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lunes, 17 de mayo de 2010

SER INDIGENA






"SER INDIGENA"

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ANTOLOGÍA
LEYENDAS Y MITOS
INDÍGENAS
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Recopilación Ser Indígena
"El hombre primitivo, inmerso en una naturaleza a
menudo hostil, trató de explicarse los fenómenos, la vida
que lo rodeaba, con ficciones alegóricas. Nacieron así
los mitos y leyendas,
que marcaron el comienzo de una actitud religiosa.
Para comprender a los pueblos es importante volver los
ojos atrás y escudriñar en el pasado remoto".
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Del libro: "El Mundo de Amado". Leyendas de Tierra del Fuego. Lucía Gevert.
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Leyendas Mapuche
DOMO Y LITUCHE
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Hace infinidad de lluvias, en el mundo no había más que un espíritu que habitaba
en el cielo. Solo él podía hacer la vida. Así decidió comenzar su obra cualquier
día.
Aburrido un día de tanta quietud decidió crear a una criatura vivaz e imaginativa, la
cual llamó "Hijo", porque mucho le quiso desde el comienzo. Luego muy contento
lo lanzó a la tierra. Tan entusiasmado estaba que el impulso fue tan fuerte que se
golpeó duramente al caer. Su madre desesperada quiso verlo y abrió una ventana
en el cielo. Esa ventana es Kuyén, la luna, y desde entonces vigila el sueño de los
hombres.
El gran espíritu quiso también seguir los primeros pasos de su hijo. Para mirarlo
abrió un gran hueco redondo en el cielo. Esa ventana es Antú, el sol y su misión
es desde entonces calentar a los hombres y alentar la vida cada día. Así todo ser
viviente lo reconoce y saluda con amor y respeto. También es llamado padre sol.
Pero en la tierra el hijo del gran espíritu se sentía terriblemente solo. Nada había,
nadie con quién conversar. Cada vez más triste miró al cielo y dijo: ¿Padre,
porqué he de estar solo?
En realidad necesita una compañera -dijo Ngnechén, el espíritu progenitor.
Pronto le enviaron desde lo alto una mujer de suave cuerpo y muy graciosa, la que
cayó sin hacerse daño cerca del primer hombre. Ella estaba desnuda y tuvo
mucho frío. Para no morir helada echó a caminar y sucedió que a cada paso suyo
crecía la hierba, y cuando cantó, de su boca insectos y mariposas salían a
raudales y pronto llegó a Lituche el armónico sonido de la fauna.
Cuando uno estuvo frente al otro, dijo ella: - Qué hermoso eres. ¿Cómo he de
llamarte? . Yo soy Lituche el hombre del comienzo. Yo soy Domo la mujer,
estaremos juntos y haremos florecer la vida amándonos -dijo ella-. Así debe ser,
juntos llenaremos el vacío de la tierra -dijo Lituche.
Mientras la primera mujer y el primer hombre construían su hogar, al cual llamaron
ruka, el cielo se llenó de nuevos espíritus. Estos traviesos Cherruves eran
torbellinos muy temidos por la tribu.
Lituche pronto aprendió que los frutos del pewén eran su mejor alimento y con
ellos hizo panes y esperó tranquilo el invierno. Domo cortó la lana de una oveja,
luego con las dos manos, frotando y moviéndolas una contra otra hizo un hilo
grueso. Después en cuatro palos grandes enrolló la hebra y comenzó a cruzarlas.
Desde entonces hacen así sus tejidos en colores naturales, teñidos con raíces.
Cuando los hijos de Domo y Lituche se multiplicaron, ocuparon el territorio de mar
a cordillera. Luego hubo un gran cataclismo, las aguas del mar comenzaron a
subir guiadas por la serpiente Kai-Kai. La cordillera se elevó más y más porque en
ella habitaba Tren-Tren la culebra de la tierra y así defendía a los hombres de la
ira de Kai-Kai. Cuando las aguas se calmaron, comenzaron a bajar los
sobrevivientes de los cerros. Desde entonces se les conoce como "Hombres de la
tierra" o Mapuches.
