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sábado, 28 de agosto de 2010

LOS PRIMEROS CUENTOS DE LAS MIL Y UNA NOCHE



¡AQUELLO QUE QUIERA ALAH!

¡EN EL NOMBRE DE ALAH

EL CLEMENTE,

EL MISERICORDIOSO!

QUE LAS LEYENDAS DE LOS ANTIGUOS SEAN UNA LECCIÓN PARA LOS MODERNOS, A

FIN DE QUE EL HOMBRE APRENDA EN LOS SUCESOS QUE OCURREN A OTROS QUE NO SON

ÉL. ENTONCES RESPETARÁ Y COMPARARÁ CON ATENCIÓN LAS PALABRAS DE LOS

PUEBLOS PASADOS Y LO QUE A ÉL LE OCURRA, Y SE REPRIMIRÁ.

POR ESTO ¡GLORIA A QUIEN GUARDA A LOS RELATOS DE LOS PRIMEROS COMO

LECCIÓN DEDICADA A LOS ÚLTIMOS!

HISTORIA DEL REY SCHAHRIAR Y DE SU HERMANO EL REY SCHAHZAMAN

Cuéntase -pero Alah es más sabio, mas prudente, más poderoso y más benéfico- que en lo que transcurrió

en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de

la India y de la China. Era dueño de ejércitos y señor de auxilliares de servidores y de un séquito numeroso.

Tenía dos hijos, y ambos eran heroicos jinetes, pero el mayor valía más aún que el menor. El mayor reinó

en los países, gobernó con justicia entre los hombres, y por eso le querían los habitantes del país y del reino.

Llamábase el rey Schahriar. Su hermano, llamado Schahzaman; era el rey de Samarcanda Al-Ajam.

Siguiendo-las cosas el mismo curso, residieron cada uno en su país, y gobernaron con justicia a sus ovejas

durante veinte años. Y llegaron ambos hasta el límite del desarrollo y el florecimiento.

No dejaron de ser así, hasta que el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano. Entonces ordenó

a su visir que partiese y volviese con él. El visir contestó: “Escucho y obedezco.”

Partió, pues, y llegó felizmente par la gracia de Alah; entró en casa de Schahzaman, le transmitió la paz,

le dijo que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de su viaje era invitarle a visitar a

su hermano. El rey Schahzaman contesto: “Escucho y obedezco.” Dispuso los preparativos de la partida,

mandando sacar sus tiendas, sus camellos y sus mulos, y que saliesen sus servidores y sus auxiliares. Nombró

a su visir gobernador del reino y salió en demanda de las comarcas de su hermano.

Pero a media noche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio secretamente y se encaminó

a los aposentos de su esposa a quien pensaba encontrar triste y llorando por su ausencia. Grande fue, pues,

su sorpresa al hallarla departiendo con gran familiaridad con un negro, esclavo entre los esclavos. Al ver tal

desacato, el mundo se obscureció ante sus ojos. Y se dijo: “Si ha sobrevenido ésto cuando apenas acabo de

dejar la ciudad. ¿Cuán sería la conducta de esta esposa si me ausentase algún tiempo para estar con mi

hermano?” Desenvainó inmediatamente el alfanje, y acometiendo a ambos, los dejó muertos sobre los tapices

del lecho. Volvió a salir, sin perder una hora ni un instante, y ordenó la marcha de la comitiva. Y viajó

de noche hasta avistar la ciudad de su hermano.

Entonces éste se alegró de su proximidad, salió a su encuentro, y al recibirlo, le deseó la paz. Se regocijó

hasta los mayores límites del contento, mandó adornar en honor suyo la ciudad y se puso a hablarle lleno de

efusión. Pero el rey Schahzaman recordaba la fragilidad de su esposa, y una nube de tristeza le velaba la

faz. Su tez se había puesto pálida y su cuerpo se había debilitado. Al verle de tal modo, el rey Schahriar

creyó en su alma que aquello se debía a haberse alejado de su reino y de su país, lo dejaba estar sin preguntarle

nada. Al fin, un día, le dijo: “Hermano, tu cuerpo enflaquece y su cara amarillea.” Y el otro respondió:

¡Ay, hermano, tengo en mi interior como una llaga en carne viva-!” Pero no le reveló lo que le había

ocurrido con su esposa. El rey Schahriar le dijo: “Quisiera que me acompañase a cazar a pie y a caballo,

pues así tal vez se esparciera tu espíritu.” El rey Schalizaman no quiso aceptar y su hermano se fue solo a la

cacería.

