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lunes, 6 de mayo de 2013

Hans Cristian Andersen - Cuentos - XV


Hans Cristian Andersen
Cuentos  XV





El caracol y el rosal

Cercaba un jardín un seto de avellanos. Más allá se extendían campos y prados, en los que pacían vacas y ovejas; pero en el centro del jardín crecía un rosal florido, a cuyo pie rastreaba un caracol, muy poseído de sí mismo.
- Espera a que llegue mi hora - dijo -. Haré algo más que dar rosas, avellanas o leche como la vaca y la oveja.
- Yo espero grandes cosas de usted - dijo el rosal -. ¿No será indiscreto preguntar cuándo llegará su hora?
- Me lo tomo con calma - replicó el caracol -. Ustedes siempre llevan demasiada prisa. La espera nada gana con eso.
Al año siguiente, el caracol se encontraba poco más o menos en el mismo lugar, al sol, al pie del rosal, que había dado nuevas yemas y rosas, frescas y recientes. El caracol sacó de su casa la mitad del cuerpo, extendió los cuernos y volvió a encogerlos.
- Todo igual que el año pasado. No se nota ni el menor progreso. El rosal sigue con sus rosas; no da más de sí.
Pasó el verano, y pasó el otoño; el rosal seguía dando capullos y flores, hasta que empezó a nevar, y el tiempo se puso frío y húmedo. Entonces el arbusto se dobló sobre la tierra, y el caracol se introdujo en ella.
Empezó un nuevo año, y brotaron las rosas, y asomó otra vez el caracol.
- Ya es usted un viejo rosal - observó el caracol -. Pronto se morirá. Ha dado al mundo cuanto tenía dentro. Si eso fue o no útil, es cuestión que no me importa. Pero está bien claro que no ha hecho usted lo más mínimo para su propio desarrollo interno; de hacerlo, otra cosa hubiera sido. ¿Cómo lo justifica? Pronto no será más que un palo. ¿Comprende lo que le digo?
- Me asusta usted - respondió el rosal -. Nunca había pensado en esto.
- Claro, de seguro que nunca se dedicó a pensar. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué florece y qué ha sido de sus flores? ¿Por qué fueron las cosas así, y no de otro modo?
- No - admitió el rosal -. Florecía de puro gozo, porque no podía menos. ¡El sol brillaba tan confortador, el aire era tan refrescante! Yo sorbía el límpido rocío y la lluvia que vigoriza. Respiraba y vivía. De la tierra subía a mi cuerpo una gran fuerza, y otra fuerza me venía de lo alto. Sentía una gran felicidad, constantemente renovada y creciente; por eso florecía una y otra vez. Ésta era mi vida, no he conocido nada más.
- Ha llevado una vida muy descansada - dijo el caracol.
- Cierto. Todo me lo dieron - asintió el rosal -. Pero a usted le dieron más todavía. Es una de esas naturalezas pensantes, profundas, de esos talentos nacidos para asombrar al mundo.
- No es éste mi propósito - replicó el caracol -. El mundo me tiene sin cuidado. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Me basta conmigo mismo y con el que llevo en mí.
- Pero, ¿no tenemos la obligación, los que vivimos en la Tierra, de ofrecer a los demás lo mejor que hay en nosotros, todo aquello que podemos ofrecerles? Es verdad que yo he dado sólo rosas. Pero usted, que está tan ricamente dotado, ¿qué piensa brindar al mundo? ¿Qué le dará?
- ¿Qué le brindaré? ¿Qué le daré? ¡Le escupo! No vale nada el mundo, no me importa un comino. Dé usted rosas. ¿Qué más puede hacer? Y que el avellano dé avellanas, y la vaca y la oveja, leche; cada uno tiene su público; el mío está en mí mismo. Me meto dentro de mí, y aquí me quedo. El mundo nada me importa.
Y el caracol se metió en su concha y se encerró en ella a piedra y lodo.
- ¡Qué triste! - dijo el rosal -. Por mucho que quiera, no puedo entrar en mí mismo; he de desenvolverme siempre hacia fuera y criar rosas. Las hojas caen, y el viento se las lleva. Sin embargo, vi cómo una rosa era colocada en el libro de himnos de la señora de la casa, otra obtuvo un lugar en el pecho de una hermosa joven, y una tercera fue besada por unos rojos y alegres labios infantiles. Todo eso me hizo mucho bien, fue una verdadera bendición. Éstos son mis recuerdos, mi vida.
Y el rosal floreció en su inocencia, mientras el caracol permanecía, perezoso, en su casa. El mundo no le importaba.
Pasaron años.
El caracol era tierra en la tierra, y el rosal también. Asimismo se había marchitado la rosa del libro de cánticos, pero en el jardín crecían nuevos rosales, y crecían también nuevos caracoles; se metían en sus casas, escupían su baba, indiferentes al mundo. ¿Empezamos otra vez el cuento? Será siempre el mismo.




«Los fuegos fatuos están en la ciudad»,

dijo la Reina del Pantano

Érase un hombre que había sabido muchos cuentos nuevos, pero se le habían escapado, según él decía. El cuento, que antes se le presentaba por propia iniciativa, había dejado de llamar a su puerta. ¿Y por qué no venía? Cierto es que el hombre llevaba muchísimo tiempo sin pensar en él, sin esperar que se presentara y llamara; se había distraído de los cuentos, pues fuera rugía la guerra, y dentro reinaban la aflicción y la miseria, compañeras inseparables de aquélla.
La cigüeña y la golondrina regresaban de su largo viaje, sin temer nada malo, y he aquí que al llegar se encontraron con sus nidos quemados, lo mismo que las casas de los hombres, y los setos en pleno desorden, cuando no desaparecidos del todo. Los caballos del enemigo piafaban sobre las viejas sepulturas. Eran tiempos duros y tenebrosos, pero todo tiene su fin.
Les ha llegado el fin, decían todos, y, no obstante, el cuento no acudía a llamar a la puerta ni daba noticias de su persona.
- Seguramente habrá muerto o se habrá marchado como tantos otros -dijo el hombre. Pero el cuento nunca muere.
Transcurrió mucho tiempo; y él lo echaba de menos.
- ¿Es posible que no vuelva y llame a la puerta? -. Y se acordaba de él como si lo tuviera delante, en todas las formas con que solía presentársela: ya joven y hermoso como la propia primavera, una encantadora muchacha con una guirnalda de aspérulas en la frente y una rama de haya en la mano, y ojos brillantes cual profundos lagos en el bosque bajo el sol; ya en figura de buhonero, abierta la caja de la que salían cintas de plata que ondeaban al viento, y con poemitas e inscripciones para recordatorios. Pero cuando más bello estaba era cuando venía de abuelita, con el cabello plateado y grandes ojos inteligentes. Entonces sí que sabía cosas de los tiempos más remotos, muy anteriores a aquellos en que las princesas hilaban con husos de oro, y acechaban por ahí dragones y vestigios. Contaba de una manera tan viva, que a los oyentes se les ofuscaba la vista, y el suelo parecía negro de sangre humana; horrible de ver y de oír y, sin embargo, ¡tan agradable!, pues hacía tanto tiempo que había sucedido...
- ¡Y si no volviera a llamar! - exclamaba el hombre, clavando la mirada en la puerta con tanta insistencia, que creía ver manchas negras en el aire y en el suelo. No sabía si era sangre o un crespón de luto por los terribles y lúgubres días vividos.
Un día en que estaba cavilando, ocurriósele la idea de que tal vez el cuento se hubiese escondido, como la princesa de aquellos antiguos cuentos, y quería que lo buscasen. Si lo encontraban, brillaría con nueva luz, más hermosa que antes.
- ¡Quién sabe, a lo mejor se ha ocultado en la paja tirada junto al pretil del pozo! ¡Cuidado, cuidado! Tal vez se esconde en una flor marchita, guardada en uno de aquellos voluminosos libros del anaquel.
Y el hombre, dirigiéndose a la biblioteca, abrió uno de los tomos más nuevos, deseoso de poner las cosas en claro. Mas no había allí ninguna flor: sólo historias de Holger Danske. Y el hombre leyó cómo aquella historia había sido inventada en Francia por un monje, arreglada en forma de novela y «traducida e impresa en lengua danesa». Que Holger Danske no había vivido en realidad y, por tanto, no podía volver, contra lo que creíamos y tan a gusto cantábamos. Con Holger Danske ocurría lo que con Guillermo Tell: todo era pura palabrería, sin nada en que poder apoyarse; y todo eso aparecía escrito en aquel libro, con grandes alardes de erudición.
- Bueno, yo sé lo que tengo que creer - dijo el hombre -. Donde no ha pisado ningún pie, no se trilla camino -. Y cerrando el libro y volviéndolo al estante, dirigióse a las flores que crecían en la ventana. A lo mejor se había escondido en el rojo tulipán de borde dorado, o en la fresca rosa, o en la reluciente camelia. El sol jugaba entre las hojas, pero el cuento no asomaba por ningún lado.
- Las flores que había aquí, en aquellos días tristes, eran mucho más hermosas; pero las cortaron sin dejar una, para trenzar coronas con ellas, coronas que fueron colocadas en el ataúd recubierto con la bandera. Tal vez con las flores enterraron también al cuento. Pero las flores lo habrían sabido, y el ataúd se habría dado cuenta, y la tierra también, y los tallitos de hierba lo habrían dicho al brotar. ¡El cuento no muere jamás!
Quizá vino aquí y llamó, pero ¡quién estaba entonces para él! La gente miraba con ojos sombríos, melancólicos, casi coléricos, el sol de primavera, el revoloteo de los pájaros y el verde esperanzador de los campos; la lengua no soportaba las viejas canciones populares, que habían sido enterradas, como tantas otras cosas tan queridas de nuestro corazón. Es muy posible que el cuento haya venido a llamar a la puerta, pero nadie lo había oído, nadie le había dado la bienvenida, y así se marchó nuevamente.
Iré a buscarlo. ¡Al campo, al bosque, a la anchurosa orilla!
En pleno campo hay una vieja mansión señorial de rojas paredes, frontón dentado y ondeante bandera en la torre. El ruiseñor canta entre las festoneadas hojas del haya, mientras mira los manzanos en flor del jardín, tomándolos por rosas. Aquí y allí, las diligentes abejas revolotean al sol, rodeando a su reina con su zumbido monótono. La tempestad de otoño sabe de la caza salvaje, de las generaciones humanas y del follaje del bosque, que pasan veloces. Por Navidad, al exterior cantan los cisnes salvajes desde las aguas abiertas, mientras los hombres, cómodamente instalados junto al fuego de la chimenea, escuchan canciones y leyendas.
Por el sector antiguo del jardín, con su atrayente y penumbrosa avenida de castaños, paseaba el hombre que había salido en busca del cuento. Una vez el viento le había murmurado allí algo relativo a Waldemar Daae y sus hijas. La dríada del árbol, que era la propia madre de las leyendas, le había contado allí el último sueño del viejo roble. En tiempos de la abuela había allí setos recortados; ahora, en cambio, sólo crecían helechos y ortigas, que se extendían por encima de abandonados restos de antiguas estatuas de piedra. Crecíales musgo en los ojos, a pesar de lo cual veían tan bien como en sus buenos tiempos. Esto no lo sabía el hombre que andaba en busca del cuento y no lo veía. ¿Dónde estaría?
Por sobre su cabeza y los viejos árboles volaban las cornejas a centenares, lanzando su «¡cra, da, cra, da!». Él salió del jardín a la alameda, pasando por los fosos. Había allí una casita de forma hexagonal, con un gallinero y un corral de patos. En la habitación estaba la anciana que cuidaba de la hacienda y que se enteraba de cada huevo que ponían las gallinas y de cada polluelo que salía del cascarón. Pero no era ella el cuento que el hombre andaba buscando, como podía verse por la fe de bautismo y el certificado de vacunación que estaban sobre la cómoda.
Al exterior, a poca distancia de la casa, hay un montículo cubierto de acerolo y codeso. Yace allí una antigua losa sepulcral, que había venido a parar a aquel lugar procedente del pequeño cementerio de la villa. Era un monumento de uno de los honorables consejeros de la ciudad. Alrededor de su imagen se veían esculpidas las de su esposa y sus cinco hijas, todas con alzacuellos y con las manos dobladas. Si uno estaba un rato contemplándola, al fin obraba sobre el pensamiento, y éste, a su vez, sobre la losa, haciéndole contar recuerdos de tiempos pretéritos; por lo menos esto le sucedió al hombre que iba en busca del cuento. Al llegar allí vio que una mariposa se había posado sobre la frente del relieve que representaba al consejero. El insecto aleteó, voló un poco más lejos y volvió a posarse, cansado, sobre la losa sepulcral, como queriendo llamar la atención sobre lo que en ella crecía, o sea, tréboles de cuatro hojas, siete de ellos juntos. ¡Si viene la fortuna, bienvenida sea! El hombre recogió los tréboles y se los guardó en el bolsillo. La suerte vale tanto como el dinero contante y sonante. Hubiera preferido un cuento nuevo y bonito, pensó nuestro amigo; pero tampoco estaba allí.
El sol se ponía como un gran globo rojo. Del prado subían vapores: era que la reina del pantano estaba destilando.
Ya anochecido, hallábase nuestro hombre solo en su casa, paseando la mirada por el jardín y el prado, el pantano y la orilla. Brillaba la luna clara, del prado subían vapores, como si fuese un gran lago, y, en efecto, lo había sido en otros tiempos, según la leyenda, y la luz de la luna es lo mejor que hay para las leyendas.
Entonces se acordó el hombre de lo que leyera en la ciudad: que Guillermo Tell y Holger Danske no habían existido nunca, a pesar de lo cual persistían en la creencia del pueblo, como aquel lago lejano, vivas imágenes de la leyenda. ¡Sí, Holger Danske volvía!
Estando así pensativo, algo llamó a la ventana con un fuerte golpe. ¿Sería un ave, un murciélago o un mochuelo? A ésos no los dejan entrar por mucho que llamen. Pero la ventana se abrió por sí sola, y el hombre vio a una anciana que lo miraba.
- ¿Qué desea? - le preguntó -. ¿Quién es usted? ¿Alcanza al primer piso? ¿O se sostiene con una escalera de mano?
- Tienes en el bolsillo un trébol de cuatro hojas - dijo ella ­ o, mejor dicho, tienes siete, uno de los cuales es de seis hojas.
- ¿Quién es usted? - preguntó el hombre.
- La reina del pantano - respondió ella -. La reina del pantano, la destiladora; ahora iba a destilar, precisamente. Tenía puesta ya la espita en el barril, pero un chiquillo hizo una de sus travesuras, la sacó y la echó en dirección al patio, donde vino a dar contra la ventana. Y ahora la cerveza se está saliendo del barril, con perjuicio para todos.
- Cuénteme más cosas - le pidió el hombre.
- Espérate un poco - dijo la mujer -. Ahora tengo cosas más urgentes que hacer - y se marchó.
El hombre se disponía a cerrar la ventana, cuando la vieja se presentó de nuevo.
- Ya está - dijo -. La mitad de la cerveza puedo volver a destilarla mañana, si el tiempo no cambia. Bueno, ¿qué querías preguntarme? He vuelto porque siempre cumplo mi palabra, y porque tú llevas en el bolsillo siete tréboles de cuatro hojas, y uno de seis. Esto impone respeto; es una condecoración que crece en los caminos, pero que no todos encuentran. ¿Qué tenías que preguntarme? No te quedes ahí como un bobo, que debo volver cuanto antes a mi espita y mi barril.
El hombre le preguntó entonces por el cuento, ¿No lo habría encontrado en su camino?
- ¡Mira con lo que me sale ahora! - exclamó la mujer -. ¿Aún no tienes bastantes cuentos? La mayoría están ya hasta la coronilla. Otras cosas hay que hacer y a que atender. ¡Hasta los niños se han emancipado en este punto! Da un cigarro a un mozalbete o un miriñaque nuevo a una niña, y lo preferirán. ¡Escuchar cuentos! ¡Como si no hubiera en qué ocuparse, y problemas mucho más importantes!
- ¿Qué quiere decir con eso? - dijo el hombre -. ¿Qué sabe usted del mundo? ¡Usted sólo ve ranas y fuegos fatuos!
- Sí, pues mucho cuidado con los fuegos fatuos - replicó la vieja -. Andan por ahí sueltos. Tendríamos que hablar de ellos. Ven conmigo al pantano, donde es necesaria mi presencia, y te lo contaré todo. Pero de prisa, mientras estén frescos tus siete tréboles de cuatro hojas y el de seis, y mientras la Luna esté en el cielo.
Y la reina del pantano desapareció.




