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miércoles, 18 de febrero de 2009

B L A N C A N I E V E S -- G R I M M

B L A N C A N I E V E S
J A C O B Y W I L H E M
G R I M M

*
Blancanieves


Había una vez, en pleno invierno, una reina que
se dedicaba a la costura sentada cerca de una ventana
con marco de ébano negro. Los copos de nieve
caían del cielo como plumones. Mirando nevar se
pinchó un dedo con su aguja y tres gotas de sangre
cayeron en la nieve. Como el efecto que hacía el rojo
sobre la blanca nieve era tan bello, la reina se dijo.
-¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nieve,
tan roja como la sangre y tan negra como la madera
de ébano!
* Jacob Grimm nace en Hanau en 1786. Bibliotecario en Cassel y luego bibliotecario
y docente en Gotinga, ingresa en la Academia de Ciencias de Berlín en 1841.
Discípulo de Savigny, es el fundador de los estudios germánicos y el representante
más caracterizado de la aplicación del método histórico a los estudias literarios.
Realiza una paciente y documentada tarea de recopilación de la mitología y el
folklore de su pueblo y rastrea la poesía germánica primitiva. Publica, en colaboración
con su hermano Wilheim, una gramática histórica de la lengua alemana y
los Kinder un Hausmärchen y es autor de una Geschichte der deutschen Sprache.
Al morir, en 1863, trabajaba en un monumental vocabulario alemán.
Wilhelm Grimm nace en 1786 en Hanau y colabora en todo con su hermano
Jacob, acompañándolo en sus tareas de bibliotecario, de docente y de investigador,
e ingresando junto con él en la Academia de Ciencias de Berlín. Es el
responsable de la recopilación de la mayor parte de los cuentos infantiles y de una
serie de documentos sobre mitos y leyendas heroicas de la antigua Alemania,
además da autor de varios estudios de filología. Muere en Berl
Poco después tuvo una niñita que era tan blanca
como la nieve, tan encarnada como la sangre y cuyos
cabellos eran tan negros como el ébano.
Por todo eso fue llamada Blancanieves. Y al nacer
la niña, la reina murió.
Un año más tarde el rey tomó otra esposa. Era
una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no podía
soportar que nadie la superara en belleza. Tenía
un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él,
mirándose le preguntaba:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces el espejo respondía:
La Reina es la más hermosa de esta región.
Ella quedaba satisfecha pues sabía que su espejo
siempre decía la verdad.
Pero Blancanieves crecía y embellecía cada vez
más; cuando alcanzó los siete años era tan bella como
la clara luz del día y aún más linda que la reina.
Ocurrió que un día cuando le preguntó al espejo:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
el espejo respondió:
La Reina es la hermosa de este lugar,
pero la linda Blancanieves lo es mucho más.
Entonces la reina tuvo miedo y se puso amarilla
y verde de envidia. A partir de ese momento, cuando
veía a Blancanieves el corazón le daba un vuelco en
el pecho, tal era el odio que sentía por la niña. Y su
envidia y su orgullo crecían cada día más, como una
mala hierba, de tal modo que no encontraba reposo,
ni de día ni de noche.
Entonces hizo llamar a un cazador y le dijo:
-Lleva esa niña al bosque; no quiero que aparezca
más ante mis ojos. La matarás y me traerás sus
pulmones y su hígado como prueba.
El cazador obedeció y se la llevó, pero cuando
quiso atravesar el corazón de Blancanieves, la niña
se puso a llorar y exclamó:
-¡Mi buen cazador, no me mates!; correré hacia
el bosque espeso y no volveré nunca más.
Como era tan linda el cazador tuvo piedad y dijo:
-¡Corre, pues, mi pobre niña!
Pensaba, sin embargo, que las fieras pronto la
devorarían. No obstante, no tener que matarla fue
para él como si le quitaran un peso del corazón. Un
cerdito venía saltando; el cazador lo mató, extrajo
sus pulmones y su hígado y los llevó a la reina como
prueba de que había cumplido su misión. El cocinero
los cocinó con sal y la mala mujer los comió creyendo
comer los pulmones y el hígado de
Blancanieves.
