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jueves, 2 de junio de 2011

Julio Verne La Isla del Tío Robinson





Julio Verne

La Isla del Tío Robinson


CAPITULO 1

La porción más desértica del océano Pacífico es esa vasta ex­tensión de agua, limitada por Asia y América al oeste, al este por las islas Aleutianas y las Sandwich al norte y al sur. Los bar­cos mercantes casi no se aventuran en este mar. No hay al parecer ningún punto en el que pudiera hacerse una escala de emergencia y las corrientes son allí caprichosas. Los buques de navegación de altura, que transportan productos desde Nueva Holanda1 hasta América Occidental, navegan en latitudes más bajas; sólo el tráfi­co entre Japón y California podría animar esta parte septentrional del Pacífico pero todavía no es muy importante. La línea transa­tlántica que hace el servicio entre Yokohama y San Francisco sigue un poco más abajo la ruta de los grandes círculos del globo. Se puede decir en consecuencia que allí, entre los cuarenta y los cin­cuenta grados de latitud norte, existe lo que se puede llamar "el de­sierto". Quizás algún ballenero se arriesga alguna vez en este mar casi desconocido pero cuando lo hace pronto se apresura a sortear la cintura de las islas Aleutianas a fin de penetrar en el estrecho de Bering, más allá del cual se refugian los grandes cetáceos, encar­nizadamente perseguidos por el arpón de los pescadores.
En este mar tan extenso como Europa ¿hay todavía islas desco­nocidas? ¿La Micronesia2 se extiende hasta esta latitud? No podríamos negarlo ni afirmarlo. Una isla en el medio de esta vasta su­perficie líquida es poca cosa. Ese punto casi imperceptible bien pu­do escapárseles a los exploradores que recorrieron esas aguas. ¿Po­dría ser, incluso, que alguna tierra se hubiera sustraído hasta aho­ra al registro de los investigadores? Se sabe, en efecto, que en esta parte del globo dos fenómenos naturales provocan la aparición de nuevas islas: por una parte, la acción plutónica que puede elevar súbitamente una tierra por encima de las aguas. Por la otra, el tra­bajo permanente de los infusorios3 que crea poco a poco bancos coralígenos, los cuales, en unos cientos de miles de años pueden llegar a formar un sexto continente en esta parte del Pacífico.
El 25 de marzo de 1861, sin embargo, esta porción del Pacífico que acaba de ser descrita, no estaba absolutamente desierta. Una embarcación flotaba en su superficie. No era ni el vapor de una lí­nea transoceánica, ni un buque de guerra que fuera a supervisar las pesquerías del norte, ni un barco de comercio, que traficara pro­ductos de las Molucas o de las Filipinas y al que un golpe de vien­to hubiera arrojado fuera de su ruta, ni tampoco un barco de pes­ca, ni siquiera tampoco una chalupa. Era un frágil bote de vela, con una simple mesana que trataba de ganarle al viento para llegar una tierra distante a nueve o diez millas. Barloventeaba, tratando de elevarse lo más que podía contra la brisa contraria y, por desgracia, la marea creciente, siempre débil en el Pacífico, no ayudaba lo su­ficiente a ejecutar la maniobra.
El tiempo, por otro lado, era bueno, pero un poco frío. Ligeras nubes se dispersaban en el cielo. El sol alumbraba aquí y allá la pe­queña cresta espumosa de las olas. Un oleaje alto balanceaba el bo­te, aunque sin sacudidas demasiado fuertes. La vela tendida hori­zontal a fin de ganar mejor el viento, inclinaba por momentos la li­gera embarcación, al punto de que el agua le llegaba al ras del bor­de. Pero enseguida se erguía y se lanzaba con el viento, acercán­dose a la costa.
Si se mira bien, un marino habría reconocido que este bote era de construcción americana y de pino del Canadá; por otro lado, sobre el espejo de popa habría podido leer estas dos palabras: Vankouver-Montreal, que indicaban su nacionalidad.
El bote llevaba a seis personas. En el timón se mantenía un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, ciertamente muy habituado al mar, que dirigía su embarcación con una seguridad de mano incomparable. Era un individuo vigorosamente consti­tuido, ancho de hombros, con buenos músculos, en la plenitud de sus fuerzas. Tenía la mirada franca, la fisonomía abierta. Su ros­tro denotaba una gran bondad. Por su vestimenta rústica, sus ma­nos encallecidas, por algo de inculto impreso en toda su persona, por el silbido continuo que se escapaba de sus labios, era fácil ad­vertir que no pertenecía a la clase elevada. Marino, no podía ne­gársele que lo fuera, por la manera con que dirigía su embarca­ción, pero no era un oficial sino un simple marinero. En cuanto a su origen, era más fácil de determinar. No era ciertamente un an­glosajón. No tenía ni los rasgos duramente dibujados ni la rigidez de movimiento de los hombres de esa raza. Se observaba en él cierta gracia natural y no ese desparpajo un poco grosero que de­nota al yankee de la Nueva Inglaterra. Si este hombre no era un canadiense, un descendiente de esos intrépidos pioneros en quie­nes todavía se descubre la impronta gala, debía ser un francés sin duda un poco norteamericanizado, pero a fin de cuentas un fran­cés, uno de esos mocetones avisados, audaces, buenos, servicia­les, listos para cualquier osadía, que no se apuran por nada, natu­ralezas confiadas, insensibles al miedo, como suelen encontrarse a menudo en la tierra de Francia.
Este marino estaba sentado en la parte trasera del bote. Su ojo no se apartaba ni del mar ni de la vela. Vigilaba uno y la otra: la vela cuando algún pliegue indicaba que tomaba demasiado viento, el mar cuando había que modificar ligeramente la marcha de la embarcación para evitar una ola.
De tiempo en tiempo, una palabra o más bien una recomenda­ción se escapaba de sus labios y, en su pronunciación, se recono­cía cierto acento que jamás habría podido producirse en la gargan­ta de un anglosajón.
-Tranquilícense, hijos míos -decía. -La situación no es muy buena, pero podría ser peor. Tranquilícense, y bajen la cabe­za, vamos a virar de bordo.
Y el digno marino enviaba su bote al viento. La vela pasaba con ruido sobre las cabezas agachadas y la embarcación, inclinada so­bre el otro borde, se acercaba poco a poco a la costa.
En la parte de atrás, cerca del vigoroso timonel, iba una mujer de unos treinta y seis años, que escondía su rostro bajo uno de los paños de su chal. Esta mujer lloraba, pero trataba de ocultar sus lá­grimas para no hacer sufrir a los niños que se apretaban contra ella.
Era la madre de cuatro hijos que iban en el bote con ella. El ma­yor tenía diecisiete años y era un muchacho bien formado que pro­metía ser algún día un hombre vigoroso. Sus cabellos negros y el rostro bronceado por el aire del mar le sentaban bien. Aún había al­gunas lágrimas suspendidas en sus ojos enrojecidos pero la cólera, en igual medida que la pena, había seguramente provocado su llan­to. Ocupaba la parte delantera del bote, de pie, junto al mástil, y mi­raba la tierra todavía lejana. A veces, dándose vuelta, paseaba una mirada viva, a la vez dolorosa e irritada por el horizonte que se des­plegaba en arco hacia el Oeste. Su rostro entonces palidecía, conte­nido, para no hacer un gesto de cólera. Después sus ojos descendí­an hacia el hombre que sostenía el timón y que, con una gran son­risa, le hacía una pequeña señal con la cabeza para reconfortarlo.
El hermano menor de este muchacho no tenía más de quince años. Su cabeza grande se coronaba de cabellos rojizos. Era revol­toso, inquieto, impaciente, ya estuviera sentado o de pie. Se sentía que no podía contenerse. Ese bote no era lo suficientemente veloz para él; esa tierra no se acercaba lo bastante rápido como él que­
ría. Querría haber puesto ya el pie sobre esa costa, aunque desde el momento mismo en que la alcanzara quisiera estar en otra parte. Pero, cuando dirigía la mirada hacia su madre, cuando escuchaba los suspiros que oprimían el pecho de esta pobre mujer, se acerca­ba a ella y la rodeaba con sus brazos, prodigándole sus besos más tiernos, y la infortunada lo apretaba contra su corazón: -¡Pobre hijo! ¡Pobres hijos! -murmuraba.
Si ella miraba entonces al marino sentado al timón, éste nunca dejaba de hacerle una seña con la mano que muy evidentemente significaba: -Todo va bien, señora ¡saldremos del paso!
Y, sin embargo, al observar el sudoeste, el hombre veía enormes nubes que se levantaban sobre el horizonte y que no presagiaban nada de bueno para su compañera de ruta y sus hijos. El viento amenazaba con refrescar, y una brisa demasiado fuerte habría sido fatal para esta frágil embarcación sin puente. Pero el marino se guardaba esta preocupación sólo para él y no dejaba aparecer nin­guno de los temores que lo agitaban.
Los otros dos hijos eran un niño y una niña. El pequeño, de ocho años de edad, tenía los cabellos rubios, sus labios pálidos por la fatiga, sus ojos azules semicerrados, sus mejillas, que debían ser frescas y rosadas, deslucidas por las lágrimas. Ocultaba sus man­tos doloridas por el frío bajo el chal de su madre. Cerca de él, su hermana, una niñita de seis años, rodeada por los brazos de su ma­dre, agobiada por las sacudidas del oleaje, dormía a medias, y su cabeza se bamboleaba por el balanceo de la embarcación.
Ya lo hemos dicho: en este día del 25 de marzo el aire era frío; la brisa cargada venía del Norte y sus ráfagas eran glaciales. Estos desdichados, abandonados en ese bote, estaban vestidos con ropa demasiado ligera para resistir el frío. Evidentemente habían sido sorprendidos por una catástrofe, naufragio o colisión, que los ha­bía obligado a meterse precipitadamente en esa embarcación; y es­to se veía por los escasos víveres que llevaban consigo, unas galletas marineras y dos o tres pedazos de carne salada, guardados en el cofre de la parte delantera.
El niño, levantándose apenas, se pasó la mano por los ojos y murmuró estas palabras:
-Mamá, ¡tengo mucha hambre! -El timonel, levantándose de inmediato, sacó del cofre un pedazo de galleta, se lo ofreció al ni­ño y le dijo, con una gran sonrisa:
-¡Come, pequeño, come! ¡Cuando ya no haya más, tal vez habrá todavía más!
El niño parecía animarse y comía a dentelladas esa costra dura; luego volvió a poner su cabeza sobre el hombro de su madre.
Mientras tanto, la desafortunada mujer, viendo que sus dos hi­jos tiritaban bajo sus ropas, se había privado de la suya; se había sacado el chal para cubrirlos y darles más calor y se podía ver en­tonces su bella y singular figura, sus grandes ojos negros, serios y pensativos, su fisonomía tan profundamente marcada por la ter­nura maternal y el sentimiento del deber. Era "una madre" en la más amplia extensión de la palabra, una madre como debió ser la madre de un Washington, de un Franklin o de un Abraham Lincoln, una mujer de la Biblia, fuerte y valerosa, un compuesto de todas las virtudes y de todas las ternuras. Para que se la viera así deshecha, tragando sus lágrimas, era necesario que le hubieran asestado un golpe mortal. Luchaba evidentemente contra la de­sesperación, ¿pero podía impedir que las lágrimas subiesen desde su corazón hasta sus ojos? Como su hijo mayor, dirigió en varias ocasiones su mirada hacia el horizonte, buscando más allá de ese mar algún objeto invisible: pero al no ver nada en la inmensidad desértica, la pobre mujer volvía a caer al fondo del bote y se no­taba claramente que sus labios aún se negaban a pronunciar las palabras que dicta la resignación de los Evangelios: "Señor ¡que se haga tu voluntad!"
Esta madre había cobijado a sus hijos entre los pliegues de su chal. Ella tampoco estaba muy abrigada; un sencillo vestido de la­ na, una especie de bolero bastante delgado no podían protegerla contra esa punzante brisa de marzo, y el viento se deslizaba fácil­mente bajo su capelina. Sus tres hijos llevaban sendas chaquetas de paño, pantalón, chaleco de sarga de lana e iban cubiertos con unas gorras de hule. Pero encima de esta ropa habrían necesitado llevar un buen gabán con capucha bien forrada o un abrigo de viaje de una tela gruesa. Pese a todo, no se quejaban del frío. Sin duda no querían agravar la desesperación de su madre.
En cuanto al marino, estaba vestido con un pantalón de pana de algodón y una marinera color café de lana que no eran suficientes para protegerlo de la mordedura del viento. Pero este hombre te­merario poseía un corazón fogoso y apasionado, que le permitía reaccionar vigorosamente contra los sufrimientos físicos. Por otro lado, padecía más los dolores de los demás que los propios. Ob­servó que la infortunada se había quitado el chal para cubrir a sus hijos, que tiritaba y le castañeteaban los dientes más allá de su vo­luntad.
Tomó entonces el chal, se lo volvió a poner a la madre sobre los hombros y, sacándose la marinera que conservaba su propio calor, la puso cuidadosamente sobre los dos pequeños.
La madre quiso oponerse a ese gesto.
-¡Me asfixio! -respon­dió simplemente el marino, secándose la frente con un pañuelo, como si gruesas gotas de sudor le corrieran por la frente.
La pobre mujer le tendió la mano y el hombre la apretó afec­tuosamente sin decir una palabra.
En ese momento, el mayor de los hijos se dirigió apresurado a la pequeña cubierta que formaba la delantera del bote y observó con atención el mar hacia occidente. Había puesto su mano sobre los ojos a fin de protegerlos de los rayos del sol y para ver mejor. Pero el océano brillaba en esa dirección y la línea del horizonte se perdía en el intenso resplandor. En esas condiciones, cualquier ob­servación rigurosa se hacía difícil.
No obstante, el muchacho miró durante largo tiempo, mientras el marino movía la cabeza, como queriendo decir que si algún socorro debía llegarles, ¡era más en las alturas que habría que buscarlo!
En ese instante, la niña se despertó, abandonó los brazos de su madre y mostró su rostro pálido. Luego, después de haber mirado a las personas que llevaba la embarcación:
-¿Y papá? -dijo.
No hubo ninguna respuesta a esa pregunta. Los ojos de los ni­ños se llenaron de lágrimas y la madre, cubriéndose la cara con las manos, también se puso a sollozar.
El marino guardó silencio al contemplar ese profundo dolor. Las palabras con las que hasta ese momento había consolado a esos pobres abandonados no le salían más, y su mano grande y firme apretó con fuerza el timón.


CAPITULO 2


El Vankouver era un tres palos canadiense de quinientas tone­ladas. Había sido fletado a la costa de Asia para tomar un cargamento de canacos con destino a San Francisco, California. Es sabido que estos canacos4, como los culis chinos, son emi­grantes voluntarios que alquilan sus servicios en el extranjero. Ciento cincuenta de estos emigrantes se habían embarcado a bor­do del Vankouver.
Los viajeros por lo general evitan atravesar el Pacífico en com­pañía de los canacos, gente grosera, de una sociedad poco estimable, siempre propensos a rebelarse. Harry Clifton, ingeniero americano, inicialmente no había querido embarcarse con toda su familia en el Vankouver. Empleado desde hacía varios años en los trabajos de me­jora de las bocas del río Amour, buscaba la ocasión de regresar a Boston, su ciudad natal. Cobró lo que había ganado con su trabajo y esperó, ya que las comunicaciones entre el norte de la China y Amé­rica eran todavía bastante escasas. Cuando el Vankouver llegó a la costa de Asia, Harry Clifton se encontró con que el capitán que lo comandaba era compatriota y amigo suyo. Decidió entonces sacar pasaje en él, con su mujer, sus tres hijos y su hija. Había logrado ha­cerse de cierta fortuna y no aspiraba a otra cosa que al descanso, aunque todavía era joven pues sólo tenía cuarenta años.
Su mujer, Elisa Clifton tenía alguna aprensión a viajar en ese barco repleto de canacos; pero no quiso contrariar a su marido, que tenía prisa por volver a los Estados Unidos. La travesía, por otro lado, no sería larga, y el capitán del Vankouver estaba habituado a esta clase de viajes, lo cual tranquilizaba a la señora Clifton. Su marido y ella embarcaron por consiguiente en el Vankouver con sus tres hijos varones Marc, Robert y Jack, su hija menor Belle y su perro Fido.
El capitán Harrisson, comandante de la nave, era un buen mari­no, muy experto en navegación, gran conocedor de esos mares del océano Pacífico que no eran, por otro lado, demasiado peligrosos. Ligado por amistad al ingeniero, puso todos los medios a su al­cance para que la familia Clifton no tuviera que padecer el contac­to con los canacos, que habían sido alojados en la entrecubierta.
La tripulación del Vankouver se componía de una decena de marineros que no estaban relacionados entre sí por ningún vínculo de nacionalidad. Inconveniente difícil de evitar en la composición de esas tripulaciones reclutadas en países lejanos. De ahí que siem­pre haya un fermento de discordia que perturba a menudo las tra­vesías. En esta tripulación y en este barco, se contaban dos irlan­deses, tres americanos, un francés, un maltés, dos chinos y tres ne­gros enganchados para el servicio de a bordo.
El Vankouver había partido el 14 de marzo y durante los pri­meros días la navegación fue normal, pero el viento dejó de ser fa­vorable y a pesar de la habilidad del capitán Harrisson, la acción de los vientos del Sur y de las corrientes lo hizo derivar mucho más al norte de lo que convenía. Pero no coma ningún peligro se­rio: se trataba sólo de una prolongación de la travesía. El verdade­ro peligro se hizo patente en la mala disposición de algunos mari­neros que empujaban a los canacos a la revuelta. Estos miserables eran incitados a rebelarse por el segundo de a bordo, Bob Gordon, un pillo redomado que había sorprendido la buena fe del capitán con quien navegaba por primera vez. Varias veces en varias oca­siones estallaron discusiones entre ellos, y el capitán tuvo que ha­cer valer su autoridad. Incidentes lamentables que habrían de te­ner desastrosas consecuencias.
Graves síntomas de insubordinación, en efecto, no tardaron en declararse entre la tripulación del Vankouver. Los canacos eran di­fíciles de contener. El capitán Harrisson sólo podía contar con los dos irlandeses, los tres norteamericanos y el francés, un buen ma­rinero más o menos "norteamericanizado" pues vivía en los Esta­dos Unidos desde hacía mucho tiempo.
Este digno hombre era picardo de origen. Se llamaba Jean Fanthome, pero siempre había respondido al sobrenombre de Flip. Este Flip había conocido el mundo entero; todo lo que pue­de pasarle a una criatura humana a él le había pasado, sin haber alterado jamás su buen humor y su ingenio, que descansaban en una filosofía natural. Fue él quien advirtió al capitán Harrisson la mala disposición que observaba a bordo y aquél se comprometió a tomar enérgicas medidas. Pero ¿qué hacer en esas condiciones? ¿No era mejor tratarlos con cuidado, esperando que un viento fa­vorable empujara el navío hacia la bahía de San Francisco?
Harry Clifton había sido informado de las maquinaciones del segundo de a bordo y sus inquietudes crecían día a día. Al darse cuenta de la complicidad que había entre los canacos y algunos ma­rineros, lamentó seriamente haberse embarcado en el Vankouver y haber expuesto a su familia a los peligros de ese viaje, pero ya era demasiado tarde.
Entretanto, las malas disposiciones comenzaron a traducirse en actos de violencia, y el capitán Harrisson encarceló a un maltés que lo había insultado. Esto sucedió el 23 de marzo. Los aliados del maltés no se opusieron a la ejecución de la sentencia; se con­tentaron con murmurar cuando Flip y un marinero norteamericano redujeron a su camarada y le pusieron los grilletes. El castigo en sí mismo era poca cosa, pero el acto de insubordinación podía tener consecuencias graves para el maltés cuando llegara a San Francis­co. Sin embargo, no se resistió, sin duda porque suponía que el Vankouver no llegaría a destino.
El capitán y el ingeniero hablaban a menudo de este desagrada­ble estado de cosas. Harrisson, verdaderamente muy preocupado, quería hacer detener a Bob Gordon, cuya intención de apoderarse del barco era visible. Pero eso habría sido provocar el estallido: el segundo de a bordo habría sido apoyado por la gran mayoría de los canacos.
-Evidentemente -le respondía Harry Clifton-, el arresto no terminará con nada. Bob Gordon será liberado por sus secuaces y nuestra situación será peor que antes.
-Usted tiene razón, Harry -respondía el capitán-. ¡Yo tam­poco veo otro medio de impedir que este miserable nos haga daño más que metiéndole una bala en la cabeza! Y si continúa, Harry, ¡estoy dispuesto a hacerlo! ¡Ah! ¡Si no tuviéramos el viento y las corrientes en contra!
En efecto, el viento que soplaba impetuoso seguía manteniendo al Vankouver fuera de su ruta. El navío se sacudía con violencia. La señora Clifton y sus dos hijos más pequeños no abandonaban la toldilla. Harry Clifton no había juzgado conveniente informar a su esposa acerca de lo que sucedía a bordo para no preocuparla sin necesidad.
El mar estaba tan embravecido y el viento era tan fuerte que el Vankouver tuvo que capear5 bajo su trinquetilla6 y sus dos gavias7 hasta el ojal de abajo. Durante el 21, el 22 y el 23 de marzo no fue posible llevar a cabo ninguna observación. El sol estaba velado por espesas nubes y el capitán Harrisson ya no sabía hasta qué punto del Pacífico Norte el huracán había empujado a su navío. Una nue­va preocupación que se sumaba a las que ya lo agobiaban.
El 25 de marzo hacia mediodía el cielo cambió ligeramente. El viento giró un cuarto hacia el oeste y favoreció la ruta del barco. El capitán quiso aprovechar la aparición del sol para establecer su punto de observación, tanto más necesario ahora que una tierra ha­bía sido avistada a unas treinta millas al este.
Tierra a la vista sobre esta parte del Pacífico, donde los mapas más recientes no señalaban ninguna, no dejaba de causarle cierto asombro. ¿Su barco había sido arrastrado por lo tanto hacia el Nor­te, hasta la latitud de las Aleutianas? Es lo que le importaba verifi­car y decidió comunicarle esta eventualidad al ingeniero, quien se sorprendió tanto como él. El capitán Harrisson fue a buscar su sex­tante y, subiendo a la toldilla, esperó a que el sol estuviera en el punto más alto de su curso para hacer su observación y determinar exactamente el mediodía en el lugar.
Eran las once horas cincuenta minutos y el capitán acercaba su ojo al lente del sextante cuando resonaron gritos en la entrecubier­ta. El capitán Harrisson se adelantó presurosamente hacia la parte delantera de la toldilla. En ese momento unos treinta canacos, atro­pellando a los marineros ingleses y americanos, se precipitaron fuera de la carroza profiriendo terribles vociferaciones. El maltés, liberado, estaba entre ellos.
El capitán Harrisson, seguido del ingeniero, descendió dé in­mediato sobre la cubierta y fue rodeado por los marineros de la tri­pulación que le eran fieles.
A diez pasos de él, sobre la parte delantera del palo mayor, se detu­vo el grupo de los canacos rebeldes que no dejaba de crecer. La mayo­ría estaba armada de barras, pasadores, cabillas, todos elementos del barco saqueados de la cocina. Blandían estas armas y vociferaban en su idioma gritos espantosos a los que se mezclaban los gritos de los malteses y de los negros. Estos canacos querían nada menos que apoderarse del barco y el motín era el resultado de las maquinaciones del segundo de a bordo, que quería convertir el Vankouver en un barco pirata.
El capitán Harrisson resolvió acabar con este miserable.
-¿Dónde está el segundo? -preguntó. No le respondieron.
-¿Dónde está Bob Gordon? -repitió.
Un hombre salió del grupo de los revoltosos. Era Bob Gordon.
-¿Por qué no está junto a su capitán? -le preguntó Harrisson.
-¡No hay otro capitán a bordo más que yo! -contestó inso­lentemente el segundo.
-¡Usted! ¡Miserable! -exclamó Harrisson.
-¡Prended a este hombre! -ordenó Bob Gordon a los mari­neros amotinados señalando al capitán.
Pero Harrisson, adelantándose un paso, sacó una pistola de su bolsillo y, apuntándole, disparó.
Bob Gordon se hizo a un lado y la bala fue a incrustrarse en la pared.
El disparo dio la señal para una rebelión generalizada. Los ca­nacos, excitados por el segundo, se precipitaron sobre el pequeño grupo que rodeaba al capitán. Se produjo una terrible refriega so­bre cuyo desenlace no podía haber dudas: la señora Clifton, ate­rrorizada, se precipitó con sus hijos fuera de la toldilla; los marineros ingleses y americanos fueron apresados y desarmados. Cuando el grupo se dispersó, un cuerpo se desplomó sobre la cu­bierta. Era el capitán Harrisson herido mortalmente por el maltés.
Harry Clifton quiso lanzarse contra el segundo, pero éste lo hi­zo sujetar firmemente y ordenó que lo encerraran en su camarote con su perro Fido.
-¡Harry! ¡Harry! -gritó la señora Clifton y las súplicas de sus hijos se unieron a las suyas.
Harry Clifton no podía resistir. Hay que figurarse la desespera­ción que sentía cuando pensaba que sus hijos iban a quedar libra­dos a esa banda de furiosos... Unos minutos después era encarce­lado en su camarote.
Bob Gordon se convirtió en el amo del barco. El Vankouver cayó en su poder. Podía hacer de él lo que quisiera. La familia Clifton le estorbaba a bordo; la suerte de estos desdichados era cosa decidida y ningún escrúpulo lo estorbaba.
A la una, habiéndose acercado el barco a la tierra que quedaba a veinte millas de barlovento lo hizo poner en facha y ordenó lan­zar el bote al mar. Sus marineros depositaron en él dos remos, un mástil, una vela, una bolsa de galletas, algunos pedazos de carne salada. Flip seguía con la mirada estos preparativos. Lo habían li­berado, pero ¿qué podría haber hecho él solo contra todos?
Cuando el bote estuvo listo, Bob Gordon ordenó que embarca­ran en él a la señora Clifton y a sus cuatro hijos, mostrándoles la embarcación por un lado y la tierra por el otro.
La infeliz mujer quiso conmover a este canalla. Suplicó, lloró, imploró que no la separaran de su marido. Pero Bob Gordon la apartó con un gesto; no quería oír nada. Sin duda pensaba desha­cerse del ingeniero Clifton mediante procedimientos más certeros y a los ruegos de la infortunada sólo respondió con una palabra:
-¡Embarque!
¡Sí! ¡ése era el designio de este miserable! ¡Iba a abandonar en pleno océano, en una frágil embarcación, a esta mujer y a sus cua­tro hijos, sabiendo perfectamente que sin un marino que los dirigiera estarían perdidos; en cuanto a sus cómplices, tan infames co­mo él, permanecieron sordos a las súplicas de esta madre y a los llantos de esos niños!
-¡Harry! ¡Harry! -repetía la desdichada mujer.
-¡Papá! ¡Papá! -gritaban los pobres hijos.
El mayor, Marc, apoderándose de una cabilla se lanzó hacia Bob Gordon, pero éste lo apartó con la mano y pronto la desafor­tunada familia fue depositada en el bote. Sus gritos eran desgarra­dores. Harry Clifton debía escucharlos desde el camarote donde lo habían encadenado. Su perro Fido respondía a esos gritos ladran­do furioso.
En ese momento, por orden de Bob Gordon, la amarra que re­tenía el bote al Vankouver fue soltada; luego, con las vergas braceadas8, el navío comenzó a alejarse.
El valiente Marc, como un verdadero marino, con la mano fir­me, de pie frente al timón, trataba de mantener la embarcación, pe­ro no se había podido izar la vela, y el bote, con la quilla al aire, amenazaba con zozobrar a cada instante.
De pronto, un cuerpo cayó al mar desde lo alto de la toldilla del Vankouver. Era el marinero Flip que se había arrojado al mar y na­daba vigorosamente hacia la embarcación a fin de ir en ayuda de los abandonados.
Bob Gordon se volvió. Por un instante tuvo la idea de perseguir al fugitivo. Pero miró hacia el cielo, cuyo aspecto era amenazante. Una sonrisa malévola se dibujó en sus labios. Hizo establecer la mesana y los dos juanetes9y pronto el Vankouver fue arrastrado a una distancia considerable del bote, que fue desapareciendo hasta no ser más que un punto en el espacio.


CAPITULO 3


El honesto Flip había alcanzado el bote en unas pocas brazas y luego, con destreza, guardando bien el equilibrio, había subi­do al bote sin inclinarlo demasiado. Tenía la ropa pegada al cuer­po, pero eso no lo preocupaba. Sus primeras palabras habían sido:
-¡No tengan miedo, mis niños, soy yo!
Y después, dirigiéndose a la señora Clifton:
-¡Saldremos bien, señora, lo peor ya pasó! Finalmente, dirigiéndose a Marc y a Robert:
-¡Vengan a ayudarme, mis queridos muchachos!
Distribuyó de ese modo a cada uno su papel, luego se ocupó de alzar la vela y, con la ayuda de los dos muchachos, tensó fuerte­mente la driza10, cazó la escota11 en la popa, agarró el timón y na­vegó de bolina12 para acercarse a la costa a pesar del viento en con­tra y aprovechando la marea creciente.
Se sabe cómo sucedieron las cosas. El digno Flip, dando ánimos a su gente menuda, les habló con esa imperturbable confianza que le era natural, calmó a la madre, sonrió a los niños, sin dejar de vi­gilar los menores desajustes de la embarcación. Y sin embargo, fruncía el ceño, sus labios se contraían y un terror involuntario lo agitaba cuando veía ese bote frágil, todavía a ocho o diez millas le­jos de la costa, con el mal viento y las enormes nubes que se cer­nían en el horizonte. ¡Y se decía con razón que si no aprovechaba la marea para llegar a tierra estaba perdido!
Después de haber reclamado por su padre ausente, la niña se había vuelto a dormir en brazos de su madre; su hermano tam­bién dormitaba. Los dos mayores se dedicaban activamente a maniobrar con los frecuentes virajes que repercutían a bordo. La atribulada señora Clifton pensaba en su marido, lejos de ella, li­brado a los excesos de la tripulación sublevada, y cuando con los ojos llenos de lágrimas observaba a sus hijos, ¡en qué podía pen­sar sino en el destino terrible que los esperaba en esa costa des­conocida, quizás desierta o quizás habitada por una raza cruel! Y sin embargo había que llegar allí si no querían perecer. A pe­sar de su fuerza moral se dejaba abatir por el dolor, sin poder do­minarlo, ¡ella que habría querido dar un ejemplo de resignación y coraje! Y a cada instante el nombre de Harry se escapaba de sus labios.
Pero Flip estaba allí y más de una vez la señora Clifton había apretado la mano de ese buen hombre. Se decía que el cielo no la abandonaba del todo puesto que ese compañero fiel, ese humilde amigo estaba cerca de ella.
Durante la travesía, a bordo del Vankouver, Flip siempre había demostrado a sus hijos una gran simpatía, y muchas veces hasta ha­bía encontrado placer enjugar con ellos. ¡Sí! La infortunada se de­cía todo eso, pero la desesperación la ganaba y, después de consi­derar una vez más la inmensa y solitaria extensión, el llanto se es­capó de sus ojos y los sollozos de su pecho; con la cabeza inclina­da sobre sus manos, permaneció inerte, inconsciente, aniquilada.
A las tres de la tarde, la tierra que se distinguía estaba a menos de cinco millas de barlovento. Las nubes se elevaban rápidamente. El sol, que descendía hacia el Oeste, las hacía aparecer todavía más
negras, y el mar que en partes resplandecía contrastaba con el as­pecto sombrío del cielo. Todos esos síntomas eran inquietantes.
-Ciertamente -murmuraba Flip-, ciertamente, todo está mal. ¡Si tuviéramos la opción de elegir algo mejor! Entre una casa bien abrigada, con una buena chimenea, y este bote, no habría du­das. ¡Pero no tenemos elección!
En ese momento, una ola fuerte, tomando la embarcación per­pendicularmente a la quilla, la zarandeó rudamente, cubriéndola de una capa líquida. Marc, de pie en la parte delantera, recibió el gol­pe del agua y sacudió su cabeza como un perro mojado.
-¡Bien, señor Marc, muy bien, señor Marc! ¡No es más que un poco de agua, buena agua de mar, bien salada! ¡No puede ha­cerle mal!
Después, aflojando su escota, el hábil marino dejó ir un poco el bote con el viento para evitar el choque de la ola. Retomó enton­ces su monólogo, hablándose a sí mismo, como solía hacerlo, y de­jó aflorar sus graves conjeturas:
-¡Si al menos estuviéramos en tierra -se dijo-, en esa tierra desierta, en lugar de estar en esta cáscara de nuez luchando contra las olas, si nos pudiéramos guarecer en una buena gruta, todo sería sin duda diferente! Pero ¡no es así! ¡No estamos allí! ¡Estamos en este mar que sólo muestra su mal carácter y más vale soportar lo que no se puede impedir!
El viento soplaba cada vez con más violencia. Se veían venir desde lejos las ráfagas que blanqueaban la superficie del océano, un vapor líquido corría por encima de las enormes ondulaciones. El bote se inclinaba de un modo inquietante, el buen marino frun­cía el entrecejo.
-Si al menos -retomaba, ya que no tenemos ni casa ni gru­ta, estuviéramos a bordo de una chalupa bien sólida, con una buena cubierta, capaz de soportar el choque de la ola, no tendríamos de qué
quejamos. ¡Pero no! ¡Sólo unas frágiles planchas! Mientras se man­tengan en su armazón, no hay nada que temer. ¡Pero, el viento arre­cia y no hay razón para mantener la vela desplegada!
En efecto, era urgente apocar la vela. El bote se acostaba y amenazaba con inundarse. Flip lo puso de cabeza al viento, lar­gó la driza y ayudado por los dos muchachos acortó la vela has­ta el rizo de abajo. La embarcación, con menos apoyo, se com­portó mejor.
-¡Muy bien, mis queridos muchachos! -exclamó Flip.
-¡Qué buen invento estos rizos! ¡Vean cómo avanzamos! Me pregunto: ¿qué más podemos desear?
La costa, entretanto, se acercaba. Los pájaros de tierra jugaban en las ráfagas de viento. Golondrinas, gaviotas, meaucas13, se arre­molinaban alrededor del bote dando gritos agudos. De pronto ve­nía una ráfaga que las llevaba lejos.
El aspecto de la costa no era prometedor. La tierra parecía ári­da y salvaje. Ningún árbol, nada verde en el fondo que alegrara las líneas ásperas. Parecía estar hecha de altos acantilados de gra­nito, al pie de los cuales se rompía con estruendo la resaca. Las grandes rocas, ampliamente recortadas, eran ciertamente inacce­sibles. Flip se preguntaba cómo podía una embarcación recalar en esa ribera, tan cerrada que no se veía la menor brecha en esa cortina14 de granito, un peñasco, muy alto, que avanzaba una milla hacia el sur y ocultaba la tierra situada en segundo plano. Toda­vía, por lo tanto, no era posible pronunciarse sobre la cuestión de saber si era un continente o una isla. A lo lejos se erguía una mon­taña que terminaba en un pico agudo coronado de nieve. Por el aspecto de estas rocas negruzcas y convulsionadas, de los regue­ros oscuros que veteaban la montaña, un geólogo habría asigna­do a esta tierra un origen volcánico; lo habría reconocido como el producto de un trabajo plutoniano15. Pero ésa no era por el mo­mento la preocupación de Flip. Él sólo buscaba en medio de ese muro gigantesco un asidero, una abertura, un agujero cualquiera para encallar allí su bote.
La señora Clifton había levantado la cabeza y miraba esa tierra ingrata. No podía escapársele su aspecto salvaje y, dirigiéndose a Flip, evidentemente lo interrogaba con la mirada.
-¡Magnífica costa! ¡magnífica costa! -murmuraba Flip­¡hermosas rocas! ¡Con esas piedras, señora, la naturaleza hace gru­tas! ¡Cómo estaremos de bien una vez instalados en una caverna, con un buen fuego de leña y un buen musgo para acostarnos!
-Pero ¿llegaremos a la costa? -preguntó la señora Clifton arrojando una mirada de desesperación a ese mar furioso que rugía a su alrededor.
-¡Cómo! ¿Si llegaremos? -respondió Flip esquivando hábil­mente una enorme ola. -¡Observe la rapidez con que marchamos! Pronto tendremos viento en popa y en poco tiempo habremos en­callado al pie de esos acantilados. Podría afirmar que allí encontraremos un pequeño puerto natural para estacionar nuestro bote. ¡Ah! ¡Qué embarcación maravillosa! ¡Se eleva con la ola como si fuera una gaviota!
Flip no había terminado de decir estas palabras cuando el terri­ble choque de una ola inmensa cubrió el bote y lo llenó en sus' tres cuartas partes. La señora Clifton pegó un grito. Sus dos hijos me­nores se despertaron súbitamente y se apretaron contra ella. Los dos más grandes, bien agarrados al banco, resistieron el asalto de la ola. Flip, con un golpe de timón consiguió poner a flote su em­barcación gritando:
-¡Pronto, señor Marc, pronto, señor Robert, achiquen16, achi­quen! ¡El bote! ¡Vacíen el bote!
Y les arrojó su sombrero de cuero curtido que bien podía servir de achicador. Marc y Robert se pusieron a la obra y, con la ayuda del sombrero, vaciaron rápidamente la embarcación.
Flip los estimulaba con el gesto y con la voz:
-¡Bien! ¡Mis queridos muchachos! ¡Muy bien! ¡Eh! ¡Qué in­vento estos sombreros! Verdaderas marmitas. ¡Se podría cocinar la sopa en ellos!
El bote, aliviado, brincaba de nuevo sobre la cresta de las olas que corrían con él, porque el viento había girado decididamente hacia el oeste. Pero era tan violento que Flip tuvo que amainar ca­si completamente su vela y amurarla17 por el extremo de la verga. La embarcación sólo presentaba un triángulo de vela muy reduci­do pero que bastaba para levantarla sobre el oleaje.
La costa, por otro lado, parecía acercarse velozmente y todos sus detalles se destacaban con nitidez.
-¡Qué buen viento! ¡qué buen viento! -exclamaba Flip, cuidan­do no dejarse encapillar18-. ¡Cuántas vueltas ha dado a propósito! ¡Quizás con demasiada fuerza! ¡Pero no hay que culparlo por eso!
A las cuatro y media la costa no estaba más que a una milla y el bote se precipitaba hacia ella; por momentos parecía que ya iba a alcanzarla, efecto que producen invariablemente las tierras altas que parecen dominar la costa.
Enseguida Marc, que estaba parado adelante, señaló hacia unas cabezas negruzcas que emergían en medio de la resaca y que pa­recían escollos. Muy agitado y completamente blanco, el mar bor­boteaba. El peligro era extremo; si el bote llegaba a rozar apenas esas rocas se haría pedazos.
Flip se había levantado. Con la caña del timón entre las piernas y apoyándose firmemente en ellas, piloteaba el bote. Trataba de abrirse paso en medio de las olas cargadas de espuma, y si bien a cada instante temía chocar con los escollos, aparentaba no tener miedo. ¡Por el contrario!
-¡Qué gran invento estas rocas! -decía.
-¡Ni que fueran bo­yas para balizar un canal! ¡Pasaremos, pasaremos!
El bote se deslizaba entre los arrecifes a una velocidad impre­sionante; el viento que soplaba hacia tierra lo empujaba directo a la costa. Flip avanzaba al ras de esas rocas cubiertas de espuma y no las chocaba; pasaba sin tocar fondo por encima de las manchas negruzcas. Su instinto de marino lo guiaba para sortear todos los peligros, ese maravilloso instinto que es superior incluso a la cien­cia náutica.
Flip hizo señas a los dos muchachos de amainar completamen­te la vela. Ellos la comprimieron y la enroscaron alrededor de la verga. La embarcación, empujada por el viento, marchaba ahora a una enorme velocidad.
Quedaba la cuestión de cómo recalarían, lo que no dejaba de preocupar a Flip. No se veía ningún hueco en esos altos acantila­dos, compactos como el muro de una fortificación. Encallar en su base, con el mar alto, era impracticable. Aunque apenas doscientas brazas separaban el bote de la costa, era urgente estar prevenidos y, si no llegaban a recalar, prepararse para prolongar la permanen­cia en la ribera.
La inquietud de Flip crecía. Con el ceño fruncido miraba esa tierra inabordable y mascullaba entre dientes palabras ininteligi­bles. Había girado el timón modificando levemente la marcha del bote, e iba al sesgo en lugar de ir directo a la costa. Pero en esa si­tuación, el bote, con el viento de través, se inundaba por los golpes de mar. Marc y Robert no paraban de achicar el agua con el som­brero.
Flip se había levantado nuevamente de su banco. Trataba de des­cubrir cualquier hueco, una hendidura en esos acantilados, o al me­nos un pedacito de playa donde encallar. La marea estaba alta, y era de esperar que dejaría arena seca al retirarse. Pero nada por el mo­mento: el muro se erguía allí, increíblemente alto y compacto.
La señora Clifton también miraba hacia la costa. Tenía con­ciencia de los peligros que implicaba recalar en esa tierra, su único refugio, y no podía negar lo que sus ojos veían: la costa era ina­bordable. Pero no se hubiera atrevido a hablar y menos a interro­gar a Flip.
De pronto, el rostro del marino se iluminó, y la confianza rea­pareció en sus rasgos.
-¡Un puerto! -dijo simplemente.
En efecto, un corte aparecía entre los acantilados, como si una poderosa fuerza geológica los hubiera separado. Entre ellos, el mar se hundía en una pequeña bahía que formaba al fondo un ángulo bastante agudo. Flip se dio cuenta enseguida de que era la desem­bocadura de un río en el que se precipitaba la marea creciente.
Condujo el bote hacia el fondo de la bahía, entró en el curso de agua un centenar de metros y recaló suavemente en una playa de fina y blanca arena.


CAPITULO 4


Flip saltó sobre la ribera y Marc y Robert lo siguieron; los tres sirgaron19 el bote sobre la arena. El mar ya había comenzado a bajar y la embarcación pronto estaría en seco.
Flip tomó a los dos niños en sus brazos y los depositó sobre la arena, después ayudó a la señora Clifton a descender del bote. ¡El noble marino no podía disimular la alegría de pisar tierra firme!
-Todo va bien, señora -repetía-, todo va bien. ¡No tenemos más que instalarnos!
El lugar de desembarco al que los había conducido el azar es­taba situado sobre la margen izquierda de un río que tenía cien pies20 de ancho en ese sitio. La franja de arena era bastante estre­cha: no medía más de veinticinco pies. Se extendía entre el cur­so del río y una alta muralla de granito. Esta muralla custodiaba la orilla derecha del río y era la continuación hacia adentro del enorme acantilado cuya altura había disminuido poco a poco, pe­ro que en el lugar del desembarco sobrepasaba los cien pies. Era imponente y casi recta en algunos lugares. Imposible escalarla, en consecuencia, por esa cara, lo cual contrariaba a Flip. Habría querido observar la comarca circundante desde lo alto de ese acantilado. Pero no era posible.
Se dedicó a buscar entonces alguna cavidad, algún agujero don­de pudiera refugiarse la familia esa primera noche y protegerse de la lluvia que amenazaba. Exploró a lo largo de la muralla de gra­nito pero, para su gran desilusión, no encontró la pequeña gruta que podía servir de campamento provisorio. El bloque era com­pacto por todos lados y no presentaba la menor fisura. Adelante del banco de arena sobre el cual acababa de recalar el bote, había un lugar: el acantilado, ahuecado en la base, formaba una especie de resguardo que podía protegerlos contra los vientos del Oeste que en ese momento se habían desencadenado, pero era un refugio in­suficiente que sería inhabitable si el viento se desplazaba apenas un cuarto al norte. Flip resolvió por lo tanto remontar el río unos centenares de pasos para seguir buscando lo que en ese lugar no habían encontrado, y le comunicó su proyecto a la señora Clifton.
-¡No tenga miedo, señora! -le dijo-. No iré muy lejos. Ten­go piernas largas y regresaré pronto. Sus hijos no se moverán de su lado. ¿Cuidará usted a su madre, señor Marc?
-Sí, Flip -respondió el muchacho, que desplegaba una ener­gía verdaderamente superior a su edad.
-Parto entonces -continuó Flip-. No tengo otra que ir y ve­nir por la margen izquierda; no hay modo de equivocar el camino si ustedes quisieran venir a mi encuentro.
Flip condujo a la señora Clifton y a sus hijos menores a ese res­guardo bajo el acantilado que había descubierto. La madre, Belle y Jack se acurrucaron allí, mientras Marc y Robert velaban por ellos en la playa. Comenzaba a caer la noche. Sólo se oían los sil­bidos de la brisa, el ruido de la resaca y el grito de los pájaros que anidaban en las partes altas del macizo.
Una vez que Flip hubo instalado a su pequeño grupo, se alejó con paso rápido. Siguió por el pie del acantilado, que perdía altu­ra hasta nivelarse con el suelo media milla después, en una pen­diente bastante pronunciada. En ese lugar el río no tenía más de se­senta a setenta pies de ancho. La margen derecha ofrecía más o menos las mismas características que la margen izquierda ya que estaba limitada por un acantilado rocoso.
Al llegar a ese punto donde terminaba la muralla, Flip se en­contró con un terreno de aspecto menos agreste; era un vasto pas­tizal que se extendía hasta el linde de un bosque cuya espesura ca­si se desdibujaba en la sombra.
-¡Bien! El combustible no nos faltará -pensó.
Flip se dirigió hacia el bosque para hacer su provisión; en cuan­to a un refugio, no había encontrado nada. Había que conformar­se, al menos por esa noche, con el campamento provisorio. Al lle­gar al linde, vio que el bosque se extendía más allá de donde al­canzaba la vista hacia la derecha, y observó los accidentes del sue­lo que subía hasta sumirse en el interior. El pico, que a treinta mi­llas de distancia había indicado a los marinos del Vankouver la pre­sencia de esta tierra desconocida, dominaba toda esa masa.
Mientras ataba los haces de leña, Flip pensaba en los medios para sacar del paso a esa familia a la que tanto se había consagra­do. La cuestión del campamento lo preocupaba.
-Después de todo, tenemos tiempo -se repetía.
-No hay que instalarse a la ligera. En primer lugar necesitamos fuego y, para ha­cer el fuego, una buena leña, que prenda bien y dé buenas llamas.
La recolección fue fácil: una gran cantidad de leña seca, pro­ducto de los huracanes, cubría el suelo. Flip no habría podido de­cir qué era esa leña, ni a cuál especie pertenecía, y se conformaba con atribuirle una categoría: "leña para quemar", la única que en ese momento le interesaba.
Pero si bien no escaseaba el combustible, los medios de trans­portarlo sí faltaban. Toda la carga que un hombre vigoroso como Flip podía soportar no habría sido suficiente para el consumo de la noche. Mientras tanto, había que darse prisa. El sol había desapa-
recido hacia el oeste detrás de unas grandes nubes rojas. Los va­pores, menos hostigados por el viento, se condensaban y la lluvia empezaba a caer. Pero Flip no quería regresar sin una provisión su­ficiente de leña.
-Debe haber un modo de transportar esta carga -se decía-. ¡Siempre hay una manera de hacer las cosas! Sólo se necesita en­contrarla. ¡Ay! ¡Si tuviera una carretilla no estaría en estos apuros! ¿Qué podría reemplazar a una carretilla? ¿Un barco? ¡Pero yo no tengo un barco!
Flip seguía reflexionando así mientras recogía su leña:
-No tengo barco, continuó, pero tengo el río -continuó-, ¡y el río marcha solo! ¡Y si las armadías21 han sido inventadas es pa­ra que uno se sirva de ellas!
Fascinado con su idea, cargó sobre sus espaldas la provisión de leña y se dirigió hacia el ángulo que formaba el linde del bosque con el río. La distancia a recorrer no sobrepasaba los cien metros. Al llegar a la orilla el marino todavía encontró una gran cantidad de leña seca; la juntó y comenzó a fabricar una armadía.
En una especie de embudo provocado por una punta de la ribe­ra que avanzaba sobre el río y rompía la corriente, Flip colocó los pedazos más gruesos de leña y, habiéndolas atado juntas con una largas lianas secas, formó una balsa sobre la que apiló toda su co­secha, es decir una carga de alrededor de diez hombres. Si el car­gamento llegaba a buen puerto, el combustible no iba a faltarles.
En media hora Flip había concluido su trabajo. El marino no te­nía la intención de dejar que su armadía avanzara sola con la co­rriente, pero tampoco quería embarcarse en ella para dirigirla. Ha­bía que mantenerla como a esos barquitos que los niños remolcan a las orillas de los ríos. Pero ¿y la cuerda? ¿No tenía alrededor del cuerpo un cinturón de marinero, de varias brazas de largo? Se lo sacó entonces, convenciéndose, no sin razón, de que los cinturones
habían sido inventados para remolcar armadías. La ató a la parte posterior de la balsa y, con una vara larga, empujó el artefacto en la corriente.
El procedimiento resultó a pedir de boca. La enorme carga de leña que Flip sostenía marchando por la orilla siguió río abajo. La margen era muy escarpada y no había riesgos de que la balsa en­callara. A las seis y unos minutos Flip llegaba al lugar del desem­barco y amarraba su balsa.
Madre e hijos corrieron a su encuentro.
-¡Sí, señora! Aquí le traigo todo un bosque -exclamó Flip al­borozado-. Y créamelo, todavía hay más. Así que ¡nada de aho­rros! La leña no nos cuesta nada.
-¿Pero y este lugar...? -preguntó la señora Clifton.
-¡Oh! ¡Muy hermoso! -respondió impávido el noble mari­no-. Ya lo verá con sus propios ojos, a la luz del sol. Los árboles son magníficos. Con un poco de verdor, la comarca será encantadora.
-¿Y nuestra casa? -preguntó Belle.
-¿Nuestra casa? Mi querida niña, a nuestra casa la haremos nosotros y tú nos ayudarás.
-Pero ¿qué haremos hoy? -dijo la señora Clifton.
-Hoy, señora, hoy tendremos que arreglarnos sin casa y que­darnos donde estamos -respondió Flip un poco cortado-. ¡No encontré la pequeña gruta! El acantilado está limpio y liso como muralla nueva. Pero mañana, de día, encontraremos lo que necesi­tamos. Mientras tanto hagamos fuego. Eso aclarará nuestras ideas.
Marc y Robert comenzaron a descargar la armadía y deposita­ron la leña en el suelo, al pie del acantilado. Flip armó una fogata. Procedía con método, como quien conoce su asunto. La señora Clifton y sus dos hijos menores, acuclillados bajo la hendidura, lo miraban hacer.
Cuando Flip hubo terminado su tarea, buscó en su bolsillo la ca­ja de fósforos que nunca lo abandonaba, pues era un fumador em­pedernido. Hurgó en los grandes bolsillos de su pantalón y, com­probó, estupefacto, que no la tenía.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. La señora Clifton lo miraba fijamente con sus grandes ojos.
-¡Qué imbécil! ¡Mis fósforos están en el bolsillo de mi marinera -exclamó, encogiéndose de hombros.
La marinera había quedado en el bote. Flip subió a bordo, to­mó su marinera, buscó, la dio vuelta, volvió a buscar. La caja no estaba.
El rostro del marino palideció. Tal vez esa caja de fósforos se había caído en el bote cuando usaron la marinera para cubrir a los niños.
Buscó en el bote, rastreó en todos los rincones, bajo la cu­bierta, entre las cuadernas. Nada. Evidentemente la caja se había perdido.
La situación era gravísima. La pérdida de esa caja era irrepara­ble. ¿Qué harían sin fuego? Flip no pudo contener un gesto de de­sesperación. La señora Clifton se le acercó; había entendido lo que pasaba. Sin fósforos, ¿cómo hacer un fuego? Flip podía sacar chis­pas a un pedernal con su cuchillo, pero le faltaba la yesca. Un tra­po quemado podría haber servido de yesca, pero ¿cómo quemarlo sin fuego? En cuanto al medio empleado por los salvajes, que con­siste en obtener el fuego mediante la frotación de dos pedazos de madera seca, había que renunciar a él porque no solamente ese procedimiento exige una madera especial de la que Flip no dispo­nía, sino que la frotación exige una gran práctica.
Flip se quedó pensativo. No se atrevía a dirigir la mirada a la seño­ra Clifton y a sus desafortunados niños, esas pobres criaturas que tiri­taban de frío. La señora Clifton había regresado al pie del acantilado.
-¿Y ahora, Flip? -preguntó Marc.
-¡No tenemos fósforos, señor Marc! -respondió Flip bajando la voz.
Marc había tomado la marinera y la daba vuelta en todos los sentidos. Registraba los bolsillos de adentro y de afuera. De pron­to, se le escapó un grito.
-¡Un fósforo! -exclamó.
-¡Ah! ¡Uno, uno solo y estamos salvados! -gritó el marino.
Flip recuperó la marinera y, en efecto, como Marc, sintió un pe­dacito de madera metido en el forro. Sus grandes manos tembla­ban y sostenían ese pedacito de madera a través de la tela, sin po­der sacarlo. La señora Clifton había vuelto y se acercó a él:
-¡Déjeme a mí! -le dijo.
Luego, tomando la marinera, retiró el pedacito de madera.
-¡Un fósforo! -gritó Flip. -¡Es un fósforo, con azufre y fós­foro! ¡Ah! ¡Tener uno es como tener todo un cargamento!
El buen marino saltaba de alegría, abrazaba a los niños, ocul­tando las lágrimas que derramaban sus ojos.
-¡Bien! Tenemos un fósforo, está bien, pero hay que usarlo con precaución, y pensar dos veces antes de usarlo -razonó.
Flip limpió cuidadosamente su único fósforo y se aseguró de que estuviera bien seco. Una vez hecho esto:
-Necesitamos papel -dijo.
-Aquí hay -respondió Robert.
Flip tomó el papel que le tendía el muchacho y se dirigió hacia el montón de leña. Tuvo otras precauciones: amontonó bajo los le­ños unos puñados de hierbas secas y de musgos que había recogi­do al pie del acantilado. Los dispuso de modo que el aire pudiera circular fácilmente y encender rápido la leña seca; luego preparó el pedazo de papel en forma de cucurucho, como hacen los fuma­dores cuando hay fuertes vientos.
Entonces tomó el fósforo y, para frotarlo, levantó una piedra bien seca, una especie de guijarro chato y rugoso. Después, acu­clillándose en la parte baja del acantilado, en un ángulo bien pro­tegido, mientras Marc con un exceso de precaución acercaba su sombrero a una corta distancia del muro, frotó suavemente el fós­foro sobre el guijarro.
La primera vez no se encendió. Flip no había raspado con la fuerza suficiente por miedo de arruinar el fósforo. Retenía la res­piración y habrían podido contarse los latidos de su corazón.
Frotó una segunda vez y entonces surgió una tenue llama azu­lada que despedía un humo acre; giró el fósforo y lo metió dentro del cucurucho de papel. El papel se prendió en unos segundos y Flip lo introdujo bajo el montón de musgo y de hierbas. Unos ins­tantes más tarde los leños crepitaban, y una llama alegre, activada por la brisa, se expandía en medio de la oscuridad.


