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lunes, 18 de abril de 2011

Oscar Alfaro, príncipe de la poesía para niños -- TOPA, CORDERITO





TOPA, CORDERITO
Manuel tenía un corderito blanco. Apenas le asomaron las puntas de los cuernos,
como dos botones de oro, le enseñó algunas peligrosas travesuras.
—¡Topa! —le decía, golpeándole la frente con la palma de la mano y el corderito
embestía con la velocidad del relámpago arrojándole al suelo.
—No juegues así, que corres peligro —le advertían los campesinos; pero él los
escuchaba como quien oye llover y continuaba divirtiéndose locamente.
—Topa —le decía, señalando a un perro que cruzaba por el camino. —Y el corderito
salía como disparado y lo levantaba en las astas.
El blanco animalito se convirtió en el terror del vecindario. Las emprendía contra
chicos y grandes, contra perros y gatos, con todo lo que se movía. Esto, naturalmente, trajo
más de una enemistad al muchacho. Un chico del barrio se le acercó una tarde, cerrando
los puños:
—¡Tu maldito cordero me arrojó al suelo! ¡Y tú me las vas a pagar!...
—Yo no tengo la culpa.
Pero aquel muchacho era un conocido camorrero. No quiso oír disculpas y de un
puñetazo dio con Manuelito por el suelo. Iba a repetir la hazaña cuando... apareció el
cordero y el atacante voló como dos metros y aterrizó en medio camino. Se levantó
acariciándose las partes doloridas, crispó los puños y... la segunda embestida lo arrojó
sobre el cercado del frente.
Al poco rato se presentó el hermano mayor.
—Me contó mi hermano que lo golpearon entre dos...
—Yo nada hice. Fue sólo mi cordero.
—Pues toma por ti y toma por tu cor... —Alguien le cortó la frase y lo arrojó a la
acequia del camino.
Total, que desde entonces, nadie más agredió a Manuel y éste se pasaba los días
"toreando" a su blanco amiguito.
Pero el padre le dijo un día:
—Tienes que ocuparte de algo útil. Mañana te llevaré a la escuela.
—No, papá —contestó vivamente Manuel.
—¿Por qué no?
El "torero" no pudo explicar el porqué, pero se resistió tenazmente al deseo de
su padre.
Con su asentimiento o sin él, al día siguiente fue conducido a la escuela, pero ya en
presencia del maestro le acometió un miedo tan grande que tiró la mochila y escapó a
campo traviesa.
El padre lo condujo de nuevo, pero otra vez, en presencia del maestro, sintió tan
inexplicable terror que volvió a poner pies en polvorosa. Y no paró hasta llegar a la casa.
Allá se abrazó del corderillo y no hubo forma de separarlo de él. El padre llegó y dijo en
tono amistoso:
—Puedes llevártelo a la escuela. Jugarás con él en los recreos.
Esta idea le pareció muy buena y accedió a regresar. Pero algo tenía el maestro en la
cara que le inspiraba espanto y, apenas abrió la puerta de la clase, las pupilas se le dilataron
de miedo y comenzó a retroceder como un potrillo asustado. El padre le cogió una mano,
pero no logró hacerlo avanzar. El maestro le cogió la otra y tampoco.
Ambos estaban por perder la paciencia, cuando... zas. El cordero embistió
furiosamente y Manuelito fue a caer sentado en media clase, entre una estrepitosa
carcajada de los niños. Se levantó, muerto de vergüenza, y quiso escapar puerta afuera,
pero... zas. Una nueva embestida lo arrojó otra vez al mismo sitio.
Manuelito ya no intentó salir por tercera vez.
—Deje aquí al cordero, que será un buen regente para evitar que los niños huyan
de clases —dijo el maestro riendo.
El padre accedió y se fue, seguro de que Manuelito se quedaría en la escuela
definitivamente.