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jueves, 2 de junio de 2011

Julio Verne Los hijos del Capitán Grant



Julio Verne
Los hijos del Capitán Grant

CAPITULO 1
UN TIBURON


EL 26 de julio de 1864, un hermoso yate, el Duncan, avanzaba a todo vapor por el canal del Norte; un fres­co viento del noroeste favorecía su marcha. En el tope del trinquete* flameaba la bandera de Inglaterra y un poco más atrás, sobre el palo mayor, se agitaba un gallardete azul que mostraba una dorada corona ducal y las iniciales E.G.
Lord Glenarvan, uno de los dieciséis pares escoce­ses de la cámara alta y el socio más distinguido del Royal Thames Yacht Club, propietario del Duncan, se hallaba a bordo junto a su joven esposa, lady Elena, y su primo, el mayor Mac-Nabbs.
El Duncan realizaba su primer viaje de prueba por las aguas próximas al golfo de Clyde*, cuando ya ma­niobraba para regresar a Glasgow* el vigía señaló un enorme pez que seguía el curso del buque. Esta nove­dad fue comunicada por el capitán, John Mangles, a lord Edward, quien subió a cubierta en compañía de su primo para enterarse mejor de lo que ocurría.
El capitán opinó, ante la sorpresa del lord, que podía tratarse de un tiburón, posiblemente de la varie­dad martillo, que suele aparecer por todos los mares.
Inmediatamente le propuso una original pesca para confirmar su opinión y disminuir, si lo lograba, el número de estos terribles animales.
Lord Glenarvan aceptó la propuesta y mandó avi­sar a lady Elena que también subió a cubierta ansiosa de ser testigo de aquella extraña pesca.
El mar estaba magnífico y fácilmente se podía se­guir con la vista los rápidos movimientos del escualo que con sorprendente vigor se sumergía y subía a la superficie. El capitán Mangles dirigía la operación; los marineros echaron por la borda una línea com­puesta por una gruesa cuerda en cuyo extremo ataron fuertemente un gran anzuelo que cebaron con un enor­me trozo de tocino. El tiburón, aunque se hallaba a una distancia de casi cincuenta metros, oyó el golpe, olió el cebo que se le ofrecía y se acercó velozmente al yate. Su aleta dorsal aparecía sobre la superficie del agua como si fuera una vela, mientras sus otras aletas, negras en su base y cenicientas en la punta, se agitaban violentamente entre las olas y lo hacían avanzar en una línea perfectamente recta. A medida que se acercaba el tocino, sus grandes ojos parecían inflamados por el deseo, sus mandíbulas abiertas de­jaban ver una cuádruple hilera de dientes triangulares como los de una sierra. Su ancha cabeza parecía un martillo apoyado en el extremo de un mango.
Al aproximarse, comprobaron que el capitán no se había engañado: aquel tiburón pertenecía a una de las más peligrosas y voraces variedades.
Los pasajeros y la tripulación del Duncan seguían con la mayor atención los movimientos del extraño visitante. Muy pronto alcanzó el cebo, se dio vuelta boca arriba para tomarlo y lo tragó entero. Esto hizo sacudir violentamente el aparejo preparado para rete­nerlo si llegaba a ponerse a tiro.
El tiburón se defendió con energía, pero lo fatiga­ron hasta que, ya rendido, pudieron pasarle un nudo corredizo por la cola y así lo subieron hasta la borda; finalmente cayó sobre la cubierta. Un marinero, no sin gran precaución, se le acercó y le cortó de un ha­chazo la enorme cola.
Con este golpe de gracia quedaba la pesca concluida, el monstruo ya no inspiraba ningún temor; pero la curiosidad de los marineros no estaba satisfecha ya que es frecuente registrar tripas y estómago de estos animales. La gente de mar conoce su poco delicada voracidad y espera de este registro encontrar alguna sorpresa y no siempre es inútil su búsqueda.
Lady Glenarvan no quiso presenciar aquella inspec­ción del cadáver y se retiró. El tiburón aún se agitaba en su agonía. No era de un tamaño extraordinario, medía algo más de tres metros y su peso era de alre­dedor de trescientos kilos,, pero era conocida la fe­rocidad de esta especie.
El enorme escualo* fue abierto a hachazos; el estó­mago completamente vacío -se veía que hacía tiempo que ayunaba- tenía clavado el anzuelo. La búsqueda no había dado resultado y ya iban a tirar sus restos al mar cuando el contramaestre advirtió un extraño bulto en los intestinos.
-¿Qué diablos será eso? -exclamó.
-Una piedra -respondió un marinero-, que el pícaro se habrá tragado para lastrarse.
-Yo creo -dijo otro- que debe ser una bala que se le clavó en el vientre y que, por supuesto, no pudo digerir.
-Cállense todos -gritó Tom Austin, el segundo del yate- ¿no ven que el pícaro era un borracho perdido y, apurado por beber, se tragó vino y botella también?
- ¡Cómo! -exclamó lord Glenarvan, atraído por la
novedad- ¿es una botella lo que tiene en las tripas?
-Es una botella realmente -respondió el contra­maestre-. Pero bien se conoce que no acaba de salir de la bodega.
-Entonces -repuso lord Edward- hay que sacarla con gran cuidado, tratando de que no se rompa, pues las botellas que se encuentran en el mar suelen tener valiosos documentos.
-¿Cree...? -dijo el mayor Mac-Nabbs.
-Creo que pueda contenerlos.
-Pronto saldremos de dudas.
- ¡Acaso sorprendamos un secreto! -¿Ya la has sacado?
-Sí, milord -respondió el segundo-, al mismo tiempo que le mostraba el objeto informe que acababa de sacar trabajosamente de las entrañas del tiburón.
-Bien -dijo lord Glenarvan- que la laven y la lleven a la cámara de popa.
Así se hizo y aquella botella, que de manera tan extraña había llegado hasta el yate, fue puesta sobre una mesa que rodearon lord Glenarvan, el mayor Mac­
Nabbs, el capitán John Mangles y también lady Elena, que, como buena mujer, sentía curiosidad por el asunto.
En el mar, la más insignificante novedad puede ser un gran acontecimiento. Durante un momento, en silencio, todos miraron con atención ese débil resto de un naufragio, pensando si había en él el secreto de una catástrofe o simplemente un mensaje sin impor­tancia confiado a las olas por algún navegante deso­cupado.
Había que desentrañar el misterio y lord Glenarvan, sin detenerse más, comenzó a examinar con gran pre­caución la botella. Parecía un detective que estudiaba todas las particularidades de un gravísimo caso; su cuidado era muy adecuado ya que el' menor indicio
podría servir de pista para descubrir el secreto que guardaba.
Antes de examinar el interior de la botella, obser­varon minuciosamente su exterior: tenía un cuello delgado y en su gollete, bastante reforzado, había aún un pedazo de alambre oxidado y quebradizo; sus pare­des eran gruesas y resistentes, y su forma denunciaba sin duda que había contenido champaña. Con bote­llas de ese tipo, los viñateros de Francia rompen palos de silla sin que ellas se quiebren, lo que explicaba que ésta hubiera podido soportar entera los azares de una larga travesía.
El mayor reconoció que era una botella de la casa de Clignot y como todos sabían que la podía conocer bien por haber vaciado ya muchas, nadie le discutió su afirmación.
-Mi querido mayor -dijo lady Elena-, poco importa de dónde es la botella si no podemos saber de dónde viene.
-Ten paciencia, mi querida Elena -le respondió lord Edward-, algo podemos ya afirmar: viene de muy lejos. ¡Mira las sustancias petrificadas por el salitre del mar! ¡Este resto de naufragio permaneció mucho tiempo en el océano antes de sepultarse en el vientre del tibu­rón!
-Opino lo mismo -dijo el mayor-. Este envase, pro­tegido por una capa dura como la piedra, ha podido viajar mucho sin romperse.
-Pero, ¿de dónde viene? -quiso saber impaciente lady Glenarvan.
-Espera, espera, mi querida Elena, las botellas requieren paciencia y estoy seguro de que ésta va a satisfacer nuestra curiosidad pronto. Mientras lo de­cía, raspaba las costras que protegían el gollete; apa-
reció entonces el tapón deteriorado por el agua.
- ¡Qué pena! -dijo Glenarvan- ya que si encontramos algún papel va a estar sumamente arruinado por la hu­medad.
Todos temieron lo mismo. Era evidente que por estar mal tapado había dejado de flotar y se había sumergido, lo que hizo posible que el tiburón, hambriento, la de­vorara y que por esa rara casualidad hubiera llegado a bordo del Duncan.
-Hubiera sido mejor encontrarla flotando en alta mar -dijo John Mangles- en un lugar determinado y, así, al estudiar las corrientes que pudieron empujarla, hubiéramos rehecho el camino recorrido; pero traída por un cartero como este tiburón, que navega contra viento y marea, nos será imposible saber eso.
Mientras sacaba el tapón con el mayor cuidado y se esparcía por la cámara un fuerte olor salino, lord Glenarvan respondió que sería la misma botella la que develaría su secreto.
-¿Y qué hay? -preguntó lady Elena, con femenina impaciencia.
- ¡Sí! -dijo Glenarvan- ¡No me he engañado! Contie­ne papeles.
-¡Documentos! ¡Documentos! -exclamó lady Elena.
-Parecen muy deteriorados por la humedad y están tan pegados a las paredes que es imposible sacarlos.
La solución era romper la botella, pero deseaban conservarla intacta; finalmente decidieron hacerlo ya que los papeles eran más importantes que el envase que los había traído.
A golpes de martillo rompieron la dura costra pétrea que cubría el gollete y así pudieron retirar con sumo cuidado varios fragmentos de papel adheridos entre sí. Los pusieron con gran precaución sobre la mesa y todos los rodearon ansiosos.


CAPITULO 2
LOS TRES DOCUMENTOS

Aquellos pedazos de papel, casi destruidos por el agua, sólo permitían distinguir algunas palabras sueltas, restos indescifrables de líneas casi enteramente borra­das. Lord Glenarvan los examinó atentamente algunos minutos, los dio vuelta hacia todos los lados, los puso a plena luz y trató de leer los restos de las palabras que el mar había dejado y luego se dirigió a sus amigos que lo rodeaban impacientes y ansiosos.
-Aquí hay, sin duda, -les dijo- tres documentos distintos. Es posible que sean tres copias en tres idiomas diferentes: inglés, francés y alemán, del mismo men­saje.
-Pero, ¿se entiende qué sentido tienen? -preguntó lady Glenarvan.
-Están tan arruinados que es difícil saberlo ahora.
-Tal vez se puedan completar uno con otro -opinó el mayor- ya que es muy difícil que el mar los haya borrado precisamente en los mismos lugares. Quizás se puedan unir los tres restos y encontrar así el sen­tido que ocultan.
-Eso es lo que haremos -dijo lord Glenarvan-, pero debemos actuar con método. Veamos primero el do­cumento en inglés.
Esto era lo que quedaba:

62 Bri gow
sink tra
aland
skripp Gr
that monit of long
and ssistance lost

-No significa gran cosa -dijo desalentado el mayor. -Pero, de todas maneras, está en buen inglés -respon­dió el capitán.
-En muy buen inglés -dijo lord Glenarvan y las palabras sink -zozobrar-, aland -a tierra-, that -esto-, and -y-, lost -perdido-, están intactas y, sin duda, skrip es parte de la palabra skripper -capitán-, por lo que se trata de un señor Gr... que probablemente es el capitán del buque náufrago.
-Además -agregó John Mangles-, podemos interpretar monit como parte de monition -aviso- y ssistance es sin duda assistance -auxilio-.
-Ya tenemos algo -dijo lady Elena.
Desgraciadamente les faltaban líneas enteras, no sa­bían aún el nombre del buque perdido, ni el lugar del naufragio. Todos confiaban en averiguarlo y se pusie­ron a descifrar los restos, más arruinados todavía, del otro papel, que mostraba lo siguiente:

7 juni Glas

swei atrosen
graus
bring ihnen


John Mangles reconoció que estaba en alemán, lengua que él dominaba perfectamente, así que lo es­tudió con cuidado y luego dijo:
-Ya podemos saber la fecha del acontecimiento: 7 de junio; uniéndolo al 62 que figura en el documento inglés tenemos la fecha completa: 7 de junio de 1862. En la misma línea figura Glas que uniéndola a gow nos da Glasgow, por lo que se trata sin duda de un buque del puerto de Glasgow.
Todos aprobaron su interpretación y John Mangles continuó:
-La segunda línea se ha perdido completa; en la tercera aparecen dos palabras importantes: swei, que significa: dos, y atrosen, es decir, matrosen, que quiere decir: marineros.
-¿Entonces se trata de un capitán y dos marineros?
-Probablemente, pero confieso que la segunda pala­bra: graus no la comprendo, quizás se aclare con el ter­cer documento. Las dos últimas palabras se explicaron claramente: bring ihnen es prestadles y si unimos esto a la palabra que figura en el documento inglés, leeremos claramente: prestadles auxilio.
-¡Sí!, ¡prestadles auxilio! -dijo Glenarvan-, pero, ¿dónde están estos desdichados? Aún no tenemos ningún dato acerca del lugar.
-Veamos el documento francés -propuso lord Ed­ward-. Este idioma lo conocemos todos y será más fácil la investigación.
Esto era lo que quedaba del tercer documento:

troj ats tannia
gonie austrel
abor
contin pr cruel indi
jete ongit
et 37° 11 lat.

-¡Miren, hay cifras! !Miren, señores! -exclamó lady Elena.
-Actuemos con orden -dijo lord Glenarvan-, permí­tanme analizar estas nuevas palabras dispersas e incom­pletas. Veo que se trata de un buque de tres palos, su nombre es Britannia, lo aclara este documento unido al inglés. De las dos palabras: gonie y austrel esta última tiene clara significación para todos.
-Es un dato de gran valor -respondió John Mangles-, el naufragio ha ocurrido en el hemisferio austral.
-De gran valor, pero muy poco preciso -agregó el mayor.
-Prosigo -añadió Glenarvan-, la palabra abor es del verbo abordar evidentemente. Los infortunados han abordado alguna tierra. ¿Pero, dónde? ¡Ah! contin: ¿un continente?; ¡cruel!
-Ahora se explica la palabra alemana graus, es grausam: cruel.
- ¡Adelante! -dijo Glenarvan que más se entusias­maba a medida que descubría el sentido de las pala­bras incompletas. Indi... ¿será que los náufragos han sido arrojados a la India? ¿Qué significa ongit? ¡Ah! longitud. Y acá dice en qué latitud: treinta y siete grados once minutos. En fin, ya sabemos algo más preciso.
-Pero no conocemos la longitud -dijo Mac-Nabbs.
-No podemos tenerlo todo, mi querido mayor -le respondió Glenarvan-, pero algo hemos avanzado. Es evidente que el documento más completo es el fran­cés y que los tres contienen palabra por palabra el mis­mo mensaje. Ahora los reuniremos,, haremos una tra­ducción completa y buscaremos el sentido más proba­ble a todo. Voy a escribir el documento reuniendo los restos de palabras y frases truncadas, respetando los espacios que los separan.
Tomó la pluma y poco después mostró a sus amigos el resultado:

El 7 de junio de 1862, lo fragata Britannia de Glasgow
zozo­bró en las costas de la Patagonia, en el hemisferio austral.
Di­rigiéndose o tierra, dos marineros y el capitán Grant van a
inten­tar abordar el continente donde serán prisioneros de los crueles
indios. Han arrojado este documento a los... grados de long.
y 37° 11 de lat. Socorredlos o están perdidos.

En aquel momento un marinero le avisaba al capitán que el Duncan entraba en el golfo de Clyde y que espe­raba las órdenes. John Mangles le preguntó al propieta­rio cuáles eran sus deseos y éste respondió:
-Llegar cuanto antes a Dumbarton* Inmediatamen­te partiré hacia Londres para entregar este documento al Almirantazgo, mientras lady Elena regresa a Malcolm Castle.
Mientras las órdenes se transmitían, continuaron con la investigación. Era evidente que se trataba de una catástrofe y que en sus manos estaba la salvación de esas personas.
-Tenemos que considerar tres cosas distintas en este documento: 1 ° lo que ya sabemos; 2° lo que podemos deducir y 3° lo que ignoramos totalmente. ¿Qué sabe­mos con seguridad? Sabemos que el 7 de junio de 1862, un buque de tres palos, una corbeta o una fragata, la Britannia, de Glasgow, zozobró y que dos marineros y el capitán piden auxilio y para ello arrojaron este mensaje al mar a los 37° 11 de latitud.
-Perfectamente -dijo el mayor.
-¿Qué podemos deducir? Que este desgraciado episodio ocurrió en los mares australes; además que la palabra gonia parece indicar el nombre del lugar a que arribaron.
- ¡La Patagonia! -exclamó lady Elena.
-Sin duda.
Sacaron un mapa de América del Sur y, en efecto, el paralelo 37 pasa por la Patagonia, atraviesa la Araucania, las Pampas y el norte de las sierras patagónicas y se pierde en el Atlántico.
-Bien, continuemos. Los dos marineros y el capi­tán abor... contin, ¿abordaron el continente? Y ahora estas pocas letras nos permiten deducir que están pri­sioneros de los crueles indios. ¿No les parece que esta interpretación encaja perfectamente?
El entusiasmo de lord Glenarvan se contagió a todos que aceptaron sin discusión lo que les proponía.
-Para mayor seguridad, haré averiguar en Glasgow cuál era el destino de la Britannia.
- ¡Oh! no hará falta averiguar tan lejos -respondió John Mangles-, aquí tengo la colección de la Mercantile . and Shipping Gazette que nos dará la información pre­cisa.
- ¡Veamos, veamos! -exclamó lord Glenarvan.
El capitán tomó un paquete de periódicos del año 1862 y los hojeó rápidamente. Al poco rato dijo con gran satisfacción:
-¡30 de mayo de 1862! ¡Perú! ¡El Callao!* a la carga para Glasgow, la fragata Britannia, ¡capitán Grant!
- ¡Grant! -exclamó lord Glenarvan-, ¡el valiente escocés que quiso fundar una Nueva Escocia en los mares del Pacífico!
-Sí, el mismo que en 1861 partió de Glasgow en la Britannia y del cual no se volvieron a tener noticias.
-¡No hay dudas! ¡No,hay dudas! -dijo Glenarvan-. Es él. La Britannia salió del puerto de El Callao el 30 de mayo y el 7 de junio, ocho días después, se perdió en las costas de la Patagonia.
Aquí está su historia revelada por los restos de su mensaje. Sólo desconocemos ahora el grado de longi­tud.
-No nos hace falta, -respondió el capitán-, ya que como la región es conocida, podría sólo con la latitud ir derecho al escenario del naufragio.
-¿Entonces lo sabemos todo? -dijo lady Elena.
-Todo, mi querida Elena. Lo que el mar ha borra­do voy a rehacerlo con tanta exactitud como si me dictase el propio capitán Grant.
Tomó nuevamente la pluma y sin vacilaciones com­pletó:

El 7 de junio de 1862, la fragata Britannia de Glasgow zozo­bró
en las costas de la Patagonia, en el hemisferio austral.
Di­rigiéndose a tierra, dos marineros y el capitán Grant van
a inten­tar abordar el continente donde serán prisioneros
de los crueles Indios. Han arrojado este documento a los...
grados de long. y 37° 11 de lat. Socorredlos o están perdidos.

-¡Bien, bien!, mi querido Edward, si estos desdi­chados logran volver a su patria, te deberán esa indeci­ble felicidad.
- ¡Volverán! Este documento es sumamente claro y explícito como para que, sin vacilar, Inglaterra vuele en socorro de sus tres hijos perdidos en una costa desértica. Ya lo han hecho por Franklin y muchos otros y lo harán también por los náufragos de la Bri­tannia. Y haré también saber a sus familiares que no es­tá perdida toda esperanza. Y ahora, amigos, subamos a cubierta que ya debemos estar cerca del puerto.
En efecto, el Duncan que venía a toda marcha, cos­teaba en aquel momento la isla de Bute, dejaba a estri­bor Rothesay* con su encantadora ciudad recostada sobre un fértil valle. Después entró en el golfo, evo­lucionó frente a Greenwich* y, a las seis de la tarde, ancló al pie de la roca de Dumbarton, coronada por el célebre castillo de Wallase, el querido héroe de Es­cocia.
Allí se despidieron con un fuerte abrazo lady Elena y su esposo; ella iría a Malcolm Castle con el mayor y él viajaría directamente en tren a Glasgow. Antes de marchar había confiado un mensaje al telégrafo eléc­trico; era el siguiente anuncio para ser publicado en las páginas del Times y del Morning Chronicle:

Para conocer algunos datos sobre el paradero
de la fragata Britannia, de Glasgow, y de su capitán
Grant, dirigirse a lord Glenarvan, Malcolm Castle,
Luss, condado de Dumbarton, Escocia.


CAPITU LO 3
EL CASTILLO DE MALCOLM


El castillo de Malcolm, propiedad de la familia Glenarvan desde tiempo inmemorial, está situado cerca de la aldea de Luss. Domina una pintoresca vega y las aguas del lago Lomond bañan sus muros.
Lord Glenarvan poseía una inmensa fortuna, que empleaba en hacer el mayor bien, siguiendo la tra­dición de sus antepasados. Era señor de Luss y lord de Malcolm; representaba a su condado en la Cámara de los Lores. Tenía treinta y dos años; era de consi­derable estatura, de rostro severo, pero su dulce mira­da trasparentaba su gran bondad. Se lo reconocía va­liente, emprendedor y caballeresco.
Hacía tres meses apenas que había contraído matri­monio con Elena Tuffnel, hija de un gran explorador. La señorita Tuffnel no pertenecía a una familia noble, pero era escocesa, lo que para lord Glenarvan valía mucho más. Lady Elena era una joven encantadora, tenía veintidós años y adoraba a su marido.
Lord Glenarvan y su joven esposa vivían felices en el castillo de Malcolm, en medio de aquella impo­nente y salvaje naturaleza de los Highlands, las tierras altas de Escocia; se paseaban bajo las añosas arbole­das de castaños y sicomoros, por las orillas del lago en que aún resonaban los antiguos cantos de guerra y por los sitios donde las ruinas seculares cuentan la historia de Escocia. Un día se extraviaban por las alamedas y pinares; otro día ascendían hasta las esca­brosas cimas del Bem-Lomond o cabalgaban por soli­tarios valles para estudiar y comprender mejor aquella poética comarca llamada aún "el país de Rob Roy" y todos aquellos célebres lugares cantados magistralmente por el inmortal Walter Scott*
Al atardecer, cuando se encendía el faro de Mac Partene, paseaban por la antigua galería almenada que circundaba el castillo; allí se sentaban pensativos en alguna piedra, rodeados del silencio; a medida que la noche poco a poco cubría los picos de las montañas y la luna pálida los alumbraba, permanecían extasia­dos en su amor.
Así transcurrieron los primeros meses de su matri­monio. Lord Glenarvan, para satisfacer las aspiraciones viajeras que su esposa había heredado del gran navegan­te que había sido su padre, hizo construir para ella el Duncan, con el que se proponían viajar por los más hermosos países del mundo. De este modo tendrían la incomparable felicidad de pasear su amor por el Mediterráneo, las costas de Grecia o las playas de Oriente.
Pero ahora, lord Glenarvan había partido para Lon­dres con el propósito de salvar a unos desventurados náufragos y lady Elena se sentía impaciente y afligida. Recibió al día siguiente el anuncio del próximo regre­so de su esposo, pero, por la tarde, otro telegrama le comunicaba una prórroga provocada por la necesidad de solucionar algunas dificultades. Un nuevo mensaje en el que su esposo no ocultaba su descontento con el Almirantazgo, la empezó ya a preocupar.
Esa misma tarde, cuando se hallaba sola en su gabi­nete, el intendente del castillo le preguntó si deseaba recibir a dos jóvenes; agregó que no eran de la zona y que luego de llegar en tren a Belloch, habían conti­nuado, a pie hasta el castillo, para hablar con lord Glenarvan. Lady Elena accedió al requerimiento y pocos instantes después entraban en el gabinete dos jóvenes cuyo parecido delataba que eran hermanos: una joven de dieciséis años, de bello rostro fatigado, cuyos ojos, que sin duda habían llorado mucho, mostraban una expresión resignada y valerosa; vestía prolija y humil­demente; de su mano venía un niño de doce años, de aspecto tan decidido que parecía, a pesar de su corta edad, ser el protector de su hermana.
La joven quedó un momento cortada, pero la dulce mirada de lady Elena la alentó; preguntó, entonces, por lord Glenarvan. Al enterarse de que éste no estaba, tuvo un gesto de tristeza, pero cuando supo que estaba frente a la esposa, se animó a preguntarle:
-¿Es usted la esposa de lord Glenarvan, quien ha publicado una nota en el Times relativa al naufragio del Britannia?
-¡Sí! ¡Sí! ¿Y ustedes?
-Yo soy miss Grant y éste es mi hermano.
- ¡Miss Grant!, ¡miss Grant! -exclamó al tiempo que la tomaba de las manos y besaba la frente del niño.
-Señora, dígame qué sabe del naufragio y de mi pa­dre. ¿Lo volveremos a ver? Hable pronto, se lo suplico.
-Hija mía, sólo puedo darles una esperanza muy dé­bil, pero con la ayuda de Dios, que todo lo puede, es posible que vuelvan a ver a su padre.
Miss Grant lloraba emocionada, mientras su hermano Roberto cubría de besos las manos de la señora.
Pasada la primera emoción de aquella dolorosa ale­gría, la joven comenzó a hacer preguntas y más pre­guntas deseando conocer todos los detalles; lady Elena trataba de satisfacerla contándoles cómo habían encon­trado el documento en tres idiomas, cuál era el destino que había corrido el capitán Grant y los otros náufragos y, por último, que estos desdichados imploraban el au­xilio de quienes pudieran socorrerlos.
Durante esta narración, Roberto Grant parecía beber las palabras de lady Elena mientras su imaginación in­fantil le hacía seguir todas las peripecias del naufragio con su padre: junto a él se veía en la cubierta del barco próximo a naufragar, a su lado se debatía en el mar, se agarraba con uñas y dientes de las rocas y, finalmente, se arrastraba jadeando por la arena, lejos ya del alcance del mar.
Mientras lady Elena hablaba, muchas veces se esca­paron de su boca palabras dolientes:
-¡Oh, papá! ¡Mi pobre papá! -exclamó abrazando fuertemente a su hermana.
Miss Grant escuchaba en silencio y con las manos juntas. Cuando el relato hubo terminado, le suplicó a lady Elena que le mostrara el documento; no sin pena se enteró de que lord Glenarvan lo había llevado, en interés de su padre, a Londres, pero la consoló la segu­ridad de que lady Elena les había contado, palabra por palabra, todo, aunque igualmente hubiera querido te­nerlo para ver la letra de su padre.
Lady Elena la consoló con la posibilidad de que al día siguiente regresara su esposo con el valioso mensa­je que había sido expuesto ante el Almirantazgo con la esperanza de que enviaran inmediatamente un barco en busca del capitán Grant.
Fue enorme el reconocimiento de da joven ad ver cuánta preocupación ponían en salvar a su padre; se do expresó con religioso fervor, pero lady Elena recha­zó el agradecimiento diciendo que cualquiera hubiera obrado de da misma forma; luego exclamó:
- ¡Ojalá se realicen das esperanzas que des he hecho concebir! Hasta que regrese lord Glenarvan permane­cerán en el castillo.
-Señora, no abuse de da simpatía que de causan unos extraños.
-¡Extraños, hija mía! Ni tu hermano ni tú son ex­traños en esta casa; quiero que lord Glenarvan pueda, en cuanto llegue, hacer conocer a dos hijos del capitán Grant qué se va a intentar para salvar a su padre.
No podían rehusar tan cordial invitación, por do que ambos quedaron aguardando en el castillo de Malcolm.





CAPITULO 4
UNA PROPUESTA DE LADY GLENARVAN


Lady Elena había ocultado a dos jóvenes dos temores de que su padre estuviera cautivo de dos indios y también da desconfianza que sobre la ayuda del Almirantazgo dejaban traducir das cartas y telegramas de su esposo. ¿Para qué aumentar da pena de aquellos niños y disminuir da esperanza que había nacido?
Después de responder a todas das preguntas de miss Grant, da interrogó acerca de su vida y de su situación, ya que parecía ser ella da única protectora de su her­mano.
La historia de da joven era sencilla y conmovedora y aumentó da simpatía que de había despertado da huérfana.
Miss Mary y Roberto Grant eran dos únicos hijos del capitán Harry Grant que había perdido a su esposa ad nacer Roberto; desde entonces dos niños quedaban ad cuidado de una anciana prima suya durante sus viajes.
El capitán Grant era escocés, hijo de un pastor de da iglesia de Santa Catalina. Era un valiente marino, buen navegante y comerciante. Con das mejores cua­lidades para da marina mercante, tuvo éxito en sus negocios en el mar y había llegado a poseer una modes­ta fortuna; planeó entonces algo que de dio gran popu­laridad en su país: fundar una colonia escocesa en Oceanía, ya que se sentía, igual que otras grandes fami­lias como da de lord Gdenarvan, separado de da invasora Inglaterra y esperaba que esa colonia, como do habían hecho ya dos Estados Unidos, y seguramente do harían da India y Australia, tendría un porvenir independiente.
Por supuesto, el gobierno no favoreció sus planes; aún más, trató de impedirlos, pero Harry no se desa­nimó y puso toda su fortuna y su arrojo ad servicio de esa causa. Con da colaboración de sus compatriotas construyó un buque y después de confiar a sus niños ad cariño de su anciana prima, partió, en 1861, para explorar das islas del Pacífico. Desde junio de 1862, fe­cha en que salió de El Callao, no se volvió a hablar de da Britannia ni de su capitán.
En esas circunstancias murió da anciana y dos dos niños quedaron solos en el mundo. Mary Grant tenía entonces catorce años, pero da fortaleza de su alma da hizo dedicarse completamente a da educación de su hermano. Con grandes economías, esfuerzos y trabajo incansable logró cumplir da penosa tarea que se había impuesto.
Ambos hermanos vivían en Dundee, en una triste situación de miseria únicamente combatida por los esfuerzos de Mary, que sólo se dedicaba a su hermano, ya que ella, después de la desaparición de su padre, no pensaba más que en Roberto. Es difícil de imaginar la conmoción que le provocó el anuncio del Times y de qué manera la arrancó de su desesperación. Inme­diatamente tomó una determinación: tener alguna no­ticia sobre su padre, aunque fuera la peor, antes que seguir en la incesante duda. Le comunicó todo a su hermano y juntos partieron ese mismo día hacia el castillo de Malcolm.
Mary le confió a lady Glenarvan esta triste historia, con gran sencillez, sin pensar que en esos dolorosos años de prueba se había comportado como una heroí­na. Lady Elena pensó eso varias veces y sin ocultar sus lágrimas los abrazó. También Roberto, que oía la historia, comprendió todo lo que su hermana había sufrido por él y la abrazó sin poderse contener, gri­tando:
- ¡Ah, mamá! ¡Mi querida mamá!
Durante esta conversación había caído la noche; lady Elena hizo conducir a los jóvenes a sus habita­ciones donde se durmieron esperanzados en un futuro mejor. Luego llamó al mayor Mac-Nabbs y le refirió todo lo ocurrido; éste se admiró también de las virtu­des de Mary y deseó, junto con lady Elena, el éxito de las gestiones de lord Glenarvan para solucionar el problema de los niños; sin embargo el temor y la des­confianza no le permitieron dormir en toda la noche.
Al día siguiente, ambos hermanos se levantaron muy temprano y se paseaban ansiosos por el patio del castillo esperando a lord Glenarvan. Lady Elena y el mayor salieron a recibir a lord Edward en cuanto oye­ron el ruido del carruaje que lo traía de vuelta. Parecía estar triste, desanimado y furioso. Abrazaba a su esposa en silencio.
-¿Y bien, Edward? -exclamó lady Elena.
-Mi querida Elena, esos hombres no tienen corazón.
-¿Se han negado?
-¡Sí! ¡Se han negado a enviar un buque! ¡Han ha­blado de los millones gastados inútilmente para salvar a Franklin! ¡Han dicho que hace ya dos años que han desaparecido y que hay pocas probabilidades de encon­trarlos! Que si los indios los han hecho prisioneros, esta­rán tierra adentro y no se puede registrar toda la Pata­gonia para encontrar a tres hombres -¡tres escoceses!- y que podrían perderse más hombres que los que se iban a salvar. En fin, han dado todas las malas razones que su falta de voluntad les dictó. Recuerdan el proyecto del capitán Grant; el pobre está perdido para siempre.
- ¡Mi padre! ¡Mi pobre padre! -exclamó Mary echándose de rodillas a los pies de lord Glenarvan.
Este se sorprendió al ver a aquella joven, la levantó al tiempo que se enteraba de quién era y se disculpaba de haber hablado así frente a ella. Un hondo silencio, sólo interrumpido por sollozos, reinaba en el patio; todos esos escoceses protestaban así contra la decisión del gobierno inglés; sólo el joven Roberto manifestó su enojo con una amenaza que interrumpió su herma­na. Ella sólo quería agradecer la bondad de estos bue­nos señores y partir para echarse a los pies de la reina y suplicarle de rodillaspor la vida de su padre.
Lord Glenarvan movió su cabeza; no dudaba del buen corazón de Su Majestad, pero sabía que Mary Grant no podría llegar hasta ella: muy raras veces pue­den llegar hasta ella los que suplican.
Lady Elena sabía también que iba a realizar un es­fuerzo inútil y que los esperaba una existencia desgraciada. Tuvo entonces una idea grande y generosa, de­tuvo a los niños que ya se disponían a partir y con los ojos llenos de lágrimas, pero con la voz serena se acer- có a su esposo y le dijo:
-Edward, el capitán Grant escribió su carta y la echó al mar en la confianza de que Dios la cuidaría; Dios nos la trajo, sin duda ha querido que nosotros salvemos a esos desdichados.
-¿Qué quieres decir, Elena?
-Quiero decir que es una gran felicidad poder em­pezar nuestra vida de matrimonio con una buena ac­ción. Tú, querido Edward, has proyectado un viaje de placer. ¿No nos dará mayor placer poder salvar a esos desventurados que su patria abandona?
- ¡Elena!
-¡Sí! Me comprendes. El Duncan es un magnífico yate, puede enfrentar los mares del sur y dar la vuel­ta al mundo si fuera necesario. ¡Partamos, Edward!
¡Vamos a buscar al capitán Grant!
Lord Glenarvan tendió los brazos a su esposa y la estrechó emocionado mientras los hermanos le besa­ban las manos y toda la servidumbre del castillo, con­movida y entusiasmada, victoriaba a sus señores.
CAPITULO 5
LA PARTIDA DEL DUNCAN