CAPITULO 5


Frente a ese fuego claro y chisporroteante, los niños no pudie­ron contener un hurra de placer. Belle y Jack acercaron sus manitos ateridas a las llamas. Con ese hogar se sentían salvados. El presente a esa edad lo es todo. Ni el pasado ni el futuro podían preocuparles.
Hay que decir que ese hogar encendido significaba en gran me­dida la salvación de la familia abandonada. Sin fuego, ¿qué habría sido de ellos? Flip, el animoso Flip, así lo había entendido con la emoción que sentía al encender su último fósforo. Pero no había que dejar que se apagara ese fuego; había que conservar siempre al rescoldo una brasa para volver a encenderlo. Esto no era, sin em­bargo, sólo un problema de cuidado y de atención. En ese mo­mento la reserva de leña bastaba y Flip se prometió renovarla a su debido tiempo.
-Ahora, vamos a cenar -dijo.
-¡Sí! ¡Cenemos! -exclamó Jack.
-¡Galleta y carne no nos faltan! Empecemos por vivir de lo que tenemos. Más tarde encontraremos lo que nos falta.
Flip fue a buscar al bote su pequeña reserva de víveres. La se­ñora Clifton lo acompañó.
-¿Y después, Flip? -dijo ella mostrándole la bolsa de galle­tas y la provisión de carne salada.
-Después veremos, señora -respondió Flip.
-Esta costa que desde lejos parecía árida, es, por el contrario, una tierra fértil. Pu­de comprobarlo durante mi paseo por el bosque; creo que podrá alimentar a nuestra pequeña colonia.
-Sí, amigo Flip; pero abandonados, sin armas, sin herramientas...
-Armas haremos, en cuanto a las herramientas... ¿No tengo acaso mi cuchillo? Mire: es un buen cuchillo de hoja ancla. ¡Con semejante instrumento, un hombre no está nunca en aprietos!
Al pronunciar estas palabras Flip tenía un tono tan convencido, hablaba con tanta seguridad y lo animaba tal confianza en el futu­ro, que la desdichada señora Clifton recobró la esperanza.
-Sí, señora -insistía el marino regresando al fuego que brilla­ba al pie del acantilado. -¡Sabe usted que con un cuchillo, con un simple cuchillo, se puede construir una casa de madera o un navío! Sí, ¡un navío de cien toneladas! Yo me encargaré de hacerlo desde la quilla hasta la punta de los mástiles. Con tiempo, por supuesto.
-Le creo, mi buen Flip -respondió la señora Clifton-, pero ¿cómo hacemos con la olla y la pava que nos faltan? ¿Cómo hare­mos para prepararle a los niños algo caliente que los reconforte?
-Esta noche no va a ser fácil -respondió el marino-, pero mañana encontraremos algún coco o alguna calabaza y yo me en­cargaré de fabricar con ellos unos utensilios de cocina.
-¿Recipientes que se podrán poner en el fuego? -preguntó vivamente la señora Clifton.
-Si el fuego no va por debajo irá por adentro -respondió, im­perturbable, el marino -y vendrá a ser lo mismo. Emplearemos el método de los salvajes; calentaremos piedras y las meteremos en las calabazas llenas de agua, y así obtendremos agua hirviendo.
¡Tenga confianza, señora, tenga confianza! ¡Se sorprenderá de lo que se puede hacer cuando no hay más remedio!
La señora Clifton y Flip se habían reunido con los niños quie­nes atizaban el fuego; el humo subía en la sombra, arrastrando un haz de destellos chispeantes. Era como un juego de artificios que maravillaba a los dos más chicos; Jack había agarrado un tizón en­cendido y, agitándolo, se divertía en trazar círculos de fuego en el aire. Marc y Robert acomodaban la leña para la noche, la señora Clifton preparaba la comida, y pronto cada uno tuvo su parte de galleta y de carne salada. En cuanto a la bebida, fue el agua del río. Como la marea estaba bastante baja, el agua había perdido por completo su gusto salobre.
Pese al clima familiar de sosiego, Flip seguía preocupado. La no­che amenazaba ser lluviosa y él temía que la familia no tuviera sufi­ciente abrigo. Decidió visitar la cara oeste del acantilado cuya pro­longación formaba la costa. Esperaba encontrar allí alguna caverna; suponía que las olas, al azotar constantemente esa pared, podían ha­ber formado una cavidad. El mar ya se había retirado bastante; Flip bajó por la ribera hasta la desembocadura del río, giró a la izquierda y siguió el litoral que se extendía entre el pie de la alta muralla y las rompientes de alta mar. Caminó varios centenares de metros obser­vando atentamente este basamento rocoso, pero su superficie lisa y pulida por el oleaje, no ofrecía ninguna abertura.
Flip regresó metido en sus cavilaciones mientras masticaba un pedazo de galleta.
-Es un nido lo que necesitan -pensaba.
Un nido, en efecto. Ya habían empezado a caer unas finas gotas de lluvia. Fuertes ráfagas de viento pulverizaban los vapores con­densados. Los nubarrones hacían la noche todavía más negra. Se oía el bramido del mar sobre los escollos y la resaca producía un ruido parecido al retumbar del trueno.
Flip conocía bien esas señales y pensaba en esa madre, en esos niños, transidos por la lluvia y el frío. El viento se había desplaza­do un poco hacia el oeste y la hendidura en el acantilado no alcan­zaría para proteger el lugar del campamento. La situación sería en­tonces insostenible.
El noble marino, muy desasosegado, regresó cerca de la familia Clifton. Los hijos terminaban su comida, la madre ya había insta­lado a Jack y a Belle en un lecho de arena al pie de la muralla; pe­ro no podía impedir que el viento y la lluvia llegaran hasta ellos. Sus ojos se volvían hacia Flip y lo interrogaban tan directamente que el honesto marino no podía confundirse con ello.
Marc comprendía los temores de su madre. Los nubarrones es­taban bajos y él podía estirar la mano para sentir si aumentaba la lluvia. En ese momento, tuvo una idea, y se fue derecho hacia don­de estaba Flip.
-Flip -dijo. -Señor Marc. -¡Bueno! ¡El bote!
-¡El bote! -gritó el marino.
-¡El bote dado vuelta! ¡Es un techo! ¡La casa vendrá más tarde! ¡Vengan, mis queridos señores, vengan!
Marc, Robert, la señora Clifton y Flip corrieron hacia el bote. Flip celebraba el ingenio de Marc. ¡Digno hijo de un ingeniero! ¡El bote dado vuelta! ¡Con toda su experiencia Flip no habría tenido esa idea!
Ahora había que llevar el bote hasta el pie del acantilado y po­nerlo contra la muralla. Felizmente era una embarcación ligera, construida con madera de abeto, que no medía más de doce pies de largo y cuatro de ancho. Juntando sus esfuerzos, Flip, los dos muchachos y la señora Clifton podían arrastrarlo por la arena hasta el campamento. Flip, muy vigoroso, se afianzó sobre sus piernas, y empujando con la espalda como hacen los pescadores, dio el primer impulso al bote que, en pocos instantes, llegó a su destino.
A cada lado de la hendidura de la roca, Flip armó con unas pie­dras grandes unas bases de dos pies de alto, destinadas a soportar los extremos de la embarcación. Una vez hecho esto, el bote fue dado vuelta y la quilla quedó hacia arriba. Jack y Belle ya se que­rían meter debajo, cuando Flip los detuvo.
-Un momento -alertó-. ¿Qué ha caído allí, sobre la arena?
En efecto, mientras procedían a dar vuelta el bote, un objeto ha­bía rodado en la tierra produciendo un ruido metálico. Flip se aga­chó en el acto y recogió el objeto en cuestión.
-¡Bueno! –exclamó-. Ahora somos ricos.
Era un viejo hervidor de hierro, ese utensilio tan caro a los ma­rineros norteamericanos o ingleses. Estaba abollado, como pudo observar Flip al arrimarlo a la luz de la llama, pero tendría una ca­pacidad para entre cinco y seis pintas22 de líquido. Ese utensilio era de un valor inestimable para la familia Clifton.
-¡Vamos bien! ¡Vamos bien! -repetía entusiasmado maese Flip-. ¡Un cuchillo, un hervidor!: henos aquí bien provistos. ¡Las cocinas de la Casa Blanca no están mejor montadas que la nuestra!
El bote dado vuelta fue acercado a las bases de piedra. Apoya­ron la proa en la de la derecha, pero era muy difícil levantar la po­pa sin gato ni aparejo.
-¡Bah! ¡Señores míos! -dijo a los muchachos que lo ayuda­ban-, cuando uno no es fuerte tiene que ser listo.
Poco a poco, deslizando unos guijarros chatos como monedas unos sobre otros, consiguió levantar la popa a la altura de la proa y apoyar la regala de la izquierda contra el acantilado. Para que ese refugio improvisado estuviera más protegido de la lluvia, Flip ex­tendió la vela sobre el bote para que cubriera sus flancos y colgara hasta el suelo. El todo constituía una especie de carpa, con un techo sólido, capaz de desafiar las ráfagas más violentas.
Además, Flip excavó en la arena, debajo del bote, una canaleta y con la arena que había sacado formó una defensa para impedir que entrara la lluvia.
Para terminar, los niños y él recogieron en unos instantes una can­tidad apreciable del musgo que tapizaba la parte inferior del acanti­lado; del tipo de las briófitas23 con apariencia de tallo y hojas de co­lor pardo, constituyen el musgo de roca por excelencia. Cubrieron con ese edredón natural el fondo de arena y lo convirtieron en lecho mullido. Flip estaba encantado y no ahorraba su entusiasmo.
-¡Tenemos una casa! ¡Una verdadera casa! -repetía.
-¡Es­toy empezando a creer que nos equivocamos acerca del destino de los botes: son techos y sólo los damos vuelta cuando queremos na­vegar! ¡Vamos, vamos, mis queridos señores, al nido, al nido!
-¿Y quién vigilará el fuego? -preguntó la señora Clifton.
-¡Yo, yo! -respondieron simultáneamente Marc y Robert.
-No, mis queridos amigos, déjenlo por mi cuenta -respondió el honesto Flip-, permítanme que en esta primera noche sea yo el que se encargue de cuidarlo. Más adelante organizaremos nuestra guardias.
La señora Clifton quería compartir esta tarea con Flip, pero él no aceptó y hubo que obedecerlo.
Los niños, antes de meterse debajo del bote, se arrodillaron jun­to a su madre, rezaron por su padre ausente e invocaron la ayuda de la Providencia. Luego, después de haber abrazado a la señora Clifton, al buen Flip, y de abrazarse unos a otros, se acurrucaron en sus lechos de musgo. La madre saludó a Flip dándole la mano y se refugió también bajo el bote; el marino vigiló concienzuda­mente durante la noche ese precioso hogar amenazado todo el tiempo por la lluvia y el viento.


CAPITULO 6


La noche transcurrió sin incidentes. La lluvia cesó hacia las tres de la mañana. La señora Clifton, a quien sus tristes preocupa­ciones habían mantenido despierta, abandonó el bote al amanecer antes que sus hijos, sin perturbarles el sueño. Quería reemplazar a Flip y éste de buena o mala gana tuvo que aceptar e ir a descansar unas horas bajo el bote.
A las siete lo despertó el parloteo de los muchachos, que ya co­rrían por la playa. La señora Clifton se ocupaba del aseo de los más chicos, lavándoles la cara y las manos en el agua dulce del río. Jack, que por lo general era reacio a esta operación, esta vez no protestó. Es cierto que un río que corre es mucho más divertido que una palangana.
Cuando Flip hubo dejado su lecho de arena y de musgo vio con satisfacción que el cielo se había serenado. Las nubes, altas y dis­persas, dejaban ver grandes placas de azul. El buen tiempo favore­cía por lo tanto los proyectos de Flip, que contaba ese día con ex­plorar la comarca circundante.
-¿Cómo van las cosas, mis queridos señores? -preguntó con voz animada. -¿Y usted, señorita Belle, y usted señora Clifton? ¡Cuando pienso que soy el último en levantarme! ¡A mi edad!
-¿Acaso no veló usted toda la noche, querido amigo? -dijo la señora Clifton dando la mano a su noble compañero-. No ha de haber dormido más de dos horas.
-Para mí es suficiente, querida señora -respondió Flip-. ¡Ah! ¡Cómo se ve que tenemos un ama de casa! ¡Ya está el hervi­dor sobre el fuego! ¡Pero si usted hace todo, mistress Clifton, yo tendré que cruzarme de brazos!
Mientras hablaba de este modo, Flip se acercó al hogar y vio el viejo hervidor entre dos piedras ya ennegrecidas por la llama. El fuego chisporroteaba alegremente.
-¡Eh! ¡Qué agua! ¡Qué hermosa agua! -exclamó Flip, que no economizaba las interjecciones de admiración. -¡Qué bien hier­ve! ¡Es un placer escucharla! ¡Se diría el gorjeo de un pájaro! ¡Qué bien le vendrían unas hojas de té o un grano de café para preparar la bebida caliente que nos merecemos!; ¡pero eso ya llegará a su tiempo! Vamos, muchachos, ¿quién viene a explorar conmigo?
-¡Nosotros, nosotros! -gritaron los tres muchachos.
-¡Yo también, yo quiero ir con papá Flip! -dijo la niña.
-Bueno -dijo el marino-. ¡No sé a quién elegir!
-¿Va a alejarse usted mucho, Flip? -preguntó la señora Clifton.
-No iremos lejos, querida señora, unos centenares de pasos sola­mente; los señores Marc, Robert y yo iremos a reconocer el terreno.
-Estamos listos -respondieron los dos muchachos.
-En cuanto al señor Jack -continuó Flip -momo es un chico grande y responsable que inspira confianza, le pediría que vigilara el fuego durante nuestra ausencia. ¡Que no ahorre leña, sobre todo!
-¡Sí! ¡Sí! -aceptó Jack, muy orgulloso de la tarea que se le encomendaba-. ¡Belle me alcanzará los leños y yo los iré aco­modando en el fuego!
Marc y Robert se adelantaban ya y bajaban por la margen iz­quierda del río.
-¿Volverán ustedes pronto? -insistió la señora Clifton.
-En una hora -respondió Flip-. No le pido más que ese tiempo para rodear el acantilado y examinar la ensenada hacia donde nos llevó ayer la corriente. Y, verdaderamente, tendríamos que ser muy ineptos para no traerle para el almuerzo algo que nos permita economizar nuestra carne y nuestra galleta.
-¡Vaya tranquilo, amigo Flip! Y si desde lo alto del acantilado -agregó la señora Clifton con los ojos húmedos-, si a lo lejos di­visa... en el mar...
-¡Sí! ¡Entiendo lo que me dice, mi querida señora! ¡Tengo buena vista! Miraré, desde luego. Todo no ha sido dicho en este asunto y quizás el señor Clifton... En fin, espérenos, consuélese, es usted quien tiene que darnos el ejemplo del coraje y la resig­nación. Una esperanza. ¡Ah! ¡El fuego! ¡Le recomiendo sobre todo el fuego! Quiero creer que el señor Jack no lo dejará apa­gar. Pero no está mal echarle un ojo de tanto en tanto. ¡Me voy, me voy!
Dicho esto, Flip se despidió de la señora Clifton y no tardó en al­canzar a sus dos jóvenes compañeros en la desembocadura del río.
En ese lugar el acantilado hacía una vuelta brusca sobre sí mis­mo y terminaba en un ángulo muy agudo. Iba ahora de norte a sur formando una cuesta muy elevada. El mar comenzaba a retirarse dejando en descubierto una playa de arena y de rocas que era fácil de seguir a pie.
-¿No nos alcanzará la marea? -preguntó Marc.
-No, mi joven amigo -respondió Flip-. El reflujo apenas comienza y no habrá pleamar antes de las seis de la tarde. Corran entonces por la playa, examinen esas rocas. La naturaleza debe ha­ber depositado aquí y allá cosas buenas que se pueden aprovechar.
En cuanto a mí, tengo que encontrar una rampa para trepar el acan­tilado, pero no los perderé de vista. ¡Quédense tranquilos!
Marc y Robert se alejaron, cada cual por su lado. Marc, más ob­servador, caminaba con prudencia, observando con atención la pla­ya y el acantilado. Robert, impaciente, jugueteaba sobre las rocas, saltaba los charcos de agua, con riesgo de resbalarse en las matas de algas.
Flip bajó por la playa hacia el Sur sin perder de vista a los dos jóvenes. Siguió a lo largo de la muralla durante un cuarto de mi­lla. Siempre la misma verticalidad y la misma uniformidad. Ha­cia la cima del acantilado revoloteaba todo un mundo de aves acuáticas y en particular diversas especies del orden de las pal­mípedas, con el pico alargado, fuerte y puntiagudo, volátiles muy gritonas, un poco asustadas por la presencia de un hombre que, sin duda, perturbaba por primera vez su soledad. Entre estas pal­mípedas, Flip identificó una especie de gaviotas a las que suele darse el calificativo de estercóreas, y otras pequeñas gaviotas vo­races que anidaban en los agujeros del granito. Un tiro de fusil disparado en el medio de ese hormiguero habría abatido gran cantidad de esos pájaros. Pero Flip no tenía fusil y por otro lado esas gaviotas no son muy comestibles y sus huevos tienen un gusto espantoso.
Al alejarse del acantilado, Flip observó que se prolongaba ha­cia el Sur unas dos millas, para terminar allí en un peñasco tallado a pique, que la resaca cubría con una espuma blanca; ¿tendría que rodear ese promontorio, lo cual significaría esperar todavía una ho­ra hasta que el mar bajara? Flip se preguntaba eso cuando se en­contró frente a una abertura que seguramente había producido en la muralla un derrumbe de rocas macizas.
-Pero aquí hay una escalera natural, hay que aprovecharla; desde lo alto del acantilado podré observar al mismo tiempo la tie­rra y el mar.
Flip comenzó su ascenso sobre las piedras derrumbadas y, gra­cias al vigor de sus pantorrillas, a su fuerza y a su destreza poco comunes, alcanzó en pocos instantes la cresta de la muralla.
Al llegar dirigió su primera mirada a la tierra que se desplega­ba ante él. A tres o cuatro leguas se erguía el enorme pico cubier­to de nieve. Desde las primeras estribaciones de la montaña hasta dos millas de la costa, se extendían vastas superficies boscosas, en las que se destacaban grandes manchas verdes por la presencia de árboles de hojas perennes. Después, entre el bosque y el acantila­do, se desplegaba una pradera en pleno verdor sembrada de bosquecillos caprichosamente distribuidos. Hacia la izquierda, del la­do del río y sobre su margen derecha, se alzaban, soberbias, unas rocas de granito que cerraban el horizonte a esa pradera de la cos­ta; en qué se convertiría más allá era imposible adivinarlo desde ese punto. Pero hacia el Sur bajaba y se hundía; el acantilado se convertía en unas rocas aisladas, las rocas en dunas, las dunas en playas de arena, hasta una distancia de varias millas. Un cabo, osa­damente proyectado sobre el mar, detenía allí la mirada. Más allá de ese cabo ¿la tierra seguía hacia el Oeste y el Este? ¿Se ligaba a un continente? ¿O, por el contrario, se redondeaba al este y no era más que una isla del Pacífico Norte a la que el azar había arrojado a esta familia abandonada?
Flip aún no podía resolver esta cuestión tan importante y pos­puso su solución a otro momento. En cuanto a la tierra misma, is­la o continente, le pareció fértil, agradable de aspecto, variada en sus frutos, y más no podía pedir.
Después de este examen sumario, el marino volvió su mirada hacia el océano y sus ojos recorrieron la extensión de la playa de arena, limitada por las líneas de rompientes. Esas rocas que emer­gían en la marea baja parecían grupos de anfibios, perezosamente acostados en la resaca. Flip alcanzó a divisar a los dos muchachos que parecían ocupados en hurgar los intersticios de las rocas.
-Han encontrado algo -pensó Flip. Si se tratara del señor Jack o de la señorita Belle, creería que están juntando conchillas, ¡pero el señor Marc es un muchacho responsable y él y su herma­no se afanan sin duda en acrecentar nuestros recursos alimentarios!
Más allá de los escollos que azotaba la resaca, el mar brillaba ba­jo los rayos oblicuos del sol que rozaban al pasar las tierras eleva­das de la costa. Sobre ese mar, esa inmensa superficie líquida, ¡ni un solo barco a la vista, nada que recordara el paso del Vankouver! ¡Nada que permitiera presentir la suerte corrida por el desdichado señor Clifton!
Flip miró una última vez la playa que se extendía a sus pies. Ad­virtió que esa parte de la costa estaba cubierta por una isla oblon­ga que medía una milla, cuyo extremo norte estaba aproximada­mente a la altura del río, y su extremo sur era transversal al peñas­co en el que terminaba el acantilado. Tal vez incluso ese extremo se prolongara más allá, lo cual Flip no podía sino conjeturar desde el lugar en el que estaba. Ese islote árido que emergía bastante por encima del oleaje, defendía la costa contra las olas de alta mar, de­jando entre ésta y él, un canal manso, en el que una flotilla de em­barcaciones habría podido guarecerse sin problemas.
Cuando Flip hubo examinado cuidadosamente toda la disposición natural de esa tierra, decidió ir a reunirse con sus jóvenes camaradas. Estos ya lo habían visto y le hacían señas de bajar. Flip regresó enton­ces por la rampa producida por los derrumbes, posponiendo para otro día una exploración más completa del interior. Cuando hubo puesto el pie sobre la playa, se dirigió al encuentro de Marc y de Robert.
-¿Ya de vuelta, amigo Flip? -le dijo Robert, inquieto como siempre-. Ya de vuelta. Hemos hecho una buena cosecha de mo­luscos comestibles.
-Que son comestibles y que son comidos, respondió Flip al ver que el muchacho desprendía con sus dientes unos apetitosos moluscos encerrados en una valva doble.
-Quedan todavía, Flip, y más de lo que nunca podríamos lle­gar a comer. Mire esas rocas. Están tapizadas. Ya podemos estar seguros de que no nos moriremos de hambre.
En efecto, las rocas que el reflujo había dejado al descubierto estaban recubiertas de conchillas oblongas, reunidas en racimo y muy adheridas a la roca en el medio de las matas de alga.
-Son mejillones -dijo Marc-, excelentes mejillones; algo, sin embargo, me llama la atención: perforan la roca donde se asientan­.
-Entonces no son mejillones -sostuvo el marino.
-Protesto -insistió Robert, que sumaba el gusto al testimonio de su mirada.
-Se lo repito, señor Robert -replicó Flip; mejillón es un molusco muy común en el Mediterráneo pero raro en los mares de América. He comido tantos en mi vida que pretendo conocerlos bastante. No me negarán que al morderlos les encontraron un sa­bor fuertemente picante.
-Es cierto -respondió Marc.
-Fíjense, además, . que esas valvas forman una concha oblon­ga, casi igualmente redondeada en los dos extremos, característica que no se encuentra en un mejillón común. Estos mariscos se lla­man litodomos, pero no por eso son menos buenos.
-Hemos juntado muchos también para mamá. ¡Vayamos, pues! -agregó el muchachito que ya habría querido estar de re­greso en el campamento.
-¡Eh! ¡No corras tan rápido! -gritó Flip al ver que Robert salía corriendo entre las rocas; pero no sirvió de nada su recomendación.
-Dejémoslo ir -dijo Marc-. Mamá estará más pronto tran­quila cuando lo vea regresar.
Marc y Flip habían vuelto entretanto a la playa y costeaban la base del acantilado. Debían de ser alrededor de las ocho de la ma­ñana. Apetito no les faltaba a los dos exploradores y un desayuno sustancioso habría recibido la aprobación general. Pero esos mo­luscos no eran muy ricos en nitrógeno y Flip lamentaba no llevar­le a la señora Clifton un plato más nutritivo. Pescar sin red ni ca­ña, cazar sin escopeta ni lazo era difícil. Felizmente, Marc, que se­guía la muralla, espantó una media docena de aves que anidaban bastante abajo, en unos agujeros cavados en el granito.
-¡Bien! -exclamó el marino-, no son gaviotas estos voláti­les ¡Observe cómo se retiran a todo vuelo! Si no me equivoco, son unas piezas excelentes.
-¿Qué son estos pájaros? -preguntó Marc.
-Por el borde exterior negro de sus alas, la cola blanca y las plu­mas azul cenicientas, creo reconocer a las zuritas o palomas silves­tres, que reciben también el nombre de palomas de las rocas. Más adelante trataremos de domesticar esta especie para nuestro futuro gallinero. Pero si esta paloma es buena para comer, sus huevos no han de ser tan malos; siempre que hayan dejado algunos en el nido...
Flip se acercó al agujero del que se habían escapado las zuritas, espantadas por Marc. En una cavidad de la roca había una docena de huevos que sacaron con delicadeza y colocaron en el pañuelo de Flip. Decididamente, la comida se completaba. Marc juntó unos puñados de sal que el agua de mar había dejado al evaporarse en los huecos de las rocas. Retomaron entonces el camino hacia el campamento.
Un cuarto de hora después el veloz Robert, Flip y Marc daban vuelta el ángulo del acantilado y veían que la colonia en pleno ro­deaba el fogón chisporroteante; un penacho de humo se contornea­ba en el aire. Los recién llegados fueron bienvenidos. La señora Clifton había colocado el hervidor sobre el fuego y ya los moluscos se cocinaban en unas pintas de agua de mar que le realzarían el gus­to. En cuanto a los huevos de paloma, fueron recibidos con alegría por los más chicos. Belle reclamó de inmediato una huevera; pero Flip, no pudiendo ofrecérsela, la consoló prometiéndole traerle una en la primera ocasión de un árbol que "produce hueveras". Esta vez hubo que conformarse con hacer los huevos duros sobre la ce­niza caliente.
El desayuno pronto estuvo listo. Los moluscos, en plena cocción, despedían un excelente olor marino. No faltó la vajilla: la señora Clifton había juntado una docena de coquilles Saint-Jacques24 que servían de platos. Cuando se vació el hervidor, Marc fue a llenarlo de agua dulce en la fresca corriente del río. Flip, siguiendo su cos­tumbre, amenizó la comida con sus ocurrencias y desarrolló unos planes para el futuro que harían desear a cualquiera un naufragio en una isla desierta. No es necesario decir que nadie tocó las galletas ni la carne salada que fueron reservadas para circunstancias extremas.
Una vez que terminaron de desayunar la señora Clifton y Flip hablaron sobre las mejoras que había que hacer en el campamen­to. Era indispensable encontrar un reparo más seguro. Esto reque­ría una exploración más minuciosa del acantilado. Pero Flip pos­puso esa exploración para el día siguiente. No quería aventurarse tan lejos desde el primer día, dejando solos a la señora Clifton y a sus hijos. Por otro lado, debía renovar la provisión de combustible.
Por lo tanto volvió al bosque, remontando la margen derecha del río, y trajo, por vía fluvial, varias cargas de leña. Tuvo incluso la precaución de encender dos fogatas distintas, para que no les fal­tara el fuego en el caso de que una de las dos llegara a apagarse.
El segundo día pasó de la misma manera. Los litodomos y nue­vamente los huevos que Flip y Robert trajeron del nido, asegura­ron la cena. Llegó la noche, una noche estrellada, que la familia pasó debajo del bote; la señora Clifton y Flip velaron el fuego por turnos y nada interrumpió su tranquilidad, hasta que, de pronto, unos aullidos lejanos, presumiblemente de animales feroces, hicie­ron palpitar de miedo el corazón de la pobre madre.



CAPITULO 7


A1 día siguiente, 27 de marzo, todo el mundo estaba en pie des­de el alba. Había buen tiempo, pero hacía un poco de frío. El viento norte había barrido todas las nubes y garantizaba la jorna­da. Era el momento propicio para una excursión al interior de esas tierras, y Flip resolvió no demorar esta importante exploración. Reconocer la costa, la índole de los recursos que albergaba y lo que unos náufragos podían esperar de ella; saber si estaba o no ha­bitada, decidir, finalmente, si la familia Clifton podía instalarse de­finitivamente en ese lugar, eran las graves cuestiones que era .ne­cesario resolver lo más pronto posible. En cuanto a esa otra no me­nos interesante de determinar, si la costa pertenecía a una isla o a un continente, Flip no contaba con resolverla en esta primera ex­pedición, a menos que esa tierra fuera una isla, y una isla relativa­mente pequeña, circunstancia que la altura del pico y la importan­cia de las estribaciones que lo sostenían no hacían verosímil. Cier­tamente, si hubiera podido escalar esa montaña, habría sabido a qué atenerse; pero sólo más adelante intentaría hacerlo; primero había que pensar en lo más urgente: los alimentos y la vivienda.
Flip comunicó su proyecto a la señora Clifton y obtuvo su con­sentimiento. Era una mujer valerosa y fuerte, ya lo hemos dicho, y sin esfuerzo se podían reconocer esas cualidades en la presencia de ánimo con que vivía y contenía su dolor. Ponía sus esperanzas en Dios, en ella misma, en Flip, sabiendo que la providencia no la abandonaría. Cuando el noble marino la consultó acerca de la oportunidad y la necesidad de esta exploración en el interior, ella comprendió que sus dos hijos más pequeños no podrían formar parte de la expedición y que ella iba a tener que quedarse con ellos. Una viva emoción la sobrecogió de sólo pensarlo pero se sobrepu­so y le dijo a Flip que debía partir sin demora.
-¡Está bien, señora -respondió Flip-, primero desayunemos y después decidiremos cuál de los muchachos me acompañará.
-¡Yo! ¡Yo! -gritaron, a cual más, Marc y Robert.
Pero Flip aclaró que sólo uno de los hermanos lo acompañaría, pues el otro tenía que cuidar a la familia durante su ausencia. Y, al decir esto, Flip miró de tal manera a Marc que el buen muchacho no podía equivocarse. Comprendió que a él, el mayor, le incumbía ese deber de velar por su madre, su hermano y su hermana. Ese hi­jo tenía que ser ahora el jefe de la familia; entendía más que Robert, que por su carácter era menos razonable que impetuoso, la gravedad de la situación y la responsabilidad que pesaba sobre él. Sea como fuere, no hizo ninguna observación y, respondiendo a la mirada de Flip, dijo:
-Soy yo, madre, quien se quedará con usted. Soy su hijo mayor y me toca a mí vigilar el campamento durante la ausencia de Flip.
Marc dijo tan bien estas palabras, que las lágrimas asomaron en los ojos de la señora Clifton.
-¡Caramba! -exclamó el noble marino, conmovido-. Usted es un buen muchacho, señor Marc, déjeme darle un abrazo.
Marc se precipitó a los brazos de Flip, quien lo apretó contra su pecho.
-Y ahora, desayunemos -dijo.
Eran las siete de la mañana. Desayunaron con ganas. Después, la señora Clifton, no queriendo dejar partir a los exploradores sin provisiones suficientes para el camino, les exigió que se llevaran un poco de galleta y de carne salada. Flip tuvo que aceptarlo. En realidad la cuestión de la comida casi no le preocupaba, porque contaba con que la naturaleza siempre provee. Sólo lamentaba una cosa: no estar lo suficientemente armado. Así, a falta de armas ofensivas que habría podido utilizar con éxito en la caza, se munió de un arma defensiva que podía servirle para rechazar el ataque de hombres o de animales salvajes. Cortó por lo tanto dos palos, talló los extremos en punta y los endureció con el fuego. Artefacto pri­mitivo, sin duda, pero esa estaca o bastón podía convertirse en un arma peligrosa en manos del vigoroso Flip. En cuanto a Robert, con su bastón sobre el hombro, se daba aires, haciendo sonreír a su hermano Marc.
Por fin, se convino en que la señora Clifton y sus hijos no se ale­jarían del acantilado; Marc debía limitarse a ir hasta la playa para renovar la provisión de moluscos y de huevos de zuritas; y, sobre todo, tenía que encargarse de mantener el fuego, de vigilarlo per­manentemente, tarea que compartía con su madre y que era la prin­cipal recomendación de Flip.
A las ocho, Robert, luego de abrazar a la señora Clifton y a sus hermanos, estuvo listo para partir. Flip estrechó la mano de la ma­dre y de sus hijos y repitió sus recomendaciones expresas; después remontaron la margen izquierda del río. No tardó en pasar por el lugar donde había construido su armadía. El río se estrechaba po­co a poco y sus riberas exuberantes formaban un lecho muy enca­jonado. La margen derecha estaba bordeada por un acantilado gra­nítico que continuaba más allá del bosque y era más alto que el acantilado del lado opuesto. No se podía saber, por lo tanto, cómo era la región que estaba detrás, hacia el Norte. Pero Flip se reser­vaba para más tarde observar esa margen derecha del río y por el momento se limitaba a explorar la comarca hacia el Sur.
Habían andado una milla desde el campamento cuando Flip y su compañero advirtieron que el río penetraba bajo el doble arco del bosque, cuyos árboles de hojas perennes formaban una masa verde y oscura. Era inevitable, por lo tanto, pasar a través del bos­que y Robert, sin dejar de correr, como era su costumbre, quiso adelantarse; pero Flip le recomendó que no se separara de él.
-No sabemos con qué podemos encontrarnos en el bosque -dijo-, le ruego entonces, señor Robert, no alejarse de mí.
-¡Pero yo no tengo miedo! -insistió el muchacho esgrimien­do su bastón puntiagudo.
-Ya lo sé -replicó el marino sonriendo-, pero tendré miedo si me quedo solo, así que no me abandone.
Sin dejar el sendero formado por la ribera entraron bajo la bó­veda de verdura. El agua fresca murmuraba a la izquierda. El sol, ya alto sobre el horizonte, trazaba a través del ramaje finas ner­vaduras en la corriente negruzca. Flip y Robert no seguían la ri­bera sin encontrar obstáculos: aquí árboles tumbados cuyos tocones25 habían reverdecido bañados por el río, allá lianas o espi­nos que había que apartar con el bastón o cortar con el cuchillo. Robert a veces se deslizaba entre las ramas caídas con la agilidad de un gato joven y desaparecía en el monte. Pero Flip enseguida lo llamaba.
-¡Señor Robert! -gritaba.
-¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy, maese Flip! -respondía el joven mostrando su cara roja como amapola entre las hierbas altas.
Mientras tanto Flip observaba atento la estructura y la índole de esos lugares. Sobre esa margen izquierda del río el suelo era pla­no; a veces húmedo, parecía pantanoso. Se sentía que por debajo corría toda una red de hilillos líquidos que, por alguna falla subte­rránea, se derramaban en el río. Algunas veces un verdadero arro­yo corría a través del monte; los dos compañeros lo cruzaban sin problema. La margen opuesta era más accidentada y el valle se di­bujaba allí más nítidamente; el talud, cubierto de árboles dispues­tos por capas, subía bruscamente y formaba una cortina que tapa­ba la visión. Sobre la margen derecha la marcha habría sido difí­cil, pues los declives eran escarpados y los árboles, inclinados so­bre el agua, sólo parecían sostenerse por un milagroso equilibrio.
Inútil decir que ese bosque era virgen, no había en él ninguna marca humana. Flip sólo observó huellas de animales. En ninguna parte el corte de un pico o de una hacha. En ninguna parte los res­tos de un fuego apagado. De lo cual se alegraba el marino: en esa tierra perdida en pleno Pacífico, en esos parajes acaso frecuenta­dos por caníbales, temía más que deseaba la presencia del hombre.
Flip y Robert avanzaban sin descanso pero lentamente, y luego de una hora de marcha apenas habían recorrido una milla. No aban­donaban el hilo de agua, verdadero curso que les permitía volver a encontrar el camino en ese laberinto. A menudo se detenían para examinar la presencia del reino animal. Flip, que había recorrido el mundo entero, desde las zonas glaciales hasta las tórridas, Flip, que lo sabía todo, esperaba que algún fruto conocido por él se le ofre­ciera. Pero hasta ese momento sus búsquedas no habían tenido re­sultado. Los árboles de ese bosque pertenecían por lo general a la familia de las coníferas, esas coníferas que se propagan espontaneamente en todas las regiones del globo, desde los climas septen­trionales hasta las zonas tropicales. Un naturalista habría identifi­cado con más precisión esta especie de cedros deodaras, observada hasta ahora especialmente en las regiones himalayanas; de esos ár­boles emanaba un aroma agradable que perfumaba el aire. Entre ellos había numerosos bosquecillos de pinos marítimos, cuyo para­sol opaco se abría ampliamente. Entre las hierbas, los pies aplasta­ban hatos de ramas secas que crepitaban como petardos.
Algunos pájaros cantaban o revoloteaban bajo este ramaje pero se mostraban extremadamente huidizos. Entre otros, en las partes húmedas del bosque, Robert señaló un ave con pico agudo y alargado que anatómicamente se parecía al martín pescador. Sin em­bargo, se distinguía de este pájaro por el plumaje bastante hirsuto, con un destello metálico. Roben y Flip habrían querido vivamente atraparlo, uno para llevárselo a sus hermanos, el otro para evaluarlo desde el punto de vista comestible. Pero no pudieron acercársele.
-¿Qué es ese pájaro? -preguntó maese Robert.
-Ese pájaro, señor Robert, me parece que ya lo he visto los bosques de América meridional donde lo llamaban jacamar.
-¡Qué bien quedaría en una pajarera! -exclamó el muchacho.
-¡Y en una olla! -replicó Flip -¡pero no veo que ese asado tenga ganas de dejarse atrapar!
-¡No importa! -exclamó Robert, mostrando una bandada de pájaros que revoloteaba entre los árboles, -¡ahí hay otros! ¡Qué hermoso plumaje! ¡Qué cola larga y tornasolada! ¡Qué pequeños son! ¡Rivalizarían con los colibríes por su tamaño y su color!
En efecto, los pájaros que el muchacho señalaba, un poco toscos de aspecto, se escapaban a través de las ramas y sus plumas, leve­mente implantadas, se desprendían en el vuelo y cubrían el suelo con finos plumones. Flip recogió algunas plumas y las examinó.
-Estos bichitos no se comen, ¿no? -preguntó Robert.
-Por supuesto que sí, mi querido señor -respondió el marino. -Estos pajaritos son muy buscados, tan delicada es su carne. Es cierto que yo preferiría una gallina de Guinea o un gallo silvestre; pero, en fin, con una docena de estas encantadoras aves podríamos hacer un platillo presentable.
-¿Y qué son...?
-Currucas26 -respondió Flip. -He cazado miles en el norte de México y si mis recuerdos no me engañan, es fácil acercárseles y matarlas a palos.
-¡Bueno! -profirió Robert abalanzándose.
-¡No tan rápido, señor impaciente! -protestó el marino-, no tan rápido. ¡Nunca podrá ser un cazador emérito si es tan arreba­tado!
-¡Oh! Si tuviera una escopeta... -dijo Robert.
-Con una escopeta o con un palo, hay que actuar con astucia. Cuando esté a una distancia conveniente, no vacile en tirar o en golpear. Pero hasta ese momento, calma. ¡Veamos! Imíteme y tra­temos de llevarle al menos un plato de currucas a la señora Clifton.
Flip y Robert se deslizaron entre los pastos y llegaron al pie de un árbol cuyas ramas bajas estaban cubiertas de pajaritos; las currucas esperaban el paso de los insectos con los que se alimentan. Se veía cómo agarraban fuertemente, con sus patas cubiertas de plu­mas hasta los dedos, las ramas medianas que les servían de apoyo.
Los cazadores habían llegado a su objetivo. Robert, que había moderado su impaciencia, se aprestaba a dar un golpe maestro. Pe­ro su desilusión fue grande cuando vio que su bastón y él mismo eran demasiado pequeños para alcanzar unas presas tan incautas. Flip le hizo señas de disimularse en los pastos más altos. En cuan­to a él, enderezándose de un salto, derribó filas enteras de currucas. Los pájaros, aturdidos, estupefactos ante tal ataque no intentaron volar y se dejaron aniquilar con una estúpida calma. Un centenar de estas currucas yacía en el suelo cuando las otras decidieron huir.
Robert tuvo por fin el permiso para ser carnicero. Si todavía no había ascendido a la categoría de cazador, al menos se lo conside­raba apto para ser "perro de caza". Y para este papel, "aunque de acuerdos a sus medios", se desempeñaba de maravilla. Saltaba a través de los matorrales, saltaba por encima de los troncos caídos, y juntaba a manos llenas los pájaros heridos que buscaban acurru­carse entre la maleza. Pronto había entre nueve y diez docenas amontonadas en el suelo.
-¡Hurra! -gritó Flip. -Ahora podremos hacer un plato que valga la pena. Pero no basta. El bosque debe ser rico en caza. ¡Bus­quemos, busquemos más!
Los cazadores ensartaron en un junco las currucas como si fueran alondras y siguieron su camino bajo los árboles. Flip ob­servó que el río doblaba ligeramente, de modo tal que formaba un gancho hacia el sur. Ahora recibía lateralmente los rayos del sol que hasta ese momento le había dado de frente, prueba de que su dirección se había modificado. Pero, según él, esa curva del río no podía prolongarse demasiado hacia el sur porque eviden­temente su fuente estaba al pie de la montaña y se alimentaba del deshielo de la nieve que tapizaba las laderas del pico central. Flip resolvió por lo tanto remontar la margen del río, esperando salir cuanto antes de ese bosque cuya espesura le impedía observar el terreno.
Los árboles eran magníficos, Flip no dejaba de admirarlos; pe­ro ninguno producía frutos comestibles. El marino buscaba en va­no alguna de esas preciosas palmeras que sirven para tantos me­nesteres en la vida doméstica y tenía razón en sorprenderse porque esos árboles son muy comunes hasta los cuarenta grados en el he­misferio boreal y hasta los treinta y cinco en el austral. La familia de las coníferas, en cambio, estaba ampliamente representada en el bosque; entre otras, había pinos Oregon27, parecidos a los que cre­cen en la costa noroeste de América del Norte, y soberbios abetos de sesenta centímetros de diámetro en la base y de sesenta metros de altura.
-¡Hermosos árboles! -exclamó Flip -¡pero no nos sirven!
-¡Tal vez sí! -respondió Robert, que había tenido una idea.
-A ver ¿para qué?
-Para subir hasta la cima y tener una visión de la comarca.
-¿Y usted podría ...?
Flip no había terminado de hablar que ya el muchacho se lan­zaba como un gato a las primeras ramas de un abeto gigantesco. Subía con una agilidad sin par y la forma y disposición de las ra­mas facilitaba su ascensión. El bueno y honesto Flip le daba mil consejos de prudencia que Robert no escuchaba. Pero su agilidad era tan notable y parecía estar tan acostumbrado a este ejercicio, que el marino se tranquilizó.
Robert llegó pronto a la cima del árbol, se sostuvo con firmeza y miró en derredor. Su voz nítida llegaba fácilmente hasta Flip.
-No se ve nada -decía-, nada más que árboles; de un lado el pico que domina toda la región; del otro una línea resplande­ciente que debe ser el mar. ¡Qué bien se está aquí!
-¡No digo que no, pero tiene que bajar!
Robert obedeció y llegó al pie del árbol sin problema. Repitió lo que había dicho: el bosque se extendía como una masa de ver­dor, dominado aquí y allá por pinos parecidos al que acababa de subir.
-No importa -dijo Flip.
-Sigamos remontando el curso del río y si en una hora no aparece el confín de este bosque volve­remos sobre nuestros pasos.
Hacia las once, Flip le hizo observar a Robert que los rayos del sol caían sobre sus espaldas y no ya de costado. El río retornaba entonces hacia el mar, pero no había ningún inconveniente en se­guirlo puesto que los cazadores, encerrados en su curva interior, no tendrían necesidad de atravesarlo. Prosiguieron, pues, su avance. La caza mayor seguía faltando. Sin embargo, al correr entre los pastos, Robert espantaba algún animal escondido. Pero el mucha­cho no podía, por su talla, forzarlo a la carrera, y lamentaba no te­ner a su perro Fido que le habría sido tan útil.
-¡Fido está con el padre! -pensó Flip -¡y más vale que así sea!
Nuevas bandadas de pájaros fueron entrevistas entre los árboles, picoteando sus bayas olorosas. Flip identificó entre esos árboles a los enebros. De pronto, un verdadero toque de trompetas resonó en el bosque. Robert paró la oreja, como si esperara ver aparecer un regimiento de caballería. Pero Flip había reconocido esas extrañas fanfarrias que producen las gallináceas que se llaman urogallos en los Estados Unidos de América. Pronto vio unas parejas de esas aves, con plumaje vario de color leonado y pardo y la cola también parda. Los machos se caracterizaban por tener los dos alones pun­tiagudos formados por las plumas levantadas del cuello. Estas ga­llináceas eran del tamaño de una gallina, y como Flip sabía que su carne era como la de la ortega, tenía mucho interés en apoderarse de un ejemplar de estos urogallos. Pero a pesar de todas sus arti­mañas, a pesar de la presteza de Robert, ninguna de esas galliná­ceas pudo ser capturada. Sin embargo, el marino estuvo a punto de alcanzar uno de esos urogallos con su bastón, pero un brusco mo­vimiento de Robert hizo volar al pájaro.
Flip se limitó a mirar al muchacho y pronunció estas palabras que llegaron hasta el corazón de Robert:
-¡La señora Clifton ha­bría estado bien contenta de compartir un ala de esa gallina entre sus hijos pequeños!
Roben, con las manos en los bolsillos, la mirada hacia el suelo, se colocó detrás del marino y lo siguió sin decir nada.
A mediodía, los cazadores habían hecho alrededor de cuatro millas desde que salieron del campamento; estaban fatigados, no por el camino recorrido, sino por haber caminado en ese bosque tu­pido. Flip resolvió no seguir adelante y regresar por la margen iz­quierda del río para no perderse. Pero tenían hambre; se sentaron bajo un bosquecillo de árboles y dieron cuenta de sus provisiones con mucho apetito.
Terminada la comida, Flip se preparaba para retomar el camino hacia el campamento cuando un gruñido singular hirió sus oídos. Se volvió y advirtió un animal agazapado bajo un monte bajo. Era una especie de puerco, de alrededor de ochenta centímetros de lar­go, de un color pardo oscuro, más claro en la panza, con el pelo duro y un poco grueso; sus dedos, fuertemente asentados sobre el suelo, parecían estar unidos por membranas. Flip lo reconoció en­seguida, era un carpincho, uno de los especímenes más grandes del orden de los roedores.
El carpincho no se movía. Miraba obstinado, giraba los ojos, hundidos en una profunda capa de grasa. ¡Tal vez era la primera vez que veía seres humanos y no sabía qué podía esperar de ellos!
Flip agarró su bastón con firmeza. El roedor estaba a diez pasos de él. Miró a Robert, que estaba tan quieto como el carpincho; ha­bía cruzado sus brazos sobre el pecho y hacía visiblemente esfuer­zos para contenerse.
-¡Bien! -le dijo Flip haciéndole señas de no salir de su lugar.
Luego, sigilosamente, rodeó el monte en el que el animal per­manecía inmóvil y pronto desapareció entre los pastizales. Roben se quedó como enraizado en el suelo; pero el pecho le subía y le bajaba con movimientos precipitados. Su mirada no se apartaba de los ojos del roedor.
Pasaron cinco minutos así, hasta el momento en que Flip apa­reció detrás del monte. El carpincho, presintiendo un peligro, vol­vió la cabeza; pero súbitamente el temible bastón de Flip se abatió con la rapidez de un rayo. Golpeado en su parte trasera, el car­pincho lanzó un gruñido poderoso y, aunque gravemente herido, se precipitó hacia delante, volteó a Robert, y huyó a través del bosque.
A los gritos de Flip, Robert se levantó y, todavía aturdido por la caída, se lanzó tras las huellas del roedor, ya muy maltratado, y lo alcanzó. Pero en el momento en que iba a precipitarse sobre el ani­mal, éste dio un último salto y consiguió sobrepasar el linde de es­te bosque interminable que se extendía no sobre una pradera sino sobre una vasta extensión de agua.
Para gran sorpresa de Robert, el carpincho se sumergió en ese lago y desapareció. El muchacho, inmóvil, con el bastón levanta­do, miraba el agua borboteante. Enseguida apareció Flip. Ni si­quiera vio ese nuevo paisaje, sólo pensaba en su carpincho. Pedía su carpincho.
-¡Ah! ¡qué torpe soy! -se quejó Robert.
-¡No lo alcancé!
-Pero ¿dónde está?
-Allí, en el agua.
-¡Esperémoslo! -señor Robert.
-Pronto aparecerá para res­pirar en la superficie.
-¿No se ahogará?
-No. Tiene las patas palmeadas, es un palmípedo; cacé más de uno en las márgenes del Orinoco. Acechémoslo.
Flip iba y venía, esta vez más impaciente que el propio Robert. Ese roedor tenía un valor inestimable a sus ojos. Era la pieza de re­sistencia de la cena futura. Flip no se equivocaba: después de unos minutos el animal salió del agua, a menos de un metro de donde estaba Robert. El muchacho se precipitó sobre el carpincho y lo agarró de una pata. Flip acudió y lo estranguló.
-¡Bien! ¡Bien! -exclamó Flip.
-Usted llegará a ser un ver­dadero cazador, señor Robert. He aquí un roedor que roeremos hasta los huesos y que reemplazará con ventaja a nuestro urogallo que se nos voló. Pero ¿dónde estamos?
Valía la pena mirar ese lugar. La vasta extensión de agua era un lago que recibía la sombra de unos hermosos árboles en sus orillas del este y del norte. De ese lago salía el río que formaba una espe­cie de vertedero por el exceso de agua. Hacia el Sur se elevaban al­gunas rampas más áridas, sólo interrumpidas por unos pocos bosquecillos. Ese lago debía medir una legua en su diámetro más grande; un islote emergía de su superficie a unos cien pies del lí­mite del bosque. Hacia el Oeste, a través de una cortina de árboles, entre los cuales Flip identificó unos cocoteros, aparecía un des­lumbrante horizonte de mar.
El marino cargó el carpincho sobre sus espaldas y seguido de Robert se dirigió hacia el Oeste, rodeando la orilla del lago duran­te aproximadamente dos millas. En ese lugar el lago formaba un ángulo muy agudo y sólo estaba separado de la ribera por una pra­dera ancha, toda verde. Bastaba con atravesarla para alcanzar la costa y Flip se proponía volver por ese nuevo camino. No se equi­vocaba. Una vez que atravesaron la vasta alfombra verde y que franquearon la línea de cocoteros, los dos cazadores se encontra­ron en el extremo de aquel acantilado del sur, cuya cima Flip ha­bía recorrido durante su excursión de la víspera. Ante él se exten­día el largo islote ya observado, que un estrecho canal separaba de la ribera.
Pero Flip tenía prisa por llegar a donde estaba la señora Clifton y su familia. Robert y él, contorneando el pequeño peñasco for­mado por el ángulo del acantilado, tomaron el camino de la playa. Debían apurarse pues ya el oleaje comenzaba a subir y las cabezas de las rocas desaparecían bajo la marea creciente. Apresuraron el paso y hacia las dos y media llegaron al campamento donde fue­ron recibidos con gritos de algarabía por toda la familia.


