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lunes, 6 de mayo de 2013

Hans Cristian Andersen Cuentos XVIII


Hans Cristian Andersen
Cuentos  XVIII





El bisabuelo

¡Era tan cariñoso, listo y bueno, el bisabuelo! Nosotros sólo veíamos por sus ojos. En realidad, por lo que puedo recordar, lo llamábamos abuelo; pero cuando entró a formar parte de la familia el hijito de mi hermano Federico, él ascendió a la categoría de bisabuelo; más alto no podía llegar. Nos quería mucho a todos, aunque no parecía estar muy de acuerdo con nuestra época.
- ¡Los viejos tiempos eran los buenos! - decía -; sensatos y sólidos. Hoy todo va al galope, todo está revuelto. La juventud lleva la voz cantante, y hasta habla de los reyes como si fuesen sus iguales. El primero que llega puede mojar sus trapos en agua sucia y escurrirlos sobre la cabeza de un hombre honorable.
Cuando soltaba uno de estos discursos, el bisabuelo se ponía rojo como un pavo; pero al cabo de un momento reaparecía su afable sonrisa, y entonces decía:
- ¡Bueno, tal vez me equivoque! Soy de los tiempos antiguos y no consigo acomodarme a los nuevos. ¡Dios quiera encauzarlos y guiarlos!
Cuando el bisabuelo hablaba de los tiempos pasados, yo creía encontrarme en ellos. Con el pensamiento me veía en una dorada carroza con lacayos; veía las corporaciones gremiales con sus escudos, desfilando al son de las bandas y bajo las banderas, y me encontraba en los alegres salones navideños, disfrazado y jugando a prendas. Cierto que en aquella época ocurrían también muchas cosas repugnantes y horribles, como el suplicio de la rueda, y el derramamiento de sangre; pero todos aquellos horrores tenían algo de atrayente, de estimulante. Y también oía muchas cosas buenas: sobre los nobles daneses que emanciparon a los campesinos, y el príncipe heredero de Dinamarca, que abolió la trata de esclavos.
Era magnífico oír al bisabuelo hablar de todo aquello y de sus años juveniles, aunque el período mejor, el más sobresaliente y grandioso, había sido el anterior.
- ¡Bárbaro, era! - exclamó mi hermano Federico -. ¡Dios sea loado! Pero ya pasó. - Y se lo dijo al bisabuelo. No estuvo bien, y, sin embargo, yo sentía gran respeto por Federico, mi hermano mayor, que habría podido ser mi padre, según decía él. Y decía también muchas cosas divertidas. De estudiante llevó siempre las mejores notas, y en el despacho de mi padre se aplicó tanto, que muy pronto pudo entrar en el negocio. Era el que tenía más trato con el bisabuelo, pero siempre discutían. No se comprendían ni llegarían nunca a comprenderse, afirmaba toda la familia; pero yo, con ser tan pequeño, no tardé en darme cuenta de que el uno no podía prescindir del otro.
El bisabuelo escuchaba con ojos brillantes cuando Federico hablaba o leía en voz alta acerca del progreso de las ciencias, de los descubrimientos de las fuerzas naturales, de todo lo notable que ocurría en nuestra época.
- Los hombres se vuelven más listos, pero no mejores - decía el bisabuelo -. Inventan armas terribles para destruirse mutuamente.
- Así las guerras son más cortas - replicaba Federico -, No hay que aguardar siete años para que venga la bendita paz. El mundo está pletórico, y a veces le conviene una sangría.
Un día Federico le contó un suceso ocurrido en una pequeña ciudad. El reloj del alcalde, es decir, el gran reloj del Ayuntamiento, señalaba las horas a la población, y, aunque no marchaba muy bien, la gente se regía por él. Llegaron al país los ferrocarriles, los cuales enlazan con los de los demás países; por eso es preciso conocer la hora exacta; de lo contrario se va rezagado. Pusieron en la estación un reloj que marchaba de acuerdo con el sol, y como el del alcalde no lo hacía, todos los ciudadanos empezaron a regirse por el reloj de la estación.
Yo me reí, pareciéndome que la historia era muy divertida; pero el bisabuelo no se río ni pizca, sino que se quedó muy serio.
- ¡Tiene mucha miga lo que acaba de contar! - dijo -, y comprendo cuál es tu idea al contármelo. Hay mucha ciencia en el mecanismo de tu reloj, y me hace pensar en otro: en el sencillo reloj de Bornholm, de mis padres, tan viejo, con sus pesas de plomo. Marcó su tiempo y el de mi infancia. Cierto que no marchaba con tanta precisión, pero marchaba, lo veíamos por las agujas, creíamos lo que decían y no nos parábamos a pensar en las ruedas que tenía dentro. Así era también entonces la máquina del Estado; uno la miraba despreocupadamente, y tenía fe en la aguja. Pero hoy la máquina estatal se ha convertido en un reloj de cristal cuyo mecanismo es visible; se ven girar las ruedas, se oyen sus chirridos, y uno se asusta del eje y del volante. Yo sé cómo darán las campanadas, y ya no tengo la fe infantil. Esto es lo frágil de la época actual.
Y entonces el bisabuelo se salía de sus casillas. No podía ponerse de acuerdo con Federico, pero tampoco podían separarse, de igual manera que la época vieja y la nueva. Bien se dieron cuenta ellos dos y la familia entera, cuando Federico hubo de emprender un largo viaje a América. Aunque los viajes eran cosa corriente en la familia, aquella separación resultó bien difícil para el bisabuelo. ¡Sería tan largo aquel viaje! Todo el océano de por medio, hasta llegar al otro continente.
- Recibirás carta mía cada quince días - le dijo Federico -. Y más de prisa que las cartas te llegarán los telegramas. Los días se vuelven horas, y las horas, minutos.
Llegó un saludo por el hilo telegráfico el día en que Federico embarcó en Inglaterra. Más rápido que una carta - ni que hubiesen actuado de correo las raudas nubes - llegó un saludo de América, al desembarcar en ella Federico. Fue unas pocas horas después de haber puesto pie en tierra firme.
- Realmente, es una idea de Dios regalada a nuestros tiempo - dijo el bisabuelo -, una bendición para la Humanidad.
- Y según me dijo Federico, estas fuerzas naturales se descubrieron en nuestro país - observé.
- Sí - afirmó el bisabuelo, dándome un beso -. Sí, y yo he visto los dulces ojos infantiles que por primera vez descubrieron y comprendieron estas fuerzas de la Naturaleza; eran unos ojos infantiles como los tuyos. ¡Y he estrechado su mano! -. Y volvió a besarme.
Había transcurrido más de un mes cuando llegó una carta de Federico con la noticia de que estaba prometido con una muchacha joven y bonita, y expresaba la confianza de que toda la familia se alegraría. Enviaba su fotografía, que fue examinada a simple vista y con una lupa, pues aquello era lo bueno de los retratos, que permitían ser examinados con la lente más nítida, y entonces aún se notaba más el parecido. Esto no lo habría podido hacer ningún pintor, ni los más famosos de los tiempos pretéritos.
- ¡Ah, si entonces hubiesen conocido este invento! - dijo el abuelo -. Habríamos podido ver cara a cara a los bienhechores y a los grandes hombres del mundo. ¡Qué simpática y buena parece esta muchacha! - dijo, mirándola con la lupa -. La conoceré en cuanto entre en la habitación.
Poco faltó para que esto no ocurriera nunca; afortunadamente nos enteramos del peligro cuando ya había pasado.
Los recién casados llegaron a Inglaterra contentos y en perfecta salud, y embarcaron en un vapor con destino a Copenhague. Ya a la vista de la costa danesa - las blancas dunas de Jutlandia occidental - se levantó una tormenta, y el barco encalló en un arrecife; el embravecido mar amenazaba con destrozarlo, sin que sirviesen los botes de salvamento. Cerró la noche, pero en medio de la oscuridad voló un brillante cohete desde la costa al buque embarrancado; el cohete arrojó un cable, quedó establecida la comunicación entre los náufragos y la costa, y pronto una linda joven fue transportada en la canasta de salvamento por sobre las olas encrespadas y furiosas; y se sintió infinitamente dichosa cuando, poco después, tuvo a su lado, en tierra firme, a su joven esposo. Todos los de a bordo se salvaron antes del amanecer.
Nosotros dormíamos tranquilamente en Copenhague, sin pensar en desgracias ni peligros. Al sentarnos a la mesa para el desayuno, llegó por telégrafo la noticia del naufragio de un barco inglés en la costa occidental de la península. La angustia que experimentamos fue terrible, pero a los pocos momentos se recibió otro telegrama de los queridos viajeros, Federico y su esposa, anunciando su próxima llegada.
Todos lloraban, y yo también, y el bisabuelo, quien, doblando las manos - estoy seguro de ello -, bendijo la nueva época.
Aquel día el bisabuelo destinó doscientos escudos para el monumento a Hans Christian Örsted.
Al llegar Federico con su joven esposa y enterarse de aquel gesto, dijo:
- ¡Muy bien, bisabuelo! Ahora te leeré lo que Örsted escribió, hace ya muchos años, sobre los tiempos viejos y los modernos.
- Probablemente sería de tu opinión - preguntó el bisabuelo.
- Puedes estar seguro - respondió Federico -, y tú también lo eres, puesto que has contribuido a su monumento.