«Los fuegos fatuos están en la ciudad»,

dijo la Reina del Pantano

Continuación

Dieron las doce en el reloj del campanario, y antes de que se extinguiera el eco de la última campanada, el hombre ya había bajado al patio, salido al jardín y llegado al prado. La niebla se había disipado, y la mujer había cesado de destilar.
- ¡Cuánto has tardado! - dijo -. Las brujas corremos más que los hombres. Estoy muy contenta de haber nacido de la familia de las hechiceras.
- ¿Qué tiene que decirme? - preguntó el hombre -. ¿Puede informarme sobre el cuento?
- ¿No se te ocurre preguntar otra cosa? - dijo la vieja.
- Tal vez podría usted ilustrarme sobre la poesía de lo por venir - inquirió el hombre.
- No te pongas retórico - contestó la mujer -, y te responderé. Sólo piensas en poesía y sólo preguntas por el cuento, como si fuesen los reyes del mundo. Cierto es que el cuento es lo más viejo que hay, y, sin embargo, es considerado siempre como el más joven. ¡Bien lo conozco! También yo fui joven, y no es ésta una enfermedad de infancia. Un día fui una linda elfilla, y bailé a la luz de la luna con las demás; escuché el canto del ruiseñor, fui al bosque y me encontré con el señor cuento, que vagaba por aquellos lugares. Tan pronto establecía su lecho en un tulipán a medio abrir o en una flor del prado, como entraba a hurtadillas en la iglesia y se envolvía en un fúnebre crespón que colgaba de los cirios del altar.
- Está usted muy bien informada - dijo el hombre.
- Al menos he de saber tanto como tú - replicó la vieja Cuento y Poesía, dos pedazos de la misma pieza, pueden echarse donde les apetezca. Toda su obra y toda su charla puede recocerse y sale mejor y más barata. Yo te la daré gratis. Tengo un armario lleno de poesía embotellada. Es la esencia, lo mejor de ella; hierbas, dulces y amargas. Guardo en botellas toda la poesía que utilizan los humanos, para poner unas gotas en el pañuelo los domingos y aspirarla.
- Es maravilloso lo que me explica - dijo el hombre -. ¿Guarda poesía en botellas?
- Más de la que puedas necesitar - respondió la mujer -. Supongo que sabrás aquel cuento de la muchacha que pisoteó el pan para no ensuciarse los zapatos nuevos. Anda por ahí escrito e impreso.
- Yo mismo lo conté - dijo el hombre.
- En ese caso sabrás también que la muchacha se hundió en el suelo y fue a parar a la morada de la reina del pantano en el preciso momento en que se hallaba en ella la abuela del diablo, que quería presenciar las operaciones de la destilación. Vio caer a la chica y pidió que se le diese para pedestal, como un recuerdo de su visita, y se lo di. A cambio me obsequió con una cosa que no me sirve para nada: un botiquín de viaje, todo un armario lleno de poesía embotellada. La abuela me indicó el lugar donde debía colocar el armario y allí está todavía. ¡Mira! Tienes en el bolsillo tus siete tréboles de cuatro hojas, uno de los cuales es de seis. Si los guardas, aún podrás verlo, seguramente.
- Y, en efecto, en el centro del pantano había un objeto voluminoso, parecido a un cepo de chopo y que en realidad era el armario de la abuela. Estaba abierto para la reina del pantano y para todas las gentes de todas las tierras y de todos los tiempos que supiesen dónde se encontraba. Podría abrirse por delante, por detrás, por los lados y por los bordes; era una verdadera obra de arte, a pesar de su aspecto de cepo de chopo. Se había imitado allí a los poetas de todos los países, especialmente los del nuestro: su espíritu se había examinado, criticado, renovado, concentrado y puesto en botellas. Con certero instinto, como se dice cuando no se quiere decir talento, la abuela había sacado de la Naturaleza cuanto olía a tal o cual poeta, añadiéndole un poquitín de sustancia diabólica, y de este modo tenía la poesía embotellada para toda la eternidad.
- Déjemelo ver - pidió el hombre.
- Sí, pero tienes que oír cosas aún más importantes - replicó la vieja.
- Mas ya que estamos junto al armario - dijo él, mirando al interior - y veo botellas de todos tamaños, dime: ¿qué hay en ésta? ¿Y en ésta?
- Ésta contiene lo que llaman fragancias de mayo. No lo he probado, pero sé que con verter un chorrito en el suelo, enseguida sale un hermoso lago de bosque con nenúfares y mentas rizadas. Echas sólo dos gotas sobre un viejo cuaderno, y por malo que sea se convertirá en una comedia olorosa, muy propia para ser representada e incluso para hacer dormir: ¡tan intenso es su aroma! Seguramente en mi honor pusieron en la etiqueta: «Brebaje de la reina del pantano».
Ahí tienes la botella del escándalo. Parece llena de agua sucia, y, en efecto, así es, pero está mezclada con polvos efervescentes de la chismografía ciudadana; tres onzas de mentiras y dos granos de verdad, todo ello agitado con una rama de abedul; nada de usar vergajos puestos en salmuera y rotos sobre el cuerpo sangrante del pecador, o un pedazo de férula del maestro de escuela; tiene que ser una rama sacada de la escoba que barrió el arroyo.
Ésta es la botella que contiene la poesía piadosa en tono de salmodia. Cada gota suena como el chirrido de la puerta del infierno, y está elaborada con sangre y sudor de los castigados. Algunos afirman que no es sino hiel de paloma; pero las palomas son los animales más piadosos, y no tienen hiel, según dice la gente que no sabe Historia Natural.
Venía luego la botella de las botellas, que ocupaba la mitad del armario, y contenía las «historias cotidianas». Estaba metida en una funda de cuero y una vejiga de cerdo, pues no podía soportar la pérdida de la más mínima parte de su fuerza. Cada nación podía extraer de ella su propia sopa, según la manera de volver y emplear las botellas. Había allí vieja sopa alemana de sangre, con albóndigas de bandido, y también la clara sopa casera, con consejeros de Corte de verdad, puestos allí como raíces, mientras en la superficie flotaban ojos de grasa filosófica. Había sopa de institutriz inglesa y el potaje francés «a la Kock», preparado con huesos de pollo y huevos de gorrión, llamado también «sopa cancán»; pero la mejor de todas era la de Copenhague. Por lo menos eso decían las familias.
Seguía la tragedia en la botella de champaña, capaz de detonar, y esto es lo que debe hacer. La comedia tenía forma de arena fina, para saltar a los ojos de la gente - nos referimos a la comedia refinada -. La más burda estaba también en su botella, pero sólo en forma de anuncios futuristas, y lo más substancioso de ella era el título.
El hombre estaba ensimismado en sus pensamientos, pero la mujer continuó, deseosa de terminar de una vez.
- Ya has mirado bastante lo que contiene el armario - le dijo ­ Ya sabes lo que hay aquí, pero todavía no conoces lo principal, que deberías saber también. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Esto es más importante que la Poesía y el Cuento. Tendría que callarme la boca, pero debe haber una fatalidad, un destino, que cuando llevo algo dentro, se me sube a la garganta y tengo que soltarlo. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Andan sueltos. ¡Cuidado con ellos, hombres!
- No entiendo una palabra - dijo el hombre.
- Haz el favor de sentarte sobre el armario - replicó ella pero cuidado con caerte dentro y romperme las botellas, ya sabes lo que contienen. Te contaré el gran acontecimiento; es muy reciente, sólo de anteayer. Correrá aún durante trescientos sesenta y cuatro días. ¿Sabes cuántos días tiene el año, no?