CAPITULO 8


Ningún incidente digno de mención se había producido du­rante la ausencia de Flip. El fuego había sido cuidadosa­mente mantenido. Marc había renovado la reserva de huevos y de mejillones, y con el carpincho y las docenas de currucas que ha­bía traído Flip la cuestión de los comestibles estaba resuelta por algún tiempo.
Antes de hacer el relato de su excursión, el marino quiso ocu­parse de la cocina, operación urgente pues el apetito de los caza­dores se había agudizado vivamente. Se resolvió guardar las currucas para el día siguiente y atacar el carpincho, verdadera pieza de resistencia.
Pero había que destazarlo. Flip se encargó de la faena en su ca­lidad de marino, es decir de "hombre universal". Desolló al roedor con una notable habilidad y obtuvo un costillar soberbio cuyas costeletas, separadas, se asarían sobre las brasas. Simultáneamen­te, los mejillones se cocinaban en el hervidor y los huevos sobre la ceniza. La cena se presentaba bastante prometedora. En cuanto al resto del carpincho, las patas fueron destinadas a ser jamones. Al día siguiente, a primera hora, la señora Clifton tendría a su cargo la operación de ahumarlos con madera verde.
Pronto se empezó a sentir el olor delicioso de las costeletas asa­das; la madre, presurosa, había dispuesto sus platos, es decir las coquilles Saint-Jacques. Hacía buen tiempo y los comensales, pro­tegidos por el acantilado, sobre la arena fina, se reunieron alrede­dor del hervidor. Los mejillones, aunque figurasen en el menú de ordinario, tuvieron su éxito habitual; las costeletas de carpincho fueron declaradas sin rival en el mundo. Si se le cree al honrado Flip, ¡nunca había gozado de una comida semejante! Más que co­merla la había devorado.
Cuando los comensales hubieron calmado el hambre, la señora Clifton rogó a Flip que hiciera el relato de su exploración. Pero el marino quiso que lo hiciera su joven compañero de ruta. Robert contó muy bien lo que había pasado durante la excursión, de ma­nera un poco impetuosa, con frases demasiado cortas e insuficien­temente ligadas, pero pudo describir, en suma, el paseo en el bos­que, la cacería de las currucas, la captura del carpincho, el regreso por el lago y el acantilado del sur. Aludió con mucha gracia a su torpeza y a sus arrebatos, y soslayó su "triunfo" en la lucha me­morable con el roedor anfibio. Flip también intervino, completan­do el relato.
La señora Flip, orgullosa de su hijo, lo abrazó tiernamente, y tomó la mano de Marc, tal vez un poco celoso por los éxitos de su hermano. Con ese gesto la señora Clifton agradecía a su hijo ma­yor haberla protegido durante la ausencia de Flip.
Después, el marino retomó en detalle el relato de Robert e in­sistió sobre algunos puntos importantes, principalmente sobre el descubrimiento del lago de agua dulce.
-Si pudiéramos instalarnos allí, señora Clifton, entre el lago y el mar, estaríamos en un verdadero Edén. El mar estaría siempre ante nuestros ojos, ya que no debemos estar lejos de él. El lago proveería a todas nuestras necesidades, porque imagino que deben frecuentarlo bandadas de aves acuáticas. Además, los árboles son muy hermosos en el límite de la costa y he visto cocoteros, cuyo valor es inapreciable desde varios puntos de vista.
-¿Pero cómo se podría instalar un campamento en ese lugar? -preguntó la señora Clifton.
-Lo peor -respondió Flip -sería seguir refugiados bajo este bote convertido en techo. Esto no es una vivienda ... ¡No es digna de unos náufragos que se precien! No es posible que no encontre­mos una gruta, una excavación, un agujero, un simple agujero...
-¡Que podríamos agrandar! -dijo el pequeño Jack.
-Sí, con mi cuchillo -respondió Flip al niño, con una sonrisa tierna.
-¡O que podríamos dinamitar! -agregó Belle.
-¡Claro, mi adorable miss, sin pólvora, de un puñetazo, para tener un ambiente bien cálido y seco para el invierno y bien fresco para el verano!
-Yo querría una gruta bella -dijo la niña -con diamantes en los muros, como en los cuentos de hadas.
-¡Le construiremos una especialmente, señorita Belle, una gruta como la que usted quiere! -respondió Flip.
-¡La hadas es­tán a las órdenes de las niñas buenas como usted...!
Belle aplaudía y el noble marino se sentía muy feliz de prodi­gar un poco de alegría y de esperanza en el espíritu de esos niños. La señora Clifton lo miraba y esbozaba una sonrisa.
-En conclusión -retomó Flip-, iremos a visitar el lugar de nuestro nuevo campamento; no hoy, es demasiado tarde, pero sí mañana.
-¿El lago está lejos? -preguntó Marc.
-No. Tenemos que hacer menos de dos millas para llegar. Así que mañana por la mañana, con el permiso de usted, señora Clifton,
me llevaré, sólo por dos horas, a los señores Marc y Robert para examinar la costa.
-Todo lo que usted hace está bien hecho, amigo Flip -respon­dió la señora Clifton.
-¿No es acaso usted nuestra Providencia?
-¡Bonita Providencia! -exclamó el marino.
-¡Una provi­dencia que no tiene más que un cuchillo para sacarla de apuros!
-Sí -agregó la señora Clifton-, sólo un cuchillo, ¡pero una mano vigorosa para sostenerlo!
Una vez establecido el proyecto no quedaba otra cosa que ir a descansar en espera del día siguiente. También Flip se tomó un descanso, pero a su manera: renovando la provisión de leña.
Luego llegó la noche que, por la claridad del cielo, iba a ser fría; el hogar fue preparado para pasarla, aunque el musgo sobre el le­cho de arena, secado al fuego, ya había sido arreglado previamen­te por la señora Clifton misma. Los niños se acurrucaron en esos improvisados lechos como pajaritos en su nido.
La señora Clifton quiso velar cerca del fuego y logró, no sin es­fuerzo, que Flip tuviera unas horas de descanso. Él la obedeció, aunque decidido a dormir con un solo ojo. La madre se quedó en­tonces sola en esa noche oscura, cerca del fuego que chisporrotea­ba, atenta y pensativa a la vez. ¡Su pensamiento erraba por ese mar, fijado en la escenas del barco después del motín!
Al día siguiente, después de un desayuno rápido, Flip dio la se­ñal de la partida a sus dos jóvenes acompañantes. Marc y Robert abrazaron a su madre, se adelantaron y dieron vuelta en torno del acantilado. Flip se reunió muy pronto con ellos. Al pasar las rocas, verificó que el banco de litodomos debía ser inagotable. Del otro lado del canal, sobre ese largo islote que custodiaba la costa, una bandada numerosa de aves se paseaba solemnemente. Estos pája­ros pertenecían a la división de los zambullidores; eran pájaros bo­bos o pájaros niños, reconocibles por su grito desagradable que re­cuerda el rebuzno del asno. La carne de estos volátiles, aunque ne­gruzca, es perfectamente comestible. Flip lo sabía y sabía también que a esos pájaros, pesados y tontos, se los puede matar fácilmen­te a bastonazos o a pedradas. Se prometió entonces atravesar el ca­nal uno de estos días y explorar el islote que debía contener una abundante reserva de animales de caza. Pero se cuidó bien de anunciar su proyecto a los dos muchachos. Robert no habría vaci­lado en arrojarse inmediatamente a nadar, con la intención de ca­zar a esos pájaros.
Una media hora después de haber dejado el campamento, Flip, Marc y Robert llegaron al extremo sur del acantilado, que la ma­rea descendente dejaba en ese momento en descubierto. Habían al­canzado el vasto emplazamiento que Flip había reconocido en su exploración de la víspera y que se extendía entre el lago y la ribe­ra. A Marc la región le pareció encantadora. Los bosquecillos de cocoteros se elevaban majestuosos a la mitad del camino; un poco detrás, una cortina de hermosos árboles seguía los movimientos del terreno, ligeramente accidentado. Eran bellas coníferas, pinos, alerces, entre otros, una treintena de esos soberbios ejemplares de la familia de las ulmáceas, olmos vigorosos conocidos con el nom­bre de almez de Virginia.
Flip y sus dos jóvenes compañeros exploraron toda esa parte de la costa, de la que el lago formaba la orilla oriental. El lago pare­cía ser muy abundante en peces. Para aprovecharlo, sólo había que procurarse líneas, anzuelos y redes; Flip les prometió fabricar los artefactos de pesca necesarios cuando la colonia estuviera definiti­vamente instalada.
Al recorrer la orilla occidental del lago, Flip descubrió algunas huellas de animales de gran tamaño que probablemente venían a cal­mar la sed en esa extensa reserva de agua dulce. Pero ningún vestigio delataba la presencia del hombre en esa costa. Los exploradores pisa­ban, por lo tanto, una tierra virgen nunca hollada por pie humano.
Flip volvió entonces al acantilado para investigar su parte sur, que se extendía perpendicularmente al mar y venía a morir en una punta fina sólo a pocos metros de los almeces.
La inspección de esa masa rocosa se hizo con un extremo cui­dado. Se trataba de descubrir una cavidad lo bastante grande para alojar allí a toda la familia. Esta búsqueda tuvo un feliz resultado. Fue Marc quien descubrió la tan deseada gruta. Era una verdadera caverna excavada en el granito, que medía treinta pies de largo por veinte de ancho. Una arena fina, llena de mica brillante, cubría el suelo. La altura de la gruta sobrepasaba los diez pies. Sus paredes, muy rugosas en su parte alta, eran lisas y pulidas en la base, como si el mar hubiera limado o roído en otros tiempos las asperezas. La boca de esta caverna, cortada muy irregularmente, formaba una especie de triángulo, pero dejaba entrar bastante luz en el interior. En todo caso, Flip no tendría dificultades en darle una forma regu­lar y en agrandarla.
Al entrar en la gruta, Marc no saltó, ni se puso a rodar sobre la arena, lo cual habría hecho infaliblemente Robert, destruyendo con sus brincos unas huellas anchas y profundas grabadas en el suelo, unas pisadas producidas sin duda por un animal que había marcha­do francamente con las plantas de sus patas y no con la punta de los dedos, como hacen los mamíferos corredores. Flip vino a examinar­las: los órganos locomotores del plantígrado que había dejado esas huellas, eran poderosos, y armados de garras en forma de gancho cu­ya marcas se distinguían nítidas sobre la alfombra de arena.
Flip no quiso asustar a los jóvenes y se limitó a borrar las hue­llas, diciendo que no tenían ninguna importancia. Pero cuando es­tuvo a solas se preguntó si esa caverna frecuentada por un animal, una fiera de gran tamaño, ofrecería un asilo seguro a esta gente des­provista de armas defensivas. Sin embargo, más allá de cualquier examen, pensó, no sin razón, que si esa gruta había sido visitada por un animal no era sin embargo una guarida. No se veía ningún ras­tro de excremento o de huesos roídos. Se podía esperar en conse­cuencia que esa visita puramente fortuita no se repetiría. Por otro lado, obstruyendo la entrada con bloques de piedras, la gruta sería segura y habitable. Además, el fuego que debía ser mantenido no­che y día, ahuyentaría inevitablemente a cualquier animal feroz, pues es sabido que le tienen un miedo insuperable al fuego.
Flip resolvió por consiguiente convertir esa cavidad espaciosa en su campamento principal. Después de haber examinado minu­ciosamente el interior de la caverna, fue a reconocer la parte exte­rior del acantilado. Era una masa rocosa, de una altura, en ese lu­gar, de cincuenta pies, pero cuya parte superior parecía fugarse ha­cia atrás como uno de esos techos altos que coronan las casas de ladrillos del siglo de Luis XIII. La gruta, situada a trescientos me­tros de la costa y a doscientos metros del lago, estaba protegida en parte por una especie de saliente de granito, que la protegía de los vientos lluviosos del oeste. Desde la gruta misma no se veía por lo tanto el mar de frente, sino sólo por una abertura lateral que per­mitía que la vista se prolongara hasta el peñasco de la punta del sur. El pico central que se elevaba sobre los últimos planos hacia atrás del acantilado no era visible desde ese punto ocupado por la gruta, pero la mirada podía abarcar en toda su extensión la capa azulada del lago, sus costas exuberantes a la derecha, las dunas es­calonadas que la enmarcaban de frente, y el horizonte lejano que enlazaba todas esas líneas entre sí. ¡Era un paisaje maravilloso, he­cho para encantar la mirada!
La ubicación de esta gruta era tan propicia, entre el lago y el mar, sobre el límite de esa vasta pradera umbrosa, que Flip resol­vió conducir allí ese mismo día a la señora Clifton y a su familia. La idea gustó a los muchachos y los tres se pusieron en ruta para regresar al campamento.
Retomaron la ruta del acantilado, no sin pescar y cazar en el ca­mino. Los muchachos no querían regresar con las manos vacías.
Mientras Robert juntaba los huevos de paloma, Marc renovaba sus provisiones de moluscos. Incluso logró apoderarse de un enorme cangrejo, con la caparazón dentada, con la frente estrecha también dentada, un cangrejo-tortuga que pesaba por lo menos cinco libras28 y cuyas formidables pinzas evitó hábilmente. Era una pieza importante. Por su lado, Robert había recogido una docena de hue­vos, luego de haber roto algunos, con tanta vivacidad los atrapaba. Pero había que agradecerle que no los hubiera roto a todos.
A las diez, Flip y sus compañeros estaban de vuelta en el cam­pamento. El humo de la fogata se elevaba ligeramente en el aire. Jack y Belle, encargados de mantener el fuego, desempeñaban cui­dadosamente su tarea.
La señora Clifton se ocupó de preparar rápidamente el almuer­zo, en el que el cangrejo-tortuga fue lo principal. Tuvo que cortar­lo en pedazos para poder meterlo en el hervidor; cocinado en agua de mar no tenía nada que envidiar a los bogavantes y a las langos­tas de los mares europeos.
Flip le comunicó a la señora Clifton su proyecto de desplaza­miento y ella estuvo lista para seguirlo. Pero después del almuer­zo, el cielo, tan variable durante esos últimos días de marzo, per­turbados todavía por los vientos del equinoccio, se cubrió de nu­bes. La lluvia cayó con violencia. Flip tuvo que renunciar a la mu­danza. Las ráfagas, provenientes del noroeste, castigaban el acan­tilado de lleno y amenazaban con invadir el lecho de musgo deba­jo del bote. Flip trabajó arduamente para combatir la inundación que los amenazaba. La familia Clifton, mal protegida, sufrió mu­cho las violencias de la borrasca que duró todo el día y toda la no­che. No sin esfuerzos, el hogar pudo ser mantenido en estado de combustión y nunca la necesidad de una vivienda bien cerrada y seca se hizo sentir más imperiosamente.



CAPITULO 9


A1 día siguiente, el cielo estaba cubierto pero la lluvia había ce­sado. Flip y la señora Clifton decidieron que la mudanza se haría inmediatamente después de la comida. Después de esa noche de lluvia los dos tenían prisa de ocupar la nueva vivienda.
La señora Clifton lavó a los niños y se ocupó de la comida. Jack y Belle jugaban en la playa y, pese a las recomendaciones de su madre, se arrastraban por la arena con el riesgo de dañar su ropa, tan difícil de reemplazar. Sobre todo Jack, que por su vivacidad equivalía a Robert, le daba nocivos ejemplos de turbulencia a su hermana. Esta cuestión de la ropa preocupaba con razón a la seño­ra Clifton; en esa costa desierta se podían alimentar, calentarse, pe­ro vestirse era en verdad mucho más difícil.
Durante la comida se discutió acerca de la forma que tendría la mudanza. ¿Cómo se trasladarían?
-,Tiene usted alguna idea, señor Jack? -preguntó el marino al niño, queriendo interesarlo en la conversación.
-¿Yo? -respondió Jack.
-Sí -dijo Flip -¿Cómo cree usted que podríamos llegar a nuestra nueva casa?
-Con nuestras piernas, por supuesto -respondió Jack.
-A menos -apuntó Robert -que tomemos el ómnibus de la quinta avenida.
Roben aludía en broma al sistema de locomoción empleado en las grandes ciudades norteamericanas.
-¡El ómnibus! -repitió Belle mirando a Flip con sus grandes ojos asombrados.
-En lugar de bromear, Robert, harías mejor en responder con seriedad a la pregunta que el buen Flip hace seriamente.
-¡Pero es muy simple, mamá -replicó el muchacho ligera­mente sonrojado-, nuestros muebles no son demasiado pesados! Yo me encargaré del hervidor. ¡Tomamos el camino del acantilado y llegamos tranquilamente a la gruta!
Y ya el impaciente Robert se levantó, dispuesto a ponerse en camino.
-¡Un momento! -prorrumpió Flip, agarrando al muchacho de la mano.
-¡No tan rápido! ¿Y el fuego?
En efecto, Robert había olvidado por completo ese precioso ho­gar que había que transportar encendido al otro campamento.
-Y bien, señor Marc ¿no dice usted nada? -preguntó el marino.
-Pienso -dijo Marc después de haber reflexionado-, pienso que podríamos emplear sin inconveniente otro medio de transpor­te. Puesto que tarde o temprano tendremos que llevar el bote a su nuevo puerto, ¿por qué no lo utilizaríamos para transportarnos?
-¡Bien dicho, señor Marc! -confirmó el marino.
-¡Es una excelente idea la suya; yo no hubiera imaginado nada semejante! Tomaremos el bote, embarcaremos unos buenos haces de leña, co­locaremos sobre una capa de cenizas unos tizones encendidos y haremos vela hacia nuestra vivienda en el lago.
-¡Bien! ¡Bien! -gritó Jack, encantado con la oportunidad de dar un paseo por el mar.
-¿Le parece bien mi propuesta, señora Clifton? -dijo Flip.
La señora Clifton estaba lista para seguir a Flip. El marino que­ría aprovechar la pleamar que, según sus observaciones, corría de norte a sur entre el islote y la costa, y comenzó enseguida los pre­parativos de la partida. En primer lugar había que volver a colocar el bote en el suelo; las piedras que lo sostenían fueron retiradas po­co a poco y la operación se hizo con facilidad. La embarcación fue entonces dada vuelta y cuando hubo descansado sobre su quilla y uno de sus flancos, todos, grandes y chicos la empujaron al río. Allí fue retenida contra la corriente por medio de su amarra fijada a una piedra grande, y la carga comenzó. Como el viento era bue­no -había cambiado hacia el nordeste-, Flip resolvió aparejar la mesana. Marc lo ayudó con inteligencia en esa maniobra; enverga­ron la vela y la dispusieron para izarla a la cabeza del mástil.
Iniciaron entonces el cargamento. Apilaron en el bote toda la leña que podía contener, pero con método, es decir colocando en el fondo los leños más pesados que servirían como lastre. Des­pués Flip extendió sobre el banco trasero una capa de arena que recubrió con una capa de ceniza. Sobre ese doble lecho Marc co­locó brasas y carbones todavía prendidos. Sin soltar la caña del timón, Flip tenía que cuidar su fuego ambulante y mantenerlo con la leña que llevaba en el bote si fuera necesario. Por otra par­te, por exceso de precaución, no apagaron el fuego del campa­mento. Por el contrario, Robert lo reavivó arrojando en él leños enormes, de manera tal que siempre fuera posible volver y bus­car alguna brasa si el fuego del bote llegaba a extinguirse. Marc propuso inclusive quedarse solo y cuidar el fuego del campa­mento mientras la familia llevaba a cabo la travesía del canal; pe­ro Flip consideró inútil actuar de esa manera y no quiso dejar a nadie rezagado.
A las nueve todo estaba embarcado, el hervidor, la bolsa que contenía la carne salada y las galletas, los jamones del carpincho que la señora Clifton no había podido ahumar el día anterior, los mejillones y los huevos. Flip echó una última mirada a su alrede­dor, miró si no habían olvidado algo; esa pobre gente ¿qué habrían podido dejar olvidado? Después, se dio la señal de embarque. Marc Y Robert se colocaron adelante; la señora Clifton, Jack y Belle se sentaron sobre la pequeña cubierta trasera. Flip se ubicó en el últi­mo banco, cerca del timón, de las brasas y de los tizones que hu­meaban en el rincón opuesto, velando sobre ese fuego como una vestal sobre su fuego sagrado.
Marc y Robert, a una orden del marino, haciendo fuerza sobre la driza, izaron la vela a la cabeza del mástil. Flip cazó la amarra que mantenía la embarcación en tierra, estiró la vela y enrolló el cabo alrededor de la cabilla y, con la acción de la brisa, comenzó a remontar la corriente del río. Al llegar a la desembocadura, ten­só la escota, entró en el canal y el flujo que corría en el medio lo impulsó rápidamente.
El mar estaba calmo pues el viento venía de tierra. La liviana em­barcación marchaba a gran velocidad. El panorama de los acantila­dos desfilaba delante de los ojos maravillados de los jóvenes viaje­ros. Por encima de las aguas frescas pasaban nubes de pájaros que ensordecían el aire con sus gritos. Los peces, perturbados, saltaban fuera de su elemento y por los gruesos borboteos que se producían aquí y allá, Flip reconoció la presencia de una foca asustadiza o de una caprichosa marsopa. El bote se acercó a la orilla derecha del ca­nal, costeó el islote a unos metros de distancia y se pudo ver por cen­tenares esos pájaros bobos que ni siquiera pensaban en huir. El islo­te se elevaba dos toesas29 por encima del agua y formaba de este mo­do una enorme roca plana y árida, como un malecón entre la costa y el océano. Flip pensó que si se pudiera cerrar ese canal en uno de sus extremos, ese callejón sin salida se convertiría fácilmente en un puerto natural que podría contener una flotilla de embarcaciones.
El bote avanzaba rápido. Todos iban silenciosos a bordo. Los ni­ños examinaban esos grandes acantilados que dominaban por enci­ma de sus cabezas. Flip supervisaba su fuego y manejaba. La seño­ra Clifton, vuelta hacia alta mar, interrogaba siempre ese horizonte mudo. ¡Ninguna vela mar adentro! El océano estaba desierto.
Después de una travesía de una media hora el bote llegó al ex­tremo sur del acantilado, y lo sorteó para evitar las rocas submari­nas que formaban su punta. La marea creciente provocaba una re­saca bastante recia por el choque entre dos corrientes, la que subía en el canal y la que se dirigía a tierra.
Una vez que doblaron la punta apareció ese paisaje hermosísimo, con su lago límpido, su pradera verdeante, sus bosquecillos de árboles esparcidos caprichosamente como los macizos de un par­que, sus dunas redondeadas en el sur, el trasfondo de bosques y ese pico majestuoso que dominaba el conjunto.
-¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! -exclamaban los niños.
-Sí -asintió Flip -es un jardín delicioso que la Providencia ha plantado para nosotros.
La señora Clifton, aunque su mirada era triste, observaba la cos­ta y sentía que la belleza de esa región que llegaba a los ojos, ine­vitablemente tenía que tocar el corazón. Flip había soltado su es­cota y el bote había quedado casi inmóvil. Esos espectáculos tan bellos que prodiga con generosidad la naturaleza, despiertan viva­mente la imaginación de los niños y ofrecen a las almas que sufren un íntimo consuelo; el noble marino quería que esa influencia gra­vitara sobre su pequeño mundo.
Buscó entonces una bahía para dirigir hacia allí el bote. Pidió a sus dos jóvenes novicios que arriaran la vela a medio mástil y, ma­niobrando con destreza en los estrechos pasos que dejaban las ro­cas entre sí, fue a encallar suavemente sobre la playa.
Robert saltó a tierra de inmediato. Su hermano y Flip lo siguie­ron. Los tres tiraron de la amarra del bote y lo pusieron lo bastan­te alto para que la comente no lo alcanzara ni lo arrastrara.
La señora Clifton, Belle y Jack desembarcaron rápidamente.
-¡A la gruta, a la gruta! -gritó Robert.
-¡Espérese mi querido señor! -dijo Flip-, descarguemos primero nuestra embarcación.
Flip se ocupó ante todo del fuego. Las brasas fueron transpor­tadas al pie del acantilado y con algunos leños se estableció un hogar provisorio, en el que muy pronto el humo se expandió por el aire. La provisión de combustible fue entonces desembarcada y cada uno de los niños llevó su parte de víveres y utensilios. El pequeño grupo, siguiendo la cara meridional del acantilado que ascendía perpendicular a la ribera, se dirigió entonces a la nueva vivienda.
¿En qué pensaba maese Flip? Pensaba, sin dejar de caminar, en esas pisadas sobre la arena de la gruta que había observado tan atentamente la víspera antes de borrarlas. ¿Encontraría nuevas huellas? Si así ocurriera, habría que preocuparse muy en serio, porque la gruta no sería entonces más que una guarida frecuenta­da por animales salvajes; en ese caso ¿qué partido tomaría Flip? ¿Osaría ocupar sin armas defensivas esa caverna y arrebatársela a sus feroces habitantes? El bravo marino estaba en serias dificulta­des pero, como no había comunicado a nadie sus temores, guarda­ba para sí sus reflexiones.
Por fin, el pequeño grupo llegó a la gruta. Roben, que marcha­ba adelante, iba a entrar. Pero Flip lo detuvo. Quería examinar la alfombra de arena antes de que la pisaran.­
-¡Señor Robert! -le gritó -¡no entre, no entre! Señora Clifton, por favor, ordénele que me espere.
-Robert -dijo la señora Clifton.
-¿Has oído lo que dice nuestro amigo Flip?
Robert se detuvo.
-¿Hay algún peligro en esa gruta? -preguntó la señora Clifton.
-Ninguno, señora -respondió el marino-, pero puede haber­se refugiado allí algún animal y es mejor tomar ciertas precauciones.
Flip apresuró el paso y se acercó a Robert, parado delante de la entrada de la cavidad. Entró y como no encontró nada sobre la are­na intacta de la gruta, salió enseguida.
-¡Venga, señora, venga -dijo-, su casa está lista para recibirla!
La madre y los niños entraron en su nueva morada. Jack rodó so­bre esa arena tersa. Belle reclamó los diamantes incrustados en las paredes, pero se conformó con las estrellas de mica que resplande­cían aquí y allá como puntas de fuego. La señora Clifton sólo pudo agradecer a Dios; sus hijos y ella estarían al abrigo de los azotes del viento, y un comienzo de esperanza penetró en su corazón.
Flip dejó a la señora Clifton en la gruta y volvió al bote para acarrear el combustible con ayuda de Marc y de Robert. Cuando iban en camino, Marc le preguntó por qué motivo había querido entrar primero en la gruta; y como a Marc se le podía decir todo, Flip le relató el incidente de las pisadas que había observado la vís­pera, rogándole que no hablara del tema. Hecho importante: el ani­mal que ya había visitado la gruta no había vuelto, y Flip esperaba que esa visita, debida al azar, no volvería a producirse.
Marc prometió al marino mantener silencio, pero le pidió que no le ocultara nada en el futuro que pudiera ser un peligro para la familia. Flip se lo prometió y agregó que el señor Marc era digno de saberlo todo y que él, Flip, lo trataría de ahora en adelante co­mo el jefe de la familia.
¡A los diecisiete años el jefe de la familia! ¡Esa palabra le recor­dó al muchacho todo lo que había dejado a bordo del Vankouver, to­do lo que había perdido!
-¡Padre! ¡Pobre padre! -murmuró, reteniendo las lágrimas que le subían a los ojos. Luego, con paso firme, se dirigió hacia la ribera.
Al llegar, al bote Flip tomó sobre sus espaldas una pesada car­ga de leña; después le pidió a Marc que trajera dos o tres tizones encendidos y que los agitara durante la marcha para activar la combustión.
Marc obedeció y cuando llegó al campamento, esos tizones to­davía ardían. Enseguida Flip buscó un lugar conveniente afuera de la gruta para disponer el hogar. Encontró una especie de rincón for­mado por una cara de rocas que le pareció ser abrigada contra los malos vientos. Colocó allí piedras chatas para formar el cenicero y, arriba, dos gruesas piedras alargadas como las rejillas de una chimenea. Sobre esas piedras atravesó un leño grande, enterrado a medias en la ceniza que Robert había ido a buscar al bote y el ho­gar, así preparado, estuvo listo para todos los usos domésticos.
Esta instalación, tan importante, había llevado cierto tiempo. Pronto los niños gritaron de hambre. Se les había juntado el apeti­to en la larga travesía matinal. Marc fue hasta el lago a buscar un hervidor de agua dulce y la señora Clifton preparó rápidamente una especie de puchero con la carne del carpincho, que restauró a toda la colonia.
Después de la comida, Flip consideró conveniente dedicar el día a completar la provisión de combustible. La distancia era bastante grande desde el campamento al límite del bosque y esta vez no es­taba el río para hacer "flotar" las armadías. Pero grandes y chicos, todos se entregaron, en la medida de sus fuerzas, a esta importan­te tarea. La leña seca abundaba. Los leñadores no tenían dificultad en atarla en haces y hasta la noche los niños, guiados y estimula­dos por Flip, no pararon de transportar ese combustible vital. Toda la leña fue puesta en un lugar seco en un rincón de la amplia gru­ta, y Flip calculó que esta nueva provisión podría durar tres días y tres noches, a condición de no avivar demasiado el fuego.
La señora Clifton, al ver a sus hijos entregados a esa laboriosa y cansadora ocupación, pensó en prepararles una cena reconfor­tante. Sacrificó por lo tanto uno de los cuatro jamones que quería ahumar. Ese jamón, cocido como una pierna ante una llama chisporroteante, fue devorado hasta los huesos. Maese Flip resolvió consagrar el día siguiente unas horas a la caza y a la pesca, para re­constituir la fiambrera a su estado normal.
A las ocho de la noche toda la colonia estaba acostada y dormi­da, con excepción de Flip que mantenía afuera el fuego encendido. A medianoche, el joven Marc vino a reemplazarlo. La noche era bella y fresca y hacia las diez, la luna, ya menguante, se elevaba de­trás de la montaña y cubría todo el océano con su luz mortecina.


CAPITULO 10

A 1 día siguiente, el tiempo era muy propicio para una excursión; Flip decidió, por lo tanto, ir a reconocer las orillas del lago que se redondeaba hacia el sur. Le preguntó a la señora Clifton si le gustaría acompañarlo con sus hijos menores.
-Le agradezco, amigo mío -respondió la madre.
-Como al­guien tiene que quedarse de guardia cerca del hogar, más vale que yo me encargue de esa tarea. Marc y Robert le serán más útiles que yo, como cazadores y pescadores. Durante su ausencia aprovecha­ré para arreglar convenientemente la nueva morada
-¿Se anima entonces a quedarse sola en el campamento? -preguntó el marino.
-Sí, Flip.
-Si usted quiere, madre -dijo Marc-, me quedaré con usted y Robert acompañará a Flip.
-Como perro de caza -replicó Flip.
-No, hijos míos. Vayan los dos con Flip. ¿No tengo que acos­tumbrarme a estar sola algunas veces? Además, ¿acaso no lo ten­go a mi gran Jack para protegerme...?
Maese Jack se plantó orgullosamente en sus dos piernas al es­cuchar hablar a su madre. Y, sin embargo, para decirlo francamente, no era un chico muy valiente y cuando llegaba la tarde y co­menzaba a hacerse de noche, no se atrevía a aventurarse solo en la oscuridad. Pero en pleno día era un héroe.
Aceptada la decisión de la señora Clifton, Flip, Marc y Robert se prepararon para partir. Sólo que el marino, que no quería pro­longar su ausencia, convino en limitar su exploración a las orillas occidentales y meridionales del lago.
Flip, antes de partir, sabiendo que la señora Clifton tenía la in­tención de ahumar los tres jamones del carpincho, instaló un "apa­rato" apropiado para la operación. Tres estacas unidas por los ex­tremos superiores como los parantes de una tienda y sus extremos inferiores clavados en el suelo lo formaban. Los jamones tenían que ser de ese modo suspendidos encima de un fuego de madera verde, cuyo humo espeso debía penetrar su carne. Si elegían unas ramas de arbustos aromáticos, la carne se impregnaría de un deli­cioso aroma y puesto que esos arbustos no faltaban en los alrede­dores, la señora Clifton se encargó de perfeccionar con esos me­dios la operación culinaria.
A las ocho, después de desayunar liviano, los tres cazadores, munidos de sus bastones puntiagudos, abandonaron el campamen­to y remontaron la pradera hasta la orilla del lago. Admiraron al pasar los magníficos grupos de cocoteros y Flip les prometió que dentro de poco cosecharían sus cocos.
Cuando el marino hubo llegado al borde del lago, en lugar de se­guir a la izquierda la ribera circular que conducía al bosque ya ex­plorado, tomó hacia la derecha descendiendo hacia el Sur. En algu­nos lugares la orilla era pantanosa. Numerosas aves acuáticas la po­blaban. Algunos parejas de martín pescadores vivían allí en comu­nidad. Posados sobre alguna piedra, serios e inmóviles, acechaban los pececitos al paso; de tanto en tanto se lanzaban y sumergían en el agua, dejando oír un grito agudo, y reaparecían, con la presa en el pico. Robert naturalmente quiso probar su habilidad y trató de ca­zar estos volátiles, ya sea a los bastonazos o a las pedradas; pero Flip lo detuvo; sabía que la carne de esas aves era detestable; en­tonces, ¿para que destruir esas especies inofensivas?
-Dejemos vivir alrededor de nosotros -les dijo. -Estos ani­males nos acompañarán en nuestra soledad y encantarán nuestra mirada; recuerde, señor Robert, que nunca hay que verter inútil­mente la sangre de un animal. Eso no es de un buen cazador.
Caminaron una media hora y llegaron al extremo del lago. La costa occidental seguía una línea oblicua y tendía a apartarse sen­siblemente de la ribera; desde ese punto ni siquiera se veía el mar y una sucesión de dunas, erizadas de juncos, lo hurtaban a la mi­rada. Desde el punto de mira donde se encontraban en ese mo­mento los observadores, el borde meridional corría del sudoeste al nordeste, redondeándose, de tal manera que el lago cobraba mani­fiestamente la forma de un corazón cuya punta se dirigía hacia el Sur. Las aguas eran hermosas, límpidas, un poco oscuras y, por ciertos borboteos y círculos concéntricos que se entrecruzaban en la superficie, no había duda de que estaban llenas de peces.
Al sur del lago, el terreno, más accidentado, se elevaba brusca­mente y formaba una sucesión de colinas no muy boscosas. Los tres exploradores se aventuraron enseguida en esa nueva región. Allí crecía gran cantidad de bambúes altos, que fueron señalados de inmediato por Marc.
-¡Bambúes! -gritó Flip.
-¡Ah! señor Marc. ¡Ese sí que es un valioso descubrimiento!
-Pero los bambúes no se comen -dijo Robert.
-De acuerdo -replicó el marino-, ¿pero sólo es útil lo que se come? Además, déjeme decirle que en la India, quien le habla ha comido bambúes como si fueran espárragos.
-¡Espárragos de treinta pies! -se asombró Robert.
-¿Y eran verdaderamente ricos?
-Excelentes -contestó Flip, imperturbable.
-Sólo que, para serle sincero, no eran bambúes de treinta pies sino brotes nuevos de bambú. Sepa usted, señor Robert, que la pulpa de los tallos nue­vos, conservada en vinagre, proporciona un condimento muy apre­ciado. Además, esos bambúes, apropiados para todo tipo de usos domésticos, producen una sustancia líquida azucarada que rezuma entre sus nudos y cuyo agradable sabor apreciaría mucho la seño­rita Belle.
-¿Y qué otra cosa se puede hacer con este valioso vegetal? -pre­guntó Marc.
-Con su corteza cortada en listones flexibles, señor Marc, se hacen cestos y canastas. La corteza, macerada y convertida en ma­sa sirve para hacer papel de China. Según su grosor, con los tallos se hacen bastones, tubos de pipa. Tuberías para el agua. Los bam­búes más grandes proveen excelentes materiales de construcción, livianos y sólidos, y que nunca son atacados por los insectos. En fin, los emplearemos para eso, haremos con ellos recipientes de di­ferentes capacidades.
-¿Recipientes? ¿Cómo? -preguntó Robert.
-Se serrucha entre los nudos de los bambúes el largo que se quiera y se usa como fondo la porción de la tastana transversal que forma el nudo; de este modo se obtienen unos recipientes sólidos y prácticos que son muy usados por los chinos.
-¡Qué contenta se pondrá mamá -dijo Marc -que ha tenido que arreglárselas sólo con un pobre hervidor!
-Y bien, mis amigos -dijo Flip-, es inútil cargar ahora con esos bambúes. A nuestro regreso pasaremos por aquí y haremos nuestra cosecha. Vamos.
La marcha a través de las colinas fue retomada y los cazadores, siempre en ascenso, percibieron pronto el deslumbrante mar por encima de la caprichosa línea de las dunas. Desde ese punto ele­vado se distinguía nítidamente también el extremo del acantilado del que una cavidad servía ahora de vivienda a la familia.
Las miradas de los niños se dirigieron ávidamente hacia ese la­do. Pero a esa distancia de cinco millas y a través de la cortina de árboles, no se podía ver con exactitud el lugar donde estaba el campamento.
-No -dijo Marc-, no se puede ver la gruta en la que nuestra madre, Jack y Belle están en este momento guarecidos. Pero, mi­ra, Robert, ¿no llegas a distinguir ese hilito de humo azul que se eleva por encima de los árboles? Es una señal de que todo anda bien por allá abajo ¿no es así?
-Sí, la veo -confirmó Robert.
-En efecto -agregó Flip-, esa pequeña humareda es una buena señal, y mientras ascienda en el aire no debemos tener nin­gún temor por los que se quedaron. Pero si ustedes quieren, mis queridos señores, no proseguiremos mucho más nuestra explora­ción de este lado. Preferiría indagar si esas colinas situadas en el sudoeste son abundantes en caza. No olvidemos que somos caza­dores tanto como exploradores y pensemos en la fiambrera.
El consejo de Flip era razonable. Hasta ahora la caza había es­tado ausente. Flip y sus jóvenes compañeros volvieron a bajar ha­cia el mar que pronto perdieron de vista y encontraron frente a ellos unas pequeñas praderas ocultas entre las dunas de arena; el terreno, ligeramente húmedo, estaba cubierto de hierbas aromáti­cas que perfumaban el aire. Flip reconoció sin dificultad gran can­tidad de tomillo, serpol, albahaca, ajedrea, todas especies olorosas de la familia de las labiadas. Había allí un coto de caza natural, una madriguera, a la que sólo le faltaban los conejos. Al menos en ese lugar no se veía ninguno de esos agujeros que criban el suelo fre­cuentado por esos roedores. Sin embargo, Flip no podía admitir que los comensales estuvieran ausentes cuando la mesa estaba ser­vida. Resolvió por lo tanto explorar esta madriguera con el mayor cuidado, y siguieron recorriendo las colinas y las praderas. Robert corría y gambeteaba como un chico, dejándose deslizar sobre los declives arenosos, con riesgo de desgarrar su ropa.
La exploración fue continua durante una media hora, pero los conejos u otros representantes de la tribu de los roedores se habían esfumado. Sin embargo, a falta del reino animal, un naturalista ha­bría tenido la ocasión de estudiar algunos especímenes raros del reino vegetal. Marc, bastante aficionado a la historia natural y a la botánica observó ciertas plantas que podían ser utilizadas en una casa. Entre otras, reconoció diversas plantas de monardas30 dídimas como se las conoce en América septentrional bajo el nombre de té de Oswego, cuyo gusto agradable recordaba Marc por haberlas to­mado en infusión. Recogió cierta cantidad, así como brotes de al­bahaca, romero, melisa, betónica31 y otras, que poseen propiedades terapéuticas, unas expectorantes, astringentes, febrífugas, las otras antiespasmódicas o antirreumáticas. Esas praderas habrían hecho la fortuna de un farmacéutico.
No obstante, como ningún miembro de la pequeña colonia tenía ganas de estar enfermo, Flip, sin preocuparse demasiado de esos re­cursos medicinales, los pasó por alto, y pronto le llamó la atención un llamado de Robert, quien se había adelantado unos cincuenta pasos.
Flip se apresuró para llegar hasta el joven, y comprendió que sus presentimientos no lo habían engañado. Se encontraba delante de una especie de montículo de arena, perforado como un colador. Tenía cientos de agujeros.
-¡Conejeras! -decía Robert.
-¡Sí! -confirmó Flip.
-¿Están habitadas?
-Ese es el punto -respondió el marino.
La cuestión no tardó en resolverse. Casi de inmediato unas ban­das de animales pequeños, semejantes a conejos, huyeron en todas direcciones, con una rapidez tal que no se podía pretender seguir­los. Marc y Robert hubieran podido correr, saltar, que esos roedo­res se les habrían escapado fácilmente. Pero Flip estaba muy deci­dido a no abandonar el sitio hasta no haberse apoderado al menos de una media docena de esos animales. Quería en primer lugar abastecer con ellos su fiambrera, para domesticar a los que agarra­ría más tarde. Pero cuando vio que Marc y Robert regresaban ex­tenuados y con las manos vacías, los convenció de que como era imposible agarrarlos corriendo, había que tratar de hacerlo en la madriguera. Con unos lazos tendidos en el orificio de las coneje­ras, la operación habría tenido seguramente éxito, pero no tenían lazos ni con qué fabricarlos y eso complicaba el problema. Hubo que resignarse entonces a visitar cada madriguera, hurgarla con el bastón, y hacer, en fin, con paciencia, lo que no se podía hacer de otro modo.
Durante una hora los tres cazadores visitaron una gran cantidad de agujeros, teniendo cuidado de tapar con tierra y hierbas los que no estaban ocupados. Marc fue el primero en encontrar uno de esos roedores acurrucado en su cueva; logró agarrarlo, no sin dificultad, pero un bastonazo dio cuenta fácilmente del animal. Flip recono­ció al roedor, un conejo bastante parecido a sus congéneres de Eu­ropa, vulgarmente llamado "conejo de América", ya que frecuenta especialmente las partes septentrionales de ese continente.
Los éxitos de Marc estimularon el apetito de los presentes. Robert no quería volver al campamento sin llevar por su parte al me­nos dos o tres de esos roedores; pero como aportaba a la caza mu­cho más vivacidad que paciencia, dejó escapar sucesivamente una media docena de conejos que había tenido la suerte de sorprender en sus guaridas. Así, al cabo de una hora, cuando Flip y Marc ya habían ya capturado cuatro conejos él no tenía ni uno solo. Enton­ces, cansado de hurgar esas conejeras sin resultado, recomenzó la caza "en batida", pero los ágiles roedores, esquivando las piedras que les lanzaba y los bastonazos, se le escaparon sin dificultad, y cuando Flip dio la señal de partida, el desventurado muchacho vol­vió con las manos vacías, muy decepcionado.
En cuanto a Flip, estaba encantado de su éxito. No había que ser tan exigente. Cuatro conejos era un buen resultado en las condicio­nes en que los había obtenido. Por otro lado, el sol indicaba el me­diodía y el estómago de los cazadores hablaba imperioso. Flip de­cidió regresar a la gruta. Suspendió sus dos conejos en la punta de su bastón; Marc lo imitó y los dos, bajando las colinas, tomaron el camino del lago. Roben los precedía, silbando, pero muy ofuscado.
-Lamento que Robert no haya capturado nada -le dijo Marc a su amigo Flip.
-Es un poco exaltado -comentó el marino-, pero poco a po­co aprenderá.
A las doce y media Flip y sus compañeros habían llegado a la punta sur del lago. Tomaron por lo tanto hacia la izquierda y se dirigieron hacia la plantación de bambúes. Al huronear por aquí y por allá, Robert espantó un pájaro que levantó vuelo del mato­rral pantanoso y huyó rápidamente. El muchacho, cuyo amor propio estaba muy estimulado, resolvió apoderarse de ese volátil a cualquier precio y se lanzó a perseguirlo. Flip no había tenido tiempo de detenerlo que ya el aturdido chapoteaba en el limo; pe­ro, con una piedra arrojada muy hábilmente, había herido al pá­jaro que, con el ala rota, se debatía entre las hierbas a pocos me­tros de él.
Robert, no queriendo dejar escapar su presa, se extendió sobre el suelo cenagoso y, a pesar de los gritos de Flip, se deslizó hacia el pájaro y lo capturó. Pero el suelo estaba tan empapado que po­co a poco se hundió. Tuvo felizmente la presencia de espíritu de atravesar su bastón y luego, jalándose de unas matas, logró salir del pantano, es cierto que a costa de su ropa, cuyo color desapare­cía bajo una capa de barro negro.
Estaba triunfante y no le preocupaban demasiado las repri­mendas de Flip; ni el peligro que acababa de correr, ni el deterio­ro de su ropa que era tan difícil de reemplazar, le inspiraban nin­gún remordimiento.
-¡Tengo mi pájaro! ¡Tengo mi pájaro! -exclamaba haciendo gestos.
-No es una razón -replicó Flip. -Además, ¿qué es su pája­ro? ¿al menos se puede comer?
-¿Qué si se puede comer? -respondió Robert.
-¡Quisiera ver quién se atreve a considerarlo malo!
El marino examinó el ave que Robert le presentaba. Era una fúlica, perteneciente a ese grupo de macrodáctilas que forma la transición entre el orden de las zancudas y el de los palmípedos. Esta fúlica, buena nadadora, color pizarra, pico corto y placa frontal considerable, los dedos alargados por un festón en los ex­tremos, un ribete blanco en el reborde de sus alas, era del tamaño de una perdiz. Flip la conocía bien y desaprobando con la cabe­za, la consideró una triste pieza, indigna de figurar en un salmorejo de piezas de caza que se respetara. ¡Pero Robert pertenecía a esa raza de cazadores a los que gustosamente se los llama "torpes cazadores de alforja", que se comen cualquier animal sólo porque lo han matado! Defendió por lo tanto su fúlica como comestible y como una discusión al respecto no habría sido más que palabras al viento, Flip no insistió y continuó su camino hacia el bosquecillo de bambúes.
Allí, con su cuchillo, el marino cortó una media docena de ca­ñas de bambú de diferentes grosores. Esas plantas pertenecían a la especie de las Bambusa arundinaria, que de lejos parecen peque­ñas palmeras, pues de sus nudos salen numerosas ramas cargadas de hojas. Terminada la cosecha, Flip y los muchachos se repartie­ron la carga de bambúes y, tomando por lo más corto, llegaron al campamento hacia las dos de la tarde.
La señora Clifton, Jack y Belle habían ido a su encuentro y es­taban a un cuarto de milla. Los cazadores fueron recibidos con alegría y los conejos con los honores que se les debía. La señora Clifton, dueña de casa, se alborozó por la existencia de esta co­nejera que siempre podía abastecer a la familia de una caza sana y apetitosa.
Cuando Flip llegó al campamento encontró el fuego en per­fecto estado. La señora Clifton había tenido el cuidado de ali­mentar el hogar antes de partir. Los jamones de carpincho se ahu­maban sobre los espesos vapores que escapaban de un montón de ramas verdes. Flip procedió de inmediato a carnear uno de los cuatro roedores. Con una varilla que cumplía la función de bro­queta, atravesó el conejo de la cola a la cabeza. Con dos horque­tas clavadas en el suelo, sostuvieron sus extremidades, y por de­bajo un fuego intenso asaba el conejo. Maese Jack fue encargado de hacer girar el aparato, y el mejor marmitón` no habría cum­plido con más destreza su tarea.
La madre, al ver a Robert con su ropa manchada de lodo, se li­mitó a mirarlo sin decir una palabra. Pero el muchacho compren­dió ese mudo reproche y sacudió cuidadosamente su ropa; el barro se había secado y salió como polvo. En cuanto a su fúlica, no qui­so sentir el desengaño de que no resultara; la desplumó, de mane­ra muy sumaria, es cierto, arrancándoles tanta carne como plumas; después le sacó la mitad de buche con las entrañas, con el pretex­to de vaciarla, la atravesó con la varilla y supervisó él mismo la cocción.
Mientras tanto, el conejo asado llegaba a su punto, y la cena fue servida sobre la arena, delante de la gruta. El conejo, perfu­mado con todas las hierbas aromáticas que habían sido su ali­mento habitual en la propia conejera, quedó excelente y se devo­raron hasta los huesos. Poco faltó para que otro de sus congéne­res corriera igual suerte. Pero una docena de huevos de paloma completó la comida. En cuanto a la fúlica de Robert, asada hasta casi quemarse, fue cortada en pedazos y servida en ronda. El pe­queño Jack decidió probarla. Pero al primer bocado hizo una mue­ca poco estimulante y tuvo que despedir el pedazo con que su her­mano lo había gratificado. Esa carne de fúlica sabía tanto a barro y a pantano que era imposible tragarla. No obstante, Robert se obstinó y como su estómago estaba a la altura de su amor propio, continuó con valor hasta el final del bicharraco, que no parecía ser tan recalcitrante.
Flip y la señora Clifton dedicaron el día siguiente a diversos tra­bajos de apropiación y de instalación. El marino empleó su día en fabricar recipientes con los entrenudos de los bambúes. Se valió hábilmente de su cuchillo para cortar esa materia dura que habría necesitado el uso de una sierra; pero Flip logró sus objetivos y pu­do ofrecer a la dueña de casa una docena de recipientes muy pro­piamente terminados, que acomodaron en un rincón de la gruta. In­mediatamente llenaron los más grandes con agua dulce, y destina­ron los más pequeños, en un lugar aparte, a servir de vasos para be­ber. La señora Clifton estaba tan contenta con esta "cristalería" de madera, como lo habría estado con un servicio de Bohemia o de Venecia. -¡Más aún -decía-, porque estos vasos no corren el riesgo de romperse!
Ese día Marc descubrió una especie de fruto comestible, que hi­zo variar felizmente el menú habitual. Estos frutos, o mejor dicho semillas, provenían de un pino que se encontraba frecuentemente en el límite de la pradera. Era el pino piñonero, que produce una almendra muy estimada en las regiones templadas de América del Norte y de Europa. Los que Marc llevó a su madre estaban en un perfecto estado de madurez, y los niños fueron requeridos para ayudar a su hermano a juntar una cosecha abundante de esos piño­nes. No se hicieron rogar y como recompensa su madre les permi­tió comerse algunos.
De este modo la situación de la pequeña colonia mejoraba día a día. La esperanza volvía poco a poco al corazón de esta pobre mu­jer tan cruelmente puesta a prueba. Pero ¿cuánto hacía que la fa­milia había sido arrojada a esa costa? Probablemente, ni la señora Clifton, ni Flip, ni ninguno de los hijos habría podido decirlo. Y esa noche, Jack, al preguntar "qué día es hoy" provocó un retorno hacia el pasado.
-¿Qué día? -repitió Flip. -A fe mía, me veo obligado a con­fesar que no lo sé.
-¿Cómo -dijo Robert-, no sabemos cuántos días hace que desembarcamos?
-¡Yo no podría decirlo! -contestó la señora Clifton.
-Yo no sé más que mi madre -agregó Marc.
-Pues bien, yo sí lo sé -dijo la pequeña Belle.
Todos miraron a la niña y vieron que hurgaba en su bolsillo y sacaba unos guijarros que depositó sobre una concha.
-Hijita -le dijo su madre -¿qué significan esas piedras?
-Mamá -respondió la niña-, desde que llegamos a tierra to­dos los días he puesto una piedrita en mi bolsillo; sólo hay que contarlas.
Todos recibieron con un hurra la declaración de la niña. Flip la felicitó mucho por haber imaginado ese calendario mineral, y la abrazó tiernamente.
Contaron las piedritas; había seis. En seis días la familia aban­donada había hecho pie en esa tierra. Ahora bien, era el lunes 25 de marzo cuando el bote dejó el Vankouver. Era, por lo tanto, el sába­do 30 de marzo.
-¡Bueno, mañana es domingo! -exclamó Jack.
-Sí, 31 de marzo -respondió la señora Clifton-, y este do­mingo, hijos míos, ¡es domingo de Pascua!
El día siguiente fue consagrado al descanso y a la oración. To­dos agradecieron al cielo haberles protegido de manera tan visible hasta ese momento, y no olvidaron de rezar por ese padre ausente hacia quien los recuerdos se dirigían sin cesar.


