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viernes, 30 de marzo de 2012

Iraq: un cuento para niños Santiago Alba Rico



I r a q : un cuento
para niños
Santiago Alba Rico



Se mira siempre desde lejos y desde arriba, impunemente,
y así se cree uno a cubierto de todo contagio y de toda responsabilidad
penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto
y lenguaje tanto emparentan—, la víctima lo es sobre todo
de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas:
la víctima se deja apalear, desnudar, manipular, pero
se 'deja' también mirar. Una de las peculiaridades sin duda
de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos
que protestamos contra todas las otras desigualdades aceptamos
como natural la desigualdad de la mirada, que la
tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado.
Unos matan y otros son matados; unos miran y otros son
mirados.
Salvo entre enamorados, la mirada siempre establece un régimen de desigualdad que
debería ser equilibrado por algún castigo. Se mira siempre desde lejos y desde arriba,
impunemente, y así se cree uno a cubierto de todo contagio y de toda responsabilidad
penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto y lenguaje tanto emparentan—, la víctima lo
es sobre todo de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas: la víctima se
deja apalear, desnudar, manipular, pero se ‘deja’ también mirar. Una de las peculiaridades
sin duda de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos que protestamos
contra todas las otras desigualdades aceptamos como natural la desigualdad de la mirada,
que la tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado. Unos matan y otros
son matados; unos miran y otros son mirados.
A Bea, que había mirado ya las cosas que luego yo anotaba
LA terrible tenaza que ha matado a 1.600.000 iraquíes en la última década (la mitad de ellos niños)
libera sin querer briznas de poesía. En Bagdad, las noches claras, se puede contemplar el cielo estrellado
porque abajo, en las calles, hay pocas luces encendidas. En Bagdad se puede oír limpiamente la
llamada del almuédano y el reclamo del vendedor de naranjas y hasta el murmullo manso del Tigris
porque hay muy pocos coches circulando por sus avenidas. En Bagdad las paredes exponen a la vista la edad
de los colores y la altura y rango de los edificios (piedra, hierro, ladrillo) porque no hay vallas publicitarias
que amordacen los muros con su incendio chillón de felicidad helada. No es, en cualquier caso, la falta de
luces ni la de coches ni la de anuncios la que se impone inmediatamente a la atención sino la presencia natural,
olvidada, del cielo, el silencio y la materia; y es necesaria una reflexión —como quien se sacude el sueño
de un testarazo— para recordar de qué catástrofe injuriosa proceden estas maravillas.
Pero hay otras ausencias que, al contrario, duelen como un orzuelo y señalan como un dedo. Se ven, por
ejemplo, muy pocos niños y muy pocas mujeres por las calles de Bagdad. Es curioso lo que ocurre con los
niños; hasta qué punto la sensibilidad reconoce a tientas su superioridad manifiesta, incluso al precio paradójico
de sacrificarlos —o descuidarlos— por eso. La imagen de un basurero, ¿no es mucho más triste que la
de un niño buscando en un basurero? ¿No es ésta una extraña forma de rendirles homenaje? ¿No induce a la
tentación de abandonarlos a su suerte, tan perfectos nos parecen en todas las circunstancias? Allí donde no
hay luces nos ilumina el cielo, que estaba primero. Si retiramos los coches, aunque sea a manotazos, recuperamos
el silencio, que es lo que había antes. Pero si retiramos a los niños, lo que queda precisamente son las
huellas de los manotazos que los han hecho desaparecer después. Porque no hay niños, en ausencia de niños,
paseando por la calle Al-Rachid o Al-Mutanabi, el ojo repara precisamente en la basura acumulada en el suelo
que el gobierno sólo puede recoger una vez a la semana por falta de vehículos; y repara en los costurones de
las casas que no se pueden pintar de nuevo; y repara en los comercios vacíos, en los que muy pocos iraquíes
pueden abastecerse; y repara en las bellísimas tiendas de Al-Mustansiriya, otrora hormigueantes de turistas,
en las que se exhiben, junto a viejos bibelots en serie sumergidos en el tiempo, las joyas del ajuar matrimonial
que las mujeres han tenido que vender para mantener a sus familias. La ausencia de electricidad, tráfico
y comercio libera el cielo, el silencio y la materia; la ausencia de niños revela precisamente la falta de electricidad,
tráfico y comercio y la revela como la marca de un zarpazo silencioso que hubiese sacudido la ciudad.
Los niños hay que buscarlos en otra parte. Hay que buscarlos, por ejemplo, junto a los hombres, al lado de
sus padres, atareados a esas horas en sus inquietas apreturas. Muchos niños iraquíes, en efecto, juegan muy
seriamente a ese juego que los mayores luego proseguimos en una penosa y a menudo ignominiosa imitación:
el trabajo. En los tristes restaurantes de la calle Abu Nuwas algunos niños llevan la sopa y los encurtidos al
comensal solitario o aventan las brasas de la parrilla encendida; hay niños en los cafés recogiendo las cáscaras
del té de encima de las mesas; y en el mercado de Al-Kadhimain se ve pasar a niños que tiran, como de
un camión de juguete, de esos estanques con ruedas en los que, sobre un fondo de agua, boquean las famosas
carpas del Tigris (vendidas a precio de ámbar: 2.000 dinares el kilo, la mitad del sueldo de un profesor universitario).
Hay niños también en el campo, en los talleres, en las tiendas. Durante la última década y a causa
del embargo, un millón de niños de entre doce y quince años, en su mayoría varones, ha tenido que abandonar
la escuela para redondear con sus dos manos la economía familiar. Pero no hay aquí, como en Indonesia
o Egipto —por citar sólo dos casos—, ni explotación a gran escala (niñitos dejándose los ojos en los nudos
de una alfombra o fabricando zapatillas de lujo a ritmo de galera) ni tampoco mendicidad: por contraste con
nuestros propios niños, tan obscenamente pedigüeños, los niños iraquíes saben esperar y saben también dar
las gracias; están lo bastante bien educados como para saber que, por muy duras que sean las circunstancias,
no se debe pedir mientras se tenga al menos un pedazo de pan que llevarse a la boca (y que si se pide otra
cosa más importante —una pelota o una pistola de plástico— hay que hacerlo sin tirar de la manga, con picardía,
con dignidad y con gracia).