Siempre temerosos de nuevos desastres, los mapuches respetan la voluntad de
Ngnechén y tratan de no disgustarlo. Trabajan la tierra y realizan hermosa
artesanía con cortezas de árboles y con raíces tiñen lana. Con fibras vegetales
tejen canastos y con lana, mantas y vestidos.
Aún hoy en el cielo Kuyén y Antú se turnan para mirarlos y acompañarlos. Por eso
la esperanza de un tiempo mejor nunca muere en el espíritu de los mapuches, los
hombres de la tierra.
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Fuente: Del libro "Monitores Culturas Originarias". Área Culturas Originarias. División de Cultura. Mineduc.
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HISTORIA DE LA MONTAÑA QUE TRUENA
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Cuentan que hace muchísimo tiempo vivía en la cordillera un pueblo de guerreros,
un pueblo al que los otros llamaban "El enemigo invencible". No tenían vecinos ni
aliados, porque el primero que se animaba a entrar en su territorio sin autorización
era esclavizado o aniquilado. Dicen que no hubo país donde las piedras y las
flores fueran más rojas, porque allí la sangre de las guerras había penetrado hasta
las capas mas profundas de la tierra. Entre los invencibles no había lugar para los
débiles: los niños mamaban el valor, de los pechos ceñidos de sus madres y allí
mentándose con carne cruda se convertían en hombres altos y fuertes como
montes.
Este pueblo tuvo un jefe valiente y formidable llamado Linko Nahuel, el “tigre que
salta”. Era tan valeroso como feroz, y cuentan que si alguien hubiera podido
navegar en los ríos de sus venas hubiera visto hervir la sangre. Entre todas las
montañas del país de Linko Nahuel se distinguía el pico nevado del cerro Amun-
Kar, el monte sagrado que es el trono de Dios. Dominaba el paisaje con sus
laderas que subían verdes y boscosas. A veces, la montaña se transformaba,
lanzaba humo y fuego hacia el cielo, bombardeando a los Mapuches con rocas
incandescentes que parecían las tokikuras de Dios. Y la gente le tenia más miedo
que a la furia de Linko Nahuel.
Un amanecer, mientras acampaban en el gran valle que se encontraba a los pies
del Amun-Kar, los centinelas, bajaron corriendo las laderas para contar lo que
habían visto. Miles y miles de enanos armados, avanzaban por la cuesta de la
montaña sagrada.
Linko Nahuel sintió como la cólera le subía por el pecho, como sus brazos
ansiaban descargar un golpe contra los invasores que ni permiso habían pedido;
él los aplastaría, una vez más la sangre correría por las sendas y los arroyos. Pero
Linko Nahuel también era astuto, y conocía el valor de los planes. Por eso llamo a
sus segundos y les ordeno:
“Vayan a entrevistarse con el jefe de los enanos. Cúbranse con cueros de
guanacos y puma, píntense la cara del modo más horroroso y adórnense con las
plumas de choike mas largas y oscuras que tengan. Y sobre todo, ya saben,
mirada severa y pocas palabras. Así los intimidaremos. Ya van a ver cuando
comiencen la retirada, ahí caeremos sobre ellos”.
Los emisarios se fueron confiados, pero volvieron humillados y furiosos a rendir
cuentas ante Linko Nahuel: - “Los enanos son gente de montañas y planean
quedarse a vivir en el Amun-Kar, no conocen tu nombre y no tienen miedo de la ira
de Dios. Son tan chiquitos como un anchimallen, pero hay que reconocer que son
valientes y tantos, que cuando nos rodearon no veíamos nada mas allá”.
Entonces Linko se dispuso para la guerra y partió. Trepaban la cuesta, cuando
sorpresivamente los enanos se lanzaron desde arriba sobre ellos, hiriéndolos con
miles de flechas y lanzas diminutas. Defenderse era difícil. Linko alentaba a los
suyos para alcanzar a los pigmeos, pero estos se protegían detrás de paredones y
salientes, y desde allí empujaban la nieve y piedras que caían en alud sobre el
ejercito invencible. Los enanos eran muchos y rodearon a los mapuches. La tierra
y la nieve se teñían de sangre, y Linko Nahuel, enfurecido, pedía refuerzos con
gritos desaforados.
