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martes, 17 de julio de 2012

La bruja Baba-Yaga


La bruja Baba-Yaga 
Aleksandr Nikolaevich Afanasiev 







Cuentos Populares Rusos 









Vivía en otros tiempos un comerciante con su  mujer;  un  día  ésta  se  murió,  dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra  mujer,  que,  envidiosa  de  su  hijastra,  la maltrataba  y  buscaba  el  modo  de  librarse  de ella.
Aprovechando  la  ocasión  de  que  el  padre tuvo  que  hacer  un  viaje,  la  madrastra  dijo  a la muchacha:
-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé
una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y  como  la  muchacha  era  lista,  decidió  ir  primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
-Buenos días, tiíta.
-Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
-Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir  a  su  hermana  una  aguja  e  hilo,  para  que me cosa una camisa.
-Acuérdate bien -le dijo entonces la tía-de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de  una  cancela  rechinarán  y  se  cerrarán  con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar;  tírales  un  poco  de  pan.  Un  gato  feroz  estará  encargado  de  arañarte  y  sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón. La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite  y  jamón  y  una  cinta,  se  puso  a  andar en busca de la bruja y finalmente llegó. Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada  la  bruja  Baba-Yaga  sobre  sus  piernas huesosas, ocupada en tejer.
-Buenos días, tía.
-¿A qué vienes, sobrina?
-Mi  madre  me  ha  mandado  que  venga  a pedirte  una  aguja  e  hilo  para  coserme  una camisa.
-Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja  salió  de  la  habitación,  llamó  a  su  criada  y le dijo:
-Date  prisa,  calienta  el baño  y  lava  bien  a mi sobrina, porque me la voy a comer. La pobre muchacha se quedó medio muerta  de  miedo,  y  cuando  la  bruja  se  marchó, dijo a la criada:
-No  quemes  mucha  leña,  querida;  mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo. Baba-Yaga,  impaciente,  se  acercó  a  la ventana  donde  trabajaba  la  chica  y  le  preguntó a ésta:
-¿Estás tejiendo, sobrinita?
-Sí, tiíta, estoy trabajando.
La  bruja  se  alejó  de  la  cabaña,  y  la  muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al  gato  un  pedazo  de  jamón  y  le  preguntó
cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
-Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos  y  echa  a  correr  lo  más  de  prisa  que puedas,  porque  la  bruja  Baba-Yaga  correrá
tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la  bruja  se  tira  al  agua  y  lo  pasa  a  nado,  tú
habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo  que  no  está  lejos  de  ti,  tira  el  peine, que  se  transformará  en  un  espeso  bosque,  a través del cual la bruja no podrá pasar. La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso  a  correr.  Los  perros  quisieron  despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas  de  una  cancela  rechinaron  y  se  cerraron de  golpe,  pero  la  muchacha  untó  los  goznes con  aceite,  y  las  puertas  se  abrieron  de  par en  par.  Más  allá,  un  álamo  blanco  quiso  arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
-¿Estás  tejiendo,  sobrinita?  ¿Estás  tejiendo, querida?
-Sí,  tía,  estoy  tejiendo  -respondió  con  voz ronca el gato.
Baba-Yaga  entró  en  la  cabaña,  y  viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
-¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
-Llevo  mucho  tiempo  a  tu  servicio  -dijo  el gato-y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito,  y  ella  me  ha  dado  un  pedazo  de jamón.
Baba-Yaga se enfadó con los perros, con la cancela,  con  el  álamo  y  con  la  criada  y  se puso a pegar a todos.
Los perros le dijeron:
-Te  hemos  servido  muchos  años,  sin  que tú  nos  hayas  dado  ni  siquiera  una  corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
-Te  he  servido  mucho  tiempo,  sin  que  a pesar  de  mis  chirridos  me  hayas  engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
-Te  he  servido  mucho  tiempo,  sin  que  me hayas  regalado  ni  siquiera  un  hilo,  y  ella  me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
-Te  he  servido  mucho  tiempo,  sin  que  me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba-Yaga  se  apresuró  a  sentarse  en  el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con  la  escoba  sus  huellas,  salió  en  persecución  de  la  muchacha.  Ésta  arrimó  su  oído  al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho. Baba-Yaga  llegó  a  la  orilla,  y  viendo  el obstáculo  que  se  le  interponía  en  su  camino, rechinó  los  dientes  de  rabia,  volvió  a  su  cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río:  los  animales  bebieron  toda  el  agua  y  la bruja  continuó  la  persecución  de  la  muchacha. Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó
que  Baba-Yaga  estaba  ya  muy  cerca:  tiró  al suelo  el  peine  y  se  transformó  en  un  bosque espesísimo y frondoso.
La  bruja  se  puso  a  roer  los  troncos  de  los árboles  para  abrirse  paso;  pero  a  pesar  de todos  sus  esfuerzos  no  lo  consiguió,  y  tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto,  el  comerciante  volvió  a  casa  y preguntó a su mujer.
-¿Dónde está mi hijita querida?
-Ha ido a ver a su tía -contestó la madrastra. Al  poco  rato,  con  gran  sorpresa  de  la  madrastra, regresó la niña.
-¿Dónde  has  estado?  -le  preguntó  el  padre.
-¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a  casa  de  su  hermana  a  pedirle  una  aguja con  hilo  para  coserme  una  camisa,  y  resulta que  la  tía  es  la  mismísima  bruja  Baba-Yaga, que quiso comerme.
-¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido. Cuando  el  comerciante  se  enteró  de  la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los  dos  vivieron  en  paz  muchos  años  felices