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miércoles, 15 de febrero de 2012

Julio Verne EL CASTILLO DE LOS CÁRPATOS





Julio Verne
EL CASTILLO DE LOS CÁRPATOS


PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
Esto no es una narración fantástica; es tan sólo una narración novelesca. ¿Es preciso deducir que, dada su inverosimilitud, no sea verdadera? Suponer esto sería un error. Pertenecemos a una época donde todo puede suceder. Casi tenemos el derecho de decir que todo acontece. Si nuestra narración no es verosímil hoy, puede serio mañana, gracias a los elementos científicos, lote del porvenir, y nadie opinará que sea considerada como leyenda. Por otra parte, no se inventan leyendas a la terminación de este práctico y posi-tivo siglo XIX; ni en Bretaña, la comarca de los montaraces korrigans. ni en Escocia, la tierra de los browNics y de los gnomos, ni en Noruega, la patria de los ases, de los elfos, de los silfos y de lis valquirias, ni aun en Transilvania, donde el aspecto de los Cárpatos se presta por sí a todas las evocaciones fantásticas. No obstante, conviene hacer notar que el país transilvano está todavia muy apegado a las supersticiones de los antiguos tiempos.
M. de Gérando ha descrito estas provincias de la extrema Europa. Eliseo Reclus las ha visitado, pero ninguno de los dos ha dicho nada que se relacione con la curiosa narración objeto de este libro. ¿La conocieron? Tal vez, pero acaso no han querido dar fe a la leyenda. Esto es sensible, pues la hubieran referido, el uno con la precisión del historiador, el otro con aquella poesía natural en él y derramada en sus relaciones de viaje.
Puesto que ni uno ni otro lo han hecho, voy yo a intentarlo.
El 19 de mayo de aquel año, un pastor apacentaba su rebaño a la orilla de un verde prado, al pie del Retyezat, que domina un valle fértil, cubierto de árboles de ramaje recto y enriquecido con bellas plantaciones. Las galernas que vienen del N.O. arrasan durante el invierno este terreno descubierto y sin abrigo. Entonces, según la frase del país, se le hace la barba, y algunas veces muy al rape.
Aquel pastor no tenía nada de los de la Arcadia en su traje, ni nada de bucólico en su actitud. No era un Dafnis, ni un Amintas, ni un Tityre, ni un Licidas, ni un Melibeo. El Lignon no murmuraba a sus pies, encerrados en gruesos zuecos de madera. Estaba junto al río de Valaquia, cuyas aguas frescas hubieran sido dignas de correr por entre las sinuosidades de que se habla en la novela Astrea.
Frik-Frik, natural de Werst (así se llamaba el rústico pastor), tan descuidado de su persona como las bestias; bueno para habitar en aquella zahurda construida a la entrada de la aldea, y donde sus cameros y sus puercos vivían en revuelta prouacrerie, única voz tomada del antiguo idioma que conviene a los piojosos apriscos del distrito.
El immanum pecus apacentado por dicho Frik, era immanior ipse. Echado sobre un mullido otero, dormía el pastor, un ojo cerrado, el otro alerta, con la gran pipa en la boca, silbando de vez en cuando a sus perros si alguna oveja se alejaba del prado, o tocando el cuerno, cuyo sonido repercutía en los ecos de la montaña.
Eran las cuatro de la tarde. El sol declinaba en el horizonte. Hacia la parte Este divisábanse algunas cúspides, cuyas bases estaban como sumergidas en flotante bruma. Al S.O., dos gargantas de la cordillera dejaban pasar un oblicuo haz de luz solar, como el punto luminoso que se filtra por una puerta entornada.
Este sistema orográfico pertenece a la parte más selvática de la Transilvania, comprendida bajo la denominación del distrito KlausenbKurg u olosvar.
La Transilvania es un curioso fragmento del imperio de Austria; dicha región se llama en lengua magyar «El Erdely», o, lo que es igual, «el país de los bosques». Se halla limitada al Norte por Hungría, por Valaquia al S., y por Moldavia al O. Ocupa una extensión superficial de sesenta mil kilómetros cuadrados, o sean seis millones de hectá-reas -próximamente la novena parte de Francia-; es una especie de Suiza, pero una mitad más vasta que los dominios helvéticos, aunque sin ser más poblada. Con sus llanuras destinadas al cultivo, sus ricos pastos, sus valles caprichosamente delineados, sus soberbias montañas, la Transilvania, ondulada ipor las ramificaciones plutónicas de los Cárpatos, está cruzada por numerosos ríos que van a engrosar con sus tributos los caudales del Theiss y del soberbio Danubio, cuyas Puertas de Hierro, algunas millas al S., cierran el desfiladero de la cordillera de los Balkanes, en la frontera de Hungría y del Im-perio otomano.
Tal es el antiguo país de los dacios, conquistado por Trajano en el siglo I de la Era cristiana. La independencia que disfrutó bajo Juan Zapoly y sus sucesores hasta 1699, tuvo fin con Leopoldo I, que la anexionó al Austria. Pero sea lo que sea su constitución política, ha sido ocupada por diversas razas, que, aunque se codean, no llegan a fu-sionarse; los valacos o rumanos, los húngaros, los tsyganes, los szeklers, de origen moldavo, y los mismos sajones, a quienes las circunstancias de lugar y tiempo acabarán por magyarizar en provecho de la unidad de Transilvania.
¿A qué carácter típico de los enunciados pertenecía el pastor Frik? ¿Era acaso un descendiente degenerado de los antiguos dacios? Difícil sería resolver estas cuestiones al ver su cabellera en desorden, su cara atezada, su barba enmarañada, sus espesas cejas, recias como dos cepillos de crines rojizas; sus ojos garzos, entre azules y verdes, y cuyos lagrimales húmedos estaban rodeados del círculo senil. Parecía hombre de unos sesenta y cinco años. Es robusto, alto, seco y erguido bajo su capisayo amarillento, no tan peludo como el pecho que cubre. Un pintor no desdeñaría trasladar al lienzo su silueta cuando, cubierta la cabeza con un sombrero de esparto, verdadera tapadera de paja, se apoya sobre el puntiaguado cayado y queda tan inmóvil como una roca.
En el momento en que penetraban los rayos del sol a través de las cortaduras del O., Frik se volvió; puso su mano, medio cerrada, a guisa de catalejo --como si hubiese hecho de ella una bocina-, y estuvo mirando atentamente.
En la claridad del horizonte, y como a una milla larga, muy empequeñecido por la distancia, se dibujaban los contornos de un antiguo castillo sobre una aislada cima de la garganta de Vulcano, la parte superior de una meseta, llamada «meseta de Orgall». Bajo los cambiantes de la luz poNicnte, se destacaba aquel edificio claramente con esa precisión de las vistas de un estereoscopo. Sin embargo, preciso era, que se hallase el pastor dotado de poderosa vista para distinguir algún detalle de aquella masa lejana.
Ved aquí que de repente, y moviendo la cabeza, exclama:
-«¡Viejo, viejo! ... ¡Cómo te pavoneas sobre tus cimientos! Tres años -más, y ya no existirás, -porque tu haya no tiene ya más que tres ramas.»
Dicha haya, plantada al extremo de uno de los bastiones de la cerca del castillo, resaltaba con su negrura sobre el azul del cielo, cual un delicado dibujo de papel picado, y a duras penas fuera visible para otro que no fuese Frik a semejante distancia. En cuanto a la explicación de las palabras que ha pronunciado el pastor, basadas en una leyenda del castillo, será dada a su debido tiempo.
--«Sí, repitió; tres.ramas... Ayer había cuatro, pero la cuarta cayó esta noche... ¡Ya no queda más que el muñón! Yo no cuento más que tres en la horcajada... ¡Tres, tres nada más, viejo castillo! »
Cuando se considera a un pastor desde el punto de vista ideal, la fantasía hace de él un ser soñador y contemplativo, que conferencia con los astros, habla con las estrellas y lee en el firmamento. Pero la verdad es que generalmente no pasa de la categoría de un bárbaro ignorante. A pesar de todo, la pública credulidad no vacila en atribuirle el don de lo sobrenatural; tal hombre posee maleficios, y si está de humor, conjura los sortilegios, así sobre las personas como sobre las bestias, que para el caso viene a ser lo mismo; vende polvos amorosos, filtros y fórmulas mil. Hasta llega a tornar estériles los campos, lanzando sobre ellos piedras encantadas, y deja infecundas a las ovejas tan sólo con hacerles mal de ojo. Y tales supersticiones son propias de todos los tiempos y países. Aun en las regiones más adelantadas, no se pasa en el campo por delante de un pastor sin dirigirle alguna frase amistosa, algún saludo afectuoso, llamándole también «pastor». Un saludo con el sombrero puede ser el medio de librarse de malignas influencias, y en los caminos de Transilvania no es donde menos sucede esto.
Frik era, pues, considerado como un mago, como un evocador de fantásticas apariciones. Según unos, obedecían a su voz vampiros y endriagos; según otros, se le solía encontrar, al declinar de la luna, en las noches oscuras, como se ve en otras comarcas en el año bisiesto, montado sobre la compuerta de los molinos, hablando con los lobos o mirando a las estrellas.
Frik dejaba decir, y no le iba mal. Vendía hechizos y contraheohizos. Pero ¡observación curiosa! él mismo era tan crédulo como su clientela, y si bien no creía en sus propios sortilegios, daba fe a las leyendas que corrían por la comarca.
Así, pues, no hay que asombrarse de que hiciese aquel pronóstico referente a la próxima desaparición del antiguo castillo, puesto que el haya sólo tenía ya tres ramas; ni hay que asombrarse de que le faltase tiempo para llevar la noticia al pueblo, a Werst.
Después de haber juntado el rebaño, soplando hasta desgañitarse en la larga y blanca bocina de madera, Frik tomó el camino de la aldea. Avivando al ganado, seguíanle sus perros, dos semigrifos bastardos, ariscos y feroces, que más bien parecían dispuestos a devorar ovejas que a guardarlas. El ganado se componía de una centena de carneros moruecos y ovejas, de las cuales una docena eran de primer año y el resto de tercero y cuarto año, o sea de cuatro y de seis dientes.
Este ganado pertenecía al juez de Werst, el biró Koltz, que pagaba al concejo un fuerte derecho de contribución de ganadería, y que apreciaba mucho al pastor Frik por sus habilidades de esquilador y veterinario entendido en lo que se refiere a todas las plagas de origen pecuario.
Marchaba el rebaño en masa compacta, a la cabeza la oveja cencerra y a su lado la oveja birana, haciendo sonar su esquila en medio de la confusión de balidos.
Al salir del prado, Frik tomó por un ancho sendero, bordeando extensos campos, donde ondulaban hermosas espigas de trigo, ya muy crecido sobre las altas cañas; veíanse
también algunas plantaciones de «kukurutz», que es el maíz de aquel país. El camino conducía a la orilla de un bosque de pinos y abetos de pobladas copas. Más abajo, el Sil extendía su brillante agua, filtrada por los guijarros del álveo y sobre el que flotaban los frarmentos de madera aserrada en las serrerías de río arriba.
Perros y carneros se detuvieron en la margen derecha y se pusieron a beber con avidez al ras de la ribera, removiendo la hojarasca de los matorrales.
Werst no distaba de allí más de tres tiros de fusil, al otro lado de un espeso bosque de raíces, formado de esbeltos árboles y de esos desmirriados plantones que crecen tan sólo algunos pies del suelo. Dicho bosque se extendía hasta la garganta de Vulcano, cuya aldea, que lleva este nombre, ocupa una altura escarpada en la vertiente meridional de los macizos del Plesa.
A aquella hora la campiña estaba solitaria; hasta entrada la noche no volvían a sus hogares las gentes del carnpo; Frik no pudo cruzar su saludo tradicional con nadie. Ya abrevado su rebaño, iba a internarse entre los pliegues del valle, cuando en la revuelta del Sil apareció un hombre, como a unos cincuenta pasos río abajo.
-¡Hola, amigo! gritó el pastor.
Aquel hombre era uno de esos mercaderes que recorren el distrito. Se les encuentra en las ciudades, en los pueblos y hasta en las más humildes aldeas. No es obstáculo para ellos el hacerse comprender; hablan todas las lenguas. Aquel, ¿era italiano, sajón o valaco? Nadie hubiera podido decirlo. En realidad era judío polonés, alto y delgado, de afilada nariz y barba puntiaguda, frente abultada y ojos muy vivos.
Era vendedor ambulante de anteojos, termómetros, barómetros y relojes de bolsillo. Lo que no guardaba en el morral que, sujeto con correas, llevaba a la espalda, lo colgaba del cuello o de la cintura; un verdadero buhonero, algo así como un escaparate semoviente.
Probablemente el judío participaba del respeto o del temor que los pastores inspiran. Así que sáludó a Frik con la mano. Después, en lengua rumana, que participa del latín y del eslavo, dijo con acento extranjero:
-¿Qué tal marchamos, amigo?
-Marchamos con el tiempo, respondió Frik.
-Entonces hoy habrá ido bien. ¡Con este tiempo! ...
-Mañana irá mal, porque ..lloverá.
-¿Lloverá? Exclamó el buhonero. ¿Es que en vuestro país llueve sin nubes?
-Las nubes ya vendrán esta noche... ¡y por allá abajo, por el lado malo de la montaña!
-¿Y cómo Veis eso?
-En la lana de mis carneros, que está áspera y seca como pellejo curtido.
-Pues tanto peor para los que tengan que andar por esos caminos.
-Y tanto mejor para los que se queden en la puerta de su casa.
-Hay que tener una casa, pastor.
-¿Tenéis hijos? dijo Frik.
-No.
-¿Sois casado?
-No.
Preguntóle esto Frik, porque es costumbre en el país preguntarlo a los que se encuentran.
Después añadió:
-¿De dónde venís, buhonero?
-De Hermanstadt.
Hermanstadt es una de las principales poblaciones de Transilvania. Al abandonarla se encuentra el valle del Sil húngaro, que desciende hasta el arrabal de Petroseny.
-¿Y adonde váis?
-A Kolosvar.
Para llegar a Kolosvar, basta subir en dirección del valle del Maros; después, por Karlsburg y siguiendo las primeras estrilbaciones de los montes Bihar, se está en la capital del distrito. Un camino que no tendrá más de veinte millas.
En verdad, que estos mercaderes de barómetros, termómetros y cascajos, evocan siempre la idea de seres diferentes, de una andadura algo hoffmanesca, peculiar a su ofi-cio. Venden el tiempo en todas sus formas: el que pasa, el que hace, el que hará, como otros venden cestos, tricots o algodones. Se diría que son los viajantes de la casa «Saturno y Compañía», bajo la enseña «Arenas de Oro». Sin duda éste fue el efecto que el judío produjo a Frik, el cual contemplaba, no sin asombro, aquella instalación de objetos nuevos para él, y cuya aplicación desconocía.
-¡Eh, señor buhonero! preguntó alargando el brazo. ¿Para qué sirve eso que castañetea en vuestra cintura, como los huesos de un viejo colgado?
-Son cosas de valor, respondió el mercader; objetos útiles para todo el mundo.
Y guiñando el ojo, exclamó Frik:
-¿A todo él mundo? ¿Y también a los pastores?
-También.
-¿Y para qué sirve esa maquinaria?
-Esta maquinaria, respondió el judío moviendo un termometro entre sus manos, os dice si hace calor o frío.
-¡Vaya, amigo! Pues yo no necesito de ella para saberlo cuando sudo bajo mi capisayo o cuando tirito bajo mi hopalanda.
Evidentemente: esto debe bastar a un pastor, que no se preocupa gran cosa de los porqués de la ciencia.
-¿Y ese grueso cascajo con su aguja? repuso señalando un barómetro aneroide.
-No es un cascajo, sino un instrumento que os dice si mañana hará buen tiempo, o si lloverá.
-¿Es de veras?
-De veras.
-Bueno, replicó Frik: pues yo no lo querría, aunque sólo costase un kreutzer. Me basta ver las nubes que se arrastran por la montaña, o que cruzan por cima de los más altos picos, para saber, con veinticuatro horas de anticipación, el tiempo que va a hacer. Mirad. ¿Véis aquella bruma que parece salir del suelo? Pues ya os lo he dicho, eso significa que mañana tendremos agua.
Verdaderamente, el pastor Frík, gran observador del tiempo, no necesitaba barómetro.
-¿Y tampoco os hará falta un reloj? dijo el buhonero.
-¡Un reloj!... Tengo uno que anda solo. Está colgado sobre mi cabeza... El sol. Mirad, amigo: cuando está sobre la punta del Rodük, significa que es medio día; y cuando parece que mira al agujero de Egelt, es que son las seis. Mis carneros lo saben tan bien como yo, y mis perros como los carneros. Guardad, pues vuestros cachivaches.
-¡Vaya! repuso el buhonero. Muy negro me habría de ver para hacer fortuna, si no tuviera más clientes que los pastores. ¿De manera que no necesitáis nada?
-Absolutamente nada.
Por lo demás, todas aquellas mercaderías baratas eran de muy mediana fabricación. Los barómetros no concordaban bien sobre el variable o el buen tiempo fijo; las agujas de los relojes marcaban horas muy largas o minutos muy cortos. En fin, una engañifa. ¡Acaso el pastor lo sabía! Por eso no quería comprar nada de aquello. Sin embargo, ya iba a recobrar su cayado, cuando, cogiendo una especie de tubo colgado de una correa del buhonero, le dijo:
-¿Para qué sirve este tubo?
-No es tal tubo.
-Será pues, una pistola, dijo el pastor.
-No, dijo el judío: es un anteojo.
Era, en efecto, uno de esos anteojos comunes que agrandan cinco o seis veces los objetos, o que los aproximan otro tanto, lo que produce el mismo resultado.
Frik había cogido aquel instrumento, y le contemplaba, dándole vueltas entre sus manos, haciendo salir y entrar los cilindros.
Después, moviendo la cabeza:
-¡Un anteojo! dijo.
-Sí, pastor; un magnífico anteojo, que os alargará mucho la vista...
-¡Ah! ... Yo tengo muy buenos ojos, amigo. Cuando el tiempo está claro, veo las últimas rocas, hasta la cresta del Retyezat, y los últimos árboles en el fondo de los desfiladeros del Vulcano.
-¿Sin entornar los ojos?
-Sin entornar los ojos, -gracias al rocío de la noche, que me limpia la pupila.
-¿El rocío? dijo el otro. Pronto os dejará ciego.
-¡Ah! A los pastores no.
-Bien... Si tenéis buenos ojos, yo los tengo mejores cuando los aplico a mi anteojo.
-¡Tendrá que ver eso!
-Vedlo ...
-¡Yo! ...
-Probad.
-¿No me costará nada? preruntó Frik, desconfiado por naturaleza.
-Nada; a menos que no os decidáis a comprarme el aparato.
Tranquilo ya sobre este particular, Frik tomó el anteojo, cuyos tubos graduó el buhonero. Después, de haber cerrado el ojo derecho, Frik aplicó el ocular al izquierdo, y empezó a mirar hacia las montañas del Vulcano, subiendo hacia el Plesa; después bajó el instrumento, enfocándole hacia el pueblo de Werst.
-¡Calla! exclamó. ¡Pues es verdad! Alcanza más que mis ojos... Allí está la calle Mayor. Reconozco a las personas... Veo a Nic Deck, el guarda que vuelve de su ronda, con la mochila a la espalda y la carabina al hombro.
-¡Cuando yo os lo decía! observó el buhonero.
-Sí, sí. Nic es, añadió el pastor. ¿Y quién es aquella mujer que sale de casa del amo Koltz, con falda roja y corpiño negro, como si fuese al encuentro de Nic?
-Mirad atentamente, y reconoceréis a la muchacha, como habéis reconocido a Nic.
-¡Ah! sí ... ¡Es Miriota! ... ¡La bella Miriota! ... ¡Ah!. .. ¡Los novios! ... Esta vez tienen que andar con cuidado, porque yo los tengo al alcance de mis ojos, y no pierdo ninguna de sus carantoñas.
-¿Y qué decís de este aparato?
-¡Ah! Que hace ver desde muy lejos.
El asombro de Frik al coger por primera vez un anteojo para mirar la aldea Werst, indicaba lo atrasado que este pueblo se encontraba. Si esto era o no verdad, bien pronto lo veremos.
-Pastor, dijo el mercader: seguid, seguid mirando... Más allá de Werst. Este pueblo está muy cerca... ¡Mirad mucho más allá! ...
-¿Y tampoco me costará nada?
-Tampoco.
-Bueno.. . Voy a mirar hacia el Sil -húngaro... Sí; allí está el campanario de Livadzel... Le conozco por la cruz, a la que le falta un brazo. . . Más allá, en el valle, entre los abetos, veo el campanario de Petroseny, con su gallo de hoja de lata, con el pico abierto, como si llamara a las gallinas... ¡Calle! ... Y allí abajo.. . veo una torre que scobresale por entre los árboles... Debe de ser la torre de Petrilla. Vaya, voy a seguir mirando, porque supongo que el precio será siempre el mismo...
-El mismo, pastor.
Frik miraba entonces hacia la llanura de Orgall; siguió después contemplando la sombría masa de los bosques situados sobre las vertientes del Plesa, y enfocando el obje-tivo a la lejana silueta del castillo, exclamó:
-Sí ... la cuarta rama está en tierra ... La había visto bien. .. Nadie irá a recogerla para hacer una tea la noche de San Juan. Nadie irá... Ni yo... Sería arriesgar el cuerpo y el alma. Pero hay uno que la recogerá esta noche, para llevarla al fuego del infierno. Éste es el Chort.
Así se llama al diablo cuando se le evoca en las conversaciones del país.
Acaso el judío iba a pedir explicación de aquellas palabras incomprensibles para el que no fuese de Werst o de sus cercanías, cuando Frik exclamó con voz en la que el espanto se mezclaba a la sorpresa:
-¿Qué es aquella nube que sale del torreón? ¿Es bruma? No; parece humo... Pero no es posible... Desde hace siglos y siglos no echan humo las chimeneas del castillo...
-Si veis humo, es que lo hay pastor.
-No, buhonero, no. Es que el cristal de vuestro anteojo está empañado.
-Limpiadle, pues.
-Voy a hacerlo.
Y después de haber frotado lo vidrios del anteojo con su manga, volvió a mirar.
Efectivamente; lo que salía del torreón era humo. Aquella columna subía recta, en el aire tranquilo, y su penacho se confundía con las nubes. Frik, inmóvil, no hablaba ya, concentrando toda su atención sobre el castillo, cuya sombra iba ascendiendo hasta llegar al nivel del llano de Orgall. De pronto bajó el aparato, y llevándose la mano a la alforja que bajo su sayo llevaba, preguntó:
-¿Qué vale esto?
-Florín y medio,-, respondió el buhonero.
Por poco- que Frik hubiese regateado, hubiera dado el anteojo en un florín; pero el pastor no regateó.
Bajo el influjo de una estupefacción tan grande como inexplicable, metió la mano en su alforja y sacó el dinero.
-¿Es para vos el anteojo? preguntó el buhonero.
-No; para mi amo.
-Entonces, él os reembolsará.
-Sí... Los dos florines que me cuesta.
-¡Cómo dos florines!
-Sí... de ahí para arriba. Buenas tardes, amigo.
-Buenas tardes, pastor.
Y Frik, silbando a sus perros y reuNicndo su rebaño, subió a buen paso en dirección a Werst.
Mirándole marchar el judío, movió la cabeza, y murmuró:
-De haberlo sabido, le pido más por el anteojo.
Después de arreglar sobre sus hombros y cintura su mercancía, tomó la dirección de Karlsburg, volviendo a bajar por la margen derecha del Sil.
¿Dónde iba? Poco nos importa. Él no hace más que pasar en esta novela... No le volveremos a ver más.
CAPÍTULO II
La distancia de algunas millas produce el efecto, para el observador, de que, bien sean rocas hacinadas por la naturaleza en las épocas geológicas, según las convulsiones del suelo, o bien construcciones debidas a la mano del hombre y sobre las cuales ha pasado el soplo devastador del tiempo, poco más o menos su aspecto es semejante. Confúndese fácilmente el mineral en bruto y el mineral trabajado. Desde lejos vese todo envuelto en igual color, con idénticas líneas y ángulos en perspectiva, con la misma uniformidad de tinte, bajo la pátina gris de los siglos.
Tal acontecía con la edificación antedicha, castillo otro tiempo de los Cárpatos. Reconocerle en su indecisa estructura en la meseta de Orgall, que corona a la izquierda la garganta de Vulcano, hubiera sido imposible. Ya no muestra su erguida silueta en las montañas. Lo que pudiera tomarse por un torreón, no es acaso otra cosa que un informe montón de piedras. Allí donde la vista crea percibir los almenados muros, quizá no habrá sino rocosa cresta. Es un conjunto vago, flotante, incierto. Tanto es así, que si diéramos crédito a lo que dicen algunos turistas, el castillo de los Cárpatos sólo existe en la fantasía de las gentes del país.
Después de todo, el medio más sencillo para salir de dudas sería hacerse conducir por un guía del Vulcano o de Werst, y subir por el desfiladero, dar cima a la montaña, visitar aquellas construcciones. Pero hay el inconveNicnte de que se encuentra más fácilmente el camino del castillo que el guía. En el valle del Sil nadie consentiría en acompañar a un viajero al castillo de los Cárpatos, así fuese a peso de oro.
Si hubiéseis mirado con un anteojo más potente que el instrumento de pacotilla que compró el pastor Frik para el señor de Koltz, he aquí lo que hubiérais visto del viejo edificio.
Detrás de la garganta de Vulcano, y, como a unos ochocientos o novecientos pies, un muro de color de asperón, casi oculto por la hojarasca de plantas trepadoras y cuyo cercado se extiende ert un perímetro de cuatrocientas o quiNicntas toesa, y siguiendo las ondulaciones de la meseta; a cada ángulo dos bastiones, de los cuales, el de la derecha, sobre el que se alza la famosa haya, está coronado por una pequeña atalaya o garita de puntiag!ida techumbre; a la izquierda, algunos lienzos de murallas cual los de una
fortaleza, soportando un campanario de capilla, cuya campana rajada se bambolea en las grandes borrascas, causando el mayor espanto en la comarca; en el centro, y con su plataforma rodeada de almenas, un torreón con tres órdenes de ventanas de alféizares de plomo, y cuyo primer piso hállase rodeado de circular terraza; sobre la plataforma álzase un largo mástil de hierro adornado por una especie de veleta comida de moho, mirando siempre al Sudeste, por efecto de algún violento huracán.
En cuanto a lo que encerraba el consabido muro, por mil partes quebrado, bien fuese edificio habitable, accesible por puente levadizo o poterna, ignorábase de luengos años atrás. En realidad, si bien el castillo de los Cárpatos se hallaba en mejor estado de lo que parecía, estaba protegido ahora por el extendido terror supersticioso, con tanta eficacia como en pasados tiempos lo estuviera por basiliscos, bombardas, culebrinas y demás máquinas de artillería de otros siglos.
Y en verdad que bien merecía la pena de ser visitado el castillo de los Cárpatos por turistas y anticuarios. Su situación en lo alto de la meseta de Orgall no puede ser más bella. El panorama de montañas que se divisa desde la alta plataforma del torreón, es sublime. Al fondo vense las ondulaciones de la elevada cordillera, que parece dibujada caprichosamente, formando la frontera de Valaquia. Por delante abre su ruinosa garganta el desfiladero de Vulcano, única vía de comunicación entre las provincias limítrofes. Al otro lado del valle del Sil surgen las edificaciones de Livadzel, Lonyai, Petroseny y Petrilla, agrupados y como asomándose a la abertura de los pozos que sirven para la explotación de esta rica cuenca hullera. Y en los últimos planos del horizonte vislúmbrase admirable y simétrica cadena de alturas y crestas cuyas bases están cubiertas de césped y cuyas peladas cimas dominan los abruptos picos del Retyezat y del Paring. Por fin, más allá del valle del Hatszeg y del río Maros, aparecen los lejanos perfiles, velados por las brumas de los Alpes de la Transilvania Central.
En el fondo de aquel embudo y efecto de la depresión del terreno, formábase un lago, en el que vertían sus aguas los brazos del Sil antes de abrirse paso al través de la cordillera. Ahora dicha depresión no es más que una carbonera con sus ventajas e inconveNicntes; las altas chimeneas de fábrica crúzanse con el ramaje de los copudos olmos, abetos y hayas; los negruzcos humos vician la atmósfera, saturada antaño con los perfumados aromas de los frutales y las flores. No obstante, y por más que la industria tiene bajo su férrea mano este distrito minero, en la época de esta narración aún no había perdido el selvático aspecto que le diera la Naturaleza.
El castillo de los Cárpatos data del siglo XII, o acaso del XIII. En aquella época, bajo la dominación de los señores o vaivodas, fortificábanse monasterios, iglesias, palacios y castillos de igual modo que las aldeas y ciudades. Señores y vasallos procuraban mantenerse a la defensiva. Tal estado de cosas explica el aspecto de aquella construcción feudal, bien defendida con su almenado muro, su atalaya y su torreón. ¿Qué arquitecto tuvo la idea de edificarle sobre aquella meseta y a tal altura? Ignórase quién fuese el audaz artista aunque pudiera suponerse que fuera el rumano Manoli, tan gloriosamente cantado en las leyendas valacas, y que edificó en Curté de Argis el célebre castillo de Rodolfo el Negro.
Pero si pudiera haber dudas acerca de este punto, no las hay respecto a la familia que poseía el castillo de los Cárpatos. Los barones de Gortz eran señores de aquel país desde tiempo inmemorial. Tomaron parte en todas las guerras que tiñeron de sangre las provin-cias de Transilvania; lucharon contra los húngaros, los sajones y los szeklers, y su
apellido figura en cánticos y en doines, donde se perpetúa el recuerdo de los desastrosos períodos por que atravesó aquel país. Era su divisa el famoso proverbio valaco: ¡da pe maorte! «ida hasta morir!» y dieron, vertiendo su sangre en aras de la independencia, aquella sangre que procedía de los romanos, sus antecesores.
Ya se sabe que al cabo de tantos esfuerzos y sacrificios tantos, no pudieron conseguir otra cosa que la más mísera opresión para los descendientes de tan valiente raza. Ya no vive la vida política. Tres azotes sufrió aquel país. Mas aún conservan los valacos de Transilvania la esperanza de sacudir el yugo que los oprime. El porvenir es suyo, y con inquebrantable fe repiten estas palabras, que expresan todas sus aspiraciones: Roman no perè! ¡El rumano no perecerá!
A mediados del siglo actual, el último representante de los señores de Gortz era el barón Rodolfo. Nacido en el castillo de los Cárpatos, había visto a su familia irse extinguiendo alrededor suyo durante su juventud, y a los veintidós años se encontró solo en el mundo. Todos los suyos habían ido cayendo, año tras año, cual las ramas del haya secular cuya existencia tan unida se hallaba, según la superstición pública, a la existencia misma del castillo. Sin parientes y casi sin amigos, ¿qué iba a hacer el barón Rodolfo para llenar aquel inmenso vacío que la muerte dejó en torno suyo? ¿Cuáles eran sus aficiones, sus inclinaciones y aptitudes? Nada de esto se sabía, como no fuese la pasión irresistible que sentía por la música, y muy especialmente por los grandes artistas líricos de su época. Así que, después de haber confiado la guarda del castillo, ya muy deteriorado, en manos de algunos viejos servidores, un día desapareció de allí. Más tarde se supo que dedicaba su fortuna, bastante considerable, a recorrer los principales centros líricos de Europa, los teatros de Alemania, Francia e Italia, donde podía saciar su infatigable fantasía de dilettante. ¿Acaso era un excéntrico; por no decir un monomaníaco? Lo extraño de su vida daba lugar a creerlo así.
Sin embargo, el recuerdo de su país natal no se había borrado del corazón del joven barón de Gortz, ni olvidó su patria en medio de sus lejanas peregrinaciones. Tanto fue así, que volvió a Transilvania a tomar parte en una de las sangrientas revueltas de los rumanos contra la opresión húngara.
Los descendientes de los antiguos dacios fueron vencidos, y su territorio repartido entre los vencedores.
A continuación de esta derrota, el barón Rodolfo abandonó definitivamente el castillo de los Cárpatos, que empezaba a amenazar ruina por algunas partes. La muerte no tardó en privar a aquel dominio de sus últimos servidores, y fue desalojado del todo. En cuanto al barón, de Gortz, empezó a correr el rumor de que se había unido patrióticamente al famoso Rosza Sandor, antiguo salteador de caminos, y al que la guerra de la independencia había elevado al rango de un protagonista de drama.
Muy felizmente para él después de la lucha, Rodolfo de Gortz se había separado de la facción del salteador, y obró muy prudentemente, porque Rosza Sandor acabó por caer en manos de la policía, que se contentó con encerrarle en la prisión de Szamos-Uyvar.
Por el distrito corrió la versión, muy autorizada, de que el barón Rodolfo había sido muerto en un encuentro de Rosza Sandor con los carabineros de la frontera. No había tal muerte, aunque nadie dudase de ella por no haber aparecido el barón en la comarca desde aquella época; y es preciso tener en cuenta lo crédula que era la población en sus supuestos.
Castillo desierto, castillo fantástico... Las vivas y ardientes imaginaciones pobláronle pronto de fantasmas, de espíritus que se albergaban en aquél a las altas horas de la noche. Cosas son éstas que suceden frecuentemente en muchas comarcas de Europa, entre las que Transilvania debe ocupar el primer lugar.
Además, ¿cómo aquella aldea de Werst hubiera podido romper con sus creencias en lo sobrenatural? El cura y el maestro enseñaban estas fábulas con tanto más empeño, cuanto que ellos mismos las creían a pies juntillos. Afirmaban, con pruebas en ápoyo de sus afirmaciones, que los vampiros lanzan gritos de andriagos, beben sangre humana; que los staffii andaban errantes por las ruinas, convirtiéndose en malhechores si se olvida darles de comer y beber todas las noches. Hay hadas, babes, de las que es preciso guardarse el martes y viernes, días nefastos de la semana, Aventuráos, pues, en las profundidades de los bosques del distrito, bosques encantados donde se ocultan los balauri, dragones gigantes cuyas mandíbulas llegan a las nubes; los zmei, de alas desmesuradas, que se llevan a las mujeres lindas, sin distinción de categorías. Existen, pues, tantos monstruos feroces. ¿No hay algún genio del bien que, según la imaginación popular, contrarreste las malas artes de aquéllos? Sí, por cierto. La serpi de casa, serpiente del hogar doméstico, que vive en las casas y cuya influencia saludable compra el aldeano, nutriéndola con la mejor leche.
Ahora bien: ¿qué mejor albergue para todos aquellos seres de la mitología rumana que el castillo de los Cárpatos? Sobre aquella planicie aislada, sólo accesible por la parte izquierda de la garganta de Vulcano, no era dudoso que albergase dragones, hadas y endriagos, como también acaso los espíritus de algunos individuos de la familia de los barones de Gortz. De aquí la reputación de que el castillo estaba encantado; reputación muy justificada, al decir de las gentes, y nadie hubiera osado aventurarse a visitarle. Esparcía en torno suyo una especie de espanto epidémico, como las emanaciones pestilentes de una laguna insalubre. Sólo con aproximarse un cuarto de milla, se arriesgaba la vida en este mundo y la salvación en el otro.
Esto era cosa corriente en la es-cuela del maestro Hermod. Sin ernbargo, tal estado de colas debía tener fin, y esto sucedería cuando no quedase una sola piedra de la antigua fortaleza de los barones de Gortz: y aquí entraba la leyenda.
A dar crédito a los más autorizados de la aldea de Werst, la existencia del castillo estaba unida a la de la vieja haya, cuyo ramaje se recostaba sobre el bastión del ángulo, a la derecha del muro. Las gentes de la aldea habían observado, y muy particularmente el pastor Frik, que desde, la partida de Rodolfo de Gortz dicho árbol iba perdiendo cada año una de sus ramas más gruesas. Cuando el barón Rodolfo fue visto por última vez en la plataforma del torreón, el árbol tenía dieciocho ramas, y en la actualidad sólo contaba tres. Cada rama caída significaba un año menos de existencia para el castillo. La caída de la última produciría anonadamiento definitivo. Y entonces, sobre la meseta de Orgali, se buscaría en vano el castillo de los Cárpatos.
