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miércoles, 15 de febrero de 2012

EL REY DE LOS ELFOS Philip K. Dick





EL REY DE LOS ELFOS
Philip K. Dick


Llovía y empezaba a anochecer. Enormes gotas de agua caían sobre los postes de la gasolinera; el viento doblaba los árboles al otro lado de la carretera.
Shadrach Jones se guareció en el portal de un pequeño edificio y se apoyó en un bidón de aceite. La puerta estaba abierta y ráfagas de lluvia mojaban el suelo de madera. Era tarde; el sol se había puesto y cada vez hacía más frío. Shadrach metió la mano bajo la chaqueta y sacó un puro. Cortó un extremo y lo encendió con cuidado, apartándose de la puerta. La punta del cigarro brilló en la oscuridad. Shadrach aspiró profundamente. Se abrochó la chaqueta y salió al exterior.
—Maldita sea —gruñó—. ¡Vaya nochecita!
La lluvia y el viento le azotaron el rostro. Escudriñó la carretera en ambas direcciones, pero no se veía ningún coche. Meneó la cabeza y cerró los postes.
Regresó al edificio y aseguró la puerta. Abrió la caja registradora y contó el dinero recaudado aquel día. No era mucho.
No era mucho, pero suficiente para un viejo, suficiente para comprar tabaco, leña y revistas, y sentirse a gusto mientras aguardaba a que algún coche se detuviera. El número de coches que circulaban por la carretera disminuía lenta pero sensiblemente. La carretera empezaba a estar muy descuidada, con grietas y socavones, y la mayoría de los coches preferían la autopista estatal que pasaba tras las colinas. Derryville no ofrecía el menor atractivo para que se desviaran. Derryville era una pequeña ciudad, demasiado pequeña para que las grandes industrias se establecieran en ella, demasiado pequeña para importarle a alguien. A veces, las horas se sucedían sin que...
Shadrach se sobresaltó. Sus dedos se cerraron sobre el dinero. El tintineo metálico del hilo del sistema de alarma instalado en el pavimento resonó en el silencio.
«¡Dinnnng!»
Shadrach devolvió el dinero a la caja y la cerró con llave. Se levantó poco a poco y se acercó a la puerta, con el oído atento. Apagó la luz y esperó en la oscuridad, tratando de ver lo que pasaba afuera.
No vio ningún coche. La lluvia remolineaba en el viento, como una cortina de agua. Nubes de niebla invadían la carretera. Y había algo junto a los postes.
Abrió la puerta y salió. Al principio no pudo distinguir nada. Después, el anciano tragó saliva.
Dos diminutas figuras estaban de pie bajo la lluvia, sosteniendo una especie de plataforma. Sus vestidos debieron ser brillantes y de colores vivos en alguna ocasión, pero ahora colgaban sucios y empapados del agua de lluvia. Miraron a Shadrach con inquietud. Enormes gotas de agua se estrellaban contra sus menudos rostros. Sus túnicas chasqueaban y se agitaban con el viento.
Algo se movió en la plataforma. Se asomó una cabecita que miró con preocupación a Shadrach. Un casco mojado centelleó vagamente en la penumbra.
—¿Quiénes usted? —preguntó Shadrach.
—Soy el rey de los elfos y estoy empapado —dijo la figura de la plataforma, irguiéndose.
Shadrach parpadeó de estupor.
—Es verdad —dijo uno de los porteadores—. Todos estamos empapados.
Un pequeño grupo de elfos se acercó con timidez y se arracimó en torno a su rey. Se apretaron unos contra otros, en silencio, con aspecto malhumorado.
—El rey de los elfos —murmuró Shadrach—. Que me cuelguen.
¿Sería posible? Eran muy pequeños, de acuerdo, y sus mojadas vestimentas tenían un corte extraño y exhibían colores extravagantes.
¡Pero, elfos!
—Que me cuelguen. Bueno, quienquiera que seáis, no deberíais estar fuera en una noche así.
—Desde luego que no —musitó el rey—, pero no es culpa nuestra. No es culpa... —un acceso de tos le interrumpió.
Los soldados elfos volvieron con ansiedad los ojos hacia la plataforma.
—Sería mejor que entrarais —dijo Shadrach—. Vivo un poco más arriba. Vuestro rey no debe continuar bajo la lluvia.
—¿Crees que nos gusta estar fuera en una noche así? —rezongó uno de los porteadores—. ¿Por dónde vamos? Guíanos.
Shadrach señaló la casa con el dedo.
—Por allí, seguidme. Encenderé un fuego.
Siguió la carretera y tanteó con el pie el primero de los escalones de piedra que Phineas Judd y él habían colocado durante el verano. Miró hacia atrás desde lo alto de la escalera. La plataforma se acercaba poco a poco, balanceándose de un lado a otro, seguida por los soldados elfos, una diminuta columna de mojadas y silenciosas criaturas, malhumoradas y ateridas de frío.
—Encenderé el fuego —dijo Shadrach, y entró corriendo en la casa.
El rey de los elfos, agotado, se recostó contra la almohada. Después de beber un tazón de chocolate caliente se había tranquilizado, y ahora su pesada respiración recordaba sospechosamente a un ronquido.
Shadrach cambió de postura, incómodo.
—Lo siento —dijo de pronto el rey de los elfos, abriendo los ojos. Se frotó la frente—. Creo que me he dormido. ¿Dónde estaba?
