vecino, en lo tocante a la plantación, pues, lo primero que hice, fue comprar un esclavo negro y un sir­viente europeo, aparte del que me había traído el capitán.

Mas me ocurrió lo que suele suceder en estos casos, en los que, la prosperidad mal entendida, puede ser la causa de las peores adversidades. Al año siguiente, proseguí mi plan tación con gran éxito y coseché cincuenta rollos de tabaco, más de lo que había previsto que sería necesario entre los vecinos. Como cada uno de estos rollos pesaba más de cien libras y estaban bien curados, decidí guardarlos hasta que la flota de Lisboa regresara y, puesto que me iba haciendo rico y próspero en los negocios, comencé a idear proyectos, que sobrepasaban mi capacidad; el tipo de negocios que, a me­nudo, llevan a la ruina a los mejores negociantes.

Si hubiera permanecido en el estado en el que me halla­ba, habría recibido todas las bendiciones de las que me ha­bía hablado mi padre, cuando me recomendaba una vida tranquila y retirada; esas bendiciones que, según me decía, colmaban el estado medio de la vida. Mas, otra suerte me aguardaba, y volvería a ser el agente voluntario de mis pro­pias desgracias, aumentando mi error y redoblando los mo­tivos para reflexionar sobre mi propia vida, cosa que, en mis futuras calamidades, tuve tiempo de hacer. Todas estas des­gracias ocurrieron porque me obstiné en seguir mis tontos deseos de vagabundear por el extranjero, contrariando la clara perspectiva que tenía de beneficiarme, con tan solo perseguir simple y llanamente, los objetivos y los medios de ganarme la vida, que la naturaleza y la Providencia insistían en mostrarme y hacerme aceptar como mi deber.

Del mismo modo que antes, cuando me separé de mis padres, no pude conformarme con lo que tenía, ahora también tenía que marcharme y abandonar la posibilidad de ha­cerme un hombre rico y próspero, con mi nueva planta­ción, en pos de un deseo descabellado e irracional de au­mentar mi fortuna más rápidamente de lo que la naturaleza admitía. Fue así como, por mi culpa, volví a naufragar en el abismo más profundo de la miseria, al que pudiera caer hombre alguno o, fuese capaz de soportar.

Mas, prosigamos con los detalles de esta parte de mi historia. Como podéis imaginar, habiendo vivido durante cuatro años en Brasil y habiendo empezado a prosperar en mi plantación, no solo había aprendido la lengua, sino que había trabado conocimiento y amistad con algunos de los demás hacendados, así como con los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto. En nuestras conversacio­nes, les había contado de mis dos viajes a la costa de Guinea, del comercio con los negros de allí, y de lo fácil que era ad­quirir, a cambio de bagatelas, tales como cuentecillas, jugue­tes, cuchillos, tijeras, hachas, trozos de cristal y cosas por el estilo, no solo polvo de oro, cereales de Guinea y colmillos de elefante, sino también gran cantidad de negros esclavos para trabajar en Brasil.

Siempre escuchaban con mucha atención mis relatos, particularmente, lo concerniente a la compra de negros, que era un negocio que, en aquel tiempo, no se explotaba y, cuando se hacía, era mediante asientos, es decir, permisos que otorgaban los reyes de España o Portugal, a modo de subastas públicas. De este modo, los pocos negros que se traían, resultaban excesivamente caros.

Sucedió que, un día, después de haber estado hablando seriamente de estos asuntos con algunos comerciantes y ha­cendados conocidos, a la mañana siguiente, tres de ellos vi nieron a decirme que habían meditado mucho sobre lo que les había contado la noche anterior y querían hacerme una proposición secreta. Cuando obtuvieron mi complicidad, me dijeron que habían pensado fletar un barco para ir a Guinea, pues, al igual que yo, poseían plantaciones y de nada tenían tanta necesidad como de esclavos. Como ese tráfico era ilegal y no podrían vender públicamente los ne­gros que trajeran, querían hacer tan solo un viaje, para traer secretamente algunos negros y dividirlos entre sus propias plantaciones. En otras palabras, querían saber si estaba dis­puesto a embarcarme en dicha nave y hacerme cargo del negocio en la costa de Guinea. A cambio de esto, me ofre­cían una participación equitativa en la adquisición de los es­clavos, sin costo alguno.

Debo confesar que era una propuesta justa, para alguien que no tuviera que atender una plantación que comenzaba a prosperar y aumentar de valor. Mas, para mí, que ya estaba instalado y bien encaminado; que no tenía más que seguir haciendo las cosas como hasta entonces, por otros tres o cuatro años y hacerme enviar las otras cien libras de Ingla­terra que, en ese tiempo y con una pequeña suma adicional, producirían un beneficio de tres o cuatro mil libras esterli­nas, que, a su vez, aumentaría; para mí, hacer aquel viaje era el acto más descabellado del que podría acusarse a cual­quier hombre que estuviera en mis circunstancias.

Pero yo había nacido para ser mi propio destructor, y no pude resistirme a esa oferta más de lo que pude renun­ciar, en su día, a mis primeros y fatídicos proyectos, cuando hice caso omiso a los consejos de mi padre. En pocas pala­bras, les dije que iría de todo corazón, si ellos se encargaban de cuidar mi plantación durante mi ausencia y disponer de ella, según mis instrucciones, en caso de que la empresa fra­casara. Todos estuvieron de acuerdo, comprometiéndose a cumplir su parte; y procedimos a firmar los contratos y acuerdos formales. Yo redacté un testamento, en el que dis­ponía que, si moría, mi plantación y mis propiedades pasa­ran a manos de mi heredero universal, el capitán del barco que me había salvado la vida, y que él, a su vez, dispusiera de mis bienes, según estaba escrito en mi testamento: la mi­tad de las ganancias sería para él y la otra mitad sería envia­da por barco a Inglaterra.

En fin, tomé todas las precauciones necesarias para proteger mis bienes y mi plantación. Si hubiese tenido la mitad de esa prudencia para velar por mis intereses perso­nales y juzgar lo que debía o no debía hacer, seguramente no hubiese abandonado una empresa tan prometedora como la mía, ni hubiese renunciado a todas las perspectivas que tenía de progresar, para lanzarme a realizar un viaje por mar, sin contar con los riesgos que conllevaba, ni las posibi­lidades de que me ocurriera alguna desgracia.

Pero me lancé, obedeciendo los dictados de mi fantasía y no los de la razón. Urna vez listos el barco y el cargamen­to, y todos los demás acuerdos consignados por contrato con mis socios, me embarqué, a mala hora, el primer día de septiembre de 1659, el mismo día en que, ocho años antes, había abandonado la casa de mis padres en Hull, actuando como un rebelde ante su autoridad y como un idiota ante mis propios intereses.

Nuestra embarcación llevaba como ciento veinte to­neladas de peso, seis cañones y catorce hombres aparte del capitán, de su mozo y yo. No llevábamos demasiados bienes a bordo, solo las chucherías necesarias para nego­ciar con los negros, tales como cuentecillas, trozos de cristal, caracoles y cacharros viejos, en especial, peque­ños catalejos, cuchillos, tijeras, hachas y otras cosas por el estilo.

El mismo día que subí a bordo, zarpamos hacia el norte, siguiendo la costa rumbo a tierras africanas hasta los diez o doce grados de latitud norte, que era la ruta que, al parecer, se seguía en esos días. Nos hizo muy buen tiempo, aunque mucho calor, mientras bordeamos la costa hasta llegar al cabo de San Agustín25. A partir de entonces, comenzamos a meternos mar adentro hasta que perdimos de vista la tierra y navegamos, como si nos dirigiéramos a la isla de Fernando de Noronha26, rumbo al norte-noreste, dejándola, luego, al este. Siguiendo este rumbo, tardamos casi doce días en cru­zar la línea del ecuador y, según nuestra última observación, nos encontrábamos a siete grados veintidós minutos de lati­tud norte, cuando un violento tornado o huracán, nos dejó totalmente desorientados. Comenzó a soplar de sudeste a noroeste y luego se estacionó al noreste, desde donde nos acometió con tanta furia, que durante doce días no pudimos hacer más que ir a la deriva, para huir de él, y dejarnos llevar a donde el destino y la furia del viento quisieran llevarnos. Durante esos doce días, huelga decir, creía que seríamos tra­gados por el mar y, a decir verdad, ninguno de los que estaba a bordo, esperaba salir de allí con vida.

 

25 Cabo de San Agustín: Posiblemente se refiera al cabo San Roque o cabo de Colcanhar, en el extremo este de la costa de Brasil.

26 Isla de Fernando de Noronha: Isla de Brasil que se encuentra a unos cuatrocientos kilómetros del cabo de San Roque.

 

En esta angustiosa situación, mientras padecíamos el terror de la tormenta, uno de nuestros hombres murió de calentura y el mozo del capitán y otro de los marineros ca yeron al mar por la borda. Hacia el duodécimo día, cuando el tiempo se hubo calmado un poco, el capitán intentó fijar la posición del barco lo mejor que pudo, y se dio cuenta de que estaba a once grados de latitud norte pero a veintidós grados de longitud oeste del cabo de San Agustín. Así, pues, advirtió que nos encontrábamos entre la costa de Guyana27, o la parte septentrional de Brasil, más allá del río Amazonas28, hacia el río Orinoco29, comúnmente llamado el Gran Río. Comenzó a consultarme qué rumbo debíamos se­guir, pues el barco había sufrido muchos daños y le estaba entrando agua, y él quería regresar directamente a la costa de Brasil.

 

27 En el original dice Guinea, lo cual, evidentemente, es un error de imprenta. Guyana se encuentra al norte de Sur América, entre Venezuela y Brasil. Fue una colonia holandesa hasta 1796, cuando la ocuparon los ingleses.

28 El Amazonas es el río más importante del mundo, por su caudal y la extensión de su cuenca. Nace en Perú y atraviesa Brasil de oeste a este y desemboca en el Atlántico, a la altura del ecuador, donde forma un inmenso delta en el que se encuentran muchas islas, la más importante de las cuales es la de Marajó. La longitud de su curso es de 6.280 kilómetros y su cuenca abarca casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Se comuni­ca con el Orinoco y con el río Paraguay.

29 El Orinoco nace en la sierra de Parima, cerca de la frontera brasi­leña, bordea las Guyanas, pasa entre Colombia y Venezuela, sirviendo de frontera entre ambos países, atraviesa Venezuela de oeste a este y desem boca en el Atlántico por varios brazos, formando un extenso delta de 2.063 kilómetros.

 

Mi opinión era totalmente opuesta a la del capitán. Nos pusimos a estudiar las cartas de la costa americana y llega­mos a la conclusión de que no había ninguna tierra habita da, hacia la cual pudiéramos dirigirnos, antes de llegar a la cuenca de las islas del Caribe30. Así, pues, decidimos dirigir­nos hacia Barbados31, manteniéndonos en alta mar, para evitar las corrientes de la bahía o golfo de México32. De esta forma, esperábamos llegar a la isla en quince días, ya que no íbamos a ser capaces de navegar hasta la costa de África sin recibir ayuda para la nave y para nosotros mismos.

 

30 Las islas del Caribe o Antillas son un archipiélago de América cen­tral, situado en el mar Caribe. Se divide en Antillas Mayores (Puerto Rico, La Española -compuesta por Haití y la República Dominicana-, y Cuba) y Antillas Menores (que se extienden en un semicírculo formado por las islas que conforman Barlovento y Sotavento). De acuerdo con la narración, el barco se hallaba al este de la isla de Trinidad, situada frente a la costa nororiental de Venezuela.

31 Barbados está al norte de Trinidad y al este de las islas de Barlovento. Es la más oriental de las Antillas Menores.

32 El Golfo de México es un mar interior del Atlántico, limitado por las costas de América del Norte, México y Cuba.

 

Con esta intención, cambiamos el rumbo y navegamos en dirección oeste-noroeste para llegar a alguna de las islas inglesas, donde esperábamos encontrar ayuda. Pero nues tro viaje estaba previsto de otro modo. A los doce grados dieciocho minutos de latitud, nos encontramos con una se­gunda tormenta, que nos llevó hacia el oeste, con la misma intensidad que la anterior, y nos alejó tanto de la ruta co­mercial humana, que si lográbamos salvarnos de morir en el mar, con toda probabilidad, seríamos devorados en tierras de salvajes y no podríamos regresar a nuestro país.

Nos hallábamos en esta angustiosa situación y el viento aún soplaba con mucha fuerza, cuando uno de nuestros hombres gritó «¡Tierra!». Apenas salíamos de la cabina, de­seosos de ver dónde nos encontrábamos, el barco se enca­lló en un banco de arena y se detuvo tan de golpe, que el mar se lanzó sobre nosotros, y nos abatió con tal fuerza, que pensamos que moriríamos al instante. Ante esto, nos apresuramos a ponernos bajo cubierta para protegernos de la espuma y de los embates del mar.

No es fácil, para alguien que nunca se haya visto en se­mejante situación, describir o concebir la consternación de los hombres en esas circunstancias. No teníamos idea de dónde nos hallábamos, ni de la tierra a la que habíamos sido arrastrados. No sabíamos si estábamos en una isla o en un continente, ni si estaba habitada o desierta. El viento, aun­que había disminuido un poco, soplaba con tanta fuerza, que no podíamos confiar en que el barco resistiría unos minutos más sin desbaratarse, a no ser que, por un milagro del cielo, el viento amainara de pronto. En pocas palabras, nos que­damos mirándonos unos a otros, esperando la muerte en cualquier momento. Todos actuaban como si se prepararan para el otro mundo, pues no parecía que pudiésemos hacer mucho más. Nuestro único consuelo era que, contrario a lo que esperábamos, el barco aún no se había quebrado, y, según pudo observar el capitán, el viento comenzaba a dis­minuir.

A pesar de que, al parecer, el viento empezaba a ceder un poco, el barco se había encajado tan profundamente en la arena, que no había forma de desencallarlo. De este modo, nos hallábamos en una situación tan desesperada, que lo único que podíamos hacer era intentar salvar nuestras vidas, como mejor pudiéramos. Antes de que comenzara la tormenta, llevábamos un bote en la popa, que se desfondó cuando dio contra el timón del barco. Poco después se soltó y se hundió, o fue arrastrado por el mar, de modo que no po­díamos contar con él. Llevábamos otro bote a bordo pero no nos sentíamos capaces de ponerlo en el agua. En cualquier caso, no había tiempo para discutirlo, pues nos imaginába­mos que el barco se iba a desbaratar de un momento a otro y algunos decían que ya empezaba a hacerlo.

En medio de esta angustia, el capitán de nuestro barco echó mano del bote y, con la ayuda de los demás hombres, logró deslizarlo por la borda. Cuando los once que íbamos nos hubimos metido todos dentro, lo soltó y nos encomen­dó a la misericordia de Dios y de aquel tempestuoso mar. Pese a que la tormenta había disminuido considerablemen­te, las gigantescas olas rompían tan descomunalmente en la orilla, que bien se podía decir que se trataba de Den wild Zee33, que en holandés significa tormenta en el mar.

Nuestra situación se había vuelto desesperada y todos nos dábamos cuenta de que el mar estaba tan crecido, que el bote no podría soportarlo e, inevitablemente, nos ahoga ríamos. No teníamos con qué hacer una vela y aunque lo hubiésemos tenido, no habríamos podido hacer nada con ella. Ante esto, comenzamos a remar hacia tierra, con el pesar que llevan los hombres que van hacia el cadalso, pues sabíamos que, cuando el bote llegara a la orilla, se haría mil pedazos con el oleaje. No obstante, le encomendamos en­carecidamente nuestras almas a Dios y, con el viento que nos empujaba hacia la orilla, nos apresuramos a nuestra destrucción con nuestras propias manos, remando tan rápi­damente como podíamos hacia ella.

No sabíamos si en la orilla había roca o arena, ni si era escarpada o lisa. Nuestra única esperanza era llegar a una bahía, un golfo, o el estuario de un río, donde, con mucha suerte, pudiéramos entrar con el bote o llegar a la costa de sotavento34, donde el agua estaría más calmada. Pero no parecía que tendríamos esa suerte pues, a medida que nos acercábamos a la orilla, la tierra nos parecía más aterradora aún que el mar.

 

33 Den wild Zee: En holandés significa, literalmente, «el mar sal­vaje».

34  Sotavento: Parte opuesta a barlovento. (Ver  nota 17.)

 

Después de remar, o más bien, de haber ido a la deriva a lo largo de lo que calculamos sería más o menos una legua y media, una ola descomunal como una montaña nos em­bistió por popa e inmediatamente comprendimos que aque­llo había sido el coup de gráce35. En pocas palabras, nos acometió con tanta furia, que volcó el bote de una vez, de­jándonos a todos desperdigados por el agua, y nos tragó, antes de que pudiésemos decir: «¡Dios mío!».

 

35 Coup de gróce: En francés significa, literalmente, «golpe de gracia».

 

Nada puede describir la confusión mental que sentí mientras me hundía, pues, aunque nadaba muy bien, no podía librarme de las olas para tomar aire. Una de ellas me llevó, o más bien me arrastró un largo trecho hasta la orilla de la playa. Allí rompió y, cuando comenzó a retroceder, la marea me dejó, medio muerto por el agua que había traga­do, en un pedazo de tierra casi seca. Todavía me quedaba un poco de lucidez y de aliento para ponerme en pie y tra­tar de llegar a la tierra, la cual estaba más cerca de lo que esperaba, antes de que viniera otra ola y me arrastrara nue­vamente. Pronto me di cuenta de que no podría evitar que esto sucediera, pues hacia mí venía una ola tan grande como una montaña y tan furiosa como un enemigo contra el que no tenía medios ni fuerzas para luchar. Mi meta era contener el aliento y, si podía, tratar de mantenerme a flote para nadar, aguantando la respiración, hacia la playa. Mi gran preocupación era que la ola, que me arrastraría un buen trecho hacia la orilla, no me llevase mar adentro en su reflujo.

La ola me hundió treinta o cuarenta pies en su masa. Sentía cómo me arrastraba con gran fuerza y velocidad ha­cia la orilla, pero aguanté el aliento y traté de nadar hacia delante con todas mis fuerzas. Estaba a punto de reventar por falta de aire, cuando sentí que me elevaba y, con mucho alivio comprobé que tenía los brazos y la cabeza en la super­ficie del agua. Aunque solo pude mantenerme así unos dos minutos, pude reponerme un poco y recobrar el aliento y el valor. Nuevamente me cubrió el agua, esta vez por menos tiempo, así que pude aguantar hasta que la ola rompió en la orilla y comenzó a retroceder. Entonces, me puse a nadar en contra de la corriente hasta que sentí el fondo bajo mis pies. Me quedé quieto unos momentos para recuperar el aliento, mientras la ola se retiraba, y luego eché a correr ha­cia la orilla con las pocas fuerzas que me quedaban. Pero esto no me libró de la furia del mar que volvió a caer sobre mí y, dos veces más, las olas me levantaron y me arrastra­ron como antes por el fondo, que era muy plano.

La última de las olas casi me mata, pues el mar me arrastró, como las otras veces, y me llevó, más bien, me es­trelló, contra una piedra, con tanta fuerza que me dejó sin sentido e indefenso. Como me golpeé en el costado y en el pecho, me quedé sin aliento y si, en ese momento, hubiese venido otra ola, sin duda me habría ahogado. Mas pude re­cuperarme un poco, antes de que viniese la siguiente ola y, cuando vi que el agua me iba a cubrir nuevamente, resolví agarrarme con todas mis fuerzas a un pedazo de la roca y contener el aliento hasta que pasara. Como el mar no esta­ba tan alto como al principio, pues me hallaba más cerca de la orilla, me agarré hasta que pasó la siguiente ola, y eché otra carrera que me acercó tanto a la orilla que la que venía detrás, aunque me alcanzó, no llegó a arrastrarme. En una última carrera, llegué a tierra firme, donde, para mi satisfac­ción, trepé por unos riscos que había en la orilla y me senté en la hierba, fuera del alance del agua y libre de peligro.

Encontrándome a salvo en la orilla, elevé los ojos al cielo y le di gracias a Dios por salvarme la vida en una situa­ción que, minutos antes, parecía totalmente desesperada. Creo que es imposible expresar cabalmente, el éxtasis y la conmoción que siente el alma cuando ha sido salvada, diría yo, de la mismísima tumba. En aquel momento comprendí la costumbre según la cual cuando al malhechor, que tiene la soga al cuello y está a punto de ser ahorcado, se le conce­de el perdón, se trae junto con la noticia a un cirujano que le practique una sangría, en el preciso instante en que se le comunica la noticia, para evitar que, con la emoción, se le es­capen los espíritus del corazón y muera:

Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan36.

 

36 Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio descon­ciertan: Parece ser una adaptación de la popular comedia de Shackerley Marmion, Holland's Leaguer (1632) donde dice: «Las grandes alegrías, como las penas, son mudas.»

 

Caminé por la playa con las manos en alto y totalmente absorto en la contemplación de mi salvación, haciendo ges­tos y movimientos que no puedo describir, pensando en mis compañeros que se habían ahogado; no se salvó ni un alma, salvo yo, pues nunca más volví a verlos, ni hallé rastro de ellos, a excepción de tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos de distinto par.

Miré hacia la embarcación encallada, que casi no podía ver por la altura de la marea y la espuma de las olas y, al ver­la tan lejos, pensé: «¡Señor!, ¿cómo pude llegar a la orilla?»

Después de consolarme un poco, con lo poco que tenía para consolarme en mi situación, empecé a mirar a mi alre­dedor para ver en qué clase de sitio me encontraba y qué debía hacer. Muy pronto, la sensación de alivio se desvane­ció y comprendí que me había salvado para mi mal, pues es­taba empapado y no tenía ropas para cambiarme, no tenía nada que comer o beber para reponerme, ni tenía alternati­va que no fuese morir de hambre o devorado por las bestias salvajes. Peor aún, tampoco tenía ningún arma para cazar o matar algún animal para mi sustento, ni para defenderme de cualquier criatura que quisiera matarme para el suyo. En suma, no tenía nada más que un cuchillo, una pipa y un poco de tabaco en una caja. Estas eran mis únicas provisio­nes y, al comprobarlo, sentí tal tribulación, que durante un rato no hice otra cosa que correr de un lado a otro como un loco. Al acercarse la noche, empecé a angustiarme por lo que sería de mí si en esa tierra había bestias hambrientas, sa­biendo que durante la noche suelen salir en busca de presas.

La única solución que se me ocurrió fue subirme a un árbol frondoso, parecido a un abeto pero con espinas, que se erguía cerca de mí y donde decidí pasar la noche, pen­sando en el tipo de muerte que me aguardaba al día siguien­te, ya que no veía cómo iba a poder sobrevivir allí. Caminé como un octavo de milla, buscando agua fresca para beber y, finalmente, la conseguí, lo cual me causó una inmensa alegría. Después de beber, me eché un poco de tabaco a la boca, para quitarme el hambre y regresé al árbol. Mientras me encaramaba, busqué un lugar de donde no me cayera si me quedaba dormido. Corté un palo corto, a modo de porra, para defenderme, me subí a mi alojamiento y, de puro agotamiento, me quedé dormido. Esa noche dormí tan có­modamente como, según creo, pocos hubieran podido ha­cerlo en semejantes condiciones y logré descansar como nunca en mi vida.

Cuando desperté era pleno día, el tiempo estaba claro y, una vez aplacada la tormenta, el mar no estaba tan alto ni embravecido como antes. Sin embargo, lo que me sorpren dió más fue descubrir que, al subir la marea, el barco se ha­bía desencallado y había ido a parar a la roca que mencioné al principio, contra la que me había golpeado al estrellarme. Estaba a menos de una milla de la orilla donde me encontraba y, como me pareció que estaba bien erguido, me entraron unos fuertes deseos de llegarme hasta él, al menos para res­catar algunas cosas que pudieran servirme.

Cuando bajé de mi alojamiento en el árbol, miré nueva­mente a mi alrededor y lo primero que vi fue el bote tendido en la arena, donde el mar y el viento lo habían arrastrado, como a dos millas a la derecha de donde me hallaba. Caminé por la orilla lo que pude para llegar a él, pero me encontré con una cala o una franja de mar, de casi media milla de ancho, que se interponía entre el bote y yo. Decidí entonces regresar a donde estaba, pues mi intención era lle­gar al barco, donde esperaba encontrar algo para subsistir.

Poco después del mediodía, el mar se había calmado y la marea había bajado tanto, que pude llegar a un cuarto de milla del barco. Entonces, volví a sentirme abatido por la pena, pues me di cuenta de que si hubiésemos permanecido en el barco, nos habríamos salvado todos y yo no me habría visto en una situación tan desgraciada, tan solo y desvalido como me hallaba. Esto me hizo saltar las lágrimas nueva­mente, mas, como de nada me servía llorar, decidí llegar hasta el barco si podía. Así, pues, me quité las ropas, por­que hacía mucho calor, y me metí al agua. Cuando llegué al barco, me encontré con la dificultad de no saber cómo subir, pues estaba encallado y casi totalmente fuera del agua, y no tenía nada de qué agarrarme. Dos veces le di la vuelta a nado y, en la segunda, advertí un pequeño pedazo de cuer­da, que me asombró no haber visto antes, que colgaba de las cadenas de proa. Estaba tan baja que, si bien con mucha dificultad, pude agarrarla y subir por ella al castillo de proa. Allí me di cuenta de que el barco estaba desfondado y tenía mucha agua en la bodega, pero estaba tan encallado en el banco de arena dura, más bien de tierra, que la popa se al­zaba por encima del banco y la proa bajaba casi hasta el agua. De ese modo, toda la parte posterior estaba en buen estado y lo que había allí estaba seco porque, podéis estar seguros, lo primero que hice fue inspeccionar qué se había estropeado y qué permanecía en buen estado. Lo primero que vi fue que todas las provisiones del barco estaban secas e intactas y, como estaba en buena disposición para comer, entré en el depósito de pan y me llené los bolsillos de galle­tas, que fui comiendo, mientras hacía otras cosas, pues no tenía tiempo que perder. También encontré un poco de ron en el camarote principal, del que bebí un buen trago, pues, ciertamente me hacía falta, para afrontar lo que me espera­ba. Lo único que necesitaba era un bote para llevarme todas las cosas que, según preveía, iba a necesitar.

Era inútil sentarse sin hacer nada y desear lo que no po­día llevarme y esta situación extrema avivó mi ingenio. Teníamos varias vergas, dos o tres palos y uno o dos másti les de repuesto en el barco. Decidí empezar por ellos y lancé por la borda los que pude, pues eran muy pesados, amarrán­dolos con una cuerda para que no se los llevara la corriente. Hecho esto, me fui al costado del barco y, tirando de ellos hacia mí, amarré cuatro de ellos por ambos extremos, tan bien como pude, a modo de balsa. Les coloqué encima dos o tres tablas cortas atravesadas y vi que podía caminar fácil­mente sobre ellas, aunque no podría llevar demasiado peso, pues eran muy delgadas. Así, pues, puse manos a la obra nuevamente y, con una sierra de carpintero, corté un mástil de repuesto en tres pedazos que los añadí a mi balsa. Pasé muchos trabajos y dificultades, pero la esperanza de conse­guir lo que me era necesario, me dio el estímulo para hacer más de lo que habría hecho en otras circunstancias.

