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lunes, 27 de septiembre de 2010

COLMILLO BLANCO - JACK LONDON - 2ªparte


COLMILLO BLANCO
JACK LONDON



CUARTA PARTE


LOS DIOSES SUPERIORES


1
El enemigo de su raza


Si alguna aptitud, por remota que fuera, pudo existir en el fondo de su naturaleza para fraternizar con los de su raza, esa aptitud quedó para siempre destruida en Colmillo Blanco cuando lo hicieron guía del tiro que arrastraba el trineo. Porque ahora todos los perros lo odiaban..., lo odia­ban por la ración extraordinaria de carne que le reservaba Mit­sah; por todas las distinciones, reales o imaginarias, de que era objeto; porque iba disparado siempre, delante de todos los demás, enloqueciéndolos con la perpetua vista de aquella po­blada cola que se mecía en el aire y de aquellas patas poste­riores en constante fuga.
Y con igual fervor correspondía a tal odio Colmillo Blanco. No le gustaba guiar el tiro. Verse obligado a correr delante de toda la jauría, como si esta lo persiguiese aullando continuamente, y pensar que no había uno de aquellos perros a quien él no hubiera zurrado y sometido durante tres años, era algo superior a sus fuerzas. Pero, pudiera o no, tenía que so­portarlo o morir, y de esto último no sentía el menor deseo aquel caudal de vida que él atesoraba.
En el mismo momento en que Mit-sah dio la orden de partir, vio a todo el tiro embistiéndolo a él con ansiosa y salvaje gritería. No había defensa posible. Si se volvía para hacerles frente, Mit-sah le lanzaría un latigazo en la cara. No le quedaba más recurso que correr, huir. A coletazos y a pa­tadas no podía pelearse con toda la jauría que venía detrás embistiendo. No iba a emplear armas tan débiles contra tantos y tan poderosos dientes. ¡A huir, pues, aunque para ello tu­viera que violentar su propia naturaleza, su orgullo, a cada salto que daba, y esos saltos durarían el día entero!
Ir en contra de los naturales impulsos provoca una pro­funda reconcentración y el espíritu se resiente de ello. Ocurre lo mismo con un pelo cuya dirección, que es la de apartarse del cuerpo del que procede, se ve contrariada. Se enrosca sobre sí mismo, vuelve al punto de partida, y se convierte, al clavarse en la piel, en causa continua de irritación y molestia. Así ocurrió con Colmillo Blanco. Sentía el impulso de arrojarse contra la perrada que aullaba detrás de él; pero la voluntad de los dioses se lo prohibía, y aquel larguísimo látigo se lo recordaba constantemente. La consecuencia fue que, devoran­do su amarga pena, la convirtió en el odio y la astucia propios de la ferocidad indomable de su naturaleza.
Si alguien hubo en el mundo que se distinguiera por ser el mayor enemigo de su propia raza, ese fue Colmillo Blanco. Guerra sin cuartel es lo que deseaba. Si continuamente lo herían las dentelladas de los otros, continuamente marcaba también con ellas a los demás. Cuando le desenganchaban, Colmillo Blanco jamás se acurrucaba, como el resto de los pe­rros del trineo, a los pies de los dioses en demanda de pro­tección. Él la despreciaba. Lo que hacía era pasearse con aire audaz por el campamento, volviendo de noche las injurias recibidas durante el día. Cuando aún no era más que uno de tantos, había acostumbrado a sus compañeros a dejarle el paso libre. Ahora las cosas eran muy distintas. Excitados por la diaria persecución de su guía, inconscientemente influidos por el repetido espectáculo de su fuga ante la jauría en masa, do­minados por aquella impresión de que ellos eran allí los que mandaban a su jefe durante las horas del día, no podían ave­nirse fácilmente a cederle el paso. En cuanto se presentaba ante ellos, surgía la lucha, y todo eran gruñidos, dentelladas y ladridos. Hasta el aire que respiraban parecía saturado de odio y de maldad, con lo que él se volvía cada día más ira­cundo.
Cuando Mit-sah dio orden de que se parara el trineo, Col­millo Blanco obedeció. Se produjo al principio algún desorden entre los otros perros, porque todos querían arrojarse contra su odiado guía, solo por el gusto de invertir el orden de las cosas. Pero detrás de él estaba Mit-sah, haciendo silbar la fusta sobre sus cabezas. Los perros llegaron a entender que cuando todo el tiro se paraba por mandato del dueño, era preciso que dejaran tranquilo a Colmillo Blanco. Pero cuando él se paraba, por su antojo y no por obediencia a la orden recibida, enton­ces sí podían echársele encima y hasta matarlo, si les era po­sible. Tras algunas ocasiones en que esta teoría se puso en práctica, Colmillo Blanco ya no se paraba si no se lo manda­ban. Pronto aprendió lo que querían que hiciera. La realidad misma le obligaba a ello si quería salir con vida.
Pero lo que nunca fueron capaces de aprender los perros fue a no meterse con él cuando estaba en el campamento. No había día en que, ansiosos por perseguirlo y desafiarlo, no olvidaran la dura lección que les había dado él la noche an­terior, y aquella noche tendría que repetírsela, para ver de nuevo cómo la olvidaban al día siguiente. Además, sentían que entre él y los demás había cierta diferencia de raza, lo que era causa suficiente para su hostilidad. Como él, los otros eran, en su origen, lobos domesticados; pero su domesticación da­taba de generaciones enteras. Buena parte de lo que la vida salvaje trae consigo lo habían perdido ya, y aquella clase de vida significaba para ellos lo desconocido, lo terrible, la ame­naza y el temor constantes. En cambio, para él, lo salvaje formaba aún parte de su naturaleza. Se traslucía en su aspecto, en sus actos, en sus impulsos. Él lo simbolizaba, era su per­sonificación, y por ello, cuando le mostraban los dientes, no hacían más que defenderse contra los poderes destructivos que había latentes en las sombras del bosque y en las tinieblas que se extendían más allá de las crepitantes hogueras del campa­mento.
Pero hubo una lección que jamás olvidaron los perros: mantenerse siempre juntos. Colmillo Blanco era demasiado te­rrible para que cualquiera de ellos le hiciera frente por sí solo.
Lo atacaban en masa, pues de no ser así, él los hubiera ido despachando a todos, uno a uno, en el transcurso de una noche. Ahora jamás se le había presentado ocasión de hacerlo. Podía llegar a revolcar a alguno de ellos; pero antes de que tuviera tiempo de herirlo mortalmente en el cuello, según su costumbre, ya tenía encima a todos los demás. A la primera señal de peligro se unían contra él, olvidando todas las riva­lidades y luchas menores que hubieran podido dividirlos.
Por otra parte, aunque lo intentaron, tampoco ellos logra­ron matar a Colmillo Blanco. Era más ágil, más formidable y listo que sus enemigos. No se dejaba acorralar, siempre encontraba una salida cuando ya casi lo tenían rodeado. Tam­poco había entre todos ellos uno que fuera capaz de derribarlo. Sus patas se aferraban al suelo con la misma tenacidad con que se aferraba él a la vida. Y verdaderamente, la conservación de esta y el mantenerse en pie eran casi una misma cosa en aquella guerra incesante. Nadie mejor que él lo sabía.
Así se convirtió en el enemigo de su raza, de aquellos lobos domesticados que el amor de la lumbre y de los hombres y el amparo del poderío de estos habían hecho más flojos y débiles. En cambio, Colmillo Blanco era duro, cruel, impla­cable. Así había moldeado la arcilla dúctil de su naturaleza. Y de tan terrible modo ponía en práctica la vengadora guerra que había declarado a todos los perros, que hasta al propio Castor Gris, bien feroz y salvaje por cierto, llegó a maravillarle la ferocidad que mostraba. Juraba el hombre que jamás había visto animal semejante a aquel, y lo mismo opinaban los in­dios de las otras aldeas al enumerar los perros que les había matado.
Iba a cumplir los cinco años cuando Castor Gris lo llevó consigo al emprender otro largo viaje. Se recordaron durante mucho tiempo los estragos causados por él entre las jaurías de las muchas aldeas que se hallaban a lo largo del río Mackenzie y hasta el Yukón*. Gozaba de aquella venganza contra los suyos, que resultaba fácil, pues se trataba de perros comunes y que nada sospechaban. Ni conocían su agilidad, ni su mé­todo de ataque sin aviso previo, ignorando que mataba con la rapidez del rayo. Se le acercaban con los pelos erizados, muy tiesas las patas y con aire de desafío, mientras él, sin perder tiempo en preliminares, se disparaba como un resorte de acero, se agarraba a su cuello y los dejaba fuera de combate antes de que se hubieran dado cuenta de lo que ocurría, con la angustia de la sorpresa.
Llegó a ser un consumado maestro en la lucha. Sabía re­servar sus fuerzas, no gastándolas inútilmente. Era muy rápido tanto a la hora de atacar como a la de retirarse, en caso de haber errado el golpe. La repugnancia característica del lobo por las luchas que podían llamarse a brazo partido, la sentía él también en grado sumo. El contacto prolongado con otro cuerpo se le hacía insoportable. Lo consideraba como un pe­ligro seguro y le enloquecía de furor. Necesitaba hallarse apar­tado, libre, en pie siempre, y sin sentir el contacto de otra vida. Llevaba impreso el sello del salvajismo. Tal sentimiento se había acentuado en él por su existencia nómada, de paria y de rebelde, desde que era cachorro. En todo contacto veía algún daño oculto. Era la trampa, la trampa que le inspiraba tan profundo terror que parecía formar parte de su ser, llevarlo entretejido en cada fibra de su cuerpo.
Como consecuencia de ello, no había perro forastero que al encontrarse con él pudiera cogerlo descuidado. Al contrario: evitaba sus dientes, les caía encima por sorpresa o se marchaba, generalmente sin haber recibido el menor daño. Aunque había algunas excepciones, como cuando eran varios los perros que lo embestían, o uno solo lograba desgarrarle la piel. Pero esto eran meros accidentes, a los que, como buen luchador, no concedía importancia.
Otra de las ventajas que poseía era el saber medir exac­tamente el tiempo y la distancia. Y no lo hacía de un modo consciente, sino automático. Tenía buen ojo y su visión era transmitida con toda precisión al cerebro. Era superior en ello a la mayoría de los perros, resultando una máquina mucho mejor organizada, nerviosa, mental y muscularmente. Al recibir las impresiones de los actos, comprendía enseguida el espacio que los limitaba y el tiempo que necesitaban para su completa realización. Así podía evitar que, al saltar, otro perro hiciera presa en él, o que sus colmillos lo tocaran, y al mismo tiempo aprovechar el brevísimo instante en que debía verifi­carse su propio ataque. Física y mentalmente era un prodigio, sin más mérito, por otra parte, que el haberse mostrado más generosa con él la naturaleza que con la mayoría de sus se­mejantes.
Colmillo Blanco llegó a Fuerte Yukón en pleno verano. Castor Gris había cruzado la gran vertiente entre el Mackenzie y el Yukón a fines de invierno, y había pasado la primavera cazando al pie de los picachos del lado occidental de los Mon­tes Pedregosos. Luego, aprovechando el deshielo, construyó una canoa y descendió con ella por la corriente del arroyo Puerco Espín, hasta su cruce con el Yukón, algo por debajo del círculo polar ártico*. Allí estaba el viejo fuerte pertene­ciente a la Compañía de la Bahía de Hudson*, abundaban los indios y los víveres, y con ellos, un barullo y animación sin precedentes. Era el verano de 1893, y miles de aventureros que iban en busca de oro remontaban el Yukón hasta Daw­son* y el Klondike*. Distantes aún centenares de kilómetros del punto al que se dirigían, muchos llevaban ya, sin embargo, un año de viaje, y lo menos que había recorrido cualquiera de ellos era unos ocho mil kilómetros, lo que no resultaba nada en comparación con las distancias hechas por los viajeros que venían desde la otra parte del mundo.
Al llegar allí, Castor Gris se paró. A oídos suyos había llegado el rumor de aquella invasión de buscadores de oro, y por eso traía consigo numerosos fardos de pieles, guantes de caza cosidos con intestinos retorcidos y mocasines. No se hu­biera aventurado a emprender tan largo viaje si no esperara obtener del mismo óptimos frutos. Pero la realidad superó en mucho a lo soñado. No confiaba más que en obtener un cien por cien de ganancia, y se encontró con que se elevaba al mil por ciento. Y como todos los indios, no se precipitó, sino que, estableciéndose allí, fue colocando sus géneros calmosamente y con el mayor cuidado, decidido a no malvender ni uno, aunque para ello tuviera que quedarse todo el verano y aun el invierno siguiente.
En Fuerte Yukón fue donde Colmillo Blanco vio por pri­mera vez un hombre de una raza distinta de la de los indios a que él estaba acostumbrado: un hombre blanco. Lo comparó con los otros y decidió que era un ser perteneciente a una raza de dioses superiores. Su primera impresión fue la de un período no igualado por los demás, y en esto precisamente estribaba lo típico de las divinidades. No hubo en él razona­mientos para llegar a la generalización de que los dioses blan­cos eran los más poderosos. Fue una impresión tan solo, pero fortísima. Igual que cuando era cachorro veía en el amenaza­dor volumen de aquellas chozas que los hombres levantaban una prueba de lo que ellos eran capaces de hacer, le impre­sionó profundamente el aspecto de las casas y del enorme fuerte que contemplaba ahora, todo construido de macizos troncos de árboles. Aquello sí que era una manifestación de fuerza por parte de los dioses blancos. Poseían un dominio sobre la materia que jamás había observado él en otros, aun­que entre ellos estuviera el poderosísimo Castor Gris. Al fin y al cabo, su mismo amo resultaba ahora un simple diosecillo, comparado con los de piel blanca.
Con seguridad que todo esto no eran más que impresio­nes, pero como por ellas, más que por el pensamiento, se guían los animales en sus actos, los de Colmillo Blanco respondían al convencimiento de que los hombres blancos eran dioses de la clase superior. Ante todo, los miraba con gran recelo. No podía imaginar qué terroríficos procedimientos em­plearían, qué ocultos y misteriosos daños podrían causar. Los observaba con curiosidad, muy temeroso siempre de que ellos se percataran de que lo hacía. Durante las primeras horas se contentó con estar disimuladamente al acecho, manteniéndose a prudente distancia; pero como luego vio que no les ocurría nada malo a los perros que entre ellos andaban, se acercó más y más.
A su vez, él fue objeto de gran curiosidad por su parte. Notaban enseguida su aspecto de lobo y se lo señalaban unos a otros con el dedo. Aquella mera acción bastó para ponerlo en guardia, y cuando intentaron aproximársele, les mostró los dientes y retrocedió. Ni uno pudo conseguir ponerle la mano encima, y fue una fortuna para ellos que no lo lograran.
Pronto, Colmillo Blanco comprendió que allí vivían po­quísimos de aquellos dioses. No serían más de una docena. Cada dos o tres días, un vapor* -otra manifestación colosal de su poder- llegaba a la orilla y se quedaba atracado durante muchas horas. Los hombres desembarcaban de estos vapores y en ellos volvían a alejarse después. Los blancos parecían ser innumerables. Vio más blancos en esos primeros días que in­dios había visto durante toda su vida. Y después continuaron llegando por el río, parándose, y desapareciendo de nuevo co­rriente arriba.
Pero si los dioses blancos eran infinitamente poderosos, sus perros valían bien poco. Pronto lo averiguó al mezclarse con los que llegaban a la orilla acompañando a sus amos. En la forma y en el tamaño ofrecían la mayor variedad. Unos eran de piernas cortas, demasiado cortas; otros las tenían muy largas..., demasiado largas. Hasta su pelaje era distinto, más pobre, menos poblado. Y, sobre todo, ninguno de ellos sabía pelear.
Como enemigo de los de su raza, era natural que Colmillo Blanco se apresurara a luchar con cuantos podía. Así lo hizo, y el desprecio que le inspiraron fue inmenso. Flojos y torpes, muy amigos de meter ruido y moverse mucho, intentando inútilmente conseguir por la fuerza lo que lograba él por me­dio de la destreza y de la astucia. Cuando lo acometían la­drando, de un salto se apartaba a un lado. Entonces se que­daban perplejos, como perdidos, y aprovechando el momento, él atacaba por el flanco, derribándolos, y les clavaba los dien­tes, como de costumbre, en el cuello.
A veces, tan certero era el golpe que el perro rodaba por el fango fuera ya de combate, para caer en las garras de toda la manada de perros indios, que solo esperaba aquello para despedazarlo. Colmillo Blanco era sagaz. Había tenido ocasio­nes sobradas para aprender que los dioses se enojaban gran­demente cuando les mataban a sus perros. Y aquellos blancos no constituían una excepción de la regla. Por eso, cuando había logrado revolcar a alguno de sus naturales enemigos y abrirle la garganta a dentelladas, se contentaba con retirarse, dejando que los de su manada acabaran de realizar el cruel trabajo de despedazarlo. Sobre ellos se arrojaban entonces los furiosos hombres blancos, mientras Colmillo Blanco se mar­chaba tranquilamente, parándose a cierta distancia para ver cómo llovían sobre sus compañeros piedras, palos, hachas y toda clase de armas arrojadizas. Sí, Colmillo Blanco era muy sagaz.
Pero los hombres mostraron también, a su modo, que no carecían de sagacidad; así contribuyeron a completar las en­señanzas que iba recibiendo. Vieron que aquella pesada broma se repetía siempre que atracaba por primera vez un vapor a la orilla. Una vez que les habían matado los dos o tres primeros perros que habían desembarcado, encerraban a bordo a todos los demás y se dirigían ellos solos a vengarse de sus asaltantes. Uno de los hombres blancos que vio a su perro setter despe­dazado por los otros, echó mano del revólver y lo disparó seis veces seguidas, dejando muertos o moribundos a otros tantos de la manada. Fue esta una manifestación más de poderío que se grabó profundamente en la memoria de Colmillo Blanco.
Disfrutaba este con todo aquello. No sentía más que odio hacia los de su raza, y era bastante listo para escapar ileso de tales batallas. Al principio, matar los perros de los hombres blancos fue para él un juego. Después se convirtió en su es­pecial ocupación. No tenía otro trabajo. Castor Gris andaba muy atareado, enriqueciéndose con su comercio. Así pues, se dedicó a merodear con toda su jauría india por el desembar­cadero, esperando la llegada de los buques. En cuanto atracaba uno, comenzaba la lucha, y algunos minutos después, cuando los tripulantes ya se habían repuesto de la sorpresa, la banda canina quedaba disuelta y desaparecía. Todo había terminado, hasta que llegaba una nueva embarcación forastera.
Pero no podría decirse que Colmillo Blanco formara parte de aquella especie de cuadrilla de desalmados. Ni siquiera se mezclaba con ellos, permaneciendo aparte, siempre fiel a sí mismo y temido por los demás. Verdad que colaboraba con ellos. Él era el que empezaba la lucha con el forastero, mien­tras los otros esperaban, para arrojarse en el momento opor­tuno sobre la víctima; pero también era igualmente cierto que él se retiraba y dejaba que los demás recibieran el castigo de los airados dioses.
No era muy difícil promover estas peleas. Su sola presencia bastaba para ello. En cuanto acertaban a verlo, arremetían con­tra él, obedeciendo al instinto. Para ellos representaba lo sal­vaje, lo desconocido, lo terrible, lo amenazador, lo que se arrastraba sobre las tinieblas alrededor de las hogueras de los primitivos tiempos cuando ellos, muy acurrucados contra la instintos, lumbre, se esforzaban en dar una nueva forma a sus aprendiendo a temer a aquel mundo salvaje del cual procedían y que abandonaron haciéndole traición.
A través de todas las generaciones, transmitiéndose de una a otra, se imprimió en ellos ese miedo a la vida salvaje, que representaba el horror, la destrucción. Y durante todo ese tiempo tuvieron permiso de sus dueños para matar todo lo que procedía de las selvas. Al hacerlo, atendían no solo a su propia conservación, sino también a la de los dioses en cuya propia compañía vivían.
Por eso, en cuanto aquellos perros descendían del barco, trotando por el puentecillo de tablones hasta la orilla del Yukón­, y veían a Colmillo Blanco, experimentaban el impulso irresistible de arremeter contra él y despedazarlo. No impor­taba que se hubieran criado siempre entre ciudades: su temor instintivo a lo salvaje era idéntico. No veían al lobo con sus propios ojos solamente, sino también con los de sus antepa­sados, y por ley de la herencia, luchaban contra el lobo. Todo aquello llenaba de júbilo a Colmillo Blanco. Si su vista bastaba para que lo atacaran, mejor para él y peor para sus enemigos. Lo consideraban como legítima presa, y con igual moneda les pagaba él.
No en balde había nacido en un solitario cubil y había sostenido sus primeras batallas con la perdiz blanca, la co­madreja y el lince. Y no en balde le había amargado la vida la persecución de Lip-Lip y de todos los cachorros. Si los acontecimientos se hubieran desarrollado de otra manera, tal vez sería diferente. Sin Lip-Lip, se hubiera mezclado con los otros cachorros como uno de tantos, se hubiera desarrollado como un verdadero perro y aficionado a los de su raza. Si Castor Gris hubiese poseído aquella sonda que se llama cariño, que se llama amor, habría podido llegar con ella a lo hondo de la naturaleza de Colmillo Blanco y sacar de allí a la super­ficie toda suerte de buenas cualidades. Pero no ocurrieron así las cosas. La arcilla adquirió en el molde la forma que hoy tenía, la de un ser huraño y solitario, sin amor y todo fero­cidad: el enemigo, en fin, de los de su propia raza.