Y la reina del pantano inició su narración.
- Aquí ocurrió ayer un gran suceso. Fue bautizado un niño. Nació un duendecillo; mejor dicho, nacieron doce duendes, que tienen la facultad de adoptar la figura humana cuando quieren, y obrar y mandar como si fuesen hombres de carne y hueso. En el pantano esto constituye un gran acontecimiento; por eso acudieron a bailar los fuegos fatuos, varones y hembras, por la superficie del agua y por el prado. Hay también mujercitas, pero no se habla de ellas. Yo me senté sobre el armario, con los doce recién nacidos en el regazo. Brillaban como luciérnagas; empezaban ya a dar saltitos y crecían a ojos vistas, tanto, que al cabo de un cuarto de hora todos eran tan talluditos como sus padres o sus tíos. Ahora bien, existe un derecho tradicional, un privilegio, según el cual cuando la luna ocupa la posición que ocupaba ayer en el cielo y el viento sopla como ayer soplaba, se permite a los fuegos fatuos que han nacido en aquella hora y minuto, transformarse en seres humanos y obrar como tales. El fuego fatuo puede vagar por el campo o introducirse en el gran mundo, con tal que no tema caerse al lago o ser arrastrado por el huracán. Puede incluso introducirse en una persona y hablar por ella, y efectuar todos sus movimientos. El duende puede tomar cualquier figura de hombre o de mujer, actuar en su espíritu según se le antoje. Tiene empero la obligación de desencaminar en un año a trescientos sesenta y cinco seres humanos, extraviarles de la senda de la verdad y la justicia, y ello en gran estilo. Entonces alcanza el honor máximo a que puede llegar un duende: el de convertirse en postillón de la carroza del diablo, vestir fulgurante librea amarilla y despedir llamas por la boca. A un duende sencillo la boca se le hace agua ante esta perspectiva. Pero ese trabajo comporta también sus peligros y no pocas fatigas. Si el hombre sabe abrir los ojos y, al darse cuenta de lo que tiene delante, se lo sacude, el otro está perdido y ha de volver al pantano. Y si al duende lo acomete la nostalgia de su familia antes de que haya transcurrido el año y se rinde, está perdido también, ya no seguirá ardiendo con claridad, se apagará y no podrá ser encendido de nuevo. Y si al término del año no ha desencaminado a trescientos sesenta y cinco personas y no se ha llevado todo lo que es bueno y grande, queda condenado a yacer en la madera podrida y brillar sin moverse, lo cual es el castigo más terrible para un duende, tan dinámico por naturaleza. Todo esto lo sabía yo, y se lo dije a los doce duendecillos que tuve en mi regazo, y que estaban como fuera de sí de alegría. Les dije que lo más seguro y cómodo era renunciar al honor y no hacer nada; pero los pequeños no quisieron escucharme; se veían ya en sus fulgurantes ropajes amarillos, despidiendo fuego por la boca. «Quedaos con nosotros», les aconsejaron algunos viejos, mientras otros les decían: «Probad suerte con los hombres. Los hombres secan nuestros prados, los desaguan. ¡Qué será de nuestros descendientes!».
«¡Queremos brillar, brillar!», exclamaban los fuegos fatuos recién nacidos; y así fue convenido.
Enseguida empezó el baile del minuto; más breve no podía ser. Las doncellas elfas dieron unas vueltas con todos los demás, para no pasar por orgullosas, aunque preferían bailar solas. Luego vino el reparto de los regalos de los padrinos. Los obsequios volaron como guijarros por encima de las aguas pantanosas. Cada ella dio una punta de su velo. «¡Cógelo! - decían - y sabrás bailar maravillosamente, con los pasos y movimientos más difíciles. Podrás adoptar la actitud correcta y exhibirte en la sociedad más distinguida».
El hombre nocturno enseñó a cada uno de los nuevos fuegos fatuos a decir «¡bra, bra, bravo!», y a decirlo en el lugar apropiado, lo cual es una gran ciencia, y de gran rendimiento.
También la lechuza y la cigüeña soltaron algo, pero no valía la pena hablar de ello, dijeron, y así lo dejaremos. La partida de caza del rey Waldemar pasó corriendo por encima del pantano, y cuando sus señorías se enteraron de la fiesta, enviaron como obsequio un par de excelentes perros, capaces de correr como el viento y de llevar a lomos uno o incluso tres fuegos fatuos. Dos viejas pesadillas, que se alimentan cabalgando, participaron también en el banquete. De ellas aprendieron el arte de introducirse por el ojo de las cerraduras, y esto equivale a tener todas las puertas abiertas. Ofreciéronse además a guiar a los jóvenes fuegos fatuos a la ciudad; la conocían muy bien. Generalmente cabalgan sobre el pelo que les crece en el cogote, que es muy largo y se lo atan en un moño, para sentarse sobre una silla dura, y así cruzan los aires; pero en aquella ocasión montaron los salvajes perros de caza, llevando en el regazo a los jóvenes fuegos fatuos, dispuestos a descarriar y perder a los hombres. ¡Arre, a todo galope! Todo esto sucedió anoche. Ahora los fuegos fatuos están en la ciudad; manos a la obra, pero dónde y cómo, ¡cualquiera lo sabe! Me corre un cosquilleo por el dedo gordo del pie; esto siempre me anuncia algo.
- Esto es todo un cuento - dijo el hombre.
- Sí, pero sólo el principio - respondió la mujer -. ¿Podrías explicarme ahora cómo se las arreglan los fuegos fatuos, cómo se comportan, qué figuras adoptan para descarriar a los hombres?
- Creo - dijo el hombre - que podría componerse toda una novela sobre ellos, una novela en doce partes, una para cada uno; o, mejor aún, toda una comedia popular.
- Deberías escribirla - dijo la mujer -. Aunque más vale quizá que lo dejes correr.
- Sí, eso es lo más cómodo - respondió el hombre -. Así no te calumnian luego en los periódicos, lo cual es tan fastidioso como para un fuego fatuo tener que alojarse en la madera podrida y brillar sin poder decir esta boca es mía.
- A mí me da lo mismo - dijo la mujer -. Pero mejor será que dejes que la escriban otros, tanto si saben como si no. Te daré una vieja espita de mi barril. Con ella podrás abrir el armario de la poesía embotellada y sacar lo que te haga falta. Pero en cuanto a ti, amigo mío, me parece que te has manchado ya bastante los dedos de tinta y que has llegado a una edad en que no está bien correr en busca de cuentos, sobre todo habiendo cosas mucho más importantes que hacer. ¿Sabes a qué me refiero?
- Los fuegos fatuos están en la ciudad - dijo el hombre -. Lo he oído y comprendido. Pero, ¿qué debo hacer? Me molerían a palos si lo viera y dijera a las gentes: «¡Cuidado, ahí va un duende vestido de levita!».
- También van en camisa - dijo la mujer -. El duende puede adoptar todas las formas y presentarse en todos los lugares. Va a la iglesia, aunque no por amor a Dios; a lo mejor se introduce dentro del párroco. Pronuncia discursos los días de elecciones, no con miras al bien del país y del imperio, sino pensando en su propio beneficio. Es artista, lo mismo con la paleta que en el teatro, pero cuando se ha hecho el amo, la olla está vacía. Y yo charla que te charla, pero he de sacar lo que tengo en el buche, en perjuicio de mi propia familia. Por lo visto, debo constituirme ahora en salvadora de los hombres. En realidad no lo hago por buena voluntad o para que me den una medalla. Estoy haciendo la mayor locura que puedo hacer: decirlo a un poeta, con lo cual muy pronto lo sabrá la ciudad entera.
- La ciudad no se lo tomará en serio - dijo el hombre -. Nadie me hará caso, pues todos creerán que les estoy contando un cuento, cuando les diga, con toda la seriedad de que soy capaz: «Los fuegos fatuos están en la ciudad, según me dijo la reina del pantano. ¡Mucho ojo, pues!».




El molino de viento

En la cima del cerro había un molino de viento, de altivo aspecto; y la verdad es que se sentía muy orgulloso.
- No es que sea orgulloso - decía -, lo que sí soy muy ilustrado, por fuera y por dentro. Tengo el sol y la luna para mi uso externo y también interno, y además dispongo de velas de estearina, lámparas de aceite y bujías de sebo. Bien puedo decir que soy un molino de luces; un ser inteligente y tan perfecto, que da gusto. Tengo en el pecho una rueda, y cuatro alas dispuestas sobre la cabeza, inmediatamente debajo del sombrero. Las aves, en cambio, poseen sólo dos, y las llevan en la espalda. De nacimiento soy holandés, bien se nota por mi figura; un holandés volante que, como no ignoro, figura entre los seres sobrenaturales, y, con todo, soy perfectamente natural. Tengo una galería alrededor del estómago y una vivienda en la parte inferior; en ella habitan mis pensamientos. Al más fuerte de ellos, el que manda y domina, lo llaman los demás «el molinero». Ése sabe lo que se trae entre manos, y está muy por encima de la harina y la sémola; sin embargo, tiene a su compañera, la «molinera». Ella es el corazón; no corre sin ton ni son de un lado para otro, pues también ella sabe lo que quiere y lo que puede; es suave como una leve brisa, y fuerte como un vendaval; es prudente y logra imponer su voluntad. Es mi sentido de la suavidad, el padre es el de la dureza. Aunque son dos, forman una sola persona, y entre ellos se llaman «mi mitad». Tienen hijos: pequeños pensamientos que crecerán. ¡Cuántas diabluras cometen los rapaces! No hace mucho me sentía deprimido e hice que el padre y sus oficiales examinasen mi mecanismo y la rueda que tengo en el pecho; quería saber lo que me ocurría, pues algo en mí no marchaba como debiera, y conviene vigilarse; los pequeñuelos metieron un ruido infernal, cosa muy enfadosa cuando se vive en la cumbre de una colina. Hay que contar con que todos te ven, y no se debe despreciar la opinión pública. Pero, como iba diciendo, los chiquillos cometieron una de travesuras... El más chiquitín se me subió sobre el sombrero, y armó tal alboroto que me daba cosquillas. Los pensamientos chicos pueden crecer, lo sé por experiencia. Y de fuera vienen también pensamientos, y no precisamente de mi linaje, pues no veo a ningún pariente en todo lo que alcanza mi vista; estoy sólo. Pero las casas sin alas, donde no se oye el girar de la rueda, tienen también pensamientos que vienen a reunirse con los míos y se enamoran unos de otros, como suele decirse. Es bien asombroso. ¡La de cosas extrañas que hay en el mundo! No sé si me ha venido de dentro o de fuera, pero el hecho es que ha habido un cambio en mi mecanismo. Es algo así como si el padre hubiese cambiado su mitad, como si hubiera venido un sentido más dulce aún, una compañera más amorosa, joven y buena y, sin embargo, la misma, pero más dulce y más piadosa a medida que pasa el tiempo. Lo amargo se ha evaporado; el conjunto resulta muy agradable. Van y vienen los días, cada vez más claros y alegres, hasta que - sí, dicho y escrito está - llegará uno en que todo habrá terminado para mí, aunque no del todo. Me derribarán para reconstruirme, nuevo y mejor. Desapareceré, pero seguiré viviendo. Seré distinto y, no obstante, seré el mismo. Esto me resulta muy difícil de comprender, pese a toda mi ilustración y a que me iluminan el sol, la luna, la estearina, el aceite y el sebo. Mis viejas paredes y habitaciones volverán a alzarse de entre los escombros. Espero que conservaré mis antiguos pensamientos: el molinero, la madre, los mayores y los chicos, la familia, como los llamo en conjunto, uno y, sin embargo, tantos, todo el conjunto de pensamientos, que ya me es imprescindible. Y tengo que seguir también siendo yo mismo, con la rueda en el pecho, las alas sobre la cabeza, la galería en torno al estómago; de otro modo no me reconocería, y tampoco me reconocerían los demás, y no podrían decir: «Ahí tenemos el molino en la colina, tan apuesto pero nada orgulloso».
Todo esto dijo el molino, y muchas cosas más; pero lo más importante es lo que hemos apuntado.
Y vinieron los días y se fueron, hasta que llegó el último. Estalló un incendio en el molino; eleváronse las llamas, proyectándose hacia fuera y hacia dentro, lamiendo las vigas y planchas y devorándolas. Desplomóse el edificio, y no quedó de él más que un montón de cenizas. De él se levantaba una columna de humo, que el viento dispersó.
Lo que de vivo había en el molino, vivo quedó, y, en vez de sufrir daños, más bien salió ganando. La familia del molinero, un alma con muchos pensamientos, se construyó un molino nuevo y hermoso para su servicio, de aspecto exactamente igual al anterior, por lo que la gente decía: «Ahí está el molino de la colina, altivo y apuesto». Pero estaba mejor construido, más a la moderna, pues los tiempos progresan. Los viejos maderos, carcomidos y esponjosos, yacían convertidos en polvo y ceniza; el cuerpo del molino no volvió a levantarse, como él había creído; había dado fe a las palabras, pero no hay que tomar las cosas tan al pie de la letra.




