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domingo, 13 de abril de 2008

COCOS Y HADAS : CUENTOS PARA NIÑAS Y NIÑOS . JULIA DE ASENSI



Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños

Julia de Asensi

*_*

El coco azul



Teresa era mucho menor que sus hermanos Eugenio y Sofía y sin duda

por eso la mimaban tanto sus padres. Había nacido cuando Víctor y

Enriqueta no esperaban tener ya más hijos y, aunque no la quisieran mas

que a los otros, la habían educado mucho peor. No era la niña mala, pero

sí voluntariosa y abusaba de aquellas ventajas que tenía el ser la primera

en su casa cuando debía de ser la última.

A causa de eso Eugenio no la quería tanto como a Sofía; ésta, en

cambio, repartía por igual su afecto entre sus dos hermanos.

Cuando Teresa hacía alguna cosa que no era del agrado de Eugenio, él

la amenazaba con el coco y pintaba muñecos que ponía en la alcoba de su

hermana menor para asustarla.

Teresa tenía miedo de todo y sólo Eugenio era el que procuraba vencer

su frecuente e incomprensible terror.

No se le podía contar ningún cuento de duendes ni de hadas, ni

hablarle de ningún peligro de esos que son continuos e inevitables en la

vida. Los padres se disgustaban con que tal hiciera, y sólo su hermano

procuraba corregirla por el bien de ella y el de todos, esperando

aprovechar la primera ocasión que se presentase para lograrlo.

Rompía los juguetes de su hermana sin que nadie la riñese y Sofía

había guardado los que le quedaban, que aun eran muchos y muy bonitos,

donde Teresa no los pudiera coger.

-El día que seas buena te los daré todos, le decía.

-Y cuando seas valiente yo te compraré otros, añadía Eugenio.

Teresa se quedaba meditabunda durante largo rato, sin hallar el medio

de complacerles.

No tenía ella la culpa de ser tan miedosa, bien hubiera querido

vencer sus temores para evitar las burlas de sus hermanos y de sus amigas.

Si salía a paseo, tenía que volver a su casa antes que anocheciera y era

preciso llevarla a sitios muy concurridos. Si un hombre la miraba, creía

que le iba a robar; si un perro corría a lo lejos, se figuraba que era un

animal desconocido y de colosal altura. Si se despertaba de noche y veía

por la entornada puerta la luz de la lámpara de una habitación próxima,

imaginando que había fuego en la casa, saltaba con precipitación de la

cama pidiendo socorro.

No podía estar sola jamás, ni ir a buscar ningún objeto a otro cuarto

sin que la acompañasen.

En su misma alcoba tenía que dormir una buena mujer que había sido su

nodriza y continuó después al servicio de los padres de Teresa. Quería

tanto a la niña que dormía muy poco para poder vigilar su sueño,

despertarla si le atormentaba alguna pesadilla o acostarla con ella si

estaba desvelada por el miedo.

Habiendo caído enferma la madre de Teresa y no bastando los criados

de la casa para velar por si algo se ofrecía, mientras acompañaban a la

paciente su marido y otras personas de la familia, forzoso fue que la

nodriza entrara también en turno para aquel servicio. Ella se quedaba

vestida junto a la cama de la niña que, sabiendo que estaba allí a su

lado, no tenía cuidado de ningún género.

Una noche, el padre de Teresa llamó desde fuera a la antigua criada,

que se apresuro a salir.

-Hay que ir a la botica, le dijo su amo, se ha concluido una de las

medicinas y dice el doctor que es preciso traer más.

La excelente mujer comprendió que no podía desobedecer aquella orden;

miró a la niña, que dormía con la mayor tranquilidad, se abrigó bien y

salió a la calle para cumplir lo dispuesto por su señor.

-Tardaré poco, se dijo, y en esta momento Teresa no ha de

despertarse, sería muy casual que así fuese.

No había querido cerrar la puerta de la alcoba para no hacer ruido.

En la botica la detuvieron un buen rato porque el excesivo número de

enfermos que había en aquella época era causa de que tuviesen allí muchas

recetas, que se servían por riguroso turno, y el personal de la farmacia

más próxima era bastante escaso.

Apenas haría un cuarto de hora que había salido la nodriza, cuando

Teresa se despertó.

-¡Mariana! ¡Mariana! llamó por dos veces.

Nadie le respondió. Como era la primera vez que esto había sucedido,

pues la mujer, que tenía el sueño muy ligero, contestaba en seguida que

oía la voz de Teresa, ésta empezó a alarmarse y se sintió invadida de

aquel invencible terror que tanto le atormentaba. Creyó que a sus voces

acudiría su padre o alguno de sus hermanos, en el caso de que éstos no se

hubiesen acostado todavía.

Al poco rato encendieron una luz en la habitación inmediata. Fijos

los ojos en la entornada puerta, la niña cesó de gritar y se quedó

inmóvil.

La puerta se abrió entonces por completo y apareció en ella una

figura negra con un palo en la mano.

-Si no te callas te llevaré conmigo, le dijo con atronadora voz. ¿A

quién llamabas? ¿no puedes estar sola?

Ante aquella amenaza la pobre niña se echó a temblar y ocultó el

rostro con las sábanas.

-Márchate, coco negro, murmuró al fin, que yo seré buena.

La figura negra desapareció.

Apenas había salido, Teresa empezó a llamar a gritos a su nodriza.

En la puerta apareció otra figura vestida de azul. Ésta se acercó a

la niña a pesar de sus protestas, y colocó encima de su cama una hermosa

muñeca.

-¡Vete! exclamó Teresa llorando.

-No me iré sin que me escuches, contestó el fantasma. Yo soy el coco

azul y quiero mucho a los niños buenos, a los que doy dulces y juguetes;

mas para esto es necesario que no me teman ni tengan miedo a nada. En el

último piso de tu casa hay un cuarto obscuro, del que sin duda has oído

hablar, que sirve para guardar baúles y muebles viejos; en un rincón

de ese cuarto hay muñecas, sillas, mesas y camas para una casa de

aquellas, juegos de café, batería de cocina, almendras, caramelos, y otras

cosas buenas o bonitas. Si mañana te atreves a ir allí sola, de día, todo

será para ti, si no se lo daré a otra niña.

-¿Son los juguetes como los de Sofía? se atrevió a preguntar

Teresa, porque aquel coco no le parecía tan malo como el negro.

-Sí, como los de Sofía.

-¿Y serán para mí?

-No lo dudes.

-Pues bien, coco azul, si te marchas enseguida, mañana iré por ellos.

A Teresa le pareció que el coco se burlaba de ella, porque apenas

podía contener la risa. Cogió la muñeca y se alejó precipitadamente.

La niña ya no se atrevió a gritar, temiendo que apareciese un coco de

otro color. ¡Si el azul no le engañara! ¡Si todos aquellos juguetes y

golosinas fuesen para ella! ¿Por qué se había llevado la muñeca otra vez?

Su conciencia le decía que en realidad no la había ganado, porque tenía

muchísimo miedo.

Cuando la nodriza volvió, encontró a Teresa con los ojos abiertos,

pero callada.

-¡Qué buena es mi niña! dijo besándola; así te quiero yo ver, sin

miedo aunque no esté contigo. He tenido que ir a la botica a buscar una

medicina para tu mamá, que ya está muy aliviada y pronto podrá levantarse.

Ya no me separaré más de ti.

-¿Estamos solas, Mariana?

-Sí, solas, como siempre a estas horas, respondió la nodriza.

-Pues acércate a mí, que te voy a contar lo que me ha pasado.

Y hablando muy bajito, le refirió la visita de los dos cocos.

-Habrá soñado todo eso, pensó la criada.

A la mañana siguiente, al observar que había dejado un mantón negro

sobre una silla y que las cortinas del balcón y de las puertas eran

azules, supuso Mariana que, asustada Teresa, los había tomado por

fantasmas y que había soñado que le habían dicho todo aquello. Vino a

confirmar esta idea el oír que Teresa en sueños nombraba sin cesar al coco

azul.

Al otro día se levantó la niña pensando en los prometidos juguetes y

decidida a armarse de valor para ir a buscarlos.

-Subiré después del desayuno, se dijo.

Pero no se atrevió entonces y lo dejó para cuando acabase de

almorzar.

-¿No sales hoy a paseo? le preguntó Sofía.

-No, contestó Teresa, tengo que hacer en casa.

-¡Ah! ¿tienes que hacer? repitió riéndose la hermana mayor.

-Si, y no te burles.

-¡Famosas ocupaciones serán las tuyas!

-Si me atreviera te las diría.

-Pues atrévete.

-Es que... no sé si es preciso guardar el secreto.

-Conmigo seguramente no, profirió Sofía.

Teresa pareció vacilar un poco, pero al fin, como su hermana era

buena para ella y podía darle un consejo, se decidió a contarle la

aparición del coco negro y la del coco azul. Al terminar suplicó a Sofía

que subiese con ella al cuarto obscuro.

-Eso no puede ser, le replicó, te han dicho que vayas sola y si te

acompaño ya no habrá de fijo ni juguetes ni dulces.

Larga fue la lucha que tuvo que sostener Teresa; varias veces llegó

al primer tramo de la escalera, porque hasta él la llevó de la mano su

hermana, pero no hubo medio de que pasara de allí.

-Iré contigo hasta la puerta del cuarto, le dijo Sofía.

Pero aunque subió con Teresa no logró que la niña entrase sola.

-Déjalo para mañana, a ver si tienes más valor, le aconsejó la otra.

-Mañana no estarán los juguetes...

-Puede ser que sí.

Por la noche también tuvo Mariana que dejar sola a Teresa para

acompañar un rato a la enferma, que había tenido un gran alivio en su

dolencia, pero cuyo estado exigía siempre un cuidado asiduo.

La niña se despertó y vio, como la noche anterior, al coco negro que

la amenazó y al coco azul que la trató con dulzura.

Tuvo menos miedo al primero y hasta se atrevió a mirar detenidamente

al segundo. Aquel coco le era simpático y conoció que acabaría por

familiarizarse con él. Prometió a la niña ir al día siguiente con ella al

cuarto obscuro.

Y en efecto, a las diez de la mañana estaba esperándola en el primer

descanso de la escalera, con su hermoso manto de cielo que le cubría desde

la cabeza a los pies. Teresa se acercó al coco y subió con él hasta lo más

alto de la casa. Al llegar allí abrió la puerta y la niña vio que el

cuarto estaba profusamente iluminado con velas y farolillos y en el fondo

estaban los juguetes ofrecidos y otros muchos y las golosinas que a ella

más le agradaban.

Encantada Teresa al ver todo aquello, empezó a saltar de alegría y a

coger cuantos objetos pudo colocándolos en su delantal, para bajarlos a su

cuarto en menos tiempo. El coco azul le ayudaba en su tarea, y allí

apareció también el coco negro para terminar más pronto.

Cuando todo estuvo trasladado, como Teresa era ya una niña bien

educada, dio las gracias a los cocos que le pidieron un beso. Ella cerró

los ojos para no verles la cara y obedeció. Entonces el coco negro y el

coco azul desaparecieron.