II
El dios loco
En fuerte Yukón había pocos hombres blancos, y estos hacía tiempo que estaban en el país. Se lla­maban a sí mismos los de la levadura y se mostraban orgullosos de darse tal nombre. Por los demás, los novatos aún, no sen­tían otra cosa que desprecio. En cuanto a los recién llegados, que acababan de desembarcar, eran conocidos por los checha­quos, calificación que evidentemente debía de serles desagra­dable, a juzgar por la cara con que la recibían. Estos usaban para amasar esa conocida harina de arroz preparada que lo hace más ligero, y ello constituía una irritante distinción para los otros, que, por no tener tal preparado, se veían obligados a usar la tradicional levadura.
Pero no quedaba ahí la cosa. Los que estaban en el fuerte no solo desdeñaban a los recién llegados, sino que también veían sus desazones con verdadero júbilo. Lo que más gracioso hallaban eran los estragos que entre sus perros producían Col­millo Blanco y toda su pandilla. En cuanto llegaba un vapor, los moradores del fuerte se daban cita para no perder ni un detalle de la batalla canina, que les parecía siempre muy di­vertida. La esperaban con la misma fruición anticipada de los perros indios, apreciando especialmente el salvajismo y la des­treza de la parte que en ella le correspondía a Colmillo Blanco.
De todos aquellos hombres, uno en particular gozaba grandemente con tal espectáculo. Acudía a la carrera al oír el primer silbido del buque, y cuando la pelea había terminado y toda la manada quedaba dispersada, regresaba lentamente al fuerte, mostrando en el rostro el pesar de que se hubiera aca­bado todo tan pronto. A veces, si uno de aquellos pobres perros meridionales, poco endurecido en la lucha, aullaba ate­rrorizado y moribundo, el hombre no podía contenerse y ma­nifestaba su gozo con brincos y piruetas. Y ni un minuto apartaba los codiciosos ojos de Colmillo Blanco.
A este hombre, los otros del fuerte le llamaban Hermoso. Nadie sabía su nombre de pila, y, por lo general, los del país le apellidaban el Hermoso Smith. Pero si algo le faltaba, era precisamente hermosura. Por ser la antítesis de ella, debieron de llamarle así. Era feísimo; la naturaleza no podía haberse mostrado más avara con él. Empezaba por ser de muy escasa talla, y sobre la pequeña base de tal cuerpo descansaba una cabeza más pequeña aún. Podría decirse que remataba en pun­ta, y lo cierto era que, de pequeño, antes de que le apodaran Hermoso, sus compañeros le llamaban Cabeza de Alfiler.
De cabeza pequeña y frente baja y notable por su anchura, la naturaleza, como si se hubiera arrepentido de mostrarse tan parca en el comienzo, decidió abrir la mano en las facciones. Sus ojos eran grandes, y entre uno y otro había distancia su­ficiente para que cupieran los dos. La cara resultaba prodigiosa respecto a lo demás del cuerpo. Para contar con mucho es­pacio disponible, fue dotada de una mandíbula inferior enor­me, de marcado pragmatismo. Ancha, maciza, con gran pro­yección hacia delante y hacia abajo, parecía descansar sobre su pecho. Quizá aquella apariencia era debida a la fatiga del del­gado cuello, que no podía, en rigor, con el peso de semejante volumen.
La vista de aquella mandíbula producía la impresión de un carácter feroz y decidido. Pero algo faltaba allí, o sobraba. Tal vez pecaba por exceso. El hecho era, sin embargo, que la impresión que daba no tenía nada que ver con la realidad. Todos sabían que el Hermoso Smith era el mayor cobarde del mundo, el lloraduelos más débil y tembleque que imaginarse pueda. Para completar su descripción, tenía los dientes grandes y amarillentos, y sus colmillos superiores, de mayor tamaño que los inferiores, sobresalían de los delgados labios como ver­daderos colmillos perrunos. También sus ojos eran de un ama­rillo terroso, sucio, como si a la naturaleza se le hubieran acabado los pigmentos al llegar a ellos y hubiese mezclado los escasos residuos de sus tubos de colores. Lo mismo ocurría con el pelo, ralo, irregular en su crecimiento, de un ocre fan­goso, impuro, y que brotaba en mechones singularísimos de la cabeza y del rostro, con aspecto muy semejante al de un trigal en que el viento agrupó las revueltas espigas. Para decirlo en una palabra: el Hermoso Smith era un monstruo, y él no tenía la culpa de serlo: así salió del molde. Cocinaba para los que vivían en el fuerte, les lavaba los platos y atendía a las demás faenas de la casa. No lo trataban con desprecio, sino más bien con una especie de amplia tolerancia, como la que suelen inspirar ciertos infelices para quienes bastante desgracia fue ya el nacer. Además, le temían. Sus enfurecimientos de cobarde les infundían el recelo de que el mejor día les dis­pararía un tiro por la espalda o les echaría algún veneno en el café. Pero ¡qué remedio! Alguien debía encargarse de la cocina, y por muy corto de alcances que fuera él para otras cosas, no cabía negarlo: sabía cocinar.
Y ese era el hombre que miraba siempre a Colmillo Blanco, encantado con sus feroces proezas y deseando apoderarse de él. Desde el principio hizo todo lo posible por atraerlo. Col­millo Blanco no le hizo el menor caso. Más tarde, como su admirador insistía mucho, acabó por enseñarle los dientes, con todos los pelos erizados. No le gustaba aquel hombre. Le pro­ducía mala impresión. Sentía que había algo malo en él, y huía de la mano que intentaba acariciarlo y de las palabras que dirigía para amansarlo. Precisamente por aquello odiaba aún más a aquel hombre.
Para todos los seres poco complacidos, el bien y el mal son cosas de fácil comprensión. El bien se halla del lado en que está todo lo que proporciona bienestar, satisfacción y allí vio o desaparición del dolor. Por eso les gusta el bien. El mal representa para ellos todo lo que ocasiona malestar, lo que amenaza, lo que duele, y proporcionalmente a esto les inspira odio. La impresión que el Hermoso Smith le producía a Col­millo Blanco era malísima. De aquel cuerpo, tan torcido como las intenciones de su mente, parecían desprenderse emanacio­nes palúdicas*, que sin duda eran malsana manifestación de lo que en él se albergaba. No por medio del razonamiento, ni de sus cinco sentidos solo, sino por un remoto e inexpli­cable instinto, el animal adivinaba que aquel hombre era una amenaza de males sin cuento, que los llevaba en sí mismo, y que, por consiguiente, resultaba algo malo que la prudencia aconsejaba odiar.
Colmillo Blanco se hallaba en el campamento de Castor Gris la primera vez que el Hermoso Smith lo visitó. Por el solo levísimo rumor de distantes pasos, aun antes de que llegara a verlo, supo quién era el que se acercaba, y enseguida comenzaron a erizársele los pelos. Hasta entonces había estado tendido en el suelo cómoda y descuidadamente; pero se le­vantó en el acto, y al llegar el hombre, se deslizó, como un verdadero lobo, hasta el otro extremo del campamento. Aun­que ignoraba lo que decían los dos hombres, vio que departían animadamente. Hubo un momento en que el forastero lo se­ñaló a él con el dedo, y Colmillo Blanco gruñó entonces como si aquella mano fuera a caerle encima, en vez de hallarse a bastantes metros de distancia. El hombre se rió al observarlo, y el animal se escabulló a los bosques vecinos, volviendo la cabeza de vez en cuando para no perderlo de vista.
Castor Gris se negó a vender su perro. Se había enrique­cido con el negocio y tenía ya cuanto necesitaba. Por otra parte, Colmillo Blanco era de gran valor para él, pues resultaba el mejor de cuantos había tenido para el trineo y un excelente guión de los demás del tiro. Y aún existía otra razón: la de que no había otro que pudiera rivalizar con él en la lucha, ni en las orillas del Mackenzie ni en las del Yukón. Mataba a los demás perros con la facilidad con que los hombres mata­ban mosquitos. Al oír esto, le brillaron los ojos al Hermoso Smith, y se pasó la lengua por los delgados labios con codiciosa expresión. No, era inútil: Colmillo Blanco no estaba en venta, no se cedía a ningún precio.
Pero Smith sabía cómo eran los indios. Visitó con fre­cuencia el campamento de Castor Gris, y en cada visita llevaba oculta alguna botella negra. Una de las cualidades del whisky es la de producir sed. Castor Gris comenzó a sentirla más y más. Febriles sus membranas y abrasado el estómago, ansiaba aumentar la dosis del ardiente licor, y enloquecido casi por la excitante bebida, no reparaba en medios para adquirirla. El dinero que había ganado con su negocio empezó a disminuir rápidamente. Y así continuó, con la circunstancia de que cuanto más menguaba su caudal, más iba en aumento su mal humor.
Al fin lo agotó todo, desde el dinero y los géneros hasta la paciencia. Solo le quedó la sed, y aunque no bebiera, hasta el mero acto de respirar la iba acrecentando. Entonces fue cuando Smith volvió a hablarle de vender el perro; pero esta vez el precio ofrecido era en botellas y no en metálico, pro­posición que sonó más agradable a los oídos del indio.
-Coge el perro y llévatelo -fueron sus últimas palabras. El pago en botellas se efectuó, aunque dos días después, porque la contestación de Smith había sido:
-Cógelo tú.
Cierto anochecer, Colmillo Blanco se retiró al campamento y se echó al suelo con un resuello de satisfacción. No estaba el temido dios blanco. Durante varios días se había mostrado más deseoso que nunca de ponerle la mano encima, y para evitarlo, él se ausentaba del campamento todo lo posible. Ig­noraba qué era lo que aquellas manos pretendían; pero tenía la seguridad de que con algo malo lo amenazaban y que lo mejor era conservarse fuera de su alcance.
Acababa de echarse cuando Castor Gris se acercó dando traspiés y le ató al cuello una correa. Luego se sentó a su lado, sosteniendo el extremo de la correa en una mano. En la otra llevaba una botella cuyo contenido iba tragando con acom­pañamiento de ruidos guturales.
Transcurrió así una hora, y de pronto, un rumor de pasos anunció que alguien se acercaba. El primero que lo oyó fue Colmillo Blanco, y se alarmó enseguida al reconocer al que venía, mientras su amo seguía dando estúpidas cabezadas, me­dio dormido. El perro intentó tirar suavemente de la correa para que se desprendiera de la mano; pero esta se cerró con fuerza y Castor Gris despertó del todo.
El Hermoso Smith entró en el campamento y se quedó plantado frente a Colmillo Blanco, mirándolo. El animal gruñó sordamente al temible espantajo, observando muy fijo los movimientos de aquellas manos. Una, extendida, iba bajando so­bre su cabeza. El sordo gruñido se hizo más recio y áspero. La mano continuó bajando lentamente, mientras él se iba acu­rrucando, sin dejar de mirarla con maligna expresión y gru­ñendo cada vez más al ver que iba ya a tocarle. De pronto, el animal le lanzó una dentellada, rápido como la serpiente en el ataque. Se retiró la mano con igual rapidez y los dientes de aquel chocaron unos con otros con seco ruido y sin hacer presa. Smith se asustó, mostrando gran enojo, y Castor Gris le dio un fuerte coscorrón a Colmillo Blanco, por lo que este se aplastó materialmente contra el suelo en señal de respetuosa obediencia.
Con ojos recelosos fue siguiendo el animal todos los mo­vimientos de Smith. Le vio marcharse y volver con un grueso garrote. Entonces, Castor Gris le entregó el extremo de la correa que él sostenía. El otro se dispuso a partir, tirando de la correa, pero no lo consiguió: Colmillo Blanco se resistía, sin moverse. Nuevos golpes de su amo para obligarlo a levantarse y seguir. Obedeció, pero con tal arremetida que fue a arrojarse contra el forastero que tiraba de él para llevárselo. Smith no se apartó de un salto. Esperaba ya que ocurriera aquello. Enar­bolando el garrote con viveza, le paró los pies al perro en mitad de su embestida, lanzándolo de un taconazo contra el suelo. Castor Gris se echó a reír, aprobando lo hecho. Enton­ces, Smith tiró otra vez de la correa, y el perro, cojeando y aturdido, se arrastró hasta sus pies.
Ya no arremetió por segunda vez contra él. Le bastaba el golpe recibido para persuadirle de que el dios blanco sabía manejar perfectamente el garrote, y él no iba a pelearse con lo fatal, lo inevitable. Siguió, pues, a Smith por la fuerza, cabizbajo y malhumorado, con la cola entre las piernas, aun­que no sin gruñir suavemente, entre dientes. Pero Smith no lo perdía de vista un momento, con el garrote preparado a caer sobre él.
Al llegar al fuerte, su amo lo dejó bien atado y se fue a dormir. Colmillo Blanco esperó hasta que hubo transcurrido una hora. Entonces cortó la correa con los dientes y quedó en libertad. Fue cosa de unos diez segundos: no perdió tiempo inútilmente, royendo poco a poco. Cortó de golpe, diagonal­mente, con la misma limpieza con que hubiera podido hacerlo un cuchillo. Levantó entonces la cabeza para mirar al fuerte, con los pelos erizados y gruñendo. Después le volvió la espalda y regresó trotando al campamento de Castor Gris. No se con­sideraba obligado a guardarle fidelidad a aquel raro y temible dios del cual huía. No era a él, sino al antiguo, a quien se había entregado, y a Castor Gris creía aún pertenecer.
Pero lo que antes había ocurrido se repitió ahora, con alguna diferencia. Su primitivo dueño lo sujetó de nuevo con la correa, y al llegar la mañana se lo devolvió a Smith. Pero aquí fue donde apareció la diferencia, pues Smith le propinó una paliza. Colmillo Blanco estaba fuertemente atado y todo su furor resultó inútil: no pudo evitar el castigo, en el que intervinieron por igual los palos y los latigazos; fue aquella la más soberana paliza que recibió en su vida. Ni la que Castor Gris le dio en sus tiempos de cachorro podía compararse con ella. El Hermoso Smith gozó con su tarea. Le tenía encantado. Sus ojos despedían llamaradas de estúpido júbilo al blandir el garrote o la tralla y oír los lamentos de dolor o los verdaderos rugidos del animal. Porque Smith era cruel, con aquella cruel­dad característica de los cobardes. Dispuesto siempre a humi­llarse y a huir ante los golpes o las injurias de un hombre, se vengaba de ello con los seres más débiles. Todo lo que tiene vida gusta de la fuerza, y Smith no constituía una excepción de la regla. Privado de manifestarse fuerte con los suyos, elegía a sus víctimas entre los que le eran inferiores, defendiendo así sus derechos de cosa viva. ¿Cómo culparle demasiado si había venido al mundo tan contrahecho de cuerpo como de inteli­gencia, y el mundo había acabado de estropearle?
Colmillo Blanco sabía por qué le pegaban. Cuando Castor Gris le ató al cuello la correa y entregó el extremo de la misma a Smith, era porque quería que se fuera con él. Y cuando Smith lo dejó atado fuera del fuerte, fue porque quiso que se quedara allí. Así pues, resultaba que él se había revelado contra la voluntad de ambos dioses, haciéndose acreedor del castigo. Ya otras veces había visto que los perros cambiaban de dueño y que el que se escapaba recibía siempre una paliza. Por muy sagaz que él fuera, existían en su naturaleza ciertas fuerzas que superaban a todo conocimiento, a toda discreción. Una de éstas era la fidelidad. Castor Gris no le inspiraba cariño, y sin embargo, aun contra la voluntad del mismo y arriesgándose a enojarle, le era fiel. No podía evitarlo. Esa fidelidad formaba parte de su ser. Era la cualidad característica de su raza; la que colocaba a su especie en lugar aparte de las demás; la que había permitido al lobo y al perro salvaje abdicar de su liber­tad para convertirse en compañero del hombre.
Después del vapuleo, Colmillo Blanco se vio arrastrado nuevamente hacia el fuerte. Pero esta vez Smith lo ató con un palo, además de la correa, según el sistema indio. No se abandonan fácilmente los dioses a quienes se presta culto, y en aquel caso se hallaba el aprisionado animal. Castor Gris era su dios favorito, y, aun contra la voluntad del que él respetaba, Colmillo Blanco se sentía aferrado a su antiguo dios, al cual no quería renunciar. Verdad que su divinidad acababa de hacerle traición, de abandonarlo; pero eso no importaba. No en balde se había entregado a él por entero, sin reserva, y el lazo no podía romperse tan fácilmente.
Así pues, por la noche, cuando dormían los moradores del fuerte, Colmillo Blanco aplicó los dientes al palo que lo mantenía sujeto. La madera era dura, reseca, y tan cerca estaba de la atadura del cuello que apenas podía roerla. Solo arqueando el cuello, y después de grandes esfuerzos, logró que el palo quedara entre sus dientes delanteros, y, con inmensa paciencia y muchas horas, fue cortándolo poco a poco hasta separarlo en dos trozos. Aquello era algo sin precedentes, algo que se suponía imposible de realizar. Pero él lo hizo, marchándose alegremente del fuerte al rayar el alba y con uno de los trozos del palo colgándole del cuello.
Era listo el animal, pero si se hubiera limitado a serlo sin dejarse llevar por la fidelidad, no habría vuelto al campamento de Castor Gris, que lo había traicionado dos veces ya y lo repetiría una tercera. Lo ataron nuevamente y vino a recla­marlo Smith, y tal fue la azotaina, que superó aun la anterior. Castor Gris no hizo más que mirar con aire estúpido, mientras el otro manejaba el látigo. No hubo ni una señal de protección por su parte: el perro ya no era suyo. Cuando todo terminó, Colmillo Blanco se quedó extenuado, enfermo. Si hu­biera sido tan flojo como los perros que venían de las tierras del sur, habría muerto. Pero era de más dura fibra, y la escuela de la vida había acabado por endurecerlo. Con mayor vitali­dad, lo resistía todo, pero había quedado tan maltrecho que no podía ni moverse, y Smith tuvo que esperar más de media hora antes de que, casi a rastras, con vacilante paso, el animal pudiera seguirle hacia el fuerte.
Y esta vez le pusieron una cadena, contra la cual nada podían sus dientes, y que en vano trató de arrancar, con fu­riosas embestidas, de la argolla atornillada en un poste. A los pocos días, Castor Gris emprendió su largo viaje de regreso hacia el río Mackenzie. Colmillo Blanco se quedó en el Yukón. Había pasado a ser propiedad de un hombre medio loco y con el mismo nivel moral de los brutos. Pero ¿qué sabía un perro de locuras? Para él, el Hermoso Smith era un verdadero, aunque terrible, dios. Loco o no, resultaba ser su amo nuevo, a cuya voluntad debía someterse, obedeciéndole hasta en sus menores caprichos.


III
El reinado del odio


Bajo la tutelo del Dios loco, Colmillo Blanco se convirtió en un verdadero demonio. Lo tenía encadenado y metido en una jaula, detrás del fuerte, y se divertía atormentándolo hasta ponerlo furioso. Pronto descubrió el hom­bre que el punto flaco del animal era su susceptibilidad, fá­cilmente herida cuando se burlaban de él, y por lo mismo puso especial empeño en mortificarlo y reírse después de su ira impotente. Se reía a carcajadas, escandalosa y sarcástica­mente, mientras señalaba al perro con el dedo. En tales oca­siones, Colmillo Blanco se volvía más loco aún que su dueño.
Si antes había sido el enemigo de su raza, y uno de los más feroces, por cierto, se convirtió ahora en el enemigo de todas las cosas, y más feroz que nunca. Lo atormentaban de tal modo, que odiaba ya ciegamente, sin el menor asomo de razón. Odiaba la cadena que lo mantenía sujeto; a los hombres que lo miraban a través de los barrotes de la jaula; a los perros que iban con ellos y que le gruñían viéndolo allí indefenso. Hasta la misma madera de la jaula que lo encerraba le era odiosa. Y por encima de todo esto, a quien más odiaba era al Hermoso Smith.
Pero cuanto este hacía con Colmillo Blanco obedecía a un propósito preconcebido. Cierto día, un grupo de hombres se paró frente a la jaula. Smith entró en ella con una tranca en la mano y le desató la cadena al animal. Cuando su dueño se marchó, y al verse casi libre, el perro se arrojó contra los barrotes de la jaula intentando llegar hasta el grupo que lo contemplaba. De tan terrible, su aspecto resultaba magnífico. Medía más de metro y medio de largo, era robusto; no hu­biera podido compararse con ningún lobo de su edad y ta­maño. Había heredado de su madre las macizas formas del perro, y así, aunque desprovisto de toda grasa inútil, su peso excedía de noventa libras. Era todo músculo, huesos y ten­dones..., carne para la lucha, y en las mejores condiciones.
Volvió a abrirse la puerta de la jaula. Colmillo Blanco es­peró un momento. Ocurría algo desusado. La puerta se abrió de par en par, arrojaron dentro de la jaula un enorme perro y tras él resonó un portazo. El prisionero jamás había visto al intruso. Era un mastín. Pero su tamaño y su fiero aspecto no le intimidaron. Al fin había allí algo, que no era de hierro ni de madera, en que saciar su odio. De un salto se le echó encima, brillaron sus dientes y se los clavó al otro en el cuello, que quedó abierto por uno de sus lados. El mastín sacudió la cabeza, gruñó roncamente y se lanzó a fondo contra Colmillo Blanco. Pero este no estaba quieto un momento, evitaba el ataque tan pronto desde un sitio como desde otro, y saltaba continuamente para desgarrar con sus colmillos y huir después al golpe que le devolvían.
Los hombres que lo contemplaban prorrumpieron en gri­tos de admiración y en aplausos, mientras el Hermoso Smith parecía extasiado, mirando fija y codiciosamente toda aquella carnicería que era obra de su perro. Para el mastín no hubo ya esperanza desde los comienzos. Era demasiado pesado y lento. Al fin, mientras Smith hacia retroceder a garrotazos a Colmillo Blanco, su víctima era retirada de la lucha por su propio dueño. Luego vino el pago de las apuestas que se ha­bían cruzado y sonaron las monedas al ir cayendo en la mano del monstruo.
Colmillo Blanco llegó a desear con ansia que hubiera gru­pos de hombres alrededor de su jaula, era el único medio por el cual se le permitía exteriorizar su furia. Atormentado y lleno de odio, se le conservaba prisionero, con lo que podía expulsar aquel odio, excepto cuando a su amo se le antojaba lanzar contra él otro perro. Smith había calculado perfectamente, pues ganaba siempre. Un día fueron tres los canes que le echaron sucesivamente. Otro día fue un lobo ya completa­mente desarrollado y que acababan de coger vivo en el bosque, o dos perros a la vez, los que pusieron contra él. Esta última fue la más dura de todas sus batallas, y aunque acabó por matarlos a los dos, a punto estuvo de perder él también la vida.
Hacia fines de otoño, al iniciarse las nevadas y notarse en el río los primeros hielos, Smith embarcó, llevando consigo a Colmillo Blanco, en un vapor que partía del Yukón con rumbo a Dawson. El perro del monstruo se había hecho ya famoso en todo el país con el nombre de lobo de pelea, y, en la cubierta del barco, su jaula estaba siempre rodeada de hombres que lo contemplaban con curiosidad. Él les gruñía furioso o se mantenía echado observándolos con una fría mirada de odio. ¿Por qué los odiaba? No lo sabía, pero aquella pasión era ya habitual en él y la aplicaba en todo momento: su vida era un infierno. No nació para estar sujeto siempre a aquel encierro riguroso que las fieras deben sufrir cuando caen en manos de los hombres. Y sin embargo, así precisamente lo trataban. Los hombres lo miraban como algo raro; lo azuzaban con palos que introducían entre los barrotes de la jaula, y cuando les gruñía, se reían de él.
Aquellos hombres eran el nuevo medio que lo rodeaba y que iba dando a la maleable arcilla de su naturaleza un ca­rácter mucho mas feroz que el que recibió al ser creado. Sin embargo, por su misma ductilidad*, por sus mismas acomo­daticias cualidades, cuando cualquier otro animal en sus mis­mas condiciones hubiera muerto o desfallecido de ánimo, él supo adaptarse, sin menoscabo de sus fuerzas. Quizá el infer­nal Smith, verdugo suyo, fuera capaz de acabar con aquellos ánimos que él poseía; pero aún no había señales de que lo hubiera conseguido.
Si Smith era un demonio, Colmillo Blanco no le iba a la zaga, y ni uno ni otro cejaban en la lucha. En otros tiempos, el perro habría tenido la discreción de someterse al hombre que se le imponía garrote en mano; pero aquella prudencia había desaparecido ya. Ahora le bastaba ver a Smith para po­nerse fuera de sí, y aunque él lo reducía a la obediencia a puros palos, el animal no dejaba de gruñirle y de mostrarle sus dientes. Por terrible que hubiera sido la paliza, no renun­ciaba nunca al último gruñido, y cuando finalmente su dueño lo dejaba, aquel gruñido retador lo iba siguiendo. A veces el animal se lanzaba contra los barrotes de la jaula y allí expre­saba con rugidos todo su odio.
Cuando llegó el vapor a Dawson, Colmillo Blanco fue de­sembarcado; pero aún siguió siendo objeto de exhibición, en­cerrado en la jaula, rodeado siempre de curiosos. Para ver al lobo de pelea había que pagar cincuenta centavos, que se hacían efectivos en oro en polvo. No tenía un momento de reposo. En cuanto se echaba a dormir, lo pinchaban con un palo, obligándolo a levantarse para que los espectadores pudieran verlo mejor y no se llamaran a engaño, pues ya cuidaba el dueño de enfurecerlo. Pero lo peor era que todo el mundo lo miraba como la más terrible fiera del mundo, y que esto lle­gaba a comprenderlo él hasta la saciedad, por las exclamacio­nes, por los movimientos de los que lo rodeaban, recelosos a pesar de los barrotes de la jaula. Esto no hacía más que añadir combustible a la hoguera de su ferocidad, y el resultado era inevitable: su agresividad iba en aumento, lo cual era una prueba más de la facilidad con que el miedo que lo rodeaba influía en él hasta modificarlo. Además de exhibirlo, se le em­pleaba como animal de lucha en las riñas de perros. De cuan­do en cuando, siempre que se presentaba la oportunidad para organizar una de esas peleas, lo sacaban de la jaula y era con­ducido a los bosques, a algunos kilómetros de distancia de la ciudad. Ocurría esto generalmente de noche, para evitar la vigilancia de la policía montada de la comarca. Después de esperar algunas horas, cuando se había hecho ya de día, lle­gaban con su perro los que habían de ser espectadores. Se acostumbró a pelear con toda clase de canes, de diversos ta­maños y razas. Aquella era una tierra salvaje, y tan salvaje como ella, los hombres que la pisaban, por lo cual las luchas eran comúnmente a muerte.
Como Colmillo Blanco era el campeón, está claro que los que morían eran los otros. Él nunca quedó derrotado. Su especial preparación, desde las batallas con Lip-Lip y todos los cachorros, le sirvió admirablemente. No había, por ejemplo, otro que se sostuviera en pie en medio de todos los ataques. Precisamente el ardid favorito de sus enemigos solía ser el precipitarse contra él, directa o indirectamente, para empujarlo de lado e intentar derribarlo. Sabuesos del Mackenzie, perros esquimales, del Labrador* o de otras tierras, todos lo inten­taron; pero infructuosamente. Los hombres se decían ya unos a otros que no había modo de hacerle perder el equilibrio, y aunque esperaban que ocurriera cada vez, Colmillo Blanco no les dio ese gusto.
Otra cosa que llamaba la atención era su rapidez, parecida a la del rayo. Esto le daba enorme ventaja sobre sus contrin­cantes. Por muy acostumbrados que estuvieran a la lucha, jamás hallaron un perro que se moviera tan veloz. Ni tampoco otro tan pronto en el ataque, prescindiendo de gruñidos y demás preliminares. Mientras aún se preparaban ellos para la verdadera lucha, su fiero enemigo los revolcaba ya, y casi al momento acababa la pelea. Con tal frecuencia ocurrió esto, que al fin los hombres detenían a Colmillo Blanco, impidién­dole que se moviera hasta que el otro perro estuviera a punto de atacar.
Pero la mayor de todas las cualidades que le daban ventaja era su experiencia. Él sabía más acerca de cómo había que luchar que cualquiera de los que le ponían delante. Pues estos, aunque hubieran peleado muchas veces, no conocían tantos recursos y habilidades. Su método era perfecto, inmejorable. Por eso se consideraba invencible.
Con el transcurso del tiempo fue quedándose casi sin con­trincantes caninos. Los hombres perdían ya la esperanza de hallarle un digno rival, y Smith no tuvo más remedio que buscar lobos para continuar las riñas. Los indios los cazaban con trampas expresamente para él, y el anuncio de que Col­millo Blanco iba a luchar con alguno de aquellos lobos atraía siempre a numeroso público. Una vez fue un lince lo que le pusieron frente a frente, y entonces sí que tuvo él que hacer prodigios para conservar la vida. Ambos combatientes eran igual de rápidos en los movimientos; pero en cambio, si el perro no contaba más que con sus dientes para el ataque, el lince luchaba también con sus temibles y afiladas garras.
Pero después de esta, cesaron las batallas. No había nuevos animales que oponer al triunfador, o, por lo menos, no se les consideraba dignos de él. Smith se limitó, pues, a exhibirlo, hasta que llegó a aquel país un tal Tim Keenan, gran jugador de cartas. Con él vino el primer perro de presa que pisó las tierras de Klondike. Que se organizara un encuentro entre ambos perros era inevitable, y durante una semana no se habló de otra cosa en ciertos barrios de la ciudad.