Los enanos se dieron vuelta y comenzaron a huir con extraordinaria agilidad
montaña arriba dejando atrás a Linko Nahuel, que los perseguía. Pero los
guerreros de Linko eran gente de los valles y de las hondonadas y no podían
competir con sus enemigos, que milagrosamente se perdieron de vista. La trampa
estaba tendida: los enanos salieron de sus escondites y los atraparon uno por uno.
El cacique de los enanos dictaminó su sentencia: “Todos los prisioneros
mapuches deberían subir hasta la cumbre y desde allí serian precipitados; él
último en caer seria Linko Nahuel, para que viera la muerte muchas veces antes
de dar su último salto”.
Penosamente subía el tigre derrotado pisando por primera vez las rocas de la
cima. Cuando el enano dio la orden de detenerse ataron a los prisioneros de pies
y manos y comenzó el castigo.
Empujaron al primer mapuche al precipicio. Erguido y rígido, Linko miraba la
distancia, ese paisaje nuevo que no lo dejaba recordar, que aplacaba por primera
vez su sangre huracanada. Entonces se escucho el primer estruendo, los
estallidos interiores de la montaña de Dios. Las rocas volaron en mil pedazos. Un
viscoso lago de fuego arrastró a los mapuches y enanos, que mezclaron sus gritos
y quedaron confundidos en la misma ceniza.
Y Dios dispuso que los dos jefes se sentaran frente a frente, para que
contemplaran juntos el horror, provocado por la osadía de llevar la guerra a su
montaña. Para que el castigo fuera eterno los convirtió en piedra; y desde ese
entonces fueron cubiertos muchas veces por la lava ardiente o el hielo,
condenados a escuchar el tronar intermitente de su furia. Por eso la gente del valle
ya no llama al cerro Amun-Kar sino Tronador, y dicen los mapuches que los dos
caciques esperan en vano el día en que Dios se duerma y puedan despertar ellos
para vengar a sus pueblos.
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Fuente: Mauchaulil. Cultura fálica en Chile.

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Leyendas de Chiloé
TENTEN-VILU Y CAICAI-VILU
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Hace muchísimos años la Isla Grande de Chiloé, y todo el enjambre de islas que
le rodean, formaban un solo cuerpo con el Continente Americano.
Sin embargo, un día apareció repentinamente la Diosa de las Aguas Coicoi-vilu
(de Co: agua y vilu: culebra) con la intención de destruir todo lo que hubiera sobre
la tierra.
Obedeciendo a sus mandatos, las aguas comenzaron a elevarse inundando valles
y cerros, y sepultando a sus horrorizados habitantes en las profundidades del mar.
Cuando todo parecía perdido, hizo su aparición la Diosa de la Tierra, Tentén-vilu
(de Ten: tierra y vilu: culebra). Tentén-vilu comenzó a luchar contra su enemiga, a
la vez que elevaba las tierras inundadas y protegía a sus habitantes, ayudándolos
a subir a las partes más altas, transformándolos en pájaros, o dotándolos del
poder de volar.
La batalla duró mucho, finalmente Tentén-vilu venció parcialmente a Coicoi-Vilú,
pues a pesar de que esta última se retiró, las aguas nunca regresaron a sus
límites originales.
Como consecuencia de toda esta lucha, los valles, cerros y cordilleras que antes
formaban la zona, quedaron transformados en un archipiélago de inigualable
belleza, que es lo que hoy conocemos con el nombre de Archipiélago de Chiloé.
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Fuente: Mitología Chilota

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EL MILLALOBO
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El Millalobo habita en lo más profundo del mar, y fue concebido bajo el mandato y
protección del espíritu de las aguas Coicoi-vilu, por una hermosa mujer en amores
con un lobo marino durante el período en que las aguas del mar invadieron la
tierra.
Tiene el aspecto de una gran foca, su rostro tiene aspecto de un hombre y de pez.