Los dos corrieron al cuarto del padre de Teresa, se quitaron su

disfraz apareciendo: bajo el traje del coco malo Eugenio, y del coco bueno

Sofía.

-Ha estado la niña más valiente de lo que esperábamos, dijeron.

Poco a poco fue perdiendo Teresa el miedo a todas las cosas naturales

y sobrenaturales, pero, aun siendo mayor, siguió ignorando que los

cocos habían sido sus hermanos.

Si algún día no sabía la lección, le decía su madre:

-Mira que va a venir el coco negro.

Y aprendía pronto al oír esta amenaza.

Sonreía dulcemente, como si de algo muy querido de ella se tratara,

cuando, después de haber hecho una cosa buena le decían:

-En recompensa, se lo contaremos al coco azul.



Las buenas hadas



La pobre Micaela se había quedado viuda siendo muy joven y con

escasísimos recursos. Gracias a la caridad de una vecina, que cuidaba

a su único hijo de edad de cuatro años, había podido ponerse a servir,

pero aquella excelente mujer había muerto poco después y la viuda se vio

obligada a llevarse a su niño, perdiendo por esto la colocación que tenía.

Allá, en una pequeña aldea donde había nacido, vivían algunos

parientes suyos, los unos ricos, pero avaros; los otros en tan triste

situación como ella. A fuerza de economías había reunido lo necesario para

pagar el viaje y se puso en camino con su hijo, del que no se quería

separar.

Poco se acordaban en el pueblo de la viuda y la recibieron con desvío

o con frialdad. Ella tenía a su Félix para consolarse, porque el muchacho

era dócil y bueno y adoraba a su madre.

La pobre mujer alquiló un cuarto muy pequeño, con dos habitaciones

únicamente, y se dedicó a coser y a planchar, reuniendo una parroquia muy

reducida aunque trabajaba bien y se hacía pagar poco, mucho menos que las

otras costureras y planchadoras del lugar.

Había arreglado pronto su casa, porque
no tenía apenas muebles,

pero éstos eran limpios y no de mal gusto, por lo que Félix no pudo darse

cuenta al principio de los sacrificios que la madre se imponía para que el

niño no viviese peor que los demás de su clase.

No iba a la escuela, pero tampoco bajaba a jugar a la calle, viendo

ésta desde su ventana adornada con unas cortinas de percal, dos tiestos,

con claveles el uno y geranios el otro, y una jaula con un pájaro.

Félix quería mucho a aquel jilguero que, sabiendo su afición a los

pájaros, le había llevado un día su madre. Estaba encerrado en una pobre

jaula que el inquilino que había ocupado antes que ellos el modesto

cuartito, había dejado abandonada. Era de madera y alambre, muy tosca, muy

vieja y muy sucia, pero al muchacho, que no había tenido nada mejor, le

parecía buena. La dificultad principal para el niño era el dar de comer al

pajarito por la imposibilidad en que se hallaba de comprarle cañamones o

alpiste. Le mantenía con miguitas de pan, no siempre tierno, y unas hojas

de escarola que pedía de vez en cuando a una verdulera parienta suya.

El jilguero conocía bien a su dueño y le saludaba con su alegre canto, más

melodioso desde que tenía por vecinos a dos canarios.

La casa que había en frente de la que habitaba Micaela era un bello

edificio bastante antiguo, de severa fachada, anchos balcones en el piso

principal, ventanas en el segundo y en el bajo y en el centro de éste una

gran puerta con marco de piedra y sobre ella un escudo de armas.

Durante mucho tiempo aquella casa había permanecido cerrada y desde

hacía pocos días la ocupaba una ilustre señora, viuda de un duque y madre

de dos niñas. Los canarios pertenecían a éstas. Apenas si conocían en el

pueblo a la madre y a las hijas, las creían altivas y dichosas en su

soledad, poco dispuestas a procurar el bien de aquellas gentes que casi en

total dependían de ellas, ya porque las casas que ocupaban fuesen

propiedad suya, o porque tuviesen arrendadas tierras que les pertenecían

de igual modo.

Félix estaba muchas veces asomado a la única ventana de su casa;

pero en cuanto veía en los balcones de en frente a alguna de las niñas, su

natural timidez le obligaba a ocultarse.

Llegó una temporada muy mala para la pobre Micaela, que no encontró

trabajo, y la infeliz tuvo que pedir limosna para mantenerse ella y dar de

comer a su hijo. Hubo un día en que no tuvieron más que un pedazo de pan.

La madre dio la mayor parte de él al niño, que la comió con avidez.

Pero aun no lo había comido todo cuando Félix se acordó de su

jilguero. El pobre no había tomado nada desde la víspera y al muchacho le

parecía más triste aquella tarde el canto de su pájaro.

-¿Tendrá bastante con esta miga hasta mañana? se preguntó.

No le dio más que la mitad de lo que le había destinado y se comió el

resto, porque él también tenía mucha hambre.

A la mañana siguiente llevó Micaela un pedazo de pan todavía más

pequeño y la lucha que sostuvo Félix para dar a su jilguero una parte de

lo que el debía comerse fue todavía

-Madre, dijo -y sus ojos se llenaron de lagrimas-, mi jilguero está

triste y se me va a morir.

-Sí, niño mío, contestó Micaela, pero él encontrará alimento mejor

que tú. Déjale en libertad, que en el campo no falta nunca algo que

mantiene a los pájaros. Hay frutas maduras, hay granos de trigo, hay

insectos...

-Pero yo no veré más a mi jilguero, que se olvidará de mí.

-Si prefieres que se muera de hambre...

Aquel día dieron a Micaela un plato de patatas guisadas que ella y su

hijo comieron, pero el pájaro no las quiso probar.

Al llegar la tarde, Félix se asomó llevando en la mano la jaula que

encerraba al jilguero. Le sacó, le dio muchos besos, le puso con cuidado

en la ventana, y sin ver lo que el pájaro hacía, porque el llanto

obscurecía su vista, se metió precipitadamente en su cuarto, sintiendo la

primera pena, para la que no hallaba consuelo. Cuando se calmó un tanto,

volvió a asomarse y vio que el jilguero había desaparecido.

-Ya habrá comido algo, murmuró, al menos él no se morirá de hambre.

Los tiempos malos seguían y en balde buscaba Micaela una colocación.

Ella se contentaba con poco; si tuviese dos o tres duros habría podido

comprar cintas, hilos, botones y otros objetos para venderlos en el pueblo

y sus alrededores. Todo era empezar y no dudaba que lograría reunir una

buena parroquia, porque le bastaría una pequeña ganancia. Sus parientes no

quisieron prestarle aquella insignificante cantidad por temor de que no se

la devolviera.

Una mañana, al levantarse Félix, vio que por debajo de la puerta de

su casa habían echado un pliego encerrado en un sobre. Se lo llevó a su

madre, que sacó de él un papel color de rosa.

-¿Qué pone ahí? preguntó el niño.

Y Micaela leyó lo siguiente:

«Las hadas Esmeralda y Turquesa, más conocidas por las buenas hadas,

queriendo dejar un recuerdo a los niños de este pueblo de su paso por él,

les ruegan que escriban lo que desean antes del 1.º de junio y depositen

sus peticiones en el hueco del tronco de la encina que hay a la

entrada del campo. El 6 del mes citado recibirán la contestación. No se

admitirá ningún pliego que vaya sin firmar.»

-¡Madre, madre! exclamó el niño con júbilo, escribe por mí, puesto

que yo no sé, y pon al pie de lo escrito mi nombre.

-Pero, hijo ¿tú crees que esto es verdad? preguntó Micaela.

-Sí, sí lo es, escribe.

-¡Pero si no tengo papel ni tinta!

-No importa, en el mismo pliego de las hadas escribe con lápiz.

La viuda riendo al ver la alegría de su hijo se dispuso a escribir y

él dictó estas palabras:

«Señoras hadas: muy agradecido a sus bondades, les pido que den a mi

madre, a la que tanto quiero, cinco duros, o aunque sea menos, para

comprar algunas cosas que necesita para venderlas por los pueblos, pues

somos muy pobres y hay días en que apenas tenemos que comer. Les pido

además que me devuelvan mi jilguero, al que también quiero mucho. Que no

desoigan estos ruegos les suplica Félix Martínez.»

-Ahora, madre, dijo el niño, dame la carta y la llevaré sin perder

tiempo.

Y echó a correr, sin descansar hasta que llegó al campo.

Allí, a la entrada, estaba la encina con un profundo hueco en su

tronco, en el que no habían puesto nada todavía.

Félix dejó su petición y se alejó lleno de esperanzas.

Pocos días después las buenas hadas contestaron del mismo modo que

habían escrito antes, citando a los niños del pueblo en el jardín de casa

de la duquesa, que se extendía por detrás del edificio. La hora señalada

era las ocho de la noche.

Apenas sonó la primera campanada en el reloj de la iglesia, se abrió

la puerta del jardín y por ella penetraron los niños y no pocos hombres y

mujeres, entre éstas Micaela. Ni un sólo muchacho había dejado de acudir.

Guiados por un criado de la señora, llegaron a una gran plazoleta en

cuyo centro había una mesa y dos sillones.

Farolitos y vasos de colores perfectamente combinados, iluminaban

aquel pasaje [25] en el que se veían árboles frondosos, perfumadas flores

y cristalinas fuentes.

Allá, a lo lejos, se oía una música dulcísima y poco después se

presentaron varios criados seguidos de las hadas.

Eran muy bellas, de corta estatura, con hermosos cabellos adornados

con ricas diademas de oro cubiertas de pedrería; llevaba en el centro la

una una gran esmeralda y la otra una enorme turquesa. Sus vestidos largos

estaban bordados de plata y un finísimo velo de tul les caía hasta los

pies calzados con preciosos zapatos.

Las dos, con majestuoso ademán, tomaron asiento y los criados fueron

colocando en la mesa, en bandejas cubiertas, los lotes que ellas iban

pidiendo. Había de todo: la muñeca soñada por una niña pobre, el caballo

de cartón que deseaba un pequeñuelo, el vestido de seda para otra

muchacha, los dulces para un goloso, las armas para un futuro militar...

Ellos lo recibían con gritos de admiración y de alegría, que parecían

divertir mucho a las hadas.

El lote de Félix fue el último. El hada Turquesa entregó al niño un

billete de banco y el hada Esmeralda el jilguero encerrado en una

jaula bonita y elegante. Sí, era el mismo, no cabía duda, le hubiera

conocido entre mil. Félix agradecido, se arrodilló a los pies de las hadas

y besó con entusiasmo sus delicadas manos.

Micaela lloraba al ver colmados sus deseos con una cantidad mucho

mayor que la pedida por su hijo.

Después del reparto, los muchachos fueron obsequiados con dulces y

con vino, saliendo todos muy satisfechos del jardín.