Pero hay niños, naturalmente, en las escuelas. Bombardeadas o dañadas en 1991 (hasta 3.800), muchas de
ellas todavía hoy con los cristales rotos, desprovistas de lápices, de libros, de canchas de juego, con los bancos
pelados y los maestros en ayunas, en ellas se sorprende a los niños como corresponde a su estirpe, enredados,
incontables, en manadas, reunidos por fin, aunque sólo sea por la triste obligación de aprender la tabla
de multiplicar. Decir “niño” es como decir “trigo”: el “género” de una sustancia múltiple que parece multiplicarse
ante nuestros ojos. Se puede decir un “niño” como se puede decir un “grano”, metáfora banal para
expresar hasta qué punto una cosa pequeña puede ser valiosa. Pero así como el trigo nos lo representamos
chorreando de un saco —un tesoro de granos o una estampida de espigas—, a los niños nos los representamos
siempre en racimos o a puñados, como los dátiles y como las canicas, una muchedumbre de vidas sueltas
y duras naturalmente inclinadas a amontonarse o, como decía el poeta Caeiro de un rebaño, “mucha cosa
feliz al mismo tiempo desparramada por toda la ladera”. Hace falta aislar a los niños, contemplarlos uno a
uno, para que la infancia nos parezca frágil, sospechosa o trágica. En la escuela primaria An-Nazaha, en el
barrio de Zahra de Basora, los cuarenta niños de Tercero a cargo de la maestra Sindis parecen intimidados por
la presencia de los extranjeros: se levantan, saludan con escansión aprendida, fila tras fila (‘alaikum a-salam
wa rahmat-allah wa barakatu), sobre todo niñas, escurridas y vivas, unas con velo y otras sin él, y dan las
gracias por los lápices con circunspecta timidez. Pero es —claro— una comedia; el ancestral y fingido homenaje
a la autoridad de los mayores. A la mirada le basta saltar al azar entre las caras para sorprender en ellas
una sombra ya de coquetería bajo los ojos, un asomo de burla en los labios, como un mensaje clandestino de
su verdadera, bulliciosa naturaleza, y sobre todo una gran ansiedad —apenas un temblor bajo este disciplinado
apocamiento— por expresar y prolongar la inconmensurable alegría de que hayamos venido a interrumpir
la clase de geografía. Y así se explica la desproporción entre el gesto imperceptible de la maestra y las consecuencias
que provoca: con un dedo, después de todo, se puede dinamitar una casa e iluminar una catedral.
El mismo gesto, en todas las aulas, produce el mismo efecto al mismo tiempo; una especie de explosión, una
onda expansiva que lo derriba todo, y de pronto el patio rectangular, bajo el cielo plomizo, bulle de felicidad
al aire libre. Cientos de niñas entre seis y diez años se atropellan, saltan, levantan la tijera de la victoria en la
punta de los dedos, gritan salvajemente alrededor de un gran cromo. ¿Qué gritan? ¿Qué representa este
cromo? También podemos fijarnos en eso. Repiten una y otra vez, con la energía de un torrente, con la alegría
de un potro liberado de sus cinchas —con una pasión silvestre y hermosa— una consigna rimada en la
que ofrecen su sangre y su alma a Sadam Husein (bi-ruh bi-dam nadik ya sadam). El cromo, por supuesto,
representa al Qaid (al Caudillo). Pero si nos fijamos en eso, que sea a condición de fijarnos bien. ¿Nos escandalizaremos nosotros de la explotación que se hace de la felicidad de los niños? El hombre de Bollicao o de
Tulipán, descendiendo de su helicóptero en un colegio de Madrid, o el patrocinador de Danone que reparte
cromos de Pokemon en un jardín de infancia de Roma, produce la misma revolución; y a todos nos conmueve
que nuestros niños griten el eslogan y exhiban las calcomanías de una multinacional rapaz y trapacera.
Como nos conmueven los niños americanos que, después del 11 de septiembre, agitan sus banderitas, cantan
el himno nacional y ruegan a Dios antes de clase que conceda salud al presidente. La alegría es la misma y
nada tiene que ver con su excipiente; es tan pura que puede destripar ranas sin llegar jamás a degradarse. Con
una diferencia: la que hay —objetiva— entre comer bollicaos y margarina y recibir bombas y respirar uranio
empobrecido.
Me conmovió mucho —lo confieso—, me puso muy contento ver a estos niños, felices de saltarse la geografía,
gritando consignas sacrificiales en el patio de la escuela de An-Nazaha. Los niños tienen básicamente
dos derechos inalienables: repetir y juntarse para hacer ruido (preferiblemente al aire libre). Repetir lo que
sea, el mismo cuento, el mismo postre, el mismo gesto. Y gritar también lo que sea, en tropel y bajo el sol,
incluso una estupidez o un sinsentido. Por eso los niños se prestan tan bien a los trabajos más duros y responden
tan fácilmente a la propaganda. Pero nada de esto es demasiado terrible. Lo verdaderamente terrible
en las escuelas iraquíes no es ni la geografía ni la exaltación del Caudillo; lo verdaderamente terrible es esa
fuerza invisible y calculada, activada desde un remoto edificio de Nueva York mediante un mando a distancia,
que todas las semanas atraviesa las aulas y deja un banco vacío entre dos niños tal vez ya mordidos por
el cáncer. Allí se sentaba Samir y allí Salua. Ahora hay que ir a buscarlos a otra parte.
Mucho más triste que el hecho de que la enfermedad mate es el hecho de que la enfermedad separe.
“Niño”, lo hemos dicho, no se puede declinar en singular; no se puede aprehender por unidades, salvo antes
de perderlas. Por eso no podemos prescindir de la escuela por mucho que acudamos a ella a rastras y a regañadientes;
todos los niños del mundo lo saben: es mejor ser reprimido en grupo que mimado a solas. Eso es
precisamente lo que tiene de angustioso y obsceno un niño mimado: que todas sus ventajas proceden de su
aislamiento; que —en definitiva— está solo. En este sentido, lo contrario de una escuela es justamente un hospital.
