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sábado, 1 de enero de 2011

El huerfanillo odiado por sus hermanos





El huerfanillo odiado por sus hermanos 

"cuento africano popular"

anonimo

Cuentan que una vez hubo un matrimonio que tuvo siete hijos. Todos eran fuertes y apuestos mozos; tan sólo el más pequeño era de constitución débil y nada agraciado de rostro. Sus hermanos le despreciaban, y cuando los padres murieron, aquéllos aumentaron su desdicha; ordenábanle toda suerte de penosos trabajos y tratábanle peor que a un esclavo.

El pobre muchacho, cierto día que reflexionaba sobre su desventura, díjose:
- Mi padre ha muerto y mi madre muerta está; mis hermanos, que debieran reemplazarlos, son malos para mí, que soy débil y carezco de atractivos. ¿Qué puedo esperar, pues? Es preciso que me vea con Zanahary, el dios bueno de Madagascar.

Y Faralahy, que así se llamaba el pobre muchacho, empezó por tomar consejo de un aldeano viejo, muy viejo, llamado Rafuvatú, al que habló de esta manera:
- Yo quiero ir al encuentro de Zanahary; decidme: ¿qué debo hacer?

Rafuvatú contempló fijamente al muchacho y, al ver su decisión, le instruyó así:

- El martes próximo será un excelente día para emprender tu viaje; lo realizarás con éxito si atiendes mis consejos.

- Atento escucho - dijo Faralahy -; decidme cuanto deba hacer.

- Perfectamente; cuando estés a la otra ladera de esta gran montaña, allá abajo, verás un fértil campo de cañas de azúcar; son las de Zanahary; no te aproximes a ellas y sigue, siempre, tu camino por la mitad del sendero. Unos pasos más allá, muy luego, verás unos carneros; estarán bien cebados y serán muy hermosos. Son de los rebaños de Zanahary; déjalos pacer tranquilos. Y llegado que fueres a la otra orilla del valle, verás hermosos naranjales, cargados de ricos frutos, tan grandes como tu cabeza; son las doradas naranjas de Zanahary; no pruebes una tan sólo.

» Así que hayas ganado una nueva montaña, verás dos enormes bueyes; son los bueyes de Zanahary; no les arrojes piedras, ni les asustes. Luego, más allá, tropezarás con un profundo pozo de agua fresca y cristalina; es el rico manantial de Zanahary; aunque la sed te devore, no bebas de sus aguas.

» Y llegado que fueres a la morada de Zanahary, si estuviera ausente, saludarás a su esposa, y si ella te ofreciera agua con que calmar tu sed, beberás, cuidando de no tocar el asa del cántaro.

Faralahy agradeció a Rafuvatú sus consejos y púsose en camino.

Muy pronto vio los campos de cañas de azúcar, mas él contentóse con exclamar: "¡Hermosas son estas cañas de azúcar!"

Un poco más lejos encontróse con los carneros, y exclamó: "¡Magníficos son estos carneros!", pero sin detener sus pasos. Prosiguió ligero su ruta, y he aquí que sus ojos divisaron los bellos naranjales, cargados de frutos grandes como su cabeza. El hambre le acosaba, le devoraba la sed, pero Faralahy no desvió un paso de su camino. Luego cruzó por delante de los bueyes. "¡Soberbios ejemplares!", díjose, pero sin aproximarse a ellos. Y así, llegó junto al pozo de agua viva y aunque no pudo dejar de exclamar: "¡Qué agua tan pura y cristalina! ¡Cuán deliciosa debe de ser!", ni siquiera la punta de los dedos mojó en ella.

Resistidas las tentaciones, Faralahy llegó, por fin, a la morada de Zanahary. Zanahary no estaba en casa; tan sólo se hallaba presente su esposa.

Faralahy saludóla reverente y pidióle de beber y, al darle el cántaro, él no lo cogió; abrió sencillamente la boca, conformándose con el agua que la sirvienta le echara.
Luego que Zanahary regresó, preguntó:

- ¿Qué pretende con su visita Faralahy, tan odiado de sus hermanos?

- Señor - contestó humildemente Faralahy -, yo quisiera ser guapo mozo y muy fuerte, pues las gentes me desprecian.

- ¿Y viste mis cañas de azúcar, camino de este lugar?
- Yo las vi, mas no las toqué.

- ¿Y viste, también, mis carneros?
- Señor, paciendo los vi, pero en paz los dejé.

- ¿Y viste, asimismo, mis naranjales?
- Ciertamente los vi, pero dejé el dorado fruto en el árbol y no lo probé.

- ¿Y viste mis bueyes?
- Sí, los vi; tropecé con ellos en mi camino, pero ni una sola piedra les tiré.

- ¿Y viste, seguramente, mi manantial de agua viva?
- En verdad que sí, pero me abstuve de calmar mi sed en sus aguas.