La balsa ya era lo suficientemente resistente como para soportar un peso razonable. Lo siguiente era decidir con qué cargarla y cómo proteger del agua lo que pusiera sobre ella, lo cual no me tomó mucho tiempo resolver. En primer lugar, puse todas las tablas que pude encontrar. Después de reflexionar sobre lo que necesitaba más, agarré tres arcones de marinero, los abrí y vacié, y los bajé hasta mi balsa; el pri­mero lo llené de alimentos, es decir, pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco pedazos de carne seca de cabra, de la cual nos habíamos alimentado durante mucho tiempo, y un sobrante de grano europeo, que habíamos reservado para unas aves que traíamos a bordo y que ya se habían matado. Había también algo de cebada y trigo pero, para mi gran decepción, las ratas se lo habían comido o estropeado casi en su totalidad. Encontré varias botellas de alcohol, que per­tenecían al capitán, entre las que había un poco de licor y como cinco o seis galones de raque37, todo lo cual, coloqué sin más en la balsa, pues no había necesidad de meterlo en los arcones, ni espacio para hacerlo. Mientras hacía esto, noté que la marea comenzaba a subir, aunque el mar estaba en calma y me mortificó ver que mi chaqueta, la camisa y el chaleco que había dejado en la arena, se alejaban flotando; en cuanto a los pantalones, que eran de lino y abiertos en las rodillas, me los había dejado puestos cuando me lancé a nadar hacia el barco y, asimismo, los calcetines. No obstan­te, esto me obligó a buscar ropa, que encontré en abundan­cia, aunque solo cogí la que iba a usar inmediatamente, pues había otras cosas que me interesaban más, como, por ejemplo, las herramientas. Después de mucho buscar, en­contré el arcón del carpintero que, ciertamente, era un bo­tín de gran utilidad y mucho más valioso, en esas circunstan­cias, que todo un buque cargado de oro. Lo puse en la bal­sa, tal y como lo había encontrado, sin perder tiempo en ver lo que contenía, ya que, más o menos, lo sabía.

 

37 Raque: Palabra de origen árabe con la que se denominan genéri­camente los destilados alcohólicos típicos de los países cálidos como el vino de palma o de coco.

 

Luego procuré abastecerme de municiones y armas. Había dos pistolas y dos escopetas de caza muy buenas en el camarote principal. Las cogí inmediatamente, así como algunos cuernos de pólvora, una pequeña bolsa de balas y dos viejas espadas mohosas. Sabía que había tres barriles de pólvora en el barco pero no sabía dónde los había guardado el artillero. Sin embargo, después de mucho buscar, los en­contré; dos de ellos estaban secos y en buen estado y el otro estaba húmedo. Llevé los dos primeros a la balsa, junto con las armas, y, viéndome bien abastecido, comencé a pensar cómo llegar a la orilla sin velas, remos ni timón, sabiendo que la menor ráfaga de viento lo echaría todo a perder.

Tenía tres cosas a mi favor: l. el mar estaba en calma, 2. la marea estaba subiendo y me impulsaría hacia la orilla, 3. el poco viento que soplaba me empujaría hacia tierra. Así, pues, habiendo encontrado dos o tres remos rotos que pertenecían al barco, dos serruchos, un hacha y un martillo, aparte de lo que ya había en el arcón, me lancé al mar. La balsa fue muy bien a lo largo de una milla, más o menos, aunque se alejaba un poco del lugar al que yo había llegado a tierra. Esto me hizo suponer que había alguna corriente y, en consecuencia, que me encontraría con un estuario, o un río, que me sirviera de puerto para desembarcar con mi car­gamento.

Tal como había imaginado, apareció ante mí una pe­queña apertura en la tierra y una fuerte corriente que me impulsaba hacia ella. Traté de controlar la balsa lo mejor que pude para mantenerme en el medio del cauce, pero es­tuve a punto de sufrir un segundo naufragio, que me habría destrozado el corazón. Como no conocía la costa, uno de los extremos de mi balsa se encalló en un banco y, poco fal­tó, para que la carga se deslizara hacia ese lado y cayera al agua. Traté con todas mis fuerzas de sostener los arcones con la espalda, a fin de mantenerlos en su sitio, pero no era capaz de desencallar la balsa ni de cambiar de postura. Me mantuve en esa posición durante casi media hora, hasta que la marea subió lo suficiente para nivelar y desencallar la bal­sa. Entonces la impulsé con el remo hacia el canal y seguí subiendo hasta llegar a la desembocadura de un pequeño río, entre dos orillas, con una buena corriente que impulsa­ba la balsa hacia la tierra. Miré hacia ambos lados para bus­car un lugar adecuado donde desembarcar y evitar que el río me subiera demasiado, pues tenía la esperanza de ver algún barco en el mar y, por esto, quería mantenerme tan cerca de la costa como pudiese.

A lo lejos, advertí una pequeña rada en la orilla derecha del río, hacia la cual, con mucho trabajo y dificultad, dirigí la balsa hasta acercarme tanto que, apoyando el remo en el fondo, podía impulsarme hasta la tierra. Mas, nuevamente, corría el riesgo de que mi cargamento cayera al agua por­que la orilla era muy escarpada, es decir, tenía una pendien­te muy pronunciada, y no hallaba por dónde desembarcar, sin que uno de los extremos de la balsa, encajándose en la tierra, la desnivelara y pusiera mi cargamento en peligro como antes. Lo único que podía hacer era esperar a que la marea subiera del todo, sujetando la balsa con el remo, a modo de ancla, para mantenerla paralela a una parte plana de la orilla que, según mis cálculos, quedaría cubierta por el agua; y así ocurrió. Tan pronto hubo agua suficiente, pues mi bal­sa tenía un calado de casi un pie, la impulsé hacia esa parte plana de la orilla y ahí la sujeté, enterrando mis dos remos rotos en el fondo; uno en uno de los extremos de la balsa, y el otro, en el extremo diametralmente opuesto. Así estuve hasta que el agua se retiró y mi balsa, con todo su carga­mento, quedaron sanos y salvos en tierra.

Mi siguiente tarea era explorar el lugar y buscar un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis bienes, a fin de que estuvieran seguros ante cualquier eventualidad. No sa bía aún dónde estaba; ni si era un continente o una isla, si estaba poblado o desierto, ni si había peligro de animales salvajes. Una colina se erguía, alta y empinada, a menos de una milla de donde me hallaba, y parecía elevarse por enci­ma de otras colinas, que formaban una cordillera en direc­ción al norte. Tomé una de las escopetas de caza, una de las pistolas y un cuerno de pólvora y, armado de esta sazón, me dispuse a llegar hasta la cima de aquella colina, a la que llegué con mucho trabajo y dificultad para descubrir mi pe­nosa suerte; es decir, que me encontraba en una isla rodea­da por el mar, sin más tierra a la vista que unas rocas que se hallaban a gran distancia y dos islas, aún más pequeñas, que estaban como a tres leguas hacia el oeste.

Descubrí también que la isla en la que me hallaba era es­téril y tenía buenas razones para suponer que estaba desha­bitada, excepto por bestias salvajes, de las cuales aún no ha bía visto ninguna. Vi una gran cantidad de aves pero no sabía a qué especie pertenecían ni cuáles serían comestibles, en caso de que pudiera matar alguna. A mi regreso, le disparé a un pájaro enorme que estaba posado sobre un árbol, al lado de un bosque frondoso y no dudo que fuera la primera vez que allí se disparaba un arma desde la creación del mundo, pues, tan pronto como sonó el disparo, de todas partes del bosque se alzaron en vuelo innumerables aves de varios ti­pos, creando una confusa gritería con sus diversos grazni­dos; mas, no podía reconocer ninguna especie. En cuanto al pájaro que había matado, tenía el picó y el color de un águila pero sus garras no eran distintas a las de las aves comunes y su carne era una carroña, absolutamente incomestible.

Complacido con este descubrimiento, regresé a mi bal­sa y me puse a llevar mi cargamento a la orilla, lo cual me tomó el resto del día. Cuando llegó la noche, no sabía qué hacer ni dónde descansar, pues tenía miedo de acostarme en la tierra y que viniera algún animal salvaje a devorarme aunque, según descubrí más tarde, eso era algo por lo que no tenía que preocuparme.

No obstante, me atrincheré como mejor pude, con los arcones y las tablas que había traído a la orilla, e hice una es­pecie de cobertizo para albergarme durante la noche. En cuanto a la comida, no sabía cómo conseguirla; había visto sólo dos o tres animales, parecidos a las liebres, que habían salido del bosque cuando le disparé al pájaro.

Comencé a pensar que aún podía rescatar muchas co­sas útiles del barco, en especial, aparejos, velas, y cosas por el estilo, y traerlas a tierra. Así, pues, resolví regresar al bar co, si podía. Sabiendo que la primera tormenta que lo azo­tara, lo rompería en pedazos, decidí dejar de lado todo lo demás, hasta que hubiese rescatado del barco todo lo que pudiera. Entonces llamé a consejo, es decir, en mi propia mente, para decidir si debía volver a utilizar la balsa; mas no me pareció una idea factible. Volvería, como había hecho antes, cuando bajara la marea, y así lo hice, solo que esta vez me desnudé antes de salir del cobertizo y me quedé sola­mente con una camisa a cuadros, unos pantalones de lino y un par de escarpines.

Subí al barco, del mismo modo que la vez anterior, y preparé una segunda balsa. Mas, como ya tenía experien­cia, no la hice tan difícil de manejar, ni la cargué tanto como la primera, sino que me llevé las cosas que me parecieron más útiles. En el camarote del carpintero, encontré dos o tres bolsas llenas de clavos y pasadores, un gran destornilla­dor, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, un artefac­to muy útil que se llama yunque. Lo amarré todo, junto con otras cosas que pertenecían al artillero, tales como dos o tres arpones de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta para cazar, un poco más de pólvora, una bolsa grande de balas pequeñas y un gran rollo de lámina de plomo. Pero esto último era tan pesado, que no pude levantarlo para sacarlo por la borda.

Aparte de estas cosas, cogí toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de proa de repuesto, una ha­maca y ropa de cama. De este modo, cargué mi segunda balsa y, para mi gran satisfacción, pude llevarlo todo a tierra sano y salvo.

Durante mi ausencia, temía que mis provisiones pudie­ran ser devoradas en la orilla pero cuando regresé, no en­contré huellas de ningún visitante. Solo un animal, que parecía un gato salvaje, estaba sentado sobre uno de los ar­cones y cuando me acerqué, corrió hasta un lugar no muy distante y allí se quedó quieto. Estaba sentado con mucha compostura y despreocupación y me miraba fijamente a la cara, como si quisiera conocerme. Le apunté con mi pistola pero no entendió lo que hacía pues no dio muestras de preo­cupación ni tampoco hizo ademán de huir. Entonces le tiré un pedazo de galleta, de las que, por cierto, no tenía dema­siadas, pues mis provisiones eran bastante escasas; como decía, le arrojé un pedazo y se acercó, lo olfateó, se lo co­mió, y se quedó mirando, como agradecido y esperando a que le diera más. Le di a entender cortésmente que no po­día darle más y se marchó.

Después de desembarcar mi segundo cargamento, aun­que me vi obligado a abrir los barriles de pólvora y trasladar­la poco a poco, pues estaba en unos cubos muy grandes, que pesaban demasiado, me di a la tarea de construir una pequeña tienda, con la vela y algunos palos que había corta­do para ese propósito. Dentro de la tienda, coloqué todo lo que se podía estropear con la lluvia o el sol y apilé los arco­nes y barriles vacíos en círculo alrededor de la tienda para defenderla de cualquier ataque repentino de hombre o de animal.

Cuando terminé de hacer esto, bloqueé la puerta de la tienda por dentro con unos tablones y por fuera con un ar­cón vació. Extendí uno de los colchones en el suelo y, con dos pistolas a la altura de mi cabeza y una escopeta al alcan­ce de mi brazo, me metí en cama por primera vez. Dormí tranquilamente toda la noche, pues me sentía pesado y extenuado de haber dormido poco la noche anterior y trajina­do arduamente todo el día, sacando las cosas del barco y trayéndolas hasta la orilla.

Tenía el mayor almacén que un solo hombre hubiese podido reunir jamás, pero no me sentía a gusto, pues pen­saba que, mientras el barco permaneciera erguido, debía rescatar de él todo lo que pudiera. Así, pues, todos los días, cuando bajaba la marea, me llegaba hasta él y traía una cosa u otra. Particularmente, la tercera vez que fui, me traje to­dos los aparejos que pude, todos los cabos finos y las sogas que hallé, un trozo de lona, previsto para remendar las ve­las cuando fuera necesario, y el barril de pólvora que se ha­bía mojado. En pocas palabras, me traje todas las velas, desde la primera hasta la última, cortadas en trozos, para transportar tantas como me fuera posible en un solo viaje, puesto que ya no servían como velas sino simplemente como tela.

Me sentí más satisfecho aún, cuando, al cabo de cinco o seis viajes, como los que he descrito, convencido de que ya no había en el barco nada más que valiese la pena rescatar, encontré un tonel de pan, tres barriles de ron y licor, una caja de azúcar y un barril de harina. Este hallazgo me sor­prendió mucho, pues no esperaba encontrar más provisio­nes, excepto las que se habían estropeado con el agua. Vacié el tonel de pan, envolví los trozos, uno por uno, con los pedazos de tela que había cortado de las velas y lo llevé todo a tierra sano y salvo.

Al día siguiente hice otro viaje y como ya había saquea­do el barco de todo lo que podía transportar, seguí con los cables. Corté los más gruesos en trozos, de un tamaño pro porcional a mis fuerzas y, así, llevé dos cables y un cabo a la orilla, junto con todos los herrajes que pude encontrar. Corté, además el palo de trinquete y todo lo que me sirviera para construir una balsa grande, que cargué con todos esos objetos pesados y me, marché. Mas, mi buena suerte co­menzaba a abandonarme, pues, la balsa era tan difícil de manejar y estaba tan sobrecargada, que, cuando entré en la pequeña rada en la que había desembarcado las demás pro­visiones, no pude gobernarla tan fácilmente como la otra y se volcó, arrojándome al agua con todo mi cargamento. A mí no me pasó casi nada, pues estaba cerca de la orilla, pero la mayor parte de mi cargamento cayó al agua, especial­mente el hierro, que según había pensado, me sería de gran utilidad. No obstante, cuando bajó la marea, pude rescatar la mayoría de los cables y parte del hierro, haciendo un es­fuerzo infinito, pues tenía que sumergirme para sacarlos del agua y esta actividad me causaba mucha fatiga. Después de esto, volví todos los días al barco y fui trayendo todo lo que pude.

Hacía trece días que estaba en tierra y había ido once veces al barco. En este tiempo, traje todo lo que un solo par de manos era capaz de transportar, aunque no dudo que, de haber continuado el buen tiempo, habría traído el barco entero a pedazos. Mientras me preparaba para el duodéci­mo viaje, me di cuenta de que el viento comenzaba a so­plar con más fuerza. No obstante, cuando bajó la marea, volví hasta el barco. Cuando creía haber saqueado tan a fondo el camarote, que ya no hallaría nada más de valor, aún descubrí un casillero con cajones, en uno de los cuales había dos o tres navajas, un par de tijeras grandes y diez o doce tenedores y cuchillos buenos. En otro de los cajones, encontré cerca de treinta y seis libras en monedas europeas y brasileñas y en piezas de a ocho, y un poco de oro y de plata.

Cuando vi el dinero sonreí y exclamé:

-¡Oh, droga!, ¿para qué me sirves? No vales nada para mí; ni siquiera el esfuerzo de recogerte del suelo. Cualquiera de estos cuchillos vale más que este montón de dinero. No tengo forma de utilizarte, así que, quédate donde estás y húndete como una criatura cuya vida no vale la pena salvar. Sin embargo, cuando recapacité, lo cogí y lo envolví en un pedazo de lona. Pensaba construir otra balsa pero cuan­do me dispuse a hacerlo, advertí que el cielo se había cu­bierto y el viento se había levantado. En un cuarto de hora comenzó a soplar un vendaval desde la tierra y pensé que sería inútil pretender hacer una balsa, si el viento venía de la tierra. Lo mejor que podía hacer era marcharme antes de que subiera la marea pues, de lo contrario, no iba a poder llegar a la orilla. Por lo tanto, me arrojé al agua y crucé a nado el canal que se extendía entre el barco y la arena, con mucha dificultad, en parte, por el peso de las cosas que llevaba conmigo y, en parte, por la violencia del agua, agitada por el viento, que cobraba fuerza tan rápida­mente, que, antes de que subiera la marea, se había con­vertido en tormenta.

No obstante, pude llegar a salvo a mi tienda, donde me puse a resguardo, rodeado de todos mis bienes. El viento sopló con fuerza toda la noche y, en la mañana, cuando salí a mirar, el barco había desaparecido. Al principio sentí cier­ta turbación pero luego me consolé pensando que no había perdido tiempo ni escatimado esfuerzos para rescatar del barco todo lo que pudiera servirme; en realidad, era muy poco lo que había quedado, que habría podido sacar, si hu­biese tenido más tiempo.

Por tanto, dejé de pensar en el barco o en cualquier cosa que hubiese en él, a excepción de aquello que llegase a la orilla, como ocurrió con algunas de sus partes, que no me sirvieron de mucho.

Mi única preocupación era protegerme de los salvajes, si llegaban a aparecer, y de las bestias, si es que había algu­na en la isla. Pensé mucho en la mejor forma de hacerlo y, en especial, el tipo de morada que debía construir, ya fuera excavando una cueva en la tierra o levantando una tienda. En poco tiempo decidí que haría ambas y no me parece im­propio describir detalladamente cómo las hice.

Me di cuenta en seguida de que el sitio donde me en­contraba no era el mejor para instalarme, pues estaba sobre un terreno pantanoso y bajo, muy próximo al mar, que no me parecía adecuado, entre otras cosas, porque no había agua fresca en los alrededores. Así, pues, decidí que me buscaría un lugar más saludable y conveniente.

Procuré que el lugar cumpliera con ciertas condiciones indispensables: en primer lugar, sanidad y agua fresca, como acabo de mencionar; en segundo lugar, resguardo del calor del sol; en tercer lugar, protección contra criaturas hambrientas, fueran hombres o animales; y, en cuarto lu­gar, vista al mar, a fin de que, si Dios enviaba algún barco, no perdiera la oportunidad de salvarme, pues aún no había renunciado a la esperanza de que esto ocurriera.

Mientras buscaba un sitio propicio, encontré una pe­queña planicie en la ladera de una colina. Una de sus caras descendía tan abruptamente sobre la planicie, que parecía el muro de una casa, de modo que nada podría caerme en­cima desde arriba. En la otra cara, había un hueco que se abría como la entrada o puerta de una cueva, aunque allí no hubiese, en realidad, cueva alguna ni entrada a la roca.

Decidí montar mi tienda en la parte plana de la hierba, justo antes de la cavidad. Esta planicie no tenía más de cien yardas38 de ancho y casi el doble de largo y se extendía como un prado desde mi puerta, descendiendo irregularmente hasta la orilla del mar. Estaba en el lado nor-noroeste de la colina, de modo que me protegía del calor durante todo el día, hasta que el sol se colocaba al sudoeste, lo cual, en estas tierras, significa que está próximo a ponerse.

Antes de montar mi tienda, tracé un semicírculo delante de la cavidad, de un radio aproximado de diez yardas hasta la roca y un diámetro de veinte yardas de un extremo al otro.

En este semicírculo, enterré dos filas de estacas fuertes, hundiéndolas por un extremo en la tierra hasta que estuvie­ran firmes como pilares, de manera que, sus puntas afiladas sobresalieran cinco pies y medio desde el suelo. Entre am­bas filas no había más de seis pulgadas39.

 

38 Yarda: Medida inglesa de longitud que equivale a 91,44 cm.

39 Pulgada: Medida inglesa de longitud que equivale a 2,54 cm. Una Pulgada es la doceava parte de un pie.

 

Entonces tomé los trozos de cable que había cortado en el barco y los coloqué, uno sobre otro, dentro del círculo, entre las dos filas de estacas hasta llegar a la punta. Sobre estos, apoyé otros palos, de casi dos pies y medio de altura, a modo de soporte. De este modo, construí una verja tan fuerte, que no habría hombre ni bestia capaz de saltarla o derribarla. Esto me tomó mucho tiempo y esfuerzo, en par­ticular, cortar las estacas en el bosque y clavarlas en la tierra.

Para entrar a este lugar, no hice una puerta, sino una pequeña escalera para pasar por encima de la empalizada. Cuando estaba dentro, la levantaba tras de mí y me quedaba completamente encerrado y a salvo de todo el mundo, por lo que podía dormir tranquilo toda la noche, cosa que, de lo contrario, no habría podido hacer, aunque, según compro­bé después, no tenía necesidad de tomar tantas precaucio­nes contra los enemigos a los que tanto temía.

Con mucho trabajo, metí dentro de esta verja o fortaleza todas mis provisiones, municiones y propiedades de las que he hecho mención anteriormente y me hice una gran tienda doble para protegerme de las lluvias, que en determinadas épocas del año son muy fuertes. En otras palabras, hice una tienda más pequeña dentro de una más grande y esta última la cubrí con el alquitrán que había rescatado con las velas.

Ya no dormía en la cama que había rescatado, sino en una hamaca muy buena, que había pertenecido al capitán del barco.

Llevé a la tienda todas mis provisiones y lo que se pudie­ra estropear con la humedad y, habiendo resguardado todos mis bienes, cerré la entrada, que hasta entonces había deja­do al descubierto, y utilicé la escalera para entrar y salir.

Hecho esto, comencé a excavar la roca y a transportar, a través de la tienda, la tierra y las piedras que extraía. Las fui apilando junto a la verja, por la parte de adentro, hasta formar una especie de terraza, que se levantaba como un pie y medio del suelo. De este modo, excavé una cueva, de­trás de mi tienda, que me servía de bodega.

Me costó gran esfuerzo y muchos días realizar todas es­tas tareas. Por tanto, debo retroceder para hacer referencia a algunas cosas que, durante este tiempo, me preocupaban. Ocurrió que, habiendo terminado el proyecto de montar mi tienda y excavar la cueva, se desató una tormenta de lluvia, que caía de una nube espesa y oscura. De pronto se produjo un relámpago al que, como suele ocurrir, sucedió un trueno estrepitoso. No me asustó tanto el resplandor como el pen­samiento que surgió en mi mente, tan raudo como el mismo relámpago: «¡Oh, mi pólvora!». El corazón se me apretó cuando pensé que toda mi pólvora podía arruinarse de un soplo, puesto que toda mi defensa y mi posibilidad de sus­tento dependían de ella. Me inquietaba menos el riesgo per­sonal que corría, pues, en caso de que la pólvora hubiese ar­dido, jamás habría sabido de dónde provenía el golpe.

Tanto me impresionó este hecho, que dejé a un lado to­das mis tareas de construcción y fortificación y me dediqué a hacer bolsas y cajas para separar la pólvora en pequeñas cantidades, con la esperanza de que, si pasaba algo, no se encendiera toda al mismo tiempo, y aislar esas pequeñas cantidades, de manera que el fuego no pudiera propagarse de una bolsa a otra. Terminé esta tarea en casi dos semanas y creo que logré dividir mi pólvora, que en tòtal llegaba a las doscientas cuarenta libras de peso, en no menos de cien bolsas. En cuanto al barril que se había mojado, no me pare­ció peligroso así que lo coloqué en mi nueva cueva, que en mi fantasía, la llamaba mi cocina, y escondí el resto de la pólvora entre las rocas para que no se mojara, señalando cuidadosamente dónde lo había guardado.

En el lapso de tiempo que me hallaba realizando estas tareas, salí casi todos los días con mi escopeta, tanto para distraerme, como para ver si podía matar algo para comer y enterarme de lo que producía la tierra. La primera vez que salí, descubrí que en la isla había cabras, lo que me produjo una gran satisfacción, a la que siguió un disgusto, pues eran tan temerosas, sensibles y veloces, que acercarse a ellas era lo más difícil del mundo. Sin embargo, esto no me desani­mó, pues sabía que alguna vez lograría matar alguna, lo que ocurrió en poco tiempo, porque, después de aprender un poco sobre sus hábitos, las abordé de la siguiente manera. Había observado que si me veían en los valles, huían despa­voridas, aun cuando estuvieran comiendo en las rocas. Mas, si se encontraban pastando en el valle y yo me hallaba en las rocas no advertían mi presencia, por lo que llegué a la con­clusión de que, por la posición de sus ojos, miraban hacia abajo y, por lo tanto, no podían ver los objetos que se halla­ban por encima de ellas. Así, pues, por consiguiente, utilicé el siguiente método: subía a las rocas para situarme encima de ellas y, desde allí, les disparaba, a menudo, con buena puntería. La primera vez que les disparé a estas criaturas, maté a una hembra que tenía un cabritillo, al que daba de mamar, lo cual me causó mucha pena. Cuando cayó la ma­dre, el pequeño se quedó quieto a su lado hasta que llegué y la levanté, y mientras la llevaba cargada sobre los hombros, me siguió muy de cerca hasta mi aposento. Entonces, puse la presa en el suelo y cogí al pequeño en brazos y lo llevé hasta mi empalizada con la esperanza de criarlo y domesti­carlo. Mas, como no quería comer, me vi forzado a matarlo y comérmelo. La carne de ambos me dio para alimentarme un buen tiempo, pues comía con moderación y economiza­ba mis provisiones (especialmente el pan), todo lo que podía.

Una vez instalado, me di cuenta de que sentía la necesi­dad imperiosa de tener un sitio donde hacer fuego y procu­rarme combustible. Contaré con lujo de detalles lo que hice para procurármelo y cómo agrandé mi cueva y las demás mejoras que introduje. Pero antes, debo hacer un breve re­lato acerca de mí y mis pensamientos sobre la vida, que, como bien podrá imaginarse, no eran pocos.

Tenía una idea bastante sombría de mi condición, pues me hallaba náufrago en esta isla, a causa de una violenta tor­menta, que nos había sacado completamente de rumbo; es decir, a varios cientos de leguas de las rutas comerciales de la humanidad. Tenía muchas razones para creer que se trataba de una determinación del Cielo y que terminaría mis días en este lugar desolado y solitario. Lloraba amargamente cuando pensaba en esto y, a veces, me preguntaba a mí mismo por qué la Providencia arruinaba de esta forma a sus criaturas y las hacía tan absolutamente miserables; por qué las abando­naba de forma tan humillante, que resultaba imposible sen­tirse agradecido por estar vivo en semejantes condiciones.

Pero algo siempre me hacía recapacitar y reprocharme por estos pensamientos. Particularmente, un día, mientras caminaba por la orilla del mar con mi escopeta en la mano y me hallaba absorto reflexionando sobre mi condición, la ra­zón, por así decirlo, me expuso otro argumento: «Pues bien, estás en una situación desoladora, cierto, pero por fa­vor, recuerda dónde están los demás. ¿Acaso no venían once a bordo del bote? ¿Por qué no se salvaron ellos y mo­riste tú? ¿Por qué fuiste escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá?» Y entonces apunté con el dedo hacia el mar. Todos los males han de ser juzgados pensando en el bien que traen consigo y en los males mayores que pueden acechar.

Entonces volví a pensar en lo bien provisto que estaba para subsistir y lo que habría sido de mí, si no hubiese ocurrido -había, acaso, una posibilidad entre cien mil- que el barco se encallara donde lo hizo primeramente, y hu­biese sido arrastrado tan cerca de la costa, que me diese tiempo de rescatar todo lo que pude de él. ¿Qué habría sido de mí si hubiese tenido que vivir en las condiciones en las que había llegado a tierra, sin las cosas necesarias para vivir o para conseguir el sustento?

-Sobre todo -decía en voz alta, aunque hablando conmigo mismo-, ¿qué habría hecho sin una escopeta, sin municiones, sin herramientas para fabricar nada ni para tra bajar, sin ropa, sin cama, ni tienda, ni nada con que cubrirme?

Ahora tenía todas estas cosas en abundancia y me ha­llaba en buenas condiciones para abastecerme, incluso cuando se me agotaran las municiones. Ahora tenía una perspectiva razonable de subsistir sin pasar necesidades por el resto de mi vida, pues, desde el principio, había pre­visto el modo de abastecerme, no solo si tenía un accidente, sino en el futuro, cuando se me hubiesen agotado las muni­ciones y hubiese perdido la salud y la fuerza.

Confieso que nunca había contemplado la posibilidad de que mis municiones pudiesen ser destruidas de un golpe; quiero decir, que mi pólvora se encendiera con un rayo, y por eso me quedé tan sorprendido cuando comenzó a tro­nar y a relampaguear.

Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en el mun­do, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez; el sol, que para nosotros se hallaba en el equinoccio otoñal, estaba casi jus­to sobre mi cabeza pues, según mis observaciones, me en­contraba a nueve grados veintidós minutos de latitud norte respecto al ecuador.