Había en el palacio unas ventanas que daban al jardín, y habiéndose asomado a una de ellas el rey Schahzaman,

vio corno se abría una puerta secreta para dar salida a veinte esclavas y veinte esclavos, entre los

cuales, avanzaba la mujer del rey Schahciar en todo el esplendor de su belleza, y ocultándose para observar

lo que hacían, pudo convencerse de que la misma desgracia de que él había sido víctima, la misma o mayor,

cabía a su hermano el sultán.

Al ver aquello, pensó el hermano del rey: “¡Por Alah! Más ligera es mi calamidad que esta otra.” Inmediatamente,

dejando que se desvaneciese su aflicción, se dijo: “¡En verdad, esto es más enorme que cuanto

me ocurrió a mí!” Y desde aquel momento volvió a comer y beber cuanto pudo.

A todo esto, el rey, su hermano, volvió de su excursión y ambos se desearon la paz íntimamente. Luego

el rey Schahriar observó que su hermano el rey Schalizaman acababa de recobrar el buen color, pues su

semblante había adquirido nueva vida, y advirtió también que comía con toda su alma después de haberse

alimentada parcamente en las primeros días. Se asombró de ello, y dijo: -”Hermano, poco ha te veía amarillo

de tez v ahora has recuperado los colores. Cuéntame qué te pasa.” El rey le dijo: “Te contaré la causa de

mi anterior palidez, pero dispénsame de reterirte el motivo de haber recobrado los colores.” El rey replicó:

Para entendernos, relata primeramente la causa de tu pérdida de color y tu debilidad.” Y se explicó de este

modo: “Sabrás, hermano, que cuando enviaste tu visir para requerir mi presencia, hice mis preparativos de

marcha, y salí de la ciudad. Pero después me acordé de la joya que te destinaba y que te di al llegar a tu

palacio. Volví, pues, y encontré a mi mujer y a un esclavo negro departiendo con gran familiaridad. Los

maté a los dos, y vine hacia ti, muy atormentado por el recuerdo de tal aventura. Este fue el motivo de mi

primera palidez y de mi enflaquecimiento. En cuanto a la causa de haber recobrada mi buen color, dispénsame

de mencionarla.”

Cuando su hermano oyó estas palabras, le dijo: “Por Alah te conjuro a que me cuentes la causa de haber

recobrado tus colores.” Entonces el rey Schalizaman le refirió cuanto había visto. Y el rey Schaliriar dijo:

Ante todo, es necesario que mis ojos vean semejante cosa.” Su hermano le respondió: “Finge que vas de

caza, pera escóndete en mis aposentos, y serás testigo del espectáculo: tus ojos lo comprobarán.”

Inmediatamente, el rey mandó que el pregonero divulgase la orden de -marcha. Los soldados salieron con

sus tiendas fuera de la ciudad. El rey marchó también, se ocultó en su tienda y dijo a sus jóvenes esclavos:

¡Que nadie entre!” Luego se disfrazó, salió a hurtadillas y se dirigió al palacio. Llegó a los aposentos de su

hermano, y se asomó a la ventana que daba al jardín. Apenas había pasado una hora, cuando salieron las

esclavas, rodeando a su señora, y tras ellas los esclavos. E hicieron cuanto había contado Schahzaman.

Cuando vio estas cosas el rey Schahriar, la razón se ausentó, de su cabeza, y dijo a su hermano: “Marchemos

para saber cuál es nuestro destino en el camino de Alah, porque nada de común debemos tener con

la realeza hasta encontrar a alguien que haya sufrido una aventura semejante a la nuestra. Si no, la muerte

sería preferible a nuestra vida.” Su hermano le contestó lo que era apropiado, y ambos salieron por una

puerta secreta del palacio. Y no cesaron de caminar día y noche, hasta que por fin llegaron a un árbol, en

medio de una solitaria pradera, junto al mar salado. En aquella pradera había un manantial de agua dulce.

Bebieron de ella y se sentaron a descansar.