IV
En las garras de la muerte


Smith le quitó la cadena y retrocedió unos pasos.
Por primera vez en su vida, Colmillo Blanco no procedió al ataque inmediatamente. Se quedó quieto, hacia delante las puntiagudas orejas, avizor y furioso, estudiando al raro animal que tenía frente a él. jamás había visto un perro semejante. Tim Keenan lo azuzó murmurándole: «¡A él!».
El dogo* se dirigió balanceándose hacia el centro del círculo, torpe en el porte, corto de patas y algo agachado. Se paró y miró gruñendo a Colmillo Blanco. Entonces se oyeron gritos de: «¡Duro con él! ¡Embiste, Cherokee! ¡Cómetelo!».
Pero Cherokee no parecía tener prisa ni muchas ganas de pelearse. Volvió la cabeza hacia los que lo animaban y par­padeó, moviendo al mismo tiempo, con aire campechano, aquel muñón que tenía por rabo. No era que tuviese miedo, sino pereza de empezar. Además, no entendía que tuviese el deber de luchar contra aquel perro que le habían puesto de­lante, de raza desconocida para él, y esperaba que le trajeran otro, el verdadero.
Tim Keenan se adelantó y, agachándose, comenzó a pa­sarle la mano por el lomo a Cherokee; pero a contrapelo y con movimientos que lo impulsaban hacia delante. Aparte de lo que de sugestión tenían aquellas caricias, producían sobre la piel un efecto irritante, por lo que pronto el dogo comenzó a gruñir suave y roncamente. Existía cierta correspondencia entre el ritmo de aquellos gruñidos y los movimientos que ejecutaban las manos del hombre. Los primeros se detenían al llegar los segundos a su punto culminante; cesaban después y volvían a empezar. Bruscamente, como una sacudida, sonaba el gruñido.
No dejó esto de producir también su efecto sobre Colmillo Blanco. Lo contemplaba con los pelos y el pecho tiesos. Tim Keenan le dio un empujón final al dogo y volvió a su sitio. El animal continuó por su propia voluntad emprendiendo una rápida carrera que hizo que pareciera más patizambo que nun­ca. Entonces, Colmillo Blanco se le echó encima. Un grito de sorpresa y admiración brotó del público. De un salto, más propio de un gato que de un perro, acababa de salvar la dis­tancia que los separaba, y con la misma felina rapidez le clavó los colmillos, desgarrando, y echándose luego a un lado de otro salto.
Al perro de presa le corría la sangre por detrás de una oreja a consecuencia de la herida en la parte alta del cuello. No dio la menor señal de dolor, y, mudo, se volvió para perseguir a su enemigo. El juego desplegado por ambos perros, la rapidez del uno y la tranquila firmeza del otro habían ex­citado a la multitud, dividida en dos bandos, y entre los hom­bres se cruzaban primeras apuestas o se doblaban las anterio­res.
Colmillo Blanco atacó repetidas veces, hiriendo siempre y apartándose ileso; pero su raro enemigo lo seguía, sin apre­surarse mucho ni mostrar excesiva lentitud, aunque con la más firme decisión, atento a realizar su propósito. Porque era evi­dente que había un plan que inspiraba su método de lucha: que se proponía algo, de lo cual nada era capaz de distraerlo.
En su aire, en todos sus actos, existía el sello de aquel oculto designio. A Colmillo Blanco aquello llegó a desconcer­tarlo. jamás se había hallado con un perro semejante. Comenzaba por tener largo pelo que le protegía el cuerpo, que era blando y sangraba con facilidad. Al morderle, no hallaba, como en otros casos, un espeso pelaje que le parara los dientes, sino que estos se hundían con facilidad en la carne, sin que el animal pudiera defenderse. Y otra cosa que lo tenía perplejo era que apenas se quejaba, que no alborotaba, como hacían los demás que él conocía. Aparte de gruñir o de ladrar alguna vez, se mantenía silencioso. Y nunca dio muestras de flaqueza en su constante persecución.
No era que Cherokee fuese lento en actuar. Se revolvía y giraba con bastante rapidez; pero nunca hallaba a Colmillo Blanco en el sitio que él esperaba. También a él le tenía aquello perplejo. No estaba acostumbrado a encuentros en los que era imposible hacer presa. El deseo de agarrarse para luchar había sido siempre mutuo entre ambos combatientes en todas sus peleas; pero ahora se encontraba con uno que era diferen­te, que se mantenía de continuo a cierta distancia, bailoteando con el cuerpo aquí y allá y en todas partes. Y cuando mordía, era como al vuelo, sin aguantar, sino saltando y saliendo dis­parado como un rayo.
Pero lo que deseaba Colmillo Blanco era llegar a la porción más blanda e inferior del cuello, buscando la garganta, y esto no podía conseguirlo. El dogo era para ello escaso de talla, y sus macizas quijadas acababan de protegerlo. Colmillo Blanco embestía y se retiraba ileso, en tanto que el otro estaba lleno de profundas heridas en la cabeza y en ambos lados del cuello. Su sangre corría en abundancia, pero no parecía haber perdido la serenidad. Continuó la laboriosa persecución, aunque hubo un momento en que, viéndose burlado, se paró y miró hacia los espectadores, moviendo el rabo para indicarles que él es­taba dispuesto a seguir luchando.
En aquel mismo momento, Colmillo Blanco se le arrojó encima. Mordió y volvió a apartarse rápidamente, acabando de destrozarle lo poco que le quedaba de una oreja. Con ligera manifestación de rabia, Cherokee reanudó la persecución, co­rriendo por la parte interna del círculo que entonces trazaba el otro en su carrera, y esforzándose en asestarle en el cuello el golpe mortal que ansiaba. Erró aquel golpe por el grueso de un cabello. El público gritó de admiración al ver que Colmillo Blanco lo había evitado torciendo el cuerpo y saliendo en dirección opuesta.
El tiempo pasaba y Colmillo Blanco aún bailoteaba sin ce­sar, burlando ataques y esquivándolos, saltando de mil formas diferentes y siempre produciendo nuevos daños, aunque seguido por el dogo, sin la menor indecisión. Tarde o temprano, este acabaría por realizar su propósito: hacer presa en él de tal modo que quedara terminada la batalla a favor suyo. Entre­tanto iba soportando el castigo. Aquellas dos crestas que tenía por orejas se habían convertido en borlas colgantes; tenía el cuello y el pecho sajados en veinte sitios diferentes, y hasta de los destrozados labios le chorreaba la sangre..., todo por culpa de aquel modo de morder, rápido como el rayo, que estaba por encima de toda previsión y contra el cual no existía medio de ponerse en guardia.
Colmillo Blanco había intentado derribar a su contrario varias veces; pero la diferencia de talla era demasiado grande para que lo lograra. Cherokee levantaba del suelo muy poco, como si estuviera pegado a él. Colmillo Blanco se equivocó en repetir la suerte una vez más de lo que le convenía. Se le presentó la ocasión en una de sus vueltas y revueltas, en que vio al otro con la cabeza hacia un lado, por no ser él tan veloz en el girar. Le quedaba al descubierto una parte lateral del pecho. Colmillo Blanco embistió contra esta, pero por la misma fuerza de la arremetida, su cuerpo pasó por encima del otro perro. Por primera vez en la historia de sus luchas, los hombres vieron que el animal perdía pie y caía. Dio una vol­tereta en el aire, y hubiera ido a parar al suelo de espaldas si no se hubiera retorcido como un gato, en el aire aún, esfor­zándose en caer de pie. No pudo conseguirlo y cayó de lado y pesadamente. Un momento después se había levantado; pero aquel mismo momento lo aprovechó Cherokee para clavarle los dientes debajo del cuello, sobre la garganta.
No acertó bien el sitio, que estaba demasiado cerca del pecho; pero el dogo no soltó la presa. En pie ya Colmillo Blanco, se puso a dar furiosas vueltas, tratando de sacudirse de encima a su enemigo. Lo tenía fuera de sí aquel peso que le colgaba del cuello y limitaba sus propios movimientos, ro­bándole la libertad. Parecía una trampa, y todos sus instintos se rebelaban indignados contra semejante cosa. Durante al­gunos minutos pareció que el animal se había vuelto loco. Pero el mismo caudal de vitalidad que en él se albergaba vino en su ayuda. El deseo de vivir se sobrepuso a todo, y sin cerebro que le guiara, solo por el ciego anhelo de su carne que se aferraba a la vida y al movimiento, se movió al azar incesantemente, porque el movimiento era la expresión de su existencia.
Siempre dando vueltas, girando sobre sí como un torbe­llino, en una dirección o en la contraria, no cejaba en su empeño de librarse de aquel peso -de lo menos veinte ki­los- que lo oprimía.
El dogo se limitó a no soltar su presa por nada del mundo. Alguna que otra vez se esforzó en tocar el suelo con los pies para afirmarse y resistirse a ser arrastrado; pero inmediatamente volvía a serlo y a verse volando por los aires, arrebatado por la furia de una de aquellas locas vueltas de Colmillo Blan­co. Cherokee se conformó al fin con obedecer ciegamente a su instinto. Sabía que, al no aflojar los dientes, estaba haciendo lo que debía, y esto bastaba para producirle deliciosos esca­lofríos de satisfacción. En tales momentos llegaba a cerrar los ojos y a dejar que su cuerpo fuera lanzado de aquí para allá, sin orden ni concierto, desdeñando cuantos daños pudiera re­cibir. No valía la pena que se fijara en ellos. Lo esencial era apretar los dientes, no soltar, y así lo hizo.
Colmillo Blanco no cejó hasta que no pudo más. Estaba rendido y no llegaba a comprender aún lo que le estaba pa­sando, pues no tenía precedente en ninguna de sus luchas. No era así como peleaban los otros perros. Con los otros no tenía más que morder y escaparse, y luego vuelta a empezar. Ahora estaba medio tendido en el suelo, casi sin aliento y esforzán­dose en recobrarlo. Cherokee, aferrados aún los dientes a su cuerpo, en el mismo sitio, procuraba tenderlo de lado. El caído se resistió y entretanto sentía que las quijadas que lo tenían apresado se aflojaban algo, como si fueran a soltarlo, para apretar más después en una especie de masticación. Y a cada uno de estos movimientos, los dientes penetraban más hon­damente en la garganta. El método seguido por el perro de presa consistía en conservar lo que ya tenía y esperar una oportunidad para alcanzar más. Ese momento oportuno podía llegar cuando Colmillo Blanco permaneciera quieto. Mientras luchaba, Cherokee se contentaba con no soltar la presa.
La hinchada parte posterior del cuello del contrario era lo único que quedaba al alcance de los dientes del caído. Allí mordió Colmillo Blanco, pero sin practicar el sistema de masticación del otro, para lo cual tampoco eran apropiadas sus quijadas. Con esfuerzo espasmódico, desgarró, sajó cuanto pudo, hasta que un cambio de posición se lo impidió. El dogo había logrado hacerle rodar hasta dejarlo de espaldas, y, siem­pre sin abrir la boca, se le colocó encima. Como un gato, Colmillo Blanco arqueó entonces sus cuartos posteriores y, ases­tándole rapidísimos golpes en el abdomen, con las garras le abrió tan hondas heridas que por ellas le hubiese sacado el redaño*, de no haber girado Cherokee rápidamente sobre sus cerradas mandíbulas, apartando el cuerpo hasta formar ángulo recto con el del otro.
Estaba claro: no había modo de escapar de aquellos dientes siempre aferrados a su presa. Era una inexorable fatalidad. Poco a poco se elevaba, siguiendo la yugular*. Lo único que salvó a Colmillo Blanco de la muerte fue su abundancia de pelo. Se le quedaba en la boca hecho una bola y los dientes se le embotaban, pero en cuanto se presentaba la ocasión, aumentaba el tamaño de esa especie de bola que tenía en la boca, y el resultado era que Colmillo Blanco se ahogaba len­tamente. Su dificultad para respirar crecía por momentos.
Ya casi podía darse la batalla por terminada. Los que habían apostado a favor del dogo no cabían en sí de júbilo, y su número había aumentado. Los otros estaban tan deprimidos que rechazaban ya apuestas de diez o de veinte contra uno, aunque hubo quien se arriesgó tercamente a apostar a favor de Colmillo Blanco. Fue el Hermoso Smith. Dio un paso hacia el círculo en que se verificaba la lucha y señaló con el dedo a su perro. Entonces comenzó a reírse de él del modo más sarcástico y cruel que le fue posible. No se hizo esperar el efecto deseado: Colmillo Blanco, enloquecido de rabia, apeló a las escasas reservas de fuerzas que le quedaban y logró in­corporarse hasta quedar en pie. Con la lucha que sostuvo, dando vueltas alrededor del círculo para librarse de aquel te­rrible peso del dogo que lo agobiaba, su furia se convirtió en loco terror. Había perdido de nuevo toda señal de inteligencia, y solo el ansia animal de vivir lo obligaba a repetir vueltas y vueltas, cayendo aquí y levantándose allá, y hasta se puso a veces en pie para alzar por completo el peso y librarse de una vez de las terribles garras de la muerte.
Al fin cayó tendido de espaldas, extenuado, y el dogo aprovechó la ocasión para aflojar los dientes y clavarlos mejor, ensanchando la herida y apretándole más el gaznate para ahogarlo. Una tempestad de aplausos saludó al vencedor, brotan­do por todas partes gritos de «¡Cherokee...! ¡Cherokee!», mien­tras este contestaba moviendo con fuerza el casi mutilado rabo. Pero no bastaba aquello para distraer su atención, y no porque moviera el rabo debía mover las mandíbulas, que continuaban cerradas, quietas, siempre terriblemente atentas a no soltar la presa.
Pero ocurrió algo que a quien distrajo fue a los especta­dores. Se oyó ruido de cascabeles y los gritos de un conductor de trineo. La ansiedad, el miedo de que la policía se acercara, aparecieron reflejados en todos los rostros, excepto en el de Smith. Pronto se divisaron en la parte alta del acostumbrado sendero, y no en la baja, como temían ellos, dos hombres en su trineo y sus correspondientes perros. Era evidente que re­gresaban de algún viaje de exploración. Al divisar aquella aglo­meración de gente, pararon y se acercaron para confundirse con los demás, curiosos por averiguar el motivo de tan ani­mada reunión. De los dos hombres, uno, el que guiaba el trineo, llevaba bigote; pero el otro, más alto que él y más joven, iba afeitado y, por efecto del frío y del ejercicio al aire libre que había activado la circulación de la sangre, tenía el rostro sonrosado.
En realidad, Colmillo Blanco estaba fuera de combate. De cuando en cuando realizaba únicamente espasmódicos esfuer­zos, sin resultado alguno. Apenas podía respirar, y la terca presión del dogo hacía que a cada momento le fuera aún más difícil. A pesar de la protección relativa de su peluda piel, su enemigo le habría abierto ya la gran vena del cuello de no ser por haberle mordido en sitio tan bajo que se confundía con el pecho. Pero no necesitó mucho tiempo para ir ensanchando la herida hacia arriba, y se encontró con mucha más piel col­gante y mayor cantidad de pelo.
Entretanto, la fiera que dormitaba en los abismos de la naturaleza de Smith despertó, se le subió a la cabeza y le privó de la chispa de razón que le quedaba en los momentos de lucidez. Cuando vio que a Colmillo Blanco empezaban a nu­blársele los ojos, no tuvo ni un asomo de duda de que había perdido la partida. Entonces, el hombre perdió también los estribos. Saltó junto al pobre perro y desahogó su rabia contra él a patadas. Se oyeron rumores de desaprobación y gritos, pero nada más, y Smith continuó como si tal cosa, hasta que de pronto se produjo gran confusión entre el público. El más alto de los recién llegados se abría paso a viva fuerza, empu­jando a un lado a cuantos tenía delante, sin el menor mira­miento. Cuando consiguió llegar al centro de la pista, Smith iba a darle otra patada al caído perro. Todo el peso de su cuerpo descansaba en aquel momento sobre un solo pie, escasa base para guardar el equilibrio. En aquel mismo instante, el recién llegado le dio un puñetazo certero en el rostro. La única pierna que sostenía a Smith se alejó violentamente del suelo, y todo su cuerpo se elevó en el aire para caer luego de espaldas y chocar con fuerza contra la nieve. Entonces, el intruso se volvió al gentío y les gritó a todos:
-¡Cobardes! ¡Brutos!
También él parecía loco de ira... aunque su furiosa indig­nación era de cuerdo. Sus ojos grises, metálicos, como de ace­ro, relampagueaban al mirar a la multitud. Smith volvió a ponerse en pie y se le acercó casi sollozando cobardemente. El otro se quedó perplejo un instante. No sabía hasta dónde llegaba la cobardía de Smith, y lo que creyó era que venía a luchar contra él. Así pues, gritándole «¡Bruto! ¡Fiera!», volvió a tenderlo en el suelo de un segundo puñetazo en plena cara. El Hermoso Smith comprendió entonces que el sitio en que se hallaba más seguro era el mismo en que cayó sobre la nieve; allí se quedó inmóvil, renunciando ya a todo esfuerzo por levantarse.
-Ven, Matt, ayúdame -dijo el recién llegado al con­ductor del trineo, que le había seguido hasta el centro de la pista.
Ambos hombres se inclinaron sobre los perros. Matt cogió a Colmillo Blanco, preparándose a tirar de él en cuanto Che­rokee soltara a su presa. Para hacerle abrir la boca al dogo, el más joven le tenía cogidas las quijadas esforzándose en sepa­rarlas.
Pero era una empresa vana. Mientras forcejeaba, estirando unas veces y retorciendo otras, iba repitiendo furiosamente: «¡Brutos! ¡Bestias!».
La multitud comenzaba ya a rebelarse con indómito im­pulso contra el intruso, y algunos censuraban a gritos que se hubiera interrumpido su diversión; pero enmudecieron en cuanto el joven levantó la cabeza y clavó sus indignados ojos en ellos.
-¡Condenadas fieras! -exclamó al fin con rabia, y sin añadir más, volvió a su tarea.
-Es inútil, señor Scott; así no se las abrirá usted nunca -observó al cabo de un rato Matt.
Ambos hombres se detuvieron y examinaron a los dos pe­rros, que parecían clavados uno a otro.
-Y no sangra mucho -afirmó Matt-. Aún está a medio camino.
-Sí, pero en el momento menos pensado se nos queda entre las manos -contestó Scott-. ¡Fíjate! ¿Has visto? Ya ha aflojado un poco el otro.
La excitación del joven y su temor de no poder salvar a Colmillo Blanco iban en aumento. Golpeó furiosamente la ca­beza de Cherokee repetidas veces; pero el perro no despegaba las mandíbulas. Solo movió la cola indicando que comprendía lo que significaban aquellos golpes, pero que él estaba en su derecho a resistirse y que no hacía más que cumplir con su deber.
-Pero ¿no hay nadie que quiera ayudar? -gritó deses­peradamente Scott a la muchedumbre.
Nadie contestó. Al contrario, comenzaron a aclamarle sar­cásticamente y a darle burlones consejos.
-Tendrá usted que emplear una palanca -observó a su vez Matt.
El otro sacó el revólver de la funda que llevaba sobre la cadera y se esforzó en meter el cañón entre las quijadas del dogo. Empujó con toda su fuerza una y otra vez hasta el punto de que se oía chirriar el acero contra los acerados dien­tes. Ambos hombres estaban arrodillados con el cuerpo incli­nado sobre los perros. Entonces, Tim Keenan se adelantó di­rigiéndose a la pista. Se paró junto a Scott y lo tocó en el hombro, diciéndole con aire amenazador:
-No le rompa usted los dientes, caballero.
-Pues entonces lo que le romperé será la cabeza -replicó Scott continuando su tarea de empujar el cañón del revólver para hacerlo servir de cuña.
-Le he dicho a usted que no le rompa los dientes -re­pitió, con expresión más amenazadora aún que antes, el ju­gador.
Pero si creyó intimidarle con bravatas, se llevó un chasco. Scott continuó tranquilamente, aunque le dirigió la mirada con frialdad y le preguntó:
-¿Es su perro?
El jugador contestó con una especie de gruñido.
-Pues entonces -añadió el otro-, venga usted aquí y oblíguelo a soltar la presa.
-Bueno, forastero -balbuceó su interlocutor de un modo que resultaba irritante-; pero he de confesar que no lo hice en mi vida con mis propias manos y que ignoro el procedimiento.
-Pues entonces apártese -fue la respuesta-, y no me moleste más. Estoy ocupado.
Tim Keenan se quedó allí mirando; pero Scott no le hizo ya el menor caso. Había logrado introducir el cañón entre las quijadas, por un lado, y forcejeaba para hacerlo salir por el lado opuesto. Una vez conseguido, fue apalancando suave­mente y con cuidado hasta abrir poco a poco las cerradas mandíbulas, mientras Matt aprovechaba los momentos opor­tunos para ir retirando el magullado y herido cuello de Col­millo Blanco.
-Esté usted preparado para retirar a su perro -le ordenó secamente Scott al dueño de Cherokee.
El jugador obedeció y se agachó, asiendo fuertemente al animal.
-¡Ahora! -gritó Scott, con una presión final sobre la palanca.
Los perros fueron separados, aunque el dogo se resistió vigorosamente a ello.
-Lléveselo -mandó Scott, y Tim Keenan arrastró a Cherokee hacia la multitud, confundiéndose con ella.
Colmillo Blanco intentó repetidas veces incorporarse, sin lograrlo. Al fin, pudo ponerse en pie, pero la debilidad de sus piernas le impidió sostenerse y, desfallecido, volvió a caer sobre la nieve. Tenía medio cerrados los ojos, de apariencia ví­trea; abiertas las mandíbulas, y entre ellas asomaba la lengua, enlodada y colgante. Daba la sensación de que había sido estrangulado. Matt lo examinó cuidadosamente.
-Casi ha acabado con él -dijo-, pero aún respira. Smith, que se había levantado ya del suelo, se acercó para mirar a Colmillo Blanco.
-Matt, ¿cuánto vale un buen perro de trineo? -preguntó Scott.
El interrogado, de rodillas aún en la nieve e inclinado sobre el animal, estuvo calculando un momento.
-Trescientos dólares -contestó.
Y ¿cuánto podría darse por uno que estuviera en el es­tado de este? -preguntó Scott tocando con el pie a Colmillo Blanco.
-La mitad de ese precio.
Entonces Scott se volvió hacia Smith.
-¿Lo has oído, fiera? Te voy a quitar tu perro, y voy a darte por él ciento cincuenta dólares.
Abrió la cartera que llevaba y contó los billetes. Smith se echó las manos a la espalda y se negó a tomar el dinero que le ofrecían.
-No lo vendo -dijo.
-¡Ah, sí! Tú lo vendes -afirmó el otro-. Porque yo lo compro. Ahí tienes tu dinero. El perro es mío.
Smith, con las manos atrás aún, fue retrocediendo.
Scott se precipitó hacia él de un salto con la intención de darle un puñetazo.
-Estoy en mi derecho -dijo el monstruo casi llorando.
-No tienes ningún derecho ya a seguir en posesión de ese perro -fue la contestación-. ¿Vas a tomar ese dinero o quieres que vuelva a pegarte?
-Bueno, lo tomo -dijo Smith con la precipitación pro­pia del miedo-. Pero conste que es porque me obligan -añadió-. El perro es mío y no voy a dejármelo robar. Todo hombre tiene sus derechos.
-Perfectamente -replicó Scott, entregándole los bille­tes-. Todo hombre tiene sus derechos; pero tú no eres un hombre: tú eres una bestia.
-Espere usted que vuelva yo a Dawson -insistió Smith con amenazadora expresión-. Ya cuidaré de que le apliquen la ley.
-Si llegas a abrir la boca en cuanto vuelvas a Dawson, te hago arrojar de la ciudad..., ¿entiendes?
Smith replicó con un gruñido.
-¿Entiendes? -repitió el otro con voz de trueno y sú­bitamente enfurecido.
-Sí -contestó de malos modos Smith, pero ya en clara retirada.
-¿Sí y qué más?
-Sí, caballero -añadió Smith con dureza, de mala gana.
-¡Cuidado, que va a morderte! -gritó alguien entonces, y una explosión de carcajadas celebró la gracia.
Scott le volvió la espalda y se dirigió adonde estaba el conductor del trineo, para ayudarle en el cuidado de Colmillo Blanco.
Algunos de los hombres se marcharon ya; pero otros con­tinuaron allí de mirones, formando grupos y charlando. A uno de esos grupos se acercó Tim Keenan.
-¿Quién es ese tío? -preguntó.
-Weedon Scott -contestó alguien.
-Y ¿quién diablos es Weedon Scott? -insistió el jugador.
-¡Oh!, es un as de oros... Es uno de esos técnicos que tienen en las minas. Está a partir un piñón con todos los gordos. Si quieres ahorrarte quebraderos de cabeza, procura estar bien con él y a cierta distancia; ese es mi consejo. Tiene a todas las autoridades en el bolsillo. El intendente* de las minas es íntimo amigo suyo.
-Ya me figuraba yo que era alguien -observó el juga­dor-. Por eso desde el principio me guardé bien de ponerle la mano encima.