El chelín de plata

Érase una vez un chelín. Cuando salió de la ceca, pegó un salto y gritó, con su sonido metálico «¡Hurra! ¡Me voy a correr mundo!». Y, efectivamente, éste era su destino.
El niño lo sujetaba con mano cálida, el avaro con mano fría y húmeda; el viejo le daba mil vueltas, mientras el joven lo dejaba rodar. El chelín era de plata, con muy poco cobre, y llevaba ya todo un año corriendo por el mundo, es decir, por el país donde lo habían acuñado. Pero un día salió de viaje al extranjero. Era la última moneda nacional del monedero de su dueño, el cual no sabía ni siquiera que lo tenía, hasta que se lo encontró entre los dedos.
- ¡Toma! ¡Aún me queda un chelín de mi tierra! - exclamó - ¡Hará el viaje conmigo! -. Y la pieza saltó y cantó de alegría cuando la metieron de nuevo en el bolso. Y allí estuvo junto a otros compañeros extranjeros, que iban y venían, dejándose sitio unos a otros mientras el chelín continuaba en su lugar. Era una distinción que se le hacía.
Llevaban ya varias semanas de viaje, y el chelín recorría el vasto mundo sin saber fijamente dónde estaba. Oía decir a las otras monedas que eran francesas o italianas. Una explicaba que se encontraban en tal ciudad, pero el chelín no podía formarse idea. Nada se ve del mundo cuando se permanece siempre metido en el bolso, y esto le ocurría a él. Pero un buen día se dio cuenta de que el monedero no estaba cerrado, por lo que se asomó a la abertura, para echar una mirada al exterior. Era una imprudencia, pero pudo más la curiosidad, y esto se paga. Resbaló y cayó al bolsillo del pantalón, y cuando, a la noche, fue sacado de él el monedero, nuestro chelín se quedó donde estaba y fue a parar al vestíbulo con las prendas de vestir; allí se cayó al suelo, sin que nadie lo oyera ni lo viese. A la mañana siguiente volvieron a entrar las prendas en la habitación; el dueño se las puso y se marchó, pero el chelín se quedó atrás. Alguien lo encontró y lo metió en su bolso, para que tuviera alguna utilidad.
«Siempre es interesante ver el mundo - pensó el chelín -, conocer a otras gentes, otras costumbres».
- ¿Qué moneda es ésta? - exclamó alguien -. No es del país. Debe ser falsa, no vale.
Y aquí empieza la historia del chelín, tal y como él la contó más tarde.
- ¡Falso! ¡Que no valgo! Aquello me hirió hasta lo más profundo - dijo el chelín -. Sabía que era de buena plata, que tenía buen sonido, y el cuño auténtico. «Esta gente se equivoca - pensé - o tal vez no hablan de mí». Pero sí, a mí se referían: me llamaban falso e inútil. «Habrá que pasarlo a oscuras», dijo el hombre que me había encontrado; y me pasaron en la oscuridad, y a la luz del día volví a oír pestes: «¡Falso, no vale! Tendremos que arreglarnos para sacárnoslo de encima».
Y el chelín temblaba entre los dedos cada vez que lo colaban disimuladamente, haciéndolo pasar por moneda del país.
- ¡Mísero de mí! ¿De qué me sirve mi plata, mi valor, mi cuño, si nadie los estima? Para el mundo nada vale lo que uno posee, sino sólo la opinión que los demás se han formado de ti. Debe ser terrible tener la conciencia cargada, haber de deslizarse por caminos tortuosos, cuando yo, que soy inocente, sufro tanto sólo porque tengo las apariencias en contra. Cada vez que me sacaban, sentía pavor de los ojos que iban a verme. Sabía que me rechazarían, que me tirarían sobre la mesa, como si fuese mentira y engaño.
Una vez fui a parar a manos de una mujer vieja y pobre, en pago de su duro trabajo del día; y ella no encontraba medio de sacudírseme; nadie quería aceptarme, era una verdadera desgracia para la pobre.
- No tengo más remedio que colarlo a alguien - decía -; no puedo permitirme el lujo de guardar un chelín falso. El rico panadero se lo tragará; no le hace tanta falta como a mí; pero, sea como fuere, es una mala acción de mi parte.
- ¡Vaya! ¡Encima voy a ser una carga sobre la conciencia de esta vieja! - suspiró el chelín -. ¿Tanto he cambiado en estos últimos tiempos?
La mujer se fue a la tienda del rico panadero, pero el hombre era perito en materia de monedas buenas y falsas. No me quiso, y hube de sufrir que me arrojaran a la cara de la vieja, la cual tuvo que volverse sin pan. Mi corazón sangraba, pues sólo me habían acuñado para causar disgustos a los demás. ¡Yo, que de joven tanta confianza había merecido y había estado tan seguro y orgulloso de mi valor y de la autenticidad de mi cuño! Me invadió una melancolía tal como sólo un pobre chelín puede sentir cuando nadie lo quiere.
Pero la mujer se me llevó nuevamente a su casa y me miró con cariño, con dulzura y bondad. «¡No, no engañaré a nadie más contigo! - dijo -. Voy a agujerearte para que todo el mundo vea que eres falso; y, no obstante - se me ocurre una idea -, tal vez eres una moneda de la suerte. Se me acaba de ocurrir este pensamiento, y quiero creer en él. Haré un agujero en el chelín, le pasaré un cordón y lo colgaré del cuello del pequeñuelo de la vecina como moneda de la suerte».
Y me agujereó, operación nada agradable, pero que uno soporta cuando se hace con buena intención. Me pasaron un cordón por el orificio, y quedé convertido en una especie de medallón. Colgáronme del cuello del niño, que me sonrió y me besó; y toda la noche descansé sobre el pecho calentito e inocente de la criatura.
A la mañana siguiente, la madre me cogió entre sus dedos y me examinó; pronto comprendí que traía alguna intención. Cogiendo las tijeras, cortó la cuerdecita que me ataba.
- ¿El chelín de la suerte? - dijo -. Pronto lo veremos -. Me puso en vinagre, con lo que muy pronto estuve completamente verde. Luego taponó el agujero y, tras haberme frotado un poco, al atardecer se fue conmigo a la administración de loterías para comprar un número, que debía ser el de la suerte.
¡Qué mal lo pasé! Sentíame oprimido como si fuese a romperme; sabía que me calificarían de falso y me rechazarían, y ello en presencia de todo aquel montón de monedas, todas con su cara y su inscripción, de que tan orgullosas podían sentirse. Pero me fue ahorrada aquella vergüenza; había tanta gente en el despacho de loterías, y el hombre estaba tan atareado, que fui a parar a la caja junto con las demás piezas. Si luego salió premiado el billete, es cosa que ignoro; lo que sí sé es que al día siguiente fui reconocido por falso, puesto aparte y destinado a seguir engañando, siempre engañando. Esto es insoportable cuando se tiene una personalidad real y verdadera, y nadie puede negar que yo la tengo.
Durante mucho tiempo fui pasando de mano en mano, de casa en casa, recibido siempre con improperios, y siempre mal visto. Nadie fiaba en mí; yo había perdido toda confianza en mí mismo y en el mundo. ¡Fueron duros aquellos tiempos!
Un día llegó un viajero; me pusieron en sus manos, y el hombre fue lo bastante cándido para aceptarme como moneda corriente. Pero cuando llegó el momento de pagar conmigo, volví a oír el sempiterno insulto: «No vale. Es falso».
- Pues yo lo tomé por bueno - dijo el hombre, examinándome con detenimiento. Y, de repente, se dibujé una amplia sonrisa en su cara, cosa que no se había producido en ninguna de cuantas me habían mirado. - ¡Qué es esto! - exclamó -. Pero si es una moneda de mi país, un bueno y auténtico chelín de casa, que agujerearon y ahora tienen por falso. ¡Vaya caso divertido! Me lo guardaré y me lo llevaré a mi tierra.
Me estremecí de alegría al oírme llamar chelín bueno y legítimo. Volvería a mi patria, donde todos me conocerían, y sabrían que soy de buena plata y de auténtico cuño. Habría echado chispas de puro gozo, pero eso de despedir chispas no me va, lo hace el acero, pero no la plata.
Me envolvieron en un papel fino y blanco para no confundirme con las demás monedas y pasarme por descuido. Y sólo me sacaban en ocasiones solemnes, cuando acertaban a encontrarse paisanos míos, y siempre hablaban muy bien de mí. Decían que era interesante; es chistoso eso de ser interesante sin haber pronunciado una sola palabra. Y al fin volví a mi patria. Mis penalidades tocaron a su fin y comenzó mi dicha. Era de buena ley, llevaba el cuño legitimo, y el haber sido agujereado para marcarme como falso no suponía desventaja alguna. Con tal de no serlo, la cosa no tiene importancia. Hay que tener paciencia y perseverar, que con el tiempo se hace justicia. Ésta es mi creencia - terminó el chelín.





En el cuarto de los niños

Papá, mamá y todos los hermanitos habían ido a ver la comedia; Anita y su padrino quedaron solos en casa.
- También nosotros tendremos nuestra comedia - dijo el padrino -. Manos a la obra.
- Pero no tenemos teatro - replicó la pequeña Anita -, ni nadie que haga de cómico. Mi vieja muñeca es demasiado fea, y no quiero que se arrugue el vestido de la nueva.
- Cómicos siempre hay, si nos contentamos con lo que tenemos - dijo el padrino -.
Ante todo vamos a construir el teatro. Pondremos aquí un libro, allí otro, y un tercero atravesado. Ahora tres del otro lado; ya tenemos los bastidores.
Aquella caja vieja podrá servirnos de fondo; pondremos la base hacia fuera. La escena representa una habitación, esto está claro. Dediquémonos ahora a los personajes. Veamos qué hay en la caja de los juguetes. Primero los personajes, después la obra; cuando tengamos los primeros, la otra vendrá por sí sola, y la cosa saldrá que ni pintada. Aquí hay una cabeza de pipa, y allí un guante sin pareja; podrán ser padre e hija.
- Pero no basta con dos - protestó Anita -. Aquí tengo el chaleco viejo de mi hermano. ¿No podría trabajar también?
- Desde luego; ya tiene la edad suficiente para ello - asintió el padrino.
- Será el galán. No lleva nada en los bolsillos; esto es ya interesante, revela un amor desgraciado. Y aquí están las botas del cascanueces con espuelas y todo, ¡caramba, pues no puede pavonearse y zapatear! Será el pretendiente intempestivo, a quien la señorita no puede sufrir. ¿Qué comedia prefieres? ¿Quieres un drama o una pieza de familia?
- ¡Eso! - exclamó Ana -. A los demás les gusta mucho. ¿Sabes una?
- ¡Uf! ¡Ciento! - exclamó el padrino -. Las más apreciadas son traducidas del francés, pero no son propias para niñas. Hay una que es preciosa, aunque en el fondo todas se parecen. ¡Agito el saco! ¡Flamante! ¡Son completamente nuevas! Fíjate sino en él cartel -. Y el padrino, cogiendo un periódico, hizo como que leía en alta voz: «El Cabeza de Pipa y la buena cabeza. Comedia de familia, en un acto».
Reparto:
Señor Cabeza de Pipa, el padre.
Señorita Guante, la hija.
Señor Chaleco, el enamorado.
Señor de la Bota, pretendiente.

Y ahora, ¡a empezar! Se levanta el telón; como no lo tenemos, figurémonos que ya está levantado. Todos los personajes están en escena; así los tenemos ya reunidos. Yo haré de padre Cabeza de Pipa. Hoy está airado; ya se ve que es espuma de mar ahumada:

- ¡Tonterías y nada más que tonterías! Yo soy el amo en mi casa. ¡Soy el padre de mi hija! Atención a lo que digo. El Señor de la Bota es persona muy distinguida, tafilete por encima y espuelas abajo. Se casará con mi hija.

- Atiende al Chaleco, Anita - dijo el padrino. - Ahora habla el Chaleco. Tiene el cuello vuelto, es muy modesto, pero conoce su valor y está en su derecho al decir lo que dice:

- Soy una persona intachable, y la bondad cuenta mucho. Soy de seda auténtica y llevo cordones.

- Sólo los lleva el día de la boda; y cuando lo lavan, pierde el color - Esto lo dice el Señor Cabeza de Pipa -. El Señor de la Bota es impermeable, de cuero resistente, y, sin embargo, muy suave; puede crujir, chacolotear con las espuelas, y tiene cara de italiano.

- Deberían hablar en verso - dijo Anita -. Quedaría mucho más bonito.