A los niños iraquíes, por desgracia, hay que buscarlos también en los hospitales, donde la mirada los
asiste y compadece —y la muerte los prende— uno por uno. Los bombardeos y el embargo se cobran cotidianamente,
desde hace once años, una monótona cosecha de injurioso dolor: trescientos niños menores de
cinco años mueren todos los días como consecuencia de enfermedades que podrían curarse; el número de malformaciones
ha aumentado un 150%; el de cánceres virulentos en edades tempranas en un 450%. La malnutrición,
el tifus, la difteria, incluso el cólera —males desconocidos en Iraq hace una década— tronchan estas
espigas que en Francia o en España se balancearían erguidas bajo el sol. La falta de los medios más elementales,
cuya entrada en el país está vetada por la criminal colusión anglo-americana, convierte a los médicos
en heroicos y angustiados impostores y los hospitales en cantones de desahuciados y dispensarios de buenas
intenciones.
Salvo entre enamorados, la mirada siempre establece un régimen de desigualdad que debería ser equilibrado
por algún castigo. Se mira siempre desde lejos y desde arriba, impunemente, y así se cree uno a cubierto
de todo contagio y de toda responsabilidad penal. Cámara o pistola —que técnica, gesto y lenguaje tanto
emparentan—, la víctima lo es sobre todo de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas: la víctima
se deja apalear, desnudar, manipular, pero se deja también mirar. Una de las peculiaridades sin duda de
nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos que protestamos contra todas las otras desigualdades
aceptamos como natural la desigualdad de la mirada, que la tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado.
Unos matan y otros son matados; unos miran y otros son mirados. El que ve la televisión, ¿nunca
será castigado? ¿Nunca nos moriremos de mirar lo que no debería haber pasado? Los viejos mitos y los viejos
cuentos, que castigan a los “mirones” no menos que a los “matones”, nos recuerdan una visión más antigua
y más cuidadosamente humana: el “curioso” que descorre el cerrojo, enciende la luz o entreabre la corti-
na arriesga su propia alma o su propia vida: Acteón, la mujer de Lot, Psiqué, Melusina, la esposa de Barba
Azul. Y lo hace asumiendo la posibilidad de ese contagio visual que la antropología llama también “magia
simpática”: “Me has mirado como a un animal y te convertirás en animal; me has mirado como a una cosa y
te convertirás en cosa”... Los niños enfermos de leucemia del Hospital Central de Bagdad y del Hospital
Pediátrico de Basora, víctimas del control remoto imperialista, se dejan mirar. Son cosas. Cositas bien extrañas.
Porque menos que perturbarnos que nuestra mirada los cosifique, lo que nos horroriza es que estas cosas
nos miren. Cuando el cuerpo, en efecto, ha sido rebañado hasta los huesos, cuando las fuerzas escurridas no
son capaces de sostener ya la cabeza ni de abrir los labios, en medio de las ruinas, los ojos se mantienen todavía
encendidos. Son ellos los que piden agua, una caricia, una explicación; y si miran asustados (tanto que da
miedo) no es porque sepan que las estadísticas declaran que no hay para su mal posible curación; lo que les
asusta —como algo para ellos más terrible que la muerte, como si fuéramos a reírnos de sus orejas o a mentar
el nombre de su madre— lo que les asusta es que todos esos extraños que han entrado atropelladamente
en su habitación les están mirando.
He mirado a Hamid, 6 años, con la cara podrida de tumores y al que el roce más liviano arranca un gemido
de dolor (¡ay cuando ya ni siquiera se soporta el peso de una mano!). He mirado a Nur, tímidamente atada
a su suero como una cabrita a una estaca. He mirado a Hoda, de dos años, que lleva la mitad de su vida en el
hospital. De otra que también he mirado me gustaría decir el nombre, pero no puedo. Es una niña rubia, flaquita,
guapísima, que aún tiene la inútil coquetería de lucir una coleta en la cabeza y la esperanza de sobrevivir
a su muñeca; y a cuyo rostro un diente mal crecido confiere una gracia inmortal que ninguna enfermedad
puede amenazar. Le pregunto el nombre y ella esconde la cara y sonríe —o casi— con invencible pudor.
Quiero saber su nombre para dejarlo encerrado en estas páginas, como un sobre vacío o una cáscara de nuez,
porque desde hace tiempo vengo creyendo en la superstición de los nombres y en su dureza de diamante; y
porque, como el Crátilo de Platón, me parece mientras la miro que una niña así sólo puede llamarse Zainab
o Amal. Insisto, pues, y la niña entra de nuevo en su sonrisa, como en un caparazón. La madre, a su lado, una
mujer grande y digna que se ha hinchado de orgullo oyendo mis piropos, le pide con cariño que conteste. No
hay nada que hacer. Le pregunto por su muñeca y por sus hermanos, le hablo de España y luego vuelvo a la
carga. ¿Shu ismik? (¿Cómo te llamas?). Pero Zainab o Amal, o como quiera que se llame, sonríe y no dice
nada. Más que su obstinación, fruto de una timidez dulcísima que, asalto tras asalto, acaba por convertirse en
una decisión, me sorprende la de su madre: una, dos, tres veces le pido que sea ella quien me desvele el secreto
y una, dos, tres veces, se inclina ella para presionar con zalamas a su hija. Cuando el forcejeo amenaza con
volverse cruel, desisto: de pronto intuyo que la resistencia de la madre obedece a una superstición de signo
inverso e idéntico a la mía, una superstición que puede rastrearse en todos los pueblos de la tierra y en la que
todos por igual, pobres y ricos, buenos y malos, buscamos inútilmente protección: decir el nombre de su hija,
estando ella presente, enferma pero todavía viva, sería tratarla ya como si estuviese muerta. Nombrar, sí, un
sobre vacío o una cáscara de nuez.
Y he mirado también a Ali, a Ali Hamid, comido por las metástasis en una cama de Basora, al que quizás
en estos momentos ya nadie puede mirar. La madre, que comprende al vuelo el régimen de desigualdad de la
mirada, se apresura a sacar conclusiones desproporcionadas (o proporcionadas tan sólo a su amor y su esperanza).
Si podemos mirar, ¿podemos quizás también...? Sin una lágrima ni una trampa, soportando su protagonismo
como una carga tal vez provechosa, nos pide serenamente en árabe que nos llevemos a su hijo a
Madrid, donde no falta de nada, y se lo devolvamos curado. El médico la deja hablar y luego pasa al inglés
para mostrarse rotundo: nos pide por favor que no alimentemos falsas ilusiones; Ali Hamid —cuyos ojos nos
miran muy fijos, muy brillantes, desde el fondo de una caverna en la que nadie puede entrar— está desahuciado,
el cáncer ha ocupado todos los rincones de su cuerpo, está viviendo quizás sus últimas semanas. La
superioridad de la mirada recibe al menos este escarmiento: es castigada a seguir mirando lo que no puede
cambiar.