CAPITULO 11


Flip empleó los días que siguieron en completar la instalación de la familia Clifton. La cuestión de la supervivencia estaba más o menos resuelta. Esa tierra podía proveer a todas las necesi­dades de la pequeña colonia. Quedaba la cuestión del bienestar; pero Flip no desesperaba y creía poder resolverla también.
Durante esa semana el marino incrementó considerablemente sus provisiones de combustible. Ese fuego que había que mantener incesantemente era su preocupación más grave. ¡Una obligación esclavizante la de vigilar todo el tiempo el fuego encendido! Flip, la señora Clifton y sus hijos no podían alejarse todos juntos de la gruta. La imposibilidad de hacer una gran excursión al interior era un hecho. El mero pensamiento de encontrar alguna vez el fuego apagado lo hacía estremecer, y eso que él no era alguien fácil de conmover. ¡Todavía se acordaba del terror que sintió cuando en­cendió su último fósforo! Flip no había encontrado aún la sustan­cia vegetal que pudiera servir de yesca y no sabía obtener fuego mediante la frotación de dos pedazos de madera, el método segui­do por los salvajes; por lo tanto, era necesario vigilar incesante­mente el hogar de la gruta. Por exceso de precaución, el marino tu­vo incluso la idea de prender fuegos suplementarios por la noche: unas antorchas que hizo con una madera resinosa y que, clavadas en el suelo a pocos metros del pie del acantilado, ardían durante varias horas.
En esa segunda semana, algunas excursiones permitieron hacer un reconocimiento, pero en un radio bastante restringido, de la región cir­cundante. Como Flip no quería dejar sola de noche a la señora Clifton, expuesta a los ataques de animales salvajes, se sentía obligado a re­gresar todas las noches al campamento. Por lo tanto, no había podido concentrarse en ese tema tan importante de saber si la tierra que servía de refugio a la familia abandonada era un continente o una isla.
Los utensilios de la colonia, bajo la mano del ingenioso marino, ayudado muy diestramente por Marc y Robert, poco a poco se per­feccionaban. Los recipientes de bambú no faltaban, y se podían fa­bricar fácilmente de todos los tamaños. Un árbol, que Marc descu­brió sobre la costa septentrional del lago, procuró un surtido de bo­tellas ya hechas. Este árbol pertenecía a la especie de las calabaceras, muy común en la zona intertropical de los dos continentes, pero rara en los climas templados.
-Esto permitiría pensar -observó el muchacho -que esta costa está en una latitud más baja de lo que habíamos supuesto.
-En efecto -respondió Flip. -La presencia de cocoteros ten­dería a confirmar esa opinión.
-¿Pero usted no conocía la posición del Vankouver en el mo­mento en que esos canallas nos abandonaron en el océano?
-No, señor Marc. Esas cuestiones concernían al capitán y no a los marineros. Nosotros, marinos, manejábamos el barco, pero no lo dirigíamos. Pero, considerando los productos de esta tierra, pienso como usted, señor Marc, que su latitud es bastante baja, co- mo las Baleares en el Mediterráneo, o incluso las provincias de la Argelia francesa.
-No obstante -respondió Marc-, el mes de marzo fue muy frío para una latitud tan poco elevada.
-¡Mi querido señor! -dijo Flip. -No olvide que en ciertas épocas los arroyos se congelan, aún en el Africa. En febrero de 1853 vi helar en Saint-Denis-du-Sig, en la provincia de Orán. Us­ted sabe también perfectamente que en Nueva York, situada como Madrid o Constantinopla, en el paralelo cuarenta, los inviernos son extremadamente rigurosos. El clima depende mucho de la índole de la configuración del suelo. Es posible, en consecuencia, que los inviernos sean muy fríos en esta costa, y que sin embargo su posi­ción en latitud sea baja.
-Es fastidioso que no podamos determinarlo -dijo Marc.
-Así es, señor Marc, pero no tenemos ningún instrumento que nos permita establecer esa posición y debemos resignarnos a conjeturarla. En todo caso, tengan derecho o no las plantas de ca­labaza de crecer en esta costa, si crecen, nosotros tenemos que aprovecharlas.
Marc y Flip, sin dejar de conversar, volvieron al acantilado; traían una docena de calabazas, que podían reemplazar con ven­taja a las botellas. Flip las colocó en un rincón de la gruta porque todavía no tenían ni estante ni alacena, y no había división entre habitaciones distintas. No obstante, en el arreglo se reconocía el espíritu metódico de la señora Clifton y habrían podido trazarse en la arena las líneas imaginarias que dividían aquí el comedor; allá el dormitorio; en este lugar el estudio; en este otro la cocina y, sobre todo y en todas partes una limpieza extrema.
La señora Clifton reprimía en su corazón su dolor incesante y se dedicaba con una actividad febril a organizar la pequeña colonia. Esa madre, se podía entenderla, trabajaba no para ella sino para sus queridos hijos. Se hacía fuerte para ellos. No olvidaba, se resignaba. Flip comprendía, al observarla, todo el esfuerzo que era necesario para resistir la desesperación. Sólo él, sin duda, adivinaba lo que es­ta heroica mujer sufría. Marc también, quizás, porque el valiente hi­jo a veces le tomaba la mano, la besaba y le decía en voz muy baja:
-¡Coraje, madre, coraje!
Y la señora Clifton, apretando contra su pecho a su adorado Marc -retrato vivo de su padre, cuya fisonomía reproducía ya la inteligente bondad que caracterizaba al ingeniero-, lo cubría de tiernos besos.
En esa semana Flip, para gran placer de los niños, logró fabri­car algunos artefactos de pesca. Había descubierto felizmente una especie de árboles pertenecientes a la familia de las leguminosas, cuyas espinas podían servir de anzuelo. Era una acacia. Separó las agudas espinas, les dio forma curva sobre el fuego y las ató en la punta de un hilo de coco. Cuando hubo obtenido varias líneas de ese tipo las cebó con unos pedacitos de carne y, seguido por los ni­ños y la madre, fue a tirarlas en el borde del lago.
Flip contaba mucho con esta máquina rudimentaria y hay que decir que su confianza no fue defraudada. En las aguas del lago ha­bía mucha pesca. Los peces mordieron en gran cantidad y si la ma­yoría logró desprenderse del anzuelo, algunos, al menos, median­te un tirón en el momento justo, picaron y se dejaron llevar hasta la costa. Marc, muy paciente, consiguió un pez que se parecía a la trucha, y cuyos flancos plateados tenían unas manchitas amarillentas. Aunque la carne de este pescado fuera de un color muy os­curo, resultó excelente asada sobre las brasas. Pescaron otros pe­ces de la misma especie los días siguientes; eran muy voraces y se lanzaban aturdidos a picar el anzuelo. También sacaron una gran cantidad de eperlanos32 con las que se regalaron los glotones de la colonia.
Carne (carpinchos y conejos de conejeras), pescado (eperlanos y truchas), huevos de palomas de las rocas, moluscos, cangrejos y litodomos, fruta, representada por los piñones, constituían la ali­mentación de rutina, una alimentación sana y nutritiva. Faltaban las verduras y sobre todo el pan. En cada comida la pequeña Belle se olvidaba y reclamaba su rebanada cotidiana.
-No ha venido el panadero -respondía invariablemente el ho­nesto Flip.
-Se ha atrasado, mi encantadora señorita, ese maldito panadero, ¡y si nos sigue atendiendo mal ciertamente tendremos que cambiarlo!
-¡Bueno -decía Jack-, bien podemos prescindir de pan! ¡Tampoco es tan bueno!
-¡Sin embargo tendrá que comerlo! -respondió Flip.
-¿Y cuándo, si no le molesta decírmelo?
-¡Cuando lo tengamos!
Ante esas palabras, la señora Clifton miró a Flip, y el noble hombre, que no tenía dudas sobre nada, no dudaba de que un día podría hacer pan o, como él mismo decía "¡al menos algo que se le parezca!"
La semana transcurrió de esa manera. El domingo 7 de abril lle­gó y fue observado religiosamente. Antes de la comida de la no­che, toda la familia hizo un paseo hasta el antiguo campamento so­bre el borde del río, siguiendo la cima del acantilado. Desde ese punto la vista se extendía a lo lejos sobre el Pacífico, ¡inmensa ex­tensión desierta, que la señora Clifton devoraba con los ojos! La valerosa mujer no había perdido todas las esperanzas. Flip la ani­maba. Según él, los rebeldes del Vankouver no tendrían por qué ha­berlo matado, o el ingeniero había desembarcado en una tierra ve­cina, o había logrado escaparse del Vankouver. Entonces, su primer paso sería encontrar la costa sobre la que habían sido arrojados su mujer y sus hijos. Por más vagos que fueran sus datos, bastarían para ponerlo en camino; llevado por la pasión del esposo y el pa­dre ¿no encontraría esa costa, ese lugar de refugio, aunque tuviera que dedicar su vida entera a buscar y a registrar, isla por isla, todo el océano Pacífico?
La señora Clifton no respondía a estos razonamientos de Flip. Admitiendo que el marino tuviera razón, cuántas dificultades habría que vencer, cuánto riesgos tendrían que correr, y, en todo ca­so, cuánto tiempo tendría que transcurrir para ella y los suyos, le­jos del padre, en esa isla desconocida.
Pero, además, decía la señora Clifton, si los rebeldes del Vankouver no querían matar al ingeniero, ¡por qué lo habían separado de su mu­jer y de sus hijos? ¿Por qué no lo habían depositado con ellos en esa embarcación que habría de llevarlos a tierra?
Flip trataba de decir algo para responder a esta pregunta de la señora Clifton. Pero balbuceaba, no sabía qué decir.
Durante la semana que comenzó el lunes 8 de abril, las reservas alimentarias se incrementaron aún más. Se podía asegurar que nunca el hambre visitaría la pequeña colonia.
Mientras trabajaba, Flip instruía a los niños de una manera práctica; quería que fueran hábiles e ingeniosos como él. Les ha­bía prometido arcos y flechas cuando encontrara una madera apro­piada para hacerlos; pero, mientras tanto, les enseñó a tender cela­das a los pájaros, ya fuera instalando pequeñas trampas apoyadas sobre tres varillas finas dispuestas en forma de 4, ya sea fabrican­do lazos con la fibra de los cocos. Esos lazos se emplearon inclu­so con éxito en las conejeras. Los roedores frecuentemente queda­ban enganchados en los nudos colgantes de su madriguera. Por otro lado, Flip, aconsejado por la señora Clifton, tenía que domes­ticar cierta cantidad de roedores y de gallináceas; pero, antes que nada, había que construir un gallinero y, hasta ese momento, el tiempo le había faltado.
Al mismo tiempo que fabricaba trampas y lazos, Flip les ense­ñaba a servirse de señuelos para atraer a los pájaros, imitando el grito tanto de una hembra, tanto de un macho, con una hoja en for­ma de corneta e inflada y soplada con la boca, reproduciendo el canto de los pájaros o imitando el vuelo de diversas especies. Los jóvenes y sobre todo Robert adquirieron mucha habilidad en este tipo de ejercicios. Jack también lo lograba y, con las mejillas in­fladas, parecía un ángel mofletudo. Las aves, atraídas de ese modo cerca de las trampas, caían en ellas frecuentemente.
Entre todas esas instalaciones, maese Flip se preocupaba siem­pre de su fuego, que estaba siempre expuesto a un golpe de lluvia o de viento. Habría querido transportar el precioso hogar a la gru­ta, pero el humo espeso habría hecho inhabitable la vivienda. En cuanto a crear un tubo para que el humo saliera afuera, era un asunto más serio. ¿Cómo excavar un agujero en la pared de grani­to sin herramientas, sin un pico, sin una piqueta? Si hubieran en­contrado una fisura, tal vez Flip habría podido aprovecharla; pero el acantilado sólo presentaba una masa compacta que ningún cu­chillo podía penetrar. En esas condiciones había que renunciar por lo tanto a construir una chimenea en el interior de la gruta y ate­nerse al hogar exterior. No obstante, el marino no perdía la espe­ranzas de poner un día u otro su proyecto en ejecución, así como otros dos o tres que maduraban en su cerebro, y sobre los que ha­blaba a menudo con Marc.
En el comienzo de la tercera semana, el lunes 15 de abril, Flip, Marc y Robert hicieron una nueva e importante excursión en el bosque. Su intención era visitar la margen derecha del río, y los bosques espesos que tapizaban las laderas. Pero sin bote y sin puente no podía atravesar con facilidad ese curso de agua en el lugar del lago, donde nacía. Decidieron entonces dar vuelta al lago por el Oeste, el Sur y el Este, de modo de ganar la margen derecha del río. Era una marcha de cuatro kilómetros, pero las piernas ju­veniles de Robert y de Marc no se amilanaban. No era más que una cuestión de tiempo. Por ello, los excursionistas tuvieron que partir muy de mañana, llevando provisiones para todo el día y contando regresar caída la noche. La señora Clifton, no sin cierta aprensión, había dado consentimiento a esta larga ausencia.
A las seis de la mañana, Flip y los dos jóvenes habían alcanza-, do el linde del bosque sobre la margen oriental del lago. El terreno era en ese lugar muy accidentado. Los árboles se entrecruzaban y formaban una cúpula de fronda impenetrable a los rayos del sol. Una sombra húmeda se mantenía permanentemente bajo sus ra­mas. Eran siempre enebros, alerces, abetos, pinos marítimos perte­necientes a la familia de las coníferas.
Los jóvenes y su compañero entraron bajo el bosque; su marcha se cumplía difícilmente a través de senderos intransitables, inte­rrumpidos por la inextricable red de zarzas y de lianas; había que cortar a cada instante estas plantas parásitas. Los pájaros atemoriza­dos huían en la sombra. Algunos cuadrúpedos, perturbados en sus guaridas, se escapaban a través de los matorrales. No se podía saber qué eran, menos aún alcanzarlos, para gran desilusión de Robert.
Marcharon una media hora. Marc, que iba adelante, se detuvo de pronto y lanzó una exclamación de sorpresa:
-¿Qué hay, señor Marc? -preguntó Flip corriendo hacia el muchacho.
-El río, amigo Flip.
-¿Ya? -exclamó, sorprendido, el marino.
-¡Mire! -respondió Marc.
En efecto, en ese lugar se veía un río que desenvolvía apacible­mente sus aguas negras y profundas. Medía unos sesenta pies de ancho. Grandes árboles que se inclinaban de una orilla a la otra le creaban una cuna gigantesca. Las dos orillas, muy accidentadas, desaparecían bajo la espesura del monte. El río encajonado re­montaba sinuosamente a través de una garganta muy estrecha y con pintorescas barrancas. El lugar era salvaje y tenía un fuerte ca­rácter. En algunas partes los árboles caídos formaban claros y el sol, que entraba a raudales bajo el ramaje, parecía incendiar el bos­que. El aire era perfumado de ese bueno y sano olor de los bos­ques, acentuado por las emanaciones balsámicas de las coníferas. Allí se desarrollaba una vegetación exuberante casi tropical: lianas
que enlazaban unos con otros esos árboles sofocados bajo el folla­je tupido, por las malezas apretadas, verdaderos nidos de reptiles, y de los que había que desconfiar.
Flip y los dos muchachos miraban todo ese conjunto con una admiración muda. Entretanto, una reflexión ocupaba la mente del marino. ¿Cómo era posible que se encontraran a la orilla de este río que, según había estimado, sólo habrían alcanzado una hora más tarde? Era inexplicable. Marc y Robert tampoco podían expli­cárselo.
-Este río -dijo entonces Marc -probablemente no sea el que ya habíamos explorado.
-¡Es evidente! -exclamó Flip. -No reconozco el color de sus aguas, ni la velocidad de su corriente. Estas son negras y se precipitan con la violencia de un rápido.
-Tiene usted razón -respondió Marc.
-Pero, además -retomó el marino-, si volvemos a descen­der por su curso veremos que no nos lleva al mar.
-De cualquier manera este río tiene que llegar a alguna parte -dijo Robert.
-En efecto -respondió Marc.
-¿Pero por qué este curso de agua no sería un afluente del que ya hemos explorado?
-Sigamos y lo sabremos -dijo Flip.
Los muchachos siguieron a su compañero y para su gran sor­presa, después de haber recorrido un centenar de pasos, se encon­traron con la orilla occidental del lago.
-Tenía usted razón, señor Marc -dijo el marino. -Este río desemboca en el lago en lugar de salir de él. El otro por lo tanto no es un desaguadero como creíamos hasta ahora. Los dos ríos no son más que uno que atraviesa el lago y va a salir al mar un poco más debajo de nuestro primer campamento.
-Es cierto -respondió Marc.
-En la naturaleza a menudo se da ese fenómeno singular de ríos que siguen su curso a través de vastas extensiones de agua.
-¡Sí! -exclamó Robert.
-¡Y el lugar en el que este río sale nuevamente del lago, el lugar donde mi carpincho desapareció ba­jo el agua, es ése, un poco hacia nuestra derecha, a menos de dos millas de aquí! Lo distingo perfectamente, y si tuviéramos una bal­sa para pasar a la margen derecha no tendríamos una hora de ca­mino para llegar a nuestra casa.
-Sin duda -asintió Marc-, sólo que te olvidas de una cosa,
mi querido Robert. fi
-¿Cuál, Marc?
-Que después de haber pasado el río en su curso superior, ten­dremos que pasarlo de nuevo después de su salida del lago.
-Reflexión muy justa, en efecto -dijo Flip.
-Entonces -respondió Robert , puesto que tendremos que vol­ver por el camino que ya hicimos y el camino es largo, ¡almorcemos!
La proposición de Robert fue aceptada. Flip, Marc y él se sen­taron en la orilla, a la sombra de una magnífica arboleda de aca­cias. El marino sacó de su bolsa unos pedazos de carne fría, hue­vos duros y un puñado de piñones. El lago ofrecía un agua fres­ca y límpida y, con la ayuda del apetito, la comida desapareció prestamente.
Los tres se levantaron entonces, echaron una última mirada en derredor. El lago en su plenitud se extendía ante sus ojos.
A una legua aproximadamente de allí, un poco sobre la derecha, se erguía el acantilado al pie del cual la señora Clifton estaría aho­ra en ese momento. Pero a esa distancia no se podía verla, ni tam­poco distinguir el humo que se elevaba del hogar. Más allá del cur­so de agua, la orilla del lago se veía delicadamente curva, enmar­cada por el límite verde del bosque. Hacia arriba se escalonaban al­gunas colinas boscosas que el pico coronado de nieve dominaba. Todo ese poético conjunto, la superficie del agua tan apacible, el aliento del bosque que por momentos la rizaba, el murmullo de la brisa en los grandes árboles, el contorno alargado de las dunas que se extendían desde la conejera hasta el mar, el océano resplande­ciente bajo el sol, toda esa bella naturaleza conmovió vivamente la imaginación de los jóvenes.
-Nuestra madre tendrá que venir a admirar este magnífico es­pectáculo -decía Marc.
-¡Sí! -afirmó Robert-, si tuviéramos un bote en el lago la traeríamos con Jack y Belle.
-¿No podríamos transportar nuestra embarcación -apuntó Marc-, o incluso conducirla hasta el lago remontando la corrien­te del río?
-¡Buena idea! -exclamó Robert. -Después iríamos a inves­tigar la parte superior del curso de agua. ¡Ah! ¡Que excursión tan maravillosa, amigo Flip!
-¡Todo eso se hará a su debido tiempo! -respondió el hones­to marino, encantado de ver que Marc y Robert se entusiasmaban de ese modo. -Pero, un poco de paciencia, mis queridos señores. Por ahora, puesto que dos cursos de agua nos cortan el camino, les propongo volver al campamento.
Era lo mejor que podían hacer, y Flip dio la señal de partir. Los tres, con sus bastones en la mano, siguieron por la orilla del lago un sendero más fácil que las brechas apenas practicables del bos­que. Los excursionistas habían cumplido su tarea y esperaban re­tomar pronto de regreso su papel de cazadores. Pero, sin duda, ha­brían regresado con las manos vacías si Marc no hubiera dado un golpe tan feliz: abatió un erizo de tamaño pequeño que estaba me­dio dormido en su agujero. Este animal tenía la cabeza más larga y la cola más corta que sus congéneres de Europa; también se dis­tinguía por sus largas orejas, y pertenecía a una especie de carni­ceros insectívoros que se encuentran comúnmente en Asia.
El erizo no era más que un trofeo mediocre, pero, en fin, era ca­za de todos modos y Marc lo suspendió de su bastón. Por otro la­do, sus púas, duras y aceradas, podían ser utilizadas de diferentes maneras y principalmente para armar puntas de flecha. La necesi­dad de tener armas ofensivas era urgente, de modo que Flip exhor­tó a sus amigos a no menospreciar al modesto erizo.
A las tres de la tarde, Flip, Marc y Robert llegaron a la gruta. Habían hecho bien en apresurar la marcha, porque el cielo, enca­potado, dejaba caer unas gotas de lluvia. Se levantó viento y pare­cía que iba a haber mal tiempo.
La señora Clifton no se lamentó por el regreso de Flip y de sus hijos... Durante su ausencia no había recibido ninguna visita ino­portuna, pero unos aullidos bastante cercanos se habían dejado oír del lado del acantilado. ¿Indicaban la presencia de fieras en las ve­cindades de la gruta? Por el relato que le hizo la señora Clifton, Flip pensó que los aullidos podían ser más bien gritos de monos. No obstante, decidió mantenerse en guardia. Había concebido el proyecto de defender la entrada de la gruta mediante una fuerte empalizada; pero sólo con su cuchillo, ¿cómo derribar árboles, cortarlos en maderos y en planchas?
Durante la semana del 16 al 21 de abril no se intentó hacer nin­guna otra excursión. La lluvia caía incesante y pocas veces escam­paba. Por suerte el viento soplaba del noroeste, tomaba el acanti­lado por detrás y la gruta no estaba expuesta a sus ráfagas directas. ¿A cuántos sufrimientos no habría estado expuesta esta familia abandonada bajo el abrigo insuficiente de su primer campamento? ¿Habría servido para algo el bote dado vuelta contra esta lluvia violenta que lo castigaba de lleno? En esa gruta sólida e impene­trable, por el contrario, ni el viento ni la lluvia tenían acceso, y al­
gunas zanjas que Flip había practicado impedían cualquier infil­tración de las aguas a través de la capa de arena.
El único problema, la única dificultad, era mantener el hogar ex­terior incesantemente encendido. Las antorchas resinosas corrían también el riesgo de apagarse bajo los aguaceros. Algunos grandes torbellinos de viento se arremolinaban a veces contra las paredes del acantilado, amenazando con dispersar las brasas. Flip velaba to­do el tiempo y tomaba todas las precauciones que su espíritu inge­nioso le sugerían. Pero estaba muy preocupado.
Cuando llegaba la calma, el marino y sus dos compañeros se apresuraban a correr al bosque a fin de renovar la provisión de le­ña. La reserva, en consecuencia, no disminuía, aunque no se eco­nomizara combustible. La cocina de la señora Clifton sufría mu­cho con estas inclemencias atmosféricas: el puchero se dio vuelta varias veces y el ama de casa tuvo que preparar sus comidas en la gruta. Pero, para evitar el humo, sólo utilizaba las brasas para asar el pescado o las carnes; la pequeña Belle la ayudaba entonces con inteligencia e invariablemente atraía los elogios del papá Flip.
El papá Flip no estaba nunca desocupado. Fabricó varias brazas de cuerda con las fibras de coco. Este material, entre las manos de un cordelero y trabajada mediante herramientas especiales, se habría convertido en un excelente cordaje. Pero Flip, si bien era un poco cordelero, como todos los marinos, no poseía el instrumental nece­sario. Sin embargo, con la ayuda de un basto torniquete que consi­guió armar, pudo dar a las fibras una torsión adecuada. Las cuerdas más finas que obtuvo de esa manera, quiso adaptarlas a unos arcos, pero no tenían la elasticidad apropiada para ese uso. Flip pensó en­tonces valerse de tripas convenientemente preparadas, y suspendió su fabricación de arcos hasta que pudiera procurárselas. Se ocupó entonces de colocar algunos bancos a lo largo de las paredes de la gruta; para ello fijó las planchas de la cubierta del bote a unas esta­cas clavadas en la arena; el bote podía prescindir de las planchas.
Instaló igualmente una mesa en el medio de la gruta. Esos escasos muebles fueron muy apreciados por la dueña de casa y por primera vez, un jueves, ¡la familia pudo por fin "sentarse a la mesa"!
Pero el mal tiempo continuaba. Los aguaceros y las ráfagas se sucedían sin descanso. Flip se preguntaba si la estación de las llu­vias comenzaba en esa época en esta latitud y si no iba a durar se­manas. En ese caso, la caza y la pesca se verían muy comprometi­das y sería necesario estar alertas.
La tempestad de lluvia y de viento redobló en violencia la no­che del 21 al 22 de abril. Flip había tomado todas las precauciones para salvaguardar su fuego; por otro lado, no creía que hubiera que temer algún peligro, mientras el viento soplara del noroeste. Sólo había que temer a los remolinos. Por lo general Flip hacía guardia de noche y velaba cerca del fuego, mientras la señora Clifton y sus hijos dormían en la gruta. Pero desde hacía poco tiempo Marc ha­bía logrado que se lo dejara compartir esta tarea con él. El valien­te marino no habría resistido una privación absoluta del sueño y había tenido que ceder, de buen o mal grado, a la demanda de Marc. Flip y el joven, en quien se podía tener toda la confianza, se relevaban cada cuatro horas.
Pues bien, en esa horrible noche del 21 al 22 de abril, hacia me­dianoche, Flip había cedido el turno a Marc y había ido a acostar­se en su cama de musgo. El hogar, bien provisto de combustible, llameaba maravillosamente; la leña, apilada en la puerta de la gru­ta, no faltaba. Marc, resguardado por un techo de rocas se cubría lo mejor posible contra la lluvia que caía a torrentes.
Durante una hora no se produjo ningún incidente nuevo. El viento y el mar mezclaban sus bramidos, pero el estado atmosféri­co no empeoraba. De pronto, hacia la una y media de la mañana, el viento, con una brusquedad sin igual, saltó del noroeste al sudo­este. Fue como una tromba de aire y de agua que se precipitó ha­cia el acantilado, levantando una columna de arena.
¡Marc, enceguecido, primero se cayó y luego se levantó de un salto y corrió hacia su fuego!
No había más hogar. El huracán había dispersado las piedras, arrancado los tizones. Las antorchas volaban por los aires en me­dio de las ráfagas como briznas luminosas. Las brasas incandes­centes rodaban sobre la arena y arrojaban sus últimos destellos.
El pobre Marc estaba desesperado.
-¡Flip! ¡Flip! -gritaba.
El marino, súbitamente despierto, corrió hacia Marc. ¡Y enten­dió todo! ¡El muchacho y él trataron de recuperar algunas de esas brasas que se llevaba la tormenta! Pero, enceguecidos por la lluvia, derribados por las ráfagas, no pudieron lograrlo y regresaron de­sesperados a acurrucarse junto al acantilado, en medio de la pro­funda oscuridad.


CAPITULO 12


La situación era terrible. ¡Una ráfaga había bastado para com­prometer el futuro de la desafortunada familia! Sin fuego ¿qué sería de la pequeña colonia? ¿Cómo preparar los alimentos nece­sarios para su existencia? ¿Cómo resistir a los fríos rigurosos del invierno? ¿Cómo protegerse incluso de los animales salvajes du­rante la noche? En todo eso pensaba el pobre Flip y, pese a su fuer­za moral, se sentía aniquilado. Se había quedado allí, inmóvil, mu­do, con su ropa cubierta de barro y empapada por la lluvia. Su mi­rada vaga se perdía en las sombras.
En cuanto al pobre Marc, su desesperación era indescriptible. Lloraba.
-¡Perdónenme! ¡Perdónenme! -murmuraba.
Flip le había tomado las manos y las apretaba entre las suyas, pero no encontraba una sola palabra para consolarlo.
-¡Mi madre! ¡Mi pobre madre! -repetía.
-No la despertemos, mi querido señor -le dijo el marino. -¡Duerme! Los niños también duermen. ¡No los despertemos! Mañana trataremos de reparar la desgracia.
-¡Es irreparable! -murmuró, con el pecho oprimido, rete­niendo los sollozos.
-¡No... -respondió Flip-, no... Ya veremos!
¡El honesto marino no podía encontrar las palabras para expre­sar algo en lo que no creía!
Quiso convencer a Marc de que entrara en la gruta porque la llu­via caía a mares, pero el desdichado joven se resistía.
-¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa! -repetía.
-¡No! -exclamaba Flip -¡no, mi querido señor! No es para nada su culpa. ¡Si yo hubiera estado allí me habría sucedido la mis­ma desgracia! ¡Nadie habría podido resistir esa tromba! ¡A usted lo volteó! ¡Y yo habría corrido igual suerte y, como usted, no ha­bría podido salvar ni una chispa de ese fuego! ¡No se deje derrotar

así, señor Marc! ¡Entremos! ¡Entremos!
Marc tuvo que ceder a las insistentes súplicas de Flip y fue a acostarse en su lecho de musgo. Flip lo siguió, pero el digno ma­rino, destruido, desesperado en el fondo de su corazón, no pudo conciliar el sueño un solo instante y durante toda la noche escuchó al pobre muchacho sollozar a su lado.
Hacia las cinco apareció el primer resplandor matinal; una leve claridad se deslizó en la gruta. Flip se levantó y salió. La tromba había dejado afuera las marcas de su paso. La arena, amontonada por el viento, formaba verdaderas dunas por doquier. Algunos ár­boles se habían caído más lejos, algunos de cuajo, otros quebrados en la base. Carbones esparcidos tapizaban el suelo. Flip no pudo dominar un gesto de cólera y de desesperación.
En ese momento la señora Clifton salía de la gruta y sorprendió el gesto del marino. Se acercó a él y advirtió su rostro deshecho. Flip quiso disimular en vano.
-¿Qué pasa, querido amigo? -preguntó.
-¡Nada, señora, nada!
-Hable, Flip. Quiero saber todo.
-Pero, señora Clifton... -titubeó Flip.
-Amigo Flip -insistió la señora Clifton con un tono dolorido, -¿qué desgracia más grande podría golpearnos después de todo lo que hemos pasado hasta ahora?
-¡Una sola, señora, una sola! -respondió el marino bajando
la voz.
-¿Cuál?
-¡Mire!
Y diciendo esto condujo a la señora Clifton ante el hogar destruido.
-¡El fuego! ¡El fuego apagado! -murmuró la pobre mujer.
-¡Sí! -respondió Flip. -¡Una tromba ... durante la noche...! La señora Clifton había juntado sus manos y miraba a Flip.
-¿Y usted no pudo impedirlo...?
-No, señora -respondió evasivamente el noble Flip.
-¡Una torpeza de mi parte ... una falta de vigilancia...un instante de descuido!
Marc había salido de la gruta. Vio a su madre y escuchó la res­puesta de Flip. Advirtió que el marino quería atribuirse la desgra­cia. Se precipitó hacia la señora Clifton y prorrumpió: -¡No fue él, madre, fui yo, fui yo!
La desafortunada abrió sus brazos al hijo y lo cubrió de besos, pero Marc estaba desesperado.
-¡No llores, hijo mío, no llores! -rogaba la madre -¡me rompes el corazón!
Robert, Jack y Belle habían venido junto a su madre. Roben, muy emocionado, no le ahorraba las caricias y las buenas palabras a su hermano. Jack y Belle lo rodeaban con sus brazos. Ese cuadro conmovedor era para llorar.
-¡Vamos, vamos! -dijo Flip-, un poco de coraje, mis queri­dos muchachos. ¡Nadie merece reproches por esto! ¿no hay más fuego? Pues bien, si no podemos procurárnoslo, ¡veremos qué ha­cer sin él!
-¡Sí, resignémonos! -asintió la señora Clifton.
Pero Flip no era de los que se resignan. Ese fuego que le falta­ba él quería hacerlo a cualquier precio, en ese mismo día, y utilizó varios métodos para volver a encenderlo.
Sacarle chispas a un pedernal seguramente era fácil. El cuarzo ágata o sílex, abundaba en la playa. El cuchillo de Flip podía trans­formarse en encendedor pero hacía falta una sustancia apropiada para recoger esas chispas. Ninguna era más adecuada que la yes­ca, que se obtiene de la carne esponjosa y aterciopelada de algunos hongos del género políporo33-; se sabe que esta sustancia, conve­nientemente preparada, es en extremo inflamable, sobre todo cuan­do previamente se la ha saturado de pólvora de cañón o se la her­vido en una solución de nitrato o de clorato de potasio. ¿Habría de esos hongos en ese lugar? ¿Se podría producir una buena yesca con otros hongos de la misma familia? Era cuestión de buscar. Flip in­tentó proyectar chispas sobre musgo seco, ¡pero el musgo no se in­flamó!
Después de varias tentativas el marino recurrió al método empleado por los salvajes, que consiste en producir la llama por fro­tación. Pero -como ya se dijo- los salvajes utilizaban un tipo particular de madera que Flip no conocía; pero, además, el proce­dimiento, que consiste en frotar dos pedazos de madera entre sí o en introducir el extremo de uno de los pedazos en un agujero que se practica en el otro, y en hacerlo girar rápido, exige una gran práctica para tener éxito. Flip empleó sucesivamente los dos méto­dos. Marc, Robert y Jack lo imitaron a su vez sin obtener otro re­sultado que desollarse las manos. Apenas lograron calentar la ma­dera por la frotación.
Flip renunció por lo tanto a procurarse fuego mediante este pro­cedimiento y no tuvo otra esperanza ni tuvo otro pensamiento que encontrar el hongo políporo, o cualquier otro vegetal de la misma especie cuya pulpa pudiera servir de yesca.
Habían transcurrido cuatro días después del lamentable inci­dente. La confianza, que ya había comenzado a depositarse en el corazón de estos abandonados, a partir de ese momento se perdió. La familia permanecía silenciosa. ¡Ya no había comunicación en­tre los hijos y Flip! ¡No más proyecto de futuro! ¡No más planes que el ingenioso Flip se encargaba de cumplir!
La vida material se había resentido por la situación. Vivían de las reservas de carne o de pescado ahumado, que notoriamente em­pezaban a disminuir. ¿Para qué renovarlas, por otro lado? ¿Para qué cazar o pescar? Sin fuego, los productos de la caza y de la pes­ca ya no podían ser utilizados. También las excursiones poco a po­co se habían suspendido. Flip se limitaba a hacer día a día las pro­visiones de vegetales que servían para la alimentación cotidiana.
Entre esos vegetales, los más valiosos desde el punto de vis­ta comestible eran sin discusión los frutos del cocotero. Los co­cos fueron cuidadosamente recogidos e ingresaron en gran pro­porción en la alimentación habitual de la familia. Los cocos que no estaban del todo maduros contenían una leche de excelente calidad. Los niños la obtenían agujereando uno de las tres aber­turas colocadas en la cola del fruto donde la corteza es bastante blanda; luego bebían esa leche con gran placer. Además, ese lí­quido, cuando quedaba encerrado cierto tiempo en un recipien­te de bambú o en una calabaza, se cargaba de ácido carbónico y formaba un licor espumoso, muy agradable al gusto, pero que se subía rápido a la cabeza, efecto que Robert pudo experimentar. Cuando el coco estaba completamente maduro, la leche se en­durecía y transformaba, produciendo una almendra muy sana, nutritiva y rica.
Así, pues, esos cocoteros, abundantes en los alrededores de la gruta, por sus frutos podían ser suficientes para la alimentación or­dinaria de la familia, privada de alimento animal. La cosecha de frutos era fácil. Marc y Robert, valiéndose de cuerdas fabricadas por Flip, subían con soltura hasta la cima de los altos cocoteros. Desde allí arrojaban al suelo esos cocos cuya corteza era tan fuer­te que casi ninguno se rompía; entonces había que aplastarlos con piedras, para gran pesar del marino, que si hubiera tenido una sie­rra habría hecho diversos utensilios de cocina con ellos.
Otro vegetal, descubierto por el marino, fue introducido en la alimentación de la pequeña colonia. Era una planta marina que se consume en gran cantidad en las costas asiáticas, y Flip incluso se acordaba de haberla comido. Esta era una especie de sargazo, y de ella obtuvieron una abundante cosecha en las rocas del ex­tremo del acantilado. Al dejar secar esas algas se obtenía cierta cantidad de materia gelatinosa, muy rica en elementos nutritivos, y con un gusto particular al que terminaron por acostumbrarse. Los más chicos al principio hicieron una mueca de desagrado, pero terminaron por apreciar esta sustancia y no dejaron de con­sumirla con gusto.
Los mejillones y algunos otros moluscos se comían crudos y apor­taban una variación a la rutina, al mismo tiempo que introducían en la alimentación un poco de ese ázoe o nitrógeno indispensable para la nutrición del cuerpo. Pero, además, por esa época, a una legua más abajo de la gruta, hacia la costa sur, Marc tuvo la suerte de descubrir un banco de moluscos con muchas posibilidades.
-Maese Flip -dijo Marc un día al marino presentándole una concha de las familia de las ostráceas.
-¡Una ostra! -exclamó Flip.
-Sí, Flip, y si es verdad que cada ostra produce por año cin­cuenta o sesenta mil huevos, tendremos allí una reserva inagotable.
-Así es, señor Marc, y usted ha hecho un excelente descubri­miento. Mañana iremos a visitar el banco. Las ostras tienen para nosotros una cualidad preciosa y es que no demandan cocción; pe­ro no sé si son muy nutritivas.
-No -respondió Marc-, porque este molusco no contiene más que una débil cantidad de materia nitrogenada y un ser huma­no que se alimentara exclusivamente con él, necesitaría comer en­tre quince y dieciséis docenas por día.
-¡Y bien! ¡Si el banco es inagotable comeremos docenas y doce­nas de ostras! Pero qué fáciles de absorber son esos moluscos! No creo que se pueda citar ni un solo caso de indigestión producida por ellos.
-Bueno -dijo Marc-, voy a darle esta buena noticia a mi madre.
-Espere, señor Marc -agregó el marino-, visitemos prime­ro el banco de ostras; para estar bien seguros.
Al día siguiente, 26 de abril, Marc y Flip siguieron la costa oes­te y descendieron al sur a través de las líneas de dunas. A tres mi­llas del campamento, la ribera se volvía rocosa. Enormes bloques se apiñaban allí de una manera muy pintoresca; las rocas, así co­mo a menudo se las ve en las costas armoricanas34, forman "chi­meneas" oscuras y profundas, en las que la marea creciente se pre­cipitaba con un ruido atronador. En alta mar se dibujaban varias hi­leras de escollos que habrían hecho inabordable esta parte de la costa, aun con una embarcación pequeña. Todas esas cabezas de roca se cubrían de espuma con la resaca, y la línea de los arrecifes se prolongaba hasta el extremo sudoeste del peñasco.
Detrás de esas rocas amontonadas sobre la ribera y un poco hacia arriba se extendían vastas llanuras, verdaderas landas cubiertas de aulagas y de matorrales. Su aspecto salvaje contrastaba singularmente con la región de los acantilados en la que reinaba una eterna verdura. Aquí la cortina de árboles era empujada al fondo a varias millas de la costa, hasta esas primeras cumbres que se unían al sistema orográfico central. La comarca ofrecía, por lo tanto, un aspecto desolado.
Flip y Marc descendieron siempre al sur caminando uno cerca del otro. Hablaban poco, sin embargo. El marino trataba de extraer una idea cualquiera de su cerebro, pero sin conseguirlo. Estaba ob­sesionado por una única preocupación. Bajo sus pies crujían las conchillas vacías que habrían podido contarse por millones. ¡Había masas de bígaros(38) prendidos bajo las rocas chatas que cubría el oleaje; excelentes moluscos, pero que exigían una cocción sufi­ciente! Por lo tanto, no había que pensar en utilizarlos.
Lo mismo en cuanto a un reptil, cuya aparición habría sido ale­gremente recibida en otra circunstancia. Era un magnífico ejemplar del orden de los quelonios, una tortuga franca del género mydas, y cuya caparazón ofrecía a la mirada admirables reflejos verdes.
Flip fue el primero en descubrir esa tortuga que se deslizaba en­tre las rocas para ganar el mar.
-¡Socorro señor Marc! ¡Auxilio! -gritó.
-¡Ah! ¡Qué hermoso animal! -exclamó el muchacho. -¿Pe­ro cómo lo agarramos?
-Nada es más fácil -respondió Flip. -Vamos a darlo vuelta sobre el lomo. Tome su bastón y haga lo mismo que yo.
El reptil, al sentir el peligro, se había replegado entre su capa­razón y su peto. No se veían más ni su cabeza ni sus patas. Estaba inmóvil como un pedazo de roca.
Flip y Marc metieron sus bastones bajo el esternón del animal y, reuniendo todas sus fuerzas, lograron darlo vuelta. Esta tortuga, que medía un metro de largo, debía pesar por lo menos doscientos kilos.
El reptil dado vuelta dejaba entrever su cabecita, chata, pero alargada en su parte posterior por grandes fosas temporales ocul­tas bajo una bóveda ósea.
-¿Y ahora qué haremos con este animal? -preguntó Marc.
-¿Qué haremos con ella? Señor Marc, ¡no tengo la menor idea! ¡Ah!, si tuviéramos fuego para prepararla, ¡qué alimento sa­no y agradable nos proporcionaría este soberbio animal! Es una tortuga franca; se alimenta de esa excelente planta marina llamada zostera. ¡Y su carne es tan delicada y fragante! Con ella se prepa­ra la famosa sopa de tortuga...
Verdaderamente, si la situación no fuera tan grave, el tono de gourmet desilusionado que adoptaba el honesto Flip se habría prestado a la risa. ¡Con qué ojos miraba al quelonio, y qué dientes tan blancos y filosos mostraba al mirarlo! Noble Flip, ¡que este ac­ceso de glotonería te sea perdonado!
Marc escuchaba a su compañero; comprendía todo lo que sig­nificaban sus reticencias. ¡Volvía a pensar entonces en la escena de la tormenta y una vez más se culpabilizaba!
-Vamos -dijo Flip, dando con el pie en el suelo-, no hay na­da que hacer aquí. Partamos.
-¿Pero... y la tortuga?
-Si bien se mira -dijo Flip -¡no es su culpa si no podemos comérnosla! Y es inútil y será cruel dejarla morir así sin provecho para nadie. ¡Adelante, bastones!
Los bastones sirvieron nuevamente de palancas y el reptil fue colocado de nuevo en su posición normal. Flip y Marc se aparta­ron algunos pasos. La tortuga al principio permaneció inmóvil; luego, al no escuchar ningún ruido, sacó la cabeza, sus grandes ojos miraron de costado, sus miembros achatados en forma de re­mos salieron de su caparazón; en fin, el animal, moviéndose con una lentitud que debía ser sin embargo "un galope de tortuga", se dirigió hacia el mar y pronto desapareció bajo las olas.
-¡Buen viaje, tortuga! -gritó Flip con un tono a la vez compasi­vo y gracioso. -¡Puedes estar orgullosa de ser un reptil con suerte!
Marc y el marino continuaron su camino, interrumpido por ese encuentro. Llegaron pronto al lugar señalado por el muchacho. Era una serie de rocas chatas, muy divididas y cubiertas de ostras. Flip comprobó que la cosecha de esos moluscos se hacía sin dificulta­des. El banco era inmenso, las ostras se contaban por miles. Eran de tamaño mediano, pero excelentes, según pudieron verificarlo Flip y Marc al probar algunas cuyas valvas estaban entreabiertas; no tenían nada que envidiar a las ostras de Cancale, una de las me­jores variedades comestibles. En cuanto a la explotación de ese banco, nada era más fácil.
-Con el bote -dijo Flip-, cuando el mar esté calmo y con viento de tierra, yo me encargo de contornear los arrecifes de la costa y de venir a fondear a un solo cable35 de este banco. Cargare­mos la embarcación con estos excelentes moluscos y los transpor­taremos al pie del acantilado. Estarán allí a nuestra disposición y le sacaremos buen provecho.
Ese día Marc y Flip juntaron unas docenas que querían llevar al campamento. La cosecha fue rápida y tres cuartos de hora más tar­de los dos entraban en la gruta.
Los moluscos fueron muy bien recibidos y se decidió que serían el plato principal de la próxima comida.
La dificultad estaba en abrir las ostras sin torcer el único cuchi­llo, al que Flip estaba muy apegado, y con razón. Si en el hogar hu­bieran quedado unos carbones prendidos, las ostras, colocadas so­bre las brasas, se habrían abierto solas, pero, privación cuyas con­secuencias se hacían sentir a cada instante, faltaba el fuego.
Flip se encargó de abrir las ostras con su cuchillo; a su alrede­dor los chicos lo miraban operar con naturalidad.
A la octava ostra, el cuchillo de Flip, metido mal entre las val­vas, dejó sentir un ruido seco.
La hoja, rota en el medio, cayó sobre la mesa.
-¡Maldición! -exclamó Flip con un movimiento de cólera que no pudo contener.
¡No más fuego! ¡Su cuchillo roto! ¿Qué iban a hacer? ¿Qué iba a ser de esos seres tan queridos a los que se había entregado con cuerpo y alma?


CAPITULO 13


E1 cielo parecía estar en contra de estos infelices abandonados. ¡Era como para pensarlo, después de los dos últimos inciden­tes de la pérdida del fuego y de la hoja rota del cuchillo!
Flip, después de ese último duro golpe, había salido de la gruta y había arrojado lejos el mango inútil de su cuchillo. Los jóvenes, sin pronunciar una sola palabra, permanecieron inmóviles en su lu­gar. Habían entendido el alcance de esa desgracia irreparable.
Cuando Flip salió, la señora Clifton, se levantó, los ojos enroje­cidos por la fatiga y el dolor. Oprimió el pecho con su mano y abandonó la gruta.
Fue hacia Flip que, con los brazos cruzados, miraba al suelo. Lo llamó por su nombre.
Flip ni siquiera la escuchó.
La señora Clifton se acercó entonces al marino y le tocó leve­mente el brazo.
Flip se dio vuelta. Lloraba. ¡Sí! Gruesas lágrimas le corrían por las mejillas.
La señora Clifton le tomó la mano.
-Flip, amigo mío -le dijo con voz suave y calma-, durante los primeros días después de nuestra llegada a este sitio, cuando yo estaba desesperada, cuando iba a sucumbir a mi dolor, ¡usted vino hacia mí y me levantó con sus palabras! ¡Usted me señaló a mis cuatro hijos y me hizo ver que mi responsabilidad era vivir por ellos! ¡Y bien! hoy, cuando usted ya me hizo fuerte, ¿no es mi de­ber ayudarlo a mi vez a levantarse y hacerle escuchar las mismas palabras que usted utilizó para conmigo y decirle: amigo Flip, ¡no hay que desesperarse!
El noble marino, al escuchar a esta mujer, esta madre, expre­sarse de ese modo, sintió que los sollozos lo ahogaban. Quería res­ponder pero no podía.
La señora Clifton, al ver los esfuerzos que hacía para dominar­se, le hablaba a media voz, diciéndole palabras de aliento. Le rei­teró que sus hijos y ella sólo tenían esperanza en él y agregó que si él se abandonaba a la desesperación, todo habría terminado pa­ra ellos. ¡Estaban perdidos!
-Sí --dijo por fin el marino, que había vuelto a ser dueño de sí mismo-, sí, señora Clifton, usted tiene razón y sería indigno de mí perder coraje cuando usted, una mujer, muestra semejante fuer­za de espíritu. ¡Sí! Lucharé, venceré la suerte adversa. Sus hijos son los míos, trabajaré, combatiré por ellos como lo haría su vale­roso padre. ¡Hay que perdonarme este momento de renuncia! Fue más fuerte que yo. ¡Ahora se terminó! ¡Se terminó!
Flip estrechó la mano de la señora Clifton y sin decir una pala­bra más entró en la gruta, luego de haber levantado su cuchillo ro­to, y se ocupó fríamente de abrir las ostras con el resto de hoja que todavía podía servir para esa tarea.
Los desafortunados comieron; tenían hambre. Los moluscos calmaron poco a poco su apetito. Unas médulas de sargazo y piñones completaron la comida. Pero todos estaban en silencio y se sentía que la desesperanza invadía no solamente a los más peque­
ños sino también a la madre y al honesto marino, a quienes las vi­cisitudes humanas ya habían puesto a prueba.
En los días siguientes, 27, 28 y 29 de abril, Flip y los mucha­chos trabajaron con ímpetu en renovar las reservas de coco y de sargazo. Dos veces fue el marino con su bote hasta el banco de os­tras, bordeando la costa. Trajo varios miles de esos moluscos y tu­vo la idea de colocarlos en una suerte de parque natural que for­maban las rocas sumergidas al pie del acantilado. Esas ostras esta­ban así depositadas a pocos metros de la gruta. Tanto ellas como los mejillones se podían comer crudos y eran el fondo de la ali­mentación cotidiana. Pero aunque los estómagos toleraban mal esa carne magra, esos bravos niños nunca se quejaban para no afligir a su madre.
La señora Clifton no podía sin embargo confundirse acerca de las causas de este deterioro, tan visibles en las naturalezas jóvenes. Flip tampoco, pero el pobre hombre no sabía qué mas inventar. Estaba en el límite de sus recursos. Todo lo que era humanamente posible de hacer, lo hacía; pero las fuerzas se agotan. La familia ya sólo podía contar con un auxilio providencial. ¿Intervendría la Providencia? -Y no obstante -se decía Flip-, nos hemos ayudado bastante hasta ahora como para que el cielo no nos dé un poco de ayuda.
Por esa época, el marino resolvió intentar una excursión hacia el norte de la costa. Si por azar esa tierra estuviera habitada, habría que estar seguro de ello, y sin demora. Pero Flip quiso hacer solo este re­conocimiento. Los muchachos, debilitados por la alimentación insu­ficiente, no habrían podido seguirlo, pues su intención era extender su exploración, si fuera necesario, a una gran distancia. Podía ser, in­cluso, que no regresara en el mismo día. En ese caso, era mejor que los hijos se quedaran cerca de su madre durante la noche.
Flip dio a conocer su resolución a la señora Clifton y ésta estuvo de acuerdo. Si el plan de Flip podía significar una posibilidad de sal­vación, por más pequeña que fuera, no había que desperdiciarla.
El martes 29 de abril, hacia mediodía, Flip, después de decir adiós a la familia, se puso en camino. Llevaba como única provi­sión unos piñones. Pensaba seguir la costa y, por lo tanto, alimen­tarse de mariscos, mejillones u otros. El tiempo estaba bastante bueno. La brisa venía del interior y apenas provocaba ligeras on­dulaciones en la superficie del mar. Marc acompañó a Flip duran­te un cuarto de milla y se aprestaba a dejarlo.
-Cuide bien a los niños -Marc le dijo el marino-, y si no he regresado antes de la noche, no tenga ningún temor.
-Sí, Flip. Adiós, Flip -dijo el muchacho.
Marc volvió sobre sus pasos siguiendo el acantilado y Flip se di­rigió por la costa, hacia la desembocadura del río, que pronto al­canzó. Allí encontró las huellas del primer campamento, y las frías cenizas de los hogares apagados. Ni una sola brasa, ni una sola chis­pa; al mirar el lugar donde el bote había atracado en tierra, Flip no pudo reprimir un suspiro. Su corazón había estado entonces lleno de esperanza, y ¡ahora ...!
-¡Si al menos estuviera solo! -pensaba. -¡Pero una madre, niños, en esta tierra perdida!
Flip remontó la margen derecha del río. Calculaba pasarlo a na­do. Un nadador como él no se arredraba ante algo tan fácil. Siguió por la orilla y advirtió, sobre la margen opuesta del río, donde la roca se hundía muy verticalmente en el agua, una fisura que podía servirle para llegar más fácilmente a la cima del acantilado. Su plan era seguir ese acantilado prominente que tenía la ventaja de destacarse sobre el mar, permitirle observar de un lado el océano y del otro las llanuras que confinaban con esa parte de la costa.
Flip se preparó en consecuencia a atravesar el río en ese lugar y comenzó a sacarse la ropa que pensaba acomodar sobre la cabeza. Se sacó la marinera y, al plegarla, sintió en el bolsillo del costado un paquetito. Lo que encerraba ese paquete -envuelto en una ho­ja grande de plátano atada convenientemente con una fibra de co­co- él no habría podido decirlo. Muy sorprendido, desató la cuer­da, desenrolló la hoja, y encontró ¡un pedazo de galleta y un poco de carne que primero estuvo muy tentado de llevarse a la boca!
Pero se contuvo. La señora Clifton, al observar que partía sin una provisión suficiente, había apartado de su reserva ese pedazo de galleta y ese trozo de carne, ¡los últimos, tal vez!
-¡La buena, maravillosa criatura! -exclamó. -¡Pero si se fi­gura que voy a comerme esta galleta y esta carne, cuando ellos se privan de ella!
Dicho esto, Flip rehizo el pequeño paquete y lo volvió a poner en su bolsillo, decidido firmemente a regresarlo intacto. Después se desvistió; dispuso su ropa sobre la cabeza y entró en el río.
El agua estaba fresca. El baño le causó placer. En pocas braza­das hubo alcanzado la margen derecha; hizo pie sobre una estrecha banda de arena, dejó que la brisa lo secara un poco, luego volvió a vestirse y, por la fisura, consiguió llegar a la cima del acantilado, que en ese lugar medía alrededor de trescientos pies de altura.
La primera mirada de Flip se dirigió hacia el mar. Totalmente desierto. La costa se prolongaba hacia el noroeste describiendo una curva bastante parecida a la que se dibujaba abajo en el río. Formaba de este modo una especie de bahía de un perímetro de dos a tres leguas. El río se entraba por lo tanto al mar en el fondo de esa bahía. Era en realidad una especie de rada foránea36, una ensenada bastante profunda. En cuanto al acantilado, seguía una dirección horizontal durante dos o tres millas; luego el suelo parecía concluir súbitamente. Lo que había más allá era imposible saberlo.
En el límite oriental de la meseta, es decir, opuesto al mar, apa­recían enormes masas de vegetación. Eran bosques escalonados sobre las primeras ramificaciones del pico central; arriba corría la cresta de poderosos contrafuertes que convergían hacia la monta-
ña. Toda la región era magnífica, cubierta de bosques y de prade­ras, contrastaba por su fertilidad con la región del sur, árida, agres­te y desolada.
-¡Sí! -pensaba Flip-, ¡podríamos vivir felices en esta costa! ¡Una pequeña colonia como la nuestra tendría que prosperar! ¡Al­gunas herramientas, un poco de fuego, y yo respondería por el fu­turo!
Flip, con sus pensamientos, caminaba a buen paso; observaba atentamente la región, pero sin abandonar la orilla del acantilado. Después de una hora de marcha llegó al lugar en el que se inte­rrumpía bruscamente. El acantilado formaba en ese sitio un cabo que terminaba la bahía al norte. Desde ese punto la costa volvía un poco hacia el este y se prolongaba en un promontorio muy agudo.
Abajo del acantilado, a doscientos pies aproximadamente bajo la mirada de Flip, el suelo parecía ser pantanoso. Se habría dicho una enorme marisma, con vastas placas de agua estancada, una le­gua de ancho y de largo. Seguía los caprichosos contornos de la costa, indicada por una larga línea de dunas que corría de sur a nor­te a cuatrocientos o quinientos pies del mar.
En lugar de rodear la marisma y de internarse demasiado, re­solvió seguir esta orilla arenosa. Una parte derrumbada del acanti­lado le permitió llegar sin dificultades hasta el suelo inferior.
Ese suelo estaba formado de un limo arcillo-silíceo mezclado con numerosos restos vegetales. Ajomates37, juncos, cañaveras, castañuelas38, y aquí y allá unas capas de herbazales lo cubrían. Numerosas charcas brillaban bajo los rayos del sol. Ni las llu­vias, demasiado poco abundantes, ni ningún río cuyas aguas hu­bieran aumentado por una creciente súbita, habrían podido for­mar esas reservas de agua. Había naturalmente que concluir que esa marisma estaba alimentada por infiltraciones del suelo. Y en efecto, así era.
Por debajo de las plantas acuáticas, en la superficie de esas aguas estancadas, revoloteaba un mundo de aves. Un cazador de marisma, un cazador de choza no habría podido errar ni un solo ti­ro de escopeta. Patos salvajes, navancos39, cercetas40, becardones41 vivían allí en bandas, y esos volátiles, nada miedosos, dejaban que se les acercaran. Flip habría podido matarlos a pedradas.
¿Pero para qué? Estos atractivos especímenes de la fauna acuá­tica no hicieron más que acrecentar las lamentaciones del marino. Apartó su mirada y apresuró su marcha a través de los estrechos senderos que debían conducirlo al mar. Su bastón le servía para sondear los herbazales que recubrían los charcos de agua y para evitar alguna desagradable inmersión en una ciénaga. Pero si bien sorteaba diestramente esos malos pasos, no avanzaba rápido.
Por fin, a eso de las tres y media Flip llegó al límite occidental de la marisma. Un camino fácil se le presentó entre las dunas y el mar. Era una arena fina, sembrada de conchillas, firme para cami­nar. Flip caminó mucho más rápido comiéndose poco a poco sus piñones y apagando la sed en los arroyos que vertían en el río el agua sobrante de la marisma. No había rocas en esta parte de la costa y, en consecuencia, faltaban los mejillones u otros moluscos comestibles con los que el apetito de Flip se habría saciado. Pero el marino tenía al mismo tiempo el espíritu y el estómago de un fi­lósofo y sabía muy bien privarse de lo que no podía tener.
Continuó así su exploración hacia el Norte. ¿Qué esperaba en­contrar en esas playas desiertas? Alguna choza de indígenas, los restos de un barco, algún escombro que sabría aprovechar? No. A decir verdad, el valiente marino, desanimado a pesar suyo, cami­naba maquinalmente, sin objetivo, sin una idea formada y, se po­dría agregar, sin esperanza.
Así fue durante varias millas. La comarca no se modificaba. De un lado el mar, del otro la llanura pantanosa. Ningún síntoma, nin­gún indicio de un cambio próximo en la naturaleza del suelo. Por consiguiente, ¿de qué le servía a Flip proseguir su reconocimien­to? ¿Para qué fatigarse inútilmente en una exploración vana? ¿Lo que aún no había encontrado, acaso podría descubrirlo más tarde?
Flip se había sentado sobre la arena, entre dos matas de juncos cortantes, cuyas raíces servían para fijar esas dunas movedizas. Se quedó así durante una media hora, con la cabeza apoyada en sus manos, sin siquiera observar ese mar que ondulaba frente a él. Lue­go se levantó para retomar la ruta del campamento.
En ese momento, un extraño grito se dejó escuchar y atrajo la atención del marino. No podía ser un cloqueo de pato salvaje. Ese grito más bien se parecía a un ladrido.
Flip subió hasta la cima de una duna y paseó su mirada por la marisma. No vio nada, sólo observó que las bandadas de pájaros se volaban precipitadamente de las altas hierbas
-¡Allí hay algún animal -se dijo-, algún reptil que espanta a todos esas aves!
Miró atentamente, pero los pastos no se movían. El grito no se había repetido. La marisma, abandonada por los pájaros, no pare­cía ocultar un ser vivo. El marino prestó atención unos minutos; observaba a la vez la llanura, el río y la línea de las dunas. Esas du­nas, en efecto, podían esconder algún visitante peligroso. Flip to­mó firmemente su bastón y se mantuvo listo a cualquier ataque, pero los juncos permanecieron inmóviles.
-Me habré equivocado -dijo Flip, y siguió su camino hacia el Sur, después de haber descendido la duna hasta la ribera.
Pero el marino caminaba desde hacía cinco minutos apenas, cuando el singular ladrido se dejó escuchar de nuevo, a una dis­tancia bastante cercana.
Flip se detuvo. Esta vez no podía ignorarlo. Era en efecto un la­drido, pero un ladrido sofocado, el ladrido de un perro agotado por la fatiga y el hambre.
-¡Un perro aquí! ¡En esta costa! -murmuró Flip.
Escuchó. Dos o tres ladridos quejosos hirieron una vez más sus oídos.
-¡Sí, un perro! -dijo Flip regresando sobre sus pasos. -¡Pe­ro no era un perro salvaje! ¡El perro salvaje no ladra! ¿Qué quiere decir todo esto?
Una inexplicable emoción hizo palpitar su corazón. ¿Por qué un perro en este lugar? ¿Había por lo tanto una vivienda en esta tie­rra, algún campamento de indígenas o de náufragos? Había que sa­berlo a cualquier precio.
Flip siguió la pequeña cadena de dunas. Los ladridos se hacían oír de manera más distintiva. Flip, extrañamente emocionado, co­rría a través de los juncos, trepando y bajando los montículos de arena. Ese perro no podía estar lejos y él no lo veía.
Pero de pronto las hierbas se entreabrieron sobre el limite de un charco de agua estancada. Un animal apareció enfrente de Flip. Era un perro flaco, descarnado, lleno de barro, que apenas se arrastraba.
Flip fue hacia él. El perro parecía esperarlo. Era un animal de gran tamaño, con las orejas caídas y la cola espesa de pelo sedoso cubierta de un lodo líquido. Su cabeza era ancha y redondeada. Pertenecía a esa raza inteligente de los spaniel. ¡Pero en qué esta­do se encontraba, las patas ensangrentadas, el hocico cubierto de una baba de lodo! Pero al ver sus ojos bondadosos y mansos, su mirada afectuosa, Flip comprendió que no había nada que temer de ese animal.
El perro se le acercó arrastrándose. Flip le tendió la mano y el perro se la lamió y después, agarrando el pantalón del marino en­tre sus dientes, trató de llevarlo del lado de la ribera.
De pronto, Flip se detuvo, se arrodilló sobre la arena; acercó su cabeza al perro; lo observó con insistencia, tratando de saber más de él bajo el barro que lo cubría; y dejó escapar un grito:
-¡Él, él! ¡No, no es posible!
Luego miró, miró una vez más; limpió la cabeza del animal...
-¡Fido! -gritó, por fin.
Al escuchar ese nombre el perro dio muestras de una extraordi­naria agitación, trató de saltar, movió vivamente su cola. ¡Lo habían reconocido!
-¡Fido! -repetía el marino.
-¡Tú! ¡Tú aquí!
Es más fácil entender que describir el estupor del noble Flip, al encontrar en esa costa desierta al perro Fido, ¡el fiel compañero del ingeniero Clifton, el amigo de los niños, que él había acariciado a menudo a bordo del Vankouver! ¡Fido lo había reconocido!
-¡Pero no puede haber llegado solo! -gritó Flip. -¿Qué pa­só a bordo del Vankouver?
Parecía que Fido hubiera comprendido la pregunta del marino. Parecía que hubiera querido responderle. Ladraba, trataba de arras­trar a Flip, a riesgo de desgarrarle el pantalón. El marino no podía ignorar esos inteligentes movimientos.
-¡Algo hay -dijo-, vayamos! Y siguió al sagaz animal.
Flip y Fido, éste guiando a aquél, fueron a través de las dunas y descendieron hasta la ribera. Durante una hora siguieron de ese modo. Fido parecía animado, se lanzaba hacia delante y volvía a Flip. El marino estaba en un estado de sobreexcitación extraordi­naria. Algo esperaba, pero no se atrevía a decir sobre qué depo­sitaba sus esperanzas. No osaba formularse los vagos pensa­mientos que atravesaban su mente. Era arrastrado fatalmente ha­cia lo desconocido. ¡Olvidó su cansancio y el largo camino que ya había recorrido, y ese camino de regreso que pronto iba a te­ner que emprender!
Hacia las cinco de la tarde, el sol estaba ya muy cerca del hori­zonte, cuando Fido se detuvo al pie de una duna bastante elevada; luego, miró a Flip una última vez y, emitiendo un ladrido extraño, se lanzó hacia un estrecho corredor que las arenas dejaban entre sí.
Flip lo siguió; rodeó un tupido bosquecillo de juncos y al ver a un hombre tendido en el suelo, gritó.
Flip se precipitó hacia él y reconoció al ingeniero Clifton.