Lo que dijo toda la familia

¿Qué dijo toda la familia? Escucha primeramente lo que dijo Marujita.
Era su cumpleaños, el día más hermoso de todos, según ella. Vinieron a jugar todos sus amiguitos y amiguitas. Llevaba su mejor vestido, regalo de abuelita, que descansaba ya en Dios. Abuelita lo había cortado y cosido con sus propias manos, antes de irse al cielo. La mesa de la habitación de María brillaba de regalos; había entre ellos una lindísima cocina de juguete, con todo lo que debe tener una de verdad, y una muñeca que cerraba los ojos y decía «¡ay!» cuando le apretaban la barriga; y había también un libro, de estampas, con magníficas historias para los que sabían leer. Pero más hermoso aún que todas las historias era poder celebrar muchos cumpleaños.
- ¡Qué bonito es vivir! - dijo Marujita. Y el padrino añadió que la vida era el más bello cuento de hadas.
En la habitación contigua estaban sus dos hermanos, muchachos ya mayores, el uno de 9 años, el otro de 11. Pensaban también que la vida es muy hermosa, pero la vida a su manera, es decir, no ser ya niños como María, sino alumnos despabilados, llevar «sobresaliente» en la libreta de notas, poder jugar y divertirse con sus compañeros, patinar en invierno, correr en bicicleta en verano, leer historias sobre castillos medievales, puentes levadizos y mazmorras, escuchar relatos acerca de los descubrimientos en el interior de África. Uno de los muchachos sentía, sin embargo, una preocupación: que todo estaría ya descubierto cuando él fuese mayor; quería ir en busca de aventuras, como en los cuentos. La vida es el más hermoso, cuento de hadas, había dicho el padrino, y uno interviene en él personalmente.
Los niños habitaban en la planta baja, donde jugaban y saltaban. En el piso de arriba vivía otra rama de la familia, también con hijos, pero ya mayores. Uno de ellos tenía 17 años; el otro, 20, y el tercero era muy viejo, según decía Marujita, pues había cumplido los 28 y estaba prometido. Todos estaban muy bien colocados, tenían buenos padres, buenos vestidos, buenas cualidades y sabían lo que querían:
- ¡Adelante! ¡Abajo las viejas vallas! ¡Cara al amplio mundo! Es lo más hermoso que conocemos. El padrino tiene razón: la vida es el más bello cuento de hadas.
El padre y la madre, los dos de edad ya avanzada - mayores que sus hijos, naturalmente -, decían, con una sonrisa en los labios, en los ojos y en el corazón:
- ¡Qué jóvenes son los jóvenes! En el mundo no todo marcha como ellos creen, pero marcha. La vida es un cuento extraño y magnífico.
Arriba, un poco más cerquita del cielo, como suele decirse de la gente que vive en la buhardilla, habitaba el padrino. Era viejo, pero tenía el corazón joven, estaba siempre de buen humor y sabía contar muchas historias y muy largas. Había corrido mucho mundo, y guardaba en su casa interesantes objetos de todos los países. Tenía cuadros que llegaban desde el suelo hasta el techo, y muchos cristales eran de vidrio rojo y amarillo. Mirando a su través, todo el mundo aparecía como bañado por el sol, aun cuando en la calle el tiempo fuese gris. En una gran vitrina crecían plantas verdes, y nadaban peces dorados; os miraban como si supiesen muchas cosas pero no quisieran decirlas. Siempre olía allí a flores, incluso en invierno, y en la chimenea ardía un gran fuego. Se estaba la mar de bien allí, mirando y escuchando el chisporroteo.
- Me lee en alta voz los viejos recuerdos - decía el padrino, y también a Marujita le daba la impresión de ver muchos cuadros en el fuego.
Pero en el gran armario-librería se guardaban los libros principales; en uno de ellos leía el padrino con frecuencia; lo llamaba el libro de los libros: era la Biblia. Contenía, en imágenes, la historia de todo el mundo y de toda la Humanidad, la Creación, el Diluvio, los Reyes y el Rey de reyes.
- Todo lo que ha sucedido y ha de suceder está en este libro - decía el padrino -. ¡Hay tanto y santísimo aquí, en un solo libro! Piénsalo un poco. Todo lo que un hombre puede pedir, está aquí resumido en una oración de pocas palabras: el Padrenuestro. Es una gota de la gracia. Una perla del consuelo de Dios. Un regalo en la cuna del niño, un regalo puesto en su corazón. Hijo, guárdalo bien, no lo pierdas, por muchos años que llegues a tener, y no te sentirás abandonado en estos caminos inciertos. Habrá una luz dentro de ti, y no te podrás perder.
Y al decir estas palabras, los ojos del padrino brillaban, brillaban de alegría. Un día, siendo joven, habían llorado, pero aquello le hizo bien, añadió; eran los tiempos de prueba, las cosas tenían un aspecto gris. Ahora brilla el sol dentro de mí y a mi alrededor. A medida que se vuelve uno viejo, ve mejor la felicidad y la desgracia, ve que Dios no nos abandona nunca, que la vida es el más hermoso de los cuentos de hadas. Sólo Él puede dárnosla, y dura por toda la eternidad.
- ¡Qué bonito es vivir! - dijo Marujita.
Lo mismo dicen los chicos, grandes y pequeños, padre y madre y toda la familia, pero sobre todo el padrino, que tenía experiencia y era el más viejo de todos. Sabía toda clase de leyendas e historias, y decía, saliéndose del corazón:
- La vida es el más bello cuento de hadas!