Al cabo de diez o doce días en la isla, me di cuenta de que perdería la noción del tiempo por falta de libros, pluma y tinta y que entonces, se me olvidarían incluso los días que había que trabajar y los que había que guardar descanso. Para evitar esto, clavé en la playa un poste en forma de cruz en el que grabé con letras mayúsculas la siguiente inscrip­ción: «Aquí llegué a tierra el 30 de septiembre de 1659». Cada día, hacía una incisión con el cuchillo en el costado del poste; cada siete incisiones hacía una que medía el doble que el resto; y el primer día de cada mes, hacía una marca dos veces más larga que las anteriores. De este modo, lleva­ba mi calendario, o sea, el cómputo de las semanas, los me­ses y los años.

Hay que observar que, entre las muchas cosas que res­caté del barco, en los muchos viajes que hice, como he mencionado anteriormente, traje varias de poco valor pero no por eso menos útiles, que he omitido en mi narra­ción; a saber: plumas, tinta y papel de los que había varios paquetes que pertenecían al capitán, el primer oficial y el carpintero; tres o cuatro compases, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes, catalejos, cartas marinas y libros de navegación; todo lo cual había amontonado, por si al­guna vez me hacían falta. También encontré tres Biblias muy buenas, que me habían llegado de Inglaterra y había empaquetado con mis cosas, algunos libros en portugués, entre ellos dos o tres libros de oraciones papistas40, y otros muchos libros que conservé con gran cuidado. Tampoco debo olvidar que en el barco llevábamos un perro y dos ga­tos, de cuya eminente historia diré algo en su momento, pues me traje los dos gatos y el perro saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la orilla, al día siguiente de mi desem­barco con el primer cargamento. A partir de entonces, fue mi fiel servidor durante muchos años. Me traía todo lo que yo quería y me hacía compañia; lo único que faltaba era que me hablara pero eso no lo podía hacer. Como dije, ha­bía encontrado plumas, tinta y papel, que administré con suma prudencia y puedo demostrar que mientras duró la tinta, apunté las cosas con exactitud. Mas cuando se me acabó, no pude seguir haciéndolo, pues no conseguí pro­ducirla de ningún modo.

 

40 Papistas: Significa católico pero suele usarse como término des­pectivo.

 

Esto me hizo advertir que, a pesar de todo lo que había logrado reunir, necesitaba más cosas, entre ellas tinta y también un pico y una pala para excavar y remover la tierra, agujas, alfileres, hilo y ropa blanca, de la cual aprendí muy pronto a prescindir sin mucha dificultad.

Esta falta de herramientas, hacía más difíciles los traba­jos que tenía que realizar, por lo que tardé casi un año en ter­minar mi pequeña empalizada o habitación protegida. Los postes o estacas, que tenían un peso proporcional a mis fuerzas, me obligaron a pasar mucho tiempo en el bosque cortando y preparando troncos y, sobre todo, transportán­dolos hasta mi morada. A veces tardaba dos días enteros en cortar y transportar uno solo de esos postes y otro día más en clavarlo en la tierra. Para hacer esto, utilizaba un leño pe­sado pero después pensé que sería mejor utilizar unas barras puntiagudas de hierro que, después de todo, tampoco me aliviaron el tedio y la fatiga de enterrar los postes.

Pero, ¿qué necesidad tenía de preocuparme por la mo­notonía que me imponía cualquier obligación si tenía todo el tiempo del mundo para realizarla? Tampoco tenía más que hacer cuando terminara, al menos nada que pudiera prever, si no era recorrer la isla en busca de alimento, lo cual hacía casi todos los días.

Comencé a considerar seriamente mi condición y las circunstancias a las que me veía reducido y decidí poner mis asuntos por escrito, no tanto para dejarlos a los que acaso vinieran después de mí, pues era muy poco probable que tu­viera descendencia, sino para liberar los pensamientos que a diario me afligían. A medida que mi razón iba dominando mi abatimiento, empecé a consolarme como pude y a ano­tar lo bueno y lo malo, para poder distinguir mi situación de una peor; y apunté con imparcialidad, como lo harían un deudor y un acreedor, los placeres de que disfrutaba, así como las miserias que padecía, de la siguiente manera:

Malo

He sido arrojado a una ho­rrible isla desierta, sin espe­ranza alguna de salvación.

Al parecer, he sido aislado y separado de todo el mundo para llevar una vida misera­ble.

Estoy separado de la hu­manidad, completamente ais­lado, desterrado de la socie­dad humana.

No tengo ropa para cu­brirme.

No tengo defensa alguna ni medios para resistir un ataque de hombre o bestia.

No tengo a nadie con quien hablar o que pueda consolarme.

 

Bueno

Pero estoy vivo y no me he ahogado como el resto de mis compañeros de viaje.

Pero también he sido exi­mido, entre todos los tripu­lantes del barco, de la muer­te; y Él, que tan milagrosa­mente me salvó de la muer­te, me puede liberar de esta condición.

Pero no estoy muriéndo­me de hambre ni pereciendo en una tierra estéril, sin sus­ten to.

Pero estoy en un clima cá­lido donde, si tuviera ropa, apenas podría utilizarla.

Pero he sido arrojado a una isla en la que no veo ani­males feroces que puedan hacerme daño, como los que vi en la costa de África; ¿y si hubiese naufragado allí?

Pero Dios, envió milagro­samente el barco cerca de la costa para que pudiese resca­tar las cosas necesarias para suplir mis carencias y abaste­cerme con lo que me haga falta por el resto de mi vida.

En conjunto, este era un testimonio indudable de que no podía haber en el mundo una situación más miserable que la mía. Sin embargo, para cada cosa negativa había algo positivo por lo que dar gracias. Y que esta experiencia, obtenida en la condición más desgraciada del mundo, sirva para demostrar que, aun en la desgracia, siempre encontra­remos algún consuelo, que colocar en el cómputo del acree­dor, cuando hagamos el balance de lo bueno y lo malo.

Habiendo recuperado un poco el ánimo respecto a mi condición y renunciando a mirar hacia el mar en busca de algún barco; digo que, dejando esto a un lado, comencé a ocuparme de mejorar mi forma de vida, tratando de facili­tarme las cosas lo mejor que pudiera.

Ya he descrito mi vivienda, que era una tienda bajo la la­dera de una colina, rodeada de una robusta empalizada he­cha de postes y cables. En verdad, debería llamarla un muro porque, desde fuera, levanté una suerte de pared contra el césped, de unos dos pies de espesor y, al cabo de un tiem­po, creo que como un año y medio, coloqué unas vigas que se apoyaban en la roca y la cubrí con ramas de árboles y co­sas por el estilo para protegerme de la lluvia, que en algunas épocas del año era muy violenta.

Ya he relatado cómo llevé todos mis bienes al interior de la empalizada y de la cueva que excavé en la parte posterior. Pero debo añadir que, al principio, todo esto era un confuso amontonamiento de cosas desordenadas, que ocupaban casi todo el espacio y no me dejaban sitio para moverme. Así, pues, me di a la tarea de agrandar mi cueva, excavando más profundamente en la tierra, que era de roca arenosa y cedía fácilmente a mi trabajo. Cuando me sentí a salvo de las bes­tias de presa, comencé a excavar caminos laterales en la roca; primero hacia la derecha y, luego, nuevamente hacia la derecha, lo cual me permitió contar con un angosto acceso por el que entrar y salir de mi empalizada o fortificación.

Esto no solo me proporcionó una entrada y salida, como una suerte de paso por el fondo a la tienda y la bode­ga, sino un espacio para almacenar mis bienes.

Entonces, comencé a dedicarme a fabricar las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una silla y una mesa, pues sin estas no podía disfrutar de las pocas comodi dades que tenía en el mundo; no podía escribir, comer, ni hacer muchas cosas a gusto sin una mesa.

Así, pues, me puse a trabajar y aquí debo señalar que, puesto que la razón es la sustancia y origen de las matemáti­cas, todos los hombres pueden hacerse expertos en las ar tes manuales si utilizan la razón para formular y encuadrar todo y juzgar las cosas racionalmente. Nunca en mi vida había utilizado una herramienta, mas con el tiempo, con trabajo, empeño e ingenio descubrí que no había nada que no pudiera construir, en especial, si tenía herramientas; y hasta llegué a hacer un montón de cosas sin herramientas, algunas de ellas, tan solo con una azuela y un hacha, como, seguramente, nunca se habrían hecho antes; y todo ello con infinito esfuerzo. Por ejemplo, si quería un tablón, no tenía más remedio que cortar un árbol, colocar­lo de canto y aplanarlo a golpes con mi hacha por ambos lados, hasta convertirlo en una plancha y, después, pulirlo con mi azuela. Es cierto que con este procedimiento solo podía obtener una tabla de un árbol completo pero no me quedaba otra alternativa que ser paciente. Tampoco tenía solución para el esfuerzo y el tiempo que me costaba hacer cada plancha o tablón; mas como mi tiempo y mi trabajo valían muy poco, estaban bien empleados de cualquier forma.

Con todo, según expliqué anteriormente, primero me hice una mesa y una silla con las tablas pequeñas que traje del barco en mi balsa. Más tarde, después de fabricar algu nas tablas, del modo que he dicho, hice unos estantes lar­gos, de un pie y medio de ancho, que puse, uno encima de otro, a lo largo de toda mi cueva para colocar todas mis herramientas, clavos y hierros; en pocas palabras, para te­ner cada cosa en su lugar de manera que pudiese acceder a todo fácilmente. Clavé, además, unos ganchos en la pared de la roca para colgar mis armas y todas las cosas que pu­diese.

Si alguien hubiese visto mi cueva, le habría parecido un almacén general de todas las cosas necesarias en el mundo. Tenía todas mis pertenencias tan a la mano que era un pla­cer ver un surtido tan amplio y ordenado de existencias.

Fue entonces cuando comencé a llevar un diario de lo que hacía cada día porque, al principio, tenía mucha prisa no solo por el trabajo, sino porque estaba bastante confuso, por lo que mi diario habría estado lleno de cosas lúgubres. Por ejemplo, habría dicho: «30 de septiembre. Después de haber llegado a la orilla y haberme librado de morir ahoga­do, en vez de darle gracias a Dios por salvarme, tras vomi­tar toda el agua salada que había tragado, hallándome un poco más repuesto, corrí de un lado a otro de la playa, re­torciéndome las manos y golpeándome la cabeza y la cara, maldiciendo mi suerte y gritando que estaba perdido hasta que, extenuado y desmayado, tuve que tumbarme en la tierra a descansar y aún no pude dormir por temor a ser devorado.»

Días más tarde, después de haber regresado al barco y rescatado todo lo posible, todavía no podía evitar subir a la cima de la colina, con la esperanza de ver si pasaba algún barco. Imaginaba que, a lo lejos, veía una vela y me conten­taba con esa ilusión. Luego, después de mirar fijamente hasta quedarme casi ciego, la perdía de vista y me sentaba a llorar como un niño, aumentando mi desgracia por mi insensatez.

Mas, habiendo superado esto en cierta medida y ha­biendo instalado mis cosas y mi vivienda; habiendo hecho una silla y una mesa y dispuesto todo tan agradablemente como pude, comencé a llevar mi diario, que transcribiré a continuación (aunque en él se vuelvan a contar todos los detalles que ya he contado), en el cual escribí mientras pude, pues cuando se me acabó la tinta, tuve que aban­donarlo.

 

EL DIARIO

30 de septiembre de 1659. Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una terri­ble tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdicha da isla a la que llamé la Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada.

Pasé el resto del día lamentándome de la triste condi­ción en la que me hallaba, pues no tenía comida, ni casa, ni ropa, ni armas, ni un lugar a donde huir, ni la más mínima esperanza de alivio y no veía otra cosa que la muerte, ya fuera devorado por las bestias, asesinado por los salvajes o asediado por el hambre. Al llegar la noche, dormí sobre un árbol, al que subí por miedo a las criaturas salvajes, y logré dormir profundamente a pesar de que llovió toda la noche.

1 de octubre. Por la mañana vi, para mi sorpresa, que el barco se había desencallado al subir la marea y había sido arrastrado hasta muy cerca de la orilla. Por un lado, esto su­puso un consuelo, porque, estando erguido y no desbarata­do en mil pedazos, tenía la esperanza de subir a bordo cuan­do el viento amainara y rescatar los alimentos y las cosas que me hicieran falta; por otro lado, renovó mi pena por la pérdida de mis compañeros, ya que, de habernos quedado a bordo, habríamos salvado el barco o, al menos, no todos habrían perecido ahogados; si los hombres se hubiesen sal­vado, tal vez habríamos construido, con los restos del barco, un bote que nos pudiese llevar a alguna otra parte del mun­do. Pasé gran parte del día perplejo por todo esto, mas, viendo que el barco estaba casi sobre seco, me acerqué todo lo que pude por la arena y luego nadé hasta él. Ese día tam­bién llovía aunque no soplaba viento.

Del 1 al 24 de octubre. Pasé todos estos días haciendo viajes para rescatar todo lo que pudiese del barco y llevarlo hasta la orilla en una balsa cuando subiera la marea. Llovió también en estos días aunque con intervalos de buen tiem­po; al parecer, era la estación de lluvia.

20 de octubre. Mi balsa volcó con toda la carga porque las cosas que llevaba eran mayormente pesadas, pero como el agua no era demasiado profunda, pude recuperarlas cuando bajó la marea.

25 de octubre. Llovió toda la noche y todo el día, con algunas ráfagas de viento. Durante ese lapso de tiempo, el viento sopló con fuerza y destrozó el barco hasta que no quedó más rastro de él, que algunos restos que aparecieron cuando bajó la marea. Me pasé todo el día cubriendo y pro­tegiendo los bienes que había rescatado para que la lluvia no los estropeara.

26 de octubre. Durante casi todo el día recorrí la costa en busca de un lugar para construir mi vivienda y estaba muy preocupado por ponerme a salvo de un ataque noctur no, ya fuera de animales u hombres. Hacia la noche, encon­tré un lugar adecuado bajo una roca y tracé un semicírculo para mi campamento, que decidí fortificar con una pared o muro hecho de postes atados con cables por dentro y con matojos por fuera.

Del 26 al 30. Trabajé con gran empeño para transpor­tar todos mis bienes a mi nueva vivienda aunque llovió bue­na parte del tiempo.

El 31. Por la mañana, salí con mi escopeta a explorar la isla y a buscar alimento. Maté a una cabra y su pequeño me siguió hasta casa y después tuve que matarlo porque no quería comer.

1 de nouiembre. Instalé mi tienda al pie de una roca y permanecí en ella por primera vez toda la noche. La hice tan espaciosa como pude con las estacas que había traído para poder colgar mi hamaca.

2 de noviembre. Coloqué mis arcones, las tablas y los pedazos de leña con los que había hecho las balsas a modo de empalizada dentro del lugar que había marcado para mi fortaleza.

3 de noviembre. Salí con mi escopeta y maté dos aves semejantes a patos, que estaban muy buenas. Por la tarde me puse a construir una mesa.

4 de noviembre. Esta mañana organicé mi horario de trabajo, caza, descanso y distracción; es decir, que todas las mañanas salía a cazar durante dos o tres horas, si no llovía, entonces trabajaba hasta las once en punto, luego comía lo que tuviese y desde las doce hasta las dos me echaba una siesta pues a esa hora hacía mucho calor; por la tarde traba­jaba otra vez. Dediqué las horas de trabajo de ese día y del siguiente a construir mi mesa, pues aún era un pésimo tra­bajador, aunque el tiempo y la necesidad hicieron de mí un excelente artesano en poco tiempo, como, pienso, le hubie­se ocurrido a cualquiera.

5 de noviembre. Este día salí con mi escopeta y mi perro y cacé un gato salvaje que tenía la piel muy suave aunque su carne era incomestible: siempre desollaba todos los animales que cazaba y conservaba su piel. A la vuelta, por la orilla, vi muchos tipos de aves marinas que no cono­cía y fui sorprendido y casi asustado por dos o tres focas41 que, mientras las observaba sin saber qué eran, se echaron al mar y escaparon, por esa vez.

 

41 Parece poco probable que hubiera focas en la desembocadura del Orinoco, en el Atlántico sur. Estas focas en particular, pudieron venir de las proximidades de Juan Fernández.

 

6 de noviembre. Después de mi paseo matutino, volví a trabajar en mi mesa y la terminé aunque no a mi gusto; mas no pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a arreglarla.

7 de noviembre. El tiempo comenzó a mejorar. Los días 7, 8, 9, 10 y parte del 12 (porque el 11 era domingo), me dediqué exclusivamente a construir una silla y, con mucho esfuerzo, logre darle una forma aceptable aunque no llegó a gustarme nunca y eso que en el proceso, la deshice varias veces. Nota: pronto descuidé la observancia del domingo porque al no hacer una marca en el poste para indicarlos, olvidé cuándo caía ese día.

13 de noviembre. Este día llovió, lo cual refrescó mucho y enfrió la tierra pero la lluvia vino acompañada de rayos y truenos; esto me hizo temer por mi pólvora. Tan pronto como escampó decidí separar mi provisión de pólvora en tantos pequeños paquetes como fuese posible, a fin de que no corriesen peligro.

14, 15 y 16 de noviembre. Pasé estos tres días hacien­do pequeñas cajas y cofres que pudieran contener una o dos libras de pólvora, a lo sumo y, guardando en ellos la pólvo ra, la almacené en lugares seguros y tan distantes entre sí como pude. Uno de estos tres días maté un gran pájaro que no era comestible y no sabía qué era.

17 de noviembre. Este día comencé a excavar la roca detrás de mi tienda con el fin de ampliar el espacio. Nota: necesitaba tres cosas para realizar esta tarea, a saber, un pico, una pala y una carretilla o cesto. Detuve el trabajo para pensar en la forma de suplir esta necesidad y hacerme unas herramientas; utilicé las barras de hierro como pico y funcionaron bastante bien aunque eran pesadas; lo siguien­te era una pala u horca, que era tan absolutamente impres­cindible, que no podía hacer nada sin ella; mas no sabía cómo hacerme una.

18 de noviembre. Al día siguiente, buscando en el bos­que, encontré un árbol, o al menos uno muy parecido, de los que en Brasil se conocen como árbol de hierro por la du reza de su madera. De esta madera, con mucho trabajo y casi a costa de romper mi hacha, corté un pedazo y lo traje a casa con igual dificultad pues pesaba muchísimo.

La excesiva dureza de la madera y la falta de medios me obligaron a pasar mucho tiempo en esta labor, pues tuve que trabajar poco a poco hasta darle la forma de pala o azada; el mango era exactamente igual a los de Inglaterra, con la diferencia de que al no estar cubierta de hierro la parte más ancha al final, no habría de durar mucho tiempo; no obstante, servía para el uso que le di; y creo que jamás se había construido una pala de este modo ni había tomado tanto tiempo hacerla.

Aún tenía carencias, pues me hacía falta una canasta o carretilla. No tenía forma de hacer una canasta porque no disponía de ramas que tuvieran la flexibilidad necesaria para hacer mimbre, o al menos no las había encontrado aún. En cuanto a la carretilla, imaginé que podría fabricar todo me­nos la rueda; no tenía la menor idea de cómo hacerla, ni si­quiera empezarla; además, no tenía forma de hacer la barra que atraviesa el eje de la rueda, así que me di por vencido y, para sacar la tierra que extraía de la cueva, hice algo pareci­do a las bateas que utilizan los albañiles para transportar la argamasa.

Esto no me resultó tan difícil como hacer la pala y, con todo, construir la batea y la pala, aparte del esfuerzo que hice en vano para fabricar una carretilla, me tomó casi cua tro días; digo, sin contar el tiempo invertido en mis paseos matutinos con mi escopeta, cosa que casi nunca dejaba de hacer y casi nunca volvía a casa sin algo para comer.

23 de noviembre. Había suspendido mis demás tareas para fabricar estas herramientas y, cuando las hube termi­nado, seguí trabajando todos los días, en la medida en que me lo permitían mis fuerzas y el tiempo. Pasé dieciocho días enteros en ampliar y profundizar mi cueva a fin de que pu­diese alojar mis pertenencias cómodamente.

Nota: durante todo este tiempo, trabajé para ampliar esta habitación o cueva lo suficiente como para que me sir­viera de depósito o almacén, de cocina, comedor y bodega; en cuanto a mi dormitorio, seguí utilizando la tienda salvo cuando, en la temporada de lluvias, llovía tan fuertemente que no podía mantenerme seco, lo que me obligaba a cubrir todo el recinto que estaba dentro de la empalizada con pa­los largos, a modo de travesaños, inclinados contra la roca, que luego cubría con matojos y anchas hojas de árboles, for­mando una especie de tejado.

10 de diciembre. Creía terminada mi cueva o cámara cuando, de pronto (parece que la había hecho demasiado grande), comenzó a caer un montón de tierra por uno de los lados; tanta que me asusté, y no sin razón, pues de haber estado debajo no me habría hecho falta un sepulturero. Tuve que trabajar muchísimo para enmendar este desastre porque tenía que sacar toda la tierra que se había desprendi­do y, lo más importante, apuntalar el techo para asegurar­me de que no hubiese más derrumbamientos.

11 de diciembre. Este día me puse a trabajar en conso­nancia con lo ocurrido y puse dos puntales o estacas contra el techo de la cueva y dos tablas cruzadas sobre cada uno de ellos. Terminé esta tarea al día siguiente y después seguí colocando más puntales y tablas, de manera que en una se­mana, había asegurado el techo; los pilares, que estaban colo­cados en hileras, servían para dividir las estancias de mi casa.

17 de diciembre. Desde este día hasta el 20, coloqué estantes y clavos en los pilares para colgar todo lo que se pudiese colgar y entonces empecé a sentir que la casa esta­ba un poco más organizada.

20 de diciembre. Llevé todas las cosas dentro de la cue­va y comencé a amueblar mi casa y a colocar algunas tablas a modo de aparador donde poner mis alimentos pero no te­nía demasiadas tablas; también me hice otra mesa.

24 de diciembre. Mucha lluvia todo el día y toda la no­che; no salí.

25 de diciembre. Llovió todo el día.

26 de diciembre. No llovió y la tierra estaba mucho más fresca que antes y más agradable.

27 de diciembre. Maté una cabra joven y herí a otra que pude capturar y llevarme a casa atada a una cuerda; una vez en casa, le amarré y entablillé la pata, que estaba rota. Nota: la cuidé tanto que sobrevivió; se le curó la pata y estaba más fuerte que nunca y de cuidarla tanto tiempo se domesticó y se alimentaba del césped que crecía junto a la entrada y no se escapó. Esta fue la primera vez que contem­plé la idea de criar y domesticar algunos animales para te­ner con qué alimentarme cuando se me acabaran la pólvora y las municiones.

28, 29 y 30 de diciembre. Mucho calor y nada de brisa de manera que no se podía salir, excepto por la noche, a bus­car alimento; pasé estos días poniendo en orden mi casa.

1 de enero. Mucho calor aún pero salí con mi escopeta temprano en la mañana y luego por la tarde; el resto del día me quedé tranquilo. Esa noche me adentré en los valles que se encuentran en el centro de la isla y descubrí muchas cabras, pero muy ariscas y huidizas; decidí que iba a tratar de llevarme al perro para cazarlas.

2 de enero. En efecto, al otro día me llevé al perro y le mostré las cabras, pero me equivoqué porque todas se le enfrentaron y él, sabiendo que podía correr peligro, no se quería acercar a ellas.

3 de enero. Comencé a construir mi verja o pared y como aún temía que alguien me atacara, decidí hacerla gruesa y fuerte.

Nota: como ya he descrito esta pared anteriormente, omito deliberadamente en el diario lo que ya he dicho; baste señalar que estuve casi desde el 3 de enero hasta el 14 de abril, trabajando, terminando y perfeccionando esta pared aunque no medía más de veinticuatro yardas de largo. Era un semicírculo que iba desde un punto a otro de la roca y medía unas ocho yardas; la puerta de la cueva estaba en el centro.

Durante todo este tiempo trabajé arduamente a pesar de que muchos días, a veces durante semanas enteras, las lluvias eran un obstáculo; pero creía que no estaría total mente a salvo mientras no terminara la pared. Resulta casi increíble el indescriptible esfuerzo que suponía hacerlo todo, especialmente traer las vigas del bosque y clavarlas en la tierra puesto que las hice más grandes de lo que debía.

Cuando terminé el muro y lo rematé con la doble mura­lla de matojos, me convencí de que si alguien se acercaba no se daría cuenta de que allí había una vivienda; e hice muy bien, como se verá más adelante, en una ocasión muy seña­lada.

Durante este tiempo y cuando las lluvias me lo permi­tían, iba a cazar todos los días al bosque. Hice varios descu­brimientos que me fueron de utilidad, particularmente, des cubrí una especie de paloma salvaje que no anidaba en los árboles como las palomas torcaces sino en las cavidades de las rocas como las domésticas y, llevándome algunas crías me dediqué a domesticarlas, mas cuando crecieron, se esca­paron todas, seguramente por hambre pues no tenía mu­cho que darles de comer. No obstante, a menudo encontra­ba sus nidos y me llevaba algunas crías que tenían una carne muy sabrosa.

Mientras me hacía cargo de mis asuntos domésticos, me di cuenta de que necesitaba muchas cosas que al princi­pio me parecían imposibles de fabricar como, en efecto, ocurrió con algunas. Por ejemplo, nunca logré hacer un tonel con argollas. Como ya he dicho, tenía uno o dos barri­les pero nunca llegué a fabricar uno, aunque pasé muchas semanas intentándolo. No conseguía colocarle los fondos ni unir las duelas lo suficiente como para que pudiera contener agua; así que me di por vencido.

Lo otro que necesitaba eran velas pues tan pronto oscu­recía, generalmente a eso de las siete, me veía obligado a acostarme. Recordaba aquel trozo de cera con el que había hecho unas velas en mi aventura africana pero ahora no te­nía nada. Lo único que podía hacer cuando mataba alguna cabra, era conservar el sebo y en un pequeño plato de ar­cilla que cocí al sol, poner una mecha de estopa y hacer­me una lámpara; esta me proporcionaba luz pero no tan clara y constante como la de las velas. En medio de todas mis labores, una vez, registrando mis cosas, encontré una bolsita que contenía grano para alimentar los pollos, no de este viaje sino del anterior, supongo que del barco que vino de Lisboa. De este viaje, el poco grano que quedaba había sido devorado por las ratas y no encontré más que cáscaras y polvo. Como quería utilizar la bolsa para otra cosa, sacudí las cáscaras a un lado de mi fortificación, bajo la roca.

Fue poco antes de las grandes lluvias que acabo de men­cionar, cuando me deshice de esto, sin advertir nada y sin recordar que había echado nada allí. À1 cabo de un mes o algo así, me percaté de que unos tallos verdes brotaban de la tierra y me imaginé que se trataba de alguna planta que no había visto hasta entonces; mas cuál no sería mi sorpre­sa y mi asombro cuando, al cabo de un tiempo, vi diez o doce espigas de un perfecto grano verde, del mismo tipo que el europeo, más bien, del inglés42.

 

42 El grano al que se refiere es la cebada y a pesar de lo que dice, en realidad no parece haber ninguna diferencia entre la cebada europea y la inglesa.

 

Resulta imposible describir el asombro y la confusión que sentí en este momento. Hasta entonces, no tenía con­vicciones religiosas; de hecho, tenía muy pocos conoci mientos de religión y pensaba que todo lo que me había sucedido respondía al azar o, como decimos por ahí, a la voluntad de Dios, sin indagar en las intenciones de la Providencia en estas cosas o en su poder para gobernar los asuntos del mundo. Mas cuando vi crecer aquel grano, en un clima que sabía inadecuado para los cereales y, sobre todo, sin saber cómo había llegado hasta allí, me sentí extrañamente sobrecogido y comencé a creer que Dios había hecho que este grano creciera milagrosamente, sin que nadie lo hubiese sembrado, únicamente para mi susten­to en ese miserable lugar.

Esto me llegó al corazón y me hizo llorar y regocijarme porque semejante prodigio de la naturaleza se hubiera obra­do en mi beneficio; y más asombroso aún fue ver que cerca de la cebada, a todo lo largo de la roca, brotaban desorde­nadamente otros tallos, que eran de arroz pues lo reconocí por haberlos visto en las costas de África.