Lord Glenarvan estaba con razón orgulloso de su esposa, tan capaz de sorprenderlo y de seguirlo y que demostraba con la decisión que había tomado su alma fuerte y valerosa. El propósito de ir a buscar al capi­tán Grant ya se había apoderado de su mente al ver que su pedido era rechazado en Londres y si no había sido él quien lo propusiera fue porque se resistía a la idea de separarse de su mujer. Pero desde el momento en que lady Elena misma deseaba partir, no tenía ya ninguna duda.
Los criados del castillo saludaban con entusiasmo la proposición de su señora porque se trataba de sal­var a hermanos escoceses y lord Glenarvan, con cor­dialidad, unió su voz a las exclamaciones que victoriaban a la señora de Luss.
Como ya estaba resuelta la partida, no había tiem­po que perder, así que lord Glenarvan envió a John Mangles a Glasgow con el Duncan para prepararlo para el viaje por los mares del sur que podría conver­tirse también en un viaje alrededor del mundo. Como lo había afirmado lady Elena, las cualidades del Duncan eran tantas, su solidez y velocidad tan notables, que podía iniciar sin temor los más largos viajes.
El Duncan era un yate de vapor de líneas elegan­tes y de doscientas diez toneladas de porte. Los pri­meros barcos -los de Colón, Vespucio, Pinzón, Maga­llanes- que llegaron a América eran de dimensiones mucho menores.
El Duncan tenía dos palos, el trinquete* con su mayor, velacho* juanete* y sobrejuanete* y el palo mayor con mesana* y balastrilla* y además el correspondiente bauprés* con sus foques,* contrafoques* y petifoques* Tenía pues un velamen suficiente que le permitía apro­vechar el viento como un liviano cliper*, aunque su vigor principal residía en su potencia mecánica: una moderna máquina de ciento sesenta caballos, tenía aparatos de calefacción que le daban al vapor una presión mayor que la común y que ponía en movi­miento una doble hélice. En sus pruebas en el golfo de Clyde había avanzado diecisiete millas por hora.
Era evidente que podía hacerse a la mar y dar la vuel­ta al mundo; su capitán tuvo que ocuparse sólo de los arreglos interiores.
Por las dificultades que sin duda encontraría en abas­tecerse de combustible, convirtió en carboneras algu­nos pañoles* más; también aumentó la capacidad de las despensas y almacenó víveres para dos años. Dis­puso además de dinero suficiente como para adquirir un cañón giratorio que hizo colocar en la proa. No sabían qué peligros deberían afrontar y les daba segu­ridad el poder enviar una bala de ocho a cuatro millas de distancia.
John Mangles, aunque comandaba un yate de pa­seo, conocía muy bien su oficio y en Glasgow, donde los buenos marinos no escasean, se lo contaba entre los más diestros, inteligentes y resueltos. Tenía en­tonces treinta años, sus facciones eran severas y rudas, pero denotaban valor y bondad. Había nacido en el castillo de los Glenarvan, y éstos, que tomaron a su car­go su educación, lo hicieron un excelente marino. El capitán Mangles ya había dado repetidas pruebas de habilidad, firmeza de carácter y sangre fría en al­gunos viajes trasoceánicos y cuando lord Glenarvan le ofreció el mando del Duncan lo aceptó muy satis­fecho, ya que sólo esperaba una oportunidad para sacrificarse por quien quería como a un hermano.
El segundo de a bordo era Tom Austin, un viejo marino digno de toda confianza. Incluyendo a los mencionados, la tripulación era de veinticinco hom­bres, todos del condado de Dumbarton, marineros consumados, hijos de arrendatarios de la familia Gle- narvan que formaban a bordo un verdadero clan de gente honrada al que ni siquiera faltaba el gaitero tradicional. Era una tripulación de hombres valientes,
amantes de su oficio, hábiles en el manejo de las ar­mas y en las maniobras del buque y capaces de se­guirlo a las más peligrosas expediciones. Cuando la tripulación del Duncan conoció el destino de su pró­ximo viaje estalló en hurras entusiastas, que los peñas­cos de Dumbarton repitieron con sus ecos.
John Mangles, al mismo tiempo que preparaba las provisiones y la carga del buque, dispuso las cámaras de lord y lady Glenarvan en forma adecuada a per­sonas tan distinguidas y queridas y para un viaje tan largo. Igualmente se ocupó de los camarotes de los hijos del capitán Grant, ya que lady Elena no pudo negar a Mary el permiso para acompañarla a bordo del Duncan. En cuanto al joven Roberto, era inútil negarle el permiso pues se hubiera embarcado de po­lizón, escondido en cualquier rincón del buque. Ni siquiera se pudo lograr que se embarcase como pasa­jero: se obstinó, y lo logró, en servir de grumete o de aprendiz. John Mangles se comprometió a enseñarle el oficio. Roberto le pidió que no' ahorrase los latiga­zos si no andaba derecho.
Para completar la lista de pasajeros, nombraremos al mayor Mac-Nabbs. Era un hombre de cincuenta años, de facciones tranquilas y regulares. Poseía un ex­celente carácter, era modesto, silencioso, pacificó y amable. Nunca discutía ni se incomodaba por nada. Lo mismo que subía por la escalera de su cuarto, hu­biera subido por una muralla sin que nada, ni una bala de cañón, lo perturbase. Poseía en grado sumo un gran valor físico y, lo que es mucho más importante aún, un extraordinario valor moral. Su único defecto, si lo era, consistía en ser escocés hasta la médula de los huesos. Nunca quiso servir a Inglaterra y el grado de mayor lo ganó en un tradicional regimiento formado por nobles escoceses. En su calidad de primo de los Glenarvan residía en el castillo de Malcolm y en su calidad de mayor consideró natural embarcarse en el Duncan.
Desde su llegada a Glasgow, el yate había mono­polizado la curiosidad y la admiración de todos. Mucho público lo visitaba todos los días, con no demasiado agrado de los demás capitanes del puerto, entre otros el capitán Burton, al mando del Scotia, un magnífico vapor anclado junto al Duncan y listo para zarpar ha­cia Calcuta*.
Se fijó la partida del Duncan para el 25 de agosto, lo que les permitiría llegar a las latitudes australes a comienzos de la primavera.
Apenas se conoció su proyecto, recibió lord Glenarvan críticas y elogios. Unos le hicieron observaciones muy sensatas acerca de los peligros del viaje, otros le expresaron su admiración por la finalidad de su expedición. La opinión pública se declaró francamente favorable y todos los periódicos, excepto los órganos del gobierno, censuraron la conducta del Almiran­tazgo.
El 24 de agosto, lord y lady Glenarvan, el mayor Mac-Nabbs, Mary y Roberto Grant, el señor Olbinett, mayordomo del yate, y su mujer, la señora Olbinett, al servicio de lady Glenarvan, salieron del castillo de Malcolm. A las pocas horas estaban todos a bordo. La población de Glasgow los recibió con simpática admiración, especialmente a lady Elena, quien para ir en auxilio de unos desdichados náufragos, dejaba de lado los tranquilos y fáciles goces de una vida opu­lenta.
Lord Glenarvan y su esposa ocupaban los dos dor­mitorios, el salón y los dos gabinetes de tocador de la toldilla* de popa. Había además seis camarotes, de los cuales ocuparon cinco Mary y Roberto Grant, el señor y la señora Olbinett y el mayor Mac-Nabbs. Los camaro­tes de John Mangles y Tom Austin estaban ubicados junto a la escotilla* muy cerca de la cubierta. La tripu­lación tenía sus coys* en el entrepuente.
A las ocho de la noche, lord Glenarvan, sus huéspe­des y toda la tripulación, desde los fogoneros al capi­tán, fueron a la catedral de Glasgow, donde el reve­rendo Morton imploró las bendiciones del cielo para los abnegados exploradores.
A las once volvieron todos al Duncan. John Mangles y sus hombres finalizaron los preparativos y, a media noche, se encendieron las calderas con el fin de partir a las tres de la mañana aprovechando la marea descen­dente. A esa hora el Duncan lanzó vigorosos silbidos y soltó amarras. El yate comenzó a navegar por el canal que John Mangles tan bien conocía. Pronto las últimas fábricas de la costa fueron reemplazadas por las boni­tas casas de fin de semana que coronan las colinas. Una hora después el Duncan pasó frente a las rocas de Dum­barton. A las seis se hallaba en el golfo de Clyde; desde allí, dobló el cabo de Cantry, salió del canal del Norte y navegó en pleno océano.


CAPITULO 6
EL PASAJERO DEL CAMAROTE NUMERO SEIS


Los pasajeros del Duncan debieron soportar, el pri­mer día de viaje, los fuertes balanceos del buque de­bidos al mar picado, lo que impidió a las señoras apa­recer por la toldilla. Pero al día siguiente, una ligera variación del viento permitió izar el trinquete, la cangreja* y la gavia* de modo que el buque, ciñéndose más y apoyándose mejor en las olas, fue menos vio- á lento en sus cabeceos y balanceos.
Apenas despuntó el día, lady Elena y Mary Grant se reunieron en la cubierta con lord Glenarvan, el mayor y el capitán. El día se presentaba espléndido. Los pasajeros del yate contemplaban silenciosos la aparición de un sol magnífico.
-¡Qué admirable día! -dijo lady Elena-. El día em­pieza hermoso. Ojalá el viento nos siga siendo propi­cio. ¿Será larga nuestra travesía, querido Edward?
-El capitán nos lo dirá. ¿Andaremos bien, John? ¿Estás satisfecho con tu buque?
-Muy satisfecho, milord -contestó John Mangles-. Es un buque magnífico. Navegamos a diecisiete millas por hora y a este paso antes de cinco semanas habre­mos doblado el cabo de Hornos*
-¿Oyes, Mary? -exclamó lady Glenarvan-, antes de cinco semanas.
-Sí, lo oigo, señora. Las palabras del capitán han hecho latir mi corazón con violencia.
-¿Qué tal te sienta la navegación, Mary? -preguntó lord Glenarvan.
-Bien, milord. Ya estoy acostumbrándome a los balanceos.
-¿Y Roberto?
-Roberto -respondió John Mangles- no se queda quieto, cuando no está en la máquina, está en los topes. ¿Miren!
Siguiendo la indicación del capitán, todos levanta­ron los ojos hacia el palo mayor, donde estaba Roberto suspendido de una verga de juanete* a treinta metros de altura. Mary se estremeció.
-No se asuste, Mary -dijo John Mangles-, respondo de él. Estoy seguro de que cuando encontremos al capitán Grant -y lo encontraremos- le presentaré a un marino hecho y derecho.
-El cielo lo oiga, capitán.
-Hija mía -repuso lord Glenarvan-, hay en todo es­to algo de providencial que debe darnos esperanzas. Estoy seguro de que triunfaremos y llevaremos a cabo nuestra empresa sin dificultad. Tengo la mejor de las tripulaciones y el mejor de los buques. ¿No te causa admiración el Duncan, Mary?
-Lo admiro, milord. Y lo admiro como buena co­nocedora.
-¿De veras?
-Desde muy niña jugaba en los buques de mi padre, el cual hubiera hecho de mí todo un marino. Y aun ahora no me vería en apuros si debiera trenzar un grátil.
-¿Cómo? -exclamó John Mangles.
-Si hablas de ese modo, Mary -intervino lord Glenarvan-, vas a entusiasmar al capitán y a hacer de él tu me­jor amigo, porque no concibe en el mundo otro oficio que el de marino, ni siquiera para la mujer. ¿No es ver­dad, John?
-Así es, milord. Aunque creo que miss Grant está mejor en la toldilla que sujetando un juanete* me agrada mucho oirla expresarse así. Sobre todo cuando admira el Duncan, que bien lo merece.
Lady Elena escuchaba sonriendo esta conversación y ante tantos elogios del yate expresó sus deseos de visitar todos los rincones y ver cómo estaban en el entrepuente los marineros.
Antes de complacerla, lord Edward llamó a Olbinett, para encargarle el almuerzo.
El mayordomo era un excelente cocinero que desem­peñaba sus funciones con celo e inteligencia.
Mac-Nabbs prefirió seguir fumando en la cubierta y no acompañó a lord Glenarvan y a sus huéspedes cuando bajaron al entrepuente. Se quedó, pues, solo y conversando consigo mismo, según su costumbre, pero sin contradecirse jamás.
Después de unos minutos se dio vuelta y vio apare­cer a un nuevo personaje. Este encuentro hubiera sor­prendido al mayor si al mayor pudiera sorprenderle algo, pues el nuevo pasajero le era desconocido.
Era un hombre de cuarenta años, alto y delgado, de cara ancha y voluminosa, boca grande y barba muy pronunciada. Sus ojos se escondían detrás de unas gafas redondas y su mirada tenía la indecisión particular que caracteriza a los nictálopes* Su fisono­mía era la de un hombre inteligente y jovial; no te­nía ese aspecto grave de los que hacen de la seriedad un principio y que ocultan bajo una máscara de for­malidad una nulidad absoluta.
Se notaba que era conversador y distraído. Usaba gorra de viaje, botas amarillas y polainas de cuero, pantalón y chaquetilla de terciopelo de color castaño. Sus numerosos bolsillos estaban atestados de dicciona­rios, agendas, carteras y otros mil objetos tan moles­tos como inútiles. Colgado del hombro, llevaba un anteojo de larga vista.
Se paseaba alrededor del mayor, interrogándolo con los ojos, pero la indiferencia de Mac-Nabbs burló los intentos del extraño pasajero de entablar conversa­ción. Tomó entonces su anteojo, lo desplegó y se puso a examinar durante cinco minutos el horizonte. Luego lo dejó descansar sobre el piso y se apoyó en él como si fuera un bastón. Los tubos del anteojo se metieron inmediatamente uno dentro del otro y el singular personaje, faltándole de repente su punto de apoyo, casi se cae al pie del palo mayor.
Cualquier otro hubiera reído ante tal espectáculo, pero el mayor, impasible, ni siquiera pestañeó.
El intruso llamó, entonces, al mayordomo. En ese momento pasaba el señor Olbinett que iba a la cocina ubicada en la proa. Grande fue su asombro cuando se oyó llamar por aquel hombre larguirucho y a quien no conocía. Subió a la toldilla y se acercó al descono­cido.
-¿Es usted el mayordomo del buque? -le preguntó con acento extranjero.
-Sí, señor -respondió Olbinett-, pero no tengo el honor ...
-Soy el pasajero del camarote número seis.
-¿Número seis? -repitió asombrado el mayordomo.
-Por supuesto. ¿Y usted se llama?
-Olbinett.
-Pues bien, amigo Olbinett, me parece que ya es hora de desayunar. Hace treinta y seis horas que no he probado bocado,' o mejor dicho, hace treinta y seis horas que no hago otra cosa que dormir, lo que es muy perdonable para una persona que ha venido de una sentada de París a Glasgow. ¿A qué hora se desayuna?
-A las nueve -respondió maquinalmente Olbinett.
El extranjero quiso consultar su reloj, lo que consi­guió sólo al meter la mano en su noveno bolsillo.
-Bueno, aún no han dado las ocho. Déme, pues, Olbinett, un bizcochito y un vaso de sherry* para poder aguardar porque me estoy cayendo.
Olbinett oía y callaba sin comprender nada. Este desconocido hablaba él solo y saltaba sorprendente­mente de un asunto a otro.
-Y bien, ¿y el capitán? ¡No se ha levantado aún! ¿Y el segundo? ¿Qué hace? ¿Duerme también? Menos mal que el tiempo es bueno, el viento favorable y el buque anda solo.. .
De este modo hablaba cuando apareció John Mangles por la escotilla de popa.
-Aquí está el capitán -dijo Olbinett.
- ¡Cuánto me alegro de conocerlo, capitán Burton!
John Mangles quedó como quien ve visiones ante este desconocido que lo llamaba capitán Burton.
Pero el otro continuó sin darse cuenta de la situación.
-Déjeme darle un apretón de manos, pues no pude hacerlo antenoche, ya que no se debe incomodar a los marinos en el momento de zarpar; pero hoy, capitán, tengo el mayor gusto en conocerlo.
John Mangles abría enormes ojos mirando tanto a Olbinett como al recién llegado.
-Ahora -seguía el singular pasajero- que ya me he presentado y somos casi como dos antiguos amigos, hablemos y dígame si está contento con el Scotia.
-¿Qué entiende usted por el Scotia? -dijo por fin John Mangles.
-El Scotia que nos lleva, un buen buque cuyas cua­lidades físicas me han elogiado mucho igual que las prendas morales de su bravo comandante, el capitán Burton* ¿Acaso no es pariente del gran viajero africa­no del mismo apellido?
-Caballero, yo no soy pariente del bravo viajero Burton, ni soy tampoco el capitán Burton.
-¡Ah! ¿Es usted entonces monsieur Burdness, el segundo del Scotia?
John Mangles no sabía si se encontraba frente a un loco o un atolondrado; iba a tratar de aclarar la situa­ción, cuando regresaron a cubierta lord Glenarvan, su es­posa y miss Grant. Al verlos, el desconocido exclamo.
- ¡Ah, pasajeros, pasajeros!
Y se aproximó para presentarse a aquéllos, que lle­nos de asombro no podían explicarse la presencia de este desconocido.
Lord Glenarvan se adelantó y después de presentar­se, le preguntó con quién tenía el gusto de hablar, en­tonces el desconocido se presentó a su vez:
-Santiago Elías Francisco María Paganel, secretario de la Sociedad de Geografía de París, miembro co­rresponsal de las Sociedades de Berlín, Bombay, Darmstadt, Leipzig, Londres, San Petersburgo, Viena y Nue­va York, miembro honorario del Instituto Real Geo­gráfico y Etnográfico de las Indias Orientales, que des­pués de haber pasado veinte años de mi vida estudiando en mi gabinete he querido entrar en la ciencia mili­tante y me dirijo a la India para coordinar los trabajos de los grandes viajeros.


CAPITULO 7
DE DONDE VIENE Y ADONDE VA SANTIAGO PAGANEL


La gracia de su presentación mostraba la amabili­dad de este viajero. Su nombre era, además, muy co­nocido por lord Glenarvan quien sabía del mérito de sus trabajos geográficos que lo hacían uno de los más distinguidos sabios del mundo, así es que le tendió cordialmente su mano y luego le preguntó cuándo había llegado a bordo. La respuesta de Santiago Paganel aclaró el misterio. Se había trasladado hasta Glas­gow en tren, luego un carruaje lo dejó frente a lo que él suponía el Scotia, en el que tenía reservado el ca­marote número seis. La noche estaba oscura y no vio a nadie, rendido por un viaje de treinta horas, buscó descansar; más aún, deseaba permanecer acostado y evitar así el mareo de las primeras horas de la travesía y se había dormido como un lirón durante treinta y seis horas.
Todo quedaba explicado: el viajero francés se había embarcado por error en el Duncan cuando toda la tripulación estaba en la catedral, pero, ¿qué diría ahora cuando le advirtieran de su error?
Mientras tanto el científico les confiaba que esta­ba a punto de concretar un deseo largamente acari­ciado: viajar a la India para desempeñar allí una misión que le encomendara la Sociedad Geográfica: seguir las huellas de los hermanos Schalagintweit,
del coronel Waugh, de Hodgson, de los misioneros Huc y Gabet, de Moorcoft, de Webb, de julio Remy y de otros cé­lebres viajeros; triunfar, en fin, donde había muerto en 1846 el misionero Krick, reconocer el curso del Yarou-Dzangho-Tchou, que riega el Tibet* por 1.500 kilómetros y rodea la base septentrional del Himalaya y saber si ese río se junta con el Brahmaputra* al noreste de Assam*
Paganel hablaba con soberbia animación, no se po­día refrenar su entusiasmo e imaginación, pero lord Glenarvan se atrevió a interrumpirlo:
-Señor Santiago Paganel, seguramente va a empren­der un buen viaje, por el que la ciencia le quedará muy reconocida, pero no quiero prolongar más tiempo su error y debo decirle que, al menos por ahora, deberá renunciar al placer de visitar la India.
-¡Renunciar! ¿Y porqué?
-Porque estamos dando la espalda a esa península.
- ¡Cómo! El capitán Burton...
-Yo no soy el capitán Burton -respondió Mangles.
-¿Pero, el Scotia...?
-Este buque no es el Scotia.
No sería posible describir el asombro de Paganel que miró a todos sucesivamente y al fin exclamó:
- ¡Qué chasco!
Levantó la vista y vio sobre la rueda del timón: "Duncan - Glasgow", y, entonces, con voz desespera­da, dijo:
- ¡El Duncan, el Duncan!
Luego se precipitó hacia su camarote.
Su reacción hizo que todos se echaran a reír. ¡Equi­vocarse de tren! ¡Se comprende! Pero, equivocarse de buque y navegar hacia Chile cuando deseaba ir a la India, era un increíble exceso de distracción.
-Nada me admira en Santiago Paganel -dijo lord Glenarvan-, sus distracciones lo han hecho célebre. Una vez puso el Japón en un mapa que publicó de América. Lo que no le impide ser un sabio distinguido y uno de los mejores geógrafos de Francia.
Se pensó, entonces, que el sabio podría descender en el primer puerto que tocaran.
Inmediatamente regresó Paganel, avergonzado y ca­riacontecido, luego de verificar que tenía a bordo su equipaje. No podía dejar de repetir: ¡el Duncan! ¡el Duncan! mientras caminaba de un lado a otro y examinaba el horizonte. Luego se aseguró del des­tino que llevaba el yate y comenzó a desesperarse por su misión en la India y por lo que opinarían los miembros de la Sociedad Geográfica ante los que, creía, ya no podría presentarse más.
Lord Glenarvan trató de calmarlo asegurándole que sólo sufriría un pequeño retraso si descendía en el puerto de la isla Madera para, de allí, regresar a Europa.
Santiago Paganel le agradeció su sugerencia, pero ya que el Duncan era un yate de excursión le pro­puso a su propietario que pusieran rumbo a la India para realizar así un inesperado viaje de paseo, pero los movimientos negativos de cabeza de sus oyentes
casi no le permitieron terminar su propuesta. Inmedia­tamente le informaron de la finalidad de ese viaje: recoger a unos náufragos abandonados en la Patago­nia. Luego le relataron todo lo que había sucedido: el hallazgo de la botella, el mensaje, la historia del capitán Grant y la decisión de lady Elena. Esta le propuso que también él se asociara a la búsqueda. El viajero no aceptó la propuesta ya que su misión era muy importante y se acordó que descendería en Madera para regresar.
Á pesar del retraso, Paganel se conformó, se mos­tró alegre y amable, encantó a las señoras con su buen humor y antes de terminar el día era amigo de todos. Á su pedido le enseñaron el documento del capitán Grant, estuvo de acuerdo con la interpretación que le habían dado y se mostró muy optimista con los resultados, lo que aumentó las esperanzas de Mary y Roberto Grant.
Cuando se enteró de que lady Elena era hija de William Tuffnel no pudo acallar su alegría, había sido su amigo y lo llenaba de felicidad viajar con la hija, a la que abrazó entusiasmado, claro que con el permi­so de su esposo.


CAPITULO 8
OTRA BUENA PERSONA A BORDO DEL DUNCAN


El yate, favorecido por las corrientes del norte de África avanzaba rápidamente hacia el Ecuador. El 30 de agosto reconocieron el grupo de islas Madera; fiel a su promesa, lord Glenarvan le propuso a su huésped tocar tierra, pero Paganel le preguntó si antes de su lle­gada pensaba tocar ese puerto y cuando se enteró de que no, le respondió:
-Madera es una isla demasiado conocida 'y no le ofrece nada interesante a un geógrafo; todo ya está dicho y escrito y además es una región que se halla en decadencia en el aspecto de vitivinicultura. ¡Ya no hay viñas en Madera! La cosecha de vino, que en 1813 era de 22.000 pipas, en 1845 había descendido a 2.669 y en la actualidad no llega a 500. Es un espec­táculo desconsolador. Así pues, ¿no sería lo mismo hacer escala en Canarias?*
-De acuerdo, eso no nos separa de nuestro camino.
-Lo sé, mi querido milord. En Canarias hay tres grupos dignos de estudio, sin hablar del pico de Tene­rife que he tenido siempre muchos deseos de ver; se presenta la ocasión y la aprovecharé mientras aguardo un buque que me lleve a Europa.
-Como guste, mi querido Paganel -respondió lord Glenarvan-, sin poder dejar de sonreírse.
Las Canarias distan de Madera unas doscientas cin­cuenta millas, escasa distancia para el Duncan. Á las dos de la tarde del 31 de agosto, John Mangles y Paganel se paseaban por la toldilla; el francés interrogaba a su acompañante acerca de Chile con gran curiosidad. De pronto, el capitán lo interrumpió para señalarle al sur un punto en el horizonte. El sabio no veía nada, pese a la insistencia del capitán. Parecía, más bien, que no quería ver el pico de Tenerife* que ya se distinguía claramente. Al final tuvo que aceptar lo que veía; se mostró decepcionada con su aspecto, a pesar de que su altura es de 3.715 metros sobre el nivel del mar. Era extraña su actitud y más aún cuando, a pesar de que anteriormente había expresado su intención de escalarlo, exclamó:
-¿Qué podría hacer yo después que un genio como Humboldt* trepó por la montaña y dio de ella la des­cripción completa de sus cinco zonas: la de los vinos, la de los laureles, la de los pinos, la de los brezos al­pinos y, por último, la estéril, y después que visitó el volcán y registró sus entrañas? ¿Qué podría, pues, hacer yo ahora?
-En efecto, ya es tierra conocida. Lo siento, pues se aburrirá mucho esperando un buque en ese puerto, ya que no encontrará grandes distracciones.
-¿Pero, mi querido Mangles -preguntó Paganel-, no ofrecen las islas de Cabo Verde* buenos puertos de escala?
-Sí, por cierto, es fácil embarcarse en Villa Prata.
-Sin hablar de que estaré cerca de Senegal* donde encontraré compatriotas. Además, aunque no sean muy interesantes, todo es curioso para los ojos de un geó­grafo.
-Seguramente la ciencia ganará mucho con su perma­nencia en ellas. Por otra parte, estaba previsto cargar allí carbón.
Dicho esto, mandó el capitán pasar al oeste de las islas Canarias; el célebre pico quedó a babor y el Duncan continuó con su rápida marcha. El 2 de setiembre pasa­ron el trópico de Cáncer. Se sentía la atmósfera húmeda y pesada de la estación de las lluvias; el mar, pesado y grueso, hizo que los viajeros tuvieran que seguir sus charlas en el salón.
Al día siguiente, Paganel comenzó a arreglar su equi­paje para su próximo desembarco. El Duncan evolucio­naba entre las islas de Cabo Verde; pasó por delante de la isla de la Sal* verdadera tumba de arena, árida y triste; costeó los grandes bancos de coral y dejó a un lado la isla de Santiago* atravesada de norte a sur por una cordillera de montañas basálticas que termi­nan en dos erguidas crestas; entró en la bahía de Villa Prata y ancló delante de la ciudad. El tiempo era es­pantoso y la resaca, muy violenta, pero la bahía estaba bien resguardada. Una lluvia torrencial apenas permi­tía ver la ciudad, que se levanta sobre una alta terraza de rocas volcánicas; el aspecto de la isla, vista al tras­luz de la densa cortina de lluvia, era muy triste.
El embarque de carbón se hacía con bastante difi­cultad. Los pasajeros, refugiados bajo la toldilla, con­templaban la lluvia incesante que se confundía con el mar. El estado del tiempo era el tema obligado. Todos estaban interesados en él, salvo el mayor que ni siquie­ra se hubiera conmovido ante el diluvio universal. Paganel se paseaba impaciente.
-Parece hecho expresamente -decía.
-Está visto que los elementos se han conjurado en contra suyo'-le repuso lord Glenarvan.
-Sin embargo, veremos quién puede más.
-No puede hacer frente a semejante lluvia -dijo lady Elena.
-¿No he de poder, señora? Sólo la temo por mis equipajes e instrumentos que se arruinarán.
-Lo único que hay que temer es el desembarco -repuso Glenarvan-. Una vez en Villa Prata no estará del todo mal alojado, aunque no con mucha limpieza y en la compañía, no siempre agradable, de monos y cerdos. Pero eso no puede detenerlo; además, dentro de siete u ocho meses podrá embarcarse para Europa.
¡Siete u ocho meses!
-Por lo menos. Las islas de Cabo Verde son poco frecuentadas en la estación de las lluvias; pero podrá utilizar ese tiempo en estudiar este archipiélago aún poco conocido. Queda mucho que hacer en topogra­fía, climatología, etnografía y altimetría.
-Tendrá ríos para reconocer -dijo lady Elena.
-No los hay, señora -respondió Paganel. -Pues habrá arroyos.
-Tampoco.
-¿Arroyuelos?
-Tampoco.
-Entonces -dijo el mayor- recorrerá los bosques.
-¡.Qué bosques, si no hay árboles?
-¡Hermosa región! -replicó el mayor.
-Tendrá que consolarse, mi querido Paganel, con las montañas -dijo Glenarvan.
-Son poco elevadas e interesantes; además, ese es­tudio ya está hecho.
- ¡Hecho! -exclamó Glenarvan.
-Sí, es mi contratiempo habitual. ¡Si en las Canarias me veo por delante a Humboldt, aquí me encuentro precedido por el geólogo Sainte-Claire Deville?
- ¡Es posible!
- ¡Así es!, -repuso muy compungido Paganel. Este geólogo se hallaba a bordo de la corbeta de guerra Décidée, que hizo escala en las islas de Cabo Verde, visitó la cima más interesante del grupo: el volcán de la isla Fogo* ¿Qué puedo hacer yo después de él?
-Es triste, verdaderamente, -respondió lady Elena. ¿Qué será de usted?
Paganel guardó silencio.
-Decididamente -dijo Glenarvan- lo mejor que po­dría haber hecho era desembarcar en Madera, aunque allí no hubiese vino.
El sabio guardaba silencio. Finalmente, preguntó:
-¿Dónde piensa tocar después de aquí?
- ¡Oh! nuestra primera escala será en Concepción*?
-¡Diablos! ¡Eso me aleja mucho de la India!
-No tanto, desde el momento en que pasemos el cabo do tornos, se acercará.
-Mucho lo dudo.
-Además, tanto da uno que otro lado; se puede ganar la medalla de oro en todas partes, porque en todas partes hay mucho que investigar y descubrir, lo mismo en los cerros de la cordillera que en las mon­tañas del Tibet.
-¿Y el curso del Yarou-Dzangho-Tchou?
-¿Y qué? Lo reemplazará por el río Colorado* que también es poco conocido.
-Es verdad, querido lord, hay numerosos errores en lo que se refiere a su curso. ¡Oh! la Sociedad de Geo­grafía, si yo lo hubiera solicitado, me hubiera mandado a la Patagonia lo mismo que a la India, pero...
-Vamos... vamos... señor Paganel, ¿nos acompa­ñará? ¿No es verdad? -dijo lady Elena.
-Señora, ¿y mi misión?
-Le prevengo que pasaremos el estrecho de Maga­llanes.
- ¡Milord, eso me tienta!
-Y además visitaremos Puerto Hambre*. .
-¡Puerto Hambre! -exclamó el francés francamen­te tentado.
-Un geógrafo puede ser muy útil a nuestra expedi­ción y así pondrá la ciencia al servicio de la humanidad.
-Deje obrar a la casualidad o, mejor dicho, a la Pro­videncia que lo trajo aquí. Imítenos: la Providencia .nos trajo ese documento y partimos; ahora lo ha puesto a bordo del Duncan, ¡no lo abandone!
-¿Quieren que les diga lo que siento? -respondió entonces Paganel-. Pues que ustedes desean que me quede.
-Y usted lo que desea es quedarse, ¿verdad? -replicó Glenarvan.
- ¡Así es!, pero temía ser indiscreto.