Apenas había transcurrido una hora del día, cuando el mar empezó a agitarse. De pronto brotó de él una

negra columna de humo, que llegó hasta el cielo y se dirigió después hacia la pradera. Los reyes, asustados,

se subieron a la cima del árbol, que era muy alto, y se pusieron a mirar lo que tal cosa pudiera ser. Y he

aquí que la columna de humo se convirtió en un efrit de elevada estatura, poderoso de hombros y robusto

de pecho. Llevaba un arca sobre la cabeza. Puso el pie en el suelo, y se dirigió hacia el árbol y se sentó debajo

de él. Levantó entonces la tapa del arca, sacó de ella una caja, la abrió, y apareció en seguida una encantadora

joven, de espléndida hermosura, luminosa lo mismo que el sol, como dijo el poeta:

¡Antorcha en las tinieblas, ella aparece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras!

¡Los soles irradiar con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos! ¡Que los velos de su misterio

se rasguen, e inmediatamente las criaturas se prosternan encantadas a sus pies!

¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pasion humedece todos los párpados!

Después que el efrit hubo contemplado a. la hermosa joven, le dijo: “¡Oh soberana de las sederías! ¡Oh

tú, a quien rapté el mismo día de tu boda! Quisiera dormir un poco.” Y el efrit colocó la cabeza en las rodillas

de la joven y se durmió.

Entonces la joven levantó la cabeza hacia la copa del árbol y vio ocultos en las ramas a los dos reyes. En

seguida apartó de sus rodillas la cabeza del efrit, la puso en el suelo, y les dijo por señas: “Bajad, y no tengáis

miedo de este efrit.” Por señas, le respondieron: “¡Por Alah sobre ti! ¡Dispénsanos de lance tan peligroso!”

Ella les dijo: “¡Por Alah sobre vosotros! Bajad en seguida si no queréis que avise al efrit; que os

dará la peor muerte.” Entonces, asustados, bajaron hasta donde estaba ella, la joven los tomó de las manos,

se internó con ellos en el bosque y les exigió algo que no pudieron negarle. Una vez estuvieron cumplidos

sus deseos sacó del bolsillo un saquito y del saquito un collar compuesto de quinientas setenta sortijas con

sellos, y les pregunto “¿Sabéis lo que es esto?” Ellos contestaron: “No lo sabemos.” Entonces les explicó la

joven: “Los dueños de estos anillos hicieron lo mismo que vosotros junto a los cuernos insensibles de este

efrit. De suerte que me vais a dar vuestros anillos.” Lo hicieron así, sacándoselos de los dedos, y ella entonces

les dijo: “Sabed que este efrit me robó la noche de mi boda; me encerró en esa caja, metió la caja en el

arca, le echó siete candados y la arrastró al fondo del mar, allí donde se combaten las olas. Pero no sabía

que cuando desea alguna cosa una mujer no hay quien la venza.” Ya lo dijo el poeta:

¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen o mal humor depende de sus caprichos!

¡Prodigan amor falso cuando la perfidia-las llena y forma como la trama de sus vestidos!

¡Recuerda respetuosamente las palabras de Yusuf! ¡Y no olvides que Eblis hizo que expulsaran a Adán

por causa de la mujer!

¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil! ¡Mañana, en aquella que creas más segura, sucederá al amor puro una

pasión loca!

Y no digas: “¡Si me enamoro, evitaré las locuras de los enamorados!” ¡No lo digas! ¡Sería verdaderamente

un prodigio único ver salir a un hombre sano y salvo de la seducción de las mujeres!

Los dos hermanos; al oír estas palabras, se maravillaron hasta mas no poder, y se dijeron uno a otro: “Si

éste es un efrit, y a pesar de su poderío le han ocurrido cosas más enormes que a nosotros, esta aventura debe

consolarnos.” Inmediatamente se despidieron de la joven y regresaron cada uno a su ciudad.

En cuanto el rey Schahriar entró en su palacio, mandó degollar a su esposa, así como a los esclavos y esclavas.

Después persuadido de que no existía mujer alguna de cuya fidelidad pudiese estar seguro, resolvió

desposarse cada noche con una y hacerla degollar apenas alborease el día, siguiente. Así estuvo haciendo

durante tres años, y todo eran lamentos y voces de horror. Los hombres huían con las hijas que les quedaban.

