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martes, 11 de enero de 2011

Un crédito por tus pensamientos -- Tish Eggleston Pahl -- Chris Cassidy


Un crédito por tus pensamientos

Tish Eggleston Pahl & Chris Cassidy


En el momento que sus botas se posaron dentro de la taberna Polvo Negro, Fenig Nabon soltó la respiración preocupada que había estado conteniendo desde Sullust. La galaxia podía volverse supernova a su alrededor, pero el legendario refugio de contrabandistas estaba exactamente como lo había dejado.
Bueno, casi como lo había dejado. Esta noche el aire estaba cargado con tensión desacostumbrada y humo por igual. Palabras preocupadas eran intercambiadas en docenas de lenguas alrededor de mesas abarrotadas. Incluso sin comprender el verdadero contenido, Fen no tenía problema para seguir el curso de las susurradas conversaciones. Sus compañeros contrabandistas estaban tan preocupados como ella y escapaban como ratas womp a los agujeros más cercanos que podían encontrar.
El planeta desértico Socorro hacía poco por llamar la atención con su clima inhóspito y vastas llanuras de ceniza volcánica negra. Exactamente por eso era el destino preferido de tantos en el bajo mundo, Fen incluida.
Se paseó hasta el bar y palmeó el hombro del bothano sentado en su taburete favorito. Fen sacudió la cabeza hacia la derecha y el bothano recogió su trago rápidamente y se escabulló. Subiéndose al asiento y apoyando sus codos sobre el bar, Fen suspiró satisfecha mientras examinaba los centenares de botellas de formas extrañas y colores intensos que se alineaban contra el muro. Karl Ancher, el propietario de la taberna, afirmaba tener la colección de intoxicantes más impresionante de la galaxia.
Eh, Nabon —gruñó el barman mientras le ponía enfrente un trago de lo mejor de Corellia, y luego servía uno para sí. ¿Qué piensas que estás haciendo, espantando a los clientes que pagan?
¡Yo siempre pago mi cuenta, Karl! —protestó con falsa indignación, y luego sonrió afectuosamente al hombre que había sido uno de los mejores amigos de su padre adoptivo.
Levantaron sus vasos y los chocaron.
Por Jett —dijo Karl.
Por Jett —repitió Fen, su voz algo ronca.
Sorbieron su bebida y se sentaron en pensativo silencio, como era su costumbre. Para Fen, la ausencia del hombre que la había rescatado cuando era una niña de una vida de pobreza y crimen insignificante en las calles de Coronet todavía era un hueco grande y doloroso. Sabía que Karl sentía una pérdida similar; él y Jett habían sido amigos durante cuatro décadas. Karl había tratado de convencer a su amigo coreliano de “jubilarse" en Socorro también, pero Jett no había estado preparado para dejar los cielos. Tal vez lo hubiera hecho si no hubiera terminado muerto en el suelo de una cantina en Ord Mantell. Tal vez si se hubiera metido en sus propios asuntos en lugar de intentar calmar temperamentos encendidos. Tal vez si ella no lo hubiera dejado solo. Fen cerró bruscamente esa línea de pensamiento. En sus treinta y tres años de vida, había aprendido que los ‘tal vez’ eran un asunto peligroso. Aún así, tal vez si...
¿Han sido dos años realmente? —preguntó Karl tristemente, interrumpiendo sus pensamientos.
Dos años, cuatro meses, seis días —respondió Fen, mirando fijamente el vaso acunado en sus manos.
Karl apartó cariñosamente un mechón de pelo castaño que había escapado del lazo tras el cuello de Fen.
Te está buscando —dijo, con una inclinación de cabeza en dirección a un hombre sentado solo en una mesa de la esquina preferencial.
Gracias —Fen tomó su bebida y se puso de pie. Pensó en llevar también la botella, pero lo reconsideró. Las únicas cosas que necesitaba con este cliente era una aguda inteligencia y una línea de crédito.
No te atrevas a dejar la órbita sin verme antes, ¿me escuchas? —gritó Karl mientras se movía hacia un par de duros esperando impacientemente algunos taburetes más allá.
Voy, ¡voy! ¿Dónde está ese bardroide oxidado mío?
Fen no pudo evitar una pequeña sonrisa mientras miraba al hombre encanecido abriéndose camino por el bar, sirviendo y hablando, asegurándose de que todos se sintieran bienvenidos e importantes. Con una sacudida de cabeza, volvió su atención a los negocios.
Su cliente apartó una silla con el pie mientras ella se acercaba. Ella aceptó la invitación y se sentó, mirando sus ojos agudos y oscuros, y la manera en que su brazo colgaba casualmente en el respaldo de la silla vacía cercana a él. Él regresó su mirada tranquilamente, sin decir nada acerca de cómo la pequeña entrega para la que la había contratado le había dejado caer en medio de la armada Rebelde justo antes de que saltaran hacia Endor. Él había sabido que se estaban concentrando allí. Tenía que haberlo sabido.
¿Puedo conseguirte algo, Fen? —preguntó Talon Karrde, rompiendo finalmente el silencio.
Ella lo saludó con su bebida.
Estoy bien, pero gracias.
Confío en que todo fue como planeamos —dijo suavemente.
Fen buscó en uno de los muchos bolsillos de su traje de vuelo y extrajo un datapad. Presionó un par de teclas y luego lo deslizó a través de la mesa hacia él. Miró a Karrde cuidadosamente. ¿Exactamente qué se necesitaría para alterarlo? Quizás los tres mil en concesiones de combate que había añadido a su tarifa lo lograrían.
Luce bien —dijo Karrde tras unos de momentos de examen. Ya transferí diez mil a tu cuenta coreliana, más tres mil por la compañía inesperada.
Fen frunció el ceño. ¿Cómo hacía siempre para anticipar cada movimiento suyo?
Gracias —dijo débilmente.
Bonito trabajo, a propósito —continuó. A tiempo y bajo el presupuesto.
Fen asintió con la cabeza. Era buena en lo que hacía y lo sabía. Había tenido el mejor maestro en la galaxia.
Entonces...
¿Entonces? —repitió Karrde.
¿Escuchaste algo interesante últimamente?
Fen sabía que no debía meterse en esa clase de conversación con Talon Karrde, pero la curiosidad triunfó sobre su sentido común. Los rumores eran desenfrenados y con los medios de comunicación aún bajo estricto control imperial, la información era algo solicitado. Karrde sabría qué estaba ocurriendo realmente. En este caso, sería digno del precio. Además, ella probablemente podría salir y vender cualquier novedad a tres veces lo que le costara.
Quizás —admitió Karrde, su rostro una máscara. ¿Tú?
Los Rebeldes volaron otra Estrella de la Muerte —empezó, añadiendo los primeros créditos a la olla.
¿Por qué supones que el Emperador sigue desarrollando esas cosas si los rebeldes pueden destruirlas tan fácilmente? —preguntó Karrde, frotando su barba.
No lo sé –—respondió Fen. Tal vez debamos preguntarle.
Desafortunadamente, no podemos hacer eso —Karrde se detuvo un momento. Como ya sabes, está muerto.
Lástima —respondió Fen. Vader también.
Un piloto rebelde llamado Skywalker los destruyó a ambos —divulgó Karrde fácilmente.
También mató a Jabba —dijo Fen.
En realidad, tengo entendido que técnicamente no fue Skywalker —corrigió Karrde.