Por su parte, la pobre niña se encontraba en
medio de los grandes bosques, abandonada por todos
y con tal miedo que todas las hojas de los árboles
la asustaban. No tenía idea de cómo arreglárselas
y entonces corrió y corrió sobre guijarros filosos y a
través de las zarzas. Los animales salvajes se cruzaban
con ella pero no le hacían ningún daño. Corrió
hasta la caída de la tarde; entonces vio una casita a la
que entró para descansar. En la cabañita todo era
pequeño, pero tan lindo y limpio como se pueda
imaginar. Había una mesita pequeña con un mantel
blanco y sobre él siete platitos, cada uno con su pequeña
cuchara, más siete cuchillos, siete tenedores y
siete vasos, todos pequeños. A lo largo de la pared
estaban dispuestas, una junto a la otra, siete camitas
cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Como
tenía mucha hambre y mucha sed, Blancanieves comió
trozos de legumbres y de pan de cada platito y
bebió una gota de vino de cada vasito. Luego se sintió
muy cansada y se quiso acostar en una de las camas.
Pero ninguna era de su medida; una era
demasiado larga, otra un poco corta, hasta que finalmente
la séptima le vino bien. Se acostó, se encomendó
a Dios y se durmió.
Cuando cayó la noche volvieron los dueños de
casa; eran siete enanos que excavaban y extraían
metal en las montañas. Encendieron sus siete farolitos
y vieron que alguien había venido, pues las cosas
no estaban en el orden en que las habían dejado.
El primero dijo:
-¿Quién se sentó en mi sillita?
El segundo:
-¿Quién comió en mi platito?
El tercero:
-¿Quién comió de mi pan?
El cuarto:
-¿Quién comió de mis legumbres?
El quinto.
-¿Quién pinchó con mi tenedor?
El sexto:
-¿Quién cortó con mi cuchillo?
El séptimo:
-¿Quién bebió en mi vaso?
Luego el primero pasó su vista alrededor y vio
una pequeña arruga en su cama y dijo:
-¿Quién anduvo en mi lecho?
Los otros acudieron y exclamaron:
-¡Alguien se ha acostado en el mío también! Mirando
en el suyo, el séptimo descubrió a Blancanieves,
acostada y dormida. Llamó a los otros, que se
precipitaron con exclamaciones de asombro. Entonces
fueron a buscar sus siete farolitos para alumbrar
a Blancanieves.
-¡Oh, mi Dios -exclamaron- qué bella es esta niña!
Y sintieron una alegría tan grande que no la despertaron
y la dejaron proseguir su sueño. El séptimo
enano se acostó una hora con cada uno de sus compañeros
y así pasó la noche.
Al amanecer, Blancanieves despertó y viendo a
los siete enanos tuvo miedo. Pero ellos se mostraron
amables y le preguntaron.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves -respondió ella.
-¿Como llegaste hasta nuestra casa?
Entonces ella les contó que su madrastra había
querido matarla pero el cazador había tenido piedad
de ella permitiéndole correr durante todo el día hasta
encontrar la casita.
Los enanos le dijeron:
-Si quieres hacer la tarea de la casa, cocinar, hacer
las camas, lavar, coser y tejer y si tienes todo en
orden y bien limpio puedes quedarte con nosotros;
no te faltará nada.
-Sí -respondió Blancanieves- acepto de todo corazón.
Y se quedó con ellos.
Blancanieves tuvo la casa en orden. Por las mañanas
los enanos partían hacia las montañas, donde
buscaban los minerales y el oro, y regresaban por la
noche. Para ese entonces la comida estaba lista.
Durante todo el día la niña permanecía sola; los
buenos enanos la previnieron:
-¡Cuídate de tu madrastra; pronto sabrá que estás
aquí! ¡No dejes entrar a nadie!
La reina, una vez que comió los que creía que
eran los pulmones y el hígado de Blancanieves, se
creyó de nuevo la principal y la más bella de todas
las mujeres. Se puso ante el espejo y dijo:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces el espejo respondió.
Pero, pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
La Reina es la más hermosa de este lugar
La reina quedó aterrorizada pues sabía que el espejo
no mentía nunca. Se dio cuenta de que el cazador
la había engañado y de que Blancanieves vivía.
Reflexionó y buscó un nuevo modo de deshacerse
de ella pues hasta que no fuera la más bella de la región
la envidia no le daría tregua ni reposo. Cuando
finalmente urdió un plan se pintó la cara, se vistió
como una vieja buhonera y quedó totalmente irreconocible.
Así disfrazada atravesó las siete montañas y llegó
a la casa de los siete enanos, golpeó a la puerta y
gritó:
-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!
