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viernes, 3 de junio de 2011

MIGUEL STROGOFF JULIO VERNE

 EMPIEZA LA EPOPEYA, PARTE DEL REINO DE RUSIA, ESTA CERCADO; SIBERIA, NADIE PUEDE SALIR, Y SE PONEN TODAS LAS ESPERANZAS EN UN HOMBRE : MIGUEL STROGOFF


UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO
-Señor, un nuevo mensaje.
-¿De dónde viene?
-De Tomsk.
-¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?
-Sí, señor; desde ayer.
-General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de
cuanto ocurra.
-A sus órdenes, señor -respondió el general Kissoff.
Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba
en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.
Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de Preobrajensky y de
Paulowsky no habían cesado de interpretar sus polcas, mazurcas, chotis y valses
escogidos entre lo mejor de sus repertorios.
Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a través de los
espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la «Vieja casa de
Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en otros tiempos y
cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir de tema a los corrillos.
El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien secundado en sus delicadas
funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes, los chamberlanes de servicio y
los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente de animar los bailes. Las grandes duquesas,
cubiertas de diamantes y las damas de la Corte, con sus vestidos de gala,
rivalizaban con las señoras de los altos funcionarios, civiles y militares de la «antigua
ciudad de las blancas piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa,
todos los invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este
tipo de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los largos
vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de condecoraciones ofrecía un
aspecto indescriptible bajo la luz de cien candelabros, cuyo resplandor quedaba
multiplicado por el reflejo de los espejos.
El aspecto era deslumbrante.
Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que poseía el Palacio Nuevo,
era, para este cortejo de altos personajes y damas espléndidamente ataviadas, un
marco digno de la magnificencia. La rica bóveda, con sus dorados bruñidos por la
pátina del tiempo, era como un firmamento estrellado. Los brocados de los cortinajes y
visillos, llenos de soberbios pliegues, empurpurábanse con los tonos cálidos que se
quebraban centelleantes en los ángulos de las pesadas telas.
A través de los cristales de las vastas vidrieras que rodeaban la bóveda, la luz que
iluminaba los salones, tamizada por un ligero vaho, se proyectaba en el exterior como
un incendio rasgando bruscamente la noche que, desde hacía varias horas, envolvía el
fastuoso palacio.
Este contraste atraía la atención de los invitados que sin estar absortos por el baile se
acercaban a los alféizares de las ventanas, desde donde se apreciaban algunos
campanarios, confusamente difuminados en la sombra, pero que perfilaban, aquí y allá,
sus enormes siluetas. Por debajo de los contorneados balcones se veía también a
numerosos centinelas marcar el paso rítmicamente, con el fusil sobre el hombro y cuyo
puntiagudo casco parecia culminar en un penacho de llamas bajo los efectos del chorro
de fuego recibido del interior. Oíanse también las patrullas que marcaban el paso sobre
la grava, con mayor ritmo que los propios danzarines sobre el encerado de los salones.
De vez en cuando, el alerta de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y un toque
de trompeta, mezclándose con los acordes de las bandas, lanzaba sus claras notas
en medio de la armonía general.
Más lejos todavía, frente a la fachada y sobre los grandes conos de luz que
proyectaban las ventanas de Palacio, las masas sombrías de algunas embarcaciones se
deslizaban por el curso del río cuyas aguas, iluminadas a trechos por la luz de algunos
faroles, bañaban los primeros asientos de las terrazas. El principal personaje del baile,
anfitrión de la fiesta y con el cual el general Kissoff había tenido atenciones reservadas
únicamente a los soberanos, iba vestido con el uniforme de simple oficial de la guardia
de cazadores. Esto no constituía afectación por su parte, antes reflejaba la habitud de
un hombre poco sensible a las exigencias del boato. Su vestimenta contrastaba con los
soberbios trajes que se entrecruzaban a su alrededor y era esa misma la que lucía la
mayoría de las veces entre su escolta de georgianos, cosacos y lesghienos,
deslumbrantes escuadrones espléndidamente ataviados con los brillantes uniformes del
Cáucaso.
Este personaje, de elevada estatura, afable apariencia y fisonomía apacible, pero con
aspecto de preocupación en aquellos momentos, iba de un grupo a otro, pero hablando
poco y no parecía prestar más que una vaga atención tanto a las alegres conversaciones
de los jóvenes invitados como a las frases graves de los altos funcionarios o de los
miembros del cuerpo diplomático, que representaban a los principales gobiernos de
Europa. Dos o tres de estos perspicaces políticos -psicólogos por naturaleza- habían
observado en el rostro de su anfitrión una sombra de inquietud, cuyo motivo se les
escapaba, pero que ninguno de ellos se permitió interrogarle al respecto. En cualquier
caso, la intención del oficial de la guardia de cazadores era, sin lugar a dudas, la de no
turbar con su secreta preocupación aquella fiesta en ningún momento y como era uno
de esos raros soberanos de los que casi todo el mundo acostumbra acatar hasta sus
pensamientos, el esplendor del baile no decayó ni un solo instante.
Mientras tanto, el general Kissoff esperaba a que aquel oficial, al que acababa de
comunicar el mensaje transmitido desde Tomsk, le diera orden de retirarse; pero éste
permanecía silencioso.. Había cogido el telegrama y, al leerlo, su rostro se ensombreció
todavía más. Su mano se deslizó involuntariamente hasta apoyarse en la empuñadura
de su espada, para elevarse a continuación, a la altura de los ojos, cubriéndoselos. Se
hubiera dicho que le hería la luz y buscaba la oscuridad para concentrarse mejor en sí
mismo.
-¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el Gran Duque?
-dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una ventana.
-Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan atravesar la
frontera siberiana.
-Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y Transballkalia, ¿habrán
recibido la orden de partir inmediatamente hacia Irkutsk?
-Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha podido llegar más allá del
lago Baikal.
-¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de Yeniseisk Omsk,
Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión?
-Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la certeza de que, en
estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del Irtiche y del Obi.
-¿No se tiene ninguna noticia del traidor Ivan Ogareff ?
-Ninguna -respondió el general Kissoff-. El jefe de policía no está seguro de si ha
atravesado o no la frontera.
-¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni-Novgorod, Perm,
Ekaterinburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Kolivan, Tomsk y a todas
las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación!
-Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante -respondió el general
Kissoff.
-No digas una palabra de todo esto.
El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de una profunda
reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin que nadie reparase en
su partida.
En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos instantes, pero cuando
decidió mezclarse entre los militares y políticos que formaban grupos en varios puntos
de los salones, su rostro había recuperado el aspecto habitual.
Sin embargo, los graves acontecimientos que habían motivado la conversación
anterior no eran tan secretos como el oficial de la guardia de cazadores y el general
Kissoff creían. Si bien es verdad que no se hablaba de ello ni oficialmente, ya que las
lenguas, siguiendo «órdenes oficiales» no podían desatarse, algunos altos personajes
habían sido informados más o menos extensamente sobre los acontecimientos que se
desarrollaban más allá de la frontera. Pero lo que ignoraban era que, cerca de ellos, dos
personajes desconocidos hasta para los miembros del cuerpo diplomático, y que no
lucían uniforme ni condecoración alguna que les distinguiera entre los invitados a
aquella recepción del Palacio Nuevo, conversaban en voz baja y parecían haber
recibido información muy precisa.
¿Cómo? ¿Por qué medio? ¿Gracias a qué estratagemas sabían estos dos simples
mortales lo que tantos altos personajes apenas sospechaban? No era tan fácil de
precisar. ¿Poseían el don de adivinar o de prevenir? ¿Tenían un sexto sentido que les
permitía ver más allá de los estrechos horizontes a los que está limitada la mirada
humana? ¿Tenían un olfato particular para captar las noticias más secretas? ¿Se había
transformado su naturaleza gracias a ese hábito que era ya connatural en ellos? Casi
podía afirmarse.
Estos dos hombres, inglés uno y francés el otro, eran ambos altos y delgados. Éste,
moreno como un provenzal. Aquél, rubio como un caballero de Lancashire. El inglés,
calmoso, frío, flemático, parco en sus gestos y en sus palabras, parecía no hablar ni gesticular
sino a impulsos de un estímulo que operaba a intervalos regulares. El galo, por
el contrario, vivo, petulante, expresándose a la vez con los labios, ojos y manos, tenía
mil maneras de hacerse entender, mientras que su interlocutor no parecía poseer más
que una, inmutable y estereotipada, postura.
Lo contradictorio entre estas dos personalidades habría sorprendido hasta al menos
observador de los hombres; pero un fisonomista, observando un poco a estos dos
extranjeros, habría determinado rápidamente la particularidad fisiológica que caracterizaba
a cada uno de ellos diciendo que el francés era «todo ojos» y el inglés «todo
oídos».
En efecto; el hábito de la observación había agudizado singularmente su vista. La
sensibilidad de su retina era tan fulminante como la de los prestidigitadores, que
reconocen una carta nada más que con un rápido movimiento en un corte de baraja, o
por cualquier marca, imperceptible para otra persona. Este francés poseía, pues, en el
más alto grado, lo que se llama «memoria visual.»