CAPITULO 14


Qué encuentro! ¡Qué casualidad, o mejor dicho, qué interven­ción de la Providencia! ¡Qué cambio en la situación de la fa­milia Clifton! ¡Un padre, un esposo les era devuelto! Qué impor­taba su desamparo, su miseria presente. ¡Ella ahora podría mirar de frente el futuro!
Flip no había llegado a tener ni un instante el pensamiento de que ese cuerpo tendido en la arena podía no ser más que un cadá­ver. Se había precipitado hacia él. El rostro de Harry Clifton vuel­to hacia el cielo, estaba pálido, los ojos cerrados, la boca entrea­bierta, la lengua hinchada entre los dientes. Su cuerpo, con los bra­zos extendidos, estaba completamente inmóvil. Su ropa, mancha­da de barro, tenía huellas de violencia. Cerca del cuerpo del inge­niero, Flip vio una vieja pistola de piedra42, un cuchillo desenvai­nado y una hacha de abordaje.
Flip se inclinó sobre el infortunado y apartó sus ropas: el cuer­po estaba caliente. El ingeniero había adelgazado enormemente a causa de las privaciones y el sufrimiento. Flip levantó su cabeza y vio entonces en el cráneo una ancha herida cubierta por un espeso coágulo de sangre.
Flip acercó su oreja al pecho del herido y escuchó.
-¡Respira! ¡Todavía respira! Lo salvaré. ¡Agua! ¡Agua!
A pocos pasos Flip vio un arroyito que corría sobre un lecho de arena desde la marisma hacia el mar. Corrió, empapó su pañuelo en esa agua fresca y volvió hacia el herido. Comenzó primero por bañar su cabeza y desprendió delicadamente los cabellos pegados por la sangre. Luego le mojó los ojos, la frente, los labios.
Harry Clifton hizo un ligero movimiento. Su lengua se movió levemente entre sus labios tumefactos, y Flip creyó oírlo pronun­ciar esta palabra:
-¡Hambre! ¡Hambre!
-¡Ah! -gritó Flip -¡pobrecito! ¡Se está muriendo de ham­bre! ¡Quién sabe cuánto hace que no come!
¿Pero cómo reanimar al infortunado? ¿Cómo retener la vida que se le escapa?
-¡Ah! -exclamó Flip. -La galleta, la carne que la señora Clifton... ¡Fue una inspiración del cielo la que guió a esa noble mujer!
Flip corrió hacia el arroyo y trajo un poco de agua en una con­cha. Luego, disolvió un poco de galleta en esa agua fresca, hizo una especie de sopa de pan, y la acercó a la boca del herido.
Harry Clifton apenas pudo tragar con esfuerzo uno o dos sor­bos. Su garganta se había estrechado y casi no dejaba pasar los ali­mentos. Sin embargo, alcanzó a absorber un poco de ese pan re­mojado y pareció que la vida volvía a él.
Flip le hablaba, mientras tanto, como una madre le habla a su hijo enfermo. Le prodigaba las mejores palabras de estímulo. Pasó una media hora y Harry Clifton entreabrió los ojos. Dirigió hacia Flip su mirada casi sin vida y fue evidente que reconocía al ho­nesto marino porque sus labios esbozaron una sonrisa.
-Sí, señor Clifton -le dijo Flip-, soy yo, el marinero del Vankouver.
-¡Usted me ha reconocido perfectamente!... ¡Sí! ¡Sí! ¡Yo sé lo que quiere preguntarme! ¡Pero no hable! No es necesa­
rio. Sólo escúcheme. Su mujer, sus hijos... todos están bien. ¡Están muy felices! ¡Muy felices! Y cuando lo vean ¡qué alegría tendrán! ¡Qué maravilla!
Un movimiento de dedos del herido fue inmediatamente inter­pretado por Flip. Puso su mano en la del ingeniero y éste la apre­tó suavemente.
-Comprendido, señor, comprendido -repitió el marino-, ¡pero no es necesario! ¡No tiene nada que agradecer! Soy yo, por el contrario, el que le agradece a usted por haber venido a encontrarnos. ¡Qué amable de su parte!
¡Y el buen Flip se reía, y le daba palmaditas suaves en la ma­no, y Fido, sumando sus caricias a las suyas, lamía las mejillas de su amo!
Pero súbitamente, Flip prorrumpió:
-¡No me olvido! ¡Usted debe estar muerto de hambre, Fido! ¡Coma, señor! ¡Coma usted! Su vida es aún más valiosa que la mía!
Y diciendo esto Flip le dio unos pedacitos de carne y de galle­ta al fiel perro. Fido se abalanzó y devoró con avidez. Flip le dio otra ración más de su preciosa reserva. Ese día estaba pródigo; por otro lado, creía muy seriamente que habiendo encontrado al padre no había que preocuparse más por la salvación de la pequeña co­lonia.
Harry Clifton recuperaba un poco de fuerzas comiendo una galle­ta mojada mientras Flip le examinaba la herida: sólo había sufrido una contusión en la cabeza. Flip, que sabía también de eso -veinte veces había tenido la ocasión de tratarse a sí mismo- no encontró que el estado del herido fuera demasiado grave. El agua fresca daría cuenta de esa lesión. Flip hizo una compresa con su pañuelo y se la aplicó sobre la cabeza; luego armó una cama bien mullida de hierbas y de plantas marinas para su enfermo sobre una rampa de arena. El herido fue transportado hasta esa cama rápidamente improvisada, y Flip lo cubrió con su marinera y su camisa de lana, para preservarlo del frío de la noche.
Clifton se dejaba hacer y sólo podía agradecer a su salvador con una mirada de reconocimiento.
-¡No hable, no hable! -le repetía Flip. -No tengo urgencia de saber lo que sucedió. Más tarde nos lo contará. Lo importante es que esté aquí, y gracias a Dios, ¡está aquí! -y, acercándose a su oído:
-¿Usted me escucha bien, señor Clifton? Harry Clifton guiñó un ojo afirmativamente.
-Escúcheme, entonces. La noche se acerca, pero será apacible, a juzgar por el aspecto del cielo. Si usted hubiera estado lo bastante fuerte como para dar unos pasos, habríamos partido juntos y sólo habría tenido que cargarlo una o dos millas. ¡Pero a causa de las si­nuosidades de la costa, nos separan cuatro leguas del campamento donde están su esposa y sus hijos! ¡Sanos y salvos, se lo repito! ¡Qué valiente mujer la suya, qué hijos tan valerosos!
El herido agradeció a Flip con una mirada. Escuchar hablar así de quienes amaba tanto le devolvía la vida.
-Voy a hacer lo siguiente -retomó Flip-: lo más urgente es transportarlo a la gruta donde no le faltaran los cuidados. Voy a de­jarlo aquí durante unas horas. Le dejo cerca, en esta concha, un po­co de galleta mojada y unos pedacitos de carne por si siente ganas de comer. Fido no los tocará; me lo ha prometido. En otra concha queda un poco de agua dulce, para que pueda mojar los labios. Muy bien. ¡Me está escuchando! Bueno. Ahora me voy. Son las ocho. En dos horas cuanto más habré llegado a la gruta pues tengo buenas piernas. Cuando llegue, tomaré el bote, usted sabe cuál, el del Vankouver, que esos buenos bribones pusieron a nuestra dis­posición. El viento es bueno; sopla del sudoeste; por lo tanto, no pondré más de seis cuartos de hora en regresar aquí. O sea, duran­te tres horas y media, señor ingeniero, o pongamos cuatro horas: le ruego que me espere. A medianoche estaré de vuelta. Esperaremos juntos la marea descendente de la mañana, que favorecerá nuestro regreso, y a las ocho de la mañana estará usted acostado en una buena cama de musgo, en una vivienda muy cálida, muy conforta­ble, y en medio de su querida familia. ¿Le conviene el arreglo?
-Sí, Flip -murmuró Harry Clifton.
-Dicho y hecho -replicó el marino-; parto, señor Clifton; ¡espéreme con confianza y verá que seré puntual a la cita!
Flip tomó las últimas disposiciones, después de haber "tendido" la cama de hierbas en la que reposaba el herido; una vez más le apretó la mano y, dirigiéndose al fiel perro:
-En cuanto a ti, vigila bien, mi muchacho, vela por tu amo, ¡y no le comas su pitanza!
Fido sin duda comprendió, pues lanzó un ladrido tan parecido a un "Si", que Flip se quedó tranquilo. Después, ese noble ser se ale­jó a grandes pasos.
¡Con qué entusiasmo, con qué fervor tomó Flip el camino hacia el campamento! ¡Qué alegre se sentía! ¡Cómo se habían disipado las. penurias del día! ¡No! ¡No volvía con las manos vacías a la gruta! ¡Ya no pensaba en su cuchillo roto, en su fuego apagado! Un inge­niero como Harry Clifton ¿no los sacaría de apuros? ¿No era capaz de hacer todo con nada? Mil proyectos hacían eclosión en la cabeza de Flip en ese momento, ¡y no tenía dudas de que los realizaría!
Entretanto, había caído la noche. La costa y el océano se con­fundían en la profunda oscuridad. La luna, en su cuarto menguan­te, no se elevaría antes de medianoche. Flip no podía contar, por lo tanto, más que con su instinto y su habilidad para encontrar su ru­ta y prevenir cualquier paso en falso. Como no podía cortar en lí­nea recta, corriendo el riesgo de perderse en plena marisma, tuvo que seguir el borde de la ribera hasta el comienzo del acantilado. Pero cuando llegó a ese punto comenzaron las dificultades. Había que encontrar los estrechos senderos que circulaban entre las char­cas. Flip se perdió varias veces; se rió incluso de la cantidad de pa­sos en falso que había dado. Sólo le preocupaba el retraso que su­friría su marcha. A cada instante las aves acuáticas, despertadas sú­bitamente, salían volando de los pastizales.
-¡Bah! -se repetía -este suelo es como una espumadera. Pe­ro los agujeros no son más que agujeros y ya me las he visto con otros en mi vida. Ya me he metido en terrenos peores que éste, y no es una marisma lo que me impedirá pasar.
¡Con esta manera de razonar se hacen muchas cosas! Flip, em­papado de los pies a la cabeza, embarrado, no dejaba de avanzar, y llegó a esa brecha por la que había descendido de la cima del acan­tilado al suelo pantanoso de la llanura. Veinte personas no habrían podido reconocer ese paso impracticable en medio de las tinieblas. Pero Flip no podía equivocarse; veía en la noche como un nictálo­pe. Trepó por la brecha con la ligereza de un cazador de gamuzas.
-¡Por fin -se dijo -terreno firme! ¡Esa maldita marisma ha­bría terminado por cansarme!... ¡Bah! ¡Ya me repondré con un buen galope!
Y Flip cumplió con lo que decía. Con los codos apretados a las caderas, sacó pecho y corrió como un corredor de profesión. En unos minutos había franqueado la meseta de granito y alcanzado la margen derecha del río. Sacarse la ropa, es decir el pantalón y la camisa de tela gruesa, hacer un hato con ella, colocarlo sobre la ca­beza, arrojarse al agua, atravesar el río, volverse a vestir en la otra margen, todo fue cuestión de un instante. Llegó al primer campa­mento, pasó a lo largo del pie del acantilado y, sin parar de correr, se dirigió hacia la gruta.
A las diez y unos minutos, Flip llegó al último recodo y escu­chó una voz que reconoció de inmediato.
-¡Eh! ¡Flip!
-¡Hola! ¡señor Marc! -respondió.
El marino y el muchacho se encontraron. Marc no había queri­do acostarse. Estaba inquieto por la ausencia de Flip. Mientras su madre dormía, él custodiaba a su familia y aguardaba la llegada de su amigo. Le parecía que nunca iba a terminar esa primera noche pasada lejos de Flip.
Pero el marino no contaba con la presencia de Marc. Vaciló un instante en decirle que su padre pronto estaría con ellos. Esa noti­cia inesperada, esa alegría súbita ¿no serían una conmoción para él? Pero, no, pensó; este joven tiene la fuerza moral de un hombre y, por otro lado, las buenas noticias nunca hacen mal.
-Y bien, Flip -preguntó Marc. El corazón le latía con fuerza. -¿Qué pasó? ¿Qué tal la exploración...?
-Hay novedades, señor Marc -respondió el marino.
-¡Ah! Flip -exclamó el joven -¿trae usted un poco de espe­ranza a mi madre? ¡Son demasiado fuertes para una mujer las prue­bas que ha tenido que sobrellevar! ¡No creo que pueda resistir más!
-Señor Marc -respondió Flip-, le traigo una noticia que si no agradece al cielo cuando se la diga sería usted muy ingrato.
-¿Qué hay, Flip? ¿Qué pasó? -preguntó el joven temblando de emoción.
-Calma, señor -respondió el marino. -Y ahora escúcheme. Encontré a Fido.
-¡Fido! ¡Nuestro perro! ¿el perro de mi padre?
-¡Sí! Fido, flaco, extenuado, moribundo. ¡Pero me reconoció!
-¿Qué más? -dijo Marc con la voz alterada -¿qué más?... Hable, Flip... Fido... ¿no lo trajo usted...?
-No, señor Marc, lo dejé... allá... para cuidar a alguien...
-¿Mi padre?
-¡Sí!
¡Si Flip no lo hubiera sostenido, Marc se habría caído! El mu­chacho lloraba en brazos del marino. Flip le contó con voz emo­cionada lo que había pasado. ¡Ah! ¡Qué alegría para Marc! ¡Su pa­dre! ¡Su padre con vida!
-¡Vayamos! -exclamó, deshaciéndose de los brazos de Flip. -Hay que traerlo.
-Sí -contestó Flip-, no hay un instante que perder. Déjeme decirle lo que resolví hacer, señor Marc.
Flip le comunicó al joven su intención de tomar el bote e ir por el mar hasta el lugar en el que había dejado a Harry Clifton bajo el cuidado de Fido. Quería cumplir la promesa de llegar antes de me­dianoche. La marea subiría y el oleaje sería favorable; quería apro­vecharla para llegar lo más rápidamente al norte.
-¿Y mi madre? -preguntó Marc. -¿Hay que avisarle?
-Señor Marc -respondió el marino-, es una decisión delicada; escuche lo que su corazón le diga: hay que prepararla poco a poco...
-Entonces, ¿no voy a acompañarlo?
-Creo que usted debe quedarse aquí en interés de su madre, señor Marc.
-¡Pero y mi padre! ¡Mi padre que me espera!
-No, mi señor; usted es el mayor de la familia. Debe prote­gerla en ausencia mía. Por otro lado, tenga en cuenta que estare­mos de vuelta a las ocho de la mañana, a más tardar. Sólo le pido unas horas de paciencia.
-Pero -insistió-, si mi pobre padre sucumbiera a sus sufri­mientos y yo no estuviera allí para...
-Señor Marc -respondió con seriedad el honesto marino. -¡Es un padre con vida el que le he anunciado y es un padre con vida el que devolveré a su familia!
Marc se rindió ante las razones de Flip. Las cosas estaban con­venientemente arregladas y, en efecto, la presencia de Marc en la gruta era necesaria, no sólo porque le correspondía cuidar a sus huéspedes, sino también porque, solo, podía preparar hábilmente a su madre para la inmensa alegría que la esperaba. Por otro lado, Marc no habría podido partir sin decirle a su madre que se iba, y tampoco habría tenido valor para interrumpir su sueño.
Marc ayudó al marino a preparar su embarcación. La vela esta­ba todavía envergada porque Flip recientemente había usado el bo­te para la pesca de ostras. Lo empujaron entonces al mar.
En ese momento, la corriente que salía del canal entre el islote y la costa se dirigía hacia el norte. El viento soplaba del sudoeste y era favorable para la marcha de la embarcación. La noche era os­cura, es verdad, y la luna no se elevaría antes de dos horas. Pero a un marino semejante no le molestaba navegar en la oscuridad. Flip se colocó en la parte trasera del bote.
-Abrazos fuertes para mi padre -dijo el joven.
-Sí, señor Marc, lo abrazaré en su nombre y en el de todos. Flip izó la vela y el bote pronto desapareció en la oscuridad.
Eran las diez y media de la noche. Marc se quedó solo en la pla­ya, presa de una febril agitación. No se decidía a entrar en la gru­ta; sentía la necesidad de ir, de venir, de respirar el aire fresco de la noche. ¡No! ¡A ningún precio quería despertar a su madre! ¿Qué le habría dicho? ¿Habría podido ocultarle su conmoción, callarse delante de ella?
¿Pero por qué callarse? ¿Flip no le había recomendado acaso que la preparara poco a poco a reencontrarse con quien creía ha­ber perdido para siempre? Su padre, de él, su esposo, de ella, ¿no
estaría allí en unas pocas horas? ¿Pero qué decir, qué imaginar, qué hacer?
Marc reflexionaba mientras iba incesantemente de la ribera a la gruta. Pronto las sombras de la noche se aclararon un poco. Un resplandor suave dibujó vagamente las cimas de la costa y dejó brillar una pequeña franja de mar en el horizonte. Era la luna que se elevaba en el este. La medianoche ya había pasado en ese mo­mento. Si Flip había podido cumplir exitosamente su travesía, de­bía estar ahora junto a Harry Clifton. Marc pensó que su padre te­nía un amigo leal que velaría por él. Esta idea le dio cierta tran­quilidad; ¡sobreexcitado, imaginaba y veía los cuidados que el no­ble marino prodigaba a su padre y qué él mismo hubiera querido prodigarle!
Marc pensó entonces en qué debería decirle a la señora Clifton. Tendría necesariamente que explicarle el regreso de Flip durante la noche, la partida en el bote, y por qué el marino había actuado de esa manera. Resolvió decirle que durante su excursión Flip había descubierto una isla bastante cercana a la costa, que le había pare­cido que estaba habitada, que costara lo que costase quería llegar a ella antes de la salida del sol. Agregaría luego que, según la opi­nión de Flip, esa isla debería ser refugio de náufragos, ya que el marino creía haber avistado sobre una loma un mástil con una se­ñal, destinada a atraer la atención de los navegantes. Marc insi­nuaría entonces que estos náufragos bien podían ser los del Vankouver. ¿Por qué, en efecto, ese barco que erraba a la aventura, pri­vado de su capitán, manejado por un segundo de a bordo ignoran­te y una tripulación amotinada, no habría chocado sobre los arre­cifes que erizaban la costa? Admitida esta hipótesis, el joven deja­ría tranquila a su madre.
Marc reflexionó así durante largas horas, temiendo decir dema­siado o no decir lo suficiente. Mientras, la luna pasaba al meridia­no, y algunos vagos fulgores, esparcidos hacia el Este, anunciaban la salida próxima del sol. En esa latitud relativamente baja, debía hacerse de día con bastante rapidez.
Sentado sobre una roca, Marc estaba absorbido en sus pensa­mientos cuando, al levantar la cabeza, vio que se madre estaba pa­rada enfrente de él.
-Por lo que veo, hijo mío, tú no te acostaste -dijo la señora Clifton.
-No, mamá -dijo Marc poniéndose de pie. -La ausencia de Flip no me habría dejado dormir y mi deber era velar por ustedes.
-Mi querido Marc, mi hijo querido -dijo la señora Clifton, tomándolo de las manos. -¿Y Flip? -agregó.
-¿Flip? -dijo Marc, dudando un poco-, pues... Flip volvió.
-¿Cómo? ¿Volvió? -respondió la señora Clifton mirando a su alrededor.
-Sí -dijo Marc-, volvió... y volvió a irse... Se llevó el bote. Marc balbuceaba. Su madre lo miró a los ojos. -¿Por qué volvió a irse? -preguntó. -Madre, volvió a irse...
-¿Qué sucede, Marc? ¿Me ocultas algo?
-No, madre, le he dicho... no sé, pero tengo esperanzas...
La señora Clifton le tomó la mano y permaneció unos instantes sin hablarle. Luego:
-Marc ¿hay alguna novedad? -Madre, escúcheme -dijo Marc.
Marc le contó entonces a la señora Clifton los presuntos inciden­tes del viaje de Flip. La señora Clifton lo escuchó sin pronunciar una sola palabra. Pero cuando su hijo habló de náufragos del Vankouver, y de la posibilidad de encontrarlos en esa isla, la señora Clifton sol­tó la mano de su hijo, se puso de pie, y avanzó hasta la orilla.
En ese momento, sus otros hijos corrieron hacia ella; se arroja­ron a sus brazos y la señora Clifton los besó efusivamente, no hu­biera podido decir por qué. Después, sin pedirle más explicaciones a su hijo mayor, pero con el corazón agitado por una indecible emoción, se ocupó del aseo cotidiano de Jack y Belle.
Marc, por su lado, continuó su paseo por la playa. Decidió no hablar más, pues temía que el secreto se le escapara. Solamente ha­bló para contestarle a Robert cuando éste, viendo que el bote no es­taba en el lugar de siempre, le preguntó qué había pasado con él.
-Flip se lo llevó esta noche para proseguir su exploración más al norte.
-¿Flip, entonces, volvió?
-Sí.
-¿Y cuando estará de vuelta? -Probablemente esta mañana a las ocho.
Eran las siete y media. La señora Clifton bajó nuevamente ha­cia la playa y dijo:
-Hijos, si ustedes quiere iremos al acantilado al encuentro de nuestro Flip.
La proposición fue aceptada. Marc no se atrevía a mirar a su madre. Se había puesto pálido de sólo escucharla, y sintió que to­da la sangre le subía al corazón.
La madre y sus hijos tomaron el camino de la ribera. Pronto, Robert señaló un punto blanco en alta mar. Era una vela; no podían equivocarse: era el bote de Flip, que por acción de la marea des­cendente doblaba en la punta norte de la bahía. Antes de media ho­ra habría llegado al campamento.
La señora Clifton miró a Marc, que estaba a punto de gritar:
-¡Mi padre, mi padre está allí!-. Pero, haciendo un esfuerzo so­brehumano, se contuvo.
Mientras tanto, la embarcación se acercaba velozmente a la cos­ta. El oleaje arrojaba espuma bajo su estrave, y se inclinaba por el viento que venía de tierra. Pronto se distinguió lo suficiente como para que Robert pudiera gritar, con razón:
-¡Miren! ¡Hay un animal abordo!
-¡Sí! un perro -dijo Marc, a quien se le escapó la respuesta a su pesar.
Su madre se le acercó.
-¡Ah! ¡Si fuera nuestro Fido! -dijo la pequeña Belle. Unos instantes después, Robert, como si le respondiera, dijo: -¡Pero si es Fido! ¡Lo reconozco, mamá! ¡Es Fido! -¡Fido! -exclamó la señora Clifton.
-¡Sí, mamá! -repetía el muchacho. -¡Fido! ¡Ese perro va­liente! Pero ¿por qué está allí con Flip? ¿Fido? ¡Fido! ¡Fido! -con­tinuó gritando.
Un ladrido llegó hasta ellos.
-¡Me reconoce! ¡Me reconoce! -repetía Robert. -¡Fido! ¡Fido!
En ese momento la embarcación entraba en el estrecho canal entre el islote y la costa. El reflujo la arrastraba con extrema velo­cidad y no tardó en llegar hasta el extremo del acantilado; un gol­pe de timón por suerte la hizo doblar.
Entonces, el perro se arrojó al mar y nadó hacia el grupo, cor­tando oblicuamente el oleaje que amenazaba con arrastrarlo. ¡Pronto llegó hasta la playa y se puso a correr frente a los niños, que le devolvieron con caricias su algarabía!
Mientras tanto, Marc había corrido hacia el bote. La señora Clifton, pálida como una muerta, lo seguía.
El bote contorneó un obstáculo y encalló suavemente sobre la arena. Flip estaba de pie frente al timón. Un hombre, acostado cer­ca de él, se levantó un instante, y la señora Clifton cayó desmaya­da en los brazos de su esposo a quien tanto había llorado.


CAPITULO 15

por fin! ¡Por fin estaban todos juntos! Se olvidaron de todo, de r su desamparo, de la miseria presente, del futuro amenazante que los esperaba, de las terribles pruebas a las que los había ex­puesto, golpe tras golpe, la suerte. Se olvidaban de ellos mismos en ese abrazo común que los reunía sobre el corazón de Harry Clifton. ¡Cuántas lágrimas de alegría se derramaron! La señora Clifton vol­vió en sí, se arrodilló junto al bote y agradeció a Dios.
Ese día, en el almanaque de Belle, era el domingo l° de mayo, un día de acción de gracias y la familia entera iba a pasarlo en la cabecera del enfermo. Harry Clifton sintió que revivía un poco. Los cuidados que Flip le había prodigado, ese bocado que ya ha­bía podido comer, la esperanza, la felicidad, todo contribuía a de­volverle sus fuerzas perdidas. Estaba muy débil todavía, pero vivo, muy vivo, como Flip le había dicho al joven Marc.
Harry Clifton no habría podido ir caminando desde el bote hasta la gruta. Flip y sus dos hijos mayores lo habían transportado en una camilla de ramas. De cada lado, Belle y Jack le tenían las manos. La señora Clifton había preparado en el mejor rincón de la gruta una ex­celente cama de hierbas y de musgo sobre la que Harry Clifton fue depositado cuidadosamente. Casi enseguida, fatigado por la emo­ción y por el viaje, cayó en un sopor que Flip auguró promisorio.
-Yo soy un buen médico -le dijo a la señora Clifton-, o al menos he curado a muchos enfermos. Sé de qué hablo. ¡Muy bue­no ese sueño; muy bueno! En cuanto a la herida del señor ingenie­ro, es poca cosa. La curaremos cuando se despierte. Pero se lo re­pito, señora, esa herida es nimia. ¡Yo, quien le habla, quedé con la cabeza aplastada entre dos barcos en el muelle de Liverpool! ¿Aca­so se nota algo? No. Y después de ese accidente nunca más tuve dolores de cabeza. Mire usted, señora Clifton, cuando uno no se muere en los tres días que siguen a una herida en la cabeza, hay que aceptar lo inevitable: ¡es seguro que se sanará!
El bondadoso Flip, cuya satisfacción se manifestaba por una lo­cuacidad excepcional, se reía y sonreía en el medio de ese diluvio de palabras. Mientras Harry Clifton dormía, contó a la madre y a sus hijos todo lo que había pasado desde la víspera, su exploración de la costa norte, la travesía de la marisma, la aparición de Fido, a quien atribuía todo el mérito del asunto, pues Fido había reconoci­do a Flip, y Flip ¡un imbécil, un aturdido! no había logrado reco­nocer a Fido.
Es fácil imaginar los festejos y caricias que recibió el fiel perro. Marc, precisamente, había matado un pato la víspera, al visitar las ori­llas del lago, y el ave fue adjudicada sin discusión al inteligente terranova. Se la comió de un bocado, provocando esta reflexión de Jack:
-¡Lindo perro! ¡Qué bueno que te guste la carne cruda!
En cuanto a la historia del señor Harry Clifton, su evasión del Vankouver, su llegada a esa costa, Flip ignoraba todo y, por lo tan­to, nada podía decir.
-¡Y es una gran suerte -agregó -porque dejaremos que sea este valiente señor quien tenga el placer de contarnos él mismo sus aventuras!
Sin embargo, había que pensar en Harry Clifton. ¡Si cuando despertara se le pudiera ofrecer una taza de caldo caliente! Pero no
había ni que soñarlo. Flip, a falta de ese caldo reconfortante, pen­só preparar unas ostras bien frescas, verdaderos manjares de enferino, que un estómago debilitado podría soportar fácilmente. La señora Clifton se encargó de elegir en el parque los mejores de esos moluscos.
Durante ese tiempo, Flip fue hasta el bote a buscar los objetos traídos por Henry Clifton, preciosos objetos si los hay: un cuchillo de varias hojas y una sierra, que venía justo a reemplazar el cuchi­llo de Flip; un hacha que el hábil marino sabría apreciar en todo su valor y que, en su mano, sería una herramienta de primera utilidad. En cuanto a la pistola, desgraciadamente descargada, no tenía ni un solo grano de pólvora y no se podía hacer fuego con ella. De los tres objetos era el menos útil, aunque Robert se divirtió esgrimién­dola con aire pendenciero.
Esperaron que el señor Clifton despertara. A eso de las once, el ingeniero llamó a su mujer y a sus hijos. Al escuchar su voz todos corrieron a él. Su sueño tranquilo lo había reconfortado. De inme­diato, la señora Clifton y Flip curaron su herida cuya cicatrización estaba ya muy avanzada.
La señora Clifton le ofreció entonces unas ostras. Estaban tan deliciosas que su esposo se las comió con gran placer. La pobre madre, cuya provisión de carne y galleta se había agotado, tem­blaba de sólo pensar que su querido enfermo pidiera un poco más de esos alimentos que ella ya no tenía. Pero esta vez, al menos, las ostras bastaron. Harry Clifton se sentía mucho mejor. Le volvía el habla. Llamaba a cada uno por su nombre. Algún color le reapare­cía en sus mejillas hundidas y pálidas. Pudo incluso, descansando a cada frase, contarles a todos su historia después de la revuelta del Vankouver.
Después de la muerte del capitán Harrison, el navío se había di­rigido hacia el Sur. El segundo había tomado su comando. Clifton, prisionero en su camarote, no podía comunicarse con nadie. ¡Pensaba en su mujer, en sus hijos, abandonados en el mar! ¿Qué iba a ser de ellos? En cuanto a él, su suerte estaba echada. Sería asesi­nado por estos energúmenos.
Pasaron unos días y sucedió lo que siempre sucede cuando un barco se encuentra en tales condiciones. Los canacos, después de haberse rebelado contra el capitán Harrison bajo la inspira­ción del segundo de a bordo, se rebelaron después contra él. La crueldad de este miserable los puso contra él. Era un canalla de la peor especie.
Tres semanas después de la primera revuelta, el Vankouver en­filó al Norte pero no pudo avanzar por la persistente calma. Tenía en vista la costa septentrional de esta tierra; pero, desde la orilla explorada hasta ese momento por Flip no se la podía divisar.
El 24 de abril por la mañana, Harry Clifton, siempre preso en su camarote, escuchó un gran tumulto y una gritería sobre la cu­bierta. Se dio cuenta de que la situación se agravaba. Quizás era ésa la oportunidad de recuperar su libertad. Le pareció que la vigi­lancia de la que era objeto tendía a disminuir y aprovechó la cir­cunstancia. Forzó la puerta del camarote. Se precipitó al comedor de oficiales; retiró de la panoplia una pistola y un hacha de abor­daje, y se lanzó sobre cubierta. Fido lo acompañaba.
En ese momento la revuelta era terrible, y una lucha sangrienta se desataba entre los canacos y la tripulación. En el instante en que Clifton apareció en la cubierta la situación del segundo y de su gente era desesperada. La turba aullante de los canacos, 'armados con picos y hachas, los rodeaba y, casi enseguida, el segundo, he­rido mortalmente, se desplomó ensangrentado.
Clifton entendió que ése era el fin y que, en manos de los canacos, el barco no tardaría en perderse. La costa estaba a la vista, a dos millas con viento a favor. Resolvió arriesgar su vida para lle­gar a ella y se dirigió hacia la borda delantera para arrojarse al mar.
Pero Harry Clifton había sido visto en el momento en que iba a cumplir su plan. Dos de los amotinados se lanzaron sobre él. El in­geniero bajó de un disparo a uno sobre la cubierta. Pero no pudo esquivar al otro, que lo golpeó en la cabeza con la caña del timón y lo hizo caer por encima de la cubierta. La frescura del agua lo re­animó. Subió a la superficie, abrió los ojos y vio que el Vankouver ya se había alejado varios cables. Escuchó un ladrido cerca de él. Era Fido; el vigoroso terranova nadaba a su lado y le ofrecía un só­lido punto de apoyo.
El oleaje lo llevaba a tierra, pero la distancia a recorrer era gran­de. Harry Clifton, herido, débil, se debatió veinte veces con la muerte. Veinte veces su fiel compañero lo hizo subir a la superfi­cie. Por fin, después de una larga lucha, empujado por la corrien­te, sintió una arena firme bajo sus pies. Ayudado por Fido, se puso fuera del alcance de las olas y se arrastró hacia la duna, donde ha­bría muerto de hambre si Flip, guiado por el perro, no lo hubiera por fin encontrado.
Harry Clifton terminó su relato, tomó la mano de Flip y la apre­tó entre la suya.
-Pero, sin forzarlo a hablar, señor -le dijo Flip -¿qué día de­jó usted el Vankouver y su cargamento de forajidos?
-El 23 de abril, mi amigo.
-¡Bueno! -respondió el marino -como hoy es 1° de mayo ¡hacía diez días que usted estaba tendido en esa duna esperando la muerte! ¡Y yo que ni siquiera me lo imaginaba! ¡Qué torpe soy!
Después de haber concluido su historia, después de haber reci­bido una vez más las caricias de su mujer y de sus hijos, Harry Clifton manifestó de pronto el deseo de tomar algo caliente.
Al escuchar la pregunta, todos se miraron. La señora Clifton pa­lideció. ¿Debían confesarle a ese enfermo el desamparo al que ha­bían sido reducidos? Flip no creyó oportuno hacerlo y le hizo señas de callar a la señora Clifton. Después, como si se apresurara en responderle, al ingeniero:
-¡Bien, señor! -le dijo con voz jovial. -¡Algo caliente! ¡En efecto! ¡Muy bien! ¡Muy bien! Un caldo de carpincho, por ejem­plo. Le haremos uno. ¡Pero por el momento el fuego está apagado. ¡Mientras conversábamos, dejé tontamente apagar el fuego! ¡Pero voy a prenderlo!
Y Flip salió de la gruta, seguido por la señora Clifton.
-¡No, señora! -le dijo en voz baja. -¡No hay que decírselo todavía! ¡Mañana! ¡Más tarde!
-¿Y si pide el caldo que usted le ha prometido!
-¡Sí! ¡Ya lo sé! Va ser muy difícil. ¡Pero ganemos tiempo! ¿No terminará por olvidarse?... Hay que distraerlo. ¡Cuéntele una historia!
La señora Clifton y Flip entraron en la gruta.
-Y bien, señor ingeniero, ¿cómo van las cosas? -dijo el ma­rino. -¡Mejor! ¿No es cierto? Si tiene usted la fuerza de escucharnos, la señora Clifton va a contarle nuestras aventuras ¡Son tan buenas como las suyas! ¡Ya lo verá!
A una señal de su marido, la señora Clifton comenzó su relato. Contó con detalle todo lo que había pasado desde la separación del Vankouver y del bote, la llegada a la desembocadura del río, el pri­mer campamento bajo la embarcación, la excursión al bosque, la exploración del acantilado y de la costa, el descubrimiento del la­go y de la gruta, las cacerías, la pesca. No se olvidó del episodio del cuchillo roto, pero no dijo nada de la tormenta y del fuego apa­gado. Después habló de sus hijos, de su dedicación y de su coraje. Eran dignos de su padre. Finalmente, hizo un elogio de Flip, de su sublime abnegación, y le agradeció derramando unas buenas lágri­mas, ante lo cual el noble Flip enrojeció sin saber dónde meterse.
Harry Clifton se enderezó un poco y, colocando sus dos manos en los hombros de Flip, que estaba agachado junto a su lecho:
-Flip -le dijo, con un tono que delataba una viva emoción-, ¡usted salvó a mi mujer y a mis hijos, usted me salvó a mí! ¡Bendi­to sea, Flip!
-Pero no, señor ingeniero -respondió el marino-, no hay de qué... Fue un azar que todo eso... Usted es verdaderamente dema­siado generoso...
Luego, por lo bajo, a la señora Clifton:
-¡Continúe, señora, continúe! ¡Se está olvidando del caldo! Se dirigió de nuevo a Harry Clifton:
-Por otro lado -retomó-, nada está todavía hecho, señor in­geniero. Lo esperábamos a usted. No quería actuar sin sus órdenes. Además, necesitaba un hacha y un cuchillo para reponer mi cuchi­llo roto y usted ha tenido la bondad de traérmelos. ¿No es cierto, señor Marc?
-Sí, Flip -respondió el joven, sonriendo.
-¡Qué hijos encantadores tiene usted, señor Clifton! Una vale­rosa y amable familia. Un poco impaciente, señor Robert, pero ya se calmará. Créame señor, con estos buenos muchachos, y con us­ted, señor ingeniero, ¡haremos aquí algo bueno!
-Sobre todo si usted nos ayuda, amigo Flip -respondió el se­ñor Clifton.
-¡Sí, padre! exclamó Marc. -Nuestro amigo Flip sabe ha­cer de todo. Es marino, pescador, cazador, carpintero, herrero...
-¡Oh! ¡señor Marc! -protestó Flip -no hay que exagerar. Ha­go un poco de todo, como cualquier marino, aunque lo hago mal, muy mal. Yo no tengo ideas propias. Necesito que me guíen. Pero estando aquí el señor Clifton, yo... ¡Seremos muy felices aquí!
-Felices -agregó Harry Clifton, mirando a su mujer.
-Sí, mi querido Harry -afirmó la señora Clifton. -¡No pue­do desear nada más después de que usted me fue devuelto! ¡Sí, tal vez! Pero, en todo caso, no tenemos parientes ni amigos que nos esperen allá. Volvíamos a nuestro país como extranjeros. ¡Sí! ¡Yo también creo, como nuestro amigo Flip, que podemos vivir felices en este rincón de la tierra, y esperar que Dios, con su soberana jus­ticia, se digne ayudarnos!
Harry Clifton apretó contra su pecho a su querida esposa, ¡tan optimista y tan fuerte! La vida le había sido devuelta en ese pe­queño mundo en el que se concentraban todos sus afectos.
-¡Sí! -dijo él. -¡Sí! ¡Todavía podemos ser felices! Pero, dígame, señor Flip ¿Esta costa pertenece a un continente o a una isla?
-Le pido disculpas, señor -dijo Flip, que veía con placer que la conversación se internaba en esa vía. -Es una cuestión que to­davía no hemos resuelto.
-Es importante, sin embargo.
-Muy importante, en efecto; pero tenemos muchos días por delante. Cuando usted esté en perfecta salud, señor Clifton, explo­raremos nuestro nuevo dominio, y sabremos si tenemos derecho o no a la calificación de isleños.
-Si esta tierra es sólo una isla -respondió Harry Clifton -¡hay pocas esperanzas de que seamos repatriados alguna vez, pues los barcos frecuentan poco esta porción del Pacífico!
-En efecto, señor -confirmó el marino-, y en esta situación sólo tendremos que contar con nosotros, y con nadie más. Si esta tierra es una isla, y alguna vez llegamos a salir de ella, será sólo a condición de conseguir nosotros mismos los medios de abando­narla. ¡Construir un barco! -exclamó Robert.
-¡Bien! ¡Bien! -respondió Flip, frotándose las manos-; te­nemos un bote, ya es algo.
-Hijos míos -retomó Harry Clifton-, antes de pensar en dejar esta isla, si lo fuera, trataremos primero de instalarnos. Más tarde veremos lo que conviene hacer. Pero, dígame, Flip, us­ted seguramente exploró un poco la región circundante. ¿Qué piensa usted?
-Muchas cosas buenas, señor ingeniero. Es, sin discusión, un lugar maravilloso, sobre todo muy variado. Hacia el Norte, cerca del lugar donde usted nos esperaba, existe una vasta marisma en la que pululan las aves acuáticas. ¡Esa será una excelente reserva para nuestros jóvenes cazadores! Sí, mi querido joven, una maris­ma hecha a su medida, ¡pero cuidado con hundirse en ella! Hacia el Sur, señor, hay una región de dunas y de rocas, árida, salvaje; un banco de ostras, esas ricas ostras que acaba de comer, ¡una re­serva inagotable! Luego, detrás de la línea de la costa, praderas llenas de vegetación, bosques magníficos, árboles de todas las es­pecies, cocoteros. Sí, señor, no crea que trato de sorprender su buena fe, Pero ¡de verdad, tenemos cocoteros! Señor Robert, si no es molestia, vaya usted a traer un coco para su señor padre, un co­co no demasiado maduro, usted me entiende bien, para que su le­che sea mejor.
Roben salió corriendo. Harry Clifton, al escuchar el parloteo entusiasta del marino, ya no pensaba en reclamar algo caliente. Flip, encantado, continuaba, cada vez con más entusiasmo.
-Sí, señor ingeniero, estos bosques deben ser inmensos, y só­lo conocemos una ínfima parte de ellos. ¡El señor Robert ya cazó un magnífico carpincho! Además -ya me estaba olvidando- ¡te­nemos un conejar bien poblado de excelentes conejos! ¡Un islote agradable que no hemos tenido todavía tiempo de visitar! ¡Un la­go, señor, no un estanque, un verdadero lago, con aguas transpa­rentes y peces delicados que sólo desean dejarse pescar!
El relato era encantador y Harry Clifton no podía dejar de son­reír; la señora Clifton, con los ojos húmedos, miraba al buen Flip, a quien Belle y Jack devoraban con los ojos. ¡Nunca habían creído que su comarca provocara descripciones tan entusiastas!
-Y la montaña -dijo Jack.
-Y la montaña -asintió Flip. -¡Tiene razón el joven Jack! Había olvidado la montaña, con su pico nevado. ¡Un verdadero pi­co, no un modesto pan de azúcar! Un pico de por lo menos seis mil pies de altura, que alguna vez escalaremos. ¡Ah! En verdad, que esta tierra sea un continente o una isla, no podríamos haber elegi­do mejor.
En ese momento entró Robert trayendo un coco fresco. Flip vertió la leche en una taza de bambú y el enfermo bebió ese bené­fico licor con un placer extremo.
Flip continuó seduciendo todavía una larga hora a su auditorio; la pintura que hizo de esa región, las ventajas indiscutibles que ofrecía, los proyectos tan fácilmente factibles con que el marino entretuvo al ingeniero, todo eso les habría dado el deseo de emi­grar a esa tierra de privilegio.
-¡Seremos los Robinson del Pacífico! -dijo Marc.
-Sí, señor -afirmó Flip.
-¡Bueno! -dijo Jack. -Y yo que siempre había soñado vivir en una isla con la familia del Robinson suizo.
-Y bien, señor Jack, ¡lo ha logrado usted plenamente!
Plenamente. Al hablar de ese modo, Flip olvidaba que en aquel relato imaginario, era el autor quien había puesto todo, industria y naturaleza, al servicio de sus náufragos. Les ha elegido una isla muy especial, con un clima en el que no hay que temer los rigores del invierno. Cada día encuentran, casi sin buscarlo, el animal o la planta que necesitan. Poseen armas, herramientas, pólvora, ropa; tienen una vaca, ovejas, un asno, un puerco, gallinas; su nave en­callada les provee madera en abundancia, hierro, semillas de todo tipo. ¡No! ¡La situación no era la misma y no podía ser la misma! ¡Los náufragos suizos son millonarios! ¡Estos son unos desgracia­dos, reducidos al más completo desamparo, y tienen que crearlo todo a su alrededor!
Pero Harry Clifton, que ciertamente no se engañaba, se guardó los pensamientos que le sugería la comparación de Flip. Se limitó a preguntarle si, realmente, no extrañaba nada.
-¡Nada, señor Clifton, nada! -respondió Flip-. No tengo familia. ¡Creo incluso que era huérfano antes de venir al mundo!
En ese punto, Flip siguió hablando. Les contó a los señores Clifton que era francés de nacimiento, picardo de Marquenterre, pero honrosamente norteamericanizado. Había recorrido el mundo entero, por tierra y por mar. Había visto todo, por eso nada podía sorprenderlo. Por otro lado, en cuestión de accidentes o aventuras, le había pasado todo lo que puede pasarle a una criatura humana. Si, alguna vez, por lo tanto, alguien quería formar "el partido de los perdedores" ¡era mejor que no contara con él!
Al oír a Flip hablar de ese modo con su voz franca y clara, al ver sus gestos tranquilizadores y su persona, que respiraba salud y fuerza, un moribundo se habría reanimado: si Harry Clifton no te­nía la isla encantada del Robinson suizo, al menos tenía al fiel, de­voto Flip, y ya estaba impaciente por estar en pie para visitar con él esa tierra desconocida y colonizarla.
Pero, en ese momento, ya un poco fatigado, sintió que le gana­ba el sueño. La señora Clifton rogó a los niños que dejaran des­cansar a su padre.
Todos iban a abandonar la gruta, cuando Belle se detuvo:
-¡Ah! -dijo-, señor Flip, ¡ahora podemos llamarlo "papá Flip", porque hemos encontrado a nuestro padre!
-¡Papá Flip! -murmuró sonriendo Harry Clifton.
-Sí señor, perdóneme -dijo el marino. -Esta encantadora señorita y el señor Jack ya habían adquirido la costumbre de lla­marme papá; pero ahora...
-Y bien, ahora -respondió Jack-, ¡papá Flip será nuestro tío!
-¡Sí! ¡El tío Robinson! -dijo Belle aplaudiendo.
¡Y todos, de común acuerdo, hicieron tres hurras por el mari­nero Flip, "el tío Robinson"!