- No hay inconveniente - asintió el padrino -. Cuando el público lo manda, se habla en verso. Fíjate ahora en la señorita Guante, que extiende los dedos:

Antes quedar solterona
que casarme con esta persona.
¡Ay, no lo quiero!
¡Oíd cómo se me rompe el cuero!
- Tonterías.
Esto lo dice el señor Cabeza de Pipa. Oigamos ahora al Chaleco:
Guante, de ti me habría enamorado,
aunque en España te hubiesen fabricado.
Holger Dranske lo ha jurado.
El señor de la Bota protesta, hace sonar las espuelas y derriba tres bastidores.
- ¡Magnífico! - palmotea la pequeña Anita.
- ¡Cállate, cállate! - dice el padrino -. El aplauso mudo demuestra que tú eres un público ilustrado, sentado en las primeras filas. Ahora la señorita Guante canta su gran aria:
Mi voz se quiebra de emoción,
y me saldrá un gallo del corazón.
¡Quiquiriquí, cantan en el balcón!
- Ahora viene lo más emocionante, Anita. Es lo principal de la obra. ¿Ves? El señor Chaleco se abotona, y te dirige su discurso para que lo aplaudas; pero no lo hagas, es más distinguido. Escucha cómo cruje la seda: «¡Me empujan a una acción extrema! ¡Guárdese! Ahora viene la intriga: si usted es Cabeza de Pipa, yo soy la buena cabeza. ¡Paf! ¡Desaparecido!». ¿Ves, Anita? - dijo el padrino -. La escenificación y la obra son estupendas; el señor Chaleco agarró al viejo Cabeza de Pipa y se lo metió en el bolsillo. Allí está, y el Chaleco dice: «Ahora lo tengo en el bolsillo, en el bolsillo más hondo. No saldrá de él hasta que me prometa unirme a su hija, Guante Izquierdo. Yo le ofrezco la derecha».
- ¡Qué bonito! - exclamó Anita.
Ahora contesta el viejo Cabeza de Pipa:
A pesar de ser todo oído,
me quedé tonto y sin eco.
Mi buen humor se ha perdido
y echo a faltar mi tubo hueco.
¡Ay! nunca me sentí tan infeliz como aquí.
Vuélveme a la luz, y al instante
te casaré con mi hijita Guante.
- ¿Se ha terminado? - preguntó Anita.
- ¡Dios nos libre! - contestó el padrino -. Sólo ha terminado para el señor de la Bota. Los enamorados se arrodillan; Lino canta:
¡Padre!
Y el otro:
¡Ya puedes salir
y a tus hijos bendecir!
Les echa la bendición, se celebra la boda y los muebles cantan a coro:
¡Knik, knak, knak!
Gracias, público amado.
La comedia ha terminado.
- Y ahora nosotros a aplaudir - dijo el padrino -. Así saldrán todos a escena, incluso los muebles. Son de caoba.
- ¿Crees que nuestra comedia es tan buena como la que han visto los otros en el teatro de verdad?
- ¡Mucho mejor! - dijo el padrino -. Es más corta, no ha costado un céntimo, y nos ha ayudado a esperar la hora de la merienda.





El tesoro dorado

La mujer del tambor fue a la iglesia. Vio el nuevo altar con los cuadros pintados y los ángeles de talla. Todos eran preciosos, tanto los de las telas, con sus colores y aureolas, como los esculpidos en madera, pintados y dorados además. Su cabellera resplandecía, como el oro, como la luz del sol; era una maravilla. Pero el sol de Dios era aún más bello; lucía por entre los árboles oscuros con tonalidades rojas, claras, doradas, a la hora de la puesta. ¡Qué hermoso es mirar la cara de Nuestro Señor! Y la mujer contemplaba el sol ardiente, mientras otros pensamientos más íntimos se agitaban en su alma. Pensaba en el hijito que pronto le traería la cigüeña, y esta sola idea la alborozaba. Con los ojos fijos en el horizonte de oro, deseaba que su niño tuviese algo de aquel brillo del sol, que se pareciese siquiera a uno de aquellos angelillos radiantes del nuevo altar.
Cuando, por fin, tuvo en sus brazos a su hijito y lo mostró al padre, era realmente como uno de aquellos ángeles de la iglesia; su cabello dorado brillaba como el sol poniente.
- ¡Tesoro dorado, mi riqueza, mi sol! - exclamó la madre besando los dorados ricitos; y pareció como si en la habitación resonara música y canto. ¡Cuánta alegría, cuánta vida, cuánto bullicio! El padre tocó un redoble en el tambor, un redoble de entusiasmo. Decía:
- ¡Pelirrojo! ¡El chico es pelirrojo! ¡Atiende al tambor y no a lo que dice su madre! ¡Ran, ran, ranpataplán!
Y toda la ciudad decía lo mismo que el tambor.
Llevaron el niño a la iglesia para bautizarlo. Nada había que objetar al nombre que le pusieron: Pedro. La ciudad entera, y con ella el tambor, lo llamó Pedro, el pelirrojo hijo del tambor. Pero su madre le besaba el rojo cabello y lo llamaba su tesoro dorado.
En la hondonada había una ladera arcillosa en la que muchos habían grabado su nombre, como recuerdo.
- La fama - decía el padre de Pedro - no hay que despreciarla - y así grabó el nombre propio junto al de su hijo.
Vinieron las golondrinas; en el curso de sus largos viajes habían visto antiguas inscripciones en las paredes rocosas del Indostán y en los muros de sus templos: grandes gestas de reyes poderosos, nombres inmortales, tan antiguos, que nadie era capaz de leerlos ni pronunciarlos siquiera.
- ¡Gran nombre! ¡Fama!
Las golondrinas construyeron sus nidos en la cañada. Abrían agujeros en la pared de arcilla. El viento y la lluvia descompusieron los nombres y los borraron, incluso los del tambor y su hijito.
- Pero el nombre de Pedro se conservó durante año y medio - dijo el padre.
«¡Tonto!», pensó el instrumento; pero limitóse a decir: ¡Ran, ran, ranpataplán!
El rapazuelo pelirrojo era un chiquillo rebosante de vida y alegría. Tenía una hermosa voz, sabía cantar, y lo hacía como los pájaros del bosque. Eran melodías, y, sin embargo, no lo eran.
- Tendrá que ser monaguillo - decía la madre -. Cantará en la iglesia, debajo de aquellos hermosos ángeles dorados a los que se parece.
- Gato color de fuego - decían los maliciosos de la ciudad. El tambor se lo oyó a las comadres de la vecindad.
- ¡No vayas a casa, Pedro! - gritaban los golfillos callejeros
Si duermes en la buhardilla, se pegará fuego en el piso alto y tu padre tendrá que batir el tambor.
- ¡Pero antes me dejará las baquetas! - replicaba Pedro, y, a pesar de ser pequeño, arremetía valientemente contra ellos y tumbaba al primero de un puñetazo en el estómago, mientras los otros ponían pies en polvorosa.
El músico de la ciudad era un hombre fino y distinguido, hijo de un tesorero real. Le gustaba el aspecto de Pedro, y alguna vez que otra se lo llevaba a su casa; le regaló un violín y le enseñó a tocarlo. El niño tenía gran disposición; la habilidad de sus dedos parecía indicar que iba a ser algo más que tambor, que sería músico municipal.
- Quiero ser soldado - decía, sin embargo. Era todavía un chiquillo, y creía que lo mejor del mundo era llevar fusil, marcar el paso, «¡un, dos, un, dos!», y lucir uniforme y sable.
- Pues tendrás que aprender a obedecer a mi llamada - decía el tambor -. ¡Plan, plan, rataplán!
- Eso estaría bien, si pudieses ascender hasta general - decía el padre -. Mas para eso hace falta que haya guerra.
- ¡Dios nos guarde! - exclamaba la madre.
- Nada tenemos que perder - replicaba el hombre.
- ¿Cómo que no? ¿Y nuestro hijo?
- Mas piensa que puede volver convertido en general.
- ¡Sin brazos ni piernas! - respondía la madre -. No, yo quiero guardar mi tesoro dorado.
¡Ran, ran, ran!, se pusieron a redoblar los tambores. Había estallado la guerra. Los soldados partieron, y el pequeño con ellos.
- ¡Mi cabecita de oro! ¡Tesoro dorado! - lloraba la madre. En su imaginación, el padre se lo veía «famoso». En cuanto al músico, opinaba que en vez de ir a la guerra debía haberse quedado con los músicos municipales.
- ¡Pelirrojo! - lo llamaban los soldados, y Pedro se reía; pero si a alguno se le ocurría llamarle «Piel de zorro», el chico apretaba los dientes y ponía cara de enfado. El primer mote no le molestaba.
Despierto era el mozuelo, de genio resuelto y humor alegre.
- Ésta es la mejor cantimplora - decían los veteranos.
Más de una noche hubo de dormir al raso, bajo la lluvia y el mal tiempo, calado hasta los huesos, pero nunca perdió el buen humor. Aporreaba el tambor tocando diana: «¡Ran, ran, tan, pataplán! ¡A levantarse!». Realmente había nacido para tambor.
Amaneció el día de la batalla. El sol no había salido aún, pero ya despuntaba el alba. El aire era frío; el combate, ardiente. La atmósfera estaba empañada por la niebla, pero más aún por los vapores de la pólvora. Las balas y granadas pasaban volando por encima de las cabezas o se metían en ellas o en los troncos y miembros, pero el avance seguía. Alguno que otro caía de rodillas, las sienes ensangrentadas, la cara lívida. El tamborcito conservaba todavía sus colores sanos; hasta entonces estaba sin un rasguño. Miraba, siempre con la misma cara alegre, el perro del regimiento, que saltaba contento delante de él, como si todo aquello fuese pura broma, como si las balas cayeran sólo para jugar con ellas. «¡Marchen! ¡De frente!», decía la consigna del tambor. Tal era la orden que le daban. Sin embargo, puede suceder que la orden sea de retirada, y a veces esto es lo más prudente, y, en efecto, le ordenaron: «¡Retirada!»; pero el tambor no comprendió la orden y tocó: «Adelante, al ataque!» Así lo había entendido, y los soldados obedecieron a la llamada del parche. Fue un famoso redoble, un redoble que dio la victoria a quienes estaban a punto de ceder.
Fue una batalla encarnizada y que costó muy cara. La granada desgarra la carne en sangrantes pedazos, incendia los pajares en los que ha buscado refugio el herido, donde permanecerá horas y horas sin auxilio, abandonado tal vez hasta la muerte. De nada sirve pensar en todo ello, y, no obstante, uno lo piensa, incluso cuando se halla lejos, en la pequeña ciudad apacible. En ella cavilaban el viejo tambor y su esposa. Pedro estaba en la guerra.
- ¡Ya estoy harto de gemidos! - decía el hombre.
Se trabó una nueva batalla; el sol no había salido aún, pero amanecía. El tambor y su mujer dormían; se habían pasado casi toda la noche en vela, hablando del hijo, que estaba allí - «en manos de Dios » -. Y el padre soñó que la guerra había terminado, los soldados regresaban, y Pedro ostentaba en el pecho la cruz de plata. En cambio, la madre soñaba que iba a la iglesia y contemplaba los cuadros y los ángeles de talla, con su cabello dorado; y he aquí que su hijo querido, el tesoro de su corazón, estaba entre los ángeles vestido de blanco, cantando tan maravillosamente como sólo los ángeles pueden hacerlo, mientras se elevaba al cielo con ellos y, envuelto en el resplandor del sol, enviaba un dulce saludo a su madre.
- ¡Tesoro dorado! - exclamó la mujer, despertando -. ¡Dios se lo ha llevado consigo! - Doblando las manos hundió la cabeza en la cortina estampada y prorrumpió a llorar -. ¿Dónde estará, entre el montón de caídos, en la gran fosa que cavan para los muertos? Tal vez esté en el fondo del pantano. Nadie conoce su tumba, no habrán rezado ninguna oración sobre ella -. Sus labios balbucearon un padrenuestro; agachó la cabeza y se quedó medio dormida. ¡Se sentía tan cansada!
Fueron pasando los días, entre la vida y los sueños.
Era al anochecer; un arco iris se dibujaba encima del bosque, desde éste al profundo pantano. Entre el pueblo circula una superstición que pasa por verdad incontrovertible. Existe un gran tesoro en el lugar donde el arco iris toca la tierra. También allí debía de haber uno; pero nadie pensó en el pequeño tambor, aparte su madre, que de continuo soñaba en él.
Y los días fueron pasando entre la vida y los sueños.
No había sufrido el más mínimo rasguño, no había perdido uno solo de sus dorados cabellos. - ¡Plan, plan, rataplán! ¡Es él, es él! - hubiera dicho el tambor y cantado la madre, si lo hubiesen visto o soñado.
Entre cantos y hurras y con los laureles de la victoria, regresaron los soldados a casa, una vez terminada la guerra y concertada la paz. Describiendo grandes círculos marchaba a la cabeza el perro del regimiento, como deseoso de hacer el camino tres veces más largo.
Y pasaron semanas y días, y Pedro se presentó en la casa de sus padres. Venía moreno como un gitano, los ojos brillantes, radiante el rostro como la luz del sol. Su madre lo estrechó entre sus brazos y lo besó en la boca, en los ojos, en el dorado cabello. Volvía a tener al lado a su hijo. No lucía la cruz de plata, como había soñado su padre, pero venía con los miembros enteros, como su madre no había soñado. ¡Qué alegría! Lloraban y reían, y Pedro abrazó el viejo instrumento.
- ¡Todavía está aquí ese trasto viejo! - dijo, y el padre tocó un redoble en él.
- Diríase que acaba de estallar un gran incendio - exclamó el parche -. ¡Fuego en el tejado, fuego en los corazones, tesoro mío! ¡Ran, ran, rataplán!
¿Y después? Sí, ¿y después? Pregúntalo al músico.
- Pedro se emancipará aún del tambor - dijo -. Pedro será más grande que yo - y eso que era hijo de un criado del palacio real. Pero lo que había aprendido en toda una vida, Pedro lo aprendió en medio año. Había tanta franqueza en él, daba una tal impresión de bondad... Sus ojos brillaban, y brillaba su cabello, nadie podía negarlo.
- Debería teñirse el pelo - dijo la vecina -. A la hija del policía le quedó muy bien y pescó novio.
- Pero al cabo de muy poco lo tenía del color de lenteja de agua, y ahora tiene que estárselo tiñendo continuamente.
- No le falta dinero para hacerlo - replicó la vecina -, y tampoco le falta a Pedro. Lo reciben en las casas más distinguidas, incluso en la del alcalde, y da lecciones de piano a la señorita Lotte.
Sí, sabía tocar el piano, e interpretaba melodías deliciosas, no escritas aún en ningún pentagrama. Tocaba en las noches claras, y tocaba también en las oscuras. Era inaguantable, decían los vecinos, y el viejo tambor de alarma también creía que aquello era demasiado.
Tocaba hasta que sus pensamientos levantaban el vuelo, y grandes proyectos para el futuro se arremolinaban en su cabeza: ¡Gloria!
Y Lotte, la hija del alcalde, estaba sentada al piano; sus finos dedos danzaban sobre las teclas, y sus notas percutían en el corazón de Pedro. Parecíale como si aquello fuese demasiado estrecho, y la impresión la tuvo no una vez, sino varias. Por eso un día, cogiéndole los finos dedos y la delicada mano, la miró en los grandes ojos castaños. Dios sólo sabe lo que dijo; nosotros podemos conjeturarlo. Lotte se sonrojó hasta el cuello y los hombros; no le respondió una palabra. En aquel momento entró un forastero en la habitación, un hijo del Consejero de Estado, con una reluciente calva que le llegaba hasta el pescuezo. Pedro permaneció mucho rato con ellos y la dulce mirada de Lotte no se apartó de él.
Aquella noche habló a sus padres de lo grande que es el mundo, y de la riqueza que se encerraba para él en el violín.
¡Gloria!
- ¡Ran, ran, rataplán! - dijo el tambor de alarma -. Este Pedro nos va a volver locos. Me parece que está chiflado.
A la mañana siguiente, la madre se fue a la compra.
- ¿Sabes la última noticia, Pedro? - dijo al volver -. Lotte, la hija del alcalde, se ha prometido con el hijo del Consejero de Estado. Anoche mismo se cerró el compromiso.
- ¡No! - exclamó Pedro, saltando de la silla. Pero su madre insistió en que sí; lo sabía por la mujer del barbero, al cual se lo había comunicado el propio alcalde.
Pedro se volvió pálido, y cayó desplomado en la silla.
- ¡Dios santo! ¿Qué te pasa? - gritó la mujer.
- ¡Nada! ¡nada! Dejadme marchar - respondió él; y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
- ¡Hijo mío querido! ¡Tesoro dorado! - exclamó la madre, llorando. Pero el tambor de alarma se puso a tocar: ¡Lotte murió, Lotte murió! ¡Se terminó la canción!
Pero la canción no había terminado todavía; quedaban aún muchas estrofas y muy largas, las más bellas; un tesoro para toda la vida.
- ¡Pues sí que lo ha cogido fuerte! - dijo la vecina -. Todos tienen que leer las cartas que le envía su tesoro, y escuchar lo que los diarios cuentan de él y de su violín. Le manda mucho dinero, y bien que lo necesita la mujer desde que enviudó.
- Toca en presencia de reyes y emperadores - dijo el músico
A mí la suerte no me sonrió. Pero él fue mi discípulo y recuerda a su viejo maestro.
- Su padre soñaba - dijo la mujer - que Pedro regresaba de la guerra con una cruz de plata en el pecho. En campaña no la ganó, allí debe de ser más difícil, obtenerlo. Pero ahora luce la cruz de caballero. ¡Si su padre pudiera verlo!
- ¡Famoso! - gruñía el tambor de alarma, y toda su ciudad natal lo repetía. Aquel tamborcillo, Pedro, el pelirrojo, que de niño calzaba zuecos y a quien de mayor habían visto tocar el tambor y en el baile, era ya famoso.
- Tocó ante nosotros antes de hacerlo ante los reyes - decía la alcaldesa -. Entonces estaba loco por Lotte. Quería subir y siempre subir. Era presumido y extraño. Mi marido se echó a reír cuando se enteró de aquel desatino. Hoy Lotte es la señora consejera.
Se escondía un tesoro en el corazón de aquel pobre niño que de tamborcillo había tocado el «¡Adelante, marchen!», llevando a la victoria a los que estaban a punto de ceder. En su corazón había un tesoro, un manantial de notas divinas que se escapaban de su violín como si en él estuviera encerrado todo un órgano, y como si todos los elfos bailasen en sus cuerdas en una noche de verano. Oíase el canto del tordo y la clara voz humana; por eso hechizaba a todos los corazones y hacía que su nombre corriese de boca en boca. Ardía un gran fuego, el fuego del entusiasmo.
- ¡Y, además, es tan guapo! - decían las damitas, y las viejas les daban la razón. La más vieja de todas abrió un álbum de rizos famosos, sólo para poder procurarse uno del rico y hermoso cabello del joven violinista, un tesoro, un tesoro dorado.
Y un buen día entró en la pobre morada del tambor aquel hijo, bello como un príncipe, más feliz que un rey, llenos de luz los ojos, resplandeciente el rostro como el sol. Y estrechó entre sus brazos a su madre, y ella lo besó en la boca, llorando tan feliz, como sólo de gozo se puede llorar. Dirigió un saludo a cada uno de los viejos muebles: a la cómoda con las tazas de té y el florero; al lecho donde durmiera de pequeño. Sacó el viejo tambor de alarma y lo puso en el centro de la habitación:
- Padre habría tocado ahora un redoble - dijo a su madre -. Lo haré yo por él -. Y se puso a aporrearlo con todas sus fuerzas, armando un estrépito de mil demonios; y el instrumento se sintió tan honrado, que reventó de orgullo.
- ¡Tiene buen puño! - dijo el tambor. - Ahora guardaré de él un recuerdo para toda la vida. Me temo que la vieja estalle también de alegría, con su tesoro.
Y ahí tenéis la historia del tesoro dorado.