Los niños de los hospitales infantiles de Bagdad y Basora se dejan mirar y confieso que los he mirado; y
—como sigo creyendo en los viejos mitos y leyendas— aún no estoy seguro de que no me haya pasado, de
que no me vaya a pasar nada. Los he mirado y no puedo hacer otra cosa que decir que los he mirado; y quiero
que se sepa que si me pasa algo, si me quedo ciego, si se me paralizan las piernas o me convierto de pronto
en un extraño —un ciervo, como Acteón, o un anciano huraño— será por haberlos mirado.
Hay también niños a los que, por mucho que se los busque, ya no se los encuentra en ninguna parte: porque
están muertos. De ellos sólo queda ese siniestro vestigio, mitad réplica, mitad metonimia, que conserva
ante los ojos, próximo lo lejano, presente lo irremediablemente perdido: la fotografía. Hemos visto muchas
fotografías de niños muertos, hasta cuatrocientas, en el barrio de Al-Amiriya, en una de esas incontables
“zonas cero” que los EEUU han ido sembrando, año tras año, por todo el planeta. Allí, en un refugio antinuclear,
cuatrocientos treinta niños, mujeres y viejos, se creían protegidos el 13 de febrero de 1991 de los masivos
bombardeos americanos. A las cuatro de la mañana un misil atravesó el punto más débil de la construcción
—la salida de humos— y estalló en su interior; sólo catorce personas consiguieron abandonarla antes de
que las puertas, de cinco toneladas cada una, se cerraran automáticamente, como sobre los condenados en el
Infierno. Cuatro minutos más tarde, un segundo misil enhebró limpiamente el orificio en el techo y concluyó
la tarea: el suelo se desplomó sobre el piso inferior y la temperatura ascendió a cuatrocientos grados. En cinco
minutos, cuatrocientas dieciséis personas murieron en esta gigantesca olla a presión: en las paredes pueden
verse todavía hoy los ojos de los niños derretidos, así como retales de piel fundidos en la piedra. El refugio
de Al-Amiriya es uno de esos sitios que hay que visitar personalmente, un lugar —en su sentido más estricto—
religioso; es decir, un lugar donde ha pasado algo, donde ha pasado algo tan esencial para la humanidad
que se ha vuelto antiguo desde el principio. Es un lugar mucho más viejo que Babilonia o las Pirámides; tan
terrible que es anterior al Hombre. Ninguna cámara puede registrar esto; la imagen técnica integra todas las
visiones en un umbral “convencional” de experiencia, por muy amplio que se quiera y por mucho que se
pueda maniobrar en él: por eso el vídeo “engrandece” las cosas pequeñas y empequeñece, en cambio, lo que
no se puede medir. Las confiere un formato tranquilizador de monumentalidad o de espectáculo. Aquí no hay
ni una cosa ni otra. Los iraquíes han mantenido intocado el refugio como un museo del horror, han mimado
su espanto como un centro de propaganda antiimperialista; pero ni siquiera esta teatralidad mitiga su energía
antigua, monstruosa y obscena. Cuando se traspasa la puerta finlandesa de cinco mil quilos, se hace el silencio,
uno se deshace en el silencio. Arrojad todas las playas del mundo en el océano y la arena desaparecerá
en el agua; meted una orquesta de cien músicos en el refugio de Al-Amiriya; meted tambores, campanas, cascabeles,
timbales; y este silencio radical se tragará todo el estrépito y toda la bullanga. El silencio se ve agravado,
ahuecado, por las decenas, por los centenares de fotografías —niños licuados en esa madrugada tremenda—
colgadas de las paredes ennegrecidas, junto a ramos de flores mustias e improvisadas leyendas de
solidaridad o protesta. Los americanos que visitan la “zona cero” de Mahattan deberían visitar también la
“zona cero” de Al-Amiriya; los americanos que se conmueven noblemente leyendo las últimas palabras de las
víctimas del 11 de septiembre o los trágicos mensajes de sus parientes, deberían leer también la carta en árabe,
pegada al muro, de un padre iraquí que se acostó el 12 de febrero seguro de que al menos a sus hijos no les
iba a pasar nada: “Mis cuatro niños: no sabía que la mano de la muerte iba a arrebataros esa noche en un instante...
Oí el ruido de sus aviones y el fragor de sus misiles y mi único pensamiento y el único pensamiento
de vuestra madre era que estabais dentro... y tuvimos mucho miedo. Traté en vano de abrir la puerta del refugio,
pero quedasteis dentro como el pájaro masacrado... Hussein, Shima, Mohamed, Mustafa... mis entrañas...
Espero que hayáis encontrado justicia. Porque la vida no tiene sabor para mí sin vosotros. Vuestra madre os
llama constantemente y vuestra hermana se ha quedado sola para siempre. Vuestra habitación, vuestros juguetes,
vuestros muebles siguen en su sitio y nuestras lágrimas no se secarán hasta que volvamos a encontraros.
Hussein, Shima, Mohamed, Mustafa...”. Llamémoslos John, Margaret, Alfred y Paul y se nos romperá el corazón.