Fen archivó ese chisme.
Parece que Fett tampoco salió caminando de esa —reveló ella, añadiendo a la olla.
Karrde la igualó y elevó la apuesta.
Yo no lo daría por muerto hasta ver la armadura y el cuerpo dentro de ella.
Fen asintió con la cabeza, reconociendo la verdad de eso.
Aún así, ha sido un baño de sangre regular —concluyó. Hasta aquí era un empate, lo que contra Talon Karrde era algo muy bueno. Hizo girar su bebida en su vaso, dejando crecer la expectación, y entonces cantó sabacc.
Nada mal para un solo Jedi.
Karrde se encogió de hombros.
¡Chuba!, juró Fen. Había esperado atraparlo con ese. Al menos ahora ella tenía confirmación. Había recogido ese pequeño dato interviniendo brevemente la charla de pilotos rebeldes durante el chequeo de sistemas previo al ataque sobre Sullust. Creía, deseaba en realidad, haber escuchado mal. Aún consideraba las ramificaciones del surgimiento de los Jedi y lo que podría significar a los ciudadanos de la galaxia menos respetuosos de la ley cuando Karrde dejó caer su propia bomba de protones.
Han Solo está vivo.
Las palabras pendieron pesadamente entre ellos mientras Fen digería ese fragmento de información. Karrde estaba prestando particular atención a su reacción, notó Fen con fastidio. Parte de ella quería estallar, que sí, el sabelotodo Karrde tenía razón, y que sus fuentes le habían dicho algo cierto. Había tenido un breve coqueteo con el contrabandista convertido en rebelde cuándo ella había sido demasiado joven para saberlo mejor.
Qué bueno para él —dijo Fen, fingiendo un encogimiento de hombros desinteresado.
Imagino que él estará complacido con el resultado —respondió Karrde monótonamente y extendió su mano.
Fen la miró fijamente por un largo momento antes de resoplar y buscar en su bolsillo una pieza de cinco créditos. Lo aplastó sin palabras en su palma, pero no pudo soportar mirar mientras desaparecía en su bolsillo. Fen se dio un duro sacudón mental. Habría tiempo de reflexionar a solas después, cuándo Karrde no estuviera leyendo y grabando cada reacción suya para futura explotación.
Un montón de buena gente están liberadas ahora con Jabba extinto —dijo, cambiando de tema.
Sí —acordó Karrde. Pasará un tiempo, pienso yo, antes de que alguien tenga los recursos para prestarnos cualquier tipo de atención.
E incluso más tiempo antes de que los hutts, o al menos el clan de Jabba, se reagrupe —agregó Fen.
Tomó otro largo trago de su bebida, preguntándose sobre los objetivos del astuto contrabandista.
Él respondió a esa pregunta con la siguiente declaración, cuidadosamente redactada.
He decidido que es un buen momento para construir.
En su lenguaje, era equivalente a una oferta de empleo.
Trabajo a solas, Talon.
Jett no querría eso, Fen —dijo en voz baja.
Sintió el nudo familiar formarse en el fondo de su garganta. La compasión expresada, el pesar que sabía que tantos sentían con la muerte de Jett, hacía su sentimiento de pérdida aún más agudo. Interrumpió su amabilidad rudamente.
Aun estoy disponible para ser contratada, sin embargo. Y para ti, a precios pre-colapso del Imperio.
Eres demasiado generosa. —Karrde habló tan secamente que fue obvio que no estaba siendo elogioso. ¿Estaba diciendo que ella podría haber conducido un trato más difícil con él? Fen apartó la idea. Ella tenía sus razones y tratar de deducir las intenciones ulteriores de Talon Karrde era un salto hiperespacial a la locura.
Considéralo un descuento de volumen contra tus trabajos futuros, Karrde.
Su tono se volvió aun más frío.
Pareces muy segura, Fen.
Esta vez, Fen vio el engaño. Ella estaba siempre contenta de trabajar para Karrde, pero él también valoraba operadores confiables.
A tiempo y bajo el presupuesto es una de tus combinaciones favoritas —le recordó, complacida de poder citar sus propias palabras.
Efectivamente lo es —concedió él.
Fen sabía que él estaba dejando crecer el suspenso. Esperó, y finalmente Karrde dijo:
De hecho, podría tener algo para ti.
Ah, ¿sí? Fen levantó una ceja y su vaso.
Karrde no había tocado su bebida nublada. Parecía una Quemadura Solar. ¿Tenía siquiera intoxicantes en ella? Pagar a Ancher para que aguara su propia bebida y añadiera alcohol a la de todos los demás podría ser el tipo de cosa que Karrde haría. En pro de la generosidad y la reunión de información, por supuesto.
Estoy buscando una base para dirigir mi operación —dijo Karrde. Extrajo un disco de datos del bolsillo de su chaqueta de cuero negra y lo deslizó al otro lado de la mesa.
Fen recogió el disco y fingió revisarlo en busca de cualquier defecto obvio antes de introducirlo rápidamente en su datapad. Se desplazó rápida y completamente a través de la información y silbó suavemente.
Tienes detalles muy precisos aquí.
Estoy seguro de que puedes comprender mi necesidad de ciertas precauciones —respondió él.
Fen asintió, leyendo aún. Maldición. No estaba jugando cuando se refería a construir una organización. A decir verdad, siguiendo este plan, ella apostaría que Karrde estaría en la cima de la jerarquía de los contrabandistas en cuatro o cinco años. Por medio segundo reconsideró su oferta de empleo, pensando que colocarse en el nivel fundamental podría ser sabio. Desestimó la idea igual de rápido.
Karrde podría pensar que su defecto era la generosidad, pero ella pensaba que el suyo era la lealtad. Él se aseguraría de reunir a su alrededor seres que compartieran ese valor. Las amistades intensas serían inevitables. La simple idea de volverse tan unida a algo o alguien era algo inimaginable. Jett le había enseñado a no arriesgar nunca nada que no pudiera permitirse perder; era una lección que Fen había tomado al corazón. No, pensó, era mejor mantenerse por separado y permanecer como operador independiente.
¿Realmente piensas que este tipo de precauciones son necesarias? —preguntó, bajando su voz mientras leía el detalle más inusual en la lista. Karrde acarició su barba antes de responder.
¿Jett te habló alguna vez sobre los Jedi? —Fen asintió con la cabeza, recordando los elaborados cuentos que su padre adoptivo había tejido para ella.
Tenía por ellos la clase de saludable respeto que uno tiene por un dragón krayt: una mezcla de temor y miedo —ella sacudió su cabeza y los recuerdos. ¿Los Jedi no eran los supuestos guardianes de la paz y la justicia? ¿Una especie de fuerza de policía intergaláctica?
La información sobre ellos antes de las purgas es muy escasa —respondió Karrde. Pero parece que los Jedi sirvieron bajo las órdenes del Senado, impulsando la política de la República a través de la galaxia.
Sí, pensó Fen, Karrde se dedicaría a buscar cualquier cosa que pudiera encontrar. Él se inclinó hacia adelante y bajó su voz.
Si el pasado sirve de guía, es poco probable que los Jedi, o el nuevo senado que la rebelión supuestamente está planeando establecer, valoren nuestros métodos de hacer negocios.
Estamos hablando de un Jedi —objetó Fen en voz baja. No miles.
Karrde entrecerró sus ojos con fastidio.
Skywalker destruyó a Darth Vader y al Emperador en cuestión de días.