La tempestad cambia los rótulos

En días remotos, cuando el abuelito era todavía un niño y llevaba pantaloncito encarnado y chaqueta de igual color, cinturón alrededor del cuerpo y una pluma en la gorra - pues así vestían los pequeños cuando iban endomingados -, muchas cosas eran completamente distintas de como son ahora. Eran frecuentes las procesiones y cabalgatas, ceremonias que hoy han caído en desuso, pues nos parecen anticuadas. Pero da gusto oír contarlo al abuelito.
Realmente debió de ser un bello espectáculo el solemne traslado del escudo de los zapateros el día que cambiaron de casa gremial. Ondeaba su bandera de seda, en la que aparecían representadas una gran bota y un águila bicéfala; los oficiales más jóvenes llevaban la gran copa y el arca; cintas rojas y blancas descendían, flotantes, de las mangas de sus camisas. Los mayores iban con la espada desenvainada, con un limón en la punta. Dominábalo todo la música, y el mayor de los instrumentos era el «pájaro», como llamaba el abuelito a la alta percha con la media luna y todos los sonajeros imaginables; una verdadera música turca. Sonaba como mil demonios cuando la levantaban y sacudían, y a uno le dolían los ojos cuando el sol daba sobre el oro, la plata o el latón.
A la cabeza de la comitiva marchaba el arlequín, vestido de mil pedazos de tela de todos los colores, con la cara negra y cascabeles en la cabeza, como caballo de trineo. Vapuleaba a las gentes con su palmeta, y armaba gran alboroto, aunque sin hacer daño a nadie; y la gente se apretujaba, retrocedía y volvía a adelantarse. Los niños se metían de pies en el arroyo; viejas comadres se daban codazos, poniendo caras agrias y echando pestes. El uno reía, el otro charlaba; puertas y ventanas estaban llenas de curiosos, y los había incluso en lo alto de los tejados. Lucía el sol, y cayó también un chaparroncito; pero la lluvia beneficiaba al campesino, y aunque muchos quedaron calados, fue una verdadera bendición para el campo.
¡Qué bien contaba el abuelito! De niño había visto aquellas fiestas en todo su esplendor. El oficial más antiguo del gremio pronunciaba un discurso desde el tablado donde había sido colgado el escudo; un discurso en verso, expresamente compuesto por tres de los miembros, que, para inspirarse, se habían bebido una buena jarra de ponche. Y la gente gritaba «¡hurra!», dando gracias por el discurso, pero aún eran más sonoros los hurras cuando el arlequín, montando en el tablado, imitaba a los demás. El bufón hacía sus payasadas y bebía hidromel en vasitos de aguardiente, que luego arrojaba a la multitud, la cual los pescaba al vuelo. El abuelito guardaba todavía uno, regalo de un oficial albañil que lo había cogido. Era la mar de divertido. Y luego colgaban el escudo en la nueva casa gremial, enmarcado en flores y follaje.
- Fiestas como aquellas no se olvidan nunca, por viejo que llegue uno a ser - decía abuelito; y, en efecto, él no las olvidaba, con haber visto tantos y tantos espectáculos magníficos. Nos hablaba de todos ellos, pero el más divertido era sin duda el de la comitiva de los rótulos por las calles de la gran ciudad.
De niño, el abuelito había hecho con sus padres un viaje a la ciudad. Era la primera vez que visitaba la capital. Circulaba santísima gente por las calles, que él creyó se trataba de una de aquellas procesiones del escudo. Había una cantidad ingente de rótulos para trasladar; se hubieran cubierto las paredes de cien salones, si en vez de colgarlos en el exterior se hubiesen guardado dentro. En el del sastre aparecían pintados toda clase de trajes, pues cosía para toda clase de gentes, bastas o finas; luego había los rótulos de los tabaqueros, con lindísimos chiquillos fumando cigarros, como si fuesen de verdad. Veíanse rótulos con mantequilla y arenques ahumados, valonas para sacerdotes, ataúdes, qué sé yo, así como las más variadas inscripciones y anuncios. Uno podía andar por las calles durante un día entero contemplando rótulos y más rótulos; además, os enterábais enseguida de la gente que habitaba en las casas, puesto que tenían sus escudos colgados en el exterior; y, como decía abuelito, es muy conveniente y aleccionador saber quiénes viven en una gran ciudad.
Pero quiso el azar que cuando el abuelito fue a la ciudad, ocurriera algo extraordinario con los rótulos; él mismo me lo contó, con aquellos ojos de pícaro que ponía cuando quería hacerme creer algo. ¡Lo explicaba tan serio!
La primera noche que pasó en la ciudad hizo un tiempo tan horrible, que hasta salió en los periódicos; un tiempo como nadie recordaba otro igual. Las tejas volaban por el aire; viejas planchas se venían al suelo; hasta una carretilla se echó a correr sola, calle abajo, para salvarse. El aire bramaba, mugía y lo sacudía todo; era una tempestad desatada. El agua de los canales se desbordó por encima de la muralla, pues no sabía ya por dónde correr. El huracán rugía sobre la ciudad, llevándose las chimeneas; más de un viejo y altivo remate de campanario hubo de inclinarse, y desde entonces no ha vuelto a enderezarse.
Junto a la casa del viejo jefe de bomberos, un buen hombre que llegaba siempre con la última bomba, había una garita. La tempestad se encaprichó de ella, la arrancó de cuajo y la lanzó calle abajo, rodando. Y, ¡fíjate qué cosa más rara! Se quedó plantada frente a la casa del pobre oficial carpintero que había salvado tres vidas humanas en el último incendio. Pero la garita no pensaba en ello.
El rótulo del barbero - aquella gran bacía de latón - fue arrancado y disparado contra el hueco de la ventana del consejero judicial, cosa que todo el vecindario consideró poco menos que ofensiva, pues todo el mundo y hasta las amigas más íntimas llamaban a la esposa del consejero la «navaja». Era listísima, y conocía la vida de todas las personas más que ellas mismas.
Un rótulo con un bacalao fue a dar sobre la puerta de un individuo que escribía un periódico. Resultó una pesada broma del viento, que no pensó que un periodista no tolera bromas, pues es rey en su propio periódico y en su opinión personal.
La veleta voló al tejado de enfrente, en el que se quedó como la más negra de las maldades, dijeron los vecinos.
El tonel del tonelero quedó colgado bajo el letrero de «Modas de señora».
La minuta de la fonda, puesta en un pesado marco a la puerta del establecimiento, fue llevada por el viento hasta la entrada del teatro, al que la gente no acudía nunca; era un cartel ridículo: «Rábanos picantes y repollo relleno». ¡Y entonces le dio a la gente por ir al teatro!
La piel de zorro del peletero, su honroso escudo, apareció pegada al cordón de la campanilla de un joven que asistía regularmente al primer sermón, parecía un paraguas cerrado, andaba en busca de la verdad y, según su tía, era un modelo.
El letrero «Academia de estudios superiores» fue encontrado en el club de billar, y recibió a cambio otro que ponía: «Aquí se crían niños con biberón». No tenía la menor gracia, y resultaba muy descortés. Pero lo había hecho la tormenta, y vaya usted a pedirle cuentas.
Fue una noche espantosa. Imagínate que por la mañana casi todos los rótulos habían cambiado de sitio, en algunos casos con tan mala idea, que abuelito se negaba a contarlo, limitándose a reírse por dentro, bien lo observaba yo. Y como pícaro, lo era, desde luego.
Las pobres gentes de la gran ciudad, especialmente los forasteros, andaban de cabeza, y no podía ser de otro modo si se guiaban por los carteles.
A lo mejor uno pensaba asistir a una grave asamblea de ancianos, donde habrían de debatirse cuestiones de la mayor trascendencia, e iba a parar a una bulliciosa escuela, donde los niños saltaban por encima de mesas y bancos.
Hubo quien confundió la iglesia con el teatro, y esto sí que es penoso.
Una tempestad como aquella no se ha visto jamás en nuestros días. Aquélla la vio sólo el abuelito, y aun siendo un chiquillo. Tal vez no la veamos nosotros, sino nuestros nietos. Esperémoslo, y roguemos que se estén quietecitos en casa cuando el vendaval cambie los rótulos.





