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miércoles, 18 de febrero de 2009

HURLEBURLEBUTZ -- Hermanos Grimm

HURLEBURLEBUTZ
Hermanos Grimm
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Érase un rey que estaba cazando y se perdió; entonces se le apareció un pequeño hombrecillo de pelo blanco y le dijo:
-Señor rey, si me dais a vuestra hija menor, os sacaré del bosque.
El rey, por el miedo que tenía, se lo prometió; el hombrecillo le llevó por el buen camino, se despidió de él y cuando el rey se iba le gritó aún:
-¡Dentro de ocho días iré a recoger a mi novia!
En casa, sin embargo, el rey se puso muy triste por lo que había prometido, pues la hija menor era a la que más quería. Las princesas se lo notaron y quisieron saber qué era lo que le preocupaba. Finalmente tuvo que admitir que había prometido que le daría a la más joven de ellas a un pequeño hombrecillo de pelo blanco que se le había aparecido en el bosque, y que éste iría a recogerla dentro de ocho días. Pero ellas le dijeron que se animara, que ya engañarían ellas al hombrecillo.
Después, cuando llegó el día señalado, vistieron a la hija de un pastor de vacas con sus vestidos, la sentaron en su habitación y le ordenaron:
-¡Si viene alguien a recogerte, ve con él!
Ellas, en cambio, se marcharon todas de la casa.
Apenas se habían ido llegó al palacio un zorro y le dijo a la muchacha:
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vámonos! ¡Al bosque!
La muchacha se sentó en la cola del zorro y, así, se la llevó al bosque.
Pero en cuanto los dos llegaron a un bello y verde lugar donde el sol brillaba bien claro y cálido, dijo el zorro:
-¡Bájate y quítame los piojos!
La muchacha obedeció.
El zorro colocó la cabeza en su regazo y empezó a despiojarlo.
Mientras lo estaba haciendo dijo la muchacha:
-¡Ayer a estas horas el bosque estaba aún más hermoso!
-¿Cómo es que viniste al bosque? -le preguntó el zorro.
-¡Pues porque saqué con mi padre las vacas a pastar!
-¡O sea, que tú no eres la princesa! ¡Móntate en mi ruda cola! ¡Volvemos al palacio!
El zorro la devolvió y le dijo al rey:
-Me has engañado: ésta es la hija de un pastor de vacas. Dentro de ocho días volveré a recoger a la tuya.
Al octavo día, sin embargo, las princesas vistieron lujosamente a la hija de un pastor de gansos, la dejaron allí sentada y se marcharon. Entonces llegó de nuevo el zorro y dijo:
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vámonos! ¡Al bosque!
En cuanto llegaron al lugar soleado del bosque, dijo de nuevo el zorro:
-¡Bájate y quítame los piojos!
Y mientras la muchacha estaba despiojando al zorro suspiró y dijo:
-¿Dónde estarán ahora mis gansos? -¿Qué sabes tú de gansos?
-Mucho, pues todos los días los sacaba con mi padre al prado.
-¡O sea, que tú no eres la hija del rey! ¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Volvemos al palacio!
El zorro la devolvió y le dijo al rey:
-Me has vuelto a engañar: ésta es la hija de un pastor de gansos. Dentro de ocho días volveré y como entonces no me des a tu hija, te irá muy mal.
Al rey le entró miedo y cuando volvió el zorro le dio a la princesa.
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vámonos! ¡Al bosque!
Entonces ella tuvo que marcharse montada en la cola del zorro, y cuando llegaron al lugar soleado le dijo a ella también:
-¡Bájate y quítame los piojos!
Pero cuando el zorro le puso la cabeza en su regazo la princesa se echó a llorar y dijo:
-¡Yo que soy hija de un rey tengo que quitarle los
piojos a un zorro! ¡Si ahora estuviera en mi alcoba, podría ver mis flores en el jardín!
Entonces el zorro vio que tenía a la verdadera novia, se transformó en el pequeño hombrecillo de pelo blanco, y aquél era ahora su marido y tuvo que vivir con él en una pequeña cabaña, hacerle la comida y coserle, y así se pasó una buena temporada.
El hombrecillo, sin embargo, hacía cualquier cosa por ella.
Una vez le dijo el hombrecillo:
-Me tengo que marchar, pero pronto llegarán volando tres palomas blancas, pasarán volando muy a ras del suelo. Coge la que esté en el medio y cuando la tengas córtale enseguida la cabeza, pero ten cuidado de no coger otra que no sea la del medio u ocurrirá una gran desgracia.
El hombrecillo se marchó. Y no pasó mucho tiempo hasta que, efectivamente, llegaron volando las tres palomas blancas.
La princesa puso mucha atención, agarró la del medio, cogió un cuchillo v le cortó la cabeza. Pero en cuanto cayó al suelo apareció ante ella un joven y hermoso príncipe, y dijo:
-Un hada me encantó y me condenó a perder mi figura humana durante siete años, al cabo de los cuales, convertido en paloma, pasaría volando al lado de mi esposa entre otras dos palomas, y si ella no me atrapaba o si atrapaba a otra y yo me escapaba estaría todo perdido y
ya no habría salvación para mí. Por eso te pedí que pusieras mucha atención, pues yo soy el hombrecillo canoso y tú mi esposa.
La princesa se quedó entonces muy complacida y se fueron juntos a casa del padre, y cuando éste murió heredaron su reino.