CAPITULO 9
EL ESTRECHO DE MAGALLANES


La decisión de Paganel causó general alegría a bordo. Roberto expresó la suya saltando con tanto entusias­mo al cuello del sabio que casi lo hace caer de espaldas.
-Vaya un diablillo -dijo-, le enseñaré geografía.
El esfuerzo de todos iba a hacer del niño un educado caballero.
Después de terminar de cargar carbón, el Duncan abandonó aquella zona desolada. y tomó rumbo al oes­te; el 7 de setiembre pasaron el Ecuador y entraron en el hemisferio austral.
Hasta entonces la travesía no había tenido dificulta­des y todos abrigaban grandes esperanzas de encontrar al capitán Grant. Uno de los más confiados era el capi­tán del yate quien sentía un ardiente deseo de ver a miss Mary feliz y consolada; experimentaba por ella un interés particular que todos a bordo, salvo él mismo y miss Mary, habían notado.
El más feliz de todos era el geógrafo que pasaba sus días estudiando mapas; llenaba con ellos la mesa del salón, lo que provocaba el enojo de Olbinett que no podía poner los manteles; los huéspedes, sin embargo, estaban a favor de Paganel, salvo el mayor que miraba con gran indiferencia las cuestiones geográficas, sobre todo a la hora de comer. Además, el sabio había descu­bierto numerosos y destartalados libros en los baúles del segundo de a bordo y resolvió aprender en ellos la lengua de Cervantes que ninguno del grupo conocía y que les sería de gran utilidad al llegar a Chile. Así es que se lo oía constantemente balbucear sílabas confusas.
En sus ratos libres le enseñaba-a Roberto la historia de esas costas a las que tan rápido se acercaba el Duncan.
El 10 de diciembre, el yate se encontraba a los 5° 37' de latitud y 31º 15' de longitud; ese día Paganel conta­ba la historia de América y se remontaba a Cristóbal Colón, ya que quería hablarles de los grandes navegan­tes cuya ruta seguía el yate.
Ante la sorpresa de todos, manifestó que Colón ha­bía muerto sin saber que había descubierto un nuevo mundo. Todos protestaban, pero él afirmó que, sin desconocer por eso la gloria del célebre genovés, los hechos eran los hechos y que la preocupación funda­mental del siglo XV fue hallar el camino más corto para llegar al país de las especies y que eso intentó Colón en sus cuatro viajes en los que tocó América en las cos­tas de Cumaná* de Honduras, de Mosquitos* de Nica­ragua, de Veraguas* de Costa Rica y Panamá y que creyó que eran tierras de Japón y de China y murió sin haber­se dado cuenta de la existencia del gran continente.
-Le creo, amigo Paganel -interrumpió lord Glenarvan-, ¿pero, quiénes fueron entonces los que reconocie­ron la verdad?
-Fueron sus sucesores: Ojeda* Vicente Pinzón*, Vespucio, Mendoza, Bastidas*, Cabral*, Solís, Balboa, que ya habían acompañado a Colón en sus viajes. Estos navegantes recorrieron las costas orientales de América arrastrados también hace trescientos años por la corriente que ahora nos arrastra a nosotros. Hemos pasado el Ecuador, amigos, en el mismo punto que lo hizo Pinzón el último año del siglo XV. En 1508, Pin­zón y Solís se pusieron de acuerdo para reconocer las costas americanas y este último descubrió en 1514 la desembocadura del Río de la Plata, donde fue de­vorado por los indígenas. A Magallanes le correspon­dió la gloria de doblar el continente; partió en 1519 con cinco embarcaciones, siguió las costas de la Pata­gonia, descubrió Puerto Deseado* y puerto San Julián*, donde hizo varias veces escala, y halló a los 52° de latitud el estrecho de las Once Mil Vírgenes, que lue­go llevaría su nombre; finalmente, desembocó el 28 de noviembre de 1520 en el océano Pacífico. ¡Qué alegría debió de experimentar y con qué fuerza lati­ría su corazón cuando vio bajo los rayos del sol bri­llar un nuevo mar, un mar desconocido!
-¡Yo hubiera querido estar allí! -dijo Roberto entusiasmado.
-Yo también, muchacho, si hubiera nacido tres­cientos años antes.
-Lo que hubiera sido fatal para nosotros, porque ahora no estaría bajo la toldilla del Duncan contandonos todo esto -interrumpió lady Elena.
-Otro lo hubiera contado y hubiera añadido que el reconocimiento de la costa occidental se debe a los hermanos Pizarro*. Estos aventureros fueron los funda­dores de numerosas ciudades: Cuzco, Quito, Lima, Santiago, Villarrica, Valparaíso y Concepción, hacia donde nos dirigimos.
-Yo no hubiera quedado satisfecho con esos descu­brimientos, hubiera querido saber qué había más allá del estrecho de Magallanes -interrumpió Roberto.
- ¡Bravo, amigo! -respondió Paganel-. Yo también hubiera querido saber si el continente se prolongaba hasta el polo o si existía un mar libre como suponía Drake*, tu compatriota. Es evidente que si los dos hubiéramos vivido en el siglo XVII nos hubiéramos embarcado siguiendo a Shouten* y a Lemaire*, dos holan­deses muy deseosos de conocer ese enigma.
-¿Eran sabios? -preguntó lady Elena.
-No, eran audaces comerciantes que se interesa­ban poco del lado científico de los descubrimientos, pero como una compañía holandesa de las Indias orientales tenía el derecho absoluto sobre todo el comercio que se hacía por el estrecho de Magallanes, ellos quisieron encontrar otro paso hacia Asia. Así es que Isaac Lemaire organizó una expedición a car­go de un sobrino suyo, llamado Jacobo Lemaire, y de Shouten, quienes cerca de un siglo después que Maga­llanes descubrieron el estrecho de Lemaire, entre Tierra del Fuego y la isla de los Estados y el 12 de febrero de 1616 doblaron por el famoso cabo de Hornos, que aún más que el cabo de Buena Esperanza* merece el título de cabo de las Tempestades.
- ¡Sí, yo hubiera querido estar allí! -exclamó Ro­berto.
-Y hubieras sentido una gran emoción. ¿Hay una satisfacción mayor que la del navegante que anota en el mapa de a bordo sus descubrimientos, que ve poco a poco formarse las tierras bajo su mirada, isla por isla, promontorio por promontorio, como si brotaran de las olas? Los puntos aislados se van uniendo, los contornos se hacen conocidos y, finalmente, surge el nuevo continente, con sus lagos, riachos y ríos, con sus montañas, sus valles, con sus aldeas y ciudades que se despliegan con todo su esplendor. ¡Amigos míos, un descubridor de tierras es un verdadero inventor!
-¡Pero esa mina actualmente está casi agotada! Todo se ha visto, todo se ha reconocido y nada tenemos que hacer nosotros, llegados últimos a la ciencia geo­gráfica.
-Sí, querido Paganel -respondió Glenarvan.
-¿Qué podemos hacer?
-Lo que hacemos.
El Duncan seguía con maravillosa velocidad el rumbo de Vespucio y Magallanes. El 13 de setiembre cortó el trópico de Capricornio y puso proa hacia el célebre estrecho; en el horizonte se distinguían las costas bajas de la Patagonia de las que estaban a diez millas.
El 25 de setiembre el Duncan penetró resueltamen­te en el estrecho, cuya longitud no es de más de 376 millas; es éste el paso preferido por los buques de más calado ya que encuentran allí fondeaderos adecuados, numerosos manantiales de agua potable, bosques ricos en caza, ríos de abundante pesca y puntos de escala seguros; nada de esto ofrecía el estrecho de Lemaire, visitado incesantemente por tempestades y huracanes.
Durante la travesía, Paganel no quería perder un so­lo momento para observar ambas costas bajo los rayos del sol austral. No distinguió ningún habitante en la costa norte y sólo vio algunos fueguinos en las desér­ticas rocas de Tierra del Fuego.
No ver patagones le produjo cierto mal humor, lo que sirvió de diversión a sus compañeros de viaje.
-Una Patagonia sin patagones -decía-, no es una Patagonia.
-Paciencia -respondió Glenarvan-, no nos faltarán patagones.
-No lo sabemos.
-Pero los hay -dijo lady Elena.
-No se puede creer que ese nombre patagones*, que significa "pies grandes", haya sido dado a seres ima­ginarios.
- ¡Oh! el nombre importa poco -respondió' Paganel, que se obstinaba para animar la conversación-, y -agregaron se sabe cómo se llaman.
-¿Cómo? -exclamó lord Glenarvan-. ¿No lo sabe us­ted mayor?
-No -respondió Mac Nabbs-, ni daría por saberlo una libra escocesa.
- ¡Pues lo sabrá aunque no dé nada, apático mayor! -repuso Paganel-. Magallanes llamó patagones a los in­dígenas de estas comarcas, los araucanos*, tiliches*, y Bougainville* les da el nombre de chaouha y Falkner* el de teluhets*. Ellos mismos se designan bajo la deno­minación general de inaken*. ¿Cómo quiere que se los reconozca si tienen tantos nombres?
-Magnífico argumento -respondió lady Elena.
-Pero nuestro amigo tendrá que admitir que si hay dudas acerca de su nombre verdadero, no las habrá acerca de su existencia.
-De acuerdo.
-¿Son altos? -preguntó Glenarvan.
-Lo ignoro.
-¿Son pequeños? -dijo lady Elena.
-Nadie puede afirmarlo.
-Deben ser de mediana estatura -agregó Mac Nabbs para conciliar las opiniones.
-Tampoco lo sé.
-Acaso las informaciones de los viajeros que los vieron. . . -exclamó Glenarvan.
-Los viajeros tampoco están de acuerdo. Magalla­nes dice que su cabeza apenas le llegaba a la cintura y Drake afirma que cualquier inglés es más alto que el más alto patagón.
- ¡Oh! Un inglés, lo dudo -dijo desdeñosamente el mayor-, pero si se tratara de escoceses...
-Cavendish* asegura que son altos y robustos -pro­siguió Paganel-. Hawkins* hace de ellos unos gigantes y Lemaire y Shouten les dan 3,60 m de altura.
-Bueno, esos sabios son dignos de fe -dijo Glenarvan.
-Sí, pero la misma fe merecen Wood*, Narborony* y Falkner que los hallaron de estatura muy mediana; mientras que Byron*, Girandais*, Bougainville y otros afirman que su altura no baja de 2,10 m, aunque D'Orbigny*, el sabio que mejor conoce estas comarcas, les atribuye, término medio, una talla de 1,75 m.
-Entonces, ¿dónde está la verdad, en medio de tantas contradicciones -interrogó lady Elena.
-La verdad -dijo Paganel- es que los patagones tienen piernas cortas y tronco largo. En tono de bro­ma podemos decir que miden dos metros cuando es­tán sentados y sólo 1,65 m cuando están de pie.
-¡Bravo, mi querido sabio!, ha puesto el dedo en la llaga -respondió Glenarvan.
-A no ser que no existan -repuso Paganel- y enton­ces todos se pondrían de acuerdo. Pero, para con­cluir: el estrecho de Magallanes es magnífico, aunque no tenga patagones.
En ese momento el Duncan costeaba la penínsu­la de Brunswick, entre dos panoramas espléndidos. Sesenta millas después de haber doblado el cabo Gregory dejó a estribor la penitenciaría de Punta Arenas; entre los árboles se vio un instante la bandera chile­na y el campanario de la iglesia. El estrecho se abría entre moles graníticas, inmensos bosques ocultaban las faldas de las montañas que levantaban hasta las nubes su cabeza cubierta de nieves eternas. Hacia el sudoeste se elevaba a 2.145 m el monte Tarn.
Llegó la noche luego de un largo crepúsculo y el cielo se tachonó de brillantes estrellas, la Cruz del Sur señaló a los navegantes el camino del polo aus­tral. En medio de aquella luminosa oscuridad el yate siguió su curso sin echar anclas, el extremo de sus vergas acariciaba las ramas de las hayas antárticas in­clinadas sobre las olas y con frecuencia las hélices azotaban el agua de la desembocadura de los ríos despertando a numerosas aves que los habitaban. Lue­go aparecieron las ruinas de una colonia abandona­da: el Duncan pasaba frente a Puerto Hambre.
En aquel punto fue donde el español Sarmiento, en 1581, se estableció con cuatrocientos emigrados y fundó la ciudad de San Felipe; pero el frío y el ham­bre los diezmaron; seis años después, el corsario Cavendish encontró al último sobreviviente a punto de morir entre las ruinas de una ciudad que parecía haber envejecido durante siglos.
El Duncan costeó aquellas desiertas playas y, al ama­necer, navegaba por pasos estrechos; entre bosques de hayas, fresnos, abedules, se levantaban lomas tapi­zadas de acebos vigorosos y agudos pinos, entre ellos sobresalían las altísimas bucklandias. Pasó frente a la bahía de San Nicolás, llamada por Bougainville Bahía de los Franceses; a unas cuatro millas de distancia vie­ron retozar grupos de focas y ballenas que debían de ser enormes a juzgar por el chorro de agua que levan­taban. Doblaron el cabo de Froward erizado de tém­panos y divisaron sobre Tierra del Fuego el monte Sarmiento que mostraba, a unos 1.980 m de altura, su cabeza entre franjas de nubes.
Á partir de allí el estrecho se angostaba entre la pe­nínsula de Brunswick* y la isla Desolación*; que se ex­tiende entre mil islotes como un cetáceo encallado entre guijarros. ¡Qué diferente esta desmesurada ex­tremidad de América de los puntos bien determina­dos de África, Australia o la India!
Se sucedieron una serie de costas desnudas y de aspecto salvaje cortadas por mil canales que forma­ban un laberinto por el que el Duncan marchaba sin vacilar; pasó frente a algunas factorías españolas, ro­deó las islas de Harborough y, treinta y seis horas des­pués de haber entrado en el estrecho, apareció frente a él el mar inmenso y libre que Santiago Paganel salu­dó con entusiasmo, no menos conmovido que el mis­mo Magallanes en el momento en que la Trinidad se inclinó bajo los vientos del océano Pacífico.


CAPITULO 10
EL PARALELO 37


Ocho días después, el Duncan entraba a todo vapor en la bahía de Talcahuano* El tiempo era admirable en aquellas costas abrigadas por la cordillera de los Andes.
Los viajeros trataban de divisar en el mar cualquier resto que pudiera darles algún indicio del naufragio del Britannia, pero nada vieron. Siguieron su camino cerca del archipiélago de Chiloé* y luego anclaron en el puerto de Talcahuano, cuarenta y dos días después de haber dejado las turbias aguas de la Clyde.
Glenarvan y Paganel desembarcaron rápidamente; Paganel quiso poner a prueba sus conocimientos de la lengua española que tan concienzudamente había estudiado, pero no fue comprendido.
-Lo que me falta es la entonación -se consoló di­ciendo.
En la aduana lograron entenderse con ademanes y algo de inglés; allí supieron que el cónsul británico residía en Concepción. Para llegar se procuraron dos buenos caballos y una hora después entraban en la gran ciudad, debida al genio de Valdivia*, el esforzado compañero de Pizarro.
La ciudad había perdido su antiguo esplendor, saqueada varias veces por los indígenas, incendiada en 1819 y eclipsada por Talcahuano; contaba enton­ces sólo con 8.000 habitantes y mostraba un gran abandono y ninguna actividad comercial.
Glenarvan no se preocupó por esta decadencia, no trató de averiguar las causas, aunque Paganel tenía empeño en explicárselas, y sin perder un instante fue a ver a J. R. Bentock, cónsul de Su Majestad Bri­tánica, quien los recibió muy atentamente y, luego de escuchar la historia del capitán Grant, mandó a hacer averiguaciones en todo el litoral.
Los datos fueron negativos: nadie tenía noticias del naufragio del Britannia a lo largo de las costas chilenas, hacia el paralelo 37. Glenarvan no se desa­nimó y, sin ahorrar dinero, mandó agentes a todas las costas próximas a buscar informes, pero tampoco obtuvieron ningún resultado:. el Britannia no había dejado ninguna señal de su naufragio.
A los seis días, bajo la toldilla del Duncan, lord Glenarvan les confió a sus compañeros el resultado negativo de sus investigaciones. Las caricias de lady Elena no lograban disminuir el dolor de Mary y de su hermano. Santiago Paganel volvió a tomar el do­cumento y lo examinó con profunda atención. Hacía más de una hora que lo estaba estudiando, cuando Glenarvan lo interrumpió:
-¿Hemos interpretado erróneamente este docu­mento? ¿No es claro el nombre de Patagonia?
El geógrafo no respondía.
-¿La palabra “indios” no favorece nuestra inter­pretación de que esperaba caer prisionero de los in­dios?
-¡Alto aquí! -exclamó Paganel-. Las demás con­clusiones son justas, pero ésta no me parece tanto. Todas las miradas se fijaron en el geógrafo.
-Creo que el capitán es actualmente prisionero
de los indios y en lugar de leer "serán prisioneros", deben leer "son prisioneros".
- ¡Pero eso es imposible! -replicó Glenarvan.
-¿Imposible? ¿Por qué, mi noble amigo? –preguntó sonriendo Paganel.
-Porque la botella no pudo echarse sino en el mo­mento de naufragar.
-Nada lo prueba y no veo por qué los náufragos, después de haber sido arrastrados por los indios al interior del continente, no pudieron intentar dar a conocer el lugar de su cautiverio.
-Muy sencillo, amigo Paganel. Para echar una bo­tella al mar es preciso que haya mar donde echarla.
-O a falta de mar -replicó Paganel-, ríos que desa­güen en el mar.
Un silencio de admiración acogió esta respuesta, que daba una solución inesperada, pero posible. En los ojos de todos descubrió Paganel el rayo de una nueva esperanza.
-Creo -prosiguió el sabio- que debemos buscar el paralelo 37 en el punto en que se encuentra con la costa americana y seguirlo, sin separarnos de él ni medio grado, hasta que se sumerge en el Atlántico. Tal vez encontremos en el camino a los náufragos del Britannia.
- ¡Qué esperanza débil! -respondió el mayor.
-Por débil que sea debemos seguirla. Si por casua­lidad tengo razón, encontraremos las huellas de los cautivos. Miren, amigos, el mapa de esta zona.
Mientras decía esto extendía sobre la mesa un mapa de Chile y del sur argentino.
-Síganme en este paseo por el continente ameri­cano. Atravesamos la estrecha faja de Chile, pasamos la cordillera de los Andes, descendemos a las pampas. ¿Faltan aquí ríos, arroyos y arroyuelos? No. Aquí está el río Negro, aquí el Colorado, sus afluentes cor­tan el paralelo 37 y han podido servir para transpor­tar el documento. Quizás a orillas de estos ríos, en el seno de una tribu sedentaria, los náufragos, a los que puedo llamar nuestros amigos, esperan una ayuda providencial. ¿Podemos defraudarlos? ¿No les parece que debemos seguir la línea que marca mi dedo en el mapa? Y si no los encontramos, ¿no debemos dar la vuelta al mundo siguiendo el paralelo 37, hasta en­contrarlos?
Estas generosas y entusiastas palabras conmovie­ron a todos, que se levantaron y tendieron la mano a Paganel, mientras Roberto decía, mirando fijamente el mapa:
-Sí, allí está mi padre.
-Y donde esté -respondió Glenarvan-, sabremos encontrarlo, hijo mío. Nada más lógico que la inter­pretación de nuestro amigo; debemos seguir sin du­dar el camino que nos ha trazado. Si el capitan se halla en poder de una tribu débil, lo rescataremos, y si es prisionero de una tribu poderosa, después de conocer su situación encontraremos el Duncan en la costa oriental, iremos a Buenos Aires en él y allí el mayor Mac Nabbs organizara un destacamento que dará buena cuenta de los indios.
- ¡Bien, bien! La travesía se hará sin peligros -añadió John Mangles.
-Sin peligros y sin fatigas -repuso Paganel-. ¡Cuán­tos lo han hecho ya sin tener nuestros medios y sin que los guiase un interés como el nuestro! ¿Acaso no fue Basilio Villarino*, en 1782 desde el Carmen* a la cordi­llera? ¿Y en 1806, un chileno, don Luis de la Cruz; partiendo de Antuco*, no siguió este paralelo 37 y después de cruzar los Andes no llegó a Buenos Aires en cuarenta y siete días? ¿Y el coronel García*, y Alcides d'Orbigny*, y mi distinguido colega, el doctor Mar­tín de Moussy*, no recorrieron este país en todas direc­ciones? Ellos hicieron por la ciencia lo que nosotros haremos por la humanidad.
- ¡Señor! ¿Señora -dijo Mary Grant con la voz entrecortada por la emoción- ¿cómo podré pagar su abnegación que lo expone a tantos peligros?
- ¡Peligros! -exclamó Paganel- ¿Quién ha pronun­ciado la palabra peligro?
- ¡No he sido yo! -interrumpió Roberto, en cuyos ojos brillaba el entusiasmo.
-¡Peligros! ¡Peligros! ¿Pueden existir en un viaje de 1.500 km escasos, puesto que iremos en línea recta por una latitud equivalente a la de España, Sicilia y Grecia, sólo que en otro hemisferio, y, desde luego, con un clima casi idéntico. Este viaje nos llevará sola­mente un mes, será en realidad, un paseo.
-Señor Paganel -preguntó entonces lady Elena, ¿usted cree que si los náufragos han caído en poder de los indígenas, seguirán aún con vida?
-Así lo creo, señora. ¿Acaso son antropófagos? Uno de mis- compatriotas, el señor Guinnard*, a quien conocí en la Sociedad de Geografía, permaneció tres años cautivo de los indios de las pampas; sufrió mu­chos malos tratos, pero se salvó finalmente. Los in­dios saben que un europeo es un ser útil y lo cuidan como a un valioso animal.
-Pues bien, es necesario partir sin vacilaciones -dijo Glenarvan-. ¿Qué camino debemos seguir?
-Un camino fácil y agradable -respondió Paganel-. Algunas montañas al principio, después la suave pen­diente de la vertiente oriental de los Andes y, final­mente, una llanura compacta, tapizada de musgo y arena; un verdadero jardín.
-Veamos el mapa -dijo el mayor.
-Aquí está, amigo. Partiremos de la costa chilena,
a la altura del paralelo 37; después de atravesar la capital de Araucania*, cruzaremos la cordillera por el y paso de Antuco' dejando el volcán hacia el sur, luego nos deslizaremos por los prolongados declives de las montañas, pasaremos Neuquén, el río Colorado y al­canzaremos la Pampa, el Salado, el río Guaminí y la sierra de Tapalquén. Allí aparece la frontera de la provincia de Buenos Aires, la pasaremos, igual que las sierras de Tandil y prolongaremos nuestras pesqui­sas hasta Punta Médanos; en las playas del Atlántico.
Al presentar el plan de la expedición, el científico no se tomaba la molestia de mirar el mapa, pues su segura memoria lo guiaba. Luego afirmó:
-Es camino recto, amigos míos, que recorreremos en treinta días y llegaremos antes que el Duncan a la
costa.
-Entonces-preguntó John Mangles-, ¿el Duncan deberá cruzar entre el cabo Corrientes- y el cabo San Antonio?
-Precisamente.
-¿Y quiénes partirán?
-Pocos; se trata únicamente de buscar al capitán y no de andar a los tiros con los indios. Creo que con lord Glenarvan, el mayor y yo...
-¡Y yo! -exclamó Roberto.
-¡Roberto! ¡Roberto! -dijo Mary.
-¿Y por qué no? -respondió Paganel-. Los viajes forman a los jóvenes. . ., entonces, nosotros cuatro y tres marineros del Duncan.
-¿Cómo? -dijo John Mangles-, ¿no me incluyen?
-Querido John -respondió Glenarvan-, dejamos a bordo a nuestras pasajeras, es decir lo que más quere­mos en el mundo. ¿Quién mejor que el capitán del Duncan velaría por ellas?
-Por lo visto no participaremos nosotras -dijo lady Elena, con los ojos velados por la pena.
-Mi querida Elena, nuestra marcha debe ser suma­mente rápida, nuestra separación será corta, y...
-Sí, comprendo. En marcha, entonces –respondió lady Elena-, y quiera el Cielo que el éxito corone esta empresa.
Inmediatamente comenzaron los preparativos que, estuvieron todos de acuerdo, debían ser secretos para no alertar a los indios.
La partida quedó fijada para el 14 de octubre; todos los marineros se ofrecieron para la expedición, así que para no ofender a ninguno hicieron un sorteo; resul­taron elegidos por la suerte: el segundo, Tom Austin, Wilson, un mozo fornido, y Mulrady, que era capaz de enfrentarse en una pelea con el mismo Tom Sayers, famoso boxeador de Londres.
Glenarvan y el capitan rivalizaban en la velocidad de los preparativos, el primero para iniciar la expedi­ción el día fijado y el segundo para llevar la nave a la costa argentina antes de la llegada de los que irían por tierra.
El 14 de octubre a la hora señalada estaban listos para partir; todos los pasajeros se reunieron en la cá­mara; los expedicionarios armados con carabinas y revólveres Colt se disponían a dejar el buque, mien­tras se oía el ruido que ya producía la hélice en las cristalinas aguas de Talcahuano, los guías y las mulas aguardaban en la costa.
-Ya es la hora -dijo lord Edward.
-Ve, pues, amigo mío -dijo lady Elena tratando de reprimir su dolor.
Los esposos se abrazaron, mientras Roberto se echaba en brazos de su hermana.
-Y ahora, queridos compañeros -dijo Paganel-, un último apretón de manos, que nos dure hasta las costas del Atlántico.
Subieron todos a cubierta y los siete viajeros sal­taron del Duncan a una lancha y en un abrir y cerrar de ojos llegaron al muelle.
-¡Amigos míos, que Dios los ayude! -exclamó
lady Elena desde la toldilla.
-¡Adelante! -gritó John Mangles al maquinista.
-¡En marcha! -dijo lord Glenarvan.
Y al mismo tiempo que los viajeros echaron a an­dar sus cabalgaduras, el Duncan tomaba a toda máquina la dirección del océano.


CAPITULO 11
TRAVESIA DE CHILE


La escolta indígena estaba compuesta por tres hom­bres y un niño; el jefe de los arrieros era un inglés na­turalizado en el país desde hacía veinte años. Su ocupa­ción consistía en alquilar mulas a los viajeros, a los que guiaba en la travesía de la cordillera; después sería reem­plazado por un baquiano argentino que conocía perfec­tamente el camino de las pampas. El inglés no había olvidado tanto su idioma como para no poder comu­nicarse con los viajeros, lo que facilitaba mucho las cosas, ya que el español de Paganel no era todavía muy fuerte como para sostener una conversación.
El capataz de los arrieros tenía a sus órdenes dos peones que cuidaban de las mulas cargadas con el equi­paje, y un niño que conducía la pequeña yegua ma­drina que, llena de cascabeles y campanillas, marchaba adelante de la recua, compuesta de diez mulas. De éstas, siete montaban los viajeros y una el capataz; las dos restantes llevaban las provisiones y algunas piezas de tela destinadas a ganarse la simpatía de los caciques que pudieran encontrar; los peones marcha­ban, según la costumbre, a pie.
Así pues, eran muy buenas las condiciones en que comenzaba la travesía. El paso de los Andes no se puede emprender sin contar con mulas vigorosas como éstas, de origen argentino, de gran desarrollo, fuertes y resistentes, que beben sólo una vez al 'día y son capaces de andar, sin fatigarse cuarenta kilómetros en ocho horas con una carga de casi ciento sesenta kilos.
En la distancia que separa ambos océanos no hay ni una humilde posada; se come carne seca, llamada en América tasajo, arroz con pimiento y lo que se pueda cazar en el camino. Se bebe agua de los. torren­tes de la montaña o de los arroyos de la llanura, a la que se mezclan algunas gotas de ron o aguardiente que los viajeros llevan en un cuerno de buey, llamado chifle. Como camas se utilizan los recados de las mu­las, pellones de carnero curtidos de un lado y con la piel del otro con los que el viajero se envuelve de no­che, desafía victoriosamente el frío y la humedad y duerme a las mil maravillas.
Todos habían adoptado el traje chileno. Paganel y Roberto, dos niños, uno grande y el otro pequeño, no cabían en sí de gozo al poner su cabeza por el agujero del poncho regional y los pies en las botas de cuero de potro. Igualmente atractivas eran las mu­las, ricamente ensilladas, con la cabeza llena de ador­nos de metal, una larga brida de cuero trenzado que servía también de látigo y las alforjas de colores chi­llones en las que llevaban la comida del día.
Paganel, siempre distraído, casi recibe un par de coces de su mula cuando quiso subirse, pero luego se instaló cómodamente sobre el animal; Roberto mos­tró buenas condiciones de jinete desde el principio.
Iniciaron la marcha con un día espléndido, el cielo estaba puro y una brisa marina refrescaba los ardores del sol. A buen paso siguieron por las playas de Talcahuano y cincuenta y cinco kilómetros al sur halla­ron la extremidad del paralelo. La marcha fue rápida, se habló poco, y los adioses de despedida habían dado cierta amargura en el corazón de los viajeros que aún podían ver el humo del Duncan que se perdía en el horizonte. Todos iban silenciosos, salvo Paganel que, solo, se preguntaba y se respondía a sí mismo en es­pañol.
El capataz era también bastante taciturno, apenas hablaba a sus peones que eran prácticos y sabían bien hacer marchar a algún mulo detenido con un grito gutural o con una pedrada certera. Si se rompía una brida o se desataba una cincha, se quitaban el pon­cho con el que tapaban la cabeza del animal y solucio­naban el problema para seguir enseguida la marcha.
Los arrieros acostumbraban partir a las ocho, des­pués de desayunar, y marchaban hasta las cuatro de la tarde. Glenarvan aceptó esta costumbre y cuando el capataz dio la voz de alto, los viajeros llegaban a la villa de Arauco*, situada en la extremidad de la bahía, sin haber abandonado la espumosa playa del océano. Podrían haber avanzado hacia el oeste unos 35 km para hallar el extremo del paralelo, pero esa zona ya había sido revisada por los emisarios mandados por Glenarvan sin encontrar restos del naufragio, así que una nueva expedición sería inútil; partirían, por lo tanto, desde Arauco en línea recta hacia el este.
La caravana entró en la ciudad para pasar la noche y acampó en medio del patio de una precaria posada.
Arauco es la capital de Araucania, región habita­da por los moluches, los primogénitos de la raza chi­lena cantados por Ercilla. Es una raza altiva y fuerte, la única de las dos Américas que no se ha doblegado a los extranjeros. Arauco estuvo bajo la dominación de los españoles, pero sus habitantes no se sometie­ron y siguen resistiendo en la actualidad a los invaso­res; su bandera azul con una estrella blanca ondea en la cúspide de la colina fortificada que defiende la ciu­dad.
Mientras se preparaba la cena, Glenarvan, Paganel y el capataz se paseaban por la villa; su única curio­sidad arquitectónica es una iglesia y las ruinas de un convento franciscano. Glenarvan trataba de recoger algunos datos de los náufragos, mientras Paganel se desesperaba por hacerse entender en su español, pero aquí le era tan útil como el hebreo, en un pueblo de habla mapuche' Aunque no logró que lo entendieran, sintió verdadera satisfacción en observar los rasgos típicos de los habitantes. Los hombres eran altos, de cara chata y tez cobriza, la barba rala y la cabellera negra y espesa; parecían entregados a la haragane­ría, como aquellos que siempre están en guerra y no saben qué hacer en la paz. Las mujeres, miserables y animosas, realizaban todo tipo de tarea: arar, ca­zar, cuidar de los animales, y aun tenían tiempo para tejer ponchos de color azul turquesa, que requieren dos años de trabajo.
En resumen, el pueblo araucano resultaba poco interesante y de costumbres bastante rudas. Tenían todos los vicios humanos contra una virtud: el amor a la independencia.
-Verdaderos espartanos -decía Paganel cuando se sentaron a la mesa para cenar. El sabio hacía comen­tarios y exageraba concentrando el interés de todos; provocó sus risas cuando les contó que su corazón de francés había palpitado con violencia al visitar Arauco, y como le preguntaron el por qué, les contó que su conmoción se debía al recuerdo de un compatriota suyo que ocupó el trono de Araucania. Inmediata­mente Paganel recordó con orgullo a Antonio Tounens*, excelente persona, antiguo abogado de Perigueux, que experimentó lo que sienten los reyes destronados: la ingratitud de sus súbditos. Ante la sonrisa del ma­yor, Paganel le respondió muy seriamente que era más fácil para un abogado ser un buen rey, que a un rey ser buen abogado. Todos festejaron la ocurren­cia, bebieron algunas gotas de chicha a la salud de Aurelio Antonio I*, ex rey de Araucania, y pocos minu­tos después dormían envueltos en sus ponchos.
A las ocho de la mañana del día siguiente, los ex­pedicionarios, con la madrina a la vanguardia y los mulateros a la retaguardia, prosiguieron su camino en dirección del paralelo 37. Atravesaron el fértil territorio de Araucania, rico en viñas y rebaños; po­co a poco fueron quedando desiertos los campos y sólo encontraron de tanto en tanto algunas rancherías de indios domadores de caballos, célebres en toda Amé­rica, o alguna casa abandonada que servía de albergue transitorio a los indígenas nómades.
Durante aquella jornada atravesaron dos ríos; en el horizonte se destacaba la cordillera de los Andes que mostraba mayores y más numerosos picos hacia el norte; frente a ellos estaban las vértebras inferiores de la enorme espina dorsal en que se apoya toda la armazón del Nuevo Mundo.
A las cuatro de la tarde, después de recorrer 65 km, se detuvo la caravana en medio del campo, bajo un bosque de mirtos gigantescos; los mulos pastaron libremente y salieron de las alforjas el tasajo y el arroz para los viajeros. Mientras el capataz y los peones se turnaban para vigilar, el grupo durmió tranquilamente en sus lechos improvisados.
Ya que todos gozaban de buena salud y el tiempo era excelente, convenía aprovechar para recorrer al día siguiente la mayor distancia; ésa fue la opinión de todos, así que anduvieron otros 65 km y acampa­ron finalmente a las márgenes del Bío-Bío*, que separa el Chile español del Chile independiente.. El paisaje seguía siendo fértil, abundaban los amarilis, las vio­letas y los cactus de doradas flores; en la espesura se escondían gatos monteses, llegaron a ver una garza, un mochuelo y algunos zorzales que huían de las ga­rras del milano. Se veían pocos indígenas, sólo algu­nos pocos guasos; hijos de españoles e indígenas, que pasaban veloces con sus caballos, con las espuelas ensangrentadas. No se podía hablar con nadie ni te­nían a quién pedir noticias de los náufragos. Glenarvan pensaba que los viajeros debieron de ser arrastra­dos más allá de la cordillera y se consolaba con la esperanza de hallarlos allí. Por ahora había que seguir la marcha lo más rápidamente posible.
El 17, a la hora de costumbre, emprendieron la marcha en el mismo orden que los días anteriores. Roberto, impaciente, ganaba la delantera a la yegua madrina, con gran desesperación de su mulo, por lo cual Glenarvan debió observarlo para que no se sepa­rase de su puesto.
El terreno se fue haciendo más accidentado, ya se anunciaban las próximas montañas, los ríos se mul­tiplicaban murmurando en las pendientes. Paganel consultaba sus mapas y cuando en ellos no figuraba algún río o arroyo, se indignaba graciosamente.
-Un río que no tiene nombre es un río que no tiene estado civil, no existe para la ley geográfica.
Así es que los bautizaba, los anotaba en sus ma­ pas y les daba las más retumbantes calificaciones en lengua española, mientras afirmaba:
-¡Qué lengua! ¡Qué lengua tan rotunda y sonora! ¡Es una lengua de metal; estoy seguro de que se com­pone de setenta y ocho partes de cobre y veintidós de estaño, como el bronce de las campanas!
-Pero, ¿progresa en ella? -le preguntó Glenarvan.
-¡Seguro! ¡Ah, si no fuera por el acento! ¡Me mata el acento!
Mientras hacía desesperados esfuerzos por enseñar a su gaznate a pronunciar, no dejaba de hacer obser­vaciones geográficas. En esto no había quien lo aven­tajara; si lord Glenarvan le hacía alguna pregunta al capataz sobre la zona, el sabio contestaba primero, ante el asombro del interrogado.
Aquel mismo día se les presentó una senda que cortaba la línea que ellos seguían; naturalmente Glenarvan le preguntó al guía adónde se dirigía y fue, naturalmente también, Paganel el que contestó con acierto.
El guía, asombrado, le preguntó si ya había reco­rrido la región.
-Ya lo creo -respondió seriamente Paganel.
-¿En mulo?
-No, en butaca.
El capataz, que no le entendió, se encogió de hom­bros y volvió al frente de la caravana.
A las cinco de la tarde acamparon al pie de las sie­rras, en los primeros escalones de la gran cordillera.