No solo pensé que todo esto era obra de la Providencia, que me estaba ayudando, sino que no dudé que encontraría más en otro sitio y recorrí toda la parte de la isla en la que ha­bía estado antes, escudriñando todos los rincones y debajo de todas las rocas, en busca de más, pero no pude encon­trarlo. Al final, recordé que había sacudido la bolsa de comi­da para los pollos en ese lugar y el asombro comenzó a disi­parse. Debo confesar también que mi piadoso agradeci­miento a la Providencia divina disminuyó cuando comprendí que todo aquello no era más que un acontecimiento natural. No obstante, debía estar agradecido por tan extraña e im­prevista providencia, como si de un milagro se tratase, pues, en efecto, fue obra de la Providencia que esos diez o doce granos no se hubiesen estropeado (cuando las ratas habían destruido el resto) como si hubiesen caído del cielo. Además, los había tirado precisamente en ese lugar donde, bajo la sombra de una gran roca, pudieron brotar inmediatamente, mientras que si los hubiese tirado en cualquier otro lugar, en esa época del año se habrían quemado o destruido.

Con mucho cuidado recogí las espigas en la estación adecuada, a finales de junio, conservé todo el grano y decidí cosecharlo otra vez con la esperanza de tener, con el tiem po, suficiente grano para hacer pan. Pero pasaron cuatro años antes de que pudiera comer algún grano y, aun así, es­casamente, como relataré más tarde, pues perdí la primera cosecha por no esperar el tiempo adecuado y sembraran­tes de la estación seca, de manera que el grano no llegó a crecer, al menos no como lo habría hecho si lo hubiese sem­brado en el momento propicio.

Además de la cebada, había unos veinte o treinta tallos de arroz, que conservé con igual cuidado para los mismos fi­nes, es decir, para hacer pan o, más bien, comida ya que encontré la forma de cocinarlo sin hornearlo aunque esto también lo hice más adelante. Mas volvamos a mi diario. Trabajé arduamente durante estos tres o cuatro meses para levantar mi muro y el 14 de abril lo cerré, no con una puerta sino con una escalera que pasaba por encima del muro para que no se vieran rastros de mi vivienda desde el exterior.

16 de abril. Terminé la escalera de manera que podía subir por ella hasta arriba y bajarla tras de mí hasta el inte­rior. Esto me proveía una protección completa, pues por dentro tenía suficiente espacio pero nada podía entrar des­de fuera, a no ser que escalara el muro.

Al día siguiente, después de terminar todo esto, estuve a punto de perder el fruto de todo mi trabajo y mi propia vida de la siguiente manera: el caso fue el siguiente, mien tras trabajaba en el interior, detrás de mi tienda y justo en la entrada de mi cueva, algo verdaderamente aterrador me dejó espantado y fue que, de repente, comenzó a despren­derse sobre mi cabeza la tierra del techo de mi cueva y del borde de la roca y dos de los postes que había colocado cru­jieron tremebundamente. Sentí verdadero pánico porque no tenía idea de qué podía estar ocurriendo, tan solo pensa­ba que el techo de mi cueva se caía, como lo había hecho antes. Temiendo quedar sepultado dentro, corrí hacia mi es­calera pero como tampoco me sentía seguro haciendo esto, escalé el muro por miedo a que los trozos que se despren­dían de la roca me cayeran encima. No bien había pisado tierra firme cuando vi claramente que se trataba de un terri­ble terremoto porque el suelo sobre el que pisaba se movió tres veces en menos de ocho minutos, con tres sacudidas que habrían derribado el edificio más resistente que se hu­biese construido sobre la faz de la tierra. Un gran trozo de la roca más próxima al mar, que se encontraba como a una milla de donde yo estaba, cayó con un estrépito como nun­ca había escuchado en mi vida. Me di cuenta también de que el mar se agitó violentamente y creo que las sacudidas eran más fuertes debajo del agua que en la tierra.

Como nunca había experimentado algo así, ni había ha­blado con nadie que lo hubiese hecho, estaba como muerto o pasmado y el movimiento de la tierra me afectaba el estó mago como a quien han arrojado al mar. Mas el ruido de la roca al caer, me despertó, por así decirlo, y, sacándome del estupor en el que me encontraba me infundió terror y ya no podía pensar en otra cosa que en la colina que caía sobre mi tienda y sobre todas mis provisiones domésticas, cubriéndo­las totalmente, lo cual me sumió en una profunda tristeza.

Después de la tercera sacudida no volví a sentir más y comencé a armarme de valor aunque aún no tenía las fuer­zas para trepar por mi muro, pues temía ser sepultado vivo. Así pues, me quedé sentado en el suelo, abatido y desconso­lado, sin saber qué hacer. En todo este tiempo, no tuve el menor pensamiento religioso, nada que no fuese la habitual súplica: Señor, ten piedad de mí. Mas cuando todo termi­nó, lo olvidé también.

Mientras estaba sentado de este modo, me percaté de que el cielo se oscurecía y nublaba como si fuera a llover. Al poco tiempo, el viento se fue levantando hasta que, en me nos de media hora, comenzó a soplar un huracán espanto­so. De repente, el mar se cubrió de espuma, las olas anega­ron la playa y algunos árboles cayeron de raíz; tan terrible fue la tormenta; y esto duró casi tres horas hasta que empe­zó a amainar y, al cabo de dos horas, todo se quedó en cal­ma y comenzó a llover copiosamente.

Todo este tiempo permanecí sentado sobre la tierra, aterrorizado y afligido, hasta que se me ocurrió pensar que los vientos y la lluvia eran las consecuencias del terre moto y, por lo tanto, el terremoto había pasado y podía intentar regresar a mi cueva. Esta idea me reanimó el espíri­tu y la lluvia terminó de persuadirme; así, pues, fui y me senté en mi tienda pero la lluvia era tan fuerte que mi tienda estaba a punto de desplomarse por lo que tuve que meter­me en mi cueva, no sin el temor y la angustia de que me caye­ra encima.

Esta violenta lluvia me forzó a realizar un nuevo trabajo: abrir un agujero a través de mi nueva fortificación, a modo de sumidero para que las aguas pudieran correr, pues, de lo contrario, habrían inundado la cueva. Después de un rato, y viendo que no había más temblores de tierra, empecé a sen­tirme más tranquilo y para reanimarme, que mucha falta me hacía, me llegué hasta mi pequeña bodega y me tomé un trago de ron, cosa que hice en ese momento y siempre con mucha prudencia porque sabía que, cuando se termina­ra, ya no habría más.

Siguió lloviendo toda esa noche y buena parte del día siguiente, por lo que no pude salir; pero como estaba más sosegado, comencé a pensar en lo mejor que podía hacer y llegué a la conclusión de que si la isla estaba sujeta a estos terremotos, no podría vivir en una cueva sino que debía con­siderar hacerme una pequeña choza en un espacio abierto que pudiera rodear con un muro como el que había construi­do para protegerme de las bestias salvajes y los hombres. Deduje que si me quedaba donde estaba, con toda seguridad, sería sepultado vivo tarde o temprano.

Con estos pensamientos, decidí sacar mi tienda de donde la había puesto, que era justo debajo del peñasco colgante de la colina, el cual le caería encima si la tierra volvía a temblar. Pasé los dos días siguientes, que eran el 19 y el 20 de abril, calculando dónde y cómo trasladar mi vivienda.

El miedo a quedar enterrado vivo no me dejó volver a dormir tranquilo pero el miedo a dormir fuera, sin ninguna protección, era casi igual. Cuando miraba a mi alrededor y lo veía todo tan ordenado, tan cómodo y tan seguro de cual­quier peligro, sentía muy pocas ganas de mudarme. Mientras tanto, pensé que me tomaría mucho tiempo hacer esto y que debía correr el riesgo de quedarme donde estaba hasta que hubiese hecho un campamento seguro para trasladarme. Con esta resolución me tranquilicé por un tiempo y resolví ponerme a trabajar a toda prisa en la construcción de un muro con pilotes y cables, como el que había hecho antes, formando un círculo, dentro del cual montaría mi tienda cuando estuviese terminado; pero por el momento, me quedaría donde estaba hasta que terminase y pudiese mudarme. Esto ocurrió el 21.

22 de abril. A la mañana siguiente comencé a pensar en los medios de ejecutar esta resolución pero tenía pocas herramientas; tenía tres hachas grandes y muchas peque ñas (que eran las que utilizábamos en el tráfico con los in­dios) pero, de tanto cortar y tallar maderas duras y nudosas, se habían mellado y desafilado y, aunque tenía una piedra de afilar, no podía hacerla girar al mismo tiempo que sujetaba mis herramientas. Esto fue motivo de tanta reflexión como la que un hombre de estado le habría dedicado a un asunto político muy importante o un juez a deliberar una sentencia de muerte. Finalmente, ideé una rueda con una cuerda, que podía girar con el pie y me dejaría ambas manos libres. Nota: nunca había visto nada semejante en Inglaterra, al menos, no como para saber cómo se hacía aunque, después, he po­dido constatar que es algo muy común. Aparte de esto, mi piedra de afilar era muy grande y pesada, por lo que me tomó una semana entera perfeccionar este mecanismo.

28, 29 de abril. Empleé estos dos días completos en afilar mis herramientas y mi mecanismo para girar la piedra funcionó muy bien.

30 de abril. Cuando revisé mi provisión de pan, me di cuenta de que había disminuido considerablemente, por lo que me limité a comer solo una galleta al día, cosa que me provocó mucho pesar.

1 de mayo. Por la mañana, miré hacia la playa y como la marea estaba baja, vi algo en la orilla, más grande de lo co­mún, que parecía un tonel. Cuando me acerqué vi un peque ño barril y dos o tres pedazos del naufragio del barco, que fue­ron arrastrados hasta allí en el último huracán. Cuando miré hacia el barco, me pareció que sobresalía de la superficie del agua más que antes. Examiné el barril que había llegado y me di cuenta de que era un barril de pólvora pero se había moja­do y la pólvora estaba apelmazada y dura como una piedra; no obstante, lo llevé rodando hasta la orilla y me acerqué al barco todo lo que pude por la arena para buscar más.

Cuando llegué al barco, encontré que su disposición ha­bía cambiado extrañamente. El castillo de proa, que antes estaba enterrado en la arena, se había elevado más de seis pies. La popa, que se había desbaratado y separado del bar­co por la fuerza del mar poco después de que yo terminara de explorarlo, había sido arrojada hacia un lado y todo el costado donde antes había un buen tramo de agua que no me permitía llegar hasta el barco si no era nadando un cuar­to de milla, se había llenado de arena y ahora casi podía lle­gar andando hasta él cuando la marea estaba baja. Al princi­pio, esto me sorprendió pero pronto llegué a la conclusión de que había sido a causa del terremoto, cuya fuerza había roto el barco más de lo que ya estaba; de modo que, a dia­rio, sus restos llegaban hasta la orilla arrastrados por el vien­to y las olas.

Esto me distrajo completamente de mi proyecto de mu­dar mi vivienda y me mantuvo, especialmente ese día, bus­cando el modo de volver al barco pero comprendí que no podría hacerlo pues su interior estaba completamente lleno de arena. Sin embargo, como había aprendido a no deses­perar por nada, decidí arrancar todos los trozos del barco que pudiera sabiendo que todo lo que consiguiera rescatar de él, me sería útil de un modo u otro.

3 de mayo. Comencé a cortar un pedazo de travesaño que sostenía, según creía, parte de la plataforma o cubierta. Cuando terminé, quité toda la arena que pude de la parte más elevada pero la marea comenzó a subir y tuve que abandonar la tarea.

4 de mayo. Salí a pescar pero no cogí ni un solo pesca­do que me hubiese atrevido a comer y cuando me aburrí de esta actividad, justo cuando me iba a marchar, pesqué un pequeño delfín. Me había hecho un sedal con un poco de cuerda pero no tenía anzuelos; no obstante, a menudo co­gía suficientes peces, tantos como necesitaba, y los secaba al sol para comerlos secos.

5 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, corté en pedazos otro travesaño y rescaté tres planchas de abeto de la cubierta, que até e hice flotar hasta la orilla cuando subió la marea.

6 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, rescaté varios tornillos y otras piezas de hierro, puse mucho ahínco y regresé a casa muy cansado y con la idea de renunciar a la tarea.

7 de mayo. Volví al barco pero sin intenciones de traba­jar y descubrí que el casco se había roto por su propio peso y por haberle quitado los soportes, de manera que había va rios pedazos sueltos y la bodega estaba tan al descubierto que se podía ver a través de ella, aunque solo fuera agua y arena.

8 de mayo. Fui al barco con una barra de hierro para arrancar la cubierta que ya estaba bastante despejada del agua y la arena; arranqué dos planchas y las llevé hasta la orilla, nuevamente, con la ayuda de la marea. Dejé la barra de hierro en el barco para el día siguiente.

9 de mayo. Fui al barco y me abrí paso en el casco con la barra de hierro. Palpé varios toneles y los aflojé pero no pude romperlos. También palpé el rollo de plomo de Inglaterra y logré moverlo pero pesaba demasiado para sacarlo.

10, 11, 12, 13 y 14 de mayo. Fui todos los días al bar­co y rescaté muchas piezas de madera y planchas o tablas y doscientas o trescientas libras de hierro.

15 de mayo. Me llevé dos hachas pequeñas para tratar de cortar un pedazo del rollo de plomo, aplicándole el filo de una de ellas y golpeando con la otra pero como estaba a casi un pie y medio de profundidad, no pude atinar a darle ni un solo golpe.

16 de mayo. El viento sopló con fuerza durante la no­che y el barco se desbarató aún más con la fuerza del agua, pero me quedé tanto tiempo en el bosque cazando palomas para comer, que la marea me impidió llegar hasta él ese día. 17 de mayo. Vi algunos restos del barco que fueron arrastrados hasta la orilla, a gran distancia, a unas dos millas de donde me hallaba. Resolví ir a investigar de qué se trata­ba y descubrí que era una parte de la proa, demasiado pe­sada para llevármela.

24 de mayo. Hasta esta fecha, trabajé diariamente en el barco y, con gran esfuerzo, logré aflojar tantas cosas con la barra de hierro que cuando subió la marea por primera vez, vinieron flotando hasta la orilla varios toneles y dos de los arcones de marino; pero el viento soplaba de la costa y no llegó nada más ese día, excepto unos pedazos de made­ra y un barril que contenía un poco de cerdo del Brasil, pero el agua y la arena lo habían estropeado.

Proseguí sin tregua con esta tarea hasta el día 15 de ju­nio, con la excepción del tiempo que dedicaba a buscar ali­mento, que era, como he dicho, cuando subía la marea, a fin de haber terminado para cuando bajara. Para esta fecha había reunido suficientes maderas, tablones y hierros para construir un buen bote, si hubiera sabido cómo. También lo­gré reunir, por partes y en varios viajes, hasta cien libras en láminas de plomo.

16 de junio. Al bajar a la playa, encontré una gran tor­tuga. Era la primera que veía, lo cual se debía a mi mala suerte y no a un defecto del lugar ni a la escasez de estos animales, ya que si me hubiera encontrado en la otra parte de la isla, habría visto cientos de ellas todos los días, como descubrí posteriormente; pero, tal vez, me habrían salido demasiado caras.

17 de junio. Me dediqué a cocinar la tortuga y encontré dentro de ella tres veintenas de huevos y, en aquel momen­to, su carne me parecía la más sabrosa y gustosa que había probado en mi vida, pues no había comido más que cabras y,aves desde mi llegada a este horrible lugar.

18 de junio. Llovió todo el día.y no salí. Me dio la im­presión de que la lluvia estaba fría y me sentía un poco res­friado, cosa muy rara en aquellas latitudes.

19 de junio. Estuve muy enfermo y tiritando como si hiciese mucho frío.

20 de junio. No pude descansar en toda la noche, fuer­tes dolores de cabeza y fiebre.

21 de junio. Estuve muy enfermo y asustado de muerte ante mi triste condición de estar enfermo y sin ayuda. Recé a Dios, por primera vez desde la tormenta de Hull, pero no sa bía lo que decía ni por qué. Mis pensamientos eran confusos.

22 de junio. Un poco mejor pero con un gran temor a la enfermedad.

23 de junio. Muy mal otra vez, escalofríos y luego un terrible dolor de cabeza.

24 de junio. Mucho mejor.

25 de junio. Fiebre muy alta; el acceso duró siete ho­ras, ataques de frío y calor seguidos de sudores y mareos. 26 de junio. Mejor. Como no tenía nada que comer, tomé mi escopeta pero me hallé demasiado débil. No obs­tante, maté una cabra hembra y con mucha dificultad la tra­je a casa. Asé un poco y comí. Me habría encantado hervirla y hacer un poco de caldo pero no tenía olla.

27 de junio. Me dio tanta fiebre que me quedé todo el día en cama y no pude comer ni beber nada. Estaba a punto de morir de sed pero me sentía tan débil, que no podía tenerme en pie o buscar agua para beber. Recé a Dios nue­vamente pero deliraba y cuando no lo hacía, era tan igno­rante que no sabía qué decirle. Tan solo lloraba diciendo: «Señor, mírame, ten piedad de mí, ten misericordia de mí.» Creo que no hice más por dos o tres horas hasta que co­menzó a bajar la fiebre. Me quedé dormido y no desperté hasta altas horas de la noche. Cuando lo hice me sentía me­jor pero débil y extremadamente sediento. No obstante, como no tenía agua en toda mi habitación, me vi obligado a esperar hasta la mañana y volví a dormirme. En esta segun­da ocasión tuve una terrible pesadilla.

Soñé que estaba sentado en el suelo en la parte exterior de mi muro, en el mismo sitio en el que me había sentado cuando se desató la tormenta después del terremoto, y vi a un hombre que descendía a la tierra desde una gran nube negra envuelto en una brillante llama de fuego y luz. Todo él brillaba tanto como una llama por lo que no podía mirar ha­cia donde estaba; su aspecto era tan inexpresablemente espantoso que resulta imposible describirlo con palabras. Cuando puso los pies sobre la tierra, me pareció que esta temblaba, como lo había hecho en el terremoto y que el aire se llenaba de rayos de fuego.

No bien tocó la tierra, comenzó a caminar hacia mí con una gran lanza o arma en la mano y la intención de matarme. Cuando llegó a un promontorio de tierra, que estaba a cierta distancia de mí me habló o escuché una voz tan terri­ble que es imposible describir el terror que me causó. Lo único que puedo decir que entendí fue esto: «En vista de que ninguna de estas cosas ha suscitado tu arrepentimiento, ahora morirás». Al decir esto, me pareció que levantaba la lanza para matarme.

Nadie que lea este relato puede esperar que yo sea ca­paz de describir el espanto de mi alma ante esta terrible vi­sión; quiero decir que, aunque solo era un sueño, era un sueño horroroso. Tampoco es posible describir mejor la im­presión que quedó en mi espíritu al despertar y comprender que se trataba de un sueño.

No tenía, ¡ay de mí!, ningún conocimiento religioso; lo que había aprendido gracias a las buenas enseñanzas de mi padre, se había desvanecido en ocho años de ininterrumpi dos desarreglos propios de la gente de mar y de haberme relacionado solo con gente tan incrédula y profana como yo. No recuerdo haber tenido, en todo ese tiempo, ni un solo pensamiento que me elevara a Dios o que me hiciera mirar hacia adentro y reflexionar sobre mi conducta; solo una cierta estupidez espiritual, que no deseaba el bien ni tenía conciencia del mal, se había apoderado totalmente de mí y me había convertido en la criatura más dura, insensi­ble y perversa entre todos los marinos, que no sentía temor de Dios en el peligro, ni le estaba agradecido en la salvación.

Esto se entenderá mejor cuando cuente la parte pasada de mi historia y agregue que, a pesar de todas las desgracias que me habían ocurrido hasta ese día, no se me había ocurri do pensar que eran a consecuencia de la intervención divi­na, o que se trataba de un castigo por mis pecados, por la rebeldía contra mi padre, por mis pecados actuales que eran muy grandes o, bien, un castigo por el curso general de mi depravada vida. Cuando me hallaba en aquella deses­perada expedición en las desiertas costas de África, no pen­sé ni por un instante en lo que podía ser de mí, ni deseé que Dios me indicara a dónde dirigirme, ni me protegiera del peligro que me rodeaba y de las criaturas voraces y salvajes crueles. Simplemente, no pensaba en Dios ni en la Provi­dencia y me comportaba como una mera bestia enajenada de los principios de la naturaleza y los dictados del sentido común; a veces, ni siquiera como eso.

Cuando fui liberado y rescatado por el capitán portu­gués, y bien tratado, con justicia, honradez y caridad, no tuve ni un solo pensamiento de gratitud. Cuando, nuevamen te, naufragué y me vi perdido y en peligro de morir ahogado en esta isla, no sentí el menor remordimiento ni lo vi como un castigo justo; tan solo me repetía una y otra vez que era un perro desgraciado, nacido para ser siempre miserable.

Es cierto que cuando llegué a esta orilla por primera vez y me di cuenta de que toda la tripulación había perecido ahogada mientras que yo me había salvado, me sobrecogió una especie de éxtasis o conmoción del alma que, si la gra­cia de Dios me hubiese asistido, se habría convertido en sin­cero agradecimiento. Mas esto terminó donde comenzó, en un mero ramalazo de felicidad, o, podría decir, una mera sensación de alegría por estar vivo, sin reflexionar en lo más mínimo acerca de la bondad de la mano que me había salva­do y me había escogido cuando el resto había sido aniquila­do; sin preguntarme por qué la Providencia había sido tan misericordiosa conmigo. Más bien, experimenté el mismo tipo de júbilo que sienten los marineros cuando llegan a sal­vo a la orilla después de un naufragio, júbilo que ahogan por completo en un jarro de ponche y olvidan apenas ha con­cluido; y todo el resto de mi vida transcurría así.

Incluso, después, cuando me hice consciente de mi si­tuación, de cómo había llegado a este horrible lugar, lejos de cualquier contacto humano, sin esperanza de alivio ni pers pectiva de redención, tan pronto como vi que tenía posibi­lidad de sobrevivir y que no me moriría de hambre, olvidé todas mis aflicciones y comencé a sentirme tranquilo, me dediqué a las tareas propias de mi supervivencia y abaste­cimiento y me hallé muy lejos de considerar mi condición como un juicio del cielo o como obra de la mano de Dios.

La germinación del maíz, a la que hice referencia en mi diario, al principio me afectó un poco y luego comenzó a afectarme seriamente por tanto tiempo, que creí ver algo milagroso en ello. Pero tan pronto como desapareció esa idea, se desvaneció la impresión que me había causado, como lo he señalado anteriormente.

Ocurrió lo mismo con el terremoto, aunque nada podía ser más terrible en la naturaleza ni revelar más claramente el poder invisible que gobierna sobre este tipo de cosas. Apenas pasó el temor inicial, también cesó la impresión que me ha­bía causado. No tenía más conciencia de Dios o de su juicio, ni de que mis desgracias fueran obra de su mano, que si hu­biera estado en la situación más próspera del mundo.

Pero ahora que estaba enfermo y las miserias de la muerte desfilaban lentamente ante mis ojos, cuando mis fuerzas sucumbían bajo el peso de una fuerte debilidad y es taba extenuado por la fiebre, mi conciencia, durante tanto tiempo dormida, comenzó a despertar y yo empecé a re­procharme mi vida pasada, pues, evidentemente, mi per­versidad había provocado que la justicia de Dios cayera tan violentamente sobre mí y me castigara tan vengativamente.

Estos pensamientos me atormentaron durante el segun­do y el tercer día de mi enfermedad, y en el furor de la fiebre y las terribles recriminaciones de mi conciencia, musité unas palabras que parecían una plegaria a Dios, aunque no sé si el origen de la oración era la necesidad o la esperanza. Más bien era el llamado del miedo y la angustia pues mis pensa­mientos confusos, mis convicciones fuertes y el horror de morir en tan miserable situación me abrumaron la cabeza. En este desasosiego, no sé lo que pude haber dicho pero era una suerte de exclamación, algo así como: «¡Señor!, ¿qué clase de miserable criatura soy? Si me enfermo, mori­ré de seguro por falta de ayuda. ¡Señor!, ¿qué será de mí?» Entonces comencé a llorar y no pude decir más.

En este intervalo, recordé los buenos consejos de mi pa­dre y su predicción, que mencioné al principio de esta histo­ria: que si daba ese paso insensato, Dios me negaría su ben­dición y luego tendría tiempo para pensar en las consecuen­cias de haber desatendido sus consejos, cuando nadie pu­diese ayudarme. «Ahora -decía en voz alta-, se han cum­plido las palabras de mi querido padre: la justicia de Dios ha caído sobre mí y no tengo a nadie que pueda ayudarme o escucharme. Hice caso omiso a la voz de la Providencia, que tuvo la misericordia de ponerme en una situación en la vida en la que hubiera vivido feliz y tranquilamente; mas no fui capaz de verlo, ni de aprender de mis padres, la dicha que esto suponía. Los dejé lamentándose por mi insensatez y ahora era yo el que se lamentaba de las consecuencias; rechacé su apoyo y sus consejos, que me habrían ayudado a abrirme camino en el mundo y me habrían facilitado las cosas y ahora tenía que luchar contra una adversidad dema­siado grande, hasta para la misma naturaleza, sin compa­ñía, sin ayuda, sin consuelo y sin consejos.» Entonces grité: «Señor, ayúdame porque estoy desesperado.»

Esta fue la primera oración, si puede llamarse de ese modo, que había hecho en muchos años. Mas vuelvo a mi diario.

28 de junio. Un poco más aliviado por el sueño y ya sin fiebre, me levanté. Como el miedo y el terror de mis sueños había sido muy grande y pensaba que la fiebre volvería al día siguiente, tenía que buscarme algo que me refrescara y me fortaleciera cuando volviera a sentirme enfermo. Lo prime­ro que hice fue llenar una gran botella cuadrada de agua y colocarla encima de mi mesa, junto a la cama y, para tem­plarla, le eché como la cuarta parte de una pinta de ron y lo mezclé bien. Entonces asé un trozo de carne de cabra sobre los carbones pero apenas comí. Caminé un poco pero me sentía muy débil, triste y acongojado por mi des­graciada condición y temía que el malestar volviese al día siguiente. Por la noche me hice la cena con tres huevos de tortuga que asé en las ascuas y me los comí, como quien dice, en el cascarón. Esta fue la primera vez en mi vida, se­gún recuerdo, que le pedí a Dios la bendición por mis ali­mentos.

Después de comer, traté de caminar pero estaba tan dé­bil que apenas podía cargar la escopeta (porque nunca salía sin ella) así que solo anduve un poco y me senté en la tierra, mirando hacia el mar que tenía delante de mí y que estaba tranquilo y en calma. Mientras estaba allí, pensé en cosas como éstas:

¿Qué son esta tierra y este mar que tanto he contempla­do? ¿De dónde vienen? ¿Y qué soy yo y todas las demás criaturas, salvajes y domésticas, humanas y bestiales? ¿Dónde estamos?

De seguro todos hemos sido creados por una fuerza se­creta, que también hizo la tierra, el mar, el aire y el cielo; ¿quién es?

Luego inferí, naturalmente, que era Dios quien lo había hecho todo. Pues bien, pensé, si Dios ha hecho todas estas cosas, es Él quien las guía y quien gobierna sobre ellas y so bre todo lo que les sucede; ya que la fuerza que pudo crear todas las cosas ha de tener, ciertamente, el poder de guiar­las y dirigirlas.

Si esto es así, nada puede ocurrir en el gran circuito de su obra sin su conocimiento o consentimiento.

Y si nada puede ocurrir sin que Él lo sepa, entonces Él ha de saber que estoy aquí y que me hallo en esta terrible situación; y si nada ocurre sin que Él lo ordene, entonces Él debe haber ordenado que esto me ocurriera.

No imaginé nada que contradijera estas conclusiones y, por lo tanto, tuve la certeza de que Dios había mandado que me pasara todo esto y que había caído en este miserable es tado por orden suya, ya que Él tenía todo el poder, no solo sobre mí sino sobre todo lo que sucedía en el mundo. Entonces pensé:

¿Por qué Dios me ha hecho esto? ¿Qué he hecho para ser tratado de esta forma?