Su cabeza daba vueltas. Sí, al igual que todos los demás ella sabía que el Imperio estaba probablemente en decadencia, pero, ¿los Jedi emergiendo en su lugar? Karrde estaba exagerando. ¿O no?
Sí, pero...
¿Y cuánto tiempo piensas que le tomará a Skywalker empezar a reestablecer una Orden Jedi? —presionó Karrde. Y una vez que lo haga, ¿cuánto tiempo antes de que vuelvan su atención hacia nosotros, con o sin nuevo senado?
No lo sé. Cinco, diez años. Quizás veinte —calculó Fen.
Planeo estar aquí para entonces. —Karrde se recostó otra vez en su asiento. También planeo estar preparado cuando ellos lleguen.
Fen echó otro un vistazo a los detalles sobre el datapad, viendo ahora por qué Karrde había recurrido a ella.
Sabemos que había operaciones de contrabando e incluso un mundo criminal durante los días de la República —dijo. Deben haber tenido maneras de evitar a los Jedi entonces.
Karrde asintió.
Pensé que Jett podría haber sabido de posibles localizaciones. Él estaba trabajando las rutas incluso antes de que naciéramos.
Veré que puedo hacer —dijo devolviendo casualmente el datapad a su bolsillo. Fen no quería advertir a Karrde del hecho de que había memorizado los archivos de datos obscenamente detallados de Jett y no podía recordar nada que cumpliera con esas especificaciones. Este trabajo iba a tomar algún esfuerzo serio. Pero, si tenía suerte, un Talon Karrde satisfecho pagaría por la actualización del motor, dejando suficiente para esos mísiles Arakyd.
¿Te contacto por los canales acostumbrados?
Karrde asintió con la cabeza otra vez, luego sus ojos se entrecerraron, observando algo que se desarrollaba tras ella. Fen se dio vuelta en su asiento, preguntándose quién tendría la desgracia de molestar a Talon Karrde.
¿Quién es esa, y qué está haciendo? —preguntó tensamente.
Su atención estaba concentrada en una mujer impecablemente vestida, hablando seriamente con un humano en el bar. Los brillantes anillos en la mano de la mujer resplandecían a través de la sombría taberna mientras gesticulaba elaboradamente. Sobresalía como un hutt en una cena de caridad.
Fen se volvió hacia su acompañante y extendió su palma. Karrde puso una pieza de cincuenta créditos en ella. Ella no continuó hasta que añadió otros cincuenta.
Su nombre es Ghitsa Dogder —le dijo Fen. Es de Coruscant.
Karrde resopló y recuperó uno de cincuenta.
Obviamente, con ese traje. ¿Qué está haciendo aquí?
Fen esperó mientras él ponía los cincuenta otra vez en su palma.
Es una timadora. La he visto montando estafas desde hace un tiempo.
Giró otra vez para mirar más cerca al dispositivo de apariencia complicada en manos de Dodger.
¿Es lo que pienso que es? —Karrde aventuró, manifestando el escepticismo que Fen estaba sintiendo.
Parece un disfraz retinal —asintió Fen. Pero nunca he visto uno con esa clase de configuración antes.
Cualquier dispositivo para frustrar un examen retinal debe ser específico para cada especie —observó Karrde imperturbable. El de ella parece poder estar modificado para diferentes especies.
Fen giró sus ojos y se volvió.
Diría que las probabilidades de que esa cosa funcione son las mismas de que los Jedi regresen —dijo, repitiendo el viejo adagio sin pensarlo.
Los Jedi han regresado —contestó Karrde.
Un Jedi —señaló Fen. No los Jedi.
Es cierto.
Fen palmeó la mesa y forzó una sonrisa.
Espacio, Karrde. Desearía tener una legión de ellos aquí para marcar la ocasión en que admitiste estar equivocado.
Él arqueó en ceja, totalmente imperturbable.
No estoy equivocado; sólo tengo una imagen incompleta de la situación. Sólo el tiempo probará cuál de nosotros tenía la mejor información.
Un templo completo de Jedi tendría que reaparecer antes de que Fen aceptara esa apuesta contra Talon Karrde. Por millonésima vez, deseó la silenciosa garantía de Jett a su lado. Él habría sabido qué hacer de todo esto.
¿Su blanco es un amigo tuyo? —dijo, aprovechando el interés de Karrde como una oportunidad para dejar el tema de los Jedi.
Su nombre es Aves —Karrde afirmó, muy por lo bajo. Es uno de mi agentes más recientes.
Fen embolso sus créditos duramente ganados. Frunciendo el ceño, se preguntó ahora cómo esta molesta mujer se las había arreglado para llegar a Socorro antes que ella. Había tropezado con Dodger en Sullust, y Fen se había largado cuando la flota rebelde había llegado. Había visto a Dodger también en Corellia, y antes de eso en Abregado-Rae. Ya era tiempo que Fen descubriera qué quería la timadora con ella.
Ella y Karrde observaron como Aves tomaba el artilugio con forma de gafas de Dogder para revisarlo.
Podría dejar que Aves perdiera un par de miles para enseñarle algo, pero Ghitsa Dogder debe saber que habrá repercusiones por engañar a mi gente.
Te la sacaré de encima —dijo Fen, poniéndose de pie. Él la miró, y cruzó los brazos sobre su pecho.
¿Estás insinuando que necesito tus servicios para manejar a una timadora de Coruscant en ropa de diseñador?
Riendo, Fen sacudió la cabeza.
Nunca. Esta va por mí. Tiene cierta información que quiero.
Fen se paseó hacia Aves y Dogder, justo a tiempo para ver al hombre devolverle las gafas.
No gracias —decía Aves. No creo que necesite algo como esto.
Evidentemente Karrde incluía un curso en entrega de desierto seco para sus nuevos empleados. Aves lo había manejado perfectamente. Fen se preguntó, sintiendo un extraño hormigueo, porqué una timadora experimentada se molestaba en agitar un cebo que su blanco obviamente no estaba mordiendo.
Fen tenía dos métodos para intervenir en conversaciones sin ser invitada. Usando su enfoque sutil, usó las palabras primero.
Buenas tardes, caballeros —dijo. Aves y Dogder giraron en sus taburetes para mirarla. Aves se deslizó de su asiento.
Parece que tienes otro comprador de todos modos.
Cuando los banthas vuelen, Aves. —Fen dio un cabezazo hacia Karrde. El jefe te busca.
Aves se estaba retirando cuando, repentinamente, el hombro de Fen se sacudió bajo el peso de una fuerte mano de seis dedos.
Volver aquí no fue la cosa más saludable —dijo una voz amenazadora a sus espaldas.
Fen alzó la vista hacia la cara erizada de Gecee, un gran tan divertido como los parásitos de Tatooine... pero más grande. Fen se había hecho el propósito de evitarlo desde que había empezado a meterse en sus negocios.
Vamos, Gecee —respondió Fen, apartando su mano. No es mi culpa que Jabba quisiera un contrabandista que en verdad pudiera operar una computadora de navegación.
El gran apuntó un gordo dedo hacia su cara y gruñó:
Trataré contigo después.
La apartó bruscamente a un lado, despejando un camino directo a Dogder. Ésta respondió al desafío de Gecee con una voz despectiva y aristocrática que cortó a través del murmullo de la taberna.
Pensé que estarías demasiado avergonzado para volver aquí.