Evidentemente, esto era una de esas leyendas que sólo nacen en las imaginaciones de los rumanos; pero lo cierto era que todos los años el haya perdía una de sus ramas, y Frik, que no dejaba de observarle mientras apacentaba su rebaño en los prados del Sil, no dudaba en afirmarlo. Y aunque la aseveración de Frik no fuera digna de tomarse en cuenta, a los aldeanos, y hasta al juez de Werst, no les cabía duda de que el castillo no tendría más de tres años de vida, puesto que al «haya tutelar» no le quedaban más que
tres ramas. El pastor se puso en camino para llevar la tremenda noticia de que queda hecha mención, después del accidente del anteojo.
En efecto: la noticia era tremenda. ¡En el torreón acababa de aparecer humo! Lo que sus ojos no hubieran podido apreciar por sí solos, lo había visto Frik con ayuda del anteojo del buhonero... No era vapor de la atmósfera; era humo que iba a perderse en las nubes ... ¡Y a pesar de estar abandonado el castillo! ... ¡Después de tanto tiempo que nadie había franqueado su cerrada poterna, ni levantado el puente levadizo! ... Si el castillo estaba habitado, sólo podía estarlo por seres sobrenaturales ... Pero ¿con qué objeto podían los espíritus encender fuego en uno de los departamentos del torreón? ¿Provenía el humo de alguna chimenea, de una habitación o de la cocina? He aquí un punto verdaderamente inexplicable.
Frik azuzaba sus bestias hacia el establo, y a su voz los perros avivaban el ganado camino arriba, y el polvo volvía a caer con la humedad del crepúsculo.
Algunos aldeanos que se habían retardado en sus faenas, le saludaron al pasar. Frik apenas les respondió. Esto era motivo de gran inquietud para los primeros, porque para evitar los maleficios no basta saludar al pastor, es preciso que éste responda al saludo. Pero Frik no se fijaba en esto, y caminaba con los ojos extraviados, actitud extraña y ademanes descompuestos. Aunque los lobos le quitaran la mitad de sus carneros, no hubiera recibido impresión más honda. ¿De qué mala nueva era nuncio el pastor?
El primero que lo supo fue el juez Koltz.
Así que le vio, gritóle Frik:
-¡En el castillo hay fuego, amo!
-¿Qué dices, Frik?
-Digo la verdad.
-¿Te has vuelto loco?
En efecto: ¿cómo era posible un incendio en aquel viejo montón de piedras? Esto era tan absurdo como admitir que el Negoi, la más alta cima de los Cárpatos, fuera devorado por las llamas.
-¿Tú pretendes, Frik, que el castillo arde? dijo él amo Koltz.
-Pues si no se quema, por lo menos echa humo.
-Algún vapor...
-No, es humo; venid a verlo.
Y ambos se dirigieron hacia el centro de la calle Mayor de la aldea, al borde de un terraplén que dominaba los barrancos, y desde el cual se podía ver el castillo.
Una vez allí, Frik dio el anteojo a su amo. Evidentemente el señor Koltz no era más práctico que el pastor en el manejo de tal instrumento.
-¿Qué es esto? le preguntó.
-Una maquinaria para ver, que he comprado en dos florines, y que vale el doble.
-A quién?
-A un buhonero.
-¿Y para qué?
-Aplicadlo a vuestro ojo; dirigidlo al castillo; mirad. y veréis.
El juez enfocó el anteojo en dirección al castillo, y miró atentamente.
¡Sí! Lo que salía de una de las chimeneas del torreón era humo, que desviado en aquel momento por la brisa, se arrastraba por la falta de la montaña.
-¡Humo! ¡Humo! repetía el amo Koltz estupefacto.
Acababan de reunírsele Miriota y Nic Deck, el guardaboque, que habían vuelto a su casa hacía unos instantes. Cogiendo el anteojo, preguntó el joven:
-¿Para qué sirve esto?
-Para ver a lo lejos, respondió el pastor.
-Es broma, Frik.
-¡Sí... sí, broma! No hace una hora que yo os he reconocido cuando bajábais por el camino de Werst, y a Vos también. . .
No acabó la frase, porque Miriota se puso encarnada y bajó sus lindos ojos. Después de todo, no está prohibido que una hija de familia honrada vaya al encuentro de su novio.
La novia primero, y el novio después, cogieron el famoso anteojo y le enfocaron hacia el castillo.
Entretanto habían llegado a aquel sitio media docena de vecinos, que, enterados de lo que pasaba, fueron sirviéndose por turno del anteojo. Uno dijo:
-¡Humo! ¡Humo en el castillo!
Y otro añadió:
-Tal vez el rayo ha caído sobre el torreón.
-¿Pues qué, ha tronado? preguntó Koltz dirigiéndose a Frik.
-No ha habido tormenta desde hace ocho días, respondió el pastor.
Si a aquellas buenas gentes se les hubiese dicho que en la cúspide del Retyezat acababa de abrirse un cráter volcánico, no se hubieran quedado más estupefactas.
CAPÍTULO III
El pueblecillo de Werst tiene tan poca importancia, que no figura en la mayor parte de los mapas.. En el orden administrativo es aún de inferior categoría que su vecino, llamado Vulcano, nombre de la porción de la vertiente del Plesa sobre el cual ambos se encuentran pintorescamente situados.
En los momentos actuales, la explotación de la cuenca minera ha impreso gran movimiento comercial a las poblaciones de Petroseny, Livadzel, y otras, distantes algunas. millas; en cambio ni Vulcano ni Werst han obtenido ventaja alguna, no obstante su proximidad al centro industrial. Estas aldeas son aún lo que eran hace cincuenta años, y es de suponer que dentro de otro medio siglo continuarán en el mismo estado. Según Elisco Reclus, más de una mitad de la población de Vulcano se compone de empleados encargados de vigilar la frontera, carabineros, gendarmes, inspectores del fisco y enfermeros del lazareto. Suprimid los gendarmes y los inspectores del fisco, añadid una proporción un poco mayor de agricultores, y tendréis la población de Werst o sea algunos cientos de habitantes.
Puede decirse que el tal pueblecillo está formado por sólo una larga calle, cuyas bruscas pendientes hacen la subida y la bajada muy penosas a lo largo de la garganta de Vulcano. Sirve de camino natural entre la frontera valaca y la transilvánica. Por allí pasan los rebaños de bueyes, de carneros y cerdos, los carniceros, los vendedores de frutas y granos y algunos viajeros, muy pocos, que se aventuran por el desfiladero, en vez de tomar los ferrocarriles de Kolosvar y del valle del Maros. En verdad que la Naturaleza ha dotado generosamente la cuenca que se abre entre los montes de Brihar, Retyezat y Paring; no tan sólo es rica por la fertilidad de su suelo, sino también por la riqueza que encierra en -sus entrañas: hay minas de sal gema en Thorda, con un rendimiento anual de más de
20.000 toneladas; el monte Parajd, cuya cúspide mide siete kilómetros de circunferencia, está únicamente formado de cloruro de sodio; las minas de Torotzko producen plomo, galena, mercurio y sobre todo hierro, cuyos yacimientos están en explotación desde el siglo X; las minas de Vayda Hunyad dan un mineral que, transformado en acero, resulta de superior calidad; hay también minas de hulla fácilmente, explotables bajo las primeras capas de estos valles lacustres en el distrito de Hatzeg, en Livadzel y Potroseny vasto recinto cuyo contenido se ha estimado en doscientos cincuenta millones de toneladas; y, en fin, minas de oro en Offenbanya, en Topanfalva, la región de los trabajadores que se dedican a limpiar las arenas auríferas de los ríos, y en donde miriadas de molinos, sencillamente dispuestos, trabajan las arenas del Veres-Patak, el Pactalo transilvánico, y que exportan cada año valor de dos millones de francos del precioso metal.
Parecía que una region tan favorecida por la naturaleza, había de aprovechar aquella riqueza en favor de sus habitantes. Sin embargo, no es así. Si bien los centros más importantes como Torotzko, Petroseny y Lonyai poseen algunas instalaciones industriales a la moderna; si bien allí se ven edificaciones regulares, sometidas a la uniformidad de la escuadra y la plomada, depósitos, almacenes, verdaderas poblaciones obreras; si están dotadas de cierto número de casas con ventanas y balcones, no se encuentra eso ni en la aldea de Werst ni en la de Vulcano.
Unas sesenta casas irregularmente edificadas sobre la única calle, cubiertas de un caprichoso tejado que sobresale por los muros de arena, con fachada hacia el jardín; un granero con ventana por cada habitación, con una ruinosa granja al lado; un establo cubierto de paja; aqui y allá algún pozo con polea, de la que pende una cuerda, dos o tres charcas que se desbordan con las tormentas, arroyuelos de cursos tortuosos. Tal es la aldea de Werst, emplazada sobre ambos lados de la calle entre los, oblicuos taludes del desfiladero. A pesar de esto, es fresca y tiene atractivos: hay flores en puertas y ventanas, tapias de verdura que cubren los muros, hierbas revueltas que se mezclan con las espigas de color de oro viejo y con las ramas de los olmos, álamos, hayas, abetos y erables que sobresalen por una de las casas, «tan altos como pueden subir». Al otro lado, las escalonadas estribaciones de la cordillera, y allá en lontananza, las cimas de los montes que se confunden con el azul del cielo.
En Werst, como en toda aquella región de Transilvania, no se habla el alemán ni el húngaro, sino el rumano; hasta en las mismas familias tsiganes establecidas, más bien que acampadas en las diversas aldeas del distrito.
Estos extranjeros toman la lengua del país, como toman la religión. Los de Werst forman una especie de pequeña tribu, bajo el miedo del vaivoda, con sus caravanas, sus barakas de puntiagudo tejado, sus legiones de niños, siendo bien diferentes por sus costumbres y regularidad de hábitos, a las de sus congéneres que andan errantes por Europa. Observan en sus ceremonias el rito griego, amoldándose a la religión de los cristianos entre los que viven. La autoridad religiosa de Werst está en manos de un pope que reside en Vulcano y ejerce sus funciones en ambas aldeas, separadas solamente por media milla.
La civilización es como el aire y como el agua: allí donde encuentra un resquicio, por pequeño que sea, allí penetra, y modifica las condiciones de un país. Hay que reconocer que este resquicio no se ha presentado aún en la región meridional de los Cárpatos. De Vulcano ha dicho Eliseo Reclus «que es el último lugar de la civilización en el valle del Sil valaco». No hay pues, que asombrarse de que Werst sea una de las más atrasadas
aldeas del distrito de Kolosvar. ¿Y cómo puede ser otra cosa en lugares como los antedichos, donde nace, se crece y se muere sin haber salido de ellos? Ocurrirá preguntar ahora: ¿No hay un maestro de escuela? ¿No hay un juez en Werst? Indudablemente; pero el dómine Hermod sólo puede enseñar lo que sabe, que es bien poco; apenas leer, escribir y contar. La instrucción no pasa de aquí. En ciencias, en historia, en geografía y en literatura, no conoce otra cosa que los cantos populares y las leyendas del país; su memoria es escasa.
Su fuerte es todo aquello que tiene sabor fantástico, de lo que secan gran provecho los pocos escolares de la aldeà.
En cuanto al juez, conviene explicar la razón de tal título del primer magistrado de Verst. El biró Sr. Koltz era un hombrecillo como de unos cincuenta y cinco a sesenta años, de origen rumano, de cabellos raros y encanecidos, bigote aún negro y ojos de más dulzura que viveza; de fuerte complexión, como buen montañés; cubre su cabeza con la magnífica gorra de fieltro, y sujeta su vientre con un cinturón de historiada hebilla; su chaqueta sin mangas, y el pantalón corto y hombacho, metido en altas boúas de cuero.
Más bien alcalde que juez, por más que sus funciones le obligasen a intervenir en las múltiples contiendas entre vecinos, se ocupaba principalmente de administrar su aldea con poder discrecional, y no gratis en verdad. En efecto: todas las transacciones, compras o ventas estaban gravadas con un impuesto a su favor, sin hablar del derecho de peaje que extranjeros, turistas o traficantes se apresuraban a entregarle.
Tan lucrativo cargo había proporcionado al Sr. Koitz cierta holgura. Si la mayoría de los aldeanos del distrito son roídos por la usura, que no tardará en hacer a los judíos prestamistas verdaderos propietarios del suelo, el biró había sabido escapar a su rapacidad. Sus bienes estaban libres de hipotecas o «intabulaciones» segun se dice en la comarca. A nadie debía nada. Hubiese más bien prestado que tomado a préstamo, y lo hubiera hecho, no sin despellejar a la pobre gente. Poseía muchos prados con buenos pastos para sus rebaños; campos bien cultivados, aunque hostil siempre a los adelantos; viñas que halagaban su vanidad, al pasearse por entre las hermosas cepas cargadas de racimos, y cuya cosecha vendía siempre con gran provecho, prescindiendo de la parte que se reservaba para su consumo particular.
No hay que decir que la casa de Koltz era la más hermosa del pueblo. Estaba situada esquina al terraplén de la calle antes dicha. Una casa de piedra con su fachada al jardín, su puerta entre la tercera y la cuarta ventana, con sus festones de verdura que orlan el alero con su cabelludo ramaje. Dos grandes hayas de alta y florida copa. Detrás, un hermoso verjel en el que se ven plantaciones de legumbres, formando cuadros, y filas de árboles frutales alineados sobre el talud. En el interior de la casa hay bonitas y limpias habitaciones, para comer y dormir, con sus muebles pintarrajeados, mesas, camas, bancos, escabeles y aparadores llenos de brillante vajilla. De las vigas del techo penden lámparas adornadas de cintas y telas de vivos colores. Se ven también pesados cofres, forrados y claveteados, que sirven de mesas y de armarios. En las blancas paredes hay retratos, iluminados con color rabioso, de patriotas rumanos, entre otros el del popular héroe del siglo XV, el vaivoda Vayda-Hunyad.
He aquí una encantadora habitación, muy grande para un hombre solo. Pero es que el amo Koltz no estaba solo. Viudo hacía diez años, tenía una hija, la bella Miriota, muy admirada de Werst a Vulcano, y aún más allá. Hubiese podido llevar por nombre uno de esos extraños que se usan en Valaquia, tales como Florica, Daiva, Dauricia; pero no; se
llamaba Miriota, es decir, «corderita». La corderita había crecido, y era al presente una hermosa joven de veinte años, rubia, con ojos garzos de dulce mirada, encantadoras facciones y de formas esculturales, y su hermosura resaltaba más aún vestida con su camiseta bordadada de hilo rojo en el coleto, en los puños y en los hombros, su falda sujeta con un cinturón de hebillas de plata, su «catrinza,», doble delantal de rayas azules y rojas, anudado a la cintura, sus botitas de cuero color de avellana, y con el ligero panuelo a, la cabeza, dejando al viento sus largas trenzas, adornadas con una cinta o una monedita.
Sí: Miriota era una hermosa joven, y rica por añadidura, en aquel pueblecillo perdido en el fondo de los Cárpatos. ¿Mujer de su casa? Sin duda dirige admirablemente la casa de su padre. ¿Instruida? ¡Bah!... Educada en la escuela del maestro Hermond, sabía leer, escribir y contar con corrección; pero no ha pasado de ahí, ni hace falta. En cambio, nada nuevo podía aprender en lo referente a las fantásticas leyendas del país. Sabía de esto tanto como su maestro. Sabía la leyenda de Leany-Kö «el peñasco de la Virgen», donde una joven princesa, un si es o no es fantástica, escapa a las persecucion,es de los tártaros; la leyenda de la gruta del dragón, en la hondonada de la Cuesta del Rey; la de la Fortaleza de Deva, construida en los tiempos de las hadas; la leyenda de la Detunata, la herida del rayo, célebre montaña basáltica, semejante a un gigantesco violín de piedra, y cuyo instrumento toca el diablo en las noches de tormenta; la leyenda del Retyezat, con su cima arrasada por un sortilegio, y la del desfiladero de Thorda, abierto de una estocada de San Ladislao. Confesaremos que Miriota rendía entera fe a semejantes fábulas, sin dejar de ser por esto una encantadora joven, y tal les parecía a muchos mozos del país, y esto sin tener en cuenta que era la única heredera del biró Koltz, primera autoridad de Werst.
Pero era inútil cortejarla: ¿acaso no era ya la prometida de Nicolás Deck?
Era Nicolás Deck, o, por mejor decir, Nic Deck, un bizarro tipo rumano. Veinticinco años, buena estatura, complexión vigorosa, alta la cabeza, cabello negro que cubre el kolpak blanco; franca mirada, actitud resuelta bajo su traje de piel de cordero, bordado en las costuras y bien ajustado a sus piernas finas, verdaderas piernas de ciervo, y de airoso continente. Era guardabosque de un distrito; es decir, casi tan militar como civil. Como quiera que poseía alguna labor,en las cercanías de Werst, el padre de Miriota miraba al mozo con buenos ojos; y como el joven era apuesto y amable, tampoco desagradaba a Miriota, por quien él sentía verdadero amor.
Nadie debía, pues, pensar ni en mirarla siquiera.
El matrimonio de Nic Deck y de Miriota Koltz debía celebrarse a los quince días del momento en que comienza esta historia. Con este motivo habría fiesta en la aldea; el señor Koltz haría conveNicntemente las cosas: no era avaro; y si bien le gustaba ganar dinero, no rehusaba gastarlo cuando llegaba la ocasión. Terminada la ceremonia, Nic Deck elegiría domicilio cerca del biró, y cuando Miriota le tuviera a su lado, quizas se curaria del miedo que ahora sentía sólo al ruido de una puerta o al chasquido de un mueble durante las largas noches del invierno, creyendo a cada momento que iba a aparecer alguno de los fantasmas héroes de sus leyendas favoritas.
Para completar la lista de los «notables» de Werst conviene citar dos más, y no de los menos importantes: el maestro y el médico.
El maestro Hermod era un hombre grueso, con anteojos, de cincuenta y cinco años de edad, y fumador infatigable en pipa de porcelana, cuyo tubo pendía siempre de sus dientes. Poco y desgreñado pelo sobre su cráneo aplastado, cara seca, con un hoyuelo en
la mejilla izquierda. Su gran tarea era cortar las plumas de ave de que se habían de servir sus discípulos, con prohibición expresa de usar las de acero. Había que verle cortándolas con su navajita bien afilada. ¡Con qué precisión daba el golpe final que remataba su obra, guiñando un ojo al mismo tiempo! Ponía exquisito cuidado, antes que en nada, en que sus discípulos tuviesen buena letra. . . Esto era lo principal. La instrucción venía después... ; y ya se sabe todo lo que enseñaba el buen dómine a las futuras generaciones que se sentaban en los bancos de su escuela.
Hablemos ahora del médico Patak... ¿Cómo había un médico en Werst, en aquel pueblo en que solamente se creía en las cosas sobrenaturales? Hay que explicar antes, como lo hicimos al hablar del juez Koltz, lo que había sobre el título de médico de Patak.
Era éste un hombrecillo de saliente abdomen, grueso, bajo, y de cuarenta y cinco años; ejercía la medicina corriente en Werst y en sus cercanías. Con su imperturbable aplomo y su facundia atronadora inspiraba no menos confianza que el pastor Frik, lo que no era poco. Cobraba consultas y drogas, inofensivas éstas, que no empeoraban los males de sus clientes; males que se hubieran curado solos. La salud es buena en aquella parte de la montaña: el aire que se respiraba es puro; las enfermedades epidémicas, desconocidas, y si la gente se-muere, es porque nadie se libra de esta dura ley, ni aun en aquel privilegiado rincon. En cuanto a Patak, se le llamaba doctor; pero no tenía instrucción ninguna, ni en medicina, ni en farmacia, ni en nada. Era sencillamente un antiguo enfermero del lazareto, cuya obligación consistía en vigilar a los viajeros detenidos en la frontera para obtener la patente de sanidad. Esto bastaba, al parecer, a la sencilla población de Werst. Hay que añadir -y esto no debe sorprenderque el doctor Patak era un «espíritu fuerte», como convenía a su profesión, y que, por lo tanto, no admitía las supersticiones que por allí corrían, ni tampoco las que se referían al castillo. Tomaba esto a broma y a risa; y cuando oia decir que nadie se había aventurado, desde tiempo inmemorial, a acercarse al castillo, decía:
-No habrá quien me desafíe a hacer una visita a ese caserón.
Y como nadie le desafiaba, ni pensaba en ello, el doctor Patak no llegó a ir; y como la credulidad seguía en aumento, el castillo continuaba siempre envuelto en impenetrable misterio.
CAPÍTULO IV
Bastaron pocos instantes para que la noticia dada por el pastor Frik se extendiese por el pueblo. El Sr. Koltz, cargado con el precioso anteojo acababa de entrar en su casa, seguido de Nic Deck y Miriota; en el terraplén quedábase Frik entre un grupo de gente de pueblo, al que se unió otro de tsiganes, que no eran los que se mostraban menos emocionados.
Todos rodeaban a Frik apremiándole a preguntas, y el pastor respondía con esa soberbia importancia de un hombre que acaba de ver una cosa extraordinaria.
-Sí, repetía, el castillo humeaba... Todavía humea, y humeará mientras esté piedra sobre piedra.
-¿Y quién ha podido encender ese fuego? preguntó una vieja con las manos juntas.
-¡El Chort! respondió Frik, dando al diablo el nombre que se le daba en el país. He aquí un malo que se entretiene en prender fuego y no en apagarle.
Y cada uno trató de ver el humo sobre la punta del torreón, y la mayor parte afirmó que la distinguía perfectamente, aunque a aquella distancia era por completo invisible.
¡Imposible fuera imaginar el efecto que produjo aquel singular fenómeno! Es necesario insistir sobre este punto. Colóquese el lector en una disposición de ánimo igual a la de las gentes de Werst, y no se asombrará de los hechos que van a ser referidos. No le pido que crea en lo sobrenatural, sino únicamente que se ponga en el caso de aquella población, Y dé fe a este relato. A la desconfianza que inspiraba el castillo de los Cárpatos, que todo el mundo creía inhabitado, iba a unirse ahora el espanto, pues, que parecía, estar habitado... y ¡por qué seres, Dios mío!
Existía en WeTst un lugar de reunión, frecuentado por bebedores y aun por otros que, sin beber, gustaban de ir allí para hablar de sus negocios después del trabajo. Estos últimos en número reducido, como se comprende. Dicho establecimiento público era la principal, o por mejor decir, la única posada del pueblo.
¿Quién era el propietario? Un judío llamado Jonás, hombre de unos sesenta años, de fisonomía atractiva, pero de marcado tipo semítico, con sus ojos negros, su curva nariz, su labio alargado, sus cabellos lisos y su tradicional perilla. Obsequioso y amable, prestaba de buen grado pequeñas cantidades a unos y otros, sin mostrarse muy exigente en garantías ni muy usurario, porque estaba seguro de ser reembolsado del préstamo en la época del vencimiento. ¡Pluguiese al cielo que los judíos establecidos en Transilvania fueran tan acomodaticios como el posadero de Werst!
Desgraciadamente, el buen jonás era una excepción.
Sus correligionarios y colegas, que son todos tenderos, vendiendo bebidas y artículos de comestibles, practican el oficio de prestamistas con usura inquietante para el porvenir del aldeano rumano. Hemos de ver cómo la propiedad del suelo pasa poco a poco, de la raza indígena, a la raza extranjera. No satisfechas las deudas los judíos llegarán a hacerse dueño de las hermosas tierras hipotecadas; y si la tierra prometida no existe ya en Israel, acaso figure algún día en los mapas de Transilvania.
La posada del Rey Matías, así se titulaba, estaba situada en uno de los ángulos del terraplén, en la calle Mayor de Werst, y en la esquina opuesta :a la casa del biró. Era una casa vieja, mitad de madera, mitad de piedra, muy remendada por algunos sitios, pero muy adornada de verdura y de atractiva apariencia.
Constaba de planta baja únicamente, con puerta vidriera que daba sobre el terraplén. En el interior, y en primer término, había una sala grande, llena de mesas y de taburetes, con un aparador de encina carcomida, donde resplandecían los platos, los jarros y los frascos, y un mostrador de ennegrecida madera, tras del cual estaba en pie Jonás, al servicio de la clientela.
He aquí cómo aquella sala recibía la luz. Tenía dos ventanas en la fachada sobre el terraplén, y otras dos en la pared del fondo. De las dos primeras, una estaba velada completammte por una espesa cortina de plantas trepadoras o colgantes: estaba condenada, y apenas dejaba pasar un poco de claridad. La otra permitía extender la mirada sobre todo el valle interior del Vulcano.
Debajo corrían las aguas tumultuosas del torrente de Nyad; por un lado descendía el torrente por el desfiladero, engrosado en las alturas de la meseta de Orgall, coronada por los muros del castillo: mientras que por el otro, siempre crecido por los arroyos de la montaña, aun durante el estío, descendía engrosando hacia el Sil valaco, que lo absorbía en su curso.
A 1a derecha, y contiguos a la sala, media docena de cuartitos bastaban para alojar a los pocos viajeros que antes de traspasar la frontera deseaban decansar en el Rey Matías.
Se les dispensaba buena acogida, a precios modicos, por un posadero atento y servicial, siempre provisto de buen tabaco, que iba a buscar a los mejores «trafiks» de las cercanías. Jonás, por su parte, ocupaba un estrecho camaranchón, cuya ventana daba sobre el terraplén.
En esta posada hubo reunión de los notables de Werst la noche del 25 de mayo. Entre otros estaban el Sr. Koltz, el maestro Hermod, el guardabosque Nir, Dock, una docena de los principales de la aldea, y el pastor Frik, que no era el meenos importante. Faltaba el doctor Patak, cuyos auxilios médicos habían sido solicitados a toda prisa por uno de sus antiguos clientes, que sólo al doctor esperaba para pasar al otro mundo. El doctor había prometido asistir a la reunión cuando ya no fueran necesarios sus cuidados al difumo.
En tanto que llegaba el ex-enfermero, se hablaba del grave suceso del día; mas no se hablaba sin comer y beber. Jonás ofrecía a unos de sus parroquianos la crema de maíz conocida con el nombre mamaliga, no del todo desagradable si está bien empapada en leche fresca. A otros les ofrecía copitas de licores fuertes, que corren como agua pura por los gaznates rumanos, alcohol de schnaps, cuyo vaso cuesta medio sueldo, y más particularmente el rakiu, aguardiente fortísimo de ciruelas, cuyo consumo es considera-ble en la región de los Cárpatos.
Conviene advertir que en 1a posada había la costumbre de que Jonás no servía mas que al plato, es decir, a las personas en la mesa, porque había observado que los parroquianos sentados consumen más que los que lo hacen en pie.
Aquella noche el negocio prometía ser bueno, puesto que los concurrentes se disputaban todos los asientos. Jonás iba de mesa en mesa con la botella en la mano, llenando los vasos, vaciados al momento. Eran las ocho y media: desde el anochecer estaban perorando; sin llegar a entenderse sobre lo que convenía hacer, dadas las circunstancias. Solamente en un punto estaban acordes, y era en que, de estar habitado por desconocidos el castillo de los Cárpatos, vendría esto a ser tan peligroso para Werst, como un polvorín a la entrada de la ciudad.
-Es muy grave, dijo el señor Koltz.
-Muy grave, repitió el -maestro entre dos fumadas de su inseparable pipa.
-¡Muy grave! dijeron los demás.
-Lo que no es dudoso, añadió Jonás, es que la mala reputación del castillo causaba ya gran pesadumbte en el país...
-¡Y ahora será otra cosa! exclamó el maestro.
-Aquí casi nunca vienen extranjeros, añadió el juez con un suspiro.
-Y ahora vendrán menos, dijo Jonás uNicndo su suspiro al del biró.
-Muchos habitantes piensan marcharse, dijo uno de los bebedores.
-Yo el primero, dijo un aldeano de las cercanías. Así que venda las viñas me voy...
-¡Pues no sé cómo encontraréis comprador, abuelo! repuso el posadero.
Se ve, pues, cuál era el tema de la conversación de aquemos dignos notables. Al terror que cada uno de ellos sentía ante el suceso, había que añadir el sentimiento de sus intereses lesionados. Sin viajeros, ¿qué iba a hacer Jonás en su posada? Sin viajeros, el juez Koltz, ¿cómo cobrarse el peaje, cuya cifra iba bajando gradualmente? Sin adquirientes para las tierras del Vulcano, los propietarios no podrían venderlas ni a vil precio. Y tal situación, que ya venía de tiempo atrás, amenazaba agravarse aún.
-En efecto: si esto había sucedído cuando los espíritus del castillo se mantenían a la expectativa y en reserva, sin ser vistos por nadie, ¿qué sería ahora, que manifestaban su presencia con actos ostensibles?
El pastor Frik aventuró con voz vacilante:
-Acaso habría que...
-¿Qué? preguntó el juez Kaliz.
-Ir a ver, mi amo...
Todos se miraron; después bajaron -los ojos, y nadie respondió.
Entonces Jonás, dirigiéndose al señor Koltz, tomó la palabra, y con voz más firme dijo:
-Vuestro pastor acaba de indicar el único medio posible.
-¡Ir al castillo... !
-Sí, amigos míos, respondió el posadero. Si sale humo de 1a chiminea del torreón, es que allí hay fuego, y si hay fuego; es que alguna mano lo ha encendido...
- ¡Una mano! ... ¡Una garra! replicó el vieio aldeano sacudiendo la cabeza.
-Mano o garra, dijo el posadero, poco importa. Lo que hay que saber es lo que esto significa. Desde que el barón Rodolfo de Gortz abandonó el castillo, es le primera vez que ha salido humo de las chimeneas.
-Podría ser, sin embargo, que hubiese habido humo sin que nadie lo advirtiera, hizo observar el juez.
-Eso no es admisible, replicó vivamente el maestro.
-Por el contrario, es muy admisible, respondió el biró, puesto que no teníamos anteojo para observar lo que pasaba en el castillo.
La observación era atinada. Podía haberse producido mucho tiempo antes aquel fenómeno, sin ser notado ni aun por el pastor Frik, a pesar de su buena vista.
Como quiera que fuese, que dicho fenómeno fuera reciente o no, era indudable que en el castillo de los Cárpatos había actualmente seres humanos; como también lo de aquel hecho constituía una vecindad peligrosa en extremo para los habitantes de Vulcano y de Werst.
El maestro Hermod hizo entonces esta observación, en apoyo de sus creencias:
-¡Seres humanos! Permitidme que no lo crea, amigos míos; porque ¿cómo habían de haber pensado en refugiarse en el castillo, y con qué intención y de qué manera habrían llegado?
-¿Qué queréis, pues, que sean? exclamó Kcdtz.
-¡Seres sobrenaturales! exclamó -el maestro con imponente voz. ¿Por qué no han de ser espíritus, fantasmas, duendes? Acaso algunos de esos peligrosos monstruos que se presentan bajo la forma de hermesas mujeres...
Y mientras el maestro iba haciendo esta enumeración, todas las miradas se fijaban en la puerta, en las ventanas, en la chimenea de la sala de la posada del Rey Matías, y cada uno se preguntaba si acaso iba a ver aparecer alguno de aquellos fantasmas que el maestro había evocado.
-Sin embargo, amigos, observó Jonás, si esos seres son espíritus, no me explico para qué han encendido fuego; porque ¿qué van a guisar?
-¿Y sus sortilegios? respondió el pastor. ¿Olvidáis que el fuego es necesario para ellos?
-Evidentemente, añadió el maestro, con un tono que no admitía réplica.
Aquella idea fue aceptada sin oposición. Era opinión unánime que no humanos, sino espíritus, habían elegido el castillo de los Cárpatos para teatro de sus operaciones.
Hasta aquí Nic Deck no había tomado parte en la conversación. El guardabosque se limitaba a escuchar atentamente lo que unos y otros decían. El vicio castillo feudal, con sus misteriosos muros, le había siempre inspirado tanta curiosidad como respeto. Y como era hombre valiente, por más que muy crédulo, como buen habitante de Werst más de una vez había manifestdo deseos de franquear la antigua muralla.
Ya se comprenderá que Miriota habíale hecho desistir de tan aventurado proyecto. Si él hubiese sido libre, pudiera haber satisfecho su deseo; pero un novio no se portenece, y aventurarse en tales hazañas, hubiese sido obra de un loco, no de un enamorado.
Sin embargo, no obstante sus súplicas, Miriota temía siempre que el guardabosque pusiera en elecución su proyecto. La tranquilizaba el saber que Nic Deck no había declarado formalmente que iría al castillo; porque de haberlo declarado, nadie tendría bastante imperio sobre él, ni aun ella. Y lo sabía muy bien: Nic era un mozo resuelto que jamas volvía sobre su palabra: cosa dicha, cosa hecha. Así, pues, Míriota hubiera estado en brasas de sospechar las ideas que en aquel momento cruzaban por la mente del joven.
Nic Deck guardó silencio, y nadie aceptó la proposición del pastor. ¡Ir al castillo de los Cárpatos estando habitado! ¿Quién se atrevería a ello, a menos de haber perdido el juicio? Así que cada uno iba dando las mejores razones para excusarse. El biró no estaba ya en edad de arriesgarse en tamañas aventuras; el maestro tenía su obligación en la escuela; Jonás no podía dejar la posada; Frik no podía abandonar sus rebaños, y los otros aldeanos estaban ocupados en sus faenas agrícolas. No. ¡Nadie consentiría en sacrificarse, diciendo todos para su coleto: «El que tenga la audacia de ir al castillo, podrá ser que no vuelva»!
En aquel instante, y con gran espanto de todos, se abrió bruscamente la puerta de la posada. Era el señor Patak, y difícil hubiera sido, en verdad, tomarle por uno de aquellos espíritus fantásticos de los que el Sr. Hermod había hablado.
Habiendo muerto su oliente, lo cual hacía honor a su perspicacia médica, ya que no a su talento, el doctor se había apresurado a acudir a la reunión de la posada.
-¡Aquí está, por fin! exclamó el señor Koltz -al verle.
El Sr. Patak distribuyó apretones de manos a todo el mundo, como si hubiese distribuido drogas, y con tono un sí es o no es irónico, exclamó:
-¡Hola, -amigos! ¿Estáis hablando del castillo, de ese castillo del diablo? ¡Ah, holgazanes! Si el castillo quiere fumar, dejadle que fume. ¿Acaso nuestro sabio Hermod no está fumando todo el día? El país está consternado. En mis visitas no he oído hablar de otra cosa. Los que han vuelto han encendido fuego allá abajo. Estarán constipados... Hará mucho frío en el mes de mayo en las cámaras del torreón. Como no sea que estén cociendo pan para el otro mundo, lo cual puede ser verdad, para el caso en que se resucite. Todo eso significa que los panaderos del cielo han venido a hacer una hornada.
Y de esta suerte estuvo diciéndoles cuchufletas, indudablemente muy poco del gusto de las gentes de Werst, y que el doctor Patak decía con increíble jactancia. Nada le contestaron. Solamente el biró le preguntó:
-¿De manera doctor, que no concedéis importancia alguna a lo que pasa en el castillo?
-Ninguna, señor Koltz.
-¿No habíais dicho que estábais dispuesto a ir allí, si se os desafiaba?
-¡Yo! respondió el antiguo enfermero, no sin disgusto de que se le recordasen sus palabras.
-Vamos, ¿no lo habéis dicho mil veces? insistió el maestro.
-Sí que lo he dicho. ¿Se trata de que lo repita?
-Se trata de hacerlo, dijo Hermod.
-¿Hacerlo?
-Sí. Y ya no es desafiaras, sino rogáros, añadió el señor Koltz.
-Ya comprendéis, amigos ... Ciertamente... Esa proposición ...
Entonces dijo el posadero:
-Bien, puesto que vaciláis, no os lo rogamos; os desafiamos a que lo hagáis.
-¿Me desafiáis?
-Sí, doctor.
-Jonás, vais demasiado lejos, repuso el biró. No es preciso desafiar a Patak. Sabemos que es hombre de palabra y que cumple lo que dice, aunque no sea más que por prestar este servicio al pueblo y a todo el país.
-¡Cómo! ¿Pero es en serio? ¿Queréis que vaya al castillo de los Cárpatos? repuso el doctor, cuya faz rubicunda se había tornado -pálida.
-No podéis excusaros, respondió categóricamente Koltz.
-Yo os suplico, amigos, os suplico que razonemos, si queréis.
-Todo está razonado respondió Jonás.
-Pero no seamos locos. ¿Qué voy a conseguir con ir allí? ¿Qué voy a encontrar? Alguna buena gente que se ha refugiado en el castillo, y que a nadie incomodo.
-Pues bien, replicó el maestro de escuela; si son buenas gentes, nada tenéis que temer, y así tendréis ocasión de ofrecerles vuestros servicios.
-Si tuviesen necesidad de ellos, si me llamasen, yo no vacilaría en ir al castillo; pero yo no visito gratis.