El inglés, por el contrario, estaba especialmente preparado para oír y captar
cualquier sonido. Cuando su aparato auditivo había percibido el tono de una voz, no lo
olvidaba jamás y, al cabo de diez o veinte años, lo podía reconocer entre mil. Sus orejas
no tenían, ciertamente, la facultad de orientarse como las de los animales dotados de
grandes pabellones auditivos; pero, ya que los sabios han dejado constancia de que las
orejas humanas no son totalmente inmóviles, se hubiera podido decir que las del
referido inglés se enderezaban, torcían o inclinaban en busca de sonidos, de manera
poco ostensible para un naturalista.
Es preciso observar que esta perfección de la vista y oído de estos dos hombres les
servía maravillosamente en sus tareas. El inglés era corresponsal del Daily Telegraph y
el francés lo era del... De cuál o de qué periódicos era corresponsal, él no lo decía jamás.
Y cuando alguien se lo preguntaba, respondía que era corresponsal de su «prima
Magdalena». En el fondo, este francés, bajo su apariencia de frivolidad, era sumamente
perspicaz y astuto. Pese a que hablaba un poco a tontas y a locas, puede que para
camuflar mejor su deseo de oír, no se extravertía jamás. Su misma locuacidad era como
un mutismo y resultaba, si cabe, más cerrado, más discreto que su compañero del
Daily Telegraph. Si ambos asistían a esta fiesta dada en el Palacio Nuevo la noche del
15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y con el único propósito de informar a
sus lectores.
Huelga decir que estos dos hombres amaban apasionadamente la misión que la vida
les había encomendado; disfrutaban lanzándose como hurones a la caza de la más
insignificante noticia, sin que nada ni nadie les amedrentase ni les hiciera desistir en su
empeño. Poseían una imperturbable sangre fría y la espartana bravura de los hombres
de su profesión. Verdaderos jockeys de carreras de obstáculos de la información,
saltaban vallas, atravesaban ríos y sorteaban todos los obstáculos con el ardor
incomparable de los purasangre, que se matan por llegar a la meta los primeros.
Además, sus periódicos no les regateaban el dinero -el más seguro, rápido y perfecto
elemento de información conocido hasta hoy-. Pero había que reconocer también en su
honor que jamás fomentaban sensacionalismo y que únicamente se ocupaban en
asuntos político-sociológicos.
En resumen, hacían lo que viene llamándose desde hace varios años «el gran reportaje
político-militar. » Siguiéndoles de cerca veremos que la mayoría de las veces tenían una
singular manera de interpretar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, poseyendo
cada uno de ellos su «propia opinión». Pero, al fin y al cabo, como jugaban limpio,
tenían dinero abundante y no lo regateaban dada la ocasión, nadie les criticaba.
El periodista francés se llamaba Alcide Jolivet. Harry Blount era el nombre del
inglés. Acababan de saludarse por primera vez, en esta fiesta del Palacio Nuevo, de la
cual tenían que informar a sus lectores por encargo expreso de sus respectivos periódicos.
Las diferencias de carácter, unidas a una cierta competencia profesional, eran
motivos suficientes para que no reinase entre ellos una mutua simpatía, sin embargo,
no sólo no trataron de evadir el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al
corriente de las noticias del momento. Eran, después de todo, dos profesionales que
cazaban en el mismo predio y con las mismas reservas; así, la pieza que a uno se le
escapaba podía ser abatida por el otro. Por su propio interés, les convenía estar «a
tiro».
Aquella noche estaban los dos al acecho y, efectivamente, algo flotaba en el
ambiente.
-Aunque se trate de falsos rumores -se decía Alcide Jolivet- conviene cazarlos.
Cada uno de los dos periodistas buscó charlar intencionadamente con el otro durante
el baile, momentos después de la partida del general Kissoff, y procuraron sondearse
mutuamente.
-A todas luces, señor, es una fiesta encantadora -dijo Alcide Jolivet, con sus aires de
simpatía, creyendo que debía entrar en conversación con esta frase tan típicamente
francesa.
-Yo ya he telegrafiado que es sencillamente espléndida -respondió Harry Blount con
estas palabras, reservadas especialmente para expresar la admiración de un ciudadano
del Reino Unido.
-Sin embargo -añadió Alcide Jolivet- he creído que debía advertir tambien a mi
prima...
-¿A su prima? -preguntó Harry Blount a su colega, en tono de sorpresa.
-Sí -respondió Alcide Jolivet-, a mi prima Magdalena... Es a ella a quien envío mis
crónicas. A mi prima le gusta estar bien informada y con rapidez... Por eso he creído
que debía advertirle que durante esta fiesta una especie de nube parece ensombrecer la
frente del Soberano.
-Pues a mí me ha parecido que estaba. radiante -respondió Harry Blount, queriendo
disimular su propio pensamiento respecto a este asunto.
-Y, naturalmente, lo habrá hecho usted «resplandecer» en las columnas del Daily
Telegraph.
-Exactamente.
-¿Recuerda usted, señor Blount -dijo Alcide Jolivet-, lo que ocurrió en Zaket en
1812?
-Lo recuerdo como si lo hubiera presenciado -respondió el periodista inglés.
-Entonces -prosiguió Alcide Jolivet- sabrá usted que en medio de una fiesta que se
celebraba en honor del zar Alejandro, se le anunció que Napoleón acababa de franquear
el Niemen con la vanguardia del ejército francés. Sin embargo, el Zar no abandonó la
fiesta, pese a la gravedad de la noticia, que podía costarle el Imperio, ni dejó entrever
ningún atisbo de inquietud...
-De la misma manera que nuestro anfitrión no ha mostrado ninguna cuando el general
Kissoff le ha notificado que acaba de ser cortada la comunicación entre la frontera y el
gobierno de Irkutsk.
-¡Ah! ¿Conocía usted este detalle?
-Sí, lo conocía.
-Pues a mí me sería difícil desconocerlo, ya que con mi último cable ha llegado hasta
Udinsk -dijo Alcide Jolivet con aire satisfecho.
-Y el mío hasta Krasnoiarsk solamente -respondió Harry Blount con no menos
satisfacción.
-Entonces ¿sabrá usted que han sido transmitidas órdenes a las tropas de
Nikolaevsk?
-Sí, señor, al mismo tiempo que se ha telegrafiado una orden de concentración a los
cosacos del gobierno de Tobolsk.
-Nada tan cierto, señor Blount; conocía también esos detalles. Y puede estar seguro
de que mi querida prima sabrá rápidamente alguna otra cosa.
-Como también lo sabrán los lectores del Daily Telegrapb, señor Jolivet.
-¡Claro! ¡Cuando se ve todo lo que ocurre...
-¡Y cuando se oye todo lo que se dice ... !
-Toda una interesante campaña a seguir, señor Blount.
-La seguiré, señor Jolivet.
-Entonces, es posible que nos encontremos en algún terreno menos seguro que el
encerado de este salón.
-Menos seguro, si, pero...
-¡Pero también menos resbaladizo! -respondió Alcide Jolivet, sujetando a su colega
en el momento en que perdía el equilibrio, al dar unos pasos hacia atrás:
Después de esto, los dos corresponsales se separaban, contentos de saber cada uno
de ellos que el otro no le aventajaba en cuanto a noticias se refiriese. En efecto, estaban
empatados.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al Gran Salón, donde
aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas profusamente de preciosas
porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central, reservada a príncipes, princesas y
miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de precio
incalculable, procedente de una fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de
orfebrería, centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las
manufacturas de Sèvres.
Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba preparada la cena.
En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó
apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores.
-¿Qué ocurre? -preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo había hecho la
primera vez.
-Los telegramas no pasan de Tomsk, señor.
-¡Un correo, rápido!
El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra pieza del Palacio
Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente amueblado en roble y situado
en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus paredes se veían, entre otras telas,
algunos cuadros firmados por Horacio Vemet.
El oficial abrió la ventana con ansiedad, como si el aire escaseara en sus pulmones y
salió al gran balcón para respirar el aire puro de aquella hermosa noche de julio.
Ante sus ojos, bañado por la luz de la luna, se perfilaba un recinto fortificado en el
cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal. Alrededor de este recinto se
distinguían hasta tres ciudades distintas: Kiltdi-Gorod, Beloï-Gorod y Zemlianoï-Gorod,
inmensos barrios europeo, tártaro y chino, que dominaban las torres, los
campanarios, los minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, cuyos verdes domos
estaban coronados por cruces plateadas. Las aguas de un pequeño río, de curso
sinuoso, reflejaban los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso
mosaico de diverso colorido que se enmarcaba en un vasto cuadro de diez leguas.
Este río era el Moskova; la ciudad era Moscú; el recinto amurallado era el Kremln, y
el oficial de la guardia de cazadores que con los brazos cruzados y el ceño fruncido oía
vagamente el murmullo que salía del Palacio Nuevo de la vieja ciudad moscovita, era el
Zar.
2
RUSOS Y TáRTAROS
Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en un
momento en que la fiesta dedicada a las autoridades civiles y militares y a los
principales personajes de Moscú estaba en pleno apogeo, era porque graves
acontecimientos estaban desarrollándose más allá de la frontera de los Urales. Ya no
cabía ninguna duda. Una formidable invasión estaba amenazando con sustraer las
provincias siberianas al dominio ruso.
La Rusia asiática, o Siberia, cubre una superficie de quinientas sesenta mil leguas,
pobladas por unos dos millones de habitantes. Se extiende desde los Urales, que la
separan de la Rusia europea, hasta la costa del Pacífico. Limita al sur con el
Turquestán y el Imperio chino, a través de una frontera bastante indefinida, y en el
norte limita con el océano Glacial, desde el mar de Kara hasta el estrecho de Behring.