V
El indomable


Es inútil…, no hay que esperar nada –tuvo que confesar Weedon Scott.
Se sentó en el umbral de su choza y miró de hito al conductor del trineo, que contestó encogiendo los hombros, tan desesperanzado como él.
Ambos miraron a Colmillo Blanco, que, sujeto por la ca­dena que él mismo mantenía siempre tirante, gruñía feroz­mente, con todo el pelaje erizado, intentando arrojarse sobre los perros del trineo. Después de las duras lecciones de Matt, dadas garrote en mano, estos habían aprendido ya que debían dejar tranquilo al nuevo compañero, y estaban echados a cierta distancia de él, como si se hubieran olvidado hasta de su exis­tencia.
-No es más que un lobo, y no hay modo posible de domarlo -afirmó Weedon Scott.
-Según... No estoy muy seguro de eso -objetó Matt-. Es posible que haya en él mucho de perro. Pero hay algo de lo que sí estoy completamente seguro, y de ahí no me saca nadie.
Hizo aquí el hombre una pausa y, mirando hacia el monte -el Moosehide-, como si con él compartiera el secreto, mo­vió afirmativamente la cabeza.
-Bueno, hombre, no seas tan avaro de palabras -excla­mó Scott, después de esperar un rato a que el otro conti­nuara-. A ver si revientas de una vez. ¿Qué es? ¿De qué se trata?
El conductor del trineo señaló a Colmillo Blanco con un movimiento hacia atrás del pulgar.
-Lobo o perro, para el caso es lo mismo; a este lo han domado ya antes de ahora.
-¡Que no, hombre!
-Le digo a usted que sí, y que lo han enganchado al tiro. Mire usted aquí; fíjese: ¿ve usted esas señales que le cruzan el pecho?
-Tienes razón, Matt. Fue perro de trineo antes de que se apoderara de él Smith.
-Y no hay ningún motivo importante para que no vuelva a serlo ahora.
-¿Crees tú? -le preguntó anhelosamente Scott. Pero perdida otra vez la incipiente esperanza, añadió moviendo con lentitud la cabeza-: Ha pasado dos semanas con nosotros, y si antes era salvaje, ahora lo es más.
-Dele usted ocasión de manifestarse tal cual es -le acon­sejó Matt-. Suéltelo, para ver qué hace.
Su interlocutor lo miró con aire incrédulo.
-Sí -continuó Matt-, ya sé que usted lo intentó, pero sin proveerse de una buena tranca.
A ver, pruébalo, pues.
Matt cogió un garrote y se dirigió hacia el encadenado animal. Colmillo Blanco fijó los ojos en el palo como un león enjaulado mira al látigo del domador.
-Fíjese en que no aparta la vista del garrote -observó Matt-. Buena señal. No es tonto. No será tan loco que se atreva a tocarme mientras vea que estoy bien pertrechado.
A medida que el hombre acercaba la mano a su cuello, el perro gruñía más, se le erizaban los pelos y se agachaba. Pero al mismo tiempo que miraba aquella mano, no perdía de vista el palo que enarbolaba la otra amenazadoramente. Matt desató la cadena del collar y retrocedió unos pasos.
Parecía que Colmillo Blanco no comprendía que realmente se hallaba libre. Habían transcurrido muchos meses desde el día en que Smith había entrado en posesión de él. Durante todo ese tiempo, no pudo gozar ni de un momento de liber­tad, excepto cuando se le soltaba para luchar contra otros perros. Pero después volvía inmediatamente a verse aprisio­nado.
No supo qué hacer con su libertad. Tal vez los dioses le preparaban una nueva diablura. Comenzó a andar lenta y re­celosamente, dispuesto a resistir cualquier ataque. La situación, sin precedentes para él, le parecía embarazosa. Tomó de mo­mento el partido de alejarse de aquellos dos dioses que lo estaban observando, escabulléndose hacia un rincón de la cho­za. No ocurrió nada nuevo. Era evidente que el animal se sentía perplejo, y volvió junto al sitio que ocupaba antes, se quedó parado a una docena de pasos de distancia y miró fi­jamente a los dos hombres.
-¿No se escapará? -preguntó el dueño. Matt se encogió de hombros.
-Hay que arriesgarse -dijo-. El único modo de en­contrar las cosas es buscándolas.
-¡Pobre animal! -murmuró con acento de lástima Scott-. Lo que necesita es que alguien lo trate con cariño -continuó, mientras andaba de un lado a otro de la choza.
Sacó un pedazo de carne y se lo arrojó a Colmillo Blanco. Este dio un salto, apartándose de la carne, y desde lejos la observó con recelo.
-¡Eh, Mayor, deja eso! -gritó amenazadoramente Matt demasiado tarde ya. Mayor, uno de los perros, se había arro­jado de un salto sobre el trozo destinado al otro. En el mismo instante de hincarle el diente, este último saltó también sobre él, mordiéndolo y derribándolo. Aunque Matt acudió muy pronto, Colmillo Blanco fue más rápido. Mayor se puso en pie, bamboleándose; pero la sangre que salía a borbotones de su herida en el cuello enrojeció la nieve de su alrededor.
-El castigo ha sido cruel, pero bien empleado le está -dijo precipitadamente Scott.
Pero Matt ya tenía un pie en el aire para darle con la punta a Colmillo Blanco. Otro salto de este, el brillo fugaz de unos dientes blanquísimos y una brusca exclamación. El ani­mal, gruñendo furiosamente, retrocedía unos cuantos metros, mientras Matt se agachaba examinando su pierna.
-Me ha cogido de lleno -dijo señalando las desgarradas ropas y la sangre que empezaba a correr de la herida.
-Ya te advertí que el caso no tenía remedio, Matt -ob­servó Scott con aire descorazonado-. Me he convencido de ello mil veces, y no quería pensarlo. Pero hemos llegado al final. Esto es lo único que hay que hacer.
Y mientras hablaba, echó mano al revólver, como de mala gana, abrió el cilindro y examinó su contenido para mayor seguridad.
-Mire usted, señor Scott -objetó Matt-. Ese perro ha vivido siempre en un verdadero infierno. No era de esperar que de pronto se convirtiera en un ángel de bondad. Dele usted tiempo y veremos si cambia.
-Fíjate en cómo está Mayor -replicó el otro.
El conductor del trineo examinó el perro herido. Se había desplomado sobre la nieve, en el charco que formaba su san­gre, y daba las últimas boqueadas.
-Bien empleado le está. Usted mismo lo ha dicho, señor Scott. Quiso robarle la carne y lo ha pagado con la vida. No cabía esperar otra cosa. Ni dos cominos daría yo por un perro que no supiera defender su propia comida.
-Pero mírate a ti mismo, Matt. Lo de menos son los perros. Hay que ponerle a esto un límite.
-Pues bien empleado me está a mí también -arguyó tercamente Matt-. ¿Por qué le di una patada? Usted mismo me dijo que estaba bien lo que hizo. Pues entonces, claro está que yo no tenía derecho a pegarle.
-Matarlo sería hacerle un favor -insistió Scott-. Es indomable.
-Bueno, mire usted, señor Scott; déle al infeliz la opor­tunidad que no ha tenido aún. Le digo a usted que ha salido del infierno, y esta es la primera vez que se ve libre. Dele usted tiempo de mostrar lo que realmente es, y si entonces falla... lo mataré yo mismo, ¡vaya...!
-Bien sabe Dios que no quisiera matarlo ni que lo ma­tara nadie -contestó Scott, volviendo el revólver a la fun­da-. Lo dejaremos, pues, libre, y a ver si tratándolo bien conseguimos algo. Y vamos a empezar desde ahora.
Se dirigió hacia Colmillo Blanco y comenzó a hablarle con voz suave y cariñosas palabras.
-Más vale que tenga usted preparado un garrote -le advirtió Matt.
Scott movió negativamente la cabeza y continuó intentan­do ganarse la confianza del perro.
Colmillo Blanco se mostraba receloso. Algún daño lo ame­nazaba, seguro.
Acababa de matar al perro de aquel dios; había mordido, además, al que tenía por compañero, y después de esto, ¿qué podía esperar más que algún terrible castigo? Pero no se in­timidaba por ello: seguía indomable. Con los pelos erizados, le enseñaba los dientes a Scott, ojo alerta y todo su cuerpo preparado para cualquier asechanza. El dios no llevaba garrote, y por eso el animal le permitió que se acercara bastante. Le vio adelantar una mano, que gradualmente iba bajando sobre su cabeza. Colmillo Blanco se encogió, muy excitado, y se aga­chó. Indudablemente creía ver en aquel gesto un daño para él, una traición o cosa semejante. Ya sabía de lo que eran capaces las manos de los dioses, conocía su maestría para el mal. Por otra parte, nunca le había gustado que lo tocaran. Gruñó más amenazadoramente, se agachó más, pero la mano siguió bajando a pesar de ello. No quería morderla, y estuvo aguantando aquel anuncio de peligro hasta que el instinto re­surgió en él, dominándolo por completo con su ansia insacia­ble de vida.
Weedon Scott creía que tendría tiempo de retirar rápida­mente la mano, pero no fue así, y una vez más tuvo que convencerse de la estupenda celeridad de Colmillo Blanco, que le clavó los dientes con la presteza de una serpiente.
El herido lanzó un grito de dolor y de sorpresa, mientras apretaba la desgarrada mano con la otra. Casi al mismo tiem­po, Matt lanzó un terrible juramento y acudió de un salto en su auxilio. Colmillo Blanco, muy agachado, con la misma ex­citación de antes, mostrando los dientes y lanzando amena­zadoras miradas, retrocedió, apartándose a un lado. Ahora sí que podía esperar una paliza descomunal, peor que las de Smith.
-¿Qué vas a hacer? -gritó de pronto Scott.
Matt corrió como un rayo hacia el interior de la choza y enseguida salió de ella rifle en mano.
-Nada -contestó lentamente, con una calma que no era más que fingida-. No voy a hacer más que cumplir mi pro­mesa. Me parece que ha llegado ya la hora de que lo mate, como dije.
-¡No, no lo matarás!
-¿Que no? Ahora verá usted.
Igual que Matt había salido en defensa del perro cuando fue él el mordido, lo defendió ahora Scott.
-Dijiste que le diéramos tiempo para que pudiera cam­biar. Pues bien: dáselo. No hemos hecho más que empezar, y no podemos darlo todo tan pronto por terminado. Esta vez soy yo quien tengo que decir que me está bien empleado. Y ¡mira, miralo ahora!
Colmillo Blanco, junto a una esquina de la choza a diez o doce metros de distancia, gruñía, con una mala intención ca­paz de helarle la sangre a cualquiera, no precisamente a Scott, sino al conductor del trineo.
-¡Vaya, está visto que no van a acabarse nunca las sor­presas! -exclamó el último con expresión de asombro.
-Mira si es inteligente -añadió con precipitación Scott-. Sabe tan bien como tú lo que son las armas de fuego: posee inteligencia, y hay que ayudarlo. Levanta el rifle.
-Bueno, conforme -contestó Matt, dejando el arma junto a un montón de leña. Un momento después exclama­ba-: Pero ¡fíjese ahora!
Colmillo Blanco se había apaciguado y no gruñía en ab­soluto.
-Esto vale la pena estudiarlo. Observe usted lo que hace -añadió nuestro hombre.
Volvió a coger el rifle, y el perro comenzó a ladrar de nuevo. Lo abandonó, apartándose algo, y los encogidos labios del animal fueron cerrándose hasta ocultar sus amenazadores dientes.
Ahora vamos a ver..., por probar solamente.
Empuñó el rifle y comenzó a levantarlo lentamente como para apoyar la culata en el hombro. Inmediatamente resonaron los gruñidos, que fueron aumentando a medida que el arma se acercaba a la posición de apuntar. Pero un momento antes de que llegara a ella, el animal saltó de lado y se ocultó detrás de la esquina de la choza. Matt se quedó mirando por encima del cañón al vacío espacio en donde antes estaba Colmillo Blanco.
Bajando entonces el arma con aire solemne, dio media vuelta y miró a su amo.
-Tiene usted mucha razón, señor Scott. Ese perro es de­masiado inteligente para que lo matemos.


VI
El maestro del amor


Al ver Colmillo Blanco que Weedon Scott se le acercaba, se le erizó el pelo y comenzó a gruñir como in­dicando que no sufriría con paciencia el castigo. Habían transcurrido veinticuatro horas desde que desgarró la mano que aparecía ahora vendada y en cabestrillo. Lo habían acostum­brado en pasados tiempos a aplazarle a veces el castigo, y creía que ahora iba a ocurrir lo mismo. ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo? Había cometido lo que para él resultaba un sacrilegio al hundir los dientes en la sagrada carne de un dios, y nada menos que de un dios blanco. Según el orden natural de las cosas y tratándose de un dios, algo terrible debía de ocurrirle.
El dios se sentó a algunos palmos de distancia de él. El animal no vio nada peligroso en ello. Cuando los dioses cas­tigaban, lo hacían de pie. Además, no llevaba garrote, látigo ni arma alguna, y él estaba libre, no había atadura que lo aprisionara. Le sería fácil huir mientras el otro se levantaba. Entretanto, lo mejor era esperar y ver lo que ocurría.
El dios permaneció quieto, sin producir el menor movi­miento, y los gruñidos del perro fueron bajando de tono hasta cesar completamente. Entonces el dios habló, y esto hizo que volviera a alarmarse el animal; pero el hombre siguió hablando lenta, tranquilamente, sin hacer el menor movimiento hostil. Por algún tiempo resonaron juntos las palabras del uno y los gruñidos del otro, estableciéndose una especie de correspon­dencia entre el ritmo de aquellas y el de estos. Pero la conversación del dios parecía interminable. Le estuvo hablando a Colmillo Blanco como nadie le había hablado nunca, suave­mente, como si su voz no fuera más que un calmante, con tan amable acento que llegó a impresionar al animal. A pesar suyo y contra todos los impulsos que lo aguijoneaban, adqui­rió confianza en aquel dios. Sentía una impresión de seguridad que venía a desmentir toda su experiencia adquirida en el trato con los hombres.
Después de largo rato, el dios se levantó y se metió en la choza. Colmillo Blanco estuvo observándolo con escudriñadora mirada, y además con cierta aprensión cuando lo vio salir de nuevo. No llevaba látigo, ni garrote, ni arma alguna, ni si­quiera escondía detrás de la espalda la mano que le quedaba sana, ocultando algo en ella. Se sentó como antes, en el mismo sitio, y le alargó un trocito de carne. El perro enderezó las orejas y examinó la oferta receloso, no perdiendo de vista la carne ni al dios, en guardia contra cualquier movimiento hos­til, con todo el cuerpo en tensión y dispuesto a apartarse de un salto en cuanto el hombre hiciera el más mínimo movi­miento extraño.
Pero el castigo no llegó. El dios solo le acercó el trozo de carne al hocico. Y en esta no parecía que hubiera nada sos­pechoso. A pesar de ello, el animal aún recelaba, y aunque el hombre le ofrecía el alimento con repetidos movimientos de la mano, no quería cogerlo. Los dioses se pasaban de listos, y ¿quién sabe lo que habría ocultado en aquella carne, de apa­riencia inofensiva? Otras veces, especialmente al tratar con las mujeres de los indios, había comprobado la desastrosa relación que existía entre aquellos ofrecimientos y el castigo inmediato.
Al fin, el dios arrojó la carne sobre la nieve, a los pies de Colmillo Blanco. Él la olfateó con cuidado, pero sin mirarla, porque no separaba la vista del dios. Sin embargo, no pasó nada. Lo que sucedía era que el dios le ofrecía ahora otro pedazo. Se negó nuevamente a tomarlo de su mano, y de nuevo lo hizo desde el suelo. La escena se repitió varias veces. Pero llegó un momento en que el dios se negó a arrojarlo, lo conservó fuertemente apretado en la mano y se lo ofreció con gestos y ademanes cariñosos.
La carne era excelente y Colmillo Blanco sentía hambre. Poco a poco, se acercó con infinitas precauciones. Al fin de­cidió comérsela. No apartó los ojos del dios ni un momento. Adelantó la cabeza con las orejas aplastadas contra el cuello y los pelos erizados como si formaran una cresta. Gruñía vela­damente como indicando que con él no se jugaba. Comió la carne, no obstante, y no ocurrió nada. Sería que el castigo quedaba aplazado.
Se relamió y esperó. El dios seguía hablando. Había en su voz algo amable..., algo a lo que el animal no estaba acostum­brado. Y en él surgieron sentimientos que no había experimentado nunca. Sentía cierta vaga satisfacción, como si al­guien hubiera colmado una de sus más hondas necesidades, como si en su existencia acabara de llenarse un vacío. Pero luego volvieron a aparecer el aguijón de su instinto y las en­señanzas del pasado. La astucia de los dioses era infinita y solían valerse de los más recónditos medios para alcanzar sus fines.
¡Ah! ¡Ya se lo figuraba él! Ahí estaba lo que temía: la mano del dios, hábil para todo lo que pudiera hacer daño, que, tendida hacia él, descendía sobre su cabeza. Pero el dios continuaba hablando. Su voz era dulce, suave, y, en contraste con aquella amenazadora mano, inspiraba confianza. En Colmillo Blanco luchaban entonces los más opuestos sentimientos y cie­gos impulsos. Parecía que iba a estallar por efecto de aquella terrible lucha contra las fuerzas opuestas que intentaban do­minarlo.
Optó por una transacción entré ellos. Gruñó bajando las orejas, todo él se erizó, pero ni mordió ni se apartó de un salto. La mano descendió, cada vez más cerca, y llegó a tocar las puntas de los tiesos pelos. El animal se encogió. La mano siguió bajando y finalmente se apoyó. Más encogido que nun­ca, tembloroso, Colmillo Blanco logró, sin embargo, mante­nerse quieto; pero aquella mano que se atrevía a tocarlo era todo un tormento. Iba contra todos sus instintos. No era po­sible que en un solo día él lograra olvidar todo el daño que le habían causado las manos de los hombres. Pero eso era la voluntad del dios y se esforzó en someterse a ella.
La mano se levantaba y volvía a bajar dando suaves gol­pecitos. Eran caricias. Así continuó un rato; pero cada vez que la mano se elevaba, el pelo se levantaba, y cada vez que descendía, se agachaban las orejas y resonaba un gruñido gutural, cavernoso, repetido una y otra vez como insistente advertencia. Era un modo de expresar que estaba dispuesto a vengar cual­quier daño que pudieran causarle, porque era imposible que él supiera cuánto llegaría a apreciar el oculto motivo de lo que el dios estaba haciendo. De un momento a otro, aquella voz suave, que inspiraba confianza, podía convertirse en tem­pestuosa, prorrumpiendo en gritos y juramentos; aquella mano que tan dulcemente acariciaba se trocaría, tal vez, en durísima al asirlo para castigarlo.
Pero aquel cambio no se producía ni en la voz ni en los movimientos, que nada tenían de hostiles. Colmillo Blanco se hallaba flotando entre opuestos impulsos. Era una situación desagradable para sus instintos, porque se oponía al libre ejer­cicio de su voluntad. Y sin embargo, físicamente, lo que le ocurría le resultaba grato. Los suaves golpecitos fueron susti­tuidos por otra forma de caricia: ahora le restregaba suave­mente la base de las orejas. El placer fue en aumento. Sin embargo, aún seguía desconfiando, siempre en guardia, en es­pera de imaginarios daños, sufriendo unas veces y gozando otras, según la impresión de cada momento.
-¡Pues, señor, que me ahorquen si lo entiendo! -excla­mó Matt, que acababa de salir de la choza con la camisa arremangada y sosteniendo un barreño de agua sucia. Se quedó inmóvil en el momento en que se disponía a vaciarlo, ante el inesperado espectáculo de ver a Weedon Scott acariciando a Colmillo Blanco. En cuanto oyó aquella voz que venía a interrumpir el silencio, el perro saltó hacia atrás, gruñendo furiosamente al intruso.
Matt miró a su amo con marcadas muestras de desapro­bación.
-Si supiera que no se iba a ofender, señor Scott, y pu­diese decir todo lo que siento..., me atrevería a llamarle loco de remate, y se lo estaría llamando no una, sino cien mil veces.
Weedon Scott sonrió con aire de superioridad, se levantó y se acercó más a Colmillo Blanco. Volvió a hablar para aman­sarlo, y luego alargó lentamente la mano y la dejó descansar sobre su cabeza, reanudando las caricias y los suaves golpecitos. El animal lo soportó pacientemente, con los ojos fijos en aquel otro hombre que se había quedado inmóvil en la puerta de la choza.
-Usted será un técnico de los mejores...; bueno..., eso ya lo sabemos... -decía el conductor del trineo como hablando consigo mismo-; pero se dejó usted perder la mejor ocasión que podía presentarse en su vida al no escapar de su casa cuando era chiquillo para ingresar en una compañía de circo y convertirse en domador.
Colmillo Blanco gruñó al oír la voz del hombre; pero esta vez no se apartó de la mano que le acariciaba, lenta y pro­longadamente, la cabeza y parte del cuello.
Para él, aquello era ya el principio del fin, la terminación de su antigua vida, de aquella que significaba el reinado del odio. Alboreaba otra nueva, incomprensiblemente hermosa, que requería mucho pensar e ilimitada paciencia por parte de Scott, y que para Colmillo Blanco suponía nada menos que una revolución total. Tendría que hacer caso omiso de todos sus impulsos, ponerse en contradicción con toda la experiencia adquirida.
En su vida anterior, actuar como lo estaba haciendo ahora hubiera sido inaudito. En una palabra: ahora tenía que orien­tarse en un mundo nuevo mucho más vasto que el que conoció al abandonar los bosques y aceptar a Castor Gris como dueño y señor. Entonces no era más que un cachorro, maleable, sin forma, apto para que se la fueran dando las circuns­tancias. Ahora todo resultaba bien distinto.
Se había endurecido hasta convertirse en un lobo de pelea fiero, implacable, incapaz de sentir amor ni de inspirarlo. Y ahora debía cambiar. Eso suponía un flujo de todo su ser, precisamente cuando había perdido ya la maleabilidad de la juventud; cuando sus fibras eran duras, nudosas; cuando la urdimbre y la calidad del tejido habían hecho de él algo recio, de diamantina impenetrabilidad; cuando su corteza espiritual era un hierro, y todos sus instintos y apreciaciones habían cristalizado en normas de conducta, en recelos, antipatías y deseos.
Y sin embargo, en esta nueva orientación, la misma mano de las circunstancias se apoderaba de él oprimiéndolo, agui­joneándolo, ablandando su dureza y plasmándolo de nuevo, para darle más hermosa forma. Weedon Scott era en realidad aquella mano. Había sabido llegar a las raíces de su naturaleza y despertar en ella fuerzas que dormían, que habían ido lan­guideciendo hasta casi morir. Una de estas fuerzas era el amor, que venía a sustituir a aquellas simpatías de su más alto sentir en sus relaciones con los hombres.
Pero ese amor no fue cosa de un día. Empezó siendo mera simpatía y luego fue desarrollándose lentamente. Colmillo Blanco no escapó, aunque lo tuvieran en libertad, porque le gustaba aquel nuevo dios. El animal prefería la vida que él le proporcionaba a la otra de cuando Smith lo tenía enjaulado. Su destino era tener un dios, un hombre que fuera su dueño y señor. El sello de su servidumbre quedó grabado en él desde el primer día en que volvió la espalda al bosque y llegó arras­trándose hasta los pies de Castor Gris para recibir el castigo que esperaba. Y luego la impresión se renovó, fijándose para siempre, cuando regresó por segunda vez a la vida salvaje, una vez terminada la época del hambre, y halló provisión de pes­cado en la aldea de su mismo amo.
Así fue como, por necesitar un dios y por defender que este fuera Weedon Scott y no Smith, Colmillo Blanco se quedó allí. En prueba de que le rendía vasallaje, se encargó de vigilar la propiedad de su amo. Rondaba alrededor de la choza mien­tras dormían los perros del trineo, cuando fue agredido a ga­rrotazos por el primer hombre que fue a visitarla de noche. Y Scott tuvo que acudir en su auxilio. Pero pronto aprendió a distinguir entre los ladrones y la gente honrada, a apreciar en todo su valor lo que indicaba el modo de andar de las personas. Al hombre que llegaba con paso firme, decidido y resonante y se dirigía en línea recta a la puerta de la choza, lo dejaba tranquilo..., aunque se quedara vigilándolo hasta que la puerta se abría y era admitido por el amo. Pero con el que llegaba callada y suavemente, dando rodeos, vigilante y cau­teloso, con evidente deseo de que nadie se enterara..., con ese sí que no mostraba la menor indulgencia Colmillo Blanco, y pronto le obligaba a marcharse deprisa e ignominiosamente.
Weedon Scott se había impuesto el deber de redimir al animal, o, mejor dicho, de redimir a la humanidad del pecado de maldad que había cometido contra Colmillo Blanco. Era cuestión de principios y de conciencia. Le parecía que todos los daños que le habían causado constituían una deuda que era preciso pagar. Por esto se empeñó en mostrarse particu­larmente amable y bondadoso con el que la fama consideraba como un lobo luchador, y no dejaba transcurrir un solo día sin acariciarlo un buen rato.
Receloso y hostil al principio, al perro acabó por gustarle que lo trataran así. Pero hubo algo de lo que nunca supo curarse: su costumbre de gruñir. Desde que empezaban las caricias hasta que terminaban, esos gruñidos eran incesantes. Sin embargo, existía en ellos cierta nota nueva que cualquier persona extraña no hubiera sabido apreciar, creyendo que aún se manifestaba en él el primitivo salvajismo atroz y horrible de siempre. Pero la garganta del animal estaba tan endurecida, tan acostumbrada a emitir aquellos feroces sonidos, desde el primero que intentó producir cuando cachorro para manifestar su enojo, que le era ahora imposible suavizarlo para expresar toda la dulzura de sus nuevos sentimientos. A pesar de todo, al oído, a la simpatía, mejor dicho, de Weedon Scott no se le escapaba aquella nota perdida, casi ahogada en un mar de fiereza: la nota que no era más que indicación ligerísima de su contenido, un gozoso zumbido interior que solo él podía oír. Con el paso de los días se aceleró la evolución de la simpatía hacia el amor. El mismo Colmillo Blanco comenzó a percatarse del cambio, aunque no supiese de un modo cons­ciente lo que era amor. Sentía un vacío en todo su ser, un hambriento, doloroso, vivísimo anhelo que lo inquietaba, y que únicamente colmaba con la caricia del dios o con su sola presencia. En tales momentos, el amor resultaba para él un placer, una refinada y penetrante satisfacción. Pero en cuanto se alejaba de su dios, el dolor y la inquietud volvían, el vacío aparecía de nuevo como una opresión, y el hambre le mordía de nuevo incesantemente.
Colmillo Blanco estaba en el momento crítico del que anda buscándose a sí mismo. A pesar de hallarse ya en plena ma­durez y de lo rígido de aquel salvaje molde que le hizo ser tal cual era, se verificaba en su naturaleza una extraña expansión. Brotaban en él raros sentimientos e involuntarios impulsos. Sus antiguas normas de conducta evolucionaban. En su pasado gustaba de cuanto suponía bienestar y ausencia de todo dolor o molestia, y detestaba lo contrario. Sus actos se ajustaban a aquellos gustos. Ahora había cambiado todo. Su nuevo modo de sentir lo llevaba con frecuencia a escoger la incomodidad y el dolor como homenaje a su dios. Así, en las primeras horas de la mañana, en vez de andar merodeando o de echarse en algún abrigado rincón, esperaba durante horas en el poco agra­dable umbral de la choza la aparición de su divinidad. Por la noche, cuando esta regresaba, se apresuraba a abandonar el hoyo que había cavado en la nieve para dormir. Dejaba el calor de su refugio solo para recibir la amistosa caricia de su amo, acompañada de suaves palabras. Hasta de la carne se olvidaba para estar con él y acompañarle a la ciudad.
Sus gustos, sus caprichos, habían cedido el sitio al amor. Y este amor era en él como la sonda que descendió hasta lo más profundo de su ser, hasta lugares que antes parecían in­sondables. El pago estaba en relación con lo que recibía. Aquel era un dios de verdad, un dios todo amor, todo luz tibia y confortante, y bajo la influencia de esa luz se expandía toda su naturaleza, como se abre al sol un cerrado capullo.
Pero Colmillo Blanco era poco amigo de demostrar lo que sentía; demasiado maduro y endurecido para adoptar nuevos modos de expansión; demasiado sereno, equilibrado y solitario; demasiado esquivo, encerrado en sí mismo y gruñón. No había sabido nunca lo que era ladrar, y no era ya cosa de que lo aprendiera ahora para dar la bienvenida a su amo cuando le viera llegar. Ni molestaba nunca ni se le podía tachar de que fuera indiscretamente expresivo en la manifestación de su amor. Ni siquiera salía al encuentro de su dios cuando este se acercaba. Lo esperaba a distancia; pero lo esperaba, no se mo­vía nunca. Su amor tenía algo de adoración muda. Lo expre­saba con la fijeza de sus ojos y con aquel constante seguir con la mirada todos los movimientos de su dios. Y a veces, cuando su dios lo miraba a él y le dirigía la palabra, se traslucía en su porte inquieto el embarazo causado por la lucha entre su amor y la incapacidad física para demostrarlo.
En muchas cosas aprendió a adaptarse a su nuevo género de vida. Se le enseñó a no meterse con los otros perros de su amo; pero no sin que antes, como afirmación del impulso dominante de su naturaleza, les demostrara por medio de la violencia su superioridad y les exigiera el reconocimiento de su jefatura. Hecho esto, halló pocas dificultades en sus rela­ciones con ellos. Se apartaban sin inconveniente cuando él iba y venía, y su voluntad era respetada.
De parecido modo llegó a tolerar la presencia de Matt, a quien consideraba como algo qué pertenecía a su amo. Scott le daba la comida pocas veces: el que estaba encargado de ello era Matt; pero Colmillo Blanco adivinaba que lo que comía era de su amo, y que el otro lo alimentaba solo por delegación suya.
Matt fue quien trató de engancharlo al trineo y hacerle tirar de él con los demás perros; pero fracasó en su tentativa. Fue preciso que le sustituyera el mismo Weedon Scott y le hiciera comprender que su voluntad era que se dejase guiar por Matt, lo mismo que hacían los otros perros.
Los trineos de Klondike y los de Mackenzie no eran igua­les, y distinto era también el modo de colocar el tiro, que aquí no tenía la forma de abanico. Tiraban los perros en fila uno detrás de otro, y con doble tirante, siendo el que hacía de guión un verdadero guía. Era el más apto y fuerte de todos ellos, aquel a quien prestaban obediencia y temían. Que Col­millo Blanco llegara a conquistar pronto ese puesto era inevi­table. Él no era capaz de contentarse con menos, y bien se lo demostró a Matt con las mil dificultades y molestias que le ocasionó mientras estuvo ocupando un lugar inferior. Él mis­mo fue el que al fin se colocó al frente, y Matt tuvo que reconocer que lo merecía, una vez probado. Trabajaba, pues, de día arrastrando el trineo; pero no por ello dejó de seguir siendo el guardián de la propiedad de su amo por la noche, con lo que siempre estaba ocupado. Su fidelidad y vigilancia lo convirtieron en el mejor de todos los perros de Scott.
-Reviento si no lo digo, pero ¡qué listo fue usted, señor Scott -exclamó un día Matt-, cuando le compró por aquel precio el perro a Smith! Tras arrearle un buen par de puñe­tazos en la cara, encima le engañó, con perdón sea dicho.
Los ojos grises de Weedon Scott brillaron con recrudecida ira ante el recuerdo del monstruo, y se limitó a murmurar con voz ronca:
-¡Qué mala bestia!
Hacia fines de la primavera le ocurrió a Colmillo Blanco algo que lo apenó en extremo. Sin aviso previo, desapareció su maestro de amor, aunque, bien mirado, sí fue todo un aviso la preparación de su equipaje. Solo más tarde relacionó ambas cosas, al recordar que esta había precedido a la ausencia. Es­peró una noche, como de costumbre, el regreso de su amo a la choza.
Había transcurrido ya la mitad de la noche cuando el helado viento lo obligó a buscar refugio detrás de la choza. Allí se quedó soñoliento, pero vigilante, para percibir, en cuanto se iniciara, el ruido de las pisadas que tan bien conocía. Apenas habían pasado dos horas cuando su ansiedad, que iba en aumento, lo impulsó a abandonar aquel sitio para ir a acurrucarse en el frío umbral de la parte anterior, donde se sentó y siguió esperando.
El amo no llegó. La puerta se abrió por la mañana y de la choza salió Matt. Colmillo Blanco lo observó con mirada pensativa. No había modo de que pudiera averiguar lo que él quería saber. Pasaron días, y nunca llegaba el dueño. El pobre animal, que no sabía lo que era estar enfermo, lo estuvo en­tonces, y tanto que Matt se vio obligado, al fin, a meterlo dentro de la choza. Además, el buen hombre dedicó una pos­data a hablar de él, en la carta que escribió a Scott.
Al llegar la misiva a sus manos, Scott se encontró con las siguientes palabras: «Ese condenado lobo no quiere trabajar. Tampoco quiere comer. No le quedan ya ni fuerzas para nada. No hay perro que no se atreva con él. No sería extraño que se muriera de tristeza, creo yo».
Lo que decía Matt era exacto. Colmillo Blanco no comía ya, había perdido su antiguo vigor y hasta se dejaba morder por cualquier perro de los del trineo, en vez de ser él el que se impusiera. En la choza estaba siempre echado cerca de la estufa, sin demostrar el menor interés por la comida, por Matt o por su propia vida. Que el conductor del trineo le hablara con amabilidad o a gritos y entre maldiciones, le era indife­rente: no hacía más que volver los tristes ojos hacia el hombre y dejar caer luego la cabeza sobre las patas delanteras, en su acostumbrada posición.
De pronto, una noche, mientras Matt leía, moviendo los labios y pronunciando a media voz las palabras, se quedó mudo de sorpresa al oír un apagado quejido de Colmillo Blanco. Se había levantado, con las orejas enderezadas en dirección a la puerta, y escuchaba con toda la atención de que era capaz. Un momento después, Matt oyó pasos. Se abrió la puerta y Weedon Scott entró en la choza. Los dos hombres se estre­charon las manos y Scott enseguida buscó algo con la mirada. -¿Dónde está el lobo? -preguntó.
Entonces lo vio en pie en el mismo sitio en que había estado antes echado: junto a la estufa. No se había lanzado hacia su amo alegremente, como suelen hacerlo los perros. Allí estaba, en pie, observaba y esperaba.
-¡Por vida de ...! ¡Mire usted cómo mueve la cola! -ex­clamó Matt.
Scott avanzó hacia el animal, al mismo tiempo que lo llamaba. Colmillo Blanco se le acercó, no de un brinco, pero sí rápidamente. Pareció despertar de su ensimismamiento; pero al hallarse junto a su amo, su mirada adquirió una expresión rara. Algo, todo un inefable mundo de sentimientos, acudió como una súbita luz a sus ojos y brilló en ellos con vivo fulgor.
-¡A mí nunca me ha mirado de ese modo mientras ha estado usted fuera! -dijo el conductor. Weedon Scott no oía nada. En cuclillas, cara a cara con el animal, lo acariciaba cariñosamente, le restregaba con suavidad las orejas, el cuello y los lomos, y daba en ellos amistosos golpecitos, que eran contestados con gruñidos de satisfacción, más pronunciados que nunca.
Pero esto no fue lo único. Colmillo Blanco pudo, por fin, expresar el gran amor que sentía hacia Scott. Adelantó de repente la cabeza y la metió forcejeando bajo el sobaco de su amo. Y allí, aprisionada voluntariamente, oculta a la vista, con la sola excepción de las orejas, muda ya, sin gruñidos, conti­nuó forcejeando suavemente, dando ligeras hocicadas y colo­cándose mejor.
Los dos hombres se miraron. A Scott le brillaban los ojos de alegría.
-¡Dios...! -exclamó Matt con una voz en la que se re­velaba el más profundo asombro. Un momento después, so­breponiéndose a la sorpresa, añadió-: ¡Siempre dije que este lobo era en realidad un perro...! ¡A la vista está!
Con el regreso de su maestro de amor, Colmillo Blanco no tardó en recobrar todo lo perdido. Pasó un día y dos noches en la choza; pero luego salió fuera de ella. Como los perros del trineo se habían olvidado ya de las antiguas proezas de su compañero y solo recordaban su reciente temporada de de­bilidad de enfermo, en cuanto lo vieron traspasar el umbral, se le arrojaron encima.
-¡Buena se ha armado! -murmuró jovialmente Matt desde la puerta, donde se había quedado contemplándolo-. ¡Ánimo, lobo! ¡Así! ¡Duro con ellos! ¡Duro, y que vuelvan otra vez! -gritó.
Pero Colmillo Blanco no necesitaba que nadie lo azuzara. Para recobrar todo su ánimo, le bastaba el regreso de su maes­tro de amor. La vida resurgía en él espléndida, indomable. Peleaba por puro placer, hallando en la lucha un medio para expresar lo mucho que sentía y que de otro modo hubiera quedado sin adecuada manifestación. Solo había un final po­sible: toda la jauría se dispersó, ignominiosamente derrotada, y solo volvió a reunirse por la noche. Regresaron a la choza uno a uno muy humildes, muy mansos y serviles, prestando homenaje a Colmillo Blanco.
Tras aprender aquel acto cariñoso de colocar la cabeza en el sobaco de su amo, el perro lo repitió con frecuencia. Era como su última palabra, la que marcaba su límite supremo de expresión. Siempre se había manifestado muy celoso de con­servar bien libre la cabeza. No le gustaba que nadie se la tocara por miedo a que tras el contacto se ocultara algún daño o la temida trampa; y, sin embargo, con su maestro de amor, ocul­taba la cabeza voluntariamente, se entregaba desarmado, con completa confianza, como si le dijera: «En tus manos me pon­go: cúmplase en mí tu voluntad».
Una noche, poco después del regreso de Scott, estaban este y Matt jugando a las cartas un rato antes de acostarse, cuando oyeron fuera de la choza un grito, seguido de continuo gruñir. Se miraron y se pusieron en pie de un salto.
-El lobo ha pescado a alguien -dijo Matt.
Nuevos gritos de terror y de angustia les hicieron apresurar el paso.
-¡Trae la luz! ¡Pronto! -ordenó Scott al salir corriendo. Matt le siguió llevando la lámpara, y a su luz vieron a un hombre tendido de espaldas en la nieve. Tenía los brazos cruzados sobre el rostro y el cuello para protegerse contra los terribles dientes de Colmillo Blanco. Y en verdad que había motivo para ello, porque el animal estaba furioso, buscando, con toda mala intención, el punto más vulnerable. Del hom­bro a la muñeca, las mangas del traje, las de la azul camisa de lana y las de la camiseta estaban hechas jirones, y entre estos corría la sangre de los desgarrados brazos.
Desde el primer instante, los dos hombres vieron este es­pectáculo, y un momento después, Weedon Scott había co­gido por el cuello al animal y lo había apartado a viva fuerza. Este se resistió y gruñó, pero sin intentar morder; y ante la orden enérgica y terminante de su amo, no tardó en apaci­guarse a medias.
Matt ayudó al caído a levantarse. Al hacerlo, descubrió que se trataba de Smith. El conductor del trineo soltó in­mediatamente el cuerpo con movimiento parecido al del que se ha quemado los dedos al coger un ascua. Smith parpadeó un poco, deslumbrado por la lámpara, y miró en torno suyo. Vio a Colmillo Blanco y en su cara se reflejó el más profundo terror.
En aquel mismo momento, Matt se percató de que sobre la nieve había dos objetos. Acercó más la lámpara y se los indicó con el pie a su amo para que fijara en ellos la atención. Eran una cadena de acero y una gruesa tranca.
Weedon Scott los vio y se limitó a mover la cabeza en señal de asentimiento. Ni una palabra interrumpió el silencio. Entonces Matt le puso una mano a Smith en el hombro y lo miró cara a cara, como preguntándole con qué derecho se había presentado allí de aquel modo. No hacía falta que ha­blara. Smith dio media vuelta y se marchó.
Entretanto, el maestro de amor acariciaba a Colmillo Blan­co y le decía:
-Quería robarte, ¿eh? ¡Y tú no lo has permitido! ¡Bueno, bueno! Se equivocó, ¿verdad?
-Lo que debió de creer era que había caído en las garras de mil diablos a la vez -comentó burlonamente el conductor del trineo.
Colmillo Blanco, excitadísimo aún y con los pelos erizados, gruñía obstinadamente; pero poco a poco los gruñidos fueron bajando de tono y ya no quedó en su garganta más que un ronco sonido que parecía lejano, aunque persistente.