Pero —decíamos— no sólo los niños; también se ven muy pocas mujeres en las calles de Bagdad. En un
país que en 1986 tenía los más altos índices del mundo árabe de participación femenina en la vida política,
en el que ellas aportaban la mitad de la fuerza productiva, en el que hay divorcio y planificación familiar, el
embargo ha devuelto a miles de mujeres a sus casas. Las ha devuelto también a las mezquitas. Vemos a cientos
de ellas, cubiertas con sus abbaias negras, en el patio que circunda la bellísima mezquita del Kadhimain,
uno de los lugares santos del chiísmo en Iraq. ¿Será que las dificultades de la guerra y el bloqueo —y su consecuente
sufrimiento— han empujado a las mujeres a buscar refugio en Dios? ¿Se han vuelto místicas a fuerza
de no poder ir al taller ni al parlamento ni al mercado ni al cine? ¿O es que encuentran un vestigio de todos
estos sitios, algo de todas estas cosas, en la práctica de su religión? Basta un vistazo a la vastísima explanada
pululante de gente, reunida en indolentes grupos sentados bajo el sol —como grumos de vida espesados al
azar o matorrales crecidos en desorden— para medir toda la potencia socializadora del Islam, bajo cuyo
manto lo profano y lo santo se alimentan recíprocamente y se funden sin discontinuidad. Estas mujeres de
aspecto luctuoso, estas grandes matronas aparentemente severas, inseparables en el imaginario occidental de
una religión de grilletes y tinieblas, están fumando como camioneros. Una inesperada combinación de picnic,
asamblea y salón de te preside toda la atmósfera. Algunas mujeres calientan sus viandas o hacen hervir
el agua en pequeños hornillos de gas; los vendedores de cigarrillos y de galletas circulan entre los fieles; a lo
largo del recinto, al fondo de un escalón corrido, se abren las puertas de las celdas donde pasan la noche los
peregrinos. Al contrario que en el refugio de Al-Amiriya, el silencio aquí viene de arriba, es aéreo, sopla entre
los cuerpos, un crucigrama de gestos sueltos y voces relajadas. Es éste un extraño, feliz día de campo a la
sombra de los cuatro esbeltos, altísimos minaretes —oro y verde— de la mezquita y de las dos cúpulas doradas,
en forma de gota, del mausoleo. Dios proporciona a estas mujeres algo mucho más importante que consuelo
espiritual para sus penas presentes y apoyo moral para las venideras: les proporciona un espacio donde
no estar solas, donde enredarse en una superficie común, donde intercambiarse historias y devolver consejos;
donde tejer, en fin, ese fondo de realismo que permite soportar todos los delirios y todos los absurdos de este
mundo; y desde el cual se enderezan todas las decisiones y todas las resistencias. Es fácil aquí mirar y entablar
palabra; se está en territorio liberado, como en los parajes de Chiapas o en las noches de Carnaval. Y si
nadie silba es porque —ya se sabe— silbar atrae al demonio; y porque también se silba cuando se tiene miedo.
“¿Miedo?”, tanto sobresalta la dignidad de estas mujeres mi pregunta que acabo por preguntarlo siempre de
otra manera; no si “temen” (anti jaifa min) un nuevo ataque estadounidense sino tan sólo si lo “esperan” (anti
mutawaqa’a). Mohamed se revuelve, pero también Samia, una mujer que ha venido del Sur con su familia y
que me ofrece un raguif de pan. “Hace once años que EEUU hace la guerra al pueblo iraquí”, dice con enérgica
tranquilidad en correctísimo inglés mientras fuma bajo el velo negro; “nada ha cambiado después del 11
de septiembre; tampoco nuestra voluntad de resistencia”. Y luego muda de nuevo a humana vieja en territorio
libre y es ella la que pasa a hacer las preguntas, entre el cigarrillo y el te, curiosa e indulgente, satisfecha
de que en el mundo haya otros países (con gente buena, aunque pardilla y blanducha) y satisfecha, al mismo
tiempo, de estar ella en el suyo.
(Una vez en el exterior me vuelvo hacia la mezquita y una curiosa ceremonia llama mi atención: al atravesar
el arco de salida, bajo el que podría pasar cómodamente una goleta, las mujeres se detienen ante una de
las gigantescas puertas abiertas, besan la superficie de madera maciza y tiran luego de una cuerda para accionar,
por encima de sus cabezas, el enorme aldabón de bronce que repite, una y otra vez, su mazazo seco.
Paradójico rito éste de llamar a una puerta abierta y precisamente cuando se va a salir. O quizás no. Porque
salir de la mezquita es, desde otro punto de vista, entrar de nuevo en el mundo; y con este aldabonazo tal vez
los fieles que salen del Kadhimain no quieren que se les oiga dentro sino que se les responda fuera. Están llamando
a las puertas del mundo, como advertencia y en demanda de hospitalidad, para que les acoja con la
misma dulzura que el Dios-campo que acaban de dejar a sus espaldas. Están llamando. “¿Por qué el silencio
de Occidente y de la Humanidad frente a la masacre permanente del pueblo de Iraq?” nos había preguntado,
bajo ese mismo arco, dos horas antes, el imponente sheij de la mezquita.)
Pero a las mujeres hay que ir a buscarlas también a los hospitales, al lado de sus hijos o sus nietos supliciados
por el embargo. Las mujeres son iguales a los hombres; las madres no; y si las mujeres dejan de tener
hijos, si se dejan arrebatar esta diferencia en nombre de la libertad de tener un patrón y de ir al cine (y de
encerrar su vida en un solo cuerpo, valorizado y programado por los designios del mercado), renunciarán a la
superioridad insuperable, irrebasable, sobre la que pivota la frágil estabilidad de nuestro mundo. En la igualdad,
los hombres y las mujeres atropellarán juntos, sin oposición, los últimos fundamentos; en la igualdad, no
habrá ya ninguna excelencia contra la que choque la pasión de destrucción generalizada. Aquí, en los hospitales
de Iraq, la falta de cloro, de productos de limpieza, de equipos de laboratorio, de aparatos de radioterapia
o protocolos completos de quimioterapia (productos todos prohibidos desde Nueva York), mata y tortura
todos los días, pero no puede nada contra los esquemas profundos de la supervivencia. En el departamento de
leucemia del Hospital Universitario Pediátrico de Bagdad, donde ingresan dos casos nuevos todas las semanas,
las madres mantienen en funcionamiento la intendencia moral del centro con sus infatigables gestos de
andar por casa: hacen de enfermeras, se ocupan de la limpieza, se encargan también de la alimentación de los
enfermos. Hacen, sobre todo, de madres, que es como decir que hacen de mástiles. La dignidad es una especie
de rectitud y al mismo tiempo de reposo; y nuestra imaginación (alimentada por una interminable galería
de cuadros, estatuas y estampas literarias) se la representa siempre sencillamente como una vertical bien
anclada. Está erguida y no se mueve. Es esto lo que impresiona en estas mujeres: algo que tiene que ver con
la hexis corporal o, si se prefiere, con la postura. No hay ninguna diferencia entre el sufrimiento de un niño
pobre y de un niño rico; independientemente de sus causas, en Madrid o en Bagdad, la enfermedad pone ante
nuestros ojos los mismo bubones y las mismas llagas, agonías iguales e igualmente intolerables. ¿Dónde está,
pues, la diferencia? ¿Por qué esta brecha, este brinco de la sensibilidad? ¿Es sólo por lo que sabemos? La diferencia
está en ellas y se manifiesta, si se quiere, a un nivel casi pictórico. Apenas se entra en la habitación la
sacudida se percibe como una inconsecuencia en el espacio, como un error de composición. Las madres no
están donde deberían estar, donde nuestro recuerdo las coloca, donde se colocarían nuestras madres, en una
silla y al lado del lecho, inclinadas sobre la almohada. En cada habitación hay seis camas y en cada cama hay
—no un niño, no— una mujer velada, sentada, erguida, grande, y cada mujer velada sostiene en su regazo a
un niño enfermo. Ellas son las camas de sus hijos. Y las camas son sólo sus peanas. Sonidos, tactos, olores,
todo se esfuma en el aire; pero lo que entra por los ojos... Esta imagen —este ángulo carnal compuesto de una
horizontal vencida y una vertical inamovible, un dolor hacia arriba y otro dolor hacia abajo que lo revela y lo
limita— permanece imborrable en mi memoria, como una mezcla de dolor privado y de confianza universal.