—Su Majestad haría bien en retirarse —aconsejó uno de los soldados, medio dormido—. Es tarde y los tiempos son duros.
—Cierto —asintió el rey de los elfos—, muy cierto. —Miró la alta figura de Shadrach, de pie junto al hogar con un vaso de cerveza en la mano—. Mortal, te agradecemos tu hospitalidad. Por regla general, no solemos imponernos a los seres humanos.
—Es a causa de los trolls —dijo otro de los soldados, acurrucado sobre un almohadón del sofá.
—Exacto —aprobó otro soldado. Se sentó y aferró su espada—. Esos asquerosos trolls, que cavan y gruñen...
—Has de saber —dijo el rey de los elfos— que nuestra partida se dirigía por los Grandes Escalones Bajos hacia el Castillo, sepultado en el fondo de las Montañas Majestuosas...
—Quieres decir el Monte Azúcar —rectificó amablemente Shadrach.
—Las Montañas Majestuosas. Avanzábamos poco a poco. Se desencadenó un aguacero. Nos perdimos. De repente apareció un grupo de trolls, que se escabulló entre los matorrales. Dejamos atrás los bosques y buscamos la seguridad del Sendero Interminable...
—La autopista veinte.
—Y así llegamos hasta aquí —el rey de los elfos hizo una pausa—. Cada vez llovía más. El viento, frío y desagradable, no cesaba de azotarnos. Vagamos durante un tiempo incalculable. No teníamos ni idea de adónde íbamos ni de lo que nos podía ocurrir —miró a Shadrach—. Sólo sabíamos una cosa: los trolls nos perseguían, deslizándose por el bosque, avanzando bajo la lluvia y destrozándolo todo a su paso.
Se llevó una mano a la boca y tosió, casi doblado en dos. Todos los elfos esperaron con ansiedad a que terminara. Por fin alzó la cabeza.
—Fue muy amable de tu parte invitarnos a tu casa. No te molestaremos mucho tiempo. No es costumbre de los elfos...
Tosió de nuevo y se cubrió el rostro con la mano. Los elfos se acercaron con la preocupación pintada en sus rostros. El rey se irguió y suspiró.
—¿Qué pasa? —preguntó Shadrach.
Se agachó y retiró la taza de chocolate de la frágil mano. El rey de los elfos se reclinó y cerró los ojos.
—Ha de descansar —dijo uno— Donde está tu habitación. El dormitorio.
—Arriba —indicó Shadrach—. Os lo enseñaré.
Avanzada la noche, Shadrach se sentó en la oscura y vacía sala de estar y se sumió en profundas meditaciones. Los elfos dormían en su alcoba; el rey, en la cama, y los demás apelotonados sobre la alfombra.
La casa estaba silenciosa. La lluvia caía sin parar, repiqueteando en las paredes. El viento agitaba las ramas de los árboles. Shadrach movía las manos sin cesar. Qué situación tan extraña... Los elfos, su enfermo y viejo rey, sus agudas vocecitas... ¡Se les veía tan inquietos y quisquillosos!
Aunque también patéticos; tan pequeños y mojados, empapados por la lluvia, con sus alegres vestimentas húmedas y deslustradas.
Los trolls... ¿qué aspecto tendrían? Desagradables y poco limpios. Por lo visto, cavaban y atravesaban los bosques arrasándolo todo a su paso.
Shadrach rió en voz baja, desconcertado. ¿Sería posible que creyera en esas tonterías? Tiró el puro con rabia; tenía las orejas encarnadas. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué clase de broma era ésta?.
¿Elfos? Shadrach gruñó, indignado. ¿Elfos en Derryville? ¿En el corazón de Colorado? Quizá había elfos en Europa, en Irlanda, por ejemplo. Algo había oído, pero ¿aquí? ¿En su propia casa, en su propia cama?
—Empiezo a estar un poco harto —dijo—. No soy idiota, ¿sabéis?
Caminó hacia la escalera y tanteó el pasamano en la oscuridad. Empezó a subir.
Arriba, se encendió una luz de repente y se abrió una puerta.
Dos elfos aparecieron en el rellano y le miraron. Shadrach se detuvo en mitad de la escalera, alarmado por la expresión de sus rostros.
—¿Qué pasa? —preguntó en seguida.
No contestaron. La casa estaba fría, fría y oscura, con el frío de la lluvia en el exterior y el de lo desconocido en su interior.
—¿Qué pasa? —insistió.
—El rey ha muerto —dijo uno—. Murió hace unos momentos.
—¿Ha muerto? Pero...
Shadrach les contempló con los ojos abiertos de par en par.
—Tenía mucho frío y estaba muy cansado.
Los elfos se giraron y volvieron a entrar en la habitación. Cerraron la puerta lenta y silenciosamente.
Shadrach permaneció inmóvil con la mano sobre la baranda, con sus largos dedos, esbeltos y fuertes, crispados.
Meneó la cabeza en señal de asentimiento.
—Entiendo —dijo a la puerta cerrada—. Ha muerto.
Los soldados elfos le rodearon, formando un solemne círculo. El sol inundaba la sala de estar con el resplandor frío y pálido del amanecer.
—Esperad un momento —dijo Shadrach mientras se arreglaba la corbata—. He de ir a la gasolinera. Hablaremos cuando vuelva. Los rostros de los soldados elfos estaban serios y graves.