¡Baila, baila, muñequita!

- Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas -aseguró tía Malle -. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -. Pero la pequeña Amalia si la seguía; sólo tenía 3 años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.
Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.
¡Baila, baila, muñequita,
qué fina es la señorita!
Y también el caballero
con sus guantes y sombrero,
calzón blanco y frac planchado
y muy brillante calzado.
Son bien finos, a fe mía.
Baila, muñequita mía.

Ahí está Lisa, que es muy vieja,
aunque ahora no semeja,
con la cera que le han dado,
que sea del año pasado.
Como nueva está y entera.
Baila con tu compañera,
seréis tres para bailar.
¡Bien nos vamos a alegrar!
Baila, baila, muñequita,
pie hacia fuera, tan bonita.
Da el primer paso, garbosa,
siempre esbelta y tan graciosa.
Gira y salta sin parar,
que muy sano es el saltar.
¡Vaya baile delicioso!
¡Sois un grupo primoroso!
Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías.
- ¡Es una bobada! - decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos.




Pregúntaselo a la verdulera

Érase un rábano centenario
correoso en extremo y ordinario;
mas valor no le faltaba,
pues la zanahoria le gustaba.
Ella es joven, de piel fina cual ninguna,
y además es de nobilísima cuna.
Celebróse la boda con todo esplendor,
el banquete fue de lo mejor:
hubo hojas de flores y rocío del prado,
todo, como veis, fue regalado.
El rábano saludó muy a gusto,
y soltó un largo y seco discurso.
La zanahoria se callaba la boquita,
en la que había una dulce sonrisita.

Si no crees que la historia es verdadera,
ve a preguntárselo a la verdulera.

Hizo de cura una berza roja,
y de doncellas, nabos de blanca hoja.
Vinieron el espárrago y el melón,
las patatas cantaron con emoción.
Todos bailaron, grandes y chicos,
viejos y jóvenes, pobres y ricos,
hasta que el rábano reventó
y, ya muerto, tranquilo se quedó.
La joven zanahoria sintióse satisfecha
de verse una viudita hecha y derecha,
sin por eso dejar de ser doncella.
En el puchero dieron pronto con ella.

Si no crees que la historia es verdadera,
ve a preguntárselo a la verdulera.