Mi conciencia me refrenó ante esta pregunta como si fuese una blasfemia y me pareció que me hablaba de la si­guiente manera: «¡Infeliz!, ¿preguntas qué has hecho? Mira hacia atrás, hacia el terrible despilfarro que has hecho con tu vida y pregúntate qué no has hecho; pregúntate ¿por qué no has sido destruido mucho antes? ¿Por qué no te ahogas­te en las radas de Yarmouth? ¿Por qué no te mataron en la pelea cuando el barco fue capturado por el corsario de Salé? ¿Por qué no fuiste devorado por las bestias salvajes en la costa de África? ¿Por qué no te ahogaste aquí cuando toda la tripulación pereció, excepto tú? ¿Y aún preguntas “¿qué he hecho?”.»

Estas reflexiones me dejaron estupefacto, como atóni­to, y no sabía qué decir para responderme. Me levanté pen­sativo y triste y regresé a mi refugio y subí por mi muralla, como si fuera a irme a la cama pero mi espíritu estaba triste­mente perturbado y no tenía sueño, así que me senté en mi silla y encendí mi lámpara, porque empezaba a oscurecer. Como temía que volviera el malestar, se me ocurrió que los brasileños no toman otra medicina que su tabaco para casi todas sus dolencias y que, en uno de mis arcones, tenía un trozo de un rollo de tabaco que estaba bastante curado y otro poco que aún estaba verde y menos curado.

Fui como guiado por el cielo, porque en ese arcón encon­tré la cura para mi alma y mi cuerpo. Abrí el arcón y encontré lo que estaba buscando, es decir, el tabaco y, como los libros que había rescatado estaban también allí, saqué una de las Biblias, que mencioné anteriormente y que, hasta entonces, no había tenido ni el tiempo ni la inclinación de mirar y la llevé a la mesa junto con el tabaco.

No sabía qué hacer con el tabaco para curarme ni si ser­vía o no para ello pero hice varios experimentos con él, convencido de que funcionaría de un modo u otro. Primero me metí un pedazo de una hoja en la boca y la mastiqué, lo cual me provocó una especie de aturdimiento pues el taba­co estaba verde y fuerte y no estaba habituado a utilizarlo. Luego tomé otro poco y lo maceré en un poco de ron du­rante una o dos horas para tomarme una dosis cuando me acostara. Por último, quemé un poco en un brasero e inhalé el humo tanto tiempo como este y el calor me lo permitie­ron, hasta que me sentí sofocado.

Mientras realizaba estas operaciones, tomé la Biblia y comencé a leer pero el tabaco me tenía tan mareado que no pude proseguir, al menos por esta vez. Había abierto el libro al azar y las primeras palabras que hallé fueron estas: Invócame en el día de tu aflicción y yo te salvaré y tú me glorificarás43.

Estas palabras me parecieron muy adecuadas para mi caso y me causaron cierta impresión cuando las leí, mas no tanto como lo hicieron posteriormente, porque la palabra salvado no me decía nada; me parecía algo tan remoto, tan imposible según mi forma de ver las cosas que comencé a decir, como los hijos de Israel cuando les ofrecieron carne para comer: ¿Puede Dios servir una mesa en el desier­lo?44. Y así comencé a decir: «¿Puede Dios sacarme de este lugar?» Y como no habría de tener ninguna esperanza en muchos años, varias veces me hice esta pregunta. No obs­tante, estas palabras causaron una gran impresión en mí y las medité con frecuencia. Se hacía tarde y el tabaco, como he dicho, me había aturdido tanto que sentí deseos de dor­mir, de modo que dejé mi lámpara encendida en la cueva, por si necesitaba algo durante la noche, y me metí en la cama. Pero, antes de acostarme, hice algo que no había hecho en toda mi vida: me arrodillé y le rogué a Dios que cumpliera su promesa y me salvara si yo acudía a él en el día de mi aflicción. Una vez concluida mi torpe e imperfec­ta plegaria, bebí el ron en el que había macerado el taba­co, que estaba tan fuerte y tan cargado, que casi no podía tragarlo y acto seguido, me metí en la cama. Sentí que se me subía a la cabeza violentamente pero me quedé pro­fundamente dormido y me desperté, a juzgar por el sol, a eso de las tres de la tarde del día siguiente. Sin embargo, aún creo que dormí todo ese día y toda esa noche, hasta casi las tres de la tarde del otro día pues, de lo contrario, no entiendo cómo pude perder un día en el cómputo de los días de la semana, cosa que comprendí unos años más tarde; pues si había cometido el error de trazar la misma línea dos veces, entonces debí perder más de un día. Lo cierto es que, según mis cálculos, perdí un día y nunca supe cómo.

 

43 Salmo 50:15.

44 Salmo 78:19.

 

En cualquier caso, al despertar me encontré mucho me­jor y con el ánimo dispuesto y alegre. Al levantarme, me sentía más fuerte que el día anterior y tenía mejor el estóma go pues estaba hambriento; en pocas palabras, no tuve fie­bre al día siguiente y fui mejorando paulatinamente. Esto ocurrió el día 29.

El 30 fue un buen día y salí con la escopeta aunque no me alejé demasiado. Maté un par de aves marinas, que pa­recían gansos, y las traje a casa pero no tenía muchas ganas de comerlas así que solo comí unos cuantos huevos de tor­tuga, que estaban muy buenos. Esa noche, renové el trata­miento al que le atribuí mi mejoría del día anterior, es decir, el tabaco macerado en ron, solo que no tomé tanta cantidad como la primera vez, ni mastiqué ninguna hoja, ni inhalé el humo. No obstante, al día siguiente, que era el primero de julio, no me sentí tan bien como esperaba y tuve algunos amagos de escalofríos, aunque no demasiado graves.

2 de julio. Repetí el tratamiento de las tres formas y me las administré como la primera vez. Tomé el doble del brebaje.

3. La fiebre pasó definitivamente aunque no recuperé todas mis fuerzas en varias semanas. Mientras reunía energías, pensé mucho en la frase te salvaré y la imposibi lidad de mi salvación me impedía cultivar esperanza algu­na. Pero, mientras me desanimaba con estos pensamien­tos, se me ocurrió que pensaba tanto en la liberación de mi mayor aflicción que no estaba viendo el favor que había recibido y comencé a hacerme las siguientes preguntas: ¿No he sido liberado, además, milagrosamente, de la en­fermedad y de la situación más desesperada que puede ha­ber y que tanto me asustaba? ¿Me he dado cuenta de esto? ¿He pagado mi parte? Dios me ha salvado pero yo no lo he glorificado, es decir, no me siento en deuda ni agrade­cido por esta salvación. ¿Cómo puedo esperar una salva­ción mayor?

Esto me conmovió el corazón e inmediatamente me arrodillé y le di gracias a Dios en voz alta por haberme salva­do de la enfermedad.

4 de julio. Por la mañana cogí la Biblia y, comenzando por el Nuevo Testamento, me apliqué seriamente a su lectu­ra. Me impuse leerla un rato todas las mañanas y todas las noches, sin obligarme a cubrir un número de capítulos es­pecífico sino obedeciendo al interés que me despertara la lectura. Al poco tiempo de observar esta práctica, sentí que mi corazón estaba más profunda y sinceramente contrito por la perversidad de mi vida pasada. Reviví la impresión que me había causado el sueño y las palabras ninguna de estas cosas ha suscitado tu arrepentimiento resonaban fuertemente en mis pensamientos. Estaba rogándole fervo­rosamente a Dios que me concediera el arrepentimiento cuando, providencialmente, ese mismo día, mientras leía las escrituras me topé con las siguientes palabras: Él es exaltado como Príncipe y Salvador para dar el arrepenti­miento y el perdón45. Solté el libro y elevando mi corazón y mis manos, en una especie de éxtasis, exclamando: «¡Jesús, hijo de David, Jesús, tú que eres glorificado como Príncipe y Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón!»

Podría decir que era la primera vez en mi vida que reza­ba en el verdadero sentido de la palabra, pues lo hacía con plena conciencia de mi situación y con una esperanza, como la que se describe en las escrituras, fundada en el aliento de la palabra de Dios. Desde este momento, puedo decir que comencé a confiar en que Dios me escucharía.

 

45 Hechos de los Apóstoles 5:31.

 

Ahora empezaba a comprender las palabras menciona­das anteriormente, Invócame y te liberaré, en un sentido diferente al que lo había hecho antes, porque entonces no tenía la menor idea de nada que pudiese llamarse salvación, si no era de la condición de cautiverio en la que me encon­traba; pues, si bien estaba libre en este lugar, la isla era una verdadera prisión para mí, en el peor sentido. Mas ahora había aprendido a ver las cosas de otro modo. Ahora mira­ba hacia mi pasado con tanto horror y mis pecados me pa­recían tan terribles, que mi alma no le pedía a Dios otra cosa que no fuera la liberación del peso de la culpa que me quita­ba el sosiego. En cuanto a mi vida solitaria, ya no me pare­cía nada; ya no rogaba a Dios que me liberara de ella, ni si­quiera pensaba en ello, pues no era tan importante como esto. Y añado lo siguiente para sugerir a quien lo lea que cuando se llega a entender el verdadero sentido de las co­sas, el perdón por los pecados es una bendición mayor que la liberación de las aflicciones.

Pero dejo esto y regreso a mi diario.

Ahora mi vida, si bien no menos miserable que antes, comenzaba a ser más llevadera y puesto que mis pensa­mientos estaban orientados, por la oración y la constante lectura de las escrituras, hacia cosas más elevadas, tenía una gran paz interior que no había conocido. Además, a medida que iba recuperando la salud y las fuerzas, me propuse pro­curarme todo lo que necesitaba y darle a mi vida la mayor regularidad posible.

Desde el 4 al 14 de julio, me dediqué, principalmente, a caminar con mi escopeta en mano, poco a poco, como un hombre que está juntando fuerzas después de la enferme dad, pues es difícil imaginar lo débil que me encontraba. El tratamiento que había utilizado era totalmente nuevo y, tal vez nunca haya servido para curar a nadie de la calentura, ni puedo recomendarlo para que sea puesto en práctica, pero, aunque sirvió para quitarme la fiebre, también me debilitó, pues durante un tiempo seguí padeciendo de frecuentes convulsiones en los nervios y las extremidades.

También aprendí que salir durante la estación de lluvias era de lo más pernicioso para mi salud, en especial, cuando las lluvias venían acompañadas de tempestades y huraca nes. Como las lluvias de la estación seca siempre venían acompañadas de esas tormentas, eran más peligrosas que las que caían en septiembre y octubre.

Hacía más de diez meses que habitaba en esta desdicha­da isla y parecía que cualquier posibilidad de salvación de esta condición me hubiera sido totalmente negada. Además, estaba convencido de que ningún ser humano había puesto un pie en este lugar. Ya me había asegurado perfectamente la habitación y ahora tenía grandes deseos de explorar la isla más a fondo para ver qué cosas podía encontrar que aún no conocía.

El 15 de julio comencé la inspección minuciosa de la isla. Primero me dirigí hacia el río al que, como he dicho, llegué con mis balsas. Descubrí, después de andar río arriba casi dos millas, que la corriente no aumentaba y que no se trataba más que de una pequeña quebrada, muy fresca y muy buena; mas, por estar en la estación seca, apenas tenía agua en algunas partes, al menos, no la suficiente como para que se formara una corriente perceptible.

A orillas de esta quebrada encontré muchas sabanas o praderas placenteras, llanas, lisas y cubiertas de hierba. En la parte más elevada, próxima a las tierras altas, que el agua, al parecer, nunca inundaba, encontré gran cantidad de tabaco verde que crecía en tallos fuertes y robustos. Había muchas otras plantas que no conocía y que, tal vez, tenían propiedades que no era capaz de descubrir.

Busqué raíz de yuca, con la que los indios de esta región hacen su pan, pero no encontré ninguna. Vi enormes plan­tas de áloe pero no sabía lo que eran y varias cañas de azú car que crecían silvestres e imperfectas a falta de cultivo46. Me contenté con estos descubrimientos por esta vez y re­gresé pensando cómo hacer para conocer las virtudes y bondades de los frutos o plantas que fuera descubriendo pero no llegué a ninguna conclusión, pues, fue tan poco lo que observé cuando estaba en Brasil, que era escaso lo que sabía de las plantas silvestres, al menos muy poco que me sirviera en este momento.

 

46 La caña de azúcar nunca creció salvaje en las Indias Occidenta­les ni en Sur América. Los españoles y portugueses la llevaron en el siglo XVI.

 

Al día siguiente, el 16, subí por el mismo camino y, des­pués de haber avanzado un poco más que el día anterior, descubrí que el río y la pradera terminaban y comenzaba un bosque. Aquí encontré diferentes frutas, en especial una gran cantidad de melones en el suelo y de uvas en los ár­boles. Las viñas se habían extendido sobre los árboles y los racimos de uvas estaban en su punto de maduración y sabor. Este sorprendente descubrimiento me llenó de ale­gría pero la experiencia me advirtió que las comiera con moderación pues, según recordaba, cuando estuve en Berbería47, muchos de los ingleses que estaban allí como esclavos, murieron a causa de las uvas, que les provo­caron fiebre y disentería. No obstante, descubrí que si las curaba y secaba al sol y las conservaba como se suelen con­servar las uvas secas o pasas, serían, como en efecto ocurrió, un alimento agradable y sano cuando no hubiera uvas.

 

47 Nombre con el que se denominaba la región noroeste de África que comprende los actuales estados de Marruecos, Argelia, Túnez y parte de Libia.

Pasé allí toda la tarde y no regresé a mi habitación. Esta fue, dicho sea de paso, la primera noche que pasé fuera de casa. Al anochecer tomé mi antigua precaución y me subí a un árbol donde dormí bien y, a la mañana siguiente, prose­gui mi exploración. Caminé casi cuatro millas hacia el nor­te, según pude juzgar por la longitud del valle, con una cade­na de montañas por el sur y otra por el norte.

Al final de esta caminata, llegué a un claro donde el terreno parecía descender hacia el oeste y donde había un pequeño manantial de agua dulce que brotaba de la ladera de una colina cercana hacia el este. La tierra parecía tan fresca, verde y floreciente y todo tenía un aspecto tan pri­maveral que semejaba un jardín cultivado.

Descendí un trecho por el costado de ese delicioso valle, observándolo con una especie de secreto placer, aunque mezclado con otras reflexiones dolorosas, al pensar que todo aquello era mío, que era el rey y señor irrevocable de todo este lugar, sobre el que tenía pleno derecho de posesión; y que si hubiera podido transmitirlo, sería un bien hereditario tan sólido como el de cualquier señor de Inglaterra. Vi mu­chos árboles de cacao, naranjos, limoneros y cidros, todos silvestres y con poca o ninguna fruta, al menos en ese mo­mento. Sin embargo, recogí unas limas que, no sólo estaban sabrosas sino que eran muy saludables. Más tarde mezclé su zumo con agua y obtuve una bebida muy sana y refrescante.

Me di cuenta de que tenía mucho que transportar a casa, así que decidí separar una provisión de uvas, limas y li­mones para disponer de ellos durante la estación húmeda, que como sabía, se aproximaba.

Con este propósito, hice un gran montón de uvas en un sitio y luego uno más pequeño en otro y, finalmente, uno mayor de limas y limones en otra parte. Entonces cogí un poco de cada montón y me encaminé a casa con la resolu­ción de volver de nuevo pero con una bolsa, saco o algo si­milar para llevarme el resto.

Al cabo de tres días de viaje regresé a casa, que así debo llamar a mi tienda y a mi cueva. Pero antes de llegar, las uvas se habían echado a perder, pues, como estaban tan maduras y jugosas, se magullaron por su propio peso y no servían para nada. Las limas estaban en buen estado pero solo pude transportar unas pocas.

Al día siguiente, el 19, regresé con dos sacos pequeños que me había hecho para traer a casa mi cosecha pero al lle­gar al montón de uvas, que estaban tan apetitosas y maduras cuando las recogí, me quedé sorprendido de encontrarlas desparramadas, deshechas y tiradas por aquí y por allá, mu­chas de ellas mordidas o devoradas. Deduje que algún animal salvaje había hecho esto pero no sabía cuál.

Sin embargo, cuando descubrí que no podía amonto­narlas ni llevarlas en un saco porque de una forma se des­truirían y de la otra se aplastarían por su propio peso, tomé otra decisión: colgué de las ramas de los árboles una gran cantidad de racimos de uvas para que se curaran y secaran al sol y me llevé tantas limas y limones como pude.

Cuando regresé a casa de este viaje, pensé con gran placer en la fecundidad de aquel valle y su placentera situa­ción, protegido de las tormentas, cercano al río y al bosque y llegué a la conclusión de que había establecido mi morada en la peor parte de la isla. En consecuencia, empecé a considerar la idea de mudar mi habitación y buscar un lugar, tan seguro como el que tenía, situado, preferiblemente, en aquella parte fértil y placentera de la isla.

Esta idea me rondó la cabeza por mucho tiempo pues sentía una gran atracción por ese lugar, cuyo encanto me ten­taba. Pero cuando lo pensé más detenidamente, me di cuen ta de que ahora estaba cerca del mar, donde al menos había una posibilidad de que me ocurriera algo favorable y que el mismo destino cruel que me había llevado hasta aquí, trajera a otros náufragos desgraciados. Aunque era poco probable que algo así ocurriera, recluirme entre las montañas o en los bosques del centro de la isla, era asegurarme el cautiverio y hacer que un hecho poco probable se volviera imposible. Por lo tanto, decidí que no me mudaría bajo ningún concepto.

No obstante, estaba tan enamorado de ese lugar que pasé allí gran parte del resto del mes de julio y, a pesar de ha­ber decidido que no me mudaría, me construí una especie de emparrado que rodeé, a cierta distancia, con una fuerte ver­ja de dos filas de estacas, tan altas como me fue posible, bien enterradas y rellenas de maleza. Allí dormía seguro dos o tres noches seguidas, pasando por encima de la valla con una escalera, como antes, y ahora me figuraba que tenía una casa en el campo y otra en la costa. En estas labores es­tuve hasta principios del mes de agosto.

Acababa de terminar mi valla y comenzaba a disfrutar de la labor realizada, cuando vinieron las lluvias y me forza­ron a quedarme en mi primera vivienda, pues aunque me había hecho una tienda como la otra, con un pedazo de vela bien extendido, no tenía la protección de la montaña en caso de tormenta, ni una cueva, donde podía refugiarme si llovía excesivamente.

A principios de agosto, como he mencionado, había terminado mi emparrado y comenzaba a sentirme a gusto. El tercer día de agosto, vi que las uvas que había colgado es taban perfectamente secas y, de hecho, eran excelentes pa­sas, así que empecé a descolgarlas. Esto fue una verdadera fortuna pues las lluvias que cayeron las habrían estropeado y, de ese modo, habría perdido lo mejor de mi alimento in­vernal, ya que tenía más de doscientos racimos. Apenas las hube descolgado y transportado a casa, comenzó a llover y desde ese día, que era el 14 de agosto, hasta mediados de octubre, llovió casi todos los días, a veces, con tanta fuerza que no podía salir de mi cueva durante varios días.

En este tiempo tuve la sorpresa de ver aumentada mi fa­milia. Estaba preocupado por la desaparición de una de mis gatas que, supuse, se había escapado o había muerto, pues no volví a saber de ella, cuando, para mi asombro, regresó a casa a finales de agosto con tres gatitos. Esto me pareció muy extraño pues, aunque había matado un gato salvaje con mi escopeta, creía que eran de una especie muy distinta a nuestros gatos europeos. Sin embargo, los gatitos eran igua­les a los gatos domésticos, mas como los dos que yo tenía eran hembras, todo el asunto me pareció muy raro. Más tar­de, de estos tres gatos salió una auténtica plaga de gatos, por lo que me vi forzado a matarlos como si fueran sabandijas o alimañas y a llevarlos tan lejos de casa como me fuera posible.

Desde el 14 de agosto hasta el 26 llovió incesantemen­te, de modo que no pude salir pero, esta vez, me cuidé muy bien de la humedad. Durante este encierro, mis víveres co menzaron a mermar por lo que tuve que salir dos veces. La primera vez, maté una cabra y la segunda, que fue el 26, en­contré una gran tortuga, lo cual fue una auténtica fiesta. De este modo regularicé mis comidas: comía un racimo de uvas en el desayuno, un trozo de carne de cabra o tortuga asada en el almuerzo, pues, para mi desgracia no tenía vasijas para hervirla o guisarla, y dos o tres huevos de tortuga para la cena.

Durante esta reclusión a causa de la lluvia, trabajaba dos o tres horas diarias en la ampliación de mi cueva. Gradualmente, la fui profundizando en una dirección has ta llegar al exterior, donde hice una puerta por la que pu­diera entrar y salir. Sin embargo, no me sentía cómodo es­tando tan al descubierto ya que antes estaba perfectamen­te encerrado, mientras que ahora me hallaba expuesto a cualquier ataque; aunque, en realidad, no había visto nin­guna criatura viviente que pudiese atemorizarme puesto que los animales más grandes que había en la isla eran las cabras.

30 de septiembre. Este día se celebraba el desgraciado aniversario de mi llegada. Conté las marcas de mi poste y constaté que llevaba trescientos sesenta y cinco días en la isla. Guardé una solemne abstinencia todo el día, que dedi­qué a hacer ejercicios religiosos. Me postré humildemente y confesé a Dios todos mis pecados, reconociendo su justicia y rogándole que tuviera misericordia de mí en el nombre de Jesucristo. No probé ningún alimento durante doce horas, hasta que se puso el sol. Entonces comí una galleta y un ra­cimo de uvas y me acosté, terminando el día como lo había comenzado.

Hasta ese momento no había celebrado los domingos ya que, al principio, carecía de sentimientos religiosos. Al cabo de un tiempo, había dejado de hacer una marca más larga los domingos para diferenciar las semanas, de manera que no sabía en qué día vivía. Pero ahora, después de haber contado los días, como he dicho, y de haber comprobado que había pasado un año, lo dividí en semanas, señalando cada siete días el domingo. Al final, me di cuenta de que ha­bía perdido uno o dos días en mis cómputos.

Poco tiempo después, mi tinta comenzó a escasear, así que me limité a usarla con mucho cuidado y no escribía sino los acontecimientos más importantes de mi vida, abando­nando el recuento diario de otras menudencias.

Comencé a observar los cambios de estación y aprendí a prever el paso de la estación seca a la húmeda, a fin de abas­tecerme adecuadamente. Mas tuve que pagar muy cara mi experiencia pues lo que voy a relatar, fue uno de los aconteci­mientos más desalentadores que me ocurrieron en toda la vida. Anteriormente, he dicho que guardé algunas de las espi­gas de cebada y de arroz, que tan milagrosamente habían bro­tado. Tenía como treinta espigas de arroz y veinte de cebada y pensé que, pasadas las lluvias, era el mejor momento para sembrarlas pues el sol estaba más hacia el sur respecto de mí.

Preparé un trozo de tierra lo mejor que pude con mi pala de madera, lo dividí en dos partes y sembré las semillas pero, mientras lo hacía, se me ocurrió que no debía sembrarlas to das la primera vez ya que no sabía cuál era el mejor momen­to para hacerlo. De este modo, sembré dos terceras partes de las semillas y guardé un puñado de cada una. Más tarde, me alegré de haberlo hecho así pues ni uno solo de los gra­nos que sembré produjo nada, puesto que se aproximaba la estación seca, y no volvió a llover después de la siembra. Por tanto la tierra no tenía humedad para que las semillas germi­naran y, no lo hicieron hasta que volvieron las lluvias; enton­ces germinaron como si estuviesen recién sembradas.

Cuando me di cuenta de que las semillas no germina­ban, pude intuir fácilmente que era a causa de la sequía, de modo que busqué un terreno más húmedo para hacer otro experimento. Aré un trozo de tierra cerca de mi emparrado y sembré el resto de las semillas en febrero, un poco antes del equinoccio de primavera. Las lluvias de marzo y abril las hicieron brotar perfectamente y dieron una buena cosecha, mas, como no me atreví a sembrar toda la que había guar­dado, tan solo obtuve una pequeña cosecha, que no ascen­día a más de un celemín48 de cada grano.

48 Celemín: Medida de capacidad para áridos. Se divide en cuatro cuartillos y equivale a 4,624 litros, aunque según las zonas esta cantidad varía. (En el original pone: half a peck, es decir, medio peck. 1 peck es 1/4 de bushel y 1 bushel equivale, en Inglaterra, a 36,35 l, de manera que medio peck son: 4,543 1.)

Este experimento me hizo experto en la materia y aho­ra sabía, exactamente, cuál era la estación propicia para sembrar y, además, que podía sembrar y cosechar dos ve­ces al año.

Mientras crecía el grano hice un pequeño descubrimien­to que luego me rindió gran provecho. Tan pronto como ce­saron las lluvias y el tiempo mejoró, lo cual ocurrió hacia el mes de noviembre, fui a mi emparrado del campo, al cual no iba desde hacía varios meses, y encontré todo tal y como lo había dejado. El cerco o doble empalizada que había construido estaba completo y fuerte y de algunos troncos habían brotado ramas largas, como las de un sauce llorón, al año siguiente de la poda, pero no sabía de qué árbol había cortado las estacas. Sorprendido y complacido de ver aque­llos retoños, los podé para que crecieran tan uniformemen­te como fuese posible y resulta casi increíble que en tres años crecieran tan maravillosamente, de forma que, si la empalizada formaba un círculo de casi veinticinco yardas de diámetro, los árboles -que así podía llamarlos- la cubrie­ron completamente, dando suficiente sombra como para refugiarme durante toda la estación seca.

Decidí entonces cortar otras estacas para hacer una em­palizada como esta alrededor de mi muro, me refiero al de mi primera vivienda, y así lo hice. Coloqué los árboles o troncos en doble fila, a unas ocho yardas de mi primer muro y crecieron en poco tiempo, formando, al principio, un buen techado para mi morada y, luego, una buena defensa, como se verá en su momento.

Entonces observé que las estaciones del año se podían dividir, no en invierno y verano como en Europa, sino en es­taciones secas y estaciones de lluvia de la siguiente manera:

 


Mediados de febrero                     

marzo                                                                Estación de lluvia, con el sol muy cerca del equinoccio.

mediados de abril           

 

 

 

 


Mediados de abril

mayo

junio                                                                 Estación seca, con el sol hacia el norte del ecuador.

julio   

Mediados de agosto

 

 


Mediados de agosto     

septiembre                                                      Estación de lluvia, con el sol regresando al equinoccio.

mediados de octubre

 


Mediados de octubre

noviembre

diciembre                                                         Estación seca, con el sol hacia el sur del ecuador.

enero

mediados de febrero

 

La estación de lluvia era algunas veces más larga y otras más corta, según soplara el viento, pero esta era la observa­ción general que había hecho. Después de haber experi mentado las consecuencias nefastas de salir bajo la lluvia, me cuidé de abastecerme con antelación de provisiones, para no verme obligado a salir y poder permanecer en el interior tanto como fuese posible durante los meses de lluvia.

Esta vez encontré una ocupación (muy adecuada para la estación) pues me faltaban muchas cosas que solo podía hacer con esfuerzo y dedicación constantes. En particular, traté muchas veces de hacer un cesto pero todos los tallos que encontraba para este propósito eran demasiado que­bradizos y no pude lograrlo. Por suerte, cuando era niño, solía deleitarme observando a los cesteros del pueblo de mi padre mientras tejían sus artículos de mimbre. Como es común entre los niños, observaba con mucha atención el modo en que realizaban estos objetos y estaba siempre dis­puesto a ayudar. Algunas veces les echaba una mano y así aprendí perfectamente el método de esta labor, para la cual tan solo necesitaba materiales. Pensé entonces que los vás­tagos de aquel árbol del que había cortado las estacas que retoñaron podrían ser tan resistentes como el cetrino, el mimbre o el sauce de Inglaterra y decidí probarlo.