—Escucha —dijo uno—, por favor, escúchanos. Es muy importante para nosotros.
Shadrach desvió la vista hacia la ventana y vio la carretera, que centelleaba a causa del calor, y un poco más lejos la estación de servicio, brillando al sol. Un coche frenó y tocó el claxon con impaciencia. Como nadie salía de la gasolinera, el coche prosiguió su camino.
—Te lo suplicamos —dijo un soldado.
Shadrach contempló el círculo de rostros preocupados e inquietos que le rodeaba. Siempre había pensado en los elfos como seres al margen de todo problema, alegres y...
—Adelante —se resignó—. Os escucho.
Se sentó en la butaca. Los elfos se aproximaron. Conversaron un momento entre ellos, intercambiando susurros y murmullos. Luego se dirigieron a Shadrach.
El anciano aguardaba con los brazos cruzados.
—No podemos seguir sin un rey —dijo un soldado—. No sobreviviríamos, y menos en estos días.
—Los trolls —añadió un segundo— se multiplican con mucha rapidez. Son bestias terribles. Son fuertes, corpulentos, groseros, huelen mal...
—Un hedor espantoso. Surgen de lugares oscuros y húmedos, bajo tierra, donde plantas ciegas crecen en silencio, lejos del sol, a mucha distancia de la superficie.
—Bien, deberíais elegir un rey —sugirió Shadrach—. No veo ningún problema.
—No elegimos al rey de los elfos —dijo un soldado—. El rey anterior elige a su heredero.
—Oh, en realidad —replicó Shadrach—, no me parece un mal método.
—Mientras nuestro rey agonizaba, unas pocas palabras brotaron de sus labios. Nos acercamos, asustados y tristes, y escuchamos.
—Hicisteis muy bien —aprobó Shadrach—. Podía ser importante.
—Pronunció el nombre de su sucesor.
—Estupendo. Ya lo sabéis. ¿Dónde está la dificultad?
—El nombre que pronunció... era el tuyo.
—¿El mío? —se asombró Shadrach.
—El rey dijo en su agonía: «Haced del majestuoso mortal vuestro rey. Ocurrirán grandes acontecimientos si conduce a los elfos a la guerra contra los trolls. El imperio de los elfos resurgirá de nuevo, como en los viejos días, como antes...».
—¡Yo! —Shadrach se puso en pie de un salto—. ¿Yo? ¿El rey de los elfos?
Shadrach paseó por la sala con las manos en los bolsillos.
—Yo, Shadrach Jones, rey de los elfos —esbozó una sonrisa—. Nunca lo había pensado.
Se plantó frente al espejo situado sobre el hogar y se examinó. Contempló su escaso pelo gris, sus ojos brillantes, su piel tostada, su gran nuez de Adán.
—Rey de los elfos —murmuró—. Rey de los elfos. Espera a que Phineas Judd se entere. ¡Espera a que se lo diga! ¡Seguro que Phineas Judd se iba a quedar boquiabierto!
El sol brillaba en lo alto del cielo azul despejado sobre la estación de servicio.
Phineas Judd jugaba con el acelerador de su viejo camión Ford. El motor aumentaba y disminuía de potencia. Phineas se inclinó y cortó el contacto, y luego bajó la ventanilla.
—¿Qué decías? —preguntó.
Se quitó las gafas y empezó a limpiarlas con sus dedos finos y hábiles, pacientes tras muchos años de práctica. Apoyó las gafas sobre la nariz y alisó el pelo que le quedaba.
—¿Qué dijiste, Shadrach? Repítelo otra vez.
—Soy el rey de los elfos —declaró Shadrach. Cambió de postura y colocó el otro pie sobre el estribo—. ¿Quién lo hubiera pensado? Yo, Shadrach Jones, rey de los elfos.
—¿Desde cuándo eres... el rey de los elfos, Shadrach? —preguntó con cautela Phineas.
—Desde anoche.
—Entiendo. Desde anoche —Phineas asintió con la cabeza—. Entiendo. ¿Y qué sucedió anoche, si me permites la pregunta?
—Los elfos vinieron a mi casa. Cuando el viejo rey murió, les dijo que...
Un camión se acercó con un ruido sordo y el conductor se apeó.
—¡Agua! —gritó—. ¿Dónde diablos está la manguera?
Shadrach se volvió a regañadientes.
—Ahora se la traigo —luego se dirigió de nuevo a Phineas—. Hablaremos esta noche cuando vuelvas de la ciudad. Quiero contarte el resto. Es muy interesante.
—Claro —dijo Phineas, poniendo el motor en marcha—, claro, Shadrach. Ardo en deseos de oírlo.
La camioneta se alejó por la carretera.
Más tarde, Dan Green aparcó su viejo y estropeado coche junto a los postes.
—¡Oye, Shadrach, ven aquí! —gritó—. Quiero preguntarte algo.
Shadrach salió del cobertizo con un trapo manchado de grasa en las manos.
—¿Qué quieres?
—Acércate. —Dan se asomó por la ventana con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Es verdad que eres el rey de los elfos?
Shadrach enrojeció.
—Creo que sí —admitió, desviando la vista—. Eso es lo que soy, ni más ni menos.
La sonrisa de Dan se desvaneció.
—Oye, ¿me estás tomando el pelo? ¿Qué clase de broma es ésta?