A la mañana siguiente los niños creían haber soñado, en particular

Félix que veía a su madre contenta y oía cantar a su jilguero. Micaela

comprendió que el pájaro al volar se había parado en la casa de en frente

junto a las jaulas de los dos canarios y que se había dejado coger con

facilidad; pero Félix no lo quería creer y no hubo medio de que viera que

las buenas hadas pudieran ser sus vecinas las hijas de la duquesa. Éstas

partieron en seguida de allí y no regresaron al pueblo.

Todos los años el 1.º de junio fueron los niños a echar sus cartas en

el hueco del tronco de la encina, pero no volvieron recibir los

preciosos dones del hada Turquesa y del hada Esmeralda. En cambio, el

administrador de la buena señora y de sus hijas siguió cobrando muy barato

los alquileres de las casas y de las tierras que habían arrendado y por

orden de sus amas fundó una escuela en la que los niños, terminada la

primera enseñanza, podían aprender un oficio.

Félix, uno de los más aplicados, logró al cabo de algunos años, ser

el sostén de su madre, pagando de este modo el cariño y los desvelos que

la pobre viuda había tenido siempre para él.





El fantasma del bosque

I



¿Por qué habían nacido tan iguales aquellos dos muchachos? No eran de

la misma familia ni vivían en la misma clase social. El uno, Guillermo,

era hijo único del señor del castillo, y el otro, Paulino, de un pobre

soldado. Tenían entonces unos diez añitos, igual estatura, más bien alta

que baja para su edad, el cabello castaño, los ojos negros, grandes y

expresivos, la tez [29] morena y algo pálida, los labios gruesos y los

dientes blancos y pequeños.

Decíase que la madre de Paulino tenía veneración por la castellana,

encontrándole una notable semejanza con la Virgen que en un cuadro antiguo

trazara un hábil pintor y que se veneraba en la vieja iglesia de aquel

pueblo. Y que así como Guillermo era el vivo retrato de la castellana,

Paulino se parecía al niño Jesús que tenía la Virgen en sus brazos, igual

en el rostro a la santa imagen que tanto había mirado su madre antes de

darle a luz.

Si en la parte física se asemejaban los dos niños, no ocurría lo

mismo en la moral. Guillermo era bueno, caritativo y amable; Paulino

adusto, retraído y envidioso.

La castellana daba a la mujer del soldado las prendas poco usadas por

su hijo y Paulino vertía amargo llanto al ponerse aquellas ropas de

desecho. ¿Por qué no había de ser él hijo de padres ricos y nobles como

Guillermo y tener caballo, coche y juguetes? ¿Había alguna razón para que

todos saludaran con cariño y respeto a aquel muchacho de su edad y a él no

se dignaran [30] mirarle siquiera? ¡Cuánto odiaba a aquel ser afortunado,

nacido el mismo año que él, pero halagado por los dones de la fortuna,

mientras Paulino carecía hasta de lo más necesario para vivir?

Tuvo un inmenso júbilo cuando supo que Guillermo, por deseo de su

padre, iba a ser enviado a un colegio en el extranjero; así al menos no le

vería, no pasaría el disgusto de saber que aquel niño tenía todas las

ventajas sobre él, porque estudiando también se distinguía por su

aplicación y su talento.

Un enemigo del dueño del castillo llamado Antolín, hombre de malas

costumbres y corazón perverso, contribuía a excitará Paulino y avivaba

aquel odio que ni Guillermo ni sus padres conocían. Él también envidiaba a

aquel opulento señor, al que debía varios favores.

Llegó el día de partir el niño al colegio y Paulino, después de

despedirse de él, volvió a su casa más triste y preocupado que de

costumbre.

No por haberse alejado Guillermo fue el otro muchacho más feliz; oía

hablar a cada paso de sus brillantes estudios, de sus exámenes, que

habían causado la admiración de cuantos los habían presenciado, de las

simpatías que despertaba. Al fin tuvo la inmensa alegría de que los dueños

del castillo se fuesen a vivir a una ciudad próxima, mientras él

permanecía con sus padres en el pueblo. Poco después, habiéndose declarado

una guerra, el soldado partió en defensa de su patria. La pobre esposa,

casi ciega de tanto coser y de tanto llorar, pasaba una vida bien triste

porque Paulino, al que cada día disgustaba más su modesta vivienda, no

acompañaba sino muy contadas veces a su madre.



II

Un día que el niño había salido de su casa con objeto de coger nidos

en el campo, prolongó su paseo más de lo debido, llegando a un sitio que

no conocía. Cansado, se sentó en un banco de piedra y así le sorprendió la

noche. Era aquel un paraje tan solitario que no había visto a nadie

cruzar por él durante el tiempo que había permanecido allí. De repente

divisó algo blanco, más alto que una persona, que se adelantaba hacia el

banco. Era un fantasma gigantesco, sin cara, sin brazos y sin pies,

una enorme sombra blanca que a Paulino le pareció que debía de haberse

desprendido de los peñascales. Aunque era valiente, aquello le causó

cierto espanto, el temor, que produce siempre lo desconocido.

Ya había él oído hablar en el pueblo de aquella extraña aparición,

pero había tenido la suerte de no encontrarla nunca. Era el terror de los

pacíficos habitantes por sus continuas exigencias; si no le daban dinero,

maltrataba a los infelices que pasaban por el campo después de vender los

productos de sus huertas en la villa cercana. Calumniaba a las mujeres,

insultaba a los hombres, pegaba a los niños, y nadie se atrevía a hacerle

frente creyéndole la mayor parte de los aldeanos el alma de un bandido

famoso que hubo allí en otro tiempo y que no quería recibir ni el mismo

Satanás en su reino.

Sin poder huir, Paulino se detuvo, esperando que el fantasma le

hablase.

-¿Quieres ser rico? le preguntó, ¿quieres ser feliz? ¿quieres ocupar

el lugar de Guillermo?

El niño no se atrevió a contestar.

-De tu respuesta afirmativa o negativa depende tu porvenir. ¿Quieres?

-Sí, murmuró al fin el muchacho.

-Pues ve a casa de Antolín y allí te explicarán lo que has de hacer.

Paulino se alejó rápidamente, en tanto que el fantasma se internaba

en el bosque.

Cuando el niño llegó a la casa de Antolín, halló a la mujer de éste,

a la que llamaban en el pueblo la bruja, sentada delante de la puerta. Al

ver a Paulino, le habló con cariño y le hizo entrar en su casa.

-¿Dónde está tu marido? preguntó él.

-Ha ido hoy de caza y hasta las once no volverá, respondió ella; pero

entra, que yo te recibiré como Antolín.

-Tú podrás explicarme...

-Todo lo que quieras.

Hizo sentar al muchacho y le habló así:

-El padre de Guillermo envió el cochero al pueblo de H... para que

recogiese a su hijo que volvía de su colegio a pasar las vacaciones en la

ciudad donde su familia habita. El padre no pudo ir a buscar al niño ni

[35] tampoco su madre, que está enferma. El cochero era de toda confianza

y hasta el citado pueblo fue Guillermo desde el colegio con uno de los

profesores, que regresó en seguida a su país. Pero he aquí que, sin

saberse por qué causa, el caballo se asustó y salió desbocado, tiró al

cochero del pescante y por último volcó el carruaje. El cochero, temeroso

de que le achacasen la responsabilidad de lo ocurrido, huyó, y el niño,

mal herido, fue recogido por nosotros. Tú eres pobre y desgraciado y

tienes ambición. Si puieres ser rico y feliz ponte la ropa de Guillermo,

hazte pasar por él, y éste, vivo o muerto, ocupará tu lugar.

La tentación era muy grande para que Paulino resistiera a ella.

Vio a Guillermo que estaba acostado en una pobre cama, pálido,

perdido el conocimiento, y creyó que le quedaban pocas horas de vida.

Puesto que el niño iba a morir ¿qué perjuicio podía causarle aquella

sustitución? Antolín, que llegó a su casa poco después, acabó de

convencerle. Paulino se despojó de su humilde ropa y se puso la de

Guillermo, que parecía hecha para él. La bruja le peinó como el otro

niño y el parecido aun fue más notable.

-En pago de este servicio, le dijo Antolín, me darás todo el dinero

que puedas; si dejas de hacerlo descubriré la verdad y te volverás a tu

casa, después de recibir un castigo.

Paulino prometió pagar aquel favor y al día siguiente partió para la

ciudad en compañía de Antolín. Nadie supo por entonces lo que había sido

del cochero.

La madre de Paulino fue avisada por la bruja de que su hijo se había

caído de un árbol; vistieron a Guillermo con la ropa del otro niño y la

pobre ciega pudo engañarse al pronto creyendo que aquel muchacho herido y

atacado de violenta calentura era realmente su hijo.



III

Cuando Antolín volvió, ya tenía todo el dinero que los señores habían

dado a su supuesto hijo para que lo gastara en limosnas y diversiones.

-Esto va a ser una mina inagotable, dijo el hombre, así podremos

vivir sin trabajar, comiendo bien y bebiendo mejor.

El papel que quería representar Paulino era más difícil de lo que

pensó.

El señor del castillo observó bien pronto que el que creía Guillermo

había atrasado en sus estudios y le obligaba a estar todo el día con el

libro en la mano.

Era un hombre despótico, un verdadero tirano en la casa, lo que

Paulino ignoraba, porque Guillermo no se había lamentado nunca de esto con

él. Ya no tenía el niño aquella hermosa libertad de que disfrutaba cuando

era pobre, ya no salía solo por el campo, ni podía hablar con ningún

amigo, ni hacer su gusto jamás.

Él creía antes que en las casas de los ricos todo era felicidad y se

convencía de que ésta no se compra con dinero. A esto hay que añadir lo

que le costaba representar su papel cuando le hablaban de cosas

completamente ignoradas y a las que no tenía más remedio que contestar.

-Eres más torpe cada día, le decía el padre de Guillermo; estoy

deseando que vuelvas al colegio.

Y al terminar las vacaciones allá le llevaron.

Se vio entre rígidos maestros, entre compañeros de clase elevada que

le trataban con insultante altivez, pues, aunque le creían de ilustre

familia, se juzgaban superiores a él por la educación. Y si triste había

sido su vida en la ciudad donde moraban los padres de Guillermo aun lo era

más en aquel colegio cuyos profesores y condiscípulos eran extranjeros en

su mayor parte.

De pronto, y sin que supiera por qué, dejó de recibir las cartas que

todas las semanas le enviaban los señores del castillo creyéndole su hijo.

El director del colegio sí tenía noticias de ellos porque le pagaban

mensualmente. Llegaron las vacaciones y nadie le fue a buscar. Pasó el

verano casi solo y muy aburrido.



IV

Una noche tuvo un sueño que le causó profunda impresión.

Se hallaba con su madre en su pobre casita esperando a su padre;

aquélla le acariciaba como en otros tiempos y él era feliz pensando en que

si le faltaban riquezas le sobraba cariño. Después llegó el soldado

cubierto de laureles y mientras les refería sus hazañas miraba a su hijo

con ternura y luego le entregaba un reloj de oro, un bastón y otros

objetos. Pero de repente aparecía el fantasma y arrancaba al niño de los

brazos de sus padres para arrojarle a un precipicio.