La pulga y el profesor

Érase una vez un aeronauta que terminó malamente. Estalló su globo, cayó el hombre y se hizo pedazos. Dos minutos antes había enviado a su ayudante a tierra en paracaídas; fue una suerte para el ayudante, pues no sólo salió indemne de la aventura, sino que además se encontró en posesión de valiosos conocimientos sobre aeronáutica; pero no tenía globo, ni medios para procurarse uno.
Como de un modo u otro tenía que vivir, acudió a la prestidigitación y artes similares; aprendió a hablar con el estómago y lo llamaron ventrílocuo. Era joven y de buena presencia, y bien vestido siempre y con bigote, podía pasar por hijo de un conde. Las damas lo encontraban guapo, y una muchacha se prendó de tal modo de su belleza y habilidad, que lo seguía a todas las ciudades y países del extranjero; allí él se atribuía el título de «profesor»; era lo menos que podía ser.
Su idea fija era procurarse un globo y subir al espacio acompañado de su mujercita. Pero les faltaban los recursos necesarios.
- Ya Llegarán - decía él.
- ¡Ojalá! - respondía ella.
- Somos jóvenes, y yo he llegado ya a profesor. ¡Las migas también son pan!
Ella le ayudaba abnegadamente vendiendo entradas en la puerta, lo cual no dejaba de ser pesado en invierno. Y le ayudaba también en sus trucos. El prestidigitador introducía a su mujer en el cajón de la mesa, un cajón muy grande; desde allí, ella se escurría a una caja situada detrás, y ya no aparecía cuando se volvía a abrir el cajón. Era lo que se llama una ilusión óptica.
Pero una noche, al abrir él el cajón, la mujer no estaba ni allí ni en la caja; no se veía ni oía en toda la sala. Aquello era un truco de la joven, la cual ya no volvió, pues estaba harta de aquella vida. Él se hartó también, perdió su buen humor, con lo que el público se aburría y dejó de acudir. Los negocios se volvieron magros, y la indumentaria, también; al fin no le quedó más que una gruesa pulga, herencia de su mujer; por eso la quería. La adiestró, enseñándole varios ejercicios, entre ellos el de presentar armas y disparar un cañón; claro que un cañón pequeño.
El profesor estaba orgulloso de su pulga, y ésta lo estaba de sí misma. Había aprendido algunas cosas, llevaba sangre humana y había estado en grandes ciudades, donde fue vista y aplaudida por príncipes y princesas. Aparecía en periódicos y carteles, sabía que era famosa y capaz de alimentar, no ya a un profesor, sino a toda una familia.
A pesar de su orgullo y su fama, cuando viajaban ella y el profesor, lo hacían en cuarta clase; la velocidad era la misma que en primera. Existía entre ellos un compromiso tácito de no separarse nunca ni casarse: la pulga se quedaría soltera, y el profesor, viudo. Viene a ser lo mismo.
- Nunca debe volverse allí donde se encontró la máxima felicidad - decía el profesor. Era un psicólogo, y también esto es una ciencia.
Al fin recorrieron todos los países, excepto los salvajes. En ellos se comían a los cristianos, bien lo sabía el profesor; pero no siendo él cristiano de pura cepa, ni la pulga un ser humano acabado, pensó que no había gran peligro en visitarlos y a lo mejor obtendrían pingües beneficios.
Efectuaron el viaje en barco de vapor y de vela; la pulga exhibió sus habilidades, y de este modo tuvieron el pasaje gratis hasta la tierra de salvajes.
Gobernaba allí una princesa de sólo 18 años; usurpaba el trono que correspondía a su padre y a su madre, pues tenía voluntad y era tan agradable como mal criada.
No bien la pulga hubo presentado armas y disparado el cañón, la princesa quedó tan prendada de ella que exclamó:
- ¡Ella o nadie!
Se había enamorado salvajemente, además de lo salvaje que ya era de suyo.
- Mi dulce y razonable hijita - le dijo su padre -. ¡Si al menos se pudiese hacer de ella un hombre!
- Eso déjalo de mi cuenta, viejo - replicó la princesa. Lo cual no es manera de hablar sobretodo en labios de una princesa; pero no olvidemos que era salvaje.
Puso la pulga en su manita.
- Ahora eres un hombre; vas a reinar conmigo. Pero deberás hacer lo que yo quiera; de lo contrario, te mataré y me comeré al profesor.
A éste le asignaron por vivienda un espacioso salón, cuyas paredes eran de caña de azúcar; podía lamerlas, si quería, pero no era goloso. Diéronle también una hamaca para dormir, y en ella le parecía encontrarse en un globo aerostático, cosa que siempre había deseado y que era su idea fija.
La pulga se quedó con la princesa, ya en su mano, ya en su lindo cuello. El profesor arrancó un cabello a la princesa y lo ató por un cabo a la pata de la pulga, y por el otro, a un pedazo de coral que la dama llevaba en el lóbulo de la oreja.
«¡Qué bien lo pasamos todos, incluso la pulga!», pensaba el profesor. Pero no se sentía del todo satisfecho; era un viajero innato, y gustaba ir de ciudad en ciudad y leer en los periódicos elogios sobre su tenacidad e inteligencia, pues había enseñado a una pulga a conducirse como una persona. Se pasaba los días en la hamaca ganduleando y comiendo. Y no creáis que comía cualquier cosa: huevos frescos, ojos de elefante y piernas de jirafa asadas. Es un error pensar que los caníbales sólo viven de carne humana; ésta es sólo una golosina.
- Espalda de niño con salsa picante es un plato exquisito - decía la madre de la princesa.
El profesor se aburría. Sentía ganas de marcharse del país de los salvajes, pero no podía hacerlo sin llevarse la pulga: era su maravilla y su sustento. ¿Cómo cogerla? Ahí estaba la cosa.
El hombre venga darle vueltas y más vueltas a la cabeza, hasta que, al fin, dijo:
- ¡Ya lo tengo!
- Padre de la princesa, permitidme que haga algo. ¿Queréis que enseñe a los habitantes a presentar armas? A esto lo llaman cultura en los grandes países del mundo.
- ¿Y a mí qué puedes enseñarme? - preguntó el padre.
- Mi mayor habilidad - respondió el profesor -. Disparar un cañón de modo que tiemble toda la tierra, y las aves más apetitosas del cielo caigan asadas. La detonación es de gran efecto, además.
- ¡Venga el cañón! - dijo el padre de la princesa.
Pero en todo el país no había más cañón que el que había traído consigo el profesor, y éste resultaba demasiado pequeño.
- Fundiré otro mayor - dijo el profesor -. Proporcionadme los medios necesarios. Me hace falta tela de seda fina, aguja e hilo, cuerdas, cordones y gotas estomacales para globos que se hinchan y elevan; ellas producen el estampido en el estómago del cañón.
Le facilitaron cuanto pedía.
Todo el pueblo acudió a ver el gran cañón. El profesor no lo había convocado hasta que tuvo el globo dispuesto para ser hinchado y emprender la ascensión.
La pulga contemplaba el espectáculo desde la mano de la princesa. El globo se hinchó, tanto, que sólo con gran dificultad podía ser sujetado; estaba hecho un salvaje.
- Tengo que subir para enfriarlo - dijo el profesor, sentándose en la barquilla que colgaba del globo -. Pero yo solo no puedo dirigirlo; necesito un ayudante entendido, y de cuantos hay aquí, sólo la pulga puede hacerlo.
- Se lo permito, aunque a regañadientes - dijo la princesa, pasando al profesor la pulga que tenía en la mano.
- ¡Soltad las amarras! - gritó él -. ¡Ya sube el globo! Los presentes entendieron que decía: - ¡Cañón!
El aerostato se fue elevando hacia las nubes, alejándose del país de los salvajes.
La princesita, con su padre y su madre y todo el pueblo, quedaron esperando. Y todavía siguen esperando, y si no lo crees, vete al país de los salvajes, donde todo el mundo habla de la pulga y el profesor, convencidos de que volverán en cuanto el cañón se enfríe. Pero lo cierto es que no volverán nunca, pues están entre nosotros, en su tierra, y viajan en primera clase, no ya en cuarta. El globo ha resultado un buen negocio. Nadie les pregunta de dónde lo sacaron; son gente rica y honorable la pulga y el profesor.