Está formada por los gobiernos o provincias de Tobolsk, Yeniseisk, Irkutsk, Omsk y
Yakutsk; comprende los distritos de Okotsk y Kamtschatka y posee también los
países kirguises y chutches, cuyos pueblos están también sometidos en la actualidad a
la dominación moscovita.
Esta inmensa extensión de estepas, que comprende más de ciento diez grados de
oeste a este, es, a la vez, una tierra de deportación de criminales y de exilio para
aquellos que han sido condenados a la expulsión. La autoridad suprema de los zares
está representada en este inmenso país por dos gobernadores generales. Uno reside en
Irkutsk, capital de la Siberia oriental. El otro en Tobolsk, capital de la Siberia
occidental. El río Tchuna, afluente del Yenisei, separa ambas Siberias.
Ningún ferrocarril surca todavía estas planicies, algunas de las cuales son
verdaderamente fértiles, ni facilita la explotación de los yacimientos de minerales
preciosos que convierten a esas inmensas extensiones siberianas en más ricas por su
subsuelo que por su superficie. Se viaja en diligencias o en carros durante el verano, y
en trineo durante el invierno.
Un solo sistema de comunicaciones, el telegráfico, une los límites este y oeste de
Siberia, a través de un cable que mide más de ocho mil verstas de longitud (8.536
kilómetros). Más allá de los Urales pasa por Ekaterinburgo, Kassimow, Ichim, Tiumen,
Omsk, Elamsk, KoliVan, Tomsk, Krasnoiarsk, Nijni-Udinsk, Irkutsk,
Verkne-Nertschink, Strelink, Albacine, Blagowstensk, Radde, Orlomskaya,
Alexandrowskoe y Nikolaevsk. Cada palabra transmitida de uno a otro extremo del
cable vale seis rublos y diecinueve kopeks. De Irkutsk parte un ramal de línea que va
hasta Kiatka, en la frontera mongol y, desde allí, a treinta kopeks por palabra, se
transmiten telegramas a Pekín en catorce días.
Ha sido esta línea, tendida entre Ekaterinburgo y Nikolaevsk, la que acaba de ser
cortada, primeramente más allá de Tomsk y, algunas horas después, entre Tomsk y
Kolivan. Por eso el Zar, al escuchar al general Kissoff cuando se presentó a él por
segunda vez, sólo dio por respuesta una orden: «Un correo rápido.» Hacía sólo unos
instantes que el Zar permanecía inmóvil frente a la ventana de su gabinete cuando los
ujieres abrieron de nuevo la puerta, por la que entró el jefe superior de policía.
-Pasa, general -dijo el Zar con gravedad- y dime lo que sepas acerca de Ivan Ogareff.
-Es un hombre extremadamente peligroso, señor -respondió el jefe superior de
policía.
-¿Tenía el grado de coronel?
-Sí, señor.
-¿Era un jefe inteligente?
-Muy inteligente, pero imposible de dominar y de una ambición tan desenfrenada
que no retrocede ante nada ni ante nadie. Pronto se metió en intriga secretas y fue por
lo que Su Alteza, el Gran Duque lo degradó y más tarde envió exiliado a Siberia.
--¿En qué época?
-Hace dos años. Después de seis meses de exilio fue perdonado por Vuestra
Majestad y volvió a Rusia.
-¿Y desde esa época no ha vuelto a Siberia?
-Sí, señor. Volvió; pero esta vez voluntariamente -respondió el jefe superior de
policía, añadiendo en voz baja-: hubo un tiempo, señor, en que (cuan do se iba a
Siberia) ya no se regresaba.
-Siberia, mientras yo viva, es y será un país de que se vuelva.
El Zar tenía sobrados motivos para pronunciar estas palabras con verdadero orgullo,
ya que había demostrado muy a menudo, con su clemencia, que la justicia rusa sabía
perdonar.
El jefe superior de policía no respondió, pero era evidente que no se mostraba
partidario de las medias tintas. Según él, todo hombre que atraviesa los Urales
conducido por la policía, no debía volverlos a franquear; el que esto no ocurriera así en
el nuevo reinado, él lo deploraba sinceramente. ¡Cómo! ¡No más condenas a
perpetuidad por otros crímenes que los del derecho común! ¡Exilados políticos
regresando de Tobolsk, Yakutsk, Irkutsk! En realidad, el jefe superior de policía,
acostumbrado a las decisiones autocráticas de los ucases, que no perdonaban jamás, no
podía admitir esta forma de gobernar. Pero se calló, esperando a que el Zar le hiciera
más preguntas. Éstas no se hicieron esperar.
-¿Ivan Ogareff -preguntó el Zar- no ha vuelto por segunda vez a Rusia, después de
ese viaje a las provincias siberianas, cuyo verdadero motivo desconocemos?
-Ha vuelto.
-¿Y, después de su regreso, la policía ha perdido su pista?
-No, señor, porque un condenado no se convierte en verdadero peligro más que el día
en que se le indulta.
El ceño del Zar se frunció por un instante, haciendo temer al jefe superior de policía
que había ido demasiado lejos, pese a que el empecinamiento que mostraba en sus
ideas era, al menos, igual a la devoción que sentía por su soberano. Pero el Zar, desdeñando
estos indirectos reproches respecto a su política interior, continuo con sus
concisas preguntas.
-últimamente, ¿dónde estaba Ivan Ogareff ?
-En el gobierno de Perm.
-¿En qué ciudad?
-En el mismo Perm.
-¿ Qué hacía?
-Al parecer, no tenía ninguna ocupación y su conducta no levantaba sospecha alguna.
-¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
-No, señor.
-¿Cuándo abandonó Perm?
-Hacia el mes de marzo.
-¿Para ir a ... ?
-Se ignora.
-¿Y desde entonces, no se sabe qué ha sido de él? -Nada, señor.
-Pues bien, yo lo sé -respondió el Zar-. He recibido algunos avisos anónimos que no
han pasado por las manos de la policía y, a juzgar por los hechos que se están
desarrollando más allá de la frontera, tengo motivos para creer que son exactos.
-¿Quiere decir, señor, que Ivan Ogareff tiene algo que ver con la invasión tártara?
-Exactamente. Y voy a ponerte al corriente de lo que ignoras. Ivan Ogareff, después
de abandonar Perm, ha pasado los Urales y se ha internado en Siberia, entre las estepas
kirguises, intentando allí, no sin éxito, sublevar a la población nómada. Se dirigió
despues hacia el sur, hacia el Turquestán libre, y en los khanatos de Bukhara,
Khokhand y Kunduze ha encontrado jefes dispuestos a lanzar sus hordas tártaras
sobre las provincias siberianas, provocando una invasión general del Imperio ruso en
Asia. El movimiento fomentado secretamente acaba de estallar como un rayo y ahora
tenemos cortadas las vías de comunicación entre Siberia oriental y Siberia occidental.
Además, Ivan Ogareff, ansiando vengarse, quiere atentar contra la vida de mi hermano.
El Zar iba excitándose mientras hablaba y cruzaba la estancias con pasos nerviosos.
El jefe superior de policía no respondió nada, pero se decía a sí mismo que, en los
tiempos en que un emperador de Rusia no perdonaba jamás a un exilado, los proyectos
de Ivan Ogareff no hubieran podido realizarse. Transcurrieron algunos instantes de
silencio, después de los cuales el jefe superior de policía se acercó al Zar, que se había
dejado caer en un sillón, diciéndole:
-Vuestra Majestad habrá dado, sin duda, las órdenes necesarias para que la invasión
sea rechazada inmediatamente.
-Sí -respondió el Zar-. El último mensaje que ha podido llegar a Nijni-Udinsk
ordenaba poner en movimiento a las tropas de los gobiernos de Yeniseisk, Irkutsk y
Yakutsk y las de las provincias de Amur y del lago Baikal. Al mismo tiempo, los regimientos
de Perm y Nijni-Novgorod y los cosacos de la frontera se dirigen a marchas
forzadas hacia los Urales, pero, desgraciadamente, transcurrirán varias semanas antes
de que se encuentren frente a las columnas tártaras.
-Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el Gran Duque, aislado en estos
momentos en el gobierno de Irkutsk, ¿no ha tomado más contactos directos con
Moscú?
-No.
-Pero, gracias a los últimos mensajes, debe conocer las medidas que ha tomado
Vuestra Majestad y qué refuerzos puede esperar de los gobiernos más cercanos al de
Irkutsk.
-Lo sabe -respondió el Zar-, pero lo que ignora es que Ivan Ogareff, al mismo tiempo
que el papel de rebelde, se dispone a desempeñar el de traidor, y mi hermano tiene en
él un encarnizado enemígo personal. La primera gran desgracia de Ivan Ogareff se debe
a mi hermano y, lo que es peor, no conoce a este hombre. El proyecto de Ivan Ogareff
es entrar en Irkutsk con nombre falso, ofrecer sus servicios al Gran Duque y ganarse
su confianza. Así, cuando los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará, franqueándoles
la entrada y con ella a mi hermano, cuya vida estará directamente amenazada. Éstos
son los informes que tengo; esto es lo que ignora mi hermano y que necesita saber.
-Pues bien, señor, un correo inteligente, con coraje...
-Lo estoy esperando.