En esta situación, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese una joven. El visir, por más

que buscó, no pudo encontrar ninguna, y regresó muy triste a su casa, con el alma transida de miedo ante el

furor del rey. Pero este visir tenía dos hijas de gran hermosura-, que poseían todos los encantos, todas las

perfecciones y eran de una delicadeza exquisita. La mayor se llamaba Schathrazada, y el nombre de la menor

era Doniazada.

La mayor; Schaltrazada, había leído los libros, los anales, las leyendas de los reyes antiguos y las historias

de los pueblos pasados. Dicen que poseía también mil libros de crónicas referentes a los pueblos de las

edades remotas, a los reyes de la antigüedad y sus poetas. Y era muy elocuente v daba gusto oírla.

Al ver a su padre, le habló así: “Por qué te veo tan cambiado, soportando un peso abrumador de pesadumbres

y aflicciones?... Sabe, padre, que el poeta dice: “¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero,

toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida.”

Cuando oyó estas palabras el visir; contó a su hija cuanto había ocurrido desde el principio al fin, concerniente

al rey. Entonces le dijo Schahrazada: “Por Alah, padre, cásame con el rey, porque si no me mata seré

la causa del rescate de las hijas de los musulmanes y podré salvarlas de entre las manos del rey.” Entonces

el visir contestó: “¡Por Alah sobre ti! No te expongas nunca a tal peligro.” Pero Schahrazada repuso: “Es

imprescindible que así lo haga.” Entonces le dijo su padre: “Cuidado no te ocurra lo que les ocurrió al asno

y al buey con el labrador. Escucha su historia:

FÁBULA DEL ASNO, EL BUEY Y EL LABRADOR


Has de saber, hija mía, que hubo un comerciante dueño de grandes riquezas y de mucho ganado. Estaba

casado y con hijos. Alah, el Altísimo, le dio igualmente el conocimiento de los lenguajes de los animales y

el canto de los pájaros. . Habitaba este comerciante en un país fértil, a orillas de un río. En su morada había

un asno y un buey.

Cierto día llegó el buey al lugar ocupado por el asno y vio aquel sitio barrido y regado. En el pesebre había

cebada y paja bien cribadas, y el jumento estaba echado, descansando. Cuando el amo lo montaba, era

sólo para algún trayecto corto y por asunto urgente, y el asno volvía pronto a descansar. Ese día el comerciante

oyó que el buey decía al pollino: “Come a gusto y que te sea sano, de provecho y de buena digestión.

¡Yo estoy rendido y tú descansando, después de comer cebada bien cribada! Si el amo, te monta alguna que

otra vez, pronto vuelve a traerte. En cambio yo me reviento arando y con el trabajo del molino.” El asno le

aconsejo: “Cuando salgas al campo y te echen el yugo, túmbate y no te menees aunque te den de palos. Y si

te levantan, vuélvete a echar otra vez. Y si entonces te vuelven al establo y te ponen habas, no las comas,

fíngete enfermo. Haz por no comer ni beber en unos días, y de ese modo descansarás de la fatiga del trabajo.”

Pero el comerciante seguía presente, oyendo todo lo que hablaban.

Se acercó el mayoral al buey para darle forraje y le vio comer muy poca cosa. Por la mañana, al llevarlo

al trabajo, lo encontró enfermo. Entonces el amo dijo al mayoral: “Coge al asno y que are todo el día en lugar

del buey.” Y el hombre unció al asno en vez del buey y le hizo arar todo el día.

Al anochecer, cuando el asno regresó al establo, el buey le dio las gracias por sus bondades, que le habían

proporcionado el descanso de todo el día; pero el asno no le contestó. Estaba muy arrepentido.

Al otro día el asno estuvo arando también durante toda la jornada y regresó con el pescuezo desollado,

rendido de fatiga. El buey, al verle en tal estado, le dio las gracias de nuevo y lo colmó de alabanzas. El asno

le dijo: “Bien tranquilo estaba yo antes. Ya ves cómo me ha perjudicado el hacer beneficio a los demás.”

Y en seguida añadió: “Voy a darte un buen consejo de todos modos. He oído decir al amo que te entregarán

al matarife si no te levantas, y harán una cubierta para la mesa con tu piel. Te lo digo para que te salves,

pues sentiría que te ocurriese algo.”

El buey, cuando oyó estas palabras del asno, le dio las gracias nuevamente, y le dijo: “Mañana reanudaré

mi trabajo.” Y se puso a comer, se tragó todo el forraje y hasta lamio el recipiente con su lengua.