Lo que contaba la vieja Juana

Silba el viento entre las ramas del viejo sauce.
Diríase que se oye una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, pregunta a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de esto, pues nació en esta parroquia.
Hace muchos años, cuando aún pasaba por aquí el camino real, el árbol era ya alto y corpulento. Estaba donde está todavía, frente a la blanca casa del sastre, con sus paredes entramadas, cerca del estanque; que entonces era lo bastante grande para abrevar el ganado y para que, en verano, se zambulleran y chapotearan desnudos los niños de la aldea.
Junto al árbol habían erigido una piedra miliar; hoy está decaída e invadida por las zarzamoras.
La nueva carretera fue desviada hacia el otro lado de la rica finca; el viejo camino real quedó abandonado, y el estanque se convirtió en una charca, invadida por lentejas de agua. Cuando saltaba una rana, el verde se separaba y aparecía el agua negra; en torno crecían, y siguen creciendo, espadañas, juncos e iris amarillos.
La casa del sastre envejeció y se inclinó, y el tejado se convirtió en un bancal de musgo y siempreviva; derrumbóse el palomar, y el estornino estableció en él su nido; las golondrinas construyeron los suyos alineados bajo el tejado y en el alero, como si aquélla fuese una casa afortunada.
Antaño lo había sido; ahora estaba solitaria y silenciosa. Solo y apático vivía en ella el «pobre Rasmus», como lo llamaban. Había nacido allí, allí había jugado de niño, saltando por campos y setos, chapoteando en el estanque y trepando a la copa del viejo sauce.
Este extendía sus grandes ramas, como las extiende todavía; pero la tempestad había curvado ya el tronco, y el tiempo había abierto una grieta en él, que el viento y la intemperie habían cuidado de llenar de tierra. De aquella tierra habían nacido hierba y verdor; incluso había brotado un pequeño serbal.
Cuando, en primavera, llegaban las golondrinas, volaban en torno al árbol y al tejado, pegaban su barro y construían sus nidos, mientras el pobre Rasmus tenía el suyo completamente abandonado, sin cuidar de repararlo, ni siquiera sustentarlo.
- ¡Qué más da! - exclamaba, lo mismo que decía ya su padre.
Él se quedaba en su casa, mientras las golondrinas se marchaban y volvían, los fieles animalitos. También se marchaba y volvía el estornino, con su canción aflautada. En otro tiempo, Rasmus competía con él en cantar, pero ahora ya no cantaba ni tocaba la flauta.
Silbaba el viento entre el viejo sauce, y sigue silbando; parece como si se oyera una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, ve a preguntar a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de estas cosas de otros tiempos: es como una crónica con estampas y viejos recuerdos.
Cuando la casa era nueva y estaba en buen estado, se trasladaron a ella Ivar Ulze, el sastre del pueblo, y su mujer Maren, un matrimonio honrado y laborioso. Por aquellas fechas, la vieja Juana era una niña, hija del zuequero, uno de los más pobres de la parroquia. Más de una vez había recibido pan y mantequilla de Maren, a quien no faltaba comida. Estaba en buenas relaciones con la propietaria de la finca, la veían siempre alegre y risueña, no se intimidaba, y si sabía usar la boca, no menos sabía servirse de las manos: la aguja corría tan ligera como la lengua, sin que por eso se olvidase del cuidado de su casa y de sus hijos, casi una docena, pues eran once; el duodécimo no llegó.
- Los pobres tienen siempre el nido lleno de crías - gruñía el propietario de la casa -. Si se pudiesen ahogar como se hace con los gatos, dejando sólo uno o dos de los más robustos, todos saldrían ganando.
- ¡Dios misericordioso! - exclamaba la mujer del sastre -. Los hijos son una bendición divina, son la alegría de la casa. Cada niño, es un padrenuestro más. Si se hace difícil saciar a tantas bocas, uno se esfuerza más y encuentra consejo y apoyo en todas partes. Nuestro Señor no nos abandona si no lo abandonamos nosotros.
La propietaria estaba de acuerdo con Maren, la aprobaba con un gesto de la cabeza y le acariciaba la mejilla; lo había hecho muchas veces, e incluso la había besado, pero entonces la señora era una niña, y Maren, su niñera. Las dos se querían, y siguieron queriéndose.
Cada año, para las Navidades, de la finca del propietario enviaban provisiones a casa del sastre: un barril de harina, un cerdo, dos patos, otro barril de manteca, queso y manzanas. Todo aquello ayudaba a llenar la despensa. Entonces, Ivar Ulze se mostraba satisfecho, pero no tardaba en volver con su estribillo:
- ¡Qué más da!
La casa estaba hecha un primor, con cortinas en las ventanas y también flores: claveles y balsaminas. Un alfabeto de bordadora colgaba, bien enmarcado, en la pared, y a su lado una «dedicatoria» en verso, obra de la propia Maren Ulze, que tenía maña en componer rimas. No estaba poco orgullosa de su apellido de «Ulze»; era la única palabra de la lengua que rimaba con «Sülze», que significa gelatina.
- ¡No deja de ser una ventaja! - decía riendo. Estaba siempre de buen humor, y nunca se le oía decir, como a su marido: «¡Para qué!». Su expresión habitual era: «¡A Dios rogando y con el mazo dando!». Ella lo hacía así, y las cosas marchaban bien. Los hijos crecieron, dejaron el nido, se fueron a tierras lejanas y salieron todos de buena índole. Rasmus era el menor, tan hermoso de niño, que uno de los más renombrados pintores de la ciudad se brindó a pintarlo, tal como había venido al mundo. El retrato estaba ahora en el palacio real; la propietaria lo había visto allí, y reconoció al pequeño Rasmus a pesar de ir en cueros.
Pero llegaron malos tiempos. El sastre sufría de artritismo en las dos manos, se le formaron gruesos nódulos, y tanto los médicos como la curandera Stine se declararon impotentes.
- ¡No hay que desanimarse! - decía Maren -. De nada sirve agachar la cabeza. Puesto que las manos del padre no pueden ayudarnos, procuraré yo dar más ligereza a las mías. El pequeño Rasmus puede también tirar de la aguja.
Se sentaba ya a la mesa de coser, cantando como una flauta; era un chiquillo muy alegre.
Pero no debía quedarse todo el día sentado allí, decía la madre; habría sido un pecado contra el pequeño; tenía también que jugar y saltar.
Juana, la hija del zuequero, era su mejor compañera de juego. Su familia era aún más pobre que la de Rasmus. No era bonita, y andaba descalza; llevaba los vestidos rotos, pues nadie cuidaba de ella, y jamás se le ocurría hacerlo ella misma; no era sino una niña, alegre como el pajarillo al sol de Nuestro Señor.
Rasmus y Juana solían jugar junto a la piedra miliar bajo el corpulento sauce.