CAPITULO 16


El tío Robinson! Esa fue la palabra del día, y todo el honor fue para Jack y Belle, sus inventores. El nombre le quedó a Flip a partir de ese momento, aunque inicialmente se negara a aceptarlo pues sólo quería ser el humilde servidor de la familia. Pero lo con­vencieron de que allí no había ni amo, ni servidor, y tuvo que re­signarse. Por otro lado, no era cuestión de seguir cambiando de nombre. El se llamaba Pierre Fanthome en Picardía, Flip en Amé­rica. Pero a decir verdad ¿por qué no podía llamarse tío Robinson en una de las tierras del océano Pacífico?
Harry Clifton durmió hasta la tarde del día siguiente. Mientras el ingeniero dormía, el tío Robinson, o incluso sólo "Tío", como sus nuevos sobrinos lo llamaban muy seguido, estaba muy preocu­pado por ese despertar. En efecto, el convaleciente pediría de co­mer y el tema del caldo sería "quemante".
El tío hablaba de esto con la señora Clifton.
-¿Qué quiere usted, señora? -le repetía -tarde o temprano ha­brá que confesar nuestra situación. Hemos encontrado a su marido, en­contraremos también el fuego. Cómo, no lo sé, pero lo encontraremos.
La señora Clifton sacudía la cabeza, con aire dubitativo que el tío trataba de disipar en vano. Al día siguiente, 2 de mayo, Harry
Clifton se sintió mucho mejor al despertarse. Sus fuerzas pronto habrían de bastarle para salir de la gruta. Después de haber abra­zado a su mujer y a sus hijos, después de haber estrechado la ma­no del tío Robinson, declaró que tenía hambre.
-¡Bien, señor! -se apresuró en contestarle el tío con un tono jovial. -¿Qué quiere servirse? ¡Ordene, usted lo que quiera! To­davía tenemos ostras muy frescas.
-Y agregue usted, Tío, que son excelentes -dijo Harry Clifton.
-Después, tenemos almendra de coco, leche de coco, y sería difícil encontrar un alimento más conveniente para un estómago debilitado.
-Ya lo creo, Tío, ya lo creo. No obstante, sin ser médico, me imagino que un trozo de carne de caza mayor, bien asado, no me haría mal...
-¿Está usted seguro, señor? -respondió el tío. -No tiene que apresurarse en volver a un tipo de alimentación demasiado sustan­ciosa. Su situación es la misma que de la de esos infortunados náu­fragos que uno encuentra en los despojos de barco, muriéndose de sed y de hambre. ¿Cree que se les permite satisfacer inmediata­mente su apetito?
-Inmediatamente no -respondió Clifton-, pero al día si­guiente supongo que podrían...
-Algunas veces, señor, algunas veces -dijo Flip con aplomo. -Eso puede durar ocho días ¡Sí, señor Clifton, ocho largos días! Yo, quien le dice esto, en 1855 naufragué. Me recogieron, tuvieron la bondad de recogerme sobre una balsa. Y bien, quise comer demasia­do rápido y casi me muero. Desde esa vez tengo un estómago...
-¿Excelente? -completó Clifton.
-Excelente, estoy de acuerdo -respondió Flip -¡pero pudo haber terminado mal!
Verdaderamente, no pudieron evitar reírse ante los razonamien­tos del tío Robinson.
-Y bien, Tío, todavía hoy me someteré a la dieta que usted me prescribe. Pero pienso que no tendrá ningún inconveniente en que tome algo caliente.
-¡Algo caliente! -exclamó el tío Robinson, parado al pie del muro.
-¡Algo caliente! ¡Perfecto, señor! ¡Como usted quiera! ¡Un caldo, por ejemplo!
-Sí.
-¡Pues bien!, señor, Robert y yo vamos a batir el bosque para ca­zarle un caldo, le voy a decir con qué se puede hacer un caldo de pri­mera calidad, con ojos grandes como los ojos de la señorita Belle. ¡Convenido!
Esa mañana Harry Clifton se conformó con médula de sarga­zos, ostra y almendra de coco. Después, Robert y el tío Robinson fueron al conejar y trajeron dos conejos que habían agarrado del cuello. El tío mostró al ingeniero el producto de su cacería: se pu­sieron de acuerdo sobre un punto, un caldo de conejo, bien calien­te, lo ayudaría a recuperar sus fuerzas.
Luego los chicos se ocuparon de recoger los frutos que eran el alimento principal. La señora Clifton y Belle lavaron un poco de ropa, algunas pocas prendas de que disponía la pequeña colonia. Entretanto, el tío Robinson, sentado junto al lecho de musgo del ingeniero, conversaba con él.
Harry Clifton preguntó al tío Robinson si había algún indicio para pensar que esta parte de la costa era visitada por animales salvajes, lo cual significaría un grave peligro para ellos, sin ar­mas defensivas. El tío no se atrevió a pronunciarse sobre esta cuestión, pero contó el incidente que marcó su primera visita a la gruta, y luego trazó sobre la arena la huella que esa misma arena tenía tres semanas antes.
El ingeniero lo escuchaba atentamente. Su opinión era que ha­bía que emprender lo más pronto posible los trabajos de cercado para defender la entrada de la gruta. Recomendó al tío mantener grandes fogatas encendidas durante la noche, pues las fieras no se arriesgarían a atravesar una barrera de llamas. El tío Robinson pro­metió no dejar de hacerlo, agregando, además, que la madera nun­ca faltaría porque los bosques de la región eran inagotables. El in­geniero trató de seguir con el tema de los alimentos y preguntó si podía llegar a temerse en algún momento una hambruna.
El tío no lo pensaba. Las frutas, los huevos, los pescados, los moluscos abundaban y los víveres se renovarían con holgura cuan­do los implementos de pesca o de caza se hubieran perfeccionado.
Clifton se ocupó entonces de la cuestión de la ropa. La de los niños pronto estaría muy gastada, ¿cómo podrían reemplazarla?
El tío Robinson sostuvo que había que dividir el tema. Habría que prescindir, necesariamente, y muy pronto, de la ropa interior. En cuanto a la ropa propiamente dicha, era otra cosa, y los anima­les se encargarían de proveerla.
-Usted comprenderá, señor Clifton, que si no podemos evi­tar la visita de bestias feroces, las aprovecharemos para sacarles la piel.
-¡Pero ellas no la dan sin hacerse rogar, Tío!
-Les rogaremos, señor, ¡no se preocupe! Cúrese en primer lu­gar, y todo irá bien.
Durante esa jornada, Jack dio un golpe maestro. Valiéndose de una fibra de coco y de un pedazo de trapo hizo una pesca milagro­sa de ranas en los herbazales del lago. Estos batracios pertenecían a ese género impropiamente llamado sapo pardo; en realidad se trataba de verdaderas ranas, excelentes para comer. Con esa carne blanca y liviana que contiene mucha gelatina, ¡qué buen caldo ha­brían hecho para Harry Clifton! La pesca de Jack no pudo ser uti­lizada, pero el tío Robinson no por eso dejó de felicitarlo caluro­samente por su habilidad.
Al día siguiente, viernes, después de una noche bastante buena, el ingeniero se sintió más fuerte; su herida se cicatrizaba muy bien. No obstante, por consejos del tío Robinson y de la señora Clifton, aceptó quedarse acostado ese día, pero con la decisión de dar su primer paseo al día siguiente por los alrededores de la gruta.
El tío, con una tozudez un poco inexplicable, se ingenió todavía en esquivar la cuestión del fuego. ¿Por qué? ¿No había que confe­sar de una vez por todas la situación? ¿No terminaría Harry Clif­ton por enterarse? ¿No era mejor que se lo informara? Ese golpe, que tanto su mujer como sus hijos habían soportado ¿no podía so­portarlo él mismo? ¿O, acaso, el tío Robinson contaba con que un azar le devolvería lo que había perdido? No, sin duda, pero no po­día decidirse a hablar y, hay que decirlo, ¡la señora Clifton lo inci­taba a callarse! La amante esposa, viendo que su marido todavía estaba débil, vacilaba en crearle un nuevo dolor.
Sea como fuere, el tío Robinson ya no sabía cómo escapar a las demandas de Harry Clifton. Era evidente que cuando le llevara sus ostras y su coco de costumbre, Clifton no dejaría de recla­marle el caldo tan formalmente prometido: el tío no sabía ya qué responderle.
Pero, afortunadamente, un cambio de tiempo vino a sacarlo del aprieto. El cielo se cargó de nubes durante la noche y a la mañana se desencadenó una violenta borrasca acompañada de lluvia. Los árboles se doblaban bajo el viento y la arena de la playa azotaba como granizo.
-¡Ah! ¡Buena lluvia, buena lluvia! -exclamaba el tío.
-¡Mala lluvia! -le replicaba Marc, que contaba con regresar a la costa hasta al banco de ostras.
-¡Muy buena, se lo digo yo, señor Marc! ¡Nos salvó!
Marc no entendía la satisfacción del tío, pero se explicó el con­tento cuando, al entrar en la gruta, escuchó que Flip le decía a su padre con un tono de decepción:
-¡Ah! señor ingeniero, ¡qué tiempo! ¡Qué viento! ¡Qué lluvia! ¡No es posible mantener el fuego! ¡Otra vez se apagó!
-¡Y bien, mi amigo! -respondió Clifton-, no es tan grande el desastre. ¡Volveremos a encenderlo cuando acabe la tormenta!
-Sin duda, señor, sin duda, lo volveremos a encender, ¡no es eso lo que me preocupa! ¡Es por usted, señor Clifton, que me afli­ge este contratiempo!
-¿Por mí? -preguntó el ingeniero.
-¡Sí! Iba a prepararle un excelente caldo de ranas cuando to­das mis brasas desaparecieron.
-¿Qué podemos hacer, Tío? Me conformaré.
-¡Es también culpa mía! -repetía el tío, que exageraba tal vez demasiado su honesta mentira. -¡Es culpa mía! ¿Por qué no hice ayer ese maldito caldo, cuando mi fuego chisporroteaba? ¡Qué her­moso fuego, con tanta llama! ¡Y usted tendría ahora ese excelente brebaje, que le haría tanto bien!
-No se aflija, Tío. Esperaré otro día. Pero mi mujer, mis hijos ¿cómo van a preparar su comida?
-¡Oh, señor! ¿No tenemos acaso nuestra reserva de galleta y de carne salada?
¡La reserva! El digno marino sabía perfectamente que ese últi­mo pedazo de galleta y ese último pedazo de carne eran los que la señora Clifton le había dado cuando emprendió su última excur­sión al norte de la costa.
-¿Sabe usted, Tío? -le dijo entonces Harry Clifton-, será necesario imaginar alguna otra instalación para nuestro hogar. No podemos dejarlo en un lugar donde el viento amenace constante­mente con apagarlo.
-De acuerdo, señor Clifton; ¿pero cómo abrir una chimenea en esta espesa bóveda de granito? He examinado sus paredes y no en­contré un solo agujero, ni una sola fisura. Por eso, si usted confía en mí, un día construiremos una casa, una verdadera casa.
-¿Una casa de piedra?
-No, una casa de madera, una casa con vigas y maderos. Aho­ra que tenemos nuestra hacha, no será difícil, verá usted como su servidor maneja esa herramienta, ¡sólo por haber trabajado seis meses con un carpintero de Buffalo!
-Bueno, mi amigo -respondió el ingeniero-, ya veremos so­bre el terreno; por mi parte, no pido otra cosa que trabajar bajo sus órdenes.
-¡Usted! ¡Un ingeniero! -exclamó el tío Robinson. -¿Y los planos, señor, quién haría los planos sino usted? Necesitamos una vivienda confortable, con ventanas, puertas, habitaciones, salón, chimeneas, ¡chimeneas sobre todo! ¡No olvidar las chimeneas! ¡Y qué alegría será, al regresar de una larga excursión, divisar un hilito azulado de humo subiendo hacia el cielo y decirse: allá hay un hermoso hogar que nos espera y buenos amigos que nos festejarán!
Así charlaba el inagotable marino para darle esperanza y valor a toda la familia. El día fue lluvioso hasta la noche. Fue imposible aventurarse afuera, y cada cual estuvo ocupado en la gruta. El tío Robinson, con la sierra del cuchillo de Harry Clifton, completó la serie de recipientes de bambú. Fabricó también platos playos que desplazarían con ventaja a las conchas que se utilizaban hasta aho­ra. Preparó asimismo su propio cuchillo o, al menos, redondeó el resto de la hoja, desgastándolo sobre una piedra, y pudo utilizarlo. Por su lado, los niños no permanecieron ociosos y prepararon al­mendras de coco y piñones; unas pintas de leche fermentada fueron guardadas en calabazas, donde la fermentación la convertiría en licor alcohólico. Por su parte, Robert limpió la pistola de su pa­dre, muy oxidada por el agua de mar, con la que parecía contar mu­cho. La señora Clifton lavó la ropa de sus hijos.
Al día siguiente, sábado 3 de mayo, el cielo apaciguado prome­tía un día magnífico. El viento había pasado al noreste y el cielo bri­llaba con esplendor. El tío no tenía ni por asomo un pretexto para no hacer el fuego. Además, Harry Clifton tenía prisa por salir y exami­nar los alrededores del campamento: quería recibir la caricia de esos rayos de sol y pedirles su curación completa. En consecuencia, so­licitó al tío Robinson que le diera el brazo para apoyarse. El tío, no teniendo ninguna razón para rehusarse, se resignó; le ofreció su bra­zo y abandonó la gruta, como una víctima que marcha al suplicio.
En primer lugar, Harry Clifton suspiró de satisfacción. Aspiró ese aire puro, fresco y tonificante como una medicina. Hasta ese momento no había tomado nada ¡tan caliente! Miró el mar en todo su fulgor; bajó hasta la playa; observó el islote, el estrecho canal, las sinuosidades de la costa y la bahía. Luego vio el acantilado en un primer plano, la cortina intensamente verde de árboles, la pra­dera lozana, el lago con reflejos azules, enmarcado en las orillas espesas de los bosques, y el alto pico que dominaba el conjunto. Le gustó esa naturaleza tan bella y pródiga, y le auguró más bon­dades a la encantadora comarca; en su mente de ingeniero surgie­ron veinte proyectos que quería ejecutar sin demora.
Apoyado ora sobre el brazo de su esposa, ora en el del tío Ro­binson, regresó a la gruta; examinó el acantilado, y llegó al lugar en el que la roca ennegrecida indicaba que el fuego había estado encendido.
-¿Este es el hogar? -dijo. -Sí, comprendo que el viento que se arremolina sobre el acantilado lo apague con facilidad. Busca­remos un emplazamiento mejor, pero, mientras tanto, contentémo­nos con este lugar. Vamos, hijos míos, Marc, Robert, una o dos bra­zadas de leña seca. El combustible no falta. Hagamos, pues, un buen fuego.
Ante las palabras del padre, todos se miraron sin contestar. El tío bajó los ojos al suelo; tenía un aire culpable.
-¿Qué pasa, hijos? -reclamó Harry Clifton. -¿Me escucharon?
Había que decir algo. La señora Clifton entendió que era ella quien tenía que hacerlo.
-Amigo mío -le dijo-, tomándole la mano, tengo que con­fesarte algo.
-¿Qué, mi querida Elisa?
-Harry -respondió la señora Clifton con una voz grave-, no tenemos fuego.
-¡No tenemos fuego! -exclamó Clifton. -¡Ni tampoco podemos encenderlo!
Harry Clifton se había sentado en una roca, sin agregar ni una sola palabra. La señora Clifton le contó todo lo que había pasado después del desembarco, el episodio del fósforo, cómo el fuego ha­bía sido transportado hasta la gruta, y en qué condiciones, a pesar de la más estricta vigilancia, se había apagado por el viento de una tormenta. La madre no mencionó a su hijo Marc, pero éste, avan­zando hacia Harry Clifton:
-Fue en el momento en que yo estaba de guardia -dijo-, cuando sucedió la desgracia.
Clifton le tomó la mano, lo atrajo junto a él y lo apretó contra su pecho.
-¿Y no hay ni siquiera un pedacito de yesca? -preguntó. -¡No, mi querido! -respondió la señora Clifton. El tío quiso intervenir:
-¡Pero no todo está perdido! -dijo. -¡No es imposible que encontremos el medio de hacer fuego! ¿Sabe usted, señor Clifton, en qué confío?
-No, mi amigo.
-En la naturaleza, señor, en la naturaleza misma que un día nos devolverá lo que nos quitó.
-¿Y cómo?
-¡Por un rayo! Un rayo que caiga e incendie un árbol. ¡Así res­tableceremos nuestro hogar!
-Sí, respondió el ingeniero: pero supongamos que su fuego se vuelva a encender por ese rayo tan problemático, ¿no estaría siem­pre a la merced de la primer borrasca? ¿No intentaron ustedes prender el fuego frotando dos pedazos de madera?
-Sí -dijo Robert -pero no lo logramos.
-¡Si hubiésemos tenido al menos una lente! -agregó Marc.
-Podemos reemplazar la lente -dijo Harry Clifton-, por dos vidrios de reloj, entre los que se pone un poco de agua.
-Muy atinado, señor Clifton -respondió el tío-, pero usted tiene un reloj y nosotros no.
-También podemos -siguió Clifton -calentar el agua has­ta el punto de ebullición agitándola rápidamente en un recipien­te cerrado.
-Excelente medio para hervir, pero no para asar. Vea usted, se­ñor, todos esos medios no son probados, y la única esperanza que tengo es encontrar una especie de hongo que reemplace la yesca.
-Pero un trapo quemado puede servir de yesca.
-Ya lo sé -respondió Flip-, pero digo al señor Clifton que para hacer trapo quemado primero hay que tener fuego...
-¡Hay un medio mucho más simple que todo eso! -respondió Clifton.
-¿Cuál? -exclamó el tío Robinson mirándolo con los ojos muy abiertos.
-¡Utilizarla yesca que tengo en mi bolsillo! -respondió son­riendo Clifton.
¡Cuántos hurras dieron los niños! ¡Qué alarido se escapó de la boca del tío! ¿Iba a volverse loco este hombre al que nada parecía sorprenderlo? La verdad obliga a decir que se puso a bailar una giga muy agitada que un escocés no habría desaprobado; luego, to­mando a Belle y Jack de la mano, los condujo a una ronda frenéti­ca, cantando:
Apareció la yesca,
El bravo, digno señor Tiene listo el asador.
Aún antes de que amanezca.



CAPITULO 17


Cuando el entusiasmo del digno marino hubo pasado, se lo vio golpearse la cabeza y atribuirse las calificaciones menos hala­güeñas. Y, en efecto ¡cuánta inútil palabrería durante tres días, cuando el enfermo tenía en su propio bolsillo... ! Quizás Harry Clifton había prolongado un poco la situación al no darle a la se­ñora Clifton su yesca en el momento en que pronunció sus prime­ras palabras. Pero ¿qué podía reprochársele?
La calma se restableció en la pequeña colonia. El tío se ocupó de encender el fuego. Nada más fácil; la hoja quebrada del cuchi­llo servía de encendedor, un pedernal y un poco de yesca, no hacía falta más nada.
El pedazo de yesca traído por el ingeniero tenía el tamaño de un naipe; estaba muy seco. El tío desgarró un pedacito y guardó con extremo cuidado el resto. Luego preparó el fogón con madera li­viana, hojas y musgos secos, que pudieran prender fácilmente. Una vez hecho esto, se disponía a dejar brotar las chispas, cuando Robert le dijo:
-¡Tío Robinson!
-¿Señor Robert?
-¿No podría servirle mi pistola?
-¿De qué manera?
-Ponga en el lugar de la pólvora un pedacito de yesca en la ca­zoleta y dispare; el fuego se prenderá.
-Es una idea, mi joven señor y, a fe mía, la pondremos en práctica.
El tío tomó la pistola, colocó la yesca en la cazoleta y amartilló.
-Déjeme tirar a mí -dijo Robert.
El marino le pasó el arma y el joven disparó. Las chispas del pe­dernal encendieron la yesca. El tío se agachó entonces, introdujo en el fogón la sustancia en ignición sobre las hojas secas; un tenue humo se produjo. El tío sopló, primero como un fuelle de salón, luego como un fuelle de fragua. La leña seca chisporroteó y una hermosa llama se elevó en el aire. Gritos de alegría saludaron su aparición.
El hervidor, lleno de agua dulce, fue suspendido de inmediato encima del fuego, y la señora Clifton colocó las ancas de rana que el marino había desollado con una notable destreza.
A mediodía el puchero se había reducido lo suficiente. Despe­día un aroma apetitoso; un conejo asado, cuyos tiempos de cocción vigiló especialmente el tío Robinson, mejillones y huevos de palo­ma habrían de completar la comida. Nada crudo. Todo cocido, in­cluso los piñones. Se sentaron alegremente a la mesa, y si ese fes­tín fue celebrado, no hay ni que preguntarlo. El caldo de ranas, aún sin verduras, fue declarado superior y Harry Clifton exigió que ca­da uno tuviera una buena ración. El tío Robinson tuvo que probar­lo, aunque se resistiera. Se vio obligado a confesar que él, que ha­bía comido nidos de salanganas43 en China, saltamontes asados en Zanzíbar, "es decir lo mejor que pueda haber en el mundo", podía asegurar que nada era comparable a un magnífico caldo de ranas. En consecuencia, maese Jack fue especialmente el encargado de pescar esos batracios.
El señor Clifton, bastante aliviado, quiso prolongar hasta el la­go el paseo con su esposa y sus hijos. Pero la señora Clifton que­ría ocuparse de algunos detalles domésticos. El ingeniero, sus tres hijos varones y el marino tomaron entonces el camino del acanti­lado. Robert y Jack llevaban sus líneas. Pasaron la cortina de her­mosos árboles. Cuando llegaron a la orilla del lago, el padre, sen­tado sobre un tronco caído, admiró el magnífico paisaje que se des­plegaba ante sus ojos, esos bosques, esas montañas, ese movi­miento de las dunas, esa espléndida superficie de agua límpida, ese lago cargado de esa poesía melancólica que Cooper sintió y escri­bió tan bien para el Champlain de Ontario44.
El tío Robinson indicó a Harry Clifton las exploraciones que sus hijos y él ya habían hecho en la comarca circundante, el des­cubrimiento de la conejera al Sur, el reconocimiento del río doble.
-Visitaremos juntos todo nuestro dominio, señor Harry -di­jo-, y usted podrá apreciar los recursos que encierra. Recorrere­mos nuestro islote, y no creo equivocarme, pero me parece que sir­ve de refugio a una colonia de palmípedos. Y el pantano, la gran marisma que atravesé cuando iba a encontrarlo, ¡qué reserva de ca­za acuática, y en esos bosques, cuántos cuadrúpedos que sólo es­peran un golpe certero para figurar en nuestra mesa! Así, por con­siguiente, al norte las aves de la marisma, al sur los conejos del co­nejar, al este la caza de pelo, al oeste los pájaros bobos, los pin­güinos ¡qué se yo! Ya ve usted que no nos falta nada.
-Salvo la manera de cazar esos animales -replicó Harry Clifton.
-Fabricaremos arcos, señor Clifton, no escaseará la madera. Los mismos cuadrúpedos se encargarán con gusto de proporcio­narnos las cuerdas.
-Está bien -respondió Clifton-, pero antes que nada cons­truyamos un corral, hagamos un vallado, e intentemos domesticar unas parejas de estos animales que viven en estado salvaje.
-Excelente idea, señor -aprobó el tío-, y muy factible. Des­pués de haber domesticado los animales, tal vez logremos civilizar hortalizas, y puedo asegurarle que la señora Clifton no se opondrá a ello.
-En efecto, mi noble amigo -dijo el ingeniero. -Con un hombre como usted, nada es imposible. ¿Sabe usted, tío Robinson -en verdad me agrada llamarlo así- sabe usted que una casa a medio camino entre el lago y el mar, en el medio de esos grandes árboles, no estaría nada mal?
-Ya lo he pensado, señor -respondió el marino-, y esa casa... es como si la estuviera viendo. Vea usted, allá, un poco a la dere­cha, ese magnífico bosquecillo de almeces ¿no parece que la natu­raleza lo hubiese puesto a propósito? Conservaríamos los árboles que servirían de apoyo a los ángulos de la vivienda y a los tabiques de carga; cortaríamos los demás; pondríamos de través gruesos ma­deros, reservando el lugar de las puertas y las ventanas; haríamos un techo de vigas y de paja; y la casa estaría bien aireada.
-Sería fácil, también -agregó el ingeniero-, aprovechar la pendiente del suelo para derivar las aguas del lago hasta la casa.
-¡Derivemos, señor, derivemos! -exclamó entusiasmado el tío. -¡Será soberbio! ¡Ah! ¡Cuántos proyectos para ejecutar! Será necesario también, en el lugar donde el río sale del lago, hacer un puente que haría más rápida la exploración de la margen derecha.
-Sí -respondió Clifton-, un puente volado, una especie de puente levadizo, porque si he entendido bien su descripción, toda esa parte de la costa comprendida entre el acantilado y el lago, ¿es­tá cubierta por el río?
-Sí, señor.
-En el norte -continuó el ingeniero-, desde su desemboca­dura hasta el sitio donde sale del lago, este río forma una barrera infranqueable para los animales. El lago, desde la salida del río
hasta la desembocadura del curso de agua superior, defiende la parte norte de la comarca. Los animales salvajes sólo pueden lle­gar hasta la gruta desde el sur, después de contornear las orillas del lago. Y bien, Tío, supóngase que podamos cerrar, ya sea con una empalizada, ya sea con un foso ancho alimentado con el agua del mismo lago, toda esa parte del sur, que se extiende por espacio de una milla, desde el ángulo oeste hasta el mar, ¿no estaríamos cu­biertos por todos lados? ¿No crearíamos así un vasto parque, del que nuestros animales domésticos no podrán salir y en el que los animales salvajes no podrán entrar?
-¡Ah, señor ingeniero! -exclamó el tío -¡si me dieran un dominio al borde del Mohawk45 no lo cambiaría por ese parque! ¡Hay que ponerse a trabajar!
-Cada cosa a su tiempo, tío Robinson -respondió Clifton, de­teniendo al marino que ya había agarrado su hacha. -Antes de cercar el parque, antes aún de construir la casa, empecemos por de­fender la entrada con una empalizada.
-Señor -respondió el marino-, estoy listo. Si usted quiere quedarse en la orilla del lago con el señor Robert y el señor Jack pescando unas truchas, el señor Marc y yo iremos a cortar unos ár­boles en el bosque.
La proposición fue aceptada. El tío y su "sobrino" Marc siguie­ron la orilla septentrional del lago y se dirigieron hacia el bosque. Entretanto, sus dos hermanos se divertían pescando; Jack descendió un poco más abajo, hasta la parte pantanosa donde contaba hacer una buena provisión de ranas. El padre y su segundo hijo se dedi­caron a tender las líneas, y tuvieron mucha suerte: pescaron media docena de hermosas truchas. Pero más de una vez el señor Clifton tuvo que reprimir las impaciencias de maese Robert.
Durante la ausencia del marino y de Marc, mientras Robert se alejaba para desplazar sus líneas, el ingeniero reflexionaba en esta nueva situación que le había tocado en suerte. Repasaba mental-
mente los graves acontecimientos que habían modificado de ma­nera tan radical su existencia; no se desesperaba, aún en la condi­ciones actuales, por dar bienestar a su familia, pero habría querido saber si podía permitirse alguna esperanza de volver a su país y, para saberlo, ante todo tenía que establecer la posición de esa cos­ta en los mares del Pacífico. Una vez hecho eso, había que resol­ver la cuestión de fondo: ¿la costa pertenecía a un continente o es­taban en una isla?
Ubicar la posición de la costa sin instrumentos de astronomía era casi imposible. ¿Cómo medir la longitud sin cronómetro y la latitud sin sextante? Estimar la ruta recorrida por el Vankouver de acuerdo a las últimas observaciones del capitán Harrison no ofre­cería más que datos inciertos y, sin embargo, el ingeniero sólo po­día tomar como referencia esa vaga apreciación. El navío segura­mente había sido arrojado al norte fuera de su ruta, pero hasta cuál paralelo, este punto no era fácil de determinar.
La segunda cuestión habría de dilucidarse más fácilmente. En efecto, dos medios se ofrecían al señor Clifton para reconocer si ho­llaba con el pie el suelo de una isla o de un continente: escalar el pi­co central o llevar a cabo un reconocimiento por agua con el, bote.
El pico debía tener una altura de cinco a seis mil pies por sobre el nivel del mar. Por consiguiente, si pertenecía a una isla de ta­maño medio, que midiera entre cuarenta y cincuenta leguas de cir­cunferencia, un observador situado en la cima vería confundirse a su alrededor el océano y el cielo en un mismo horizonte. Pero ¿era accesible ese pico? ¿Se podía franquear la línea de bosques y la su­cesión de estribaciones que se extendían en su base?
El otro medio era más práctico. Bastaba con seguir la costa en bote y observar su configuración. El tío era buen marino, la em­barcación desplazaba poca agua; podía seguir las sinuosidades de la costa, durante los días largos de junio o de julio, y pronto ten­drían una imagen de la índole de esa tierra.
Si era un continente, la repatriación era posible. La instalación en ese lugar podía ser sólo provisoria.
Si era una isla, la familia Clifton, prisionera, quedaba a merced de un azar que pudiera llevar a algún navío hasta esos parajes. En ese caso, había que resignarse a una instalación definitiva. Por otro lado, a Harry Clifton, hombre enérgico y corajudo, no le asustaba un aislamiento semejante. Sólo quería saber a qué atenerse, y re­solvió efectuar un reconocimiento exhaustivo cuando las circuns­tancias se lo permitieran.
Reflexionaba el ingeniero de este modo, mirando el lago, sor­prendido de ver esas aguas que borbotaban a un centenar de me­tros de la orilla. ¿Cuál era la causa de ese fenómeno? ¿Era una ex­pansión de fuerzas subterráneas, lo cual habría explicado el carác­ter volcánico de la costa? ¿Se trataba sólo de un reptil que tenía en el lago su morada habitual? Clifton no sabía qué pensar. El borbo­teo pronto cesó, pero el ingeniero resolvió observar en el futuro esas aguas un poco sospechosas.
El día avanzaba y el sol descendía ya sobre el horizonte, cuan­do el señor Clifton creyó ver, cerca de la orilla norte del lago, una masa bastante considerable que se movía en su superficie. ¿Ese ob­jeto y ese borboteo que había observado tenían alguna relación en­tre sí? Era natural que Clifton se lo preguntara. En cuanto al obje­to, no había dudas de que no se desplazaba siguiendo la orilla sep­tentrional.
Harry Clifton llamó a sus hijos, Robert y Jack. Les mostró la masa en movimiento y les preguntó qué era. Uno dijo: es un mons­truo marino, el otro: es un enorme tronco a la deriva. La masa en­tretanto se acercaba y pronto fue indudable que se trataba de una armadía conducida por hombres.
Y de pronto, Robert gritó:
-¡Pero si son ellos! ¡Marc y el tío Robinson!
El joven no se equivocaba. Su hermano y el marino habían construido una balsa con los troncos que habían volteado y la con­ducían hacia el ángulo del lago más cerca de la gruta. En una me­dia hora deberían atracar.
-¡Vamos Jack -dijo el señor Clifton-, corre a avisarle a tu madre que ya llegamos...!
Jack miró hacia el acantilado. La distancia le parecía un poco larga. Y después, ¡atravesar esa cortina de grandes árboles! En fin, vacilaba.
-¿Tienes miedo? -le preguntó Robert burlándose.
-¡Oh, Jack! -dijo el padre.
-¡Iré yo, entonces! -dijo Robert.
-¡No! -le dijo su padre. -Marc y el tío necesitarán que los ayudes.
Jack miraba sin decir nada.
-Hijo mío -le dijo su padre acercándolo y poniéndolo entre sus rodillas-, no hay que tener miedo. Pronto tendrás ocho años; ya eres un hombrecito. Piensa que te ha tocado ayudarnos aun has­ta el límite de tus fuerzas. No tienes que tener miedo.
-Iré, padre -dijo el niño, ahogando un suspiro. Y partió con decisión, llevándose sus ranas.
-No tienes que burlarte de Jack -le reconvino el señor Clifton a Robert. -Por el contrario, tienes que alentarlo. Acaba de ganar una batalla consigo mismo. Eso está bien.
Harry Clifton y su hijo se dirigieron entonces hacia el punto de la orilla donde la armadía iba a atracar. El tío y Marc la guia­ban hábilmente con unas largas pértigas y pronto alcanzaron la orilla.
-¡Va bien! ¡Va bien! -gritaba el tío.
-Buena idea la de construir esa balsa -dijo el ingeniero.
-Fue idea del señor Marc -respondió el tío. -¡Su hijo ma­yor, señor Clifton, pronto será un leñador emérito! Él imaginó es­te medio de transporte que carga nuestros materiales y nos carga a nosotros.
La armadía estaba compuesta de unos treinta troncos de pino, que medían entre veinte y treinta pulgadas y cuatro de diámetro en su base. Los habían amarrado fuertemente con lianas. El tío y los dos muchachos pusieron manos a la obra y antes de la noche todos los troncos habían sido amontonados en tierra.
-Basta por hoy -dijo el tío.
-Sí -dijo Clifton-, mañana transportaremos esa leña a la gruta.
-Con su permiso, señor ingeniero -dijo el marino-, la cor­taremos aquí mismo; así será menos pesado transportarla.
-Correcto, tío Robinson. Ahora entremos a la gruta. La cena nos espera. ¿Qué opina de nuestras truchas?
-Y a usted, señor, ¿qué le parece nuestra caza? Un golpe maes­tro del señor Marc.
El tío mostró a Clifton un animal un poco más grande que una liebre, perteneciente al orden de los roedores. Su pelaje amarillo tenía entremezcladas unas manchas verdosas, y su cola presentaba un estado rudimentario.
-Este animal -dijo Clifton -pertenece al género del agutí; pero es un poco más grande que el agutí de las regiones tropicales, que es el verdadero conejo de América. Debe ser una de esas maras con orejas largas que se encuentran en las zonas templadas del continente americano. En efecto, no me equivoco. Vea los cinco molares que tiene este roedor a cada lado de las mandíbulas, eso lo diferencia de los agutíes.
-¿Y eso se come? -preguntó el tío Robinson.
-Eso se come y se digiere perfectamente.
Marc, con su agutí en la punta del bastón, y Clifton apoyado en el brazo del tío, llegaron a la gruta hacia las seis. La madre espe­raba a sus comensales y había preparado una excelente comida. Al llegar la noche, toda la familia fue a dar un paseo por la playa. Clifton examinó la disposición del islote, la dirección de las corrientes que enfilaban por el canal y, con el tío, reconocieron que sería fá­cil establecer un pequeño puerto cortando el canal con una esco­llera. Pero ese proyecto fue diferido a una época indefinida. Tra­bajos más urgentes reclamaban el esfuerzo de la pequeña colonia, entre otros, levantar la empalizada. Se decidió incluso que no em­prenderían ninguna otra excursión hasta que ese cerco no estuvie­ra terminado.
Después, la familia volvió a la gruta, la señora Clifton del bra­zo de su marido, el tío conversando con Marc y Robert, Jack y Belle juntando conchas o guijarros. Pasaron cerca del parque de ostras cuya reserva había que rehacer. Se habría dicho unos buenos burgueses paseando por su parque. En la noche, Marc y el tío Robinson velaron cuidando el fuego, obligación que hacía muy ur­gente el descubrimiento de algún hongo inflamable.
Al día siguiente, Clifton y el tío trazaron la línea que debían for­mar las estacas de la empalizada delante de la gruta. Las primeras tenían su punto de apoyo sobre la pared misma del acantilado. Se lograba así una especie de patio semicircular que sería ventajosa­mente utilizado para diversas necesidades domésticas. Una vez de­terminada la línea, el tío se ocupó de cavar los agujeros, operación que se pudo hacer fácilmente en ese suelo arenoso. Este trabajo du­ró hasta el mediodía.
Después de la comida, Clifton, Marc y el marino fueron hasta ese lugar en el borde del lago donde habían sido depositados los troncos. Allí había que cortarlos dándoles el grosor y el largo que más convenía para su uso.
En verdad, el experto marino no engañaba cuando hablaba de su destreza en manejar el hacha. Había que verlo, el pie hacia fuera, como un genuino carpintero, sacar gruesas virutas y trocear sus le­ños a ojo. Lo que quedaba de ese día y todo el siguiente fueron em­pleados en ese trabajo. El martes por la mañana comenzó la colo­cación de las estacas. Fueron sólidamente hundidas en el suelo y unidas entre sí por travesaños de madera amarrados muy fuerte. Al pie del cerco Clifton hizo plantar una especie de agave cuyas plan­tas se habían multiplicado en la base del acantilado. Este agave, una especie de áloe de América, pronto debía formar con sus ho­jas duras y espinosas una valla impenetrable.
Estos trabajos de la empalizada se terminaron el 6 de mayo; el acceso a la gruta estaba bien defendido. Harry Clifton se felicitó por la idea que había tenido pues, precisamente la noche siguien­te, una tropa de chacales vino a merodear alrededor del campa­mento. Produjeron un estrépito ensordecedor. El fuego, con sus llamas en la sombra, los mantuvo a distancia. Algunos de esos ani­males avanzaron, no obstante, hasta la empalizada. Pero el tío les arrojó unas brasas y ellos huyeron aullando.


CAPITULO 18


Una vez que hubieron concluido esos trabajos, fue necesario ocuparse de renovar toda clase de reservas. Ni qué decir que el señor Clifton había recuperado sus fuerzas. Su herida, comple­tamente cicatrizada, ya no le dolía. Toda su energía, todo su talen­to habría de emplearlos en el bienestar de su pequeña colonia.
Era el martes 7 de mayo. Después del desayuno, mientras los niños pescaban y sacaban huevos de los nidos, explorando la pla­ya y el acantilado, Harry Clifton y el tío Robinson se dirigieron en bote hacia el banco de ostras. El mar estaba hermoso y el vien­to era bueno, venía de tierra. La travesía se hizo sin percances. Clifton observó con atención toda esa parte de la costa. Le im­presionó su carácter salvaje. Ese suelo abrupto, erizado de enor­mes rocas, evidentemente debía su conformación a la expansión de fuerzas plutónicas. El ingeniero, muy versado en ciencias na­turales, no podía equivocarse al respecto. Cuando el tío y él hu­bieron alcanzado el banco de moluscos, comenzaron su cosecha y pronto la embarcación completó su carga. Esta reserva de ostras era verdaderamente inagotable.
Antes de aparejar, el tío recordó la historia de la tortuga y no te­niendo razones para tener miramientos con estos encantadores ba­tracios, propuso a Clifton ir a curiosear entre las rocas. Desembarcaron pues sobre la playa y emprendieron la cacería. La arena pre­sentaba aquí y allá pequeños montículos que atrajeron la atención de Clifton. Al hurgar en ellos, encontró cierta cantidad de huevos, per­fectamente esféricos, con la cáscara blanca y dura. Eran huevos de tortuga, cuya albúmina tiene la propiedad de no coagularse con el calor, como la clara de los huevos de pájaro. Las tortugas marinas evidentemente se habían aficionado a esta playa, y venían de alta mar a depositar allí sus huevos, dejando que el sol los incubara. Ha­bía muchos huevos, lo cual no debe sorprender, ya que estos anima­les pueden poner anualmente hasta doscientos cincuenta cada uno.
-¡Es un verdadero campo de huevos! -ponderó el tío. -Están maduros y no tenemos más que recogerlos.
-Tomemos sólo los necesarios, mi buen amigo -respondió Clifton. -Estos huevos, una vez desenterrados, no tardarían en echarse a perder. Es mejor dejar que se rompan y nazcan nuevas tortugas que a su vez pondrán otros huevos.
El tío recogió entonces sólo una docena. Luego Clifton y él re­gresaron al bote. Izaron la vela y una hora después la embarcación atracaba al pie del acantilado. Las ostras fueron depositadas en el parque y los huevos llevados a la madre, que se encargó de aco­modarlos para la comida del mediodía.
Después de comer, el tío quiso tratar con el señor Clifton la cuestión de las armas. No podían estar cazando a pedradas o a bas­tonazos. El procedimiento en verdad era muy primario, poco ofen­sivo y ciertamente poco defensivo. A falta de armas de fuego, los arcos, bien construidos, constituirían un arma temible. El tío deci­dió fabricarlos.
Antes que nada, era importante encontrar una madera apropia­da para este uso. Harry Clifton encontró, por suerte, en el medio de un bosquecillo de cocoteros, una especie conocida con el nombre de airi o de crejimba, cuya madera sirve a los indios de América meridional para fabricar sus mejores arcos. El padre y los hijos cortaron algunas ramas de esta crejimba y las llevaron a la gruta. Robinson hizo tres arcos de una curvatura regular y de una dimen­sión bastante grande, lo cual le daba un armazón y aseguraba su al­cance. La cuerda se hizo con fibra de coco muy resistente. En cuanto a las flechas, el tío se conformó con cortar unos pequeños bambúes, teniendo cuidado de que sus nudos fueran parejos, y pu­so en el extremo superior una púa de erizo. Además, para estabili­zar su vuelo, colocó plumas de pájaro en el extremo inferior. Bien manejados, esos arcos serían un arma de temer.
Se comprende que los hermanos Clifton quisieran probar las nuevas armas ese mismo día. Quedaron satisfechos de la altura a la que subían en el aire sus flechas y, ciertamente, una vez que se acostumbraran a usarlos, esos arcos les prestarían grandes servi­cios, ya fuera como armas defensivas, ya como armas ofensivas. Después de haber experimentado el alcance de los arcos, el señor Clifton quiso conocer su potencia de penetración. Tomaron como blanco el tronco de un almez; lanzaron varias flechas que se im­plantaron con fuerza en esa madera dura. Una vez terminado el ejercicio, el padre les recomendó a sus hijos no perder sus flechas y, sobre todo, no gastarlas sin necesidad, pues su fabricación exi­gía mucho tiempo.
La noche llegó; toda la familia entró en el patio cercado que precedía la gruta. Eran alrededor de las ocho y media en el reloj del ingeniero. Este excelente instrumento, dentro de su doble caja de oro, no se había arruinado por su inmersión en el agua de mar, pero había que ponerlo de nuevo en hora, ya que se había deteni­do durante la enfermedad de Clifton y, para hacerlo, era necesario calcular bien la altura del sol.
La noche fue de nuevo interrumpida por el aullido de los cha­cales, al que se mezclaron otros gritos, parecidos a los que ya ha­bía escuchado el señor Clifton. Al parecer una horda de monos andaba por los alrededores. Contra esos ágiles animales, la empalizada sería ciertamente insuficiente, pero en definitiva esos monos eran menos peligrosos que las fieras. No obstante, Harry Clifton resolvió identificar, en una próxima excursión, a qué es­pecie pertenecían.
El día siguiente, miércoles 8 de mayo, fue empleado en hacer diversos trabajos. Se renovó la provisión de leña, se hizo una visi­ta la conejera donde algunos conejos fueron hábilmente cazados con flechas. Ese día la señora Clifton reclamó una buena provisión de sal, pues tenía la intención de salar su reserva de carne, que se había incrementado con dos carpinchos. Marc y su padre fueron a recoger en los hoyos de las rocas la sal que el mar depositaba allí por evaporación, y trajeron varias libras de esa sustancia indispen­sable, el único mineral de su alimentación. La señora Clifton agra­deció a su marido, y le preguntó, además, si creía poder conseguir un jabón cualquiera para lavar. Clifton le respondió que ciertos ve­getales podían reemplazar ventajosamente el producto de las me­jores jabonerías, y que esperaba hallarlos en esos bosques inagota­bles. Por otro lado, convinieron en que la ropa de la pequeña colo­nia sería cuidada al máximo. Sin imitar abiertamente a los salva­jes, podían vestirse ligeramente en la temporada cálida para aho­rrar ropa hasta el momento en que el tío Robinson hubiera encon­trado el medio de reemplazarla.
Ese día, durante la cena, apareció un platillo nuevo sobre la me­sa. Eran esos excelentes cangrejos que proliferaban río arriba. El tío se había limitado a arrojar a la corriente, como único anzuelo, un haz de leña, en el medio del cual había puesto un pedazo de car­ne. Cuando fue a retirarlo, unas horas después, todas las ramas es­taban cubiertas de crustáceos. Cocinaron los cangrejos, cuyo capa­razón se puso de un bello color azul cobalto, y los celebraron. Es­taban deliciosos.
Para ocupar el final del día, el tío Robinson fabricó nuevos re­cipientes de bambú de diferentes capacidades. ¡Ah! ¡Si fuera posi­ble ponerlos sobre el fuego! Pero el único utensilio para hacer la comida seguía siendo el hervidor. ¡Qué no daría la señora Clifton por tener una olla! A lo que el tío respondió que una olla de barro serviría y prometió encargarse de fabricarla cuando encontrara la tierra adecuada.
A continuación establecieron el orden de tareas para el día si­guiente. En espera de la gran excursión que Clifton quería hacer en el interior de esas tierras, se decidió visitar el islote y, ya fuera co­mo pescadores o como cazadores, los hermanos apostaron a no re­gresar con las manos vacías.
Esa noche la familia tuvo un pequeño susto. Cuando llegó el momento de entrar en la gruta, la señora Clifton advirtió que el pe­queño Jack no respondía a su llamado. Lo buscaron. En vano. Lo llamaron. Ninguna respuesta.
Es de imaginar la inquietud de todos al no ver al niño. Nadie po­día decir en qué momento había desaparecido. Una noche muy ne­gra cubría la costa. Era luna nueva. De inmediato, el padre, los her­manos, el tío, se dispersaron cada uno por un lado, uno a la playa, otro al lago, todos llamándolo a gritos.
El tío Robinson fue el primero en tranquilizarse sobre la suerte de Jack. Bajo el bosquecillo de almeces, en el lugar más oscuro de la cortina de árboles, descubrió al buen hombrecito, inmóvil, con los brazos cruzados.
-¡Eh!, señor Jack, ¿es usted? -le gritó.
-Sí, Tío -respondió Jack con la voz alterada-, y tengo mu­cho miedo.
-¿Qué hace usted ahí? -¡Me hago el valiente!
¡Ah! ¡El querido niño! El tío lo tomó en sus brazos y lo llevó co­rriendo a donde estaba su madre. Cuando supieron la respuesta del
niño, cuando entendieron que trataba de hacerse el valiente, ¿quién hubiera podido reñirlo? Lo abrazaron, lo besaron todos, y habiendo arreglado los turnos para velar el fuego, fueron a acostarse.
El día siguiente, 9 de mayo, un jueves, se hicieron los prepara­tivos para la excursión que habían planeado. Harry Clifton, sus tres hijos varones y el tío se embarcaron en el bote a fin de dar prime­ro la vuelta al islote. Atravesaron el canal y la exploración comen­zó. La parte del islote opuesta a la costa presentaba una ribera de rocas muy escarpada, pero cuando hubieron doblado la punta nor­te, el ingeniero observó que su costa occidental estaba sembrada de escollos. El islote medía alrededor de una milla y media de lar­go y un cuarto de milla cuanto más en su parte sur, que era su par­te más ancha; terminaba en punta al norte y parecía una bolsa de perdigones para cazadores.
Los exploradores tocaron tierra en el extremo meridional del is­lote. Primero hicieron levantar vuelo a una inmensa bandada de pájaros, principalmente del género de las gaviotas. Eran de las que anidan en la arena y en las hendiduras de las rocas. Clifton reco­noció en especial a unas gaviotas con la cola en punta. Ese mundo alado huyó a todo vuelo hacia alta mar y desapareció.
-¡Ah! -dijo Clifton. -Esos pájaros evidentemente saben lo que tienen que temer ante la presencia del hombre.
-Nos imaginan mejor armados de lo que estamos -respondió el tío-, pero he aquí otros que no huirán y con razón.
Los animales que el tío designaba de ese modo, fuertes repre­sentantes de la ramificación de las aves, eran de los que se zambu­llen, del tamaño de un ganso, cuyas alas desprovistas de plumas no sirven para volar.
-¡Qué animales torpes y desmañados! -exclamó Robert.
-Son pingüinos46 -respondió Clifton-, es decir "grasos", y éstos justifican bien su nombre...
-Bueno -dijo Marc-, van a probar ahora la potencia de nuestras flechas.
-Inútil afilar nuestra púas de erizo -respondió el tío. -Estos pájaros son bobos y nuestros bastones cumplirán ese objetivo fácilmente.
-No son comestibles -dijo el padre.
-De acuerdo -replicó el tío-, pero son depósitos de grasa, y su grasa puede servirnos. No hay que desdeñarla.
Con estas palabras del tío, todos se precipitaron bastón en ris­tre. No fue una cacería sino una matanza. Una veintena de esos pingüinos se dejó matar estúpidamente sin intentar huir. Fueron transportados en el bote.
Un centenar de pasos más lejos, los cazadores encontraron una nueva banda de buceadores no menos tontos que los otros, pero que al menos se podían comer. Eran pájaros niño cuyas alas se han reducido al estado de muñones chatos en forma de aletas, cubier­tas de algunas plumas cubiertas de escamas. De esos animales tan fáciles de matar, sólo mataron los que necesitaban. Esos pájaros ni­ño emitían gritos ensordecedores como si fueran rebuznos de asno. Pero esta cacería, o mejor dicho esta matanza que no exigía ni ha­bilidad ni coraje, disgustó a los hermanos Clifton. Continuaron la exploración del islote.
La pequeña tropa siguió avanzando hacia la punta norte por un suelo arenoso en el que los nidos de pájaros niño formaban innume­rables ciénagas. Súbitamente, el tío Robinson se detuvo y les hizo señas a sus compañeros de quedarse inmóviles. Luego, hacia el ex­tremo del islote, les mostró gruesos puntos negros que nadaban a flor de agua. Se habría dicho cabezas de escollos en movimiento.
-¿Qué son? -preguntó Marc.
-Son bondadosos anfibios -respondió el tío-, que nos traen abrigos, sacos, hopalandas.
-Sí -respondió el señor Clifton-, es una tropa de focas.
-Sin duda -replicó el tío-, y tenemos que apoderarnos de ellas a cualquier precio. Pero seamos astutos porque sólo con ma­ña podremos acercarnos a ellas.
En consecuencia, había que dejar que estos animales vinieran a tierra. En efecto, con las ancas estrechas, el pelo corto y tupido contra el pecho, conformación fusiforme, estas focas son excelen­tes nadadoras, pero su marcha sobre el suelo es muy imperfecta. Con sus patas cortas y palmeadas, verdaderos remos, sólo pueden arrastrarse.
El tío conocía los hábitos de estos anfibios. Sabía que, una vez en tierra, tendidos bajo los rayos del sol, muy pronto se dormirían. Cada cual esperaba por lo tanto con paciencia, hasta el impaciente Roben, y un cuarto de hora después, una media docena de esos ma­míferos marinos, acostados en la arena, dormían un sueño profundo.
El tío Robinson resolvió deslizarse con Marc detrás de un pe­queño promontorio que se adelantaba hacia el norte del islote, pa­ra colocarse de este modo entre las focas y el mar. Mientras tanto, el padre y los otros dos hijos debían ir a su encuentro y no mos­trarse hasta que escucharan los gritos del tío. Este, armado con su hacha, debía atacar a las focas. Los otros, munidos sólo de su bas­tón, tratarían de cortarles la retirada.
El tío y el joven fueron hacia delante y desaparecieron detrás del promontorio. Harry Clifton, Robert y Jack se dirigieron silen­ciosamente hacia la ribera, reptando con torpeza.
De pronto, apareció la enorme silueta del marino. Dio un grito. Clifton y sus dos hijos se lanzaron velozmente entre el mar y las focas. Dos de estos animales, fuertemente golpeados en la cabeza por el hacha del tío, cayeron muertos sobre la arena. Los otros qui­sieron ganar el mar, pero Clifton se opuso intrépidamente a su avance y dos de esos anfibios cayeron asimismo bajo el hacha del tío. El resto de la tropa pudo ganar el mar, no sin haber volteado al joven Robert, que lanzaba gritos despavoridos. Sólo fue un susto y enseguida se levantó sano y salvo.
-¡Buena caza! -gritó el tío. -¡Para la fiambrera y para el ropero!
Las focas eran relativamente pequeñas: no sobrepasaban el me­tro y medio de largo. Su cabeza parecía la de un perro. El tío y Marc fueron a buscar el bote, cargaron las focas, y la embarcación, atra­vesando el canal, encalló suavemente al pie del acantilado.
Fue una operación bastante difícil preparar esas pieles de focas. No obstante, el tío se puso manos a la obra y salió del paso con mucha habilidad. Esas pieles sólo debían ser utilizadas para la fa­bricación de ropa de invierno; pero eso no bastaba. El tío tenía la idea de ofrecer a la señora Clifton una piel de oso para pasar el in­vierno. Aunque el oso no aparecía, él no perdía las esperanzas de encontrarlo. Por lo demás, no le había dicho nada a nadie. Quería actuar en secreto y sorprender al ingeniero Clifton.