Pero el amo les había oído hablar. En cuanto amaneció fue con su esposa hacia el establo de los bueyes y

las vacas, y se sentaron a la puerta.Vino el mayoral y sacó al buey, que en cuanto vio a su amo empezó a

menear la cola, y a galopar en todas direcciones como si estuviese loco. Entonces le entró tal risa al comerciante,

que se cayó de espaldas. Su mujer le preguntó: “¿De qué te ríes?” Y él dijo: “De una cosa que he

visto y oído; pero no la puedo descubrir porque me va en ello la vida.” La mujer insistió: “Pues has de

contármela, aunque te cueste morir.” Y él dijo: “Me callo, porque temo a la muerte.” Ella repuso: “Entonces

es que te ríes de mí.” Y desde aquel día no dejó de hostigarle tenazmente, hasta que le puso en una gran

perplejidad. Entonces el comerciante mandó llamar a sus hijos, así como al kadí y a unos testigos. Quiso

hacer testamento antes de revelar el secreto a su mujer, pues amaba a su esposa entrañablemente porque era

la hija de su tío paterno, madre de sus hijos, y había vivido con ella ciento veinte años de su edad. Hizo

llamar también a todos los parientes de su esposa y a los habitantes del barrio y refirió a todos lo ocurrido,

diciendo que moriría en cuanto revelase el secreto. Entonces toda la gente dijo a la mujer: “¡Por Alah sobre

ti! No te ocupes más del asunto; pues va a perecer tu marido, el padre de tus hijos.” Pera ella replico:

Aunque le cueste la vida no le dejaré en paz hasta que me haya dicho su secreto.” Entonces ya no le rogaron

más. El comerciante se apartó de ellos y se dirigió al estanque de la huerta para hacer sus abluciones y

volver inmediatamente a revelar su secreto y morir.

Pero había allí un gallo lleno de vigor, capaz de dejar satisfechas a cincuenta gallinas, y junto a él hallábase

un perro. Y el comerciante oyó que el perro increpaba al gallo de este modo: “ ¿No te avergüenza el

estar tan alegre cuando va a morir nuestro ama?” Y el gallo preguntó: “¿Por qué causa va a morir?”

Entonces el perro contó toda la historia, y el gallo repuso: “¡Por Alah! Poco talento tiene nuestro amo.

Cincuenta esposas tengo yo, y a todas sé manejármelas perfectamente, regañando a unas y contentando a

otras. ¡En cambio, él sólo tiene una y no sabe entenderse. con ella! El medio es bien sencillo: bastaría con

cortar unas cuantas varas de morera, entrar en el camarín de su esposa y darle hasta que sucumbiera o se

arrepintiese. No volvería a importunarle con preguntas.” Así dijo el gallo, y cuando el comerciante oyó sus

palabras se iluminó su razón, y resolvió dar una paliza a su mujer.

El visir interrumpió aquí su relato para decir a su hija, Schahrazada: “Acaso el rey haga contigo lo que el

comerciante con su mujer.” Y Schahrazada preguntó: “¿Pero qué hizo?” Entonces el visir prosiguió de este

modo:

Entró el comerciante llevando ocultas las varas de morera, que ocababa de cortar, y llamó aparte a su

esposa: “Ven a nuestro, gabinete para que te diga mi secreto.” La mujer le siguió; el comerciante se encerró

con ella y empezó a sacudirla varazos, hasta que ella acabó por decir: “¡Me arrepiento, me arrepiento!” Y


besaba las manos y los pies de su marido. Estaba arrepentida de veras. Salieron entonces, y la concurrencia

se alegró muchísimo, regocijándose también los parientes. Y todos vivieron muy felices hasta la muerte.”

Dijo. Y cuando Schahrazada, hija del visir, hubo oído este relato, insistió nuevamente en su ruego: Padre,

de todos modos quiero que hagas lo que te he pedido.” Entonces el visir, sin replicar nada, mandó que preparasen

el ajuar de su hija, y marchó a comunicar la nueva al rey Schahrían

Mientras tanto, Schahrazada decía a su hermana Doniazada: “Te mandaré llamar cuando esté en el palacio,

y así que llegues y veas que el rey ha terminado de hablar conmigo, me dirás: “Hermana, cuenta alguna

historia maravillosa que nos haga pasar la noche.” Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la

causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes.”