CAPITULO 12
A SETECIENTOS METROS DE ALTURA


Hasta entonces la travesía de Chile no había pre­sentado ningún accidente grave, pero en lo sucesivo se acumularían los peligros que encierra la marcha por montañas y empezaría la verdadera lucha con la naturaleza.
Antes de seguir debían decidir por qué paso se po­día atravesar la cordillera de los Andes sin apartarse de la dirección que seguían. Consultaron al capataz quien les informó que sólo había dos pasos en esa región.
-¿Acaso el de Arica*, descubierto por Valdivia y Mendoza? -preguntó Paganel.
-Precisamente
-¿Y el de Villarrica*, situado al sur del nevado del mismo nombre?
-Justo.
-Pues bien, amigo, esos dos pasos nos apartan de la ruta que nos conviene.
-Tiene acaso otro que proponernos?
-Sí -respondió Paganel-, está el paso de Antuco, situado en la pendiente volcánica, a sólo medio grado de nuestro derrotero. Se encuentra a escasamente dos mil metros de altura y fue reconocido por Zamudio de la Cruz*.
-Y usted, capataz, conoce este paso?
-Sí, milord, pero no lo proponía porque no es más que una vereda para el ganado que sólo usan los pas­tores indios.
-Pues bien, por donde pasan los caballos, carneros y bueyes de los pehuenches pasaremos también noso­tros, y así no nos alejaremos de la línea recta -decidió Glenarvan.
Se dio la orden de partida y la comitiva penetró en el valle de las Lajas. Subían una cuesta casi imper­ceptible. A eso de las once, tuvieron que rodear un pequeño lago en el que desembocaban murmurando todos los ríos de las cercanías. A su alrededor se ex­tendían espaciosos llanos donde pastaban los reba­ños de los indios. Luego cruzaron sin problemas, gra­cias al instinto de los mulos, un extenso pantano; algo más adelante apareció la cresta de una roca co­ronada con las almenas del fuerte Ballenero. Después las pendientes se hacían ásperas y los cascos de los mulos desprendían guijarros que rodaban en ruido­sas cascadas. A las tres, aproximadamente, divisaron las pintorescas ruinas de un fuerte destruido en el levantamiento de 1770.
Desde aquel punto el camino se hizo más difícil y hasta peligroso, las pendientes fueron más pronun­ciadas, los picos más altos y los precipicios se ahon­daron de manera espantosa. Los mulos avanzaban con precaución, con la cabeza gacha, olfateando el camino; iban en fila y, algunas veces, en un recodo, la madrina desaparecía y se guiaban por el ruido de sus cascabeles. Otras veces, las caprichosas vueltas del camino enfrentaban dos partes de la caravana separadas por apenas unos cuatro metros de distan­cia, pero con un abismo de por medio de cuatrocien­tos metros, de profundidad.
La vegetación disminuía y ya se percibía el triun­fo del reino mineral sobre el vegetal. Algunos trozos ¿fe lava de color rojizo erizados de cristales amarillos indicaban la proximidad del volcán Antuco. Aque­llas colinas torcidas, aquellas piedras inestables y las rocas acumuladas unas sobre otras en raro equilibrio, indicaban que no había llegado aún la hora de la es­tabilidad definitiva. En esta zona es difícil reconocer el camino por el casi incesante cambio que lo altera, así es que el capataz vacilaba, miraba a su alrededor buscando huellas para orientarse, lo que lograba con gran dificultad.
Glenarvan lo seguía confiado, sin atreverse a preguntarle nada, pensando que debían fiarse en su ins­tinto; durante una hora siguió al capataz ascendiendo y buscando el camino, tuvo al fin que detenerse fren­te a una quebrada estrecha, cerrada en su salida por un fuerte muro de roca; finalmente se apeó y, cruzado de brazos, esperó.
Glenarvan se acercó y le preguntó: -¿Se ha extraviado?
-No, milord.
-Sin embargo no estamos en el paso de Antuco. -En él estamos.
-i No se engaña?
-No, he aquí los restos de una hoguera y las hue­llas del ganado de los indios, pero ya no volverán a pasar: el último terremoto se ha comido el camino.
-Ha vuelto impracticable el camino para los mu­los, pero no para los hombres -acotó el mayor.
-Eso -respondió el capataz- ya no es problema mío. Yo he hecho lo que he podido; estoy dispuesto a retroceder, si quieren, y buscar otro paso.
-¿Llevara mucho tiempo?
-No menos de tres días.
Glenarvan se quedó pensativo, luego se volvió y les preguntó a sus compañeros:
-¿Quieren pasar a pesar de los obstáculos?
-Queremos seguirlo -respondió Tom Austin.
-Y hasta adelantarnos -añadió Paganel-. ¿De qué se trata? Sólo debemos atravesar una cordillera, en­contrar un fácil descenso y, al pie, hallar a los baquia­nos argentinos que nos guiarán por las pampas en ca­ballos ligeros como el viento. Adelante, pues, sin dudar. -¡Adelante! -gritaron los compañeros de Glenarvan.
-¿Usted no nos acompaña? -preguntaron al capataz.
-No, yo soy guía de mulos.
-Pasaremos sin él -dijo Paganel-. Al otro lado de este murallón encontraremos los senderos de Antuco y yo me comprometo a conducirlos tan directamente como el mejor guía de la cordillera.
Se despidieron del capataz y de sus peones; se repar­tieron las armas, los instrumentos y algunos víveres entre los siete viajeros y emprendieron inmediatamen­te la marcha por un sendero muy escabroso por el que no hubiera podido andar una mula. Avanzaban con gran dificultad; dos horas después se hallaban en el paso de Antuco, pero los terremotos habían hecho desaparecer todo camino. Deberían, pues, elevarse por las crestas de los Andes buscando con gran fatiga los lugares libres por donde pasar. Afortunadamente el tiempo estaba sereno y la estación era favorable, ya que en invierno no hubieran podido pasar por la intensidad del frío o la violencia de los temporales que todos los años siembran de cadáveres las gargan­tas de la cordillera.
Toda la noche subieron y subieron; se agarraban con las uñas, saltaban anchos y profundos despeña­deros y se usaban de escalones unos a otros. Aque­llos hombres intrépidos parecían un grupo de equi­libristas.
Varias veces los marineros Mulrady y Wilson pu­dieron ejercitar su valor y fuerza; sin ellos la caravana no hubiera podido pasar. Glenarvan no perdía de vista al joven Roberto, algo imprudente por su edad. Paganel avanzaba con todo el ardor de un buen fran­cés, mientras que el mayor apenas si se esforzaba: parecía que subía como si creyese estar bajando.
A las cinco de la mañana habían alcanzado los 2.500 m de altura; se hallaban en los límites de la zona bosco­sa. A su paso, huían los animales salvajes; a' veces alcan­zaban a ver una llama o alguna chinchilla que, con gran agilidad, saltaba de un árbol a otro; parecía más un pájaro que un cuadrúpedo. Pero no eran los únicos f animales de aquellas soledades: a los 3.000 m vivían, en los límites de las nieves perpetuas, la alpaca, de largo y sedoso pelo, y la vicuña, famosa por su fina lana. Mas no había que pensar en acercarse, apenas si se dejaban ver huyendo a gran velocidad y sin ruido por la blanca alfombra de nieve.
El paisaje fue variando totalmente; ahora debían ascender entre grandes témpanos de hielo de azula­dos reflejos y tanteando en la nieve para evitar despe­ñarse. Wilson se había colocado a la cabeza y tanteaba con su pie, los demás ponían exactamente los suyos en las huellas; no levantaban la voz, porque el menor ruido que agitara el aire podía provocar la caída de moles de nieve suspendidas a doscientos o doscientos cincuenta metros sobre sus cabezas.
Estaban en la región de los arbustos; más arriba, a los 3.300 m, toda vida vegetal había desaparecido. Los viajeros hicieron un alto a las cuatro para reparar sus fuerzas con una ligera comida. Renovados, prosi­guieron la ascención desafiando peligros cada vez ma­yores. Pasaron agudas crestas, cruzaron precipicios que no se atrevían a medir con la mirada; de trecho en trecho, algunas cruces de madera señalaban pasadas catástrofes. A las dos de la tarde se hallaban frente a una inmensa meseta sin ninguna vegetación; un ver­dadero desierto se extendía entre picos de pórfido o de basalto que taladraban el blanco sudario como huesos de un esqueleto.
La caravana, a pesar de su valor, sentía agotarse sus fuerzas. Glenarvan, viendo el cansancio de sus compañeros y especialmente la lucha desesperada de Roberto contra la fatiga se arrepentía de haberse internado tanto en la montaña. A las tres, se detuvo y propuso descansar, sobre todo por Roberto. Paganel insistió en que era necesario marchar hasta alcanzar el lado oriental donde esperaba encontrar algún re­fugio a unas dos horas de marcha. El valeroso Rober­to también estuvo de acuerdo en seguir adelante; Mulrady propuso hacerse cargo de él.
Y volvieron a tomar la dirección del este; continua­ron por espacio de dos horas una ascención espantosa. Subían incesantemente; el enrarecimiento del aire producía esa opresión dolorosa conocida como la puna' La sangre les brotaba de las encías y de- los la­bios; debían hacer frecuentes inspiraciones para acti­var la circulación, esto los fatigaba más y se sentían muy molestos por el violento reflejo del sol en aquellas sábanas de nieve. El vértigo destruía su energía física y moral, casi no podían ya avanzar; tropezaban y caían frecuentemente, y podían seguir sólo arrastrán­dose de rodillas. La extenuación iba a poner fin a aquella ascención. Cuando Glenarvan consideraba con terror la inmensidad helada, el frío de la región y (a sombra que ya empezaba a rodear las cumbres, el mayor se detuvo y con su tranquilidad habitual dijo:
-Una choza.


CAPITULO 13
DESCENSO DE LA CORDILLERA


Otro cualquiera que no hubiera sido Mac Nabbs hu­biera pasado cien veces alrededor y encima de aquella choza sin sospechar lo que era; apenas se distinguía de las rocas que la rodeaban, ya que estaba cubierta casi enteramente por la nieve. Quitarla y descubrir la entrada les llevó media hora de trabajo; cuando lo lograron, precipitáronse en su interior. Había sido construida por los indios con adobes, ladrillos cocidos al sol, tenía forma de cubo y sus lados medirían unos cuatro metros; su única abertura era esa puerta a la que se llegaba por una escalera de piedra. En esa choza podían acomodarse perfectamente unas diez personas y si bien no hubiera sido muy resistente para la época de las lluvias, bastaba para resguardarse de los 10° bajo cero que marcaba el termómetro, especialmente cuan­do se encendiera una especie de hogar con chimenea de adobe que había en un rincón.
-Este es un escondrijo, aunque no cómodo, sufi­ciente -dijo Glenarvan-. Demos gracias a la Providencia que nos trajo hasta él.
-¡Pero si es un palacio! -respondió Paganel-. Sólo le faltan centinelas y cortesanos. Vamos a estar admi­rablemente.
-Sobre todo cuando arda un buen fuego -dijo Tom Austin-, porque creo que no tenemos menos frío que hambre, y a mí me gustaría tanto una buena chuleta como una buena fogata.
-Pues bien, Tom, procuremos encontrar combustible -le respondió Paganel.
-¡Combustible en la cumbre de la cordillera! –exclamó Mulrady expresando sus dudas.
-Pues si le pusieron una chimenea -afirmó el mayor-, será porque hay algo para quemar.
-Nuestro amigo tiene razón -dijo Glenarvan-. Mien­tras disponen la cena yo haré de leñador.
-Wilson y yo también iremos-dijo Paganel.
-¿Me necesitan? -preguntó Roberto levantándose. -No, hijo, descansa -respondió Glenarvan-. Tú serás un hombre a la edad en que otros son aún niños. Glenarvan, Paganel y Wilson salieron de la casucha; eran las seis de la tarde, el frío se dejaba sentir viva­mente. En medio de una absoluta calma comenzaba a oscurecer. El sol se despedía de los cerros andinos.
Paganel consultó su barómetro y pudo deducir que se hallaban a 3.900 m; estaban a una altura que el Mont Blanc, el pico más alto de Europa, sólo supera­ba en 910 m. Si estas montañas fueran azotadas por los huracanes y torbellinos que se desencadenan contra el gigante europeo, ningún viajero podría atravesar esta cordillera.
Glenarvan y Paganel llegaron a una loma desde la cual miraron a su alrededor, el espectáculo era admi­rable: a lo lejos piedras y ventisqueros formaban in­mensas líneas longitudinales, se divisaba el valle del Colorado que empezaba ya a entrar en la sombra, el sol iluminaba sólo las colinas occidentales y deslum­braba en sus crestas. Con la noche que se acercaba, el paisaje tomaba proporciones sublimes. A menos de 4.000 m, el volcán Antuco rugía como un mons­truo enorme y vomitaba ardientes humaredas, llamas, piedras candentes y lava. El brillo de su cráter compe­tía con el sol, que ya se ocultaba en el horizonte.
Glenarvan y Paganel contemplaban extasiados el magnífico espectáculo; afortunadamente Wilson, menos entusiasta, les recordó lo que habían ido a hacer y los tres se pusieron a recoger, a falta de leña, liquen seco. Lo llevaron a la casucha y pudieron, aunque con difi­cultad, prender fuego. Tan difícil como prenderlo fue lograr que se mantuviera, a causa de la falta de oxí­geno en el aire a esas alturas.
El mayor les explicó que el agua herviría a menos de 90°, ya que cada 324 m disminuye un grado el punto de ebullición. En efecto, cuando hervía el agua introdujeron el termómetro y sólo marcó 87°. Pero lo más importante era calentarse y beber café. Lamentablemente la carne salada les resultó insuficiente; Paganel confesó que no le hubiera venido mal un buen bife de llama asada, ya que quería comprobar lo que se decía acerca de que la carne de llama reemplaza bien a la de buey y de carnero. La conversación les despertó el deseo a todos y se propusieron salir a cazar algo más sabroso que la carne reseca y salada que traían.
Cuando ya se disponían a salir con sus armas, oye­ron un ruido ensordecedor, eran gritos, aullidos de un rebaño que se acercaba rápidamente. Todos escu­charon con gran curiosidad y se lanzaron fuera de la casucha para ver y oír mejor. La oscuridad era ya total; en el cielo sólo brillaban las estrellas. Los au­llidos aumentaban y, de pronto, llegó hasta ellos una avalancha de seres locos de espanto; sólo atinaron a tirarse al suelo mientras aquel torbellino pasaba a su lado. Paganel, que aún permanecía de pie para ver mejor, fue derribado.
Sonó un tiro: el mayor había tirado al bulto y le pareció ver caer un animal, mientras el resto de la manada enloquecida desaparecía a la carrera.
- ¡Ah! Ya lo tengo -dijo la voz de Paganel.
-¿Qué?
- ¡Mis anteojos!
-¿No está herido?
-No, sólo pisoteado. ¿Pero, por quién?
-Por esto -respondió el mayor, mientras arrastraba el animal que había matado.
Todos volvieron a la choza y lo examinaron. Era un hermoso animal parecido a un pequeño camello, pero sin joroba. Tenía la cabeza pequeña, el cuerpo achatado y las patas largas y delgadas; su piel era co­lor café con leche. No bien Paganel lo vio, exclamó:
-¡Un guanaco!
-Y qué es un guanaco?
-Una bestia que se come.
-Y es rica?
-Riquísima, un verdadero manjar. Pero, ¿quién lo va a desollar?
-Yo -dijo Wilson.
-Pues entonces, yo me encargo de asarlo -replicó el geógrafo.
-¿Entiende también de cocina, señor Paganel? -preguntó Roberto.
-Por supuesto, como que soy francés. Y en un francés siempre hay un cocinero.
Cinco minutos después, Paganel iniciaba su asado y al rato servía a sus compañeros un plato que deno­minó "filet de guanaco". Todos tomaron su parte, pero, con gran asombro del geógrafo, un gesto de repugnancia de cada uno de los comensales acompañaba el primer bocado.
-¡Qué asco!
- ¡Qué cosa tan horrible!
El pobre sabio, a pesar suyo, tuvo que aceptar que aquello era incomible, aun para hambrientos, y debió aceptar también las miradas burlonas de los que espe­raban su "delicioso manjar". Se quedó pensativo, pero al poco rato halló la explicación:
-Este guanaco era incomible porque fue muerto cuando estaba muy fatigado; sólo se lo puede comer cuando se lo mata descansado.
Luego sacó la conclusión de que ese animal y toda la manada debían de venir huyendo desde lejos.
- ¿Está seguro? -preguntó Glenarvan.
-Absolutamente.
-Pero, ¿qué fenómeno ha podido asustar tanto a estos animales para obligarlos a correr tan desesperados a la hora en que debían estar descansando en sus guaridas?
-Eso sí que no puedo contestarlo. Pero me muero de sueño y propongo que durmamos.
Todos aceptaron, se envolvieron en sus ponchos y a los pocos minutos se elevaban ronquidos formidables en todos los tonos.
Glenarvan era el único que no dormía, lo desvelaba el recuerdo de esa manada de guanacos que huía des­pavorida. Si no eran perseguidos por fieras, que no existen a esa altura, ni por cazadores, ¿por qué se precipitaban como enloquecidos? El presentimiento
de un próximo peligro lo desvelaba.
Poco a poco se fue apoderando de él una pesada somnolencia y, mezclada con sus temores, aparecía la esperanza de estar próximos al lugar de su verda­dera búsqueda. Entre sueños veía al capitán Grant y a sus marineros prisioneros de los indios. De tanto en tanto se distraía mirando las caras de sus compa­ñeros dormidos, iluminadas por el fuego encendido o las sombras que se agitaban en las paredes por el movimiento de las llamas; también oía los ruidos ex­teriores, difíciles de explicar en aquellas cumbres so­litarias.
Aumentaron los ruidos lejanos, sordos, amenaza­dores, como el estruendo de un trueno que no viniera del cielo. Aquellos rugidos debían proceder de una tempestad desencadenada en los flancos de la monta­ña; Glenarvan quiso averiguar qué pasaba y salió al aire libre.
La luna se había elevado, la atmósfera estaba serena, por ningún lado aparecían nubes ni el cielo era cor­tado por relámpagos, en lo alto brillaban millares de estrellas, sólo se veían algunos reflejos rojizos en la boca del volcán. Los extraños ruidos no cesaban; Glenarvan volvió a la choza, inquieto, pensando si ten­drían relación con la fuga de los guanacos.
Aunque sentía temor, no tenía la seguridad de un peligro inmediato, así que volvió a acostarse junto a sus compañeros que, rendidos por la fatiga, dormían profundamente. Al poco rato él también se sintió dominado por el sueño.
Poco después lo obligó a ponerse de pie un violen­to estruendo sólo comparable al entrecortado ruido de numerosos carros de artillería que rodasen sobre un pavimento sonoro. Luego sintió que el suelo se hundía a sus pies y vio que la choza oscilaba.
- ¡Alerta! -exclamó.
Sus compañeros, ya despiertos, en un confuso re­voltijo eran arrastrados por una rápida pendiente. A la luz del amanecer, el espectáculo era horrible, las montañas se transformaban, como si en sus bases se abriesen enormes trampas; por este fenómeno parti­cular de las cordilleras un cerro se desplomó entero.
- ¡Un terremoto! -gritó Paganel.
No se engañaba. Era uno de esos frecuentes cata­clismos que ocurren en la zona cordillerana de Chile y que ya habían destruido dos veces a Copiapó* y cuatro veces a Santiago en catorce años. En esta zona hay innumerables fuegos subterráneos cuyos vapores son desprendidos por los volcanes, lo que parece no es suficiente ya que a menudo se estremece la tierra con violentos temblores.
Siete hombres luchaban desesperadamente por agarrarse de algo que los detuviera en su loca carrera de casi 90 km por hora. Los rugidos interiores, el es­trépito del alud, el choque de las moles de granito y el torbellino de la nieve les hacían imposible comuni­carse. Los árboles eran arrancados de raíz, todo se movía como en un buque que navegara en una tempestad; a lo lejos los picos orientales se nivelaban como cortados por un enorme cuchillo.
Nadie pudo calcular lo que duró aquella caída, ni prever cuál sería su destino, ni saber si todos se ha­llaban vivos o si alguno yacía en el fondo de un pre­cipicio o aplastado por las rocas. De pronto un rápido sacudimiento los detuvo en su caída en los últimos escalones de la cordillera: el cerro se había detenido.
Durante algunos minutos nadie pudo moverse. Uno de ellos, todavía aturdido por los golpes, logró poner­se de pie y mirar los cuerpos amontonados que lo ro­deaban; era el mayor, quien después de contar a sus compañeros advirtió que faltaba Roberto Grant.

CAPITULO 14
UN TIRO SALVADOR


El cerro se había detenido en la ladera oriental de los Andes, al comienzo de una larga pendiente que poco a poco se transforma en llanura. El lugar estaba cubierto de pastos abundantes y de verdaderos bosques de manzanos que habían sido plantados en la época de la conquista; en otro momento los viaje­ros se habrían sorprendido por aquel pasaje del de­sierto al oasis, del invierno al verano.
El terreno había recuperada su absoluta inmovi­lidad. El terremoto había concluido después de cam­biar enteramente la línea de las montañas, en el fon­do del cielo azul se destacaba un nuevo panorama de cumbres y picos. Eran ya las ocho de la mañana y el día estaba espléndido.
Los cuidados del mayor reanimaron a sus compa­ñeros que poco a poco volvieron a la vida y salieron de su aturdimiento. Casi se podrían haber alegrado de un medio de locomoción tan rápido para bajar de la cordillera, si no fuese porque todos sintieron gran desesperación al advertir la desaparición de Ro­berto. El más angustiado era Glenarvan que sin poder contener las lágrimas gritaba:
-¡Amigos míos!, ¡amigos míos!, ¡Debemos buscar­lo y encontrarlo a toda costa! ¡No podemos abando­narlo! ¿Cómo podríamos seguir buscando al padre si para ello hemos perdido al hijo?
Todos lo escuchaban silenciosos y sin esperanzas bajaban los ojos.
Poco a poco Wilson recordó que Roberto se des­lizaba a su izquierda pocos minutos antes de detener­se y que él se hallaba a la izquierda del grupo. Logra­ron marcar así una zona en la que sería posible que se hubiese perdido. Se organizaron en grupos y co­menzaron una búsqueda desesperada. Durante horas recorrieron con todo detalle cada grieta, cada pre­cipicio; todo fue revisado sin lograr nada. Exponían sus vidas continuamente, estaban extenuados, pero no se detenían. La casi seguridad de que Roberto había hallado allí no sólo la muerte, sino también la tumba, los llenaba de pesar.
La angustia los embargaba, sobre todo a lord Glenarvan que en medio de infinito dolor decía, entre suspiros:
- ¡No me marcharé! ¡No me marcharé!
Paganel propuso aguardar y detenerse y reponer las fuerzas que tanto necesitarían para seguir la bús­queda o el camino. Todos estuvieron de acuerdo.
El mayor eligió un grupo de algarrobos para armar un campamento provisional con lo poco que les había quedado: algunas mantas, las armas y algo de arroz y tasajo. A poca distancia corría un río de aguas turbias todavía por el alud. Lograron encender fuego y preparar una bebida caliente. Glenarvan se negó a tomarla, estaba tendido sobre su poncho, profunda­mente abatido.
Llegó pronto la noche, serena como la anterior, y mientras los compañeros permanecían inmóviles, aunque no dormidos, él volvió a subir las crestas de la cordillera muy atento, esperando oír una voz que lo llamase. Trataba de apagar los latidos de su corazón para escuchar si alguien respondía a sus llamados. So­lamente el eco respondía el nombre querido ¡Roberto! ¡Roberto! que durante toda la noche gritó inútilmen­te. Paganel y el mayor lo seguían para prestarle ayuda si fuese necesario.
A la llegada del día, lo hicieron volver, a su pesar, al campamento; era necesario emprender la marcha, los víveres escaseaban y no lejos deberían encontrar a los guías de que había hablado el capataz y los ca­ballos para cruzar la pampa. Pero, ¿quién sería capaz de proponerle abandonar aquel lugar y las esperanzas de encontrar a Roberto? Deberían, sin embargo, se­guir ya que si no, no podrían alcanzar al Duncan que los iba a esperar en el Atlántico.
Mac Nabbs intentó arrancar a Glenarvan de su dolor. Le habló mucho tiempo, pero parecía que su amigo no lo oía. De pronto entreabrió los labios:
-¿Partir?
-Sí, partir.
- ¡Aguardemos una hora!
-Bien, una hora -accedió el mayor.
Y pasada esa hora Glenarvan pidió por Dios que es­peraran otra y luego otra y así llegaron hasta el me­diodía. Entonces Mac Nabbs, en nombre de todos, le dijo que era necesario partir ya que de ello dependía también la vida de sus compañeros.
-¡Sí! ¡Sí! -respondió Glenarvan- ¡Partamos! ¡Par­tamos!
Y mientras esto decía su mirada se fijaba en un pun­to negro que parecía como una mancha en el aire. Levantó su mano y señaló.
-¡Allí! ¡allí!, ¡miren, miren!
Todas las miradas siguieron la dirección de su mano. El punto crecía visiblemente: era un ave que volaba a enorme altura.
- ¡Un cóndor! -reconoció Paganel.
-Sí, un cóndor -respondió Glenarvan-. ¡Viene! ¡Baja! ¡Esperemos!
¿Qué esperaba Glenarvan? ¿Se había enloquecido? No se engañaron, era un cóndor que se hacía cada vez más visible.
Esta ave magnífica, adorada en otro tiempo por los incas, es el rey de los Andes del sur. En estas regiones alcanza un enorme_ desarrollo y una fuerza prodigio­sa que le permite atacar a cabras, becerros y carneros y elevarse con ellos en las garras para precipitarlos luego en- los abismos. Puede volar a alturas increíbles y desde allí, con su penetrante mirada, distingue pe­queños seres con un poder de visión que asombra a los naturalistas.
¿Qué habría visto aquel cóndor? ¿Acaso el cadáver de Roberto? Todos lo pensaron mientras la enorme ave se acercaba planeando y cayendo a gran veloci­dad. De pronto describió amplios círculos a menos de 200 m del suelo; entonces se la vio bien. Debía medir, de un extremo a otro de sus alas, casi cinco metros, tenía un aspecto majestuoso.
El mayor y Wilson habían tomado sus carabinas, pero Glenarvan los detuvo con un gesto. El cóndor daba vueltas alrededor de una meseta inaccesible si­tuada a unos cuatrocientos metros de donde se ha­llaban. Giraba vertiginosamente abriendo y cerrando sus alas. De pronto, Glenarvan tuvo un presentimien­to:
-Si Roberto viviera aún... lesa ave! -y exclamó con un acento terrible-. ¡Fuego, amigos, fuego!
Pero era demasiado tarde. El cóndor se había ocul­tado detrás de las eminencias de un cerro. Pasó un segundo que pareció un siglo y enseguida apareció otra vez con un pesado cuerpo en sus garras que lo obligaba a moverse más pausadamente.
Todos lanzaron un grito de horror al creer recono­cer que ese cuerpo inanimado. era el de Roberto Grant. El ave lo tenía agarrado de sus ropas y lo balanceaba a menos de cincuenta metros de altura de donde ellos estaban.
-¡Ah! -exclamó Glenarvan- que el cadáver de Ro­berto se estrelle contra las piedras antes que...
Y sin terminar la frase tomó la carabina de Wilson y trató de disparar, pero le temblaban las manos.
-Déjeme a mí -dijo el mayor.
Y con mano segura apuntó al ave que ya estaba a cien metros de distancia. No había apretado aún el gatillo cuando sonó un tiro en el fondo del valle; la bala dio justo en la cabeza del animal que, mortal­mente herido, cayó poco a poco sin soltar su presa. Sus enormes alas eran verdaderos paracaídas y ambos cuerpos cayeron cerca del río.
Sin preocuparse por saber de dónde había partido aquel tiro salvador, corrieron todos.
Cuando llegaron, el ave había muerto y el cuerpo de Roberto desaparecía bajo sus alas. Glenarvan se arrojó sobre el cuerpo del niño, lo acostó sobre la hierba y puso el oído sobre su pecho.
¡Vive, vive aún!
Lo desnudaron y le rociaron la cara con agua fres­ca. Poco después hizo un movimiento, abrió los ojos y pronunció algunas palabras.
-¡Ah, milord!... ¡Padre mío!
Glenarvan no pudo responder y lloró a su lado.