¿Avergonzado? —los tres zarcillos oculares de Gecee se balancearon de modo amenazador. Fen sintió que el resto de la actividad de la taberna se reducía y llegaba a un alto mientras todos se tensaban mirando el espectáculo que se desarrollaba. La timadora ni siquiera se molestó en moverse de su taburete. El gran dio otro paso y se cernió sobre ella.
¡La clave que me vendiste atrajo una patrulla sobre nosotros en el instante en que irrumpimos en Kuat!
Dogder buscó su vaso y tomó un sorbo.
Y sólo un tonto entraría a espacio imperial sin probar un código de reconocimiento por el que sólo pagó doscientos créditos.
Fen ahogó una carcajada. Gecee no era la herramienta más afilada en el cinturón. Otros no eran tan educados, pero no estaban dentro del alcance de sus puños tampoco. La taberna estalló en una risa ronca que tenía un ligero tono histérico.
Aun así, Dogder tenía que ser más tonta que Gecee al estafar un blanco, regresar al lugar, y luego burlarse de él públicamente. Evidentemente, el gran también lo pensaba. Rugió furiosamente y levantó su mano, buscando sacudir a Dodger de su taburete como si fuera un insecto.
Fen tomó una botella del bar y la hizo pedazos sobre la cabeza de Gecee. Él se desplomó sobre el suelo. Fen se volvió despacio hacia Dogder, justo a tiempo para agacharse mientras un taburete volaba por encima de su cabeza.
El choque del taburete contra una mesa colmada fue la chispa que encendió la latente tensión del bar. Rugiendo en una docena de lenguajes, cincuenta ruines contrabandistas ansiosos, la mayoría de ellos muy buenos amigos suyos, se levantaron como una marea sucia y llena de escombros. Con una honda inspiración, Fen agradeció a las estrellas el haber tomado un trago fuerte; embotaría el dolor, pero no sus reflejos.
Antes de que pudiera siquiera meterse a zancadas en la refriega, una mano sujetó su brazo. Humana, dijo su instinto. Fen giró con brusquedad, inclinando la cabeza hacia el costado. Su puño voló sobre su hombro. Tomó a su asaltante por su traje de vuelo y lo apartó fuera del camino.
Fen se volvió justo a tiempo para ver como su suerte se acababa. Alguien la sujetó por atrás, y golpeó tan rápido que ella no tuvo tiempo de eludirlo. Su cabeza cayó hacia atrás cuando un puño peludo se estrelló con su barbilla.
Arrojada hacia atrás, pudo al menos tomar aire para la devolución. Cerrando su mano izquierda y usando músculos ganados en años de operar plataformas de carga, lanzó un golpe hacia arriba y dio un puñetazo realmente dulce directo a la mandíbula del gotal.
Fen hizo una mueca de dolor cuando pudo ver mejor a quien acababa de golpear. Hrdinah era uno de sus mejores proveedores y ella esperaba que respetara el puñetazo en el espíritu en que había sido lanzado, en vez de recordar el escozor que lo acompañaba.
Él sonrió, sin mostrar resentimientos, y periféricamente Fen vio su puño derecho elevarse. Ella saltó, tomando los sensibles conos de la cabeza del gotal en ambas manos y retorciéndolos. Con un aullido, Hrdinah se dobló con un dolor de cabeza cegador y cayó al piso.
Se sentía como una hoja de datos atrapada en una tormenta de arena, cuando otra mano tomó su manga y la hizo girar. Todo lo que Fen llegó a vislumbrar fue una conmoción de pelo rubio rojizo y ojos marrones, y entonces un par de labios aterrizaron sobre los suyos, seguidos inmediatamente por una bota barriendo sus tobillos. Con un sonido áspero, Fen se desplomó.
Fen se puso de pie, buscando propinar un buen golpe que compensara por caer en el medio de una armada, todos los nervios causados por los Jedi, la irritante superioridad petulante de Karrde, y el beso de un contrabandista que no se había quedado lo suficiente para que ella lo golpeara. La parte de su cerebro que no buscaba algo para golpear se dio cuenta de que por eso Ancher dejaba que la pelea continuara. Esta noche, no era sobre violencia o quejas mezquinas. Esta noche se trataba de la liberación de las tensiones causadas por el derrocamiento de la jerarquía del mundo criminal. Después de soportar durante tanto tiempo a los hutts y ser arrastrados por los Imps como mynocks prendidos al cable de una nave, esto era una especie de catarsis. Y se sentía realmente bien.
Fen divisó la parte posterior de la chaqueta del ser que podía ser el besador fantasma. Estaba tomando aire para un golpe cuando el duros arremetió. Ella y Radek siempre habían estado en buenos términos, así que Fen elevó su pierna izquierda, giró sobre su derecha y dejó que el impulso llevara su pie a golpear contra el torso del duros. Con la fisiología de Radek el golpe apenas lo dejaría sin aliento. Pero no funcionó así. Había olvidado sus reflejos punto dos por encima de la velocidad de la luz. El duros tomó la pierna alzada de Fen y la envió girando al suelo. Fen aterrizó con un ruido sordo.
Un tiro de bláster resonó a través de la taberna, apuntado perfectamente para calmar la reyerta, pero no desplomar el techo. Cada ser en el sitio se congeló a media paliza. Dos rodianos yacían despatarrados a través de una mesa, inmóviles, cada uno con sus largos dedos cerrados alrededor de la garganta del otro, pieza central del bizarro espectáculo de mobiliario destruido y vidrios rotos.
¡Es suficiente! —bramó Ancher detrás del bar, con su pistola bláster Calli–Merc montada en su costado. Ya tuvieron su diversión. ¡Cualquiera que no ayude a limpiar paga la factura!
Fen se sentó en el piso, chupándose los nudillos meditativamente. Hrdinah se acercó, masajeando aun los conos de su cabeza con una mano. Extendió la otra hacia Fen.
Ella aceptó la oferta y le permitió ponerla de pie.
Siento lo del dolor de cabeza.
El gotal se encogió de hombros.
No es peor que el que me dio el último telépata con el que tropecé.
Se marchó sin prisa, dejando el espíritu de Fen decididamente más decaído. ¡Chuba! ¿No eran los Jedi telépatas, o al menos empáticos? ¿Era cierto que podían controlar mentes?
Gecee permanecía comatoso. Ella pasó sobre el gran que roncaba, enderezó un taburete y se sentó. Ancher solo la miró fijamente.
Vamos, Karl —masculló Fen. ¿Uno más para el camino? —Un vaso volteado descansaba sobre el mostrador. Lo tomó y lo deslizó hacia Ancher.
¡La mesa va en esa esquina! —gritó Ancher a los rodianos. Dirigió una furiosa mirada de desaprobación a Fen. Necesitábamos una buena pelea para despejar el aire, ¿pero por qué tenías que ser tú quien la iniciara?
Fen empujó al gran con la punta de su bota.
Gecee iba a hacer polvo a esa timadora y usar las sobras para limpiar el desastre.
Y eso es tu problema porque...
Fen se encogió de hombros.
Al menos podría haberse quedado para compartir la cuenta contigo.
¿Quizás sabía que eres amigo mío? preguntó Fen con más esperanza de la que sentía.
Las reglas de la casa se aplican, Fen —dijo Ancher severamente. Incluso a ti, añadió apuntándola con un dedo.