CAPITULO 19


En las dos semanas que siguieron Clifton no pudo emprender su gran exploración; las diversas ocupaciones domésticas recla­maban el concurso de todos en la gruta. La cuestión de la ropa primaba por sobre las demás; la piel de los animales forzosamente te­nía que estar lista para reemplazar los tejidos que faltaban. Se or­ganizaron nuevas cacerías de focas y el tío llegó a matar media do­cena más. Pero pronto esos anfibios se volvieron muy desconfia­dos, abandonaron el islote y hubo que renunciar a encontrarlos.
Por suerte, las focas fueron sustituidas por un grupo de anima­les, de los que por lo menos una decena cayó bajo las flechas de los jóvenes durante la jornada del 18 al 19 de mayo. Eran zorros de la especie llamada megalotes, una suerte de perro con orejas grandes, el pelo gris amarillento, un poco más grande que el zorro común. Este hallazgo fue muy provechoso e incrementó la reserva de peletería. La señora Clifton estaba satisfecha; el tío Robinson, encantado. Parecía no desear otra cosa en este mundo. Sin embar­go, cuando Clifton le preguntó si le faltaba algo:
-Sí -le contestó. Pero lo que le faltaba, no quería decírselo.
Por fin, los trabajos dentro de la gruta cesaron. La gran preocu­pación del señor Clifton era explorar la costa y saber si el destino lo había arrojado a una isla o a un continente. Se decidió, en con­secuencia, que el 31 de mayo harían una expedición hacia el inte­rior con el doble objetivo de reconocer la configuración de la co­marca y de examinar sus riquezas naturales. Al respecto, el tío Robinson tuvo una excelente idea.
-Queremos ir al interior de estas tierras -dijo.
-¡Pues bien! ¿Por qué no aprovechamos los cursos de agua que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición? Remontemos el río en bote; nave­guemos hasta que deje de ser navegable, y cuando ya no nos pue­da llevar, desembarquemos. Pero al menos el bote estará siempre a disposición nuestra para el regreso.
El plan fue adoptado. Quedaba una cuestión importante a resol­ver. ¿Quiénes formarían parte de la expedición? Dejar a la señora Clifton sola en la gruta intranquilizaba a su marido y, sin embargo, esta valerosa mujer habría aceptado pasar allí una noche o dos, so­la con su hijita. Marc se dio cuenta de que su presencia junto a su madre obviaría todas las dificultades, y ofreció generosamente quedarse en la gruta. Pero se veía que este sacrificio le costaba.
-Pero -dijo el tío Robinson -¿por qué no puede venir toda la familia? Los días hermosos de junio empezaron y las noches ya son muy cortas. Pasar una noche en el bosque ¿qué puede hacerle a nadie? ¡Nada! Propongo entonces que vaya todo el mundo. Siempre que no nos demore algún obstáculo, si salimos el lunes por la mañana estaríamos de regreso el martes por la noche. Por otro lado, gran parte de la ruta se hará en bote, y nos cansaremos poco o nada.
No es necesario decir que esta propuesta fue celebrada por to­dos, grandes y chicos. Los preparativos para la partida comenza­ron de inmediato. Carnes y pescados asados, huevos duros y fru­tas, se apartaron para la gran expedición. Nuevas flechas que el tío había fabricado, bastones endurecidos en el fuego, el hacha de Clifton podrían, llegado el caso, servir tanto para el ataque como para la defensa. En cuanto al tema del fuego, se resolvió de este modo: el pedazo de yesca fue dividido en dos; una mitad, cuida­dosamente guardada, debía quedar en la gruta para volver a en­cender el fuego al regresar. Tenían que llevar consigo la otra mi­tad para las necesidades del viaje. No vale la pena decir que la búsqueda de una sustancia apta para reemplazar la yesca figuraba en primer lugar en la lista de los futuros descubrimientos de los viajeros.
La víspera de la partida -ira un domingo- estuvo consagra­da al descanso y santificada por la oración. El señor y la señora Clifton hicieron un poco de prédica moral para sus hijos, y el tío Robinson no les ahorró los principios que extraía de su filosofía natural. Al día siguiente, el 31 de mayo, toda la familia se levantó al alba. El día prometía ser magnífico. El bote estaba listo; el tío lo había provisto de su vela para aprovechar las brisas favorables, de dos remos destinados a maniobrar contra el viento, y de un cabo largo en fibra de coco para jalarlo sobre las riberas.
El bote fue empujado al mar. A las seis de la mañana cada uno ocupó su lugar como convenía: Marc y Robert adelante, Jack y Belle junto a su madre en el medio, el tío y Clifton atrás. El tío sostenía la caña del timón, Clifton la escota de la vela.
El viento venía del mar. Una ligera brisa rizaba la superficie del océano. Gritos alegres de animales cubrían el aire. Izaron la vela y la embarcación descendió suavemente por el canal cavado entre el islote y la costa. El mar comenzaba a subir, circunstancia favora­ble, ya que durante horas la marea arrastraría el bote río arriba.
En pocos instantes, ayudado por el viento y el flujo, la embar­cación alcanzó el extremo norte del islote, casi a la altura del río. Harry Clifton largó la escota de la vela y, empujado por el viento de atrás, remontó la corriente. Los rayos del sol que el acantilado ya no tapaba llegaron suavemente hasta él. Fido ladraba alegre­mente y Jack le respondía.
Los niños reconocieron al pasar su primer campamento y la señora Clifton indicó a su marido el lugar donde el bote dado vuelta había servido de tienda. Pero el oleaje creciente arrastraba con rapidez la embarcación. Las rocas del primer campamento desaparecieron.
Pronto, entre las orillas llenas de vegetación, la embarcación llegó hasta el punto en que el bosque formaba ángulo con el río. Los viajeros penetraron entonces bajo una bóveda de follaje. Al­gunos de los árboles más grandes entremezclaban sus ramas por debajo de la corriente. La vela, ya sin viento, se había vuelto inú­til. El tío pidió a Marc y a Robert que la arriaran, cosa que hicie­ron con notable destreza. Acomodaron los remos por cualquier eventualidad, pero la marea bastaba para imprimir al bote una ve­locidad bastante grande, aunque el timón estuviera quieto porque su rapidez y la de la corriente eran iguales; el tío instaló entonces una espadilla en la parte trasera para mantenerlo en la dirección que se quería.
-Estas orillas son verdaderamente encantadoras -decía Clifton, observando ese río sinuoso que se perdía entre la vegetación.
-Sí -respondió la madre-, ¡qué bellos reflejos produce la naturaleza con un poco de agua y unos árboles!
-Verá usted muchos más, señora -replicó el tío Robinson. -Le reitero que la suerte nos ha conducido a una tierra encantada.
-¿Pero usted ya exploró este curso de agua? -preguntó la se­ñora Clifton.
-¡Sin duda! -respondió Robert. -El tío y yo remontamos la margen derecha en medio de lianas y matorrales.
-¡Qué hermosos árboles! -dijo Clifton.
-Sí -dijo el tío. -No nos faltará la madera, cualquiera sea el uso que querramos darle.
En efecto, sobre la margen derecha se elevaban magníficos ejemplares de la familia de las ulmáceas, esos hermosos olmos francos tan requeridos por los constructores y que tienen la propie­dad de conservarse largo tiempo en el agua. Había también nume­rosos grupos pertenecientes a la misma familia, entre otros almeces cuya nuez produce un aceite muy útil. Más lejos, el ingeniero ob­servó unos pilpiles47, cuyas ramas flexibles, maceradas en agua, forman excelentes cordajes, y dos o tres troncos de ebenáceas cu­ya madera es muy dura, de color negro y veteada. Entre otras más Clifton reconoció esa especie propia de América del Norte, el dios piros virginiana que se encuentra hasta en la latitud de Nueva York.
Entre los más bellos se distinguían los árboles gigantes de la es­pecie de las liliáceas, cuyos bellos ejemplares observó Humboldt en las Canarias.
-¡Ah! ¡Qué hermosos árboles! -exclamaron Robert y Marc.
-Son dragos -respondió el señor Clifton -y les sorprende­rá saber, hijos míos, que esos gigantes no son más que puerros ambiciosos.
-¿Es posible? -respondió Marc.
-O al menos -retomó Clifton -pertenecen a la misma fami­lia de las liliáceas que la cebolla, el chalote, la cebolleta, el espá­rrago. Y ciertamente los humildes miembros de esta familia nos se­rían más útiles que estos árboles gigantescos. Agregaré que las liliáceas incluyen también el tulipán, el áloe, el jacinto, el lirio, el nardo y el Phormium tenaz, ese lino Nueva Zelanda que vuestra madre tanto apreciaría.
-Padre -preguntó Marc -¿cómo ordenaron los naturalistas en una misma familia a los dragos de cien pies y a las cebollas de dos pulgadas?
-Porque los caracteres típicos de estos vegetales son los mis­mos, mi querido hijo. Y lo mismo sucede con los animales. Te sorprendería mucho encontrar en la misma categoría a los tiburones y las rayas. Esto quiere decir, por lo tanto, que esta familia de las liliáceas es extremadamente numerosa; cuenta con no menos de doscientas especies diseminadas sobre la superficie del globo, pe­ro sobre todo en las zonas templadas.
-¡Bueno! -exclamó el tío. -No pierdo las esperanzas de en­contrar uno de estos días algunas de esas modestas liliáceas que us­ted extraña, señora Clifton. Por otro lado, no despreciemos los dragos. Si la memoria no me traiciona, en las Sandwich la gente se ali­menta de sus raíces leñosas que se conocen con el nombre de raí­ces de Ti. Cocidas son excelentes; yo las he comido. Si se las ma­chaca y se las deja fermentar, producen un agradable licor.
-En efecto -respondió el ingeniero-, pero esas raíces pro­vienen del drago púrpura que tal vez lleguemos a encontrar. En cuanto a éste, sólo produce la sangre de drago, esa famosa resina que se utiliza con buenos resultados en los casos de hemorragia, y que Béthencourt cosechó abundantemente durante la conquista de las Canarias.
El bote había partido a las seis de la mañana. Una hora después, con ayuda de la marea, había alcanzado las aguas del lago. Fue una verdadera alegría para los niños desembocar sobre una vasta lla­nura líquida, de la que sólo habían recorrido las orillas. Desde ese lugar se veía el acantilado del oeste, la cortina de grandes árboles, la alfombra amarilla de las dunas y el mar resplandeciente. Se tra­taba ahora de atravesar el lago en su parte septentrional y de llegar así a la desembocadura del curso superior del río. El viento era bueno en ese momento, y la pantalla de árboles ya no lo detenía. El tío ordenó izar la vela y la ligera embarcación corrió rápida­mente hacia la costa oriental. Harry Clifton, recordando ese bor­boteo inexplicable que había observado cuando su primera visita al lago, miraba atentamente esas aguas un tanto sospechosas. Pero sus hijos no pensaban sino en admirarlas por su belleza, y el pe­queño Jack, hundiendo su mano fuera del bote, se divertía en tra­zar una estela que dejaba oír el murmullo del agua.
Por pedido de Marc fueron a reconocer el pequeño islote que emer­gía a trescientos metros de la costa. El bote atracó enseguida. Era una especie de roca que medía cien metros cuadrados de superficie, atascada de plantas acuáticas y que parecía atraer particularmente a los pá­jaros del lago. Se habría dicho un enorme nido en el que todo un mun­do alado vivía en perfecta armonía. Fido ladraba y ya quería lanzarse a ella, pero el señor Clifton lo contuvo. Ese islote era una reserva de caza acuática y no era necesario perturbar inútilmente el refugio de los pájaros, pues si se los espantaba irían a anidar en otra parte.
Una vez terminada esta exploración, el tío Robinson dirigió el bote hacia la desembocadura del curso superior del río. Llegados a ese punto, fue necesario no sólo arriar la vela sino también desar­bolar la embarcación, pues no habría podido avanzar bajo ese arco de vegetación bajo y tupido. Después, como la marea ya no se de­jaba sentir en esta parte superior del río, el tío y Marc tomaron los remos, dejando al ingeniero la responsabilidad de timonear.
-¡Estamos en lo desconocido! -dijo Clifton.
-Sí, señor -respondió el tío-, todavía no nos habíamos aven­turado tan lejos. Lo esperábamos a usted para hacer esta excursión. A dónde va este río, yo no sabría decirlo, pero no me sorprendería que se prolongara muy adentro en el interior de estas tierras pues, como puede verse, su ancho es todavía bastante considerable.
En efecto, el diámetro de esta nueva desembocadura sobrepasa­ba los ochenta pies y el lecho del río no parecía estrecharse. Feliz­mente su comente no era rápida, y la liviana embarcación, empu­jada por sus remos, la rechazaba fácilmente, tanto cerca de una ori­lla como de la otra.
Así avanzaron casi dos horas. El sol, aunque muy alto en su curso, apenas atravesaba el espeso follaje. Varias veces los exploradores bajaron a las márgenes. Durante esos altos, hicieron algunos descubrimientos útiles en el reino vegetal. La familia de las asarinas estaba principalmente representada por una especie de espinacas silvestres que crecían espontáneamente. La señora Clifton hizo una provisión de las mismas, prometiéndose tras­plantarlas más tarde. Encontró también numerosos ejemplares de crucíferas en estado salvaje, que ella pensaba "civilizar" median­te trasplante; eran, en el género repollo, berro, rábano, nabos y pequeños tallos ramosos ligeramente velludos, de un metro de al­tura y con unos pequeños granos oscuros que Clifton reconoció sin dificultad, como la mostaza negra o silvestre que da propia­mente la mostaza.
Esos valiosos vegetales fueron depositados en la embarcación y el viaje recomenzó. Era verdaderamente una travesía encantadora. Los árboles servían de refugio a una gran cantidad de pájaros. Marc y Robert capturaron en su nido dos o tres parejas de gallináceas con picos largos y finos, de cuellos largos, alas cortas y aparentemente sin cola; eran yuambúes. Se decidió que se conservarían vivos un macho y una hembra para poblar el futuro gallinero. Los jóvenes cazadores mataron también a flechazos algunas especies de trepa­doras del tamaño de una paloma, verdes, con una parte de las alas de color carmesí y un copete recto festoneado de un ribete blanco; pájaros encantadores, sobre todo desde el punto de vista comesti­ble: su carne es muy requerida.
Durante uno de esos altos, otro hallazgo importante se produjo gracias al pequeño Jack, aunque al principio le causó pena. El ni­ño había ido a jugar en una especie de claro y se había revolcado en la tierra; cuando volvió, su ropa estaba completamente man­chada de una tierra amarilla, lo cual le significó una amonestación de su madre. Jack estaba avergonzado.
-Veamos, señora Clifton -dijo el tío Robinson-, no lo rega­ñe. El niño también tiene que divertirse.
-¡Que se divierta sin rodar por el suelo! -respondió la madre. -¡Pero uno no se puede divertir sin revolcarse! -replicó el tío.
-¡Ah! ¡Noble Tío! -respondió la señora Clifton. -Yo que­rría saber lo que su padre piensa de esto.
-Por esta vez pienso que no hay que regañar a Jack, sino, por el contrario, debemos felicitarlo de haberse revolcado en esa tierra amarilla.
-¿Y por qué?
-Porque esa tierra amarilla es arcilla, es greda, y sirve para fa­bricar cacharros comunes pero útiles.
-¡Loza de barro! exclamó la señora Clifton.
-Sí, porque no dudo de que el tío Robinson sea un buen alfa­rero, así como es carpintero, leñador y curtidor.
-Diga que es marino -replicó el tío -y eso basta.
Clifton y el tío se dirigieron al claro, conducidos por Jack. El ingeniero reconoció que el suelo estaba formado de esa greda más específicamente llamada arcilla figulina que se emplea principal­mente en la fabricación de la loza común. No podía estar equivo­cado pero, además, al ponerse en la boca un poco de esa sustancia, sintió que le ataba la lengua, ese efecto particular de la arcilla que proviene de su extrema avidez por los líquidos. De esta manera, la naturaleza prodigaba generosamente a la pequeña colonia, una ma­teria preciosa tan ampliamente difundida en la superficie del glo­bo. En ese lugar, esta arcilla se hallaba en el medio de productos arenáceos silíceos que formaban parte de su composición.
-¡Excelente descubrimiento! -exclamó el señor Clifton. -Al principio creí que se trataba de caolín, lo cual nos habría per­mitido fabricar porcelana. De todos modos, triturando esta greda y expurgándola mediante el lavado de sus partes más gruesas, ob­tendríamos loza.
-Conformémonos con una simple loza de barro -respondió el tío Robinson. -Estoy seguro de que la señora Clifton pagaría un alto precio por una escudilla de barro.
Hicieron por consiguiente una buena provisión de esa tierra moldeable, que vino a reemplazar en el bote el lastre de guijarros. El tío, al regresar a la gruta, sin pérdida de tiempo tenía que poner manos a la obra y fabricar ollas, platones, platos, para gran satis­facción del ama de casa.
Volvieron a embarcarse en el bote que, por la impulsión de los remos, siguió remontando tranquilamente el curso del río. Este se volvía sinuoso; su lecho se estrechaba manifiestamente. Al parecer su fuente no debía estar muy alejada; también su profundidad dis­minuía y el tío, al sondear, advirtió que la embarcación no tenía más de dos o tres pies de agua bajo su quilla. Clifton estimaba que en ese momento habían hecho cerca de dos leguas desde el lugar en el que el curso superior desembocaba en el lago.
El valle estrecho que los exploradores atravesaban ahora era menos boscoso. En lugar de formar un bosque espeso, los árboles se despa­rramaban por grupos. Grandes rocas con crestas agudas se levantaban sobre las orillas. La naturaleza del suelo, su aspecto, su configuración, se modificaban notablemente. Estos eran los primeros movimientos del sistema orográfico cuyo pico central era el punto culminante.
Hacia las once y media fue imposible avanzar más lejos. Falta­ba agua para la embarcación. El lecho del río, desprovisto de ve­getación, estaba sembrado de piedras negruzcas. El ruido de una caída no muy lejana se dejaba oír desde hacía unos instantes.
En efecto, luego de haber sorteado un ángulo brusco de la cos­ta, el bote se encontró debajo de una cascada. El sitio era encanta­dor. En el medio de árboles resinosos, en el fondo de una gargan­ta pintoresca poblada de rocas musgosas de aspecto muy salvaje, el río se precipitaba desde unos treinta pies. No era considerable el volumen de las aguas que caían quebrándose en la punta de las ro­cas, y eran recibidas en algunos lugares por ollas naturales; cruza­ban sus chorros, entrechocaban sus volutas y formaban una casca­da maravillosa. La familia se había detenido para contemplar este bello espectáculo.
-¡Oh! ¡Qué hermosa caída! -exclamó Jack.
-Padre, padre -dijo Belle a su vez-, ¡acerquémonos!
Pero el deseo de la niña no fue satisfecho. El bote encallaba con cada golpe de remo. Fue necesario recuperar la margen izquierda a unos cincuenta pies de la caída. Allí todos desembarcaron y los dos más pequeños empezaron a saltar sobre la playa.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Marc.
-Vayamos del lado de la montaña -respondió el impaciente Robert, señalando el pico que se levantaba al norte del punto de de­sembarco.
-Hijos míos -dijo la señora Clifton-, antes de emprender esta nueva excursión, tengo una proposición que hacerles.
-¿Cuál, madre? -preguntó Jack. -La de almorzar.
La proposición fue aceptada sin discusión. Retiraron las provi­siones del bote. A la carne fría agregaron los yuambúes. Encen­dieron un fuego con leña seca, y esa caza menor, ensartada en una varilla, pronto comenzó a dorarse en una llama chisporroteante.
La comida no se prolongó demasiado. Tenían prisa por seguir más adelante. Clifton y el tío observaron atentamente los lugares para no extraviarse al regreso. De todas maneras, no podían errar el curso de agua que los había llevado hasta ese lugar.


CAPITULO 20


La familia se puso en camino. El tío, Marc y Robert iban ade­lante, con sus arcos y flechas, observando con atención esa nueva comarca. Un poco más atrás, el señor y la señora Clifton avanzaban con Jack y Belle que gambeteaban, corrían y se cansa­ban inútilmente, aunque sus padres se lo advirtieran.
El suelo era muy accidentado en un terreno que las fuerzas plutonianas habían evidentemente convulsionado; se observaban nu­merosos restos de basalto y de piedra pómez. La naturaleza volcá­nica de esa región era cada vez más evidente. Sin embargo, los via­jeros no habían pasado aún la zona de árboles que dominaba el pi­co nevado. Estas coníferas, como todo lo que se encontraba en esa altura, eran pinos y abetos que poco a poco se volvían más raros.
Durante esta última parte del ascenso, el tío le hizo ver a Harry Clifton unas huellas anchas incrustadas en el suelo que indicaban la presencia de animales de gran tamaño. Cuáles eran esos anima­les, nadie podía decirlo. Era, por lo tanto, prudente estar en guar­dia y recomendar a los niños que no se alejaran.
El señor Clifton y el tío conversaban y la observación minucio­sa de esas pisadas hizo surgir en la mente del ingeniero una idea bastante plausible.
-Estos animales -dijo al tío-, son evidentemente muchos y poderosos. Me inclinaría a pensar que la suerte nos ha arrojado a un continente más que a una isla, a menos que esta isla tuviera un tamaño considerable. Pero yo no conozco ninguna así en esta par­te del Pacífico donde fuimos abandonados por el Vankouver. Sí, es­tamos en un continente y probablemente en una porción de la cos­ta americana comprendida entre los cuarenta y cincuenta grados de latitud septentrional.
-Continuemos nuestro ascenso -respondió el tío -y tal vez sabremos a qué atenernos cuando hayamos pasado la zona de los árboles.
-Pero, mi querido amigo -retomó Clifton-, no divisaremos más que un lado de esta tierra, a menos que subamos hasta la cima del pico.
-Sería una labor enorme -respondió el tío -y, por otro lado, la cima de ese pico puede no ser accesible, pero quizá podamos contornearlo en su base y saber por fin si somos insulares o... ¿có­mo lo diría?, continentales.
-¡Y bien, apuremos el paso!
-Si el señor ingeniero me lo permite -dijo el tío-, por hoy nos contentaremos con llegar hasta el límite de los árboles. Allí acampare­mos por la noche, que se insinúa bella. Yo me encargo de organizar el campamento y mañana, al salir el sol, intentaremos escalar la montaña.
Eran entonces las tres. Siguieron subiendo en ese suelo montaño­so. Si los animales feroces abundaban en la región, al menos hasta ese momento sólo se veían sus huellas, y nadie se atrevía a quejarse por ello. En cuanto a la caza, no faltaba, y Fido los llevó a capturar varias piezas importantes pero difíciles de identificar. Mientras, las flechas de Marc y de Robert derribaron un par de gallináceas de la familia de los faisanes. Pero no eran para nada faisanes comunes. Estos tenían un apéndice carnoso que le colgaba de la garganta y dos cuernos del­ gados y cilíndricos detrás de los ojos. Estas hermosas aves tenían el tamaño de un gallo; la hembra era de color pardo, pero el macho res­plandecía por su plumaje, de un rojo deslumbrante sembrado de pe­queñas lágrimas blancas. El señor Clifton nombró a estas gallináceas por su verdadero nombre, tragopanes. La señora Clifton se lamentó de que no hubieran sido capturadas vivas. Esos faisanes habrían sido un adorno para su corral, pero había que aceptar las cosas como eran y conformarse con asarlas en el próximo alto.
Otro animal de gran tamaño también se dejó ver por un instan­te entre las rocas basálticas. No pudieron agarrarlo, pero el señor Clifton se mostró muy satisfecho de haber podido constatar su pre­sencia en la región. Era uno de esos grandes borregos tan comunes en las montañas de Córcega, en Creta y en Cerdeña, que forman una especie aparte conocida bajo el nombre de musmón. Clifton lo había identificado fácilmente por sus grandes cuernos curvados hacia atrás y achatados hacia la punta, por su vellón lanudo y gri­sáceo escondido bajo un pelo largo y sedoso de color leonado. Es­te hermoso animal permaneció inmóvil largo tiempo cerca del tronco de un árbol caído. Clifton y el tío pudieron acercársele bas­tante. El musmón los observó sorprendido, como si viera por pri­mera vez unos bípedos humanos; luego, súbitamente, se le desper­tó el miedo y desapareció detrás de los claros y las rocas, sin que la flecha del tío hubiera podido alcanzarlo.
-¡Adiós! -le gritó el tío con un tono de despecho muy chis­toso. -¡El maldito animal! ¡No son sus piernas, es su vellón lo que lamento! ¡Se lleva con él un gabán, pero ya lo atraparemos!
-Al menos lo intentaremos -replicó Clifton -y si llegamos a domesticar algunas yuntas de estos animales, no nos faltarán los jamones y los gabanes, como dice el tío.
A las seis de la tarde, la pequeña tropa había llegado hasta el li­mite de los árboles. Decidieron detenerse, preparar allí la comida y acampar por la noche. Ya no se trataba de encontrar un lugar favorable para el campamento, y cada cual fue invitado a buscar el re­fugio que le conviniera. Marc y Robert fueron por un lado, Clifton y el tío por el otro. La señora Clifton, Jack y Belle se recogieron ba­jo la copa de un gran pino.
Marc y Robert acababan de irse hacía unos minutos apenas, cuando su madre los vio regresar precipitadamente. En sus caras se veía que estaban asustados. La señora Clifton fue hacia ellos.
-¿Qué pasa, mis hijos? -preguntó.
-Una humareda -respondió Robert-, hemos visto una hu­mareda que subía por entre las rocas.
-¡Ah! -exclamó la señora Clifton. -¡Hombres en este lugar! Luego, los atrajo hacia ella y les dijo: -Pero ¿qué clase de hombres? ¿Salvajes, caníbales?
Los jóvenes la miraron sin responderle. En ese momento el tío y el ingeniero reaparecieron. Marc les contó lo que había pasado. Toda la familia permaneció en silencio durante unos instantes.
-Tenemos que actuar con prudencia -dijo por fin el tío Robinson. -Es evidente que hay criaturas humanas cerca de nosotros. No sabemos con qué podemos encontrarnos y, a decir verdad, ten­go más temor que aprecio por esos desconocidos. Quédese, por fa­vor, cerca de la señora Clifton, señor ingeniero. El señor Marc, Fido y yo iremos a hacer un reconocimiento.
El tío, el joven y el fiel perro partieron sin demora. El corazón de Marc latía con fuerza. El tío, con los labios apretados, los ojos muy abiertos, avanzaba con una circunspección extrema. Después de unos minutos de marcha en dirección noreste, Marc se detuvo súbitamente y mostró a su compañero una humareda que se eleva­ba por el aire sobre el limite de los grandes árboles. Esa humareda tenía un color amarillento muy característico. Ni un soplo de aire la agitaba y se perdía a una altura bastante grande.
El tío se había detenido. Marc contenía con la mano a Fido, que ya quería lanzarse. El marino hizo señas al joven de esperarlo y, deslizándose como una serpiente entre las rocas, desapareció.
Marc, inmóvil, muy conmovido, esperó su regreso. De pronto un grito resonó del lado de las rocas. Marc iba a lanzarse, listo pa­ra socorrer a su compañero, pero ese grito fue seguido de una car­cajada y el tío reapareció casi de inmediato.
-¡Ese fuego -gritó, agitando sus largos brazos -o, mejor di­cho, esa humareda!...
-¿Qué es?... -preguntó Marc.
-¿Qué es? ¡Es la naturaleza que nos gasta una broma! No es más que un manantial sulfuroso que servirá para tratar con éxito nuestras laringitis!
El tío y Marc volvieron al lugar donde los esperaba Clifton y el tío, riéndose, los puso al corriente de la situación.
Padre, madre, hijos quisieron ir inmediatamente al lugar donde brotaba el manantial, un poco fuera de la zona de los árboles. El suelo era esencialmente volcánico. Clifton identificó de lejos la ín­dole de ese manantial por el olor a ácido sulfúrico que desprendían sus aguas después de absorber el oxígeno del aire. Esa aguas sulfu­rosas, sódicas, fluían abundantemente por entre las rocas. El inge­niero mojó su mano y observó que eran untuosas al tacto y que su temperatura alcanzaba los treinta y cinco grados. Su gusto era un poco dulzón. Este manantial, como los de Luchon o de Cauterets, podría haber sido utilizado eficazmente para el tratamiento de los catarros del aparato respiratorio y, además, por la influencia de la temperatura, debía convenir a los temperamentos linfáticos.
Marc preguntó entonces cómo había podido estimar en treinta y cinco grados la temperatura del manantial, sin disponer de un termómetro. El señor Clifton le respondió que al hundir la mano en esas aguas él no había sentido ni frío ni calor, en consecuencia, había llegado a la conclusión de que poseían la misma tem­peratura que el cuerpo humano, es decir, treinta y cinco grados aproximadamente.
Una vez hechas estas observaciones, decidieron acampar en ese lugar, entre dos grandes rocas basálticas y bajo los últimos árboles. Los niños juntaron una cantidad suficiente de leña seca para man­tener el fuego durante toda la noche. Unos aullidos lejanos, vaga­mente escuchados en la oscuridad naciente, justificaban estas pre­cauciones. No hay animales, por más feroces que sean, que no se detengan ante una barrera de llamas.
Los preparativos terminaron pronto. La madre, ayudada por Jack y Belle, se ocupó de la cena. Los dos faisanes, asados a pun­to, hicieron el gasto. Terminada la comida, los niños se acostaron en sus lechos de hojas secas. Estaban fatigados y no tardaron en dormirse. Durante ese tiempo, Clifton y el tío Robinson hicieron un reconocimiento en los alrededores del campamento. Llegaron incluso hasta un pequeño bosque de bambúes que cortaba una de las primeras pendientes de la montaña. Al llegar a ese punto escu­charon de manera más clara los aullidos de las fieras.
Para defender aún más las cercanías de su campamento, Clifton tuvo la idea de emplear un medio preconizado por Marco Polo y que los tártaros adoptaron para ahuyentar durante la noche con más seguridad los animales peligrosos. El tío y él cortaron una cantidad de bambúes; los llevaron al campamento y se pusieron de acuerdo en que tirarían a intervalos algunos de esos vegetales so­bre los carbones encendidos. La operación comenzó, le siguieron unos estruendos de los que sólo quienes los escucharan podían dar crédito. El ruido despertó a Marc y a Robert. Se divirtieron mucho con las detonaciones, que eran lo bastante violentas como para ate­rrorizar a merodeadores nocturnos. Y, en efecto, la noche transcu­rrió sin que el merecido descanso de la familia fuera interrumpido por ningún intruso.
Al día siguiente, 1° de junio, todos se levantaron temprano y se dispusieron a iniciar la ascensión a la montaña. Salieron a las seis de la mañana, después de un desayuno sumario. Dejaron atrás la zona de árboles y la pequeña tropa se aventuró sobre las primeras rampas del pico. Que ese pico era un volcán, nadie podía dudarlo. En efecto, las laderas estaban cubiertas de cenizas y de escorias en­tre las que aparecían largos regueros de lava. Clifton observó tam­bién la presencia de esas materias que suelen preceder a la erup­ción de lava. Eran puzolanas de granos pequeños irregulares y fuertemente torrefactos, así como también cenizas blanquecinas constituidas por una infinidad de cristalitos feldespáticos.
La sustancia mineral de las lavas, caprichosamente estriadas, ha­cía más fácil y rápidos la marcha y el ascenso por esas laderas abrup­tas. Pequeñas solfataras48 cortaban cada tanto el camino y había que esquivarlas; pero lo que pareció satisfacer a Clifton fue encontrar abundante azufre depositado en toda la materia que había alrededor y comprobar que formaba costras y sedimentos cristalinos.
-¡Bravo! -gritó Clifton. -Hijos míos, he aquí una sustancia que nos viene de perillas.
-¿Para hacer fósforos? -preguntó Robert.
-No -respondió el padre -para hacer pólvora, porque si bus­camos bien terminaremos por encontrar salitre.
-¿En serio, padre? -preguntó Marc. -¿Fabricarás pólvora?
-No les prometo pólvora de primera calidad, pero sí una sus­tancia que nos servirá para muchas cosas.
-Entonces no te faltará más que una cosa -dijo la señora Clifton.
-¿Cuál, mi querida Elisa? -preguntó el ingeniero.
-Armas de fuego, amigo mío.
-¡Eh! ¿No tenemos la pistola de Robert?
-¡Sí! -gritó el ruidoso y alborotado Robert, profiriendo hurras que parecían detonaciones.
-Un poco de calma, Robert -dijo el señor Clifton-, y siga­mos ahora nuestra ascensión. De regreso haremos nuestra provi­sión de azufre,
Retomaron la marcha. Ya en la parte oriental de la costa, la mi­rada podía abarcar desde arriba un vasto horizonte semicircular; el litoral parecía girar bruscamente al norte y al sur: hacia el norte, más allá de la gran marisma no lejos de la cual había sido hallado Clifton; hacia el sur, más allá del peñasco que se prolongaba detrás del banco de ostras. Desde ese punto elevado, los viajeros vieron ní­tidamente definido el fondo de la vasta bahía donde desembocaba el río; el curso sinuoso de aquel arroyo a través de los claros, la den­sa maraña de bosques y el lago como un vasto estanque. En el Nor­te, la costa, que parecía correr este - oeste, formaba una bahía muy abierta, cavada profundamente, que terminaba al este en un cabo re­dondeado, más allá del cual la montaña interrumpía la mirada. En el Sur, en cambio, la tierra era notablemente recta, como si hubiera sido trazada por un tiralíneas. La extensión de toda esa costa, des­de el cabo hasta el peñasco, debía medir alrededor de seis leguas; pero si detrás del pico se ligaba a un continente, o si el océano ba­ñaba su parte aún invisible, eso nadie podía saberlo. En cuanto a esa comarca situada en la base del pico y regada por los dos cursos del río, parecía ser la más fértil, mientras que la región del sur estaba surcada de dunas agrestes y la del norte parecía ser un inmenso pan­tano.
La familia había hecho un alto para observar mejor esa tierra y ese océano que se extendían ante sus ojos.
-¡Y bien, señor ingeniero, qué piensa de todo esto! -dijo el tío. -¿Qué piensa usted? ¿Estamos en una isla o somos un continente?
-No sabría terciar, mi noble compañero -respondió Clifton-, pues mis miradas no pueden atravesar esa montaña que nos oculta la parte oriental de la tierra. Hemos subido no más de trescientos me­tros sobre el nivel del mar. Tratemos de ascender una distancia equi­valente para llegar a la meseta donde nace el pico. Tal vez podamos rodearlo para observar todo el este de la costa.
-Me temo -dijo el tío -fue esta segunda parte de la ascen­sión sea un poco fatigosa para la señora Clifton y los niños.
-En este lugar -afirmó la madre-, no tenemos que temer ningún ataque y yo puedo esperar con Jack y Belle a que regresen.
-En efecto, mi querida -respondió Clifton-, creo que ni los hombres ni los animales son de temer en este sitio.
-Además, ¿no tengo a Jack para defenderme? -dijo sonrien­do la señora Clifton.
-¡Y él la defenderá como un héroe! -agregó el tío. -Es un pequeño león con agallas; pero si usted quiere puedo quedarme con ustedes.
-No, no, acompañe a mi marido y a mis hijos, prefiero saber­lo con ellos. Jack, Belle y yo los esperaremos aquí descansando.
Una vez tomada esta decisión, el señor Clifton, el tío, Marc y Robert emprendieron el escalamiento y pronto, con esa rapidez particular con que decrecen los objetos en las regiones montaño­sas, la madre y sus dos hijos no fueron más que tres puntos negros, apenas reconocibles a la distancia.
La ruta no era fácil. Las pendientes se hacían notar cada vez más, los pies resbalaban sobre los regueros de lava, pero final­mente llegaron a la meseta superior. En cuanto a la idea de alcan­zar la cima del volcán, habría que renunciar a ello si los declives del este presentaban un ángulo tan abierto como los del oeste.
Por fin, después de una hora de marcha muy dura en medio de escombros que la hacían muy peligrosa, el tío, el padre y sus dos hijos llegaron a la base del pico propiamente dicho. Era una meseta irregular y estrecha pero bastante practicable. Situada a nove­cientos o mil metros por sobre el nivel del mar, se elevaba gra­dualmente hacia el norte a causa de una curva oblicua. El pico la rebasaba unos setecientos u ochocientos metros y esta gran placa de nieve resplandecía bajo los rayos del sol.
A pesar del cansancio, no hubo un instante de reposo para los escaladores. Tenían prisa de dar vuelta a la montaña. Su mirada ga­naba cada vez más hacia el norte; las tierras que cerraban al este la bahía septentrional parecían ser más bajas.
Después de una hora de marcha, rodearon la parte norte del pi­co. Más allá no se extendía ningún territorio. Pero el padre, el tío y los jóvenes seguían avanzando; hablaban poco, presas todos de la misma emoción. Marc y Robert, infatigables, iban adelante. Por fin, cerca de las once, la posición del sol indicó a Clifton que ha­bían alcanzado la costa opuesta.
El mar inmenso se extendía bajo las miradas de los viajeros has­ta los límites del horizonte. Observaban en silencio ese océano que los aprisionaba. Toda comunicación con sus semejantes les estaba vedada. No había que esperar ningún auxilio de seres humanos. Estaban aislados en una costa perdida del Pacífico.
Era, en suma, una isla cuya circunferencia, según estimaba el ingeniero, debía medir entre veinte y veintidós leguas, una isla más grande que la isla Elba y con una superficie como la isla Santa Elena. Esta isla era, por lo tanto, relativamente pequeña, y Clifton no sabía cómo explicarse la presencia de esos grandes animales cuyas huellas había visto sobre un territorio tan reducido; pero su naturaleza volcánica podía explicar muchas cosas. ¿No era posible que esta isla hubiera sido más grande en otros tiempos y que una parte considerable de su suelo hubiera desaparecido bajo el agua? Quizá incluso había estado ligada a un continente ahora muy dis­tante. Clifton se propuso verificar el valor de estas hipótesis cuan­do diera la vuelta a la isla. Los dos jóvenes, frente a este océano sin límites, habían comprendido la gravedad de su situación; per­manecían en silencio.
No querían interrogar a su padre. Este dio la señal de partida. El descenso se hizo rápidamente. En menos de una media hora se reu­nían con la señora Clifton, que estaba muy pensativa.
Cuando vio a su marido y a sus hijos, se levantó y fue a su en­cuentro.
-¿Y bien? -dijo.
-Una isla -respondió el ingeniero.
-Que se haga la voluntad de Dios -murmuró la madre.


CAPITULO 21


Durante la ausencia de los viajeros, la señora Clifton había pre­parado una comida con los restos de la caza sacrificada la vís­pera. A las doce y media toda la familia comenzó a bajar las laderas de la montaña. Atravesaron la zona de árboles en línea recta y llega­ron a la parte superior del curso del río, es decir arriba de la casca­da. Esta formaba en ese lugar un verdadero rápido y su corriente cu­bría de espuma las cabezas de las rocas negruzcas. El sitio era ex­tremadamente salvaje. Después de franquear una inextricable masa de árboles, lianas y zarzas, alcanzaron el bote, donde cargaron las provisiones, las plantas, las diversas sustancias recogidas durante la exploración; luego, la embarcación descendió rápidamente por el cauce del río. A las tres de la tarde habían llegado a la desemboca­dura sobre el lago. Izaron la vela y el bote, después de costear de barlovento, penetró en el curso inferior. A las seis de la tarde la familia estaba de regreso en la gruta. La primera palabra que pronunció el tío fue una exclamación. El recinto cercado mostraba huellas evi­dentes de destrozos. Habían tratado de forzar el cerco y de arrancar algunas de las estacas, que por suerte habían resistido.
-¡Son esos malditos monos -dijo el tío-, que nos han visi­tado en nuestra ausencia! Son vecinos peligrosos, señor Clifton, y habrá que precaverse.
La jornada había sido tan cansadora que los viajeros debían te­ner una necesidad irresistible de dormir. Se acostaron sobre sus le­chos. Como no habían vuelto a encender el fuego nadie tuvo que velar durante la noche, que así transcurrió apacible. Al día si­guiente, miércoles 2 de junio, el tío Robinson y el ingeniero fue­ron los primeros en despertarse.
-¡Buen día, señor Clifton! -dijo el tío con tono jovial.
-¡Y bien, mi noble amigo! -respondió el ingeniero-, hay que decidir de una vez por todas. Puesto que somos isleños, actue­mos como isleños y organicemos nuestra existencia como si hu­biera que pasarla siempre aquí.
-Bien dicho, señor Clifton -replicó el tío con voz segura. -¡Insisto en que aquí estaremos muy bien! ¡Haremos un paraíso de nuestra isla! Digo nuestra porque es perfectamente nuestra. Por otro lado, fíjese que si no tenemos nada que esperar de los hombres, tampoco tenemos nada de qué temerles. Eso hay que tenerlo en cuenta. ¿La señora Clifton se ha resignado a su nueva situación?
-Sí, Tío, es una mujer valiente y su confianza en Dios no va a debilitarse.
-No nos abandonará -erijo el tío. -Me parece, además, que sus hijos están encantados de estar aquí.
-Entonces, tío Robinson, ¿usted no lamenta nada? -Nada, o mejor dicho sí, una sola cosa. -¿Cuál?
-,Tengo que decirlo?
-Sí, Tío.
-Pues bien, el tabaco. Sí, el tabaco. ¡Daría una de mis orejas por fumarme una pipa!
Clifton no pudo impedir una sonrisa al escucharlo expresar su reclamo. Como no era fumador, no podía entender esa imperiosa necesidad creada por el hábito. No obstante, tomó debida nota del deseo del tío Robinson, pensando que alguna vez habría de satisfacerlo.
La señora Clifton había reclamado que hicieran un gallinero. Su marido consideró que era prioritario comenzar por ahí su instala­ción en la isla. Cerca del espacio cercado, sobre la derecha, se for­mó otro recinto de unos cien metros cuadrados de superficie. Esos dos espacios se comunicaban por una puerta interna. En dos días terminaron el cercado. Dos cabañitas de ramas, divididas en compartimientos, sólo esperaban sus huéspedes. Los primeros fueron el par de yuambúes que habían sido capturados vivos en la excursión anterior y a los que la señora Clifton les había cortado las alas. Su domesticación sería muy fácil. Les dieron por compañía algunos de esos patos que frecuentaban el borde del lago, y que tuvieron que conformarse con el agua contenida en los recipientes de bambú que se renovaba todos los días. Esos patos pertenecían a una especie china que abren sus alas en abanico y que, por el color brillante e intenso de su plumaje, rivalizan con los faisanes dorados.
Durante el fin de semana, la caza se organizó con el objetivo de poblar el gallinero. Los niños se hicieron de dos parejas de galli­náceas con la cola larga y redondeada y plumas largas, que po­drían confundirse con pavos; eran guacos que no tardaron en do­mesticarse. Todo ese pequeño mundo, después de algunas disputas, terminó por llevarse bien y de pronto se incrementó en una propor­ción tranquilizadora.
Clifton quiso completar su obra y construyó un palomar en una parte disgregable de la roca. Allí alojaron una docena de zuritas cu­yos huevos habían sido el primer alimento de la familia. Esas pa­lomas se acostumbraron a entrar todas las noche en su nueva mo­rada. Parecían tener una mayor propensión a domesticarse que las torcazas, sus congéneres, que, por otro lado, sólo se reproducen en estado salvaje. Toda esa colonia arrullaba, cloqueaba o piaba fuer­te a su antojo y daba placer escucharla.
En la primera quincena de julio, el tío Robinson hizo prodigios en el arte de la cerámica. Como se recuerda, habían transportado en el bote cierta cantidad de arcilla apropiada para fabricar cacha­rros toscos. Sin torno, el tío tuvo que conformarse con fabricarlos a mano. Eran un poco bastos, medio contrahechos, pero eran ca­charros. Durante la cocción de estos utensilios, no sabiendo toda­vía como regular el fuego, rompió varios, pero felizmente la arci­lla sobraba y después de varios intentos infructuosos, pudo ofrecer a la dueña de casa una media docena de cazuelas y vasijas que le fueron muy útiles. Había, entre otras, una olla enorme, digna del nombre de marmita.
Mientras el tío se ocupaba de fabricar estos artículos de cocina, Clifton, a veces con Marc, otras con Robert, hizo excursiones en un radio de una legua alrededor de la gruta. Así visitó la marisma, abundante en caza, la conejera que le pareció una reserva inagota­ble, el banco de ostras cuyos valiosos bienes fueron dirigidos ha­cia el parque. No dejaba de buscar alguna criptógama49 que pudie­ra servir de yesca, pero aún no la había encontrado. Por esa época el azar le permitió satisfacer uno de los más fuertes deseos de la se­ñora Clifton. La madre no cesaba de reclamar jabón para lavar. Clifton tenía la intención de fabricarlo tratando los cuerpos grasos, aceite o grasa, mediante la soda que producía la incineración de las plantas marinas, pero la operación era larga, y pudo prescindir de ella gracias al descubrimiento de un árbol de la familia de las sapindáceas, el jabonero, cuyos frutos hacen abundante espuma en el agua y que pueden reemplazar el jabón común. El ingeniero cono­cía las propiedades de estos frutos que les permitirían lavar tanta ropa como lo haría sesenta veces su peso en jabón. Puso a dispo­sición de la madre una cantidad de estos vegetales y ella los utili­zó de inmediato con buen resultado.
Harry Clifton habría querido también conseguir si no azúcar de caña, que sólo se encuentra en los productos tropicales, al menos alguna sustancia análoga proveniente del arce o de cualquier otro árbol sacarífero50, y ese fue el objeto de sus asiduas búsquedas en las partes boscosas de la isla.
En una de estas excursiones que hizo en compañía de Marc, Clifton encontró un producto vegetal cuyo hallazgo le produjo una gran alegría, pues habría de permitirle satisfacer el único de­seo del tío Robinson.
El 22 de junio Marc y él exploraron la margen derecha del río en toda la porción boscosa que la limitaba al norte. Marc corría a través de los pastizales cuando le sorprendió el olor que exhalaban unos vegetales de tallo recto, cilíndrico y ramoso en la parte supe­rior; estas plantas muy glutinosas daban flores dispuestas en raci­mo y semillas muy pequeñas. Marc arrancó dos o tres tallos, vol­vió a donde estaba su padre y le preguntó qué era esa planta.
-¿Y dónde la encontraste? -dijo el padre.
-Allí, en el claro -respondió Marc-, crecen abundantemen­te. Tengo la impresión de que las conozco, pero...
-Pues bien, hijo mío, has hecho un descubrimiento muy im­portante. Ya no le faltará nada al tío para ser feliz.
-¡Es tabaco! -exclamó Marc.
-Sí, Marc.
-¡Ah! ¡Qué felicidad! -gritó el joven. -¡Que alegría para ese hombre valiente, el tío! Pero no hay que decirle nada todavía, ¿no es cierto, padre? Tú le harás una buena pipa y un buen día se la presentarás bien cargada de tabaco.
-De acuerdo, Marc.
-¿Es difícil transformar estas hojas en tabaco para fumar?
-No, mi hijo; pero, además, si bien este tabaco no es de pri­mera calidad, siempre será tabaco, y el tío no pedirá más.
Clifton y su hijo hicieron una buena provisión de la planta y la introdujeron "clandestinamente" en la gruta y con mucha precau­ción, como si el tío hubiera sido el más severo de los aduaneros. Al día siguiente, en una ausencia del buen marino, el ingeniero, sepa­rando las hojas más delgadas, las puso a secar, reservándose para picarlas más tarde, después de someterlas a cierta torrefacción so­bre piedras calientes.
La señora Clifton seguía preocupada por la cuestión de los ves­tidos. Las pieles de foca y de zorro azul no le faltaban; pero la di­ficultad estaba en unir esas piezas sin aguja de coser.
A propósito de agujas, el tío contó que una vez había tenido que tragar el contenido de un costurero, "por descuido" -agregó-, pero desgraciadamente esas agujas le habían salido poco a poco del cuerpo, lo cual ahora era de lamentar. No obstante, con espi­nas largas e hilos de coco, la señora Clifton, ayudada por Belle, consiguió confeccionar algunas casacas muy toscas. El tío, que como todos los marinos sabía coser, no la privó de su ayuda y sus consejos.
El mes de junio tocaba a su fin cuando se terminaron esos tra­bajos diversos. El gallinero prosperó y el número de huéspedes se incrementaba día a día. Los agutíes y los carpinchos cazados en los alrededores caían frecuentemente bajo la flecha de los muchachos. La madre se apresuraba en transformarlos en jamones ahumados asegurando de ese modo las provisiones para el invierno. No tenían que temer el hambre. El ingeniero pensaba hacer también un cer­cado destinado a los cuadrúpedos salvajes, musmones y otros que fueran a cazar y domesticar. Organizaron para el 15 de julio una gran expedición con esa finalidad al norte de la isla. Clifton tam­bién quería saber si los bosques de la isla no encerraban algunas variedades de artocarpus, que le serían de tanta utilidad. Este lla­mado árbol del pan crece justamente en esa latitud. El pan, en efec­to, faltaba en la alimentación de todos los días, y Jack todavía re­clamaba un pedazo.
Sin embargo, y por un tiempo bastante largo, la harina de trigo no habría de faltarles. Un día, Belle dio vuelta su bolsillo y dejó caer un grano de trigo, pero sólo uno. Contenta, la niña corrió de inmediato a la gruta donde estaba toda la familia reunida. Mostró su semilla con aire triunfal.
-¡Bueno! -exclamó Robert, siempre burlón -¿qué quieres que hagamos con eso?
-No te rías, Robert -respondió Clifton-; ese grano de trigo es más valioso para nosotros que una pepita de oro.
-Sin duda, sin duda -asintió el tío.
-Un solo grano de trigo -prosiguió el padre-, produce una espiga; una espiga puede dar hasta ochenta granos; así, ese grano de trigo de nuestra pequeña Belle contiene una cosecha entera.
-Pero ¿por qué ese grano de trigo se encuentra en tu bolsillo? -preguntó la señora Clifton a la niña.
-Porque yo se los daba algunas veces a las gallinas a bordo del Vankouver.
-Bien, dijo el ingeniero, guardaremos cuidadosamente tu gra­no de trigo; lo sembraremos en la próxima estación y algún día nos dará pasteles, mi niña.
Belle quedó encantada con esta promesa y se alejó, ufana, co­mo si fuera la mismísima Ceres51, diosa de las cosechas.
Llegó la fecha fijada para la excursión al noroeste de la isla. Se decidió que esta vez Marc quedaría con su madre, Jack y Belle. Clifton, el tío y Robert calculaban ir rápido y en la medida de lo posible regresar la misma noche. A las cuatro de la mañana del día 15 de julio se pusieron en camino. El bote los condujo por el río
hasta el punto en el que terminaba el acantilado del norte. Allí de­sembarcaron y en lugar de contornear la marisma volviendo hacia el río, se dirigieron derecho hacia del noreste.
Ya no había bosque; los árboles se concentraban en bosquecillos aislados, pero todavía no era la llanura. Unos zarzales corta­ban aquí y allá ese suelo por añadidura muy accidentado. Entre los árboles, Clifton identificó algunas especies nuevas, entre otras, el limonero silvestre; sus frutos no valían los de la Provenza, pero contenían ácido cítrico en cantidad suficiente y tenían las mismas propiedades sedativas. El tío Robinson juntó una docena que la se­ñora Clifton sabría agradecer.
-Porque -agregó el marino-, en todo lo que hacemos tene­mos que pensar en nuestra ama de casa.
-Y bien -respondió Clifton -aquí hay también una planta que, si no me equivoco, le dará placer.
-¿Cuál?, ¿esos arbolitos enanos? -exclamó Robert.
-Sin duda -respondió Clifton-, pertenecen a los géneros ericineos52 y contienen un aceite aromático de perfume suave y de sabor picante que es antiespasmódico. Se encuentra en América del Norte y se las llama vulgarmente palommiers. ¡Usted tiene que conocer esta planta, tío Robinson!
-Debería conocerla, pero no la conozco.
-No bajo el nombre de palommier quizás, ¿pero como té de montaña o té del Canadá?
-¡Ah!, señor, ¡no estoy menos sorprendido después de lo que me dice! -respondió el tío. -Ya lo creo, ese té del Canadá es ex­celente, y si se lo toma en infusión se compara con el té del empe­rador de la China. Lamentablemente todavía no tenemos azúcar, pero ya la encontraremos. Hagamos, pues, nuestra cosecha de té, como si las remolachas crecieran en nuestros campos y nuestra azucarera estuviera lista para funcionar.
Los consejos del tío fueron escuchados. La provisión de té fue a sumarse a los limones en las alforjas de viajero; luego, sus dos compañeros continuaron hacia el noreste. Había numerosos pája­ros en esa parte de la isla, pero huían de árbol en árbol y no deja­ban que se les acercaran. Eran principalmente piquituertos, del or­den de los gorriones, que se reconocen por las dos mandíbulas cor­tas del pico; por otra parte, desde el punto de vista comestible, no valían un tiro de arco; pero Robert derribó hábilmente unas galli­náceas del grupo de las tridáctilas, de alas largas y puntiagudas, con la parte superior del cuerpo de color amarillo ceniciento y con rayas negras. Estas tridáctilas caminan torpemente pero vuelan con una extrema rapidez. Sin embargo, no pudieron salvarse de la fle­cha de Robert.
Hacia las once de la mañana hicieron un alto cerca de un ma­nantial. El almuerzo consistió en un pedazo de carpincho frío y de un excelente paté de conejo, realzado con hierbas aromáticas. En el agua del manantial el tío tuvo la idea de mezclar jugo de limón para hacerla menos cruda y logró un excelente sabor. La excur­sión prosiguió. Clifton no dejaba de pensar en su yesca y le asom­braba no haber encontrado todavía una planta de esos parásitos de los que se conocen más de diez mil especies y que crecen por to­das partes.
En ese momento, un frufrú de alas se dejó oír en un monte cer­cano. Robert se adelantó de inmediato, pero Fido lo había precedi­do y ya se escuchaban sus gruñidos.
-¡Quieto, Fido, quieto! -exclamó Robert.
Pero esta recomendación sin duda no habría sido escuchada si Robert no hubiera llegado enseguida. La víctima de Fido era un magnífico gallo salvaje que el muchacho todavía pudo salvar vivo. Clifton no podía equivocarse sobre el origen de esta gallinácea. Pertenecía evidentemente a la raza doméstica y a esa variedad lla­mada Bantam; las plumas de su tarso le forman una especie de puño. La conformación particular de este animal provocó esta obser­vación de Robert:
-¡Miren, tiene un cuerno en la cabeza!
-¿Un cuerno? -exclamó el señor Clifton examinando el animal.
-En efecto -agregó el tío-, un cuerno, y bien implantado en la base de la cresta53. Este gallo sería temible en una riña. ¡Y bien, señor Clifton, yo que creía haber visto todo, nunca había visto ga­llos con cuernos!
Harry Clifton no respondía. Observaba atentamente el pájaro con una mirada especial y se limitó a decir:
-Sí, se trata efectivamente de un gallo Bantam.
El tío ató las alas del animal, que quería llevar vivo al gallinero, y los viajeros continuaron la excursión, torciendo un poco ha­cia el Este, a fin de recuperar el curso del río. Los hongos del gé­nero políporo y las morillas que pueden reemplazar a la yesca bri­llaban por su ausencia. Pero felizmente apareció una planta que podía servir para ese uso. Pertenecía a esa innumerable familia de las compuestas. Era la artemisa, o artemisa común que cuenta en­tre sus principales especies al ajenjo, el toronjil, el estragón, el ajenjo alpino, etcétera. Esta era la artemisa china o artemisa omoxa, estaba recubierta de un vello algodonoso y era frecuentemente utilizada por los médicos en el Imperio Celeste .
Clifton se acordaba bien de que las hojas y tallos de esta planta revestida de pelos largos y sedosos se encendían en contacto con una chispa cuando estaban muy secos.
-¡Por fin, he aquí nuestra yesca! -exclamó Clifton.
-¡Bueno! -respondió con alegría el tío-, no hemos perdido nuestro día. No veo qué otra cosa mejor podría habernos concedi­do la Providencia, no en verdad, no la veo, pero no la tentemos, y ya vámonos.
Recogieron cierta cantidad de artemisa y se encaminaron hacia el sudoeste. Dos horas después llegaron a la margen derecha del río y a las seis de la tarde estaba toda la familia reunida en el cam­pamento. En la cena hubo una deliciosa langosta capturada por Marc en las rocas de la punta. Clifton contó todos los detalles de su excursión. El gallo Bantam fue llevado al gallinero, donde se convirtió en un hermoso ornamento.
Pero, terminada la comida, ¿quién fue el sorprendido, el emo­cionado propiamente? De verdad, el tío Robinson, cuando Belle se le acercó y le entregó una pata soberbia de crustáceo, bien roja, muy reluciente y completamente llena de tabaco. Al mismo tiem­po, Jack le ofreció una brasa.
-¡Tabaco! -gritó el tío. -¡Y no me habían dicho nada!
El noble marino parpadeaba y, a pesar suyo, sus ojos se le hu­medecieron. Encendió de inmediato la pipa y un olor exquisito a scaferlati perfumó la atmósfera.
-Ya ve usted, mi noble amigo -dijo entonces Clifton-, la Providencia, aunque ya hubiera hecho mucho por nosotros, toda­vía le reservaba una agradable sorpresa.