-Se os pagará vuestra molestia a tanto la hora, dijo el juez.
-¿Y quién me la pagará?
-Yo... Todos. Al precio que queráis, respondió la mayor parte de los parroquianos de Jonás.
Evidentemente, y a despecho, de sus constantes fanfarronadas, el doctor era tan supersticioso como cualquiera otro de sus paisanos de Werst; pero ya una vez puesto en cierta disposición de ánimo y después de haberse mofado de las leyendas del país, encontrábase muy comprometido ante el servicio que de él se esperaba; era una situación difícil. Y, sin embargo, aunque fuese al castillo y le remunerasen la molestia, aquello no podía convenirle de modo alguno. Procuró sacar partido de este argumento: que su visita no tendría resultado, que el pueblo se cubriría de ridículo delegándole a él para explorar el castillo.
Sus argumentos promovieron más discusión.
-Me parece, repuso el maestro, que supuesto que no creéis en los espíritus, nada arriesgáisen la visita.
-¡Yo qué he de creer en eso!
Ahora bien; si son seres de carne y hueso que han vuelto al castillo y se han instalado en él, hacéis conocimiento con ellos.
El razonamiento del maestro no carecía de lógica, y era difícil de refutar.
-Conforme, Hermod, replicó el doctor; pero pudiera verme retenido en el castilllo...
-Señal de que seríais bien recibido, añadió Jonás.
-Es claro; pero ¿y si mi ausencia se prolongase y alguno me necesitara en el pueblo?
-No; todos marchamos a las mil maravillas, repuso Koltz; no hay un enfermo en Werst desde que vuestro último cliente tomó el pasaporte para el otro mundo.
-Vamos, con franqueza, ¿os decidís a ir? preguntó el posadero.
-Vaya...., no. ¡Oh, y no es por miedo! Ya sabéis que yo no creo en brujerías. La verdad, eso me parece absurdo, y, lo repito, ridículo. ¿Que ha salido humo del torreón? ¿Y qué? ¿Y si no es semejante humo? Decididamente no voy al castillo de los Cárpatos; no.
-Yo iré.
El que pronunció estas dos palabras era Nic Deck, el guardabosque que hasta entonces no había tomado parte de la conversación.
-¿Tú, Nic? exclamó el juez.
-Yo; pero a condición de que Patak me acompañe.
Al oír esto, el doctor dio un salto para salir de aquel atolladero.
-¿Acompañarte yo? replicó. ¡Vaya un paseo delicioso que nos íbamos a dar! Y, por fin, si eso tuviera utilidad, podría uno aventurarse... Pero tú sabes muy bien, Nic, que no hay camino para poder ir al castillo. No podríamos llegar...
-He dicho que voy al castillo, repuso Nic, y allí iré.
-¡Sí, pero yo no lo he dicho! gritó el doctor agitándose como si estuvieran apretándole el cuello.
-¡Sí lo habéis dicho! replicó Jonás.
-¡Sí, sí! repitieron todos unánimes.
Él antiguo enfermero no sabía cómo escaparse de unos y de otros. ¡Ah, cuánto le pesaba habérselas echado de fanfarrón! Nunca creyó que aquello se tomase tan en serio. ni que le pusieran en tan duro trance. Y no tenía medio de excusarse, a menos que afrontase el ser objeto de burla en toda el pueblo. Decidió, pues, hacer de tripas corazón, como suele decirse.
-Bueno... puesto que así lo queréis, dijo, acompañaré a Nic Deck, por más que sea inútil.
-¡Bien, doctor, bien! exclamaron todos los parroquianos del Rey Matías.
-¿Y cuándo nos vamos? preguntó Patak, afectando cierta indiferencia que encubría mal su situación de ánimo.
-Mañana por la mañana, respondió Nic Deck.
Un prolongado silencio siguió a esas palabras. Esto indicaba cuán grande era la emoción de Koltz y compañeros. Los vasos y los jarros estaban vacíos y, sin embargo, aunque era tarde, nadie se levantaba ni pensaba en marchar en busca del hogar.
Entretanto pensaba Jonás que era buena ocasión para servir otra ronda schnaps y de rakiu...
De pronto dejóse oír en medio del silencio general una voz muy clara, que decía lentamente:
Nicolás Deck, no vayas mañana al castillo. ¡No vayas... o te pasará una desgracia!
¿Quién se había expresado de esta suerte? ¿¡De dónde salía aquella voz desconocida, que parecía surgír de una boca invisible?... Aquella voz era la de un aparecido, una voz sobrenatural, una voz de ultratúmba...
Nadie se atrevía a mirar, ni hablar palabra. El espanto llegó al colma. . .
El más valiente, Nic Deck, quiso averiguar de qué se trataba. Aquellas palabras habían sido pronunciadas allí dentro: en la sala. El guardabosque tuvo el arrojo de ir hacia el arcón, y abrirle.. .
Nadie.
Fue a mirar a las habitaciones que daban a la sala.
Nadie.
Abrió la puerta de la posada, y saliendo, a la calle recorrió el terraplén, hasta la esquina de la calle...
Nadie.
De allí a poco, el juez Koltz, Hermod el maestro, el doctor Patak, el pastor Frik y todos los demás, fuéronse de la posada, dejando solo a Jonás, que se dio gran prisa a echar las dos vueltas a la llave de la puerta de la calle.
Aquella noche, como si estuvie sen amenazados de una fantástica aparición, todos los vecinos de Werst atrancaban fuertemente sus puertas. . .
En la aldea reinaba el más es pantoso terror.
CAPÍTULO V
Al día siguiente, Nic Deck y el doctor Patak disponíanse a partir a las nueve de la mañana. Los propósitos del guardabosque eran remontar el desfiladero de Vulcano, dirigiéndose por lo más corto hacia el castillo sospechoso.
No hay que asombrarse de que, después del incidente del humo visto en el torreón y la voz oída en la posada, la población se mostrase como enloquecida de horror y miedo. Algunos tsiganes hablaban ya de emigrar. En las casas no se trató aquella noche más que de aquello, y aun no en voz alta. Id, pues, a decirles que no era el diablo, el Chort, el que pronunció la terrible amenaza contra Nic Deck. Allí, en la posada de Jonás, estaban las personas más verídicas, y todas atestiguaban haber oído las tremendas palabras. Era, por lo tanto, inadmisible el suponer que hubiesen sido víctimas de una obsesión; no había duda de que si Nic Deck persistía en llevar a cabo su propósito, sufriría aquello que a él personalmente se le previno: una gran desgracia.
Y, no obstante, el guardabosque se aprestaba a salir de Werst, y por su gusto, sin que nadie le obligase. El señor Koltz, aunque tenía interés en la empresa, y la población entera que no tenía menos, habían puesto todos los medios para que Nic Deck desistiera de su proyecto y volviese sobre su palabra. La misma Miriota, desolada y anegada en llanto, había suplicado a su novio que abandonese la idea de tal aventura. Antes de la advertencia dada por la voz, ya era grave, después, era una temeridad. ¿Y qué? En vísperas de su matrimonio, ¿iba Nic Deck a arriesgar su vida en semejante tentativa, y su novia, que se arrastraba a sus plantas, no conseguía retenerle?
Ni los ruegos de sus amigos, ni el llanto de Miriota, pudieron torcer el ánimo del guardabosque; lo que no sorprendió a nadie, conociendo el carácter indomable del joven, su tenacidad o, por mejor decir, su terquedad. Había dicho que iría al castillo de los Cárpatos, y nada podría impedirlo; ni aún aquella amenaza que tan directamente se le había hecho. Sí... Iría al castillo, aunque no volviese.
Cuando llegó la hora de partir, Nic Deck atrajo a Miriota hacia su corazón por última vez, en tanto que la joven se santiguaba con el pulgar, el índice y el dedo medio, según la costumbre rumana, y como homenaje a la Santísima Trinidad.
¿Y el doctor Patak? El doctor Patak, puesto en el trance de tener que acompañar al guardabosque, había tratado de excusarse, sin resultado. Había dicho cuanto podía decir;
había hecho cuantas objeciones era posible hacer; se había parapetado tras de aquella misteriosa amenaza que prohibía ir al castillo...
-Esa amenaza sólo se refiere a mí, se limitó a responder Nic Deck.
-¿Y tú piensas, le dijo el doctor, que si te sucediese una desgracia ¡iba yo a salir ileso?
-Ileso o no, habéis prometido ir al castillo, y vendréis, puesto que yo voy.
Las gentes de Werst, comprendiendo que no podía tener ya pretexto alguno, habían dado la razón al guardabosque; era mejor que Nic Deck no se aventurase solo en aquel lance. Así, pues, el despechado doctor, convencido de que ya no podía retroceder, lo que hubiera sido comprometer su situación en el pueblo, máximo después de de sus balandronadas de costumbre, se resignó con el espanto en el alma, pero con el firme propósito de aprovechar el menor obstáculo del camino para obligar a su compañero a volver atrás.
Nic Deck y el doctor Flatak partieron. El Sr. Koltz, el maestro Hermod, Frik y Jonás fueron acompañándoles hasta el recodo de la carretera, donde hicieron alto.
En aquel punto, el Sr. Koltz, con su anteojo, del que ya no se separaba dirigió su mirada al castillo. Ningun humo se percibía en la chimenea del torreón; y en aquella hermosa mañana de primavera hubiera sido fácil advertirle, destacándose en el puro color del horizonte. ¿Sería acaso que los naturales o sobrenaturales huéspedes del castillo habían desertado al ver que el guardabosque no hacía caso de sus amenazas? Así lo pensaron algunos, lo cual era una razón decisiva para augurar el buen éxito de la expedición.
Después de las naturales despedidas, Nic Deck, arrastrando consigo al doctor desapareció en la revuelta de la montaña. Iba el joven en traje de viaje, con gorra de galón de ancha visera, chaqueta con cinturón, y pendiente de éste el cuchillo, pantalón hombacho, botas herradas, cartuchera y la carabina al hombro. Tenía justa fama de ser un hábil tirador, y como a falta de aparecidos podían encontrarse con algunos bandidos de las fronteras, o, en defecto de bandidos, algun oso mal intencionado, era muy prudente apercibirse a la defensa.
El doctor, por su parte creyo oportuno armarse con un viejo pistolón de chispa, que de cada cinco tiros erraba tres. También llevaba un hacha, que su compañero le había dado para el caso probable de tener que abrirse camino por entre los espesos matorrales del Plesa. Iba cubierto con el ancho sombrero propio de los campesinos, bien abotonado el fuerte capote de monte, y calzado con botas de recia suela; pero la verdad era que si se presentaba ocasión, no obstante las dificultades de aquellos arreos, correría como un gamo en dirección a Werst.
Ambos llevaban las alforjas bien provistas de víveres, por si la explicación se prolongaba.
Cuando pasaron el recodo del camino, siguieron juntos a alguna distancia, remontando la orilla derecha del Nyad. De seguir el camino que rodea los barrancos de la vertiente, se hubieran separado mucho hacia el Oeste. Era lamentable que no pudieran continuar costeando el cauce del torrente, lo que hubiese abreviado la distancia en una tercera parte, puesto que el Nyad viene a nacer bajo la meseta de Orgall; pero en el punto en que se hallaban, la ribera, llena de barrancos y de rocas, era impracticable en absoluto, siendo necesario cortar oblicuamente hacia la izquerda, en dirección al castillo, después de haber franqueado la zona inferior de los bosques del Plesa, que era el único punto por donde la fortificación podía ser abordada.
En la época en que el castillo estaba habitado por el conde de Gortz, la comunicación entre Werst, la garganta del Vulcano y el valle del Sil valaco, era una estrecha vereda que se había abierto en aquella dirección; pero obstruida durante veinte años por espesas matorrales, inútilmente se hubieran buscado las huellas de un camino.
Cuando iban a dejar el profundo cauce del Nyad, lleno de agua que mugía, Nic Deck se detuvo para orientarse. Desde aquel punto no se veía el castillo, ni le verían ya hasta llegar al otro lado de los bosques, escalonados en la pendiente de la montaña: situación topográfica muy frecuente en la orografía de los Cárpatos. La orientación era, pues, difícil de determinar, por falta de señales; y sólo podía establecerse por la posición del sol, cuyos rayos iluminaban entonces las lejanas crestas del S. E
-¿Lo ves? dijo el doctor. ¿Lo ves? No hay camino, o, por mejor decir, no le habrá ya.
-Lo habrá, respondió Nic Deck
-Eso se dice fácilmente, Nic.
-Y se hace, Patak.
-¿De manera que sigues decidido?...
El guardabosque se contentó ccn responder con un gesto afirmativo, y se internó en la arboleda. En aquel momento el doctor sintió vehementes deseos de desandar lo andado. Mas Nic le miró con tal resolución, que el poltrón no creyó oportuno quedarse atrás.
El doctor Patak aún tenía una última esperanza: que Nic no tardaría en extraviarse en aquel laberinto de bosques donde nunca había prestado servicio; mas el doctor no contaba con ese olfato maravilloso, ese instinto profesional, aptitud animal, por decirlo así, que permite guiarse por los menores indicios, tales como la dirección de las ramas, el desnivel del terreno, el color de las cortezas, los variados matices de los musgos, según estén a los vientos del Sur o del Norte, Nic Deck era experto en su oficio, y tenía una sagacidad muy superior para no perderse nunca, ni aún en los puntos desconocidos para él. Hubiese sido digno dicípulo de un Bas-de-Cuir o de un Chingakook al través del país de Cooper.
En verdad que el atravesar aquel bosque iba a ofrecer serias dificultades. Olmos, hayas, algunos erables, de los llamados plátanos falsos, y seculares encinas, ocupaban los primeros planos hasta la zona de los abedules, pinos y abetos, amontonados sobre las altas cimas, a la izquierda de la garganta del Vulcano. Aquellos árboles magníficos, con su poderosos troncos, sus ramas henchidas de savia nueva, su ramaje espeso, entremezclándose unos con otros, formaban una verde cortina, que los rayos del sol no podían penetrar.
No obstante, el paso pudiera ser relativamente fácil encorvándose bajo las ramas. Pero ¡qué trabajo hubieira sido preciso para quitar los múltiples obstáculos que el suelo presentaba, para limpiar todo aquello de plantas espinosas, de ortigas, de zarzas, de cardos y escaramujos, a pesar de ser tan frágiles que al más leve esfuerzo se arrancan! Nic Deck no era hombre que se inquietase, y supuesto que atravesando el bosque se ganaba mucha distancia, no se ocupaba gran cosa de los arañazos.
En tales condiciones, la marcha forzosamente había de ser lenta, lo que contrariaba mucho a Nic Deck y a su compañero, que se proponían llegar al castillo aquella misma tarde. De esta suerte, tendrían suficiente luz para efectuar su visita y estarían de vuelta en Werst antes de la noche.
El guardabosque abríase paso con el hacha por aquella maleza espesa, erizada de pinchos como bayonetas, y donde el pie encontraba un terreno desigual y escabroso, lleno de, troncos y raíces con los que tropezaba cuando no se hundía en un hoyo, húmedo y
blanducho, lleno de hojas caídas que el viento no había podido barrer. Infinitas vainas de legumbres estallaban como fulminantes, con gran asombro del doctor, a quien inquietaba aquella, especie de tiroteo: volvíase a mirar a derecha e izquierda, asustado, cuando algún sarmiento se agarraba a su ropa como una uña que quisiera retenerle.
¡Decididamente el buen doctor Patak no las tenía todas consigo! Pero ya metido en faena, no se atrevía a volverse solo desde allí; así es que se esforzaba por no separarse mucho de su intratable compañero.
A veces aparecían entre la espesura del bosque caprichosas claras como dibujos iluminados, por donde se veía el cielo. Bandadas de cigüeñas negras, turbadas en su soledad, escapaban de las altas copas y huían dando enormes aletazos.
El atravesar aquellas pequeñas claras hacía aún más penosa la marcha. Estaban derribados como en gigantesco juego de jonchets, los árboles tronchados por las tormentas o caídos de viejos, cual si el hacha del leñador los hubiese herido de muerte. Veíanse allí troncos desmesurados y carcomidos, de los que fuera imposible sacar una astilla ni ser transportados al Sil para su acarreo. Ante semejantes obstáculos, no les faltaba que hacer a Nic Deck y su compañero. Si el joven guardabosque era ágil y vigoroso, en cambio el doctor Patak, con sus piernas cortas y su crecido abdomen, sofocado y jadeante, caía a cada paso, llamando en su auxilio a su compañero.
-¡Ya verás Nic, cómo acabo por romperme algo! decía.
-¡Ya os lo arreglaréis vos mismo!
-¡Vamos a ver, Nic, sé razonable! ... ¡No hay que luchar contra el imposible!
Pero Nic Deck, entretanto, ya se le había adelantado, y no obteNicndo respuesta el doctor, se apresuraba a reunirse al mozo.
Ahora bien: la dirección que llevaban hasta entonces, ¿era realNicnte la que convenía para salir frente al castillo? Difícilmente se hubieran dado cuenta de ello. Sin embargo, puesto que el terreno iba siempre subiendo, era evidente que habían de llegar al límite del bosque, como llegaron a cosa de las tres de la tarde.
Desde allí hasta la meseta de Orgall extendíase la cortina de árboles verdes, más escasos ya, a medida que la vertiente iba ganando en altura.
En aquel punto reapareció entre rocas el torrente Nyad bien fuese porque se torciese su curso hacia el Noroeste, bien porque Nic Deck hubiese tornado la oblicua del Nyad. Esto hizo pensar al guardlbosque que el camino que había seguido era bueno, puesto que el torrente tenía su nacimiento en las entrañas de la meseta de Orgall.
No pudo el joven rehusar al doctor una hora de parada en la orilla del río. Tanto más, cuanto que los estómagos pedían alimento, tan imperiosamente como las piernas el descanso. Las alforjas estaban bien repletas, y el rakiu llenaba las redomas que ambos llevaban; por añadidura, un agua límpida y fresca, filtrada por los guijarros del cauce, corría a algunos pasos de allí. ¿Qué más se podía desear? Por lo tanto, había que reparar las fuerzas perdidas.
Desde la salida de Werst no había el doctor tenido ocasión de conversar con Nic Deck, que iba siempre delante de él. Pero cuando se hallaron sentados sobre el ribazo del Nyad, se indemnizó de sobra. Si el uno era poco locuaz, el otro era un hablador sempiterno. Así que no hay que extrañar que las preguntas fueran tan prolijas y las respuestas tan breves.
-Hablemos un poco, Nic, hablemos formalmente, dijo el doctor.
-Os oscucho, respondió Nic.
-Creo que si hemos hecho alto en este sitio, será para tomar fuerzas.
-Nada más justo.
-Antes de volver a Werst...
-No; antes de ir al castillo.
-Mira, Nic, seis horas hace que estamos en marcha, y apenas si hemos andado la mitad del camino.
-Lo que prueba que no tenemos tiempo que perder.
-Pero ya será de noche cuando lleguemos al castillo: y como no creo que seas tan loco que te aventures en la oscuridad, tendremos que esperar que amanezca.
-Esperaremos.
-¿De manera que no quieres renunciar a tu descabellado proyecto?
-No.
-¡Cómo! Estamos ya extenuados, y lo que necesitamos es una buena mesa en una buena sala, y una buena cama en un buen cuarto, y tú, en cambio, ¿piensas pasar la noche al aire libre?
-Sí, en caso de que algún obstáculo no nos impida penetrar en el castillo.
-¿Y si no hubiese obstáculos?
-Pues iremos a pasar la noche a las habitaciones del torreón.
-¡A las habitaciones del torreón! exclamó el doctor. ¿Y crees tú que yo me voy a conformar con pasar la noche en el interior de ese maldito castillo?
-¡Es claro! A menos que prefiráis quedaros solo fuera.
-¡Solo! No es eso lo convenido; y si hemos de separarnos, mejor quiero hacerlo aquí mismo para volvenne al pueblo. ..
-Lo convenido, doctor, es que me seguiréis hasta el castillo.
-Por el día sí; pero no por la noche.
-Bien, sois libre para partir; pero tratad de no extraviaros por esos andurriales.
¡Extraviarse! Esto era lo que inquietaba al doctor. Abandonado a sí mismo, y no teNicndo costumbre de andar por aquellos laberintos del Plesa, se sentía incapaz de volver a Werst. Además, si llegaba a quedarse solo cuando llegase la noche, acaso negrísima, no le sería muy agradable descender por las pendientes de la garganta de la sierra, con riesgo de caer en un despeñadero.
En caso de no penetrar en el castillo después de la puesta del sol, era preferible seguir al obstinado guardabosque hasta el pie de la muralla.
Quiso el doctor intentar un último esfuerzo para detener a su compañero.
-Ya comprenderás, mi querido Nic, que yo no puedo consentir en separarme de ti; y, pues que persistes en ir al castillo, no dejaré que vayas solo.
-Eso está bien dicho, doctor, y creo que es lo mejor que podéis hacer.
-Una palabra, Nic. Si cuando lleguemos es de noche, prométeme que no tratarás de entrar en el castillo.
-Lo que yo os prometo, doctor, es hacer hasta lo imposible para penetrar en él; no retroceder un paso hasta descubrir lo que allí sucede.
-¡Lo que sucede allí! exclamó el doctor encogiéndose de hombros: ¿y qué quieres que suceda?
-No lo sé; pero quiero saberlo, y lo sabré.
-Lo que falta saber es si podremos llegar a ese castillo del diablo, replicó el doctor, que ya no tenía más argumentos que oponer. Lo que sí puede asegurarse, en vista de las
dificultades experimentadas hasta aquí, y del tiempo que hemos empleado en atravesar los bosques del Plesa, es que se hará de noche antes que hayamos podido ver la muralla.
-No lo creo yo así, respondió Nic Deck. En las alturas de la pendiente, los abetos son menos espesos que los laberintos que hemos pasado de olmos, erables y hayas.
-Pero, en cambió, el terreno será muy tortuoso.
-Nada importa, mientras sea practicable.
-Y cuenta que nada te he dicho de los encuentros con los osos en las cercanías de la meseta de Orgall . . . .
-Yo tengo mi fusil, y vos vuestra pistola para defenderos, doctor.
-Pero si la noche se echa encima, podremos perdernos en la oscuridad.
-No, porque entonces tendremos un guia, que espero no nos abandone.
-¿Un guía? preguntó el doctor.
Y se levantó bruscamente para dirigir en torno una inquieta mirada.
-Sí, respondió Nic Dock, y ese guía es el torrente del Nyad. Bastará remontar su margen derecha para llegar a la cúspide de la meseta en donde nace. Pienso, pues, que dentro de dos horas veremos el castillo, si no tardamos en ponernos en, camino.
-¡En dos horas, si no es en seis! replicó el doctor.
-Vamos, ¿estáis presto?
-¿Ya... ya... Nic? Apenas si hemos descansado unos minutos.
-Algunos minutos que hacen media hora larga. Por última vez: ¿estáis presto?
-¡Presto! ... ¡Cuando me pesan las piernas como si fuesen de plomo!... Ya comprenderás que no tengo tus piernas de guardabosque, Nic Deck. Llevo los pies hinchados en estas botas, y es una crueldad que-me obligues a seguirte.
-¡Vaya! Me estáis fastidiando, Patak. Sois libre de marchar... ¡Buen viaje!
Y Nic se levantó.
-¡Por amor de Dios, Nic! exclamó el otro: escúchame.
-¡Escuchar vuestras majaderías! ...
-Vamos a ver. Puesto que ya es tarde, ¿por que no quedarnos al abrigo de estos árboles? Mañana al amanecer partiríamos, y tendríamos toda la mañana para llegar a la meseta.
-Os repito, doctor, que mi intención es pasar la noche en el castillo.
-No, no lo harás, Nic. Yo sabré impedírtelo.
-¡Vos!
-Me agarraré a ti, te arrastraré; te pegaré, si es preciso.
El desgraciado doctor no sabía lo que decía. Níc Deck ni le respondió siquiera; y después de haberse puesto el fusil en bandolera, dio algunos pasos en direccoión a la ribera del Nyad.
-¡Espera, espera! exclamó lastimeramente el doctor. ¡Diablo de hombre! ... ¡Un instante! ... Tengo las piernas entumecidas. Mis articulaciones no funcionan...
Pero no tardaron en funcionar, porque el ex-enfermero no tuvo más remedio que echar a correr con sus piernecillas cortas, para reunirse al guardabosque, que no hacía ánimo le volverse.
Eran las cuatro. Los rayos del sol, iluminando la cúspide del Plesa, que no tardaría en ocultorlos, proyectaban su oblicua luz sobre las altas ramas de los abetos. Nic Deck hacía bien en apresurarse, porque en aquellas espesuras la noche se echaba de repente.
¡Curioso y extraño aspecto en verdad el de estos bosques donde se hacinan, por decirlo así, las espécies arbóreas alpinas! No se ven va allí árboles nudosos, ni retorcidos, sino
troncos rectos, altísimos, y desnudos hasta una altura de cincuenta o sesenta pies: troncos lisos que extienden a manera de teoho su perenne verdor. En su base no hay matorrales ni zarzas; largas raíces saliendo a flor de tierra corno serpientes adormecidas por el frío se ven por doquier. El suelo muéstrase alfombrado de un musgo amarillento y seco, lleno de ramillas y sembrado de especies de tubérculos que rechinan bajo el pie, y un talud cruzado de cristalinas rocas, cuyas aristas afiladas cortan la piel más recia. El paso fue, pues, muy difícil por medio de aquel bosque, y en un cuarto de milla. Para escalar aquellos bloques era necesario una fuerza de riñones, un vigor de piernas y una seguridad de miembros que sin duda no se encontraban en el doctor Patak. Si Nic Deck hubiese estado solo, no hubiera empleado más de una hora; pero con el aditamento de su compañero empleó tres, ya deteniéndose para que le alcanzara, ya ayudándole a subir sobre alguna roca demasiado alta para las cortas piernas del doctor. Éste sentía un temor horrible: encontrarse solo en medio de aquellos parajes.
A medida que la pendiente se hacía más penosa, los árboles comenzaban a escasear sobre la alta cima del Plesa, y sólo fortnaban grupos aislados de medianas dimensiones. Entre aquellos grupos percibíase la línea de las montañas que se dibujaban en último término entre los últimos vapores de la tarde.
El torrente del Nyad, siempre sorteado por el guardabosque, no era por aquel punto más que un arroyuelo, lo que indicaba que su nacimiento no debía estar lejos. A algunos centenares de pies por encima de los últimos pliegues del terreno, acortábase la meseta de Orgall, coronada por las construcciones del castillo. Por fin Nic Deck llegó a la meseta, después de un supremo esfuerzo que redujo al doctor al estado de masa inerte. El pobre hombre no hubiera tenido fuerzas para arrastrarse veinte pasos más allá, y cayó como cae la res bajo la maza del carnicero.
Nic Deck apenas sentía la fatiga de tan ruda ascensión. De pie, inmóvil, devoraba con la mirada, el castillo de los Cárpatos, al que nunca se había aproximado. Ante sus ojos se extendía un muro almenado; defendido por foso profundo, y cuyo único puente levadizo estaba levantado contra la poterna encajada en un marco de piedra. En torno del muro, y en toda la superficie de la meseta, todo estaba tranquilo y silencioso. La penumbra del crepúsculo permitía abrazar el conjunto del castillo, que se dibujaba confusamente en las sombras. A nadie se veía sobre el parapeto, a nadie sobre la plataforma del torreón, ni sobre la terraza circular del primer piso... Ni un hilo de humo se esparcía en torno de la extravagante veleta comida de nloho secular...
-Y bien, guardabosque, preguntó el doctor Patak: ¿convendrás en que es imposible franquear ese foso, ni bajar el puente levadizo, ni abrir la poterna?
El joven no respondió. Estaba pensando que sería preciso hacer alto ante la muralla. En medio de aquella oscuridad, ¿cómo bajar al fondo del foso y subir por el escarpado muro, para penetrar en la fortaleza? Sin duda lo más prudente era esperar el alba a fin de obrar en plena luz.
Lo cual fue resuelto, con gran contrariedad por parte de Nic, y gran contento por parte del doctor Patak.
CAPÍTULO VI
El cuarto menguante de la luna, cuall brillante luz de plata, había desaparecido poco después del sol. Algunas nubes venidas del Oeste fueron extinguiendo poco a poco los
úlltimos resplandores del crepúsculo. La sombra iba invadiendo el espacio, subiendo su negrura desde la falda de la pendiente. El anfiteatro de montañas llenábase de tinieblas, y la silueta del castillo se fue borrando bajo aquel negro crespón.
Si bien la noche amenazaba ser oscurísima, nada, en cambio, indicaba que fuese turbada la calma por meteoro atmosférico, huracán, lluvia o tormenta. Podían, pues, tranquilos acampar al aire libre Nic Deck y su compañero.
Sobre la árida meseta de Orgall no había un sólo árbol. Tan sólo acá y allá veíanse algunas matas inhospitalarias por la frescura de la noche. Allí todo era rocas, unas medio hundidas, otras en tan difícil equilibrio, que un pequeño impulso hubiese sido bastante para hacerlas rodar por la vertiente hasta los abetos.
La única planta que con profusión crecía en aquel terreno rocoso era un espeso cardo, llamado «espino ruso», cuyos granos o semillas, segun dice Elisco Reclus, fueron transportados allí por la caballería moscovita: «presente de alegre conquista que los rusos hicieron a los transilvanos».
Trataron los dos compañeros de buscar un sitio a propósito para pasar la noche resguardados del descenso de la temperatura, muy notable en aquella altura.
-¡Para estar mal, cualquer sitio es bueno! murmuró el doctor.
-¡Aún os quejáis! dijo el otro.
-¡Es claro! ¡Es un sitio muy hermoso éste para atrapar un buen catarro o un reuma excelente, que no sabría yo cómo curarme!
Preciosa confesión en boca del antiguo enfermero del lazareto. ¡Ah! ¡Cuánto echaba de menos su confortable casita de Werst, con su cuarto bien cerrado y su cama bien mullida y blanda!
Preciso era elegir entre aquellos bloques diseminados por la meseta, uno cuya orientación ofreciese el mejor abrigo contra la brisa sudoeste, que ya empezaba a dejarse sentir: Tal fue lo que hizo Nic Deck y no tardó mucho en reunírsele el doctor tras un ancho peñasco, plano por encima como una mesa.
Aquella roca era uno de esos bancos de piedra hundido bajo las escabiosas y saxígrafas, plantas tan frecuentes en Valaquia, y donde también se encuentran los bancos antedichos en los caminos. Estos bancos sirven al mismo tiempo para que el viajero descanse, y para que pueda aplacar su sed con el agua que contiene una especie de jarra en ellos colocada, y renovada cotidianamente por las gentes del campo. Cuando el castillo era habitado por el barón Rodolfo Gortz, aquel banco tenía también su recipiente, que los servidores de la familia cuidaban no dejar nunca vacío; pero a la sazón se hallaba tapizado de verdoso musgo y tan carcomido por la acción del tiempo, que el menor choque le hubiera reducido a polvo. A la extremidad del banco alzábase un pilar de granito, resto de antigua cruz, cuyos brazos estaban indicados por una ranura medio borrada. En su cualidad de espíritu fuerte, el doctor Patak de ningún modo podía admitir que aquella cruz le protegiese contra apariciones fantásticas; mas, sin embargo, por una anomalía muy frecuente entre los incrédulos, si bien el doctor negaba a Dios, no estaba lejos de creer en el diablo. Cruzó por su mente la idea de que el Chort no debía de andar lejos, si acaso vivía en el castillo, y que ni la cerrada poterna, ni el puente levadizo alzado, ni la cortante muralla, ni el profundo foso, le impedirían salir, si le entraba la idea de venir a retorcerle a los dos el cuello.
Y cuando pensaba que tenía que pasar toda una noche en tales condiciones, temblaba de espanto. ¡No Aquello era exigir de él demasiado; los más enérgicos temperamentos no hubieran podido resistirlo.
Además, aunque tarde, le había venido un pensamiento. Estaban en la noche del martes, día aciago, en que las gentes del distrito se guardan bien de salir después de puesto el sol. El martes como se sabe era allí día de maleficios; y a dar crédito a las tradiciones, aventurarse por el campo era tanto como exponerse al encuentro con algún genio maléfico. En martes nadie circula por las calles ni por los caminos desde que llega la noche.
Y he aquí el doctor Patak, no solamente se encontraba fuera de su casa, sino en las cercanías de un castillo encantado y a dos o tres millas del pueblo. Y allí tenía que estar esperando la vuelta del alba, caso que luciera para él de nuevo. Aquello, en verdad, era tentar al diablo. Estaba el doctor engolfado en estas ideas en tanto que el guardabosque sacaba tranquilamente de su alforja un trozo de carne fiambre, después de haberse echado un buen trago de su calabaza.
Pensó el doctor que lo mejor que podía hacer era imitar a su compañero, y así lo hizo. Un muslo de pato, un trozo de pan, todo regado de rakiu, fue suficiente para reparar sus fuerzas. Si calmó su hambre, no pudo calmar su miedo.
-Ahora, a dormir, dijo Nic Deck, así que hubo colocado su alforja al pie del banco.
-¡Dormir!
-Buenas noches, doctor.
-¡Buena noche! ... Eso se dice fácilmente; pero me temo que ésta va a acabar mal. - -
Nic Deck, que no estaba de humor de hablar, no respondió.
Acostumbrado por su profesión a dormir en los bosques, acomodóse ilo mejor que pudo junto a la piedra, y no tardó en caer en profundo sueño. Así que el doctor sólo podía refunfuñar entré dientes, oyendo el acompasado ronquido de su compañero.
A él le fue imposible durante algunos minutos, y a despecho de su fatiga, hacer otra cosa que mirar y escuchar atentamente. Su cerebro era víctima de esas extravagantes visiones que surgen de la turbación del insomnio.
¿Qué quería ver en aquellas espesuras? Todo y nada. Las indecisas formas de los objetos que le rodeaban; los jirones de nubes que atravesaban el cielo, y la masa apenas perceptible del castillo.
Parecíale que las rocas de la meseta bailaban infernal zarabanda. .. Sí... Iban a caer, iban a rodar sobre lo largo del talud, sobre los dos imprudentes; iban a aplastarles a la puerta de aquella fortaleza cuya entrada les estaba prohibida.
El desgraciado doctor se había levantado y escuchaba esos ruidos que se propagan en las alturas; murmullos inquietantes, mezcla del susurro, del gemido y del suspiro. Oía también los frenéticos golpes que sobre las rocas daban los murciélagos con sus alas; los endriagos revoloteando en su nocturno paseo, dos o tres parejas de esos fúnebres buhos cuyo graznido resonaba como una queja. Entonces, los músculos del doctor se contraían y su cuerpo temblaba, anegado en un sudor frío.
Y así transcurrieron horas enteras hasta la media noche. Si el doctor Patak hubiese podido cambiar de vez en cuando alguna frase con alguien, dar libre curso a sus quejas, se hubiera sentido menos atemorizado; pero Nic Deck dormía con un sueño profundo.
¡La media noche! ¡La hora más horrible de todas! ¡La hora de las apariciones y de los maleficios! ...
¿Qué era aquello que pasaba? El doctor acababa de levantarse, y se preguntaba si estaba despierto o era víctima de una pesadilla. En efecto: allí, arriba creyó ver... no, vio realmente dibujarse formas extrañas iluminadas con luz espectral, atravesar el horizonte, subir, bajar, descender con las nubes... Hubiérase dicho que eran especie de monstruos, dragones con colas de serpientes, hipogrifos de alas desmesuradas, cuervos gigantescos y enormes vampiros que se cernían sobre él... iban a cogerle con sus uñas o a, engullírsele con sus mandíbulas. Después le pareció que todo se movía en la llanura de Orgall; las, rocas, los árboles... todo; y con mucha claridad, su oído percibió, a pequeños intervalos, el tañido de una campana.
-¡La campana del castillo! murmuró.
Sí... Era, la campana de la antigua capilla; no era la de la iglesia de Vulcano, cuyo sonido hubiera llevado el viento en otra dirección.
Y he aquí que aquellos tañidos se tornan más precipitados; la mano que hace sonar la campana no toca a muerto. No; es un toque rápido, cuyos ecos repercuten en la frontera transilvánica.
Al oír aquellas lúgubres vibraciones, entróle al doctor un miedo convulsivo; terrible angustia, espanto irresistible, que le hizo temblar de pies a cabeza.
El guardabosque ha despertado al ruido de la campana.
Se pone en pie, en tanto que el doctor Patak parece como que ha vuelto en sí. Nic Deck escucha atentamente, y trata de penetrar con sus miradas las espesas tinieblas que cubren el castillo.