—¿Qué quieres decir? —se enfadó Shadrach—. Claro que soy el rey de los elfos, y cualquiera que me contradiga...
—Vale, Shadrach, no te irrites —le tranquilizó Dan mientras ponía en marcha el motor —Sólo era una pregunta.
Shadrach parecía muy raro.
—De acuerdo. Olvida lo que dije, ¿eh?
Antes de terminar el día, todo el mundo en las cercanías se había enterado de que Shadrach se había convertido repentinamente en el rey de los elfos. Pop Richey, el propietario del almacén Lucky de Derryville, pretendía que se trataba de un truco de Shadrach para atraer a la clientela.
—Es un viejo muy listo —dijo Pop—. Ya no van muchos coches a la gasolinera. Sabe muy bien lo que hace.
—No sé —replicó Dan Green—. Tendrías que haberle oído. Da la impresión de que se lo cree en serio.
Todo el mundo estalló en carcajadas.
—¿Rey de los elfos? A ver cuál es la próxima.
Phineas Judd reflexionó.
—Hace años que conozco a Shadrach. Nunca me lo hubiera imaginado —frunció el ceño con aire de desaprobación—. No me gusta.
—¿Piensas que lo dice en serio? —preguntó Dan Green.
—Pues sí. Quizá me equivoque, pero creo que lo dice en serio.
—Pero ¿cómo es posible que crea eso? —preguntó Pop—. Shadrach no es tonto, lleva mucho tiempo en el negocio. A mi modo de ver, piensa sacar tajada, un reclamo para la gasolinera.
—¿No te das cuenta de lo que va a sacar? —rió Dan Green, exhibiendo su diente de oro.
—¿Qué? —se interesó Pop.
—Todo un reino para él solito, para hacer lo que quiera. ¿Qué te parece, Pop? ¿No te gustaría convertirte en rey de los elfos y no tener que preocuparte más de tu vieja tienda?
—No hay nada malo en mi tienda —protestó Pop—. No me avergüenzo de ella; es mejor que ser representante de confección.
Dan enrojeció.
—Tampoco tiene nada de malo eso —miró a Phineas—. ¿No es cierto? ¿Verdad que no hay nada de malo en vender ropa, Phineas?
Phineas contemplaba el suelo, distraído. Levantó los ojos.
—¿Qué? ¿Qué decías?
—¿En qué piensas? —quiso saber Pop—. Pareces preocupado.
—Me preocupa Shadrach. Se está haciendo viejo. Sentado todo el rato, sin nadie que le haga compañía, haga frío o llueva..., llueve espantosamente en invierno sobre la carretera...
—¿Así que estás convencido de que se lo cree? —insistió Dan—. ¿Que no es un truco para obtener algún beneficio?
Phineas meneó la cabeza.
Las risas enmudecieron. Todos se miraron entre sí.
Esa noche, mientras Shadrach aseguraba los postes, una diminuta figura se le acercó en la oscuridad.
—¡Hola! —gritó Shadrach—. ¿Quién va?
Un soldado elfo se hizo visible y parpadeó. Iba vestido con una pequeña túnica gris, ceñida a la cintura con una faja de plata. Calzaba botitas de cuero, y una espada corta colgaba en su costado.
—Te traigo un mensaje muy importante —dijo el elfo—. Por cierto, ¿dónde te lo dejo?
Rebuscó en su túnica mientras Shadrach aguardaba. El soldado extrajo un rollo de pergamino que desplegó, rompiendo con pericia el lacre, y lo tendió a Shadrach.
—¿Qué dice? —preguntó el mortal. Se inclinó, con los ojos muy cerca del pliego—. Apenas puedo descifrar estas letras tan pequeñas.
—Los trolls están a punto de llegar. Ha llegado a sus oídos que el viejo rey ha muerto, y la sublevación se extiende por valles y colinas. Intentarán fragmentar el reino de los elfos y dispersarnos.
—Entiendo —dijo Shadrach—. Antes de que el nuevo rey entre en acción:
—Exacto —asintió el soldado—. Es un momento crucial para los elfos. Nuestra existencia ha sido precaria durante siglos. Los trolls se multiplican por doquier, mientras que los elfos son frágiles y enferman a menudo.
—Bien, ¿qué debo hacer? ¿Alguna sugerencia?
—Te encontrarás con nosotros esta noche al pie del Gran Roble. Te conduciremos al reino de los elfos y diseñarás, junto con tu estado mayor, la mejor estrategia para defender el reino.
—¿Qué? Si aún no he cenado... ¿Qué pasará con la gasolinera? Mañana es sábado, y muchos coches...
—Pero eres el rey de los elfos —recordó el soldado.
Shadrach llevó su mano al mentón y se lo frotó lentamente.
—Eso es cierto. Lo soy, ¿verdad?
El soldado elfo hizo una inclinación.
—Tenía que imaginarme que sucederían cosas parecidas —dijo Shadrach—. No suponía que ser rey de los elfos...
Se interrumpió, esperando una reacción, pero el soldado elfo le contempló sin demostrar la menor emoción.
—Quizá deberíais elegir otro rey —decidió—. No entiendo mucho de guerras y similares, de combatir y todas esas cosas —hizo una pausa y se encogió de hombros—.
La verdad es que nunca lo he echado de menos. No hay guerras en Colorado, quiero decir que no hay guerras entre seres humanos.
El soldado siguió en silencio.