La parte superior del tórax tiene aspecto humano y el resto de su cuerpo tiene
formas de lobo marino. Está cubierto de un corto y brillante pelaje de color amarillo
oscuro, de ahí su nombre Millalobo (de milla: oro) o Lobo de Oro.
Comparte su vida con la Hunchula, hija de una vieja machi, llamada la Huenchur, y
cuando las condiciones lo permiten sale con su amada a las playas solitarias con
la intención de disfrutar de los rayos del sol.
El Millalobo, fue envestido por Coicoi-Vilu, como amo y señor de todos los mares y
por lo tanto es el jefe supremo de todos los seres que en ellos habitan. De esta
manera está en el nivel jerárquico más alto del gobierno de los mares y se le
puede comparar con Neptuno de la mitología griega.
Como dueño y señor, de gran poderío, delega sus importantes funciones, en
varios miembros subalternos encargados de hacer cumplir sus mandatos y
voluntad. Esto va desde sembrar peces y mariscos, cuidar de su desarrollo y
multiplicación, dirigir las mareas o controlar las calmas y tempestades. También
están bajo su mandato las acciones de seres maléficos como la Vaca Marina, el
Cuero, el Cuchivilu y el Piuchén.
De su unión con la hermosa Henchula nacieron la Pincoya, la Sirena y el Pincoy,
quienes como buenos hijos ayudan y desempeñan importantes papeles en los
vastos dominios de su poderoso padre.
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Fuente: Mitología Chilota

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Leyendas Nortinas
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EL TATU Y SU CAPA DE FIESTA
(Mito Aymará Bolivia)
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Las gaviotas andinas se habían encargado de llevar la noticia hasta los últimos
rincones del Altiplano. Volando de un punto a otro, incansables, habían
comunicado a todos que cuando la luna estuviera brillante y redonda, los animales
estaban cordialmente invitados a una gran fiesta a orillas del lago. El Titicaca se
alegraba cada vez que esto sucedía.
Cada cual se preparaba con esmero para esta oportunidad. Se acicalaban y
limpiaban sus plumajes y sus pieles con los mejores aceites especiales, para que
resplandecieran y todos los admiraran. Todo esto lo sabía Tatú, él quirquincho, ya
había asistido a algunas de estas fastuosas fiestas que su querido amigo Titicaca
gustaba de organizar. En esta ocasión deseaba ir mejor que nunca, pues
recientemente había sido nombrado integrante muy principal de la comunidad. Y
comprendía bien lo que esto significaba... Él era responsable y digno. Esas
debían haber sido las cualidades que se tuvieron en cuenta al darle este título
honorífico que tanto lo honraba. Ahora deseaba íntimamente deslumbrarlos a
todos y hacerlos sentir que no se habían equivocado en su elección.
Todavía faltaban muchos días, pero en cuanto recibió la invitación se puso a tejer
un manto nuevo, elegantísimo, para que nadie quedara sin advertir su presencia
espectacular. Era conocido como buen tejedor, y se concentró en hacer una trama
fina, fina, a tal punto, que recordaba algunas maravillosas telarañas de esas que
se suspenden en el aire, entre rama y rama de los arbustos, luciendo su tejido
extraordinario. Ya llevaba bastante adelantado, aunque el trabajo, a veces, se le
hacia lento y penoso, cuando acertó a pasar cerca de su casa el zorro, que
gustaba de meter siempre su nariz en lo que no le importaba.
Al verlo, le preguntó con curiosidad que hacía y este le respondió que trabajaba
en su capa para ponérsela el día de la fiesta en el lago, el zorro le respondió que
como iba a alcanzar a terminarla si la fiesta era esa noche. El quirquincho pensó
que había pasado el tiempo sin notarlo. Siempre le sucedía lo mismo... Calculaba
mal las horas... Al pobre Tatú se le fue el alma a los pies. Una gruesa lágrima
rodó por sus mejillas. Tanto prepararse para la ceremonia... El encuentro con sus
amigos lo había imaginado distinto de lo que sería ahora. ¿Tendría fuerzas y
tiempo para terminar su manto tan hermosamente comenzado?
