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miércoles, 24 de noviembre de 2010

EL GATO Y EL RATON HACEN VIDA EN COMÚN

EL GATO Y EL RATON HACEN VIDA EN COMÚN

(Hermanos Grimm)
Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad, que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común.
Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre –dijo el gato–. Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes; al fin caerías en alguna ratonera.
Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presen­tó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:
Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.
Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón:
Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho pa­drino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.
Muy bien –respondió el ratón–¡ vete en nom­bre de Dios, y si te dan algo bueno para comer acuér­date de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.
Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima al­guna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el pu­chero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; des­pués se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.
Bien, ya estás de vuelta –dijo el ratón–; a buen seguro que has pasado un buen día.
No estuvo mal –respondió el gato.
¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo?
"Empezado" –repuso el gato secamente.
¿"Empezado"? –exclamó su compañero–. ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?
¿Qué le encuentras de particular? –replicó el ga­to–. No es peor que "Robamigas", como se llaman tus padres.
Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón:
Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea padrino y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.
El bonachón del ratoncito se mostró conforme, y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciu­dad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero.
Nada sabe tan bien –dijose para sus adentros-como lo que uno mismo se come.
Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón:
¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?
"Mitad" –contestó el gato.
¿"Mitad"? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre: apuesto a que no está en el ca­lendario.
No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca
Las cosas buenas van siempre de tres en tres –dijo al ratón–. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un pelo blan­co en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca fre­cuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?
¡"Empezado", "Mitad"! –contestó el ratón–. Estos nombres me dan mucho que pensar.
Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza –dijo el gato–, claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.
Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero:
Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha terminado todo –díjose, y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.
Seguramente no te gustará tampoco –dijo el ga­to–. Se llama "Terminado".
¡"Terminado"! –exclamó el ratón–. Este sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡"Terminado"! ¿Qué diablos querrá decir?
Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir. Ya no volvieron a invitar al gato a ser padri­no, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitan­za, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.
Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá de perlas.
Sí –respondió el gato–, te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.
Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío.
¡Ay! –clamó el ratón–. Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero "empezado", luego "mitad", luego...
¿Vas a callarte? –gritó el gato–. ¡Si añades una palabra más te devoro!
..."terminado" –tenía ya al pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la palabra y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.