—¿Por qué fui yo el elegido? —continuó Shadrach, indeciso, retorciéndose las manos—. No sé nada de estas cosas. ¿Por qué tuvo que elegirme? ¿Por qué no eligió a otro?
—Confiaba en ti—.dijo el elfo—. Le cobijaste de la lluvia en tu casa. Sabía que no esperabas nada a cambio, que no querías nada. Había conocido a muy pocos que dieran algo sin esperar recompensa.
—Ya. —Shadrach reflexionó unos instantes y después levantó la vista—. ¿Qué pasará con mi gasolinera? ¿Y con mi casa? ¿Qué dirán los demás, Dan Green, Pop, el de la tienda...?
El soldado elfo se apartó de la luz.
—He de marcharme. Se hace tarde, y los trolls salen de noche. No quiero estar muy lejos de los demás.
—Claro —dijo Shadrach.
—Ahora que el viejo rey ha muerto, los trolls ya no temen a nada. Merodean por todas partes. Nadie está a salvo.
—¿Dónde dijiste que era la cita? ¿Y a qué hora?
—En el Gran Roble. Cuando la luna se oculte esta noche, en el preciso momento en que desaparezca del cielo.
—Casi seguro que estaré allí. Supongo que tienes razón. El rey de los elfos no puede permitirse el lujo de abandonar su reino cuando más le necesita.
Miró a su alrededor, pero el soldado elfo ya se había ido.
Shadrach subió hasta su casa, lleno de dudas y preguntas. Cuando puso el pie en el primer escalón, se detuvo.
—El viejo roble está en la granja de Phineas... ¿Qué dirá Phineas?
Pero él era el rey de los elfos y los trolls acechaban en las colinas. Shadrach escuchó el silbido del viento que se movía entre los árboles al otro lado de la carretera y azotaba las lejanas colinas.
¿Trolls? ¿Habría trolls realmente, alzándose en rebelión, audaces y confiados en la oscuridad de la noche, sin miedo a nada ni a nadie?
Y esta historia de ser el rey de los elfos...
Subió los escalones con los labios apretados. Los postreros rayos del sol se desvanecieron cuando puso el pie en el último. Era de noche.
Phineas Judd miró por la ventana. Blasfemó y meneó la cabeza. Después, se precipitó hacia la puerta y salió al porche. Divisó a la pálida luz de la luna una figura confusa que atravesaba los campos y se aproximaba a la casa por el sendero de las vacas.
—¡Shadrach! —gritó Phineas—. ¿Pasa algo? ¿Qué haces a estas horas de la noche?
Shadrach se detuvo y puso los brazos en jarras con aire decidido.
—Vuelve a casa —dijo Phineas—. ¿Qué se te ha metido en la cabeza?
—Lo siento, Phineas —contestó Shadrach—, lo siento, pero he de pasar por tus tierras: debo encontrarme con alguien al pie del viejo roble.
—¿A estas horas?
Shadrach asintió con la cabeza.
—¿Qué te pasa, Shadrach? ¿Con quién demonios has de encontrarte en mitad de la noche justo en mi granja?
—He de encontrarme con los elfos. Vamos a preparar la guerra contra los trolls.
—Oh, que me cuelguen —exclamó Phineas Judd. Entró en la casa y cerró la puerta de golpe. Estuvo pensando durante mucho rato. Después salió al porche otra vez—. ¿Qué me dijiste que ibas a hacer? No tienes ninguna obligación de repetirlo, claro, pero...
—He de encontrarme con los elfos al pie del viejo roble. Hemos convocado una asamblea general para planear la guerra contra los trolls.
—Sí, claro. Los trolls. Hay que controlar a los trolls cuanto antes.
—Están por todas partes —asintió Shadrach—. Nunca me había dado cuenta. No puedes olvidarlos o ignorarlos, porqué nunca se olvidan de ti. Siempre están haciendo planes, espiando...
Phineas, boquiabierto, le miró sin poder articular palabra.
—Por cierto —dijo Shadrach—, es posible que me ausente durante un tiempo. Depende de lo que se alargue este asunto. Como no tengo mucha experiencia en luchar contra trolls no te lo puedo asegurar, pero me gustaría que le echaras un vistazo a la gasolinera un par de veces al día, quizá una por la mañana y otra por la noche, más que nada para comprobar que nadie rompa las cosas.
—¿Te marchas? —Phineas bajó rápidamente la escalera—. ¿Qué es toda esta historia de los trolls? ¿Por qué te marchas?
Shadrach repitió lo que había dicho.
—Pero ¿por qué?
—Porque soy el rey de los elfos. He de guiarles.
Se hizo el silencio.
—Entiendo —dijo Phineas al fin—. Claro, ya lo habías mencionado antes, ¿verdad? Bueno, Shadrach, ¿por qué no entras un rato en casa, te tomas un café y me cuentas con más detalle lo de los trolls...?
—¿Café?
Shadrach levantó la vista hacia la pálida luna y el cielo oscuro. El mundo estaba tranquilo, muerto, la noche era muy fría y la luna tardarla en desaparecer.
Shadrach se estremeció.
—Hace frío esta noche —comentó Phineas—, demasiado frío para estar a la intemperie. Vamos adentro...
—Sólo un ratito —condescendió Shadrach—. Una taza de café me sentará bien, pero no puedo quedarme mucho tiempo...
Shadrach estiró las piernas y suspiró.