El zorro captó su desesperación, y sin decir más se alejó riendo entre dientes. Sin
buscarlo había encontrado el modo de inquietar a alguien...y eso le producía un
extraño placer. Tatú tendría que apurarse mucho si quería ir con vestido nuevo a
la fiesta. Y así fue. Sus manitos continuaron el trabajo moviéndose con rapidez y
destreza, pero debió recurrir a un truco para que le cundiera. Tomó hilos gruesos
y toscos que le hicieron avanzar más rápido. Pero, la belleza y finura iniciales del
tejido se fueron perdiendo a medida que avanzaba y quedaba al descubierto una
urdimbre más suelta. Finalmente todo estuvo listo y Tatú se engalanó para asistir
a su fiesta. Entonces respiró hondo, y con un suspiro de alivio miró al cielo
estirando sus extremidades para sacudirse el cansancio de tanto trabajo. En ese
instante advirtió el engaño... ¡Si la luna todavía no estaba llena! Lo miraba curiosa
desde sus tres cuartos de creciente...
Un primer pensamiento de cólera contra el viejo zorro le cruzó su cabecita. Pero al
mirar su manto nuevamente bajo la luz brillante que caía también de las estrellas,
se dio cuenta de que, si bien no había quedado como él lo imaginara, de todos
modos el resultado era de auténtica belleza y esplendor. No tendría para qué
deshacerlo. Quizás así estaba mejor, más suelto y aireado en su parte final, lo
cual le otorgaba un toque exótico y atractivo. El zorro se asombraría cuando lo
viera... Y, además, no le guardaría rencor, porque sido su propia culpa creerle a
alguien que tenía fama de travieso y juguetón. Simplemente él no podía resistir la
tentación de andar burlándose de todos... y siempre encontraba alguna víctima.
Pero esta vez todo salió bien: el zorro le había hecho un favor. Porque Tatú se
lució efectivamente, y causó gran sensación con su manto nuevo cuando llegó, al
fin, el momento de su aparición triunfal en la fiesta de su amigo Titicaca.
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Fuente: Cuentos y Leyendas Americanas.

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EL INICIO DEL MUNDO
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Los vecinos de la sierra cuentan, desde Cupo a Socaire, desde las cumbres hasta
el llano, que en un comienzo en el mundo todo era sólo noche, todo era sólo
penumbras, como cuando la neblina invade la quebrada. Nada iluminaba la
existencia de los hombres, quienes deambulaban por los cerros, las quebradas y
las vegas en busca de esquivos alimentos. Dicen que la falta de calor y de luz
impedía la germinación de las semillas, el crecimiento de las plantas; sólo existía
lo que ya estaba allí.
La tierra comenzaba recién a adquirir su forma actual, aparecían los paisajes de
volcanes y planicies, con su amplia gama de colores. El agua caía copiosamente;
llovía y llovía. Ríos caudalosos descendían desde lo alto, gastando los cerros,
arrastrando grandes rocas con las cuales desgarraban el llano, abriendo
profundas grietas.
"Saire", que significa agua de lluvia, frío, hambre y soledad eran los compañeros
de algunos "antiguos", los cuales difícilmente lograban sobrevivir. Se ocultaban en
cuevas existentes en lugares tan separados como en Socaire, camino a las
lagunas, y en la quebrada del Encanto, cerquita de Toconce, donde suelen verse
sus sombras en las noches sin luna, pero es necesario ir sin compañía hasta
dichos lugares para poder apreciarlo.
De estos hombres se dice que los de la cuenca del río Salado murieron por no
resistir la presencia del sol; y los del sector socaireño, debido a la intensidad de
las lluvias, acompañadas con sus truenos y relámpagos.
De ellos sólo perduran sus pueblos destruidos y sus tumbas saqueadas. También,
a medio camino entre Toconce y Linzor, sus grandes pies quedaron marcados
sobre las blandas rocas de aquella época. Hoy es posible ver esos rastros allí
donde quedaron definitivamente grabados por ejemplo en Patillón.
En Socaire, cuentan algunos vecinos, cuando "los abuelos" habían hecho los
terrenos y las eras, llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, y el agua
corrió y corrió, después, quizás cuántos años, demoró en terminarse el agua.