QUINTO PARTE


DOMESTICADO


I
El largo viaje


Colmillo Blanco sentía en el aire mismo que respiraba que algo malo iba a ocurrir. Comprendía que el peligro era inminente, aun antes de hacerse tangible y de adquirir caracteres de evidencia. Estaba convencido de que iba a operarse un cambio calamitoso para él. Había llegado a ese convencimiento a través de la observación de sus propios dio­ses. Las intenciones de estos llegaron a revelarse más clara­mente de lo que ellos creían. El perro lobo, sin moverse del umbral de la choza, como un fantasma, sabía cuanto se pre­paraba en su interior e incluso en el cerebro de sus habitantes.
-¡Oiga usted, haga el favor de fijarse! -exclamó una no­che Matt mientras los dos hombres estaban cenando. Weedon Scott se puso a escuchar con la mayor atención. A través de la cerrada puerta se oía un sordo y ansioso lamento semejante al mal reprimido sollozo que, al fin, estalla; y en­seguida el prolongado resuello que acompaña al obstinado ol­fateo. Colmillo Blanco quería asegurarse de que su dios estaba aún dentro de la choza, y no había desaparecido por los aires como por arte de encantamiento.
-Me parece que este lobo le está espiando a usted los pasos -observó el conductor del trineo.
Scott miró a su compañero con ojos que casi disculpaban el hecho y lo veían con gusto, aunque las palabras vinieron luego a desmentir aquella impresión.
-¿Y qué diablos voy a hacer yo en California con un lobo? -preguntó.
-Pues eso es lo mismo que yo digo -replicó Matt-. ¿Qué diablos va usted a hacer allí con él?
Pero a Scott no pareció satisfacerle aquella réplica, que dejaba adivinar que el otro daba ya la cosa por resuelta. -Los perros de los blancos no podrían luchar contra él -continuó-. Los mataría a la primera arremetida y me arruinaría con las indemnizaciones que me vería obligado a pagar. Y seguro que las autoridades se apoderarían de él y lo matarían.
-Sí, ya sé que es un asesino de los más peligrosos -dijo por todo comentario Matt.
Su amo le miró receloso de lo que estuviera pensando. -No, no convendría -dijo, dando la cuestión por ter­minada.
-No, decididamente, no convendría -repitió el otro-. ¡Claro! Se vería usted obligado a ponerle un hombre para que lo cuidara y vigilara constantemente.
Se calmó la sospecha que Scott empezaba a sentir, y ale­gremente asintió a las palabras de su compañero. Durante el rato de silencio que siguió continuaron oyéndose aquellos sordos quejidos y aquel prolongado resuello, allá afuera, a través de la puerta cerrada.
-No, la verdad es que ese demonio de animal está en­cariñado con usted -observó Matt.
El otro le clavó la mirada con repentino enojo.
-¡Mal rayo..., hombre...! ¡Si sabré yo lo que conviene hacer o no!
-No, si estoy conforme con lo que usted dice, solo que... -Bien..., ¿solo qué? -interrumpió Scott con brusquedad. -Solo que... -comenzó a decir suavemente el conductor del trineo; pero luego continuó con súbito cambio de expre­sión en que era patente su mal humor-: Bueno, no hay necesidad de que usted se incomode así por esto... A juzgar por sus actos, bien podría uno creer que usted mismo no sabe lo que quiere.
Scott se quedó un rato en silencio, discutiendo interior­mente consigo mismo, y luego acabó por decir, con aire más amable:
-Tienes razón, Matt. Yo mismo no sé lo que quiero; y eso es lo que me pone malhumorado -tras una pausa, aña­dió-: Sería sencillamente ridículo que me llevara el perro conmigo.
-Sí, señor, tiene usted razón -contestó Matt. Pero por segunda vez la respuesta no dejó satisfecho a su amo. Poco después, Matt añadió con ingenua expresión-: Lo que no me entra en la cabeza es cómo demonios sabe él que usted se marcha.
-Eso está por encima de nuestras facultades -respondió Scott con aire de tristeza.
Llegó el día en que, a través de la entreabierta puerta de la choza, Colmillo Blanco vio colocada en el suelo la fatal ma­leta y a su maestro de amor, muy atareado, llenándola. En la choza todo eran idas y venidas, y su plácida atmósfera de antes parecía cambiada por otra saturada de inquietud, de pertur­bación. Allí estaba la indudable evidencia de lo que él había presentido y que ahora podía razonar. Su dios se preparaba para otra huida. Y como la primera vez no lo había llevado consigo, también ahora era de suponer que iba a dejarlo aban­donado.
Aquella noche resonó por excepción en la choza su pro­longado aullido de lobo. Ya de cachorro había aullado cuando volvió de la selva a la aldea y vio que esta había desaparecido y no quedaba de ella más que señales de donde habían estado las viviendas. Ahora también levantó el hocico hacia las frías e indiferentes estrellas y les contó su pena.
En el interior de la choza acababan de acostarse los dos hombres.
-Ya ha vuelto hoy a quedarse sin comer -observó Matt desde su camastro.
Se oyó desde el de Scott una especie de gruñido, al mismo tiempo que las mantas eran agitadas con fuerza.
A juzgar por lo que hizo la otra vez que se marchó usted, no me extrañaría que esta se muriese.
Las mantas volvieron a agitarse movidas con gran irrita­ción.
-¡Hombre, cállate! -gritó Scott en medio de la oscuri­dad de la habitación-. Cuando empiezas dale que dale, eres peor que una mujer.
-Tiene usted razón -y el otro se quedó dudando de si con aquella respuesta se burlaba de él o no.
Al día siguiente, la ansiedad y la inquietud de Colmillo Blanco eran más pronunciadas que nunca. Espiaba constan­temente los pasos de su amo cada vez que lo veía salir de la choza, y no se apartaba del umbral cuando aquel permanecía en el interior. Como la puerta quedaba abierta, le era fácil atisbar lo que ocurría con el equipaje que estaba en el suelo. A la maleta habían añadido dos sacos de lona y un baúl, y en el portamantas, Matt enrollaba el abrigo de pieles de su amo, protegido por algunas mantas. Colmillo Blanco lo con­templó todo gimoteando.
Más tarde llegaron dos indios a la choza. Los observó muy de cerca mientras cargaban la mayor parte del equipaje y salían acompañados de Matt, que llevaba la ropa de cama y la maleta. Todos se fueron cuesta abajo. Pero Colmillo Blanco no los siguió. El amo estaba aún en la choza. Al poco rato regresó Matt. Scott se dirigió hacia la puerta e hizo entrar al perro.
-¡Pobrecillo! -le dijo cariñosamente, acariciándole las orejas y la espalda-. Me voy de viaje, amigo, un largo viaje..., y tú no puedes seguirme. Anda, despídete de mí con un gru­ñido, muy largo, muy largo: el último.
Pero Colmillo Blanco no gruñó. Tras una pensativa y es­crudiñadora mirada, metió con fuerza la cabeza bajo el sobaco de su amo y la dejó allí escondida.
-¡La sirena! -gritó Matt, aludiendo al ronco sonido que se elevaba desde el vapor preparado para zarpar en el río Yu­kón-. Tendrá usted que darse prisa. No se olvide de cerrar bien la puerta delantera. Yo saldré por la de atrás. ¡Pronto!
Se oyeron dos portazos a la vez y Weedon Scott se quedó esperando a que Matt se uniera a él en la fachada anterior de la choza. Dentro de esta resonaban tímidos gemidos parecidos a sollozos humanos. Luego, prolongados, hondos resuellos, acompañados de persistente olfateo.
-Cuídalo bien, Matt -recomendó Scott, mientras am­bos descendían la cuesta-. Escríbeme cómo está y todo lo que hace.
-Descuide usted. Pero ¡oiga! ¡Fíjese!
Ambos hombres se pararon. Colmillo Blanco aullaba como aúllan los perros cuando se les acaba de morir el amo. Ex­presaba así a voces su inmensa desgracia, y su lamento se elevaba desgarrador, para venir luego a morir con una queja más suave, pero vibrante y tristísima, y elevarse de nuevo en penetrante grito.
El Aurora era el primer vapor que salía de allí aquel año rumbo al exterior del país, y sus cubiertas se hallaban atibo­rradas de viajeros; unos, buscadores de oro arruinados; otros, aventureros perpetuos, a quienes sonreía entonces la prospe­ridad; pero todos impulsados por el loco afán de marcharse, lo mismo que lo habían sentido antes por llegar y dirigirse al interior. En la pasarela, Scott se despedía de Matt, que se preparaba para volver a tierra. Al estrecharle la mano, sintió que esta se le quedaba como yerta en la suya, mientras el hombre miraba hacia atrás fijamente, sobre un punto deter­minado. Scott se volvió para ver qué era lo que llamaba su atención, y vio sentado sobre las patas traseras, en la cubierta a algunos pasos de distancia, a Colmillo Blanco, que no apar­taba sus ojos de él.
El conductor del trineo juró entre dientes con asombro. Scott se quedó mudo y no hizo más que mirar.
-¿Cerró usted bien la puerta delantera? -preguntó Matt. El otro hizo una seña afirmativa.
-Y tú, ¿cerraste la de atrás? -preguntó a su vez.
-Ya puede usted suponer que sí -fue la respuesta, dada con caluroso apresuramiento.
Colmillo Blanco, con las orejas muy gachas, como pidiendo perdón, continuó en el mismo sitio, sin intentar acercarse a los dos hombres.
-Tendré que llevármelo a tierra -dijo Matt, dando unos pasos hacia el animal, pero este huyó de él. Entonces el hom­bre lo persiguió, y el perro se metió entre las piernas de algunos de los que estaban agrupados sobre cubierta. Con mil hábiles vueltas y revueltas, fue huyendo de su perseguidor, burlando todos sus esfuerzos para apoderarse de él.
Pero en cuanto habló el maestro de amor, Colmillo Blanco se fue directamente y con la mayor obediencia hacia donde él estaba.
-No quiere que le toquen estas manos que le han estado dando la comida tanto tiempo -dijo con resentimiento el conductor del trineo-, pero sí las de usted, que no se la han dado nunca desde los primeros días en que se hicieron amigos. ¡Que el diablo me lleve si entiendo cómo ha logrado saber que el amo es usted!
Scott, que había estado acariciando al animal, se agachó para observar y señalarle al otro unas cortaduras que se no­taban en el hocico del perro y un gran chirlo* entre los ojos. Matt se arrodilló, y le pasó la mano por el vientre.
-En lo que no pensamos poco ni mucho fue en la ven­tana -dijo-. Mírelo, está como si lo hubieran llenado de heridas con un escoplo*. Está claro que se tiró de un brinco contra los cristales y pasó al otro lado como si no los hubiera. Pero Weedon Scott no prestaba ya atención a las palabras de su acompañante, sino que, embebido en sus propios pen­samientos, buscaba una rápida solución. Resonó por última vez el silbido que anunciaba la salida del vapor, y numerosos hombres corrían ya por la pasarela para volver a tierra. Matt se quitó el recio pañuelo que llevaba anudado al cuello con intención de atarlo en el de Colmillo Blanco, pero Scott le cogió la mano para impedírselo.
Adiós, amigo Matt. Del lobo no hay necesidad que me hables en tus cartas. He cambiado de...
-¿Que...? -interrumpió, asombrado, el otro-. Pero ¿quiere usted decir que...?
-Eso mismo. Ahí tienes tu pañuelo; no hace falta. Soy yo quien al escribirte te daré informes de él en las cartas.
Matt se quedó parado en mitad del tablón que conducía a tierra.
-¡No podrá resistir aquel clima! -le gritó a su amo-. ¡A no ser -añadió- que lo esquile en cuanto llegue el calor! Retiraron desde el barco el tablón y el Aurora se apartó de la orilla, mientras Scott se despedía de Matt agitando la mano. Se volvió luego y se inclinó sobre Colmillo Blanco, que estaba en pie a su lado.
-Y ahora gruñe, condenado, gruñe por fin -le dijo, mientras le acariciaba la cabeza y las orejas, que se estremecían de júbilo.