La “postura” de la madre multiplica el sufrimiento y equilibra al mismo tiempo el mundo en una réplica ininterrumpida
en la que sufrimiento y equilibrio se citan y se reflejan al infinito. Habitación tras habitación se
repite el mismo cuadro inmóvil: seis pasos de Semana Santa, seis tallas de la Dolorosa, el corazón roto y los
brazos firmes, que habría que pasear por las calles de Nueva York; seis obras maestras, treinta y seis obras
maestras, setenta y dos obras maestras, que Miguel Ángel no pudo esculpir más que una sola vez. El sufrimiento
de un niño es un escándalo; el sufrimiento de una madre nos tranquiliza. Se mira al niño y uno desea
culpablemente un castigo; se mira a la madre y uno se siente inmediatamente perdonado. No me pasará nada,
no me convertiré en ciervo ni en anciano gruñón ni me quedaré paralítico de las dos piernas, como tal vez
merezco: la superioridad de mi mirada se ve expiada por esta superioridad superior que también se deja mirar.
Enfrentarse a una mujer no es aconsejable, pero es posible; se la puede engañar o seducir o intimidar; a una
madre no. Lo más duro, nos dice el doctor Mohamed Taher, pediatra del hospital, héroe diminuto de apretada
barba negra y ojos febriles que trabaja veinte horas al día por cinco dólares al mes, lo más duro es tener
que traicionar la confianza de las madres, que acuden al centro seguras de su pericia, y decirles que no puede
hacerse nada por sus hijos. Lo más increíble es la respuesta de las madres, a la que uno —felizmente— nunca
llega a acostumbrarse. Sin ellas, sin las madres, no podríamos soportar su dolor.
Con las pocas cosas que caben en un pañuelo, como demuestran los pigmeos, se puede construir una
sociedad humana. Por encima del umbral de la miseria, la pobreza —recuerdo un título de Guidieri— es una
abundancia o, al menos, una abastanza; por encima del umbral de la miseria, la pobreza maneja valores de
uso, impone solidaridades, genera instituciones. Lo original, lo espontáneo, lo inmanente es el orden, que
tiene que ser permanentemente destruido por una intervención vigilante, irrumpiente, ininterrumpida y violenta.
Incluso en la aldea más pequeña, incluso en los campos de refugiados, incluso en esos lager 1 atroces
que nos describe Primo Levi —en los alvéolos que escapan a la providencia del terror— cristalizan diminutas
constelaciones de objetos, retículas de relaciones que resisten el desorden de la fuerza o de la opresión. Es
ésta una tiranía elemental y un principio antropológico: los hombres experimentan —combinan y veneran—
lo que tienen, no lo que les falta. Quitad a un hombre, una por una, todas las cosas; quitadle todo y dejadle
sólo una cuchara: con ella construirá su casa, se beberá su sopa, defenderá su jardín; en torno a ella se amarán
los jóvenes, se forjarán leyendas, se organizarán doctrinas y cultos; se inventarán también distintos “estilos”
de manejarla o de representarla. Dejadles al menos una cuchara y los hombres lo olvidarán todo en ella.
Todo límite es, al mismo tiempo, un horizonte completo de exigencias y placeres. Si, en contra del mito individualista
del capitalismo, muchos más hombres, a lo largo de la historia, se han sentido irresistiblemente atraídos
por la pobreza (y no sólo santos, místicos, revolucionarios o aventureros) es porque la pobreza concentra
un doble poder ineluctable: el de obligar a establecer relaciones y el de apaciguar las ambiciones, sobre el
fondo de ese acontentamiento que en otro sitio he llamado “la banal positividad del Neolítico”. A la pobreza
no le falta nada. Es exactamente lo contrario de lo que ocurre con la riqueza. A partir de un cierto grado de
opulencia, la riqueza se llena de todas las cosas que aún no tiene, está pendiente tan sólo de lo que le falta,
deja atrás las cosas, las va dejando siempre atrás sin que el que las posee pueda jamás unirse con ellas de ningún
modo ni unirse a través de ellas con ningún hombre. La riqueza es una idea o, si se prefiere, un fantasma.
¿Por qué no hay nunca fantasmas en las chabolas ni en las favelas de lata? ¿No será que el fantasma del
enorme castillo en ruinas se limita a simbolizar eternamente ante nuestros ojos el espectro de la opulencia desaparecida,
del fasto muerto, de la grandeza derribada? ¿No será el castillo mismo el fantasma? Al contrario
que la pobreza, que es intemporal o, si se prefiere, “clásica” —porque repite desde hace un millón de años las
mismas cosas—, la riqueza está siempre amenazada por la fragilidad del poder, por la inconstancia de las
modas, por la discontinuidad del tiempo. La riqueza está siempre a punto de volverse vieja, en trance de volverse
fea. Digo todo esto porque la prueba más impresionante del suplicio que está viviendo Iraq desde hace
once años no son sus niños desnutridos ni los comercios desabastecidos y vacíos ni las madres dolorosamente
rectas en los hospitales. Aquello que está delante de los ojos, al alcance de la mano, por penoso que sea, se
acepta siempre con naturalidad y presencia de ánimo (y por eso hay que pensarlo o recordarlo si lo que se pretende
es cambiarlo); pero lo que no podemos soportar es la visión de lo que ha estado. Donde se reflejan de
un modo más espectacular y más hiriente, más lúgubre también, los efectos del embargo; lo que me ha proporcionado
la imagen más clara —una especie de metro o de medida— del declive inducido de Iraq ha sido
—lo diré de una vez— la visita a dos edificios fantasmas.