La gente en ese entonces era muy tímida, vivían en los graneros. No tenían casas,
tampoco tenían nombres porque no eran cristianos. Aunque no eran gente
educada eran personas muy buenas que vivían inocentemente. Trabajaban la
tierra, sin herramientas porque no conocían la picota, ni la pala ni el chuzo; sólo
usaban una rama de árbol y la pura mano. Sin embargo, ¡fue tanto terreno el que
trabajaron!...
Ellos le cantaban al agua y el agua les ayudaba en sus trabajos, corriendo de
piedra en piedra para hacer los muros de esos largos canales que aún se ven. Sin
embargo, después de la larga lluvia lo perdieron todo: los terrenos, los sembrados,
la vida. Por eso ahora, nadie sabe cantarle al agua para que vuelva a brotar como
antes, para que haya tantos sembríos como antes, para que la gente sea buena e
inocente, como antes.
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Fuente: Del libro "Monitores Culturas Originarias". Área Culturas Originarias. División de Cultura. Mineduc.

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Leyendas de Tierra del Fuego
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LOS ONAS Y LA LUNA
(Mito Selk’nam )
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Los Onas suponen que en las variadas fases de la luna hay seres ocultos
enemigos de los hombres que les causan mayor pavor.
El engrosamiento gradual de la luna KRE les inspira gran miedo, porque creen que
para engrosarse se alimenta de criaturas humanas, a las cuales les chupa la
sangre que les causa la muerte.
De aquí que cuando llega el plenilunio hagan fiestas alrededor de grandes fogatas
y bailan y gritan en algazara infernal durante toda la noche, celebrando él haber
librado del peligro de muerte a sus hijos, que aman con mucha ternura.
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KAMSHOUT Y EL OTOÑO
(Leyenda Selk’nam - Tierra del Fuego, Argentina-Chile)
-
Hubo un tiempo en que las hojas del bosque eran siempre verdes. En ese
entonces el joven selk’nam Kamshout partió en un largo viaje para cumplir con los
ritos de iniciación de los klóketens.
El joven iniciado tardó tanto en volver que el resto del grupo lo dio por muerto.
Cuando nadie lo esperaba, Kamshout volvió completamente alterado y empezó a
relatar su sorprendente incursión en un país de maravillas, más allá en el lejano
norte.
En ese país los bosques eran interminables y los árboles perdían sus hojas en
otoño hasta parecer completamente muertos. Sin embargo, con los primeros
calores de la primavera las hojas verdes volvían a salir y los árboles volvían a
revivir. Nadie creyó la historia y la gente se rió de Kamshout quien, completamente
enojado, se marchó al bosque y volvió a desaparecer.
Luego de una corta incursión por el bosque, Kamshout reapareció convertido en
un gran loro, con plumas verdes en su espalda y rojas en su pecho. Era otoño y
Kamshout -a partir de entonces llamado Kerrhprrh por el ruido que emitía, volando
de árbol en árbol fue tiñiendo todas las hojas con sus plumas rojas. Así
coloreadas, las hojas empezaron a caer y todo el mundo temió la muerte de los
árboles. Esta vez la risa fue de Kamshout.
En la primavera las hojas volvieron a lucir su verdor, demostrando la veracidad de
la aventura vivida por Kamshout. Desde entonces los loros se reúnen en las ramas
de los árboles para reírse de los seres humanos y así vengar a Kamshout, su
antepasado mítico.
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Fuente: Cuentos y Leyendas Americanas.


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EL ORIGEN DEL CALAFATE
(Leyenda Selk’nam )
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Cuando los Selk’nam habitaban Tierra de Fuego se agrupaban en
diversas tribus, dos de ellas se encontraban en gran conflicto, los jefes
de ambas comunidades se odiaban hasta la muerte. Uno de ellos tenía
un joven hijo, que gustaba de recorrer los campos. En una ocasión se
encontró con una bella niña de ojos negros intensos y se enamoró de
ella.