Al día siguiente, fui a mi casa de campo, como solía lla­marla, y cuando corté unas ramas, me parecieron tan ade­cuadas para mis fines como podía desear. Entonces, regresé otra vez, equipado con una azuela para cortar una mayor cantidad de ellas, lo cual resultó muy fácil dada la abundan­cia de estos árboles. Luego las dejé secar dentro de mi cerco o empalizada y cuando estuvieron listas para utilizarse, las llevé a la cueva donde, en la siguiente estación de lluvias, me dediqué a hacer muchos cestos para llevar tierra o transpor­tar o colocar cosas, según fuera necesario; y aunque no estaban elegantemente rematadas, servían perfectamente para mis propósitos. Desde entones, tuve cuidado de que nunca me faltaran y cuando algunas comenzaban a estro­pearse, hacía otras nuevas. En especial, hice canastas fuer­tes y profundas con el fin de utilizarlas, en lugar de sacos, para guardar el grano, si es que llegaba a cosechar una bue­na cantidad.

Habiendo superado esta dificultad, lo cual me tomó mu­cho tiempo, me dediqué a estudiar la posibilidad de satisfa­cer dos necesidades. No tenía recipientes para poner líqui do, con la excepción de dos barriles que contenían ron y al­gunas botellas para agua, licores y otras bebidas. No tenía siquiera un cacharro para hervir nada, salvo una especie de puchero que había rescatado del barco y que era demasiado grande para el uso que quería darle, es decir, hacer caldo y cocer algún trozo de carne. Lo otro que necesitaba era una pipa para fumar pero era imposible hacer una, aunque, sin embargo, también encontré una forma.

Llevaba todo el verano o estación de sequía plantando la segunda fila de estacas y tejiendo canastas cuando surgió otro asunto que me ocupó más tiempo del que jamás hubie­ra imaginado.

Ya he dicho que tenía pensado recorrer toda la isla y que había pasado el río y llegado hasta el lugar en el que te­nía construido mi emparrado, desde donde podía ver el mar al otro lado de la isla. Ahora quería llegar hasta la orilla de aquel lado, de manera que cogí mi escopeta, un hacha, mi perro, una cantidad de pólvora y municiones mayor que la habitual, dos galletas y un gran puñado de pasas que metí en un saco y emprendí el viaje. Cuando crucé el valle donde estaba el emparrado, divisé el mar hacia el oeste y como el día estaba muy claro, pude ver una franja de tierra, que no podía decir con certeza si era una isla o un continente. La tierra, que estaba bastante elevada, se extendía un largo tre­cho del sudoeste hacia el oeste y, según mis cálculos, estaba a no menos de quince o veinte leguas de distancia.

No sabía qué parte del mundo era aquella, tan solo que debía ser parte de América y, en base a todas mis observa­ciones, debía estar cerca de los dominios españoles. Tal vez estaba habitada por salvajes y si hubiese naufragado allí, me habría encontrado en peor situación que en la que estaba. Me resigné, pues, a los deseos de la Providencia, en cuya beneficiosa intervención ahora creía. Esto calmó mi espíritu y dejé de afligirme por el vano deseo de estar allí.

Además, después de reflexionar sobre el asunto, concluí que si esta tierra estaba en la costa española, con certeza, tarde o temprano, vería un buque pasar en cualquier direc ción. Si esto no ocurría, entonces me hallaba en la costa sal­vaje entre las tierras españolas y el Brasil, donde habitan los peores salvajes, caníbales y antropófagos, que asesinan y devoran cualquier cuerpo humano que caiga en sus manos.

Con estos pensamientos seguí caminando tranquila­mente y descubrí el otro lado de la isla donde me encontra­ba más a gusto que en el mío. La sabana o campiña era dulce y estaba adornada con flores, hierba y hermosas ar­boledas. Vi gran cantidad de cotorras y me dieron ganas de capturar una para domesticarla y enseñarla a hablar; y así lo hice. Con mucho esfuerzo, capturé una cría que derribé con un palo y, después de curarla, la llevé a casa, mas no fue, hasta al cabo de unos años, que logré enseñarla a hablar y, finalmente, a decir mi nombre con familiaridad. Más tarde se produjo un pequeño incidente cuyo relato será divertido.

Me lo estaba pasando muy bien en este viaje. En las tierras bajas encontré liebres, o al menos eso me parecie­ron, y zorras, que no se parecían a ninguna de las que había conocido hasta entonces, ni me parecían comestibles, aun­que maté algunas. No tenía por qué arriesgarme pues tenía suficiente comida y muy buena, a saber: cabras, palomas y tortugas. Si a esto le sumaba mis pasas, podía asegurar que ni en el mercado Leadenhall49 se hubiese podido servir una mesa más rica que la mía; y aunque mi estado era lamenta­ble, tenía motivos para estar agradecido por no faltarme los alimentos, pues más bien los tenía en abundancia y hasta al­gunas exquisiteces.

Nunca avanzaba más de dos millas en este viaje pero daba tantas vueltas en busca de hallazgos que llegaba agota­do al sitio donde decidía pasar la noche. Entonces, subía a un árbol o me tendía en el suelo rodeado por un cerco de esta­cas, de manera que ninguna criatura salvaje pudiese acercarse a mí sin despertarme.

 

49 Leadenhall: Mercado londinense de carne y caza cerca de la calle Gracechurch Street. Se llamaba así por su techo recubierto de plomo (leo­den: plomizo).

 

Tan pronto llegué a la orilla del mar, me sorprendió ver que me había instalado en la peor parte de la isla porque aquí la playa estaba llena de tortugas mientras que, en el otro lado, solo había encontrado tres en un año y medio. También había gran cantidad de aves de varios tipos, algunas de las cuales había visto y otras no, pero ignoraba sus nombres, ex­cepto el de aquellas que llamaban pingüinos.

Hubiera podido cazar tantas como quisiera pero ahorra­ba mucho la pólvora y las municiones. Había pensado matar una cabra para alimentarme mejor pero, aunque aquí había más cabras que al otro lado de la isla, resultaba más difícil acercarse a ellas porque el terreno era llano y podían verme con más rapidez que en la colina.

Debo confesar que este lado de la isla era mucho más agradable que el mío pero no tenía ninguna intención de mudarme pues ya estaba instalado en mi morada y me ha­bía acostumbrado tanto a ella que durante todo el tiempo que pasé aquí, tenía la impresión de estar de viaje, lejos de casa. Sin embargo, caminé unas doce millas a lo largo de la orilla hacia el este y, clavando un gran poste, a modo de in­dicador, decidí regresar a casa. En la próxima expedición, me dirigiría hacia el otro lado de la isla, hacia el este de mi casa, hasta llegar al poste.

Al regreso, tomé un camino distinto al que había hecho, creyendo que podría abarcar fácilmente gran parte de la isla con la vista y, así, encontrar mi vivienda pero me equivo qué. Al cabo de unas dos o tres millas, me hallé en un gran valle rodeado de tantas colinas que, a su vez, estaban tan cu­biertas de árboles, que no podía saber hacia dónde me diri­gía si no era por el sol, y ni siquiera esto, si no sabía con exactitud su posición en ese momento del día.

Para colmo de males, durante tres o cuatro días, el valle se cubrió de una neblina que me impedía ver el sol, por lo que anduve desorientado e incómodo hasta que, finalmen te, me vi obligado a regresar a la playa, buscar el poste y re­gresar por el mismo camino que había venido. Así, en jor­nadas fáciles, regresé a casa, agobiado por el excesivo calor y por el peso de la escopeta, las municiones, el hacha y las demás cosas que llevaba.

En este viaje, mi perro sorprendió a un cabrito y lo apresó. Yo tuve que correr en su auxilio para salvarlo del perro y pensé llevármelo a casa pues, a menudo, había teni do la idea de si sería posible atrapar uno o dos para criar un rebaño de cabras domésticas de las que abastecerme cuan­do se me hubieran acabado la pólvora y las municiones.

Le hice un collar al pequeño animal y con un cordón que había hecho y que siempre llevaba conmigo, lo condu­je, no sin alguna dificultad, hasta mi emparrado, donde lo encerré y lo dejé pues estaba impaciente por llegar a casa después de un mes de viaje.

No puedo expresar la satisfacción que me produjo re­gresar a mi vieja madriguera y tumbarme en mi hamaca. Este corto viaje, sin un sitio estable donde descansar, me ha­bía resultado tan desagradable, que mi propia casa, como solía llamarla, me parecía un asentamiento perfecto, donde todo estaba tan cómodamente dispuesto, que decidí no vol­ver a alejarme por tanto tiempo de ella mientras permane­ciera en la isla.

Pasé una semana entera descansando y agasajándome después de mi largo viaje, durante el cual dediqué mucho tiempo a la difícil tarea de hacerle una jaula a mi Poll50, que comenzaba a domesticarse y a sentirse a gusto conmigo. Entonces pensé en el pobre cabrito que había dejado en­cerrado en el emparrado y decidí ir a buscarlo para traerlo a casa o darle algún alimento. Fui y lo encontré donde lo ha­bía dejado pues no tenía por donde salir pero estaba muerto de hambre. Corté tantas hojas y ramas como pude encon­trar y se las di. Después de alimentarlo, lo até como lo había hecho antes pero esta vez estaba tan manso por el hambre, que casi no tenía que haberlo hecho, pues me seguía como un perro. Según iba alimentándolo, el animal se volvió tan cariñoso, amable y tierno que se convirtió en una de mis mascotas y ya nunca me abandonó.

 

50 Poll o Polly es el nombre que suele darse convencionalmente a los loros.

 

Había llegado la estación lluviosa del equinoccio de oto­ño. Guardé el 30 de septiembre con la misma solemnidad que el año anterior, pues era el segundo aniversario de mi llegada a la isla y no tenía más perspectivas de ser rescatado que el primer día. Dediqué todo el día a dar gracias humilde­mente por los muchos bienes que me habían sido prodiga­dos, sin los cuales, esta vida solitaria habría sido mucho más miserable. Le di gracias a Dios con humildad y fervor por haberme permitido descubrir que, tal vez, podía sentirme más feliz en esta situación solitaria que gozando de la liber­tad en la sociedad y rodeado de mundanales placeres. Le agradecí que hubiese compensado las deficiencias de mi so­ledad y mi necesidad de compañía humana con su presen­cia y la comunicación de su gracia que me asistía, me recon­fortaba y me alentaba a confiar en su providencia aquí en la tierra y aguardar por su eterna presencia después de la muerte.

Ahora empezaba a darme cuenta de cuánto más feliz era esta vida, con todas sus miserias, que la existencia sórdi­da, maldita y abominable que había llevado en el pasado. Habían cambiado mis penas y mis alegrías, mis deseos se habían alterado, mis afectos tenían otro sentido, mis delei­tes eran completamente distintos de como eran a mi llegada a esta isla y durante los últimos dos años.

Antes, cuando salía a cazar o a explorar la isla, la angus­tia que me provocaba mi situación me atacaba súbitamente y cuando pensaba en los bosques, las montañas y el desierto en el que me hallaba, me sentía desfallecer. Me veía como un prisionero encerrado tras los infinitos barrotes y cerrojos del mar, en un páramo deshabitado y sin posibilidad de sal­vación. En los momentos de mayor cordura, estos pensa­mientos me asaltaban de golpe, como una tormenta, y me hacían retorcerme las manos y llorar como un niño. A ve­ces, me sorprendían en medio del trabajo y me obligaban a sentarme a suspirar, cabizbajo, durante una o dos horas, lo cual era mucho peor, pues si hubiese podido irrumpir en llanto o expresarme en palabras, habría podido desahogar­me y aliviar mi dolor.

Pero ahora pensaba en cosas nuevas. Diariamente, leía la palabra de Dios y aplicaba todo su consuelo a mi situa­ción. Una mañana que me sentía muy triste, abrí la Biblia y encontré estas palabras: Nunca jamás te dejaré ni te aban­donaré51. Inmediatamente pensé que estaban dirigidas a mí pues, ¿cómo si no, me habían sido reveladas justo en el mo­mento en el que me lamentaba de mi condición como quien ha sido abandonado por Dios y por los hombres? «Pues bien -dije-, si Dios no me va a abandonar, ¿qué puede ocurrirme o qué importancia puede tener el que todo el mundo me haya abandonado, cuando pienso que la pérdida sería mucho mayor si tuviese el mundo entero a mi disposi­ción y perdiese el favor y la bendición de Dios?»

 

51 Josué 1:5; Carta a los hebreos 13:5.

 

Desde este momento, comencé a convencerme de que, posiblemente, era más feliz en esta situación de soledad y abandono que en cualquier otro estado en el mundo. Con estos pensamientos le di gracias a Dios por haberme traído a este lugar.

No sé qué ocurrió pero algo me turbó y me impidió pro­nunciar las palabras de agradecimiento. «¿Cómo puedes ser tan hipócrita -me dije en voz alta- y fingirte agradecido por una situación de la cual, a pesar de tus esfuerzos por re­signarte a ella, deseas liberarte con todas las fuerzas de tu corazón?» Aquí me detuve y, aunque no pude darle gracias a Dios por hallarme allí, le agradecí sinceramente que me hubiese abierto los ojos, si bien mediante sufrimientos, para ver mi vida anterior y para lamentarme y arrepentirme de ella. Nunca abrí ni cerré la Biblia sin darle gracias a Dios por hacer que mi amigo en Inglaterra, sin que yo le dijese nada, la hubiese empaquetado con mis cosas y por ayudarme a rescatarla del naufragio.

De este modo y con esta disposición de ánimo, comen­cé mi tercer año. Si bien no he querido incomodar al lector con el relato minucioso de los trabajos que realicé durante este año, como lo hice con el año anterior, en general, pue­do observar que casi nunca estaba ocioso sino que había di­vidido mi tiempo, según lo requerían mis tareas cotidianas. En primer lugar, debía cumplir mis deberes con Dios y leer las escrituras, cosa que hacía tres veces al día. En segundo lugar, tenía que salir con mi escopeta en busca de alimentos, lo cual me tomaba cerca de tres horas todas las mañanas. En tercer lugar, tenía que preparar, curar, conservar y coci­nar lo que había matado o atrapado para mi sustento. Esto me tomaba una buena parte del día. Además, debe conside­rarse que al mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, hacía un calor tan violento que era imposible salir, por lo que solo me quedaban cuatro horas de trabajo por la tarde, excepto cuando invertía los horarios de mis labores y trabajaba por las mañanas y salía con la escopeta por la tarde.

Al poco tiempo que tenía para trabajar, he de agregar la extrema laboriosidad de las obras y las muchas horas que, por falta de herramientas, ayuda o destreza, me tomaba cualquier tarea que emprendiese. Por ejemplo, me tomó cuarenta y dos días enteros hacer una tabla que me sirviera de anaquel para mi cueva, mientras que dos aserradores, con sus herramientas y su serrucho, habrían cortado seis ta­blas del mismo árbol en medio día.

Mi situación era la siguiente: el árbol que debía cortar tenía que ser grande, pues necesitaba que la tabla fuese an­cha. Me tomaba tres días cortar el árbol y dos más quitarle las ramas y reducirlo al tronco. A fuerza de hachazos, iba afinándolo por ambos lados hasta hacerlo lo suficientemen­te ligero como para moverlo. Entonces le daba la vuelta y aplanaba y alisaba uno de sus lados de un extremo a otro, como una tabla. Luego le daba la vuelta otra vez y cortaba el otro lado hasta obtener una plancha como de tres pulgadas de espesor y lisa por ambos lados. Cualquiera podría juzgar el esfuerzo que debía hacer con mis manos para realizar este trabajo pero con paciencia y empeño conseguí hacer esta y muchas otras cosas. Recalco esto, en particular, tan solo para explicar por qué me tomaba tanto tiempo realizar una tarea tan pequeña; en otras palabras, que lo que se po­día realizar en poco tiempo, con ayuda y las herramientas adecuadas, sin estas se convertía en un trabajo ímprobo que requería muchísimo tiempo.

No obstante, con paciencia y empeño, pude sobrepasar muchos obstáculos, de hecho, todos los que se me presenta­ron en diversas circunstancias, como se verá a continuación.

Estaba en los meses de noviembre y diciembre, a la es­pera de mi cosecha de cebada y arroz, y la tierra que había arado y cultivado no era muy grande pues, como he obser vado, no tenía más de un celemín de cada grano ya que ha­bía perdido una cosecha entera en la estación seca. Esta vez, la cosecha prometía ser buena pero de pronto advertí que estaba a punto de perderla nuevamente a causa de ene­migos de diversa índole, a los cuales me resultaba muy difícil combatir. En primer lugar, las cabras y lo que yo llamo lie­bres salvajes, habiendo probado esa hierba tan dulce, per­manecían allí día y noche, comiéndola tan de raíz que era imposible que brotara una espiga.

Para esto no vi otra solución que levantar un cerco, que construí con mucho empeño, pues no tenía demasiado tiempo. No obstante, como la tierra arada no era muy ex tensa, conforme a la cosecha, logré cercarla totalmente en tres semanas. Maté algunos de los animales durante el día y puse a mi perro en guardia durante la noche, amarrado a un palo donde se quedaba vigilando y ladrando toda la noche. De este modo, los enemigos abandonaron el lugar en poco tiempo y el grano creció fuerte y saludable y comenzó a ma­durar rápidamente.

Así como estos animales trataron de arruinar mi grano cuando aún era hierba, los pájaros estuvieron a punto de hacerlo cuando brotaron las espigas. Un día fui al sembrado para ver cómo prosperaba y lo hallé rodeado de aves de no sé cuántos tipos, que parecían aguardar a que me marcha­se. Inmediatamente, las espanté con la escopeta (que siem­pre llevaba conmigo). No bien había disparado, cuando se elevó una pequeña nube de pájaros que no había visto por­que estaban ocultos entre las espigas.

Esto me inquietó mucho pues preveía que en pocos días se habrían comido mis esperanzas, dejándome sin alimen­to, y sin posibilidades de volver a sembrar nunca. No sabía qué hacer. Sin embargo, estaba decidido a no perder mi grano, si era posible, aunque tuviera que vigilarlo día y no­che. En primer lugar, recorrí el sembrado para ver los daños que habían hecho las aves y encontré que habían echado a perder gran parte de los granos pero, como las espigas es­taban aún verdes, la pérdida no fue tan grande, pues el resto prometía una buena cosecha si lograba salvarlo.

Me detuve a cargar mi escopeta y pude ver a los ladro­nes posados en los árboles que estaban a mi alrededor, como esperando a que me marchara, lo que en efecto ocurrió pues, apenas me alejé de su vista, bajaron al sembrado, uno a uno, nuevamente. Esto me enfadó tanto que no tuve pa­ciencia para esperar a que llegara el resto, sabiendo que cada grano que se comían en ese momento representaba una gran pérdida para mí en el futuro. Por lo tanto, arri­mándome al cerco, disparé y maté a tres de ellos. Era justo lo que quería pues los recogí y los traté como a los ladrones famosos en Inglaterra, es decir, los colgué de unas cadenas para asustar a los demás. Es imposible imaginar el efecto que tuvo esto pues, al poco tiempo, abandonaron aquella parte de la isla y no volví a verlos por allí mientras estuvo mi espantapájaros.

Esto me alegró mucho, como puede suponerse, y hacia finales de diciembre recogí mi grano en la segunda cosecha del año.

Por desgracia, no tenía una hoz o guadaña para cortar­lo y lo único que podía hacer era fabricar una lo mejor que pudiese con las espadas o machetes que había rescatado del barco. No obstante, como mi primera cosecha era peque­ña, no tuve demasiadas dificultades para segarla. En pocas palabras, lo hice a mi modo, pues solo corté las espigas, las transporté en una de las grandes canastas que había tejido y las desgrané con mis propias manos. Al final del proceso, observé que el grano cosechado era, según mis cálculos, aunque no tenía forma de comprobarlo, casi treinta y dos veces más que el que había sembrado.

Me sentí muy entusiasmado pues preveía que, con el tiempo, Dios me proporcionaría pan. Sin embargo, nueva­mente me hallaba en apuros pues no sabía moler el grano para transformarlo en harina, ni limpiarlo, ni cernirlo, ni, en definitiva, hacer pan. Todo esto, sumado a mi deseo de dis­poner de una buena cantidad para almacenar y otra para sembrar, decidí no probar ni un grano de esta cosecha con el fin de sembrarlo en la siguiente estación. Mientras tanto, emplearía todo mi ingenio y mi tiempo de trabajo en averi­guar el modo de hacer harina y pan.

Podría decir en verdad que había trabajado para conse­guirme el pan, lo cual es bastante sorprendente y me parece que pocas personas se han detenido a pensar en la enorme cantidad de pequeñas cosas que hay que hacer para produ­cir, preparar, elaborar y terminar un solo pan.

Como me hallaba reducido a un simple estado natural, sufría desalientos diariamente y cada vez me volvía más sen­sible a ellos, incluso desde que había obtenido el primer pu ñado de semillas que, como ya he dicho, apareció inespera­damente y para mi gran asombro.

En primer lugar, no tenía un arado para remover la tierra, ni una azada o pala para labrarla. Resolví este problema ha­ciendo una pala de madera, a la cual ya he hecho referen cia, pero no era la más adecuada para la función que quería darle y, aunque me había tomado varios días fabricarla, al no estar reforzada con hierro se desgastó rápidamente y me entorpeció el trabajo, haciéndolo más difícil.

No obstante, aguantaba esto y me conformaba con hacer el trabajo pacientemente y tolerar sus imperfecciones. Cuando terminé de sembrar el grano, me hacía falta un ras trillo y no me quedó más remedio que utilizar una rama grue­sa con la cual conseguí arañar la tierra, más que rastrillarla.

Mientras crecía el grano, observé todo lo que necesitaba hacer: cercarlo, protegerlo, segarlo o cosecharlo, secarlo, transportarlo a casa, trillarlo, limpiarlo y guardarlo. Necesi­taba también un molino para convertirlo en harina, un ta­miz para cernirla, sal y levadura para hacer el pan y un horno para cocerlo. Sin embargo, como se verá, logré arreglármelas sin ninguna de estas cosas y el grano me proporcionó un inestimable placer y provecho. Todo lo que he mencionado anteriormente, hacía el trabajo más tedioso y difícil pero no había mucho que hacer al respec­to, como tampoco respecto al tiempo que perdía pues, se­gún lo había dividido, utilizaba sólo una parte del día para realizar estas labores. Como había decidido no usar el grano para pan hasta que tuviera una cantidad mayor, empleé todo mi tiempo y mi ingenio durante los seis meses siguientes en hacer los utensilios adecuados para ejecutar todas las operaciones relacionadas al procesamiento del grano, cuando lo tuviera.

Primeramente, tenía que preparar un terreno mayor ya que ahora tenía suficientes semillas para sembrar un acre52 de tierra. Antes de hacer esto, dediqué por lo menos una se mana a fabricar una azada, que resultó deplorable y pesada y requería un esfuerzo doble trabajar con ella. No obstante, obvié esto y sembré mi semilla en dos grandes extensiones de tierra llana, situadas tan cerca de casa como fue posible y las cerqué con una fuerte empalizada, cuyas estacas corté de los árboles que había utilizado anteriormente. Sabía que en un año tendría un seto de plantas vivas que no requeriría mucho mantenimiento. Esta tarea era lo suficientemente complicada como para que me tomara casi tres meses fina­lizarla, ya que buena parte de este tiempo coincidió con la estación de lluvia, durante la cual, no pude salir.

 

52 Acre: Equivale a 4.046,87 metros cuadrados.

Sin poder salir, esto es, mientras llovía, me ocupaba de los siguientes asuntos. Siempre que trabajaba, me entrete­nía hablándole al loro y enseñándole a hablar, de modo que pronto aprendió su propio nombre y a decirlo fuertemente: POLL, que fue la primera palabra que se pronunció en la isla por boca que no fuera la mía. Pero, esta no era mi labor principal, sino, más bien, un pasatiempo que me divertía mientras ocupaba mis manos en otras tareas, como la si­guiente. Había estudiado durante mucho tiempo la forma de hacer unas vasijas de barro, que tanto necesitaba, pero aún no sabía cómo. Mas, teniendo en cuenta que el clima era caluroso, no dudaba que, si podía encontrar un buen ba­rro, podría fabricar algún cacharro que, secado al sol, fuera lo suficientemente fuerte para manejarlo y conservar en su interior cualquier cosa que quisiera preservar de la hume­dad. Como necesitaba algunos cacharros de este tipo para el grano y la harina, que era lo que me preocupaba en ese momento, decidí hacerlos tan grandes como pudiera, a fin de que sirvieran exclusivamente como tarros para conservar lo que guardara en ellos.

Tal vez el lector se apiade de mí, o, por el contrario, se ría de mi torpeza al hacer la pasta y los objetos tan deformes que realicé con ella, que se hundían hacia adentro o hacia fuera porque el barro era demasiado blando para resistir su propio peso. Algunos se quebraban al ser expuestos preci­pitadamente al excesivo calor del sol, otros se rompían en pedazos cuando los movía, tanto cuando estaban secos como cuando aún estaban húmedos. En pocas palabras, después de un arduo esfuerzo por conseguir el barro, de ex­traerlo, amasarlo, transportarlo y moldearlo, en dos meses no pude hacer más que dos cosas grandes y feas, que no me atrevería a llamar tarros.

No obstante, cuando el sol los secó hasta dejarlos muy duros, los levanté con mucho cuidado y los coloqué en dos grandes cestos de mimbre, que había tejido, expresamente, para ellos, a fin de que no se rompieran. Entre cada cacharro y su correspondiente cesto había un poco de espacio, que rellené con paja de arroz y cebada. Pensé que, conserván­dolos secos, podrían servir para guardar el grano y, tal vez la harina, cuando lo hubiese molido.

Aunque cometí muchos errores en mi proyecto de ha­cer cacharros grandes, pude hacer, con éxito, otros más pe­queños, como vasijas, platos llanos, jarras y ollitas, que el calor del sol secaba y volvía extrañamente duros.

Nada de esto, sin embargo, satisfacía mi necesidad principal que era obtener una vasija en la que pudiera echar líquido y fuese resistente al fuego. Al cabo de cierto tiempo, un día, habiendo hecho un gran fuego para asar carne, en el momento de retirar los carbones, encontré un trozo de un cacharro de barro, quemado y duro como una piedra y rojo como una teja. Esto me sorprendió gratamente y me dije que; ciertamente, si podían cocerse en trozos también po­drían hacerlo enteros.

Este hecho me llevó a estudiar cómo disponer el fuego para cocer algunos cacharros de barro. No tenía idea de cómo fabricar un horno como los que usan los alfareros, ni de esmaltar los cacharros con plomo, aunque tenía algo de plo­mo para hacerlo. Apilé tres ollas grandes y dos cacharros, unos encima de los otros, y dispuse las brasas a su alrede­dor, dejando un montón de ascuas debajo. Alimenté el fuego con leña, que coloqué en la parte de afuera y sobre la pila, hasta que los cacharros se pusieron al rojo vivo sin llegar a romperse. Cuando estuvieron claramente rojos, los dejé en la lumbre durante cinco o seis horas, hasta que me di cuenta de que uno de ellos no se quebraba pero sí se derretía, por­que la arena que había mezclado con el barro se fundía por la violencia del calor, y se habría convertido en vidrio de ha­berlo dejado allí. Disminuí gradualmente el fuego hasta que el rojo de los cacharros se volvió más tenue y me quedé ob­servándolos toda la noche para que el fuego no se apagara demasiado aprisa. A la mañana siguiente, tenía tres buenas ollitas, si bien no muy hermosas, y dos vasijas, tan resisten­tes como podría desearse, una de las cuales estaba perfecta­mente esmaltada por la fundición de la arena.

No tengo que decir que después de este experimento, no volví a necesitar ningún cacharro de barro que no pudiera hacerme. Mas debo decir que en cuanto a la forma, no se di ferenciaban mucho unos de otros, como es de suponerse, ya que los hacía del mismo modo que los niños hacen sus tortas de arcilla o que las mujeres, que nunca han aprendido a hacer masa, hornean sus pasteles.