-Y que actúe con rapidez -agregó el jefe de policia- porque, permitidme que lo
recalque, señor, no hay tierra más propicia a las rebeliones que Siberia.
-¿Quieres decir que los exiliados políticos harán causa común con los invasores?
-gritó el Zar, perdiendo su dominio ante la insinuación del jefe superior de policía.
-Perdóneme Vuestra Majestad... -respondió, balbuceando, el interlocutor del Zar,
pues era evidente que ése había sido el pensamiento que había atravesado por su mente
inquieta y desconfiada.
-¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! -replicó el Zar.
-Hay otros condenados, aparte de los políticos, en Siberia -respondió el jefe superior
de policía.
-¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta! ¡Son el desecho del
género humano! ¡No pertenecen a ningún país! Además, la sublevación, y mucho
menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra Rusia, contra este país al
que los exiliados no han perdido la esperanza de volver... ¡y al que volverán! ¡No, un
ruso no se unirá jamás a un tártaro para debilitar, ni siquiera por una sola hora, el
poderío de Moscú!
El Zar tenía sus razones para creer en el patriotismo de aquellos a quienes su política
momentáneamente había alejado. La clemencia (que era la base de su justicia cuando
podía controlarla personalmente) y la dulcificación tan considerable que había
adoptado en la aplicación de los ucases, le garantizaban que no podía equivocarse.
Pero, aun sin que estos poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las
circunstancias no podían ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la
población kirguise se uniera a los invasores.
Los kirguises se dividen en tres hordas: la grande, la pequeña y la mediana, y cuentan
alrededor de cuatrocientas mil «tiendas», o sea, unos dos millones de almas. De estas
diversas tribus, unas son independientes y otras reconocen la soberanía, ya sea de Rusia,
ya sea de los khanatos de Khiva, Khokhand y Bukhara, es decir, de los más
terribles jefes del Turquestán. La horda más rica, la mediana, es, al mismo tiempo, la
más numerosa y sus campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los
cursos del Sara-Su, Irtiche e Ichim superior, el lago Hadisang y el Aksakal. La horda
grande, que ocupa las comarcas al este de la mediana, se extiende hasta los gobiernos de
Omsk y de Tobolsk.
Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaran, significaría la invasión de la
Rusia asiática y, por tanto, la separación de Siberia al este del Yenisei.
Ciertamente, los kirguises son verdaderos novatos en el arte de la guerra y
constituyen más bien una banda de rateros nocturnos y asaltantes de caravanas que
una formación de tropas regulares. Por eso ha dicho Levchine que «un frente cerrado o
un cuadro de buena infantería podría resistir a una masa de kirguises diez veces más
numerosa y un solo cañón provocaría en ellos una verdadera carnicería». Pero para ello
es necesario que ese cuadro de buena infantería llegue al país sublevado y que los
cañones se trasladen desde los parques de las provincias rusas hasta lugares alejados
dos o tres mil verstas. Aparte, salvo la ruta directa que une Ekaterinburgo con Irkutsk,
las estepas, frecuentemente pantanosas, no son fácilmente practicables, y pasarían
varias semanas antes de que las tropas rusas se encontraran en condiciones para
enfrentarse a las hordas tártaras.
Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental, encargada de
mantener sumisas a las poblaciones kirguises. Allí se encuentran los límites de estos
nómadas, no sometidos totalmente y que se han sublevado en más de una ocasión, por
lo que al Ministerio de la Guerra no le faltaban motivos para temer que Omsk se viera
ya seriamente amenazada. La línea de colonias militares, es decir, de puestos de
cosacos que se escalonan desde Omsk hasta Semipalatinsk, era de temer que hubiera
sido cortada en varios puntos. Además, posiblemente los grandes sultanes que
gobiernan aquellos distritos kirguises habían aceptado voluntariamente la dominación
de los tártaros, musulmanes como ellos, que aportarían a la lucha el rencor provocado
por la servidumbre a que estaban sometidos y el antagonismo de las religiones griega y
musulmana. Porque desde hace mucho tiempo, los tártaros del Turquestán y, principalmente,
los de los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze, buscaban, tanto por la
fuerza como por la persuasión, sustraer a las hordas kirguises de la dominación
moscovita.
Pero digamos algo sobre los tártaros.
Pertenecen principalmente a dos razas distintas: la caucásica y la mongol. La raza
caucasica, que segun Abel de Rémusat «se considera en Europa el prototipo de la
belleza de nuestra especie porque de ella proceden todos los pueblos de esta parte del
mundo», reúne bajo una misma denominación a los turcos y a los indígenas de puro
origen persa. La raza puramente mongólica comprende, en cambio, a los mongoles,
manchúes y tibetanos. Los tártaros que amenazaban el Imperio ruso eran de raza
caucásica y habitaban principalmente el Turquestán, extenso país dividido en
diferentes estados, gobernados por khanes, de cuyo nombre procedía la denominación
de khanatos. Los principales khanatos son los de Bukhara, Khiva, Khokhand,,
Kunduze, etc.
En la época a que nos referimos, el khanato más importante era el de Bukhara. Rusia
había tenido que enfrentarse varias veces con sus jefes que, por interés personal y por
imponerles otro yugo, habían mantenido la independencia de los kirguises contra la dominación
moscovita. Su jefe actual, Féofar-Khan, seguía las huellas de sus predecesores.
El khanato de Bukhara se extiende de norte a sur entre los paralelos 37 y 40, y de
este a oeste entre los 61 y 66 grados de longitud, es decir, sobre la superficie de unas
diez mil leguas cuadradas. Este estado cuenta con una población de dos millones y
medio de habitantes, un ejército de sesenta mil hombres, que se triplicaban en tiempos
de guerra, y treinta mil soldados de caballería. Es un país rico, con una producción
variada en ganadería, agricultura y minería y engrandecido considerablemente por la
anexión de los territorios de Balk, Aukoi y Meimaneh. Posee diecinueve grandes
ciudades, entre las que se encuentran Bukhara, rodeada de una muralla flanqueada por
torres, que mide más de ocho millas inglesas; ciudad gloriosa que fue cantada por
Avicena y otros sabios del siglo X, está considerada como el centro del saber
musulmán y es una de las ciudades más célebres del Asia central; Samarcanda (donde
se encuentra la tumba de Tamerlan) posee el célebre palacio donde se guarda la piedra
azul sobre la que ha de venir a sentarse todo nuevo khan que suba al poder y está
defendida por una ciudadela extremadamente fortificada; Karschi, con su triple recinto,
situada en un oasis envuelto por un pantano lleno de tortugas y lagartos, es casi
impenetrable; Chardjui, defendida por una población de más de veinte mil almas y,
finalmente, Katta-Kurgan, Nurata, Dyzah, Paikanda, Karakul, Kuzar, etc., forman un
conjunto de ciudades difíciles de someter. El khanato de Bukhara, protegido por sus
montañas y rodeado por sus estepas es, por tanto, un estado verdaderamente temible
y Rusia iba a verse obligada a oponerle fuerzas importantes.
El ambicioso y feroz Féofar-Khan, que gobernaba entonces ese rincón de Tartaria
apoyado por otros khanes, principalmente los de Khokhand y Kunduze, guerreros
crueles y rapaces, dispuestos siempre a lanzarse a las empresas mas gratas al instinto
tártaro, y ayudado por los jefes que mandaban las hordas de Asia central, se había
puesto a la cabeza de esta invasión, de la que Ivan Ogareff era el verdadero cerebro.
Este traidor, impulsado tanto por su insensata ambicion como por su odio, había organizado
el movimiento de los invasores de forma que cortase la gran ruta siberiana.
¡Estaba loco si, de verdad, creía debilitar el Imperio moscovita! Bajo su inspiración,
el Emir -éste era el título que tomaban los khanes de Bukhara- había lanzado sus
hordas más allá de la frontera rusa, invadiendo el gobierno de Semipalatinsk, en donde
los cosacos, poco numerosos en ese punto, habían tenido que retroceder ante ellas.
Había avanzado luego más allá del lago Baljax, arrastrando a su paso a la población
kirguise, saqueando, asolando, enrolando a los que se sometían, apresando a los que
ofrecían resistencia, iba trasladándose de una ciudad a otra, seguido de toda la
impedimenta típica de un soberano oriental (lo que podría llamarse su casa civil,
mujeres y esclavas), todo ello con la audacia de un moderno Gengis-Khan.
¿Dónde se encontraba en este momento? ¿Hasta dónde habían llegado sus soldados a
la hora en que la noticia de la invasión llegó a Moscú? ¿Hasta qué lugar de Siberia
habían tenido que retroceder las tropas rusas? Imposible saberlo. Las comunicaciones
estaban interrumpidas. El cable, entre Kolivan y Tomsk, ¿había sido cortado por unas
avanzadillas del ejército tártaro, o era el grueso de las fuerzas quien había llegado hasta
las provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se extendía
ya la sublevación hasta las regiones del este? No podía decirse. El único agente
que no teme ni al frío ni al calor, al que no detienen las inclemencias del invierno ni los
rigores del verano; que vuela con la rapidez del rayo: la corriente eléctrica no podía
circular a través de la estepa, ni era posible advertir al Gran Duque, encerrado en
Irkutsk, sobre el grave peligro que le amenazaba por la traición de Ivan Ogareff.
únicamente un correo podría reemplazar a la corriente eléctrica, pero ese hombre
necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros)
que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las filas de los sublevados e invasores,
necesitaba desplegar una inteligencia y un coraje sobrehumanos. Pero con esas
cualidades se va lejos.