Blancanieves miró por la ventana y dijo:
-Buen día, buena mujer. ¿Qué vende usted?
-Una excelente mercadería -respondió-; cintas de
todos colores.
La vieja sacó una trenzada en seda multicolor, y
Blancanieves pensó:
-Bien puedo dejar entrar a esta buena mujer.
Corrió el cerrojo para permitirle el paso y poder
comprar esa linda cinta.
-¡Niña -dijo la vieja- qué mal te has puesto esa
cinta! Acércate que te la arreglo como se debe.
Blancanieves, que no desconfiaba, se colocó delante
de ella para que le arreglara el lazo. Pero rápidamente
la vieja lo oprimió tan fuerte que
Blancanieves perdió el aliento y cayó como muerta.
-Y bien -dijo la vieja-, dejaste de ser la más bella.
Y se fue.
Poco después, a la noche, los siete enanos regresaron
a la casa y se asustaron mucho al ver a Blancanieves
en el suelo, inmóvil. La levantaron y
descubrieron el lazo que la oprimía. Lo cortaron y
Blancanieves comenzó a respirar y a reanimarse poco
a poco.
Cuando los enanos supieron lo que había pasado
dijeron:
-La vieja vendedora no era otra que la malvada
reina. ¡Ten mucho cuidado y no dejes entrar a nadie
cuando no estamos cerca!
Cuando la reina volvió a su casa se puso frente al
espejo y preguntó:
¡Espejito, espejito, de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces, como la vez anterior, respondió:
La Reina es la más hermosa de este lugar,
Pero pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
Cuando oyó estas palabras toda la sangre le afluyó
al corazón. El terror la invadió, pues era claro que
Blancanieves había recobrado la vida.
-Pero ahora -dijo ella- voy a inventar algo que te
hará perecer.
Y con la ayuda de sortilegios, en los que era experta,
fabricó un peine envenenado. Luego se disfrazó
tomando el aspecto de otra vieja. Así vestida
atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los
siete enanos. Golpeó a la puerta y gritó:
-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!
Blancanieves miró desde adentro y dijo:
-Sigue tu camino; no puedo dejar entrar a nadie.
-Al menos podrás mirar -dijo la vieja, sacando el
peine envenenado y levantándolo en el aire.
Tanto le gustó a la niña que se dejó seducir y
abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo sobre
la compra la vieja le dilo:
-Ahora te voy a peinar como corresponde.
La pobre Blancanieves, que nunca pensaba mal,
dejó hacer a la vieja pero apenas ésta le había puesto
el peine en los cabellos el veneno hizo su efecto y la
pequeña cayó sin conocimiento.
-¡Oh, prodigio de belleza -dijo la mala mujerahora
sí que acabé contigo!
Por suerte la noche llegó pronto trayendo a los
enanos con ella. Cuando vieron a Blancanieves en el
suelo, como muerta, sospecharon enseguida de la
madrastra. Examinaron a la niña y encontraron el
peine envenenado. Apenas lo retiraron, Blancanieves
volvió en sí y les contó lo que había sucedido. Entonces
le advirtieron una vez más que debería cuidarse
y no abrir la puerta a nadie.
En cuanto llegó a su casa la reina se colocó
frente al espejo y dijo:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
Y el espejito, respondió nuevamente:
La Reina es la más hermosa de este lugar.
Pero pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
La reina al oír hablar al espejo de ese modo, se
estremeció y tembló de cólera.
-Es necesario que Blancanieves muera -exclamóaunque
me cueste la vida a mí misma.
Se dirigió entonces a una habitación escondida y
solitaria a la que nadie podía entrar y fabricó una
manzana envenenada. Exteriormente parecía buena,
blanca y roja y tan bien hecha que tentaba a quien la
veía; pero apenas se comía un trocito sobrevenía la
muerte. Cuando la manzana estuvo pronta, se pintó
la cara, se disfrazó de campesina y atravesó las siete
montañas hasta llegar a la casa de los siete enanos.
Golpeó. Blancanieves sacó la cabeza por la ventana
y dijo:
-No puedo dejar entrar a nadie; los enanos me lo
han prohibido.
-No es nada -dijo la campesina- me voy a librar
de mis manzanas. Toma, te voy a dar una.
-No-dijo Blancanieves -tampoco debo aceptar
nada.
-¿Ternes que esté envenenada? -dijo la vieja-; mira,
corto la manzana en dos partes; tú comerás la
parte roja y yo la blanca.