Se despertó sobresaltado y entonces pensó en lo mucho que sus

verdaderos padres le amaban, en las privaciones que por él se habían

impuesto, arrepintiéndose sinceramente de sus faltas.

Pero ¿cómo remediar éstas? Le pareció lo mejor confesar su culpa y

así lo hizo en una sentida carta dirigida a los padres de Guillermo.

Quince días después enviaron en su busca a un criado con el que partió

para su pueblo.

¡Con que placer volvió a ver éste!

¡Sus altas montañas, sus hermosos bosques, sus arroyos de agua

cristalina, sus poéticas casitas y el soberbio castillo del que había

querido ser amo!

Se dirigió ante todo a su antigua morada, donde le esperaba su madre

ya restablecida de su dolencia, y su padre que había ganado grados y

cruces en el campo de batalla. Ambos le concedieron pronto su perdón.

Allí supo que poco después de partir al colegio habían averiguado los

señores del castillo el accidente ocurrido a su hijo por la llegada del

cochero, que había estado enfermo de gravedad, que Guillermo también les

había escrito y que no dudaron que era Paulino el que habían enviado al

colegio y su hijo el que estaba en el pueblo con la mujer del soldado.

Después supieron la intervención de Antolín en el asunto, disfrazado de

fantasma para engañar mejor al niño, y por esto y por otros delitos habían

sido presos su mujer y él.

Decidieron dejar a Paulino en el colegio, hasta que se arrepintiera

de su falta, sin darle parte de lo ocurrido. Guillermo perdonó de todo

corazón al que siempre quiso como a un amigo.

Desde entonces Paulino fue feliz en su casa, en la que ya no se

vivía con la estrechez de antes a causa del ascenso del soldado a oficial,

y comprendió que la dicha no consiste en vivir en la opulencia, sino en el

cariño puro y desinteresado, en la paz de la familia, en la conformidad

con la suerte, y que lo mismo puede albergarse en la casa del rico que en

el humilde hogar del pobre.






El gato negro



Dos gatitos, nada más, había tenido la gata de Doña Casimira Vallejo,

y ya habían pedido a la citada señora nada menos que catorce. Y es que los

gatitos eran completamente negros, y sabido es que hay muchas personas que

creen que aquéllos traen la felicidad a las casas.

De buena gana Doña Casimira no se hubiera desprendido de aquellos dos

hijos de su Sultana; pero su esposo le había declarado que no quería

mas gatos en su vivienda, y la buena señora tuvo que resignarse a

regalarlos el día mismo que cumplieran dos meses.

Mucho tiempo estuvo pensando dónde quedarían mejor colocados; el

vecino del piso bajo perdía muchos gatos y no faltaba quien sospechase que

se los comía; el tendero de entrente los dejaba salir a la calle y se los

robaban; la vieja del cuarto entresuelo era muy económica y no les daba de

comer; el cura tenía un perro que asustaba a los animalitos; y así, de uno

en otro, resultó que los catorce pedidos se redujeron para Doña Casimira

solamente a dos, casualmente el número de gatos que tenía. Aún así, no

acabaron sus cavilaciones.

Moro, el más hermoso y más grave de los dos gatitos, convendría

mejor a Doña Carlota, la vecina del tercero de la izquierda, que

tenía una hija muy juiciosa a pesar de sus cortos años; pero Fígaro

(así nombrado por el marido de Doña Casimira por haberle hallado un

día jugando con su guitarra, cuyas cuerdas sonaban no muy

armoniosamente)... Fígaro, que, según decían, tenía una vaga

semejanza con el barbero del número 8 de aquella calle, por lo que

había merecido dos veces ser llamado de aquella manera, no estaría

del todo bien en casa de don Serafín, cuyos niños eran muy

revoltosos y trataban con dureza a los animales.

Pero al cabo, como el tiempo urgía, Morito fue entregado a Doña

Carlota y Fígaro a Don Serafín.

Ambos fueron adornados con collares rojos y cascabeles, y Blanca, la

niña de la viuda, y Alejandro y Pepita, hijos del cacallero, que también

era vecino de Doña Casimira, habitando en el otro tercero, no dudaron ya

que en sus moradas todo sería bienestar y ventura con haber llevado a

ellas a los dos gatitos.

Al pronto la casualidad vino a confirmar aquella idea: Doña

Carlota ganó un premio a la lotería y D. Serafín, que estaba cesante, fue

colocado con doce mil reales en un Ministerio.

-¡El gato negro! -exclamaban los chicos.

-¡El gato negro!

Lo que no impedía que Alejandro y Pepita maltratasen al pobre Fígaro,

que, cuando podía, se vengaba de ellos clavando en sus manos los dientes o

las uñas; pero como era tan pequeño no les hacía gran daño.

En cambio Morito pasaba los días en la falda de su joven ama y las

noches en un colchoncito muy blando que hizo Blanca para el gato en cuanto

se lo dieron. Demostraba él su contento con ese ronquido acompasado que en

los gatos es indicio de felicidad completa, y es seguro que si hubiese

sabido hablar no hubiera dejado de decir a Doña Casimira que no podía

haberle proporcionado una casa mejor.

A los dos meses de estar Fígaro con Don Serafín, todo cambió en la

morada de éste: Alejandro estuvo gravemente enfermo con una erupción, su

padre se quedó cojo de una caída, una criada le robó los cubiertos, y

Pepita no cesaba de perder, ya pendientes, ya pañuelos, ya muñecas.

-¡Vaya una suerte que nos ha traído el gato negro! -decían mirándole

con rabia.

En cambio Blanca estaba cada día mejor de salud, le regalaban muchos

juguetes y parecía que la prosperidad había entrado en su casa con Morito.

Hablando un día D. Serafín con la vecina [48] del piso entresuelo,

delante de los dos niños, en tono de burla, de la felicidad que les había

llevado el gato negro, la señora le dijo:

-Hay dos clases de gatos negros: unos que dan la ventura y otros que

la quitan. Aunque hijos de la misma gata, es fácil que Moro sea un gato de

los buenos y Fígaro de los malos. Usted, amigo mío, ha tenido la mala

suerte, mereciéndola mejor que Doña Carlota.

Alejandro se quedó muy preocupado al oír aquello, y Pepita más. A los

dos se les ocurrió lo mismo: puesto que los gatos eran iguales, ¿por qué

no los habían de cambiar? Había en la casa un patio muy pequeño al que

daban las cocinas de Doña Carlota y D. Serafín, viniendo las ventanas una

enfrente de otra. Por allí se habían asomado muchas veces los vecinitos

Alejandro y su hermana para hacer muecas a Blanca, y ésta para

enseñarles sus juguete. El niño, que era muy malo, dijo a Pepita que se

fingiera amiga de la hija de Doña Carlota para entrar en la casa más

fácilmente y coger al gato, a lo que ella se prestó gustosa porque ya

miraba a Fígaro con horror.

Aquello fue muy fácil: Blanca, con permiso de su madre, convidó

varias veces a Pepita a almorzar con ella. Las niñas jugaban juntas y

salían también a paseo.

Aprovechando una de estas salidas, fue Alejandro un día a casa de

Doña Carlota y dijo a la criada, que sin desconfianza le hizo pasar, que

iba a esperar la vuelta de su hermana porque tenía un recado urgente que

darle.

La criada se volvió a la cocina, y entretanto el niño pasó al

comedor, donde dormía el gato junto al brasero, y cogió a Moro, que no

opuso la menor resistencia porque era muy manso. Llegó a la antesala, dejó

abierta la puerta y, entrando en su casa, encerró al gato en su habitación

y llevó a Fígaro al comedor de al lado. Pero si era fácil que confundieran

a los dos gatos, no podía evitarse que ellos extrañasen cuanto les

rodeaba; así es que Fígaro fue enseguida a esconderse debajo del aparador

para que nadie le viera.

Cuando Doña Carlota volvió de paseo con las niñas, lo primero que

hizo Blanca fue llamar a Morito; pero el gato no salió como de costumbre.

-No sé qué le pasa hoy a Moro -dijo Alejandro-; está debajo del

armario y gruñe cuando se le quiere sacar de su escondite.

-Habrá algún ratón -dijo Doña Carlota.

Pepita y su hermano se marcharon, diciendo que al día siguiente

no podrían volver porque esperaban a un pariente que venía de fuera.

Y aguardaron las venturas que el nuevo gato había de llevar a la casa.

Pero la mala suerte no se interrumpía. Como D. Serafín, a causa de la

pierna rota, había dejado de ir a la oficina, ocurrió que por la noche le

llevaron la cesantía. Mas los niños dijeron que aquello se había firmado

cuando aún estaba en la casa Fígaro.

Así pasaron unos días, sin que Pepita y Alejandro hubieran ido a ver

a Blanca.

Los gatos salían ya a comer, pero no se dejaban tocar todavía.

Un sábado estaban limpiando las cocinas en ambas casas. Fígaro, en la

de Doña Carlota, se asomó a la ventana y reconoció, no sin asombro, a la

criada de D. Serafín, que antes le daba carne cruda todas las mañanas.

-Aquella sí que es mi casa -debió decirse-, pero se quedó un tanto

parado al ver un gato igual a él en el cuarto de enfrente.

En cuanto al Morito, miraba aquellas cacerolas tan relucientes,

aquellos platos blancos con flores de colores donde le servían la leche, y

hasta veía sus dos cazuelas, que la cocinera acababa de fregar, lo mismo

que cuando comía él.

-Allí vivía yo -pensó sin duda-; y por cierto que estaba mejor que aquí.

La criada de Doña Carlota empezó a llamarle: él se refregaba contra

la ventana y hacía mil demostraciones de júbilo.

Al fin Fígaro miró al patio y pareció medir la distancia que le

separaba de la ventana vecina. Moro lo comprendió y, sin reflexionar, dio

un gran salto, cayendo aturdido a los pies de la cocinera de Blanca.

-Este sí que es mi gato -decía la buena mujer acariciándole-. Bien

sospechaba yo que aquí había ocurrido alguna cosa. Esos infames chicos de

al lado son los culpables.

Entretanto Fígaro habla saltado también; pero como la criada de D.

Serafín había salido de la cocina para abrir la puerta de la calle, porque

acababan de llamar, no se enteró de aquel cambio de gatos.

Alejandro y Pepita siguieron creyendo que Moro estaba en su casa y

Fígaro en el otro tercero.

Mas las desdichas continuaban y no sabían a qué achacarlas ya.

Con este motivo Fígaro llevaba algunas palizas diarias, y el gato,

que era reflexivo, pensó que le tendría más cuenta volverse a la casa de

al lado. Era fácil saltar por el mismo camino; pero ¡ay! el pobre gato

midió mal la distancia y fue a parar a una tabla, donde Doña Casimira

ponía el botijo para que se refrescase el agua, lastimándose un poco.

Fígaro conservaba un vago recuerdo de aquella casa, en la que había

pasado sus primeros meses, y allí fue recibido con entusiasmo para

reemplazar a Sultana que acababa de morir en los brazos de su dueña.