-¡Esa campana! ¡Esa campana! repite el doctor Patak., ¡La toca el Chort!
Decididamente, el pobre doctor, enloquecido por completo, cree entonces en el diablo.
El guardabosque, inmóvil, no le respondió.
De repente, unos rugidos semejantes a los que arrojan las sirenas marinas a la entrada de los puertos, se desencadenan en ondas, tumultuosas.
El espacio está conmovido en una extensa zona por sus soplos ensordecedores.
Después, una claridad sale del torreón central: una claridad intensa, que lanza resplandores de penetrante viveza y destellos que ciegan.
¿Qué foco produce esta poderosa llama, cuyas irradiaciones se extienden en inmensas sabanas en la superficie de la meseta de Orgall? ¿De qué horno se escapa aquel manantial fotogénico que parece abrasar las rocas, al mismo tiempo que las llena de lividez extraña?
-¡Nic, Nic! exclamó el doctor. ¡Mírame! ¿No soy, como tú, un cadáver?
En efecto: el guardabosque y él habían tomado un aspecto cadavérico; la cara descolorida, los ojos marchitos, las órbitas agrandadas, las mejillas verdosas con tonos parduscos, los cabellos semejantes a esos musgos que crecen, según la leyenda, sobre el cráneo de los ahorcados,
Nic Deck está estupefacto de lo que ve y de lo que oye. El doctor Patak, en el último grado de espanto, tiene los músculos contraídos, el pelo erizado, la pupila dilatada y el cuerpo preso de un espasmo tetánico. Como dice el poeta de las Contemplaciones, «respira temor».
Un minuto, un sólo minuto duró este espantoso fenómeno. Después, la extraña llama se apagó gradualmente, los atronadores mugidos se extinguieron, y la meseta de Orgall, volvió al silencio y a la oscuridad.
Ni uno ni otro pensaron en dormir; el doctor, medio muerto de estupor; el guardabosque de pie contra el banco de piedra, esperando la llegada del alba.
¿Qué pensamientos agitaban la mente de Nic Deck en presencia de aquellas cosas tan evidentemente sobrenaturales a sus ojos? ¿Persistiría en seguir su temeraria aventura? Cierto que él había dicho que penetraría en el castillo y que exploraría el torreón. Mas ¿no era suficiente haber llegado a su infranqueable muralla y haber despertado la colera, de los genios y provocado aquel desorden de dos elementos? ¿Se le reprocharía no haber mantenido su promesa si regresaba al pueblo sin haber continuado su locura hasta aventurarse en el diabólico castillo?
De repente el doctor se precipitó hacia él y le cogió por una mano, procurando arrastrarle, mientras le decía con voz sorda:
-¡Ven, ven!
-¡No! respondió Nic Deck.
Y a su vez retuvo al doctor, que volvió a caer después de este último esfuerzo.
La noche acabó al fin; y tal era el estado de su espíritu, que ni el guardabosque ni el doctor tuvieron conciencia del tiempo que transcurrió hasta el alba. Nada quedó en su memoria de las horas que precedieron a las primeras luces de la mañana.
En este instante una linea rosada se dibujó sobre lo ancho del Paring hacia el Este y al otro lado del valle de los dos Sils. Ligeras brumas crepusculares se esparcieron en el cenit, sobre un cielo rayado como una piel de cabra.
Nic Deck se volvió hacia el castillo y vio que las formas de éste se destacaban poco a poco. Vio el torreón saliendo sobre las altas brumas, que descendían hacia la garganta del Vulcano; vio la capilla, las galerías, la muralla, elevándose sobre los vapores nocturnos; después, sobre el baluarte anguloso, recostarse el haya, cuyas hojas se agitaban a la brisa de Levante.
En nada había cambiado el aspecto ordinario del castillo. La campana estaba tan inmóvil como la vieja veleta feudal.
No salía humo alguno de la chimenea del torreón, cuyas ventanas alambradas permanecían herméticamente cerradas.
Por encima de la plataforma y en las altas zonas del cielo, algunos pájaros revoloteaban, arrojando sus gritos agudos.
Nic Deck volvió los ojos hacia la entrada principal del castillo. El puente levadizo, levantado contra la pared, cerraba la poterna, entre las dos pilastras de piedra, en las que las armas de los barones de Gortz estaban esculpidas.
El guardabosque estaba, pues, decidido a llevar a lo último la aventura de la expedición. Sí; y su resolución no se había entibiado con los sucesos de la noche. «Cosa dicha, cosa hecha.» Como se sabe, ésta era su divisa. Ni la misteriosa voz que le había amenazado personalmente en el salón del Rey Matías, ni los fenómenos inexplicables de luz y de sonidos de que acababa de ser testigo, le impedirían entrar en el castillo. Bastábale una hora para recorrer las galerías, visitar el torreón, y entonces, ya cumplida su promesa, volvería a tomar el camino de Werst, donde podría llegar en la mañana.
En cuanto al doctor Patak, no era más que una maquina inerte, sin fuerzas para resistir, ni voluntad para querer. Iría donde se le llevara.
Si caía, sería imposible levantarle.
Los espantosos sucesos de aquella noche le habían reducido a un estado de embrutecimiento completo, y no hizo ninguna observación cuando el guardabosque, señalando e1 castillo, le dijo:
-¡Vamos!
Aunque, como ya era de día, el doctor hubiera podido regresar a Werst sin temor de un tropezón, al través de los bosques del Plesa, máxime cuando ningún provecho sacaría de quedar junto a Nic, no intentó marcharse; y el no abandonar a su compañero consistía en que el doctor no tenía ya conciencia de la situación: era un cuerpo sin alma. Así es que cuando el gúardabosque le arrastró hacia el talud de la contraescarpa del castillo, se dejó llevar.
Ahora bien: ¿sería posible penetrar en el castillo por otra parte que por la poterna? Esto era probablemente lo que Nic quería reconocer.
La muralla no presentaba ninguna brecha, ningún hundimiento, ningún hueco que pudiese dar acceso al interior. Era muy sorprendente que murallas tan viejas estuvieran en un estado de conservación tan perfecta, lo que debía atribuirse a su espesor.
Elevarse hasta las almenas que le coronaban, parecía un imposible, puesto que dominaban el foso de unos cuarenta pies de profundidad. Parecía, pues, que Nick Deck, en el momento de acercarse al castillo de los Cárpatos, iba a encontrarse con obstáculos insuperables.
Afortunadamente, o desgraciadamente para él, existía por debajo de la poterna una especie de tronera, o más bien un hueco, por el que en otro tiempo asomaba la boca de una culebrina. Sirviéndose de una de las cadenas del puente levadizo, que pendía hasta el suelo, no sería muy difícil para un hornbre ágil y vigoroso subir hasta aquella hendidura; su anchura era suficiente para dar paso, y a menos que en la parte interior tuviese una reja, Nic Deck llegaría sin duda a pasar al interior del castillo.
Desde luego comprendió el guardabosque que no había otro medio má practicable, y he aquí por qué, seguido del inconsciente doctor, descendió por la parte interna de la contraescarpa. Llegaron al fondo del foso, sembrado de piedras, entre el follaje de las plantas salvajes. No era posible saber donde se ponía el pie, y si bajo aquellas hierbas húmedas hormigueban millares de bichos venenosos.
En medio del foso, y paralelo a la muralla, corría el cauce de la antigua. cuneta, ahora casi seca, y que se podía franquear fácilmente de un sólo salto.
Como Nic Deck no había perdido nada de su energía -física y moral, obraba con sangre fría, mientras el doctor le seguía maquinalmente, como la bestia amarrada por una cuerda al cuello.
Pasada la cuneta, el guardabosque siguió veinte pasos a lo largo de la muralla deteniéndose bajo la poterna, en el sitio donde pendía la cadena del puente levadizo. Ayudándose con los pies, y las manos, no le sería difícil llegar al saliente de la piedra junto a la entrada.
Evidentemente Nic Deck no pretendía obligar al doctor a que le acompañase en aquel escalo. Un hombre tan torpe no hubiera podido hacerlo. Limitóse, pues, a sacudirlo violentamente para hacerse comprender, y le recomendó que se quedase sin moverse en el fondo del foso. Cogió la cadena y gateó, sin que aquello significase más que un juego para sus músculos de montañés.
Pero así que el doctor se vio solo, de nuevo se dio cuenta de su situación; comprendió, miró y vio a su compañero ya suspendido unos doce pies del suelo, y con voz ahogada por la emoción, exclamó:
-¡Espera, Nic, espera!
El joven no le escuchó.
-¡Ven, ven, o me voy! gritó el doctor levantándose y dando algunos pasos.
-¡Idos! respondió Nic; y continuó subiendo por la meseta.
El doctor Patak, en el paroxismo del espanto, quiso volver a tomar la meseta de Orgall y seguir a toda prisa el camino de Werst.
Mas ¡oh prodigio, después del cual no eran nada los de la noche anterior! el doctor no puede moverse; sus pies permanecen quietos, como si estuvieran sujetos con tenazas. ¿Podía levantar un pie después de otro? No. Estaban adheridos por los talones y por las plantas. ¿Estaba, pues, cogido por los resortes de un cepo? Más bien parecía retenido por los clavos de sus zapatos. Como quiera que fuese, el pobre hombre estaba allí inmóvil, pegado al suelo y sin fuerzas para gritar, extendiendo desesperadamente las manos. Parecía que quería arrancarse de los brazos de alguna tarasca escondida en las entrañas de la tierra.
Entretanto Nic había llegado a lo alto de la poterna, y acababa de poner la mano sobre una de las bisagras de hierro donde se encajaba el puente levadizo, cuando dejó escapar un grito de dolor... Cayendo hacia atrás como herido por un rayo, se deslizó a lo largo de la cadena, a la que se había cogido por instinto, y rodó al fondo del foso.
-¡Bien decía la voz que me sucedería alguna desgracia! murmuró.
Y perdió el conocimiento.
CAPÍTULO VII
¡Cómo describir la ansiedad del pueblo de Werst desde la partida del joven guardabosque y del doctor Patak! No había cesado en aquellas cuatro horas transcurridas desde su marcha y que parecían interminables.
El señor Koltz, el posadero Jonás, el maestro Hermod y algunos otros más, no habían abandonado su puesto sobre el terraplén. Todos se obstinaban en observar la lejana masa del castillo, y todos miraban si reaparecía alguna sombra por encima del torreón. No se veía humo alguno, lo que fue comprobado mediante el anteojo, invariablemente enfocado en aquella dirección. Decididamente los dos florines gastados en la adquisición del aparato eran dinero bien empleado. jamás el biró, muy interesado y guardador de su bolsa, había encontrado menos pena por un gasto semejante.
A las doce y media, cuando Frik regresó de apacentar su ganado, se le interrogó ávidamente. ¿Había algo nuevo, extraordinario, sobrenatural? Frik respondió que acababa de reconocer el valle del Sil valaco sin haber visto nada sospechoso.
Después de comer, hacia las dos, cada uno regresó a su puesto de observación. Nadie hubiera pensado en quedarse en casa, y sobre todo, nadie pensaba en ponerlos pies en el figón del Rey Matías, donde se habían oído aquellas voces conminatorias. Que las paredes oigan, pase, puesto que esto es hasta una locución usual... ; pero ¡que hablen! ...
El digno comerciante podía tener el temor de que su posada fuese puesta en cuarentena, lo que no dejaba de preocuparle un poco: ¿Se vería en la necesidad de cerrar su tienda y de beberse él solo lo que contenía, por falta de parroquianos? Por lo tanto, con el objeto de despertar confianza a la población de Werst, había procedido a una larga investigación del Rey Matías, registrando las habitaciones hasta las camas, inspeccionando los baúles y el aparador y explorando minuciosamente los rincones del salón, de la cueva y del granero, donde algún mal intencionado hubiera podido realizar aquella mixtificación. ¡Nada! Nada tampoco por la parte de la fachada que dominaba al Norte y al Oeste. Las ventanas eran muy altas para que fuese posible subirse hasta ellas por una muralla tallada
a pico y cuyo cimiento se sumergía en el curso impetuoso del torrente. No importa. El miedo no razona, y mucho tiempo pasaría sin duda antes que los habituales parroquianos de Jonás volvieran su confianza a su posada y su rakiu. ¿Mucho tiempo? ¡Error! Ya se verá que este triste pronostico no había de realizarse.
En efecto: algunos días después, y a consecuencia de una circunstancia muy imprevista, los notables del pueblo iban a reanudar sus conferencias cotidianas, entremezcladas de abundantes libaciones, en la sala del Rey Matías.
Mas preciso es volver al joven guardabosque y a su compañero el doctor Patak.
Corno se recordará, en el momentó de abandonar a Werst, Nic Deck había prometido a la desolada Miriota no tardar mucho en su visita al castillo de los Cárpatos. De no sucederle ninguna desgracia, de no realizarse las amenazas fulminadas contra él, contaba estar de vuelta en las primeras horas de la noche. Se le esperaba, pues, ¡y con qué impaciencia! Ninguno, ni la joven, ni su padre, ni el maestro de escuela, podían prever que las dificultades del camino impidieron al guardabosque llegar a la cresta de Orgall antes de cerrar la noche.
De aquí que la inquietud, ya viva durante el día, pasó de toda medida cuando dieron las ocho las campanas de Vulcano, que se oian distintamente en Werst. ¿Qué había pasado a Nic Deck y al doctor, que no volvían después de todo un día de ausencia? Nadie, por lo tanto, pensaba en regresar a su casa antes que ellos estuviesen de vuelta.
A cada momento se imaginaba verles asomar volviendo del camino en el ensanche de la garganta de la sierra.
El señor Koltz y su hija habían ido a la extremidad de la calle, al sitio donde el pastor había sido puesto de centinela. Muchas veces creyeron ver unas sombras dibujarse a lo lejos por entre los huecos de los árboles. ¡Pura ilusión! La garganta de la sierra estaba desierta, como de costumbre, pues era raro que las gentes de la frontera quisieran aventurarse por allí durante la noche. Era martes, el martes de los genios maléficos, y en este día los transilvanos no andan por gusto por el campo después de la puesta del sol. Preciso era que Nic Deck fuese loco para haber escogido semejante día para visitar el castillo. La verdad es que ni el guardabosque ni nadie, además del pueblo, había pensado en semeiante cosa.
Pero Miriota pensaba entonces en ello. ¡Qué espantosas imágenes acudían a su mente! Con la imaginación había seguido a su novio, hora por hora, al través de aquellos espesos bosques del Plesa, en tanto que él subía hacia la meseta de Orgall.
Y ahora, la noche llegada, parecíale que le veía en la muralla, procurando escapar a los espíritus que habitaban el castillo de los Cárpatos. Había llegado a ser el juguete de sus maleficios. Era la víctima destinada a su venganza. Estaba preso en el fondo de algún subterráneo. . . tal vez muerto. ¡Qué no hubiera dado la pobre muchacha por lanzarse sobre las huellas de Nic Deck! ... Ya que esto era imposible, hubiera querido permanecer toda la noche en el sitio que queda indicado. Pero su padre le obligó a regresar, y después de dejar en observación al pastor, ambos volvieron a su casa.
Una vez sola en su pequeña alcoba, Miriota derramó abundantes lágrimas. Amaba con todo su corazón a Nic Deck, siendo su amor aún más lleno de reconocimiento, porque el guardabosque no le había buscado en las condiciones en que se deciden ordinariarrwnte los matrimonios en estos lugares transilvánicos, por cierto de un modo bien extraño.
Cada año, en la festividad de San Pedro, se celebra la feria de los novios. En este día se reúnen todas las jóvenes del distrito. Vienen en sus más hermosas calesas, tiradas por sus
mejores caballos, y trayendo su dote; es decir, sus vestidos, hilados, cosidos y bordados por sus manos, encerrados en cofres de brillantes colores: familias, amigos y vecinos les acompañan. Entonces vienen los jóvenes, vestidos con magníficos trajes, ceñidos de bandas de seda; recorren la feria pavoneándose, buscan la joven que más les agrada, le entregan un anillo y un pañuelo en señal de esponsal, y los matrimonios se hacen al regresar de la fiesta.
Nicolás Deck no había encontrado a Miriota en una de estas fiestas. Sus relaciones no habían nacido del azar. Se conocían desde la infancia, y se amaban desde que tuvieron edad para amarse. El guardabosque no había ido a buscar a su prometida en medio de la subasta de la feria, lo que era un placer para Miriota. ¡Ah! ¿Por qué era Nic Deck de un carácter tan resuelto, tan tenaz, tan empeñado en cumplir una promesa imprudente? Él la amaba, bien lo sabía; la amaba, y, sin embargo, ella no había tenido bastante influencia para impedirle ir a aquel maldito castillo.
¡Qué noche pasó la triste Miriota entre zozobras y lágrimas! No había querido acostarse. Puesta a la ventana, con la mirada fija en el camino ascendente, te parecía oír una voz que murmuraba:
-¡Nicolás Deck no ha hecho caso de las amenazas! ¡Miriota no tiene novio!
Pero esto era un error de sus sentidos trastornados. Ninguna voz llegaba en el silencio de la noche. El fenómeno de la sala del Rey Matías no se producía en la casa del señor Koltz.
Al alborear el siguiente día, la población de Werst estaba en pie. Desde el terraplén hasta la vuelta de la garganta de la sierra, unos subían y otros bajaban el camino; aquéllos, para pedir noticias; éstos, para darlas. Se decía que el pastor Frik acababa de ser encontrado adelante, a un cuarto de milla del «pueblo, no al través de los bosques del Plesa, sino siguiendo su orilla, cosa que no había hecho sin motivo.
Esperando, pues, y a fin de comunicarse más pronto con él, el señor Koltz, Miriota y Jonás fueron a la extremidad del pueblo. Media hora después se vio al pastor a algunos centenares de pasos, y en lo alto del camino. No parecía esforzarse en llegar presto, lo cual se tuvo como mal augurio.
-Y bien, Frik: ¿qué sabes, qué has visto? le preguntó el señor Koltz cuando el pastor se reunió a ellos.
-Nada sé, nada he visto, respondió Frik.
-¡Nada! murmuró la joven, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
-Al amanecer, continuó el pastor, vi a una media milla de aquí, dos hombres que creí fueran Nic y el doctor. . .; pero no eran.
-¿Sabes quiénes son esos hombres? preguntó Jonás.
-Dos viajeros que acababan de atravesar la frontera valaca.
-¿Les has hablado?
-Sí.
-¿Bajan al pueblo?
-No; se han dirigido hacia Retyezat, a cuya cima quieren llegar.
-¿Son dos turistas?
-Tienen aspecto de serlo, señor Koltz.
-Y esta noche, atravesando la garganta del Vulcano, ¿no han visto nada hacia el castillo?
No, porque se encontraban todavía al otro lado de la frontera, respondió Frik.
-¿De modo que no traes ninguna noticia de Nic Deck?
-Ninguna.
-¡Díos mío! repetía la pobre Miriota.
-Por lo demás, podréis interrogar a estos viajeros dentro de pocos días, añadió Frik; porque piensan hacer alto en Werst antes de partir para Kolosvar.
-¡Con tal de que no se les hable mal de mi posada! ... pensó Jonás suspirando. ¡Capaces serían de no alojarse en ella!
Desde hacía treinta y seis horas el excelente posadero estaba preocupado por el temor de que ningun viajero osaría comer y dormir en el Rey Matías.
En suma, estas preguntas -y estas respuestas cambiadas entre el pastor y su amo, no aclararon la situación; y como ni el guardabosque ni el doctor habían aparecido a las ocho de la mañana, ¿no podía racionalmente esperarse que no volverían jamás?.. . Nadie se aproximaba impunemente al castillo de los Cárpatos. Herida por las emociones de aquella noche de insomnio, Miriota apenas podía sostenerse. Completamente desfallecida, casi no tenía fuerzas para andar. Su padre la condujo a su casa. Allí sus lágrimas redoblaron. Llamaba a Nic con voz delirante. Quería ir en su busca. Pedía amparo, y había motivo para temer que cayese enferma.
Entretanto, era necesario y urgente tomar una resolución: ir en socorro del guardabosque y del doctor, sin pérdida de un instante. Poco importaba que hubiesen de correrse peligros exponiéndose a las represalias de los seres humanos o sobrenaturales que ocupaban el caltilló. Lo esencial era saber qué les había sucedido a Nic Deck y al doctor. Era un deber imperioso, tanto para sus amigos como para cualquier habitante de la aldea. Los más valientes no rehusaían lanzarse por los bosques del Plesa, en dirección al castillo de los Cárpatos. Decidido esto después de no pocas discusiones y diligencias, los más valientes no pasaron de tres, que fueron el señor Koltz, Frik y el posadero Jonás. El maestro Hermod se había sentido de repente indispuesto con dolor de gota en una pierna, y había dado la clase echado sobre dos sillas.
Serían las nueve de la mañana cuando el señor Koltz y sus compañeros, bien armados por prudencia, tomaron,el camino de la montaña. En el mismo sitio en que Nic se había separado de ellos, internáronse por la áspera pendiente, y pensaron, no sin razón, que si el guardabosque y el doctor estaban en camíno para volver a la aldea, debían ir sin duda por allí. No sería difícil reconocer sus huellas, lo que fue comprobado cuando franquearon 1a orilla.
Los dejarernos aquí para decir qué movimiento se hizo en la opinión de Werst desde que les perdieron de vista.
Si antes de que partiesen aquellos tres hombres al encuentro de Nic y Patak parecía la tal empresa obra muy meritoria después, cuando hubieron partid, empezó a verse en aquello una imprudencia sin nombre. ¡Pues qué! ¿Sobre una catástrofe iba a venir otra? Porque nadie dudaba que el doctor y el guardabosque habían sido víctimas de su intentona. ¿Y de qué serviría que el señor Koltz, Frik y Jonás se expusieran a lo mismo por desinterés? Miriota no sólo lloraría a su novio, sino a su padre también, y nunca podrían perdonarse los amigos del pastor y del posadero la perdida de entrambos.
La desolación fue general en Werst, y no había señales de que terminase pronto. Aún admitiendo que no les aconteciera alguna desgracia, no contaban con el regreso del señor Koltz y de sus dos compaañeros antes de que la noche hubiese envuelto las alturas del Plesa.
Mas ¡cuál no sería la sorpresa general cuando a lo lejos del camino fueron vistos hacia las dos le la tarde!
Miriota, prevenida del caso, corrió a su encuentro apresuradamene. No venían tres, sino cuatro, y e1 cuarto se parecía al doctor.
-¡Nic, mi pobre Nic! exclamó la joven. ¡Nic no está! ¡No viene!
Sí. Nic venía, pero extendido sobre unas angarillas de ramas que penosamente conducían Jonás y el pastor.
Precipitóse la joven -hacia su novio, inclinóse sobre él, y le abrazó estrechamente.
-¡Muertol ¡Muerto! exclamaba.
-No, no está muerto, respondió el doctor Patak; pero merecía estarlo, y yo también.
Lo cierto era que el guardabosjue estaba sin conocimiento, con los miembros rígídos, la cara exangüe, la respiración débil. Si el doctor no estaba descolorido como su compañero, debíase a que la marcha le había devuelto su tinte habitual de ladrillo.
La voz de Mariota, tan tierna, tan desgarradora, no tuvo poder alguno para arrancar a Nic de su letargo. Cuando le condujeron a la aldea y lo depositaron en el cuarto del señor Koltz, todavía no había desplegado sus labios. Algunos instantes después sus ojos se abrieron poco a poco, y al ver a la joven inclinada a su cabecera, sus labios dibujaron una sonrisa. Trató de levantarse, pero no pudo. Una parte de su cuerpo estaba paralítica, como herida de hemiplegía. Sin embargo, queriendo tranquilizar a Miriota, le dijo con voz muy débil:
-Esto no será nada... nada.
-¡Mi pobre Nic! repetía la joven.
-Un poco de fatiga solamente... La emoción... Esto pasará pronto... Con tus cuidados, Miriota...
Pero el enfermo necesitaba calma y reposo, en vista de lo cual el señor Koltz salió del cuarto, dejando a Miriota junto al joven guardaboques, que no hubiera podido tener una enferrnera más diligente. No tardó en adormecerse.
Entretanto el posadero Jonás contaba a un numeroso auditorio, con voz fuerte para ser bien oído de todos, lo que había sucedido desde su partida. Después de haber encontrado en el bosque el sendero que Nic Deck y el doctor se habían abierto, los tres tomaron la dirección del castillo. Dos horas estuvieron por las pendientes del Plesa, y cuando se hallaban a una media milla a la orilla del bosque, vieron a dos hombres, que eran el doctor Patak y el guardabosque. El primero no podía andar; el otro acababa de caer al pie de un árbol, falto de fuerzas.
Correr hacia el doctor, interrogarle, por más que él estaba tan confuso que no podía responder; formar con ramas una parihuela, colocando en ella a Nic Deck, y volver a poner a Patak en disposición de andar, todo fue obra de un instante. Después el señor Koltz y el pastor, que se relevaban en la conducción de la parihuela, tomaron el camino de Werst.
En cuanto a saber por qué Nic Deck se encontraba en semejante estado, y si había o no penetrado en las ruinas del castillo, cosas eran que el posadero ignoraba, así como el señor Koltz y el pastor Frik, puesto que el doctor no se hallaba en disposición de satisfacer su curiosidad.
Pero preciso era que Patak hablase. ¡Qué diablo! En la aldea, rodeado de sus amigos y clientes, estaría seguro. No había que temer ya nada de los seres del castillo, y aunque le
hubiesen éstos arrancado el juramento de guardar silencio acerca de lo que había visto en el castillo de los Cárpatos, el interés público le demandaba que faltase a su juramento.
-Vamos, tranquilizáos, doctor, le dijo el señor Koltz. Ordenad vuestros recuerdos.
-¿Queréis que hable?
-En nombre de los habitantes de Werst y para asegurar la tranquilidad de la aldea, yo os lo ordeno.
Un buen vaso de rakiu aprontado por Jonás, devolvió el habla al doctor, que con entrecortadas frases se expresó en estos términos:
-Partimos los dos, Nic y yo... Dos locos indudablemente. Preciso fue emplear casi todo un día para atravesar esos malditos bosques, y allá por la noche vimos el castillo. Llegamos a él... Aún tiemblo. Toda mi vida temblaré. Nic quería entrar, sí, quería pasar la noche en el torreón... ¡Es decir, en la mismísima alcoba de Belcebú!
El doctor decía aquello con voz tan cavernosa, que sólo de oírle temblaban los otros.
-No lo consentí, no, continuó. ¿Qué hubiera pasado de ceder yo a los deseos de Nic? ¡De pensarlo se me erizan los cabellos!
Y el doctor se llevaba maquinalmente la mano a la cabeza.
-Nic se resignó a acampar en la meseta. ¡Qué noche, amigos míos, qué noche! ¿Cómo descansar cuando los espíritus no os permiten dormir una hora? ¡Ni una hora! De repente, habíais de ver monstruos de fuego apareciendo entre las nubes, verdaderos monstruos, sí, que se precipitaban sobre la meseta para devorarnos .
Todas las miradas se dirigieron al cielo para ver si cruzaba por él algún grupo de espectros.
-Pocos instantes después, continuó el doctor, la campana de la capilla empieza a sonar.
Todos los oídos escucharon atentamente, y más de uno creyó percibir los tañidos de la campana del castillo. ¡Tanto impresionaba al auditorio aquel relato!
-De pronto, espantosos rugidos llenan el espacio. Eran más bien aullidos de fieras... Luego, una claridad sale de las ventanas del torreón. Infernal llamarada ilumina toda la planicie hasta el bosque de abetos. Nic Deck y yo nos miramos. ¡Oh espantosa visión! Parecíamos dos cadáveres, uno enfrente del otro, que temblaban bajo aquellas luces violáceas.
Y, efectivamente: viendo la cara cadavérica y la mirada extraviada del doctor Patak, parecía que venía del otro mundo, al que había enviado tan crecido número de sus semejantes. Preciso fue dejarle tomar alientos, pues de lo contrario, no hubiera podido continuar su relato, lo que se consiguió gracias a un segundo vaso de rakiu, que pareció devolver al ex-enfermero parte de la razón que le, habían hecho perder los espíritus.
-Pero, al fin, ¿qué le pasó al pobre Nic Deck? preguntó el señor Koltz.
Y no sin razón, el biró concedía extrema importancia a la respuesta del doctor, teniendo en cuenta que la misteriosa voz de la posada se dirigió personalmente al joven.
-Os diré lo que recuerdo, respondió el doctor. Amaneció. Yo había suplicado a Nic Deck que renunciase a sus proyectos; pero ya le conocéis, y sabéis que nada se puede lograr de un testarudo semejante. Bajó al foso... Yo tuve que seguirle, porque me arrastraba. . . Y además, yo no tenía conciencia de mis actos... Nic se adelanto hasta la poterna... Cogióse a una cadena del puente -levadizo, y subió por ella hasta lo más alto del muro... En aquel momento, otra vez me di cuenta de nuestra situación... Aún es tiempo, me dije, de retener a este imprudente, a este sacrílego, por mejor decir... Le ordeno por última vez que baje y que regrese a Werst en mi compañía. -¡No! -me grita.
Quiero huir... Sí, lo confieso... quise huir. Cualquiera de vosotros en mi caso, ¿no hubiera hecho lo mismo? Pero en vano traté de moverme del suelo... Mis pies están allí clavados,
adheridos..., como si hubiera echado raíces... ¿Cómo arrancarles de allí?... ¡Imposible! Todo es inútil...
Y el doctor remedaba los movimientos de un hombre cogido por las piernas como un zorro que ha caído en un lazo.
Volviendo a su narración, añadió:
-En aquel momento - dejóse oír un grito. . . Pero ¡qué grito! ... Lo había dado Nic Deck. Sus manos, agarradas a la cadena, la sueltan de pronto y cae al fondo del foso como herido por invisible mano.
El doctor había sido verídico en su relato. Nada había añadido, no obstante la turbación de sus ideas. Todos aquellos fenómenos descritos por él se habían producido como los contaba en la meseta de Orgall, teatro aquella noche de los mencionados sucesos.
Respecto a lo que pasó después de la caída de Nic Deck, helo aquí. El guardabosque cae desvanecido y el doctor Patak está imposibilitado de acudir en su ayuda, porque sus botas permanecen clavadas en el suelo y sus pies, hinchados, no pueden salir de ellas. De repente cesa la invisible fuerza que le retiene, y ya libre, se precipita hacia su compañero, y ¡oh prodigio de valor en aquel hombre! ... sumerge su pañuelo en el agua de la mesete y humedece la cara de Nic Deck. Recobra el joven el conocimiento; mas su brazo izquierdo y una parte de su cuerpo quedan inertes después de la horrible sacudida experimentada por él. Ayudado por el doctor, consigue levantarse, y remontando el camino de la contraescarpa, vuelven a la meseta. Pónerse en camino hacia la aldea. Después de una hora de marcha, los dolores que sufre Nic en el brazo y en el costado son tan violentos, que le obligan a detenerse, y precisamente en el momento en que el doctor se disponía a ir a Werst en busca de auxílios, se encontraron al señor Koltz, Jonás y Frik, que habían llegado tan a punto.
Respecto a decir si era grave la lesión del joven, el doctor Patuk evitaba afirmar nada en concreto, aunque mostrase habitualmente rara seguridad cuando se trataba de un caso médico. Se limitó a responder en tono dogmático:
-Cuando se trata de una enfermedad natural, es una cosa distinta a cuando se trata de una enfermedad sobrenatural, que el Chort envía. En este caso sólo el Chort puede curarla.
En defecto de diagnóstico, tal pronóstico no era tranquilizador para Nic Deck; pero felizmente aquellas palabras no eran el Evangelio, y ¡cuántos médicos superiores al doctor Patak, desde Hipócrates y Gáleno, se han engañado y se engañan hoy! El joven guardabosque era un mozo fuerte, y dada su vigorosa constitución, podían concebirse buenas esperanzas, aun sin necesidad de intervención diabólica, y bajo la condición de no seguir muy estrictamente las prescripciones del antiguo enfermero del lazareto.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
Como se comprende, lo s sucesos referidos no eran los más a propósito para calmar el terror que reinaba en Werst. Ya no había duda. No eran vanas amenazas las que lanzó la sombra parlante, que diría el poeta, y que se oyeron en la sala del Rey Matías. La temeridad y desobediencia del joven Nic Deck habían tenido el anunciado castigo.
¿Acaso no era esto una advertencia dirigida a todos aquellos que intentaran seguir su ejemplo? ¿Qué había que deducir de aquello? Un formal entredicho de penetrar en el castillo de los Cárpatos. El que lo intentase, arriesgaría la vida. Éra seguro que si el guardabosque hubiera franqueado la muralla, no hubiese vuelto a la aldea.
De aquí que el espanto fuese más completo que nunca en Werst, en Vulcano y en todo el valle de los dos Sils. En todas partes se hablaba de emigrar, y algunas familias de tsiganes lo hicieron antes de permanecer en las proximidades del castillo. Ahora que ya se sabía que servía de refugio a seres maléficos, dado el carácter de aquella gente, era pedirles demasiado que se quedasen allí. No había más remedio que marcharse a otra región, a menos que el gobierno húngaro se decidiese a destruir la inabordable fortaleza. ¿Pero era el castillo destructible por los humanos medios?
Durante la primera semana de junio nadie se aventuró a salir fuera de la aldea, ni aun para dedicarse a las faenas agrícolas. ¿Acaso el menor golpe de azadón no podía provocar la aparición de algún fantasma escondido en las entrañas del suelo? El arado hundiendo la tierra, ¿no haría salir bandadas de staflis o endriagos? Donde se sembraran granos de trigo, ¿no saldrían granos de demonio?
-¡No dejaría de suceder esto! decía Frik muy convencido. Y él, por su parte, se guardaba muy bien de llevar su rebaño a los prados del Sil.
Así, pues, la aldea estaba aterrorizada. Nadie trabajaba en los campos, nadie salía de su casa, cerrada a piedra y lodo. El señor Koltz no, sabía qué partido tomar para hacer nacer en sus administrados una confianza que le iba haciendo falta. Decididamente no había otro medio que ir a Kolosvar a fin de reclamar la intervención de las autoridades.
¿Y había seguido saliendo humo de la chimenea del torreón? Sí... Muchas veces permitió verlo el anteojo al través de los vapores que se arrastraban por la meseta de Orgall. Y cuando la noche llegaba, ¿tomaban las nubes un tinte rojizo, semejante a los reflejos de un incendio? Sí....: parecía que volutas inflamadas revoloteaban sobre el castillo.
Y los Mugidos que habían aterrorizado al doctor Patak, ¿se propagaban al través de los bosques del Plesa, con espanto de los habitantes de Werst? Sí...; o por lo menos, a pesar de la distancia, los vientos de S. 0. llevaban terribles gruñidos, que en la montaña repercutían los ecos de la garganta.
No era esto sólo; sino que,según decían los consternados habitantes, agitábase el suelo con trepidaciones subterráneas, como si un antiguo cráter reviviese en la cordillera de los Cárpatos... Pero acaso habría buena parte de exageración en lo que los naturales de Werst creían ver, oír y sentir. Como quiera que fuese, se habían producido hechos tangibles, positivos, y no había medio de vivir en un país tan extraordinariamente transformado.
No hay para qué decir que la posada del Rey Matías continuaba desierta; más abandonada que lazareto en tiempo de epidemia. Nadie hubiese tenido la audacia de franquear sus umbrales, y Jonás se preguntaba si, falto de parroquianos, no se vería obligado a cesar en el comercio, cuando la llegada de dos viajeros vino a modificar aquel estado de cosas. En la noche del 9 de junio, y a eso de las ocho, el picaporte de la puerta fue levantado desde fuera; mas el cerrojo, echado por dentro, impidió que se abriera. Jonás, que ya se había subido a su camaranchón, se apresuró a bajar; a la esperanza de encontrarse frente a un huésped, uníase el temor de que el tal huesped fuese algún aparecido, al cual no se le podría rehusar cena y cama.
Jonás se puso, pues, a parlamentar al otro lado de la puerta, sin abrirla.
-¿Quién es? preguntó.
-Dos viajeros.
-¿Vivos?
-Muy vivos.
-¿Estáis bien seguros?
-Todo lo seguros que puede estarse, señor posadero; pero que no tardarán en morir de hambre si tenéis la crueldad de dejarlos fuera.
Jonás se decidió a descorrer los cerrojos, y dos hombres penetraron en la sala.
Apenas dentro, su primer cuidado fue pedir una habitación para cada uno, pues tenían intención de permanecer veinticuatro horas en Werst.