La tetera

Érase una vez una tetera muy arrogante; estaba orgullosa de su porcelana, de su largo pitón, de su ancha asa; tenía algo delante y algo detrás: el pitón delante, y detrás el asa, y se complacía en hacerlo notar. Pero nunca hablaba de su tapadera, que estaba rota y encolada; o sea, que era defectuosa, y a nadie le gusta hablar de los propios defectos, ¡bastante lo hacen los demás! Las tazas, la mantequera y la azucarera, todo el servicio de té, en una palabra, a buen seguro que se había fijado en la hendedura de la tapa y hablaba más de ella que de la artística asa y del estupendo pitón. ¡Bien lo sabía la tetera!
«¡Las conozco! - decía para sus adentros -. Pero conozco también mis defectos y los admito; en eso está mi humildad, mi modestia. Defectos los tenemos todos, pero una tiene también sus cualidades. Las tazas tienen un asa, la azucarera una tapa. Yo, en cambio, tengo las dos cosas, y además, por la parte de delante, algo con lo que ellas no podrán soñar nunca: el pitón, que hace de mí la reina de la mesa de té. El papel de la azucarera y la mantequera es de servir al paladar, pero yo soy la que otorgo, la que impero: reparto bendiciones entre la humanidad sedienta; en mi interior, las hojas chinas se elaboran en el agua hirviente e insípida.
Todo esto pensaba la tetera en los despreocupados días de su juventud. Estaba en la mesa puesta, manejada por una mano primorosa. Pero la primorosa mano resultó torpe, la tetera se cayó, rompióse el pitón y rompióse también el asa; de la tapa no valía la pena hablar; ¡bastante disgusto había causado ya antes! La tetera yacía en el suelo sin sentido, y se salía toda el agua hirviendo. Fue un rudo golpe, y lo peor fue que todos se rieron: se rieron de ella y de la torpe mano.
- ¡Este recuerdo no se borrará nunca de mi mente! - exclamó la tetera cuando, más adelante, relataba su vida -. Me llamaron inválida, me pusieron en un rincón, y al día siguiente me regalaron a una mujer que vino a mendigar un poco de grasa del asado. Descendí al mundo de los pobres, tan inútil por dentro como por fuera, y, sin embargo, allí empezó para mí una vida mejor. Se empieza siendo una cosa, y de pronto se pasa a ser otra distinta. Me llenaron de tierra, lo cual, para una tetera, es como si la enterrasen; pero entre la tierra pusieron un bulbo. Quién lo hizo, quién me lo dio, lo ignoro; el caso es que me lo regalaron. Fue una compensación por las hojas chinas y el agua hirviente, por el asa y el pitón rotos. Y el bulbo depositado en la tierra, en mi seno, se convirtió en mi corazón, mi corazón vivo; nunca lo había tenido. Desde entonces hubo vida en mí, fuerza y energías. Latió el pulso, el bulbo germinó, estalló por la expansión de sus pensamientos, y sentimientos, que cristalizaron en una flor. La vi, la sostuve, olvidéme de mí misma ante su belleza. ¡Dichoso el que se olvida de sí por los demás! No me dio las gracias ni pensó en mí; a él iban la admiración y los elogios de todos. Si yo me sentía tan contenta, ¿cómo no iba a ser ella admirada? Un día oí decir a alguien que se merecía una maceta mejor. Me partieron por la mitad; ¡ay, cómo dolió!, y la flor fue trasplantada a otro tiesto más nuevo, mientras a mí me arrojaron al patio, donde estoy convertida en cascos viejos. Mas conservo el recuerdo, y nadie podrá quitármelo.





El pájaro de la canción popular

Impresión íntima
Es invierno; cubre la tierra un manto de nieve, diríase de mármol tallado en las rocas. El aire es claro y diáfano; el viento, acerado como espada forjada por los enanos. Los árboles se levantan semejantes a blancos corales, como ramas de almendro florido, en un ambiente puro como el de las cumbres alpinas. Magnífica es la noche bajo los resplandores de la aurora boreal, bajo el brillo de innúmeras estrellas fulgurantes.
Llegan las tempestades, levántanse las nubes y sacuden su plumón de cisne; caen los copos de nieve, cubriendo caminos y casas, el campo espacioso y las angostas calles. Entretanto, nosotros permanecemos en la habitación caldeada, junto a la estufa ardiente, contando recuerdos de otros tiempos. Escuchamos una leyenda:
A orillas del vasto mar elevábase un túmulo, en cuya cumbre se sentaba, a medianoche, el espíritu del héroe en él sepultado; había sido un rey. La áurea diadema brillaba en su frente, el cabello flotaba al viento, y el personaje iba vestido de hierro y acero. Agachaba la cabeza con aire de preocupación y suspiraba dolorido, como un espíritu desgraciado.
Pasó, surcando las olas, un barco de vela. Los hombres echaron el ancla y desembarcaron. Iba con ellos un escalda, el cual, acercándose a la real figura, le preguntó:
- ¿Por qué sufres y te lamentas?
Y respondió el muerto:
- Nadie ha cantado las gestas de mi vida; yacen muertas y olvidadas; el canto no las lleva por las tierras y a los corazones de los hombres. Por eso no tengo paz ni reposo.
Y habló de sus hechos y hazañas, que los hombres de su época habían conocido pero no cantado, porque entre ellos no había ningún rapsoda.
Entonces el viejo bardo se puso a pulsar las cuerdas de su arpa y cantó el valor juvenil del héroe, y su fuerza viril y la grandeza de sus gestas. Al oírlo, el rostro del muerto adquirió un brillo comparable al de la orla de la nube que baila la luz de la luna; alegre y feliz levantóse la figura envuelta en resplandor y en luminosos rayos, esfumándose como el brillo de la aurora boreal. Quedó sólo el montículo cubierto de verde césped, y las piedras huérfanas de inscripciones túnicas. Pero encima de ellas, al último acorde del arpa, levantó el vuelo, como si del arpa saliera, un pajarillo, un bellísimo pájaro cantor, cuyo trino sonaba como el del tordo, pero conteniendo a la vez el latido del corazón humano y la nota de la tierra patria, tal como la oye el ave de paso. El pajarillo se echó a volar por sobre montes y valles, campos y bosques. Era el pájaro de la canción popular, que nunca muere.
Nosotros oímos su canto, lo oímos ahora, aquí en la habitación, en una velada de invierno, mientras afuera revolotea el blanco enjambre, y la tempestad descarga sus violentas ráfagas. El pájaro no sólo nos canta las gestas gloriosas del héroe, sino también dulces melodías amorosas, ricas y abundantes, sobre la lealtad nórdica. Sabe cuentos en palabras y en notas; sabe proverbios y refranes que, puestos como runas debajo de la lengua del muerto, le hacen hablar de tal modo, que uno viene a conocer su patria, la patria del ave de la canción popular.
En tiempos paganos, en época de los vikingos, construía su nido en el arpa del bardo. En los días de los castillos medievales, cuando la fuerza bruta sostenía la balanza de la justicia, y la violencia dominaba el Derecho, cuando un campesino valía lo mismo que un perro, ¿dónde encontró el pájaro cantor refugio o protección? Nadie pensaba en él, en aquellos días brutales y crudos. Pero en el torreón del castillo, donde la castellana, sentada ante el pergamino, anotaba los viejos recuerdos en canciones y leyendas, y la viejecita de la choza y el buhonero sentados en el banco junto a ella, le contaban los suyos, por sobre sus cabezas volaba y aleteaba, trinando y gorjeando el pájaro que nunca muere, que no morirá mientras le quede un palmo de tierra donde poner el pie: el pájaro de la canción popular.
Ahora nos canta a nosotros. Fuera arrecia la nevada y reina la noche. Él nos pone las runas debajo de la lengua, y nosotros conocemos nuestra patria. Dios nos habla en nuestra lengua materna, en las notas del pájaro de la canción popular. Despiértanse antiguos recuerdos; colores desvaídos recobran su frescor original; la leyenda y la canción se mezclan en un filtro vivificante; se elevan la mente y el sentir, convirtiendo la velada en una auténtica Nochebuena. La nieve sigue cayendo, el hielo cruje, reina el temporal; diríase que el amo es éste, y no el buen Dios.
Estamos en invierno; el viento es cortante como una espada forjada por enanos; la nieve sigue cayendo - lleva cayendo días y semanas - y se amontona como enorme montaña sobre la gran ciudad, como una pesadilla en la noche invernal. Todo queda oculto y sepultado; sólo la cruz dorada de la iglesia, símbolo de la fe, sobresale de la blanca tumba, brillando al aire azul, al sol radiante.
Y por sobre la ciudad sepultada vuelan las aves del cielo, grandes y pequeñas, gorjeando y cantando como saben, cada una según su pico. Es como un canto de vida, heterogéneo y magnífico, entonado sobre la nuestra ciudad.
Viene primero el tropel de gorriones, piando por calles y callejas, en el nido y en la casa. Saben historias de la fachada delantera y de la trasera. «Conocemos la ciudad enterrada - dicen -. Todo lo que hay de vivo en ella dice: ¡pip, pip, pip!».
Los negros cuervos y cornejas vuelan sobre la blanca nieve: «¡Grab, grab! - graznan -, de allí podemos sacar todavía algo, algo para el buche. Eso es lo principal, como piensan casi todos los que viven en esta Tierra».
Los cisnes salvajes llegan con ruidoso vuelo y cantan lo grande y lo hermoso que brota aún de los pensamientos y corazones de los hombres que moran en la ciudad sepultada bajo la nieve.
No reina allí la muerte: la vida fluye, lo percibimos en los acordes, que nos llegan como sones de órgano y nos impresionan como el rumor de la «Colina de los elfos», como los cantos de Ossian, como el estruendoso aleteo de las valquirias. ¡Qué armonía! Habla a nuestros corazones, eleva nuestros pensamientos, oímos el pájaro de la canción popular. Y en este momento nos llega del cielo el hálito de Dios, se abren las nevadas montañas, el sol penetra en su masa, viene la primavera, los pájaros vuelven en nuevas generaciones, pero con las mismas melodías patrias. Escucha la epopeya del año: el poder de la nieve, el grávido sueño de la noche invernal, todo se esfuma, todo se levanta en el canto maravilloso del pájaro de la canción popular, que nunca morirá.





