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lunes, 18 de abril de 2011

Oscar Alfaro, príncipe de la poesía para niños -- LA REINA DE LAS MARIPOSAS







LA REINA DE LAS MARIPOSAS
Amanecía, las niñas mariposas despertaban recostadas sobre las flores. Aún no
tenían colores sobre las alas y esperaban que sus padres se las colorearan. En efecto,
llegaron las mariposas adultas y cogiendo pinceles de rayos, empezaron a pintar en la
mejor forma posible las alitas de sus hijas.
—Tenemos que arreglar a nuestras pequeñas, para que asistan al desfile que
esta tarde cruzará los aires, celebrando la llegada de la Primavera.
—Yo quiero llevar en mis alas la bandera de mi patria —dijo una mariposa
nacionalista y su madre le pintó encima la enseña del país de las mariposas.
—Yo quiero vestirme de geisha del Japón —dijo otra. Y después de ser
convenientemente pintada, abriendo su kimono radiante, se puso a bailar en el aire
como la más graciosa de las japonesitas.
—Yo quiero ser la obra maestra del pintor de los aires —dijo una mariposa, hija
de artistas.
Llegó su padre, arrastrando una hoja en forma de paleta, sobre la cual había
manchas de todos los colores y, con unas cuantas pinceladas, le dibujó un cuadro
surrealista en cada ala.
—Yo quiero llevar un paisaje brasileño, con lunas y palmeras. Además ponme una
gran moña en la cabeza —dijo la hija menor de la artista. Y en el acto fue complacida.
—Yo quiero ser india boliviana. Llevaré un aguayo de colores flotando al viento —
dijo otra mariposita.
Apenas terminadas de colorear, las pequeñas salían volando. Y aquello era como una
exposición aérea de acuarelas. Solamente quedaba por pintar una mariposa negra, de ojos
blancos, pero nadie quiso ocuparse de ella.
—Esta negra que se quede de cocinera —dijeron y la abandonaron.
—Llévenme, por favor —rogó la pobrecita, que sin duda era la Cenicienta de las
mariposas, pero nadie accedió a su ruego. Quiso seguirlas, la descubrieron, la cogieron de
las antenas y la arrojaron al suelo. Allí se quedó llorando su triste suerte. Sin embargo su
curiosidad era tanta que, al poco rato, se levantó y voló silenciosamente tras el cortejo.
El jurado calificador que debía nombrar a la "Reina de las Mariposas" estaba
convenientemente instalado sobre una flor de lirio. Y desde tan espléndido balcón, veía
pasar a las bellezas voladoras. Mucho les costaba ponerse de acuerdo sobre la
ganadora del certamen, porque cada una era parienta de una concursante.
Poco después de mucho discutir, el pintor surrealista impuso su criterio y su hija fue
elegida reina. Ahora solamente faltaba coronar a la soberana y todas buscaban
afanosamente el lugar más apropiado para tan solemne acto.
—El trono lo colocaremos sobre una amapola gigante. Será un trono digno de una
mariposa.
—Las princesas de la corte tomarán asiento en las demás flores, formando
semicírculo.
Ya estaban procediendo a la coronación, cuando el cielo relampagueó y todas
temieron que se les aguara la fiesta. Felizmente en ese preciso instante se abrieron las
puertas del Palacio Azul, que se alzaba allá cerca y su dueño dijo:
—Yo brindo mi palacio para la coronación...
—¡Maravilloso! ¡Vamos allá! ¡Viva el príncipe del Palacio Azul!...
Y con gran alborozo entraron por la
ventana.
—Colóquense sobre esta cartulina de
colores —dijo el príncipe.
Todas lo hicieron así y se posaron sobre
los lugares donde, de antemano, habían sido
diseñadas las siluetas de las mariposas.
—Muy bien. Ahora colocaré la banda real a Su Majestad —dijo el príncipe.
Hizo una gran reverencia, tomó la hermosa banda y la aseguró con un alfiler de oro
sobre el pecho de la reina. Ésta sintió un dolor tan agudo, que en el acto quedó
desmayada. Pero nadie se dio cuenta y la ceremonia siguió adelante.
—Voy a imponer las bandas a las princesas de la corte —agregó el príncipe,
solemnemente.
Y una tras otra las fue traspasando con alfileres y clavándolas sobre la cartulina.
Entonces se retiró, restregándose las manos de contento y dijo:
—¡Qué colección! ¡Son las mariposas más lindas del mundo!...
Sólo la humilde mariposita negra se había librado de caer en sus manos; por ser tan
fea, el príncipe no la quiso para su colección.
—¡Tengo que salvar a mis hermanas! —dijo ésta con los ojos llenos de lágrimas.
Pero, ¿cómo iba a poder arrancar los alfileres? Se precisaba una fuerza muy superior
a la suya, y pensó en su amigo, el escarabajo, que siempre andaba tras ella, haciéndole
proposiciones matrimoniales.
—Él tiene unas tenazas muy fuertes y podrá libertarlas.
Se dio vuelta y allí estaba el escarabajo, mirándola.
—Si es verdad que me quieres, ayúdame a salvar a mis hermanas —le suplicó,
secándose los ojos con un pañuelito que era el pétalo de una flor.
El escarabajo dudó un instante, y por fin dijo:
—Las salvaré, aunque se portaron tan mal contigo.
Se movió pesadamente, subió a la pared y llegó al lugar donde agonizaban las
diminutas bellezas.
—Primero libertaré a Su Majestad —dijo, cerrando un ojo. Y con su tremenda
tenaza desprendió el alfiler que aprisionaba a la reina.
—Ahora voy a desclavar a las princesas de la corte —agregó, echando una mirada a
las pobrecillas, que se estremecían de dolor, y con la mayor facilidad les fue arrancando
los alfileres de oro. Luego anunció:
—Sus altezas pueden levantar el vuelo, que ya están libres. Y jamás vuelvan a
maltratar a la hermanita negra, que les salvó la vida. Si ella no me lo pide, ustedes
hubieran muerto crucificadas... —dijo y depositó todos los alfileres de oro, como una
ofrenda de amor, a los pies de su prometida.
Y de nuevo las mariposas volaron hacia la mañana primaveral.