A la claridad de su lámpara, Jonás examinó a los recién llegados con extrema atención, adquiriendo la certeza de que eran dos seres humanos, con los que podía hacer negocio. ¡Qué fortuna para el Rey Matías!
El más joven de los dos viajeros podía tener unos treinta y dos años. Era de elevada estatura, de cara noble y bella; tenía ojos negros, cabellos de un color castaño oscuro, y barba negra, elegantemente cortada. Su aspecto era un poco triste, pero altivo; aspecto de hidalgo, y un posadero tal observador como Jonás no podía engañarse en esto. Además, cuando le preguntó con qué nombre debía inscribir a los dos viajeros:
-El conde Franz de Télek, respondió el joven, y su asistente Rotzko.
¿De qué país?
De Krajowa.
Krajowa es una de las principales villas del Estado de Rumania, que confina con Transilvania en el S. de la cordillera de los Cárpatos. Franz de Télek, era, pues, de raza rumana, lo que Jonás había notado desde que le vio.
En cuanto a Rotzko, hombre de unos cuarenta años, alto, robusto, de espesos bigotes y cabellera fuerte, tenía todo el aspecto de un militar. Llevaba el morral sujeto a sus hombros por unos tirantes, y una maleta muy ligera en la mano. En esto consistía todo el equipaje del joven conde, que viajaba a guisa de turista, y a pies las más veces. Esto se veía en su traje: su capote en bandolera, pasamontañas sobre la cabeza, y una especie de blusa sujeta a la cintura por un cinturón, del que pendía la vaina de cuero del cuchillo valaco, polainas estrechamente ajustadas sobre zapatos de ancha y fuerte suela. Estos dos viajeros eran precisamente los mismos que el pastor Frik había encontrado hacía diez días en el camino de la garganta del Vulcano, y que entonces se dirigían hacia el Retyezat. Después de haber visitado la comarca hasta los límites del Maros, después de haber hecho la ascensión a la montaña, venían a descansar un poco en el pueblo de Werst, antes de entrar en el valle de los dos Sils.
-¿Tenéis dos habitaciones para nosotros? preguntó Franz de Télek.
-Dos... tres. . . cuatro... cuantas quiera el señor conde, respondió Jonás.
-Dos son suficientes, dijo Rotzko; pero es preciso que estén cerca una de otra.
-¿Les convienen éstas replicó Jonás abriendo dos puertas a la extremidad del salón.
-Perfectamente, respondió Franz de Télek.
Decididamente, Jonás no tenía nada que temer de sus nuevos huéspedes. No eran seres sobrenaturales, espíritus que habían tomado forma humana. ¡No! El hidalgo se presentaba como un personaje distinguido, de esos que un posadero tiene siempre a gran honra recibir. He aquí una feliz circunstancia que volvería su fama al Rey Matías.
-¿A qué distancia estamos de Kolosvar? preguntó el conde.
-A unas cincuenta millas, siguiendo el camino que pasa por Petroseny y Karlsburg, respondió Jonás
-¿Y es muy fatigosa la jornada,
-Muy fatigosa para los peatones; y si me permitís una observación diré que me parece que el señor conde debía darse un descanso de algunos días.
-¿Podemos cenar? preguntó Franz de Télek, poniendo término a las observaciones del posadero.
-Una media hora de paciencia, y tendré el honor de ofrecer al seíñor conde una cena digna de él.
-Pan, vino, huevos y carne fiambre nos bastan para esta noche.
-Os voy a servir.
-Lo más pronto posible.
-Al momento.
Y Jonás se disponía a volver a la cocina, cuando lo detuvo una pregunta del conde.
-Me parece que no tenéis mucha gente en la posada, dijo.
-En efecto. En este momento no hay nadie, señor conde.
-¿No es ésta la hora en que la gente del país viene a beber y a fumar su pipa?
-Ha pasado la hora, señor conde. En el pueblo de Werst hay costumbre de acostarse cuando las gallinas.
Jamás hubiera dicho la razón de no haber un sólo parroquiano en su posada.
-¿No cuenta vuestro pueblo más de trescientos o cuatrocientos habitantes?
-Próximamente, señor conde.
-No hemos encontrado un alma al bajar la calle principal.
-Es que... hoy estamos en sábado, víspera del domingo.
Afortunadamente para Jonás, que no sabía ya qué responder, Franz de Télek no insistió. Por nada del mundo se hubiera decidido el posadero a presentar la situación como era.
Los extranjeros no lo sabrían hasta lo más tarde posible, y era de temer que abandonasen una aldea tan justamente sospechosa.
-¡Con tal que la voz no empiece a murmurar en el salón mientras cenan! pensaba Jonás ponicndo la mesa.
Algunos instantes después, la sencilla cena que había pedido el conde estaba servida sobre un mantel muy blanco. Sentóse Franz de Télek, y Rotzko enfrente de él, según costumbre cuando viajaban. Cenaron ambos con buen apetito, y acabada la cena, se retiraron a sus habitaciones.
Como durante la cena el conde y Rotzko, no habían cruzado diez palabras, no pudo Jonás mezclarse en su conversación, con vivo disgusto. Franz de Télek parecía poco comunicativo; y en cuanto a Rotzko, después de haberle observado, comprendió el posadero que nada sacaría de é1 en lo concerniente a la familia de su señor.
Jonás, pues, se había contentado con dar las buenas noches a sus huéspedes. Pero antes de subir a su habitación, recorrió el salón con la mirada, prestando oído a los menores ruidos de dentro y de fuera, repitiendo:
-¡Con tal que esa abominable voz no los despierte durante su sueño!
La noche se pasó tranquilamente.
Al día siguiente, desde el amanecer, extiendiose por el pueblo la noticia de que dos viajeros habian bajado al Rey Matías, y numerosos habitantes fueron a colocarse delante de la posada.
Muy fatigados por la excursión de la víspera, Franz de Télek y Rotzko dormían aún, y no era probable que tuvieran intención de levantarse antes de las siete o las ocho de la- mañana. De aquí la gran impaciencia de los curiosos, ninguno de los cuales tenía el valor necesario para entrar en la sala antes que los viajeros hubieran salido de sus habitaciones. Al fin aparecieron a las ocho. Nada de particular les había acontecido. Se les podía ver yendo y viniendo por la posada. Después se sentaron para desayunarse, lo que no dejaba de ser bastante tranquilizador.
Además, Jonás, en pie en el dintel de la puerta, sonreía con aire afectuoso, invitando a sus antiguos parroquianos a que le volviesen su confianza. Puesto que el viajero que honraba con su presencia la posada era un noble, un noble rumano si se quiere, y de una de las más antiguas familias rumanas, ¿Qué podían temer en tan noble compañía?
En breve sucedió que el señor Koltz, pensando que él debía ser el primero en dar ejemplo, se decidió a dar el primer paso.
A eso de las nueve el biró entró en el salón, algo perplejo. Pronto fue seguido por el maestro Hermod, por tres o cuatro transilvanos y por el pastor Frik. En cuanto al doctor Patak, había sido imposible decidirle a que les acompañase.
-¡Poner los pies en casa de Jonás! ... había respondido: ¡aunque me pagase diez florines por la visita!
Conviene advertir una cosa que no deja de tener importancia.
Si el señor Kaltz habia consentido en volver a entrar en el Rey Matías, no era únicamente por satisfacer un sentimiento de curiosidad, ni por el deseo de.ponerse en relaciones con el conde Franz de Télek. ¡No! El interés entraba por mucho en aquella determinación.
En efecto: en su cualidad de viajero, estaba obligado a pagar el pasaje por su criado y por él, y no se habrá olvidado que estas contribuciones iban directamente al bolsillo del primer magistrado de Werst.
El biró hizo la reclamación en términos decorosos, y Franz de Télek, aunque un poco sorprendido de la petición, se apresuró a pagar los derechos. Rogó también al señor Koltz y al maestro que se sentaran un momento a su mesa. Ellos aceptaron, no pudiendo rehusar un ofrecimiento tan políticamente formulado.
Jonás se apresuró a servir licores varios, los mejores de su cueva. Algunos vecinos de Werst pidieron entonces una ronda por su cuenta. Había, pues, motivo para creer que la antigua clientela, dispersa un instante, no tardaría en volver a tomar el camino del Rey Matías.
Después de haber pagado la contribución impuesta a los viajeros, Franz de Télek mostró deseos de saber si estos derechos producían mucho.
-No tanto como querríamos, señor conde, respondió el señor Koltz.
-¿Acaso es raro que los extranjeros vengan a esta parte de Transilvania?
-Muy raro, en efecto, respondió el biró, no obstante el mérito del país, que le hace digno de ser visitado.
-Así, lo creo, dijo el conde. Lo que he visto me ha parecido digno de atraer la atención de los viajeros. Desde la cúspide del Retyezat he admirado mucho los valles del Sil, las ciudades que se divisan en el E. y el círculo de montañas que ródean el macizo de los Cárpatos.
-Es muy hermoso, señor conde, es muy hermoso, respondió el maestro Hermod; y para completar vuestra excursión os invitamos a hacer la ascensión al Paring.
-Tengo el temor de que me falte el tiempo necesario para ello, respondió Franz de Télek.
-Con un día habrá bastante.
-Sin duda; pero yo regreso a Karisburg, y cuento con partir mañana por la mañana.
-¡Cómo! ¿Piensa el señor conde dejarnos tan pronto? dijo Jonás tomando su aire más afectuoso.
No le hubiera disgustado ver que los huéspedes prolongasen su estancia en el Rey Matías.
-Es preciso, respondió el joven. Además, ¿a qué objeto prolongar mi estancia en Werst?
-Creed que nuestro pueblo vale la pena de que un turista permanezea algún tiempo en él, hizo observar el señor Kotlz.
-Sin embargo, parece ser poco frecuentado, replicó el conde. Será probablemente porque los alrededores no ofrezcan nada curioso.
-En efecto, nada curioso, dijo el biró, pensando en el castillo.
-No.. . nada curioso, repitió el maestro,
-¡Oh... oh!. .. dijo el pastor Frik, dejando escapar involuntariarrente esta exclamación.
¡Qué miradas le arrojaron Koltz y los demás, y particularmente el posadero! ¿Era preciso poner a un extranjero al tanto de los secretos del país? ¿Enterarle de lo que sucedía en la meseta de Orgall? Señalar a su atención el castillo de los Cárpatos, ¿no era querer atemorizarle, despertando en él el deseo de abandonar el pueblo? Y en lo sucesivo, ¿qué viajeros querrían seguir el camino de la garganta del Vulcano para penetrar en Tránsilvanía?
Verdaderamente aquel pastor no mostraba más inteligencia que el más bestia de sus carneros.
-¡Cállete, imbécil....cállate! le dijo a media voz el señor Koltz.
Como la curiosidad del conde se había despertado, se dirigió directamente a Frik, preguntándole qué significaban aquellas exclamaciones.
No era el pastor hombre que se arrepintiese fácilmente, y en el fondo pensaba que tal vez Franz de Télek pudiera dar un buen consejo provechoso al pueblo.
-He dicho ¡oh... oh! señor conde, replicó, y no me vuelvo atrás.
-¿Hay, pues, en los alrededores de Werst alguna maravilla que visitar? preguntó el conde.
-¡Alguna maravilla! ... repitió el señor Koltz.
-¡No, no! exclamaron los demás.
Y temblaban ya al pensamiento de que otra tentativa hecha para penetrar en el castillo, serviría para atraer nuevas desgracias.
Franz de Télek, no sin alguna sorpresa, observó aquellos valientes, cuyos rostros indicaban diversamente el terror, de bien significativa manera.
-¿Qué hay, pues? preguntó.
-¿Que qué hay, señor? respondió Rotzko. Pues bien: parece que se trata del castillo de los Cárpatos.
-¿,Del castillo de los Cárpatos?
-Sí. Éste es el nombre que el pastor acaba de decirme al oído.
Y diciendo esto, Rotzko mostraba a Frik, que meneaba la cabeza sin atreverse a mirar a su amo.
Habíase abierto una brecha en el muro de la vida privada del pueblo, y no tardó en pasar toda la historia por esta brecha.
En efecto: el señor Koltz, que había tomado su partido, quiso por sí rnismo hacer conocer la situación al joven conde contándole cuanto concernía al castillo de los Cárpatos.
No hay que decir que Franz no pudo ocultar el asombro que esta relación le hizo experimentar, y las ideas que le sugirió.
Aunque medianamente instruido en materias científicas, como sucede entre los jóvenes de su condición, que viven en sus castillos, enterrados en el fondo de los campos valacos era un hombre de buen sentido. No creía, pues, en apariciones, y las leyendas le causaban risa desde luego. Un castillo habitado por espíritus excitaba su incredulidad. Además, en todo lo que acababa de contar el Sr. Koltz, no había nada de maravilloso, sino únicamente algunos sucesos más o menos admisibles, a los que la gente de Werst atribuía un origen sobrenatural. El humo del torreón, las campanas lanzadas el vuelo, cosas eran que se podían explicar sencillamente. En cuanto a las fulguriciones y a los ruidos que salían de la muralla, eran efecto de la imaginación.
Franz de Télek no se contuvo para decirlo y bromear de ello, con gran escándalo de sus oyentes.
-Pero, señor conde, le hizo observar el señor Koltz, hay más todavía.
-¿Y qué es ello?
-Pues bien: que es imposible penetrar en el castillo de los Cárpatos.
-¿Verdaderamente?
-Nuestro guardabosque y nuestro doctor han querido franquear las murallas hace algunos días en obsequio al pueblo, y han pagado cara su intentona.
-¿Qué les ha sucedido? preguntó Franz con tono bastante irónico.
El señor Koltz contó -los detalles de la aventura de Nic y del doctor.
-¿De modo que cuando el doctor quiso salir del foso sus pies estaban fuertemente sujetos en el suelo, sin que pudiera dar un paso adelante?
-Ni adelante ni atrás, añadió Hermod.
-Lo habrá creído vuestro doctor replicó Franz de Télek, y sería el miedo lo que le sujetaba por los talones.
-Sea, señor conde, replicó el señor Kóltz. Pero Nic Deck ha sufrido una violenta, sacudida cuando le ha puesto la mano sobre el herraje del puente levadizo.
-Habrá recibido algún fuerte gol,P'---
-Y tan fuerte, replicó el biró, que está en el lecho desde aquel día. 1
-¿Pero no será peligro de muerte? se apresuró a preguntar el conde.
-No, afortunadamente.
En realidad, aquello era un hecho, un hecho innegable, y el señor Koltz esperaba la explicación que Franz de Télek le iba a dar.
He aquí lo que el conde respondió muy explícitamente:
-En todo lo que acabo de oír, repito que no hay nada que no sea muy sencillo. Para mí no tiene duda que el castillo de los Cárpatos está ocupado ahora. ¿Por quién? Lo ignoro. De cierto no es por espíritus, sino por gente que tiene interés en ocultarse después de haber buscado refugio en él.
-¿Malhechores? exclamó el señor Koltz.
-Es lo probable; y como no quieren que vayan a echarles de allí, han hecho creer que el castillo estaba habitado por seres sobrenaturales.
-¡Cómo, señor conde! respondió el maestro Hermod. ¿Creéis vos?...
-Yo creo que vuestro país es muy supersticioso, que los huéspedes del castillo lo saben, y han querido de ese modo evitar visitas importunas.
Era verosímil que las cosas hubieran pasado de esta suerte; pero no se extrañará que nadie de Werst quisiera admitir esta explicación.
El conde notó que no había convencido a un auditorio que, no quería dejarse convencer. Por lo tanto, se contentó con añadir:
-Puesto que no admitís mis razones, señores, continuad creyendo lo que os plazca respecto al castillo de los Cárpatos.
-Creemos lo que hemos visto, señor conde, respondió el señor Koltz.
-Y lo que es, añadió el maestro.
-Sea; y verdaderamente lamento no poder disponer de veinticuatro horas, pues Rotzko y yo iríamos a visitar vuestro famoso castillo, y os aseguro que bien pronto sabríamos a qué atenernos.
-¡Visitar el castillo! exclamó el señor Koltz.
-Sin vacilar, y ni el diablo en persona nos hubiera impedido franquear la muralla.
Oyendo a Franz de Télek expresarse en términos tan categóricos e irónicos al mismo tiempo, sintieron todos un singular espanto. El tratar a los espíritus con tan poco respeto, ¿no podía atraer alguna catástrofe obre el pueblo? ¿Acaso no oían los genios cuanto se decía en la posada del Rey Matías? ¿Iba a resonar la voz por segunda vez en el salón?
Y a este propósito el señor Koltz advirtió al conde en qué condiciones el guardabosque había sido amenazado de un terrible castigo, si se empeñaba en querer penetrar en el castillo de los Cárpatos.
Franz de Télek se contentó con encogerse de hombros; después se levantó diciendo que jamás se había podido oír, como pretendían, ninguna voz en aquella sala. Todo esto afirrnó que no existía más que en la imaginación de los parroquianos, demasiado crédulos y un poco aficionados al schnaps del Rey Matias.
Entonces algunos se dirigieron hacia la puerta, poco dispuestos a estar más tiempo en un sitio en el que un joven escéptico osaba sostener semejantes palabras.
Pero Franz de Télek les detuvo con un gesto.
-Decididamente, señores, dijo, veo que el pueblo de Werst está bajo el imperio del miedo.
-Y no sin razón, señor conde, respondió Koltz.
-Pues bien: he aquí un medio para acabar con las maquinaciones que según vosotros pasan en el castillo de los Cárpatos. Pasado mañana estaré en Karlsburg, y, si quereis, prevendré a las autoridades de la ciudad. Se os enviará una compañía de gendarmes o de agentes de la policía, y os respondo que que esos valientes penetrarán en el castillo, sea para cazar a los farsantes que se divierten con vuestra credulidad, sea para detener a los malhechores que preparan algún mal golpe.
Nada más aceptable que esta proposicion, y, sin embargo, no fue del agrado de los notables de Werst. En su opinión, ni los gendarmes, ni la policía, ni el mismo ejército, podrían nada contra seres sobrehumanos, que sabrían defenderse con medios también sobrenaturales.
-Mas pienso ahora, señores, replicó entonces el conde, que todavía no me habéis dicho a quién pertenece o perteneció el castillo de los Cárpatos.
-A una antigua familia del país: la de los barones de Gortz, respondió el señor Koltz.
-¡La familia de Gortz! exclamó Franz de Télek.
-La misma.
-¿A la que pertenece el barón Rodolfo?
-Sí señor conde.
-¿Y sabéis si ha venido?
-No; hace muchos años que el barón no ha vuelto por el castillo.
Franz de Télek se había puesto muy pálido, y maquinalmente repetía con voz alterada:
-¡Rodolfo de Gortz!
CAPÍTULO II
La familia de los condes de Télek, una de las más antiguas e ilustres de Rumania, ya gozaba de gran prestigio mucho antes de que este país hubiese conquistado su independencia en los comienzos del siglo XVI. El apelilido Télek figura en todas las peripecias políticas del mencionado país, y su historia hállase escrita en páginas gloriosas.
Menos afortunada en la actualidad que, la famosa haya del castillo, que tenía tres ramas, la familia de los Télek sólo contaba con un vástago, que era el caballero que acabamos de ver llegar a Werst.
Pasó Franz toda su infancia en el castillo patrimonial en que moraban el conde y la condesa de Télek. Gozaban los descendientes de aquella familia gran consideración en el país, dónde hacían generoso empleo de su fortuna. Entregados a la vida cómoda y patriarcal de la nobleza del campo, apenas si dejaban sus dominios de Krajowa una vez al año, y esto cuandó sus negocios les llamaban a la población de este título, distante del castillo tan sólo algunas millas.
Tal género de vida tenía que influir en la educación de su hijo único, y Franz debía sentir el efecto del medio en que su juventud transcurría. Tuvo por maestro a un anciano sacerdote italiano que no le pudo enseñar más de lo que sabía, que no era a la verdad gran cosa. De este modo el niño se fue haciendo hombre sin haber adquirido más que insuficientes nociones de las ciencias, artes y literaturas contemporáneas. La caza era su pasión, y pasábase días y noches por bosques y prados persiguiendo ciervos, jabalíes y osos, cuchillo en mano, este, era el pasatiempo favorito del joven conde, quien, valiente y resuelto, realizaba verdaderas proezas en tan rudo ejercicio.
Murió la condesa cuando apenas su hijo tenía quince años, y sólo tenía veintiuno ctrando pereció su padre, víctima de un accidente de caza.
La pena que afligió al joven fue inmensa ante ambas irreparables pérdidas en tan poco tiempo. Toda su ternura, cuanto cariño encerraba su corazón, habíase. compendiado en su acendrado amor filial. Mas cuando aquel amor le faltó, careciendo de amigos y muerto también su preceptor, encontróse solo en el mundo.
Durante tres años, el joven conde permaneció en el castillo de Krajowa, sin poder decidirse a abandonarle. Vivía allí sin buscar relaciones con el exterior. Apenas iba una o dos veces a Bucarest cuando los negocios le obligaban a ello, y aun estas ausencias eran de corta duración, pues tenía ansia de regresar a sus dominios.
Sin embargo, esta existencia no podía durar, y Franz concluyó por sentir el deseo de ensanchar un horizonte que limitaban estrechamente las montañas rumanas: quiso volar a otro ambiente.
Tenía unos veintitrés años cuando tomó la resolución de viajar. Su fortuna le permitía satisfacer largamente sus nuevos caprichos... Un día abandonó el castillo de Krajowa, sus antiguos servidores, y se alejó del país valaco, en compañía de Rotzko, un antiguo soldado rumano que desde diez años atrás estaba al servicio de la familia Telek y era el compañero, del joven en todas sus expediciones de caza. Era hombre valiente y resuelto, y muy devoto de su amo.
La intención del conde era visitar Europa y detenerse algunos meses en las capitales más importantes del continente. Creía, no sin razón, que su instrucción, nada más que esbozada en el castillo de Krajowa, podría completarse por las enseñanzas de un viaje cuyo plan había dispuesto cuidadosamente.
Franz quiso visitar a Italia lo primero, pues hablaba correctamente el italiano que el viejo sacerdote le había enseñado. El atractivo de aquella tierra tan rica en recuerdos, y a la que se sentía preferentemente atraído, fue, tal, que permaneció allí cuatro años. No abandonó Venecia sino para ir a Florencia, ni Roma sino para ir a Nápoles, volviendo sin cesar a aquellos centros artísticos, de los que no podía separarse. Dejaba para más tarde el visitar Francia, Alemania, España, Rusia e Inglaterra; para cuando la edad hubiera madurado sus ideas y pudiera estudiar aquellas regiones con mayor provecho. Por el contrario, estaba en toda la efervescencia de la juventud para gustar el encanto de las grandes ciudades italianas.
Tenía Franz de Télek veintisiete años cuando fue a Nápoles por la última vez. No pensaba permanecer en aquel punto más que algunos días antes de volver a Sicilia, terminado su viaje con la exploración de la antigua Trinacria, y retornando después al castillo de Krajowa a fin de descansar un año.
Una circunstancia inesperada había, no solamente de cambiar sus planes, sino de decidir de su vida entera y modificar su curso. Durante aquellos años pasados en Italia, el conde había perfeccionado su instrucción de un modo mediano solamente, sintiéndose poco apto para el cultivo de las ciencias: pero en cambio el sentimiento de lo bello le había sido revelado como a un ciego la luz. Con el espíritu abierto a los esplendores del arte, se entusiasmaba delante de las obras maestras de la pintura, cuando visitaba los museos de Nápoles, Venecia Roma y Florencia; y al mismo tiempo los teatros le habían hecho conocer las obras líricas de aquella época, y se apasionaba por la manera como los artistas las interpretaban.
Durante su última estancia en Nápoles, y en las circunstancias particulares que vamos a referir, un sentimiento de una naturaleza más viva, de una fuerza más intensa, se apoderó de su corazón.
En aquella época, y en el teatro de San Carlos, había una célebre cantante, cuya voz pura, método acabado y juego dramático causaban la admiración de los aficionados al divino arte. Hasta entonces la Stilla no había buscado los aplausos del extranjero, y jamás cantaba más música que la italiana, que ocupaba el primer puesto en el arte de la composición. El teatro de Carignan en Turín, de Scala en Milán, Fenice en Venecia, el de Alferi en Florencia, el de Apolo en Roma y el de San Carlos en Nápoles, la poseían por turno, y sus triunfos no la dejaban ningún disgusto por no haber todavía pisado otras escenas de Europa.
Tenía entonces Stilla veinticinco años, y era una mujer de una belleza ideal, con su larga cabellera de dorados tonos, el fuego de sus ojos negros y profundos, donde parecían brillar llamas, la pureza de sus rasgos, temperamento ardiente y un talle que no hubiera podido hacer más perfecto el cincel de Paxiteles. Esta mujer era, además, una artista sublime, otra Malibran, cuyo Musset hubiera podido decir también:
Et tes chants dans les cieux ernportaient la douleur
Y esta voz que el más querido de los poetas ha celebrado en sus inmortales estrofas:
« ... cette voix du coeur qui seule au coeur arrive»
esta voz era la de Stilla, en toda su inexplicable magnificencia. Sin embargo, esta incomparable primadona, que reproducía con tal perfección los acentos de la ternura, el fuego de las pasiones y los más poderosos sentimientos del alma, no había sentido, según se decía, estos efectos en su corazón. Jamás había amado; jamás sus ojos habían respondido a las mil miradas que la envolvían sobre la escena. Parecía no querer vivir más que en su arte y para su arte.
Desde la primera vez que Franz vio a Stilla, sintió ese irresistible entuisiasmo que es la esencia del primer amor. Renunció a su proyecto de abandonar Italia después de haber visitado Sicilia y resolvió quedarse en Nápoles hasta el fin de la temporada teatral. Como si un invisible lazo, que él no podía romper, le hubiera sujetado a la cantante; asistía a todas las representaciones, que el entusiasmo del público transformaba en verdaderos triunfos. Muchas veces, incapaz de dominar su pasión, había intentado acercarse a ella; pero la puerta de la Stilla estaba invariablemente cerrada, tanto para él como para los otros fanáticos adoradores.
Síguese de aquí, pues, que el joven conde fue bien pronto el más desconsolado de los hombres. Siempre solo, en presencia de su amor, no pensando más que en la gran artista; no vivía más que para verla y oírla, sin buscar el crearse relaciones en un mundo al que su nombre y fortuna le llamaban.
Bien pronto aquella efervescencia de su alma se acrecentó hasta tal punto, que su salud se vio comprometida, y júzguese cuánto hubiera sufrido si hubiera sentido la tortura de los celos; si el corazón de la Stilla hubiera pertenecido a otro.
Pero -el conde no tenía rival; lo sabía y no hubiera tenido desconfianza alguna, a no ser por cierto personaje, bastante extraño, cuyo carácter y rasgos vamos a conocer, por exigirlo así las peripecias de esta historia.
Era un hombre de cincuenta a cincuenta y cinco años (al menos así se creía), en la época en aue Franz de Télek vino a Nápoles por última vez. Este ser, poco comunicativo, parecía vivir fuera de las conveniencias sociales propias de las altas clases. Nada se sabía de su familia, de su estado actual, de su pasado. Se le encontraba hoy en Roma, mañana en Florencia, y, es preciso decirlo, según que la Stilla estaba en Florencia o en Roma. En realidad no se le conocía más que una sola pasión: oír a la cantante de tan gran renombre, que ocupaba entonces el primer puesto en el arte del canto.
Si Franz de Télek no vivía más que en el delirio de su idolatría por la Stilla desde el día en que la había aplaudido, o, por mejor decir, en que la había visto sobre la escena de Nápoles, hacía ya seis años que el excéntrico aficionado se había unido a la cantante.
Pero muy diferente en esto al joven conde, no era la mujer, sino la voz lo que había llegado a ser una necesidad de su vida; necesidad tan imperiosa como la del aire que respiraba. Jamás había intentado verla fuera de la escena; jamás se había presentado en casa de la Stilla; jamás le había escrito. Pero todas las veces que la Stilla aparecía en cualquier teatro de Italia, se veía pasar por delante del despacho un hornbre de alta estatura, envuelto en un largo gabán oscuro y cubierto de ancho sombrero que ocultaba su cara. Este hombre se apresuraba a tomar asiento en el fondo de un palco enrejado, probablemente abonado para él. Y allí quedaba encerrado, inmóvil y silencioso durante toda la representación. Después, una vez que Stilla había dado su última nota, salía furtivamente, y ninguno de los demas cantantes le hubiera podido retener... No los hubiera oído.
¿Quién era este espectador tan asiduo a sus representaciones? En vano había tratado de saberlo la Stilla. Y como ésta era de una naturaleza tan impresionable, concluyó por aterrarle la presencia de este hombre original; terror poco razonable, pero muy real. Aunque la Stilla no podía verle en el fondo de su palco, cuya celosía jamás,bajaba el misterioso personaje, ella sabía que estaba allí; sentía su mirada imperiosamente fija sobre ella, Y profundamente turbada por su presencia, no oía ni los bravos con que el público acogía su salida a escena.
Queda dicho que este personaje jamás se había aproximado a Stilla; pero si no había procurado conocer a la mujer -e insistimos particularmente en este punto-, todo cuanto podía recordar a la artista había sido objeto de sus constantes atenciones. Así es que poseia el más hermoso de los retratos que el gran pintor Michel Gregorio había hecho de la cantante. En aquel retrato estaba la Stilla apasionada, vibrante, sublime, encarnada en uno de sus más hermosos papeles. Aquel retrato, adquirido a peso de oro, bien valía lo que por él había pagado su rico admirador.
Por más que aquel ente original, siempre solo en su palco, no salía nunca de su casa sino para ir al teatro, no vivía en un aislamiento absoluto. ¡No! Un compañero no menos extraño que él compartía su existencia.
Este último se llamaba Orfanik. ¿Qué edad tenía? ¿De dónde venía y de dónde era? Nadie hubiera podido dar contestación a estas preguntas. De creer lo que decía a todo el que quería oírlo, era uno de esos sabios ignorados cuyo genio no ha podido darse a luz, y que sienten odio hacia el mundo que les desconoce. Suponíase, no sin razón, que debía de ser algún pobre diablo, algún inventor que vivía a expensas de su protector.
Era Orfanik de mediana estatura, delgado, raquítico, con cara de hético; una de esas caras pálidas que en el antiguo lenguaje recibían el calificativo de chiches faces.
Seña particular: llevaba una ojera puesta sobre el ojo derecho, que acaso había perdido en algún experimento de física, y sobre su nariz unos gruesos anteojos, cuyo único cristal de miope servía a su ojo izquierdo de verdosa pupila.
Durante sus paseos solitarios gesticulaba como si hablase con algún ser invisible que le escuchase sin responderle nunca.
El extraño melómano y el no menos extraño Orfanik eran todo lo conocidos que podían ser en las ciudades italianas a las que acudían en las temporadas teatrales. Gozaban el privilegio de excitar la pública curiosidad; y por más que el admirador de la Stilla hubiese rechazado siempre a los reporters y a sus indiscretas interviews, al cabo conocióse su nombre y su nacionalidad. Era de origen rumano, y la primera vez que Franz de Télek preguntó cómo se llamaba, le respondieron: «el barón Rodolfo de Gortz.»
Así estaban las cosas en la época en que el conde acababa de llegar a Nápoles. Hacía dos meses que el teatro de San Carlos contaba por llenos las representaciones, y el éxito de la Stilla acrecía cada noche. Jamás la artista se había mostrado tan admirable en el desempeño de los diversos papeles de su repertorio; jamás había obtenido ovaciones más entusiastas.
Durante las representaciones, y en tanto que Franz ocupaba su butaca de orquesta, el barón de Gortz, oculto en el fondo del palco, quedábase absorto en aquel canto ideal, impregnándose de aquella voz divina, sin la que la vida le parecía imposible.
Empezó a correr por Nápoles un rumor, al que el público rehusaba dar crédito, pero que acabó por alarmar al mundo dilettante. Se decía que al terminar la temporada la Stilla iba a retirarse de la escena. . ¡Qué! En toda la posesión de su talento, en la plenitud de su belleza, en el apogeo de su carrera artística, ¿era posible que pensase en retirarse?
Sin embargo, aquel rumor que parcecía inverosímil, era cierto, y en, realidad el barón de Gortz no era ajeno a esta, resolución.
Aquel espectador misterioso, siempre invisible tras la celosía del palco, había acabado por provocar en la Stilla una emoción nerviosa, persistente, de la que no podía defenderse. En cuanto salía a escena sentiase impresionada hasta tal punto, que su turbación, muy visible para el público, alteraba poco a poco la salud de la joven.
Salir de Nápoles, huir a Roma, a Venecia o a otra ciudad cualquiera de la península, no sería suficiente -Stilla lo sabía- para librarse de la presencia del barón de Gortz. Otro tanto sucedería si abandonaba Italia yendo a Alemania, a Rusia o a Francia. Aquel hombre la seguiría adonde fuese con el objeto de oírla, y sólo tenía un medio para libertarse de aquella importunidad. Abandonar el teatro.
Ahora bien: desde dos meses ya, antes que el rumor de su retirada se hubiese extendido, Franz de Télek se había decidido a dar cerca de la cantante un paso cuyas consecuencias debían de traer desgraciadamente la más irreparable de las catástrofes. Libre de su persona y dueño de una fortuna, se había hecho admitir en casa de Stilla y le había ofrecido su mano y su título.
La Stilla no ignoraba desde hacía tiempo los sentimientos que inspiraba al conde, y pensaba que cualquier mujer, aun de la más alta sociedad, se consideraría feliz confiando su vida y felicidad a aquel caballero. Así que, en la dísposición de ánimo en que se encontraba, recibió la demanda con un agrado que no pudo ocultar. Sintióse amada con tal pasion, que consintió en ser la esposa del conde Télek, aun a costa de abandonar su carrera artística.
La noticia era, pues, verdadera. En cuanto terminase la temporada en el teatro de San Carlos, la Stilla no reaparecena en ningun teatro. Su matrimonio, del que ya se tenían algunas sospechas, se dio como cosa segura.
Como se comprende, aquello produjo un efecto prodigioso, no solamente en el mundo artístico, sino también en el gran mundo de Italia. Preciso era ya admitir el proyecto. Celos y odios se desencadenaron contra el conde, que robaba al arte, a sus éxitos y a la idolatría de los aficionados, la primera cantante de la época. Hubo hasta amenazas personales, de las que Franz no se preocupó nada.
Si tal efecto -hizo la noticia en el público, imagínese lo que sentiría Rodolfo de Gortz ante la idea de que su ídolo le iba a ser robado, perdiendo, al perderle, el encanto de su vida. Corrió el rumor de que intentó suicidarse: lo cierto fue que desde aquel día ya no se vio a Orfanik por las calles de Nápoles; ya no abandonaba al barón, y hasta iba con él a
encerrarse en el palco de San Carlos, cosa que nunca había hecho, siendo como era absolutamente refractario, como tantos sabios, al encanto sensual de la música.
En tanto transcurría el tiempo, y la emoción iba a llegar a su colmo la noche en que la Stilla aparecería por última vez en escena. Iba a despedirse del público con el hermoso papel de Angélica en el Orlando, la obra maestra de Arconati.
Aquella noche era el teatro muy pequeno para contener a los espectadores que se agolpaban a las puertas, quedando sin obtener localidad la mayor parte. Llegaron a temerse manifestaciones contra el conde de Télek, ya que no durante la representación, al menos cuando el telón bajase en el último acto de la ópera.
El barón de Gortz ocupaba su palco, como de costumbre, y Orfanik le acompañaba.
La Stilla apareció más emocionada que nunca. Rehízose, sin embargo, y abandonándose a su inspiracion, cantó con una perfección, con un tan inefable talento, que no puede expresarse. El entusiasmo que causó a los espectadores llegó al delirio.
Durante la representación, el conde permaneció de pie junto a la caja de bastidores, impaciente, nervioso, febril, pudiendo apenas contenerse, maldiciendo la extensión de las escenas, irritándole la tardanza que provocaban los aplausos y las llamadas. ¡Ah! ¡Cuánto tardaba el momento de arrancar de aquel teatro la que iba a ser condesa de Télek! Aquella mujer adorada, que se llevaría lejos, muy lejos, donde no pudiera ser de nadie más que de él solo.
Llegó el momento supremo; la dramática escena última, en que muere la heroína del Orlando. Nunca pareció más hermosa la admirable música de Arconati. Jamás la Stilla la interpretó con más apasionados acentos. El alma de la artista parecía asomar a sus labios, y, sin embargo, diríase que aquella voz, desgarradora en algunos momentos, iba a destrozarse, puesto que no se la iba, a oír jamás.