«¿ Encontraré tanta inteligencia y tal corazón? », se preguntaba el Zar.
3
MIGUEL STROGOFF
Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al general Kissoff.
-¿Y el correo? -le preguntó con impaciencia el Zar.
-Está ahí, señor -respondió el general Kissoff
-¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?
-Respondo de él ante Vuestra Majestad.
-¿Estaba de servicio en Palacio?
-Sí, señor.
-¿Lo conoces?
-Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.
-¿En el extranjero?
-En la misma Siberia.
-¿De dónde es?
-De Omsk. Es siberiano.
-¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje ... ?
-Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.
-¿Su edad?
-Treinta años.
-¿Es fuerte?
-Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.
-¿Tiene un cuerpo de hierro?
-Sí, señor.
-¿Y su corazón?
-De oro, señor.
-¿ Cómo se llama?
-Miguel Strogoff.
-¿Está dispuesto a partir?
-Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.
-Que pase -dijo el Zar.
Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial.
Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su
poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y sus
miembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para
efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando
estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que
cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre
su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos
escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba
únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una
mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta,
franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos supercillares
levemente contraídos denotaban un elevado valor -el valor sin cólera de los
héroes, según expresión de los psicólogos- y su poderosa nariz, de anchas ventanas,
dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres generosos
y buenos.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones,
que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y que
jamás se muestra indeciso.
Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un
superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable
firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que
tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los
pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo.
Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en
campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada
con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias
medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres
tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su
fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba
de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en
Rusia -según la observación del célebre novelista Turgueniev-, y que conducía a las
más elevadas posiciones del Imperio moscovita.
En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a
través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los
peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían
circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía
admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo
por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano.
Su padre, el anciano Pedro Strogoff, fallecido diez años antes, vivía en la ciudad de
Omsk, situada en el gobierno de este mismo nombre, donde su madre, Marfa Strogoff,
seguía residiendo. En ese lugar, entre las salvajes estepas de las provincias de Omsk,
fue donde el bravo cazador siberiano educó «con dureza» a su hijo Miguel, según
expresión popular. La verdadera profesión de Pedro Strogoff era la de cazador. Y tanto
en verano como en invierno, bajo los rigores de un calor tórrido o de un frío que sobrepasaba
muchas veces los cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, las
espesuras de maleza y abedules o los bosques de abetos, tendiendo sus trampas,
acechando la caza menor con el fusil y la mayor con el cuchillo. La caza mayor era
nada menos que el oso siberiano, temible y feroz animal de igual talla que sus
congéneres de los mares glaciales. Pedro Strogoff había cazado más de treinta y nueve
osos, lo cual indica que igualmente el número cuarenta había caído bajo su cuchillo.
Pero si hemos de creer la leyenda que circula entre los cazadores rusos, todos aquellos
que hayan muerto treinta y nueve osos han sucumbido ante el número cuarenta.
Sin embargo, Pedro Strogoff había traspasado esa fatídica cifra sin recibir un solo
rasguño.
Desde entonces, Miguel, que tenía once años de edad, no dejó de acompañar a su
padre, llevando la ragatina, es decir, la horquilla para acudir en su ayuda cuando sólo
iba armado con un cuchillo. A los catorce años Miguel Strogoff mató su primer oso sin
ayuda de nadie, lo cual no era poca cosa; pero, además, después de deshollarlo,
arrastró la piel del gigantesco animal hasta la casa de sus padres, distante muchas
verstas, lo cual revelaba que el muchacho poseía un vigor poco comun.
Este género de vida le fue muy provechoso y así, cuando llegó a la edad de hombre
hecho, era capaz de soportarlo todo: frío, calor, hambre, sed y fatiga. Era, como el
yakute de las tierras septentrionales, de hierro. Podía permanecer veinticuatro horas sin
comer, diez noches consecutivas sin dormir y sabía construirse un refugio en plena
estepa, allí donde otros quedarían a merced de los vientos.
Dotado de sentidos extremadamente finos, guiado por unos instintos de Delaware en
medio de la blanca planicie, cuando la niebla cubría todo el horizonte, aun cuando se
encontrase en las más altas latitudes (allí donde la noche polar se prolonga durante
largos días), encontraba su camino donde otros no hubieran podido orientar sus pasos.
Su padre le había puesto al corriente de todos sus secretos y las más imperceptibles
señales, como: proyección de las agujas del hielo, disposición de las pequeñas ramas de
los árboles, emanaciones que le llegaban de los últimos límites del horizonte, pisadas
sobre la hierba de los bosques, sonidos vagos que cruzaban el aire, lejanos ruidos,
vuelo de los pájaros en la atmósfera brumosa y otros mil detalles que eran fieles
jalones para quien supiera reconocerlos. Y Miguel Strogoff había aprendido a guiarse
por ellos. Templado en las nieves como el acero de Damasco en las aguas sirias, tenía,
además, una salud de hierro, como había dicho el general Kissoff y, lo que no era
menos cierto, un corazón de oro.
La unica pasion de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa, que jamás había
querido abandonar la casa de los Strogoff, a orillas del Irtiche, en Omsk, donde el viejo
cazador y ella habían vivido juntos tanto tiempo. Cuando su hijo partió de allí fue un
duro golpe para ella, pero se tranquilizó con la promesa que le hizo de volver siempre
que tuviera una oportunidad; promesa que fue escrupulosamente cumplida.
Cuando Miguel Strogoff contaba veinte años, decidieron que entrase al servicio
personal del emperador de Rusia, en el cuerpo de correos del Zar. El joven siberiano,
audaz, inteligente, activo y de buena conducta, tuvo la oportunidad de distinguirse
especialmente con ocasión de un viaje al Cáucaso, a través de un país difícil, hostigado
por unos turbulentos sucesores de Samil. Posteriormente volvió a distinguirse en una
misión que le llevó hasta Petropolowsky, en Kamtschatka, el límite oriental de la
Rusia asiática. Durante estos largos viajes desplegó tan maravillosas dotes de sangre
fría, prudencia y coraje que le valieron la aprobación y protección de sus superiores,
quienes le ascendieron con rapidez.
En cuanto a los permisos que le correspondían una vez realizadas tan lejanas
misiones, jamás olvidó consagrarlos a su anciana madre, aunque estuviera separado de
ella por miles de verstas y el invierno hubiese convertido los caminos en rutas
impracticables. Sin embargo, Miguel Strogoff, recién llegado de una misión en el sur del
imperio, por primera vez había dejado de visitar a su madre.
Varios días antes se le había concedido el permiso reglamentarlo y estaba haciendo
los preparativos para el viaje, cuando se produjeron los sucesos que ya conocemos.
Miguel Strogoff fue, pues, llamado a presencia del Zar ignorando totalmente lo que el
Emperador esperaba de él.
El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos instantes con su penetrante
mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil. Después, el Zar,
satisfecho sin duda de este examen, se acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña
al jefe superior de policía para que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta
que sólo contenía algunas líneas.
Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la firmó, anteponiendo a su
nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los
emperadores rusos.
La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el
Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara.
Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a
responder.
El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:
-¿Tu nombre?
-Miguel Strogoff, señor.
-¿Tu grado?
-Capitán del cuerpo de correos del Zar.
-¿Conoces Siberia?
-Soy siberiano.
-¿Dónde has nacido?
-En Omsk.
-¿Tienes parientes en Omsk?
-Sí, señor.
-¿Qué parientes?
-Mi anciana madre.
El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta
que tenía en la mano, dijo:
-Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues
personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.
-La entregaré, señor.
-El Gran Duque está en Irkutsk.
-Iré a Irkutsk.
-Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros,
quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta.
-Lo atravesaré.
-Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a quien es probable
que encuentres en tu camino.
-Desconfiaré.
-¿Pasarás por Omsk?
-Está en la ruta, señor.
-Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas.
Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:
-No la veré.
-Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.
-Lo juro.
-Miguel Strogoff -agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo-, toma esta
carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del
Gran Duque, mi hermano.
-Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.
-¿Así que pasarás, a todo trance?
-Pasaré o moriré.
-Es preciso que vivas.
-Viviré y pasaré -respondió Miguel Strogoff.
El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había
contestado Miguel Strogoff.
-Vete, pues, Miguel Strogoff -dijo-. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y
por mí.
Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos
instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.
-Creo que has acertado, general -dijo el Zar.
-Yo también lo creo, señor -respondió el general Kissoff-, y Vuestra Majestad puede
estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto le sea posible a un hombre
valiente y decidido.
-Es todo un hombre, en efecto --dijo el Zar.
4
DE MOSCù A NIJNI-NOVGOROD
La distancia que Miguel Strogoff tenía que franquear entre Moscú e Irkutsk era de
cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros). Cuando la línea telegráfica aún no
existía entre los montes Urales y la frontera oriental de Siberia, el servicio de
despachos oficiales se hacía mediante correos, el más rápido de los cuales empleaba
dieciocho días en recorrer la distancia de Moscú a Irkutsk. Pero esto era una excepción
y lo general era que para atravesar la Rusia asiática se emplease, ordinariamente, de
cuatro a cinco semanas, aunque todos los medios de transporte estaban a disposición
de estos emisarios del Zar.