¿Llevó Fígaro la desgracia a su nueva morada? No por cierto. Doña

Casimira continuó, como antes, siendo la mujer más afortunada de la

tierra, como lo eran Doña Carlota y Blanca.

Don Serafín murió, dejando sus hijos a a cargo de un pariente,

que les encerró en colegios a fin de que cambiaran su mala condición; y

los niños, pensando en que ya no tenían el gato negro, llegaron a

convencerse de que éste no llevaba la buena ni la mala suerte, sino que la

desgracia estaba en ellos, que realmente no merecían otra cosa.

Así, un día que fueron a visitar a Doña Casimira, dieron a Fígaro

bizcochos y queso, que el gato se comió demostrándoles después su gratitud

con un arañazo.

Su nueva dueña dedujo que Fígaro había reconocido a Alejandro y a

Pepita: era un gato muy inteligente.






Ginesillo el tonto o La casa del duende



El tren correo acababa de llegar a la estación de Santa Marina y de

él se apeó, entre otras muchas personas, un viajero joven, sencillo pero

elegantemente vestido, que iba sin duda para asistir a las [56] fiestas

del citado pueblo, que empezaban aquella noche.

No sabía el caballero que ya no se encontraba en la posada, con

honores de fonda, ni una habitación disponible; juzgaba cosa fácil tener

albergue en la pequeña población. A la primera pregunta que hizo sobre el

particular pudo comprender el error en que estaba; todo había sido cedido

o alquilado a parientes, parroquianos o amigos, hasta las guardillas,

hasta los pajares, hasta las cuadras.

-¿Qué voy a hacer si no hallo dónde pasar la noche? -se preguntó el

viajero.

Andando a la casualidad vio en una calle estrecha, fea y sucia, una

casa muy vieja, compuesta de dos pisos, con ventanas, detrás de la que se

extendía un mal cuidado jardín. Todo parecía indicar que el citado

edificio estaba abandonado por completo; los cristales cubiertos de polvo

y telarañas, los muros en estado medio ruinoso, la puerta un tanto

desvencijada. Pegado en ella se veía un papel amarillento en el que apenas

podían leerse estas palabras, escritas con una letra gruesa y desigual:

«Se alquila [57] o se vende. En el número 8 darán razón.» La casa tenía el

número 4, por consiguiente el forastero encontró sin dificultad el lugar

donde podían darle noticias respecto a aquel viejo edificio. Una niña de

diez a once años se hallaba a la entrada ocupándose en recoger alguna ropa

lavada que había tendido al sol para que se secase.

-¿Se puede ver la casa que tiene el número 4? -preguntó el caballero.

La muchacha le miró con verdadero asombro y no respondió.

-He visto que se alquila o se vende -prosiguió él-, y como me figuro

que no ha de ser cara, tomándola por unos días resuelvo el difícil

problema de tener dónde dormir en este pueblo durante las fiestas.

-¿Pero de veras quiere usted entrar ahí? -murmuró al fin la niña.

-Si no hay inconveniente...

-Inconveniente no, pero...

-Explícate con claridad -dijo el viajero viendo que ella no

proseguía.

-Es el caso, repuso la niña, que esa casa, llamada la del duende, no

se abre hace lo menos veinte años, y durante ese tiempo nadie ha

venido a pedir a mi padre la llave para verla.

-¿Y por qué se llama del duende? -interrogó el joven.

-¡Ah! no es sin razón, caballero. Vivía en ella hace mucho tiempo un

avaro muy viejo y muy rico. Tenía guardado su oro en un agujero que nadie

conocía y, a pesar de esto, él notaba que las monedas iban disminuyendo

poco a poco. Un día se escondió para sorprender al ladrón, y vio que era

un duendecillo muy pequeño. Cuando el avaro quiso acercarse a él, el

duende desapareció como por encanto. Desde entonces el viejo vivió con

gran desasosiego y algunos dijeron que se había vuelto loco, siendo su

manía que le robaban. Lo cierto es que una mañana amaneció muerto y, aun

que se dijo que se había suicidado en un acceso de locura, nadie dudó en

el pueblo que el duende le había asesinado para robarle, pues no se

encontró nada de su dinero. La casa quedó abandonada, habitándola sólo el

duende, que continúa en ella, aunque no le ve nadie.

¿Y cómo se sabe que continúa?
-Porque durante la noche se ilumina todo el piso alto y porque cuanto

se le pone a la puerta desaparece al dar las doce.

Y siguió contando al forastero cómo para apaciguar al duende era

preciso hacerle obsequios de más o menos valor, pero que él admitía

siempre. Si enfermaba una gallina, para que no muriese, la dueña

depositaba una cesta con algunos huevos a la puerta de la casa del duende;

si era una vaca, se le ponía una cantarita de leche; si se presentaba mal

la cosecha, se hacía el ofrecimiento, que más adelante se cumplía si

resultaba buena o aun mediana, de darle un saco con el mejor trigo; el

duende aceptaba las ofertas y tenía la amabilidad de devolver, pero

vacíos, la cesta, la cantarita y el saco. Nadie le veía cuando recogía los

regalos, porque ¡salía tan tarde! nada menos que a las doce de la noche,

cuando allí todo el mundo se acostaba a las nueve en verano y a las ocho

en invierno.

A pesar de estas noticias, el forastero insistió en que quería pasar

allí la noche, y la muchacha le dijo que esperase a que [60] su padre

llegara para que le entregase la llave. Antes de que esto ocurriese,

apareció en aquella calle un grupo compuesto de una docena de chicos

que perseguían a un pobre niño de fisonomía dulce y simpática, vestido

humildemente con un pantalón remendado y una blusa azul algo descolorida

por el uso. Iba sin gorra y llevaba los pies descalzos.

-Ahí viene Ginesillo el tonto -murmuró la niña.

-¿Y quién es el que tal nombre lleva? preguntó el caballero.

-Es el hijo de la tía Micaela, viuda de Nicolás el tonto.

-¿Y son todos tontos en esa familia?

-Si el padre lo era ¿qué quiere usted que sea el hijo?

Entre tanto los muchachos empujaban a Ginés hacia la casa del duende,

resistiéndose el niño, en cuyo rostro se marcaba un profundo terror, a

acercarse allí.

-¡Que le haga una visita al duende! -exclamó un chico.

-Ofrezcámosle a Ginesillo para que se acaben los tontos del pueblo

-añadió otro.

-Y que se quede con él y no devuelva más que la blusa -prosiguió un

tercero.

-Metámosle por una ventana que tenga [62] los vidrios rotos -dijo el

primero que había hablado.

El viajero tuvo que intervenir en el asunto y, gracias a su energía,

los muchachos dejaron en paz a Ginesillo. Éste, apenas se vio libre, echó

a correr, no sin dirigir antes una mirada de gratitud a su defensor.

Poco después llegó el padre de la niña que entregó al joven la llave

de la casa del duende para que la viera.

Era un edificio feo y sin comodidades de ningún género en su

interior. Sólo dos cosas excitaron la atención del caballero: la primera,

que en una de las guardillas había un catre con un colchón en el que se

notaba que una persona había dormido, y la otra, que en la cocina se

veían restos de comida y en una de las hornillas algunos carbones que

pareían haber sido apagados poco antes. Aquello no podía ser del tiempo

del avaro, muerto hacía nada menos que veinte años, y si había dicho

verdad la muchacha, nadie había entrado allí después de aquel trágico

suceso.

En otra pieza del piso principal vio una cama algo mejor que la de la

guardilla, que pensó elegir para pasar la noche. El resto del mobilario

estaba deteriorado y cubierto de polvo.

El forastero alquiló la casa por quince días, pagó adelantado y se

fue luego a comer a la posada.

Al pasar por la calle peor del pueblo, vio a la entrada de su mala

choza a Ginesillo el tonto y a su madre, una pobre mujer de la que todos

se burlaban, igual que de su hijo, por lo que produjo al caballero la más

profunda compasión.

Después de cenar y presenciar una parte de las fiestas nocturnas, el

joven se dirigió tranquilamente hacia la casa llamada del duende. Al

divisarla de lejos le pareció
que, en efecto, el piso superior estaba

iluminado, pero al acercarse más advirtió que era el reflejo de la luna en

los cristales, puesto que al llegar junto a la casa aquella luz había

desaparecido.

-Todo será lo mismo -murmuró el joven-, en esto no debe haber una

palabra de verdad.

Delante de la puerta vio una jarra con miel, una cesta con fruta y

una botella con vino. Abrió, subió la escalera y entró en el cuarto que

había elegido para alcoba. Allí una bujía, pues había comprado un paquete

de ellas en el pueblo, y se echó vestido en la cama. Al mirar su reloj vio

que marcaba las once y media y, recordando que el duende recogía a las

doce sus provisiones, se asomó a la ventana y estuvo en acecho, cuidando

de no llamar la atención ni asustar al habitante de la singular casa.

Al sonar la primera campanada, el joven noto que la puerta se abría

sin ruido y que un brazo corto, que terminaba en una mano pequeña, cogía

la jarra primero y después la cesta y la botella.

Una vez hecho esto volvió a cerrar despacio y el caballero oyó unos

ligeros pasos por la escalera. Apagó su bujía, pero cuando se acercó a la

puerta de su alcoba no vio nada ni pudo averiguar más. Aunque no muy

tranquilo, volvió a echarse en la cama y, después de luchar algunos

minutos con el sueño, se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente vio la jarra, la cesta y la botella vacías

junto a la puerta de la casa.

A nadie dijo lo que había ocurrido el día precedente, se pasó la

tarde disfrutando de todas las fiestas, y hasta muy entrada la noche no

regresó a su nuevo domicilio.

Le pareció indigno el temor que había sentido el día antes y decidió

hacer algunas averiguaciones respecto al duende. Pero, aunque se asomó a

las doce, registró la casa y observó todos los rincones, no hubo nada de

particular y llegó a pensar que lo visto la noche anterior había sido un

sueño.

A la siguiente se disponía a echarse en la cama, cuando oyó en la

pieza de arriba ligero rumor de pasos.

-¿Será algún gato? -se preguntó el forastero-; sólo un duende podría

andar de esa manera. Es preciso que suba despacio y que me entere bien de

lo que pasa.

Dejó transcurrir un cuarto de hora y luego, procurando hacer el menor

ruido posible, subió la escalera y llegó a la guardilla, pero no encontró

a nadie allí.

A la noche siguiente ocurrió lo mismo respecto a los ligeros pasos, y

cuando se dirigía hacia la escalera halló ante sí la puerta cerrada con

llave que le impidió seguir sus investigaciones. No dudó ya que el duende

sabía su presencia en la casa y que huía de él; así es que decidió

esconderse para sorprender al que se ocultaba. Al otro día, en vez de

permanecer en su cuarto, se quedó en la guardilla detrás de la puerta.