Jamás hubo alegría tan grande por algo tan insignifi­cante, como la que sentí cuando vi que había hecho un ca­charro de arcilla resistente al fuego. Apenas tuve paciencia para esperar a que se enfriara y volví a colocarlo en el fue­go, esta vez, lleno de agua, para hervir un trozo de carne, lo que logré admirablemente. Luego, con un poco de cabra, me hice un caldo muy sabroso y solo me habría hecho falta un poco de avena y algunos otros ingredientes para que quedara tan sabroso como lo hubiera deseado.

Mi siguiente preocupación era procurarme un mortero de piedra para moler o triturar el grano ya que, tan solo con un par de manos, no podía pensar en hacer un molino. Me encontraba muy poco preparado para satisfacer esta ne­cesidad pues, si había un oficio en el mundo para el cual no estaba cualificado era para el de picapedrero. Por otra parte, tampoco contaba con las herramientas necesarias para hacerlo. Pasé más de un día buscando una piedra lo suficien­temente grande como para ahuecarla y que sirviera de mor­tero, mas no pude encontrar ninguna, excepto las que había en la roca pero no tenía forma de extraer ni cortarle ningún pedazo. Tampoco las rocas de la isla eran lo suficientemen­te duras pues todas tenían una consistencia arenosa y se desmoronaban fácilmente, de manera que no habrían sopor­tado los golpes de un mazo, ni habrían molido el grano sin llenarlo de arena. Después de perder mucho tiempo buscan­do una piedra adecuada, renuncié a este propósito y decidí buscar un buen bloque de madera sólida, lo que resultó mu­cho más sencillo. Cogí uno tan grande como mis fuerzas me permitieron levantar y lo redondeé por fuera con el hacha. Luego le hice una cavidad con fuego, del mismo modo que los indios del Brasil construyen sus canoas. Después hice una mano de almirez, de una madera que llaman palo de hierro53 y guardé todos estos utensilios hasta mi próxima cosecha, al cabo de la cual, me proponía moler el grano, o más bien, machacarlo hasta convertirlo en harina para hacer pan.

 

53 En algunas regiones del Caribe recibe el nombre de ausubo.

La segunda dificultad con que me topé fue la de hacer un tamiz o cedazo para cernir la harina y separarla del salva­do y de la cáscara, sin lo cual no habría tenido posibilidad alguna de hacer pan. Esta era una labor tan difícil que no me hallaba con valor ni para pensar en la forma de realizar­la pues no tenía nada que me sirviera para ello; es decir, una lona o tejido con una trama lo suficientemente fina como para permitir el cernido de la harina. Durante muchos me­ses estuve paralizado, sin saber exactamente qué hacer. No me quedaba más lienzo que algunos harapos; tenía pelos de cabra pero no sabía cómo hilarlos o tejerlos y, aunque lo hu­biese sabido, no tenía instrumentos para hacerlo. Finalmen­te, recordé que entre la ropa de los marineros que había res­catado del naufragio, había algunas bufandas de muselina y, con algunos pedazos hice tres tamices pequeños pero adecuados para la tarea. Los utilicé durante muchos años y, en su momento, contaré lo que hice después con ellos.

Lo próximo que tenía que considerar era cómo hacer el pan, una vez tuviera el grano pues, para empezar, no tenía levadura, mas como este era un problema que no tenía solu ción, dejé de preocuparme por ello. Sin embargo, me afli­gía no tener un horno. Con el tiempo, ideé la forma de ha­cerlo, de la siguiente manera: Hice algunas vasijas de barro muy anchas pero poco profundas, es decir, de unos dos pies de diámetro y no más de nueve pulgadas de profundidad. Las quemé en el fuego, como había hecho con las otras y luego, cuando quería hornear pan, hacía un gran fuego so­bre el hogar, que había cubierto con unas losetas cuadradas que yo mismo hice y cocí aunque no puedo decir que fuesen perfectamente cuadradas.

Cuando la leña formaba un buen montón de ascuas, lle­naba el hogar con ellas y las dejaba ahí hasta que el hogar se calentaba bien. Luego retiraba las ascuas, colocaba mi ho gaza o mis hogazas y las cubría con la vasija de barro, que rodeaba de carbones para mantener y avivar el fuego según fuera necesario. De este modo, como en el mejor horno del mundo, horneaba mis hogazas de cebada y, en poco tiem­po, me convertí en un auténtico maestro pastelero pues confeccionaba diversas tortas de arroz y budines, aunque no llegué a hacer tartas ya que no tenía con qué rellenarlas, si no era con carne de ave o de cabra.

No es de extrañar que todas estas labores me tomaran casi todo el tercer año en la isla pues, debe notarse que aparte de ellas, tenía que ocuparme de mi nueva cosecha y de la labranza. Sembraba el grano en el momento adecua­do, lo transportaba a casa lo mejor que podía y colocaba las espigas en grandes canastas hasta que llegaba el momento de desgranarlo, pues no tenía trillo ni lugar donde trillar.

Ahora que mi provisión de grano aumentaba, quería agrandar los graneros. Necesitaba un lugar para almacenar­lo porque la cosecha había sido tan abundante que tenía veinte fanegas de cebada y otras tantas, o más, de arroz. Decidí entonces usarlos ampliamente puesto que hacía tiempo que se me había acabado el pan. También decidí ver cuánto necesitaba para un año y, así, sembrar solo una vez.

En total, descubrí que cuarenta fanegas de cebada y arroz eran más de lo que podía consumir en un año y por tanto, decidí sembrar al año siguiente la misma cantidad que en el anterior, con la esperanza de que me bastase para ha­cer pan y otros alimentos.

Mientras hacía todo esto, a menudo mis pensamientos volaban hacia la tierra que había visto desde el otro lado de la isla y, secretamente, deseaba estar allí, imaginando que podría divisar el continente y que, al ser una tierra poblada, encontraría los medios para salir adelante y, finalmente, es­capar.

Sin embargo, no tenía en cuenta los riesgos de aquella situación, como, por ejemplo, el de caer en manos de los salvajes, que consideraba más peligrosos que los leones y los tigres de África, y que, si me atrapaban, casi con toda seguridad, me asesinarían y, tal vez me devorarían. Había oído decir que los habitantes de la costa del Caribe eran caníbales, o devoradores de hombres y sabía, por la lati­tud, que no debía estar lejos de esas tierras. Mas, supo­niendo que no fuesen caníbales, podían matarme, como a muchos europeos que cayeron en sus manos, incluso a gru­pos de diez o veinte; y con más razón a mí que era uno solo y apenas podía defenderme. Nada de esto, que debía consi­derar muy seriamente, como después lo hice, me preocupa­ba al principio pues tan solo pensaba en llegar a la otra orilla.

Deseaba tener a mi chico Xury y la chalupa con su vela de lomo de cordero, con la cual había navegado más de mil millas por la costa de África; mas de nada me servía desear lo. Entonces pensé que podía inspeccionar el bote de la nave que, como he dicho anteriormente, fue arrojado hasta la playa por la tormenta que nos hizo naufragar. Estaba casi en el mismo lugar pero las olas y el viento le habían dado la vuelta contra un arrecife de arena dura y ahora no tenía agua alrededor.

Si hubiese tenido ayuda, habría podido repararlo y echarlo al agua y me habría servido perfectamente para re­gresar a Brasil sin dificultades. Mas debía reconocer que me iba a resultar tan difícil darle la vuelta como mudar la isla de un lado a otro. No obstante, fui al bosque a cortar unos troncos largos que me sirvieran de palanca y rollo y los tras­ladé hasta el bote, decidido a hacer lo que pudiese y conven­cido de que si lograba darle la vuelta, podría repararlo y con­vertirlo en un excelente bote con el que podría lanzarme al mar tranquilamente.

No escatimé en esfuerzos en esta inútil labor, en la que empleé cerca de tres semanas, hasta que, por fin, me con­vencí de que no podría levantarlo con mis pocas fuerzas y decidí excavar la arena por debajo para socavarlo y hacerlo caer, utilizando trozos de madera para dirigirle la caída.

Mas cuando hube terminado de hacer esto, advertí, nuevamente, que no podía darle la vuelta, ni meterme deba­jo ni, mucho menos, empujarlo hacia el agua. De este modo, me vi obligado a desistir de la idea y, aunque así lo hice, mis deseos de aventurarme hacia el continente aumentaban a medida que disminuían mis probabilidades de lograrlo.

Más tarde, comencé a reflexionar sobre la posibilidad de construir una canoa o piragua, como las que hacían los nati­vos de aquellas latitudes, incluso sin herramientas ni ayuda, con un gran tronco de árbol. Esto no solo me pareció posi­ble sino sencillo y me alegré mucho con la idea de hacerlo y de tener más recursos que los indios o los negros. Mas no consideré las dificultades que acarreaba dicha tarea, que eran mayores que las que podían encontrar los indios, como por ejemplo, la necesidad de ayuda para echarla al agua cuando estuviese terminada. Este obstáculo me parecía mu­cho más difícil de superar que la falta de herramientas, por parte de los indios pues ¿de qué me serviría cortar un gran árbol en el bosque, lo cual podía hacer sin demasiada dificul­tad, si, después de modelar y alisar la parte exterior para darle la forma de un bote y de cortar y quemar la parte inte­rior para ahuecarla, debía dejarlo justo donde lo había en­contrado por ser incapaz de arrastrarlo hasta el agua?

Se podría pensar que, mientras construía la canoa, no había considerado, ni por un momento, esta situación pues debí haber pensado antes en la forma de llevarla hasta el agua pero estaba tan enfrascado en la idea de navegar, que ni una vez me detuve a pensar cómo lo haría. Naturalmente, me iba a resultar mucho más fácil llevarla cuarenta y cinco millas por mar, que arrastrarla por tierra las cuarenta y cin­co brazas que la separaban de él.

Me empeñé en construir esta canoa como el más estúpi­do de los hombres, como si hubiese perdido totalmente la ra­zón. Me agradaba el proyecto y no me preocupaba en lo más mínimo si no era capaz de realizarlo. No es que la idea de bo­tar la canoa no me asaltara con frecuencia sino que respon­día a mis preguntas con la siguiente insensatez: «Primero ocupémonos de hacerla que, con toda seguridad, encontraré la forma de transportarla cuando esté terminada.»

Esta era una forma de proceder descabellada pero mi fantasiosa obstinación prevaleció y puse manos a la obra. Corté un cedro tan grande, que dudo mucho que Salomón dispusiera de uno igual para construir el templo de Jerusalén. Medía cinco pies y diez pulgadas de diámetro en la parte baja y a los veintidós pies de altura medía cuatro pies y once pulgadas; luego se iba haciendo más delgado hasta el naci­miento de las ramas. Me costó un trabajo infinito cortar el árbol. Estuve veinte días talando y cortando la base y cator­ce más cercenando las ramas, los brotes y el tupido follaje con el hacha. Después, me tomó un mes darle la forma del casco de un bote que pudiese mantenerse derecho sobre el agua. Me tomó casi tres meses excavar su interior hasta que pareciese un bote de verdad. Hice esto sin fuego, utilizando, únicamente, un mazo y un cincel y, después de mucho es­fuerzo, logré hacer una hermosa piragua, lo suficientemente grande como para llevar veintiséis hombre y, por tanto, a mí con mi cargamento.

Cuando terminé la tarea, estaba encantado. El bote era mucho más grande que cualquier canoa o piragua, hecha de un solo árbol, que hubiese visto en mi vida. Muchos golpes de hacha me había costado y no faltaba más que llevarla has­ta el agua y, si lo hubiese conseguido, habría emprendido el viaje más absurdo e irrealizable que jamás se hubiese hecho.

Todos mis intentos de llevarla al mar fracasaron, a pesar de mis grandísimos esfuerzos. La canoa estaba a unas cien yardas del agua y el primer inconveniente era una colina que se elevaba hacia el río. Para resolver este problema, de­cidí cavar el terreno con el fin de hacer un declive. Comencé a hacerlo y me costó un trabajo inmenso mas ¿quién se que­ja de fatigas si tiene la salvación ante sus ojos? No obstante, cuando terminé esta tarea y vencí esta dificultad, estaba igual que antes porque, como con el bote, me resultaba im­posible mover la canoa.

Entonces medí la longitud del terreno y decidí hacer una especie de dique o canal para llevar el agua hasta la piragua ya que no podía llevar esta al agua. Cuando comencé a ha cerlo y calculé el ancho y la profundidad de la excavación que debía realizar, me di cuenta de que, sin otro recurso que mis dos brazos, me tomaría unos diez o doce años terminar esta labor puesto que, la orilla estaba elevada y, por lo tan­to, tendría que cavar una zanja de, por lo menos, veinte pies de profundidad en la parte más alta. Al final también tuve que renunciar a esta idea, con mucho pesar.

Esto me causó una gran aflicción y me hizo compren­der, aunque demasiado tarde, la estupidez de iniciar un trabajo sin calcular los costos ni juzgar la capacidad para realizarlo.

Ocupado en estas tareas, concluyó mi cuarto año de es­tancia en la isla y celebré el aniversario con la misma devo­ción y tranquilidad que los anteriores, pues, gracias al cons tante estudio de la palabra de Dios y al auxilio de su gracia divina, había adquirido una nueva sabiduría, distinta a mis conocimientos anteriores. Veía las cosas de otro modo y el mundo me parecía algo remoto, con lo que no tenía nada que ver y de lo que no esperaba ni deseaba absolutamente nada. En pocas palabras, no tenía nada en común con él, ni lo tendría nunca, de modo que lo veía como se debía ver después de la muerte; como un lugar donde había vivido pero al que había abandonado. Muy bien podía decir, como Abraham al rico avariento: Entre tú y yo media un profun­do abismo54.

En primer lugar, me hallaba lejos de los vicios del mun­do. No sentía la concupiscencia de la carne, la concupis­cencia de los ojos, ni la soberbia de la vida55. Nada tenía que envidiar, puesto que poseía todo aquello de lo que podía disfrutar y era el señor de toda la isla. Podía, si eso me com­placía, llamarme rey o emperador de todo lo que poseía. No tenía rivales ni adversarios ni a nadie con quien disputarme la soberanía o el poder. Podía cosechar suficiente grano para cargar muchos navíos pero no me hacía falta, de modo que sembraba solo el que necesitaba para mi sustento. Tenía tortugas en abundancia pero no las cogía sino de cuando en cuando, según mis necesidades. Tenía suficiente leña para construir toda una flota de barcos y luego llenar sus bodegas con el vino o las pasas que podía obtener de mi viñedo.

 

54 Lucas 16: 26.

55 Epístola de Juan 2: 16.

 

Solo me parecía valioso aquello que podía utilizar. Comía solo lo que necesitaba y el resto, ¿de qué me servía? Si cazaba más de lo que podía comer, tenía que dárselo al perro o dejar que se lo comieran las sabandijas. Si sembraba más grano del que podía consumir, se echaba a perder. Los árboles que cortaba se pudrían sobre la tierra ya que no po­día utilizarlos de otro modo que no fuera como lumbre para cocinar mi comida.

En pocas palabras, después de una justa reflexión, com­prendí que la naturaleza y la experiencia me habían enseña­do que todas las cosas buenas de este mundo lo son en la medida en que podemos hacer uso de ellas o regalárselas a alguien y que disfrutamos solo de aquello que podemos utili­zar; el resto no nos sirve para nada. El avaro más miserable y codicioso de este mundo se habría curado del vicio de la avaricia si hubiese estado en mi lugar, pues poseía infini­tamente más de lo que podía disponer. No deseaba nada, excepto algunas cosas que no podía tener y que, en reali­dad, eran insignificancias, aunque me habrían sido de gran utilidad. Como he dicho anteriormente, tenía un poco de dinero, oro y plata, que sumaban unas treinta y seis libras esterlinas y, ¡ay de mí!, ahí yacía esa inútil y desagradable materia, con la que no podía hacer absolutamente nada. A veces pensaba que habría dado parte de ella a cambio de unas buenas pipas para fumar tabaco o de un molino de mano para moler el grano. Más aún, lo habría dado todo a cambio de seis peniques de semillas de nabos y zanahorias de Inglaterra o de un puñado de guisantes y habas y un fras­co de tinta. En mi situación, no podía sacar ningún provecho de ese dinero y allí estaba, dentro de un cajón, cubriéndose de moho con la humedad de la cueva durante la estación de lluvias; y si hubiera tenido el cajón lleno de diamantes, tam­poco habrían tenido ningún valor, porque no tenía uso que darles.

Ahora mi vida era mucho más tranquila que al principio y me sentía mucho mejor, física y espiritualmente. A menu­do, cuando me sentaba a comer, me sentía agradecido y ad mirado por la divina Providencia que me había puesto una mesa en medio del desierto. Aprendí a ver el lado bueno de mi situación y a ignorar el malo y a valorar más lo que podía disfrutar que lo que me hacía falta. Esta actitud me proporcionó un secreto bienestar, que no puedo explicar. Pongo esto aquí, pensando en las personas inconformes, que no son capaces de disfrutar felizmente lo que Dios les ha dado porque ambicionan precisamente aquello que les ha sido negado y me parece que toda nuestra infelicidad, por lo que no tenemos, proviene de nuestra falta de agradecimiento por lo que tenemos.

Otra reflexión muy provechosa para mi y, sin duda, para cualquiera que caiga en una desgracia como la mía, era la siguiente: comparar mi situación presente con la que imagi­né al principio, o bien, con la que, seguramente, habría sido, si la buena Providencia de Dios no hubiese dispuesto milagrosamente que el barco se acercase a la orilla y que yo, no solo pudiese alcanzarlo, sino rescatar todo lo que logré llevar hasta la playa, para mi salvación y mi bienestar, pues, si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, no habría teni­do herramientas con que trabajar, armas para defenderme, ni pólvora ni municiones para conseguir mi alimento.

Pasé horas, más bien, días enteros, imaginando, con lujo de detalles, lo que habría tenido que hacer si no hubiese podido rescatar nada del barco. No habría podido alimen­tarme más que con pescado y tortugas y más aún, si no los hubiera descubierto a tiempo, me habría muerto de hambre y, en caso de haber podido subsistir, habría vivido como un salvaje. Si por casualidad hubiera matado una cabra o un ave, mediante alguna estratagema, no habría podido abrir­la, ni desollarla, ni sacarle las vísceras, ni trocearla sino que me habría visto obligado a roerla con los dientes y desga­rrarla con las uñas como las bestias.

Estas reflexiones me hicieron consciente de lo bondadosa que había sido la Providencia conmigo, por lo que me sentí muy agradecido por mi presente condición, a pesar de todos

sus problemas y contratiempos. Aquí debo recomendar a aquellos que tienden a quejarse de sus miserias y se pregun­tan: «¿hay alguna pena como la mía?», que consideren cuán­to peor están otras personas, o cuánto peor podrían estar ellos mismos si a la Providencia le hubiese parecido justo.

Había otra reflexión que me reconfortaba y me devol­vía las esperanzas. Comparaba mi situación actual con la que merecía y que, con toda razón, debía esperar de la Providencia. Había vivido una vida vergonzosa, totalmente desprovista de cualquier conocimiento o temor de Dios. Mis padres me habían educado bien; ambos me habían in­culcado, desde temprana edad, el respeto religioso hacia Dios, el sentido del deber y de aquello que la naturaleza y mi condición en la vida exigían de mí. Pero ¡ay de mí! muy pronto caí en la vida de marinero, que, de todas las existen­cias, es la menos temerosa de Dios, aunque, a menudo, pa­dezca las consecuencias de su cólera. Digo que, habiéndo­me iniciado muy pronto en la vida de marinero y en la com­pañía de gentes de mar, el poco sentido de la religión que había cultivado hasta entonces, desapareció ante las burlas de mis compañeros y ante un endurecido desprecio por el peligro y las visiones de la muerte, a las que llegué a acos­tumbrarme por no tener con quien conversar, que fuese dis­tinto de mí, u oír alguna palabra buena o, al menos, amable.

Tan vacío estaba de cualquier bondad, o del más míni­mo sentido de ella que ni siquiera en las agraciadas ocasio­nes en las que me había visto salvado, como cuando escapé de Salé, cuando el capitán portugués me rescató, cuando me establecí felizmente en Brasil, cuando recibí el carga­mento de Inglaterra y otras por el estilo, pronuncié ni pensé una palabra de agradecimiento a Dios; ni siquiera en el col­mo de mi desventura le dirigí una plegaria a Dios diciendo: «Señor, ten piedad de mí.» No, jamás pronunciaba el nom­bre de Dios a no ser que fuera para jurar o blasfemar.

Como ya he dicho, pasé muchos meses en medio de terribles reflexiones sobre mi maldita e indigna vida pasada. Mas cuando miraba a mi alrededor y contemplaba los dones especiales que había recibido desde mi llegada a esta isla y el modo tan generoso en que Dios me había tratado, pues no me había castigado con la severidad que merecía sino, más bien, había sido pródigo en proveerme tanto como podía necesitar, tenía la esperanza de que mi arrepentimiento hu­biese sido aceptado y que Dios me tuviera reservada alguna misericordia.

Con estos pensamientos me resigné a acatar la volun­tad de Dios en las circunstancias en las que me hallaba y hasta le di sinceras gracias por ello, considerando que aún estaba vivo y que no debía quejarme, pues no había recibido siquiera el justo castigo por mis pecados y gozaba de tantos privilegios como nunca hubiese podido esperar en un sitio como este. Por tanto, no debía volver a lamentarme de mi condición, sino regocijarme por ella y dar gracias a Dios por el pan de cada día, que, de no ser por un milagro, no podría haber disfrutado. Debía recordar que podía alimentarme por obra de un milagro casi tan grande como el de los cuer­vos que alimentaron a Elías56. Además, difícilmente hubiese podido elegir otro sitio con más ventajas que aquel lugar de­sierto donde había sido arrojado; uno donde, si bien no te­nía compañía, lo cual era el motivo de mi mayor desventu­ra, tampoco había bestias feroces, lobos furiosos, tigres que amenazaran mi vida, plantas venenosas que me hicieran daño en caso de que las ingiriera, ni salvajes que pudieran asesinarme y devorarme.

 

­56 Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana y pan y carne por la noche. I Reyes 17: 4-6.

 

En pocas palabras, si por un lado mi vida era desventu­rada, por otro estaba llena de gracia y lo único que necesita­ba para hacerla más confortable era confiar en la bondad y la misericordia de Dios para conmigo y hallar en ello mi consuelo. Cuando logré hacer esto, dejé de sentirme triste y pude seguir adelante.

Llevaba tanto tiempo en este lugar que muchas de las cosas que había traído a tierra se habían agotado o deterio­rado. Como ya he dicho, la tinta se me había terminado casi totalmente y solo quedaba un poco que fui mezclando con agua hasta que se volvió tan clara que apenas dejaba marcas en el papel. Mientras duró, la utilicé para anotar los días del mes en los que me sucedía algo fuera de lo corriente. Recuerdo que al principio, había notado una extraña coin­cidencia entre las fechas de algunos acontecimientos y, de haber sido supersticioso y creer que había días de buena y mala suerte, habría tenido suficientes motivos para reflexio­nar sobre lo curioso de algunas circunstancias.

En primer lugar, observé que el día en que partí de Hull, abandonando a mis padres y a mis amigos con el fin de aventurarme en el mar, era el mismo día en que, más tarde, fui capturado y hecho esclavo por el corsario de Salé.

El día en que me salvé del naufragio del barco en la rada de Yarmouth, fue el mismo día, al año siguiente, en que pude escapar de Salé en la chalupa.

El día de mi nacimiento, el 30 de septiembre, fue el mis­mo día, al cabo de veintiséis años que me salvé milagrosa­mente del naufragio y llegué a las costas de esta isla; de modo que mi vida pecaminosa y mi vida solitaria empezaron el mismo día.

Después de la tinta, se me agotó el pan, es decir, la ga­lleta que había rescatado del barco y que consumía con suma frugalidad, permitiéndome comer solo una por día, durante un año. Aun así, pasé casi un año sin pan hasta que pude producir mi propia harina, por lo que estaba enorme­mente agradecido ya que, como he dicho, su obtención fue casi milagrosa.

Mis ropas también comenzaron a deteriorarse notable­mente. Hacía tiempo que no tenía lino, con la excepción de algunas camisas a cuadros que había encontrado en los arco nes de los marineros y guardado con mucho cuidado por­que, a menudo, eran lo único que podía tolerar; y fue una gran suerte que hubiese encontrado casi tres docenas de ellas entre la ropa de los marineros en el barco. También te­nía varias capas gruesas de las que usaban los marineros pero eran demasiado pesadas. En verdad, el clima era tan caluroso que no tenía necesidad de usar ropa, mas no era capaz de andar totalmente desnudo. No, aunque me hubiese sentido tentado a hacerlo, lo cual no ocurrió pues no podía siquiera imaginarme algo así, a pesar de que estaba solo.

La razón por la cual no podía andar completamente desnudo era que aguantaba el calor del sol bastante mejor cuando estaba vestido que cuando no lo estaba. A menudo el sol me producía ampollas en la piel, mas, cuando llevaba camisa, el aire pasaba a través del tejido y me sentía mucho más fresco que cuando no la llevaba. Tampoco podía salir sin gorra o sombrero pues los rayos del sol, que en esas lati­tudes golpean con gran violencia, me habrían provocado una terrible jaqueca, a fuerza de caer directamente sobre mi cabeza.

Ante esta situación, decidí ordenar los pocos harapos que tenía y a los que llamaba ropa. Había gastado todos los chalecos y ahora debía intentar hacer algunas chaquetas con las capas y los demás materiales que tenía. Empecé pues a hacer trabajos de sastrería, más bien estropicios, pues los resultados fueron lastimosos. No obstante, logré hacer dos o tres chalecos, con la esperanza de que me durasen mucho tiempo. La labor que realicé con los pantalones o calzones, fue igualmente desastrosa, hasta más adelante.

He mencionado que guardaba las pieles de los animales que mataba, me refiero a los cuadrúpedos, y las colgaba al sol, extendiéndolas con la ayuda de palos. Algunas estaban tan secas y duras que apenas servían para nada pero otras me resultaron muy útiles. Lo primero que confeccioné con ellas fue una gran gorra para cubrirme la cabeza, con la par­te de la piel hacia fuera para evitar que se filtrase el agua. Me quedó tan bien que luego me confeccioné una vestimen­ta completa, es decir, una casaca y unos calzones abiertos en las rodillas, ambos muy amplios, para que resultaran más frescos. Debo reconocer que estaban pésimamente hechos pues si era un mal carpintero, era aún peor sastre. No obs­tante, les di muy buen uso y, cuando estaba fuera, si por ca­sualidad llovía, la piel de la casaca y del sombrero me man­tenían perfectamente seco.

Posteriormente, empleé mucho tiempo y esfuerzo en fabricarme una sombrilla, que mucha falta me hacía. Había visto cómo se confeccionaban en Brasil, donde eran de gran utilidad a causa del excesivo calor y me parecía que el calor que debía soportar aquí era tanto o más fuerte que el de allá, pues me encontraba más cerca del equinoccio. Además, aquí tenía que salir constantemente, por lo que una sombrilla me resultaba de gran utilidad para proteger­me, tanto del sol como de la lluvia. Emprendí esta tarea con muchas dificultades y pasó bastante tiempo antes de que pudiera hacer algo que se le pareciese pues, cuando creía haber encontrado la forma de confeccionarla, eché a per­der dos o tres veces antes de hacer la que tenía prevista. Por fin fabriqué una que cumplía cabalmente ambos propósitos. Lo más difícil fue lograr que pudiera cerrarse. Había logrado que permaneciera abierta pero, si no lograba cerrarla, ha­bría tenido que llevarla siempre sobre la cabeza, lo cual no era demasiado práctico. Finalmente, como he dicho, hice una lo suficientemente adecuada para mis propósitos y la cubrí de piel, con la parte peluda hacia arriba, a fin de que, como si fuera un tejado, me protegiese del sol tan eficaz­mente, que me permitiera salir, incluso en el calor más sofo­cante, tan a gusto como si hiciese fresco. Cuando no tuviera necesidad de usarla, podía cerrarla y llevarla bajo el brazo.