El tenía grandes ideas; quería ser un buen sastre y vivir en la ciudad, donde había maestros que tenían diez oficiales en torno a su mesa; lo sabía por su padre. Allí se haría él oficial y luego maestro; Juana iría a visitarlo, y si sabía cocinar, prepararía la comida para los dos y tendría su propia habitación.
A Juana le parecía todo aquello un tanto improbable, pero Rasmus no dudaba de que todo sucedería al pie de la letra.
Y así se pasaban las horas bajo el viejo árbol, mientras el viento silbaba a través de sus ramas y hojas; era como si el viento cantara y el árbol recitara.
En otoño caían las hojas, y la lluvia goteaba de las ramas desnudas.
- ¡Ya reverdecerán! - decía la mujer.
- ¡Qué más da! - replicaba el hombre -. Año Nuevo, nuevas preocupaciones para salir del paso.
- Tenemos la despensa llena - observaba ella -. Y podemos dar gracias a la señora. Yo estoy sana y no me faltan energías. Sería un pecado quejamos.
Las Navidades las pasaban los propietarios en su finca, pero a la semana después de Año Nuevo volvían a la ciudad, donde residían durante el invierno, contentos y satisfechos, asistiendo a bailes y fiestas, invitados incluso a palacio.
La señora había recibido de Francia dos preciosos vestidos. Nunca la sastresa Maren había visto una tela, un corte y una costura como aquéllos. Pidió permiso a la propietaria para ir con su marido a ver los vestidos, pues para un sastre de pueblo era una cosa jamás vista.
El hombre los examinó sin decir palabra, y, ya de vuelta en su casa, no hizo más comentario que su habitual: - ¡Qué más da! -. Y por una vez, sus palabras eran sensatas.
Los señores regresaron a la ciudad, donde se reanudaron los bailes y las fiestas; pero en medio de todas aquellos diversiones murió el anciano señor, y su esposa no pudo ya lucir sus magníficos vestidos. Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza; no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el coche de gala fue recubierto de paño de este color.
Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.
El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca habían presenciado un espectáculo semejante.
Durante todo el invierno se estuvo hablando en el pueblo de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro del señor».
- En él se vio lo importante que era - comentaba la gente del pueblo -. Nació en elevada cuna, y fue enterrado con grandes honores.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre -. Ahora no tiene ni vida ni bienes. A nosotros al menos nos queda una de las dos cosas.
- ¡No hables así! - le riñó Maren -. Ahora goza de vida eterna en el cielo.
- ¿Cómo lo sabes, Maren? - preguntó el sastre -. Un muerto es buen abono. Pero ése era demasiado noble para servir de algo en la tierra; tiene que reposar en la cripta.
- ¡No digas impiedades! - protestó Maren -. Te repito que goza de vida eterna.
- ¿Quién te lo ha dicho, Maren? - repitió el sastre.
Maren echó su delantal sobre el pequeño Rasmus; no quería que oyese aquellos desatinos. Se lo llevó llorando, a la choza, y le dijo:
- Lo que oíste, hijo mío, no fue tu padre quien lo dijo, sino el demonio, que estaría en la habitación e imitó su voz. Reza el Padrenuestro. Lo rezaremos los dos -. Y juntó las manos del niño.
- Ahora vuelvo a estar contenta - dijo -. Confía en ti y en Dios Nuestro Señor.
Pasado un año, la viuda se puso de medio luto; la alegría había vuelto a su corazón.
Corría el rumor de que tenía un pretendiente y pensaba volver a casarse. Maren sabía algo de ello, y el párroco un poco más aún.
El Domingo de Ramos, después del sermón, habían de leerse las amonestaciones de la viuda y su prometido, el cual era algo así como picapedrero o escultor, no se sabía a ciencia cierta por aquellas fechas; Thorwaldsen y su arte no andaban todavía en todas las bocas. El nuevo propietario no era noble, aunque sí hombre de categoría. Nadie entendía a punto fijo en qué se ocupaba, pero se decía que tallaba estatuas, y era muy experto en su trabajo, además de joven y guapo.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre Ulze.
El Domingo de Ramos fueron amonestados, luego se cantó un coral y se administró la comunión. El sastre, su mujer y el pequeño Rasmus estaban en la iglesia; los padres comulgaron, pero el pequeño permaneció sentado en el banco, pues aún no había recibido la confirmación. En los últimos tiempos andaban escasos de ropas en casa del sastre; los trajes viejos estaban usadísimos y llenos de remiendos y piezas; pero aquel día los tres llevaban vestidos nuevos, aunque negros, como si asistiesen a un entierro; estaban confeccionados con las telas que habían recubierto el coche fúnebre. Había salido una chaqueta y unos pantalones para el marido, un vestido cerrado hasta el cuello para Maren, y para Rasmus, un traje completo que le serviría para la confirmación cuando llegase la hora; se lo habían hecho holgado, adrede. En toda aquella indumentaria se invirtió la totalidad de la tela que tapizaba el coche, tanto por dentro como por fuera. Nadie tenía por qué saber de dónde procedía aquel paño, y, no obstante, pronto corrió la voz; Stine la curandera y otras comadres de su misma calaña pronosticaron que aquellos vestidos llevarían la peste y la enfermedad a la casa.
- Sólo para bajar a la tumba hay que vestirse con ropas funerarias.
La Juana del zuequero lloraba al oír estos comentarios; y como resultó que desde aquel día fue empeorando la salud del sastre, se echaba de ver a quién le tocaría pronto el turno de llorar.
Y así fue.
El primer domingo después de la Trinidad falleció el sastre Ulze, y Maren quedó sola al cuidado de la casa. Y siguió llevándola y manteniéndola unida, sin perder nunca la confianza en sí misma y en Dios.
Al año siguiente, Rasmus fue confirmado. Había sonado para él la hora de trasladarse a la ciudad como aprendiz en casa de un sastre de renombre, que, si no tenía doce oficiales en su mesa, siquiera tenía uno. El pequeño Rasmus valía por medio, y estaba contento y alegre; pero Juana lloraba, pues lo quería más de lo que ella misma creyera. La mujer del sastre se quedó en la vieja casa, y continuó el negocio de su marido.
Sucedía esto por el tiempo en que se inauguró el nuevo camino real. El antiguo, que pasaba por delante de la vivienda del sastre, quedó como camino vecinal; la vegetación invadió el estanque, que pronto quedó convertido en una charca llena de lentejas de agua. Volcóse la piedra miliar, pues ya no servía de nada, pero el árbol siguió viviendo, robusto y hermoso; el viento silbaba entre sus ramas y hojas.