Cansadamente, asintió con la cabeza. Fen palpó sus bolsillos y pescó los cien créditos que había negociado con Karrde; indudablemente una de las victorias más breves de su menos que estelar carrera como comerciante de información. Arrojó los cien a Archer.
Eso debería cubrirlo.
Él sacudió su cabeza.
Ni siquiera se acerca.
Vamos, Karl —protestó, señalando la taberna. ¡No está tan mal!
Una sonrisa muy perversa apareció despacio en la cara de Karl.
Tienes que escupir al menos otros cincuenta por tu parte de la cuenta de Karrde.
¡No bebí nada con Karrde! —gritó Fen.
Karrde pagó la cuenta de su tripulación cuando empezó la pelea —la sonrisa se ensanchó y Fen reprimió la necesidad de hacerla desparecer de su cara. Dijo que le debías cincuenta y cubrirías el resto.
Fue bueno que allí no hubiera ningún insecto para meterse volando en su boca abierta. Por más que fuera exasperante, Fen sabía tan bien como Karrde que si un contrabandista coreliano valía unos quinientos, una timadora de Coruscant solo valía cincuenta. Especialmente a precios pre-colapso del Imperio. Ni siquiera las gloriosas botellas que se alineaban en el bar de Ancher podrían embotar este dolor. Con un suspiro asqueado, Fen buscó más profundo en su bolsillo.
¿Cuánto es en total, Karl?
Cuatrocientos —respondió el barman. Y si fuera tú, saldría del planeta antes de que Gecee despierte, o peor, que sus amigos vengan por él.

***

¡Que el espacio se llevara la galaxia y a todos lo que volaban en ella! Había muchos buenos candidatos para descargar en ellos su frustración en el camino desde Polvo Negro al puerto espacial de Soco-Jarel, pero Fen resistió la necesidad. Si pateo una roca, solo me pateará a su vez.
¿Por qué nunca aprendía? ¿Por qué siempre metía la nariz en el medio de las cosas? Gecee nunca la había perdonado por llevarse clientes que preferían un transportista que no perdiera, bebiera, o robara su carga. El gran era justo del tipo de malos perdedores que usaría una pelea de bar perdida como excusa para perseguir la estela de su escape por toda la galaxia. ¿Y cómo pensó que podía alejarse un crédito más rica de algún intercambio de información con Karrde? Si este era el futuro al que estaba casada, ella quería el divorcio.
No fue una caminata larga hasta la Dama Estelar, pero sí tensa, y se mantuvo alerta a cualquier signo de la pandilla de Gecee. Respiró profundamente y miró hacia arriba para observar las naves cortando líneas brillantes en el cielo de la noche. Algo de su frustración se disipó. Con la vista fija arriba, Fen tropezó con una piedra y casi cayó. Ahora ni siquiera esperaban a que las pateara.
La plataformas de aterrizaje exteriores del puerto estaban justo adelante. Las naves descansaban en sus atracaderos desiertos como banthas en un revolcadero de arena. Fen usualmente atracaba dentro del puerto, un privilegio por ser un buen cliente por veinte años, con contratos decentes y dar buenas propinas. Pero, como todo agujero de contrabandistas, Soco-Jarel estaba lleno más allá de su capacidad. No importaba, pensó Fen torvamente. No parecía haber un Imperio que pudiera imponerle una multa de todos modos.
La primera nave se perfiló cercana y Fen sacó las manos de sus bolsillos. Si los amigos de Gecee se estaban ocultando en algún lugar, sería aquí probablemente. Zigzagueando por los atracaderos exteriores hacia la Dama, se acercó a cada rampa extendida y pila de carga cautelosamente, sabiendo que podían tenderle una emboscada. Mantuvo una oreja alerta al sonido de barredoras que podía indicar un ataque.
Cuando la nave al fin apareció ante su vista, Fen silbó con el alivio. Había dejado las lámparas de posición de la Dama funcionando y el YT estaba posado con gracia, y a solas, en un charco de luz amarilla.
Fen contó automáticamente los once peldaños por la rampa a la escotilla lateral del lado de babor. Echó un vistazo alrededor, pero nadie la había seguido. Pensó que el área estaba tan desierta como parecía.
Llegando a la juntura donde la escotilla se unía a la rampa, sus dedos encontraron el delgado alfiler que había calzado allí antes de salir para la taberna. El alfiler estaba allí, pero...
La mano de Fen fue a su bláster mientras sus pensamientos corrían más rápido de que podía analizarlos. Con suficiente tiempo y equipo, Fen podía violar la seguridad de la Dama. Generalmente reconocía a sus competidores y enemigos la misma habilidad, incluso cuando no había pensado que Gecee pudiera abrir más que una botella.
Un alfiler calzado en la juntura de la escotilla era la última medida de seguridad de Fen. Si alguien se las arreglaba para romper la escotilla, el alfiler se caía. El alfiler estaba allí, pero la distancia acostumbrada que lo separaba del costado se había ensanchado más de cuatro dedos, lo que quería decir que alguien la había abordado para entregar un mensaje personal. A Fen no le gustaban los mensajes personales. Generalmente venían unidos a rencores personales y disparos de bláster a corta distancia.
Fen sacó su bláster, retrocedió un paso y abrió la escotilla.
Espero que tu póliza de vida esté pagada, porque tus parientes más cercanos van a necesitarla —gritó dentro de la nave.
No tengo ningún pariente cercano —respondió la voz de una mujer. Y tú no tienes un solo vaso que no esté desportillado.
Por los huesos del Emperador, ¿qué estaba haciendo Ghitsa Dogder en su nave? La mujer en persona apareció en la escotilla, sujetando en una mano dos vasos y en la otra, la preciada botella de Reserva de Fen.
¿Qué estás haciendo aquí? —exclamó Fen, tocando su bláster. ¿Alimentando un deseo de muerte?
Dogder miró al bláster con todo el cuidado con que miraría a un insecto.
Si disparas, dejaré caer tus únicos vasos. —Luego retorció la vibro-hoja: Y la Reserva.
¿Por qué crees que aún estás ahí de pie?
La timadora giró sobre su tacón.
Además —gritó Dogder sobre su hombro—, si me disparas nunca sabrás porqué me tomé el trabajo de introducirme por la fuerza en tu nave.
Según la experiencia de Fen, un ladrón de naves lo suficiente listo para colarse a través de un sistema de seguridad Incom 433 en una hora no era lo suficiente estúpido para dar su espalda a un dedo nervioso en un bláster. Pero, a la vez, usualmente no eran tan insensatos como para tratar de deshacerse de una clave inservible en Socorro. Fen vaciló en la escotilla.
¿Tienes compañía?
¿Por qué se tomarían la molestia? —exclamó en respuesta Dogder. No tienes nada digno de un asesinato o una mutilación siquiera, y estoy segura de que Gecee aún está desmayado.
Más o menos cierto. Pero eso aun no explicaba por qué Dogder se había tomado la molestia. Fen entró indignada tras su huésped.
Dogder ya estaba sentada a la mesa de juego con un vaso lleno frente a ella.
Imagino que estarás sedienta después de la larga caminata —comentó, esparciendo un par de medidas en el otro vaso.
Fen inspeccionó rápidamente la cabina, buscando cualquier alteración. Aparte de la liberación de su Reserva y dos vasos, y la adición de una visita inoportuna, todo parecía estar como Fen lo había dejado. Dogder, a pesar de su apariencia calmada, se estaba moviendo cuidadosamente y manteniendo sus manos encima de la mesa. Obviamente, ya había estado antes en la mira de alguien.