Apenas había pasado una hora oyó las leves pisadas, y el duende penetró en

su alcoba, donde no encendió luz. Al caballero le pareció un hombrecillo

de corta estatura, pero no hubiera podido asegurar nada, porque apenas se

veía en la habitación, débilmente iluminada por un plateado rayo de luna

que penetraba por las rendijas de la ventana. El joven sacó entonces

una bujía que había llevado, aplicó una cerilla y no pudo contener un

movimiento de sorpresa al ver echado ya en el catre, a Ginesillo el tonto.

El niño se levantó extendiendo sus suplicantes manos hacía él, y le habló

de este modo:

-No me pierda usted, no descubra a nadie que me ha visto.

-Pues explícame sin reticencias ni falsedades tu presencia en esta

casa.

-Sí, señor -balbuceó el niño-; siéntese usted y se lo diré todo.

Y cuando el forastero hubo ocupado la única silla que había allí,

empezó la historia en estos términos.

-Usted sabe bien que en todos los pueblos hay algún pícaro que se

finge tonto, y el de Santa Marina hace veinte años robó al señor que vivía

en esta casa, sin que nadie lo sospechase. Mi padre, que lo vio, no quiso

delatarle porque había sido amigo suyo; pero desde entonces se le halló

más preocupado y más silencioso cada día, por lo que al morir el ladrón -a

quien no aprovechó el robo, pues apenas vivió tres meses después de

cometerlo- fue tenido él por tonto también. Mi pobre padre sufrió mucho

con eso, porque nadie quería darle trabajo, y se vio obligado a gastar

poco a poco sus economías.

Apenas murió, después de una breve enfermedad, mi madre tuvo que

ponerse a servir para mantenerme, y yo heredé la fama de tonto que tenía

mi padre, por mi carácter tímido y medroso. Cuando fui mayor, pensé sacar

partido de lo que llamaban mi tontería, en provecho de mi madre. -El

pueblo entero se ríe de mí, me dije, pues yo me reiré más de él. -Y una

noche me introduje en la casa del duende y vi que no había en ella nada

extraño, y que mi madre y yo podíamos dormir perfectamente, dejando bien

cerrada nuestra choza, ella en la cama del avaro y yo en el catre donde

descansaba un criado a quien después echó. Estas noches usted le ha

quitado la cama a mi madre, que se ha quedado en nuestra cabaña. Entramos

aquí por la puerta del jardín, pues tenemos todas las llaves de la casa

que el ladrón, que las mandó hacer, se dejó un día olvidadas en la nuestra

después de cometer el robo, y contando una historia hoy, inventado un

suceso raro mañana, logré que nadie dudase de la existencia del duende y

que le hicieran ofrecimientos de huevos, pan, leche y otras cosas con las

que nos mantenemos [70] mi madre y yo. Lo que los dos ganamos trabajando,

cuando hay en qué, lo ahorramos, y el día que tengamos bastante dinero nos

iremos muy lejos para vivir en paz. Esto es cuanto puedo decirle,

caballero.

-Pero eso -dijo el joven-, no me explica tu terror cuando querían

encerrarte en la casa del duende...

-Era fingido, yo no temía nada.

-Pues entonces eres un gran actor.

-Sí, señor, pero encargado siempre del papel de tonto.

El forastero le prometió callar y lo cumplió, dándole antes de

marcharse una cantidad de dinero para que el niño y su infeliz madre

pudieran dejar más pronto aquel lugar y la miserable vida que en él

llevaban. Les ofreció también su apoyo para que lograran trabajar, sacando

buen producto, en la ciudad que él habitaba.

Al día siguiente pudo ver cómo se burlaban del chico los muchachos,

pero al partir llevaba la convicción de que la persona más inteligente de

Santa Marina era aquel niño a quien llamaban Ginesillo el tonto.






El pozo mágico



Una tarde, que los padres aún no habían vuelto de trabajar en el

campo, se hallaba Juanito en su bonita casa compuesta de dos pisos, al

cuidado de una anciana encargada de atender a las faenas de la cocina,

mientras sus amos procuraban sacar de una ingrata tierra lo preciso para

el sustento de todo el año.

La casa era el solo bien que los dos labradores habían logrado salvar

después de varias malas cosechas; era herencia de los padres de ella y por

nada del mundo la hubieran vendido o alquilado.

Juanito se hallaba en la sala, una habitación grande, alta de techo,

con dos ventanas que daban al campo, amueblada con sillas de Vitoria, un

rústico sofá, una cómoda, con una infinidad de baratijas encima, y dos

mesas.

A una de las ventanas, que estaba abierta, se acercó por la parte de

fuera un hombre mal encarado, vestido pobremente y con un fuerte garrote

en la mano. Hizo seña a Juanito de que se acercara y le preguntó, cuando

el muchacho estuvo próximo, dónde se encontraba su padre.

-En el campo grande -contestó el niño.

-¿Y dónde es eso? -prosiguió el hombre.

-Por lo visto es V. forastero cuando no lo sabe. Mire por donde yo

señalo con la mano. Ese sendero de ahí enfrente tuerce a la izquierda,

sale a una explanada, luego...

-No hay quien lo entienda -interrumpió el hombre-; y el caso es

que urge verle para el ajuste de los garbanzos y de la cebada. ¿No podrías

acompañarme?

-Mis padres me han prohibido salir de casa, y si falto a su orden me

castigarán.

-Más podrán castigarte si pierden la venta por ti.

-¿Y qué he de hacer, entonces?

-Acompañarme si quieres y si no dejarlo, que haré el trato con otro

labrador.

-Es que -prosiguió el niño-, dicen que hay dos secuestradores en el

país y por eso mis padres temen que salga.

-Yo te respondo de que yendo conmigo no los encontrarás; además llevo

un buen palo para defenderte.

-¿Los ha visto V?

-Sí, iban a caballo, camino del molino viejo.

-Entonces no hay temor, porque tenemos que ir hacia el lado opuesto.

Vamos.

Juanito salió, guiando al hombre por la senda que antes indicara.

La tarde era clara y serena, brillaba el sol en un cielo sin nubes y

el calor se dejaba sentir con fuerza, porque ni un árbol [74] daba sombra

a aquel campo sembrado de trigo a derecha e izquierda. Un estrecho sendero

conducía al lugar, aún muy distante, donde los padres del niño se hallaban

trabajando. Pero antes de llegar a la explanada de que hablara Juanito, el

hombre lanzó un silbido extraño y un joven se presentó casi en seguida

llevando un caballo de la brida. A una seña del que había obligado al

pequeño Juan a salir de su casa, el joven montó y el niño se vio cogido

por unos robustos brazos y colocado sobre el caballo también. Gritó

pidiendo auxilio, pero al instante un pañuelo fue puesto sobre su boca

para ahogar su voz y ya no hubo defensa posible para la infeliz criatura.

El caballo iba a galope y Juanito veía al pasar, con vertiginosa

rapidez, los carros cargados de paja que volvían al pueblo, las yuntas

que, terminados los trabajos, iban a encerrar, algunos labradores que se

retiraban a sus hogares; pero todo de lejos y sin que ningún hombre fijase

su atención en él.

A pesar de aquella carrera, el camino le parecía muy largo; al

fin el joven hizo parar el caballo, bajó al niño y, sin soltarle, abrió

una puerta que conducía a un vasto terreno que debió ser jardín en otro

tiempo; le introdujo allí, volvió a cerrar con llave y le dejó solo sin

ocuparse al parecer más de él.

Juanito no pudo contener sus lágrimas al ver las altas tapias que

hacían de aquel paraje una prisión de la que era imposible huir. Anduvo

después largo rato, hasta que rendido se paró en un ángulo del terreno,

donde había un pozo rodeado de jaramagos y florecillas silvestres. Aquel

sitio inculto tenía un misterioso encanto para él.

Llegó la noche, y cansado, sintiendo hambre y sed, se echó no lejos

del pozo y al fin se durmió.

A la mañana siguiente uno de los bandidos, el primero que vio, fue a

despertarle y le obligó a firmar un papel para su padre en el que le decía

que los secuestradores le matarían si no les entregaba quinientos duros

por su rescate.

-Y es la verdad -añadió el hombre-, si no pagan te tiraremos a ese

pozo.

Los labradores en balde buscaron aquel dinero; en tan breve

plazo nadie quería comprarles su casa ni dar nada a préstamo.

Juanito, que no había comido desde el día anterior, sentía

indefinible malestar y a veces le parecía que una nube velaba sus ojos.

Llegó la noche y los bandidos no parecieron. El niño se acercó al

pozo y ¡cosa rara! creyó ver que en el fondo brillaba una luz.

-¿Estaré soñando? -se preguntó Juan.

Y siguió mirando, pero el pozo era muy hondo y no se veía si tenía

agua o estaba seco.

Poco después una voz, de mujer o de niño, cantó dentro del pozo el

siguiente romance con una música dulce y un tanto monótona:

Había en una ciudad

un bello y juicioso niño,

a quien unos malhechores

lograron poner cautivo.

Le llevaron engañado

a una casa con sigilo

donde había un gran terreno

que antes jardín hubo sido,
rodeado de altas tapias,

con arbustos ya marchitos,

árboles mustios o secos

y un pozo, medio escondido,

en un bosque de rastrojo,

de gran abandono indicio;

pidieron por el muchacho

un rescate los bandidos,

mas siendo los padres pobres

y careciendo de amigos,

en balde fueron buscando

aquel oro apetecido,

precio de la libertad

del idolatrado hijo.

Por vengarse, los ladrones

presto hubieron decidido

arrojar en aquel pozo

al pobre muchacho vivo,

y sin escuchar sus ruegos

aquellos hombres indignos,

levantándole en sus brazos

le lanzaron al abismo.

Antes de llegar al fondo

los ángeles, también niños,

quizá hermanos por el alma

del prisionero afligido,

trocaron las duras piedras

por un césped duro y fino

y bellas flores silvestres

de nombres desconocidos,

que en algún jardín del cielo

acaso hubieron cogido,

y entonces el secuestrado,

no esperando tal prodigio,

halló al caer aquel lecho

donde se quedó dormido...

La voz se fue extinguiendo poco a poco, y Juanito no oyó las ultimas

palabras del romance. Pero aquel canto le había llenado de esperanza;

sabía que si le arrojaban al pozo no tendría nada que temer. Miró hacia el

fondo y observó que la luz, que poco antes viera brillar, había

desaparecido.

Se echó sobre la hierba y esperó con relativa tranquilidad la vuelta

de los malvados secuestradores. Éstos llegaron a las doce de la noche, muy

disgustados porque los padres de Juanito no habían depositado el dinero en

el sitio indicado, pues los infelices no habían encontrado ni la vigésima

parte de lo pedido.

-Le arrojaremos al pozo mágico -dijo el más joven señalando al

niño-. Esos rústicos no habrán dejado de dar aviso de lo que ocurre a la

guardia civil y, para probar que no somos nosotros los secuestradores,

[80] tenemos que desembarazarnos del chico. ¿Cómo creerían que no éramos

culpables si hallaban al muchacho con nosotros?

-Y ¿no le buscarán en el pozo? Y a propósito de éste, ¿por qué le

llamas mágico? -preguntó el otro bandido.