Lo que contaba la vieja Juana

Continuación

Marcháronse las golondrinas y marchóse también el estornino, para regresar a la primavera siguiente, y a la cuarta vez volvió también con ellos Rasmus. Había pasado el examen de oficial sastre y era un mozo guapo, aunque delgaducho. Su intención era cargarse la mochila a la espalda y marcharse a ver mundo, pero su madre deseaba retenerlo consigo. En ningún sitio se está tan bien como en casa. Los demás hijos se habían desperdigado todos, él era el más joven y debía quedarse con su madre. Trabajo no iba a faltarle, ni mucho menos; podría recorrer la comarca como sastre ambulante, trabajando quince días en un lugar y otros quince en otro. También esto sería viajar. Y Rasmus siguió el consejo de su madre.
Volvió, pues, a dormir bajo el techo de su casa natal, y, sentado al pie del viejo sauce, volvió a oír el rumor del viento soplando entre sus ramas.
Era un mozo de buena presencia, sabía cantar como un pájaro, cantar viejas y nuevas canciones. En las grandes fincas era recibido con simpatía, especialmente en casa de Klaus Hansen, el segundo entre los labradores ricos de la parroquia.
Su hija Elsa era como una bellísima flor, siempre risueña. Algunas personas mal intencionadas aseguraban que reía sólo para exhibir sus preciosos dientes, pero la verdad es que era alegre por naturaleza y aficionada a travesuras; pero todo le estaba bien.
Se prendó de Rasmus, y él de ella, pero los dos se lo guardaron. Así fue cómo el muchacho se volvió melancólico; tenía más del temperamento de su padre que del de su madre. Su buen humor se despertaba solamente cuando llegaba Elsa; entonces los dos se reían, bromeaban y hacían travesuras; pero, aunque no le faltaron buenas oportunidades, nunca le dijo una palabra de su pasión. «¡Qué más da! - pensaba -. Sus padres quieren casarla bien, y yo no tengo nada. Lo más acertado sería marcharme de aquí». Pero no podía alejarse de la finca; parecíale que un hilo lo atase a ella; para la muchacha era como un pájaro amaestrado, que cantaba y trinaba al gusto de ella.
Juana, la hija del zuequero, estaba empleada como sirvienta en la propiedad, donde tenía que hacer los trabajos más humildes; iba al prado con el carro de la leche a ordeñar las vacas junto con otras criadas, y cuando era preciso acarreaba también estiércol. Nunca entraba en las habitaciones principales, y apenas veía a Rasmus y a Elsa, pero oía que eran casi prometidos.
- Rasmus será rico - decía -. Me alegro por él -. Y sus ojos se humedecían, lo cual cuadraba muy mal con sus palabras.
Un día de mercado, Klaus Hansen se trasladó a la ciudad, acompañado de Rasmus, que, tanto a la ida como a la vuelta, viajó al lado de Elsa. Estaba loco de amor, pero no lo dio a entender en nada.
«¡Sería hora de que hablara! - pensaba la muchacha, y hay que convenir en que tenía razón -. Si no se decide, tendré que sacudírmelo».
Y pronto se habló en la casa de que el campesino más rico de la parroquia se había declarado a Elsa. Así era, en efecto, pero todo el mundo ignoraba la respuesta de la joven.
Los pensamientos daban vueltas en la cabeza de Rasmus.
Un atardecer, Elsa le puso un anillo de oro en el dedo y le preguntó qué significaba aquello.
- Noviazgo - dijo él.
- ¿Y con quién crees tú? - preguntó ella.
- ¿Con el rico labrador? - aventuró él.
- ¡Acertaste! - exclamó Elsa, y, saludándolo con un gesto de la cabeza, se marchó.
También se marchó él, y volvió a casa de su madre fuera de sí. Atóse la mochila y se dispuso a lanzarse al mundo, a pesar de las lágrimas de la vieja.
Cortó un bastón del viejo sauce, cantando como si estuviese de buen humor porque se marchaba a ver las maravillas del ancho mundo.
- ¡Qué pena para mí! - suspiró la mujer -. Pero es lo mejor y más acertado que puedes hacer, y debo resignarme. Confía en Dios y en ti, que yo espero volverte a ver alegre y contento.
Avanzaba por la nueva carretera cuando vio a Juana, que pasaba guiando un carro lleno de estiércol. Ella no se había dado cuenta de su presencia, y él prefería que no lo viese; por eso se ocultó detrás de un vallado, y Juana pasó a poquísima distancia.
Se marchó a correr mundo, nadie supo adónde. Su madre pensaba que regresaría antes de fin de año.
Verá cosas nuevas, tendrá nuevos pensamientos; es como los viejos pliegues que no pueden alisarse con la plancha. Tiene demasiado de su padre; mejor quisiera que se pareciera a mí, ¡pobre hijo mío! Pero volverá seguramente; ¡no es posible que renuncie a su madre y a su casa!
La mujer estaba dispuesta a esperar largo tiempo. Elsa esperó sólo un mes; luego se fue a encontrar secretamente a la curandera Stine, entendida en el arte de «curar», echar las cartas y decir la buenaventura; sí, sabía más que Friján. En consecuencia, conocía también el paradero de Rasmus; lo leyó en los posos del café. Se encontraba en una ciudad extranjera, pero no pudo descifrar su nombre. Había en aquella ciudad soldados y mujeres alegres. Estaba vacilando entre tomar el mosquete o una de aquellas mozas.
Elsa no podía soportar esas noticias. Gustosa daría el dinero que tenía ahorrado para redimirlo, a condición de que nadie supiera que era cosa suya.
Y la vieja Stine prometió hacer volver al muchacho; conocía un medio, peligroso para la persona interesada, pero infalible. Haría cocer en una olla una mezcla que lo forzaría a marcharse del lugar donde estuviese, fuera el que fuera, y regresar junto a la olla y al lado de su amada. Era posible que tardara meses, pero al fin acudiría, a menos que hubiese muerto.
Debía seguir sin paz ni reposo, día y noche, a través de mares y de montañas, con buen o mal tiempo, y por mucha que fuese su fatiga. Tenía que regresar a su tierra, era forzoso.
La luna estaba en su primer cuadrante, el mejor momento para el hechizo, dijo la vieja Stine. El tiempo era borrascoso, crujía el viejo sauce. Stine cortó una rama e hizo un nudo dentro; aquello contribuiría a atraer a Rasmus al hogar de su madre. Cogió musgo y siempreviva del tejado y los metió en la olla, que había puesto ya al fuego. Elsa tenía que arrancar una hoja del libro de cánticos y casualmente arrancó la última, la que contenía la fe de erratas.
- Lo mismo da - dijo la bruja, echándola al puchero.
Muchas cosas hubieron de ir a parar a aquel caldo, que debía cocer sin interrupción hasta la vuelta de Rasmus. El gallo negro de la casa de la vieja Stine tuvo que sacrificar la roja cresta, que fue también a la olla. También fue a ella la gruesa sortija de oro de Elsa, y Stine le había advertido de antemano que desaparecería para siempre. Desde luego era lista la vieja. Asimismo fueron a parar al puchero otras muchas cosas que no sabríamos enumerar. Y venga hervir, sobre el fuego vivo o sobre cenizas ardientes. Sólo ella y Elsa lo sabían.
Pasó la luna nueva, y pasó el cuarto menguante; todos los días se presentaba Elsa:
- ¿Aún no lo ves venir?
- ¡Sé muchas cosas! - decía Stine - y veo otras muchas. Lo que no puedo ver es si es muy largo el camino. Ya ha traspuesto las primeras montañas, ha cruzado el mar tempestuoso. El camino a través de los grandes bosques es largo. El mozo tiene ampollas en los pies y fiebre en el cuerpo, pero ha de seguir sin remedio.
- ¡No, no! - dijo Elsa -. ¡Me da lástima!
- Ahora ya no puede detenerse. Si lo obligásemos a hacerlo, caería muerto en medio de la carretera.