Dogder deslizó el vaso hasta el borde de la mesa, pero Fen no lo tomó.
Has encontrado una manera realmente peligrosa de captar la atención de una persona.
La timadora se encogió de hombros y tomó un sorbo de brandy.
Es eficaz y no ha probado ser fatal.
Aún —advirtió Fen, apoyando un hombro contra la mampara, el bláster descansando a su lado.
Deseaba agradecerte por librarme de ese lío —dijo Dogder finalmente.
Sólo me interesan las disculpas que vienen con una compensación adherida a ellas –replicó Fen..
Me gustaría repararte... —empezó Dogder.
Fen la interrumpió.
Seiscientos lo cubrirán.
Dogder frunció su rostro.
¿Cómo calculas eso?
Trescientos cincuenta a Ancher por el daño. Otros cincuenta para cubrir la cuenta de alguien en el bar.
¿Y los últimos doscientos? —preguntó Dogder.
Señaló un bolsillo en su abrigo y Fen asintió.
El resto es por mi dolor y sufrimiento.
Dogder extrajo lentamente un puñado de créditos y empezó a contarlos sobre la mesa.
Según la ley socorrana, al damnificado no le corresponde indemnización por el dolor y los daños sufridos.
Eso no es problema —le aseguró Fen. Sólo te arrastraré al sistema más próximo en que corresponda.
La pequeña estafadora elevó la mirada de la pila en frente de ella y arqueó una ceja perfectamente dibujada.
¿O me matas y tomas todo lo que tengo? —respondió suavemente.
Fen asintió con la cabeza. ¿Por qué insistía esta mujer en proveer sugestiones útiles para su propia muerte?
Dogder regresó a sus cálculos, dejándolo en cuatrocientos. Deslizó los créditos, dejándolos junto a la bebida intacta de Fen en el borde de la mesa.
No hay mejor ocasión que la presente para pagar el resto y salir de mi nave —le dijo Fen.
Ah, siéntate, Fen —dijo Dogder. Estás arruinando mi bebida ahí de pie, mirándome enojada.
Es mi bebida —le recordó Fen.
Kas tulisha abia al port —murmuró la embaucadora echando un vistazo a los créditos que aún sostenía. Frunció el ceño, viendo algo que le disgustó.
¿Perdón? —tartamudeó Fen, aunque conocía muy bien el viejo proverbio coreliano.
Dogder alzó la vista, una expresión curiosa cruzando su cara.
El caos abre la puerta a la oportunidad —repitió en básico. Hubiera pensado que conocías la frase.
La conozco —le aseguró Fen. Sólo me sorprende que tú también la conozcas.
¿Qué clase de provinciana crees que soy? —rió Dogder. Buscó en un bolsillo, devolviendo los créditos, y sacó una lima de uñas. Volvió su atención a una uña que aparentemente la tenía preocupada.
Mi punto es que con el caos de la muerte de Jabba y la victoria rebelde, las oportunidades están surgiendo incluso mientras nosotras... —hizo una pausa deliberada antes de corregirse— ...incluso mientras yo bebo.
Fen hizo caso omiso de la obvia invitación, pero estaba interesada en escuchar lo que la timadora tenía que decir, para haberse tomado tantas molestias. Enfundó su bláster como una invitación para animar a Dodger a hablar. Funcionó.
Seres listos, aquellos con visión, están empezando a buscar esas oportunidades — continuó Dogder.
¿Como aprovechar la oportunidad de pagarme de antes de que tome todo lo que tengas de tu cuerpo destrozado y sangrante?
¡Precisamente, Fen! —Dogder tuvo el descaro de levantar el vaso. Puedo pagarte cien...
Me debes doscientos, y otros veinticinco si sigues bebiendo mi coreliano.
Dogder agitó su lima de uñas impacientemente.
Te pagaré lo que poseo, o puedes aprovechar la oportunidad y ver si tengo algo mucho más valioso para ti.
¿Como qué?
El valor depende de la necesidad. ¿Qué necesitas?
Paz, armonía interior, y una botella llena de Reserva —le dijo Fen, señalando la botella medio vacía.
Los tres pueden adquirirse fácilmente, entonces.
¿Eso es cierto? —se burló Fen.
Paz y armonía interior siguen al consumo de una botella llena de Reserva —le aseguró Dogder ligeramente.
No —corrigió Fen, reprimiendo una sonrisa. Lo que sigue al consumo de una botella llena de Reserva se llama resaca.
Dogder asintió con la cabeza ligeramente, reconociendo el punto.
Así que, aparte de paz interior, armonía, y una Reserva, ¿qué necesitas?
Fen le echó un vistazo a la timadora, mordiéndose el labio inferior. Dogder estaba mostrando algunos talentos inesperados. Quizás... antes de que pudiera pensarlo demasiado, Fen se deslizó en su asiento.
De hecho —Fen vaciló, buscando las palabras—, estoy buscando una propiedad vacacional.
¿Una propiedad vacacional? —preguntó Dogder suavemente.
Fen asintió con la cabeza.
Dogder bajó la mirada y empezó a trabajar suavemente en otra uña.
¿Cuáles son tus requisitos?
Fen puso el sonido de un encogimiento de hombros en sus palabras, desando ver cómo Dodger jugaría esto.
Lo habitual. No demasiado fuera del camino. Civilizado.
¿Cómo de grande? —Dogder preguntó suavemente.
Bastante pequeño ahora, pero con posibilidad de expansión. —Pensando en los detalles de Karrde, Fen añadió: Mucha expansión.
Si el palacio de Jabba fuera un uno, y un refugio bothano un diez, qué sería tu casa ideal de vacaciones?
Era una manera perspicaz de describir los parámetro de reserva y seguridad. Dogder comprendía exactamente qué estaba buscando Fen para Karrde.
Un doce —dijo Fen.
Dogder tomó un sorbo minúsculo de su bebida.
Hasta ahora, has descrito una docena de lugares que pueden servir. ¿Puedes darme algo más específico?
Fen quería que Dogder hiciera el trabajo aquí.
¿Como qué?
Uno de los tintineantes brazaletes de Dogder resonó contra la mesa de juego mientras ella volvía a su lima de uñas. Fen había llegado a la conclusión de que la mujer no estaba bebiendo en realidad y tampoco se estaba arreglando las uñas.
Aquellos que estamos en la línea de trabajo de Jabba debemos aprender una lección de su muerte si no queremos acabar del mismo modo. —Dogder habló tan secamente que Karrde podría haberle enseñado el tono. En mi opinión, un contrabandista listo debería estar buscando una casa vacacional lejos de los Jedi.
Ahora, era el turno de Fen de farolear. Tomó cierto esfuerzo. No podía imaginar como lo había descubierto Dogder, pero la timadora era merecedora de incluso más consideración de la que Fen le había estado otorgando.
¿Quién dijo algo sobre los Jedi?
Ghitsa Dogder frunció sus labios. Girando en su asiento, dejó caer la lima de uñas en su bolsillo.
Ya he tenido esta conversación con seres que poseen una falta de visión similar. Gracias por la bebida. —Su voz sonó entrecortada. Buscaré la salida.
Fen la observó marcharse, sin creer del todo que la información que necesitaba pudiera caer del cielo solo así. Según la experiencia de Fen, lo único que caía del cielo eran cosas que no querías que te golpearan.