Entonces Zanahary volvióse hacia su esposa y preguntóle:
- ¿Es éste el que saludó al franquear la puerta?
- Éste es - contestó la mujer -, y con alta cortesía lo hizo.

- Cuando le diste de beber, ¿abrió tan sólo la boca, sin coger el cántaro?
- Así lo hizo, señor - contestó la sirvienta.

En aquel instante, Zanahary premió la virtud de Faralahy: le tocó, y, ¡oh prodigio!, tornóse súbitamente guapo mozo y muy robusto, él que era tan débil y feo de rostro.

Faralahy agradeció el beneficio de todo corazón y emprendió alegre la vuelta al hogar.
Cuando llegó, sus hermanos se resistían a creer lo que sus ojos veían.

- ¿Eres tú, Faralahy? ¿De dónde vienes?
- Tan desgraciado era, que fuíme en busca de Zanahary; compadecióse de mi suerte, y he aquí lo que hizo de mí.

Entonces los seis hermanos se dijeron:
- Nosotros somos ya bellos y fuertes; si vamos al encuentro de Zanahary, hará de nosotros unos verdaderos gigantes.

Y fuéronse a Rafuvatú, quien los miró y así les dijo:
- Podéis partir el miércoles, mas no os garantizo un feliz viaje. Con todo, si sabéis abstenemos de todo cuanto yo os diré, tal vez logréis algo.

- Así lo haremos - contestaron a coro -. Dinos, pues, de qué se trata.
- Cuando veáis las cañas de azúcar de Zanahary, no las toquéis. Cuando veáis los grandes carneros de Zanahary, no matéis uno siquiera. Cuando veáis las enormes naranjas de Zanahary, delicia de los ojos, no las cojáis. Cuando tropecéis con los bien cebados bueyes de Zanahary, no los asustéis ni tiréis piedra alguna. Cuando alcancéis los ricos manantiales de Zanahary, no bebáis de sus aguas.

- ¿Y luego?
- Llegados que fuereis a la morada de Zanahary, si él estuviera ausente, saludad a la mujer, y si os da de beber, no toquéis el asa del cántaro.

Escuchados estos consejos, los seis hermanos emprendieron el camino, y tan pronto vieron las deliciosas cañas de azúcar, exclamaron:
- ¡Oh, qué maduras y jugosas están! Por una que cojamos cada uno, ¿quién se va a enterar?

Más allá divisaron los rebaños de carneros y dijeron:
- ¡Qué gordos están y cuántos! Sin comida, imposible nos será llegar a la meta de nuestra ruta.
Por lo que mataron uno de los carneros y se lo comieron.

Muy pronto contemplaron los naranjales; tenían sed y se saciaron de naranjas.

Y cuando pasaron junto a los bueyes, asombráronse de su magnitud y gordura y no supieron abstenerse de lanzarles piedras con que amedrentarlos.

Y bebieron a placer en los manantiales de Zanahary.

Y cuando llegaron a la morada de Zanahary, olvidáronse de saludar a la esposa, mas pidieron groseramente de beber, y tomaron el cántaro del asa y bebieron ávidamente.
Y llegó Zanahary.

- ¿Qué pretendéis los seis aquí? - les preguntó.
Los hermanos saludaron con una profunda inclinación de cabeza y contestaron:
- Hemos venido a visitaros, señor, para que nos convirtáis en unos gigantes.

- En vuestra ruta, ¿visteis mis cañas de azúcar?
- Sí, las vimos y cogimos tan sólo una cada uno.

- ¿Visteis mis carneros?
- Sí, los vimos; tanta hambre teníamos, que nos comimos uno.
- Y mis naranjales, ¿los visteis también?

- Sí, y tanta era nuestra sed que cogimos algunas naranjas.

- No habréis tirado piedras a mis bueyes, ¿verdad?

- Fue éste el que las tiró - dijeron los cinco hermanos señalando al primogénito.

- Cuando entraron en mi morada, ¿te habrán saludado? - preguntó a su esposa.

- No, por cierto - contestó ésta.
- Y cuando bebieron, lo hicieron con glotonería y sin soltar el cántaro, ¿verdad?

- Así fue, señor - confirmó la sirvienta.
Entonces Zanahary exclamó:

- Ya que habéis quebrantado los consejos de Rafuvatú, y os habéis comportado como brutos faltos de razón, animales irracionales os tornaréis.
Al instante, el primogénito convirtióse en lagarto; el segundo, en serpiente; el tercero, en rana; en repugnante sapo, el cuarto; el quinto, en camaleón, y en murciélago el último de todos, que era el sexto.

Y mientras ellos habitaban el bosque, junto con los demás animales, Faralahy heredó los bienes de sus hermanos, viviendo rico de bienes y de poder.

Y en Madagascar, donde la historia se cuenta, terminan con esta enseñanza: "El débil jamás debe descorazonarse, y el que es apuesto y fuerte tampoco debe engreírse."