CAPITULO 22


El tío Robinson veía colmados todos sus deseos: ¡una isla so­berbia, una familia adorada, una pipa y tabaco! Si alguna na­ve se hubiera presentado en ese momento, con seguridad él habría vacilado en abandonar ese rincón de la tierra.
Y, sin embargo, ¡cuántas cosas faltaban todavía en la pequeña colonia! Harry Clifton no sabía lo que le deparaba el futuro, pero no descuidaría de ningún modo la educación de sus hijos. No tenía ningún libro para poner entre sus manos, pero él, verdadera enci­clopedia viva, los instruía sin tregua y a propósito de cualquier co­sa, sacando sus mejores lecciones de las enseñanzas de la natura­leza. Al ejemplo le seguía de inmediato el precepto. Las ciencias y principalmente la historia natural, la geografía, luego el estudio de la religión y de la moral eran practicadas todos los días. En cuan­to a la filosofía, esa filosofía práctica que dan el recto sentido de la vida y una larga experiencia, ¿quién la habría enseñado mejor que el tío Robinson y a qué profesor de Oxford o de Cambridge él no habría podido darle lecciones? La naturaleza se encarga de enseñar todo a quien sabe comprenderla y el tío era un discípulo perfecto de esa escuela. En cuanto a la señora Clifton, con esa ternura de mujer y dignidad de madre, con su amor que unía a todos en ese pequeño mundo, era el alma de la colonia.
Recordemos que los viajeros habían traído de la primera excur­sión cierta cantidad de azufre recogido en la sulfatera. La intención del ingeniero era fabricar una pólvora de cañón más o menos per­fecta, si el azar le hacía descubrir el salitre. Pues bien, el 20 de ju­lio, exploraba las cavidades del acantilado del norte cuando en­contró una especie de gruta húmeda con las paredes cubiertas de eflorescencias salinas de azotato de potasio. Este azotato natural era el nitro o salitre. Con el tiempo esa sal afloraba en la superfi­cie del granito por capilaridad.
Clifton comunicó su descubrimiento al tío y le anunció su pro­pósito de fabricar pólvora.
-No obtendré una pólvora perfecta -agregó-, porque al no poder desprender mediante refinamiento las materias extrañas que encierra, tendré que utilizarlo en su estado natural; pero tal como está, si fuera necesario, esta pólvora podrá servirnos para excavar la roca o hacerla saltar.
-Perfecto, señor -respondió el tío -así podremos agrandar­nos y construir depósitos alrededor de la gruta.
-Además -prosiguió Clifton-, esa sal de nitro nos servirá para cubrir de salitre el suelo del patio. Con una mezcla de salitre y bien apisonado, será más duro e impenetrable para la lluvia.
Fue el primer uso que le dieron al salitre. El patio y el suelo mis­mo de la gruta, con ese apisonado, llegaron a tener la consistencia del granito, y la madre pudo tenerlo reluciente como un parqué.
El ingeniero se ocupó finalmente de la fabricación de la pólvo­ra. Sus hijos siguieron con interés todos los detalles; aunque el ar­senal de la colonia sólo consistía en una pistola a piedra, este asun­to de la pólvora los apasionaba como si hubiesen tenido que abas­tecer un parque de artillería.
La pólvora no es más que una mezcla íntima de salitre, de azu­fre y de carbón que al inflamarse desarrolla una cantidad conside­rable de gas, cuya fuerza se utiliza ya sea en las armas de fuego, ya sea en los hornos de las minas. Clifton poseía el salitre y el azufre. No tenía más que procurarse el carbón de leña. Eso fue fácil, a fal­ta de madera de castaño o de álamo, que entran en la fabricación de las pólvora de guerra, el ingeniero empleó el olmo, cuyo carbón es utilizado especialmente para la pólvora de mina. Eligió unas ramas nuevas a las que les quitó la corteza que habría producido demasia­das cenizas y las carbonizó en unas fosas cavadas a ese efecto.
Inútil decir que el ingeniero conocía las dosis convenientes. So­bre cien partes, la pólvora contiene sesenta y cinco de salitre, do­ce y medio de azufre y doce y medio de carbón. Esas tres sustan­cias fueron sometidas a diversos procedimientos, de trituración, mezcla, humectación y, por fin, al de compresión mediante la ac­ción de una mano de madera sobre un mortero grueso de barro que el tío había fabricado. Clifton obtuvo una especie de galleta tosca que sólo había que granular.
Esa era la parte difícil pero indispensable de la operación. En efecto, si la pólvora quedaba en estado de polvo, deflagraría; su de­flagración no se vería instantáneamente, y no se produciría ningún efecto explosivo. Sería una mezcla deflagrante y no detonante.
El ingeniero trató de obtener, por lo tanto, un granulado cual­quiera. La pólvora fue reducida a pólvora fina. La dejó secar du­rante dos días; luego la rompió en pedacitos y colocó esos frag­mentos en un recipiente de barro redondo en el que mediante una cuerda y una polea de bote, le imprimió un movimiento giratorio bastante rápido. Después de un trabajo tesonero y cansador, obtu­vo de ese modo una pólvora de granos gruesos, angulosos, poco li­sos, pero eran granos. Bajo esta forma, la sustancia explosiva fue expuesta a los rayos ardientes del sol que se encargó de secarla por completo.
Al día siguiente Robert no dejó de presionar a su padre a fin de que experimentara su nuevo producto. Limpiaron la pistola y la pusieron en condiciones; una vez acoplado el pedernal, la cargaron y le pusieron el fulminante. Roben quiso tirar primero, pero el tío quiso probar él mismo para no exponer al muchacho en el caso de que la pólvora, demasiado quebradiza, hiciera estallar el arma. To­mó, además, las precauciones necesarias para no lastimarse.
Después disparó. La inflamación de la pólvora en la cazoleta no se produjo rápidamente; pero, por fin, la carga se inflamó y mitad deflagrante y mitad detonante, arrojó del cañón la piedra que el tío había colocado.
Unos hurras más violentos que la detonación misma le respon­dieron. Eran los gritos de alegría de los muchachos. ¡Por fin tenían un arma de fuego! Hubo que permitir que Marc y a Robert dispara­ran por turno la pistola: se fascinaron con el resultado obtenido. En suma, parecía que, si bien la pólvora dejaba mucho que desear co­mo pólvora de guerra, al menos podría ser utilizada como pólvora de mina.
Mientras se cumplían esos trabajos, la señora Clifton no deja­ba de ocuparse del gallinero, que prosperaba a ojos vista. La do­mesticación de gallináceas había resultado ¿por qué no resultaría la de cuadrúpedos? Clifton decidió hacerles un corral especial; eligió un terreno de varias áreas de superficie hacia el norte del la­go, más o menos a una milla del campamento. Era un prado ver­de hacia el cual se podrían derivar fácilmente las aguas del río. El perímetro del nuevo cercado fue trazado por el ingeniero y el tío se ocupó de elegir, derribar y cortar los árboles destinados a hacer las estacas de la empalizada. El trabajo era rudo, pero fue llevado a término, sin prisa de cualquier manera, porque el tío no pensa­ba poblar el corral antes de la próxima primavera. Se comprende que durante la realización de esta obra las visitas al bosque fueran frecuentes. El tío lo modelaba poco a poco al tirar abajo los árbo­les que necesitaba y trazaba allí senderos que hacían su explota­ción más fácil.
En una de esas excursiones, el ingeniero descubrió un árbol pre­cioso de la familia de las cicadáceas, muy común en el Japón, y cu­ya presencia parecía probar que la posición de la isla era menos septentrional de lo que se pensaba.
Ese día, después de un almuerzo excelente, en el que no se ha­bían ahorrado ni el pescado ni la carne, Clifton dijo a sus hijos:
-Y bien, hijos míos, ¿qué piensan ustedes de nuestra existen­cia? ¿Les falta algo?
-No, padre -respondieron al unísono Marc, Robert y Jack. -¿Ni siquiera una comida?
-¡Si serán difíciles! -exclamó el tío. -Caza, pescado, mo­luscos, frutas ¿qué más quieren?
-¡Ah, sí! -dijo Jack-, nos falta algo.
-¿Qué? -preguntó el padre.
-Pasteles.
-¡Vean a nuestro goloso! -replicó Clifton -pero tiene razón el niño, no nos está permitido quejarnos por el pan, pero sí por los pasteles.
-Es cierto -dijo Flip -nos hemos olvidado del pan. Pero no se preocupen, mis señores, haremos pan, cuando el grano de trigo de la señorita Belle haya crecido.
-No esperaremos tanto -respondió Clifton-, esta mañana misma he descubierto un árbol que produce una excelente fécula.
-¡Sagú -exclamó Marc-, como en el Robinson suizo!
-¡Sagú -agregó el tío-, pero si es una sustancia excelente! Lo he comido en las islas Molucas; allí hay bosques enteros de sagúes y cada tronco puede contener hasta cuatrocientos kilos de esa médula con la que se hace una masa muy nutritiva. ¡Es un valioso descubri­miento el que ha hecho! ¡Vayamos hacia el bosque de los sagúes!
El tío ya se había levantado y había agarrado su hacha. Clifton lo detuvo.
-Un instante, Tío -dijo-, no he hablado de un bosque de sa­gúes; ese árbol es propio de las regiones tropicales y nuestra isla ciertamente está situada al norte del trópico. ¡No! Se trata muy simplemente de un vegetal que pertenece a la familia de las cicadáceas y que produce una sustancia análoga al sagú.
-Pues bien, señor, será recibido como el sagú mismo.
Clifton y el tío dejaron a los hijos en la gruta y tomaron ensegui­da el camino del bosque, y llegaron al río que tenían que atravesar.
-Señor -dijo el tío deteniéndose en la orilla-, tendremos que decidirnos a hacer un puente en este lugar, porque traer siem­pre el bote hasta aquí es una pérdida de tiempo considerable.
-Estoy de acuerdo -respondió el ingeniero-; haremos un puente giratorio que se pueda volver a traer a la margen izquierda, la que forma nuestra frontera natural de este lado; y no hay que ol­vidar que este río nos cubre al norte, al menos contra los animales salvajes.
-Sin duda -respondió el tío-, pero el paso les queda total­mente abierto por el sur.
-¿Y qué nos impide -dijo Clifton -cerrar ese paso ya sea con una empalizada larga, ya sea por una derivación de las aguas del lago? ¿Quién nos lo impide?
-No seré yo -respondió el tío Robinson-, pero mientras nuestro puente no esté construido, yo tiraré abajo un árbol que nos llevará hasta la otra orilla.
Unos minutos más tarde, Clifton y el tío se dirigían al bosque, en dirección noreste. Fido los acompañaba y frecuentemente hacía que los carpinchos y los agutíes se levantaran de entre los arbus­tos. El tío advirtió también varias bandas de monos que huían por las ramas, tan rápidamente, por otro lado, que no se podía recono­cer a qué especies pertenecían.
Después de media hora de marcha los dos compañeros llegaron al límite del bosque, a una vasta llanura sembrada de bosquecillos de árboles que parecían palmeras. Eran los que había señalado Clifton. Pertenecientes a la especie de Cycas revoluta, tenían un tronco simple, cubierto de una suerte de escamas, y hojas veteadas de pequeñas nervaduras paralelas. Por su baja altura parecían más arbustos que árboles.
-Aquí los tiene, estos son los valiosos vegetales -señaló Clifton-, en el tronco se encuentra la harina alimenticia y la na­turaleza ha tenido la delicadeza de dárnosla ya molida.
-Señor Clifton -respondió el tío-, la naturaleza hace bien lo que hace. ¿Qué sería del pobre diablo abandonado en una costa de­sierta si la naturaleza no viniera en su ayuda? Vea usted, yo siem­pre he pensado que había islas para náufragos, creadas especial­mente para ellos, y ciertamente ésta es una de ellas. ¡Ahora, manos a la obra!
Dicho esto, el tío y el ingeniero se dedicaron a cortar los tron­cos de cycas y después, no queriendo cargar con un árbol inútil, decidieron extraerles la harina en el lugar.
El tronco de las cycas estaba compuesto de un tejido glandu­lar; encerraba cierta cantidad de médula farinosa atravesada por haces leñosos y separada por anillos de la misma sustancia, dis­puestos de manera concéntrica. A esta fécula se le sumaba un ju­go mucilaginoso de un sabor desagradable que era fácil de ex­traer a presión. Esta sustancia celular formaba una verdadera ha­rina de calidad superior, de la que bastaba una porción muy pe­queña para alimentar a una persona. Clifton informó al tío que, en otros tiempos, las leyes del Japón prohibían exportar ese pre­cioso vegetal.
Trabajaron varias horas y extrajeron una apreciable cantidad de harina; cargados con su cosecha retomaron después del camino al campamento. Al entrar en el bosque, Clifton y el tío Robinson se encontraron en el medio de numerosas bandas de monos. Esta vez pudieron observarlos más atentamente. Eran de tamaño grande y debían ser considerados como los primeros del orden de los cua­drúmanos. El ingeniero no tenía dudas. Ya fueran chimpancés, orangutanes, gorilas o gibones, estos individuos pertenecían cier­tamente a la familia de los monos antropomorfos, así llamados a causa de su semejanza con la raza humana.
Estos animales pueden llegar a ser formidables adversarios, porque tienen a su favor la fuerza y la inteligencia. ¿Ya se habrían encontrado éstos en presencia de seres humanos? ¿Sabían lo que tenían que pensar de ese bípedo? Sea como fuere, miraban pasar a Clifton y al tío haciendo proezas, contorsiones y muecas. Estos ca­minaban de buen paso, como si no les preocupara entablar una lu­cha con esos animales temibles.
-Señor -decía el tío-, tendríamos que estar bien en forma para vérnosla con un racimo de semejantes mocetones.
-En efecto -asintió Clifton-, es un problema que esos mo­nos nos hayan visto; sería lamentable que nos sigan hasta la gruta.
-No hay que temer -afirmó el tío-; el río les cortará el pa­so. Apuremos la marcha.
Los dos compañeros caminaron rápidamente sin provocar a las tropa gesticulante con un gesto ni con una mirada. Los monos, una decena, seguían escoltándolos. De tanto en tanto, uno de ellos, un orangután grande que parecía ser el jefe de la banda, se acercaba a Clifton o al tío y los miraba de frente y regresaba cerca de sus con­géneres.
En esas condiciones el ingeniero pudo observarlo minuciosa­mente. Ese orangután medía más de seis pies. Su cuerpo admira­blemente proporcionado, su pecho ancho, su cabeza mediana con un ángulo facial de sesenta grados, su cráneo redondeado, su nariz aguda, su piel cubierta de un pelaje pulido, suave y reluciente, ha­cían de él un tipo cabal de la familia de los antropomorfos. Sus ojos, un poco más pequeños que los de los humanos, brillaban con una vivacidad inteligente. Los dientes blancos aparecían bajo su bigote y llevaba una barba rizada de color avellana.
-Un lindo muchacho, a fe mía -murmuraba el tío. -Si su­piéramos su idioma, podríamos conversar.
Entretanto, Clifton y él seguían caminando con paso rápido. Po­co a poco observaron con satisfacción que la banda se dispersaba en el bosque. La escolta se redujo a tres o cuatro monos, y pronto sólo el orangután los siguió. El animal se pegaba a sus pasos con una pertinacia incomprensible. En cuanto a distanciarse de él, no había que ni pensarlo por el momento; sus largas piernas debían hacer de él un corredor olímpico.
Por fin, a las cuatro, Clifton y el tío llegaron al río. Encontraron fácilmente el lugar donde habían amarrado la balsa improvisada. Allí se iba a decidir la cuestión del mono.
El orangután había avanzado hasta la orilla; miraba a los dos hombres cargar sus provisiones sobre la balsa y observaba todos sus movimientos con interés; luego se paseaba a grandes pasos, miraba la otra orilla y parecía poco dispuesto a abandonar a sus compañeros de ruta.
-Atención -dijo el tío-, este es el momento de largarse.
La amarra del bote había sido desatada. Clifton y el tío saltaron con presteza a bordo y comenzaron a apartarse de la orilla. Pero en ese momento el orangután dio un salto y vino a caer en un extremo de la balsa, a riesgo de hacerlos zozobrar. El tío, con el hacha en la mano, se precipitó entonces hacia el mono; pero éste, inmóvil, lo miró fijamente sin hacer ninguna demostración de hostilidad.
El tío bajó su arma. Luchar con el mono era evidentemente ino­portuno y, por otro lado, peligroso en esas condiciones; una vez en la otra orilla ya verían qué hacer.
Atravesaron el río. El tío y Clifton desembarcaron. El mono hi­zo lo propio después de ellos, que siguieron el camino hacia la gru­ta. El mono los seguía. Contornearon la costa septentrional del la­go, franquearon la cortina de cocoteros, marcharon a lo largo del acantilado, el mono no los abandonaba. Por fin llegaron a la em­palizada, abrieron la puerta y la cerraron rápido tras de ellos.
La noche ya había caído, una noche que unas nubes espesas ha­cía más oscura. ¿El mono seguía allí? Sí, porque en varias ocasio­nes un grito extraño se dejó escuchar y perturbó el silencio de la profunda oscuridad.


CAPITULO 23


Durante la cena Clifton contó a su mujer y a sus hijos las di­versas peripecias que habían sucedido en la excursión, y se pusieron de acuerdo en que dejarían para el día siguiente la solu­ción del problema. Todos se levantaron temprano. Los niños fue­ron de inmediato a mirar a través de los intersticios de la empali­zada. Sus exclamaciones atrajeron a Clifton y al tío Robinson.
El orangután seguía allí. Ora apoyado contra un tronco de árbol con los brazos cruzados, examinaba, por así decirlo, el espacio cer­cado. Ora avanzaba contra la puerta, la sacudía con mano vigoro­sa y, al no poder abrirla, regresaba a su puesto de observación.
La familia entera lo examinaba detrás de las estacas.
-¡Qué hermoso mono! -exclamó Jack.
-Sí -asintió Belle-, qué linda cara tiene. Ya no hace dema­siadas muecas, no le tendré más miedo.
-Pero, ¿qué vamos a hacer? -preguntó la señora Clifton-. No puede estar todo del día de plantón frente a la puerta.
-¿Y si lo adoptáramos? -dijo el tío.
-¿Le parece, amigo mío? -preguntó la señora Clifton.
-A fe mía, señora -continuó el tío-, hay monos muy bue­nos. Este, por ejemplo, sería un excelente criado. A menos que me equivoque demasiado, creo que tiene la intención de colocar­se en nuestra casa. Sólo que será difícil pedir sus antecedentes pa­ra tomarlo.
El tío, riéndose, no exageraba de ninguna manera. La inteligen­cia de estos antropomorfos es verdaderamente notable. Su ángulo facial es muy inferior al de los australianos o los hotentotes. Ade­más, el orangután no tiene la ferocidad del babuino, ni los arran­ques del macaco, es más limpio que el zagüí, no se impacienta co­mo el chimpancé, no tiene los instintos violentos del cinocéfalo, ni el mal carácter del llamado "mona". Harry Clifton sabía mucho so­bre estos ingeniosos animales y citó varios ejemplos que denota­ban en estos individuos una inteligencia casi humana. Les contó a sus hijos que los orangutanes sabían encender el fuego y servirse de él. Varios tipos de monos habían sido empleados en las casas; servían la mesa, limpiaban los cuartos, se ocupaban de la ropa, sa­caban agua, lustraban los zapatos, manejaban hábilmente el cuchi­llo, la cuchara, el tenedor, comían todo tipo de comida, bebían vi­no y licores, etcétera. Buffon tenía uno de esos monos que le sir­vió mucho tiempo como un fiel y celoso doméstico.
-Muy bien -respondió entonces el tío-, y puesto que así son las cosas, no veo por qué este orangután no sería admitido como sirviente en nuestra colonia. Parece ser joven, su educación será fá­cil y ciertamente se apegará a unos amos bondadosos con él.
Harry Clifton reflexionó unos instantes, se volvió hacia el tío y le dijo:
-¿Lo dice en serio? ¿Realmente piensa adoptar este animal?
-Muy en serio, señor. Verá usted que no tendremos necesidad de emplear la fuerza para domesticarlo ni de arrancarle los caninos como suele hacerse en parecidas circunstancias. Este orangután es vigoroso y puede convertirse en una preciosa ayuda para nosotros.
-Bueno, entonces intentémoslo -respondió Clifton-, más tarde, si su presencia se vuelve demasiado molesta veremos cómo sacárnoslo de encima.
Estuvieron de acuerdo, y Clifton hizo entrar a sus hijos en la gruta; luego el tío y él salieron fuera del espacio empalizado.
El orangután había vuelto cerca del árbol; dejó que sus futuros amos vinieran hacia él y los miró balanceando suavemente la ca­beza. El tío había tomado unas almendras de coco y se las ofreció al mono. Este se las llevó a la boca y las comió con una evidente satisfacción. Tenía ciertamente una linda cara.
-Y bien, muchacho -le dijo el tío con tono festivo -¿cómo estás?
El orangután respondió con un pequeño gruñido de buen humor.
-¿Así que queremos formar parte de la colonia? -preguntó el tío. -¿Queremos entrar al servicio del señor y de la señora Clifton?
Nuevo gruñido de aprobación.
-¿Y nos conformaremos con la comida como único salario? -agregó el tío tendiéndole la mano.
Este respondió con el mismo gesto, estrechó la mano del noble marino y dejó salir un tercer gruñido.
-Su conversación es un poco monótona -observó Clifton, riéndose.
-Señor -replicó el tío. -Los sirvientes que hablan poco son los mejores.
El orangután se había levantado entretanto y se dirigía delibera­damente hacia la gruta. Entró en el recinto empalizado. Los herma­nos estaban en el umbral de la habitación, los dos más chicos junto a su madre abrían los ojos asombrados viendo el gigantesco animal. Este parecía inspeccionar los sitios; examinó el gallinero, echó una
mirada en el interior de la gruta, luego regresó hacia Clifton a quien parecía haber reconocido como el jefe de la familia.
-Y bien, mi amigo -dijo el tío -¿la casa le conviene? ¿Sí? Trato hecho. Por ahora no le daremos sueldo, pero le daremos do­ble más tarde si estamos contentos con usted.
Es así que, sin mayores cumplidos, el orangután se instaló en la casa de los Clifton. Decidieron que le construirían una cabaña de troncos en el ángulo izquierdo del patio; en cuanto al nombre el tío pidió que, copiando el de gran cantidad de negros americanos, lo bautizaran Júpiter. Para abreviar lo llamaron maese Jup.
Clifton no tuvo que arrepentirse de haber agregado este nuevo recluta. El orangután, era una maravilla de inteligencia y de una docilidad ejemplar; el tío lo adiestró en diversas tareas que apren­dió a la perfección. Quince días después de su admisión en la fa­milia, arrastraba madera que había que buscar en el bosque, traía agua del lago en los recipientes de bambú, barría el patio. Si había que subir a lo alto de un cocotero para recoger frutos, nadie lo ha­cía mejor y el ágil Robert no podía competir con él. Durante la no­che montaba guardia con una sagacidad que Fido habría envidia­do. Por otro lado, el perro y el mono hacían buena pareja. En cuan­to a los niños, rápidamente se acostumbraron a los servicios del mono. Jack, un poco burlón, no se separaba de él; el amigo Jup se prestaba a sus juegos y se dejaba hacer.
Los días pasaban. Era mediados de septiembre cuando llegaron a la mitad de esos trabajos. En previsión del cercano invierno, habían al­macenado reservas de todo tipo. El tío Robinson construyó un vasto hangar cubierto contra un ángulo del acantilado, que sirvió de leñera y fue llenado de troncos. Las cazas se organizaron regularmente y pro­curaron gran cantidad de agutíes y carpinchos cuya carne fue salada y ahumada; además, el gallinero estaba poblado de gallináceas de toda clase, que aseguraban a la colonia un alimento fresco durante los días de la temporada de lluvias. Hicieron en las rocas del sur una verdade­ra redada de tortugas marinas cuya carne, cuidadosamente conserva­da, prometía unas sopas excelentes en el futuro. Inútil agregar que las provisiones de sagú eran renovadas en abundancia; bajo forma de pan, galletas o pastel, esa sustancia era un alimento fundamental, y la se­ñora Clifton amasaba con un talento superior. La cuestión alimentaria estaba más o menos resuelta para el invierno.
En cuanto a la cuestión de la ropa, no tenía ya que preocupar a la señora Clifton. Gracias a los cuidados del tío, no faltaban las pie­les y había prendas de piel abrigadas de todos los talles. Lo mismo para el calzado; el tío había confeccionado con mucha habilidad zuecos mitad de madera, mitad de cuero, que les servirían para los días de lluvia o de nieve. Algunas, de caña alta, podían usarse en las cacerías del pantano, cuando el frío hubiera disminuido la caza acuática en el norte de la isla. Y para la cabeza, había gorros, bone­tes, casquetes, a costa de las nutrias marinas. No habrían encontra­do unas mejores, ni en calidad ni en cantidad. Las nutrias, en efec­to, parecían haberse refugiado en esa parte del Pacífico, y los mu­chachos habían sorprendido varias entre las rocas del sur de la isla.
Hay que decir sin embargo que el deseo del tío de obsequiar a Clifton un buen abrigo de piel de oso aún no había podido cum­plirse. No faltaban las huellas de oso, pero hasta ese momento esos animales no se habían dejado ver. Se veía gran cantidad de pisadas sobre todo al sur del lago y en el camino hacia la conejera. Evi­dentemente algunos de esos animales pasaban por ese lugar para ir a beber en las aguas del lago. El tío resolvió entonces emplear el único medio que podía conducir a la captura de uno de esos plantígrados. Con la ayuda de Marc, a quien confió su plan, cavó una fosa profunda y ancha de diez a doce pies, después disimularon cuidadosamente la entrada bajo una cubierta de ramaje. Era un mé­todo muy rudimentario pero el tío no podía hacerlo de otro modo, no tenía armas suficientes para atacar a un oso cuerpo a cuerpo; só­lo había, pues, que contar con la suerte; había que esperar que en la oscuridad de la noche alguno de esos animales cayera en la fosa. Por eso, cada mañana, con uno u otro pretexto, el tío y Marc iban a visitar la fosa, que desgraciadamente estaba siempre vacía.
Entre todas esas diversas preocupaciones, el tío no descuidaba la educación de su mono. Tenía que vérselas, por añadidura, con un animal de una notable inteligencia. El orangután se esmeraba con valor y habilidad en los arduos trabajos domésticos. El tío le tenía mucho afecto, y un detalle insignificante vino en el fondo a estrechar aún más sus lazos de amistad. Un día el tío encontró al maestro Jup fumando su pipa, sí, su propia pipa de pata de can­grejo, y el tabaco parecía provocarle un gran placer. Divertido y fascinado, el tío le contó la anécdota al señor Clifton, que no se sorprendió menos con la noticia, y trajo varios ejemplos de monos a los que la costumbre de fumar les era familiar. A partir de ese día maese Jup tuvo una pipa para él, que colgaron en su cabaña, cerca de su provisión de tabaco. Maese Jup la cargaba él mismo, la en­cendía con una brasa y se la fumaba con arrobo; además, todas las mañanas el tío le ofrecía un vasito de coco fermentado. La señora Clifton tenía miedo de que eso le creara la costumbre de beber, pe­ro el tío invariablemente le respondía:
-No se preocupe, señora, este mono ha recibido una buena educación y no será jamás un cliente de taberna.
Todo ese mes de septiembre hizo buen tiempo. Ni lluvia, ni viento. Una brisa ligera, mañana y tarde, refrescaba el aire. Las ho­jas de los árboles, doradas por el otoño, comenzaban a caer poco a poco. La estación fría no se hacía sentir todavía, hasta que la ma­ñana del 29 de septiembre la familia escuchó sorprendida que el pequeño Jack gritaba afuera:
-¡Marc, Robert, vengan! ¡Está nevando! ¡Cómo nos vamos a divertir!
Todo el mundo salió. El suelo, desde la gruta hasta el mar, es­taba absolutamente intacto. Robert ya se burlaba de Jack cuando éste mostró el islote enteramente cubierto de una manto blanco.
-Esto sí que es raro -dijo Clifton.
En efecto, esa nieve en esa época del año y en el momento en que un sol magnífico se elevaba en el horizonte era inexplicable.
-¡Bueno! -exclamó el tío. -Estamos en el islote "fenómeno".
-Hay que ver de que se trata -dijo Clifton.
-Tomemos el bote y atravesemos el canal -propuso Marc.
Empujar el bote hacia el mar fue cuestión de un instante. Con unos golpes de remo la embarcación abordó el islote; pero en el momento en que encallaba, la presunta capa de nieve se levantó y, desplegándose como una nube gigantesca del lado de la isla, ocul­tó por un instante la luz del sol. Esa nieve era una inmensa banda­da de pájaros blancos cuyo nombre no supo decir Clifton, que de­saparecieron, hasta el último de ellos, en las alturas del cielo.
Mientras, la estación lluviosa se acercaba, los días se habían acortado considerablemente; era el comienzo de octubre. No había más que alrededor de diez horas de luz, contra catorce de noche. Había pasado el tiempo de emprender ese viaje de circunnavega­ción que Clifton quería hacer. Era el comienzo de los vendavales del equinoccio y unas recias borrascas castigaban el mar. La frágil embarcación no podía exponerse a ser arrojada sobre las rocas o a ser arrastrada hacia alta mar. En consecuencia, hubo que posponer ese proyecto de exploración para el año siguiente.
Las noches ya eran largas; el sol se ocultaba a las cinco y me­dia de la tarde. Esas veladas transcurrían en familia, todos conver­sando, aprendiendo. Se hacían planes para el futuro y hay que re­conocer que la pequeña colonia se había aclimatado absolutamen­te a su isla.
Para esas largas noches de invierno, Clifton tuvo que encontrar una forma de iluminación, pues no querían acostarse al atardecer. Le había recomendado a la señora Clifton que guardara todas las grasas de animal que entraban en la composición del sebo. Pero este sebo estaba en estado bruto. Como no tenían ácido sulfúrico no podían purificarlo, ni desechar sus partes acuosas. No obstante, tal como estaba, así había que utilizarlo. Con una basta mecha de fi­bra de coco, Clifton fabricó velas que chisporroteaban al arder. Pe­ro, en fin, daban luz y al menos iluminaban la mesa en torno a la cual se acomodaba la familia. El año próximo buscarían otra for­ma de iluminación y la remplazarían por otra más perfecta, en la que la grasa fuera reemplazada por el aceite, -¡en espera del gas!- decía el tío, que no se arredraba ante nada.
Aunque su isla le pareciera perfecta y completa tal como esta­ba, una noche confesó que todavía le faltaba algo.
-¿Qué le falta? -preguntó la señora Clifton.
-No lo sé, pero me parece que nuestra isla no existe lo sufi­ciente, que no es seria.
-¡Bueno! -dijo el ingeniero. -Entiendo lo que dice, Tío; lo que le hace alta a nuestra isla es un estado civil regular.
-Justamente.
-Y lo que le falta es un nombre.
-¡Un nombre, un nombre! -gritaron los niños con una sola voz, le demos un nombre a nuestra isla.
-Sí -respondió el padre -y no solamente a la isla, sino tam­bién a las diversas partes que la componen. Eso simplificará nues­tras instrucciones en el futuro.
-Y cuando uno vaya a alguna parte al menos sabrá a dónde va -respondió el tío.
-¡Propongamos nuestros nombres! -exclamó el impetuoso Roben. -Propongo llamarla isla Robert-Clifton.
-Un momento, muchacho -respondió el ingeniero-, tú sólo piensas en ti. Si a los cabos, los promontorios, los cursos de agua,
las montañas de esta isla les ponemos nombres que nos son caros, bauticémoslos también con nombre que nos recuerden un hecho o una situación. Pero antes procedamos con orden. Primero el nom­bre de la isla.
La discusión comenzó. Varios nombres se propusieron y como no se llegaba a un acuerdo:
-A fe mía -dijo el tío -creo que voy a ponerlos de acuerdo. En todas las naciones civilizadas quien tiene el derecho de impo­ner el nombre a su descubrimiento es su descubridor, por lo tanto les propongo llamar Clifton a esta isla.
-De acuerdo -respondió vivamente el ingeniero-, pero enton­ces que ese honor le sea concedido al verdadero descubridor de esta isla, a quien salvó a mi mujer y a mis hijos, a nuestro devoto amigo, ¡y que esta isla se llame de ahora en adelante "Flip Island"!
Los hurra estallaron. Los niños se apretaban alrededor del tío Robinson. El señor y la señora Clifton se pusieron de pie y le es­trecharon las manos. El noble marino, muy emocionado, quería defenderse contra semejante honor, pero la unanimidad estaba en contra suya y, a pesar de su modestia, tuvo que rendirse. Así la is­la adquirió definitivamente el nombre de Flip Island, y es con ese nombre que aparece en la cartografía moderna.
Los nombres secundarios se discutieron después y el tío obtuvo sin esfuerzo que el volcán que dominaba la isla se llamara "Clifton Mount". La conversación prosiguió sobre este tema; los nombres de situación dieron lugar a interesantes debates entre los hijos, con los siguientes resultados: la bahía en la que desembocaba el río se lla­mó "Primera Vista", puesto que había recibido las primeras miradas de los náufragos; el río, de curso bastante sinuoso, tomó el nombre, que se justificaba con creces, de "Serpentive River".
La marisma del norte, cerca de donde el tío había encontrado a Clifton, recibió el nombre de "Marisma de la Salvación", el cabo donde terminaba la isla al norte, "Cabo Mayor", y el que termina­ba en el Sur, "Cabo Menor", en honor de Marc y Robert; el lago fue llamado "Ontario", que recordaba a esa familia abandonada la patria ausente; el canal situado entre el islote y la costa, recibió el nombre de "Canal Harrison", en memoria del infortunado capitán del Vankouver; el islote el nombre de "Foca". Y, finalmente, el puerto formado en el fondo de la bahía "Primera Vista" por la de­sembocadura del río, fue llamado "Puerto Deo Gratias", testimo­nio de reconocimiento a Dios que de manera tan ostensible había protegido a la familia.
Belle y Jack se resintieron un poco porque sus nombres habían sido omitidos en esa lista geográfica, pero el señor Clifton les pro­metió reservarlos para los próximos descubrimientos que se hicie­ran en la isla.
-En cuanto a su querida madre -agregó-, no olvidaremos su nombre. El tío y yo queremos construir una vivienda confortable que será nuestra residencia principal, y esa vivienda llevará el nombre de quien más amamos. Se llamará "Elisa House".
Esta última idea fue aplaudida con entusiasmo y no faltaron los besos para la valerosa madre.
La discusión había prolongado la velada. Era hora de ir a la ca­ma. Los niños y la madre se retiraron a sus lechos de piel y de mus­go. El maestro Jup mismo ya había entrado en su cabaña.
Antes de entregarse al sueño, el tío y Clifton, según era su cos­tumbre, fueron a inspeccionar los alrededores de la gruta. Cuando estuvieron solos, el tío agradeció una vez más al ingeniero haber­le dado su nombre a la isla.
-Por fin -dijo -tenemos un isla de verdad, cuya existencia ha sido legalmente constatada y que puede figurar honrosamente en un mapa y, fíjese bien, señor, que podemos reivindicar el dere­cho de haberla descubierto.
-Mi noble amigo -respondió Clifton-, es un asunto grave saber si Flip Island no estuvo habitada antes de que llegáramos a sus costas y, diría más, si no hay en ella otros habitantes aparte de nosotros.
-¿Qué quiere usted decir, señor? -exclamó el tío. -¿Tiene usted algún indicio?
-Tengo uno -respondió Clifton bajando la voz-, uno solo, pero no se lo digo más que a usted para no causar ninguna inquie­tud a nuestra pequeña colonia.
-Tiene usted razón, señor -dijo el tío. -¿Y qué es?
-Veamos. Usted conoce bien ese gallo con cuernos que hemos aclimatado y que tenemos en el gallinero.
-Perfectamente -respondió el tío.
-Y bueno, amigo mío, no creerá que ese cuerno, que ese apén­dice que tiene nuestro gallo sobre la cabeza es natural. No. Cuan­do ese gallo era un pollo joven, le cortaron la cresta y le implanta­ron ese espolón postizo en la base misma de la cresta. Al cabo de quince días, ese verdadero injerto hizo raíz y ahora es parte inte­grante del ave. Es por lo tanto obra de una mano humana.
-¿Y cuántos años tiene ese gallo? -preguntó el tío.
-Apenas dos años. Podemos afamar, por lo tanto, que hace dos años había seres humanos, probablemente blancos, en nuestra isla.


CAPITULO 24


A1 tío le bastó la recomendación del ingeniero y guardó el se­creto sobre el último encuentro, pero las consecuencias que deducía Clifton de la presencia de ese gallo con cuernos en Flip Island eran absolutamente lógicas. Hacía dos años la isla estaba to­davía habitada, el hecho no podía ser puesto en duda. ¿Pero lo es­taba ahora? El tío lo dudaba porque no habían encontrado ninguna huella de criaturas humanas. Por otro lado, esa cuestión sólo podía resolverse después de un conocimiento completo de la isla, el cual había sido pospuesto para el año siguiente.
Octubre transcurrió en medio de ráfagas de viento y las lluvias de equinoccio. El bote había sido retirado para resguardarlo de la resaca y, con la quilla dada vuelta, pasaría el invierno al pie del acantilado. El hangar que servía de leñera estaba repleto de leña, con los troncos apilados cuidadosamente. Las reservas de carne se habían incrementado mucho y la caza, por otro lado, debía abaste­cerlos de tanto en tanto con carne fresca. En cuanto al gallinero, había prosperado bastante y ya resultaba demasiado chico. El ama de casa, ayudada por los niños, se ocupaba mucho en alimentar ese mundo emplumado. Ahora se veía una pareja de avutardas, macho y hembra, y sus polluelos. Estas zancudas pertenecían a la especie llamada Hubara canaria, que se caracteriza porque tiene alrededor del cuello una especie de esclavina de plumas alargadas; estas avutardas se alimentan indistintamente de vegetales o de gusanos. Los patos se habían multiplicado; esos lavancos, cuya mandíbula supe­rior se prolonga en un apéndice membranoso de cada lado, chapo­teaban con entusiasmo en su charco artificial. Se podía observar también un par de gallos negros que tenían ya numerosos pollitos. Eran gallos de Mozambique, que debían ese nombre al color negro de su cresta, de su carúncula y de su epidermis, aunque su carne fuera blanca y de muy buen sabor.
Es de imaginar que, en el interior de la gruta, el tío había teni­do que instalar repisas y armarios. Un rincón especial estaba re­servado a las provisiones vegetales, que eran muchas. Habían co­sechado piñones en abundancia. Se veía también cierta cantidad de esa raíz de la familia de las araliáceas54 que se encuentran en todas las regiones del globo. Eran raíces del Dimorphantus edulis, aro­máticas, un poco amargas, pero agradables al gusto, con las que se alimentan los japoneses en invierno. El tío se acordaba de haberlas comido en Yedo y, en efecto, eran excelentes.
Finalmente, se pudo satisfacer una de las más intensas deside­ata55 de la señora Clifton gracias a los consejos del tío, cuya ex­periencia servía de maravilla para resolver cualquier cosa.
Eran los primeros días de noviembre cuando Harry Clifton dijo a su mujer:
-No es cierto, mi querida, que estarías encantada si pudiéra­mos poner azúcar a tu disposición?
-Por supuesto -respondió la señora Clifton.
-Pues bien, vamos a fabricártela.
-¿Encontraron caña de azúcar?
-No.
-¿Remolachas?
-Tampoco, pero la naturaleza nos ha gratificado en esta isla con un árbol muy común e inestimable, el arce.
-¿El arce nos dará azúcar?
-Sí.
-¿Hay alguien que nunca oyó hablar de eso?
-El tío.
En efecto, el tío no se equivocaba. El arce, uno de los miem­bros más útiles de la familia de las aceráceas, se encuentra por lo general en las regiones templadas, en Europa, en Asia, en el norte de las Indias, en la América septentrional. Sesenta especies com­ponen esta familia, la más provechosa representada por el arce del Canadá, también llamado Acer saccharinum porque produce abun­dantemente una sustancia azucarada. Fue en una excursión al sur, más allá de las colinas que cerraban la parte meridional de la isla, donde Clifton y el tío encontraron numerosos grupos de este árbol.
El invierno era precisamente la estación más favorable para la extracción de azúcar del Acer saccharinum. Resolvieron por lo tanto hacer ese trabajo en los primeros días de noviembre. El pa­dre, el tío, Marc y Robert partieron al bosque de arces, dejando "Elisa House" a cuidado de Fido y del maestro Jup.
Al pasar cerca de la madriguera de los conejos, el tío se desvió apenas para visitar la fosa de los osos, siempre vacía para gran de­silusión suya.
Llegaron al bosque. Roben con su ligereza habitual se echó a reír al ver esos presuntos árboles de azúcar; pero no hicieron caso de sus burlas y comenzaron la operación.
El tío, con ayuda de su hacha, hizo profundas incisiones en una docena de troncos de arce y de pronto un licor azucarado de una limpidez perfecta empezó a correr profusamente. Sólo hubo que recogerlo en los recipientes que habían llevado. Como puede verse, la cosecha propiamente dicha exigía poco trabajo. Cuando hu­bieron llenado los recipientes, el tío los cerró con cuidado y regre­saron a "Elisa House".
Pero no todo estaba terminado. Desde el momento en que había sido recogido, el licor de arce tendía a adquirir un color blanque­cino y la consistencia de un jarabe; pero eso no era todavía esa azú­car cristalizada que reclamaba la señora Clifton. Había que depu­rarla mediante una especie de refinado que era felizmente muy simple. El licor fue colocado sobre el fuego y sometido a cierta evaporación; pronto apareció una espuma en la superficie; cuando la sustancia comenzó a espesarse, el tío tuvo la precaución de re­volverla con una espátula de madera, lo cual debía acelerar la eva­poración e impedir al mismo tiempo que contrajera un sabor em­pireumático56. Después de unas horas de hervor, el licor se había transformado en un jarabe espeso que fue vertido en moldes de ba­rro que el tío había modelado a propósito dándoles formas varia­das. Al día siguiente, ese jarabe enfriado se había convertido en pa­nes y tabletas: era un azúcar de color un poco rojizo, pero casi transparente y de un sabor perfecto. La señora Clifton estaba en­cantada y más que ella Jack y Belle, quienes se preparaban para un futuro de dulces y pasteles y, más que los dos niños, maese Jup, que ya había mostrado ser bastante goloso. Ese era su principal de­fecto, pero se le perdonaba.
El azúcar no iba a faltar en la colonia y, para empezar, se la uti­lizó en una composición que creó una variante del coco fermenta­do. Se hizo de la siguiente manera:
Clifton sabía que con los brotes de ciertas coníferas se prepara un licor antiescorbútico que se utiliza en los barcos que hacen lar­gas travesías. Para ese uso sirven principalmente los brotes del Abies canadienses y del Abies nigra57, que crecían en las primeras estribaciones del pico central. Por indicación suya recogieron una cantidad considerable. Esos brotes nuevos fueron puestos en agua y se los hizo hervir a fuego fuerte; luego, ese líquido fue endulza­do con el azúcar de arce. Después se puso a fermentar el todo y se obtuvo una bebida agradable y particularmente saludable que los angloamericanos llaman spring beer, es decir cerveza de abeto.
Antes de los primeros fríos, otra operación fue llevada a cabo con éxito. Es cierto que no presentaba ninguna dificultad. Se trata­ba de sembrar el grano de trigo de la pequeña Belle. Esa única se­milla significaba una cosecha en el futuro. De un solo grano de tri­go pueden salir diez espigas que producen, cada una, unos ochen­ta granos, o sea ochocientos granos; por lo tanto, en la cuarta co­secha, y quizás en esa latitud se pudieran obtener dos por año, se podría llegar a una media de cuatro mil millones de granos.
Por consiguiente, había que proteger ese único grano de trigo contra todas las posibilidades de la destrucción. Fue sembrado en un terreno al abrigo de los vientos del mar, y Belle se encargó de protegerlo de los gusanos y de los insectos.
Hacia el fin de noviembre el tiempo se puso lluvioso y frío. Por suerte la gruta tenía todas la comodidades; sólo le faltaba una chi­menea interior y debieron proceder a instalarla sin demora. Fue ne­cesario hacer varios ensayos; pero finalmente el tío Robinson con­siguió fabricar una especie de cazuela de barro de la que se pudo sacar un buen partido. Era bastante ancha y profunda para calen­tarla con leña y debía dar un calor suficiente. Quedaba el proble­ma del tubo para que saliera el humo al exterior. Eso era lo más grave. No se podía pensar en perforar un agujero en la cima de la gruta, porque el acantilado de granito la cubría hasta una altura considerable. Entonces Clifton y el tío trataron de practicar una abertura sobre la pared lateral y sobre la fachada misma del acan­tilado. Ese trabajo exigió tiempo y paciencia. Faltaban las herra­mientas. No obstante, con un clavo largo bien afilado que el tío sa­có del bote, llegó a hacer un agujero para pasar hacia adentro un largo tubo de bambú agujereado a lo largo. Ese tubo iba unido a otro tubo de arcilla en forma de codo que nacía desde la cazuela, y de este modo el humo era conducido hacia el exterior. La chime­nea que obtuvo era bastante aceptable y, por decir algo, echaba un poco de humo por causa de los vientos del sudoeste; pero no había que ser tan exigentes, y el tío estuvo encantado con su trabajo.
La estación de las lluvias llegó a fines de noviembre. Hubo que organizar algunas labores en el interior de la gruta. El tío había recogido cierta cantidad de mimbre y enseñó a los niños a fabricar cestos y canastas. El mismo, utilizando el mimbre y la arcilla, hi­zo grandes jaulas, en las que los huéspedes del gallinero debían en­contrar refugio para el invierno. Con el mismo procedimiento, hi­zo más habitable la cabaña de maese Jup. Este le ayudó alcanzán­dole los materiales necesarios. El tío, mientras trabajaba, haciendo él mismo la pregunta y la respuesta, conversaba con su compañe­ro. Eran dos verdaderos amigos. Cuando terminaron la cabaña, maese Jup se veía satisfecho, y parecía no faltarle más que el ha­bla para agradecer a su arquitecto. A los niños, por su lado, les pa­reció muy elegante esa habitación y la bautizaron con el pomposo nombre de Jup Palace.
En los primeros días de diciembre empezó a hacer mucho frío. Hubo que echar mano a los nuevos abrigos. Con esas pieles con el pelo hacia afuera los miembros de la pequeña colonia tenían un as­pecto muy extraño.
-Nos parecemos a Jup -decía el tío, riéndose-, con la dife­rencia de que nosotros podemos sacarnos la ropa y él no puede sa­carse la suya.
La familia Clifton tenía el aspecto de una tropa de esquimales; pero poco importaba, porque el cierzo no podía meterse bajo esas pieles abrigadas. Cada cual tenía sus prendas de recambio y esta­ba en condiciones de enfrentar las inclemencias del invierno.
A mediados de diciembre cayeron lluvias torrenciales. El Serpentine River creció considerablemente por la masa de agua que vi­no de la montaña. El sitio donde había estado el primer campa­mento se inundó hasta el pie del acantilado. El nivel del lago au­mentó de manera apreciable, y Clifton llegó a temer que se desbor­dara, lo cual habría causado daños terribles a sus plantaciones, y la inundación, por cierto, se habría extendido hasta "Elisa House". Se dio cuenta de la necesidad de levantar a continuación unos terra­plenes destinados a contener la creciente, pues toda la parte de la costa situada en la parte baja del lago podía anegarse.
Felizmente las lluvias se calmaron y la crecida fue detenida a tiempo. A los aguaceros se sucedieron huracanes y borrascas que causaron mucho daño a los árboles en el bosque; se los escucha­ba resquebrajarse y caer con estrépito, pero el tío no se quejaba por eso, decía que había que dejar que el huracán hiciera su tra­bajo de leñador. En efecto, era un ahorro en la recolección de le­ña. El maestro Jup sólo tendría que hacer el esfuerzo de agachar­se para juntarla, sin tener que derribarla.
No está de más decir que hacían un buen fuego en la chimenea de "Elisa House". ¿Por qué habrían de economizar combustible? La reserva era inagotable. El chisporroteo de la leña alegraba la gruta como la media lengua de dos niños pequeños. Se trabajaba en familia. La fabricación de flechas y canastas, el arreglo de la ro­pa, las tareas de la cocina tenían ocupado a todo el mundo y en esas labores cada cual tenía su especialidad y seguía un programa fijado con inteligencia por Clifton.
El trabajo intelectual y la educación moral no se les olvidaba. Clifton dictaba lecciones todos los días a sus hijos. Había reunido las pocas hojas de papel que tenía consigo cuando dejó el Vankouver y había tomado notas muy precisas sobre los diversos incidentes que marcaban su existencia en esa isla desierta. Las notas eran breves pe­ro exactas, y debían permitirle reconstituir un día la historia de la fa­milia abandonada de la cual este relato no es más que su reproduc­ción verídica.
El año de 1861 llegaba a su fin. Ya hacía nueve meses que Clifton y los suyos habitaban Flip Island. Su situación, miserable al princi­pio, había mejorado notablemente. Tenían comodidades; la gruta es­taba bien protegida dentro de un espacio cercado, el gallinero era po­puloso, había un banco de ostras, un corral para el ganado, cuya cons­trucción casi había concluido. Tenían arcos, pólvora, pan, yesca, ves­tidos. Ni la carne ni el pescado ni la fruta les faltaban. ¿No podían apostar entonces al futuro? Sí, sin duda.
Sin embargo, una cuestión grave inquietaba a Clifton. ¿Estaba habitada la isla? El incidente del gallo con cuernos era un tema de conversación repetido entre Clifton y el tío. Que unos seres huma­nos habían puesto antes sus pies en la isla, era un hecho, pero ¿es­taban todavía allí? Evidentemente no, porque no se había observa­do ninguna huella de criatura humana. Clifton y el tío habían lle­gado por lo tanto a proscribir cualquier idea a ese respecto. Ya no pensaban más en eso, cuando un incidente muy inesperado vino a modificar su opinión.
El 29 de diciembre Marc había capturado un lebrato muy joven, que seguramente se había alejado demasiado de su madriguera. Ese animal fue sacrificado, asado y servido en la cena. Cada cual tuvo su parte y al tío, bien favorecido, le tocó una de las piernas del animal.
El honrado marino comió con apetito y gran estrépito de man­díbulas cuando, de pronto, dio un grito.
-¿Qué le pasa? -le preguntó asustada la señora Clifton. -Nada, señora, nada ¡es que acabo de romperme un diente! Y era verdad.
-Pero ¿qué tenía ese lebrato en la carne? -preguntó Clifton.
-Una piedra, señor, una simple piedrita -respondió el tío.
-¡Era justamente para mí!
-¡Pobre Tío! -dijo Belle. -Un diente menos.
-¡Oh, señorita! -respondió el tío-, pero me quedan todavía treinta y dos. ¡Precisamente tenía uno de más!
Pero cuando terminaron la cena, el tío llevó aparte a Clifton:
-Vea usted la piedrita en cuestión, señor -le dijo. -Hágame usted el favor de decirme cómo llamaría usted a esta piedrita.
-¡Un perdigón! -exclamó Clifton.
Era, en efecto, un perdigón.

FIN



1 Australia.
2 Archipiélago situado al noroeste del Pacífico.
3 Animales unicelulares microscópicos.
4 Indígena de las islas de Oceanía, Tahití y otras.
5 Reducir el volúmen para disminuir la velocidad y dejar la nave a la deriva.
6 Vela delantera tirangular, la más cercacna al palo mesana, de proa a trinquete.
7 Vela cudarada del palo de cofa.
8 Orientadas.
9 Vela superior de la gavia.
10 Cordaje que sirve para orientar la vela.
11 Cabo para orientar y amarrar la vela.
12 Navegar de modo que la dirección de la quilla forme con el viento el ángulo menor posible.
13 Especie de gaviota.
14 Muro de rodtificación comprendido entre dos bastiones.
15 Volcánico. Viene de Plutón, dios de los infiernos.
16 Extraer el agua de una embarcación.
17 Fijar la vela lo más bajo y de barlovento posible.
18 Alcanzar un golpe de mar a una embarcación, e inundar la cubierta.
19 Tirar de las sirgas (cuerdas) del bote para amarrarlo.
20 Un pie equivale a 0,324 metros, esta medición se utilizaba en el siglo XIX.
21 Conjunto de maderos unidos en forma de palma para poder conducirse fácilmente a flote.
22 Antigua medida de capacidad que equivale a 0,931 litros.
23 Grupos de plantas a las que pertenecen los musgos.
24 Conchas de peregrino.
25 Parte del tronco de un árbol0, que al ser cortado queda pegado al suelo.
26 Ave nocturna.
27 Conífera de un ramaje muy espeso y de crecimiento rápido.
28 Medida de peso que varía según los países, dividida en 16 onzas y que equivale aproximadamente a medio kilo.
29 Una toesa equivale a dos metros.
30 Relativo a una familia de plantas denominada labiada, que posee dos lóbulos en el embrión de la semilla y en las nervaduras de las johas no son paralelas.
31 Planta de flores malva.
32 Pez pariente del salmón, de unos 20 metros de largo.
33 Hongos carnosos, sin pie, que crecen debajo de algunos árboles.
34 Del antiguo país de Armónica, hoy Bretaña Francesa.
35 Un cable equivale a 125 metros.
36 Bahía, ensenada donde las naves pueden estar ancladas al abrigo de algunos vientos.
37 Algas verdes que crecen en agua dulce o salada.
38 Especie de junco.
39 Especie de pato bravío.
40 Ave del orden de los palmípedos, del tamaño de una paloma.
41 También llamado agachadiza. Ave limícola semejante a la chocha, con vue­lo a ras de la tierra. Vive en zona pantanosa.

42 Especie de trabuco que se disparaba con chispa de pedernal, variedad del cuarzo.
43 Martinetas que construyen su nido con algas comestibles.
44 El autor se refiere al lago Champlain que se encuentra en Otario, Canadá, donde transcurren las aventuras de la novela El último de los Mohicanos de Fenimore Cooper.
45 Afluente que desemboca en el río Hudson, en Albany, Estados Unidos.
46 De pinguis, en latín, grasa.
47 Familia de plantas comestibles de las que se produce pimientos y que se encuentran en China, Japón y Chile. Nombre Botánico: Laodizabala biternata.
48 Abertura en los terrenos volcánicos, por donde salen, a intervalos, vapores sulfurosos.
49 Relativo a las plantas pluricelulares que carecen de flores, frutos y semillas.
50 Que produce una sustancia azucarada.
51 Diosa de las cosechas en la mitología romana.
52 Plantas ericaceas, matas, arbustos o arbolitos, con hojas casi siempre alternas, flores más o menos vistosas, de cáliz persistente partido en tres, cuatro o cin­co partes, y por frutos tienen cajas de varias celdillas o bayas jugosas.

53 Especie de carnosidad de color rojo vivo y naturaleza eréctil, que poseen en la cabeza algunos animales, como el pavo o el gallo.
54 Plantas angiospermas dicotiledóneas derechas o trepadoras, inermes, vello­sas o con aguijones, de hojas alternas, enteras, recortadas o compuestas, flo­res en umbrela y fruto drupáceo.
55 Aspiración, deseo que aún no se ha cumplido.
56 Olor y sabor particulares, que toman las sustancias animales y algunos ve­getales sometidos a fuego violento.
57 Abetos, árboles que pueden crecer hasta 40 metros de altura, se localizan en parajes frescos y elevados.