CAPITULO 15
EL ESPAÑOL DE SANTIAGO PAGANEL


Roberto, después de salvarse de tan enorme peli­gro, casi corre otro: el de morir por los abrazos y las caricias de todos. Pero el afecto no mata y, por el contrario, Roberto comenzó a reponerse.
Salvado el valeroso niño, todos pensaron en el sal­vador y comenzaron a buscarlo; en efecto, a pocos pasos del río permanecía un hombre de elevada es­tatura, a sus pies se hallaba una antigua escopeta. Tenía hombros anchos, largos cabellos y un rostro bronceado pintado con vivos colores en la frente y bajo los ojos. Llevaba una hermosa capa de piel de guanaco cosida con tendones de avestruz; bajo esta capa se veía un traje de piel de zorro ajustado en su cintura de la que pendía una bolsita de cuero. Sus botas eran de piel de toro bien ajustadas al pie con correas de cuero. La figura del patagón era soberbia y su cara muy inteligente, a pesar de estar pintarra­jeada.
Aguardaba inmóvil, parecía una verdadera esta­tua sobre un pedestal de piedra. Glenarvan se acercó y le apretó fuertemente las manos; eran tan claras su alegría y gratitud que el indígena sin duda las leyó en su rostro y le contestó algunas palabras que ni Glenarvan ni el mayor, que estaba cerca, pudieron entender.
El patagón, después de mirarlos atentamente, pro­nunció unas palabras que nadie entendió, pero que a lord Glenarvan le parecieron familiares.
-¿Español? -le preguntó.
El patagón usó el lenguaje universal de los gestos y movió la cabeza afirmativamente.
-Bueno, llegó la hora de que Paganel se sienta fe­liz por haber estudiado este idioma -dijo el mayor. Llamaron a Paganel y le explicaron qué pasaba; el sabio saludó al patagón y abriendo mucho la boca para articular mejor dijo:
-Vos sois um homen de bem.
El indígena escuchó con atención, pero no respondió.
-No comprende -dijo el geógrafo.
-Acaso no acentúa bien -replicó el mayor. -Es posible; ¡maldito acento!
Paganel volvió a repetirle la frase con el mismo re­sultado.
-Variemos de frase -dijo.
Y pronunciando con una gran lentitud, dejó oír lo siguiente:
-Sem dúvida um patagó.
El interpelado permaneció tan mudo como antes.
-Dizeime -añadió Paganel.
El patagón tampoco respondió.
-¿Vos comprendéis? -gritó con tanta, fuerza que casi se rompe las cuerdas vocales.
Era evidente que no comprendía, pues le contestó:
-No comprendo.
Paganel, bajaba y subía sus anteojos, impaciente.
-Que me ahorquen si entiendo esta jerga infernal. Estoy seguro de que habla araucano.
-No, seguro que es español -dijo Glenarvan. Y vol­viéndose al indígena, le preguntó:
-¿Español?
- ¡Sí, sí! -respondió.
Paganel no sabía lo que pasaba; el mayor y Glenarvan se miraban de reojo con una ligera sonrisa.
-¿No habrá cometido alguna de sus distracciones estudiando otro idioma y creyendo que...? -dijo Mac Nabbs.
- ¡Oh! -gritó el sabio- exageran demasiado mis dis­tracciones; no lo comprendo porque este indígena habla mal el español.
-Es decir, que habla mal porque no lo entiende us­ted. , . -replicó el mayor con gran tranquilidad.
-Mac Nabbs -dijo Glenarvan- creo que su suposi­ción no es admisible. Por distraído que sea nuestro amigo no podemos suponer que haya aprendido un idioma por otro.
-Entonces, que me expliquen qué pasa.
-No explico -dijo Paganel-, demuestro. Acá está el libro que usé diariamente para vencer las dificul­tades del español. Verán si me equivoco.
Registró Paganel sus numerosos bolsillos y sacó un libro bastante arruinado que presentó con aire de triunfo. El mayor lo tomó y preguntó qué obra era.
-Os Lusiadas, una admirable epopeya.
- ¡Os Lusiadas! -exclamó Glenarvan.
-Sí, sí, mi amigo, Os Lusiadas, del gran Camoens, ni más ni menos.
- ¡Camoens! -repitió Glenarvan- ¡Pero, desdichado amigo, Camoens es portugués y hace seis meses que está aprendiendo ese idioma!
Paganel estaba muy confundido, luego reaccionó con una gran carcajada.
- ¡Ah, loco! -dijo al fin Paganel- ¡Esto es el colmo!
¡Partir para la India y llegar a Chile! ¡Estudiar espa­ñol y aprender portugués! ¡Esto ya es demasiado! Si no me corrijo, algún día me tiraré por la ventana creyendo que tiro la colilla del cigarro.
Todos rieron junto con Paganel, que de buena gana se reía de sí mismo.
-Ahora nos quedamos sin intérprete -dijo el mayor.
-No nos preocupemos que el español y el portugués son muy parecidos; lo que me hizo confundirlos me servirá para poder comprender pronto al patagón.
Este los miraba con seriedad, sin entender bien qué ocurría.
Paganel tenía razón; bien pronto se pudo comuni­car con el indígena y supo que se llamaba_ Thalcave*, que en araucano significa "tonante".
Todos se alegraron al saber que el patagón era guía de oficio, con lo que aumentó su seguridad de en­contrar al capitán Grant.
Los viajeros y el patagón se acercaron a Roberto que tendió .los brazos al indígena el cual lo examinó y tocó sus doloridos miembros. Luego se acercó a la margen del río, cortó opio silvestre y con él dio frie­gas al niño que pronto se sintió mejor. Con algunas horas de reposo estaría recuperado totalmente.
Se decidió pasar allí el resto del día y la noche. Había, además, que solucionar el problema de los víveres y el transporte. Afortunadamente contaban con Thalcave que era uno de los baquianos más inte­ligentes; les ofreció, por medio de señas y algunas pa­labras entendidas al fin por Paganel, conducirlos a su toldería donde podrían encontrar lo necesario para . seguir viaje.
Aceptaron contentos y al poco rato partieron con él Glenarvan y su sabio amigo; debían recorrer unos ocho kilómetros. Iniciaron la marcha a buen paso pa­ra poder seguir al gigante patagón. Recorrieron una hermosa región de abundantes pastos, surcada por riachos y con espaciosos estanques naturales en los que nadaban elegantes cisnes de cabeza negra. Había in­numerables aves: tórtolas grises con líneas blancas, cardenales amarillos que parecían flores aladas; palo­mas, chingolos, gorriones, jilgueros y monjitas cruza­ban incesantemente el aire.
Paganel caminaba maravillado y no tuvo tiempo de cansarse admirando aquellas aves tan variadas. Le parecía que recién habían partido cuando ya estaban frente al campamento indígena.
La toldería ocupaba un valle entre dos cerros. Allí se habían levantado unas cabañas de ramas donde se protegían treinta indígenas, pastores nómades que iban detrás de sus rebaños de ovejas, vacas y caballos.
Los indígenas no eran de raza bien pura; su esta­tura mediana, formas atléticas, frente deprimida, cara casi circular de labios delgados y facciones afemina­das no hubieran sido muy interesantes para un antro­pólogo; pero lo que más interesaba a Glenarvan era su ganado: tenían buenos caballos y bueyes.
Thalcave se encargó del negocio rápidamente, con­siguieron siete caballos de raza argentina con sus mon­turas, cincuenta kilos de charqui, algo de arroz y unos odres de cuero para el agua; por ello pagaron veinte onzas de oro, cuyo valor los indios conocían. Glenarvan quiso comprar también un caballo para Thalcave, pero éste le hizo entender que no lo necesitaba.
Llegaron al campamento rápidamente y fueron reci­bidos con grandes aclamaciones. Todos comieron con apetito y Roberto también tomó algún alimento.
El resto del día lo pasaron en absoluto reposo, conversando de sus amigos ausentes.
Paganel no se separaba de Thalcave un solo ins­tante, era su sombra; no se cansaba de ver a un ver­dadero patagón junto al que parecía enano. Lo abru­maba con frases españolas y trataba de aprender es­pañol sin libros.
-¿Quién me hubiera dicho que iba a tener por, maes­tro de español a un patagón? -le decía al mayor.


CAPITULO 16
EL RIO COLORADO


Al día siguiente, 22 de octubre, a las ocho de la mañana, Thalcave dio la señal de partida.
Cuando Thalcave se negó a aceptar el caballo que le ofrecía Glenarvan, éste pensó que preferiría mar­char a pie, como lo hacen muchos guías, ya que su fuerte cuerpo lo hacía pensar así; pero cuando lle­gó el momento de partir el patagón silbó de un mo­do particular y al momento salió de un bosquecillo próximo un caballo argentino, de una belleza per­fecta, de color castaño oscuro y un aspecto que de­nunciaba gran fuerza y velocidad, su cuerpo mostraba todas las cualidades de un perfecto ejemplar. El mayor lo admiró comparándolo con los de raza inglesa. Este gallardo animal se llamaba Thauka, que en lengua patagónica significa "pájaro". Su nombre no estaba en desacuerdo con su aspecto.
Thalcave montó con agilidad; en el arnés llevaba sujetas las boleadoras y el lazo. Con las tres bolas atadas se asegura el indio un golpe certero que derri­ba al animal que desea cazar; en sus manos es un ar­ma formidable, que maneja con destreza sorprenden­te. El lazo, formado por tiras de cuero trenzadas, tiene un largo de unos diez metros y termina con un nudo corredizo que se desliza por una argolla de hie­rro; cuando la arroja se asegura también su presa. Asimismo llevaba una carabina atada a la silla.
Thalcave, sin tener en cuenta la admiración que despertaba sobre su elegante cabalgadura, se puso al frente de los viajeros e iniciaron la marcha al galo­pe o al paso, pues los animales desconocían el trote. Glenarvan vio a Roberto bien firme sobre su caballo y se tranquilizó.
La llanura pampeana empieza prácticamente al pie de la cordillera; se la puede dividir en tres zonas: la primera está cubierta de maleza y arbustos; la segunda, por fina hierba, y la tercera, que abarca el ancho de Buenos Aires, la forman fértiles praderas de cardos.
Al salir de la garganta de la cordillera los sorpren­dió ver un número considerable de médanos, montecitos de arena fina, verdaderas olas agitadas por el viento, que se levantaban en el aire hasta bastante altura. El espectáculo era curioso: se elevaban nume­rosos torbellinos que parecían vagar por la llanura, entremezclarse y golpearse, pero resultaba también muy molesto, ya que se metía un fino polvillo en los ojos.
Este fenómeno se mantuvo gran parte del día, lo que no impidió que los viajeros avanzaran a buen paso. Recorrieron setenta kilómetros y, al crepúsculo, estaban rendidos y deseosos de descansar. La cordi­llera empezaba a verse como una gran mole oscura. Con placer acamparon a orillas del rápido curso del río Neuquén.
La noche y el día siguiente no ofrecieron nada digno de contarse, caminaban sin dificultades por buenos terrenos, con una temperatura agradable que luego aumentó. Al atardecer apareció al sudoeste una barrera de nubes que anunciaba un cambio segu­ro de tiempo. El patagón le señaló la zona a Paganel, quien les dijo a sus compañeros:
-El tiempo va a variar y no tardará en soplar el pampero.
Luego les explicó que es un viento del sudoeste, muy seco, frecuente en las llanuras argentinas. No se equivocaba: al poco tiempo empezó a soplar con fuer­za y resultó bastante penoso a la noche, ya que no tenían otra cosa que sus ponchos para protegerse. Se acostaron en el suelo junto a los caballos que tam­bién se habían echado y formaron un apretado grupo. Glenarvan se inquietaba, pero Paganel consultó su barómetro y lo tranquilizó:
-La depresión del mercurio indica con seguridad cuándo el pampero traerá tormentas de tres días, pero cuando, como ahora, el barómetro sube, todo se reducirá a unas horas de viento furioso. Tranqui­lícese, pues, que al amanecer el cielo estará nuevamen­te claro.
-Habla como un libro, Paganel -le respondió Glenarvan.
-En efecto, soy un libro, y le dejo que me hojee cuanto quiera.
El libro no se engañaba, a la una cesó repentina­mente el viento y todos pudieron dormir tranquilos. Al amanecer se levantaron ágiles y dispuestos, sobre todo Paganel que se desperezaba como un cachorro.
Amanecía el 24 de octubre; habían pasado diez días desde la partida de Talcahuano, aún debían re­correr 170 km para llegar al punto en que el río Colo­rado corta el paralelo 37. Calculaban tres días más de viaje.
Durante todo el trayecto, Glenarvan acechaba la proximidad de indígenas: deseaba interrogarlos por intermedio de Thalcave, con quien Paganel ya se en­tendía bastante bien. Pero era una zona poco frecuen­tada por los indios, ya que sus caminos hacia la cordi­llera estaban más al norte. No aparecían indios erran­tes, ni tribus sedentarias y si acaso se aproximaba al­gún jinete huía rápidamente sin demostrar interés en comunicarse con ese grupo que debía tener' un aspecto sospechoso. No era para menos, encontrarse con ocho hombres bien montados y bien armados debía despertar recelos en viajeros honrados y más aún en bandidos.
Así que en principio no podían comunicarse con nadie, deseaban hacerlo aunque fuera con bandidos, con los que, seguro, la conversación habría empezado a tiros.
A pesar de no hallar indios a quienes interrogar, su­cedió algo que alentó las esperanzas de los viajeros. En su ruta hacia el este habían cruzado varios sende­ros, pero ahora cortaban uno muy importante: el de Carmen a Mendoza, fácil de reconocer por las osa­mentas de animales domésticos: mulos, caballos, car­neros y bueyes, destrozados por el pico y las garras de las aves de rapiña y blanqueados por la acción de la atmósfera, que bordeaban el camino; había milla­res y sin duda algún carcomido esqueleto humano se confundía con el de los animales.
Hasta entonces Thalcave no había hecho ninguna observación sobre la ruta que seguían, aunque com­prendía que no siendo una de las conocidas no los llevaría a ciudades o establecimientos de la pampa. Todas las mañanas salía hacia el este sin separarse de la línea recta y todas las tardes el sol poniente se hallaba en la extremidad opuesta de esa línea. De­bía extrañarle a Thalcave no sólo no guiar, sino ser guiado; con todo, por la reserva característica de los indios no hizo ninguna observación, pero al llegar a aquella importante huella, detuvo su caballo y le dijo a Paganel:
-El camino del Carmen.
-Lo sé, bravo patagón. El camino del Carmen a Mendoza.
-¿No lo tomamos?
-No.
-Y a dónde vamos?
-Siempre al este.
-Eso no es ir a ninguna parte.
-¿Quién sabe?
Thalcave calló y miró al sabio con profunda sor­
presa, pero no podía creer que le hablara en broma.
-¿No van al Carmen, entonces?
-No.
-¿Ni a Mendoza?
-Tampoco.
En ese momento se acercó Glenarvan para saber de qué hablaban y por qué se habían detenido.
-Me ha preguntado si íbamos al Carmen o a Men­doza y le ha causado extrañeza mi respuesta negativa a su doble pregunta.
-Nuestra ruta debe parecerle muy extraña -repuso Glenarvan.
-Ya lo creo. Dice que no vamos a ninguna parte.
-¿No podría explicarle el motivo de nuestra expe­dición y el interés que tenemos de ir siempre al este?
-Será muy difícil, porque un indio no entiende nada de grados terrestres, y la historia le parecerá fan­tástica.
-Pero -intervino el mayor-, ¿será la historia o al his­toriador lo que él no comprenda?
- ¡Ah!, Mac Nabbs, ¡duda aún de mi español!
-Bueno, probemos.
-Nada se pierde.
Paganel se dirigió al patagón y comenzó un largo discurso frecuentemente interrumpido por la falta de palabras necesarias y la dificultad de traducir a un sal­vaje ignorante de esos temas ciertas particularidades. El sabio era digno de verse: gesticulaba, hacía adema­nes, repetía y sudaba a mares. Se bajó del caballo e hizo en la arena un mapa en él que figuraban meri­dianos y paralelos y ambos océanos. Nunca ningún profesor se vio en tales apuros. Thalcave lo miraba tranquilamente, sin dejar traslucir si comprendía o no.
La lección del geógrafo duró más de media hora. Después se calló, se limpió el rostro inundado de sudor y miró al patagón.
-¿Comprende? -preguntó Glenarvan.
-Veremos, pero si no ha comprendido renuncio a hacerme entender.
Thalcave no se movía ni hablaba. Sus miradas esta­ban fijas en las líneas trazadas en la arena que el viento borraba poco a poco.
-Y bien? -le preguntó Paganel.
Thalcave no parecía oírlo; ya se dibujaba en la cara del mayor una sonrisa irónica, cuando Paganel se pre­paraba para volver a explicar...
-¿Buscan un prisionero?
-Sí.
-¿En la línea que va desde el sol que se pone hasta el sol que nace?
-Sí, eso es.
-Y el Dios de ustedes ha confiado a las olas del mar los secretos del prisionero?
-Sí, sí. Así es.
-¡Que su voluntad se cumpla! Marcharemos hacia el este y si es necesario hasta el sol.
Paganel estaba triunfante y se apresuró a traducir a sus compañeros el diálogo.
- ¡Qué raza tan inteligente! -comentó-. De veinte campesinos de mi país, diecinueve no hubieran enten­dido una palabra de esto.
Glenarvan le suplicó a Paganel que le preguntara si había oído hablar de algunos cautivos extranjeros. Paganel le hizo la pregunta.
-Tal vez -dijo el patagón.
Esta respuesta hizo que los siete viajeros lo rodea­ran interrogándolo ansiosamente con los ojos. Paganel continuaba el interrogatorio y repetía en inglés cada palabra que: entendía.
-¿Quién era ese prisionero?
-Un extranjero.
-¿Lo ha visto?
-Yo no, pero me han hablado de él. ¡Era un valien­te! Tenía corazón de toro.
-¡Un corazón de toro! ¡Ah!, ¡magnífica lengua patagona!
- ¡Era mi padre! -exclamó Roberto Grant.
Y preguntándole a Paganel como se decía eso en español, se lo repitió a Thalcave, a quien tomó de las manos.
- ¡Su padre! -respondió el patagón cuyos ojos bri­llaron repentinamente.
Tomó al niño en sus brazos y lo miró con gran sim­patía, pero todos aguardaban ansiosos más datos. Pronto supieron que el europeo era esclavo de una tribu que recorría la zona entre los ríos Negro y Colo­rado, en la línea que ellos seguían.
-Pero, ¿dónde se hallaba últimamente?
-Bajo el poder del cacique Calfucurá*, ¡Un hombre de dos lenguas y dos corazones!
-Es decir, falso en sus palabras y en sus acciones -dijo Paganel después de traducir a sus compañeros esta bella imagen de la lengua patagona.
-Y podremos rescatar a nuestro amigo?
-Tal vez, si se halla aún entre estos indios.
-Y cuándo ha oído hablar de él?
-Hace ya mucho tiempo. Desde entonces el sol ha traído dos veranos al cielo de las pampas.
La alegría de Glenarvan era indescriptible, pues esa respuesta concordaba con la fecha del documen­to. Pero pronto se dieron cuenta de que Thalcave hablaba de un prisionero y no de tres; él no sabía nada más y esto puso fin a la conversación.
Al día siguiente, 25 de octubre, los viajeros em­prendieron nuevamente su marcha hacia el este con renovado entusiasmo. La llanura triste y monótona formaba una de esas interminables travesías, resecas, sin ningún accidente; sólo aparecían de vez en cuando algunos montes bajos en que se destacaban algarro­bos blancos de vainas azucaradas, algunos terebintos, retamas silvestres y arbustos espinosos.
La jornada del 26 fue penosa, trataban de llegar hasta el río Colorado, así que forzaron los animales para lograrlo. Esa misma tarde alcanzaron las már­genes del magnífico río, que bien merece el nombre indio de "Gran Río". Lo primero que hizo Paganel fue bañarse en sus aguas rojizas, se sorprendió por su profundidad y el gran caudal que, proveniente de los deshielos, se dirigía hacia el océano. Era ademas tan ancho que los caballos no pudieron atravesarlo a nado. Afortunadamente, unos metros más adelante encontra­ron un puente colgante sostenido por correas de cuero, que les permitió cruzar a la otra orilla, donde acamparon.
Paganel, antes de entregarse al reposo, dibujó el río Colorado en su mapa, no sin pensar en el Yarou­Dzangho-Tchou que corría en el Tibet tan lejos de él.
En los días siguientes, 27 y 28 de octubre, el viaje no ofreció mayores incidentes. El paisaje era igualmen­te monótono y desértico, la única diferencia fue la presencia de un suelo cada vez más húmedo; hasta tuvieron que atravesar cañadas y esteros, lagunas per­manentemente cubiertas de plantas acuáticas. Al ano­checer se detuvieron a orillas de una espaciosa laguna de aguas saladas que los indios llamaban "Lago amar­go". Este fue testigo en 1862 de las crueles represalias de las tropas argentinas. Acamparon a sus orillas. La tranquilidad de la noche fue turbada por la sinfonía de los gritos de monos, titíes y perros salvajes.


CAPITULO 17
LAS PAMPAS


Las pampas argentinas se extienden desde el para­lelo 340 al 40° de latitud sur. La palabra pampa, de origen araucano, significa "llanura de pastos" y se aplica perfectamente a esta zona cubierta de hierbas arraigadas en una capa de tierra de aluvión que cubre la arcilla amarilla o roja. En estos terrenos yacen se­pultados infinidad de fósiles antediluvianos.
Estas pampas son semejantes a las sabanas de los Grandes Lagos y a las estepas de Siberia. Paganel les explicó las particularidades de su clima, más extremo en sus fríos y calores en el interior del continente que en las costas donde la proximidad del océano lo
dulcifica; allí las variaciones de temperatura son re­pentinas y muy frecuentes las lluvias tempestuosas en el otoño. Pero en la época en que los viajeros la atravesaban el tiempo era seco y la temperatura so­focante.
Al rayar el alba se pusieron en marcha, el terreno era firme y los médanos habían desaparecido. Los caballos marchaban a buen paso entre la paja brava característica de la zona que sirve a los indios de abri­go durante las tempestades. A distancias cada vez mayores aparecían sauces al borde de aguas dulces que los caballos bebían en abundancia como si qui­sieran apagar no sólo la sed actual sino también la futura. Thalcave iba adelante, golpeando la maleza para espantar a las víboras de una especie muy peli­grosa, a cuya mordedura un toro no sobrevive más de una hora. El ágil Thauka saltaba y ayudaba a abrir paso a los otros caballos.
En aquellas llanuras bien niveladas andaban con facilidad y rapidez. No había ningún accidente, nada podía llamar la atención, salvo a un sabio como Paganel a quien cualquier cosita, la más insignificante, le despertaba sus abundantes conocimientos que trans­mitía a Roberto, quien lo escuchaba con agrado. Si­guieron la marcha sin inconvenientes; a la tarde del día siguiente encontraron osamentas de innumerables bueyes, amontonadas y blanqueadas, no en línea recta como las que quedan al borde de los caminos, sino en un gran círculo. Todos se sorprendieron y Paganel recurrió a Thalcave para hallar una explicación. El indio les dijo que se debía al fuego del cielo.
-¿Cómo pudo un rayo haber exterminado un reba­ño de quinientos animales? -se asombró Tom Austin.
-Thalcave lo- asegura y yo lo creo, porque sé qué violencia tienen las tempestades en la pampa, más terribles que en las demás regiones. ¡Ojalá no tenga­mos que soportarlas!
-Hace mucho calor -dijo Wilson.
-El termómetro debe marcar 300 a la sombra -res­pondió Paganel.
-No creo que esta temperatura se mantenga -intervino Glenarvan.
-Yo sí, pues no veo ni una nube en el horizonte -contestó Paganel.
-Será peor -respondió Glenarvan- pues nuestros ca­ballos están asados.
-Y tú, Roberto, ¿no tienes calor? -No, el calor me gusta.
-Sobre todo en invierno -dijo juiciosamente el mayor.
A la caída de la tarde se detuvieron en un rancho abandonado; era una construcción de barro y ramas rodeada de un cerco que, aunque estaba medio podri­do, era suficiente para poner a los caballos fuera del alcance de los zorros que durante la noche se acercan a roer las riendas que los sujetan y les dan así la opor­tunidad para escapar.
Cerca del rancho había un horno con frías cenizas y una vasija para hacer mate, bebida indígena que Thalcave preparó para todos y que bebieron con sumo agrado.
El sol del 30 amaneció quemante; lanzaba a torren­tes sus rayos abrasadores y a pesar de no divisarse nin­gún reparo reanudaron la marcha hacia el este. Encon­traban con frecuencia enormes rebaños abrumados por el sol que no tenían fuerzas para pastar y permane­cían echados junto con los perros que los cuidaban.
Cerca del mediodía empezó a variar el pasto. Apare­cieron gigantescos cardos que hubieran sido la dicha de todos los asnos del mundo. La hierba era más escasa y se veía la tierra desnuda que no era cubierta por los pastos escasos; parecían los harapos de un mendigo que no alcanzaban a cubrir la miseria del suelo.
-No me disgusta esta variación, ya empezaba a fastidiarme tanto pasto, tanto pasto -dijo Tom Austin.
-Sí, pero mientras hay pasto, hay agua -respondió el mayor.
-Agua por ahora no nos falta -dijo Wilson- y algún río encontraremos por el camino.
Si lo hubiera oído Paganel lo hubiera desmentido, pues los ríos no abundan entre el Colorado y las sierras bonaerenses, pero Paganel estaba ocupado en explicar­le a Glenarvan de dónde provenía un insistente olor a humo que hacía rato sentían.
-No vemos el fuego y sin embargo olemos el humo, pero el fuego está en alguna parte y las corrientes at­mosféricas trasladan el olor de los pastos quemados a más de 130 km de distancia.
-¿A tanto? -exclamó no muy convencido el mayor.
-Sí, esos incendios se propagan en gran escala y lle­gan a tener proporciones formidables..
-¿Qué prende fuego a los campos? -preguntó Ro­berto.
-Algunas veces los rayos, cuando los pastos están secos por los calores, y otras, también los indios.
-¿Con qué objeto?
-Creen, no sé si con fundamento, que los pastos crecen mejor después de un incendio; pero yo creo que tienen por objeto matar a miríadas de insectos parásitos que molestan mucho a los ganados.
-Pero es un remedio muy enérgico -dijo el mayor­que debe costar la vida a algunos animales.
-No me preocupo por ellos, pero ¿no puede sor­prender también a los viajeros que cruzan las pampas?
-Sin duda -exclamó Paganel-. Sucede a veces, y no me disgustaría presenciar ese espectáculo.
- ¡Oh, venerable sabio! -exclamó Glenarvan- lleva su amor a la ciencia al extremo de hacerse quemar vivo por ella.
- ¡No!, querido Glenarvan, he leído a Cooper y Me­dia de Cuero me ha enseñado la manera de detener el fuego arrancando el pasto alrededor de un radio de varios metros. No hay nada más sencillo y por eso no temo un incendio y hasta lo deseo.
Pero sus deseos no se realizaron, aquel día quedó medio asado únicamente por los rayos del sol que sólo se atenuaban cuando el viento del oeste interpo­nía alguna nube, alivio que buscaban los caballos ex­tenuados, aunque durara poco.
Cuando Wilson dijo que no les faltaría agua, no con­taba con la sed abrasadora que los devoró aquella jor­nada y tampoco con que no encontrarían ningún curso de agua; además estaban resecos los pantanos artifi­ciales hechos por los indios. La sequedad aumentaba cada vez más. Preocupado, Paganel le preguntó a Thalcave dónde esperaba encontrar agua.
-En el lago Salinas.
-Y cuándo llegaremos?
-Mañana por la tarde.
Los argentinos, cuando viajan por la pampa, abren pozos y encuentran agua a pocos metros, pero ellos no tenían herramientas, así que debieron racionar la escasa que tenían.
Después de una larga marcha se detuvieron al ano­checer. Todos esperaban una buena noche para des­cansar de las fatigas de ese día, pero fue la peor que pasaron, envueltos en una nube impertinente de mos­quitos. Su presencia anunciaba una variación de viento, que, en efecto, saltó hacia el norte. Sólo con el viento sur los mosquitos hubieran desaparecido.
Paganel no era como el mayor que conservaba la calma, se indignaba y mandaba al diablo a todos los mosquitos; deseaba tener algo, al menos, con que calmar la picazón insoportable; el mayor trataba de consolarlo, pero igualmente Paganel se levantó con un humor de perros.
Al alba nadie se hizo rogar para emprender la mar­cha, aunque los caballos estaban rendidos y muertos de sed a pesar de que los viajeros les sacrificaban parte de su ración, igualmente era insuficiente, sobre todo por la sequedad del ambiente que el viento norte hacía más intolerable al levantar nubes de polvo.
La monotonía del viaje se interrumpió cuando Mulrady, que marchaba adelante, avistó una partida de indios. Thalcave temió que fueran grupos nómades y ladrones, así que hizo que formaran un grupo apre­tado y que prepararan las armas. Glenarvan tenía es­peranzas de que pudieran darles noticias de los náu­fragos del Britannia.
Pronto se acercaron a unos cien pasos, eran sólo diez indios, a los que podían observar perfectamente. Pertenecían a la raza pampa que había sido casi exter­minada por el general Rosas en 1833. Eran de elevada estatura, de frente alta y combada, vestían pieles de guanaco y llevaban además de una larga lanza, cuchi­llos, hondas, boleadoras y lazos. Manejaban el caballo con gran destreza.
Estuvieron un rato detenidos,. al parecer discutien­do; cuando Glenarvan se adelantó hacia ellos, comen­zaron a huir a gran velocidad.
-¡Cobardes! -dijo Paganel.
-Huyen demasiado pronto para ser gente honrada -opinó Mac Nabbs.
-¿Qué. indios son ésos? -preguntó Paganel a Thalcave.
-Gauchos -respondió el patagón.
-Gauchos -repitió Paganel volviéndose a sus compa­
ñeros-. No teníamos necesidad de tomar precauciones, nada había que temer.
-¿Por qué? -preguntó el mayor.
-Porque los gauchos son campesinos inofensivos.
-¿Lo cree así, Paganel?
-Es seguro; ellos nos han tomado por ladrones y han huido.
-Pues yo creo -dijo Glenarvan, contrariado por no haber podido hablar con ellos- que han tenido miedo y por eso no nos atacaron.
-Soy de la misma opinión -dijo el mayor- porque si no me engaño, los gauchos son ni más ni menos que bandoleros.
-Está muy equivocado -dijo Paganel- son pacíficos pastores y agricultores.
Estas distintas opiniones hicieron que iniciaran una áspera discusión, mucho más de lo que correspondía a un tema de tan poca importancia. El patagón, que los observaba sin entender más que disputaban, dijo tranquilamente:
-Eso es efecto del viento norte.
-¡El viento norte! -exclamó Paganel- ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
-Mucho -respondió Glenarvan-. El viento norte es el que los pone de tan mal humor. He oído que altera el sistema nervioso.
-¡Por San Patricio! ¡Es verdad! -dijo el mayor y soltó una carcajada.
Pero Paganel, verdaderamente enojado, no quiso abandonar la discusión y se volvió hacia Glenarvan, cuya intervención lo había molestado.
-¿De veras, milord, que tengo alterado el sistema nervioso?
-Sí, Paganel, porque el viento norte, que hace co­meter muchos crímenes en las pampas, es como la tramontana en la campiña de Roma.
- ¡Crímenes! -repitió el sabio- ¿Tengo yo facha de criminal?
-No digo eso precisamente.
-Entonces será que quiero asesinarlos.
-Mucho lo temo -respondió Glenarvan sin poder aguantar la risa-. Afortunadamente este viento sólo sopla un día.
Todos aplaudieron la respuesta de Glenarvan, así que Paganel picó con ambas espuelas su caballo y se fue adelante para desahogar solo su mal humor. Un cuarto de hora después ya no se acordaba de nada. Su buen carácter había sufrido una alteración ins­tantánea.
A las ocho de la noche, Thalcave, que se había adelantado algo para explorar el terreno, distinguió las orillas de la ansiada laguna. Un cuarto de hora después toda la comitiva llegaba, pero los aguardaba un gran desengaño: todo estaba seco.