-Porque algunas veces se oyen en el gritos y en el pueblo aseguran

que está encantado.

-¿Y tú lo crees?

-Yo no, pero lo llamo así por costumbre que tengo de oírlo.

Siguieron hablando y por último se acercaron a Juanito y, sin

atender, a sus ruegos, le arrojaron al pozo.

El pobre niño perdió el conocimiento antes de llegar al fondo, así es

que no supo si había allí el lecho de flores arreglado por los ángeles sus

hermanos.

Cuando volvió en sí se halló en un pequeño cuarto y acostado en una

humilde cama. Un hombre y una muchacha velaban junto a él. El primero, sin

hacerle pregunta alguna, le dio algún alimento que reanimó sus fuerzas,

mientras la segunda le miraba con cariñosa curiosidad.

Cuando el hombre salió, Juanito se atrevió a preguntar a la niña

dónde se encontraba.

-Mi padre me había prohibido hablarte para que no te fatigaras -dijo

ella-, pero ya que te muestras curioso... ¿Has oído cantar al pozo mágico?

-Sí, ¿quién cantaba?

-¿Eso qué importa? Todo lo que decía el romance se ha realizado. En

el fondo del pozo no había agua ni duras piedras, has caído sobre

paja y heno. Luego mi padre te ha cogido en sus brazos y te ha traído aquí

para avisar a tu familia, a la que conoce y quiere porque tu padre le

salvó la vida cuando los dos eran soldados. Desde el fondo del pozo se oye

todo lo que traman los secuestradores y mi padre ha evitado por eso

algunos crímenes. La casa que ellos ocupan está en la parte alta del

camino y la nuestra en la más baja; el pozo tiene una abertura que pone en

comunicación esta vivienda con la otra, obra que hicieron unos

contrabandistas en otro tiempo, pero que los secuestradores ignoran. Hay

un camino subterráneo que llega a nuestro pequeño jardín. Para que tu

ilusión fuese más completa, puse margaritas y amapolas en el fondo del

pozo, pero como te desmayaste no lo has visto. Ya iremos allí otro día.

La llegada del padre de la muchacha puso término a la conversación;

pero como a la mañana siguiente Juanito estuviese ya bueno, tuvo deseos de

ver el fondo del pozo con su nueva amiga. Ésta abrió una puerta que

había en un cobertizo que daba al jardín y ambos penetraron en un

subterráneo estrecho y húmedo, llegando finalmente al pozo donde Juanito

había caído. El niño cogió unas margaritas y prometió que las guardaría

siempre.

Sobre sus cabezas, arriba, oíase un fuerte altercado; era que iban a

prender a los secuestradores. Éstos querían probar su inocencia negando

haber robado a Juan, y casi habían convencido a sus perseguidores, cuando

una voz infantil dijo desde el fondo del pozo:

-¡Sí, son ellos los que me robaron, lo declaro para que no puedan

hacer lo mismo con otros niños!

-¡El pozo mágico! -exclamó el más joven de los secuestradores.

Aprovechando su estupor, los que iban en su busca se apoderaron de

él. El otro se defendió a tiros; una de las balas hirió mortalmente a su

compañero y él cayó al suelo también muerto por uno de sus contrarios.

Aquella misma tarde, Juanito fue devuelto a sus padres, que no podían

casi creer fuese cierta la ventura de volver a verle, pues imaginaban

que había sido ya asesinado.

¡Con cuánta efusión se abrazaron luego los dos antiguos soldados! El

padre de Juanito al saber que su amigo y su hija eran muy pobres, se los

llevó a su casa donde compartieron con la familia los trabajos del campo,

abandonando aquéllos su humilde vivienda. La comunicación con el pozo fue

tapiada y el terreno donde se ocultaban los secuestradores convertido en

hermosa huerta.

Juanito sintió siempre el más vivo afecto por la muchacha, a la que

hacia cantar muy a menudo aquel romance que le oyó por primera vez en el

fondo del pozo mágico.

martes, 8 de abril de 2008

2º Special "Hans Christian Andersen" -- EL TULLIDO

Hans Christian Andersen
EL TULLIDO
____________

Érase una antigua casa señorial, habitada por gente joven y apuesta. Ricos en bienes y
dinero, querían divertirse y hacer el bien. Querían hacer feliz a todo el mundo, como lo
eran ellos.

Por Nochebuena instalaron un abeto magníficamente adornado en el antiguo salón de
Palacio. Ardía el fuego en la chimenea, y ramas del árbol navideño enmarcaban los viejos
retratos.

Desde el atardecer reinaba también la alegría en los aposentos de la servidumbre.
También había allí un gran abeto con rojas y blancas velillas encendidas, banderitas
danesas, cisnes recortados y redes de papeles de colores y llenas de golosinas. Habían
invitado a los niños pobres de la parroquia, y cada uno había acudido con su madre, a la
cual, más que a la copa del árbol, se le iban los ojos a la mesa de Nochebuena, cubierta
de ropas de lana y de hilo, y toda clase de prendas de vestir. Aquello era lo que miraban
las madres y los hijos ya mayorcitos, mientras los pequeños alargaban los brazos hacia
las velillas, el oropel y las banderitas.

La gente había llegado a primeras horas de la tarde, y fue obsequiada con la clásica sopa
navideña y asado de pato con berza roja. Una vez hubieron contemplado el árbol y
recibido los regalos, se sirvió a cada uno un vaso de ponche y manzanas rellenas.

Regresaron entonces a sus pobres casas, donde se habló de la «buena vida», es decir,
de la buena comida, y se pasó otra vez revista a los regalos.

Entre aquella gente estaban Garten-Kirsten y Garten-Ole, un matrimonio que tenía casa y
comida a cambio de su trabajo en el jardín de Sus Señorías. Cada Navidad recibían su
buena parte de los regalos. Tenían además cinco hijos, y a todos los vestían los señores.

- Son bondadosos nuestros amos -decían-. Tienen medios para hacer el bien, y gozan

haciéndolo.

- Ahí tienen buenas ropas para que las rompan los cuatro -dijo Garten-Ole-. Mas, ¿por
qué no hay nada para el tullido? Siempre suelen acordarse de él, aunque no vaya a la
fiesta.

Era el hijo mayor, al que llamaban «El tullido», pero su nombre era Juan. De niño había
sido el más listo y vivaracho, pero de repente le entró una «debilidad en las piernas»,
como ellos decían, y desde entonces no pudo tenerse de pie ni andar. Llevaba ya cinco
años en cama.

- Sí, algo me han dado también para él -dijo la madre. Pero es sólo un libro, para que
pueda leer.

- ¡Eso no lo engordará! -observó el padre.

Pero Hans se alegró de su libro. Era un muchachito muy despierto, aficionado a la
lectura, aunque aprovechaba también el tiempo para trabajar en las cosas útiles en
cuanto se lo permitía su condición. Era muy ágil de dedos, y sabía emplear las manos;
confeccionaba calcetines de lana, e incluso mantas. La señora había hecho gran encomio
de ellas y las había comprado.

Era un libro de cuentos el que acababan de regalar a Hans, y había en él mucho que leer,
y mucho que invitaba a pensar.

- De nada va a servirle -dijeron los padres-. Pero dejemos que lea, le ayudará a matar el
tiempo. No siempre ha de estar haciendo calceta.

Vino la primavera. Empezaron a brotar la hierba y las flores, y también los hierbajos,
como se suele llamar a las ortigas a pesar de las cosas bonitas que de ellas dice aquella
canción religiosa:

Si los reyes se reuniesen
y juntaran sus tesoros,
no podrían añadir
una sola hoja a la ortiga.

En el jardín de Sus Señorías había mucho que hacer, no solamente para el jardinero y
sus aprendices, sino también para Garten-Kirsten y Garten-Ole.

- ¡Qué pesado! -decían-. Aún no hemos terminado de escardar y arreglar los caminos, y
ya los han pisado de nuevo. ¡Hay un ajetreo con los invitados de la casa! ¡Lo que cuesta!
Suerte que los señores son ricos.

- ¡Qué mal repartido está todo! -decía Ole-. Según el señor cura, todos somos hijos de
Dios. ¿Por qué estas diferencias?

- Por culpa del pecado original -respondía Kirsten.

De eso hablaban una noche, sentados junto a la cama del tullido, que estaba leyendo sus
cuentos.

Las privaciones, las fatigas y los cuidados habían encallecido las manos de los padres, y
también su juicio y sus opiniones. No lo comprendían, no les entraba en la cabeza, y por
eso hablaban siempre con amargura y envidia.

- Hay quien vive en la abundancia y la felicidad, mientras otros están en la miseria. ¿Por
qué hemos de purgar la desobediencia y la curiosidad de nuestros primeros padres?

¡Nosotros no nos habríamos portado como ellos!

- Sí, habríamos hecho lo mismo -dijo súbitamente el tullido Hans. - Aquí está, en el libro.

- ¿Qué es lo que está en el libro? -preguntaron los padres.

Y entonces Hans les leyó el antiguo cuento del leñador y su mujer. También ellos decían
pestes de la curiosidad de Adán y Eva, culpables de su desgracia. He aquí que acertó a
pasar el rey del país: «Seguidme -les dijo- y viviréis tan bien como yo: siete platos para
comer y uno para mirarlo. Está en una sopera tapada, que no debéis tocar; de lo
contrario, se habrá terminado vuestra buena vida». «¿Qué puede haber en la sopera?»,
dijo la mujer. «¡No nos importa!», replicó el marido. «No soy curiosa -prosiguió ella-; sólo
quisiera saber por qué no nos está permitido levantar la tapadera. Estoy segura que es
algo exquisito». «Con tal que no haya alguna trampa, por ejemplo, una pistola que al
dispararse despierte a toda la casa». «Tienes razón», dijo la mujer, sin tocar la sopera.

Pero aquella noche soñó que la tapa se levantaba sola y salía del recipiente el aroma de
aquel ponche delicioso que se sirve en las bodas y los entierros. Y había una moneda de
plata con esta inscripción: «Si bebéis de este ponche, seréis las dos personas más ricas
del mundo, y todos los demás hombres se convertirán en pordioseros comparados con
vosotros». Despertóse la mujer y contó el sueño a su marido. «Piensas demasiado en
esto», dijo él. «Podríamos hacerlo con cuidado», insistió ella. «¡Cuidado!», dijo el
hombre; y la mujer levantó con gran cuidado la tapa. Y he aquí que saltaron dos ligeros
ratoncillos, y en un santiamén desaparecieron por una ratonera. «¡Buenas noches! -dijo el
Rey-. Ya podéis volveros a vuestra casa a vivir de lo vuestro. Y no volváis a censurar a
Adán y Eva, pues os habéis mostrado tan curiosos y desagradecidos como ellos».

- ¡Cómo habrá venido a parar al libro esta historia! -dijo Garten-Ole.

- Diríase que está escrita precisamente para nosotros. Es cosa de pensarlo.

Al día siguiente volvieron al trabajo. Los tostó el sol, y la lluvia los caló hasta los huesos.

Rumiaron sus melancólicos pensamientos.