Los verdezuelos

Había un rosal en la ventana. Hasta hace poco estaba verde y lozano, mas ahora tenía un aspecto enfermizo; algo debía ocurrirle.
Lo que le pasaba es que habían llegado soldados y tenía que alojarlos. Los recién llegados se lo comían vivo, a pesar de tratarse de una tropa muy respetable, en uniforme verde.
Hablé con uno de los alojados, que aunque sólo contaba tres días de edad, era ya bisabuelo. ¿Sabes lo que me dijo? Pues me contó muchas cosas de él y de toda la tropa.
- Somos el regimiento más notable entre todas las criaturas de la Tierra. Cuando hace calor damos a luz hijos vivos, pues entonces el tiempo se presta a ello; nos casamos enseguida y celebramos la boda. Cuando hace frío ponemos huevos; así los pequeños están calientes. El más sabio de todos los animales, la hormiga, a la que respetamos sobremanera, nos estudia y aprecia. No se nos come, sino que coge nuestros huevos, los pone entre los suyos y en el piso inferior de su casa, los coloca por orden numérico en hileras y en capas, de manera que cada día pueda salir uno del huevo. Entonces nos llevan al establo y, sujetándonos las patas posteriores, nos ordeñan hasta que morimos: es una sensación agradabilísima. Nos dan el nombre más hermoso imaginable: «dulce vaquita lechera». Éste es el nombre que nos dan los animales inteligentes como las hormigas; sólo los hombres no lo hacen, lo cual es una ofensa capaz de hacernos perder la ecuanimidad. ¿No podría escribir nada para arreglar esta embarazoso situación y poner las cosas en su punto?
Nos miran estúpidamente, y, además, con ojos coléricos, total porque nos comemos unos pétalos de rosa, cuando ellos devoran todos los seres vivos, todo lo que verdea y florece. Nos dan el nombre más despectivo y más odioso que quepa imaginar; no me atrevo a decirlo, ¡puh! Me mareo sólo al pensarlo. No puedo repetirlo, al menos cuando voy de uniforme; y como nunca me lo quito...
Nací en la hoja del rosal. Yo y todo el regimiento vivimos de él, pero gracias a nosotros subsisten otros muchos seres más elevados en la escala de la Creación. Los hombres no nos toleran; vienen a matarnos con agua jabonosa, que es una bebida horrible. Me parece que la estoy oliendo. Es abominable eso de ser lavado cuando uno nació para no serlo.
¡Hombre! Tú que me miras con enfurruñados ojos de agua jabonosa, piensa en nuestra misión en la Naturaleza, en nuestra sabia función de poner huevos y dar hijos vivos. También a nosotros nos alcanza aquel mandato: «Creced y multiplicaos». Nacemos en rosas, y en rosas morimos; nuestra vida entera es poesía. No nos ofendas con el nombre más repugnante y abyecto que encontraste, con el nombre de - ¡pero no, no lo diré, no lo repetiré! -. Llámanos «vaquita lechera de las hormigas», regimiento del rosal o verdezuelos.
Y yo, el hombre, permanecía allí contemplando el rosal y los verdezuelos, cuyo verdadero nombre no quiero pronunciar para no ofender a un habitante de la rosa, a una gran familia con huevos e hijos vivos. El agua jabonosa con que me disponía a lavarlos - pues había venido con ella y con muy malas intenciones - la batiré hasta que saque espuma, soplaré con ella burbujas de jabón y contemplaré su belleza; acaso encuentre un cuento en cada una.
La ampolla se hizo muy voluminosa y brilló con todos los colores, mientras en su centro parecía flotar una perla de plata. Osciló, se desprendió, emprendió el vuelo hacia la puerta y se estrelló contra ella; pero abrióse la puerta y presentóse el hada de los cuentos en persona.
- ¡Qué bien! Ahora ella os contará, pues va a hacerlo mejor que yo, el cuento de los... - ¡no digo el nombre! - de los verdezuelos.
- El de los pulgones - corrigióme el hada de los cuentos -. Hay que llamar a todas las cosas por su verdadero nombre, y si a veces no conviene, al menos en los cuentos debe hacerse.





El duendecillo y la mujer

Al duende lo conoces, pero, ¿y a la mujer del jardinero? Era muy leída, se sabía versos de memoria, incluso era capaz de escribir algunos sin gran dificultad; sólo las rimas, el «remache», como ella decía, le costaba un regular esfuerzo. Tenía dotes de escritora y de oradora; habría sido un buen señor rector o, cuando menos, una buena señora rectora.
- Es hermosa la Tierra en su ropaje dominguero - había dicho, expresando luego este pensamiento revestido de bellas palabras y «remachándolas», es decir, componiendo una canción edificante, bella y larga.
El señor seminarista Kisserup - aunque el nombre no hace al caso - era primo suyo, y acertó a encontrarse de visita en casa de la familia del jardinero. Escuchó su poesía y la encontró buena, excelente incluso, según dijo.
- ¡Tiene usted talento, señora! - añadió.
- ¡No diga sandeces! - atajó el jardinero -. No le meta esas tonterías en la cabeza. Una mujer no necesita talento. Lo que le hace falta es cuerpo, un cuerpo sano y dispuesto, y saber atender a sus pucheros, para que no se quemen las papillas.
- El sabor a quemado lo quito con carbón - respondió la mujer -, y, cuando tú estás enfurruñado, lo arreglo con un besito. Creería una que no piensas sino en coles y patatas, y, sin embargo, bien te gustan las flores - y le dio un beso -. ¡Las flores son el espíritu! - añadió.
- Atiende a tu cocina - gruñó él, dirigiéndose al jardín, que era el puchero de su incumbencia.
Entretanto, el seminarista tomó asiento junto a la señora y se puso a charlar con ella. Sobre su lema «Es hermosa la Tierra» pronunció una especie de sermón muy bien compuesto.
- La Tierra es hermosa, sometedla a vuestro poder, se nos ha dicho, y nosotros nos hicimos señores de ella. Uno lo es por el espíritu, otro por el cuerpo; uno fue puesto en el mundo como signo de admiración, otro como guión mayor, y cada uno puede preguntarse: ¿cuál es mi destino? Éste será obispo, aquél será sólo un pobre seminarista, pero todo está sabiamente dispuesto. La Tierra es hermosa, y siempre lleva su ropaje dominguero. Vuestra poesía hace pensar, y está llena de sentimiento y de geografía.
- Tiene usted ingenio, señor Kisserup - respondió la mujer. - Mucho ingenio, se lo aseguro. - Hablando con usted, veo más claro en mí misma.
Y siguieron tratando de cosas bellas y virtuosas. Pero en la cocina había también alguien que hablaba; era el duendecillo, el duendecillo vestido de gris, con su gorrito rojo. Ya lo conoces.
Pues el duendecillo estaba en la cocina vigilando el puchero; hablaba, pero nadie lo atendía, excepto el gato negro, el «ladrón de nata», como lo llamaba la mujer.
El duendecillo estaba enojado con la señora porque - bien lo sabía él - no creía en su existencia. Es verdad que nunca lo había visto, pero, dada su vasta erudición, no tenía disculpa que no supiera que él estaba allí y no le mostrara una cierta deferencia. Jamás se le ocurrió ponerle, en Nochebuena, una buena cucharada de sabrosas papillas, homenaje que todos sus antecesores habían recibido, incluso de mujeres privadas de toda cultura. Las papillas habían quedado en mantequilla y nata. Al gato se le hacía la boca agua sólo de oírlo.
- Me llama una entelequia - dijo el duendecillo -, lo cual no me cabe en la cabeza. ¡Me niega, simplemente! Ya lo había oído antes, y ahora he tenido que escucharlo otra vez. Allí está charlando con ese calzonazos de seminarista. Yo estoy con el marido: «¡Atiende a tu puchero!». ¡Pero quiá! ¡Voy a hacer que se queme la comida!
Y el duendecillo se puso a soplar en el fuego, que se reavivó y empezó a chisporrotear. ¡Surte­rurre-rup! La olla hierve que te hierve.
- Ahora voy al dormitorio a hacer agujeros en los calcetines del padre - continuó el duendecillo -. Haré uno grande en los dedos y otro en el talón; eso le dará que zurcir, siempre que sus poesías le dejen tiempo para eso. ¡Poetisa, poetiza de una vez las medias del padre!
El gato estornudó; se había resfriado, a pesar de su buen abrigo de piel.
- He abierto la puerta de la despensa - dijo el duendecillo -. Hay allí nata cocida, espesa como gachas. Si no la quieres, me la como yo.
- Puesto que, sea como fuere, me voy a llevar la culpa y los palos - dijo el gato mejor será que la saboree yo.
- Primero la dulce nata, luego los amargos palos - contestó el duendecillo. - Pero ahora me voy al cuarto del seminarista, a colgarle los tirantes del espejo y a meterle los calcetines en la jofaina; creerá que el ponche era demasiado fuerte y que se le subió a la cabeza. Esta noche me estuve sentado en la pila de leña, al lado de la perrera; me gusta fastidiar al perro.
Dejé colgar las piernas y venga balancearlas, y el mastín no podía alcanzarlas, aunque saltaba con todas sus fuerzas.
Aquello lo sacaba de quicio, y venga ladrar y más ladrar, y yo venga balancearme; se armó un ruido infernal. Despertamos al seminarista, el cual se levantó tres veces, asomándose a la ventana a ver qué ocurría, pero no vio nada, a pesar de que llevaba puestas las gafas; siempre duerme con gafas.
- Di «¡miau!» si viene la mujer - interrumpióle el gato - Oigo mal hoy, estoy enfermo.
- Te regalaste demasiado - replicó el duendecillo -. Vete al plato y saca el vientre de penas. Pero ten cuidado de secarte los bigotes, no se te vaya a quedar nata pegada en ellos. Anda, vete, yo vigilaré.
Y el duendecillo se quedó en la puerta, que estaba entornada; aparte la mujer y el seminarista, no había nadie en el cuarto. Hablaban acerca de lo que, según expresara el estudiante con tanta elegancia, en toda economía doméstica debería estar por encima de ollas y cazuelas: los dones espirituales.
- Señor Kisserup - dijo la mujer -, ya que se presenta la oportunidad, voy a enseñarle algo que no he mostrado a ningún alma viviente, y mucho menos a mi marido: mis ensayos poéticos, mis pequeños versos, aunque hay algunos bastante largos. Los he llamado «Confidencias de una dueña honesta». ¡Doy tanto valor a las palabras castizas de nuestra lengua!
- Hay que dárselo - replicó el seminarista -. Es necesario desterrar de nuestro idioma todos los extranjerismos.
- Siempre lo hago - afirmó la mujer -. Jamás digo «merengue» ni «tallarines», sino «rosquilla espumosa» y «pasta de sopa en cintas». Y así diciendo, sacó del cajón un cuaderno de reluciente cubierta verde, con dos manchurrones de tinta.
- Es un libro muy grave y melancólico - dijo -. Tengo cierta inclinación a lo triste. Aquí encontrará «El suspiro en la noche», «Mi ocaso» y «Cuando me casé con Clemente», es decir, mi marido. Todo esto puede usted saltarlo, aunque está hondamente sentido y pensado. La mejor composición es la titulada «Los deberes del ama de casa»; toda ella impregnada de tristeza, pues me abandono a mis inclinaciones. Una sola poesía tiene carácter jocoso; hay en ella algunos pensamientos alegres, de esos que de vez en cuando se le ocurren a uno; pensamientos sobre - no se ría usted - la condición de una poetisa. Sólo la conocemos yo, mi cajón, y ahora usted, señor Kisserup. Amo la Poesía, se adueña de mí, me hostiga, me domina, me gobierna. Lo he dicho bajo el título «El duendecillo». Seguramente usted conoce la antigua superstición campesina del duendecillo, que hace de las suyas en las casas. Pues imaginé que la casa era yo, y que la Poesía, las impresiones que siento, eran el duendecillo, el espíritu que la rige. En esta composición he cantado el poder y la grandeza de este personaje, pero debe usted prometerme solemnemente que no lo revelará a mi marido ni a nadie. Lea en voz alta para que yo pueda oírla, suponiendo que pueda descifrar mi escritura.
Y el seminarista leyó y la mujer escuchó, y escuchó también el duendecillo. Estaba al acecho, como bien sabes, y acababa de deslizarse en la habitación cuando el seminarista leyó en alta voz el titulo.
- ¡Esto va para mí! - dijo -. ¿Qué debe haber escrito sobre mi persona? La voy a fastidiar. Le quitaré los huevos y los polluelos, y haré correr a la ternera hasta que se le quede en los huesos. ¡Se acordará de mí, ama de casa!
Y aguzó el oído, prestando toda su atención; pero cuanto más oía de las excelencias y el poder del duendecillo, de su dominio sobre la mujer - y ten en cuenta que al decir duendecillo ella entendía la Poesía, mientras aquél se atenía al sentido literal del título -, tanto más se sonreía el minúsculo personaje. Sus ojos centelleaban de gozo, en las comisuras de su boca se dibujaba una sonrisa, se levantaba sobre los talones y las puntas de los pies, tanto que creció una pulgada. Estaba encantado de lo que se decía acerca del duendecillo.
- Verdaderamente, esta señora tiene ingenio y cultura. ¡Qué mal la había juzgado! Me ha inmortalizado en sus «Confidencias»; irá a parar a la imprenta y correré en boca de la gente. Desde hoy no dejaré que el gato se zampe la nata; me la reservo para mi. Uno bebe menos que dos, y esto es siempre un ahorro, un ahorro que voy a introducir, aparte que respetaré a la señora.
- Es exactamente como los hombres este duende - observó el viejo gato -. Ha bastado una palabra zalamera de la señora, una sola, para hacerle cambiar de opinión. ¡Qué taimada es nuestra señora!
Y no es que la señora fuera taimada, sino que el duende era como, son los seres humanos.
Si no entiendes este cuento, dímelo. Pero guárdate de preguntar al duendecillo y a la señora.