Como hombre que no temía al frío ni a la nieve, Miguel Strogoff hubiera preferido
viajar durante la ruda estación invernal, que permite organizar un servicio de trineos en
toda la extensión del recorrido. De esta manera, las dificultades que entraña el empleo
de diversos medios de locomoción quedaban, en parte, disminuidas sobre aquellas
inmensas estepas cubiertas de nieve, ya que hay menos cursos de agua que atravesar y
el trineo se desliza fácilmente sobre aquel manto helado. Ciertos fenómenos
atmosféricos de esta época son temibles, como la persistencia e intensidad de las
nieblas, el frío extremado, además de las largas y terribles ventiscas, cuyos torbellinos
lo envuelven todo y hacen desaparecer caravanas enteras. Ocurre también que los
lobos, acosados por el hambre, cubren a millares las llanuras. Pero era preferible correr
esos riesgos porque, con la crudeza del invierno, los invasores tártaros se verían
obligados a acantonarse en las ciudades, sus Merodeadores no correrían por la estepa,
todo movimiento de tropas sería impracticable y Miguel Strogoff podría pasar más fácilmente.
Pero él no había podido elegir su tiempo ni su hora y debía aceptar las
circunstancias para partir, cualesquiera que fueran.
Ésta era la situación que Miguel Strogoff apreció claramente, preparándose para
afrontarla.
Además, no se encontraba en las condiciones habituales de un correo del Zar, ya que
era preciso que nadie sospechara esta circunstancia mientras realizara su viaje, porque
en un país invadido, los espías abundan y él sabía que su misión era muy comprometida.
Por eso el general Kissoff se limitó a entregarle una importante suma de
dinero para el viaje, e, incluso, el medio de facilitárselo hasta cierto punto, pero sin
entregarle ninguna orden escrita en la que constara que estaba al servicio del Emperador,
«Sésamo» que abría todas las puertas; entrególe úmcamente un podaroshna.
Este podaroshna, extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, comerciante
domiciliado en Irkutsk, autorizaba a su titular para hacerse acompañar en caso
necesario por una o varias personas, y era valedero hasta en los casos en que el
gobierno moscovita prohibía a sus súbditos abandonar el territorio ruso. El
podaroshna es una autorizacion para tomar caballos de posta, pero Miguel Strogoff no
podía emplearlo más que en las ocasiones en que poseer este documento no le hiciera
sospechoso, es decir, que únicamente podía hacer uso de él mientras estuviera en
territorio europeo. En resumen, cuando se encontrase en Siberia, es decir, cuando
atravesara las provincias sublevadas, no podría actuar como dueño de las paradas de
posta, ni hacerse entregar caballos con preferencia a cualquier otro, ni requisar medios
de transporte para su uso personal. Miguel Strogoff no debía olvidar esto: él no era un
correo, sino un simple comerciante llamado Nicolás Korpanoff, que iba de Moscú a
Irkutsk y, como a tal, sometido a todas las eventualidades de un viaje ordinario.
Pasar desapercibido, con más o menos rapidez, pero pasar. Tal debía ser su
programa.
Treinta años atrás, la escolta de un viajero importante no comprendía menos de
doscientos cosacos a caballo, doscientos infantes, veinticinco jinetes baskires,
trescientos camellos, cuatrocientos caballos, veinticinco carros, dos lanchas
transportables y dos cañones. Tal era el material necesario para un viaje por Siberia.
Pero él, Miguel Strogoff, no tenía cañones, ni jinetes, ni infantes, ni bestias de carga.
Iría, si podía, en coche o a caballo; si no había más remedio, iría a pie.
Las primeras mil cuatrocientas verstas (1.493 kilómetros), que comprendían la
distancia entre Moscú y la frontera rusa, no debían ofrecer dificultad alguna.
Ferrocarriles, diligencias, buques a vapor y caballos de refresco en todas las paradas,
estaban a disposición de todo el mundo y, por consiguiente, a la merced del correo del
Zar.
Aquella mañana del 16 de julio, desprovisto de su uniforme, portando un saco de
viaje sobre sus espaldas y ataviado con un simple traje ruso compuesto de túnica
ceñida al talle, cinturón tradicional de mujik, anchos calzones y botas cinchadas al
jarrete, Miguel Strogoff se dirigió a la estación para tomar el primer tren que le
conviniera.
No llevaba ningún tipo de armas, al menos ostensiblemente; pero bajo su cinturón se
ocultaba un revólver y en su bolsillo una especie de machete, de esos que tienen tanto
de puñal como de alfanje y con los cuales un cazador siberiano sabe destripar a un oso
tan limpiamente que no deteriora en lo más mínimo su preciosa piel.
La estación de Moscú estaba a rebosar de viajeros y es que las estaciones de los
ferrocarriles rusos son lugares de reunión muy frecuentados, tanto por los que parten
como por los que son simples espectadores de la partida de trenes. Se toma como una
pequeña bolsa de noticias.
El tren en el que tomó asiento Miguel Strogoff debía llevarle hasta Nijni-Novgorod,
en donde, por aquella época, se detenía el ferrocarril que, enlazando Moscú con San
Petersburgo, debía proseguir hasta la frontera rusa. Esto significaba un trayecto de
unas cuatrocientas verstas (426 kilómetros), que el tren franqueaba en una decena de
horas.
Una vez en Nijni-Novgorod, Miguel Strogoff tomaría, según las circunstancias, la
ruta terrestre o uno de los buques a vapor del Volga, con el fin de llegar a los Urales lo
antes posible. Se acomodó, pues, en su rincón, como digno burgués a quien no inquieta
demasiado la marcha de sus negocios y busca matar el tiempo durmiendo. Pero como
no iba solo en el compartimiento, no durmio mas que con un ojo y escuchó con los dos
oídos.
Sus vecinos, como la mayor parte de los viajeros que transportaba el tren, eran
mercaderes que se dirigían a la célebre feria de Nijni-Novgorod; conjunto
necesariamente heterogeneo, compuesto por judíos, turcos, cosacos, rusos, georgianos,
calmucos y otros, pero casi todos ellos hablando la lengua nacional.
En efecto, el rumor de la sublevación de las hordas kirguises y de la invasión tártara
había trascendido algo y los viajeros que el azar le destinó como compañeros de viaje
lo comentaban con cierta circunspección. Se discutía, pues, los pros y contras de los
graves acontecimientos que se desarrollaban más allá de los Urales, y los comerciantes
temían que el gobierno ruso se hubiera visto obligado a tomar medidas restrictivas,
sobre todo en las provincias limítrofes con la frontera, con lo cual se resentiría el
comercio.
Naturalmente, estos egoístas no consideraban la guerra, es decir, la represión de la
revuelta y la lucha contra la invasión, más que bajo el punto de vista de sus intereses
particulares amenazados. La sola presencia de un simple soldado uniformado hubiera
sido suficiente para contener las lenguas de estos mercaderes, pues ya se sabe cuán
grande es la importancia que se da al uniforme en Rusia. Pero en el compartimiento
ocupado por Miguel Strogoff, nada hacía sospechar la presencia de un militar, y el
correo del Zar, viajando de incógnito, no era de los hombres que se traicionan.
Limitábase, pues, a escuchar.
-Se afirma que el té de las caravanas está en alza -dijo un persa, que se identificaba
por su gorro forrado de astracán y su oscura tunica de anchos pliegues, rozada por el
uso.
-¡Oh! El té no ha de temer la baja -respondió un viejo judío, de gesto ceñudo-. El que
se encuentre en el mercado de Nijni-Novgorod se expenderá fácilmente por el oeste,
pero, desgraciadamente, no ocurrirá lo mismo con los tapices de Bukhara.
-¡Cómo! ¿Está usted esperando algún envío de Bukhara? -preguntó el persa.
-No, pero sí lo espero de Samarcanda, y no está menos expuesto. ¡Cuenta con las
expediciones de un país en el que se han sublevado todos los khanes desde Khiva hasta
la frontera china!
-¡Bueno! -respondió el persa-. Si no llegan los tapices, supongo que tampoco
llegarán las letras de cambio.
-¡Y los beneficios, Dios de Israel! ¿No significan nada para usted? -exclamó el
pequeño judío.
-Tiene razón -dijo otro viajero-. Los artículos de Asia central corren el peligro de
escasear en el mercado. Y ocurrirá lo mismo con los tapices de Samarcanda, las lanas,
sebos y chales de Oriente.
-¡Pues tenga cuidado, padrecito! -respondió un viajero ruso de aspecto socarrón-.
¡No vaya usted a engrasar horriblemente los chales si los mezcla con los sebos!
-¡No es cosa de risa! -respondió el comerciante, a quien no parecían gustarle mucho
esta clase de bromas.
-Aunque nos tiremos de los pelos y nos rasguemos las vestiduras no haremos
cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Y menos el de las mercancías! -respondió el
viajero.
-¡Bien se ve que no es comerciante! -hizo observar el judío.
-No, a fe mía, digno descendiente de Abraham. No vendo lúpulo, ni edredón, ni miel,
ni cera, ni cañamones, ni carne salada, ni caviar, ni lana, ni madera, ni cintas, ni cáñamo,
ni lino, ni marroquinería, ni..
-Pero, ¿compra usted? -preguntó el persa, cortando la retahíla del viajero.
-Lo menos posible, y sólo para mi consumo particular -respondió éste, guiñándole
un ojo.
-¡Es un bufón! -dijo el judío dirigiéndose al persa.