Asteroides y guano vinieron a su mente inmediatamente. Aún así, si hubiera siquiera una posibilidad... Fen se puso de pie apresuradamente y corrió a la escotilla antes de que pudiera reconsiderarlo. Para cuando la alcanzó fuera de la nave, Dodger tenía un pie en la rampa y otro en la plataforma de aterrizaje.
¡Espera! —llamó Fen desde la parte superior de la rampa.
La timadora se dio vuelta lentamente.
Podría estar interesada en un lugar como ese —dijo Fen. ¿Tienes alguna sugerencia?
Podría tenerla, o conocer a alguien que la tenga —concedió Dogder, volviendo sus pasos sobre la rampa.
¿Conozco a esta persona? —Fen sabía que su tono ansioso contradecía la forma en que se apoyaba despreocupadamente contra el borde de la escotilla.
Dogder hizo un sonido que podría haber sido un bufido de desdén.
Difícilmente voy a decírtelo, Fen.
Tal vez me lo dirás a mí.
A la primer palabra, Fen buscó su bláster, pero sabía que ya era demasiado tarde. Gecee apareció detrás de una barra transversal de aterrizaje, apuntando un pesado bláster a su vientre. Lo que le faltaba al gran en cerebro, lo compensaba con buena puntería.
Manteniendo un ojo en Dogder, y dos ojos y su bláster sobre Fen, Gecee caminó despacio hacia la parte inferior de la rampa.
Deja el BlasTech, Nabon —ordenó.
Fen consideró mentalmente sus opciones. Gecee estaba demasiado lejos para saltar. Ella estaba de pie sobre la rampa, bajo una luz de posición, y en una lugar elevado, ofreciendo a Gecee un blanco bonito y brillante. En otras palabras, le faltaba más de una carta para sabacc. Fen apoyó su bláster suavemente sobre la rampa.
Patéalo hacia un costado —espetó Gecee.
¿Patear su bláster? ¿Estaba loco? No, se corrigió Fen. El gran estaba, como diría Karrde, negociando desde una posición de influencia.
Gecee empezó a subir la rampa cautelosamente. Acercándose con cuidado a la derecha de Dogder, tomó el codo de la timadora con su mano izquierda. El bláster en su derecha nunca vaciló. Fen se encogió, sabiendo cómo lastimaría ese tipo de agarre, pero Dogder no pareció darse cuenta siquiera.
Dogder simplemente miró enojada los dedos que sostenían su brazo.
Estás arrugando mi traje.
Él resopló desdeñosamente y tiró hacia adelante. Gecee pareció tan sorprendido como Fen cuándo los zapatos de tacón alto de Dogder se atoraron en la rampa. La timadora se desplomó y Gecee forcejeó con ella para evitar que ambos cayeran. Antes de que él pudiera incorporarlos, Dodger azotó con una mano y tiró de la oreja de Gecee. Con un gemido estrangulado, el gran se desplomó como un droide astromecánico ionizado..
Fen saltó hacia adelante, tragando su pánico momentáneo.
No lo mataste, ¿verdad? —exclamó, arrodillándose junto a el gran.
¿En Socorro? —se burló Dogder. Se agachó junto a Fen. No tengo deseos de morir ni de poner un botín sobre mi propia cabeza matando un contrabandista, por estúpido que sea.
Gecee estaba fuera como una estrella muerta, pero aún respiraba.
¿Qué hiciste? —preguntó Fen.
El equivalente gran de un retorcijón al cono de un gotal —explicó Dodger.
Era un truco interesante de recordar.
Si eso no hubiera funcionado, me habría disparado —creyó importante mencionar Fen.
Dogder se encogió de hombros y juntas hicieron rodar a Gecee al borde de la rampa.
Funcionó, y si no lo hubiera hecho, habrías saltado de la rampa antes de que él empezara a disparar.
La próxima vez, yo decido cualquier cosa que involucre un tiroteo.
El ruido sordo del gran golpeando subrayó el comentario de Fen.
Gecee, ¿estás allí?
La voz incorpórea crepitó en el aire de la noche. Fen encontró la mirada de Dogder y vio el mismo sentimiento reflejado allí.
Fen se lanzó al suelo, pero antes pudiera desactivar el comunicador de Gecee escuchó el temido alboroto de las barredoras que se acercaban. Arrebatando su bláster, Fen se zambulló bajo la rampa. Una respiración después, las barredoras llegaron rugiendo, desparramando arena por toda la plataforma de aterrizaje.
Fen podía sentir el retumbar de los repulsores de las barredoras resonando a través de sus botas. Arriesgó una mirada desde detrás de la rampa. El fuego azul de bláster pasando sobre su cabeza confirmó que la pandilla no había pasado de visita por café y bizcochos.
Fen divisó tres barredoras, dos de un solo asiento, ambos conductores armados, y una de doble asiento, con un hombre atrás llevando un gran bláster de repetición.
Fen sabía que los conductores se estaban gritando pero no podía escuchar su plan por encima del rugido de las barredoras. El agudo chillido de un turbopropulsor Mobquet fue su único aviso. La doble asiento se cerró a unos pocos metros de su rampa protectora. El artillero disparó salvajemente, y arenilla voló por todas partes a su alrededor. Más disparos se hundieron en la rampa.
Ella no quería matar gángsters por una pelea de bar, pero ese bláster de repetición era casi suficiente para hacer que Fen lamentara sus buenos modales. Aun así, Fen no quería una marca de muerte socorrana más que Dogder.
Dogder.
¿Adónde se había ido? Fen retrocedió mentalmente. La timadora se había precipitado dentro de la nave en el momento en que habían escuchado las barredoras. Dogder no iba a usar los cañones de la Dama para darle a las barredoras, ¿pero por qué no había disparado lo suficiente para cubrir la retirada de Fen dentro de la nave? ¿Por qué Dogder estaba dejando a Fen enfrentarse a una pandilla de barredoras con nada más que su alegre personalidad y un BlasTech colocado en aturdir?
El rugido de los convertidores de la Dama encendiéndose contestó esa pregunta. ¡Maldición! ¡Esa timadora nunca me robará la nave!
Todo lo que necesitaba eran unos segundos fuera de peligro. Echando un vistazo a su alrededor, Fen buscó una distracción. Sus ojos se posaron en el nódulo de cable de remolque embutido en el costado de la nave, justo al lado de la rampa. Los cargueros usaban el poderoso magneto y el anexo de cable para tirar de barcazas de carga.
Fen tomó un puñado de arena y lo arrojó más allá de la rampa. Rayos láser carbonizaron el suelo y chocaron contra la nave que vibraba. Tomando una roca, Fen destrozó la cubierta del nódulo y reactivó con un golpe la energía.
El estampido explosivo atravesó el rugido de las barredoras. El cable de remolque salió disparado de la nave a una velocidad asesina. Fen se giró para mirar pero no fue lo suficientemente rápida para ver el gancho magnético del cable estrellarse en el objeto de duracero más cercano: la barredora de doble asiento. Escuchó un chillido metálico y otro choque cuando una segunda barredora quedó atrapada en el cable de remolque tendido entre la Dama y la doble asiento.
Ese momento de caos era todo lo que Fen necesitaba. Salió rodando de debajo de la rampa, se lanzó dentro de la nave, y aplastó su mano contra el panel de control. La escotilla se cerró con un chasquido.