El primero está en Basora. Allí, frente a la confluencia del Tigris y el Eufrates, vadeados por un mal puente
de tablas y boyas, se alza el imponente hotel Sheraton como un viejo galeón naufragado o un transatlántico
varado en el fango. Concebidos en serie, como una variante rica del socialismo, para que sus clientes pudieran
viajar de Sheraton en Sheraton sin tener que pasar por ningún país (recuerdo una vieja publicidad en
Egipto: “Fuera es El Cairo, dentro sólo el Sheraton”), los Sheraton alzan sus moles idénticas, en Casablanca
y en Río de Janeiro, como puros no-lugares de transición rápida orientados a la extracción ininterrumpida de
beneficio. Cuando se les despoja del espejuelo de vida del turismo, queda sólo la carrocería, como en Basora,
un resto aparatoso que no se ha llevado el río y que exhibe al mismo tiempo la codicia de sus creadores y la
caducidad de un tiempo que ya no existe. Basora, en otro tiempo famosa por sus dátiles y sus palmerales, rica
en reservas petrolíferas y cuyo nombre ningún lector de Las Mil y Una Noches puede pronunciar sin nostal-
1 Campos de concentración nazis. [Nota de CSCAweb]
gia —de donde salían y a donde iban a parar todas las historias—, es hoy una ciudad devastada por dos guerras
y un asedio de años que sigue zapando sus entrañas: aguas residuales, uranio empobrecido, cortes de electricidad,
escuelas peladas, hospitales desprovistos de todo menos de muertos. Pero lo más triste es el Sheraton.
Si a Bagdad arriban contados viajeros y a trompicones, a Basora, en la zona de exclusión aérea anglo-americana,
sobrevolada y bombardeada casi a diario por los aviones del Imperio, no llega nadie. Y sin embargo —
y por eso— lo más triste es el Sheraton. El embargo, al vaciar sus salones, ha revelado la superfluidad de su
origen y el carácter subordinado —de una época y de una bulimia— de su arquitectura. Con sus tres cuerpos
oblongos de siete plantas aupándose sobre una ciudad enana, con sus centenares de habitaciones ahora cerradas
y sus salas vastas y marchitas como gigantescos bostezos, no se puede entrar en él sin sentir inmediatamente
el deseo de buscar una hoguera alrededor de la cual se calienten diez desharrapados y dormir tapado
sólo por una manta. Todos los esfuerzos del personal por contener o, al menos, adecentar esta decadencia sólo
sirven para revelar aún más sus estragos. Bajo la luz mortecina de un generador eléctrico todo —hombres,
objetos, comida— parece bañado en un aceite lento que los aleja, inalcanzables, a una distancia infinita. En
los interminables corredores, cubiertos por una sobada moqueta azul, uno tiene la sensación de oír silbar el
viento, o quizás las almas de los turistas muertos, hasta tal punto sobrecoge su solitaria fealdad. Las habitaciones,
abiertas para nosotros, son tan grandes que podrían alojar cómodamente a un par de familias iraquíes;
todo está listo y limpio; pero las sábanas tienen la aspereza y la grisura de un pergamino viejo; los grifos están
oxidados; el agua sale turbia del caño; y una cucaracha se pasea por el suntuoso mármol del lavabo amenazando
mi cepillo de dientes. Fuera es el mundo, sigue siendo el mundo; dentro sólo el Sheraton. El Sheraton
solo. No apetece estar aquí mucho tiempo. Nada hay más triste que el lujo muerto, el oropel agusanado, las
raídas pelucas que ya nadie va a volver a ponerse. Quitadle a un hombre todo; quitadle a un hombre todo
menos las cucharas y creará una civilización. Quitad los hombres y dejad las cucharas. Sed generosos: dejad
también los platos, las mesas, los muebles, los palacios. Y luego poned a un hombre solo en medio de todo
eso y sucumbirá a la melancolía.
El otro edificio al que me refiero, esta vez en Bagdad, es el Jan Maryán, muy cerca de la mezquita del
mismo nombre, en una bocacalle de Al-Rachid. Antiquísimo caravasar (jan) construido por Amin ud-Din
Miryan en 1359, constituye una impresionante muestra de la arquitectura del período selyeúcida: su gran patio
rectangular cubierto a catorce metros del suelo por una bóveda de seis arcos mitrales, las dos galerías superpuestas
que lo rodean con sus puertecitas en punta, la combinación de mortero, ladrillo y madera —todo ello
iluminado por la luz tamizada que entra por los altísimos ventanales— le confiere ese aire ambiguo e imponente
de fortaleza castellana y catedral gótica. Tras muchos años de abandono, en 1935 el edificio fue restaurado
y confiado al Departamento de Antigüedades para que albergara colecciones de arte árabo-islámico.
Después se convirtió en un selecto restaurante, paradero inexcusable, en otro Bagdad más despreocupado y
bullicioso, de viajeros, comerciantes y burguesía local. Habíamos entrevisto la construcción la primera noche,
a través de un cristal y bajo una luz como de antorcha, y nos había cautivado. Volvemos, pues, el último día,
a la hora de comer, en una jornada fría y plomiza, pero con la última visión de una pirámide de naranjas en
una carretilla; y apenas empujamos la puerta tenemos la sensación de haber errado el sitio, la sensación casi
de un accidente revelador: como el que mete el pie entre las breñas y descubre una gruta poblada en el paleolítico
o el que acciona sin querer un resorte y cae a una cripta abandonada en la Edad Media. La gran nave
de catedral del restaurante está completamente vacía. No hay nadie: ni clientes ni camareros. Pero todo ocurre
como en un cuento. Porque cincuenta mesas, coronadas de manteles blancos, con platos, cubiertos y toda
una flotilla de copas y vasos encima del tablero, esperan desde hace una década, perfectamente preparadas, a
doscientos comensales que un día u otro habrán de llegar. Antes de que se produzca la menor señal de vida,
tenemos tiempo de acercarnos y examinarlas: los sillones que aquí llamaríamos fraileros, con brazos de madera
y tapicería de terciopelo, han perdido el color; los manteles, ajados y desteñidos, exhiben algunos discretos
zurcidos o quemaduras de cigarrillo; se ven platos desportillados y un viejo menú con amarilleces de papiro.