En aquel momento corrióse la celosía del palco del batón de Gortz y apareció aquella extraña cabeza de largo pelo gris y ojos brillantes... Mostróse aquella cara estática, de espantosa palidez. Franz desde la caja de bastidores, vio en plena luz, por primera vez, aquella cabeza.
La Stilla se dejaba arrastrar por el fuego de la arrbatadora estrofa del canto final. Acababa de repetir aquella frase de sublime sentimiento.
Inamorata, mio coure treinante...
Voglio morire...
De repente se detuvo. La cara del barón de Gortz la aterrorizó... Paralizóla inexplicable espanto... Llevóse rápidamente la mano a la boca, tinta en sangre. .. Vaciló... y cayo...
El público en masa se levantó palpitante,. loco, en el colmo de la angustia... Del palco del barón escapose un grito... Franz se precipita en la escena, coge a Stilla en sus brazos, la levanta, la contempla, la llama, y exclama:
¡Muerta!.. . ¡Muerta! ...
¡Sí! La Stilla está muerta. . . En su pecho se ha roto un vaso... ¡Su canto se ha extinguido con su último suspito!
El conde fue trasladad o a su hotel en tal estado, que se temía por su razón. No pudo asistir a los funerales de la Stilla, que fueron hechos en medio de un inmenso concurso de la población nápolitana.
El cuerpo de la cantante fue inhumado en el Campo Santo Nuovo. Sobre el mármol de su tumba se lee este nombre:
STILLA
La noche de los funerales, un hombre fue al Campo Santo Nuovo; allí, con los ojos extraviados, la cabeza enmarañada, los labios apretados como si estuvieran sellados por la muerte, permaneció contemplando la tumba de la Stilla. Parecía como si prestase atención, imaginando que la voz de la Stilla iba a resonar por última vez desde el fondo de la tumba...
Aquel hombre era Rodolfo de Gortz.
En la misma noche, el barón de Gortz, acompañado de Orfanik, salió de Nápoles, y nadie volvió a saber de él.
Al siguiente dia llegó una carta, dirigida al conde de Télek. Aquella carta no contenía más que estas palabras, de un laconismo amenazador:
«Vos la habéis matado. ¡Desgraciado de vos, conde de Télek!
-RODOLFO DE GORTZ.»
CAPÍTULO III
Tal había sido aquella lamentable historia.
Durante un mes estuvo en gran peligro la vida de Franz de Télek. A nadie reconocía, ni aun a su fiel Rotzko. En los momentos de alta fiebre, sólo un nombre murmuraban sus labios, prestos a rendir el último aliento: Stilla. El joven logró por fin escapar a la cercana muerte. La pericia médica, los incesantes cuidados de Rotzko, y sobre todo su juventud y fuerte naturaleza, triunfaron, y Franz se salvó, quedando su razón incólume de aquel violento choque. Cuando pudo coordinar sus recuerdos, cuando volvió a su memoria la trágica escena del Orlando, en que la artista exhaló su alma, exclamó:
-¡Stilla, Stilla mía! En tanto que sus manos se tendían instintivamente a aplaudir.
Así que el joven pudo abandonar el lecho, Rotzko obtuvo de él la formal promesa de que abandonarían la funesta ciudad y se trasladaríán a su castillo de Krajowa. Quiso el conde, antes de partir de Nápoles, ir a orar sobre la tumba de la muerta y darla su último, su eterno adiós.
Rotzko le acompañó al Campo Santo Nuovo. Allí se arrojó el joven sobre aquella tierra despiadada... ; quería cavar con sus uñas su propia tumba... Pudo Rotzko arrancarle de allí, de aquella sepultura donde dejaba áu vida, su dicha toda.
Algunos días después, Franz de Télek, de vuelta en. Krajowa, en Valaquia, de nuevo se encontró en su castillo patrimonial, en donde durante cinco años vivió en el más completo aislamiento, sin querer salir de él. Ni la distancia pudieron dulcificar su pena. No podía olvidarlo. El recuerdo de Stilla, tan vivo como el primer día, se hallaba ligado a su existencia cual incurable herida.
Sin embargo, ya en la época en que comienza esta historia, el joven conde de Télek había dejado el castillo algunas semanas antes. ¡Cuántos ruegos y súplicas costó a Rotzko el decidir a su señor a que dejase la soledad en que íbasa consumiendo! Que el conde no llegase a consolarse, sea; pero, por lo menos, era preciso que tratase de mitigar su dolor.
Dispusieron un viaje que había de empezar visitando la Transilvania. Rotzko esperaba que más tarde el joven consentiría en continuar su viaje por Europa, tan tristemente interrumpido en Nápoles.
Franz de Télek partió, pues, como un turista, y solamente para una breve excursión. Ambos habían subido a las llanuras de Valaquia y habían llegado hasta la imponente cordillera de los Cárpatos; se internaron después por los desfiladeros del Vulcano; subieron al Retyezat, hicieron una expedición al valle de Meros y fueron a hacer alto a Werst, a la posada del Rey Matías.
Ya se ha dicho cuál era el estado de los ánimos en el momento en que Franz de Télek llegó, y como fue puesto al corriente de los incomprensibles sucesos acaecidos en el castillo. Se sabe también cómo el joven tuvo noticia de que el castillo pertenecía al barón Rodolfo de Gortz.
El efecto producido en el joven por aquel nombre no pudo pasar inadvertido para el señor Koltz y sus compañeros.
Rotzko hubiera de muy buena gana enviado al diablo al señor Koltz, que tan inoportunamente le pronunció, y a todas sus estúpidas historias. ¿Qué malandanza había llevado a Franz de Télek precisamente a Werst, junto al castillo de los Cárpatos?
El conde permaneció silencioso. Su mirada inquieta indicaba claramente la turbación de su alma, turbación que en vano trataba de calmar.
El Sr. Koltz y sus amigos comprendieron que algún lazo rnisterioso unía al conde de Télek y al barón de Gortz; pero por grande que fuese su curiosidad, mantuviéronse en prudente reserva y no insistieron sobre el particular. Más tarde se vería lo que había que hacer.
Poco después, todos abandonaron la posada, muy preocupados por aquel extraordinario encadenamiento de aventuras, que nada bueno presagiaba para la aldea.
Y bien: ahora que el joven conde sabía a quién pertenecía el castillo de los Cárpatos, ¿cumpliría su promesa? Una vez en Karlsburg, ¿prevendría a las autoridades y reclamaría su intervención? He aquí lo que se preguntaban el biró, el maestro, el doctor Patak y los demás. En todo caso, y si el conde no lo hacía, el señor Koltz estaba decidido a hacerlo. Advertida la Policía, vendría a visitar el castillo, y vería si se hallaba habitado por espíritus o por malhechores. El pueblo no podía continuar más tiempo bajo semejante temor. No obstante, en opinión de la mayoría, la tal medida resultaría inútil e ineficaz. ¿Qué batalla iba a ser aquella contra los espíritus? Los sables de los gendarmes saltarían cual si fuesen de vidrio, y sus fusiles errarían todos los disparos.
En tanto, Franz de Télek, solo en el establecimiento del Rey Matías, se abandonaba a los dolorosos recuerdos que el nombre del barón de Gortz evocaba en su espíritu.
Al cabo de una hora, pensando en estas cavilaciones, levantóse de su asiento, y saliendo de la sala se dirigió al extremo del terraplén y miró a lo lejos. Allá en la cuneta del Plesa y sobre la llanura de Orgall, alzábase el castillo de los Cárpatos. Allí era donde había vivido el extraño espectador del teatro de San Carlos, el hombre que de tal modo atemorizaba a la desgraciada Stilla. Mas a la sazón el castillo estaba desierto, Y el barón no había vuelto allí desde su marcha a Nápoles. Nada se sabía de lo que le hubiese acontecido, y era probable que, muerta la gran artista, el barón hubiera puesto fin a su existencia. Franz extraviaba su pensamiento por el campo de las hipótesis, no sabiendo cuál aceptar. Por otra parte, la aventura del guardabosque Nic Deck no dejaba de
preocuparle en cierto modo, y hubiérale complacido descubrir aquel misterio, aunque no fuese más que para tranquilizar a la población de Werst.
Como el joven no dudaba que se habían refugiado en el castillo malhechores, decidió cumplir su promesa de sorprender los planes de aquellos falsos aparecidos, dando parte a la policía de Karlsburg.
Sin embargo, antes de poner en práctica su idea, quiso Franz tener detalles más circunstanciados sobre el particular, y a este fin, lo más conveniente era dirigirse al propio guardabosque; razón por la cual, antes de volver a la posada, y a eso de las tres de la tarde, se presentó en casa del biró Koltz.
Mostróse éste muy honrado con la visita de un caballero de las prendas del conde de Télek... descendiente de noble familia rumana, al cual debería el pueblo haber recobrado la calma y su prosperidad, puesto que los turistas volverían a visitar el país, con lo que subirían los derechos de peaje, sin tener nada que temer de los genios maléficos del castillo de los Cárpatos, etc., etc.
Mucho agradeció Franz de Télek los cumplidos del biró, y le preguntó si había algún inconveniente en ser introducido en el cuarto de Nic Deck.
-Ninguno, señor conde, respondió el biró. El valiente, Nic mejora considerablemente, y no tardará en volver a su oficio.
Y añadió, dirigiéndose a su hija que acababa de entrar en la sala:
-¿No es verdad, Miriota?
-Dios haga que así sea, padre, respondió Miriota con voz conmo vida.
Franz quedó encantado del afectuoso saludo que le hizo la joven, y viéndola todavía inquieta por el estado de su prometido, se apresuró a pedirle algunas explicaciones con este motivo.
-Según tengo entendido, dijo, no ha sido grave la dolencia de Nic.
-No, señor conde. ¡Y que el cielo sea bendito!
-¿Tenéis en Werst buen médico?
-¡Hum!... dijo el señor Koltz un tono poco favorable para el antiguo enfermero del lazareto.
-Tenemos al doctor Patak, respondió Miriota.
-¿El que acompañó a Nic al castillo de los Cárpatos?
--Sí, señor conde.
--Señorita Miriota, dijo entonces Franz. En interés suyo, desearía ver vuestro novio y obtener algunos detalles más precisos acerca de su aventura.
-Se apresurará a dároslos, aunque aún está algo fatigado.
-¡Ah! Yo no abusaré, señorita Miriota; no haré nada que pueda perjudicar a Nic.
-Lo sé, señor conde.
-¿Cuándo se efectuará vuestro matrimonio?
-Dentro de quince días, respondió el biró.
-Entonces tendré un gran placer en asistir, si el señor Koltz tiene a bien el invitarme.
-¡Señor conde, tal honor! . . .
-Dentro de quince días, convenido. Y estoy seguro que estará ya curado y que podrá dar un paseo con su linda prometida.
-Dios le proteja, señor conde, respondió Miriota ruborizándose.
Y en este momento su encantadora cara expresaba una ansiedad tan visible, que Franz le preguntó la causa.
-Sí, que Dios le proteja, respondió Miriota; pues al intentar penetrar en el castillo de los Cárpatos, a pesar de la prohibición, Nic ha irritado a los genios, y ¡quién sabe si éstos no le atormentarán toda la vida!
-¡Oh, señorita Miriota! Ya les meteremos en cintura, os lo prometo, respondió Franz.
-¿Y no sucederá nada a mi pobre Nic?
-Nada; y gracias a los agentes de la policía , se podrá visitar el castillo dentro de algunos días, con tanta seguridad como la plaza de Werst.
El conde, juzgando inoportuno discutir la cuestión de lo sobrenatural delante de espíritus tan preocupados, rogó a Mirota le condujera al cuarto del guardabosque, lo que la joven se apresuró a hacer, dejando a Franz solo con su novio.
Nic Deck sabía ya la llegada de los dos viajeros a la posada del Rey Matías. Estaba sentado en un viejo sillón muy ancho, y se levantó para recibir al visitante. Como apenas se resentía ya de la parálisís, que le había acometido, se encontraba en estado de responder a las preguntas de Télek,
-Señor Deck, dijo Franz después de haber estrechado amistosamente la mano del joven; ante todo os preguntaré si creeis en la presencia de seres maléficos en el castillo de los Cárpatos.
-Me veo obligado a creerlo, señor conde, respondió Nic.
-¿Y serían ellos los que os impidieron franquear la muralla del castillo?
-¡No lo dudo!
-Y por qué, ¿queréis decirlo?
-Porque si no había genios, no tiene explicación lo que me ha sucedido.
-¿Queréis hacerme la merced de contarme, sin omitir nada, lo que os sucedió en vuestra tentativa?
-Con mucho gusto, señor conde.
Y Nic Deck refirió detalladamente lo que se le pedía, con lo que confirmó los hechos que habían llegado a conocimiento de Franz en su conversación con los parroquianos del Rey Matías; hechos a los que el conde daba, como se sabe, una explicación puramente natural.
En suma: los sucesos de aquella noche de aventuras se explicaban fácilmente, si los seres humanos o maléficos que ocupaban el castillo poseían la máquina capaz de producir aquellos efectos fantásticos. Respecto a la singular pretensión del doctor Patak, de haberse sentido sujeto al suelo por una fuerza invisible, se podía sostener que el dicho doctor había sido juguete de una ilusión. Lo que parecía más verosímil, era que las piernas del doctor habían quedado paralizadas, porque él estaba loco de espanto; y esto fue lo que Franz dijo al guardabosque.
-¡Cómo, señor conde! respondió éste. En el momento mismo en que el doctor quería huir, ¿iban las piernas de este poltrón a negarse a andar? Convendréis en que esto no es posible.
-Pues bien, replicó Franz; admitamos que sus pies estaban cogidos en algún lazo, que probablemente estaba oculto bajo la hierba, en el fondo del foso.
-Cuando los lazos se aprietan, respondió el guardabosque, hieren cruelmente; y si examináis las carnes y las piernas del doctor, no encontraréis señal de herida alguna.
-Vuestra observación es justa, Nic Deck, y sin embargo, creedme, si es verdad que el doctor no podía separarse del suelo, era que sus pies estaban sujetos por un lazo...
-Y yo os pegunto ahora, señor conde: ¿cómo este lazo pudo abrirse por sí mismo, para dejar en libertad al doctor?
Franz se vio muy apurado para responder.
-Además, señor conde, replicó el guardabosque, yo os concedo lo que queráis en lo que concierne al doctor Patak. Después de todo, nada puedo afirmar de lo que no sé por mí mismo.
-Sí; dejemos al valiente doctor, y hablemos de lo que os pasó,a vos, Nic Deck.
-Lo que me pasó es bien claro. No hay duda de que yo recibí una fuerte sacudida, y de una manera que no es natural.
-¿No hay en vuestro cuerpo ninguna señal de herida? preguntó Franz.
-Ninguna, señor conde. Y, sin embargo, fui atacado con una violencia formidable.
-¿Fue en el momento en que habíais puesto la mano sobre la bisagra del puente levadizo?
Sí, señor conde. Y apenas le había tocado, quedé como paralítico. Afortunadamente mi mano no había soltado la cadena que tenía asida, y me deslicé hasta el fondo del foso, donde el doctor me encontró sin conocimiento.
Franz sacudió la cabeza, como hombre cuya incredulidad persistiese ante aquellas explicaciones.
-Veamos, señor conde, replicó Nic. Lo que yo os he contado no ha sido un sueño; y si durante ocho días he permanecido extendido todo a lo largo sobre este lecho, sin poder hacer uso ni de brazos ni de piernas, no será razonable decir que me he imaginado todo esto.
-No lo pretendo, y es bien seguro que habéis recibido una conmoción brutal. ..
-¡Brutal y diabólica!
-¡No! En esto es en lo que diferimos, Níc Deck, respondió el conde. Creeis haber sido golpeado por un ser sobrenatural, y yo no lo creo, por la razón de que no hay seres sobrenaturales ni maléficos ni benéficos.
-Entonces, ¿queréis explicarine el por qué de lo que me ha sucedido?
-No puedo aún; pero estad seguro de que todo se explicará de la manera más sencilla.
-¡Dios lo quiera! respondió el guardabosque.
-Decidme, preguntó Franz: ¿ese castillo ha pertenecido siempre a la familia die Gortz?
-Sí, señor conde; y le pertenece aún, aunque el último descendiente, el barón Rodolfo, ha desaparecido, sin que jamás se haya podido tener noticias suyas.
-¿Y en qué época fue esta desaparición?
-Hará unos veinte años.
-¿Veinte años?
Sí, señor conde. Un día el barón Rodolfo abandonó el castillo, cuyo último servidor murió algunos meses después de su partida, y no ha vuelto.
-¿Y desde entonces nadie ha puesto los pies en el castillo?
-Nadie.
-¿Y qué se cree en el país?
-Se cree que el barón Rodolf ha debido morir en el extranjero poco tiempo después de su desaparición.
-Se engañan, Nic Deck, el barón vivía todavía, hace cinco años al menos.
-¿Vivía, señor conde?
-Sí; en Italia. En Nápoles.
-¿Le habéis visto?
-Le he visto.
-¿Y desde hace cinco años?.
-No he oído hablar de él.
El joven guardabosque quedó pensativo, acometido de una idea que dudaba en formular. Decidióse, al fin, y levantando la cabeza y, frunciendo el ceño, dijo:
-No es de suponer, señor conde, que el barón Rodolfo de Gortz haya vuelto al país con la intención de encerrarse en el castillo. ,1
-No... no es de suponer, Nic Deck.
-¿,Qué interés hubiera tenido en ocultarse... en no dejar llegar a nadie hasta él?...
Ninguno, respondió Franz de Télek.
Y, sin embargo, era ésta una idea que comenzaba a tomar cuerpo en el, espíritu del conde. ¿No era posible que aquel personaje cuya existencia había siempre sido tan enigmática, hubiera ido a refugiarse en este castillo después de haber abandonado Nápoles? Allí, gracias a las supersticiones hábilmente preparadas, ¿no le habría sido fácil, si él quería vivir en el aislamiento, defenderse contra toda indagación importuna, dado que él conocía el estado de los espíritus de los países circunvecinos? De todos modos, Franz juzgó inútil lanzar a los de Werst sobre esta hipótesis. Hubiera sido preciso hacer-les confidencias de hechos que le eran demasiado personales. No conseguiría, por otra parte, convencer a nadie; cosa que comprendió bien cuando, Nic Deck añadió:
-Si el barón Rodolfo es quien habita el castillo, preciso es creer que el barón es el Chort, pues sólo el Chort ha podido tratarme de esa manera.
Deseoso de no continuar sobre este terreno, Franz cambió el curso de la conversación. Después de haber empleado todos los medios a fin de tranquilizar al guardabosque sobre las consecuencias de su tentativa, obtuvo de él la promesa de que no la renovaría. No era éste asunto suyo, sino de las autoridades, y los agentes de la policía de Karlsburg sabrían descubrir el misterio del castillo de los Cárpatos. El conde despidióse entonces de Nic Deck, haciéndole la expresa recomendación de que se curara lo más pronto posible, a fin de no retardar su matrimonio con la linda Miriota, al que él prometía asistir.
Absorto en sus reflexiones, Franz regresó al Rey Matías, y no salió en el resto del día.
A las seis Jonás le sirvió la comida en el salón, por una loable reserva, ni el señor Koltz ni otro alguno del pueblo fue a turbar la soledad del conde.
Hacia las ocho, Rotzko le dijo a éste:
-¿No me necesitáis, señor?
-No Rotzko.
-Entonces me voy a fumar mi pipa al terraplén.
-Puedes ir.
Medio acostado en su sillón, Franz se absorbió de nuevo en sus pasadas reflexiones. Estaba en Nápoles, dilirante la última representación en el teatro de San Carlos. Volvió a ver al barón de Gortz en el momento en que por primera vez éste había aparecido asomando la cabeza por el palco y fijando sus miradas ardientes sobre la artista, cual si la hubiese querido fascinar. Después el pensamiento del conde fuese a aquella carta firmada por el extraño personaje que lo acusaba a él, a Franz, de haber matado a la Stilla...
Mientras se perdía en estos recuerdos, sentía Franz que el sueño le invadía poco a poco; pero se hallaba aún en ese estado en que se percibe el menor ruido, cuando se produjo un sorprendente fenómeno. Parecía como si una voz dulce y bien modulada dejárase oír en
aquella sala en que Franz se hallaba absolutamente solo. Sin darse cuenta cabal de si aquello era sueño o realidad, se levanta y escucha.
¡Sí! Diríase que una boca se ha aproximado a su oído y que unos labios dejan escapar la armoniosa melodía de «Stéfano», inspirada en estas palabras:
Nel giardino d’mille fiori
Andiamo, mia cuore...
Franz conocia esta romanza de inefable suavidad; aquella romanza la cantó la Stilla en el conciento que dio en el teatro de San Carlos antes de su función de despedida. Inconscientemente fascinado, se habandonó Franz al encanto de oír aquella voz una vez mas.. .
La frase termina, y la voz, que va extinguiéndose poco a poco, se apaga con la última de la romanza. Pero Franz ha sacudido su letargo; se incorpora bruscamente, retiene su respiración para no perder el más lejano eco de aquella voz que penetra hasta su corazón. Todo está en silencio dentro y fuera...
-¡Su voz! murmura: sí. ¡Era su voz, la voz que tanto amé!
Después, volviendo al sentimiento de la realidad:
-Dormí y soñé, dijo.
CAPÍTULO IV
Al día siguiente el conde despertóse al alba, con el ánimo turbado aún por las visiones de la pasada noche.
Aquella mañana debía salir de Werst, camino de Kolosvar.
Después de haber visitado las poblaciones industriales de Petroseny y de Livadzel, tenía intención de detenerse un día entero en Karlsburg antes de pasar algún tiempo en la capital de Transilvania. Desde allí el ferrocarril le conduciría a las provincias centrales de Hungría, donde daría su viaje por terminado.
Salió de la posada, y mientras paseaba por el terraplén dirigió sus gemelos hacia el castillo y estuvo contemplando, no sin emoción, los contornos de la fortaleza, claramente proyectados por el sol sobre la meseta de Orgall.
Versaban sus ideas sobre este punto; una vez en Karlsburg, ¿cumpliría la promesa que había hecho a la gente de Werst? ¿Avisaría a la policía de lo que pasaba en el castillo de los Cárpatos?
Creyendo, como creía en un principio el conde, que el castillo era refugio de malhechores, o por lo menos de gente sospechosa que tenía interés en permanecer oculta y sin que nadie se aproximara a su guarida, la promesa hecha a la población era solemne.
Mas después que había reflexionado, experimentó un cambio en sus ideas, y a la sazón dudada que partido tomar.
Cinco años hacía que nadie había vuelto a saber lo que hubiera sido del último descendiente de la familia de Gortz. Corrió muy válido el rumor de que el barón Rodolfo había muerto algún tiempo después de su salida de Nápoles; mas ¿era esto cierto? ¿Qué pruebas había de su muerte? ¿Acaso vivía el barón de Gortz? Y si vivía, ¿por qué no había vuelto al castillo de sus antepasados? ¿Acaso Orfanik, si único acompañante, aquel
extraño físico, no sería el autor de los fenómenos que mantenían el espanto en la comarca? Esto precisamente era lo que estaba pensando Franz.
Hay que convenir en que tal hipótesis parecía muy admisible; pues si el barón Rodolfo y Orfanik habían buscado refugio en el castillo, lo natural era que hubieran querido hacerse inabordables, a fin de vivir aislados, conforme a sus hábitos y caracteres.
Y de ser así, ¿qué conducta debía seguir el conde? ¿Era conveniente que tratase de intervenir en la vida privada del baron de Gortz? Hallábase el conde pesando el pro y el contra de la cuestión, cuando Rotzko fue a reunirse con él en el terraplén.
Una vez que el joven le dio conocimiento de sus ideas sobre el asunto, díjole el otro:
-Señor, es posible que el barón de Gortz se entregue a todas esas maquinaciones diabólicas, y en ese caso, mi opinión es que no debemos mezclarnos en el asunto; que los poltrones de Werst vean cómo se las han de arreglar: eso es cuenta suya, pues nosotros no debemos mezclarnos en nada para devolver la calma a la aldea.
-Bien considerado, pienso que tienes razón, mi buen Rotzko.
-Yo así lo creo, respondió el soldado.
-En cuanto al señor Kaltz y los demás, saben ya cómo se las han de arreglar para acabar con los supuestos espíritus del castillo.
-Sin duda, señor. No tienen más que dar parte a la policía de Karlsburg.
-Nos pondremos en camino después de almorzar, Rotzko.
-Todo estará presto.
-Pero antes de bajar al valle del Sil daremos una vuelta por el Plesa.
-¿Para qué, señor?
-Desearía ver más de cerca, si es posible, ese castillo de los Cárpatos.
-¿Con qué fin?
-Un capricho, Rotzko; un capricho que no nos retardará ni media jornada.
Mucho contrarió a Rotzko tal determinacion, que consideraba poco menos que inútil. É1 hubiera querido alejar del ánimo del conde todo lo que le pudiera recordar el pasado. Pero aquella vez fue en vano; chocó contra la inflexible resolución de su amo.
La causa de esto era que Franz sentíase atraído hacia el castillo como por una influencia irresistible. Acaso sin que él se diese cuenta de ello, uníase aquella atracción al ensueño en el que había oído la voz de Stilla murmurando la sentida melodía de Stéfano.
Pero ¿aquello había sido un sueño? He aquí lo que el conde se preguntaba ahora, recordando que, según se decía, en aquella misma sala se había oído una voz... aquella voz amenazadora que tan imprudentemente desafió Nic Deck. No es, pues, extraño que en la disposición mental en que se encontraba el conde, formase el proyecto de dirigirse al castillo de los Cárpatos, y subir hasta el pie de sus viejas murallas, pero sin pensar en penetrar en aquél.
No hay que decir que Franz de Télek estaba bien resuelto a no dar a conocer sus intenciones a los habitantes de Werst, que sin duda hubiéranse unido a Rotzko para disuadir al conde de sus propósitos. Recomendó, pues, al soldado no dijera nada sobre el particular. Al verle bajar del pueblo con dirección al valle del Sil, nadie hubiera dudado que no fuese a tomar el camino de Karlsburg.
Desde lo alto del terraplén había el conde observado que otro camino seguía la base del Retyezat hasta la garganta del Vulcano. Era, pues, posible subir por las alturas del Piesa hacia el castillo sin volver a pasar por la aldea, y por consecuencia, sin que Koltz y los demás le viesen.
A medio día, y después de haber liquidado sin discusión la cuenta, un poco excesiva, que con su mejor sonrisa le presentó Jonás,, Franz se dispuso a salir de Werst.
El señor Koltz, la linda Miriota, el maestro Hermod, el doctor Patak, el pastor Frik y buen número de los demás habitantes, habían ido a despedirle.
El mismo guardabosque había podido salir de su cuarto y se comprendía que no tardaría mucho en estar restablecido por completo, de lo que el ex-enfermero se atribuía todo el honor.
-Os deseo mil felicídades, Nic Deck, tanto a vos como a vuestra prometida.
-Nosotres lo aceptamos con reconocimiento, respondió la joven radiante de dicha.
-Feliz viaje, señor conde, añadió el guardabosque.
-¡Dios lo quiera! respondió Franz, cuya frente se había nublado.
-Señor conde, dijo entonces Koltz: os suplicamos que no olvidéis lo que habéis prometido hacer en Karlsburg.
-No lo olvidaré, señor Koltz. Pero en caso de que retardase mi viaje, conocéis el medio más sencillo para libraros de esa vecindad inquietante, y el castillo no inspirará ya temor alguno a la honrada población de Werst.
-Eso se dice fácilmente, murmuró el maestro.
-Y se hace, respondió Franz. Si queréis, antes de cuarenta y ocho horas tendréis aquí a los -gendarmes, que sabrán dar buena cuenta de los seres que se ocultan en el castillo.
-Salvo el caso, muy probable, de que fueran espíritus, observó el pastor Frik.
-Pues aun en ese caso, respondió Franz alzando ligeramente los hombros.
-Señor conde, dijo el doctor Patak, si nos hubiéseis acompañado a Nic Deck y a mí, quizás no hablaríais de ese modo.
-Es verdad que me hubiera asombrado, doctor, añadió Franz, de pasarme lo que a vos, que quedásteis sujeto por los pies en el foso del castillo.
-Por los pies, sí, señor conde, o, mejor dicho, por las botas; a menos que pretendáis que en el estado de espíritu en que me encontraba, yo soñaba entonces.
-No pretendo nada, respondió Franz, y no trataré en manera alguna de explicaros lo que os parece inexplicable; pero estad seguro de que si los gendarmes vienen a visitar el castillo de los Cárpatos, sus botas, acostumbradas a la disciplina, no echarán raíces como las vuestras.
Y dicho esto, el conde recibió, por última vez los homenajes del hostelero del Rey Matías tan honrado... de haber tenido el honor... de que el honorable Franz de Télek, etc., etc. Después de haber saludado al señor Koltz, a Nic Deck, a la novia de éste y a los habitantes reunidos en la plaza, hizo una señal a Rotzko, y ambos descendieron a buen paso, camino de la garganta.
En menos de una hora Franz y su asistente llegaron a la orilla derecha del río, que subieron siguiendo la vertiente meridional del Retyezat.
Rotzko se había resignado a no hacer ningura observación a su amo: hubiese sido trabajo inútil. Acostumbrado a obedecerle militarmente, si el conde se arrojaba en alguna peligrosa aventura, él sabría sacarle de ella.
Después de dos horas de marcha, Franz y Rotzko se detuvieron para descansar un poco. En aquel sitió el Sil valaco, ligeramente inclinado hacia la derecha, se acodaba al camino, y por el otro lado, sobre el levantamiento que formaba el Plesa, se veía la meseta de Orgall a distancia de una media milla, o sea cerca de una legua. Convenía pues,
abandonar el surco del Sil: puesto que Franz quería atravesar la garganta del Vulcano para tomar la dirección del castillo.
Con el fin de evitar volver a pasar por Werst, aquel rodeo había alargado doble, la distancia que separaba el castillo de la aldea. Sin embargo, aún sería de día cuando Franz y Rotzko llegaran a la cúspide de la meseta, con lo que el conde tendría tiempo para observar la parte exterior del castillo; y esperando hasta la noche para volver por el camino de Werst, le sería fácil atravesar, con la seguridad de no ser visto por nadie.
Proponíase Franz ir a pernoctar a Livadzel, pequeña población situada en la confluencia de los dos brazos del Sil, y volver a tomar al día siguiente el camino de Karlsburg.
El alto duró media hora. Franz, muy absorto en sus recuerdos, muy agitado también por la idea de que el barón de Gortz ocultaba su existencia en el fondo de aquel castillo, no pronunció una palabra. Preciso fue que Rotzko se impusiera una gran reserva para no decirle:
-Es inútil ir más lejos: volvamos la espalda a ese maldito castillo, y partamos.
Siguieron adelante por el valle, internándose por una espesura que no cruzaba sendero alguno. Había grandes barrancos producidos por las lluvias que hacen desbordar al Sil y correr sus aguas en tumultuosas corrientes por aquellos terrenos que la avenida transforma en lagunas. Esto produce dificultades y retardos en las marchas.
Empleóse una hora en ganar otra vez el camino de la garganta del Vulcano, que fue atravesado hacia las cinco. El lado derecho del Plesa no está erizado de aquellos bosques que Nic Deck no había podido atravesar sino abriéndose paso con el hacha; pero había dificultades de otra especie: montones de pedazos de roca, entre los cuales no se podía andar sin grandes precauciones; bruscos desniveles, hoyos profundos, bloques mal seguros en su base, y erguidos sobre la confusión del amontonamiento de enormes piedras precipitadas po los aludes; en fin, un verdadero caos en todo su horror. Una hora larga fue precisa para remontar aquellos taludes a costa de Penosos esfuerzos; parecía, en verdad, que el castillo de los Cárpatos hubiera podido defenderse con sólo lo escabroso del terreno. Rotzko creía que aún serían mayores los obstáculos y que no podrían ser vencidos; pero no hubo nada de esto.
En efecto. Al otro lado de la zona de los bloques y de las excavaciones pudo llegarse fácilmente a la meseta. Desde allí dibujábase el castillo con perfil más claro en medio de aquella soledad, de la que después de tantos años alejaba el espanto a los habitantes de la comarca.
Conviene advertir que Franz y Rotzko iban a abordar el castillo por su muralla lateral, que miraba al Norte. Nic Deck y el doctor Patak habían llegado ante la muralla del Este; consistía en que habiendo tomado por la izquierda del Plesa, habían dejado a la derecha el torrente del Nyad y el camino de la garganta. Los dos caminos forman, en efecto, un ángulo muy obtuso, cuyo vértice venía a ser el torreón central. Por la parte Norte hubiera sido imposible penetrar en el recinto, pues no solamente no había Poterna ni puente levadizo, sino que además la muralla siguiendo las irregularidades del terreno, se elevaba por allí a gran altura.
Poco importaba que fuera imposible franquear por aquella parte la muralla, puesto que el conde no pensaba en ello.
Serían las siete y media cuando Franz de Télek y Rotzko se detuvieron en el extremo de la meseta de Orgall. Ante ellos se alzaba, en la sombra, la masa de castillo, cuyo tinte se confundía con el antiguo color de las rocas del Plesa. A la izquierda la muralla formaba
un brusco recodo, flanqueado por el bastión del ángulo. Allí, sobre la terraza y por encima del almenado parapeto, extendía el haya sus ramas retorcidas, que atestiguaban los violentos huracanes del Sudoeste en aquella altura.
El pastor Frik no se había engañado, en verdad. De creer en la leyenda, sólo tres años le quedaban de existencia al viejo castillo de los barones de Gortz.
Franz, silencioso, contemplaba el aspecto de, aquellas construcciones, dominadas por el achatado torreón del centro. Allí dentro, sin duda, bajo aquel amasamiento confuso, había aún salas abovedadas, largas y sonoras, extenso dédalo de galerías, escondrijos en las entrañas del suelo, como los poseían las fortalezas de los antiguos magyares. Ninguna vivienda hubiera sido más a propósito para que el último descendiente de la familia de Gortz se sepultase en un olvido cuyo secreto no podía conocer nadie. Cuanto más pensaba el conde en ello, más se aferraba en la idea de que Rodolfo de Gortz se había refugiado en la soledad del castillo de los Cárpatos.
Pero nada revelaba la presencia de gentes en el interior del torreón. Ni el más leve humo se escapaba de sus chimeneas, ni el más pequeño ruido se oía al través de sus ventanas herméticamente cerradas. El silencio de la tenebrosa morada no era turbado ni por el canto de un pájaro.
Durante algunos momentos, Franz abrazó con su mirada aquel recinto, en otro tiempo lleno del ruido de las fiestas y del estrépito de las armas. Mas hallaba su animo tan henchido de pensamientos atronadores, y su corazón tan preñado de recuerdos, que permanecía en silencio.
Rotzko, que no quería turbar los dolorosos recuerdos del conde, permanecía a alguna distancia, sin permitirse interrumpirle ni con la menor observación. Puesto ya el sol tras el macizo del Plesa, y cuando el valle de aos dos Sils comenzaba a llenarse de sombras, Rotzko no dudó en acercarse a su amo, y le dijo:
-Señor, ya es de noche. Pronto serán las ocho.
Franz pareció no oír.
-Ya es tiempo de partir si queremos estar en Livadzeil antes de que cierren las posadas.
-Rotzko, al momento, al momento vamos, respondió Franz.
-Necesitaremos más de una hora, señor, para volver al camino de la garganta; y como ya será noche cerrada, nadie nos verá al atravesarlo.
-Unos minutos aún, respondio Franz, y bajaremos hacia la aldea.
El joven no se había movido del sitio en que se detuvo al llegar a la meseta.
-No olvidéis, señor, que en la oscuridad será difícil pasar por medio de esas rocas. Nos ha costado mucho trabajo de día... Perdonadme si insisto; pero...
-Sí, partamos, Rotzko... Te sigo.
Parecía que Franz estaba retenido por el castillo, tal vez por uno de esos secretos presentimientos de los que el corazón no puede darse cuenta. ¿Estaba sujeto al suelo, como el doctor en el foso al pie de la muralla? No. Sus pies estaban libres de toda traba, de todo entorpecimiento. De querer dar la vuelta a la muralla, siguiendo el reborde de la contraescarpa, nada se lo hubiera impedido.
Pero ¿acaso lo quería? Tal pensaba Rotzko, que por fin se decidió a decir por última vez:
-¿Venís, señor?