—Está muy bueno este café, Phineas.
Phineas bebió un poco y dejó la taza sobre la mesa.
La sala era confortable y cálida. Era un pulcro saloncito con las paredes cubiertas de pinturas solemnes, cuadros grisáceos sin el menor interés. En un rincón había un pequeño órgano con partituras cuidadosamente alineadas.
Shadrach reparó en el órgano y sonrió.
—¿Todavía tocas, Phineas?
—No mucho. Los fuelles no funcionan muy bien. Uno ya no sube.
—Creo que podría arreglarlo... si aún sigo por aquí.
—Sería estupendo. Quería pedírtelo.
—¿Te acuerdas cuando tocabas Vilia y Dan Green venía con aquella chica que trabajaba para Pop los veranos? ¿La que quería abrir una tienda de cerámica?
—Claro que sí.
Shadrach dejó la taza y se agitó en la silla.
—¿Quieres más café? —preguntó Phineas en seguida. Se levantó—. ¿Un poco más?
—Un poquito, pero no tardaré en marcharme.
—Hace mala noche.
Shadrach miró por la ventana. Estaba oscuro; la luna casi había desaparecido. Los campos se veían desolados. Shadrach experimentó un escalofrío.
—No seré yo quien te lo discuta.
—Oye, Shadrach, vete a casa, que estará calentita. Ya lucharás contra los trolls otro día. Siempre habrá trolls, tú mismo lo dijiste. Tendrás mucho tiempo cuando la temperatura mejore, cuando no haga frío.
Shadrach se frotó la frente con aire de preocupación.
—Todo esto me parece un sueño demencial. ¿Cuándo empecé a hablar de elfos y trolls? ¿Cuándo empezó todo? —su voz se quebró—. Gracias por el café —se puso lentamente en pie—. Me ha reconfortado mucho, y también la charla, como en los viejos tiempos, cuando nos sentábamos aquí a hablar.
—¿Te vas? —vaciló Phineas—. ¿A casa?
—Será lo mejor. Es muy tarde.
Phineas se levantó. Acompañó a Shadrach hasta la puerta, con un brazo sobre el hombro.
—Muy bien, Shadrach, vete a casa y tómate un baño caliente antes de meterte en la cama; te dejará como nuevo. Y un sorbito de coñac para calentarla sangre.
Phineas abrió la puerta del frente y bajaron los peldaños del porche hacia la tierra fría y tenebrosa.
—Sí, creo que será lo mejor —dijo Shadrach—. Buenas noches...
—Vete a casa —Phineas le palmeó el hombro—. Vete corriendo y tómate un buen baño caliente, y a la cama.
—Es una buena idea. Gracias, Phineas, te agradezco la hospitalidad.
Shadrach contempló la mano de Phineas posada sobre su hombro. No habían estado tan cerca durante años.
Shadrach examinó con más atención la mano. Alzó una ceja, desconcertado.
La mano de Phineas era grande y peluda, y sus brazos cortos. Los dedos eran gordezuelos, con las uñas rotas y negras a la luz de la luna.
Shadrach levantó los ojos hacia Phineas.
—Qué raro —murmuró.
—¿El qué, Shadrach?
El rostro de Phineas parecía singularmente grosero y bestial a la luz de la luna. Shadrach nunca había reparado en la enérgica mandíbula proyectada hacia adelante. La piel era áspera y amarillenta, como de pergamino. Detrás de las gafas, los ojos recordaban dos piedras, frías y desprovistas de vida. Las orejas eran inmensas, el pelo, correoso y enmarañado.
Era extraño que nunca se hubiera dado cuenta. Pero nunca había visto a Phineas a la luz de la luna.
Shadrach se apartó unos pasos para examinar con más detenimiento a su amigo. Desde esa distancia, Phineas parecía inverosímilmente bajo y rechoncho, de piernas algo arqueadas. Sus pies eran enormes. Y algo más...
—¿Qué pasa? —preguntó Phineas, receloso—. ¿Ocurre algo?
Ocurría algo muy grave, y nunca lo había descubierto en todos los años de amistad con Phineas. Éste desprendía un débil pero penetrante hedor a putrefacción, a carne descompuesta, a moho.
Shadrach miró a su alrededor.
—¿Ocurre algo? —repitió como un eco—. No, yo no diría eso.
Shadrach se acercó a un viejo barril medio roto apoyado en un costado de la casa.
—No, Phineas, yo diría que no ocurre nada.
—¿Qué haces?
—¿Yo? —Shadrach arrancó una de las duelas del barril y volvió hacia Phineas, balanceando la duela—. Yo soy el rey de los elfos. ¿Quién... o qué eres tú?
Phineas emitió un rugido y atacó con sus mortíferas manos, grandes como palas.
Shadrach le golpeó con la duela en la cabeza. Phineas bramó de rabia y de dolor.
Al sonar el grito se produjo un tumulto y una horda furiosa surgió de debajo de la casa, una horda de criaturas deformes y oscuras que avanzaban a saltos, de cuerpo rechoncho y pies y cabezas inmensos. A Shadrach le bastó un vistazo para saber lo que era el torrente de criaturas negras que surgía del sótano de Phineas.
—¡Socorro! —chilló Shadrach—. ¡Socorro, trolls!
Los trolls le rodearon, agarraron y tironearon, se le subieron encima y le golpearon la cara y el cuerpo.