Fue a buscarla después el visir, y se dirigió con ella hacia la morada del rey. El rey se alegró muchísimo

al ver a Schahrazada, y preguntó a su padre: “¿Es ésta lo que yo necesito?” Y el visir dijo respetuosamente:

Sí, lo es.”

Pero cuando el rey quiso acercarse a la joven, ésta se echó a llorar. Y el rey le dijo: “¿Qué te pasa?” Y

ella contestó: “¡Oh rey poderoso, tengo una hermanita, de la cual quisiera despedirme!” El rey mandó buscar-

a la hermana, y vino Doniazada.

Después empezaron a conversar Doniazada dijo entonces a Schahrazada: “¡Hermana, por Alah sobre ti!

cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.” Y Schahrazada contestó: “De buena gana, y como un

debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras.” El rey, al

oir estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado a escuchar la narración de Schahrazada.

Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia que sigue:

PRIMERA NOCHE

HISTORIA DEI. MERCADER Y EL EFRIT

Schahrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas

riquezas y de negocios comerciales en todos los países.

Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus negocios. Como el calor

era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y

cuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura

que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate para que yo te mate como has

matado a mi hijo.” El mercader repuso: “Pero ¿cómo he matado yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al

arrojar los huesos, dieron en el pecho a mi hilo y lo mataron.” Entonces dijo el mercader: “Considera ¡oh

gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa,

y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permiteme volver para repartir lo de cada

uno, y te vendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida a

tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.”

El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que le correspondía. Después

contó a su mujer y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres,

los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo coa su familia hasta el fin del año. Al llegar

este término se resolvió a partir, y tomando su sudario bajo el brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos y

se fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.

En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el

primer día del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeique se dirigió

hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: “¿Por

qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?”

Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en

aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe

es una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un

ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.” Después, sentándose a su lado,

prosiguió: “¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y

allí se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa

de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un

segundo jeique, que se dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la

causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia

desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jeique se dirigió hacia ellos, llevando

una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel


sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla.

A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tormenta,

se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole

chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: “Ven para que yo te mate como mataste

a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.” Entonces se echó a llorar el

mercader, y los tres jeiques empezaron también a llorar, a. gemir y a suspirar.

Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando la mano del efrit, le

dijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla

mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?” Y el éfrit dijo: “Verdaderamente

que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te concederé el

tercio de esa sangre.”

CUENTO DEL PRIMER JEIQUE

El primer jeique dijo:

Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío, carne de nu carne y sangre de mi sangre.

Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah

no me concedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé una concubina, qué, gracias a Alah, me dio un hijo

varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus

miembros eran perfectos. Creció poco a poco; hasta llegar a los quince años. En aquella época tuve que

marchar a una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.

La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encantamientos.

Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en una

vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté

por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos

de él.” Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis

ojos.

Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores

vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi brazo,

levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronta la

vaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoral

para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos

y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya él arrepentimiento? Se la di al mayoral,

y le dije: “Tráeme un becerro bien gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.

Cuando el ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis pies, pero ¡con

qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral: “Tráeme otra vaca, y deja

con vida este ternero.”

En este punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharse

más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán

sabrosas son tus palabras llenas de delicia!” Schahrazada contestó: “Pues nada son comparadas con lo que

os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.” Y el rey dijo para sí: “¡Por

Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.”

Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudario

para Schahrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia,

designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo,

en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.

Cuando hubo terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE

Doniazada dijo a su hermana Schahrazada:- “¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader

y el efrit “ Y Schahrazada respondió: “De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey

me lo permita.” Y el rey ordenó: “Puedes hablar.”

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vio llorar

al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado.”

Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la

gacela prosiguió de este modo:


¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando,

y decía: “Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.” Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y

mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.

El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo:. “¡Oh amo mío! Voy a enterarte

de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación.” Y yo le contesté: “Cuenta

con ella.” Y me dijo: “¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía

con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo

vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reir. Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco valgo

para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por

qué lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero

está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa

forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el padre.” Estas

palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la mañana para

venir a enterarte de todo.”

Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y

sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar

a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se

me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que

afirmas de este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.” Y le supliqué:

¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al

cuidado de tu padre.” Sonrió al oir estas palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones:

la primera„ que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee.

De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.

Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: “Sea, y por añadidura tendrás

las riquezas que tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su

sangre.”

Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus

conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo:' “Si Alah te creó ternero, sigue ternero,

sin cambiar de forma; pero si estás encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.”

E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana. Entonces, arrojándome

en sus brazos, le besé. Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo

contigo y con tu madre.” Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo mío! Alah,

dueño de los destinos; reservaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos.”

Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de

brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme

con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este mercader, y hube de

sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.”

Entonces exclamó el efrit: “Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio

de la sangre que pides.”

En este momento se acercó el segundo jeique, el de los lebreles negros, y dijo:

CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE

Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son mis hermanos. mayores y yo soy el

tercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me

puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó a viajar con las caravanas,

y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermano

mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?” Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, que

es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo

ahora.” Le lleve conmigo a la tienda, lo acompañé luego al hammam y le regalé un magnífico traje de la

mejor clase.

Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuenta de lo que produce mi tienda

en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.” Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un

beneficio anual de mil dinares: Entonces di gracias a Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancia

luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.

Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano. Hicimos cuanto nos fue posible para que

desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermano

mayor.


Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su ausencia, abrió una tienda nueva

continuó el ejercicio de su profesión.

Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, de nuevo mis hermanos desearon marcharse

y pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les dije: “¿Qué habéis ganado con viajar, para que

así pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto,

pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponerme

el viaje, oponiéndome yo también, y, así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme,

y les dije: “Hermanos, contemos el dinero que tenemos.” Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares.

Entonces les dije: “Enterremos la mitad para poderla utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos

mil dinares cada uno para comerciar al por menor.” `Y contestaron: “¡Alah, favorezca la idea!” Cogí el dinero

y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente

entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros

efectos, y partimos. Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos las mercancías

con unta ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.

Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me

acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio,

sabré agradecer tus bondades.” Y le dije: “Te socorreré, mas no te creas obligada a la gratitud.” Y ella me

respondió: “Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que

yo soy de las que saben el valor de un beneficios No te avergüences de mi humilde condición.” Al decir

estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es

grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para

ella y le dispensé una hospitáalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.

Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres

hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos, sintieron celos, además de envidiarme

por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se

concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitán sin duda les hizo ver su mala acción

con los más bellos colores.

Un día, cuándo estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos

al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomó

sobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al

amanecer, y me dijo: “¿No reconoces. a tu esposa?” Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo.

Porque has de saber que yo soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente

porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente de Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y persevere.

Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarte

conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. “En cuanto a tus hermanos,

siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”

Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: “No puedo consentir la perdida de

mis hermanos.” Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces:

Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.” Yo repliqué:

¡Por Alah sobre tal No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: “¡Oh tú, compasivo del

delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen, y además, considera que son

mis hermanos.” Pero ella insistió: :Tengo que matarlos sin remedio.” Y en vano imploré su indulgencia,

Después se echó a volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa.

Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de

hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.

Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estaban

atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudió

mi mujer, y me dijo: “Son tus hermanos. “Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó:

Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera

en ese estado. Diez años permanecerán así”.

Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en basca de mi cuñada, a la que deseo suplicar los desencante,

porque van ya transcurridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando

supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.”

El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinada

a rescatar el crimen.”

Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo al efrit: “Te contaré una historia más maravillosa

que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.” El efrit contestó: “Que así

sea.”

Y el tercer jeique dijo:


CUENTO DEL TERCER JEIQUE

¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente

todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré

con un esclavo negro, estaban conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías. Al verme, ella se

levantó, súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego,

y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!” Inmediatamente me

convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar a una carnicería, donde me

puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece

bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación.” Y repuso el padre: “¿Pero dónde

está ese hombre?” Ella contestó: “Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz

de desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.” Ella cogió una

vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: “.¡Sal de esa forma y recobra

la primitiva!” , Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisiera que

encantases a mi mujer como ella me encantó.” Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras

dormida a tu mujer, rocíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.” Efectivamente, la encontré

dormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se transformó en

una mula, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.”

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula movió la cabeza

como afirmando: “Sí, sí; todo es verdad.”

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último

tercio de la sangre.

En aquel momento Schahrazada vio aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse

más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y

cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!” Y Schahrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo

que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.” Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no

la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.”

Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente.

Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó

el diván y el rey volvió a palacio.