-Sí, sí, respondió Franz; pero quedó inmóvil.
Ya la meseta de Orgall estaba oscura; ya la alargada sombra de la pendiente en dirección al Sur iba envolviendo el castillo, cuyos contornos sólo presentaban incierta silueta. Bien pronto dejaría de ser visible, a menos de que no saliese alguna luz de las estrechas ventanas del torreón.
-Vamos, señor, dijo aún Rotzko.
Y ya se disponía a seguirle Franz, cuando sobre la terraza del baluarte, donde se alzaba el haya legendaria, apareció una forma vaga. Franz se detuvo contemplando aquella forma, cuyo perfil se agrandaba poco a poco. Era una mujer con la cabellera suelta, las manos extendidas y envuelta en un amplio vestido blanco.
¿No era aquel el traje que la Stilla llevaba en la escena final de Orlando, cuando Franz de Télek la vio por ultima vez?
Sí. Era la Stilla, inmóvil, con los brazos extendidos hacia el conde y fijando en él su penetrante mirada.
-¡Ella... ella! exclamó el conde; y precipitándose hacia el foso, hubiera rodado hasta el pie de la muralla, de no haberle sujetado Rotzko.
Borróse bruscatnente la aparición, después de haberse la Stilla mostrado durante un minuto.
¡Poco importaba! Un segundo le hubiera bastado a Franz para reconocerla, y dejó escapar estas palabras:
-¡Ella, ella! ¡Vive, vive! ...
CAPÍTULO V
¿Era posible? La Stilla, a quien Franz de Télek no creyó ver más, acababa de aparecer en la terraza del castillo. ¿Acaso habría sido él juguete de una ilusión? ¡No; Rotzko la había visto también! ... Era, sí la gran artista con su traje de Angélica, tal como se había presentado al público en su última representación en el teatro de San Carlos.
La espantosa verdad resplandecía ante el conde. ¿De modo que aquella mujer amada, la que iba a ser condesa de Télek, hallábase encerrada hacía cinco años en aquel castillo, en las montañas de Transilvania? ¡La mujer que él había visto caer muerta en escena, había
resucitado! Es decir, que en tanto que a él le conducían moribundo al hotel el barón Rodolfo había logrado penetrar en casa de la Stilla, la había robado, llevándola al castillo de los Cárpatos: ¡aquello que la gente siguió al cementerio del Campo Santo Nouvo de Nápoles, no era más que un ataúd vacío!
Todo eso parecía increíble, absurdo; eso era maravilloso, inverosímil: así se lo decía Franz de Télek... ¡Sí! ... pero detrás de todo aquello había un hecho indubitable. ¡La Stilla se hallaba en poder del barón Rodolfo! ... ¡Vivía, sí, ella, ella era la que apareció allí sobre la muralla! ... De esto tenía él absoluta certeza.
En todo aquel desorden de ideas surgió para el conde una sola resultante: ¡arrancar a Rodolfo de Gortz la prisionera Stilla!
-Rotzko, dijo Franz con ahogada voz: óyeme ... compréndeme bien... porque parece que mí razón se escapa ...
-¡Señor!... ¡Querido señor!....
-¡Es preciso que yo entre en el castillo esta misma noche, cueste lo que cueste!
-No... mañana.
-¡Te digo que esta noche!... ¡Está allí, ella ... ella ... me ha visto. . . nos hemos visto! ... ¡Me espera, estoy seguro!
-¡Bien, señor, os seguiré! ...
-¡No! Iré solo...
-¿Solo?
-¡Sí!
-Mas ¿cómo vais a entrar, si Nic Deck no pudo? ...
-¡Te digo que entraré!. . .
-La poterna está cerrada.
-¡Para mí no lo estará! ... ¡Buscaré algo... una brecha! ¡Pasaré, sí, pasaré!
-¿No queréis que os acompañe, señor?
-No; nos separaremos... así me servirás mejor, créeme. . .
-¿Os esperaré aquí?
-No, Rotzko.
-¿Dónde, pues?
-En Werst; es decir... no... en Werst no; pudieran esas gentes saber... Te bajas a Vulcano... allí pasas la noche... Si por la mañana yo no he vuelto, sales del Vulcano... es decir, no; esperas algunas horas; después te vas a Karlsburg; allí avisas al jefe de policía; le cuentas lo que ha pasado, vienes con agentes de policía... y si es preciso asaltar el castillo ... rescatarla. . . ¡Ah! ¡Ira de Dios! ... ¡Stilla en poder de Rodolfo de Gortz!...
Rotzko comprendió la excitación del conde por aquellas frases entrecortadas; excitación creciente del hombre enloquecido.
-¡Anda.... Rotzko! exclamó una vez más.
-¿Así lo queréis?
-¡Lo quiero!
Rotzko vio que ante tan enérgico mandato, sólo le tocaba obedecer. Franz, en tanto, se alejaba, y ya íbase borrando su figura en las sombras.
El fiel criado permaneció inmóvil, sin saber qué partido tomar. Comprendió entonces -que los esfuerzos de Franz serían inútiles, que no lograría penetrar en el castillo, ni aún siquiera franquear la muralla; que tendría que volverse al Vulcano al día siguiente... quizás aquella misma noche. Los dos irían a Karlsburg, y lo que no habrían conseguido ni Patak ni Nic Deck, lo alcanzarían con el auxilio de la fuerza pública, que daría buena cuenta de Rodolfo de Gortz, le arrancarían a la infortunada Stilla; todo lo registrarían. No que daría una piedra sin mirar. ., ¡así estuvieran allí juntos todos los demonios del infierno! ...
Y a sí pensando Rotzko, descendió por las pendientes de la meseta de Orgall, para tomar el camino del desfiladero del Vulcano,
Franz entretanto, bordeando la contraescarpa, había dado la vuelta al baluarte del ángulo izquierdo de la fortaleza.
Mil pensamientos cruzaban por su cerebro. Ahora era indudable que en el castillo estaba Rodolfo, púes que estaba allí secuestrada la Stilla ... ¡No podía ser otro! ... ¡La Stilla vivía! ... ¿Y cómo iba a valerse para llegar hasta ella? ¿Cómo podría llevársela?... No sabía; pero aquello tenía que, ser, y sería. . . Los obstáculos que no pudo vencer Nic Deck, él los vencería.
No era la curiosidad lo que le lanzaba en medio de aquellas ruinas. Era la pasión; era el amor profundo que hacia aquella mujer experimentaba. ¡Sí! ¡Aquella mujer que estaba
viva! ¡Sí! ¡Viva, cuando él la creia muerta!... ¡Él la arrancaría del poder de su raptor Rodolfo de Gortz!
Sin duda Franz se había dicho que solamente podría, haber acceso al interior del castillo por la muralla del Sur, donde estaba la poterna, cerrada por el puente levadizo. Así comprendiendo que le hubiera sido imposible escalar estas altas murallas, continuó por la meseta de Orgall, después que hubo rodeado el ángulo del bastión.
En pleno día no hubiera ofrecido esto grandes dificultades. Mas en plena noche (aún no había salido la luna), una noche cerrada por esas brumas que se condensan en las montañas, la empresa era muy arriesgada. A los peligros de un mal paso y de una caída hasta el fondo del foso, uníase el de chocar con las rocas, provocando acaso el derrumbamiento de éstas.
Sin embargo, Franz iba siempre atajando lo más que podía los zigzás de la contraescarpa, tanteando el terreno con manos y pies a fin de asegurarse que no se desviaba de su camino. Sostenido por una fuerza sobrehumana, sentíase, además guiado por un instinto que no le podía engañar.
Al otro lado del bastión se desarrollaba la muralla del Sur, con la que el puente levadizo establecía una comunicación cuando no estaba subido contra la poterna.
Desde este bastión multiplicáronse los obstáculos. Entre las enormes rocas que erizaban la meseta, no era posible seguir la contraescarpa. No había más remedio que rodear. Figúrese un hombre procurando orientarse en medio de un campo de Karnac, cuyo laberinto de monumentos estuviera desordenado completamente. Ni un sendero por donde dirigirse, ni una luz en la oscura noche que lo envolvía todo hasta el torreón central.
Franz iba, sin embargo, aquí, izándose sobre un bloque que le cerraba todo camino; allá, gateando por entre las rocas, las manos desgarradas por los cardos y ortigas, su cabeza golpeada por bandadas de quebrantahuesos turbados en sus guaridas y que lanzaban su horrible grito de carraca.
¡Oh! ¿Por qué la campana de la vieja capilla no sonaba entonces, como había sonado para Nic Deck y el doctor? ¿Por qué aquella luz intensa que les había envuelto, no se encendía entre las almenas del castillo? Él hubiera marchado hacia aquel sonido; él hubiera marchado hacia aquella luz, como el marino al oír los silbidos de una sirena de alarma, marcha hacia los resplandores de un faro.
No. Nada más que una profunda noche limitaba sus miradas a algunos pasos.
Esta situación duró cerca, de una hora. En la inclinación del suelo, a su izquierda, Fránz comprendió que se había extraviado. ¿Había tal vez descendido más abajo de la poterna? ¿Había tal vez avanzado más allá del puente levadizo?
Se detuvo, golpeando con el pie sobre el suelo y retorciéndose las manos. ¿A qué lado debía dirigirse? ¡Ah qué rabia le entró al pensar que se vería obligado a esperar el día! Y entonces sería visto por las gentes del castillo. ¡No podría sorprenderles! ... Rodolfo de Gortz estaría en guardia.
Aquella noche, aquella noche misma quería entrar; pero no conseguía orientarse en medio de las tinieblas. De su pecho salió un grito de desesperación.
-¡Stilla!, ¡Stilla mía!
¿Pensaba acaso que la prisionera le esperaba? ¿Que pudiera responderle? Y sin embargo, por veinte veces arrojó aquel nombre, que le devolvieron los ecos del Plesa. De
repente los ojos de Franz vieron una luz que atravesaba la sombra; una luz vivisima, cuyo foco debía de estar colocado a cierta altura.
-¡Allí, allí está el castillo? se dijo.
Y, en efecto, en la posición,que la luz ocupaba, no podía venir sino del torreón central.
Dada su excitación mental, Franz no vaciló en creer que era Stilla la que le mostraba aquella luz. No había duda: ella le había reconocido en el momento en que él la veía entre las almenas de la muralla. Y ella misma le hacía aquella señal, con el fin de indicarle el camino que tenía que seguir para llegar a la potema.
Franz se dirigió hacia la luz, cuyo resplandor aumentaba a cada paso que daba el conde. Como éste se había desviado muy a la izquierda de la meseta de Orgall, tuvo que dar unos veinte pasos a la derecha, y después de algunos tanteos, encontró el reborde de la contraescarpa. La luz brillaba frente a él, y su altura probaba bien que venía de una de las ventanas del torreón.
Franz iba, pues, a encontrarse frente a los últimos obstáculos, acaso insuperables.
En efecto: puesto que la poterna estaba cerrada y alzado el puente levadizo, sería preciso que se deslizase hasta el pie de la muralla. ¿Y qué haría delante de ésta, de una altura de cincuenta pies?
Franz se adelantó hacia el sitio en que se apoyaba el puente levadizo. De repente abrióse la poterna... Cayó el puente... Sin darse tiempo a reflexionar, lanzóse sobre aquél y puso la mano sobre la puerta. Abrióse ésta. Precipitóse el joven por la oscura bóveda, y, apenas hubo dado algunos pasos, el puente levadizo cerróse con estrépito contra la poterna.
El conde Franz de Télek estaba prisionero en el castillo de los Cárpatos.
CAPÍTULO VI
Las gentes de la comarca y los viajeros que suben o bajan por la garganta del Vulcano, no conocen más que el aspecto exterior del castillo de los Cárpatos. A la respetuosa distancia en que el temor detenía a los más valientes de la aldea de Werst y de las cercanías, sólo ofrece a la vista un enorme montón de piedras, que se pueden tomar por ruinas.
Mas en su interior, ¿estaba el castillo tan desmantelado como era de suponer? No. Y al abrigo de sus sólidos muros, en las construcciones que quedaban intactas, la vieja fortaleza feudal aún podía alojar toda una guarnición.
Amplias salas abovedadas, cuevas profundas, múltiples corredores, patios cuyo piso desaparecía bajo las altas hierbas, reducidos subterráneos, a los que no llegaba nunca la luz del día; estrechas escaleras, abiertas en los espesos muros; casamatas alumbradas por las troneras de la muralla; torreón central de tres pisos, con departamentos habitables, coronado de almenada plataforma, todo rodeado de un laberinto de galerías que subían a la terraza de los baluartes y bajaban hasta los cimientos. Aquí y alla algunas cisternas donde se recogían las aguas pluviales, cuyo sobrante corría al torrente de Nyad. Largos túneles, en fin, no obstruidos como se suponía, sino que daban acceso al camino de la garganta del Vulcano. Tal era el conjunto del castillo de los Cárpatos, cuyo plano arquitectónico ofrecía un sistema tan complicado como los laberintos de Porsenna, Lemnos o Creta.
Así como la pasión hacia la hija de Minos atrajo a Tesco, así la pasión más intensa e irresistible atraía al conde por entre los infinitos obstáculos del castillo. Pero ¿encontraría el hilo de Ariadna, que guiaba al héroe griego?
Franz no había tenido más que un pensamiento: penetrar en aquel recinto, y allí estaba. Acaso debía de haberse hecho esta reflexión: ¿por ventura el puente levadizo, levantado hasta aquel día, había sido echado expresamente para que él pasase? ¿No debía causarle inquietud el que la poterna se hubiese vuelto a cerrar tras él? -En nada de esto pensaba. Al fin en aquel castillo, donde Rodolfo Gortz retenía a la Stilla, y sacrificaría su vida por llegar hasta ella.
La galería en la que Franz se había lanzado era ancha, de alta y aplanada bóveda. La completa oscuridad que allí reinaba, y su desigual enlosado, no permitían andar con pie seguro. Franz se aproximo a la pared de la izquierda y la siguió, apoyándose sobre el revestido salitroso que se descombraba bajo su mano. No se oía más ruido que el de los pasos del joven, que producían ligeras resonancias. Una corriente de aire tibio, con ese olor particular de los sitios inhabitados desde muy antiguo, le dio en la espalda, cual si fuera atraída por el otro lado de la galería.
Después de haber pasado un pilar de piedra que formaba el ángulo izquierdo, Franz se encontró en la entrada de otro corredor aún más estrecho. Con sólo extender los brazos se tocaba el revestimiento del muro. Así fue avanzando, el cuerpo inclinado, tanteando con pies y manos, y tratando de reconocer si aquella galería seguía una dirección rectilínea.
Después de haber dado la vuelta al pilar del ángulo como unos doscientos pasos, comprendió Franz que la galería torcía hacia la izquierda, para tomar, cincuenta, pasos mas allá, una dirección completamente contraria. Aquel pasadizo, ¿volvía hacia la muralla del castillo, o conducía al pie del torreón? Franz trató de acelerar su marcha; pero a cada instante se veía precisado a detenerse, ya por tropezar en algún obstáculo del suelo, ya por un ángulo brusco que modificaba su dirección. De vez en cuando encontraba galerías laterales; mas todo aquello estaba oscuro, insondable, y en vano trataba el joven de orientarse en aquel laberinto, verdadero trabajo de topos. Muchas veces tuvo que desandar lo andado, y su mayor temor consistía en que hubiese alguna trampa mal cerrada que cediese bajo su pie, precipitándole al fondo de una mazmorra de la que le fuera imposible salir. Así que si daba en, alguna superficie que sonaba a hueco, se sostenía contra los muros, pero avanzando siempre con un afán que no le dejaba reflexionar.
Sin embargo, puesto que hasta entonces Franz no había subido ni bajado, indudablemente era esto debido a que se encontraba aún al nivel de los patios interiores, distribuidos entre las diversas edificaciones, y era posible que aquel corredor terminase en el torreón central, en el arranque mismo de la escalera.
Indudablemente debía existir un medio de comunicación más directo entre la poterna y las edificaciones. En efecto; en el tiempo en que la familia de Gortz habitaba el castillo, no era necesario internarse por entre aquellos pasadizos: una segunda puerta frente a la poterna, y al fin de la primera galería, daba entrada a la plaza de armas, en medio de la que se alzaba el torreón; mas ahora estaba condenada, y ni aún pudo reconocerla Franz.
Después de una hora, el conde iba ya al azar de las revueltas escuchando atentamente por si oía algún ruido lejano, y sin atreverse a gritar aquel nombre de la Stilla, que los ecos hubieran podido llevar hasta el torreón. No se desanimaba; iría hasta que le faltasen las fuerzas, hasta que un infranqueable obstáculo le obligase a detenerse.
Sin embargo, sin que se diese cuenta de ello, Franz estaba extenuado. No había comido nada desde su salida de Werst; sentía hambre y sed. Su paso era incierto; sus piernas flaqueaban; en aquel aire húmedo y tibio que atravesaba su ropa, su respiración era anhelante; su corazón latía precipitadamente.
Serían las nueve cuando Franz, al adelantar el pie izquierdo, no encontró terreno; bajóse, y su mano tocó un escalón, después otro, que descendía. Aquella escalera bajaba a los cimientos: ¿y acaso no tenía salida? Franz no dudó en bajar por ella, contando los escalones, que descendían en dirección oblicua al corredor. Así bajó setenta y siete escalones hasta el nivel de otro segundo pasadizo, que se perdía en múltiples y sombrías revueltas.
Anduvo media hora, y acababa de detenerse exánime por la fatiga, cuando a algunos centenares de pasos más delante de él apareció un punto luminoso.
¿De dónde provenía aquella luz? ¿Era acaso algún fenómeno natural? -¿El hidrógeno de un fuego fatuo inflamado en aquella profundidad? ¿O tal -vez una linterna, llevada por alguno de los habitantes del castillo?
-¿Será ella? murmuró Franz, recordando que cuando él se había perdido entre las rocas también había aparecido otra luz, como indicándole la entrada del castillo. Y si era la Stilla la que le había mostrado desde el torreón aquella luz, ¿no podía ser también Stilla la que con igual medio pretendía guiarle ahora por aquel subterráneo laberinto? Apenas dueño de sí Franz, se encorvó y miró sin moverse.
Una claridad difusa, más bien que punto luminoso, parecía llenar una especie de hipogeo a la extremidad del pasadizo.
Apresurar su marcha casi arrastrándose, porque sus piernas apenas podían sostenerle, fue lo que hizo Franz; y después de haber pasado por una estrecha abertura, cayó en una cripta.
Hallábase ésta en buen estado de conservación. Su altura venía a ser de unos doce pies; estaba dispuesta en forma circular, en un diámetro poco mas o menos igual. Los arcos de la bóveda, que arrancaban de los capiteles de ocho ventrudos pilares, se reunían en un garfio, del que pendía una bomba de vidrio con una luz amarillenta. Frente a la puerta abierta entre los dos pilares, había otra, cerrada entonces, cuyos gruesos clavos, de enmohecidas cabezas indicaban el sitio de los cerrojos.
Franz se levantó, se arrastró hasta aquella segunda puerta, procurando abrirla. Fueron inútiles sus esfuerzos.
En la cripta había algunos viejos muebles. Aquí una cama, o más bien un camastro de encina, sobre el cual había ropas de cama; allá un escabel de torcidos pies, y una mesa sujeta al muro con clavos de hierro; y en ella varios utensilios, entre ellos una vasija con agua, un plato conteniendo caza fiambre, un pedazo de pan semejante a galleta. En un rincón murmuraba una especie de fuentecilla, alimentada por un hilito de agua, que salía por un agujero hecho en la base de uno de los pilares.
Todo aquéllo, ¿no indicaba que allí se esperaba a alguien, fuese huésped o prisionero? ¿Era Franz el prisionero atraído astutamente al castillo?
En medio de aquella confusión de ideas, no pensó en esto Franz de Télek. Rendido de cansancio y desfallecido, arrojóse sobre los alimentos allí puestos y apagó su sed con el contenido de la vasija; después dejóse caer sobre aquel camastro, donde podría recuperar sus perdidas fuerzas.
Cuando trató de coordinar sus pensamientos, parecióle que se escapaba su razón, cual agua que tratase de coger con la mano.
¿Debía esperar el nuevo día para continuar sus pesquisas? ¿Tan débil se hallaba su voluntad que no fuese dueño de sus actos?
«¡No, se dijo, no esperaré! Al torreón: ¡es preciso que llegue al torreón esta misma noche!...»
De pronto la luz encerrada en la bomba del lecho se extinguió, y quedóse la cripta sumergida en las tinieblas.
Quiso Franz levantarse, mas no pudo, y su pensamiento le adormeció; parose bruscamente como las agujas de un reloj roto. Aquel sueño que tuvo fue un sueño extraño, o más bien un abrumador letargo un, anonadamiento del ser, que no provenía del alma.
Cuánto duró este letargo, fue lo que no pudo saber Franz al despertar; su reloj se había parado. De nuevo la cripta se hallaba iluminada con luz artificial.
Franz se echó fuera del lecho, dio algunos pasos hacia la primera puerta, que seguía abierta; fue hacia la segunda, que seguía cerrada.
Procuró darse cuenta de todo aquello y reflexionar; mas no fue esto sin trabajo: que si su cuerpo se había repuesto, en cambio su cerebro parecía vacío y pesadísimo.
-¿Cuánto tiempo habré dormido? se preguntó: ¿será de día o de noche?
En la cripta todo estaba igual, excepto la luz encendida otra vez, los alimentos renovados y la vasija llena de agua clara.
Alguien había entrado mientras él dormía en su terrible letargo. ¿Quién sabía que él estaba en aquellas profundidades? ¿Era también prisionero del barón de Gortz?
Pero esto era imposible. Huiría, puesto que podía hacerlo, encontraría la galería por donde entró, y ya en la poterna, saldría del castillo.
¿Salir?... Y entonces recordó que la poterna se cerró tras él.
Bien; ya buscaría el medio de llegar al muro, y por una brecha de la muralla se deslizaría... Era preciso que saliese de allí, a cualquier precio, antes, de una hora.
Pero renunciaba a ver a Stilla. ¿Se iría de allí sin llevársela?
Sí. Y lo que. él no pudiese hacer solo, lo haría con los agentes que Rotzko llevaría de Karlsburg a Werst. Se daría un asalto al castíllo, y todo se registraría, desde los cimientos hasta las chimeneas.
Y en seguida trató de poner en practica su resolución.
Se levantó, y dirigióse al corredor por donde había llegado, cuando una especie de susurro se produjo detrás de la segunda puerta de la cripta.
Aquello eran pasos; sí, pasos que se acercaban lentamente.
Púsose a escuchar, pegando el oído a la puerta; contuvo la respiración ...
Los pasos parecían sonar a intervalos regulares, como si subiesen de un escalón a otro. Era, pues, indudable que allí había otra escalera que ponía en comunicación la cripta con los patios interiores del castillo.
Franz procuró apercibirse. Desenvainó el cuchillo que a la cintura llevaba, y le empuñó con fuerza.
Si por acaso el que entraba era un criado del barón, se arrojaría sobre él, le arrancaría las llaves y le dejaría fuera de combate para que no le siguiera después, y lanzándose por la nueva salina, intentaría llegar al,torreón.
Si entraba el mismo barón, él le reconocería, aunque sólo le vio una vez, la noche de la supuesta muerte de Stilla. Si era el barón de Gortz, le mataría sin piedad.
Los pasos se habían detenido en el rellano, junto a la puerta.
Franz, sin moverse, esperaba que la puerta se abriese.
Pero no se abrió. De allí a un instante una voz de dulzura infinita llegó a sus oídos.
¡La voz de la Stilla! ¡Sí, sí! Un poco apagada, pero era la misma; no había perdido sus deliciosos encantos, aquellas sus modulaciones acariciadoras, sí, si, aquella voz salía de la garganta de la Stilla, ¡de aquella garganta maravillosa que parecía haber muerto con la artista!
Y la Stilla repetía la sentida melodía. ¡Aquel suavísimo canto, que oyó entre sueños en la hostería de Jonás!
Nel giardino d’mille fiori,
¡Andiamo, mio cuore!...
Aquella deliciosa música penetraba en las profundidades de su alma. La aspiraba, la bebía como un delicioso licor, en tanto que la Stilla», como invitándole a seguirla, repetía:
¡Andiamo, mio cuore, andiamo!
¡Y la puerta no se habría para dejarle paso! ¡No podía llegar hasta ella, estrecharla entre sus brazos, llevársela fuera del castillo!
-¡Stilla! ¡Stilla mía! exclamaba.
Y se arrojó sobre la puerta, que resistió a su desesperado esfuerzo.
Parecía irse apagando la voz... alejándose los pasos.
Franz, arrodillado, trataba de mover la puerta, y se desgarraba las manos con el herraje; llamaba con voz desesperada a la Stilla, cuyo canto comenzaba a perderse a lo lejos.
Entonces una idea cruzó por su frente como un relámpago.
-¡Loca! exclamó. ¡Está loca! ¡No me ha reconocido! ¡Está loca, sí! ¡No me ha respondido! ... ¡Encerrada aquí, hace cinco años, en poder de ese hombre! ... ¡Pobre Stilla mía! ... ¡Loca, loca! ...
Franz se levantó con los ojos extraviados, el ademán descompuesto, la cabeza como un volcán.
- ¡Yo también! ... Sí... Mi razón escapa, se va, si... ¡Loco, loco como ella! repetía.
Iba y venía por la cripta, con saltos de fiera enjaulada.
-¡No, no, dijo. ¡Que no me vuelva loco! Necesito salir de aqui... y saldré.
Y se lanzó sobre la otra puerta.
Pero acaba de cerrarse silenciosamente.
Franz no lo había notado, escuchando la voz de Stilla.
Ya no estaba prisionero en el castillo únicamente; estaba prisionero en la cripta también.
CAPÍTULO VII
Franz quedó aterrado. Sus temores respecto a la pérdida de sus facultades intelectuales para apreciar su situación, ibanse realizando. El único sentimiento que persistía en él, era el recuerdo de la Stilla, la impresión de aquel canto que acababa de oír, y que ya no repercutían los ecos de la sombría, cripta.
¿Había, pues, sido juguete de una ilusión? No, y mil veces no. Era a la Stilla a quien acababa de oír, y a la Stilla era a quien había visto sobre el baluarti del castillo.
Entonces volvió a él la idea de que estaba loca, y aquel horrible golpe le hirió como si acabara de perderla por segunda vez.
-¡Sí! ¡Loca, loca, repetía, puesto que no ha reconocido mi voz ni me ha respondido!
¡Y era aquello tan verosímil! ... ¡Ah! ¡Si él pudiese arrancarla de aquel castillo y llevársela al de Krajowa! ¡Consagrarse por entero a ella! ... Entonces sus cuidados y su amor le devolverían la razón.
He aquí lo que Franz se decía en su espantoso delirio... Muchas horas transcurrieron antes que hubiera podido tomar pesesión de sí mismo. Entonces trató de razonar con calma, y hacer luz en aquel caos que envolvía su pensamiento.
-Preciso es que yo huya de aquí, se dijo. ¿Cómo?... Cuando vuelvan a abrir esta puerta. Sí... ¿No es durante mi sueño cuando vienen a renovar mis provisiones? Pues esperaré. Fingiré dormir.
Franz de Télek concibió entonces una sospecha. El agua de la vasija debía contener alguna sustancia soporífera. Aquel pesado sueño, el completo, aniquilamiento que había sentido después de haber bebido aquella agua.. Pues bien; ya, no la bebería, ni tampoco tocaría los alimentos que habían colocado sobre aquella mesa... No tardarían en entrar, y entonces...
Entonces, ¿quién sabía? ¿Salía el sol sobre el cenit en aquel momento, o se iba hacia el horizonte? ¿Era de día o de noche? Se puso a escuchar para sorprender el ruido de alguna pisada que se aproximara a la una o a la otra puerta. Mas ningún ruido llegaba hasta él, y fue agarrándose a lo largo de las paredes de la cripta, con la cabeza ardiente, la mirada extraviada, el ruido de la sangre que golpeaba sus sienes, la respiración anhelante en medio de aquella atmósfera viciada, y que apenas se renovaba, por las junturas de las- puertas.
De pronto, al pasar por uno de los ángulos de la derecha, sintió en la cara un soplo de aire más fresco.
¿Qué abertura era aquella, por la que entraba un poco de aire del exterior?
¡Sí! ... Allí había un paso que no había visto por las sombras ael pilar. . .
Franz, en un instante, se deslizó entre las dos paredes hacia donde venía la claridad de lo alto. Era un patio pequeño, de unos cinco o seis pies de ancho, y cuyas murallas se elevaban unos cien pies. Parecía el fondo de un pozo que servía de patio interior a aquella celda subterránea, y por el que entraba un poco de aire y claridad.
Franz vio que era de día. En lo alto del pozo se dibujaba un ángulo de luz oblicuamente proyectado al nivel del brocal. Él sol debía hallarse a la mitad de su carrera, porque aquel ángulo luminoso tendía a estrecharse. Debían ser las cinco de la tarde.
De allí la consecuencia de que el sueño de Franz debió prolongarse por lo menos cuatro horas; y no dudó de que había sido provocado por una bebida soporífera. Ahora bien: como el joven conde y Rotzko habían salido de la aldea de Werst la antevíspera, 11 de junio, el día que estaba transcurriendo era el 13.
Aunque aquel aire era húmedo, Franz le aspiró con delicia, y se sintió un poco aliviado; pero pronto se desengaño de que no era posible una evasión por aquel tubo de piedra. Elevarse a lo largo de aquellas paredes que no presentaban saliente alguno, era impracticable. Franz volvió al interior de la cripta; puesto que no podía huir más que por alguna de las dos puertas, quiso reconocerlas. La primera puerta, o sea por la que entró a la cripta, era muy sólida y de gran espesor, Y debía estar sujeta exteriormente por fuertes -cerrojos; era, pues, inútil tratar de forzarla. La segunda puerta, o sea aquella por la que se había oído la voz de la Stilla, parecía en peor estado, pues los tableros estaban podridos por algunas partes. No era, pues, imposible abrirse paso por aquel lado.
-¡Sí... por aquí, por aquí! se dijo Franz, que había recobrado su sangre fría.
No había tiempo que perder, porque era probable que entrasen en la cripta en cuanto le supusieran bajo el peso del narcótico. El trabajo marchó más aprisa de lo que podía esperar. El moho había carcomido la madera alrededor del herraje de los cerrojos. Con su cuchillo consiguió Franz quitar la parte circular, trajando casi sin ruido, deteniéndose de cuando en cuando para prestar atención, a fin de asegurarse que no se oiría nada fuera. Tres horas después los cerrojos estaban quitados y la puerta se abría. Franz volvió al fondo del patio para respirar un aire menos viciado. En aquel momento, el ángulo luminoso no se dibuja en el brocal del pozo, lo que robaba que el sol había traspuesto el Retyezat. El patio estaba en la más completa oscuridad. Algunas estrellas brillaban en el óvalo del brocal, y parecían verse por el tubo de un telescopio. Algunas nubecillas pasaban lentamente, empujadas por las brisas nocturnas, y él aspecto del cielo indicaba la presencia de la luna, que en el medio pleno aún, había traspasado, el horizonte de las montañas del Este.
Serían cerca de las nueve. Franz entró en la cripta otra vez. Tomó un poco de alimento, y apagó su sed en el agua de la pila, después de haber vertido la de la vasija. Púsose el cuchillo al cinto, franqueó la puerta, y la cerró tras sí. Acaso ahora iba a encontrar a la desgaciada Stilla por aquellas galerias subterráneas, A esta idea, su corazón latía precipitadamente.
En cuanto dio algunos pasos, tropezó con un escalón. Como lo había pensado, allí empezaba una escalera. Subió, contando los escalones. Había sesenta, en vez de los setenta y siete que tuvo que bajar para llegar a la cripta. De forma que le faltaban unos ocho pies para que se encontrara al nivel del suelo.
Siguió por el oscuro corredor, tanteando las paredes. Pasó media hora sin que se viera detenido ni por puerta, ni por una reja; pero numerosos recodos le habían impedido reconocer su dirección con relación a la muralla, que estaba frente a la meseta de Orgall.
Despues de un breve descanso para tomar aliento, Franz continuó. Aquel corredor parecía interminable. De pronto detúvole un obstáculo: una pared de ladrillos: tanteó por diversos sitios; no encontro abertura alguna. Por aquella parte no había, pues, salida. No pudo contener un grito. Todas las esperanzas que había concebido se destrozaban ante aquel obstáculo. Sus piernas flaquearon, y cayo en tierra junto a la pared. Mas he aquí que al nivel del suelo la pared prensentaba una estrecha quebradura, cuyos destruidos ladrillos, podían deshacerse con las manos.,
-¡Por aquí! ... ¡Por aquí! exclamó Franz.
Y comenzó a quitar los ladrillos uno a uno. Entonces se dejó oír al otro lado un ruido metálico.
Franz se detuvo. El ruido no había cesado, y al mismo tiempo un rayo de luz penetraba por la hendidura... Franz miró. Aquella era la antigua capilla del castillo, reducida por el tiempo y el abandono a un estado ruinoso... Una bóveda medio deteriorada, algunos de cuyos arcos aún se conservaban, arrancando de los torcidos pilares; dos o tres arcos de estilo ojival, amenazando ruina, ventanas de estilo gótico medio destruidas. Aquí y allá mármoles llenos de polvo, bajo los que dormía algún antepasado de los de Gortz. En el fondo un fragmento de altar, cuyo retablo mostraba aún las esculturas estropeadas... Un resto del artesanado cubriendo el ábside, y acaso destruido por los huracanes; y, en fin, en la entrada del pórtico la campana, de la que pendía una cuerda hasta el suelo; aquella campana, que sonaba algunas veces, produciendo indecible espanto en las gentes de Werst; retardadas en su camino por la garganta del Vulcano.
En aquella capilla, desierta hacía tanto tiempo, y expuesta a las inclemencias del tiempo, acababa de entrar un hombre. Llevaba en la mano un farol, cuya luz le daba en pleno rostro... Franz reconoció en seguida a aquel hombre. Era Orfanik, el excéntrico que acompañaba siempre al barón en sus peregrinaciones por Italia; aquel ente original que gesticulaba y hablaba solo por las calles; aquel sabio ignorado; aquel inventor, siempre en persecución de alguna quimera, y que sin duda ponía sus invenciones al servicio de Rodolfo de Gortz.
Si Franz hubiera conservado alguna duda acerca de la presencia del barón en el castillo de los Cárpatos, aún después de la aparición de la Stilla, aquella duda se cambió en certeza, pues veía allí a Orfanik.
¿Qué iba a hacer aquel hombre en la ruinosa capilla, a aquella hora de la noche? Franz trató de darse cuenta de ello, y he aquí lo que vio.
Orfanik encorvóse y levantó varios cilindros de hierro unidos por un alambre, que se desarrollaba desde una bobina depositada en un rincón de la capilla. Era tal la atención que ponía aquel hombre en su trabajo que, aunque se hubiera aproximado el conde, no le hubiera visto Orfanik.
¡Ah! Si el hueco que Franz había empezado a hacer hubiese tenido el suficiente espacio para dejarle paso, hubiera entrado en la capilla, precipitándose sobre Orfanik, obligándole a que le condujera al torreón.
Mas tal vez era una fortuna no poderlo hacer, porque, aún en el caso de un feliz resultado en su tentativa, sin duda el barón de Gortz le hubiera hecho pagar con la vida los secretos que acababa de descubrir.
Algunos momentos después de la entrada de Orfanik, penetró otro hombre en la capilla. Era el barón Rodolfo de Gortz. La inolvidable fisonomía de aquel personaje no había cambiado: parecía no haber pasado un día por él. Era el mismo, con su cara pálida y larga que el farol alumbraba por completo, su cabello largo y gris echado hacia atrás, su mirada que centelleaba en sus hundidos ojos...
Rodolfo de Gortz se aproximó para examinar el trabajo de Orfanik. Y he aquí lo que en tono breve hablaron estos dos hombres.
CAPÍTULO VIII
-¿El recorrido de la capilla está concluido, Orfanik?
-Ahora mismo lo he acabado.
-¿Está preparado todo en las casamatas de los baluartes?
-Todo.
-¿Están ahora los baluartes y la capilla en comunicación directa con el torreón?
-Lo están.
-¿Y después que el aparato haya lanzado la corriente, tendremos tiempo de huir?
-Lo tendremos.
-¿Has examinado si está libre el túnel que desemboca en la garganta del Vulcano?
-Está libre.
Hubo entonces algunos instantes le silencio, mientras que Orfanik, después de haber vuelto a coger su farol, proyectaba la claridad en el fondo de la capilla.