La luz de las vidrieras, en este día encapotado, agrava la atmósfera de soledad y abandono. Pero todo ocurre
como en un cuento también porque nuestra presencia —la de sólo dos personas—, como ese gesto que
despierta después de un siglo un palacio dormido o ese carillón que resucita a los muertos, convoca inmediatamente
a tres, cuatro, hasta seis jóvenes vestidos de Aladino, salidos de no se sabe dónde, que se azacanean
apresuradamente de un lado para otro, nos llenan en un segundo la mesa de viandas, montan en el centro de
la sala un horno en forma de tambor. Al mismo tiempo, al fondo de la nave, se abren misteriosamente dos
puertas de madera y dos viejos, también de cuento, iluminan sus tiendecitas de souvenirs: cuelgan dos alfombras,
montan un muestrario de postales y nos enderezan una mirada, desde el umbral, cargada de pacífica
ansiedad. No podemos resistirnos a la invitación. Mientras los Aladinos acumulan junto a nuestros platos, una
tras otra, grandes boinas de pan, nosotros examinamos lamparitas sin genio dentro, películas soviéticas de
super-8, chapitas anamórficas del Caudillo, y sobre todo —sobre todo— unos muñequitos en atavíos tradicionales,
tan pequeños, tan ingenuos, tan cubiertos de polvo, tan necesitados de una mirada, que adquirimos
de pronto la conciencia de todo el sufrimiento que pueden albergar también los objetos. Nuestra presencia, en
fin, activa el edificio muerto, en toda su extensión, punto por punto y línea por línea: despliega en pocos minutos
toda la energía que lleva dentro. Nosotros dos somos, de alguna forma, los doscientos comensales que el
Jan Maryán estaba esperando desde toda la eternidad.
Pero este cuento, por desgracia, es muy banal y muy triste. Uno de los camareros se llama Ahmed, tiene
veinte años y procede de un pueblo del Nasriya, donde ha dejado a sus padres y a su novia. Su padre y su tío
han combatido en dos guerras y él mismo no ha conocido, desde que nació, más que la amenaza de las bombas
y las penurias del bloqueo. Ha venido a Bagdad para rebañar, aquí y allá, unos dinares que le permitan
casarse, pero no disfruta de la gran ciudad: día tras día, se muere de nostalgia.
— “¿Está siempre tan vacío?”, le pregunto señalando a mi alrededor.
— “¿Y quién va a venir?”, me contesta. “Ya lo has visto: aquí una comida cuesta tres veces lo que cobra
al mes un iraquí”.
Él no ha llegado a conocerlo, pero le han hablado de un tiempo mejor en el que el restaurante bullía de
turistas y ricachones, en el que se bebía cerveza y mujeres bellísimas, de todos los lugares del mundo, lucían
los más seductores vestidos. “De noche hay más gente, pero ya sólo vienen funcionarios de embajada, miembros
de delegaciones como la vuestra y algún que otro comerciante jordano”.
Ahmed, al marcharnos, nos agradece menos que hayamos visitado su restaurante que el que hayamos visitado
su país. Es tímido, limpio, inteligente, digno. Nos despedimos con una especie de ternura. ¿Será porque,
en realidad, teníamos muchas ganar de vernos sin saberlo? ¿O porque es la última vez que nos vemos? ¿O
será por todo lo que tanto él como nosotros sabemos acerca del futuro inmediato de Iraq?
Ahmed —que debe, después de todo, complacer al cliente— hace una última concesión a la esperanza:
“In-sha-allah (si Dios quiere) la próxima vez que vengáis el Jan Maryán estará lleno de gente y, sobre todo,
comeréis mejor”.
In-sha-allah... si Dios lo quiere y los Estados Unidos, mucho más poderosos, lo permiten.
No lo permitirán. Antes de Afganistán, después de Afganistán, los Estados Unidos siguen empeñados en
hacer retroceder a Iraq a la Edad de Piedra. De hecho ya han anunciado a los iraquíes —quizás para antes del
mes de mayo— más bombas, más cánceres, más niños derretidos, más madres dolorosamente rectas en camas
de hospitales. No es un parte meteorológico. Serán ellos los responsables y seremos nosotros quienes callaremos.
El día 8 de enero leo en Al-Yumhuriya, uno de los periódicos de Bagdad, la noticia de que los iraquíes han
elegido en votación a Osama Ben Laden como personaje del año 2001. Llegará un día, quién sabe, en que los
votantes estadounidenses no tendrán más remedio que preguntarse por qué los iraquíes —y tantos y tantos
hombres en todo los rincones del planeta— eligen con tan poco juicio a sus héroes. Muchos nos hemos preguntado
ya muchas veces por qué también ellos —los norteamericanos— eligen tan mal a los suyos. Cuando
el Dios justísimo que no existe convoque a los iraquíes el día del Juicio Final y les pregunte “¿por qué elegisteis
tan mal a vuestros héroes?”, los iraquíes llamarán en su defensa al Hambre, con su cabellera piojosa,
y al Cáncer, con la cara podrida de bubones, y al Fuego y al Tifus y al Uranio y al Dolor. Cuando el Dios justísimo
que no existe convoque a los estadounidenses y les pregunte: “y vosotros, vosotros cuyas casas nadie
bombardeaba, cuyos hijos no se morían de cólera o de difteria, que podíais beber agua potable y escoger vuestras
instituciones, vosotros que teníais carne para comer y coches para desplazaros y libros para pensar, ¿por
qué elegisteis tan mal a vuestros héroes?”, los estadounidenses contestarán tranquilamente: “Porque queríamos
tener más”. Si el Dios justísimo que no existe existiera...
¿Que podemos hacer? Nada. O casi nada. Porque la galletita de Bush es una advertencia para los grandes
y una esperanza para los pequeños. Cuidado: el Ogro puede atragantarse comiéndose a Pulgarcito. No nos rindamos:
si el Ogro se va a comer a Pulgarcito, procuremos al menos que se le atragante.