CAPITULO 18
EN BUSCA DE AGUA


La laguna Salinas es el depósito donde desaguan los numerosos cursos de agua que provienen de las sierras de la Ventana y Guaminí, pero a la llegada de los viajeros el agua había sido evaporada por el sol abrasador y toda la sal que había en suspensión estaba depositada en el fondo y formaba un inmenso espejo.
Thalcave no pensaba en las aguas saladas de la lagu­na, sino en los cursos de agua dulce que en ella se vuelcan, pero todo estaba reseco; había que tomar una resolución rápida ya que la poca agua que aún tenían estaba medio podrida y ya no podrían beberla. La sed implacable se hacía sentir cada vez más.
Los viajeros se refugiaron en una especie de tienda de cuero abandonada que hallaron en un barranco, mientras los caballos, tendidos en las cenagosas orillas, comían con desgano las plantas acuáticas y las cañas secas.
Paganel y Thalcave comenzaron a planear una solu­ción; el primero gesticulaba por los dos; el indio, en cambio, hablaba con toda calma. Glenarvan los obser­vaba comprendiendo sólo algunas palabras.
-¿Qué ha dicho? -preguntó-. Creo entender que aconseja que nos dividamos.
-Sí, en dos grupos. Los que montan caballos ya rendidos por la fatiga y la sed, que apenas pueden dar un paso, continuarán como puedan siempre en la misma dirección del paralelo 37°. Los mejor mon­tados se adelantarán e irán a recorrer el río Guaminí, que corre a unos 60 km de aquí, si encuentran agua esperarán y si no, regresarán para evitar a los más rendidos un viaje inútil.
-Y entonces? -preguntó Tom Austin.
-Tendremos que ir unos 130 km hacia el sur, cerca de la sierra de la Ventana, donde hay numerosos ríos.
-El consejo es bueno -dijo Glenarvan- y vamos a ponerlo en práctica cuanto antes. Mi caballo tiene aún fuerzas y me ofrezco a acompañar a Thalcave.
- ¡Oh, milord! Yo también puedo ir -suplicó Ro­
berto-. Sí, tengo un buen caballo que sólo desea andar. Lléveme, milord.
-Ven, pues, Roberto -dijo Glenarvan, que además no deseaba separarse del niño.
-Y yo? -dijo Paganel.
- ¡Oh, querido Paganel!, -respondió el mayor- será parte del grupo de reserva. Ni Mulrady, ni Wilson, ni yo sabríamos llegar solos, no conocemos esta zona, pero iremos seguros en pos de la bandera del buen Santiago Paganel.
-Me resigno -respondió el geógrafo, contento del mando que se le daba.
-Pero. ..no más distracciones -añadió el mayor-, a ver si nos lleva a las costas del Pacífico.
-Bien lo merecería, insoportable mayor -respondió riendo-. Pero, ¿cómo comprenderán el lenguaje de Thalcave?
-No creo que sea necesario hablar, y si las cosas apuran con algunas palabras y gestos podremos en­tendernos.
-Bueno, en marcha.
-Mejor cenemos y durmamos para marchar mejor.
Cenaron sin beber y se acomodaron para dormir. Paganel soñó con torrentes, ríos, fuentes, estanques y hasta botellas llenas de agua potable. Su sueño fue una verdadera pesadilla.
A las seis de la mañana se prepararon para partir; los caballos bebieron la última ración de agua nausea­bunda, todos se despidieron no sin pena y pronto se perdieron de vista.
Atravesaron una extensa salina desértica, llanura arcillosa sólo cubierta por algunos árboles retorcidos y achaparrados arbustos. Anchas placas de sal refle­jaban a trechos el sol; si no hubiese sido por el intenso calor, podrían parecer, por su brillo, zonas de hielo.
A 150 km al sur, en la sierra de la Ventana, adonde deberían dirigirse si esta búsqueda fracasaba, el pano­rama era opuesto. Esa región había sido recorrida por el capitán Fitzroy*, que mandaba la expedición del Beagle, en 1835. Allí brotan los mejores pastos del territorio indígena y en las vertientes de las sierras hay ricos bosques de algarrobos, cuyo fruto, seco y molido, es utilizado por los indios para hacer pan; de quebracho blanco, cuyas ramas largas y flexibles lloran como los sauces; de quebracho rojo, de madera indestructible; de ñandubay, que se inflama fácilmente; de viraró, de hermosas flores y de timbó, que se eleva hasta veinticinco metros del suelo y puede cobijar un rebaño entero bajo su copa.
Varias veces han intentado los argentinos colonizar esta rica zona, pero se lo ha impedido la hostilidad de los indios. Era seguro que allí encontrarían agua abundante, mas debían separarse mucho de su ruta, así que era preferible intentar la búsqueda sin alejarse del paralelo 37°.
Los tres caballos galopaban con impaciencia, pre­sintiendo sin duda adónde los conducían; sobre to­do Thauka no parecía fatigado y cruzaba como un pájaro las secas cañadas y los matorrales, lanzando relinchos de buen agüero. Los otros dos caballos pa­recían querer imitarlo y lo seguían aunque a cierta distancia.
El patagón volvía la cabeza y miraba cómo cabal­gaba Roberto; verdaderamente era un buen jinete y Thalcave le hacía gestos de cariñosa aprobación.
-¡Bravo, Roberto! -exclamó Glenarvan-. Parece que Thalcave te felicita y aplaude.
-¿Por qué, milord?
-Por lo bien que montas a caballo; serás un verda­dero jinete.
-Bien -contestó Roberto riendo-, ¿y qué dirá papá que quería que fuera marino?
-Una cosa no se opone a la otra.
-¡Pobre padre mío! ¡Qué agradecido estará cuando lo haya salvado!
-¿Lo quieres mucho?
-Sí, milord. ¡Era tan bueno! No pensaba más que en nosotros. No había viaje en que a su vuelta no nos tra­jera recuerdos y, lo que valía más, sus caricias y pala­bras. ¡No dejará de quererlo cuando lo conozca! Mary se le parece; él tiene la voz dulce como ella, aunque sea raro en un marino ¿no es verdad?
-Sí, muy raro.
-Aún me parece verlo. ¡Oh, buen papá! Cuando era pequeño me dormía en sus rodillas tarareándome una tonada escocesa; algunas veces recuerdo la música muy confusamente. ¡Ah, milord!, ¡cuánto lo amamos!
Glenarvan se sentía conmovido por esas palabras tan sinceras.
-¿Lo encontraremos, verdad? -agregó Roberto después de unos instantes de silencio.
-Sí, lo encontraremos. Thalcave nos ha puesto en buen camino, tengo confianza en él.
-Es un buen indio.
-Sin duda.
-¿Sabe, milord, que sólo lo rodean personas honra­das? ¡Lady Elena, a quien tanto quiero; el mayor, con su imperturbable calma; el capitán Mangles y Paganel y los marineros del Duncan, tan sufridos y valientes!
-Sí, lo sabía.
-Y sabe que usted es el mejor de todos?
-Eso no lo sabía.
-Pues es necesario que lo sepa -le dijo mientras lle­vaba a sus labios una mano del lord.
Glenarvan iba a responderle cuando una señal de Thalcave les indicó que apresuraran el paso, pues esta­ban muy rezagados. Ambos tomaron un paso más rá­pido, pero pronto se vio que los caballos no podrían sostenerlo y fue necesario darles una hora de descanso.
La sequedad no disminuía; nuevamente marchaban silenciosos, preocupados viendo que las fuerzas de los animales ya estaba llegando a su fin. Sólo Thauka se mantenía vigoroso y Thalcave debía sofrenarlo, conversaba con su caballo y parece que finalmente lo convenció pues se puso al paso -de los otros y sofrenó sus impulsos de correr hacia donde su instinto empeza­ba ya a percibir alguna humedad, ya que chasqueaba su lengua y aspiraba con avidez.
El patagón reconoció por las manifestaciones de su ca­ballo que el agua estaba cerca y animó a sus compañe­ros a seguir. También los otros animales parecían darse cuenta, pues hicieron un desesperado esfuerzo por galopar.
A eso de las tres de la tarde, apareció una línea blan­ca que temblaba a los rayos del sol.
- ¡Agua! -exclamó Glenarvan.
- ¡Sí, sí! ¡Agua, agua! -gritó Roberto.
No tuvieron necesidad de apurarlos, los pobres ani­males corrieron desenfrenados y en pocos minutos llegaron al Guaminí. Ensillados como estaban se me­tieron hasta el pecho en la codiciada agua; los jinetes también se dieron un baño del que no se quejaron, aunque era involuntario.
- ¡Qué buena es el agua! -exclamaba Roberto mien­tras bebía tirado sobre ella.
-Modérate, muchacho -respondió Glenarvan-, sin dar por eso el ejemplo.
Sólo se oía el pasar del agua por las gargantas. Thalcave bebía tranquilamente, sin atragantarse, pero "largo como un lazo".
-En fin, si Thalcave no se la bebe toda, nuestros amigos hallarán agua clara y abundante cuando lleguen.
-¿No podríamos ir a buscarlos para ahorrarles pe­nurias?
-Sería una buena idea, pero los odres quedaron en poder de Wilson; mejor les prepararemos buena cena y buena cama para esta noche, que seguro llegarán.
Ya estaba Thalcave buscando un lugar apropiado para acampar; cerca del río encontró una especie de cercado donde podrían encerrar los caballos, ya que ellos ya estaban acostumbrados a dormir al aire libre, les pareció un buen sitio. Los tres se tiraron al sol para secar sus ropas. Pronto decidieron que había que buscar la cena para que los que venían atrás no tuvieran quejas de ellos.
La abundancia de aves que se veía en las márgenes del Guaminí les permitía pensar en caza inmediata: se levantaban grandes bandadas de perdices, chorlitos, teros, codornices, ortegas y pollas de agua de hermo­so color esmeralda. No se veían cuadrúpedos, pero podía pensarse que estaban escondidos en los espesos matorrales. Bien dispuestos, prepararon sus escopetas y pronto se hallaron frente a centenares de corzos* y guanacos que huyeron muy asustados sin ponerse a tiro. Se dedicaron, entonces, a las perdices y codor­nices; Glenarvan logró cazar un hermoso jabalí' que bien valió el tiro que había costado. Roberto cazó un curioso animal: era un armadillo cubierto de conchas óseas y movibles, medía medio metro de largo. Estaba muy gordo y según el patagón sería un plato excelen­te. Roberto no cabía en sí de alegría.
Thalcave dio a sus compañeros el espectáculo de la caza del ñandú; el avestruz de la pampa tiene una rapidez extraordinaria; el indio lanzó el caballo a todo galope en línea recta para alcanzarlo sin que se fatigara en inútiles idas y vueltas. Al llegar a cierta distancia, aún bastante considerable, le arrojó sus boleadoras con tanta destreza que envolvió con ellas las patas del animal y lo derribó por tierra. El también haría figurar en la cena un plato de su cosecha.
Pronto prepararon todo para asar; el tatú se cocina­ría en la cacerola que ofrecía su propia concha. Cenaron los cazadores rociando la comida con el agua transpa­rente, que consideraron superior a todos los vinos y hasta al famoso aguardiente escocés. Los caballos tam­bién tuvieron cena abundante. Luego los tres se prepa­raron para dormir envueltos en sus ponchos y echados en un mullido colchón de alfalfa.


CAPITULO 19
LOS LOBOS ROJOS


Cerró la noche, iluminada sólo por las estrellas. El Guaminí corría silencioso como un raudal de aceite; todos los animales descansaban y el silencio se había apoderado del desierto.
Poco a poco todos cayeron en el sueño; las últimas ascuas de la hoguera se apagaban; solamente Thauka permanecía de pie, bien firme, como si esperase la voz de su amo para lanzarse a la carrera.
Aproximadamente a las diez, después de un breve sueño, el indio despertó; sus ojos quedaron inmóviles bajo las cejas contraídas, sus oídos trataban de sor­prender algún sonido. Una vaga inquietud se pintó en su semblante. ¿Había percibido la proximidad de indios merodeadores o de jaguares' u otros feroces
animales? Eso era posible; dirigió una rápida mirada al combustible que había acumulado y su inquietud aumentó. Era escaso para contener la audacia de las fieras.
Thalcave esperaba los acontecimientos medio echado, pero serenamente atento. Pasó una hora, cualquier otro se hubiera vuelto a dormir, pero sus instintos sobrexcitados presentían un peligro.
De pronto, Thauka relinchó de una manera sorda, eso le avisó que había olfateado algún enemigo, así que se levantó y examinó atentamente la llanura. El silencio reinaba todavía, pero no la calma. Thalcave entrevió sombras que se movían sin ruido, y a trechos centelleaban puntos luminosos que se cruzaban en todas direcciones, parecían luces malas que vagaran. Un extranjero hubiera pensado en insectos fosfores­centes que brillaban en medio de la noche, pero Thalcave no podía equivocarse, sabía con qué enemigos tenía que vérselas, preparó su carabina y se puso a la espera.
No. aguardó mucho, un grito extraño, mezcla de la­drido y aullido, resonó en la pampa; el estampido del fusil contestó a la gritería de lo que parecía un lobo solitario, pero a este estampido sucedieron cien clamores espantosos.
Glenarvan y Roberto despertaron y se levantaron.
-¿Qué ocurre?
-¿Son indios?
-No, son aguarás.
-¿Aguarás?
-Sí -dijo Glenarvan-, son lobos rojos de las pampas.
Ambos tomaron sus armas y se pusieron junto al indio.
-Tienes miedo, muchacho?
-No, estando cerca de usted no temo nada.
-Mejor así, los aguarás no son temibles, sólo llaman la atención por su gran número.
Glenarvan quería tranquilizar a Roberto, pero no estaba muy seguro al ver centenares de enemigos rodear a tres hombres solos. Cuando oyó la palabra aguará reconoció enseguida el nombre americano del lobo rojo, que es del tamaño de un perro grande, tiene la cabeza como una zorra, el pelo color claro y una melena espesa. Es un animal astuto y vigoroso, de hábitos nocturnos, que sale por la noche en busca de alimen­tos, si no los encuentra fácilmente es capaz de atacar al ganado. Aislado es poco temible, pero en manadas hambrientas es difícil de enfrentar.
Los aullidos que resonaban en la llanura, las innu­merables sombras que en ella se agitaban hacían ver que eran muy numerosos los que se habían juntado para una presa que les parecía segura: carne de caba­llo o de hombre. La situación era realmente alarmante.
Los caballos relinchaban dando muestras de terror. Glenarvan y Roberto se pusieron cerca de la entrada para hacer fuego a los primeros que se acercasen. Cuan­do ya se disponían a tirar, Thalcave les hizo señas de que no lo hicieran, ¿qué pasaba? ¿no era todavía el momento oportuno? Las dudas se aclararon cuando les mostró el frasco de pólvora prácticamente vacío.
-Es preciso economizar municiones. Cara nos salió la caza de esta tarde, pues nos ha dejado casi sin pól­vora ni plomo. Sólo nos queda para veinte disparos. Roberto no respondió.
-¿Tienes miedo, Roberto?
-No, milord.
- ¡Bien, muchacho!
En aquel momento, Thalcave derribó el primer lobo que se le tiraba encima, luego dejó su puesto a Glenarvan y se dedicó a reunir a la entrada de la ramada todo lo que pudiera quemarse y le prendió fuego. Inmedia­tamente se iluminó la llanura con sus reflejos movedi­zos y pudo verse un enorme ejército de lobos, ahora enfurecidos por las llamas; no dejaban de empujarse y algunos avanzaban hasta quemarse las patas; los más audaces recibían un certero tiro.
Al cabo de una hora había quince lobos muertos y la situación de los sitiados no era tan grave mien­tras ardiera el fuego y no se acabaran los tiros. ¿Pero, qué harían cuando ambos se agotaran?
Glenarvan miró a Roberto que se conducía tan va­lientemente y sintió oprimirse su corazón al verlo fir­me, sin soltar el arma. Pensó que dentro de una hora ya no tendrían salvación y que debían buscar una salida antes. Con gran esfuerzo se puso en comunica­ción con Thalcave y después de pocas palabras y mu­chos gestos se llegó a la conclusión de que debían re­sistir hasta la madrugada, ya que el aguará tiene miedo a la luz y al nacer el día huye a su madriguera. Le hizo conocer esto a Roberto, quien valerosamente aceptó que había que defenderse hasta el día.
-Sí, hijo mío, y cuando sea necesario nos defende­remos con el cuchillo.
Thalcave ya daba el ejemplo con su brazo armado lleno de sangre. Con todo, los medios de defensa iban a faltar, no eran aún las dos y sólo les quedaban cinco tiros y todo el combustible ya estaba en la hoguera. Glenarvan miró con una mirada dolorosa a Roberto y pensó en él y en todos sus compañeros y en todos los que amaba. Se acercó al niño y lo abrazó fuerte­mente mientras pensaba que sería devorado vivo; dos lágrimas involuntarias surcaron sus mejillas.
Roberto lo miró sonriendo y le dijo:
- ¡No tengo miedo!
-No, hijo mío, no debes tenerlo. Dentro de pocas horas llegará el día y estaremos salvados. ¡Bien, Thalcave! -exclamó al ver que el indio mataba a culatazos a dos enormes bestias.
Pero a la luz de la hoguera que se apagaba pudieron ver que el ejército estaba por asaltarlos. El drama se acercaba a su fin, algunos minutos más y los animales penetrarían en el cerco donde estaban sus presas.
Thalcave descargó por última vez su fusil, mató a otro enemigo y se cruzó de brazos, parecía meditar. ¿Buscaba algún medio atrevido para rechazarlos?
En aquel momento, los lobos se alejaron y cesaron en sus ruidosos aullidos. Un triste silencio se hizo en la llanura.
-¡Se van! -exclamó Roberto.
-Tal vez -respondió Glenarvan mientras atendía a cualquier ruido.
Pero Thalcabe negaba con la cabeza, sabía que las bestias no abandonarían a sus presas hasta el nacimien­to del día. Sólo era evidente que al ver que no podían entrar por esa abertura defendida por el fuego, trata­rían de hacerlo por otra parte. No tardó en oírse el ruido de sus uñas que trataban de abrirse paso por la empalizada carcomida. Los caballos, aterrorizados, rompieron sus cabestros y echaron a correr por el lugar, locos de espanto.
Glenarvan abrazó a Roberto como si lo defendiera con su cuerpo, mientras Thalcave ensillaba minucio­samente su caballo. Glenarvan lo miró sorprendido.
- ¡Nos abandona! -exclamó al verlo preparar su caballo.
-¡El! ¡Jamás! -dijo Roberto.
En efecto, el indio, lejos de abandonarlos, intentaba salvarlos sacrificándose por ellos.
Thauka mordía el freno y se encabritaba, sus ojos, llenos de fuego, despedían relámpagos. Glenarvan to­mó al indio del brazo y le dijo:
-¿Partes?
-Sí -respondió el indio que comprendió a su compa­ñero en sus ademanes. Después añadió algunas palabras en español:
-Thauka. Buen caballo, ligero. Arrastrará tras de sí a los lobos.
- ¡Ah, Thalcave!
- ¡Pronto, pronto! -respondió el indio.
Glenarvan le explicó a Roberto con voz emocionada:
-¡Roberto, hijo mío! ¿Lo oyes?, quiere sacrificarse por nosotros. Va a lanzarse a la llanura para desviar la saña de los lobos.
- ¡Amigo Thalcave! -respondió Roberto echándose a sus pies- No nos abandones, partamos juntos.
-No, malas bestias, asustadas. Thauka, ¡buen ca­ballo!
- ¡No! Aunque sea así, Thalcave, no te abandonará. ¡Yo debo partir! -dijo Glenarvan mientras trataba de tomar las riendas.
- ¡No! respondió el patagón tranquilamente.
-¡Yo partiré! ¡Salva a este niño, yo te lo confío, Thalcave! -dijo Glenarvan.
El lord mezclaba palabras en castellano e inglés; pero no importaba el lenguaje, los gestos lo decían todo.
La discusión se prolongaba y el peligro crecía. Las carcomidas estacas de la empalizada ya cedían a la fuerza de los lobos.
Ni Glenarvan ni Thalcave querían ceder, seguían empeñados en sacrificarse; Thalcave le hacía ver que él conocía mejor el caballo y podría emplear sus mara­villosas cualidades para la salvación de todos. De pronto Thauka se encabritó, se levantó de manos y de un salto cruzó la valla de fuego y el montón de cadáveres, en tanto que una voz débil gritaba:
- ¡Dios lo salve, milord!
Apenas tuvieron tiempo de ver a Roberto que fuerte­mente agarrado a los crines del caballo desaparecía en las tinieblas.
-¡Desdichado Roberto! -exclamó Glenervan.
Los lobos rojos lo perseguían a una velocidad extra­ordinaria. Glenarvan se desesperaba por la suerte del muchacho, pero Thalcave se sonreía con su calma acos­tumbrada.
-¡Thauka! ¡Buen caballo! ¡Niño valiente, se sal­vará!
-Y si cae?
-No caerá.
Glenarvan quería seguirlo, pero el indio le hizo com­prender que en la noche no podrían encontrar sus hue­llas, ademas, ningún caballo alcanzaría a Thauka lanzado a la carrera.
A las cuatro de la mañana, apenas empezó a despun­tar el alba partieron ambos hacia el oeste, hacia donde había ido Roberto y de donde debían llegar sus compa­ñeros.
Los dos jinetes galopaban a toda velocidad, esperan­do a cada instante encontrar el cadáver ensangrentado del pequeño héroe.
A la hora de la marcha oyeron algunos tiros repeti­dos con regularidad.
-Son ellos -exclamó Glenarvan.
Ambos espolearon sus caballos y no tardaron en reu­nirse con el grupo que comandaba Paganel. Un grito se escapó del pecho de Glenarvan al ver entre ellos al valiente Roberto vivo, montado sobre Thauka que relinchó de alegría cuando distinguió a su amo.
-¡Hijo mío, hijo mío! -exclamó Glenarvan con acento de infinita ternura.
Se estrecharon en un fuerte abrazo que interrum­pió Roberto para echarse también en brazos del indio, quien después abrazó también a su caballo al que le hablaba como si por sus venas corriese sangre humana. Luego, mirando a Roberto dijo:
- ¡Es un valiente! ¡Sus espuelas no han temblado!
-¿Por qué nonos dejaste a mí o a Thalcave intentar esa salvación?
-Porque él ya me salvó la vida y usted va a salvar la de mi padre.


CAPITULO 20
LAS LLANURAS ARGENTINAS


Después de expresar toda su alegría, el grupo ad­virtió nuevamente que tenía una sed insoportable, así que se pusieron en marcha hacia el Guaminí.
Al llegar vieron la empalizada rodeada de cadáve­res de lobos rojos, lo que les permitió comprender mejor la violencia del ataque y el vigor de la defensa. Los viajeros, luego de beber abundantemente, hicieron honor a la comida que les habían preparado; el asado de ñandú les pareció excelente y el tatú resultó un manjar delicioso.
-Comer razonablemente -decía Paganel- sería ofen­der a la Providencia, es preciso comer mucho, excesi­vamente.
Pero no debían detenerse más y a las diez de la mañana Glenarvan dio la señal de partida. Partieron no sin antes llenar bien sus odres con agua fresca.
La región era cada vez más húmeda y fértil, pero igualmente desértica. Marcharon sin problemas el 2 y el 3 de noviembre y al anochecer acamparon en el límite de la provincia de Buenos Aires.
Habían salido el 14 de octubre de la bahía de Talcahuano y en veintidós días habían recorrido las dos terceras partes del camino. Era en esta zona donde esperaban encontrar al capitán Grant y a sus compa­ñeros de infortunio.
Buenos Aires es la provincia más extensa y más poblada de la Argentina, su frontera confina con los territorios indios. Su suelo es particularmente fértil y se extiende sin desniveles hasta el pie de las sierras de Tandil y Tapalqué. Allí el clima era suave, así que avanzaban sin problemas por este terreno deshabita­do. Pasaron con frecuencia por lagunas de poca ex­tensión a cuyas orillas vivían innumerables aves, desde el pequeño colibrí hasta el magnífico flamenco de alas rosas.
Gienarvan y Thalcave trataron de comunicarse sin lograrlo, así que aquél llamó a Paganel a quien el patagón le hizo saber su sorpresa por no hallar en la zona indios ni huella de ellos; sobre todo porque allí esperaba encontrar a la gente de Calfucurá o de Catriel*. Mucho se asombraba de no encontrarlos y no podía explicarse el motivo, ya que ésa era la tierra que re­corrían permanentemente. Les propuso avanzar hasta el fuerte Independencia para tratar de hallar allí noti­cias del capitán Grant y de las tribus indígenas.
Gienarvan se sentía muy preocupado por la falta de noticias de los náufragos, así que aceptó la pro­puesta de avanzar hasta el fuerte que se hallaba en Tandil, a unos 100 km de donde estaban.
Aquella noche acamparon al pie de la sierra de Tapalqué; a la mañana siguiente la cruzaron sin nin­guna dificultad. ¿Qué podría parecer esa sierra a via­jeros que habían cruzado los Andes? Al mediodía dejaron atrás el fortín abandonado de Tapalqué, primer eslabón de una cadena de fortines' que se extiende en la línea sur para defender la región de los ataques de los indios. Poco después, tres corredores de la lla­nura, bien armados y montados, observaron un mo­mento la caravana y huyeron con la rapidez de un relámpago.
-Gauchos -dijo el patagón, empleando la palabra que había desatado la discusión entre el mayor y el geógrafo.
-Gauchos -repitió Mac Nabbs-. Pues bien, hoy que no sopla viento norte, ¿quiere decirme qué opina acerca de ellos?
-Opino que parecen bandidos -respondió Paganel.
-Y de parecerlo a serlo, distinguido sabio?
-No hay más que un paso, distinguido mayor.,
A esta confesión sucedió una carcajada general que Mac Nabbs interrumpió para hacer una observación:
-He leído, no sé dónde, que el árabe tiene en su boca una rara expresión de ferocidad, mientras que sus ojos tienen expresión dulce. En el salvaje americano sucede todo lo contrario: la expresión de sus ojos es maligna.
Siguiendo las instrucciones de Thalcave, marcharon en pelotón compacto por temor a una emboscada; nada sucedió y al anochecer llegaron sin problemas a una toldería abandonada que el indio reconoció co­mo el lugar donde Catriel se reunía con los suyos, pero no había huellas recientes y parecía abandonada desde hacía mucho tiempo.
Al día siguiente, avistaron las primeras estancias cercanas a la sierra de Tandil; Thalcave decidió no detenerse para seguir hasta el fuerte Independencia.
Reaparecieron los árboles, atravesaron ricos mon­tes de álamos, sauces y acacias y avistaron innumera­bles rabaños de bueyes, carneros, vacas y caballos cui­dados por enormes perros vigilantes. Los animales llevaban la marca de sus dueños estampada con hierro candente; estos ganados son tanto o más numerosos que los que poblaban las llanuras de la Mesopotamia*, aunque sus dueños son ricos estancieros que en nada se parecen a los patriarcas bíblicos.
Todo esto les explicó Paganel, que era incansable en comunicarles sus conocimientos; también tuvo opor­tunidad de explicarles un raro efecto de espejismo que les hacía ver enormes extensiones de agua sobre las llanuras, en las que las estancias, vistas desde lejos, parecían enormes islas.
Durante la marcha del día 6, encontraron varias es­tancias y también uno o dos saladeros que en ese mo­mento permanecían silenciosos y deshabitados, ya que el trabajó en ellos comienza a fines de la primavera, cuando se reúne y mata allí, para luego salar sus carnes, innumerable ganado. Este trabajo congrega a muchos hombres diestros en la matanza y también incontables perros y buitres que acuden atraídos por el olor fétido que producen estos establecimientos.
Nada detenía la marcha de los viajeros cuyos caballos seguían el ejemplo de Thauka, que parecía volar sobre la hierba. Pasaron varias granjas defendidas por profun­dos fosos y cuyas casas principales tienen terrazas almenadas desde donde pueden defenderse de los ata­ques de los bandoleros de las llanuras. Cruzaron el río de los Huesos y al poco tiempo avistaron, cerca de las pendientes de la sierra, los muros del fuerte Independencia y el pueblo de Tandil.


CAPITULO 21
EL FUERTE INDEPENDENCIA


La sierra de Tandil se eleva unos 350 m sobre el nivel del mar; es una antigua formación de colinas semicir­culares de granito cubiertas de musgo. El distrito de Tandil abarca todo el sur de la provincia de Buenos Aires, su población es de 4.000 habitantes y su cabe­cera es la aldea de Tandil, situada al pie de la sierra, a orillas de un río; está protegida por el fuerte Inde­pendencia.
La aldea está habitada especialmente por colonos franceses e italianos y Paganel no podía dejar de saber que ese fuerte había sido construido por iniciativa del francés Parchappe, a quien había ayudado en su empresa un sabio de primer orden, Alcides d'Orbigny, que es quien mejor ha conocido, estudiado y descrip­to todos los países meridionales de América del Sur.
Esta aldea es muy importante, se comunica con Bue­nos Aires en doce días de viaje en galera -grandes carros de cuatro ruedas y toldo arqueado, que son tirados por bueyes- en un tráfico bastante activo en que la aldea envía las carnes saladas, ganado y curiosos pro­ductos de la industria indígena: géneros de algodón, tejidos de lana y codiciadas piezas en cuero trenzado.
Paganel les dijo también que la aldea contaba con casas bastante cómodas, escuelas e iglesia y que segu­ramente en el fuerte, donde había un destacamento permanente, debían de tener las noticias que buscaban.
Entraron en la aldea, dejaron los caballos en una fon­da y se dirigieron, guiados por Thalcave, al fuerte.
Después de subir algunos minutos por una colina, llegaron a la entrada y penetraron sin dificultades gracias a la excesiva confianza del centinela que no los detuvo.
Algunos soldados hacían ejercicios en la explanada del fuerte, el mayor tendría unos veinte años y el menor no llegaba a siete; era un puñado de niños y jovencitos que se ejercitaba muy seriamente. Les llamó la atención su traje: una camiseta a rayas como única ropa, no tenían pantalones, ni calzones, ni nada, sólo un fusil demasiado pesado y un sable excesivamente largo. Tenían todos la tez morena y cierto parecido; debían ser, y eran efectivamente, doce hermanos.
Paganel no se asombró, porque conocía por estadísticas que el término medio, en este país, es de nue­ve hijos por familia, pero sí se asombró mucho al ver que aquellos soldaditos maniobraban a la francesa y que el cabo daba con frecuencia órdenes en la lengua nativa del sabio.
Glenarvan no había llegado hasta el fuerte para ver soldaditos ni para asombrarse de su origen, así que no dio tiempo a Paganel para averiguaciones y le pidió que llamara al jefe. Pocos minutos después apareció el comandante en persona. Thalcave presentó a sus compañeros y mientras el indio hablaba, el comandan­te no sacaba su vista del sabio; finalmente le dijo en su propio idioma:
-¿Es usted francés?
-Sí, francés.
-¡Cuánto me alegro! ¡Bienvenido! Yo soy francés también -decía mientras lo estrechaba con vigor alar­mante.
-¿Un amigo? -preguntó el mayor.
-¡Por Dios! ¡Yo tengo amigos en las cinco partes del mundo!
Pudo, no sin trabajo, sacar su mano de entre las del vigoroso comandante y entró en una animada conversación con él. Glenarvan se desesperaba por intervenir, pero el militar no dejaba de contar su historia en un francés bastante olvidado, semejante al de los negros de las colonias francesas. Desde 1828, fecha en que se erigió la fortaleza, no había salido de ella y ahora la mandaba con el beneplácito del gobierno. Se había naturalizado en el país y casado con una mujer india que entonces estaba dando el pecho a dos gemelos de seis meses, varones los dos; el comandante no había tenido ninguna niña, de lo que estaba muy orgulloso y esperaba darle al país toda una compañía formada con sus propios descendientes. Finalmente, luego de presentarles a sus hijos y a su mujer y de obligarlos a seguirlo hasta sus habitaciones, ante la impaciencia de todos se detuvo en su charla y les preguntó el mo­tivo de su visita. Había llegado el momento de expli­carse: ahora o nunca.
Paganel le refirió todo el viaje y terminó pregun­tándole por qué los indios habían abandonado la zona.
- ¡Ah! ... ¡nadie! -respondió encogiéndose de hom­bros-. ¡Nadie! ¡Nosotros brazos cruzados... nada que hacer!
-¿Pero, por qué?
-Guerra.
-¿Guerra?
-Sí, guerra civil.
-¿Guerra civil? -repitió Paganel, que sin notarlo ya comenzaba a hablar en "negro" él también.
-Sí, guerra entre paraguayos y argentinos.
-Y qué?
-Indios todos al norte, siguiendo la pista del gene­ral Flores. Indios ladrones, roban.
-¿Pero, y los caciques?
-Caciques con ellos.
Thalcave, a quien se tradujo esta respuesta, movió la cabeza en señal de aprobación. El ignoraba o había olvidado esta guerra que debía provocar más adelan­te la intervención del Brasil; estaba claro que los indios intentarían sacar ganancia de esta situación y por ello habían ido adonde sería fácil el saqueo.
Este acontecimiento trastornaba los proyectos de Glenarvan. Si Harry Grant era cautivo de los caciques, éstos lo habrían llevado hacia el norte. ¿Era conve­niente intentar otra pesquisa por esas zonas? Debían pensarlo muy seriamente. El mayor hizo una pregun­ta importante a Paganel:
-¿El comandante oyó decir que los caciques tuvie­sen en su poder cautivos europeos?
Interrogado por Paganel, contestó afirmativamente, después de reflexionar un instante.
Todos lo rodearon esperanzados.
- ¡Hable, hable! -decían a la vez.
-Hace algunos años, sí. ..eso es... prisioneros euro­peos... pero jamás visto.
-¿Algunos años? -replicó Glenarvan-. Se equivoca, menos de dos años.
- ¡Oh, no! Más de dos años.
-Imposible -dijo Paganel.
-Sí, seguro, fue cuando nació Pepe...se hablaba de dos hombres.
- ¡No, tres! -dijo Glenarvan,
-Dos -replicó seguro.
-¿Dos? -repitió Glenarvan-. ¿Dos ingleses?
-No, un francés y un italiano.
-¿Un italiano que fue degollado? -preguntó Paga­nel.
-Sí, y supe después ...francés salvado.
- ¡Salvado! -exclamó Roberto.
- ¡Ah, ya caigo! -respondió Paganel tomando las ma­nos de Roberto- hemos seguido una pista falsa. No se trata del capitán Grant, sino de un compatriota mío cuyo compañero, Marco Vazello, fue asesinado por los indios. Sí, se trata de A. Guinnard* que estuvo cautivo durante tres años y finalmente logró huir atravesando los Andes.
Un profundo silencio siguió a la declaración. To­dos los datos concordaban: la nacionalidad, el asesi­nato de uno y la salvación de otro... Thalcave tomó la palabra:
-¿No ha oído hablar de tres ingleses cautivos?
-Jamás -respondió- y en Tandil...no...no...yo lo sabría.
Era evidente que ya no tenían nada que hacer allí. Se despidieron agradecidos y se marcharon muy tris­tes. Roberto tenía los ojos llenos de lágrimas; nadie encontraba una palabra de consuelo. Paganel gesti­culaba y hablaba solo; hasta Thalcave se sentía heri­do en su amor propio por haber seguido una pista falsa.
La cena fue triste; ya no quedaban esperanzas de hallar a los náufragos desde Tandil hasta el océano, pues si algo hubiera ocurrido en esa zona el coman­dante del fuerte debía haberse enterado. No había más esperanza, sólo les restaba ir al encuentro del Duncan lo antes posible.
Paganel volvió a tomar el documento; lo releía con cólera mal disimulada, procurando arrancarle una nueva interpretación.
-El documento no puede ser más claro -repetía Glenarvan.
- ¡No! -respondió el geógrafo dando un puñetazo en la mesa-. Pues si Harry Grant no está en las pampas, este documento debe decirnos dónde está y nos lo dirá o yo no soy Santiago Paganel.