-¡Ah, mi viejo castillo! exclamó el barón. ¡Ya costará caro a los que quieran forzar tu recinto!
Y Rodolfo de Gortz pronunció estas palabras en tono que hizo temblar al conde.
-¿Habéis oído lo que se decía en Werst? preguntó Orfanik.
-Hace cincuenta minutos el hilo me ha traído las conversaciones que se tenían en la posada del Rey Matías.
-¿El ataque está dispuesto para esta roche?
-No; no debe ser efectuado hasta el amanecer.
-¿Desde cuándo ha regresado Rotzko a Werst? .
-Desde hace dos horas, con dos agentes de la policía que ha traído de Karlsburg.
-Pues bien: puesto que no se puede defender el castillo, repitió el barón de Gortz, ¡al menos aplastará en sus ruinas a ese Franz de Télek y a todos los que con él vengan!
Después de algunos momentos:
-¿Y ese hilo, Orfanik? repitió. ¿No será posible saber jamás que estableció una comunicación entre el castillo y el pueblo de Werst?
-Lo destruiré, y no se sabrá.
Es llegado el momento de dar una explicación de ciertos fenómenos que se han producido en el curso de este relato, y cuyo origen no debe tardar más en ser revelado.
En esta época haremos notar muy particularmente que esta historia pasa en uno de los últimos años del siglo XIX, el empleo de la electricidad, con justo título considerada como el espíritu del siglo, había alcanzado sus últimos perfeccionamientos. El ilustre Edison y sus discípulos habían acabado su obra.
Entre otros aparatos eléctricos, el teléfono funcionaba entonces con una precisión tan maravillosa, que los sonidos recogidos en las placas llegaban libremente al oído, sin necesidad de auricular. Lo que se decía, lo que se cantaba, hasta lo que se murmuraba, se podía, oír, cualquiera que fuese la distancia, y dos personas separadas por miles de leguas hablaban como si estuvieran sentadas enfrente una de otra.
Desde bastantes años ya, Orfanik, el inseparable del barón Rodolfo de Gortz, era, en lo que se refiere al uso práctico de la electricidad, un inventor de primer orden. Pero, como se sabe, sus admirabls descubrimientos no habían sido acogidos como merecían serlo. Los sabios no habían querido ver más que un loco, donde había un hombre de genio para su arte. De aquí el indestructible odio que el inventor desconocido y rechazado había jurado a sus semejantes.
En estas circunstancias, el barón de Gortz encontró a Orfanik hundido en la miseria. Le animó en sus trabajos, le ayudó con su bolsillo, y, finalmente, se unió a él con la condición de que el sabio le reservara el beneficio de sus invenciones, de las que él solo se aprovecharía.
En resumen: estos dos personajes, originales y maníacos cada uno por su estilo, habían nacido para entenderse.
Así es que desde su encuentro jamás se separaron, ni aun cuando el barón de Gortz seguía a la Stilla por todas las ciudades de Italia.
En tanto que el melómano se extasiaba en el canto de la incomparable artista, Orfanik sólo se ocupaba de completar los descubrimientos científicos que habían sido hechos por los electricistas durante los últimos años, en perfeccionar sus aplicaciones y en producir los más extraordinarios efectos.
Después de los incidentes que terminaron la carrera dramática de la Stilla, el barón de Gortz desapareció, sin que se pudiese saber lo que había sido de él. Abandonando Nápoles, había venido a refugiarse al castillo de los Cárpatos, acompañado de Orfanik, que no dudó un punto encerrarse con él.
Cuando tomó la resolución de ocultar su existencia en el fondo de este castillo, la intención del barón de Gortz era que ningún habitante sospechase su regreso, y que nadie intentara visitarle. Y no hay que olvidar que Orfanik y él tenían el medio para asegurar de suficiente modo la vida material en el castillo. En efecto: existía una comunicación secreta con el camino del Vulcano, y por, este camino un hombre seguro, un antiguo servidor del barón, al que nadie conocía, introducía en épocas fijas todo cuanto era necesario para la vida del barón Rodolfo y de su compañero.
En realidad, lo que quedaba del castillo, y particularmente el torreón central, estaba menos desmantelado que lo que se creía, y hasta más habitable que lo que exigían las necesidades de sus habitantes. Así, provisto de cuanto necesitaba para sus experiencias, Orfanik pudo dedicarse a esos prodigiosos trabajos cuyos elementos encontraba en la física y la química.
Y entonces tuvo la idea de utilizarles con el objeto de alejar a los importunos.
El barón de Gortz acogió prontamente la proposición, y Orfanik instaló una maquinaria especial, destinada a sembrar el espanto en el país, produciendo fenómenos que no podían atribuirse más que a una intervención diabólica.
Pero, en primer lugar, importaba al barón de Gortz estar al córriente de lo que se decía en la aldea, lo más aproximadamente posible. ¿Tenía algún medio de oír lo que hablaban las gentes sin que éstas pudiesen sospecharlo? Sí. Llegando a establecer una comunicación telefónica entre el castillo y el salón de la posada del Rey Matías, donde los notables de Werst tenían la costumbre de reunirse todas las noches.
Consiguió esto Orfanik con un secreto procedimiento, y muy sencillo. Un hilo de cobre, revestido de su cubierta aisladora y cuyo extremo subía al primer piso del torreón, fue desarrollado bajo las aguas del Nyad hasta la aldea de Werst. Efectuado este primer trabajo, Orfanik, fingiendo ser un turista, fue a pasar una noche a la posada del Rey Matías, a fin de enlazar este hilo con el del salón.
Le fue fácil, en efecto, llevar la extremidad extendida sobre el cauce del torrente a lo alto de aquella ventana de la fachada posterior, que no se abría jamás. Después, colocando un aparato telefónico, que ocultaba lo espeso del follaje, ató el hilo. Este aparato estaba maravillosamente dispuesto, tanto para transmitir como para recoger los sonidos, por lo cual el barón de Gortz, podía oír todo lo que se hablaba en la posada del Rey Matías, y también hacer oír todo lo que le convenía.
Durante los primeros años, nada turbó la tranquilidad del castillo. La mala reputación que tenía bastaba para alejar de él a los habitantes de Werst. Además, se le creía
abandonado. Pero un día, en la época en que esta historia empieza, el anteojo comprado por el pastor Frik permitió ver el humo que se escapaba por una de las chimeneas del torreón, y desde este momentó empezaron los sabrosos comentarios.
Entonces fue útil la comunicación telefónica, puesto que, a merced a ella, el barón de Gortz y Orfanik iban a estar al corriente de lo que pasaba en la aldea. Por este hilo conocieron la resolución de Nic Deck de entrar en el castillo, y por este hilo llegó de repente la amenazadora voz que se oyó en la posada del Rey Matías para apartar a Nic de su propósito. Pero como, no obstante esta amenaza, el joven había persistido en su resolución, el barón de Gortz resolvió darle tal lección, que no le quedasen deseos de volver a comenzar nunca.
Aquella noche la maquinaria de Orfanik, siempre pronta a funcionar produjo una serie de fenómenos puramente físicos, capaces de sembrar el mayor espanto en los alrededores. La campana echada a vuelo, la proyección de intensas llamas mezcladas de sal marina, que daba a todos los objetos una apariencia espectral; formidables sirenas, cuyo aire comprimido escapaba semejando mugidos espantosos: siluetas fotográficas de monstruos, lanzados a las nubes por medio de poderosos reflectores; placas dispuestas en el fondo del foso de la muralla, y puestas en comunicación con pilas cuya corriente había sujetado al doctor por sus botas de grandes clavos, y, en fin, descarga eléctrica lanzada de las baterías del laboratorio, y que había herido de pronto al guardabosque, en el momento de poner éste la mano sobre el hierro del puente levadizo.
Como había pensado el barón de Gortz, después de la aparición de estos prodigios y de la tentativa de Nic Deck, tan mal recibida, el terror llegó a su colmo en el país, y ni por oro ni por plata hubiera querido nadie aproximarse en dos largas millas a aquel castillo de los Cárpatos, evidentemente habitado por seres sobrenaturales.
Rodolfo de Gortz debía, pues creerse al abrigo de toda curiosidad importuna, cuando Franz de Télek llegó al pueblo de Werst.
Mientras interrogaba ya a Jonás, ya al señor Koltz y a los demás, su presencia en la posada del Rey Matías fue indicada por el hilo del Nyad.
El odio que el barón de Gortz sentía por.el conde, se encendió con el recuerdo de los sucesos de Nápoles.
Y no solamente Franz de Télek estaba en el pueblo, a algunas millas del castillo, sino que he aquí que delante de los notables ridiculizaba sus absurdas supersticiones y demolía la reputación fantástica que protegía al castillo de los Cárpatos Y se comprometía a la vez a prevenir a las autoridades de Karlsburg, a fin de que la policía hiciese ver que no eran nada todas aquellas leyendas.
Así es que el barón de Gortz resolvió atraer a Franz de Télek al castillo; y ya se sabe por qué diversos medios lo había conseguido. La voz de la Stilla, enviada al salón del Rey Matías por el aparato telefónico, había incitado al conde a apartarse de su camino para acercarse al castillo; la aparición de la cantante sobre la terraza del baluarte, le había producido el irresistible deseo de penetrar en aquél; una luz que se mostró en una de las ventanas del torreón, le había guiado hacia la poterna, abierta para dejarle paso. En aquella cripta, alumbrada eléctricamente, y en la que había oído todavía aquella voz tan penetrante; en aquella cripta, donde le habían sido preparados alimentos, mientras él dormía con un sueño letárgico; en aquella cripta, escondida en las profundidades del castillo y cuya puerta se había cerrado tras él Franz de Télek estaba en poder del barón de Gortz, y el barón tenía la seguridad de que no podría salir jamás.
Tales eran los resultados, obtenidos por la colaboración misteriosa de Rodolfo de Gortz y de su cómplice Orfanik. Mas, a despecho suyo, el barón sabía que Rotzko, no habiendo podido seguir a su amo, había prevenido a las autoridades de Karlsburg. Una escuadra de agentes había llegado al pueblo de Werst, y la partida era muy difícil de ganar para el barón.
En efecto: ¿cómo Orfanik y él iban a poder defenderse de una tropa numerosa? Los medios empleados contra Nic Deck y el doctor Patak serían insuficientes, pues la policía no cree en intervenciones diabólicas. Ambos, pues, habían tomado la resolución de destruir el castillo desde el fondo a la cúspide, y no esperaban más que el momento de obrar.
Estaba dispuesta una corriente eléctrica para poner fuego a los cartuchos de dinamita enterrados en el torreón, los baluartes, la vieja capilla; y el aparato destinado a lanzar esa corriente, debía dejar al baron de Gortz y a su cómplice el tiempo preciso para huir por el túnel de la garganta del Vulcano. Después de esta explosión, de la que serían víctimas el conde y muchos de los que escalaran la muralla del castillo, ambos huirían tan lejos, que jamás se encontrarían sus huellas.
Lo que acababa de oir de esta conversación le había dado a Franz la explicación de los pasados fenómenos. Sabía ahora que existía una comunicación telefónica entre el castillo de los Cárpatos y el pueblo de Werst. Sabía también que el castillo iba a ser destruido por una explosión que le costaría la vida, y sería fatal a los agentes de policía traídos por Rotzko; y sabía, en fin, que el barón de Gortz, y Orfanik tendrían tiempo de huir. ¡Huir arrastrando a la Stilla, inconsciente! ...
¡Ah! ¿Por qué Franz no podía lanzarse en la capilla y arrojarse sobre aquellos dos hombres? Él los hubiera derribado, golpeado, puesto en estado de no poder hacer daño, y hubiera impedido la catástrofe.
Pero lo que en aquel momento era imposible, no lo sería tal vez después de la partida del barón. Cuando ambos salieran de la capilla, Franz, siguiendo sus huellas, iría tras ellos hasta el torreón, y, Dios mediante, haría justicia.
El barón de Gortz y Orfanik estaban ya en el fondo del presbiterio. Franz no los perdía de vista. ¿Por qué lado iban a salir? ¿Sería por una puerta que daba a uno de los corredores de la muralla, o por algún pasadizo interior que debía unir la capilla con el torreón, pues parecía que todas las construcciones del castillo se comunicaban entre sí? Poco importaba esto si el conde no encontraba algún obstáculo que le fuera imposible franquear.
En este momento el barón de Gortz y Orfanik cambiaron todavía algunas palabras.
-¿No hay, pues nada qué hacer aquí?
-Nada.
-Entonces separémonos.
-¿Vuestra intención es siempre que os deje solo en el castillo?
-Sí, Orfanik; y partid al instante por el túnel de la garganta del Vulcano.
-¿Pero vos?...
-Yo permanecerá en el castillo hasta el último momento.
-¿Quedamos en que es a Bistritz donde debo ir a esperaros?
-A Bistritz.
-Quedad, pues, barón Rodolfo, quedad solo, puesto que tal es vuesta voluntad.
-Sí, quiero quedarme, porque quiero oírla. . . ¡Quiero oírla todavía una vez más en esta noche, la última que pasaré en el castillo de los Cárpatos!
Algunos instantes después el barón de Gortz y Orfanik habían abandonado la capilla.
Aunque en esta conversación no se había pronunciado el nombre de la Stilla, Franz había comprendido bien: de ella acababa de hablar Rodolfo de Gortz.
CAPÍTULO IX
El desastre era inminente, y Franz sólo tenía un medio para prevenirle: impedir que el barón de Gortz llevase a cabo su proyecto.
Eran las once de la noche. No temiendo Franz ser descubierto prosiguió su trabajo. Los ladrillos iban saliendo sin dificultad; mas era tal el espesor de la pared, que aun tardó media hora en poder abrirse paso.
En cuanto puso el pie en la desmantelada capilla, sintióse reanimado por el aire del exterior. Por entre las roturas del técho y de las ventanas veíase el cielo, cruzado por celajes, rasgados en jirones por el airecillo. Acá y allá aparecían algunas estrellas pálidas de la luna subiendo por el horizonte
Lo que importaba a Franz era hallar la puerta que había en el fondo de la capilla, y por la que el barón y Orfanik habían salido. Después de atravesar la nave, adelantósé Franz hacia el presbiterio, sumido en profunda oscuridad. Allí tropezaron sus pies con restos de tumbas y fragméntos caídos de la bóveda.
Detrás del retablo del altar mayor, y en oscurísimo rincón, notó Franz que cedía a su impulso una puerta carcomida.
Daba esta puerta a una galería que debía atravesar el recinto del castillo.
Por allí, sin duda, entraron el barón y Orfanik; por allí también salieron ambos.
De nuevo se encontró Franz en completa oscuridad, después de haber dado muchas vueltas, pero sin bajar ni subir escalón alguno, es decir, que seguía al mismo nivel de los patios interiores.
Media hora después pareció ser menos profunda la oscuridad. Una media luz se deslizaba por algunas aberturas laterales de la galería.
Entonces el joven pudo avanzar con más rapidez. Llegó a una casamata muy ancha, emplazada sobre la terraza del murallón que formaba el ángulo izquierdo de la fortaleza.
Dicha casamata se hallaba perforada por estrechas troneras, por las que penetraban los rayos de la luna.
En la opuesta pared había una puerta abierta.
Lo primero que hizo Franz fue colocarse delante de una de las tronetas, para respirar la fresca brisa de la noche algunos segundos.
Mas en el instante en que iba a retirarse de allí, creyó ver dos o tres sombras que se movían en el extremo inferior de la meseta de Orgall, alumbrada por la luna hasta el sombrío bosque de los abetás...
Franz miró con atención.
Algunos hombres iban y venían por allí, delante del menciondo bosque. Sin duda eran los agentes de Karlsburg, traídos por Rotzko... ¿Habían decidido operar de noche, acaso creyendo sorprender a los huéspedes del castillo, o esperaban allí hasta que brillase la aurora?
Sobrehumano esfuerzo tuvo que hacer Franz para contenerse y no llamar a Rotzko, que en seguida hubiese reconocido su voz. Mas pudieron oírle en el torreón, y antes, de que los agentes pudiesen escalar el muro, Rodolfo de Gortz tendría tiempo de huir por el túnel y dejar dispuesto el aparato eléctrico.
Pronto comprendió la situación y se alejó de la tronera. Atravesó la casamata, franqueó la puerta, y continuó por la galería.
Quinientos pasos más allá llegó a una escalera abierta en los espesos muros.
¿Al fin llegaría al torreón que se alzaba en medio de la plaza de armas? Era posible.
Sin embargo, aquella escalera no debía ser la escalera principal que servía a los distintos pisos. Se componía de una serie de escalones circulares dispuestos como en forma de empinado y oscuro caracol.
Franz subióla sin ruido, escuchando, pero sin oir nada; después de haber subido unos veinte escalones, se detuvo en un rellano.
Allí había luna puerta que daba a la terraza, que circundaba el torreón a la altura del primer piso.
Se deslizó por aquella terraza, y teniendo cuidado de ocultarse tras el parapeto, miró hacia la meseta de Orgall. Muchos hombres aparecieron entonces al borde del bosque de abetos, y nada indicaba que tuviesen intención de acercarse al castillo.
Decidido a reunirse al barón de Gortz antes que hubiese huido por el túnel de Vulcano, Franz dio la vuelta a la terraza y llego delante de otra puerta, donde seguía la escalera de caracol.
Puso el pie sobre el primer escalón, apoyó ambas manos en las paredes, y comenzó a subir.
Siempre igual silencio.
El primer piso del castillo no estaba habitado.
Franz se apresuró a llegar arriba, a los otros descansillos.
Cuando estuvo en el tercero, ya no halló su pie escalón alguno. Allí terminaba la escalera, en el último piso del torreón que servía de coronamiento a la plataforma almenada donde en otro tiempo ondeába el estandarte de los barones de Gortz.
En la pared izquierda de la meseta había otra puerta, cerrada entonces. Al través del agujero de la cerradura, cuya llave estaba por fuera, filtrábase un rayo de luz vivísima.
Púsose Franz a escuchar, y nada oyó en el interior. Aplicó un ojo a la cerradura y sólo vio la parte izquierda de una habitación, muy iluminada, mientras que la parte de la derecha se hallaba sumergida en profunda oscuridad.
Dio la vuelta a la llave suavemente, y empujó la puerta, que se abrió.
Una espaciosa sala ocupaba todo aquel último piso del torreón. Sobre sus circulares muros apoyábase una bóveda artesonada a cuadros, y los arcos subían a reunirse en el centro de la bóveda y en una pesada pechina. Espesos y antiguos tapices históricos recubrían las paredes. Algunos viejísimos baúles, armarios, butacas y escabeles constituían el mueblaje en cierto ordenado desorden, artísticamente combinado. Pendían de las ventanas tupidas cortinas que no dejaban escapar al exterior la luz de la sala. El pavimento estaba cubierto con una mullida alfombra de lana, que amortiguaba las pisadas.
Todo aquello era, en verdad, extraño, raro; al entrar Franz, lo primero que observó fue el contraste que ofrecía la habitación mitad que alumbrada, mitad en tinieblas.
A la derecha de la puerta, el fondo desaparecía en la oscuridad. A la izquierda, por el contrario, un estrado cuyo suelo estaba cubierto de telas negras, recibía poderosa luz, producida acaso por un reverbero, colocado delante, pero de modo que no podía ser visto.
A unos diez pies de este estrado, y separado de él por una pantalla de chimenea, se encontraba un antiguo sillón de alto espaldar, oculto en la penumbra que la antedicha pantalla proyectaba.
Junto al sillón, y sobre una mesita, cubierta con un tapiz, veíase una caja rectangular.
Ésta tendría una longitud de doce a quince pulgadas, por cinco o seis de ancha. La tapa, incrustada de pedrería, estaba levantada; dentro de la caja había una especie de cilindro metálico.
En cuanto Franz entró, vio que el sillón estaba ocupado por una persona que permanecía en absoluta inmovilidad; tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sillón, los ojos cerrados, el brazo derecho extendido sobre la mesa, y la mano puesta sobre la parte anterior de la caja.
Era Rodolfo de Gortz.
¿Había querido pasar la última noche en el torreón para estarse durmiendo allí algunas horas?
¡No!... No podía ser, después de lo que Franz le había oído decir a Orfanik.
El barón estaba solo; Orfanik, según las órdenes recibidas; debía haber huido ya por el túnel. . .
¿Y la Stilla?... ¿No había dicho Rodolfo que antes de que el castillo saltase en pedazos quería oírla por última vez?. . . ¿Y para qué sino para esto había ido allí el barón?... ¿A embriagarse; como todas las noches, con aquella suave música?...
Pero, y Stilla, ¿dónde estaba?
Franz ni la veía ni la oía...
Después de todo, ¿qué importaba, si aquel hombre, si Rodolfo de Gortz estaba ya en poder de Franz de Télek? Le obligaría a hablar...; pero en el estado de excitación en que se hallaba, ¿por qué no se arrojaba sobre aquel hombre a quien odiaba, y de quien era odiado también; por qué no le arrancaba a su Stilla... su Stilla, loca por causa de aquel hombre, al que Franz debía matar?...
Franz fue a apostarse tras del sillón. No tenía más que dar un paso, y el barón estaba al alcance de sus manos; se inyectaron de sangre sus ojos, y poseído de un vértigo, alzó la mano...
De pronto apareció la Stilla.
Franz dejó caer el cuchillo en la mullida alfombra.
La Stilla estaba de pie en el estrado, en plena luz, la cabellera suelta, los brazos extendidos, admirablemente hermosa con su traje blanco de la Angélica de Orlando, tal como se mostró en el baluarte del castillo. Sus ojos, fijos en los del conde, le penetraban hasta en lo más profundo del alma.
Era imposible que no le viese, y, sin embargo, la Stilla no hacía ademán de llamarle... ; no movía sus labios para hablarle... ¡Ay, sí, loca estaba loca!
Ya iba a lanzarse Franz a estrecharla entre sus brazos para llevársela.
La Stilla empezó a cantar. El barón de Gortz, sin levantarse, se inclinó hacia ella. En el paroxismo del éxtasis el dilettante aspiraba aquella voz como un perfume... ; la bebía como un divino néctar. El barón estaba en aquella sala como estaba en los teatros de Italia.
¡Sí! ¡La Stilla cantaba! Cantaba para él, nada más que para él, exhalando de sus labios, que parecian inmóviles, aquel canto como un leve soplo. Si la razón la había abandonado, poseía por entero su alma de artista.
Franz se extasiaba ante el encanto de aquella voz que hacía cinco años no oía. Permanecía absorto contemplando a aquella mujer a quien creía no volver a ver y que estaba allí, viva, como si algún milagro la hubiera resucitado a sus ojos.
¿Y no era aquel canto de la Stilla el que, entre todos, debía hacer vibrar en el corazón de Franz la cuerda del recuerdo? ¡Ah, sí! Era el final de la trágica escena de Orlando; aquel final en que el alma de la cantante habíase roto en aquella última frase:
Inamorata, mio cuore tremante.
Voglio morire....
Franz seguía nota por nota aquella inefable frase, y se decía que no sería interrumpida como lo había sido en el teatro de San Carlos. No. ¡No moriría entre los labios de la Stilla, como en su función de despedida!
Franz no respiraba. Su vida toda estaba concentrada en aquel canto. Unos compases más, y se acabaría con toda su incomparable pureza.
Mas he aquí que la voz empieza a temblar; se diría que la Stilla vacila repitiendo aquellas palabras de dolor punzante: .
Voglio morire...
¡Qué! ¿Va a caer la Stilla allí, sobre el estrado, como en otro tiempo sobre la escena? Mas no cae. Su canto se detiene en el mismo compás, en la misma nota que en el escenario de San Carlos. Lanza un grito..; el mismo que Franz le oyó aquella noche.
Y, sin embargo, la Stilla permanece allí de pie, inmóvil, con su dorada mirada, aquella mirada que arroja al conde todas las ternuras de su alma.
Franz se precipita hacia ella; quiere llevársela de aquella sala de aquel castillo, y se encuentra frente a frente con el barón, que acaba de levantarse y que exclama:
-¡Franz de Télek! ¡Franz de Télek que ha podido escapar!
Franz no le responde, y precipitándose hacia el estrado repite:
-¡Stilla! ¡Stilla mía! ¡Al fin te encuentro aquí! ¡Vives!
-¡Vive, sí, vive! exclamó el barón.
Y aquella frase irónica acaba en una carcajada, donde late una rabia infinita.
-¡Vive! repite Rodolfo de Gortz. ¡Que Franz de Télek trate de arrancarla de mi poder!
Franz de Télek ha tendido los brazos hacia la Stilla, cuyos ojos permanecen fijos en él... En aquel momento Rodolfo de Gortz se inclina, coge el cuchillo que ha caído de la mano de Franz, y va a lanzarse sobre la Stilla, inmóvil...
Precipitase Franz sobre él para desviar el golpe que amenaza a la desgraciada loca. . .
¡Ya es tarde! El cuchillo la hiere en el corazón...
De repente déjase oir el ruido de un cristal que se rompe, y entre una lluvia de pequeños vidrios desaparece la Stilla...
Franz permanece inerte... No comprende nada...
¿Es que también él se ha vuelto loco?... Entonces exclama Rodolfo de Gortz:
-La Stilla escapa aún a Franz de Télek ... Pero su voz es mía... mía sólo ... ¡De nadie más!
Franz intenta arrojarse sobre el barón de Gortz, pero las fuerzas le abandonan, y cae sin conocimiento al pie del estrado.
Rodolfo de Gortz, sin cuidarse para nada del conde, se apodera de la caja depositada sobre la mesa, y huye fuera de la sala, bajando al primer piso del torreón. Ya está en la terraza... Ya da la vuelta... Ya va a llegar a la otra puerta, cuando suena una detonación. Rótzko, apostado en el reborde de la contraescarpa, acaba de disparar sobre el barón de Gortz... Éste no es herido, pero la bala destroza la caja que llevaba entre sus brazos. . . El barón lanzó un grito terrible.
-¡Su voz! ¡Su voz! repetía. ¡El alma, el alma de la Stilla, destrozada!
Y con los cabellos erizados, las manos crispadas, viósele correr a lo largo de la terraza gritando:
-¡Su voz! ¡Su voz! ¡Me han destrozado su voz! ... ¡Malditos sean! ...
Y desapareció por la puerta en el momento en que Rotzko y Nic Deck, sin esperar a la escuadra de agentes de la policía, se disponían a escalar el muro...
Casi al mismo tiempo, una formidable explosión hizo retemblar todo el Plesa... Penachos de llamas se elevaron hasta las nubes, y una lluvia de piedras cayó sobre el camino del Vulcano.
De los baluartes, de las murallas, del torreón y de la capilla del castillo de los Cárpatos sólo quedaba un montón de ruinas humeantes, diseminadas en la superficie de la meseta de Orgali.
CAPÍTULO X
No se habrá olvidado, refiriéndose a la conversación del barón y Orfanik, que la explosión no debía destruir el castillo sino después de la partida de Rodolfo de Gortz. Ahora bien: en el momento en que ocurrió aquella explosión, era imposible que el barón Rodolfo de Gortz hubiese tenido tiempo de huir por el túnel sobre el camino de la garganta del Vulcano. ¿En el paroxismo del dolor, en la locura de la desesperación, no teniendo conciencia de lo que hacía, Rodolfo de Gortz había, pues, provocado una catástrofe inmediata, de la que él había sido la primera víctima? Después de las incomprensibles palabras que se le habían escapado en el momento en que la bala de Rotzko destrozó la caja que llevaba, había querido sepultarse bajo las ruinas del castillo.
Fue una fortuna, sin embargo, que los agentes, sorprendidos por el tiro de Rotzko, se encontrasen aún a cierta distancia, cuando la explosión sacudió la montaña. Apenas si algunos fueron alcanzados por las ruinas, que cayeron al pie de la meseta de Orgall. Sólo Rotzko y el guardabosque estaban entonces bajo la muralla, y fue, por cierto, un milagro que no fuesen aplastados por aquella lluvia de piedras.
La explosión había producido su efecto cuando Rotzko, Nic Deck y los agentes consiguieron, sin gran esfuerzo, penetrar en el recinto, franqueando el foso, medio cegado por el hundimiento de las murallas.
Cincuenta pasos más allá de la muralla fue encontrado un cuerpo, en medio de los escombros y en la base del torreón.
Era el de Rodolfo de Gortz. Algunos ancianos del país, entre otros el señor Koltz, le reconocieron perfectamente.
Respecto a Rotzko y a Nic Deck, no tenían más idea que la de encontrar al conde. Puesto que Franz no había reaparecido en los términos convenidos entre el soldado y él, era que no había podido escapar del castillo.
Pero Rotzko ¿podía acaso esperar que hubiera sobrevivido, qué no fuese una de las víctimas de la catástrofe? No. Por lo tanto, lloraba abundantemente, y en vano Nic Deck trataba de calmarle.
Sin embargo, después de media hora de pesquisas, el joven fue encontrado en el primer piso del torreón, bajo un arco medio hundido de la muralla, que había impedido que fuese aplastado.
-¡Señor!. : . ¡Querido señor!
-¡Señor conde!.,. .
Y éstas fueron las primeras palabras que pronunciaron Rotzko y Nic Deck cuando se precipitaron sobre Franz. Debieron creerle muerto; pero estaba desvanecido solamente.
Franz entreabrió los ojos; pero en su mirada, sin fijeza, no pareció reconocer a Rotzk, ni oírle.
Nic Deck, que había levantado al conde en sus brazos, le habló de nuevo, sin obtener respuesta.
Sólo se escaparon de su boca estas últimas palabras de la canción de la Stilla:
Inamorata! ... Voglio morire!
Franz de Télek había perdido la razón.
CAPÍTULO XI
Sin duda, puesto que el conde había perdido la razón, nadie hubiera tenido jamás la explicación de los últimos fenómenos de que el castillo de los Cárpatos había sido teatro, sin las revelaciones hechas en las siguientes circunstancias.
Durante cuatro días, y como estaba convenido, había Orfanik esperado que el barón de Gortz viniese a reunirse a él en la ciudad de Bistritz. Viendo que no venía, se preguntaba si habría perecido en la explosión; y picado entonces, tanto por la curiosidad como por la inquietud, había abandonado la ciudad, tomando el camino de Werst y rondando después por los alrededores del castillo.
Los agentes no tardaron en apoderarse de su persona, a las indicaciones de Rotzko, que de larga fecha le conocía.
Una vez en la capital del distrito y en presencia de los magistrados, Orfanik no tuvo dificultad alguna en responder a las preguntas que se le hicieron con motivo de la catástrofe.
Haremos constar que el triste fin del barón Rodolfo de Gortz no pareció conmover a este sabio egoísta y maniático, que sólo tenía corazón para sus invenciones.
En primer lugar, y a las apremiantes preguntas de Rotzko, Orfenik afirmó que la Stilla estaba muerta, y bien muerta (éstas fueron sus palabras), y enterrada, bien enterrada, desde hacía cinco años, en el Campo Santo Nuovo de Nápoles.
Esta afirmación no fue la que asombró menos de esta extraña aventura.
En efecto: si la Stilla había muerto, ¿cómo era posible que Franz hubiese podido oír su voz en la sata de la posada, y verla aparecer sobre la terraza del baluarte, y embriagarse
en su canto cuando estaba encerrado en la cripta? En fin, ¿cómo la había encontrado viva en la cámara del torreón?
He aquí la explicación de estos diversos fenómenos, al parecer inexplicables.
Se sabe la desesperación que había acometido al barón de Gortz cuando llegó hasta él el rumor de que la Stilla había resuelto abandonar la escena para ser condesa de Télek. El admirable talento de la artista, y con él todas sus satisfacciones de dilettante, iban a faltarle.
Entonces Orfanik le propuso recoger por medio de aparatos fonográficos, los principales trozos de su repertorio, que la cantante se proponía cantar en las últimas representaciones de San Carlos.
Estos aparatos estaban maravillosamente perfeccionados en aquella época, y Orfanik los había hecho tan magníficos, que la voz humana no sufría alteración alguna, ni en su encanto ni en su pureza.
El barón de Gortz aceptó el ofrecimiento de Orfanik. Instaláronse unos fonógrafos sucesiva y secretamente en el fondo del palco enrejado durante el último mes de la temporada y así fue como en sus placas se grabaron cavatinas, trozos de ópera y de concierto, entre otros la melodía de Stéfano y el final de Orlando, interrumpido por la muerte de la Stilla.
En estas circunstancias, el barón de Gortz fue a encerrarse en el castillo de los Cárpatos, y allí, cada noche, podía oír los cantos recogidos por los aparatos fonográficos. Y no solamente oía a la Stilla como si estuviera en su palco, sino, lo que parece más incomprensible aun, la veía como si estuviera viva ante sus ojos.
Y esto mediante un sencillo artificio de óptica.
Se recordará que el barón de Gortz había adquirido un magnífico retrato de la cantante. Este retrato la representaba en pie, con su vestido de la Angélica del Orlando, su magnífica cabellera suelta y los brazos tendidos hacia el cielo. Pues bien; por medio de espejos inclinados, que seguían cierto ángulo calculado por Orfanik, y a los que un poderoso foco iluminaba, este retrato, colocado enfrente de un espejo, hacía aparecer a la Stilla por reflexión, y tan real como cuando gozaba, en plena vida, de todo el esplendor de su belleza. Gracias a este aparato, transportado durante la noche a la terraza del torreón, había hecho aparecer a la Stilla Rodolfo de Gortz, cuando quiso atraer a Franz al castillo; y gracias a este mismo aparato, el joven conde había vuelto a ver a la Stilla en la sala del torreón, mientras su fanático admirador se embriagaba con sus cantos, reproducidos por el fonógrafo.
Tales son, muy sumariamente expuestas, las explicaciones que dio Orfanik, detallándolas más en su interrogatorio; declarándose con una fiereza sin igual autor de aquellas invenciones geniales, que había llevado al más alto grado de perfeccionamiento. Sin embargo, si Orfanik había materialmente explicado estos diversos fenómenos, o, mejor dicho, estos trucos, para emplear la palabra consagrada, había algo que no se explicaba; por qué, antes de la explosión, el barón de Gortz no había tenido tiempo de huir por el túnel de la garganta del Vulcáno. Pero al saber Orfanik que una bala había roto el objeto que el barón llevaba en sus brazos, lo comprendió. Aquel objeto era el aparato fonográfico que encerraba el último canto de la Stilla, el que el barón Rodolfo de Gortz había querido oír una vez más en la sala del torreón antes de aniquilarle. Destruir este aparato, era destruir también la vida del barón; y loco de desesperación, había querido sepultarse en las ruinas del castillo.
El barón Rodolfo de Gortz fue enterrado en el cementerio de Werst con los honores debidos a la antigua familia que acababa en su persona.
Respecto al conde de Télek, Rotzko le hizo transportar al castillo de Krajowa, consagrándose por entero al cuidado de su señor. Orfanik le ha cedido voluntariamente los fonógrafos que encierran los otros cantos de la Stilla; y cuando Franz oye la voz de la gran artista, presta alguna atención, recobra su lucimiento de otras veces, y parece que su alma revive en los recuerdos de aquel inolvidable pasado.
En efecto: algunos meses más tarde el conde había recobrado la razón.
Diremos ahora que el matrimonio de la encantadora Miriota y de Nic Deck fue celebrado en la semana que siguió a la catástrofe después que los novios recibieron la bendición nupcial, volvieron a Werst, donde el señor Koltz les reservaba la más hermosa habitación de su casa.
Mas no por haberse explicado estos diversos fenómenos de manera tan natural, vaya a imaginarse que la joven esposa no crea en las fantásticas apariciones del castillo. Nic Deck le ha hecho razonar con calma, lo mismo que Jonás, que tiende a atraerse la clientela del Rey Matías. Pero ha sido inútil: no se ha convencido, como tampoco el maestro Hermod, el señor Koltz, el pastor Frik y los demás habitantes de Werst.
Y se pasarán regularmente muchos años antes que estas buenas gentes hayan renunciado a sus supersticiones.
El doctor Patak, que ha vuelto a sus fanfarronadas habituales, no cesa de repetir al que quilere oírle:
-Y bien, ¿no lo había dicho? ¡Espíritus en el castillo! ¿Acaso hay espíritus?
Mas nadie le escucha, y se le suplica que calle cuando sus bromas pasan de la medida.
Además, el maestro Hermod no ha cesado de basar las lecciones que da a la joven generación de Werst en el estudio de las leyendas transilvánicas, y por largo tiempo aún, el pueblo creerá que los espíritus del otro mundo habitan en las ruinas del castillo de los Cárpatos.
FIN