Shadrach blandió la duela, la volteó sobre su cabeza y la descargó sobre los trolls una y otra vez, al tiempo que soltaba puntapiés a diestro y siniestro. Los trolls se multiplicaban, brotaban como una marea negra del subterráneo de Phineas, con sus grandes ojos y dientes centelleando a la luz de la luna.
—¡Socorro! —gritó de nuevo Shadrach con voz débil.
Empezaba a perder el aliento, y el corazón le latía locamente. Un troll se le colgó del brazo y le golpeó la muñeca. Shadrach lo lanzó por los aires y consiguió liberarse de la horda que tiraba de sus pantalones. La duela no cesaba de subir y bajar.
Uno de los trolls asió la duela, auxiliado por un grupo numeroso que intentaba arrancarla de las manos de Shadrach. Éste resistió con desesperación. Los trolls se le subían a la espalda, le agarraban de la chaqueta, trepaban por sus brazos y piernas, le estiraban del pelo...
Percibió a lo lejos el sonido agudo de un clarín, una trompeta de oro que despertaba ecos en las colinas.
Los trolls cesaron de súbito su ataque. Uno dejó de apretarle el cuello, y otro le soltó el brazo.
El sonido se repitió, esta vez más fuerte.
—¡Los elfos! —gritó un troll con voz estrangulada.
Se volvió en dirección al sonido, haciendo chirriar los dientes y escupiendo de rabia.
—¡Los elfos!
Los trolls, una creciente ola de dientes y garras aceradas, se precipitaron hacia las columnas de los elfos. Éstos rompieron filas y atacaron, gritando con salvaje alegría. Ambos bandos se enfrentaron, troll contra elfo, uñas en forma de pala contra espadas de oro, mandíbulas devoradoras contra dagas.
—¡Matad a los elfos!
—¡Muerte a los trolls!
—¡Adelante!
—¡Adelante!
Shadrach rechazó a los trolls que todavía le sujetaban. Estaba exhausto, falto de aire, sin aliento. Pateó y se debatió ciegamente, lanzó a los trolls por el aire y los aplastó contra la tierra.
Shadrach nunca supo cuánto tiempo duró la batalla. Estaba perdido en un océano de cuerpos oscuros, rechonchos y malolientes que saltaban sobre él, le arañaban, golpeaban y le tiraban de la nariz, los cabellos y los dedos. Combatió en silencio y con denuedo.
Legiones de elfos se enfrentaban contra la horda de trolls; se veía rodeado por todas partes de grupos de guerreros.
Shadrach dejó de combatir. Levantó la cabeza y miró en torno suyo, desconcertado. Nada se movía. Todo estaba en silencio. La batalla había terminado.
Algunos trolls colgaban todavía de sus brazos y piernas. Shadrach golpeó a uno con la duela. Aulló y cayó al suelo. Se tambaleó y luchó contra el último troll, agarrado tenazmente a su brazo.
—¡Basta! —jadeó Shadrach.
Consiguió lanzar al troll por los aires. Rodó por el suelo y se escabulló en las tinieblas.
Ahí acabó todo. Los trolls habían desaparecido. Los campos bañados por la luz de la luna quedaron en silencio.
Shadrach se desplomó sobre una piedra. Le dolía el pecho al respirar. Lucecitas rojas danzaban ante sus ojos. Sacó el pañuelo del bolsillo y se secó el cuello y la cara. Cerró los ojos y agitó la cabeza de un lado a otro.
Cuando los abrió, vio que los elfos se acercaban formando un grupo compacto. Estaban despeinados y heridos, con las armaduras medio destrozadas. La mayoría había perdido el casco o lo llevaba abollado. Habían perdido las plumas escarlatas, y las que quedaban estaban rotas o colgaban lamentablemente.
Pero la batalla había terminado. Habían ganado. Los trolls estaban derrotados.
Shadrach se puso en pie poco a poco. Los guerreros elfos formaron un círculo silencioso y respetuoso a su alrededor. Uno le ayudó a guardar el equilibrio cuando devolvió el pañuelo a su bolsillo.
—Gracias —murmuró Shadrach.
—Los trolls han sido derrotados —declaró un elfo, todavía asombrado por la forma en que se habían desarrollado los acontecimientos.
Shadrach advirtió que había más elfos de los que imaginaba. Todos los elfos habían acudido a participar en la batalla. Se mostraban circunspectos, serios, agotados por la terrible contienda.
—Sí, se han ido; es cierto —dijo Shadrach. Empezaba a recuperar el aliento—. Nos ha ido de poco. Llegasteis en el momento justo. Yo solo no hubiera podido resistir mucho tiempo más.
—El rey de los elfos consiguió rechazar sin ayuda la invasión troll —proclamó un elfo.
—¿Eh? —se asombró Shadrach. Luego sonrió—. Es cierto, me enfrenté a ellos solo un ratito. Yo me basté para rechazar a los trolls, a todo su maldito ejército..
—Y aún hay más —dijo un elfo.
—¿Más? —parpadeó Shadrach.
—Mira hacia allí, oh, rey, el más poderoso de los elfos. Por aquí, a la derecha.
Los elfos guiaron a Shadrach.
—¿Qué es eso? —murmuró Shadrach, sin ver nada al principio, intentando escudriñar en las tinieblas—. ¿Alguien puede acercar una antorcha?
Trajeron unas diminutas antorchas..