Vivía, de este modo, cómodamente; mi espíritu estaba tranquilo y enteramente conforme con la voluntad de Dios y los designios de la Providencia. Por lo tanto, mi vida era mu cho más placentera que la vida en sociedad, pues, cuando me lamentaba de no tener con quien conversar, me pregun­taba si no era mejor conversar con mis pensamientos y, si puede decirse, con Dios, mediante la oración, que disfrutar de los mayores deleites que podía ofrecer la sociedad.

No puedo decir que, durante cinco años no me ocurrie­ra nada extraordinario pero, lo cierto es que mi vida seguía el mismo curso, en el mismo lugar de siempre. Aparte de mi cultivo anual de cebada y arroz, del que siempre guardaba suficiente para un año, y de mis salidas diarias con la esco­peta, tenía una ocupación importante: construir mi canoa, la cual, finalmente, pude acabar. Luego cavé un canal de unos seis pies de ancho por cuatro de profundidad que me permitió llevarla hasta el río, a lo largo de casi media milla. La primera canoa era demasiado grande, ya que la había construido sin pensar de antemano cómo llevarla hasta el agua y, como nunca pude hacerlo, la tuve que dejar donde estaba, a modo de recordatorio que me enseñase a ser más precavido en el futuro. De hecho, la siguiente vez, aunque no pude encontrar un árbol adecuado que estuviera a me­nos de media milla del agua, como ya he dicho, me pareció que mi proyecto era viable y decidí no abandonarlo. Pese a que invertí dos años en él, nunca trabajé de mala gana, sino con la esperanza de tener, finalmente, un bote para lanzar­me al mar.

Sin embargo, cuando terminé de construir mi pequeña piragua, advertí que su tamaño no era el adecuado para los objetivos que me había fijado al emprender la fabricación de la primera; es decir, aventurarme hacia la tierra firme que estaba a unas cuarenta millas de la isla. Pero al ver la pira­gua tan pequeña, desistí de mi propósito inicial y no volví a pensar en él. Decidí usarla para hacer un recorrido por la isla, pues, aunque solo había visto parte del otro lado por tierra, como he dicho anteriormente, los descubrimientos que había hecho en ese corto viaje me despertaron fuertes deseos de ver el resto de la costa. Ahora que tenía un bote, no pensaba en otra cosa que navegar alrededor de la isla.

Con este fin, y tratando de hacer las cosas con el mejor tino posible, le puse un pequeño mástil a mi bote e hice una vela con los restos de las velas del barco, que tenía guarda­das en gran cantidad.

Ajustados el mástil y la vela, hice un ensayo con la pira­gua y descubrí que navegaba muy bien. Entonces le hice unos pequeños armarios o cajones a cada extremo para co locar mis provisiones y municiones y evitar que se.mojaran con la lluvia o las salpicaduras del mar. Luego hice una larga hendidura en el interior de la piragua para colocar la esco­peta y le puse una tapa para asegurarla contra la humedad.

Aseguré la sombrilla a popa para que me protegiera del sol como si fuera un toldo. De este modo, salía a navegar de vez en cuando, sin llegar nunca a internarme demasiado en el mar ni alejarme del río. Finalmente, ansioso por ver la periferia de mi pequeño reino, decidí emprender el viaje y pertreché mi embarcación para hacerlo. Embarqué dos do­cenas de panes (que más bien debería llamar bizcochos) de cebada, una vasija de barro llena de arroz seco, que era un alimento que solía consumir en gran cantidad, una pequeña botella de ron, media cabra, pólvora y municiones para ca­zar y dos grandes capas, de las que, como he dicho, rescaté de los arcones de los marineros. Una la utilizaba a modo de colchón y la otra de manta.

El sexto día de noviembre del sexto año de mi reinado, o, si preferís, mi cautiverio, emprendí el viaje, que resultó más largo de lo que había calculado pues, aunque la isla era bastante pequeña, en la costa oriental tenía un arrecife ro­coso que se extendía más de dos leguas mar adentro y, des­pués de este, había un banco de arena seca que se prolon­gaba otra media legua más, de manera que me vi obligado a internarme en el mar para poder torcer esa punta.

Cuando vi el arrecife y el banco de arena por primera vez, estuve a punto de abandonar la empresa y volver a tierra porque no sabía cuánto tendría que adentrarme en el mar y, sobre todo, porque no tenía idea de cómo regresar. Así pues, eché el ancla que había hecho con un trozo de ar­pón roto que había rescatado del barco.

Una vez asegurada mi piragua, tomé mi escopeta y me encaminé a la orilla. Escalé una colina desde la que, aparen­temente, se podía dominar esa parte y, desde allí, pude ob­servar toda su extensión. Entonces decidí aventurarme.

Mientras observaba el mar desde la colina, vi una corrien­te muy fuerte, de hecho, bastante violenta, que corría en di­rección este y que llegaba casi hasta la punta. Me llamó la atención porque advertía cierto peligro de ser arrastrado mar adentro por ella y no poder regresar a la isla. Indudablemen­te, así habría ocurrido, si no hubiese subido a la colina, por­que una corriente similar dominaba el otro extremo de la isla, solo que a mayor distancia. También pude ver un fuer­te remolino en la orilla, de modo que si lograba evadir la corriente, me habría topado inmediatamente con él.

Me quedé en este lugar dos días porque el viento so­plaba del este-sudeste, es decir, en dirección opuesta a la corriente, con bastante fuerza y levantaba un gran oleaje en aquel punto. Por lo tanto, no era seguro acercarse ni alejar­se demasiado de la costa, a causa de la corriente.

Al tercer día por la mañana, el mar estaba tranquilo, pues el viento se había calmado durante la noche y decidí aventu­rarme. Quiero que esto sirva de advertencia a los pilotos te merarios e ignorantes, pues, no bien me había alejado de la costa un poco más que el largo de mi piragua, cuando me encontré en aguas profundas y en medio de una corriente tan rápida y fuerte como las aspas de un molino. Pese a to­dos mis esfuerzos, apenas podía mantenerme en sus már­genes y me alejaba cada vez más del remolino, que estaba a mi izquierda. No soplaba viento que pudiese ayudarme y todos los esfuerzos que hacía por remar resultaban inútiles. Comencé a darme por vencido pues, como había corrien­tes a ambos lados de la isla, sabía que a pocas leguas, se encontrarían y yo me vería irremisiblemente perdido. Tampoco veía cómo evitarlo y no me quedaba otra alter­nativa que perecer, no a causa del mar, que estaba muy calmado, sino de hambre. Había encontrado una tortuga en la orilla, tan grande que casi no podía levantarla, y la había echado en el bote. Tenía una gran jarra de agua fresca, es decir, uno de mis cacharros de barro pero esto era todo con lo que contaba para lanzarme al vasto océano, donde, sin duda, no encontraría orilla, ni tierra firme, ni isla en, al me­nos, mil leguas.

Ahora comprendía cuán fácilmente, la Providencia divi­na podía convertir una situación miserable en una peor. Ahora recordaba mi desolada isla como el lugar más agradable de la tierra y la única dicha a la que aspiraba mi cora­zón era poder regresar allí. Extendía las manos hacia ella y exclamaba: «¡Oh, feliz desierto! ¿No volveré a verte nunca más? ¡Oh, miserable criatura! ¿A dónde voy?» Entonces me reprochaba mi ingratitud al lamentarme por mi soledad y pensaba que hubiera dado cualquier cosa por estar otra vez en la orilla. Nunca sabemos ponderar el verdadero estado de nuestra situación hasta que vemos cómo puede empeo­rar, ni sabemos valorar aquello que tenemos hasta que lo perdemos. Es difícil imaginar la consternación en la que me hallaba sumido, al verme arrastrado lejos de mi amada isla (pues así la sentía ahora) hacia el ancho mar, a dos leguas de ella y con pocas esperanzas de volver.

No obstante, me esforcé, hasta quedar exhausto, por mantener el rumbo de mi bote hacia el norte, es decir, hacia la margen de la corriente donde estaba el remolino. Cerca del mediodía me pareció sentir en el rostro una leve brisa que soplaba desde el sur-sudeste. Esto me alentó un poco, especialmente, cuando al cabo de media hora, la brisa se transformó en un pequeño ventarrón. A estas alturas, me encontraba a una distancia alarmante de la isla y, de haber­se producido neblina, otro habría sido mi destino, pues no llevaba brújula a bordo y no habría sabido en qué dirección avanzar para alcanzar la isla, si acaso la perdía de vista. Mas el tiempo se mantenía claro y me dispuse a levantar el mástil y extender la vela, siempre tratando de mantenerme enfi­lando hacia el norte para evitar la corriente.

Apenas terminé de poner el mástil y la vela, el bote co­menzó a deslizarse más de prisa. Advertí, por la transparen­cia del agua, que acababa de producirse un cambio en la corriente, porque cuando esta estaba fuerte, el agua era tur­bia y ahora, que estaba más clara, me parecía que su fuerza había disminuido. A media legua hacia el este, el mar rom­pía sobre unas rocas que dividían la corriente en dos brazos. Mientras el brazo principal fluía hacia el sur, dejando los es­collos al noreste, el otro regresaba, después de romper en las rocas, y formaba una fuerte corriente que se dirigía hacia el noroeste.

Aquellos que hayan recibido un perdón al pie del cadal­so, que hayan sido liberados de los asesinos en el último momento, o que se hayan visto en peligros tan extremos como estos, podrán adivinar mi alegría cuando pude dirigir mi piragua hacia esta corriente y desplegar mis velas al vien­to, que me impulsaba hacia delante, con una fuerte marea por debajo.

Esta corriente me llevó cerca de una legua en dirección a la isla pero cerca de dos leguas más hacia el norte que la primera que me arrastró a la deriva, de modo que, cuando me acerqué a la isla, estaba frente a la costa septentrional, es decir, en la ribera opuesta a aquella de donde había salido. Cuando había recorrido un poco más de una legua con la ayuda de esta corriente, advertí que se estaba agotando y ya no me servía de mucho. No obstante, descubrí que entre las dos corrientes, es decir, la que estaba al sur, que me ha­bía alejado de la isla, y la que estaba al norte, que estaba a una legua del otro lado, el agua estaba en calma y no me im­pulsaba en ninguna dirección. Mas gracias a una brisa, que me resultaba favorable, seguí avanzando hacia la costa, aun­que no tan de prisa como antes.

Hacia las cuatro de la tarde, cuando estaba casi a una legua de la isla, divisé las rocas que causaron este desastre, que se extendían, como he dicho antes, hacia el sur. Evidente mente, habían formado otro remolino hacia el norte, que, según podía observar, era muy fuerte pero no estaba en mi rumbo, que era hacia el oeste. No obstante, con la ayuda del viento, crucé esta corriente hacia el noroeste, en dirección oblicua, y en una hora me hallaba a una milla de la costa. Allí, el agua estaba en calma y muy pronto llegué a la orilla.

Cuando puse los pies en tierra, caí de rodillas y di gra­cias a Dios por haberme salvado y decidí abandonar todas mis ideas de escapar. Me repuse con los alimentos que ha bía traído y acerqué el bote hasta la playa, lo coloqué en una pequeña cala que descubrí bajo unos árboles y me eché a dormir porque estaba agotado a causa de los esfuerzos y fatigas del viaje.

Ahora no sabía con certeza qué dirección tomar para volver a casa con el bote. Había corrido tantos riesgos y co­nocía tan bien la situación, que no estaba dispuesto a regre sar por la ruta por la que había venido. Tampoco sabía qué podía encontrar en la otra orilla (es decir, en la occidental), ni tenía intenciones de volver a aventurarme. Por tanto, a la mañana siguiente, resolví recorrer la costa en dirección oeste y ver si encontraba algún río donde pudiera dejar a salvo la piragua para disponer de ella si la necesitaba. Al cabo de tres millas, más o menos, mientras avanzaba por la costa, llegué a una excelente bahía o ensenada, que medía cerca de una milla y que se iba estrechando hasta la desemboca­dura de un riachuelo. Esta ensenada sirvió de puerto a mi piragua, y pude dejarla como si fuese un pequeño atracade­ro construido especialmente para ella. Me adentré en la ba­hía y, después de asegurar mi piragua, me encaminé hacia la costa para explorar y ver dónde me hallaba.

Pronto descubrí que no había avanzado mucho más allá del lugar donde había estado la vez que había hecho la expe­dición a pie, de modo que solo saqué del bote la escopeta y la sombrilla, pues hacía mucho calor, y emprendí la marcha. El camino resultaba muy agradable, después de un viaje como el que había hecho. Por la tarde, llegué a mi viejo emparra­do y lo encontré todo como lo había dejado, ya que siem­pre lo dejaba todo en orden, pues lo consideraba mi casa de campo.

Atravesé la verja y me recosté a la sombra a descansar mis cansados huesos, pues estaba extenuado, y me dormí enseguida. Mas, juzgad vosotros, que leéis mi historia, la sorpresa que me llevé cuando una voz me despertó diciendo: «Robinson, Robinson, Robinson Crusoe, pobre Robinson Crusoe. ¿Dónde estás, Robinson Crusoe? ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado?»

Al principio, estaba tan profundamente dormido, por el cansancio de haber remado o bogado, como suele decirse, durante la primera parte del día y por la caminata de la tar de, que no llegué a despertarme del todo, sino que me que­dé entre dormido y despierto y pensé que estaba soñando que alguien me hablaba. Como la voz siguió llamándome: «Robinson Crusoe, Robinson Crusoe», me desperté, muy asustado al principio, y me puse en pie con una gran cons­ternación. Pero tan pronto abrí los ojos, vi a mi Poll, apoya­do en el borde del cercado y supe, inmediatamente, que era él quien me llamaba porque ese era el tono lastimero en el que solía hablarle y enseñarle a hablar. Lo había aprendido a la perfección y, posándose en mi dedo, me acercaba el pico a la cara repitiendo: «Pobre Robinson Crusoe. ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado? ¿Cómo has llegado hasta aquí?», y otras cosas por el estilo que yo le había enseñado.

No obstante, aunque sabía que había sido el loro y que no podía ser nadie más, pasó un buen rato hasta que me re­puse del susto. En primer lugar, me asombraba que hubiese podido llegar hasta allí y, luego, que se quedara en ese sitio y no en otro. Mas como ya sabía que no podía ser otro que mi fiel Poll, me tranquilicé y, extendiendo la mano, lo llamé por su nombre, Poll, y la amistosa criatura, se me acercó, se apoyó en mi pulgar y, como de costumbre, acercó el pico a mi rostro y continuó hablando conmigo: «Pobre Robinson Crusoe. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Dónde has esta­do?», como si se hubiese alegrado de verme nuevamente. Así, me lo traje a casa conmigo.

Estaba saturado de los reveses del mar, lo suficiente para meditar durante varios días sobre los peligros a los que me había expuesto. Me habría gustado traer mi bote de vuelta, de este lado de la isla pero no sabía cómo hacerlo. Sabía que no volvería a aventurarme por la costa oriental, en la que ya había estado, pues el corazón se me apretaba y se me helaba la sangre al pensarlo. No sabía lo que podía encontrar en la otra costa pero, si la corriente tenía la mis­ma fuerza que en la costa oriental, correría el mismo riesgo de ser arrastrado por el agua y alejado de la isla. Con estas razones, me resigné a la idea de no tener ningún bote, aun­que hubiese sido el producto de muchos meses de trabajo, no solo para construirlo sino para echarlo al mar.

Habiendo controlado mis impulsos, podrán imaginarse que viví un año en un estado de paz y sosiego. Mis pensa­mientos se ajustaban perfectamente a mi situación, me sen tía plenamente satisfecho con las disposiciones de la Provi­dencia y estaba convencido de que vivía una existencia feliz, si no consideraba la falta de compañía.

En este tiempo, perfeccioné mis destrezas manuales, a las que me aplicaba según mis necesidades y creo que llegué a convertirme en un buen carpintero, en especial, si se tenía en cuenta que disponía de muy pocas herramientas.

Aparte de esto, llegué a dominar el arte de la alfarería y logré trabajar con un torno, lo que me pareció infinitamente más fácil y mejor, porque podía redondear y darles forma a los objetos que al principio eran ofensivos a la vista. Mas, creo que nunca me sentí tan orgulloso de una obra, ni tan feliz por haberla realizado, que cuando descubrí el modo de hacer una pipa. A pesar de que, una vez terminada, era una pieza fea y tosca, hecha de barro rojo, como mis otros ca­charros, era fuerte y sólida y pasaba bien el humo, lo que me proporcionó una gran satisfacción porque estaba acos­tumbrado a fumar. A bordo del barco había varias pipas pero, al principio, no les hice caso porque no sabía que en­contraría tabaco en la isla pero, más tarde, cuando regresé por ellas, no pude encontrar ninguna.

También hice grandes adelantos en la cestería. Tejí mu­chos cestos, que, aunque no eran muy elegantes, estaban tan bien hechos como mi imaginación me lo había permitido y, además, eran prácticos y útiles para ordenar y trans­portar algunas cosas. Por ejemplo, si mataba una cabra, podía colgarla de un árbol, desollarla, cortarla en trozos y traerla a casa en uno de los cestos. Lo mismo hacía con las tortugas: las cortaba, les sacaba los huevos y separaba uno o dos pedazos de carne, que eran suficientes para mí, y traía todo a casa, dejando atrás el resto. Los cestos gran­des y profundos me servían para guardar el grano, que siempre desgranaba apenas estaba seco.

Comencé a darme cuenta de que la pólvora disminuía considerablemente y esto era algo que me resultaba imposi­ble producir. Me puse a pensar muy seriamente en lo que haría cuando se acabara, es decir, en cómo iba a matar las cabras. Como ya he dicho, en mi tercer año de permanen­cia en la isla, capturé una pequeña cabra y la domestiqué con la esperanza de encontrar un macho, pero no lo conse­guí. Esta cabra creció, no tuve corazón para matarla y, final­mente, murió de vieja.

Pero estaba en el undécimo año de mi residencia y, como he dicho, las municiones comenzaban a escasear, de modo que me dediqué a estudiar algún medio para atrapar o capturar viva alguna cabra, preferiblemente una hembra con cría.

Con este fin, tejí algunas redes y creo que más de una cayó en ellas. Pero mis lazos no eran fuertes, porque no te­nía alambre, y siempre los encontraba rotos y con el cebo comido.

Finalmente, decidí hacer trampas. Cavé varios fosos en la tierra, en sitios donde, según había observado, solían pas­tar las cabras y, sobre ellos, coloqué un entramado, que yo mismo hice, con bastante peso encima. Algunas veces, de­jaba espigas de cebada y arroz sin colocar la trampa, y po­día observar, por las huellas de sus patas, que las cabras se las habían comido. Finalmente, una noche coloqué tres trampas y, a la mañana siguiente, las encontré intactas, aunque el cebo había sido devorado, lo cual me desalentó mucho. No obstante, alteré mi trampa y, para no incomo­daros con los detalles, diré que, a la mañana siguiente, en­contré un macho cabrío en una de ellas y tres cabritos, un macho y dos hembras, en otra.

No sabía qué hacer con el macho cabrío porque era muy arisco y no me atrevía a descender al foso para capturarlo, como era mi intención. Habría podido matarlo pero esto no era lo que quería, ni resolvía mi problema; así que lo solté y salió huyendo despavorido. En aquel momento, no sabía algo que aprendí más tarde: que el hambre puede amansar incluso a un león. Si lo hubiese dejado en la trampa tres o cuatro días sin alimento y le hubiese llevado un poco de agua, primeramente, y, luego, un poco de grano, se habría vuelto tan manso como los pequeños, ya que las cabras son animales muy sagaces y dóciles, si se tratan adecuadamente.

No obstante, lo dejé ir, porque no se me ocurrió nada mejor en el momento. Entonces fui donde los más peque­ños, los cogí, uno a uno, los amarré a todos juntos con un cordel y los traje a casa sin ninguna dificultad.

Pasó un tiempo antes de que comenzaran a comer pero los tenté con un poco de grano dulce y comenzaron a domesticarse. Ahora me daba cuenta de que el único medio que tenía de abastecerme de carne de cabra cuando se me acabara la pólvora, era domesticarlas y criarlas. De este modo, las tendría alrededor de mi casa como si fuesen un rebaño de ovejas.

Luego pensé que debía separar las cabras domésticas de las salvajes, pues, de lo contrario, se volverían salvajes cuando crecieran. Para lograr esto, tenía que cercar una ex tensión de tierra con una valla o empalizada, a fin de evitar que salieran las que estuvieran dentro y que entraran las que estuvieran fuera.

La empresa era demasiado ambiciosa para un solo par de manos. Sin embargo, como sabía que era absolutamente imprescindible, empecé por buscar un terreno adecuado donde hubiera hierba para que se alimentaran, agua para beber y sombra para protegerlas del sol.

Los que saben hacer este tipo de cercados, pensarán que tuve poco ingenio al elegir una pradera o sabana (como las llamamos los ingleses en las colonias occidentales), que tenía muchos árboles en un extremo y dos o tres pequeñas corrientes de agua. Como he dicho, se reirán cuando les diga que, cuando comencé, tenía previsto hacer un cercado de, al menos, dos millas. Mi estupidez no era tan solo igno­rar las dimensiones, ya que, seguramente, habría tenido su­ficiente tiempo para cercar un recinto de casi diez millas, sino pasar por alto que, en semejante extensión de terreno, las cabras habrían seguido siendo tan salvajes como si se en­contraran libres por toda la isla y que, si tenía que perseguir­las en un espacio tan grande, no podría atraparlas nunca.

Había construido casi cincuenta yardas de cerca cuando se me ocurrió esto. Interrumpí las labores de inmediato y, pa­ra empezar, decidí cercar un terreno de unas ciento cincuenta yardas de largo por cien de ancho. Allí podía mantener, por un tiempo razonable, a los animales que capturara y, a medi­da que fuera aumentando el rebaño, ampliaría mi cercado.

Esto era actuar con prudencia y reanudé mis labores con nuevos bríos. Me tomó casi tres meses hacer el primer cercado. Durante este tiempo, mantuve a los cabritos en la mejor parte del terreno y los hacía comer tan cerca de mí como fuera posible para que se acostumbraran a mi presen­cia. A menudo les llevaba algunas espigas de cebada o un puñado de arroz para que comieran de mi mano. De este modo, cuando terminé la valla y los solté, me seguían de un lado a otro, balando para que les diera un puñado de grano.

Esto solucionaba mi problema y, al cabo de un año y medio, tenía un rebaño de doce cabras, con crías y todo. En dos años más, tenía cuarenta y tres, sin contar las que había matado para comer. Posteriormente, cerqué otros cinco predios e hice pequeños corrales donde las conducía cuan­do tenía que coger alguna, con puertas que comunicaban un predio con otro.

Pero esto no es todo, pues ya no solo tenía carne de ca­bra para comer a mi antojo sino también leche, algo que ni se me había ocurrido al principio y que, cuando lo descubrí, me proporcionó una agradable sorpresa. Ahora tenía mi le­chería y, a veces, sacaba uno o dos galones57 de leche dia­rios. Y como la naturaleza, que proporciona alimentos a todas sus criaturas, también les muestra cómo hacer uso de ellos, yo, que jamás había ordeñado una vaca, y mucho menos una cabra, ni había visto hacer mantequilla ni que­so, aprendí a hacer ambas cosas rápida y eficazmente, des­pués de varios intentos y fracasos, y ya nunca volvieron a faltarme.

 

57 Galón: Medida líquida que equivale aproximadamente a cuatro litros.

 

¡Cuán misericordioso puede ser nuestro Creador con sus criaturas, aun cuando parece que están al borde de la muerte y la destrucción! ¡Hasta qué punto puede dulcificar las circunstancias más amargas y darnos motivos para ala­barlo, incluso desde celdas y calabozos! ¡Qué mesa había servido para mí en medio del desierto, donde al principio tan solo pensaba que iba a morir de hambre!

Incluso los más estoicos se habrían reído de verme sen­tado a la mesa, junto a mi pequeña familia, como el prínci­pe y señor de toda la isla. Tenía absoluto control sobre las vidas de mis súbditos; podía ahorcarlos, aprisionarlos, dar­les y quitarles la libertad, sin que hubiera un solo rebelde en­tre ellos.

Del mismo modo que un rey come absolutamente solo y asistido por sus sirvientes, Poll, como si fuese mi favorito, era el único que podía dirigirme la palabra. Mi perro, que ya estaba viejo y maltrecho y que no había encontrado ninguna de su especie para multiplicarse, se sentaba siempre a mi derecha. Los dos gatos se situaban a ambos lados de la mesa, esperando que, de vez en cuando, les diera algo de comer, como muestra de favor especial.

Estos no eran los dos gatos que había traído a tierra en el principio. Aquellos habían muerto y yo los había enterra­do, con mis propias manos, cerca de mi casa. Uno de ellos se había multiplicado con un animal, cuya especie no cono­cía, y yo conservaba estos dos, a los que había domesticado, mientras los otros andaban sueltos por los bosques. Con el tiempo, comenzaron a ocasionarme problemas, pues, a menudo se metían en mi casa y la saqueaban. Finalmente, me vi obligado a dispararles y, después de matar a muchos, me dejaron en paz. De este modo, vivía en la abundancia y bien acompañado, por lo que no podía lamentarme de que me faltase nada, como no fuese la compañía de otros hom­bres, que, poco después, tendría en demasía.

Estaba impaciente, como he observado, por usar mi pi­ragua, aunque no estaba dispuesto a correr más riesgos. A veces me sentaba a pensar en la forma de traerla por la cos ta y, otras, me resignaba a la idea de no tenerla a mano. Sentía una extraña inquietud por ir a esa parte de la isla donde, como he dicho, en mi última expedición trepé una colina para ver el aspecto de la orilla y la dirección de las corrientes, a fin de decidir qué iba a hacer. La tentación aumentaba por días y, por fin, decidí hacer una travesía por tierra a lo largo de la costa; y así lo hice. En Inglaterra, cualquiera que se hubiese topado con alguien como yo, se habría asustado o reído a carcajadas. Como a menudo me observaba a mí mismo, no podía dejar de sonreír ante la idea de pasear por Yorkshire con un equipaje y una indu­mentaria como los que llevaba. Por favor, tomad nota de mi aspecto.

Llevaba un gran sombrero sin forma, hecho de piel de cabra con un colgajo en la parte de atrás, que servía para protegerme la nuca de los rayos del sol o de la lluvia, ya que no hay nada más nocivo en estos climas como la lluvia que se cuela entre la ropa.

Llevaba una casaca corta de piel de cabra, con faldones que me llegaban a mitad de los muslos y un par de calzones abiertos en las rodillas. Estos estaban hechos con la piel de un viejo macho cabrío, cuyo pelo me colgaba a cada lado del pantalón hasta las pantorrillas. No tenía calcetines ni za­patos pero me había fabricado un par de cosas que no sé cómo llamar, algo así como unas botas, que me cubrían las piernas y se abrochaban a los lados como polainas, pero tan extravagantes como el resto de mi indumentaria.

Llevaba un grueso cinturón de cuero de cabra desecado, cuyos extremos, a falta de hebilla, ataba con dos correas del mismo material. A un lado del cinturón, y a modo de puñal, llevaba una pequeña sierra y, al otro, un hacha. Llevaba, cru­zado por el hombro izquierdo, otro cinturón más delgado, que se abrochaba del mismo modo y del que colgaban dos sacos, también de cuero de cabra; en uno de ellos cargaba la pólvora y en el otro las municiones. A la espalda llevaba un cesto, al hombro una escopeta y sobre la cabeza, una enor­me y espantosa sombrilla de piel de cabra que, con todo, era lo que más falta me hacía, después de mi escopeta. El color de mi piel no era exactamente el de los mulatos, como po­dría esperarse en un hombre que no se cuidaba demasiado y que vivía a nueve o diez grados de la línea del ecuador. Una vez me dejé crecer la barba casi una cuarta58 pero como te­nía suficientes tijeras y navajas, la corté muy corta, excepto la que crecía sobre los labios que me arreglé a modo de bi­gotes mahometanos como los que usaban los turcos de Salé, pues, contrario a los moros, que no los utilizaban, los turcos los llevaban así. De estos mostachos o bigotes diré que eran lo suficientemente largos para colgar de ellos un sombrero de dimensiones tan monstruosas que en Inglaterra se consideraría espantoso.

 

58 Una cuarta: Un cuarto de yarda (22,86 centímetros).