II
En las tierras del sur


Cuando Colmillo Blanco desembarcó en San Francisco de California, se quedó estupefacto. Por instinto es­taba ya profundamente grabada en él la idea de que el poder iba siempre asociado a la divinidad; pero nunca los hombres blancos le habían parecido dioses tan maravillosos como ahora que andaba por las resbaladizas aceras de la ciudad. Las chozas construidas con leñas, que le eran conocidas, habían sido reemplazadas por enormes edificios; las calles estaban llenas de peligros..., carros, enormes carromatos, automóviles, caballos de tiro que le parecían colosales, monstruosos tranvías eléctri­cos y vehículos de todas clases que pasaban silbando, rugiendo, rechinando, con amenazadores gritos, parecidos a los de los linces que él había conocido en los bosques septentrionales.
Detrás de aquellas manifestaciones estaba el inmenso po­derío del hombre, que lo regía, lo regulaba todo, quedando siempre patente su gran dominio de la materia. Era sencilla mente colosal, estupendo. Colmillo Blanco estaba asombrado. Llegó a apoderarse de él el miedo. En sus tiempos de cachorro había sentido su pequeñez y debilidad al llegar por primera vez desde el bosque a la aldea de Castor Gris, y ahora, en pleno vigor y en plena conciencia de su propia fuerza, volvía a sentirse pequeño, insignificante, débil. ¡Y aquellos dioses eran tantos! Su bullicio llegaba a marearlo; aquel tremendo e in­terminable correr de todas las cosas lo ensordecía. Entonces sintió como nunca su dependencia del hombre, su sujeción al maestro de amor, al cual seguía, pisándole los talones, sin perderle de vista un momento, fuera lo que fuese lo que ocu­rriera. Pero aquello para Colmillo Blanco no iba a ser más que una visión pasajera, una especie de pesadilla que luego lo per­seguiría en sus sueños como algo terrible y sin existencia real. De pronto, su amo lo metió en un furgón de equipaje y lo ató con una cadena a una esquina del mismo, entre un mon­tón de baúles y maletas.
Un musculoso dios arrojaba los bártulos a uno y otro lado, los arrastraba desde la puerta para formar los montones, o tiraba después con gran estrépito por la misma puerta para que los recogieran otros dioses que los estaban esperando.
Y en tal sitio, en aquel infierno de equipajes, Colmillo Blanco fue abandonado por su amo, o cuando menos, así lo creyó él, hasta que descubrió por el olfato que junto a él se hallaban también los sacos de lona que pertenecían a su due­ño, y entonces se dedicó a guardarlos celosamente.
Ya deseaba que viniera usted -gruñó el dios que man­daba en el furgón, cuando una hora más tarde Weedon Scott se presentó en la puerta del mismo-. Ese perro de usted no me deja poner ni un dedo sobre su equipaje.
Colmillo Blanco salió del furgón. Estaba vivamente sor­prendido. Aquella ciudad le parecía un aposento más que una casa, y cuando entró allí, la ciudad se extendía a su alrededor. Ahora, durante el intervalo que mediaba entre la entrada y la salida, la ciudad había desaparecido. No sentía ya aquel sordo rugir. Sus oídos estaban tranquilos. Tenían delante el campo, el campo sonriente, chorreando luz, perezoso, en plena quie­tud. Pero poco tiempo le quedó para maravillarse de aquella transformación. La aceptó como aceptaba todos los hechos, todas las inexplicables manifestaciones de los dioses. Así hacían ellos las cosas.
Había un carruaje esperando. Vio cómo un hombre y una mujer se acercaban a su amo. La mujer le echó a Scott los brazos al cuello..., lo que, sin duda, constituía un acto hostil. Un momento después, Scott se desprendió de aquellos brazos y se colocó al lado de Colmillo Blanco, que estaba hecho una furia, gruñendo amenazadoramente.
-No temas, mamá -decía Scott, mientras tenía cogido al animal y trataba de aplacarlo-. Se ha figurado que ibas a hacerme algún daño y no quería permitirlo. Nada, nada, no temas. Pronto comprenderá y se irá acostumbrando.
-¿Y entretanto se me permitirá querer a mi hijo y de­mostrárselo solo cuando no esté delante el perro? -dijo ella riendo para disimular el susto que se reflejaba en la palidez de su rostro. La mujer miró a Colmillo Blanco, que respondió a la mirada gruñendo con maligna intención y los pelos eri­zados.
-Tendrá que aprender cuál es su deber, y ahora mismo voy a enseñárselo, sin más tardanza -replicó Scott.
Le habló con dulzura al perro hasta que lo vio ya aplacado, y entonces, con enérgico tono, le ordenó:
-¡Échate! ¡Échate enseguida! ¡Quieto!
Esta era una de las cosas que le había enseñado su amo, y el perro obedeció, aunque de mala gana y con aspecto som­brío.
Ahora ven, mamá.
Scott abrió los brazos para estrecharla, aunque sin quitarle los ojos de encima a Colmillo Blanco.
-¡Quieto! ¡Échate! ¡Échate!
El animal, con los pelos tiesos aún, pero silencioso, medio incorporado porque su primer impulso fue el de levantarse, se echó de nuevo y se quedó contemplando la repetición de aquel acto, según él, hostil. Pero no vio que le ocasionara ningún daño a su amo, como tampoco el beso que el hombre forastero le dio después a Scott. Entonces el equipaje fue tras­ladado al coche, los dioses forasteros y el maestro de amor se acomodaron en él y partieron. Colmillo Blanco comenzó a tro­tar detrás, con aire vigilante, a uno y otro lado de los caballos, a los cuales parecía advertir, con el expresivo erizamiento de los pelos y con todo su porte, que cuidaran de que no le ocurriera el menor daño a aquel amo suyo que tan suavemente llevaban ellos de un sitio a otro. A los quince minutos, el carruaje traspasaba la entrada de piedra de una cerca, y con­tinuó por un paseo de frondosos nogales cuyas copas se en­trelazaban formando un arco. A cada lado, a lo lejos, se veían extensos prados cuya verde alfombra interrumpían de cuando en cuando enormes robles; pero más cerca, contrastando con el tierno verdor de las bien cuidadas praderas, se destacaban secos henares*, tostados por el sol hasta darles oscuros y do­rados reflejos, mientras que en el fondo del paisaje se divisaban colinas con tierras de pastos en la cumbre. Sobre una suave ondulación del prado se elevaba una casa de anchos y hondos pórticos y de innumerables ventanas.
Colmillo Blanco tuvo poco tiempo para admirar todo esto tranquilamente. Apenas acababa de entrar el carruaje en aque­llos terrenos cuando se vio acometido por un perro de ganado, de ojos vivos y hocico puntiagudo, que por lo visto tenía derecho a mostrarse muy indignado por su presencia en aquel lugar. Su amo fue a interponerse entre los dos, obligándolos a separarse. Colmillo Blanco no gruñó siquiera, como adver­tencia, sino que se preparó para arremeter contra el otro perro en silencio y con mortífera intención. Pero el ataque no llegó a realizarse del todo. A medio embestir, se paró torpe y brus­camente, clavando en el suelo las patas posteriores: tan grande era su repentino deseo de evitar todo contacto con el animal que antes pensaba atacar. Era una perra, y la ley de su raza establecía entre ambos, para tales casos, una barrera infran­queable. Toda transgresión hubiera sido contraria a sus na­turales instintos.
Pero a la perra distaba mucho de ocurrirle lo mismo. Pre­cisamente por ser hembra, carecía de aquel instinto, y por otra parte, por pertenecer a la casta de los que guardan ganado, su miedo instintivo a los animales salvajes, y en especial a los lobos, era vivísimo. Para ella, Colmillo Blanco no era más que un lobo, el acostumbrado merodeador que iba siempre en bus­ca de los rebaños desde los tiempos en que a los corderos se les puso por primera vez como guardianes a alguno de los más remotos antecesores que ella pudiera tener. Por esto, mientras él se contenía para no embestirla y evitar hasta el contacto, la perra se le echaba encima mordiéndolo. Se le escapó un gru­ñido involuntario al sentir la herida; pero, aparte de eso, no hizo más, no demostró deseos de devolver el daño. Retrocedió con las patas muy tiesas dominándose, e intentó hacer un rodeo para pasarle delante. Lo intentó repetidas veces y acu­diendo a todos sus hábiles recursos; pero sin resultado. Siem­pre se la encontraba dispuesta a cerrarle el paso.
¡Collie! ¡Ven aquí! -le gritó el forastero.
-Déjala, papá -dijo riendo Weedon Scott-. Así apren­de el otro. Y como es tanto lo que tiene que aprender, no le hará ningún daño empezar desde ahora. Ya se irá acostum­brando pronto.
El carruaje siguió adelante y Collie continuaba cerrando el paso a Colmillo Blanco. Este trató de adelantar describiendo un gran círculo a través del prado, pero ella describió también otro más corto y volvió a salirle al encuentro, siempre delante de él y enseñándole los afilados y brillantes dientes. Repitió el perro la operación en sentido opuesto y se dirigió a otro prado, pero volvió a ocurrir lo mismo.
El coche se llevaba a su amo. Colmillo Blanco lograba atis­barlo de cuando en cuando, hasta que desaparecía entre los árboles. La situación era desesperada. Trató de describir otro círculo, y ella lo siguió, corriendo a toda velocidad. Y entonces él, parándose de pronto, se le echó encima. Empleó aquella treta que ya era costumbre para él: hombro contra hombro, la empujó con todas sus fuerzas. La perra no solo fue derri­bada, sino que, impulsada por la misma velocidad con que corría, rodó por el suelo. A ratos de espaldas, a ratos de lado, luchaba por detenerse, clavando las uñas en la arena y chi­llando rabiosamente para expresar su herida dignidad, su in­dignación.
Colmillo Blanco no perdió un momento. El camino estaba despejado y eso era lo único que se había propuesto lograr. Corrió, pues, pero detrás de él fue la perra, sin dejar de al­borotar ni un instante. Iban ahora en línea recta y, si aquello se convertía en carrera tendida, Colmillo Blanco era un maestro que podía darle a ella lecciones. La perra corría como una loca, con todo el esfuerzo de que era capaz y que gastaba rabiosamente en cada salto que daba, mientras que el otro parecía deslizarse tan solo suavemente, en silencio, cada vez más lejos, con naturalidad, sin fatiga, como un espectro que resbalaba blandamente por el suelo.
Al rodear la casa para dirigirse a la puerta de la cochera, se encontró con el carruaje; que acababa de pararse y del cual se apeó el amo. En aquel momento, y mientras corría aún a toda velocidad, sintió de pronto que le atacaban por un lado. Era un galgo que se arrojaba sobre él. Colmillo Blanco intentó hacer frente al ataque; pero el mismo impulso que llevaba y el tener demasiado cerca al galgo se lo impidió, recibiendo el golpe en un flanco con tal fuerza y tan inesperadamente que fue arrojado al suelo y por él rodó. Se levantó hecho una furia, con las orejas aplastadas contra el cuello, los labios torcidos y la nariz arrugada. Sus dientes chocaron al cerrarse su boca sin lograr hacer presa en la parte baja y más blanda del cuello del galgo.
El amo acudió corriendo, pero ¡estaba tan lejos...! Y fue nada menos que Collie la que salvó la vida del galgo. Antes de que Colmillo Blanco pudiera darle a este la dentellada que significaría su muerte, y precisamente en el instante de atacar, se presentó Collie, que, rabiosa por haber sido burlada y ven­cida, llegó como un huracán.
Su -dignidad ofendida, su justa ira y el odio instintivo a aquellos salvajes ladrones que procedían de los bosques, la do­minaban. Se arrojó sobre Colmillo Blanco y este rodó de nuevo por el suelo.
Un momento después llegó el amo, que con una mano cogió a su perro dominándolo, mientras el padre de Scott se llevaba de allí a los demás.
-¡Vaya, que para un pobre lobo solitario de la región ártica, la recepción no ha podido ser más calurosa! -dijo
Weedon Scott, mientras aplacaba a Colmillo Blanco acaricián­dolo-. Hasta ahora, en toda su vida, solo una vez habían logrado derribarlo, y en cuanto llega aquí, lo derriban dos veces en el espacio de medio minuto.
El coche se había alejado ya y otros raros dioses salieron de la casa. Algunos se quedaron a respetuosa distancia de Scott; pero dos, que eran mujeres, perpetraron de nuevo aquel acto hostil de echarle los brazos al cuello para estrecharlo en ellos. De todos modos, el perro comenzaba ya a tolerar aquello porque a su dueño no le hacía ningún daño, y los ruidos que en semejante ocasión producían los dioses nada tenían de ame­nazadores. También parecía que querían acercarse a él; pero con un gruñido los mantuvo a distancia, y las palabras de advertencia que les dirigió su amo acabaron de convencerlos. Entonces el animal se recostó contra las piernas de Scott y este le dio suaves golpecitos en la cabeza.
Bajo la orden de: «¡Dick, échate!», el galgo había ido a echarse junto a uno de los pórticos que se elevaban sobre la escalinata de la casa; pero aún gruñía y no dejaba de vigilar malhumorado al intruso. A Collie la había tomado por su cuenta una de aquellas mujeres. La tenía abrazada por el cuello y la acariciaba sin cesar; pero Collie no acababa de entender aquello y gimoteaba inquieta, tomando como un insulto la presencia de aquel lobo, cosa que no podía atribuir más que a una equivocación de sus amos.
Después, todos los dioses se dirigieron a la escalera para entrar en la casa. Colmillo Blanco los siguió, pegado material­mente a su dueño y señor. Dick le gruñó desde el pórtico, y él correspondió del mismo modo desde los escalones.
-Llevaos dentro a Collie y dejad que los otros dos salden cuentas a su gusto. Después se harán amigos.
-Entonces será preciso que, para demostrar su amistad, Colmillo Blanco presida el entierro de Dick -dijo riendo Wee­don Scott.
El otro Scott, el padre, miró con aire incrédulo primero al perro forastero y luego al suyo, y por fin a su hijo.
-¿Quieres decir con eso...?
-Sí, eso mismo..., que puedes dar por muerto a Dick dentro de un minuto... o a lo sumo dentro de dos. Entonces el joven se volvió hacia Colmillo Blanco y le dijo: -Ven, lobo, vente conmigo. Eres tú el que tendrás que quedarte dentro de la casa.
Con las patas muy tiesas y la cola en alto, el animal fue subiendo la escalera y cruzó el pórtico, sin apartar sus ojos de Dick para estar prevenido contra cualquier ataque, y preparado también para no dejarse asustar por nada de lo que hubiera dentro de la casa. Pero no le ocurrió nada que le pareciera pavoroso, a pesar de estarlo observando y escudriñando todo. Entonces se tendió con un gruñido de satisfacción a los pies de su amo. Sin embargo, continuó alerta, dispuesto a saltar contra cualquiera de las terribles trampas que allí debían de esconderse. Si era preciso, arriesgaría su vida en la defensa.


III
Las posesiones del dios


La naturaleza de Colmillo Blanco lo predisponía a adaptarse a todo, pero además, al estar acostum­brado a los cambios de residencia, comprendía la importancia y necesidad de la adaptación. Allí en Sierra Vista, que era el nombre de la posesión del juez Scott, pronto empezó a sen­tirse como en su propia casa. No tuvo ya que volver a pelearse seriamente con los otros perros. Estos sabían mucho más que él acerca de los usos y costumbres de los dioses en aquellas tierras del sur, y a sus ojos, el intruso adquirió extraordinaria importancia al ver que acompañaba a los amos en el interior de la casa. Por más lobo que fuera, y aunque el caso fuera una excepción, los dioses acababan de autorizar su presencia allí, y a los perros no les tocaba más que aprobar lo hecho por los dueños.
Dick se resistió algo al principio; pero hubiera acabado por ser excelente amigo de Colmillo Blanco si este no hubiera sido siempre tan opuesto a hacer amigos. Lo único que él les pedía a los otros perros era que lo dejaran tranquilo, que no se metieran con él. Toda su vida había sido un solitario, y esto era lo que deseaba seguir siendo. Los avances de Dick para él eran una molestia, y pronto procuró mantenerlo a distancia. En el norte había aprendido que los perros del amo debían ser respetados, y no olvidó ahora la lección que le enseñaron; pero una cosa era esto y otra que él perdiera la libertad de vivir encerrado en sí mismo. Y así hizo caso omiso de Dick hasta que el pobre animal, que no tenía mal fondo, acabó por mirarlo con la misma indiferencia con que miraría una de las estacas clavadas en la pared del establo.
No ocurría lo mismo con Collie. Esta lo aceptaba porque así lo mandaban los dioses; pero no le parecía que fuera ello razón suficiente para dejarlo en paz. Todos los crímenes cometidos por los de la casta de Colmillo Blanco clamaban ven­ganza, y ni en un día ni en toda una generación podían ol­vidarse las innumerables víctimas que siempre habían causado a los rebaños. Aguijoneada por la antipatía que sentía por el intruso, ya que no podía atacarlo directamente, delante de los dioses, se dedicaba a hacerle la vida desagradable por todos los medios que estaban a su alcance. Entre ambos existía una antigua, hereditaria rivalidad, y ya se encargaba ella de recor­dársela continuamente.
Aprovechándose, pues, de los privilegios de su sexo, la perra no perdía ocasión de molestarlo e, incluso, de maltra­tarlo. Por un lado, el instinto le impedía devolver los ataques; pero, por otro, la insistencia de estos era tal que resultaba imposible no hacerle el menor caso. Cuando Collie arremetía contra él, le volvía generalmente la espalda, que su abundante pelaje protegía contra los dientes de su enemiga, y se alejaba muy tieso y majestuoso; pero cuando los ataques arreciaban demasiado, no tenía más remedio que apartarse describiendo círculos, en los que solo le presentaba un lado del pecho, mientras mantenía la cabeza vuelta hacia el otro lado, mos­trando en la cara y en los ojos una expresión que indicaba que su paciencia tenía un límite. Alguna vez, sin embargo, un mordisco dirigido a sus cuartos traseros le hacía acelerar el paso de un modo que carecía en absoluto de majestad; pero por lo general lograba conservar su aire digno, casi solemne. Procuraba demostrar que, para él, era como si la perra no existiera, apartándose de donde ella estaba. En cuanto la veía o la oía venir, se levantaba y se marchaba.
Eran muchas las cosas que Colmillo Blanco tenía que aprender. La vida en las tierras del norte resultaba de una sencillez extrema, comparada con las complicaciones de Sierra Vista. En primer lugar, tuvo que enterarse de todo lo relativo a la familia de su amo. En cierto modo contaba para ello con precedentes que le facilitaban el trabajo. Así como Mit-sah y Kloo-kooch pertenecían a Castor Gris y partían con él la co­mida, la lumbre y las mantas, también en Sierra Vista todos los moradores de la casa pertenecían a su maestro de amor.
Pero había varias diferencias. Sierra Vista resultaba muy superior a la choza de Castor Gris. Las personas que aquí vivían eran muchas: el juez Scott y su mujer; dos hermanas del dueño, llamadas Beth y Mary; la esposa del mismo, Alicia, y los dos hijos del matrimonio, Weedon y Maud, chiquillos de cuatro y seis años, respectivamente. Así no había modo de que alguien le explicara a él quiénes eran tales personas y los lazos de familia que las unían. Sin embargo, se formó la idea de que todos ellos pertenecían a su amo. Luego, por mil de­talles: el estudio de sus actos, palabras y hasta entonaciones de voz, fue aprendiendo lentamente los grados de intimidad y de cariño que los unían a todos con su amo, y de acuerdo con esta especie de escala que él adivinó, los trató de una manera o de otra. Lo que su dueño y señor apreciaba, lo apreciaba él también; lo que él quería, lo quería el perro, que se convirtió en su celoso guardián.
Siempre le habían sido antipáticos los chiquillos: los odia­ba, y sus manos le inspiraban miedo. Frescos estaban aún en su memoria los recuerdos de las tiranías y crueldades que de ellos tuvo que sufrir en las aldeas indias. Cuando Weedon y Maud se le acercaron por primera vez, les gruñó, en son de advertencia, y los miró con maligna expresión. Un coscorrón que recibió de su amo al mismo tiempo que le reñía enérgi­camente, le obligó a permitir que lo acariciaran, aunque siguió gruñendo a media voz durante el rato que sintió encima sus manos. Después observó que su amo parecía quererlos mucho, tanto al niño como a la niña. Con esto bastó, y no hubo ya necesidad de golpes ni de regaños para que se dejara tocar y acariciar por ellos.
Sin embargo, nunca se mostró muy efusivo en sus afectos. Toleró honradamente que los niños de su amo hicieran de él lo que quisieran; pero sometiéndose a ello como se somete uno por necesidad a una dolorosa operación. Cuando ya no podía resistirlo más, se levantaba de donde estuviera echado y se marchaba con aire firme y decidido. Pero hasta esto fue cambiando con el tiempo, y al fin acabaron por gustarle los chiquillos, aunque se mantuviera en su reserva. No corría a su encuentro, ni se marchaba al verlos: sencillamente, los es­peraba cuando hacia él se dirigían. Y mucho más tarde pudo notarse también que sus ojos se iluminaban de júbilo al verlos acercarse, y que los buscaba con la mirada, con curiosa ex­presión de tristeza, al ver que lo abandonaban para ir a jugar.
Todo fue solo cuestión de tiempo. Después de los niños, quien le merecía mayor consideración a Colmillo Blanco era el juez Scott. Dos razones tenía probablemente para ello: la primera, que resultaba evidente el alto aprecio con que su amo lo trataba, y la segunda, que el hombre era poco comunica­tivo, sobrio en la expresión de sus afectos. Al animal le gustaba echarse a sus pies, en el amplio pórtico, cuando él leía el periódico, dirigiéndole de cuando en cuando una mirada o alguna palabra, pruebas poco molestas de que se fijaba en él, de que reconocía su existencia y veía con gusto su presencia allí. Pero solo ocurría mientras el verdadero amo del perro no andaba por aquellos lugares. En cuanto el dueño aparecía, para Colmillo Blanco dejaban de existir todos los demás seres.
El animal permitía a los individuos de la familia que lo acariciaran y mimasen; pero nunca tuvo para ellos lo que re­servaba únicamente para su amo: aquel ronquido especial con que recibía sus caricias y aquel modo de apretarse acurrucado contra él, con expresión de total abandono y sumisión, de absoluta confianza. La verdad era que para Colmillo Blanco los distintos miembros de la familia eran solo posesiones de su maestro de amor.
También entre aquella familia y los criados de la casa él había establecido desde el principio ciertas diferencias. Los úl­timos le tenían miedo, y lo único que hacía era limitarse a no atacarlos, y esto porque reconocía que formaban igualmen­te parte de las posesiones de su amo. Entre Colmillo Blanco y los sirvientes de la casa no existía más que una especie de neutralidad. Ellos cocinaban para el amo, lavaban los platos y se dedicaban a otros menesteres semejantes, como le había visto hacer a Matt en el Klondike.
Fuera de la casa, aún había más que aprender que en su interior. Las posesiones de su amo eran vastas y complejas, pero tenían sus lindes y barreras. El terreno acababa donde empezaba la carretera pública. Al otro lado estaban las calles y los paseos, y aun dentro de ciertos espacios acotados existían pertenencias de otros dueños. Innumerables leyes regían aquel conjunto y determinaban la conducta que se debía seguir, aun­que, como él ignoraba el lenguaje de aquellos dioses, solo por la experiencia podía ir aprendiendo cuanto necesitaba. Lo que hacía, pues, era dejarse llevar por sus propios impulsos, hasta que se encontraba con que estaban en pugna con la ley. A las pocas veces de ocurrirle lo mismo, ya había comprendido en qué consistía la ley, y en lo sucesivo procuraba observarla.
Pero su más poderoso medio educativo era el puño de su amo o el tono de censura que adoptaba su voz. Precisamente por el amor que le tenía, un simple coscorrón que provenía de él le dolía más que las mayores palizas que había recibido de Castor Gris o de Smith. Aquellas solo afectaban a su cuer­po, mientras que su espíritu continuaba indomable, esplén­didamente independiente. El coscorrón de su amo actual re­sultaba ligero para dolerle físicamente; sin embargo, ahondaba más, pues llegaba a entristecerle el espíritu al ser la clara ma­nifestación de que desaprobaba su conducta. Sin embargo, Scott necesitaba llegar a esto raras veces. Le bastaba con un grito, un regaño. Por él comprendía Colmillo Blanco lo que debía hacer o evitar, y esta era la norma de todos sus actos.
En las tierras del norte, el único animal domesticado que tenían los hombres era el perro. Los demás vivían en los bos­ques, en estado salvaje, y cuando no resultaban demasiado formidables para luchar con ellos, se consideraban como le­gítima presa de los perros. Colmillo Blanco los había cazado durante toda su vida para procurarse carne, y no le entraba en la cabeza que fuera tan distinto en las tierras del sur. Pero de ello tuvo que convencerse muy pronto en su nueva resi­dencia del valle de Santa Clara*. Vagando por los alrededores de la casa en las primeras horas de cierta mañana, tropezó con una gallina que se había escapado del corral. Su natural im­pulso fue comérsela. Un par de saltos, una dentellada, el ronco alarido de la víctima, y esta se hallaba entre sus fauces. La encontró tan rica, tan gorda y tierna, que se relamió ante tan exquisito bocado.
Algunas horas más tarde tropezó con otra que andaba per­dida cerca de los establos. Uno de los mozos de caballos acu­dió corriendo para protegerla, y como no sabía con quién tenía que habérselas, no llevaba consigo más arma contunden­te que el ligero látigo del calesín*. Al primer trallazo que re­cibió, Colmillo Blanco abandonó la gallina para arrojarse contra el hombre. Tal vez un buen garrote hubiera logrado domi­narlo, pero no aquello. En silencio, de un salto y sin hacer el menor caso del segundo latigazo, arremetió contra el cuello del intruso, que retrocedió gritando, tiró el látigo y apenas tuvo tiempo de parar el golpe con los brazos. La consecuencia fue tan tremendo desgarro en uno de ellos, que dejaba el hueso al descubierto.
El hombre se quedó paralizado de dolor y de espanto. Lo que más le atemorizó y le imposibilitó para la defensa fue aquel modo de atacar en silencio. Protegiéndose aún el cuello y la cara con los brazos, a pesar de la herida, trató de irse retirando hacia el granero; pero mal lo hubiera pasado si en­tonces no hubiera aparecido en escena Collie, que ya le había salvado la vida a Dick y ahora se la salvó al criado. Hecha una fiera, se arrojó contra Colmillo Blanco. Había acertado en sus sospechas, que de sobra quedaban ahora justificadas, de­mostrando el grave error cometido por los dioses: ya había aparecido ahora el lobo merodeador y asesino que acaba de cometer otro de sus crímenes.
El hombre huyó hacia el interior de los establos, y Col­millo Blanco retrocedió ante los dientes de Collie, presentán­dole solo un hombro o describiendo círculos y más círculos. Pero Collie no cejaba en su empeño de castigar duramente a su enemigo. Cada vez más excitada, lo persiguió de tal modo que, al fin, lo obligó a prescindir de toda dignidad y a decla­rarse en franca huida a través de los campos.
Así aprenderá a no meterse con las gallinas -dijo el amo al enterarse de todo-. Pero no puedo castigarlo, para que le sirva de lección, hasta que lo coja en el momento de repetir la falta.
Y la oportunidad llegó dos noches después, en escala mu­cho mayor de lo que podía suponer el amo. Colmillo Blanco había observado atentamente los lugares en que se criaban las aves de corral y las costumbres de estas. Una noche, cuando las aves estaban encaramadas ya para dormir, el animal trepó por un gran montón de leña que los criados acababan de dejar cerca. Desde allí saltó al techo de uno de los gallineros, pasó al otro lado del caballete y se dejó caer dentro del corral. Un momento después comenzaba una descomunal matanza en el gallinero.
A la mañana siguiente, cuando el amo apareció en el pór­tico de la casa, cincuenta gallinas, ejemplares escogidos de las mejores razas italianas, yacían puestas en fila por el mismo criado de antes. Scott silbó ligeramente al verlo. El tono fue primero de sorpresa, luego de admiración. Su mirada tropezó con Colmillo Blanco, pero no había en él ni la menor señal de que se hallara avergonzado o temeroso. Al contrario: pa­recía orgulloso de su hazaña, como si hubiera realizado algo meritorio. No tenía ni la menor idea de haber cometido una falta. El amo apretó los labios al considerar lo difícil y desa­gradable del caso, y comenzó a hablar con dureza al incons­ciente culpable, sin que en su voz se notara más que el divino enojo del que se hallaba poseído. Al mismo tiempo, restregó el hocico del animal contra las gallinas muertas y lo golpeó seria y concienzudamente.
Colmillo Blanco no volvió a entrar a saco en ningún ga­llinero. La ley lo prohibía y a costa suya había tenido que aprenderlo. Para completar la lección, el amo lo llevó a los corrales. El primer impulso del perro, al ver vivas a las aves, fue el echárseles encima; pero la voz del amo lo detuvo. La operación se repitió varias veces durante media hora, y así fue como comprendió que, cuando las viera, debía hacer caso omiso de ellas, como si no existieran.
-Perro que se acostumbra a matar gallinas, perro perdido: no hay quien le cure el vicio -dijo sentenciosamente el juez Scott, mientras su hijo le contaba, a la hora del almuerzo, la lección que le había dado a Colmillo Blanco-. Una vez han probado la sangre fresca... -continuó. Y sin completar la fra­se, movió la cabeza con aire de desconfianza.
Pero Weedon Scott disentía totalmente.
-¿Sabes lo que vamos a hacer para que te convenzas de que estás equivocado? -le dijo a su padre con aire de cariñoso reto-. Pues voy a encerrar al perro en el gallinero toda la tarde.
-¡Pero hombre, piensa en las pobres gallinas! -objetó el juez.
-Y aún añadiré más -continuó su hijo-: por cada ga­llina que mate, te pagaré un dólar en moneda de oro antigua.
-Pero papá también deberá hacer algo en caso de que pierda -dijo Beth interviniendo.
Su hermana apoyó la idea, que aprobaron a coro alegre­mente cuantos se sentaban a la mesa. El juez Scott asintió, y después de pensarlo un rato, propuso a su hijo:
-Pues bien: si antes de llegar la noche, Colmillo Blanco no ha producido el menor daño a ninguna de las aves de los corrales, por cada diez minutos que haya pasado el animal encerrado allí, quedaré obligado a decir grave y sentenciosa­mente, ni mas ni menos que si estuviera ejerciendo de juez en el tribunal: «Colmillo Blanco, eres mucho más listo de lo que yo creía».
Los distintos miembros de la familia se escondieron para contemplar la escena, deseosos de ver lo que ocurría. Pero se llevaron un chasco. El perro fue encerrado con las gallinas; y en cuanto su amo lo dejó solo, se echó y se quedó dormido, levantándose únicamente una vez para buscar agua con la que calmar su sed. En cuanto a las gallinas, para él como si no existieran. A eso de las cuatro de la tarde, cansado de estar allí, saltó al techo del gallinero, de una carrera y un gran brinco, y desde allí al suelo, fuera del lugar cercado, y se dirigió con grave paso hacia la casa. Ya había aprendido a respetar la nueva ley, nueva al menos para él. Y en el pórtico, ante toda la familia reunida y muy regocijada, el juez Scott dijo dieciséis veces seguidas:
-Colmillo Blanco, eres mucho más listo de lo que yo creía.
Pero eran tantas las leyes nuevas que debía aprender, que el pobre perro a veces se veía perdido. Tampoco podía tocar a las gallinas que pertenecían a otros dioses distintos de aquellos, y no solo esto, sino ni siquiera a los gatos, conejos y pavos.
Después de todo, lo más sencillo hubiera sido decir que no podía tocar ni a un solo ser viviente. Hasta en los mismos pastizales* podía revolotear frente a su hocico una codorniz sin que él se atreviera a causarle el menor daño, aunque tem­blara de deseos de comérsela. Así lo querían los dioses, sin duda, y él cumplía.
A todo esto, un día, en aquellos mismos terrenos situados cerca de la parte posterior de la casa, vio a Dick corriendo detrás de una liebre. El propio dueño lo estaba mirando y no intervino para prohibírselo, sino que, al contrario, hasta azuzó a Colmillo Blanco para que lo imitara. Así aprendió que las liebres sí que podían cazarse. Al fin acabó de comprender la esencia de la ley. Entre él y todos los animales domésticos no podían existir hostilidades. Si no era posible que hubiera una amistad completa, por lo menos debían conservar una pru­dente neutralidad. Pero los demás animales, como las ardillas, las codornices, los conejos silvestres y las liebres, formaban parte de la vida salvaje, no habían prestado obediencia nunca al hombre, y eran legítima presa para cualquier perro. Los que los hombres protegían eran los otros, los domésticos, que na­die podía matar más que ellos. Se reservaban celosamente el derecho de vida y muerte sobre sus vasallos.
La vida resultaba muy complicada en el valle de Santa Clara, comparada con la sencillez de la de los países del norte. Y lo principal que la nueva vida exigía era un gran dominio de sí mismo, el saberse contener..., equilibrio que tenía toda la suavidad del más delicado plumón y la dureza y rigidez del acero, al mismo tiempo. Ofrecía aquella vida mil facetas dis­tintas, y a todas ellas debía acomodarse Colmillo Blanco; como cuando iba a la ciudad, a San José, y corría detrás del carruaje o vagaba perezosamente por las calles, matando el tiempo mientras el coche se había parado. Aquel vivir era una honda y variada corriente que actuaba constantemente sobre sus sen­tidos, exigiéndole la instantánea adaptación a lo inesperado y, desde luego, la supresión de todos sus naturales impulsos.
Veía, por ejemplo, carnicerías llenas de carne colgada que le hubiera sido muy fácil alcanzar. No debía tocarla. En las casas que visitaba el amo tenían gatos, que tampoco podía tocar. Y por todas partes se veían perros, que aunque le gru­ñeran debía respetar. Luego, en las aceras, donde pasaba la gente muy apiñada, había infinidad de personas a quienes él llamaba la atención y que se paraban a mirarlo, señalándolo con el dedo, examinándolo y, lo que era peor, atreviéndose a acariciarlo. Tenía que soportarlo todo, hasta aquellos peligro­sos contactos de manos desconocidas. No solo aprendió a ha­cerlo, sino que también llegó a perder su aire torpe y reser­vado, y ya que la gente se mostraba con él condescendiente, les correspondía con parecida y altiva condescendencia. Por otra parte, algo había en su aspecto que no convidaba a gran­des familiaridades. Unos suaves golpecitos en la cabeza y nada más: después, todos pasaban de largo, satisfechos de su propio atrevimiento.
Pero no todo eran facilidades para él. Al correr detrás del carruaje, en las afueras de San José, se encontraba a lo mejor con pilluelos que solían recibirlo a pedradas, y sabía perfec­tamente que no podía devolver el ataque persiguiéndolos. Se veía obligado a violentar su natural instinto de conservación y así lo hacía, porque gradualmente se volvía manso, se iba dejando domar y haciéndose apto para la civilización.
Sin embargo, no le satisfacía mucho todo esto. Aunque careciendo de ideas abstractas acerca de lo justo y de lo in­justo, aquel mismo sentido de equidad que es propio de la vida le hacía sentir más o menos vagamente la injusticia de que no le permitieran defenderse de los que lo apedreaban. Se olvidaba de que en aquella especie de contrato que existía entre los dioses y él, estos estaban obligados a cuidarlo y de­fenderlo. Así, cuando un día el amo saltó del carruaje y la emprendió a latigazos con los pilluelos y ya no se repitió más la pedrea, comprendió lo que aquello significaba, y entonces quedó satisfecho.
Le ocurrió otro caso parecido. Junto a una posada del camino que conducía a la ciudad, vagaban siempre tres perros, que solían salirle al encuentro furiosamente cada vez que pa­saba. Sabiendo que para Colmillo Blanco las luchas eran a muerte, su amo no cesaba de enseñarle a no reñir con otros perros, y el animal había aprendido tan bien la lección, que aquel ataque, tantas veces repetido, lo ponía en violentísima situación. Después de la primera arremetida, los tres perros siempre eran mantenidos a distancia por los amenazadores gruñidos del atacado; pero rápidamente lo seguían detrás del carruaje, ladrando y buscándole pendencia. Tuvo que sufrir esto durante algún tiempo, con no poco regocijo de los hom­bres de la posada. Llegó un día en que los perros le azuzaron abiertamente. Entonces el amo paró el carruaje.
-¡A ellos! -le gritó a Colmillo Blanco.
Pero este parecía no dar crédito a lo que oía. Miró a su amo primero y luego a los perros. Y nuevamente dirigió una mirada interrogativa a su amo.
Su dueño movió la cabeza afirmativamente y añadió:
-Sí, hombre, sí..., ¡a ellos! Anda..., cómetelos.
El animal no dudó ya ni un momento. Se volvió rápida­mente, y de un salto se plantó en medio de sus enemigos. Los tres le hicieron frente. Se alzó una tempestad de ladridos y de furiosos gruñidos, en medio de la cual chasqueaban con­tinuamente los dientes y se veían rodar los cuerpos confun­didos. Pronto la polvareda que se armó en la carretera formó una nube que velaba a los combatientes; pero al cabo de al­gunos minutos, dos de los perros mordían el polvo y el tercero se declaraba en franca huida, saltando una zanja, atravesando una cerca y metiéndose luego a todo correr por un campo. Colmillo Blanco lo siguió, deslizándose sobre el suelo con la suavidad y la increíble rapidez de los lobos, silencioso, firme, decidido, y en el centro de aquel mismo campo derribó al perro, lo arrastró y lo dejó sin vida.
Con la muerte de los tres se acabaron para Colmillo Blanco las molestias que los demás pudieran ocasionarle. Corrió la voz de lo ocurrido por todo el país y desde entonces tuvieron los hombres buen cuidado de que sus respectivos perros de­jaran tranquilo al lobo de pelea, como lo llamaban.