-¡O un espía! -respondió éste bajando la voz.
-No nos fiemos y hablemos lo menos posible. La policía no es precisamente blanda
en los tiempos que corren y uno no sabe nunca al lado de quién viaja.
En el otro rincón del compartimiento se hablaba un poco menos de las transacciones
mercantiles y un poco más de la invasión tártara y sus funestas consecuencias.
-Los caballos de Siberia van a ser requisados -dijo un viajero- y las comunicaciones
entre las distintas provincias de Asia central se harán bien difíciles.
-¿Es cierto -pregunto su vecino- que los kirguises de la horda mediana han hecho
causa común con los tártaros?
-Eso se dice -respondió el viajero, bajando la voz-, pero quién puede presumir de
saber algo en este país.
-He oído hablar de concentraciones de tropas en la frontera. Los cosacos del Don se
han reunido en el curso del Volga y se les va a enfrentar con los kirguises sublevados.
-Si los kirguises han descendido por el curso del Irtiche, la ruta a Irkutsk no debe de
ser muy segura -respondió el vecino-. Además, ayer intenté enviar un telegrama a
Krasnoiarsk y no pudo pasar. Me temo que las columnas tártaras hayan aislado la
Siberia oriental.
-En suma, padrecito -replicó el primer interlocutor-, estos comerciantes tienen razón
al estar inquietos por sus negocios y por sus pedidos. Después de requisar los caballos
se requisarán los barcos, los coches y todos los medios de transporte, hasta que llegue
el momento en que no se pueda dar un paso en toda la extensión del Imperio.
-Me temo que la feria de Nijni-Novgorod no termine tan brillantemente como
comenzó -respondió el segundo interlocutor, moviendo la cabeza-, pero la seguridad y
la integridad del territorio ruso está ante todo. ¡Los negocios no son más que negocios!
Si en este compartimiento el tema de las conversaciones no variaba mucho, tampoco
era distinto en los otros coches que componían el tren; Pero en todas partes un buen
observador hubiera advertido la extrema prudencia en el planteamiento de las impresiones
que intercambiaban. Cuando alguna vez se adentraban en el terreno de los
hechos, jamás llegaban a insinuar las intenciones del gobierno moscovita, ni siquiera a
apreciarlas.
Esto fue justamente advertido por uno de los pasajeros que iban en el vagón de
cabeza. Este viajero, evidentemente extranjero, lo miraba todo con ojos bien abiertos y
no paraba de hacer preguntas a las cuales sólo se le respondía con evasivas. A cada
instante sacaba la cabeza fuera de la ventanilla, de la que tenía el cristal bajado, con
vivo desagrado de sus vecinos, y no perdía detalle del paisaje de la derecha; preguntaba
el nombre de las más insignificantes localidades, su situación, cuál era su comercio, su
industria, el número de sus habitantes, el nivel medio de vida de cada sexo, etc.; y todo
lo iba anotando en un bloc ya sobrecargado de citas.
Era el corresponsal Alcide Jolivet, que si hacía tantas preguntas insignificantes era
porque entre tantas respuestas como provocaba, esperaba sorprender algún hecho
interesante para su prima. Pero, naturalmente, se le tomó por un espía y delante de él
no se decía ni una sola palabra que tuviera relación con los acontecimientos del día.
Viendo, pues, que no podría averiguar nada sobre la invasión tártara, escribió en su
bloc: «Viajeros, de una discreción absoluta. En materia política, muy duros de gatillo.»
Y mientras Alcide Jolivet anotaba minuciosamente todas sus impresiones sobre el
viaje, su colega, que había embarcado en el mismo tren y con igual motivo, estaba
entregado a idéntico trabajo de observación en otro compartimiento. Ninguno de los
dos había visto al otro aquel día en la estación de Moscú e ignoraban recíprocamente
que iban a visitar el teatro de la guerra. únicamente que Harry Blount, hablando poco y
escuchando mucho, no había inspirado a sus compañeros de viaje la desconfianza que
Alcide Jolivet con sus preguntas. De manera que no le habían tomado por un espía y
sus vecinos, sin apurarse, conversaban ante él, llegando a veces más lejos de lo que su
circunspección natural les hubiera debido permitir. Por tanto, el corresponsal del Daily
Telegraph había podido comprobar hasta qué punto los acontecimientos preocupaban
a los hombres de negocios que se dirigían a Nijni-Novgorod y la amenaza que pesaba
sobre los intercambios comerciales con Asia central; por lo que no dudó en anotar en
su bloc esta justa observación: «Los viajeros, extremadamente inquietos. Sólo se habla
de la guerra, y con una libertad que asombra entre el Vístula y el Volga.»
Los lectores del Daily Telegraph no podían estar menos informados que la prima de
Alcide Jolivet. Además, como Harry Blount iba sentado en la parte izquierda del tren
y no se había fijado más que en esta mitad del paisaje, sin molestarse en contemplar
una sola vez el de la derecha, formado por amplias planicies, no tuvo ningún reparo en
apuntar en su bloc, con todo su aplomo británico: «Paisaje montañoso entre Moscú y
Wladimir.»
Sin embargo, era evidente que el gobierno moscovita, en presencia de tan graves
eventualidades, estaba tomando severas medidas hasta en el interior del Imperio. La
sublevación no había franqueado la frontera siberiana, pero en estas provincias del Volga
vecinas del país de los kirguises, eran de temer desagradables influencias.
En efecto, la policía no había encontrado aún la pista de Ivan Ogareff, el traidor que
había provocado una intervención extranjera para vengar sus rencores particulares y
parecía haberse reunido con Féofar-Khan, o puede que intentara fomentar la revuelta
en el gobierno de Nijni-Novgorod que, en esta época del año, encerraba una población
compuesta por elementos tan diversos. ¿No habría entre tantos persas, armenios y
calmucos que afluían al gran mercado, agentes suyos encargados de provocar un
movimiento interior? Todas las hipótesis eran posibles en un país como Rusia.
Este vasto imperio, que tiene una extensión de doce millones de kilómetros
cuadrados, no puede tener la homogeneidad de los estados de Europa occidental. Entre
los diversos pueblos que lo componen, forzosamente han de existir diferencias que van
más allá de los simples matices autóctonos. El territorio ruso en Europa, Asia y
América, se extiende desde los 15 grados de longitud este hasta los 133 de longitud
oeste, es decir, a lo largo de cerca de 200 grados (unas 2.500 leguas) y desde el paralelo
38 al 81 de latitud norte, o sea, 43 grados (unas 1.000 leguas). Cuenta con setenta
millones de habitantes que hablan treinta lenguas distintas. La raza eslava es, sin duda,
la dominante y comprende, además de los rusos, a los polacos, lituanos y curlandeses,
y si a ellos añadimos los fineses, estonianos, lapones, chesmiros, chubaches, permios,
alemanes, griegos, tártaros, las tribus caucasianas, las hordas mongoles, los calmucos,
samoyedos, kamchadalas y aleutios, se comprenderá que la unidad de tan vasto estado
es difícil de mantener y no podía ser más que obra del tiempo, ayudado por la
sagacidad de los gobernantes.
Sea como fuere, Ivan Ogareff había sabido, hasta entonces, escabullirse de las
pesquisas de la policía y, probablemente, debía de haberse unido a los ejércitos
tártaros. Pero en cada estación donde se detenía el tren, se presentaban inspectores de
policía que revisaban a todos los pasajeros y les sometían a minuciosa identificacion,
pues tenían orden expresa del jefe superior de policía de buscar a Ivan Ogareff. El
Gobierno, en efecto, creía saber que el traidor aún no, había tenido tiempo de
abandonar la Rusia europea. Cuando un viajero parecía sospechoso, tenía que
identificarse en el puesto de policía y el tren volvía a ponerse en marcha sin ninguna
inquietud por el que quedaba atrás.
Con la policía rusa, excesivamente expeditiva, es inútil razonar. Sus miembros
ostentan graduaciones militares. No hay más remedio que obedecer sin rechistar las
órdenes de un soberano que tiene potestad para encabezar sus ucases con la fórmula:
«Nos, por la gracia de Dios, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, de Moscú,
Kiev, Wladimir y Novgorod; Zar de Kazan, de Astrakán; Zar de Polonia, Zar de Siberia,
Zar del Quersoneso Táurico; Señor de Pskof; Gran Príncipe de Smolensko, de
Lituania, de Volinia, de Podolla y Finlandia; Príncipe de Estonia, de Livonia, de
Curlandia y de Semigalia, de Bialistok, de Karella, de Iugria, de Perm, de Viatka, de
Bulgaria y de muchos otros países; Señor y Gran Príncipe del territorio de
Nijni-Novgorod, de Chernigof, de Riazan, de Polotosk, de Rostof, de Jaroslav, de
Bielozersk, de Udoria, de Obdoria, de Kondinia, de Vitepsk, de Mstislaf; dominador
de las regiones hiperbóreas; Señor de los países de Iveria, de Kartalinia, de Gruzinia, de
Kabardinia y de Armenia; Señor hereditario y soberano de los príncipes cherquesos, de
los de las montañas y otros; Heredero de Noruega; Duque de Schlewig-Holstein, de
Stormarn, de Dittmarsen y de Holdenburg.» ¡Poderoso soberano, en verdad, aquel
cuyo emblema es un águila de dos cabezas que sostiene un cetro y un globo, rodeada
de los escudos de Novgorod, Wladimir, Kiev, Kazan, Astrakán y Siberia, y que está
envuelta por el collar de la Orden de San Andrés y remadada con una corona real!