Lamentablemente, era la hija del enemigo de su padre, la única manera
de verse era a escondidas, pero el brujo de la tribu de la niña los
descubrió. Vio sin embargo, que no podría separarlos y condenó a la
niña, transformándola en una planta que conservó toda la belleza de sus
ojos negros, pero con espinas, para que el joven enamorado no pudiera
tocarla. Pero el amor era tan fuerte que el joven nunca se separó de
esta planta y murió a su lado.
Por eso cada quien que logre comer el fruto de este arbusto estará
destinado a regresar a la Patagonia, pues uno no puede separarse del
poder de amor que hay en el calafate, nos atrae a él y no nos permite
que nos marchemos por mucho tiempo.

Fuente: Cuentos y Leyendas Americanas.


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YINCIHAUA
(Leyenda Selk’nam)
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Todos los años en la primavera, las jóvenes mujeres onas se juntaban en una
choza especial, para la importante fiesta llamada “yincihaua”. Acudían desnudas,
con el cuerpo pintado y en sus rostros máscaras multicolores. Tenían gran
imaginación para hacerse hermosos dibujos geométricos, que representaban los
distintos espíritus que viven en la naturaleza. Ellos les daban los poderes que
ejercían sobre los hombres.
Ese día una de las niñas tomó con mucho cuidado un poco de tierra blanca y
empezó lentamente a trazar las cinco líneas que pensaba pintar desde su nariz
hasta las orejas. Las otras jóvenes trataron de imitarla, ya que las figuras en el
rostro eran muy importantes.
La fantasía de cada una se echó a volar y se pintaron de arriba abajo con
armoniosas figuras. Unas a otras se ayudaban, pero para no ser reconocidas, se
pusieron en sus rostros unas máscaras talladas. Blanco, negro y rojo eran los
colores preferidos. En un momento dado, cuando ya estaban todas preparadas,
salieron de la choza con grandes chillidos y mucho alboroto para asustar a los
hombres que las esperaban afuera.
La bulliciosa ceremonia se encontraba en su apogeo y todos daban gritos, cuando
sobre el tremendo ruido reinante se escuchó una fuerte discusión entre el hombresol
y su hermana, la mujer-luna.
-Yo no te necesito- insistía con altivez la luna.
-Sin mí, no puedes vivir- le contestó sarcástico el sol.
-Perdería mi brillo quizás, pero seguiría viviendo.
-Sin el brillo que yo te doy no vales nada.
-No seas tan presumido, hermano sol.
-Tú deberías ser más humilde, hermana luna.
Y así siguieron la disputa como dos niños chicos. Todos los hombres se pusieron
de parte del sol y las mujeres apoyaron a la luna. La discusión fue creciendo,
creciendo y ni siquiera el marido de la mujer luna, que era el arcoiris o “akaynic”,
pudo lograr que la armonía volviera a reinar entre la gente de la tribu.
De pronto, un gran fuego estalló en la choza del “yincihaua”, donde las mujeres
habían ido a buscar refugio cuando la pelea se hizo más fuerte. Allí estaban
encerradas cuando las alcanzaron las llamas.
Aunque el griterío fue inmenso, ninguna logro salvarse. Todas murieron en el
incendio. Pero se transformaron en animales de hermosa apariencia, según había
sido su maquillaje. Hasta hoy mantienen esas características y las podemos ver,
por ejemplo, en el cisne de cuello negro, en el cóndor o en el ñandú.
Afortunadamente ellas nunca supieron lo que había sucedido. Les habría dado
mucha pena, porque fueron los propios hombres los que prendieron el fuego. Es
que tenían envidia del poder que en el comienzo de los tiempos ostentaban las
mujeres, y querían quitárselo.
Después de este penoso episodio la mujer-luna se fue con su esposo “akaynic”
hasta el firmamento. Detrás de ellos, queriendo alcanzarlos, se fue corriendo el
hombre-hermano-sol, pero no pudo lograrlo.
Todos se quedaron, sin embargo, en la bóveda celestial y no volvieron a bajar a
las fiestas de los hombres.
Fuente: Del Libro “El Mundo de Amado”. Leyendas de Tierra del Fuego. Lucía Gevert.


Edición :
Ser Indígena