IV
La voz de la raza


Transcurrieron los meses. Abundaba la comida en las tierras del sur y el trabajo era escaso, con lo que Colmillo Blanco engordaba y la vida le parecía próspera y agradable. Aquello no solo era el sur geográficamente hablan­do, sino la vida meridional con todo lo que ella trae consigo. La amabilidad de aquella gente era como un sol que lo con­fortaba con su suave calor, y a su influjo se sentía como una flor plantada en rica tierra. Y sin embargo, continuó siendo diferente a los demás perros. Mejor que ellos, que nunca co­nocieron otra clase de vida distinta de aquella, había aprendido lo que consideraba ser la ley del país, y la observaba con más rigurosa exactitud aún; pero todavía le quedaban vestigios de cierta oculta ferocidad, como si la vida salvaje se prolongara en su interior y el lobo no estuviera en él mas que dormido. No era en sus relaciones con los otros perros como un camarada más. Había vivido siempre solo con respecto a los de su raza, y solitario seguiría viviendo. Ya desde cachorro, por culpa de la persecución de Lip-Lip y sus compañeros, y después en las luchas a las que lo había obligado Smith, adqui­rió una aversión invencible hacia los perros. El curso natural de su vida se había desviado, y apartándose de los de su raza, se acercó a los hombres.
Por otra parte, no había un perro entre los de aquellas tierras que no lo mirara con recelo. Despertaba en ellos su instintivo miedo de todo lo que constituía la vida salvaje, y siempre lo recibían con gruñidos o ladrándole y manifestán­dole su constante enemistad de beligerantes. Él, por otra parte, aprendió que ni siquiera era necesario que hiciese uso de los dientes para habérselas con ellos. Resultaba de parecida eficacia mostrárselos encogiendo los labios, pues raro era que esta sola amenaza no bastara para detenerlos en plena arremetida y obli­garlos a quedarse sentados sobre las patas traseras.
Pero había un tormento que le agriaba la vida a Colmillo Blanco: era Collie. No lo dejaba en paz ni un momento. Ella no se acomodaba a las prescripciones de la ley con tanta facilidad como él. No valían los constantes esfuerzos del amo para que ambos se reconciliaran. Ante él mismo se gruñían áspera y nerviosamente. La perra nunca le perdonó el inci­dente que dio por resultado la matanza de gallinas, persistien­do en creer que su intención no podía ser peor, que debía ser castigado, y a tal creencia se ajustaban sus actos. Así llegó a ser para él una verdadera calamidad. Lo perseguía como un policía por las dependencias de la casa y hasta en los campos. Bastaba con que el pobre se atreviera a mirar curiosamente a un palomo o una gallina, para que armara ella un alboroto con sus indignados y rabiosos ladridos. El procedimiento que mejores resultados le dio al perseguido, ante tamaña insisten­cia, fue el hacer caso omiso de la perra, echarse con la cabeza entre las patas delanteras y fingirse dormido. Esto la dejaba tan perpleja que se callaba muy pronto.
A excepción de las dificultades con Collie, todo lo demás iba perfectamente para Colmillo Blanco. Sabía dominarse, ha­bía conseguido cierto sereno equilibrio en sus actos y conocía a fondo los mandatos de la ley. Se hizo grave, sosegado y filosóficamente tolerante. No vivía ya en un medio hostil en el que lo amenazaban constantemente los peligros, la perspec­tiva de algún daño o de la muerte. Con el tiempo, lo des­conocido, aquel fantasma terrorífico que anunciaba males in­minentes, se había desvanecido. La vida era ahora cómoda. Se deslizaba suavemente, sin tropezar con escollos.
Una cosa echaba de menos, sin darse cuenta de ello: la nieve. De haber sido capaz de formular sus ideas, hubiera dicho de aquel clima que era un verano que se prolongaba más de lo debido; pero lo único que en realidad le faltaba a él allí, de un modo vago, inconsciente, era la nieve. Durante el calor del verano, cuando el sol llegaba a molestarlo, sentía cierta vaga nostalgia, cierto anhelo, de las tierras del norte. No le producía esto, sin embargo, otro efecto que el ponerlo in­quieto, agitado, sin saber lo que le pasaba.
Colmillo Blanco nunca había sido muy comunicativo. Aparte de su costumbre de arrimarse al amo, apretándose con­tra su cuerpo, o de poner una nota especial y culminante en un gruñido, no tenía otro modo de expresar su cariño. Siem­pre le había impresionado grandemente la risa de los hombres, que lo enloquecía, lo sacaba de tino de puro encolerizado; pero cuando el que se reía de él era su amo, que lo hacía bondadosamente, sin mala intención, solo como un juego, en­tonces él no era capaz de enojarse, sino que se quedaba des­concertado, confundido. Por un lado sentía el aguijón de la rabia, que también conocía; pero por otro sentía amor.
Era un resentimiento que luchaba con el anterior a brazo partido y refrenaba su ira. Pero algo tenía que hacer él. Al principio optó por mantenerse muy digno y serio, y el amo se reía aún más entonces. Exageró su seriedad, y el otro exa­geró la risa hasta un punto que daba ya al traste con todo esfuerzo para mantener la gravedad. Entonces se separaron un tanto sus quijadas, se le encogieron un poco los labios, y una expresión burlona, que tenía más de cariñosa que de regoci­jada, apareció en sus ojos. El animal acababa de aprender a sonreír.
De parecido modo aprendió también a juguetear con su dueño, a dejar que este lo derribara y lo hiciera rodar por el suelo, convirtiéndolo después en víctima de innumerables bromas. En justa correspondencia, él se fingía entonces presa de una cólera terrible. Gruñía y, con los pelos erizados, lanzaba al aire dentelladas que parecían manifestar la más maligna in­tención. Pero de ahí no pasó nunca, no olvidando ni por un momento con quién fingía pelearse. Al fin, cuando más arre­ciaban los golpes, los simulados mordiscos y los gruñidos, amo y perro se separaban de pronto y se quedaban mirando si­mulando estar indignados y furiosos. Y entonces, repentina­mente también, como si surgiera el sol sobre un mar tempes­tuoso, comenzaba la risa de ambos. Al final, el amo le lanzaba los brazos al cuello a Colmillo Blanco, mientras este entonaba con sus especiales gruñidos lo que para él era un canto de amor, lo que constituía la felicidad de la nueva era de su vida.
Lo que el amo hacía no se atrevió nunca a realizarlo nadie más. Colmillo Blanco no se lo hubiera permitido. Si lo inten­taba alguien, él se quedaba muy digno y reservado, y su gruñido amenazador era claro anuncio de que la cosa iría esta vez de veras. Que él le permitiera a su dueño tales libertades no significaba que estuviera dispuesto a convertirse en un perro vulgar que ponía instintivamente su cariño en todos, o que iba a convertirse en una propiedad común para que con él jugaran y bromeasen. En su corazón no cabían tantos, sino solo uno, y se negaba en redondo a tal rebajamiento de su dignidad o de su amor.
Su amo solía dar grandes paseos a caballo, y acompañarlo era uno de los principales deberes de su nueva vida. En las tierras del norte le había rendido vasallaje siendo el guión de su trineo; pero en las del sur, ni los trineos existían, ni era costumbre que los perros sirvieran para el transporte de mer­cancías. No le quedaba, pues, otro medio de mostrar su ab­soluta sumisión que adaptarse a las nuevas costumbres y correr en compañía del caballo del amo. Resultaba incansable en esta tarea. Su marcha, como la de un lobo, era suave, sin esfuerzo ni fatiga, y después de recorrer ochenta kilómetros, era capaz de adelantar gallardamente al mismo caballo.
Guarda relación con estas excursiones el modo en que practicó Colmillo Blanco otra nueva forma de expresión, digna de anotarse aquí porque solo la usó en tal sentido dos veces en su vida. La primera fue cuando el amo trataba de enseñarle a un brioso potro de pura sangre cómo había que abrir y volver a cerrar las puertas del cercado, sin que para esto tuviera él que desmontarse. Innumerables veces había acercado al ca­ballo a la puerta, esforzándose en obligarlo a cerrarla, y el animal se asustaba cada vez, reculaba y luego salía de estam­pida. Por momentos iba aumentando su excitación y azora­miento. Al retroceder, el amo le hundía las espuelas, forzán­dolo a bajar al suelo las levantadas manos; pero entonces comenzaba a cocear furiosamente. Colmillo Blanco lo contem­plaba con creciente ansiedad, hasta que, no pudiendo ya con­tenerse más, saltó frente al potro, se encaró con él y le ladró con aire amenazador.
Aunque intentó ladrar otras veces y su dueño siempre lo alentaba a ello, no lo logró más que en una ocasión, y aun entonces no estaba presente el amo. Una carrera a través de uno de los pastizales; una liebre que salta de pronto bajo las mismas patas del caballo; la violenta parada en seco de este, arrojando al jinete por las orejas y ocasionándole la rotura de una pierna, fueron la causa de que volviera a oírse aquel la­drido excepcional. Al ver a su amo en el suelo, Colmillo Blanco saltó como una fiera al cuello del potro; pero le apartó de allí la enérgica voz del amo.
-¡A casa! ¡Vete a casa! -le gritó cerciorado de la grave­dad del daño sufrido.
El perro no tenía las menores ganas de dejarle allí aban­donado. Scott pensó escribir algunas palabras en un papel y mandarlas; pero no encontró ni papel ni lápiz en ninguno de sus bolsillos. De nuevo le repitió la orden al animal.
Este le miró fijamente, pensativo, y partió; pero para vol­ver enseguida, gimoteando suavemente. El amo le habló con cariño, aunque seria y firmemente; él enderezó las orejas y le escuchó con dolorosa y sostenida atención.
-Sí, sí, tienes que ir a casa... enseguida. Anda... a casa... y diles lo que me ha ocurrido. Tienes que ir, lobo, lobo mío..., no hay más remedio... Anda de una vez..., ¡a casa!
Conocía Colmillo Blanco aquella palabra, «casa», tantas ve­ces repetida, y aunque no entendiera lo demás que pronunció el amo, comprendió perfectamente cuál era su voluntad. Se vol­vió, pues, y, aunque de mala gana, se dirigió al trote hacia donde lo mandaban. Pero de pronto se paró indeciso mirando hacia atrás.
-¡A casa! -volvió a ordenarle con dureza Scott, y esta vez sí que obedeció sin más dudas.
La familia estaba en el pórtico, tomando el fresco de la tarde, cuando llegó Colmillo Blanco jadeante y cubierto de polvo.
-Weedon ya está de vuelta -dijo la madre de Scott. Los niños recibieron al perro con gritos de alegría y co­rrieron a su encuentro. Él los evitó y se metió bajo el pórtico; pero lo acorralaron allí entre una mecedora y la barandilla. El animal gruñó y trató de abrirse paso. La madre de los niños miró hacia el grupo, temerosa.
-La verdad es que me pone nerviosa cada vez que lo veo así entre ellos -confesó-; y siempre estoy temiendo que se les eche encima algún día, cuando menos lo pensemos.
Colmillo Blanco gruñó furiosamente y saltó desde el rincón en que lo tenían cercado, derribando con el salto al niño y a la niña, a quienes llamó enseguida su madre, acariciándolos y ordenándoles que dejaran tranquilo al animal.
A un lobo hay que tratarlo siempre como lo que es -observó sentenciosamente el juez Scott-. No es de fiar. -Pero si este sólo es un lobo a medias... -objetó Beth, saliendo así indirectamente en defensa de su hermano ausente. -Tú no sabes de esto más que Weedon -replicó el juez-. Y él sólo supone que es cruzado de lobo y perra; pero como él mismo te dirá, no lo sabe de un modo positivo. Y en cuanto a su aspecto...
La frase quedó sin terminar. Colmillo Blanco acababa de encararse con él, gruñéndole con furia.
-¡Anda! ¡Échate ahí! -le ordenó el juez Scott.
Pero el animal se volvió hacia la esposa de su maestro de amor, a la que hizo lanzar un chillido de miedo al ver que le cogía la falda entre los dientes y tiraba de ella hasta desgarrar la frágil tela. Entonces la atención de los presentes se concentró en el animal. No gruñía ya, sino que los miraba a todos fijamente en pie con la cabeza enhiesta.
Su garganta se agitaba con espasmódicos movimientos, pero sin emitir sonido alguno, mientras todo su cuerpo parecía luchar convulso intentando comunicarle de algún modo algo que no sabía cómo expresar, pero que era preciso que enten­dieran.
-¿No será esto un principio de rabia? -observó temerosa la madre de Weedon-. Le tengo dicho que este clima es demasiado caluroso para traer aquí un animal de las regiones polares.
-Lo que yo creo es que quiere hablar -afirmó resuel­tamente Beth.
Y en aquel mismo momento, Colmillo Blanco halló el len­guaje que buscaba y comenzó a ladrar con verdaderas ansias. Algo malo le ha ocurrido a Weedon -dijo su esposa con aire de seguridad.
Al verlos a todos de pie, el animal bajó la escalera corrien­do volviéndose a cada momento para mirarlos e indicarles que lo siguieran. Era la segunda y última vez en su vida que la­draba, y había conseguido hacerse entender.
Desde aquel día, los habitantes de Sierra Vista lo quisieron mucho más, y hasta el criado a quien él había herido en un brazo confesaba sin inconveniente que, fuera o no lobo, resultaba un perro muy listo. Aferrado a su opinión, el juez Scott se empeñaba en probar a todos, sin complacer ni con­vencer a nadie, que efectivamente el animal era un lobo, adu­ciendo en su apoyo medidas y descripciones tomadas de una enciclopedia y de algunos libros de historia natural.
Los días se sucedían bañando con un torrente de luz solar el valle de Santa Clara. Pero a medida que se acortaban y llegaba el segundo invierno pasado por Colmillo Blanco en las tierras del sur, este hizo un raro descubrimiento. Los dientes de Collie no parecían ya tan afilados como antes. En sus mor­discos había algo de jugueteo cariñoso que los hacía inofen­sivos. Se olvidó de que la perra le había amargado la vida innumerables veces, y cuando se empeñó en jugar con él, co­queteando, contestó con tal solemnidad, aunque se esforzara en aparentar lo contrario, que no logró más que ponerse en ridículo.
Un día, a ella se le ocurrió conducirlo, a carrera tendida, a través de unas praderas situadas detrás de la casa, hacia los bosques vecinos. El amo había escogido aquella tarde para dar un paseo a caballo, y Colmillo Blanco lo sabía perfectamente, puesto que el caballo esperaba, ensillado, en la puerta. Colmillo Blanco dudó un momento. Pero existía en él algo más pro­fundo que la ley que había aprendido; más que las costumbres a que estaba ya amoldado; más que su propio amor al amo y que su voluntad de vivir. Por eso, cuando Collie le dio un ligero mordisco y echó a correr enseguida, se volvió y la si­guió. El amo paseó solo aquel día, y entre los bosques, uno al lado del otro, corrieron Colmillo Blanco y Collie, como la madre del primero, Kiche, y el Tuerto habían corrido años atrás por los silenciosos bosques de las tierras del norte.


