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lunes, 18 de abril de 2011

Oscar Alfaro, príncipe de la poesía para niños -- EL SAPO QUE QUERÍA SER ESTRELLA






EL SAPO QUE QUERÍA SER ESTRELLA
He visto pasar a una víbora con el cuerpo lleno de luces. Parecía una cadena de
estrellas y era porque se tragó a las luciérnagas del huerto.
Así decía el sapo oculto bajo el rosal, que aquella noche estaba constelado de
bichitos de luz.
—Pensar que si yo me trago a las luciérnagas de este rosal brillaré, igual que la
víbora. Y mejor aún, seré un sapo convertido en estrella. Y todos los seres que hoy me
desprecian por mi fealdad se morirán de envidia al verme tan hermoso. Me comeré, pues, a
todas estas luciérnagas doradas.
En ese instante sopló el viento y sacudió el rosal, que derramó una lluvia de luces...
El sapo abrió la boca y la primera luciérnaga le pintó de oro el gaznate y fue a situarse,
como una chispa, al fondo de su panza.
—¡Bravo...! ¡Ya empiezo a brillar!
Siguió lamiendo, una tras otra, las manchitas de luz que salpicaban el césped,
hasta que no quedó una sola.
—¡Esto es maravilloso! Ya nadie brilla en el huerto. ¡El único que brilla soy yo!
Y, en efecto, parecía un sapo de cristal, un hermoso sapo verde, con fuego interior.
Loco de orgullo y de contento se miró en el espejo del agua.
—¡Soy el ser más bello de la naturaleza! —dijo, y se tiró al estanque.
Inmediatamente se alborotaron los peces que allá vivían y dijeron:
—¡Qué milagro! ¡Ha caído una estrella en el agua!
—¡Soy una estrella!... ¡Soy una estrella!...-repetía el sapo, echando chorros de luz por
la boca y por los ojos.
Una guirnalda de peces multicolores comenzó a girar a su alrededor, observándolo.
—¡Qué extraño!... ¡La estrella tiene la forma de un sapo!...
—Pero es una estrella. —Y continuaba la ronda de peces asombrados.
—Sigan girando, sigan girando, que soy una estrella y ustedes son mis satélites —
decía el sapo, delirando de felicidad.
La noche comenzó a desteñirse y el sapo temió que sus reflejos se apagaran con el día,
descubriendo su verdadera identidad. Por eso se fue nadando hacia arriba, seguido por
los peces que le rogaban a coro:
—Estrella hermosa, quédate en el agua.
—Ilumina la oscuridad en que vivimos.
—Serás la reina de este mundo submarino.
Pero el sapo llegó a la superficie y dijo:
—Debo volver al cielo antes de que salga el sol.
Dio un gran brinco y dejó a sus amiguitos con el agua al cuello y la boca abierta de
admiración.
Un gallo viejo y pensativo, que aquella noche no podía conciliar el sueño, vio salir
al extraño sapo del estanque. Abrió y cerró los ojos varias veces, lleno de asombro, y, por
fin, despertó a las gallinas que dormían en el mismo árbol.
—¡Miren, el lucero del amanecer ha caído junto al estanque y está rebotando en el
suelo! ¡Miren, el lucero!
Todas despertaron de golpe y gritaron:
—¡Vamos a verlo de cerca!
Volaron sobre el sapo luminoso y lo detuvieron.
—Tonterías, no es un lucero, sino un sapo.
—¿Y por qué brilla entonces tanto?
—Es un sapo escapado del infierno.
—No sean supersticiosas. Brilla porque se ha tragado a las luciérnagas del huerto.
—¡Qué horror!... ¡Es un sapo asesino!
—Ha matado a esos pobres bichitos para robarles sus joyas de luz.
—Merece la muerte por sus crímenes.
—Sí. ¡Merece la muerte!
Y resolvieron descuartizarlo a picotazos. Pero, apenas recibió los primeros golpes, el
sapo dejó asombrado a todo el mundo: comenzó a volar...
—¡Era una estrella verdadera y nosotros nos atrevimos a picotearla...! —dijeron las
gallinas, deslumbradas.
—¡Yo tengo todavía su
lumbre en el pico! —dijo el
gallo, dándose importancia.
El sapo no salía de su
asombro al verse en el aire.
Lo cierto es que las
luciérnagas que estaban
dentro de él, al sentir los
picotazos, habían resuelto
volar para salvarse, pero
sólo consiguieron levantar
al sapo.
—¿Ahora quién dudará que soy una estrella?... ¡Si ya estoy en el cielo!
Y se puso a cantar, como queriendo llamar la atención de los astros. Pero abrió tanto
el gaznate que las luciérnagas empezaron a fugarse de su panza. Siguió cantando, sin
darse cuenta de nada sino de su felicidad.
Pero de repente se sintió caer. Todas las luciérnagas lo habían abandonado.
—Me estrellaré... —gimió el pobre—. Seré un vulgar sapo aplastado, yo que subí
como una estrella... ¡Qué gloriosa fue mi ascensión y qué pobre es mi caída! ¡Oh vanidad
de vanidades...!