Fen escapó por el pasillo y se dirigió hacia adelante. Expulsaría a Dogder de la cabina de piloto y la arrojaría por la antecámara de compresión después. Ahora, era tiempo de salir de allí. Irrumpió en la cabina de piloto y el grito enfadado murió en sus labios. La silla del piloto estaba vacía.
¿Vas a quedarte ahí todo el día? —llamó una voz clara desde el asiento del copiloto.
Fen se volvió hacia ella, boquiabierta. La embaucadora estaba seguramente amarrada en su asiento, limándose una uña. Antes de que Fen pudiera responder, la nave tembló ligeramente. La Dama podía soportar simple fuego de bláster, pero Fen no iba a quedarse esperando que aparecieran las armas más grandes. Saltó en su propio asiento y encendió los propulsores.
¿Por qué no me cubriste con los cañones? —exigió Fen, dirigiéndole a Dodger una mirada ácida.
Dodger se encogió de hombros, sin alzar la vista de sus uñas.
Dijiste que tú tomarías todas las decisiones que involucraran tiroteo.
Antes de que Fen pudiera farfullar una réplica indignada, la nave se sacudió otra vez.
Pequeñas plagas persistentes —juró entre dientes mientras encendía con cuidado los repulsores.
La pandilla se dispersó y Fen soltó el cable de remolque. Liberada de las barredoras colgantes, la Dama subió elegantemente.
Fen oprimió el interruptor del comunicador justo a tiempo para escuchar al control de vuelo preguntando:
¿Qué galaxias estás haciendo, Fen?
Fen sonrió. Ella y Shind se conocían hace tiempo y el controlador socorrano seguramente le daría una mano.
Molesté a Gecee y sus amigos, así que decidí largarme antes de que hagan algunos rayones a la pintura nueva de la Dama.
Eres una verdadera diplomática, Fen.
Sí, Shind, soy toda una Organa —bufó Fen.
Quédate ahí. Déjame ver si puedo hacer malabares con algunas naves y sacarte de aquí antes de que ese gran loco despegue con su propia nave.
Te lo agradecería. —Fen puso el comunicador en espera y se dispuso a aguardar. Dodger continuaba limando sus uñas calmosamente, aparentemente satisfecha de esperar a que Fen hablara.
Aves nunca fue tu blanco, ¿verdad? —preguntó Fen finalmente.
No, no lo era —respondió Dogder, frunciendo el ceño ante su trabajo manual.
Fen pasó una mano por su boca, sin gustarle la respuesta o la insinuación de quién había sido el blanco de Dogder, pero tenía sentido. Dogder la había estado siguiendo al menos desde Sullust buscando una oportunidad para hacerle su oferta.
¿Por qué me abordaste con respecto a esta propiedad?
Para mostrar mi gratitud y compensarte —sugirió Dogder.
Fen se río ruidosamente.
Sí, claro. Y la rebelión ganará al...
Se ahogó con las palabras, mientras la enormidad del hecho la golpeaba otra vez.
Mi cliente acostumbrado no tiene la visión para ver que, considerando los recientes eventos, nuevas precauciones serán necesarias —dijo Dodger eventualmente, regresando la lima a su bolsillo. Era extraño que un operador de poca monta como Dodger y un contrabandista ambicioso como Karrde estuvieran preocupados por lo mismo. Tal vez estaba tratando de convencerse a sí misma, pero Fen repitió lo que le había dicho a Karrde.
Skywalker es sólo un Jedi.
Un Jedi que venció al Emperador, Darth Vader, Boba Fett, y una organización delictiva que se mantuvo por siglos. Imagina lo que muchos de ellos podrían hacer.
Dogder suspiró y miró fijamente las estrellas socorranas.
Los Jedi protegen la galaxia de personas como nosotros. Sabía que no podía ser la única que está preocupada.
Así que, ¿viniste a mí pensando que podría tener clientes que tuvieran más visión que el tuyo?
Hice mis tareas —respondió Dodger, con una pizca de orgullo. Sé que lo tienes.
Alguien como Dogder no se tomaría todo este trabajo si no pensara que había un gran premio detrás de eso. Un premio muy grande. Fen echó un vistazo a las coordenadas que Dogder ya tenía programadas en la computadora de navegación.
¿Así que qué hay en Corellia?
Los ojos de Dogder se entrecerraron.
La información cuesta dinero, Fen.
Aún estás en el agujero y te falta una carta, Dodger —replicó Fen. Antes de ir a ninguna parte, quiero saber por qué vamos.
Un viejo contrabandista —concedió Dogder finalmente.
Todas las pistas empiezan allí —se burló Fen. Dime algo que no sepa.
Un viejo contrabandista —Dodger vaciló, y luego terminó—, y su mascota.
¿Mascota? —repitió Fen, de pronto reconsiderando la alternativa de la antecámara de compresión, pero Dogder asintió con la cabeza muy seriamente.
El piloto me contó sobre un pequeño roedor llamado ysalamiri.
Ys-a-Ia ¿qué?
Ysalamiri. Son estúpidos y hediondos, y lo único para lo que sirven es para repeler Jedi.
Fen resopló otra vez con disgustada incredulidad.
Me cuesta mucho imaginar que un roedor pueda parar algo que Boba Fett y Darth Vader no pudieron.
Curiosamente, Dogder no reaccionó a esto. Solo asintió.
A mí también. Pero mi contacto realmente lo creía. Y era lo suficientemente viejo como para recordar los días cuando necesitábamos repeler a los Jedi. —Ella extendió su perfecta manicura sobre en la consola—. Tengo algunas otras pistas, pero si tienes un cliente buscando una posible base a prueba de Jedi, necesitamos encontrar de donde vienen los ysalamiri antes de que alguien más lo haga.
El comunicador volvió a la vida.
Está bien, Fen —anunció el controlador de vuelo. Puedes salir después del Interceptor Avispón. Y Gecee tendrá que enfrentar una inspección de la aduana.
Fen sonrió y volvió a accionar el interruptor.
Te debo una.
Ya conoces mi compensación favorita —respondió Shind afectuosamente.
La próxima vez habrá una caja de Rum chadiano en mi bodega solo para ti —prometió Fen. Gracias otra vez, Shind.
Cielos despejados, Fen.
El canal se cerró, dejando la cabina de piloto sumida en un silencio incómodo. Fen contó mentalmente sus cartas otra vez e hizo su oferta.
Después de los gastos de vuelo, si tu información es correcta podemos dividir la comisión setenta-treinta.
Dogder sonrió tensamente.
¡Qué generoso de tu parte!
Yo recibo los setenta —corrigió Fen, señalando su pecho con el pulgar para enfatizar el punto.
Dogder frunció el ceño.
Eso no parece justo. Después de todo, es mi pista.
Y si no te gusta, la cápsula de escape está atrás —sonrió Fen. Y es un trato solo por esta vez. Tan pronto como terminamos, te dejo en el puerto espacial más cercano.
Dogder frunció su frente y apretó los labios. Hizo todo una escena de consideración, pero no tenía muchas alternativas. Ambas lo sabían.
Fen observó el Avispón encenderse y desaparecer en el vacío. Era ahora o nunca.
Sesenta-cuarenta —dijo Fen. Es mi propuesta final.
Trato hecho —concedió Dodger finalmente, extendiendo una mano con la palma hacia arriba.
Fen chocó la suya. Sellado su pacto, Fen tiró de la palanca hacia atrás y la Dama Estelar las lanzó al hiperespacio.