V
El lobo durmiente


Por aquella época, los periódicos dedicaban columnas a un reo, convicto y confeso, que acababa de fugarse de la cárcel de San Quintín*. Era un hombre feroz, malo por naturaleza y por el influjo del medio social en que había vi­vido. La sociedad tiene la mano dura, y aquel malvado era ejemplo vivo de cómo esa mano modela a las criaturas. Esta resultó una fiera... Fiera humana, es verdad; pero de tal calibre que debería clasificarse entre los animales carnívoros.
En la prisión ya demostró aquel hombre que era incorre­gible. Ni el castigo pudo dominarlo. Luchando, era capaz de dejarse matar sin pronunciar una sola queja, aunque estuviera loco furioso; pero fuera de la lucha, la vida le parecía impo­sible si alguien se veía con derecho a pegarle. Cuanto más se rebelaba, más duro era el trato que recibía, lo que solo con­seguía aumentar su fiereza. Ni los palos ni el hambre podían con él, y por muy equivocado que el procedimiento fuera, a él se había visto sometido desde su más tierna niñez. Ahora ya era tarde para cambiar.
Durante la tercera condena que sufría en la cárcel, se en­contró Jim Hall, que este era su nombre, con un guardián de tal brutalidad que superaba la suya propia. El prisionero fue tratado por él con la mayor injusticia y crueldad, acusándolo de faltas que no cometía, desacreditándolo aún más de lo que estaba y haciéndolo objeto de constante persecución. La única diferencia que existía entre aquellos dos hombres era que el guardián llevaba un manojo de llaves y un revólver, mientras que Jim Hall no contaba más que con manos y dientes para clavárselos en el cuello a su mortal enemigo, o para arrojarse contra él de un salto, igual que hubiera hecho un animal salvaje que acabara de salir de la selva.
Después de esto, trasladaron a Jim Hall a la celda de ais­lamiento, que tenía el suelo, las paredes y el techo de hierro. Allí permaneció tres años, durante los cuales no salió de su encierro ni una sola vez, sin ver nunca el cielo ni la luz del sol. De día, la claridad era allí como el crepúsculo; de noche reinaban las tinieblas y el silencio. Una tumba de hierro, en fin, donde el hombre estaba sepultado en vida. Ni un rostro humano: nadie con quien cruzar la palabra. Cuando le arro­jaban el alimento, lo recibía con un gruñido semejante al de un animal salvaje. Su odio era inmenso. Se pasaba días y no­ches enteras vociferando insultos contra el universo durante semanas y meses, devorando su rabia en la oscura soledad. Era un hombre y un monstruo al mismo tiempo, tan horrible que en él la realidad superaba a los más espeluznantes engendros de la fantasía.
Una noche, el preso se fugó. De imposible calificaron el hecho los empleados superiores de la cárcel; pero la celda es­taba vacía y en el umbral de la misma yacía el cuerpo de uno de los guardias. Los cadáveres de otros dos marcaban el rastro seguido por el fugitivo a través de la prisión, hasta llegar a los muros exteriores, y en ninguno de ellos había señales de que la muerte hubiera sido causada por arma alguna. El criminal solo usó las manos, para evitar todo ruido.
Luego se apoderó de las armas de los asesinos y, conver­tido en un arsenal viviente, huyó al monte, donde fue per­seguido por todo el poder organizado de la sociedad. Se puso precio a su cabeza, ofreciendo por ella una fuerte suma de oro, y avaros campesinos salieron en su busca con simples escopetas de caza. Con su sangre pensaban cancelar la hipoteca pendiente o reunir lo necesario para poder educar a sus hijos en buenos colegios. El espíritu de ciudadanía llevó a otros a coger su rifle y lanzarse en seguimiento del fugitivo, mientras jaurías enteras se dedicaban a descubrir las huellas de sus en­sangrentados pies. Y los otros sabuesos ventores*, los agentes de policía secreta, no abandonaban un momento su rastro, no dando paz al teléfono, al telégrafo o a los trenes especiales.
A veces daban con él, y los perseguidores le hacían frente, portándose como héroes o huyendo ignominiosamente a través de las cercas de alambre espinoso. Eso causaba la hilaridad de los otros ciudadanos menos emprendedores que leían tran­quilamente las noticias en un periódico a la hora del desayuno. Tras estos encuentros, se llevaban a las ciudades a los muertos y heridos, y pronto iban a ocupar su sitio otros hombres an­siosos de tomar parte también en aquella especie de caza.
De pronto, Jim Hall desapareció. Los sabuesos perdieron su rastro por completo. Inocentes propietarios de ranchos, en apartados valles, fueron detenidos como sospechosos por grupos de hombres armados que los obligaban a identificar su personalidad y a dar cuenta de sus actos. Corrían las noticias. Más de una docena de codiciosos campesinos que soñaban con la recompensa ofrecida aseguraron haber hallado los restos de Jim Hall en barrancos o laderas.
Entretanto, los periódicos se leían en Sierra Vista no solo con interés, sino con verdadera ansiedad. El pánico se había apoderado de las mujeres de la casa, y aunque el juez Scott se reía desdeñosamente de sus temores, carecía en ab­soluto de razón para ello. Precisamente él había actuado como juez en el último tribunal que sentenció a Jim Hall. Y allí, en plena vista de la causa, ante todo el público, el acusado pronunció a gritos su amenaza de que llegaría el día en que le haría pagar muy caro al juez la sentencia que acababa de dictar.
Por única vez en su vida, la razón estaba de parte de Jim Hall. Era inocente: el fallo había sido injusto. Se trataba de uno de aquellos casos en que las amañadas declaraciones hacían parecer culpable al que no lo era. Y como este re­sultaba reincidente, por pesar ya contra él dos condenas an­teriores, el juez Scott le impuso la pena de cincuenta años de presidio.
El juez no podía ser omnisciente*, y así ignoraba que él era la primera víctima que había caído en las redes de aquel complot, que las declaraciones eran falsas, y que Jim Hall no había cometido el crimen de que se le acusaba. Y, por otra parte, Hall tampoco sabía que el juez había pecado puramente por ignorancia, y no por mala voluntad. Lo que él creía fir­memente era que había hecho aquella tremenda injusticia a conciencia. Por ello, al oír el fallo y con el odio que ya le inspiraba la sociedad, se levantó y estuvo allí vociferando in­sultos y amenazas hasta que media docena de sus uniformados enemigos lo arrastraron fuera de la sala del tribunal. Para él, el juez Scott era la clave de toda aquella inmensa injusticia, y contra este se concentraron toda su rabia y su sed de venganza. Fue a que le enterraran en vida..., pero se escapó.
Para Colmillo Blanco, todo aquello no existía; pero lo que sí existía era un secreto entre él y la esposa del amo. Todas las noches, después de que los habitantes de Sierra Vista se acostaran, ella se levantaba y le abría la puerta a Colmillo Blanco para que entrara a dormir en el gran vestíbulo de la casa. Pero como estaba acordado que el animal debía dormir fuera y no dentro de las habitaciones, por no considerarse estas sitio apropiado, todas las mañanas, en las primeras horas, la señora bajaba secretamente y volvía a sacar al perro, antes de que los demás estuvieran despiertos.
En una de esas noches, mientras todos dormían, Colmillo Blanco se despertó, pero se quedó echado, completamente in­móvil. Y comenzó a olfatear, a ventear más bien, percatándose de que en el aire le llegaba el anuncio de la presencia de un dios forastero. Y más aún: oyó rumores producidos por sus movimientos. El animal no prorrumpió en furiosos ladridos, como hubiera hecho otro perro en su caso. No era su modo de proceder. El dios forastero andaba suave, cautelosamente; pero con mayor suavidad aún comenzó a andar Colmillo Blan­co, libre del roce que en el otro producían contra la carne los vestidos. Así, en silencio, fue siguiéndolo. Estaba acostumbra­do a cazar en los bosques animales de exagerada timidez a los que el menor ruido azoraba, y por ello sabía todo el valor que la sorpresa tiene en la caza al acecho.
El dios forastero se paró al pie de la gran escalera de la casa y estuvo escuchando un rato, mientras Colmillo Blanco, inmóvil como un muerto, lo acechaba y esperaba. La escalera conducía a las habitaciones del maestro de amor y de sus seres más queridos. Con los pelos erizados, Colmillo Blanco seguía esperando. El dios forastero levantó un pie. Iba a comenzar a subir la escalera.
Aquel fue el momento escogido por el animal para el ata­que. No hubo aviso preliminar, no hubo gruñido alguno que anunciara la acción. Se levantó tan alto como era y de un salto se dejó caer sobre la espalda de aquel dios forastero. Le clavó las garras en los hombros y los colmillos en el cogote. Se quedó allí aferrado un momento, el tiempo suficiente para arrastrar con su peso a su víctima, haciéndola caer de espaldas. Luego, se desprendió de un salto, y mientras el hombre hacía esfuerzos para incorporarse, volvió a clavarle los dientes furio­samente.
Todo Sierra Vista despertó entonces, presa de la mayor alarma. El ruido que subía de la parte baja de la casa era tan descomunal que parecía que veinte personas a la vez sostenían allí una lucha a muerte. Se oyeron disparos de revólver, un grito humano lleno de horror y de angustia, terribles gruñidos y, encima de todo, estrépito de muebles que caían y cristales que se rompían.
Pero por grande que fuera el alboroto, terminó enseguida, casi a los tres minutos de haber empezado. En lo alto de la escalera se había reunido toda la gente de la casa, que, asus­tada, oyó de pronto allá abajo, en aquel tenebroso abismo, un ronco y gutural ruido, una especie de confuso burbujeo, que a veces se hacía agudo hasta parecer un silbido. Pero también esto fue calmándose poco a poco hasta disiparse por completo.
Y luego ya solo subió desde las hondas tinieblas el fatigoso resuello de una persona que respiraba con gran dificultad. Weedon Scott apretó un botón eléctrico, y la escalera y el vestíbulo se inundaron de luz. Entonces, él y el juez Scott bajaron cautelosamente, revólver en mano. La precaución re­sultó innecesaria. Colmillo Blanco había hecho ya todo lo que se podía hacer. En medio de aquel desorden de muebles caídos y destrozados, casi de lado y ocultando su rostro con un brazo, había un hombre tendido en el suelo. Weedon Scott se agachó sobre él, apartó el brazo y descubrió una horrible herida que atravesaba el cuello hasta la garganta. Era la causa de la muerte del hombre.
-¡Jim Hall! -exclamó el juez Scott, y padre e hijo se miraron significativamente.
Entonces se fijaron en Colmillo Blanco. También él yacía tendido de lado. Tenía los ojos casi cerrados. Se esforzó en levantar ligeramente los párpados para mirarlos cuando se inclinaron sobre él, al mismo tiempo que procuraba agitar la cola, pero solo logró imprimirle un tembloroso movimiento. Weedon Scott lo acarició y él correspondió con un sordo gru­ñido de agradecimiento. Pero el gruñido era débil y pronto cesó. Sus párpados se cerraron por completo y todo su cuerpo quedó inmóvil, como aplastado contra el suelo.
-De esta no sale, ¡pobre animal! -dijo entre dientes el amo.
-Eso lo veremos -replicó el juez, dirigiéndose hacia el teléfono.
El cirujano que acudió a examinar al perro, después de dedicarle hora y media, se vio obligado a decir:
-Francamente: de mil probabilidades no hay más que una en su favor.
La luz del alba entraba ya por las ventanas, haciendo pa­lidecer la de las lámparas eléctricas. Con la sola excepción de los niños, toda la familia se hallaba en torno al cirujano para oír su diagnóstico:
-Una de las piernas posteriores, rota -continuó-. Tres costillas, rotas también, y una de ellas ha perforado los pul­mones. La pérdida de sangre ha sido tal, que poca le queda ya en el cuerpo. Es muy probable que existan lesiones internas. Seguramente el hombre debe haberle saltado encima, pateán­dolo. Esto sin contar los tres balazos que le han atravesado el cuerpo y cuyos orificios son patentes. Decir que de mil pro­babilidades tiene una en su favor es mostrarse incluso dema­siado optimista. Más justo sería, en realidad, elevar las mil a diez mil.
-Pero esa única probabilidad que tenga no hay que de­jarla perder -exclamó el juez Scott-. Cueste lo que cueste, que le apliquen rayos X, que se haga todo lo posible para salvarlo. Tú, Weedon, telegrafía a San Francisco para que ven­ga el doctor Nichols. Y usted, doctor, no se ofenda, y hágase cargo de que nuestro único deseo es no desperdiciar ni un medio de los que puedan contribuir a salvarle la vida.
El cirujano sonrió con indulgencia.
-Claro que sí, y me hago cargo perfectamente. Bien me­rece el animal que se le cuide y mime todo lo posible. La verdad es que hay que hacer por él lo que se haría por una persona, por un niño que estuviera enfermo. Y no se olviden de lo que les he indicado acerca de la temperatura. A las diez estaré de vuelta.
Cuidaron a Colmillo Blanco con esmero. El juez Scott su­girió la idea de que se le buscara una enfermera especial; pero las muchachas la rechazaron con indignación y ellas mismas se convirtieron en sus enfermeras. Con todo ello, aquella re­motísima probabilidad de que se salvara llegó a ser realidad, a pesar del fallo pesimista del cirujano. La equivocación por parte del cirujano era, sin embargo, naturalísima. Estaba acos­tumbrado a operar a los endebles hijos de la civilización, a seres humanos que vivían bajo techo y confortablemente, des­de innumerables generaciones. No pensó en que Colmillo Blanco venía directamente de la vida salvaje, donde los débiles mueren pronto y donde se vive a la intemperie. Ni en sus padres, ni en ninguno de sus antepasados, había el menor signo de debilidad. Una constitución de hierro y la recia vi­talidad propia de las selvas caracterizaban a aquel paciente inesperado, que se agarraba a la vida con todas sus fuerzas, con aquella misma tenacidad que en los primitivos tiempos de la humanidad fue patrimonio de todas las criaturas.
Convertido verdaderamente en un prisionero, privado has­ta de los movimientos por impedírselo vendas y tablillas, la enfermedad de Colmillo Blanco fue alargándose durante se manas enteras. Dormía mucho y soñaba continuamente, des­filando por su memoria toda una procesión de visiones de la tierra del norte, todos los fantasmas del pasado que volvían a aparecérsele ahora. Una vez más creyó vivir en el cubil con Kiche; arrastrarse temblando hasta Castor Gris para demos­trarle su sumisión, y huir de Lip-Lip y de toda aquella loca jauría de cachorros que lo perseguían.
Volvió a correr, en medio de un inmenso silencio, bus­cando la carne viva que debía alimentarlo durante los meses del hambre, y también como guión del trineo, mientras detrás de él restallaban los látigos de Mit-sah y de Castor Gris, y resonaban los gritos de «¡Ra! ¡Raa!» al llegar el tiro a un paso demasiado estrecho que lo obligaba a apiñarse, como un aba­nico que se cierra para poder pasar... Vivió de nuevo aquellos terribles días del Hermoso Smith, con sus feroces luchas. En aquellos momentos se le oía gemir en sueños, y los que lo contemplaban decían que tenía pesadillas.
Pero una de ellas en especial solía atormentarlo: se le apa­recían unos monstruosos y estridentes automóviles eléctricos que para él eran como colosales linces armando un terrible griterío. Él estaba oculto en un matorral acechando el mo­mento en que cierta ardilla se alejaría del árbol en que se refugiaba y se atrevería a corretear por el suelo. Pues bien: en el momento en que iba a saltarle encima, la veía transformarse en un automóvil eléctrico, amenazador, horrible, que se ele­vaba por encima de él como una montaña, chillando, rechinando y escupiendo fuego contra él. Lo mismo ocurría cuando retaba al halcón para que descendiera del espacio. Descendía, en efecto, pero al arrojarse contra él, se convertía también en aquel automóvil eléctrico que tenía el don de la ubicuidad. O bien Colmillo Blanco se hallaba en la jaula en que lo tenía aprisionado Smith. Fuera de la jaula se agrupaban multitud de hombres, y él sabía que la lucha iba a empezar. Fijos los ojos en la puerta, esperaba que entrara su enemigo, y de re­pente el que aparecía era aquel horroroso automóvil. Mil veces se repitió lo mismo, y cada vez el terror que aquello le pro­ducía era indescriptible. Al fin llegó el día en que le quitaron las últimas vendas y tablillas. Para los de la casa fue como un día de gala. Todo Sierra Vista se había congregado en torno al perro. El amo le restregó las orejas cariñosamente y él le correspondió con aquella nota especial que ponía en el gru­ñido con que expresaba su amor. La esposa del amo le llamó lobo bendito y el nombre les pareció muy bien a las mujeres de la casa, que lo adoptaron para designarlo.
Trató de incorporarse y, tras repetidos esfuerzos, dio con su cuerpo en el suelo por efecto de la gran debilidad. Había estado echado tanto tiempo que sus músculos se hallaban entumecidos y sin fuerza, lo que le hizo sentirse avergonzado, como si fuera aquella una falta en el servicio que los dioses le habían encomendado. Esta misma impresión le hizo realizar nuevos y heroicos esfuerzos para levantarse, hasta que al fin lo logró. Se quedó en pie, balanceándose y cabeceando.
-¡Pobrecillo! ¡Bendito lobo! -exclamaron a coro las mu­jeres.
El juez Scott las miró con aire de triunfo.
-Vosotras mismas lo habéis dicho: lobo -observó-. Lo que yo afirmé siempre que era. De haber sido un perro como los demás, nunca hubiera hecho lo que hizo. Lobo y bien lobo es.
-Sí, nuestro bendito lobo -le corrigió su esposa. -Bueno, está bien. Pues así le llamaremos en adelante.
-Va a tener que aprender de nuevo a andar -dijo el cirujano-. Lo mejor será que le hagamos empezar desde aho­ra. No ha de hacerle ningún daño. Llévenlo ustedes fuera de la casa.
Y lo llevaron a pasear al aire libre. Fue más mimado y atendido que un rey, con toda Sierra Vista para cuidarlo. Tan débil se hallaba, que en cuanto llegó al prado, se tendió sobre la hierba y descansó un rato.
Luego, aquella especie de procesión se reanudó. Con el uso se restableció la circulación de la sangre de los músculos del animal y Colmillo Blanco recuperó su fuerza. Llegaron hasta donde estaban los establos y se encontraron a Collie echada con media docena de cachorrillos que jugueteaban al sol.
Colmillo Blanco contempló aquel espectáculo con ojos sor­prendidos. Collie le gruñó para advertirle que no se acercara, y él se quedó a cierta distancia. Entonces el amo le acercó, empujándolo con el pie, uno de los cachorros, que se revolcó por el suelo. Con los pelos erizados, él miró recelosamente; pero el amo lo tranquilizó, haciéndole comprender que no había nada que temer. Pero Collie, a la que las mujeres man­tenían fuertemente abrazada, volvió a gruñir para manifestar que ella no consentiría que se propasara.
El cachorro seguía revolcándose frente a él. El convale­ciente animal enderezó las orejas y lo contempló curiosamente. Entonces ambos acercaron el hocico hasta tocarse, y Colmillo Blanco sintió que la tibia lengüecita del cachorro le lamía la mejilla. Sin saber por qué, él también sacó la lengua y en justa correspondencia le lamió igualmente la cara.
La escena fue acogida por los dioses con gritos de júbilo y aplausos. Sorprendido el animal, los miró a todos perplejo. Después volvió a sentir una invencible debilidad, se echó, en­derezó de nuevo las orejas, ladeó algo la cabeza y se quedó contemplando al cachorrillo. A ellos se acercaron también los demás hermanos, andando y revolcándose, no sin que Collie se mostrara profundamente disgustada al verlo.
Colmillo Blanco permitió que todos los cachorros se le su­bieran encima, gateando y dando tumbos. Al principio, y en­tre los regocijados aplausos de los dioses, demostró algo de su antigua reserva y ensimismamiento, como si hallara la situa­ción un tanto embarazosa. Sin embargo, pronto se disiparon su embarazo y su torpeza, a medida que los cachorros insistían en sus grotescos jugueteos y se tomaban libertades con él. Al fin, se tendió con abandono todo lo largo que era, con los ojos medio cerrados. Y dormitó al sol.


GLOSARIO
A
ACERICO: Bolsita de tela rellena de un material blando que se usa para clavar en ella alfileres y agujas.
ALCE: Mamífero rumiante parecido al ciervo pero con mayor corpu­lencia, que tiene el cuello corto, cabeza grande, hocico muy grande, pelaje oscuro, y unos cuernos muy desarrollados en forma de pala con los bordes muy recortados; anta.
ANTA: Mamífero rumiante parecido al ciervo pero con mayor corpu­lencia, que tiene el cuello corto, cabeza grande, hocico muy grande, pelaje oscuro, y unos cuernos muy desarrollados en forma de pala con los bordes muy recortados. De la piel de las antas se obtiene el ante; alce.
B
BAHÍA DE HUDSON: Gran mar interior de Canadá, entre las provincias de Quebec, Ontario, Manitoba y territorios del noroeste.
BELFO: En un caballo o en otros animales, cada uno de sus labios.
C
CALESÍN: Carruaje ligero, de cuatro ruedas y dos asientos, del cual tiraba una sola caballería.
CANALETE: Remo con la pala ancha en uno o en cada uno de sus extremos y que no se apoya en la barca para remar.
CÁRCEL DE SAN QUINTIN: Primera cárcel de máxima seguridad ame­ricana, situada en California.
CARIBÚ: Mamífero parecido al reno, de orejas cortas, pelo suave y cuernos ramificados, que vive principalmente en zonas del norte del con­tinente americano.
CELADA: En una armadura, pieza que cubría y protegía la cabeza.
CHIRLO: Herida alargada en el rostro.
CÍRCULO POLAR ÁRTICO: Círculo menor del hemisferio boreal que se considera en la esfera celeste paralelo al ecuador y que pasa por los polos de la elíptica.
COMADREJA: Mamífero carnívoro, de cabeza pequeña, patas cortas de uñas muy afiladas, de pelaje pardo por el tomo y blanco por el vientre, y que se mueve con gran agilidad y rapidez.
D
DAWSON: Ciudad de Canadá, situada en el territorio del Yukón, fa­mosa por sus minas de oro.
DOGO: Perro que se caracteriza por su gran tamaño y por tener el pelaje oscuro o blanco con manchas negras; gran danés.
DUCTILIDAD: Blandura de carácter o tendencia a conformarse fácil­mente con todo y a ceder a La voluntad de otros.
E
EPITAFIO: Texto o inscripción dedicados a un difunto y que gene­ralmente se ponen sobre su sepulcro.
ESCOPLO: Herramienta formada por una barra de hierro acerada ter­minada por un corte oblicuo y generalmente unida a un mango de ma­dera que se utiliza para hacer cortes en la madera o para labrar la piedra.
F
FACTORÍA: Fábrica o complejo industrial.
H
HENAR: Terreno plantado de heno.
HIRSUTO: Referido al peto, que es duro y áspero; híspido.
I
INTENDENTE: En una colectividad, persona encargada del abasteci­miento.
J
JAEZ: Adorno que se pone a las caballerías, especialmente referido a las cintas con las que se trenzan las crines.
K
KLONDIKE: Río y distrito de Canadá en el territorio del Yukón. Se une a este territorio cerca de Dawson City.
L
LABRADOR: Península de América del Norte, en Canadá, limitada al norte por el estrecho de Hudson, al sur por el Atlántico y al oeste por la bahía de Hudson. Está casi deshabitada, pero es rica en minerales.
LIBRA: En el sistema anglosajón, unidad básica de peso que equivale aproximadamente a 453,6 gramos.
M
MACKENZIE: Río de Canadá que riega el distrito que lleva su nombre.
MITÓN: Guante de punto que deja al descubierto los dedos.
MURRIA: Tristeza que produce melancolía.
MUSGAÑO: Pequeño mamífero insectívoro, semejante a un ratón, pero con el hocico largo y puntiagudo.
N
NARRIA: Cajón o escalera de carro, utilizada para llevar arrastrando cosas de gran peso.
O
OMNISCIENTE: Que posee conocimiento de todas las cosas reales o posibles: omnisapiente.
P
PALMO: Unidad de Longitud que equivale aproximadamente a 20 cen­tímetros; cuarta.
PALÚDICA: De[ paludismo (enfermedad caracterizada por fiebres altas o intermitentes, transmitida por la picadura del mosquito anófetes hem­bra), o relacionada con esta enfermedad.
PASTIZAL: Terrenos de pasto abundante.
PERDIGÓN: Pollo o cría de la perdiz.
PINOCHA: Hoja de pino.
PULGADA: En el sistema anglosajón, unidad de longitud que equivale aproximadamente a 2,5 centímetros.
PULPEJO: En la palma de la mano, parte carnosa y blanda, espe­cialmente de la que sale el dedo pulgar.
Q
QUIJADA: Cada una de las dos mandíbulas de un vertebrado que tiene dientes.
QUININA: Sustancia vegetal, amarga y de color blanco, que se extrae de la corteza del quino y que tiene la propiedad de disminuir la fiebre.
R
RAIGÓN: Raíz de las muelas y los dientes.
REDAÑO: Repliegue membranoso del peritoneo que une el intestino con la pared del abdomen.
RENUEVO: Ramo tierno que echan un árbol o una planta después de haber sido podados o cortados.
RIBAZO: Terreno con una pendiente pronunciada, especialmente el que divide dos fincas que están a distinto nivel.
S
SEÑUELO: Lo que sirve para atraer a alguien o convencerlo de algo con engaño.
SEPTENTRIONAL: En astronomía o geografía, del septentrión o del norte; boreal.
SOTAVENTO: En una embarcación, lado o dirección opuestos al lado por donde viene el viento.
T
TIERRAS BOREALES: Tierras situadas en la región boreal, es decir, septentrional.
TRAÍLLA: Pareja de perros de caza atados con una correa.
TRALLAZO: Golpe violento.
V
VALLE DE SANTA CLARA: En Santa Clara, ciudad del Estado de Ca­lifornia, al sur de San Francisco.
VAPOR: Barco que navega movido por una o varias máquinas de va­por.
VENTOR: Animal que, guiado por su olfato y el viento, busca un rastro o huye del cazador.
VERDERON: Pájaro cantor parecido al gorrión que tiene el plumaje gris con manchas verdosas en las alas y en la base de la cola.
W
WASAM WABISCA IP PIT TAH. ¡Mirad! ¡Qué blancos tiene los col­millos!
Y
YUGULAR: Cada una de las dos venas que hay a un lado y a otro del cuello.
YUKÓN: Río de América del Norte, que nace en Canadá, pasa por Dawson, penetra en Alaska y desemboca en el mar de Bering. Da nombre a un territorio de Canadá.