La manzana estaba tan ingeniosamente hecha
que solamente la parte roja contenía veneno. La bella
manzana tentaba a Blancanieves y cuando vio a la
campesina comer no pudo resistir más, estiró la mano
y tomó la mitad envenenada. Apenas tuvo un
trozo en la boca, cayó muerta.
Entonces la vieja la examinó con mirada horrible,
rió muy fuerte y dijo.
-Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra
como el ébano. ¡Esta vez los enanos no podrán
reanimarte!
Vuelta a su casa interrogó al espejo:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
Y el espejo finalmente respondió.
La Reina es la más hermosa de esta región.
Entonces su corazón envidioso encontró reposo,
si es que los corazones envidiosos pueden encontrar
alguna vez reposo.
A la noche, al volver a la casa, los enanitos encontraron
a Blancanieves tendida en el suelo sin que
un solo aliento escapara de su boca: estaba muerta.
La levantaron, buscaron alguna cosa envenenada,
aflojaron sus lazos, le peinaron los cabellos, la lavaron
con agua y con vino pelo todo esto no sirvió de
nada: la querida niña estaba muerta y siguió estándolo.
La pusieron en una parihuela. se sentaron junto
a ella y durante tres días lloraron. Luego quisieron
enterrarla pero ella estaba tan fresca como una persona
viva y mantenía aún sus mejillas sonrosadas.
Los enanos se dijeron:
-No podemos ponerla bajo la negra tierra. E hicieron
un ataúd de vidrio para que se la pudiera ver
desde todos los ángulos, la pusieron adentro e
inscribieron su nombre en letras de oro proclamando
que era hija de un rey. Luego expusieron el ataúd en
la montaña. Uno de ellos permanecería siempre a su
lado para cuidarla. Los animales también vinieron a
llorarla: primero un mochuelo, luego un cuervo y
más tarde una palomita.
Blancanieves permaneció mucho tiempo en el
ataúd sin descomponerse; al contrario, parecía dormir,
ya que siempre estaba blanca como la nieve,
roja como la sangre y sus cabellos eran negros como
el ébano.
Ocurrió una vez que el hijo de un rey llegó, por
azar, al bosque y fue a casa de los enanos a pasar la
noche. En la montaña vio el ataúd con la hermosa
Blancanieves en su interior y leyó lo que estaba escrito
en letras de oro.
Entonces dijo a los enanos:
-Dénme ese ataúd; les daré lo que quieran a
cambio.
-No lo daríamos por todo el oro del mundo -
respondieron los enanos.
-En ese caso -replicó el príncipe- regálenmelo
pues no puedo vivir sin ver a Blancanieves. La honraré,
la estimaré como a lo que más quiero en el
mundo.
Al oírlo hablar de este modo los enanos tuvieron
piedad de él y le dieron el ataúd. El príncipe lo hizo
llevar sobre las espaldas de sus servidores, pero sucedió
que éstos tropezaron contra un arbusto y como
consecuencia del sacudón el trozo de manzana
envenenada que Blancanieves aún conservaba en su
garganta fue despedido hacia afuera. Poco después
abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd y se irguió,
resucitada.
-¡Oh, Dios!, ¿dónde estoy? -exclamó.
-Estás a mi lado -le dijo el príncipe lleno de alegría.
Le contó lo que había pasado y le dijo:
-Te amo como a nadie en el mundo; ven conmigo
al castillo de mi padre; serás mi mujer.
Entonces Blancanieves comenzó a sentir cariño
por él y se preparó la boda con gran pompa y magnificencia.
También fue invitada a la fiesta la madrastra
criminal de Blancanieves. Después de vestirse con
sus hermosos trajes fue ante el espejo y preguntó:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región?
El espejo respondió:
La Reina es la más hermosa de este lugar.
Pero la joven Reina lo es mucho más.
Entonces la mala mujer lanzó un juramento y
tuvo tanto, tanto miedo, que no supo qué hacer. Al
principio no quería ir de ningún modo a la boda.
Pero no encontró reposo hasta no ver a la joven reina.
Al entrar reconoció a Blancanieves y la angustia
y el espanto que le produjo el descubrimiento la dejaron
clavada al piso sin poder moverse.
Pero ya habían puesto zapatos de hierro sobre
carbones encendidos y luego los colocaron delante
de ella con tenazas. Se obligó a la bruja a entrar en
esos zapatos incandescentes y a bailar hasta que le
llegara la muerte.