CAPITULO 22
LA INUNDACION


Estaban a menos de 300 km de la costa; sin obstá­culos imprevistos en menos de cuatro días podrían llegar, pero a todos les mortificaba la idea de regresar sin el capitán Grant, tanto que esa mañana Glenarvan no dio las órdenes para iniciar la marcha. El mayor se encargó de todo y finalmente partieron. Roberto iba cabizbajo junto a Glenarvan que no se consolaba de su derrota; Paganel daba mil vueltas en su cabeza a las palabras del documento buscándole otra interpre­tación.
Cerca del mediodía, los viajeros dejaron atrás las ondulaciones de las sierras y cabalgaron nuevamente por un terreno totalmente llano, cubierto de frescas hierbas y cruzado a cada paso por cursos de agua.
El tiempo, bueno hasta entonces, se tornó amena­zador, el cielo se cubrió de nubarrones que por suerte no cumplieron sus amenazas ya que los viajeros no en­contraron otro refugio para pasar la noche que sus propios ponchos.
Al día siguiente, a medida que avanzaban, encon­traban un suelo cada vez más húmedo y debieron cruzar con dificultad numerosas lagunas y difíciles pantanos cubiertos de plantas acuáticas.
De pronto, Roberto, que se había adelantado, vol­vió a la carrera gritando:
- ¡Un bosque de cuernos! ¡Paganel! ¡Paganel!
-¿Cómo? -respondió el sabio.
-Sí, sí, por lo menos un bosquecillo.
-Lo habrás soñado, muchacho.
-Ya lo verá enseguida.
En efecto, Roberto no se había engañado. No tar­daron en encontrar un poblado bosque de cuernos, regularmente plantados.
-Es singular -dijo Paganel mirando a Thalcave.
-Los cuernos salen del suelo, pero los bueyes es­tán debajo -dijo el indio.
-¿Cómo? ¿Hay un rebaño sepultado en el lodo?
-Sí -respondió el patagón.
Este rebaño entero que había hallado una muerte tan extraña sirvió de aviso a los viajeros. Desde enton­ces Thalcave comenzó a inquietarse, se detenía y ob­servaba, avanzaba hacia los costados y regresaba dando muestras de preocupación, que no dejaron de adver­tir Glenarvan y Paganel; lo interrogaron y él les dijo que jamás había visto esa llanura tan impregnada de agua, no sabía la causa y sólo les aconsejaba que se dieran mucha prisa.
El consejo no era fácil de seguir,. pues los caballos se fatigaban mucho pisando un suelo que huía bajo sus cascos; en aquella parte de la llanura parecía que el agua brotaba de la tierra. A eso de las dos el cielo se abrió en cataratas y cayó un verdadero diluvio so­bre los viajeros cuyos ponchos chorreaban regados por los sombreros que parecían techos llenos de go­teras. Los jinetes caminaban entre un doble chaparrón, el del cielo y el que hacían saltar a cada paso los cascos de los caballos.
Empapados, molidos y agotados llegaron a un rancho miserable y abandonado que a pesar de su estado podía darles algún refugio. Entraron y encendieron con gran trabajo un mal fuego con los pastos moja­dos, que les proporcionó más humo que el calor que deseaban. La lluvia entraba por el techo podrido mien­tras Wilson y Mulrady luchaban constantemente contra la invasión del agua.
La cena fue escasa y triste, no tenían ganas de comer ni de hablar; Paganel intentó bromear, pero sin éxito.
-Mis chistes -dijo- están mojados, no dan fuego.
Todos buscaron alivio en el sueño. La noche fue pé­sima, el viento azotaba el rancho y parecía que lo iba a levantar a cada golpe, pero afortunadamente la tor­menta concluyó sin accidentes y al amanecer Thauka despertó a todos con sus relinchos y los golpes de sus cascos; parecía dar la señal de partida y como todos confiaban en él se levantaron y marcharon.
La lluvia había disminuido, pero aquel terreno no absorbía el agua que se estancaba en grandes pantanos. Paganel consultó su mapa y pensó acertadamente que los dos ríos que cruzan esa zona debían haberse desbordado y formado un enorme río de varios kiló­metros de ancho.
Para salvarse debían apresurar su marcha, pues no se veía ninguna elevación en aquella llanura y si la inundación crecía no encontrarían ningún refugio.
Lanzaron los caballos a todo galope; Thauka pare­cía realmente un caballo marino por la agilidad con que saltaba entre el agua. A eso de las diez, el animal empezó a inquietarse terriblemente, lanzaba fuertes relinchos y parecía que se negaba a obedecer a su amo, miraba inquieto hacia el sur y Thalcave debía realizar grandes esfuerzos para hacerlo seguir la direc­ción hacia el este.
-¿Qué tiene ese animal? -preguntó Paganel-. ¿Lo habrán picado las sanguijuelas del agua? -No -respondió el indio.
-¿Lo asusta algún peligro?
-Sí, presiente un peligro.
-¿Cuál?
-No lo sé.
Si bien no podían ver todavía de qué se trataba, lo que inquietaba a Thauka ya se podía oír: un mur­mullo sordo, semejante al de la marea que sube, venía de la línea del horizonte. Las ráfagas de viento eran húmedas; las aves huían con toda la rapidez de sus alas y los caballos, sumergidos hasta la mitad de sus patas, ya sentían los primeros empujes de la corrien­te. Enseguida vieron, a poca distancia, numerosas reses que huían espantadas, cayendo y levantándose al tiempo que lanzaban lastimeros mugidos.
- ¡Rápido, rápido! -gritó Thalcave con voz sonora.
-¿Qué ocurre? -preguntó Paganel.
- ¡La inundación, la inundación! -exclamó mientras echaba a todo galope su caballo hacia el norte.
A los gestos del guía, todos se precipitaron tras de él, al tiempo que vieron, hacia el sur, que una inmensa montaña de agua invadía la llanura y la convertía en un océano de gruesas olas que arrancaban los pastos. De esta mole de agua que parecía perseguirlos huían los viajeros buscando, sin hallarlo, algún lugar donde refugiarse, el cielo y el agua se confundían en el hori­zonte.
Los caballos, espantados, iban a todo galope, mien­tras que los jinetes pensaban que el agua ya los alcan­zaba. Espoleaban a las pobres bestias de cuyos ijares salían chorros de sangre; marchaban enredándose en las plantas, tropezando y cayendo y volviéndose a levantar en una carrera desesperada, pero el nivel de las aguas subía sensiblemente y las ondulaciones anun­ciaban que aquella mole estaba cada vez más cerca.
Un cuarto de hora después, el agua ya llegaba al pecho de los caballos que avanzaban con gran difi­cultad; todos se creían perdidos y condenados a morir como si hubieran naufragado en alta mar. Se recono­cían impotentes para luchar con las fuerzas desatadas de la naturaleza; su salvación no estaba en sus manos.
A los pocos minutos, los caballos avanzaban a nado, empujados por la corriente que debía arrastrarlos a casi 40 km por hora.
Toda esperanza parecía inútil cuando se oyó al mayor que gritaba:
- ¡Un árbol!
- ¡Un árbol! -exclamaron todos.
- ¡A él, a él! -respondió Thalcave señalando una es­pecie de nogal gigantesco que se levantaba solitario a unos mil quinientos metros.
Esa sería la salvación para ellos, al menos, ya que los animales se perderían seguramente. En aquel mo­mento el caballo de Tom Austin lanzó un ahogado relincho y desapareció; el jinete echó a nadar con vigor.
-Agárrate de mi silla -le gritó Glenarvan.
-Gracias, señor, tengo buenos brazos.
-Y tu caballo, Roberto? -preguntó Glenarvan.
-Bien, bien, nada como un pez.
- ¡Atención! -gritó el mayor.
Apenas había pronunciado esa palabra cuando llegó el enorme aluvión. Una ola monstruosa de trece metros envolvió a los desdichados con gran estruen­do; hombres y animales desaparecieron sepultados bajo aquella montaña líquida.
La ola pasó y los hombres volvieron a la superfi­cie; los caballos, excepto Thauka, habían desapare­cido para siempre.
-¡Animo, ánimo! -decía Glenarvan que sostenía con un brazo a Paganel y nadaba con el otro.
El mayor nadaba tranquilamente; los marinos no tenían dificultad ninguna y Roberto, tomado de las crines de Thauka, se dejaba remolcar hacia el árbol.
A los pocos minutos todos llegaron hasta él; el agua alcanzaba hasta donde las ramas se abrían, allí
se subió Thalcave, levantó a Roberto y ayudó a los otros a encaramarse sin demasiada dificultad.
Mientras tanto Thauka era arrastrado por la corrien­te y lanzaba fuertes relinchos como llamando a su dueño.
-¿Lo abandonas? -preguntó Paganel.
- ¡Abandonarlo! -exclamó el indio al mismo tiempo que se sumergía en las aguas embravecidas y nadaba hacia su animal; al poco rato lo alcanzó, apoyó su brazo en el cuello del noble caballo y ambos, flotando a favor de la corriente, se perdieron en el horizonte.


CAPITULO 23
VIDA DE PAJAROS


El árbol en que se habían refugiado y que parecía ser un nogal era realmente un corpulento ombú de más de treinta metros de altura; su tronco estaba fijado en la tierra con fuertes raíces y numerosos retoños, lo que explicaba que siguiera en pie firmemente. La enorme copa descansaba en tres ramas que arranca­ban de un tronco de casi dos metros de diámetro. El follaje formaba un abrigo impenetrable, aunque en ciertas partes las aberturas dejaban pasar el aire y la luz; dos ramas se entrelazaban hacia el cielo y la otra se extendía paralela a' las aguas, parecía que el tronco del ombú sostenía solo a un buque entero.
Al llegar los viajeros, huyó hacia las ramas superio­res una bandada de centenares de pájaros que pare­cían protestar por la presencia de estos extraños.
Inmediatamente que subieron al árbol el joven Grant y el ágil Wilson se encaramaron a las ramas más altas y desde allí abarcaron la enorme extensión de agua que los rodeaba por todas partes; ningún otro árbol resistía ya el empuje de las aguas, en las que se veía pasar, empujados por la corriente, ramas, ani­males ahogados, maderas e incluso un árbol que flo­taba llevando una familia de rugidores yaguarás que se sostenían fuertemente con sus garras. Más lejos vieron un punto negro, casi invisible: eran Thalcave y Thauka que ya desaparecían de la vista.
- ¡Amigo Thalcave! -exclamó Roberto tendiendo hacia él sus brazos.
-Se salvará -respondió Wilson-. Pero bajemos ya con nuestros compañeros.
Descendieron y hallaron a todos acomodados en la bifurcación del tronco: la situación era muy seria para los huéspedes del ombú, pero no perdían la calma.
Glenarvan ordenó hacer unas marcas en el tronco para controlar si las aguas subían o bajaban y luego preguntó:
-Y ahora qué vamos a hacer?
- ¡Vamos a hacernos un nido! -respondió alegremente Paganel.
-¿Un nido? -exclamó Roberto.
-Así es, si no podemos vivir como los peces, vivire­mos como los pájaros.
-Bien -dijo Glenarvan-, ¿pero de dónde sacaremos comida?
-De aquí -respondió el mayor, al tiempo que les mostraba unas alforjas mojadas que tenía en sus manos.
- ¡Qué bien! -dijo Glenarvan-, piensa realmente en todo.
-Desde que resolvimos no ahogarnos no iba a ser para morirnos de hambre.
También a mí se me hubiera ocurrido la misma idea -dijo ingenuamente Paganel- ¡pero soy tan distraído!
-¿Qué hay allí? -preguntó Tom Austin.
-Comida para siete hombres durante dos días -respondió Mac Nabbs.
-Espero que después habrá bajado el agua, así que ahora podemos almorzar -opinó Glenarvan.
-Y el fuego? -dijo Wilson.
-Lo encenderemos encima dei tronco con leña seca que sacaremos de este árbol.
-¿Pero, con qué lo encenderemos si la yesca está llena de agua como una esponja? -preguntó Glenarvan.
-No importa -respondió Paganel-, con un poco de musgo seco, un rayo de sol y el vidrio de mi anteojo, ya van a ver cómo lo enciendo. ¿Quién va al bosque a buscar leña?
- ¡Yo! -exclamó Roberto y partió seguido de Wilson hacia la copa.
Mientras los esperaba, Paganel preparó el "fogón" sobre una capa de hojas húmedas, puso abundante musgo seco y con el auxilio de un fuerte sol pronto logró encender un hermoso fuego sobre el que echó las ramas secas que trajeron Roberto y Wilson; para que el fuego no se ahogara, Paganel se colocó parado encima, como los árabes, y se bajaba y se levantaba rápidamente, con ese movimiento su poncho movía el aire, lo que hizo brotar hermosas llamas de la leña a cuyo calor se secaron las ropas. Pronto prepararon la comida, no muy abundante porque debían guardar para más adelante por si las aguas no bajaban pronto. El ombú no daba nada comestible, pero podrían con­seguir huevos frescos en los nidos; también podrían cazar algunos pájaros.
-Ya que tenemos el comedor y la cocina instala­dos, debemos preocuparnos por los dormitorios. La casa es grande y el alquiler no es mucho, no nos po­demos quejar -dijo Paganel-. Allá hay ramas fuertes que nos servirán de hamacas. Estamos cómodos y no tenemos nada que temer, alguno se quedará de guardia por cualquier peligro.
-Yo tengo mi revólver -añadió Glenarvan.
-Y yo el mío -añadió Roberto.
-¿De qué sirven -preguntó Tom Austin- si no pode­mos fabricar pólvora?
-No necesitamos fabricarla. Mire qué me dejó Thalcave -dijo Mac Nabbs mientras les mostraba un frasco lleno de pólvora.
- ¡Qué indio generoso! -exclamó Glenarvan.
-¿A qué distancia estamos del Atlántico? -quiso saber el mayor.
-A menos de 80 km -respondió Paganel-. Y ahora, amigos míos, subiré para observar con mi largavista las novedades que se produzcan.
El sabio trepó ágilmente de rama en rama; el resto preparó sus dormitorios y luego se reunieron junto al fuego a conversar. Si las aguas bajaban pronto, po­drían alcanzar rápidamente la costa y embarcarse en el Duncan. De inmediato la conversación se refi­rió al pobre capitán Grant, a la pena de no haber podido hallarlo y a que no tenían más esperanzas. Quien más se lamentaba era Roberto, ninguno sabía como conso­larlo.
-Y sin embargo este 37° de latitud no es un núme­ro sin sentido; si se lo aplica al naufragio o al cautiverio, algo debe significar -interrumpió Glenarvan.
-Es cierto, milord -respondió Tom Austin-, y sin embargo nada hemos encontrado.
-Sólo motivos para irritarse y desesperarse -exclamó Glenarvan.
-Para irritarse puede ser -dijo Mac Nabbs con su tran­quilidad acostumbrada-, pero no para desesperar, debe­mos seguir la búsqueda.
-¿Qué quiere decir? -preguntó Glenarvan.
-Algo muy sencillo, al llegar a bordo del Duncan debemos seguir rumbo al este por el paralelo hasta llegar si fuera necesario nuevamente al punto de par­tida.
-Ya lo he pensado cien veces -respondió Glenarvan-, ¿pero qué posibilidades de éxito podemos tener si nos alejamos de la Patagonia tan claramente indicada por el capitán?
-¿Y por débil que sea la esperanza, no la debemos intentar? -preguntó el mayor.
-No digo que no... -contestó Glenarvan.
-¿Y ustedes, camaradas? -les preguntó el mayor a los otros marinos.
-Somos de la misma opinión -respondieron todos.
-Escúchenme -dijo Glenarvan-, y especialmente tú, Roberto, porque el tema es muy grave. Estoy dis­puesto a dar la vuelta al mundo y hacer todo lo posible por hallarlos y yo sé que toda Escocia me ayudará a salvar a estos hombres... pero, ¿debemos abandonar la búsqueda en el continente americano?
Esta pregunta no tuvo respuesta, nadie se atrevía a darla.
-¿Qué contestan? -insistió Glenarvan.
-Mi querido Edward -respondió Mac Nabbs-, el problema hay que meditarlo muy seriamente. Ante todo deseo saber qué tierras atraviesa el paralelo 37°.
-Eso es cosa de Paganel -respondió Glenarvan.
-Hay que llamarlo.
- ¡Paganel, Paganel! -llamó Glenarvan.
-Presente -dijo una voz que llegaba del cielo.
-¿Dónde está?
-En mi torre.
-¿Puede bajar un momento?
-¿Para qué me necesitan?
-Para saber qué atraviesa el paralelo 37°.
-Si es sólo para eso no necesito bajarme de mi ob­servatorio.
-Bueno, díganos.
-Al dejar América, el paralelo 37° atraviesa el océano Atlántico, encuentra la isla de Tristao da Cuhna, pasa al sur del Cabo de Buena Esperanza, atraviesa el mar de la India, roza la isla de San Pedro y luego corta Australia por la provincia de Victoria.
-Adelante.
-Saliendo de Australia...
¿Acaso el geógrafo no sabía seguir? No, pero un grito formidable y una violenta exclamación partió de las ra­mas altas del ombú. ¿Qué pasaba? ¿Una nueva catástro­fe o el pobre Paganel había perdido pie y caía? Mulrady y Wilson ya volaban para socorrerlo, cuando apareció su largo cuerpo revoloteando de rama en rama. ¿Estaba vivo o muerto? Ya iba a caer a las aguas cuando Mac Nabbs lo detuvo con su vigoroso brazo.
-Un millón de gracias -exclamó Paganel.
-¿Qué le pasa? ¿Una nueva distracción acaso?
- ¡Sí, sí! ¡La más tremenda de las distracciones!
-¿Cuál?
-Nos hemos engañado y seguimos engañados. - ¡Explíquese, por favor!
-Amigos míos, estamos buscando al capitán Grant donde no está.
-¿ ¡Qué!?
-Digo que lo buscamos donde no está y donde nunca ha estado.


CAPITULO 24
SIGUEN HACIENDO VIDA DE PAJAROS


Todos lo miraban con el mayor asombro, mientras el sabio insistía en que estaban equivocados.
-Explíquese -le pidió Mac Nabbs con mayor calma que los demás.
-Es muy sencillo, mayor. Yo también estaba en un error, pero al explicarles recién y pronunciar la palabra Australia un rayo de luz iluminó mi cerebro.
-¡Cómo!... .¿Acaso el capitán Grant podría estar en...?
-Lo que creo es que la palabra "austral" que leímos en el documento no estaba completa, como pensamos, sino que era parte de "Australia".
-Sería algo muy extraño -contestó el mayor.
-¡Imposible! -exclamó Glenarvan. -Estoy seguro -respondió Paganel.
- ¡Cómo! -dijo Glenarvan muy asombrado-. ¿Se atreve a afirmar que el naufragio ocurrió en esas cos­tas?
-Estoy seguro -repitió Paganel.
-¿Pero entonces como se explica la palabra indios?
-La palabra podría ser "indígenas" ¿verdad? Y si bien no hay indios, hay indígenas en Australia-respondió Paganel con sonrisa orgullosa.
- ¡Bravo, Paganel! -aplaudió el mayor.
-¿Conforme con mi interpretación, querido lord?
-Sí, pero antes debe probarme qué significado tiene el fragmento "-gonia", si es que no quiere decir Pata­gonia.
-Seguro de que se trata de cualquier otra cosa menos Patagonia -afirmó Paganel.
-¿Pero qué?
-Teogonía, agonía...
-¡Agonía! -aceptó el mayor.
-No importa, lo que sí es seguro es que se trata de Australia. Claro que yo acepté la otra interpretación sugestionado por las palabras de ustedes.
Glenarvan estaba casi convencido, todos tenían nuevas esperanzas de encontrar a los náufragos y Ro­berto aplaudía entusiasmado.
-¿Puedo pedirle que lea el documento según lo interpreta ahora? -le pidió Glenarvan.
-Aquí está -dijo sacando el precioso papel.
Reinó un profundo silencio mientras Paganel coor­dinaba sus ideas, finalmente leyó:

"El 7 de junio de 1862, la fragata Britannia de Glasgow ha zozobrado después de. . ." -pongan dos o tres días de larga agonía- "en las costas de Australia. Dirigiéndose a tierra dos marineros y el capitán Grant van a tratar de abordar o han abordado el continente en que serán o son prisioneros de crueles indígenas. Han arrojado este documento... etcétera." ¿Está bien claro?
-Entonces, amigos, no puedo decirles más que una cosa: ¡A Australia y que el cielo nos proteja!
- ¡A Australia! -respondieron todos.
-¿Sabe, Paganel, que su presencia en el Duncan es un hecho providencial?
-Bueno -respondió Paganel-, demos por sabido que soy un enviado de la Providencia.
Así terminó aquella conversación que tendría tan grandes consecuencias en el futuro. Habían encontrado de nuevo una posibilidad de salida en el laberinto en que se creían perdidos. Olvidaron el peligro de su situación y se entregaron a una gran alegría; podrían dejar el continente americano. volver al Duncan y no llevar la desesperación sino la esperanza a lady Elena y a Mary Grant.
Eran las cuatro y se resolvió cenar a las seis. Para celebrar, Paganel propuso hacer un festín y como lo que tenían era escaso lo invitó a Roberto a ir a cazar al "bosque". Roberto aceptó entusiasmado y pronto empezaron a trepar hacia las ramas más altas.
Mientras tanto Glenarvan y Mac Nabbs revisaban las marcas para controlar las aguas y Wilson y Mulrady reanimaban el fuego.
Las aguas no habían bajado, pero afortunadamente tampoco habían ascendido; la correntada seguía con la misma fuerza, por el momento no había esperanzas de que descendieran.
Pronto se oyeron algunos disparos y las voces alegres de Paganel y Roberto; no se sabía quién era más chico de los dos. A Wilson se le ocurrió la idea de improvi­sar con un alfiler y un hilo un aparejo de pesca. Al rato saltaban en su poncho unas docenas de sabrosas mojarras que ya prometían un plato exquisito.
En aquel momento bajaron los cazadores, traían con gran cuidado huevos de golondrina negra, una sarta de gorriones y algunos jilgueros que Paganel afirmaba que eran muy buscados en los mercados de Montevideo por su sabrosa carne.
La cena fue variada: agradable tasajo, huevos duros, mojarras asadas, jilgueros y gorriones doraditos al fue­go formaron un banquete difícil de olvidar. Paganel recibió las felicitaciones que merecía como cocinero y animó con su charla la comida.
-Roberto y yo nos creíamos en medio de un bos­que; hubo un momento en que temimos perdernos.
¡No encontrábamos el camino de regreso! ¡El sol caía en el horizonte y no hallábamos la huella de nues­tros pasos! El hambre cruel nos acosaba y resonaban en la espesura los gritos de las fieras... ¡Pero, no hay fieras y lo siento mucho!
-¿Cómo? -dijo Glenarvan-. ¿Siente que no haya fieras?
-Sí, por cierto.
-Y no teme su ferocidad?
-Científicamente hablando la ferocidad no existe,
Esta expresión dio lugar a una cálida discusión entre Paganel y el mayor acerca de las fieras, la ferocidad
y su utilidad en la tierra. Glenarvan los interrumpió diciéndoles:
-Bueno, de cualquier manera, nos pasaremos sin á fieras en el árbol, lo que mejora nuestra situación.
-¿Acaso no le resulta cómoda esta situación? -pregun­tó asombrado Paganel-. En ninguna parte he estado nunca mejor, ni siquiera en mi cara. ¿Qué nos falta? Hacemos vida de pájaros, cantamos, revoloteamos. Empiezo a creer que los hombres han sido creados para vivir en los árboles.
-Como lo prueban sus alas -interrumpió el mayor con ironía.
-Un día u otro las tendremos.
-Pero, entretanto, mi querido amigo -dijo Glenarvan-, déjeme preferir a esta casa aérea la arena de un parque, el piso de una casa o la cubierta de un buque.
-Deben aceptar las cosas como vienen; si son buenas, mejor; si son malas, paciencia. Seguro que Roberto es perfectamente feliz.
- ¡Sí, señor Paganel!
-Gracias a su edad -respondió Glenarvan.
-Y a la mía -replicó Paganel-. Cuanto menos es el número de comodidades, menores son también las necesidades y mayor la felicidad.
-¿Ahora va a pronunciar un discurso sobre la feli­cidad y la riqueza? -dijo el mayor.
-No -respondió el sabio-, pero si me lo permiten, les contaré una historia árabe que ahora recuerdo.
- ¡Sí, sí!, señor Paganel -aceptó Roberto.
-En fin, cuéntela, ya que lo sabe hacer con tanta gracia, Scherezada -respondió Mac Nabbs.
-Había -empezó Paganel- un hijo del gran Harún­el-Raschid que no era feliz. Consultó entonces a un viejo derviche que le dijo. que la felicidad era muy di­fícil de encontrar en este mundo, sin embargo, le aconsejó que se pusiera la camisa de un hombre feliz. El príncipe abrazó al sabio anciano y partió en busca del talismán... Visitó todas las capitales de la tierra... Se puso camisas de reyes, emperadores, príncipes y millonarios; de artistas, guerreros y comerciantes. Nada consiguió. Anduvo mucho sin encontrar la feli­cidad. Cuando ya se volvía a su país, vio a un pobre labrador que alegre y cantando iba detrás de su arado, se dirigió a él y le preguntó si era feliz.
-Sí -le respondió el labrador.
-¿No deseas nada?
-Nada.
-¿No cambia­rías tu suerte por la de un rey?
-Jamás.
-Pues bien, véndeme tu camisa.
-¿Mi camisa? ¡No tengo camisa!


CAPITULO 25
ENTRE EL FUEGO Y EL AGUA


Todos festejaron el cuento y aceptaron que a falta de otra cosa, bueno era el árbol.
El día había pasado y llegó la noche: un buen sueño debía terminar aquel día tan agitado. Los huéspedes del ombú se sentían fatigados, ya sus alados compañeros les daban el ejemplo al suspender sus cantos y desa­parecer en lo más espeso de las ramas.
Antes de "meterse en el nido" -como decía Paganel­Glenarvan con Roberto y el sabio subieron a contemplar la líquida llanura. El sol ya se había puesto, las brillan­tes constelaciones del hemisferio sur aparecían veladas por la bruma, sin embargo, se las distinguía bien y Paganel les hizo observar la Cruz del Sur, grupo de estrellas de primera y segunda magnitud dispuestas en forma de rombo; el Centauro donde brilla la estrella más pró­xima a la Tierra, la que no dista más de cuarenta y cinco billones de kilómetros; las nubes de Magallanes, dos grandes nebulosas y, por último, "el agujero negro" en que parece faltar totalmente la sustancia estelar.
Con gran pena, el sabio comprobó que Orión no era aún visible, pero igual les contó una poética creen­cia de los indios patagones quienes ven en Orión la representación de un inmenso lazo y de tres bolas lanzadas por la mano del cazador que recorre las celes­tiales praderas.
Mientras conversaban, un enorme nubarrón fue cubriendo gran parte del cielo; el ambiente estaba calmo y saturado de electricidad.
-Va a haber tempestad -dijo Paganel-. ¿Tienes miedo a los truenos, Roberto?
-Ninguno.
-Mejor, porque la tormenta no está lejos.
Lo que yo lamento no es la tormenta -dijo Glenarvan-, sino los torrentes de agua que nos caerán. A pesar de su opinión, se deberá convencer de que un nido no al­canza para lob hombres; nos vamos a calar hasta los huesos.
-¡Pero con filosofía! -respondió el sabio. -La filosofía no nos impedirá mojarnos. -Pero nos dará resignación.
-En fin... -dijo Glenarvan- vamos a avisarles a nues­tros compañeros que se envuelvan lo mejor que puedan en sus ponchos y sobre todo que hagan buena provi­sión de paciencia porque la van a necesitar. Bajemos que ya va a estallar el rayo.
Se deslizaron por las ramas. Al llegar se quedaron sorprendidos por la claridad fosforescente que prove­nía de miles de luciérnagas que volaban cerca de la superficie del agua. Paganel les -explicó que eran insec­tos conocidos en América con el nombre de cocuyos o tuco-tuco; no les fue difícil cazar algunos para obser­varlos de cerca.
Se prepararon a pasar la tormenta, atados a sus ni­dos para evitar que la fuerza del viento o del agua los derribase y se taparon lo mejor posible con sus pon­chos. La inquietud que produce la llegada de la tormenta no los dejaba pegar un ojo, aunque no se movían siquiera de su posición. Glenarvan se atrevió a avanzar a tientas fuera del follaje y contempló un cielo ate­rrador.
-¿Qué le parece, milord? -preguntó Paganel.
-Que si la tormenta se porta como promete será terrible.
-Mejor así -respondió •el entusiasmado Paganel-, deseo que el espectáculo, ya que debo presenciarlo, sea grandioso. Recuerdo que leí, no sé dónde, que ésta es una región de grandes sacudimientos eléctri­cos; precisamente en la provincia de Buenos Aires cayeron de una sola tormenta treinta y siete centellas y que un solo trueno duró cincuenta y cinco minu­tos. Sólo me alarma que el único punto culminante de la llanura sea este ombú, árbol predilecto de los rayos. No por nada los sabios recomiendan no cobi­jarse bajo los árboles en las tormentas.
Interrumpieron esta conversación violentos truenos cuya intensidad crecía a los tonos más altos; lo que más llamaba la atención eran los relámpagos. Te­nían las formas más variadas, algunos caían perpen­diculares a la tierra, otros tenían forma ahorquillada, eran numerosos a pesar de que el astrónomo Arago consigna sólo dos ejemplos; finalmente otros formaban juegos de luces arborescentes.
Muy pronto, de sur a norte, se tendió una franja fosfórica de intenso resplandor que inflamó las nubes; las aguas reflejaban ese incendio del cielo. Todos con­templaron con curiosidad y temor aquel aterrador espectáculo. En seguida se abrieron las cataratas del cielo, ¿sería esa lluvia el fin de la tormenta? ¿Sólo un chaparrón tendrían que sufrir los viajeros? No, en el extremo de una rama apareció un globo inflamado del tamaño de una naranja, rodeado de humo negro; la esfera giró sobre sí misma y finalmente reventó con estruendo y llenó la atmósfera de vapor sulfuro­so. Inmediatamente se oyó la voz de Tom Austin:
- ¡Fuego en el árbol!
La llama se propagó rápidamente devorando ramas secas, nidos y la misma corteza del árbol; el viento que se levantó avivaba el incendio. Glenarvan y sus compañeros se refugiaron en el lado opuesto, mudos y asombrados; las ramas chasqueaban y se retorcían; las llamas se elevaban y envolvían el ombú como una túnica. Todos estaban aterrorizados, sofocados por el humo y abrasados por el calor insoportable; el in­cendio avanzaba hacia ellos que ya se veían condena­dos a morir.
La situación era insostenible y de dos muertes se eligió la menos cruel.
- ¡Al agua! -gritó Glenarvan.
Wilson, alcanzado por las llamas, acababa de tirarse cuando se lo oyó exclamar:
-¡Socorro! ¡Socorro!
Austin se apresuró atenderle la mano.
-¿Qué pasa?
- ¡Los caimanes! i Los caimanes!'-respondió Wilson.
Rodeaban el tronco del árbol terribles animales cuyos cuerpos escamosos reflejaban las luces del in­cendio, sus colas enormes y sus mandíbulas de dientes afilados aseguraban su ferocidad. Paganel reconoció que eran de la especie alegátor, conocida vulgarmente en América con el nombre de caimanes. Se podían contar diez animales al pie del ombú, su presencia les hacía ver cerca una muerte horrible; hasta el calmo mayor dijo, con acento tranquilo:
-Pareciera que éste es el fin del final.
Los hombres se sentían impotentes para luchar con­tra los elementos desencadenados, ni sabían qué soco­rro pedirle al cielo.
La tormenta comenzaba a amainar, pero en el sur se fue fórmando una enorme tromba que parecía unir las aguas con las nubes; giraba velozmente sobre sí misma atrayendo con gran fuerza el agua y las corrien­tes del aire.
En poco tiempo la gigantesca tromba llegó al ombú, lo envolvió y sacudió hasta las mismas raíces. Los hom­bres, aterrorizados, sintieron que el árbol crujía, cedía y se derrumbaba sobre las aguas con un ruido ensor­decedor. Todo pasó en instantes, luego el tifón siguió su marcha enloquecida.
Los caimanes habían desaparecido, sólo uno avan­zaba desde las raíces con la boca abierta. Mulrady tomó una rama, casi desprendida por el fuego, y con un golpe certero derribó al animal.
Glenarvan y sus compañeros treparon a las ramas más elevadas y se alejaron del incendio mientras el ombú se deslizaba entre las sombras de la noche.