Sobre la tierra helada yacía de espaldas Phineas Judd. Tenía los ojos entornados y la boca entreabierta. No se movía. Su cuerpo estaba frío y rígido.
—Está muerto —anunció solemnemente un elfo.
Shadrach tragó saliva, alarmado. Un sudor frío le brotó de la frente.
—¡Mi compadre! ¡Mi viejo amigo! ¿Qué he hecho?
—Has matado al Gran Troll, el jefe de todos los troles.
—Jamás había sucedido algo semejante —exclamó otro elfo—. El Gran Troll ha vivido durante siglos. Nadie imaginaba que pudiera morir. Éste es nuestro momento más histórico.
Todos los elfos se inclinaron hacia la forma silenciosa con reverencia, reverencia mezclada con algo más que un poco de miedo.
—¡Oh, vamos! —se indignó Shadrach—. ¡Éste es Phineas Judd!
Pero, mientras hablaba, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Recordó lo que había presenciado un rato antes, cuando los últimos rayos de la luna iluminaron el rostro de su viejo amigo.
—Mira —uno de los elfos desabrochó la chaqueta de sarga azul de Phineas—. ¿Lo ves?
Shadrach se agachó para mirar.
Tragó saliva.
Bajo la chaqueta de sarga azul de Phineas Judd había una cota de malla, un entramado de hierro viejo y oxidado que se ajustaba apretadamente al enjuto cuerpo. En el centro de la malla destacaba una insignia grabada, oscura y corroída por el tiempo, cubierta de suciedad y orín: el emblema representaba una pata de búho cruzada sobre una seta venenosa.
El emblema del Gran Troll.
—¡Dios mío! —exclamó Shadrach—. Y yo lo he matado.
Mantuvo la mirada fija en el cadáver durante mucho tiempo. Luego, poco a poco, comprendió. Se puso en pie y esbozó una pálida sonrisa.
—¿Qué sucede, oh, rey?
—Estaba pensando en algo. Acabo de darme cuenta de que... de que si el Gran Troll ha muerto y el ejército de los trolls ha huido...
Se interrumpió. Todos los elfos aguardaban.
—Pensé que quizá... quizá ya no me volváis a necesitar...
Los elfos le escuchaban respetuosamente.
—Sigue, poderoso señor, no te detengas.
—Pensé que quizá ahora pueda volver a mi gasolinera y dejar de ser rey —Shadrach les miró con aire confiado—. ¿No os parece? La guerra ha terminado, él está muerto... ¿Qué decís?
Los elfos no respondieron. Bajaron la vista con tristeza y nadie dijo ni una palabra. Por fin empezaron a moverse, y recogieron sus banderas y estandartes.
—Sí, puedes volver —contestó un elfo—. La guerra ha terminado. Los troles han sido derrotados. Vuelve a tu gasolinera, si ésa es tu voluntad.
Un gran alivio descendió sobre Shadrach. Se irguió y sonrió de oreja a oreja.
—¡Gracias, es estupendo! Es magnífico, la mejor noticia que he oído en mi vida.
Se apartó de los elfos, unió las manos y les saludó de tal guisa.
—Muchísimas gracias —sonrió a los silenciosos elfos—. Bueno, entonces me marcho. Es muy tarde y hace frío. Ha sido una noche muy dura. Ya... ya nos veremos.
Los elfos asintieron sin pronunciar palabra.
—Estupendo. Bien, buenas noches —Shadrach se volvió y empezó a caminar por el sendero. Se paró un momento y agitó la mano en dirección a los elfos—. Fue una gran batalla, ¿verdad? Les dimos su merecido— se adentró en el sendero, pero volvió a detenerse para saludarles—. Me alegro de haberos echado una mano. Bien, ¡buenas noches!
Uno o dos elfos respondieron a su saludo, pero ninguno dijo nada.
Shadrach Jones regresó sin prisas hacia su casa. La vio desde lejos, así como la carretera tan poco frecuentada, la gasolinera medio en ruinas, la casa que no duraría tanto como él; carecía de dinero para arreglarlas o trasladarse a otro lugar.
Dio media vuelta y regresó sobre sus pasos.
Los elfos continuaban agrupados en el silencio de la noche. No se hablan movido.
—Confiaba en que no os hubierais marchado —dijo Shadrach con un suspiro de alivio.
—Y nosotros confiábamos en que volvieras —replicó un soldado.
Shadrach lanzó un puntapié contra una piedra, que rodó unos metros. Los elfos le miraban fijamente.
—Claro —dijo Shadrach—. ¿No soy acaso el rey de los elfos?
—¿Seguirás siendo nuestro rey? —gritó un elfo.
—A un hombre de mi edad le cuesta mucho cambiar de costumbres, dejar de vender gasolina para convertirse en rey. Me asusté por un momento, pero ya ha pasado.
—¿Lo serás? ¿Lo serás?
—Claro —aseguró Shadrach Jones.
El pequeño circulo de antorchas centelleó alegremente. Vio a su luz una plataforma como la que había transportado al viejo rey de los elfos, pero mucho más grande, lo suficiente para que cupiera un hombre. Docenas de soldados aguardaban orgullosamente bajo los palos.
Un soldado hizo una reverencia.
—Para vos, señor.
Shadrach trepó. Era menos cómodo que caminar, pero adivinó que así deseaban conducirle al País de los Elfos.
FIN