Había transcurrido mucho tiempo. Brillaba la luna llena, el viento silbaba entre las ramas del viejo sauce, y en el cielo, iluminado por la luna se dibujaba un arco iris.
- ¡Ésta es la señal! - dijo Stine -. Ahora llega Rasmus.
Pero no llegó.
- ¡Larga es la espera! - dijo Stine.
- Ya estoy cansada - respondió Elsa, y sus visitas a la bruja empezaron a escasear, aparte que no le llevó más regalos.
Serenóse su espíritu, y una mañana toda la parroquia supo que Elsa había dado el sí al rico labrador.
Vio la casa y los campos, el ganado y el ajuar. Todo estaba en buenas condiciones; no había ningún motivo que aconsejase retrasar la boda.
Los grandes festejos duraron tres días, y se bailó al son de clarinetes y violines. Todos los habitantes de la parroquia fueron invitados, y también asistió la vieja Ulze, quien, terminada ya la fiesta, y después que los anfitriones se hubieron despedido de sus huéspedes y las trompetas hubieron cerrado la solemnidad, marchóse a su casa con los restos del banquete.
Había cerrado la puerta solamente con un palo. La encontró abierta a su regreso y en la casa estaba Rasmus. Acababa de llegar. ¡Santo Dios! No era sino piel y huesos, estaba pálido y demacrado.
- ¡Rasmus! - exclamó su madre -. ¿Es posible que seas tú? ¡Qué enfermo pareces! Pero me alegra el tenerte aquí de nuevo.
Y le sirvió una buena comida, con las viandas que traía de la boda: asado y un pedazo de torta.
En el curso de los últimos tiempos, dijo el mozo, había pensado con gran frecuencia en su madre, en la casa y en el viejo sauce. Parecía extraño las veces que en sueños había visto el árbol y a Juana, descalza.
No mencionó a Elsa. Estaba enfermo y tuvo que acostarse; pero nosotros no creemos que fuera por culpa de la olla ni que ésta hubiera ejercido influencia alguna sobre él. Sólo la vieja Stine y Elsa lo creyeron, pero nunca hablaron de ello.
Rasmus yacía enfermo de fiebre contagiosa; por eso nadie iba a la casa del sastre, excepto Juana, la hija del zuequero, la cual rompió a llorar al ver lo acabado que estaba el joven.
El doctor le recetó algo de la farmacia, pero él se negó a tomar los medicamentos.
- ¡Qué más da! - dijo.
- Tómalo y te curarás - le insistió su madre -. Confía en Dios y en ti mismo. Gustosa daría mi vida por verte otra vez con carnes en el cuerpo, cantando y silbando como antes.
Rasmus salió de su enfermedad, pero su madre se contagió, y Dios la llamó a su seno en vez de a él.
La casa quedó solitaria, solitaria y mísera.
- ¡Está agotado - decían en la parroquia -. ¡Pobre Rasmus!
En el curso de sus viajes había llevado una vida desordenada. Aquello, y no la negra olla, fue lo que consumió su salud y puso la inquietud en su alma. El cabello se le aclaró y volvió gris; no hacía nada a derechas:
- ¡Qué más da! - decía. Iba más a la taberna que a la iglesia.
Un anochecer de otoño se dirigía penosamente a su casa, bajo la lluvia y el viento, por el fangoso camino que conducía a la taberna. Hacía ya mucho tiempo que su madre reposaba en la sepultura. También se habían marchado las golondrinas, los estorninos y los fieles pájaros; pero Juana, la hija del zuequero, no se había ido. Fue a su encuentro y lo acompañó un trecho.
- ¡Haz un esfuerzo, Rasmus!
- ¡Qué más da! - respondió él.
- ¡No debes decir eso! - riñóle Juana -. Acuérdate de las palabras de tu madre: «Confía en Dios y en ti». No lo haces, Rasmus, y tendrías que hacerlo. Nunca digas: «¡Qué más da!»; así no harás nunca nada.
No lo dejó hasta la puerta de su casa; pero él, en vez de entrar, se dirigió al viejo sauce, sentándose en el hito derribado.
El viento silbaba entre las ramas del árbol; era como una canción, como un discurso. Rasmus respondió hablando en voz alta, pero nadie lo oyó, aparte el árbol y el viento.
- ¡Qué frío! Es hora de acostarme. ¡Dormir, dormir!
Y se fue, mas no a su casa, sino al estanque, donde cayó desfallecido. Llovía a torrentes, y el viento era helado, pero él no se daba cuenta. Cuando salió el sol, y las cornejas reanudaron su vuelo sobre el cañaveral, Rasmus despertó, medio muerto. Si se hubiese caído con la cabeza donde le quedaron los pies, no se habría vuelto a levantar; la lenteja de agua habría sido su mortaja.
Al hacerse de día, Juana volvió a casa del sastre; ella fue su amparo, lo llevó al hospital.
- Nos conocimos de niños - le dijo -. Tu madre me dio muchas veces de comer y de beber, y nunca se lo agradeceré bastante. Tú recobrarás la salud, volverás a ser un hombre y a vivir.
Y Dios dispuso que siguiera viviendo, pero la salud y las facultades se habían perdido para siempre.
Volvieron las golondrinas, reanudaron sus vuelos y se marcharon de nuevo una y otra vez. Rasmus envejeció antes de tiempo. Vivía solo en su casa, que iba decayendo visiblemente. Era pobre, más aún que Juana.
- No tienes fe - decíale ella -. Si no fuese por Dios, ¡qué nos quedaría! Tendrías que ir a tomar la comunión. Seguramente no has vuelto desde que te confirmaron.
- ¡Bah! ¡Qué más da! - replicó él.
- Si dices lo que piensas, déjalo. El Señor no quiere a su mesa invitados forzados. Pero piensa en tu madre y en tu niñez. Eras un muchacho bueno y piadoso. ¿Quieres que te cante una canción de infancia?
- ¡Qué más da! - replicó él.
- A mí siempre me consuela - dijo ella.
- Juana, eres una santa -. Y la miró con ojos cansados y apagados.
Juana cantó la canción, pero no leyéndola de un libro, pues no tenía ninguno, sino de memoria.
- ¡Qué palabras más hermosas! - dijo él -. Pero no he podido seguirlas bien. ¡Tengo la cabeza tan pesada!
Rasmus era ya viejo, y Elsa no era joven tampoco. Nosotros mencionamos su nombre, aunque Rasmus no lo hacía nunca. Era ya abuela y tenía una nieta muy traviesa. La chiquilla jugaba con los otros niños del pueblo, y Rasmus se acercaba al grupo, apoyado en su bastón, y se quedaba parado mirándolos sonriente, como si su imaginación evocara tiempos pretéritos. La nietecita de Elsa gritaba, señalándolo:
- ¡Pobre Rasmus! - y las demás niñas seguían su ejemplo -. ¡Pobre Rasmus! - repetían, y todas se ponían a perseguir al viejo con gran griterío.
Fue un día gris y agobiante, al que siguieron otros muchos; pero después de los días agobiantes y grises, viene, al fin, uno de sol.
Una magnífica mañana de Pentecostés, la iglesia apareció adornada con verdes ramas de abedul, que impregnaban el aire con los aromas del bosque, mientras el sol brillaba sobre los bancos. Los grandes candelabros del altar estaban encendidos; se administraba la comunión, y Juana figuraba entre los fieles arrodillados, pero Rasmus no se hallaba presente. Aquella misma mañana, Dios lo había llamado a Sí.
Dios es la gracia y la misericordia.
Han transcurrido muchos años desde aquella mañana. La casa del sastre sigue en pie, pero nadie la habita; la noche menos pensada, una tormenta la hundirá. El estanque está invadido de cañas y juncos. El viento silba aún en el viejo árbol; diríase que se oye una canción: el viento la canta, el árbol la recita; si no la comprendes, ve a preguntárselo a la vieja Juana, la del asilo.
En el asilo vive, y canta su canción piadosa, aquella misma que cantó a Rasmus. Ella piensa en él y reza por él a Dios Nuestro Señor. Podría contar muchas cosas del tiempo pasado, recuerdos que murmuran en el viejo árbol.