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lunes, 18 de abril de 2011

Oscar Alfaro, príncipe de la poesía para niños -- LA LÁMPARA VOLADORA





LA LÁMPARA VOLADORA
La luciérnaga volaba sobre un rosal florido, cuando distinguió a una golondrina
clavada en las espinas. Inmediatamente bajó sobre ella y le dijo:
—¿Qué puedo hacer por ti, hermana?
—Alúmbrame, por favor, para que desprenda mis alas de las espinas.
—Te alumbraré aunque sea toda la noche.
Y allí se quedó derramando su luz a raudales.
La golondrina pronto desclavó sus alas y trató de volar al cielo abierto. La
luciérnaga siguió tras ella, ardiendo como una chispa.
—Te agradezco con toda el alma y no olvidaré este favor en mi vida —dijo entonces
la golondrina.
—No tienes por qué hacerlo. Dime dónde quieres viajar y yo alumbraré tu camino,
hasta que brille el sol y ya no precises de mi humilde fulgor.
—Mis hermanas han volado hacia el Norte y acamparon en el Valle de la Luna.
—Vamos entonces, sin pérdida de tiempo —dijo la luciérnaga y se posó en la cabeza
de la golondrina, como un lunar de oro.
Volaron así y al amanecer llegaron a un hermoso valle cuajado de aromas.
—Aquí están mis hermanas —dijo la golondrina alegremente.
Las demás batieron las alas, en señal de bienvenida.
—Vengan todas, que quiero presentarles a mi salvadora —dijo la recién llegada.
Inmediatamente se reunió el congreso de golondrinas en el mismo árbol, el cual se
tiñó de negro y blanco. Allí nuestra amiga dio cuenta de cómo había sido salvada por la
luciérnaga. Entonces todas agacharon la cabeza en acción de gracias. Pero la pequeña dijo
que había cumplido simplemente su deber y se vino de vuelta.
Cuando ya llegaba a su pueblo natal, la vio un murciélago y la atajó en pleno vuelo.
—¿De dónde vienes tan cansada? —le preguntó.
He volado toda la noche, acompañando a una golondrina extraviada que quería
alcanzar a sus hermanas.
—¿Prestas tu luz a quienes no ven en las noches?
—Así es.
—¡Pero qué buena idea! Yo estoy perdiendo la vista de puro viejo. Y en adelante me
servirás para encontrar a las víctimas que me dan su sangre.
—No daré mi luz para tal cosa.
—Pues lo harás por la fuerza —dijo el murciélago y la atrapó con los dientes.
Desde entonces el vampiro volaba todas las noches echando llamaradas por la boca
como un verdadero demonio. Y la luciérnaga se veía obligada a iluminar su cadena de
delitos. Ella misma estaba manchada de sangre y se sentía culpable.
Una noche pensó en usar de la astucia para librarse de él y le dijo:
—Yo sé de un lugar donde todos los animales tienen la sangre dulce como la miel.
—¡Sangre tan dulce como la miel!... Dime dónde queda ese lugar porque ya estoy
cansado de la mala sangre que aquí chupo de los cerdos y caballos.
—Te llevaré, pero deja de aprisionarme en tu boca, que ya me asfixias, y permite
que me pose en tu frente, como lo hice con la golondrina.
El vampiro accedió y de
inmediato iniciaron el viaje.
Volaron toda la noche y cuando
comenzaba a clarear, descendieron
al Valle de la Luna.
—¡Qué bello lugar! —
comentó el vampiro—. Se me
hace agua la boca, pensando en la sangre que voy a chupar...
—Lo harás a la noche. Ahora acércate a ese árbol grande, donde duermen las
golondrinas.
—¿Para qué?
—Tengo que darles un encargo.
El murciélago se acercó sin la menor sospecha. Y la luciérnaga entonces gritó:
—¡ Socorro! ¡ Sálvenme de este bandido que me tiene cautiva!...
—¡Cállate o te trago entera! —dijo el murciélago y otra vez la atrapó con los
dientes.
Pero las golondrinas habían reconocido a su bienhechora y se lanzaron furiosas
sobre el vampiro.
—¡Ha sonado tu hora, diablo volador!...
Y a picotazos le hicieron abrir la boca. De allí salió la luciérnaga, como un lucero que
salta del cuerpo de la noche.
—Yo soy ahora quien debo agradecerles —dijo la pobrecilla, derramando lágrimas
de luz.
—No tienes por qué. Sólo hemos pagado nuestra deuda —contestaron las
golondrinas.
El murciélago voló a ocultarse en una cueva. Y la luciérnaga, libre, cruzó el cielo
como si fuera la estrellita más pequeña del amanecer.