No había anochecido aún, cuando ya habían cenado sus papillas de leche.

- ¡Vuelve a leernos la historia del leñador! -dijo Garten-Ole.

- Hay otras que todavía no conocéis -respondió Hans.

- No me importan dijo Garten-Ole -. Prefiero oír la que conozco.

Y el matrimonio volvió a escucharla; y más de una noche se la hicieron repetir.

- No acabo de entenderlo -dijo Garten-Ole -. Con las personas ocurre lo que con la leche:
que se cuaja, y una parte se convierte en fino requesón, y la otra, en suero aguado. Los
hay que tienen suerte en todo, se pasan el día muy repantingados y no sufren cuidados ni
privaciones.

El tullido oyó lo que decía. El chico era débil de piernas, pero despejado de cabeza, y les
leyó de su libro un cuento titulado «El hombre sin necesidades ni preocupaciones».
¿Dónde estaría ese hombre? Había que dar con él.

2º Special "Hans Christian Andersen" -- HISTORIA DE UNA MADRE

Hans Christian Andersen
HISTORIA DE UNA MADRE
______________

Estaba una madre sentada junto a la cuna de su hijito, muy afligida y angustiada, pues
temía que el pequeño se muriera. Éste, en efecto, estaba pálido como la cera, tenía los
ojitos medio cerrados y respiraba casi imperceptiblemente, de vez en cuando con una
aspiración profunda, como un suspiro. La tristeza de la madre aumentaba por momentos
al contemplar a la tierna criatura.

Llamaron a la puerta y entró un hombre viejo y pobre, envuelto en un holgado cobertor,
que parecía una manta de caballo; son mantas que calientan, pero él estaba helado. Se
estaba en lo más crudo del invierno; en la calle todo aparecía cubierto de hielo y nieve, y
soplaba un viento cortante.

Como el viejo tiritaba de frío y el niño se había quedado dormido, la madre se levantó y
puso a calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para reanimar al anciano. Éste se
había sentado junto a la cuna, y mecía al niño. La madre volvió a su lado y se estuvo
contemplando al pequeño, que respiraba fatigosamente y levantaba la manita.

- ¿Crees que vivirá? -preguntó la madre-. ¡El buen Dios no querrá quitármelo!
El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un gesto extraño con la cabeza; lo mismo
podía ser afirmativo que negativo. La mujer bajó los ojos, y las lágrimas rodaron por sus
mejillas. Tenía la cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y se quedó un momento
como aletargada; pero volvió en seguida en sí, temblando de frío.

- ¿Qué es esto? -gritó, mirando en todas direcciones. El viejo se había marchado, y la
cuna estaba vacía. ¡Se había llevado al niño! El reloj del rincón dejó oír un ruido sordo, la
gran pesa de plomo cayó rechinando hasta el suelo, ¡paf!, y las agujas se detuvieron.

La desolada madre salió corriendo a la calle, en busca del hijo. En medio de la nieve
había una mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le dijo:
- La Muerte estuvo en tu casa; lo sé, pues la vi escapar con tu hijito. Volaba como el
viento. ¡Jamás devuelve lo que se lleva!

- ¡Dime por dónde se fue! -suplicó la madre-. ¡Enséñame el camino y la alcanzaré!
- Conozco el camino -respondió la mujer vestida de negro pero antes de decírtelo tienes
que cantarme todas las canciones con que meciste a tu pequeño. Me gustan, las oí
muchas veces, pues soy la Noche. He visto correr tus lágrimas mientras cantabas.
- ¡Te las cantaré todas, todas! -dijo la madre-, pero no me detengas, para que pueda
alcanzarla y encontrar a mi hijo.

Pero la Noche permaneció muda e inmóvil, y la madre, retorciéndose las manos, cantó y
lloró; y fueron muchas las canciones, pero fueron aún más las lágrimas. Entonces dijo la
Noche:
- Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque de abetos. En él vi desaparecer a la
Muerte con el niño.

Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino, y la mujer no sabía por dónde tomar.
Levantábase allí un zarzal, sin hojas ni flores, pues era invierno, y las ramas estaban
cubiertas de nieve y hielo.

- ¿No has visto pasar a la Muerte con mi hijito?

- Sí -respondió el zarzal- pero no te diré el camino que tomó si antes no me calientas
apretándome contra tu pecho; me muero de frío, y mis ramas están heladas.

Y ella estrechó el zarzal contra su pecho, apretándolo para calentarlo bien; y las espinas
se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a grandes gotas. Pero del zarzal brotaron
frescas hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal era el ardor con que la acongojada
madre lo había estrechado contra su corazón! Y la planta le indicó el camino que debía
seguir.

Llegó a un gran lago, en el que no se veía ninguna embarcación. No estaba bastante
helado para sostener su peso, ni era tampoco bastante somero para poder vadearlo; y,
sin embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Echóse
entonces al suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero ¡qué criatura humana sería
capaz de ello! Mas la angustiada madre no perdía la esperanza de que sucediera un
milagro.

- ¡No, no lo conseguirás! -dijo el lago-. Mejor será que hagamos un trato. Soy aficionado a
coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas más puras que jamás he visto. Si estás
dispuesta a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te conduciré al gran invernadero
donde reside la Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana.

- ¡Ay, qué no diera yo por llegar a donde está mi hijo! -exclamó la pobre madre-, y se
echó a llorar con más desconsuelo aún, y sus ojos se le desprendieron y cayeron al fondo
del lago, donde quedaron convertidos en preciosísimas perlas. El lago la levantó como en
un columpio y de un solo impulso la situó en la orilla opuesta. Se levantaba allí un gran
edificio, cuya fachada tenía más de una milla de largo. No podía distinguirse bien si era
una montaña con sus bosques y cuevas, o si era obra de albañilería; y menos lo podía
averiguar la pobre madre, que había perdido los ojos a fuerza de llorar.

- ¿Dónde encontraré a la Muerte, que se marchó con mi hijito? -preguntó.

- No ha llegado todavía -dijo la vieja sepulturera que cuida del gran invernadero de la
Muerte-. ¿Quién te ha ayudado a encontrar este lugar?

- El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-. Es misericordioso, y tú lo serás también.
¿Dónde puedo encontrar a mi hijo?

- Lo ignoro -replicó la mujer-, y veo que eres ciega. Esta noche se han marchitado
muchos árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a trasplantarlos. Ya sabrás que
cada persona tiene su propio árbol de la vida o su flor, según su naturaleza. Parecen
plantas corrientes, pero en ellas palpita un corazón; el corazón de un niño puede también
latir. Atiende, tal vez reconozcas el latido de tu hijo, pero, ¿qué me darás si te digo lo que
debes hacer todavía?

- Nada me queda para darte -dijo la afligida madre pero iré por ti hasta el fin del mundo.
- Nada hay allí que me interese -respondió la mujer pero puedes cederme tu larga
cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te daré yo la mía, que
es blanca, pero también te servirá.

- ¿Nada más? -dijo la madre-. Tómala enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso cabello, y
se quedó con el suyo, blanco como la nieve.

Entraron entonces en el gran invernadero de la Muerte, donde crecían árboles y flores en
maravillosa mezcolanza. Había preciosos, jacintos bajo campanas de cristal, y grandes
peonías fuertes como árboles; y había también plantas acuáticas, algunas lozanas, otras
enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y cangrejos negros se agarraban a sus
tallos. Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y no faltaba el perejil ni tampoco el
tomillo; cada árbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era una vida humana; la
persona vivía aún: éste en la China, éste en Groenlandia o en cualquier otra parte del
mundo. Había grandes árboles plantados en macetas tan pequeñas y angostas, que
parecían a punto de estallar; en cambio, veíanse míseras florecillas emergiendo de una
tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor. La desolada madre fue inclinándose sobre
las plantas más diminutas, oyendo el latido del corazón humano que había en cada una; y
entre millones reconoció el de su hijo.

- ¡Es éste! -exclamó, alargando la mano hacia una pequeña flor azul de azafrán que
colgaba de un lado, gravemente enferma.

- ¡No toques la flor! -dijo la vieja-. Quédate aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy
esperando de un momento a otro, no dejes que arranque la planta; amenázala con hacer
tú lo mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es responsable de ellas, ante Dios; sin su
permiso no debe arrancarse ninguna.

De pronto sintióse en el recinto un frío glacial, y la madre ciega comprendió que entraba
la Muerte.

- ¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? -preguntó.- ¿Cómo pudiste llegar antes que
yo?

- ¡Soy madre! -respondió ella.

La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor de azafrán, pero la mujer interpuso las
suyas con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una de sus hojas. La Muerte sopló
sobre sus manos y ella sintió que su soplo era más frío que el del viento polar. Y sus
manos cedieron y cayeron inertes.

- ¡Nada podrás contra mí! -dijo la Muerte.

- ¡Pero sí lo puede el buen Dios! -respondió la mujer.

- ¡Yo hago sólo su voluntad! -replicó la Muerte-. Soy su jardinero. Tomo todos sus árboles
y flores y los trasplanto al jardín del Paraíso, en la tierra desconocida; y tú no sabes cómo
es y lo que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo.

- ¡Devuélveme mi hijo! -rogó la madre, prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las
manos sobre dos hermosas flores, y gritó a la Muerte:
- ¡Las arrancaré todas, pues estoy desesperada!

- ¡No las toques! -exclamó la Muerte-. Dices que eres desgraciada, y pretendes hacer a
otra madre tan desdichada como tú.

- ¡Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las flores-. ¿Quién es esa madre?

- Ahí tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he sacado del lago; ¡brillaban tanto! No sabía que
eran los tuyos. Tómalos, son más claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que
está a tu lado; te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar y verás todo su
porvenir, todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a punto de destruir.

Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia ver cómo una de las flores era una bendición
para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura esparcía a su alrededor.

La vida de la otra era, en cambio, tristeza y miseria, dolor y privaciones.

- Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la Muerte.

- ¿Cuál es la flor de la desgracia y cuál la de la ventura? -preguntó la madre.

- Esto no te lo diré -contestó la Muerte-. Sólo sabrás que una de ellas era la de tu hijo.
Has visto el destino que estaba reservado a tu propio hijo, su porvenir en el mundo.
La madre lanzó un grito de horror: - ¿Cuál de las dos era mi hijo? ¡Dímelo, sácame de la
incertidumbre! Pero si es el desgraciado, líbralo de la miseria, llévaselo antes. ¡Llévatelo
al reino de Dios! ¡Olvídate de mis lágrimas, olvídate de mis súplicas y de todo lo que dije
e hice!

- No te comprendo -dijo la Muerte-. ¿Quieres que te devuelva a tu hijo o prefieres que me
vaya con él adonde ignoras lo que pasa?

La madre, retorciendo las manos, cayó de rodillas y elevó esta plegaria a Dios Nuestro
Señor:
- ¡No me escuches cuando te pida algo que va contra Tu voluntad, que es la más sabia!
¡No me escuches! ¡No me escuches!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras la Muerte se alejaba con el niño, hacia el
mundo desconocido.