CAPITULO 26
EL ATLÁNTICO


El ombú navegó durante dos horas sin llegar a tierra firme. Poco a poco se fueron apagando las llamas; ya había desaparecido el peligro principal, tanto que el mayor opinó que no le parecía imposible que se sal­vasen.
La corriente siempre iba de sudeste a noroeste. La oscuridad, sólo iluminada de cuando en cuando por algún relámpago tardío, era profunda; la tempestad había terminado, las nubes se abrían y dejaban ver franjas del cielo.
El ombú seguía su rápida marcha, pero a eso de las tres de la madrugada les pareció que las raíces rozaban abajo. Tom Austin sondeó con una rama y observó que el suelo se iba elevando; veinte minutos después hubo un choque y el ombú se detuvo brus­camente.
- ¡Tierra! ¡Tierra! -gritó Paganel.
Roberto y Wilson pusieron rápido pie en tierra y al instante sintieron un silbido conocido que les hizo gritar de alegría:
- ¡Thalcave! -dijo Roberto.
- ¡Thalcave! -corearon todos.
-¡Amigos! -dijo el patagón que había esperado donde la corriente debía llevarlos como lo había lle­vado a él.
Thalcave levantó en sus brazos a Roberto y lo abra­zó fuertemente; los otros le dieron la mano, contentos de volverlo a encontrar.
Después el patagón los condujo a un lugar techado en que ardía un buen fuego cuyo calor los reanimó, mientras se asaba carne de venado con la que saciaron su apetito.
Después reflexionaron acerca de lo maravilloso de su salvación de tantos y tan diferentes peligros.
Thalcave contó su historia brevemente, haciendo recaer en su caballo toda la gloria de su salvación; luego Paganel le explicó la nueva interpretación del documento que quizá el indio no entendió, aunque le bastaba ver a sus amigos felices.
Después del obligado descanso en el ombú, todos estaban ansiosos de moverse, así que temprano se pusieron en marcha, en este caso a pie ya que no te­nían dónde proporcionarse caballos; por otra parte no eran más que unos 75 km y Thauka no se negaría a llevar a alguno más fatigado o a dos si era necesario.
Comenzaron a recorrer zonas más altas, el paisaje era nuevamente monótono y desolado, sólo algunos arbolitos sobresalían de los pastos.
Al día siguiente, la proximidad del océano se hizo sentir; unos treinta kilómetros antes de llegar al Ca­bo Corrientes, el viento marino ya agitaba los pastos; tuvieron que rodear varias lagunas salinas que brilla­ban como espejos en la llanura. A eso de las ocho di­visaron los médanos cuya elevación no bajaba de los cincuenta metros, detrás de ellos se estrellaban las es­pumosas olas; pronto sintieron su murmullo.
- i El océano! -gritó Paganel.
Y aquellos peregrinos que casi ya no podían dar un paso, treparon los médanos con una agilidad in­creíble, llegaron a la costa y, en vano, intentaron divi­sar el Duncan entre las espesas sombras de la noche.
-¡Allí está! -decía Glenarvan, no pudiendo con­solarse.
-Mañana lo veremos -respondió Mac Nabbs.
Tom Austin llamó haciendo bocina con sus manos, pero fue inútil, no podía ser oído por el ruido del viento y de las olas. El mismo pensaba que el Duncan debía hallarse por lo menos a cinco millas de la costa ya que ésta era muy peligrosa por sus bancos de arena y no ofrecía ningún reparo seguro ni puerto en que el yate pudiera refugiarse.
Lo único que podían hacer hasta la madrugada era dormir, así que siguiendo el ejemplo de Mac Nabbs cava­ron hoyos en la arena de los médanos y se acurrucaron lo mejor posible.
Pronto todos, menos Glenarvan, dormían profun­damente. A él le parecía imposible tener el Duncan tan cerca y no poder comunicarse con sus tripulan­tes; le asaltaba la duda de que no hubiese llegado, pero razonaba que del 14 de octubre en que había partido de Talcahuano hasta el 12 de noviembre había tenido tiempo suficiente para llegar; confiaba en el Duncan que era tan buen barco y en su excelente capitán. Pero lord Glenarvan no se consolaba, buscaba en la oscu­ridad a todos los que amaba, a su querida Elena, a Mary Grant, a los tripulantes y se lamentaba de que sus ojos no fueran capaces de atravesar la oscuridad.
Recordó entonces que Paganel era nictálope, es decir que podía ver de noche; corrió a despertarlo. El pobre Paganel se levantó refunfuñando, casi dor­mido, lo siguió por la playa tratando inútilmente de ver alguna lucecita; como no hablaba, Glenarvan le miró los ojos y vio que caminaba junto a él dormido, entonces lo llevó a su agujero y sin despertarlo lo se­pultó en la arena.
Apenas rayó el alba, los expedicionarios se levan­taron al oír gritar:
- ¡El Duncan! ¡El Duncan!
- ¡Hurra, hurra! -corearon todos.
Era verdad, a unas cinco millas de la costa, mar adentro, el yate se mantenía a poco vapor, el humo de su chimenea se confundía con las brumas del ama­necer; un barco tan grande no podría acercarse más sin un gran peligro.
Glenarvan observaba con el largavista las evolucio­nes del yate, era evidente que aún no los habían visto.
En aquel momento Thalcave descargó tres veces segui­das su carabina, el eco retumbó en los médanos y poco después se vio en el costado de la embarcación una hu­
mareda blanca; inmediatamente el Duncan comenzó a acercarse a la costa cuanto pudo, cuando ya era im­posible avanzar, echaron un bote al agua.
-Lady Elena no podrá venir -dijo Tom Austin, hay demasiado oleaje.
-Ni tampoco puede John Mangles dejar el buque -respondió Mac Nabbs.
-¡Hermana mía! -decía Roberto estirando sus bra­zos hacia el yate.
- ¡Cuánto tardaremos en llegar a bordo! -se impacien­taba Glenarvan.
-Paciencia, Edward, en dos horas estaremos allí.
- ¡Dos horas!
En efecto, el bote movido por seis remeros no po­dría hacer en menos tiempo y con el mar tan agitado el trayecto de ida y vuelta.
Glenarvan se dirigió a Thalcave que miraba el Duncan al lado de Thauka.
-Ven -le dijo tomándolo de una mano. El indio movió lentamente la cabeza.
-Ven, amigo -repitió Glenarvan.
-No, aquí está Thauka y allí las pampas -dijo señalan­do con sus manos las extensas llanuras.
Glenarvan comprendió que el indio no quería aban­donar la tierra donde estaban los huesos de sus padres; por eso no insistió y tampoco se atrevió a insistir cuando se negó a admitir el pago por sus servicios, diciéndole:
-Por amistad.
Glenarvan no pudo contestarle, hubiera querido al menos dejarle algo de recuerdo; nada tenía, todo lo habían perdido; no sabía cómo demostrarle su gratitud; recordó de pronto algo y sacó de su cartera un meda­llón precioso, un retrato, obra maestra de Lawrence, y se lo entregó:
-Mi esposa.
- ¡Buena y bella!
Después, todos se despidieron con gran tristeza al separarse de este fiel y valiente amigo.
Paganel le regaló el mapa de América que el indio había mirado muchas veces con curiosidad, era lo más precioso que tenía el sabio. Roberto sólo podía darle sus caricias, aunque reservó algunas para Thauka.
Entre tanto el bote del Duncan se acercaba, se des­lizó entre los bancos hasta tocar la playa.
-¿Mi esposa?
-¿Mi hermana?
-Los aguardan a bordo -contestó el timonel-, pero apresurémonos que empieza la marea.
Se dieron los últimos abrazos con el indio y cuando Roberto subía, aquél lo tomó en sus brazos y lo miró con ternura.
- ¡Ahora ya eres un hombre!
-¿Adiós, amigo!
-¡Nunca más nos volveremos a ver! -exclamó Paganel.
-¿Quién sabe? -respondió Thalcave indicando el cielo.
El viento llevó las últimas palabras del indio.
Durante mucho tiempo la silueta inmóvil de Thalcave apareció entre la espuma de las olas. Luego su gigan­tesca estatura fue achicándose hasta desaparecer de la vista.
Una hora después, Roberto subía el primero a bordo y abrazaba con fuerza a Mary; la tripulación los reci­bió con ¡hurras! estrepitosos.
De este modo se había llevado a cabo la travesía de América del Sur, siguiendo una línea recta; ni monta­ñas ni ríos hicieron que se separaran de la senda que se habían trazado; no se les opuso la mala voluntad de los hombres, pero los elementos de la naturaleza pusieron muchas veces a prueba su generoso valor.




GLOSARIO


Antuco. Volcán de la Cordillera de los Andes, que se levanta en la actual provincia de Bío-Bío (Chile).
Araucania. Territorio chileno que se extendía al sur del río Bío-Bío. En él vivían los pueblos araucanos que, en la época en que transcurre esta novela, no se hallaban sometidos a la autoridad del gobierno chileno.
araucanos. Pueblo prehispánico de América del Sur, que vivía al sur del río Maule y al oeste de la Cordillera de los Andes, en el actual terri­torio chileno. Después de la conquista española, quedaron reducidos al sur del río Bío-Bío, en el territorio llamado Araucania; pero se desplazaron al otro lado de la cordillera y ocuparon las provincias de Cuyo, Río Negro, La Pampa y el O. de Buenos Aires, diezmando con sus malones la riqueza pecuaria argentina.
Arauco. Ciudad chilena, situada sobre el golfo del mismo nombre, sobre el paralelo de 370 oeste. Fue fundada por Valdivia en 1554, y des­truida varias veces por los aborígenes de la región.
Arica. Ciudad situada en el extremo N. del territorio chileno y fundada en 1556. Fue ocupada por Chile en 1884, después de la Guerra del Pacífico.
Assam. Estado de la Unión India, atravesado por el río Brahmaputra. Limita con China, Bhután, Birmania y Bangla Desh.
Aurelio Antonio I. Aventurero francés llamado Oreille Antoine de Tounens, que en octubre de 1860 desembarcó en el puerto de Valdivia (Chile) y, con la ayuda de algunos pobladores, se Introdujo en la Araucania con el propósito de fundar un reino indígena. Obtenido el apoyo de algunos caciques y capitanejos, se proclamó Rey de Araucania y Patagonia con el nombre de Oreille Antoine 1. Fue encarcelado y embarcado para Francia, pero, a pesar de este primer fracaso, regresó a la Patagonia en 1871 Intentando retomar su descabellada idea. Hasta 1874 anduvo merodeando por Bahía Blanca y Buenos Aires, hasta que el gobierno argentino procedió del mismo modo que en la ocasión anterior y ya no regresó.
balastrilla. Nombre dado a ciertos paños de Venecia.
Bastidas (Rodrigo de). Navegante español nacido en 1460. En su primer viaje a América, en 1501, exploró junto con Juan de la Cosa el mar de las Antillas y el litoral *de la actual Colombia. En 1525, fundó en este territorio la ciudad de Santa Marta. Murió al año siguiente.
bauprés. Palo grueso que, en la proa de los buques, sirve para asegurar los cabos del trinquete.
Bío-Bío. Río de Chile que desemboca, aproximadamente, a la altura del paralelo de 370 Oeste, lugar donde se desarrollan las aventuras de esta novela.
Bougainville (Louis Antoine). Abogado y militar francés nacido en 1729. En 1763 se embarcó hacia el Atlántico Sur con marinos de. Saint Ma­lo, y recaló en las Islas luego llamadas Malvinas, donde fundó con aquellos colonos el fuerte de San Luis. Tres años después hizo un viaje de circunnavegación que luego relató en su famoso libro Viaje alrededor del mundo.
Brahmaputra. Río sagrado de la India, que nace en los montes Himalaya y confluye con el Ganges en el gran delta del Golfo de Bengala, después de recorrer 2.900 km.
Brunswick. Península situada en el extremo sur de Chile, sobre el Estre­cho de Magallanes. Su nombre recuerda el de una famosa ciudad alema­na y el de una familia de príncipes sajones.
Buena Esperanza. Cabo del sur de África, que fue descubierto en 1486 por
el portugués Bartolomé Díaz, quien lo llamó Cabo de las Tormentas.
Burton (Richard Francis). Famoso explorador inglés nacido en 1821, que descubrió las fuentes del río Nilo y los lagos Victoria, Niasa y Tanganica, en el centro de África.
Byron (Lord). El más grande de los poetas líricos del romanticismo inglés, nacido en 1788. Escribió el famoso poema Lo peregrinación de Childe Harold y varios dramas.
Cabo Verde. Archipiélago de África, situado a 550 km de la costa de Senegal y formado por las islas Santiago, San Vicente, San Nicolás, San Antonio, Santa Lucía, Sal, Boa Vista, Malo, Fogo y Brava. Fue descubierto por navegantes portugueses en 1456 y fue uno de los principales centros del comercio de esclavos. Hoy es una República independiente.
Cabral (Pedro Aleares). Navegante portugués nacido en 1460 y descubri­dor del Brasil, de cuyas tierras tomó posesión en nombre de la corona el 25 de abril de 1500.
caimán. Es un reptil de gran tamaño que vive exclusivamente en las regio­nes tropicales de América del Sur, hasta el norte de la Argentina. No es posible encontrarlos en el sur de la Provincia de Buenos Aires, donde transcurren las peripecias que se narran en el Cap. 25 de esta novela, por lo cual se lo debe considerar uno de los muchos errores
de Información que manifiesta. Veme respecto de la fauna y la flora de la Argentina.
Calcuta. Ciudad capital de Bengala Occidental, uno de los estados de la Unión India. Está situada en el desembocadura del río Ganges y en tiempos de julio Verne era Capital de la India.
Calfucurá. jefe araucano chileno, que llegó a la pampa argentina a me­diados de 1834 y, tras vencer a varios caciques comarcanos, formó en pocos años un gran Imperio indígena. Hasta su muerte, ocurrida en 1873, fue el jefe Indiscutido de una confederación de pueblos abo­rígenes de la pampa y el norte de la Patagonia. Los malones, los robos de grandes arreos de hacienda y el cautiverio de pobladores de los pueblos fronterizos de la provincia de Buenos Aires, fueron las tácti­cas preferidas de este guerrero nato, que llegó a ejercer una gran influen­cia en la vida política y social de la Argentina durante casi cuarenta años. Ya anciano, centenario según algunos, fue derrotado por una coalición de tropas nacionales y los indios de Catriel en la batalla de San Carlos, cerca de la actual ciudad de Bolívar, en 1872. Lo sucedió su hijo Namuncurá, bajo cuyo cacicazgo se produjo la caída final de este verdadero Imperio Indio por la acción del ejército argentino al mando dei General julio Argentino Roca.
Callao (El). Puerto del Perú, separado de la ciudad de Lima por el río Riman Fue fundado por los españoles en 1537.
Canarias. Archipiélago español, situado a 115 km de las costas atlánticas de África del Norte. Las siete Islas mayores que lo componen se llaman Hierro, Palma, Gomera, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteven­tura, y Lanzarote. Eran conocidas en la antigüedad con el nombre de Islas Afortunadas.
cangreja. Se dice de la vela trapezoidal que enverga en el pico de un palo.
Carmen (El). Á partir del Cap. 9, Verne cita como El Carmen a la actual ciudad de Carmen de Patagones, fundada en 1779 por Francisco de Viedma, sobre la margen izquierda del río Negro, 37 km antes de su desembocadura.
Catriel. Nombre de dos caciques pampas, Juan y Cipriano, que capita­nearon un grupo de tribus que moraban al norte de Azul, en la pro­vincia de Buenos Aires. El primero murió en 1868, después de haber sido siempre amigo y aliado de los "cristianos", como llamaban a los pobladores organizados dentro de los dominios efectivos del Estado argentino. Las tropas de Catriel tuvieron una decidida intervención en la batalla de San Carlos junto a las tropas nacionales y en contra de las huestes de Calfucurá, quien nunca pudo someterlos. Cipriano, fiel a su amigo el general Ignacio Rivas, se alistó con las tropas que se sublevaron en apoyo del general Mitre en noviembre de 1874. En la batalla de La Verde fue apresado por las tropas que apoyaban a Avellaneda y luego emboscado por su hermano Juan José Catriel, quien lo hizo lancear para reemplazarlo en el comando de aquellas indiada.
Cavendish (Thomas). Pirata inglés nacido en 1550. Siguiendo las huellas de Drake, hostigó a los barcos españoles en el Atlántico y en 1586 atravesó el Estrecho de Magallanes para saquear las, costas del Pací­fico. Fue el tercer navegante que dio la vuelta al mundo por la ruta del español. En el. Estrecho anclaron cuatro días frente a la destruida población de Rey Felipe, a la que Cavendish rebautizó con el nombre de Puerto Hambre.
cliper. Buque de vela muy veloz y de gran tonelaje.
Clyde. Golfo del mar de Irlanda, en la costa SO. de Escocia. En él desem­boca el río del mismo nombre.
Colorado. Este río de la Argentina, nace en la zona donde transcurren las peripecias de esta narración, de la confluencia de los ríos Grande y Barrancas.
Concepción. Ciudad de Chile, situada en la desembocadura del río Bío­Bío. Fue fundada en 1550 por Pedro de Valdivia. contrafoque. Vela triangular, más pequeña y gruesa que el foque.
Copiapó. Río de Chile, en el departamento de Atacama, volcán de 6000 m de altura en la Cordillera de los Andes, y ciudad fundada en 1744. Fue varias veces destruida por terremotos.
corzo. Este mamífero, parecido a la cabra, aunque de mayor estatura, y de color gris rojizo, habita en Escocia, Suecia y España, pero no en América. La referencia del Cap. 18 no es más que uno de los errores que comete julio Veme, al suponer que en las regiones patagónicas vivían animales similares a los de las regiones frías de Europa.
Corrientes. Cabo de la provincia de Buenos Aires, cuya masa rocosa es la prolongación de la Sierra de los Padres, última estribación del maci­zo antiguo de Tandilia. Hasta allí llegó en su primera exploración por las tierras del Plata Juan de Garay en 1580.
coy. Trozo de lona que en los barcos se utiliza como hamaca.
Cruz (Luis de la). Este funcionario español era Alcalde del Cabildo de Concepción, en Chile, cuando en 1805 inició un viaje para probar que existía una posibilidad de comunicación entre Chile y el Atlán­tico a través de la cordillera Llegó hasta la laguna de Melincué y dejó escrito un Diario de su viaje que publicó por primera vez Pedro de Angelis en su Colección de documentos (1836).
Cumaná. Ciudad de Venezuela, sobre la costa antillana, fundada en 1521 con el nombre de Nueva Toledo.
Chiloé. Archipiélago chileno en el Pacífico sur. La isla principal tiene el mismo nombre y una extensión de 8.350 km'.
Desolación. Isla de Chile, situada frente a la península Muñoz Gamero, con la cual forma el extremo oeste del Estrecho de Magallanes.
D'Orbigny (Alcide). Naturalista y viajero francés nacido en 1802. Entre 1825 y 1834, por encargo del Museo de París, recorrió Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia y Perú y dejó testimonio de ello en su mo­numental obra Viaje a la América Meridional, que publicó a su regre­so en nueve volúmenes.
Drake (Francis). Corsario inglés nacido en 1540. A los 37 años inició sus viajes de gran aliento con el deliberado propósito de destruir el poder naval español. Pasó el invierno en nuestro puerto de San Ju­lián (1578) y fue el segundo navegante que cruzó el Estrecho de Ma­gallanes y que circunvaló la tierra. Sus hazañas no terminaron allí: en 1587 atacó a la "Armada Invencible" de Felipe 11 de España que estaba anclada en el puerto de Cádiz y la destruyó. Llegó a ser Almi­rante de la Armada inglesa y se hallaba en una expedición por el mar de las Antillas en 1596 cuando lo sorprendió la muerte.
Dumbarton. Condado de Escocia, cuya región meridional termina en el golfo de Clyde y está atravesada por el río de ese nombre.
escotilla. Abertura de la cubierta de un buque.
escualo. Nombre común a varias especies de peces que forman, entre otros, el tiburón y el cazón.
Falkner (Thomas). Médico y viajero inglés nacido en 1707. Llegó al Río de la Plata en 1730 y aquí se ordenó jesuita. Volvió a su país después de la expulsión de la orden en 1767, y recogió los recuerdos de sus viajes en el libro Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la Américas del Sur.
Fitzroy (Robert). Marino inglés nacido en 1805. Fue el comandante del "Beagle" que hacia 1835 inició un viaje alrededor del mundo en el que participó el gran naturalista Charles Darwin. Por entonces reco­rrió las costas argentinas y desembarcó en el sur de la provincia de Buenos Aires.
Flores (Venancio). General y político uruguayo nacido en 1803. La refe­rencia del Cap. 21 alude a su participación, como jefe de la vanguardia del ejército aliado en la Guerra del Paraguay. Fue presidente de su país en tres oportunidades.
Fogo. Isla del archipiélago del Cabo Verde.
foque. Vela triangular que se coloca trasversalmente.
fortines. Construcciones de madera, mangrullo, cuadra y cerco de palo a Pique, en las que residían los destacamentos que defendían la fron­tera imaginaria que separaba, en la República Argentina, el territorio ocupado por la población organizada y sometida a las leyes del Esta­do, del que ocupaban las tribus aborígenes de parcialidades aisladas y aquéllas que formaban la confederación de pueblos sometidos al imperio del chileno Calfucurá. La mayoría de esos fuertes y fortines se transformaron luego en las ciudades actuales de la provincia de Buenos Aires.
Forward. Cabo chileno situado en la península de Brunswick.
Fuerte Independencia. Fortificación que comenzó a construirse el 4 de abril de 1823, al tiempo que se trazaban los planos del nuevo pueblo de Tandil, tras la campaña al desierto del gobernador Martín Rodríguez.
García (Pedro Andrés). Coronel argentino-que, por mandato de la Prime­ra junta de Gobierno realizó en 1810 una expedición hasta las Salinas Grandes, situadas en el límite entre las actuales provincias de Buenos Aires y La Pampa. La enorme caravana estaba compuesta por 162 ca­rretas, 75 hombres, 2929 bueyes y 520 caballos. Á su regreso, el 13 de diciembre de 1810, rindió un informe a la junta sobre la situación de las campañas bonaerenses, que es uno de los documentos más valiosos para el conocimiento de la situación real del país en el momento de producirse la Revolución de Mayo.
gavia. Vela del palo mastelero mayor.
Glasgow. Ciudad de Escocia, situada sobre las márgenes del río Clyde. Su puerto es el más importante del país.
Greenwich. Población de Inglaterra, a cinco km de Londres, en cuyo Observatorio se halla trazada la línea del meridiano Cero. Á partir de él se cuentan, a E. y O., las longitudes terrestres. guaso. En Chile, campesino.
Guinnard (Auguste M.). Viajero francés nacido en 1832. Á los 24 años llegó al Plata en busca de trabajo y fortuna y se internó en la pampa con la ayuda de una brújula. Sin rumbo fijo, terminó prisionero de las tribus que allí. moraban hasta que, descubierta su condición de alfabeto, fue utilizado como escriba o secretario por el cacique Calfucurá. En 1861, después de escapar de las tierras indias, regresó a Francia donde redactó un libro en el que testimonió sus Tres años de cautividad entre los patagones
Hawkins (Richard). Pirata inglés nacido en 1562. Durante uno de sus corsos cruzó el Estrecho de Magallanes y saqueó Valparaíso, pero fue vencido y apresado por los españoles.
Hodgson (Brian Hougthon). Viajero y científico inglés nacido en 1800. Viajó por la India y publicó varias obras sobre las religiones y la flora de ese país.
Hornos. Cabo del islote homónimo que constituye el extremo meridional de América. Tiene una altura de 425 m y fue bordeado por primera vez en 1616 por Lemaire y Schouten.
Huc (Evariste Régis). Misionero francés nacido en 1813. Exploró la Tartaria, Tibet y China, y escribió un libro sobre la situación del cristia­nismo en este último país.
Humboldt (Alexander von). Naturalista alemán nacido en 1769. En 1798 viajó a América con Bompland y exploró el río Orinoco, las costas de Venezuela, el río Magdalena y los volcanes Chimborazo y Pichincha de la Cordillera de los Andes. Escribió Viaje a las regiones equinocciales
jabalí. Este mamífero, de la misma familia que el cerdo, vive en estado salvaje en Europa, África y Asia. En América fue introducido tardía­mente como animal de caza deportiva; no podía haberlos, pues, en la época a la que se refiere esta novela en las costas del río Guaminí de la provincia de Buenos Aires.
jaguar. Este es el felino más corpulento de América, que vive desde el sur de EE.UU. hasta el Norte de la Argentina, pero no en las tierras de la Patagonia, como insinúa el autor en el Capítulo 19.
juanete. Nombre de cada uno de los maderos trasversales que se cruzan en los palos masteleros de los veleros, y de las velas que de ellos penden.
Lemaire (Jacques). Navegante holandés nacido en 1585. Con C. Schouten comandó la expedición que descubrió la Isla de los Estados, exploró la isla .Grande de Tierra del Fuego y dobló por primera vez el Cabo de Hornos. Murió en 1616, antes de completar el viaje de circunnavega­ción.
mapuche. Lengua hablada por los araucanos de Chile y Argentina.
mesana. En el velero de tres palos, el que está más hacia la popa. Los otros dos son el mayor y el trinquete.
Mesopotamia. La referencia del Cap. 20 alude a la Mesopotamia asiática, cuna de la historia, que es el territorio encerrado por las cuencas de los ríos Tigris y Eufrates.
Mosquitos (Costa de los). Golfo del mar de las Antillas, en la costa NO, de Panamá.
moluche. Uno de los dialectos de la lengua mapuche.
Moussy (Martín de). Explorador francés nacido en 1810. Á partir de 1855 exploró vastas regiones del territorio argentino y resumió sus observa­ciones en la valiosa obra Descripción geográfica y estadística de la Con­federación Argéntina.
nictálope. Por error el autor alude al que mejor ve en la oscuridad, cuando contrariamente, nictálope es aquel enfermo que no ve de noche o con luz débil.
Ojeda (Alonso de). Navegante español nacido en 1466. Acompañó a Colón en el segundo viaje y exploró Santo Domingo y la costa antillana de Sudamérica, el Orinoco y el Lago Maracaibo.
Os Lusíadas. Poema épico escrito por el portugués Luis de Camoens. pampa. Es voz quechua, y no araucana como cree Veme, y significa "llanura sin arboles" y no "llanura de pastos".
pañol. En los barcos, compartimiento donde se guardan víveres y pertre­chos.
patagón. Nombre dado por Magallanes a los hombres que habitaban las tierras del puerto de San Julian, en el sur argentino. Así lo narra Anto­nio Pigafetta, en el Diario del viaje de 1520.
petifoque. Vela triangular, mas pequeña y fina que el foque.
Pinzón (Vicente Yañez). Navegante español que comandó la carabela La Niña en el primer viaje de Colón. En otros viajes recorrió las cos­tas del Brasil y de Venezuela. Descubrió las islas Bahamas y entre 1508 y 1509 recorrió las costas de Brasil, Uruguay y Argentina hasta el río Colorado.
Puerto Deseado. Población fundada en 1780 por Antonio de Viedma, sobre la desembocadura del río del mismo nombre.
Puerto Hambre. Nombre que dio Cavendish a la población de Rey Felipe, cuyas ruinas conoció en 1586.
Puerto San Julian. Población fundada en 1780 por Antonio de Viedma, con el nombre de colonia Floridablanca, en homenaje al ministro español del mismo nombre. Fue abandonada en 1784.
Puna. Región de América del Sur, situada entre los 21° y los 28° de la­titud sur. Es una meseta desértica de 3.800 m de altitud, de clima seco y frío y aire enrarecido.
Punta Arenas. Ciudad chilena situada al NE. de la península de Brunswick. Originariamente se llamó Magallanes.
Rey Felipe. Población fundada por Sarmiento de Gamboa en el Estrecho de Magallanes en 1584. La mayor parte de sus habitantes murió de ham­bre y frío; algunos sobrevivientes llegaron hasta ¡avecina Nombre de Jesús.
Saint-Claire Deville (Charles). Geólogo francés nacido en 1814. Elaboró una teoría acerca del origen de los volcanes. Sal. Isla del Archipiélago del Cabo Verde.
San Antonio. Cabo de la provincia de Buenos Aires, que constituye el extremo 5. de la bahía de Samborombón.
San Pedro. Isla del archipiélago de las Georgias del Sur.
Santiago. Isla del archipiélago de Cabo Verde.
Sarmiento de Gamboa (Pedro). Navegante español nacido en 1530. En 1581, con una expedición de 23 barcos, se dirigió al Estrecho de Ma­gallanes para poblarlo en nombre del rey Felipe II. Allí fundó la pobla­ción de Nombre de Jesús de San Felipe, y meses después, la llamada Rey Felipe.
Scott (Walter). Novelista escocés nacido en 1771. Autor de la mundial­mente famosa novela lvnnhoe.
Senegal. República de África situada al norte de Guinea.
sherry. Vino de jerez.
Schouten (C.). Navegante holandés que, juntamente con. Lemaire, capi­taneó la expedición que descubrió la isla de los Estados, reconoció las costas de la Isla Grande de Tierra del Fuego y sus aledañas y atra­vesó por primera vez el Estrecho de Drake doblando el Cabo de Hor­nos.
sobrejuanete. Maderos trasversales que se colocan sobre los juanetes. También se llaman así las velas que penden de tales maderos.
Talcahuano. Ciudad de Chile, situada en la provincia de Concepción.
tehuelche. Grupo de pueblos Indígenas de la Patagonia argentina que, en los tiempos históricos eran nómades y cazadores. Vencidos por los araucanos de Chile a mediados del siglo XIX, quedaron someti­dos a este pueblo y adoptaron paulatinamente su lengua y sus cos­tumbres. Su nombre significa en lengua mapuche "gente del sur".
Tenerife. Isla del archipiélago de las Canarias. En ella se encuentra el famoso volcán Teide, de 3.716 m de altura, y la capital de las islas, Santa Cruz de Tenerife.
Tibet. Región de China que esta rodeada por los montes mas altos del mundo: las cadenas de Kuanlun, Himalaya y Karakorum. Es una meseta de 4.500 m de altitud media, la mas alta y extensa del mundo.
timbó. Árbol corpulento que crece en el 5. de Brasil, Paraguay y el NE. de Argentina.
toldilla. En los buques, cubierta de la popa, que se coloca a la altura de la borda.
Tounens (Orelle Ántoine de). Véase Áurelio Antonio 1.
trinquete. En el velero de tres palos, el que esta más hacia la proa. Los otros dos son el mayor y la mesana.
Tristao da Cunha. Isla del archipiélago Tres Isletas, al SO. de Santa Elena, en el océano Atlántico. Fueron descubiertas en 1506 por el navegante portugués que les dio su nombre. Actualmente son una posesión bri­tánica.
Valdivia (Pedro). Conquistador español nacido en 1497. Á él se debe la conquista y colonización de Chile, iniciada en 1539, y la fundación de las principales ciudades de ese país: Santiago, La Serena, Concep­ción, Valdivia, Arauco y Purén.
velacho. Cualquier vela que se largue del trinquete.
Veraguas. Provincia central de Panamá, atravesada por los ríos San Pe­dro y San Pablo. Su capital es Santiago de Veraguas.
verga. Cualquiera de los maderos que en el velero atraviesan los palos perpendicularmente. De ellos penden las velas.
Vespucio (Américo). Navegante florentino nacido en 1454. Con Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa exploró en 1499 la costa norte de Sud­américa. En 1501 y 1502, al servicio de la corona portuguesa, exploró las costas de Brasil, Uruguay y Argentina hasta la Patagonia. Entre 1504 y 1506 circularon por Europa dos cartas geográficas que llevaban su firma. A él se debe, y por esta última circunstancia, el nombre que desde 1507 tiene el nuevo continente.
Villarino (Basilio). Piloto español que, entre 1782 y 1783 recorrió, con -cuatro chalupas, el río Negro y parte del Limay hasta la desembocadura del Collón Curá.
Villarrica. Nombre de un lago y un volcán de Chile, situados entre las pro­vincias de Cautín y Valdivia.