En cuanto a Miguel Strogoff, lo tenía todo en regla y quedaba al abrigo de cualquier
medida de la policía.
En la estación de Wladimir el tren se detuvo durante algunos minutos, los cuales le
bastaron al corresponsal del Daily Telegraph para hacer una semblanza
extremadamente completa, en su doble aspecto físico y moral de esta vieja capital rusa.
En la estación de Wladimir subieron al tren nuevos pasajeros, entre ellos una joven
que entró en el compartimiento de Miguel Strogoff.
Ante el correo del Zar había un asiento vacío que ocupó la joven, después de
depositar todo su equipaje. Después, con los ojos bajos, sin haber echado una mirada a
los compañeros de viaje que le destinó el azar, se dispuso para un trayecto que debía
durar aún algunas horas.
Miguel Strogoff no pudo impedir fijarse atentamente en su nueva vecina. Como se
encontraba sentada de espaldas al sentido de la marcha, él le ofreció su asiento, por si
lo prefería, pero la joven rehusó dándole las gracias con una leve reverencia.
La muchacha debía de tener entre dieciseis y diecisiete años. Su cabeza,
verdaderamente hermosa, representaba al tipo eslavo en toda su pureza; raza de rasgos
severos, que la destinaban a ser más bella que bonita en cuanto el paso de los años
fijaran definitivamente sus facciones. Se cubría con una especie de pañuelo que dejaba
escapar con profusión sus cabellos, de un rubio dorado. Sus ojos eran oscuros, de
mirada aterciopelada e infinitamente dulce; su nariz se pegaba a unas mejillas delgadas
y pálidas por unas aletas ligeramente móviles; su boca estaba finamente trazada, pero
daba la impresión de que la sonrisa había desaparecido de ella desde hacía mucho
tiempo.
Eraalta y esbelta, a juzgar por lo que dejaba apreciar el abrigo ancho y modesto que
la cubría. Aunque era todavía una niña, en toda la pureza de la expresión, el desarrollo
de su despejada frente y la limpieza de rasgos de la parte inferior de su rostro, daban la
impresión de una gran energía moral, detalle que no escapó a Miguel Strogoff.
Evidentemente, esta joven debía de haber sufrido ya en el pasado, y su porvenir, sin
duda, no se le presentaba de color de rosa; pero parecía no menos cierto que debía de
haber luchado y que estaba dispuesta a seguir luchando contra las dificultades de la
vida. Su voluntad debía de ser vivaz, constante, hasta en aquellas circunstancias en que
un hombre estaría expuesto a flaquear o a encolerizarse.
Tal era la impresion que, a primera vista, daba esta jovencita. A Miguel Strogoff,
dotado él mismo de una naturaleza enérgica, tenía que llamarle la atención el carácter de
aquella fisonomía, y, teniendo siempre buen cuidado de que su persistente mirada no la
importunase lo más mínimo, observó a su vecina con cierta atención.
El atuendo de la joven viajera era, a la vez, de una modestia y una limpieza extrema.
Saltaba a la vista que no era rica, pero se buscaría vanamente en su persona cualquier
señal de descuido.
Todo su equipaje consistía en un saco de cuero, cerrado con llave, que sostenía sobre
sus rodillas por falta de sitio donde colocarlo.
Llevaba una larga pelliza de color oscuro, liso, que se anudaba graciosamente a su
cuello con una cinta azul. Bajo esta pelliza llevaba una media falda, oscura también,
cubriendo un vestido que le caía hasta los tobillos, cuyo borde inferior estaba adornado
con unos bordados poco llamativos. Unos botines de cuero labrado, con suelas
reforzadas, como si hubieran sido preparadas en previsión de un largo viaje, calzaban
sus pequeños pies.
Miguel Strogoff, por ciertos detalles, creyó reconocer en aquel atuendo el corte
habitual de los vestidos de Livonia y pensó que su vecina debía de ser originaria de las
provincias bálticas. Pero ¿adónde iba esta muchacha, sola, a esa edad en que el apoyo
de un padre o de una madre, la protección de un hermano, son, por así decirlo,
obligados? ¿Venía, recorriendo tan largo trayecto, de las provincias de la Rusia occidental?
¿Se dirigía únicamente a Nijni-Novgorod, o proseguiría más allá de las fronteras
orientales del Imperio? ¿La esperaba algún pariente o algún amigo a la llegada del tren?
Por el contrario, ¿ no sería lo más probable que al descender del tren se encontrase tan
sola en la ciudad como en el compartimiento, en donde nadie -debía de pensar ellaparecía
hacerle caso? Todo era probable.
Efectivamente, en la manera de comportarse aquella joven viajera, quedaban
visiblemente reflejados los hábitos que se van adquiriendo en la soledad. La forma de
entrar en el compartimiento y de prepararse para el, viaje; la poca agitación que produjo
en su derredor, el cuidado que puso en no molestar a nadie; todo ello denotaba la
costumbre que tenía de estar sola y no contar más que consigo misma.
Miguel Strogoff la observaba con interes, pero como él mismo era muy reservado, no
buscó la oportunidad de entablar conversación con ella, pese a que habían de
transcurrir muchas horas antes de que el tren llegase a Nijni-Novgorod.
Solamente en una ocasión, el vecino de la joven -aquel comerciante que tan
imprudentemente mezclaba el sebo con los chales- se había dormido y amenazaba a su
vecina con su gruesa cabeza, basculando de un hombro al otro; Miguel Strogoff lo despertó
con bastante brusquedad para hacerle cornprender que era conveniente que se
mantuviera más erguido.
El comerciante, bastante grosero por naturaleza, murmuró algunas palabras contra
«esa gente que se mete en lo que no le importa», pero Miguel Strogoff le lanzó una
mirada tan poco complaciente que el dormilón volvióse del lado opuesto, librando a la
joven viajera de tan incómoda vecindad, mientras ella miraba al joven durante unos
instantes, reflejando un mudo y modesto agradecimiento en su mirada.
Pero tenía que presentarse otra circunstancia que daría a Miguel Strogoff la medida
exacta del carácter de la joven.
Doce verstas antes de llegar a la estación de Nijni-Novgorod, en una brusca curva de
vía, el tren experimentó un choque violentísimo y después, durante unos minutos,
rodó por la pendiente de un terraplén.
Viajeros más o menos volteados, gritos, confusión, desorden general en los vagones,
tales fueron los efectos inmediatos ante el temor de que se hubiera producido un grave
accidente; así, incluso antes de que el tren se detuviera, las puertas de los vagones
quedaron abiertas y los aterrorizados viajeros no tenían más que un pensamiento:
abandonar los coches y buscar refugio fuera de la vía.
Miguel Strogoff pensó al instante en su vecina, pero, mientras los otros viajeros del
compartimiento se precipitaban fuera del vagón, gritando y empujándose, la joven
permaneció tranquilamente en su sitio, con el rostro apenas alterado por una ligera
palidez.
Ella esperaba. Miguel Strogoff también.
Ella no había hecho ningún movimiento para salir del vagón.
Miguel Strogoff no se movió tampoco.
Ambos permanecieron impasibles.
«Una naturaleza enérgica», pensó Miguel Strogoff. Mientras, el peligro había
desaparecido. La rotura del tope del vagón de equipajes había provocado, primero el
choque, después la parada del tren, pero poco había faltado para que descarrilara,
precipitándose desde el terraplén al fondo de un barranco. El accidente ocasionó una
hora de retraso, pero al fin, despejada la vía, el tren reemprendió la marcha y a las ocho
y media de la tarde llegaban a la estación de Nijni-Novgorod.
Antes de que nadie pudiera bajar de los vagones, los inspectores de policía coparon
las portezuelas examinando a los viajeros.
Miguel Strogoff mostró su podaroshna extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, y
no tuvo dificultad alguna. En cuanto a los otros pasajeros del compartimiento, todos
ellos con destino a Nijni-Novgorod, no despertaron sospechas, afortunadamente para
ellos.
La joven presentó, no un pasaporte, ya que el pasaporte no se exige en Rusia, sino
un permiso acreditado por un sello particular y que parecía ser de una especial
naturaleza. El inspector lo leyó con atención y después de examinar minuciosamente el
sello que contenía, le preguntó:
-¿Eres de Riga?
-Sí -respondió la joven.
-¿Vas a Irkutsk?
-Sí.
¿Por qué ruta?
-Por la ruta de Perm.
-Bien -respondió el inspector-, pero cuida de que te refrenden este permiso en la
oficina de policia de Nijni-Novgorod.
La joven hizo un gesto de asentimiento.
Oyendo estas preguntas y respuestas, Miguel Strogoff experimentó un sentimiento
de sorpresa y piedad al mismo tiempo. ¡Cómo! ¡Esta muchacha, sola, por los caminos
de la lejana Siberia en donde a los peligros habituales se sumaban ahora los riesgos de
un país invadido y sublevado! ¿Cómo llegará a Irkutsk? ¿ Qué será de ella ... ?
Finalizada la inspección, las puertas de los vagones quedaron abiertas, pero, antes de
que Miguel Strogoff hubiera podido iniciar un movimiento hacia la muchacha, ésta
había descendido del vagón, desapareciendo entre la multitud que llenaba los andenes
de la estación.